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Cuentos ucranianos – 《El lobo de Hierro》

Hubo una vez un párroco que tenía un sirviente, y cuando éste lo había servido fielmente por doce años, y más, se acercó a su empleador, y le dijo:

-“Hagamos cuentas, maestro, y págadme lo que me debáis. Ya os he servido el suficiente tiempo, y quisiera conseguirme un lugarcito en este mundo, todo para mi”.

-“¡Bien!” le dijo el pàrroco. “Te diré que te otorgaré como indemnización por tu fiel servicio. Te daré este huevo. Llévalo a casa pero, cuando estés en ella, constrúyete un corral, y hazlo grande y fuerte; luego rompe el huevo en el medio del corral, y ya vas a ver. Pero, hagas lo que hagas, no lo rompas de camino a casa, o toda tu suerte se irá allí.”.

Y asi fue. El sirviente partió feliz a su casa, con el misterioso huevo. Andó y andó y, a medio camino, se pusi a reflexionar, “Vamos, ¡veamos lo que hay dentro de este misterioso huevo!”.

De forma que lo rompió a la mitad del camino, y de él salió todo tipo de ganado, en tal cantidad y número, que la amplia estepa parecía el campo de una feria. El sirviente quedó atónito y, sin saber qué hacer, pensó para sus adentros, “¿Cómo, en el nombre de Dios, podré arrear todo ese ganado de nuevo adentro?”.

Apenas había pronunciado esas palabras, cuando llegó corriendo a él el Lobo de Hierro, y le dijo:

“Reuniré a todo este ganado y lo meteré de regreso en el huevo, y sellaré el huevo de forma que quede intacto. Pero, a cambio de eso, ” continuó el Lobo de Hierro, “cuando sea que te sientes en la banca nupcial, llegaré y te comeré”.

–“Bien,” pensó el sirviente para si, “una cantidad de cosas van a suceder antes que tome asiento en una banca nupcial y él pueda venir a comerme y, mientras tanto, tendré todo este ganado”. Por lo que asintió, diciendo “estoy de acuerdo”.

Y entonces el Lobo de Hierro recolectó todo el ganado, lo arreó hasta el huevo, lo metió y lo parchó, de forma que quedó como antes, intacto.

El sirviente regresó a la aldea en la que vivía, construyó un corral más fuerte que la fuerza, ingresó y rompió el huevo de nuevo allá adentro, e inmediatamente el corral rebosó de ganado, que ya no cabía. Y entonces se comenzó a dedicar a crianza de ganado y como granjero, y se volvió tan rico, que en todo el mundo no había nadie tan rico como él. Conservó sus cosas sabiamente, y sus bienes aumentaron y se multiplicaron en exceso.

Lo único que le faltaba para lograr su felicidad completa era una esposa, pero tenía miedo de tomar alguna mujer.

Cerca de donde vivía, había un general, que tenía una hija tan amorosa y bella, y esa muchacha quedó prendada del millonario. Entonces, el general vino a su casa, y le dijo, “Ven, ¿Porqué no os casáis? Te daré a mi hija y una enorme dote.”

–“¿Cómo será posible que me case?”, respondió el hombre, “tan pronto como me siente en la banca nupcial, el Lobo de Hierro vendrá por mi y me comerá.”, y le contó al general todo lo que le había sucedido.

–“Oh, ¡tonterías!” dijo el General, “no temas. Tengo una hueste muy poderosa, y cuando sea el momento que te sientes en la banca nupcial, rodearemos tu casa con tres hileras de fuertes soldados, y ellos no dejarán que el Lobo de Hierro se acerque a ti, eso te lo aseguro.”

Y de esa forma hablaron del asunto, hasta que finalmente lo persuadió, y comenzaron a hacer grandes preparativos para el gran banquete de bodas. Todo caminó excelentemente bien, y la boda transcurrió de maravilla, hasta que llegó la hora que la novia y el prometido iban a tomar asiento en la banca nupcial. Entonces llegó el momento que el general ordenara a sus hombres a colocarse en tres apretadas filas alrededor de la banca nupcial pues, con seguridad, el lobo de hierro aparecería.

El animal vio a toda la hueste parada en torno a la casa, en tres fuertes filas, pero logró saltar de un solo impulso todas las tres filas, y se dirigió directo a la casa. Pero el hombre, tan pronto vio al lobo de hierro, saltó por la ventana, montó su caballo y salió galopando, con el lobo tras de si.

Galopó y galopó, lejos y más lejos, y tras él venía el lobo pero, intentando por todas las maneras, no lograba capturarlo.

Finalmente, ya casi de noche, se detuvo el hombre y vio a su alrededor, pero notó que se encontraba, solo, en un bosque, y frente a él, una choza. Se dirigió a la cabaña, y miró a un anciano, y también a una anciana, sentados frente a ella, y les dijo, “¿Me dejaríais descansar un poco con vosotros, buena gente?”–

-“¡A como de lugar!”, dijeron ellos.

–“¡Sólo hay una cosa más, buena gente!”, dijo él, “no dejéis que el lobo de hierro me capture mientras descanso en vuestra casa”.

–“¡No tengas miedo por ello!” respondió la pareja anciana, “Tenemos un perro, llamado Chutko, quien puede escuchar a un lobo a una milla de distsncia, y esté seguro que nos avisará.

Entonces se recostó a dormir, y estaba ya cabeceando, cuando escuchó a Chutko ladrar. Entonces los ancianos lo despertaron, y dijeron, “¡Vete!, ¡Lárgate! Ya viene el lobo de hierro.” Y le dieron el perro y un pastel de trigo como provisión para el camino.

Entonces partió a caballo, y el perro Chutko tras él, hasta que todo se puso oscuro, cuando percibió otra choza en otro bosque. Se dirigió a ella y, en el frente, se encontraban sentados un anciano y una anciana. Les pidió alojamiento por una noche.

-“Solo”, dijo él, “¡cuidad que el Lobo de Hierro no me atrape!”.

–“No tengas miedo”, dijeron ellos, “tenemos un perro aquí, que se llama Vazhko, y puede detectar a un lobo a nueve millas a la redonda.”

Entonces se recostó y se quedó dormido. Justo antes del amanecer, comenzó Vazhko a ladrar. Inmediatamente lo despertaron, “¡corre!”, le dijeron, “el lobo de hierro ya viene.” Y entonces le dieron el perro y un pastel de centeno como provisión para el camino.

Entonces él tomó el pastel, montó a su caballo y partió, esta vez con dos perros corriendo tras él.

Cabalgó y cabalgó. Cabalgó hasta que llegó la noche, y se detuvo; y se encontró en un bosque, con otra cabaña frente a si. Y entró a la casa, y había una pareja de ancianos sentados.

“¿Me permitiríais pasar la noche aquí, buena gente?“ , dijo él, “¡sólamente tened cuidado que el lobo de hierro no me atrape!”

–“¡No tengas miedo!” dijeron, “tenemos un perro llamado Bary, que puede detectar a un lobo a doce millas de distancia. Él nos hará saber.”.

Entonces se recostó a domir y, temprano por la mañana, Bary les avisó a todos que el lobo de hierro se estaba acercando. Inmediatamente lo despertaton,

-“¡Ya es tiempo, ya debes irte!”, dijeron, y le entregaron el perro y un pastel de trigo sarraceno para el camino.

Él tomó el pastel, montó a su caballo y partió. Entonces, ahora ya tenía tres perros, y los tres iban corriendo tras él y su caballo.

Cabalgó y cabalgó y, ya entrando la noche, se encontró al frente de otra choza. Entró, y no habia nadie. Encontró una habitación y se acostó, y sus perros también se echaron, Chutko bajo el dintel de la puerta de la habitación, Vazhko bajo el dintel de la casa, y Bary bajo el dintel del portón de la propiedad.

Pronto apareció el lobo de hierro, trotando. Inmediatamente, Chutko dio la alarma, Vazhko lo clavó a la tierra y Bary lo descuartizó. Entonces el hombre reunió a sus fieles canes en torno a si, montó a su caballo, y cabalgó de regreso a casa.

Cuentos ucranianos – 《El tonto Ivan》

Hubo una vez un hombre que tenía tres hijos, y dos eran listos, pero el tercero, que se llamaba Iván, era un tonto. Su padre dividió todos sus bienes entre ellos, y murió, y los tres hermamos salieron al mundo a buscar sus propias fortunas.

Ahora bien, los dos hermanos sabios dejaron sus bienes en casa, pero Iván el tonto, quien únicamente había heredado una enorme piedra de molino, la llevaba consigo por todos lados. Caminaron y caminaron, hasta que comenzó a ponerse oscuro, y llegaron a un enorme bosque.

Entonces los hermanos listos dijeron, “Trepemos a la punta de este rible y pasemos la noche allí, asi los ladrones no caeran sobre nosotros”.

“¿Pero qué hará este burro tonto con su piedra de molino?”, preguntó uno de ellos

“Vosotros ved por vuestros pellejos”, dijo Iván, “pues yo pienso pasar la noche también en este árbol.” Y entonces los dos hermanos treparon ágilmente hasta la pura punta del árbol, y allí se sentaron, e Iván se remolcó también, con la enorme roca tras de si.

Intentó subir tan alto como sus hermanos, pero las delgadas ramas se doblaban bajo él, de forma que tuvo que conformarse por sentarse en las ramas gruesas; allí quedó sentado, con la piedra de molino entre sus brazos.

Pronto aparecieron algunos ladrones por ese camino, con las manos rojas de sangre por hacer su trabajo, y también se prepararon para pasar la noche bajo el roble. Cortaron un poco de leña para encender un enorme y rugiente fuego, sobre el que colocaron un enorme caldero y, dentro del caldero, comemzaron a cocinar su cena.

Cocinaron y cocinaron, hasta que su sopa estuvo lista, tras lo que tomaron sus asientos en torno al fuego, sacaron enormes cucharones, y estaban a punto de servirse del – de hecho, estaban soplando su comida, pues estaba demasiado caliente –cuando Ivan dejó caer su gigantesca piedra de molino, justo en el medio del caldero, por lo que la sopa salpicó directo a los ojos de los malhechores.

Los asaltantes estaban tan aterrorizados, que saltaron sobre sus pies y salieron corriendo a través del bosque, olvidando todo el botín que habían robado a los mercaderes.

Entonces Iván bajó del roble y gritó a sus hermanps, “¡Bajad aquí y dividamos el botín!”

Los hermanos listos bajaron del àrbol, colocaron la mercancía sobre los lomos de los caballos que los ladrones dejaron abandonados, y regresaron a casa con el producto; pero el único artículo que pudo quedarse Ivan fue una bolsa llena de incienso.

Lo que hizo fue llevarla inmediatamente a la iglesia más cercana, en cuyo patio se encontraba un cementerio, y entonces colocó el incienso sobre una lápida, comenzando a molerlo con su piedrota de molino.

Repentinamente se le apareció San Pedro, y le dijo, “¿Que estás haciendo, buen hombre?”.

“Estoy moliendo estr incienso para hacerme un pan con él.”

-“No, buen hombre, te aconsejaré algo mejor: dame el incienso y toma de mi lo que quieras.”

“Muy bien, San Pedro,” dijo el tonto; “me darás una pequeña flauta, una flauta de tal clase que, cuando la toque, todos los que escuchen se veran obligados a bailar”.

–“¿Pero sabes cómo tocar una flauta?”–

“No, aprenderé pronto.”

Entonces San Pedro sacó una pequeña flauta de su pecho y se la dio, y tomó el incienso, y, ¿quién podrá decir qué fue lo que hizo con él?. Pero Iván se levanto y quedó contemplando al cielo, diciendo, “¡Ve pues! ¡San Pedro ha quemado todo mi incienso para hacer esa enorme nube blanca que flota sobre mi cabeza!”.

Y tomó su flautita y comenzó a tocar y, al momento que salió la música de ella, todo en trono a él comenzó a bailar; los lobos, y las liebres, y los osos…¡no!, hasta las aves que volaban por los aires aterrizaron y se pusieron a bailar, e Ivan siguió tocando y avanzando, y riendo todo el tiempo.

Incluso los osos salvajes bailaban y bailaban, hasta que sus patas se doblaban. Y tuvieron que agarrarse a los árboles para poder detenerse de bailar; pero no había manera, pues tenian que seguir bailando.

Finalmente Ivan se cansó y se recostó a descansar. Cuando había reposado un poco, se levantó y se dirigió al pueblo. Allí, la gente se encontraba en el mercado, en los bazares, comprando y vendiendo de todo. Algunos compraban Mlini, otros compraban cestas repletas de bellos huevos decorados de brillantes colores, y otros compraban picheles de kvas.

Iván comenzó a tocar su flautita, con lo que todos se pusieron a bailar. Un hombre que tenía una cesta repleta de huevos bailó hasta que ésta se despedazara, y bailó y bailó, hasta que él mismo tenía cara de yema de huevo. Aquéllos que estaban medio dormidos, se levantaron y salieron a bailar directamente; había algunos que bailaban sin pantalones, o sacos, o camisas, y algunos bailaban con nada puesto, pues debían bailar cuando Ivan tocaba.

Todo el pueblo estaba patas arriba: los perros, los cisnes, los cerdos, los gallos y gallinas, todo lo que tenia vida salía a bailar. Finalmente se cansó Ivan, por lo que dejó de tocar, y entró a la iglesia buscar prestar algún servicio.

El párroco del pueblo le tomó simpatía, y le dijo, “¡Buen hombre! ¿Quiere Usted entrar a mi servicio? “

“Eso quiero, con gusto”, dijo Ivan.

“¿Cuàntas monedas quisiera Usted al año por su servicio?”

“No me molestaría ganar unas cinco karbovantsya (monedas), es todo lo que pido”.

“Bien, estoy de acuerdo” dijo el párroco.

Entonces contrató a Ivan como su sirviente, y al día siguiente lo envió al campo a pastorear su ganado. Iván llevó al ganado a los pastizales, pero él mismo se subió sobre un montón de heno, mientras las vacas comían. Y alli quedó sentado, hasta que le entró sueño, y mejor pensó para si mismo, “Tocaré un poquito en mi flauta, pues no la he tocado por bastante tiempo.” Comenzó a interpretar su melodía, e inmediatamente todas las reses comenzaron a bailar; y no sólo el ganado, sino también las zorras, liebres, y los lobos, y todo animal que viviera en zanjas o las márgenes del bosque. Bailaron y bailaron, hasta que los animales quedaron secos hasta los huesos.

Por la noche, Ivan los llevó a casa, pero estaban tan hambrientos, que pasaban mordisqueando los tejados de paja de las casas por donde pasaban, con tal de obtener un bocado o dos. Pero Ivan entró a la jata y tuvo una cena caliente y una cómoda cama.

Al día siguiente llevó de nuevo el ganado a los pastizales, que comió con hambre hasta que Ivan se puso a tocar de nuevo su flautita, y las reses comenzaron a bailar como locas. Tocó y tocó hasta que entró la noche, y de nuevo llevó a las hambrientas vacas a la casa, además de cansadas de tanto bailar, a punto de morir.

El párroco no se impresionó un poquito cuando vio a su a su ganado, sino que mucho.

“¿Dónde en la tierra has estado alimentándolas?”, pensó al ver sus vacas, “¡se van agotadas y casi desmayando! Yo mismo las llevaré mañana a pastar, y veré exactamente a dónde las lleva y qué les da de comer.”

Al tercer día, el padre acompañó al pastor y al ganado a los pastizales, pero lo hizo a hurtadillas, ocultándose dentro de una zanja cerca al punto donde Ivan vigilaba a los animales. Se sentó allí dentro, observando con cuidado al pastor, a ver qué hacía. No mucho tiempo tuvo que esperar, pues Ivan se montó al monticulo de heno y comenzó a tocar.

Todas las vacas se pusieron a bailar, y todo en las orillas del bosque también, y también el párroco dentro de la zanja, quien incluso se puso a hacer cabriolas, y rompió haciendo jirones su sotana y sus calzones, y su camisa, y arañó su piel y torció fuertemente su barba, arrancándola y quedando como si se hubiera rasurado mal, muy mal, y el pobre padre tuvo que continuar bailando dentro de la espinosa zanja, hasta que le quedaron grandes ronchas y heridas por todo su cuerpo, y comenzó a fluir la sangre roja.

Y el pobre cura se preocupó al verse en tal situación diabóloca, y le hacía muecas al pastor para que dejara de tocar; pero el joven Ivan estaba tan ensimismado en su música, que no lo vio ni escuchó. Pero, finalmente, hasta que logró ver al padre, saltando como lunático, se detuvo. El pobre hombre salió disparado, corriendo tan fuerte y tan lejos como sus piernas podían, llevándolo hasta el pueblo y, ¡oh!, ¡qué espectáculo el que se presentaba por las calles!.

La gente no conocía al hombre desnudo y sangrado que corría como loco por todos lados, y comenzaron a abuchearle. El padre siguió corriendo, intentando internarse en el bosque, pero pasando antes por jardines y huertos, con todos los perros tras él. Pero a cualquier lado que fuera, se le tomaba por ladrón, y se le echaban los perros.

Finalmente llegó a su casa, todo andrajoso y dañado, de forma que, al verlo su esposa, no lo reconoció y llamó a los mozos que ayudaban en la casa, “¡Ayuda, ayuda, aqui hay un ladrón, echadlo!”.

Llegaron todos los mozos, con palos y porras, pero el hombre se puso a hablarles, y al final reconocieron su voz, lo llevaron adentro de la casa, en donde él le contó a su esposa sobre Ivan. La esposa del párroco estaba tan sorprendida, que apenas lo podía creer.

Por la noche, Ivan llevó las vacas y bueyes a la casa y los colocó dentro de sus establos, y fue a la casa a cenar. Entró y el padre le dijo, “¡Ven, Ivan, cuando hayas comido y descansado algo, toca un poco tu flauta para mi esposa!”. Pero, ya con experiencia, tomó la precaución de atarse al pilar que sostenía el tejado de la casa. Ivan se sentó en el piso, cerca del umbral, y comenzó a tocar.

La esposa, aún incrédula, se sentó en la banca a escuchar la melodía, pero inmediatamente saltó y comenzó a bailar, con tanto entusiasmo y energía, que el lugar se le hizo pequeño. Entonces el diablo pareció tomar posesión del gato, también, que salió de debajo de la estufa y se puso a brincar y hacer piruetas. El párroco se agarró fuertemente al pilar, con todas sus fuerzas, pero fue inútil. No tuvo la fuerza para soportar y soltó sus manos, y dio tales estirones, que la soga que lo sostenía se debilitó más y más, y entonces se puso a bailar alrededor del pilar, a un ritmo fúrico, con la soga excoriando sus manos y pies a la vez.

Finalmente no pudo soportar mas, y ordenó a Ivan que se detuviera.

“¡Tienes al diablo metido!”, exclamó. Ivan se detuvo, colocó la flautita en su bolsa, se arregló y se fue a dormir. Pero el párroco dijo a su esposa, “Debemos echar al tal Ivan mañana, o será nuestra muerte y la de nuestro ganado!”.

Ivan, sin embargo, escuchó de lejos lo que decía el párroco a su esposa y, levantándose temprano por la mañana, fue directo a su patrón y le dijo, “Deme cien karbovantsya y me iré; pero si no me lo quiere dar, tocaré y tocaré hasta que Usted y su esposa bailen, hasta morir, y luego tomaré su lugar aquí, y todo esto será mio”.

El párroco se rascó la cabeza, y detrás de las orejas, pensando y pensando; pero, finalmente decidió mejor darle el dinero y deshacerse de él. Entonces tomó las cien karbovantsya de su saco y se los dio a Ivan.

Pero Ivan le tocó una canción de despedida, tal fuerte y tan larga, que tanto el cura como su esposa cayeron bailando a la tierra, muertos de tanto bailar, con las lenguas fuera de la boca, aún moviéndose; entonces puso su flautita en el morral, y partió al amplio mundo.


Дурень та чарівна сопілка

Було в чоловіка три сини: два розумних а третій, Іван, дурний. Батько їх поділив хазяйством та й умер.

Пішли всі брати щастя шукати. Тільки розумні своє хазяйство покидали дома, а в Івана з хазяйства була одна ступа, так він і ту з собою взяв.

Ідуть вони та й ідуть, і вже стало смеркать. Дійшли до лісу та й кажуть:

Давайте виліземо на дуба та переночуємо, а то щоб розбійники не напали. Один і каже:

— А цього дурного біса де дінемо з ступою? Іван на те:

— Думайте за себе, а я сам вилізу на дуба та й заночую.
Чарівна сопілка 250х250.jpg
Полізли аж на самий вершок дуба і сидять, а Іван і собі лізе, а за собою і ступу тягне на дуба. Виліз, сидить і ступу держить.

От ідуть розбійники з своїх промислів та й стали ночувать під тим дубом. Назбирали дров собі, зачали варить у великому казані куліш на вечерю. Наварили, посідали кругом казана, побрали ложки та тільки що стали їсти та все студять, бо дуже гарячий був, а Іван як пустить ступу та прямо в казан. Кип’ячений куліш геть-чисто позаляпував їм очі. Вони з ляку як посхвачувалися та й ну тікать у ліс, забули й товар, котрий награбували в крамарів.

Іван тоді зліз з дуба та й каже братам:

— Лізьте додолу.

Брати позлазили, забрали увесь товар, коні і поїхали додому, а Іван узяв собі тільки сопілку. Узяв він ту сопілку і ну грать. А була та сопілка не проста, а чарівна: як заграє, так усе живе й танцює. От заграв Іван, так і пішло все танцювать: і вовки, і зайці, І лисиці, й ведмеді. А Іван все гра та сміється. Уже ті звірі сердешні танцювали і поморились. Уже за дерева хватались та держались, щоб не танцювать, та ні, не вдержаться.

Уморився Іван, ліг відпочивать. Трохи оддихнувши, встав і пішов у город. Люди саме несли на базар продавать хто паляниці, хто крашанки в коробці, а хто квас у відрах. Іван як заграв у дудочку, так і пішли всі танцювать. Один чоловік ніс коробку яєць та побив їх чисто, танцюючи, і сам як чортяка убрався в яєшню. Ті, що спали, посхвачувались та давай і собі танцювать: хто голий по хаті, хто без штанів, хто без сорочки, а хто без спідниці. Пішов увесь город перевертом: і собаки, і свині, і кури, все чисто, що було живе, пустилося танцювати.

Уморився Іван, граючи, і пішов у слободу найматися в робітники. Прийшов, а зустрічає його піп.

— Наймись до мене, добрий чоловіче, в робітники.

— Добре,— каже Іван.

— А що ти візьмеш у год?

— Та я не дорого візьму: п’ять карбованців.

— Як так, то й так,— каже піп.

Найняв він робітника та на другий день і послав волів пасти. Погнав Іван волів на сінокос, а сам виліз на стіг і сидить, а воли пасуться. От згадав він про свою дудочку і заграв. Як заграв, а воли зараз і пішли танцювать. Танцюють і танцюють, уже воли чисто поперепадались. Пригонить Іван волів увечері додому, а вони голодні, ревуть та з загати смичуть гнилу солому і їдять. Сам Іван повечеряв та ліг спать. На другий день погнав оп’ять волів пасти. Пас, пас, а потім знов заграв, і все пішло танцювать. Дограв до вечора і погнав волів додому голодних і замучених танцями. Дивиться піп на худобу та й каже:

— Де він їх у чорта пасе, що вони такі худі та голодні?

От він вирішив самому піти і подивитися, де той Іван їх пасе. На третій день погнав робітник волів пасти, а піп і собі слідом за ним. Пішов та й сів у тернику. Сидить і вигляда, що Іван буде робить.

А той знов виліз на стіг та й давай грати. Як пішло все танцювати – воли і всяка тварюка, а далі і піп у тернику. Терник був густий, і піп як почав по ньому плигать, як почав, та й порвав на собі штани, рясу, сорочку, а косу та бороду чисто вискуб терном.

Бачить піп, що лихо, та давай кричать, щоб робітник перестав грати. А той грає собі і не чує. А далі зирк у терен, коли піп плига як оглашенний, він тоді й годі грать. Піп вискочив та й дав тягу додому.

Добіг до еела та як чкурнув вулицями. Люди його не пізнали, дивляться, що в нього тільки клапті висять з одежі, а все тіло видно, і давай на нього тюкать. Він тоді звернув з вулиці, переліз через тин та як гайнув по городах бур’янами, а собаки за ним. Дехто думав, що розбійник, та давай його цькувати собаками. Прибіг піп додому увесь в реп’яхах. Попадя не впізнала та з переляку і каже робітникам:

— Біжіть вигоніть з двору скаженого чоловіка. Ті побігли з дрючками, аж він до них забалакав. Тоді робітники узнали попа, привели його в хату і давай він попаді розказувать про Івана.

Попадя слухає та тільки дивується.

Увечері пригнав Іван волів, загнав у загін, дав сіна, а сам пішов вечеряти. Увійшов у хату, а піп йому й каже: — Ану лишень, Іване, заграй попаді коротенької пісні.

А сам узяв та й прив’язав себе до стовпа, котрим був підпертий сволок у хаті. Іван сів долі біля порога і почав грати. Попадя вмостилася на лаві, щоб послухать, як він грає, та як схопиться з лави і давай танцювати. А далі як закрутиться якоїсь панської та й мало їй місця. Де в чорта взялась кішка, вискочила з-під припічка та давай і собі плигать. А піп державсь, державсь руками, а воно його так і сіпа біля стовпа. Сіпало, а далі канат ослаб і давай тоді піп стрибать кругом стовпа на канаті. Стрибав, стрибав та вже аж боки понамулював канатом, а тоді давай кричать Іванові:

— Годі! Перестань! Хай тобі біс! Іван перестав грать, сховав у пазуху свою дудку та тоді й пішов спать. Піп і каже попаді:

— Давай Івана проженем завтра, а то він зовім замучить і нас і наших волів.

Іван брав одежу в сінях та й чув, що піп казав попаді. Уранці встав і пішов прямо до попа та й каже йому:

— Коли ти, попе, задумав мене проганяти, то заплати мені гроші, і я собі піду. Як не даси, то буду грать, поки ви обоє з попадею позамучуєтесь, танцюючи.

Піп поскріб потилицю, бачить, що треба-таки платить, вийняв з гаманця гроші і віддав Іванові.

Іван заграв на прощання однієї, поки піп з попадею потомились, аж язики висолопили з рота, та й пішов по білому світу блукати.

Taras Bulba – Por Mykola Hóhol – Capitulos XI y finales

CAPÍTULO XI

En la época que tiene lugar esta historia, todavía no existían en la frontera ni aduaneros ni inspectores (ese terrible espantajo de los hombres de empresa), y todos podían transportar lo que les venía en gana. Si, por otra parte, algún individuo se tomaba el trabajo de registrar o inspeccionar las mercancías, era, las más de las veces, por puro pasatiempo, sobre todo cuando había entre ellas objetos agradables a la vista y sus puños infundían respeto a los que debía registrar. Pero los ladrillos no excitaban la envidia de nadie; así que entraron sin obstáculo en la ciudad por su puerta principal. Bulba, desde su estrecha jaula, podía oír solamente el ruido de los carros acompañado de los gritos de los conductores, y nada más. Yankel, brincando sobre su caballito cubierto de polvo, entró, después de hacer algunos rodeos, en una callejuela estrecha y sombría que llevaba el nombre de Cenagosa y Judería al mismo tiempo porque, en efecto, se encontraban reunidos todos los judíos de Varsovia.

Esta calle tenía todo el aspecto de un corral; parecía que el sol no penetraba jamás en ella, y se levantaban a un lado y otro casas de madera enteramente negras, con largas estacas que salían de las ventanas y que aumentaban aún su oscuridad. De trecho en trecho se veían algunos lienzos de pared de ladrillos colorados, ennegrecidos en varios sitios. De distancia en distancia un trozo de muralla enyesada en su parte superior, brillaba a los rayos del sol con insoportable resplandor. Todo presentaba allí sorprendentes contrastes: tubos de chimenea, andrajo y trozos de marmitas. Cada uno arrojaba a la calle todo lo que tenía de inútil y sucio, ofreciendo a los transeúntes ocasión de manifestar sus diversos sentimientos con motivo de esos andrajos. Un hombre a caballo podía tocar con la mano las pértigas que atravesaban la calle de una a otra casa, a lo largo de las cuales pendían medias, calzones cortos y una oca ahumada. Algunas veces mostrábase en una ventana destrozada un lindo rostro de judía, rodeado de perlas ennegrecidas. Una porción de niños judíos, sucios, harapientos, de cabellos, crespos, gritaban y se revolcaban en el lodo.Un judío de cabellos rojos y semblante lleno de pecas, que le daban la apariencia de un huevo de gorrión, se asomó por la ventana, entablando enseguida con Yankel una conversación en su lengua barrueca, y luego entró Yankel en el patio. Otro judío que pasaba por la calle se detuvo, tomó parte en la conversación, y cuando Bulba logró por fin salir de debajo de los ladrillos, vio a los tres judíos que hablaban entre sí acaloradamente.

Yankel se volvió hacia el kozako, y le dijo que todo se haría conforme deseaba, que su hijo estaba encerrado en la cárcel de la ciudad, y que, a pesar de lo difícil que era comprar la guardia, esperaba, sin embargo, arreglárselas para procurarle una entrevista.

Bulba entró en un aposento con los tres judíos.Estos empezaron a conversar en su incomprensible lengua. Taras los examinaba uno a uno. Parecía que alguna cosa le había en extremo conmovido; en sus facciones rudas e insensibles brillaba la llama de la esperanza, de esa esperanza que algunas veces visita al hombre cuando se halla en el último grado de la desesperación; su viejo corazón latía violentamente, como si de repente se hubiese rejuvenecido.

–Escuchen, judíos –les dijo, y su acento atestiguaba la exaltación de su alma– todo lo pueden ustedes en el mundo, un objeto perdido en el fondo del mar lo encontrarían; y dice un proverbio que un judío se robará a sí mismo, por poco que lo desee. ¡Liberten a mi Eustaquio, proporciónenle la ocasión de escaparse de las manos del diablo! He prometido doce mil ducados a ese hombre; añadiré doce más, todos mis vasos preciosos, todo el oro que tengo enterrado, mi casa, mis últimos vestidos; todo lo venderé haciendo además un contrato por el que me obligaré a partir con ustedes todo cuanto pueda adquirir en la guerra durante mi vida.

–¡Oh! ¡Imposible, querido señor, imposible! –dijo Yankel con un suspiro.

–¡Imposible! –dijo otro judío.
Los tres judíos se miraron en silencio.
–No obstante, si se probase –dijo el tercero echando sobre sus dos compañeros tímidas miradas– tal vez con la ayuda de Dios…

Los tres judíos se pusieron a conversar en su lengua. Bulba no pudo entender nada de lo que decían, a pesar de prestar toda su atención; oyó solamente pronunciar a menudo el nombre: de Mardoqueo y nada más.

–Escuche, mi señor –dijo Yankel– primero es preciso consultar a un hombre que no tiene igual en el mundo, es un hombre sabio como Salomón; y si éste no puede nada, nadie en el mundo podrá. Quédese aquí, tome la llave, y no deje entrar a nadie, absolutamente a nadie.

Los judíos salieron a la calle.Taras cerró la puerta, y miró por la ventanita hacia esta calle sucia de la Judería. Los tres judíos se detuvieron en ella y hablaron entre sí con animación. Pronto se les reunieron dos judíos más, primero uno y después otro, y Bulba oyó repetir de nuevo el nombre de Mardoqueo. ¡Mardoqueo! Los judíos volvían continuamente sus miradas hacia uno de los lados de la calle.

Por fin, por uno de los ángulos, detrás de una sucia casucha, apareció un pie calzado con zapato judío, y flotaron los faldones de un caftán corto.

«¡Ah! ¡Mardoqueo! ¡Mardoqueo!», exclamaron los judíos a una sola voz.

Un judío flaco menos largo que Yankel pero mucho más arrugado, y notable por la enormidad de su labio superior, se acercó al grupo impaciente. Entonces los judíos se apresuraron a hacerle su narración, durante la cual Mardoqueo se volvió varias veces para mirar la ventanita, por lo que Taras pudo comprender que se trataba de él. Mardoqueo gesticulaba moviendo ambas manos, escuchaba, interrumpía, escupía de lado, y levantando los faldones de su traje, metía las manos en los bolsillos para sacar de ellos una especie de castañuelas, operación que permitía notar sus asquerosos calzones. Por fin, los judíos se pusieron a gritar tan fuerte, que uno de ellos, que estaba de centinela, tuvo que hacerles señas de que callasen, y Taras, empezó a temer por su seguridad; pero se tranquilizó, pensando que los judíos podían conversar libremente en la calle, sin que el mismo diablo pudiese comprender su enrevesada lengua.

Dos minutos después los tres judíos entraron a la vez en el aposento. Mardoqueo se acercó a Taras, le dio un golpe en la espalda, y dijo:

–Cuando queremos hacer algo, lo hacemos en debida forma.

Taras examinó aquel nuevo Salomón que no tenía igual en el mundo, y concibió alguna esperanza. Efectivamente, su vista podía inspirar cierta confianza. Su labio superior era un verdadero espantajo; no cabía duda que había llegado a ese desenvolvimiento extraordinario por causas ajenas a la naturaleza. Quince pelos solamente componían la barba del Salomón, y todos al lado izquierdo. Su rostro llevaba las huellas de tantos golpes, recibidos por premio de sus hazañas, que sin duda hacía largo tiempo había perdido la cuenta de ellas, y se había acostumbrado a mirarlas como manchas de nacimiento.

Mardoqueo se alejó pronto con sus compañeros, admirados de su sabiduría. Bulba se quedó solo. Hallábase en una situación extraña, desconocida, y por primera vez en su vida, experimentó cierta inquietud. Su alma era presa de una excitación febril. Ya no era aquel Bulba inflexible, inalterable, fuerte como un roble; habíase vuelto pusilánime; ahora era débil. Temblaba al más ligero ruido y a cada nueva figura de judío que aparecía al extremo de la calle. En esta situación permaneció toda la mañana; no bebió ni comió, y sus ojos no se apartaron un instante de la ventanilla que daba a la calle.

En fin, por la tarde, ya casi al anochecer, llegaron Mardoqueo y Yankel. El corazón de Taras desfalleció.

–¡Y bien! ¿Han conseguido su objeto? preguntó con la impaciencia de un caballo salvaje.

Pero antes de que los judíos tuviesen tiempo de reunir su valor para responder, Taras había ya notado que a Mardoqueo le faltaba su última trenza de cabellos, la cual, aunque bastante mal cuidada, se escapaba antes rizada por debajo de su capisayo. No cabía duda que quería decir algo, pero balbuceaba de una manera tan extraña que Taras no pudo comprender nada. Yankel llevaba también a menudo la mano a su boca, como si hubiese sufrido una fluxión.

–¡Oh, mi querido señor! –dijo Yankel. Ahora es completamente imposible. ¡Dios lo ve! ¡Es imposible! Tenemos que habérnosla con un pueblo tan malo que sería preciso escupirle a la cara. Ahí está Mardoqueo que no me desmentirá. Él ha hecho lo que ningún hombre es capaz de hacer; pero Dios no ha querido ayudarnos. Hay en la ciudad tres mil hombres de tropa, y mañana se les lleva al suplicio.

Taras miró a los judíos de reojo, pero ya sin impaciencia y sin cólera.

–Y si su señoría quiere una entrevista, es necesario ir mañana de madrugada antes que el sol asome por el Oriente. Los centinelas han dado su consentimiento, y tengo la promesa de un leventar. ¡Ojalá no tengan felicidad en el otro mundo! ¡Ah weh mir! ¡Pueblo codicioso! Ni aun entre nosotros se encuentran hombres semejantes; he dado cincuenta ducados a cada centinela y al leventar.

–Está bien. Condúceme cerca de él –dijo resueltamente Taras– y su alma recobró toda su firmeza.

Se conformó con la proposición que le hizo Yankel de disfrazarse de conde extranjero, llegado de Alemania. El previsor judío había preparado ya los trajes necesarios. Por fin llegó la noche. El dueño de la casa (ese mismo judío de pelo rojo y cutis pecoso) trajo un colchón delgado, cubierto con una especie de sábana, y lo tendió sobre uno de los bancos para Bulba. Yankel se acostó en el suelo sobre un colchón parecido al del kozako.

El judío de pelo rojo bebió una taza de aguardiente, después se quitó su medio caftán, no conservando más que los zapatos y las medias que le daban mucha semejanza con un pollo, y se acostó al lado de su judía en una cosa que parecía un armario. Dos niños, judíos también, se tendieron en el suelo cerca del armario, como dos falderillos. Pero Taras no dormía; permanecía inmóvil, dando ligeramente en la mesa con sus dedos. Con su pipa en la boca, lanzaba nubes de humo que hacían estornudar al adormecido judío y le obligaban a taparse la nariz con el cobertor.

Apenas amaneció Bulba empujó a Yankel con el pie.

–Alzate, judío, y dame tu traje de conde.
Se vistió en un minuto, y se pintó de negro las cejas, los bigotes y las pestañas; se cubrió la cabeza con un sombrerito oscuro, y se arregló de modo que ninguno de sus kozakos, ni aun los que más tratado le tenían, le hubiera reconocido. Parecía un hombre de treinta años. Los colores de la salud brillaban en sus mejillas, y sus mismas cicatrices le daban cierto aire de autoridad. Sus vestidos recamados de oro le sentaban maravillosamente.

Las calles permanecían aún silenciosas; ni siquiera un vendedor, con la cesta en la mano, se veía en la ciudad. Bulba y Yankel llegaron a un edificio que parecía una garza real descansando. Era bajo, ancho, pesado, ennegrecido, y en uno de sus ángulos se levantaba, como el cuello de una cigüeña, una alta y estrecha torre, coronada por un trozo de techo. Este edificio estaba destinado a muchos y diversos empleos: servía de cuartel, de cárcel y hasta de tribunal criminal. Nuestros viajeros penetraron en él y se encontraron en una vasta sala o más bien en un patio cerrado por arriba: cerca de mil hombres dormían allí juntos. Enfrente de ellos había una puertita, delante de la cual dos centinelas se entretenían en un juego que consistía en golpearse uno a otro sobre las manos con los dedos, prestando poca atención a los que llegaban; sólo volvieron la cabeza cuando Yankel les dijo:

–Somos nosotros, ¿lo oyen, señores míos? Somos nosotros.
–Pasen –dijo uno de ellos, abriendo la puerta con una mano y alargando la otra a su compañero para recibir los golpes obligados.

Entraron en un corredor estrecho y oscuro que les condujo a otra sala semejante a la primera con ventanillas arriba.

–¡Quién vive! –exclamaron algunas voces, y Taras vio cierto número de soldados armados de pies a cabeza. Tenemos orden de no dejar entrar a nadie.

–¡Somos nosotros! –exclamó Yankel– ¡Dios lo ve, somos nosotros, señores míos!

Pero nadie quería escuchar. Por fortuna se acercó en este momento un hombre grueso, que parecía ser el jefe, pues gritaba más recio que los otros.

–Somos nosotros, monseñor; ¿no nos conocéis ya? y el señor conde os atestiguará su reconocimiento.

–¡Déjenles pasar! ¡Que mil diablos les ahoguen a ustedes! ¡Pero no dejen pasar a nadie más! Y que ninguno de ustedes se quite el sable, ni se acueste en el suelo.

Nuestros viajeros no oyeron la continuación de esta elocuente orden.
–¡Somos nosotros, soy yo, somos nosotros mismos! –decía Yankel a cada uno que encontraba.

–¿Se puede ahora? –preguntó el judío a uno de los centinelas, al llegar por fin al sitio en donde terminaba el corredor.

–Se puede: únicamente ignoro si le dejarán entrar en su misma cárcel. Ian no está aquí en este momento, por haberse puesto otro en su lugar –respondió el centinela.

–¡Ay, ay! –dijo el judío en voz baja. Eso sí que es malo, mi querido señor.
–¡Adelante –dijo Taras con firmeza. Yankel obedeció.

En la puerta puntiaguda del subterráneo estaba un jeduque adornado con un bigote formando tres líneas superpuestas: la superior le llegaba hasta los ojos, la segunda iba hacia delante, y la tercera descendía encima de la boca, lo cual le daba una singular semejanza con un carnero.El judío se inclinó hasta el suelo, y se acercó a él casi doblado.

–¡Señoría! ¡Mi ilustre señor!
–Judío, ¿a quién dices eso?
–A usted, mi ilustre señor.
–¡Hum!¡No soy más que un simple jeduque! –dijo el que llevaba el bigote de tres líneas, y sus ojos brillaron de contento.

–¡Ira de Dios! ¡Yo creía que era el coronel en persona! ¡Ay, ay, ay!

Al decir estas palabras meneó el judío la cabeza y separó los dedos de las manos.

–¡Ay! ¡Qué aspecto tan imponente! ¡Si es un coronel, un coronel perfecto! ¡Un dedo más, y es un coronel! Se debería poner a mi señor sobre un caballo padre veloz como una mosca, para que hiciese maniobrar un regimiento. El jeduque retorció la línea inferior de su bigote, y sus ojos brillaron con una completa satisfacción

–¡Dios mío! ¡Qué pueblo tan marcial! prosiguió el judío:– ¡oh weh mir! ¡Que pueblo tan arrogante! Esos galones, esas chapas doradas, todo eso brilla como un sol, y las muchachas, en cuanto ven a esos militares… ¡ay, ay!

Y el judío meneó de nuevo la cabeza.
El jeduque se atusó la línea superior de su bigote, haciendo oír entre dientes un sonido casi semejante al relincho de un caballo.

–Suplico a mi señor que nos preste un pequeño favor –dijo Yankel. El príncipe, aquí presente, acaba de llegar del extranjero, y quisiera ver los kozakos, pues no ha visto en su vida qué clase de gente son.

La presencia de condes y barones extranjeros en Polonia era bastante común, atraídos a menudo por la sola curiosidad de ver ese pequeño rincón de Europa casi medio asiático. Respecto a Moscovia y a Ucrania las consideraban como formando parte de la misma Asia. Así es que el jeduque, después de saludar respetuosamente, juzgó oportuno añadir algunas palabras de su propia cosecha.

–No sé –dijo– por qué vuestra excelencia quiere verles. Son perros, y no hombres. Y es tal su religión que nadie hace el menor caso de ella.

–¡Mientes, hijo de Satanás! –interrumpió Bulba; ¡el perro eres tú! ¿Cómo te atreves a decir que no se hace caso de nuestra religión? De tu religión herética es de la que no se hace caso.

–¡Hola, hola! –dijo el jeduque. ¡Ahora ya sé quién eres, amigo mío! Perteneces a los que están bajo mi vigilancia. Espera, voy a llamar a los nuestros.

Taras conoció su imprudencia, pero su carácter era testarudo y el despecho le impidieron pensar en repararla. Por fortuna, en el mismo instante consiguió Yankel deslizarse entre ellos.

–¡Mi señor! ¿Cómo es posible que el conde sea un kozako? Si lo fuese, ¿en dónde hubiera adquirido semejante traje y un aire tan noble? ¡Adelante!

Y el jeduque abría ya su ancha boca para gritar.

–¡Real majestad, calle, calle! –exclamó Yankel. ¡En nombre del Cielo, calle! ¡Le pagaremos como nadie ha sido pagado en su vida, le daremos dos ducados de oro.

–¡Dos ducados! Dos ducados no significan nada. Yo los doy a mi barbero para afeitarme la mitad de la barba.¡Cien ducados, judío!

Aquí el jeduque retorció su bigote superior.

–Si no me das al instante cien ducados, llamo a la guardia.

–¿Por qué, pues, tanto, dinero? –dijo, en tono lastimoso el judío, que había palidecido, desatando los cordones de su bolsa de cuero. Pero, afortunadamente para él, su bolsa sólo contenía cien ducados, y el jeduque no sabía contar más arriba de ciento.

–¡Mi señor, mi señor! ¡Partamos lo más pronto posible! Vea qué mala es esa gente –dijo Yankel, después de observar que el jeduque movía el dinero entre sus manos, como arrepentido de no haber pedido más.

–¡Bien, vamos pues, jeduque del diablo! –dijo Bulba– ¿has tomado el dinero, y no piensas en hacernos ver los kozakos? No, tú debes enseñárnoslos, puesto que has recibido el dinero no tienes derecho de rehusárnoslo.

–Váyanse al demonio, si no, los denuncio al instante, y entonces… atrás les digo, y pronto.

–¡Mi señor, mi señor!– ¡vámonos, en nombre de Dios, vámonos! ¡Malditos sean! –exclamó el pobre Yankel.

Bulba, con la cabeza baja, se volvió lentamente, seguido de las reconvenciones de Yankel, que se sentía devorado de pesar a la idea de haber perdido sus cien ducados por nada.

–Pero también, ¿por qué pagarle? Debíamos haber dejado ladrar a ese perro. Ese pueblo es hecho así, siempre ha de regañar. ¡Oh weh mir! ¡Qué felicidades envía Dios a los hombres! Mire: ¡cien ducados solamente habernos echado! Y a un pobre judío le arrancarán sus rizos de pelo, harán de su hocico una cosa imposible de mirar, y nadie le dará cien ducados. ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios de misericordia!

Pero aquel contratiempo había tenido sobre Bulba otra influencia; se veía el efecto en la devoradora llama que brillaba en sus ojos.

–Marchemos –dijo de repente, sacudiendo una especie de torpeza– vamos a la plaza pública; quiero ver cómo le atormentan.

–¡Oh, mi señor! ¿Para qué? Allí no podremos socorrerle.

–Vamos– dijo Bulba con resolución; y el judío le siguió exhalando un suspiro, como sigue una niñera a un niño indócil.

No era difícil encontrar la plaza en donde debía tener lugar el suplicio, pues el pueblo afluía a ella de todas partes. En aquel siglo de costumbres toscas, aquel era un espectáculo de los más atractivos, no solamente para el populacho, sino para las clases elevadas. Multitud de viejas devotas, un sinnúmero de tímidas jóvenes, que soñaban en seguida toda la noche cadáveres ensangrentados, y que despertaban gritando como puede hacerlo un húsar ebrio, aprovechaban aquella ocasión para poder satisfacer su cruel curiosidad. «¡Ah! ¡Qué horrible tormento!», gritaban algunas de ellas con terror febril, cerrando los ojos y volviendo el rostro, y sin embargo no abandonaban su puesto. Había hombres que, con la boca abierta y las manos tendidas convulsivamente, hubieran querido encaramarse por encima de las cabezas de los otros para ver mejor. Entre las figuras vulgares, sobresalía la enorme cabeza de un verdugo, que observaba todo el espectáculo con aire conocedor, y conversaba en monosílabos con un maestro de armas a quien llamaba su compadre porque los días festivos se emborrachaban en la misma taberna. Algunos discutían acaloradamente, otros hacían apuestas pero la mayor parte pertenecían a ese género de individuos que miran el mundo entero y todo lo que pasa en él como quien ve llover. En primera fila, y junto a los bigotudos, que componían la guardia de la ciudad, estaba un hidalgo campesino, o que parecía tal, en traje militar, llevando encima cuanto poseía, de manera que en su casa sólo le había quedado una camisa desgarrada y unas botas estropeadas; dos cadenas, de las cuales pendía una especie de ducado, se cruzaban sobre su pecho; había ido allí con su amante, Yousefa, y se agitaba continuamente porque no se le manchase su traje de seda. Se lo había explicado todo con anticipación tan minuciosamente, que era imposible de todo punto añadir cosa alguna.

–Mi pequeña Yousefa –decía– todas esas gentes que ves, han venido aquí para ver ajusticiar los criminales; y aquello, querida mía, que ves allá abajo, que tiene un hacha y otros instrumentos en la mano, es el verdugo, y es él quien les ajusticiará; y cuando empiece a dar vueltas a la rueda y a darles otros tormentos, el criminal estará todavía con vida; pero cuando les corte la cabeza, entonces morirá en seguida, querida mía. Primeramente chillará como un loco, pero cuando se le haya cortado la cabeza no podrá chillar más, ni comer, ni beber porque entonces, querida mía, no tendrá ya cabeza.

Y Yousefa escuchaba todo eso con terror y curiosidad.


Los tejados de las casas estaban cubiertos de gente. En los huecos de las ventanas aparecían extraños rostros con bigotes, cubierta la cabeza con una especie de gorras. En los balcones, y resguardados por baldaquinos, estaba la aristocracia. La linda mano, brillante como azúcar blanco, de una joven risueña se apoyaba en la reja del balcón. Hidalgos, dotados de una respetable gordura, contemplaban todo eso con aire majestuoso. Un criado, con rica librea y las mangas dobladas, hacía circular bebidas y refrescos. A menudo una joven delgada tomaba con su blanca mano dulces o frutas y las arrojaba al pueblo. El enjambre de caballeros hambrientos se apresuraba a tender sus sombreros, y algún largo hidalguillo cuya cabeza sobresalía de la multitud, vestido con un konutousch en otro tiempo de escarlata y enteramente recamado de cordones de oro ennegrecidos por el tiempo, tomaba las golosinas al vuelo, gracias a sus largos brazos, besaba la presa que había conquistado, la apoyaba contra su corazón, y luego se la comía.

También figuraba entre los espectadores un halcón, suspendido al balcón en una jaula dorada; con el pico vuelto de través y la pata levantada, contemplaba atentamente al pueblo. Pero la multitud se conmovió de repente, y por todos los ámbitos de la plaza se oyó el grito de: «¡Véanlos, allí vienen, son los kozakos!» Estos marchaban con la cabeza descubierta, con sus largas trenzas colgando, habiendo todos dejado crecer sus barbas. Adelantaban sin temor y sin tristeza, con cierta altanera tranquilidad. Sus vestidos, de preciosas telas, a fuerza de usarlos, estaban hechos jirones; no miraban ni saludaban al pueblo. Delante de todos marchaba Eustaquio.

¿Qué experimentó el viejo Taras a la vista de su hijo? ¿Qué pasó entonces en su corazón? Le contemplaba entre la multitud sin perder uno solo de sus movimientos. Los kozakos habían llegado ya al lugar del suplicio: el joven se detuvo. A él le tocaba primero apurar ese amargo cáliz. Tendió una mirada a los suyos, levantó una de sus manos al cielo, y dijo en alta voz:

–¡Haga Dios que todos los herejes reunidos aquí no conozcan de qué manera es torturado un cristiano! Que ninguno de nosotros pronuncie una palabra.

Dicho esto se acercó al cadalso.
–¡Bien, hijo, bien! –dijo Bulba dulcemente inclinando hacia el suelo su cabeza gris.

El verdugo arrancó los harapos que cubrían a Eustaquio; metiéronle los pies y las manos en una máquina hecha expresamente para este uso, y… No turbaremos el alma del lector con el cuadro de tormentos infernales cuya sola idea haría erizar los cabellos. Era el fruto de tiempos groseros y bárbaros, cuando aún llevaba el hombre una vida sangrienta, consagrada a las hazañas de la guerra, y que había endurecido completamente su alma desprovista de toda idea humanitaria. En vano algunos hombres aislados formaban una excepción en su siglo, mostrándose adversarios de esas bárbaras costumbres; en vano el rey y varios caballeros de inteligencia y de corazón hacían presente que semejante crueldad en los castigos sólo servía para inflamar la venganza de la nación kozaka: el rey, con todo su poder, y las prudentes opiniones de hombres sensatos eran impotentes contra el desorden, contra la voluntad audaz de los magnates polacos, que, por una falta inconcebible de previsión y por una vanidad pueril, habían convertido su asamblea en una sátira del gobierno.

Eustaquio sufría los tormentos y las torturas con un valor gigantesco. Ni un grito, ni una queja exhalaba ni aun cuando los verdugos empezaron a romperle los huesos de los pies y de las manos, cuando el terrible ruido que se hacía al descoyuntarlos se dejó oír de los más apartados espectadores, y las jóvenes volvieron los ojos con horror; nada que se asemejase a un gemido salió de su boca; su semblante no demostró la menor emoción. Taras permanecía entre la multitud, con la cabeza inclinada, y levantando de cuando en cuando los ojos con orgullo, decía solamente en tono de aprobación:

–¡Bien, hijo, bien!

Pero cuando se hubo acercado a las últimas torturas y a la muerte, su fuerza de alma pareció abandonarle. Paseó sus miradas a su alrededor: ¡Dios de bondad! ¡Sólo vio rostros desconocidos, extraños! ¡Si al menos hubiesen asistido a su fin algunos de sus próximos parientes! No es que deseara oír los angustiosos ayes de una débil madre, o los gritos insensatos de una esposa, arrancándose los cabellos y golpeándose su blanco seno, no, lo que deseaba era ver al lado de su hijo a un hombre valeroso que le aliviase con una palabra sensata y le consolase en su última hora. Su constancia sucumbió, y en el abatimiento de su alma exclamó:

–¡Padre! ¿En dónde estás? ¿Oyes todo eso?
–¡Sí, oigo!
Esta palabra resonó en medio del silencio universal, y todo un millón de almas se estremecieron a la vez. Un pelotón de guardias de caballería se lanzó para examinar escrupulosamente los grupos del pueblo. Yankel se volvió pálido como un difunto, y cuando los soldados se hubieron alejado un poco, se volvió con terror para mirar a Bulba, pero Bulba no estaba a su lado. Había desaparecido sin dejar rastro alguno.

Pronto tendremos noticias de él.


CAPÍTULO XII

Ciento veinte mil hombres de tropas kozakas aparecieron en las fronteras de Ucrania. Esto no era ya un partido insignificante, un destacamento guiado solamente por el lucro del botín o enviado en persecución de los tártaros. No, se había levantado la nación entera, porque su paciencia se había agotado; se habían levantado para vengar sus derechos insultados, sus costumbres convertidas ignominiosamente en objeto de burla, la religión de sus padres y sus santos usos ultrajados, sus templos entregados a la profanación; para sacudir el yugo de los nobles extranjeros, la opresión dela unión católica, la afrentosa dominación de los judíos en un país cristiano; en una palabra, para vengar todos los agravios que alimentaban y aumentaban hacía mucho tiempo el odio salvaje de los kozakos.

El hetman Ostranitza, guerrero joven, pero de una inteligencia superior, iba a la cabeza de considerable ejército kozako. Junto a él estaba Gouma, su antiguo compañero, de mucha experiencia. Ocho polkovniks conducían polks doce mil combatientes. Dos iésaouls generales y un bountchoug, o general de retaguardia, venían enseguida del hetman. El general abanderado marchaba delante con la primera bandera; flotando en el aire otros varios estandartes y banderas; los compañeros de los bountchougs llevaban lanzas adornadas con colas de caballo; también había varios otros empleados de ejército y muchos escribanos de polks seguidos de destacamentos, a pie y a caballo. Contábanse casi tantos kozakos voluntarios como tropas de línea. De todas las comarcas se habían levantado, de Tchiguirina, de Péreiaslav, de Batourina, de Gloukhoff, de las orillas inferiores del Dnipró, de sus cerros y de sus islas. Por todas partes se veían innumerables caballos y un sinnúmero de bagajes; pero entre ese enjambre de kozakos, entre esos ocho polks regulares, había un polk superior, a la cabeza del cual iba Taras Bulba. Su avanzada edad, su mucha experiencia, su ciencia militar y, su odio contra su enemigo, más fuerte en él que en los otros, le daba una superioridad sobre los demás jefes. Su ferocidad implacable y su crueldad sanguinaria parecían exageradas hasta para los mismos kozakos. Sus labios no se abrían sino para condenar al fuego y a la horca, y su parecer en el consejo de guerra sólo respiraba ruina y devastación.

¿Para qué describir todos los combates que tuvieron los kozakos, ni la marcha progresiva de la campaña, si todo eso se halla escrito en las páginas de la Historia? En labRus saben lo que es una guerra religiosa. No hay un poder más fuerte que la religión: es implacable, terrible, como una roca levantada por obra de la naturaleza en medio de un mar eternamente tempestuoso y voluble; de entre las profundidades del Océano alza hacia el cielo sus inquebrantables muros, formados de una sola pieza entera y compacta. Se las distingue de todas partes, y por todas partes se contempla altivamente las olas que contra ella se estrellan. ¡Desventurado el buque que viene a chocar con la roca! Sus frágiles aparejos vuelan hechos pedazos; todo cuanto lleva se rompe o se hunde en los insondables abismos del mar, y el aire de su alrededor resuena con los gritos plañideros de los que perecen entre las olas.

En las páginas de los anales se lee detalladamente cómo huían de las ciudades conquistadas las guarniciones polacas; cómo se ahorcaba a los arrendadores judíos sin conciencia; cómo Nicolás Potocki, el hetman de la corona, se encontró débil contra su numeroso ejército, ante esa fuerza irresistible; cómo derrotado y perseguido, se ahogó en un pequeño río la mayor parte de sus tropas; cómo le cercaron los terribles polks kozakos en la pequeña aldea de Polonoi, y cómo, reducido al extremo, el hetman polaco prometió bajo juramento, en nombre del rey y de los magnates de la corona una entera satisfacción, así como el restablecimiento de todos los antiguos derechos y privilegios. Pero los kozakos, que sabían lo que valían los juramentos de los polacos respecto a ellos, no eran hombres que se dejasen engañar por esta promesa. Y Potocki no se hubiera pavoneado sobre su argamak de seis mil ducados, atrayendo las miradas de las damas ilustres y la envidia de la nobleza; no hubiera hecho ruido en las asambleas, ni dado suntuosas fiestas a los senadores si no hubiese sido salvado por el clero ruso que se encontraba en aquella aldea. Cuando salieron todos los sacerdotes, vestidos con sus brillantes trajes dorados, llevando las imágenes de la cruz, y a su cabeza el arzobispo en persona con el báculo en la mano y la mitra en la cabeza, todos los kozakos hincaron la rodilla y se descubrieron. En aquel momento no hubieran respetado a nadie ni aun al mismo rey, pero no se atrevieron a obrar contra su iglesia cristiana, y se humillaron ante su clero.


De común acuerdo el hetman y los polkovniks consintieron en dejar partir a Potocki, después de hacerle jurar que en adelante dejaría en paz a todas las iglesias cristianas; que relegaba al olvido las pasadas enemistades y que no haría ningún mal al ejército kozako. Sólo un polkovnik rehusó consentir en semejante paz: Taras Bulba, el cual arrancándose un mechón de cabellos, exclamó:

–¡Hetman, hetman, y ustedes polkovniks, no cometan esa acción propia tan solo de una vieja; no se fíen de los polacos, esos perros los venderán!

Entonces Bulba, cuando los escribanos del polk hubieron presentado el tratado de paz, cuando el hetman hubo extendido su poderosa mano sobre él, desenvainó su precioso sable turco, de hoja damasquina pura y del más hermoso acero, lo rompió en dos como una caña, y tirando lejos los pedazos en dos opuestas direcciones, exclamó:

–¡Adiós, pues! ¡Así como las dos mitades de este sable no se volverán a reunir y no formarán jamás una misma arma, nosotros, compañeros, tampoco volveremos a vernos más en este mundo! ¡No olviden, pues, mis palabras de despedida!

Entonces su voz aumentó, se elevó, adquirió un poder extraño, y se conmovieron todos escuchando sus acentos proféticos.

–¡Ya sé acordarán de mí cuando les llegue su última hora! ¿Creen ustedes haber comprado el reposo y la paz? ¿Creen que no tienen que hacer más que darse buena vida? Otras fiestas les esperan. ¡Hetman, te arrancarán el cuero cabelludo, te lo llenarán de simiente de arroz, y durante mucho tiempo, se verá paseado por todas las ferias! Tampoco ustedes, señores, conservarán sus cabezas. Se pudrirán en cuevas frías, enterrados en muros de piedra, a menos que no les asen a todos vivos como carneros. Y ustedes, camaradas –continuó volviéndose hacia los suyos– ¿quien quiere morir de su verdadera muerte? ¿Quién quiere morir, no sobre el asador de su casa, ni sobre una cama de vieja, no borracho sobre un parral, en una taberna, como una carroña, sino de la hermosa muerte de un kozako, todos sobre un mismo lecho, como el desposado con la desposada? A menos que quieran regresar a sus casas, volverse medio herejes, y pasear sobre sus hombros a los nobles polacos.

–¡Contigo, señor polkovnik, contigo! –exclamaron todos los que formaban parte del polk de Taras.

A estos se juntaron una porción de otros.

–¡Y bien, puesto que es conmigo, conmigo pues! –dijo Taras.Y se encasquetó altivamente su gorra, echó una mirada terrible a los que se quedaban, se aseguró sobre su caballo y gritó a los suyos:

–¡Al menos nadie nos humillará con una palabra ofensiva! Vamos, camaradas, de visita a casa de los católicos.

Y picando espuelas, le siguió una compañía de cien carromatos, rodeados por kozakos de a pie y de a caballo, y volviéndose, desafió con una mirada llena de desprecio y de cólera a todos los que no habían querido seguirle.

Nadie se atrevió a detenerlos. A la vista de todo el ejército se marchaba un polk, y largo tiempo después, se volvía aún Taras dirigiendo amenazadoras miradas.

El hetman y los otros polkovniks estaban turbados; se quedaron todos pensativos, silenciosos, como oprimidos por un penoso presentimiento. La profecía de Taras se cumplió: Todo pasó como él había predicho. Poco tiempo después de la traición de Kaneff, la cabeza del hetman y la de varios de los principales jefes fueron puestas sobre estacas.

¿Y Taras? Taras se paseaba con su polk de uno y otro confín de la Polonia; redujo a cenizas dieciocho poblaciones, tomó cuarenta iglesias, y se adelantó hasta cerca de Cracovia. Asesinó a muchos nobles; saqueó los mejores y más ricos castillos. Sus kozakos desfondaron y vertieron los toneles de aguamiel y de los vinos añejos que se conservaban cuidadosamente en las bodegas de los nobles; desgarraron a sablazos y entregaron a las llamas las ricas telas, los trajes de ceremonia y cuantos objetos de valor encontraron en los edificios.

–¡Destruirlo todo! –repetía Taras.

Ni las jóvenes de negras cejas, ni las doncellas de blanco seno y fresco semblante, fueron respetadas: las pobrecillas ni siquiera pudieron encontrar refugio en los templos, pues Taras las quemó con los altares. Más de una mano blanca como la nieve se elevó del seno de las llamas hacia el Cielo, entre gritos plañideros que hubieran conmovido al mismo suelo, y que hubieran hecho inclinar de compasión a la misma hierba de las estepas. Pero los crueles kozakos no oían nada y levantaban a las criaturas con las puntas de sus lanzas, tirándolas a las madres que ya se veían presas de las llamas.

–¡Esos son los oficios fúnebres de Eustaquio, detestables polacos! –decía Taras.

Y en todas las poblaciones celebraba semejantes oficios, hasta que el gobierno polaco conoció que sus hazañas tenían más importancia que un simple latrocinio, y encargó a ese mismo Potocki, al frente de cinco regimientos, la captura de Taras.

Durante siete días los kozakos lograron escapar a las persecuciones, tomando caminos extraviados. Sus caballos apenas podían soportar esta incesante carrera y salvar a sus dueños. Pero esta vez Potocki se mostró digno de la misión que había recibido: no dio cuartel al enemigo, y le alcanzó en las orillas del Dniester, en donde Taras Bulba acababa de hacer alto en una fortaleza abandonada y ruinosa.

Se la veía en la cima de una roca que dominaba el Dniester, con los restos de sus destrozados glacis y de sus derruidas murallas. Aquella cima estaba enteramente cubierta de piedras, de ladrillos y de escombros siempre prontos a desprenderse y a caer en el abismo. Allí fue donde el hetman de la corona, Potocki, cercó a Bulba por los dos lados que daban acceso a la llanura. Los kozakos lucharon y se defendieron a ladrillazos y a pedradas durante cuatro días; pero sus municiones y sus fuerzas tocaron a su fin, y Taras resolvió abrirse un camino a través de sus perseguidores. Los kozakos se habían abierto ya paso, y tal vez sus ligeros caballos les hubieran salvado de nuevo, cuando Taras se detuvo de repente en medio de su carrera.

–¡Alto! –exclamó. He perdido mi pipa y mi tabaco, y no quiero que caigan en poder de esos polacos que el diablo confunda.

Y el viejo polkovnik se inclinó para buscar en la hierba su pipa y su bolsa de tabaco, sus dos inseparables compañeros, en mar y en tierra, en los combates y en la casa. Durante este tiempo, llegó una partida enemiga, y le agarraron por sus poderosas espaldas. Taras hizo esfuerzos para que le soltaran, pero los jeduques que lo habían apresado no rodaron ya por tierra como en otros tiempos.

–¡Oh! ¡Vejez! ¡Vejez! –dijo amargamente; y el viejo kozako lloró.

Pero la culpa no era de la vejez, sino que la fuerza había vencido a la fuerza. Una treintena de hombres le tenían agarrado por los pies y por los brazos.

–¡Ya es nuestro! –gritaron los polacos. Sólo nos falta encontrar la manera de hacer honor a ese perro.

Y le condenaron, con consentimiento del hetman, a ser quemado vivo en presencia del ejército. Había cerca de allí un árbol desprovisto de follaje cuya cima había sido tronchada por un rayo. Allí fue atado Taras con cadenas de hierro; luego se le clavó de manos, después de alzarle todo lo posible, a fin de que el kozako fuese visto de lejos y de todas partes; y por último, con ramas secas los polacos levantaron una hoguera al pie del árbol.

Pero Taras no contemplaba la hoguera; no eran las llamas, que iban a devorarle en lo que soñaba su alma intrépida: el infortunado miraba del lado en donde combatían sus kozakos. Desde la altura en donde estaba colocado lo veía todo como sobre la palma de la mano.

–¡Camaradas! –gritó– ¡Ganen pronto la montaña que está detrás del bosque, allí no los alcanzarán!

Pero el viento se llevó sus palabras.

–¡Van a perecer, van a perecer por nada! exclamó con desesperación.
Y echó una mirada debajo de él, en el sitio donde se reflejaba el Dniester. Un rayo de alegría brilló en sus pupilas viendo cuatro proas medio ocultas por los arbustos. Entonces, reuniendo todas sus fuerzas, exclamó con su potente voz:

–¡Al río, al río, camaradas! ¡Bajen por el sendero de la izquierda! ¡Hay buques en la orilla, tómenlos todos, para que no puedan perseguirlos!

Esta vez el viento sopló favorablemente, y todas sus palabras fueron oídas por los kozakos. Pero este buen consejo le valió un golpe de maza en la cabeza, que hizo dar vueltas a todos los objetos ante sus ojos.

Con presteza suma los kozakos se lanzan en la pendiente del sendero, pero son perseguidos muy de cerca. Miran, y ven que el sendero da vueltas, serpentea, forma mil rodeos.

–¡Vamos, camaradas, por la gracia de Dios! –exclamaron todos los kozakos.

Se detienen un instante, levantan sus látigos, silban, y sus caballos tártaros emprenden veloz carrera hendiendo los aires como serpientes, vuelan por encima del abismo y caen en medio del Dniester. Solamente dos no pudieron llegar al río: se estrellaron en las rocas pereciendo con sus caballos sin exhalar un solo grito. Los kozakos nadaban ya a caballo en el río y desataban los buques. Los polacos se detuvieron ante el abismo, asombrados, de la hazaña inaudita de los kozakos, y preguntándose si debían o no continuar en su seguimiento. Un coronel joven, de sangre ardiente, el propio hermano de la hermosa polaca que había encantado al pobre Andrés, se lanzó sin reflexionar en persecución de los kozakos, pero dio tres vueltas en el aire con su caballo, y volvió a caer sobre los agudos peñascos. Las piedras angulosas le despedazaron, el abismo se lo tragó, y su seso, mezclado con sangre, salpicó los arbustos que crecían en las desiguales pendientes del glacis.

Cuando Taras Bulba volvió en sí del golpe que le había aturdido, cuando dirigió una mirada hacia el Dniester, los kozakos estaban ya en los buques y se alejaban a fuerza de remos. Las balas llovían sobre ellos desde considerable altura, pero sin alcanzarles; y los ojos del polkovnik brillaban con el fuego de la alegría.

–¡Adiós, camaradas –les gritó desde el elevado sitio en que estaba– acuérdense de mí, vuelvan en la próxima primavera, y que les vaya bien! ¿Y ustedes, polacos del diablo, qué han ganado? ¡No hay nada en el mundo que amedrente a un kozako! Esperen un poco, pronto llegará el tiempo en que sabrán lo que es la religión ortodoxa. Los pueblos vecinos y lejanos lo presienten desde ahora; ¡de la tierra rusa se levantará un zar, y no habrá poder en el mundo que deje de sometérsele!

Las llamas de la hoguera se elevaban ya, llegando a los pies de Taras y abrasando con su llama el grueso tronco del árbol Pero, ¿hay fuego, torturas ni poder, capaces de domar la fuerza kozaka?

El río Dniester es pequeño, pero posee varias ensenadas, muchos sitios sin fondo, y en sus orillas crecen abundantes juncos. El espejo del río es brillante, y en él resuena el grito sonoro de los cisnes, y el soberbio gogol se deja llevar por su rápida corriente. Miríadas de chorlitos, de gallinetas ciegas con rojizo plumaje, y otras aves de toda especie se agitan entre sus juncos y sobre sus playas. Los kozakos bogan rápidamente en estrechos barcos de dos timones, y reman juntos, evitando con prudencia los escollos y asustando a las aves que huyen al acercarse ellos, que hablan de su ataman.


Taras Bulba – Por Mykola Hóhol – Capitulos VI al X

CAPÍTULO V

Bien pronto el terror invadió toda la parte sudeste de Polonia. Por todas partes se oía repetir: «¡Los zaporogos, los zaporogos llegan». Y todos los que podían huir, huían abandonando sus hogares.Precisamente entonces, en esa región de Europa, no se levantaban fortalezas ni castillos. Todos construían a toda prisa alguna habitacioncilla cubierta de bálago, pensando que perderían su tiempo y su dinero edificando casas que un día u otro serían presa de las invasiones.

Todo el mundo se conmovió. Éste cambiaba sus bueyes y su arado por un caballo y un mosquete para ir a incorporarse a los regimientos; aquel buscaba su refugio con su ganado, llevándose cuanto podía; algunos intentaban en vano resistirse, pero la mayor parte huía prudentemente. Nadie ignoraba que era dificilísimo habérselas con esta multitud aguerrida en los combates, conocida con el nombre del ejército zaporogo que, a pesar de su organización irregular, conservaba en el combate un orden calculado. Durante la marcha, la caballería avanzaba lentamente, sin cargar ni fatigar a sus cabalgaduras; los infantes seguían en buen orden los carros, y todo el tabor se ponía en movimiento solamente cuando era de noche descansando de día, y escogiendo para sus paradas sitios desiertos o bosques, más vastos aún y más numerosos que actualmente. Se adelantaban algunos hombres para saber cómo y adónde habían de dirigirse. A menudo aparecían los kozakos en los sitos donde menos se les esperaba; entonces todos se despedían del mundo.

Villorrios enteros eran incendiados, se mataban los caballos y bueyes que no podían llevarse. Los cabellos se erizaban de horror al pensar en las atrocidades que cometían los zaporogos. Se asesinaba a los niños, se cortaban los pechos a las mujeres, y al escaso número de aquellos que se dejaba en libertad, se les arrancaba la piel, desde la rodilla hasta la planta de los pies; en una palabra, los kozakos pagaban en una sola vez todas sus deudas atrasadas.

El abad de un monasterio, al saber que se acercaban, envió a dos de sus monjes para hacerles presente que entre el gobierno polaco y los zaporogos había paz, y que de aquel modo violaban su deber con el rey y el derecho de gentes, y el kochevoi respondió:

–Digan al abad de mi parte y la de todos los zaporogos, que no tema. Los kozakos no hacen todavía más que encender sus pipas.

Y la magnífica abadía no tardó mucho en ser pasto de las llamas, y las colosales ventanas góticas parecían echar miradas severas a través de las olas luminosas del incendio. Sin número de monjes, judíos y mujeres buscaron refugio en las ciudades amuralladas y que tenían guarnición.Los tardíos socorros enviados de tarde en tarde por el gobierno, y que consistían en algunos débiles regimientos, o no podían descubrir a los kozakos, o huían al primer choque sobre sus veloces caballos. También sucedía que generales del rey, que habían alcanzado innumerables triunfos, decidíanse a reunir sus fuerzas y a presentar batalla a los zaporogos. Estos eran los encuentros que esperaban sobre todo los jóvenes kozakos, que se avergonzaban de robar o vencer a enemigos indefensos, y que ardían en deseos de distinguirse delante de los ancianos, midiéndose con un polaco atrevido y fanfarrón, montado en un buen caballo y vestido con un rico joupan cuyas mangas flotasen a merced del viento. Estos combates eran buscados por ellos como un placer, pues encontraban ocasión de hacer un rico botín de sables, mosquetes y de arreos de caballos. En el espacio de un mes, jóvenes imberbes se habían hecho hombres; sus semblantes, en los cuales se había pintado hasta entonces la morbidez juvenil, adquirían la energía de la fuerza.

El viejo Taras estaba encantado de ver que por todas partes sus hijos marchaban en primera fila. Evidentemente, la guerra era la verdadera vocación de Eustaquio. Sin perder nunca la cabeza, con una serenidad casi sobrenatural en un joven de veintidós años, medía con una mirada la intensidad del peligro, la verdadera situación de las cosas, y en el acto encontraba el medio de evitar el peligro, pero de evitarlo para vencerlo con más seguridad.

Todos sus actos empezaban a revelar la confianza en sí mismo, la firmeza tranquila, y nadie podía dejar de conocer en él a un futuro jefe.

–¡Oh! Con el tiempo ese será un buen polkovnik –decía el viejo Taras– sí, ¡vive Dios!, ese será un buen polkovnik, y sobrepujará a su padre.

Respecto a Andrés, se dejaba arrastrar por el encanto de la música de las balas y de los sables. No sabía lo que era reflexionar, calcular, ni medir sus fuerzas y las del enemigo. En la lucha encontraba una loca voluptuosidad.

Y en aquellos momentos en que la cabeza del combatiente hierve, en que todo se confunde a sus miradas, en que los hombres y los caballos caen mezclados en horrorosa confusión, en que se precipita con la cabeza baja a través del silbido de las balas, hiriendo a diestro y siniestro y sin sentir los golpes que se le asestan, le producían el efecto de una fiesta. Más de unabvez el viejo Taras tuvo ocasión de admirar a su hijo Andrés, cuando, arrastrado por su ardor, se arrojaba a empresas que ningún hombre de serenidad hubiera intentado, y en las cuales salía bien precisamente por el exceso de su temeridad. El viejo Taras le admiraba entonces, y repetía a menudo:

–¡Oh, ese es un valiente, que el diablo no se lo lleve! Ese no es Eustaquio, pero es un valiente.

Se decidió que el ejército marcharía directamente sobre la ciudad de Doubno, en donde, según se decía, los habitantes habían encerrado muchas riquezas. La distancia fue recorrida en día y medio, y los zaporogos se presentaron inesperadamente delante de la plaza. Los habitantes habían resuelto defenderse hasta morir en el umbral de sus moradas antes que dejar entrar al enemigo dentro de sus muros. La ciudad estaba rodeada por una muralla de tierra, y en el sitio en donde ésta era muy baja se elevaba un parapeto de piedra, o una casa almenada, o una fuerte empalizada con estacas de encina. La guarnición era numerosa y conocía toda la importancia de su deber.

A su llegada, los zaporogos atacaron vigorosamente las obras exteriores, pero fueron recibidos a metrallazos. Los menestrales, los habitantes todos, no querían permanecer ociosos, y se les veía, armados en los terraplenes. Por su aspecto, se podía colegir que se preparaban para una resistencia desesperada. Hasta las mujeres tomaban parte en la defensa; piedras, sacos de arena, toneles de resina inflamada caían sobre la cabeza de los asaltantes. A los zaporogos no les gustaban las plazas fuertes; no era en los asaltos donde ellos brillaban. Así, pues, el kochevoi dispuso la retirada diciendo:

–Esto no es nada, señores hermanos, decidámonos a retroceder. Pero que sea yo un tártaro maldito, y no un cristiano, si dejamos salir a un solo habitante. ¡Que mueran todos de hambre como perros!

Después de retirarse, los kozakos bloquearon estrechamente la ciudad, y no teniendo otro quehacer, se entretuvieron en asolar los alrededores, a incendiar los pueblos y las praderas de trigo, a destrozar con sus caballos las mieses, sin segar aún, y que en aquel año habían recompensado los cuidados del labrador con una rica cosecha.

Desde lo alto de las murallas, los habitantes contemplaban aterrorizados la devastación de todos sus recursos. Sin embargo, los zaporogos, dispuestos en koureni como en la sich, rodearon la ciudad con una doble hilera de carros. Fumaban sus pipas, cambiaban entre sí las armas tomadas al enemigo, y jugaban alegremente a pares y a nones, contemplando la ciudad con una calma desesperante; y por la noche encendían hogueras; cada koureni hacía hervir sus papas en enormes calderas de cobre, mientras que un centinela se sucedía a otro cerca de las hogueras.

Pero los zaporogos empezaron pronto a fastidiarse de su inacción, y sobre todo de su sobriedad forzada, de la que no les indemnizaba ninguna brillante acción. El kochevoi mandó hasta doblar la ración de vino, lo que se hacía alguna vez en el ejército, cuando no se había de acometer ninguna empresa. Semejante vida disgustaba sobremanera a los jóvenes, y más aún a los hijos de Bulba. Andrés no disimulaba su fastidio.

–Cabeza vacía –decía a menudo Taras– sufre, kozako, tú llegarás a ser hetman. No es aun buen guerrero el que conserva su serenidad en la batalla; lo es, sí, aquel que nunca se fastidia, que sabe sufrir hasta el fin, y que, suceda lo que quiera, concluye por hacer lo que ha resuelto.Pero un joven no puede tener la opinión de un anciano, pues ve las mismas cosas con otros ojos. Mientras tanto llegó el polk de Taras Bulba conducido por Tovkatch. Iba acompañado de dos ï ésaouls, de un escribano y de otros jefes, conduciendo una partida de cerca cuatro mil hombres. Entre éstos se encontraban muchos voluntarios, que, sin ser llamados, habían entrado libremente en el servicio desde que conocieron el objeto de la expedición.

Los ï ésaouls llevaban a los hijos de Bulba la bendición de su madre, y a cada uno de ellos la imagen de madera de ciprés sacada del monasterio de Megovsk en Kyiv. Los dos hermanos se colgaron las santas imágenes al cuello, y ambos se pusieron pensativos al recuerdo de su anciana madre. ¿Qué les profetizaba esta bendición? ¿La victoria sobre el enemigo, seguida de un alegre regreso a su patria, con abundante botín, y sobre todo con la gloria digna de ser eternamente cantada por los tocadores de bandura, o bien…?

Pero lo porvenir es desconocido; está delante del hombre, como una espesa niebla de otoño que se eleva de los pantanos. Las aves la atraviesan perdidas, sin conocerse, la paloma sin ver al milano, el milano sin ver a la paloma, y ni uno ni otro sabe si está cerca o lejano su fin.

Eustaquio, después de recibir las imágenes, se ocupó en los quehaceres cotidianos, y se retiró pronto a su kouren. Respecto a su hermano, sentía involuntariamente oprimido el corazón.

Los kozakos habían cenado ya. El día acababa de expirar, sucediéndole una hermosa noche de verano. Pero Andrés no se reunió a su kouren, y no pensaba tampoco en dormir. Hallábase sumergido en la contemplación del espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. Miríadas de estrellas vertían desde el alto cielo una luz pálida y fría. Una vasta extensión de llanura estaba cubierta de carros dispersos cargados con las provisiones y el botín, y debajo de los cuales colgaban los cántaros para llevar la brea.En torno y debajo de los carros se veían grupos de zaporogos tendidos sobre la hierba, durmiendo en distintas posiciones. El uno tenía un saco por almohada, el otro su gorra, el de más allá apoyado sobre el costado de su compañero. Todos llevaban un sable en su cintura, un mosquete, una pipa de madera, un eslabón y punzones. Los pesados bueyes estaban acostados con las piernas dobladas, formando grupos blanquizcos, y pareciendo de lejos gruesas piedras inmóviles esparcidas en la llanura; por todas partes se sentían los sordos ronquidos de los dormidos soldados, a los cuales contestaban con relinchos sonoros los caballos incomodados por sus trabas.

Sin embargo, una claridad solemne y lúgubre aumentaba la belleza de esta noche de julio; era el reflejo del incendio de los pueblos del contorno. Aquí, la llama se extendía ancha y tranquila iluminando la atmósfera allá, encontrando escaso combustible, se elevaba en delgados torbellinos hasta las estrellas. Se desprendían trozos inflamados para ir a parar y apagarse lejos del incendio. Por este lado, se veía un monasterio con las paredes ennegrecidas por el fuego, sombrío y grave como un monje velado con su capuchón mostrando a cada reflejo su lúgubre grandeza; por el otro, ardía el gran jardín del convento; creíase oír el silbido de los árboles que retorcía la llama, y cuando del seno de la espesa humareda salía un rayo luminoso, alumbraba con su luz violácea infinidad de ciruelas maduras, y cambiaba en frutas de oro las peras que mostraban su color amarillo a través del sombrío follaje. A cualquier parte donde se dirigía la mirada, veíase, pendiente de las almenas o de las ramas, algún monje o algún desventurado judío cuyo cuerpo se consumía con todo lo demás. Multitud de aves agitábanse delante de aquella inmensa hoguera, y de lejos asemejábanse a otras tantas crucecitas negras. La ciudad dormía, desprovista de defensores. Las agujas de los templos, los techos de las casas, las almenas de los muros y las puntas de las empalizadas se inflamaban silenciosamente con el reflejo de los lejanos incendios.

Andrés recorría las filas de los kozakos; las hogueras, en torno de las cuales se sentaban los centinelas, sólo arrojaban una claridad mortecina, y los mismos centinelas se dejaban vencer por el sueño, después de haber satisfecho hasta la saciedad su apetito kozako. El joven se admiró de semejante abandono, pensando que era una fortuna el que no hubiese enemigos por aquellos contornos. Por fin, se acercó él mismo a uno de los carros, trepó encima, y se acostó con la cara al aire, juntando sus manos encima la cabeza; pero no pudo conciliar el sueño y permaneció largo tiempo mirando el cielo.

El aire era puro y transparente; las estrellas que forman la vía láctea brillaban con una luz blanca y confusa. Andrés se adormecía por momentos,y el primer velo del sueño le ocultaba la vista del cielo, que volvía a aparecer de nuevo. De repente le pareció que una figura extraña se dibujaba rápidamente delante de él. Creyendo que era una imagen creada por el sueño y que iba a desvanecerse, abrió más los ojos y vio en efecto una figura pálida y extenuada, que se inclinaba hacia él y le miraba atentamente.

Cabellos largos y negros como el carbón se escapaban en desorden de un velo sombrío echado negligentemente sobre la cabeza, y el brillo singular de sus pupilas, el tinte cadavérico del semblante podían hacerle creer en una aparición. Andrés tomó con precipitación su mosquete, y exclamó con alterada voz:

–¿Quién eres tú? Si eres un espíritu maligno desaparece. Si eres un ser viviente, has escogido mala ocasión para reír, pues voy a matarte.

Por toda contestación, la aparición se puso el dedo en los labios pareciendo implorar silencio. Andrés dejó su mosquete, y se puso a mirarla con más atención. Sus largos cabellos, su cuello y su pecho medio desnudos, le revelaron que era una mujer. Pero no era polaca; su rostro demacrado tenía un tinte aceitunado, los anchos pómulos de sus mejillas le salían extremadamente, y los párpados de sus estrechos ojos se levantaban en los ángulos exteriores. Cuanto más contemplaba las facciones de esa mujer, más encontraba en ellas el recuerdo de un semblante conocido.

–Dime, ¿quién eres? –exclamó por fin– me parece que te he visto en alguna parte.

–Sí, hace dos años, en Kyiv.

–¡En Kyiv, hace dos años! –repitió Andrés repasando en su memoria todo lo que le recordaba su vida de estudiante. La miró otra vez con profunda atención, exclamando de repente:

–¡Tú eres la tártara, la criada de la hija del vaivoda!
–¡Chist! –dijo ella, cruzando sus manos con suplicante angustia, temblando de miedo y mirando a todos lados por si el grito de Andrés había despertado a alguien.

–Contesta: ¿cómo y por qué estás aquí? –decía el joven con voz baja y entrecortada. ¿En dónde se halla la señorita? ¿vive?

–Está en la ciudad.

–¡En la ciudad! –dijo Andrés ahogando con dificultad un grito de sorpresa y sintiendo que toda su sangre refluía al corazón. –¿Por qué se encuentra allí?

–Porque también está en la ciudad el anciano señor. Hace un año y medio que le hicieron vaivoda de Doubno.

–¿Se ha casado la señorita? Pero habla, habla pues.

–Dos días hace que no ha comido nada.

–¡Cómo!
–No hay ya un pedazo de pan en la ciudad. Hace una porción de días que los habitantes no comen más que tierra. Andrés quedó petrificado.

–La señorita te ha visto desde el parapeto con los otros zaporogos, y me ha dicho: «Anda, dí al caballero, si se acuerda de mí, que venga a encontrarme; si no, que te dé al menos un pedazo de pan para mi anciana madre, pues no quiero verla morir. Suplícaselo, abraza sus rodillas; él tiene también una anciana madre; que te dé pan por amor a ella.»

Multitud de sentimientos diversos se despertaron en el corazón del joven kozako.

–Pero, ¿cómo has podido venir hasta aquí?

–Por un camino subterráneo.
–¿Hay, pues, un camino subterráneo?
–Sí.
–¿En dónde?
–¿No nos harás traición, caballero?
–No, lo juro por la santa cruz.
–Después de bajar la torrentera y atravesar el riachuelo, allí donde crecen juncos.

–¿Y este camino va a parar a la ciudad?

–Directamente al monasterio.
–Vamos, vamos enseguida.
–Pero, en nombre de Cristo y de su santa madre, un pedazo de pan.
–Bien, te lo traeré. Quédate cerca del carro, o mejor, acuéstate encima. Nadie te verá, todos duermen. Vuelvo enseguida.

Y se dirigió hacia los carros de las provisiones de su kouren. El corazón le palpitaba con violencia. Todo su pasado, todo cuanto había borrado su ruda y guerrera vida de kozako volvía a nacer de repente, y lo presente se desvanecía a su vez. Entonces apareció de nuevo ante sus ojos una imagen de mujer con sus hermosos brazos, su boca risueña y sus magníficas trenzas de cabellos. No, esta imagen no había desaparecido nunca completamente de su alma; y aunque había dejado lugar para otras ideas más varoniles, frecuentemente turbaba todavía el sueño del joven kozako.

Andrés andaba, y los latidos de su corazón eran cada vez más fuertes a la idea de que bien pronto volvería a verla, y sus rodillas temblaban. Cuando hubo llegado cerca de los carros, olvidó el objeto que le había llevado allí, y se pasó la mano por la frente procurando recordarlo. De repente se estremeció a la idea de que ella moría de hambre. Se apoderó de varios panes negros, pero la reflexión le recordó que este alimento, excelente para un zaporogo, sería para la joven demasiado grosero. Entonces recordó que, en la víspera, el kochevoi riñó a los cocineros del ejército por haber empleado para hacer papas toda la harina negra que quedaba, y que debía durar tres días. Seguro, pues, de encontrar papas preparadas en las grandes calderas, Andrés tomó una pequeña cacerola de viaje que pertenecía a su padre, y fue en busca del cocinero de su kouren que dormía tendido entre dos marmitas debajo de las cuales humeaba todavía la ceniza caliente. Con gran sorpresa, las encontró vacías una y otra. Para comer todas aquellas papas era preciso haber empleado fuerzas sobrehumanas, pues su kouren contaba menos hombres que los otros. Prosiguió la inspección de las otras marmitas, y no encontró nada en ninguna parte. Involuntariamente recordó el proverbio: «Los zaporogos son como los niños; cuando hay poco, se contentan, pero si hay mucho, no dejan nada».

¿Qué hacer? Había en el carro de su padre un saco de panes blancos que habían saqueado en un monasterio. Se acercó al carro, pero el saco había desaparecido. Eustaquio se lo había puesto por cabecera y roncaba tendido en el suelo. Andrés agarró el saco con una mano y lo levantó bruscamente; la cabeza de su hermano dio contra el suelo, y él mismo se levantó medio despierto, exclamando sin abrir los ojos.

–¡Detengan, detengan al polaco del diablo!, alcancen su caballo.

–Calla o te mato –exclamó Andrés sobresaltado amenazándole con el saco.

Pero Eustaquio había enmudecido ya; volvió a caer al suelo, y se puso a roncar hasta el extremo de mover la hierba que rozaba su semblante. Andrés echó una mirada de terror por todos lados. Reinaba absoluta tranquilidad; únicamente en el kouren vecino se había levantado una cabeza con el pelo flotante; pero después de echar vagas miradas, volvió a tumbarse en el suelo. Al cabo de un rato de espera se alejó llevándose su botín. La tártara estaba tendida respirando apenas.

–Levántate –le dijo– todo el mundo duerme, nada temas. ¿Podrás levantar uno de esos panes, si yo no pudiese llevarlos todos? Se cargó el saco a cuestas, tomó otro lleno de mijo, que tomó de otro carro, agarró con sus manos los panes que había querido dar a la tártara, y, encorvado bajo su peso, pasó intrépidamente a través de las filas de los dormidos zaporogos.

–¡Andrés! –dijo el anciano Bulba en el momento que su hijo pasaba por delante de él.

El corazón del joven se heló. Se detuvo, y, temblando de pies a cabeza, respondió en voz baja:

–¡Y bien! ¿Qué?

–Tienes una mujer en tu compañía, y te aseguro que mañana te daré una soberana paliza. Las mujeres no te traerán nada bueno.

Dicho esto, levantó la cabeza sobre su mano, y se puso a contemplar atentamente a la tártara que iba envuelta en su velo. El joven permanecía inmóvil, más muerto que vivo, sin atreverse a mirar de frente a su padre. Cuando por fin se decidió a levantar los ojos, notó que Bulba se había dormido con la cabeza sobre la mano. Andrés se santiguó; su terror se disipó más pronto de lo que había venido. Al volverse para dirigirse a la tártara, la vio delante de él, inmóvil como una sombría estatua de granito, perdida en su velo, y el reflejo de un lejano incendio iluminó de repente sus ojos, extraviados como los de un moribundo. La sacudió por la manga, y los dos se alejaron mirando frecuentemente detrás de sí.

Bajaron a una torrentera, en el fondo de la cual se arrastraba perezosamente un cenagoso arroyo cubierto de juncos que crecían sobre algunos terrones de tierra. Una vez en el fondo de la torrentera, la llanura con el tabor de los zaporogos desapareció de su vista; y Andrés al volverse, sólo vio una cuesta escarpada, en cuya cúspide se balanceaban algunas hierbas, secas y finas, y por encima brillaba la luna semejante a una dorada hoz. Una ligera brisa, soplando de la estepa, anunciaba la proximidad del nuevo día. Pero el canto del gallo no se oía en ninguna parte; hacía mucho tiempo que no se le había oído, ni en la ciudad, ni en los devastados alrededores.

Pasaron una palanca colocada sobre el arroyo, y a su frente se levantó la otra orilla, más alta aún y más escarpada. Este paraje era considerado como el sitio mejor fortificado de todo el recinto natural, pues el parapeto de tierra que le coronaba era más bajo que en otras partes, y no se veían en él centinelas. Un poco más allá se elevaban las espesas murallas del convento. Espesos matorrales cubrían la cuesta que tenían delante de ellos; entre esta cuesta y el arroyo se extendía un pequeño terraplén en el cual crecían juncos de la altura de un hombre. La tártara se quitó sus zapatos, y se adelantó con precaución levantando su vestido, porque el suelo movedizo estaba impregnado de agua.

Después de conducir a duras penas a Andrés a través de los juncos, se detuvo delante de un enorme montón de ramas secas; apartadas éstas, descubrieron una especie de bóveda subterránea cuya abertura no era más grande que la boca de un horno. La tártara penetró primero en ella con la cabeza baja, el joven la siguió encorvándose todo lo posible para pasar sus sacos y sus panes, y pronto se encontraron los dos en medio de una oscuridad absoluta.

CAPÍTULO VI

Precedido de la tártara, y encorvado bajo sus sacos de provisiones, Andrés avanzaba penosamente en el estrecho y sombrío subterráneo.

–Pronto podremos ver –le dijo su conductora–pues nos acercamos al sitio en donde he dejado mi luz.

En efecto, las negras paredes del subterráneo empezaban a iluminarse poco a poco. Los dos expedicionarios llegaron a una pequeña plataforma que parecía ser una capilla, pues en las paredes estaba arrimada una mesa en forma de altar, encima de la cual había una antigua imagen ennegrecida de la Virgen. Una lamparita de plata, suspendida delante de esta imagen, la iluminaba con su pálida luz. La tártara se agachó, tomó del suelo su candelero de cobre cuya caña larga y delgada estaba rodeada, de cadenillas de las cuales pendían espabiladeras, un apagador y un punzón, y encendió la vela en la luz de la lámpara.

Ambos prosiguieron su camino, ora iluminados por una viva luz, ora envueltos en una sombría oscuridad, como los personajes de un cuadro de Gérard delle notti. El semblante del joven kozako, en el que brillaba la salud y la fuerza, formaba un sorprendente contraste con el de la tártara, pálido y extenuado. El pasaje empezó a ser más ancho y más alto, de modo que Andrés pudo levantar la cabeza y examinar atentamente las paredes de tierra del pasaje por donde caminaban.

Lo mismo que en los subterráneos de Kyiv, se veían hoyos llenos los unos de ataúdes, los otros de huesos esparcidos que la humedad había reblandecido como una pasta. Allí yacían también santos anacoretas que huyeron del mundo y sus seducciones. Tan grande era la humedad en ciertos parajes, que andaban sobre agua.

A menudo tenía Andrés que detenerse para que descansase su compañera cuya fatiga era cada vez mayor. Un pedazo de pan que había devorado le causaba un vivo dolor de estómago, desacostumbrado ya a todo alimento, y con frecuencia se detenía sin poder avanzar un paso más. Por fin, encontraron una pequeña puerta de hierro delante de ellos.

–¡Gracias a Dios que ya hemos llegado! –dijo la tártara con voz débil y levantó la mano para llamar, pero le faltaron las fuerzas.

En vista de esto, Andrés llamó, y tan vigorosamente, que el golpe resonó de modo que dio a conocer que dejaban a sus espaldas un largo espacio vacío; después el eco cambió de naturaleza como si se hubiese prolongado debajo de elevados arcos. Dos minutos después se oyó el ruido de llaves y de alguno que bajaba los peldaños de una escalera de caracol. La puerta se abrió. Un monje en pie con las llaves en una mano y una linterna en la otra les hizo paso. Andrés retrocedió involuntariamente a la vista de un monje católico, objeto de odio y desprecio para los kozakos, que les trataban todavía más inhumanamente que a los judíos. El monje, por su parte, retrocedió algunos pasos viendo a un zaporogo; pero una palabra de la tártara en voz baja le tranquilizó. El monje, después de cerrar la puerta tras ellos, les condujo por la escalera, y en breve se encontraron bajo las altas y sombrías bóvedas de la iglesia.

Delante de uno de los altares, en el que ardían infinidad de cirios, estaba un sacerdote arrodillado, orando en voz baja, y a ambos lados tenía, también arrodillados, dos jóvenes diáconos con casullas color de violeta adornadas de encaje blanco, y con incensarios en la mano. Pedían un milagro, la salvación de la ciudad, fortaleza para los ánimos decaídos, el don de la paciencia, la fuga del espíritu tentador que les hacía murmurar, que les inspiraba ideas tímidas y cobardes.

Algunas devotas semejantes a espectros, estaban asimismo de rodillas, apoyadas sus frentes sobre el respaldo de los bancos de madera y sobre los reclinatorios. Algunos hombres permanecían apoyados contra los pilares, en un triste y desalentado silencio. La alta ventana de cristales pintados que coronaba el altar se iluminó de repente con los rosados colores del alba naciente, y los dibujos encarnados, azules y de todos los colores, se diseñaron sobre el sombrío pavimento de la iglesia. Todo el coro quedó inundado de luz, y el humo del incienso, inmóvil en el aire, se pintó de todos los colores del iris. Desde su oscuro rincón, Andrés contemplaba admirado el milagro, verificado por la luz. En este instante, el solemne sonido del órgano repercutió por todo el templo, y aumentando cada vez más, estalló como un trueno, subiendo luego bajo las naves en sonidos argentinos, como voces infantiles; luego repitió su sonido sonoro y se calló bruscamente. Largo tiempo después, las vibraciones hicieron temblar las arcadas, y Andrés permanecía lleno de la admiración que le causaba esta música solemne, cuando sintió que alguien le tiraba de su caftán.

–Ya es tiempo –dijo la tártara.

Los dos atravesaron la iglesia sin ser vistos, y salieron a una gran plaza. El cielo estaba enrojecido con los colores de la aurora, y todo anunciaba la salida del sol. La plaza, que era cuadrada, estaba completamente desierta.En el centro de ella estaban colocadas algunas mesas de madera, indicando haber estado allí el mercado de los comestibles. El suelo, sin empedrar, estaba cubierto por una espesa capa de lodo seco, y toda la plaza estaba, rodeada de casitas edificadas con ladrillos y arcilla, cuyas paredes sostenían vigas cruzadas. Sus puntiagudos techos tenían infinidad de lumbreras. En uno de los lados de la plaza, cerca de la iglesia, se elevaba un edificio que se diferenciaba de los otros, y que parecía ser el Ayuntamiento. La plaza entera carecía de animación. Sin embargo, Andrés creyó oír débiles gemidos; echó una mirada a su alrededor, y vio un grupo de hombres tendidos en el suelo sin movimiento; los examinó, dudando si estaban dormidos o muertos. En este momento tropezó con un objeto que no había distinguido: era el cadáver de una judía que, a pesar de la horrible contracción de su semblante, parecía joven. Su cabeza estaba envuelta en un pañuelo de seda encarnada; dos sartas de perlas adornaban los lazos que colgaban de su turbante; algunas mechas de rizados cabellos caían sobre su descarnado cuello, y cerca de ella estaba tendida una criaturita apretando convulsivamente su pecho, que había torcido a fuerza de buscar en él alimento. No gritaba ni lloraba ya; únicamente por el movimiento intermitente de su vientre se conocía que aun no había exhalado el último suspiro. Al doblar una esquina, le detuvo un loco furioso que, viendo la preciosa carga que Andrés llevaba, se arrojó sobre él como un tigre, gritando:

–¡Pan! ¡Pan!
Pero sus fuerzas no igualaban a su rabia; Andrés le rechazó, y cayó rodando por tierra. Pero el joven kozako, movido a compasión, le arrojó un pan, que el otro se puso a devorar ansiosamente; y en la misma plaza expiró este hombre entre horribles convulsiones.

Casi a cada paso encontraba víctimas del hambre. A la puerta de una casa estaba sentada una anciana, no pudiéndose decir si estaba muerta o viva, pues permanecía inmóvil y con la cabeza inclinada sobre su seno. Del techo de una casa vecina pendía del extremo de una cuerda el cadáver, largo y flaco de un hombre que, no habiendo podido sobrellevar hasta el fin sus sufrimientos, se había ahorcado. A la vista de todos estos horrores, el joven kozako no pudo menos de preguntar a la tártara:

–¿Pero es posible que en tan corto espacio de tiempo, no hayan encontrado todas esas gentes nada para sostener su vida? En tales extremos el hombre puede alimentarse de substancias que la ley prohíbe.

–Todo se ha comido –respondió la tártara– todos los animales; no se encuentra ya un caballo, ni un perro, ni un ratón en toda la ciudad. Nunca habíamos hecho provisión de comestibles, pues todo lo traían del campo.

–Pero, muriendo tan cruelmente, ¿cómo pueden pensar aún en defender la ciudad?

–Tal vez el vaivoda se hubiera rendido; pero ayer por la mañana el polkovnik, que se halla en Boujany, envió un halcón con un billete en el cual encargaba que siguiéramos defendiéndonos, que él avanzaba para hacer levantar el sitio, y que no esperaba más que otro polk con el fin de obrar juntos; mientras tanto, nosotros esperamos a cada momento su socorro. Pero henos aquí delante de la casa.

Andrés había visto ya de lejos una casa que no se asemejaba a las otras y que parecía haber sido construida por un arquitecto italiano. Era de ladrillos, y tenía dos pisos. Las ventanas de la planta baja estaban guarnecidas con adornos de piedra en relieve; el piso superior se componía de pequeños arcos formando galería; entre los pilares y los esconces, se veían rejas de hierro con los escudos de la familia. Una espaciosa escalera de ladrillos pintados descendía hasta la plaza. En sus últimos peldaños estaban sentados dos guardias que sostenían con una mano sus alabardas y con la otra sus cabezas: parecían más bien dos estatuas que dos seres vivientes; no prestaron ninguna atención a los que subían la escalera, al extremo de la cual Andrés y la tártara encontraron un caballero cubierto con una rica armadura y con un libro de oraciones en la mano; levantó lentamente sus pesados párpados; pero, a una palabra de la tártara, los volvió a dejar caer sobre las páginas de su libro.

Andrés y su guía entraron en una espaciosa sala que parecía destinada para las recepciones, la cual estaba llena de soldados, coperos, cazadores y criados de toda especie que cada noble polaco creía necesarios a su categoría. Todos estaban sentados y silenciosos. Sentíase el olor de un cirio que acababa de apagarse, y se veían arder otros dos colocados en candeleros de la altura de un hombre, a pesar de que hacía largo rato que la claridad del día penetraba por la ancha ventana enrejada.

Andrés iba a adelantarse hacia una gran puerta de encina, adornada con escudos y cinceladuras; pero la tártara le detuvo, y le mostró una puertita practicada en el muro del lado. Entraron en un corredor, y luego en un aposento que Andrés examinó con atención. El débil rayo de luz que se filtraba por una rendija del ventanillo pintaba una línea luminosa en una cortina de seda encarnada, en una cornisa dorada y en un marco de cuadro. La tártara dijo al joven que se quedase en aquella estancia, abriendo en seguida la puerta de otra pieza en donde había luz artificial.

Andrés oyó el débil cuchicheo de una voz que le hizo estremecer. En el momento de abrirse la puerta distinguió la esbelta figura de una joven. La tártara volvió enseguida, diciéndole que entrase. Cuando pasó el umbral de la puerta, ésta se volvió a cerrar tras él. En el aposento ardían dos cirios, y una lámpara delante de una santa imagen, a cuyos pies, según costumbre católica, había un reclinatorio. Pero no era eso lo que el joven buscaba: volvió, pues, la cabeza a otro lado, y vio a una mujer que parecía haberse detenido al hacer un movimiento rápido: la joven se precipitaba hacia él, pero se quedó inmóvil; hasta él mismo permaneció clavado en su sitio. Esa joven no era la que él creía volver a ver, la que había conocido: era mucho más hermosa. En otro tiempo había en ella algo incompleto, no acabado: ahora se parecía a la creación de un artista que acabara de recibir la última mano; en otro tiempo era una jovencita delgada, ahora era ya una mujer, y en todo el esplendor de su belleza. Sus ojos levantados no expresaban ya un simple bosquejo del sentimiento, sino el sentimiento completo. No habiendo tenido tiempo para enjugar su llanto, las lágrimas daban a sus mejillas un barniz brillante. Su cuello, espaldas y garganta habían llegado a los verdaderos límites de la hermosura en todo su desarrollo. Una parte de sus espesas trenzas estaban sujetas a la cabeza por un peine y las otras caían en largas ondulaciones sobre sus espaldas y brazos. Su extrema palidez no alteraba su belleza, antes al contrario, le comunicaba un encanto irresistible.

Andrés sentía como un terror religioso, manteniéndose en su inmovilidad ella quedó también sorprendida al aspecto del joven cosaco que se presentaba con todas las ventajas de su varonil belleza. La firmeza brillaba en sus ojos cubiertos por aterciopeladas cejas, y la salud y la frescura en sus tostadas mejillas; su negro bigote relucía como la seda.

–Yo no puedo darte las gracias, generoso caballero –dijo la joven con trémula voz. Dios sólo puede recompensarte.

Bajó los ojos que cubrieron sus blancos párpados guarnecidos de largas y sombrías pestañas; su cabeza se inclinó, y un ligero rubor coloreó la parte inferior de su semblante. Andrés no sabía qué contestarle; hubiera querido expresarle cuanto su alma sentía, y expresárselo con el mismo fuego con que lo sentía, pero le fue imposible: su boca parecía cerrada por un poder desconocido; le faltaba el sonido a su voz; comprendía que él, educado en un seminario, y llevando después una existencia guerrera y nómada, no podía contestar a la joven, y se indignó contra su naturaleza kozaka.

En este momento, la tártara entró en el aposento; había tenido ya tiempo de cortar en pedazos el pan que trajera Andrés, y lo presentó a su ama en una bandeja de oro. La joven la miró, luego miró el pan, deteniendo por fin su mirada sobre el kozako. Esta mirada, conmovida y llena de reconocimiento, en la que se leía la impotencia de expresarse con la lengua, fue mejor comprendida por Andrés que lo hubiesen sido largos discursos. Su alma se sintió aliviada, pareciéndole que se la habían desatado. Iba a hablar, cuando de repente la joven se volvió hacia su sirvienta, y le dijo con inquietud:

–¿Y mi madre? ¿Le has llevado pan?
–Duerme.
–¿Y a mi padre?
–Ya se lo he llevado. Me ha dicho que vendría en persona a dar las gracias a este caballero.

La joven, tranquilizada con esto, tomó el pan y lo llevó a sus labios. Andrés la contemplaba con inexplicable alegría romper el pan y comérselo con avidez, cuando de repente recordó aquel loco furioso a quien había visto morir por haber devorado un pedazo de pan. Palideció, y agarrándola por el brazo:

–Basta –le dijo– no comas más. Hace tanto tiempo que no has tomado alimento que el pan te haría mal.

La joven dejó enseguida caer su brazo, y volviendo a poner el pan en el plato, miró a Andrés como lo hubiera hecho un niño dócil.

–¡Oh, soberana mía! –exclamó Andrés con transporte– manda lo que quieras; pídeme la cosa más imposible del mundo, y te obedeceré; dime que haga lo que no haría ningún hombre, y lo haré; me perdería por ti: te juro por la santa cruz, que me es imposible decirte cuan dulce sería eso para mí.

Poseo tres pueblos; me pertenece la mitad de los caballos de mi padre; todo lo que mi madre le ha dado en dote y todo lo que ella le oculta es mío; ningún kozako tiene armas semejantes a las mías; por un solo sablazo se me da una caballada y tres mil carneros; ¡pues bien! ¡Todo eso lo abandonaré, lo quemaré, aventaré sus cenizas por una sola palabra tuya, por un solo movimiento de tus cejas negras! Tal vez lo que digo no son más que locuras y necedades; sé perfectamente que yo, que he pasado la vida en la sich, no puedo hablar como se habla en los palacios de los reyes, príncipes y nobles señores. Veo que eres una criatura de Dios muy diferente de nosotros, y que aventajas en mucho a las otras mujeres de la nobleza.

Con creciente sorpresa, sin perder una sola palabra, pues prestaba toda su atención, la joven escuchó ese discurso lleno de franqueza y de calor, en el que se descubría una alma joven y fuerte. Inclinó hacia delante su hermoso rostro y quiso hablar; pero se detuvo bruscamente, pensando que aquel joven pertenecía a otro partido, y que su padre, sus hermanos y sus compañeros eran sus más acérrimos enemigos; y que los terribles zaporogos tenían bloqueada por todos lados la ciudad y condenados sus habitantes a una muerte segura. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Tomó un pañuelo bordado en seda, y, cubriéndose el rostro para ocultar su dolor, se sentó en una silla, en donde permaneció largo rato inmóvil, con la cabeza inclinada hacia atrás, y mordiéndose el labio inferior con sus dientes de marfil, como si hubiese sentido la picadura de alguna bestia venenosa.

–Dime una sola palabra –prosiguió Andrés, tomando su mano suave como la seda; pero ella guardaba silencio, sin descubrir su semblante, y permanecía inmóvil. ¿Por qué tanta tristeza?

La joven se quitó el pañuelo de los ojos, apartó los cabellos que cubrían su semblante, y con voz débil, semejante al triste y ligero ruido de los juncos agitados por el viento de la tarde, balbuceó:

–¿No soy digna de eterna compasión? Mi madre, ¿no es desgraciada? ¿No es mi suerte bien amarga? ¡Oh destino mío! ¿No eres mi verdugo? Tú has conocido a mis plantas a los nobles más dignos, a los más ricos caballeros, condes y barones extranjeros, y a toda la flor de nuestra nobleza. La mayor felicidad para todos ellos hubiese sido mi amor; no tenía que hacer más que escoger para que el más hermoso, el más noble fuese mi esposo. ¡Oh destino cruel! Por ninguno de ellos has hecho latir mi corazón; pero has hecho que ese débil corazón palpite por un extranjero, por un enemigo, desdeñando a los mejores caballeros de mi patria. ¿Qué delito he cometido para que me persigas ¡oh santa Madre de Dios! tan inhumanamente? Mis días se deslizaban en la abundancia y la riqueza. Los más delicados manjares, los vinos más preciosos servían para mi cotidiano alimento. ¿Y para qué? Para hacerme morir de una muerte horrible, como no muere ningún mendigo del reino; y es poco verme condenada a tan impía suerte, es poco verme obligada a presenciar, antes de mi propio fin, en medio de mil horrorosos sufrimientos, la agonía de mi padre y de mi madre, por quienes hubiera dado cien veces la vida; es poco todo eso: es preciso que antes que la muerte ponga término a mi existencia, que le vuelva a ver, que le oiga, que sus palabras me desgarren el corazón, que aumente la amargura de mi suerte, que me sea aún más penoso abandonar mi existencia, tan joven aún, que mi muerte sea más espantosa, y que al morir les llene aún más de reproches, a ti, mi cruel destino, y a ti (perdona mi pecado) ¡oh santa Madre de Dios!

Cuando calló, en su semblante, en su frente tristemente inclinada y en sus mejillas humedecidas por las lágrimas se pintaba una expresión de dolor y de abatimiento.

–No, no se dirá –exclamó Andrés– que la más bella y mejor de las mujeres tenga que sufrir una tan lastimosa suerte, cuando ha nacido para que todo lo que hay en el mundo de más elevado se incline ante ella como ante una santa imagen. ¡No, no morirás; juro por mi nacimiento y por cuanto amo que no morirás! Pero si nada puede salvarte, ni la fuerza, ni el valor, ni las súplicas; si nada puede conjurar tu desventurada suerte, moriremos juntos, y moriré antes que tú, en tu presencia, y tan sólo después de muertos nos podrán separar.

–No te engañes, caballero, ni me engañes contestó ella meneando lentamente la cabeza. Sé perfectamente que no te es posible amarme, pues conozco tu deber. Tienes padre, amigos y una patria que te llaman, y nosotros somos tus enemigos.

–¿Qué me importan mis amigos, mi patria y mi padre? –prosiguió el joven kozako levantando con altivez su frente e irguiendo su figura alta y esbelta como un junco del Dnipró. Yo no tengo a nadie, a nadie, a nadie –repitió obstinadamente, haciendo un gesto con el cual un kozako expresa un partido tomado y una voluntad irrevocable. ¿Quién me ha dicho que la Ucrania es mi patria? ¿Quién me la ha dado por patria? La patria es lo que nuestra alma desea y adora, lo que amamos más que todo; mi patria eres tú; y esa patria no la abandonaré mientras viva, la llevaré en mi corazón. ¡Que vengan a arrancármela!

La joven permaneció inmóvil un instante, le miró fijamente en los ojos, y de repente, con esa impetuosidad de que es capaz una mujer que sólo vive por los impulsos del corazón, se precipitó hacia él, le estrechó en sus brazos y se puso a sollozar. En este momento resonaron en la calle gritos confusos y ruido de trompetas y timbales. Pero Andrés no los oía; sólo sentía la tibia respiración de su amada que le acariciaba la mejilla, sus lágrimas que le bañaban el semblante, sus largos cabellos que le envolvían la cabeza como una redecilla sedosa y odorífera.

De repente entró la tártara en el aposento lanzando gritos de alegría.

–Estamos salvados –decía fuera de sí– los nuestros han entrado en la ciudad, y traen abundantes víveres y zaporogos prisioneros.

Pero ninguno de los dos jóvenes prestó atención a lo que ella decía. En el delirio de su pasión, el kozako aplicó sus labios en la boca que rozara su mejilla, y esta boca no dejó de responder.Y el kozako quedó perdido, perdido para toda la caballería kozaka. Jamás sus ojos volverán a ver la sich, ni los villorrios de su padre, ni el templo de su Dios; y la Ucrania no volverá a ver tampoco uno de sus más valerosos hijos. ¡El viejo Taras Bulba se arrancará un puñado de sus cabellos grises, y maldecirá el día y la hora en que, para su propia afrenta, dio la vida a semejante hijo!

CAPÍTULO VII

Todo era ruido y movimiento en la labor de los zaporogos; nadie podía explicarse exactamente cómo había entrado en la ciudad un destacamento de guardias reales; sólo más tarde se supo que todo el kouren de Péreiaslav, colocado delante de una de las puertas de la ciudad, se había embriagado completamente; no era, pues, de extrañar que la mitad de los kozakos que lo componían hubiese sido muerta y la otra mitad prisionera, sin tener tiempo de defenderse. Antes que los koureni inmediatos, despertados por el ruido, pudiesen tomar las armas, los guardias reales entraban ya en la ciudad, y sus últimas filas sostenían el fuego contra los zaporogos mal despiertos que se arrojaban sobre ellos en desorden. El kochevoi hizo reunir el ejército, y una vez formados los soldados en círculo, y el sombrero en la mano, guardando profundo silencio, les dijo:

–Ya ven, pues, señores hermanos, lo que ha sucedido esta noche; ya ven a lo que puede conducir la embriaguez; ya ven también la injuria que nos ha hecho el enemigo. Parece que esa es costumbre de ustedes; si se les da doble ración, están dispuestos a embriagarse de tal modo que el enemigo del nombre cristiano puede, no solamente quitarles los pantalones, sino escupirles en el rostro sin que lo noten ustedes.

Todos los kozakos tenían la cabeza baja, conociendo su culpa. Tan sólo el ataman del kouren de Nésamaï koff, Koukoubenko, levantó la voz, y dijo:

–Detente, padre; aunque no consta en la ley, que se pueda hacer ninguna observación cuando el kochevoi habla delante de todo el ejército, sin embargo, no habiendo pasado el hecho como tú dices, es preciso hablar. Tus reproches no son del todo justos. Los kozakos hubieran sido culpables y dignos de la muerte si se hubiesen embriagado durante la marcha, en batalla u ocupados en un trabajo importante y difícil, pero estábamos allí mano sobre mano, y aburriéndonos delante de la ciudad. No estábamos en cuaresma ni teníamos que guardar ninguna abstinencia ordenada por la Iglesia. ¿Cómo quieres, pues, que el hombre no beba cuando nada tiene que hacer? En eso no hay pecado. Pero ahora vamos a enseñarles lo que cuesta atacar a gentes inofensivas. Antes les derrotamos completamente, y ahora vamos a hacerlo de modo que no quede uno vivo.El discurso del ataman gustó a los kozakos, los cuales levantaron sus cabezas, y muchos de ellos hicieron un signo de satisfacción, diciendo:

–Koukoubenko ha hablado bien.

Y Taras Bulba, que se hallaba no lejos del kochevoi, añadió:
–Parece, kochevoi, que Koukoubenko ha dicho la verdad. ¿Qué contestarás a eso?

–¿Qué contestaré? Contestaré: ¡Dichoso el padre que ha dado el ser a semejante hijo! El decir una palabra de reprensión no prueba gran sabiduría; pero la prueba una frase que, sin hacer burla de la desventura del hombre, le reanima, le devuelve el valor, como las espuelas se lo devuelven al caballo que abrevando, ha perdido el calor. Yo quería también enseguida dirigiros una palabra consoladora, pero Koukoubenko se me ha anticipado.

–¡El kochevoi ha hablado bien! –exclamaron en las filas de los zaporogos.

–Es un buen orador –decían otros.
–Y hasta los más ancianos, que estaban allí como palomos grises, hicieron con sus bigotes una mueca de satisfacción, diciendo:

–Sí, es un buen orador.

–Ahora, escúchenme, señores –prosiguió el kochevoi. Tomar una fortaleza escalando sus muros o bien agujerearlos a la manera de los ratones, como hacen los pícaros alemanes (¡qué hasta sueñan con el demonio!), es indecente e impropio de los kozakos. No creo que el enemigo haya entrado en la ciudad con grandes vituallas, pues llevaba pocos carros. Los habitantes de la ciudad están hambrientos, lo que quiere decir que se lo comerán todo de una vez; y respecto al forraje para los caballos, a fe mía que no sé de dónde lo sacarán, a menos que alguno de sus santos se lo eche desde el cielo… cosa que sólo Dios lo sabe, pues sus sacerdotes no sirven más que para hablar. Por esta razón o por otra concluirán por salir de la ciudad. Divídase, pues, el ejército en tres cuerpos, y que se sitúen delante de las tres puertas: cinco koureni al frente de la principal, y tres al frente de cada una de las otras dos; pónganse en emboscada el kouren de Diadnio y el de Korsoun, como también el polkovnik Taras Bulba, con todo su polk. Los koureni de Titareff y de Tounnocheff, formarán la reserva al lado derecho; los de Tcherbinoff y de Steblikiv, al izquierdo. Y ustedes los jóvenes que se encuentran con ánimo para insultar y para excitar al enemigo, salgan de las filas. Los polacos tienen muy poco seso; no saben soportar las injurias, y tal vez hoy mismo saldrán de la ciudad. Que cada ataman pase revista a su kouren, y si nota que no está completo, que tome gente de los restos del de Péreiaslav. Inspecciónenlo todo detenidamente; den a cada kozako un vaso de vino y un pan. Pero creo que estarán bastante satisfechos de lo que comieron ayer, pues, a decir verdad, es tanto lo que han engullido esta noche, que, si me asombro, es de que no hayan reventado todos. Otra cosa mando: si algún tabernero judío se atreve a vender un vaso de vino ¡uno sólo! a ningún kozako, le haré clavar en la frente una oreja de puerco, y le haré colgar cabeza abajo. ¡A la obra, hermanos! ¡A la obra!

En esta forma distribuyó sus órdenes el kochevoi. Todos le saludaron inclinándose profundamente, y, tomando el camino de sus carromatos, sólo se encasquetaron sus gorros al llegar a una considerable distancia.

Empezaron todos a equiparse, a probar sus lanzas y sus sables, a llenar sus frascos de pólvora, a preparar sus carromatos y a escoger sus cabalgaduras.Al dirigirse a su campamento, Taras se puso a pensar, sin acertar, como es natural, sobre que habría sido de Andrés. ¿Le habían preso y agarrotado durante su sueño con los otros? Pero no, Andrés no era hombre para rendirse vivo; y, sin embargo, no se le había encontrado entre los muertos.

Completamente entregado a sus reflexiones, Taras caminaba delante de su polk, sin oír que hacía largo rato se le llamaba por su nombre.

–¿Quién me llama? –dijo por fin saliendo de su meditación.

Delante de él estaba el judío Yankel.
–Señor polkovnik, señor polkovnik –decía con voz breve y entrecortada, como si hubiese querido hacerle participe de una noticia importante– he estado en la ciudad, señor polkovnik.

Taras miró al judío con sorpresa.
–¿Quién diablos te ha conducido allá?
–Voy a contárselo –dijo Yankel. Cuando a la salida del sol oí ruido y vi que los kozakos tiraban, tomé mi caftán, y, sin ponérmelo, eché a correr; pero en el camino me lo puse; como iba diciendo, eché a correr pues quería saber por mí mismo la causa de aquel ruido, y por qué los kozakos tiraban tan temprano. Llegué a las puertas de la ciudad en el momento de entrar en ella la retaguardia del convoy. Miré, y ¿a quien dirá que vi? al oficial Galandowitch, a quien conozco, pues hace tres años que me debe cien ducados. Le seguí para reclamar mi crédito, y he ahí cómo he entrado en la ciudad.

–¡Y qué! ¿Has entrado en la ciudad, y querías aún hacerle pagar su deuda? ¿Cómo, pues, no te ha hecho ahorcar como un perro?

–En efecto, quería hacerme colgar; sus gentes me habían ya rodeado la cuerda al cuello, pero me puse a suplicar al oficial; le dije que esperaría el pago de su deuda tanto tiempo como él quisiera, y prometí prestarle más dinero si quería ayudarme a reclamar lo que me deben otros caballeros; pues a decir verdad, el oficial Galandowitch no tiene un ducado en el bolsillo, ni más ni menos que si fuera kozako, y eso que posee aldeas, casas, cuatro castillos y grandes estepas que se extienden hasta Chklov. Y ahora, si los judíos de Breslau no le hubiesen equipado, no hubiera podido ir a la guerra. Por esta causa tampoco ha podido comparecer en la dieta.

–¿Qué has hecho, pues, en la ciudad? ¿Has visto a los nuestros?
–¡Cómo no! Muchos hay allí de los nuestros: Itska, Rakhoum, Khaï valkh, el intendente…

–¡Que el diablo confunda a esos perros malditos! –exclamó Taras colérico. Te hablo de nuestros zaporogos y no de tu maldita raza de judíos.

–No he visto a nuestros zaporogos, pero sí he visto al señor Andrés.

–¿Has visto a Andrés? –dijo Bulba. ¡Y bien! ¿Qué? ¿Cómo? ¿En dónde le has visto? ¿En una hoya, en una cárcel, atado, encadenado?

–¿Quién se hubiera atrevido a atar al señor Andrés? En este momento es uno de los más distinguidos caballeros; casi no le hubiera conocido. Lleva brazales de oro, cinturón de oro, todo es oro en su persona; brilla, como cuando en la primavera el sol reluce sobre la hierba. Y el vaivoda le ha dado su mejor caballo, ¡un caballo que vale doscientos ducados!

Bulba quedó estupefacto.

–¿Y por qué viste una armadura que no le pertenece?
–Porque es mejor que la suya; por eso se la ha puesto. Y ahora recorre las filas, y otros recorren las filas, y él enseña, y se le enseña, como si fuese el más rico de los caballeros polacos.

–¿Quién le obliga a hacer todo eso?
–No digo que se le haya obligado. ¿Ignora el señor Taras que se ha pasado al otro partido por su propia voluntad?

–¿Quién se ha pasado?

–El señor Andrés.
–¿A dónde se ha pasado?
–Al otro partido; ahora es de los suyos.
–¡Mientes, oreja de marrano!–¿Cómo es posible que yo mienta? ¿Soy tan tonto para mentir exponiendo mi propia cabeza? ¿Ignoro acaso que un judío es ahorcado como un perro, si se atreve a mentir delante de un caballero?

–¿Es decir que, según tú, ha vendido su patria y su religión?
–Yo no he dicho que haya vendido nada, sino que se ha pasado al otro partido.

–Mientes, judío del diablo; esto no se ha visto nunca en tierra cristiana. Mientes, perro.

–Que la hierba crezca en el umbral de la puerta de mi casa, si he faltado a la verdad; que todo el mundo escupa en la tumba de mi padre, de mi madre, de mi suegro, de mi abuelo y del padre de mi madre, si yo miento. Si el señor lo desea, voy a decirle por qué se ha pasado.

–¿Por qué?

–¡El vaivoda tiene una hija tan hermosa, santo Dios, tan hermosa…!
Aquí el judío procuró expresar por sus gestos la hermosura de la joven, separando las manos, guiñando el ojo, y relamiéndose los labios como si probase algo dulce.

–Y bien, ¿qué? Después…
–Por ella se ha pasado al otro partido. Cuando un hombre se enamora, es como una suela que se pone en remojo para doblarla en seguida del modo que se quiere.

Taras se puso a reflexionar profundamente. Recordó que la influencia de una débil mujer era grande; que esta influencia había ya perdido a muchos hombres valerosos, y que la naturaleza de su hijo era frágil por este lado.

Taras permanecía inmóvil, como clavado en su puesto.
–Escuche, señor; yo lo contaré todo al noble caballero –dijo el judío. Cuando oí el ruido de esta mañana, cuando vi que se entraba en la ciudad, llevé conmigo, por lo que pudiese suceder, una sarta de perlas, pues hay señoritas en la ciudad, y si hay señoritas en la ciudad, me dije a mí mismo, comprarán mis perlas, aunque no tengan qué comer. Tan luego como me dejó libre la gente del oficial polaco, me dirigí corriendo a casa del vaivoda para vender mis perlas. Una criada tártara me lo ha explicado todo, y me ha dicho que la boda se verificará cuando sean arrojados de aquí los zaporogos. El señor Andrés ha prometido arrojar a los zaporogos.

–¿Y no has muerto en el acto a ese hijo del diablo? –exclamó Bulba.–¿Por qué matarle? Se ha pasado voluntariamente. ¿En dónde está la falta del hombre? Él se ha ido a donde se encontraba mejor.

–¿Y tú mismo le has visto?

–Como le veo a usted ahora. ¡Qué soberbio guerrero! Es más hermoso que todos los demonios. ¡Que Dios le conserve la salud! Me ha reconocido al instante, al acercarme, me ha dicho…

–¿Qué es lo que te ha dicho?
–Me ha dicho, es decir, ha empezado por hacerme una seña con los dedos, y luego me ha dicho: «¡Yankel!» y yo le he contestado: «¡Señor Andrés!» y él repitió: «Yankel, di a mi padre, a mi hermano, a los cosacos, a los zaporogos, que mi padre no es ya mi padre, que mi hermano no es ya mi hermano, que mis camaradas no son ya mis camaradas, y que quiero batirme contra ellos, contra todos ellos».

–¡Mientes, judas! –exclamó Taras fuera de sí–mientes, perro. Tú has crucificado a Cristo, hombre maldito de Dios; yo te mataré, Satanás. Vete, si no quieres quedar muerto enseguida.

Al decir esto, Taras sacó su sable. Yankel, espantado, echó a correr con toda la velocidad de sus secas y largas piernas, y corrió largo tiempo, sin volver la cabeza, a través de los carros de los kozakos y después a campo traviesa, a pesar de que Taras no le perseguía, reflexionando que era indigno de él abandonarse a su cólera contra el desventurado judío.

Bulba recordó entonces que en la noche pasada había visto a su hijo atravesar el tabor en compañía de una mujer. Inclinó su cabeza gris, y, sin embargo, no quería creer que se hubiese cometido una acción tan infame, y que su propio hijo hubiese podido vender su religión y su alma.

Por fin, llevó su polk al sitio que se le había designado, detrás del único bosque que los cosacos habían dejado sin quemar. Entre tanto, los zaporogos de a pie y de a caballo se ponían en marcha en dirección a las tres puertas de la ciudad. Los diferentes koureni que componían el ejército desfilaban el uno detrás del otro. Sólo faltaba el kouren de Péreiaslav; los kozakos que lo componían habían bebido la noche precedente todo lo que debían beber en su vida, y por esta causa el uno había despertado atado en manos de los enemigos, el otro había pasado dormido de la vida a la muerte, y su mismo ataman, Jlib, se encontró completamente desnudo en medio del campamento polaco.En la ciudad notaron el movimiento de los kozakos; todos sus habitantes corrieron a las murallas, y un cuadro animado se presentó a los ojos de los zaporogos. Los caballeros polacos, rivalizando mutuamente en ricos trajes, ocupaban la muralla.

Sus cascos de cobre, adornados de plumas blancas como las del cisne, y bañados por el sol, despedían brillantes resplandores; otros llevaban pequeñas gorras de color de rosa o azules, inclinadas hacia la oreja, y caftanes con mangas, flotantes, bordados de oro y de seda. Sus armas, que compraban a precios muy subidos, estaban, como todo su traje, cargados de caprichosos adornos. El coronel de la ciudad de Boudjak, con gorra encarnada y oro, se destacaba altivo, en primera fila; de estatura más elevada y más grueso que los otros, se hallaba aprisionado en su rico caftán. Más lejos, junto a una puerta lateral, estaba de pie otro coronel, hombre de baja estatura y flaco.

Sus vivaces ojillos lanzaban miradas penetrantes bajo sus espesas cejas. Se volvía con presteza designando los puestos con su afilada mano y dando órdenes; se veía que, a pesar de su raquítico aspecto, era todo un militar. Junto a él había un oficial largo y delicado, ornado su encendido rostro de poblados bigotes. Este señor era aficionado a los festines y al aguamiel espirituosa. A sus espaldas estaban agrupados una multitud de hidalgüelos que se habían armado, los unos a costa suya y los otros a expensas de la Corona, o con ayuda del dinero de los judíos a los cuales habían empeñado cuanto contenían los castillejos de sus padres. Además, había una multitud de esos clientes parásitos que los senadores llevaban consigo para formar cortejo, que la víspera, robaban del buffet o de la mesa alguna copa de plata, y al día siguiente montaban en el pescante de los coches para servir de aurigas.

Las filas de los kozakos permanecían silenciosas delante de las murallas; ninguno de ellos llevaba oro en sus vestidos; solamente se veían brillar los metales preciosos en algunos puñales, sables o en algunas culatas de los mosquetes. Los kozakos no eran aficionados a vestirse ricamente para entrar en batalla; sus caftanes y sus armaduras eran sencillísimos, y en todos los escuadrones no se veían más que largas filas de gorras negras con la punta roja. Dos kozakos salieron de las filas de los zaporogos. El uno era muy joven, el otro tenía un poco más de edad: ambos poseían, según su modo de decir, buenos dientes para morder, no solamente con palabras sino con obras.

Llamábanse Okhrim Nach y Mikita Golokopitenko. Démid Popovitch les siguió; era éste un viejo kozako que frecuentaba hacia tiempo la sich, que había llegado hasta los muros de Andrinópolis, y que había sufrido muchos contratiempos en su vida. Una vez, salvándose de un incendio, volvió a la sich con la cabeza embreada, enteramente ennegrecida, y los cabellos quemados; pero después de esta aventura tuvo tiempo para rehacerse y engordó: sus largos y espesos cabellos rodeaban su oreja, y sus bigotes habían vuelto a brotar negros y espesos. Popovitch tenía fama por su lengua bien afilada.

–Todo el ejército de ustedes tiene joupans rojos –dijo– pero quisiera saber si el valor del ejército es también rojo.

–Esperen –exclamó desde arriba el obeso coronel– voy a agarrotarles a todos. Ríndanse, esclavos, entreguen sus mosquetes y sus caballos. ¿Han visto cómo he agarrotado ya a los suyos? Que se conduzca a los prisioneros al parapeto.

Y se condujo a los zaporogos maniatados a dicho punto. Al frente de ellos marcaba su ataman Jlib, desnudo completamente, en el estado que le habían preso, llevando la cabeza baja, avergonzado de su desnudez y de que hubiese sido sorprendido durmiendo, como un perro.

–No te aflijas, Jlib, nosotros te libertaremos –gritáronle desde abajo los kozakos.

–No te aflijas, amigo –añadió el ataman Borodaty– no es culpa tuya si te han pescado en cueros, eso puede suceder a cualquiera. Ellos son los desvergonzados, que te exponen ignominiosamente sin haber cubierto, por decencia, tu desnudez.

–Parece que no son ustedes valientes sino cuando tienen que habérselas con gente dormida –dijo Golokopitenko mirando al parapeto.

–Esperen, esperen; nosotros les cortaremos esos mechones de pelo le respondieron desde arriba.

–Quisiera ver de qué modo nos lo cortarán –decía Popovitch caracoleando delante de ellos montado en su caballo; y luego añadió, mirando a los suyos: Pero tal vez los polacos dicen la verdad si aquel gordinflón les conduce, no corren ningún peligro.

–¿Por qué crees tú que no corre ningún peligro? –preguntaron los kozakos, seguros anticipadamente de que Popovitch iba a soltar un chiste.

–Porque todo el ejército puede ocultarse detrás de él, y sería en extremo difícil alcanzar a alguno con la lanza más allá de su barriga.

Los kozakos se echaron a reír, y largo tiempo después muchos de ellos meneaban aún la cabeza, repitiendo:

–¡Ese diablo de Popovitch! si le ocurre soltar un chiste a alguno, entonces…

–¡Retrocedan, retrocedan! –exclamó el kochevoi

Como parecía que los polacos no querían sufrir semejante bravata, el coronel hizo un signo con la mano. En efecto, apenas se habían retirado los kozakos, resonó desde lo alto del parapeto una descarga de mosquetería. En la ciudad hubo un gran movimiento; el anciano vaivoda apareció, montado en su caballo. Se abrieron las puertas, y el ejército polaco salió. A la vanguardia marchaban los húsares, perfectamente alineados; luego los coraceros con las lanzas, con sus cascos de cobre; detrás cabalgaban los más ricos nobles, vestidos cada uno según su capricho; no querían mezclarse con los soldados, y el que no tenía algún mando se adelantaba solo a la cabeza de su gente; después venían otras filas, después el oficial delicado, luego otras filas todavía, detrás el coronel grueso, y el último que salió de la ciudad fue el coronel seco y flaco.

–Impídanles, impídanles que se formen exclamó el kochevoi. Que todos los koureni ataquen a la vez. Abandónenles las otras puertas. Que el kouren de Titareff ataque por su lado, y el kouren de Diadkoff por el suyo. Koukoubenko y Palivoda, caigan sobre ellos por la espalda; divídanlos, confúndanlos.


Y los kozakos atacaron por todas partes; rompieron las filas polacas, las revolvieron y se mezclaron con los soldados sin darles tiempo de disparar sus mosquetes; sólo se hacía uso de los sables y de las lanzas. En este zafarrancho, todos tuvieron ocasión de darse a conocer: Démid Popovitch mató a tres infantes y derribó a dos hidalgos de sus caballos, diciendo:

–Buenos caballos, hace tiempo que deseaba unos como éstos.
Y los persiguió en la llanura, gritando a los otros kozakos que los detuviesen; después se volvió a la refriega, atacó a los caballeros que había desmontado, mató a uno de ellos, echó su arkan al cuello del otro, y le arrastró a través de la campiña, después de quitarle su sable de rico puño y su bolsa llena de ducados. Kobita, buen kozako, todavía joven, vino a las manos con un polaco de los más valientes, y por largo tiempo combatieron cuerpo a cuerpo. Kobita triunfó por fin, hiriendo al polaco en el pecho con un cuchillo turco; pero esto no le salvó, pues una bala todavía caliente le tocó en la sien. El polaco más noble, el más hermoso de los caballeros, descendiente de príncipes desde la más remota antigüedad, había acabado así con él. Jinete en un vigoroso caballo bayo claro, llevaba por todas partes la destrucción, y se había distinguido ya con mil proezas. Había muerto a sablazos a dos zaporogos, tumbado a un buen kozako, Fedor de Kory, traspasándole con su lanza después de derribar a su alazán de un pistoletazo, y por fin mató a Kobita.

–Con ese me gustaría medir mis fuerzas exclamó el ataman del kouren de Nésamaï koff, Koukoubenko.Y espoleando a su caballo, se lanzó sobre el polaco, gritando con tan estentórea voz, que todos los que se encontraban cerca de él se estremecieron involuntariamente. El polaco quiso volver su caballo para hacer frente a su nuevo enemigo, pero el animal no le obedeció; espantado por aquel terrible grito, dio un salto de lado, y Koukoubenko pudo disparar su mosquete al polaco que cayó del caballo, herido en la espalda. Ni aun entonces se rindió el valiente polaco: procuró herir a su enemigo; pero su débil mano dejó caer el sable. Koukoubenko tomó con ambas manos su pesada espada, hundiéndole la punta en sus pálidos labios; el arma le rompió los dientes, le cortó la lengua, le atravesó las vértebras del cuello y penetró profundamente en tierra en donde le clavó para no volver a levantarse. La rosada sangre brotó de la herida, esa sangre noble, y le tiñó su caftán amarillo bordado de oro. Koukoubenko se alejó del cadáver, y se lanzó con los suyos hacia otro punto.

–¿Cómo puede dejarse ahí una tan rica armadura sin recogerla? –dijo el ataman del kouren de Oumane, Borodaty.

Y dejó a su gente para dirigirse al sitio en donde yacía el inanimado cuerpo del caballero.

–He dado muerte con mis propias manos a siete nobles, pero no he encontrado ninguno que llevase una armadura tan rica.

Y Borodaty, arrastrado por la codicia, se bajó para adueñarse de aquel rico despojo. Primeramente quitóle su puñal turco adornado con piedras preciosas; después su bolsa llena de ducados; le desató del cuello una bolsita que contenía, envuelto en fino lienzo, un rizo de cabello dado por una joven como prenda de amor. Borodaty no oyó que el oficial de la nariz colorada, el mismo a quien ya había derribado de su caballo después de darle una cuchillada en el rostro, se dirigía sobre él por la espalda. El oficial levantó su sable y asestó un terrible mandoble a su cuello inclinado. El amor al botín no había conducido a buen fin al ataman Borodaty. Su robusta cabeza rodó a un lado y su cuerpo a otro, rociando la hierba con su sangre. Apenas el vencedor había agarrado por sus espesos cabellos la cabeza del ataman para colgarla de su arzón, cuando se levantó un vengador.

Semejante al gavilán que, después de trazar círculos con sus poderosas alas, se detiene de repente, queda inmóvil en el aire, y cae como la flecha sobre la codorniz que canta en los trigos cerca del camino, el hijo de Taras, Eustaquio, se lanzó sobre el oficial polaco echándole su lazo alrededor del cuello.

El semblante colorado del oficial aumentó de color al apretarle la garganta el nudo corredizo. Con mano convulsa empuñó su pistola, pero no pudo dirigirla, y la bala fue a perderse en la llanura. Eustaquio desató de la silla del polaco una cuerda de seda de que se servía para atar a los prisioneros, le agarrotó los pies y los brazos, ató el otro extremo de la cuerda al arzón de la silla, y le arrastró a través de los campos, gritando a los kozakos de Oumane que fuesen a tributar los últimos honores a su ataman. Al saber los kozakos de ese kouren que su ataman había muerto, abandonaron el combate para hacerse cargo del cadáver, y se concertaron para saber a quién era preciso poner en su lugar.

–Pero, ¿de qué sirven los consejos? –dijeron por fin– es imposible elegir un kourennoi mejor que Eustaquio Bulba. Es verdad que es más joven que todos nosotros; pero tiene talento y buen sentido como un viejo.

Eustaquio se quitó su gorra, dio las gracias a sus compañeros por el honor que le dispensaban, pero sin dar por pretexto para rehusarlo ni la juventud ni la falta de experiencia, pues en tiempo de guerra no es permitido vacilar. Enseguida condujo a sus tropas contra el enemigo, y les probó lo acertado de su elección. Los polacos conocieron que el asunto se complicaba, y retrocedieron atravesando la llanura para reunirse al otro lado. El pequeño coronel hizo seña a una tropa de cuatrocientos hombres que estaba de reserva junto a la puerta de la ciudad, e hicieron una descarga de mosquetería contra los kozakos; pero las balas alcanzaron a pocos hombres: algunas tocaron a los bueyes del ejército que miraban estúpidamente la refriega. Espantados, esos animales mugieron, se echaron sobre el tabor de los cosacos, rompieron los carros y pisotearon a mucha gente; pero Taras, en este momento, arrojándose con su polk de la emboscada en donde se había apostado, les cortó el paso, haciendo que sus hombres gritasen con toda la fuerza de sus pulmones. Entonces, desatinada la bueyada, se volvió hacia los regimientos polacos introduciendo el desorden entre ellos.

–¡Mil gracias, bueyes –gritaron los zaporogos– nos habéis prestado un gran servicio durante la marcha, y ahora nos servís en la batalla!

Los kozakos se precipitaron de nuevo sobre el enemigo. Sucumbieron muchos polacos, y se distinguieron muchos kozakos, entre ellos Metelitza, Chilo, los dos Pisarenko y Vovtousenko. Los polacos, viéndose estrechados por todas partes, alzaron su bandera en señal de replegarse, y empezaron a gritar para que se les abriesen las puertas de la ciudad. Las ferradas puertas giraron sobre sus goznes y recibieron a sus fugitivos caballeros, molidos, cubiertos de polvo, como el aprisco recibe las ovejas. Algunos zaporogos querían perseguirles hasta dentro de la ciudad, pero Eustaquio detuvo a los suyos diciéndoles:

–Aléjense, señores hermanos, aléjense de las murallas, pues no es bueno acercarse a ellas.

El joven tenía razón, pues en aquel mismo instante resonó de lo alto de las murallas una descarga general. El kochevoi se acercó para felicitar a Eustaquio.

–Ese ataman es aún muy joven, pero conduce a sus huestes como un jefe encanecido en el mando.

El viejo Taras Bulba volvió la cabeza para ver quién era el novel ataman, y vio a su hijo Eustaquio a la cabeza del kouren de Oumane, con la gorra sobre la oreja, y la maza de ataman en la diestra.

–¡Miren el pícaro! –se dijo lleno de satisfacción.
Y dio las gracias a todos los kozakos de Oumane por el honor dispensado a su hijo.

Los kozakos volvieron grupas hasta su labor; los polacos aparecieron de nuevo sobre el parapeto, pero esta vez sus ricos joupans estaban rotos, manchados de sangre y de polvo.

–¡Hola! ¿Se han curado ya las heridas? Les gritaron los zaporogos.
–¡Esperen! ¡Esperen! –respondió desde lo alto el coronel gordo agitando una cuerda con sus manos.

Y durante algún tiempo, los dos bandos se dirigían injurias y amenazas.Por fin se separaron. Los unos se retiraron a descansar de las fatigas del combate, y los otros fueron a ponerse tierra en sus heridas haciendo vendajes de los ricos vestidos que habían quitado a los muertos. Los que habían conservado más fuerzas se ocuparon en reunir los cadáveres de sus camaradas y tributarles los últimos honores. Con sus espadas y sus lanzas abrieron zanjas, de las que extraían la tierra en los paños de sus vestidos, y en ellas depositaron cuidadosamente los cuerpos de los kozakos, cubriéndolos de tierra fresca para librarlos de la voracidad de las aves carnívoras.

Los cadáveres de los polacos fueron atados de diez en diez a la cola de los caballos, que los zaporogos lanzaron hacia la llanura, ahuyentándolos a latigazos. Los caballos, furiosos, corrieron veloces por largo tiempo a través de los campos, arrastrando los cadáveres ensangrentados que rodaban y chocaban en el polvo.Llegada la noche, todos los koureni se sentaron formando círculo y empezaron a hablar de los altos hechos del día. Así estuvieron largo tiempo en vela. El viejo Taras se acostó más tarde que los otros; no comprendía por qué Andrés no se había presentado entre los combatientes. ¿Había tenido Judas vergüenza de batirse contra sus hermanos? ¿O bien el judío le había engañado, y Andrés era prisionero? Pero Taras se acordó que el corazón de Andrés había sido siempre accesible a las seducciones de las mujeres, y en su desesperación maldijo a la polaca que perdiera a su hijo, jurando que se vengaría; juramento que hubiera cumplido sin que la hermosura de esa mujer le hubiese conmovido; la hubiera arrastrado por sus abundosos cabellos a través del campamento de los kozakos; hubiera magullado y manchado sus bellas espaldas de nítida blancura, y hubiera hecho trizas su hermoso cuerpo. Pero el mismo Bulba ignoraba lo que Dios le preparaba para el día siguiente. Concluyó por dormirse, mientras que el centinela vigilante y sobrio se mantuvo toda la noche junto al fuego, mirando con atención a todos lados en las tinieblas.

CAPÍTULO VIII

El sol no había llegado aún a la mitad de su carrera en el cielo, cuando los zaporogos se reunieron en asamblea. De la sich había llegado la terrible noticia de que los tártaros, durante la ausencia de los kozakos, la habían saqueado enteramente, habiendo desenterrado el tesoro que estos guardaban misteriosamente; que habían sacrificado o hecho prisioneros a cuantos quedaran allí, y que, llevándose todos los rebaños y los caballos padres, habían marchado en línea recta a Perekop. Un solo kozako, Máximo Golodoukha, se había escapado en el camino de mano de los tártaros; había dado de puñaladas al mirza, apoderándose de su saco lleno de cequíes, y en un caballo tártaro y vestidos tártaros, se sustrajo a las pesquisas con una carrera de dos días y dos noches. El caballo que montaba murió reventado; tomó otro y le cupo la misma suerte, y en un tercero llegó por fin al campamento de los zaporogos, habiendo sabido por el camino que estaban sitiando a Doubno. Sólo pudo noticiar la desgracia que había acaecido; pero, ¿cómo había sucedido esta desgracia? Los kozakos que quedaron en la sich, ¿se habían emborrachado tal vez, según costumbre de los zaporogos, cayendo prisioneros durante su embriaguez? ¿Cómo los tártaros habían descubierto el lugar en donde estaba enterrado el tesoro del ejército? A nada de esto pudo contestar. El kozako estaba molido de cansancio; había llegado hinchado, quemado el rostro por el viento, y cayó al suelo durmiéndose profundamente.

En semejante caso, era costumbre de los zaporogos lanzarse en persecución de los ladrones y procurar cortarles el paso, pues de otro modo los prisioneros podían ser conducidos a los depósitos del Asia Mayor, a Esmirna, a la isla de Creta, y Dios sabe en qué sitios se hubieran visto las cabezas de larga trenza de los zaporogos. He aquí explicado por qué se habían reunido los kozakos en asamblea. Todos, sin distinción, estaban de pie, con la cabeza cubierta, pues no se habían reunido para recibir una orden de su ataman sino para tratar como iguales entre ellos.

–¡Que los ancianos den primero sus consejos! –gritó uno entre la multitud.
–¡Que el kochevoi de su consejo! –decían los otros.

Y él kochevoi, descubriéndose la cabeza, no ya como jefe de los kozakos, sino como su compañero, les dio las gracias por el honor que le hacían y les dijo:

–Hay entre nosotros hombres que son más viejos que yo y que tienen más experiencia para dar consejos; pero ya que ustedes me han escogido para que hable primero, he aquí mi opinión: compañeros, pongámonos, sin pérdida de tiempo, en persecución de los tártaros, pues ya saben ustedes lo que son esos hombres. No esperarán nuestra llegada con lo que han robado, sino que lo disiparán enseguida, sin dejar rastro alguno. He aquí, pues, mi consejo: ¡en marcha! Bastante nos hemos paseado ya por aquí; los polacos saben lo que son los kozakos. Hemos vengado a la religión tanto como nos ha sido posible; respecto al botín, poca cosa se puede esperar de un pueblo hambriento como ellos, Así, pues, mi consejo es que partamos.

–¡Partamos!
Esta palabra resonó en los koureni de los zaporogos; pero no fue del agrado de Taras Bulba que se inclinó frunciendo sus cejas grises, semejantes a los zarzales que crecen en las peladas vertientes de una montaña cuyas cimas están blanqueadas por la erizada escarcha del norte.

–No, kochevoi –dijo– tu consejo no vale nada. No hablas como es debido. Parece que olvidas que los hombres que nos han arrebatado los polacos quedan prisioneros. ¿Quieres, pues, que dejemos de respetar la primera de las santas leyes de la fraternidad; que abandonemos a nuestros compañeros para que los desuellen vivos, o bien que, después de descuartizar sus cuerpos, se paseen sus trozos por las ciudades y campos como lo han hecho con el hetman, y los mejores caballeros de la Ucrania? Y no es eso solo: ¿no han insultado bastante a todo lo que hay de más santo? ¿Qué somos, pues?, se lo pregunto a todos. ¿Qué kozako es aquel que no acude en auxilio de su compañero, que le deja perecer como un perro en tierra extranjera? Si han llegado las cosas hasta el extremo de que nadie estime en lo que vale el honor kozako, y si hay quien permite que se le escupa en su bigote gris, o se le insulte con ultrajantes frases, por lo que a mí toca no se me insultará. Me quedo solo.

Todos los zaporogos que le oyeron quedaron conmovidos.

–Pero, ¿has olvidado, valiente polkovnik –dijo entonces el kochevoi– que los tártaros tienen también en su poder compañeros nuestros, y que si no les libertamos ahora, será su vida vendida a los paganos por una eterna esclavitud, peor que la muerte más cruel? ¿Has olvidado, pues, que se llevan todo nuestro tesoro, adquirido a costa de sangre cristiana?

Todos los kozakos quedaron pensativos, no sabiendo qué contestar. Ninguno de ellos quería merecer una mala fama. Entonces se adelantó el más anciano en años del ejército zaporogo, Kassian Bovdug, muy venerado por todos los kozakos. Había sido elegido por dos veces kochevoi, y también en la guerra era un buen kozako; pero había envejecido, y hacía mucho tiempo que no salía a campaña, absteniéndose de dar consejos; lo que más le agradaba era quedarse tendido de costado junto a los grupos de los kozakos, escuchando las narraciones de las aventuras de otro tiempo y de las campañas de sus jóvenes compañeros. Jamás se inmiscuía en sus discusiones, pero los escuchaba en silencio chafando con su dedo pulgar la ceniza de su corta pipa, que no separaba nunca de sus labios, y permanecía largo tiempo recostado, con los párpados a medio cerrar, de modo que sus amigos ignoraban si estaba adormecido o si escuchaba aún. Durante las campañas guardaba la casa; sin embargo, esta vez el anciano se dejó tomar; y haciendo el gesto de decisión propio de los kozakos, dijo:

–¡Gracias a Dios que voy con ustedes! Tal vez seré aún útil a la caballería kozaka.

Cuando el anciano Kassian Bovdug apareció ante la asamblea, todos los kozakos callaron, pues hacía mucho tiempo que no habían oído una palabra de su boca; todos querían saber lo que iba a decir.

–Señores hermanos –empezó diciendo– ha llegado mi vez de decir una palabra, niños, escuchen al anciano. El kochevoi ha hablado bien, y como jefe del ejército kozako, cuya obligación es velar por él y conservar su tesoro, no podía decir nada más prudente; ése es mi primer discurso; y ahora escuchen lo que dirá mi segundo discurso. El polkovnik Taras ha dicho una gran verdad; ¡que Dios le dé una larga vida, y que haya muchos polkovniks, como él en la Ucrania! El primer deber y el primer honor del kozako es observar la fraternidad. Durante mi dilatada vida, no he oído decir, señores hermanos, que un kozako haya abandonado o vendido jamás de manera alguna a su compañero y estos y los otros son nuestros compañeros; que sean pocos, que sean muchos, todos son nuestros hermanos. Los que aman a los kozakos que los tártaros han hecho prisioneros, que vayan en persecución de los tártaros; y los que aman a los kozakos que han caído en poder de los polacos, y que no quieren abandonar la buena causa, que se queden aquí. En cumplimiento de su deber, el kochevoi conducirá a la mitad de nosotros en persecución de los tártaros, y la otra mitad escogerá un ataman que la mande. Y si quieren creer a una cabeza cana, ninguno más a propósito para esto que Taras Bulba. No hay uno solo entre nosotros que le iguale en virtudes guerreras.

Después de esto Bovdug calló; y todos los kozakos se regocijaron por haberles el anciano puesto en buen camino. Todos tiraron las gorras al aire, gritando:

–¡Gracias, padre! Ha callado, ha callado por largo tiempo, pero ha hablado por fin. No en vano decía en el momento de ponerse en campaña, que sería útil a la caballería kozaka; y, así ha sucedido.

–¡Y bien! ¿Consienten en eso? –preguntó el kochevoi.
–¡Consentimos todos! –gritaron los kozakos.

–¡Así, pues, la asamblea queda terminada! –gritaron los kozakos.

–¡Muchachos! Escuchen ahora la orden militar –dijo el koichevoi.
Se adelantó, se puso su gorra, y todos los zaporogos se la quitaron permaneciendo con la cabeza descubierta y los ojos bajos, como hacían siempre los kozakos cuando un anciano se disponía a hablar.

–Ahora, señores hermanos, formen dos grupos; el que quiera partir que pase a la derecha, y el que quiera quedarse a la izquierda. A donde vaya la mayor parte de los kozakos de un kouren, los otros les seguirán; pero si el menor número persistiese en quedarse, se incorporará a otros koureni.

Y los kozakos empezaron a pasar, unos a derecha, y otros a izquierda. Cuando la mayor parte de un kouren pasaba a un lado, el ataman del kouren pasaba también; pero cuando era la menor parte, se incorporaba a los otros koureni. Y a menudo, faltaba poco para que los dos grupos fuesen iguales.

Entre los que quisieron quedarse, había casi todo el kouren de Nesamaï koff, más de la mitad del de Poporitcheff, todo el de Oumane, todo el de Kaneff, más de la mitad del de Steblikoff y otro tanto del de Fimocheff. Los que quedaban prefirieron ir en persecución de los tártaros. En uno y otro grupo se encontraban buenos, y valientes kozakos.

Entre los que se decidieron por ir en persecución de los tártaros, estaba Tcherevety, el anciano cosaco Pokotipolé y Lémich, y Procopovitch, y Choma. Démid Popovitch se les había incorporado, pues era un cosaco de carácter turbulento y no podía permanecer largo tiempo en un mismo sitio; habiendo medido sus fuerzas con los polacos, tuvo deseos de medirlas con los tártaros. Los atamanes de los koureni eran Nostugan, Pokrychka, Nevynisky; y varios otros famosos y valientes kozakos entraron en deseos de probar su sable y sus poderosos brazos en una lucha con los tártaros.

Entre los que quisieron quedarse, había también valientes y animosos kozakos tales como los atamanes Demytrovitch, Koukoubenko, Vertichvist, Balan, Boulkenko, Eustaquio. También había con ellos varios otros ilustres y poderosos kozakos: Vovtousenko, Tchenitchenko, Stepan Gouska, Ochrim Gouska, Mikola Gousty, Zadorojny, Metelitza, Ivan Zakroutygouba, Mosy Chilo, Degtarenko, Sydorenko, Pisarenko, luego un segundo Pisarenko y otro Pisarenko, y muchos más. Todos habían corrido mucho a pie y a caballo, habiendo visto las riberas de la Anatolia, las estepas saladas de Crimea, todos los ríos grandes y pequeños tributarlos del Dnipro, todas las ensenadas e islas de este río. Habían estado en Moldavia, Iliria y Turquía y surcado el mar Negro de uno a otro extremo con sus bateles de dos timones; habían embestido con cincuenta bateles de frente los más ricos y poderosos buques; habían echado a pique un considerable número de galeras turcas, y, en fin habían quemado mucha pólvora en su vida. En más de una ocasión habían desgarrado preciosas telas de Damasco para hacerse medias con ellas, y más de una vez habían llenado de cequíes de oro puro los anchos bolsillos de sus pantalones. Incalculables eran las riquezas que habían disipado en beber y divertirse, y que hubieran bastado para la existencia de cualquier otro hombre. Todo lo habían gastado a lo kozako, festejando a todo el mundo, y alquilando músicos para hacer bailar al universo entero.

Aun en aquel entonces, pocos eran los que no tuviesen algún tesoro, copas y vasos de plata, broches y joyas escondidas bajo los juncos de las islas del Dnipro, para que los tártaros no pudiesen encontrarlas, si, por desgracia, llegaban a caer sobre la sich; cosa bien difícil, porque su mismo dueño empezaba a olvidar el sitio en donde lo había escondido. Tales eran los kozakos que habían querido quedarse para vengar en los polacos a sus fieles compañeros y a la religión de Cristo. El viejo kozako Bovdug prefirió quedarse con ellos diciendo:

–El peso de los años no me permite que vaya en persecución de los tártaros; pero aquí hay un puesto en donde puedo morir como un kozako. Desde mucho tiempo he pedido a Dios que, cuando deba terminar mi existencia, que sea en una guerra por la santa causa cristiana. Dios me ha oído, pues en ninguna parte pudiera recibir la muerte con más gusto que aquí.

Cuando se hubieron dividido y formado en dos filas, por kouren, el kochevoi pasó entre ellas y dijo:

–¡Y bien, señores hermanos! ¿La una mitad está contenta de la otra?

–Todos estamos contentos, padre –contestaron los kozakos.

–Abrácense pues y despídanse, pues sabe Dios si volverán a verse en esta vida. Obedezcan a su ataman y hagan lo que deban, lo que saben que ordena el honor kozako.

Y todos los kozakos se abrazaron recíprocamente empezando los dos atamans; después de atusarse sus bigotes grises, se dieron un beso en cada mejilla; luego, estrechándose las manos con fuerza, quisieron preguntarse el uno al otro:

–Y bien, señor hermano, ¿volveremos a vernos o no?

Pero guardaron silencio, y las dos cabezas grises se inclinaron pensativas.

Y todos los kozakos, hasta el último, se despidieron, sabiendo que tanto los unos como los otros tenían mucho que hacer. Pero resolvieron no separarse en aquel instante, y esperar la oscuridad de la noche para que el enemigo no viese la disminución del ejército. Hecho esto, cada kouren se formó en un grupo para comer. Cumplida esta necesidad, todos los que debían ponerse en marcha se acostaron durmiendo un largo y profundo sueño, como si hubiesen presentido que era el último de que disfrutarían con tanta libertad. Durmieron hasta la puesta del sol; y cuando la noche empezó a extender su negro manto se pusieron a untar sus carros. Cuando todo estuvo dispuesto para la partida, enviaron los bagajes delante, siguiendo después ellos detrás de los carros no sin haber saludado otra vez a sus compañeros con sus gorras; la caballería marchando ordenadamente sin gritar y sin que los caballos relinchasen, seguía a la infantería, y pronto desaparecieron en la sombra. Solamente los pasos de los caballos en lontananza y alguna que otra vez el ruido de una rueda mal untada que rechinaba sobre el eje. Durante largo tiempo, los zaporogos que habían quedado delante de la ciudad les hicieron señas con la mano, a pesar de haberles perdido ya de vista; y cuando volvieron a su campamento, cuando vieron, a la tenue claridad de las estrellas, que faltaban la mitad de los carros, y un número igual de sus hermanos, se les oprimió el corazón, y quedaron pensativos involuntariamente, inclinando al suelo sus turbulentas cabezas.

Taras no pudo menos de observar que, en las melancólicas filas de los kozako, la tristeza, poco conveniente a los valientes, empezaba a abatir poco a poco todas las cabezas, pero el viejo kozako guardaba silencio, quería darles tiempo de acostumbrarse al pesar que les causaba la marcha de sus compañeros, y, sin embargo, se preparaba en secreto para despertarles de repente con el ¡hurra! del kozako, para reanimar con un nuevo poder el temple de su alma. La raza eslava, grande y fuerte, se distingue de las otras razas, como el mar profundo de los humildes ríos. Cuando el huracán estalla, se vuelve atronadora y rugiente, levanta gigantescas olas, lo cual no pueden hacer los grandes ríos; pero cuando reina la calma, el mar, más sereno que los ríos de rápida corriente, extiende su inmensa sábana de cristal, eterno deleite de los ojos.

Taras mandó a sus criados que desembalaran uno de los carros, que estaba apartado de los otros. Era el más grande y más pesado de todo el campamento kozako; sus fuertes ruedas estaban reforzadas por dobles aros de hierro; una enorme carga ocupaba dicho vehículo, cubierto con una alfombra y con gruesas pieles de buey, y fuertemente atado con cuerdas embreadas. Este carro contenía todos los pellejos y barriles del buen vino añejo que se conservaba desde mucho tiempo en las bodegas de Taras, el cual se había reservado este pesado armatoste para el caso solemne en que, si llegaba un momento de crisis y si se presentaba un caso digno de ser transmitido a la posteridad, cada kozako, sin exceptuar a ninguno, pudiese beber un trago de este vino precioso, a fin de que, en este supremo instante, se despertase en todos ellos un gran sentimiento también. Por orden del polkovnik, los criados se dirigieron apresuradamente al carro, cortaron las ruedas, quitaron las pesadas pieles de buey, y bajaron los pellejos y los barriles.

–Beban todos –dijo Bulba– todos cuantos son, sírvanse de sus vasijas, de copas, cántara para abrevar los caballos, un guante o una gorra, o bien de sus dos manos.

Y todos los kozakos presentaron el uno una copa, el otro la cántara que le servía de abrevadero de su caballo; éste un guante, aquel una gorra, y otros en fin presentaron sus dos manos juntas. Los criados de Taras pasaban entre las filas, repartiendo el contenido de los pellejos y barriles; pero Taras ordenó que nadie bebiese antes de que él hiciese señal de beber todos de un solo trago. Veíase que Taras tenía algo que decir. Sabía éste perfectamente que por muy bueno que sea el vino añejo, y muy capaz de fortalecer el corazón del hombre, si se le añade una palabra bien dicha, esta dobla la fuerza del vino y del corazón.

–Señores hermanos –dijo Taras Bulba– les hago este obsequio, no para darles las gracias por el honor de haberme hecho ataman, por muy grande que sea este honor, ni para honrar la despedida de nuestros compañeros; no, una y otra cosa serían más adecuadas en otro tiempo que en el presente. Tenemos ante nosotros una fatigosa tarea, que reclama todo el valor kozako. Bebamos, pues, compañeros, bebamos de un solo trago; primeramente y ante todo por la santa religión ortodoxa, porque llegue un día en que la misma santa religión se extienda por todos los ámbitos del planeta que habitamos, y que todos los paganos entren en el gremio de la iglesia de Cristo. Bebamos al mismo tiempo por la sich; que se conserve enhiesta largos años para exterminio de los paganos, a fin de que todos los años salgan de ella multitud de héroes más grandes los unos que los otros; y bebamos al mismo tiempo por nuestra propia gloria, a fin de que nuestros nietos y los hijos de nuestros nietos digan que en otro tiempo hubo kozakos que no deshonraron a la fraternidad, ni abandonaron a sus compañeros. Así, pues, ¡por la religión, señores hermanos, por la religión!

–¡Por la religión! –gritaron con toda la fuerza de sus pulmones todos los que formaban las filas más próximas.

–¡Por la religión! –repitieron los más apartados; y jóvenes y viejos, todos los kozakos, bebieron por la religión.

–¡Por la sich! –dijo Taras, alzando cuanto pudo su copa encima de su cabeza.

–¡Por la setch! –respondieron las filas vecinas.

–¡Por la sich! –repitieron con voz sorda los viejos kozakos, atusándose sus bigotes grises.

Y agitándose como los halcones cuando sacuden sus alas, los jóvenes kozakos dijeron:

–¡Por la sich!

Y la llanura oyó repetir en lontananza el brindis de los kozakos.

–Ahora el último trago, compañeros. Por la gloria, y por todos los cristianos que viven en este mundo.

Y todos los kozakos bebieron otro trago por la gloria, y por todos los cristianos que viven en el mundo. Y por largo tiempo se repetía en todas las filas de todos los koureni.

–¡Por todos los cristianos que viven en este mundo!
Las copas estaban ya vacías, y los kozakos continuaban con las manos levantadas. Aunque sus ojos, animados por el vino, brillasen de alegría, sin embargo, estaban meditabundos. En aquel instante no se acordaban ni del botín de guerra, ni de la dicha de encontrar ducados, armas preciosas, vestidos recamados y caballos circasianos; estaban pensativos como las águilas posadas sobre las cimas de las peñascosas montañas, desde donde se distingue a lo lejos extenderse el mar inmenso, con los buques, las galeras, las embarcaciones de toda especie que surcan sus aguas, con sus orillas que desaparecen en lontananza cubiertas de un vaporoso velo y coronadas de ciudades que parecen moscas y de bosques tan bajos como la hierba.

Como águilas, contemplaban los alrededores de la llanura, y su destino que parecía dibujarse en el horizonte. Toda esta llanura, con sus caminos y sus tortuosos senderos, quedará convertida en inmenso osario, se saturará de su sangre kozaka, se llenará de destrozos de carros, de lanzas rotas y de sables quebrados; a lo lejos rodarán cabezas pobladas de espesos cabellos, cuyas trenzas estarán entremezcladas por la sangre cuajada, y cuyos bigotes caerán sobre la barba; las águilas vendrán a picotear en sus ojos. Pero este campo de muerte tan vasto y tan extensamente libre es hermoso. Ni una sola acción heroica debe perecer, y la gloria kozaka no se perderá como un grano de pólvora caído de la cazoleta. Vendrá, vendrá un tocador de bandola, con la barba gris hasta el pecho; o tal vez algún anciano, lleno aún de valor viril, pero de blanca cabeza y de alma inspirada, que dirá de ellos una palabra grave y poderosa; y su nombradía se extenderá por el universo entero, y todo cuanto venga al mundo después hablará de ellos; pues una palabra poderosa se esparce a lo lejos semejante a la campana de bronce en la cual el fundidor ha derramado plata pura y preciosa en gran cantidad, a fin de que la voz sonora llame a todos los cristianos a la santa oración, por las ciudades y pueblos, los castillos y las chozas.

CAPÍTULO IX

Nadie, en la ciudad sitiada, había sospechado que la mitad de los zaporogos hubiesen dejado el campamento para lanzarse en persecución de los tártaros. Desde lo alto de la torre de las Casas Consistoriales, los centinelas colocados allí habían visto desaparecer solamente una parte de los bagajes detrás de los bosques inmediatos; pero pensaron que los kozakos preparaban una emboscada. El ingeniero inglés era de este mismo parecer.

Sin embargo, las palabras del kochevoi no habían sido vanas: el hambre se hacía sentir de nuevo entre los habitantes. La guarnición, según costumbre de los tiempos pasados, no había calculado lo que necesitaba para vivir. Se probó una nueva salida, pero la mitad de los que la intentaron sucumbió bajo los golpes de los kozakos, y la otra mitad fue rechazada hasta la ciudad sin conseguir su objeto. Sin embargo, la salida fue aprovechada por los judíos, pues averiguaron cuanto les importaba saber; esto es, por qué los zaporogos habían partido y hacia qué sitio se dirigían, con qué jefes, con qué koureni, cuántos eran, cuántos quedaron, y qué pensaban hacer. En una palabra, al cabo de algunos minutos se sabía todo en la ciudad. Los coroneles recobraron valor y se prepararon a librar batalla.

Por el movimiento y ruido que se hacía en la ciudad, Taras adivinó sus preparativos y por su parte se preparó también: arregló su tropa, dio órdenes, dividió los koureni en tres cuerpos, y formó con los bagajes una trinchera a su alrededor, especie de combate en que los zaporogos eran invencibles. Mandó que dos koureni se emboscasen cubriendo parte de la llanura de estacas puntiagudas, de armas destrozadas, de astillas de lanzas, en fin, de toda clase de obstáculos, con la idea de aprovechar la primera ocasión para echar en ella a la caballería enemiga. Cuando todo estuvo así dispuesto, dirigió la palabra a los kozakos, no para reanimarles y darles valor, sino porque necesitaba explayar su corazón.

–Señores míos, deseo manifestarles lo que es nuestra fraternidad. Ustedes han sabido por sus padres y abuelos en qué honor tenían todos nuestra tierra. Ella se ha dado a conocer a los griegos; ha tomado piezas de oro a Tzargrad, ha tenido ciudades suntuosas, y templos, y kniaz: kniaz de sangre de la Rus’ , y kniaz de su sangre, pero no católicos herejes. Los paganos lo han robado todo, todo se ha perdido. Sólo nosotros hemos quedado, pero huérfanos, y como una viuda que ha perdido un esposo poderoso; y al par que nosotros, también ha quedado huérfana nuestra tierra. He ahí, compañeros, en que tiempo nos hemos estrechado la mano en señal de fraternidad; no existe lazo más sagrado que este de la fraternidad. El padre ama a su hijo, la madre ama a su hijo, y éste ama a su padre y a su madre, pero, ¿qué significa eso, hermanos? también las fieras aman a sus hijos. Pero emparentar por el alma y no por la sangre, he ahí lo que sólo es dado al poder del hombre. En otros países se han encontrado compañeros; pero compañeros como en la Rus’ en parte ninguna. Ha sucedido, no a uno de ustedes, sino a muchos, extraviarse en extranjera tierra; ¡pues bien! ustedes lo han visto: allí hay hombres también, también hay allí criaturas de Dios y les hablan como a uno de ustedes. Pero cuando se trata de decir una palabra salida del corazón, ustedes lo saben bien, son hombres de espíritu, y, sin embargo, no son de los de ustedes. Son hombres, pero no son los mismos hombres. No, hermanos, amar como ama un corazón ruso, amar, no solamente por el espíritu, sino por todo lo que Dios ha dado al hombre, por todo lo que hay en ustedes, ¡ah! –dijo Taras, con un gesto de decisión, sacudiendo su cabeza gris y levantando la punta de su bigote– no, nadie puede amar así. Sé perfectamente que ahora se han introducido en nuestro país pérfidas costumbres: hay algunos que sólo piensan en sus montones de trigo y de heno, en sus caballadas; sólo se preocupan en que su aguamiel se conserve en sus bodegas; imitan, ¡el diablo lo sabe! los usos paganos; se avergüenzan de su lenguaje; el hermano no quiere hablar con su hermano, y aun llega a venderle como se vende en un mercado a una bestia; prefieren el favor de un rey extranjero, y no ya de un rey, sino el menguado favor de un magnate polaco que con su bota amarilla les golpea el hocico, a toda la fraternidad.

Pero, a pesar de esto, en el último de los cobardes, aunque se haya manchado de lodo y de servilismo, hay todavía un grano de sentimiento ruso; y un día ¡desventurado! se despertará y herirá con los dos puños los faldones de su caftán; apretará su cabeza entre sus dos manos y maldecirá su cobarde vida, dispuesto a comprar de nuevo por el suplicio una innoble existencia.

Que sepan todos, pues, lo que significa en nuestra Rus’ la fraternidad. Y si ha llegado el momento de morir, ciertamente que ninguno de ellos ¡ninguno! morirá como nosotros. Esto no es dado a su naturaleza de ratón.

Esto dijo el ataman; y concluida su peroración, meneó todavía su cabeza que había encanecido en la vida de kozako. Todos los que le escuchaban quedaron profundamente conmovidos por este discurso que penetró hasta el fondo de sus corazones. Los guerreros más antiguos permanecieron inmóviles, inclinando sus cabezas grises hacia tierra; una lágrima brillaba en sus viejas pupilas, que enjugaron lentamente con la manga, y todos a una, como impulsados por un mismo resorte, hicieron a la vez su gesto acostumbrado para expresar que se ha tomado un partido, y menearon resueltamente sus cabezas. Taras había puesto el dedo en la llaga.

Veíase salir de la ciudad el ejército enemigo al son de las trompetas y clarines, así como los nobles polacos, con la mano en la cadera, y rodeados de un numeroso séquito. El obeso coronel daba órdenes. Se adelantaron rápidamente hacia los kozakos, amenazándoles con sus miradas y con sus mosquetes, al abrigo de sus brillantes corazas de cobre. Los kozakos, al ver que habían avanzado hasta ponerse a tiro, los recibieron con una lluvia de plomo, y continuaron tirando sin interrupción. El ruido de sus descargas sonaba en las vecinas llanuras, como un trueno continuo. El campo de batalla estaba cubierto de densa humareda, y los zaporogos disparaban sin interrupción. Los de las últimas filas se limitaban a cargar las armas que alargaban a los más avanzados, con asombro de los polacos que no podían comprender cómo los kozakos tiraban sin volver a cargar sus mosquetes. En las espesas oleadas de humo que envolvían a los contendientes, no se veían las pérdidas que se experimentaban en las filas; pero los polacos, sobre todo, sentían que las balas llovían espesas, y cuando retrocedieron para alejarse de aquella humareda y para recobrarse, vieron perfectamente que sus escuadrones habían sufrido muchas bajas.

Los kozakos habían perdido tres hombres todo lo más, y continuaban incesantemente su fuego de mosquetería. El ingeniero extranjero se asombró de esta táctica que nunca había visto emplear, y dijo en alta voz:

–¡Son muy valientes los zaporogos! He ahí cómo es preciso que se batan en todos los países.

Aconsejó entonces dirigir los cañones hacia el campamento fortificado de los kozakos. Las piezas de bronce atronaron el espacio con su rugiente voz; la tierra trepidó a lo lejos, y la llanura quedó envuelta en oleadas de humo. El olor de la pólvora se extendía por las plazas y las calles de las poblaciones próximas y lejanas; sin embargo, los artilleros habían apuntado muy alto. Las balas rojas describieron una curva demasiado grande; pasaron silbando por encima de la cabeza de los kozakos y se hundieron en el suelo abriendo surcos profundos, a lo lejos, en la tierra negra. En vista de tanta torpeza, el ingeniero francés apuntó por sí mismo los cañones, aunque los kozakos lanzaban una espesa lluvia de balas.


Taras había visto de lejos, el peligro que amenazaba a los koureni de Nesamaï koff y de Steblikoff, y gritó con todas sus fuerzas:

–¡Abandonen pronto los carros, pronto, y que cada uno monte a caballo!

Pero los kozakos no hubieran tenido tiempo de cumplir ninguna de estas dos órdenes, si Eustaquio no se hubiese arrojado en medio del enemigo y arrancado las mecha de las manos de seis artilleros de los diez que estaban al pie de los cañones. No obstante, los polacos le rechazaron. Entonces el oficial extranjero tomó una mecha para pegar fuego a un enorme cañón, tan enorme, que los kozakos no habían visto otro igual, y cuya ancha boca vomitaba muertes a centenares. Su disparo y el de otros tres cañones que estaban cerca de él, hicieron temblar sordamente la tierra, y llevaron la desolación a todas partes. Más de una anciana madre kozaka llorará a su hijo y se golpeará el pecho con sus manos huesosas; en Gloukhoff, Nemiroff, Tchernigoff y en otras ciudades habrá más de una viuda que, desconsolada, correrá todos los días a la ventura, detendrá a todos los transeúntes y les mirará a los ojos para ver si alguno de ellos es el amado de su alma. Pero pasarán por la ciudad varias tropas de todas clases, sin que pueda encontrar al que más ama entre todos los hombres.


La mitad del kouren de Nesamaï koff había desaparecido. El cañón barrió y derribó las filas kozakas, como el granizo abate un campo de trigo en el cual se balanceaban antes graciosamente las espigas.

En cambio, ¡de qué modo se lanzaron los kozakos! ¡Cómo se precipitaron todos sobre el enemigo! ¡De qué modo el ataman Koukoubenko se encendió de rabia, al ver que la mitad del kouren había sucumbido! Entró con lo restante de sus hombres, de Nesamaï koff en el centro mismo de las filas enemigas, y en su furor tronchó como a una col al primero que encontró a su paso; derribó a varios jinetes hiriéndoles con su lanza y también al caballo; llegó hasta la batería y se adueñó de un cañón. Mira, y se ve precedido por el ataman del kouren de Oumane, y de Stepan Gouska que ha tomado ya la pieza principal. Cediéndoles entonces el puesto, se vuelve con los suyos contra otra masa de enemigos. Las gentes de Nesamaï koff han abierto una calle por donde han pasado, y una encrucijada por donde vuelven. Se veía cómo se aclaraban las filas enemigas, y cómo los polacos caían como gavillas. Vovtousenko estaba en pie junto a los carros; delante de él se veía a Tcherevitchenko; más allá de los carros a Degtarenko, y detrás de éste, el ataman del kouren, Vertikhvist. Degtarenko, lanza en ristre, ha hecho morder la tierra a dos polacos, pero encuentra un tercero más difícil de vencer. El polaco era delgado y vigoroso, y estaba magníficamente equipado, llevando más de cincuenta hombres de escolta. Hizo retroceder a Degtarenko, le tiró al suelo, y levantando su sable le gritó:

–¡Perros kozakos, no hay uno solo de ustedes que se atreva a resistirme!

–¡Sí que le hay! –le contestó Mosy Chilo; y se adelantó.
Mosy Chilo era un intrépido kozako que más de una vez había mandado en el mar, y pasado por muchas pruebas. En Trebizonda, los turcos le hicieron prisionero con toda su tropa, llevándoselos a todos en sus galeras, aherrojados de pies y manos, privándoles, de comer arroz durante semanas enteras, y haciéndoles beber agua salada; los pobres cautivos, antes de renegar de su religión ortodoxa, lo habían sufrido todo, sobrellevado todo. Pero el ataman Mosy Chilo no tuvo valor de sufrir; holló con sus pies la santa ley, rodeó su cabeza de un odioso turbante, se captó la confianza, del bajá, llegó a ser arráez del buque y jefe de la chusma. Su conducta causó una gran pesadumbre a los prisioneros, los cuales sabían que si uno de los suyos vendía su religión y pasaba al partido de los opresores, ¡desgraciado del que estaba bajo su poder! Y, en efecto, así sucedió: Mosy Chilo les puso nuevos hierros, atándolos de tres en tres, les agarrotó hasta el cuello, y les dio golpes en la nuca. Cuando más satisfechos estaban los turcos de haber encontrado semejante servidor, empezaron a regocijarse, y se embriagaron sin respetar las leyes de su religión, y entonces Mosy Chilo entregó las sesenta y cuatro llaves de los hierros a los prisioneros a fin de que pudiesen abrir las cadenas, tirar al mar sus ataduras, y cambiarlas por sables para atacar a los turcos. Los kozakos hicieron un espléndido botín, y regresaron victoriosos a su patria, en donde, durante largo tiempo, los tocadores de banduras ensalzaron las glorias de Mosy Chilo. Se le hubiera elegido kochevoi, pero no lo hicieron porque era un kozako de carácter muy extraño. Algunas veces obraba con tanto acierto como no era fácil lo hiciese ningún sabio, y otras caía en una increíble estupidez. Bebió y disipó cuanto había adquirido, contrajo deudas con todos los de la sich, y para colmar la medida, una noche se deslizó como ratero en un kouren extranjero, se apoderó de todos los arneses, y los empeñó en casa del tabernero. Por esta vergonzosa acción fue atado a un poste de la plaza, y se le puso cerca un enorme bastón a fin de que cada uno, según sus fuerzas, pudiese propinarle un garrotazo. Pero entre los zaporogos, no se encontró un solo hombre que levantase el bastón contra él recordando los servicios que había prestado. Tal era el kozako Mosy Chilo.

–Sí, perros –contestó Mosy Chilo arrojándose sobre el polaco– los hay para darles de palos.

¡Cómo se batieron! Las corazas y brazales se doblaron en los cuerpos de ambos. El polaco le desgarró su camisa de hierro, y le hirió con su sable.

La camisa del kozako se enrojeció, pero Chilo ni siquiera hizo caso de ello. Levantó la mano pesada y nudosa, y descargó tan tremendo golpe en la cabeza de su adversario que le aturdió. Su casco de bronce voló hecho astillas; el polaco bamboleó y cayó de la silla; entonces Chilo empezó a descargar sobre él sendos sablazos. «Kozako, no pierdas tiempo en acabar con él, vuélvete enseguida» le dijeron; pero el kozako no se vuelve, y uno de los criados del vencido le hiere con su cuchillo en el cuello. Chilo se volvió de frente, y ya alcanzaba al audaz, cuando éste desapareció entre el humo de la pólvora. El ruido de la mosquetería resonaba por todas partes. Chilo bamboleó, y conoció, que su herida era mortal. Cayó, puso la mano sobre su herida, y volviéndose hacia sus compañeros, les dijo:

–Adiós, señores hermanos camaradas, que el suelo ruso ortodoxo permanezca en pie hasta el fin de los siglos, y que se le tribute un honor eterno.

Cerró sus mortecinos ojos, y su alma kozaka abandonó su feroz envoltura.

Zadorojni se adelantaba ya a caballo, al mismo tiempo que el ataman de kouren Vertikhvisty Balaban.

–Díganme, señores –exclamó Taras dirigiéndose a los atamans de los koureni– ¿hay todavía pólvora? ¿No se ha debilitado, la fuerza kozaka? ¿Los nuestros cejan?

–Padre, aún tenemos pólvora, la fuerza kozaka no se debilita, ni los nuestros cejan.

Y haciendo un vigoroso ataque los kozakos rompieron las filas enemigas.El pequeño coronel mandó tocar retirada e izar ocho banderas pintadas para reunir a los suyos que estaban dispersos en la llanura. Todos los kozakos corrieron a agruparse alrededor de las banderas; pero aún no se habían formado, cuando el ataman Koukoubenko dio con su gente de Nesamaï koff una carga en el centro, y cayó sobre el coronel barrigudo que, no pudiendo sostener el choque, volvió grupas huyendo a todo escape. Koukoubenko le persiguió a través de los campos sin dejarle reunirse con los suyos. Stepan Gouska, viendo eso desde el kouren vecino, se puso en persecución del coronel, con su arkan en la mano; inclinando la cabeza sobre el cuello de su caballo, y aprovechando una coyuntura favorable, le echó de repente su nudo corredizo a la garganta. El coronel se volvió como la púrpura, y asiendo la cuerda con las dos manos probó de romperla: pero un poderoso golpe había ya hundido en el ancho pecho de su perseguidor el mortífero acero. Apenas tuvieron los kozakos tiempo de volverse cuando Gouska se encontraba ya levantado sobre cuatro picas. El pobre ataman sólo tuvo tiempo de decir:

–¡Perezcan todos los enemigos, y que el suelo ruso se regocije en la gloria por los siglos de los siglos!

Y cerró los ojos para siempre. Los kozakos volvieron la cabeza, y vieron, por un lado, al kozako Metelitza que se batía con los polacos haciendo horrible carnicería, y por el otro al ataman Nevilitchki que avanzaba a la cabeza de los suyos junto a un cuadro formado por carros, Zakroutigouba revuelve el enemigo como si fuese un montón de heno, y le rechaza, mientras que, delante de otro cuadro más lejano, Pisarenko el tercero ha rechazado a una tropa entera de polacos, y cerca del tercer cuadro los combatientes han llegado a las manos y luchan encima de los mismos carros.

–Díganme, señores –gritó el ataman Taras, por segunda vez, adelantándose al frente de los jefes ¿hay todavía pólvora? ¿Se ha debilitado la fuerza kozaka? ¿Los nuestros cejan?

–Padre, todavía tenemos pólvora, la fuerza kozaka no se ha debilitado; los nuestros no cejan.

Bovdug, herido por una bala en el corazón, ha caído de lo alto de un carro; pero en el momento de exhalar su vieja alma el último suspiro, dijo:

–¡Nada me importa dejar el mundo!, ¡Ojalá Dios quiera dar a todos un fin semejante y que el suelo de la Rus’ sea glorificado hasta el fin de los siglos!

Y el alma de Bovdug se elevó a las alturas para ir a contar a los ancianos, muertos hacía mucho tiempo, cómo saben batirse en el suelo ruso, y cómo saben mejor aun morir por su santa religión.

El ataman de kouren, Balaban, cayo poco después, con tres heridas mortales: de bala, de lanza y de un pesado sable recto. Era un kozako de los más valientes. Como ataman, había emprendido un sinnúmero de expediciones marítimas, de las cuales la más gloriosa fue la de las costas de Anatolia. Su gente había reunido muchos cequíes, telas de Damasco y rico botín turco. Pero a su regreso sufrieron muchos descalabros: los desventurados tuvieron que pasar por debajo de las balas turcas; cuando el buque enemigo disparó todas sus piezas, la mitad de sus barcos se fueron a pique, pereciendo en las aguas más de un kozako; pero los haces de juncos atados a los costados de los botes les salvaron de morir todos ahogados; durante la noche, sacaron el agua de las barcas sumergidas, con palas cóncavas con sus gorras, y repararon las averías; de sus anchos pantalones kozakos hicieron velas y, arriando con presteza, se alejaron rápidamente de los buques turcos. Por fin, pudieron llegar sanos y salvos a la sich, trayendo una casulla bordada de oro para el archimandrita del convento de Mejigorsh en Kyiv, y adornos de plata para la imagen de la Virgen, en el mismo zaporozhié; y largo tiempo después los tocadores de banduras ensalzaban las proezas de los kozakos.

En esta hora, inclina Balaban su cabeza, sintiendo las angustias de la muerte, y dice con agónico acento:

–Creo, señores, que muero de una buena muerte. He matado a siete a sablazos, he atravesado a nueve con mi lanza, he aplastado a una infinidad bajo los pies de mi caballo, y no sé a cuántos han alcanzado mis balas. ¡Florezca, pues, eternamente el suelo ruso!Y su alma voló a otra tierra mejor.¡Kozakos, kozakos!, no entreguen la flor de su ejército. El enemigo ha cercado ya a Koukoubenka, y sólo le quedan siete hombres del kouren de Nesamaï koff, y esos se defienden con valor: los vestidos de su jefe están ya enrojecidos de sangre; Taras mismo, viendo el peligro que corre se lanza en su auxilio; pero los kozakos han llegado demasiado tarde. Antes que el enemigo fuese rechazado, una lanza se había hundido en el corazón de Koukoubenko; se inclinó, dulcemente en brazos de los kozakos que le sostenían, y su joven sangre brotó de su pecho como de una fuente, semejante a un vino precioso que torpes criados traen de la bodega en un vaso de vidrio, y que lo rompen a la entrada de la sala resbalando en el pavimento.

El vino se derrama por el suelo, y el dueño de la casa corre, tirándose de los cabellos, porque lo había guardado para la ocasión más hermosa de su vida, a fin de que, si Dios se lo había dado, pudiese en su vejez festejar con él a un compañero de su juventud, y regocijarse con él al recordar un tiempo en que el hombre sabía disfrutar de otra manera y mejor. Koukoubenko paseó su mirada, en torno suyo y murmuro:

–¡Compañeros: doy las gracias a Dios por haberme otorgado morir en presencia de ustedes! ¡Él haga que los que nos sucedan tengan una vida más tranquila que nosotros, y, que el suelo ruso amado de Jesucristo sea eternamente bendito!

Y su alma joven, llevada en brazos de los ángeles, voló hacia la mansión de los justos, en donde deberá gozar de la bienaventuranza. «Siéntate a mi derecha, Koukoubenko –le dirá Jesucristo– no has hecho traición a la fraternidad, no has cometido ninguna acción vergonzosa, no has abandonado a un hombre en el peligro. Has conservado y defendido mi Iglesia».

La muerte del joven y valeroso kozako entristeció a todo el mundo, las filas kozakas se aclaraban cada vez más; muchos valientes habían ya dejado de existir; y, sin embargo, los kozakos se mantenían firmes.

–¡Díganme, señores! –gritó Taras por tercera vez a los koureni que habían quedado en pie– ¿hay, todavía pólvora? ¿Se han enmohecido los sables? ¿La fuerza kozaka se ha debilitado? ¿Los kozakos cejan?

–Padre, aun hay bastante pólvora; los sables se hallan en buen estado; la fuerza kozaka no se ha debilitado; los kozakos no han cejado todavía.

Y nuevamente se lanzaron los kozakos como si no hubiesen experimentado pérdida alguna. Sólo quedan con vida tres atamans de kouren. Por todas partes corren torrentes de sangre y se elevan pirámides formadas de cadáveres de kozakos y polacos. Taras dirige su vista al cielo y ve una bandada debbuitres que cruzan el espacio. ¡Ah! Alguien se regocijará, pues. Allá abajo, una lanzada ha dado fin a Metelitza; la cabeza de Pisarenko segundo ha dado vueltas en el aire revolviendo los ojos en sus órbitas, y Okhrim Gouska ha caído pesadamente hecho trizas.

–¡Sea! –dijo Taras, haciendo una seña con su pañuelo–. Eustaquio comprendió el movimiento de su padre, y saliendo de su emboscada, cargó vigorosamente contra la caballería polaca. El enemigo no sostuvo la violencia del choque; y él, persiguiéndole, sin dar cuartel, le rechazó hacia el sitio en donde se habían plantado estacas gruesas y cubierto el suelo de trozos de lanza. Los caballos empezaron a tropezar, a faltarles los pies, y los polacos a rodar por encima de sus cabezas. En tan difícil situación, los kozakos de Korsonn, que estaban de reserva detrás de los carros, viendo al enemigo a tiro de mosquete, hicieron una horrible descarga. Los polacos se desconciertan, el desorden se introduce en sus filas, y los kozakos recobran valor.

–¡La victoria es nuestra! –gritaron de todas partes los zaporogos.

Sonaron los clarines, y la bandera de la victoria tremolaba impulsada por el viento. Los polacos huían en confuso desorden en todas direcciones.

–¡No, no, la victoria no es nuestra todavía! –dijo Taras, mirando las puertas de la ciudad.

En efecto: las puertas de la ciudad se habían abierto, y un regimiento de húsares, la flor de los regimientos de caballería, salía por ellas. Todos los jinetes montaban, argamaks castaños. Al frente de los escuadrones galopaba el jinete más hermoso y apuesto de todos.Sus cabellos negros asomaban por debajo de su casco de bronce, y rodeaba su brazo una banda bordada por las manos de la belleza más seductora.

Taras se quedó estupefacto al reconocer a su hijo Andrés; y éste, sin embargo, inflamado por el ardor del combate, ávido de merecer el presente que adornaba su brazo, se precipitó como un fogoso lebrel, el más hermoso, más veloz y más joven de la jauría.

«¡Aton!», exclama el viejo cazador, y el lebrel se precipita, lanzando sus piernas en línea recta al aire, inclinando todo su cuerpo sobre el costado, levantando la nieve con sus uñas, y adelantándose diez veces a la liebre misma, en el ardor de su carrera. El viejo Taras se detuvo, contemplando cómo Andrés se abría paso, hiriendo a derecha e izquierda, y derribando a los kozakos que le interceptaban el paso.

Taras pierde la paciencia y exclama:
–¡Cómo! ¡A los tuyos! ¡A los tuyos! ¡Así los hieres, hijo del diablo!

Pero el intrépido joven no veía si los que hallaba a su paso eran de los suyos o de los otros; no veía sino rizos de sedoso cabello, largos y ondulantes, un cuello de nieve semejante al de los cisnes, blancos hombros, y todo lo que Dios ha creado para besos insensatos.

–¡Hola, camaradas! atráiganlo, atráiganlo solamente al bosque –gritó Taras.

Inmediatamente se presentaron treinta de los más ágiles kozakos para atraer al joven hacia el bosque. Enderezando sus altas gorras, lanzaron sus caballos para cortar la retirada a los húsares, atacaron de flanco a las primeras filas, las derrotaron, y habiéndolas separado del grueso de la partida, pasaron a cuchillo a unos y a otros. Entonces Golokopitenko dio a Andrés con su sable de plano, y todos, al instante emprendieron la fuga con toda la rapidez kozaka. Andrés se lanzó como un león; su joven sangre hervía en sus venas; hundiendo sus largas espuelas en los costados del noble bruto, se echó volando en persecución de los kozakos, sin volverse, y sin ver que solamente habían podido seguirle una veintena de hombres. Los kozakos, huyendo con toda la celeridad de sus cabalgaduras, daban la vuelta hacia el bosque.

Andrés, disparado como una flecha, alcanzaba ya a Golokopitenko, cuando de repente una férrea mano detuvo su caballo por la brida. El joven volvió la cabeza y vio delante de él a Taras, su padre. Un fuerte estremecimiento agitó todo su cuerpo, y se volvió pálido como un escolar sorprendido por su maestro merodeando. La cólera de Andrés se apagó como si nunca se hubiese encendido. Sólo veía delante de él al terrible autor de sus días.

–¡Y bien! ¿Qué vamos a hacer ahora? –dijo Taras, mirándole fijamente.

El joven no respondió, tenía la vista inclinada hacia el suelo.
–Y bien, hijo, ¿te han prestado un gran socorro tus polacos?
Andrés continuó mudo.
–Hacernos traición de este modo, vender la religión, vender a los tuyos.
Espera, baja del caballo.
Andrés, obedeciendo como un niño dócil, bajó del caballo, y se detuvo, más muerto que vivo, delante de su padre, el cual le dijo:

–Quédate ahí, y no te muevas; yo te he dado la vida, yo te la quitaré.

Y, dando un paso atrás, preparó su mosquete. El semblante del joven se cubrió de mortal palidez; sus labios se movían pronunciando un nombre; pero este nombre no era el de su patria, ni el de su madre, ni el de sus hermanos: era el nombre de la linda polaca.

Taras disparó.Como una espiga de trigo segada por la hoz, Andrés inclinó la cabeza, y cayó sobre la hierba sin pronunciar una palabra.

El parricida, inmóvil, contempló largo tiempo el cadáver inanimado de su hijo: hasta después de muerto era hermoso. Su semblante viril, antes brillante de fuerza y de una irresistible seducción, expresaba todavía una hermosura maravillosa. Sus cejas, negras como un terciopelo de luto, sombreaban sus pálidas facciones.

–¿Qué le faltaba para ser un kozako? –dijo Bulba. Tenía elevada estatura, cejas negras, un semblante lleno de nobleza, y mano fuerte en el combate. ¡Y ha muerto, muerto sin gloria como un perro cobarde!

–¿Qué has hecho, padre? ¿Le has muerto tú? –dijo Eustaquio, que llegaba en este momento.

Taras hizo con la cabeza un signo afirmativo.

Eustaquio miró fijamente en los ojos del muerto, y dijo con profundo pesar:

–Padre, démosle honrosa sepultura, a fin de que los enemigos no puedan insultarle, y que las aves de rapiña no despedacen su cuerpo.

–Ya se le enterrará sin nosotros –dijo Taras– y no le faltarán llorones y lloronas.

Y durante dos minutos pensó:

–¿Es preciso arrojar su cuerpo a los lobos que husmean la tierra devastada, o bien respetar en él la valentía del caballero, que todo guerrero debe honrar en quien la posee?

–Miró, y vio a Golokopitenko galopando hacia él.
–¡Desgracia, ataman! Los polacos se han fortificado, y les han llegado tropas de refresco.

Aun no había acabado de hablar Golokopitenko, cuando acudió Vovtonsenko:

–¡Desgracia, ataman! Nuevas fuerzas caen sobre nosotros.

Sin concluir Vovtonsenko, llega Pisarenko corriendo, pero sin caballo.
–¿En dónde estás, padre? Los kozakos te buscan. El ataman de kouren Nevilitchki ha sido muerto ya, y también Zadorodrii y Tcherevitchenko, pero los kozakos se mantienen firmes; no quieren morir sin verte por última vez, deseando que les mires en la hora de su muerte.

–¡A caballo, Eustaquio! –dijo Taras.Y se apresuró para encontrar con vida a los kozakos, para contemplarlos por última vez, y porque pudiesen mirar a su ataman antes de morir. Pero aun no había salido del bosque con su gente, cuando las fuerzas enemigas le cercaron completamente, y por todas partes se presentaron a través de los árboles jinetes armados de sables y de lanzas.

–¡Eustaquio, Eustaquio! manténte firme exclamó Taras.
Y, sacando su sable, atacó a los primeros que le vinieron a mano. Seis polacos rodean a Eustaquio, pero en mal hora lo hicieron: a uno le cercenó la cabeza; el otro da una voltereta por detrás; el tercero recibe una lanzada en las costillas; y el cuarto, más audaz, ha evitado la bala de Eustaquio bajando la cabeza, y la ardiente bala hace blanco en el cuello del caballo que, furioso, se encabrita, rueda por tierra, y aplasta debajo a su jinete.

–¡Bien hijo mío, bien! –exclamó Taras– vuelo a tu socorro.

Y Taras rechaza a los que le acometen, da sablazos a diestro y a siniestro y, mirando continuamente a Eustaquio, le ve luchando cuerpo a cuerpo con ocho enemigos a la vez.

–¡Tente firme, Eustaquio, tente firme! –le grita.
Pero el joven está perdido; le echan un arkan alrededor del cuello, se apoderan de él y le agarrotan.

–¡Ea, Eustaquio, ea! –gritaba Taras abriéndose paso hacia él, y hendiendo con su hacha todo cuanto se le ponla delante. ¡Ea, Eustaquio, Eustaquio!

Pero en este momento recibió como una pedrada, y todo dio vueltas ante sus ojos. Las lanzas, el humo del cañón, las chispas de la mosquetería y las ramas de los árboles con sus hojas brillaron por un instante en su mirada; después cayó a tierra como una encina abatida, y una espesa niebla cubrió sus ojos.


CAPÍTULO X

–Parece que he dormido mucho tiempo –dijo Taras despertando como del penoso sueño de un hombre ebrio, y esforzándose por reconocer los objetos que le rodeaban.

Una terrible debilidad había quebrantado sus miembros, pudiendo apenas distinguir las paredes y rincones de una estancia desconocida. Por fin se fijó en que Tovkatch estaba sentado junto a él, y que parecía atento a cada una de sus respiraciones.

–Sí –pensó Tovkatch– hubieras podido dormirte para siempre.

Pero no habló palabra, sino que le amenazó con el dedo haciéndole seña de que callase.

–Dime pues, ¿en dónde estoy ahora? –prosiguió Taras concentrándose y procurando recordar su pasado.

–¡Cállate pues! –exclamó bruscamente su camarada. ¿Qué más quieres saber? ¿No ves que estás acribillado de heridas? Dos semanas que corremos a caballo a todo escape, y que la fiebre y el calor te hacen delirar. Hoy, por primera vez, has dormido tranquilo. Calla, pues, si no quieres perjudicarte a ti mismo.

Sin embargo, Taras continuaba esforzándose en poner en orden sus ideas y en recordar lo pasado.

–¡Pero yo he sido detenido y cercado por los polacos! ¡Me era imposible abrirme paso a través de sus filas!

–¡Te callarás de una vez, hijo de Satanás! –exclamó Tovkatch montado en cólera, como una niñera a quien los gritos de un chicuelo mimado hacen perder la paciencia. ¿Quieres saber de qué modo te has salvado? Ha habido amigos que no te han dejado allá, y eso basta. Todavía nos queda más de una noche para correr juntos. ¿Crees que te han tomado por un simple kozako? No, tu cabeza está puesta a precio; dos mil ducados dan por ella.

–¿Y Eustaquio? –exclamó de repente Taras que procuró incorporarse recordando cómo a su vista se habían apoderado de su hijo, cómo le habían agarrotado, y cómo se encontraba en manos de sus enemigos. Entonces el dolor se apoderó de aquella vieja cabeza. Arrancó los vendajes que cubrían sus heridas, y los tiró lejos de sí; quiso hablar en alta voz, pero de sus labios sólo salieron palabras incoherentes. La fiebre le había vuelto y le hacía delirar. Sin embargo, su fiel compañero estaba de pie delante de él, dirigiéndole crueles reprensiones e injurias. En fin, le agarró por los pies y por las manos, le fajó como se hace con un niño, volvióle a poner los vendajes, le envolvió en una piel de buey, le sujetó con cuerdas a la silla de un caballo y emprendió de nuevo el camino.

–Aunque fueses un cadáver, te conduciría a tu país. No permitiré que los polacos insulten tu origen kozako, que hagan trizas tu cuerpo y lo arrojen al río. Si el águila ha de arrancar los ojos de tu cadáver, que sea al menos el águila de nuestras estepas, no el águila polaca, no la que viene de las tierras de Polonia. Aunque estuvieses muerto, te conduciría a Ucrania.

Así hablaba el fiel compañero, corriendo día y noche, sin tregua ni descanso, conduciéndole al fin, privado de sentidos, a la misma sich de los zaporogos. Una vez allí, le curó con simples compresas y se aprovechó de la habilidad en el arte de curar de una judía, que en el espacio de un mes le hizo tomar diversos remedios. Al fin Taras se encontró mejor. Sea que la influencia del tratamiento fuese saludable, sea que su férrea naturaleza lo hubiese vencido todo, al cabo de un mes y medio abandonó el lecho. Sus llagas se habían curado y las cicatrices hechas por el sable atestiguaban solamente la gravedad de las heridas del viejo kozako. Sin embargo, su carácter se volvió triste y taciturno. Tres profundas arrugas se habían marcado en su frente, en donde se quedarán para siempre. Al dirigir la vista a su alrededor, todo le pareció nuevo en la sich. Todos sus antiguos compañeros habían muerto, no quedando ni uno solo de los que hayan combatido por la santa causa, por la fe y la fraternidad.

También habían sucumbido aquellos que, mandados por el kochevoi, habían ido en persecución de los tártaros; todos murieron: el uno cayó en el campo del honor; el otro había muerto de hambre y de sed en medio de las estepas saladas de la Crimea; otro murió de vergüenza en el cautiverio, por no poder sobrellevar su afrenta. El viejo kochevoi hacía mucho tiempo que también había pasado a mejor vida, así como sus antiguos compañeros, y la hierba del cementerio había ya crecido sobre los restos de esos kozakos llenos en otro tiempo de valor y de vida. Taras comprendía que en torno suyo había tenido lugar una grande orgía, una orgía ruidosa: toda la vajilla había volado hecha añicos, no quedando una sola gota de vino; los convidados y los criados se habían llevado todas las copas, todos los vasos preciosos, y el dueño de la casa permanecía solitario y triste, pensando que hubiera sido mejor que no hubiese habido fiesta. Los esfuerzos que se hacían para ocupar y distraer a Taras eran inútiles; los viejos tocadores de bandura de barba gris desfilaban en vano de dos en dos y de tres en tres por delante de él, cantando sus hazañas de kozako; todo lo contemplaba con indiferencia; en sus facciones inmóviles y en su cabeza inclinada se leía un dolor inextinguible; Taras decía en voz baja:

–¡Mi hijo Eustaquio!
Sin embargo, los zaporogos se habían preparado para una expedición marítima. En el Dnipro fueron botados doscientos buques, y el Asia Menor había visto a esos kozakos de cabeza rapada y trenza flotante, pasar a sangre y a fuego sus floridas costas; había visto los turbantes musulmanes, semejantes a las innumerables flores de sus campos, dispersos en sus ensangrentados llanos o nadando cerca de la costa; también había visto un sinnúmero de anchos pantalones kozakos manchados de brea, y muchos brazos musculosos armados de látigos negros. Los zaporogos habían destruido todas las viñas y comido todas las uvas; habían convertido las mezquitas en lugar inmundo; se servían, a guisa de cinturones, de chales preciosos de Persia, ciñendo con ellos sus sucios caftanes. Largo tiempo después encontraban todavía en los sitios que habían pisado, las pequeñas pipas cortas de los zaporogos. Cuando se volvían alegremente, les dio caza un buque turco de diez cañones, y una descarga general de su artillería hizo huir a sus ligeros buques como una bandada de aves. Una tercera parte de ellos había perecido en la profundidad del mar; los supervivientes pudieron reunirse para ganar la embocadura del Dnipro, con doce barriles llenos de cequíes. Nada de esto preocupaba ya a Taras Bulba. Íbase a los campos, a las estepas, como para cazar; pero su arma permanecía inactiva; la dejaba junto a él, lleno de tristeza, y se detenía a la orilla del mar, permaneciendo largo tiempo sentado, con la cabeza baja, y diciendo siempre:

–¡Eustaquio, Eustaquio mío!
Delante de él el mar Negro brillaba y se extendía como una inmensa sábana; en los lejanos juncos se oía el grito de la gaviota, y sobre su encanecido bigote caían las lágrimas una tras otra.

Taras no pudo dominarse por más tiempo.
–Suceda lo que Dios quiera –dijo– iré a saber lo que ha sido de él. ¿Está vivo? ¿Ha bajado ya al sepulcro, o bien no está aún en él? Yo lo sabré, cueste lo que cueste; yo lo sabré.

Y ocho días después, se hallaba ya en la ciudad de Oumana, a caballo, la lanza en la mano; el sable al lado, el saco de viaje colgado del pomo de la silla; una orza de harina de avena, cartuchos, trabas para el caballo, y otras municiones completaban su equipaje. Se dirigió enseguida a una miserable y sucia casucha cuyas deslucidas ventanas apenas se veían; el tubo de la chimenea estaba cerrado por un tapón, y el techo, agujereado por todas partes, estaba cubierto de gorriones; delante de la puerta de entrada había un montón de basura. En la ventana estaba asomada una judía luciendo una gorra adornada con perlas ennegrecidas.

–¿Está tu marido en casa? –dijo Bulba bajando de su caballo, y atando las riendas en un anillo de hierro clavado en la pared.

–Sí – dijo la judía, que se apresuró a salir con una abundante ración de trigo para el caballo y una jarra de cerveza para el jinete.

–¿En dónde está tu judío?

–Rezando, sus oraciones –murmuró la judía saludando a Bulba, y deseándole buena salud en el momento en que llevaba la jarra a sus labios.

–Quédate aquí, da de beber a mi caballo: yo iré solo a hablarle. Tengo un asunto que tratar con él.

Este judío era el famoso Yankel, el cual se había hecho arrendador y posadero, todo en una pieza. Habiéndose apoderado poco a poco de los negocios de todos los hidalguillos del contorno, había insensiblemente chupado su dinero y hecho sentir su presencia de judío en todo el país. A tres millas a la redonda, no quedaba ya una sola casa que estuviese en buen estado: todas se derrumbaban de puro viejas; la comarca entera había quedado desierta como después de una epidemia o de un incendio general. Si Yankel hubiese vivido allí una docena de años más, es probable, que expulsara de ella hasta a las autoridades. Taras entró en el aposento.Yankel oraba, con la cabeza cubierta con un largo velo bastante sucio, y se había vuelto para escupir por última vez, según el rito de su religión, cuando notó la presencia de Bulba, que estaba en pie detrás de él. El judío no vio de pronto sino los dos mil ducados ofrecidos por la cabeza del kozako; pero avergonzado de su avaricia, se esforzó por aplacar su eterna sed de oro.

–Escucha, Yankel –dijo Taras al judío, que se impuso el deber de saludarle y que se dirigió prudentemente a cerrar la puerta, a fin de no ser visto de nadie– te he salvado la vida: los kozakoos te hubieran despedazado como a un perro. A tu vez préstame ahora un servicio.

El semblante del judío se sombreó ligeramente.

–¿Qué servicio? Si es alguna cosa que yo pueda hacer, ¿por qué no?
–No digas nada. Condúceme a Varsovia.–¿A Varsovia? ¡Cómo! ¿A Varsovia? –dijo Yankel; y alzó las cejas y los hombros en señal de asombro.

–No repliques. Condúceme a Varsovia. Suceda lo que suceda, quiero verle todavía una vez más, volver a hablarle.

–¿A quién?

–A él, a Eustaquio, a mi hijo.
–¿Es que su señoría no ha oído decir que ya…?
–Lo sé todo, todo; han ofrecido dos mil ducados por mi cabeza. Los imbéciles, saben lo que vale. Yo te daré cinco mil, yo. Toma ahora, estos dos mil que te entrego, y lo restante te lo daré cuando vuelva.

El judío tomó enseguida una toalla y envolvió con ella los ducados.
–¡Ah! ¡Qué hermosa moneda! ¡Ah! ¡Qué buena moneda! –exclamó, dando vueltas a un ducado entre sus dedos y probándole con los dientes– pienso que el hombre a quien su señoría ha quitado esos hermosos ducados no habrá vivido una hora más en este mundo, sino que se habrá ido derechito al río para ahogarse en él, después de haber dejado de poseer tan excelentes ducados.

–No te hubiera rogado que me acompañases, y tal vez no equivocara el camino de Varsovia; pero puedo ser reconocido y preso por esos malditos polacos, pues no estoy acostumbrado a fingir. Pero ustedes los judíos han sido creados para eso. Engañarían ustedes al diablo en persona, pues conocen todas las picardías. Por eso he venido a encontrarte. Por otra parte, nada hubiera hecho solo en Varsovia. Vamos, engancha pronto los caballos a la carreta, y condúceme a escape.

–¿Y piensa su señoría que basta sacar un animal del establo, engancharlo a una carreta y arrear? ¿Piensa su señoría que se le puede conducir así sin ocultarlo primero cuidadosamente?

–¡Pues bien! ocúltame, ocúltame como sabes hacerlo; en un tonel vacío, ¿no es verdad?

–¡Bah! ¿Piensa su señoría que se le puede ocultar en un tonel? ¿Ignora acaso que todos creerán que hay aguardiente en él?

–¡Pues que lo crean!

–¡Cómo! ¡Que crean que contiene aguardiente! –exclamó el judío, agarrando con ambas manos sus largas y flotantes trenzas y levantándolas hacia el cielo.

–¿De qué te admiras?–¿Ignora su señoría que el buen Dios ha creado el aguardiente para que todos puedan probarlo? La gente de allá bajo son todos muy glotones y borrachos; cualquier hidalguillo es capaz de correr veinte leguas para alcanzar el tonel, agujerearlo, y cuando vea que no sale nada, dirá en seguida: “Un judío no conducirá un tonel vacío; de seguro que hay algo dentro. ¡Que se agarre al judío, que se agarrote al judío y que se quite al judío todo su dinero y que se le meta en la cárcel!”. Eso dirán, porque cuanto hay de malo recae siempre sobre el judío; porque todo el mundo trata al judío como a un perro; porque dicen que un judío no es un hombre.

–¡Pues bien! ¡Entonces méteme en un carro de pescado!
–¡Imposible! Dios sabe que es imposible: en Polonia están ahora los hombres hambrientos como lobos; querrán robar el pescado, y encontrarán a su señoría.

–¡Pues bien! Condúceme al diablo, pero condúceme.
–Escuche, escuche, señor mío –dijo el judío bajando sus mangas sobre los puños y acercándosele con las manos separadas– he aquí lo que haremos; en todas partes se construyen ahora fortalezas y ciudades; han venido del extranjero ingenieros franceses, y por los caminos se transportan infinidad de ladrillos y piedras. Su señoría se esconde en el fondo de mi carro, y yo lo cubro con ladrillos. Su señoría es robusto, goza de excelente salud; de manera que podrá llevar algún peso encima sin inquietarse por eso; y yo haré una pequeña abertura debajo, a fin de poder alimentarle.

–Haz lo que quieras con tal que me conduzcas.

Una hora después salía de la ciudad de Oumana un carro cargado de ladrillos y tirado por dos rocines. Sobre uno de ellos se había encaramado Yankel, y sus largas melenas ondulaban por encima de su capote de judío, mientras que se sostenía sobre su cabalgadura, larga como un poste de camino real.


Taras Bulba – Por Mykola Hóhol (Capitulos I al IV)

Capitulo I

–A ver vuélvete. ¡Tiene gracia! ¿Qué significa ese hábito sacerdotal? ¿Así visten ustedes en su academia, tan mal pergeñados?Con estas palabras acogió el viejo Bulba a sus dos hijos que acababan de terminar sus estudios en el seminario de Kyiv y que entraban en este momento en el hogar paterno, después de haberse apeado de sus caballos.Los recién llegados eran dos jóvenes robustos, de tímidas miradas, cual conviene a seminaristas recién salidos de las aulas. Sus semblantes, llenos de vida y de salud, empezaban a cubrirse del primer vello, aun no tocado por el filo de la navaja. La acogida de su padre les había turbado, y permanecían inmóviles con la vista fija en el suelo.–Esperen ustedes, esperen; déjenme que los examine a mi gusto. ¡Jesús! ¡Qué vestidos tan largos! –dijo volviéndolos y revolviéndolos en todos sentidos–. ¡Diablo de vestidos! ¡En el mundo no se han visto otros semejantes! Vamos, pruebe uno de los dos a correr: seguro estoy de que se enreda con él y da de narices en el suelo.–Padre, no te burles de nosotros –dijo por fin el mayor.
–¡Miren el señorito! ¿Por qué no puedo burlarme de ustedes?
–Porque, porque aunque seas mi padre, juro por Dios, que si continúas burlándote, te apalearé.–¿Cómo, hijo de perro? ¿A tu padre? –dijo Taras Bulba retrocediendo algunos pasos asombrado.–Sí, a mi mismo padre, cuando se me ofende, no miro quién lo hace.–¿Y de qué modo quieres batirte conmigo, a puñetazos?
–Me es completamente igual de un modo que otro.
–Vaya por los puñetazos –repuso Taras Bulba arremangándose las mangas. Voy a ver si sabes manejar los puños.

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Y he aquí que padre e hijo, en vez de abrazarse después de una larga ausencia, empiezan a asestarse vigorosos puñetazos en los costados, en la espalda, en el pecho, en todas partes, tan pronto retrocediendo como atacando.–Miren ustedes, buenas gentes: el viejo se ha vuelto loco, ha perdido de repente el juicio –exclamaba la pobre madre, pálida y flaca, inmóvil en las gradas, sin haber tenido tiempo aún de estrechar entre sus brazos a sus queridos hijos. ¡Vuelven los muchachos a casa, después de más de un año de ausencia, y he aquí que su padre inventa, Dios sabe qué bestialidad, darse de puñetazos!–¡Se bate como un coloso! –decía Bulba deteniéndose. ¡Sí, por Dios! Muy bien –añadió, abrochándose el vestido–; aunque mejor hubiera hecho en no probarlo. Éste será un buen kozako. Buenos días, hijo, abracémonos ahora.Y padre e hijo se abrazaron.–Bien, hijo; atiza buenos puñetazos a todo el mundo como lo has hecho conmigo; no des cuartel a nadie. Esto no impide que estés hecho un adefesio con ese hábito. ¿Qué significa esa cuerda que cuelga? Y tú, estúpido, ¿qué haces ahí con los brazos cruzados? –dijo, dirigiéndose al hijo menor. ¿Por qué, hijo de perro, no me aporreas también?–Miren que ocurrencia –decía la madre abrazando al más joven de sus hijos. ¿En dónde se ha visto que un hijo aporree a su propio padre? ¿Y es este el momento de pensar en ello? Un pobre niño, que acaba de hacer tan largo camino, y está tan cansado (el pobre niño tenía más de veinte años y una estatura de seis pies), tendrá necesidad de descansar y de comer un bocado; ¡y él quiere obligarle a batirse!–¡Eh! ¡Eh! Me parece que tú eres un mentecato –decía Bulba–. Hijo, no escuches a tu madre, es una mujer y no sabe nada. ¿Necesitan ustedes que les acaricien? Las mejores caricias, para ustedes son una buena pradera y un buen caballo. ¿Ven ese sable? pues esa es la madre de ustedes. Todas esas tonterías que tienen ustedes en la cabeza no son más que sandeces; yo desprecio todos los libros en que estudian ustedes, y las A B C, y las filosofías, y todo eso; los escupo.Aquí Bulba añadió una palabra que no puede pasar a la imprenta.
–Vale más –añadió– que en la próxima semana les mande al zaporizhzhia. Allí es donde se encuentra la ciencia; allí está la escuela de ustedes, y también allí es donde se les desarrollará la inteligencia.–¡Que! ¿Sólo permanecerán aquí una semana? –decía la anciana madre con voz plañidera y bañada en llanto–. ¡Los pobres niños no podrán divertirse ni conocer la casa paterna! ¡Y yo no tendré tiempo siquiera para hartarme de contemplarlos!–Cesa de aullar, vieja; un kozako no ha nacido para vegetar entre mujeres. Tú los ocultarías debajo de las faldas a los dos, como una gallina clueca los huevos. Anda, vete. Ponnos sobre la mesa cuanto tengas para comer. No queremos pasteles con miel ni guisaditos. Danos un carnero entero o una cabra; tráenos aguamiel de cuarenta años; y danos aguardiente, mucho aguardiente; pero no de ese que está compuesto con toda especie de ingredientes, pasas y otras porquerías, sino aguardiente puro, que bulla y espume como un rabioso.Bulba condujo a sus hijos a su aposento, de donde salieron a su encuentro dos hermosas criadas, cargadas de monistes (Ducados de oro, atravesados y colgados en forma de adorno). Séase porque se asustaron por la presencia de sus jóvenes señores, séase por no faltar a las púdicas costumbres de las mujeres, el caso es que las dos criadas echaron a correr lanzando fuertes gritos, y largo tiempo después todavía se ocultaban el rostro con sus mangas.La habitación estaba amueblada conforme al gusto de aquella época, cuyo recuerdo sólo se ha conservado por los dumy (Crónicas cantadas, como las antiguas; rapsodias griegas o los romances españoles) y las canciones populares, que recitaban en otro tiempo en Ucrania los ancianos de luenga barba, acompañados de la bandura, entre una multitud que formaba círculo en torno suyo, conforme al gusto de aquel tiempo rudo y guerrero que vio las primeras luchas sostenidas por Ucrania contra la unión (Religión griega unida, cisma abrogado de la religión greco-católica).Todo respiraba allí limpieza. El suelo y las paredes estaban cubiertas de una capa de arcilla luciente y pintada. Sables, látigos (nagaï kas), redes de cazar y pescar, arcabuces, un cuerno artísticamente trabajado que servía para guardar la pólvora, una brida con adornos de oro, y trabas adornadas con clavitos de plata colgaban en torno del aposento. Las ventanas, sumamente pequeñas, tenían cristales redondos y opacos, como los que aún existen en algunas iglesias; no se podía mirar a la parte exterior sino levantando un pequeño marco movible. Los huecos de esas ventanas y de las puertas estaban pintados de encarnado. En los ángulos, encima de aparadores, había cántaros de arcilla, botellas de vidrio de color oscuro, copas de plata cincelada, y copitas doradas de diferentes estilos, venecianas, florentinas, turcas y circasianas, llegadas por diversos conductos a manos de Bulba, cosa nada extraña en aquellos tiempos de empresas guerreras. Completaban el moblaje de aquella habitación unos bancos de madera chapados de corteza de abedul. Una mesa de colosales proporciones estaba situada debajo de las santas imágenes, en uno de los ángulos. El ángulo opuesto estaba ocupado por una alta y ancha estufa que constaba de una porción de divisiones, y cubierta de baldosas barnizadas.

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Todo eso era muy conocido de nuestros jóvenes, que iban todos los años a pasar las vacaciones al lado de sus padres; digo iban, e iban a pie pues no tenían aún caballos; por otra parte, el traje no permitía a los estudiantes el montar a caballo. Se hallaban todavía en aquella edad en que cualquier kozako armado podía tirarles impunemente de los largos mechones de cabello de la coronilla de su cabeza. Sólo a su salida del seminario fue cuando Bulba les mandó dos caballos jóvenes para hacer su viaje.Bulba, con motivo de la vuelta de sus hijos, hizo reunir todos los centuriones de su polk ( Oficiales de su campamento.) que no estaban ausentes; y cuando dos de ellos acudieron a su llamado, con el ï ésaoul (Subteniente del polkovnik) Dimitri Tovkatch, su camarada, les presentó sus hijos diciendo:–¡Miren qué muchachos! Bien pronto les enviaré a la sich.Los visitantes felicitaron a Bulba y a los dos jóvenes, asegurándoles que harían muy bien, y que no había escuela mejor para la juventud que el zaporizhzhe.–Vamos, señores y hermanos –dijo Taras– siéntense donde les plazca; y ustedes, hijos míos, ante todo, bebamos un vaso de aguardiente. ¡Qué Dios nos bendiga! ¡A la salud de ustedes, hijos míos! ¡A la tuya, Eustaquio! ¡A la tuya, Andrés! ¡Dios quiera que la victoria les acompañe siempre en la guerra, que derroten a los paganos y a los tártaros! y si los polacos intentan algo contra nuestra santa religión, ¡a ellos también! ¡Veamos! venga tu vaso. ¿Es bueno el aguardiente? ¿Cómo se llama el aguardiente en latín? ¡Qué bobos eran los latinos! ni siquiera sabían que hubiese aguardiente en el mundo. ¿Cómo se llamaba aquel que escribió versos latinos? Yo no, soy muy sabio y he olvidado su nombre. ¿No se llamaba Horacio?–¡Miren que zorro! –se dijo por lo bajo el hijo mayor, Eustaquio– el viejo perro lo sabe todo, y aparenta no saber nada.–Creo que la gandulifis ni siquiera les ha dejado oler el aguardiente –continuó Bulba–. Convengan ustedes hijos míos, en que les han sacudido de lo lindo, con escobas de abedul, las espaldas, los riñones y todo lo que constituye un kozako; o tal vez, para hacerles hombres y juiciosos les han aplicado sendos latigazos no solamente los sábados, sino también los miércoles y jueves.–No debemos recordar nada de lo pasado, padre –respondió Eustaquio– lo pasado, pasado.–¡Que lo prueben ahora! –dijo Andrés– ¡qué se atreva alguien a tocarme la punta del dedo! Que se ponga algún tártaro al alcance de mis manos, y sabrá lo que es un sable kozako.–¡Bien, hijo mío, bien! ¡Vive Dios que has hablado bien! ¡Toda vez que es así, por Dios que acompaño a ustedes! ¿Qué diablos tengo que esperar aquí? ¿Convertirme en un plantador de trigo negro, en un hombre casero, en un pastor de ovejas y de cerdos? ¿Acariciar a mi mujer? ¡No, lléveme el diablo! Soy kozako, y he de dejarme de todo eso. ¡Qué me importa que no haya guerra! Iré a disfrutar con ustedes; sí, por Dios, iré.Y el viejo Bulba, enardeciéndose por grados, concluyó por enfadarse; se levantó de la mesa, y golpeó con el pie tomando una actitud imperiosa.–Mañana partiremos. ¿Por qué aplazarlo? ¿Qué diablos esperamos aquí? ¿Para qué esta casa? ¿Para que esas ollas? ¿Para qué todo eso?Hablando así, se puso a romper los platos y las botellas. La pobre mujer, acostumbrada desde mucho tiempo a semejantes actos, miraba tristemente la obra destructora de su marido, sentada en un banco, sin atreverse a pronunciar palabra; pero al saber una resolución que tanto la afligía, no pudo contener sus lágrimas. Dirigió una furtiva mirada a sus hijos a quienes iba tan bruscamente a perder, y nada es capaz de pintar el sufrimiento que agitaba convulsivamente sus ojos húmedos y sus apretados labios.

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Bulba era exageradamente obstinado. Era uno de esos caracteres que solo podían desenvolverse en el siglo XVI, en un rincón salvaje de Europa, cuando toda la Rusia meridional, abandonada de sus príncipes, fue asolada por las incursiones irresistibles de los mongoles; cuando, después de haber perdido su techo y todo abrigo, el hombre buscó un refugio en el valor de la desesperación; cuando sobre las humeantes ruinas de su hogar, en presencia de enemigos vecinos e implacables, se atrevió a edificar de nuevo una morada, conociendo el peligro, pero acostumbrándose a mirarle de frente; cuando, en fin, el carácter pacífico de los eslavos se inflamó en un ardor guerrero, y dio vida a ese arrojo desordenado de la naturaleza rusa que constituyó la sociedad kozaka (kazatchestvo). Entonces todas las márgenes de los ríos, los vados, los desfiladeros y hasta los pantanos se cubrieron de tantos kozakos que nadie los hubiera podido contar, y sus esforzados y valientes enviados pudieron contestar al sultán que deseaba conocer su número: «¿Quién lo sabe? En nuestro país, en la estepa, a cada paso se encuentra un kozako». Fue aquello una explosión de la fuerza ucraniana que hicieron brotar del pecho del pueblo los repetidos golpes de la desgracia. En vez de los antiguos oudély (División feudal de la Rus), en vez de las reducidas ciudades pobladas de vasallos cazadores, que se disputaban y vendían los pequeños príncipes, aparecieron pequeñas villas fortificadas, koureni (Unión de pueblos, bajo el mismo jefe electivo llamado ataman), unidas entre sí por el sentimiento del peligro común y por el odio a los invasores paganos.La Historia recuerda las luchas perpetuas de los kozakos que salvaron a Europa occidental de la invasión de las salvajes hordas asiáticas que amenazaban inundarla. Los reyes de Polonia que vinieron a ser, en vez de príncipes despojados los amos de aquellas vastas extensiones de tierra, si bien dueños lejanos y débiles, comprendieron la importancia de los kozakos y el provecho que podían sacar de sus disposiciones guerreras; disposiciones que se esforzaron en desarrollar todavía. Los hetman, elegidos por los kozakos de entre ellos mismos, transformaron los koureni en polk regulares. No era un ejército organizado y permanente; pero, en caso de guerra o de un movimiento general, en ocho días a lo más, todos estaban reunidos; todos acudían al llamado con caballo y armas, recibiendo tan sólo del rey por todo sueldo un ducado por cabeza. En quince días se reunía un ejército que seguramente ningún alistamiento hubiera podido formar uno semejante. Concluida la guerra, cada soldado volvía a sus campos a orillas del Dnipro, dedicándose a la pesca, a la caza o a algún pequeño negocio; fabricaba cerveza, y disfrutaba de la libertad.No había oficio que un kozako no supiese hacer; destilar aguardiente, construir un carro, fabricar pólvora, hacer de cerrajero, de herrador, de veterinario, y, sobre todo beber mucho y emborracharse como sólo un ucraniano es capaz de hacerlo. Además de los kozakos inscritos, obligados a presentarse en tiempo de guerra o de conquista, era muy fácil reunir un ejército de voluntarios. Bastaba que los ï ésaoul se presentasen en los mercados y plazas de los pueblos, y gritaran, montados en un téléga (carro): «¡Eh! ¡Eh! Ustedes los bebedores, no fabriquen cerveza y no se calienten en el hogar; no engorden para ir a la conquista del honor y de la gloria caballeresca. Y ustedes, labradores, plantadores de trigo negro, guardadores de ovejas, dejen de arrastrarse a la cola de sus bueyes, de ensuciar en el suelo sus caftanes amarillos, de cortejar a sus mujeres y de dejar perecer su virtud de caballeros (Entre los kozakos, todos los hombres armados se llamaban caballeros por imitación lejana de la caballería de Europa occidental). Tiempo es de ir a conquistar la gloria kozaka». Y estas palabras parecían chispas que caían sobre leña seca. El labrador abandonaba su arado; el fabricante de cerveza rompía sus toneles y sus gamellas; el artesano enviaba al diablo su oficio, y el mercader su comercio; todos rompían los muebles de sus casas y montaban en sus caballos. En una palabra, el carácter ucraniano tomaba entonces una nueva forma, amplia y poderosa.Taras Bulba era uno de los viejos polkovnik (Jefe de polk. Ahora significa coronel.). Nacido para las dificultades y los peligros de la guerra, se distinguía por la rectitud de un carácter rudo e íntegro. La influencia de las costumbres polacas empezaba a penetrar entre los hidalguillos. Muchos de ellos vivían con lujo inusitado, tenían una servidumbre numerosa, halcones, jauría, y daban espléndidos convites. Nada de esto agradaba a Bulba; él amaba la vida sencilla de los kozakos, y a menudo reñía con aquellos de sus camaradas que seguían el ejemplo de Varsovia, llamándoles esclavos de los nobles (pan) polacos.

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Inquieto, activo, emprendedor, se consideraba como uno de los paladines naturales de la Iglesia; entraba, sin permiso, en todos los pueblos donde se quejaban de la opresión de los mayordomos-arrendatarios y de un aumento de precio sobre los hogares. Allí, rodeado de sus kozakos, juzgaba las quejas, habiéndose impuesto el deber de hacer uso de su espada en los tres casos siguientes: cuando los mayordomos no mostraban respeto hacia los ancianos descubriéndose la cabeza ante ellos; cuando se burlaban de la religión o de las antiguas costumbres, y por último, cuando se hallaba delante del enemigo, es decir, de los turcos o paganos, contra los cuales se creía siempre en el deber de sacar la espada para mayor gloria de la cristiandad.Ahora se regocijaba anticipadamente con el placer de conducir él mismo a sus dos hijos al sich, y decir con orgullo. «Vean ustedes qué muchachos les traigo»; de presentarles a todos sus antiguos compañeros de armas, y testigos de sus primeros triunfos en el arte de guerrear y beber, que contaba también entre las virtudes de un caballero. Taras había tenido primeramente intención de enviarlos solos; pero al ver su buen aspecto, su aventajada estatura y su varonil belleza, sintió revivir su antiguo ardor guerrero, y decidió, con enérgica y férrea voluntad, acompañarles y partir con ellos al día siguiente. Hizo sus preparativos, dio ordenes, escogió caballos y arneses para sus dos hijos, designó los criados que debían acompañarles, y delegó su mando al ï ésaoul Tovkatch, añadiéndole que tan pronto como recibiese orden del sich, se pusiese inmediatamente en marcha a la cabeza de todo el polk (Especie de regimientos). A pesar de no habérsele pasado completamente la borrachera, y de que su cabeza estaba todavía turbia con los vapores del vino, nada olvidó, ni aun la orden de que diesen de beber a los caballos y una ración del mejor trigo.–Y bien, hijos míos –les dijo, volviendo a entrar en su casa rendido de fatiga– tiempo es ya de dormir, y mañana haremos lo que Dios quiera. Pero que no se arreglen camas, dormiremos en el patio.En cuanto entró la noche, Bulba se fue a dormir; tenía la costumbre de acostarse temprano. Se echó sobre un tapiz extendido en el suelo, y se cubrió con una piel de carnero (touloup), pues hacía fresco, y a Bulba le gustaba el calor cuando dormía en casa. Pronto empezó a roncar, imitándole todos los que estaban acostados en los rincones del patio, y más que todos el guardián, que, vaso en mano, había celebrado con más entusiasmo la llegada de los jóvenes señores. Únicamente la pobre madre no dormía. Había ido a acurrucarse a la cabecera de sus queridos hijos, que descansaban el uno al lado del otro. Peinaba sus cabellos, les bañaba con sus lágrimas, los contemplaba con todas las fuerzas de su ser, sin saciarse. Después de haberlos alimentado con la leche de sus pechos, de haberles educado con una ternura llena de inquietud, no debía ahora verles más que un instante.–¿Qué será de ustedes, queridos hijos? ¿Qué es lo que les espera? –decía ella– y gruesas lágrimas se detenían en las arrugas de su rostro, hermoso en otro tiempo.En efecto, la pobre madre era muy digna de lástima como todas las mujeres de aquel tiempo. Su rudo esposo la había abandonado por su sable, por sus camaradas y por una vida aventurera y desarreglada. Sólo veía a su marido dos o tres días al año; y aun cuando él estaba allí, cuando vivían juntos, ¿cuál era su vida? Tenía que sufrir injurias, y hasta golpes, recibiendo pocas caricias y aun desdeñosas.

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La mujer era una criatura extraña y fuera de su lugar entre aquellos aventureros feroces. Su juventud pasó rápidamente; sus frescas y hermosas mejillas, sus blancas espaldas se cubrieron de prematuras arrugas. Todo lo que hay de amor, de ternura, de pasión en la mujer se concentró en ella en el amor maternal. Aquella noche, como la tchaï ka (Especie de gaviota) de las estepas se cierne sobre su nido, permaneció inclinada con angustia sobre la cama de sus hijos. Le arrebataban sus hijos, sus amados hijos; se los arrebataban para no volver a verlos tal vez jamás: acaso en la primera batalla los tártaros les cortarían la cabeza, y la pobre madre nunca sabría qué habría sido de sus cuerpos abandonados, que servirían de pasto a las aves de rapiña. Sollozando sordamente, contemplaba los ojos de sus hijos que un irresistible sueño mantenía cerrados.–¡Tal vez –pensaba– Bulba retardará dos días más su partida! ¡Quizá ha resuelto partir tan pronto porque hoy ha bebido mucho!Hacía bastante rato que la luna alumbraba desde el alto cielo el patio y todos los que en él dormían, así como un grupo de copudos sauces y los elevados brazos que crecían junto al cercado hecho de empalizadas, y la pobre madre permanecía sentada a la cabecera de sus hijos, sin apartar los ojos de ellos ni pensar en dormir. Los caballos, con la venida del alba, se tumbaron sobre la hierba dejando de pacer. Las elevadas hojas de los sauces empezaban a estremecerse, a cuchichear, y su cháchara bajaba de rama en rama. El agudo relincho de un potro resonó de repente en la estepa. Rojos resplandores aparecieron en el cielo. Bulba despertó de repente, y se levantó bruscamente. Recordaba todas las órdenes que había dado la víspera.–¡Ya se ha dormido bastante, muchachos; ya es tiempo, ya es tiempo! Den de beber a los caballos. Pero, ¿en donde está la vieja? (así llamaba habitualmente a su mujer). ¡Pronto, vieja, danos de comer, pues tenemos mucho que andar!La pobre anciana, privada de su última esperanza, se dirigió tristemente hacia la casa. Mientras con las lágrimas en los ojos preparaba el desayuno, su marido daba sus últimas órdenes, iba y venía por las caballerizas, y escogía para sus hijos sus más ricos vestidos. Los estudiantes cambiaron en un momento de aspecto. Botas rojas con pequeños talones de plata reemplazaron al mal calzado del colegio. Se ciñeron con un cordón dorado pantalones anchos como el mar Negro, y formados con un millón de plieguecitos. De este cordón pendían largas correjuelas de cuero, que sostenían con borlas todos los utensilios que usan los fumadores. Una casaquilla de tela roja como el fuego les fue ajustada al cuerpo por un cinturón bordado, en el cual se colocaron pistolas turcas damasquinadas. Un enorme sable les golpeaba las piernas. Sus semblantes, poco tostados por el sol, parecían entonces más hermosos y más blancos. Pequeños bigotes negros realzaban el color brillante y fresco de la juventud. Aumentaban su belleza sus gorras de astracán negro que terminaban en forma de casquetes dorados. Cuando los vio la pobre madre, no pudo proferir una palabra, y tímidas lágrimas se detuvieron en sus marchitos ojos.

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–Vamos, hijos míos, todo esta dispuesto, no nos retardemos más –dijo por fin Bulba. Ahora, según la costumbre cristiana, es preciso sentarnos antes de partir.Todo el mundo se sentó en silencio en el mismo aposento, sin exceptuar los criados que se mantenían respetuosamente cerca de la puerta.–Ahora, madre –dijo Bulba– bendice a tus hijos; ruega a Dios que se batan siempre bien, que sostengan su honor de caballeros, que defiendan la religión del Crucificado, si no, que perezcan, y que no quede nada de ellos sobre la tierra. Muchachos, acérquense a su madre; la oración de una madre preserva de todo peligro en la tierra y en el mar.La pobre mujer los abrazó, tomó dos pequeñas imágenes de metal y se las colgó del cuello sollozando.–Que la Virgen les proteja. No olviden, hijos míos, a su madre. Envíen al menos noticias, y piensen…No pudo continuar.–Vamos, muchachos –dijo Bulba. Los caballos esperaban delante del peristilo. Bulba se lanzó sobre Diablo, que respingó furiosamente al sentirse de repente encima un peso de veinte puds (Equivale a cuarenta libras rusas, alrededor de dieciocho kilogramos.), pues Bulba era sumamente grueso y pesado. Cuando la madre vio que también sus hijos estaban montados a caballo, se precipitó hacia el más joven, cuyo semblante manifestaba más ternura; agarró su estribo, se asió a la silla, y con triste y silenciosa desesperación, le estrechó entre sus brazos. Dos vigorosos kozakos la levantaron respetuosamente y la llevaron a la casa. Pero en el momento en que los jinetes franqueaban la puerta, se arrojó sobre sus huellas con la ligereza de una corza, cosa extraña en su edad, detuvo con mano fuerte uno de los caballos, y abrazó a su hijo con un ardor insensato, delirante. Se la llevaron de nuevo.Los dos hermanos empezaron a cabalgar tristemente a ambos lados de su padre, reteniendo sus lágrimas por temor a Bulba, que también, sin demostrarla, experimentaba una invencible emoción.La mañana estaba desapacible; la verdegueante hierba brillaba a lo lejos, y las aves gorjeaban en discordes tonos. Después de caminar un corto trecho, los jóvenes echaron una mirada tras sí; su casita parecía haberse hundido debajo tierra; tan sólo se veían en el horizonte dos chimeneas rodeadas por las cimas de los árboles en los cuales habían gateado como ardillas en su juventud. Una extensísima pradera se extendía a su vista, una pradera que les recordaba toda su vida pasada, desde la edad en que retozaban sobre la hierba bañada por el rocío. Bien pronto no se vio otra cosa que la pértiga coronada por una rueda de carro que se elevaba encima de los pozos; después la estepa empezó a levantarse en montaña, cubriendo todo lo que dejaban tras sí.–¡Adiós, hogar paterno! ¡Adiós, recuerdos infantiles! ¡Adiós, todo!

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Capítulo II

Los tres viajeros caminaban silenciosamente. El viejo Taras pensaba en su pasado; su juventud se desenvolvía delante de él, esa hermosa juventud que el kozako, sobre todo, echa tanto de menos, pues quisiera conservar su agilidad y fuerzas para correr su vida de aventuras. Se preguntaba a sí mismo cuales de sus antiguos compañeros encontraría en la sich; contaba los que habían ya muerto, los que quedaban aún vivos, e inclinaba tristemente su encanecida cabeza. Sus hijos estaban ocupados en otras ideas. Es preciso que digamos algunas palabras de ellos.Apenas habían cumplido doce años, se les envió al seminario de Kyiv, pues todos los señores de aquel tiempo creían necesario dar a sus hijos una educación que pronto habían de olvidar. Todos esos jóvenes, a su entrada en el seminario, tenían un carácter salvaje y estaban acostumbrados a una completa libertad. Por esto enflaquecían un poco, y adquirían un aspecto común que les hacía parecerse los unos a los otros.Eustaquio, el mayor de los hijos de Bulba, empezó huyendo de su carrera científica desde el primer año; se le agarró, se le apaleó de lo lindo y le encerraron con sus libros. Cuatro veces enterró su A B C, y cuatro veces, después de azotarle inhumanamente, se le compró uno nuevo. Pero sin duda hubiera continuado en su reprobable conducta, si su padre no le hubiera hecho la amenaza formal de tenerle durante veinte años como fraile lego en un convento, añadiendo el juramento que no vería nunca la sich, si no aprendía perfectamente cuanto se enseñaba en la academia. Lo extraño es que esta amenaza y este juramento viniesen del viejo Bulba, que hacía alarde de burlarse de toda ciencia, y que aconsejaba a sus hijos, como hemos visto, no hacer ningún caso de ella. Desde este momento, Eustaquio se puso a estudiar con extremado celo, y concluyó por ser reputado uno de los mejores estudiantes. En aquel entonces la instrucción no tenía la menor relación con la vida que se llevaba; todas esas argucias escolásticas, todas esas sutilezas retóricas y lógicas no tenían nada de común con la época ni aplicación en ninguna parte. Los sabios de entonces no eran menos ignorantes que los otros, pues su ciencia era completamente ociosa y vacía. Además, la organización republicana del seminario, esta inmensa reunión de jóvenes en la fuerza de la edad, debía inspirarles deseos de actividad ajenos enteramente al círculo de sus estudios. Las malas comidas, los frecuentes castigos por hambre, todo se unía para despertar en ellos esta sed de empresas que debía, más tarde, satisfacerse en la sich. Los boursiers recorrían hambrientos las calles de Kyiv, obligando a sus habitantes a ser prudentes. Los dueños de los bazares, cuando veían un bousier, ocultaban sus tortas, sus pastelillos, como el águila oculta sus hijuelos. El cónsul, que debía velar por las buenas costumbres de sus subordinados, llevaba unos bolsillos tan largos en sus pantalones, que hubiera podido meterse en ellos todos los comestibles de una tienda. Esos bousiers formaban un mundo aparte. No podían penetrar en la alta sociedad, compuesta de nobles, polacos y ucranianos. El mismo vaivoda, Adam Kissel, a pesar de la protección con que honraba a la academia, no permitía que se llevase a los estudiantes a ninguna parte y quería que se les tratase con severidad. Por lo demás, esta última recomendación era del todo inútil, pues ni el rector ni los profesores economizaban el látigo ni las disciplinas. Con frecuencia, cumpliendo con sus deberes, los lictores vapuleaban a los cónsules de modo que tuviesen que rascarse largo tiempo. Muchos de ellos no tenían eso en nada, o, todo lo más, por una cosa algo más fuerte que el aguardiente con pimienta; pero otros concluían por encontrar tan desagradable este castigo, que huían a la sich, si sabían encontrar el camino y no se les alcanzaba antes de llegar.

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Eustaquio Bulba, a pesar del cuidado que ponía en estudiar la lógica y hasta la teología, no pudo librarse nunca de las implacables disciplinas. Naturalmente, esto debió volver su carácter más sombrío, más intratable, y darle la firmeza que distingue al kozako. Pasaba por muy buen compañero; si bien nunca fue el jefe en las empresas atrevidas, ni en el saqueo de un huerto, se ponía siempre de los primeros bajo el mando de un estudiante emprendedor, y nunca, en ningún caso, hubiera hecho traición a sus compañeros; ningún castigo le hubiera obligado a ello. Indiferente a todo, menos a la guerra o la botella, pues raras veces pensaba en otra cosa, era leal y bondadoso, al menos tan bondadoso como podía serlo con semejante carácter y en tal época. Las lágrimas de su pobre madre le habían conmovido profundamente; era la única cosa que le había turbado y que le hizo inclinar tristemente la cabeza.Andrés, su hermano menor, tenía los sentimientos más vivos y expansivos: aprendía con más gusto, y sin las dificultades que crea para el trabajo un carácter pesado y enérgico. Tenía más ingenio que su hermano, y con frecuencia era el jefe de una empresa atrevida; algunas veces, con ayuda de su talento inventivo, sabía librarse del castigo, mientras que su hermano Eustaquio, sin acobardarse gran cosa, se quitaba su caftán y se tendía en el suelo, no pensando ni siquiera en pedir gracia. Andrés no se sentía menos devorado por el deseo de llevar a cabo actos heroicos; pero su alma estaba predispuesta a otros sentimientos. A los dieciocho años, el deseo de amar se desenvolvió rápidamente en él. Con harta frecuencia se le presentaban ante su ardiente imaginación imágenes de mujeres. Mientras escuchaba las controversias teológicas, veía al objeto de sus sueños con sus frescas mejillas, su tierna sonrisa y sus negros ojos. No dejaba traslucir a sus compañeros los movimientos de su alma joven y apasionada, pues en aquel entonces no era digno de un kozako pensar en mujeres y en el amor antes de haber adquirido fama en el campo de batalla.Generalmente, en los últimos años de su permanencia en el seminario, dejó de capitanear una porción de aventuras; pero con frecuencia vagaba por algunos solitarios barrios de Kyiv, en donde se veían encantadoras casitas a través de sus jardines de cerezos. Algunas veces penetraba en la calle de la aristocracia, en esa parte de la ciudad que ahora se llama la antigua Kyiv, y que, habitada entonces por los señores pequeños-rusos y polacos, se componía de casas edificadas con cierto lujo.Un día que pasaba por ella, pensativo, por poco le aplasta la pesada carroza de un noble polaco, y el cochero de largos bigotes que ocupaba el pescante le dio un violento latigazo. El joven estudiante, encolerizado, agarró con su vigorosa mano, con loco atrevimiento, una de las ruedas traseras de la carroza, y logró detenerla algunos momentos. Pero el cochero, temiendo una disputa, fustigó sus caballos, y Andrés, que por fortuna había retirado la mano, fue arrojado al suelo, cayendo de cara al fango.Una sonrisa armoniosa y penetrante resonó en su cabeza. Levantó los ojos, y vio en la ventana de una casa a una joven de la más deslumbrante hermosura. Era blanca y rosada como la nieve iluminada por los primeros rayos del sol naciente. Reía a mandíbula batiente, y su risa añadía un nuevo encanto a su animada y altiva belleza.Andrés se quedó estupefacto contemplándola con la boca abierta, y, enjugándose maquinalmente el lodo que le cubría el rostro, lo extendía todavía más. ¿Quién podía ser aquella hermosa joven? Lo preguntó a los criados ricamente vestidos que estaban agrupados delante de la puerta de la casa en torno de un joven tañedor de bandura; pero ellos se le rieron en sus narices al ver su semblante lleno de lodo, y no se dignaron contestarle. Por fin pudo averiguar que era la hija del vaivoda de Kovno, que había ido a pasar algunos días en Kyiv.

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A la noche siguiente, Andrés, con ese atrevimiento peculiar de los estudiantes, saltó el cercado de la casa y penetró en el jardín; trepó por un árbol cuyas ramas se apoyaban en el techo de la casa, de allí salto al techo, y bajó por la chimenea penetrando en el dormitorio de la joven. Esta estaba entonces sentada cerca de la luz, y se quitaba sus ricos pendientes. La linda polaca, a la vista de un desconocido que tan bruscamente se le aparecía, se asustó de tal modo que no pudo articular palabra. Pero cuando observó que el estudiante permanecía inmóvil, bajando los ojos y sin atreverse a mover un dedo de la mano, cuando reconoció en él al joven que había caído tan ridículamente delante de ella, no pudo menos de prorrumpir en una estrepitosa carcajada. Además, las facciones de Andrés nada presentaban de terrible; al contrario, el rostro del estudiante era en extremo agradable.

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La joven rió mucho tiempo, y concluyó por burlarse de él. La bella era atolondrada como una polaca, pero de vez en cuando sus ojos claros y serenos despedían una de esas miradas largas que prometen constancia. El pobre estudiante ni aun se atrevía a respirar. La hija del vaivoda se le acercó atrevidamente, le puso en la cabeza su gorra en forma de diadema, y le echó sobre los hombros una gorguera transparente adornada con festón de oro, entregándose a mil diabluras con el desenfado propio de un niño y de un polaco, lo cual sumergió al joven estudiante en una inexplicable confusión.Andrés abría la boca como un bobalicón, y miraba fijamente los ojos de la traviesa niña. Un ruido que sonó de repente la asustó. Le mandó que se escondiese, y tan luego como pasó el susto, llamó a su camarera, que era una tártara prisionera, y le ordenó que condujese al joven prudentemente por el jardín para sacarlo fuera de la casa. Pero esta vez el estudiante no fue tan feliz al saltar la empalizada.Se despertó el guarda, le vio, empezó a gritar, y los criados de la casa le volvieron a conducir a garrotazos a la calle hasta que sus ligeras piernas le alejaron del peligro. Después de esta aventura no se le ocurrió otra vez pasar por delante de la casa del vaivoda, pues sus criados eran numerosísimos.Andrés la vio todavía una vez en la iglesia. La joven reparó en él y le sonrió maliciosamente como a un antiguo conocido. Poco tiempo después el vaivoda de Kovno abandonó la ciudad, y una gruesa figura desconocida se presentó en la ventana en donde había visto a la bellísima polaca de ojos negros. En esta hermosa niña pensaba Andrés al inclinar la cabeza sobre el cuello de su caballo.

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Hacía ya largo tiempo que las altas hierbas les rodeaban por todos lados; de suerte que sólo se veían las gorras negras de los kozakos por encima de los ondulantes tallos, cuando Bulba, saliendo de su meditación, exclamó de repente:–¡Eh, eh!, ¿Qué significa eso, muchachos? Están ustedes muy silenciosos; se diría que se han vuelto frailes. Al diablo todas las ideas negras. Aprieten sus pipas con los dientes, espoleen sus caballos, y corramos de modo que no pueda alcanzamos un pájaro.Y los kozakos, inclinándose sobre el arzón de la silla, desaparecieron en la espesa hierba. Ya no se vieron ni siquiera sus gorras; solamente el rápido paso que marcaban en la hierba indicaba la dirección de su carrera.El sol se había alzado en un cielo sin nubes y derramaba por la estepa su luz cálida y vivificante. Cuanto más se avanzaba en la estepa, se presentaba ésta más salvaje y hermosa. En aquella época, todo el espacio conocido ahora con el nombre de Nueva Rusia, desde Ucrania hasta el mar Negro, era un desierto virgen y verde. El carro no había marcado nunca sus huellas a través de las inconmensurables olas de sus plantas salvajes. Únicamente los caballos libres que se ocultaban en aquellos impenetrables abrigos dejaban en ellos algunos senderos. Toda la superficie de la tierra parecía un océano de verdor dorado, que esmaltaban otros mil colores. Entre los tallos finos y secos de la alta hierba, crecían grupos de coronillas, de tintes azules, rojos y violados; la retama levantaba en el aire su pirámide de flores amarillas. Los pequeños botones del trébol blanco salpicaban la sombría hierba, y una espiga de trigo, traída allí, Dios sabe de donde, maduraba solitaria. Bajo la tenue sombra de los tallos de hierbas, se deslizaban, alargando el cuello, las ligeras perdices. Todo el aire estaba lleno de mil cantos de aves. Los gavilanes se cernían inmóviles, sacudiendo el aire con la punta de sus alas, y dirigiendo ávidas miradas sobre la superficie de la tierra. Oíanse en lontananza los agudos gritos de una bandada de aves salvajes que volaban, como una espesa nube, encima de algún lago perdido en la inmensidad de las llanuras. La gaviota de las estepas se elevaba con un movimiento cadencioso, y se bailaba con voluptuosa coquetería en las ondas del azul; tan pronto no se la veía sino como un punto negro, como resplandecía blanca y brillante a los rayos del sol. ¡Oh estepas mías, cuán bellas sois!Nuestros viajeros sólo se detuvieron para comer. Entonces los diez kozakos que componían todo su séquito se apearon de sus caballos. Desataron frascos de madera, que contenían aguardiente, y calabazas partidas por el medio que servían de vasos. Sólo se comía pan y tocino o tortas secas, y no bebían más que un vaso cada uno, pues Taras Bulba no permitía que nadie se emborrachase durante el camino. De nuevo emprendieron la marcha, dispuestos a andar durante todo el día.Llegada la noche, la estepa cambió completamente de aspecto. Toda su inmensa extensión era bañada por los últimos rayos del sol ardiente, luego se obscureció con rapidez dejando ver la marcha de la sombra que invadiendo la estepa la cubría del tinte uniforme de un verde oscuro. Entonces los vapores se volvieron más espesos; cada flor, cada hierba exhalaba su perfume, y la estepa entera hervía en vapores embalsamados. Sobre el cielo, de un azul oscuro, se extendían anchas bandas doradas y de color de rosa que parecían trazadas negligentemente por un gigantesco pincel. Acá y allá blanqueaban jirones de ligeras y transparentes nubes, mientras que una brisa fresca y acariciadora como las ondas del mar se balanceaba sobre las puntas de la hierba, rozando apenas las mejillas del viajero.Todo el concierto de la mañana se debilitaba, y hacía lugar poco a poco a un nuevo concierto. Animales de piel atigrada salían con precaución de sus madrigueras, y, levantándose sobre sus patas traseras, llenaban la estepa con sus silbidos. Los grillos cantaban con su monótono chirrido, y algunas veces se oía, viniendo del lejano lago, el grito del cisne solitario que resonaba como una campana argentina en el adormecido aire. Al anochecer nuestros viajeros se detuvieron en medio de los campos, encendieron un fuego cuyo humo se deslizaba oblicuamente en el espacio, y, colocando una marmita sobre las brasas, hicieron cocer las papas. Después de la cena los kozakos se acostaron en el suelo, dejando a sus caballos vagar por la hierba, con trabas en los pies. Las estrellas de la noche les miraban dormir encima de sus caftanes extendidos. Podían oír el chisporroteo, el roce, todos los rumores de los innumerables insectos que hormigueaban en la verde pradera.Todos esos rumores, perdidos en el silencio de la noche, llegaban armoniosos al oído. Si alguno de ellos se levantaba toda la estepa se mostraba a sus ojos iluminada por las chispas luminosas de las luciérnagas. Algunas veces la sombría oscuridad del firmamento se iluminaba por el incendio de los juncos secos que crecían a orillas de los ríos y de los lagos, y una larga línea de cisnes que se dirigían al norte heridos de repente por una claridad, inflamada, parecían pedazos de tela roja volando a través de los aires.Nuestros viajeros continuaron su camino sin tropiezo. En ninguna parte, por los alrededores se veía un árbol: siempre era la misma estepa, libre, salvaje, infinita. Solamente, de tiempo en tiempo, allá en lontananza, se distinguía la línea azulada de los bosques que bordean el Dnipró. Una sola vez, Taras hizo ver a sus hijos un puntito negro que se agitaba a lo lejos.–Miren, muchachos –dijo– es un tártaro que galopa.Acercándose, vieron por entre la hierba una cabecita con bigotes, que fijaba en ellos sus ojillos penetrantes, husmeó el aire como un perro perdiguero, y desapareció con la rapidez de una gacela, después de cerciorarse de que los kozakos eran trece.–¡Y bien, muchachos! ¿Quieren probar a alcanzar al tártaro? Pero no, es inútil, no le alcanzarán nunca, pues su caballo es todavía más hábil que mi Diablo.No obstante, Bulba, temiendo una emboscada, creyó deber tomar sus precauciones. Galopó, acompañado de su comitiva, hasta llegar a orillas de un pequeño río llamado la Tatarka, que desemboca en el Dnipró. Todos entraron en el agua con sus cabalgaduras, y nadaron largo tiempo siguiendo la corriente del agua para ocultar sus huellas.

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Luego, cuando llegaron a la otra orilla, continuaron su camino. Tres días después se encontraron cerca ya del sitio que era el término de su viaje. Un súbito frío refrescó el aire, reconociendo por este indicio la proximidad del Dnipró. En efecto, se distinguía a lo lejos el Dnipró semejante a un espejo, destacándose azul en el horizonte.Cuanto más se acercaba la comitiva, más se ensanchaba moviendo sus frías olas; y pronto concluyó por abrazar la mitad de la tierra que se desplegaba a su vista. Habían llegado a aquel sitio en que el Dnipró, estrechado largo tiempo por los bancos de granito, triunfa de todos los obstáculos y ruge como un mar cubriendo las conquistadas llanuras, en donde las islas dispersas en medio de su lecho rechazan sus olas más lejos todavía sobre los campos colindantes.Los kozakos pusieron pie a tierra, entraron en una barca con sus caballos, y después de una travesía de tres horas, llegaron a la isla Hortitsya, en donde se encontraba entonces la sich, que tan a menudo cambiaba de residencia. Una muchedumbre inmensa disputaba con los marineros en la orilla.Los kozakos volvieron a montar sus caballos; Taras tomó una actitud altanera, apretó su cinturón, y se atusó el bigote. Sus dos hijos se examinaron también de la cabeza a los pies con tímida emoción, y entraron juntos en el arrabal que precedía a la sich medio metro. A su entrada quedaron aturdidos por el estruendo de cincuenta martillos que daban en el yunque en veinticinco herrerías subterráneas y cubiertas de césped. Vigorosos curtidores, sentados en los escalones de sus casas, estrujaban pieles de buey con sus fuertes manos. Buhoneros de pie exponían en sus tiendas montones de baldosas, pedernales y pólvora. Un armenio extendía ricas piezas de tela; un tártaro amasaba pasta; un judío, con la cabeza baja, sacaba aguardiente de un tonel. Pero lo que más llamo su atención fue un zaporogo que dormía en medio del camino, con los brazos y los pies extendidos.Taras se detuvo admirado.–¡Cómo se ha desarrollado este tunante! –dijo, examinándolo–. ¡Qué hermoso cuerpo de hombre!En efecto, el cuadro era acabado. El zaporogo estaba tendido en medio del camino como un león acostado. Sus espesos cabellos, altivamente echados hacia atrás, cubrían dos palmos de tierra alrededor de su cabeza. Sus pantalones, de hermosa tela roja, habían sido manchados de brea, para demostrar el poco caso que hacía de ellos. Bulba, después de haberlo contemplado a placer, continuó su camino por una estrecha calle enteramente llena de gente que ejercían su oficio al aire libre, y de otras personas de todos los países que poblaban este arrabal semejante a una feria, que abastecía a la sich, la cual sólo sabía beber y tirar el mosquete.Por fin, pasaron el arrabal, y vieron muchas chozas esparcidas, cubiertas de musgo o de fieltro al estilo tártaro. Delante de algunas de ellas había baterías de cañones. No se veía ningún cercado, ninguna casita con su pórtico con columnas de madera, como las había en el arrabal. Un pequeño parapeto de tierra y una barrera que nadie guardaba, atestiguaban la dejadez de los habitantes. Algunos robustos zaporogos, tendidos en el camino, con sus pipas en la boca, les miraban pasar con indiferencia y sin cambiar de sitio. Taras y sus hijos pasaron entre ellos con precaución, diciéndoles:–¡Buenos días, señores!
–¡Buenos días! –contestaban ellos.
Por todas partes se encontraban grupos pintorescos. Los atezados rostros de aquellos hombres demostraban que con frecuencia habían tomado parte en las batallas, y experimentado toda clase de vicisitudes. He ahí la sich; he ahí la guarida de donde salen tantos hombres altivos y bravos como los leones; he ahí de donde sale el poder kozako para extenderse por toda la Ucrania.Los viajeros atravesaron una plaza espaciosa en donde ordinariamente se reunía el consejo. Sobre un gran tonel colocado boca abajo, estaba sentado un zaporogo sin camisa, la cual tenía en la mano zurciendo gravemente los agujeros. La camisa le fue arrebatada por una banda de músicos, en medio de la cual un joven zaporogo, que se había ladeado la gorra sobre la oreja, bailaba con frenesí, alzando las manos por encima de la cabeza, y no cesaba de gritar:–¡Aprisa, más aprisa, músicos! ¡Tomás, no escasees tu aguardiente a los verdaderos cristianos!Y Tomás, que tenía un ojo acardenalado, distribuía sendos cántaros a los asistentes. En torno del joven danzarín, cuatro viejos zaporogos pataleaban en el suelo, después, repentinamente se echaban de lado como un torbellino hasta sobre la cabeza de los músicos; luego, doblando las piernas, se bajaban hasta el suelo, y, volviéndose a enderezar en seguida, lo golpeaban con sus talones de plata. El suelo resonaba sordamente en torno de ellos, y el aire estaba lleno de los cadenciosos rumores del hopak y del tropak. Entre todos esos kozakos, se hallaba uno que gritaba y bailaba con más furor. Sus abundantes cabellos flotaban a merced del viento, su ancho pecho estaba descubierto, pero se había puesto su ropón de invierno, y el sudor corría por su rostro.–¡Muchacho, quítate tu ropón! –le dijo al fin Taras– ¿no ves que hace calor?–No puede ser –exclamó el zaporogo.–¿Por qué?
–Porque conozco mi carácter; todo lo que me quito va a parar a la taberna.El zaporogo no tenía ya gorra, ni cinturón, ni pañuelo bordado; todo había ido a parar a la taberna, como él decía. El número de bailadores aumentaba a cada instante, y no se podía ver, sin una emoción contagiosa, toda esa multitud arrojarse a esa danza, la más libre, la más loca en movimientos que jamás se haya visto en el mundo, y que lleva el nombre de sus inventores, el kasachok.–¡Ah! ¡Si no estuviese a caballo –exclamó Taras– hasta yo, sí, hasta yo hubiera tomado parte en el baile!

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Empezaron, sin embargo, a presentarse entre la multitud hombres de edad, graves, respetados de toda la sich, que más de una vez habían sido escogidos para jefes. Taras encontró pronto una porción de semblantes conocidos. Eustaquio y Andrés oían a cada instante las exclamaciones siguientes:–¡Ah! Eres tú, Petchéritza.–¡Hola, Kosoloup!
–¿De dónde vienes, Taras?
–¿Y tú, Doloto?
–Buenos días, Kirdiaga.
–¿Que tal, Gousti?
–No esperaba verte, Rémen.
Y todos esos hombres de guerra que se habían reunido allí de los cuatro puntos de la gran Ucrania, se abrazaron con efusión, y sólo se oyeron esas confusas preguntas:–¿Qué hace Kassian? ¿Qué hace Borodavka? ¿Y Koloper? ¿Y Pidzichok?Y la respuesta que recibía Bulba era que a Borodavka le habían ahorcado en Tolopan; que en Kisikermen habían desollado vivo a Koloper, y que la cabeza de Pidzichok la habían enviado salada en un tonel a Constantinopla. El viejo Bulba se puso a reflexionar tristemente, y repitió varias veces:
–¡Qué buenos kozakos eran!

CAPÍTULO III

Hacía más de una semana que Taras Bulba vivía en la sich con sus dos hijos. Eustaquio y Andrés se ocupaban poco de estudios militares, pues la sich no gustaba de perder el tiempo en vanos ejercicios; la juventud hacía su aprendizaje en la guerra misma, que, por esta razón, se renovaba continuamente. Los kozakos consideraban inútil llenar con algunos estudios los raros intervalos de tregua; les agradaba más tirar al blanco, galopar por las estepas o cazar a caballo. El resto del tiempo lo dedicaban a sus placeres, la taberna y el baile.Toda la sich presentaba un aspecto singular; era como una fiesta perpetua, como una ruidosa danza empezada y que nunca termina. Algunos se ocupaban en oficios, otros en comerciar al pormenor, pero la mayor parte se divertía desde la mañana a la noche, tanto como se lo permitía el estado de su bolsillo, y mientras la parte de su botín no había caído en manos de sus compañeros o de los taberneros. Esta fiesta continua tenía algo de mágico. La sich no era un montón de borrachos que ahogaban sus penas en los toneles, sino una alegre cuadrilla de indiferentes viviendo de buen humor una loca embriaguez. Cada uno de los que llegaban allí olvidaba lo que le había ocupado hasta entonces. Podía decirse, según su expresión, que renegaba de lo pasado, y se entregaba con el entusiasmo de un fanático a los encantos de una vida de libertad llevada en común con sus semejantes que, como él, no tenían ya parientes, ni familia, ni casa, nada más que el aire libre y la inagotable jovialidad de su alma. Las diferentes narraciones y diálogos que podían recogerse tendida negligentemente por tierra, tenían a veces un color tan enérgico y tan original, que era necesaria toda la flema exterior de un zaporogo para no asombrarse, siquiera por un ligero movimiento de bigote, condición que distingue a los pequeños-rusos (ucranianos) de las otras razas eslavas. La alegría era ruidosa, algunas veces hasta el exceso, pero al menos los bebedores no estaban hacinados en un kabak sucio y sombrío, en donde el hombre se abandona a una embriaguez triste y pesada. Allí formaban como una reunión de compañeros de escuela, con la única diferencia que, en vez de estar sentados bajo la necia férula de un maestro, tristemente inclinados sobre libros, hacían excursiones con cinco mil caballos; en vez del reducido campo en donde habían jugado a la pelota, tenían campos espaciosos, infinitos, en donde se mostraba, a lo lejos, el tártaro ágil o bien el turco grave y silencioso bajo su ancho turbante. Además, había la diferencia que, así como en la escuela se reunían por fuerza, allí se reunían voluntariamente, abandonando al padre, la madre y el techo paternal. Encontrábase allí gente que, después de tener la soga al cuello, y casi en brazos de la pálida muerte, habían vuelto a ver la vida en todo su esplendor; otros había, para quienes un ducado había sido hasta entonces una fortuna, y a quienes, gracias a los pícaros usureros, se hubiera podido volver los bolsillos sin temor de que cayese nada. Se encontraban estudiantes que no habiendo podido sobrellevar los castigos académicos huyeron de la escuela, sin aprender una letra del alfabeto, mientras que había otros que sabían perfectamente quiénes eran Horacio, Cicerón y la república romana. También se encontraban allí oficiales polacos que se habían distinguido en el ejército real, y un sinnúmero de aventureros convencidos de que era indiferente saber en dónde y por quién se hacía la guerra, con tal que se hiciese, y que es indigno de un hidalgo no guerrear. Muchos, en fin, iban a la sich únicamente para poder decir que habían estado en ella, y volvían transformados en cumplidos caballeros. Pero, ¿quién no estaba allí?

Pintor

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Esta extraña república respondía a una necesidad de aquellos tiempos. Los amantes de la vida guerrera, de las copas de oro, de las ricas telas, de los ducados y de los cequíes podían en toda estación encontrar allí trabajo. Los amantes del bello sexo eran los únicos que no tenían nada que hacer en aquel sitio, pues ninguna mujer se podía mostrar ni siquiera en el barrio de la sich. Eustaquio y Andrés encontraban sumamente extraño ver una porción de gente ir a la sich, sin que nadie les preguntase quiénes eran ni de dónde venían; entraban en ella como si hubiesen regresado a la casa paterna habiéndola dejado una hora antes. El recién llegado se presentaba al kochevoï y entablaban entre los dos el diálogo siguiente:–Buenos días. ¿Crees en Jesucristo?
–Sí, creo –respondía el recién llegado.
–¿Y en la Santísima Trinidad?
–También creo.
–¿Vas a la iglesia?
–Sí, voy.
–Haz la señal de la cruz.
El recién llegado la hacía.
–Bien –proseguía el kochevoï– vete al kouren que te guste escoger.A eso se reducía la ceremonia de la recepción.Toda la sich oraba en la misma iglesia, pronta a defenderla hasta derramar la última gota de sangre, bien que esta gente no quería oír hablar de cuaresma ni de abstinencia. No había sino judíos, armenios y tártaros que, seducidos por el cebo de la ganancia, se decidían a comerciar en el arrabal, porque los zaporogos no eran aficionados al comercio, y pagaban cada objeto con el dinero que de una vez sacaba su mano del bolsillo. Por otra parte, la suerte de esos comerciantes avaros era sumamente precaria y muy digna de compasión. Se parecían a las gentes que habitan en las faldas del Vesubio, pues cuando los zaporogos no tenían dinero, derribaban las tiendas y lo tomaban todo sin pagar.

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La sich se componía al menos de sesenta koureni, que eran otras tantas repúblicas independientes, pareciéndose también a escuelas de párvulos que nada tienen suyo, porque se les suministra todo.En efecto, nadie poseía nada; todo estaba en manos del ataman del kouren, al que se acostumbraba llamar padre (batko). Este guardaba el dinero, los vestidos, las provisiones, y hasta la leña. A menudo un kouren disputaba con otro; en este caso, la disputa concluía por un combate a puñetazos, que sólo cesaba con el triunfo de un partido, y entonces empezaba una fiesta general. He aquí lo que era la sich que tanto encanto tenía para los jóvenes.Eustaquio y Andrés se arrojaron con todo el ardor de su edad en este mar tempestuoso, y pronto olvidaron el hogar paterno, el seminario y cuanto hasta entonces les había ocupado. Todo les parecía nuevo; las costumbres nómadas de la sich, y las leyes muy poco complicadas que la regían, pero que les parecían aún demasiado complicadas para una república.Si un kozako robaba alguna cosa de poca monta, era contado como una afrenta por toda la asociación. Se le ataba, como un hombre deshonrado, a una especie de columna infamante, y junto a él se ponía un garrote con el cual cada uno que pasaba debía darle un golpe hasta que quedase sin vida. El deudor que no pagaba era encadenado a un cañón, permaneciendo de este modo hasta que un camarada consentía en pagar su deuda para ponerle en libertad, pero lo que más asombró a Andrés fue el terrible suplicio con que se castigaba al asesino. Se abría una profunda zanja en la que le tendían vivo, después ponían sobre su cuerpo el cadáver de su víctima encerrado en un ataúd, cubriéndolos a los dos de tierra. La imagen de este horrible suplicio persiguió a Andrés mucho tiempo después de una ejecución de este género, y el hombre enterrado vivo debajo del muerto se representaba incesantemente a su espíritu.

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Los dos jóvenes kozakos se hicieron querer pronto de sus compañeros. A menudo, con otros miembros del mismo kouren o con el kouren entero, o hasta con los koureni vecinos, iban a la estepa a caza de las innumerables aves salvajes, ciervos, corzos o bien se dirigían a orillas de los lagos o de las corrientes de agua señaladas por la suerte a su kouren, para tender sus redes y recoger muchas provisiones. Aunque ésta no fuese precisamente la verdadera ciencia del kozako, distinguíanse entre los otros por su valor y su destreza. Tiraban certeramente al blanco, atravesaban el Dnipró a nado, hazaña por la cual un joven novicio era solemnemente admitido en el círculo de los kozakos.

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Pero el viejo Taras les preparaba otra vida más activa. Aquella ociosidad no le gustaba; quería llegar al verdadero negocio, y por esto no cesaba de reflexionar sobre el modo de hacer decidirse a la sich a acometer alguna atrevida empresa, en la que un caballero pudiese demostrar lo que era. Un día, en fin, fuese a encontrar al kochevoi y le dijo sin preámbulo:–Y bien, kochevoi, ya es tiempo de que los zaporogos vayan a dar un paseito.
–No hay donde pasearse –respondió el kochevoi quitándose una pequeña pipa de la boca y escupiendo de lado.–¿Cómo, no hay dónde? Se puede ir por el lado de los turcos, o por el de los tártaros.–No se puede ir ni por el lado de los turcos ni por el lado de los tártaros –respondió el kochevoi volviendo a poner la pipa en la boca con la mayor tranquilidad del mundo.–Pero, ¿por qué no se puede?
–Porque hemos prometido la paz al sultán.
–Pero es un pagano –dijo Bulba– Dios y la Santa Escritura mandan apalear a los paganos.–No tenemos derecho a hacerlo. Si no hubiésemos jurado por nuestra religión, tal vez sería posible. Pero ahora, no, es imposible.–¡Cómo imposible! He ahí que dices que nosotros no tenemos derecho de hacerlo; y, sin embargo, yo tengo dos hijos, jóvenes los dos, que ni uno ni otro han estado aún en la guerra. Y he ahí que dices que no tenemos derecho, y que no hace falta que los zaporogos vayan a la guerra.–No, eso no conviene.–¿Es preciso, pues, que la fuerza kozaka se pierda inútilmente; es preciso, pues, que un hombre perezca como un perro sin haber hecho una buena obra, sin hacerse útil al país y a la cristiandad? ¿Para qué vivir entonces? ¿Por qué diablos vivimos? Veamos, explícame eso. Tú eres un hombre sensato, no en vano te han hecho kochevoi; dime, ¿por qué, por qué vivimos?El kochevoi hizo, esperar su respuesta. Era un kozako obstinado. Después de un largo silencio, dijo por fin:–Digo que no habrá guerra.–¿No habrá guerra? –preguntó de nuevo Bulba.
–No.
–¿No hay que pensar más en ello?
–No hay que pensar en ello.
–Espera –dijo Bulba– espera, cabeza de diablo, tú oirás hablar de mí.
Y le dejó bien decidido a vengarse.

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Después de ponerse de acuerdo con algunos amigos suyos, convidó a todo el mundo a beber. Los kozakos, un poco ebrios, se fueron todos a la plaza, en donde atados a postes estaban los timbales de que se servían para reunir el consejo. No habiendo encontrado los palillos que guardaba en su casa el timbalero cogieron un palo cada uno y se pusieron a aporrearlos. El timbalero fue el primero que llegó; era un mozo de elevada estatura, que sólo tenía un ojo, y no muy despierto.–¿Quién se atreve tocar a llamada? –exclamó.–Calla, toma tus palillos, y toca cuando se te mande –contestaron los kozakos achispados.El timbalero sacó del bolsillo los palillos que había traído consigo, sabiendo de qué modo concluían habitualmente semejantes aventuras. Resonaron los timbales, y pronto negras masas de kozakos se precipitaron en la plaza como avispas en una colmena. Formaron círculo, y después del tercer toque, acudieron por fin los jefes, a saber: el kochevoi con la maza, signo de su dignidad, el juez con el sello del ejército, el escribano con su tintero y el ï ésaoul con su largo bastón. El kochevoi y los otros jefes se quitaron sus gorras para saludar humildemente a los kozakos con las jarras en alto.–¿Qué significa esta reunión, y que deseáis, señores? –preguntó el kochevoi.Los gritos y las imprecaciones le impidieron continuar.–Depón tu maza, hijo del diablo, depón tu maza, no te queremos más –gritaron muchas voces.Algunos koureni, de los que no habían bebido, parecían opinar de distinto modo. Pero pronto, ebrios o sobrios, empezaron todos a repartir puñetazos, y la sarracina se hizo general.El kochevoi tuvo por un momento intención de hablar; pero sabiendo que esta multitud furiosa y sin freno podía derrotarle sin esfuerzo hasta darle la muerte, lo que había sucedido a menudo en semejantes casos, saludó humildemente, depuso su maza, y desapareció entre la multitud.–¿Nos mandan ustedes, señores, deponer también las insignias de nuestros cargos? –preguntaron el juez, el escribano y el ï ésaoul, prontos a dejar a la primera indicación el sello, el tintero y el bastón blanco.–No, quédense –gritaron las voces que salieron de la multitud. Sólo queremos quitar el kochevoi, porque no es más que una mujer, y es preciso que el kochevoi sea un hombre.–¿A quién elegirán ahora? –preguntaron los jefes.
–Tomemos a Koukoubenko –exclamaron algunos.
–No queremos a Koukoubenko –respondieron los otros. Es demasiado joven; todavía tiene la leche de su nodriza en los labios.–¡Que sea Chilo nuestro ataman! –exclamaron otras voces– hagamos de Chilo un kochevoi.–Un chilo en las espaldas de ustedes –respondió la multitud echando votos. ¿Quién es ese kozako, que ha llegado a introducirse como un tártaro? ¡Al diablo el borracho Chilo!–¡Borodaty! ¡Escojamos a Borodaty!
–No queremos a Borodaty; ¡al diablo Borodaty!
–Griten Kirdiaga –murmuró Taras Bulba al oído de sus afiliados.
–¡Kirdiaga, Kirdiaga! –gritaron ellos.
–¡Kirdiaga! ¡Borodaty! ¡Borodaty! ¡Kirdiaga! ¡Chilo! ¡Al diablo Chilo! ¡Kirdiaga!Los candidatos cuyos nombres estaban así proclamados se destacaron de entre la multitud, por no dejar creer que ayudaban con su influencia a su propia elección.–¡Kirdiaga! ¡Kirdiaga!
Este nombre resonaba más fuerte que los otros.
–¡Borodaty! –se respondía.La cuestión fue resuelta a puñetazos, y Kirdiaga triunfó.–¡Traed a Kirdiaga! –se gritó enseguida.
Una docena de kozakos dejaron la multitud. Muchos de ellos estaban tan borrachos que apenas podían tenerse sobre sus piernas. Todos se dirigieron a casa de Kirdiaga para anunciarle que acababa de ser elegido. Kirdiaga, viejo kozako, muy astuto, hacía largo tiempo que había vuelto a entrar en su choza, y aparentaba ignorar lo que pasaba.–¿Qué desean, señores? –preguntó.
–Ven; se te ha hecho kochevoi.
–Apiádense de mí, señores. ¿Cómo es posible que yo sea digno de tal honor? ¿Qué kochevoi haré? No tengo bastante talento para desempeñar semejante dignidad. ¡Como si no se pudiese encontrar otro mejor que yo en todo el ejército!–Vaya pues, ven, puesto que así se te dice replicáronle los zaporogos.Dos de ellos le agarraron por los brazos, y a pesar de su resistencia, fue conducido a la fuerza a la plaza acompañado de puñetazos en la espalda, y de votos y exhortaciones.–¡Vamos, no retrocedas, hijo del diablo! Acepta, perro, el honor que se te ofrece.He ahí de qué modo fue conducido Kirdiaga al círculo de los kozakos.–¡Y bien, señores! –exclamaron a voz en grito los que le habían conducido– ¿consienten ustedes en que ese kozako sea nuestro kochevoi?–¡Sí, sí! ¡Consentimos todos, todos! –respondió la multitud; y el eco de este grito unánime resonó largo tiempo en la llanura.Uno de los jefes tomó la maza y la presentó al nuevo kochevoi. Kirdiaga, según costumbre, se negó a aceptarla; el jefe se la presentó por segunda vez; Kirdiaga la volvió a rehusar, y sólo la aceptó a la tercera presentación. Un prolongado grito de alegría se elevó en la multitud, y de nuevo hizo resonar toda la llanura. Entonces, de entre el pueblo, salieron cuatro viejos kozakos de bigotes y cabellos grises (en la sich no había hombres muy viejos, pues nunca ningún zaporogo moría de muerte natural); cada uno de ellos tomó un puñado de tierra, que continuadas lluvias habían convertido en lodo, y la pusieron sobre la cabeza de Kirdiaga. La tierra húmeda corrió por la frente, por los bigotes, ensuciándole la cara; pero Kirdiaga permaneció tranquilo, y dio gracias a los kozakos por el honor que acababan de hacerle. Así terminó esta ruidosa elección que, si no contentó a ningún otro, colmó de alegría al viejo Bulba; en primer lugar, por haberse vengado del antiguo kochevoi, y luego, porque Kirdiaga, su antiguo camarada, había hecho con él las mismas expediciones por tierra y por mar y compartido las mismas fatigas y lo mismos peligros.

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La multitud se desvaneció enseguida para ir a celebrar la elección, y empezó un festín universal, en tales términos, que nunca los hijos de Taras habían visto otro semejante. Todas las tabernas fueron saqueadas, los kozakos bebían la cerveza, el aguardiente y el aguamiel sin pagar, y los taberneros se consideraban dichosos con haber salvado la vida. Toda la noche se pasó en gritos y canciones que celebraban la gloria de los kozakos; y la luna vio, toda la noche, pasearse por las calles numerosos grupos de músicos con sus banduras y sus balalaikas, y chantres de iglesia que se dedicaban en la sich a cantar las alabanzas de Dios y las de los kozakos.Por fin, el vino y el cansancio rindieron a todo el mundo. Poco a poco todas las calles se vieron cubiertas de hombres tendidos en el suelo. Aquí había un kozako que, enternecido y lloroso, se colgaba al cuello de su compañero, cayendo los dos abrazados; allá se veía un grupo de ellos revolcándose por tierra; más lejos un borracho escogía largo tiempo un sitio donde acostarse, y concluía por tenderse sobre un trozo de madera; el último, el más fuerte de todos, anduvo mucho tiempo dando trompicones y balbuceando palabras incoherentes; pero, al fin, cayó como los demás, y toda la sich se quedó dormida.

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CAPÍTULO IV

Desde el día siguiente, Taras Bulba se concertó con el nuevo kochevoi, para saber cómo se podría decidir a los zaporogos a tomar una resolución. El kochevoi era un kozako fino y astuto que conocía perfectamente de qué pie cojeaban sus zaporogos, y empezó diciendo:–Es imposible violar el juramento, es imposible.Después de un corto silencio prosiguió:
–Sí, es imposible. Nosotros no violaremos el juramento, pero inventaremos alguna cosa. Únicamente haga de modo que el pueblo se reúna, no por orden mía, sino por su propia voluntad. Usted sabe ya cómo esto se hace, y yo, con los antiguos, correremos enseguida a la plaza como si nada supiésemos.Aun no había transcurrido una hora desde esta conversación, cuando los timbales volvieron a resonar. La plaza se vio pronto cubierta de un millón de gorras kozakas. Se empezó a preguntar:–¿Qué? ¿por qué? ¿Qué hay para tocar los timbales?
Nadie contestaba. Poco a poco, sin embargo, oyéronse entre la multitud las frases siguientes:–La fuerza kozaka perece de pura inacción. No hay guerra, no hay empresa. Los antiguos son unos haraganes; no ven nada, la gordura los ciega. ¡No, no hay justicia en el mundo!

cuadro por arrista Nairobi Prahl para Ucrania Fantastica - Taras Bulba

Los otros kozakos escuchaban en silencio, y concluyeron por repetir ellos mismos:–Efectivamente, no hay justicia en el mundo.Los antiguos parecieron asombradísimos de semejantes discursos. Por fin, el kochevoi se adelantó, y dijo:–¿Me permiten hablar, señores zaporogos?–Sí.
–Mi discurso, señores, tendrá, en primer lugar, por objeto recordarles que la mayor parte de ustedes, y ustedes lo saben sin duda mejor que yo, deben tanto dinero a los judíos taberneros y a sus camaradas, que ya no hay ningún diablo que les preste a crédito. Además, deben de tener en consideración que hay entre nosotros muchos jóvenes que nunca han visto la guerra de cerca, mientras que un joven, ustedes lo saben, señores, no puede existir sin la guerra. ¿Qué zaporogo es el que no ha apaleado jamás a un pagano?–Se explica bien –pensó Bulba.–Sin embargo, no crean, señores, que digo todo eso para violar la paz. ¡No, Dios me libre de ello! Digo eso porque conviene que se diga. Además, el templo del Señor, aquí, está en un estado tal que es pecado decirlo. Hace muchos años que, por la gracia del Señor, existe la sich; y hasta ahora, no solamente la parte exterior de la iglesia, sino las santas imágenes del interior no tienen el menor adorno. Nadie piensa ya en hacerles un vestido de plata. Únicamente han recibido lo que ciertos kozakos les han dejado en testamento, y en verdad que esos dones eran bien poca cosa, pues los que los hacían se bebieron en vida todo su haber. Así, pues, tengan entendido que no hago un discurso para decidirles a la guerra contra los turcos, porque hemos prometido la paz al sultán, y sería un gran pecado desdecirse, atendido que hemos jurado por nuestra religión.–¿Qué diablos se enreda? –se dijo Bulba.–Ya ven ustedes, señores, que es imposible empezar la guerra; el honor de los caballeros no lo permite. Pero he aquí lo que yo pienso según mi escasa inteligencia. Es preciso enviar los jóvenes en canoas, y que barran un poco las costas de la Anatolia. ¿Qué opinan ustedes de eso, señores?–¡Condúcenos, condúcenos a todos! –exclamó la multitud. Todos estamos prontos a perecer por la religión.El kochevoi, se espantó; no tenía absolutamente la intención de levantar toda la sich; parecíale peligroso romper la paz.–¿Me permiten, señores, que vuelva a hablar?–¡No, basta! –exclamaron los zaporogos. No dirás nada mejor de lo que has dicho.–Si es así, se hará como desean ustedes; acato la voluntad de todos. Es cosa conocida, y la Sagrada Escritura lo dice, que la voz del pueblo es la voz de Dios. Imposible es imaginar nada más sensato que lo que ha imaginado el pueblo; pero es preciso que les diga, señores, que el sultán no dejará sin castigo a los jóvenes que se den este placer; si nuestras fuerzas estuviesen dispuestas, nada tendríamos que temer y durante nuestra ausencia, los tártaros pueden atacarnos: esos son los perros de los turcos; jamás se atreven a atacarnos de frente; nunca entran en la casa cuando el dueño la ocupa; pero le muerden los talones por detrás hasta arrancarle gritos de dolor. Y luego, si he de decir la verdad, no tenemos bastantes canoas de reserva, ni suficiente pólvora para que podamos partir todos. Por lo demás, estoy dispuesto a hacer lo que les convenga; estoy a las órdenes de ustedes.

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El astuto kochevoi calló. Los grupos empezaron a conversar, y los atamanes de los koureni se reunieron en consejo. Por fortuna, no había muchos ebrios entre la multitud, y los kozakos optaron por seguir el prudente consejo de su jefe.Algunos de ellos se trasladaron en seguida a la orilla del Dnipró, yendo a registrar el tesoro del ejército, allí donde en subterráneos inaccesibles, abiertos debajo de las aguas y de los juncos se ocultaba el dinero de la sich, con los cañones y las armas arrebatadas al enemigo. Otros se apresuraron a visitar las canoas y a prepararlas para la expedición.En un instante se cubrió la ribera de un animado gentío. Llegaban carpinteros con sus hachas; viejos kozakos de rostro tostado, bigotes grises, anchas espaldas y vigorosas piernas, estaban metidos en el río con el agua hasta las rodillas, los pantalones arremangados, tirando de las canoas, ayudándose de cuerdas para ponerlas a flote.Otros arrastraban vigas secas y maderos. Aquí el uno ajustaba tablas a una canoa; allá, después de volver la quilla hacia arriba, se la calafateaba con brea; más lejos se ataban a ambos lados de la canoa, según costumbre kozaka, largos haces de juncos para impedir que las olas del mar sumergiesen tan frágil embarcación. Se encendieron hogueras en toda la ribera. Se hacía hervir la pez en calderas de cobre. Los ancianos más experimentados enseñaban a los jóvenes. Por todas partes resonaban los gritos de los obreros y el ruido de su obra. Toda la margen del río tenía movimiento y vida.

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En este instante se presentó a la vista una barca de grandes proporciones. La multitud que la llenaba hacia señas de lejos. Eran kozakos cubiertos de andrajos. Sus vestidos harapientos (muchos no tenían más que una camisa y una pipa) mostraban que acababan de escapar a una gran desgracia o que habían bebido hasta el exceso. Uno de ellos, bajo, rechoncho, y que contaría unos cincuenta años, se separó de la multitud y fue a colocarse en la proa de la barca. Gritaba más fuerte y hacía gestos más enérgicos que todos los demás pero el ruido de los trabajadores ocupados en su tarea impedía oír sus palabras.–¿Qué es lo que les trae a ustedes aquí? preguntó por fin el kochevoi, al tocar la barca en la ribera.Todos los obreros suspendieron sus trabajos, el ruido cesó y miraron con silenciosa espera, levantando sus hachas o sus cepillos.–Una desgracia –contestó el kozako que se había puesto en la proa.–¿Qué desgracia?
–¿Me permiten hablar, señores zaporogos?
–Habla.
–¿O quieren más bien reunir un consejo?
–Habla, todos estamos aquí.
La multitud se reunió en un solo grupo.
–¿Nada han oído decir de lo que pasa en la Ucrania?
–¿Qué? –preguntó uno de los atamanes de kouren.–¿Qué? –prosiguió el otro– no parece sino que los tártaros les hayan tapado las orejas para que no oigan nada.–Habla pues, ¿qué sucede?–Suceden cosas como no se han visto nunca desde que estamos en el mundo y hemos recibido el bautismo.–Pero dí pronto lo que sucede, hijo de perro –exclamó uno de entre la multitud, que por lo visto había perdido la paciencia.–Sucede que las santas iglesias ya no nos pertenecen.–¡Cómo! ¿Qué no nos pertenecen?
–Han sido dadas en arrendamiento a los judíos, y si no se paga adelantado, es imposible decir misa.–¿Qué es lo que estás charlando?–Y si el infame judío no hace, con su impura mano, una señal en la hostia, es imposible consagrar.–Miente, señores y hermanos; ¿es posible que un impuro judío ponga una señal en la sagrada hostia?–Escuchen, que aun tengo otras cosas que decirles. Los sacerdotes católicos (kseunz) van, en Ucrania, tan sólo en tarataï ka. Esto no será un mal, pero sí lo es, pues en vez de caballos se hace tirar el carruaje por cristianos de la buena religión. Escuchen, escuchen, todavía hay más: se dice que las judías empiezan a hacerse guardapiés de las casullas de nuestros sacerdotes. Eso es lo que sucede en la Ucrania, señores. Y ustedes, ustedes están tranquilamente establecidos en la sich, bebiendo, sin hacer nada, y, a lo que parece, les han acobardado tanto los tártaros, que el miedo les hace ciegos y sordos para ver y oír lo que pasa en el mundo.

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–¡Basta, basta! –interrumpió el kochevoi que hasta entonces había permanecido inmóvil y con los ojos bajos, como todos los zaporogos, que, en las grandes ocasiones, nunca se abandonaban al primer impulso, sino que callaban para reunir en silencio todas las fuerzas de su indignación– detente, y diré una palabra. ¿Y ustedes, pues, ustedes, que el demonio confunda, qué hacían? ¿Acaso no tenían sables? ¿Cómo han permitido semejante abominación?–¿Cómo hemos permitido semejante abominación? ¿Y ustedes hubieran hecho más, cuando solamente los polacos eran cincuenta mil hombres? Y luego, no debemos atenuar nuestra culpa; había también perros entre los nuestros, que han aceptado su religión.–Y ¿qué hacía el hetman que tienen ustedes? ¿Qué hacían los polkovniks?–Les han hecho tales cosas que Dios nos guarde de ellas.
–¿Cómo?
–He ahí cómo: nuestro hetman se encuentra ahora en Varsovia asado dentro de un buey de cobre, y las cabezas y manos de nuestro polkovniks han sido paseadas por todas las ferias para que el pueblo las viese. He ahí lo que han hecho.La multitud se estremeció. Un silencio semejante al que precede a las tempestades se extendió por toda la ribera. Después, gritos y palabras confusas estallaron por todas partes.–¡Cómo! ¡Los judíos tienen arrendadas las iglesias de los cristianos, los sacerdotes enganchan a los cristianos a las varas de sus calesines! ¡Cómo! ¡Permitir semejantes suplicios en tierra rusa (de la Rus’)! ¡Que pueda tratarse así a los polkovniks y a los hetmans! No, esto no será, no será.Estas palabras volaban de una a otra parte. Los zaporogos empezaban a ponerse en movimiento. No era aquello la agitación de un pueblo susceptible. Esos caracteres pesados y rudos no se inflaman con facilidad; pero cuando esto sucede, conservan largo tiempo y obstinadamente su llama interior.–¡Primeramente, colguemos a todos los judíos –exclamaron algunas voces– para que no puedan hacer guardapiés a sus mujeres con las casullas de los sacerdotes! ¡Que no puedan hacer señales en las hostias! ¡Ahoguemos a toda esa canalla en el Dnipró!Al oír estas palabras, toda la multitud se precipitó hacia el arrabal con la intención de exterminar a los judíos. Habiendo perdido los pobres hijos de Israel, en su espanto, toda su presencia de ánimo, se ocultaban en los toneles vacíos, en las chimeneas y hasta en las faldas de sus mujeres. Pero los kozakos sabían encontrarlos en todas partes.–¡Serenísimos señores –exclamaba un judío alto y seco como un junquillo, que mostraba entre sus camaradas su raquítica figura trastornada por el miedo– serenísimos señores, permítanme que les diga una palabra, una sola! Les diré una cosa nunca oída por ustedes; una cosa de tal importancia, que por más que se diga no puede encarecerse bastante.–Veamos, habla –dijo Bulba, que deseaba siempre oír al acusado.–Excelentísimos señores –dijo el judío– nunca se han visto semejantes señores ante Dios, no, nunca. No hay en el mundo tan nobles, buenos y valientes señores.Su voz se apagaba y expiraba de miedo.–¿Cómo es posible que nosotros tengamos mal concepto de los zaporogos? Los que arriendan las iglesias en la Ucrania no son los nuestros; no por Dios, no son los nuestros; ni siquiera son judíos; el diablo sabe lo que son. Es una cosa despreciable, y que debemos lanzar a un rincón. Estos les dirán lo mismo. ¿No es verdad, Chleuma? ¿No es cierto, Chmoul?–Ante Dios, es verdad –respondieron de entre la multitud Chleuma y Chmoul, ambos vestidos con harapos y pálidos como un cadáver.–Tampoco –continuó, el judío de elevada estatura– hemos tenido nunca relaciones con el enemigo, y no queremos nada con los católicos. ¡Que se vayan al diablo! Nosotros somos como hermanos de los zaporogos.–¡Cómo! ¡Que los zaporogos sean hermanos de ustedes! –exclamó alguno de la multitud. Nunca, malditos judíos. ¡Arrojemos al Dnipró a esta maldita canalla!A estas palabras, la multitud agarró a los judíos, y empezaron a arrojarlos al río. Por todas partes se alzaban gritos plañideros; pero los feroces zaporogos no hacían más que reír viendo las delgadas piernas de los judíos, calzadas de medias y zapatos, agitarse en el aire. El pobre orador, que tan gran desastre había atraído sobre los suyos y sobre él, desprendiose de su caftán, del cual le habían ya agarrado, y con una camisa estrecha y de todos colores, besó los pies de Bulba, y se puso a suplicar con voz lastimera:–¡Magnífico y serenísimo señor, he conocido a su hermano, el difunto Doroch! Era un valiente guerrero, la flor de la caballería. Yo le presté ochocientos cequíes para comprar su libertad a los turcos.–¿Tú has conocido a mi hermano? –dijo Taras.–Le he conocido, ante Dios. Era un señor muy generoso.–Y ¿cómo te llamas?–Yankel.–Bien –dijo Taras.Después de un instante de reflexión, dijo a los kozakos:–Siempre será tiempo de ahorcar al judío, dénmelo por hoy.Los kozakos se lo cedieron y Taras lo condujo a sus carromatos en donde estaba su gente.–Vamos, escóndete debajo de este carro y no te menees. Y ustedes, hermanos, no dejen salir al judío.Dicho esto se dirigió a la plaza en donde hacía largo tiempo se había congregado la multitud. Todo el mundo había abandonado el trabajo de las canoas, pues no iban a emprender una guerra marítima, sino una guerra en tierra firme. En lugar de botes y remos necesitaban carros y corceles. En aquel momento, todos querían ponerse en campaña, tanto jóvenes como viejos; y todos, con el consentimiento de los ancianos, el kochevoi y los atamanes de los koureni, habían resuelto marchar directamente contra Polonia, para vengar todas sus ofensas, la humillación de la religión y de la gloria kozaka, para recoger botín en las ciudades enemigas, incendiar los villorrios y las mieses, y hacer, en fin, resonar la estepa con el ruido de sus hechos.Todos se armaban. Respecto al kochevoi había crecido un palmo; ya no era el tímido servidor de los caprichos de un pueblo entregado a la licencia, sino un jefe cuyo poder no tenía límites, un déspota que sólo sabía mandar y hacerse obedecer. Todos los caballeros camorristas y voluntarios permanecían inmóviles en las filas, con la cabeza respetuosamente inclinada sobre el pecho, y sin atreverse a levantar los ojos, mientras el kochevoi distribuía sus ordenes con lentitud, sin cólera, sin alzar la voz, como un jefe envejecido en el ejercicio del poder, y que no ejecuta por primera vez proyectos largo tiempo meditados.–Procuren que no les falte nada –les decía– preparen los carros, prueben las armas; no lleven mucha impedimenta: Una camisa y un par de pantalones para cada kozako, con un bote de manteca y de cebada machacada. Que nadie lleve más de lo dicho. En los bagajes habrá efectos y provisiones. Que cada kozako lleve un par de caballos. Es menester tomar también doscientos pares de bueyes; serán de mucha utilidad en los sitios pantanosos y para pasar los ríos. Pero sobre todo, orden, señores, mucho orden. Yo sé que hay gente entre ustedes que, si Dios les envía botín, se ponen a desgarrar las telas de seda para hacerse medias con ellas. Abandonen esta endiablada costumbre; no se carguen de sayas; tomen solamente armas, cuando sean buenas, o los ducados y la plata, pues eso ocupa poco sitio y sirve en todas partes. Todavía me falta decirles una cosa, señores: si alguno de ustedes se embriaga en la guerra, no le haré juzgar; le haré arrastrar como un perro hasta los carros, aunque sea el mejor kozako del ejército; y allí será fusilado y abandonado su cuerpo a los cuervos: un borracho en la guerra no es digno de sepultura cristiana. Jóvenes, en todas las cosas escuchen a los ancianos. Si una bala les hiere, o reciben un sablazo en la cabeza o en cualquier otra parte, no den a ello importancia alguna; echen un cartucho de pólvora en un vaso de aguardiente, bébanlo de un trago, y todo pasará. Ni siquiera tendrán fiebre. Y si la herida no es demasiado profunda, después de humedecer en la mano un poco de tierra con saliva, aplíquenla a ella. Ea, muchachos, manos a la obra aprisa, pero sin atropello.Así habló el kochevoi, y, concluido su discurso, todos los kozakos se pusieron a trabajar. Toda la sich se volvió sobria; no se hubiera podido encontrar en ella un solo borracho, como si nunca se hubiese hallado uno entre los kozakos. Los unos reparaban las ruedas o cambiaban los ejes de los carros; los otros amontonaban armas o sacos de provisiones, otros conducían los caballos y los bueyes. En todas partes resonaba el pataleo de las acémilas, el ruido de los arcabuzazos disparados al blanco, el choque de los sables contra las espuelas, los mugidos de los bueyes, el rechinamiento de los carros cargados, y la voz de los hombres hablando entre sí o excitando a sus caballos.Pronto, el tabor de los kozakos se extendió en una larga fila, marchando hacia la llanura. El que, hubiese querido recorrer de extremo a extremo toda la línea del convoy hubiera tenido mucho que correr. En la capilla de madera, el pope recitaba la oración de partida; rociaba a la multitud con agua bendita, y todos al pasar iban a adorar la cruz. Cuando el tabor se puso en movimiento alejándose de la sich, todos los kozakos se volvieron:–¡Adiós, madre nuestra –decían a una sola voz que Dios te guarde de toda desgracia!Al atravesar el arrabal, Taras Bulba vio a su judío Yankel que había tenido tiempo de establecerse en una tienda, y que vendía pedernal, tornillos, pólvora, y toda clase de útiles para la guerra, hasta pan y khalatchis.–¡Diablo de judío! –pensó Taras; y acercándose a él le dijo: –¿Qué haces aquí, loco? ¿Quieres que se te mate como a un gorrión?El judío, por toda respuesta, fue a su encuentro, y haciendo seña con ambas manos, y como si tuviese algo misterioso que declararle, le dijo:–Calle vuestra señoría, y no diga nada a nadie. Entre los carros del ejército, hay uno que me pertenece. Llevo toda clase de provisiones buenas para los kozakos, y por el camino, se las venderé a un precio tan barato, como nunca ningún judío las haya vendido, ante Dios, ante Dios.Taras Bulba se encogió de hombros viendo hasta dónde llegaba el poder de la naturaleza judía, y se reunió al tabor.

El Casamiento – Obra de Mykola Hóhol

Acto I

Habitación de un soltero.

Escena I

PODKOLÉSIN: (Solo, tendido sobre el sofá, con la pipa en la boca). Cuando uno medita en las horas de ocio, llega a la conclusión de que, finalmente, debe casarse. Después de todo… ¿qué? Uno vive, vive, y total… ¿de qué le sirve? Y parecería que todo está pronto y ahí tenemos a la casamentera, que viene aquí desde hace tres meses, ya. Palabra que ya me causa cierto malestar ver que… ¡Eh, Stepán!

Escena II

PODKOLÉSIN, STEPÁN.
PODKOLÉSIN: ¿No vino la casamentera?
STEPÁN: No.
PODKOLÉSIN: ¿Fuiste a casa del sastre?
STEPÁN: Fui.
PODKOLÉSIN: Y qué… ¿me cose el frac?
STEPÁN: Lo cose.
PODKOLÉSIN: ¿Y ha cosido mucho, ya?
STEPÁN: Bastante: ha empezado a hacer los ojales.
PODKOLÉSIN: ¿Qué dices?
STEPÁN: Digo que ya ha empezado a hacer los ojales.
PODKOLÉSIN: ¿Y no preguntó para qué necesitaba yo el frac?
STEPÁN: No, no lo preguntó.

PODKOLÉSIN: Quizá te haya dicho: ¿no querrá casarse tu patrón?

STEPÁN: No, no me dijo nada.
PODKOLÉSIN: Pero habrás visto en su taller otros fracs. Porque supongo que también coserá para otros ¿no es así?

STEPÁN: Sí, tiene muchos colgados ahí.

PODKOLÉSIN: Pero el paño de esos fracs no debe ser tan bueno como el mío ¿verdad?

STEPÁN: Sí, el del suyo es mejor.

PODKOLÉSIN: ¿Qué dices?
STEPÁN: Digo que el del suyo es mejor.
PODKOLÉSIN: Bueno. ¿Y no te preguntó el sastre por qué me hago el frac de un paño tan fino?

STEPÁN: No.

PODKOLÉSIN: ¿No preguntó si yo pensaba casarme, pongamos por caso?
STEPÁN: No, no lo preguntó.
PODKOLÉSIN: Pero le dijiste cuál es mi jerarquía en la administración pública y dónde sirvo ¿verdad?

STEPÁN: Se lo dije.

PODKOLÉSIN: ¿Qué te contestó?
STEPÁN: Dijo que haría todo lo posible para que el frac resultara bueno.
PODKOLÉSIN: Está bien. Vete.
(Stepán sale).


Escena III

PODKOLÉSIN (solo).
PODKOLÉSIN: Opino que el frac negro es más serio. Los de color convienen más a los secretarios, los consejeros de cuarta categoría y demás morralla. Resultan… un poco infantiles. Los que somos de jerarquía más alta debemos mantener, como se dice, el… ¡se me ha olvidado la palabra! ¡Una bonita palabra, pero se me ha olvidado! Sí, hermano: el consejero de tercera es prácticamente igual a un coronel, sólo que su uniforme no tiene charreteras. ¡Eh, Stepán!

Escena IV

PODKOLÉSIN, STEPÁN.
PODKOLÉSIN: ¿Compraste el betún?
STEPÁN: Sí.
PODKOLÉSIN: ¿Dónde lo compraste? ¿En el almacén del Voznecénsky Prospéct que te dije?

STEPÁN: En el mismo.

PODKOLÉSIN: ¿Y es bueno el betún?
STEPÁN: Bueno.
PODKOLÉSIN: ¿Probaste lustrar mis botas con ella?
STEPÁN: Probé.
PODKOLÉSIN: Y qué… ¿Brillan?
STEPÁN: Brillan bien.
PODKOLÉSIN: Y cuando el dueño del almacén te vendió el betún… ¿no pre-guntó para qué necesitaba el betún tu patrón?

STEPÁN: No.

PODKOLÉSIN: No te dijo: “¿Puede ser que tu patrón proyecte casarse?”
STEPÁN: No, no me dijo nada.
PODKOLÉSIN: ¡Bueno, vete!
(Stepán sale).

Escena V

PODKOLÉSIN (solo).
PODKOLÉSIN: Parecería que las botas son una bagatela y sin embargo, si están mal cosidas y el betún no es todo lo negro que hace falta, en la buena sociedad a uno no lo respetan como es debido. Se diría que… Y si aparecen callos, peor que peor. Estoy pronto a soportar lo que sea, menos los callos.

¡Eh, Stepán!

Escena VI

PODKOLÉSIN: Stepán.
STEPÁN: ¿Qué desea?
PODKOLÉSIN: ¿Le dijiste al zapatero que las botas no debían causarme callos?
STEPÁN: Se lo dije.
PODKOLÉSIN: ¿Y qué te contestó?
STEPÁN: Me contestó que estaba bien. (Se va).
<h4{escena vii

PODKOLÉSIN, luego STEPÁN.
PODKOLÉSIN: ¡Después de todo, un casamiento es algo que da trabajo, qué diablos! Esto y lo otro y lo de más allá. Esto y aquello debe estar como es debido. ¡No, qué demonios! Eso no es tan fácil como dicen. (Entra Stepán). Yo quería decirte, también…

STEPÁN: Ha venido la vieja.

PODKOLÉSIN: ¡Ah! ¿Ha venido? Hazla entrar. (Stepán sale). Sí, el casamiento es algo… algo que… algo difícil.

Escena VIII

PODKOLÉSIN y TECLA.
PODKOLÉSIN: ¡Hola! ¡Buenos días, Tecla Ivánovna! Bueno… ¿Y qué? Toma una silla, siéntate y cuenta. ¿Cómo va eso? ¿Cómo dijiste que se llamaba la…? ¿Melánia?

TECLA: Ágata Tijónovna.
PODKOLÉSIN: Sí, sí, Ágata Tijónovna. Seguramente, es alguna cuarentona…
TECLA: ¡Nada de eso! Si usted se casa con ella, me alabará y me lo agradecerá todos los días de su vida.

PODKOLÉSIN: ¡Mientes, Tecla Ivánovna!

TECLA: Ya estoy vieja, hijo mío, para mentir así como así.

PODKOLÉSIN: ¿Y la dote, la dote? Vuelve a contármelo.

TECLA: La dote es una casa de piedra en el barrio de la Moskóvska, de dos pisos, y con tanta renta que es un placer; el tendero solo paga setecientos rubios por su tenducho; y la cervecería del subsuelo atrae también a mucha gente; hay dos pabellones de madera, uno de ellos con cimientos de piedra, y que rinden cuatrocientos rubios de renta. Por el lado de Viborg, hay también una huerta. Hace ya tres años que la arrienda un mercader, y es un hombre muy sobrio, no bebe una sola gota de licor y tiene tres hijos: dos ya están casados, y en cuanto al tercero, el mercader dice: “Es joven, todavía; que se quede en el tenducho, para atender mejor a la clientela; yo, ya estoy viejo”.

PODKOLÉSIN: Pero… ¿y ella? ¿Cómo es ella, personalmente?
TECLA: ¡Una joya! Blanca, sonrosada, pura sangre y leche… Un deleite tal que cuesta pintarlo. Usted se sentirá contento hasta aquí (se señala la garganta) y les dirá al amigo y al enemigo: “¡Vaya con Tecla Ivánovna! ¡Cómo se lo agradezco!”.

PODKOLÉSIN: Pero no es hija de un oficial… ¿verdad?

TECLA: Es hija de un mercader de tercera. Pero tan altiva que no le toleraría una ofensa ni a un general. Ni siquiera quiere oír hablar de un novio mercader. “A mí, que me den cualquier marido, aun de aspecto insignificante, pero que sea noble”. ¡Sí, es una muchacha refinada! Y cuando se pone el vestido de seda de los domingos… bueno, ¡Dios me ampare! ¡Parece una duquesa!

PODKOLÉSIN: Por eso te lo he preguntado, precisamente; porque soy consejero de tercera y… ¿Comprendes?

TECLA: Pues, sí… ¿Cómo no he de comprender? Tuvimos a un consejero de tercera y lo rechazaron: no gustó. Tenía una extraña costumbre: palabra que decía, mentira que decía, y eso que su aspecto era tan serio… ¿Qué se podía hacer? Por lo visto, Dios lo había hecho así; él mismo lo lamentaba, pero no podía contenerse, tenía que mentir… Era la voluntad de Dios.

PODKOLÉSIN: Bueno… Y además de esa… ¿no tienes alguna otra por ahí?
TECLA: ¿Y para qué necesitas otra? Esa es la mejor.
PODKOLÉSIN: ¿De veras que es la mejor?
TECLA: Aunque recorras el mundo entero, no encontrarás otra que se le parezca.

PODKOLÉSIN: Lo pensaremos, lo pensaremos. Ven a verme pasado mañana. Volveremos a hacer lo mismo… ¿sabes? Yo me quedaré tendido aquí y tú me contarás.

TECLA: Pero, hijo mío… ¡Por piedad! Hace ya tres meses que vengo a verte, y nada: no haces más que estarte sentado en bata y fumando tu pipa.

PODKOLÉSIN: ¿Y tú crees, quizás, que casarse es lo mismo que decir “¡Eh, Stepán, dame las botas!”? ¿Que basta con ponérselas y buen viaje? Hay que reflexionarlo, mirarlo bien.

TECLA: Bueno… ¿Por qué no? Si quieres marido, míralo. Para eso está la mercadería, para mirarla. Pide que te traigan el caftán y ahora mismo, aprovecha esta hermosa mañana para ir a verla.

PODKOLÉSIN: ¿Ahora? Fíjate qué nublado está el tiempo. Si salgo, me puede sorprender la lluvia.

TECLA: ¡Peor para ti! Ya te asoman las canas y pronto no servirás para marido. ¿Te crees algo extraordinario por el hecho de ser consejero de tercera? Hemos visto cosas mejores. Tenemos entre manos a unos novios tales que ni siquiera te miraríamos.

PODKOLÉSIN: ¿Qué estupideces estás diciendo? ¿Qué ocurrencia es esa de que tengo canas? ¿Dónde están mis canas? (Se tantea los cabellos).

TECLA: ¿Cómo quieres que no las haya? Para eso, todo hombre envejece. No te gusta esta, no te gusta aquella. ¡Ten cuidado! Le he echado el ojo a un capitán que te lleva toda una cabeza. Tiene una voz de trueno y sirve en el almirantazgo.

PODKOLÉSIN: Mientes, me miraré en el espejo. ¿Qué ocurrencia es esa de las canas? ¡Eh, Stepán! ¡Tráeme el espejo! O, no, espera más bien. Iré yo mismo. Eso, Dios me libre, sería peor que la viruela. (Se va al cuarto contiguo).


Escena IX

TECLA y KOCHKARÉV. (Entra corriendo)
KOCHKARÉV: ¡Oye, Podkolésin!… (Al ver a Tecla). ¿Tú aquí? ¡Ah! ¿Oye? ¿Con quién diablos me casaste?

TECLA: ¿Y qué tiene de malo? Cumplió usted con la ley.

KOCHKARÉV: ¡Cumplí con la ley! ¿Crees que una esposa es algo nunca visto? ¿Acaso yo no podía vivir sin ella?

TECLA: Pero si tú mismo empezaste a insistirme: cásame, cásame, te lo ruego.

KOCHKARÉV: ¡Ah, vieja rata! Bueno… ¿Y para qué has venido aquí? ¿Acaso Podkolésin quiere…?

TECLA: ¿Por qué no? Dios lo iluminó.

KOCHKARÉV: ¿De veras? ¡Qué infame! ¡Y a mí no me dijo una sola palabra! ¡Vaya un individuo! Con que casándose a escondidas… ¿eh?

Escena X

DICHOS y PODKOLÉSIN (con el espejo en las manos, se mira fijamente en él).
KOCHKARÉV: (Acercándose furtivamente por detrás, lo asusta). ¡Puf!
PODKOLÉSIN: (Profiere un grito y deja caer el espejo). ¡Loco! Bueno… ¿Para qué… para qué…? Vaya una estupidez. Me asustaste de tal modo que tengo toda el alma revuelta.

KOCHKARÉV: ¡Bah! Sólo fue una broma.
PODKOLÉSIN: ¡Vaya con la broma! Todavía me dura el susto. Y, ya lo ves: he roto el espejo. Te advierto que no lo regalan: lo compré en un comercio inglés.

KOCHKARÉV: Bueno, bueno: ya te compraré otro.

PODKOLÉSIN: Sí, sí, me lo comprarás. Ya conozco esos espejos: cuando uno se mira en ellos, parece tener diez años más y la cara torcida.

KOCHKARÉV: Oye, soy yo quien tiene motivo para estar enojado contigo: a mí, tu amigo, me lo ocultas todo. ¡Piensas casarte!

PODKOLÉSIN: ¡Tonterías, no me propongo semejante cosa!

KOCHKARÉV: La prueba está a la vista. (Señala a Tecla). Ya sabes quién es ese pájaro. Bueno, bueno, el asunto no tiene nada de particular. Se trata de algo cristiano, hasta necesario para la patria. Me encargaré de esa tarea. (A Tecla). Vamos, habla: di cómo son las cosas, quién es y todo lo demás. ¿Es de la nobleza o comerciante o qué es? ¿Y cómo se llama?

TECLA: Ágata Tijónovna.
KOCHKARÉV: ¿Ágata Tijónovna Brandajlístova?
TECLA: ¡Oh, no…! Kuperdiáguina.
KOCHKARÉV: Vive en la calle de las Seis Tiendas… ¿verdad? Tecla. No, no; más bien cerca de Peski, en la bocacalle de Milni.

KOCHKARÉV: Aja… Sí. En la bocacalle de Milni, al lado de la tienda… ¿no es eso?

TECLA: No, junto a la cervecería.KOCHKARÉV: ¿A la cervecería? Entonces, ya no me lo explico.

TECLA: Pues cuando dobles la bocacalle, verás de frente una casilla; y después de pasar la casilla, dobla a la izquierda y entonces tendrás ante tus ojos una casa de madera, donde se aloja una costurera que vivió con el subsecretario del Senado. No en la casa de la costurera; junto a ella, hay otra casa, de piedra y ahí vive Ágata Tijónovna, la novia.

KOCHKARÉV: Bueno, bueno. Ahora, ya me encargaré de todo: puedes irte. Ya no te necesitamos.

TECLA: ¡Cómo! ¿Tú mismo quieres concertar la boda?

KOCHKARÉV: Yo mismo, yo mismo: no te metas.
TECLA: ¡Ah, desvergonzado! Pero… ¡Si eso no es cosa de hombres! ¡Apártate, hijo, apártate de ese asunto!

KOCHKARÉV: ¡Vete, vete! No entiendes nada, no te metas. Métete en lo tuyo… ¡Fuera de aquí!

TECLA: ¡Sólo piensas en quitarles el pan a los demás, hereje! ¿No te avergüenza meterte en semejante bagatela? De haberlo sabido, no te habría dicho nada. (Se va, con aire de despecho).

Escena XI

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV.
KOCHKARÉV: Bueno, hermano. Este asunto no puede postergarse: en marcha.
PODKOLÉSIN: Pero si todavía no he decidido nada. Sólo he pensado…
KOCHKARÉV: ¡Tonterías, tonterías! Bastará con que no pierdas la serenidad: te casaré de tal modo que ni siquiera te enterarás. Ahora mismo iremos a ver a la novia y verás cómo se hará todo en un santiamén.

PODKOLÉSIN: ¡Vaya una ocurrencia! ¡Ir inmediatamente!
KOCHKARÉV: ¿Y por qué hemos de esperar? Dime… ¿Por qué? Reflexiona tú mismo. ¿Para qué te sirve tu vida de soltero? Mira tu cuarto: ¿qué ves en él? Ahí, una bota sin lustrar, allá la jofaina del lavabo, más allá un montón de tabaco sobre a mesa; y tú, te pasas el día tendido como un holgazán, bostezando.

PODKOLÉSIN: Es verdad. Reconozco que aquí no hay orden.

KOCHKARÉV: En cambio, cuando tengas esposa, no te reconocerás a ti mismo ni reconocerás tu cuarto; aquí habrá un diván, un perrito, algún canario en su jaula, un trabajo de costura. E imagínate que estás sentado en el diván… y de repente se te arrima una mujercita, una linda mujercita, y te acaricia así… con su pequeña mano…

PODKOLÉSIN: ¡Ah, qué diablos! Si bien se piensa, hay manitos que parecen de leche…

KOCHKARÉV: ¡Hombre! ¡Cualquiera diría que las mujeres sólo tienen manitos! Tienen, hermano… ¡Bueno, a qué hablar! ¡Tienen de todo, qué diablos!

PODKOLÉSIN: Para serte franco, me gusta ver sentada a mi lado a una linda mujercita.

KOCHKARÉV: Bueno, ya lo ves, tú mismo has digerido el asunto. Ahora, sólo falta tomar las medidas necesarias. No te preocupes de nada. El almuerzo nupcial y todo lo demás… corre por mi cuenta. Habrá que encargar por lo menos una docena de botellas de champaña: menos imposible, hermano, También hará falta media docena de botellas de Madera. La novia, sin duda, tendrá su legión de tías y comadres… y esas, no quieren saber de bromas. En cuanto al vino del Rhin, que se lo lleve el diablo… ¿no te parece? En lo que respecta al almuerzo, tengo en vista a un cocinero que es una maravilla: da de comer en tal forma que uno después ni siquiera está en condiciones de levantarse.

PODKOLÉSIN: ¡Hombre! Tomas el asunto con tanto apasionamiento que se diría que realmente me voy a casar pronto.

KOCHKARÉV: ¿Y por qué no? ¿Por qué postergar la boda? Tú estás de acuerdo… ¿verdad?

PODKOLÉSIN: ¿Yo? Bueno, no… no estoy completamente de acuerdo.

KOCHKARÉV: ¡Ahora, salimos con esas! ¡Pero si acabas de decirme que quieres casarte!

PODKOLÉSIN: Sólo dije que no estaría mal.

KOCHKARÉV: ¡Hermano…! Pero si nosotros ya íbamos a… Veamos… ¿Acaso no te gusta la vida de casado?

PODKOLÉSIN: Sí, me gusta.

KOCHKARÉV: ¿Y entonces? ¿Qué obstáculos ves?
PODKOLÉSIN: Ninguno, el asunto me parece un poco raro…
KOCHKARÉV: ¿Qué tiene de raro?
PODKOLÉSIN: ¿Cómo no ha de serlo? Me ha pasado tanto tiempo sin casarme, y ahora, de repente, me caso…

KOCHKARÉV: Vamos, vamos… ¿No tienes vergüenza? No, ya lo veo: contigo, hay que hablar seriamente; te seré franco, como un padre con su hijo. Bueno, mírate con atención, como me miras a mí, por ejemplo. ¿Qué eres, ahora? Un alcornoque cualquiera, una cosa sin sentido. ¿Para qué vives? Va-mos, mírate en el espejo. ¿Qué ves? Una cara estúpida y nada más. Y aquí, imagínate, a tu lado habría chiquillos, y quizás no sólo dos o tres sino no menos de media docena, y todos igualitos a ti, como una gota de agua a otra. Ahora estás solo, eres un simple consejero de tercera o jefe de sección o lo que sea; y entonces, en cambio, a tu alrededor habrá varios consejeritos, y algunos de esos bribonzuelos te tirará de la barba y tú te limitarás a aullarle como un perrito: “¡Guau, guau, guau!” Bueno… Dímelo tú mismo… ¿Hay algo mejor que eso?

PODKOLÉSIN: Pero si todos esos chiquillos son muy traviesos… Lo estropearán todo, me dispersarán los papeles.

KOCHKARÉV: ¡Qué hagan travesuras…! Pero todos se te parecerán; eso es lo que importa.

PODKOLÉSIN: En realidad, el asunto hasta resulta gracioso, qué diablos: ¡pensar que un cachorro semejante, que no levanta dos palmos del suelo, pueda ya parecérsele a uno!

KOCHKARÉV: ¡Cómo no ha de ser gracioso! ¡Claro que lo es! Vamos, pues.
PODKOLÉSIN: Bueno, vamos.
KOCHKARÉV: ¡Eh, Stepán! Dale pronto la ropa a tu patrón, que se va a vestir.
PODKOLÉSIN: (Vistiéndose ante el espejo). Creo, con todo, que me convendría usar el chaleco blanco.

KOCHKARÉV: ¡Tonterías! Tanto da.

PODKOLÉSIN: (Poniéndose el cuello). ¡Maldita lavandera! Me ha almidonado tanto los cuellos que no hay forma de sujetarlos. Stepán, dile que si me sigue planchando así la ropa le encargaré el trabajo a otra. Seguramente, en vez de planchar se pasa el tiempo con sus amantes.

KOCHKARÉV: ¡Vamos, hermano, date prisa! ¡Qué lento eres!

PODKOLÉSIN: Ya va, ya va. (Se pone el frac y se sienta). Oye, lliá Pómich. ¿Sabes una cosa? Ve tú sólo. Kochkarév. ¡Ésa sí que es buena! ¿Te has vuelto loco? ¡Que vaya yo solo! Pero… ¿quién se casa? ¿Tú o yo?

PODKOLÉSIN: ¡De veras…! No sé por qué, no tengo muchas ganas. Dejémoslo para mañana.

KOCHKARÉV: Vamos… ¿Te queda un átomo de sentido común? ¿No se podría decir que eres un alcornoque? Ya estás preparado para salir… ¡y, de pronto, dices que no hace falta! Vamos, dime, por favor… ¿No mereces que te llame cerdo y bribón, a fin de cuentas?

PODKOLÉSIN: Bueno… ¿Por qué me insultas? ¿Para qué? ¿Qué te he hecho?

KOCHKARÉV: ¡Eres un estúpido, un estúpido a carta cabal, eso lo dirá cualquiera! ¡Un estúpido, aunque seas consejero de tercera! Vamos a ver… ¿Por quién me preocupo? Pienso en tu bien. ¡Maldito solterón! ¡Hete ahí tendido como un tronco! Vamos, dime. ¿Qué pareces, así? Eres un imbécil, una porquería… Hasta diría una palabra… pero sería demasiado indecente. ¡Mujer! ¡Eres peor que una mujer!

PODKOLÉSIN: Bueno eres tú también, después de todo. (En voz baja). ¿Has perdido el juicio? ¡A dos pasos de nosotros está mi criado y me insultas en su presencia y con qué palabrotas! ¿No encontraste un lugar mejor?

KOCHKARÉV: ¿Cómo no te he de insultar, dímelo? ¿Quién no haría lo mismo, en mi lugar? ¿Quién dejaría de insultarte? Como un hombre respetable, habías resuelto casarte, te portabas razonablemente y de pronto… porque sí, por mera estupidez, so alcornoque…

PODKOLÉSIN: ¡Bueno, basta ya, iré! ¿A qué tanto grito?

KOCHKARÉV: ¡Iré! Claro… ¿Qué otra cosa podrías hacer? (A Stepán). Dale el sombrero y el capote.

PODKOLÉSIN: (En el umbral). ¡Qué hombre tan raro! No hay forma de entenderse con él: lo insulta a uno por cualquier cosa. No sabe de buenos modales.

KOCHKARÉV: Se acabó. Ya no te insulto. (Ambos salen).


Escena XII

Habitación en casa de ÁGATA TIJÓNOVNA.
ÁGATA TIJÓNOVNA echa un solitario; su tía ARINA PANTELEIMÓNOVNA observa.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Otro camino, tía! Se interesa no sé qué rey de corazones… hay lágrimas… una carta de amor; por la izquierda, se muestra afectuoso el rey de pique, pero una malvada le estorba.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y quién podría ser, en tu opinión, el rey de pique?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No lo sé.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pues yo sí lo sé.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Quién es?
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Un buen compañero, Alejo Dmitrievich Starikóv.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Eso sí que no, con seguridad. ¡Apostaría a que no!
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: No discutas, Ágata Tijónovna. ¡Su cabello es tan rubio! No hay otro rey de pique.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Te digo que no: el rey de pique significa aquí a un noble… A un mercader, le costaría pasar por el rey de pique.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Ah, Ágata Tijónovna! ¡Por cierto que no dirías eso si viviera aún tu padre Tijón Panteleimónovich! El difunto solía asestar un puñetazo sobre la mesa y gritar: “¡Que se vaya al infierno el que se avergüence de ser mercader! ¡Y no casaré a mi hija con un coronel! ¡Que eso lo hagan otros! Y a mi hijo, no le haré servir en la administración pública. ¿Acaso un mercader no sirve al zar a su manera, tanto como cualquier otro? Y descargaba el puño sobre la mesa. ¡Y tenía una manota como un balde! A decir verdad, vapuleó bastante a tu madre. De lo contrario, la difunta habría vivido más tiempo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Y yo, podría tener un marido tan malvado como él! ¡No me casaré con un mercader por nada del mundo!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Si Alejo Dmitrievich no es así!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡No quiero, no quiero! Tiene barba. Apenas empieza a comer, todo se le escurre por la barba. ¡No, no quiero!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero… ¿dónde se podría conseguir un buen noble? En la calle no, por cierto.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Tecla Ivánovna lo encontrará: ha prometido encontrar algo de lo mejor.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero… ¡si es una embustera, tesoro mío!


Escena XIII

DICHAS y TECLA.
TECLA: ¡Oh, no! ¡Es pecado hablar de los ausentes sin motivo, Arina Panteleimónovna!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah, es Tecla Ivánovna! ¡Bueno, vamos, habla, cuenta! ¿Hay?

TECLA: Hay, hay, pero déjame tomar aliento… ¡He estado tan atareada! Para cumplir tu encargo he estado en todas partes, me he arrastrado por las oficinas públicas, por los ministerios, hasta por las comisarías… ¿Sabes que poco faltó para que me pegaran? ¡Te lo juro! La vieja que casó a las de Aférov se me acercó con aire amenazador y me dijo: “¡Condenada, me quitas el pan! ¡Estás trabajando fuera de tu distrito!” “¿Y qué?” –repliqué, sin ambages–. Tratándose de mi señorita, perdona, pero no ahorraré esfuerzos, quiero dejarla satisfecha”. ¡Y hay que ver los novios que te he preparado! El mundo seguirá rodando, pero nunca se han visto novios semejantes. Hoy, vendrán varios. Vine corriendo especialmente para avisarte.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Cómo hoy? ¡Tecla Ivánovna, alma mía, tengo miedo!

TECLA: ¡No temas, querida! Vendrán a ver y nada más. Y tú, los mirarás a ellos: si no te gustan, se irán.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Bueno, supongo que se los habrás traído buenos!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y cuántos son? ¿Muchos?

TECLA: Seis.
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Con un gritito). ¡Oh!
TECLA: ¿Por qué te alborotas tanto, tesoro? Así, podrás elegir mejor: si no te sirve uno, te servirá otro.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Son nobles?

TECLA: Las perlas mismas de la nobleza, a cual mejor: de esos nobles que no se han visto todavía.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Vamos, dime… ¿Cómo son? ¿Cómo son?

TECLA: Todos buena gente, unos hombres magníficos, como es debido. El primero, Baltasar Baltasárovich Gevákin, ha servido en la marina. Dice que le gustan las novias de buen físico, nada de anémicas. E Iván Pávlovich, el agente fiscal, es tan importante que hasta resulta difícil abordarlo. ¡Es tan corpulento, tan gordo! Y, de repente, me empieza a gritar: “A mí, no me vengas con que la novia es tal o cual, a mí dime sin rodeos cuáles son sus propiedades y sus bienes muebles”. ¡Tanto de esto y tanto de lo otro, señor mío! “¡Mientes, hija de perra!” Y agrega otra palabrota tan fuerte que hasta me avergüenza repetirla. Yo inmediatamente, comprendí: ¡debía ser un hombre muy importante!

ÁGATA TIJÓNOVNA: Bueno… ¿Y quién más?

TECLA: Nicanor Ivánovich Anúchkin. ¡Un hombre tan delicado! Y con sus labios como guindas, palabra. ¡Guapísimo! “Lo que yo necesito –me dijo– es que la novia sea bonita y educada y sepa hablar el francés”. Sí, un hombre muy fino, educado a la alemana, eso se ve a la legua, y pequeño, flacucho, de piernas delgadas.

ÁGATA TIJÓNOVNA: No, a mí esos flacuchos no me gustan… No sé. Pero… ¡No les veo nada de atrayente…!

TECLA: Si te gustan más macizos, ahí lo tienes a Iván Ivánovich. Imposible elegir mejor. Ese sí que no hay nada que decir, es todo un caballero. No entra por esa puerta.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y qué edad tiene?
TECLA: Es joven. Tendrá unos cincuenta años, y aún quizás no los tenga.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y cómo se llama?
TECLA: Iván Pávlovich Iaíchnitza.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Eso es un apellido?
TECLA: Un apellido.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah, Dios mío, qué apellido! Pero, Tecla de mi alma… Si me casara con él, me llamaría de la noche a la mañana Ágata Tijónovna Iaíchnitza! ¡Dios mío!

TECLA: Hija mía, en Rusia hay unos apellidos que, cuando uno los oye, sólo puede escupir y santiguarse. Bueno, si no te gusta ese, ahí lo tiene a Baltasar Baltasárovich Gevákin… un novio que es una joya.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Cómo tiene el cabello?
TECLA: Lindo, lindo.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y la nariz?
TECLA: Y… y la nariz, también es linda; todo lo tiene en su lugar; lo que se llama un novio de primera. Pero no lo tomes a mal: en su casa, sólo tiene una pipa: ni un mueble.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Quién más hay?
TECLA: Akinfo Stepánovich Panteléev, funcionario, consejero de tercera, un poco tartamudo, pero muy modesto.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Tú, dale que dale con lo de funcionario! Dinos si no es bebedor; eso es lo que queremos saber.

TECLA: ¡Oh, en cuanto a eso, bebe, no puedo negarlo! Para eso es consejero de tercera. En cambio, es una seda.

ÁGATA TIJÓNOVNA: No, no quiero que mi marido sea un borracho.

TECLA: ¡Como gustes, tesoro! Si no quieres al uno, toma a otro… Por lo demás… ¿qué importa si alguna vez un hombre bebe una copa de más? Después de todo, ese no se pasa toda la semana borracho: hay días en que no bebe.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Bueno. ¿Y quién más está?

TECLA: Hay otro, pero ese… ¡Dios le ayude! Los que te dije son mejores.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿quién es?
TECLA: Yo no quisiera ni aun hablarte de él. Es consejero de tercera y luce una orden en la solapa, pero es tan difícil de mover que no hay modo de sacarlo de su casa.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Bueno… ¿Y quién más? Sólo hay cinco y me hablaste de seis.

TECLA: Pero… ¿acaso no te basta con cinco? Te habías asustado de la media docena y ahora… ¡mira qué alborotada estás!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y qué quieres que hagamos con tus nobles? Aunque son seis, un solo mercader vale por todos ellos. Tecla. ¡Oh, no, Arina Panteleimónovna! Un noble es más respetable.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y de qué nos sirve que sea respetable? Ahí lo tienes a Alejo Dmítrievich, que cuando pasa en trineo y con su gorra de piel…

TECLA: Y si se encuentra con un noble de charreteras, el noble le dice: “¡Eh, mercader de tres al cuarto, apártate de mi camino!” O, si no: “¡A ver, mercader, muéstrame la mejor seda que tengas!” Y el mercader responde: “¡A sus órdenes, señor!” Y el noble le grita: “¡Vamos, quítate el sombrero, mal educado!” He ahí lo que le dice un noble.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero el mercader, si quiere, no le da paño al noble y el noble tiene que andar como Dios lo echó al mundo.

TECLA: Entonces, el noble le da una buena zurra al mercader.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Y el mercader se va a quejar a la policía.
TECLA: Y el noble se va a quejar a un senador.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Y el mercader, al gobernador.
TECLA: Y el noble…ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Mientes, mientes! ¡Un gobernador es más que un Senador! ¡Mira qué modo de alardear con su noble! Y el noble, cuando hace falta, agacha tanto el espinazo como… (Suena la campanilla de la puerta de calle). Parece que llaman.

TECLA: ¡Oh, son ellos!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Quién, ellos?
TECLA: Pues ellos… Alguno de los novios.
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Sobresaltada). ¡Ah!
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Dios mío, apiádate de nosotras las pecadoras! ¡Qué desorden hay aquí! (Agarra todo lo que está sobre la mesa y corre por el cuarto). Y la servilleta, la servilleta de la mesa está completamente negra. ¡Duniáshka! ¡Duniáshka! (Aparece Duniáshka). ¡Pronto, una servilleta limpia! (Retira de un tirón la servilleta y da vueltas por la habitación frenéticamente).

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ay, tía! ¿Cómo hago? Estoy casi en camisa.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Corre a vestirte, pronto! (Da vueltos frenéticamente por la habitación. Duniáshka trae una servilleta, vuelve a sonar la campanilla). ¡Corre, dile que ya va! (Duniáshka grita desde lejos: “¡Ya va!”).

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Tía! ¡Pero si mi vestido no está planchado!
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Ay, Dios misericordioso! ¡Sálvanos de este trance! Ponte otro.

TECLA: (Entra corriendo). ¿Y por qué no salen? ¡Pronto, Ágata Tijónovna, tesoro mío! (Se oye el timbre). ¡Oh! ¡Pero si todavía está esperando!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Duniáshka, hazlo entrar y pídele que espere. (Duniáshka corre y se la oye abrir la puerta. Se distinguen voces: “¿Está en casa?” “Sí, está, haga el favor de pasar”. Las mujeres, con curiosidad, tratan de atisbar por el ojo de la cerradura).

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Con sobresalto). ¡Oh, qué gordo!

TECLA: ¡Viene, viene! (Todas salen corriendo).

Escena XIV

IVÁN PAVLÓVICH IAÍCHNITZA y DUNIÁSHKA.
DUNIÁSHKA: Espere aquí. (Sale).

IAÍCHNITZA: Bueno, si de esperar se trata, esperaremos, siempre que no demoren mucho; a duras penas pude hacer una escapada del ministerio. Y si, de pronto, el jefe preguntara: “¿Dónde está el agente fiscal?” “Fue a ver a una novia”. ¡Me pondría como nuevo con la novia! Por lo demás, vamos a releer el detalle de los bienes… (Lee). “Una casa de piedra de dos pisos…” (Alza los ojos y pasea la mirada por la habitación), ¡Está! (Sigue leyendo).”Tiene dos pabellones: uno de cimientos de piedra, otro de madera…” Bueno, el de madera no vale gran cosa…” Un birlocho, un trineo con un tallado debajo de la alfombra”. Serán de esos que sólo sirven para venderlos como trastos viejos. Pero la vieja asegura que son de primer orden, Bueno, supongamos que lo sean. “Dos docenas de cucharas de plata…” Claro, en una casa hacen falta cucharas de plata. “Dos abrigos de piel de zorro…” ¡Hum! “Cuatro colchones grandes de plumas y dos pequeños”. (Aprieta los dientes, con aire significativo). “Una docena de vestidos de seda y otra de vestidos de sarga, dos camisas de noche, dos… Bueno, esto son bagatelas. “Ropa Interior, servilletas. Eso, que sea como ella quiera. Ahora quizás te prometan una casa y un birloche y un trineo… y cuando te cases, tal vez sólo encuentres colchola carrera la habitación para abrir la puerta. Se oyen voces: “¿Está en casa?” “Sí, está”).

Escena XV

IVÁN PAVLÓVICH y ANÚCHKIN.
DUNIÁSHKA: Espere aquí. Saldrán a recibirlo. (Sale. Anúchkin saluda a Iaíchnitza).

ANÚCHKIN: ¿Tengo el honor de saludar al padre de la encantadora dueña de casa?

IAÍCHNITZA: De ningún modo, no soy su padre ni mucho menos. Ni siquiera tengo hijos.

ANÚCHKIN: ¡Ah, perdón, perdón!

IAÍCHNITZA: (Aparte). La fisonomía de ese hombre me parece sospechosa. ¿No habrá venido con el mismo fin que yo? (En voz alta). ¿Supongo que usted viene a ver a la dueña de casa por algún asunto?

ANÚCHKIN: No, no me trae ningún asunto. Sólo entré de paso… estaba paseando.

IAÍCHNITZA: (Aparte). ¡Miente, miente! ¡Ese paseo es una patraña! ¡Lo que quiere el bribón, es casarse! (Suena la campanilla. Duniáshka se precipita a abrir, cruzando la escena. Se oyen voces: “¿Está en casa?” “Sí, está”).

Escena XVI

DICHOS y GEVÁKIN, acompañado por la sirvientita.
GEVÁKIN: (A Duniáshka). Por favor, querida, límpiame un poco la ropa… ¡En la calle, me he cubierto de polvo! Mira, quítame esa plumita… (Volviéndose). ¡Eso es! Gracias, tesoro. Espera, fíjate… ¡Parece que ahí se arrastra una arañita! ¿Y atrás en los faldones, no tengo nada? ¡Gracias, ángel mío! Parece que aquí hay algo más. (Se trota con la mano la manga del frac y mira furtivamente a Anúchkin y a Iaíchnitza). ¡El paño es inglés, después de todo! ¡Y hay que ver el resultado que da! Lo compré y me hice confeccionar un uniforme cuando era aún contramaestre en 1785, y nuestra flota estaba en Sicilia; en 1801, con Pável Petróvich, me hicieron teniente… y el paño seguía estando flamante; en 1804, di la vuelta al mundo y apenas se gastaron un poco las costuras; en 1815, pedí el retiro y simplemente me hice dar vuelta el uniforme; y hace 10 años que lo llevo y está como nuevo. Gracias, querida… ¡tesorito! (Le oprime la mano y acercándose al espejo, se revuelve un poco el cabello).

ANÚCHKIN: ¿Y qué tal es… permítame que le pregunte… esa Sicilia… a la cual acaba de referirse? ¿Un hermoso país?

GEVÁKIN: ¡Oh, espléndido! Pasamos allí treinta y cuatro días; el paisaje, les aseguro a ustedes, es encantador. ¡Unas montañas, algún granado, y por todas partes unas italianitas que dan ganas de comérselas a besos!

ANÚCHKIN: ¿Y son cultas?
GEVÁKIN: ¡Extraordinariamente! Tanto como nuestras condesas, por ejemplo. A veces, uno se pasea por la calle… bueno, un oficial ruso, naturalmente, luce sus charreteras. (Señala los hombros). Y tiene el uniforme recamado en oro, y cuando ve allí a esas beldades morenas… asomadas a los balcones… porque allí todas las casas tienen sus balcones y terrazas, chatas como ese piso… Naturalmente, para no hacer mal papel, uno… (Se inclina y hace un ademán) y ella le contesta con lo mismo. (Hace otro ademán). Naturalmente, las italianitas visten muy bien: algún volado, un cordoncito, unos aretes… ¡en fin, lo que se llama un bocado principesco!

ANÚCHKIN: Y, permítame que le pregunte… ¿Qué idioma hablan en Sicilia?
GEVÁKIN: ¡Oh! Naturalmente, el francés.
ANÚCHKIN: ¿Y todas las damas lo conocen?
GEVÁKIN: Todas, sin excepción. ¡Le parecerá increíble, pero vivimos allí treinta y cuatro días y en todo ese tiempo no oí una sola palabra de ruso!

ANÚCHKIN: ¿Ni una sola?

GEVÁKIN: Ni una sola. No hablo ya de los nobles y demás caballeros: pero tomemos a un simple campesino de Sicilia que se gana la vida cargando al hombro cualquier bagatela y digámosle: “Dame pan, hermano”, y no lo entenderá a uno, se lo juro; pero dígale usted en cambio en francés “Dateci del pane” o “portate vino” y el muy bribón lo comprenderá en seguida y correrá a buscarlo.

IVÁN PAVLÓVICH: Esa Sicilia debe ser un país muy curioso. ¿Cómo es el campesino a quien acaba de referirse…? ¿Idéntico al mujik ruso… ancho de espaldas? ¿Labra la tierra?

GEVÁKIN: No sabría decírselo: no miré si labraban la tierra o no; pero en cuanto a oler tabaco, le aseguro que no sólo lo huelen, sino que hasta lo mastican. El transporte es allí muy barato: casi no hay más que agua y por todas partes se ven góndolas. ¡Y las italianitas son unas divinidades! ¡Todas de punta en blanco, con su pañuelito en la manga! Con nosotros, había también oficiales ingleses, gente como la nuestra, marinos… y al principio nos sentíamos muy incómodos. Pero cuando nos conocimos bien, empezamos a entendernos a las mil maravillas. Bastaba con señalar así una botella o un vaso… e inmediatamente comprendían que queríamos beber; uno se acercaba el puño así a la boca y hacía con los labios “paf, paf”, y eso significa fumar en pipa. En general, debo confesarles que el idioma es bastante fácil… nuestros marineros empezaron a entenderse con los ingleses a los tres días.

IVÁN PAVLÓVICH: Por lo visto, la vida en el extranjero es muy interesante. Me encanta encontrarme con un hombre que conoce mundo. Permítame preguntarle… ¿Con quién tengo el honor de hablar?

GEVÁKIN: Gevákin, teniente de la marina retirado. Permítame preguntarle, por mi parte… ¿Con quién tengo el privilegio de platicar?

IVÁN PAVLÓVICH: Soy Iván Pavlóvich Iaíchnitza, agente fiscal.

GEVÁKIN: (Que no ha oído bien). Sí, yo también comí algo por el camino. Me faltaba un buen trecho y hacía frío: me comí un arenque con pan.

IVÁN PAVLÓVICH: No, creo que usted no me interpretó bien: mi apellido es Iaíchnitza.

GEVÁKIN: (inclinándose). ¡Ah, perdón! Soy un poco sordo. Creí haberle oído decir que había comido una tortilla de huevos fritos.

IVÁN PAVLÓVICH: ¡Qué le hemos de hacer! Le pedí a mi jefe que me permitiera cambiar mi apellido por el de Iaíchnizin, pero él se negó, diciendo: “Sonará a sobáchiisin (Hijo de puta (N. del T.))

GEVÁKIN: Esas cosas suceden. En nuestra tercera flota, todos los oficiales y marineros tenían unos apellidos rarísimos: Pomóikin, Sáizev Liubopítni (Agua sucia, curioso) Y hasta había un buen contramaestre que se llamaba, pura y simplemente, Dirka (Agujero)
(Se oye la campanilla de la puerta de calle: Tecla cruza corriendo la escena para abrir).

IAÍCHNITZA: ¡Hola, querida!

GEVÁKIN: ¡Eh! ¿Qué tal, tesoro?
ANÚCHKIN: ¡Hola, Tecla Ivánovna!
TECLA: (Sin detenerse). ¡Bien, bien, gracias, hijos míos! (Abre la puerta y se oyen voces: “¿Está en casa?” “Sí que está”. Luego, se oyen confusamente algunas palabras más, a las cuales Tecla responde, con fastidio: “¡Vaya la ocurrencia!”).

Escena XVII

DICHOS, KOCHKARÉV, PODKOLÉSIN y TECLA.
KOCHKARÉV: (A Podkolésin). No te olvides simplemente de tener valor, eso es lo principal. (Mira a su alrededor, se inclina saludando, con cierto asombro y dice para sí). ¡Caramba, vaya una multitud! ¿Qué significa esto? ¿No serán novios? (Le propina un codazo a Tecla y le dice, en voz baja). Has reunido cuervos de todas partes… ¿eh?

TECLA: (En voz baja). Aquí no hay cuervos: todos son hombres honrados.
KOCHKARÉV: (A Tecla). Y, seguramente, de bolsillos agujereados. (En voz alta). Pero… ¿qué estará haciendo ahora esa dama? Esta puerta debe dar a su alcoba. (Se acerca a la puerta).

TECLA: ¡Desvergonzado! Ya te han dicho que se está vistiendo.
KOCHKARÉV: ¡Bah! ¿Y qué? Sólo echaré un vistazo y nada más. (Mira por la cerradura).

GEVÁKIN: Permítame curiosear también a mí.

IAÍCHNITZA: Déjeme echar una miradita, una sola.
KOCHKARÉV: (Sigue mirando). Pero… ¡no se ve nada, señores! ¡Y cualquiera adivina qué es eso blanco que se ve, si una mujer o una almohada! (Todos han rodeado la puerta y se abren paso para mirar). ¡Chist! Alguien viene.

(Todos se apartan de la puerta, de un salto).


Escena XVIII

DICHOS, ARINA PANTELEIMÓNOVNA y ÁGATA TIJÓNOVNA.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: (A Iaíchnitza). ¿Cuál es el motivo de su visita?
IAÍCHNITZA: He sabido por los diarios que ustedes quieren presentarse a licitación para proveer madera y leña, y por eso, como agente fiscal que soy, he venido a averiguar qué madera ofrecen y en qué cantidad y tiempo pueden proporcionarla.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Aunque no nos proponemos presentarnos a ninguna licitación, nos alegramos de su visita. ¿Su apellido?

IAÍCHNITZA: Iván Pavlóvich Iaíchnitza, consejero de cuarta categoría.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Tenga la bondad de sentarse. (Volviéndose hacía Gevákin, y mirándolo). Permítame preguntarle…

GEVÁKIN: Yo también leí en los diarios un aviso sobre no sé qué. Y me dije: bueno, vamos. El tiempo estaba hermoso, el camino cubierto de césped…

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Su apellido?

GEVÁKIN: Soy el teniente de marina retirado Baltasar Baltasárovich Gevákin. Hubo antes de mí otro Gevákin, pero se retiró antes que yo: lo hirieron debajo de la rodilla y la bala pasó de una manera tan extraña, que no tocó la rodilla sino que rozó la vena… y se diría que la cosió con un aguja, de tal modo que cuando uno estaba parado junto a él parecía a cada momento que quería propinarle un rodillazo.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Sírvase sentarse. (A Anúchkin). ¿Podría saberse a qué debemos su visita?

ANÚCHKIN: Por razones de vecindad. Estando bastante cerca de aquí…

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿No vive usted por casualidad en casa de la esposa del mercader Tulúbov, que está enfrente?

ANÚCHKIN: No, por ahora vivo todavía en los Pesky, pero me propongo mudarme con el tiempo a esta parte de la ciudad…

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Le ruego que se siente. (A Kochkarév). Permítame preguntarle…

KOCHKARÉV: Pero… ¿acaso no me conoce? (Volviéndose hacia Ágata Tijónovna). ¿Y usted también, señorita?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No recuerdo haberlo visto nunca.

KOCHKARÉV: Haga memoria: usted debe haberme visto en alguna parte.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Francamente, no sé. ¿No será en casa de los Biriúchkin?
KOCHKARÉV: Precisamente, fue en casa de los Biriúchkin.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah! Usted no sabe la desgracia que le pasó a la pobre.
KOCHKARÉV: Sí, ya sé, se casó.
ÁGATA TIJÓNOVNA: No, eso no sería nada: se fracturó la pierna.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Y qué fractura! Volvía muy tarde a su casa en coche, el cochero estaba borracho y volcó.

KOCHKARÉV: Sí, sí, recuerdo que le sucedió algo: no sé si se casó o se fracturó la pierna.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y su apellido?

KOCHKARÉV: llyá Fómich Kochkarév soy pariente de ustedes, mi mujer habla de eso sin cesar… Permítanme, permítanme, (Toma de la mano a Podkolésin y lo acerca): mi amigo Iván Kúsmich Podkolésin, consejero de tercera, jefe de su sección, lo hace todo solo, ha perfeccionado a fondo sus tareas.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y su apellido es…?

KOCHKARÉV: Podkolésin, ¡van Kúsmich Podkolésin. El director de la repartición ocupa su puesto por mera fórmula, pero todo lo hace él, Iván Kúsmich Podkolésin.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Ajá! Tenga la bondad de sentarse.

Escena XIX

DICHOS y STARIKÓV.
STARIKÓV: (Inclinándose ágil y rápidamente, a la manera de los mercaderes y con los brazos en jarras), ¡Salud, Arina Panteleimónovna! ¡La gente del patio de Los Huéspedes me dijo que usted tenía en venta lana!

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Volviéndole la espalda a medias con desdén, en voz baja pero de tal modo que Starikóv la oiga). Esto no es una tienda.

STARIKÓV: ¡Vaya, vaya! ¿Habré llegado en mal momento? ¿O se la han vendido a otro?

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Siéntese, Alejo Dmítrievich; aunque no vendemos lana, le agradecemos la visita. Tenga la bondad de sentarse.Todos se sientan. Reina el silencio.

IAÍCHNITZA: ¡Qué tiempo curioso! Por la mañana, parecía que iba a llover y ahora el cielo está lindo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí, este tiempo es incomprensible: de pronto aclara, de pronto llueve. Resulta muy desagradable.

GEVÁKIN: Cuando estábamos con la flota en Sicilia, en primavera, el tiempo era así: uno salía de casa con un sol radiante y luego empezaba a lloviznar.

IAÍCHNITZA: Lo más desagradable es estar solo con semejante tiempo. Cuando un hombre es casado, el asunto cambia por completo: pero si está solo, es simplemente…

GEVÁKIN: ¡Oh, la muerte, la propia muerte!
ANÚCHKIN: Sí, puede decirse que…
KOCHKARÉV: ¡Es una tortura! ¡Uno se harta de la vida! No quiera Dios que uno deba pasar por ese trance.

IAÍCHNITZA: ¿Y si usted tuviera que elegir novio, señorita? Permítanos conocer su gusto y perdone que le hable con tanta franqueza. ¿Qué carrera le parece más adecuada para un marido?

GEVÁKIN: ¿Le gustaría, señora, ser la esposa de un hombre familiarizado con las tempestades del mar?

KOCHKARÉV: ¡No, no! El mejor de los maridos, en mi opinión, es el hombre capaz de manejar él solo toda una repartición.

ANÚCHKIN: ¿A qué viene ese prejuicio? ¿Por qué desdeñarían ustedes a un hombre que, aunque haya servido en la infantería, sabe apreciar los modales de la alta sociedad?

IAÍCHNITZA: ¡Señora, decídalo usted misma!Ágata Tijónovna guarda silencio.

TECLA: Contéstales, hija mía, diles algo.

IAÍCHNITZA: ¿Y, señora?
KOCHKARÉV: ¿Qué opina, Ágata Tijónovna?
TECLA: (A Ágata, en voz baja). Diles, diles… “Les agradezco sus palabras…”; diles algo. No está bien quedarse callada así.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (En voz baja). Tengo vergüenza, palabra: me iré, te juro que me iré. Tía, quédate tú.

TECLA: ¡Oh, no hagas ese papel ridículo, no te vayas! Se reirán de ti. ¡Pensarán quién sabe qué!

ÁGATA TIJÓNOVNA: (En voz baja). ¡No, de veras que me iré me iré, me iré! (Se va corriendo. Tecla y Arina Panteleimónovna se van en pos de ella).

Escena XX

DICHOS, menos las mujeres.
IAÍCHNITZA: ¡Vaya! ¡Todas se han ido! ¿Qué significa esto?
KOCHKARÉV: ¡Debe haber sucedido algo!
GEVÁKIN: Será algún detalle del tocado femenino… Les faltará un alfiler… o un voladito… (Entra Tecla. Todos le van al encuentro, preguntando): ¿Qué, qué pasa?

KOCHKARÉV: ¿Ha sucedido algo?
TECLA: ¿Qué ha de suceder? No ha sucedido nada.
KOCHKARÉV: ¿Y por qué se fue?
TECLA: la avergonzaron, por eso se fue; la avergonzaron tanto que no pudo quedarse. Les ruega que la perdonen: los invita para la velada, a tomar una taza de té. (Sale).

IAÍCHNITZA: (Aparte). ¡Al diablo con esa taza de té! Por eso no me gusta valerme de las casamenteras: hoy no es posible, venga mañana, vuelva pasado mañana a tomar el té, y hay que pensarlo todavía. ¡Después de todo, se trata de una bagatela, no hay por qué devanarse los sesos, qué diablos! ¡Yo ocupo un cargo en la administración pública, no tengo tiempo que perder!

KOCHKARÉV: (A Podkolésin). La dueña de casa no está mal… ¿verdad?
PODKOLÉSIN: Sí, no está mal.
GEVÁKIN: La dueña de casa es linda… ¿no les parece?
KOCHKARÉV: (Aparte). ¡Al diablo! ¡Ese imbécil se ha enamorado! ¡Puede causarnos dificultades! (En voz alta). No tiene nada de linda, nada de linda.

IAÍCHNITZA: Una nariz grande.

GEVÁKIN: Bueno, confieso que no me fijé en la nariz. La muchacha es una flor.
ANÚCHKIN: Opino lo mismo. Pero no, no es eso… Hasta pienso que quizás desconozca los modales de la buena sociedad. ¿Y sabrá francés?GEVÁKIN: ¿Por qué no trató de hablar en francés con ella? Quizás lo sepa.

ANÚCHKIN: ¿Y cree usted que yo lo hablo? No, no tuve la suerte de que me dieran esa educación. Mi padre era un bribón, una bestia. Ni siquiera se le ocurrió enseñármelo. Entonces yo era todavía una criatura y habría resultado fácil enseñarme, hubiera bastado con unos cuantos azotes: y yo sabría ahora el francés, lo sabría sin la menor duda.

GEVÁKIN: Bueno. Ahora, quién sabe de qué le serviría si ella…
ANÚCHKIN: ¡Oh, no, no! La mujer ya es otra cosa: es indispensable que sepa el francés, y sin eso ninguno de sus atractivos (indica con gestos) será como es debido.

IAÍCHNITZA: (Aparte). Bueno, que de eso se ocupe otro. Yo, por mi parte, iré a inspeccionar los dos pabellones de la casa: si las cosas son como me han dicho, esta misma noche llegaré a algo concreto. Esos novios no me parecen peligrosos… son gente muy insignificante. A las novias no les gustan los individuos anémicos.

GEVÁKIN: Me iré a fumar una pipa. ¿No van ustedes por el mismo camino? ¿Dónde vive usted, permítame preguntarle?

ANÚCHKIN: En los Pesky, en la bocacalle de Petrovsk.

GEVÁKIN: Eso se aparta de mi itinerario: vivo en la isla, en la línea 18; de todos modos, lo acompañaré.

STARIKÓV: (Aparte). Aquí, pasa algo raro. (En voz alta). ¡Espero que Ágata Tijónovna se acordará también de nosotros! (Se inclina y se va).

Escena XXI

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV.
PODKOLÉSIN: ¿Y qué esperamos nosotros?
KOCHKARÉV: ¿Verdad que es encantadora la dueña de casa?
PODKOLÉSIN: ¡Bah! Confieso que no me gusta.
KOCHKARÉV: ¡Esa sí que es buena! Pero… ¡cómo! Si tú mismo reconociste que es linda!

PODKOLÉSIN: Es que no me convence: tiene la nariz grande y no sabe el francés.

KOCHKARÉV: ¿Y eso? ¿Para qué necesitas el francés?

PODKOLÉSIN: Bueno, de todos modos una novia debe saber el francés.

KOCHKARÉV: ¿Por que?
PODKOLÉSIN: Porque, porque… Bueno, no sé por qué, pero si no sabe el francés ya no será lo mismo.

KOCHKARÉV: Vamos, vamos; bastó que lo dijera un imbécil para que él abriera los oídos de par en par. Esa muchacha es una beldad, una belleza poco común, una mujercita de esas que no se encuentran así como así.

PODKOLÉSIN: A mí también me pareció hermosa al principio, pero después, cuando empezaron a decir que tenía una nariz larga… la miré bien, y vi que, efectivamente, tenía una nariz larga.

KOCHKARÉV: ¡Vaya un alcornoque! Ellos lo dicen a propósito para alejarte de aquí: y yo también hablé mal de la muchacha… así se acostumbra. ¡Qué mujercita, hermano! Mírale los ojos. ¡Son endiablados! Hablan, respiran. ¿Y la nariz? ¡Es tina delicia! ¡Blanca como el alabastro! Hasta el alabastro hace mal papel a su lado. Mírala bien tú mismo.

PODKOLÉSIN: (Sonriendo). Sí, ahora me vuelve a parecer bonita.
KOCHKARÉV: Claro que es bonita. Escúchame. Ahora que se han ido todos, vamos a verla, expliquémonos y asunto terminado.

PODKOLÉSIN: No, yo no haré eso.

KOCHKARÉV: ¿Por qué?
PODKOLÉSIN: ¡Sería una insolencia! Somos muchos: que elija ella misma.
KOCHKARÉV: ¿Qué te importa toda esa gente? ¿Quieres que yo la liquide en un abrir y cerrar de ojos?

PODKOLÉSIN: ¿Cómo?

KOCHKARÉV: Bueno, eso ya es cosa mía. Dame solamente tu palabra de que luego no te echarás atrás.

PODKOLÉSIN: ¿Por qué no te la he de dar? No me echaré atrás: quiero casarme.

KOCHKARÉV: ¡Tu mano!
PODKOLÉSIN: (Dándosela). ¡Aquí está!
KOCHKARÉV: Bueno, con eso me basta. (Ambos salen).


Acto II

Ágata Tijónovna sola, luego Kochkarév.

Escena I

Habitación en casa de ÁGATA TIJÓNOVNA.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Qué difícil es elegir! Si se tratara de uno o dos hombres, vaya y pase, pero son cuarto… y hay que decidirse por uno. Nicanor Ivánovich no está mal, aunque, naturalmente, es algo flaco; Iván Kúshmich tampoco está mal. Y a decir verdad, también Iván Pavlóvich, aunque gordo, es un hombre de muy buena presencia. ¿Qué hacer? Y Baltasar Baltasárovich no deja de ser persona de méritos. ¡Cómo cuesta decidirse! Si le pudiéramos agregar a la nariz de Iván Kúsmich los labios de Nicanor Ivánovich, y añadirles la desenvoltura de Baltasar Baltasárovich, y quizá la prestancia de Iván Pavlóvich… me decidiría inmediatamente. ¡Y ahora, como para pensarlo! Hasta me duele la cabeza. Creo que lo mejor sería echar a suertes, confiar en la voluntad de Dios: el que saque, será mi marido. Escribiré todos los nombres en unos papelitos, y tomaré uno al azar y que sea lo que Dios quiera. (Se acerca a la mesita, saca unas tijeras y papel, recorta unos papelitos y los dobla, mientras sigue hablando). ¡Desdichada situación la de una muchacha soltera, y más aún si está enamorada! ¡Ningún hombre podría concebir esa situación y ni aun comprenderla! Bueno… ¡Ya están listos todos los papelitos! Basta con ponerlos en el bolso, cerrar los ojos y que sea lo que deba ser. (Pone los papeles en su bolso y los revuelve). ¡Qué miedo…! ¡Ah, ojalá salga Nicanor Ivánovich! ¡No! ¿Por qué ha de ser él? Más vale Iván Kúsmich. ¿Y por qué ha de ser Iván Kúsmich? ¿Qué tienen de malo los demás? No, no, no quiero… Que sea el que salga. (Hurga en e/ bolso y en lugar de sacar uno, saca todos). ¡Ay, todos! ¡Han salido todos! ¡Y cómo me late el corazón! ¡No, uno, uno! ¡Uno solo, sin falta! (Pone los papelitos en el bolso y los revuelve. En ese momento, entra silenciosamente Kochkarév y se detiene detrás de ella). ¡Ah, si saliera Baltasar!… ¿Qué digo? Quise decir Nicanor Ivánovich… ¡No, no quiero, no quiero! El que diga la suerte.

KOCHKARÉV: Tome a Iván Kúsmich, es el mejor de todos.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah! (Se cubre el rostro con las manos, temiendo mirar hacia atrás).

KOCHKARÉV: Pero… ¿de qué se asusta? No se asuste, soy yo. De veras, tome a Iván Kúsmich.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, tengo vergüenza!… Usted me estuvo escuchando.

KOCHKARÉV: ¡No es nada, no es nada! Yo soy de la casa, soy un pariente suyo, no tiene por que avergonzarse ante mí: descúbrame su carita.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Descubriendo el rostro a medias). Le aseguro que siento vergüenza.

KOCHKARÉV: Vamos, acepte a Iván Kúsmich.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah! (Vuelve a cubrirse la cara con las manos).
KOCHKARÉV: Realmente, es un hombre extraordinario, que ha perfeccionado su trabajo… un hombre asombroso.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Descubriendo poco a poco el rostro), ¡Cómo! ¿Y el otro? ¿Y Nicanor Ivánovich? También él es un hombre de valía.

KOCHKARÉV: ¡Por favor! ¡Comparado con Iván Kúsmich, es una basura!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Por qué?
KOCHKARÉV: ¿Por qué? Está bien claro. Iván Kúsmich es un hombre que… bueno, simplemente un hombre… un hombre de esos que no se encuentran.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿E Iván Pavlóvich?

KOCHKARÉV: También Iván Pavlóvich es una basura… Todos ellos lo son.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿De veras que todos?
KOCHKARÉV: Pero reflexione usted misma, compare, simplemente. Por un lado, tiene a Iván Kúsmich, nada menos: y por el otro, cualquier cosa, un Iván Pavlóvich, un Nicanor Ivánovich… ¡morralla pura!

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero son muy… modestos.
KOCHKARÉV: ¡Qué modestos ni que ocho cuartos! Son unos camorristas, gente alborotadora. ¿Quiere usted que la zurren al día siguiente de la boda?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, Dios mío! Esa sí que es la peor desgracia que le podría suceder a una…

KOCHKARÉV: ¡Ya lo creo! ¡Imposible concebir algo peor!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y, en su opinión, lo mejor sería aceptar a Iván Kúsmich?

KOCHKARÉV: A Iván Kúsmich: naturalmente. A Iván Kúsmich. (Aparte). Parece que el asunto marcha. Podkolésin me espera en la confitería, tengo que ir a buscarlo cuanto antes.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿De modo que usted cree que… Iván Kúsmich?
KOCHKARÉV: Iván Kúsmich, sin falta, Iván Kúsmich.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y debo rechazar a los demás?
KOCHKARÉV: ¡Naturalmente!
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿cómo podría hacerlo? Siento un poco de vergüenza.

KOCHKARÉV: ¿Por qué ha de sentirla? Diga que es joven y que todavía no quiere casarse.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero no me creerán y empezaran a preguntar por qué y cómo.

KOCHKARÉV: Bueno. Si quiere terminar con todos a un tiempo, diga, simplemente: “¡Váyanse, estúpidos!”

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿cómo se puede decir eso?

KOCHKARÉV: Pruebe: yo le aseguro que cuando oigan esas palabras todos saldrán corriendo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero eso resultará un poco insultante.

KOCHKARÉV: ¿Y qué…? Luego, usted no volverá a verlos. ¿No le da lo mismo?

ÁGATA TIJÓNOVNA: De todos modos, no me parece bien… Se pueden enojar.

KOCHKARÉV: Y si se enojan, ¿qué? Lo peor que podría suceder entonces sería que alguno de ellos le escupiera en la cara… nada más.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Pues ya lo ve!

KOCHKARÉV: ¿Y qué tiene de particular? ¡A otros les han escupido tantas veces en la cara! Hasta conozco un hombre muy gallardo y de mejillas rubicundas, que fastidió tanto a su jefe pidiéndole un aumento de sueldo que este finalmente no pudo aguantar más y le escupió en la cara. ¡Palabra! “¡Ahí tienes tu aumento, y déjame en paz, qué diablos!” Pero, con todo eso, le aumentó el sueldo. Por eso digo… Y si le escupen en la cara… ¿qué? Si no tuviera a su alcance el pañuelo, sería otra cosa, pero lo tiene en el bolsillo… le bastará con sacarlo y secarse. (Suena la campanilla de la puerta de calle). Llaman; es alguno de ellos, sin duda: ahora, no me gustaría encontrarme con ninguno. ¿No hay otra salida?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Claro que sí! La puerta de servicio. Pero estoy temblando de pies a cabeza.

KOCHKARÉV: No es nada, no es nada, basta con conservar la presencia de ánimo. ¡Adiós! (Aparte). Traeré a Podkolésin lo antes posible.

Escena II

ÁGATA TIJÓNOVNA y IAÍCHNITZA.
IAÍCHNITZA: He venido deliberadamente un poco antes de la hora, señora mía, para hablar con usted a solas. Bueno señora, en cuanto a mi grado, creo que ya lo conoce: soy consejero de cuarta, cuento con el afecto de mi jefe, mis subalternos me obedecen… Sólo me falta una cosa: la compañera de mi vida.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí…
IAÍCHNITZA: Acabo de encontrarla. Esa compañera… es usted. Dígame sin ambages: ¿sí o no? (Le mira el hombro y dice aparte). ¡Oh, no es una de esas alemanitas flacuchas!… Algo tiene.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Soy muy joven, aún… Todavía no estoy dispuesta a casarme.

IAÍCHNITZA: ¡Vaya! Entonces… ¿por qué se afana la casamentera? Pero quizás usted haya querido decir otra cosa… explíquese… (Se oye la campanilla) ¡Demonios! No le dejan a uno hablar de negocios.

Escena III

DICHOS y GEVÁKIN.
GEVÁKIN: Perdóneme, señora. Quizá yo haya venido demasiado temprano. (Se vuelve y ve a Iaíchnitza). ¡Ah! Ya hay… ¡Mis respetos, Iván Pavlóvich!

IAÍCHNITZA: (Aparte), ¡Ojalá revientes con tus respetos! (En voz alta). ¿Entonces, señora…? Dígame una sola palabra: ¿sí o no?… (Se oye la campanilla: Iaíchnitza escupe, furioso). ¡Otra vez la campanilla!

Escena IV

DICHOS y ANÚCHKIN.
ANÚCHKIN: Quizás yo haya llegado un poco antes de lo que conviene según las reglas del decoro, señora… (Al ver a los demás, deja escapar una exclamación y se inclina). ¡Mis saludos!

IAÍCHNITZA: (Aparte). ¡Puedes guardártelos! ¡Te trajo el diablo! ¡Ojalá se te rompan esas raquíticas piernas! (En voz alta). Bueno, señora, decida… Soy un funcionario y dispongo de poco tiempo… ¿Sí o no?

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Turbada). No hace falta… no hace falta… (Aparte). No sé lo que digo.

IAÍCHNITZA: ¿Cómo, que no hace falta? ¿En qué sentido no hace falta?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No es nada, no es nada… Yo no… (Cobrando ánimos). ¡Fuera de aquí! (Aparte, con un gesto, consternada). ¡Oh, Dios mío! ¿Qué he dicho?

IAÍCHNITZA: ¡Cómo, “fuera de aquí”! ¿Qué significa “fuera de aquí”? Permítame preguntarle qué ha querido decir con eso… (Con los brazos en jarras, se le acerca con aire amenazador).

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Después de mirarle a la cara, profiere un grito), ¡Oh, me va a pegar, me va a pegar! (Sale corriendo, Iaíchnitza la sigue con los ojos, boquiabierto. Al oír el grito entra corriendo Arina Panteleimónovna y después de mirarle la cara, grita también: “¡Ay, nos va a pegar!” y sale corriendo asimismo),

IAÍCHNITZA: ¿Qué gente es esta? ¡Vaya un caso! (Suena la campanilla y se oyen voces).

Voz de KOCHKARÉV: Pero entra, entra… ¿Por qué te has detenido ahí?

Voz de PODKOLÉSIN: Entra tú primero. Yo sólo demoraré un momento; se me ha desatado un cordón.

Voz de KOCHKARÉV: Pero volverás a escapar.

Voz de PODKOLÉSIN: ¡No, no me escaparé! ¡Te juro que no me escaparé!

Escena V

DICHOS y KOCHKARÉV.
KOCHKARÉV: ¡Vaya con la necesidad que tenía de atarse el cordón! Iaíchnitza (Volviéndose hacia él): Dígame, por favor. ¿La novia es tonta o qué?

KOCHKARÉV: ¿Por qué? ¿Ha sucedido algo?
IAÍCHNITZA: Se porta de una manera incomprensible. Grita: “¡Me va a pegar, me va a pegar!” y sale corriendo. ¡Qué el diablo la entienda!

KOCHKARÉV: Bueno, sí, eso es corriente en ella: es tonta.

IAÍCHNITZA: Dígame… Usted es su pariente… ¿verdad?
KOCHKARÉV: Claro que lo soy.
IAÍCHNITZA: ¿En qué grado de parentesco? ¿Puede saberse?
KOCHKARÉV: Para serle franco, no lo sé; la tía de mi madre, no sé cómo, tiene algo que ver con el padre de ella, o el padre de ella tiene algo que ver con mi tía: eso lo sabe mi mujer… es cosa de ellas.

IAÍCHNITZA: ¿Y es tonta desde hace tiempo?
KOCHKARÉV: De nacimiento.
IAÍCHNITZA: Claro, sería preferible que fuera más inteligente; pero, por lo demás, tampoco molesta el que sea tonta; lo importante, es que están en debida forma sus ingresos.

KOCHKARÉV: Pero… ¡si no tiene nada!
IAÍCHNITZA: ¡Cómo! ¿Y la casa de piedra?
KOCHKARÉV: ¡Pero si sólo dicen que es de piedra! ¡Si usted supiera cómo la construyeron…! Cada pared se basa en un solo ladrillo, y ese ladrillo está rodeado de toda clase de basura, ripio, grava, virutas, pedazos de madera.

IAÍCHNITZA: ¡No me diga!
KOCHKARÉV: Naturalmente. ¿Acaso no sabe cómo se hacen ahora las casas? Les basta con poder hipotecarlas.

IAÍCHNITZA: Pero la casa no está hipotecada… ¿verdad?

KOCHKARÉV: ¿Quién le ha dicho eso? Esa es la cuestión: que no sólo está hipotecada, sino que hace dos años que no se pagan los intereses. Y, para peor, en el Senado hay un individuo que le ha echado el ojo a la casa… y es el canalla más grande que se haya visto, sería capaz de quitarle la última de las polleras a su madre.

IAÍCHNITZA: ¿Y cómo se explica que la casamentera me haya dicho…? ¡Qué infame! ¡Qué monstruo… (Aparte) Pero es posible que este hombre mienta. ¡Habrá que interrogar severamente a la vieja! Y si eso resulta cierto… bueno… le haré pasar un mal rato.

ANÚCHKIN: Permítame que lo moleste con una pregunta. Confieso que, cuando uno no sabe el francés, le resulta difícil juzgar si una mujer lo sabe o no. ¿Lo sabe la dueña de casa…?

KOCHKARÉV: Ni mu.
ANÚCHKIN: No me diga..
KOCHKARÉV: ¡Claro! La conozco perfectamente. Estudió con mi mujer en el internado y era una holgazana bien conocida; siempre la castigaban por no hacer los deberes. Y el profesor de francés, pura y simplemente, le pegaba con la palmeta.

ANÚCHKIN: ¡Imagínese! Cuando la vi por primera vez tuve no sé por qué el presentimiento de que no sabía el francés

IAÍCHNITZA: ¡Al diablo con el francés! Pero… ¿cómo se explica que esa maldita casamentera…? ¡Ah, ese monstruo, esa bruja! ¡Si ustedes supieran las palabras con que me pintó el asunto!… ¡Parecía un paisajista, un verdadero paisajista!
“La casa –me dijo– tiene dos pabellones, con cimientos de piedra. Hay cucharas de plata, trineos… ¡Le bastará con sentarse en ellos y a pasear!” En una palabra, me contó cosas de novela. ¡Ah, bribona! Si cae en mis manos..

Escena VI

DICHOS y TECLA.
(Todos, al verla, se dirigen hacia ella, con las palabras siguientes):
IAÍCHNITZA: ¡Ah, ahí está! ¡A ver, acércate, vieja pecadora! ¡Acércate!
ANÚCHKIN: ¿De modo que me engañó, Tecla Ivánovna?
KOCHKARÉV: ¡Te ha llegado la hora!
TECLA: No entiendo una sola palabra: ¡me han ensordecido!
IAÍCHNITZA: La casa está construida sobre un solo ladrillo, vieja canalla, y me has mentido; y en cuanto a los pabellones, sabe Dios de qué son.

TECLA: No lo sé, yo no la he construido. Quizás necesitaran hacerlo con un solo ladrillo y por eso lo hicieron así.

IAÍCHNITZA: ¡Y, para peor, está hipotecada! ¡Que te lleven todos los diablos, maldita bruja! (Golpea el suelo con el pie).

TECLA: ¡Míralo! Y, todavía, me insulta. Otro, me agradecería haberme molestado por él.

Escena VIII

KOCHKARÉV, GEVÁKIN.
KOCHKARÉV: (Sigue riendo). ¡Ay, pobre, de mí! ¡Pobre de mí! ¡No aguanto más! ¡Me parece que voy a reventar de risa!

GEVÁKIN: (Al mirarlo, empieza también a reír).

KOCHKARÉV: (Se desploma sobre una silla, exhausto). ¡Oh, palabra, estoy agotado! Presiento que, si me sigo riendo, me quedaré sin fuerzas.

GEVÁKIN: Me gusta su carácter alegre. En la flota del capitán Boldirév, teníamos a un contramaestre llamado Petujóv, Antón Ivánovich Petujóv; también era muy alegre. A veces, bastaba con mostrarle un dedo… y se echaba a reír, palabra, y se seguía riendo hasta la noche. Y al mirarlo, uno solía contagiarse… y se echaba a reír, también.

KOCHKARÉV: (Tomando aliento). ¡Oh, Dios mío, perdónanos a los pecadores! ¡Las cosas que se le ocurren a esa tonta! ¡Qué ha de casar a nadie! ¿Ella? ¡Ni por pienso! ¡Yo sí que, cuando caso, caso!

GEVÁKIN: ¿De veras? ¿De velas que usted puede casarlo a uno?
KOCHKARÉV: ¡Ya lo creo! A cualquiera con cualquiera.
GEVÁKIN: ¡Entonces, cáseme con la dueña de casa!
KOCHKARÉV: ¿A usted? Pero… ¿para qué quiere casarse?
GEVÁKIN: ¿Cómo para qué? ¡Permítame decirle que la pregunta me resulta un poco extraña. Ya se sabe para qué.

KOCHKARÉV: Pero… ¡si ya ha oído decir que no tiene ni pizca de dote!

GEVÁKIN: Si no la tiene, paciencia. Claro que es una lástima, pero, tratándose de una muchacha tan encantadora y bien educada, uno puede conformarse sin dote. Bastaría con una habitación. (Indica con las manos). Aquí, por ejemplo, vendría una salita, allá un pequeño biombo o un tabique…

KOCHKARÉV: Pero… ¿qué le ha gustado tanto en ella?
GEVÁKIN: Para serle franco, me ha gustado por lo regordeta. Soy muy aficionado a la redondez femenina.

KOCHKARÉV: (Mirándolo de soslayo, aparte). ¡Pero él no puede alardear mucho de su redondez! ¡Es flaco como una bolsita de tabaco a la cual le han sacado el tabaco! (En voz alta). No, a usted no le conviene casarse, de ningún modo.

GEVÁKIN: ¡Cómo! ¿Por qué?

KOCHKARÉV: Porque no. Pero. ¿no advierte su figura? Tiene una pierna que parece una pata de gallo.

GEVÁKIN: ¿De gallo?

KOCHKARÉV: Claro. ¡Le falta prestancia!
GEVÁKIN: Pero… ¿qué quiere decir con eso de pata de gallo?
KOCHKARÉV: Quiero decir… una pata de gallo… ¡y basta!
GEVÁKIN: Me parece que usted está entrando en un terreno personal…
KOCHKARÉV: Pero si se lo digo es porque lo sé un hombre razonable; a otro, no se lo diría. Yo lo casaré, conforme, pero con otra.

GEVÁKIN: No, yo le agradecería que no me casara con otra. ¡Sea bueno, cáseme con esta!

KOCHKARÉV: Bueno, lo casaré, pero con una condición: que no se meta en nada y no se deje ver siquiera por la novia… Yo lo concertaré todo sin usted.

GEVÁKIN: Pero ¿cómo quiere concertarlo todo sin mí? Tendré que dejarme ver, por lo menos.

KOCHKARÉV: No hay ninguna necesidad. Váyase a su casa y espere, Esta misma noche todo estará arreglado.

GEVÁKIN: (Frotándose las manos). ¡Eso sí que sería bueno! Pero… ¿no haría falta mi certificado de identidad o mi foja de servicios? Quizás la novia quiera curiosear. Haré una escapadita para traérselos.

KOCHKARÉV: No hace falta nada, váyase a su casa, simplemente; hoy mismo le avisaré. (Lo acompaña afuera). ¡Sí, hoy mismo, se lo aseguro! (Aparte).¿Qué significa esto? ¿Cómo se entiende que Podkolésin no venga? ¡Me resulta extraño! ¿Se estará atando todavía el cordón? ¿No convendrá correr a buscarlo?

Escena IX

KOCHKARÉV, ÁGATA TIJÓNOVNA.
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Mirando a su alrededor). ¡Cómo! ¿Se han ido? ¿No hay nadie?

KOCHKARÉV: Se han ido, se han ido, no hay nadie

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, si supiera cómo he estado temblando! Nunca me ha pasado nada parecido. ¡Qué hombre terrible es ese Iaíchnitza! ¡Qué tirano sería sin duda con su mujer! ¡Temo verlo volver de un momento a otro!

KOCHKARÉV: ¡Oh…! No volverá por nada del mundo. Me juego la cabeza a que ninguno de los dos volverá.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y el tercero?

KOCHKARÉV: ¿Qué tercero?
GEVÁKIN: (Asomando la cabeza por la puerta). Me muero por saber cómo se referirá ella a mí con su boquita… ¡Qué flor de mujer!Ágata Tijónovna, ¿Y Baltasar Baltasárovich?

GEVÁKIN: ¡Ah, ahí está, ahí está! (Se frota las manos).

KOCHKARÉV: ¡Bah! Ya sé a quien se refiere. ¡Pero si ese hombre es imposible! ¡Un imbécil nato!

GEVÁKIN: ¿Qué significa esto? Francamente, no lo entiendo de ninguna manera.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sin embargo, parece ser un hombre excelente.

KOCHKARÉV: ¡Es un borracho!
GEVÁKIN: ¡Juro que no lo entiendo!
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿De veras que es un borracho?
KOCHKARÉV: Pero, naturalmente… ¡Un bribón bien conocido!
GEVÁKIN: (En voz alta). No, permítame. ¡Yo no le pedí que dijera eso, de ningún modo! Una cosa era decir algo en beneficio mío; pero para hacerlo con esas palabras, sírvase ocuparse de otro, yo no quiero saber nada.

KOCHKARÉV: (Aparte). ¿Por qué se le habrá ocurrido volver? (A Ágata Tijónovna, en voz baja) Mire, mire, apenas si puede sostenerse sobre sus piernas. Así está todos los días. ¡Échelo y asunto acabado! (Aparte). Y Podkolésin que no aparece… ¡Qué canalla! Me desahogaré con él. (Sale).

Escena X

ÁGATA TIJÓNOVNA y GEVÁKIN.
GEVÁKIN: (Aparte). ¡Prometió ponderarme y en cambio me llenó de insultos! ¡Qué individuo extraño! (En voz alta). Señora usted no debe creer…

ÁGATA TIJÓNOVNA: Disculpe, no me siento bien… Me duele la cabeza. (Quiere irse).

GEVÁKIN: ¿Quizás no le gusta algo en mí? (Señalando su cabeza). No se fije en esta ligera calvicie: no tiene importancia, fueron unas fiebres; pronto me crecerá aquí el pelo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Tanto me da lo que usted tenga ahí.
GEVÁKIN: Yo, señora… cuando me pongo el frac, el color de mi tez es mucho más blanco.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Mejor para usted. ¡Adiós! (Se va).

Escena XI

GEVÁKIN (solo, habla en pos de ella).
GEVÁKIN: Permítame, señora… Dígame la razón. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Acaso tengo algún defecto importante?… ¡Se fue! ¡Qué caso sorprendente! Ya van diecisiete veces que me sucede lo mismo, y siempre casi de la misma manera: al principio, todo parece marchar bien, y cuando llegamos al desenlace… me rechazan. (Se pasea por la habitación, con aire caviloso). Sí… ¡Es la novia número diecisiete! Pero… ¿qué pretende? ¿Por qué habría de… con qué motivo…? (Después de meditar). ¡El asunto es oscuro, oscurísimo! ¡Todavía, si yo tuviera algún defecto grave! (Se examina). Al parecer, no se podría decir eso: a Dios, la naturaleza no me ha ofendido en nada. ¡Es incomprensible! ¿No me convendría irme a casa y hurgar en el baúl? Tengo ahí unos versitos a los cuales ninguna mujer podría resistirse. ¡Dios mío, es realmente incomprensible! Al principio, las cosas parecían marchar bien. Por lo visto, habrá que dar marcha atrás. ¡Es una lástima, es realmente una lástima! (Se va).

Escena XII

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV (entran y miran hacia atrás).
KOCHKARÉV: No nos vio. ¿Viste qué contrariado estaba?
PODKOLÉSIN: ¿De veras que lo rechazaron, como a los demás?
KOCHKARÉV: Rotundamente.
PODKOLÉSIN: (Con una sonrisa de engreimiento). Debe ser muy desagradable el que a uno lo rechacen.

KOCHKARÉV: ¡Por cierto que sí!

PODKOLÉSIN: Todavía no puedo creer que ella haya dicho sin ambages que me prefiere a los demás.

KOCHKARÉV: ¿Qué si te prefiere? Está loca por ti. Es un amor que… ¡No te imaginas los epítetos que te prodigó! ¡Qué pasión! Está hirviendo, pura y simplemente.

PODKOLÉSIN: (Con risa engreída). ¡Y, en realidad, si una mujer quiere es capaz de decir unas cosas! ¡A uno ni siquiera se le ocurrirían! Tesoro, cielito, amor mío…

KOCHKARÉV: ¡Bah! Eso no es nada. Cuando te cases, ya verás las palabritas que te dirá en los dos primeros meses de matrimonio: será cosa de derretirse, hermano.

PODKOLÉSIN: (Riendo). ¿De veras?

KOCHKARÉV: ¡Te lo digo como hombre honrado que soy! Pero escúchame ahora, pongamos manos a la obra. Ábrele inmediatamente tu corazón y pídele su mano.

PODKOLÉSIN: Pero ¿cómo es eso de inmediatamente? ¡Vamos!
KOCHKARÉV: Ahora mismo, sin falta… Y ahí está.

Escena XIII

DICHOS y ÁGATA TIJÓNOVNA.
KOCHKARÉV: Señora, le he traído a este mortal que aquí ve. Nunca hubo un hombre tan enamorado… Ni a un enemigo te desearía yo que sufriera estas torturas de amor…

PODKOLÉSIN: (Dándole un codazo, en voz baja). Vamos, hermano. Me parece que estás exagerando.

KOCHKARÉV: (A él). ¡No es nada, no es nada! (A ella, en voz baja). Sea más audaz, es muy tímido, trate de ser lo más desenvuelta posible. Enarque un poco las cejas o baje los ojos y fulmínelo de pronto con ellos al muy bribón, o muéstrele el hombro y que lo mire, el muy canalla. Es una lástima que no se haya puesto un vestido de mangas cortas; pero así tampoco está mal. (En voz alta). ¡La dejo en grata compañía! Me asomaré por un momento a su comedor y a su cocina: hay que dar órdenes, porque no tardará en llegar el camarero al cual le encargué la cena: quizás hayan mandado ya los vinos… ¡Hasta pronto! (A Podkolésin). ¡Más audacia! ¡Más audacia! (Se va).

Escena XIV

PODKOLÉSIN y ÁGATA TIJÓNOVNA,
ÁGATA TIJÓNOVNA: Le ruego que tenga la bondad de sentarse. (Ambos se sientan y guardan silencio).

PODKOLÉSIN: ¿Le gusta pasear, señora?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Pasear? Es decir… ¿A qué se refiere?
PODKOLÉSIN: Cuando uno se va a veranear, resulta agradable pasear en bote.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí. A veces, me paseo con los amigos. (Pausa breve).
PODKOLÉSIN: No se sabe cómo será el verano.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Hay que desear que sea bueno.(Guardan silencio).Podkolésin. ¿Cuál es su flor preferida, señora?

ÁGATA TIJÓNOVNA: La de olor más fuerte: el clavel.
PODKOLÉSIN: A las damas, les sientan muy bien las flores
ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí, es un pasatiempo muy agradable. (Silencio). ¿A qué iglesia fue usted el domingo pasado?

PODKOLÉSIN: A la de Vosnezensky, y la semana pasada fui a la de Kasánsky. Por lo demás, tratándose de rezar, tanto da la iglesia. Sólo que unas están mejor adornadas que otras. (Silencio. Podkolésin tamborilea con los dedos sobre la mesa). Pronto podremos pasearnos por Ekateringhóf.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí, dentro de un mes, me parece.

PODKOLÉSIN: Menos de un mes.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Seguramente, el paseo será divertido.
PODKOLÉSIN: Hoy, estamos a ocho. (Cuenta con los dedos). Nueve, diez, once… dentro de veintidós días.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Qué pronto! ¡Es increíble!

PODKOLÉSIN: Y no cuento siquiera el día de hoy. (Silencio). ¡Qué audaz es el pueblo ruso!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Quién?

PODKOLÉSIN: Me refiero a los obreros. Trepan ahí a lo más alto… Pasé junto a una casa y el albañil estaba revocando la pared a muchos metros de altura y no tenía miedo de nada.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah!… ¿Y dónde era eso?

PODKOLÉSIN: En el camino que recorro a diario cuando voy a la oficina. Todas las mañanas voy a mi empleo. (Silencio. Podkolésin vuelve a tamborilear con los dedos, finalmente aferra el sombrero y se inclina).

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Piensa ya…?
PODKOLÉSIN: Sí. Disculpe. Quizás le haya aburrido.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡De ningún modo! Por el contrario, debo agradecerle los momentos agradables que me ha hecho pasar.

PODKOLÉSIN: (Sonriendo). Y yo que, francamente, creía haberla aburrido…

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, le juro que no!
PODKOLÉSIN: Entonces, permítame que, en alguna otra oportunidad, al anochecer…

ÁGATA TIJÓNOVNA: Tendré muchísimo gusto. (Se inclinan, saludándose.nPodkolésin se va).

Escena XV

ÁGATA TIJÓNOVNA (sola).
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Que hombre de méritos! Ahora acabo de conocerlo bien: realmente, resulta imposible no quererlo; ¡es tan modesto y tan razonable… Sí, su amigo fue justo cuando habló tan bien de él; sólo lamento que se haya ido tan pronto, me habría gustado escucharlo un poco más. ¡Qué agradable resulta hablar con él; lo principal, es que no habla por hablar… También yo quise decir unas cuantas palabras, pero, confieso que me acobardé. El corazón me latía de tal manera… ¡Qué hombre magnífico! Iré a contárselo a la tía. (Se va).

Escena XVI

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV (entran).
KOCHKARÉV: Pero… ¿por qué a casa? ¡Qué absurdo! ¿Por qué a casa?
PODKOLÉSIN: ¿Y para qué habría de quedarme aquí? Si ya dije todo lo que correspondía…

KOCHKARÉV: ¿Le dijiste, pues, lo que sentías?

PODKOLÉSIN: Bueno, quizás no se lo haya dicho.

KOCHKARÉV: ¡Ésa sí que es buena! ¿Y por qué no?
PODKOLÉSIN: Vamos… ¿Cómo quieres que uno, sin haber hablado antes de nada, diga de buenas a primera: “¡Señora, permítame casarme con usted!”.

KOCHKARÉV: Entonces… ¿de qué tonterías hablaron ustedes durante media hora?

PODKOLÉSIN: De todo un poco y, lo confieso, estoy muy contento; he pasado el rato muy agradablemente.

KOCHKARÉV: Pero, escúchame y juzga tú mismo. ¿Cuándo tendremos tiempo de hacer todo eso? ¡Dentro de una hora hay que ir a la iglesia, a casarse!

PODKOLÉSIN: Pero… ¡tú estás loco! ¿A casarme hoy?…

KOCHKARÉV: ¿Por qué no?
PODKOLÉSIN: ¿A casarme hoy?
KOCHKARÉV: Pero… ¡si tú mismo me diste tu palabra, me dijiste que cuando echara a los novios, estabas dispuesto a casarte!

PODKOLÉSIN: Bueno. Y estoy dispuesto a cumplir mi promesa. Pero no inmediatamente. Dame un mes para tomar aliento.

KOCHKARÉV: ¡Un mes!

PODKOLÉSIN: Sí, claro.
KOCHKARÉV: Pero… ¿estás loco, o qué?
PODKOLÉSIN: Menos de un mes, imposible.
KOCHKARÉV: Pero… ¡si ya acabo de encargar la cena nupcial, alcornoque! Vamos, escúchame, Iván Kúsmich. No seas porfiado, querido. Cásate ahora.

PODKOLÉSIN: Pero, hermano… ¿Qué estás diciendo? ¿Cómo quieres que me case ahora?

KOCHKARÉV: ¡Iván Kúsmich! Vamos, te lo ruego. Si no quieres hacerlo por ti, hazlo al menos por mí.

PODKOLÉSIN: No puedo, te lo juro.

KOCHKARÉV: Puedes, querido, todo lo puedes. ¡Vamos, no seas caprichoso, querido!

PODKOLÉSIN: Pero… ¡te aseguro que no! Es muy embarazoso, sumamente embarazoso

KOCHKARÉV: Pero… ¿por qué habría de serlo? ¿Quién te ha dicho eso? Razona tú mismo, tú que eres un hombre inteligente. No te lo digo para lisonjearte ni porque seas un consejero de tercera, te lo digo simplemente por afecto. Vamos, querido, decídete, mira las cosas con ojos de hombre razonable…

PODKOLÉSIN: Pero si se pudiera, yo…
KOCHKARÉV: ¡Iván Kúsmich, tesoro mío! Vamos… ¿Quieres que me arrodille ante ti?

PODKOLÉSIN: Pero… ¿para qué?

KOCHKARÉV: (Arrodillándose ante él). ¡Vamos, aquí me tienes de rodillas! Ya lo ves, te lo suplico. ¡Nunca olvidaré el favor que me has hecho! ¡No seas porfiado, tesoro!

PODKOLÉSIN: No, no puedo, hermano, te juro que no puedo.
KOCHKARÉV: (Levantándose, furioso). ¡Cerdo!
PODKOLÉSIN: Bueno, si quieres, insúltame.
KOCHKARÉV: ¡Estúpido! Nunca vi a un hombre tan estúpido.
PODKOLÉSIN: Insúltame, insúltame.
KOCHKARÉV: ¿Por quién me he estado afanando? ¿Por quién he librado toda una batalla? ¡Todo en beneficio tuyo, idiota! ¿Qué gano yo con todo esto? Te abandonaré. ¿A mí qué me importa?

PODKOLÉSIN: ¿Y quién te ha pedido que te afanes? Abandóname, si quieres.
KOCHKARÉV: Pero… ¡si te abandono te pierdes, sin mí no harás nada! Si no ve caso, seguirás siendo un tonto toda la vida.

PODKOLÉSIN: ¿Y a ti, qué te importa?

KOCHKARÉV: Por ti me afano, alcornoque.
PODKOLÉSIN: No quiero que te afanes.
KOCHKARÉV: ¡Entonces, vete al diablo!
PODKOLÉSIN: Bueno, me iré al diablo.
KOCHKARÉV: ¡Allá te puedes ir!
PODKOLÉSIN: Me iré.
KOCHKARÉV: Ve, ve. Y ojalá te rompas una pierna. ¡Te deseo de corazón que te atropelle un cochero borracho! ¡Eres un títere, y no un funcionario! ¡Te juro que entre nosotros todo ha terminado y que no quiero verte más.PODKOLÉSIN: No me verás. (Se va).

KOCHKARÉV: ¡Vete al diablo, tu viejo amigo! (Abriendo la puerta, le grita en pos). ¡Estúpido!

Escena XVII

KOCHKARÉV (solo, se pasea, muy nervioso).
KOCHKARÉV: Bueno… ¿Se ha visto alguna vez un hombre semejante? ¡Qué estúpido! Pero, a decir verdad, también yo soy un tonto. Díganme por favor todos ustedes… ¿No soy acaso un badulaque, un imbécil? ¿Para qué me afano, grito, grito hasta enronquecer? ¿Qué es él para mí, díganmelo? ¿Un pariente o qué? ¿Y qué soy yo para él? ¿Una nodriza, una tía, una madrina o qué? ¿Para qué diablos me esfuerzo por él, no me doy sosiego, maldito sea? ¡No lo sé! Vaya uno a preguntarle a un hombre para qué hace algo! ¡Qué miserable! ¡Qué rostro asqueante, repulsivo! ¡Con qué ganas le daría yo una tanda de puñetazos, al muy idiota, en la nariz, en las orejas, en la boca, en los dientes… en todas partes! (Furioso asesta varios puñetazos en el vacío). Eso es lo insoportable! Ahora, volverá a su casa y se fumará su pipa. ¡Qué ser repelente! ¡Se han visto carotas repulsivas, pero como esa, ninguna! Pues no, no. ¡Iré y haré volver al muy holgazán! No le permitiré huir… ¡Traeré aquí al muy miserable! (Se va corriendo).

Escena XVIII

ÁGATA TIJÓNOVNA (entra).
ÁGATA TIJÓNOVNA: El corazón me late con tanta violencia que no atinaría a explicármelo. Adondequiera miro, me parece ver a Iván Kúsmich. Nadie puede escapar a su destino: se diría que eso es cierto. Quise ocuparme de otra cosa, pero fue inútil… Cuando quería bordar o tejer un bolso, se me aparecía Iván Kúsmich. (Pausa). ¡De modo que, finalmente, dejaré de ser soltera! Me llevarán a la Iglesia… luego, me dejarán a solas con un hombre… ¡Oh! Tiemblo de pies a cabeza. ¡Adiós mi vida de muchacha! (Llora). ¡He vivido tantos años tranquila…! Y ahora, tengo que casarme. ¡Cuántas preocupaciones me esperan! Los niños, esos varoncitos que riñen a cada momento… y las niñas, también, crecen… y hay que casarlas. Y menos mal cuando se casan con hombres buenos, pero pueden tocarles unos borrachos o unos hombres de esos que salta a la vista lo que son capaces de hacer… (Poco a poco, comienza a sollozar de nuevo). No tuve tiempo de divertirme en mis tiempos de muchacha, y no tuve siquiera veintisiete años de doncellez… (Transición). Pero… ¿por qué demorará tanto Iván Kúsmich?

Escena XIX

ÁGATA TIJÓNOVNA y PODKOLÉSIN
(Sale a escena, empujado por ambas manos de Kochkarév).
PODKOLÉSIN: (Balbuceando). Vine, señora mía, a explicarle algo… pero quisiera saber antes si no le parecerá extraño.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Bajando los ojos). ¿De qué se trata?

PODKOLÉSIN: No, señora. Dígame usted antes… ¿No le parecerá extraño?
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Lo mismo). No puedo saber de qué se trata.
PODKOLÉSIN: Pero, confieso… Seguramente, le parecerá extraño lo que le diré… ¿no es así?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Por qué ha de parecerme extraño? Tratándose de usted, me agrada escucharlo todo.

PODKOLÉSIN: Pero eso usted no lo ha escuchado nunca. (Ágata Tijónovna baja aún más los ojos: en ese momento, entra silenciosamente Kochkarév y se detiene detrás de su amigo). Se trata de… Pero será mejor que se lo diga después, en algún otro momento…

ÁGATA TIJÓNOVNA: Y… ¿de qué se trata?

PODKOLÉSIN: Yo… yo quería, lo confieso, decírselo ahora, pero tengo aún ciertas dudas.

KOCHKARÉV: (Para sí, juntando las manos). ¡Dios mío, qué hombre! Es simplemente una vieja y no un hombre, es una parodia de hombre, la sátira de un hombre!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Por qué duda?
PODKOLÉSIN: No sé. Siento dudas.
KOCHKARÉV: (En voz alta). ¡Qué tonto es esto, qué tonto! Mire, señora. Lo que desea Iván Kúsmich, es pedirle su mano; quiere decirle que no puede vivir sin usted, que se muere por usted. Y sólo la pregunta… ¿Acepta hacerlo feliz?

PODKOLÉSIN: (Casi asustado, lo empuja y exclama). ¡Vamos! ¿Qué dices?

KOCHKARÉV: ¿De modo que está dispuesta a hacer feliz a este mortal, señora?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No me atrevo a creer que yo pueda hacer feliz a… Por lo demás, acepto.

KOCHKARÉV: ¡Naturalmente, naturalmente! ¡Hace rato que debió decirlo! ¡Denme sus manos!

PODKOLÉSIN: Inmediatamente. (Quiere decirle algo al oído; Kochkarév le muestra el puño y frunce el ceño; Podkolésin le tiende la mano).

KOCHKARÉV: (Uniendo las manos de ambos). ¡Dios los bendiga! Estoy conforme y aplaudo la unión de ustedes. El matrimonio es un asunto que… No significa tomar un coche y emprender un viaje; es un deber de índole totalmente distinta, es un deber… (A Podkolésin). Ahora no tengo tiempo, pero luego te explicaré qué clase de deber significa. Bueno, Iván Kúsmich, besa a tu novia. Ahora, puedes hacerlo: debes hacerlo. (Ágata Tijónovna baja los ojos). ¡No es nada, señora, no es nada! ¡Así debe ser! ¡Que la bese!

PODKOLÉSIN: No, señora, permítanle. Ahora, permítame. (La besa y te toma de la mano). ¡Qué preciosa manito! ¿Cómo es que tiene usted una manito tan bella, señora… Permítame, señor. Quiero que nos casemos inmediatamente, inmediatamente, sin falta.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Cómo inmediatamente? Eso, quizás, sería demasiado pronto.

PODKOLÉSIN: ¡No quiero ni oír hablar del asunto! Quiero más pronto aún quiero que nos casemos dentro de un momento.

KOCHKARÉV: ¡Bravo! ¡Bien! ¡Eso sí que es ser un hombre cabal! Confieso que siempre deposité grandes esperanzas en tu futuro. Señora, conviene realmente que se apresure a vestirse; y yo, a decir verdad, he mandado ya por un coche e invitado a la gente; todos han ido ahora directamente a la iglesia. Sé que usted hasta tiene listo el traje de novia.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Claro, desde hace tiempo. Me vestiré en un momento.

Escena XX

KOCHKARÉV y PODKOLÉSIN.
PODKOLÉSIN: ¡Bueno, hermano! ¡Muchísimas gracias! Ahora veo con claridad todo el favor que me has hecho. Mi propio padre no habría hecho lo que tú. Ya veo que has obrado por mera amistad. Gracias, hermano; recordaré eternamente el servicio que me has prestado. (Conmovido). En la primavera próxima, visitaré sin falta la tumba de tu padre.

KOCHKARÉV: No es nada, hermano. Yo mismo estoy encantado. Ven, te daré un beso. (Lo besa en ambas mejillas). Dios quiera que vivas feliz (se besan) en la abundancia y la prosperidad; y que tengas muchos hijos…

PODKOLÉSIN: ¡Gracias, hermano! Acabo de descubrir qué es la vida: ahora, ante mí se presenta un mundo totalmente nuevo. Ahora, veo que todo se mueve, vive, siente, vibra… uno mismo no sabe cómo. Y antes, yo no veía nada de eso, no comprendía, no sabía nada de nada, no razonaba, no profundizaba, y vivía como cualquier otro individuo.

KOCHKARÉV: ¡Me alegro, me alegro! Ahora, iré a ver cómo han preparado la mesa; vuelvo dentro de un momento. (Aparte). Por las dudas, convendrá esconderle el sombrero. (Toma el sombrero de Podkolésin y se lo lleva).

Escena XXI

PODKOLÉSIN (solo).
PODKOLÉSIN: En realidad… ¿qué he sido hasta ahora? ¿Comprendía acaso el sentido de la vida? No, no lo comprendía, no comprendía nada. ¿Qué fue mi vida de soltero? ¿Qué era yo, qué hacía? Vivía, vivía, prestaba servicios en la administración pública, iba a la oficina, comía, dormía… en una palabra, era el hombre más vacío y vulgar del mundo. Sólo ahora advierto la estupidez de los que no se casan; y, si bien se mira… ¡cuántos son los hombres sumidos en esa ceguera! Si yo fuera rey de algún país, daría orden de que se casaran todas mis súbditos, positivamente todos, de que no quedara en el reino un solo soltero. Realmente… ¡Cuando pienso que, dentro de unos minutos, seré un hombre casado! De pronto, uno podrá saborear esa felicidad que sólo se conoce en los cuentos de hadas, ¡una felicidad indecible, inexpresable! (Breve pausa). Con todo eso, cuando uno lo piensa bien, siente miedo. Hay que ligarse para toda la vida, para siempre y luego no hay modo de liberarse ni de arrepentirse… nada, nada… todo está terminado, todo está hecho. Ahora mismo, ya no es posible retroceder un minuto más y estaré ante el altar; ni siquiera es posible huir… el coche espera y todo está pronto.

Pero… ¿será realmente imposible huir? Claro, claro que es imposible: en las puertas y en todas partes hay gente: me preguntarán: ¿Por qué se va? ¡No es posible, no! Pero hay una ventana abierta… ¿Y si saltara por la ventana? No, imposible: sería indecoroso. Además, está muy alta. (Se acerca a la ventana). Bueno, no está tan alta, sólo es la planta baja, y muy baja, por cierto. Pero, no… ¿Cómo podría hacerlo? No tengo mi sombrero. ¿Cómo habría de escaparme sin sombrero? ¡Sería muy embarazoso! Pero… ¿será realmente embarazoso escapar sin sombrero? ¿Y si probara? ¿Pruebo? (Se encarama sobre la ventana y después de decir: “¡Dios me ayude!”, salta a la calle: se oye gritar detrás de la escena): ¡Ay! ¡Era alta! ¡Eh, cochero!

Voz del cochero: ¿Me llamaba?

Voz de PODKOLÉSIN: A la Kanávka, junto al puente de Semenóvsk.
Voz del cochero: Le costará medio rubio.
Voz de PODKOLÉSIN: Bueno, conforme. ¡En marcha! (Se oye el ruido del coche que se aleja).

Escena XXII

ÁGATA TIJÓNOVNA (entra en traje de novia, tímidamente y con los ojos bajos).
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Yo misma no sé qué me pasa! Vuelvo a sentir vergüenza y tiemblo de pies a cabeza. ¡Oh! Si él no estuviera aquí aunque sólo fuese por un momento, si hubiese salido para algo… (Mira a su alrededor, con alegría). Pero… ¿dónde está? No hay nadie. ¿Adónde habrá ido? (Abre la puerta que da al vestíbulo y dice allí). ¿Adónde ha ido Iván Kúsmich, Tecla?

TECLA: ¡Si está ahí…!
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿dónde?
TECLA: (Entrando). ¡Estaba aquí, en esta habitación!
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pues ya ves que no está…
TECLA: Sin embargo, no ha salido de aquí… Yo me hallaba sentada en el vestíbulo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿dónde estará?

TECLA: No lo sé. ¿No habrá salido por la otra puerta, por la escalera de servicio? ¿O no estará en la habitación de Arina Panteleimónovna?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Tía, tía!

Escena XXIII

Dichos y Arina Panteleimónovna.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: (Vestida de punta en blanco). ¿Qué pasa?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Está en tu cuarto Ivan Kúsmich?
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: No, debe estar aquí: no entró en mi cuarto.
TECLA: Pues tampoco salió al vestíbulo: no me he movido de allí.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Ni está aquí, como ven.

Escena XXIV

DICHOS y KOCHKARÉV.
KOCHKARÉV: ¿Qué pasa?
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pues que Iván Kúsmich no está.
KOCHKARÉV: ¿Cómo, que no? ¿Se fue?
ÁGATA TIJÓNOVNA: No. No se ha ido, tampoco.
KOCHKARÉV: ¿Cómo se entiende… que no está… y que no se fue?
TECLA: Pues no me explico dónde puede haberse metido. He estado sentada en el vestíbulo y no me he movido de allí.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pues no puede haber pasado por la puerta de servicio.

KOCHKARÉV: ¿Y entonces? ¡Qué diablos! Si no salió de la habitación, no puede haberse perdido. ¿No se habrá escondido…? ¡Iván Kúsmich! ¿Dónde estás? ¡No hagas el tonto, vamos, sal de una vez! ¡Vamos! ¿Qué bromas son esas? ¡Hace rato que es hora de ir a la iglesia! (Mira detrás del armario y hasta escudriña de soslayo debajo de las sillas). ¡No lo entiendo! Pero, no, no puede haberse ido. No puede haberse ido de ningún modo. Está aquí, en ese cuarto está su sombrero, lo guardé allí ex profeso.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿No convendrá preguntarle a la sirvientita? Estaba en la calle y quizá sepa algo. ¡Duniáshka! Duniáshka!

Escena XXV

DICHOS y DUNIÁSHKA.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿No has visto dónde está Iván Kúsmich?

DUNIÁSHKA: Saltó por la ventana, pues. (Ágata Tijónovna profiere un grito y da una palmada de consternación).

Los tres: ¿Por la ventana?

DUNIÁSHKA: Sí, y después llamó a un cochero y se fue en coche.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero… ¿dices la verdad?
KOCHKARÉV: ¡Mientes! ¡No puede ser!
DUNIÁSHKA: ¡Sí que saltó, lo juro! También lo vio el dueño de la tienda vecina. Le prometió medio rubio al cochero y se fue.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: (Acercándose a Kochkarév, con aire agresivo). ¿Qué significa esto, hijo mío? ¿Ha querido usted burlarse de nosotros o qué? ¿Quiere humillarnos? Tengo sesenta años, ya, y nunca vi vergüenza semejante. ¡Merece usted que le escupan en la cara, si es una persona decente! ¡Pero, después de esto, es todo un bribón! ¡Ha humillado a una muchacha ante el mundo entero! ¡Pensar que soy una campesina y no lo habría hecho… y usted es un noble! ¡Ya se ve que la nobleza sólo les sirve a ustedes para cometer bajezas! (Se va, furiosa, y se lleva a la novia. Kochkarév permanece inmóvil, como abrumado).

TECLA: ¿Qué me dices? ¿Con que eras tú el que sabía manejar estos asuntos, el que sabía casar sin la casamentera? Pues yo tendré toda clase de novios, calvos o como sea, pero novios que saltan por la ventana… ¡de esos, a Dios gracias, no tengo!

KOCHKARÉV: ¡Esto es absurdo! ¡No puede ser! ¡Correré a su casa, lo obligaré a volver! (Se va).

TECLA: ¡Sí, corre, hazlo volver! No sabes cómo son estas cosas. Todavía si el novio se hubiese escapado por la puerta, vaya y pase, pero cuando ha saltado por la ventana… ¡ya no vuelve ni por casualidad!

El Casamiento – Obra de Mykola Hóhol

Acto I

Habitación de un soltero.

Escena I

PODKOLÉSIN: (Solo, tendido sobre el sofá, con la pipa en la boca). Cuando uno medita en las horas de ocio, llega a la conclusión de que, finalmente, debe casarse. Después de todo… ¿qué? Uno vive, vive, y total… ¿de qué le sirve? Y parecería que todo está pronto y ahí tenemos a la casamentera, que viene aquí desde hace tres meses, ya. Palabra que ya me causa cierto malestar ver que… ¡Eh, Stepán!

Escena II

PODKOLÉSIN, STEPÁN.
PODKOLÉSIN: ¿No vino la casamentera?
STEPÁN: No.
PODKOLÉSIN: ¿Fuiste a casa del sastre?
STEPÁN: Fui.
PODKOLÉSIN: Y qué… ¿me cose el frac?
STEPÁN: Lo cose.
PODKOLÉSIN: ¿Y ha cosido mucho, ya?
STEPÁN: Bastante: ha empezado a hacer los ojales.
PODKOLÉSIN: ¿Qué dices?
STEPÁN: Digo que ya ha empezado a hacer los ojales.
PODKOLÉSIN: ¿Y no preguntó para qué necesitaba yo el frac?
STEPÁN: No, no lo preguntó.

PODKOLÉSIN: Quizá te haya dicho: ¿no querrá casarse tu patrón?

STEPÁN: No, no me dijo nada.
PODKOLÉSIN: Pero habrás visto en su taller otros fracs. Porque supongo que también coserá para otros ¿no es así?

STEPÁN: Sí, tiene muchos colgados ahí.

PODKOLÉSIN: Pero el paño de esos fracs no debe ser tan bueno como el mío ¿verdad?

STEPÁN: Sí, el del suyo es mejor.

PODKOLÉSIN: ¿Qué dices?
STEPÁN: Digo que el del suyo es mejor.
PODKOLÉSIN: Bueno. ¿Y no te preguntó el sastre por qué me hago el frac de un paño tan fino?

STEPÁN: No.

PODKOLÉSIN: ¿No preguntó si yo pensaba casarme, pongamos por caso?
STEPÁN: No, no lo preguntó.
PODKOLÉSIN: Pero le dijiste cuál es mi jerarquía en la administración pública y dónde sirvo ¿verdad?

STEPÁN: Se lo dije.

PODKOLÉSIN: ¿Qué te contestó?
STEPÁN: Dijo que haría todo lo posible para que el frac resultara bueno.
PODKOLÉSIN: Está bien. Vete.
(Stepán sale).


Escena III

PODKOLÉSIN (solo).
PODKOLÉSIN: Opino que el frac negro es más serio. Los de color convienen más a los secretarios, los consejeros de cuarta categoría y demás morralla. Resultan… un poco infantiles. Los que somos de jerarquía más alta debemos mantener, como se dice, el… ¡se me ha olvidado la palabra! ¡Una bonita palabra, pero se me ha olvidado! Sí, hermano: el consejero de tercera es prácticamente igual a un coronel, sólo que su uniforme no tiene charreteras. ¡Eh, Stepán!

Escena IV

PODKOLÉSIN, STEPÁN.
PODKOLÉSIN: ¿Compraste el betún?
STEPÁN: Sí.
PODKOLÉSIN: ¿Dónde lo compraste? ¿En el almacén del Voznecénsky Prospéct que te dije?

STEPÁN: En el mismo.

PODKOLÉSIN: ¿Y es bueno el betún?
STEPÁN: Bueno.
PODKOLÉSIN: ¿Probaste lustrar mis botas con ella?
STEPÁN: Probé.
PODKOLÉSIN: Y qué… ¿Brillan?
STEPÁN: Brillan bien.
PODKOLÉSIN: Y cuando el dueño del almacén te vendió el betún… ¿no pre-guntó para qué necesitaba el betún tu patrón?

STEPÁN: No.

PODKOLÉSIN: No te dijo: “¿Puede ser que tu patrón proyecte casarse?”
STEPÁN: No, no me dijo nada.
PODKOLÉSIN: ¡Bueno, vete!
(Stepán sale).

Escena V

PODKOLÉSIN (solo).
PODKOLÉSIN: Parecería que las botas son una bagatela y sin embargo, si están mal cosidas y el betún no es todo lo negro que hace falta, en la buena sociedad a uno no lo respetan como es debido. Se diría que… Y si aparecen callos, peor que peor. Estoy pronto a soportar lo que sea, menos los callos.

¡Eh, Stepán!

Escena VI

PODKOLÉSIN: Stepán.
STEPÁN: ¿Qué desea?
PODKOLÉSIN: ¿Le dijiste al zapatero que las botas no debían causarme callos?
STEPÁN: Se lo dije.
PODKOLÉSIN: ¿Y qué te contestó?
STEPÁN: Me contestó que estaba bien. (Se va).
<h4{escena vii

PODKOLÉSIN, luego STEPÁN.
PODKOLÉSIN: ¡Después de todo, un casamiento es algo que da trabajo, qué diablos! Esto y lo otro y lo de más allá. Esto y aquello debe estar como es debido. ¡No, qué demonios! Eso no es tan fácil como dicen. (Entra Stepán). Yo quería decirte, también…

STEPÁN: Ha venido la vieja.

PODKOLÉSIN: ¡Ah! ¿Ha venido? Hazla entrar. (Stepán sale). Sí, el casamiento es algo… algo que… algo difícil.

Escena VIII

PODKOLÉSIN y TECLA.
PODKOLÉSIN: ¡Hola! ¡Buenos días, Tecla Ivánovna! Bueno… ¿Y qué? Toma una silla, siéntate y cuenta. ¿Cómo va eso? ¿Cómo dijiste que se llamaba la…? ¿Melánia?

TECLA: Ágata Tijónovna.
PODKOLÉSIN: Sí, sí, Ágata Tijónovna. Seguramente, es alguna cuarentona…
TECLA: ¡Nada de eso! Si usted se casa con ella, me alabará y me lo agradecerá todos los días de su vida.

PODKOLÉSIN: ¡Mientes, Tecla Ivánovna!

TECLA: Ya estoy vieja, hijo mío, para mentir así como así.

PODKOLÉSIN: ¿Y la dote, la dote? Vuelve a contármelo.

TECLA: La dote es una casa de piedra en el barrio de la Moskóvska, de dos pisos, y con tanta renta que es un placer; el tendero solo paga setecientos rubios por su tenducho; y la cervecería del subsuelo atrae también a mucha gente; hay dos pabellones de madera, uno de ellos con cimientos de piedra, y que rinden cuatrocientos rubios de renta. Por el lado de Viborg, hay también una huerta. Hace ya tres años que la arrienda un mercader, y es un hombre muy sobrio, no bebe una sola gota de licor y tiene tres hijos: dos ya están casados, y en cuanto al tercero, el mercader dice: “Es joven, todavía; que se quede en el tenducho, para atender mejor a la clientela; yo, ya estoy viejo”.

PODKOLÉSIN: Pero… ¿y ella? ¿Cómo es ella, personalmente?
TECLA: ¡Una joya! Blanca, sonrosada, pura sangre y leche… Un deleite tal que cuesta pintarlo. Usted se sentirá contento hasta aquí (se señala la garganta) y les dirá al amigo y al enemigo: “¡Vaya con Tecla Ivánovna! ¡Cómo se lo agradezco!”.

PODKOLÉSIN: Pero no es hija de un oficial… ¿verdad?

TECLA: Es hija de un mercader de tercera. Pero tan altiva que no le toleraría una ofensa ni a un general. Ni siquiera quiere oír hablar de un novio mercader. “A mí, que me den cualquier marido, aun de aspecto insignificante, pero que sea noble”. ¡Sí, es una muchacha refinada! Y cuando se pone el vestido de seda de los domingos… bueno, ¡Dios me ampare! ¡Parece una duquesa!

PODKOLÉSIN: Por eso te lo he preguntado, precisamente; porque soy consejero de tercera y… ¿Comprendes?

TECLA: Pues, sí… ¿Cómo no he de comprender? Tuvimos a un consejero de tercera y lo rechazaron: no gustó. Tenía una extraña costumbre: palabra que decía, mentira que decía, y eso que su aspecto era tan serio… ¿Qué se podía hacer? Por lo visto, Dios lo había hecho así; él mismo lo lamentaba, pero no podía contenerse, tenía que mentir… Era la voluntad de Dios.

PODKOLÉSIN: Bueno… Y además de esa… ¿no tienes alguna otra por ahí?
TECLA: ¿Y para qué necesitas otra? Esa es la mejor.
PODKOLÉSIN: ¿De veras que es la mejor?
TECLA: Aunque recorras el mundo entero, no encontrarás otra que se le parezca.

PODKOLÉSIN: Lo pensaremos, lo pensaremos. Ven a verme pasado mañana. Volveremos a hacer lo mismo… ¿sabes? Yo me quedaré tendido aquí y tú me contarás.

TECLA: Pero, hijo mío… ¡Por piedad! Hace ya tres meses que vengo a verte, y nada: no haces más que estarte sentado en bata y fumando tu pipa.

PODKOLÉSIN: ¿Y tú crees, quizás, que casarse es lo mismo que decir “¡Eh, Stepán, dame las botas!”? ¿Que basta con ponérselas y buen viaje? Hay que reflexionarlo, mirarlo bien.

TECLA: Bueno… ¿Por qué no? Si quieres marido, míralo. Para eso está la mercadería, para mirarla. Pide que te traigan el caftán y ahora mismo, aprovecha esta hermosa mañana para ir a verla.

PODKOLÉSIN: ¿Ahora? Fíjate qué nublado está el tiempo. Si salgo, me puede sorprender la lluvia.

TECLA: ¡Peor para ti! Ya te asoman las canas y pronto no servirás para marido. ¿Te crees algo extraordinario por el hecho de ser consejero de tercera? Hemos visto cosas mejores. Tenemos entre manos a unos novios tales que ni siquiera te miraríamos.

PODKOLÉSIN: ¿Qué estupideces estás diciendo? ¿Qué ocurrencia es esa de que tengo canas? ¿Dónde están mis canas? (Se tantea los cabellos).

TECLA: ¿Cómo quieres que no las haya? Para eso, todo hombre envejece. No te gusta esta, no te gusta aquella. ¡Ten cuidado! Le he echado el ojo a un capitán que te lleva toda una cabeza. Tiene una voz de trueno y sirve en el almirantazgo.

PODKOLÉSIN: Mientes, me miraré en el espejo. ¿Qué ocurrencia es esa de las canas? ¡Eh, Stepán! ¡Tráeme el espejo! O, no, espera más bien. Iré yo mismo. Eso, Dios me libre, sería peor que la viruela. (Se va al cuarto contiguo).


Escena IX

TECLA y KOCHKARÉV. (Entra corriendo)
KOCHKARÉV: ¡Oye, Podkolésin!… (Al ver a Tecla). ¿Tú aquí? ¡Ah! ¿Oye? ¿Con quién diablos me casaste?

TECLA: ¿Y qué tiene de malo? Cumplió usted con la ley.

KOCHKARÉV: ¡Cumplí con la ley! ¿Crees que una esposa es algo nunca visto? ¿Acaso yo no podía vivir sin ella?

TECLA: Pero si tú mismo empezaste a insistirme: cásame, cásame, te lo ruego.

KOCHKARÉV: ¡Ah, vieja rata! Bueno… ¿Y para qué has venido aquí? ¿Acaso Podkolésin quiere…?

TECLA: ¿Por qué no? Dios lo iluminó.

KOCHKARÉV: ¿De veras? ¡Qué infame! ¡Y a mí no me dijo una sola palabra! ¡Vaya un individuo! Con que casándose a escondidas… ¿eh?

Escena X

DICHOS y PODKOLÉSIN (con el espejo en las manos, se mira fijamente en él).
KOCHKARÉV: (Acercándose furtivamente por detrás, lo asusta). ¡Puf!
PODKOLÉSIN: (Profiere un grito y deja caer el espejo). ¡Loco! Bueno… ¿Para qué… para qué…? Vaya una estupidez. Me asustaste de tal modo que tengo toda el alma revuelta.

KOCHKARÉV: ¡Bah! Sólo fue una broma.
PODKOLÉSIN: ¡Vaya con la broma! Todavía me dura el susto. Y, ya lo ves: he roto el espejo. Te advierto que no lo regalan: lo compré en un comercio inglés.

KOCHKARÉV: Bueno, bueno: ya te compraré otro.

PODKOLÉSIN: Sí, sí, me lo comprarás. Ya conozco esos espejos: cuando uno se mira en ellos, parece tener diez años más y la cara torcida.

KOCHKARÉV: Oye, soy yo quien tiene motivo para estar enojado contigo: a mí, tu amigo, me lo ocultas todo. ¡Piensas casarte!

PODKOLÉSIN: ¡Tonterías, no me propongo semejante cosa!

KOCHKARÉV: La prueba está a la vista. (Señala a Tecla). Ya sabes quién es ese pájaro. Bueno, bueno, el asunto no tiene nada de particular. Se trata de algo cristiano, hasta necesario para la patria. Me encargaré de esa tarea. (A Tecla). Vamos, habla: di cómo son las cosas, quién es y todo lo demás. ¿Es de la nobleza o comerciante o qué es? ¿Y cómo se llama?

TECLA: Ágata Tijónovna.
KOCHKARÉV: ¿Ágata Tijónovna Brandajlístova?
TECLA: ¡Oh, no…! Kuperdiáguina.
KOCHKARÉV: Vive en la calle de las Seis Tiendas… ¿verdad? Tecla. No, no; más bien cerca de Peski, en la bocacalle de Milni.

KOCHKARÉV: Aja… Sí. En la bocacalle de Milni, al lado de la tienda… ¿no es eso?

TECLA: No, junto a la cervecería.KOCHKARÉV: ¿A la cervecería? Entonces, ya no me lo explico.

TECLA: Pues cuando dobles la bocacalle, verás de frente una casilla; y después de pasar la casilla, dobla a la izquierda y entonces tendrás ante tus ojos una casa de madera, donde se aloja una costurera que vivió con el subsecretario del Senado. No en la casa de la costurera; junto a ella, hay otra casa, de piedra y ahí vive Ágata Tijónovna, la novia.

KOCHKARÉV: Bueno, bueno. Ahora, ya me encargaré de todo: puedes irte. Ya no te necesitamos.

TECLA: ¡Cómo! ¿Tú mismo quieres concertar la boda?

KOCHKARÉV: Yo mismo, yo mismo: no te metas.
TECLA: ¡Ah, desvergonzado! Pero… ¡Si eso no es cosa de hombres! ¡Apártate, hijo, apártate de ese asunto!

KOCHKARÉV: ¡Vete, vete! No entiendes nada, no te metas. Métete en lo tuyo… ¡Fuera de aquí!

TECLA: ¡Sólo piensas en quitarles el pan a los demás, hereje! ¿No te avergüenza meterte en semejante bagatela? De haberlo sabido, no te habría dicho nada. (Se va, con aire de despecho).

Escena XI

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV.
KOCHKARÉV: Bueno, hermano. Este asunto no puede postergarse: en marcha.
PODKOLÉSIN: Pero si todavía no he decidido nada. Sólo he pensado…
KOCHKARÉV: ¡Tonterías, tonterías! Bastará con que no pierdas la serenidad: te casaré de tal modo que ni siquiera te enterarás. Ahora mismo iremos a ver a la novia y verás cómo se hará todo en un santiamén.

PODKOLÉSIN: ¡Vaya una ocurrencia! ¡Ir inmediatamente!
KOCHKARÉV: ¿Y por qué hemos de esperar? Dime… ¿Por qué? Reflexiona tú mismo. ¿Para qué te sirve tu vida de soltero? Mira tu cuarto: ¿qué ves en él? Ahí, una bota sin lustrar, allá la jofaina del lavabo, más allá un montón de tabaco sobre a mesa; y tú, te pasas el día tendido como un holgazán, bostezando.

PODKOLÉSIN: Es verdad. Reconozco que aquí no hay orden.

KOCHKARÉV: En cambio, cuando tengas esposa, no te reconocerás a ti mismo ni reconocerás tu cuarto; aquí habrá un diván, un perrito, algún canario en su jaula, un trabajo de costura. E imagínate que estás sentado en el diván… y de repente se te arrima una mujercita, una linda mujercita, y te acaricia así… con su pequeña mano…

PODKOLÉSIN: ¡Ah, qué diablos! Si bien se piensa, hay manitos que parecen de leche…

KOCHKARÉV: ¡Hombre! ¡Cualquiera diría que las mujeres sólo tienen manitos! Tienen, hermano… ¡Bueno, a qué hablar! ¡Tienen de todo, qué diablos!

PODKOLÉSIN: Para serte franco, me gusta ver sentada a mi lado a una linda mujercita.

KOCHKARÉV: Bueno, ya lo ves, tú mismo has digerido el asunto. Ahora, sólo falta tomar las medidas necesarias. No te preocupes de nada. El almuerzo nupcial y todo lo demás… corre por mi cuenta. Habrá que encargar por lo menos una docena de botellas de champaña: menos imposible, hermano, También hará falta media docena de botellas de Madera. La novia, sin duda, tendrá su legión de tías y comadres… y esas, no quieren saber de bromas. En cuanto al vino del Rhin, que se lo lleve el diablo… ¿no te parece? En lo que respecta al almuerzo, tengo en vista a un cocinero que es una maravilla: da de comer en tal forma que uno después ni siquiera está en condiciones de levantarse.

PODKOLÉSIN: ¡Hombre! Tomas el asunto con tanto apasionamiento que se diría que realmente me voy a casar pronto.

KOCHKARÉV: ¿Y por qué no? ¿Por qué postergar la boda? Tú estás de acuerdo… ¿verdad?

PODKOLÉSIN: ¿Yo? Bueno, no… no estoy completamente de acuerdo.

KOCHKARÉV: ¡Ahora, salimos con esas! ¡Pero si acabas de decirme que quieres casarte!

PODKOLÉSIN: Sólo dije que no estaría mal.

KOCHKARÉV: ¡Hermano…! Pero si nosotros ya íbamos a… Veamos… ¿Acaso no te gusta la vida de casado?

PODKOLÉSIN: Sí, me gusta.

KOCHKARÉV: ¿Y entonces? ¿Qué obstáculos ves?
PODKOLÉSIN: Ninguno, el asunto me parece un poco raro…
KOCHKARÉV: ¿Qué tiene de raro?
PODKOLÉSIN: ¿Cómo no ha de serlo? Me ha pasado tanto tiempo sin casarme, y ahora, de repente, me caso…

KOCHKARÉV: Vamos, vamos… ¿No tienes vergüenza? No, ya lo veo: contigo, hay que hablar seriamente; te seré franco, como un padre con su hijo. Bueno, mírate con atención, como me miras a mí, por ejemplo. ¿Qué eres, ahora? Un alcornoque cualquiera, una cosa sin sentido. ¿Para qué vives? Va-mos, mírate en el espejo. ¿Qué ves? Una cara estúpida y nada más. Y aquí, imagínate, a tu lado habría chiquillos, y quizás no sólo dos o tres sino no menos de media docena, y todos igualitos a ti, como una gota de agua a otra. Ahora estás solo, eres un simple consejero de tercera o jefe de sección o lo que sea; y entonces, en cambio, a tu alrededor habrá varios consejeritos, y algunos de esos bribonzuelos te tirará de la barba y tú te limitarás a aullarle como un perrito: “¡Guau, guau, guau!” Bueno… Dímelo tú mismo… ¿Hay algo mejor que eso?

PODKOLÉSIN: Pero si todos esos chiquillos son muy traviesos… Lo estropearán todo, me dispersarán los papeles.

KOCHKARÉV: ¡Qué hagan travesuras…! Pero todos se te parecerán; eso es lo que importa.

PODKOLÉSIN: En realidad, el asunto hasta resulta gracioso, qué diablos: ¡pensar que un cachorro semejante, que no levanta dos palmos del suelo, pueda ya parecérsele a uno!

KOCHKARÉV: ¡Cómo no ha de ser gracioso! ¡Claro que lo es! Vamos, pues.
PODKOLÉSIN: Bueno, vamos.
KOCHKARÉV: ¡Eh, Stepán! Dale pronto la ropa a tu patrón, que se va a vestir.
PODKOLÉSIN: (Vistiéndose ante el espejo). Creo, con todo, que me convendría usar el chaleco blanco.

KOCHKARÉV: ¡Tonterías! Tanto da.

PODKOLÉSIN: (Poniéndose el cuello). ¡Maldita lavandera! Me ha almidonado tanto los cuellos que no hay forma de sujetarlos. Stepán, dile que si me sigue planchando así la ropa le encargaré el trabajo a otra. Seguramente, en vez de planchar se pasa el tiempo con sus amantes.

KOCHKARÉV: ¡Vamos, hermano, date prisa! ¡Qué lento eres!

PODKOLÉSIN: Ya va, ya va. (Se pone el frac y se sienta). Oye, lliá Pómich. ¿Sabes una cosa? Ve tú sólo. Kochkarév. ¡Ésa sí que es buena! ¿Te has vuelto loco? ¡Que vaya yo solo! Pero… ¿quién se casa? ¿Tú o yo?

PODKOLÉSIN: ¡De veras…! No sé por qué, no tengo muchas ganas. Dejémoslo para mañana.

KOCHKARÉV: Vamos… ¿Te queda un átomo de sentido común? ¿No se podría decir que eres un alcornoque? Ya estás preparado para salir… ¡y, de pronto, dices que no hace falta! Vamos, dime, por favor… ¿No mereces que te llame cerdo y bribón, a fin de cuentas?

PODKOLÉSIN: Bueno… ¿Por qué me insultas? ¿Para qué? ¿Qué te he hecho?

KOCHKARÉV: ¡Eres un estúpido, un estúpido a carta cabal, eso lo dirá cualquiera! ¡Un estúpido, aunque seas consejero de tercera! Vamos a ver… ¿Por quién me preocupo? Pienso en tu bien. ¡Maldito solterón! ¡Hete ahí tendido como un tronco! Vamos, dime. ¿Qué pareces, así? Eres un imbécil, una porquería… Hasta diría una palabra… pero sería demasiado indecente. ¡Mujer! ¡Eres peor que una mujer!

PODKOLÉSIN: Bueno eres tú también, después de todo. (En voz baja). ¿Has perdido el juicio? ¡A dos pasos de nosotros está mi criado y me insultas en su presencia y con qué palabrotas! ¿No encontraste un lugar mejor?

KOCHKARÉV: ¿Cómo no te he de insultar, dímelo? ¿Quién no haría lo mismo, en mi lugar? ¿Quién dejaría de insultarte? Como un hombre respetable, habías resuelto casarte, te portabas razonablemente y de pronto… porque sí, por mera estupidez, so alcornoque…

PODKOLÉSIN: ¡Bueno, basta ya, iré! ¿A qué tanto grito?

KOCHKARÉV: ¡Iré! Claro… ¿Qué otra cosa podrías hacer? (A Stepán). Dale el sombrero y el capote.

PODKOLÉSIN: (En el umbral). ¡Qué hombre tan raro! No hay forma de entenderse con él: lo insulta a uno por cualquier cosa. No sabe de buenos modales.

KOCHKARÉV: Se acabó. Ya no te insulto. (Ambos salen).


Escena XII

Habitación en casa de ÁGATA TIJÓNOVNA.
ÁGATA TIJÓNOVNA echa un solitario; su tía ARINA PANTELEIMÓNOVNA observa.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Otro camino, tía! Se interesa no sé qué rey de corazones… hay lágrimas… una carta de amor; por la izquierda, se muestra afectuoso el rey de pique, pero una malvada le estorba.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y quién podría ser, en tu opinión, el rey de pique?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No lo sé.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pues yo sí lo sé.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Quién es?
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Un buen compañero, Alejo Dmitrievich Starikóv.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Eso sí que no, con seguridad. ¡Apostaría a que no!
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: No discutas, Ágata Tijónovna. ¡Su cabello es tan rubio! No hay otro rey de pique.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Te digo que no: el rey de pique significa aquí a un noble… A un mercader, le costaría pasar por el rey de pique.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Ah, Ágata Tijónovna! ¡Por cierto que no dirías eso si viviera aún tu padre Tijón Panteleimónovich! El difunto solía asestar un puñetazo sobre la mesa y gritar: “¡Que se vaya al infierno el que se avergüence de ser mercader! ¡Y no casaré a mi hija con un coronel! ¡Que eso lo hagan otros! Y a mi hijo, no le haré servir en la administración pública. ¿Acaso un mercader no sirve al zar a su manera, tanto como cualquier otro? Y descargaba el puño sobre la mesa. ¡Y tenía una manota como un balde! A decir verdad, vapuleó bastante a tu madre. De lo contrario, la difunta habría vivido más tiempo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Y yo, podría tener un marido tan malvado como él! ¡No me casaré con un mercader por nada del mundo!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Si Alejo Dmitrievich no es así!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡No quiero, no quiero! Tiene barba. Apenas empieza a comer, todo se le escurre por la barba. ¡No, no quiero!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero… ¿dónde se podría conseguir un buen noble? En la calle no, por cierto.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Tecla Ivánovna lo encontrará: ha prometido encontrar algo de lo mejor.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero… ¡si es una embustera, tesoro mío!


Escena XIII

DICHAS y TECLA.
TECLA: ¡Oh, no! ¡Es pecado hablar de los ausentes sin motivo, Arina Panteleimónovna!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah, es Tecla Ivánovna! ¡Bueno, vamos, habla, cuenta! ¿Hay?

TECLA: Hay, hay, pero déjame tomar aliento… ¡He estado tan atareada! Para cumplir tu encargo he estado en todas partes, me he arrastrado por las oficinas públicas, por los ministerios, hasta por las comisarías… ¿Sabes que poco faltó para que me pegaran? ¡Te lo juro! La vieja que casó a las de Aférov se me acercó con aire amenazador y me dijo: “¡Condenada, me quitas el pan! ¡Estás trabajando fuera de tu distrito!” “¿Y qué?” –repliqué, sin ambages–. Tratándose de mi señorita, perdona, pero no ahorraré esfuerzos, quiero dejarla satisfecha”. ¡Y hay que ver los novios que te he preparado! El mundo seguirá rodando, pero nunca se han visto novios semejantes. Hoy, vendrán varios. Vine corriendo especialmente para avisarte.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Cómo hoy? ¡Tecla Ivánovna, alma mía, tengo miedo!

TECLA: ¡No temas, querida! Vendrán a ver y nada más. Y tú, los mirarás a ellos: si no te gustan, se irán.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Bueno, supongo que se los habrás traído buenos!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y cuántos son? ¿Muchos?

TECLA: Seis.
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Con un gritito). ¡Oh!
TECLA: ¿Por qué te alborotas tanto, tesoro? Así, podrás elegir mejor: si no te sirve uno, te servirá otro.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Son nobles?

TECLA: Las perlas mismas de la nobleza, a cual mejor: de esos nobles que no se han visto todavía.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Vamos, dime… ¿Cómo son? ¿Cómo son?

TECLA: Todos buena gente, unos hombres magníficos, como es debido. El primero, Baltasar Baltasárovich Gevákin, ha servido en la marina. Dice que le gustan las novias de buen físico, nada de anémicas. E Iván Pávlovich, el agente fiscal, es tan importante que hasta resulta difícil abordarlo. ¡Es tan corpulento, tan gordo! Y, de repente, me empieza a gritar: “A mí, no me vengas con que la novia es tal o cual, a mí dime sin rodeos cuáles son sus propiedades y sus bienes muebles”. ¡Tanto de esto y tanto de lo otro, señor mío! “¡Mientes, hija de perra!” Y agrega otra palabrota tan fuerte que hasta me avergüenza repetirla. Yo inmediatamente, comprendí: ¡debía ser un hombre muy importante!

ÁGATA TIJÓNOVNA: Bueno… ¿Y quién más?

TECLA: Nicanor Ivánovich Anúchkin. ¡Un hombre tan delicado! Y con sus labios como guindas, palabra. ¡Guapísimo! “Lo que yo necesito –me dijo– es que la novia sea bonita y educada y sepa hablar el francés”. Sí, un hombre muy fino, educado a la alemana, eso se ve a la legua, y pequeño, flacucho, de piernas delgadas.

ÁGATA TIJÓNOVNA: No, a mí esos flacuchos no me gustan… No sé. Pero… ¡No les veo nada de atrayente…!

TECLA: Si te gustan más macizos, ahí lo tienes a Iván Ivánovich. Imposible elegir mejor. Ese sí que no hay nada que decir, es todo un caballero. No entra por esa puerta.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y qué edad tiene?
TECLA: Es joven. Tendrá unos cincuenta años, y aún quizás no los tenga.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y cómo se llama?
TECLA: Iván Pávlovich Iaíchnitza.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Eso es un apellido?
TECLA: Un apellido.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah, Dios mío, qué apellido! Pero, Tecla de mi alma… Si me casara con él, me llamaría de la noche a la mañana Ágata Tijónovna Iaíchnitza! ¡Dios mío!

TECLA: Hija mía, en Rusia hay unos apellidos que, cuando uno los oye, sólo puede escupir y santiguarse. Bueno, si no te gusta ese, ahí lo tiene a Baltasar Baltasárovich Gevákin… un novio que es una joya.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Cómo tiene el cabello?
TECLA: Lindo, lindo.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y la nariz?
TECLA: Y… y la nariz, también es linda; todo lo tiene en su lugar; lo que se llama un novio de primera. Pero no lo tomes a mal: en su casa, sólo tiene una pipa: ni un mueble.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Quién más hay?
TECLA: Akinfo Stepánovich Panteléev, funcionario, consejero de tercera, un poco tartamudo, pero muy modesto.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Tú, dale que dale con lo de funcionario! Dinos si no es bebedor; eso es lo que queremos saber.

TECLA: ¡Oh, en cuanto a eso, bebe, no puedo negarlo! Para eso es consejero de tercera. En cambio, es una seda.

ÁGATA TIJÓNOVNA: No, no quiero que mi marido sea un borracho.

TECLA: ¡Como gustes, tesoro! Si no quieres al uno, toma a otro… Por lo demás… ¿qué importa si alguna vez un hombre bebe una copa de más? Después de todo, ese no se pasa toda la semana borracho: hay días en que no bebe.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Bueno. ¿Y quién más está?

TECLA: Hay otro, pero ese… ¡Dios le ayude! Los que te dije son mejores.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿quién es?
TECLA: Yo no quisiera ni aun hablarte de él. Es consejero de tercera y luce una orden en la solapa, pero es tan difícil de mover que no hay modo de sacarlo de su casa.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Bueno… ¿Y quién más? Sólo hay cinco y me hablaste de seis.

TECLA: Pero… ¿acaso no te basta con cinco? Te habías asustado de la media docena y ahora… ¡mira qué alborotada estás!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y qué quieres que hagamos con tus nobles? Aunque son seis, un solo mercader vale por todos ellos. Tecla. ¡Oh, no, Arina Panteleimónovna! Un noble es más respetable.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y de qué nos sirve que sea respetable? Ahí lo tienes a Alejo Dmítrievich, que cuando pasa en trineo y con su gorra de piel…

TECLA: Y si se encuentra con un noble de charreteras, el noble le dice: “¡Eh, mercader de tres al cuarto, apártate de mi camino!” O, si no: “¡A ver, mercader, muéstrame la mejor seda que tengas!” Y el mercader responde: “¡A sus órdenes, señor!” Y el noble le grita: “¡Vamos, quítate el sombrero, mal educado!” He ahí lo que le dice un noble.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero el mercader, si quiere, no le da paño al noble y el noble tiene que andar como Dios lo echó al mundo.

TECLA: Entonces, el noble le da una buena zurra al mercader.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Y el mercader se va a quejar a la policía.
TECLA: Y el noble se va a quejar a un senador.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Y el mercader, al gobernador.
TECLA: Y el noble…ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Mientes, mientes! ¡Un gobernador es más que un Senador! ¡Mira qué modo de alardear con su noble! Y el noble, cuando hace falta, agacha tanto el espinazo como… (Suena la campanilla de la puerta de calle). Parece que llaman.

TECLA: ¡Oh, son ellos!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Quién, ellos?
TECLA: Pues ellos… Alguno de los novios.
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Sobresaltada). ¡Ah!
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Dios mío, apiádate de nosotras las pecadoras! ¡Qué desorden hay aquí! (Agarra todo lo que está sobre la mesa y corre por el cuarto). Y la servilleta, la servilleta de la mesa está completamente negra. ¡Duniáshka! ¡Duniáshka! (Aparece Duniáshka). ¡Pronto, una servilleta limpia! (Retira de un tirón la servilleta y da vueltas por la habitación frenéticamente).

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ay, tía! ¿Cómo hago? Estoy casi en camisa.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Corre a vestirte, pronto! (Da vueltos frenéticamente por la habitación. Duniáshka trae una servilleta, vuelve a sonar la campanilla). ¡Corre, dile que ya va! (Duniáshka grita desde lejos: “¡Ya va!”).

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Tía! ¡Pero si mi vestido no está planchado!
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Ay, Dios misericordioso! ¡Sálvanos de este trance! Ponte otro.

TECLA: (Entra corriendo). ¿Y por qué no salen? ¡Pronto, Ágata Tijónovna, tesoro mío! (Se oye el timbre). ¡Oh! ¡Pero si todavía está esperando!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Duniáshka, hazlo entrar y pídele que espere. (Duniáshka corre y se la oye abrir la puerta. Se distinguen voces: “¿Está en casa?” “Sí, está, haga el favor de pasar”. Las mujeres, con curiosidad, tratan de atisbar por el ojo de la cerradura).

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Con sobresalto). ¡Oh, qué gordo!

TECLA: ¡Viene, viene! (Todas salen corriendo).

Escena XIV

IVÁN PAVLÓVICH IAÍCHNITZA y DUNIÁSHKA.
DUNIÁSHKA: Espere aquí. (Sale).

IAÍCHNITZA: Bueno, si de esperar se trata, esperaremos, siempre que no demoren mucho; a duras penas pude hacer una escapada del ministerio. Y si, de pronto, el jefe preguntara: “¿Dónde está el agente fiscal?” “Fue a ver a una novia”. ¡Me pondría como nuevo con la novia! Por lo demás, vamos a releer el detalle de los bienes… (Lee). “Una casa de piedra de dos pisos…” (Alza los ojos y pasea la mirada por la habitación), ¡Está! (Sigue leyendo).”Tiene dos pabellones: uno de cimientos de piedra, otro de madera…” Bueno, el de madera no vale gran cosa…” Un birlocho, un trineo con un tallado debajo de la alfombra”. Serán de esos que sólo sirven para venderlos como trastos viejos. Pero la vieja asegura que son de primer orden, Bueno, supongamos que lo sean. “Dos docenas de cucharas de plata…” Claro, en una casa hacen falta cucharas de plata. “Dos abrigos de piel de zorro…” ¡Hum! “Cuatro colchones grandes de plumas y dos pequeños”. (Aprieta los dientes, con aire significativo). “Una docena de vestidos de seda y otra de vestidos de sarga, dos camisas de noche, dos… Bueno, esto son bagatelas. “Ropa Interior, servilletas. Eso, que sea como ella quiera. Ahora quizás te prometan una casa y un birloche y un trineo… y cuando te cases, tal vez sólo encuentres colchola carrera la habitación para abrir la puerta. Se oyen voces: “¿Está en casa?” “Sí, está”).

Escena XV

IVÁN PAVLÓVICH y ANÚCHKIN.
DUNIÁSHKA: Espere aquí. Saldrán a recibirlo. (Sale. Anúchkin saluda a Iaíchnitza).

ANÚCHKIN: ¿Tengo el honor de saludar al padre de la encantadora dueña de casa?

IAÍCHNITZA: De ningún modo, no soy su padre ni mucho menos. Ni siquiera tengo hijos.

ANÚCHKIN: ¡Ah, perdón, perdón!

IAÍCHNITZA: (Aparte). La fisonomía de ese hombre me parece sospechosa. ¿No habrá venido con el mismo fin que yo? (En voz alta). ¿Supongo que usted viene a ver a la dueña de casa por algún asunto?

ANÚCHKIN: No, no me trae ningún asunto. Sólo entré de paso… estaba paseando.

IAÍCHNITZA: (Aparte). ¡Miente, miente! ¡Ese paseo es una patraña! ¡Lo que quiere el bribón, es casarse! (Suena la campanilla. Duniáshka se precipita a abrir, cruzando la escena. Se oyen voces: “¿Está en casa?” “Sí, está”).

Escena XVI

DICHOS y GEVÁKIN, acompañado por la sirvientita.
GEVÁKIN: (A Duniáshka). Por favor, querida, límpiame un poco la ropa… ¡En la calle, me he cubierto de polvo! Mira, quítame esa plumita… (Volviéndose). ¡Eso es! Gracias, tesoro. Espera, fíjate… ¡Parece que ahí se arrastra una arañita! ¿Y atrás en los faldones, no tengo nada? ¡Gracias, ángel mío! Parece que aquí hay algo más. (Se trota con la mano la manga del frac y mira furtivamente a Anúchkin y a Iaíchnitza). ¡El paño es inglés, después de todo! ¡Y hay que ver el resultado que da! Lo compré y me hice confeccionar un uniforme cuando era aún contramaestre en 1785, y nuestra flota estaba en Sicilia; en 1801, con Pável Petróvich, me hicieron teniente… y el paño seguía estando flamante; en 1804, di la vuelta al mundo y apenas se gastaron un poco las costuras; en 1815, pedí el retiro y simplemente me hice dar vuelta el uniforme; y hace 10 años que lo llevo y está como nuevo. Gracias, querida… ¡tesorito! (Le oprime la mano y acercándose al espejo, se revuelve un poco el cabello).

ANÚCHKIN: ¿Y qué tal es… permítame que le pregunte… esa Sicilia… a la cual acaba de referirse? ¿Un hermoso país?

GEVÁKIN: ¡Oh, espléndido! Pasamos allí treinta y cuatro días; el paisaje, les aseguro a ustedes, es encantador. ¡Unas montañas, algún granado, y por todas partes unas italianitas que dan ganas de comérselas a besos!

ANÚCHKIN: ¿Y son cultas?
GEVÁKIN: ¡Extraordinariamente! Tanto como nuestras condesas, por ejemplo. A veces, uno se pasea por la calle… bueno, un oficial ruso, naturalmente, luce sus charreteras. (Señala los hombros). Y tiene el uniforme recamado en oro, y cuando ve allí a esas beldades morenas… asomadas a los balcones… porque allí todas las casas tienen sus balcones y terrazas, chatas como ese piso… Naturalmente, para no hacer mal papel, uno… (Se inclina y hace un ademán) y ella le contesta con lo mismo. (Hace otro ademán). Naturalmente, las italianitas visten muy bien: algún volado, un cordoncito, unos aretes… ¡en fin, lo que se llama un bocado principesco!

ANÚCHKIN: Y, permítame que le pregunte… ¿Qué idioma hablan en Sicilia?
GEVÁKIN: ¡Oh! Naturalmente, el francés.
ANÚCHKIN: ¿Y todas las damas lo conocen?
GEVÁKIN: Todas, sin excepción. ¡Le parecerá increíble, pero vivimos allí treinta y cuatro días y en todo ese tiempo no oí una sola palabra de ruso!

ANÚCHKIN: ¿Ni una sola?

GEVÁKIN: Ni una sola. No hablo ya de los nobles y demás caballeros: pero tomemos a un simple campesino de Sicilia que se gana la vida cargando al hombro cualquier bagatela y digámosle: “Dame pan, hermano”, y no lo entenderá a uno, se lo juro; pero dígale usted en cambio en francés “Dateci del pane” o “portate vino” y el muy bribón lo comprenderá en seguida y correrá a buscarlo.

IVÁN PAVLÓVICH: Esa Sicilia debe ser un país muy curioso. ¿Cómo es el campesino a quien acaba de referirse…? ¿Idéntico al mujik ruso… ancho de espaldas? ¿Labra la tierra?

GEVÁKIN: No sabría decírselo: no miré si labraban la tierra o no; pero en cuanto a oler tabaco, le aseguro que no sólo lo huelen, sino que hasta lo mastican. El transporte es allí muy barato: casi no hay más que agua y por todas partes se ven góndolas. ¡Y las italianitas son unas divinidades! ¡Todas de punta en blanco, con su pañuelito en la manga! Con nosotros, había también oficiales ingleses, gente como la nuestra, marinos… y al principio nos sentíamos muy incómodos. Pero cuando nos conocimos bien, empezamos a entendernos a las mil maravillas. Bastaba con señalar así una botella o un vaso… e inmediatamente comprendían que queríamos beber; uno se acercaba el puño así a la boca y hacía con los labios “paf, paf”, y eso significa fumar en pipa. En general, debo confesarles que el idioma es bastante fácil… nuestros marineros empezaron a entenderse con los ingleses a los tres días.

IVÁN PAVLÓVICH: Por lo visto, la vida en el extranjero es muy interesante. Me encanta encontrarme con un hombre que conoce mundo. Permítame preguntarle… ¿Con quién tengo el honor de hablar?

GEVÁKIN: Gevákin, teniente de la marina retirado. Permítame preguntarle, por mi parte… ¿Con quién tengo el privilegio de platicar?

IVÁN PAVLÓVICH: Soy Iván Pavlóvich Iaíchnitza, agente fiscal.

GEVÁKIN: (Que no ha oído bien). Sí, yo también comí algo por el camino. Me faltaba un buen trecho y hacía frío: me comí un arenque con pan.

IVÁN PAVLÓVICH: No, creo que usted no me interpretó bien: mi apellido es Iaíchnitza.

GEVÁKIN: (inclinándose). ¡Ah, perdón! Soy un poco sordo. Creí haberle oído decir que había comido una tortilla de huevos fritos.

IVÁN PAVLÓVICH: ¡Qué le hemos de hacer! Le pedí a mi jefe que me permitiera cambiar mi apellido por el de Iaíchnizin, pero él se negó, diciendo: “Sonará a sobáchiisin (Hijo de puta (N. del T.))

GEVÁKIN: Esas cosas suceden. En nuestra tercera flota, todos los oficiales y marineros tenían unos apellidos rarísimos: Pomóikin, Sáizev Liubopítni (Agua sucia, curioso) Y hasta había un buen contramaestre que se llamaba, pura y simplemente, Dirka (Agujero)
(Se oye la campanilla de la puerta de calle: Tecla cruza corriendo la escena para abrir).

IAÍCHNITZA: ¡Hola, querida!

GEVÁKIN: ¡Eh! ¿Qué tal, tesoro?
ANÚCHKIN: ¡Hola, Tecla Ivánovna!
TECLA: (Sin detenerse). ¡Bien, bien, gracias, hijos míos! (Abre la puerta y se oyen voces: “¿Está en casa?” “Sí que está”. Luego, se oyen confusamente algunas palabras más, a las cuales Tecla responde, con fastidio: “¡Vaya la ocurrencia!”).

Escena XVII

DICHOS, KOCHKARÉV, PODKOLÉSIN y TECLA.
KOCHKARÉV: (A Podkolésin). No te olvides simplemente de tener valor, eso es lo principal. (Mira a su alrededor, se inclina saludando, con cierto asombro y dice para sí). ¡Caramba, vaya una multitud! ¿Qué significa esto? ¿No serán novios? (Le propina un codazo a Tecla y le dice, en voz baja). Has reunido cuervos de todas partes… ¿eh?

TECLA: (En voz baja). Aquí no hay cuervos: todos son hombres honrados.
KOCHKARÉV: (A Tecla). Y, seguramente, de bolsillos agujereados. (En voz alta). Pero… ¿qué estará haciendo ahora esa dama? Esta puerta debe dar a su alcoba. (Se acerca a la puerta).

TECLA: ¡Desvergonzado! Ya te han dicho que se está vistiendo.
KOCHKARÉV: ¡Bah! ¿Y qué? Sólo echaré un vistazo y nada más. (Mira por la cerradura).

GEVÁKIN: Permítame curiosear también a mí.

IAÍCHNITZA: Déjeme echar una miradita, una sola.
KOCHKARÉV: (Sigue mirando). Pero… ¡no se ve nada, señores! ¡Y cualquiera adivina qué es eso blanco que se ve, si una mujer o una almohada! (Todos han rodeado la puerta y se abren paso para mirar). ¡Chist! Alguien viene.

(Todos se apartan de la puerta, de un salto).


Escena XVIII

DICHOS, ARINA PANTELEIMÓNOVNA y ÁGATA TIJÓNOVNA.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: (A Iaíchnitza). ¿Cuál es el motivo de su visita?
IAÍCHNITZA: He sabido por los diarios que ustedes quieren presentarse a licitación para proveer madera y leña, y por eso, como agente fiscal que soy, he venido a averiguar qué madera ofrecen y en qué cantidad y tiempo pueden proporcionarla.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Aunque no nos proponemos presentarnos a ninguna licitación, nos alegramos de su visita. ¿Su apellido?

IAÍCHNITZA: Iván Pavlóvich Iaíchnitza, consejero de cuarta categoría.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Tenga la bondad de sentarse. (Volviéndose hacía Gevákin, y mirándolo). Permítame preguntarle…

GEVÁKIN: Yo también leí en los diarios un aviso sobre no sé qué. Y me dije: bueno, vamos. El tiempo estaba hermoso, el camino cubierto de césped…

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Su apellido?

GEVÁKIN: Soy el teniente de marina retirado Baltasar Baltasárovich Gevákin. Hubo antes de mí otro Gevákin, pero se retiró antes que yo: lo hirieron debajo de la rodilla y la bala pasó de una manera tan extraña, que no tocó la rodilla sino que rozó la vena… y se diría que la cosió con un aguja, de tal modo que cuando uno estaba parado junto a él parecía a cada momento que quería propinarle un rodillazo.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Sírvase sentarse. (A Anúchkin). ¿Podría saberse a qué debemos su visita?

ANÚCHKIN: Por razones de vecindad. Estando bastante cerca de aquí…

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿No vive usted por casualidad en casa de la esposa del mercader Tulúbov, que está enfrente?

ANÚCHKIN: No, por ahora vivo todavía en los Pesky, pero me propongo mudarme con el tiempo a esta parte de la ciudad…

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Le ruego que se siente. (A Kochkarév). Permítame preguntarle…

KOCHKARÉV: Pero… ¿acaso no me conoce? (Volviéndose hacia Ágata Tijónovna). ¿Y usted también, señorita?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No recuerdo haberlo visto nunca.

KOCHKARÉV: Haga memoria: usted debe haberme visto en alguna parte.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Francamente, no sé. ¿No será en casa de los Biriúchkin?
KOCHKARÉV: Precisamente, fue en casa de los Biriúchkin.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah! Usted no sabe la desgracia que le pasó a la pobre.
KOCHKARÉV: Sí, ya sé, se casó.
ÁGATA TIJÓNOVNA: No, eso no sería nada: se fracturó la pierna.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Y qué fractura! Volvía muy tarde a su casa en coche, el cochero estaba borracho y volcó.

KOCHKARÉV: Sí, sí, recuerdo que le sucedió algo: no sé si se casó o se fracturó la pierna.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y su apellido?

KOCHKARÉV: llyá Fómich Kochkarév soy pariente de ustedes, mi mujer habla de eso sin cesar… Permítanme, permítanme, (Toma de la mano a Podkolésin y lo acerca): mi amigo Iván Kúsmich Podkolésin, consejero de tercera, jefe de su sección, lo hace todo solo, ha perfeccionado a fondo sus tareas.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y su apellido es…?

KOCHKARÉV: Podkolésin, ¡van Kúsmich Podkolésin. El director de la repartición ocupa su puesto por mera fórmula, pero todo lo hace él, Iván Kúsmich Podkolésin.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Ajá! Tenga la bondad de sentarse.

Escena XIX

DICHOS y STARIKÓV.
STARIKÓV: (Inclinándose ágil y rápidamente, a la manera de los mercaderes y con los brazos en jarras), ¡Salud, Arina Panteleimónovna! ¡La gente del patio de Los Huéspedes me dijo que usted tenía en venta lana!

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Volviéndole la espalda a medias con desdén, en voz baja pero de tal modo que Starikóv la oiga). Esto no es una tienda.

STARIKÓV: ¡Vaya, vaya! ¿Habré llegado en mal momento? ¿O se la han vendido a otro?

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Siéntese, Alejo Dmítrievich; aunque no vendemos lana, le agradecemos la visita. Tenga la bondad de sentarse.Todos se sientan. Reina el silencio.

IAÍCHNITZA: ¡Qué tiempo curioso! Por la mañana, parecía que iba a llover y ahora el cielo está lindo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí, este tiempo es incomprensible: de pronto aclara, de pronto llueve. Resulta muy desagradable.

GEVÁKIN: Cuando estábamos con la flota en Sicilia, en primavera, el tiempo era así: uno salía de casa con un sol radiante y luego empezaba a lloviznar.

IAÍCHNITZA: Lo más desagradable es estar solo con semejante tiempo. Cuando un hombre es casado, el asunto cambia por completo: pero si está solo, es simplemente…

GEVÁKIN: ¡Oh, la muerte, la propia muerte!
ANÚCHKIN: Sí, puede decirse que…
KOCHKARÉV: ¡Es una tortura! ¡Uno se harta de la vida! No quiera Dios que uno deba pasar por ese trance.

IAÍCHNITZA: ¿Y si usted tuviera que elegir novio, señorita? Permítanos conocer su gusto y perdone que le hable con tanta franqueza. ¿Qué carrera le parece más adecuada para un marido?

GEVÁKIN: ¿Le gustaría, señora, ser la esposa de un hombre familiarizado con las tempestades del mar?

KOCHKARÉV: ¡No, no! El mejor de los maridos, en mi opinión, es el hombre capaz de manejar él solo toda una repartición.

ANÚCHKIN: ¿A qué viene ese prejuicio? ¿Por qué desdeñarían ustedes a un hombre que, aunque haya servido en la infantería, sabe apreciar los modales de la alta sociedad?

IAÍCHNITZA: ¡Señora, decídalo usted misma!Ágata Tijónovna guarda silencio.

TECLA: Contéstales, hija mía, diles algo.

IAÍCHNITZA: ¿Y, señora?
KOCHKARÉV: ¿Qué opina, Ágata Tijónovna?
TECLA: (A Ágata, en voz baja). Diles, diles… “Les agradezco sus palabras…”; diles algo. No está bien quedarse callada así.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (En voz baja). Tengo vergüenza, palabra: me iré, te juro que me iré. Tía, quédate tú.

TECLA: ¡Oh, no hagas ese papel ridículo, no te vayas! Se reirán de ti. ¡Pensarán quién sabe qué!

ÁGATA TIJÓNOVNA: (En voz baja). ¡No, de veras que me iré me iré, me iré! (Se va corriendo. Tecla y Arina Panteleimónovna se van en pos de ella).

Escena XX

DICHOS, menos las mujeres.
IAÍCHNITZA: ¡Vaya! ¡Todas se han ido! ¿Qué significa esto?
KOCHKARÉV: ¡Debe haber sucedido algo!
GEVÁKIN: Será algún detalle del tocado femenino… Les faltará un alfiler… o un voladito… (Entra Tecla. Todos le van al encuentro, preguntando): ¿Qué, qué pasa?

KOCHKARÉV: ¿Ha sucedido algo?
TECLA: ¿Qué ha de suceder? No ha sucedido nada.
KOCHKARÉV: ¿Y por qué se fue?
TECLA: la avergonzaron, por eso se fue; la avergonzaron tanto que no pudo quedarse. Les ruega que la perdonen: los invita para la velada, a tomar una taza de té. (Sale).

IAÍCHNITZA: (Aparte). ¡Al diablo con esa taza de té! Por eso no me gusta valerme de las casamenteras: hoy no es posible, venga mañana, vuelva pasado mañana a tomar el té, y hay que pensarlo todavía. ¡Después de todo, se trata de una bagatela, no hay por qué devanarse los sesos, qué diablos! ¡Yo ocupo un cargo en la administración pública, no tengo tiempo que perder!

KOCHKARÉV: (A Podkolésin). La dueña de casa no está mal… ¿verdad?
PODKOLÉSIN: Sí, no está mal.
GEVÁKIN: La dueña de casa es linda… ¿no les parece?
KOCHKARÉV: (Aparte). ¡Al diablo! ¡Ese imbécil se ha enamorado! ¡Puede causarnos dificultades! (En voz alta). No tiene nada de linda, nada de linda.

IAÍCHNITZA: Una nariz grande.

GEVÁKIN: Bueno, confieso que no me fijé en la nariz. La muchacha es una flor.
ANÚCHKIN: Opino lo mismo. Pero no, no es eso… Hasta pienso que quizás desconozca los modales de la buena sociedad. ¿Y sabrá francés?GEVÁKIN: ¿Por qué no trató de hablar en francés con ella? Quizás lo sepa.

ANÚCHKIN: ¿Y cree usted que yo lo hablo? No, no tuve la suerte de que me dieran esa educación. Mi padre era un bribón, una bestia. Ni siquiera se le ocurrió enseñármelo. Entonces yo era todavía una criatura y habría resultado fácil enseñarme, hubiera bastado con unos cuantos azotes: y yo sabría ahora el francés, lo sabría sin la menor duda.

GEVÁKIN: Bueno. Ahora, quién sabe de qué le serviría si ella…
ANÚCHKIN: ¡Oh, no, no! La mujer ya es otra cosa: es indispensable que sepa el francés, y sin eso ninguno de sus atractivos (indica con gestos) será como es debido.

IAÍCHNITZA: (Aparte). Bueno, que de eso se ocupe otro. Yo, por mi parte, iré a inspeccionar los dos pabellones de la casa: si las cosas son como me han dicho, esta misma noche llegaré a algo concreto. Esos novios no me parecen peligrosos… son gente muy insignificante. A las novias no les gustan los individuos anémicos.

GEVÁKIN: Me iré a fumar una pipa. ¿No van ustedes por el mismo camino? ¿Dónde vive usted, permítame preguntarle?

ANÚCHKIN: En los Pesky, en la bocacalle de Petrovsk.

GEVÁKIN: Eso se aparta de mi itinerario: vivo en la isla, en la línea 18; de todos modos, lo acompañaré.

STARIKÓV: (Aparte). Aquí, pasa algo raro. (En voz alta). ¡Espero que Ágata Tijónovna se acordará también de nosotros! (Se inclina y se va).

Escena XXI

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV.
PODKOLÉSIN: ¿Y qué esperamos nosotros?
KOCHKARÉV: ¿Verdad que es encantadora la dueña de casa?
PODKOLÉSIN: ¡Bah! Confieso que no me gusta.
KOCHKARÉV: ¡Esa sí que es buena! Pero… ¡cómo! Si tú mismo reconociste que es linda!

PODKOLÉSIN: Es que no me convence: tiene la nariz grande y no sabe el francés.

KOCHKARÉV: ¿Y eso? ¿Para qué necesitas el francés?

PODKOLÉSIN: Bueno, de todos modos una novia debe saber el francés.

KOCHKARÉV: ¿Por que?
PODKOLÉSIN: Porque, porque… Bueno, no sé por qué, pero si no sabe el francés ya no será lo mismo.

KOCHKARÉV: Vamos, vamos; bastó que lo dijera un imbécil para que él abriera los oídos de par en par. Esa muchacha es una beldad, una belleza poco común, una mujercita de esas que no se encuentran así como así.

PODKOLÉSIN: A mí también me pareció hermosa al principio, pero después, cuando empezaron a decir que tenía una nariz larga… la miré bien, y vi que, efectivamente, tenía una nariz larga.

KOCHKARÉV: ¡Vaya un alcornoque! Ellos lo dicen a propósito para alejarte de aquí: y yo también hablé mal de la muchacha… así se acostumbra. ¡Qué mujercita, hermano! Mírale los ojos. ¡Son endiablados! Hablan, respiran. ¿Y la nariz? ¡Es tina delicia! ¡Blanca como el alabastro! Hasta el alabastro hace mal papel a su lado. Mírala bien tú mismo.

PODKOLÉSIN: (Sonriendo). Sí, ahora me vuelve a parecer bonita.
KOCHKARÉV: Claro que es bonita. Escúchame. Ahora que se han ido todos, vamos a verla, expliquémonos y asunto terminado.

PODKOLÉSIN: No, yo no haré eso.

KOCHKARÉV: ¿Por qué?
PODKOLÉSIN: ¡Sería una insolencia! Somos muchos: que elija ella misma.
KOCHKARÉV: ¿Qué te importa toda esa gente? ¿Quieres que yo la liquide en un abrir y cerrar de ojos?

PODKOLÉSIN: ¿Cómo?

KOCHKARÉV: Bueno, eso ya es cosa mía. Dame solamente tu palabra de que luego no te echarás atrás.

PODKOLÉSIN: ¿Por qué no te la he de dar? No me echaré atrás: quiero casarme.

KOCHKARÉV: ¡Tu mano!
PODKOLÉSIN: (Dándosela). ¡Aquí está!
KOCHKARÉV: Bueno, con eso me basta. (Ambos salen).


Acto II

Ágata Tijónovna sola, luego Kochkarév.

Escena I

Habitación en casa de ÁGATA TIJÓNOVNA.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Qué difícil es elegir! Si se tratara de uno o dos hombres, vaya y pase, pero son cuarto… y hay que decidirse por uno. Nicanor Ivánovich no está mal, aunque, naturalmente, es algo flaco; Iván Kúshmich tampoco está mal. Y a decir verdad, también Iván Pavlóvich, aunque gordo, es un hombre de muy buena presencia. ¿Qué hacer? Y Baltasar Baltasárovich no deja de ser persona de méritos. ¡Cómo cuesta decidirse! Si le pudiéramos agregar a la nariz de Iván Kúsmich los labios de Nicanor Ivánovich, y añadirles la desenvoltura de Baltasar Baltasárovich, y quizá la prestancia de Iván Pavlóvich… me decidiría inmediatamente. ¡Y ahora, como para pensarlo! Hasta me duele la cabeza. Creo que lo mejor sería echar a suertes, confiar en la voluntad de Dios: el que saque, será mi marido. Escribiré todos los nombres en unos papelitos, y tomaré uno al azar y que sea lo que Dios quiera. (Se acerca a la mesita, saca unas tijeras y papel, recorta unos papelitos y los dobla, mientras sigue hablando). ¡Desdichada situación la de una muchacha soltera, y más aún si está enamorada! ¡Ningún hombre podría concebir esa situación y ni aun comprenderla! Bueno… ¡Ya están listos todos los papelitos! Basta con ponerlos en el bolso, cerrar los ojos y que sea lo que deba ser. (Pone los papeles en su bolso y los revuelve). ¡Qué miedo…! ¡Ah, ojalá salga Nicanor Ivánovich! ¡No! ¿Por qué ha de ser él? Más vale Iván Kúsmich. ¿Y por qué ha de ser Iván Kúsmich? ¿Qué tienen de malo los demás? No, no, no quiero… Que sea el que salga. (Hurga en e/ bolso y en lugar de sacar uno, saca todos). ¡Ay, todos! ¡Han salido todos! ¡Y cómo me late el corazón! ¡No, uno, uno! ¡Uno solo, sin falta! (Pone los papelitos en el bolso y los revuelve. En ese momento, entra silenciosamente Kochkarév y se detiene detrás de ella). ¡Ah, si saliera Baltasar!… ¿Qué digo? Quise decir Nicanor Ivánovich… ¡No, no quiero, no quiero! El que diga la suerte.

KOCHKARÉV: Tome a Iván Kúsmich, es el mejor de todos.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah! (Se cubre el rostro con las manos, temiendo mirar hacia atrás).

KOCHKARÉV: Pero… ¿de qué se asusta? No se asuste, soy yo. De veras, tome a Iván Kúsmich.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, tengo vergüenza!… Usted me estuvo escuchando.

KOCHKARÉV: ¡No es nada, no es nada! Yo soy de la casa, soy un pariente suyo, no tiene por que avergonzarse ante mí: descúbrame su carita.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Descubriendo el rostro a medias). Le aseguro que siento vergüenza.

KOCHKARÉV: Vamos, acepte a Iván Kúsmich.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah! (Vuelve a cubrirse la cara con las manos).
KOCHKARÉV: Realmente, es un hombre extraordinario, que ha perfeccionado su trabajo… un hombre asombroso.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Descubriendo poco a poco el rostro), ¡Cómo! ¿Y el otro? ¿Y Nicanor Ivánovich? También él es un hombre de valía.

KOCHKARÉV: ¡Por favor! ¡Comparado con Iván Kúsmich, es una basura!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Por qué?
KOCHKARÉV: ¿Por qué? Está bien claro. Iván Kúsmich es un hombre que… bueno, simplemente un hombre… un hombre de esos que no se encuentran.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿E Iván Pavlóvich?

KOCHKARÉV: También Iván Pavlóvich es una basura… Todos ellos lo son.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿De veras que todos?
KOCHKARÉV: Pero reflexione usted misma, compare, simplemente. Por un lado, tiene a Iván Kúsmich, nada menos: y por el otro, cualquier cosa, un Iván Pavlóvich, un Nicanor Ivánovich… ¡morralla pura!

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero son muy… modestos.
KOCHKARÉV: ¡Qué modestos ni que ocho cuartos! Son unos camorristas, gente alborotadora. ¿Quiere usted que la zurren al día siguiente de la boda?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, Dios mío! Esa sí que es la peor desgracia que le podría suceder a una…

KOCHKARÉV: ¡Ya lo creo! ¡Imposible concebir algo peor!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y, en su opinión, lo mejor sería aceptar a Iván Kúsmich?

KOCHKARÉV: A Iván Kúsmich: naturalmente. A Iván Kúsmich. (Aparte). Parece que el asunto marcha. Podkolésin me espera en la confitería, tengo que ir a buscarlo cuanto antes.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿De modo que usted cree que… Iván Kúsmich?
KOCHKARÉV: Iván Kúsmich, sin falta, Iván Kúsmich.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y debo rechazar a los demás?
KOCHKARÉV: ¡Naturalmente!
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿cómo podría hacerlo? Siento un poco de vergüenza.

KOCHKARÉV: ¿Por qué ha de sentirla? Diga que es joven y que todavía no quiere casarse.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero no me creerán y empezaran a preguntar por qué y cómo.

KOCHKARÉV: Bueno. Si quiere terminar con todos a un tiempo, diga, simplemente: “¡Váyanse, estúpidos!”

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿cómo se puede decir eso?

KOCHKARÉV: Pruebe: yo le aseguro que cuando oigan esas palabras todos saldrán corriendo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero eso resultará un poco insultante.

KOCHKARÉV: ¿Y qué…? Luego, usted no volverá a verlos. ¿No le da lo mismo?

ÁGATA TIJÓNOVNA: De todos modos, no me parece bien… Se pueden enojar.

KOCHKARÉV: Y si se enojan, ¿qué? Lo peor que podría suceder entonces sería que alguno de ellos le escupiera en la cara… nada más.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Pues ya lo ve!

KOCHKARÉV: ¿Y qué tiene de particular? ¡A otros les han escupido tantas veces en la cara! Hasta conozco un hombre muy gallardo y de mejillas rubicundas, que fastidió tanto a su jefe pidiéndole un aumento de sueldo que este finalmente no pudo aguantar más y le escupió en la cara. ¡Palabra! “¡Ahí tienes tu aumento, y déjame en paz, qué diablos!” Pero, con todo eso, le aumentó el sueldo. Por eso digo… Y si le escupen en la cara… ¿qué? Si no tuviera a su alcance el pañuelo, sería otra cosa, pero lo tiene en el bolsillo… le bastará con sacarlo y secarse. (Suena la campanilla de la puerta de calle). Llaman; es alguno de ellos, sin duda: ahora, no me gustaría encontrarme con ninguno. ¿No hay otra salida?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Claro que sí! La puerta de servicio. Pero estoy temblando de pies a cabeza.

KOCHKARÉV: No es nada, no es nada, basta con conservar la presencia de ánimo. ¡Adiós! (Aparte). Traeré a Podkolésin lo antes posible.

Escena II

ÁGATA TIJÓNOVNA y IAÍCHNITZA.
IAÍCHNITZA: He venido deliberadamente un poco antes de la hora, señora mía, para hablar con usted a solas. Bueno señora, en cuanto a mi grado, creo que ya lo conoce: soy consejero de cuarta, cuento con el afecto de mi jefe, mis subalternos me obedecen… Sólo me falta una cosa: la compañera de mi vida.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí…
IAÍCHNITZA: Acabo de encontrarla. Esa compañera… es usted. Dígame sin ambages: ¿sí o no? (Le mira el hombro y dice aparte). ¡Oh, no es una de esas alemanitas flacuchas!… Algo tiene.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Soy muy joven, aún… Todavía no estoy dispuesta a casarme.

IAÍCHNITZA: ¡Vaya! Entonces… ¿por qué se afana la casamentera? Pero quizás usted haya querido decir otra cosa… explíquese… (Se oye la campanilla) ¡Demonios! No le dejan a uno hablar de negocios.

Escena III

DICHOS y GEVÁKIN.
GEVÁKIN: Perdóneme, señora. Quizá yo haya venido demasiado temprano. (Se vuelve y ve a Iaíchnitza). ¡Ah! Ya hay… ¡Mis respetos, Iván Pavlóvich!

IAÍCHNITZA: (Aparte), ¡Ojalá revientes con tus respetos! (En voz alta). ¿Entonces, señora…? Dígame una sola palabra: ¿sí o no?… (Se oye la campanilla: Iaíchnitza escupe, furioso). ¡Otra vez la campanilla!

Escena IV

DICHOS y ANÚCHKIN.
ANÚCHKIN: Quizás yo haya llegado un poco antes de lo que conviene según las reglas del decoro, señora… (Al ver a los demás, deja escapar una exclamación y se inclina). ¡Mis saludos!

IAÍCHNITZA: (Aparte). ¡Puedes guardártelos! ¡Te trajo el diablo! ¡Ojalá se te rompan esas raquíticas piernas! (En voz alta). Bueno, señora, decida… Soy un funcionario y dispongo de poco tiempo… ¿Sí o no?

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Turbada). No hace falta… no hace falta… (Aparte). No sé lo que digo.

IAÍCHNITZA: ¿Cómo, que no hace falta? ¿En qué sentido no hace falta?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No es nada, no es nada… Yo no… (Cobrando ánimos). ¡Fuera de aquí! (Aparte, con un gesto, consternada). ¡Oh, Dios mío! ¿Qué he dicho?

IAÍCHNITZA: ¡Cómo, “fuera de aquí”! ¿Qué significa “fuera de aquí”? Permítame preguntarle qué ha querido decir con eso… (Con los brazos en jarras, se le acerca con aire amenazador).

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Después de mirarle a la cara, profiere un grito), ¡Oh, me va a pegar, me va a pegar! (Sale corriendo, Iaíchnitza la sigue con los ojos, boquiabierto. Al oír el grito entra corriendo Arina Panteleimónovna y después de mirarle la cara, grita también: “¡Ay, nos va a pegar!” y sale corriendo asimismo),

IAÍCHNITZA: ¿Qué gente es esta? ¡Vaya un caso! (Suena la campanilla y se oyen voces).

Voz de KOCHKARÉV: Pero entra, entra… ¿Por qué te has detenido ahí?

Voz de PODKOLÉSIN: Entra tú primero. Yo sólo demoraré un momento; se me ha desatado un cordón.

Voz de KOCHKARÉV: Pero volverás a escapar.

Voz de PODKOLÉSIN: ¡No, no me escaparé! ¡Te juro que no me escaparé!

Escena V

DICHOS y KOCHKARÉV.
KOCHKARÉV: ¡Vaya con la necesidad que tenía de atarse el cordón! Iaíchnitza (Volviéndose hacia él): Dígame, por favor. ¿La novia es tonta o qué?

KOCHKARÉV: ¿Por qué? ¿Ha sucedido algo?
IAÍCHNITZA: Se porta de una manera incomprensible. Grita: “¡Me va a pegar, me va a pegar!” y sale corriendo. ¡Qué el diablo la entienda!

KOCHKARÉV: Bueno, sí, eso es corriente en ella: es tonta.

IAÍCHNITZA: Dígame… Usted es su pariente… ¿verdad?
KOCHKARÉV: Claro que lo soy.
IAÍCHNITZA: ¿En qué grado de parentesco? ¿Puede saberse?
KOCHKARÉV: Para serle franco, no lo sé; la tía de mi madre, no sé cómo, tiene algo que ver con el padre de ella, o el padre de ella tiene algo que ver con mi tía: eso lo sabe mi mujer… es cosa de ellas.

IAÍCHNITZA: ¿Y es tonta desde hace tiempo?
KOCHKARÉV: De nacimiento.
IAÍCHNITZA: Claro, sería preferible que fuera más inteligente; pero, por lo demás, tampoco molesta el que sea tonta; lo importante, es que están en debida forma sus ingresos.

KOCHKARÉV: Pero… ¡si no tiene nada!
IAÍCHNITZA: ¡Cómo! ¿Y la casa de piedra?
KOCHKARÉV: ¡Pero si sólo dicen que es de piedra! ¡Si usted supiera cómo la construyeron…! Cada pared se basa en un solo ladrillo, y ese ladrillo está rodeado de toda clase de basura, ripio, grava, virutas, pedazos de madera.

IAÍCHNITZA: ¡No me diga!
KOCHKARÉV: Naturalmente. ¿Acaso no sabe cómo se hacen ahora las casas? Les basta con poder hipotecarlas.

IAÍCHNITZA: Pero la casa no está hipotecada… ¿verdad?

KOCHKARÉV: ¿Quién le ha dicho eso? Esa es la cuestión: que no sólo está hipotecada, sino que hace dos años que no se pagan los intereses. Y, para peor, en el Senado hay un individuo que le ha echado el ojo a la casa… y es el canalla más grande que se haya visto, sería capaz de quitarle la última de las polleras a su madre.

IAÍCHNITZA: ¿Y cómo se explica que la casamentera me haya dicho…? ¡Qué infame! ¡Qué monstruo… (Aparte) Pero es posible que este hombre mienta. ¡Habrá que interrogar severamente a la vieja! Y si eso resulta cierto… bueno… le haré pasar un mal rato.

ANÚCHKIN: Permítame que lo moleste con una pregunta. Confieso que, cuando uno no sabe el francés, le resulta difícil juzgar si una mujer lo sabe o no. ¿Lo sabe la dueña de casa…?

KOCHKARÉV: Ni mu.
ANÚCHKIN: No me diga..
KOCHKARÉV: ¡Claro! La conozco perfectamente. Estudió con mi mujer en el internado y era una holgazana bien conocida; siempre la castigaban por no hacer los deberes. Y el profesor de francés, pura y simplemente, le pegaba con la palmeta.

ANÚCHKIN: ¡Imagínese! Cuando la vi por primera vez tuve no sé por qué el presentimiento de que no sabía el francés

IAÍCHNITZA: ¡Al diablo con el francés! Pero… ¿cómo se explica que esa maldita casamentera…? ¡Ah, ese monstruo, esa bruja! ¡Si ustedes supieran las palabras con que me pintó el asunto!… ¡Parecía un paisajista, un verdadero paisajista!
“La casa –me dijo– tiene dos pabellones, con cimientos de piedra. Hay cucharas de plata, trineos… ¡Le bastará con sentarse en ellos y a pasear!” En una palabra, me contó cosas de novela. ¡Ah, bribona! Si cae en mis manos..

Escena VI

DICHOS y TECLA.
(Todos, al verla, se dirigen hacia ella, con las palabras siguientes):
IAÍCHNITZA: ¡Ah, ahí está! ¡A ver, acércate, vieja pecadora! ¡Acércate!
ANÚCHKIN: ¿De modo que me engañó, Tecla Ivánovna?
KOCHKARÉV: ¡Te ha llegado la hora!
TECLA: No entiendo una sola palabra: ¡me han ensordecido!
IAÍCHNITZA: La casa está construida sobre un solo ladrillo, vieja canalla, y me has mentido; y en cuanto a los pabellones, sabe Dios de qué son.

TECLA: No lo sé, yo no la he construido. Quizás necesitaran hacerlo con un solo ladrillo y por eso lo hicieron así.

IAÍCHNITZA: ¡Y, para peor, está hipotecada! ¡Que te lleven todos los diablos, maldita bruja! (Golpea el suelo con el pie).

TECLA: ¡Míralo! Y, todavía, me insulta. Otro, me agradecería haberme molestado por él.

Escena VIII

KOCHKARÉV, GEVÁKIN.
KOCHKARÉV: (Sigue riendo). ¡Ay, pobre, de mí! ¡Pobre de mí! ¡No aguanto más! ¡Me parece que voy a reventar de risa!

GEVÁKIN: (Al mirarlo, empieza también a reír).

KOCHKARÉV: (Se desploma sobre una silla, exhausto). ¡Oh, palabra, estoy agotado! Presiento que, si me sigo riendo, me quedaré sin fuerzas.

GEVÁKIN: Me gusta su carácter alegre. En la flota del capitán Boldirév, teníamos a un contramaestre llamado Petujóv, Antón Ivánovich Petujóv; también era muy alegre. A veces, bastaba con mostrarle un dedo… y se echaba a reír, palabra, y se seguía riendo hasta la noche. Y al mirarlo, uno solía contagiarse… y se echaba a reír, también.

KOCHKARÉV: (Tomando aliento). ¡Oh, Dios mío, perdónanos a los pecadores! ¡Las cosas que se le ocurren a esa tonta! ¡Qué ha de casar a nadie! ¿Ella? ¡Ni por pienso! ¡Yo sí que, cuando caso, caso!

GEVÁKIN: ¿De veras? ¿De velas que usted puede casarlo a uno?
KOCHKARÉV: ¡Ya lo creo! A cualquiera con cualquiera.
GEVÁKIN: ¡Entonces, cáseme con la dueña de casa!
KOCHKARÉV: ¿A usted? Pero… ¿para qué quiere casarse?
GEVÁKIN: ¿Cómo para qué? ¡Permítame decirle que la pregunta me resulta un poco extraña. Ya se sabe para qué.

KOCHKARÉV: Pero… ¡si ya ha oído decir que no tiene ni pizca de dote!

GEVÁKIN: Si no la tiene, paciencia. Claro que es una lástima, pero, tratándose de una muchacha tan encantadora y bien educada, uno puede conformarse sin dote. Bastaría con una habitación. (Indica con las manos). Aquí, por ejemplo, vendría una salita, allá un pequeño biombo o un tabique…

KOCHKARÉV: Pero… ¿qué le ha gustado tanto en ella?
GEVÁKIN: Para serle franco, me ha gustado por lo regordeta. Soy muy aficionado a la redondez femenina.

KOCHKARÉV: (Mirándolo de soslayo, aparte). ¡Pero él no puede alardear mucho de su redondez! ¡Es flaco como una bolsita de tabaco a la cual le han sacado el tabaco! (En voz alta). No, a usted no le conviene casarse, de ningún modo.

GEVÁKIN: ¡Cómo! ¿Por qué?

KOCHKARÉV: Porque no. Pero. ¿no advierte su figura? Tiene una pierna que parece una pata de gallo.

GEVÁKIN: ¿De gallo?

KOCHKARÉV: Claro. ¡Le falta prestancia!
GEVÁKIN: Pero… ¿qué quiere decir con eso de pata de gallo?
KOCHKARÉV: Quiero decir… una pata de gallo… ¡y basta!
GEVÁKIN: Me parece que usted está entrando en un terreno personal…
KOCHKARÉV: Pero si se lo digo es porque lo sé un hombre razonable; a otro, no se lo diría. Yo lo casaré, conforme, pero con otra.

GEVÁKIN: No, yo le agradecería que no me casara con otra. ¡Sea bueno, cáseme con esta!

KOCHKARÉV: Bueno, lo casaré, pero con una condición: que no se meta en nada y no se deje ver siquiera por la novia… Yo lo concertaré todo sin usted.

GEVÁKIN: Pero ¿cómo quiere concertarlo todo sin mí? Tendré que dejarme ver, por lo menos.

KOCHKARÉV: No hay ninguna necesidad. Váyase a su casa y espere, Esta misma noche todo estará arreglado.

GEVÁKIN: (Frotándose las manos). ¡Eso sí que sería bueno! Pero… ¿no haría falta mi certificado de identidad o mi foja de servicios? Quizás la novia quiera curiosear. Haré una escapadita para traérselos.

KOCHKARÉV: No hace falta nada, váyase a su casa, simplemente; hoy mismo le avisaré. (Lo acompaña afuera). ¡Sí, hoy mismo, se lo aseguro! (Aparte).¿Qué significa esto? ¿Cómo se entiende que Podkolésin no venga? ¡Me resulta extraño! ¿Se estará atando todavía el cordón? ¿No convendrá correr a buscarlo?

Escena IX

KOCHKARÉV, ÁGATA TIJÓNOVNA.
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Mirando a su alrededor). ¡Cómo! ¿Se han ido? ¿No hay nadie?

KOCHKARÉV: Se han ido, se han ido, no hay nadie

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, si supiera cómo he estado temblando! Nunca me ha pasado nada parecido. ¡Qué hombre terrible es ese Iaíchnitza! ¡Qué tirano sería sin duda con su mujer! ¡Temo verlo volver de un momento a otro!

KOCHKARÉV: ¡Oh…! No volverá por nada del mundo. Me juego la cabeza a que ninguno de los dos volverá.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y el tercero?

KOCHKARÉV: ¿Qué tercero?
GEVÁKIN: (Asomando la cabeza por la puerta). Me muero por saber cómo se referirá ella a mí con su boquita… ¡Qué flor de mujer!Ágata Tijónovna, ¿Y Baltasar Baltasárovich?

GEVÁKIN: ¡Ah, ahí está, ahí está! (Se frota las manos).

KOCHKARÉV: ¡Bah! Ya sé a quien se refiere. ¡Pero si ese hombre es imposible! ¡Un imbécil nato!

GEVÁKIN: ¿Qué significa esto? Francamente, no lo entiendo de ninguna manera.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sin embargo, parece ser un hombre excelente.

KOCHKARÉV: ¡Es un borracho!
GEVÁKIN: ¡Juro que no lo entiendo!
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿De veras que es un borracho?
KOCHKARÉV: Pero, naturalmente… ¡Un bribón bien conocido!
GEVÁKIN: (En voz alta). No, permítame. ¡Yo no le pedí que dijera eso, de ningún modo! Una cosa era decir algo en beneficio mío; pero para hacerlo con esas palabras, sírvase ocuparse de otro, yo no quiero saber nada.

KOCHKARÉV: (Aparte). ¿Por qué se le habrá ocurrido volver? (A Ágata Tijónovna, en voz baja) Mire, mire, apenas si puede sostenerse sobre sus piernas. Así está todos los días. ¡Échelo y asunto acabado! (Aparte). Y Podkolésin que no aparece… ¡Qué canalla! Me desahogaré con él. (Sale).

Escena X

ÁGATA TIJÓNOVNA y GEVÁKIN.
GEVÁKIN: (Aparte). ¡Prometió ponderarme y en cambio me llenó de insultos! ¡Qué individuo extraño! (En voz alta). Señora usted no debe creer…

ÁGATA TIJÓNOVNA: Disculpe, no me siento bien… Me duele la cabeza. (Quiere irse).

GEVÁKIN: ¿Quizás no le gusta algo en mí? (Señalando su cabeza). No se fije en esta ligera calvicie: no tiene importancia, fueron unas fiebres; pronto me crecerá aquí el pelo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Tanto me da lo que usted tenga ahí.
GEVÁKIN: Yo, señora… cuando me pongo el frac, el color de mi tez es mucho más blanco.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Mejor para usted. ¡Adiós! (Se va).

Escena XI

GEVÁKIN (solo, habla en pos de ella).
GEVÁKIN: Permítame, señora… Dígame la razón. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Acaso tengo algún defecto importante?… ¡Se fue! ¡Qué caso sorprendente! Ya van diecisiete veces que me sucede lo mismo, y siempre casi de la misma manera: al principio, todo parece marchar bien, y cuando llegamos al desenlace… me rechazan. (Se pasea por la habitación, con aire caviloso). Sí… ¡Es la novia número diecisiete! Pero… ¿qué pretende? ¿Por qué habría de… con qué motivo…? (Después de meditar). ¡El asunto es oscuro, oscurísimo! ¡Todavía, si yo tuviera algún defecto grave! (Se examina). Al parecer, no se podría decir eso: a Dios, la naturaleza no me ha ofendido en nada. ¡Es incomprensible! ¿No me convendría irme a casa y hurgar en el baúl? Tengo ahí unos versitos a los cuales ninguna mujer podría resistirse. ¡Dios mío, es realmente incomprensible! Al principio, las cosas parecían marchar bien. Por lo visto, habrá que dar marcha atrás. ¡Es una lástima, es realmente una lástima! (Se va).

Escena XII

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV (entran y miran hacia atrás).
KOCHKARÉV: No nos vio. ¿Viste qué contrariado estaba?
PODKOLÉSIN: ¿De veras que lo rechazaron, como a los demás?
KOCHKARÉV: Rotundamente.
PODKOLÉSIN: (Con una sonrisa de engreimiento). Debe ser muy desagradable el que a uno lo rechacen.

KOCHKARÉV: ¡Por cierto que sí!

PODKOLÉSIN: Todavía no puedo creer que ella haya dicho sin ambages que me prefiere a los demás.

KOCHKARÉV: ¿Qué si te prefiere? Está loca por ti. Es un amor que… ¡No te imaginas los epítetos que te prodigó! ¡Qué pasión! Está hirviendo, pura y simplemente.

PODKOLÉSIN: (Con risa engreída). ¡Y, en realidad, si una mujer quiere es capaz de decir unas cosas! ¡A uno ni siquiera se le ocurrirían! Tesoro, cielito, amor mío…

KOCHKARÉV: ¡Bah! Eso no es nada. Cuando te cases, ya verás las palabritas que te dirá en los dos primeros meses de matrimonio: será cosa de derretirse, hermano.

PODKOLÉSIN: (Riendo). ¿De veras?

KOCHKARÉV: ¡Te lo digo como hombre honrado que soy! Pero escúchame ahora, pongamos manos a la obra. Ábrele inmediatamente tu corazón y pídele su mano.

PODKOLÉSIN: Pero ¿cómo es eso de inmediatamente? ¡Vamos!
KOCHKARÉV: Ahora mismo, sin falta… Y ahí está.

Escena XIII

DICHOS y ÁGATA TIJÓNOVNA.
KOCHKARÉV: Señora, le he traído a este mortal que aquí ve. Nunca hubo un hombre tan enamorado… Ni a un enemigo te desearía yo que sufriera estas torturas de amor…

PODKOLÉSIN: (Dándole un codazo, en voz baja). Vamos, hermano. Me parece que estás exagerando.

KOCHKARÉV: (A él). ¡No es nada, no es nada! (A ella, en voz baja). Sea más audaz, es muy tímido, trate de ser lo más desenvuelta posible. Enarque un poco las cejas o baje los ojos y fulmínelo de pronto con ellos al muy bribón, o muéstrele el hombro y que lo mire, el muy canalla. Es una lástima que no se haya puesto un vestido de mangas cortas; pero así tampoco está mal. (En voz alta). ¡La dejo en grata compañía! Me asomaré por un momento a su comedor y a su cocina: hay que dar órdenes, porque no tardará en llegar el camarero al cual le encargué la cena: quizás hayan mandado ya los vinos… ¡Hasta pronto! (A Podkolésin). ¡Más audacia! ¡Más audacia! (Se va).

Escena XIV

PODKOLÉSIN y ÁGATA TIJÓNOVNA,
ÁGATA TIJÓNOVNA: Le ruego que tenga la bondad de sentarse. (Ambos se sientan y guardan silencio).

PODKOLÉSIN: ¿Le gusta pasear, señora?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Pasear? Es decir… ¿A qué se refiere?
PODKOLÉSIN: Cuando uno se va a veranear, resulta agradable pasear en bote.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí. A veces, me paseo con los amigos. (Pausa breve).
PODKOLÉSIN: No se sabe cómo será el verano.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Hay que desear que sea bueno.(Guardan silencio).Podkolésin. ¿Cuál es su flor preferida, señora?

ÁGATA TIJÓNOVNA: La de olor más fuerte: el clavel.
PODKOLÉSIN: A las damas, les sientan muy bien las flores
ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí, es un pasatiempo muy agradable. (Silencio). ¿A qué iglesia fue usted el domingo pasado?

PODKOLÉSIN: A la de Vosnezensky, y la semana pasada fui a la de Kasánsky. Por lo demás, tratándose de rezar, tanto da la iglesia. Sólo que unas están mejor adornadas que otras. (Silencio. Podkolésin tamborilea con los dedos sobre la mesa). Pronto podremos pasearnos por Ekateringhóf.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí, dentro de un mes, me parece.

PODKOLÉSIN: Menos de un mes.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Seguramente, el paseo será divertido.
PODKOLÉSIN: Hoy, estamos a ocho. (Cuenta con los dedos). Nueve, diez, once… dentro de veintidós días.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Qué pronto! ¡Es increíble!

PODKOLÉSIN: Y no cuento siquiera el día de hoy. (Silencio). ¡Qué audaz es el pueblo ruso!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Quién?

PODKOLÉSIN: Me refiero a los obreros. Trepan ahí a lo más alto… Pasé junto a una casa y el albañil estaba revocando la pared a muchos metros de altura y no tenía miedo de nada.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah!… ¿Y dónde era eso?

PODKOLÉSIN: En el camino que recorro a diario cuando voy a la oficina. Todas las mañanas voy a mi empleo. (Silencio. Podkolésin vuelve a tamborilear con los dedos, finalmente aferra el sombrero y se inclina).

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Piensa ya…?
PODKOLÉSIN: Sí. Disculpe. Quizás le haya aburrido.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡De ningún modo! Por el contrario, debo agradecerle los momentos agradables que me ha hecho pasar.

PODKOLÉSIN: (Sonriendo). Y yo que, francamente, creía haberla aburrido…

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, le juro que no!
PODKOLÉSIN: Entonces, permítame que, en alguna otra oportunidad, al anochecer…

ÁGATA TIJÓNOVNA: Tendré muchísimo gusto. (Se inclinan, saludándose.nPodkolésin se va).

Escena XV

ÁGATA TIJÓNOVNA (sola).
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Que hombre de méritos! Ahora acabo de conocerlo bien: realmente, resulta imposible no quererlo; ¡es tan modesto y tan razonable… Sí, su amigo fue justo cuando habló tan bien de él; sólo lamento que se haya ido tan pronto, me habría gustado escucharlo un poco más. ¡Qué agradable resulta hablar con él; lo principal, es que no habla por hablar… También yo quise decir unas cuantas palabras, pero, confieso que me acobardé. El corazón me latía de tal manera… ¡Qué hombre magnífico! Iré a contárselo a la tía. (Se va).

Escena XVI

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV (entran).
KOCHKARÉV: Pero… ¿por qué a casa? ¡Qué absurdo! ¿Por qué a casa?
PODKOLÉSIN: ¿Y para qué habría de quedarme aquí? Si ya dije todo lo que correspondía…

KOCHKARÉV: ¿Le dijiste, pues, lo que sentías?

PODKOLÉSIN: Bueno, quizás no se lo haya dicho.

KOCHKARÉV: ¡Ésa sí que es buena! ¿Y por qué no?
PODKOLÉSIN: Vamos… ¿Cómo quieres que uno, sin haber hablado antes de nada, diga de buenas a primera: “¡Señora, permítame casarme con usted!”.

KOCHKARÉV: Entonces… ¿de qué tonterías hablaron ustedes durante media hora?

PODKOLÉSIN: De todo un poco y, lo confieso, estoy muy contento; he pasado el rato muy agradablemente.

KOCHKARÉV: Pero, escúchame y juzga tú mismo. ¿Cuándo tendremos tiempo de hacer todo eso? ¡Dentro de una hora hay que ir a la iglesia, a casarse!

PODKOLÉSIN: Pero… ¡tú estás loco! ¿A casarme hoy?…

KOCHKARÉV: ¿Por qué no?
PODKOLÉSIN: ¿A casarme hoy?
KOCHKARÉV: Pero… ¡si tú mismo me diste tu palabra, me dijiste que cuando echara a los novios, estabas dispuesto a casarte!

PODKOLÉSIN: Bueno. Y estoy dispuesto a cumplir mi promesa. Pero no inmediatamente. Dame un mes para tomar aliento.

KOCHKARÉV: ¡Un mes!

PODKOLÉSIN: Sí, claro.
KOCHKARÉV: Pero… ¿estás loco, o qué?
PODKOLÉSIN: Menos de un mes, imposible.
KOCHKARÉV: Pero… ¡si ya acabo de encargar la cena nupcial, alcornoque! Vamos, escúchame, Iván Kúsmich. No seas porfiado, querido. Cásate ahora.

PODKOLÉSIN: Pero, hermano… ¿Qué estás diciendo? ¿Cómo quieres que me case ahora?

KOCHKARÉV: ¡Iván Kúsmich! Vamos, te lo ruego. Si no quieres hacerlo por ti, hazlo al menos por mí.

PODKOLÉSIN: No puedo, te lo juro.

KOCHKARÉV: Puedes, querido, todo lo puedes. ¡Vamos, no seas caprichoso, querido!

PODKOLÉSIN: Pero… ¡te aseguro que no! Es muy embarazoso, sumamente embarazoso

KOCHKARÉV: Pero… ¿por qué habría de serlo? ¿Quién te ha dicho eso? Razona tú mismo, tú que eres un hombre inteligente. No te lo digo para lisonjearte ni porque seas un consejero de tercera, te lo digo simplemente por afecto. Vamos, querido, decídete, mira las cosas con ojos de hombre razonable…

PODKOLÉSIN: Pero si se pudiera, yo…
KOCHKARÉV: ¡Iván Kúsmich, tesoro mío! Vamos… ¿Quieres que me arrodille ante ti?

PODKOLÉSIN: Pero… ¿para qué?

KOCHKARÉV: (Arrodillándose ante él). ¡Vamos, aquí me tienes de rodillas! Ya lo ves, te lo suplico. ¡Nunca olvidaré el favor que me has hecho! ¡No seas porfiado, tesoro!

PODKOLÉSIN: No, no puedo, hermano, te juro que no puedo.
KOCHKARÉV: (Levantándose, furioso). ¡Cerdo!
PODKOLÉSIN: Bueno, si quieres, insúltame.
KOCHKARÉV: ¡Estúpido! Nunca vi a un hombre tan estúpido.
PODKOLÉSIN: Insúltame, insúltame.
KOCHKARÉV: ¿Por quién me he estado afanando? ¿Por quién he librado toda una batalla? ¡Todo en beneficio tuyo, idiota! ¿Qué gano yo con todo esto? Te abandonaré. ¿A mí qué me importa?

PODKOLÉSIN: ¿Y quién te ha pedido que te afanes? Abandóname, si quieres.
KOCHKARÉV: Pero… ¡si te abandono te pierdes, sin mí no harás nada! Si no ve caso, seguirás siendo un tonto toda la vida.

PODKOLÉSIN: ¿Y a ti, qué te importa?

KOCHKARÉV: Por ti me afano, alcornoque.
PODKOLÉSIN: No quiero que te afanes.
KOCHKARÉV: ¡Entonces, vete al diablo!
PODKOLÉSIN: Bueno, me iré al diablo.
KOCHKARÉV: ¡Allá te puedes ir!
PODKOLÉSIN: Me iré.
KOCHKARÉV: Ve, ve. Y ojalá te rompas una pierna. ¡Te deseo de corazón que te atropelle un cochero borracho! ¡Eres un títere, y no un funcionario! ¡Te juro que entre nosotros todo ha terminado y que no quiero verte más.PODKOLÉSIN: No me verás. (Se va).

KOCHKARÉV: ¡Vete al diablo, tu viejo amigo! (Abriendo la puerta, le grita en pos). ¡Estúpido!

Escena XVII

KOCHKARÉV (solo, se pasea, muy nervioso).
KOCHKARÉV: Bueno… ¿Se ha visto alguna vez un hombre semejante? ¡Qué estúpido! Pero, a decir verdad, también yo soy un tonto. Díganme por favor todos ustedes… ¿No soy acaso un badulaque, un imbécil? ¿Para qué me afano, grito, grito hasta enronquecer? ¿Qué es él para mí, díganmelo? ¿Un pariente o qué? ¿Y qué soy yo para él? ¿Una nodriza, una tía, una madrina o qué? ¿Para qué diablos me esfuerzo por él, no me doy sosiego, maldito sea? ¡No lo sé! Vaya uno a preguntarle a un hombre para qué hace algo! ¡Qué miserable! ¡Qué rostro asqueante, repulsivo! ¡Con qué ganas le daría yo una tanda de puñetazos, al muy idiota, en la nariz, en las orejas, en la boca, en los dientes… en todas partes! (Furioso asesta varios puñetazos en el vacío). Eso es lo insoportable! Ahora, volverá a su casa y se fumará su pipa. ¡Qué ser repelente! ¡Se han visto carotas repulsivas, pero como esa, ninguna! Pues no, no. ¡Iré y haré volver al muy holgazán! No le permitiré huir… ¡Traeré aquí al muy miserable! (Se va corriendo).

Escena XVIII

ÁGATA TIJÓNOVNA (entra).
ÁGATA TIJÓNOVNA: El corazón me late con tanta violencia que no atinaría a explicármelo. Adondequiera miro, me parece ver a Iván Kúsmich. Nadie puede escapar a su destino: se diría que eso es cierto. Quise ocuparme de otra cosa, pero fue inútil… Cuando quería bordar o tejer un bolso, se me aparecía Iván Kúsmich. (Pausa). ¡De modo que, finalmente, dejaré de ser soltera! Me llevarán a la Iglesia… luego, me dejarán a solas con un hombre… ¡Oh! Tiemblo de pies a cabeza. ¡Adiós mi vida de muchacha! (Llora). ¡He vivido tantos años tranquila…! Y ahora, tengo que casarme. ¡Cuántas preocupaciones me esperan! Los niños, esos varoncitos que riñen a cada momento… y las niñas, también, crecen… y hay que casarlas. Y menos mal cuando se casan con hombres buenos, pero pueden tocarles unos borrachos o unos hombres de esos que salta a la vista lo que son capaces de hacer… (Poco a poco, comienza a sollozar de nuevo). No tuve tiempo de divertirme en mis tiempos de muchacha, y no tuve siquiera veintisiete años de doncellez… (Transición). Pero… ¿por qué demorará tanto Iván Kúsmich?

Escena XIX

ÁGATA TIJÓNOVNA y PODKOLÉSIN
(Sale a escena, empujado por ambas manos de Kochkarév).
PODKOLÉSIN: (Balbuceando). Vine, señora mía, a explicarle algo… pero quisiera saber antes si no le parecerá extraño.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Bajando los ojos). ¿De qué se trata?

PODKOLÉSIN: No, señora. Dígame usted antes… ¿No le parecerá extraño?
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Lo mismo). No puedo saber de qué se trata.
PODKOLÉSIN: Pero, confieso… Seguramente, le parecerá extraño lo que le diré… ¿no es así?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Por qué ha de parecerme extraño? Tratándose de usted, me agrada escucharlo todo.

PODKOLÉSIN: Pero eso usted no lo ha escuchado nunca. (Ágata Tijónovna baja aún más los ojos: en ese momento, entra silenciosamente Kochkarév y se detiene detrás de su amigo). Se trata de… Pero será mejor que se lo diga después, en algún otro momento…

ÁGATA TIJÓNOVNA: Y… ¿de qué se trata?

PODKOLÉSIN: Yo… yo quería, lo confieso, decírselo ahora, pero tengo aún ciertas dudas.

KOCHKARÉV: (Para sí, juntando las manos). ¡Dios mío, qué hombre! Es simplemente una vieja y no un hombre, es una parodia de hombre, la sátira de un hombre!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Por qué duda?
PODKOLÉSIN: No sé. Siento dudas.
KOCHKARÉV: (En voz alta). ¡Qué tonto es esto, qué tonto! Mire, señora. Lo que desea Iván Kúsmich, es pedirle su mano; quiere decirle que no puede vivir sin usted, que se muere por usted. Y sólo la pregunta… ¿Acepta hacerlo feliz?

PODKOLÉSIN: (Casi asustado, lo empuja y exclama). ¡Vamos! ¿Qué dices?

KOCHKARÉV: ¿De modo que está dispuesta a hacer feliz a este mortal, señora?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No me atrevo a creer que yo pueda hacer feliz a… Por lo demás, acepto.

KOCHKARÉV: ¡Naturalmente, naturalmente! ¡Hace rato que debió decirlo! ¡Denme sus manos!

PODKOLÉSIN: Inmediatamente. (Quiere decirle algo al oído; Kochkarév le muestra el puño y frunce el ceño; Podkolésin le tiende la mano).

KOCHKARÉV: (Uniendo las manos de ambos). ¡Dios los bendiga! Estoy conforme y aplaudo la unión de ustedes. El matrimonio es un asunto que… No significa tomar un coche y emprender un viaje; es un deber de índole totalmente distinta, es un deber… (A Podkolésin). Ahora no tengo tiempo, pero luego te explicaré qué clase de deber significa. Bueno, Iván Kúsmich, besa a tu novia. Ahora, puedes hacerlo: debes hacerlo. (Ágata Tijónovna baja los ojos). ¡No es nada, señora, no es nada! ¡Así debe ser! ¡Que la bese!

PODKOLÉSIN: No, señora, permítanle. Ahora, permítame. (La besa y te toma de la mano). ¡Qué preciosa manito! ¿Cómo es que tiene usted una manito tan bella, señora… Permítame, señor. Quiero que nos casemos inmediatamente, inmediatamente, sin falta.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Cómo inmediatamente? Eso, quizás, sería demasiado pronto.

PODKOLÉSIN: ¡No quiero ni oír hablar del asunto! Quiero más pronto aún quiero que nos casemos dentro de un momento.

KOCHKARÉV: ¡Bravo! ¡Bien! ¡Eso sí que es ser un hombre cabal! Confieso que siempre deposité grandes esperanzas en tu futuro. Señora, conviene realmente que se apresure a vestirse; y yo, a decir verdad, he mandado ya por un coche e invitado a la gente; todos han ido ahora directamente a la iglesia. Sé que usted hasta tiene listo el traje de novia.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Claro, desde hace tiempo. Me vestiré en un momento.

Escena XX

KOCHKARÉV y PODKOLÉSIN.
PODKOLÉSIN: ¡Bueno, hermano! ¡Muchísimas gracias! Ahora veo con claridad todo el favor que me has hecho. Mi propio padre no habría hecho lo que tú. Ya veo que has obrado por mera amistad. Gracias, hermano; recordaré eternamente el servicio que me has prestado. (Conmovido). En la primavera próxima, visitaré sin falta la tumba de tu padre.

KOCHKARÉV: No es nada, hermano. Yo mismo estoy encantado. Ven, te daré un beso. (Lo besa en ambas mejillas). Dios quiera que vivas feliz (se besan) en la abundancia y la prosperidad; y que tengas muchos hijos…

PODKOLÉSIN: ¡Gracias, hermano! Acabo de descubrir qué es la vida: ahora, ante mí se presenta un mundo totalmente nuevo. Ahora, veo que todo se mueve, vive, siente, vibra… uno mismo no sabe cómo. Y antes, yo no veía nada de eso, no comprendía, no sabía nada de nada, no razonaba, no profundizaba, y vivía como cualquier otro individuo.

KOCHKARÉV: ¡Me alegro, me alegro! Ahora, iré a ver cómo han preparado la mesa; vuelvo dentro de un momento. (Aparte). Por las dudas, convendrá esconderle el sombrero. (Toma el sombrero de Podkolésin y se lo lleva).

Escena XXI

PODKOLÉSIN (solo).
PODKOLÉSIN: En realidad… ¿qué he sido hasta ahora? ¿Comprendía acaso el sentido de la vida? No, no lo comprendía, no comprendía nada. ¿Qué fue mi vida de soltero? ¿Qué era yo, qué hacía? Vivía, vivía, prestaba servicios en la administración pública, iba a la oficina, comía, dormía… en una palabra, era el hombre más vacío y vulgar del mundo. Sólo ahora advierto la estupidez de los que no se casan; y, si bien se mira… ¡cuántos son los hombres sumidos en esa ceguera! Si yo fuera rey de algún país, daría orden de que se casaran todas mis súbditos, positivamente todos, de que no quedara en el reino un solo soltero. Realmente… ¡Cuando pienso que, dentro de unos minutos, seré un hombre casado! De pronto, uno podrá saborear esa felicidad que sólo se conoce en los cuentos de hadas, ¡una felicidad indecible, inexpresable! (Breve pausa). Con todo eso, cuando uno lo piensa bien, siente miedo. Hay que ligarse para toda la vida, para siempre y luego no hay modo de liberarse ni de arrepentirse… nada, nada… todo está terminado, todo está hecho. Ahora mismo, ya no es posible retroceder un minuto más y estaré ante el altar; ni siquiera es posible huir… el coche espera y todo está pronto.

Pero… ¿será realmente imposible huir? Claro, claro que es imposible: en las puertas y en todas partes hay gente: me preguntarán: ¿Por qué se va? ¡No es posible, no! Pero hay una ventana abierta… ¿Y si saltara por la ventana? No, imposible: sería indecoroso. Además, está muy alta. (Se acerca a la ventana). Bueno, no está tan alta, sólo es la planta baja, y muy baja, por cierto. Pero, no… ¿Cómo podría hacerlo? No tengo mi sombrero. ¿Cómo habría de escaparme sin sombrero? ¡Sería muy embarazoso! Pero… ¿será realmente embarazoso escapar sin sombrero? ¿Y si probara? ¿Pruebo? (Se encarama sobre la ventana y después de decir: “¡Dios me ayude!”, salta a la calle: se oye gritar detrás de la escena): ¡Ay! ¡Era alta! ¡Eh, cochero!

Voz del cochero: ¿Me llamaba?

Voz de PODKOLÉSIN: A la Kanávka, junto al puente de Semenóvsk.
Voz del cochero: Le costará medio rubio.
Voz de PODKOLÉSIN: Bueno, conforme. ¡En marcha! (Se oye el ruido del coche que se aleja).

Escena XXII

ÁGATA TIJÓNOVNA (entra en traje de novia, tímidamente y con los ojos bajos).
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Yo misma no sé qué me pasa! Vuelvo a sentir vergüenza y tiemblo de pies a cabeza. ¡Oh! Si él no estuviera aquí aunque sólo fuese por un momento, si hubiese salido para algo… (Mira a su alrededor, con alegría). Pero… ¿dónde está? No hay nadie. ¿Adónde habrá ido? (Abre la puerta que da al vestíbulo y dice allí). ¿Adónde ha ido Iván Kúsmich, Tecla?

TECLA: ¡Si está ahí…!
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿dónde?
TECLA: (Entrando). ¡Estaba aquí, en esta habitación!
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pues ya ves que no está…
TECLA: Sin embargo, no ha salido de aquí… Yo me hallaba sentada en el vestíbulo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿dónde estará?

TECLA: No lo sé. ¿No habrá salido por la otra puerta, por la escalera de servicio? ¿O no estará en la habitación de Arina Panteleimónovna?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Tía, tía!

Escena XXIII

Dichos y Arina Panteleimónovna.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: (Vestida de punta en blanco). ¿Qué pasa?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Está en tu cuarto Ivan Kúsmich?
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: No, debe estar aquí: no entró en mi cuarto.
TECLA: Pues tampoco salió al vestíbulo: no me he movido de allí.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Ni está aquí, como ven.

Escena XXIV

DICHOS y KOCHKARÉV.
KOCHKARÉV: ¿Qué pasa?
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pues que Iván Kúsmich no está.
KOCHKARÉV: ¿Cómo, que no? ¿Se fue?
ÁGATA TIJÓNOVNA: No. No se ha ido, tampoco.
KOCHKARÉV: ¿Cómo se entiende… que no está… y que no se fue?
TECLA: Pues no me explico dónde puede haberse metido. He estado sentada en el vestíbulo y no me he movido de allí.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pues no puede haber pasado por la puerta de servicio.

KOCHKARÉV: ¿Y entonces? ¡Qué diablos! Si no salió de la habitación, no puede haberse perdido. ¿No se habrá escondido…? ¡Iván Kúsmich! ¿Dónde estás? ¡No hagas el tonto, vamos, sal de una vez! ¡Vamos! ¿Qué bromas son esas? ¡Hace rato que es hora de ir a la iglesia! (Mira detrás del armario y hasta escudriña de soslayo debajo de las sillas). ¡No lo entiendo! Pero, no, no puede haberse ido. No puede haberse ido de ningún modo. Está aquí, en ese cuarto está su sombrero, lo guardé allí ex profeso.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿No convendrá preguntarle a la sirvientita? Estaba en la calle y quizá sepa algo. ¡Duniáshka! Duniáshka!

Escena XXV

DICHOS y DUNIÁSHKA.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿No has visto dónde está Iván Kúsmich?

DUNIÁSHKA: Saltó por la ventana, pues. (Ágata Tijónovna profiere un grito y da una palmada de consternación).

Los tres: ¿Por la ventana?

DUNIÁSHKA: Sí, y después llamó a un cochero y se fue en coche.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero… ¿dices la verdad?
KOCHKARÉV: ¡Mientes! ¡No puede ser!
DUNIÁSHKA: ¡Sí que saltó, lo juro! También lo vio el dueño de la tienda vecina. Le prometió medio rubio al cochero y se fue.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: (Acercándose a Kochkarév, con aire agresivo). ¿Qué significa esto, hijo mío? ¿Ha querido usted burlarse de nosotros o qué? ¿Quiere humillarnos? Tengo sesenta años, ya, y nunca vi vergüenza semejante. ¡Merece usted que le escupan en la cara, si es una persona decente! ¡Pero, después de esto, es todo un bribón! ¡Ha humillado a una muchacha ante el mundo entero! ¡Pensar que soy una campesina y no lo habría hecho… y usted es un noble! ¡Ya se ve que la nobleza sólo les sirve a ustedes para cometer bajezas! (Se va, furiosa, y se lleva a la novia. Kochkarév permanece inmóvil, como abrumado).

TECLA: ¿Qué me dices? ¿Con que eras tú el que sabía manejar estos asuntos, el que sabía casar sin la casamentera? Pues yo tendré toda clase de novios, calvos o como sea, pero novios que saltan por la ventana… ¡de esos, a Dios gracias, no tengo!

KOCHKARÉV: ¡Esto es absurdo! ¡No puede ser! ¡Correré a su casa, lo obligaré a volver! (Se va).

TECLA: ¡Sí, corre, hazlo volver! No sabes cómo son estas cosas. Todavía si el novio se hubiese escapado por la puerta, vaya y pase, pero cuando ha saltado por la ventana… ¡ya no vuelve ni por casualidad!