Leyenda sobre el origen de la primera Pysanka

Un día, Anastasiya y su pequeño hermano Fedir, caminaban desde la escuela rumbo a su casa.Ellos vivían a varios kilómetros de la escuela que estaba cerca del Mar Negro en Ucrania, y los inviernos ahí son muy largos y duros.Pero mientras los niños caminaban, Fedir volteó a ver al brillante cielo azul, y notó una bandada de aves doradas que se dirigían a casa viniendo desde el sur.

-“Ya casi es primavera” dijo Fedir con deleite, pues el sintió un escalofrío en el aire, y él ya sabía sobre la migración de las aves, que cuando se dirigen al norte, significa que el clima cálido estará pronto de regreso.

-“Eso espero” dijo Anastasiya. “Estoy cansada del invierno

-“Yo amo a las aves” dijo Fedir. “Quisiera volar con ellas

Su hermana rió. “Ten cuidado con lo que deseas”, dijo ella, “uno nunca sabe”.

Cuando las clases se terminaron por este dia, los dos niños comenzaron su largo camino de regreso a casa. El día se había tornado frío, y el cielo había palidecido, de un azul brillante a un triste y apizarrado gris. Fedir sintió un escalofrío y se enrolló la bufanda alrededor de su cuello. “Estaba equivocado cuando hablé de primavera”, dijo él, “Hoy se siente como invierno”.

Estaba en lo cierto. Una ventisca soplaba ya. Los niños apuraron su paso, pero de repente, ellos escucharon un sonido peculiar que venía de detrás de un tilo. Fedir miró alarmado. “Suena como si alguien estuviera llorando”, dijo, y corrió a ver.

Allí, en el suelo, temblando y mojadas, yacía toda la bandada de aves doradas.

 Los niños rápidamente entendieron que los vientos helados habían herido a las pobres criaturas. “Tenemos que salvarlas” dijo desesperadamente Fedir, y se arrodilló al lado de una de las aves más pequeñas y vio que se estaba congelando hasta morir.

-“Rápido, llevémoslas a un lugar tibio” urgió Anastasiya, y tomó una de las aves y la envolvió dentro de su abrigo. Pero, por supuesto, ella no podía rescatarlas a todas. “Ve, Fedir, corre y dile a nuestra profesora que debe traer gente para ayudar

Fedir corrió hacia la aldea tan rápido como el viento, y se apuró a explicarle a su maestra lo que había ocurrido. Ella le contó al sacerdote, y él le contó a los aldeanos que estaban orando en la Iglesia, y pronto unas pocas docenas de personas iban siguiendo a Fedir de regreso al punto en el que yacían las aves heridas.

Uno por uno recogieron a las aves y las envolvieron dentro de sus abrigos y bufandas, dentro de sus sombreros y guantes. Ellos eran muy amables, y cuidadosos de no quebrar sus frágiles alas. También fueron muy silenciosos al trabajar, con cuidado para no asustar a las aves.

Pero esto no era inusual. La gente de la aldea era muy buena. Ellos amaban a las criaturas, y les rompió el corazón ver el miedo en los ojos de las aves.

Llevémoslas a la iglesia” dijo el Sacerdote. “Ahí decidiremos cómo ayudarlas”

Para entonces, ya cada aldeano había escuchado la historia de las aves, y se había apurado para ir a la Iglesia para ofrecer ayuda. El Sacerdote abrió la sacristía y ahí construyeron un santuario para las aves. Calientitas por una fogata que los aldeanos prendieron, y alimentadas por la generosidad de los niños de la aldea, las aves gradualmente se recobraron.

Los días pasaron, y pronto las alas de las aves comenzaron a sanar, asi como sus piernas. Después de un tiempo, su chirrido quejumbroso se tornó en un gorjeo agradable y finalmente en un alegre canto. Después de una semana, las aves más grandes comenzaban a aletear y saltar por doquier.

Los aldeanos habían desarrollado un amor hacia los pájaros, y Fedir especialmente, las visitaba tan a menudo como podía. El había puesto un nombre a cada una de ellas — Bodashka y Borynsko, Mikhaila y Andriy, Lyubov y Odesa, Danya y Vankjo. Cada una. Él les contó a sus amigos y a su hermana, que cada una de ellas era única, y cada una de ellas merecía todo el amor.

Y luego un día Fedir y Anastasiya llegaron a la sacristía justo a tiempo para ver a las aves preparándose para alzar vuelo. Sus alas estaban fuertes otra vez, el aire era ya cálido, el sol brillaba, y pronto volaron, fuera de la ventana, al cielo. Ellas voltearon sus cabezas y vieron a los muchachos. Fedir vio la mirada en sus ojos. Era una mirada de amor.

“¡Cómo quisiera volar!” irrumpió, “Yo quisiera seguirlas!” y cayeron lágrimas de sus ojos.

Anastasiya hizo lo mejor que pudo para reconfortar a su hermano, pero esa noche él lloró hasta quedarse dormido, y ella decidió que a la mañana siguiente lo llevaría con el sacerdote. Ella debía hacer algo para remendar su corazón roto.

Entonces al amanecer, en la mañana de Pascua, ella llegó al cuarto y despertó a su hermano. “ven, vamos a ir a ver al sacerdote”, dijo ella, “Estoy preocupada por tu corazón roto”.

Los niños se vistieron, pero cuando abrieron la puerta, se asombraron al ver en el jardín frontal de su casa dos bellísimos huevos. Eran frescos y grandes y decorados intrincadamente, la vista más maravillosa que ellos alguna vez hubieran presenciado.

Entonces escucharon los graznidos de las aves, y voltearon para ver a la bandada pasando por encima, piando como diciendo “hola”. Ellos vieron algunas aves llevando algo en sus patas. Y vieron que la bandada se dirigía hacia la aldea.

Guardando bien sus huevos, los niños corrieron a la aldea. Cuando llegaron, se apuraron a la iglesia, y ahí, en el jardín pudieron verlo lleno de los exquisitos huevos.

Es su forma de agradecer” dijo Anastasiya a su hermano, y él se alegró, y su corazón se llenó de júbilo en el lugar de la tristeza que residía en él. Todos estudiaron y deleitaron su vista con estos maravillosos huevos, emblasonados con cada color e imagen inimaginable—amarillo y rojo, azul y verde, el sol, la luna, las estrellas, puntos y círculos, cuadrículas y cedazos, sauces y amapolas y rosas y manzanos y uvas, cada uno más bello que el anterior.

Después de ese día, cada año durante Pascua, la gente de la aldea acostumbra teñir y escribir con cera para colorear sus huevos de esta forma, creando las pysanky, los exquisitos huevos de Pascua Ucranianos, en recuerdo a las agradecidas aves cuyas vidas habían salvado.

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