La feria de Soróchynskiy – Сорочинський Ярмарок

Este título es el que da inicio a la obra de Nikolái Gógol(*), titulado “Las Veladas de Dikanka”, escrita en 1832.

*Por el momento escribiremos “Gógol” con G, pero siempre haciendo la aclaración que en ucraniano, idioma del apellido del escritor, la Г de Гогол, se traslitera a H, no a G como en ruso. Para respetar el idioma ucraniano, la trasliteracion del nombre debería ser “HÓHOL”. 

Las primeras palabras del primer capítulo son:  

Me aburro en la choza solo,
llévame fuera de casa,
donde reine el alboroto,
donde dancen las muchachas
y se diviertan los mozos.

Que provienen de una antigua leyenda ucraniana. 

Mas adelante, en el mismo capitulo, se encuentra “La noche de Mayo o la Ahogada”, de la cual ya hablamos hace algun tiempo (enlace), y la canción “ніч яка місячна” que proviene de ella, sobre la cual existen dos óperas. 

De similar modo, sobre “La Feria de Soróchintsi” dio origen a una ópera, que a su vez dio lugar a una película, de la que hablamos antes de compartir la obra de Gógol. 

Es importante, a modo de introducción, hacer notar la importancia de las obras de este escritor ucraniano, que describe en imágenes literarias perfectas la forma de vida de Ucrania del siglo XIX.

LA FERIA DE SORÓCHYNSKY

Національний Сорочинський ярмарок, es una actividad que lleva algunos siglos, y que se da lugar en el pueblo Velyki Sorochyntsi en la provincia de Poltava, distrito de Myrhorod Raion.

Anterior al período del régimen soviético, esta feria se celebraba hasta cinco veces al año; pero la URSS prohibió su celebración y asi fue durante 40 años.

Nikolái Gógol nació y creció en esta región, y en su estancia fuera de su patria, la recordó y la plasmó en sus obras. La mayoría de ellas está ambientada en la provincia de Poltava. 

Ya con la independencia de Ucrania en 1991, esta actividad se volvió a celebrar, y el 18 de agosto de 1999 obtuvo el grado de Feria Nacional de Ucrania, gracias a un decreto presidencial. 

La feria es una actividad muy grande, en la que se encuentran a la venta elementos muy especiales de la cultura ucraniana, como  bordados de Reshetilivka (una aldea cercana), alfombras, cerámica (alfareria) de Opyshnya, y cientos de artesanías de todo tipo. Tractores usados, todo tipo de frutas, setas, bebidas cuyo nombre es intraducible, docenas de marcas de cerveza, ropa de todo tipo, de todo se puede encontrar en la feria de Sorochynski. 

Actualmente se celebra en esta feria también a Gógol, quien la hizo famosa; las personas se visten con sus trajes regionales, y se vende gran variedad de artesanias. Los músicos interpretan música de todo tipo, se puede ver todo tipo de espectáculo, y personas de muchas nacionalidades comprando. 

(Video sobre la alfarería de Opyshnya)

(El museo de alfarería de Opishnya)

También llegan titiriteros (como en la película y la obra) que presentan funciones en las que narran historias y leyendas ucranianas antiquísimas, por medio de sus marionetas, asi como canciones de un altísimo valor cultural.

La feria dura cinco dias y se celebra durante el mes de agosto, entre la transfiguración de Cristo (6 de agosto calendario gregoriano=19 del juliano), y la independencia de Ucrania el 24 de agosto).

El pueblo de Velikiy Sorochynski también cuenta con una gran iglesia en donde se celebra la transfiguración. 

Fuente sobre la feria

VIDEOS DE LA FERIA

Feria de Soróchyskiy 2014

La feria de Soróchynskiy

Національний Сорочинський ярмарок

CANCIÓN “LA FERIA DE SORÓCHYNSKIY” POR NATALIA MAY (Наталія Май)

LA ÓPERA 

Enlace para descargar la partitura de la ópera 

enlace para ver esta ópera

Tanto el libreto como la música fueron escritos por el compositor, Modest Mussorgsky, entre 1874 y 1880, en San Petersburgo. Se basó en la obra de Nikolái Gógol de 1832.

Sin embargo, Mussorgsky falleció en 1881, dejando la obra incompleta. Varios otros compositores tomaron parte para finalizarla y estrenarla finalmente el 8 de octubre de 1913. 

En 1881 el compositor Nikolai Rimsky-Korsakov, sugirió que Anatoly Lyadov terminara la composición musical, y Arseny Golenishchev-Kutuzov, un gran amigo de Mussorgsky, finalizara el libreto. Sin embargo, Lyadov orquestó sólo 5 números, que publicó en 1904, y no logró terminar la ópera. 

Vyacheslav Karatygin luego editó parte del trabajo de Lyadov, pero no logró componer música para toda la ópera, por lo que el 8 de octubre de 1913 que se estrenó, sólo se leyeron los diálogos que dejó el compositor original sin música. 
El 13 de octubre de 1917 se reestrenó, esta vez con la musica completa, escrita por César Cui, aunque le habían removido una escena. 

La última versión no tuvo éxito, y en 1923 la retomó Nikolai Tcherepnin, y en 1930 Vissarion Shebalin, estrenada el 12 de diciembre de 1931 en Leningrado, cuyo arreglo es el que se continúa interpretando en la actualidad. 

Esta ópera no forma parte del repertorio interpretado comunmente en occidente, aunque la obertura y el Hopak final sí lo son. 

La danza final, que consiste en un Hopak (de “¡Hop!”), una danza tradicional ucraniana nacida del entrenamiento militar de los kozakos, fue escrita originalmente por Mussorgsky para solo de piano, junto con la escena del mercado; Sergei Rachmaninoff  hizo tambien un arreglo para la escena final. 

Dos de las piezas musicales que el compositor original incluyó en su primer acto fueron utilizadas también por Rimsky-Korsakov para su propia obra “Víspera de Navidad”, que ests asimismo basada también en el trabajo de Gógol. 

La obra está ambientada en principios del siglo XIX, en la mencionada aldea. Durante el primer acto, Gristko enamora a Parasiya, bajo la posterior autorización de Cherevik, su padre. Kum, el padre del novio celebra con Cherevik la futura unión en una taberna. Pero Jryvya, la madre de la novia, no esta de acuerdo, y Cherevik anula el permiso para la boda. Gristko ya desesperado ofrece a un gitano sus bueyes a cambio que lo convenza de cambiar de opinión con respecto a la boda. Luego Gristko ve brujas y diablos en su sueño, que son dispersadas al despertar por las campanas. 

En el segundo acto, la madre de Parasiya despacha a Cherevik, pues espera a su amante, Afanasy Ivanovich, hijo del sacerdote, a quien complace con sus delicias culinarias. Éste le narra la historia de que el diablo se presenta todos los años en la feria, disfrazado con rostro de un cerdo que busca un abrigo rojo; alguien ve un cerdo por la ventana y todos entran en pánico.

En el tercer acto,  Cherevyk y Kum son aprisionados por gente del gitano, pero entra Gritsko y los libera tras la promesa de permitir la boda. Parasya realiza luego a solas un pequeño hopak, debido a su tristeza que se torna en alegría, y su padre se le une sin que lo note. Tras la bendición a los novios y deshacerse de la enojada madre con ayuda del gitano, se celebra la boda y baila toda la aldea un bello hopak. 

LA PELÍCULA DE 1939

ENLACE PARA VER LA PELICULA

“La feria de Sorochintsy” es una comedia musical dirigida por Nikolai Ekk, basada en la novela de Nikolai Gogol, filmada en 1938 en un estudio de Kyiv.

Está clasificada como comedia musical, o comedia romántica, y fue la primera película a colores que se estrenó en Ucrania. Tiene una duración de 94 minutos, y para haber sido filmada durante la época de la URSS, el diálogo está totalmente en ucraniano. 

Se estrenó el 19 de junio de 1939.

Es notable la reproducción de la vida rural en la Ucrania de principios del siglo XIX; varios críticos coinciden en que la sinfonia multicolor de paisajes y naturaleza a veces eclipsan la atención en la trama.

Una cadena de carretas se dirige a la feria de Sorochinskiy; cerca de la entrada se presenta un congestionamiento, suficiente como para que el joven Hristko viera a Paras, de quien se enamora a primera vista, aunque la madrastra, Khivrya, se opone, y Hristko le avienta un terron de lodo, por lo que todos se rien de la señora.


En el primer dia de feria, Hristko conquista a Paras, y la relación es aprobada por Solopov Cherevik, el padre de la muchacha; pero la madrastra se vuelve a enterar y prohibe rotundamente esta relación. En la feria presentan una función de marionetas.

Frustrado Hristko se dirige al rio, en donde encuentra un campamento gitano, y uno de ellos le ofrece al muchacho que le puede solucionar el problema a cambio de 20 bueyes. Se presenta una escena en la que negocian, y al final el premio por ayudar a que se logre la relación entre los muchachos baja a 15 bueyes. 

Luego varias escenas cómicas en las que se confunde a un cerdo con el diablo diafrazado, pues alguien cuenta una leyenda en la que el demonio anda por la aldea buscando su capa roja disfrazado de cerdo. Alguien ve un cerdo y cunde el pánico entre la gente. 

La película termina con una escena cómica romántica en la que la madrastra de Paras está intentando arruinar la celebración en un ataque de ira, pero los comensales la sacan habilmente.
LA PELÍCULA DE 2004

Es un musical clasificado como comedia/romance filmado en 2004, aunque se estrenó en Ucrania el 1 de enero de 2005. 

La trama es muy similar a la del libro original de Gógol, con un par de pequeños cambios: los protagonistas son granjeros que van a la feria a vender su trigo; Parasya tiene dos hermanas en esta versión: Agrafena y Motria. 

Enlace para ver el musical

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LA OBRA DE GÓGOL

¡Qué embriagador y esplendoroso es un día estival en Ucrania! ¡Qué sofocantes y  calurosas sus horas, cuando reinan el silencio y el bochorno del mediodía, y el inmenso  océano azul, inclinando sobre la tierra su cúpula voluptuosa, parece haberse adormecido y,  sumergido en toda suerte de delicias, ciñe y estrecha a su amada con inmaterial abrazo. En el  campo no se oye ni un ruido. Parece como si todo hubiese muerto; sólo en las alturas, en el  abismo celeste, tiembla una alondra, cuya plateada canción desciende por los peldaños etéreos  hasta la tierra enamorada; de vez en cuando el grito de una gaviota o la aguda llamada de la  codorniz también resuenan en la estepa. Indolentes y distraídos, como paseantes sin rumbo, se  alzan los robles hasta las nubes, y los golpes deslumbrantes de los rayos del sol incendian parte de su follaje con grandes manchas de pintura, extendiendo sobre el resto de la fronda una  sombra oscura como la noche que sólo alguna fuerte ráfaga de viento impregna de oro. Las  esmeraldas, topacios y rubíes de los livianos insectos se derraman sobre los abigarrados  huertos, sombreados por los gallardos girasoles. Los grises almiares de heno y las doradas gavillas de trigo se disponen en grandes hileras y se extienden por la inmensidad de la llanura.  Las ramas extensas de los cerezos, los ciruelos, los manzanos y los perales se curvan bajo el  peso sus frutos, y el cielo se refleja en el límpido espejo del río, circundado por un marco  verde y altivo… ¡Qué lleno de plenitud y voluptuosidad se muestra el verano en Ucrania! 

Una magnificencia semejante reinaba un caluroso día de agosto de mil ochocientos… ochocientos… Sí, hará unos treinta años que sucedió aquello. El camino, a unos diez kilómetros de la pequeña aldea de Soróchintsi, era un hervidero de gentes venidas de todos los  caseríos próximos y lejanos para participar en la feria. Desde el amanecer carros con sal y  pescado habían formado una hilera interminable. Montañas de pucheros envueltos en paja  avanzaban lentamente y parecían hastiados de su reclusión en la oscuridad; sólo en algún que  otro punto una escudilla o un tarro vivamente coloreado emergía con aire jactancioso por  encima de la paja trenzada y apilada sobre la carreta y atraía las miradas conmovidas de los  adoradores del lujo.

 Muchos paseantes contemplaban con envidia al propietario de tales  maravillas, un alfarero de elevada talla que con pasos lentos seguía su mercancía, cubriendo  solícitamente con el odiado heno a sus petimetres y sus coquetas de arcilla. 

Un carro atestado de sacos, cáñamo, telas y toda suerte de cacharros, tirado por una  pareja de fatigados bueyes, avanzaba a una cierta distancia de los otros; tras él iba su propietario, un hombre vestido con una camisa impecable de lienzo y unos pantalones  bombachos del mismo material, llenos de manchas. 

Con mano perezosa, se secaba el sudor  que perlaba su atezado rostro y goteaba incluso de sus largos bigotes, empolvados por ese  implacable barbero que, sin que nadie lo llame, se ocupa de todo el mundo, tanto de la bella  como de la bestia, y empolva desde hace miles de años, por las buenas o por las malas, a todo  el género humano. A su lado caminaba una mula atada al carro, cuyo aspecto pacífico  delataba su avanzada edad. Muchos de los que se cruzaban con ese carruaje, especialmente  los muchachos jóvenes, se quitaban el sombrero al llegar a la altura de nuestro campesino. No nobstante, no eran su bigote gris ni su severo porte los que suscitaban esos saludos; bastaba con  levantar un poco los ojos para comprender la razón de esa deferencia: en el carro iba sentada  su hija, una bella muchacha de rostro redondeado, cejas oscuras y arqueadas sobre los ojos  castaños, labios rosados y descuidada sonrisa, cabellos adornados con cintas rojas y azules  que, junto a las largas trenzas y un manojo de flores silvestres, formaban una rica corona  sobre su maravillosa cara. Todo parecía interesarle; todo le resultaba nuevo y sorprendente… y  sus hermosos ojos pasaban con premura de un objeto a otro. ¡Cómo no maravillarse! ¡Era la  primera vez que iba a la feria! ¡Una muchacha de dieciocho años que va a la feria por primera  vez en su vida!… Pero ninguno de los paseantes y transeúntes sabía lo que le había costado  convencer a su padre, que de buena gana la habría llevado antes, de no haberse opuesto la  malvada madrastra, tan hábil para manejar a su marido como éste para llevar las riendas de la  vieja mula que, en recompensa a los muchos años de trabajo, era llevada a la feria para ser  vendida. La infatigable esposa… Pero hemos olvidado decir que también ella iba sentada en lo  alto del carro, vestida con una elegante chaqueta verde de lana sobre la cual había cosidas  pequeñas colas de color rojo como si fueran de armiño; llevaba también una suntuosa falda  con dibujo ajedrezado y una cofia de percal coloreada, que confería una prestancia singular a  su rostro rojo y lleno, atravesado a veces por una expresión tan desagradable y hosca que  todos se apresuraban a apartar la mirada sobresaltada para dirigirla sobre el alegre rostro de la  hija. 

Los ojos de nuestros viajeros comenzaban ya a vislumbrar el Psiol: desde la lejanía  llegaba una brisa fresca, especialmente agradable después del agobiante y tórrido calor. A  través de las hojas verde oscuro y verde claro de los chopos, los abedules y los álamos,  dispersos con descuido por la pradera, se percibían ardientes destellos vestidos de frío,  mientras la doncella-río, con magnífico gesto descubría su pecho de plata, sobre el que caían  suntuosos los verdes rizos de los árboles. 

Caprichoso como una mujer en esas horas  embriagadoras en que el espejo fiel refleja envidioso su frente llena de orgullo y brillo  cegador, sus hombros níveos y su cuello de mármol, sombreado por una onda caída de su cabellera de color castaño, en esas horas en que rechaza con desprecio un adorno, trocándolo  por otro, y sus caprichos se suceden sin fin, el río cambiaba casi todos los años de cauce,  eligiendo un nuevo itinerario y rodeándose de novedosos y singulares paisajes. Hileras de  molinos alzaban con sus pesadas ruedas amplias olas, que caían con violencia y se quebraban  en nubes de espuma, salpicando con su polvo y bañando con su ruido los alrededores. El carro  de nuestros conocidos entró en ese momento en un puente, y el río, como un espejo de una  sola pieza, se extendió ante ellos con toda su belleza y magnificencia. 

El cielo, los bosques  verdes y azules, los hombres, los carros cargados de pucheros y los molinos: todo se dio la  vuelta y se puso a caminar patas arriba, sin caer en el hermoso abismo azul. Nuestra bella muchacha miraba con aire pensativo la fastuosidad del paisaje, olvidada incluso de mordisquear  las pepitas de girasol, como había hecho con fruición durante todo el camino, cuando de  pronto la sorprendieron las siguientes palabras: «¡Hermosa muchacha!». Se dio la vuelta y vio  un grupo de jóvenes parados en el puente; uno de ellos iba vestido con mayor atildamiento  que los otros: casaca blanca y gorra gris de piel de cordero. Con los brazos en jarra, miraba  desafiante a los transeúntes. La bella muchacha no pudo dejar de reparar en su rostro bronceado, pero lleno de encanto, y en sus ardientes ojos, que parecían traspasarla con la  mirada, y bajó los suyos, pensando que tal vez había sido él quien había pronunciado aquellas palabras. 

-¡Una muchacha encantadora! -continuó el joven de la casaca blanca, sin apartar los  ojos de ella-. ¡Daría todo lo que poseo por besarla! ¡Mirad, a su lado viaja el diablo en  persona! 

Se oyeron carcajadas por todas partes; el campesino siguió caminando con pasos lentos  junto al carro, pero a su emperifollada compañera no pareció agradarle mucho ese saludo: sus  rojas mejillas se volvieron de fuego, y un torrente de palabras escogidas llovió sobre la cabeza  del descarado muchacho. 

-¡Ojalá te atragantes, granuja! ¡Ojalá a tu padre le caiga una olla en la cabeza! ¡Ojalá  resbale en el hielo ese maldito anticristo! ¡Ojalá el diablo le chamusque la barba en el otro  mundo! 

-¡Mirad cómo insulta! -dijo el muchacho, con los ojos casi fuera de sus órbitas, como  aturdido ante esa irresistible andanada de improperios inesperados-. ¡Y pensar que a esa bruja  centenaria ni siquiera le duele la lengua al pronunciar esas palabras! 

-¡Centenaria! -exclamó la beldad madura-. ¡Grosero! ¡Empieza por lavarte! ¡Granuja!  ¡Miserable! ¡No conozco a tu madre, pero debe ser una puerca! ¡Y tu padre otro! ¡Y tu tía  también! ¡Centenaria! Y todavía no se le ha secado la leche en los labios… 

En ese momento el carro empezó a descender por el puente, por lo que las últimas  palabras resultaron inaudibles; pero el muchacho, por lo visto, no quería que las cosas  quedaran así: sin pensárselo dos veces, cogió un puñado de barro y lo lanzó sobre la mujer. El  golpe fue más certero de lo que pudiera esperarse: la cofia nueva de percal quedó toda  manchada, y las risas de los bromistas se dejaron oír aún con mayor fuerza. La corpulenta  coqueta rebosaba de ira; pero el carro se había alejado ya bastante, por lo que su venganza se  vertió sobre su inocente hijastra y su indolente esposo que, acostumbrado ya a esa clase de  escenas, guardaba un obstinado silencio y soportaba con resignación las turbulentas palabras  de su airada esposa. No obstante, la mujer siguió moviendo y agitando su infatigable lengua  hasta que llegaron al arrabal donde vivía su viejo amigo y compadre, el cosaco Tsibulia(*). El  encuentro entre los compadres, que hacía tiempo que no se veían, permitió que los recién  llegados se olvidaran por un momento del desagradable incidente, y despertó en ellos el deseo  de hablar de la feria y disfrutar de un breve descanso después del largo camino.

*Un nombre con un toque comico, pues “Tsibulia” significa “Cebolla” en ucraniano.

II

¡Dios mío, la de cosas que había en esa feria! Ruedas, cristales, correas, brea, tabaco, cebollas, toda clase de vendedores… Ni aun teniendo treinta rublos en el bolsillo se podría comprar toda la feria. 

(De una comedia ucraniana)

Seguramente habéis tenido ocasión de oír alguna vez el estruendo de una cascada  lejana, cuando los alarmados alrededores se llenan de un rumor sordo y un caos de extraños y confusos sonidos pasa como un torbellino ante vosotros. ¿No son los mismos sentimientos que se apoderan por un instante de vosotros en el remolino de una feria campesina, cuando la multitud forma un único organismo, enorme y monstruoso, cuyo cuerpo se agita en las plazas y en las angostas calles, gritando, riéndose, vociferando? El ruido, los juramentos, los mugidos, los balidos, el estruendo: todo se funde en un rumor desacorde. Los bueyes, los sacos, el heno, los gitanos, los cacharros, las mujeres, las tortas, los gorros conforman cuadros brillantes, abigarrados y desordenados que se agitan delante de los ojos. Las distintas voces se ahogan unas a otras: ni una sola prevalece o se salva de ese torrente; ningún grito se percibe con claridad. Lo único que se oye por todos los rincones de la feria son las palmadas de los comerciantes. Se rompe un carro, resuena el acero, truenan las planchas arrojadas al suelo; la cabeza da vueltas y uno no sabe a qué prestar atención. Hacía ya un buen rato que nuestro campesino, acompañado de su hija de negras cejas, se abría paso a codazos entre la multitud. 

Se acercaba a un carro, tanteaba en otro, regateaba; y entre tanto, sus pensamientos no dejaban de ocuparse de los diez sacos de trigo y de la vieja mula que había traído para vender. 

En cuanto a su hija, la expresión de su rostro delataba que no le resultaba muy agradable rozarse con carros cargados de harina y de trigo. Le hubiera gustado dirigirse a los puestos que, bajo toldos de lona, exponían cintas rojas, pendientes de estaño, cruces de bronce y ducados. No obstante, también allí había muchas cosas dignas de atención; algunas le hacían reír hasta las lágrimas: un gitano y un campesino se golpeaban las manos con tanta fuerza que gritaban de dolor; un judío borracho zurraba a su mujer; algunos comerciantes discutían lanzándose insultos y cangrejos; un moskal se acariciaba su barba de chivo con una mano, mientras con la otra… De pronto sintió que alguien le tiraba de la manga bordada de la camisa. 

Se dio la vuelta y vio ante ella al muchacho de la casaca blanca y los ojos ardientes. Un estremecimiento recorrió sus venas y su corazón empezó a latir con una fuerza inusitada: ninguna alegría ni ninguna pena la habían conmovido nunca tanto. Una sensación extraña y dulce la dominaba, sin que ella misma alcanzara a explicarse qué le pasaba. 

-¡No temas, corazón mío, no temas! -le dijo en voz baja el joven, cogiéndole la mano-. 

No voy a decirte nada malo. 

«Puede que no vayas a decirme nada malo», pensó para sí la bella muchacha, «pero siento algo muy extraño… ¡Debe ser alguna treta del diablo! Sé que no está bien, pero no tengo fuerzas para retirar la mano.» 

El campesino se dio la vuelta con intención de hablar con su hija, pero en ese momento, no lejos de donde él estaba, alguien se refirió al trigo. Nada más escuchar esa palabra mágica, el campesino se acercó a dos comerciantes que conversaban en voz alta y quedó tan absorbido por sus razones que se olvidó de todo cuanto le rodeaba. 

Veamos qué decían esos comerciantes.

III

¡Mira que muchacho! 

Pocos como él hay en el mundo. 

¡Bebe aguardiente como si fuera cerveza! 

(Kotliarevski, La Eneida)

-De modo, paisano, que, según tu opinión, no venderemos a buen precio nuestro trigo –decía un hombre con aspecto de mercader venido de algún lugarejo, vestido con pantalones bombachos de dril manchados de alquitrán y de grasa, a otro que llevaba una casaca azul con remiendos y lucía un enorme chichón en la frente. 

-No tengo la menor duda; estoy dispuesto a ponerme una cuerda al cuello y colgarme de ese árbol como una salchicha en la jata antes de Navidad si vendemos una sola medida. 

-Pero ¿qué dices, paisano? Ya ves que sólo nosotros hemos traído trigo al mercado –replicó el hombre de los bombachos de dril. 

«Sí, hablad cuanto queráis», pensaba el padre de la hermosa muchacha, sin perder una palabra de lo que decían los dos comerciantes, «pero yo tengo guardados diez sacos». 

-No obstante, cuando el diablo se mete por medio, puede esperarse tan poco provecho como cuando se trata con un moshal hambriento -exclamó con aire de entendido el hombre del chichón. 

-¿A qué diablo te refieres? -preguntó el de los bombachos de dril. 

-¿No has oído lo que dice la gente? -continuó el del chichón, mirando de soslayo a su compañero con sus huraños ojos. 

-¿Qué? 

-¡Pues eso! Que el asesor -ojalá nunca pueda secarse la boca después de un trago de aguardiente de ciruela- ha organizado la feria en un lugar maldito en el que no venderás un grano de trigo aunque revientes. ¿Ves aquel viejo y destartalado cobertizo que está al pie de la montaña? (En ese momento el curioso padre de la hermosa muchacha se acercó aún más y se volvió todo oídos.) En ese cobertizo no dejan de producirse maquinaciones diabólicas; jamás se ha celebrado una feria en ese lugar sin que acaeciera alguna desgracia. Ayer, el secretario provincial pasó por allí al atardecer y vio que un hocico de cerdo se asomaba al tragaluz y lanzaba un gruñido tan espantoso que sintió un escalofrío en todo el cuerpo; no tardará en aparecer de nuevo la casaca roja.

¿Qué casaca roja? 

Al oír esas palabras, a nuestro atento oyente se le erizaron los cabellos; se dio la vuelta asustado y vio a su hija y al muchacho fundidos en un sereno abrazo, canturreando alguna 

historia de amor, olvidados de todas las casacas del mundo. Esa escena disipó su miedo y le 

devolvió su anterior despreocupación. 

– ¡Eh, eh, eh, paisano! ¡A lo que parece eres un maestro en abrazar muchachas! Yo no aprendí hasta tres días después de casarme con la difunta Jveska, y eso gracias a mi compadre, 

que actuó como testigo de boda y se encargó de instruirme. 


El muchacho se dio cuenta de que el padre de su amada no era hombre de muchas luces y trató de idear un plan para ganarse su voluntad. 

– Seguramente, buen hombre, no te acuerdas de mí, pero yo te he reconocido al instante. 

-Es posible. 

– Si quieres, voy a decirte tu nombre, tu apodo y alguna otra cosa: te llamas Solopi Cherevik. 

-En efecto, Solopi Cherevik. 

-Ahora mírame bien: ¿no me reconoces? 

-No, no me acuerdo. No te enfades, pero he visto tantas caras a lo largo mi vida que sólo el diablo podría acordarse de todas. 

– ¡Es una pena que no recuerdes al hijo de Golopupenko! 

-¿Eres el hijo de Ojrímov? 

-¿Y quién si no? A menos que sea el diablo en persona. 

En ese instante los dos amigos se quitaron las gorras y empezaron a besarse. Sin embargo, el hijo de Golopupenko, sin perder el tiempo, decidió asediar a su nuevo conocido. 

-Bueno, Solopi. Como ves, tu hija y yo nos hemos enamorado y estamos dispuestos a vivir juntos para siempre. 

-¿Qué dices tú, Paraska? -le dijo Cherevik, volviéndose hacia su hija con una sonrisa enlos labios-.

Tal vez podríais, como se dice, pacer los dos juntos… en el mismo prado. ¿Qué? ¿Chocamos las manos? ¡Ahora, futuro yerno, tienes que convidarme! 

Los tres se dirigieron a un conocido restaurante de la feria, un tenderete regentado por una judía, repleto de una innumerable flotilla de botellas, frascos y recipientes de todas las clases y edades. 

-¡Ah, muchacho! ¡Esto sí que me gusta! -decía Cherevik, algo achispado, al ver cómo su futuro yerno llenaba una jarra con medio cuartillo de aguardiente, la vaciaba sin pestañear y la rompía después en mil pedazos-

. ¿Qué dices tú, Paraska? ¿Has visto qué marido he 

encontrado para ti? ¡Mira con qué gallardía sorbe la espuma! 

Después, riendo y tambaleándose, se dirigió con ella a su carro, mientras el muchacho se encaminaba a los tenderetes que vendían mercancías de calidad, entre los que había incluso comerciantes venidos de Gadiach y de Mírgorod, dos famosas ciudades de la provincia de Poltava. Quería comprar una buena pipa de madera con elegante montura de cobre, un pañuelo de flores sobre fondo rojo y una gorra, presentes de boda para su suegro y todos aquellos a quienes correspondiera regalar.

IV

Aunque el hombre quiera una cosa, 

como la mujer quiera otra, 

no hay más remedio que complacerla… 

 (Kotliarevski)


¡Escucha, mujer! ¡He encontrado un novio para la pequeña! 

– ¡Buen momento es éste para buscar novios! ¡Idiota, idiota! ¡No dejarás nunca de ser un estúpido! ¿Dónde has visto u oído que un hombre de bien corra en busca de novios para su hija en un momento como éste? Más valdría que pensaras en vender tu trigo. ¡Bueno debe ser el novio que has encontrado! Seguramente el más harapiento de los mendigos. 

-¡Nada de eso! ¡Si hubieras visto qué muchacho! Sólo su casaca cuesta más que tu chaqueta verde y tus botas encarnadas juntas. ¡Y cómo bebe el aguardiente!… ¡Que el diablo nos lleve a los dos juntos si alguna vez he visto a un muchacho beberse así medio cuartillo de un solo trago y sin pestañear! 

-Ya veo: como se trata de un borracho y un vagabundo, es de tu agrado. No me extrañaría que fuera el mismo granuja que nos abordó en el puente. Es una pena que no haya caído en mis manos: le habría dado una buena lección.

-¿Y qué pasaría si fuera él, Jivria? ¿Por qué es un granuja? 

– ¡Ah! ¿Que por qué es un granuja! ¡Ah, cabeza de chorlito! ¿Que por qué es un granuja! ¡Entérate bien! ¿Dónde tenías los ojos, imbécil, cuando pasamos junto a los molinos? ¡Pueden ofender a tu mujer delante de tus mismas narices manchadas de tabaco que a ti te da lo mismo! 

-Pues yo no veo que haya hecho nada malo. ¡Es un muchacho estupendo! Todo lo que puede decirse es que te manchó un poco la cara con estiércol!

-¡A lo que veo no me vas a dejar decir palabra! ¿Qué significa esto? ¿Cuándo se ha visto cosa igual? Seguramente ya has tenido tiempo de tomar un trago, antes incluso de haber vendido nada. 


En ese momento nuestro Cherevik, advirtiendo que había hablado demasiado, se cubrió la cabeza con las manos, pensando que su irritada compañera no tardaría en tirarle de los pelos con sus conyugales garras. 

«¡Que se vaya todo al diablo! ¡Se acabó la boda!», se dijo, esquivando a su amenazante esposa. «Habrá que darle una negativa a ese buen muchacho sin ningún motivo. ¡Señor, qué te 

hemos hecho para merecer este castigo! ¡Como si no hubiera ya suficiente suciedad en este 

mundo, se te ocurre llenar la tierra de mujeres!»


V

No te dobles, arce, tu rama aún es verde; no te apenes, cosaco, aún eres joven. 

(Canción ucraniana)

Sentado junto a su carro, el joven de la casaca blanca contemplaba distraído la muchedumbre que con rumor sordo pasaba a su lado. Después de haber irradiado sus plácidos rayos durante el mediodía y la mañana, el fatigado sol se alejaba del mundo; antes de apagarse, el día se coloreaba de un vivo y fascinante rubor. Las techumbres de las blancas tiendas y de los tenderetes, sombreadas por una tenue luz de un rosa resplandeciente, destellaban con un brillo cegador. Algunos vidrios de ventana apilados en el suelo parecían arder; los verdes frascos y jarras sobre las mesas de las tabernas se habían vuelto de fuego y las montañas de melones, sandías y calabazas parecían bañados en oro y oscuro cobre. Poco a poco, el ruido de las voces se hacía menos denso y más sordo, y las lenguas fatigadas de revendedores, campesinos y gitanos se movían con mayor lentitud y pereza. Aquí y allá empezaba a brillar alguna luz y el aromático olor de las galushkas se expandía por las sosegadas calles. 

-¿Por qué estás triste, Gritsko? -gritó un gitano alto y atezado, dando un golpe en el hombro de nuestro muchacho-. ¡Venga, te doy veinte rublos por tus bueyes! 

-A ti sólo te interesan los bueyes. Vosotros los gitanos sólo pensáis en ganar dinero, en enredar y engañar a los hombres honrados. 

– ¡Diablos! Veo que te lo has tomado en serio. ¿No se deberá tu enfado a la obligación de cargar con una novia? 

-No, eso no va con mi carácter. Yo soy fiel a mi palabra. Cuando decido una cosa, nunca me vuelvo atrás. Pero ese vejestorio de Cherevik no tiene ni medio kopek de conciencia: primero dice que sí y luego que no… Bueno, a fin de cuentas, no tiene él la culpa: es un pobre diablo. Todo son maniobras de esa vieja bruja a la que insulté esta mañana en el puente, en compañía de los muchachos. Ah, si fuera un zar o un gran señor, sería el primero en colgar a todos esos idiotas que se dejan dominar por sus mujeres… 

-¿Me venderás los bueyes por veinte rublos si consigo que Cherevik te entregue a Paraska? 

Gritsko lo miró con perplejidad. En las facciones morenas del gitano había un matiz maligno, mordaz, ruin y al mismo tiempo altanero. Bastaba una simple mirada para darse cuenta de que en esa alma extraña bullían grandes cualidades, pero de esa clase que en la tierra sólo reciben como recompensa la horca. La boca, que desaparecía casi por entero entre la nariz y la afilada barbilla, siempre sombreada por una sonrisa sarcástica; los ojos pequeños y vivos como fuego, y su rostro atravesado por relámpagos en los que se leía la sucesión incesante de intenciones y proyectos: todo ello parecía exigir las singulares y extrañas ropas que en esos momentos llevaba. Aquel caftán marrón oscuro, dispuesto a deshacerse en polvo al menor roce; sus largos cabellos negros, cayendo en mechones sobre sus hombros; las babuchas que cubrían sus pies desnudos y atezados: todo parecía haberse adherido a él y formar parte de su propia persona. 

-Si cumples lo que dices, te los daré no por veinte, sino por quince -contestó, sin apartar de él sus ojos escrutadores. 

-¿Por quince? ¡De acuerdo! Pero no te olvides: has dicho por quince. ¡Toma cinco rublos por adelantado! -¿Y si me engañas? 

-Si te engaño, te quedas con el anticipo. 

– ¡De acuerdo! ¡Chócala! 

– ¡Venga!

VI

¡Qué desgracia! ¡Ahí viene Roman! Menuda paliza me va a dar. Y a usted, señor Fomá, no le espera nada mejor. 

(De una comedia ucraniana)

¡Por aquí, Afanasi Ivánovich! En este punto la valla es más baja. Levante la pierna y 

no se asuste: el imbécil de mi marido se ha ido a pasar la noche bajo el carro con su compadre 

para evitar que un moskal aproveche la ocasión y se lleve alguna cosa. 

Ésos eran los ánimos que la terrible compañera de Cherevik prodigaba con voz amable 

al hijo del pope, que examinaba temeroso la cerca; al cabo de un rato trepó a lo alto de la valla 

y permaneció un buen rato allá arriba, con aire perplejo, como un largo y terrible fantasma, 

mientras buscaba con la mirada un buen lugar para saltar; finalmente cayó ruidosamente entre 

la maleza. 

– ¡Qué desgracia! ¿No se habrá hecho usted daño? ¿No se habrá roto el cuello? ¡Dios 

mío! -balbuceaba la diligente Jivria. 

-¡Silencio! No es nada, no es nada, querida Javronia Nikíforovna -exclamó el hijo del 

pope con voz susurrante y lastimera, poniéndose en pie-, a no ser el sarpullido causado por las 

ortigas, esa planta viperina, como decía el difunto arcipreste. 

-Entremos. En la jata no hay nadie. Había empezado ya a pensar, Afanasi Ivánovich, 

que había cogido usted lamparones o un cólico. Pasaba el tiempo y no venía usted. ¿Cómo se 

encuentra? He oído decir que su señor padre ha recibido estos días toda clase de regalos. 

-Bagatelas, Javronia Nikíforovna; durante toda la cuaresma mi padre sólo ha recibido 

unos quince sacos de trigo de primavera, cuatro de mijo y un centenar de empanadas; en 

cuanto a las gallinas, si las contáramos, no llegarían a cincuenta, y la mayor parte de los 

huevos estaban podridos. Las únicas ofrendas realmente deleitosas, si me permite decirlo, son 

las que espero recibir de usted, Javronia Nikíforovna -continuó el hijo del pope, mirándola 

con ternura y aproximándose más a ella. 

-¡Éstos son mis regalos, Afanasi Ivánovich! -exclamó la mujer, poniendo unas escudillas sobre la mesa y abrochándose con remilgos la blusa, que había quedado abierta como por descuido-: ¡buñuelos, panecillos de trigo, empanadas, pastelillos! 

– ¡Apostaría lo que fuera a que todos esos manjares los han preparado las manos más expertas de la raza de Eva! -exclamó el hijo del pope, atacando con una mano los pastelillos, mientras con la otra cogía un buñuelo-. No obstante, Javronia Nikíforovna, mi corazón espera recibir de usted bocados más dulces que todas las empanadas y panecillos del mundo. 

– ¡No sé de qué bocados me habla, Afanasi Ivánovich! -respondió nuestra corpulenta beldad, haciendo como si no comprendiera. 

– ¡Me refiero a su amor, incomparable Javronia Nikíforovna! -pronunció en un susurro el hijo del pope, cogiendo un buñuelo con una mano y ciñendo el ancho talle de la mujer con la otra. 

– ¡Por Dios! ¿En qué está pensando usted, Afanasi Ivánovich? -exclamó Jivria, bajando pudorosamente los ojos-. ¡Tal vez pretenda usted besarme! 

– Sobre ese particular le diré algo que me concierne -continuó el hijo del pope-. En mis tiempos de seminarista, lo recuerdo como si fuera ayer… 

En ese momento se oyeron ladridos en el patio y golpes en el portón. Jivria salió corriendo y regresó poco después completamente pálida. 

-¡Ay, Afanasi Ivánovich! ¡Estamos perdidos! Hay mucha gente ante la puerta y me ha parecido oír la voz del compadre… 

Al hijo del pope se le atragantó el buñuelo… Sus ojos parecieron salirse de sus órbitas, como si acabara de recibir la visita de un habitante del otro mundo. 

-¡Métase aquí! -gritó asustada Jivria, mostrándole unas tablas levantadas sobre dos travesaños, a pocos centímetros del techo, en las que se amontonaban toda clase de enseres domésticos. 

La proximidad del peligro dio ánimos a nuestro héroe. Una vez recuperada la serenidad, saltó sobre el poyo de la estufa y desde allí trepó con precaución hasta las planchas. Mientras tanto, Jivria corría como una loca hasta la puerta, pues los golpes resonaban cada vez con mayor fuerza e impaciencia.

VII

¡Pero Señor, qué milagros suceden aquí! 

(De una comedia ucraniana)

En la feria se había producido un suceso muy extraño: por boca de todos corría el rumor de que en alguna parte, entre la mercancía, había aparecido la casaca roja. A una vieja que vendía rosquillas le pareció ver al diablo, que bajo la forma de un cerdo se metía en cada uno de los carros como buscando algo. 

La nueva se extendió rápidamente por cualquier rincón del campamento, ya silencioso; todos consideraron pecaminoso no concederle crédito, a pesar de que la vendedora de rosquillas, cuyo puesto ambulante estaba situado junto al tenderete de la taberna, se había pasado el día entero haciendo reverencias sin ninguna necesidad y trazando con los pies figuras que guardaban una gran semejanza con su apetitosa mercancía. A esos rumores se añadieron los testimonios amplificados del prodigio que había contemplado el secretario provincial en el destartalado cobertizo, de modo que al atardecer todos los habitantes se apretaban unos contra otros; la quietud había desaparecido y el temor impedía a todos cerrar los ojos; aquellos que no se distinguían por su valentía y disponían de alojamiento en las isbas, se dirigieron a sus casas. Entre esos últimos se encontraban Cherevik, su hija y el compadre; fueron ellos, acompañados de otros amigos que se habían hecho invitar, los que llamaron con insistencia a la puerta, asustando a nuestra Jivria. 

El compadre estaba ya algo achispado, como demuestra el hecho de que tuviera que dar dos vueltas al patio con el carro antes de encontrar la puerta de la casa. Los invitados, que también estaban de buen humor, entraron sin ceremonias por delante del dueño. A la esposa de nuestro Cherevik le dio un vuelco el corazón cuando les vio registrar todos los rincones de la jata. 

– ¿Y qué, comadre, sigues teniendo fiebre? -preguntó el compadre, que acababa de entrar. 

-Sí, no me encuentro bien -contestó Jivria, mirando con inquietud las tablas dispuestas bajo el techo. 

– ¡Anda, mujer, vete a por la garrafa que ha quedado en el carro! -le dijo el compadre a su esposa, que había entrado con él-. Tomaremos un trago con esta buena gente; esas malditas mujeres nos han asustado de tal modo que da vergüenza hasta decirlo. ¡Hemos venido aquí, hermanos, por una tontería! -continuó, bebiendo un sorbo de una jarra de barro-. Apuesto una gorra nueva a que esas mujeres se han burlado de nosotros. ¡Y aunque hubiera sido el mismo diablo! ¡Pues vaya una cosa! ¡Al diablo hay que escupirle en la cabeza! Como se le ocurriera aparecer aquí en este mismo momento, sería yo un hijo de perra si no le hiciera la higa delante de sus propias narices. 

-¿Por qué te has puesto tan pálido? -gritó uno de los huéspedes, que sacaba a todos una cabeza y siempre estaba tratando de hacerse el valiente. 

-¿Yo?… ¿Pero qué dices? Estás soñando. 

Los huéspedes se echaron a reír. Una sonrisa de satisfacción se pintó en el rostro del lenguaraz valentón. 

-¡Cómo va a ponerse pálido a estas horas! -comentó otro-. Sus mejillas están tan encarnadas como amapolas; ya no es Tsibulin, sino una remolacha; o mejor, esa casaca roja que tanto asusta a la gente. 

La garrafa había dado la vuelta a la mesa, alegrando aún más al personal. Nuestro Cherevik, obsesionado desde hacía rato por la casaca roja, que no daba un instante de paz a su inquieto espíritu, abordó a su compadre: 

– ¡Hazme el favor, compadre! Por más que lo he pedido, nadie ha querido contarme la historia de esa maldita casaca. 

– ¡Ay, compadre! No conviene contar esas cosas por la noche; pero lo haré para complacerte a ti y a estas buenas gentes (en ese momento se volvió hacia los huéspedes), que parecen tan ansiosas como tú por conocer ese peregrino suceso. ¡Prestad atención! 

Tras pronunciar esas palabras, se rascó los hombros, se secó la boca con un faldón de la casaca, puso ambas manos sobre la mesa y comenzó: 

-Un día -no sé con motivo de qué falta- un diablo fue expulsado del infierno. 

-¿Y cómo es eso, compadre? -le interrumpió Cherevik-. ¿Cómo es posible que a un diablo lo expulsen del infierno? 

-¿Qué quieres que te diga, compadre? Lo expulsaron: eso es todo. Lo mismo que un campesino echa a un perro de su casa. Tal vez le entró el capricho de realizar una buena acción. El caso es que le mostraron la puerta. El pobre diablo echaba tanto de menos el infierno que le entraron ganas de ahorcarse. ¿Qué hacer? El diablo se dio a la bebida para olvidar su pena. Se instaló en ese cobertizo destartalado que has visto al pie de la montaña. Desde entonces, ningún hombre honrado pasa por su lado sin haber hecho antes la señal de la cruz para protegerse. El diablo acabó convirtiéndose en un juerguista como no se encontraría otro entre los muchachos. Se pasaba todo el día, de la mañana a la noche, en la taberna… 

Llegados a este punto, el severo Cherevik interrumpió a nuestro narrador: 

-Pero ¿qué es lo que estás diciendo, compadre? ¿Cómo es posible que alguien deje entrar al diablo en una taberna? ¡Si tiene pezuñas en los pies y cuernos en la cabeza! 

-Pues esa es la cuestión, que llevaba gorro y manoplas. ¿Quién podría reconocerlo? Al cabo de muchas juergas y francachelas, terminó por gastarse en bebida todo cuanto tenía. Al principio el tabernero le fió, pero poco después perdió la paciencia. Llegó un momento en que el diablo tuvo que empeñar su casaca roja casi por la tercera parte de su valor a un judío que regentaba entonces una taberna en la feria de Soróchintsi. Se la llevó y le dijo: 

«Te lo advierto, judío, vendré a buscarla dentro de un año. ¡Cuida de ella!». Y desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. El judío examinó atentamente la casaca: ¡un paño como ése no se encontraría ni siquiera en Mírgorod! Y su color rojo llameaba como fuego, de modo que uno no se cansaba de mirarla. Al judío le pareció demasiado larga aquella espera. Se rascó las patillas y terminó por vender la casaca a un señor que estaba de paso, al que le sacó no menos de cinco monedas de oro. Ya se había olvidado por completo del plazo, cuando un día, al atardecer, apareció un hombre: 

«¡Bueno, judío, dame mi casaca!». En un principio el judío no lo reconoció; luego, tras examinarlo con mayor atención, hizo como si fuera la primera vez que lo veía. 

«¿Qué casaca? ¡Yo no tengo ninguna casaca! ¡No sé nada de tu casaca!». 

Entonces el otro se fue. Al llegar la noche el judío, tras cerrar su cuchitril y contar todo el dinero de sus cofres, se cubrió con la sábana y empezó a rezar sus plegarias hebreas; pero de pronto oyó un susurro… miró y vio que en todas las ventanas silbaban hocicos de cerdo… 

En ese momento se oyó una especie de ruido confuso, muy semejante al gruñido de un marrano; todo el mundo se puso pálido… En el rostro del narrador aparecieron gotas de sudor. 

-¿Qué es eso? -exclamó con espanto Cherevik. 

– ¡Nada! -respondió el compadre, temblando con todo su cuerpo. 

-¡Ay! -dijo uno de los huéspedes. 

-¿Qué has dicho?… 

-Nada. 

-Entonces, ¿quién ha gruñido? 

– ¡Sabe Dios de qué nos hemos asustado! ¡No hay nadie! 

Todos miraron a su alrededor con aire temeroso y empezaron a rebuscar por cualquier rincón. Jivria estaba más muerta que viva. 

-¡Ah, parecéis mujeres! -exclamó con voz tronante-. ¡Y luego se las dan de cosacos y de hombres! ¡Deberían poneros a hilar delante de una rueca! ¡Basta que el banco haya crujido bajo alguno de vosotros, que Dios me perdone, para que todos empecéis a temblar como posesos! 

Esas palabras avergonzaron a nuestros valientes y les proporcionaron un poco de coraje; el compadre bebió un trago de la jarra y continuó con su narración. 

-El judío estaba muerto de miedo; pero los cerdos, con unas patas tan largas como zancos, entraron por la ventana y en un instante lo reanimaron, azotándolo con un látigo trenzado, y le obligaron a bailar y a dar unos brincos más altos que este travesaño. El judío acabó poniéndose de rodillas y confesándolo todo… pero ya no era posible recuperar en poco tiempo la casaca. 

El señor había sido robado en el camino por un gitano que vendió la casaca a una ropavejera; la mujer volvió con la prenda a la feria de Soróchintsi, pero desde ese día nadie le compró nada. En un principio la ropavejera se sorprendió mucho, pero al cabo del tiempo terminó por comprender: seguramente la casaca roja tenía la culpa de todo. No en vano, nada más ponérsela sentía como si algo la oprimiera. Sin pensárselo dos veces, la arrojó al fuego, ¡pero la diabólica prenda no ardía! 

«¡Ay, éste es un regalo del diablo!», se dijo. Poco después se las ingenió para ocultarla en el carro de un campesino que venía a vender aceite. El muy imbécil se alegró del hallazgo, pero a partir de entonces nadie le preguntó siquiera por el precio de su mercancía. «¡Ah, unas manos impuras han puesto en mi carro esta casaca!», exclamó. Cogió un hacha y cortó la prenda en pedazos; pero de pronto éstos empezaron a juntarse y al poco tiempo la casaca quedó intacta. Después de santiguarse, el hombre volvió a coger el hacha, rompió la casaca en varios trozos, los dispersó por el lugar y se fue. Desde ese día, todos los años, durante la feria, el diablo, en forma de cerdo, recorre el paraje y, gruñendo, busca los pedazos de la casaca. Según se dice, ya sólo le queda por recomponer la manga izquierda. Desde entonces, las gentes hacen la señal de la cruz al pasar por ese lugar. 

Hace ya diez años que no se celebra allí la feria, pero el asesor ha tenido la desdichada idea de or… 

La segunda mitad de la palabra no llegó a salir de labios del narrador. 

En la ventana resonó un fuerte golpe; los cristales, tintineando, cayeron al suelo y en el marco apareció un horrible hocico de cerdo, que movía los ojos a un lado y a otro como preguntando: «¿Qué hacéis aquí, buenas gentes?».

VIII

… Con el rabo entre las piernas, como un perro, temblaba con todo su cuerpo, como Caín; de su nariz cayó una brizna de tabaco. 

 (Kotliarevski, La Eneida)

El terror se apoderó de todos los que se encontraban en la casa. El compadre se había 

quedado inmóvil, con la boca abierta; los ojos parecían fuera de sus órbitas, como si quisieran 

salir disparados; los dedos separados seguían inmóviles en el aire. El gigante fanfarrón, presa 

de un invencible terror, saltó hasta el techo y se golpeó en la cabeza con el travesaño; las 

tablas cedieron y el hijo del pope cayó al suelo en medio de un alboroto infernal. 

«¡Ay, ay, 

ay!», gritó con desesperación uno de los huéspedes, dejándose caer sobre un banco en un 

ataque de terror y agitando las piernas y los brazos. «¡Socorro!», vociferó otro, cubriéndose la 

cabeza con su abrigo. El compadre, al que un nuevo acceso de miedo había sacado de su 

estupor, se arrastró tembloroso y se ocultó bajo las faldas de su mujer. El gigante fanfarrón se 

introdujo en la estufa, a pesar de la estrechez del orificio, y cerró la portezuela tras de sí. En 

cuanto a Cheverik, se puso una olla en la cabeza en lugar del gorro y, como si le hubieran 

escaldado, se lanzó sobre la puerta y echó a correr por las calles fuera de sí, sin ver la tierra 

bajo sus pies; sólo el cansancio le obligó a aminorar un poco la rapidez de su carrera. El 

corazón le latía con fuerza y el sudor bañaba su rostro. Extenuado, estaba a punto de 

desplomarse cuando de pronto oyó que alguien le seguía… Se quedó sin aliento… 

«¡El diablo! 

¡El diablo!», gritó fuera de sí, redoblando sus esfuerzos; un instante después cayó a tierra 

medio muerto. «¡El diablo! ¡El diablo!», gritó otra persona a sus espaldas, pero Cherevik sólo 

sintió que algo se abalanzaba sobre él con estrépito. En ese momento perdió el conocimiento 

y, como un terrible morador de la estrecha tumba, quedó mudo e inmóvil en medio del 

camino.

IX


Vista por delante no está mal, pero por detrás parece un diablo. 

(De un cuento popular

-¿Has oído, Vlas? -dijo en medio de la noche, incorporándose, uno de los muchos hombres que dormían al raso-. ¡Cerca de nosotros alguien ha mencionado al diablo! 

-¿Y a mí qué me importa? -farfulló el gitano que había a su lado, estirándose-. ¡Que invoque a toda su parentela si le place! 

– ¡Pero es que gritaba como si lo estuvieran aplastando! – ¡El hombre dice no pocas mentiras cuando duerme! 

-Como quieras, pero debemos asegurarnos de que no ha pasado nada. Dame luz. 

El otro gitano, refunfuñando, se puso en pie, por dos veces hizo saltar unas chispas que brillaron como relámpagos, sopló la yesca y, con un candil en las manos, formado por un tiesto roto lleno de grasa de cordero -el tipo de lámpara habitual en Ucrania-, se puso en marcha, iluminando el camino. 


– ¡Alto! Aquí hay algo. ¡Alumbra este punto! 

En ese momento varios hombres se unieron a ellos. 

-¿Qué es lo que hay en el suelo, Vlas? 

-Parece que son dos personas, una arriba y otra abajo. ¡Pero vete tú a saber cuál de las dos es el diablo! 

-¿Quién está arriba? 

– ¡Una mujer! 

– ¡Pues ya está claro quién es el diablo! 

Estalló una carcajada general que despertó a casi toda la calle. 

– ¡Una mujer subida sobre un hombre! ¡Seguro que sabe cómo manejar a su montura! –dijo alguien entre la multitud. 

-¡Mirad, hermanos! -dijo otro, levantando un trozo de la olla, de la que sólo una mitad seguía sobre la cabeza de Cherevik-. ¡Vaya una gorra que se ha puesto este valiente! 

El ruido creciente y las carcajadas terminaron por reanimar a nuestros dos muertos. 


Solopi y su esposa, que aún no se habían recuperado de sus recientes temores, pasaron un 

buen rato mirando con ojos aterrados e inmóviles los rostros atezados de los gitanos; iluminados por la luz vacilante y temblorosa del candil, parecían una muchedumbre salvaje de gnomos, rodeados de pesados vapores subterráneos, en medio de las tinieblas de la noche impenetrable.

Del X en adelante, en este enlace (continuación) 

10 thoughts on “La feria de Soróchynskiy – Сорочинський Ярмарок

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