La feria de soróchyntsiy (parte II)

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X

¡Fuera, desaparece, visión satánica!
(De una comedia ucraniana)

Los habitantes de Soróchintsi se despertaban, acariciados por el frescor de la mañana.

Volutas de humo se elevaban de todas las chimeneas al encuentro del sol, que acababa de aparecer. La feria empezaba a animarse. Las ovejas balaban, los caballos piafaban; los gritos de los gansos y de los mercaderes se elevaban de nuevo por todo el campamento, y los
extraños rumores sobre la casaca roja, que habían causado tanta alarma en la población en las misteriosas horas del crepúsculo, desaparecieron con la llegada de la mañana.

Bostezando y estirándose, Cherevik seguía dormitando en casa de su compadre, en un granero con techumbre de paja, entre bueyes, sacos de harina y trigo, sin mostrar grandes deseos de desprenderse de sus sueños; de pronto se oyó una voz tan conocida para él como la
bendita estufa de su casa, amparo de su pereza, o la taberna de una pariente lejana, que se encontraba a no más de diez pasos de su puerta.

– ¡Levántate! ¡Levántate! -le chillaba al oído su tierna esposa, mientras le tiraba del brazo con todas sus fuerzas.

Por toda respuesta Cherevik infló las mejillas y empezó a agitar las manos imitando el redoble de un tambor.

-¡Idiota! -gritó ella, apartándose de sus manos, que a punto estuvieron de golpear su rostro.

Cherevik se puso en pie, se frotó un poco los ojos y miró a su alrededor.

-Que me lleve el diablo, palomita, si no he tomado tu cara por un tambor en el que me obligaban a tocar diana esas cabezas de cerdo que, como decía el compadre…

– ¡Basta de tonterías! Vete ahora mismo a vender la yegua. Somos el hazmerreír de la localidad. Hemos venido a la feria y todavía no hemos vendido ni un puñado de cáñamo.

-Pero mujer -replicó Solopi-, a la hora que es se van a burlar de nosotros.

– ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Iban a burlarse de ti de todos modos!

-Todavía no me he lavado -continuó Cherevik, bostezando, rascándose la espalda y tratando de ganar tiempo para su pereza.

– ¡Vaya un capricho que te ha entrado con la limpieza! ¿Desde cuándo te preocupan esas cosas? Toma una toalla para que te seques el morro…

Y así diciendo, cogió un trapo enrollado, pero enseguida lo arrojó a un lado con horror: ¡era una manga de casaca roja!

-Vamos, ocúpate de tus asuntos -repitió ella, cuando se repuso, viendo que a su marido le temblaban las piernas y le castañeteaban los dientes de terror.

-¡Ahora sí que vamos a vender! -farfulló, desenganchando la mula para llevarla a la plaza-. Ya me parecía a mí, cuando nos disponíamos a venir a esta maldita feria, que tenía un peso en el alma, como si alguien me hubiera puesto sobre los hombros una vaca muerta; y en
dos ocasiones los bueyes hicieron intención de darse la vuelta. Ahora que lo pienso: ¿no salimos un lunes? ¡Pues de ahí viene todo el mal!… Ese maldito diablo es incansable: qué más
le daría llevar la casaca sin una manga. Pero no, tiene que molestar a los hombres de bien. Si yo fuera diablo, Dios no lo quiera, ¿iba a estar deambulando en plena noche por culpa de unos
malditos jirones?

En ese momento las meditaciones de nuestro Cherevik fueron interrumpidas por una voz recia y ruda. Ante él apareció un gitano de elevada estatura.

-¿Qué vendes, buen hombre?
El vendedor guardó silencio, examinó a su cliente de los pies a la cabeza y le dijo con aire tranquilo, sin detenerse y sin apartar las manos de las riendas:

– ¡Tú mismo puedes verlo!

-¿Correas? -preguntó el gitano, mirando las riendas que Cherevik tenía en las manos.

-Sí, correas. Si es que una mula se parece a unas correas.

¡Que el diablo me lleve, paisano! ¡Al parecer, la has alimentado sólo con paja!

-¿Con paja?

En ese momento Cherevik quiso tirar de las riendas para sacar a la mula y demostrar la mentira del desvergonzado calumniador, pero su mano le obedeció con una ligereza extraordinaria y acabó golpeando su mentón. Volvió la mirada y vio que alguien había cortado las riendas y había atado a ellas -¡oh, horror!, los pelos se le pusieron de punta- un pedazo de manga de una casaca roja… 

Escupiendo, santiguándose y agitando los brazos, se alejó corriendo de aquel regalo inesperado y, con mayor rapidez que un muchacho joven, desapareció entre la multitud.

XI



Por mi propio trigo me pegaron
(Proverbio)

-¡Cogedle! ¡Cogedle! -gritaron algunos muchachos al fondo de una estrecha calle, y Cherevik se sintió de pronto aferrado por robustas manos.

– ¡Atrapadle! Le ha robado la mula a un hombre honrado.

– ¡Pero por Dios! ¿Por qué me sujetáis?

– ¡Y todavía lo pregunta! ¿Por qué has robado la mula de Cherevik, un campesino que está de paso?

– ¡Os habéis vuelto locos, muchachos! ¿Dónde se ha visto que un hombre se robe a sí mismo?

– ¡No nos vengas con cuentos! ¿Por qué corrías con todas tus fuerzas, como si Satanás te pisara los talones?

-Es imposible no correr cuando esa prenda satánica…

– ¡Vamos, hermano! Vete a otros con esa historia. Además, ya te va a enseñar el asesor a asustar a las gentes con esos rumores sobre el diablo.

-¡Cogedle! ¡Cogedle! -gritó alguien en el otro extremo de la calle-. ¡Allí está el
fugitivo!

Ante los ojos de nuestro Cherevik apareció la figura del compadre en un estado lamentable; llevaba las manos atadas a la espalda y era conducido por algunos jóvenes.

-¡Están ocurriendo prodigios extraordinarios! -dijo uno de ellos-. 

Tendríais que haber oído lo que cuenta este bribón, al que basta con mirarle a la cara para ver que es un ladrón:
cuando le preguntamos que por qué corría como un loco, nos dijo que había metido la mano en el bolsillo para coger un poco de tabaco y que en lugar de la tabaquera había sacado un pedazo de la casaca del diablo, de la que salió una llama roja; por eso echó a correr con todas sus fuerzas.

– ¡Eh, eh, eh! ¡Son dos pájaros del mismo nido! ¡Vamos a atarlos juntos!


XII

Decidme, buenas gentes, ¿qué os he hecho?
¿Por qué me atormentáis? -decía el desdichado-. ¿Por qué os burláis de mí de ese modo?
¿Por qué? ¿Por qué? -decía, apretándose el costado. Y prorrumpió en amargo llanto.


(Artemovski-Gulak, El señor y el perro)

-¿Es verdad, compadre, que has cogido algo? -preguntó Cherevik, atado junto a su compadre bajo un cobertizo con techumbre de paja.

– ¡También tú, compadre! ¡Que se me sequen los brazos y las piernas si en toda mi vida he robado alguna cosa, a no ser los buñuelos de crema que haya podido cogerle a mi madre cuando tenía diez años!

-Entonces, compadre, ¿a qué se debe este infortunio? Y lo tuyo no es grave: a ti sólo te acusan de robar algo ajeno; pero yo, desdichado de mí, me enfrento a una terrible calumnia: ¡haberme robado mi propia mula! ¡Está visto, compadre, que es nuestro sino no tener nunca
suerte!

– ¡Desdichados de nosotros, pobres huérfanos! Y ambos hombres estallaron en sollozos.

-¿Qué te sucede, Solopi? -exclamó Gritsko, que entraba en ese momento-. ¿Quién te ha atado de ese modo?

-¡Ah! ¡Golopupenko, Golopupenko! -gritó Solopi, lleno de alegría-. Mira, compadre, éste es el hombre del que te he hablado. ¡Es un valiente! Que Dios me fulmine aquí mismo si no se bebió en mi presencia una jarra tan grande como tu cabeza. Y sin pestañear.

-Entonces, compadre, ¿por qué has desairado a este apuesto joven?

-Como ves -continuó Cherevik, dirigiéndose a Gritsko-, Dios me ha castigado por haberme portado mal contigo. ¡Perdóname, buen hombre! Hubiera hecho cualquier cosa por
ti… Pero ¿qué quieres? ¡La vieja es el mismo diablo!

-No soy rencoroso, Solopi. ¡Puedo liberarte, si quieres! -en ese momento guiñó un ojo a los muchachos que les custodiaban, y fueron estos mismos los que le quitaron las ataduras-.

Ahora tienes que dar tu consentimiento para la boda. Y la celebraremos de tal modo que nos dolerán las piernas todo el año de tanto bailar el hopak.

-¡Muy bien! ¡Muy bien! -dijo Solopi, dando palmadas. Me siento tan feliz como si los moskales se hubieran llevado a mi vieja. Pero ya no hay nada que pensar: le guste o no, hoy mismo se celebrará la boda. No se hable más.

-Mira, Solopi, dentro de una hora me reuniré contigo; ahora vete a tu casa: ¡allí
encontrarás compradores para tu mula y para tu trigo!

-¿Cómo? ¿Han encontrado mi mula?

– ¡Así es!

Cherevik, petrificado de alegría, se quedó mirando cómo Gritsko se alejaba.

-¿Qué, Gritsko, hemos hecho mal nuestro trabajo? -dijo el espigado gitano al joven, que avanzaba a buen paso-. ¿Son míos ahora los bueyes?

– ¡Sí, sí! ¡Tuyos son!


XIII

No temas, madrecita, no temas.
Cálzate tus botas rojas
y pisotea
a tus enemigos para que resuenen tus espuelas
y tus enemigos se callen.
(Canción de boda)

Paraska, que se había quedado sola en la casa, había apoyado una mano en su bello mentón y se había sumido en profundos pensamientos. Muchos ensueños se arremolinaban en
torno a su cabeza de cabellos castaños. De vez en cuando una leve sonrisa afloraba a sus labios encarnados y una sensación de alegría levantaba sus oscuras cejas; pero de pronto una
nube de preocupación las hacía bajar de nuevo sobre sus ojos oscuros. «¿Y si no se cumple lo que me dijo? -susurraba con una expresión de duda-. ¿Y si no nos casáramos? Y si… No, no, ¡eso no sucederá! Mi madrastra hace todo lo que se le antoja; ¿acaso no puedo yo hacer lo
mismo? Terquedad no me va a faltar. ¡Qué guapo es! ¡Qué maravilloso es el brillo de sus ojos negros! ¡Con qué encanto dice: «¡Paraska, palomita mía!». ¡Y qué bien le queda la casaca
blanca! Sólo le hace falta un cinturón de un color más vivo… Yo se lo tejeré, cuando nos vayamos a vivir a nuestra nueva jata. ¡Qué alegría me produce ese pensamiento! -continuó, sacando de su seno un pequeño espejo revestido de
papel rojo, que había comprado en la feria, en el que se miró con íntima satisfacción-. Y si me encuentro alguna vez con ella no la saludaré, aunque reviente. ¡No, madrastra mía, ya está
bien de pegar a tu hijastra! ¡Antes se alzará la arena sobre la piedra y se doblará el roble sobre las aguas como un sauce que yo me incline ante ti! Pero me había olvidado… Voy a probarme
una cofia de mujer casada, aunque sea la de mi madrastra, para ver cómo me queda». Y así diciendo, se levantó y, con la cabeza inclinada sobre el espejo que tenía en las manos, caminó con trémulo paso por la jata, como si temiera caerse, pues en lugar del suelo veía el techo y
las tablas de las que poco antes había caído el hijo del pope, así como estantes con cacharros.
«En realidad, soy como un niño pequeño -exclamó y se echó a reír-: me da miedo dar un paso». Comenzó a golpear el suelo con los pies, entusiasmándose cada vez más; finalmente, bajando la mano izquierda y apoyándola en la cadera, se puso a bailar y a taconear, mirándose
en el espejo y tarareando su canción favorita:

¡Mi verde pervinca desciende hasta mí!

¡Moreno muchacho acércate a mí!

¡Mi verde pervinca desciende aún más!
¡Moreno muchacho acércate más!

Entre tanto Cherevik apareció en el umbral y, al ver a su hija bailando ante el espejo, se detuvo. Estuvo largo rato mirándola, riéndose del peregrino capricho de la muchacha que,
sumida en sus ensoñaciones, parecía no darse cuenta de nada; pero cuando escuchó los conocidos sones de la canción, la sangre le rebulló en las venas; avanzó con orgulloso paso, puso los brazos en jarra y atacó un paso de baile cosaco, olvidado de todos sus asuntos. La
sonora carcajada del compadre hizo estremecerse a ambos.

– ¡Vaya, el padre y la hija están celebrando la boda ellos solos! Venid enseguida, ha llegado el novio.

Al oír esas palabras Paraska se puso más colorada que la encarnada cinta que ceñía sus cabellos, mientras su despreocupado padre recordaba a qué había venido.

– ¡Vamos, hija! ¡Apresurémonos! Jivria se puso tan contenta cuando vendí la mula, que salió corriendo para comprarse toda clase de paños y de telas -exclamó, mirando con recelo a su alrededor-. ¡Debemos terminar con esto antes de que vuelva!

Apenas tuvo tiempo Paraska de cruzar el umbral de la jata, cuando se sintió
transportada en brazos por el joven de la casaca blanca, que la esperaba en la calle con una multitud de gente.

-¡Dios os bendiga! -dijo Cherevik, uniendo sus manos-. ¡Que viváis tan unidos como las trenzadas ramas de las guirnaldas!

En ese momento se oyó un clamor entre la multitud:

-¡Antes reventaré que permitir esto! -gritó la compañera de Cherevik, pero sus palabras fueron recibidas con una carcajada por parte de la multitud.

-¡No te enfades, mujer, no te enfades! -dijo Cherevik con serenidad, viendo que dos robustos gitanos la tenían sujeta por los brazos-: lo hecho, hecho está. ¡No me gusta faltar a mi palabra!

-¡No! ¡No! ¡No lo permitiré! -gritaba Jivria, pero nadie la escuchaba; algunas parejas rodearon a los recién casados y formaron una impenetrable barrera danzante a su alrededor.

Un sentimiento extraño e inefable se habría apoderado del espectador si hubiera visto cómo un solo golpe de arco del violinista, de largos bigotes retorcidos y casaca de dril, había
bastado para restaurar la concordia y hacer que todos, de buen grado o a la fuerza, se pusieran de acuerdo. Gentes cuyos rostros sombríos parecían no haber albergado nunca una sonrisa,
taconeaban y movían acompasadamente los hombros. Todos volaban. Todos bailaban. Pero aún mayores habrían sido la sorpresa y la extrañeza del espectador si hubiera visto cómo algunas viejas, en cuyos rostros decrépitos se dibujaba ya la indiferencia de la tumba, se mezclaban con jóvenes sonrientes y rebosantes de vida. Despreocupadas, carentes siquiera de un rastro de alegría infantil, sin una chispa de satisfacción, animadas sólo por una suerte de ebriedad, que las movía como un mecánico su autómata sin vida, realizaban gestos de apariencia humana, movían suavemente sus embriagadas cabezas y bailaban entre la alegre
multitud, sin dirigir siquiera la mirada a la joven pareja. La algarabía, las carcajadas y las canciones se fueron apagando poco a poco. El arco se moría, debilitándose y dejando unos sones confusos en el aire vacío. Todavía se escuchaba en alguna parte un pataleo, semejante al murmullo lejano del mar, pero pronto el lugar quedó vacío y silencioso.

¿No es así como la alegría, ese huésped bello e inconstante, se aleja de nosotros? 

¿No es vano esperar que un sonido solitario pueda expresar regocijo? En su propio eco se percibe ya la tristeza y la desolación. 

¿No es así como los alegres compañeros de una juventud tumultuosa y libre desaparecen uno tras otro por el mundo, dejando solo a su antiguo compañero? 

¡Qué tristeza la del abandonado! En su corazón se aposentan la pena y la amargura, y en nada encuentra ya consuelo.

FIN

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