Taras Bulba – Por Mykola Hóhol – Capitulos XI y finales

CAPÍTULO XI

En la época que tiene lugar esta historia, todavía no existían en la frontera ni aduaneros ni inspectores (ese terrible espantajo de los hombres de empresa), y todos podían transportar lo que les venía en gana. Si, por otra parte, algún individuo se tomaba el trabajo de registrar o inspeccionar las mercancías, era, las más de las veces, por puro pasatiempo, sobre todo cuando había entre ellas objetos agradables a la vista y sus puños infundían respeto a los que debía registrar. Pero los ladrillos no excitaban la envidia de nadie; así que entraron sin obstáculo en la ciudad por su puerta principal. Bulba, desde su estrecha jaula, podía oír solamente el ruido de los carros acompañado de los gritos de los conductores, y nada más. Yankel, brincando sobre su caballito cubierto de polvo, entró, después de hacer algunos rodeos, en una callejuela estrecha y sombría que llevaba el nombre de Cenagosa y Judería al mismo tiempo porque, en efecto, se encontraban reunidos todos los judíos de Varsovia.

Esta calle tenía todo el aspecto de un corral; parecía que el sol no penetraba jamás en ella, y se levantaban a un lado y otro casas de madera enteramente negras, con largas estacas que salían de las ventanas y que aumentaban aún su oscuridad. De trecho en trecho se veían algunos lienzos de pared de ladrillos colorados, ennegrecidos en varios sitios. De distancia en distancia un trozo de muralla enyesada en su parte superior, brillaba a los rayos del sol con insoportable resplandor. Todo presentaba allí sorprendentes contrastes: tubos de chimenea, andrajo y trozos de marmitas. Cada uno arrojaba a la calle todo lo que tenía de inútil y sucio, ofreciendo a los transeúntes ocasión de manifestar sus diversos sentimientos con motivo de esos andrajos. Un hombre a caballo podía tocar con la mano las pértigas que atravesaban la calle de una a otra casa, a lo largo de las cuales pendían medias, calzones cortos y una oca ahumada. Algunas veces mostrábase en una ventana destrozada un lindo rostro de judía, rodeado de perlas ennegrecidas. Una porción de niños judíos, sucios, harapientos, de cabellos, crespos, gritaban y se revolcaban en el lodo.Un judío de cabellos rojos y semblante lleno de pecas, que le daban la apariencia de un huevo de gorrión, se asomó por la ventana, entablando enseguida con Yankel una conversación en su lengua barrueca, y luego entró Yankel en el patio. Otro judío que pasaba por la calle se detuvo, tomó parte en la conversación, y cuando Bulba logró por fin salir de debajo de los ladrillos, vio a los tres judíos que hablaban entre sí acaloradamente.

Yankel se volvió hacia el kozako, y le dijo que todo se haría conforme deseaba, que su hijo estaba encerrado en la cárcel de la ciudad, y que, a pesar de lo difícil que era comprar la guardia, esperaba, sin embargo, arreglárselas para procurarle una entrevista.

Bulba entró en un aposento con los tres judíos.Estos empezaron a conversar en su incomprensible lengua. Taras los examinaba uno a uno. Parecía que alguna cosa le había en extremo conmovido; en sus facciones rudas e insensibles brillaba la llama de la esperanza, de esa esperanza que algunas veces visita al hombre cuando se halla en el último grado de la desesperación; su viejo corazón latía violentamente, como si de repente se hubiese rejuvenecido.

–Escuchen, judíos –les dijo, y su acento atestiguaba la exaltación de su alma– todo lo pueden ustedes en el mundo, un objeto perdido en el fondo del mar lo encontrarían; y dice un proverbio que un judío se robará a sí mismo, por poco que lo desee. ¡Liberten a mi Eustaquio, proporciónenle la ocasión de escaparse de las manos del diablo! He prometido doce mil ducados a ese hombre; añadiré doce más, todos mis vasos preciosos, todo el oro que tengo enterrado, mi casa, mis últimos vestidos; todo lo venderé haciendo además un contrato por el que me obligaré a partir con ustedes todo cuanto pueda adquirir en la guerra durante mi vida.

–¡Oh! ¡Imposible, querido señor, imposible! –dijo Yankel con un suspiro.

–¡Imposible! –dijo otro judío.
Los tres judíos se miraron en silencio.
–No obstante, si se probase –dijo el tercero echando sobre sus dos compañeros tímidas miradas– tal vez con la ayuda de Dios…

Los tres judíos se pusieron a conversar en su lengua. Bulba no pudo entender nada de lo que decían, a pesar de prestar toda su atención; oyó solamente pronunciar a menudo el nombre: de Mardoqueo y nada más.

–Escuche, mi señor –dijo Yankel– primero es preciso consultar a un hombre que no tiene igual en el mundo, es un hombre sabio como Salomón; y si éste no puede nada, nadie en el mundo podrá. Quédese aquí, tome la llave, y no deje entrar a nadie, absolutamente a nadie.

Los judíos salieron a la calle.Taras cerró la puerta, y miró por la ventanita hacia esta calle sucia de la Judería. Los tres judíos se detuvieron en ella y hablaron entre sí con animación. Pronto se les reunieron dos judíos más, primero uno y después otro, y Bulba oyó repetir de nuevo el nombre de Mardoqueo. ¡Mardoqueo! Los judíos volvían continuamente sus miradas hacia uno de los lados de la calle.

Por fin, por uno de los ángulos, detrás de una sucia casucha, apareció un pie calzado con zapato judío, y flotaron los faldones de un caftán corto.

«¡Ah! ¡Mardoqueo! ¡Mardoqueo!», exclamaron los judíos a una sola voz.

Un judío flaco menos largo que Yankel pero mucho más arrugado, y notable por la enormidad de su labio superior, se acercó al grupo impaciente. Entonces los judíos se apresuraron a hacerle su narración, durante la cual Mardoqueo se volvió varias veces para mirar la ventanita, por lo que Taras pudo comprender que se trataba de él. Mardoqueo gesticulaba moviendo ambas manos, escuchaba, interrumpía, escupía de lado, y levantando los faldones de su traje, metía las manos en los bolsillos para sacar de ellos una especie de castañuelas, operación que permitía notar sus asquerosos calzones. Por fin, los judíos se pusieron a gritar tan fuerte, que uno de ellos, que estaba de centinela, tuvo que hacerles señas de que callasen, y Taras, empezó a temer por su seguridad; pero se tranquilizó, pensando que los judíos podían conversar libremente en la calle, sin que el mismo diablo pudiese comprender su enrevesada lengua.

Dos minutos después los tres judíos entraron a la vez en el aposento. Mardoqueo se acercó a Taras, le dio un golpe en la espalda, y dijo:

–Cuando queremos hacer algo, lo hacemos en debida forma.

Taras examinó aquel nuevo Salomón que no tenía igual en el mundo, y concibió alguna esperanza. Efectivamente, su vista podía inspirar cierta confianza. Su labio superior era un verdadero espantajo; no cabía duda que había llegado a ese desenvolvimiento extraordinario por causas ajenas a la naturaleza. Quince pelos solamente componían la barba del Salomón, y todos al lado izquierdo. Su rostro llevaba las huellas de tantos golpes, recibidos por premio de sus hazañas, que sin duda hacía largo tiempo había perdido la cuenta de ellas, y se había acostumbrado a mirarlas como manchas de nacimiento.

Mardoqueo se alejó pronto con sus compañeros, admirados de su sabiduría. Bulba se quedó solo. Hallábase en una situación extraña, desconocida, y por primera vez en su vida, experimentó cierta inquietud. Su alma era presa de una excitación febril. Ya no era aquel Bulba inflexible, inalterable, fuerte como un roble; habíase vuelto pusilánime; ahora era débil. Temblaba al más ligero ruido y a cada nueva figura de judío que aparecía al extremo de la calle. En esta situación permaneció toda la mañana; no bebió ni comió, y sus ojos no se apartaron un instante de la ventanilla que daba a la calle.

En fin, por la tarde, ya casi al anochecer, llegaron Mardoqueo y Yankel. El corazón de Taras desfalleció.

–¡Y bien! ¿Han conseguido su objeto? preguntó con la impaciencia de un caballo salvaje.

Pero antes de que los judíos tuviesen tiempo de reunir su valor para responder, Taras había ya notado que a Mardoqueo le faltaba su última trenza de cabellos, la cual, aunque bastante mal cuidada, se escapaba antes rizada por debajo de su capisayo. No cabía duda que quería decir algo, pero balbuceaba de una manera tan extraña que Taras no pudo comprender nada. Yankel llevaba también a menudo la mano a su boca, como si hubiese sufrido una fluxión.

–¡Oh, mi querido señor! –dijo Yankel. Ahora es completamente imposible. ¡Dios lo ve! ¡Es imposible! Tenemos que habérnosla con un pueblo tan malo que sería preciso escupirle a la cara. Ahí está Mardoqueo que no me desmentirá. Él ha hecho lo que ningún hombre es capaz de hacer; pero Dios no ha querido ayudarnos. Hay en la ciudad tres mil hombres de tropa, y mañana se les lleva al suplicio.

Taras miró a los judíos de reojo, pero ya sin impaciencia y sin cólera.

–Y si su señoría quiere una entrevista, es necesario ir mañana de madrugada antes que el sol asome por el Oriente. Los centinelas han dado su consentimiento, y tengo la promesa de un leventar. ¡Ojalá no tengan felicidad en el otro mundo! ¡Ah weh mir! ¡Pueblo codicioso! Ni aun entre nosotros se encuentran hombres semejantes; he dado cincuenta ducados a cada centinela y al leventar.

–Está bien. Condúceme cerca de él –dijo resueltamente Taras– y su alma recobró toda su firmeza.

Se conformó con la proposición que le hizo Yankel de disfrazarse de conde extranjero, llegado de Alemania. El previsor judío había preparado ya los trajes necesarios. Por fin llegó la noche. El dueño de la casa (ese mismo judío de pelo rojo y cutis pecoso) trajo un colchón delgado, cubierto con una especie de sábana, y lo tendió sobre uno de los bancos para Bulba. Yankel se acostó en el suelo sobre un colchón parecido al del kozako.

El judío de pelo rojo bebió una taza de aguardiente, después se quitó su medio caftán, no conservando más que los zapatos y las medias que le daban mucha semejanza con un pollo, y se acostó al lado de su judía en una cosa que parecía un armario. Dos niños, judíos también, se tendieron en el suelo cerca del armario, como dos falderillos. Pero Taras no dormía; permanecía inmóvil, dando ligeramente en la mesa con sus dedos. Con su pipa en la boca, lanzaba nubes de humo que hacían estornudar al adormecido judío y le obligaban a taparse la nariz con el cobertor.

Apenas amaneció Bulba empujó a Yankel con el pie.

–Alzate, judío, y dame tu traje de conde.
Se vistió en un minuto, y se pintó de negro las cejas, los bigotes y las pestañas; se cubrió la cabeza con un sombrerito oscuro, y se arregló de modo que ninguno de sus kozakos, ni aun los que más tratado le tenían, le hubiera reconocido. Parecía un hombre de treinta años. Los colores de la salud brillaban en sus mejillas, y sus mismas cicatrices le daban cierto aire de autoridad. Sus vestidos recamados de oro le sentaban maravillosamente.

Las calles permanecían aún silenciosas; ni siquiera un vendedor, con la cesta en la mano, se veía en la ciudad. Bulba y Yankel llegaron a un edificio que parecía una garza real descansando. Era bajo, ancho, pesado, ennegrecido, y en uno de sus ángulos se levantaba, como el cuello de una cigüeña, una alta y estrecha torre, coronada por un trozo de techo. Este edificio estaba destinado a muchos y diversos empleos: servía de cuartel, de cárcel y hasta de tribunal criminal. Nuestros viajeros penetraron en él y se encontraron en una vasta sala o más bien en un patio cerrado por arriba: cerca de mil hombres dormían allí juntos. Enfrente de ellos había una puertita, delante de la cual dos centinelas se entretenían en un juego que consistía en golpearse uno a otro sobre las manos con los dedos, prestando poca atención a los que llegaban; sólo volvieron la cabeza cuando Yankel les dijo:

–Somos nosotros, ¿lo oyen, señores míos? Somos nosotros.
–Pasen –dijo uno de ellos, abriendo la puerta con una mano y alargando la otra a su compañero para recibir los golpes obligados.

Entraron en un corredor estrecho y oscuro que les condujo a otra sala semejante a la primera con ventanillas arriba.

–¡Quién vive! –exclamaron algunas voces, y Taras vio cierto número de soldados armados de pies a cabeza. Tenemos orden de no dejar entrar a nadie.

–¡Somos nosotros! –exclamó Yankel– ¡Dios lo ve, somos nosotros, señores míos!

Pero nadie quería escuchar. Por fortuna se acercó en este momento un hombre grueso, que parecía ser el jefe, pues gritaba más recio que los otros.

–Somos nosotros, monseñor; ¿no nos conocéis ya? y el señor conde os atestiguará su reconocimiento.

–¡Déjenles pasar! ¡Que mil diablos les ahoguen a ustedes! ¡Pero no dejen pasar a nadie más! Y que ninguno de ustedes se quite el sable, ni se acueste en el suelo.

Nuestros viajeros no oyeron la continuación de esta elocuente orden.
–¡Somos nosotros, soy yo, somos nosotros mismos! –decía Yankel a cada uno que encontraba.

–¿Se puede ahora? –preguntó el judío a uno de los centinelas, al llegar por fin al sitio en donde terminaba el corredor.

–Se puede: únicamente ignoro si le dejarán entrar en su misma cárcel. Ian no está aquí en este momento, por haberse puesto otro en su lugar –respondió el centinela.

–¡Ay, ay! –dijo el judío en voz baja. Eso sí que es malo, mi querido señor.
–¡Adelante –dijo Taras con firmeza. Yankel obedeció.

En la puerta puntiaguda del subterráneo estaba un jeduque adornado con un bigote formando tres líneas superpuestas: la superior le llegaba hasta los ojos, la segunda iba hacia delante, y la tercera descendía encima de la boca, lo cual le daba una singular semejanza con un carnero.El judío se inclinó hasta el suelo, y se acercó a él casi doblado.

–¡Señoría! ¡Mi ilustre señor!
–Judío, ¿a quién dices eso?
–A usted, mi ilustre señor.
–¡Hum!¡No soy más que un simple jeduque! –dijo el que llevaba el bigote de tres líneas, y sus ojos brillaron de contento.

–¡Ira de Dios! ¡Yo creía que era el coronel en persona! ¡Ay, ay, ay!

Al decir estas palabras meneó el judío la cabeza y separó los dedos de las manos.

–¡Ay! ¡Qué aspecto tan imponente! ¡Si es un coronel, un coronel perfecto! ¡Un dedo más, y es un coronel! Se debería poner a mi señor sobre un caballo padre veloz como una mosca, para que hiciese maniobrar un regimiento. El jeduque retorció la línea inferior de su bigote, y sus ojos brillaron con una completa satisfacción

–¡Dios mío! ¡Qué pueblo tan marcial! prosiguió el judío:– ¡oh weh mir! ¡Que pueblo tan arrogante! Esos galones, esas chapas doradas, todo eso brilla como un sol, y las muchachas, en cuanto ven a esos militares… ¡ay, ay!

Y el judío meneó de nuevo la cabeza.
El jeduque se atusó la línea superior de su bigote, haciendo oír entre dientes un sonido casi semejante al relincho de un caballo.

–Suplico a mi señor que nos preste un pequeño favor –dijo Yankel. El príncipe, aquí presente, acaba de llegar del extranjero, y quisiera ver los kozakos, pues no ha visto en su vida qué clase de gente son.

La presencia de condes y barones extranjeros en Polonia era bastante común, atraídos a menudo por la sola curiosidad de ver ese pequeño rincón de Europa casi medio asiático. Respecto a Moscovia y a Ucrania las consideraban como formando parte de la misma Asia. Así es que el jeduque, después de saludar respetuosamente, juzgó oportuno añadir algunas palabras de su propia cosecha.

–No sé –dijo– por qué vuestra excelencia quiere verles. Son perros, y no hombres. Y es tal su religión que nadie hace el menor caso de ella.

–¡Mientes, hijo de Satanás! –interrumpió Bulba; ¡el perro eres tú! ¿Cómo te atreves a decir que no se hace caso de nuestra religión? De tu religión herética es de la que no se hace caso.

–¡Hola, hola! –dijo el jeduque. ¡Ahora ya sé quién eres, amigo mío! Perteneces a los que están bajo mi vigilancia. Espera, voy a llamar a los nuestros.

Taras conoció su imprudencia, pero su carácter era testarudo y el despecho le impidieron pensar en repararla. Por fortuna, en el mismo instante consiguió Yankel deslizarse entre ellos.

–¡Mi señor! ¿Cómo es posible que el conde sea un kozako? Si lo fuese, ¿en dónde hubiera adquirido semejante traje y un aire tan noble? ¡Adelante!

Y el jeduque abría ya su ancha boca para gritar.

–¡Real majestad, calle, calle! –exclamó Yankel. ¡En nombre del Cielo, calle! ¡Le pagaremos como nadie ha sido pagado en su vida, le daremos dos ducados de oro.

–¡Dos ducados! Dos ducados no significan nada. Yo los doy a mi barbero para afeitarme la mitad de la barba.¡Cien ducados, judío!

Aquí el jeduque retorció su bigote superior.

–Si no me das al instante cien ducados, llamo a la guardia.

–¿Por qué, pues, tanto, dinero? –dijo, en tono lastimoso el judío, que había palidecido, desatando los cordones de su bolsa de cuero. Pero, afortunadamente para él, su bolsa sólo contenía cien ducados, y el jeduque no sabía contar más arriba de ciento.

–¡Mi señor, mi señor! ¡Partamos lo más pronto posible! Vea qué mala es esa gente –dijo Yankel, después de observar que el jeduque movía el dinero entre sus manos, como arrepentido de no haber pedido más.

–¡Bien, vamos pues, jeduque del diablo! –dijo Bulba– ¿has tomado el dinero, y no piensas en hacernos ver los kozakos? No, tú debes enseñárnoslos, puesto que has recibido el dinero no tienes derecho de rehusárnoslo.

–Váyanse al demonio, si no, los denuncio al instante, y entonces… atrás les digo, y pronto.

–¡Mi señor, mi señor!– ¡vámonos, en nombre de Dios, vámonos! ¡Malditos sean! –exclamó el pobre Yankel.

Bulba, con la cabeza baja, se volvió lentamente, seguido de las reconvenciones de Yankel, que se sentía devorado de pesar a la idea de haber perdido sus cien ducados por nada.

–Pero también, ¿por qué pagarle? Debíamos haber dejado ladrar a ese perro. Ese pueblo es hecho así, siempre ha de regañar. ¡Oh weh mir! ¡Qué felicidades envía Dios a los hombres! Mire: ¡cien ducados solamente habernos echado! Y a un pobre judío le arrancarán sus rizos de pelo, harán de su hocico una cosa imposible de mirar, y nadie le dará cien ducados. ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios de misericordia!

Pero aquel contratiempo había tenido sobre Bulba otra influencia; se veía el efecto en la devoradora llama que brillaba en sus ojos.

–Marchemos –dijo de repente, sacudiendo una especie de torpeza– vamos a la plaza pública; quiero ver cómo le atormentan.

–¡Oh, mi señor! ¿Para qué? Allí no podremos socorrerle.

–Vamos– dijo Bulba con resolución; y el judío le siguió exhalando un suspiro, como sigue una niñera a un niño indócil.

No era difícil encontrar la plaza en donde debía tener lugar el suplicio, pues el pueblo afluía a ella de todas partes. En aquel siglo de costumbres toscas, aquel era un espectáculo de los más atractivos, no solamente para el populacho, sino para las clases elevadas. Multitud de viejas devotas, un sinnúmero de tímidas jóvenes, que soñaban en seguida toda la noche cadáveres ensangrentados, y que despertaban gritando como puede hacerlo un húsar ebrio, aprovechaban aquella ocasión para poder satisfacer su cruel curiosidad. «¡Ah! ¡Qué horrible tormento!», gritaban algunas de ellas con terror febril, cerrando los ojos y volviendo el rostro, y sin embargo no abandonaban su puesto. Había hombres que, con la boca abierta y las manos tendidas convulsivamente, hubieran querido encaramarse por encima de las cabezas de los otros para ver mejor. Entre las figuras vulgares, sobresalía la enorme cabeza de un verdugo, que observaba todo el espectáculo con aire conocedor, y conversaba en monosílabos con un maestro de armas a quien llamaba su compadre porque los días festivos se emborrachaban en la misma taberna. Algunos discutían acaloradamente, otros hacían apuestas pero la mayor parte pertenecían a ese género de individuos que miran el mundo entero y todo lo que pasa en él como quien ve llover. En primera fila, y junto a los bigotudos, que componían la guardia de la ciudad, estaba un hidalgo campesino, o que parecía tal, en traje militar, llevando encima cuanto poseía, de manera que en su casa sólo le había quedado una camisa desgarrada y unas botas estropeadas; dos cadenas, de las cuales pendía una especie de ducado, se cruzaban sobre su pecho; había ido allí con su amante, Yousefa, y se agitaba continuamente porque no se le manchase su traje de seda. Se lo había explicado todo con anticipación tan minuciosamente, que era imposible de todo punto añadir cosa alguna.

–Mi pequeña Yousefa –decía– todas esas gentes que ves, han venido aquí para ver ajusticiar los criminales; y aquello, querida mía, que ves allá abajo, que tiene un hacha y otros instrumentos en la mano, es el verdugo, y es él quien les ajusticiará; y cuando empiece a dar vueltas a la rueda y a darles otros tormentos, el criminal estará todavía con vida; pero cuando les corte la cabeza, entonces morirá en seguida, querida mía. Primeramente chillará como un loco, pero cuando se le haya cortado la cabeza no podrá chillar más, ni comer, ni beber porque entonces, querida mía, no tendrá ya cabeza.

Y Yousefa escuchaba todo eso con terror y curiosidad.


Los tejados de las casas estaban cubiertos de gente. En los huecos de las ventanas aparecían extraños rostros con bigotes, cubierta la cabeza con una especie de gorras. En los balcones, y resguardados por baldaquinos, estaba la aristocracia. La linda mano, brillante como azúcar blanco, de una joven risueña se apoyaba en la reja del balcón. Hidalgos, dotados de una respetable gordura, contemplaban todo eso con aire majestuoso. Un criado, con rica librea y las mangas dobladas, hacía circular bebidas y refrescos. A menudo una joven delgada tomaba con su blanca mano dulces o frutas y las arrojaba al pueblo. El enjambre de caballeros hambrientos se apresuraba a tender sus sombreros, y algún largo hidalguillo cuya cabeza sobresalía de la multitud, vestido con un konutousch en otro tiempo de escarlata y enteramente recamado de cordones de oro ennegrecidos por el tiempo, tomaba las golosinas al vuelo, gracias a sus largos brazos, besaba la presa que había conquistado, la apoyaba contra su corazón, y luego se la comía.

También figuraba entre los espectadores un halcón, suspendido al balcón en una jaula dorada; con el pico vuelto de través y la pata levantada, contemplaba atentamente al pueblo. Pero la multitud se conmovió de repente, y por todos los ámbitos de la plaza se oyó el grito de: «¡Véanlos, allí vienen, son los kozakos!» Estos marchaban con la cabeza descubierta, con sus largas trenzas colgando, habiendo todos dejado crecer sus barbas. Adelantaban sin temor y sin tristeza, con cierta altanera tranquilidad. Sus vestidos, de preciosas telas, a fuerza de usarlos, estaban hechos jirones; no miraban ni saludaban al pueblo. Delante de todos marchaba Eustaquio.

¿Qué experimentó el viejo Taras a la vista de su hijo? ¿Qué pasó entonces en su corazón? Le contemplaba entre la multitud sin perder uno solo de sus movimientos. Los kozakos habían llegado ya al lugar del suplicio: el joven se detuvo. A él le tocaba primero apurar ese amargo cáliz. Tendió una mirada a los suyos, levantó una de sus manos al cielo, y dijo en alta voz:

–¡Haga Dios que todos los herejes reunidos aquí no conozcan de qué manera es torturado un cristiano! Que ninguno de nosotros pronuncie una palabra.

Dicho esto se acercó al cadalso.
–¡Bien, hijo, bien! –dijo Bulba dulcemente inclinando hacia el suelo su cabeza gris.

El verdugo arrancó los harapos que cubrían a Eustaquio; metiéronle los pies y las manos en una máquina hecha expresamente para este uso, y… No turbaremos el alma del lector con el cuadro de tormentos infernales cuya sola idea haría erizar los cabellos. Era el fruto de tiempos groseros y bárbaros, cuando aún llevaba el hombre una vida sangrienta, consagrada a las hazañas de la guerra, y que había endurecido completamente su alma desprovista de toda idea humanitaria. En vano algunos hombres aislados formaban una excepción en su siglo, mostrándose adversarios de esas bárbaras costumbres; en vano el rey y varios caballeros de inteligencia y de corazón hacían presente que semejante crueldad en los castigos sólo servía para inflamar la venganza de la nación kozaka: el rey, con todo su poder, y las prudentes opiniones de hombres sensatos eran impotentes contra el desorden, contra la voluntad audaz de los magnates polacos, que, por una falta inconcebible de previsión y por una vanidad pueril, habían convertido su asamblea en una sátira del gobierno.

Eustaquio sufría los tormentos y las torturas con un valor gigantesco. Ni un grito, ni una queja exhalaba ni aun cuando los verdugos empezaron a romperle los huesos de los pies y de las manos, cuando el terrible ruido que se hacía al descoyuntarlos se dejó oír de los más apartados espectadores, y las jóvenes volvieron los ojos con horror; nada que se asemejase a un gemido salió de su boca; su semblante no demostró la menor emoción. Taras permanecía entre la multitud, con la cabeza inclinada, y levantando de cuando en cuando los ojos con orgullo, decía solamente en tono de aprobación:

–¡Bien, hijo, bien!

Pero cuando se hubo acercado a las últimas torturas y a la muerte, su fuerza de alma pareció abandonarle. Paseó sus miradas a su alrededor: ¡Dios de bondad! ¡Sólo vio rostros desconocidos, extraños! ¡Si al menos hubiesen asistido a su fin algunos de sus próximos parientes! No es que deseara oír los angustiosos ayes de una débil madre, o los gritos insensatos de una esposa, arrancándose los cabellos y golpeándose su blanco seno, no, lo que deseaba era ver al lado de su hijo a un hombre valeroso que le aliviase con una palabra sensata y le consolase en su última hora. Su constancia sucumbió, y en el abatimiento de su alma exclamó:

–¡Padre! ¿En dónde estás? ¿Oyes todo eso?
–¡Sí, oigo!
Esta palabra resonó en medio del silencio universal, y todo un millón de almas se estremecieron a la vez. Un pelotón de guardias de caballería se lanzó para examinar escrupulosamente los grupos del pueblo. Yankel se volvió pálido como un difunto, y cuando los soldados se hubieron alejado un poco, se volvió con terror para mirar a Bulba, pero Bulba no estaba a su lado. Había desaparecido sin dejar rastro alguno.

Pronto tendremos noticias de él.


CAPÍTULO XII

Ciento veinte mil hombres de tropas kozakas aparecieron en las fronteras de Ucrania. Esto no era ya un partido insignificante, un destacamento guiado solamente por el lucro del botín o enviado en persecución de los tártaros. No, se había levantado la nación entera, porque su paciencia se había agotado; se habían levantado para vengar sus derechos insultados, sus costumbres convertidas ignominiosamente en objeto de burla, la religión de sus padres y sus santos usos ultrajados, sus templos entregados a la profanación; para sacudir el yugo de los nobles extranjeros, la opresión dela unión católica, la afrentosa dominación de los judíos en un país cristiano; en una palabra, para vengar todos los agravios que alimentaban y aumentaban hacía mucho tiempo el odio salvaje de los kozakos.

El hetman Ostranitza, guerrero joven, pero de una inteligencia superior, iba a la cabeza de considerable ejército kozako. Junto a él estaba Gouma, su antiguo compañero, de mucha experiencia. Ocho polkovniks conducían polks doce mil combatientes. Dos iésaouls generales y un bountchoug, o general de retaguardia, venían enseguida del hetman. El general abanderado marchaba delante con la primera bandera; flotando en el aire otros varios estandartes y banderas; los compañeros de los bountchougs llevaban lanzas adornadas con colas de caballo; también había varios otros empleados de ejército y muchos escribanos de polks seguidos de destacamentos, a pie y a caballo. Contábanse casi tantos kozakos voluntarios como tropas de línea. De todas las comarcas se habían levantado, de Tchiguirina, de Péreiaslav, de Batourina, de Gloukhoff, de las orillas inferiores del Dnipró, de sus cerros y de sus islas. Por todas partes se veían innumerables caballos y un sinnúmero de bagajes; pero entre ese enjambre de kozakos, entre esos ocho polks regulares, había un polk superior, a la cabeza del cual iba Taras Bulba. Su avanzada edad, su mucha experiencia, su ciencia militar y, su odio contra su enemigo, más fuerte en él que en los otros, le daba una superioridad sobre los demás jefes. Su ferocidad implacable y su crueldad sanguinaria parecían exageradas hasta para los mismos kozakos. Sus labios no se abrían sino para condenar al fuego y a la horca, y su parecer en el consejo de guerra sólo respiraba ruina y devastación.

¿Para qué describir todos los combates que tuvieron los kozakos, ni la marcha progresiva de la campaña, si todo eso se halla escrito en las páginas de la Historia? En labRus saben lo que es una guerra religiosa. No hay un poder más fuerte que la religión: es implacable, terrible, como una roca levantada por obra de la naturaleza en medio de un mar eternamente tempestuoso y voluble; de entre las profundidades del Océano alza hacia el cielo sus inquebrantables muros, formados de una sola pieza entera y compacta. Se las distingue de todas partes, y por todas partes se contempla altivamente las olas que contra ella se estrellan. ¡Desventurado el buque que viene a chocar con la roca! Sus frágiles aparejos vuelan hechos pedazos; todo cuanto lleva se rompe o se hunde en los insondables abismos del mar, y el aire de su alrededor resuena con los gritos plañideros de los que perecen entre las olas.

En las páginas de los anales se lee detalladamente cómo huían de las ciudades conquistadas las guarniciones polacas; cómo se ahorcaba a los arrendadores judíos sin conciencia; cómo Nicolás Potocki, el hetman de la corona, se encontró débil contra su numeroso ejército, ante esa fuerza irresistible; cómo derrotado y perseguido, se ahogó en un pequeño río la mayor parte de sus tropas; cómo le cercaron los terribles polks kozakos en la pequeña aldea de Polonoi, y cómo, reducido al extremo, el hetman polaco prometió bajo juramento, en nombre del rey y de los magnates de la corona una entera satisfacción, así como el restablecimiento de todos los antiguos derechos y privilegios. Pero los kozakos, que sabían lo que valían los juramentos de los polacos respecto a ellos, no eran hombres que se dejasen engañar por esta promesa. Y Potocki no se hubiera pavoneado sobre su argamak de seis mil ducados, atrayendo las miradas de las damas ilustres y la envidia de la nobleza; no hubiera hecho ruido en las asambleas, ni dado suntuosas fiestas a los senadores si no hubiese sido salvado por el clero ruso que se encontraba en aquella aldea. Cuando salieron todos los sacerdotes, vestidos con sus brillantes trajes dorados, llevando las imágenes de la cruz, y a su cabeza el arzobispo en persona con el báculo en la mano y la mitra en la cabeza, todos los kozakos hincaron la rodilla y se descubrieron. En aquel momento no hubieran respetado a nadie ni aun al mismo rey, pero no se atrevieron a obrar contra su iglesia cristiana, y se humillaron ante su clero.


De común acuerdo el hetman y los polkovniks consintieron en dejar partir a Potocki, después de hacerle jurar que en adelante dejaría en paz a todas las iglesias cristianas; que relegaba al olvido las pasadas enemistades y que no haría ningún mal al ejército kozako. Sólo un polkovnik rehusó consentir en semejante paz: Taras Bulba, el cual arrancándose un mechón de cabellos, exclamó:

–¡Hetman, hetman, y ustedes polkovniks, no cometan esa acción propia tan solo de una vieja; no se fíen de los polacos, esos perros los venderán!

Entonces Bulba, cuando los escribanos del polk hubieron presentado el tratado de paz, cuando el hetman hubo extendido su poderosa mano sobre él, desenvainó su precioso sable turco, de hoja damasquina pura y del más hermoso acero, lo rompió en dos como una caña, y tirando lejos los pedazos en dos opuestas direcciones, exclamó:

–¡Adiós, pues! ¡Así como las dos mitades de este sable no se volverán a reunir y no formarán jamás una misma arma, nosotros, compañeros, tampoco volveremos a vernos más en este mundo! ¡No olviden, pues, mis palabras de despedida!

Entonces su voz aumentó, se elevó, adquirió un poder extraño, y se conmovieron todos escuchando sus acentos proféticos.

–¡Ya sé acordarán de mí cuando les llegue su última hora! ¿Creen ustedes haber comprado el reposo y la paz? ¿Creen que no tienen que hacer más que darse buena vida? Otras fiestas les esperan. ¡Hetman, te arrancarán el cuero cabelludo, te lo llenarán de simiente de arroz, y durante mucho tiempo, se verá paseado por todas las ferias! Tampoco ustedes, señores, conservarán sus cabezas. Se pudrirán en cuevas frías, enterrados en muros de piedra, a menos que no les asen a todos vivos como carneros. Y ustedes, camaradas –continuó volviéndose hacia los suyos– ¿quien quiere morir de su verdadera muerte? ¿Quién quiere morir, no sobre el asador de su casa, ni sobre una cama de vieja, no borracho sobre un parral, en una taberna, como una carroña, sino de la hermosa muerte de un kozako, todos sobre un mismo lecho, como el desposado con la desposada? A menos que quieran regresar a sus casas, volverse medio herejes, y pasear sobre sus hombros a los nobles polacos.

–¡Contigo, señor polkovnik, contigo! –exclamaron todos los que formaban parte del polk de Taras.

A estos se juntaron una porción de otros.

–¡Y bien, puesto que es conmigo, conmigo pues! –dijo Taras.Y se encasquetó altivamente su gorra, echó una mirada terrible a los que se quedaban, se aseguró sobre su caballo y gritó a los suyos:

–¡Al menos nadie nos humillará con una palabra ofensiva! Vamos, camaradas, de visita a casa de los católicos.

Y picando espuelas, le siguió una compañía de cien carromatos, rodeados por kozakos de a pie y de a caballo, y volviéndose, desafió con una mirada llena de desprecio y de cólera a todos los que no habían querido seguirle.

Nadie se atrevió a detenerlos. A la vista de todo el ejército se marchaba un polk, y largo tiempo después, se volvía aún Taras dirigiendo amenazadoras miradas.

El hetman y los otros polkovniks estaban turbados; se quedaron todos pensativos, silenciosos, como oprimidos por un penoso presentimiento. La profecía de Taras se cumplió: Todo pasó como él había predicho. Poco tiempo después de la traición de Kaneff, la cabeza del hetman y la de varios de los principales jefes fueron puestas sobre estacas.

¿Y Taras? Taras se paseaba con su polk de uno y otro confín de la Polonia; redujo a cenizas dieciocho poblaciones, tomó cuarenta iglesias, y se adelantó hasta cerca de Cracovia. Asesinó a muchos nobles; saqueó los mejores y más ricos castillos. Sus kozakos desfondaron y vertieron los toneles de aguamiel y de los vinos añejos que se conservaban cuidadosamente en las bodegas de los nobles; desgarraron a sablazos y entregaron a las llamas las ricas telas, los trajes de ceremonia y cuantos objetos de valor encontraron en los edificios.

–¡Destruirlo todo! –repetía Taras.

Ni las jóvenes de negras cejas, ni las doncellas de blanco seno y fresco semblante, fueron respetadas: las pobrecillas ni siquiera pudieron encontrar refugio en los templos, pues Taras las quemó con los altares. Más de una mano blanca como la nieve se elevó del seno de las llamas hacia el Cielo, entre gritos plañideros que hubieran conmovido al mismo suelo, y que hubieran hecho inclinar de compasión a la misma hierba de las estepas. Pero los crueles kozakos no oían nada y levantaban a las criaturas con las puntas de sus lanzas, tirándolas a las madres que ya se veían presas de las llamas.

–¡Esos son los oficios fúnebres de Eustaquio, detestables polacos! –decía Taras.

Y en todas las poblaciones celebraba semejantes oficios, hasta que el gobierno polaco conoció que sus hazañas tenían más importancia que un simple latrocinio, y encargó a ese mismo Potocki, al frente de cinco regimientos, la captura de Taras.

Durante siete días los kozakos lograron escapar a las persecuciones, tomando caminos extraviados. Sus caballos apenas podían soportar esta incesante carrera y salvar a sus dueños. Pero esta vez Potocki se mostró digno de la misión que había recibido: no dio cuartel al enemigo, y le alcanzó en las orillas del Dniester, en donde Taras Bulba acababa de hacer alto en una fortaleza abandonada y ruinosa.

Se la veía en la cima de una roca que dominaba el Dniester, con los restos de sus destrozados glacis y de sus derruidas murallas. Aquella cima estaba enteramente cubierta de piedras, de ladrillos y de escombros siempre prontos a desprenderse y a caer en el abismo. Allí fue donde el hetman de la corona, Potocki, cercó a Bulba por los dos lados que daban acceso a la llanura. Los kozakos lucharon y se defendieron a ladrillazos y a pedradas durante cuatro días; pero sus municiones y sus fuerzas tocaron a su fin, y Taras resolvió abrirse un camino a través de sus perseguidores. Los kozakos se habían abierto ya paso, y tal vez sus ligeros caballos les hubieran salvado de nuevo, cuando Taras se detuvo de repente en medio de su carrera.

–¡Alto! –exclamó. He perdido mi pipa y mi tabaco, y no quiero que caigan en poder de esos polacos que el diablo confunda.

Y el viejo polkovnik se inclinó para buscar en la hierba su pipa y su bolsa de tabaco, sus dos inseparables compañeros, en mar y en tierra, en los combates y en la casa. Durante este tiempo, llegó una partida enemiga, y le agarraron por sus poderosas espaldas. Taras hizo esfuerzos para que le soltaran, pero los jeduques que lo habían apresado no rodaron ya por tierra como en otros tiempos.

–¡Oh! ¡Vejez! ¡Vejez! –dijo amargamente; y el viejo kozako lloró.

Pero la culpa no era de la vejez, sino que la fuerza había vencido a la fuerza. Una treintena de hombres le tenían agarrado por los pies y por los brazos.

–¡Ya es nuestro! –gritaron los polacos. Sólo nos falta encontrar la manera de hacer honor a ese perro.

Y le condenaron, con consentimiento del hetman, a ser quemado vivo en presencia del ejército. Había cerca de allí un árbol desprovisto de follaje cuya cima había sido tronchada por un rayo. Allí fue atado Taras con cadenas de hierro; luego se le clavó de manos, después de alzarle todo lo posible, a fin de que el kozako fuese visto de lejos y de todas partes; y por último, con ramas secas los polacos levantaron una hoguera al pie del árbol.

Pero Taras no contemplaba la hoguera; no eran las llamas, que iban a devorarle en lo que soñaba su alma intrépida: el infortunado miraba del lado en donde combatían sus kozakos. Desde la altura en donde estaba colocado lo veía todo como sobre la palma de la mano.

–¡Camaradas! –gritó– ¡Ganen pronto la montaña que está detrás del bosque, allí no los alcanzarán!

Pero el viento se llevó sus palabras.

–¡Van a perecer, van a perecer por nada! exclamó con desesperación.
Y echó una mirada debajo de él, en el sitio donde se reflejaba el Dniester. Un rayo de alegría brilló en sus pupilas viendo cuatro proas medio ocultas por los arbustos. Entonces, reuniendo todas sus fuerzas, exclamó con su potente voz:

–¡Al río, al río, camaradas! ¡Bajen por el sendero de la izquierda! ¡Hay buques en la orilla, tómenlos todos, para que no puedan perseguirlos!

Esta vez el viento sopló favorablemente, y todas sus palabras fueron oídas por los kozakos. Pero este buen consejo le valió un golpe de maza en la cabeza, que hizo dar vueltas a todos los objetos ante sus ojos.

Con presteza suma los kozakos se lanzan en la pendiente del sendero, pero son perseguidos muy de cerca. Miran, y ven que el sendero da vueltas, serpentea, forma mil rodeos.

–¡Vamos, camaradas, por la gracia de Dios! –exclamaron todos los kozakos.

Se detienen un instante, levantan sus látigos, silban, y sus caballos tártaros emprenden veloz carrera hendiendo los aires como serpientes, vuelan por encima del abismo y caen en medio del Dniester. Solamente dos no pudieron llegar al río: se estrellaron en las rocas pereciendo con sus caballos sin exhalar un solo grito. Los kozakos nadaban ya a caballo en el río y desataban los buques. Los polacos se detuvieron ante el abismo, asombrados, de la hazaña inaudita de los kozakos, y preguntándose si debían o no continuar en su seguimiento. Un coronel joven, de sangre ardiente, el propio hermano de la hermosa polaca que había encantado al pobre Andrés, se lanzó sin reflexionar en persecución de los kozakos, pero dio tres vueltas en el aire con su caballo, y volvió a caer sobre los agudos peñascos. Las piedras angulosas le despedazaron, el abismo se lo tragó, y su seso, mezclado con sangre, salpicó los arbustos que crecían en las desiguales pendientes del glacis.

Cuando Taras Bulba volvió en sí del golpe que le había aturdido, cuando dirigió una mirada hacia el Dniester, los kozakos estaban ya en los buques y se alejaban a fuerza de remos. Las balas llovían sobre ellos desde considerable altura, pero sin alcanzarles; y los ojos del polkovnik brillaban con el fuego de la alegría.

–¡Adiós, camaradas –les gritó desde el elevado sitio en que estaba– acuérdense de mí, vuelvan en la próxima primavera, y que les vaya bien! ¿Y ustedes, polacos del diablo, qué han ganado? ¡No hay nada en el mundo que amedrente a un kozako! Esperen un poco, pronto llegará el tiempo en que sabrán lo que es la religión ortodoxa. Los pueblos vecinos y lejanos lo presienten desde ahora; ¡de la tierra rusa se levantará un zar, y no habrá poder en el mundo que deje de sometérsele!

Las llamas de la hoguera se elevaban ya, llegando a los pies de Taras y abrasando con su llama el grueso tronco del árbol Pero, ¿hay fuego, torturas ni poder, capaces de domar la fuerza kozaka?

El río Dniester es pequeño, pero posee varias ensenadas, muchos sitios sin fondo, y en sus orillas crecen abundantes juncos. El espejo del río es brillante, y en él resuena el grito sonoro de los cisnes, y el soberbio gogol se deja llevar por su rápida corriente. Miríadas de chorlitos, de gallinetas ciegas con rojizo plumaje, y otras aves de toda especie se agitan entre sus juncos y sobre sus playas. Los kozakos bogan rápidamente en estrechos barcos de dos timones, y reman juntos, evitando con prudencia los escollos y asustando a las aves que huyen al acercarse ellos, que hablan de su ataman.


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