Cuentos folclóricos uceanianos – 《Ivan y la hija del sol》

Hubo una vez cuatro hermanos, y tres de ellos quedaron en casa, mientras el cuarto salió al mundo en busca de trabajo.

Este hermano menor llegó a una tierra lejana y fue contratado por un señor, devengando tres monedas de oro al año. Por tres años sirvió fielmente a su amo, de forma que al final de ese tiempo salió del trabajo con nueve monedas de oro en su bolsa.

La primera cosa que hizo fue ir a una fuente y lanzó dentro de ella tras monedas de oro.

“Veamos” dijo, “si he sido honesto, regresarán nadando a mi”.

Entonces se recostó a un lado de la fuente, y rapidamente le entró el sueño y se durmió. ¿Qué tanto tiempo se quedó allí dormido? Nadie puede decirlo. Pero, de cualquier manera, se despertó finalmente, y fue a la fuente a ver, pero no había rastros que ver de su dinero.

Entonces lanzó tres monedas más dentro de la fuente, y de nuevo se tumbó a un lado del pozo y se durmió. Al reto se levantó y miró la fuente, y aún no había señales de su dinero.

Entonces lanzó sus tres monedas de oro restantes, y se acostó y quedó dormido. La tercera vez se levantó y miró dentro de la fuente y, allí, de seguro, estaba todo su dinero: ¡las nueve piezas de oro estaban flotando sobre la superficie del agua!.

Entonces su corazón se sintió aliviado, y recogió sus nueve piezas de oro y siguió su camino.

En el camino se topó con tres katsapi y su carreta bien cargada. Les preguntó con respecto a sus mercancías, a lo que le respondieron que llevaban una carga de incienso. Les rogó de inmediato que se lo vendieran. Entonces ellos se lo vendieron por las nueve monedas y, cuando ellos ya lo habian dejado y se habian marchado, le prendió fuego y quemó todo el incienso, y se lo ofreció a Dios como un sacrificio de dulce aroma.

Un ángel bajó a él y le dijo, “Oh, tu, que has ofrecido este sacrificio de dulce aroma a Dios, ¿qué quieres para ti mismo? ¿Quieres un reino, o grandes riquezas? ¿O, por casualidad, el deseo de tu corazón es una buena esposa? Habla, pues Dios te dará lo que sea que desees.”

Cuando el hombre hubo escuchado al ángel, le respondió, “¡Espera un poco! Iré y preguntaré a esa gente que está arando con el yugo.”

Ahora, esa gente que estaba arando, resultó que eran sus propios hermanos, pero no lo sabía. Entonces se dirigió al primero, que era su hermano mayor:

“Dígame, tio, ¿Qué puedo pedirle a Dios? ¿Un reino, o grandes riquezas, o una buena esposa? Dígame ¿cuál de lls tres es el mejor regalo para pedir?”.

–Y su hermano mayor le respondió: “Yo no sé, ¿y quién sabe? Ve a preguntar a alguien más”.

Entonces fue con su segundo hermano, quien estaba arando un poco más lejos. Le realizó la misma pregunta, pero el hombre solo se encogió de hombros y dijo que tampoco sabía.

Luego fue con el tercer hermano, que era el menor de los tres, también arando más adelante. Y le preguntó, diciendo: “Dígame, ahora, ¿cuál es el mejor regalo que hay que pedir a Dios?, ¿un reino, grandes riquezas o una esposa?”.

–Y el tercer hermano le respondió: “¡Que pregunta! Eres muy joven para tener un reino, y las grandes riquezas no te durarán mucho tiempo; pide a Dios una buena esposa, si es que a Dios le place darte una buena esposa, ese es el regalo que te bendecirá por toda tu vida.”

De forma que fue con el ángel y le dijo que se había decidido por una buena esposa.

Luego siguió su camino hasta llegar a cierto bosque y, viendo alrededor, notó que en ese bosque había un lago. Y cuando estaba contemplando el lago, vio que tres palomas silvestres llegaban volando y se posaban en sus orillas.

Se quitaron el plumaje y lo lanzaron dentro del agua, y rápido vio que no eran palomas salvajes, sino tres hermosas mujeres. Se bañaron en el lago y, mientras tanto, el joven se arrastró hacia ellas y tomó la vestimenta de una de ellas y la ocultó detrás de los matorrales.

Al salir del agua, la tercera muchacha vio que no estaban sus ropas, a lo que el joven le dijo: “Yo sé dónde están tus vestiduras, pero no te las daré a menos que quieras ser mi esposa.”

“¡Bien!” exclamó ella, “Tu esposa seré.”

Entonces se vistió y ambos se dirigieron a la aldea más cercana. Al llegar, ella le dijo:

Ve con el noble señor terrateniente de todas las tierras de aquí, y ruégale por un lugar para que nos construyamos una jata.”

De ese modo, fue directo al castillo y entró a la sala de recepción, y dijo:

“¡Glorificado sea Dios!”–

“¡Por los siglos de los siglos!” respondió el noble. “¿Qué quieres tú aquí, Ivan?”.

–“He venido, mi señor, para rogaros por un lugar en el que pueda construirme una jata.”

“¿Lugar para una jata, eh? Bien, muy bien
Ve a casa. Mientras tanto hablaré con mi capataz, y él te asignará un sitio.”–

–Entonces regresó él del castillo del noble, y su esposa le dijo:

“Ve ahora al bosque y corta un roble, uno joven, que puedas rodear con ambos brazos.”

Eso hizo el joven; cortó un roble como el que su esposa le indicó, y ella construyó una jata con la madera del roble, pues el capataz ya había llegado a mostrarles un sitio en el que tenian autorización para construirla. Pero cuando el capataz regresó a Palacio, elogió grandemente frente a su amo a la esposa de ese tal Iván.

“Ella es así y asá”, decía él.

-“Hermosa puede ser”, respondió el noble, “pero es de otro”.

“No es necesario que ella sea de otro por mucho tiempo” respondió el capataz. “Ese Iván está en nuestras manos; enviémoslo a ver porqué el sol se torna tan rojo cuando atardece.”

–“Eso es lo mismo que si lo enviaramos a un lugar del que nunca podrá volver.”

–“Mucho mejor.”–

–Eso hicieron ellos; mandaron llamar a Iván y le dieron la orden, por lo que regresó a su casa, llorando amargamente. Su esposa le preguntó todo sobre el tema, y dijo:

“Bien, te puedo contar todo sobre los caminos del sol, pues soy la propia hija del astro rey. Entonces, ahora te contaré todo. Ve donde ese noble y dile que la razón por la que el sol se pone rojo cuando atardece, es esta:

Justo cuando el sol se mete en el mar, tres hermosas mujeres salen de él y, al verlas, ¡el sol se sonroja por su belleza!”

Entonces el joven regresó y les contó todo.

“¡Oh-jo!”, exclamaron ellos, “si puedes ir tan lejos, podrás ir un poco más”; de esa suerte, le indicaron ellos que debía ir al infierno y ver cómo era allí adentro.

-“Si”, dijo su esposa, “conozco también muy bien el camino que lleva al infierno; pero el noble deberá ordenar a su capataz que vaya contigo, o de otra forma nunca te creerá que en verdad fuiste hasta el infierno.”

–Entonces el noble le ordenó a su capataz que debía acompañar a Iván al infierno, y ambos fueron juntos; y cuando llegaron a él, los demonios de turno pusieron de inmediato sus manos en el capataz.

“¡Tu, perro!”, rugieron, “¡Te hamos estado buscando por algún tiempo!”.

Iván regresó a Palacio sin el capataz, a lo que el noble reaccionó:

“¿En dónde está mi capataz?”

“Lo dejé en el infierno ” respondió Ivan, “y me dijeron que también os esperan a vuestra majestad, mi señor.”

Cuando el noble escuchó esto, se ahorcó, dejando a Iván viviendo felizmente con su esposa.

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