Vestimenta en Ucrania – Página 1

El pueblo Ucraniano utiliza una Vestimenta tradicional muy especial. Cada motivo de una vyshyvanka tiene un significado profundo como talismán, o simboliza algún animal, planta o elemento natural, pues la cultura de este país mantiene una estrecha relación con la naturaleza.

La Justka se utiliza en lugar de las trenzas y la Vinok (corona de flores) al aontraer una mujer matrimonio. Y cada provincia tiene una o varias formas de escribir en la tela de lino, pues es realmente una escritura mas que una decoración, ya que cada figura lleva un significado, asi como cada letra del alfabeto forma una palabra para expresar una idea.

Durante la época Soviética las vyshyvanky fueron prohibidas, pues conllevan la cultura ucraniana que los soviéticos querían eliminar; pero, como toda cultura con buenos cimientos, sobrevivió e incluso continúa tomando mayor fuerza cada año.

Recopilamos en esta página enlaces a artículos o videos que presentamos con un pequeño fragmento introductorio además de una imagen descriptiva que lleva a él en una nueva página.

Вишиванка

Vyshyvanka es el nombre del traje típico ucranianoAntes se le conocía como “camisa rutena”.

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Ochipok, Namitka ta Justka

Oчі́пок (очепок, чепець, чіпець, каптур, капор, чепак, керпа) son todos los nombres que recibe esta prenda, parte del traje típico de Ucrania, que se utilizaba para cubrir la cabeza.

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simbolismo en los motivos de la vyshyvanka

“Es un elemento muy antiguo de la cultura; se han encontrado vestigios dentro de entierros escitas y tripilianos en los que los esqueletos vestían lo que parecen rastros de vyshyvanky primitivas.

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La vestimenta tipica ucraniana

Su bordado no es decorativo, pues se utiliza para protegerse malos espíritus o deseos, y traer bendiciones al hogar. El color blanco del lino para que el esposo sea fiel. Se viste con ella a bebés. ”

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La Corona o Vinok

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La vyshyvanka

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El traje ucraniano de principios del siglo XX

Olga Navrotska se está probando un traje de inicios del siglo XX, típico para el Raión de Borshchivskyi, la óblast de Ternopil, que pertenecía a Podillia Occidental.

El cuello de Olga está adornado con unas perlas. Este tipo de adornos era muy caro y se transmitía de generación en generación como una dote. Cuando en una familia nacía una niña, la llevaban a una iglesia para bautizarla y enseguida empezaban a reunir una dote para ella.

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VYSHYVANKA (II)

Vyshyvanka (en español la traducción más cercana sería “el bordado”) – actual nombre tradicional de vyshyvankas de Ucrania (bordados) de los hombres y camisas de las mujeres, así como sus diseños contemporáneos, que en la cultura ucraniana a partir del siglo XX se ponen a parte, junto con un traje europeo, como ropa de fiesta, patriótica e icónica. Vyshyvanka es el único elemento del dispositivo de Ucrania que se trasladó a la ciudad de una verdadera cultura y servió de inspiración para muchas de prendas y diseños, tales como camisas, vestidos, blusas, corbatas, trajes de baño, etc., que están decoradas con motivos del bordado.

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Vyshyvanka I

La Vyshyvanka (que significa Bordado – del ucraniano Вишива́нка ó виши́ванка) o también conocida como Sorochka (Camisa del ucraniano сорочка) es la prenda de vestir tradicional de Ucrania.

No se sabe cuándo se empezó a utilizar, pero existen registros de los Escitas, una de las tribus antiguas, habitantes de la región, que ya vestían este tipo de ropa. Antes se le conocía como “camisa rutena” (Ucrania y Bielorrusia)

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Sinceros. Los trajes de mujeres casadas de la región de Poltava

La coreógrafa Olena Shopenko y la cantante Kasha Saltsova llevan puestos trajes de mujeres casadas de la región de Poltava del final del siglo XIX – inicio del siglo XX.
La cabeza de una mujer casada siempre tenía que estar cubierta con un pañuelo para que no se le viera el pelo. Esta manera de atar el pañuelo se llamaba “tocado de liebres”.

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Sinceros. El traje de boda de la región de Poltava

El traje de Poltava, comparando con el de otras regiones, es bastante exuberante ya que se desarrolló en la época del Barroco. En estas zonas había una gran cantidad de pueblos y ciudades de cosacos adinerados, que adoptaban las tendencias de la moda europea, tales, por ejemplo, como la complejidad del bordado. En esta región empezaron a bordar la manga entera en el siglo XIX. El bordado que lleva Yanina está hecho mediante la técnica del bordado de hilos blancos sobre tela blanca con recortes de pequeños trozos de tela.

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Dia de Vyshyvanka en España

Este jueves, 19 de mayo, Ucrania celebra el Día de la Vyshyvanka (de camisa típica ucraniana bordada).

En este día, en cualquier parte del mundo, los ucranianos y amigos de otros países se ponen la camisa bordada como símbolo de amistad, unidad y apoyo a Ucrania y su cultura.

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Justka, namitka y Ochipok

De uso obligatorio para las mujeres antes del siglo XX, era una tela que cubría su pelo; con la circunferencia exacta de la cabeza, era posible saber si una mujer estaba casada, o incluso si era ya madre, por la forma de su ochípok.

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Cuentos folclóricos uceanianos – 《Ivan y la hija del sol》

Hubo una vez cuatro hermanos, y tres de ellos quedaron en casa, mientras el cuarto salió al mundo en busca de trabajo.

Este hermano menor llegó a una tierra lejana y fue contratado por un señor, devengando tres monedas de oro al año. Por tres años sirvió fielmente a su amo, de forma que al final de ese tiempo salió del trabajo con nueve monedas de oro en su bolsa.

La primera cosa que hizo fue ir a una fuente y lanzó dentro de ella tras monedas de oro.

“Veamos” dijo, “si he sido honesto, regresarán nadando a mi”.

Entonces se recostó a un lado de la fuente, y rapidamente le entró el sueño y se durmió. ¿Qué tanto tiempo se quedó allí dormido? Nadie puede decirlo. Pero, de cualquier manera, se despertó finalmente, y fue a la fuente a ver, pero no había rastros que ver de su dinero.

Entonces lanzó tres monedas más dentro de la fuente, y de nuevo se tumbó a un lado del pozo y se durmió. Al reto se levantó y miró la fuente, y aún no había señales de su dinero.

Entonces lanzó sus tres monedas de oro restantes, y se acostó y quedó dormido. La tercera vez se levantó y miró dentro de la fuente y, allí, de seguro, estaba todo su dinero: ¡las nueve piezas de oro estaban flotando sobre la superficie del agua!.

Entonces su corazón se sintió aliviado, y recogió sus nueve piezas de oro y siguió su camino.

En el camino se topó con tres katsapi y su carreta bien cargada. Les preguntó con respecto a sus mercancías, a lo que le respondieron que llevaban una carga de incienso. Les rogó de inmediato que se lo vendieran. Entonces ellos se lo vendieron por las nueve monedas y, cuando ellos ya lo habian dejado y se habian marchado, le prendió fuego y quemó todo el incienso, y se lo ofreció a Dios como un sacrificio de dulce aroma.

Un ángel bajó a él y le dijo, “Oh, tu, que has ofrecido este sacrificio de dulce aroma a Dios, ¿qué quieres para ti mismo? ¿Quieres un reino, o grandes riquezas? ¿O, por casualidad, el deseo de tu corazón es una buena esposa? Habla, pues Dios te dará lo que sea que desees.”

Cuando el hombre hubo escuchado al ángel, le respondió, “¡Espera un poco! Iré y preguntaré a esa gente que está arando con el yugo.”

Ahora, esa gente que estaba arando, resultó que eran sus propios hermanos, pero no lo sabía. Entonces se dirigió al primero, que era su hermano mayor:

“Dígame, tio, ¿Qué puedo pedirle a Dios? ¿Un reino, o grandes riquezas, o una buena esposa? Dígame ¿cuál de lls tres es el mejor regalo para pedir?”.

–Y su hermano mayor le respondió: “Yo no sé, ¿y quién sabe? Ve a preguntar a alguien más”.

Entonces fue con su segundo hermano, quien estaba arando un poco más lejos. Le realizó la misma pregunta, pero el hombre solo se encogió de hombros y dijo que tampoco sabía.

Luego fue con el tercer hermano, que era el menor de los tres, también arando más adelante. Y le preguntó, diciendo: “Dígame, ahora, ¿cuál es el mejor regalo que hay que pedir a Dios?, ¿un reino, grandes riquezas o una esposa?”.

–Y el tercer hermano le respondió: “¡Que pregunta! Eres muy joven para tener un reino, y las grandes riquezas no te durarán mucho tiempo; pide a Dios una buena esposa, si es que a Dios le place darte una buena esposa, ese es el regalo que te bendecirá por toda tu vida.”

De forma que fue con el ángel y le dijo que se había decidido por una buena esposa.

Luego siguió su camino hasta llegar a cierto bosque y, viendo alrededor, notó que en ese bosque había un lago. Y cuando estaba contemplando el lago, vio que tres palomas silvestres llegaban volando y se posaban en sus orillas.

Se quitaron el plumaje y lo lanzaron dentro del agua, y rápido vio que no eran palomas salvajes, sino tres hermosas mujeres. Se bañaron en el lago y, mientras tanto, el joven se arrastró hacia ellas y tomó la vestimenta de una de ellas y la ocultó detrás de los matorrales.

Al salir del agua, la tercera muchacha vio que no estaban sus ropas, a lo que el joven le dijo: “Yo sé dónde están tus vestiduras, pero no te las daré a menos que quieras ser mi esposa.”

“¡Bien!” exclamó ella, “Tu esposa seré.”

Entonces se vistió y ambos se dirigieron a la aldea más cercana. Al llegar, ella le dijo:

Ve con el noble señor terrateniente de todas las tierras de aquí, y ruégale por un lugar para que nos construyamos una jata.”

De ese modo, fue directo al castillo y entró a la sala de recepción, y dijo:

“¡Glorificado sea Dios!”–

“¡Por los siglos de los siglos!” respondió el noble. “¿Qué quieres tú aquí, Ivan?”.

–“He venido, mi señor, para rogaros por un lugar en el que pueda construirme una jata.”

“¿Lugar para una jata, eh? Bien, muy bien
Ve a casa. Mientras tanto hablaré con mi capataz, y él te asignará un sitio.”–

–Entonces regresó él del castillo del noble, y su esposa le dijo:

“Ve ahora al bosque y corta un roble, uno joven, que puedas rodear con ambos brazos.”

Eso hizo el joven; cortó un roble como el que su esposa le indicó, y ella construyó una jata con la madera del roble, pues el capataz ya había llegado a mostrarles un sitio en el que tenian autorización para construirla. Pero cuando el capataz regresó a Palacio, elogió grandemente frente a su amo a la esposa de ese tal Iván.

“Ella es así y asá”, decía él.

-“Hermosa puede ser”, respondió el noble, “pero es de otro”.

“No es necesario que ella sea de otro por mucho tiempo” respondió el capataz. “Ese Iván está en nuestras manos; enviémoslo a ver porqué el sol se torna tan rojo cuando atardece.”

–“Eso es lo mismo que si lo enviaramos a un lugar del que nunca podrá volver.”

–“Mucho mejor.”–

–Eso hicieron ellos; mandaron llamar a Iván y le dieron la orden, por lo que regresó a su casa, llorando amargamente. Su esposa le preguntó todo sobre el tema, y dijo:

“Bien, te puedo contar todo sobre los caminos del sol, pues soy la propia hija del astro rey. Entonces, ahora te contaré todo. Ve donde ese noble y dile que la razón por la que el sol se pone rojo cuando atardece, es esta:

Justo cuando el sol se mete en el mar, tres hermosas mujeres salen de él y, al verlas, ¡el sol se sonroja por su belleza!”

Entonces el joven regresó y les contó todo.

“¡Oh-jo!”, exclamaron ellos, “si puedes ir tan lejos, podrás ir un poco más”; de esa suerte, le indicaron ellos que debía ir al infierno y ver cómo era allí adentro.

-“Si”, dijo su esposa, “conozco también muy bien el camino que lleva al infierno; pero el noble deberá ordenar a su capataz que vaya contigo, o de otra forma nunca te creerá que en verdad fuiste hasta el infierno.”

–Entonces el noble le ordenó a su capataz que debía acompañar a Iván al infierno, y ambos fueron juntos; y cuando llegaron a él, los demonios de turno pusieron de inmediato sus manos en el capataz.

“¡Tu, perro!”, rugieron, “¡Te hamos estado buscando por algún tiempo!”.

Iván regresó a Palacio sin el capataz, a lo que el noble reaccionó:

“¿En dónde está mi capataz?”

“Lo dejé en el infierno ” respondió Ivan, “y me dijeron que también os esperan a vuestra majestad, mi señor.”

Cuando el noble escuchó esto, se ahorcó, dejando a Iván viviendo felizmente con su esposa.

Cuento folclórico ucraniano – 《La zorra y el gato》

En cierto bosque vivía una vez una zorra, y cerca de ella vivía un hombre, quien tenía un gato que había sido bueno para atrapar ratones en su juventud, pero ahora estaba ya viejo y medio ciego.

El hombre ya no quería más al gato pero, sin querer matarlo, lo llevó al bosque y lo perdió allí.

Entonces vino la zorra y dijo, “¡Hola, Señor Gatuno Lanudo! ¡Cómo le va! ¿Qué lo trae por aquí?”–

–“¡Ay!” dijo el gatito, “mi amo me amaba mientras yo podía morder, pero ahora que ya no puedo morder más y he tenido que dejar el oficio de atrapar ratones, que por cierto era muy bueno para él, no quiso matarme, pero me dejó perdido en el bosque, en donde deberé perecer en la miseria.”

––“¡No, querido gatito!” dijo la zorra; “déjamelo a mi, y te ayudaré a obtener tu pan diario

––“¡Eres muy buena, querida hermana zorrita!” dijo el gato, y la zorra le construyó un pequeño cobertizo con un jardín alrededor para pasear.

En cierto bosque vivió una vez una zorra

Ahora bien, un día vino la liebre a robar las coles del hombre.

“¡Kriiiim-kriiiiim-kriiiim!” chillaba. Pero el gato sacó su cabeza fuera de la ventana, y cuando vio a la liebre, levantó su espinazo, erizó su cola y dijo, “¡Ft-t-t-t-t-Frrrrrrr!

La liebre se asustó, corrió huyendo de allí, directo a contarles al oso, al lobo y al jabalí lo que le había sucedido.

No importa,” dijo el oso, “Te diré algo. Los cuatro daremos un banquete, e invitaremos a la zorra y al gato, y los atenderemos bien.
Ahora, ¡Mira! Yo robaré el aguamiel del hombre, y tú, Señor lobo, roba tú su olla con grasa, y tu, Señor jabalí, come las raíces de sus frutales, y tú, Señora liebre, ve a invitar a la zorra y al gato a cenar.

Alistaron todo, hasta que el oso dio la señal, y la liebre corrió a invitar a sus huéspedes. Llegó bajo la ventana y dijo, “Os invitamos, a su señoría la Zorrita Bonita, junto con don Gatuno Lanudo, a cenar“, y se fue de regreso.

–“Pero debiste haberles dicho que trajeran con ellos sus cucharas“, dijo el oso.

––“¡Oh, en dónde tengo la cabeza! ¡Se me olvidó por completo!” exclamó la liebre, y corrió hacia la residencia de la zorra y el gato, colocándose bajo la ventana y pregonando: “¡Tened en la mente de traer vustras cucharas!

––“Muy bien” dijo la zorra.

Entonces el gato y la zorra acudieron al banquete y, cuando el gato vio el salo, se acostó panza arriba, y movió felizmente su cola, y exclamó, “¡Miii-auu, Miii-auu!” con todas sus fuerzas.

Pero todos ellos pensaron que estaba diciendo, “¡Ma-lo, ma-lo!”, que significa “¡Poco, poco!

––“¡Qué!” dijo el oso, que se ocultaba tras las hayas con las otras bestias, “¡Aquí hemos nosotros estado recolectando todo lo que hemos podido, y este gato cara de cerdo reclama que es muy poco! ¡Qué gato más monstruoso puede ser para tener tanto apetito!

Y entonces los cuatro salieron huyendo muy asustados, y el oso se encaramó a un árbol, y los otros se ocultaron donde pudieron. Pero cuando el gato vió los bigotes del jabalí saliendo de detrás de los arbustos, pensó que era un ratón, y de nuevo erizó su cola, arqueó su lomo, y gritó, “¡Ft! ¡ft! ¡ft! ¡Frrrrrrr!”.

Entonces ellos se asustaron más que nunca. Y el jabalí se ocultó tras un arbusto mucho, pero mucho más lejos, y el lobo tras un roble, y el oso se bajó del árbol, sólo para subirse a uno mucho más alto, y la liebre corrió sin parar y con todas sus fuerzas.

Y el gato quedó enmedio de todas las cosas buenas, y se devoró todo el tocino; y la pequeña zorra se comió toda la miel, y ambos comieron y comieron hasta que no pudieron comer más, y luego regresaron a casa, lamiendo gustosamente sus patas.

“El pez en el árbol y la liebre en la red” o “La señora que no podía quedarse callada” – Cuento folclórico ucraniano

Una vez había un anciano que vivía con su esposa en una pequeña aldea. Hubieran sido felices si la señora hubiese tenido el sentido de controlar su lengua. Todo lo que sucedía dentro de su casa, o un pellizco de noticias que trajera el esposo desde algún lugar, era contado de un solo a casi toda la aldea, y esta información era repetida una y otra vez, alterándose en el transcurso hasta que, a menudo, la espalda del anciano era la que pagaba por las trastadas que ni siquiera había hecho.

Un día iba él por el bosque. Cuando llegó a la orilla, se salió de su carreta y caminó a la par. Repentinamente pisó un punto blando en el suelo, y su pie se hundió en la tierra.

“¿Qué podrá ser ésto?”, pensó. “Cavaré un poco para ver.”

Entonces cavó y cavó, y al final llegó hasta una olla repleta de oro y plata.

“Oh, ¡Qué suerte! Ahora, si sólo supiera cómo pudiera llevarme este tesoro a casa conmigo – pero no puedo esperar ocultarlo de mi mujer, y una vez que ella lo sepa, le dirá a todo el mundo, y me meterá en problemas”.

Se sentó y pensó y pensó sobre esa materia durante largo tiempo, hasta que logró idear un plan. Cubrió el tesoro con tierra y ramitas, y se dirigió al pueblo, en donde compró un lucio vivo, y también una liebre con vida, en el mercado.

Entonces regresó al bosque y colgó el lucio de la punta de un árbol muy alto, mientras la liebre la ató a una red de pescar que fijó a la orilla de un pequeño arroyo, sin ponerse a pensar qué tan incómodo podría ser para la liebre el estar allí, en ese lugar tan húmedo.

Luego se subió a su carreta y regresó, feliz, a su casa.

“¡Mujer!”, gritó al momento de entrar a la casa. “Ni te imaginas la gran suerte que se nos ha atravesado en el camino”.

“¿Qué, qué, querido esposo? Dímelo todo de una vez”.

“No, no, pues irás directo a contarle a todo el mundo”.

“¡No, no lo haré! ¡Cómo puedes pensar semejante cosa! ¡Qué vergüenza! Si lo prefieres, juro nunca …”.

“¡Oh, bien!. Si me lo dices en serio, entonces escucha.”

Y le susurró al oído: “He hallado una olla llena de oro y plata en el bosque!, ¡Hush! -“.

“¿Y porqué no lo has traído?”.

“Porque iremos juntos y lo traeremos con cuidado con nosotros.”

Entonces ambos, el hombre y su esposa, viajaron juntos al bosque.

Mientras conducían, de camino al bosque, el hombre le dijo a su mujer:

“¡Qué cosas más extrañas las que se escuchan hoy en día, mujer! Alguien me contó el otro día que ahora los peces viven en los árboles, y pululan por su comida, y que algunos animales silvestres, que solían vivir en tierra, pasan su tiempo dentro del agua. ¡Bien, bien, bien! Ciertamente están cambiando los tiempos.”.

“¡Qué, debes estar loco, hombre! Querido, querido, que insensateces dice la gente hoy en día.”

“¡Insensateces, por cierto! Porqué…sólo mira. ¡Bendita mi alma!, ¡No me digas que es un pez, un lucio es lo que creo, colgado de aquél árbol.”

“¡Qué chistoso!”, exclamó la esposa, “¿Cómo se habrá subido un lucio hasta allí? Pero si, SI es un lucio – no debiste haber intentado negarlo. Lo que dice la gente podría ser verdad. -“.

Pero el hombre sólo sacudió su cabeza y se encogió de hombros, abriendo la boca y quedando como si en verdad no pudiese creerlo.”

“¿Pero qué te quedas viendo allí, con la boca abierta, estúpido?”, dijo la esposa, “Sube a ese árbol rápido, y atrapa ese lucio, y lo cocinaré para la cena”.

Y el hombre subió al árbol, capturando al lucio y dándoselo a su esposa, y continuaron su camino”.

Cuando llegaron cerca del arroyo, él se detuvo, con la boca abierta.

“¿Y ahora qué es lo que estás viendo?”, preguntó la mujer, impaciente. “Sigue conduciendo, ¿qué no puedes?”.

“Porque…al parecer veo algo moviéndose en esa red. Veré a ver qué es.”

Corrió hacia la red, y luego de ver con cuidado, llamó a su esposa:

“¡Sólo mira!. Aquí quedó atrapada justamente una criatura de cuatro patas, en la red. Creo que es una liebre.”

“¡Válgame el cielo!”, exclamó la esposa. “¿Cómo pudo meterse la liebre en esa red? Es una liebre, SI QUE LO ES, ni necesitabas decirlo. Después de todo, creo que la gente anda diciendo verdad -“.

Pero el esposo sólo sacudió la cabeza y se encogió de hombros, restregándose los ojos como si en verdad no pudiera creerlo.

“¿Y ahora por qué te quedas allí parado sin hacer nada, estúpido?” , gritó la esposa. “Trae la liebre. Una linda liebre gorda es cena para un día de fiesta.”

El viejo capturó a la liebre, se la entregó a la esposa, que la guardó, y continuaron su camino hasta el lugar donde el tesoro estaba enterrado. Quitaron las ramitas, excavaron la tierra, sacaron la olla, la cargaron en su carreta y condujeron directo a casa de regreso con el tesoro.

Y entonces la pareja de ancianos tuvo suficiente dinero, hasta de sobra, y estuvieron felices y vivieron con comodidad. Pero la esposa era bien ingenua y tonta. Todos los días invitaba a las personas a que fuesen a comer con ellos, y celebraban todos, mientras la impaciencia del hombre crecía. Intentó razonar con ella, pero no escuchaba.

“¡No tienes derecho de sermonearme!”, le dijo ella. “Juntos hemos hallado el tesoro, y juntos lo gastaremos”.

El esposo aguantó, y continuó siendo paciente pero, tras un tiempo, le dijo: “Tú haz lo que te plazca, pero yo no te voy a dar un solo centavo más”.

La anciana estaba furibunda. “¡Oh, que tipo bueno para nada, que quiere el dinero todo para si mismo! Pero sólo espera y verás lo que te haré.”

Diciendo ésto, salió directo donde el gobernador, a dar la queja sobre su esposo.

“¡Oh, señor mío, protéjame de mi esposo! Desde que halló el tesoro, no se le soporta. Sólo come, y bebe, y no trabaja, ¡y retiene todo el dinero para sí!”.

El gobernador tuvo piedad de la señora y ordenó a su secretario en jefe que se hiciera cargo del asunto. El secretario reunió a los ancianos de la aldea, y juntos fueron a la casa del viejo.

“El gobernador”, ordenó él, “desea que Usted le de a mi cuidado todo el tesoro que Usted encontró”.

El hombre se encogió de hombros, y dijo: “¿Qué tesoro? No sé nada sobre ningún tesoro.”

“¿Cómo? ¿No sabe Usted nada? Porque su esposa se ha quejado sobre Usted, y lo ha denunciado. No intente mentir. Si Usted no entrega el tesoro inmediatamente, será juzgado por atreverse a retener un tesoro del gobierno sin dar notificación al gobernador sobre su existencia.”

“Perdóneme, su excelencia, pero, ¿que tesoro se supone que debe ser ese? Mi esposa seguramente lo soñó, y vosotros, finos caballeros, le habéis escuchado sus insensateces.”

“Insensateces serán”, interrumpió la mujer. “Una olla repleta de oro y plata, ¿a eso le llamas insensatez?.”.

“Tu no estás en tus cabales, querida esposa. Señor, os ruego perdón. Preguntadle cómo sucedió, y si ella os convence, pagaré por ello con mi vida.”

“Asi fue como sucedió, señor secretario”, replicó la mujer, “Conducíamos por el bosque, cuando vimos un lucio en la punta de un àrbol-“.

“¿Qué, un LUCIO?” Exclamó el secretario, “¿Piensa Usted que puede bromear conmigo, linda?”.

“¡Para nada, no bromeo, señor secretario! Estoy diciendo la pura y llana verdad”.

“Ve Usted ahora, caballero”, dijo el esposo, “qué tanto puede confiar en ella, cuando está charlataneando asi.”

“¿Charlatana, es asi?”, exclamó la señora, “¿Talvez se te ha olvidado, también, cómo fue que encontramos una liebre viva en el rio?”

Todo rugió por las carcajadas que soltaron; inclusive el secretario sonrió acariciando su barba, mientras el hombre decía:

“Ven, ven, mujer, todos se ríen de ti. Vedlo por vosotros mismos, caballeros, hasta dónde podéis creerle.”

“Si, es cierto”, dijeron los ancianos de la aldea, “ciertamente es la primera vez que escuchamos que las liebres andan por los ríos o los peces en las copas de los árboles”.

El secretario ya no pudo hacer nada más, y regresó al pueblo. La anciana quedó tan humillada, que tuvo que cerrar su boca por siempre, y obedecer a su esposo de ahí en adelante, y el hombre compró mercancías con parte del tesoro, se mudó al pueblo, y abrió una tienda, que prosperó, y pasó el resto de sus días en paz.”

https://m.youtube.com/watch?v=I7iOEfZegw4

Cuentos folclóricos de Ucrania – La historia del pequeño zar Novishny, la pérfida hermana y las fieles bestias

Hubo una vez, en cierto reino, en cierto imperio, en donde vivía cierto zar, quien no podía tener un hijo.

Un día este zar fue al bazar (un bazar tal y como el que tenemos en Jersón) a comprar comida para sus necesidades. Al ser un zar, su alma era maligna y poco afable, y a veces solía hacer sus propias compras, y asi fue esta vez también, en la que compró un poco de pescado salado y retornó a casa con él.

De camino a palacio, de pronto le entró una gran sed, de forma que se apartó del camino para ir a un pequeño monte en donde conocía, tal como su padre había conocido antes que él, se encontraba un arroyo de agua cristalina. Estaba tan sediento que se lanzó precipitadamente al arroyo sin antes persignarse, lo cual aprovechó el Maldito, Satán, quien de inmediato tomó poder sobre él, y lo asió por las barbas.

El zar retrocedió de un salto, aterrorizado, y exclamó:

-“¡Déjame ir!”.

Pero el Maldito lo asió incluso con mayor fuerza.

-“¡No, no te dejaré ir!“, le gritó.

Por lo que el zar comenzo a rogar de forma lasitimera:

-“Pide lo que quieras de mi”, dijo el zar, “sólo déjame ir.

-“Dame entonces” dijo el Maldito, “algo que tengas en tu casa, ¡y entonces te dejaré ir!”.

-“Déjame ver, ¿qué tengo?” dijo el zar. “Oh, ya sé. Tengo ocho caballos en casa, como nunca antes se han visto, en ningún lugar, e inmediatamente diré a mi caballerango que te los traiga a este arroyo – llévatelos.”

“¡No los quiero!” exclamó Satán, y lo sostuvo aún con mayor fuerza por las barbas.

“¡Bien, entonces, escucha!” gimió el zar. “Tengo ocho bueyes. Nunca han ido a arar para mi, o realizado una jornada de trabajo. Te los haré traer aquí. Me regocijaré con verlos una vez mas, y luego haré que te los lleven a tus estepas — tómalos.

–“No, ¡Tampoco quiero eso!” dijo el Maldito.

El zar continuó listando, una a una, todas las cosas preciadas que tenía en casa, pero el Maldecido siempre le decía “¡No!”, y lo halaba más y más fuerte de las barbas. Cuando el zar notó que Satán no tomaría ninguna de todas estas cosas, dijo finalmente:

-“¡Mira pues! Tengo una esposa tan encantadora, que como ella no se puede hallar otra en todo el mundo; ¡tómala y déjame ir!”.

–“¡No!” reclamó el Maldito, “¡No la quiero!”

El zar estaba en un gran embrollo. “¿Qué debo hacer ahora?” pensó él. “Le he ofrecido a mi encantadora esposa, que sería mi propiedad más preciada, ¡y no la quiere!”

–Entonces le ofreció el Malvado, “Prométeme que me entregarás lo que sea que te esté esperando ahora en casa, y entonces te dejaré ir.”

El zar prometió con gusto, pues no pudo pensar en nada mas que tuviera, y entonces el Maldito lo dejo ir.

Pero mientras había estado fuera de su casa, le había nacido un Tsarevko, un pequeño zar, y una Tsarivna; y ellos no crecian por dia, no tampoco por hora, sino por minuto: nunca habian sido vistos en este mundo niños tan finos.

Su esposa lo vió llegando de lejos, y corrió a su encuentro, con sus dos niños en brazos y gran alegría. Pero él, al momento de verlas, rompió en llanto.

-“No, mi querido amor“, exclamó ella, “¿porqué es que rompes en llanto? ¿No estás deleitado al ver que eres padre de estos bellos niños?”

–Y él le respondió, “Mi querida esposa, en mi camino de regreso del bazar tuve mucha sed, y me dirigí a una montaña en donde conozco un arroyo, tal como mi padre lo hacía, y me dirigí a la fuente, pensando que se había secado. Pero, viendo más de cerca, noté que estaba realmente llena; entonces reflexioné que bebería un pequeño trago, y me dirigí a ella, cuando…¡Lo!…ese diabólico ser (me refiero al diablo) me atrapó por las barbas y no me dejaba ir. Rogué y recé, pero aún me tenía asido bien fuerte. ‘Dame lo que tengas en casa’ dijo él; y le respondí ‘Tengo caballos’, a lo que él replico ‘¡No quiero caballos!’, a lo que dije ‘Tengo bueyes’ y me respondió de nuevo ‘¡No quiero bueyes!’. Finalmente le dije ‘Tengo una esposa tan encantadora que no se puede hallar otra igual en toda la tierra, llévatela, pero déjame ir’, y de nuevo me respondió ‘¡No quiero a tu maravillosa esposa!’. Entonces le prometí lo que sea que sea que me esté esperando al llegar a casa. Y me dejó ir, pero desconocía de nuestros bellos hijos. Dios me ha bendecido con ellos. ¡Ven, amor mio!, ¡Enterremos a nuestros hijos para que no los tome!”.

-“¡No, no!, mi querido esposo. Mejor escondámoslos en algún lugar. Cavemos una zanja junto a nuestra choza, cerca de los gabletes!“. (Pues en ese entonces no existían grandes palacios, y los zares vivían en jatas de campesinos).

Entonces ellos cavaron una fosa justo bajo los gabletes, y metieron a sus hijos dentro, y les dejaron provisión de pan y agua. Luego la cubrieron y ocultaron, y regresaron a su propia casa.

Luego llegó la serpiente (pues el Maldito había tomado forma de una serpiente), y llegó volando en busca de los niños. Corría dentro y fuera de la jata, pero nada había para ver.

Finalmente, le preguntó a la estufa:

-“¿Estufa, estufa, en dónde ha ocultado el zar a sus hijos?”–

–La estufa respondió, “El zar ha sudo muy buen amo conmigo; ha colocado grandes cantidades de leña caliente dentro de mi; soy fiel a él.”

–Viendo que no iba a sacarle nada de información de la estufa, le preguntó a la escoba de la chimenea:

– “Escoba, escoba, en dónde ha ocultado el zar a sus hijos?”.

–Pero la escoba respondió, “El zar siempre ha sido buen amo conmigo, pues siempre limpia el tibio hogar conmigo; soy fiel a él.”

De forma que el Maldito no pudo sacarle nada a la escoba de la chimenea.

–Entonces le preguntó al hacha, “¿Hacha, hacha, en dónde ha ocultado el zar a sus hijos?”

–El hacha respondió, “El zar siempre ha sido buen amo para mi. Corta su leña conmigo y me da un lugar en donde descansar; no lo molestaré.”

–Entonces el demonio le preguntó a la barrena, “¿Barrena, barrena, en dónde ha ocultado el zar a sus hijos?”.

–Pero la barrena respondió, “El zar ha sido un buen amo conmigo. Me usa para perforar pequeños agujeros, y luego me deja descansar; de forma que lo dejaré descansar también.”

–La serpiente le dijo a la barrena, “Entonces el zar ha sido un buen amo para ti, ¡¿eh?! Bien, sólo puedo decir que si fuera tan buen amo como dices, me sorprendo que te golpee en la cabeza tanto con un martillo.”

–“Bien, es cierto,” dijo la barrena, “Nunca había pensado en eso. Deberías llevarme contigo, si quieres, y llevarme afuera de la jata, cerca del gablete frontal, y soltarme; y donde sea que yo caiga, en el suelo pantanoso, comienza a cavar, y ¡hazlo usándome a mi!”.

Eso hizo el demonio, y comenzó a cavar en el punto en el que cayó la barrena, afuera, en el suelo pantanoso, hasta que logró sacar a los niños.

Ahora, ya que ellos crecían a un paso tan acelerado, mientras la serpiente preguntaba a medio mundo, los niños se convirtieron en adultos, en un guapo mozo y en una hermosa muchacha; y la serpiente se los llevó cargados. Pero eran grandes y pesados, por lo que pronto quedó agotado el Maldito, y tuvo que echarse a descansar, quedándose dormido de inmediato.

Entonces la Tsarivna se sentó sobre su cabeza, y el Tsarevko junto a ella, hasta que un caballo vino galopando. Corrió directo a ellos y dijo:

“¡Hola! Pequeño zar Novishny, ¿estás aquí por tu propia voluntad o en contra de ella?”.

–A lo que el pequeño Zar Novishny respondió:

“¡No, mi pequeño rocín! Estamos aqui CONTRA nuestra voluntad.”–

–“¡Entonces, subid a mi grupa,” dijo el caballo, “y os llevaré lejos!”

De esta forma, se subieron a su espalda, pues la serpiente estaba profundamente dormida. Y el caballo galopó hacia afuera, con ellos; y galopó, lejos, muy lejos. No mucho tiempo después, la serpiente se despertó, vio en torno a si y no pudo ver nada al levantarse de entre los juncos en los que se había refugiado, cuando vio lejos, a la distancia, con lo que inició su persecución.

Muy pronto les dio alcance, y el pequeño
Zar Novishchny le dijo al caballo,

“¡Oh, pequeño rocín, qué calor hay. Ya nos llegó la hora a ti y a nosotros!” Y, en verdad, la cola del caballo ya se había convertido en carbón, pues la serpiente iba directamente tras él, soplando fuego como nunca. El caballo sintió que ya no podía más, de forma que dio un último suspiro y cayó muerto; pero ellos, pobres, quedaron con vida.

-“¿A quién habéis estado escuchando?“, dijo la serpiente mientras volaba violentamemte hacia ellos, “Sabéis que sólo yo soy vuestro padre y vuestro rey? Tengo derecho de llevaros ahora mismo.”

–“¡Oh, padrecito querido! ¡Nunca más volveremos a escuchar a nadie más!”

-“Bien, os perdono por esta vez”, dijo la serpiente, “pero nunca lo volváis a hacer”.

De nuevo la gran serpiente los tomó y se los llevó. Pero poco tiempo después quedó agotada y tuvo que aterrizar a descansar, echándose y quedando de nuevo profundamente dormida. La Tsarivna de nuevo se sentó sobre su cabeza, y el Tsarevko a su lado, hasta que llegó volando un abejorro.

– “¡Hola, pequeño Zar Novishny!” exclamó el abejorro.

–“¡Hola, pequeño abejorro!” dijo el pequeño Zar.

-“Decid, amigos, ¿estáis aqui por vuestra voluntad, o en contra de ella?”.

-“¡Ay!, pequeño abejo-abejorrito; no por mi voluntad estamos aqui, lo puedes ver por ti mismo.”

–“Entonces sentáos sobre mi lomo”, dijo el abejorro, “y os llevaré lejos.”

–“Pero, querido pequeño abejo-abejorrito, si un caballo no pudo salvarnos, ¿cómo podrás tu?”

–“No puedo deciros hasta no intentarlo”, dijo el abejorro, “Pero si no puedo salvaros, os dejaré caer.”

–“Bien, entonces,” dijo el pequeño Zar, “intentaremos. Pues nosotros ambos deberemos morir, pero tú tal vez podrías salvarte.”

Entonces ellos se abrazaron uno al otro, se sentaron sobre el abejorro, y salieron volando. Cuando la serpiente despertó y no los vio, levantó la cabeza por sobre los juncos y los pudo divisar en la lejanía, y salió disparada tras ellos, a toda velocidad.

– “¡Ay! Pequeño abejo-abejorrito,” gimió el pequeño Zar Novishny, “cómo se está poniendo todo de caliente.¡Los tres vamos a perecer!”.

Entonces el abejorro se dio la vuelta y se los sacudió. Cayeron al suelo, y él salió volando lejos, mientras la serpiente cayó a toda prisa encima de ellos, con las mandíbulas abiertas.

-“¡Aja!” exclamó con un bufido, “habéis cometido una traición de nuevo, ¿eh?. ¡No os he dicho que no escuchéis a nadie sino a mi!”.

Entonces ellos comenzaron a gemir y a llorar, “¡Te escucharemos a partir de ahora sólo a ti y a nadie más!”, y lloraron y suplicaron tanto, que finalmente los perdonó.

De nuevo los montó sobre su lomo y salió volando. Pero eran muy pesados, por lo que quedó agotada de inmediato, y tuvo que bajar a tierra a descansar, y se quedó de nuevo dormida. Y, de nuevo, la Tsarivna se sentó sobre su cabeza, y el Tsarevko junto a ella, y asi estuvieron hasta que un buey pasó por allí, al verlos se aproximó a ellos, y les dijo:

“¡Hola, pequeño Zar Novishny! ¿Estáis aquí por nuestra voluntad, o estáis aquí en contra de vuestra voluntad?”

–“¡Ay! Pequeño buey, te aseguro que no estoy aquí por mi voluntad.”

–“Sentaos en mi lomo, entonces”, dijo el buey, “y os llevaré lejos”.

 

–Pero ellos le respondieron, “Ay, si un caballo y un abejorro no pudieron arreglárselas, ¿cómo lo harás tu?”–

–“¡Tonterías!” dijo el buey. “¡Montáos, y os llevaré lejos!” intentando convencerlos.

–“¡Bien, solo podemos morir una vez!” exclamaron, y se montaron y el buey se los llevó, sacudiendo y traqueteando tanto, que a cada rato casi se caían al suelo.

La serpiente se despertó al rato y entró en una gran cólera. Alzo su cabeza por sobre los matorrales, y voló tras ellos. ¡Oh, qué rápido voló!.

Entonces exclamó el pequeño Zar, “¡Ay!, buey, qué caliente está. ¡Morirás, y nosotros moriremos también!”.

-Entonces respondió el buey, “¡Pequeño Zar!, Mira dentro de mi oreja izquierda, y verás un peine para caballos. ¡Sácalo y lánzalo detrás de ti!”

–El pequeño Zar sacó el peine y lo lanzó tras de si, y se convirtió en un enorme bosque, tan espeso y dentado como un peine para caballos. Y el buey continuó caminando, a su ritmo parcimonioso: cada trecho ellos brincaban y se sacudían tanto, que casi se cayeron varias veces al suelo.

La serpiente, sin embargo, se las arregló para abrirse paso por el espeso matorral, y de nuevo se puso tras ellos soplando fuego.

El pequeño Zar lloró, “¡Ay, Buey! Otra vez comienza a quemar. ¡Morirás, y nosotros pereceremos también!”.

–Pero el toro le dijo, “¡Mira dentro de mi oido derecho, y saca el cepillo que encuentres allí, y lánzalo detrás de ti!”–

–Asi hizo el joven, y salió detrás de si un bosque, matorral y monte tan espeso y denso como un cepillo.

Al llegar la serpiente al denso bosque, comenzó a luchar contra todos los árboles, malezas y espinos, para abrirse paso; finalmente logró traspasar el monte. Y el buey continuó caminando, a su ritmo parcimonioso: cada trecho ellos brincaban y se sacudían tanto, que casi se cayeron varias veces al suelo.

Al haber logrado pasar la serpiente a través del bosque, de nuevo los persiguió y rápidamente ya les quemaba los traseros.

El pequeño Zar dijo, “¡Ay!, ¡Buey, mira!, ¡Mira!, Vamos a morir.”

Pero el buey ya estaba cerca del mar, “Mira dentro de mi oído derecho,” dijo el buey, “saca el pequeño pañuelo que encuentres allí, y lánzalo frente a mi”.

Eso hizo el joven, y lo lanzo frente al buey, que se transformó en un puente. Galoparon, traqueteando y casi cayendo por el puente, cruzando el mar. Y al haber cruzado al otro lado, el buey le dijo al pequeño Zar:

Levanta el pañuelo y ondealo tras de mi.”

Y eso hizo el joven, levantando el pañuelo y doblándolo, lo mismo que sucedía con el puente, que se levantaba y se doblaba detrás de ellos, hasta desaparecer. La serpiente había llegado mientras tanto a la orilla del mar, pero tuvo que parar, pues ya no había nada por sobre donde podía caminar.

De esta manera fue que habían podido cruzar al otro lado del mar, y la serpiente tuvo que permanecer al otro lado. Entonces el buey les dijo:

-“Os llevaré a una choza cerca del mar, y en dicha vivienda deberéis vivir, y allí deberéis sacrificarme”.

Pero ellos, llorando y gimiendo, exclamaron, “¡Cómo te vamos a sacrificar!“, llorando, “¡tu eres nuestro padre, y nos has salvado de la muerte!”

–“¡No!” dijo el buey; “debéis sacrificarme, y la cuarta parte de mi cuerpo la debéis poner colgada sobre la estufa, y la segunda cuarta parte de mi cadáver, ponedla sobre el suelo, en una esquina, y la tercera cuarta parte de mi cuerpo la deberéis poner en el suelo en una esquina a la entrada de la casa, y la cuarta parte final, alrededor del umbral, de forma que habrá una cuarta parte de mi en cada una de las cuatro esquinas.”

Eso fue lo que hicieron; lo mataron y colgaron o colocaron cada cuarto de su cuerpo en cada esquina de la casa, y luego se acostaron a dormir.

Ahora bien, el Tsarevko se despertó a la mitad de la noche, y vio a su mano derecha un caballo tan bellamente enjaezado, que no pudo resistirse a levantarse y montarlo; y en la esquina del umbral había una espada muy afilada, y en la otra esquina estaba el perro llamado Protius, y en la esquina de la estufa estaba el perro llamado Nedviga.

El pequeño Zar suspiró, pues ya quería levantarse, “¡Levántate, hermanita!“, exclamó, “¡Dios ha sido bueno con nosotros! ¡Levántate, hermanita, y oremos para agradecer al Creador!”.

Se levantaron y oraron para glorificar a Dios y, mientras lo hacían, comenzó a amanecer. Luego montó su caballo y llevó a los perros con él, pues debían vivir de lo que capturaran.

Asi vivieron en esta jata junto al mar, y un día la hermana tuvo que ir al mar a lavar su ropa de cama, y sus vestidos, en las aguas azules. Y la serpiente vino, y le dijo,

-“¿Cómo os habéis arreglado para saltar sobre el mar?”

–“¡Mira!” dijo ella, “cruzamos por este camino. Mi hermano tiene un pañuelo que se convierte en un puente cuando lo ondea tras de si. ”–

–Y la serpiente le respondió, “Te diré algo, pídele el pañuelo; dile que quieres lavarlo, y tómalo y ondéalo, y entonces seré capaz de cruzar hacia ti, y vivir contigo, y envenenaremos a tu hermano”.

–Entonces la chica regresó a casa y le dijo a su hermano, “Dame el pañuelo, querido hermano; está sucio, de forma que lo lavaré y te lo regresaré.”

Y él le creyó y se lo dio, pues ella era bien amable con el, y muy querida, y la tomaba como una persona fiel y buena. Ella tomó el pañuelo, lo llevó al mar, y lo ondeó – y justo apareció un puente.

Entonces la serpiente cruzó el mar y llegó hasta su lado, y caminaron juntos a la jata, planificando la mejor forma de destruir a su hermano y sacarlo de este bello mundo de Dios.

Ahora la costumbre del joven era levantarse al alba, montar su caballo y salir de cacería, para que él y la que tanto amaba lograran comer.

La serpiente le dijo entonces, “Recuéstate en tu cama y finge estar enferma, y dile ‘Soñé un sueño, querido hermano, escucha; te vi yendo y ordeñando una loba para que con su leche me ponga bien’. Entonces él irá y buscará la leche, y todos los lobos matarán a sus perros en pedazos, y entonces podremos hacerle a él lo que querramos, pues su fuerza yace en esos perros.”

Entonces, cuando el hermano regresó de la cacería, la serpiente se ocultó, y la hermana ya se encontraba en cama, fingiendo estar enferma, y le dijo a su hermano, “He tenido un sueño, querido hermano. Soñé que ibas a conseguirme leche de loba, y la bebí, y recuperé mi salud, pues estoy tan débil que Dios casi me lleva con Él.”

–“Te la conseguiré”, le dijo su hermano. Monto su caballo y partió. Pronto llegó a un pequeño matorral, del cual inmediatamemte salió una loba. Entonces Protius la persiguió, mientras Nedviga la atajó y atrapó con firmeza, y el pequeño Zar la ordeñó, y la dejó ir.

Pero la loba se dio la vuelta, regresó, y le dijo, “Bien por ti, pequeño Zar Novishny, el que me hayas ayudado. Hubieses podido no dejarme vivir. Pero me has liberado, entonces te daré a ti, pequeño Zar Novishny, un lobato.”

–Y entonces le dijo a su pequeño lobato, “Deberás servir a este pequeño Zar como si fuese tu propio padre.”.

Entonces el pequeño Zar regresó y, ahora, además de sus buenos perros, también tenia un cachorro de lobo que trotaba tras ellos.

Ahora bien, la serpiente y la hermana mala lo vieron de lejos, regresando sano y salvo y con tres perros trotando tras él. Y la serpiente le dijo:

“¡Que taimado y astuto es él! ¡Ha añadido otro perro guardián a su jauría! Recuéstate y finge estar peor que nunca, y pídele leche de osa, y entonces los osos lo despedazarán cuando vaya a intentar ordeñar a una osa, de eso no hay duda.”

Entonces la serpiente se convirtió en una aguja, y la chica la tomó y la clavó a la pared.

Mientras tanto, el hermano desmontaba de su caballo y entraba a la jata con sus perros y el lobo, y los perros comenzaron a olfatear la aguja clavada en la pared.

Y la hermana le dijo, “Dime, ¿porqué conservas estos enormes perros? No me dejan descansar”. Entonces llamo a los perros, y los tres se echaron. Y la hermana le dijo:

He soñado un sueño, hermano mío. Te vi yendo a buscarme y conseguirme algo de leche de osa, y yo la bebía y mi salud volvía a mi.”

–“Iré a conseguirla” le dijo el hermano.

Pero primero se recostó a dormir, y Nedviga a su cabeza, y Protius a sus pies, y Vovchok (pequeño lobo) a su lado. Y durmió toda la noche, y al alba se levantó y montó su caballo, y partió, acompañado de su jauría.

De nuevo llegaron a una pequeña maleza, de la que, esta vez, salió una osa. Protius la corrió, Nedviga la sostuvo firmemente, y el pequeño Zar la ordeñó, y la liberó.

Entonces la osa le dijo, “Hola a ti, pequeño Zar Novishny; por haberme liberado, de daré un osezno.”

Y se volteó a su hijo, y le dijo, “Obedécelo y cuídalo como si fuera tu propio padre”.

De esta forma, el pequeño Zar partió de regreso a casa, y la serpiente y la mala hermana lo vieron desde lejos, sano y salvo, con cuatro bestias trotando detrás.

“¡Mira, ” dijo la serpiente “y dime si no vienen cuatro corriendo detrás de él! ¿No podremos destruirlo nunca? Te diré que: Pídele leche de liebre; tal vez sus bestias se engullirán la liebre antes que él pueda ordeñarla.”

Asi sucedió entonces. La serpiente se convirtio de nuevo en una aguja, que la muchacha clavó en la pared, un poco mas alto que antes para que los canes no la olfatearan. El pequeño Zar desmontó su caballo y entró a la jata con sus perros, y los perros olfatearon la aguja en la pared, y le ladraron, pero el hermano no sabía porqué podía ser eso.

Su hermana, mientras tanto, rompió en llanto, y dijo, “¿Debes mantener tan monstruosos perros? ¡Una jauría como esa me hace pasar muchas penas!”. El pequeño Zar ordenó silencio a sus perros, quienes se echaron, tranquilos.

Y la hermana le dijo, “Estoy muy enferma, hermano, que nada me puede curar ya, sino leche de liebre. Ve y tráeme un poco.”

–“La conseguiré“, dijo él.

Pero primero se recostó a dormir. Nedviga se echó a su cabeza, Protius a sus pies, Vovchok a su lado, y Medvedik (oso pequeño) a su otro lado. Durmió toda la noche, pero al alba se levantó, monto su caballo, tomó su jauría con él, y partió

De nuevo llego a un pequeño lugar enmalezado, y saltó frente a él una liebre hembra. Protius la correteó, Nedviga la sostuvo fuerte, y entonces el muchacho la ordeñó y liberó.

La liebre le dijo, “Salud a ti, pequeño Zar Novishny; por haberme dejado ir – pues pensaba que me ibas a despedazar tu y tus perros – te daré un lebrato”.

Y al lebrato le dijo, “Obedécelo como si fuera tu propio padre.”

Entonces el muchacho regresó a casa, y de nuevo lo vieron desde lejos. “¡Qué bribón taimado es él!”, dijeron ambos, “¡Los cinco lo siguen, y él está mejor que nunca!”–

–“¡Pídele que te traiga leche de zorra!” dijo la serpiente, “¡talvez en el ajetreo de la cacería, sus bestias lo dejarán y despedazarán!” Y de nuevo la serpiente se transformó en una aguja, que la muchacha clavó muy alto en la pared, para que los perros no la lograran detectar.

De nuevo desmontó el zar del caballo y sus perros entraron a la jata, dirigiéndose de lleno a olfatear y ladrar a la pared. Pero la hermana comenzó a llorar, y le dijo:

“¿Porqué debes conservar a esos monstruosos perros?” Él les gritó, y ellos se echaron calladamente sobre sus ancas. Y la hermana le continuó diciendo.

Estoy agonizando, hermano mío; ve a conseguirme leche de zorra, asi me curo.”

–“La iré a traer para ti,” dijo el hermano.

Pero primero se acostó a dormir. Nedviga se echó a su cabeza, Protius a sus pies, Vovchok y Medvedik a su lado, al igual que la pequeña liebre. El pequeño zar durmió toda la noche y, al amanecer, se levantó, montó su caballo, llamó a toda su jauría, y partió.

Llegaron a un pequeño matorral, del que saltó una zorra. Protius la persiguió, Nedviga la sostuvo con fuerza y el pequeño Zar la ordeñó y liberó. Entonces le dijo la zorra:

Gracias a ti, pequeño Zar Novishny, que me has dejado ir. Yo pensé que me ibas a despedazar tu y tus perros. Por tu amabilidad, te daré un cachorro de zorro.”

Y al pequeño zorro le dijo, “Obedécelo como si fuera tu propio padre.”

De esa forma, regresaron a casa, y los vieron desde lejos, y ¡guau!…¡ahora tenia seis guardianes!.

“’Esto no es nada bueno; no nos podremos deshacer de él” dijo la serpiente.

“¡Ahora mira!. Hazte la enferma, peor que nunca, y dile, ‘Estoy demasiado enferma, hermano mío, pues en otro lugar, muy, muy lejos, hay un verraco que surca el suelo con su hocico, y siembra con sus orejas, y cosecha con su cola – y en ese mismo imperio hay un molino con doce hornos, y doce piedras, que muele su propio grano y produce su propia harina, y si no me traes de la harina molida en esas doce piedras, y del pastel horneado en esos doce hornos, mi alma no sanará.”

–Entonces el hermano le respondió, “¡Ya estoy comenzando a pensar que no eres mi hermana, sino mi enemiga!”–

–Pero ella respondió, “¿Cómo puedo ser tu enemiga cuando ambos vivimos solos en esta tierra extranjera?”

–“Bien, traeré lo que me pides,” dijo, pues de nuevo creyó en su hermana.

Entonces montó su rocín, tomó su jauría y partió, y llegó al país del que le habían contado sobre dicho verraco y dicho molino. Llegó al molino, ató su caballo a él, y entró. Y allí había doce piedras moliendo el grano, y doce hornos horneando el pan, y se necesitaban doce puertas para encenderlos o apagarlos, y que separaban las distintas doce secciones del molino.

Entonces tomó harina de la primera piedra y se dirigió a la segunda puerta, pero los perros y otros compañeros se fueron quedando uno a uno en cada sección. Pasó por las doce puertas, pero cuando regresó a la primera, volteó a ver y no había perros ni otros animales que ver, pues habían quedado todos atrapados. Silbó, y escuchó a sus perros llorando desesperadamente tras las puertas, de donde no podían salir. Lloró de pena por sus perros y acompañantes, montó su caballo, y regresó a casa

Al llegar a casa, encontró a su hermana pasándola alegremente con la serpiente. Y ni había terminado de entrar el hermano a la jata, cuando le dijo la serpiente:

“¡Bien, queríamos carne, y carne ha venido a nosotros!”, pues acababan de matar un toro, y en el suelo donde lo habían sacrificado, había brotado y crecido un espino, tan bello que podría ser el protagonista de varios cuentos, pero nadie podría concebir ni adivinar lo bello que era. Cuando el pequeño Zar lo vio, sólo pudo decir:

-“¡Oh, mi querido cuñado!” (Pues sin sus perros, él debía ser cortés con la serpiente, y ésta era macho, y el novio de su hermana), “¡déjame subir a ese bello espino, y ver el horizonte!”

Pero la hermana le dijo a la serpiente:

-“Querido amigo, hazlo que caliente agua para si mismo, así lo hervimos y no te ensucias tus manos.

–“Muy bien,” dijo la serpiente, “¡él deberá hacer que el agua hierva inmediatamente!”

Entonces se dirigió a cortar leña, pero al estar haciéndolo, llegó un estornino volando, y le dijo:

“No tan rápido, no tan rápido, pequeño Zar Novishny. Sé tan lento como puedas, pues tus perros han logrado abrirse paso a través de dos puertas.”

Entonces el pequeño Zar vertió agua en el caldero, y encendió un fuego debajo de él. Pero la leña que había cortado estaba muy, pero muy seca, y ardió con fiereza, por lo que le asperjó un poco de agua, una y otra vez, para que no ardiera tan fuerte.

Y cuando entró al patio por más agua, el estornino le dijo:

-“¡No tan rápido, no tan rápido, pequeño Zar Novishny, pues tus perros han logrado abrirse paso a través de cuatro puertas!”

Mientras regresaba a su casa, la pérfida hermana le dijo, “¡Esa agua no hierve lo suficientemente rápido! ¡Toma el atizador y aviva el fuego!”

Y asi hizo, y las llamas crecieron, pero cuando ella se descuidó, asperjó la leña con más agua, de nuevo, para que ardiera con más lentitud. Luego se dirigió al patio de nuevo, y el estornino se le acercó y le dijo:

No tan rápido, no tan rápido, pequeño Zar; sé tan lento como puedas, pues tus perros ya han logrado abrirse paso por seis puertas”. Y entonces regresó a la casa, y su hermana de nuevo lo obligó a atizar el fuego y avivar las llamas, pero cuando ella se fue, de nuevo roció agua a las brasas.

Y de nuevo tuvo que ir al patio por más agua. “¡Este trabajo es duro!“, gimió; pero el ave se acercó a el y le dijo:

“¡No tan rápido, no tan rápido, pequeño Zar Novishny, pues tus perros han logrado abrirse paso ya por diez puertas!”

El pequeño zar tomó la leña más seca que pudo y, mientras era vigilado, la echo al fuego y la atizó para que creyeran que estaba poniendo empeño en hervir agua para que lo cocinaran en ella; pero cuando lo dejaban de observar, lo rociaba con agua para que de apagara un poco, y no hirviera tan pronto el agua.

De nuevo fue al bosque por más leña, y el estornino le dijo: “¡No tan rápido, no tan rápido, pequeño Zar, pues tus perros ya han logrado traspasar todas las puertas, pero quedaron agotados y están descansando un poco!”.

El problema era que ahora el agua ya estaba hirviendo, por lo que su hermana corrió y le dijo:

-“Ven, hiérvete, rápido; ¿cuánto tiempo nos vas a hacer esperar?“.

Entonces comenzó a preparar el cucharón para verterse agua sobre si, mientras ella preparaba la mesa para que la serpiente se comiera a su hermano en ella.

Pero él, pobre cosa, comenzó a echarse agua hirviendo encima, aunque exclamó: “¡Oh, mi querido cuñado, te ruego me dejes subir al espino, para ver por última vez el horizonte!”.

–“¡No le permitas, querido!” dijo la hermana a la serpiente, “estará mucho rato allá arriba y nos hará perder nuestro preciado tiempo.”

–Pero la serpiente le respondió, “No importa, no importa, déjalo subir, si quiere.”

Entonces el pequeño Zar se acercó al àrbol, y comenzó a ascenderlo; no se perdía una sola rama, y descansaba a cada momento, hasta que llegó a la punta, en donde sacó su flauta y comenzó a tocarla.

-“¡No tan rápido, pequeño zar Novishny, por Dios! Tus perros vienen corriendo muy rápido, con todas sus fuerzas.”

Pero la hermana salió corriendo, y dijo: “¿Para qué estás tocando allá arriba? ¡Has olvidado acaso que estamos esperando a que vengas a hervirte!”.

Entonces comenzó a bajar del árbol, sin perderse cada rama y deteniéndose a descansar a cada momento, mientras la hermana le gritaba insistente que se apurara.

Finalmente llegó a la última rama, se detuvo un rato, dio un salto a tierra, y pensó para si: “¡Ahora moriré!”.

Pero en ese mismo instante, sus perros y sus bestias, gruñendo con fuerza, llegaron corriendo y se colocaron en círculo para protegerlo. Entonces se persignó, y dijo: “¡Gloria a Ti, oh Señor! ¡Aún tengo, gracias a Ti, más tiempo para vivir en este Tu bello mundo!”.

Entonces llamó, gritando, a la serpiente, diciendo: “¡Ahora ya, querido cuñado, sal, pues ya estoy listo para tí!”.

La serpiente salió para comerlo, pero el pequeño Zar le dijo a sus perros y a sus bestias: “¡Vovchok!, ¡Medvedik!, ¡Protius!, ¡Nedviga!, ¡A él!”. Tras la orden, los perros y las fieles bestias, incluida la liebre, agarraron a la serpiente y la despedazaron.

El pequeño zar recogió todos los pedazos y los incineró, hasta convertirlos en cenizas, y el pequeño zorro las recogió con su cola, hasta que las tuvo todas, como un plumero, y salió a campo abierto, y las dispersó a los cuatro vientos.

Pero mientras habían estado despedazando a la serpiente, la pérfida hermana logró quebrarle un diente y ocultarlo. Cuando ya todo había pasado, el pequeño Zar le dijo: “Como has sido pérfida y engañosa, mala amiga y hermana, deberas permanecer aquí mientras voy a otro reino.”

Entonces preparó dos cubos y los colgó del espino blanco, y le dijo a su hermana: “¡Mira, hermana! ¡Si lloras por mi, este cubo se llenará de lágrimas, pero si lloras por la serpiente, ese otro cubo se llenará de sangre!” Y ella rompió en llanto, y comenzó a rogarle: “¡No me dejes, hermano, llévame contigo.”

–“No lo haré” dijo él; “una amiga tan engañosa como tú no quiero tener a mi lado. Quédate donde estás.”

Entonces montó su caballo, llamo a sus perros y bestias, y tomó camino en busca de otro reino y de otro imperio. Y cabalgó y cabalgó hasta arribar a cierta ciudad, y en dicha ciudad sólo habia una fuente, y sobre esta fuente estaba sentado un dragón de doce cabezas. Y era tan terrorífico, que cualquiera que llegara a buscar agua a dicho pozo, el dragón salía y se lo comía, y no había ningun otro lugar en la ciudad donde la gente pudiese extraer agua.

De modo que el pequeño Zar llegó a ese pueblo, y se registró en la posada para extranjeros, y preguntó al posadero: “¿Qué significa eso de que toda la gente ande corriendo y llorando por las calles?”.

–“¿Porqué?, ¿No sabias?” dijo él; “¡Es el turno del zar de enviar a su hija donde el dragón!”–

–Entonces salió y escuchó a la gente diciendo: “El zar proclama que, quienquiera sea capaz de matar al dragón, a él dará la mano de su hija y la mitad de su reino!”.

El pequeño Zar Novishny dio un paso al frente, y exclamó: “¡Soy capaz de matar a este malvado dragón!”

Y entonces la gente inmediatamente fue a decirle al zar: “Un extranjero ha venido hasta acá, y dice que está listo para conocer y matar al dragón.” Y el zar envió por el joven y lo colocó entre sus guardias.

Y llevaron a la Tsarivna, y tras de ella lo llevaron a él, y detrás de él iban sus bestias y su caballo. Ya la tsarivna era tan encantadora y ricamente ataviada que todos los que la miraban, se destrozaban llorando amargamente.

Pero al momento que el dragón apareció y abrió sus fauces para devorar a la Tsarivna, el pequeño zar llamó a su espada afilada: “¡Cae sobre él!”, y a sus bestias: “¡Protius! ¡Medvedik! ¡Vovchok! ¡Nedviga! ¡Atrapádlo!”.

Entonces la espada y las bestias cayeron sobre el dragón y lo despedazaron.

Cuando hubieron terminado de hacerlo pequeños pedazos, el pequeño zar tomó los restos del cuerpo y los incineró hasta convertirlos en cenizas, y el pequeño zorro absorbió las cenizas entre su cola, y salió a campo abierto, y las dispersó a los cuatro vientos.

Luego tomó a la Tsarivna por la mano y la llevó con el zar, y la gente se alegró porque su agua ya había sido liberada. Y la tsarivna le entregó el anillo nupcial, y regresaron a casa. Y caminaron, y caminaron, pues era un largo camino del reino de ese zar, hasta que quedaron agitados y se echaron sobre el pasto, y ella recostó su cabeza en él.

Pero su lacayo se arrastró hacia él, quitó el seguro a la afilada espada, se dirigió al pequeño zar, y dijo: “¡Espada afilada! ¡Mátalo!”. Y la espada lo cortó en pedacitos, y sus bestias ni se enteraron, pues dormían profundamente.

Después de hacerlo, se dirigió a la Tsarivna: “Debes decirle ahora a todos que te he salvado de la muerte, pues si no lo haces, te haré lo mismo que le hice a él. ¡Jura que vas a hacerlo!

A lo que ella respondió, “Te juro que diré que me salvaste de la muerte”, pues sintió mucho miedo por las palabras que le dijo el lacayo. Y entonces regresó a la ciudad, y el Zar estuvo feliz de verlos, y regaló ricas ropas al lacayo, e hizo que se casara con su hija.

Ahora bien, cuando Nedviga se despertó, percibió que su amo ya no existía, por lo que inmediatamente despertó al resto, y todos ellos comenzaron a pensar y considerar quién de ellos era el más veloz. Y cuando todos ellos habian votado, juzgaron y decidieron que la liebre era la más rápida de todos ellos, y decidieron que debería correr a traer agua sanadora y la manzana de la juventud, también.

La liebre corrió muy veloz a recoger esa agua y esa manzana, y corrió y corrió hasta llegar a cierta tierra, y en esa tierra vio una fuente, y cerca de la fuente crecía un manzano, que cargaba las manzanas de la juventud, pero esta fuente y este árbol de manzanas eran cuidados por un moscovita, ¡oh!, tan fuerte, tan fuerte, que blandía su sable y ni un ratón podía hacerse camino a dicha fuente.

¿Qué se debía hacer? Entonces la pequeña liebre recurrió a algo sutil, y se encorvó, y se dirigió hacia la fuente, fingiendo estar coja. Cuando el moscovita la vio, dijo:

“¿Que tipo de bestia es esta? ¡Nunca vi nada igual!

Entonces la liebre pasó por entre sus piernas, y siguió y siguió hasta llegar justo frente a la fuente. El moscovita quedó allí, con los ojos totalmente abiertos, pero la liebre agarró velocidad y tomó un poco de agua y arrancó una manzana, y desapareció en una fracción de segundo, sin dejar rastro.

Corrió a toda velocidad hacia el pequeño zar Novishny, y Nedviga de inmediato tomó el agua y la roció sobre los fragmentos de su amo, y estos se unieron. Luego vertió un poco mas del agua de vida entre su boca, y él revivió, y le dio un trozo de la manzana de la juventud, y él se volvio de nuevo joven, y más fuerte que nunca.

Entonces, el pequeño zar se levantó, se estiró, y bostezó: “¡Tanto tiempo que he dormido!“, exclamó.

–“’¡Es algo muy bueno que tengamos el agua de vida y de salud!”, dijo Protius.–

–“¿Pero qué vamos a hacer ahora?” dijeron todos. Se reunieron, y decidieron que el pequeño zar debía disfrazarse como anciano, e ir al palacio del zar.

Eso hicieron; el pequeño zar Novishny se disfrazó de anciano y fue al palacio del zar. Y cuando llegó, rogó que lo dejasen entrar a ver a la joven pareja de recién casados. Pero los lacayos no lo dejaron.

Entonces la tsarina misma escuchó el sonido de sus ruegos y oraciones, y les ordenó admitirlo.

Cuando entró a la habitacion y se quitó la capucha y manto, el anillo que la tsarivna le había dado cuando mató al dragón, destelló tan fuerte que ella lo reconoció pero, sin que sus ojos lo creyeran, le dijo:

“¡Ven aqui, tu, buen y anciano peregrino, te mostrare mi hospitalidad!” Y el pequeño zar se acerco más a la mesa, y la tsarivna le sirvió una copa de vino y se la dio, y él la tomó con su mano izquierda. Ella notó que él no había tomado la copa con la mano en la que tenía el anillo, de modo que ella misma bebió de la copa.

Entonces le llenó otra copa y se la dio, y él la tomó con su mano derecha. Y ella reconoció inmediatamente su anillo, y le dijo a su padre:

Este hombre es mi esposo, quien me salvó de la muerte, y no ese tipo” – señalando al lacayo – “quien con picardía y maldad asesinó a mi esposo y me obligó a decir que él era mi esposo”.

Cuando el zar escuchó eso, le hirvió la sangre por la furia: “¡De forma que tu eres un mentiroso traidor!”, le dijo al lacayo, e inmediatamente ordenó que lo asieran y lo ataran a la cola de un caballo tan salvaje, que ninguna persona pudiese detenerlo, y que lo perdiera entre la infinita estepa.

Pero el pequeño zar Novishny se sentó detrás de la mesa y se alegró.

Entonces el tsarevko y la Tsarivna vivieron mucho tiempo juntos, en felicidad. Un día ella le preguntó:

“¿Qué hay de tu tierra natal y la casa de tu padre?”

Entonces él le contó a ella sobre su hermana, a lo que ella le ordenó que ensillara su montura, llevara a sus bestias con él, y fuera a buscarla.

Llegaron al lugar en el que el la habia dejado, y vieron que el cubo que había dejado para la serpiente estaba lleno de sangre, mientras que el que habia dejado para su hermano, estaba seco y cayéndose a pedazos. Esto le indicó que su hermana aún lamentaba y estaba de duelo por la serpiente, y le dijo:

Dios este contigo, pero no te reconozco. ¡Quédate aqui, y nunca volvere a verte al rostro de nuevo!”. Pero ella comenzó a suplicar e implorarle que lo llevase con él. Entonces el hermano tuvo compasión por su hermana y se la llevo con él.

Cuando llegaron a casa, ella sacó el diente que habia ocultado de la serpiente, y lo colocó debajo de la almohada sobre la que él dormía. Y por la noche, cuando el pequeño zar fue a dormir, el diente lo mató.

Su esposa pensó que estaba simplemente durmiendo, por lo que no le habló, sino que le rogó que no estuviera enojado con ella; y al no recibir respuesta, lo tomó por la mano, y ¡oh!, su mano estaba fría, tan fria como el plomo, y gritó aterrada.

Pero Protius entró saltando a través de la puerta y beso a su amo. Y el pequeño zar Novishny revivió, pero Protius murió. Entonces Nedviga besó a Protius, y Protius vivió, pero Nedviga murió. Y el Tsarevko le ordenó a Medvedik: “¡Besa a Nedviga!

 

Y eso hizo, y Nedviga revivió, pero Medvedik murió. Y de ese modo estuvieron besándose unos a otros, desde el más grande hasta el más pequeño, hasta que le llegó el turno a la pequeña liebre. Ella besó a Vovchok y murió, pero Vovchok revivió. ¿Qué habia que hacer?

Ahora que la pequeña liebre había muerto, no había nadie que la besara a ella para revivirla.


“¡Bésala!”, ordenó el pequelo zar a la pequeña zorra. Pero la pequeña zorra era tan astuta que montó a la pequeña liebre sobre su lomo y corrió al bosque. Y la llevó a un lugar en donde yacía un roble caído, con dos ramas una sobre otra, y puso a la liebre sobre la rama de abajo, y corrió y besó a la liebre, teniendo cuidado que la rama quedara entre ambas.

Entonces el diente de la serpiente voló fuera de la boca de la liebre y se quedó prendido en la rama de arriba, y ambas, la pequeña zorra y la pequeña liebre, salieron del bosque, sanas y salvas.

Cuando los otros las vieron a ambas vivas, se alegraron grandemente porque no había habido daño a ninguno de ellos debido al diente.

Entonces agarraron a la hermana y la ataron a la cola de un caballo salvaje, y lo soltaron para que corriera desbocado por la infinita estepa. Y todos festejaron, y tuvieron vidas felices.

Y yo estuve alli, y bebí vino y aguamiel hasta que escurrió por mi boca y chorreó por mis barbas. Y este es el cuento completo para ti.

Cuentos folclóricos ucranianos – 《Las Zapatillas de Oro》 -《Золотий черевичок》

Una vez hubo un anciano y una anciana, y el anciano tenía una hija, y la anciana también tenía una hija. Y la anciana le dijo al anciano:“¡Ve a comprar una vaquilla para que mi hija tenga algo que cuidar!“. Y el anciano se fue a la feria y compró una novilla.Ahora bien, la anciana consentía, echando a perder, a su hija, mientras que a la hija del anciano, la fisgoneaba y molestaba. Aunque la hija del anciano era una buena y trabajadora muchacha, mientras que la hija de la anciana era una perra holgazana. No hacía nada más que estar sentada todo el día, con las manos sobre su regazo.Un día, la anciana le dijo a la hija del anciano:“¡Mira, hija de perro, ve y lleva a pacer a la vaquilla!, Aqui, ten dos fajos de lino. Ve cómo los desenredas, y los devanas, y los blanqueas, y tráelos ya listos por la noche!”.Entonces la chica tomó el lino y llevó a la novilla a pastar.

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El animal comenzó a comer, pero la muchacha se sentó y comenzó a llorar. La vaquilla se preocupó y le dijo: “Dime, querida muchachita, ¿Porqué estás llorando?”–“¡Ay! ¿Porqué no debería llorar? Mi madrastra me ha dado este lino y me ha ordenado desenredarlo, hilarlo y blanquearlo, y llevarlo por la noche ya como tela.”“¡No llores, niña!” dijo la vaquilla, “todo saldrá bien. ¡Recuéstate a dormir!”. –La chica se recostó entonces a dormir, y cuando se despertó todo el lino estaba desenmarañado, e hilado, y tejido en una fina tela, y lavado, muy blanco. Y ella llevó a su vaquilla a casa, y le entregó la tela a su madrastra. La anciana la tomó y la escondió muy bien, de forma que nadie pudiera enterarse que la hija del anciano se la había traído a ella.Al día siguiente le dijo a su propia hija; “Querida hijita, lleva la vaquilla a pacer, y aquí ten un pequeño manojo de lino para ti; desenmaráñalo y péinalo, o no lo desenredes y no lo peines, si no quieres; haz lo que te parezca mejor, pero tráemelo a casa.” La joven llevó a pastorear a la vaquilla, se echó en el césped y durmió todo el día, sin siquiera tomarse la molestia de remojar el lino en el riachuelo. Y por la noche, llevó la vaquilla casa, directo desde el campo, y le entregó a su madre el lino, tal cual se lo había dado por la mañana.“¡Oh, mamita!” dijo, “mi cabeza me dolió todo el día, y el sol era tan quemante, que ni siquiera pude ir al arroyo a remojar el lino”. “No importa,” respondió la madre, “acuéstate y duerme; dejémoslo para otro día.”

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Al siguiente día llamó de nuevo a la hija del anciano, gritando:-“¡Levántate, hija de perro, y lleva la vaquilla a pacer. Y aquí tienes un manojo de lino crudo; desenrédalo, péinalo, hílalo y teje una tela fina para mí, y tráelo por la noche!”. La chica llevó la novilla a pastar, y ésta comenzó a hacerlo, pero la muchacha se sentó bajo un sauce, dejó el lino junto a ella y comenzó a sollozar con todas sus fuerzas. Pero la vaquilla se acercó a ella y le dijo:-“Dime, jovencita, ¿Porqué lloras con tanta tristeza?”.–“¿Porqué no debería llorar?”, dijo ella, narrándole lo que su madrastra le había ordenado.–“¡No llores!” dijo la novilla, “todo saldrá bien; sólo recuéstate a dormir.”––La chica se recostó e inmediatamente cayó dormida. Y por la noche, el manojo de lino había sido remojado, peinado, hilado, tejido en una fina tela y blanqueado, de forma que se podía ya confeccionar una bella vyshyvanka con ella. Llevó el animal a casa y se la dio a su madrastra.

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Entonces la anciana pensó para sus adentros:-“¿Cómo hará la hija del hijo de perro para realizar esta tarea con tanta facilidad? Seguramente fue la vaquilla quien lo hizo por ella, ya lo sé. Pero pondré un alto a todo esto, tu, hija de un hijo de perro,” dijo, y se dirigió al anciano y le dijo:“Padre, mata y corta en trocitos esta tu vaquilla, pues por culpa suya, tu hija no mueve ni un dedo en el trabajo. Lleva la vaquilla a pastar, pero se va a dormir todo el día sin hacer nada.”“Entonces la mataré”, dijo él.–Pero su hija escuchó todo lo que estaban hablando, y fue al jardín a llorar amargamente. La novilla se le acercó, y le preguntó:-“Dime, muchachita, ¿Porqué lloras con tanta amargura?”. “¿Porqué no debería llorar…”, dijo la chica, “cuando te quieren matar?”. “No te apenes,” dijo la vaquilla, “todo saldrá bien. Cuando ya me hayan matado, pide a tu madrastra que te de mis entrañas para que las laves, y dentro de ellas hallarás un grano de maíz. Planta ese grano de maíz, y de él crecerá un sauce y, lo que sea que desees, ve hacia ese sauce, y pídelo, y tendrás lo que tu corazón desee.”

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El padre sacrificó a la vaquilla, y la hija se dirigió a su madrastra, y le dijo,-“Señora, déjeme tener las entrañas de le vaquilla, ¡las quiero lavar!”. Y la madrastra le respondió, “¡Como si dejaría a otro hacer ese trabajo más que a tí!”. La chica las llevó al rio y las lavó, y dentro de las tripas encontró un grano de maíz, que plantó junto al cobertizo, tapó el agujero con tierra, y regó un poco de agua. Y al siguiente día, cuando despertó, había crecido un enorme y bello sauce de ese grano de maíz, y debajo de dicho àrbol nacía una fuente de agua, y en ningún otro lugar podría ser hallado nada mejor en toda la aldea. Y el agua era fría, y tan transparente como el hielo.

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Cuando llegó el día domingo, la anciana arregló bellamente a su amada hija para llevarla a la iglesia, pero a la hija del anciano le dijo;-“¡Vigila el fuego, tu, perra! Mantenlo bien encendido y prepara la cena, y limpia toda la casa, hasta el último rincón, y remienda toda la ropa que tenemos en casa, y todo debe estar listo cuando regrese!. Y si no has hecho todo eso cuando yo regrese, tendrás que decir a dios a tu amada vida.”Asi fue que la anciana se dirigió, acompañada de su hija, a la iglesia, mientras la lista hijastra quedó cuidando el fuego, alistando la cena, y haciendo todo lo que se le ordenó; y luego se dirigió al sauce, y le dijo:-“¡Sauce, sauce, sal de tu corteza! Señora Anna, ¡ven cuando te llamo!”. Y el sauce hizo lo suyo, y sacudió todas sus hojas, y una noble mujer salió de su corteza, y dijo:-“Querida señorita, dulce señorita, ¿cuáles son tus órdenes?”“Dame”, dijo ella, “un gran vestido y déjame tener un carruaje con caballos, pues ¡Quiero ir a la Casa de Dios!”E inmediatamente estaba vestida en seda y satín, con unas zapatillas de oro en sus pies, y llegó un carruaje que la llevó a la iglesia.Cuando entró a la iglesia, que estaba a más no poder de llena, todos decían:-“¡Oh!, ¡Oh!, ¡Oh! ¿Será esta una princesa o una reina? Pues tal belleza nunca habíamos visto antes.”El joven príncipe, el hijo del rey, por casualidad estaba en la iglesia ese día. Y cuando la vio, su corazón latió más fuerte. Se quedó sólo contemplándola, sin poder quitar su mirada de la joven. Y todos los grandes coroneles y capitanes y cortesansos se maravillaron de su belleza, y el hijo del rey quedó prendado en el instante. Pero, quién era ella, nadie sabía.Cuando finalizó el servicio, ella se paró y se fue inmediatamente y, al llegar a casa, se quitó todas las cosas finas, se puso de nuevo sus harapos, se sentó junto a la esquina de la ventana y observó cómo todos retornaban de la iglesia.

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Entonces la madrastra también regresó.-“¿Ya está lista la cena?”, preguntó exigente.-“Si, ya esta lista.”-“¿Has remendado toda la ropa?”. -“Si, las blusas y toda la ropa están ya cosidos y remendados”. Entonces todos se sentaron a comer, y contaban sobre todo lo que había sucedido en la iglesia, y discutieron sobre quién podría haber sido esa bella muchacha.-“El príncipe”, dijo la anciana, “en lugar de decir sus oraciones, se la pasó viendo todo el tiempo, asi de bella era ella.” Luego, dirigiéndose a la hija del anciano,“¡Como tu, tu perra! A pesar que tu hayas zurcido todas las camisas y prendas y las hayas lavado, ¡no eres más que una sucia moza!”

cuadro por artista Nairobi Prahl para Ucrania FantásticaAl siguiente domingo de nuevo se vistieron elegantes la madrastra y su hija, para ir a la iglesia. Pero, antes de partir, le dijo a la hija del anciano:“¡Mira cómo haces para mantener el fuego, tú, perra!” y, como la vez anterior, le dio un montón de trabajo que hacer. Y la hija del anciano rápidamente realizó su tarea, y se dirigió al sauce, y dijo:-“Brillante sauce primaveral, lindo sauce primaveral, ¡cambiate, transformate!”. E inmediatamente unas majestuosas damas salieron de su corteza.“Querida señorita, dulce señorita, ¿que órdenes tienes para dar?”. Les indicó lo que quería, y ellas le dieron un espléndido vestido, y colocaron zapatillas de oro en sus pies, y le pusieron a disposición un magnífico carruaje, en el que fue a la iglesia.El príncipe estaba de nuevo allí y, al verla, quedó como si hubiese enraizado en el suelo, y no podía apartar su vista de ella. Y entonces la gente comenzó a susurrar,-“¿No hay aquí nadie que la conozca? ¡Nadie hay que sepa quién puede ser tan maravillosa dama!”. Y comenzaron a preguntarse unos a otros:-“¿La conoces?, ¿la conoces?”. Pero el príncipe dijo:-“¿A quien quiera que me diga quién es esta maravillosa dama, le daré un saco repleto de ducados de oro!” Y ellos inquirieron e inquirieron, pero nada resultó.El príncipe tenía un bufón, que siempre estaba con él, pues solía siempre hacer sus bufonadas, y cabriolas cuando fuera que el hijo del rey estuviese triste. Y, entonces, esta vez también comenzó a reir y hacer muecas al joven rey, y le dijo:-“Yo sé como averiguar quién es esta fina fama”. -“¿Cómo?”, preguntó el joven príncipe-“Te diré”, dijo el bufón, “embarraré con brea el lugar en el que ella toma asiento en la iglesia, y ella no se podrá parar. Entonces sus zapatillas quedarán pegadas al suelo y ella, en su prisa por irse, no notará que las habrá dejado en la iglesia”. El príncipe ordenó a sus cortesanos untar de inmediato con brea el piso en el punto en el que ella se sentaba. La siguiente vez, cuando nomás finalizo el servicio, se levantó y, como siempre, a toda prisa quiso marcharse. Pero sus zapatillas quedaron pegadas al suelo de forma que sus pies quedaron libres para irse a toda velocidad y, al arribar a su casa, se quitó todas las prendas y accesorios preciosos, se puso sus andrajos, y quedó sentada junto a la esquina de la ventana, observando a todos los que retornaban de la iglesia.

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Cuando todos regresaron de la iglesia, tenían muchas cosas que platicar, sobre cómo el joven príncipe había quedado enamorado de esa perfecta jovencita, y cómo es que nadie podía reconocerla, o saber de dónde venía, y la madrastra la odiaba cada vez más, pues no sabía cómo le hacía para realizar tan bien y tan rápido la enorme cantidad de labor que le había asignado.Los consejeros del rey fueron a todas las casas de nobles y príncipes, y condes y duques. Ilustración por Noel Nisbet, publicada en “Cuentos de hadas Kozakos”, por Robert Nisbet Bain (1916)El príncipe hizo que se proclamara por todo el reino que, “¿Quién ha extraviado un par de zapatillas de oro?”. Pero nadie podía decirle. Entonces el rey envió a todos sus sabios consejeros a través del reino completo, para encontrarla.-“Si no la halláis”, dijo él, “será la muerte de mi hijo, y por lo tanto vosotros seráis hombres muertos también.” Enonces los consejeros del rey fueron por todo el largo y ancho del reino, por todas las aldeas y pueblos, y medían los pies de todas las muchachas, calzándoles las zapatillas de oro, pues debía ser la novia del príncipe aquélla a quien le quedaran perfectamente bien.Fueron por todas las casas, de principes, y condes, y duques, y todos los nobles, y todos los ricos mercaderes, pero no había resultado. Los pies de todas las mozas eran ya sea muy grandes o muy pequeños. Entonces tuvieron que comenzar a espulgar dentro de las jatas de los campesinosY fueron, y siguieron, midiendo por aquí, y midiendo por allá, y estaban tan cansados de estar midiendo un pie tras otro.Pero un día iban, y vieron un magnífico sauce que se yerguía frente a una choza, y debajo del sauce emanaba un nacimiento de agua cristalina.-“Vamos a descansar a esa fresca sombra”, dijeron. Y asi hicieron. Fueron y se recostaron a descansar, y la anciana salió hacia ellos de la casa.-“¿Tienes una hija, madrecita?”, preguntaron ellos.-“Si que la tengo,” respondió la señora, “pero no es mi hija, sino no es más que una perra de cocina, a quien sólo con verla le repugna”. -“Muy bien”, dijeron ellos, “le calzaremos las zapatillas de oro”. “¡Bien!”, exclamó la anciana. Pero fue a decirle a su propia hija:-“¡Ve, mi querida hijita, aséate un poco y lávate tus piececitos!”. La hija del anciano, mientras tanto, se ocultó tras la estufa, y nunca podía lavarse o vestirse decentemente.

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-“¡Siéntate allí, tu, hija de perro!”, le ordenó.Entonces los consejeros del rey entraron a la cada a medir las zapatillas, y la anciana le dijo a su propia hija:-“¡Cálzate las zapatillas, querida!”. Los consejeros se las midieron, pero no le entraban para nada. Entonces le dijeron a la anciama: -“Dinos, madrecita, ¿en dónde está tu otra hija?” – “Oh, en cuanto a ella, es una mera perra, y además no está vestida”. -“No importa”, respondieron ellos, “¿en donde está?”Entonces la muchacha salió tímidamente de detrás de la estufa, y su madrastra le gritó:-“¡Fuera de aquí, tu, sucia y asquerosa perra!”. Y entonces ellos le probaron las zapatillas, y éstas le calzaron como guante al dedo, y los cortesanos se alegraron grandemente, y alabaron al Señor.-“Bien, madrecita” le dijeron, “nos llevaremos a esta hija tuya lejos, con nosotros.”“¡Qué! ¿Llevarse a esa porquería? ¿Porqué?, ¡toda la gente se mofará de vosotros!”“Probablemente lo harán,” respondieronEntonces la anciana hizo una pataleta, impidiendo que la chica se fuera con ellos.-“¿Cómo puede ser que tal perra se convierta en consorte del príncipe”, chilló.–“¡No hay modo, ella debe venir!”, le respondieron; “¡ve, vístete, muchacha!”. -“Esperad un momento”, les respondió, “¡me arreglaré y me lavaré como es debido!”.Y se dirigió al aroyo que nacía de debajo del bello sauce, y se lavó y se arregló y se vistió, y regresó tan adorable y espléndida, que su belleza nadie la hubiese podido adivinar, a menos que se la hubiesen narrado en un cuento de hadas. Y cuando entró a la casa, brillaba como el sol, y su madrastra no tuvo palabra que decir.

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De esa forma, la subieron en un carruaje, y partieron; y cuando el principe la vio, no se pudo contener.-“¡Apúrate, oh, padre mío!”, exclamó, “¡Y danos tu bendición!” Y el rey los bendijo, y los casó. Y entonces hicieron una gran fiesta, e invitaron a todo el mundo a ella. Y vivieron felices por siempre, y comieron pan de trigo hasta que sus corazones estuvieron satisfechos.


El lector pudo haber notado la similitud de este cuento folclórico ucraniano con el occidental “Cenicienta”; sin embargo, este último se conoce como “попелюшка” – Popelyushka, y existen diferencias.Al igual que en otra versión en ucraniano, con leves diferencias con respecto al que tradujimos aqui:Був собі чоловік та жінка, і була в них одна дочка. Мати була гарна, а дочка ще краща. От те дівча ще підлітком було — умирає мати. А вмираючи, покликала до себе дочку та й каже їй нишком:— На тобі, доню, це зернятко, та нікому не кажи, що в тебе воно є. А як прийде тобі лихо, посади його, то виросте з нього верба яра, і що тобі треба буде, йди до тієї верби, то все тобі й буде.От поховав чоловік жінку, пожурився-пожурився та й знов оженився з удовою. А в тієї вдови та своя дочка.От баба свою дочку жалує, а ту дівчину зненавиділа так, що й просвітку їй нема. Бабина ж дочка лінива, така ледача: ні до холодної води не береться, все б сиділа згорнувши руки. А та дівчина роботяща та добра дитина, і що не дай їй робити, і скільки не дай, то все зробить.Та що з того, коли нічим бабі вона не догодить. Хоч як гарно зробить, а баба все її лає, все її лає, а то й межи плечі стусана дасть чи таки й зовсім добре поб’є. За роботою та за тими штурханцями ніколи дівчині і вгору глянути, ніколи й причепурити себе, сорочку вишити, а що було в неї пошите ще за материного часу, своїй дочці баба повідіймала. Ходить, бідолашна, в такому рам’ї, що й люди сміються. Мовчки терпить усе та бідна дівчина, тільки поплаче нишком, а лиха баба ще більше лютує, що вона мовчить, ще гірше над нею коверзує та так усе визирає, до чого б його прискіпатися. Коли ж усе дівчина робить як треба.От баба й надумала.— Жени,— каже,— ледащо, бичка пасти! Та на тобі круг прядива, щоб ти його й зом’яла, і потіпала, і спряла, і помотала, і поткала, і побілила, і полотно додому принесла! Та гляди: не зробиш, то й жива не будеш!Взяла дівчина те прядиво, погнала бичка пасти. Бичок пасеться, а вона плаче: де ж таки видано, щоб усе те за день зробити? А далі й згадала: «Єсть же в мене зернятко від матінки!»От узяла посадила його на леваді, полила, а сама сіла й знову плаче. Плакала, плакала та й заснула. Прокидається, аж із того зернятка така гарна верба яра виросла, а під вербою криничка, і вода в ній така холодна та чиста як сльоза. Підійшла дівчина до верби та й каже:— Вербо яра, відчинися! Ганна-панна йде.От верба й відчинилася, а відтіля так панни й вилинули.— Панно наша мила, панно наша люба, що скажеш робити?Вона й каже:— От вам круг прядива: треба його зом’яти, й потіпати, і попрясти, і помотати, і полотно з нього поткати, і побілити.— Панно наша мила, панно наша люба, зараз буде.Та й назад усі в вербу.От допасла дівчина до вечора, знов до верби:— Вербо яра, відчинися! Ганна-панна йде.От верба й відчинилася, і ті панни виносять їй полотно тонке, таке біле, хоч зараз сорочки ший. Узяла дівчина те полотно, пригнала бичка додому, віддає полотно бабі. А та аж зубами заскреготіла, як побачила, та нічого казати.І свою дочку послала бичка пасти та й каже:— На тобі, донечко, мичечку: спрядеш — спрядеш, а не спрядеш, то й так принесеш.Погнала та бичка пасти та й мичку закинула, а ввечері приганяє бичка та й каже:— Голова в мене, мамо, так боліла, що й не зведеш.— Ну, дарма, доню, ляж та відпочинь!От діждали вони неділі. Баба свою дочку причепурила і веде до церкви, а на дідову гримас:— Топи, ледащо, нетіпахо! Щоб ти й витопила, і обідати наварила, і прибрала, ще з цього полотна й сорочку пошила, поки ми вернемося з церкви. Та гляди: не зробиш, то й жива не будеш!От пішла баба з дочкою до церкви, а дівчина швиденько витопила, обідати наварила, в хаті поприбирала, тоді побігла на леваду до верби та й каже:— Вербо яра, відчинись! Ганна-панна йде.Верба й відчинилась, а відтіля панни так і вилинули.— Панно наша люба, панно наша мила, що скажеш робити?— Треба з цього полотна, поки з церкви вийдуть, сорочку пошити… Та ще й дайте мені вбратися, хочу до церкви поїхати.Ті зараз кинулись, убрали її гарно-гарно, а на ніжки маленькі золоті черевички вбули. Тут і коні під’їхали, сіла вона та й поїхала до церкви.Як увійшла вона в церкву, так церкву й осіяла. Люди аж не отямляться з дива: «Чи воно князівна, чи королівна? Ще такої не бачили». А на той час князенко в церкві був. Як угледів, то й очей уже не відведе від неї… Відправа кінчається, вона перша з церкви вийшла, сіла, поїхала. Під’їхала до верби, верба відчинилася, вона поскидала все з себе, знову наділа своє рам’я, пошиту сорочку взяла… Коні в вербу в’їхали, зачинилася верба, а дівчина пішла в хату, сіла та й виглядає бабу з церкви.Коли приходять.— А що, наварила?— Наварила.— А сорочку пошила?— Та й сорочка пошита.Подивилась баба, нічого не сказала, тільки плечима здвигнула.— Давай обідати!Посідали обідати та й почали розказувати, яку-то вони панночку в церкві бачили — як сонце гарну, що аж князенко і молитись забув та на неї дивиться.— А до кого вона підхожа? — питає дівчина.— Може, до мене?Бабина дочка в сміх, а баба:— Ач, нетіпаха, грубниця погана, до кого рівнятися здумала!От діждали й другої неділі. Знову дід з бабою та з бабиною дочкою до церкви, а тій звеліла баба топити та й ще якусь роботу загадала. А вона впоралась швиденько та до верби:— Вербо яра, відчинися! Ганна-панна йде!Відчинилась верба, а з неї панни так і вилинули.— Панно наша люба, панно наша мила, що скажеш робити?Вона їм загадала, убралася до церкви, в золоті черевики взулася, поїхала.Коли князенко вже там. Вона як увійшла, то й церкву осіяла. Люди торопіють: «Боже, яка краса! Хто ж це?» Ніхто не знає… А князенко очей не зведе… Кінчається відправа, вона вийшла, приїхала, пишне убрання поскидала, своє рам’я наділа, сіла та й дожидає з церкви.Поприходили з церкви, посідали обідати, розказують за ту панну.— Князенко гарний, а вона ще краща.— А може, вона до мене підхожа? — Ганна питається.Бабина дочка регочеться, а баба трохи не била дівчини… Не знає вже, що б їй і робила, так зненавиділа.А князенко тим часом усе довідується: хто та панна? Ніхто не знає. Радились, радились, як би його дізнатися. От один хлопець і каже:— А я знаю, як довідатися.— А як? — питається князенко.— На тому місці, де вона стає, смоли підлити, черевички й попристають.Так і зробили… Приїхала Ганна-панна на третю неділю до церкви, стала… А ті вже — князенко з панами — так і пильнують, так і пильнують… Кінчається відправа, хоче вона йти,— не рушить з місця. Рвонулася вона, таки зірвалась, а один черевичок і зостався. Утекла вона додому, приїхала, убралася знов у своє рам’я та й сидить.Приходять із церкви, як стали розказувати!..— Такий,— кажуть,— маленький черевичок, що й ноги такої нема, щоб на неї прийшовся.— А може, на мою прийдеться? — питає дівчина.Баба як розлютується, як почне її лаяти вдвох із дочкою:— Та ти нетіпаха! Та ти грубниця, тільки в попелі гребешся, ноги як ті колоди, а до кого рівняєшся!Попобила її баба та й з хати прогнала.А князенко геть скрізь розпитується: хто золотий черевичок загубив? Ні, ніхто не знає. Що його робити? А той парубок та й каже знову князенкові:— А я знаю, як її знайти.— А як? — питає князенко — Кажи!— Послати скрізь міряти той черевичок, на чию ногу прийдеться, то то й вона.От так і зробили. Пішли ті дворами князенкові міряти. Пішли спершу по князях, тоді по панах… Боже, як-то всім дівчатам хотілося, щоб черевичок прийшовся та князенкові за жінку бути! Ні, не приходиться!.. Пішли тоді по купцях — ні! По міщанах — ні!.. Треба йти по мужиках. Пішли.Ходять та міряють, та й міряють — нема! От заходять і в ту хату, де дідова й бабина дочка були. А баба ще здалека їх побачила, що йдуть, та на свою дочку:— Мий, доню, швидше ніжки, бо йдуть черевичок міряти!А на дідову:— А ти, нечупаро, задрипанко, грубниця погана, геть мені зараз на піч, щоб і не видно тебе було!Та й загнала її.Прийшли ті.— Здорові!— Дай боже доброго здоров’я.— Чи є у вас дівчата?— Та є в мене дочка,— каже баба.— Доню! Доню! Біжи сюди, давай ніжку золотий черевичок міряти! От люба дитина, ніжки біленькі!..— Почали міряти, ні, не приходиться.— Та ти дужченько, доню, стромляй ніжку, вона влізе!Стромляла-стромляла, де там!.. А дідова дочка дивиться з печі.— А то ж яка дівчина у вас на печі? — питається пан.— Та то ледащиця, грубниця, нетіпаха!—говорить баба та на дівчину: — Ти чого вилізла, задрипо, сказано тобі — сиди там!— Ні, бабо, хай вона сюди йде! А злазь, дівчино!Злізла вона, стали черевичок міряти — враз так і прийшовся.— Ну, бабо,— кажуть вони,— ми цю дівчину візьмемо у вас.— Оце лихо! Де ж таке видано, щоб таке опудало та князенкові за дружину було! Чи то ж годиться?! Я не пущу!— Ні, бабо, таки візьмемо!Баба верещить: та вона така, та вона сяка!.. Та вона з попелу не вилазить, та на ній сорочки ніколи білої нема…Так ті й не слухають.А дівчина каже:— Стривайте трохи — піду приберуся!Вийшла на леваду:— Вербо яра, відчинися! Ганна-панна йде!Як відчинилася верба, а ті панни так і вилинули… Убралася вона, як увійшла в хату — і хату осяяла… Так усі й поторопіли.— Дай же ж,— каже,— обую й другий черевичок…Посідали, поїхали, швидко й весілля відбули… А верба з криничкою пішла в землю та й знов у князенковому саду вийшла.

Cuentos ucranianos – 《El lobo de Hierro》

Hubo una vez un párroco que tenía un sirviente, y cuando éste lo había servido fielmente por doce años, y más, se acercó a su empleador, y le dijo:

-“Hagamos cuentas, maestro, y págadme lo que me debáis. Ya os he servido el suficiente tiempo, y quisiera conseguirme un lugarcito en este mundo, todo para mi”.

-“¡Bien!” le dijo el pàrroco. “Te diré que te otorgaré como indemnización por tu fiel servicio. Te daré este huevo. Llévalo a casa pero, cuando estés en ella, constrúyete un corral, y hazlo grande y fuerte; luego rompe el huevo en el medio del corral, y ya vas a ver. Pero, hagas lo que hagas, no lo rompas de camino a casa, o toda tu suerte se irá allí.”.

Y asi fue. El sirviente partió feliz a su casa, con el misterioso huevo. Andó y andó y, a medio camino, se pusi a reflexionar, “Vamos, ¡veamos lo que hay dentro de este misterioso huevo!”.

De forma que lo rompió a la mitad del camino, y de él salió todo tipo de ganado, en tal cantidad y número, que la amplia estepa parecía el campo de una feria. El sirviente quedó atónito y, sin saber qué hacer, pensó para sus adentros, “¿Cómo, en el nombre de Dios, podré arrear todo ese ganado de nuevo adentro?”.

Apenas había pronunciado esas palabras, cuando llegó corriendo a él el Lobo de Hierro, y le dijo:

“Reuniré a todo este ganado y lo meteré de regreso en el huevo, y sellaré el huevo de forma que quede intacto. Pero, a cambio de eso, ” continuó el Lobo de Hierro, “cuando sea que te sientes en la banca nupcial, llegaré y te comeré”.

–“Bien,” pensó el sirviente para si, “una cantidad de cosas van a suceder antes que tome asiento en una banca nupcial y él pueda venir a comerme y, mientras tanto, tendré todo este ganado”. Por lo que asintió, diciendo “estoy de acuerdo”.

Y entonces el Lobo de Hierro recolectó todo el ganado, lo arreó hasta el huevo, lo metió y lo parchó, de forma que quedó como antes, intacto.

El sirviente regresó a la aldea en la que vivía, construyó un corral más fuerte que la fuerza, ingresó y rompió el huevo de nuevo allá adentro, e inmediatamente el corral rebosó de ganado, que ya no cabía. Y entonces se comenzó a dedicar a crianza de ganado y como granjero, y se volvió tan rico, que en todo el mundo no había nadie tan rico como él. Conservó sus cosas sabiamente, y sus bienes aumentaron y se multiplicaron en exceso.

Lo único que le faltaba para lograr su felicidad completa era una esposa, pero tenía miedo de tomar alguna mujer.

Cerca de donde vivía, había un general, que tenía una hija tan amorosa y bella, y esa muchacha quedó prendada del millonario. Entonces, el general vino a su casa, y le dijo, “Ven, ¿Porqué no os casáis? Te daré a mi hija y una enorme dote.”

–“¿Cómo será posible que me case?”, respondió el hombre, “tan pronto como me siente en la banca nupcial, el Lobo de Hierro vendrá por mi y me comerá.”, y le contó al general todo lo que le había sucedido.

–“Oh, ¡tonterías!” dijo el General, “no temas. Tengo una hueste muy poderosa, y cuando sea el momento que te sientes en la banca nupcial, rodearemos tu casa con tres hileras de fuertes soldados, y ellos no dejarán que el Lobo de Hierro se acerque a ti, eso te lo aseguro.”

Y de esa forma hablaron del asunto, hasta que finalmente lo persuadió, y comenzaron a hacer grandes preparativos para el gran banquete de bodas. Todo caminó excelentemente bien, y la boda transcurrió de maravilla, hasta que llegó la hora que la novia y el prometido iban a tomar asiento en la banca nupcial. Entonces llegó el momento que el general ordenara a sus hombres a colocarse en tres apretadas filas alrededor de la banca nupcial pues, con seguridad, el lobo de hierro aparecería.

El animal vio a toda la hueste parada en torno a la casa, en tres fuertes filas, pero logró saltar de un solo impulso todas las tres filas, y se dirigió directo a la casa. Pero el hombre, tan pronto vio al lobo de hierro, saltó por la ventana, montó su caballo y salió galopando, con el lobo tras de si.

Galopó y galopó, lejos y más lejos, y tras él venía el lobo pero, intentando por todas las maneras, no lograba capturarlo.

Finalmente, ya casi de noche, se detuvo el hombre y vio a su alrededor, pero notó que se encontraba, solo, en un bosque, y frente a él, una choza. Se dirigió a la cabaña, y miró a un anciano, y también a una anciana, sentados frente a ella, y les dijo, “¿Me dejaríais descansar un poco con vosotros, buena gente?”–

-“¡A como de lugar!”, dijeron ellos.

–“¡Sólo hay una cosa más, buena gente!”, dijo él, “no dejéis que el lobo de hierro me capture mientras descanso en vuestra casa”.

–“¡No tengas miedo por ello!” respondió la pareja anciana, “Tenemos un perro, llamado Chutko, quien puede escuchar a un lobo a una milla de distsncia, y esté seguro que nos avisará.

Entonces se recostó a dormir, y estaba ya cabeceando, cuando escuchó a Chutko ladrar. Entonces los ancianos lo despertaron, y dijeron, “¡Vete!, ¡Lárgate! Ya viene el lobo de hierro.” Y le dieron el perro y un pastel de trigo como provisión para el camino.

Entonces partió a caballo, y el perro Chutko tras él, hasta que todo se puso oscuro, cuando percibió otra choza en otro bosque. Se dirigió a ella y, en el frente, se encontraban sentados un anciano y una anciana. Les pidió alojamiento por una noche.

-“Solo”, dijo él, “¡cuidad que el Lobo de Hierro no me atrape!”.

–“No tengas miedo”, dijeron ellos, “tenemos un perro aquí, que se llama Vazhko, y puede detectar a un lobo a nueve millas a la redonda.”

Entonces se recostó y se quedó dormido. Justo antes del amanecer, comenzó Vazhko a ladrar. Inmediatamente lo despertaron, “¡corre!”, le dijeron, “el lobo de hierro ya viene.” Y entonces le dieron el perro y un pastel de centeno como provisión para el camino.

Entonces él tomó el pastel, montó a su caballo y partió, esta vez con dos perros corriendo tras él.

Cabalgó y cabalgó. Cabalgó hasta que llegó la noche, y se detuvo; y se encontró en un bosque, con otra cabaña frente a si. Y entró a la casa, y había una pareja de ancianos sentados.

“¿Me permitiríais pasar la noche aquí, buena gente?“ , dijo él, “¡sólamente tened cuidado que el lobo de hierro no me atrape!”

–“¡No tengas miedo!” dijeron, “tenemos un perro llamado Bary, que puede detectar a un lobo a doce millas de distancia. Él nos hará saber.”.

Entonces se recostó a domir y, temprano por la mañana, Bary les avisó a todos que el lobo de hierro se estaba acercando. Inmediatamente lo despertaton,

-“¡Ya es tiempo, ya debes irte!”, dijeron, y le entregaron el perro y un pastel de trigo sarraceno para el camino.

Él tomó el pastel, montó a su caballo y partió. Entonces, ahora ya tenía tres perros, y los tres iban corriendo tras él y su caballo.

Cabalgó y cabalgó y, ya entrando la noche, se encontró al frente de otra choza. Entró, y no habia nadie. Encontró una habitación y se acostó, y sus perros también se echaron, Chutko bajo el dintel de la puerta de la habitación, Vazhko bajo el dintel de la casa, y Bary bajo el dintel del portón de la propiedad.

Pronto apareció el lobo de hierro, trotando. Inmediatamente, Chutko dio la alarma, Vazhko lo clavó a la tierra y Bary lo descuartizó. Entonces el hombre reunió a sus fieles canes en torno a si, montó a su caballo, y cabalgó de regreso a casa.

Cuentos ucranianos – 《El tonto Ivan》

Hubo una vez un hombre que tenía tres hijos, y dos eran listos, pero el tercero, que se llamaba Iván, era un tonto. Su padre dividió todos sus bienes entre ellos, y murió, y los tres hermamos salieron al mundo a buscar sus propias fortunas.

Ahora bien, los dos hermanos sabios dejaron sus bienes en casa, pero Iván el tonto, quien únicamente había heredado una enorme piedra de molino, la llevaba consigo por todos lados. Caminaron y caminaron, hasta que comenzó a ponerse oscuro, y llegaron a un enorme bosque.

Entonces los hermanos listos dijeron, “Trepemos a la punta de este rible y pasemos la noche allí, asi los ladrones no caeran sobre nosotros”.

“¿Pero qué hará este burro tonto con su piedra de molino?”, preguntó uno de ellos

“Vosotros ved por vuestros pellejos”, dijo Iván, “pues yo pienso pasar la noche también en este árbol.” Y entonces los dos hermanos treparon ágilmente hasta la pura punta del árbol, y allí se sentaron, e Iván se remolcó también, con la enorme roca tras de si.

Intentó subir tan alto como sus hermanos, pero las delgadas ramas se doblaban bajo él, de forma que tuvo que conformarse por sentarse en las ramas gruesas; allí quedó sentado, con la piedra de molino entre sus brazos.

Pronto aparecieron algunos ladrones por ese camino, con las manos rojas de sangre por hacer su trabajo, y también se prepararon para pasar la noche bajo el roble. Cortaron un poco de leña para encender un enorme y rugiente fuego, sobre el que colocaron un enorme caldero y, dentro del caldero, comemzaron a cocinar su cena.

Cocinaron y cocinaron, hasta que su sopa estuvo lista, tras lo que tomaron sus asientos en torno al fuego, sacaron enormes cucharones, y estaban a punto de servirse del – de hecho, estaban soplando su comida, pues estaba demasiado caliente –cuando Ivan dejó caer su gigantesca piedra de molino, justo en el medio del caldero, por lo que la sopa salpicó directo a los ojos de los malhechores.

Los asaltantes estaban tan aterrorizados, que saltaron sobre sus pies y salieron corriendo a través del bosque, olvidando todo el botín que habían robado a los mercaderes.

Entonces Iván bajó del roble y gritó a sus hermanps, “¡Bajad aquí y dividamos el botín!”

Los hermanos listos bajaron del àrbol, colocaron la mercancía sobre los lomos de los caballos que los ladrones dejaron abandonados, y regresaron a casa con el producto; pero el único artículo que pudo quedarse Ivan fue una bolsa llena de incienso.

Lo que hizo fue llevarla inmediatamente a la iglesia más cercana, en cuyo patio se encontraba un cementerio, y entonces colocó el incienso sobre una lápida, comenzando a molerlo con su piedrota de molino.

Repentinamente se le apareció San Pedro, y le dijo, “¿Que estás haciendo, buen hombre?”.

“Estoy moliendo estr incienso para hacerme un pan con él.”

-“No, buen hombre, te aconsejaré algo mejor: dame el incienso y toma de mi lo que quieras.”

“Muy bien, San Pedro,” dijo el tonto; “me darás una pequeña flauta, una flauta de tal clase que, cuando la toque, todos los que escuchen se veran obligados a bailar”.

–“¿Pero sabes cómo tocar una flauta?”–

“No, aprenderé pronto.”

Entonces San Pedro sacó una pequeña flauta de su pecho y se la dio, y tomó el incienso, y, ¿quién podrá decir qué fue lo que hizo con él?. Pero Iván se levanto y quedó contemplando al cielo, diciendo, “¡Ve pues! ¡San Pedro ha quemado todo mi incienso para hacer esa enorme nube blanca que flota sobre mi cabeza!”.

Y tomó su flautita y comenzó a tocar y, al momento que salió la música de ella, todo en trono a él comenzó a bailar; los lobos, y las liebres, y los osos…¡no!, hasta las aves que volaban por los aires aterrizaron y se pusieron a bailar, e Ivan siguió tocando y avanzando, y riendo todo el tiempo.

Incluso los osos salvajes bailaban y bailaban, hasta que sus patas se doblaban. Y tuvieron que agarrarse a los árboles para poder detenerse de bailar; pero no había manera, pues tenian que seguir bailando.

Finalmente Ivan se cansó y se recostó a descansar. Cuando había reposado un poco, se levantó y se dirigió al pueblo. Allí, la gente se encontraba en el mercado, en los bazares, comprando y vendiendo de todo. Algunos compraban Mlini, otros compraban cestas repletas de bellos huevos decorados de brillantes colores, y otros compraban picheles de kvas.

Iván comenzó a tocar su flautita, con lo que todos se pusieron a bailar. Un hombre que tenía una cesta repleta de huevos bailó hasta que ésta se despedazara, y bailó y bailó, hasta que él mismo tenía cara de yema de huevo. Aquéllos que estaban medio dormidos, se levantaron y salieron a bailar directamente; había algunos que bailaban sin pantalones, o sacos, o camisas, y algunos bailaban con nada puesto, pues debían bailar cuando Ivan tocaba.

Todo el pueblo estaba patas arriba: los perros, los cisnes, los cerdos, los gallos y gallinas, todo lo que tenia vida salía a bailar. Finalmente se cansó Ivan, por lo que dejó de tocar, y entró a la iglesia buscar prestar algún servicio.

El párroco del pueblo le tomó simpatía, y le dijo, “¡Buen hombre! ¿Quiere Usted entrar a mi servicio? “

“Eso quiero, con gusto”, dijo Ivan.

“¿Cuàntas monedas quisiera Usted al año por su servicio?”

“No me molestaría ganar unas cinco karbovantsya (monedas), es todo lo que pido”.

“Bien, estoy de acuerdo” dijo el párroco.

Entonces contrató a Ivan como su sirviente, y al día siguiente lo envió al campo a pastorear su ganado. Iván llevó al ganado a los pastizales, pero él mismo se subió sobre un montón de heno, mientras las vacas comían. Y alli quedó sentado, hasta que le entró sueño, y mejor pensó para si mismo, “Tocaré un poquito en mi flauta, pues no la he tocado por bastante tiempo.” Comenzó a interpretar su melodía, e inmediatamente todas las reses comenzaron a bailar; y no sólo el ganado, sino también las zorras, liebres, y los lobos, y todo animal que viviera en zanjas o las márgenes del bosque. Bailaron y bailaron, hasta que los animales quedaron secos hasta los huesos.

Por la noche, Ivan los llevó a casa, pero estaban tan hambrientos, que pasaban mordisqueando los tejados de paja de las casas por donde pasaban, con tal de obtener un bocado o dos. Pero Ivan entró a la jata y tuvo una cena caliente y una cómoda cama.

Al día siguiente llevó de nuevo el ganado a los pastizales, que comió con hambre hasta que Ivan se puso a tocar de nuevo su flautita, y las reses comenzaron a bailar como locas. Tocó y tocó hasta que entró la noche, y de nuevo llevó a las hambrientas vacas a la casa, además de cansadas de tanto bailar, a punto de morir.

El párroco no se impresionó un poquito cuando vio a su a su ganado, sino que mucho.

“¿Dónde en la tierra has estado alimentándolas?”, pensó al ver sus vacas, “¡se van agotadas y casi desmayando! Yo mismo las llevaré mañana a pastar, y veré exactamente a dónde las lleva y qué les da de comer.”

Al tercer día, el padre acompañó al pastor y al ganado a los pastizales, pero lo hizo a hurtadillas, ocultándose dentro de una zanja cerca al punto donde Ivan vigilaba a los animales. Se sentó allí dentro, observando con cuidado al pastor, a ver qué hacía. No mucho tiempo tuvo que esperar, pues Ivan se montó al monticulo de heno y comenzó a tocar.

Todas las vacas se pusieron a bailar, y todo en las orillas del bosque también, y también el párroco dentro de la zanja, quien incluso se puso a hacer cabriolas, y rompió haciendo jirones su sotana y sus calzones, y su camisa, y arañó su piel y torció fuertemente su barba, arrancándola y quedando como si se hubiera rasurado mal, muy mal, y el pobre padre tuvo que continuar bailando dentro de la espinosa zanja, hasta que le quedaron grandes ronchas y heridas por todo su cuerpo, y comenzó a fluir la sangre roja.

Y el pobre cura se preocupó al verse en tal situación diabóloca, y le hacía muecas al pastor para que dejara de tocar; pero el joven Ivan estaba tan ensimismado en su música, que no lo vio ni escuchó. Pero, finalmente, hasta que logró ver al padre, saltando como lunático, se detuvo. El pobre hombre salió disparado, corriendo tan fuerte y tan lejos como sus piernas podían, llevándolo hasta el pueblo y, ¡oh!, ¡qué espectáculo el que se presentaba por las calles!.

La gente no conocía al hombre desnudo y sangrado que corría como loco por todos lados, y comenzaron a abuchearle. El padre siguió corriendo, intentando internarse en el bosque, pero pasando antes por jardines y huertos, con todos los perros tras él. Pero a cualquier lado que fuera, se le tomaba por ladrón, y se le echaban los perros.

Finalmente llegó a su casa, todo andrajoso y dañado, de forma que, al verlo su esposa, no lo reconoció y llamó a los mozos que ayudaban en la casa, “¡Ayuda, ayuda, aqui hay un ladrón, echadlo!”.

Llegaron todos los mozos, con palos y porras, pero el hombre se puso a hablarles, y al final reconocieron su voz, lo llevaron adentro de la casa, en donde él le contó a su esposa sobre Ivan. La esposa del párroco estaba tan sorprendida, que apenas lo podía creer.

Por la noche, Ivan llevó las vacas y bueyes a la casa y los colocó dentro de sus establos, y fue a la casa a cenar. Entró y el padre le dijo, “¡Ven, Ivan, cuando hayas comido y descansado algo, toca un poco tu flauta para mi esposa!”. Pero, ya con experiencia, tomó la precaución de atarse al pilar que sostenía el tejado de la casa. Ivan se sentó en el piso, cerca del umbral, y comenzó a tocar.

La esposa, aún incrédula, se sentó en la banca a escuchar la melodía, pero inmediatamente saltó y comenzó a bailar, con tanto entusiasmo y energía, que el lugar se le hizo pequeño. Entonces el diablo pareció tomar posesión del gato, también, que salió de debajo de la estufa y se puso a brincar y hacer piruetas. El párroco se agarró fuertemente al pilar, con todas sus fuerzas, pero fue inútil. No tuvo la fuerza para soportar y soltó sus manos, y dio tales estirones, que la soga que lo sostenía se debilitó más y más, y entonces se puso a bailar alrededor del pilar, a un ritmo fúrico, con la soga excoriando sus manos y pies a la vez.

Finalmente no pudo soportar mas, y ordenó a Ivan que se detuviera.

“¡Tienes al diablo metido!”, exclamó. Ivan se detuvo, colocó la flautita en su bolsa, se arregló y se fue a dormir. Pero el párroco dijo a su esposa, “Debemos echar al tal Ivan mañana, o será nuestra muerte y la de nuestro ganado!”.

Ivan, sin embargo, escuchó de lejos lo que decía el párroco a su esposa y, levantándose temprano por la mañana, fue directo a su patrón y le dijo, “Deme cien karbovantsya y me iré; pero si no me lo quiere dar, tocaré y tocaré hasta que Usted y su esposa bailen, hasta morir, y luego tomaré su lugar aquí, y todo esto será mio”.

El párroco se rascó la cabeza, y detrás de las orejas, pensando y pensando; pero, finalmente decidió mejor darle el dinero y deshacerse de él. Entonces tomó las cien karbovantsya de su saco y se los dio a Ivan.

Pero Ivan le tocó una canción de despedida, tal fuerte y tan larga, que tanto el cura como su esposa cayeron bailando a la tierra, muertos de tanto bailar, con las lenguas fuera de la boca, aún moviéndose; entonces puso su flautita en el morral, y partió al amplio mundo.


Дурень та чарівна сопілка

Було в чоловіка три сини: два розумних а третій, Іван, дурний. Батько їх поділив хазяйством та й умер.

Пішли всі брати щастя шукати. Тільки розумні своє хазяйство покидали дома, а в Івана з хазяйства була одна ступа, так він і ту з собою взяв.

Ідуть вони та й ідуть, і вже стало смеркать. Дійшли до лісу та й кажуть:

Давайте виліземо на дуба та переночуємо, а то щоб розбійники не напали. Один і каже:

— А цього дурного біса де дінемо з ступою? Іван на те:

— Думайте за себе, а я сам вилізу на дуба та й заночую.
Чарівна сопілка 250х250.jpg
Полізли аж на самий вершок дуба і сидять, а Іван і собі лізе, а за собою і ступу тягне на дуба. Виліз, сидить і ступу держить.

От ідуть розбійники з своїх промислів та й стали ночувать під тим дубом. Назбирали дров собі, зачали варить у великому казані куліш на вечерю. Наварили, посідали кругом казана, побрали ложки та тільки що стали їсти та все студять, бо дуже гарячий був, а Іван як пустить ступу та прямо в казан. Кип’ячений куліш геть-чисто позаляпував їм очі. Вони з ляку як посхвачувалися та й ну тікать у ліс, забули й товар, котрий награбували в крамарів.

Іван тоді зліз з дуба та й каже братам:

— Лізьте додолу.

Брати позлазили, забрали увесь товар, коні і поїхали додому, а Іван узяв собі тільки сопілку. Узяв він ту сопілку і ну грать. А була та сопілка не проста, а чарівна: як заграє, так усе живе й танцює. От заграв Іван, так і пішло все танцювать: і вовки, і зайці, І лисиці, й ведмеді. А Іван все гра та сміється. Уже ті звірі сердешні танцювали і поморились. Уже за дерева хватались та держались, щоб не танцювать, та ні, не вдержаться.

Уморився Іван, ліг відпочивать. Трохи оддихнувши, встав і пішов у город. Люди саме несли на базар продавать хто паляниці, хто крашанки в коробці, а хто квас у відрах. Іван як заграв у дудочку, так і пішли всі танцювать. Один чоловік ніс коробку яєць та побив їх чисто, танцюючи, і сам як чортяка убрався в яєшню. Ті, що спали, посхвачувались та давай і собі танцювать: хто голий по хаті, хто без штанів, хто без сорочки, а хто без спідниці. Пішов увесь город перевертом: і собаки, і свині, і кури, все чисто, що було живе, пустилося танцювати.

Уморився Іван, граючи, і пішов у слободу найматися в робітники. Прийшов, а зустрічає його піп.

— Наймись до мене, добрий чоловіче, в робітники.

— Добре,— каже Іван.

— А що ти візьмеш у год?

— Та я не дорого візьму: п’ять карбованців.

— Як так, то й так,— каже піп.

Найняв він робітника та на другий день і послав волів пасти. Погнав Іван волів на сінокос, а сам виліз на стіг і сидить, а воли пасуться. От згадав він про свою дудочку і заграв. Як заграв, а воли зараз і пішли танцювать. Танцюють і танцюють, уже воли чисто поперепадались. Пригонить Іван волів увечері додому, а вони голодні, ревуть та з загати смичуть гнилу солому і їдять. Сам Іван повечеряв та ліг спать. На другий день погнав оп’ять волів пасти. Пас, пас, а потім знов заграв, і все пішло танцювать. Дограв до вечора і погнав волів додому голодних і замучених танцями. Дивиться піп на худобу та й каже:

— Де він їх у чорта пасе, що вони такі худі та голодні?

От він вирішив самому піти і подивитися, де той Іван їх пасе. На третій день погнав робітник волів пасти, а піп і собі слідом за ним. Пішов та й сів у тернику. Сидить і вигляда, що Іван буде робить.

А той знов виліз на стіг та й давай грати. Як пішло все танцювати – воли і всяка тварюка, а далі і піп у тернику. Терник був густий, і піп як почав по ньому плигать, як почав, та й порвав на собі штани, рясу, сорочку, а косу та бороду чисто вискуб терном.

Бачить піп, що лихо, та давай кричать, щоб робітник перестав грати. А той грає собі і не чує. А далі зирк у терен, коли піп плига як оглашенний, він тоді й годі грать. Піп вискочив та й дав тягу додому.

Добіг до еела та як чкурнув вулицями. Люди його не пізнали, дивляться, що в нього тільки клапті висять з одежі, а все тіло видно, і давай на нього тюкать. Він тоді звернув з вулиці, переліз через тин та як гайнув по городах бур’янами, а собаки за ним. Дехто думав, що розбійник, та давай його цькувати собаками. Прибіг піп додому увесь в реп’яхах. Попадя не впізнала та з переляку і каже робітникам:

— Біжіть вигоніть з двору скаженого чоловіка. Ті побігли з дрючками, аж він до них забалакав. Тоді робітники узнали попа, привели його в хату і давай він попаді розказувать про Івана.

Попадя слухає та тільки дивується.

Увечері пригнав Іван волів, загнав у загін, дав сіна, а сам пішов вечеряти. Увійшов у хату, а піп йому й каже: — Ану лишень, Іване, заграй попаді коротенької пісні.

А сам узяв та й прив’язав себе до стовпа, котрим був підпертий сволок у хаті. Іван сів долі біля порога і почав грати. Попадя вмостилася на лаві, щоб послухать, як він грає, та як схопиться з лави і давай танцювати. А далі як закрутиться якоїсь панської та й мало їй місця. Де в чорта взялась кішка, вискочила з-під припічка та давай і собі плигать. А піп державсь, державсь руками, а воно його так і сіпа біля стовпа. Сіпало, а далі канат ослаб і давай тоді піп стрибать кругом стовпа на канаті. Стрибав, стрибав та вже аж боки понамулював канатом, а тоді давай кричать Іванові:

— Годі! Перестань! Хай тобі біс! Іван перестав грать, сховав у пазуху свою дудку та тоді й пішов спать. Піп і каже попаді:

— Давай Івана проженем завтра, а то він зовім замучить і нас і наших волів.

Іван брав одежу в сінях та й чув, що піп казав попаді. Уранці встав і пішов прямо до попа та й каже йому:

— Коли ти, попе, задумав мене проганяти, то заплати мені гроші, і я собі піду. Як не даси, то буду грать, поки ви обоє з попадею позамучуєтесь, танцюючи.

Піп поскріб потилицю, бачить, що треба-таки платить, вийняв з гаманця гроші і віддав Іванові.

Іван заграв на прощання однієї, поки піп з попадею потомились, аж язики висолопили з рота, та й пішов по білому світу блукати.

Taras Bulba – Por Mykola Hóhol – Capitulos XI y finales

CAPÍTULO XI

En la época que tiene lugar esta historia, todavía no existían en la frontera ni aduaneros ni inspectores (ese terrible espantajo de los hombres de empresa), y todos podían transportar lo que les venía en gana. Si, por otra parte, algún individuo se tomaba el trabajo de registrar o inspeccionar las mercancías, era, las más de las veces, por puro pasatiempo, sobre todo cuando había entre ellas objetos agradables a la vista y sus puños infundían respeto a los que debía registrar. Pero los ladrillos no excitaban la envidia de nadie; así que entraron sin obstáculo en la ciudad por su puerta principal. Bulba, desde su estrecha jaula, podía oír solamente el ruido de los carros acompañado de los gritos de los conductores, y nada más. Yankel, brincando sobre su caballito cubierto de polvo, entró, después de hacer algunos rodeos, en una callejuela estrecha y sombría que llevaba el nombre de Cenagosa y Judería al mismo tiempo porque, en efecto, se encontraban reunidos todos los judíos de Varsovia.

Esta calle tenía todo el aspecto de un corral; parecía que el sol no penetraba jamás en ella, y se levantaban a un lado y otro casas de madera enteramente negras, con largas estacas que salían de las ventanas y que aumentaban aún su oscuridad. De trecho en trecho se veían algunos lienzos de pared de ladrillos colorados, ennegrecidos en varios sitios. De distancia en distancia un trozo de muralla enyesada en su parte superior, brillaba a los rayos del sol con insoportable resplandor. Todo presentaba allí sorprendentes contrastes: tubos de chimenea, andrajo y trozos de marmitas. Cada uno arrojaba a la calle todo lo que tenía de inútil y sucio, ofreciendo a los transeúntes ocasión de manifestar sus diversos sentimientos con motivo de esos andrajos. Un hombre a caballo podía tocar con la mano las pértigas que atravesaban la calle de una a otra casa, a lo largo de las cuales pendían medias, calzones cortos y una oca ahumada. Algunas veces mostrábase en una ventana destrozada un lindo rostro de judía, rodeado de perlas ennegrecidas. Una porción de niños judíos, sucios, harapientos, de cabellos, crespos, gritaban y se revolcaban en el lodo.Un judío de cabellos rojos y semblante lleno de pecas, que le daban la apariencia de un huevo de gorrión, se asomó por la ventana, entablando enseguida con Yankel una conversación en su lengua barrueca, y luego entró Yankel en el patio. Otro judío que pasaba por la calle se detuvo, tomó parte en la conversación, y cuando Bulba logró por fin salir de debajo de los ladrillos, vio a los tres judíos que hablaban entre sí acaloradamente.

Yankel se volvió hacia el kozako, y le dijo que todo se haría conforme deseaba, que su hijo estaba encerrado en la cárcel de la ciudad, y que, a pesar de lo difícil que era comprar la guardia, esperaba, sin embargo, arreglárselas para procurarle una entrevista.

Bulba entró en un aposento con los tres judíos.Estos empezaron a conversar en su incomprensible lengua. Taras los examinaba uno a uno. Parecía que alguna cosa le había en extremo conmovido; en sus facciones rudas e insensibles brillaba la llama de la esperanza, de esa esperanza que algunas veces visita al hombre cuando se halla en el último grado de la desesperación; su viejo corazón latía violentamente, como si de repente se hubiese rejuvenecido.

–Escuchen, judíos –les dijo, y su acento atestiguaba la exaltación de su alma– todo lo pueden ustedes en el mundo, un objeto perdido en el fondo del mar lo encontrarían; y dice un proverbio que un judío se robará a sí mismo, por poco que lo desee. ¡Liberten a mi Eustaquio, proporciónenle la ocasión de escaparse de las manos del diablo! He prometido doce mil ducados a ese hombre; añadiré doce más, todos mis vasos preciosos, todo el oro que tengo enterrado, mi casa, mis últimos vestidos; todo lo venderé haciendo además un contrato por el que me obligaré a partir con ustedes todo cuanto pueda adquirir en la guerra durante mi vida.

–¡Oh! ¡Imposible, querido señor, imposible! –dijo Yankel con un suspiro.

–¡Imposible! –dijo otro judío.
Los tres judíos se miraron en silencio.
–No obstante, si se probase –dijo el tercero echando sobre sus dos compañeros tímidas miradas– tal vez con la ayuda de Dios…

Los tres judíos se pusieron a conversar en su lengua. Bulba no pudo entender nada de lo que decían, a pesar de prestar toda su atención; oyó solamente pronunciar a menudo el nombre: de Mardoqueo y nada más.

–Escuche, mi señor –dijo Yankel– primero es preciso consultar a un hombre que no tiene igual en el mundo, es un hombre sabio como Salomón; y si éste no puede nada, nadie en el mundo podrá. Quédese aquí, tome la llave, y no deje entrar a nadie, absolutamente a nadie.

Los judíos salieron a la calle.Taras cerró la puerta, y miró por la ventanita hacia esta calle sucia de la Judería. Los tres judíos se detuvieron en ella y hablaron entre sí con animación. Pronto se les reunieron dos judíos más, primero uno y después otro, y Bulba oyó repetir de nuevo el nombre de Mardoqueo. ¡Mardoqueo! Los judíos volvían continuamente sus miradas hacia uno de los lados de la calle.

Por fin, por uno de los ángulos, detrás de una sucia casucha, apareció un pie calzado con zapato judío, y flotaron los faldones de un caftán corto.

«¡Ah! ¡Mardoqueo! ¡Mardoqueo!», exclamaron los judíos a una sola voz.

Un judío flaco menos largo que Yankel pero mucho más arrugado, y notable por la enormidad de su labio superior, se acercó al grupo impaciente. Entonces los judíos se apresuraron a hacerle su narración, durante la cual Mardoqueo se volvió varias veces para mirar la ventanita, por lo que Taras pudo comprender que se trataba de él. Mardoqueo gesticulaba moviendo ambas manos, escuchaba, interrumpía, escupía de lado, y levantando los faldones de su traje, metía las manos en los bolsillos para sacar de ellos una especie de castañuelas, operación que permitía notar sus asquerosos calzones. Por fin, los judíos se pusieron a gritar tan fuerte, que uno de ellos, que estaba de centinela, tuvo que hacerles señas de que callasen, y Taras, empezó a temer por su seguridad; pero se tranquilizó, pensando que los judíos podían conversar libremente en la calle, sin que el mismo diablo pudiese comprender su enrevesada lengua.

Dos minutos después los tres judíos entraron a la vez en el aposento. Mardoqueo se acercó a Taras, le dio un golpe en la espalda, y dijo:

–Cuando queremos hacer algo, lo hacemos en debida forma.

Taras examinó aquel nuevo Salomón que no tenía igual en el mundo, y concibió alguna esperanza. Efectivamente, su vista podía inspirar cierta confianza. Su labio superior era un verdadero espantajo; no cabía duda que había llegado a ese desenvolvimiento extraordinario por causas ajenas a la naturaleza. Quince pelos solamente componían la barba del Salomón, y todos al lado izquierdo. Su rostro llevaba las huellas de tantos golpes, recibidos por premio de sus hazañas, que sin duda hacía largo tiempo había perdido la cuenta de ellas, y se había acostumbrado a mirarlas como manchas de nacimiento.

Mardoqueo se alejó pronto con sus compañeros, admirados de su sabiduría. Bulba se quedó solo. Hallábase en una situación extraña, desconocida, y por primera vez en su vida, experimentó cierta inquietud. Su alma era presa de una excitación febril. Ya no era aquel Bulba inflexible, inalterable, fuerte como un roble; habíase vuelto pusilánime; ahora era débil. Temblaba al más ligero ruido y a cada nueva figura de judío que aparecía al extremo de la calle. En esta situación permaneció toda la mañana; no bebió ni comió, y sus ojos no se apartaron un instante de la ventanilla que daba a la calle.

En fin, por la tarde, ya casi al anochecer, llegaron Mardoqueo y Yankel. El corazón de Taras desfalleció.

–¡Y bien! ¿Han conseguido su objeto? preguntó con la impaciencia de un caballo salvaje.

Pero antes de que los judíos tuviesen tiempo de reunir su valor para responder, Taras había ya notado que a Mardoqueo le faltaba su última trenza de cabellos, la cual, aunque bastante mal cuidada, se escapaba antes rizada por debajo de su capisayo. No cabía duda que quería decir algo, pero balbuceaba de una manera tan extraña que Taras no pudo comprender nada. Yankel llevaba también a menudo la mano a su boca, como si hubiese sufrido una fluxión.

–¡Oh, mi querido señor! –dijo Yankel. Ahora es completamente imposible. ¡Dios lo ve! ¡Es imposible! Tenemos que habérnosla con un pueblo tan malo que sería preciso escupirle a la cara. Ahí está Mardoqueo que no me desmentirá. Él ha hecho lo que ningún hombre es capaz de hacer; pero Dios no ha querido ayudarnos. Hay en la ciudad tres mil hombres de tropa, y mañana se les lleva al suplicio.

Taras miró a los judíos de reojo, pero ya sin impaciencia y sin cólera.

–Y si su señoría quiere una entrevista, es necesario ir mañana de madrugada antes que el sol asome por el Oriente. Los centinelas han dado su consentimiento, y tengo la promesa de un leventar. ¡Ojalá no tengan felicidad en el otro mundo! ¡Ah weh mir! ¡Pueblo codicioso! Ni aun entre nosotros se encuentran hombres semejantes; he dado cincuenta ducados a cada centinela y al leventar.

–Está bien. Condúceme cerca de él –dijo resueltamente Taras– y su alma recobró toda su firmeza.

Se conformó con la proposición que le hizo Yankel de disfrazarse de conde extranjero, llegado de Alemania. El previsor judío había preparado ya los trajes necesarios. Por fin llegó la noche. El dueño de la casa (ese mismo judío de pelo rojo y cutis pecoso) trajo un colchón delgado, cubierto con una especie de sábana, y lo tendió sobre uno de los bancos para Bulba. Yankel se acostó en el suelo sobre un colchón parecido al del kozako.

El judío de pelo rojo bebió una taza de aguardiente, después se quitó su medio caftán, no conservando más que los zapatos y las medias que le daban mucha semejanza con un pollo, y se acostó al lado de su judía en una cosa que parecía un armario. Dos niños, judíos también, se tendieron en el suelo cerca del armario, como dos falderillos. Pero Taras no dormía; permanecía inmóvil, dando ligeramente en la mesa con sus dedos. Con su pipa en la boca, lanzaba nubes de humo que hacían estornudar al adormecido judío y le obligaban a taparse la nariz con el cobertor.

Apenas amaneció Bulba empujó a Yankel con el pie.

–Alzate, judío, y dame tu traje de conde.
Se vistió en un minuto, y se pintó de negro las cejas, los bigotes y las pestañas; se cubrió la cabeza con un sombrerito oscuro, y se arregló de modo que ninguno de sus kozakos, ni aun los que más tratado le tenían, le hubiera reconocido. Parecía un hombre de treinta años. Los colores de la salud brillaban en sus mejillas, y sus mismas cicatrices le daban cierto aire de autoridad. Sus vestidos recamados de oro le sentaban maravillosamente.

Las calles permanecían aún silenciosas; ni siquiera un vendedor, con la cesta en la mano, se veía en la ciudad. Bulba y Yankel llegaron a un edificio que parecía una garza real descansando. Era bajo, ancho, pesado, ennegrecido, y en uno de sus ángulos se levantaba, como el cuello de una cigüeña, una alta y estrecha torre, coronada por un trozo de techo. Este edificio estaba destinado a muchos y diversos empleos: servía de cuartel, de cárcel y hasta de tribunal criminal. Nuestros viajeros penetraron en él y se encontraron en una vasta sala o más bien en un patio cerrado por arriba: cerca de mil hombres dormían allí juntos. Enfrente de ellos había una puertita, delante de la cual dos centinelas se entretenían en un juego que consistía en golpearse uno a otro sobre las manos con los dedos, prestando poca atención a los que llegaban; sólo volvieron la cabeza cuando Yankel les dijo:

–Somos nosotros, ¿lo oyen, señores míos? Somos nosotros.
–Pasen –dijo uno de ellos, abriendo la puerta con una mano y alargando la otra a su compañero para recibir los golpes obligados.

Entraron en un corredor estrecho y oscuro que les condujo a otra sala semejante a la primera con ventanillas arriba.

–¡Quién vive! –exclamaron algunas voces, y Taras vio cierto número de soldados armados de pies a cabeza. Tenemos orden de no dejar entrar a nadie.

–¡Somos nosotros! –exclamó Yankel– ¡Dios lo ve, somos nosotros, señores míos!

Pero nadie quería escuchar. Por fortuna se acercó en este momento un hombre grueso, que parecía ser el jefe, pues gritaba más recio que los otros.

–Somos nosotros, monseñor; ¿no nos conocéis ya? y el señor conde os atestiguará su reconocimiento.

–¡Déjenles pasar! ¡Que mil diablos les ahoguen a ustedes! ¡Pero no dejen pasar a nadie más! Y que ninguno de ustedes se quite el sable, ni se acueste en el suelo.

Nuestros viajeros no oyeron la continuación de esta elocuente orden.
–¡Somos nosotros, soy yo, somos nosotros mismos! –decía Yankel a cada uno que encontraba.

–¿Se puede ahora? –preguntó el judío a uno de los centinelas, al llegar por fin al sitio en donde terminaba el corredor.

–Se puede: únicamente ignoro si le dejarán entrar en su misma cárcel. Ian no está aquí en este momento, por haberse puesto otro en su lugar –respondió el centinela.

–¡Ay, ay! –dijo el judío en voz baja. Eso sí que es malo, mi querido señor.
–¡Adelante –dijo Taras con firmeza. Yankel obedeció.

En la puerta puntiaguda del subterráneo estaba un jeduque adornado con un bigote formando tres líneas superpuestas: la superior le llegaba hasta los ojos, la segunda iba hacia delante, y la tercera descendía encima de la boca, lo cual le daba una singular semejanza con un carnero.El judío se inclinó hasta el suelo, y se acercó a él casi doblado.

–¡Señoría! ¡Mi ilustre señor!
–Judío, ¿a quién dices eso?
–A usted, mi ilustre señor.
–¡Hum!¡No soy más que un simple jeduque! –dijo el que llevaba el bigote de tres líneas, y sus ojos brillaron de contento.

–¡Ira de Dios! ¡Yo creía que era el coronel en persona! ¡Ay, ay, ay!

Al decir estas palabras meneó el judío la cabeza y separó los dedos de las manos.

–¡Ay! ¡Qué aspecto tan imponente! ¡Si es un coronel, un coronel perfecto! ¡Un dedo más, y es un coronel! Se debería poner a mi señor sobre un caballo padre veloz como una mosca, para que hiciese maniobrar un regimiento. El jeduque retorció la línea inferior de su bigote, y sus ojos brillaron con una completa satisfacción

–¡Dios mío! ¡Qué pueblo tan marcial! prosiguió el judío:– ¡oh weh mir! ¡Que pueblo tan arrogante! Esos galones, esas chapas doradas, todo eso brilla como un sol, y las muchachas, en cuanto ven a esos militares… ¡ay, ay!

Y el judío meneó de nuevo la cabeza.
El jeduque se atusó la línea superior de su bigote, haciendo oír entre dientes un sonido casi semejante al relincho de un caballo.

–Suplico a mi señor que nos preste un pequeño favor –dijo Yankel. El príncipe, aquí presente, acaba de llegar del extranjero, y quisiera ver los kozakos, pues no ha visto en su vida qué clase de gente son.

La presencia de condes y barones extranjeros en Polonia era bastante común, atraídos a menudo por la sola curiosidad de ver ese pequeño rincón de Europa casi medio asiático. Respecto a Moscovia y a Ucrania las consideraban como formando parte de la misma Asia. Así es que el jeduque, después de saludar respetuosamente, juzgó oportuno añadir algunas palabras de su propia cosecha.

–No sé –dijo– por qué vuestra excelencia quiere verles. Son perros, y no hombres. Y es tal su religión que nadie hace el menor caso de ella.

–¡Mientes, hijo de Satanás! –interrumpió Bulba; ¡el perro eres tú! ¿Cómo te atreves a decir que no se hace caso de nuestra religión? De tu religión herética es de la que no se hace caso.

–¡Hola, hola! –dijo el jeduque. ¡Ahora ya sé quién eres, amigo mío! Perteneces a los que están bajo mi vigilancia. Espera, voy a llamar a los nuestros.

Taras conoció su imprudencia, pero su carácter era testarudo y el despecho le impidieron pensar en repararla. Por fortuna, en el mismo instante consiguió Yankel deslizarse entre ellos.

–¡Mi señor! ¿Cómo es posible que el conde sea un kozako? Si lo fuese, ¿en dónde hubiera adquirido semejante traje y un aire tan noble? ¡Adelante!

Y el jeduque abría ya su ancha boca para gritar.

–¡Real majestad, calle, calle! –exclamó Yankel. ¡En nombre del Cielo, calle! ¡Le pagaremos como nadie ha sido pagado en su vida, le daremos dos ducados de oro.

–¡Dos ducados! Dos ducados no significan nada. Yo los doy a mi barbero para afeitarme la mitad de la barba.¡Cien ducados, judío!

Aquí el jeduque retorció su bigote superior.

–Si no me das al instante cien ducados, llamo a la guardia.

–¿Por qué, pues, tanto, dinero? –dijo, en tono lastimoso el judío, que había palidecido, desatando los cordones de su bolsa de cuero. Pero, afortunadamente para él, su bolsa sólo contenía cien ducados, y el jeduque no sabía contar más arriba de ciento.

–¡Mi señor, mi señor! ¡Partamos lo más pronto posible! Vea qué mala es esa gente –dijo Yankel, después de observar que el jeduque movía el dinero entre sus manos, como arrepentido de no haber pedido más.

–¡Bien, vamos pues, jeduque del diablo! –dijo Bulba– ¿has tomado el dinero, y no piensas en hacernos ver los kozakos? No, tú debes enseñárnoslos, puesto que has recibido el dinero no tienes derecho de rehusárnoslo.

–Váyanse al demonio, si no, los denuncio al instante, y entonces… atrás les digo, y pronto.

–¡Mi señor, mi señor!– ¡vámonos, en nombre de Dios, vámonos! ¡Malditos sean! –exclamó el pobre Yankel.

Bulba, con la cabeza baja, se volvió lentamente, seguido de las reconvenciones de Yankel, que se sentía devorado de pesar a la idea de haber perdido sus cien ducados por nada.

–Pero también, ¿por qué pagarle? Debíamos haber dejado ladrar a ese perro. Ese pueblo es hecho así, siempre ha de regañar. ¡Oh weh mir! ¡Qué felicidades envía Dios a los hombres! Mire: ¡cien ducados solamente habernos echado! Y a un pobre judío le arrancarán sus rizos de pelo, harán de su hocico una cosa imposible de mirar, y nadie le dará cien ducados. ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios de misericordia!

Pero aquel contratiempo había tenido sobre Bulba otra influencia; se veía el efecto en la devoradora llama que brillaba en sus ojos.

–Marchemos –dijo de repente, sacudiendo una especie de torpeza– vamos a la plaza pública; quiero ver cómo le atormentan.

–¡Oh, mi señor! ¿Para qué? Allí no podremos socorrerle.

–Vamos– dijo Bulba con resolución; y el judío le siguió exhalando un suspiro, como sigue una niñera a un niño indócil.

No era difícil encontrar la plaza en donde debía tener lugar el suplicio, pues el pueblo afluía a ella de todas partes. En aquel siglo de costumbres toscas, aquel era un espectáculo de los más atractivos, no solamente para el populacho, sino para las clases elevadas. Multitud de viejas devotas, un sinnúmero de tímidas jóvenes, que soñaban en seguida toda la noche cadáveres ensangrentados, y que despertaban gritando como puede hacerlo un húsar ebrio, aprovechaban aquella ocasión para poder satisfacer su cruel curiosidad. «¡Ah! ¡Qué horrible tormento!», gritaban algunas de ellas con terror febril, cerrando los ojos y volviendo el rostro, y sin embargo no abandonaban su puesto. Había hombres que, con la boca abierta y las manos tendidas convulsivamente, hubieran querido encaramarse por encima de las cabezas de los otros para ver mejor. Entre las figuras vulgares, sobresalía la enorme cabeza de un verdugo, que observaba todo el espectáculo con aire conocedor, y conversaba en monosílabos con un maestro de armas a quien llamaba su compadre porque los días festivos se emborrachaban en la misma taberna. Algunos discutían acaloradamente, otros hacían apuestas pero la mayor parte pertenecían a ese género de individuos que miran el mundo entero y todo lo que pasa en él como quien ve llover. En primera fila, y junto a los bigotudos, que componían la guardia de la ciudad, estaba un hidalgo campesino, o que parecía tal, en traje militar, llevando encima cuanto poseía, de manera que en su casa sólo le había quedado una camisa desgarrada y unas botas estropeadas; dos cadenas, de las cuales pendía una especie de ducado, se cruzaban sobre su pecho; había ido allí con su amante, Yousefa, y se agitaba continuamente porque no se le manchase su traje de seda. Se lo había explicado todo con anticipación tan minuciosamente, que era imposible de todo punto añadir cosa alguna.

–Mi pequeña Yousefa –decía– todas esas gentes que ves, han venido aquí para ver ajusticiar los criminales; y aquello, querida mía, que ves allá abajo, que tiene un hacha y otros instrumentos en la mano, es el verdugo, y es él quien les ajusticiará; y cuando empiece a dar vueltas a la rueda y a darles otros tormentos, el criminal estará todavía con vida; pero cuando les corte la cabeza, entonces morirá en seguida, querida mía. Primeramente chillará como un loco, pero cuando se le haya cortado la cabeza no podrá chillar más, ni comer, ni beber porque entonces, querida mía, no tendrá ya cabeza.

Y Yousefa escuchaba todo eso con terror y curiosidad.


Los tejados de las casas estaban cubiertos de gente. En los huecos de las ventanas aparecían extraños rostros con bigotes, cubierta la cabeza con una especie de gorras. En los balcones, y resguardados por baldaquinos, estaba la aristocracia. La linda mano, brillante como azúcar blanco, de una joven risueña se apoyaba en la reja del balcón. Hidalgos, dotados de una respetable gordura, contemplaban todo eso con aire majestuoso. Un criado, con rica librea y las mangas dobladas, hacía circular bebidas y refrescos. A menudo una joven delgada tomaba con su blanca mano dulces o frutas y las arrojaba al pueblo. El enjambre de caballeros hambrientos se apresuraba a tender sus sombreros, y algún largo hidalguillo cuya cabeza sobresalía de la multitud, vestido con un konutousch en otro tiempo de escarlata y enteramente recamado de cordones de oro ennegrecidos por el tiempo, tomaba las golosinas al vuelo, gracias a sus largos brazos, besaba la presa que había conquistado, la apoyaba contra su corazón, y luego se la comía.

También figuraba entre los espectadores un halcón, suspendido al balcón en una jaula dorada; con el pico vuelto de través y la pata levantada, contemplaba atentamente al pueblo. Pero la multitud se conmovió de repente, y por todos los ámbitos de la plaza se oyó el grito de: «¡Véanlos, allí vienen, son los kozakos!» Estos marchaban con la cabeza descubierta, con sus largas trenzas colgando, habiendo todos dejado crecer sus barbas. Adelantaban sin temor y sin tristeza, con cierta altanera tranquilidad. Sus vestidos, de preciosas telas, a fuerza de usarlos, estaban hechos jirones; no miraban ni saludaban al pueblo. Delante de todos marchaba Eustaquio.

¿Qué experimentó el viejo Taras a la vista de su hijo? ¿Qué pasó entonces en su corazón? Le contemplaba entre la multitud sin perder uno solo de sus movimientos. Los kozakos habían llegado ya al lugar del suplicio: el joven se detuvo. A él le tocaba primero apurar ese amargo cáliz. Tendió una mirada a los suyos, levantó una de sus manos al cielo, y dijo en alta voz:

–¡Haga Dios que todos los herejes reunidos aquí no conozcan de qué manera es torturado un cristiano! Que ninguno de nosotros pronuncie una palabra.

Dicho esto se acercó al cadalso.
–¡Bien, hijo, bien! –dijo Bulba dulcemente inclinando hacia el suelo su cabeza gris.

El verdugo arrancó los harapos que cubrían a Eustaquio; metiéronle los pies y las manos en una máquina hecha expresamente para este uso, y… No turbaremos el alma del lector con el cuadro de tormentos infernales cuya sola idea haría erizar los cabellos. Era el fruto de tiempos groseros y bárbaros, cuando aún llevaba el hombre una vida sangrienta, consagrada a las hazañas de la guerra, y que había endurecido completamente su alma desprovista de toda idea humanitaria. En vano algunos hombres aislados formaban una excepción en su siglo, mostrándose adversarios de esas bárbaras costumbres; en vano el rey y varios caballeros de inteligencia y de corazón hacían presente que semejante crueldad en los castigos sólo servía para inflamar la venganza de la nación kozaka: el rey, con todo su poder, y las prudentes opiniones de hombres sensatos eran impotentes contra el desorden, contra la voluntad audaz de los magnates polacos, que, por una falta inconcebible de previsión y por una vanidad pueril, habían convertido su asamblea en una sátira del gobierno.

Eustaquio sufría los tormentos y las torturas con un valor gigantesco. Ni un grito, ni una queja exhalaba ni aun cuando los verdugos empezaron a romperle los huesos de los pies y de las manos, cuando el terrible ruido que se hacía al descoyuntarlos se dejó oír de los más apartados espectadores, y las jóvenes volvieron los ojos con horror; nada que se asemejase a un gemido salió de su boca; su semblante no demostró la menor emoción. Taras permanecía entre la multitud, con la cabeza inclinada, y levantando de cuando en cuando los ojos con orgullo, decía solamente en tono de aprobación:

–¡Bien, hijo, bien!

Pero cuando se hubo acercado a las últimas torturas y a la muerte, su fuerza de alma pareció abandonarle. Paseó sus miradas a su alrededor: ¡Dios de bondad! ¡Sólo vio rostros desconocidos, extraños! ¡Si al menos hubiesen asistido a su fin algunos de sus próximos parientes! No es que deseara oír los angustiosos ayes de una débil madre, o los gritos insensatos de una esposa, arrancándose los cabellos y golpeándose su blanco seno, no, lo que deseaba era ver al lado de su hijo a un hombre valeroso que le aliviase con una palabra sensata y le consolase en su última hora. Su constancia sucumbió, y en el abatimiento de su alma exclamó:

–¡Padre! ¿En dónde estás? ¿Oyes todo eso?
–¡Sí, oigo!
Esta palabra resonó en medio del silencio universal, y todo un millón de almas se estremecieron a la vez. Un pelotón de guardias de caballería se lanzó para examinar escrupulosamente los grupos del pueblo. Yankel se volvió pálido como un difunto, y cuando los soldados se hubieron alejado un poco, se volvió con terror para mirar a Bulba, pero Bulba no estaba a su lado. Había desaparecido sin dejar rastro alguno.

Pronto tendremos noticias de él.


CAPÍTULO XII

Ciento veinte mil hombres de tropas kozakas aparecieron en las fronteras de Ucrania. Esto no era ya un partido insignificante, un destacamento guiado solamente por el lucro del botín o enviado en persecución de los tártaros. No, se había levantado la nación entera, porque su paciencia se había agotado; se habían levantado para vengar sus derechos insultados, sus costumbres convertidas ignominiosamente en objeto de burla, la religión de sus padres y sus santos usos ultrajados, sus templos entregados a la profanación; para sacudir el yugo de los nobles extranjeros, la opresión dela unión católica, la afrentosa dominación de los judíos en un país cristiano; en una palabra, para vengar todos los agravios que alimentaban y aumentaban hacía mucho tiempo el odio salvaje de los kozakos.

El hetman Ostranitza, guerrero joven, pero de una inteligencia superior, iba a la cabeza de considerable ejército kozako. Junto a él estaba Gouma, su antiguo compañero, de mucha experiencia. Ocho polkovniks conducían polks doce mil combatientes. Dos iésaouls generales y un bountchoug, o general de retaguardia, venían enseguida del hetman. El general abanderado marchaba delante con la primera bandera; flotando en el aire otros varios estandartes y banderas; los compañeros de los bountchougs llevaban lanzas adornadas con colas de caballo; también había varios otros empleados de ejército y muchos escribanos de polks seguidos de destacamentos, a pie y a caballo. Contábanse casi tantos kozakos voluntarios como tropas de línea. De todas las comarcas se habían levantado, de Tchiguirina, de Péreiaslav, de Batourina, de Gloukhoff, de las orillas inferiores del Dnipró, de sus cerros y de sus islas. Por todas partes se veían innumerables caballos y un sinnúmero de bagajes; pero entre ese enjambre de kozakos, entre esos ocho polks regulares, había un polk superior, a la cabeza del cual iba Taras Bulba. Su avanzada edad, su mucha experiencia, su ciencia militar y, su odio contra su enemigo, más fuerte en él que en los otros, le daba una superioridad sobre los demás jefes. Su ferocidad implacable y su crueldad sanguinaria parecían exageradas hasta para los mismos kozakos. Sus labios no se abrían sino para condenar al fuego y a la horca, y su parecer en el consejo de guerra sólo respiraba ruina y devastación.

¿Para qué describir todos los combates que tuvieron los kozakos, ni la marcha progresiva de la campaña, si todo eso se halla escrito en las páginas de la Historia? En labRus saben lo que es una guerra religiosa. No hay un poder más fuerte que la religión: es implacable, terrible, como una roca levantada por obra de la naturaleza en medio de un mar eternamente tempestuoso y voluble; de entre las profundidades del Océano alza hacia el cielo sus inquebrantables muros, formados de una sola pieza entera y compacta. Se las distingue de todas partes, y por todas partes se contempla altivamente las olas que contra ella se estrellan. ¡Desventurado el buque que viene a chocar con la roca! Sus frágiles aparejos vuelan hechos pedazos; todo cuanto lleva se rompe o se hunde en los insondables abismos del mar, y el aire de su alrededor resuena con los gritos plañideros de los que perecen entre las olas.

En las páginas de los anales se lee detalladamente cómo huían de las ciudades conquistadas las guarniciones polacas; cómo se ahorcaba a los arrendadores judíos sin conciencia; cómo Nicolás Potocki, el hetman de la corona, se encontró débil contra su numeroso ejército, ante esa fuerza irresistible; cómo derrotado y perseguido, se ahogó en un pequeño río la mayor parte de sus tropas; cómo le cercaron los terribles polks kozakos en la pequeña aldea de Polonoi, y cómo, reducido al extremo, el hetman polaco prometió bajo juramento, en nombre del rey y de los magnates de la corona una entera satisfacción, así como el restablecimiento de todos los antiguos derechos y privilegios. Pero los kozakos, que sabían lo que valían los juramentos de los polacos respecto a ellos, no eran hombres que se dejasen engañar por esta promesa. Y Potocki no se hubiera pavoneado sobre su argamak de seis mil ducados, atrayendo las miradas de las damas ilustres y la envidia de la nobleza; no hubiera hecho ruido en las asambleas, ni dado suntuosas fiestas a los senadores si no hubiese sido salvado por el clero ruso que se encontraba en aquella aldea. Cuando salieron todos los sacerdotes, vestidos con sus brillantes trajes dorados, llevando las imágenes de la cruz, y a su cabeza el arzobispo en persona con el báculo en la mano y la mitra en la cabeza, todos los kozakos hincaron la rodilla y se descubrieron. En aquel momento no hubieran respetado a nadie ni aun al mismo rey, pero no se atrevieron a obrar contra su iglesia cristiana, y se humillaron ante su clero.


De común acuerdo el hetman y los polkovniks consintieron en dejar partir a Potocki, después de hacerle jurar que en adelante dejaría en paz a todas las iglesias cristianas; que relegaba al olvido las pasadas enemistades y que no haría ningún mal al ejército kozako. Sólo un polkovnik rehusó consentir en semejante paz: Taras Bulba, el cual arrancándose un mechón de cabellos, exclamó:

–¡Hetman, hetman, y ustedes polkovniks, no cometan esa acción propia tan solo de una vieja; no se fíen de los polacos, esos perros los venderán!

Entonces Bulba, cuando los escribanos del polk hubieron presentado el tratado de paz, cuando el hetman hubo extendido su poderosa mano sobre él, desenvainó su precioso sable turco, de hoja damasquina pura y del más hermoso acero, lo rompió en dos como una caña, y tirando lejos los pedazos en dos opuestas direcciones, exclamó:

–¡Adiós, pues! ¡Así como las dos mitades de este sable no se volverán a reunir y no formarán jamás una misma arma, nosotros, compañeros, tampoco volveremos a vernos más en este mundo! ¡No olviden, pues, mis palabras de despedida!

Entonces su voz aumentó, se elevó, adquirió un poder extraño, y se conmovieron todos escuchando sus acentos proféticos.

–¡Ya sé acordarán de mí cuando les llegue su última hora! ¿Creen ustedes haber comprado el reposo y la paz? ¿Creen que no tienen que hacer más que darse buena vida? Otras fiestas les esperan. ¡Hetman, te arrancarán el cuero cabelludo, te lo llenarán de simiente de arroz, y durante mucho tiempo, se verá paseado por todas las ferias! Tampoco ustedes, señores, conservarán sus cabezas. Se pudrirán en cuevas frías, enterrados en muros de piedra, a menos que no les asen a todos vivos como carneros. Y ustedes, camaradas –continuó volviéndose hacia los suyos– ¿quien quiere morir de su verdadera muerte? ¿Quién quiere morir, no sobre el asador de su casa, ni sobre una cama de vieja, no borracho sobre un parral, en una taberna, como una carroña, sino de la hermosa muerte de un kozako, todos sobre un mismo lecho, como el desposado con la desposada? A menos que quieran regresar a sus casas, volverse medio herejes, y pasear sobre sus hombros a los nobles polacos.

–¡Contigo, señor polkovnik, contigo! –exclamaron todos los que formaban parte del polk de Taras.

A estos se juntaron una porción de otros.

–¡Y bien, puesto que es conmigo, conmigo pues! –dijo Taras.Y se encasquetó altivamente su gorra, echó una mirada terrible a los que se quedaban, se aseguró sobre su caballo y gritó a los suyos:

–¡Al menos nadie nos humillará con una palabra ofensiva! Vamos, camaradas, de visita a casa de los católicos.

Y picando espuelas, le siguió una compañía de cien carromatos, rodeados por kozakos de a pie y de a caballo, y volviéndose, desafió con una mirada llena de desprecio y de cólera a todos los que no habían querido seguirle.

Nadie se atrevió a detenerlos. A la vista de todo el ejército se marchaba un polk, y largo tiempo después, se volvía aún Taras dirigiendo amenazadoras miradas.

El hetman y los otros polkovniks estaban turbados; se quedaron todos pensativos, silenciosos, como oprimidos por un penoso presentimiento. La profecía de Taras se cumplió: Todo pasó como él había predicho. Poco tiempo después de la traición de Kaneff, la cabeza del hetman y la de varios de los principales jefes fueron puestas sobre estacas.

¿Y Taras? Taras se paseaba con su polk de uno y otro confín de la Polonia; redujo a cenizas dieciocho poblaciones, tomó cuarenta iglesias, y se adelantó hasta cerca de Cracovia. Asesinó a muchos nobles; saqueó los mejores y más ricos castillos. Sus kozakos desfondaron y vertieron los toneles de aguamiel y de los vinos añejos que se conservaban cuidadosamente en las bodegas de los nobles; desgarraron a sablazos y entregaron a las llamas las ricas telas, los trajes de ceremonia y cuantos objetos de valor encontraron en los edificios.

–¡Destruirlo todo! –repetía Taras.

Ni las jóvenes de negras cejas, ni las doncellas de blanco seno y fresco semblante, fueron respetadas: las pobrecillas ni siquiera pudieron encontrar refugio en los templos, pues Taras las quemó con los altares. Más de una mano blanca como la nieve se elevó del seno de las llamas hacia el Cielo, entre gritos plañideros que hubieran conmovido al mismo suelo, y que hubieran hecho inclinar de compasión a la misma hierba de las estepas. Pero los crueles kozakos no oían nada y levantaban a las criaturas con las puntas de sus lanzas, tirándolas a las madres que ya se veían presas de las llamas.

–¡Esos son los oficios fúnebres de Eustaquio, detestables polacos! –decía Taras.

Y en todas las poblaciones celebraba semejantes oficios, hasta que el gobierno polaco conoció que sus hazañas tenían más importancia que un simple latrocinio, y encargó a ese mismo Potocki, al frente de cinco regimientos, la captura de Taras.

Durante siete días los kozakos lograron escapar a las persecuciones, tomando caminos extraviados. Sus caballos apenas podían soportar esta incesante carrera y salvar a sus dueños. Pero esta vez Potocki se mostró digno de la misión que había recibido: no dio cuartel al enemigo, y le alcanzó en las orillas del Dniester, en donde Taras Bulba acababa de hacer alto en una fortaleza abandonada y ruinosa.

Se la veía en la cima de una roca que dominaba el Dniester, con los restos de sus destrozados glacis y de sus derruidas murallas. Aquella cima estaba enteramente cubierta de piedras, de ladrillos y de escombros siempre prontos a desprenderse y a caer en el abismo. Allí fue donde el hetman de la corona, Potocki, cercó a Bulba por los dos lados que daban acceso a la llanura. Los kozakos lucharon y se defendieron a ladrillazos y a pedradas durante cuatro días; pero sus municiones y sus fuerzas tocaron a su fin, y Taras resolvió abrirse un camino a través de sus perseguidores. Los kozakos se habían abierto ya paso, y tal vez sus ligeros caballos les hubieran salvado de nuevo, cuando Taras se detuvo de repente en medio de su carrera.

–¡Alto! –exclamó. He perdido mi pipa y mi tabaco, y no quiero que caigan en poder de esos polacos que el diablo confunda.

Y el viejo polkovnik se inclinó para buscar en la hierba su pipa y su bolsa de tabaco, sus dos inseparables compañeros, en mar y en tierra, en los combates y en la casa. Durante este tiempo, llegó una partida enemiga, y le agarraron por sus poderosas espaldas. Taras hizo esfuerzos para que le soltaran, pero los jeduques que lo habían apresado no rodaron ya por tierra como en otros tiempos.

–¡Oh! ¡Vejez! ¡Vejez! –dijo amargamente; y el viejo kozako lloró.

Pero la culpa no era de la vejez, sino que la fuerza había vencido a la fuerza. Una treintena de hombres le tenían agarrado por los pies y por los brazos.

–¡Ya es nuestro! –gritaron los polacos. Sólo nos falta encontrar la manera de hacer honor a ese perro.

Y le condenaron, con consentimiento del hetman, a ser quemado vivo en presencia del ejército. Había cerca de allí un árbol desprovisto de follaje cuya cima había sido tronchada por un rayo. Allí fue atado Taras con cadenas de hierro; luego se le clavó de manos, después de alzarle todo lo posible, a fin de que el kozako fuese visto de lejos y de todas partes; y por último, con ramas secas los polacos levantaron una hoguera al pie del árbol.

Pero Taras no contemplaba la hoguera; no eran las llamas, que iban a devorarle en lo que soñaba su alma intrépida: el infortunado miraba del lado en donde combatían sus kozakos. Desde la altura en donde estaba colocado lo veía todo como sobre la palma de la mano.

–¡Camaradas! –gritó– ¡Ganen pronto la montaña que está detrás del bosque, allí no los alcanzarán!

Pero el viento se llevó sus palabras.

–¡Van a perecer, van a perecer por nada! exclamó con desesperación.
Y echó una mirada debajo de él, en el sitio donde se reflejaba el Dniester. Un rayo de alegría brilló en sus pupilas viendo cuatro proas medio ocultas por los arbustos. Entonces, reuniendo todas sus fuerzas, exclamó con su potente voz:

–¡Al río, al río, camaradas! ¡Bajen por el sendero de la izquierda! ¡Hay buques en la orilla, tómenlos todos, para que no puedan perseguirlos!

Esta vez el viento sopló favorablemente, y todas sus palabras fueron oídas por los kozakos. Pero este buen consejo le valió un golpe de maza en la cabeza, que hizo dar vueltas a todos los objetos ante sus ojos.

Con presteza suma los kozakos se lanzan en la pendiente del sendero, pero son perseguidos muy de cerca. Miran, y ven que el sendero da vueltas, serpentea, forma mil rodeos.

–¡Vamos, camaradas, por la gracia de Dios! –exclamaron todos los kozakos.

Se detienen un instante, levantan sus látigos, silban, y sus caballos tártaros emprenden veloz carrera hendiendo los aires como serpientes, vuelan por encima del abismo y caen en medio del Dniester. Solamente dos no pudieron llegar al río: se estrellaron en las rocas pereciendo con sus caballos sin exhalar un solo grito. Los kozakos nadaban ya a caballo en el río y desataban los buques. Los polacos se detuvieron ante el abismo, asombrados, de la hazaña inaudita de los kozakos, y preguntándose si debían o no continuar en su seguimiento. Un coronel joven, de sangre ardiente, el propio hermano de la hermosa polaca que había encantado al pobre Andrés, se lanzó sin reflexionar en persecución de los kozakos, pero dio tres vueltas en el aire con su caballo, y volvió a caer sobre los agudos peñascos. Las piedras angulosas le despedazaron, el abismo se lo tragó, y su seso, mezclado con sangre, salpicó los arbustos que crecían en las desiguales pendientes del glacis.

Cuando Taras Bulba volvió en sí del golpe que le había aturdido, cuando dirigió una mirada hacia el Dniester, los kozakos estaban ya en los buques y se alejaban a fuerza de remos. Las balas llovían sobre ellos desde considerable altura, pero sin alcanzarles; y los ojos del polkovnik brillaban con el fuego de la alegría.

–¡Adiós, camaradas –les gritó desde el elevado sitio en que estaba– acuérdense de mí, vuelvan en la próxima primavera, y que les vaya bien! ¿Y ustedes, polacos del diablo, qué han ganado? ¡No hay nada en el mundo que amedrente a un kozako! Esperen un poco, pronto llegará el tiempo en que sabrán lo que es la religión ortodoxa. Los pueblos vecinos y lejanos lo presienten desde ahora; ¡de la tierra rusa se levantará un zar, y no habrá poder en el mundo que deje de sometérsele!

Las llamas de la hoguera se elevaban ya, llegando a los pies de Taras y abrasando con su llama el grueso tronco del árbol Pero, ¿hay fuego, torturas ni poder, capaces de domar la fuerza kozaka?

El río Dniester es pequeño, pero posee varias ensenadas, muchos sitios sin fondo, y en sus orillas crecen abundantes juncos. El espejo del río es brillante, y en él resuena el grito sonoro de los cisnes, y el soberbio gogol se deja llevar por su rápida corriente. Miríadas de chorlitos, de gallinetas ciegas con rojizo plumaje, y otras aves de toda especie se agitan entre sus juncos y sobre sus playas. Los kozakos bogan rápidamente en estrechos barcos de dos timones, y reman juntos, evitando con prudencia los escollos y asustando a las aves que huyen al acercarse ellos, que hablan de su ataman.