Cuentos folclóricos uceanianos – 《Ivan y la hija del sol》

Hubo una vez cuatro hermanos, y tres de ellos quedaron en casa, mientras el cuarto salió al mundo en busca de trabajo.

Este hermano menor llegó a una tierra lejana y fue contratado por un señor, devengando tres monedas de oro al año. Por tres años sirvió fielmente a su amo, de forma que al final de ese tiempo salió del trabajo con nueve monedas de oro en su bolsa.

La primera cosa que hizo fue ir a una fuente y lanzó dentro de ella tras monedas de oro.

“Veamos” dijo, “si he sido honesto, regresarán nadando a mi”.

Entonces se recostó a un lado de la fuente, y rapidamente le entró el sueño y se durmió. ¿Qué tanto tiempo se quedó allí dormido? Nadie puede decirlo. Pero, de cualquier manera, se despertó finalmente, y fue a la fuente a ver, pero no había rastros que ver de su dinero.

Entonces lanzó tres monedas más dentro de la fuente, y de nuevo se tumbó a un lado del pozo y se durmió. Al reto se levantó y miró la fuente, y aún no había señales de su dinero.

Entonces lanzó sus tres monedas de oro restantes, y se acostó y quedó dormido. La tercera vez se levantó y miró dentro de la fuente y, allí, de seguro, estaba todo su dinero: ¡las nueve piezas de oro estaban flotando sobre la superficie del agua!.

Entonces su corazón se sintió aliviado, y recogió sus nueve piezas de oro y siguió su camino.

En el camino se topó con tres katsapi y su carreta bien cargada. Les preguntó con respecto a sus mercancías, a lo que le respondieron que llevaban una carga de incienso. Les rogó de inmediato que se lo vendieran. Entonces ellos se lo vendieron por las nueve monedas y, cuando ellos ya lo habian dejado y se habian marchado, le prendió fuego y quemó todo el incienso, y se lo ofreció a Dios como un sacrificio de dulce aroma.

Un ángel bajó a él y le dijo, “Oh, tu, que has ofrecido este sacrificio de dulce aroma a Dios, ¿qué quieres para ti mismo? ¿Quieres un reino, o grandes riquezas? ¿O, por casualidad, el deseo de tu corazón es una buena esposa? Habla, pues Dios te dará lo que sea que desees.”

Cuando el hombre hubo escuchado al ángel, le respondió, “¡Espera un poco! Iré y preguntaré a esa gente que está arando con el yugo.”

Ahora, esa gente que estaba arando, resultó que eran sus propios hermanos, pero no lo sabía. Entonces se dirigió al primero, que era su hermano mayor:

“Dígame, tio, ¿Qué puedo pedirle a Dios? ¿Un reino, o grandes riquezas, o una buena esposa? Dígame ¿cuál de lls tres es el mejor regalo para pedir?”.

–Y su hermano mayor le respondió: “Yo no sé, ¿y quién sabe? Ve a preguntar a alguien más”.

Entonces fue con su segundo hermano, quien estaba arando un poco más lejos. Le realizó la misma pregunta, pero el hombre solo se encogió de hombros y dijo que tampoco sabía.

Luego fue con el tercer hermano, que era el menor de los tres, también arando más adelante. Y le preguntó, diciendo: “Dígame, ahora, ¿cuál es el mejor regalo que hay que pedir a Dios?, ¿un reino, grandes riquezas o una esposa?”.

–Y el tercer hermano le respondió: “¡Que pregunta! Eres muy joven para tener un reino, y las grandes riquezas no te durarán mucho tiempo; pide a Dios una buena esposa, si es que a Dios le place darte una buena esposa, ese es el regalo que te bendecirá por toda tu vida.”

De forma que fue con el ángel y le dijo que se había decidido por una buena esposa.

Luego siguió su camino hasta llegar a cierto bosque y, viendo alrededor, notó que en ese bosque había un lago. Y cuando estaba contemplando el lago, vio que tres palomas silvestres llegaban volando y se posaban en sus orillas.

Se quitaron el plumaje y lo lanzaron dentro del agua, y rápido vio que no eran palomas salvajes, sino tres hermosas mujeres. Se bañaron en el lago y, mientras tanto, el joven se arrastró hacia ellas y tomó la vestimenta de una de ellas y la ocultó detrás de los matorrales.

Al salir del agua, la tercera muchacha vio que no estaban sus ropas, a lo que el joven le dijo: “Yo sé dónde están tus vestiduras, pero no te las daré a menos que quieras ser mi esposa.”

“¡Bien!” exclamó ella, “Tu esposa seré.”

Entonces se vistió y ambos se dirigieron a la aldea más cercana. Al llegar, ella le dijo:

Ve con el noble señor terrateniente de todas las tierras de aquí, y ruégale por un lugar para que nos construyamos una jata.”

De ese modo, fue directo al castillo y entró a la sala de recepción, y dijo:

“¡Glorificado sea Dios!”–

“¡Por los siglos de los siglos!” respondió el noble. “¿Qué quieres tú aquí, Ivan?”.

–“He venido, mi señor, para rogaros por un lugar en el que pueda construirme una jata.”

“¿Lugar para una jata, eh? Bien, muy bien
Ve a casa. Mientras tanto hablaré con mi capataz, y él te asignará un sitio.”–

–Entonces regresó él del castillo del noble, y su esposa le dijo:

“Ve ahora al bosque y corta un roble, uno joven, que puedas rodear con ambos brazos.”

Eso hizo el joven; cortó un roble como el que su esposa le indicó, y ella construyó una jata con la madera del roble, pues el capataz ya había llegado a mostrarles un sitio en el que tenian autorización para construirla. Pero cuando el capataz regresó a Palacio, elogió grandemente frente a su amo a la esposa de ese tal Iván.

“Ella es así y asá”, decía él.

-“Hermosa puede ser”, respondió el noble, “pero es de otro”.

“No es necesario que ella sea de otro por mucho tiempo” respondió el capataz. “Ese Iván está en nuestras manos; enviémoslo a ver porqué el sol se torna tan rojo cuando atardece.”

–“Eso es lo mismo que si lo enviaramos a un lugar del que nunca podrá volver.”

–“Mucho mejor.”–

–Eso hicieron ellos; mandaron llamar a Iván y le dieron la orden, por lo que regresó a su casa, llorando amargamente. Su esposa le preguntó todo sobre el tema, y dijo:

“Bien, te puedo contar todo sobre los caminos del sol, pues soy la propia hija del astro rey. Entonces, ahora te contaré todo. Ve donde ese noble y dile que la razón por la que el sol se pone rojo cuando atardece, es esta:

Justo cuando el sol se mete en el mar, tres hermosas mujeres salen de él y, al verlas, ¡el sol se sonroja por su belleza!”

Entonces el joven regresó y les contó todo.

“¡Oh-jo!”, exclamaron ellos, “si puedes ir tan lejos, podrás ir un poco más”; de esa suerte, le indicaron ellos que debía ir al infierno y ver cómo era allí adentro.

-“Si”, dijo su esposa, “conozco también muy bien el camino que lleva al infierno; pero el noble deberá ordenar a su capataz que vaya contigo, o de otra forma nunca te creerá que en verdad fuiste hasta el infierno.”

–Entonces el noble le ordenó a su capataz que debía acompañar a Iván al infierno, y ambos fueron juntos; y cuando llegaron a él, los demonios de turno pusieron de inmediato sus manos en el capataz.

“¡Tu, perro!”, rugieron, “¡Te hamos estado buscando por algún tiempo!”.

Iván regresó a Palacio sin el capataz, a lo que el noble reaccionó:

“¿En dónde está mi capataz?”

“Lo dejé en el infierno ” respondió Ivan, “y me dijeron que también os esperan a vuestra majestad, mi señor.”

Cuando el noble escuchó esto, se ahorcó, dejando a Iván viviendo felizmente con su esposa.

Cuento folclórico ucraniano – 《La zorra y el gato》

En cierto bosque vivía una vez una zorra, y cerca de ella vivía un hombre, quien tenía un gato que había sido bueno para atrapar ratones en su juventud, pero ahora estaba ya viejo y medio ciego.

El hombre ya no quería más al gato pero, sin querer matarlo, lo llevó al bosque y lo perdió allí.

Entonces vino la zorra y dijo, “¡Hola, Señor Gatuno Lanudo! ¡Cómo le va! ¿Qué lo trae por aquí?”–

–“¡Ay!” dijo el gatito, “mi amo me amaba mientras yo podía morder, pero ahora que ya no puedo morder más y he tenido que dejar el oficio de atrapar ratones, que por cierto era muy bueno para él, no quiso matarme, pero me dejó perdido en el bosque, en donde deberé perecer en la miseria.”

––“¡No, querido gatito!” dijo la zorra; “déjamelo a mi, y te ayudaré a obtener tu pan diario

––“¡Eres muy buena, querida hermana zorrita!” dijo el gato, y la zorra le construyó un pequeño cobertizo con un jardín alrededor para pasear.

En cierto bosque vivió una vez una zorra

Ahora bien, un día vino la liebre a robar las coles del hombre.

“¡Kriiiim-kriiiiim-kriiiim!” chillaba. Pero el gato sacó su cabeza fuera de la ventana, y cuando vio a la liebre, levantó su espinazo, erizó su cola y dijo, “¡Ft-t-t-t-t-Frrrrrrr!

La liebre se asustó, corrió huyendo de allí, directo a contarles al oso, al lobo y al jabalí lo que le había sucedido.

No importa,” dijo el oso, “Te diré algo. Los cuatro daremos un banquete, e invitaremos a la zorra y al gato, y los atenderemos bien.
Ahora, ¡Mira! Yo robaré el aguamiel del hombre, y tú, Señor lobo, roba tú su olla con grasa, y tu, Señor jabalí, come las raíces de sus frutales, y tú, Señora liebre, ve a invitar a la zorra y al gato a cenar.

Alistaron todo, hasta que el oso dio la señal, y la liebre corrió a invitar a sus huéspedes. Llegó bajo la ventana y dijo, “Os invitamos, a su señoría la Zorrita Bonita, junto con don Gatuno Lanudo, a cenar“, y se fue de regreso.

–“Pero debiste haberles dicho que trajeran con ellos sus cucharas“, dijo el oso.

––“¡Oh, en dónde tengo la cabeza! ¡Se me olvidó por completo!” exclamó la liebre, y corrió hacia la residencia de la zorra y el gato, colocándose bajo la ventana y pregonando: “¡Tened en la mente de traer vustras cucharas!

––“Muy bien” dijo la zorra.

Entonces el gato y la zorra acudieron al banquete y, cuando el gato vio el salo, se acostó panza arriba, y movió felizmente su cola, y exclamó, “¡Miii-auu, Miii-auu!” con todas sus fuerzas.

Pero todos ellos pensaron que estaba diciendo, “¡Ma-lo, ma-lo!”, que significa “¡Poco, poco!

––“¡Qué!” dijo el oso, que se ocultaba tras las hayas con las otras bestias, “¡Aquí hemos nosotros estado recolectando todo lo que hemos podido, y este gato cara de cerdo reclama que es muy poco! ¡Qué gato más monstruoso puede ser para tener tanto apetito!

Y entonces los cuatro salieron huyendo muy asustados, y el oso se encaramó a un árbol, y los otros se ocultaron donde pudieron. Pero cuando el gato vió los bigotes del jabalí saliendo de detrás de los arbustos, pensó que era un ratón, y de nuevo erizó su cola, arqueó su lomo, y gritó, “¡Ft! ¡ft! ¡ft! ¡Frrrrrrr!”.

Entonces ellos se asustaron más que nunca. Y el jabalí se ocultó tras un arbusto mucho, pero mucho más lejos, y el lobo tras un roble, y el oso se bajó del árbol, sólo para subirse a uno mucho más alto, y la liebre corrió sin parar y con todas sus fuerzas.

Y el gato quedó enmedio de todas las cosas buenas, y se devoró todo el tocino; y la pequeña zorra se comió toda la miel, y ambos comieron y comieron hasta que no pudieron comer más, y luego regresaron a casa, lamiendo gustosamente sus patas.

“El pez en el árbol y la liebre en la red” o “La señora que no podía quedarse callada” – Cuento folclórico ucraniano

Una vez había un anciano que vivía con su esposa en una pequeña aldea. Hubieran sido felices si la señora hubiese tenido el sentido de controlar su lengua. Todo lo que sucedía dentro de su casa, o un pellizco de noticias que trajera el esposo desde algún lugar, era contado de un solo a casi toda la aldea, y esta información era repetida una y otra vez, alterándose en el transcurso hasta que, a menudo, la espalda del anciano era la que pagaba por las trastadas que ni siquiera había hecho.

Un día iba él por el bosque. Cuando llegó a la orilla, se salió de su carreta y caminó a la par. Repentinamente pisó un punto blando en el suelo, y su pie se hundió en la tierra.

“¿Qué podrá ser ésto?”, pensó. “Cavaré un poco para ver.”

Entonces cavó y cavó, y al final llegó hasta una olla repleta de oro y plata.

“Oh, ¡Qué suerte! Ahora, si sólo supiera cómo pudiera llevarme este tesoro a casa conmigo – pero no puedo esperar ocultarlo de mi mujer, y una vez que ella lo sepa, le dirá a todo el mundo, y me meterá en problemas”.

Se sentó y pensó y pensó sobre esa materia durante largo tiempo, hasta que logró idear un plan. Cubrió el tesoro con tierra y ramitas, y se dirigió al pueblo, en donde compró un lucio vivo, y también una liebre con vida, en el mercado.

Entonces regresó al bosque y colgó el lucio de la punta de un árbol muy alto, mientras la liebre la ató a una red de pescar que fijó a la orilla de un pequeño arroyo, sin ponerse a pensar qué tan incómodo podría ser para la liebre el estar allí, en ese lugar tan húmedo.

Luego se subió a su carreta y regresó, feliz, a su casa.

“¡Mujer!”, gritó al momento de entrar a la casa. “Ni te imaginas la gran suerte que se nos ha atravesado en el camino”.

“¿Qué, qué, querido esposo? Dímelo todo de una vez”.

“No, no, pues irás directo a contarle a todo el mundo”.

“¡No, no lo haré! ¡Cómo puedes pensar semejante cosa! ¡Qué vergüenza! Si lo prefieres, juro nunca …”.

“¡Oh, bien!. Si me lo dices en serio, entonces escucha.”

Y le susurró al oído: “He hallado una olla llena de oro y plata en el bosque!, ¡Hush! -“.

“¿Y porqué no lo has traído?”.

“Porque iremos juntos y lo traeremos con cuidado con nosotros.”

Entonces ambos, el hombre y su esposa, viajaron juntos al bosque.

Mientras conducían, de camino al bosque, el hombre le dijo a su mujer:

“¡Qué cosas más extrañas las que se escuchan hoy en día, mujer! Alguien me contó el otro día que ahora los peces viven en los árboles, y pululan por su comida, y que algunos animales silvestres, que solían vivir en tierra, pasan su tiempo dentro del agua. ¡Bien, bien, bien! Ciertamente están cambiando los tiempos.”.

“¡Qué, debes estar loco, hombre! Querido, querido, que insensateces dice la gente hoy en día.”

“¡Insensateces, por cierto! Porqué…sólo mira. ¡Bendita mi alma!, ¡No me digas que es un pez, un lucio es lo que creo, colgado de aquél árbol.”

“¡Qué chistoso!”, exclamó la esposa, “¿Cómo se habrá subido un lucio hasta allí? Pero si, SI es un lucio – no debiste haber intentado negarlo. Lo que dice la gente podría ser verdad. -“.

Pero el hombre sólo sacudió su cabeza y se encogió de hombros, abriendo la boca y quedando como si en verdad no pudiese creerlo.”

“¿Pero qué te quedas viendo allí, con la boca abierta, estúpido?”, dijo la esposa, “Sube a ese árbol rápido, y atrapa ese lucio, y lo cocinaré para la cena”.

Y el hombre subió al árbol, capturando al lucio y dándoselo a su esposa, y continuaron su camino”.

Cuando llegaron cerca del arroyo, él se detuvo, con la boca abierta.

“¿Y ahora qué es lo que estás viendo?”, preguntó la mujer, impaciente. “Sigue conduciendo, ¿qué no puedes?”.

“Porque…al parecer veo algo moviéndose en esa red. Veré a ver qué es.”

Corrió hacia la red, y luego de ver con cuidado, llamó a su esposa:

“¡Sólo mira!. Aquí quedó atrapada justamente una criatura de cuatro patas, en la red. Creo que es una liebre.”

“¡Válgame el cielo!”, exclamó la esposa. “¿Cómo pudo meterse la liebre en esa red? Es una liebre, SI QUE LO ES, ni necesitabas decirlo. Después de todo, creo que la gente anda diciendo verdad -“.

Pero el esposo sólo sacudió la cabeza y se encogió de hombros, restregándose los ojos como si en verdad no pudiera creerlo.

“¿Y ahora por qué te quedas allí parado sin hacer nada, estúpido?” , gritó la esposa. “Trae la liebre. Una linda liebre gorda es cena para un día de fiesta.”

El viejo capturó a la liebre, se la entregó a la esposa, que la guardó, y continuaron su camino hasta el lugar donde el tesoro estaba enterrado. Quitaron las ramitas, excavaron la tierra, sacaron la olla, la cargaron en su carreta y condujeron directo a casa de regreso con el tesoro.

Y entonces la pareja de ancianos tuvo suficiente dinero, hasta de sobra, y estuvieron felices y vivieron con comodidad. Pero la esposa era bien ingenua y tonta. Todos los días invitaba a las personas a que fuesen a comer con ellos, y celebraban todos, mientras la impaciencia del hombre crecía. Intentó razonar con ella, pero no escuchaba.

“¡No tienes derecho de sermonearme!”, le dijo ella. “Juntos hemos hallado el tesoro, y juntos lo gastaremos”.

El esposo aguantó, y continuó siendo paciente pero, tras un tiempo, le dijo: “Tú haz lo que te plazca, pero yo no te voy a dar un solo centavo más”.

La anciana estaba furibunda. “¡Oh, que tipo bueno para nada, que quiere el dinero todo para si mismo! Pero sólo espera y verás lo que te haré.”

Diciendo ésto, salió directo donde el gobernador, a dar la queja sobre su esposo.

“¡Oh, señor mío, protéjame de mi esposo! Desde que halló el tesoro, no se le soporta. Sólo come, y bebe, y no trabaja, ¡y retiene todo el dinero para sí!”.

El gobernador tuvo piedad de la señora y ordenó a su secretario en jefe que se hiciera cargo del asunto. El secretario reunió a los ancianos de la aldea, y juntos fueron a la casa del viejo.

“El gobernador”, ordenó él, “desea que Usted le de a mi cuidado todo el tesoro que Usted encontró”.

El hombre se encogió de hombros, y dijo: “¿Qué tesoro? No sé nada sobre ningún tesoro.”

“¿Cómo? ¿No sabe Usted nada? Porque su esposa se ha quejado sobre Usted, y lo ha denunciado. No intente mentir. Si Usted no entrega el tesoro inmediatamente, será juzgado por atreverse a retener un tesoro del gobierno sin dar notificación al gobernador sobre su existencia.”

“Perdóneme, su excelencia, pero, ¿que tesoro se supone que debe ser ese? Mi esposa seguramente lo soñó, y vosotros, finos caballeros, le habéis escuchado sus insensateces.”

“Insensateces serán”, interrumpió la mujer. “Una olla repleta de oro y plata, ¿a eso le llamas insensatez?.”.

“Tu no estás en tus cabales, querida esposa. Señor, os ruego perdón. Preguntadle cómo sucedió, y si ella os convence, pagaré por ello con mi vida.”

“Asi fue como sucedió, señor secretario”, replicó la mujer, “Conducíamos por el bosque, cuando vimos un lucio en la punta de un àrbol-“.

“¿Qué, un LUCIO?” Exclamó el secretario, “¿Piensa Usted que puede bromear conmigo, linda?”.

“¡Para nada, no bromeo, señor secretario! Estoy diciendo la pura y llana verdad”.

“Ve Usted ahora, caballero”, dijo el esposo, “qué tanto puede confiar en ella, cuando está charlataneando asi.”

“¿Charlatana, es asi?”, exclamó la señora, “¿Talvez se te ha olvidado, también, cómo fue que encontramos una liebre viva en el rio?”

Todo rugió por las carcajadas que soltaron; inclusive el secretario sonrió acariciando su barba, mientras el hombre decía:

“Ven, ven, mujer, todos se ríen de ti. Vedlo por vosotros mismos, caballeros, hasta dónde podéis creerle.”

“Si, es cierto”, dijeron los ancianos de la aldea, “ciertamente es la primera vez que escuchamos que las liebres andan por los ríos o los peces en las copas de los árboles”.

El secretario ya no pudo hacer nada más, y regresó al pueblo. La anciana quedó tan humillada, que tuvo que cerrar su boca por siempre, y obedecer a su esposo de ahí en adelante, y el hombre compró mercancías con parte del tesoro, se mudó al pueblo, y abrió una tienda, que prosperó, y pasó el resto de sus días en paz.”

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Cuentos folclóricos de Ucrania – La historia del pequeño zar Novishny, la pérfida hermana y las fieles bestias

Hubo una vez, en cierto reino, en cierto imperio, en donde vivía cierto zar, quien no podía tener un hijo.

Un día este zar fue al bazar (un bazar tal y como el que tenemos en Jersón) a comprar comida para sus necesidades. Al ser un zar, su alma era maligna y poco afable, y a veces solía hacer sus propias compras, y asi fue esta vez también, en la que compró un poco de pescado salado y retornó a casa con él.

De camino a palacio, de pronto le entró una gran sed, de forma que se apartó del camino para ir a un pequeño monte en donde conocía, tal como su padre había conocido antes que él, se encontraba un arroyo de agua cristalina. Estaba tan sediento que se lanzó precipitadamente al arroyo sin antes persignarse, lo cual aprovechó el Maldito, Satán, quien de inmediato tomó poder sobre él, y lo asió por las barbas.

El zar retrocedió de un salto, aterrorizado, y exclamó:

-“¡Déjame ir!”.

Pero el Maldito lo asió incluso con mayor fuerza.

-“¡No, no te dejaré ir!“, le gritó.

Por lo que el zar comenzo a rogar de forma lasitimera:

-“Pide lo que quieras de mi”, dijo el zar, “sólo déjame ir.

-“Dame entonces” dijo el Maldito, “algo que tengas en tu casa, ¡y entonces te dejaré ir!”.

-“Déjame ver, ¿qué tengo?” dijo el zar. “Oh, ya sé. Tengo ocho caballos en casa, como nunca antes se han visto, en ningún lugar, e inmediatamente diré a mi caballerango que te los traiga a este arroyo – llévatelos.”

“¡No los quiero!” exclamó Satán, y lo sostuvo aún con mayor fuerza por las barbas.

“¡Bien, entonces, escucha!” gimió el zar. “Tengo ocho bueyes. Nunca han ido a arar para mi, o realizado una jornada de trabajo. Te los haré traer aquí. Me regocijaré con verlos una vez mas, y luego haré que te los lleven a tus estepas — tómalos.

–“No, ¡Tampoco quiero eso!” dijo el Maldito.

El zar continuó listando, una a una, todas las cosas preciadas que tenía en casa, pero el Maldecido siempre le decía “¡No!”, y lo halaba más y más fuerte de las barbas. Cuando el zar notó que Satán no tomaría ninguna de todas estas cosas, dijo finalmente:

-“¡Mira pues! Tengo una esposa tan encantadora, que como ella no se puede hallar otra en todo el mundo; ¡tómala y déjame ir!”.

–“¡No!” reclamó el Maldito, “¡No la quiero!”

El zar estaba en un gran embrollo. “¿Qué debo hacer ahora?” pensó él. “Le he ofrecido a mi encantadora esposa, que sería mi propiedad más preciada, ¡y no la quiere!”

–Entonces le ofreció el Malvado, “Prométeme que me entregarás lo que sea que te esté esperando ahora en casa, y entonces te dejaré ir.”

El zar prometió con gusto, pues no pudo pensar en nada mas que tuviera, y entonces el Maldito lo dejo ir.

Pero mientras había estado fuera de su casa, le había nacido un Tsarevko, un pequeño zar, y una Tsarivna; y ellos no crecian por dia, no tampoco por hora, sino por minuto: nunca habian sido vistos en este mundo niños tan finos.

Su esposa lo vió llegando de lejos, y corrió a su encuentro, con sus dos niños en brazos y gran alegría. Pero él, al momento de verlas, rompió en llanto.

-“No, mi querido amor“, exclamó ella, “¿porqué es que rompes en llanto? ¿No estás deleitado al ver que eres padre de estos bellos niños?”

–Y él le respondió, “Mi querida esposa, en mi camino de regreso del bazar tuve mucha sed, y me dirigí a una montaña en donde conozco un arroyo, tal como mi padre lo hacía, y me dirigí a la fuente, pensando que se había secado. Pero, viendo más de cerca, noté que estaba realmente llena; entonces reflexioné que bebería un pequeño trago, y me dirigí a ella, cuando…¡Lo!…ese diabólico ser (me refiero al diablo) me atrapó por las barbas y no me dejaba ir. Rogué y recé, pero aún me tenía asido bien fuerte. ‘Dame lo que tengas en casa’ dijo él; y le respondí ‘Tengo caballos’, a lo que él replico ‘¡No quiero caballos!’, a lo que dije ‘Tengo bueyes’ y me respondió de nuevo ‘¡No quiero bueyes!’. Finalmente le dije ‘Tengo una esposa tan encantadora que no se puede hallar otra igual en toda la tierra, llévatela, pero déjame ir’, y de nuevo me respondió ‘¡No quiero a tu maravillosa esposa!’. Entonces le prometí lo que sea que sea que me esté esperando al llegar a casa. Y me dejó ir, pero desconocía de nuestros bellos hijos. Dios me ha bendecido con ellos. ¡Ven, amor mio!, ¡Enterremos a nuestros hijos para que no los tome!”.

-“¡No, no!, mi querido esposo. Mejor escondámoslos en algún lugar. Cavemos una zanja junto a nuestra choza, cerca de los gabletes!“. (Pues en ese entonces no existían grandes palacios, y los zares vivían en jatas de campesinos).

Entonces ellos cavaron una fosa justo bajo los gabletes, y metieron a sus hijos dentro, y les dejaron provisión de pan y agua. Luego la cubrieron y ocultaron, y regresaron a su propia casa.

Luego llegó la serpiente (pues el Maldito había tomado forma de una serpiente), y llegó volando en busca de los niños. Corría dentro y fuera de la jata, pero nada había para ver.

Finalmente, le preguntó a la estufa:

-“¿Estufa, estufa, en dónde ha ocultado el zar a sus hijos?”–

–La estufa respondió, “El zar ha sudo muy buen amo conmigo; ha colocado grandes cantidades de leña caliente dentro de mi; soy fiel a él.”

–Viendo que no iba a sacarle nada de información de la estufa, le preguntó a la escoba de la chimenea:

– “Escoba, escoba, en dónde ha ocultado el zar a sus hijos?”.

–Pero la escoba respondió, “El zar siempre ha sido buen amo conmigo, pues siempre limpia el tibio hogar conmigo; soy fiel a él.”

De forma que el Maldito no pudo sacarle nada a la escoba de la chimenea.

–Entonces le preguntó al hacha, “¿Hacha, hacha, en dónde ha ocultado el zar a sus hijos?”

–El hacha respondió, “El zar siempre ha sido buen amo para mi. Corta su leña conmigo y me da un lugar en donde descansar; no lo molestaré.”

–Entonces el demonio le preguntó a la barrena, “¿Barrena, barrena, en dónde ha ocultado el zar a sus hijos?”.

–Pero la barrena respondió, “El zar ha sido un buen amo conmigo. Me usa para perforar pequeños agujeros, y luego me deja descansar; de forma que lo dejaré descansar también.”

–La serpiente le dijo a la barrena, “Entonces el zar ha sido un buen amo para ti, ¡¿eh?! Bien, sólo puedo decir que si fuera tan buen amo como dices, me sorprendo que te golpee en la cabeza tanto con un martillo.”

–“Bien, es cierto,” dijo la barrena, “Nunca había pensado en eso. Deberías llevarme contigo, si quieres, y llevarme afuera de la jata, cerca del gablete frontal, y soltarme; y donde sea que yo caiga, en el suelo pantanoso, comienza a cavar, y ¡hazlo usándome a mi!”.

Eso hizo el demonio, y comenzó a cavar en el punto en el que cayó la barrena, afuera, en el suelo pantanoso, hasta que logró sacar a los niños.

Ahora, ya que ellos crecían a un paso tan acelerado, mientras la serpiente preguntaba a medio mundo, los niños se convirtieron en adultos, en un guapo mozo y en una hermosa muchacha; y la serpiente se los llevó cargados. Pero eran grandes y pesados, por lo que pronto quedó agotado el Maldito, y tuvo que echarse a descansar, quedándose dormido de inmediato.

Entonces la Tsarivna se sentó sobre su cabeza, y el Tsarevko junto a ella, hasta que un caballo vino galopando. Corrió directo a ellos y dijo:

“¡Hola! Pequeño zar Novishny, ¿estás aquí por tu propia voluntad o en contra de ella?”.

–A lo que el pequeño Zar Novishny respondió:

“¡No, mi pequeño rocín! Estamos aqui CONTRA nuestra voluntad.”–

–“¡Entonces, subid a mi grupa,” dijo el caballo, “y os llevaré lejos!”

De esta forma, se subieron a su espalda, pues la serpiente estaba profundamente dormida. Y el caballo galopó hacia afuera, con ellos; y galopó, lejos, muy lejos. No mucho tiempo después, la serpiente se despertó, vio en torno a si y no pudo ver nada al levantarse de entre los juncos en los que se había refugiado, cuando vio lejos, a la distancia, con lo que inició su persecución.

Muy pronto les dio alcance, y el pequeño
Zar Novishchny le dijo al caballo,

“¡Oh, pequeño rocín, qué calor hay. Ya nos llegó la hora a ti y a nosotros!” Y, en verdad, la cola del caballo ya se había convertido en carbón, pues la serpiente iba directamente tras él, soplando fuego como nunca. El caballo sintió que ya no podía más, de forma que dio un último suspiro y cayó muerto; pero ellos, pobres, quedaron con vida.

-“¿A quién habéis estado escuchando?“, dijo la serpiente mientras volaba violentamemte hacia ellos, “Sabéis que sólo yo soy vuestro padre y vuestro rey? Tengo derecho de llevaros ahora mismo.”

–“¡Oh, padrecito querido! ¡Nunca más volveremos a escuchar a nadie más!”

-“Bien, os perdono por esta vez”, dijo la serpiente, “pero nunca lo volváis a hacer”.

De nuevo la gran serpiente los tomó y se los llevó. Pero poco tiempo después quedó agotada y tuvo que aterrizar a descansar, echándose y quedando de nuevo profundamente dormida. La Tsarivna de nuevo se sentó sobre su cabeza, y el Tsarevko a su lado, hasta que llegó volando un abejorro.

– “¡Hola, pequeño Zar Novishny!” exclamó el abejorro.

–“¡Hola, pequeño abejorro!” dijo el pequeño Zar.

-“Decid, amigos, ¿estáis aqui por vuestra voluntad, o en contra de ella?”.

-“¡Ay!, pequeño abejo-abejorrito; no por mi voluntad estamos aqui, lo puedes ver por ti mismo.”

–“Entonces sentáos sobre mi lomo”, dijo el abejorro, “y os llevaré lejos.”

–“Pero, querido pequeño abejo-abejorrito, si un caballo no pudo salvarnos, ¿cómo podrás tu?”

–“No puedo deciros hasta no intentarlo”, dijo el abejorro, “Pero si no puedo salvaros, os dejaré caer.”

–“Bien, entonces,” dijo el pequeño Zar, “intentaremos. Pues nosotros ambos deberemos morir, pero tú tal vez podrías salvarte.”

Entonces ellos se abrazaron uno al otro, se sentaron sobre el abejorro, y salieron volando. Cuando la serpiente despertó y no los vio, levantó la cabeza por sobre los juncos y los pudo divisar en la lejanía, y salió disparada tras ellos, a toda velocidad.

– “¡Ay! Pequeño abejo-abejorrito,” gimió el pequeño Zar Novishny, “cómo se está poniendo todo de caliente.¡Los tres vamos a perecer!”.

Entonces el abejorro se dio la vuelta y se los sacudió. Cayeron al suelo, y él salió volando lejos, mientras la serpiente cayó a toda prisa encima de ellos, con las mandíbulas abiertas.

-“¡Aja!” exclamó con un bufido, “habéis cometido una traición de nuevo, ¿eh?. ¡No os he dicho que no escuchéis a nadie sino a mi!”.

Entonces ellos comenzaron a gemir y a llorar, “¡Te escucharemos a partir de ahora sólo a ti y a nadie más!”, y lloraron y suplicaron tanto, que finalmente los perdonó.

De nuevo los montó sobre su lomo y salió volando. Pero eran muy pesados, por lo que quedó agotada de inmediato, y tuvo que bajar a tierra a descansar, y se quedó de nuevo dormida. Y, de nuevo, la Tsarivna se sentó sobre su cabeza, y el Tsarevko junto a ella, y asi estuvieron hasta que un buey pasó por allí, al verlos se aproximó a ellos, y les dijo:

“¡Hola, pequeño Zar Novishny! ¿Estáis aquí por nuestra voluntad, o estáis aquí en contra de vuestra voluntad?”

–“¡Ay! Pequeño buey, te aseguro que no estoy aquí por mi voluntad.”

–“Sentaos en mi lomo, entonces”, dijo el buey, “y os llevaré lejos”.

 

–Pero ellos le respondieron, “Ay, si un caballo y un abejorro no pudieron arreglárselas, ¿cómo lo harás tu?”–

–“¡Tonterías!” dijo el buey. “¡Montáos, y os llevaré lejos!” intentando convencerlos.

–“¡Bien, solo podemos morir una vez!” exclamaron, y se montaron y el buey se los llevó, sacudiendo y traqueteando tanto, que a cada rato casi se caían al suelo.

La serpiente se despertó al rato y entró en una gran cólera. Alzo su cabeza por sobre los matorrales, y voló tras ellos. ¡Oh, qué rápido voló!.

Entonces exclamó el pequeño Zar, “¡Ay!, buey, qué caliente está. ¡Morirás, y nosotros moriremos también!”.

-Entonces respondió el buey, “¡Pequeño Zar!, Mira dentro de mi oreja izquierda, y verás un peine para caballos. ¡Sácalo y lánzalo detrás de ti!”

–El pequeño Zar sacó el peine y lo lanzó tras de si, y se convirtió en un enorme bosque, tan espeso y dentado como un peine para caballos. Y el buey continuó caminando, a su ritmo parcimonioso: cada trecho ellos brincaban y se sacudían tanto, que casi se cayeron varias veces al suelo.

La serpiente, sin embargo, se las arregló para abrirse paso por el espeso matorral, y de nuevo se puso tras ellos soplando fuego.

El pequeño Zar lloró, “¡Ay, Buey! Otra vez comienza a quemar. ¡Morirás, y nosotros pereceremos también!”.

–Pero el toro le dijo, “¡Mira dentro de mi oido derecho, y saca el cepillo que encuentres allí, y lánzalo detrás de ti!”–

–Asi hizo el joven, y salió detrás de si un bosque, matorral y monte tan espeso y denso como un cepillo.

Al llegar la serpiente al denso bosque, comenzó a luchar contra todos los árboles, malezas y espinos, para abrirse paso; finalmente logró traspasar el monte. Y el buey continuó caminando, a su ritmo parcimonioso: cada trecho ellos brincaban y se sacudían tanto, que casi se cayeron varias veces al suelo.

Al haber logrado pasar la serpiente a través del bosque, de nuevo los persiguió y rápidamente ya les quemaba los traseros.

El pequeño Zar dijo, “¡Ay!, ¡Buey, mira!, ¡Mira!, Vamos a morir.”

Pero el buey ya estaba cerca del mar, “Mira dentro de mi oído derecho,” dijo el buey, “saca el pequeño pañuelo que encuentres allí, y lánzalo frente a mi”.

Eso hizo el joven, y lo lanzo frente al buey, que se transformó en un puente. Galoparon, traqueteando y casi cayendo por el puente, cruzando el mar. Y al haber cruzado al otro lado, el buey le dijo al pequeño Zar:

Levanta el pañuelo y ondealo tras de mi.”

Y eso hizo el joven, levantando el pañuelo y doblándolo, lo mismo que sucedía con el puente, que se levantaba y se doblaba detrás de ellos, hasta desaparecer. La serpiente había llegado mientras tanto a la orilla del mar, pero tuvo que parar, pues ya no había nada por sobre donde podía caminar.

De esta manera fue que habían podido cruzar al otro lado del mar, y la serpiente tuvo que permanecer al otro lado. Entonces el buey les dijo:

-“Os llevaré a una choza cerca del mar, y en dicha vivienda deberéis vivir, y allí deberéis sacrificarme”.

Pero ellos, llorando y gimiendo, exclamaron, “¡Cómo te vamos a sacrificar!“, llorando, “¡tu eres nuestro padre, y nos has salvado de la muerte!”

–“¡No!” dijo el buey; “debéis sacrificarme, y la cuarta parte de mi cuerpo la debéis poner colgada sobre la estufa, y la segunda cuarta parte de mi cadáver, ponedla sobre el suelo, en una esquina, y la tercera cuarta parte de mi cuerpo la deberéis poner en el suelo en una esquina a la entrada de la casa, y la cuarta parte final, alrededor del umbral, de forma que habrá una cuarta parte de mi en cada una de las cuatro esquinas.”

Eso fue lo que hicieron; lo mataron y colgaron o colocaron cada cuarto de su cuerpo en cada esquina de la casa, y luego se acostaron a dormir.

Ahora bien, el Tsarevko se despertó a la mitad de la noche, y vio a su mano derecha un caballo tan bellamente enjaezado, que no pudo resistirse a levantarse y montarlo; y en la esquina del umbral había una espada muy afilada, y en la otra esquina estaba el perro llamado Protius, y en la esquina de la estufa estaba el perro llamado Nedviga.

El pequeño Zar suspiró, pues ya quería levantarse, “¡Levántate, hermanita!“, exclamó, “¡Dios ha sido bueno con nosotros! ¡Levántate, hermanita, y oremos para agradecer al Creador!”.

Se levantaron y oraron para glorificar a Dios y, mientras lo hacían, comenzó a amanecer. Luego montó su caballo y llevó a los perros con él, pues debían vivir de lo que capturaran.

Asi vivieron en esta jata junto al mar, y un día la hermana tuvo que ir al mar a lavar su ropa de cama, y sus vestidos, en las aguas azules. Y la serpiente vino, y le dijo,

-“¿Cómo os habéis arreglado para saltar sobre el mar?”

–“¡Mira!” dijo ella, “cruzamos por este camino. Mi hermano tiene un pañuelo que se convierte en un puente cuando lo ondea tras de si. ”–

–Y la serpiente le respondió, “Te diré algo, pídele el pañuelo; dile que quieres lavarlo, y tómalo y ondéalo, y entonces seré capaz de cruzar hacia ti, y vivir contigo, y envenenaremos a tu hermano”.

–Entonces la chica regresó a casa y le dijo a su hermano, “Dame el pañuelo, querido hermano; está sucio, de forma que lo lavaré y te lo regresaré.”

Y él le creyó y se lo dio, pues ella era bien amable con el, y muy querida, y la tomaba como una persona fiel y buena. Ella tomó el pañuelo, lo llevó al mar, y lo ondeó – y justo apareció un puente.

Entonces la serpiente cruzó el mar y llegó hasta su lado, y caminaron juntos a la jata, planificando la mejor forma de destruir a su hermano y sacarlo de este bello mundo de Dios.

Ahora la costumbre del joven era levantarse al alba, montar su caballo y salir de cacería, para que él y la que tanto amaba lograran comer.

La serpiente le dijo entonces, “Recuéstate en tu cama y finge estar enferma, y dile ‘Soñé un sueño, querido hermano, escucha; te vi yendo y ordeñando una loba para que con su leche me ponga bien’. Entonces él irá y buscará la leche, y todos los lobos matarán a sus perros en pedazos, y entonces podremos hacerle a él lo que querramos, pues su fuerza yace en esos perros.”

Entonces, cuando el hermano regresó de la cacería, la serpiente se ocultó, y la hermana ya se encontraba en cama, fingiendo estar enferma, y le dijo a su hermano, “He tenido un sueño, querido hermano. Soñé que ibas a conseguirme leche de loba, y la bebí, y recuperé mi salud, pues estoy tan débil que Dios casi me lleva con Él.”

–“Te la conseguiré”, le dijo su hermano. Monto su caballo y partió. Pronto llegó a un pequeño matorral, del cual inmediatamemte salió una loba. Entonces Protius la persiguió, mientras Nedviga la atajó y atrapó con firmeza, y el pequeño Zar la ordeñó, y la dejó ir.

Pero la loba se dio la vuelta, regresó, y le dijo, “Bien por ti, pequeño Zar Novishny, el que me hayas ayudado. Hubieses podido no dejarme vivir. Pero me has liberado, entonces te daré a ti, pequeño Zar Novishny, un lobato.”

–Y entonces le dijo a su pequeño lobato, “Deberás servir a este pequeño Zar como si fuese tu propio padre.”.

Entonces el pequeño Zar regresó y, ahora, además de sus buenos perros, también tenia un cachorro de lobo que trotaba tras ellos.

Ahora bien, la serpiente y la hermana mala lo vieron de lejos, regresando sano y salvo y con tres perros trotando tras él. Y la serpiente le dijo:

“¡Que taimado y astuto es él! ¡Ha añadido otro perro guardián a su jauría! Recuéstate y finge estar peor que nunca, y pídele leche de osa, y entonces los osos lo despedazarán cuando vaya a intentar ordeñar a una osa, de eso no hay duda.”

Entonces la serpiente se convirtió en una aguja, y la chica la tomó y la clavó a la pared.

Mientras tanto, el hermano desmontaba de su caballo y entraba a la jata con sus perros y el lobo, y los perros comenzaron a olfatear la aguja clavada en la pared.

Y la hermana le dijo, “Dime, ¿porqué conservas estos enormes perros? No me dejan descansar”. Entonces llamo a los perros, y los tres se echaron. Y la hermana le dijo:

He soñado un sueño, hermano mío. Te vi yendo a buscarme y conseguirme algo de leche de osa, y yo la bebía y mi salud volvía a mi.”

–“Iré a conseguirla” le dijo el hermano.

Pero primero se recostó a dormir, y Nedviga a su cabeza, y Protius a sus pies, y Vovchok (pequeño lobo) a su lado. Y durmió toda la noche, y al alba se levantó y montó su caballo, y partió, acompañado de su jauría.

De nuevo llegaron a una pequeña maleza, de la que, esta vez, salió una osa. Protius la corrió, Nedviga la sostuvo firmemente, y el pequeño Zar la ordeñó, y la liberó.

Entonces la osa le dijo, “Hola a ti, pequeño Zar Novishny; por haberme liberado, de daré un osezno.”

Y se volteó a su hijo, y le dijo, “Obedécelo y cuídalo como si fuera tu propio padre”.

De esta forma, el pequeño Zar partió de regreso a casa, y la serpiente y la mala hermana lo vieron desde lejos, sano y salvo, con cuatro bestias trotando detrás.

“¡Mira, ” dijo la serpiente “y dime si no vienen cuatro corriendo detrás de él! ¿No podremos destruirlo nunca? Te diré que: Pídele leche de liebre; tal vez sus bestias se engullirán la liebre antes que él pueda ordeñarla.”

Asi sucedió entonces. La serpiente se convirtio de nuevo en una aguja, que la muchacha clavó en la pared, un poco mas alto que antes para que los canes no la olfatearan. El pequeño Zar desmontó su caballo y entró a la jata con sus perros, y los perros olfatearon la aguja en la pared, y le ladraron, pero el hermano no sabía porqué podía ser eso.

Su hermana, mientras tanto, rompió en llanto, y dijo, “¿Debes mantener tan monstruosos perros? ¡Una jauría como esa me hace pasar muchas penas!”. El pequeño Zar ordenó silencio a sus perros, quienes se echaron, tranquilos.

Y la hermana le dijo, “Estoy muy enferma, hermano, que nada me puede curar ya, sino leche de liebre. Ve y tráeme un poco.”

–“La conseguiré“, dijo él.

Pero primero se recostó a dormir. Nedviga se echó a su cabeza, Protius a sus pies, Vovchok a su lado, y Medvedik (oso pequeño) a su otro lado. Durmió toda la noche, pero al alba se levantó, monto su caballo, tomó su jauría con él, y partió

De nuevo llego a un pequeño lugar enmalezado, y saltó frente a él una liebre hembra. Protius la correteó, Nedviga la sostuvo fuerte, y entonces el muchacho la ordeñó y liberó.

La liebre le dijo, “Salud a ti, pequeño Zar Novishny; por haberme dejado ir – pues pensaba que me ibas a despedazar tu y tus perros – te daré un lebrato”.

Y al lebrato le dijo, “Obedécelo como si fuera tu propio padre.”

Entonces el muchacho regresó a casa, y de nuevo lo vieron desde lejos. “¡Qué bribón taimado es él!”, dijeron ambos, “¡Los cinco lo siguen, y él está mejor que nunca!”–

–“¡Pídele que te traiga leche de zorra!” dijo la serpiente, “¡talvez en el ajetreo de la cacería, sus bestias lo dejarán y despedazarán!” Y de nuevo la serpiente se transformó en una aguja, que la muchacha clavó muy alto en la pared, para que los perros no la lograran detectar.

De nuevo desmontó el zar del caballo y sus perros entraron a la jata, dirigiéndose de lleno a olfatear y ladrar a la pared. Pero la hermana comenzó a llorar, y le dijo:

“¿Porqué debes conservar a esos monstruosos perros?” Él les gritó, y ellos se echaron calladamente sobre sus ancas. Y la hermana le continuó diciendo.

Estoy agonizando, hermano mío; ve a conseguirme leche de zorra, asi me curo.”

–“La iré a traer para ti,” dijo el hermano.

Pero primero se acostó a dormir. Nedviga se echó a su cabeza, Protius a sus pies, Vovchok y Medvedik a su lado, al igual que la pequeña liebre. El pequeño zar durmió toda la noche y, al amanecer, se levantó, montó su caballo, llamó a toda su jauría, y partió.

Llegaron a un pequeño matorral, del que saltó una zorra. Protius la persiguió, Nedviga la sostuvo con fuerza y el pequeño Zar la ordeñó y liberó. Entonces le dijo la zorra:

Gracias a ti, pequeño Zar Novishny, que me has dejado ir. Yo pensé que me ibas a despedazar tu y tus perros. Por tu amabilidad, te daré un cachorro de zorro.”

Y al pequeño zorro le dijo, “Obedécelo como si fuera tu propio padre.”

De esa forma, regresaron a casa, y los vieron desde lejos, y ¡guau!…¡ahora tenia seis guardianes!.

“’Esto no es nada bueno; no nos podremos deshacer de él” dijo la serpiente.

“¡Ahora mira!. Hazte la enferma, peor que nunca, y dile, ‘Estoy demasiado enferma, hermano mío, pues en otro lugar, muy, muy lejos, hay un verraco que surca el suelo con su hocico, y siembra con sus orejas, y cosecha con su cola – y en ese mismo imperio hay un molino con doce hornos, y doce piedras, que muele su propio grano y produce su propia harina, y si no me traes de la harina molida en esas doce piedras, y del pastel horneado en esos doce hornos, mi alma no sanará.”

–Entonces el hermano le respondió, “¡Ya estoy comenzando a pensar que no eres mi hermana, sino mi enemiga!”–

–Pero ella respondió, “¿Cómo puedo ser tu enemiga cuando ambos vivimos solos en esta tierra extranjera?”

–“Bien, traeré lo que me pides,” dijo, pues de nuevo creyó en su hermana.

Entonces montó su rocín, tomó su jauría y partió, y llegó al país del que le habían contado sobre dicho verraco y dicho molino. Llegó al molino, ató su caballo a él, y entró. Y allí había doce piedras moliendo el grano, y doce hornos horneando el pan, y se necesitaban doce puertas para encenderlos o apagarlos, y que separaban las distintas doce secciones del molino.

Entonces tomó harina de la primera piedra y se dirigió a la segunda puerta, pero los perros y otros compañeros se fueron quedando uno a uno en cada sección. Pasó por las doce puertas, pero cuando regresó a la primera, volteó a ver y no había perros ni otros animales que ver, pues habían quedado todos atrapados. Silbó, y escuchó a sus perros llorando desesperadamente tras las puertas, de donde no podían salir. Lloró de pena por sus perros y acompañantes, montó su caballo, y regresó a casa

Al llegar a casa, encontró a su hermana pasándola alegremente con la serpiente. Y ni había terminado de entrar el hermano a la jata, cuando le dijo la serpiente:

“¡Bien, queríamos carne, y carne ha venido a nosotros!”, pues acababan de matar un toro, y en el suelo donde lo habían sacrificado, había brotado y crecido un espino, tan bello que podría ser el protagonista de varios cuentos, pero nadie podría concebir ni adivinar lo bello que era. Cuando el pequeño Zar lo vio, sólo pudo decir:

-“¡Oh, mi querido cuñado!” (Pues sin sus perros, él debía ser cortés con la serpiente, y ésta era macho, y el novio de su hermana), “¡déjame subir a ese bello espino, y ver el horizonte!”

Pero la hermana le dijo a la serpiente:

-“Querido amigo, hazlo que caliente agua para si mismo, así lo hervimos y no te ensucias tus manos.

–“Muy bien,” dijo la serpiente, “¡él deberá hacer que el agua hierva inmediatamente!”

Entonces se dirigió a cortar leña, pero al estar haciéndolo, llegó un estornino volando, y le dijo:

“No tan rápido, no tan rápido, pequeño Zar Novishny. Sé tan lento como puedas, pues tus perros han logrado abrirse paso a través de dos puertas.”

Entonces el pequeño Zar vertió agua en el caldero, y encendió un fuego debajo de él. Pero la leña que había cortado estaba muy, pero muy seca, y ardió con fiereza, por lo que le asperjó un poco de agua, una y otra vez, para que no ardiera tan fuerte.

Y cuando entró al patio por más agua, el estornino le dijo:

-“¡No tan rápido, no tan rápido, pequeño Zar Novishny, pues tus perros han logrado abrirse paso a través de cuatro puertas!”

Mientras regresaba a su casa, la pérfida hermana le dijo, “¡Esa agua no hierve lo suficientemente rápido! ¡Toma el atizador y aviva el fuego!”

Y asi hizo, y las llamas crecieron, pero cuando ella se descuidó, asperjó la leña con más agua, de nuevo, para que ardiera con más lentitud. Luego se dirigió al patio de nuevo, y el estornino se le acercó y le dijo:

No tan rápido, no tan rápido, pequeño Zar; sé tan lento como puedas, pues tus perros ya han logrado abrirse paso por seis puertas”. Y entonces regresó a la casa, y su hermana de nuevo lo obligó a atizar el fuego y avivar las llamas, pero cuando ella se fue, de nuevo roció agua a las brasas.

Y de nuevo tuvo que ir al patio por más agua. “¡Este trabajo es duro!“, gimió; pero el ave se acercó a el y le dijo:

“¡No tan rápido, no tan rápido, pequeño Zar Novishny, pues tus perros han logrado abrirse paso ya por diez puertas!”

El pequeño zar tomó la leña más seca que pudo y, mientras era vigilado, la echo al fuego y la atizó para que creyeran que estaba poniendo empeño en hervir agua para que lo cocinaran en ella; pero cuando lo dejaban de observar, lo rociaba con agua para que de apagara un poco, y no hirviera tan pronto el agua.

De nuevo fue al bosque por más leña, y el estornino le dijo: “¡No tan rápido, no tan rápido, pequeño Zar, pues tus perros ya han logrado traspasar todas las puertas, pero quedaron agotados y están descansando un poco!”.

El problema era que ahora el agua ya estaba hirviendo, por lo que su hermana corrió y le dijo:

-“Ven, hiérvete, rápido; ¿cuánto tiempo nos vas a hacer esperar?“.

Entonces comenzó a preparar el cucharón para verterse agua sobre si, mientras ella preparaba la mesa para que la serpiente se comiera a su hermano en ella.

Pero él, pobre cosa, comenzó a echarse agua hirviendo encima, aunque exclamó: “¡Oh, mi querido cuñado, te ruego me dejes subir al espino, para ver por última vez el horizonte!”.

–“¡No le permitas, querido!” dijo la hermana a la serpiente, “estará mucho rato allá arriba y nos hará perder nuestro preciado tiempo.”

–Pero la serpiente le respondió, “No importa, no importa, déjalo subir, si quiere.”

Entonces el pequeño Zar se acercó al àrbol, y comenzó a ascenderlo; no se perdía una sola rama, y descansaba a cada momento, hasta que llegó a la punta, en donde sacó su flauta y comenzó a tocarla.

-“¡No tan rápido, pequeño zar Novishny, por Dios! Tus perros vienen corriendo muy rápido, con todas sus fuerzas.”

Pero la hermana salió corriendo, y dijo: “¿Para qué estás tocando allá arriba? ¡Has olvidado acaso que estamos esperando a que vengas a hervirte!”.

Entonces comenzó a bajar del árbol, sin perderse cada rama y deteniéndose a descansar a cada momento, mientras la hermana le gritaba insistente que se apurara.

Finalmente llegó a la última rama, se detuvo un rato, dio un salto a tierra, y pensó para si: “¡Ahora moriré!”.

Pero en ese mismo instante, sus perros y sus bestias, gruñendo con fuerza, llegaron corriendo y se colocaron en círculo para protegerlo. Entonces se persignó, y dijo: “¡Gloria a Ti, oh Señor! ¡Aún tengo, gracias a Ti, más tiempo para vivir en este Tu bello mundo!”.

Entonces llamó, gritando, a la serpiente, diciendo: “¡Ahora ya, querido cuñado, sal, pues ya estoy listo para tí!”.

La serpiente salió para comerlo, pero el pequeño Zar le dijo a sus perros y a sus bestias: “¡Vovchok!, ¡Medvedik!, ¡Protius!, ¡Nedviga!, ¡A él!”. Tras la orden, los perros y las fieles bestias, incluida la liebre, agarraron a la serpiente y la despedazaron.

El pequeño zar recogió todos los pedazos y los incineró, hasta convertirlos en cenizas, y el pequeño zorro las recogió con su cola, hasta que las tuvo todas, como un plumero, y salió a campo abierto, y las dispersó a los cuatro vientos.

Pero mientras habían estado despedazando a la serpiente, la pérfida hermana logró quebrarle un diente y ocultarlo. Cuando ya todo había pasado, el pequeño Zar le dijo: “Como has sido pérfida y engañosa, mala amiga y hermana, deberas permanecer aquí mientras voy a otro reino.”

Entonces preparó dos cubos y los colgó del espino blanco, y le dijo a su hermana: “¡Mira, hermana! ¡Si lloras por mi, este cubo se llenará de lágrimas, pero si lloras por la serpiente, ese otro cubo se llenará de sangre!” Y ella rompió en llanto, y comenzó a rogarle: “¡No me dejes, hermano, llévame contigo.”

–“No lo haré” dijo él; “una amiga tan engañosa como tú no quiero tener a mi lado. Quédate donde estás.”

Entonces montó su caballo, llamo a sus perros y bestias, y tomó camino en busca de otro reino y de otro imperio. Y cabalgó y cabalgó hasta arribar a cierta ciudad, y en dicha ciudad sólo habia una fuente, y sobre esta fuente estaba sentado un dragón de doce cabezas. Y era tan terrorífico, que cualquiera que llegara a buscar agua a dicho pozo, el dragón salía y se lo comía, y no había ningun otro lugar en la ciudad donde la gente pudiese extraer agua.

De modo que el pequeño Zar llegó a ese pueblo, y se registró en la posada para extranjeros, y preguntó al posadero: “¿Qué significa eso de que toda la gente ande corriendo y llorando por las calles?”.

–“¿Porqué?, ¿No sabias?” dijo él; “¡Es el turno del zar de enviar a su hija donde el dragón!”–

–Entonces salió y escuchó a la gente diciendo: “El zar proclama que, quienquiera sea capaz de matar al dragón, a él dará la mano de su hija y la mitad de su reino!”.

El pequeño Zar Novishny dio un paso al frente, y exclamó: “¡Soy capaz de matar a este malvado dragón!”

Y entonces la gente inmediatamente fue a decirle al zar: “Un extranjero ha venido hasta acá, y dice que está listo para conocer y matar al dragón.” Y el zar envió por el joven y lo colocó entre sus guardias.

Y llevaron a la Tsarivna, y tras de ella lo llevaron a él, y detrás de él iban sus bestias y su caballo. Ya la tsarivna era tan encantadora y ricamente ataviada que todos los que la miraban, se destrozaban llorando amargamente.

Pero al momento que el dragón apareció y abrió sus fauces para devorar a la Tsarivna, el pequeño zar llamó a su espada afilada: “¡Cae sobre él!”, y a sus bestias: “¡Protius! ¡Medvedik! ¡Vovchok! ¡Nedviga! ¡Atrapádlo!”.

Entonces la espada y las bestias cayeron sobre el dragón y lo despedazaron.

Cuando hubieron terminado de hacerlo pequeños pedazos, el pequeño zar tomó los restos del cuerpo y los incineró hasta convertirlos en cenizas, y el pequeño zorro absorbió las cenizas entre su cola, y salió a campo abierto, y las dispersó a los cuatro vientos.

Luego tomó a la Tsarivna por la mano y la llevó con el zar, y la gente se alegró porque su agua ya había sido liberada. Y la tsarivna le entregó el anillo nupcial, y regresaron a casa. Y caminaron, y caminaron, pues era un largo camino del reino de ese zar, hasta que quedaron agitados y se echaron sobre el pasto, y ella recostó su cabeza en él.

Pero su lacayo se arrastró hacia él, quitó el seguro a la afilada espada, se dirigió al pequeño zar, y dijo: “¡Espada afilada! ¡Mátalo!”. Y la espada lo cortó en pedacitos, y sus bestias ni se enteraron, pues dormían profundamente.

Después de hacerlo, se dirigió a la Tsarivna: “Debes decirle ahora a todos que te he salvado de la muerte, pues si no lo haces, te haré lo mismo que le hice a él. ¡Jura que vas a hacerlo!

A lo que ella respondió, “Te juro que diré que me salvaste de la muerte”, pues sintió mucho miedo por las palabras que le dijo el lacayo. Y entonces regresó a la ciudad, y el Zar estuvo feliz de verlos, y regaló ricas ropas al lacayo, e hizo que se casara con su hija.

Ahora bien, cuando Nedviga se despertó, percibió que su amo ya no existía, por lo que inmediatamente despertó al resto, y todos ellos comenzaron a pensar y considerar quién de ellos era el más veloz. Y cuando todos ellos habian votado, juzgaron y decidieron que la liebre era la más rápida de todos ellos, y decidieron que debería correr a traer agua sanadora y la manzana de la juventud, también.

La liebre corrió muy veloz a recoger esa agua y esa manzana, y corrió y corrió hasta llegar a cierta tierra, y en esa tierra vio una fuente, y cerca de la fuente crecía un manzano, que cargaba las manzanas de la juventud, pero esta fuente y este árbol de manzanas eran cuidados por un moscovita, ¡oh!, tan fuerte, tan fuerte, que blandía su sable y ni un ratón podía hacerse camino a dicha fuente.

¿Qué se debía hacer? Entonces la pequeña liebre recurrió a algo sutil, y se encorvó, y se dirigió hacia la fuente, fingiendo estar coja. Cuando el moscovita la vio, dijo:

“¿Que tipo de bestia es esta? ¡Nunca vi nada igual!

Entonces la liebre pasó por entre sus piernas, y siguió y siguió hasta llegar justo frente a la fuente. El moscovita quedó allí, con los ojos totalmente abiertos, pero la liebre agarró velocidad y tomó un poco de agua y arrancó una manzana, y desapareció en una fracción de segundo, sin dejar rastro.

Corrió a toda velocidad hacia el pequeño zar Novishny, y Nedviga de inmediato tomó el agua y la roció sobre los fragmentos de su amo, y estos se unieron. Luego vertió un poco mas del agua de vida entre su boca, y él revivió, y le dio un trozo de la manzana de la juventud, y él se volvio de nuevo joven, y más fuerte que nunca.

Entonces, el pequeño zar se levantó, se estiró, y bostezó: “¡Tanto tiempo que he dormido!“, exclamó.

–“’¡Es algo muy bueno que tengamos el agua de vida y de salud!”, dijo Protius.–

–“¿Pero qué vamos a hacer ahora?” dijeron todos. Se reunieron, y decidieron que el pequeño zar debía disfrazarse como anciano, e ir al palacio del zar.

Eso hicieron; el pequeño zar Novishny se disfrazó de anciano y fue al palacio del zar. Y cuando llegó, rogó que lo dejasen entrar a ver a la joven pareja de recién casados. Pero los lacayos no lo dejaron.

Entonces la tsarina misma escuchó el sonido de sus ruegos y oraciones, y les ordenó admitirlo.

Cuando entró a la habitacion y se quitó la capucha y manto, el anillo que la tsarivna le había dado cuando mató al dragón, destelló tan fuerte que ella lo reconoció pero, sin que sus ojos lo creyeran, le dijo:

“¡Ven aqui, tu, buen y anciano peregrino, te mostrare mi hospitalidad!” Y el pequeño zar se acerco más a la mesa, y la tsarivna le sirvió una copa de vino y se la dio, y él la tomó con su mano izquierda. Ella notó que él no había tomado la copa con la mano en la que tenía el anillo, de modo que ella misma bebió de la copa.

Entonces le llenó otra copa y se la dio, y él la tomó con su mano derecha. Y ella reconoció inmediatamente su anillo, y le dijo a su padre:

Este hombre es mi esposo, quien me salvó de la muerte, y no ese tipo” – señalando al lacayo – “quien con picardía y maldad asesinó a mi esposo y me obligó a decir que él era mi esposo”.

Cuando el zar escuchó eso, le hirvió la sangre por la furia: “¡De forma que tu eres un mentiroso traidor!”, le dijo al lacayo, e inmediatamente ordenó que lo asieran y lo ataran a la cola de un caballo tan salvaje, que ninguna persona pudiese detenerlo, y que lo perdiera entre la infinita estepa.

Pero el pequeño zar Novishny se sentó detrás de la mesa y se alegró.

Entonces el tsarevko y la Tsarivna vivieron mucho tiempo juntos, en felicidad. Un día ella le preguntó:

“¿Qué hay de tu tierra natal y la casa de tu padre?”

Entonces él le contó a ella sobre su hermana, a lo que ella le ordenó que ensillara su montura, llevara a sus bestias con él, y fuera a buscarla.

Llegaron al lugar en el que el la habia dejado, y vieron que el cubo que había dejado para la serpiente estaba lleno de sangre, mientras que el que habia dejado para su hermano, estaba seco y cayéndose a pedazos. Esto le indicó que su hermana aún lamentaba y estaba de duelo por la serpiente, y le dijo:

Dios este contigo, pero no te reconozco. ¡Quédate aqui, y nunca volvere a verte al rostro de nuevo!”. Pero ella comenzó a suplicar e implorarle que lo llevase con él. Entonces el hermano tuvo compasión por su hermana y se la llevo con él.

Cuando llegaron a casa, ella sacó el diente que habia ocultado de la serpiente, y lo colocó debajo de la almohada sobre la que él dormía. Y por la noche, cuando el pequeño zar fue a dormir, el diente lo mató.

Su esposa pensó que estaba simplemente durmiendo, por lo que no le habló, sino que le rogó que no estuviera enojado con ella; y al no recibir respuesta, lo tomó por la mano, y ¡oh!, su mano estaba fría, tan fria como el plomo, y gritó aterrada.

Pero Protius entró saltando a través de la puerta y beso a su amo. Y el pequeño zar Novishny revivió, pero Protius murió. Entonces Nedviga besó a Protius, y Protius vivió, pero Nedviga murió. Y el Tsarevko le ordenó a Medvedik: “¡Besa a Nedviga!

 

Y eso hizo, y Nedviga revivió, pero Medvedik murió. Y de ese modo estuvieron besándose unos a otros, desde el más grande hasta el más pequeño, hasta que le llegó el turno a la pequeña liebre. Ella besó a Vovchok y murió, pero Vovchok revivió. ¿Qué habia que hacer?

Ahora que la pequeña liebre había muerto, no había nadie que la besara a ella para revivirla.


“¡Bésala!”, ordenó el pequelo zar a la pequeña zorra. Pero la pequeña zorra era tan astuta que montó a la pequeña liebre sobre su lomo y corrió al bosque. Y la llevó a un lugar en donde yacía un roble caído, con dos ramas una sobre otra, y puso a la liebre sobre la rama de abajo, y corrió y besó a la liebre, teniendo cuidado que la rama quedara entre ambas.

Entonces el diente de la serpiente voló fuera de la boca de la liebre y se quedó prendido en la rama de arriba, y ambas, la pequeña zorra y la pequeña liebre, salieron del bosque, sanas y salvas.

Cuando los otros las vieron a ambas vivas, se alegraron grandemente porque no había habido daño a ninguno de ellos debido al diente.

Entonces agarraron a la hermana y la ataron a la cola de un caballo salvaje, y lo soltaron para que corriera desbocado por la infinita estepa. Y todos festejaron, y tuvieron vidas felices.

Y yo estuve alli, y bebí vino y aguamiel hasta que escurrió por mi boca y chorreó por mis barbas. Y este es el cuento completo para ti.

Cuentos folclóricos ucranianos – 《Las Zapatillas de Oro》 -《Золотий черевичок》

Una vez hubo un anciano y una anciana, y el anciano tenía una hija, y la anciana también tenía una hija. Y la anciana le dijo al anciano:“¡Ve a comprar una vaquilla para que mi hija tenga algo que cuidar!“. Y el anciano se fue a la feria y compró una novilla.Ahora bien, la anciana consentía, echando a perder, a su hija, mientras que a la hija del anciano, la fisgoneaba y molestaba. Aunque la hija del anciano era una buena y trabajadora muchacha, mientras que la hija de la anciana era una perra holgazana. No hacía nada más que estar sentada todo el día, con las manos sobre su regazo.Un día, la anciana le dijo a la hija del anciano:“¡Mira, hija de perro, ve y lleva a pacer a la vaquilla!, Aqui, ten dos fajos de lino. Ve cómo los desenredas, y los devanas, y los blanqueas, y tráelos ya listos por la noche!”.Entonces la chica tomó el lino y llevó a la novilla a pastar.

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El animal comenzó a comer, pero la muchacha se sentó y comenzó a llorar. La vaquilla se preocupó y le dijo: “Dime, querida muchachita, ¿Porqué estás llorando?”–“¡Ay! ¿Porqué no debería llorar? Mi madrastra me ha dado este lino y me ha ordenado desenredarlo, hilarlo y blanquearlo, y llevarlo por la noche ya como tela.”“¡No llores, niña!” dijo la vaquilla, “todo saldrá bien. ¡Recuéstate a dormir!”. –La chica se recostó entonces a dormir, y cuando se despertó todo el lino estaba desenmarañado, e hilado, y tejido en una fina tela, y lavado, muy blanco. Y ella llevó a su vaquilla a casa, y le entregó la tela a su madrastra. La anciana la tomó y la escondió muy bien, de forma que nadie pudiera enterarse que la hija del anciano se la había traído a ella.Al día siguiente le dijo a su propia hija; “Querida hijita, lleva la vaquilla a pacer, y aquí ten un pequeño manojo de lino para ti; desenmaráñalo y péinalo, o no lo desenredes y no lo peines, si no quieres; haz lo que te parezca mejor, pero tráemelo a casa.” La joven llevó a pastorear a la vaquilla, se echó en el césped y durmió todo el día, sin siquiera tomarse la molestia de remojar el lino en el riachuelo. Y por la noche, llevó la vaquilla casa, directo desde el campo, y le entregó a su madre el lino, tal cual se lo había dado por la mañana.“¡Oh, mamita!” dijo, “mi cabeza me dolió todo el día, y el sol era tan quemante, que ni siquiera pude ir al arroyo a remojar el lino”. “No importa,” respondió la madre, “acuéstate y duerme; dejémoslo para otro día.”

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Al siguiente día llamó de nuevo a la hija del anciano, gritando:-“¡Levántate, hija de perro, y lleva la vaquilla a pacer. Y aquí tienes un manojo de lino crudo; desenrédalo, péinalo, hílalo y teje una tela fina para mí, y tráelo por la noche!”. La chica llevó la novilla a pastar, y ésta comenzó a hacerlo, pero la muchacha se sentó bajo un sauce, dejó el lino junto a ella y comenzó a sollozar con todas sus fuerzas. Pero la vaquilla se acercó a ella y le dijo:-“Dime, jovencita, ¿Porqué lloras con tanta tristeza?”.–“¿Porqué no debería llorar?”, dijo ella, narrándole lo que su madrastra le había ordenado.–“¡No llores!” dijo la novilla, “todo saldrá bien; sólo recuéstate a dormir.”––La chica se recostó e inmediatamente cayó dormida. Y por la noche, el manojo de lino había sido remojado, peinado, hilado, tejido en una fina tela y blanqueado, de forma que se podía ya confeccionar una bella vyshyvanka con ella. Llevó el animal a casa y se la dio a su madrastra.

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Entonces la anciana pensó para sus adentros:-“¿Cómo hará la hija del hijo de perro para realizar esta tarea con tanta facilidad? Seguramente fue la vaquilla quien lo hizo por ella, ya lo sé. Pero pondré un alto a todo esto, tu, hija de un hijo de perro,” dijo, y se dirigió al anciano y le dijo:“Padre, mata y corta en trocitos esta tu vaquilla, pues por culpa suya, tu hija no mueve ni un dedo en el trabajo. Lleva la vaquilla a pastar, pero se va a dormir todo el día sin hacer nada.”“Entonces la mataré”, dijo él.–Pero su hija escuchó todo lo que estaban hablando, y fue al jardín a llorar amargamente. La novilla se le acercó, y le preguntó:-“Dime, muchachita, ¿Porqué lloras con tanta amargura?”. “¿Porqué no debería llorar…”, dijo la chica, “cuando te quieren matar?”. “No te apenes,” dijo la vaquilla, “todo saldrá bien. Cuando ya me hayan matado, pide a tu madrastra que te de mis entrañas para que las laves, y dentro de ellas hallarás un grano de maíz. Planta ese grano de maíz, y de él crecerá un sauce y, lo que sea que desees, ve hacia ese sauce, y pídelo, y tendrás lo que tu corazón desee.”

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El padre sacrificó a la vaquilla, y la hija se dirigió a su madrastra, y le dijo,-“Señora, déjeme tener las entrañas de le vaquilla, ¡las quiero lavar!”. Y la madrastra le respondió, “¡Como si dejaría a otro hacer ese trabajo más que a tí!”. La chica las llevó al rio y las lavó, y dentro de las tripas encontró un grano de maíz, que plantó junto al cobertizo, tapó el agujero con tierra, y regó un poco de agua. Y al siguiente día, cuando despertó, había crecido un enorme y bello sauce de ese grano de maíz, y debajo de dicho àrbol nacía una fuente de agua, y en ningún otro lugar podría ser hallado nada mejor en toda la aldea. Y el agua era fría, y tan transparente como el hielo.

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Cuando llegó el día domingo, la anciana arregló bellamente a su amada hija para llevarla a la iglesia, pero a la hija del anciano le dijo;-“¡Vigila el fuego, tu, perra! Mantenlo bien encendido y prepara la cena, y limpia toda la casa, hasta el último rincón, y remienda toda la ropa que tenemos en casa, y todo debe estar listo cuando regrese!. Y si no has hecho todo eso cuando yo regrese, tendrás que decir a dios a tu amada vida.”Asi fue que la anciana se dirigió, acompañada de su hija, a la iglesia, mientras la lista hijastra quedó cuidando el fuego, alistando la cena, y haciendo todo lo que se le ordenó; y luego se dirigió al sauce, y le dijo:-“¡Sauce, sauce, sal de tu corteza! Señora Anna, ¡ven cuando te llamo!”. Y el sauce hizo lo suyo, y sacudió todas sus hojas, y una noble mujer salió de su corteza, y dijo:-“Querida señorita, dulce señorita, ¿cuáles son tus órdenes?”“Dame”, dijo ella, “un gran vestido y déjame tener un carruaje con caballos, pues ¡Quiero ir a la Casa de Dios!”E inmediatamente estaba vestida en seda y satín, con unas zapatillas de oro en sus pies, y llegó un carruaje que la llevó a la iglesia.Cuando entró a la iglesia, que estaba a más no poder de llena, todos decían:-“¡Oh!, ¡Oh!, ¡Oh! ¿Será esta una princesa o una reina? Pues tal belleza nunca habíamos visto antes.”El joven príncipe, el hijo del rey, por casualidad estaba en la iglesia ese día. Y cuando la vio, su corazón latió más fuerte. Se quedó sólo contemplándola, sin poder quitar su mirada de la joven. Y todos los grandes coroneles y capitanes y cortesansos se maravillaron de su belleza, y el hijo del rey quedó prendado en el instante. Pero, quién era ella, nadie sabía.Cuando finalizó el servicio, ella se paró y se fue inmediatamente y, al llegar a casa, se quitó todas las cosas finas, se puso de nuevo sus harapos, se sentó junto a la esquina de la ventana y observó cómo todos retornaban de la iglesia.

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Entonces la madrastra también regresó.-“¿Ya está lista la cena?”, preguntó exigente.-“Si, ya esta lista.”-“¿Has remendado toda la ropa?”. -“Si, las blusas y toda la ropa están ya cosidos y remendados”. Entonces todos se sentaron a comer, y contaban sobre todo lo que había sucedido en la iglesia, y discutieron sobre quién podría haber sido esa bella muchacha.-“El príncipe”, dijo la anciana, “en lugar de decir sus oraciones, se la pasó viendo todo el tiempo, asi de bella era ella.” Luego, dirigiéndose a la hija del anciano,“¡Como tu, tu perra! A pesar que tu hayas zurcido todas las camisas y prendas y las hayas lavado, ¡no eres más que una sucia moza!”

cuadro por artista Nairobi Prahl para Ucrania FantásticaAl siguiente domingo de nuevo se vistieron elegantes la madrastra y su hija, para ir a la iglesia. Pero, antes de partir, le dijo a la hija del anciano:“¡Mira cómo haces para mantener el fuego, tú, perra!” y, como la vez anterior, le dio un montón de trabajo que hacer. Y la hija del anciano rápidamente realizó su tarea, y se dirigió al sauce, y dijo:-“Brillante sauce primaveral, lindo sauce primaveral, ¡cambiate, transformate!”. E inmediatamente unas majestuosas damas salieron de su corteza.“Querida señorita, dulce señorita, ¿que órdenes tienes para dar?”. Les indicó lo que quería, y ellas le dieron un espléndido vestido, y colocaron zapatillas de oro en sus pies, y le pusieron a disposición un magnífico carruaje, en el que fue a la iglesia.El príncipe estaba de nuevo allí y, al verla, quedó como si hubiese enraizado en el suelo, y no podía apartar su vista de ella. Y entonces la gente comenzó a susurrar,-“¿No hay aquí nadie que la conozca? ¡Nadie hay que sepa quién puede ser tan maravillosa dama!”. Y comenzaron a preguntarse unos a otros:-“¿La conoces?, ¿la conoces?”. Pero el príncipe dijo:-“¿A quien quiera que me diga quién es esta maravillosa dama, le daré un saco repleto de ducados de oro!” Y ellos inquirieron e inquirieron, pero nada resultó.El príncipe tenía un bufón, que siempre estaba con él, pues solía siempre hacer sus bufonadas, y cabriolas cuando fuera que el hijo del rey estuviese triste. Y, entonces, esta vez también comenzó a reir y hacer muecas al joven rey, y le dijo:-“Yo sé como averiguar quién es esta fina fama”. -“¿Cómo?”, preguntó el joven príncipe-“Te diré”, dijo el bufón, “embarraré con brea el lugar en el que ella toma asiento en la iglesia, y ella no se podrá parar. Entonces sus zapatillas quedarán pegadas al suelo y ella, en su prisa por irse, no notará que las habrá dejado en la iglesia”. El príncipe ordenó a sus cortesanos untar de inmediato con brea el piso en el punto en el que ella se sentaba. La siguiente vez, cuando nomás finalizo el servicio, se levantó y, como siempre, a toda prisa quiso marcharse. Pero sus zapatillas quedaron pegadas al suelo de forma que sus pies quedaron libres para irse a toda velocidad y, al arribar a su casa, se quitó todas las prendas y accesorios preciosos, se puso sus andrajos, y quedó sentada junto a la esquina de la ventana, observando a todos los que retornaban de la iglesia.

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Cuando todos regresaron de la iglesia, tenían muchas cosas que platicar, sobre cómo el joven príncipe había quedado enamorado de esa perfecta jovencita, y cómo es que nadie podía reconocerla, o saber de dónde venía, y la madrastra la odiaba cada vez más, pues no sabía cómo le hacía para realizar tan bien y tan rápido la enorme cantidad de labor que le había asignado.Los consejeros del rey fueron a todas las casas de nobles y príncipes, y condes y duques. Ilustración por Noel Nisbet, publicada en “Cuentos de hadas Kozakos”, por Robert Nisbet Bain (1916)El príncipe hizo que se proclamara por todo el reino que, “¿Quién ha extraviado un par de zapatillas de oro?”. Pero nadie podía decirle. Entonces el rey envió a todos sus sabios consejeros a través del reino completo, para encontrarla.-“Si no la halláis”, dijo él, “será la muerte de mi hijo, y por lo tanto vosotros seráis hombres muertos también.” Enonces los consejeros del rey fueron por todo el largo y ancho del reino, por todas las aldeas y pueblos, y medían los pies de todas las muchachas, calzándoles las zapatillas de oro, pues debía ser la novia del príncipe aquélla a quien le quedaran perfectamente bien.Fueron por todas las casas, de principes, y condes, y duques, y todos los nobles, y todos los ricos mercaderes, pero no había resultado. Los pies de todas las mozas eran ya sea muy grandes o muy pequeños. Entonces tuvieron que comenzar a espulgar dentro de las jatas de los campesinosY fueron, y siguieron, midiendo por aquí, y midiendo por allá, y estaban tan cansados de estar midiendo un pie tras otro.Pero un día iban, y vieron un magnífico sauce que se yerguía frente a una choza, y debajo del sauce emanaba un nacimiento de agua cristalina.-“Vamos a descansar a esa fresca sombra”, dijeron. Y asi hicieron. Fueron y se recostaron a descansar, y la anciana salió hacia ellos de la casa.-“¿Tienes una hija, madrecita?”, preguntaron ellos.-“Si que la tengo,” respondió la señora, “pero no es mi hija, sino no es más que una perra de cocina, a quien sólo con verla le repugna”. -“Muy bien”, dijeron ellos, “le calzaremos las zapatillas de oro”. “¡Bien!”, exclamó la anciana. Pero fue a decirle a su propia hija:-“¡Ve, mi querida hijita, aséate un poco y lávate tus piececitos!”. La hija del anciano, mientras tanto, se ocultó tras la estufa, y nunca podía lavarse o vestirse decentemente.

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-“¡Siéntate allí, tu, hija de perro!”, le ordenó.Entonces los consejeros del rey entraron a la cada a medir las zapatillas, y la anciana le dijo a su propia hija:-“¡Cálzate las zapatillas, querida!”. Los consejeros se las midieron, pero no le entraban para nada. Entonces le dijeron a la anciama: -“Dinos, madrecita, ¿en dónde está tu otra hija?” – “Oh, en cuanto a ella, es una mera perra, y además no está vestida”. -“No importa”, respondieron ellos, “¿en donde está?”Entonces la muchacha salió tímidamente de detrás de la estufa, y su madrastra le gritó:-“¡Fuera de aquí, tu, sucia y asquerosa perra!”. Y entonces ellos le probaron las zapatillas, y éstas le calzaron como guante al dedo, y los cortesanos se alegraron grandemente, y alabaron al Señor.-“Bien, madrecita” le dijeron, “nos llevaremos a esta hija tuya lejos, con nosotros.”“¡Qué! ¿Llevarse a esa porquería? ¿Porqué?, ¡toda la gente se mofará de vosotros!”“Probablemente lo harán,” respondieronEntonces la anciana hizo una pataleta, impidiendo que la chica se fuera con ellos.-“¿Cómo puede ser que tal perra se convierta en consorte del príncipe”, chilló.–“¡No hay modo, ella debe venir!”, le respondieron; “¡ve, vístete, muchacha!”. -“Esperad un momento”, les respondió, “¡me arreglaré y me lavaré como es debido!”.Y se dirigió al aroyo que nacía de debajo del bello sauce, y se lavó y se arregló y se vistió, y regresó tan adorable y espléndida, que su belleza nadie la hubiese podido adivinar, a menos que se la hubiesen narrado en un cuento de hadas. Y cuando entró a la casa, brillaba como el sol, y su madrastra no tuvo palabra que decir.

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De esa forma, la subieron en un carruaje, y partieron; y cuando el principe la vio, no se pudo contener.-“¡Apúrate, oh, padre mío!”, exclamó, “¡Y danos tu bendición!” Y el rey los bendijo, y los casó. Y entonces hicieron una gran fiesta, e invitaron a todo el mundo a ella. Y vivieron felices por siempre, y comieron pan de trigo hasta que sus corazones estuvieron satisfechos.


El lector pudo haber notado la similitud de este cuento folclórico ucraniano con el occidental “Cenicienta”; sin embargo, este último se conoce como “попелюшка” – Popelyushka, y existen diferencias.Al igual que en otra versión en ucraniano, con leves diferencias con respecto al que tradujimos aqui:Був собі чоловік та жінка, і була в них одна дочка. Мати була гарна, а дочка ще краща. От те дівча ще підлітком було — умирає мати. А вмираючи, покликала до себе дочку та й каже їй нишком:— На тобі, доню, це зернятко, та нікому не кажи, що в тебе воно є. А як прийде тобі лихо, посади його, то виросте з нього верба яра, і що тобі треба буде, йди до тієї верби, то все тобі й буде.От поховав чоловік жінку, пожурився-пожурився та й знов оженився з удовою. А в тієї вдови та своя дочка.От баба свою дочку жалує, а ту дівчину зненавиділа так, що й просвітку їй нема. Бабина ж дочка лінива, така ледача: ні до холодної води не береться, все б сиділа згорнувши руки. А та дівчина роботяща та добра дитина, і що не дай їй робити, і скільки не дай, то все зробить.Та що з того, коли нічим бабі вона не догодить. Хоч як гарно зробить, а баба все її лає, все її лає, а то й межи плечі стусана дасть чи таки й зовсім добре поб’є. За роботою та за тими штурханцями ніколи дівчині і вгору глянути, ніколи й причепурити себе, сорочку вишити, а що було в неї пошите ще за материного часу, своїй дочці баба повідіймала. Ходить, бідолашна, в такому рам’ї, що й люди сміються. Мовчки терпить усе та бідна дівчина, тільки поплаче нишком, а лиха баба ще більше лютує, що вона мовчить, ще гірше над нею коверзує та так усе визирає, до чого б його прискіпатися. Коли ж усе дівчина робить як треба.От баба й надумала.— Жени,— каже,— ледащо, бичка пасти! Та на тобі круг прядива, щоб ти його й зом’яла, і потіпала, і спряла, і помотала, і поткала, і побілила, і полотно додому принесла! Та гляди: не зробиш, то й жива не будеш!Взяла дівчина те прядиво, погнала бичка пасти. Бичок пасеться, а вона плаче: де ж таки видано, щоб усе те за день зробити? А далі й згадала: «Єсть же в мене зернятко від матінки!»От узяла посадила його на леваді, полила, а сама сіла й знову плаче. Плакала, плакала та й заснула. Прокидається, аж із того зернятка така гарна верба яра виросла, а під вербою криничка, і вода в ній така холодна та чиста як сльоза. Підійшла дівчина до верби та й каже:— Вербо яра, відчинися! Ганна-панна йде.От верба й відчинилася, а відтіля так панни й вилинули.— Панно наша мила, панно наша люба, що скажеш робити?Вона й каже:— От вам круг прядива: треба його зом’яти, й потіпати, і попрясти, і помотати, і полотно з нього поткати, і побілити.— Панно наша мила, панно наша люба, зараз буде.Та й назад усі в вербу.От допасла дівчина до вечора, знов до верби:— Вербо яра, відчинися! Ганна-панна йде.От верба й відчинилася, і ті панни виносять їй полотно тонке, таке біле, хоч зараз сорочки ший. Узяла дівчина те полотно, пригнала бичка додому, віддає полотно бабі. А та аж зубами заскреготіла, як побачила, та нічого казати.І свою дочку послала бичка пасти та й каже:— На тобі, донечко, мичечку: спрядеш — спрядеш, а не спрядеш, то й так принесеш.Погнала та бичка пасти та й мичку закинула, а ввечері приганяє бичка та й каже:— Голова в мене, мамо, так боліла, що й не зведеш.— Ну, дарма, доню, ляж та відпочинь!От діждали вони неділі. Баба свою дочку причепурила і веде до церкви, а на дідову гримас:— Топи, ледащо, нетіпахо! Щоб ти й витопила, і обідати наварила, і прибрала, ще з цього полотна й сорочку пошила, поки ми вернемося з церкви. Та гляди: не зробиш, то й жива не будеш!От пішла баба з дочкою до церкви, а дівчина швиденько витопила, обідати наварила, в хаті поприбирала, тоді побігла на леваду до верби та й каже:— Вербо яра, відчинись! Ганна-панна йде.Верба й відчинилась, а відтіля панни так і вилинули.— Панно наша люба, панно наша мила, що скажеш робити?— Треба з цього полотна, поки з церкви вийдуть, сорочку пошити… Та ще й дайте мені вбратися, хочу до церкви поїхати.Ті зараз кинулись, убрали її гарно-гарно, а на ніжки маленькі золоті черевички вбули. Тут і коні під’їхали, сіла вона та й поїхала до церкви.Як увійшла вона в церкву, так церкву й осіяла. Люди аж не отямляться з дива: «Чи воно князівна, чи королівна? Ще такої не бачили». А на той час князенко в церкві був. Як угледів, то й очей уже не відведе від неї… Відправа кінчається, вона перша з церкви вийшла, сіла, поїхала. Під’їхала до верби, верба відчинилася, вона поскидала все з себе, знову наділа своє рам’я, пошиту сорочку взяла… Коні в вербу в’їхали, зачинилася верба, а дівчина пішла в хату, сіла та й виглядає бабу з церкви.Коли приходять.— А що, наварила?— Наварила.— А сорочку пошила?— Та й сорочка пошита.Подивилась баба, нічого не сказала, тільки плечима здвигнула.— Давай обідати!Посідали обідати та й почали розказувати, яку-то вони панночку в церкві бачили — як сонце гарну, що аж князенко і молитись забув та на неї дивиться.— А до кого вона підхожа? — питає дівчина.— Може, до мене?Бабина дочка в сміх, а баба:— Ач, нетіпаха, грубниця погана, до кого рівнятися здумала!От діждали й другої неділі. Знову дід з бабою та з бабиною дочкою до церкви, а тій звеліла баба топити та й ще якусь роботу загадала. А вона впоралась швиденько та до верби:— Вербо яра, відчинися! Ганна-панна йде!Відчинилась верба, а з неї панни так і вилинули.— Панно наша люба, панно наша мила, що скажеш робити?Вона їм загадала, убралася до церкви, в золоті черевики взулася, поїхала.Коли князенко вже там. Вона як увійшла, то й церкву осіяла. Люди торопіють: «Боже, яка краса! Хто ж це?» Ніхто не знає… А князенко очей не зведе… Кінчається відправа, вона вийшла, приїхала, пишне убрання поскидала, своє рам’я наділа, сіла та й дожидає з церкви.Поприходили з церкви, посідали обідати, розказують за ту панну.— Князенко гарний, а вона ще краща.— А може, вона до мене підхожа? — Ганна питається.Бабина дочка регочеться, а баба трохи не била дівчини… Не знає вже, що б їй і робила, так зненавиділа.А князенко тим часом усе довідується: хто та панна? Ніхто не знає. Радились, радились, як би його дізнатися. От один хлопець і каже:— А я знаю, як довідатися.— А як? — питається князенко.— На тому місці, де вона стає, смоли підлити, черевички й попристають.Так і зробили… Приїхала Ганна-панна на третю неділю до церкви, стала… А ті вже — князенко з панами — так і пильнують, так і пильнують… Кінчається відправа, хоче вона йти,— не рушить з місця. Рвонулася вона, таки зірвалась, а один черевичок і зостався. Утекла вона додому, приїхала, убралася знов у своє рам’я та й сидить.Приходять із церкви, як стали розказувати!..— Такий,— кажуть,— маленький черевичок, що й ноги такої нема, щоб на неї прийшовся.— А може, на мою прийдеться? — питає дівчина.Баба як розлютується, як почне її лаяти вдвох із дочкою:— Та ти нетіпаха! Та ти грубниця, тільки в попелі гребешся, ноги як ті колоди, а до кого рівняєшся!Попобила її баба та й з хати прогнала.А князенко геть скрізь розпитується: хто золотий черевичок загубив? Ні, ніхто не знає. Що його робити? А той парубок та й каже знову князенкові:— А я знаю, як її знайти.— А як? — питає князенко — Кажи!— Послати скрізь міряти той черевичок, на чию ногу прийдеться, то то й вона.От так і зробили. Пішли ті дворами князенкові міряти. Пішли спершу по князях, тоді по панах… Боже, як-то всім дівчатам хотілося, щоб черевичок прийшовся та князенкові за жінку бути! Ні, не приходиться!.. Пішли тоді по купцях — ні! По міщанах — ні!.. Треба йти по мужиках. Пішли.Ходять та міряють, та й міряють — нема! От заходять і в ту хату, де дідова й бабина дочка були. А баба ще здалека їх побачила, що йдуть, та на свою дочку:— Мий, доню, швидше ніжки, бо йдуть черевичок міряти!А на дідову:— А ти, нечупаро, задрипанко, грубниця погана, геть мені зараз на піч, щоб і не видно тебе було!Та й загнала її.Прийшли ті.— Здорові!— Дай боже доброго здоров’я.— Чи є у вас дівчата?— Та є в мене дочка,— каже баба.— Доню! Доню! Біжи сюди, давай ніжку золотий черевичок міряти! От люба дитина, ніжки біленькі!..— Почали міряти, ні, не приходиться.— Та ти дужченько, доню, стромляй ніжку, вона влізе!Стромляла-стромляла, де там!.. А дідова дочка дивиться з печі.— А то ж яка дівчина у вас на печі? — питається пан.— Та то ледащиця, грубниця, нетіпаха!—говорить баба та на дівчину: — Ти чого вилізла, задрипо, сказано тобі — сиди там!— Ні, бабо, хай вона сюди йде! А злазь, дівчино!Злізла вона, стали черевичок міряти — враз так і прийшовся.— Ну, бабо,— кажуть вони,— ми цю дівчину візьмемо у вас.— Оце лихо! Де ж таке видано, щоб таке опудало та князенкові за дружину було! Чи то ж годиться?! Я не пущу!— Ні, бабо, таки візьмемо!Баба верещить: та вона така, та вона сяка!.. Та вона з попелу не вилазить, та на ній сорочки ніколи білої нема…Так ті й не слухають.А дівчина каже:— Стривайте трохи — піду приберуся!Вийшла на леваду:— Вербо яра, відчинися! Ганна-панна йде!Як відчинилася верба, а ті панни так і вилинули… Убралася вона, як увійшла в хату — і хату осяяла… Так усі й поторопіли.— Дай же ж,— каже,— обую й другий черевичок…Посідали, поїхали, швидко й весілля відбули… А верба з криничкою пішла в землю та й знов у князенковому саду вийшла.

Cuentos ucranianos – 《El lobo de Hierro》

Hubo una vez un párroco que tenía un sirviente, y cuando éste lo había servido fielmente por doce años, y más, se acercó a su empleador, y le dijo:

-“Hagamos cuentas, maestro, y págadme lo que me debáis. Ya os he servido el suficiente tiempo, y quisiera conseguirme un lugarcito en este mundo, todo para mi”.

-“¡Bien!” le dijo el pàrroco. “Te diré que te otorgaré como indemnización por tu fiel servicio. Te daré este huevo. Llévalo a casa pero, cuando estés en ella, constrúyete un corral, y hazlo grande y fuerte; luego rompe el huevo en el medio del corral, y ya vas a ver. Pero, hagas lo que hagas, no lo rompas de camino a casa, o toda tu suerte se irá allí.”.

Y asi fue. El sirviente partió feliz a su casa, con el misterioso huevo. Andó y andó y, a medio camino, se pusi a reflexionar, “Vamos, ¡veamos lo que hay dentro de este misterioso huevo!”.

De forma que lo rompió a la mitad del camino, y de él salió todo tipo de ganado, en tal cantidad y número, que la amplia estepa parecía el campo de una feria. El sirviente quedó atónito y, sin saber qué hacer, pensó para sus adentros, “¿Cómo, en el nombre de Dios, podré arrear todo ese ganado de nuevo adentro?”.

Apenas había pronunciado esas palabras, cuando llegó corriendo a él el Lobo de Hierro, y le dijo:

“Reuniré a todo este ganado y lo meteré de regreso en el huevo, y sellaré el huevo de forma que quede intacto. Pero, a cambio de eso, ” continuó el Lobo de Hierro, “cuando sea que te sientes en la banca nupcial, llegaré y te comeré”.

–“Bien,” pensó el sirviente para si, “una cantidad de cosas van a suceder antes que tome asiento en una banca nupcial y él pueda venir a comerme y, mientras tanto, tendré todo este ganado”. Por lo que asintió, diciendo “estoy de acuerdo”.

Y entonces el Lobo de Hierro recolectó todo el ganado, lo arreó hasta el huevo, lo metió y lo parchó, de forma que quedó como antes, intacto.

El sirviente regresó a la aldea en la que vivía, construyó un corral más fuerte que la fuerza, ingresó y rompió el huevo de nuevo allá adentro, e inmediatamente el corral rebosó de ganado, que ya no cabía. Y entonces se comenzó a dedicar a crianza de ganado y como granjero, y se volvió tan rico, que en todo el mundo no había nadie tan rico como él. Conservó sus cosas sabiamente, y sus bienes aumentaron y se multiplicaron en exceso.

Lo único que le faltaba para lograr su felicidad completa era una esposa, pero tenía miedo de tomar alguna mujer.

Cerca de donde vivía, había un general, que tenía una hija tan amorosa y bella, y esa muchacha quedó prendada del millonario. Entonces, el general vino a su casa, y le dijo, “Ven, ¿Porqué no os casáis? Te daré a mi hija y una enorme dote.”

–“¿Cómo será posible que me case?”, respondió el hombre, “tan pronto como me siente en la banca nupcial, el Lobo de Hierro vendrá por mi y me comerá.”, y le contó al general todo lo que le había sucedido.

–“Oh, ¡tonterías!” dijo el General, “no temas. Tengo una hueste muy poderosa, y cuando sea el momento que te sientes en la banca nupcial, rodearemos tu casa con tres hileras de fuertes soldados, y ellos no dejarán que el Lobo de Hierro se acerque a ti, eso te lo aseguro.”

Y de esa forma hablaron del asunto, hasta que finalmente lo persuadió, y comenzaron a hacer grandes preparativos para el gran banquete de bodas. Todo caminó excelentemente bien, y la boda transcurrió de maravilla, hasta que llegó la hora que la novia y el prometido iban a tomar asiento en la banca nupcial. Entonces llegó el momento que el general ordenara a sus hombres a colocarse en tres apretadas filas alrededor de la banca nupcial pues, con seguridad, el lobo de hierro aparecería.

El animal vio a toda la hueste parada en torno a la casa, en tres fuertes filas, pero logró saltar de un solo impulso todas las tres filas, y se dirigió directo a la casa. Pero el hombre, tan pronto vio al lobo de hierro, saltó por la ventana, montó su caballo y salió galopando, con el lobo tras de si.

Galopó y galopó, lejos y más lejos, y tras él venía el lobo pero, intentando por todas las maneras, no lograba capturarlo.

Finalmente, ya casi de noche, se detuvo el hombre y vio a su alrededor, pero notó que se encontraba, solo, en un bosque, y frente a él, una choza. Se dirigió a la cabaña, y miró a un anciano, y también a una anciana, sentados frente a ella, y les dijo, “¿Me dejaríais descansar un poco con vosotros, buena gente?”–

-“¡A como de lugar!”, dijeron ellos.

–“¡Sólo hay una cosa más, buena gente!”, dijo él, “no dejéis que el lobo de hierro me capture mientras descanso en vuestra casa”.

–“¡No tengas miedo por ello!” respondió la pareja anciana, “Tenemos un perro, llamado Chutko, quien puede escuchar a un lobo a una milla de distsncia, y esté seguro que nos avisará.

Entonces se recostó a dormir, y estaba ya cabeceando, cuando escuchó a Chutko ladrar. Entonces los ancianos lo despertaron, y dijeron, “¡Vete!, ¡Lárgate! Ya viene el lobo de hierro.” Y le dieron el perro y un pastel de trigo como provisión para el camino.

Entonces partió a caballo, y el perro Chutko tras él, hasta que todo se puso oscuro, cuando percibió otra choza en otro bosque. Se dirigió a ella y, en el frente, se encontraban sentados un anciano y una anciana. Les pidió alojamiento por una noche.

-“Solo”, dijo él, “¡cuidad que el Lobo de Hierro no me atrape!”.

–“No tengas miedo”, dijeron ellos, “tenemos un perro aquí, que se llama Vazhko, y puede detectar a un lobo a nueve millas a la redonda.”

Entonces se recostó y se quedó dormido. Justo antes del amanecer, comenzó Vazhko a ladrar. Inmediatamente lo despertaron, “¡corre!”, le dijeron, “el lobo de hierro ya viene.” Y entonces le dieron el perro y un pastel de centeno como provisión para el camino.

Entonces él tomó el pastel, montó a su caballo y partió, esta vez con dos perros corriendo tras él.

Cabalgó y cabalgó. Cabalgó hasta que llegó la noche, y se detuvo; y se encontró en un bosque, con otra cabaña frente a si. Y entró a la casa, y había una pareja de ancianos sentados.

“¿Me permitiríais pasar la noche aquí, buena gente?“ , dijo él, “¡sólamente tened cuidado que el lobo de hierro no me atrape!”

–“¡No tengas miedo!” dijeron, “tenemos un perro llamado Bary, que puede detectar a un lobo a doce millas de distancia. Él nos hará saber.”.

Entonces se recostó a domir y, temprano por la mañana, Bary les avisó a todos que el lobo de hierro se estaba acercando. Inmediatamente lo despertaton,

-“¡Ya es tiempo, ya debes irte!”, dijeron, y le entregaron el perro y un pastel de trigo sarraceno para el camino.

Él tomó el pastel, montó a su caballo y partió. Entonces, ahora ya tenía tres perros, y los tres iban corriendo tras él y su caballo.

Cabalgó y cabalgó y, ya entrando la noche, se encontró al frente de otra choza. Entró, y no habia nadie. Encontró una habitación y se acostó, y sus perros también se echaron, Chutko bajo el dintel de la puerta de la habitación, Vazhko bajo el dintel de la casa, y Bary bajo el dintel del portón de la propiedad.

Pronto apareció el lobo de hierro, trotando. Inmediatamente, Chutko dio la alarma, Vazhko lo clavó a la tierra y Bary lo descuartizó. Entonces el hombre reunió a sus fieles canes en torno a si, montó a su caballo, y cabalgó de regreso a casa.

Cuentos ucranianos – 《El tonto Ivan》

Hubo una vez un hombre que tenía tres hijos, y dos eran listos, pero el tercero, que se llamaba Iván, era un tonto. Su padre dividió todos sus bienes entre ellos, y murió, y los tres hermamos salieron al mundo a buscar sus propias fortunas.

Ahora bien, los dos hermanos sabios dejaron sus bienes en casa, pero Iván el tonto, quien únicamente había heredado una enorme piedra de molino, la llevaba consigo por todos lados. Caminaron y caminaron, hasta que comenzó a ponerse oscuro, y llegaron a un enorme bosque.

Entonces los hermanos listos dijeron, “Trepemos a la punta de este rible y pasemos la noche allí, asi los ladrones no caeran sobre nosotros”.

“¿Pero qué hará este burro tonto con su piedra de molino?”, preguntó uno de ellos

“Vosotros ved por vuestros pellejos”, dijo Iván, “pues yo pienso pasar la noche también en este árbol.” Y entonces los dos hermanos treparon ágilmente hasta la pura punta del árbol, y allí se sentaron, e Iván se remolcó también, con la enorme roca tras de si.

Intentó subir tan alto como sus hermanos, pero las delgadas ramas se doblaban bajo él, de forma que tuvo que conformarse por sentarse en las ramas gruesas; allí quedó sentado, con la piedra de molino entre sus brazos.

Pronto aparecieron algunos ladrones por ese camino, con las manos rojas de sangre por hacer su trabajo, y también se prepararon para pasar la noche bajo el roble. Cortaron un poco de leña para encender un enorme y rugiente fuego, sobre el que colocaron un enorme caldero y, dentro del caldero, comemzaron a cocinar su cena.

Cocinaron y cocinaron, hasta que su sopa estuvo lista, tras lo que tomaron sus asientos en torno al fuego, sacaron enormes cucharones, y estaban a punto de servirse del – de hecho, estaban soplando su comida, pues estaba demasiado caliente –cuando Ivan dejó caer su gigantesca piedra de molino, justo en el medio del caldero, por lo que la sopa salpicó directo a los ojos de los malhechores.

Los asaltantes estaban tan aterrorizados, que saltaron sobre sus pies y salieron corriendo a través del bosque, olvidando todo el botín que habían robado a los mercaderes.

Entonces Iván bajó del roble y gritó a sus hermanps, “¡Bajad aquí y dividamos el botín!”

Los hermanos listos bajaron del àrbol, colocaron la mercancía sobre los lomos de los caballos que los ladrones dejaron abandonados, y regresaron a casa con el producto; pero el único artículo que pudo quedarse Ivan fue una bolsa llena de incienso.

Lo que hizo fue llevarla inmediatamente a la iglesia más cercana, en cuyo patio se encontraba un cementerio, y entonces colocó el incienso sobre una lápida, comenzando a molerlo con su piedrota de molino.

Repentinamente se le apareció San Pedro, y le dijo, “¿Que estás haciendo, buen hombre?”.

“Estoy moliendo estr incienso para hacerme un pan con él.”

-“No, buen hombre, te aconsejaré algo mejor: dame el incienso y toma de mi lo que quieras.”

“Muy bien, San Pedro,” dijo el tonto; “me darás una pequeña flauta, una flauta de tal clase que, cuando la toque, todos los que escuchen se veran obligados a bailar”.

–“¿Pero sabes cómo tocar una flauta?”–

“No, aprenderé pronto.”

Entonces San Pedro sacó una pequeña flauta de su pecho y se la dio, y tomó el incienso, y, ¿quién podrá decir qué fue lo que hizo con él?. Pero Iván se levanto y quedó contemplando al cielo, diciendo, “¡Ve pues! ¡San Pedro ha quemado todo mi incienso para hacer esa enorme nube blanca que flota sobre mi cabeza!”.

Y tomó su flautita y comenzó a tocar y, al momento que salió la música de ella, todo en trono a él comenzó a bailar; los lobos, y las liebres, y los osos…¡no!, hasta las aves que volaban por los aires aterrizaron y se pusieron a bailar, e Ivan siguió tocando y avanzando, y riendo todo el tiempo.

Incluso los osos salvajes bailaban y bailaban, hasta que sus patas se doblaban. Y tuvieron que agarrarse a los árboles para poder detenerse de bailar; pero no había manera, pues tenian que seguir bailando.

Finalmente Ivan se cansó y se recostó a descansar. Cuando había reposado un poco, se levantó y se dirigió al pueblo. Allí, la gente se encontraba en el mercado, en los bazares, comprando y vendiendo de todo. Algunos compraban Mlini, otros compraban cestas repletas de bellos huevos decorados de brillantes colores, y otros compraban picheles de kvas.

Iván comenzó a tocar su flautita, con lo que todos se pusieron a bailar. Un hombre que tenía una cesta repleta de huevos bailó hasta que ésta se despedazara, y bailó y bailó, hasta que él mismo tenía cara de yema de huevo. Aquéllos que estaban medio dormidos, se levantaron y salieron a bailar directamente; había algunos que bailaban sin pantalones, o sacos, o camisas, y algunos bailaban con nada puesto, pues debían bailar cuando Ivan tocaba.

Todo el pueblo estaba patas arriba: los perros, los cisnes, los cerdos, los gallos y gallinas, todo lo que tenia vida salía a bailar. Finalmente se cansó Ivan, por lo que dejó de tocar, y entró a la iglesia buscar prestar algún servicio.

El párroco del pueblo le tomó simpatía, y le dijo, “¡Buen hombre! ¿Quiere Usted entrar a mi servicio? “

“Eso quiero, con gusto”, dijo Ivan.

“¿Cuàntas monedas quisiera Usted al año por su servicio?”

“No me molestaría ganar unas cinco karbovantsya (monedas), es todo lo que pido”.

“Bien, estoy de acuerdo” dijo el párroco.

Entonces contrató a Ivan como su sirviente, y al día siguiente lo envió al campo a pastorear su ganado. Iván llevó al ganado a los pastizales, pero él mismo se subió sobre un montón de heno, mientras las vacas comían. Y alli quedó sentado, hasta que le entró sueño, y mejor pensó para si mismo, “Tocaré un poquito en mi flauta, pues no la he tocado por bastante tiempo.” Comenzó a interpretar su melodía, e inmediatamente todas las reses comenzaron a bailar; y no sólo el ganado, sino también las zorras, liebres, y los lobos, y todo animal que viviera en zanjas o las márgenes del bosque. Bailaron y bailaron, hasta que los animales quedaron secos hasta los huesos.

Por la noche, Ivan los llevó a casa, pero estaban tan hambrientos, que pasaban mordisqueando los tejados de paja de las casas por donde pasaban, con tal de obtener un bocado o dos. Pero Ivan entró a la jata y tuvo una cena caliente y una cómoda cama.

Al día siguiente llevó de nuevo el ganado a los pastizales, que comió con hambre hasta que Ivan se puso a tocar de nuevo su flautita, y las reses comenzaron a bailar como locas. Tocó y tocó hasta que entró la noche, y de nuevo llevó a las hambrientas vacas a la casa, además de cansadas de tanto bailar, a punto de morir.

El párroco no se impresionó un poquito cuando vio a su a su ganado, sino que mucho.

“¿Dónde en la tierra has estado alimentándolas?”, pensó al ver sus vacas, “¡se van agotadas y casi desmayando! Yo mismo las llevaré mañana a pastar, y veré exactamente a dónde las lleva y qué les da de comer.”

Al tercer día, el padre acompañó al pastor y al ganado a los pastizales, pero lo hizo a hurtadillas, ocultándose dentro de una zanja cerca al punto donde Ivan vigilaba a los animales. Se sentó allí dentro, observando con cuidado al pastor, a ver qué hacía. No mucho tiempo tuvo que esperar, pues Ivan se montó al monticulo de heno y comenzó a tocar.

Todas las vacas se pusieron a bailar, y todo en las orillas del bosque también, y también el párroco dentro de la zanja, quien incluso se puso a hacer cabriolas, y rompió haciendo jirones su sotana y sus calzones, y su camisa, y arañó su piel y torció fuertemente su barba, arrancándola y quedando como si se hubiera rasurado mal, muy mal, y el pobre padre tuvo que continuar bailando dentro de la espinosa zanja, hasta que le quedaron grandes ronchas y heridas por todo su cuerpo, y comenzó a fluir la sangre roja.

Y el pobre cura se preocupó al verse en tal situación diabóloca, y le hacía muecas al pastor para que dejara de tocar; pero el joven Ivan estaba tan ensimismado en su música, que no lo vio ni escuchó. Pero, finalmente, hasta que logró ver al padre, saltando como lunático, se detuvo. El pobre hombre salió disparado, corriendo tan fuerte y tan lejos como sus piernas podían, llevándolo hasta el pueblo y, ¡oh!, ¡qué espectáculo el que se presentaba por las calles!.

La gente no conocía al hombre desnudo y sangrado que corría como loco por todos lados, y comenzaron a abuchearle. El padre siguió corriendo, intentando internarse en el bosque, pero pasando antes por jardines y huertos, con todos los perros tras él. Pero a cualquier lado que fuera, se le tomaba por ladrón, y se le echaban los perros.

Finalmente llegó a su casa, todo andrajoso y dañado, de forma que, al verlo su esposa, no lo reconoció y llamó a los mozos que ayudaban en la casa, “¡Ayuda, ayuda, aqui hay un ladrón, echadlo!”.

Llegaron todos los mozos, con palos y porras, pero el hombre se puso a hablarles, y al final reconocieron su voz, lo llevaron adentro de la casa, en donde él le contó a su esposa sobre Ivan. La esposa del párroco estaba tan sorprendida, que apenas lo podía creer.

Por la noche, Ivan llevó las vacas y bueyes a la casa y los colocó dentro de sus establos, y fue a la casa a cenar. Entró y el padre le dijo, “¡Ven, Ivan, cuando hayas comido y descansado algo, toca un poco tu flauta para mi esposa!”. Pero, ya con experiencia, tomó la precaución de atarse al pilar que sostenía el tejado de la casa. Ivan se sentó en el piso, cerca del umbral, y comenzó a tocar.

La esposa, aún incrédula, se sentó en la banca a escuchar la melodía, pero inmediatamente saltó y comenzó a bailar, con tanto entusiasmo y energía, que el lugar se le hizo pequeño. Entonces el diablo pareció tomar posesión del gato, también, que salió de debajo de la estufa y se puso a brincar y hacer piruetas. El párroco se agarró fuertemente al pilar, con todas sus fuerzas, pero fue inútil. No tuvo la fuerza para soportar y soltó sus manos, y dio tales estirones, que la soga que lo sostenía se debilitó más y más, y entonces se puso a bailar alrededor del pilar, a un ritmo fúrico, con la soga excoriando sus manos y pies a la vez.

Finalmente no pudo soportar mas, y ordenó a Ivan que se detuviera.

“¡Tienes al diablo metido!”, exclamó. Ivan se detuvo, colocó la flautita en su bolsa, se arregló y se fue a dormir. Pero el párroco dijo a su esposa, “Debemos echar al tal Ivan mañana, o será nuestra muerte y la de nuestro ganado!”.

Ivan, sin embargo, escuchó de lejos lo que decía el párroco a su esposa y, levantándose temprano por la mañana, fue directo a su patrón y le dijo, “Deme cien karbovantsya y me iré; pero si no me lo quiere dar, tocaré y tocaré hasta que Usted y su esposa bailen, hasta morir, y luego tomaré su lugar aquí, y todo esto será mio”.

El párroco se rascó la cabeza, y detrás de las orejas, pensando y pensando; pero, finalmente decidió mejor darle el dinero y deshacerse de él. Entonces tomó las cien karbovantsya de su saco y se los dio a Ivan.

Pero Ivan le tocó una canción de despedida, tal fuerte y tan larga, que tanto el cura como su esposa cayeron bailando a la tierra, muertos de tanto bailar, con las lenguas fuera de la boca, aún moviéndose; entonces puso su flautita en el morral, y partió al amplio mundo.


Дурень та чарівна сопілка

Було в чоловіка три сини: два розумних а третій, Іван, дурний. Батько їх поділив хазяйством та й умер.

Пішли всі брати щастя шукати. Тільки розумні своє хазяйство покидали дома, а в Івана з хазяйства була одна ступа, так він і ту з собою взяв.

Ідуть вони та й ідуть, і вже стало смеркать. Дійшли до лісу та й кажуть:

Давайте виліземо на дуба та переночуємо, а то щоб розбійники не напали. Один і каже:

— А цього дурного біса де дінемо з ступою? Іван на те:

— Думайте за себе, а я сам вилізу на дуба та й заночую.
Чарівна сопілка 250х250.jpg
Полізли аж на самий вершок дуба і сидять, а Іван і собі лізе, а за собою і ступу тягне на дуба. Виліз, сидить і ступу держить.

От ідуть розбійники з своїх промислів та й стали ночувать під тим дубом. Назбирали дров собі, зачали варить у великому казані куліш на вечерю. Наварили, посідали кругом казана, побрали ложки та тільки що стали їсти та все студять, бо дуже гарячий був, а Іван як пустить ступу та прямо в казан. Кип’ячений куліш геть-чисто позаляпував їм очі. Вони з ляку як посхвачувалися та й ну тікать у ліс, забули й товар, котрий награбували в крамарів.

Іван тоді зліз з дуба та й каже братам:

— Лізьте додолу.

Брати позлазили, забрали увесь товар, коні і поїхали додому, а Іван узяв собі тільки сопілку. Узяв він ту сопілку і ну грать. А була та сопілка не проста, а чарівна: як заграє, так усе живе й танцює. От заграв Іван, так і пішло все танцювать: і вовки, і зайці, І лисиці, й ведмеді. А Іван все гра та сміється. Уже ті звірі сердешні танцювали і поморились. Уже за дерева хватались та держались, щоб не танцювать, та ні, не вдержаться.

Уморився Іван, ліг відпочивать. Трохи оддихнувши, встав і пішов у город. Люди саме несли на базар продавать хто паляниці, хто крашанки в коробці, а хто квас у відрах. Іван як заграв у дудочку, так і пішли всі танцювать. Один чоловік ніс коробку яєць та побив їх чисто, танцюючи, і сам як чортяка убрався в яєшню. Ті, що спали, посхвачувались та давай і собі танцювать: хто голий по хаті, хто без штанів, хто без сорочки, а хто без спідниці. Пішов увесь город перевертом: і собаки, і свині, і кури, все чисто, що було живе, пустилося танцювати.

Уморився Іван, граючи, і пішов у слободу найматися в робітники. Прийшов, а зустрічає його піп.

— Наймись до мене, добрий чоловіче, в робітники.

— Добре,— каже Іван.

— А що ти візьмеш у год?

— Та я не дорого візьму: п’ять карбованців.

— Як так, то й так,— каже піп.

Найняв він робітника та на другий день і послав волів пасти. Погнав Іван волів на сінокос, а сам виліз на стіг і сидить, а воли пасуться. От згадав він про свою дудочку і заграв. Як заграв, а воли зараз і пішли танцювать. Танцюють і танцюють, уже воли чисто поперепадались. Пригонить Іван волів увечері додому, а вони голодні, ревуть та з загати смичуть гнилу солому і їдять. Сам Іван повечеряв та ліг спать. На другий день погнав оп’ять волів пасти. Пас, пас, а потім знов заграв, і все пішло танцювать. Дограв до вечора і погнав волів додому голодних і замучених танцями. Дивиться піп на худобу та й каже:

— Де він їх у чорта пасе, що вони такі худі та голодні?

От він вирішив самому піти і подивитися, де той Іван їх пасе. На третій день погнав робітник волів пасти, а піп і собі слідом за ним. Пішов та й сів у тернику. Сидить і вигляда, що Іван буде робить.

А той знов виліз на стіг та й давай грати. Як пішло все танцювати – воли і всяка тварюка, а далі і піп у тернику. Терник був густий, і піп як почав по ньому плигать, як почав, та й порвав на собі штани, рясу, сорочку, а косу та бороду чисто вискуб терном.

Бачить піп, що лихо, та давай кричать, щоб робітник перестав грати. А той грає собі і не чує. А далі зирк у терен, коли піп плига як оглашенний, він тоді й годі грать. Піп вискочив та й дав тягу додому.

Добіг до еела та як чкурнув вулицями. Люди його не пізнали, дивляться, що в нього тільки клапті висять з одежі, а все тіло видно, і давай на нього тюкать. Він тоді звернув з вулиці, переліз через тин та як гайнув по городах бур’янами, а собаки за ним. Дехто думав, що розбійник, та давай його цькувати собаками. Прибіг піп додому увесь в реп’яхах. Попадя не впізнала та з переляку і каже робітникам:

— Біжіть вигоніть з двору скаженого чоловіка. Ті побігли з дрючками, аж він до них забалакав. Тоді робітники узнали попа, привели його в хату і давай він попаді розказувать про Івана.

Попадя слухає та тільки дивується.

Увечері пригнав Іван волів, загнав у загін, дав сіна, а сам пішов вечеряти. Увійшов у хату, а піп йому й каже: — Ану лишень, Іване, заграй попаді коротенької пісні.

А сам узяв та й прив’язав себе до стовпа, котрим був підпертий сволок у хаті. Іван сів долі біля порога і почав грати. Попадя вмостилася на лаві, щоб послухать, як він грає, та як схопиться з лави і давай танцювати. А далі як закрутиться якоїсь панської та й мало їй місця. Де в чорта взялась кішка, вискочила з-під припічка та давай і собі плигать. А піп державсь, державсь руками, а воно його так і сіпа біля стовпа. Сіпало, а далі канат ослаб і давай тоді піп стрибать кругом стовпа на канаті. Стрибав, стрибав та вже аж боки понамулював канатом, а тоді давай кричать Іванові:

— Годі! Перестань! Хай тобі біс! Іван перестав грать, сховав у пазуху свою дудку та тоді й пішов спать. Піп і каже попаді:

— Давай Івана проженем завтра, а то він зовім замучить і нас і наших волів.

Іван брав одежу в сінях та й чув, що піп казав попаді. Уранці встав і пішов прямо до попа та й каже йому:

— Коли ти, попе, задумав мене проганяти, то заплати мені гроші, і я собі піду. Як не даси, то буду грать, поки ви обоє з попадею позамучуєтесь, танцюючи.

Піп поскріб потилицю, бачить, що треба-таки платить, вийняв з гаманця гроші і віддав Іванові.

Іван заграв на прощання однієї, поки піп з попадею потомились, аж язики висолопили з рота, та й пішов по білому світу блукати.

El Viy – Novela de Mykola Hóhol

Esta leyenda es la que les contaré ahora tal como la he oído, intentando hasta donde me sea posible no cambiar nada de la ingenua sencillez con que la escuché contar.

Cuando por las mañanas tocaba la sonora campana que colgaba sobre la puerta cochera del seminario de Kyiv, todos los estudiantes y los seminaristas acudían en tropel desde los distintos barrios de la ciudad. Aquel monasterio tenía alumnos de todas las clases: gramáticos, retóricos, filósofos y teólogos, llamados así según el nombre del curso en que estaban. Todos llevaban libros y cuadernos. Los gramáticos, que correspondían a las clases elementales, eran en su mayor parte chiquillos; siempre entraban corriendo, dándose empujones, y gritando con sus voces atipladas. Iban muy mal vestidos, y en los bolsillos de sus muy harapientos trajes llevaban todo tipo de fruslerías, como silbatos de pluma hechos por ellos mismos, huesos de cordero con las que jugaban muy a menudo a la taba, restos de empanadas o de cualquier otro alimento, y algún infeliz gorrión que muchas veces, de manera inesperada, rompía con su piar el silencio de la clase, siendo la causa de que su dueño recibiera un severo castigo, ya en forma de palmetazos, o de unos buenos azotes con una vara de cerezo.

Los retóricos eran un poco mayores que los gramáticos, y vestían de un modo más decente, puesto que llevaban trajes en mejor estado y a veces muy limpios. Sin embargo, sus rostros no carecían de adornos en forma de símbolo victorioso, ya fuera un ojo morado, algunos arañazos o algunos hinchazones de la misma procedencia. Las voces de los retóricos eran ya más de tenores.

Por lo que respecta a los filósofos, hablaban con voz de bajo. En sus bolsillos solamente se podía encontrar tabaco, pues no solían guardar restos de alimentos, ya que se los comían ávidamente en cuanto los tenían a su alcance. De ellos emanaba un olor característico a pipa y aguardiente; era un olor que se notaba desde tal distancia que los artesanos, cuando se cruzaban con ellos, olfateaban de igual modo que los perros de caza.

En aquella hora tan temprana comenzaban a abrirse las puertas del mercado, y las vendedoras de buñuelos, de panecillos y toda clase de golosinas, jalaban a los estudiantes del vestido; como es de suponer, importunaban más a los que iban mejor vestidos.

-¡Señoritos, señoritos, vengan aquí! ¡Vean qué ricos buñuelos, qué tortas, qué pasteles! ¡Son de miel! ¡Una delicia! ¡Yo misma los he hecho! -pregonaba una de aquellas vendedoras.

-¡Aquí están los buenos caramelos! -exclamaba otra, ofreciendo algo parecido a lo que pregonaba.

-No le haga caso, señorito -intervenía una tercera-. No le compre nada a esa mujerzuela. Fíjese usted en sus manos sucias y en su nariz manchada. ¡Venga aquí, señorito!

Claro que estas bravatas sólo las dirigían a los más pequeños. No se atrevían con los filósofos ni con los teólogos, que sólo se acercaban “a probar” la mercancía, lo que por cierto lo hacían a manos llenas, sin el menor escrúpulo. Al entrar en el seminario cada uno se dirigía a su salón de clase. Eran aulas amplias, de techo bajo, pequeñas ventanas, grandes puertas y bancos llenos de manchas y marcas. En seguida se animaban con un extraño murmullo, y los estudiantes de años superiores comenzaban a preguntar a los alumnos. Por un lado, algunas vidrieras vibraban por la voz de tiple de un gramático; por otra, vibraban por la voz de bajo de un filósofo o de un teólogo que llenaba la clase con su monótono “bu, bu, bu…”, al mismo tiempo que el cuidador, escuchando con indolencia la tarea, miraba de reojo para ver si algo asomaba por debajo de la mesa del bolsillo del alumno; un pedazo de buñuelo, de empanadilla, o de un simple panecillo.

En las ocasiones en que todo aquel ilustre alumnado llegaba a las clases ante que sus maestros o sabía que comparecían más tarde de lo normal, se entablaba en las aulas un combate general en el que intervenían no sólo la totalidad de los estudiantes, sino también los mismos cuidadores, a los que se suponía encargados de garantizar en el seminario el orden y la moral de los estudiantes. Casi siempre eran dos teólogos los que se dedicaban a organizar los combates, resolviendo si cada clase peleaba por su cuenta o sí el combate se haría en dos grupos: los mayores contra los menores, los colegiales contra los seminaristas.

Los gramáticos eran siempre los que iniciaban la lucha, pero apenas entraban en acción los retóricos, abandonaban el campo y se limitaban a seguir la pelea como simples espectadores desde algún sitio elevado.

Después entraban a la batalla los filósofos, en cuyos rostros apuntaba ya la barba, y finalmente los teólogos, de cuellos fuertes y musculosos como los de un toro, que llevaban pantalón bombacho. Por regla general el combate concluía con la derrota de los filósofos, quienes abandonaban el campo frotándose sus adoloridas espaldas, para ir a refugiarse en su salón y sentarse en sus bancos a reponer fuerzas.

Cuando entraba el maestro, que en su juventud también había participado en iguales peleas, en seguida deducía por las caras de los alumnos que el combate había sido tremebundo, y de inmediato procedía a
castigarlos dándoles a los filósofos palmetazos en los dedos, mientras en otro salón un colega golpeaba a los retóricos en la palma de las manos. A los teólogos se les daba un tratamiento diferente: recibían una buena ración de guisantes, que así llamaban a los látigos que en la punta tenían bolitas de cuero.

Los días festivos casi todos los estudiantes los pasaban en distintos antros de la ciudad, divirtiendo al público con representaciones no siempre muy convenientes, en las que aparecían personajes como Herodías o Pentefría, la virtuosa esposa de algún faraón. Por esos trabajos recibían un saco de mijo, medio ganso asado o unos cuantos metros de tela. Toda aquella docta gente, tanto los del colegio como los del seminario, que convivían en un tradicional ambiente de implacable antagonismo, era tan pobre que carecía de medios para alimentarse como es debido, y, en cambio, poseía un hambre feroz, no siendo posible, por lo tanto, calcular la cantidad de panecillos, buñuelos, o cualquier otra clase de alimento que serían capaces de comerse en un sólo día.

De ahí que muchas veces la generosidad de algunos mecenas no fuera suficiente para evitar que soportaran un hambre canina.

Cuando se encontraban en tal apuro se reunía el senado, compuesto de teólogos y filósofos, y decidían enviar varios grupos de retóricos y gramáticos, capitaneados por un filósofo y provistos todos de sus correspondientes bolsas, a hacer una incursión por los huertos próximos, y cuando regresaban, abundaban los pepinos, las calabazas y otras muchas hortalizas. Los senadores se hinchaban hasta tal punto de melones y sandías, que los profesores notaban ruidos anormales al día siguiente, los que provenían de las saturadas panzas de aquellos senadores. Tanto los busarcos como los seminaristas usaban unas levitas tan largas que al caminar casi se las pisaban.

No obstante, lo más curioso de la vida de los discípulos eran las vacaciones, es decir, el tiempo que transcurre desde el mes de junio hasta el final del verano. Al llegar estas fechas los seminaristas regresaban a sus casas y los caminos se llenaban de teólogos, filósofos, retóricos y gramáticos.

Los que no tenían familia se las arreglaban para pasar el verano en la casa de alguno de sus compañeros. Los teólogos y los filósofos, cuyos procedimientos e instrucción eran más elevados, se valían de ello para pasar las vacaciones como preceptores en la casa de alguna familia adinerada, recibiendo como remuneración final un par de zapatos o una levita nueva.

Todos salían juntos del seminario en tumultuoso tropel; comían y dormían en pleno campo y llevaban un saco como todo equipaje; dentro de él había una camisa y unos cuantos pares de calcetines. Los teólogos economizaban más que sus compañeros, por lo que andaban descalzos y con las botas al hombro, sobre todo si el camino era pantanoso; en este caso se subían los pantalones hasta las rodillas y caminaban así a través de los caminos llenos de lodo. Si durante su larga caminata encontraban alguna finca, iban hasta ella, se situaban debajo de las ventanas y entonaban una canción. Generalmente el propietario, que por lo común era un kozako o un terrateniente, los escuchaba conmovido y después le decía a su esposa:

Oye, mujer, no tengo la menor duda de que eso que han cantado debe ser algo muy sabio. Dales algo de comer.

Los sacos de los seminaristas se llenaban entonces de tocino, empanadas, incluso pollos asados, sin tener en cuenta que en los sacos había camisas y calcetines. Reforzados así de provisiones, reanudaban su camino. El tropel iba disminuyendo poco a poco, hasta que sólo quedaban los estudiantes cuyos hogares estaban más lejos. En una de estas ocasiones, durante una peregrinación de este tipo, tres busarcos se extraviaron al salirse de la carretera principal, y después de una larga caminata encontraron una apartada finca, a donde se dirigieron en busca de alimentos. Los sacos los tenían totalmente vacíos, y desde hacía bastante tiempo no probaban bocado. Los tres compañeros eran el teólogo Khaliava, el filósofo Jomá Brut y el retórico Tiberi Gorobez.

..-gritó el filósofo. Y lo era. Ante ellos había una finca de sólo dos casitas

El teólogo era un muchacho de anchos hombros, fuerte, y con una costumbre bastante extraña; le era imposible ver cualquier cosa que tuviera al alcance de su mano sin metérsela al bolsillo. Se mostraba siempre taciturno y huraño, en especial cuando bebía más de la cuenta: entonces se escondía entre los matorrales, y era casi imposible que sus compañeros lo encontrasen. Jomá Brut, por el contrario, tenía un carácter alegre y afable. Le gustaba mucho fumar en pipa, y cuando se emborrachaba invitaba a los músicos y se ponía a bailar. En el seminario pertenecía al grupo que probaba a menudo una buena ración de guisantes, pero lo soportaba estoicamente, diciendo que nadie puede evitar lo que tiene predestinado.

El retórico Tiberi Gorobez todavía no alcanzaba el permiso para beber aguardiente, fumar en pipa y tener bigote. Aún llevaba el oseledez (una trenza en medio de la cabeza afeitada) y se consideraba que su carácter no estaba formado, a pesar de que por los cardenales y moretones con que aparecía en las clases, prometía ser un buen kozako. El teólogo Khaliava y el filósofo Jomá Brut le daban frecuentemente unas buenas palizas como prueba de su protección, y lo utilizaban como mensajero. Comenzaba a oscurecer cuando los tres estudiantes se alejaron de la carretera principal. El sol había desaparecido en el horizonte y el aire conservaba todavía su calor estival. El teólogo y el filósofo fumaban sus pipas y Tiberi se dedicaba a tronchar con el bastón las flores que bordeaban el sendero, el cual serpenteaba entre los nogales y los robles que cubrían la llanura y su monotonía solo era rota por alguna colina redonda como las cúpulas de las iglesias. Algunos terrenos sembrados de trigo indicaban que en las cercanías había alguna aldea o por lo menos una hacienda.

Pero ya llevaban más de media hora caminando sin ver señales de algún pueblo. Entretanto, la noche había avanzado con tal rapidez que únicamente se veía en la lejanía una estrecha franja de cielo iluminada por una débil luz crepuscular.

-¡Qué extraño es todo esto! -dijo el filósofo Jomá Brut-. Me imaginé que estábamos cerca de una finca o de una aldea, pero no se ve nada que se lo parezca.

El teólogo, al escuchar a su compañero, miró hacia el horizonte, y siguió fumando tranquilamente.

Al rato el filósofo sentenció:
-Juraría por todos los demonios que no hay nada a la vista que parezca una aldea.
Ahora el teólogo respondió secamente sin quitarse la pipa de la boca:
-Si seguimos caminando, a algún sitio llegaremos.
La noche había cerrado ya por completo; debe decirse que era una de las más oscuras, y las nubes, apiñadas en el cielo, no daban la menor esperanza de que brillara la luna o las estrellas. Sólo en ese momento los tres compañeros reconocieron haber perdido el camino y estar totalmente perdidos. El filósofo, después de mirar detenidamente alrededor, dijo:

-No logro ver el camino.
Al cabo de un rato, como si lo hubiera estado pensando, el teólogo repuso:
-Es muy fácil perderlo en una noche tan oscura como esta.
El retórico subió a una pequeña cuesta con el fin de encontrarlo, pero a pesar de que se puso a gatas buscando con mucho cuidado, sus manos sólo tropezaban con madrigueras de zorros o con arbustos. Se hallaban en medio de la inmensa estepa, por donde parecía que jamás hubiera pasado alguien. Cansados, caminaron otras leguas más, sin encontrar las huellas del camino. El filósofo comenzó a lanzar gritos, pero su voz se perdía en la inmensa llanura. Al cabo de un rato oyeron un lejano gemido muy parecido al aullido de un lobo.

-¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó el filósofo.

-¿Qué otra cosa podemos hacer si no es pasar la noche en medio del campo? -contestó el teólogo, volviendo a encender su pipa.

Pero su decisión no fue del agrado del filosofo, acostumbrado a comer cuando menos un buen pedazo de tocino y medio kilo de pan antes de acostarse; ahora tenía el estómago terriblemente vacío y haciendo toda clase de ruidos. Por otra parte, a pesar de su carácter alegre, estaba aterrado por su miedo a los lobos.

-No, amigo Khaliavna; eso no es posible -repuso-. No estoy de acuerdo en que nos tumbemos en el suelo como si fuéramos perros sin comer algo antes. Sigamos un poco más y tal vez encontremos alguna finca en la que podamos beber un vaso de vino antes de dormirnos.

Al oír la palabra vino, el teólogo, escupiendo, dijo:
-Por supuesto, eso es lo que necesitamos. Resulta muy despreciable pasar la noche en medio del campo.
Y los tres siguieron andando. Por suerte para ellos, no transcurrió mucho tiempo antes de que oyeran el lejano ladrido de unos perros, y dirigiéndose hacia allí no tardaron en ver unas luces.

-¡Una finca, les juro que es una finca! -gritó el filósofo.

Y lo era. Ante ellos había una finca de sólo dos casitas, rodeada toda ella por una cerca. Las ventanas tenían luz y frente a ellas había una docena de melocotoneros y un patio lleno de carros, que los tres viajeros miraron a través de las estacas de la cerca. Mientras tanto, el cielo se había despejado un poco y se veían brillar algunas estrellas.

-Tenemos que avivarnos, compañeros, y sea como sea conseguir un lugar donde pasar la noche -ordenó el filósofo.

Acto seguido los doctos varones llamaron a la puerta, golpeándola con todas sus fuerzas.

-¡Eh, abran, abran!
Al abrirse la puerta de una de las casitas, vieron parada en el umbral una vieja envuelta en un grueso abrigo.
-¿Quién anda ahí? -preguntó tosiendo.
-Somos tres caminantes que en esta noche tan oscura nos hemos perdido. Déjenos entrar. Sólo queremos pasar aquí la noche.

-¿Pero quienes son? –volvió a preguntar la anciana.

-Gente de paz y honrada: el teólogo Khaliava, el filósofo Brut y el retórico Gorobez;
-No, no es posible -refunfuñó la vieja-; el patio está lleno de gente y todos los rincones de la casa están ocupados. No me queda sitio donde se puedan meter, y al ser los tres tan grandes podrían derrumbarme la casa. Además sé que todos los colegiales son unos borrachos y no quiero recibir a esa clase de gente. De modo que ¡fuera de aquí!

-Por Dios, abuelita, ten piedad de nosotros. No dejes morir a unos buenos cristianos libres de toda culpa. Que nos castigue Dios si hacemos algo malo.

La anciana pareció conmoverse un poco, y después de un rato les dijo:

-Bueno, está bien, los dejaré entrar. Pero que conste que los separaré y los pondré en distintos sitios para así estar más tranquila.

-Haz lo que creas mejor. Tú mandas y nosotros te obedecemos.

Les abrió el portón del cerco y los tres colegiales entraron en el patio.
-Escucha, abuela -dijo el filósofo desde atrás de la anciana-; no sé cómo explicarlo, pero sucede que a nuestros estómagos les ocurre algo muy raro. Desde ayer no hemos probado el menor bocado, y ellos se han dedicado a hacer ruidos y parecen estar completamente vacíos…

-Eso ya es mucho pedir -gruñó la vieja-. No hay nada preparado y no me voy a poner a estas horas a prender el horno.

-Nosotros te lo pagaríamos mañana en dinero constante y sonante -dijo el filósofo, añadiendo en voz baja:

“Te juro que nada recibirás, vieja del cuerno”.
-Está bien, está bien, pasen, pero confórmense con lo que se les da y después que el diablo se los lleve.
Sus palabras entristecieron al filósofo Jomá, pero de repente se animó grandemente pues su fino olfato había percibido olor a pescado salado. Inquieto miró por todos lados y de pronto vio salir la cola de un pescado por uno de los bolsillos del anchísimo pantalón del teólogo. Al astuto Khaliava le habría sobrado tiempo y ocasión para extraer de un carro del patio una magnífica parca. Y como eso lo había hecho siguiendo su inveterada costumbre, se olvidó de él y se puso a buscar algo que poder meterse al otro bolsillo, aunque sólo fuese un trozo de rueda abandonada. Y conociendo esa distracción, el filósofo Jomá pudo sacarle el pescado del bolsillo sin el menor remordimiento y tan fácil como si hubiera sido unos de sus propios bolsillos. La vieja fue enseñando a cada uno su lugar; al más joven lo metió en una casucha; al teólogo en una despensa, y al filósofo, llevándolo al corral, en uno de los establos.

Apenas quedó solo, el filosofo se tragó con un gran gusto la parca, revisó casi en oscuras las paredes del establo y le dio una patada a un cerdo que se había despertado y que andaba perezosamente. El muchacho se había echado ya sobre la paja tratando de dormir, cuando se abrió la puerta y apareció la vieja.

-¿Qué buscas, abuelita? -le preguntó sorprendido el filósofo.
Como única respuesta, la vieja, abriendo los brazos se acercó a él con claras intenciones con un ademán que descubría claramente sus intenciones sexuales.

-Óyeme, abuelita -dijo el filósofo rechazándola-, estamos en la Santa Cuaresma, y, aunque me entregaran mil monedas de oro, no sería capaz de cometer un pecado.

Pero el brillo de los ojos de aquella vieja demostraba que su explicación no la detendría. El filósofo sintió miedo.

-¡Márchate! -gritó-. ¡Vete de aquí y déjame en paz!

Y al decir esto se levantó de un salto a fin de escapar del establo, pero la vieja le cerraba el paso. Intentó atropellarla con su carrera, y de pronto sintió aterrorizado pues ni sus brazos ni sus pies le obedecían; incluso la voz se le ahogaba en la garganta. El corazón le latía con tal fuerza que parecía a punto de estallarle dentro del pecho.

Se quedó asombrado y en el acto vio que la vieja cogía una escoba a manera de látigo; después le saltó a los hombros y lo obligó a llevarla como si fuese un caballo. Todo esto ocurrió con la rapidez del rayo. El filósofo se sujetó las rodillas intentando detener sus piernas, pero resultó inútil: no le obedecían, y comenzaron a saltar y a correr a la misma velocidad que el mejor caballo circasiano. En menos tiempo del que se tarda en decirlo, se hallaron en el exterior de la finca; después galoparon a campo abierto y luego por un bosque tan negro como el carbón. Sólo entonces entendió lo que le sucedía: ¡estaba en poder de una bruja!

Apareció la luna, y con su plateada y misteriosa luz comenzó a iluminar la campiña, apareciendo ante sus ojos los bosques, el campo, las colinas, como paisajes de sueños. Las sombras que los arbustos y los árboles proyectaban parecían colas de negros cometas abalanzándose sobre la tierra. Pero lo más sorprendente era que el filósofo no notaba el azote del viento, como habría sido lógico sentirlo dada su fuerza. La noche era cálida, casi asfixiante. Jomá Brut, al soportar sobre sus espaldas el peso de tan extraño jinete, experimentaba un agobio desconocido hasta entonces y una rara sensación de languidez. Si miraba a sus pies, veía la hierba totalmente cubierta por una capa de rocío de una maravillosa transparencia, co- mo si la tierra fuera el fondo del mar; su tersa superficie reflejaba la imagen del filósofo con la bruja sobre sus hombros.

En aquella límpida superficie aparecía también reflejado el luminoso disco de la luna, e incluso creía oír sonidos emitidos por las silvestres campanillas azules al agitarse. Finalmente vio deslizándose sobre las aguas a una esbelta y hermosísima rusalka, de cuerpo marmóreo, como si estuviera formado por los rayos de la luna. La rusalka lo miraba con ojos brillantes y profundos, con una mirada que penetraba en su corazón como un finísimo dardo, y otra ondina también se deslizaba por la superficie, cantando, y otra se alejaba sonriéndole.

¿Era sueño lo que sus ojos contemplaban o era realidad? Una dulce y extraña melodía, penetrante como un silbido, llegaba hasta sus oídos.

“¿Pero qué me está ocurriendo?”, se preguntaba el filósofo sin dejar de galopar.

Jomá Brut sudaba y al mismo tiempo sentía un indecible placer. Su corazón latía con inusitada violencia, que él intentaba mitigar apretándose el pecho con las manos. Después tuvo miedo. Comenzó a recordar las oraciones que había aprendido, y procuró escoger las que creía más eficaces para alejar a los demonios.

Después de haberlas recitado sintió un gran alivio, como si un reconfortable frescor le hubiera recorrido todo el cuerpo. Le parecía que sus piernas se movían con menos agilidad y que la vieja estaba menos segura sentada sobre sus hombros. La misma tierra iba aproximándose, y al igual que la luna y las estrellas, recobraba su aspecto natural. “Espera, maldita vieja, vas a ver ahora”, se dijo el filósofo comenzando a recitar una plegaria.

Gracias a esto, y aprovechando el momento más conveniente, consiguió liberarse de la vieja y, sin perder tiempo, saltar sobre su espalda. Y ahora le tocó a la vieja galopar con tanta velocidad que al filósofo le costaba mucho sujetarse, y respiraba con gran dificultad. La tierra corría bajo sus pies, pero todo con aspecto bien visible y natural, como si la tuviera en la palma de la mano. Cabalgando sin detenerse sobre la bruja, agarró un leño que vio en el camino y golpeó a la vieja con todas sus fuerzas. Ella lanzó horrendos gritos, furiosos y amenazadores; después se convirtieron en gemidos más débiles, más amables, mas puros, y finalmente calmados, apenas audibles, que paulatinamente se fueron convirtiendo en una melodía que ablandaba el alma, con extrañas notas, como entremezcladas con argentinos sonidos de campanillas de plata. Al filósofo le parecía imposible que una voz como aquella pudiera salir de la garganta de una vieja.

Finalmente vio deslizándose sobre las aguas a una esbelta y hermosísima rusalka,

-¡Oh, ya no aguanto más! -exclamó al fin, y cayó rendida al suelo.
Los primeros rayos de la aurora empezaban a aparecer y allá a lo lejos se oía el tañido de las campanas de la iglesia de Kyiv, la de doradas cúpulas. El filósofo se incorporó y al buscar con la vista para tratar de saber dónde se encontraba, se dio cuenta, con extraordinaria sorpresa, de que a sus pies, en el suelo, yacía una hermosa joven con los exuberantes cabellos en desorden; de bellos y grandes ojos con pestañas tan largas como flechas. La joven gemía de un modo apenas perceptible, y tendió hacia él sus blancos y torneados brazos, y lo miraba con los ojos arrasados en llanto. Jomá Brut comenzó a temblar y a hablar sin saber lo que decía, y se sintió invadido por una extraña emoción y timidez que nunca había sentido. Después tuvo miedo y el impulso a alejarse con rapidez de ahí. Como loco, corrió velozmente, con toda la rapidez que deban sus piernas, hacia la ciudad de Kyiv, que veía a lo lejos, y en pocos minutos ya estaba en ella. Su corazón latía como loco y él no podía explicarse el nuevo sentimiento que lo había embargado. En la ciudad no quedaba un solo estudiante, todos se habían marchado, dispersándose por las granjas y las aldeas vecinas, puesto que en ellas podían encontrar siempre, y sin que les costará un centavo, alimentos de toda clase: pasteles, empanadas, queso, mantequilla… En cambio, en el viejo seminario, también vacío de estudiantes, el filósofo no consiguió ni un mísero mendrugo, ni un pedazo de tocino, ni nada que poder llevarse a la boca, a pesar de que buscó y rebuscó por todas partes, hasta en los más ocultos rincones, allí donde los estudiantes solían esconder sus provisiones.

Sabía que no podía perder ni un segundo, y que le era necesario espabilarse. Jomá Brut, sin pensarlo dos veces, se dirigió de inmediato al mercado, donde comenzó a pasear y después a dar vueltas en torno a una joven viuda a la que hacía guiños y bromas. La viuda vendía perdigones, pólvora, ruedecillas, cintas…

Nuestro joven filósofo se vio aquel mismo día ante una mesa muy bien provista de pollo, empanadillas y cuanto podía imaginar. Gracias a la amabilidad de la amable viuda que lo atendía en un jardín rodeado de cerezos. Al anochecer lo vieron en la taberna. Echado sobre un banco, descansaba fumando en su pipa como de costumbre, y ante la mirada de todos los presentes le pago al viejo judío dueño de la bodega, con una moneda de oro. Antes se había bebido el buen filósofo una botella del mejor vino y contemplaba alegremente a los que entraban y salían. Al parecer había olvidado por completo la aventura que acababa de vivir.

Mientras tanto, por la ciudad había comenzado a circular el comentario de que la joven hija del centurión más rico de la comarca, que tenía su finca a cincuenta leguas de Kyiv, había regresado de un paseo por el campo totalmente golpeada, destrozada a golpes; no se sabía quién la había maltratado de esa manera. La joven sólo logró reunir fuerzas a fin de regresar a su casa para morir en ella. Cuando ya sospechaba que la muerte se acercaba, la pobre muchacha tuvo tiempo de expresar su última voluntad: quería que cuando muriese, durante tres días y tres noches seguidas rezara ante su ataúd un seminarista de Kyiv llamado Jomá Brut.

Fue el mismo rector del seminario quien se interesó en informar del caso al filósofo; lo mandó llamar y después de recibirlo en sus oficinas, le ordenó que sin pérdida de tiempo se pusiera a las órdenes del centurión, quien lo llamaba con urgencia a su casa y ya había enviado a buscarlo a unos criados y un coche.

El filósofo lanzó un profundo suspiro; tenía un fatal presentimiento, aunque le habría sido imposible explicarlo, y contestó que se negaba rotundamente a ir.

-Escúcheme, dómine Jomá -dijo el rector, que a veces trataba a sus alumnos con mucha amabilidad-: aquí nadie le está preguntando si quiere o no quiere ir. El caso es que si no obedece en el acto le haré dar una paliza con una vara verde de abedul como para que no se levante en una semana.

Cuando escuchó estas palabras, el filósofo bajó la cabeza sin decir una palabra y confiando en la velocidad de sus piernas por si encontraba una oportunidad para escaparse del problema en que se encontraba. Bajó las escaleras cabizbajo y meditabundo, y al llegar al patio, bordeado de grandes álamos, se detuvo bajo las ventanas de la oficina del rector al oír las últimas órdenes que éste daba a su secretario y a uno de los emisarios enviados por el centurión:

Dele las gracias de mi parte por los huevos y la harina, y dígale que los libros que me ha pedido se los enviaré cuando mis escribientes hayan terminado de copiarlos. Dígale también que he sabido que por su finca pasa un río en el que se pescan muy buenos peces, abundando el sabroso esturión. Que me envíe alguno pues los que venden en el mercado son muy malos y caros… Entonces, espero… Y tú, Evtuj, invita a los emisarios del centurión unas cuantas copas de horilka. Ah, y no se olviden de amarrar muy bien al filósofo, que a la menor oportunidad tratará de escaparse.

-¡Diablos -pensó Jomá Brut-, este viejo no tiene un pelo de tonto!

En seguida vio el carro que le esperaba: era tan grande que lo comparó con un cobertizo sobre ruedas, pues tenía aproximadamente las dimensiones de un horno de cocer ladrillos. Sin embargo, aquel tipo de carro era muy común entre los judíos que en grupos de cincuenta llegaban de Cracovia en busca de ferias donde vender sus mercancías. Al lado del carromato estaban seis o siete corpulentos kozakos. Por sus vestimentas dejaban saber que su amo era un hombre muy rico. Las singulares cicatrices que tenían en la cara probaban que habían participado en algún combate, y seguramente de forma gloriosa.

“Bueno, ¿qué le vamos a hacer? Lo que está escrito tiene que cumplirse”, se resignó el filósofo. Después se encaminó a donde estaban los kozakos:

-Buenos días, compañeros.

-Buenos días, señor filósofo.
-¿De modo que haremos el viaje juntos? Este es un magnifico coche; aquí dentro cabría una banda de música, y hasta hay sitio para ponerse a bailar –comentó el filósofo mientras se sentaba.

-Sí, es cierto –le contestó uno de los kozakos, sentándose en el pescante, al lado del cochero, quien, al sobrarle el tiempo para empeñar su sombrero en la taberna, se cubría la cabeza con un trapo. Los otros kozakos se sentaron al lado del filósofo, acomodándose encima de los sacos llenos de las mercancías compradas en el mercado.

-Sería interesante saber –trató de conversar el joven filósofo- cuántos caballos son necesarios para tirar de un carro como éste, cargado, por ejemplo, de sal o de clavos.

-Supongo que varios -contestó uno de los kozakos después de pensar un poco y suponer que con su respuesta ya no tendría ninguna obligación de hablar con el filósofo a lo largo de todo el camino.

Lo que quería el filósofo era que le diesen detalles sobre la personalidad del centurión hacia cuya casa se dirigían. Quería saber sobre su carácter, sus costumbres y, sobre todo, algunos detalles de aquella hija que agonizaba después de regresar toda golpeada de un paseo por el campo y con cuya vida y muerte se entrecruzaba ahora su destino. Pero ningún kozako se tomó la molestia de responderle, callados como piedras, con la pipa en la boca y durmiendo a ratos.

Sólo uno de ellos le habló a gritos al cochero:
-Oye, Overko, no te vayas a olvidar de parar y despertarnos a todos cuando lleguemos a esa taberna que hay en el camino.

Y apenas acababa de decir esto cuando sus ronquidos retumbaron en todo el coche. Pero no había la menor necesidad de hacer esta advertencia, pues unos metros antes de llegar frente a la taberna, todos despertaron y gritaron a coro:

-¡Alto!
Pero hasta los mismos caballos estaban ya tan acostumbrados que, sin que tuvieran que ordenárselo, se paraban en cuanto olfateaban que estaban frente a una taberna. Este era un día del mes de julio y caía un sol a plomo, pero ninguno de los kozakos flojeó en el momento de saltar del carro para entrar en el pequeño y mísero tabernucho, cuyo dueño, un viejo judío, se puso muy contento al verlos, pues ya los conocía de anteriores visitas. De inmediato les sirvió en una de las mesas unas enormes salchichas, y desapareció en el acto por evitar presenciar la manera en que se comían la carne de cerdo, prohibida rigurosamente por el Talmud. Cuando todos estuvieron sentados, les pusieron delante grandes vasos de aguardiente y comenzó la gran fiesta, a la que ni tonto ni perezoso se agregó también el filósofo. Y siguiendo la costumbre ucraniana de llorar, besar y abrazarse unos a otros al beber, llegó un momento en que parecía que las cuatro paredes de la taberna lloraban y bebían con ellos.

-Oye, Spirid, ven aquí, que quiero darte un beso.
-Ven acá, Doroch, que tengo ganas de abrazarte.
Y uno de los kozakos, el de más edad, un individuo con mucha barba y un bigote gris muy espeso, se llevó los brazos a la cabeza y empezó a llorar desesperadamente porque era huérfano y no tenía a nadie en el mundo.

El compañero que tenía al lado lo consolaba diciéndole:

-No llores, camarada; ¡qué le vamos a hacer! Sólo Dios sabe lo que nos conviene.
Jomá Brut tenía al lado al kozako llamado Doroch, que como era muy pero muy curioso, empezó a hacerle preguntas, demostrando un especial interés por la filosofía.

-Me gustaría saber qué les enseñan en el seminario y si es lo mismo a lo que el sacristán nos lee siempre en la iglesia.

-No me hagas esas preguntas –le respondió el filósofo-. Únicamente Dios lo sabe todo, y siempre sucede lo que Dios quiere.

-No, no espera. Quiero saber lo que dicen esos libros que ustedes estudian. Quizá no sea igual a lo que nos leen el sacristán y el diácono.

-Por Dios, déjame tranquilo. ¿Qué necesidad tenemos de hablar de todo esto, si ya te digo que es imposible que podamos cambiar algo? Siempre sucederá lo que tenga que suceder.

-Pues yo quiero saberlo. Y además quiero ingresar en el seminario. ¿Qué te parece? ¿Crees que me enseñarán todo?

-Déjalo tranquilo de una vez -le dijo el kozako que tenía cerca, mientras dejaba caer la cabeza pues ya no se podía sostener sobre los hombros-¿Es que no entiendes lo que te dicen…?

Los demás kozakos estaban ya más que borrachos y discutían entre ellos, criticaban a sus amos, y cada uno exponía sus razones sobre el brillo y el caminar de la luna.

Al darse cuenta de cuál era la situación y del estado en que se encontraban sus custodios, el filósofo empezó a preparar su fuga. Lo primero que hizo fue hablar con el viejo kozako que lloraba porque era huérfano y estaba solo en el mundo:

-¿Qué necesidad hay de llorar, amigo? También yo soy huérfano, los dos somos igual de desdichados. Déjame que me vaya. ¿Para qué me quieren aquí?

-Por supuesto -contestaron los otros-. Dejemos que el muchacho se vaya a donde quiera.

Ya tenía el permiso de los kozakos para escaparse e incluso querían acompañarlo un trecho del camino, cuando el kozako interesado en la filosofía se opuso rotundamente a que se vaya, diciéndole a sus amigos:

-De ninguna manera. Tengo mucho de que hablar con él sobre el seminario; quiero ir a estudiar.

De todas maneras le hubiera sido imposible huir al filosofo, aún si no se hubiera opuesto el kozako que quería estudiar en el seminario, pues le parecía que la taberna tenía tantas puertas que hubiera sido incapaz de elegir la correcta por donde salir. Sólo cuando anocheció se dieron cuenta aquellas buenas gentes de que debían continuar su camino. Subieron al carro y mientras el cochero trataba de ir con la máxima velocidad, los kozakos se pusieron a cantar sin que hubiera manera de saber qué es lo que cantaban. Durante horas tuvieron que empeñarse en reencontrar el camino, pues a pesar de que lo conocían como si fuera la palma de su mano, se perdieron. Al encontrarlo, después de bajar por una acentuada pendiente, entraron a un valle. El filósofo vio entonces una larga empalizada a ambos lados del camino y dentro de la cerca, algo tapadas por los árboles, los techos de un buen número de casas. Era la aldea propiedad del centurión.

Muy avanzada ya la noche, en el cielo se predominaban las nubes, y sólo en algunos claros se veía el brillo de las estrellas. En ninguna de las casas había luz. Al entrar en un gran patio rodeado de casitas y pajares, fueron recibidos por los ensordecedores ladridos de una manada de perros. En el centro, justo al frente mismo de una gran puerta cochera, y de mejor apariencia y tamaño que las demás, había una casa que debía de ser la del centurión. El carro se detuvo frente a una casucha medio desmoronada que quizá fuese un granero o un pajar. Los kozakos, cada uno por su lado, se fueron a dormir. El filósofo quiso recorrerlo todo, ir por los alrededores y examinar la casa señorial, pero su estado de ánimo le hizo desistir. Tenía la sensación de que la casa era un enorme oso, y el humo negro que salía de la chimenea le recordaba al rector del seminario. Haciendo un gesto de fastidio, decidió irse también a dormir en el lugar que le habían señalado.

Al día siguiente, al despertarse, vio un inusitado movimiento de gente: durante la noche, la hija del centurión había fallecido.

Los criados corrían abrumados de trabajo de un lado a otro del pueblo, y fuera de la cerca se apiñaban los curiosos que querían enterarse de lo que estaba ocurriendo. El filósofo se dedicó a ver cómo era y qué había en la propiedad donde había pasado la noche. Primero examinó la casa del dueño, no muy grande e igual a las que en otros tiempos se construían en Ucrania. El tejado tenía un sobretecho de paja y en lo alto de la fachada había una ventana; varias enredaderas con flores de colores muy vivos subían por las paredes. Los cimientos de la casa estaban construidos con troncos de roble. Y unos peldaños subían hasta la puerta, la cual tenía un banco a cada lado.

Algo más lejos se levantaban unos cobertizos y, delante de la casa, un peral, cuya sombra llegaba hasta la entrada. Desde la casa hasta las cocheras había graneros y cobertizos donde se guardaban los instrumentos de labranza. En una pared estaba pintado un kozako bebiendo a caballo, con un letrero que decía: “Yo sólo me lo beberé todo”. En las paredes restantes se habían pintado pipas, tambores, caballos y diversas frases alusivas al vino y a los kozakos. “El vino es la alegría de los cosacos”.

Junto a las puertas cocheras, dos viejos cañones montaban la guardia. Según todos los indicios, el propietario era muy amante de las juergas, y el patio se llenaba con frecuencia de grandes bebedores. En el exterior del patio, dos molinos tendían sus aspas al cielo. Al otro lado de la casa había un jardín, y más allá de los árboles seguramente varias casitas, por el humo de chimeneas que se veía elevar en el horizonte. El poblado estaba en la falda de una colina hasta cuyo pie llegaba el límite de la finca del centurión. En una ladera de la colina había dos casitas, una de ellas casi oculta por las ramas de un manzano, cuyos frutos, cuando caían, rodaban hasta el patio del centurión. Un estrecho sendero que pasaba por la finca serpenteaba desde la cumbre hasta la casa. Y ahora, al examinar en pleno día el angosto y abrupto camino por donde habían llegado, el filósofo se dijo que los caballos del dueño debían ser muy inteligentes o los kozakos que lo llevaron tendrían el cerebro de hierro para no tener miedo de rompérselo en un viaje tan peligroso como el que hicieron, y todos borrachos al máximo, y pasando por lugares muy propicios para que un carro se despeñase con todos sus ocupantes dentro.

Al mirar en dirección contraria, un risueño paisaje tuvo ante él. Desde donde estaba se veía casi todo el poblado, que aún parecía estar durmiendo a pesar de que el sol lo acariciaba ya, y podía distinguir en la lejanía varias fincas y alguna aldea, dando la impresión de que se encontraban muy cerca unas de otras, a pesar de que entre ellas mediaban leguas de estepa. Una colina descendía hasta el Dnipró, cuya tersa y refulgente superficie se destacaba en la lejanía como si fuera una faja de plata.

“Qué sitio tan agradable -pensaba el filósofo mientras contemplaba aquel panorama-. Cómo me gustaría vivir aquí, pasar el tiempo pescando en el río o en esos estanques y lagos tan azules, o cazando en el bosque vecino o en la pradera, donde es probable que abunden las perdices. ¡Qué bonitos huertos! Cómo disfrutaría dedicándome a recoger frutos, secarlos y preparar aguardiente, pues no tengo dudas de que sería muchísimo mejor que el que venden en las tabernas… Y sin embargo tengo la obligación de hacer lo imposible para escaparme de aquí cuanto antes…”

Mientras se entretenía con estos pensamientos, su mirada se fijo en un sendero que había más allá de la cerca, escondido entre los matorrales que la rodeaban. Se dirigió hasta allí con mucha cautela, saltó la cerca y empezó a andar como si fuese de paseo, pero con el propósito de llegar hasta las primeras casas del poblado. Y sólo dio unos pocos cuando sintió que caía sobre sus hombros una pesada mano; al volverse vio que era el viejo kozako que había llorado en la taberna porque era huérfano.

-Estás en un gran error, señor filósofo, si piensas que vas a poder huir de aquí. Nosotros nos encargaremos de impedirlo. Además todos los caminos están vigilados. Regresa a la casa y anda a saludar a nuestro amo, que te está esperando.

-De acuerdo –contestó Jomá Brut resignado-. Llévame allá y con mucho gusto lo saludaré.
Acompañado por el kozako, entró en una estancia en cuyo centro había una tosca mesa y varias sillas. Allí estaba sentado el centurión, con los codos sobre la mesa y la cabeza apoyada en las manos. Se le veía muy triste y abatido. Tendría alrededor de cincuenta años, pero se habría podido calcular muchos más; la profunda tristeza que reflejaba su palidez era un claro anuncio que para él se habían acabado las diversiones. Cuando los dos visitantes entraron en la habitación, el centurión alzó la cabeza, se levantó y correspondió con un breve saludo a las corteses reverencias del filósofo y del kozako.

-¿Quién eres tú, de dónde vienes, cuál es tu profesión, buen hombre? -preguntó con amabilidad el centurión.

-Soy un seminarista de Kyiv y me llamo Jomá Brut.

-¿Quién es tu padre?
-No lo sé, excelentísimo señor.
-¿Y tu madre?
-También lo ignoro, excelencia; tampoco sé su nombre aunque lógicamente tendría que llamarse de algún modo.

El viejo centurión se quedó un momento pensativo, y después preguntó:

-¿Dónde y cuándo conociste a mi hija?
-No la conozco, no hablé nunca con ella, ni con ninguna de esta aldea, y si he de decirle la verdad, y sin intención de ofenderle, le aseguro que tampoco está entre mis deseos conocerla.

-Entonces, ¿qué explicación puede haber para que mi hija, antes que a cualquier otro, te nombrara precisamente a ti para rezar ante su ataúd?

-No existe la más mínima explicación -contestó el joven filósofo encogiéndose de hombros-. Sin embargo, tengo entendido que es normal que las personas de elevada alcurnia sean bastante caprichosas y que algunos de sus deseos sean a veces tan difíciles de explicar. El proverbio dice: “A tus amos les debes obediencia”, y yo estoy dispuesto a obedecer sin más comentarios ni explicaciones.

-Señor filósofo -dijo el centurión levantando la voz-, creo que no dices la verdad.

-Le juro, excelencia, que no miento.
-¡Ah, si mi hija no hubiera muerto tan pronto…! Con tiempo ella podría haberme explicado todo, pero no tuvo tiempo. Sólo pudo decirme con apagada voz de agonizante: “Haz que busquen en Kyiv a un seminarista llamado Jomá Brut. Él es quien debe rezar ante mi ataúd durante tres días y tres noches y rogar por el eterno descanso de mi alma.” Y agregó: “Él es el único que conoce mi pecado.” Y acto seguido mi querida palomita dejó de existir. Esta es la causa de que no pueda hasta ahora entender lo que me quiso decir con esas sus últimas palabras. ¿Será, acaso, buen hombre, que tú eres famoso por tus buenas obras y por tu piedad, y ella las conocía?

-¿Quién? ¿Yo? -exclamó sorprendido el seminarista-. ¿Yo, un santo? Si precisamente hace pocas horas he cometido un gran pecado al comer dulces en las vísperas del Jueves Santo. Sólo soy un miserable pecador…

-Pues aún lo comprendo menos… Pero sea como sea, deberás cumplir al pie de la letra la última voluntad de mi pobre hija. Prepárate para cumplir tu tarea y satisfacerla.

-Excelencia, si me lo permite, voy a hacer una objeción -repuso el filósofo-. Es evidente de que cualquiera que sepa leer es capaz de cumplir fielmente esos deseos. Pero pienso que sería más conveniente que esta misión la llevase a cabo un sacerdote, o al menos un diácono, pero no un simple seminarista como yo. Ellos están preparados para cumplir con esos oficios. Además, por otra parte, yo tengo muy mala voz y mi aspecto…

-Podrás decir lo que quieras y hasta es posible que tengas razón, pero es obligatorio que cumplas la última voluntad de mi desdichada hija. Si la cumples exacta y escrupulosamente, te daré una espléndida recompensa, pero si te lo haces mal o con desgana, tendrás que sufrir las consecuencias de tus actos. Te aconsejo que no me desobedezcas.

Estas últimas palabras las dijo en un tono que el infeliz seminarista comprendió muy bien.

-¡Vamos! -exclamó el centurión.
Entraron en la cámara mortuoria, pero antes, Jomá Brut se detuvo un momento para sonarse con su colorido pañuelo, y después siguió adelante con firme resolución. El aposento estaba bellamente adornado con un tapiz chino de color carmesí. Debajo de los iconos, en un rincón, estaba el cadáver, cubierto con terciopelo azul bordado de oro. Cuatro antorchas cuya luz se confundía con la del sol alumbraban su rostro. Al principio el joven filósofo no logró ver su cara porque el padre estaba inclinado sobre ella. El viejo centurión, como si su hija pudiera oírle, le dijo:

-Por mucho que sienta tu muerte, mi querida palomita, más doloroso me resulta no saber quién ha sido el culpable, quién es el que ha truncado tu vida justo en el momento en que deberías comenzar a disfrutar de tu juventud y conocer las delicias que tendrías. Si supiera quién es el autor de tan miserable villanía, te aseguro que nunca más volvería a ver a sus padres ni a sus hijos: ordenaría su muerte y haría arrojar su cadáver en medio del campo para que se lo comieran los buitres y los perros. ¡Cómo me duele y me atormenta pensar que mientras yo soportaré lo que me queda de vida llorando con desesperación hasta perder la vista, mi enemigo disfrutará de la vida y se burlará de mi infortunio!

Luego calló, ahogándose su voz en conmovedores sollozos que enternecían a los que lo rodeaban. Después de un largo silencio, el filosofo tosió como preparando la voz, y el viejo centurión le indicó el sitio en el debería estar, en la cabecera del túmulo, donde ya estaba instalado un atril con varios libros.

“Bueno -pensó el filósofo, resignándose-, tres días pasarán en seguida, y quizá recibiré unas cuantas monedas de oro.”

Volvió a toser, y situándose frente al atril, comenzó la lectura sagrada sin preocuparse de lo que pudiera suceder en torno suyo y menos aún de la difunta. Al poco tiempo el padre salió del aposento, y el filósofo aprovechó el momento para dejar el libro y mirar el rostro de la muerta.

Una horrible impresión le estremeció: delante de él yacía una mujer de una deslumbrante belleza, una belleza como nunca habría podido imaginar que existiera. La muchacha yacía como si estuviera viva. La muerte no había desfigurado los finos trazos de su rostro. Su cutis era lozano y blanco como la nieve, y sus cejas, negras como la noche, estaban suavemente delineadas sobre sus ojos cerrados. Sus finas y largas pestañas se inclinaban sobre sus pómulos y se hubiese dicho que ocultaban indefinibles anhelos. Incluso sus labios conservaban todavía el color del rubí; parecía que quisieran sonreír, que prometiesen una inefable felicidad.

Sin embargo, algo extraño e inexplicable se notaba en aquel rostro. Era algo que atravesaba el corazón como una flecha, algo que hería en lo más profundo del alma, que producía la misma sensación que si de repente alguien entonara en una alegre fiesta un canto fúnebre. De repente creyó reconocer a esa mujer tan bella; pero, ¿dónde y cuándo la había visto?

“¡Ah!… –casi grito el filósofo, palideciendo-. ¡Es la bruja…!

Y temblando de pies a cabeza empezó a recitar sus oraciones.
Ya no le cabía la menor duda. Tenía ante él a la bruja, y además fue él quien la mató al golpearla tan fuerte con el leño. Al atardecer se llevaron el cadáver a la iglesia. El filósofo tuvo que agregarse al cortejo fúnebre, siendo de los que llevaban a hombros el ataúd cubierto de terciopelo y con cintas negras. Delante de él iba el centurión, quien también ayudaba a llevar a su querida hija a su última morada. La iglesia, toda de madera, se veía en un estado ruinoso, a pesar de que para esta ocasión la habían recubierto de musgo y ramas verdes; el triste edificio estaba en las afueras del poblado y elevaba hacía el cielo sus tres cúpulas.

Debido a su total abandono, hacía ya mucho tiempo que no se oficiaba en ella, pero ahora todos los altares estaban alumbrados con cirios. El féretro fue colocado en el centro de la nave, delante del altar mayor. El centurión se arrodilló devotamente y durante un tiempo estuvo rezando; luego besó la fría frente de su hija y salió del templo con toda la servidumbre, habiendo previamente encargado al mayordomo que el filósofo fuera bien atendido y que después de la cena se le volviera a llevar al lado del féretro.

Al llegar a la casa, todos los criados pusieron las manos sobre la estufa, siguiendo la antigua tradición de los ucranianos cuando han visto a un muerto. El feroz apetito que tenía el filósofo le permitió olvidar durante un largo tiempo todo lo referente al entierro, incluso la insoslayable obligación de tener que pasar tres noches seguidas en la iglesia. La servidumbre no tardó en reunirse en la cocina, que en la casa del centurión era como si fuese el aposento principal, como un centro en el que sobre todo a la hora de comer se reunían todos los habitantes de la finca, incluyendo incluso a los perros, que iban a la caza de huesos y mendrugos.

Siempre que un nuevo personaje entraba o salía de la finca, no podía faltar la obligada visita a la cocina, pues era el sitio más adecuado para conversar un rato, enterarse de alguna novedad, fumar una pipa y descansar en un banco. Los criados solteros, la mayoría de ellos kozakos, pasaban en la cocina todo el tiempo que podían, ya fuera echados sobre los bancos, y a veces también debajo, o en cualquier otro sitio en donde pudieran dormir a pierna suelta sin que nadie los molestara.

Todos eran muy despreocupados y solían olvidar algo en la cocina: el gorro, el látigo, o bien el perro que les seguía. Pero cuando la cocina estaba más concurrida era a la hora de la cena. Entonces aparecían, además de los habituales, todos los que debido a sus ocupaciones, como cocheros, pastores, etc., no podían acudir durante el día a conversar. Era en esas reuniones cuando más se soltaban los ánimos, e incluso los más serios y taciturnos se mostraban locuaces y comunicativos. Casi siempre el tema giraba sobre lo más trivial de la vida: el abrigo que se había comprado Fulano, el gorro que había perdido Mengano, y otros chismes similares.

Pero también alguna vez les daba por temas de más serios, como, por ejemplo, sobre lo que hay debajo de la tierra, o sobre la temporada en la que aparecen los lobos, etc. Todas las conversaciones eran alegradas con bromas y juegos de palabras, a las que la lengua ucraniana se presta de un modo tan admirable.

Jomá Brut se sentó con los demás alrededor de la mesa que, por ser verano, la habían situado al aire libre, enfrente de la puerta de la cocina. Al rato llegó una mujer con la cabeza cubierta con un pañuelo rojo, llevando una enorme cazuela que la puso en medio de la mesa. De inmediato, por turno, cada quien sacaba del bolsillo una cuchara de madera o unos palillos, y se servía lo que se le antojaba. Satisfecho el hambre, comenzó la conversación de todas las noches, que esta vez como es de suponer, se dedicó a la difunta hija del amo.

-Pero, ¿es verdad que la señorita se relacionaba con el mismísimo diablo en persona? -preguntó un pastor que llevaba un camisón tan profusamente adornado con medallas y botones que parecía un tenderete de chucherías.

-¿De quién hablas? ¡Ah, de la hija del amo! -dijo Doroch, un kozako ya conocido por el filósofo-. Pues sí, era una bruja de carne y hueso, puedo jurarlo.

-Vamos, hombre; no te pongas a decir tonterías –contestó un kozako que acostumbraba suavizar las situaciones tirantes-. Además, este no es un asunto nuestro y no debemos meternos en lo que no nos importa.

Pero Doroch tenía ganas de hablar y no quiso darse por vencido, sobre todo por haber estado en la bodega, acompañando al que tenía las llaves, y haber probado el contenido de varias cubas.

-¿Cómo van a ser tonterías si yo mismo le serví de cabalgadura en muchas ocasiones. ¡Juro que es cierto!

-Dime –volvió a preguntar el pastor, que estaba muy interesado en el tema-, ¿hay alguna señal que permita saber si alguien es o no es una bruja?

-Ninguna, y cualquier cosa que se haga es inútil; ni las oraciones sirven.

-Estás equivocado, amigo mío -dijo el que siempre quería calmar los ánimos-. Hay ciertos sabios, a quienes Dios les ha concebido especiales dotes de inteligencia, que han dicho que las brujas se distinguen porque tienen un pequeño rabo.

-Para mí, todas las mujeres viejas son brujas -dijo un kozako.

-¡Idiota! -gritó la vieja que en aquel momento ponía otra cazuela sobre la mesa.
El viejo kozako llamado Yavtuj y apodado Plica, sonrió satisfecho al ver que había herido la vanidad de aquella mujer. El pastor, celebrando la broma, soltó una carcajada tan estruendosa que pareció el mugido de cualquiera de sus vacas.

La conversación le interesó a Jomá Brut, y le preguntó al kozako que tenía al lado:

-Me gustaría saber por qué sospechan que la señorita era una bruja. ¿Alguna vez le hizo daño a alguien?
-De todo hubo en su vida –le contestó uno que tenía la cara tan aplastada que parecía una pala-. Nadie se ha olvidado de lo que le ocurrió al pobre Mikita.

-¿Qué le ocurrió? -preguntó el filósofo.

-Espera, yo te lo contaré -exclamó Doroch.
-No, no, lo contaré yo –intervino uno que se llamaba Spirid.
-¡Bien, bien, que sea Spirid el encargado de contarlo! –aprobaron todos.
-Tú, señor filósofo -comenzó diciendo Spirid.-, probablemente no has conocido a nuestro Mikita. ¡Qué hombre era Mikita! Era el encargado de cuidar los perros de caza. En eso era un maestro; conocía a sus perros mejor que a su mismo padre. El que después ocupó su puesto, Nicolás, ese que está allí sentado, no vale absolutamente nada comparado con él. Sí, es verdad que algo sabe, pero no le llega a Mikita ni a la suela de sus zapatos.

-Empiezas bien, Spirid -interrumpió Doroch, aprobando con la cabeza.
-Mikita -continuó Spirid-, descubría a las liebres en menos tiempo que el necesario para encender una pipa.
Lanzaba al caballo y gritando “¡eh, “Valiente!” o “¡aquí, “Veloz”!, las alcanzaba siempre en un instante.
-¡Y qué buen bebedor era! Se bebía una cubeta de un solo trago.
-Pero en un día comenzó a mirar a la señorita de una manera especial. No se sabe si él fue quien de forma natural se enamoró de ella, o si fue ella la que lo embrujó valiéndose de diabólicas artes. Lo cierto es que de un día para otro, Mikita sólo vivía para ella, sólo pensaba en ella, y estaba tan loco que daba pena.

-¿Y qué pasó? -preguntó Doroch, impaciente.
-Espérate, hombre -continuó Spirid-. Siempre que la señorita le miraba, parecía un verdadero pelele. Las riendas de los caballos se le caían de la mano, se equivocaba de nombre al llamar a los perros, y ya ni podía montar bien a caballo. Un día que estaba en la cuadra limando los cascos de los caballos, la señorita se le acercó y le dijo:

-Mikita, permíteme poner mi piececito sobre tu cabeza.
-No sólo un pie, señorita –le respondió feliz y aún arrodillado-, si se sube sobre mis hombros seré el hombres más feliz del mundo.

Entonces ella se le subió a los hombros, y apenas él pudo ver sus pies, pequeñitos, bien torneados y blancos, ya estaba embrujado.

Con cada mano agarró las piernas desnudas de la joven, se levantó y de inmediato se sintió transformado en caballo. Sin poder hacer nada por evitarlo, salió corriendo al campo y tardó bastante tiempo en regresar.

Nadie sabe dónde estuvieron ni qué hicieron, y ni el mismo Mikita pudo explicarlo. Lo único que se sabe es que volvió cansadísimo y con los ánimos por los suelos. Desde entonces comenzó a adelgazar y quedó como una espátula. Un día entraron en el establo varios de nuestros compañeros buscándolo, y no lo encontraron.

En lugar del desgraciado Mikita, encontraron un montón de cenizas y un cubo de agua. Así desapareció el pobre… ¡Y qué hombre que era! Al terminar Spirid la historia, todos se pusieron a comentar el suceso y pusieron a Mikita por las nubes, alabando cada uno de sus méritos.

-¿Y no has oído hablar de lo que le pasó a una tal Chepchija? –le preguntó Doroch a Jomá Brut.
-No, nunca.
-Ya veo que en el seminario no les enseñan gran cosa. Bueno, te lo contaré yo. En nuestra aldea vive un kozako llamado Cheptun; es un buen kozako, a pesar de que tiene la mala costumbre de robar y de mentir sin razón alguna. Vive muy cerca de aquí. Bien, pues una vez nuestro buen kozako se sentó a cenar con su mujer, la Chepchija, como la llamaban todos. Al terminar fueron a acostarse, pero como era en pleno verano y hacía mucho calor, ella se quedó a dormir en el patio, y él se tumbó en un banco, dentro de la casa… No, no; fue al revés: ella en la casa y él en el patio.

-Tampoco fue así -dijo entonces la cocinera-. Chepchija no se acostó en un banco; se acostó en el suelo.

Y al decir esto se paró, mirándolos con aire triunfal a todos.
Doroch le dirigió una despectiva mirada, y le dijo:
-No seguirás en esta postura cuando te levante las faldas para darte unos buenos azotes.
Su amenaza surtió efecto, pues la vieja no volvió a abrir la boca en toda la noche, dejando a Doroch seguir con su relato.

-En la cuna que colgaba en el centro de la habitación había un niño de un año. No sé si era un niño o una niña, pero eso es lo de menos. La Chepchija se despertó a medianoche y creyó escuchar algo como si fueran los aullidos de un perro y también como si rascara con las uñas la puerta de la casa. Se asustó mucho, pues era tonta de remate, como todas las mujeres, pero se armó de valor y dijo: “Me levantaré, abriré la puerta y le pegaré un palazo…” Y cogió un palo, abrió la puerta y ya le iba a arrear un golpe al perro, cuando éste la esquivó y de un salto se metió dentro de la cuna. Al darse la vuelta, Chepchija se quedó más pálida que un muerto. En lugar del perro, vio delante de ella a la señorita. Y no habría sido tan horrible si la señorita se le hubiera presentado en su forma natural, tal como nosotros la veíamos. Su rostro era de un color azulado, casi negro, y sus ojos despedían chispas. De inmediato se lanzó sobre el niño, lo sacó de la cuna, le clavó sus dientes de loba en la garganta, y se puso a chuparle la sangre…

Chepchija lanzó un grito desgarrador y quiso huir para pedir auxilio, pero la puerta estaba cerrada. A la pobre no se le ocurrió otra cosa que subir las escaleras hasta la buhardilla, y se encerró allí, llorando a mares. Poco después la bruja entró en la buhardilla y empezó a morderla y arañarla. Cuando clareó el día, el marido regresó y la encontró totalmente desangrada, y en que estado se hallaría que al día siguiente murió.

Ya ves, señor filósofo, qué cosas pasan en nuestro pueblo. No está bien que te contemos estas cosas de nuestros amos, pero tampoco estaría bien que calláramos la verdad.

Y sonriendo, miró orgulloso a todos y encendió con parsimonia su pipa.
Sin perder un segundo, todos comenzaron a hablar del suceso, cambiando detalles y añadiendo otras; uno aseguraba haber visto a la bruja acercándose a su casa y esconderse convertida en un haz de heno; otro que decía que un día le robó una pipa o un gorro; otro que juraba que sabía de muchos casos en que la bruja les había cortado las trenzas a las muchachas, o les chupó la sangre hasta dejarlas medio muertas. Después de tanto hablar, alguno comentó que ya era muy tarde y todos comprendieron que había llegado la hora de acostarse y dormir. Unos se acomodaron en la cocina, otros en el granero o en el patio…

-Nosotros, señor filósofo, tenemos que acompañarte hasta la iglesia.

Y los cuatro, es decir, el kozako interesado en las brujas, Doroch, Spirid y el seminarista, salieron rumbo a la iglesia, y en el camino tuvieron que asustar a muchos perros que intentaron atacarles.

Jomá Brut, a pesar de sentirse ligeramente animado gracias a unos cuantos tragos de aguardiente que había tomado, notaba que aumentaba su nerviosismo a medida que se acercaban a la iglesia, por cuyas ventanas se lograba ver la débil luz de los cirios. Los relatos que había escuchado durante la cena lo pusieron aún más nervioso y estaba ahora muerto de miedo. No tardaron en llegar a un paraje en que el bosque era más claro, y detrás de la empalizada se veía a la vieja iglesia completa. Jomá Brut se despidió de los kozakos, quienes le preguntaron si la cena no le había resultado muy pesada, le desearon buenas noches y se fueron después de revisar que las puertas de la iglesia quedaran bien cerradas, tal como se les había ordenado. Cuando el filósofo se vio solo, lo primero que hizo fue bostezar, después toser y, antes de empezar el compromiso que le habían impuesto, repasó otra vez el interior de la iglesia.

En el centro estaba el féretro, cubierto de paños negros; al lado había unos cirios que iluminaban tenuemente los iconos cercanos y dejaban al resto de la nave en la más completa oscuridad. Las ennegrecidas paredes demostraban claramente la vejez del templo. Los marcos de los altares y de las hornacinas de los iconos estaban rotos o agrietados, y ya no tenían el primitivo brillo. También las imágenes estaban desfiguradas, y parecía que miraban con tristeza la ruina que había a su alrededor.

“Nada de lo que hay aquí es capaz de aterrorizarme -se dijo el filósofo, intentando vencer el susto y darse ánimos-. De afuera nadie puede venir a molestarme, pues las puertas están cerradas de forma totalmente segura, y en cuanto a los espíritus, me defenderé de ellos con oraciones que les ahuyentarán si tratan de hacerme algún daño.”

Al acercarse al féretro vio que en una mesita lateral había muchos cirios.

“Me vendrán muy bien -pensó. Los encenderé, y así me quedaré aún más tranquilo. Lo único que siento es que en la iglesia no se pueda fumar.”

Encendió los cirios y los distribuyó por todos los rincones y en especial junto a las imágenes sagradas; en un dos por tres, la iglesia quedó totalmente iluminada. Sin embargo, en la parte alta, en vez de disminuir la oscuridad, se sentía más densa, y daba la impresión de que los santos mirasen con más gravedad desde sus viejas hornacinas. Una vez más se acercó al ataúd para contemplar el rostro de la difunta, pero retrocedió y cerró los ojos pues aquella hermosura le fascinaba. Pero una fuerza misteriosa le obligó a abrirlos y, venciendo sus temores, volver a contemplar aquel rostro de sobrenatural belleza. Un nuevo estremecimiento, esta vez más profundo, volvió a recorrer su cuerpo. En aquel rostro no se veía nada que fuera propio de un cadáver: ni la más pequeña mancha, ni la más leve deformación. Y aunque tuviera los ojos cerrados, daba la impresión de que lo estaban mirando… Por un instante se imaginó ver que una lágrima brillando en el ojo izquierdo, detenida por las largas pestañas. Y, en efecto, era una lágrima, que después, al deslizársele por la mejilla, se transformó en una gota de sangre.

Aterrorizado, retrocedió unos pasos, agarró rápidamente el libro de plegarias y comenzó a leer en voz muy alta, casi gritando. El eco de las sagradas palabras era lo único que resonaba en aquel recinto en el que durante tanto tiempo había reinado el silencio. Su propia voz le sorprendía. Al mismo tiempo pensaba, intentando darse ánimos:

“¿Por qué razón debo tener miedo? A ella le es imposible levantarse, puesto que los textos sagrados que recito se lo impiden. Descanse en paz. Y luego, ¿no soy yo también un kozako? Sin duda esas extrañas cosas que se me presentan se deben a que he bebido más de la cuenta.”

Ya más tranquilo, llegó a la conclusión de que si estaba prohibido fumar en la iglesia, no lo estaba disfrutar del rapé. “¡Qué buen tabaco es éste” -se dijo tras un estornudo. Y siguió leyendo pero sin lograr tranquilizarse del todo. Algunas veces miraba de soslayo el féretro pensando, por sus temerosos presentimientos, que la muerta no solo era capaz de levantarse, sino hasta de salir del ataúd. Pero el silencio era total, la difunta seguía inmóvil y los cirios iluminaban la iglesia. A pesar de todo, no podía liberarse de aquel misterioso temor.

Para tranquilizarse empezó a cantar en voz alta los textos sagrados, pero sin dejar de mirar alguna que otra vez el féretro, como si se preguntase cuándo iba a suceder lo que temía, y pensando en la forma en que podría defenderse. Algunas veces interrumpía el rezo y quedaba todo en silencio, pero no había el menor ruido que turbase el silencio. No se escuchaba el correr de las ratas, ni cantaban los grillos, ni el roer de la carcoma en la madera. Lo único que se oía era el continuo gotear de la cera cayendo de los cirios.

“Pero estoy seguro que se levantará…” -pensó Jomá Brut.
Y en ese mismo instante vio horrorizado cómo la muerta levantaba la cabeza. Al seminarista los ojos se le salían de las órbitas, se los restregó, después se los limpió con un pañuelo, pero la visión, en lugar de desvanecerse, era cada vez más terriblemente real. Acto seguido, la muerta se incorporó del todo, salto del ataúd y con rígida solemnidad se puso a caminar con los brazos abiertos, como si fuera a agarrar a alguna persona invisible. Un instante después comenzó a dirigirse hacia él…

El seminarista, temblando de puro miedo, trazó con los dedos un gran círculo sobre el polvo y empezó a decir oraciones que le había enseñado un monje que durante toda su vida estuvo dedicado a ahuyentar espíritus malignos y derrotar a brujas. La difunta llegó hasta el borde del círculo pero, para alivio del seminarista, le resultaba imposible traspasarlo. Por más intentos que realizaba, era evidente que sus esfuerzos eran inútiles.

Incluso Joma tuvo la impresión de que con sus intentos de agarrarlo, el rostro de la difunta se oscurecía, y empezaba a adquirir la apariencia de que llevaba ya muchos días muerta. Su aspecto era cada vez más horrible; abrió desmesuradamente la boca, enseñando sus espantosos dientes, y luego movió los ojos, pero resultaba evidente que sus ojos no veían, que estaban muertos, y finalmente, después de amenazarlo con un dedo, regresó al féretro y se tendió en él. Apenas el filósofo había logrado tranquilizarse, cuando vio que el ataúd se elevaba por sí solo y, con un espantoso silbido, de puso a volar a lo largo y ancho de la iglesia, produciendo un viento huracanado. Varias veces se dirigió hacia él como un bólido, pero siempre se detenía al llegar al círculo sagrado con que Jomá Brut estaba protegido. Sabiéndose seguro, el filósofo siguió rezando.

Después de dar algunas vueltas más, el ataúd regresó a su lugar; ahora el rostro de la muerta tenía una extremada lividez y había adquirido un repugnante tinte verdoso. Y en ese momento se oyó el lejano canto de un gallo, y el paño negro cayó violentamente sobre aquel cuerpo diabólico, cubriéndolo en su totalidad. El corazón de Jomá Brut latía con fuerza y un frío sudor caía de su frente; sin embargo, el canto del gallo le dio ánimos, y decidió continuar rezando hasta que amaneciera totalmente. Cuando asomaron los primeros rayos de la aurora, se abrieron las puertas de la iglesia y entraron a reemplazarle el sacristán y su ayudante, el viejo Javtuj.

Ya en la finca, el filósofo se tendió sobre una cama, pero le costó mucho conciliar el sueño. Sin embargo, rendido de cansancio y nervios, se durmió hasta la hora de comer, quedándose con la impresión de que todo lo que había visto durante la noche no había sido más que una terrible pesadilla. Para ayudarlo a recobrar totalmente sus fuerzas, le sirvieron un vaso de aguardiente, y al sentarse a la mesa tenía tan grande apetito que se comió casi un lechón entero. A pesar de que varias veces los kozakos le hicieron preguntas sobre cómo había pasado la noche, no dijo una palabra de cuanto había sucedido y solo con medias palabras les reveló que había advertido algo raro. El seminarista era uno de esos individuos que cuando tienen el estómago lleno se muestran de lo más eufóricos y optimistas. Se había quedado cómodamente recostado en el banco de la cocina, fumando su pipa y escupiendo a menudo sobre el suelo.

Después se fue a dar un paseo por la aldea, y se hizo amigo del primero que encontró, y tanta era su euforia, que de una casa tuvieron que echarlo y en otra una muchacha le dio unas buenas bofetadas por haber insistido en exceso en saber la calidad de la tela de la blusa. Pero a medida que la noche se iba acercando, el optimismo y la euforia de Jomá Brut aumentaba a galope tendido. Antes de la hora de cenar, la servidumbre solía reunirse en el patio trasero y distraerse con varios juegos, uno de los cuales consistía en que después de competir arrojando palos, el vencedor, el que los lanzaba más lejos, montaba sobre los hombros del vencido, quien debía llevarlo a cuestas como si fuera un caballo.

Este juego era muy divertido, sobre todo para los espectadores, y aún más divertido cuando le tocaba al gordinflón del cochero cabalgar sobre el flaquísimo pastor, quien apenas podía sostener a su voluminoso jinete. Otras veces era Doroch quien se subía a los hombros del gordinflón, y parecía un buey. Los criados de más campanillas contemplaban el espectáculo desde la puerta de la cocina y se mostraban impasibles cuando todos los espectadores se reían a mandíbula suelta por haberse caído alguien al suelo, o por haber soltado Spirid una de sus palabrotas. El filósofo se negó terminantemente a participar en aquel juego. Un solo pensamiento le obsesionaba y, sin que pudiera hacer nada por evitarlo, no dejaba de torturarle. Ni siquiera en el transcurso de la cena logró vencer o reducir el creciente temor, y la preocupación lo iba invadiendo a medida que la noche seguía su curso.

-Bueno -le dijo al fin un kozako-, ya comienza a ser hora de irnos. Doroch y yo iremos contigo a la iglesia.

Acompañaron al seminarista hasta la iglesia, y lo encerraron como en la noche anterior. Cuando se sintió solo, un espantoso terror se apoderó de él. Examinó todo lo que ya antes había visto; el féretro en el centro de la iglesia, las tristes imágenes de los santos, los oscuros rincones sumidos en un silencio profundo y sepulcral…

“Bien -pensaba, tratando de tranquilizarse-, como todo esto ya lo he visto una vez, supongo que la segunda me sorprenderá menos que la primera. Es muy posible que a fuerza de acostumbrarse llegue uno a perder el miedo.”

Abrió el libro y se puso a leer, no sin antes encerrarse en el círculo mágico para protegerse del poder de las tinieblas. Estaba decidido a continuar rezando, sin prestar atención a cuanto pudiera suceder en torno suyo.

Durante una hora entera fue lo único que hizo. Después comenzó a sentirse cansado. Constantemente tosía para aclararse la voz. Queriendo agarrar un poco de rapé, se sacó la tabaquera del bolsillo y, sin darse cuenta, miró hacia el ataúd. En ese instante su cuerpo fue bañado por un frío sudor, y su corazón casi dejó de latir. El cadáver estaba ya frente al círculo mágico y lo estaba mirando con sus ojos vidriosos. No atreviéndose a moverse, el joven filósofo volvió la vista al libro y reanudó la sagrada lectura recitando al mismo tiempo varias oraciones contra las brujas. Mientras rezaba, oía el ruido que hacían los dientes del infernal monstruo al temblar de rabia, y se imaginaba los movimientos que estaría haciendo para atraparlo.

Pero al mirarle de refilón, se calmó al comprobar que la muerta lo buscaba por otro sitio, ya que el círculo mágico lo convertía en invisible para la bruja…

El cadáver, enfurecido, rugía sin cesar y gruñía palabras ininteligibles que producían un ruido como el del alquitrán en ebullición. A pesar de no poder comprender el significado exacto de las palabras, sabía que contenían amenazas terribles y que la bruja invocaba a seres extraños. En seguida, como resultado de aquellas palabras, la iglesia fue invadida por un gran torbellino, parecido al que causaría una bandada de aves persiguiéndose. Jomá Brut vio cómo muchos de aquellos diabólicos monstruos chocaban contra los cristales de las ventanas, mientras otros arañaban las paredes queriendo entrar en la iglesia, pero hasta ese momento no lo habían logrado. El filósofo cerró los ojos y continuo rezando sin detenerse, hasta que oyó en la lejanía el aleteo de un gallo y al poco rato su sonoro canto matutino. Jomá Brut interrumpió sus rezos y dio un suspiro de alivio.

Los que fueron a buscarle aquella mañana lo encontraron medio muerto, apoyado contra un muro y la mirada llena de miedo. Lo levantaron y agarrándolo por las axilas lo ayudaron a caminar pues apenas lograba mantenerse en pie. Al llegar a la finca pidió una copa de aguardiente, se lo bebió de un trago y después de arreglarse con la mano el cabello en desorden, miró a todos y dijo:

-Es horrible que en nuestra tierra sucedan este tipo de cosas. Hasta es posible que… –y haciendo una mueca de desesperación dejó la frase sin concluir.

Todos los que lo rodeaban lo miraban sorprendidos y escuchaban sus palabras con temor. Incluso un infeliz muchacho a quien los kozakos lo mandaban a realizar toda clase de faenas para ahorrarse ellos la molestia de hacerlas, lo miraba atónito.

Pasó entonces cerca de ellos una mujer aún joven que siempre iba vestida con unas ropas tan ceñidas y una falda tan estrecha que eran una constante provocación para todos. Empeñosamente coqueta, solía adornarse los cabellos con los adornos más extravagantes, a veces, incluso, hasta se colocaba papelitos pintados en varios colores. Era la ayudante de la cocinera.

-Buenos días, Jomá –le dijo al filósofo, con una amable sonrisa, pero después, con una mueca de terror, le dijo-: Pero, ¿qué te ha ocurrido? Tienes los cabellos completamente blancos.

-¡Pues es verdad! –repitieron todos los presentes-. ¿Cómo es posible que no nos hubiéramos dado cuenta antes? Si tienes la cabeza igual a la del viejo Javtuj.

Al escuchar estos comentarios, el seminarista corrió a la cocina, donde había visto un espejo muy sucio y manchado por las moscas, pero adornado con una guirnalda de flores, demostración de que era el utilizado por la coqueta ayudante de la cocinera.

Al lograr verse en el destartalado espejo, se horrorizó al verse con los cabellos tan blancos como los de un anciano. Jomá Brut anonadado pensó: “Hasta aquí hemos llegado! Ahora mismo voy donde el centurión para decirle toda la verdad, y comunicarle que me niego rotundamente a continuar los rezos en la iglesia y que me envíe en ese mismo instante a Kyiv.” Y, sin volver a pensarlo, se dirigió casi a las carreras a la casa del centurión.

Lo encontró, igual que la vez anterior, sentado frente a la mesa, con la cabeza hundida entre las manos. Su aspecto era mucho más triste y deprimido, y estaba tan demacrado y pálido (sin duda por no comer nada durante aquellos días) que el seminarista se quedó muy impresionado.

Buenos días, señor filósofo -le dijo el centurión al verle aparecer y detenerse en la puerta con el gorro en la mano-. ¿Cómo te va tu trabajo? Supongo que lo cumples al pie de la letra.

-No sé cómo podría decirlo, excelencia, pero he visto allí tantas cosas…, cosas diabólicas…, que poco ha faltado para agarrar el gorro y salir corriendo de la iglesia.

-¿Qué estás diciendo?

-Es la pura verdad, señor. La hija de su excelencia era una… Por supuesto que analizando las cosas con lógica es preciso tener en cuenta que era de noble estirpe. Sin embargo…

-¡Termina de una vez! ¿Qué pretendes decirme?

-Pues por lo visto, resulta que tenía tratos con el mismísimo diablo… Y ésta es la razón de que se produzcan tan extraños fenómenos cuando leo ante su féretro los textos sagrados.

-Esto es un motivo más para que continúes leyendo. Ahora comprendo mejor porque mi querida palomita tenía tanta preocupación por la salvación de su alma.

-Como quiera su excelencia, pero yo ya no puedo aguantar más.

-¿Qué dices? Tú continuaras con la lectura tal como te lo he ordenado. Además, piensa en que ya sólo te queda una noche, y al rezar y leer los textos sagrados estás cumpliendo con tu deber de buen cristiano, y además recuerda que serás espléndidamente recompensado.

-Aunque me prometiera montañas de oro -contestó el seminarista en tono firme-, me negaría rotundamente a seguir leyendo y rezando en la iglesia.

Al oír esta respuesta el centurión contesto con mayor severidad:

-Mira, señor filósofo, jamás tolero que alguien me hable así. En el seminario quizá te estén permitidas estas faltas de respeto, pero aquí no. Puedes tener la seguridad de que si resuelvo castigarte lo haré mil veces mejor que el rector. ¿Conoces un látigo que tiene unas bolitas de cuero?

-Lo conozco señor, y sé que en grandes dosis no tiene nada de agradable.
-Lo que no sabes es que ese látigo lo manejan muchísimo mejor mis servidores que los del seminario -concluyó el centurión, con voz enfurecida-. Cuando mi gente lo emplea, después de una buena tanda recurren al aguardiente, y si el azotado aún se resiste, reanudan el trabajo hasta cantar victoria. Conque ve con Dios y acaba de cumplir con tu deber. Si no lo haces así, te aseguro que en tu vida volverás a dar un paso. Pero si cumples tu deber como es de ley, te daré mil monedas de oro.

“Esto sí que es hablar claro -pensó el seminarista al salir-. Está visto que este hombre no admite bromas. Pero yo no soy menos listo que él. Mis piernas correrán más que las de sus perros.”

Jomá Brut estaba decidido a huir, costase lo que costase. Para llevar a cabo sus planes, escogió la hora de la siesta, cuando los trabajadores y los criados están en el pajar o en las eras durmiendo a pierna suelta y roncando estruendosamente.

Cuando llegó la tan esperada hora, incluso el reverendo Javtuj se hallaba tumbado en un rincón y roncaba con igual entusiasmo que los demás. El seminarista aprovechó la ocasión para salir al jardín, pues sabía que desde allí le sería mucho más fácil escapar hacia el campo sin que nadie le viera. El jardín se hallaba en el abandono total. Lo cruzaba un único sendero que llegaba hasta un pajar y más allá empezaba una tupida vegetación con algunos árboles frutales, plantas de cereales de varias clases y plantas trepadoras que protegían con una especie de techo verde lo que llamaban el “jardín”. Este se encontraba rodeado por una empalizada y tras ella habían unos matorrales que nunca se habían molestado en levantar y ya no había guadaña que pudiera con ellos.

Cuando Jomá Brut se vio fuera de la empalizada, sintió que el corazón le latía con fuerza; temblaba y respiraba como una liebre que se ve libre del acoso de los perros. Además tenía la sensación de que las matas se le prendían de sus largos faldones impidiéndole todo movimiento. Cuando comenzaba a respirar con cierto sosiego, oyó que alguien le gritaba:

¡Eh, tú! ¿Adónde vas?

El seminarista se escondió entre los matojos y después echó a correr, tropezando con las plantas o con las raíces de los árboles, cayendo y levantándose y asustando en su huida a topos y a más de una alimaña.

Pasando los matorrales había un bosque en el que Jomá Brut creyó que estaría seguro. Según sus cálculos, al otro lado del bosque estaría el camino que lo llevaría a Kyiv. Con esa idea se internó en el bosque, donde abundaban las plantas espinosas, en las que fue dejando trozos de sus ropas como demostración de su osadía. Después llegó a un barranco de fondo arenoso por el que se deslizaba un arroyo de transparentes aguas, en cuyas orillas se bañaban las raíces de los álamos y de los sauces crecidos a los bordes. Agotado, se arrodilló al borde del cauce y bebió largamente. “Qué agua tan buena. Aquí descansaré un rato.”

Pero de inmediato desechó su propósito por considerarlo imprudente. “Es mejor que siga corriendo.”

Sin embargo, apenas se puso de pie vio frente a él al impasible Javtuj. “Vaya con este diablo; siempre me he de tropezar con él. Si pudiera te arrearía unas cuantas trompadas y te tiraría al agua, viejo maldito”, pensó, pero no se atrevió.

-Has dado un gran rodeo, señor filósofo -le dijo Javtuj-. Hubiera resultado mejor para ti venir por el camino por donde he venido yo para alcanzarte. Es mucho más corto y más cómodo, y no te habrías roto el vestido.

Mira. Qué lástima de pantalones… Y seguro que son de buen paño. ¿Cuánto pagaste por ellos?

Y sin esperar respuesta, prosiguió:
-Bueno, ya has dado un buen paseo. Ahora volvamos a casa.
Jomá Brut lo siguió rascándose la cabeza, pensativo, y muy contrariado, se dijo para sus adentros: “Ahora la maldita bruja querrá vengarse de mi -pero en el acto se envalentonó- Pero, ¿acaso no soy kozako? Si he pasado dos noches allí también me será posible pasar otra. Dios me ayudará. Pero seguro que esta maldita bruja ha maquinado mucho para tener a fuerzas diabólicas con ella.”

Aturdido por estos pensamientos, llegó al patio tras Javtuj. Allí encontró a Doroch, que por ser amigo del ama de llaves tenía fácil acceso a la bodega. El filósofo le pidió un poco de aguardiente, Doroch no se negó, y poco después, a la sombra de un almiar, habían bebido como beben los buenos kozakos.

Los efectos no se hicieron esperar. Jomá Brut se levantó y empezó a gritar:
-¡Eh, que vengan aquí los músicos! ¡Quiero que me traigan músicos!
Y sin esperar a que llegasen se puso a bailar y a saltar. Y continuó bailando hasta la hora de almorzar y todos los servidores acuden a la cocina. Al principio lo miraron sorprendidos, pero finalmente se cansaron de sus cabriolas y lo dejaron solo. Jomá Brut terminó cayéndose al suelo y durmiendo hasta la hora de la cena, momento en que lo despertaron arrojándole a la cabeza un cubo de agua fría. Durante la cena reincidió en la verborrea de antes, explicándoles a sus oyentes acerca de las cualidades de que debe estar dotado un buen kozako, y sobre todo encomió su valor, que no debe ceder ante nada ni ante nadie.

-Bueno, bueno –dijo, interrumpiéndolo, Javtuj-, ya está bien. Levantémonos, de la mesa, señor filósofo, que ha llegado la hora de volver a la iglesia.

“¡Ojalá reventaras, maldito viejo!”, pensó el seminarista. Pero se levantó dispuesto a seguirle.

-Está bien, vamos pues.
Salió del patio con Javtuj y Doroch. Durante el camino le consumía la inquietud, y trató de involucrarlos en una conversación, pero no le contestaban, o le decían unas veces que sí y otras que no, y la mayoría de veces ni sí ni no.

La noche era muy oscura. Se oía a lo lejos el aullar de los lobos, y el ladrido de los perros parecía más lúgubre que nunca; signo de mal agüero.

-No creo que esos aullidos sean de lobo; parecen de seres extraños -dijo Doroch.

Javtuj siguió callado y el seminarista no supo qué contestar.
Pronto llegaron a la iglesia, cuyas agrietadas bóvedas de madera demostraban lo poco que se había preocupado por la religión el propietario de la aldea. Como las dos noches anteriores, los dos kozakos se fueron, después de revisar las puertas, dejando solo al filósofo.

Dentro de la iglesia todo continuaba con el mismo aspecto lúgubre y misterioso, amenazador. Jomá Brut se detuvo un momento ante el ataúd del cadáver de la horrible bruja.

-Juro por Dios que esta vez no conseguirás asustarme – le dijo el seminarista en voz alta.

Y en cuanto hubo trazado el círculo mágico, como en las noches anteriores, empezó a recordar todas las oraciones que conocía para ahuyentar a los malos espíritus.

Reinaba un silencio sepulcral. Los cirios iluminaban la iglesia con tenue y temblorosa luz. Jomá Brut abrió el libro, y después de hojear varias páginas, inició la lectura. Pero poco después advirtió horrorizado que lo que leía no era lo mismo que decía el libro. Lleno de terror se puso a cantar, persignándose varias veces, con lo que consiguió tranquilizarse un poco y reanudar la lectura.

Había leído ya algunas páginas cuando de repente… ¡Horror!… ¡Un terrible estallido repercutió de un extremo a otro de la nave y la tapa de hierro del féretro saltó, levantándose en el acto el cadáver de la bruja! Su aspecto era todavía más espantoso que antes. Los dientes le castañeaban y sus repugnantes labios farfullaban horribles invocaciones. Dentro de la iglesia empezó a bramar un viento huracanado que derribó de sus hornacinas las imágenes de los santos, arrancó de sus jambas las ventanas, derribó las puertas, y centenares de diabólicos monstruos irrumpieron en el sagrado recinto. Con batir de alas, castañear los dientes y lanzando mandobles, todos se lanzaron contra el seminarista, a quien los efectos del alcohol desaparecieron en un instante. Se quedó inmovilizado del susto, boquiabierto, persignándose y balbuciendo sus más fervorosas alabanzas a Dios, mientras sentía cómo los infernales monstruos giraban en torno suyo, tocándole casi con sus alas y con sus repugnantes rabos.

No lograba verlos con claridad, pero consiguió notar que recostado a un muro había un monstruo de mayor tamaño que los demás, cubierto por una pelambrera larga, de un pelo duro como el alambre, debajo de la cual se veían dos terribles ojos que lanzaban miradas rabiosas, como tramando una venganza. Encima de él había como un globo erizado de garras que parecían tenazas o colas de escorpiones. Y todo, todos lo estaban buscando y no podían encontrarlo gracias al círculo mágico que lo rodeaba.

-¡Que llamen a Viy! ¡Mandad llamar a Viy! -gritaba furiosa la bruja muerta..

Inmediatamente reinó el silencio en la iglesia y sólo se oyó el lejano aullido de los lobos. Pero poco después resonaron los pasos de alguien que andaba pesadamente dentro de la iglesia. Al volverse el seminarista a mirar al sitio de donde llegaba el ruido de los pasos, vio a unos monstruos que conducían a un hombre muy bajo y muy robusto, que caminaba igual que un oso. Estaba totalmente cubierto de tierra negra, dejando sólo al descubierto sus pies y sus manos, semejantes a raíces de viejos árboles, y los pasos que daba parecían de un cojo. Tenía las cejas y las pestañas tan largas que casi las arrastraba por el suelo. Cuando Jomá Brut se fijó en su cara, vio que era de hierro.

Los monstruos lo llevaron hasta el sitio donde empezaba el círculo mágico.

-Levantadme las cejas y las pestañas, pues así no veo nada -gritó.

En el acto los monstruos le obedecieron.

El seminarista escuchó entonces una voz interior que le repetía sin cesar: “¡No lo mires! ¡No lo mires!” Pero el filósofo no pudo contenerse y lo miró…

-¡Ya lo veo, ya lo veo! ¡Está aquí! -rugió Viy con voz de trueno, mientras lo señalaba con un dedo de hierro.

Y toda aquella caterva de monstruos se precipitó sobre Jomá Brut. El infortunado muchacho rodó por los suelos y murió de terror…

¡Que llamen a Viy!

Pero en aquel preciso instante se escuchó en la iglesia el segundo canto del gallo, pues el primero nadie lo había oído. Los monstruos y todos los demás espíritus malignos se abalanzaron hacia las puertas y las ventanas de la iglesia para huir, pero fue demasiado tarde. No les alcanzó el tiempo para protegerse y quedaron apresados dentro de la iglesia..

Unas horas más tarde llegó un sacerdote: el horrible espectáculo que se ofreció a su vista lo dejó aterrorizado, y no atreviéndose a oficiar en el sagrado recinto pues había sido profanado por los espíritus infernales, se marchó rápidamente. La misteriosa iglesia quedo así: con los monstruos encerrados dentro de ella y sin que nadie se atreviese a acercarse. Con el tiempo los árboles, las hierbas y los arbustos lo cubrieron totalmente, con tal espesor de carrasca, de raíces y de matorros, que nunca más se encontró el camino que conducía a aquella iglesia.

Pronto llegó a la ciudad de Kyiv el rumor de este suceso, y lo escuchó el teólogo Khaliava, quien se quedó pensativo mucho tiempo, pero sin decir ni una sola palabra sobre la trágica muerte de su camarada. No obstante, su vida cambió de un modo radical, pues se convirtió en sacristán de la iglesia que tenía el más alto campanario de los alrededores. El puesto lo obtuvo al concluir brillantemente su carrera. La escalera del campanario era de madera y viejísima, por lo que a nadie le asombraba que algunas veces apareciese lleno de chinchones por haberse caído, según decía, por la escalera, pero…

Cierto día se encontró en la calle con Tiberi Gorobez, que en ese tiempo ya era filósofo y llevaba un bigote muy largo.

-¿Te enteraste de lo que le sucedió a nuestro compañero Jomá Brut? -preguntó Gorobez.

-Sí, así lo quiso Dios -repuso Khaliava, evadiendo una respuesta explicativa. Después de un instante agregó-:
Te propongo ir a la taberna y beberemos un trago en memoria suya.

El nuevo filósofo aprobó en seguida, y muy contento, demostrando que estaba dispuesto a disfrutar de sus nuevos privilegios, como se advertía muy bien por el estado de sus pantalones, de su levita y de su gorro, que despedían un fuerte tufo a tabaco y aguardiente.

-Nuestro compañero Jomá era una estupenda persona -dijo el sacristán, cuando el cojo tabernero le puso delante el tercer cubilete-. Sí, era un muchacho que prometía mucho… Su muerte fue muy tonta…

-Yo sé el secreto de porqué murió -dijo Tiberi-. Fue ni más ni menos por tener miedo. Si no hubiera demostrado que estaba asustadísimo, la bruja no habría podido hacer nada contra él. Lo que debió haber hecho era sólo rezar y escupirle en el rabo. Y te diré algo por experiencia propia: aquí, en el mercado, todas las mujeres son brujas…

El sacristán asintió con un leve movimiento de cabeza, pero después, al notar que poco a poco la lengua ya no le obedecía, se levantó pesadamente, y dando traspiés al andar se marchó de la taberna para ir a tumbarse y dormir entre los matorrales, sin olvidar, según tenía por costumbre, de meterse en el bolsillo un trozo de suela vieja que había visto en un banco de la taberna.


Artículo con la historia y análisis literario de esta obra

Estampillas postales de Ucrania – Santa Catalina y San Elías

Зчіпка «Український народний одяг. Херсонщина»

Bloque “Indumentaria tradicional ucraniana – Provincia de Jerson“. Vestimenta para las festividades:

  • Свято Катерини – Santa Catalina
  • Свято Іллі – San Elías

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Santa Catalina

En Ucrania se celebra el día de Santa Catalina el 7 de diciembre, pues en este país se utiliza el calendario Juliano para las celebraciones religiosas, a diferencia de occidente, en donde se usa el gregoriano (enlace a una explicación).
En occidente es el 25 de noviembre.

Santa Catarina, Caterina o Catalina es considerada símbolo de ternura femenina y de castidad de las muchachas. En griego “Catalina” significa “Alma pura”.

Tradicionalmente, en la víspera de este día, las muchachas “adivinan” sobre con quién contraerán matrimonio, por medio de la realización de varios juegos de adivinación, similar a lo que se hace para el Día de San Andrés (enlace).

La vida de Santa Catalina

Catarina nació en Alejandría como hija de padres adinerados por el año 290; por su mano pelearon los mejores novios de la ciudad.

En el año 304, Catalina se convirtió al cristianismo y comenzó a predicar la fé en Jesucristo.

Era muy inteligente y rápido destacó en una buena cantidad de materias que la situaron al mismo nivel que grandes poetas y filósofos de la época.

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Una noche se le apareció Cristo y decidió, en ese momento, consagrarle su vida, considerándose, desde entonces, su prometida. El tema del matrimonio místico es común en el Este del Mediterráneo y en la espiritualidad católica.

Cuando era la edad de casarse con un mortal, los padres comenzaron a buscarle el esposo, pero ella no hacía caso, y una vez les respondió: “Si insistís, me desposaré. Pero buscadme un joven muchacho que sea como yo en los cuatro talentos que, como vosotros aseguráis, sobrepaso a otras chicas. Buscad un chico superior a mi en nobleza, en belleza, en riquezas y en inteligencia (en mente); si no tiene al menos una habilidad, no es para mi.”.

Los parientes de los padres se pusieron a buscar a alguien, y tras largo tiempo no lograron hallar a nadie con esas virtudes.

Según les fue aconsejado por un anciano que ya conocía las altas cualidades morales de Catalina, decidieron llevarla por el “Camino del conocimiento de Cristo, el Rey del Cielo”

He aquí lo que el anciano respondió a la muchacha: “Yo solo conozco un bello joven que, indudablemente, te sobrepasa en todos los talentos que mencionas. Su belleza supera al brillo del sol. Su sabiduría a todo lo creado: lo viviente y lo inanimado; la riqueza de su tesoro puede ser repartida en todo el mundo, sin disminuir, sino aumentar; su nobleza es indecible”

Cristo

La imagen de este jovencito, tan grandemente representada por el anciano, entusiasmó tanto a Catarina que, desde este momento, sólo pensó en Él y soñó con convertirse en Su esposa.

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Y, gracias a su piadosa vida y a sus oraciones, Catalina obtuvo la Gracia de poder ver a este gran joven en una visión, a Jesucristo mismo, quien le entregó un anillo de bodas y le dijo: “A partir de este día te tomo como novia, y para la eternidad;para tí no habrá novio en la tierra de ahora en adelante”.

El emperador Majencio (306-312) fue Alejandría para organizar una fiesta pagana y ordenó que todos los súbditos hicieran sacrificios a los dioses. Catalina entró en el templo pero, en lugar de sacrificar, hizo la señal de la cruz. Y, dirigiéndose al emperador, lo reprendió exhortándolo a conocer al verdadero Dios. Se dice también que el mismo emperador se enamoró de Catalina, pero ella estaba comprometida con Cristo y no lo aceptó.

Conducida a palacio, ella reiteró su negativa a hacer sacrificios pero invitó al emperador a un debate.

En la prueba del debate filosófico, los sabios resultaron convertidos al cristianismo por Catalina, lo que provocó la ira del emperador, que entonces hizo ejecutar a los sabios, no sin proponerle antes a Catalina que se casara con uno de ellos, a lo que ella se negó rotundamente.

Majencio trató de convencerla con promesas pero, al no lograrlo, mandó azotarla y después encerrarla en prisión. Allí fue visitada por la propia emperatriz y un oficial, Porfirio, que terminó por convertirse junto con otros doscientos soldados, según señala “la Passio”.

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El emperador ordenó entonces que torturaran a Catalina utilizando para ello una máquina formada por unas ruedas guarnecidas con cuchillas afiladas. Según la Passio, las ruedas se rompieron al tocar el cuerpo de Catalina, quien salió ilesa. Por esta razón, Santa Catalina es la patrona de todos los oficios que utilicen ruedas, como hilanderas (por la rueca), carreteros, transportistas, molineros, etc. Además es patrona de archivistas, abogados; juristas, bibliotecarios, personas en trance de muerte, educadores, jovencitas, solteras, estudiantes, maestros, afiladores de cuchillos, mecánicos, torneros, enfermeros, filósofos, predicadores, teólogos, secretarias, taquígrafos.

La emperatriz trató de interceder a favor de Catalina, pero fue decapitada, al igual que Porfirio y sus doscientos soldados.

Su tumba se había encontrado al pie del Monte Sinaí, en el monasterio que lleva su nombre, lo que dio motivo a peregrinaciones de todo el mundo, especialmente apreciada por los peregrinos de Tierra Santa. La leyenda narra que los monjes del monasterio construido a los pies del Monte Sinaí descubrieron en una gruta de la montaña el cuerpo intacto de una joven a la que reconocieron como Catalina de Alejandría.

Según la Passio, el cuerpo había sido depositado allí por los ángeles. Así, la Passio se presenta adornada con un conjunto de lugares comunes hagiográficos, no históricos.

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Santa Catalina en la Rus de Kyiv

Durante el reino de Kyiv se le rindió culto a la Gran Mártir, y el rey Yaroslav el Sabio era tan devoto a ella, que construyó un templo en su honor en la calle principal de Kyiv, junto con el de Santa Sofía (la Sabiduría de Dios) y San Jorge, dentro del Dytynets (la antigua muralla que circundaba la ciudad principal) de la ciudad de Kyiv.

Actualmente esta iglesia ya no está, pero según el arqueólogo I. Ivantsov fueron las ruinas que el embajador del imperio alemán Erich Lysota vio en 1594 cerca de Santa Sofia. Se presume que había sido construida por maestros Greco-Bizantinos, quienes llevaron la tradición a la capital de la Rus de Kyiv, actual Ucrania.

En Kyiv existía una gran comunidad de comerciantes griegos, que fue más notoria en el siglo XVII; por parte de este grupo se construyó una capilla de madera cercana a la plaza central, en tierra perteneciente al mercader griego Astamatis Stimati.

En 1739-41, en lugar de la capilla, fue construida una iglesia de ladrillo y, después de 7 años, el monasterio griego dedicado a Santa Catalina. Originalmente, la iglesia principal del monasterio tenía características arquitectónicas típicas ucranianas: de tres naves, tres cúpulas.

A fines del siglo XIX esta iglesia fue reconstruida, dejando únicamente intacta la parte superior. El interior había sido construido con un iconoatasio en estilo rococó. A principios de la década de 1920 el monasterio fue clausurado, como todos los edificios religiosos, a manos de los soviéticos, y sus grandes instalaciones fueron utilizadas como salones de exhibición de productos industriales.

En 1929 fue desmantelada la iglesia, bajo el pretexto que el techo presentaba rajaduras.

Tradiciones en Ucrania

Algunos investigadores de tradiciones religiosas tienen la teoría que, antes de la cristianización, este día se celebraba “la noche del destino de las doncellas”, y que luego apareció la fiesta de Santa Catalina, conectando lo pagano con esta festividad religiosa.

Las celebraciones a Santa Catalina en Ucrania se basan mayormente en “profetizar” el destino de cada chica. Las mujeres casadas preguntan por la felicidad de su familia, las solteras por su futuro matrimonio.

En el día de Catalina, por la mañana antes de la salida del sol, cada chica sale a su jardín y corta una ramilla de su cerezo. En casa, esta ramita es colocada en una botella con agua, esperando a ser leída en la fiesta de Melania (Malanka – 14 de enero). Si el ramito con botones florea, es buena señal, y la chica tendrá un futuro en el que florecerá su amor. Una ramita podrida o sin color es mala señal.

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La ramilla de cereza no es solamente leída por muchachas, sino que también los jovencitos. Si sus respectivos ramitos sacan hojas o hasta flores, significa que su esposa será bella, lo amará, y será hacendosa. Si la ramilla saca hojas, pero no flores, indica que el chico se casará con una mujer simple, que no es notable. Pero si nisiquiera saca hojas, indica que la esposa será haragana.

En las aldeas, Catalina se arregla por las noches. Las chicas preparan juntas un caldo de trigo o más típicamente Borshch, se reunen con los muchachos y van a misa. Antes que canten los gallos, a media noche, se dirigen con una nueva Rushnyk y la comida al “portal del destino”.

Una a una suben con la cena en las manos y llaman tres veces al destino: “Destino, sino, ¡Ven a cenar!”. Si el gallo canta, es la respuesta del destino prediciendo un matrimonio con abundancia y tranquilidad. Si el gallo no canta, el destino “es sordo” a los llamados de esta chica. Pero lo peor de todo es ver una estrella cayendo del cielo luego de la pregunta, pues presagia una seria enfermedad, problemas familiares y una mala fortuna en todo lo que haga.

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En caso que el destino haya sido sordo, la muchacha deberá aplaudir una vez, y si la respuesta es un perro rascándose o alguna vaca mugiendo, es el destino que si la escuchó y que su novio vendrá de ese punto. Si responde el gallo, aunque sea sólo sacudiendo sus plumas, el futuro esposo será fiel y rico; si es el perro el que responde, el esposo será muy fiel, pero no tan rico; si un caballo corre, será un esposo muy trabajador, calmado pero de carácter fuerte.

Se dice que, durante esta adivinación, un año fue una rata la que llegó a comer del caldo (Kulish o Borshch), frente a todas y hasta se limpió las orejas. La chica la vió y echó la carcajada, pues nunca había sucedido y nadie sabía interpretar esa respuesta del destino. Sin embargo, en primavera llegaron extranjeros, desde Francia, a intercambiar conocimiento sobre el cultivo de la remolacha azucarera, y esta chica se enamoró de un francés y pronto se casaron. Se fue a vivir a la casa de sus suegros y escribió a los padres que era muy feliz. Desde entonces, se sabe que una rata comiendo la sopa, es la respuesta del destino diciendo “te casarás con un extranjero”.

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Otra costumbre es colocar hojas de distintos árboles bajo la almohada, en la víspera de Santa Catalina, cada uno representando un muchacho del gusto de la jovencita. Dentro de estas, se supone que debe haber una sola hoja de manzano. Al ir a la cama, la muchacha recita la oración del Señor y luego, al amanecer, le pide a algún niño pequeño de la casa que saque, sin ver, una de las hojas; según la hoja que identifica a cada muchacho, con él se casará, excepto si es la de manzano, que indica que estará soltera de por vida.

Antiguamente se acostumbraba que la jovencita iba al pozo a ver su reflejo, muy temprano por la mañana del 7 de diciembre; si su reflejo era claro en un agua calma, indicaba un matrimonio inminente y muy feliz; aguas turbias indicaban una mayor espera.

Otro método era que, después de cenar en la víspera, la joven iba a escuchar la conversación de los vecinos. Su destino dependía de ka naturaleza de esa conversación.

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Otro método de adivinación era colocar varios objetos en platos: un pañuelo, un listón, un anillo y una cruz. Una de las muchachas cubría los objetos para que las demás no los vieran, y éstas tenían que venir una por una a sacarlos, sin ver. Si salía el listón, estaría un año más de soltera; si era el anillo, matrimonio este año, si era el pañuelo, indicaba un hijo como madre soltera, y si era la cruz era el mal presagio de muerte. Y para determinar la fortuna de su esposo, se metía un anillo de oro, otro de plata y varias piezas de hierro dentro del cereal, y cada muchacha debía sacar una, sin ver.

Para todas las señoritas que quieran encontrar la felicidad en el matrimonio, es aconsejable ir este día a misa antes de las 11 y poner una vela en el ícono de Santa Catalina, realizando un deseo con todo su corazón.

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Las jovencitas realizan todo este tipo de adivinaciones para saber qué esposo les tiene reservado el destino; sin embargo, los hombres siplemente guardan ayuno en una “cuaresma” dedicada a Santa Catalina, rezando a la santa mártir para que les entregue una buena mujer como esposa: que sea trabajadora (no floja) y que lo trate bien.

Esta columna dedicada a Santa Catalina está ahora en el monasterio de Santa Sava.


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Fiesta del día de San Elías

El 2 de agosto se celebra la fiesta del profeta Elías.

Este santo vivió durante el siglo IX anterior al nacimiento de Cristo, y su nombre significa “El poder de Dios, Mi Dios es Yahveh“, que fue lo que definió toda su vida.

El santo profeta Elías nació en la ciudad de Tesalia en Galilea en el año 900 antes de la Natividad de Cristo. Desde muy joven dedicó su vida a Dios, se asentó en un lugar solitario y vivió en oración y arduo ayuno.

Elías sufrió muchas persecuciones por parte de idólatras. Cuando estaba a punto de morir, supo que Dios lo llevaría vivo hasta el cielo, y fue lo que sucedió, pues él y otros testigos vieron la carroza de fuego con cuatro caballos, en la que los ángeles lo llevaron volando al cielo.

Jesucristo, durante su vida en este mundo, recordaba a menudo los milagros de Elías.

San Elías en Ucrania

Los ancestros de Ucrania honraban a este santo profeta. Se sabe, en particular, por la Crónica de Néstor, que en el período precristiano había una iglesia en Kyiv dedicada a el. Varios íconos durante la historia eclesiástica de Ucrania han sido dedicados a San Elías, con la carroza de fuego representada y el profeta sentado en ella. Fue percibido por el pueblo ucraniano como un intermediario entre el cielo y la tierra.

De acuerdo con una leyenda, él es capaz de predecir sequía y, a la vez, se le puede orar para que traiga nubes de lluvia.

En la imaginación folclórica es representado como un santo formidable, fuerte, severo, cruel, pero al mismo tiempo generoso. Incluso el gran héroe de la Rus de Kyiv, Illya Muromets, debe su nombre al profeta Elías (enlace a artículo)

Como otros elementos paganos, el antiguo dios Perún (leer artículo por este enlace) fue transformado durante la cristianización en Elías, ya que el día del santo caía justo en el “громове свято – el día de los truenos”, una época de fines de verano caracterizada por abundantes tormentas eléctricas. Muchos proverbios folclóricos se asocian con él:

«До Іллі хмари ходять за вітром, а по Іллі – проти вітру»,
«Грім гримить, то Ілля по небесному мосту в огненній колісниці їде».

“Por Elías que se vayan las nubes con el viento, y por Elías – que sople el viento”
“Retumban los truenos, pues Elias va en una carroza de fuego en un puente al cielo”.

Existe una leyenda que dice que cuando los demonios se rebelaron contra Dios, ordenó a Elías que limpiara todo el poder impuro del cielo. Desde entonces, el santo persigue los demonios, lanzándoles flechas de fuego: los rayos y truenos.

Generalmente llueve muy fuerte, con tormenta eléctrica, el 2 de agosto, lo que se conoce como «горобині ночі» – (Noche de gorrión) durante la cual hay que alejarse de perros y gatos, pues estos animales domésticos, este día en especial portan espíritus malignos; se dice que ni las aves pueden dormir, pues San Elias va en su carroza de fuego rumbo al cielo. Esta lluvia, antes que caigan los rayos, es de agua milagrosa, y si uno se baña en ella, se cura de cualquier enfermedad, inclusive lepra.

Si durante una tormenta eléctrica un rayo cae sobre una casa y ésta queda incendiada, los campesinos piensan que es imposible de extinguir, puesto que “¡Si Dios la quemó, el hombre no lo debe apagar!”

En la antigüedad existía la creencia que después del día de San Elías era prohibido nadar: “«Після Ілля купається тільки свиня» – “Después de San Elías sólo un cerdo se baña”. Las personas pensaban que, a partir de este día, el agua se tornaba fría, y era por una razón: Elías iba en su carroza de fuego rumbo al cielo, y a uno de sus caballos se le caía una herradura, directamente al agua, enfriándola.

San Elías no era solamente una deidad castigadora, sino también bueno y generoso patrono de los granjeros que cultivan cereales. Después de todo, el año agrícola acaba este día, y comienza uno nuevo con la cosecha pues, con el invierno, se siembra el trigo y el centeno. De esta manera, los granjeros esperan este día y exclaman “«На Іллі новий хліб на столі» – “En Elías hay un nuevo pan sobre la mesa” por la siembra de un nuevo ciclo de cultivo, y el inicio de la cosecha. Se hornea pan para toda la familia y se reparte desde el hermano mayor hasta el miembro más joven.

Algunas frases populares con respecto a San Elías

  • – Якщо зранку хмарно, то сівба повинна бути рання і можна чекати доброго врожаю, якщо хмарно опівдні – середня сівба, а якщо ввечері – сівба пізня і врожай поганий : Si está nublado por la mañana, la siembra debe ser temprano, y esperarás buena cosecha; si las nubes están a medio día será una siembra promedio y, si es por la noche, la siembra es tardía y la cosecha es mala.
  • – Цілий день сонячно – на недорід – Todo el día soleado – cosecha fallida.
  • – Минув Ілля – чекай гнилля – Se fué (el día de) San Elías, espera pudrición.
  • – З Ілліна дня ніч довга, а вода холодна – – Desde Elías la noche es larga, y el agua es fría.
  • – На Іллі до обіду літо, а після обіду осінь – En el día de Elías, antes de almuerzo es verano y después de cenar es otoño.
  • З днем Ангела Іллю я вітаю – En el día del ángel Elías yo saludo.
  • З хлібом щедрим на столі – Con pan hay abundancia sobre la mesa
  • З добрим словом у душі. Con buenas palabras en el alma

https://m.youtube.com/watch?v=IZwqhmZSRj8

Cuento ucraniano – El Zorro y la Grulla

El zorro y la grulla

Recopilada y traducida al inglés por Daniel W. Evanishen

Había una vez cuando el señor Zorro y la señorita Grulla eran amigos. Siemore pasaban juntos el día, en el lago o en el campo.

Un día, Señor Zorro invitó a la Señorita Grulla a un almuerzo en su casa.

“Por favor venga, señorita Grulla” dijo él, “Prepararé una deliciosa comida”

La señorita grulla aceptó la invitación tan amable y fue a visitar al señor Zorro. Éste había preparado una excelente kasha, que llevó a la mesa en una fuente.

La señorita grulla se inclinó sobre la mesa pero, debido a su largo cuello, le era imposible tomar un trozo del plato, que se veía exquisito. Dobló su cabeza de mil maneras y torció su cuello, pero no pudo tomar ni un trocito.

El señor Zorro, por otro lado, incluso lamió el plato; engulló hasta el último trozo de kasha y, ya satisfecho, dijo:

“Me encanta que hayas venido a visitarme. Espero que hagamos ésto más a menudo “

” Gracias por todo, Señor Zorro” dijo la señorita Grulla, “Mañana quiero retribuirle; por favor, sea tan amable de visitarme y lo invito a un almuerzo”.

“Muchas gracias, señorita Hrulka” dijo el señor Zorro.. Allí estaré “

Al día siguiente llegó el señor Zorro a la casa de ella, y al no más acercarse, le llegó un delicioso aroma.

” Que olor tan delicioso “ dijo él,” Seguramente tendremos un delicioso almuerzo “

Y cuando la señorita Grulla sirvió la comida, puso ésta en un recipiente delgado y largo.

” Sírvase, señor Zorro. No sea Usted tímido” dijo ella.

El señor Zorro intentó sacar algún trozo de la comida, que olía exquisita, pero no pudo; tampoco con su hocico llegó a obtener nada más que olfatear esa delicia.

La señorita Grulla simplemente inteodujo su largo y delgado cuello dentro del recipiente y logró engullir todo yblinpiar el plato en un santiamén.

Cuando ya no quedaba nada de comida, la señorita Grulla dijo: “Fue muy agradable que Usted me visitara. Espero que repitamos pronto esta experiencia”

El señor Zorro estaba tan enojado y avergonzado que salió de allí sin decir palabra y, desde entonces, los zorros y las grullas no son los mejores amigos.

Cuento folclórico ucraniano