Almas muertas – por Mykola Hóhol – Capítulo Xi

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CAPITULO XI

Ahora bien, todo ocurrió de distinto modo a como Chichikov lo había planeado. En primer lugar, se despertó más tarde de lo que calculaba: ésta fue la primera contrariedad. Después de haberse levantado, mandó a preguntar si el coche estaba ya enganchado y todo lo demás dispuesto, pero se le comunicó que ni había sido enganchado el coche ni estaba nada dispuesto. Esa fue la segunda contrariedad. Se enojó, amenazó con azotar a nuestro amigo Selifán y aguardó impaciente a que apareciera este último con las disculpas que pudiera ofrecerle a fin de justificarse.

Selifán pronto cruzó la puerta y el señor experimentó la satisfacción de oír justamente las mismas frases que los criados dicen cuando se tiene prisa por emprender un viaje.

—Es necesario herrar los caballos, Pavel Ivanovich.
— ¡Pedazo de imbécil! ¡Animal! ¿Por qué no me lo avisaste antes? ¿Acaso no has tenido tiempo?

—Sí he tenido tiempo… Y también, Pavel Ivanovich, se tiene que ajustar la llanta de una rueda; está a punto de salirse y el camino no tiene más que baches… Y si lo permite, la delantera del coche se debe asegurar, porque tal como va no resistiría ni dos jornadas.

— ¡Desgraciado! —gritó Chichikov alzando las manos y llegándose tan cerca de Selifán que éste, temiendo recibir un obsequio de su señor, retrocedió varios pasos y se puso en guardia

—. ¿Es que quieres matarme? ¿Quieres degollarme? ¡Sinvergüenza! ¡Maldito animal! ¡Monstruo salvaje! ¿Pretendías cortarme el cuello en el camino? Llevamos ya aquí más de tres semanas y durante todo ese tiempo ni te ha pasado por la cabeza decirme nada. Y ahora, en el último momento… Lo has estropeado todo. ¿Acaso no lo sabías? Porque tú lo sabías, ¿no es cierto? Contesta, ¿lo sabías?

—Sí que lo sabía —repuso Selifán al tiempo que bajaba la cabeza.
—Y entonces, ¿por qué no me lo avisaste, di?
Selifán no supo qué responder, aunque, con la cabeza inclinada, parecía estar pensando: «Ya ve lo que pasa; lo sabía y no se lo avisé.»

—Vete inmediatamente a buscar a un herrero; quiero que todo esté preparado dentro de dos horas, ¿lo entiendes? Si no está dentro de dos horas, te daré una buena paliza.

Nuestro protagonista estaba en extremo irritado. Selifán caminaba ya hacia la puerta para cumplir las órdenes que había recibido, pero se detuvo y añadió:

—Aún he de decirle, Pavel Ivanovich, que el caballo blanco, el que va a la derecha del tiro, es un granuja. Sería preciso venderlo, sólo sirve de estorbo.

— ¡Sí, en este momento me iré a la feria a venderlo!
—Le aseguro, Pavel Ivanovich, que lo único que tiene es apariencia. Es un miserable, jamás he visto otro caballo…

— ¡Imbécil! Lo venderé cuando me venga en ganas. ¡Y encima empezar con razonamientos! Si no me traes a los herreros y no está todo dispuesto dentro de un par de horas, te daré una buena somanta. No pienso dejarte ni un solo hueso sano. ¡Y ahora vete! ¡Largo de aquí!

Selifán se marchó.

Chichikov, descompuesto, arrojó al suelo el sable que llevaba consigo siempre que iba de viaje para fundir el debido respeto a quien fuera preciso. Por espacio de un cuarto de hora discutió con los herreros hasta que al fin quedaron de acuerdo en el precio, ya que los herreros, como es de rigor, eran unos perfectos miserables, y cuando se olieron que el trabajo corría mucha prisa pidieron exactamente seis veces más del precio acostumbrado. Chichikov se acaloró, los trató de sinvergüenzas, de ladrones, de bandidos, hasta les amenazó con el Juicio Final, pero los herreros se mantuvieron en sus trece: no sólo no rebajaron nada, sino que emplearon en el trabajo cinco horas y media en vez de dos.

En este tiempo Chichikov tuvo la satisfacción de experimentar los gratos minutos conocidos por todos los viajeros, cuando la maleta está hecha y el suelo aparece cubierto de cuerdas, papeles y basura, cuando uno no pertenece ni al camino ni al lugar en que se halla, cuando observa por la ventana a las gentes que cruzan la calle charlando de sus pequeños asuntos, levantan la mirada con una necia curiosidad, se fijan en él y continúan adelante, circunstancia ésta que contribuye a aumentar el mal humor del infeliz viajero que no viaja.

Uno siente repugnancia por todo cuanto ve: la tienda de la acera de enfrente, la cabeza de la vieja de la vecina casa, que se llega hasta la ventana de menguadas cortinas, pero no se aleja. Continúa mirando, ya sin darse cuenta de lo que está viendo, ya con una atención embotada, observa lo que se mueve y aplasta enfurecido una mosca que pasa zumbando y que tropieza contra el cristal.

Pero todo llega a su fin, y así llegó también el momento anhelado. Todo estaba a punto: la delantera del coche había sido reparada, la rueda reforzada con una nueva llanta, y los caballos abrevados; los sinvergüenzas de los herreros se fueron, contando el dinero ganado y deseándole un feliz viaje. Engancharon el coche, pusieron en él dos hogazas acabadas de salir del horno que había comprado a última hora, y, finalmente, Chichikov subió a su asiento despedido por el mozo de la posada, que iba vestido con su eterna levita de bocací, por los restantes criados de la posada y los sirvientes y cocheros de otros señores, gentes que siempre aprovechan la ocasión para presenciar el espectáculo de la partida de un carruaje, y el coche aquel, del tipo como el que acostumbran a usar los solterones, que durante tanto tiempo se había detenido en la ciudad y que tal vez haya llegado a cansar al lector, salió por el portal de la posada.

«¡Gracias a Dios!», se dijo Chichikov al tiempo que se persignaba.

Selifán hizo restallar el látigo, a su lado se sentó Petrushka, que al principio se había quedado subido al estribo, y nuestro protagonista, tras acomodarse sobre el tapiz georgiano, puso en sus espaldas un cojín de cuero, aplastando las dos hogazas que acababan de salir del horno, y el coche empezó otra vez a saltar y a dar tumbos gracias al empedrado, el cual, como todo el mundo sabe, tenía la virtud de lanzar los objetos al aire.

Embargado por un sentimiento indefinido, contempló los edificios, los muros, las cercas y las calles, que, por su parte, parecían también saltar, desfilando poco a poco hacia atrás, y que quién sabe si vería de nuevo a lo largo de su vida. Cuando torcieron una esquina, el vehículo se vio obligado a detenerse porque toda la calle estaba ocupada por un interminable cortejo fúnebre. Chichikov se asomó por la ventanilla y ordenó a Petrushka que preguntara qué entierro era aquél. De este modo se enteró de que se trataba del entierro del fiscal. Habiéndose apoderado de él una desagradable sensación, se escondió en un rincón, echó la capota y por último corrió las cortinillas.

Una vez parado el vehículo, Selifán y Petrushka se quitaron piadosamente sus gorras y comenzaron a observar a todos los que desfilaban y a contar el número de los que iban a pie y en coche. Su amo, que les había dado órdenes de no saludar a ningún criado conocido, se dedicó asimismo a mirar disimuladamente por el ventanillo de que estaban provistas las cortinillas de cuero. Detrás del féretro, descubiertos, marchaban todos los funcionarios.

Chichikov sintió el temor de que reconocieran su coche, pero ellos no estaban para prestar atención a nada. Ni siquiera hablaban de las distintas cuestiones de la vida que suelen atraer a los que acompañan a un muerto. Los pensamientos de todos ellos se concentraban por completo en sí mismos: reflexionaban acerca de cómo sería el nuevo gobernador general, de cómo pondría manos a la obra y qué acogida les iba a dispensar.

Detrás de los funcionarios, que marchaban a pie, iban los carruajes ocupados por las damas con velos negros. La rapidez con que movían las manos y los labios demostraba que se hallaban entregadas a una animada charla. Quizá conversaban también sobre la llegada del nuevo gobernador general, hacían conjeturas respecto a los bailes que ofrecía, y se preocupaban de sus eternos bordaditos y festoncitos.

A continuación iban los coches desocupados, los cuales formaban una larga hilera. Cuando todos hubieron acabado de pasar, Chichikov pudo continuar su camino. Corrió las cortinas de cuero, lanzó un suspiro y exclamó con verdadero sentimiento:

— ¡Ahí está el fiscal! ¡Vivía con toda tranquilidad y ha fallecido! Los periódicos dirán que ha muerto, con gran dolor de sus subordinados y de toda la Humanidad, un padre ejemplar y un marido modelo; escribirán mucho. Agregarán, sin duda, que le acompañó el llanto de su viuda y huérfanos. Aunque, bien mirado, no tenía más que las espesas cejas.

Ordenó a Selifán que fuera más rápido y comentó Para sus adentros:

«No obstante, me alegro de que hayamos tropezado con el entierro. Según dicen, tropezarse con un muerto da buena suerte.»

El coche se dirigió hacia unas calles menos transitadas. No tardaron en verse solamente las interminables vallas de madera que denotaban la proximidad de las afueras de la ciudad. El empedrado llegó a su fin, atravesaron la barrera y la ciudad quedó atrás. Concluía todo, otra vez se encontraban en camino. Nuevamente, a uno y otro lado, comenzaron a desfilar los postes militares, los jefes de posta, las hileras de carros, los pozos, las negruzcas aldeas con sus samovares, sus mujeres y el hábil y barbudo posadero que acude con la avena en las manos, el caminante de raídos laptis que ya ha recorrido ochocientas verstas, las pequeñas ciudades con sus edificios, sus tenderetes de madera en los que venden barriles de harina, pan, laptis y otras cosas por el estilo.

Nuevamente cruzaron barreras pintadas a franjas, puentes a medio reparar, campos que se extendían a ambos lados del camino, grandes coches de terratenientes rurales, un soldado a caballo transportando un cajón verde repleto de metralla, con la inscripción: «Batería número tal.»

Campos verdes, negros y amarillos, labrados hacía poco, interrumpiendo la uniformidad de la estepa; una canción cuyas notas se arrastran en la lejanía, las copas de los pinos sumergidas en la niebla, las campanadas que se pierden en lontananza, los cuervos amontonados como moscas y el horizonte infinito…

¡Rusia! ¡Rusia! ¡Te veo, te veo desde este prodigio que es mi maravillosa lejanía!* Te veo dispersa, pobre, y sin embargo acogedora. No regocijan ni asustan a la vista los atrevidos portentos de la naturaleza, coronados por los atrevidos portentos del arte, las ciudades con sus elevados palacios de innumerables ventanas que se alzan sobre grandísimas rocas, los pintorescos árboles y las hiedras que trepan por los edificios en medio del estrépito de las cascadas, a las que cubre un eterno polvo de agua. No se alza la mirada para contemplar los peñascos que se yerguen sin fin sobre ella. No deslumbra la luz al atravesar los oscuros arcos, tendidos uno sobre otro, ocultos bajo los sarmientos, la hiedra y los infinitos millones de rosas silvestres; no resplandecen a través de ellos, en lontananza, las eternas líneas de las refulgentes montañas, que se levantan hacia el transparente cielo de plata.

Cuando Hóhol escribió esto se encontraba en Italia.

En ti todo es abierto, solitario y llano. Como pequeños puntos, como signos, sin que nada llame la atención en ellas entre las llanuras, emergen chatas ciudades; nada se encuentra que cautive y seduzca la vista. Y a pesar de ello, ¿qué poder inefable y misterioso atrae hacia ti? ¿Por qué mis oídos escuchan infatigablemente, por qué resuena en ellos tu triste canción y se extiende de mar a mar, a lo largo y a lo ancho de tus dominios? ¿Qué hay en ella, en esta canción, que clama, y solloza, y agobia el corazón? ¿Qué sonidos son esos que acarician dolorosamente, intentan entrar en mi alma y se enroscan en mi corazón? ¡Oh, Rusia! ¿Qué quieres de mí? ¿Qué lazo inescrutable me tiene vinculado a ti? ¿Por qué me contemplas así y por qué todo lo que hay en ti vuelve hacia mí su mirada llena de esperanza…?

Y aún más: estoy perplejo, inmóvil, y ya se cierne sobre mí el negro nubarrón que amenaza lluvia, y enmudezco ante tus infinitos espacios. ¿Qué pronostican esos espacios sin fin? ¿Es ahí, en ti misma, dónde se gestará la idea infinita cuando tampoco tú tienes fin? ¿Cómo no hemos de hallar en ella al bogatir, siendo así que dispone de ancho campo para desenvolverse? Tus vastos espacios me envuelven con aire amenazador y con enorme fuerza encuentra reflejo en lo más profundo de mi alma. Con un poder sobrenatural hace luz en mis ojos. ¡Oh, qué lejanía tan prodigiosa y esplendente, que en ningún otro lugar conoce la tierra! ¡Rusia…!

— ¡Detente, detente, idiota! —gritó Chichikov a Selifán.
— ¡Vas a ganarte un sablazo! —rugió un correo de larguísimos bigotes,que galopó a su encuentro—. ¿Es que no ves que se acerca un coche oficial, así el diablo se lleve tu alma? —y como una visión cruzó con gran estrépito una troica envuelta en nubes de polvo.

¿Qué cosa atrayente y maravillosa hay en la palabra camino? La misma palabra nos llama, nos arrastra. ¡Y qué portentoso es el propio camino! Un día radiante, las hojas otoñales, el aire fresco… Bien abrigados con un capote de viaje, el gorro calado hasta las orejas, nos acurrucamos en un rincón. El último escalofrío sacude nuestro cuerpo y ya sentimos un grato calorcillo. Los caballos se deslizan al galope… ¡De qué modo tan tentador se asoma la modorra y se cierran los ojos! Entré sueños se escucha la canción No son blancas las nieves, los resoplidos de los caballos y el estruendo de las ruedas, y ya ronca uno, acomodado junto a su compañero de viaje. Cuando se despierta, advierte que han dejado atrás cinco estaciones de posta. La luna, una ciudad desconocida, iglesias con antiguas cúpulas de madera y ennegrecidas agujas, oscuras casas de troncos y blancos edificios de mampostería.

La luna ilumina aquí y allá. Se diría que blancos pañuelos habían sido extendidos por las paredes, la calzada y las calles. Sombras negras como el carbón cruzan en bandadas sobre esos pañuelos blancos. Como un brillante metal resplandecen las techumbres de troncos y no se ve ni un alma: todo el mundo duerme. Todo lo más, una solitaria luz brilla en alguna ventana: el zapatero que remienda unas botas, el panadero que trajina en el horno, ¿quién se preocupa por ellos? ¿Y la noche? ¡Oh espíritus celestiales! ¡Qué noche hay en lo alto! ¡Qué aire, qué cielo, lejano y alto en sus insondables profundidades, que se extiende tan interminable, tan sonoro, tan transparente…!

El frescor de la noche hace que uno cierre los ojos y se adormezca, y uno pierde entonces la noción de las cosas, comienza a roncar, y se revuelve gruñendo el pobre vecino, que siente nuestro peso y al que apenas hemos dejado sitio. Cuando nos despertamos, otra vez se extienden ante nuestros ojos los campos y la estepa; no hay nada, todo es un desierto, todo es llano. Los postes militares desfilan ante nosotros y empieza a asomarse la aurora. En el frío firmamento, que ya está clareando, surge una franja de pálido oro. El viento es más fresco y cortante. Nos abrigamos mejor con nuestro capote. ¡Qué agradable resulta el frío! ¡Qué prodigioso es el sueño que vuelve a apoderarse de nosotros! Una sacudida y otra vez nos despertamos. El sol se halla ya en lo alto.

«¡Cuidado, cuidado!», grita una voz. Una carreta desciende por la empinada cuesta. Abajo se encuentra un ancho dique, el cual forma un embalse ancho y diáfano que brilla al sol como si fuera de cobre. Igual que una estrella, reluce a un lado la cruz de la iglesia del pueblo. Los campesinos charlan y el estómago empieza a sentir las punzadas del hambre… ¡Santo Dios! ¡Qué bello eres a veces, lejano camino! ¡En cuántas ocasiones he recurrido a ti, como el que fallece y se ahoga, y en todo momento me sacaste a flote y me salvaste con tu generosidad! ¡Qué cantidad de maravillosos proyectos nacieron en ti, cuántos poéticos sueños y cuántas asombrosas impresiones has hecho nacer…!

También nuestro amigo Chichikov se entregaba en esos momentos a ensueños que no tenían nada de prosaicos. Veamos qué sentía. Al principio, nada; lo único que hacía era mirar atrás, con el afán de convencerse de que, realmente, había salido de la ciudad. Pero al darse cuenta de que la ciudad había desaparecido de su vista, de que ya no se distinguían herrerías, ni molinos, ni todo eso que rodea a las ciudades, que incluso las blancas cúpulas de las iglesias de piedra se habían confundido con el suelo, se dedicó por entero al camino, mirando solamente a un lado y a otro, como si la ciudad de N. se hubiera borrado de su memoria, como si hubiera pasado por ella en los lejanos tiempos de su niñez.

Por último, igualmente el camino dejó de atraerle, cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre un cojín. El autor debe aquí confesar la satisfacción que esto le causa, ya que de este modo le brinda la oportunidad de hablar de su héroe; hasta este momento, como el lector ha tenido oportunidad de ver, se lo han impedido ora Nozdriov, ora los bailes, ora las damas, ora las murmuraciones de la ciudad, ora, en fin, las mil naderías que únicamente nos parecen tales cuando las hallamos escritas en un libro, pero que consideramos asuntos en extremo importantes cuando ocurren en el mundo. No obstante, ahora vamos a dejar de lado completamente todo, y nos dedicaremos a esta cuestión.

No es muy probable que el héroe que hemos elegido guste a los lectores. A las damas claro está que no, lo podemos asegurar, puesto que las damas exigen que el héroe sea la misma perfección en persona. ¡Pobre de él si ofrece la menor mancha en su alma o en su cuerpo! Por muy adentro que el autor penetre en el alma del héroe, aunque logre reflejarla con mayor perfección que un espejo, nadie lo apreciará lo más mínimo. El hecho de que Chichikov sea un tanto grueso y de edad madura le dañará mucho: al héroe nunca se le perdona el exceso de carne, y un sinnúmero de damas se alejarán exclamando: «¡Bah, qué asco!»

¡Ay! El autor sabe muy bien todo esto, y aun considerándolo así, se ve en la imposibilidad de tomar como héroe a un hombre virtuoso… Pero… tal vez resuenen en esta misma narración otras cuerdas que con anterioridad no fueron pulsadas, se muestre la inconmensurable riqueza del alma rusa pase por él un varón de virtudes divinas, o una maravillosa jovencita rusa como en ningún otro lugar del mundo podría hallarse, con toda la prodigiosa hermosura de su alma femenina, toda ella rebosando abnegación y generosos impulsos.

¡Comparados con ellos parecerán muertos todos los seres virtuosos de otras razas, del mismo modo que parece muerto el libro comparado con la palabra viva! Se mostrarán en toda su grandeza los sentimientos rusos… y advertirán ellos con cuánta profundidad arraigó en la naturaleza del eslavo lo que en la de otros pueblos no hizo otra cosa que resbalar…

Pero ¿a qué fin adelantarnos a los acontecimientos? No cuadra al autor, hombre ya de cierta edad, educado por la rígida vida interior y por la lozana serenidad que la soledad procura, aturdirse como un muchacho. ¡Cada cosa a su tiempo y en su correspondiente lugar! El hombre que hemos tomado como héroe no es un ser virtuoso. Hasta podemos decir por qué razón no hemos querido hacerlo así. Porque comienza ya a ser hora de dejar descansar al hombre virtuoso, porque las palabras «hombre virtuoso», sin cesar en los labios de todos, nada significan; porque el ser virtuoso ha sido transformado en un caballo en el que no existe escritor que no haya montado, arreándolo con la fusta y con todo cuanto halla a mano; porque se ha hecho sudar al hombre virtuoso hasta tal punto que en él no queda ya ni una pizca de virtud, el cuerpo ha desaparecido y no conserva más que las costillas y el pellejo; porque con toda hipocresía invocan al ser virtuoso; porque al ser virtuoso ya no se le respeta. No, hora es de que también el miserable sea uncido al yugo. Así pues, unciremos al miserable.

El origen de nuestro héroe era modesto y oscuro. Sus padres eran nobles, aunque se desconoce si lo eran por su linaje o fueron nombrados por sus servicios personales. En su físico no se parecía a ellos. Al menos, una parienta que había asistido a su nacimiento, una mujer pequeña y delgada, dijo cuando cogió al niño en brazos:

—No ha salido como yo imaginaba. Tenía que parecerse a la abuela materna, cosa que habría sido preferible, y ha nacido como dice el refrán: «No se parece ni al padre ni a la madre, sino a un muchacho que pasó por el camino.»

La vida le miró en sus primeros tiempos con un gesto agrio y nada acogedor, a través de un oscuro ventanillo tapado por la nieve. Su infancia se deslizó sin un amigo, ni siquiera un compañero. Un estrecho cuarto con unas reducidas ventanas que jamás estaban abiertas, ni en invierno ni en verano; su padre, un hombre enfermo que llevaba una larga levita forrada con piel de cordero y unas pantuflas de punto en chancletas en los pies descalzos, que constantemente suspiraba en sus paseos por la habitación y que escupía en una salvadera depositada en una esquina; las eternas sesiones de pupitre con la pluma en la mano y la tinta en los dedos e incluso en la boca, la eterna máxima delante de sus ojos: «No mientas, obedece y respeta a tus mayores y lleva la virtud en tu corazón»; el eterno arrastrarse de las pantuflas por el aposento y la voz familiar, aunque siempre severa: «¡Ya vuelves a hacer tonterías!», resonando cuando el pequeño, cansado de la monotonía del trabajo, añadía a cualquier letra un rabo o un gancho; la eterna sensación, siempre muy desagradable, cuando después de estas palabras su pobre oreja era retorcida dolorosamente entre las uñas de unos largos dedos que llegaban hasta él por la espalda. Este fue el mísero cuadro de su niñez, de la cual apenas conservaba un borroso recuerdo.

Pero en la vida todas las cosas cambian con rapidez, y un día, con el radiante sol de primavera, cuando los primeros torrentes se desbordan, padre e hijo subieron a un carro, arrastrado por un caballejo pío, bayo con manchas amarillas, de esos a los que los tratantes dan el nombre de «urracas». Lo conducía un jorobado casi enano, cabeza de la única familia de mujiks que pertenecían al padre de Chichikov, y que en la casa se encargaba de la mayoría de los trabajos. Llevados por el tal caballejo, el viaje se prolongó por espacio de dos días; hicieron noche en el camino, atravesaron un río, comieron empanadas, cordero asado y cosas frías, y hasta la mañana del tercer día no llegaron a la ciudad.

Ante la mirada del muchacho resplandecieron, con súbita magnificencia, las calles de la ciudad, a las cuales contempló boquiabierto. Después, el caballejo se metió con el carro en una zanja, que daba principio a una estrecha callejuela en pronunciada pendiente y cubierta de barro. Tras muchos esfuerzos, espoleado por los gritos del jorobado y hasta del señor, los sacó de allí hasta que llegaron a un reducido patio, situado en la ladera, con dos manzanos en flor frente a una casa de pequeñas proporciones; en la parte trasera sólo crecían el serbal y el saúco, que ocultaban a la vista un cobertizo de madera provisto de un ventanillo con un cristal oscuro que apenas permitía pasar la luz.

En aquella casa vivía una parienta suya, una anciana arrugada, pero que aún acudía a diario al mercado y después ponía a secar las medias en el samovar. La anciana dio al pequeño unas palmadas en la mejilla y miró sorprendida sus rollizas carnes. Este era el lugar donde tenía que permanecer para asistir todos los días a la escuela de la ciudad. El padre se quedó allí aquella noche y al otro día emprendió el camino de regreso.

Cuando se separaron, los ojos del progenitor no derramaron ni una sola lágrima; el niño recibió algunas monedas de cobre para gastos y golosinas y, lo que era más importante, una serie de buenos consejos:

—Mira, Pavluska, estudia, no cometas tonterías ni hagas travesuras, y, ante todo, haz lo posible por agradar a tus maestros y superiores. Si agradas a los superiores, aunque no destaques en el estudio, seguirás tu camino y pasarás delante de todos. No entables amistad con tus compañeros, que no te enseñarán nada bueno. Todo lo más, hazte amigo de los ricos, pues sólo ellos te podrán ser de alguna utilidad. No obsequies ni convides a nadie, y haz de manera que te inviten a ti. Y sobre todo, cuida y guarda cada kopec. El dinero es lo más seguro que existe en el mundo. El amigo o el compañero te engañarán y te traicionarán cuando te halles en un caso apurado, pero el dinero jamás te hará traición. El dinero te permitirá poseer y lograr todo lo que quieras.

En cuanto le hubo dado estos consejos, el padre dejó al hijo, regresó a casa con su caballejo y ya nunca más volvieron a verse, aunque sus palabras y consejos quedaron hondamente grabadas en la memoria del niño.

Al día siguiente Pavluska comenzó a asistir a clase. En los estudios demostró mucha capacidad; destacaba más por la aplicación y el orden. En cambio dio pruebas de una gran inteligencia en otro aspecto, en el práctico. En seguida comprendió el asunto y en sus relaciones con los compañeros eran éstos los que le invitaban, sin que él les invitara ni una sola vez. Es más, en algunas ocasiones se guardaba las golosinas que le habían dado y después las vendía a los mismos que se las obsequiaron. Era un niño, pero ya sabía prescindir de todo. De las monedas que le entregó su padre no gastó ni un solo kopec. Por el contrario, aquel mismo año supo aumentarlas, demostrando una destreza casi extraordinaria: modeló un pinzón con cera, lo pintó y luego lo vendió a muy buen precio.

Más tarde, durante cierto tiempo, se entregó a otras especulaciones: compraba en la plaza algo de comer y en clase tomaba asiento cerca de los niños más ricos; cuando se daba cuenta de que al compañero se le comenzaba a abrir la boca —fiel señal de que sentía hambre—, sacaba de su pupitre como quien no hace la cosa un pedazo de bollo o de rosquilla, lo enseñaba al compañero y le cobraba conforme fuera su apetito. Por espacio de dos meses estuvo dedicándose en casa a domesticar un ratón que tenía encerrado en una pequeña jaula de madera, hasta lograr que le obedeciera cuando le ordenaba levantarse sobre las patas traseras, echarse y ponerse de pie, e igualmente lo vendió luego a muy buen precio. Cuando llegó a tener cinco rublos, los cosió dentro de una bolsita y comenzó a guardar sus ahorros en otra.

Con respecto a sus maestros y superiores demostró aún más inteligencia. Nadie como él sabía estarse tan quieto en su asiento. Debemos hacer constar que el maestro sentía gran debilidad por el silencio y el buen comportamiento; a los muchachos inteligentes y agudos no podía soportarlos, puesto que le parecía que tenían que reírse de él. Era suficiente que uno se ganara una observación, debida a su fama de ingenioso, o que alguien moviera una ceja sin advertirlo, para que cayera sobre él la cólera del maestro. Lo arrojaba de clase y lo castigaba sin piedad.

— ¡Tengo que sacarte del cuerpo ese orgullo y espíritu de rebeldía! —acostumbraba a gritar—. Te conozco demasiado bien, mucho mejor de lo que te puedas conocer tú mismo. ¡He de ponerte de rodillas! ¡Vas a ver el hambre que te hago pasar!

Y el infeliz muchacho, ignorando el motivo, se lastimaba las rodillas y se pasaba días enteros sin probar bocado.

— ¿La capacidad y la inteligencia? Todo esto es estúpido —decía el maestro—. Sólo me importa la conducta. Calificaré con las mejores notas en todas las asignaturas a aquellos que se porten de modo ejemplar, aunque no sepan ni palabra. Y a los revoltosos y aficionados a las burlas les pondré un cero aunque sepan más que Salomón.

Así hablaba el maestro, que sentía un odio a muerte hacia Krikov* por aquello que había dicho de que «me da igual que bebas si eres inteligente». En su rostro y en sus ojos era fácil advertir la complacencia que sentía cuando explicaba que en la escuela en la que estuvo anteriormente el silencio era tal, que podía oírse el vuelo de una mosca; que ni un solo alumno tosía ni se sonaba en clase durante todo el año y que hasta el momento en que tocaba la campanilla no era posible saber si allí había alguien o no.

Iván Andreievich Krikov, gran fabulista ruso (1767-1844).

Chichikov comprendió en seguida el espíritu de su maestro y cuál tendría que ser su conducta. En las horas de clase ni siquiera pestañeaba, aunque sus compañeros no dejaran de pellizcarle por detrás; cuando sonaba la campanilla, se precipitaba a entregar al maestro el tricornio (pues el maestro llevaba tricornio); en cuanto se lo había entregado, salía el primero de la clase e intentaba pasar frente a él tres veces como mínimo, y siempre se descubría. Esto le alcanzó un extraordinario éxito.

Durante el tiempo que permaneció en la escuela fue muy bien considerado, y al concluir sus estudios recibió en todas las asignaturas las mejores calificaciones, diploma y un libro con una dedicatoria en letras doradas: A la ejemplar aplicación y buena conducta. Era por aquel entonces un joven de aspecto bastante agradable cuya barba requería ya los servicios de la navaja. Hacia esa época falleció su padre. Por toda herencia recibió cuatro camisetas algo raídas por el uso, dos viejas levitas forradas de piel de cordero, y una misérrima cantidad en metálico. Al parecer, el padre únicamente entendía en el arte de dar buenos consejos respecto al ahorro, pues lo que él había ahorrado era bien poco. Chichikov se apresuró a vender por mil rublos la vieja casucha medio derruida y sus pocas tierras, y la familia de mujiks la trasladó a la ciudad, con intención de instalarse en ella y encontrar empleo en una oficina pública.

Por aquel mismo tiempo echaron de la escuela, por cualquier estupidez o por un motivo de peso, al infortunado maestro enamorado del silencio y del ejemplar comportamiento. La desgracia hizo que se aficionara a la bebida y bebió hasta que ya no le quedaron recursos. Enfermo, sin un mísero trozo de pan ni nadie que le ayudara, vivía abandonado en un frío tabuco. Sus antiguos alumnos, los inteligentes y agudos, aquellos en los que siempre le pareció encontrar orgullo y espíritu de rebeldía, en cuanto se enteraron de su desgraciada situación reunieron algún dinero, que le entregaron, aunque para ello se vieran obligados a vender cosas de las que ellos mismos tenían necesidad… El único que se resistió a contribuir fue Pavluska Chichikov, que dio como pretexto su falta de recursos, y se limitó a dar una moneda de cinco kopecs, que sus compañeros le arrojaron a la cara exclamando: «¡Eres un tacaño!»

El pobre maestro se cubrió el rostro con las manos cuando supo el proceder de sus antiguos alumnos. Las lágrimas se deslizaron en abundancia de sus apagados ojos, como si fuera un niño indefenso.

—Dios hace que llore en mi lecho de muerte —dijo con débil voz, y lanzó un profundo suspiro al tener conocimiento de cuál había sido la conducta de Chichikov, agregando—; ¡Ah, Pavluska! ¡Cómo cambian las personas! ¡Tan bueno como era! ¡Era obediente, dócil, suave como la seda! Me ha engañado, y de qué modo me ha engañado…

A pesar de ello, no se puede afirmar que nuestro héroe estuviera dotado de un corazón duro ni que sus sentimientos se hallaran tan embotados como para desconocer la piedad y la lástima. Era muy capaz de experimentar lo uno y lo otro. Habría ayudado incluso con sumo gusto, pero siempre y cuando se tratara de una cantidad de poca consideración, para no tocar un dinero que se había hecho el propósito de no tocar. En resumen, que los consejos de su padre de guardar hasta el último kopec eran seguidos al pie de la letra.

Pero el dinero no le seducía como moneda en sí; no era ni avaro ni tacaño. No eran esos sentimientos los móviles de su conducta. Lo que él pretendía era disfrutar de los placeres y comodidades de la vida: coches, una magnífica casa, buenas comidas; eso era lo que en todo momento rondaba en su mente. Y para que después, con el tiempo, llegara a gozar de todo esto, era preciso guardar hasta el último kopec, privándose de él y negándoselo a los demás. Cuando circulaba por su lado el elegante carruaje de un rico, con un buen tronco de caballos enjaezados con gran lujo, se quedaba como petrificado en el sitio y luego, como si despertara de un largo sueño, exclamaba:

— ¡Y pensar que no fue más que un oficinista! ¡Llevaba los cabellos cortados al estilo de los mujiks!

Todo cuanto denotaba riqueza y comodidades producía en él una impresión de la que ni siquiera él mismo era capaz de darse cuenta por entero. Cuando acabó sus estudios se negó a tomarse el más pequeño descanso; hasta tal punto llegaban sus ansias por ponerse a hacer algo práctico. No obstante, a pesar de sus diplomas, con no poco trabajo logró colocarse en una oficina pública. ¡También en los más apartados rincones se necesitan influencias! El puesto que logró era muy modesto, con un sueldo de treinta o cuarenta rublos al año, pero tomó la firme resolución de trabajar y de vencer y superar toda clase de dificultades.

En efecto, demostró capacidad de sacrifico y paciencia realmente sorprendentes. Desde primeras horas de la mañana hasta la caída de la tarde, sin que su cuerpo ni su espíritu denotaran el menor cansancio, escribía sumergido en sus papeles, no marchaba a su casa, dormía en las mesas de la oficina, comía algunas veces con los guardas, y, no obstante todo esto, sabía mantenerse aseado y limpio, se vestía con decencia y comunicaba a su rostro una expresión agradable; incluso en sus ademanes se advertía cierta nobleza.

Es preciso observar que sus compañeros de oficina se caracterizaban por su fealdad y su aspecto un tanto desaseado. Sus rostros guardaban parecido con un pan mal cocido: un carrillo sobresalía por un lado, el mentón tiraba por otro, el labio superior lo tenían colgando como una ampolla que, para colmo, se hubiera rajado; en resumen, eran lo que se dice feos de verdad. Todos ellos hablaban en un tono muy severo y con una voz que parecía que estuvieran a punto de dar una somanta a alguien. Muy a menudo ofrecían sacrificios a Baco, demostrando de este modo que entre los eslavos todavía se conservan numerosos vestigios del paganismo. Incluso en algunas ocasiones llegaban a la oficina un tanto bebidos, a consecuencia de lo cual no podía decirse que el aire que se respiraba allí fuera precisamente aromático.

En medio de tales funcionarios resultaba imposible que no destacara Chichikov, que era el polo opuesto en todos los sentidos, no sólo por su figura agraciada sino también por su agradable voz, aparte de que era un enemigo declarado de toda clase de bebidas fuertes. Pero a pesar de todo, los principios fueron difíciles. Su jefe era un viejo covachuelista, ejemplo de insensibilidad y que jamás se conmovía por nada: se mostraba en todo momento inabordable, nunca, a lo largo de toda su vida, había sonreído ni había dado los buenos días a nadie; ni siquiera se había interesado por su salud. Ni por una vez había visto nadie que se mostrara en la oficina tal como era en la calle o en casa. Jamás había demostrado simpatía alguna hacia nadie ni se había emborrachado con intención de reírse. Jamás se había entregado a la desenfrenada alegría a que se entrega el bandido en los momentos de embriaguez. Ni el menor indicio de todo esto se podía encontrar en él. En él no había nada ni de bueno ni de malo, y la carencia de todo dejaba un espantoso vacío. Su rostro duro como el mármol, sin ninguna imperfección notable, no se semejaba a nada; sus rasgos mantenían entre sí una fría proporción. Sólo las diminutas picaduras de viruela y las arrugas que surcaban aquel rostro lo incluían entre esa categoría de personas a las que, como dice la expresión popular, el diablo acude por la noche a fin de moler guisantes en su cara. Producía la impresión de que en el mundo no existía fuerza humana capaz de abrirse camino hasta aquel individuo y de granjearse su buena disposición, pero Chichikov lo intentó.

Al principio probó a resultarle agradable con todo género de pequeñas atenciones: miró detalladamente el modo como el viejo tajaba las plumas que empleaba para escribir, preparó varias siguiendo ese modelo y no desperdiciaba ocasión de ponerle una en la mano. Soplaba sobre su mesa para quitar de ella el rapé y la arenilla. Se procuró un trapo nuevo para su tintero. Buscó el lugar donde colocaba el sombrero, el más extravagante sombrero que se haya visto nunca en el mundo, y siempre se lo llevaba en el momento en que tocaban a su fin las horas de oficina. Le cepillaba el traje si se había manchado de cal al rozar la pared. Pero todo esto pasaba sin dejar ningún rastro, como si no hiciera nada.

Cara de guisantes molidos cuadro

Por último, indagó acerca de su vida doméstica y familiar, se enteró de que tenía una hija ya de veinte años cuyo rostro era como si en él molieran guisantes por la noche. Por esta parte es por donde resolvió dar principio al asalto. Supo cuál era la iglesia a la que solía acudir los domingos, hizo posible por situarse siempre frente a ella, siempre bien vestido y con la camisa almidonada, y al fin el éxito coronó todos sus esfuerzos. ¡El rígido covachuelista se tambaleó e invitó a Chichikov a tomar el té! Antes de que en la oficina tuvieran tiempo de darse cuenta, Chichikov se había trasladado a la vivienda del viejo, donde pronto se hizo necesario, e incluso imprescindible; se encargaba de comprar la harina y el azúcar y trataba a la hija como si fuera su prometida. Llamaba al covachuelista papá y hasta le besaba la mano.

En la oficina todos estaban convencidos de que a finales de febrero, antes de la cuaresma, tendría lugar la boda. El rígido covachuelista llegó incluso a hacer gestiones en su favor, y cierto tiempo después Chichikov ocupaba ya una plaza parecida a la del viejo, que había quedado vacante. Esta parecía ser la intención que le impulsaba a intimar con el viejo covachuelista, ya que acto seguido ordenó que trasladaran en secreto su baúl de casa y al día siguiente anunciaba el cambio de domicilio. Ya no volvió a llamar papá al viejo covachuelista ni a besarle la mano, ni se habló nunca más de la boda, como si nada hubiera sucedido. Eso sí, cuando se tropezaba con él le estrechaba la mano afectuosamente y le convidaba a tomar el té, de tal modo que el covachuelista, a pesar de su eterna inmovilidad y de su correosa indiferencia, movía siempre la cabeza y murmuraba a media voz:

— ¡Me ha engañado, me ha engañado ese hijo del diablo!

Fue el umbral más difícil que se vio obligado a cruzar. Desde entonces todo marchó más fácilmente y con mayor éxito. La gente se fijaba en él. Poseía todo lo que en este mundo es menester: era agradable en sus modales y en su trato, y se desenvolvía bien en los negocios. En posesión de tales recursos, pronto se procuró lo que se llama una canonjía, a la que supo explotar de maravilla.

Es preciso decir que hacia aquella época se había comenzado a perseguir rígidamente todo género de cohechos. El no se acobardó y supo aprovecharse de tal estado de cosas, dando muestras de ese espíritu de Inventiva que el ruso manifiesta únicamente cuando se ve acorralado. El se comportaba así: cuando se presentaba un solicitante e introducía la mano en el bolsillo con intención de sacar una de esas consabidas cartas de recomendación que llevan la firma del príncipeJovanski*, como se acostumbra a decir en Rusia, le salía al paso sonriéndole, y le cogía la mano:

—No, no, no crea usted que yo…, no, no. Es nuestra obligación, nuestro deber. ¡Para eso estamos aquí, para servirles! En este sentido, no tenga usted cuidado. Mañana mismo estará todo a punto. Indíqueme su domicilio y no se preocupe por nada más. Se lo enviaremos a casa.

Es decir, billetes de Banco.

El solicitante regresaba a su casa entusiasmado, diciendo para sus adentros: «¡Al fin he visto a un hombre como debe ser! ¡Es un auténtico diamante!»

Sin embargo transcurría un día, otro, un tercero, y a su casa no llegaba nada. Volvía otra vez a la oficina Y su asunto estaba igual que antes.

Entonces se dirigía al diamante.

— ¡Ah, discúlpeme! —decía Chichikov con toda cortesía cogiéndole las dos manos—. Hemos de hacer tantas cosas… Pero mañana estará listo, mañana sin falta. Me siento incluso avergonzado.

Estas palabras las pronunciaba acompañándolas de unos encantantadores ademanes. Si mientras hablaba se le abrían un poco los faldones de la bata, su mano intentaba en seguida corregir el desaguisado y sujetar los faldones. Pero ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro le traían nada a casa. El solicitante comenzaba a caer en la cuenta: ¿no será preciso dar algo? Intentaba aclarar el asunto y le respondían que tenía que dar algo a los escribientes.

— ¿Y por qué no? Estoy dispuesto a entregarles veinticinco kopecs.
—No, no se trata de veinticinco kopecs, sino de veinticinco rublos para cada uno.

— ¿Veinticinco rublos a cada escribiente? —se sorprendía el solicitante.

— ¿Por qué se acalora? —le contestaban—. Todo está arreglado de tal modo que los escribientes reciben veinticinco kopecs y lo demás va a parar a manos del jefe.

El poco avispado solicitante se daba una palmada en la frente y censuraba con acritud el nuevo orden de cosas, la persecución del cohecho y el trato amable y cortés de los funcionarios. Cuando menos, antes sabía uno a qué atenerse: deslizaba un billete de diez rublos en la mano del jefe de la oficina y asunto concluido. En cambio ahora le sacaban a uno veinticinco y aún perdía una semana antes de caer en la cuenta. ¡Al diablo la nobleza y el desprendimiento de los funcionarios!

El solicitante tenía toda la razón, pero ahora, por el contrario, no hay quien se deje cohechar: todos los jefes de oficinas son personas de gran honradez y nobleza, y sólo los secretarios y los escribientes son unos granujas.

No tardó en ofrecérsele a Chichikov un campo de acción bastante más amplio: se formó una comisión que se encargaría de dirigir las obras de un importante edificio público. Logró tomar parte en esa comisión y se convirtió en uno de sus miembros más activos. Esta comisión empezó a actuar inmediatamente, y sus esfuerzos se prolongaron por espacio de seis años. Pero ya se debiera al clima, ya a los materiales utilizados, la cosa es que el edificio oficial no avanzaba más allá de los cimientos, mientras que en otros lugares de la ciudad cada uno de los miembros de la comisión se vio dueño de una hermosa casa: sin duda allí era mejor el suelo. Los miembros de la comisión empezaron a vivir con todo desahogo y a pensar en el matrimonio.

Sólo ahora fue cuando Chichikov comenzó a emanciparse de las severas leyes de la abstinencia y de sus implacables sacrificios. Sólo entonces comenzó a relajarse su prolongada vigilia, y resultó que jamás había sido indiferente a los placeres de que fue capaz de privarse en la época de la fogosa juventud, cuando nadie consigue dominarse totalmente. Se permitió unos cuantos detalles superfluos: tomó un cocinero bastante bueno y adquirió bonitas camisas de Holanda. El paño de sus trajes era ya como el de ningún otro en toda la provincia, y a partir de entonces manifestó su preferencia por el color marrón con motitas rojas. Ya había comprado un excelente tronco y él mismo llevaba las riendas, obligando al caballo de varas a hacer corvetas. (Cuadro)

Ya se había acostumbrado a friccionarse con una esponja mojada en agua a la que agregaba un chorro de colonia. Ya empleaba un jabón muy caro que conservaba suave su piel. Ya…

Pero cuando menos lo esperaban, el jefe superior, un hombre falto de carácter, se vio sustituido por un militar, un hombre severo y furibundo enemigo de los que se dejaban cohechar y de todo lo que lleve el nombre de injusticia. Al segundo día había metido ya a todos el resuello en el cuerpo, pidió informes y advirtió que las cuentas no estaban en regla y que a cada instante faltaban notables sumas. Pronto vio las hermosas casas de los miembros de la comisión y comenzó una revisión a fondo.

A los funcionarios se les separó de sus cargos, las casas pasaron a pertenecer al Estado y fueron destinadas a establecimientos benéficos y a escuelas para hijos de militares. Todos se granjearon una mayúscula reprimenda, y principalmente Chichikov. Su rostro, a pesar de que era agradable, no gustó al nuevo jefe, Dios sabe por qué —a veces sucede sin la menor causa—; lo cierto es que le cogió ojeriza. El inflexible jefe parecía terrible a todos, pero como, no obstante, era militar y, por lo tanto, no estaba muy al corriente de todas las sutilezas de la ley, cierto tiempo después, debido a sus apariencias de gentes amante de la justicia y a su capacidad para amoldarse a todo, los restantes funcionarios se ganaron su buena voluntad, y poco después el general se hallaba en manos de unos granujas aún mayores, aunque él no los creía tales. Hasta se mostraba satisfecho de haber elegido debidamente a las personas y se vanagloriaba en serio de su capacidad para conocer los caracteres.

Los funcionarios no tardaron en entender a su jefe. Todos los que se encontraban bajo sus órdenes se dedicaron a perseguir la justicia de un modo implacable. La acosaban por cualquier parte, igual que un pescador acosa con su bichero a un enorme esturión, y lo hicieron con tal éxito que pronto disponía cada uno de un capital de varios miles de rublos. Durante ese tiempo entraron en la senda de la verdad numerosos funcionarios de los que antes habían sido despedidos, a los que se readmitió. No obstante, Chichikov no consiguió salir a flote por más que, atraído por las cartas del príncipe Jovanski, lo defendiera el primer secretario, quien hacía del general lo que le venía en gana. En esta ocasión todo resultó inútil. El general pertenecía a esa clase de personas que, aunque hacían de él lo que querían (por supuesto sin que él lo advirtiera), si se le metía una idea en la cabeza, en ella se quedaba como un clavo, sin que existiera ninguna posibilidad de sacársela. Lo único que el sagaz secretario consiguió hacer es destruir su hoja de servicios, tan llena de manchas, y aún así se vio obligado a apelar a los compasivos sentimientos del jefe, pintándole con vivos colores la conmovedora suerte de la infortunada familia de Chichikov, familia que, afortunadamente, no existía.

— ¡Qué le vamos a hacer! —pensó Chichikov—. Cuando el anzuelo se queda sujeto en el fondo, no te quejes. El llanto no me servirá de nada. Es preciso hacer algo.

Y resolvió comenzar otra vez, iniciar otra vez su carrera, armarse otra vez de paciencia, privarse otra vez de todo, a pesar de que le gustaba sobremanera el desahogo con que había comenzado a vivir. No tuvo más remedio que marcharse a otra ciudad y abrirse allí camino. Pero las cosas no iban bien. En muy poco tiempo tuvo que cambiar de empleo dos o tres veces. Eran unos cargos miserables y sucios.

Debemos decir que Chichikov era la persona más amante del decoro que nunca hubiera en el mundo. Aunque en sus principios tuvo que moverse entre gente sucia, su alma se mantuvo siempre pura, le complacía que en las oficinas las mesas estuvieran bien barnizadas y que todo presentara un aspecto decoroso. Jamás se permitía el uso de palabras malsonantes y le molestaba que en las palabras de los demás no hubiera el respeto y consideración que se deben al título o al cargo.

Pienso que al lector le gustará saber que se mudaba cada dos días de ropa interior, y en verano, cuando el calor era más fuerte, se mudaba todos los días: era incapaz de soportar los olores desagradables, por este motivo, cuando Petrushka iba a ayudarle a descalzarse y desnudarse, se metía siempre en la nariz un clavo de especia, y muchas veces sus nervios eran tan sensibles como los de una jovencita.

De ahí que le resultara tan duro volver de nuevo a aquellos ambientes en que todos olían mal y hablaban peor aún. Por más que intentara hacerse fuerte, durante aquella época de reveses se puso más flaco y adquirió muy mal color. Había comenzado ya a engordar y se habían formado ya en él las redondeces de que era dueño cuando lo conoció el lector, y ya en más de una ocasión, contemplándose al espejo, reflexionaba acerca de muchos temas desagradables: de la esposa, de la habitación de los niños, y una sonrisa seguía a sus reflexiones. Pero ahora, cuando cierto día se vio sin darse cuenta reflejado en el espejo, exclamó asombrado:

— ¡Virgen Santa, pero qué feo estoy!
Y tras esto ya no quiso mirarse otra vez.

Sin embargo nuestro protagonista lo soportó todo, con paciencia y con firmeza, hasta que, por último, entró en Aduanas. Debemos decir que desde hacía largo tiempo en esto consistía el secreto objetivo de sus afanes: Veía las bonitas cosas del extranjero que poseían los funcionarios de Aduanas, qué porcelanas y telas mandaban a sus comadres, hermanas y tías. Muchas veces había dicho, lanzando un profundo suspiro:

—Ahí es donde estaría encantado de poder entrar. ¡Uno se halla junto a la frontera y trata con personas cultas! ¡Qué finas camisas de Holanda podría comprarme!

Es preciso agregar que en esos instantes pensaba también en un jabón francés de gran calidad que confería una maravillosa blancura a la piel y dejaba las mejillas muy lozanas y tersas. Ignoraba cómo se llamaba, pero no cabía duda de que lo hallaría en el extranjero.

Así, pues, hacía ya largo tiempo que sentía deseos de entrar en Aduanas, pero hasta entonces no lo había logrado por causa de los contratiempos surgidos con motivo del asunto de la comisión encargada de la construcción del famoso edificio. Por otra parte pensaba, y no sin razón, que la cuestión de Aduanas sólo era los cien pájaros volando, mientras que la comisión era un pájaro que ya tenía en la mano.

Ahora, pues, tomó la firme resolución de ingresar en Aduanas, y no paró hasta lograrlo.

En su nuevo cargo hizo gala de un extremado celo. Era como si estuviera escrito que tenía que ser funcionario de Aduanas. Jamás se había visto, ni siquiera se había oído, una perspicacia y una disposición como las suyas. Al cabo de tres o cuatro semanas se había impuesto de tal modo en los asuntos, que ya lo conocía todo en absoluto: ni siquiera se tomaba la molestia de pesar y medir, sino que por la factura sacaba en conclusión el número de varas de paño o de hilo de que constaba cada pieza; con sólo coger un paquete podía decir cuántas libras pesaba. Por lo que respecta a los registros, según afirmaban sus mismos compañeros, tenía un olfato de perro: causaba asombro la paciencia que derrochaba para tocar cada botón y la perspicacia, y gran sangre fría y la amabilidad con que trataba a todo el mundo.

Y mientras la persona que soportaba el registro comenzaba a perder los estribos y a sentir siniestros deseos de dar unos bofetones en tan agradable cara, él, atento e imperturbable, se limitaba a decir:

—Perdóneme usted que le moleste, ¿quiere hacer el favor de ponerse de pie?

O bien:— ¿Será tan amable la señora de pasar a la estancia vecina? La esposa de uno de nuestros funcionarios le explicará.

O bien:

—Permita que con esta navajita descosa un poco el forro de su capote.

Y al decir esto, sacaba de allí pañuelos y chales con igual sangre fría que si los estuviera sacando de su propio baúl. Incluso los jefes aseguraban que era un verdadero diablo: hallaba objetos en las ruedas y en las varas de los coches, en las orejas de los caballos y en partes en la que a ningún autor se le habría ocurrido siquiera pensar y donde sólo pueden fisgar los funcionarios de Aduanas. El infeliz viajero que cruzaba la frontera tardaba unos cuantos minutos en reponerse, mientras se secaba el sudor que bañaba todo su cuerpo; se persignaba y decía:

—Pues sí.

Se hallaba en una situación semejante a la del colegial que abandona el despacho adonde el director le hizo llamar para leerle la cartilla y que, en lugar de esto, del modo más inesperado, le da una buena paliza.

Pronto hizo la vida imposible a los contrabandistas. Era el terror y la desesperación de todos los judíos polacos. Su probidad parecía algo fuera de lo normal; se mostraba incorruptible y no había forma de sobornarlo. Incluso se negó a reunir un pequeño capital con los distintos objetos confiscados y mercancías que no pasaban a Hacienda a fin de evitar el papeleo que eso acarreaba.

Su celo y desinterés tan fuera de lo común no podían por menos de causar el asombro general y de llegar a conocimiento de los superiores. Fue ascendido y a continuación presentó un proyecto para poner fin a los contrabandistas, pidiendo únicamente los medios necesario para realizar la operación él mismo. En seguida pusieron a sus órdenes los hombres precisos y le otorgaron plenos poderes para llevar a cabo todo género de pesquisas. Era lo único que pretendía.

Por aquel entonces se había formado una banda de contrabandistas que obraba con todas las de la ley; la atrevida empresa auguraba un beneficio de varios millones de rublos. Chichikov estaba al tanto de todos sus movimientos e incluso rechazó los intentos que se hicieron para sobornarlo, limitándose a contestar con sequedad:

—Aún es pronto.
Inmediatamente después de concedérsele plenos poderes, lo hizo saber a la sociedad, anunciando:

—Ya es hora.

Los cálculos eran exactos. En sólo un año podía ganar lo que en veinte años de celosos servicios no conseguiría. Antes se negaba a toda clase de relaciones con los contrabandistas, porque era un simple peón y no habría ganado gran cosa, en cambio ahora… Ahora era totalmente distinto: podía dictar sus condiciones. Con objeto de salvar obstáculos, procuró ganarse la voluntad de otro funcionario, amigo suyo, que no fue capaz de resistirse a la tentación a pesar de que sus cabellos eran ya blancos. Se fijaron las condiciones y la sociedad comenzó a actuar.

El principio de las operaciones fue muy brillante. Seguramente el lector habrá oído la tan conocida historia del ingenioso viaje de las ovejas de España que atravesaron la frontera con pieles dobles llevando encajes de Brabante valorados en un millón de rublos. Esto sucedió precisamente cuando Chichikov estaba prestando servicio en Aduana.

Ningún judío habría podido realizar tal empresa si Chichikov en persona no hubiera tomado parte en el asunto. Tras haber repetido la operación de las ovejas en tres o cuatro ocasiones, los dos funcionarios se hallaron con un capital de cuatrocientos mil rublos cada uno. Se aseguraba que el de Chichikov pasaba de los quinientos mil, porque era mucho más hábil. Dios sabe hasta qué enorme volumen habrían llegado aquellos benditos capitales si el diablo no se hubiera metido por medio. El diablo desvió de su camino a ambos funcionarios, quienes, hablando llanamente y con franqueza, se tiraron los trastos a la cabeza sin ningún motivo.

Durante una acalorada disputa, quizá porque se hallaran un tanto bebidos, Chichikov llamó al otro funcionario «hijo de pope», y a pesar de que éste era, realmente, hijo de pope, lo cierto es que se enojó muy de veras y replicó con palabras duras y tajantes:

— ¡No es cierto! ¡Mientes! ¡Yo soy consejero de Estado y no hijo de pope! ¡El hijo de pope lo serás tú! —y agregó después, con ganas de incomodarle—: ¡Por supuesto que lo eres!

Aunque le había devuelto la pelota y aunque la frase «¡por supuesto que lo eres!» podía ser muy fuerte, no dejó las cosas ahí y, en secreto, presentó una denuncia contra Chichikov. Por otra parte, según se afirmaba, andaba de por medio cierta muchacha lozana y de carnes apretadas como un nabo, según la expresión de los funcionarios de Aduanas. Aseguraron que se había pagado a ciertos sujetos para que por la noche, en cualquier oscura callejuela, propinaran una paliza a nuestro héroe. La cuestión es que los dos funcionarios fueron burlados y quien acabó gozando de la muchacha fue cierto subcapitán Shamshariov. Dios sabrá lo que de verdad sucedió, el lector aficionado puede imaginarse lo que guste.

Lo importante fue que sus relaciones con los contrabandistas dejaron de ser secretas. El consejero de Estado se buscó la perdición, pero consigo arrastró a su compañero. A los dos funcionarios les instruyeron expediente, se les confiscó todo lo que poseían, y esto les dejó tan sorprendidos como si un trueno hubiera estallado sobre sus cabezas.

Cuando volvieron en sí y se calmaron, advirtieron, aterrorizados, lo que habían hecho. El consejero de Estado, siguiendo la costumbre rusa, se emborrachó para ahogar sus penas, en cambio el colegiado hizo frente a la prueba. Supo conservar algún dinero, por fino que fuera el olfato de los que habían ido a realizar las diligencias.

Chichikov desplegó todos los recursos de una inteligencia ejercitada ya en esos menesteres y que conocía a fondo al ser humano: dónde echó mano de la amabilidad, dónde de las expresiones conmovedoras, dónde de la adulación, que nunca viene mal, dónde del dinero. En resumen, que dispuso las cosas de tal manera que, cuando menos, no salió tan mal parado como su compañero y evitó ser juzgado como un delincuente común. Sin embargo, perdió el capital y todas las prendas procedentes del extranjero: hubo quien manifestó mucha afición a todo ello. Conservó, eso sí, unos diez mil rublos, que había guardado aparte por si llegaban malos tiempos, dos docenas de camisas de Holanda, un coche como los que utilizan los solteros y dos siervos, el criado Petrushka y el cochero Selifán. Además, los funcionarios de Aduanas, todos ellos personas de buen corazón, le dejaron seis o siete pastillas de jabón para que no perdiera la tersura y lozanía de sus carrillos. Y eso era todo.

¡Esta era, pues, la situación en que nuevamente se encontraba nuestro héroe! ¡Tal era el cúmulo de desastres que habían caído sobre él! A eso era a lo que él daba el nombre de sufrir por haber salido en defensa de la justicia. Ahora podría cualquiera llegar a la conclusión de que después de tales tormentas, pruebas, contrariedades del destino y sinsabores, que le había proporcionado la vida, se alejara con sus diez mil rublos, que eran suyos y muy suyos, y se marchara a cualquier apartado rincón, a cualquier cabeza de distrito, quedándose allí para siempre con su bata de algodón, junto a la ventana de su casa, contemplando todos los domingos las peleas de los campesinos, o llegándose, a fin de estirar las piernas, hasta el gallinero, para comprobar personalmente si había engordado la gallina destinada a la sopa, y que de este modo pasaría el resto de sus días, tranquilo, aunque, a su manera, inútilmente.

Pero no sucedió así. Tenemos que hacer justicia a la energía indomable de su carácter. Su incomprensible pasión no se había extinguido tras todo aquello, que era suficiente, si no para matar, sí para enfriar y amansar definitivamente a cualquiera. Le dominaban el dolor y el despecho, se revolvía contra todo el mundo, se lamentaba de las injusticias del destino, se enfurecía contra las injusticias de los hombres, pero, no obstante, era incapaz de renunciar a los nuevos intentos. En resumen, demostró una paciencia comparada con la cual no es nada la paciencia de leño del alemán, que éste lleva ya en la pereza y calma con que su sangre circula. La sangre de nuestro héroe, por el contrario, vibraba con toda plenitud, y era menester una poderosa fuerza de voluntad para hacer entrar en razón y mantener sujeto todo cuanto en él intentaba liberarse de las trabas que lo retenían. Razonaba, y en sus razonamientos podía encontrarse cierta dosis de justicia.

«¿Por qué tengo que ser yo? —se decía—. ¿Por qué esta desgracia ha tenido que caer sobre mí? ¿Quién es el que en este momento desaprovecha la ocasión? Todos intentan enriquecerse. A nadie he hecho desgraciado: no he robado a las viudas ni he arruinado a nadie. Todo lo más me he limitado a tomar lo que sobraba, a tomar allí donde otro cualquiera habría tomado. De no haberme aprovechado yo, se habría aprovechado otro cualquiera. ¿Por qué unos prosperan y yo tengo que quedarme en gusano? ¿Qué soy ahora? ¿Para qué sirvo? ¿Cómo me atreveré ahora a mirar a la cara a cualquier digno padre de familia? ¿Cómo no me remorderá la conciencia sabiendo que no hago nada práctico? ¿Qué dirán algún día mis hijos? Dirán que su padre fue un animal, que no les dejó fortuna alguna»

Ya estamos enterados de que Chichikov mostraba grandes preocupaciones por su descendencia. ¡Es una cuestión tan sensible! Tal vez otro no habría llegado tan lejos, pero a él le preocupaba una pregunta que, sin que conozcamos el motivo, acudía por sí misma:

«¿Qué dirán mis hijos?» Y este futuro cabeza de un linaje se comportaba como el cauteloso gato que mientras con un ojo mira si se presenta el amo, se apodera pecipitadamente de todo lo que halla a su alcance: velas, tocino, jabón, un canario; en suma, que no deja escapar nada.

De esta forma se lamentaba Chichikov, aunque su mente no dejaba de forjar proyectos; quería entrar en actividad y sólo aguardaba el momento oportuno de poner en marcha un plan. Una vez se agazapó, otra volvió a las dificultades de la vida, de nuevo se privó de todo, ahora abandonó la limpieza y una situación acomodada, y se hundió en el barro y en una vida mísera. Esperando algo mejor, hubo de dedicarse a hacer de comisionado, profesión que en nuestro país todavía había adquirido carta de ciudadanía. Los comisionados tenían que soportar los empellones de todos, eran apenas respetados por los oficinistas e incluso por los mismos poderdantes; estaban condenados a arrastrarse en las antesalas, a aguantar groserías, etcétera, pero la necesidad le forzó a soportarlo todo.

Entre los asuntos que le encomendaron se hallaba uno relativo a la hipoteca en el Consejo de Tutela de algunos cientos de mujiks. La hacienda estaba arruinada por la desaparición del ganado, por las bribonadas de los administradores, por las pésimas cosechas, por las enfermedades y epidemias, que habían arrebatado a los mejores trabajadores, y, por último, por las necedades del mismo propietario, quien en Moscú había puesto casa a la última moda y que para ello había tenido que invertir toda su fortuna, hasta el último kopec, al extremo de que no le quedaba ni siquiera, para comer. Así, pues, no le tocaba otro remedio que hipotecar lo último que aún le quedaba.

Por aquella época las hipotecas eran algo nuevo que producía cierto temor. Nuestro héroe, en su calidad de comisionado, tras asegurarse la buena voluntad de todos (ya se sabe que sin asegurarse de antemano la buena voluntad no es posible lograr ni un simple certificado; como mínimo será preciso echar en cada gaznate una botella de vino de Madeira), tras asegurarse, pues, la buena voluntad de todos cuantos era menester, contó la circunstancia de que la mitad de los mujiks habían fallecido. Lo hizo para evitar complicaciones en adelante.

—Pero, ¿constan en la relación presentada al Registro? —preguntó el secretario.

—Sí —repuso Chichikov.—Siendo así, ¿por qué se asusta? —añadió el secretario—. Unos nacen, otros mueren, y todos hacen lo que quieren.

Según parece, el secretario sabía hablar en prosa rimada. Pero a Chichikov se le ocurrió una idea brillantísima, como jamás había alumbrado en mente humana. «¡Soy un imbécil! —pensó—. Busco los guantes y los tengo en el bolsillo. Imaginemos que adquiero todos esos que han fallecido antes de que sea presentada la nueva relación en el Registro; imaginemos que adquiero mil y que el Consejo de Tutela me entrega doscientos rublos por cada uno. ¡Resultará un capital de doscientos mil rublos! Ahora es un momento muy oportuno, no hace mucho hubo una epidemia y, gracias a Dios, fueron muchos los que murieron. Numerosos terratenientes se han arruinado con sus juergas y jugando a las cartas, y ahora se marchan a San Petersburgo para buscar un empleo. Las haciendas están abandonadas, los administradores las manejan de cualquier forma, cada año se hace más difícil pagar los impuestos y nadie vacilará en cedérmelas con gusto, aunque únicamente sea por librarse de los gravámenes. Quizá haya incluso quien me pague algo por ello. Por supuesto que es difícil, complicado y que da miedo pensar que de todo esto pudiera aún resultar algo desagradable. Pero la inteligencia del ser humano para algo tiene que servir. Es verdad que quien no dispone de tierra no puede adquirir ni hipotecar siervos. Pero yo los compraré para llevarlos a otra provincia. Ahora, en las provincias de Jersón y Táurida la tierra la regalan, con la única condición de que sea poblada. ¡Allí los llevaré a todos! ¡A Jersón! ¡Que vivan allí! El traslado puede hacerse legalmente, de la forma que está establecida por los tribunales. Y si quisieran cerciorarse, presentaría una declaración firmada por el propio capitán de la policía rural. A la aldea la podré llamar Chichikov, o según mi nombre de pila, Pavlovskoe.»

De este modo se forjó en la mente de nuestro protagonista la peregrina idea que hemos utilizado como argumento; ignoro si los lectores se le mostrarán agradecidos, pero al autor se le hace difícil no expresar su reconocimiento. Porque, dígase lo que se diga, si esta idea no hubiera pasado por la mente de Chichikov, nuestro poema nunca habría llegado a ver la luz. Se persignó, siguiendo la costumbre rusa, y puso manos a la obra. Alegando que buscaba lugar donde fijar su residencia y bajo otros pretextos, se dejó caer en diferentes rincones de nuestro imperio, principalmente en aquellos que más habían padecido a causa de las malas cosechas, epidemias, desgracias naturales y demás; en resumen, en los lugares donde creía que podía resultarle más sencilla y económica la adquisición de las gentes que le eran necesarias. No se dirigía a ciegas a cualquier terrateniente, sino que, por el contrario, seleccionaba a los que le parecían bien o a aquellos que, a su modo de ver, ofrecerían menos dificultades para tales negocios, procurando previamente entablar conocimiento y granjearse su buena disposición, para que, en el momento oportuno, pudiera comprar los siervos más por vía de amistad que mediante una operación de compraventa.

En consecuencia, los lectores no deben enojarse con el autor si los personajes que les ha presentado hasta este momento le desagradan; el responsable de ello es Chichikov, él es el amo y señor, y nosotros tenemos que seguirle hasta donde él quiera ir. Por lo que a nosotros respecta, si se nos reprocha que los personajes y los caracteres aparecen descoloridos y son poco agraciados, diremos únicamente que al principio jamás se aprecia toda la amplitud de la corriente ni el volumen de una obra. La llegada a una ciudad, aunque ésta sea la capital, resulta siempre algo desvaído. Al principio todo es gris y monótono: aparecen una infinidad de fábricas ennegrecidas y sólo después hallamos los edificios de seis pisos, las tiendas, los rótulos y las grandes avenidas con sus columnas, campanarios, estatuas y torres, con la magnificencia, el ruido y el estrépito de todo lo que, para nuestro asombro, ha sido producido por la mano y la inteligencia del hombre.

El lector ha visto ya de qué modo se llevaron a cabo las primeras adquisiciones, Más adelante tendrá ocasión de ver en qué forma se desarrolla el asunto, los éxitos y reveses de nuestro protagonista, cómo resuelve y supera los más difíciles obstáculos, cómo surgen figuras gigantescas, cómo se mueven los ocultos resortes de la amplia narración, se ensanchan sus horizontes y adquiere un majestuoso curso lírico. Aún le falta recorrer mucho camino al señor de cierta edad, al cochecillo como los que emplean los solterones, al criado Petrushka, al cochero Selifán y a los tres caballos a los cuales conocemos ya por sus respectivos nombres, desde el «Asesor» hasta el granuja del blanco.

Así, pues, ¡aquí tenemos a nuestro protagonista tal cual es! Quizá quieran que definamos de un simple trazo sus cualidades morales. Que no se trata de un héroe que abunde en virtudes y perfecciones, eso de sobras se ve. Pero entonces, ¿qué es? ¿Un canalla? ¿Por qué un canalla? ¿Por qué ser tan severos con nuestros semejantes? En nuestro país no hay actualmente canallas, hay gentes bien intencionadas y agradables; los que, para vergüenza suya, merecerían que se les abofeteara en público, no serán más de dos o tres, y aun éstos hablan ya de la virtud. Al hombre de esta clase sería más justo llamarle dueño de su casa, espíritu aficionado a las adquisiciones. Las ansias de adquirir son las culpables de todo; son las culpables de que se realicen los negocios a los que se da el nombre de «no muy limpios». Es verdad que en un carácter como éste se halla ya algo que repele, y el lector que, en el transcurso de su vida, entablaría amistad con un hombre de tal condición, lo sentaría a su mesa y pasaría con él el tiempo gratamente, lo mirará de reojo cuando lo vea convertido en héroe de un drama o de un poema. No obstante, obrará cuerdamente quien no desprecie ningún carácter, y, fijando en él su atenta mirada, descubra los primeros móviles que lo guían.

En el ser humano todo se transforma con gran rapidez. Antes de que uno haya tenido tiempo de darse cuenta, se ha desarrollado en su interior un horrible gusano que se apodera implacablemente de todos sus jugos vitales. Y con mucha frecuencia, no ya una gran pasión, sino una ruin pasioncilla por algo deleznable, va creciendo en su espíritu nacido para superiores empresas, haciendo que olvide sus grandes y sagrados deberes y que encuentre lo elevado y lo santo en lo que sólo son despreciables minucias.

Las pasiones humanas son tan infinitas como las arenas del mar, no guardan ningún parecido las unas con las otras, pero todas ellas, las viles y las hermosas, se manifiestan al principio sumisas a la voluntad del hombre y después se imponen a él con poderosa fuerza. Bendito sea aquel que entre todas las pasiones escoge la más bella. Crece y se decuplica a cada hora, a cada minuto, su inmensa dicha, y penetra más y más en el infinito paraíso de su alma. Existen pasiones, no obstante, cuya elección no procede del hombre. Nacieron con él, en el instante en que él vio la primera luz, y no le han sido concedidas fuerzas que bastaran para alejarse de ellas. Son regidas por los sublimes designios y en ellas existe algo que invoca perpetuamente, que no enmudece en el curso de toda la vida. Están destinadas a cumplir una gran misión en la tierra. Tanto si se encarnan en figuras borrosas como si pasan igual que una luminosa aparición que trae la alegría al mundo, están destinadas unas y otras a procurar al ser humano un bien ignorado. Tal vez en la misma pasión que domina a nuestro héroe, que le arrastra, que no depende de su voluntad, y en su fría existencia, se contiene lo que reducirá a cenizas y hará caer de rodillas al hombre frente a la celestial sabiduría. Asimismo es un misterio la razón de que dicha figura haya surgido en el poema que ahora sale a la luz.

Pero lo peor no es el hecho de que haya quien se muestre descontento con Chichikov, sino que en lo más profundo de mi alma habita la absoluta seguridad de que los lectores podrían mostrarse contentos de ese mismo Chichikov, de nuestro héroe. Si el autor no hubiera ahondado en su alma, si no hubiera removido en su fondo lo que resbala y se oculta de la luz, si no hubiera descubierto sus más íntimos pensamientos, aquellos que las personas no confían a nadie, si lo hubiera presentado tal como pareció a toda la ciudad, a Manilov, a los demás, todos se habrían sentido satisfechos y lo habrían considerado como un hombre interesante.

Poco habría importado que fuera un personaje sin vida; por el contrario, al concluir la lectura, el alma no se sentiría en modo alguno turbada y todos habrían podido acudir nuevamente a la mesa de juego, a las cartas que sirven de consuelo a la vasta Rusia. Sí, queridos lectores, vosotros no habríais deseado ver las miserias humanas al descubierto. ¿Para qué?, os preguntáis. ¿Es que no sabemos ya nosotros mismos que en la vida se encuentran un sinnúmero de cosas detestables y absurdas? Sin necesidad de que nos lo enseñen, con frecuencia nos tropezamos con cosas que no nos producen la menor alegría. Será preferible que nos muestre lo bello, lo atrayente. ¡Es mejor olvidar!

«¿Para qué me cuentas que las cosas de la hacienda van muy mal? —pregunta el terrateniente al administrador—. Lo sé sin que haga falta que tú me lo digas. ¿Es que no sabes hablar de otros temas? Deja que lo olvide, prefiero ignorarlo; entonces me sentiría dichoso.» Y el dinero que le habría podido servir para remediar algo la situación, lo emplea para otros fines o para buscar el olvido. La mente, que quizá habría sido capaz de hallar una inesperada fuente de considerables recursos, queda adormecida. Y en el momento en que menos se lo espera, la hacienda se vende en pública subasta y el terrateniente se encuentra reducido a la miseria, e impulsado por la necesidad, llegaría a aceptar cualquier bajeza que antes le habría causado horror.

También abundan contra el autor las acusaciones de los llamados patriotas, que se quedan tranquilos en sus rincones, se entregan a asuntos totalmente ajenos y amasan un pequeño capital, arreglando sus asuntos a costa de los ajenos. Pero cuando tiene lugar algo que ellos juzgan ofensivo para la patria, en cuanto surge un libro en el que se dicen amargas verdades, abandonan sus rincones al igual que arañas que descubrieron una mosca enredada en su tela, y comienzan sus gritos: «¿Creen ustedes que está bien que salga a relucir esto? Lo que aquí se describe nos pertenece. ¿Les parece eso bien? ¿Qué pensarán los extranjeros? Creerán que todo esto no nos duele. Creerán que no somos patriotas».

Confieso que no hay nada que objetar a tan discretas observaciones, especialmente en lo que respecta a la opinión de los extranjeros. En todo caso, lo que sigue:

En un lugar apartado de Rusia vivían dos personas. Una de ellas era un padre de familia, llamado Kifa Mokievich, hombre de temperamento reposado que no se preocupaba por nada. De su familia no se ocupaba lo más mínimo; su existencia se dirigía más al lado especulativo y sentía gran atracción por lo que él llamaba cuestiones filosóficas. «Ahí tenemos, sin ir más lejos, a las fieras —decía mientras paseaba por la habitación—; las fieras nacen desnudas. ¿Por qué? ¿A qué se debe que no nazcan como las aves? ¿Por qué no salen de un huevo? En verdad que la naturaleza de las cosas es incomprensible. A medida que uno va profundizando, menos logra entender.» De este modo pensaba Kifa Mokievich. Pero no es eso lo más importante.

El otro, hijo del anterior, se llamaba Moki Kifovich, y mientras su padre se entregaba a sus reflexiones acerca del nacimiento de las fieras, él, que era lo que en Rusia se conoce con el nombre de bogatir, daba rienda suelta a los poderosos impulsos propios de un muchachote de veinte años. Era incapaz de hacer nada con delicadeza: o rompía el brazo a uno, o hinchaba las narices a otro. En casa y en la vecindad, todos, empezando por las muchachas de servicio y terminando por perros del patio, se escapaban a todo correr en cuanto le veían. Incluso su propia cama la había hecho pedazos. Tal era Moki Kifovich, por lo demás un bendito de Dios. Pero no es eso lo más importante.

Lo más importante es lo que sigue:

—Escucha, padre y señor Kifa Mokievich —decían al primero los criados propios y ajenos—, pero ¿te das cuenta de lo que hace Moki Kifovich? Es un revoltoso que a nadie deja tranquilo.

—Sí, es travieso, muy travieso —acostumbraba a responder el padre—, pero ¿qué le voy a hacer yo? Para pegarle es ya demasiado tarde, y en caso de que lo hiciera, todos me llamarían cruel. Tiene mucho amor propio, y si yo le riñera delante de los demás se pondría en razón. Pero me niego a dar un cuarto al pregonero, la ciudad entera lo sabría y lo creerían un perro. Y me duele lo que puedan pensar. ¿Acaso no soy su padre? A pesar de que mis meditaciones filosóficas en ocasiones no me dejan tiempo para preocuparme por él, ¿acaso no soy su padre? ¡Sí que lo soy! ¡Soy su padre, diablos, su padre! ¡A Moki Kifovich lo llevo aquí, en el corazón! —y Kifa Mokievich se golpeaba el pecho y se enfurecía cada vez más—.

Si es un perro, cuando menos que no se enteren por mí, que no sea yo quien lo descubra.

Y manifestando de esta forma sus paternales sentimientos, dejaba que Moki Kifovich prosiguiera sus proezas de bogatir, mientras que él volvía a entregarse a su materia predilecta, preguntándose de súbito algo como esto: «¿Qué sucedería si el elefante naciera de un huevo? Pues la cáscara debería ser muy gruesa, no podría romperla ni un cañón. Sería preciso inventar una nueva arma de fuego».

Así pasaban su existencia los dos habitantes del tranquilo lugar, que, cuando menos lo esperaban, como si se asomaran por un ventanuco, aparecen al final de nuestro poema, y aparecen para dar una modesta respuesta a las acusaciones de ciertos impetuosos patriotas, que hasta este momento se dedicaban tranquilamente a alguna cuestión filosófica o se ocupaban de incrementar su hacienda a costa de esa patria a la que con tanta ternura aman; no piensan en no hacer nada malo, sino sólo en que nadie diga que hacen nada malo. Pero no, no es el patriotismo ni ningún otro sentimiento puro lo que origina sus reproches. Hay algo que se oculta detrás de todo esto.

¿Para qué ocultarlo? ¿Quién sino el autor tiene la obligación de decir la sagrada verdad? Lo que vosotros teméis es la mirada penetrante, no osáis mirar el fondo de las cosas, os satisface que vuestros ojos se deslicen sobre todo sin deteneros a reflexionar. Hasta os reís con agrado de Chichikov, e incluso ensalzaréis al autor y exclamaréis: «Hay detalles bien observados, debe tratarse de un hombre muy divertido». Y tras estas palabras, os volveréis hacia vosotros mismos con redoblado orgullo, vuestro rostro se iluminará con una sonrisa de satisfacción, y agregaréis: «Lo cierto es que en algunas provincias se encuentran personas muy extrañas y ridículas; y unos granujas de siete suelas por añadidura».

¿Quién de entre vosotros, impulsado por la humildad cristiana, se ha preguntado en silencio, sin palabras, en los momentos de conversación consigo mismo, profundizando en vuestra propia alma, si tiene algo de Chichikov? ¡Pues sólo faltaría eso!

Pero en esta época pasa un conocido que ocupa una posición ni muy alta ni muy baja, y aquel que no se había formulado dicha pregunta da un codazo a su vecino y exclama: «¡Mira, fíjate bien, ahí va Chichikov, es Chichikov!»Y acto seguido, igual que un niño, olvidando la compostura propia de su edad y del cargo que ocupa, irá tras él, burlándose y gritando:

«¡Chichikov! ¡Chichikov! ¡Chichikov!».

Pero hemos comenzado a charlar en voz alta, sin darnos cuenta de que nuestro protagonista, que dormía mientras explicábamos su vida, se ha despertado, y muy bien podría suceder que oyera repetir tanto su apellido. Es preciso no olvidar que se trata de un hombre que se enoja fácilmente y que le molesta que se hable de él con poco respeto. Al lector poco le importa que Chichikov se enoje con él o deje de hacerlo, pero el autor no puede reñir en modo alguno con su héroe: es aún demasiado largo el camino que les queda por recorrer del brazo. Dos partes bastante extensas tenemos por delante, y eso no es una broma.

— ¡Eh, eh! ¿Qué te ocurre? —exclamó Chichikov dirigiéndose a Selifán—. ¿Qué pasa?

— ¿Qué? —preguntó Selifán con toda calma.

— ¿Y todavía me lo preguntas? ¡Pedazo de animal! ¿Cómo vas? ¡Arrea!
Pues efectivamente, desde hacía largo rato Selifán iba con los ojos cerrados, limitándose a sacudir alguna que otra vez, entre sueños, las riendas sobre los lomos de los caballos, que al igual que él se echaban una siestecilla. Por lo que se refiere a Petrushka, ni siquiera se había enterado de dónde le había volado la gorra y se hallaba recostado hacia atrás, apoyando la cabeza en las rodillas de Chichikov, de modo que éste se vio obligado a darle un pellizco. Selifán se incorporó, descargó unos cuantos latigazos sobre el lomo del blanco, tras lo cual éste se lanzó al galope, e hizo restallar el látigo por encima de todos, mientras decía con voz cantarina:

—No temáis.

Los caballos se reanimaron y tiraron del ligero carruaje como si se tratara de una pluma. Selifán no hacía más que agitar el látigo y exclamar:

— ¡Eh, eh, eh!
Al mismo tiempo que animaba a los caballos, daba pequeños saltos en el pescante, mientras que el cochecillo ora subía, ora bajaba con rapidez las pendientes de que aparecía cubierto el camino real, aunque todo él en realidad no era más que cuesta abajo. Nuestro héroe sonreía, dando suaves saltitos sobre el cojín de cuero, ya que le agradaba la marcha rápida. ¿A qué ruso no le encanta la velocidad? ¿No le va a gustar a su alma, esa alma que anhela girar como un remolino y divertirse en el frenesí, que exclama a veces: «¡Que se vaya todo al diablo!»? ¿No la ha de amar cuando en ella se percibe algo entusiasta y prodigioso?

Es como si una desconocida fuerza le arrastrara a uno con sus alas, como si uno mismo volara, como si volara todo: vuelan los postes militares, vuelan al encuentro de uno de los comerciantes sentados en la vara de su tartana, pasa volando a los dos lados del camino el bosque con sus oscuras formaciones de pinos y abetos, con el estruendo del hacha y el graznido de los cuervos, vuela todo el camino, nadie sabe hacia dónde, hasta que se pierde en la lejanía, y hay algo de extraño en ese veloz desfile, en el que uno no tiene tiempo de contemplar las cosas antes de que éstas desaparezcan. Lo único que parece inmóvil es el cielo sobre su cabeza, las nubes y la luna que se va abriendo camino entre ellas.

Cuadro cuervos

¡Oh, troica! ¿Quién te inventó, pájaro troica? Sólo podías ver la luz en el seno de un pueblo hábil, en una tierra a la que le disgustan las bromas y que se extiende por medio mundo. ¡Empieza a contar las verstas hasta que tus ojos se fatiguen! Y se trata de un vehículo sencillo a simple vista, que desconoce el hierro del tornillo, hecho y armado, en un abrir y cerrar de ojos, a golpe de hacha y de escoplo, por el diestro campesino de Yaroslav. El cochero no es un alemán de altas botas, sino un barbudo mujik de grandes manoplas, y se halla sentado el diablo sabe cómo. Se despabila, hace restallar su látigo, entona una larga canción y los caballos echan a correr como un torbellino, los rayos de las ruedas se confunden hasta que forman un círculo, el camino se estremece y resuena el grito del caminante que se paró atemorizado, La troica vuela, vuela, ya está allá lejos, sumergida en una nube de polvo, y hiende los aires.

¿No avanzas tú, Rusia, como una troica a la que nadie consigue alcanzar? Se levantan nubes de polvo por donde tú pasas, se estremecen los puentes y todo lo vas dejando atrás. El espectador se detiene asombrado por ese milagro de Dios. ¿No es un rayo caído del cielo? ¿Qué significa ese espantoso movimiento? ¿Qué desconocida fuerza encierran para el mundo esos también desconocidos corceles? ¡Ah, corceles, corceles! ¡Qué corceles! ¿Lleváis acaso un torbellino en las crines? ¿Lleváis un sensible oído en todas y cada una de vuestras fibras? Oyen la conocida canción que suena allá arriba, ponen en tensión a la vez los pechos de bronce, y, sin tocar apenas el suelo con los cascos, convertidos en una alargada línea, vuelan por los aires y avanza la troika movida por el hálito divino…

¿Adónde te diriges, Rusia?

Contesta. No responde. Se oye el prodigioso son de la campanilla. Resuena y se transforma en viento el aire que rasga a su paso. Pasa de largo todo lo que existe en la tierra, miran, retroceden, y se apartan para dejarle el camino a otros pueblos y naciones.


Enlace a análisis del Poema

Almas Muertas – por Mykola Hóhol – Capitulos IX y X

Enlace a Capitulos anteriores (7 y 8)


CAPITULO IX

Por la mañana, incluso antes de la hora indicada en la ciudad de N. para recibir visitas, una dama engalanada con un distinguido vestido a cuadros cruzó la puerta de una casa de madera pintada de color amarillo, con buhardas y columnas azules; esta dama iba acompañada por un lacayo de librea con diversas esclavinas y galón de oro en su brillante sombrero redondo.

La dama subió con precipitación las gradas del estribo del carruaje que le esperaba a la entrada. El lacayo cerró la portezuela, levantó el estribo, y, después de agarrarse a la correa de la trasera, exclamó dirigiéndose al cochero: «¡Vamos ya!». La dama experimentaba el irrefrenable deseo de comunicar lo antes posible una noticia de la que acababa de enterarse. No hacía más que mirar por la ventanilla y con sumo pesar observaba que todavía faltaba por recorrer la mitad del camino. Las calles le parecían más largas que de costumbre. El asilo, una gran casa blanca de mampostería con estrechas y pequeñas ventanas, se hacía tan tremendamente largo que, por último, gritó, incapaz de contenerse:

— ¡Maldito edificio! ¡Nunca se acabará!

El cochero tuvo que escuchar dos veces la misma orden:
— ¡Vamos, aprisa, Andriushka! ¡Con qué calma te lo tomas hoy!
Al fin llegaron a la meta. El carruaje se paró frente a un edificio de madera de una sola planta, pintado de color gris oscuro con adornos de marquetería en las ventanas, y elevada cerca delante de ellas, con un pequeño jardín donde crecían unos raquíticos arbolillos a los que el polvo de la ciudad había terminado dando un tono blanco. En las ventanas se veían macetas con flores, un loro columpiándose en su jaula, que se agarraba con el pico a la anilla, y dos perritos que estaban durmiendo al sol.

En esta casa vivía una íntima amiga de la dama recién llegada. El autor se encuentra con notables inconvenientes para dar nombre a ambas damas sin que después se enojen con él como ya lo hicieron en otros tiempos. Darles un apellido imaginario puede ser peligroso. Cualquier nombre que a uno se le ocurra; por fuerza tiene que aparecer en algún rincón de nuestro imperio —pues no en vano es tan vasto—, y quien lo lleve se enojará en extremo y dirá que el autor se personó allí en secreto a fin de saberlo todo: cómo es, que prefiere comer, qué ropas viste y qué casa de Agrafena Ivanovna frecuenta. Y Dios nos libre de nombrarlos por sus títulos, todavía resulta más peligroso. Todos nuestros títulos y estamentos se sienten hoy en día tan enojados que todo lo que leen en un libro impreso cada uno lo interpreta como refiriéndose a su propia persona: se diría que es algo que se masca en el aire. Es suficiente observar que en tal ciudad hay un imbécil para que todo el mundo se dé por aludido. De repente sale un caballero respetable por su apariencia y exclama: «¡Yo también soy una persona, entonces también soy imbécil!».

En resumen, que inmediatamente adivina de qué se trata.

De ahí que, a fin de evitar todo eso, a la dama que recibía la visita la llamaremos tal y como lo hacían casi unánimemente en la ciudad N., es decir: dama agradable bajo cualquier concepto. El nombre se lo había granjeado legítimamente, ya que no regateaba nada para resultar agradable hasta el máximo, a pesar de que, es cierto, por detrás de su amabilidad asomaban la nariz, las impaciencias de su carácter femenino y a pesar de que, en algunas ocasiones, en cada palabra agradable asomaba la nariz, un alfiler. Y no hablemos ya de cómo hervía su corazón contra la que pretendiera ser la primera en cualquier cosa.

Pero todo esto aparecía cubierto por los más delicados modales que sea posible hallar en una ciudad de provincias. Sus movimientos eran en todo momento llenos de gracia, le agradaban los versos, algunas veces incluso sabía dar a su cabeza una pose soñadora y todo el mundo se mostraba de acuerdo en afirmar que se trataba de una dama agradable bajo cualquier concepto. La otra dama, la que venía de visita, estaba dotada de un carácter con menos facetas, y por eso la llamaremos sencillamente agradable.

La llegada de la visitante despertó a los perrillos que se hallaban durmiendo al sol: la peluda «Adéle», que constantemente estaba enredada en sus propias lanas, y «Popurrí», un chucho de delgadísimas patas. Los dos se precipitaron con los rabos enroscados hacia el vestíbulo, donde la recién llegada se estaba despojando de su abrigo a cuadros, quedándose con un vestido de un color y dibujo a la moda y grandes pieles que le envolvían el cuello. El aroma de jazmín invadió toda la estancia.

En cuanto la dama agradable bajo cualquier concepto se enteró de la llegada de la dama sencillamente agradable, acudió rápidamente a recibirla. Se cogieron de las manos, se abrazaron y lanzaron una exclamación como la de dos colegialas que se tropiezan un día cuando no hace mucho que han salido del internado, cuando sus mamaítas todavía no han tenido ocasión de contarles que el padre de la una disfruta de menos recursos y ocupa un puesto inferior al padre de la otra. Los besos fueron tan sonoros que ambos perritos comenzaron de nuevo a ladrar, razón por la que se les espantó con un pañuelo, y las dos damas se encaminaron a la sala, azul, como pueden muy bien imaginarse, con su diván, su mesa de forma ovalada e incluso unos reducidos biombos cubiertos de yedra. Tras ellas penetraron en la sala, gruñendo, la peluda «Adéle» y «Popurrí», el de las patas delgadas.

—Aquí, aquí, venga a este rinconcito —dijo la dueña, de la casa indicando a la visitante que se sentara en un rincón del diván—. Así, muy bien. Tome este cojín. Y mientras esto decía puso detrás de la otra un cojín en el que aparecía bordado con hilo de lana un caballero como generalmente acostumbran a ser los caballeros bordados en cañamazo: tenía por nariz una escalera y por labios unos rectángulos.

—Qué contenta estoy de que usted… He oído el carruaje y estaba preguntándome quién sería a estas horas. Parasha afirmaba que era la vicegobernadora; pensé que de nuevo venía esa estúpida a molestar y me disponía a decir que me hallaba fuera de casa…

La recién llegada quería ya poner manos a la obra y dar parte a la otra de la noticia. Pero la exclamación que en ese preciso instante lanzó la dama agradable bajo cualquier concepto cambió el rumbo de la conversación.

— ¡Qué tela tan alegre! —dijo la dama agradable, contemplando el traje de la dama sencillamente agradable.

—Sí, es muy alegre. No obstante, Praskovia Fiodorovna cree que resultaría mejor si los cuadros fueran algo más pequeños y los lunares, en lugares de ser de color marrón, fueran azules. A mi hermana le han enviado una telita que es una delicia, no existen palabras para decirlo.

Figúrese: unas pequeñas rayitas muy finas, muy finas, con fondo azul celeste, y atravesando esas rayas todo está lleno de ojitos y patitas, ojitos y patitas, ojitos y patitas… ¡Se trata de algo insuperable! Con seguridad se puede afirmar que nunca ha habido en el mundo nada parecido.

—Será un tanto chillón, querida.
—No, no lo es.
—Sí, tiene que resultar chillón.
Es preciso advertir que la dama agradable bajo cualquier concepto era un poco materialista, dada a la negación y a la duda, y en la vida eran bastantes las cosas que rechazaba.

La dama sencillamente agradable insistió diciendo que no era chillón y añadió:

— ¡Ah, enhorabuena, ya no están de moda los volantes!

— ¿Qué me dice?
—Ahora se llevan festoncitos.
— ¡Qué horror, festoncitos!
—Pues ahora todo son festoncitos: pelerinas de festoncitos, hombrillos de festoncitos, festoncitos en las mangas, festoncitos en los bajos, festoncitos por todas partes.

—No me gusta, Sofía Ivanovna, eso de que no haya más que festoncitos.
—No se puede usted figurar, Anna Grigorievna, lo bien que queda. Se cose con dos dobladillos, con sisas anchas por la parte de arriba… Ya verá qué sorpresa le causa; entonces dirá… Pero figúrese que los cuerpos se llevan ahora aún más largos, y se estila el escote en pico, de forma que el hueso queda totalmente fuera. Las faldas van muy fruncidas, como antes con los tontillos, y por detrás se pone algodón para que resulte bien.

—Bueno, en ese caso… —murmuró la dama agradable bajo todos los conceptos mientras movía la cabeza con aire de dignidad.

—Tiene usted toda la razón —repuso la dama sencillamente agradable.

—Puede decir lo que le parezca, pero yo no me vestiré así.
—Yo tampoco… Si se piensa hasta qué extremos llega algunas veces la moda… ¡Es algo totalmente incomprensible! Le he dicho a mi hermana que me preste los patrones para reírme. Mi criada Melania lo está cosiendo.

—Cómo, ¿que tiene usted los patrones? —dijo la dama agradable bajo todos los conceptos, sin poder disimular un ademán de visible emoción.

—Sí, me los mandó mi hermana.

—Querida, por todo lo que más quiera, le suplico que me los preste.
—Se los he prometido a Praskovia Fiodorovna. De todos modos, se los entregaré cuando ella me los devuelva.

— ¿Y quién será capaz de ponerse nada después de que lo haya estrenado Praskovia Fiodorovna? Me parece muy raro su modo de actuar, olvida a las amigas por los extraños.

—Es tía segunda mía.
— ¡Dios sabe qué clase de tía es! Por parte de su marido… No, Sofía Ivanovna, ni quiero ni oírlo. Es como si usted pretendiera ofenderme… Según parece se ha cansado de mí, por lo visto pretende usted romper conmigo.

La pobre Sofía Ivanovna no sabía qué hacer. Advertía perfectamente que se había metido entre dos fuegos muy intensos. ¡Bien se lo había ganado, por presumir! Experimentaba deseos de pincharse con alfileres su necia lengua.

— ¿Y qué se ha hecho de nuestro seductor forastero? —preguntó entonces la dama agradable bajo todos los conceptos.

— ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo es posible que se me haya ido el santo al cielo? ¿Tiene usted idea de por qué he venido, Anna Grigorievna?

La visita sintió que se le aceleraba la respiración, las palabras se mostraban dispuestas, al igual que milanos, a lanzarse una tras otra, y fue necesaria toda la crueldad de su íntima amiga para osar interrumpirla.

—Pues por más que usted lo alabe y ensalce —exclamó más vivamente que de costumbre—, le diré con toda franqueza, se lo diré a él mismo en la cara, que es una mala persona, una mala persona, una mala persona.—Escuche lo que tengo que contarle…

—Ha corrido el rumor de que es guapo, pero de guapo no tiene nada, realmente nada, su nariz es… asquerosa.

—Pero deje usted, deje que le explique, querida Anna Grigorievna, ¡permita que le explique! Se trata de una historia, ¿me entiende? una historia. C’est se qu’on appelle une histoire *—exclamaba la visitante comenzando a desesperarse y con lastimera voz.

En francés: “Es lo que se llama una historia”.

Debemos hacer constar que la conversación de ambas damas estaba salpicada de una infinidad de palabras extranjeras e incluso extensas frases en francés. Pero por mucha que sea la admiración del autor hacia las salvadoras ventajas que el idioma francés ofrece a Rusia, por mucho entusiasmo que despierte en él la loable costumbre de nuestra alta sociedad, que se vale de esa lengua a todas las horas del día, por supuesto que impulsada por un profundo sentimiento de amor a la patria, no se decide a intercalar ninguna frase de idiomas extranjeros en este poema suyo, que es ruso.

Continuaremos, pues, en ruso.

— ¿Qué historia es ésa?
— ¡Ay, vida mía! ¡Si pudiera usted, Anna Grigorievna, imaginarse la situación en que yo me hallaba! Figúrese: ha venido hoy a mi casa la esposa del arcipreste, del padre Kiril, y ¿qué piensa usted que me ha contado de nuestro forastero, ese tan tranquilito?

—Pero ¿es que ronda a la esposa del arcipreste?

— ¡Ay, Anna Grigorievna, eso no sería nada! No se trata de eso. Escuche lo que me ha explicado la esposa del arcipreste. Se ha presentado en su casa una propietaria llamada Korobochka, extremadamente asustada y pálida como un cadáver. ¡Y qué cosas dice, qué cosas dice! Es una auténtica novela. A altas horas de la noche, cuando todo estaba tan oscuro como boca de lobo y en la casa todo el mundo dormía, comenzaron a dar unos horribles golpes en la puerta, gritando a voz en cuello que si no abrían en seguida derribarían la puerta. ¿Qué le parece? ¿Qué opina de nuestro seductor forastero?

—Pero ¿es que la Korobochka es joven y bonita?
—Ni muchísimo menos, se trata de una vieja.
— ¡Qué encanto! Se dedica a conquistar a una vieja. En vista de esto no hay nada que decir acerca del gusto de nuestras damas, hallaron de quién enamorarse.

—No es nada de eso, Anna Grigorievna, no es ni muchísimo menos lo que usted se imagina. Figúrese la situación: comparece armado de punta en blanco, algo así como un Rinaldo Rinaidini, y le exige que le venda todos los campesinos que habían fallecido. La Korobochka contestó de una manera muy razonable que no le era posible, porque estaban muertos. «No, —replicó él—, no están muertos, es asunto mío si lo están o no.

¡No están muertos! —se puso a gritar—. ¡No están muertos!» En resumen, que armó un horrible escándalo: todos los de la aldea salieron huyendo, los niños lloraban, nadie entendía nada, ¡terrible, lo que se dice terrible!… No puede usted imaginarse, Anna Grigorievna, la impresión que me produjo todo esto cuando lo oí.

«Señora —me decía Mashka—, está usted muy pálida, mírese al espejo.» «No es ahora el momento de mirarme al espejo —le contesté—, he de ir en seguida a explicárselo a Anna Grigorievna.» Y sin perder ni un segundo ordené que engancharan. Andriushka, el cochero, me preguntó hacia dónde nos dirigíamos, y yo era incapaz de pronunciar una sola palabra, por lo que me quedé mirándole como una estúpida. Sin duda creería que me había vuelto loca. ¡Ay, Anna Grigorievna, si supiera usted de qué manera me ha sobresaltado esto!

—No obstante es todo muy extraño —dijo la dama agradable bajo todos los conceptos—. ¿Qué significarán esas almas muertas? Debo confesar que no comprendo nada en absoluto. Es la segunda vez que oigo mencionar esas almas muertas. Mi marido asegura que Nozdriov no dice la verdad, pero no me cabe duda de que se encierra algo en esto.

—Pues imagínese, Anna Grigorievna, en qué situación quedé cuando lo supe. «Ahora —dice la Korobochka—, no sé qué tengo que hacer. Hizo que firmara por la fuerza un documento falso y me arrojó quince rublos en billetes. Carezco de experiencia, soy una infortunada viuda y no sé nada…» ¡Menudo escándalo! No puede usted hacerse idea del sobresalto que me produjo el oírlo.

—Dirá lo que a usted le parezca, pero no se trata de almas muertas. Aquí hay algo muy diferente.

—Yo también lo creo así —repuso con cierta sorpresa la dama sencillamente agradable, sintiendo la invencible curiosidad de saber qué era lo que podía encerrarse en todo aquello. Y después preguntó, acentuando la pronunciación—. ¿Qué piensa usted que se encierra en ello?

—Y usted, ¿qué cree?
— ¿Qué creo?… Confieso que ni siquiera sé qué pensar.
—A pesar de ello, querría saber la opinión que se ha formado en torno a este asunto.

La dama sencillamente agradable no supo qué contestar. Sólo era capaz de sobresaltarse, pero no de formarse una idea clara de las cosas, debido a lo cual se sentía más necesitada que cualquiera otra de consejos y de una verdadera amistad.

—Pues entérese de lo que es eso de las almas muertas —dijo la dama agradable bajo cualquier concepto.

La otra, cuando escuchó estas palabras, se convirtió toda en oídos: las orejas se le pusieron tiesas por sí mismas, se incorporó hasta el punto de que casi perdió contacto con el diván, y aunque era un tanto pesada, dio la sensación de que adelgazaba, de que se transformaba en una delicada pluma y de que al más leve soplo iba a salir volando.

Así el señor ruso que va a cazar con su jauría, cuando se aproxima al bosque de donde saltará la liebre acosada por los ojeadores, montado a caballo y con la fusta en alto, se transforma por un momento en pólvora a la que se disponen a aproximar la mecha encendida. Sus ojos permanecen fijos en el aire enturbiado por la ligera niebla y ya se figura que alcanza la pieza por más que se alce contra él la blanda nieve de la estepa, que le lanza estrellas de plata al bigote, a la boca, a los ojos, a las cejas y a su gorro de castor.

—Esas almas muertas… —dijo la dama agradable bajo cualquier concepto.

— ¿Qué, diga? —, se impacientó la visitante, a quien la dominaba la emoción.

— ¡Almas muertas!…

— ¡Hable de una vez, por Dios se lo suplico!
—Eso lo han inventado como tapadera. Lo que realmente hay es que él se propone raptar a la hija del gobernador.

La conclusión era, efectivamente, peregrina e inesperada en cualquier sentido en que se tomara. Cuando oyó esto, la dama sencillamente agradable quedó como petrificada, se puso pálida, tan pálida como un cadáver, en efecto, se sobresaltó, en esta ocasión muy de veras.

— ¡Ay, Santo Dios! —exclamó al tiempo que juntaba las manos—. Eso sí que no podía figurármelo.

—Pues yo se lo confieso, en seguida que abrió usted la boca advertí de qué iba la cosa —dijo la dama agradable bajo cualquier concepto.

— ¿Y qué opina después de esto, Anna Grigorievna, acerca de la educación que se recibe en los pensionados? ¡Esta es la inocencia!

— ¡Inocencia! He tenido ocasión de oír cosas que ella decía, y le doy mi palabra de que me resultaría imposible repetirlas.

— ¿Sabe usted, Anna Grigorievna? A una se le destroza el corazón al ver a qué punto de inmoralidad se ha llegado.

—Los hombres enloquecen por ella. Y yo le aseguro que no le veo nada de particular… Es terriblemente amanerada.

— ¡Ay, vida mía, Anna Grigorievna! Parece una estatua, su rostro no tiene ninguna expresión.

— ¡Qué amanerada, pero qué amanerada es! ¡Dios Santo, qué amanerada! Ignoro de quién lo habrá aprendido, pero en toda mi vida jamás he visto una mujer tan gazmoña.

—Querida, sólo es una estatua más pálida que un cadáver.
—No hable usted así, Sofía Ivanovna, se da colorete de un modo espantoso.

—Se equivoca usted, Anna Grigorievna, es blanquete, blanquete y sólo blanquete.

—Querida, yo me senté cerca de ella. Se da colorete, se había embadurnado la cara con una capa del espesor de un dedo; se le caía a pedazos, como si se tratara de estuco. Lo ha aprendido de su madre, que no es más que una coqueta, y su hija le dará cien vueltas.

—Permítame, si quiere se lo juraré por lo que usted misma me indique. ¡Que pierda a mi marido, a mis hijos y todos los bienes si ella lleva ni una pizca, ni un tanto así de colorete!

— ¡Pero qué está usted diciendo, Sofía Ivanovna! —exclamó la dama agradable bajo cualquier concepto, juntando las manos.

— ¡Hay que ver de qué manera es usted, Anna Grigorievna! La miro y no me es posible evitar hacerme cruces —replicó la dama agradable, quien también juntó las manos.

No se sorprenda el lector de que las dos damas se mostraran disconformes en algo que habían observado casi al mismo tiempo. En el mundo hay gran número de cosas que poseen esta propiedad: si las contempla una dama serán totalmente blancas, mientras que si las contempla otra serán rojas, tan rojas como el arándano rojo.

—Ahí va otra prueba de que es pálida —continuó la dama agradable—. Recuerdo como si lo estuviera viendo que yo me hallaba sentada al lado de Manilov y le hice notar: «¡Mire usted qué pálida!» En verdad que es preciso ser tan necio como lo son todos nuestros hombres para volverse locos por ella. Y nuestro seductor forastero… ¡Ah, qué poco agradable me parecía! No puede imaginarse, Anna Grigorievna, hasta qué extremo me resultaba desagradable.

—Pues se encontraban allí ciertas damas a las que en modo alguno les era indiferente.

— ¿Lo dice usted por mí, Anna Grigorievna? Jamás podrá afirmarlo, jamás, jamás.

—No me estoy refiriendo a usted. ¡Como si no existiera nadie más!

— ¡Nunca, nunca, Anna Grigorievna! Permítame decirle que me conozco demasiado bien, Tal vez pueda afirmarse de algunas que presumen de ser inaccesibles.

—Perdóneme, Sofía Ivanovna. Permítame decirle que yo jamás me mezclé en asuntos tan escandalosos. De otras se podrá decir, pero de mí nunca; permítame decírselo.

— ¿Por qué se disgusta usted? Se hallaban allí otras damas, hasta había algunas que se apresuraron a ocupar una silla junto a la puerta a fin de estar cerca de él.

Tras estas palabras de la dama agradable parecía inevitable que estallara una tormenta, pero, por sorprendente que pueda parecer, las dos damas se calmaron de pronto y no estalló absolutamente nada. La dama agradable bajo cualquier concepto recordó que todavía no se encontraban en su poder los patrones del vestido de moda, y la dama sencillamente agradable advirtió que todavía no había logrado enterarse de ningún detalle del descubrimiento hecho por su amiga íntima, y la paz se restableció en seguida.

Por otra parte, no puede afirmarse que ninguna de las dos estuvieran por naturaleza inclinadas a molestar a los demás; sus caracteres no se gozaban con el infortunio ajeno. Era que, sin siquiera advertirlo, a lo largo de la conversación surgía alguna vez por sí mismo el pequeño deseo de lanzar un alfilerazo; el pequeño placer que, aprovechando el momento oportuno, sentían zahiriendo con algo que doliera: «¡Anda! ¡Ahí tienes, trágate eso!» Son muy diversas las necesidades el corazón, tanto del género femenino como del masculino.

—Hay algo que no logro comprender —dijo la dama sencillamente agradable—, y es cómo Chichikov, que se encuentra aquí de paso, ha tenido esa osadía. No podía llevarlo a cabo sin disponer de cómplices.

— ¿Y usted piensa que carece de ellos?
—Dígame, ¿quién podría ayudarle?
—El mismo Nozdriov.
— ¿Nozdriov?
— ¿Y por qué no? Es algo muy propio de él. Bien sabe usted que pretendió vender a su mismo padre, o mejor dicho, pretendió jugárselo a las cartas.

— ¡Dios mío, qué interesante es todo esto que me cuenta usted! Nunca pude sospechar que Nozdriov tuviera algo que ver en esta historia.

—Pues yo siempre lo supuse.

— ¡Cuando uno se detiene a pensar en lo que sucede en el mundo! ¿Quién podía imaginarse, cuando Chichikov llegó aquí, que iba a producir tal revuelo? ¡Ay, Anna Grigorievna, si supiera usted qué sobresaltos los míos! De no ser por lo mucho que usted me aprecia y por su amistad…, se lo confieso, me sentiría como en el borde de un precipicio… Imagínese usted.

Mi Masha, al verme tan pálida, me dijo:

«Señorita, tiene usted la cara tan blanca como el papel». «Masha —repliqué yo—, en este momento no estoy para eso.» ¡Hay que ver las cosas que suceden! ¡Y Nozdriov implicado en todo ello!

La dama agradable se consumía en deseos de conocer más detalles en torno al rapto, o sea, la hora y demás. La dama agradable bajo cualquier concepto repuso abiertamente que lo ignoraba. No sabía mentir: muy distinto era hacer suposiciones, e incluso así sólo si las suposiciones se basaban en una convicción íntima. Cuando estaba íntimamente convencida, entonces era capaz de mantenerse en sus trece, y si un abogado, aunque se tratara del más ejercitado y entendido en refutar opiniones ajenas, hubiera medido las armas con ella, habría comprobado a la perfección lo que significa la convicción íntima.

No tiene nada de extraño que ambas damas acabaran quedando convencidas de lo que al principio imaginaban como una simple sospecha. Nosotros, los que nos consideramos inteligentes, actuamos de modo casi idéntico y la prueba de ello la encontramos en nuestros razonamientos científicos. Primero, el sabio se aproxima al asunto como un pillo de siete suelas, comienza tímidamente, con moderación, siguebhaciendo la más inocente pregunta: ¿Acaso procede de ahí? Tal país, ¿no habrá recibido su nombre de ese rincón? o bien: ¿No será este documento de una época más tardía? O bien: ¿No será preciso entender que al hablar de este pueblo en realidad se refieren a tal otro? Cita a éstos y aquéllos escritores antiguos, y en seguida que advierte el más pequeño atisbo, o se imagina advertir un detalle, recobra ánimos, se engalla, comienza a conversar con los escritores antiguos en un plan de confianza, les hace preguntas y él mismo responde por ellos, no acordándose ya de que todo tenía su origen en una débil suposición. Cree verlo así, le parece que todo se ha aclarado, y el razonamiento concluye con estas palabras: «Así es cómo sucedió, es necesario entender que se trata de tal pueblo, bajo este punto de vista se debe enfocar el asunto». Después lo grita a todos los vientos desde la cátedra y la verdad acabada de descubrir empieza a circular por el mundo, conquistando adeptos y partidarios.

En el mismo instante en que las dos damas acababan de resolver con tanto acierto como ingenio el complicado asunto, en la sala penetró el fiscal con su rostro de palo, sus frondosas cejas y su ojo que guiñaba como siempre.

Las damas, tras interrumpirse una a otra, le comunicaron todos los acontecimientos, le explicaron lo de la adquisición de almas muertas y del propósito de raptar a la hija del gobernador, y con todo ello le hicieron sumirse en tal mar de confusiones que, a pesar de que permanecía inmóvil en su sitio, abría y cerraba sin cesar el ojo izquierdo y se quitaba con la ayuda del pañuelo el rapé que se le había metido por la barba, sin ser capaz de comprender lo más mínimo.

De este modo lo dejaron las dos damas, las cuales, cada una por su parte, se encaminaron a sublevar la ciudad. Dicha empresa lograron realizarla en escasamente media hora. Todo entró en efervescencia, aunque nadie podía comprender nada. Las damas supieron liar hasta tal punto las cosas que todo el mundo, en especial los funcionarios, se quedaron como viendo visiones.

Al principio se hallaron en la situación del colegial dormido a quien sus compañeros, que se despertaron antes, le han introducido en la nariz un «húsar», esto es, un papel con tabaco. Después de sorber todo el tabaco con el afán característico del durmiente, se ha despertado al fin de sopetón, mira en torno a él como un estúpido, con los ojos tan abiertos que casi se le salen de las órbitas, y es incapaz de darse cuenta de dónde se encuentra ni de qué le ha sucedido; después comienza ya a distinguir las paredes iluminadas por los oblicuos rayos del sol, las risotadas de los compañeros que se ocultan en los rincones y la mañana que le contempla desde el exterior con el bosque donde cantan una infinidad de pájaros, el riachuelo iluminado por el sol, que se pierde a un lado y a otro entre los delicados juncos, invadido por chicuelos desnudos que se llaman en el agua a voz en grito, y tras todo esto, por último, advierte que tiene un «húsar» en la nariz.

Exactamente igual les sucedió al principio a los sencillos vecinos y a los funcionarios de la ciudad. Todos se quedaron como carneros, con los ojos desmesuradamente abiertos. Las almas muertas, Chichikov y la hija del gobernador se mezclaron y confundieron en sus cabezas de manera terrible. Después ya, tras la primera sensación de aturdimiento, pareció que podían distinguir cada cosa por separado y desglosar lo uno de lo otro, y comenzaron a pedir cuentas y a enojarse, al ver que la cuestión no se aclaraba.

Y así era, ¿en qué consistía eso de las almas muertas? En lo referente a las almas muertas no era posible hallar la menor lógica. ¿En qué consistía eso de adquirir almas muertas? ¿Quién era el estúpido capaz de hacerlo? ¿Quién iba a tirar de este modo el dinero? ¿Para qué iban a servir esas almas muertas? ¿Qué relación tenía con todo ello la hija del gobernador? Si se había formado el propósito de raptarla, ¿para qué se dedicaba a adquirir almas muertas? Y si adquiría almas muertas, ¿para qué tenía que raptar a la hija del gobernador? ¿Es que tal vez se las pensaba regalar? ¿Qué necedades eran esas que corrían por la ciudad?

Por cualquier parte se tropezaba uno con la misma historia. ¡Si por lo menos tuviera algún sentido!… Pero lo cierto es que la cosa había sido puesta en circulación, y por lo tanto, ¿habría para ello alguna razón? ¿Qué razón podía haber en las almas muertas? Todo aquello no era más que una necedad, un embrollo, chismes, el diablo sabía qué era… En resumen, comenzaron los comentarios y la comidilla de toda la ciudad fueron las almas muertas y la hija del gobernador, Chichikov y las almas muertas, la hija del gobernador y Chichikov, todo se puso en movimiento. Era como si la ciudad, dormida hasta aquel momento, se hubiera visto de pronto agitada por un torbellino. Abandonaron sus madrigueras todos los lirones y holgazanes que se pasaban el santo día acostados en bata y que desde hacía años permanecían encerrados en sus casas, culpando ora al zapatero, que les había hecho las botas demasiado estrechas, ora al sastre, ora al borracho del cochero. Todos aquellos que desde hacía yo qué sé cuánto tiempo no visitaban a nadie y sólo mantenían relación con los Zavalishin y Polezhaev (nombres muy célebres que derivan de los verbos «estar tumbado» y «echarse», extraordinariamente en boga en Rusia, así como la frase «llegarse a visitar a Sopikov y a Jrapovitski», sinónimo de un profundo sueño de espaldas, de costado y en cualquier otra postura, acompañado de silbidos de la nariz, ronquidos y otros atributos), todos aquellos a los que no había modo de hacer que salieran de su casa ni siquiera con el cebo de una sopa de esturiones de dos varas, que ella sola valía más de quinientos rublos, como todo lo que a dicha sopa acostumbra a seguir; en resumen, resultó que la ciudad era grande y que estaba poblada como es debido.

Surgieron a la luz un Sisoi Pafnutievich y un Macdonald Karlovich, de los que jamás había oído hablar nadie. Por los salones se paseó un hombre altísimo con señales evidentes de haber recibido un balazo en un brazo, de tan elevada estatura como nunca habían visto otro.

Carruajes de todas clases, que organizaron una auténtica confusión, invadieron todas las calles. En otra época y en distintas circunstancias, tal vez aquellos rumores no habrían logrado despertar la atención de nadie y habrían pasado de largo. Pero hacia demasiado tiempo que la ciudad de N. no recibía ninguna noticia. Es más, a lo largo de tres meses no había corrido chisme alguno, cosa que, como todo el mundo sabe, es tan necesaria para una ciudad como el normal abastecimiento de comestibles.

Entre la infinidad de comentarios pudieron advertirse dos criterios totalmente opuestos y dos bandos que se enfrentaban el uno al otro: el de los hombres y el de las mujeres. El bando de los hombres, el más necio, dedicaba su atención a las almas muertas. El de las mujeres se fijaba única y exclusivamente en el rapto de la hija del gobernador. En este segundo bando, dicho sea para hacer justicia a las damas, reinaba muchísimo más orden y circunspección. Se advierte que el Destino quiere que sean buenas amas de casa, y que sepan disponer las cosas.

Entre ellas todo adquirió en seguida un aspecto vivo y bien definido, revistió formas claras y precisas, las cosas se iban concretando y depurando. En resumen, que resultó un cuadro completo y preciso. Ellas opinaban que desde hacía largo tiempo Chichikov estaba enamorado y que se encontraban en el jardín por la noche, a la luz de la luna; el gobernador habría aceptado concederle la mano de su hija, ya que Chichikov era rico como un judío, pero había el inconveniente de su esposa, a la que él había abandonado (nadie era capaz de decir de qué manera llegó a saberse que Chichikov estaba casado); la mujer de Chichikov, víctima de un amor sin esperanzas, envió entonces al gobernador una carta muy conmovedora, y Chichikov, viendo que los padres jamás consentirían, había tomado la resolución de raptarla.

En otros lugares la versión que se daba del asunto era algo distinta. Afirmaban que Chichikov no era casado, pero que, como hombre sutil y que actuaba siempre sobre seguro, había comenzado cortejando a la madre y sosteniendo con ella secretas relaciones, tras lo cual acabó por pedir la mano de la hija. La madre, aterrorizada al pensar que con ello se cometería un acto contrario a la religión, y asaltada por los remordimientos, lo había rechazado rotundamente, razón por la que Chichikov se decidió por el rapto. A todo esto se fueron añadiendo numerosas enmiendas y explicaciones conforme los rumores llegaban hasta los más recónditos callejones. Las capas inferiores de la sociedad rusa sienten gran afición a comentar los rumores que circulan por la alta sociedad, y por eso no tiene nada de particular que en casas donde ni remotamente habían visto a Chichikov comenzaran a hablar de lo sucedido, pero cada vez más aumentado y corregido.

El asunto se iba volviendo más interesante por momentos y cada día adoptaba formas más concretas hasta que, tal como era, en su aspecto definitivo, llegó al conocimiento de la misma gobernadora. Esta, como madre de familia, como primera dama de la ciudad, se sintió en extremo ofendida por semejantes historias y, no sin razón, montó en cólera. La infeliz rubia fue sometida al más desagradable tête á tête en que haya podido encontrarse una jovencita de dieciséis años. Manaron a raudales las preguntas, los interrogatorios, las amenazas, las censuras, los reproches y exhortaciones, de tal manera que la muchacha estalló en llanto, bañada en lágrimas, sin lograr entender ni una palabra de lo que le decían. Al portero se le dieron órdenes rigurosas de que no permitiera pasar a Chichikov, fuera cual fuese la hora y bajo ningún pretexto.

Una vez cumplida su misión con respecto a la gobernadora, las damas se abalanzaron sobre el bando de los hombres, intentando atraérselo y asegurando que las almas muertas no eran más que una invención de la que se había echado mano sólo a fin de evitar las sospechas y de realizar el rapto felizmente. Una buena parte de los hombres quedaron al fin convencidos de esto y se pasaron al bando de las mujeres, a pesar de las violentas censuras de sus compañeros, que les llamaban mujerzuelas sin carácter, calificativo que, como ya se sabe, resulta extremadamente ofensivo para el género masculino.

Aunque los hombres prepararon sus armas e intentaron defenderse, en su bando no había el orden que caracterizaba al bando de las mujeres. En ellos todo parecía tosco, duro, desordenado, inservible, si ajustar, inútilmente en sus mentes reinaba el barullo, el desconcierto, la confusión, todo era una barahúnda, un revoltijo. En resumen, resaltaba a la perfección la vacía naturaleza del género masculino, una naturaleza pesada, tosca, incapaz de comprender los dictados del corazón ni los asuntos de la organización doméstica, una naturaleza holgazana, incrédula, siempre temerosa y siempre vacilante. Ellos afirmaban que todo eso era una necedad, que el rapto de la hija del gobernador era una cuestión más propia de un húsar que de un funcionario civil, que Chichikov no lo llevaría a cabo, que las mujeres mentían, que la mujer es igual que un saco, en el que cabe todo lo que le meten dentro, y que lo primero de todo, en lo que realmente tenían que fijarse, era en las almas muertas, las cuales, por otra parte, el diablo sabía qué podían significar, aunque no cabía duda de que se trataba de una cosa execrable.

En seguida vamos a saber por qué los hombres pensaban que se trataba de una cosa execrable. En la provincia había sido nombrado recientemente un nuevo gobernador general, cosa que, como todo el mundo sabe, produce gran inquietud entre los funcionarios: llegan las reprimendas, las reconvenciones y las censuras, y también el reparto de prebendas que el nuevo jefe ofrece a sus subordinados. «Si llega a enterarse de que por la ciudad circulan unos rumores tan estúpidos —se decían los funcionarios—, nos puede costar muy caro.»

El inspector de Sanidad se quedó de pronto pálido como un cadáver al figurarse Dios sabe qué: se preguntó si las almas muertas serían los enfermos fallecidos en considerable número en los hospitales y otros lugares como resultas de una epidemia de calenturas contra la que no se habían tomado las medidas oportunas, y pensó que tal vez Chichikov era un funcionario de las oficinas del gobernador general que había sido enviado allí para realizar una investigación secreta.

Así se lo dijo al presidente. Este replicó que era absurdo, pero después palideció asimismo y se preguntó: ¿Y si los mujiks adquiridos por Chichikov eran, en efecto, almas muertas? ¿Y si el gobernador general llegaba a enterarse de que él había estado de acuerdo en que se llevara a cabo la escritura de la venta sin poner reparo alguno, y que hasta había actuado como apoderado de Pilushkin? ¿Qué pasaría entonces?

Fue suficiente que lo comunicara a uno y a otro para que todos se pusieran pálidos. El temor es más contagioso que la peste y se comunica de inmediato. Todos comenzaron entonces a buscarse pecados, hasta los que no habían cometido. Las palabras «almas muertas» eran pronunciadas como si se tratara de algo indefinido e incluso se llegó a pensar si no se referían a los muertos enterrados con toda rapidez con motivo de unos sucesos que habían tenido lugar poco antes.

El primero de aquellos sucesos guardaba relación con unos mercaderes de Solvichegodsk que habían venido a la feria de la ciudad y que cuando ya habían vendido todos sus artículos, organizaron un festín con sus compañeros, los mercaderes de Ustsisolsk, festín celebrado al estilo ruso, pero con aditamentos alemanes: licores, ponches, bálsamos, etc. La comilona, como es de suponer, acabó en riña. Los de Solvichegodsk eliminaron a los de Ustsisolsk, aunque salieron de la refriega con las costillas molidas y un sinnúmero de cardenales, prueba evidente de los notables puños que poseían los difuntos. Uno de los vencedores quedó con la nariz totalmente aplastada, de tal modo que apenas le sobresalía en el rostro medio dedo. Los mercaderes reconocieron su culpa, y contaron que aquello era debido a los deseos que sintieron de divertirse un poco. Circulaban rumores de que cada uno de ellos había dado al juez cuatrocientos rublos, aunque la cosa estaba muy oscura.

Las investigaciones e interrogatorios demostraron que los comerciantes de Ustsisolsk habían perecido asfixiados a causa de las emanaciones de carbón, y así se les enterró, tras certificarse su muerte por asfixia.

El otro suceso ocurrido hacía poco se relacionaba con los mujiks de la aldea de Vshivaia-spes, perteneciente a la Corona, quienes junto con los mujiks de Borovka y Zadirailovo, de igual condición, habían dado muerte a la policía del zemstvo en la persona de un cierto asesor llamado Drobiazhkin; por lo visto, la policía del zemstvo, es decir, el asesor Drobiazhkin, visitaba muy a menudo dichas aldeas, en las que se había declarado una epidemia de calenturas, cuya causa era la mencionada policía del zemstvo, que manifestaba cierta debilidad de corazón y se interesaba demasiado por las mujeres y jovencitas de la aldea.

No se pudo averiguar exactamente lo que sucedió, a pesar de que los mujiks declararon abiertamente que el susodicho policía era más lascivo que un gato, que numerosas veces habían ido tras él y que en una ocasión incluso lo arrojaron desnudo de una cabaña en la que se había metido.

Lógicamente, el policía del zemstvo merecía ser castigado por su debilidad de corazón, aunque no obstante tampoco podía aprobarse que los mujiks de Vshivaie-spes y de Zadirailovo hubieran tomado la justicia por su mano, suponiendo que, en efecto, hubieran tenido algo que ver en la muerte. A pesar de todo el asunto estaba demasiado oscuro; al policía del zemstvo se le había hallado en medio de un camino con la guerrera desgarrada y el rostro hecho una lástima, hasta el extremo de que resultó imposible reconocerlo.

El asunto fue pasando de una instancia a otra hasta que llegó a la Audiencia, donde a puerta cerrada se razonó de este modo: los mujiks eran muy numerosos y no era posible averiguar quiénes de entre ellos habían tomado parte concretamente en el suceso, y en cambio Drobiazhkin estaba muerto y pocos beneficios eran los que podría alcanzar aunque ganara el juicio, siendo así que los mujiks estaban vivos, motivo por el cual para ellos era en extremo importante que se sentenciara a su favor. En consecuencia se falló: que la culpa de todo la había tenido el asesor Drobiazhkin de Vshivaia-spes y de Zadirailovo, y que había fallecido de un ataque de apoplejía sufrido al regresar en su trineo.

Parecía que aquel suceso estaba ya resuelto a las mil maravillas, pero los funcionarios, se ignora por qué, dieron en creer que las almas muertas tenían algo que ver con el asunto. Para acabar de embrollar las cosas, como hecho adrede, cuando los señores funcionarios se hallaban en tan embarazosa situación, al gobernador le llegaron dos documentos al mismo tiempo. En uno de ellos se le comunicaba que, según informes, en la provincia se encontraba un falsificador de billetes de Banco que escondía su personalidad bajo varios supuestos nombres, rogando que se adoptaran las medidas oportunas y más enérgicas para su búsqueda y captura. El segundo documento era un oficio del gobernador de la vecina provincia en el que se daba parte de la fuga de un criminal y se suplicaba que procedieran a la detención inmediata de todos los sospechosos indocumentados que hallaran.

Ambos documentos causaron gran asombro, sumiendo a la ciudad en un mar de dudas. Las hipótesis y conclusiones anteriores cayeron todas por su base. Cierto es que nadie imaginaba que esto tuviera relación alguna con Chichikov. No obstante, puesto a pensar cada uno por su parte, recordaron que en realidad ignoraban quién era Chichikov, que éste se había expresado muy vagamente acerca de sí mismo; había dicho, sí, que le habían perseguido por defender a la justicia, pero todo esto resultaba muy vago, y al recordar que, según sus propias palabras, se había creado numerosos enemigos, que incluso llegaron a atentar contra su vida, pasaron más adelante en sus deducciones: quiere decirse que su vida se hallaba en peligro, que era perseguido y que había cometido algo… Sí, ¿quién era realmente Chichikov?

En verdad que no era posible creer que se tratara de un falsificador de billetes, y menos todavía de un bandolero: ofrecía el aspecto de un hombre de buenas intenciones. Sin embargo, a pesar de todo, ¿quién era realmente? Y los señores funcionarios se hicieron la pregunta que debían haberse hecho al principio, esto es, en el primer capítulo de nuestro poema.

Resolvieron hacer unas cuantas preguntas a los que habían tomado parte en la cuestión de las almas muertas a fin de aclarar, por lo menos, qué adquisición era aquélla y qué debía entenderse por esas almas muertas; tal vez Chichikov hubiera contado, aunque fuese de pasada, cuáles eran sus verdaderas intenciones, y comunicado a alguien quién era él.

Ante todo acudieron a la Korobochka, pero fue muy poco lo que consiguieron poner en claro: le había pagado quince rublos, le compraba asimismo plumón y le había asegurado que compraría muchas otras cosas: adquiría tocino por cuenta de los establecimientos públicos, y sin duda se trataba de un granuja, ya que hubo uno que también adquiría plumón y tocino y estafó más de cien rublos a la esposa del arcipreste.

Lo restante no fue más que una repetición de lo dicho, y los funcionarios advirtieron que la Korobochka era, simplemente, una vieja necia. Manilov repuso que respondía de Pavel Ivanovich como de sí mismo y que entregaría todos sus bienes a cambio de poseer una centésima parte de sus virtudes; en resumen, que se explicó acerca de él en los términos más elogiosos, agregando algunos pensamientos sobre la amistad, expuestos mientras entornaban los ojos. Tales pensamientos explicaban satisfactoriamente los tiernos impulsos de su corazón, pero no sirvieron para aclarar a los funcionarios nada de lo que les interesaba.

Sobakevich contestó que consideraba a Chichikov un hombre de bien, que los siervos los había vendido seleccionados, y que eran personas que vivían en todos los sentidos, aunque no podía responder de lo que les sucediera en el futuro; si fallecían durante el viaje, debido a las dificultades del traslado, no sería él el responsable, sino que todo dependía de la voluntad de Dios; las calenturas y otras enfermedades mortales son demasiado frecuentes, y es fácil encontrar ejemplos de que aldeas enteras han resultado víctimas de ellas.

Los señores funcionarios apelaron entonces a otro recurso, no precisamente muy noble, pero al que se recurre en algunas ocasiones, como es el preguntar directamente a través de la servidumbre. Así, pues, interrogaron a los criados de Chichikov acerca de la vida que había llevado hasta entonces y de las circunstancias referentes a su amo, pero tampoco averiguaron grandes cosas. De Petrushka sólo pudieron sacar en claro el olor a cuarto cerrado, y de Selifán, que había sido funcionario público y que había servido en Aduanas. Nada más.

Esta clase de gente tiene una costumbre muy peculiar. Cuando se le pregunta directamente algo, jamás lo recuerdan, se les va todo de la cabeza y lo único que hacen es responder que no lo saben, y en cambio cuando se les pregunta de algo distinto, se dan cuenta en seguida de lo que uno pretende saber y lo cuenta con más detalles de lo que es preciso.

Todas las investigaciones y averiguaciones de los funcionarios les condujeron a descubrir que no sabían nada a ciencia cierta de Chichikov y que, no obstante, forzosamente tenía que ser algo. Finalmente acordaron hablar de esta cuestión y resolver, cuando menos, las medidas que debían adoptar con respecto a Chichikov: si se trataba de un hombre al que se tenía que detener y encarcelar por sospechoso, o si se trataba de un hombre que podía él mismo detenerles y encarcelarles a todos por sospechosos. A tal fin decidieron reunirse en la casa del jefe de policía, el padre y benefactor de la ciudad, al que nuestros lectores ya conocen.


CAPITULO X

En cuanto se hubieron reunido todos en casa del jefe de policía, los funcionarios tuvieron ocasión de darse cuenta de que, tras tantas inquietudes y preocupaciones, todos habían adelgazado mucho.

Efectivamente, el nombramiento de un nuevo gobernador general, los importantes documentos recibidos, y los rumores que circulaban, todo esto dejó sensibles huellas en sus caras, y a un buen número de ellos los fraques les venían extremadamente anchos. El fenómeno era general: el presidente, el inspector de Sanidad, el fiscal, e incluso un tal Semión Ivanovich, a quien nadie llamaba por su apellido y que lucía en su dedo índice un anillo que acostumbraba a mostrar a las damas, también él estaba como todos, más flaco. Es verdad que hubo valientes a quienes no les había abandonado el ánimo, como siempre sucede en tales ocasiones, pero eran muy pocos, tan pocos que quedaban reducidos a uno: el jefe de Correos.

Sólo él no había cambiado en su carácter, siempre igual. En casos semejantes solía exclamar:

— ¡Bien sabemos lo que son los gobernadores generales! Los cambiarán en tres o cuatro ocasiones, mientras que yo, señores míos, hace treinta años que no me he movido del mismo cargo.

A lo que los demás funcionarios acostumbraban a responder:
—A ti te va bien, sprechen Sie deutsch Iván Andreich; con recibir y mandar cartas estás al cabo de la calle. Cuando más, cierras la oficina una hora antes y cobras un tanto al comerciante que acude después por hacerte cargo de su carta, o aceptas un paquete que no deberías expedir. En una situación como la tuya, ¡cómo no!, cualquiera es un santo. Pero ¿y si el diablo acudiera a tentarte todos los días, cuando uno se resiste a aceptar y el dinero mismo se le viene a las manos? Tú careces de graves preocupaciones, sólo tienes un hijo. Mientras que yo… Aquí tienes a Praskovia Fiodorovna, a la que no entiendo cómo la hizo Dios que todos los años me trae uno o una Praskushka o un Petrushka. Si tú te encontraras en mi situación, otro gallo te cantara.

Así hablaban los funcionarios. Y respecto a si se puede o no resistir al diablo, no corresponde al autor juzgar sobre ello.

En el consejo reunido en esta ocasión se notaba muy en falta algo que es muy necesario y que las gentes del pueblo llaman sentido común. Hablando en términos generales, parece que nosotros no hemos sido creados para las asambleas representativas. En nuestras reuniones,empezando por el mir* campesino y terminando por todo género de comités científicos y de cualquier otro tipo, si no hay una cabeza que lo dirija todo, impera un tremendo desorden. Incluso es difícil explicarlo; según parece, nuestro pueblo sólo acierta cuando se reúne para comer o bien para divertirse, como sucede con los clubes y círculos a estilo alemán. Pero la disposición a emprender cualquier cosa en cualquier momento, según parece la tenemos todos.

Comunidad rural, o reunión de dicha comunidad.

De súbito, cuando nos viene en gana, fundamos sociedades benéficas, de fomento y yo qué sé de qué clase. El fin será magnífico, pero de todo ello no resultará nada. Quizá sea debido a que desde el principio nos mostramos satisfechos y consideramos que ya está todo realizado. Por ejemplo, se nos ocurre crear una sociedad benéfica para ayudar a los pobres, entregamos respetables sumas y en seguida, para celebrar una acción tan meritoria y digna de encomio, ofrecemos un almuerzo a las primeras autoridades de la ciudad, en el cual se invierte, claro está, la mitad de lo que se ha recaudado. Con lo que queda del dinero se alquila un espléndido piso para el comité, dotado de calefacción y portero. Al final de todo sólo quedan para los pobres cinco rublos y medio, y aun a la hora de distribuirlos surgen discrepancias entre los miembros, ya que cada uno intenta beneficiar a un conocido o recomendado.

Sin embargo, la reunión que en este momento nos ocupa era totalmente distinta: se había llegado a ella por necesidad. No se trataba ahora de pobres ni de cualquier otra cuestión que no les afectara directamente, sino de algo que concernía personalmente a todos y cada uno de los funcionarios: se trataba de un desastre que les amenazaba a todos por igual. En consecuencia, forzosamente habían de aparecer unidos y unánimes. Pero el diablo sabe lo que salió de todo aquello.

Dejando aparte las discrepancias propias de cualquier consejo, las opiniones de los presentes demostraron una incomprensible vacilación: unos afirmaban que Chichikov era el falsificador de billetes de Banco, y acto seguido agregaban: «Aunque tal vez no se trate del falsificador». Otros decían que era un funcionario de las oficinas del gobernador general, y acababan diciendo: «A pesar de todo, el diablo lo sabe, en la frente no lo lleva escrito».

A la observación de que se trataba de un bandolero disfrazado se opusieron todos. Hicieron constar que, además de su aspecto, tan agradable, en su conversación no se advertía nada que denotara a un sujeto capaz de llevar a cabo actos criminales. De repente el jefe de Correos, que desde hacía varios minutos se hallaba sumido en un mar de reflexiones, quizá impulsado por un arrebato de inspiración o por otro motivo, exclamó:

— ¿Saben, señores, quién es?
La voz con que pronunció estas palabras indicaba algo tan espantoso que hizo que todos preguntaran a la vez:

— ¿Quién?

—Señor mío, no es otro, ni más ni menos, que el capitán Kopeikin.
Y al preguntar todos a un tiempo:
— ¿Quién es ese capitán Kopeikin?
El jefe de Correos exclamó:
— ¿Ignoran ustedes quién es el capitán Kopeikin?
Todos respondieron que no tenían la más remota idea de quién era el capitán Kopeikin.

—El capitán Kopeikin —dijo entonces el jefe de Correos al mismo tiempo que abría su tabaquera a medias temiendo que un vecino introdujera en ella sus dedos, de cuya limpieza dudaba mucho, pues incluso había adquirido la costumbre de decir: «Ya sabemos, padrecito, que es usted capaz de meter sus dedos en cualquier lugar, y el rapé es algo que precisa mucha limpieza»—. El capitán Kopeikin —repitió el jefe de Correos cuando hubo tomado el rapé—, si lo explico será una historia muy distraída; en cierto modo cualquier escritor podría utilizarla como argumento para una novela.

Todos los reunidos expresaron sus deseos de conocer esta historia, o, según las palabras del jefe de Correos, argumento muy distraído para cualquier escritor, y él comenzó como sigue:

Historia del capitán Kopeikin
—Después de la campaña del año doce, señor mío.—comenzó diciendo el jefe de Correos, a pesar de que frente a él había no un señor, sino seis—, después de la campaña del año doce, uno de los heridos evacuados era el capitán Kopeikin. Ignoro si en Krasnoe o en Leipzig, lo cierto es que había perdido un brazo y una pierna. En aquellos tiempos todavía no existía disposición alguna respecto a los heridos; las pensiones a los inválidos fueron establecidas bastante más tarde, de manera que ustedes se pueden imaginar. El capitán Kopeikin se dio cuenta de que debía trabajar, pero el brazo que conservaba era el izquierdo. Se encaminó hacia su casa, habló con su padre, y el padre le dijo:

»—No me es posible darte de comer, apenas si consigo ganarme mi pan.

»Al capitán Kopeikin se le ocurrió marchar a San Petersburgo, con objeto de pedir al zar una ayuda, explicando que en tales lugares había expuesto su vida y derramado su sangre. En resumen, en furgones y carromatos del ejército, con toda clase de dificultades, logró llegar a San Petersburgo. Imagínense ustedes, ¡un cualquiera como el capitán Kopeikin y que de pronto se encuentra en una capital de la que se puede afirmar que no existe en el mundo otra como ella! ¡Es como si de repente viera la luz, un campo de vida, una Scherezada de ensueño! Se vio en la avenida Nevski, o en la calle Gorojavaia, o en la calle Liteinaia. La aguja del Almirantazgo destacando en el aire, los puentes colgantes sin punto alguno de apoyo, en resumen, lo que se dice una verdadera Semíramis.»No tenía más remedio que buscarse alojamiento, pero todo era espantosamente caro: cortinajes, alfombras, tapices, una verdadera Persia. Daba la sensación de que uno no hacía más que pisar dinero cuando entraba en un piso de ésos.

»Y al circular por las calles llegaba a su nariz un olor a miles de rublos.

Eso cuando mi capitán Kopeikin tenía por todo capital diez billetes de a cinco. Consiguió hallar cobijo en una fonda del camino de Revel que le costaba un rublo cada día. Por toda comida ingería un plato de sopa de coles y un pedazo de carne de vaca. Advirtió que en esas condiciones no podría vivir largo tiempo. Preguntó a quién debía dirigirse y le contaron que había una comisión superior, una especie de junta, ¿comprenden?, cuyo presidente era el general en jefe Fulano de Tal. Por aquella época el zar no había regresado todavía a la capital; las tropas seguían en París, todos se hallaban en el extranjero.

»Kopeikin se levantó muy de mañana, se rascó la barba con la mano izquierda, pues pagar al barbero representaba un desembolso, y tras ponerse el viejo uniforme, se dirigió con su pata de palo a ver al jefe, al alto personaje de quien le habían hablado. Preguntó en qué lugar vivía.

»—Ahí —le contestaron señalando una casa de la Ribera del Palacio.

Una cabaña como las de los campesinos. Los cristales de las ventanas medían braza y media, de modo que los jarrones y todo lo que había en su interior, en los aposentos, era como si estuviera fuera: en cierto sentido se podía tocar con la mano desde la calle. Magníficos mármoles en las paredes, adornos de metal, los tiradores de las puertas, todo daba la sensación de que, ante todo debía uno aproximarse a la tienda de la esquina, comprar jabón y frotarse con él dos horas las manos antes de rozarlo. En resumen, que todo resplandecía de tal suerte que a uno se le iba la vista. El propio portero parecía un generalísimo: rostro de conde, como el de un perro de aguas bien alimentado, bastón dorado, cuello de batista, el muy sinvergüenza… Kopeikin a duras penas logró subir con su pata de palo hasta la antesala y se encaminó hacia un rincón a fin de no tirar con el codo ninguno de aquellos jarrones de porcelana dorada procedentes de América o de la India. Es fácil suponer que la espera fue larga, ya que cuando él se presentó allí el general se acababa de levantar de la cama y el ayuda de cámara le ofrecía una jofaina de plata para que hiciera sus abluciones, como ustedes comprenderán.

»Haría unas cuatro horas que el capitán Kopeikin se hallaba esperando cuando entró un ayudante o funcionario de la guardia.

»—El general —anunció— se dispone a salir a la antesala.

»En la antesala había más personas que habas en un plato. Y no eran personas de nuestra condición, sino que todas pertenecían a la cuarta o la quinta clase, coroneles, y a alguna incluso le refulgía un gran macarrón en la charretera, en resumen, generales. De repente pareció como si todo se agitara suavemente, como si una leve brisa penetrara en la estancia. A uno y otro lado se oyó: «chist, chist», y por último se hizo un completo silencio. Entró el personaje. Bueno… ya se pueden ustedes imaginar: ¡un hombre de Estado! La cara… Bueno, de acuerdo con su categoría, ya comprenden…, con una elevada categoría… ya comprenden la expresión. No es preciso añadir que todos los que se hallaban en la antesala estaban extraordinariamente nerviosos, temblando y aguardando a que, en cierto modo, se decidiera su suerte.

»El ministro dignatario se dirigía a uno y a otro y le preguntaba:
»— ¿Qué es lo que desea? ¿Y usted? ¿Qué se le ofrece? ¿De qué se trata? ¿Cuál es el asunto que le trae?

»Por último llegó hasta donde estaba Kopeikin. Este, armándose de valor, dijo:

»—Excelencia, he derramado mi sangre, he perdido un brazo y una pierna, me encuentro en la imposibilidad de trabajar y me atrevo a pedir una merced del zar.

»El ministro vio delante de él a un hombre con una pata de palo y la manga derecha vacía sujeta a la levita de su uniforme.

»—Está bien —repuso—. Venga por aquí dentro algunos días.

»Kopeikin se marchó casi entusiasmado: había sido recibido en audiencia por tan elevado dignatario y, por otra parte, pronto se resolvería el asunto de su pensión. Caminaba por la acera muy animado. Se llegó a la posada de Palkin a beber un poco de vodka, comió en el restaurante Londres, donde pidió una chuleta con alcaparras y también un pollo con guarnición en abundancia. Mandó que le trajeran una botella de vino y después, por la tarde, se dirigió al teatro. En suma, que se corrió una pequeña juerga.

»Por la acera se tropezó con una inglesa tan esbelta como un cisne.

Kopeikin sintió hervirle la sangre en las venas y se precipitó tras ella con su pata de palo. “Pero no —se dijo—. Valdrá más dejarlo hasta que haya cobrado la pensión. He gastado mucho”. Bueno, pues tres o cuatro días más tarde Kopeikin volvió otra vez a la audiencia del dignatario y esperó hasta que éste hubo salido.

»—Vengo —le dijo— a escuchar la orden de Su Excelencia respecto a los heridos y enfermos… —y continuó exponiendo su asunto en la debida forma.

»El ministro, como ustedes comprenderán, en seguida lo reconoció.
»—Está bien —contestó—, pero en este momento no me es posible decirle nada nuevo. Sólo que deberá aguardar hasta que regrese el zar. Con toda seguridad se adoptarán entonces medidas respecto a los heridos, pero sin tener en cuenta la voluntad del monarca, a mí me es imposible hacer nada.

»Tras estas palabras hizo un saludo y se despidió.
»Ya pueden figurarse la disposición de ánimo del capitán Kopeikin. Se había imaginado que al otro día le entregarían el dinero diciéndole:

“Toma, querido, para que bebas y te diviertas”. Y en lugar de esto le habían ordenado que aguardara, sin haberle señalado siquiera un plazo. Cruzó el portal como un perro escaldado, con las orejas gachas y el rabo entre las piernas. “Esto no puede ser —pensó—. Iré de nuevo a contarle que el dinero ya se me acaba y que si no me ayudan pronto me voy a morir de hambre”.

En resumen, señor mío, que volvió otra vez a la Ribera del Palacio. Sin embargo allí le comunicaron: “Hoy no recibe, tiene que volver mañana”.

»Y al otro día, lo mismo. El portero ni siquiera se fijó en él. Mientras tanto, en el bolsillo no le quedaba más que un billete de cinco rublos. Al menos antes comía su sopa de coles y un pedazo de carne de vaca, pero ahora no tenía más remedio que resignarse a comer un arenque que compraba en la tienda, o un pepino en salazón y un kopec de pan. En suma, que el infeliz pasaba un hambre atroz. Pasaba frente a uno de esos restaurantes a los que ustedes ya conocen, donde el cocinero es un francés de rostro abierto con su ropa de hilo de Holanda, con su delantal más blanco que la nieve, que está haciendo chuletas con trufas o alguna salsa, en suma, manjares que, al verlos, uno sería hasta capaz de comerse a sí mismo. Pasaba junto a las tiendas de Miliutin y en el escaparate contemplaba un salmón así de enorme, guindas a cinco rublos cada una, una gran sandía, tan grande como una diligencia, que parecía asomarse en busca del imbécil capaz de pagar los cien rublos que por ella pedían. En suma, que a cada instante le acosaban las tentaciones, la boca se le hacía agua y no dejaba de oír el invariable “mañana”.

»Ya pueden ustedes figurarse su situación. Por un lado, la sandía y el salmón, por otro, sirviéndole siempre el mismo plato: “mañana”.

Por último, el infeliz no fue capaz de soportarlo más y tomó la decisión de entrar como fuera, al asalto.

»Aguardó en la puerta a que apareciera otro solicitante y aprovechándose de que había llegado un general se escurrió y consiguió llegar con su pata de palo hasta la antecámara. El ministro apareció como siempre: “¿Qué se le ofrece? ¿Qué quiere usted?”.

»— ¡Ah! —exclamó al reconocer a Kopeikin—. Ya le dije que debía aguardar una decisión.

»—Apiádese de mí, Excelencia, no dispongo lo que se dice ni de un pedazo de pan.

»— ¿Y qué quiere que yo le diga? No me es posible hacer nada por usted. Entretanto haga lo que pueda por valerse por sí mismo. Búsquese usted mismo recursos.

»—Pero, excelentísimo señor, usted mismo puede comprender que no me puedo procurar ningún recurso faltándome un brazo y una pierna.

»—No obstante —replicó el ministro—, convendrá usted conmigo en que yo no puedo mantenerle a costa mía. Los heridos son muy numerosos y todos tienen igual derecho… Tenga paciencia. Cuando llegue el monarca, le prometo que no le abandonará la merced del zar.»

—Pero ya no puedo esperar más, excelentísimo señor —objetó Kopeikin en un tono un tanto brusco.

»Comprenderán ustedes que el ministro estuviera molesto.Efectivamente, todo eran generales que aguardaban decisiones y órdenes. Eran importantes asuntos de Estado que requerían una inmediata solución, cada minuto era de mucho valor y no podía despegarse de aquel diablo.

»—Discúlpeme —dijo—, no tengo tiempo. Me están esperando otros asuntos de mucha más importancia.

»Le recordaba muy finamente que comenzaba a ser hora de que se marchara. Pero el hambre espoleó al capitán Kopeikin.

»—Como ordene Su Excelencia, pero no pienso irme de aquí hasta que haya resuelto mi asunto.

»Bueno, figúrense ustedes. Responder de esta manera a un personaje que con una sola palabra puede hacer que salga por los aires sin que ni el mismo diablo consiga dar con él… Aun en nuestros medios, si un funcionario de categoría inferior dice algo como esto, se toma como una intolerable grosería. ¡Y en aquel caso se trataba de un general en jefe y de un capitán Kopeikin! ¡Noventa rublos y un cero a la izquierda! El general no replicó y le miró fijamente con una mirada que era como un arma de fuego, como para horrorizarse. Pero Kopeikin, imagínense ustedes, ni siquiera se inmutó, y se quedó inmóvil, como petrificado en su sitio.

»— ¿Qué más puedo decirle? —replicó el general de malos modos, aunque lo cierto es que lo trató con bastante consideración; otro le habría aterrorizado de tal manera que al cabo de tres días aún le continuaría dando vueltas la cabeza, y él se limitó a agregar—: Está bien, si la vida le resulta aquí muy cara y no puede esperar tranquilamente en la capital a que se solucione su asunto, haremos que corra por cuenta del Gobierno. ¡Vamos, que venga un correo! ¡Que le lleven al lugar de procedencia!

»El correo se presentó de inmediato. Era un muchachote de tres varas de alto y con unas manos tan grandes que parecían haber sido creadas para llevar las riendas. De un puñetazo dejaba a cualquiera sin una muela. Pues bien, cogieron a nuestro siervo de Dios y le metieron en un carro. “Menos mal —pensó Kopeikin—; todavía le he de estar agradecido, por lo menos no deberé pagar nada por el viaje”.

»Y mientras iba con el correo se hizo esta reflexión: “Está bien, ya que el general me dijo que yo Mismo me proporcionara recursos, los encontraré”.

»Se ignora cómo y adónde lo condujeron. El capitán Kopeikin se hundió en el río del olvido, en el Leteo, como le llaman los poetas. Pero precisamente en este punto es donde se inicia el hilo, el asunto de la novela. Quedamos en que se ignora la suerte que corrió el capitán Kopeikin. Pero apenas habían transcurrido dos meses cuando en los bosques de Riazán apareció una cuadrilla de bandoleros, y el capitán de dicha cuadrilla, señor mío, era, ni más ni menos…

—Permíteme, Iván Andreievich —dijo entonces interrumpiéndole el jefe de policía—, pero tú mismo dijiste primero que el capitán Kopeikin se había quedado sin una mano y una pierna, y en cambio Chichikov…

El jefe de Correos lanzó una exclamación, se dio una violenta palmada en la frente y ante todos, públicamente, se llamó imbécil. No era capaz de comprender que al principio mismo de su relato no le hubiera pasado por la cabeza fijarse en tal circunstancia, y reconoció la razón del proverbio: «El ruso comprende cuando ya es demasiado tarde», aunque, a pesar de todo, acto seguido intentó arreglar las cosas diciendo que en Inglaterra habían perfeccionado hasta tal punto la mecánica, que, según aseguraban los periódicos, habían inventado allí unas patas de palo que llevaban un resorte invisible, el cual cuando se apretaba, hacía que la persona saliera volando por los aires hasta una distancia tal, que después era imposible encontrarla.

No obstante, todos dudaron de que Chichikov fuere el capitán Kopeikin, y pensaron que el jefe de Correos había llegado demasiado lejos. Sin embargo, tampoco ellos se quedaron cortos, y movidos por la inventiva del jefe de Correos, llegaron aún más lejos. Entre las numerosas posibilidades expuestas, se llegó a decir, aunque parezca imposible, que Chichikov no era otro que Napoleón disfrazado, que el inglés, desde mucho tiempo atrás, venía dando muestras de su envidia a Rusia —un país tan vasto—, cosa que en varias ocasiones había salido en caricaturas, en las cuales se veía al ruso conversando con el inglés.

Este último llevaba atado con una cuerda a un perro, que representaba a Napoleón, como es de suponer, y decía: «Ve con cuidado, que si te portas mal te echaré este perro.» Y ahora podía suceder que le hubieran permitido abandonar la isla de Santa Elena, y vagaba por el imperio ruso como si fuera Chichikov, aunque en realidad no lo era.

Los funcionarios, en verdad, no llegaron al extremo de creer esto, pero, puestos a pensar y reflexionando cada uno de ellos en su interior, hallaron que el rostro de Chichikov, puesto de perfil, guardaba mucho parecido con el retrato de Napoleón. El jefe de policía, que había luchado en la campaña del año doce y que había visto en persona a Napoleón, se vio obligado a reconocer que la estatura de éste no era más elevada que la de Chichikov y que tampoco se podía afirmar de él que fuera ni demasiado gordo ni demasiado delgado. Quizá algunos lectores aseguren que todo esto es inverosímil; a fin de darles gusto, también el autor está dispuesto a asegurar que es inverosímil, pero, por desgracia, todo ocurrió tal y como lo hemos expuesto, y el hecho resultaba aún más sorprendente si se tiene en cuenta que la ciudad no era un rincón perdido, sino que, por el contrario, se encontraba cerca de las dos capitales.

No obstante es preciso tener presente que todo esto sucedía poco después de la gloriosa expulsión de los franceses. Por aquel entonces todos nuestros propietarios, comerciantes, funcionarios, dependientes y cualquiera que supiese leer, y otro tanto los que no sabían, se convirtieron en unos políticos furibundos en el transcurso de ocho años como mínimo. Moskovskie Vedomosti *y Sin Otechestva* eran leídos sin compasión, y al llegar a las manos del último lector estaban tan raídos que no servían para nada.

El Noticiero de Moscú, periódico fundado por la Universidad de dicha capital en 1756.
El Hijo de la Patria, revista fundada en San Petersburgo en el año 1812.

En lugar de las preguntas acostumbradas: «¿A qué precio ha vendido la medida de avena? ¿De qué modo aprovechó las primeras nevadas de ayer?», se preguntaban: «¿Qué dicen los periódicos? ¿Han dejado escapar de nuevo a Napoleón de la isla?»

Los comerciantes lo temían sobremanera, ya que creían a pies juntillas en las predicciones de un profeta que desde hacía tres años estaba en presidio. Este profeta, que procedía de quién sabe dónde, calzado con laptis* y vestido con una chaqueta de piel de camero que apestaba a pescado podrido, anunció que Napoleón era nada menos que el Anticristo y que se hallaba sujeto con cadenas a un muro, más allá de seis estepas y siete mares, pero que despedazaría las cadenas y llegaría a apoderarse de todo el mundo.

*

Calzado que usaban los campesinos, parecido a unas alpargatas.

El profeta dio con sus huesos en la prisión, como debía ser, pero su predicción no dejó de producir efecto y fue causa de una gran efervescencia entre los comerciantes. Durante mucho tiempo, hasta cuando llevaban a cabo las operaciones más ventajosas, cuando se encaminaban hacia la fonda a tomar un té para festejarlas, el tema de sus conversaciones era el Anticristo. Numerosos funcionarios y nobles llegaron asimismo a pensar otro tanto, y, contagiados por el misticismo, que por aquel entonces estaba muy en boga, como ya sabemos, encontraban en cada letra de la palabra “Napoleón” un sentido particular; incluso hubo muchos que descubrieron en él las cifras apocalípticas.

Así pues, no resulta extraño que los funcionarios dieran vueltas también en torno a este punto, aunque pronto volvieron a la realidad, dándose cuenta de que su fogosa imaginación les había arrastrado demasiado lejos y que las cosas no eran de este modo.

Reflexionando tras muchas disputas, resolvieron que no estaría de más interrogar de nuevo a Nozdriov como era debido. Se trataba del primero que había puesto sobre el tapete la historia de las almas muertas y, por lo que se veía, le unía a Chichikov una estrecha amistad; por lo tanto, no cabía duda de que conocería algo respecto a la vida de éste. Intentaron, pues, a ver qué les decía Nozdriov.

¡Qué gentes tan extrañas esos señores funcionarios, y, detrás de ellos, las gentes de cualquier otra condición! Sabían de sobras que Nozdriov era un mentiroso, que no se podía dar crédito a una sola palabra suya, aunque fuera acerca de algo que careciera de la menor importancia, y acudieron precisamente a él. ¡Cualquiera los atiende! Hay quien no cree en Dios, pero tiene la seguridad de que se morirá si se le ocurre rascarse el entrecejo; deja pasar la creación del poeta, transparente y clara como el día, presidida por la armonía y un elevado sentido de la sencillez, y se pone a admirar la obra del primer atrevido que se le presenta, en la cual todo es confuso, enredado y caótico, donde la naturaleza aparece del revés, y en su obra encuentra el verdadero conocimiento de los misterios del corazón del hombre.

Hay también quien pasa su vida hablando mal de los médicos y acaba recurriendo a una vieja que cura mediante conjuros y salivazos o, lo que aún es peor, él mismo inventa un potingue, hecho con sólo porquería, que, nadie sabe por qué, se figura que será el mejor remedio para su mal, La verdad es que, en cierto modo, se puede perdonar a los señores funcionarios, quienes se hallaban en una situación muy difícil. Según dicen, el que se está ahogando se agarra a cualquier astilla, ya que en esos instantes no se le ocurre pensar que la astilla sólo es capaz de sostener como máximo a una mosca, siendo así que él pesa casi cuatro puds, o tal vez cinco. No está entonces para pensar eso, y se agarra a la astilla.

Así, los señores funcionarios se agarraron a Nozdriov. A continuación el jefe de policía le escribió una nota suplicándole que compareciera por la tarde, y un guardia de altas botas y mejillas tremendamente encendidas, sujetando la espada con una mano, se dirigió corriendo a grandes pasos hacia la casa de Nozdriov. Encontró a éste entregado a una tarea de trascendental importancia; desde hacía cuatro días se hallaba encerrado en un aposento, sin permitir que entrara nadie y recibía la comida a través de un pequeño ventanuco, lo que significa que había enflaquecido y presentaba un aspecto lamentable.

El asunto que se traía entre manos requería suma atención: consistía en elegir de entre unas cuantas docenas de barajas un juego del mismo dibujo en el que poder confiar como si se tratara del más leal amigo. Todavía le quedaba trabajo como mínimo para dos semanas, y durante este tiempo Porfiri debía limpiar el ombligo del cachorrillo de marras con un cepillo especial y lavarlo con jabón tres veces al día. Nozdriov se enojó sobremanera cuando se vio molestado en su retiro; sin más ni más mandó al guardia al diablo, pero al ver por la nota que había ganancia en perspectiva, pues se esperaba que un novato acudiera a la velada, se tranquilizó en seguida, cerró apresuradamente el aposento con llave, se vistió de cualquier manera y dirigió sus pasos hacia la casa del jefe de policía.

Las declaraciones, testimonios y suposiciones de Nozdriov se contradecían hasta tal extremo con lo que los señores funcionarios se figuraban, que de las conjeturas de éstos nada quedó. Nozdriov era una persona para quien no existían las vacilaciones; todo lo que en los señores funcionarios era timidez y debilidad, en Nozdriov era decisión y firmeza. Contestó con seguridad a todas las preguntas; declaró que Chichikov le había comprado almas muertas por valor de unos cuantos miles de rublos y que se las vendió porque no veía razón alguna para no hacerlo. Al preguntarle si se trataba de un espía que intentaba enterarse de algo, respondió que, en efecto, era un espía, que ya en la escuela, en la que estudiaron juntos, era un acusón, motivo por el cual sus compañeros, entre los que se hallaba él mismo, Nozdriov, le habían propinado tal paliza, que fue preciso aplicarle a las sienes doscientas cuarenta sanguijuelas: quiso decir cuarenta, pero las doscientas se le escaparon sin que ni él mismo se diera cuenta.

A la pregunta de si era un falsificador de billetes de Banco, contestó que sí, que realmente lo era, y aprovechó la ocasión para explicar un hecho que evidenciaba muy a las claras la extraordinaria destreza de Chichikov en esos menesteres. Habiendo llegado a conocimiento de las autoridades que poseía billetes falsos por valor de unos dos millones de rublos, habían procedido a sellar su casa; pues bien, a pesar de que en cada puerta se hallaban dos soldados de guardia, Chichikov, en una sola noche, logró cambiar todos los billetes, de tal modo que al otro día, cuando levantaron los sellos, resultó que todos los billetes que vieron eran legítimos.

Preguntado acerca de si Chichikov había tenido realmente intenciones de raptar a la hija del gobernador y de si él mismo se había ofrecido a ayudarle para llevar a cabo esta empresa, Nozdriov contestó que sí, que le había ayudado, y que si no hubiera sido por él nada habría salido bien; al decir esto advirtió que su embuste podía costarle caro, pero era ya incapaz de contener la lengua. Por otra parte, era difícil, porque se le habían ocurrido unos detalles tan interesantes, que resultaba imposible guardarlos para sí: incluso dio el nombre de la aldea en cuya iglesia parroquial se celebraría la boda: se trataba de Trujmachovka, el pope era el padre Sidor y por casarlos les cobraría setenta y cinco rublos. El sacerdote se resistía al principio, y sólo consintió en vista de las amenazas de Nozdriov, quien le metió el resuello en el cuerpo diciéndole que lo denunciaría por haber casado al tendero Mijail con su comadre.

Contó además Nozdriov que había puesto su coche a disposición de Chichikov y que tenía dispuestos caballos de refresco en todas las estaciones de posta. En sus ansias de entrar en detalles llegó incluso a dar los nombres de los cocheros.

Intentaron tocar el tema de Napoleón, pero se arrepintieron, pues Nozdriov explicó tales absurdos que ni guardaban parecido alguno con la verdad ni con nada, hasta tal extremo que los funcionarios se alejaron, suspirando, de él, dejándolo por imposible. El jefe de Correos fue el único que continuó escuchándole, con la esperanza de que acabaría diciendo algo interesante, pero un rato después se marchó también, comentando:

— ¡El diablo sabe lo que es eso!
Y todos se mostraron de acuerdo en que, por más que uno sude, nunca conseguirá sacar peras del olmo.

Los funcionarios se encontraron en una situación peor que al principio, y llegaron a la conclusión de que no habían logrado averiguar nada respecto a Chichikov. Quedó claramente de manifiesto cómo es el ser humano: es inteligente, sabio, sensato en todo cuanto se relaciona con los demás, pero no en lo que atañe a su propia persona. ¡Qué firmeza y prudencia hay en los consejos que da en los momentos difíciles! «¡Qué mente más lúcida! —exclama la gente—. ¡Qué carácter tan firme!»

Pero si, a esa mente lúcida le sucede una desgracia y se encuentra en un caso apurado, desaparece el carácter, el firme varón se turba y se transforma en un infeliz cobarde, en una nulidad, en un débil ser, en un fetiuk, para valernos de la expresión de Nozdriov.

Todos esos rumores, comentarios y opiniones, sin que pueda saberse el motivo, afectaron sobre todo al pobre fiscal. Le afectaron de tal modo que, al regresar a su casa, dio en pensar y en pensar y de pronto, sin más ni más, se murió. Se ignora si fue un ataque de parálisis u otra cosa, pero lo cierto es que se hallaba sentado en su silla y, sin ton ni son, cayó en redondo. Siguieron los gritos y exclamaciones de rigor:

«¡Oh, Dios Santo!», mandaron a buscar al médico para que lo sangrara, pero advirtieron que el fiscal sólo era ya un cuerpo sin alma. Hasta aquel momento no observaron, con dolor, que el difunto había tenido alma, aunque por modestia él no la había demostrado jamás.

Sin embargo, la aparición de la muerte resulta tan espantosa cuando se trata de un hombre pequeño como cuando afecta a uno grande. Aquel que poco tiempo antes caminaba, se movía, jugaba al whist, firmaba documentos y se dejaba ver con frecuencia entre los funcionarios con sus espesas cejas y su ojo, que guiñaba sin cesar, yacía en estos momentos sobre una mesa y su ojo izquierdo ya no hacía guiños, aunque una ceja continuaba levantada con expresión inquisitiva. Sólo Dios sabía qué preguntaba el difunto, ni por qué había muerto o para qué había vivido.

¡Pero todo esto es absurdo! ¡No se puede comprender! No es posible que los funcionarios llegaran a asustarse de tal forma, a acumular tantas necedades, a alejarse hasta tal punto de la verdad, cuando un niño puede comprender fácilmente de qué se trata. Así pensarán numerosos lectores, y reprocharán al autor que haya llegado a extremos inverosímiles, o tacharán de necios a los infelices funcionarios, porque todo somos en extremo generosos cuando se trata de la palabra «necio» y nos encontramos dispuestos a adjudicársela a nuestro prójimo veinte veces por día. Es suficiente hallar un aspecto estúpido entre diez para que le califiquen a uno de necio sin pensar para nada en los nueve aspectos buenos.

A los lectores les es muy fácil juzgar desde su tranquilo rincón, desde una altura que les deja ver todo el horizonte y otearlo todo cuando las cosas suceden allá abajo, desde donde únicamente se pueden distinguir los objetos más cercanos. En los anales de la historia de la Humanidad muchos son los siglos que el hombre tacharía y destruiría completamente por creerlos inútiles. En el mundo se han cometido muchos errores en los que parece que ahora no incurriría un niño. ¡Qué alejados, estrechos, tortuosos, desviados e infranqueables caminos eligió la Humanidad en su afán de llegar a la verdad eterna, siendo así que delante de ella se le ofrecía abierto un camino recto, parecido al camino que lleva al soberbio edificio destinado a residencia del zar!

Era un camino más ancho y majestuoso que todos los demás, iluminado por el sol, y en él brillaban las luces por la noche, pero las gentes se alejaban de él y se encaminaban hacia las tinieblas. Y en cuantas ocasiones, aunque les orientara el pensamiento venido del cielo, retrocedieron y se desviaron, fueron a parar, en pleno día, a lugares infranqueables, se arrojaron unos a otros una niebla que les cegaba y, siguiendo unos fuegos fatuos, alcanzaron el borde de un abismo para después preguntarse aterrorizados: ¿Dónde está la salida? ¿Dónde está el camino?

Nuestra generación lo ve todo con claridad, le sorprenden los errores, le causa risa la insensatez de sus mayores, sin advertir que esos anales han sido escritos con fuego celestial, que en ellos clama cada letra, que un dedo imperioso le señala por doquier a ella, a la generación actual.

Pero nuestra generación se ríe, y arrastrada por el orgullo y la vanidad, empieza una serie de nuevos errores, de los que con el tiempo se reirán asimismo nuestros descendientes.

Chichikov ignoraba todo lo sucedido. Como hecho adrede, había cogido un resfriado —una ligera inflamación de la garganta—, enfermedad que con tanta generosidad obsequia el clima de nuestras ciudades de provincias. A fin de evitar que su vida se truncara sin dejar descendencia, no lo permitiera Dios, pensó que lo mejor que podía hacer era encerrarse tres días en su aposento. Ese tiempo lo empleó en hacer gárgaras sin cesar con leche en la que habían cocido higos, que después se comió, mientras llevaba en la mejilla una cataplasma de alcanfor y manzanilla. Con objeto de distraerse hizo varias relaciones nuevas de todos los siervos que había adquirido, leyó un volumen de La duquesa de La Vallière que encontró en su maleta, revisó todos los apuntes y objetos que tenía guardados en su cofrecillo, releyó unas cuantas cosas y se aburrió soberanamente.

No lograba comprender cómo ninguno de los funcionarios de la ciudad había venido a interesarse por su salud, siendo así que antes podía verse siempre frente a la puerta de la posada el coche del jefe de Correos, el del presidente o el del fiscal. Reflexionando acerca de esto, en sus paseos por la estancia, se limitaba a encogerse de hombros.

Finalmente se encontró mejor, y Dios sabe la alegría que experimentó al ver que podía salir otra vez al aire libre. Sin dar largas al asunto, comenzó a arreglarse, abrió el cofre, llenó un vaso con agua caliente, y después de sacar la brocha y el jabón se dispuso a afeitarse, cosa que a decir verdad le hacía mucha falta, ya que, pasándose la mano por la barba y contemplándose al espejo, exclamó:

— ¡Vaya bosque!

Y efectivamente, a pesar de que no se trataba de un bosque, las mejillas y el mentón los tenía cubiertos por una vegetación bastante frondosa.

En cuanto se hubo afeitado, se vistió rápidamente, tanto, que poco faltó para que se cayera mientras se ponía el pantalón. Por fin, ya vestido, se echó algunas gotas de agua de colonia y, muy abrigado, con la mejilla vendada como medida de precaución, salió a la calle. Su salida, como la de cualquier convaleciente, le produjo sensación de una fiesta. Todo le sorprendía: las casas, los campesinos que encontraba, por cierto que bastante serios, puesto que a algunos de ellos les habrá sobrado tiempo para atizar un buen puñetazo en la cara de su vecino.

Su primera visita iba destinada al gobernador. A lo largo del trayecto se le ocurrieron todo género de pensamientos. Recordó a la rubia, su imaginación comenzó ya a desatarse y empezó a bromear un poco y a reírse de sí mismo.

En esta disposición de ánimo se hallaba ya cerca de la casa del gobernador. Ya estaba quitándose de prisa y corriendo el capote en el vestíbulo cuando el portero le dejó atónito con unas palabras que en modo alguno podía esperarse:

— ¡He recibido órdenes de no permitirle el paso!

— ¿Acaso no me reconoces? Mírame bien a la cara —dijo Chichikov.
— ¿Cómo no voy a reconocerle? No es la primera vez que le veo —objetó el portero—. Justamente a usted se refiere la orden de no dejarle pasar. Los demás pueden hacerlo todos.

— ¡Pues ésa sí que es buena! ¿Y por qué?
—Sus motivos tendrán cuando así lo han mandado —dijo el portero, y añadió un «sí», tras lo cual se situó frente a él desembarazadamente, sin rastro de la actitud afectuosa con que en otras ocasiones acudía con presteza para ayudarle a quitarse el capote. Producía la sensación de que estuviera diciendo para sus adentros: «¡Vaya! Cuando los amos te despachan, buena pieza estarás tú hecho.»

«No lo comprendo», se dijo Chichikov, y a continuación se encaminó a la casa del presidente de la Cámara, pero éste se azaró al verlo hasta tal punto, que no fue capaz de pronunciar dos palabras a derechas, y comenzó a soltar tal retahíla de estupideces que ambos se sintieron avergonzados.

Cuando se marchó, por más que intentara comprender el significado de las palabras del presidente, no consiguió explicárselas.

Después acudió a visitar a otros: al jefe de policía, al vicegobernador, al jefe de Correos; sin embargo, o no le recibieron, o lo hicieron de una manera tan extraña, su conversación fue tan forzada y tan incomprensible, se turbaron de tal manera y organizaron tal embrollo, que Chichikov llegó incluso a dudar del estado de sus mentes. Trató de ver a alguno más para aclarar cuando menos las razones de aquella conducta, pero nadie le explicó los motivos.

Como un sonámbulo estuvo vagando por la ciudad sin rumbo fijo, sin poder decidir si era él quien se había vuelto loco, eran los funcionarios quienes habían perdido el juicio, y se trataba todo de un pasado sueño o se había armado un lío mayor que el peor de los sueños. Era ya tarde, comenzaba a oscurecer cuando regresó a la posada, de donde se había marchado con tan buena disposición de ánimo, y ordenó que le trajeran el té. Pensativo, sumido en vagas reflexiones sobre su extraña situación, comenzaba a servirse el té, cuando de pronto se abrió la puerta y compareció Nozdriov en persona.

—Bien dice el refrán que nada son siete verstas cuando lo que se pretende es visitar a un amigo —comenzó mientras se quitaba la gorra—. Pasaba por aquí y como vi la luz, pensé que aún no estarías acostado. ¡Ah, qué estupendo que tengas el té en la mesa! Aceptaría encantado una taza. Hoy me han dado para comer todo género de porquerías y tengo el estómago medio revuelto. Di que me llenen una pipa. ¿Dónde está la tuya?

—Yo nunca fumo en pipa —contestó Chichikov con sequedad.
—Estupideces. ¡Como si yo ignorara que eres fumador! ¡Oye, tú! ¿Cómo se llama tu criado? ¡Eh, escucha, Vajramei!

—Su nombre no es Vajramei, sino Petrushka.

— ¿Cómo es posible? ¿No se llamaba Vajramei?
—Jamás he tenido ningún Vajramei.
—Sí, por supuesto. Vajramei era el criado de Derebin. Imagínate la suerte de Derebin: una tía suya se enojó con su hijo por haberse éste casado con una sierva y le ha dejado toda su fortuna. ¡Vaya suerte, si yo tuviera una tía así, que me asegurara mi futuro! Y a propósito, hermano, estás tan retirado que no se te ve por ninguna parte. Claro, sé muy bien que algunas veces te agrada distraerte con cuestiones científicas y te entregas a la lectura.

Confesamos no poder decir, como tampoco Chichikov, de dónde habría sacado Nozdriov que nuestro protagonista se distraía con cuestiones científicas y se entregaba a la lectura.

¡Ay, hermano Chichikov! ¡Si hubieras visto…! ¡Habrías hallado alimento para tu mente satírica!

—Ignoramos asimismo por qué Chichikov estaba dotado de una mente satírica

—. Imagínate que estuvimos montando en la montaña rusa de Lijachov, ¡qué bien lo pasamos! Perependev, que iba conmigo, comentó: «Si Chichikov estuviera aquí…» —

Agregaremos que Chichikov no conocía al tal Perependev—.

Y por cierto, debes reconocer que no te comportaste nada bien conmigo cuando jugamos a las damas, ¿te acuerdas? Porque entonces fui yo quien ganó. Sí, hermano, me hiciste trampas pero el diablo me conoce, soy incapaz de enojarme contigo. El otro día, charlando con el presidente… ¡Ah, sí! Debo decirte que toda la ciudad está contra ti. Están convencidos de que falsificas billetes de Banco, me acosaron a preguntas, pero yo te defendí a capa y espada, les conté que habíamos sido compañeros de colegio y que conocí a tu padre. Ya te puedes imaginar todo lo que les dije.

— ¿Cómo! ¿Que yo falsifico billetes de Banco? —exclamó Chichikov levantándose de un brinco.

—Pero ¿por qué los has aterrorizado de tal modo? —continuó Nozdriov—. El miedo los tiene como locos. Creen que eres un espía y un bandolero. El fiscal se ha muerto del susto, mañana lo enterrarán. ¿Irás? Lo cierto es que con el nombramiento del nuevo gobernador general tienen miedo de que les suceda algo por culpa tuya. Yo pienso que si el gobernador general se da importancia y coge pretensiones, no logrará absolutamente nada de los nobles. Los nobles quieren cordialidad, ¿no es cierto? Por supuesto que se puede encerrar en su despacho y no ofrecer ningún baile, pero así, ¿qué lograría? Así no lograría ganar nada. Y por cierto, Chichikov, te has metido en un asunto muy peligroso.

— ¿Qué asunto peligroso es ése? —preguntó Chichikov perdiendo la calma.

—El del rapto de la hija del gobernador. He de confesarte que no me lo esperaba, de verdad que no me lo esperaba. Al principio, cuando os vi juntos en el baile, comencé a pensar que estabas tramando algo… Aunque yo no encuentro que la muchacha tenga nada de particular. Hay una, pariente de Bikusov, hermana de su esposa, ¡aquélla sí que es una muchacha! ¡Es totalmente distinta! ¡Una preciosidad!

—Pero ¿qué es lo que dices? ¿Quién iba a raptar a la hija del gobernador? —gritó Chichikov con los ojos desmesuradamente abiertos.

—Bueno, ya está bien, hermano. ¡Hay que ver lo reservado que eres! La verdad es que venía a decirte que puedes contar conmigo. Seré tu padre y te proporcionaré el coche y caballos de refresco, pero será con una condición; tienes que prestarme tres mil rublos. Me hacen falta con urgencia.

Mientras Nozdriov se explicaba como queda expuesto, Chichikov se restregó los ojos repetidas veces, deseoso de convencerse de que estaba despierto y no soñaba. La falsificación de billetes de Banco, el rapto de la hija del gobernador, la muerte del fiscal, de la que por lo visto era él la causa, la llegada del gobernador general: todo esto le asustó sobremanera.

«Estando así las cosas —se dijo—, hay que ir con tiento y no descuidarse; me iré cuanto antes.»

Intentó quitarse de encima lo antes posible a Nozdriov, llamó a Selifán y le ordenó que al amanecer tuviera ya las cosas dispuestas para abandonar la ciudad, a las seis de la mañana; tenía que pasar revista a todo, engrasar las ruedas, etc.

Selifán repuso: «Así se hará, Pavel Ivanovich», aunque todavía permaneció un rato parado junto a la puerta, indeciso. El señor ordenó en seguida a Petrushka que sacara de debajo de la cama la maleta, cubierta ya por una espesa capa de polvo, y con ayuda de su sirviente comenzó a meter en ella sus efectos personales: camisas, calcetines, ropa limpia y ropa sucia, hormas para las botas, un calendario… Lo fue dejando todo de cualquier manera; pensaba dejarlo todo dispuesto para que al día siguiente no tuviera que retrasar la partida.

Selifán, tras haberse quedado como unos dos minutos junto a la puerta, salió pausadamente del aposento. Muy despacio, tan despacio como pueda uno imaginarse, bajó las escaleras, dejando las huellas de sus mojadas botas en los viejos peldaños, y se rascó durante un buen rato el cogote. ¿Qué quería decir en él semejante operación? Y en general, ¿qué significaba eso de rascarse el cogote? ¿Mal humor porque al otro día no podría reunirse en la taberna con un compañero de desgastada pelliza ceñida con un pañuelo? ¿O acaso era que había iniciado algún amorío y se vería obligado a suprimir las entrevistas del atardecer en el portal, cuando, con las blancas manos de ella entre las suyas, un muchachote de roja camisa tocaba la balalaica ante los criados, y los operarios que habían ido a la ciudad a trabajar dejaban fluir su tranquila charla? ¿O le pesaba, simplemente, abandonar su lugar acostumbrado en la cocina, junto con la estufa, donde dormía cubierto con su zamarra, dejar la sopa de coles y los excelentes pastelillos de la ciudad para volver a arrastrarse por los caminos entre la lluvia y el barro y todo género de incomodidades? Dios lo sabe, no es posible adivinarlo. Para los rusos, son muchas las cosas que puede significar el hecho de rascarse el cogote.


Enlace a capitulo 11

Almas Muertas – por Mykola Hóhol – Capítulos VII y VIII

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CAPITULO VII

¡Feliz el viajero que, tras un largo y monótono viaje, con sus fríos y barros, con los jefes de posta que jamás han dormido lo suficiente, y con el repiqueteo de las campanillas, con los arreglos, las discusiones, los cocheros, los herreros y demás personas de mal vivir, que se tropieza en el trayecto, distingue, por fin, el familiar techo con las luces que acuden a su encuentro, y se figura los conocidos aposentos, las jubilosas exclamaciones de los que vienen a recibirle, el estrépito y las carreras de los chiquillos, y las sedantes y reposadas charlas interrumpidas por las febriles caricias capaces de alejar de la memoria todo recuerdo penoso! ¡Feliz el padre de familia, pero infortunado el soltero!

¡Feliz el escritor que abandona los caracteres poco gratos y aburridos que asombran por la tristeza que infunden en el alma y se aproxima a caracteres en los que se manifiestan las elevadas cualidades del ser humano, que de la gran multitud de personajes que se le presentan a diario, se limita a escoger las contadas excepciones, que nunca traiciona la excelsa canción de su lira, no desciende de la cima en que se halla hasta sus hermanos mezquinos y míseros, y, alejado del suelo, se entrega en cuerpo y alma a sus sublimes imágenes!

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Mucho más envidiable es su hermosa suerte: se encuentra entre ellas igual que en el seno de su propia familia y, no obstante, su fama se extiende hasta llegar a los más apartados confines. Su obra es un humo embriagador que cubre como un velo los ojos de los hombres; los adula hasta el máximo, disimula lo que en la vida hay de desagradable y les manifiesta lo que de hermoso hay en el hombre. Los aplausos van tras él y todos siguen su carro triunfal. Es proclamado gran poeta del universo, que alza su vuelo muy por encima de los demás genios del mundo, de igual modo que el águila se remonta sobre cualquiera de las aves que a más altura suben. Su nombre basta para hacer palpitar a los fogosos corazones de la juventud, lágrimas de agradecimiento tiemblan en todos los ojos… Nadie se le puede comparar en poderío, ¡es un dios!

Otra suerte, otro destino espera al escritor que se atreve a sacar a la superficie todo cuanto a cada instante se nos presenta ante nuestros ojos y que, llenos de indiferencia no ven todo el horrible y espantoso cúmulo de pequeñeces que rodean nuestra vida, todo el abismo de los caracteres fríos y desgarrados que vemos diariamente, que tan abundantes son en esta tierra nuestra, nuestro camino en ocasiones aburrido y amargo, y que con la ruda fuerza del inexorable cincel los presenta vivamente, con todo relieve, a la contemplación de los humanos. No llevará tras sí los aplausos de la muchedumbre, no verá lágrimas de gratitud ni el unánime entusiasmo de las almas a las que haya logrado conmover. No se precipitará a su encuentro la jovencita de dieciséis años, movida por un impulso heroico. No se adormecerá en el plácido encanto de los sones que él mismo ha arrancado. No eludirá, por último, el juicio frío e hipócrita de sus contemporáneos, que llamarán mezquinas y ruines las obras que él creó con tanto cariño, le arrinconarán en el detestable zaguán destinado a los escritores que ofenden a la Humanidad, le atribuirán las cualidades que caracterizan a los personajes modelados por él mismo, y negarán el corazón, el alma y el fuego divino del talento.

Pues el tribunal de los contemporáneos se niega a admitir como igualmente prodigiosas las lentes que se utilizan para la contemplación de los soles y las que nos muestran los movimientos de apenas perceptibles insectos. Asimismo se niega a admitir que se necesita un alma muy elevada para transformar en una perla de la creación el cuadro tomado de la vida miserable. También se niega a admitir que la risa entusiasta y fuerte merece figurar a idéntica altura que el impulso lírico, y que media un tremendo abismo entre esa risa y las muecas del histrión de las barracas de feria. Igualmente se resiste a admitir todo esto; lo transformará todo en insultos y reproches para el escritor incomprendido. Sin nadie que sienta como él ni se haga eco de su voz, sin un solo ademán de simpatía, como el viajero que carece de familia, se encontrará solo en medio del camino. Ardua es su empresa y experimentará con amargura el peso de su soledad.

Un extraño poder determina que aún le queda por hacer un extenso recorrido del brazo de sus particulares héroes, que aún ha de contemplar la vida que cruza como una enorme masa, contemplarla a través de las risas, de las que el mundo se da cuenta, y a través de las lágrimas, a las que el mundo no advierte ni tiene noción de que existan.

Se halla todavía lejos el tiempo en que la horrible tempestad de la inspiración mane de otras fuentes, salga de la mente, cubierta por un sagrado horror y un halo de luz, y se oiga, con confuso estremecimiento, el poderoso trueno de otras palabras…

¡Adelante, adelante! ¡Fuera la arruga que surca la frente y la huraña expresión del rostro! Introduzcámonos de una vez en la vida, con todo su mudo chisporroteo y sus cascabeles, y veamos qué se ha hecho de Chichikov.

Chichikov, habiéndose despertado, se desperezó y advirtió que había dormido bien. Durante un par de minutos permaneció boca arriba, hizo una mueca y con el rostro radiante se acordó de que era dueño y señor de casi cuatrocientas almas. Saltó de la cama y ni siquiera se preocupó de mirarse al espejo el rostro, que él amaba sinceramente y en el que, según parece, lo más atractivo para él era la barbilla, ya que con mucha frecuencia alardeaba de ella ante los amigos, especialmente cuando se estaba afeitando. «¡Fíjate —acostumbraba a decir mientras su mano se deslizaba por la cara— qué barbilla tengo! ¡Es totalmente redonda!» Sin embargo en esta ocasión no se detuvo a mirarse la barbilla ni el rostro, sino que directamente, tal como estaba, se dispuso a calzarse las botas de tafilete con adornos de distintos colores, unas de esas botas que en tan enormes proporciones vende la ciudad de Torzhok gracias a la negligencia del espíritu ruso, y engalanado al igual que los escoceses, en camisa, echando al olvido la gravedad y la conveniencia de su mediana edad, dio dos saltos, dándose unos hábiles golpes por el talón.

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En seguida puso manos a la obra. Se dirigió al cofrecillo, comenzó por frotarse las manos con idéntica satisfacción con que lo hace un incorruptible juez de los zemstvos*, que cuando inicia una investigación se aproxima a la mesa para tomar una copa y un bocado, y a continuación extrajo de él los papeles.

Se trata de un sistema de organizaciones autónomas de la administración local en las provincias y distritos; entendían en diversas cuestiones, como justicia, hospitales, enseñanza primaria…

Quería concluir lo antes posible con el asunto sin más dilaciones, redactar él mismo la escritura y copiarla a fin de no tener que pagar nada a los oficinistas. La fórmula oficial se la sabía de memoria y escribió sin vacilar con mayúsculas:

«Año mil ochocientos y tantos», y después, ahora con minúsculas: «El terrateniente Fulano de Tal», añadiendo todos los datos precisos.

Al cabo de dos horas lo tenía todo terminado. Cuando después echó una mirada a aquellos pliegos con los nombres que en otro tiempo habían sido campesinos, que trabajaron, labraron, bebieron, guiaron coches y engañaron a sus amos, o sencillamente fueron buenos campesinos, una indefinible y extraña sensación se apoderó de él. Cada uno de aquellos papeles parecía estar dotado de su propio carácter, y a través de él era como si cada campesino adquiriera igualmente un carácter particular. Los campesinos de la Korobochka poseían la mayoría sus apodos y remoquetes. La relación de Pliushkin destacaba por su laconismo: muchas veces constaban únicamente las iniciales del nombre y patronímico, y a continuación dos puntos, Sobakevich sorprendía por la exorbitante cantidad de minuciosos detalles, entre los que no había olvidado indicar todas las cualidades de cada campesino.

De uno se afirmaba: «Es un buen carpintero»; de otro: «Sabe mucho de su oficio y jamás bebe». También señalaba, bastante circunstancialmente, quiénes eran los padres y la conducta de uno y otro. Sólo detrás de un tal Fedotov había escrito: «De padre desconocido; su madre es la criada Kapitolina, pero posee un buen carácter y no roba». Todos esos detalles conferían como un aspecto de vida, era como si los campesinos vivieran todavía la víspera.

Chichikov permaneció largo rato mirando sus nombres, se sintió conmovido y exclamó suspirando:

— ¡Cuántos os habéis juntado en estas listas! ¿Qué hicisteis cuando vivíais, queridos míos? ¿De qué manera os las componíais para salir adelante?

Y su mirada se detuvo ante un nombre, el de Piotr Saveliev DespreciaTina, conocido nuestro, y que en otros tiempos pertenecía a la terrateniente Korobochka. Chichikov no pudo contenerse y dijo:

— ¡Qué largo eres! ¡Tú sólo ocupas toda la línea. ¿A qué te dedicabas? ¿Eras operario, o, sencillamente un campesino? ¿Qué género de muerte te arrebató de este mundo? ¿Acabaste en la taberna, o te aplastó un carro mientras dormías en medio del camino?

«Stepan Probka, carpintero, no bebe». ¡Ah! ¡Aquí aparece Stepan Probka, el bogatir que habría servido para la guardia! Sin duda caminaste por toda la provincia con tu hacha en la cintura y las botas colgando del hombro, te alimentabas con un kopec de pan y dos de pescado ahumado, habrías guardado en tu bolsa cien rublos para llevártelos a casa, y quizá habrías cosido en tu pantalón de lienzo o metido en las botas el dinero que destinabas a pagar las cargas que debías. ¿En qué lugar llegaste al final de tus días? Te subiste, impulsado por las ansias de ganar más, hasta la cúpula de cualquier iglesia, o quizá llegaste a la misma cruz, resbalaste y caíste contra el suelo, y sólo algún tío Mijei, que se hallaba por los alrededores, dijo, mientras te contemplaba y se rascaba el bigote: «¡Ay, Vania, qué mala suerte has tenido!», y después, habiéndose anudado una cuerda a la cintura, subió a ocupar tu puesto.

—”Maxim Teliatnikov, zapatero.” ¡Vaya, zapatero! Según la expresión popular, “borracho como un zapatero”. Te conozco, amigo, sé muy bien quién eres. Si lo deseas, estoy dispuesto a contarte tu historia. Te enseñó el oficio un alemán que os daba de comer a todos reunidos, os sacudía con el tirapié siempre que cometíais una mala acción y no permitía que salierais a la calle a hacer travesuras. Eras un magnífico zapatero y el alemán nunca dejaba de ensalzarte al hablar con su esposa o con algún compañero. Y una vez tu aprendizaje llegó a su fin, te dijiste: “Ahora voy a establecerme por mi cuenta. Sin embargo, no haré como el alemán, que sólo busca el kopec, sino que pienso enriquecerme de una vez”. Te comprometiste con tu señor a pagarle un censo anual bastante elevado, abriste tu pequeño taller, tomaste una infinidad de encargos y diste principio a tu trabajo. Lograste adquirir a la tercera parte del precio normal un cuero estropeado y por cada par ganabas más del doble de lo que ganaba el alemán. Pero dos semanas más tarde tus botas estaban ya rotas y las reclamaciones que recibiste fueron extremadamente enérgicas. Tu taller quedó vacío y comenzaste a beber y a revolcarte por las calles, sin dejar de decir: “Las cosas de este mundo no van nada bien. Los rusos no pueden vivir, los alemanes les están estorbando siempre”.

Al llegar a este punto Chichikov leyó: «Elisaveta Vorobei» ¡Vaya! ¡Una mujer! ¿Cómo era que se encontraba en la relación? El canalla de Sobakevich le había engañado hasta en eso. Realmente, se trataba de una mujer. Era poco menos que imposible decir cómo había ido a parar a la relación, pero su nombre había sido escrito con tanta habilidad, que de lejos se podía pensar que se trataba de un hombre, de tal modo resultaba Elisavet en lugar de Elisaveta. No obstante, Chichikov no le dio gran importancia y lo único que hizo fue tacharlo.

—«Grigori Irás no Llegarás.» ¿Cómo deberías ser tú? ¿Eras un cochero que logró poseer tres caballos y un cochecillo, que te marchaste para siempre de tu casa, la madriguera en que viste la luz, y te dedicaste a trasladar a los comerciantes de una feria a otra? Perdiste la vida en un camino, o fuiste muerto por tus mismos compañeros a causa de la mujer de un soldado, rechoncha y colorada, o un vagabundo de losvbosques se prendó de tus manoplas de cuero y de tus caballejos, resistentes aunque presentaran un aspecto nada atrayente. O tal vez tú mismo, medio recostado, permaneciste reflexionando durante largo rato y a continuación, sin más ni más, te dirigiste a la taberna, arrojándote después al río por un boquete abierto en el hielo, y si te he visto no me acuerdo. ¡Esos rusos! ¡Les molesta morir de muerte natural!

—¿Y vosotros, queridos? —continuó mirando de nuevo el papel en que constaban los siervos fugitivos de Pliushkin—. Vosotros, a pesar de que estéis vivos, pocos beneficios podréis reportarme. ¿Hacia dónde os conducen ahora vuestros veloces pies? ¿Os encontrabais mal con Pliushkin, o es quizá que vuestro espíritu aventurero os llevó a los bosques, donde os dedicáis a desvalijar a todo el que pasa por allí? ¿Os halláis en la prisión o bien estáis sirviendo a otros señores y labráis la tierra? Eriomin Kariaguin, Nikita Volokita, y el hijo de este último, Antón Volokita; a juzgar por sus apellidos, éstos tres eran buenos corredores. Popov, un sirviente, tiene que saber de letras; éste no se valía del cuchillo, sino que robaba guardando siempre las apariencias.

Sin embargo el capitán de la policía rural te detiene por ir indocumentado. “¿A quién perteneces?”, te pregunta agregando en tan propicia ocasión varias palabras gruesas. “Al terrateniente Fulano de Tal”, contestas tú sin vacilar. “¿Y qué haces por aquí?”, vuelve a preguntar el capitán. “Se me ha permitido trabajar fuera de la hacienda a cambio de un canon”, respondes tú, decidido. “Bueno, enséñame tu pasaporte.” “Yo no lo tengo, sino mi amo; trabajo en el taller de Pimenov.” “Pues que venga Pimenov. ¿Eres tú Pimenov?” “Sí, soy yo.” “¿Te dio su pasaporte?” “No, no me dio ningún pasaporte.” “¿Por qué no dices la verdad?”, replica el capitán, añadiendo una palabra gruesa. “Así es —contestas tú hábilmente—, no se lo pude dar a él porque llegó muy tarde a casa; se lo entregué a Antip Projorov, el campanero, para que me lo guardara.” “Bien, que venga el campanero. ¿Te entregó su pasaporte?” “¡Qué va, no me entregó nada!” “¡De nuevo estás mintiendo! —replica el capitán con el aditamento de una palabra gruesa—. ¿Qué has hecho de tu pasaporte?” “Lo tenía —respondes tú de pronto—, pero seguramente lo perdí por el camino” “El capote del soldado —continúa el capitán intercalando algunas palabras gruesas—, ¿por qué lo robaste? ¿Y por qué robaste al cura un cofre repleto de monedas de cobre?” “Yo no hice tal —objetas tú en seguida—. Jamás he tomado parte en ningún robo.” “Entonces, ¿cómo es que tenías tú el capote?”

“Lo ignoro; sin duda lo traería alguien.” “¡Eres un pedazo de animal, un pedazo de animal! —exclama el capitán moviendo la cabeza y poniéndose en jarras—. ¡Eh, vosotros, ponedle grillos en los pies y conducidlo a la cárcel!” “Como usted ordene, encantado”, contestas tú. Sacas la tabaquera de tu bolsillo y la ofreces amablemente a los dos inválidos que te ponen los grillos, y a continuación les preguntas cuánto tiempo hace que están licenciados y en qué guerra estuvieron. Y te quedas en prisión mientras el tribunal decide acerca de tu causa. Por último, el tribunal toma la resolución de que se te traslade de la cárcel de Tsarevokokshaisk a la de tal ciudad, donde el nuevo tribunal acuerda que seas trasladado otra vez a cualquier Vesiegonsk. Y de este modo vas de una cárcel a otra, pasas revista a tu nuevo hogar y dices:

“En Vesiegonsk se está mejor, incluso se puede jugar a la taba, hay más gente y también más sitio”. ¡Abakum Firkov! ¿A qué te dedicas tú, amigo? ¿Por qué parajes andas? ¿Llegaste hasta el Volga y te agradó la vida libre de los sirgadores?…

Cuando llegó a este punto, Chichikov se detuvo y permaneció pensativo.

¿En qué pensaba? ¿Meditaría en la suerte de Abakum Firkov o en la suya propia, igual que cualquier ruso, sea cual fuere su edad, condición y medios de vida, cuando reflexiona en la vida libre y sin trabas? Así es, ¿dónde se halla Firkov? Se divierte con estrepitoso alborozo en cualquier embarcadero de trigo, donde le han contratado los comerciantes. Luciendo cintas y flores en los sombreros, la multitud de sirgadores se divierte, despidiéndose de sus queridas y mujeres, altas y esbeltas, adornadas con cintas y collares de monedas. De lado a lado bulle la plaza entre cantos y bailes.

Mientras tanto los cargadores, entre la batahola de gritos, discusiones y voces de estímulo, cargan sobre sus espaldas con ayuda de un gancho hasta nueve puds y vuelcan ruidosamente el trigo y los guisantes en el interior de las panzudas barcazas, depositan los sacos de mijo y de avena, y a lo lejos se advierten a lo largo y ancho de la plaza los sacos amontonados en forma de pirámides, como si se tratara de bombas, constituyendo un gran arsenal de cereales, hasta que todo esto es transportado a las hondas embarcaciones que, en interminable flota, se pondrán en marcha en cuanto llegue el deshielo de primavera.

¡Entonces os tocará el turno a vosotros para trabajar, sirgadores! Todos a una, igual que antes os divertíais y os dedicabais a vuestras locuras, os llegará la hora de trabajar y sudar, y mientras tiráis de la sirga entonaréis un canto tan interminable como la propia Rusia.

— ¡Cómo, son ya las doce! —exclamó por último Chichikov al mirar su reloj—. Me he entretenido demasiado, ¡Si cuando menos hubiera hecho alguna cosa práctica! Pero lo único que he hecho ha sido pensar tonterías. ¡En verdad que soy un estúpido!

Y tras estas palabras, pasó de la indumentaria escocesa a la europea, se ciñó muy apretado con su cinturón el vientre, algo voluminoso, se echó unas cuantas gotas de agua de colonia, cogió una gorra de abrigo y, llevando los papeles bajo el brazo, se dirigió a la Cámara Civil, con el fin de formalizar su adquisición. Las prisas no eran resultado del temor de llegar tarde; eso no le producía temor alguno, ya que conocía al presidente, y éste podía acortar y alargar, a su gusto, las horas de oficina, de igual modo que el antiguo Zeus de Romero, que alargaba los días o enviaba en seguida la noche cuando quería que concluyera la batalla de sus héroes favoritos, o deseaba que la alargaran hasta el final. Se debía a que él mismo sentía deseos de poner fin al asunto lo antes posible. Hasta ese momento estaría inquieto y violento.

No obstante esto, no podía dejar de pensar que las almas no eran totalmente auténticas y que en casos como éste la mejor solución era librarse cuanto antes del fardo. Acababa de salir a la calle, meditando acerca de todo esto, mientras llevaba sobre sus hombros una piel de oso forrada con paño marrón, cuando al girar una esquina se encontró frente a frente con un señor que llevaba asimismo una piel idéntica a la suya en todo, y un gorro provisto de orejeras. El señor lanzó una exclamación: era Manilov.

En seguida se estrecharon en un abrazo y en esta postura permanecieron por espacio de unos cinco minutos. Se dieron mutuamente unos besos tan fuertes, que los dos sufrieron casi todo el día de dolor de dientes.

A Manilov el júbilo le dejó en el rostro sólo la nariz y los labios, puesto que sus ojos habían desaparecido por completo. Durante más o menos un cuarto de hora retuvo entre las suyas la mano de Chichikov, calentándosela considerablemente. Empleando los términos más finos y gratos contó cómo se había precipitado a dar un abrazo a Pavel Ivanovich, y al final añadió un cumplido de los que solamente se dirigen a la jovencita con quien se dispone uno a bailar. Chichikov se quedó boquiabierto, y no sabía cómo agradecérselo, cuando Manilov sacó de debajo de su abrigo un pliego enrollado y atado con una cinta de color rosa, que dio a Chichikov muy diestramente con sólo dos dedos.

— ¿Qué es eso?

—Es la relación de los campesinos.
— ¡Ah!
Chichikov procedió a desenrollar el papel y le dirigió una ojeada, admirándose de la pulcritud con que estaba escrito y de la belleza de la letra.

—Está escrito de un modo irreprochable —dijo—. Ni siquiera será preciso copiarlo. ¡Y por añadidura lleva un adorno! ¿Quién ha hecho esta magnífica orla?

—No me lo pregunte —objetó Manilov.
— ¿La ha hecho usted?
—No, mi esposa.
— ¡Santo Dios! Realmente me siento abochornado por haberle ocasionado tantas molestias.

—No hay molestias cuando se trata de Pavel Ivanovich.

Chichikov, agradecido, hizo una reverencia. Cuando se enteró de que se encaminaba hacia la Cámara con objeto de legalizar la escritura, Manilov manifestó deseos de ir con él. Los dos amigos continuaron juntos, cogidos del brazo. En cualquier desnivel del terreno, incluso en las más leves subidas y bajadas, Manilov sujetaba a su compañero y lo levantaba casi en vilo, diciéndole con una amistosa sonrisa que en modo alguno podía consentir que Pavel Ivanovich se lastimara los pies.

Chichikov se sentía avergonzado y no sabía cómo darle las gracias, ya que advertía que era un tanto pesado. De esta manera, en un incesante intercambio de favores, llegaron finalmente a la plaza en la que se hallaban las oficinas públicas.

Estas ocupaban un gran edificio de mampostería que constaba de tres plantas, blanco como el azúcar, sin duda para simbolizar la pureza de las almas de los funcionarios que en él se cobijaban. Los demás edificios no guardaban relación alguna con las desmesuradas proporciones del primero.

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Eran la garita del centinela, frente a la cual se encontraba un soldado armado de fusil, dos o tres paradas de coches de punto y, por último, unas vallas muy largas pintarrajeadas con los dibujos e inscripciones propios de estos lugares, trazados con tiza y carbón. En aquel solitario paraje, que era lo que en nuestro país se suele conocer con el nombre de hermosa plaza, no se veía nada más.

En algunas ocasiones, por las ventanas de la planta segunda y también de la tercera, aparecían las insobornables cabezas de los sacerdotes de Temis*, que se escondían inmediatamente, de seguro porque en aquel instante llegaba el jefe. Los dos amigos no subieron la escalera como es habitual, sino que lo hicieron corriendo, pues Chichikov, ansioso por huir del apoyo de la mano de Manilov, aceleraba el paso, al mismo tiempo que Manilov, a su vez, volaba, intentando impedir que Chichikov se cansara, motivo por el cual ambos se hallaban extraordinariamente sofocados al introducirse en el lóbrego pasillo. Ni éste ni las estancias llamaban la atención por su aseo. En aquellos tiempos no había aún quien se ocupara de eso, y lo que estaba sin barrer, sucio se quedaba, sin adquirir un aspecto atrayente. Temis recibía sus visitas sin cumplidos, tal como estaba, de trapillo.

*

Es la diosa griega de la justicia

Tendríamos que describir aquí las oficinas por las que pasaron nuestros héroes, pero el autor experimenta una terrible timidez cuando se trata de oficinas públicas. Incluso en las ocasiones en que se le presentó la oportunidad de acudir a alguna de noble y radiante apariencia, con resplandecientes suelos y muebles, siempre trató de evadirse cuanto antes, sin alzar la mirada, mansamente, y de ahí que no tenga la más mínima noción acerca de cómo florecen y prosperan esos lugares.

Nuestros héroes pudieron ver numerosos papeles, unos en borrador y otros pasados a limpio, cabezas inclinadas, anchas nucas, fraques, levitas de corte provinciano e incluso alguna simple chaquetilla de color gris claro que destacaba mucho de lo demás. Su dueño, con la cabeza ladeada y casi pegada al muro, copiaba hábilmente algún acta de expropiación de tierras o de embargo de una hacienda que hubiere sido arrebatada a algún pacífico propietario, el cual continuaba aguardando el fin de sus días en ella donde había tenido hijos y nietos. Asimismo se escuchaban frases pronunciadas con voz ronca: «Fedoseis Fedoseievich, hágame el favor de entregarme el expediente número 368». «Tiene usted la mala costumbre de poner el corcho del tintero en un sitio donde nadie consigue encontrarlo.»

Algunas veces, una voz más majestuosa, que seguramente pertenecía a uno de los jefes, resonaba altanera: «Toma, copia esto, o me llevaré tus botas y te dejaré seis días en ayunas.»

El rasgueo de la pluma originaba igual ruido que el de diversos carros repletos de ramas que cruzaran un busque cubierto de un palmo de hojas secas.

Chichikov y Manilov se dirigieron hacia la primera mesa, ocupada por dos funcionarios de poca edad, y les preguntaron:

— ¿Tendrían ustedes la bondad de indicarnos cuál es la mesa en que se encargan de los asuntos referentes a los siervos?

— ¿Y qué es lo que quieren ustedes? —preguntaron ambos funcionarios volviéndose hacia ellos.

—Tengo que presentar una solicitud.

— ¿Qué ha comprado?
—Lo que yo deseo saber es dónde se encargan de los asuntos de los siervos. ¿Es aquí, o en otra mesa?

—Primero dígame qué ha adquirido y a qué precio, y entonces le indicaremos cuál es. De lo contrario no se lo podemos decir.

Chichikov advirtió en seguida que los funcionarios eran simplemente curiosos, como todo funcionario joven, y pretendían darse importancia.

—Oigan, amigos —replicó—, sé perfectamente que todos los asuntos de los siervos, cualquiera que sea el importe de la operación, se tramitan en el mismo lugar. Por eso les pido que me digan dónde es. Si no están ustedes enterados de la organización de su oficina, iremos a otro.

Los dos funcionarios no contestaron, y sólo uno de ellos señaló con el dedo a un rincón, donde se hallaba un viejo sentado ante su mesa y ordenando sus papeles. Chichikov y Manilov cruzaron por entre las mesas y se aproximaron a él. El viejo permanecía muy abismado en lo suyo.

—Permítame —le dijo Chichikov haciendo una inclinación—, ¿es aquí donde se tramitan los expedientes de siervos?

El viejo levantó los ojos y repuso con toda calma:

—No es aquí donde se tramitan esa clase de expedientes.
— ¿Y dónde entonces?
—En la sección de siervos.
— ¿Y dónde está la sección de siervos?
—Es la que dirige Iván Antonovich.
— ¿Y dónde está Iván Antonovich?

El viejo les indicó, señalando con el dedo, otro rincón de la oficina.

Chichikov y Manilov procedieron a buscar a Iván Antonovich. Este les había dirigido ya una mirada de reojo, pero en aquel preciso instante se abstrajo totalmente en lo que estaba escribiendo.

—Permítame —le dijo Chichikov haciendo una inclinación—, ¿es aquí la sección de siervos?

Iván Antonovich pareció no haber oído; continuó abstraído totalmente en sus papeles y guardó silencio como respuesta. Al momento se advertía que había sentado ya la cabeza, no se trataba de un jovencito parlanchín y botarate. Iván Antonovich parecía haber rebasado con mucho los cuarenta; tenía los cabellos negros y en abundancia; todo el centro de su rostro avanzaba para formar la nariz; era, en resumen, lo que se acostumbra a conocer con el nombre de «cara de jarro».

—Permítame —dijo de nuevo Chichikov—, ¿es aquí la sección de siervos?

—Sí, es aquí —repuso Iván Antonovich volviendo su cara de jarro, y después prosiguió en su ocupación.

—He venido por el siguiente asunto: he comprado cierto número de campesinos a diversos propietarios y pienso llevarlos a otras haciendas, por lo que es necesario legalizar la escritura.

— ¿Se encuentran presentes los vendedores?
—Sólo algunos; de los restantes traigo la correspondiente autorización.
— ¿Trae también la instancia?
—Sí. Yo querría… Tengo prisa… ¿Se podría ultimar hoy mismo el asunto?

— ¿Hoy? Eso no es posible —contestó Iván Antonovich—. Se tienen que pedir informes, comprobar que no hay nada que lo impida.

—Sin embargo, en cuanto a acelerar el asunto, el presidente, Iván Grigorievich, es muy buen amigo mío…

—Iván Grigorievich no está solo. Hay otros también —replicó Iván Antonovich con expresión severa.

Chichikov comprendió la indirecta de Iván Antonovich y dijo:

—Los demás también quedarán contentos. Fui funcionario y conozco…
—Diríjase a ver a Iván Grigorievich —dijo Iván Antonovich suavizando la voz, que se hizo más cariñosa—. Que él dé la orden a quien corresponda, que la cosa no ha de quedar por nosotros.

Chichikov sacó un billete de su bolsillo y lo colocó ante Iván Antonovich quien, como quien no ve la operación, puso con toda rapidez un libro sobre él. Chichikov quería que se diera cuenta de la presencia del billete, pero Iván Antonovich le indicó mediante un movimiento de cabeza que no era preciso. El les conducirá —dijo Iván Antonovich al mismo tiempo que señalaba con la cabeza a uno de los sacerdotes victimarios que se hallaba allí, el cual ofrecía sus sacrificios a Temis con tanto celo que las dos mangas de su traje le habían reventado por los codos, y por esa parte le salía el forro, razón por la cual a su debido tiempo fue ascendido a registrador colegiado.

Dicho sacerdote se puso al servicio de nuestros héroes, de igual modo que en otros tiempos sirvió Virgilio a Dante, y los condujo al despacho del presidente, donde casi no había más que anchos butacones, y en el que, sentado ante la mesa, detrás del zertsalo* y de los enormes tomos, se encontraba, solo como el sol, el jefe. En este lugar, el nuevo Virgilio experimentó tal sentimiento de veneración, que, sin osar avanzar más adelante, dio media vuelta, enseñando su espalda, raída como una harpillera, en la que se había enganchado una pluma de gallina.

*

El zertsalo es un prisma triangular en cuyas caras están escritos los decretos de Pedro el Grande, y que en las oficinas Públicas de Rusia figuraba en lugar visible.

Cuando penetraron en el despacho se dieron cuenta de que el presidente no estaba solo. A su lado se hallaba Sobakevich, a quien el zertsalo tapaba totalmente. Chichikov y Manilov fueron acogidos con exclamaciones. La butaca presidencial se movió estrepitosamente.

Sobakevich se levantó también y se hizo visible en toda su plenitud, con sus largas mangas. El presidente dio un abrazo a Chichikov y el despacho quedó invadido por el rumor de los besos. Los dos se interesaron por su respectiva salud y resultó que ambos padecían dolor de riñones, circunstancia que se atribuyó a su vida sedentaria.

El presidente estaba ya enterado de la adquisición por medio de Sobakevich, a juzgar por las felicitaciones que Chichikov recibió; esto, en los primeros momentos, produjo algún desconcierto a nuestro amigo, sobre todo al ver que Sobakevich y Manilov, con quienes había ultimado el asunto separadamente, se encontraban ahora juntos. No obstante dio las gracias al presidente, y dirigiéndose a continuación a Sobakevich le preguntó:

— ¿Y qué tal va su salud?
—No puedo quejarme, gracias a Dios —repuso Sobakevich.
Y así era, no tenía motivo alguno de queja.
—Usted siempre ha destacado por su excelente salud —dijo el presidente—. Su difunto padre había sido también muy fuerte.

—Sí, iba a menudo a la caza del oso —comentó Sobakevich.

—Pienso —añadió el presidente— que usted tumbaría asimismo un oso si quisiera enfrentarse con él.

—No, no lo conseguiría —objetó Sobakevich—; mi padre era más fuerte que yo —y continuó después de lanzar un suspiro—: Las gentes de ahora no son como las de entonces. Fíjense, por ejemplo, en mi vida.

¿Qué vida es ésa? Se diría que…
— ¿Pero qué tiene de malo su vida? —inquirió el presidente.
—No es buena, no es buena —repuso Sobakevich moviendo la cabeza—Véalo usted mismo, Iván Grigorievich: me acerco ya a los cincuenta y jamás he estado enfermo. Si por lo menos me hubiera dolido la garganta o salido un divieso… No, no es posible que esto acabe bien, algún día tendré que pagarlo —y Sobakevich quedó sumido en un ataque de melancolía.

«¡Ha hallado un buen motivo para quejarse!», se dijeron a la vez para sus adentros el presidente y Chichikov.

—Traigo una esquela para usted —dijo entonces Chichikov, quien sacó de su bolsillo la carta de Pliushkin.

—¿De quién es? —preguntó el presidente, y cuando la hubo abierto exclamó—: ¡Ah, es de Pliushkin! ¡Qué vida ésta! Era un hombre en extremo inteligente y muy rico. En cambio ahora…

—Es un perro —interrumpió Sobakevich—, un granuja, mata a sus gentes de hambre.

—Muy bien, pues sólo faltaría —dijo el presidente después de haber leído la esquela—. No tengo inconveniente alguno en representarlo.

¿Cuándo quiere usted que firmemos la escritura, ahora o en otra ocasión?

—Ahora —repuso Chichikov—. Incluso le pediré que si fuera posible se firmara hoy, ya que tengo intención de marcharme mañana. He traído los contratos y la solicitud.

—Todo eso está muy bien, se hará como usted quiera, pero no permitiremos que se marche tan pronto. Las escrituras estarán listas hoy mismo y hoy podremos firmarlas. Voy a dar la orden —dijo abriendo la puerta que comunicaba con la oficina, la cual rebosaba de funcionarios que presentaban el aspecto de afanosas abejas repartidas en los panales, suponiendo que a los panales se les pueda comparar con los expedientes oficinescos—. ¿Está aquí Iván Antonovich?

—Sí, señor —respondió una voz desde el interior.
—Dígale que venga.
Iván Antonovich, cara de jarro, conocido ya por nuestros lectores, se presentó en la puerta del despacho e hizo una respetuosa inclinación.

—Tome usted, Iván Antonovich, todos esos contratos…

—Acuérdese, Iván Grigorievich —le interrumpió Sobakevich—, de que se necesitarán como mínimo dos testigos por cada parte. Ordene ahora mismo que vayan en busca del fiscal. Jamás tiene que hacer, sin duda estará en su casa. Todo se lo hace el pasante Zolotuja, que es la persona más venal que hay en el mundo. Al inspector de Sanidad tampoco le agobia el trabajo; lo hallarán en su casa, si es que no ha acudido a cualquier parte a jugar a las cartas. Son muchos los que están por aquí cerca que nunca hacen nada: Trujachevski, Begushkin…

—Precisamente, precisamente —exclamó Iván Grigorievich, y ordenó a un oficinista que fuera en su busca.

—También le pediría que hiciera venir al representante de un terrateniente con el que realicé asimismo una operación. Es el hijo del archipreste padre Kiril. Está empleado aquí mismo.

— ¡Por supuesto! También lo haremos llamar —repuso el presidente—. Todo se hará, pero a los funcionarios no les dé nada, se lo suplico. Mis amigos no tienen que pagar.

A continuación dio a Iván Antonovich una orden que, al parecer, a éste no le satisfizo mucho. Los contratos habían influido, por lo visto, de una manera muy favorable sobre Iván Grigorievich, especialmente cuando comprobó que el importe total de las adquisiciones ascendía casi a los cien mil rublos. Miró a Chichikov durante largo rato, como el hombre que siente una gran satisfacción, y por último dijo:

— ¡Vaya, vaya! Ha hecho usted una buena compra, Pavel Ivanovich.

—Sí, ha sido una buena compra —repitió Chichikov.
—Es un buen negocio, un magnífico negocio.
—Sí, yo mismo me doy cuenta de que no podía haber hecho nada mejor.

Dígase lo que se diga, el destino del hombre no queda definido hasta que se asienta firmemente en sólidas bases, y no en las quimeras del libre pensamiento que caracterizan a la juventud.

Muy oportunamente, aprovechó la ocasión para hacer una crítica del liberalismo, propio de los jóvenes. Sin embargo, cosa notable, era fácil advertir en sus palabras una cierta vacilación, como si él mismo se estuviera diciendo: «¡Mientes, hermano! ¡Pero qué manera de mentir!» Ni siquiera osaba mirar a Sobakevich y a Manilov, temiendo leer algo en sus rostros. No obstante, sus temores eran vanos.

La cara de Sobakevich ni tan sólo se inmutó, y Manilov, como hechizado por las palabras de Chichikov, asentía lleno de satisfacción como el amante de la música cuando la intérprete sobrepasa al mismo violín y emite un agudo como la garganta de ningún pájaro podría lanzar.

— ¿Por qué no le explica a Iván Grigorievich —intervino Sobakevich— qué es lo que ha adquirido? Y usted, Iván Grigorievich, ¿por qué no le pregunta qué ha comprado? ¡Qué gente! Realmente de oro. Le he vendido mi carruajero Mijeiev.

— ¡Qué dice usted! ¿Ha vendido a Mijeiev? —inquirió el presidente—. Conozco a Mijeiev, es un excelente oficial. En cierta ocasión arregló mi tílburi. Pero permítame, ¿cómo puede ser eso? ¿No me dijo usted que había muerto?

— ¿Quién? ¿Mijeiev? —contestó Sobakevich impasible—. Fue un hermano suyo el que murió, pero él sigue vivito y coleando. Aún está más fuerte que entonces. Hace escasos días concluyó un coche como no lo construirán ni en Moscú. Bien miradas las cosas, tendría que trabajar solamente para el zar.

—Sí, Mijeiev es un excelente oficial —dijo el presidente—. Y estoy sorprendido de cómo se ha desprendido de él.

—Si Mijeiev fuera el único… También he vendido a Stepan Probka, mi carpintero, a Milushkin, el estufero, a Maxim Teliatnikov, mi zapatero… ¡A todos los he vendido!

Y al preguntarle el presidente por qué razón los había vendido, teniendo en cuenta que en la finca hacen falta buenos oficiales, repuso con gesto de despreocupación:

—Simplemente, porque me entró la vena. Se me ocurrió venderlos, y así lo hice —y moviendo la cabeza como si estuviera arrepentido de ello, añadió—: A pesar de que mis cabellos ya son grises, aún no he sentado la cabeza.

—Y permítame, Pavel Ivanovich —dijo el presidente—, ¿a qué se debe que adquiera campesinos sin tierra? ¿Acaso piensa llevárselos?

—Sí, me los llevaré fuera.

— ¡Ah! Eso es otra cosa. ¿A qué parte?

— ¿A qué parte…? A la provincia de Jersón.

— Ya. Es una magnífica tierra —observó el presidente, y acto seguido ensalzó mucho la hierba que crece en aquel lugar—. ¿Y dispone de bastante tierra?

—Sí, toda la necesaria para los campesinos que he adquirido.
— ¿Hay allí río o estanque?
—Río. Pero también hay un estanque.
Al pronunciar estas palabras Chichikov miró de casualidad a Sobakevich, y aunque éste continuaba sin inmutarse, creyó leer en su rostro: «Mientes. No hay estanque, ni río, ni aun tierra.»

Mientras continuaban charlando, uno tras otro comenzaron a llegar los testigos: el fiscal del guiño de ojos al que los lectores ya conocen, el inspector de Sanidad, Trujachevski, Begushkin y demás, que, según la expresión de Sobakevich, eran unos holgazanes con todas las de la ley.

La mayoría de ellos no conocían lo más mínimo a Chichikov; para cubrir el número que se precisaba fueron requeridos diversos funcionarios de la Cámara. Mandaron venir también no sólo al hijo del arcipreste padre Kiril, sino al arcipreste en persona. Todos y cada uno de los testigos hicieron constar sus cargos y dignidades, y después estamparon su firma unos con la letra inclinada hacia la izquierda, otros torcida, y los últimos, sencillamente, con las letras patas arriba, con unos caracteres que son totalmente ajenos al alfabeto ruso.

Nuestro conocido Iván Antonovich lo dispuso todo con suma habilidad: los contratos se inscribieron en el registro, se llevó a cabo todo lo que era preciso hacer, se cobró el medio por ciento en concepto de derechos para la publicación en Vedomosti* y, en suma, lo que desembolsó Chichikov fue verdaderamente una miseria. El presidente hasta ordenó que sólo le cobraran la mitad de los derechos reales; la otra mitad, se ignora cómo, fue a engrosar la minuta de otro comprador.

*

Vedomosti, o Las Noticias, era una publicación oficial donde se insertaban todos los documentos públicos.

—Bien —dijo el presidente una vez lo hubieron terminado todo—, ahora ya sólo queda remojar la adquisición.

—Yo estoy dispuesto cuando a ustedes les parezca —dijo entonces Chichikov—. Indiquen la hora que quieran. Por mi parte significaría una falta imperdonable si para tan agradable compañía no hiciera abrir unas cuantas botellas de champaña.

—No, no he querido decir eso: el champaña es cosa nuestra —replicó el presidente—. Tenemos la obligación de hacerlo, es un deber. Usted se encuentra en esta ciudad de visita, y por lo tanto es a nosotros a quienes corresponde obsequiarle. ¿Saben ustedes, señores? Lo que podríamos hacer es llegarnos, tal como estamos, a la casa del jefe de policía. Es una persona que hace milagros. Con sólo guiñar el ojo al pasar por los puestos de pescado y por una taberna, nos organizará un espléndido aperitivo. Y aprovecharemos la ocasión para jugar una partida de whist.

Nadie era capaz de rechazar tal sugerencia. La sola mención de los puestos de pescado bastó para despertar el apetito a los presentes. Enseguida cogieron sus gorras y gorros y dieron por concluido el acto.

Cuando cruzó las oficinas, Iván Antonovich hizo una cortés reverencia y murmuró al oído de Chichikov:

—Ha adquirido siervos por valor de cien mil rublos y solamente me han dado veinticinco rublos.

—Pero debe tener en cuenta qué clase de siervos son —repuso Chichikov en el mismo tono—. Es una gente que no sirve para nada. No valen ni siquiera la mitad.

Iván Antonovich advirtió en el acto que el comprador era un hombre de carácter y que no podría sacar de él nada más.

— ¿Cuánto pagó usted a Pliushkin por sus siervos? —le dijo en voz baja Sobakevich.

— ¿Y por qué incluyó usted en la relación a Vorobia? —preguntó por su parte Chichikov.

— ¿De qué Vorobia habla? —exclamó Sobakevich como sorprendido.

—De la mujer, de Elisaveta Vorobia, que usted escribió Vorobei como si se tratara de un hombre.

—Yo no metí en la lista a ninguna Vorobia — replicó Sobakevich, quien se alejó dirigiéndose hacia el grupo.

Finalmente llegaron en tropel a la casa del jefe de policía. Este, en efecto, obraba milagros. En cuanto se hizo dueño de la situación llamó a un guardia, un mozo vivaracho que calzaba altas botas charoladas, y le susurró sólo dos palabras al oído, agregando después:

— ¿Comprendes?

Acto seguido, mientras los invitados daban principio en otra estancia a la partida de whist, sobre la mesa fueron apareciendo platos de salmón, de esturión, de caviar fresco y caviar prensado, arenques, queso, lenguas de buey ahumadas y lomo de esturión también ahumado, en fin, de todo lo que había en el mercado. A continuación fueron apareciendo los complementos que ofrecía el dueño de la casa: una empanadilla rellena con las barbas de un esturión de más de nueve puds, otra rellena con setas, pastelillos y pastas. En cierto modo el jefe de policía era el padre y benefactor de la ciudad.

Entre sus habitantes se hallaba como en el seno de su propia familia y en el mercado y en todas las tiendas entraba como en su propia despensa. Generalmente se mantenía en su puesto, y en el ejercicio de sus funciones podía decirse que había alcanzado la perfección. Incluso no resultaría nada fácil decir si él había sido creado para su puesto o el puesto había sido creado para él.

Los negocios los manejaba con suma destreza, hasta el punto de que sus ingresos duplicaban sobradamente los de sus predecesores en el cargo, no obstante lo cual se había granjeado el aprecio y estimación de toda la ciudad. Los mercaderes eran los primeros en sentir cariño hacia él, pues no era nada orgulloso. En efecto, accedía ser el padrino de sus hijos, fraternizaba con ellos y, a pesar de que en ocasiones los despellejaba a conciencia, lo hacía con extremada habilidad: les daba palmaditas en la espalda, se reía, les ofrecía té, prometía ir con ellos a jugar una partida de damas, se mostraba interesado por la marcha de sus negocios, etcétera. Si llegaba a saber que uno de sus hijos se había puesto enfermo, aconsejaba qué clase de medicina le convenía tomar. En resumen, era un tipo excepcional. Al pasar en su tílburi para mantener el orden, siempre hallaba ocasión de dirigir unas palabras afectuosas a uno y a otro.

— ¡Hola Mijeich! Hemos de acabar esa partida.

—Sí, Alexei Ivanovich —contestaba Mijeich mientras se quitaba el gorro—, tenemos que acabarla.

—Tú, Ilia Paramonich, llégate a ver el potro; apostaremos a ver cuál de los dos corre más, si el tuyo o el mío. El comerciante, a quien los caballos le volvían loco, sonreía con aire de satisfacción y, frotándose la barba, respondía:

—Lo intentaremos, Alexei Ivanovich.

Incluso los mismos dependientes, que solían escuchar con el gorro en la mano, se miraban satisfechos como queriendo decir: «Alexei Ivanovich es una buena persona.» En resumen, se había granjeado una gran popularidad y los comerciantes se mostraban de acuerdo en afirmar que Alexei Ivanovich «le saca a uno, pero jamás le dejará en la estacada».

Al advertir que ya todo estaba dispuesto, el jefe de policía invitó a los jugadores a aplazar la partida para después, y todos se encaminaron hacia el otro aposento, del que llegaba un olorcillo que desde hacía rato hormigueaba de modo muy grato las narices de los huéspedes y hacia donde Sobakevich no dejaba de mirar, atraído por el esturión que se encontraba aparte, ocupando una enorme fuente.

Los huéspedes tomaron una copa de vodka de ese color aceitunado que únicamente se halla en las piedras transparentes de Siberia que en Rusia se utilizan para fabricar sellos, y, tenedor en ristre, se aproximaron preparados para demostrar su carácter y sus gustos, atacando uno al caviar, otro al salmón, el de más allá al queso. Sobakevich, menospreciando esas pequeñeces, se acomodó delante del esturión y, al mismo tiempo que los demás bebían, comían y charlaban, en no mucho más de un cuarto de hora dio cuenta del enorme pescado, de modo que cuando el jefe de policía recordó su existencia y dijo. «Veamos, señores, qué les parece esta obra de la Naturaleza», y se aproximó, junto con los demás, al pescado, advirtió que de la obra de la Naturaleza apenas si quedaba otra cosa que la cola. Sobakevich, simulando que eso nada tenía que ver con él, se aproximó a un plato alejado del resto y pinchó con el tenedor un pez ahumado.

Tras haber puesto fin de esta manera al esturión, Sobakevich tomó asiento en una butaca y ya no bebió ni comió nada más; lo único que hizo fue entornar los ojos y parpadear. El jefe de policía no daba la sensación de escatimar el vino. Los brindis se sucedían unos a otros sin parar. El primero de ellos, fue, como los lectores podrán muy bien adivinar, a la salud del nuevo propietario de la provincia de Jersón; después se brindó por el bienestar de sus mujiks y por su afortunada instalación en las nuevas tierras; a continuación se bebió a la salud de su futura y bella esposa, cosa que produjo una grata sonrisa en los labios de nuestro protagonista.

Todos se agruparon a su alrededor e insistieron en que permaneciera en la ciudad aunque sólo fuera dos semanas más:

—Dirá usted lo que le parezca, Pavel Ivanovich, pero esto viene a ser lo que se dice enfriar la cabaña. Apenas ha pisado el umbral cuando ya quiere irse. No, usted ha de quedarse por más tiempo con nosotros. Le casaremos aquí. ¿No es cierto, Iván Grigorievich, que lo casaremos?

— ¡Pues claro que lo casaremos! —asintió el presidente—. Lo casaremos, aunque se resistiera con todas sus fuerzas. Ha llegado aquí, de manera que no se queje. Nos molestan las bromas.

— ¿Por qué iba yo a resistirme con todas mis fuerzas? —preguntó Chichikov sonriendo—. La boda no es asunto al que nadie oponga resistencia; lo importante es hallar novia.

—Habrá novia, ¡cómo no! ¡Tendrá usted todo cuanto desee!
—En este caso…
— ¡Muy bien, se queda! —exclamaron todos—. ¡Bravo! ¡Viva Pavel Ivanovich! ¡Bravo! —y con sus copas en la mano se aproximaron a brindar. Chichikov brindó con todos ellos.

— ¡No, no, otra vez! —gritaron los más impetuosos, y brindaron de nuevo.

Se aproximaron por tercera vez, y por tercera vez se repitieron los brindis. Todos se sintieron invadidos por una gran alegría. El presidente, que era una persona extraordinariamente simpática a la hora de divertirse, abrazó sin cesar a Chichikov, diciéndole con cariño:

— ¡Alma mía, mamaíta mía! —y después, mientras castañeteaba con los dedos, comenzó a bailar en torno a él al mismo tiempo que tarareaba la conocida canción: ¡Oye, tú, campesino de Kamarin!

Tras el champaña le llegó el turno al vino de Hungría, que aún infundió más ánimo y alborozo a los presentes. Al whist lo habían olvidado totalmente. Discutían, alborotaban y charlaban acerca de cualquier cosa: de política e incluso del arte de la guerra, exponiendo ideas tan atrevidas que en otros momentos habrían costado una paliza a sus hijos si éstos se hubieran atrevido a exponerlas. Resolvieron un sinnúmero de asuntos de lo más enrevesado.

Chichikov jamás había experimentado tanta alegría. Se veía ya como un auténtico propietario de la provincia de Jersón, conversaba acerca de los distintos perfeccionamientos que introduciría en su finca, como por ejemplo la rotación de cultivos, y de la felicidad y bienaventuranza de dos almas, empezando después a recitar a Sobakevich la carta en verso que escribió Werther a Carlota, a lo que Sobakevich, apoltronado en su asiento, se limitó a responder con un parpadeo, ya que después del esturión le dominaba una extraordinaria modorra. Chichikov advirtió que había llegado demasiado lejos en sus expansiones, pidió un coche y aceptó la invitación del fiscal, que ponía a su entera disposición su tílburi.

El cochero del fiscal, según pudo apreciarse a lo largo del trayecto, era un mozo muy entendido en su cometido, puesto que guió con una sola mano, mientras que con la otra, dirigida hacia atrás, sujetaba al señor.

Así llegó Chichikov a la posada, donde por espacio de un buen rato no dejó de decir estupideces referentes a una novia rubia de hermoso color y con un hoyuelo en la mejilla derecha, a aldeas de Jersón y a diferentes sumas. Hasta llegó a ordenar a Selifán que reuniera a todos los mujiks para pasar lista general antes de ponerse en camino hacia su nueva residencia. Selifán se le quedó escuchando silenciosamente durante largo rato y después salió a indicar a Petrushka:

—Ve a desnudar al señor.

Petrushka forcejeó para quitarle las botas, con el resultado de que poco faltó para que diera con botas y amo en el santo suelo. Al fin logró descalzarlo; no obstante, el señor se desnudó como es debido, dio unas cuantas vueltas en la cama, que crujió con gran estrépito, y se quedó dormido como si fuera un auténtico terrateniente de Jersón.

Petrushka sacó al pasillo los pantalones y el frac de color rojo oscuro con pequeñas motitas, los colgó en una percha de madera y comenzó a sacudirlos con un bastón y a cepillarlos, levantando una nube de polvo que se adueñó de todo el pasillo. Iba a descolgar el traje cuando miró por la ventana y vio que Selifán regresaba de la cuadra. Sus miradas se cruzaron y se entendieron sin necesidad de palabras: el señor estaba ya acostado y ellos podían llegarse a cierto lugar. Con toda rapidez, tras haber llevado al aposento los pantalones y el frac, Petrushka se dirigió al patio y salieron juntos a la calle, charlando sobre cosas totalmente ajenas al objetivo de su expedición.

No puede afirmarse que el paseo fuera largo. Se limitaron a pasar al otro lado de la calle, dirigiéndose hacia cierta casa que estaba situada delante mismo de la posada, y cruzaron una puerta de cristales un tanto baja y ahumada, que les llevó a un cuartucho que se hallaba en los bajos del edificio, donde en tomo a unas mesas de madera se veían una infinidad de individuos de todo tipo: que se afeitaban o que llevaban barba, vestidos con pellizas de piel de oveja y a cuerpo, o con capote de frisa.

Dios sabe lo que en aquel lugar harían Selifán y Petrushka, pero una hora más tarde salieron cogidos del brazo, en un silencio absoluto, dándose mutuas pruebas de gran atención y previniéndose sin cesar de la proximidad de toda suerte de esquinas. Tal como iban, cogidos del brazo, permanecieron durante más de un cuarto de hora intentando subir las escaleras, hasta que al fin las remontaron y llegaron al piso.

Petrushka se paró un instante a observar su yacija, reflexionando acerca del modo de acostarse de la manera más conveniente, hasta que se tumbó atravesado de tal forma que las piernas las apoyaba en el suelo. Selifán se acostó en la misma cama con la cabeza apoyada en el vientre de Petrushka, sin advertir siquiera que no era éste el lugar donde tenía que dormir, sino en el cuarto de la servidumbre o en la cuadra, junto a los caballos.

Ambos se durmieron de inmediato, lanzando unos ronquidos de sorprendente potencia, a los que, en el otro aposento, contestaba el señor mediante un fino silbido nasal.

Pronto quedó todo envuelto en el silencio, y la posada sumida en un profundo sueño. Sólo continuó iluminada una de las ventanas: la que pertenecía al aposento del teniente que acababa de llegar de Riazán, hombre, por lo visto, que sentía gran afición por las botas altas, ya que eran cuatro pares los que había ya encargado y no dejaba de probarse el quinto. En diversos momentos se aproximó al lecho dispuesto a descalzarse y acostarse, pero no acababa de resolverse: las botas, efectivamente, estaban muy bien cosidas, y todavía se quedó por un buen rato con la pierna en alto y contemplando el excelente tacón.


CAPITULO VIII

Las adquisiciones de Chichikov se transformaron en la comidilla de todo el mundo. En la ciudad se conversaba, se reflexionaba y discutía respecto de si era ventajosa la adquisición de siervos para trasladarlos a otras tierras. Muchos eran los que daban muestras de un profundo conocimiento de la materia.

—En efecto —decían unos—, las tierras de las provincias meridionales son buenas y fértiles, en eso todos estamos de acuerdo. Pero ¿qué ocurrirá con los siervos de Chichikov sin agua? Pues por allí no existe río alguno.

—Eso de la carencia de agua aún no es grave, Stepan Dmitrievich, pero la instalación en nuevos lugares es algo que no resulta nada seguro. Bien sabemos que el campesino que tiene que roturar tierras vírgenes, cuando nada posee, ni tan sólo una cabaña, huirá como dos y dos son cuatro, oteará los contornos y si te he visto no me acuerdo.

—Aguarde, no vaya usted tan aprisa, Alexei Ivanovich; no estoy conforme en eso de que los campesinos de Chichikov huirán. El ruso es capaz de todo y se aclimata en todas partes. Incluso en Kamchatka, si se le entregan unas buenas manoplas, cogerá el hacha y edificará para él una cabaña nueva.

—No obstante, Iván Grigorievich, te olvidas de algo muy importante: ignoras cómo son los campesinos de Chichikov. No te acuerdas de que el propietario no se desprende nunca de un buen mujik. Apostaría la cabeza a que los que ha comprado Chichikov son o borrachos y ladrones, o pendencieros y holgazanes.

—Lo que dice usted está muy bien, tiene toda la razón, nadie venderá buenos siervos y los campesinos de Chichikov son holgazanes y borrachos, pero es preciso tener en cuenta que existe la moral, que existe un factor moral: en el presente son unos granujas, pero en cuanto se vean instalados en otras tierras se volverán excelentes súbditos. Hay en el mundo numerosos ejemplos de esto, y también la Historia nos los presenta.

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—No es posible que eso suceda nunca, nunca, créame —decía el intendente de las fábricas del Estado—, Los siervos de Chichikov tropezarán con dos poderosos enemigos. El primero es la vecindad de las provincias ucranianas, donde, como ya es sabido, la venta del alcohol es totalmente libre. Pueden estar seguros de que al cabo de dos semanas su vida se habrá convertido en una continua borrachera. El segundo enemigo es ese espíritu de vagabundos que adquieren cuando se les traslada de un lugar a otro. Sería preciso que Chichikov les prestara constante vigilancia, que los sujetara con guantes de hierro, que les hiciera trabajar sin descanso, incluso en cosas absurdas, y que no confiara en nadie, sino que lo realizara todo él mismo, personalmente, y que les diera algún que otro puñetazo.

—Chichikov no se verá obligado a ocuparse personalmente y a repartir puñetazos; al fin y al cabo, ¿para qué, si puede disponer de un buen administrador?

— ¡A ver si logra usted hallar un buen administrador! ¡Son todos unos sinvergüenzas!

—Si son sinvergüenzas sólo se debe a que los señores se desentienden de los asuntos de la hacienda.

—Eso es cierto —asentían muchos—. Si el señor tiene alguna idea de la administración de su hacienda y sabe conocer a las personas, siempre encontrará un buen administrador.

El intendente contestó que por menos de cinco mil rublos era imposible hallar un buen administrador. El presidente objetó que se podría hallar por tres mil, pero el intendente dijo:

— ¿Dónde cree que lo hallará? Como no lo tenga en las narices…
—No en las narices —le interrumpió el presidente—, sino en nuestro distrito. Ahí está Piotr Petrovich Samoilov. ¡Ese es el administrador que necesita Chichikov para sus campesinos!

Muchos comprendían la situación de Chichikov, y se asustaban por las dificultades que ofrecería el traslado de tan considerable número de mujiks. Se temía realmente que tuviera lugar un motín entre gente tan inquieta como eran los siervos de Chichikov. A esto el jefe de policía hizo notar que los temores de que se produjera un motín eran infundados, que para evitarlo había la autoridad del capitán de la policía rural, quien, sin necesidad alguna de acudir en persona, tenía suficiente con mandar su gorra, y que la gorra, por sí sola, se bastaba para forzar a los mujiks a trasladarse a las nuevas tierras.

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Eran muchos los que exponían sus opiniones acerca de cómo se conseguiría domeñar el turbulento espíritu de los siervos de Chichikov.

Había opiniones para todos los gustos: unas se inclinaban con exceso por la severidad característica del ejército y una crueldad extremada, mientras que otras abogaban por la suavidad. El jefe de Correos observó que Chichikov tenía un deber sagrado, que podía transformarse en un padre para sus siervos y transmitirles los bienes de la ilustración, aprovechando el momento para dedicar grandes alabanzas a la escuela de Lancaster de enseñanza mutua.

De este modo se opinaba y se conversaba en la ciudad. Muchos fueron los que, llevados por sus mejores intenciones, expusieron sus consejos personalmente a Chichikov, e incluso llegaron a ofrecerle una escolta armada para acompañar a los siervos hasta el nuevo lugar de residencia. Chichikov les dio las gracias por sus consejos, añadiendo que si se le hacía necesario, no dudaría en acudir a ellos, y renunció rotundamente a la escolta, ya que, según él, no hacía falta alguna, pues los mujiks que él había adquirido eran todos muy pacíficos y ellos mismos deseaban el traslado, y de ninguna manera podía estallar entre ellos un motín.

Ahora bien, toda esa serie de habladurías y comentarios trajo consigo las consecuencias más favorables que Chichikov pudiera imaginar: circuló el rumor de que era millonario. Los habitantes de la ciudad, que como ya vimos en el primer capítulo habían cobrado un sincero afecto hacia Chichikov, en cuanto hubieron aparecido tales rumores, sintieron que su cariño aumentaba.

Bien es cierto que todos ellos eran excelentes personas, se llevaban de maravilla y se trataban como auténticos amigos. Presidía siempre sus conversaciones un sentimiento de bondad y de sencillez: «Mi querido amigo Iliá Ilich», «Escúchame, Antipator Zajarievich», «No es cierto, querido Iván Grigorievich». Al dirigirse al jefe de Correos, llamado Iván Andreievich, agregaban invariablemente: «Sprechen Sie Deutsch, Iván Andreievich?*» . En resumen, formaban una verdadera familia.

*

《¿Habla Usted alemán?》 En alemán

Muchos de ellos tenían su cultura. El presidente de la Cámara se sabía de memoria Ludmila, de Zhukovski, que aún era una novedad, y recitaba a la perfección muchos fragmentos de este poema, sobre todo

Se durmió el bosque,
el valle duerme,

pronunciando las palabras de tal manera que producía la ilusión de que, realmente, el valle se hallaba dormido. Para acentuar el parecido incluso entornaba los ojos.

El jefe de Correos sentía más afición por la filosofía y leía con sumo interés, hasta por la noche, Las noches, de Young, y Clave de los misterios de la Naturaleza, de Eckartshausen, de cuyas obras tomaba unos extensos apuntes, aunque nadie sabía qué clase de apuntes eran aquéllos. Tenía gran agudeza, usaba palabras floridas y se complacía, como él mismo afirmaba, adornando la frase. El adorno residía en una infinidad de expresiones tales como: «Caballero, algo así, ¿comprende?, ¿sabe usted?, figúrese, respecto a, en cierta manera» y otras, que él dejaba fluir a chorros.

Asimismo adornaba la frase, y con bastante oportunidad, mediante una serie de guiños, los cuales conferían una expresión muy cáustica a la mayoría de sus satíricas observaciones.

Los restantes eran igualmente bastante cultos. Uno leía a Karamzin, otro Moskovskie Vedomosti (el noticiero de Moscú), el de más allá no leía absolutamente nada.

Ese era lo que se dice un fardo, esto es, una persona a la que se tenía que levantar de un puntapié si se esperaba que hiciera cualquier cosa; aquél era simplemente un vago de tomo y lomo que se pasaba todo el santo día tumbado y al que resultaría vano intentar ponerle en pie, pues de ningún modo se levantaría.

Respecto a su buena presencia, ya sabemos que todos eran personas seguras, entre ellos no se encontraba ningún tísico. Eran de ésos a quienes la esposa, en las afectuosas charlas que se producen en la intimidad, llaman gordito, regordete, barrigón, negrito y demás cosas por el estilo. La mayoría era gente de bien y muy hospitalaria, y aquel que había compartido con ellos el pan y la sal o había pasado una tarde en su compañía jugando al whist, era considerado ya como un amigo íntimo.

Con mayor motivo tenían por tal a Chichikov, con sus encantadores modales y seductoras virtudes, un hombre que conocía realmente el gran secreto de resultar agradable a los demás. Le cobraron tal afecto que nuestro protagonista no encontraba la forma de abandonar la ciudad. No hacía más que oír: «¡Quédese aunque sea una semanita, sólo una semanita, Pavel Ivanovich!» En resumen, que lo llevaban en palmitas. Pero mucho más profunda, sin comparación posible, fue la impresión (digna de asombro) que Chichikov produjo entre las damas.

Para comprenderlo sería preciso hablar por extenso de las mismas damas, de su sociedad, y pintar con vivos colores sus cualidades morales. Pero al autor esto le parece muy delicado. Por un lado, le frena el gran respeto que experimenta hacia las esposas de los dignatarios, y por otro, le es simplemente difícil. Las damas de la ciudad de N. eran… no, no me es posible, siento una tremenda timidez. En las damas de la ciudad de N. lo más destacable era…

Resulta incluso extraño, la pluma se niega a obedecerme, es como si alguien le hubiera puesto un plomo.

Está bien. Cuando se habla de caracteres, parece que se tendrá que ceder la palabra a aquellos que se valen de más vivos colores y de una paleta más rica; nosotros deberemos conformarnos con decir, quizá, unas breves palabras referentes a su aspecto, limitándonos, por otra parte, a lo superficial. Las damas de la ciudad de N. eran lo que se llama presentables, y en lo que a esto concierne con toda seguridad se las habría podido poner a todas las demás. En cuanto a su modo de comportarse, de mantener el tono, de seguir la etiqueta y una infinidad de conveniencias de las más sutiles, y sobre todo en lo que se refiere a guardar la moda en sus menores detalles, incluso aventajaban a las damas de San Petersburgo y de Moscú.

Vestían con sumo gusto, por la ciudad se desplazaban en coche, tal como manda la última moda, y detrás del coche el lacayo, con una librea de dorados galones, iba balanceándose. La tarjeta de visita, aunque se tratara de algo escrito sobre un dos de tréboles o un as de piques, era considerada como lo más sagrado. Ella fue la culpable de que dos damas, entrañables amigas e incluso parientas, riñeran para siempre, ya que una de ellas no se había acordado de devolver la visita.

Y por más que después sus maridos y familiares se esforzaron por reconciliarlas, no fue posible: en el mundo podía hacerse lo que fuera excepto reconciliar a dos damas que habían reñido por no devolver una visita. Así quedaron aquellas dos: distanciadas, según la expresión de la buena sociedad de la ciudad de que estamos tratando.

Por lo que respecta a quién tenía que ocupar los primeros puestos, se originaban asimismo escenas muy violentas, que en ocasiones empujaban a los maridos a adoptar medidas verdaderamente caballerescas cuando intentaban salir en defensa de sus cónyuges. Al duelo no se llegaba, por supuesto, ya que todos eran funcionarios de la Administración, pero hacían cuanto estaba en sus manos por llenar al otro de fango, cosa que, como ya se sabe, en ocasiones acarrea consecuencias de más gravedad que cualquier duelo.

En lo tocante a la moral, las damas de N. eran en extremo severas, todas ellas se hallaban poseídas por una noble indignación contra el vicio y toda clase de tentaciones, y condenaban sin la menor compasión las más pequeñas debilidades. Si alguna vez tenía lugar entre ellas lo que llaman una aventurilla, la guardaban en secreto, de modo que nada daba a entender lo ocurrido. Se conservaba enteramente la dignidad y el propio marido se encontraba tan preocupado que si advertía algo u oía mencionar la aventurilla, se limitaba a contestar con pocas palabras y recurriendo con sensatez a un dicho: «A nadie le importa lo que la comadre estuvo hablando con el compadre.»

Debemos agregar que las damas de N. destacaban, al igual que numerosas damas petersburguesas, por la extremada cautela y conveniencia de sus palabras y expresiones. Jamás decían «me he sonado», «he sudado» o «he escupido», sino «he aligerado mi nariz», «he utilizado el pañuelo». Bajo ningún concepto se podía decir «este plato o esta taza huele que apesta». Ni siquiera se podía decir nada que aludiese a tal cosa, sino que echaban mano de expresiones como «este plato no se comporta bien», o algo parecido. Con el fin de ennoblecer todavía más el idioma ruso, en la conversación se había prescindido de la mitad aproximadamente de las palabras, razón por la que muy a menudo se recurría al francés; por el contrario, cuando hablaban en francés era otra cosa: entonces estaban permitidas palabras mucho más fuertes que las mencionadas anteriormente.

Así, pues, eso es todo lo que podemos decir acerca de las damas de N. hablando superficialmente. Si ahondáramos más, por supuesto que aparecerían muchas otras cosas, pero es bastante peligroso escarbar en el corazón de las damas. Nos limitaremos, pues, a un examen superficial, y continuaremos adelante.

Hasta entonces las damas no habían hablado mucho de Chichikov, aunque, eso sí, le hacían plena justicia por lo que respecta a su agradable trato social. Pero en seguida que comenzaron a circular rumores sobre sus millones, hallaron en él otras cualidades. Sin embargo, no es que las damas fueran interesadas; la culpa la tenía la palabra «millonario» y no el propio millonario, sino precisamente la palabra, en la que, además del talego de oro, suena algo que tiene tanto poder sobre los miserables, como sobre los que no son ni carne ni pescado, como sobre los hombres buenos: en resumen, que tiene poder sobre todos. El millonario posee la ventaja de que puede contemplar la vileza totalmente desinteresada, la vileza pura, que no está basada en el cálculo: son numerosísimos los que saben muy bien que nada recibirán de él y que no tienen derecho alguno a recibirlo, pero forzosamente saldrán a su encuentro, sonreirán, se descubrirán, harán que se les invite a una comida a la que saben que acudirá el millonario. No se puede afirmar que las damas experimentaran esa tierna disposición hacia la ruindad. Sin embargo, en más de un salón se dijo que Chichikov, claro, aun no siendo guapo, era como un hombre tiene que ser, ni muy delgado ni muy gordo, lo cual no quedaría bien. Se aprovechó la ocasión para pronunciar unas cuantas palabras ofensivas sobre los flacos, de los que se aseguró que guardaban mucho parecido con un mondadientes y que no tenían nada de hombres.

En la indumentaria de las damas aparecieron numerosos detalles nuevos de todo género. Llegó a tal punto la aglomeración en las tiendas de tejidos que se produjeron empujones e incluso casi atropellos. Era como si todas las damas hubieran salido de paseo, a tal número llegaban los carruajes que se reunieron. Los comerciantes no salían de su sorpresa al ver que unos cuantos retales que habían traído de la feria y que no hallaban manera de vender debido a su precio, que se consideraba demasiado elevado, se los quitaban de las manos.

Una dama se presentó en misa con un miriñaque de tales proporciones que ocupaba media iglesia, hasta el extremo de que el comisario de policía, que estaba presente, ordenó que todo el mundo se hiciera atrás, esto es, hacia el atrio, a fin de no atropellar la indumentaria de tan distinguida dama. El mismo Chichikov no pudo por menos de advertir el interés tan extraordinario que despertaba. En cierta ocasión, al volver a la posada, halló una carta encima de la mesa. No fue posible averiguar de dónde procedía ni quién la había traído; el mozo de la posada le contó que quien la trajo había dicho que no quería que se supiera nombre.

La carta comenzaba con una categórica afirmación: «¡Tengo que escribirte!» Después decía que una misteriosa afinidad existía entre sus almas; esta verdad aparecía respaldada por una serie de puntos que llenaban casi medio renglón. A continuación seguían unas reflexiones, tan notables como justas, y creemos de obligación exponerlas: «¿Qué es la vida? Un valle en el que el sufrimiento encuentra cobijo. ¿Qué es este mundo? Una multitud de personas que no sienten.» La autora de la carta recordaba seguidamente que sus lágrimas mojaban las líneas escritas por su amante madre, quien hacía ya veinticinco años que había marchado de este mundo para siempre. Chichikov era invitado a retirarse al desierto, a abandonar definitivamente la ciudad, donde las gentes viven en medio de asfixiantes vallas que no permiten el paso del aire. El final de la carta era de una espantosa desesperación y acababa con los versos que siguen:

Dos tórtolas te enseñarán
mis cenizas heladas,
y con triste arrullo te dirán:
ella murió bañada en lágrimas.

A pesar de que el último verso no estaba bien medido, eso carecía de importancia. La carta se ajustaba por entero al espíritu de su tiempo.

En ella no se veía ninguna firma: ni nombre, ni apellido, ni tan siquiera se indicaba mes o fecha. En el post scriptum se agregaba solamente que su propio corazón debía adivinar quién era la autora y que en el baile ofrecido por el gobernador, que se celebraría al día siguiente, podría encontrar el original. Todo esto le intrigó sobremanera. En el anónimo había tantas cosas que excitaban su curiosidad, que volvió a leer la carta, nuevamente la leyó por tercera vez y por último dijo:

— ¡Querría saber quién la ha escrito!

En resumen, todo parecía dar a entender que el asunto se había puesto serio. Durante más de una hora permaneció dándole vueltas a la cuestión, y concluyó comentando, con la cabeza inclinada y los brazos abiertos:

—La carta está muy bien, pero que muy bien escrita.

Después, se comprende, envolvió sobre y papel y la depositó en el cofrecillo, junto a un programa de teatro y una invitación de boda, que se encontraba sin tocar en el mismo desde hacía siete años. Poco más tarde, efectivamente, le trajeron la invitación para el baile que ofrecía el gobernador, cosa muy corriente en todas las capitales de provincia: donde hay gobernador hay baile, ya que de lo contando no existiría el debido amor y aprecio por parte de la nobleza.

Todo lo demás fue abandonado y alejado en seguida, y Chichikov se concentró por completo en los preparativos del baile, dado que, realmente, tenía muchas razones que le impulsaban a hacerlo así.

Seguramente desde que el mundo ha sido creado jamás una persona ha empleado tanto tiempo en su arreglo. Una hora entera pasó mirándose la cara en el espejo. Trató de darle un sinnúmero de expresiones: ora importante y grave, ora respetuosa pero sonriente, ora reverente y sin sonrisa. Hizo frente al espejo una serie de inclinaciones acompañadas de unos vagos sonidos, algo semejantes al francés, a pesar de que él no tenía la menor noción acerca de esta lengua. Incluso se hizo a sí mismo varios gestos de agradable sorpresa, alzando las cejas, moviendo los labios y hasta la lengua. En resumen, ¡qué es lo que no le pasa a uno por la cabeza cuando se halla solo, advierte que es bien parecido y tiene la seguridad de que nadie mirará por el ojo de la cerradura!

Por último se dio un papirotazo en la barbilla y exclamó: «¡Pero qué rostro más agradable tienes!», y comenzó a vestirse. En el momento de vestirse se encontraba siempre en la mejor disposición de ánimo: mientras se ponía los tirantes o se anudaba la corbata, daba un taconazo y se inclinaba con extraña agilidad, y, a pesar de que jamás bailaba, hacía un entrechat. Esta vez el entrechat tuvo una
consecuencia, aunque nada grave: la cómoda retembló y se cayó el cepillo que estaba encima de la mesa.

Su aparición en el baile fue causa de una gran expectación. Todos acudieron a su encuentro, uno con los naipes en la mano, otro interrumpiendo la conversación en el momento culminante, cuando estaba diciendo: «Pues el tribunal del zemstvo del distrito contestó que…», aunque ya no pudo saberse qué contestó el tribunal del zemstvo del distrito, pues el que así hablaba, lo abandonó todo y se precipitó a saludar a nuestro protagonista.

— ¡Pavel Ivanovich! ¡Ay, Dios mío, Pavel Ivanovich! ¡Queridísimo Pavel Ivanovich! ¡Mi estimado amigo Pavel Ivanovich! ¡Ahí tenemos a Pavel Ivanovich! ¡Aquí está nuestro Pavel Ivanovich! ¡Permita que le abrace, Pavel Ivanovich! ¡Traédmelo para acá, que quiero dar un fuerte abrazo al estimadísimo Pavel Ivanovich!

Chichikov se vio abrazado por varias personas al mismo tiempo.
No había conseguido librarse del todo de los abrazos del presidente cuando se encontró ya en los del jefe de policía; el jefe de policía lo pasó al inspector de Sanidad; el inspector de Sanidad, al arrendatario de los servicios públicos; el arrendatario de los servicios públicos, al arquitecto… El gobernador que en aquel instante se hallaba con las damas, sosteniendo en una mano el papel de un caramelo y en la otra un pequeño perrito de lanas, cuando le vio, dejó caer el papel y el perrito, el cual soltó un grito al darse un trastazo. En resumen, la aparición de Chichikov produjo una alegría y una satisfacción o, cuando menos, el reflejo de la satisfacción general.

Les sucedió lo mismo que se observa en los rostros de los funcionarios ante quienes ha comparecido en visita de inspección el jefe de las oficinas que ellos atienden. Una vez han pasado el primer susto, advierten que le han gustado muchas cosas, que se digna sonreír y pronuncian unas frases agradables, y los funcionarios ríen doblemente; se ríen de buena gana incluso los que no han podido oír bien las frases, se ríe incluso el policía que se encuentra lejos, al lado de la puerta, y que desde que nació jamás se ha reído, ya que lo único que ha hecho es enseñar el puño a la gente; sin embargo, siguiendo las leyes inmutables del reflejo, su cara expresa algo que se parece a una sonrisa, si bien su sonrisa produce la sensación de que de un momento a otro va a estornudar tras haber tomado una pulgarada de rapé fuerte.

Nuestro protagonista contestó a todos y cada uno con extremada naturalidad: se inclinaba a derecha e izquierda, un poco de lado, según era costumbre en él, pero con una soltura que sedujo a todos. Las señoras lo rodearon en seguida, formando una deslumbrante guirnalda, e hicieron llegar hasta él nubes enteras de toda clase de perfumes: una olía a rosas, otra emanaba olor a violetas y primavera, la de más allá parecía saturada de reseda. Chichikov no hacía otra cosa que arrugar la nariz y olfatear.En sus vestidos se veía un derroche de buen gusto: los rasos, las muselinas y las gasas eran de tonos pálidos que entonces estaban de moda, de colores a los que resultaba difícil darles nombre (hasta tal punto se había llegado en la exquisitez del gusto). Los ramilletes de flores y los lazos revoloteaban por todas partes sobre los trajes en el más pintoresco desorden, aunque dicho desorden era el resultado de profundas reflexiones y de numerosos ensayos. El tenue sombrero se apoyaba sobre las orejas y parecía como si dijera: «¡Eh, que salgo volando! ¡Qué pena que no pueda llevar conmigo a mi hermosa dueña!»

Las cinturas, muy ceñidas, presentaban las formas más sólidas y gratas a la vista (debemos hacer constar que las señoras de la ciudad de N. eran un tanto regordetas, pero sabían ajustarse tan bien el talle y eran de un andar tan agradable, que disimulaban a la perfección su obesidad).

Todo lo tenían pensado y previsto con mucha prudencia y tacto; el cuello y los hombros, descubiertos, los mostraban exactamente hasta el punto preciso, pero nada más; cada una de ellas lucía sus posesiones hasta el límite en que sus propias convicciones le decían que eran capaces de originar la perdición de un hombre. Lo demás permanecía todo oculto, con sumo gusto, ora por una tenue corbatita, ora por un chal tan diáfano como esos pasteles a los que se da el nombre de «besos», que les rodeaba enteramente el cuello, ora por unas pequeñas paredes dentadas de suave batista que se conocen con el nombre de «discreciones», que cubrían sus hombros. Tales «discreciones» cubrían por delante y por detrás lo que ya no podía causar la perdición de un hombre, aunque inducían a creer que era allí justamente donde se hallaba la misma perdición.

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Sus largos guantes no tapaban hasta las mangas, sino que, intencionadamente, dejaban descubiertas las partes incitantes del brazo, sobre el codo, que en muchas mostraba una envidiable robustez; a otras se les habían roto sus guantes de cabritilla, pues obligados como estaban a permanecer tensos hasta el máximo, les habían estallado. En resumen, parecía como si todo llevara escrito: «No, no nos encontramos en provincias, estamos en la capital, ¡esto es el mismo París!»

Sólo se veían escasas cofias de una forma como nunca se vio en la tierra, o una pluma real que, contra todas las modas vigentes, se atenía exclusivamente al gusto personal de quien la llevaba. Pero no era posible evitarlo, ya que es algo propio e inalienable de todas las capitales de provincias: por una parte o por otra, la cuerda no puede por menos de romperse.

Chichikov, mientras las damas le rodeaban, iba pensando: «¿Quién de ellas será, no obstante, la que escribió la carta?», y al mismo tiempo adelantaba la nariz. Pero su nariz se encontró metida en medio de una serie de codos, bocamangas, mangas, blusas, cintas y vestidos. Sonaron las primeras notas de un galop y todo se dispersó al instante: la esposa del jefe de Correos, el capitán de policía rural, la señora de la pluma azul, la señora de la pluma blanca, el príncipe georgiano Chipjaijilidzev, el funcionario de Moscú, el funcionario de San Petersburgo, el francés Couvou, Perjunovski, Berebendoski, todo desapareció al instante…

— ¡Ya lo tenemos! ¡Comenzó el revuelo! —exclamó Chichikov retrocediendo, y una vez que las señoras se hubieron sentado se puso otra vez a mirarlas, intentando adivinar por la expresión de sus rostros y de sus ojos quién había sido la autora de la carta. En todos sitios vio, no obstante, un mismo sentimiento casi no desvelado, tan imperceptible y fino, tan sutil…

«No —pensó Chichikov—, las mujeres son una cosa… —y entonces hizo un gesto como el que renuncia a comprender—. ¡No vale la pena hablar de ellas! Intentan explicar o contar todo lo que les pasa por el rostro, todas esas alusiones y sutilezas. Resultaría imposible sacar nada en claro. Sus ojos empiezan ya por ser un reino inmenso en el que cualquiera que penetre se perderá. No podrán sacarlo de allí ni siquiera con gancho. A ver quién intenta, por ejemplo, describir el fulgor de esos ojos: es un fulgor húmedo, como aterciopelado, de azúcar. ¡Sabe Dios todo lo que se encierra en ese fulgor! Es duro y suave a un tiempo, totalmente lánguido, o, como dicen algunos, es una delicia, o no lo es, sino algo incomparablemente más intenso que una delicia, que invade el corazón y se introduce por todos los rincones del alma como si poseyera una ganzúa. Resulta incluso imposible hallar la palabra adecuada: es la mitad galante del género humano, y solamente eso.»

Perdón. Por lo visto de los labios de nuestro protagonista se ha escapado una palabra oída en la calle. ¡Qué le vamos a hacer! Así es, en nuestro país, la situación del escritor. Sin embargo, si una palabra salida de la calle se encuentra en los libros, la culpa no la tiene el autor, sino los lectores, y sobre todo los lectores que pertenecen a la alta sociedad. Son los primeros en no pronunciar normalmente ninguna palabra rusa, y en cambio las francesas, inglesas y alemanas las usan en tal cantidad que hasta llegan a hartarle a uno, y las pronuncian manteniéndose atentas a cuantas reglas de pronunciación se quiera: el francés lo hablan con la nariz y con un acento gangoso, y el inglés lo pronuncian del mismo modo que lo haría un pájaro, hasta el punto de que incluso su fisonomía se vuelve de pájaro, y se ríen de todos aquellos que no consiguen poner fisonomía de pájaro. Lo único de que carecen es del elemento ruso, con la excepción, tal vez, de que, impulsados por su patriotismo, hacen edificar en su casa de campo una cabaña al estilo ruso.

De este modo son los lectores de la alta sociedad, y, junto con ellos, todos los que se agregan a la alta sociedad. Y no obstante, ¡qué espíritu tan exigente no tendrán! Se empeñan en que todo se escriba forzosamente en el lenguaje más depurado, más severo y noble. En resumen, pretenden que el idioma ruso nos caiga del cielo, adecuadamente perfeccionado, y se pose en sus mismas lenguas, de tal modo que no tengan otra cosa que hacer que abrir la boca y sacar la lengua. Por supuesto que la mitad femenina del género humano es sabia, pero debemos reconocer que son más sabios aún los dignos lectores.

Mientras tanto, Chichikov continuaba vacilando, sin conseguir adivinar quién era la dama que había escrito aquella carta. Trató de observar con más atención y advirtió que por parte de las señoras se expresaba asimismo algo que, al mismo tiempo que da esperanza, prometía dulces tormentos al corazón del infeliz mortal, de manera que, por último, pensó: «¡No, no es posible adivinarlo!» A pesar de ello, no disminuyó en lo más mínimo la alegre disposición de ánimo que le invadía.

Intercambió gratas frases con alguna señora, haciéndolo de la forma natural y hábil que le caracterizaba, se aproximó a otras, a fin de saludarlas, con esos breves pasitos con que acostumbran a andar los vejetes presumidos que llevan tacones altos, esos a los que se suele dar el nombre de potros ratoniles y que con tanta destreza se mueven entre las damas. Volviéndose hábilmente a derecha e izquierda, dejaba arrastrar el pie de un modo apenas perceptible, enseñándolo a la manera de un corto trazo o de una coma.

Las señoras se veían muy satisfechas y no sólo hallaron en él una infinidad de detalles simpáticos y gratos, sino que notaron en su rostro una majestuosa expresión, algo de guerrero, propio de un Marte, cosa que, como todo el mundo sabe, gusta mucho a las mujeres. Incluso comenzaron a pelearse por causa de él: cuando se dieron cuenta de que habitualmente se colocaba cerca de la puerta, algunas se precipitaron a ocupar una silla junto a la entrada, y cuando una tuvo la buena fortuna de lograrlo, poco faltó para que se produjera una historia nada agradable; y muchas, que querían hacer lo mismo, encontraron eso una insolencia realmente repugnante.

Chichikov se hallaba tan entretenido charlando con las damas, o mejor dicho, las damas se hallaban tan entretenidas charlando con él, lo mareaban de tal modo con sus sutiles y complicadas alegorías, que él tenía que adivinar, hasta el extremo de que el sudor comenzó a bañar su frente, que olvidó por completo el deber de cortesía que le obligaba a aproximarse primero de todo a la dueña de la casa para saludarla. Se dio cuenta al escuchar la voz de la gobernadora, que desde hacía varios minutos se encontraba frente a él:

— ¡Ah, es usted, Pavel Ivanovich!

Soy incapaz de transcribir fielmente las palabras que pronunció la gobernadora, pero dijo algo que rebosaba amabilidad, a la manera como se expresan las damas y los caballeros que aparecen en las novelas de nuestros escritores mundanos, tan aficionados a describir los salones y a presumir con su conocimiento , del buen tono, algo parecido a: «¿Es que se han apoderado de su corazón de tal modo que en él ya no queda lugar, ni el más mínimo rincón, para las que usted ha olvidado con tanta crueldad?» Nuestro protagonista se volvió inmediatamente hacia la gobernadora e iba ya a responder algo que sin duda no tendría nada que envidiar a las respuestas de los Zvonski, Linski, Gremidin, Lidin y demás militares que hallamos en las novelas de moda, tan hábiles todos ellos, cuando al azar, sin advertirlo la vista, se quedó como si un rayo le hubiera caído encima.

Frente a él no se encontraba sólo la gobernadora: de la mano llevaba a una jovencita de unos dieciséis años, fresca y rubia, de correctas y suaves facciones, barbilla puntiaguda y un óvalo encantadoramente redondeado, un rostro que cualquier pintor querría utilizar de modelo para una madonna y que muy raramente se halla en Rusia, donde a todo le gusta manifestarse en grande: los bosques, las estepas, las montañas, los rostros, los labios y los pies.

Se trataba de la rubia con quien se había tropezado en el camino, cuando se marchaba de la casa de Nozdriov, cuando por culpa de los cocheros o los caballos sus carruajes habían chocado de manera tan rara, los aparejos se habían enredado y el tío Miniai y el tío Mitiai habían intentado arreglar aquello. Chichikov se turbó de tal manera que fue incapaz de pronunciar una sola palabra. El diablo sabe lo que dijo, pero desde luego fue algo que en modo alguno habrían dicho Gremidin, ni Zvonski ni Lidin.

— ¿Conoce usted a mi hija? —preguntó la gobernadora—. Hace poco que ha salido del pensionado donde estaba estudiando.

El repuso que por casualidad había tenido la suerte de conocerla; intentó agregar algo más, pero no le salió absolutamente nada. La gobernadora agregó unas breves frases y se dirigió con su hija hacia otro lado de la sala, donde había otros invitados, mientras que Chichikov continuó inmóvil, como la persona que gozosamente ha salido de su casa para dar un paseo, dispuesta a fijarse en todo, y de repente se detiene, acordándose que ha olvidado alguna cosa. Nada puede existir más estúpido que esa persona: en un segundo la despreocupación se esfuma de su rostro e intenta acordarse de qué es lo que olvidó. ¿Un pañuelo? No, su pañuelo lo lleva en el bolsillo. ¿El dinero? También lo lleva en el bolsillo. Se diría que lo ha cogido todo, pero no obstante un extraño espíritu le murmura al oído que ha olvidado algo. Contempla distraídamente a cuantos pasan por delante de él, los veloces coches, los fusiles y morriones de un regimiento que desfila, el rótulo de una tienda, pero sin ver nada.

Así, Chichikov de repente se sintió ajeno a todo cuando tenía lugar en torno a él. Durante este tiempo, de los olorosos labios de las señoras llovió un sinnúmero de preguntas y alusiones pronunciadas con la mayor delicadeza y amabilidad:

— ¿No estará permitido a estas infelices habitantes de la tierra la osadía de preguntarle en qué está pensando?

— ¿Dónde se hallan los felices lugares por los que aletean sus sueños?

— ¿Se puede saber cómo se llama la que le ha sumido en ese dulce valle de reflexiones?

Pero él respondía a estas preguntas sin prestar la más mínima atención a lo que decía, y las agradables frases desaparecían como si se sumergieran en el agua. Incluso se mostró tan descortés que al cabo de un rato se alejó de las damas, ansioso por averiguar hacia dónde se habían dirigido la gobernadora y su hija. A pesar de todo las damas no parecían dispuestas a dejarle ir tan pronto; cada una de ellas resolvió en su fuero interno valerse de toda esa serie de armas que tan peligrosas resultan para nuestros corazones, y poner en juego cuanto de mejor tenían. Es preciso notar que algunas damas —digo algunas, pero no todas— poseen una pequeña debilidad: si advierten que están dotadas de un encanto, la boca, la frente, las manos, creen que esa parte mejor de su rostro será lo primero en que se fijen los demás, y todos a una dirán: «¡Observad qué bella nariz griega tiene!», «¡Qué perfecta y encantadora frente la suya!» La que posee hermosos hombros está convencida de que todos los jóvenes se quedarán como hechizados y no dejarán de repetir cuando ella pase por su lado: «¡Oh, qué hombros tan maravillosos!», y ni siquiera prestarán atención al rostro, el pelo, la frente y la nariz, y en caso de que lo hagan será como si se tratara de una cosa que no le pertenece. De este modo piensan algunas damas.

Todas y cada una se prometieron comportarse en los bailes de la forma más encantadora que les fuera posible y mostrar con todo su brillo la superioridad de lo que tenían más perfecto. La jefa de Correos ladeó la cabeza con tanta languidez en el momento en que bailaba un vals que realmente parecía que se trataba de un ser sobrenatural. Cierta dama muy agradable —que no había acudido allí en absoluto con la intención de bailar debido a lo que ella llamaba una incomodidad, es decir, unos diminutos granitos que habían aparecido en su pie derecho, circunstancia que le había forzado a ponerse unas botas de pana— no pudo contenerse y dio unas cuantas vueltas a pesar de sus botas de pana, con el único fin de que la jefa de Correos no lograra salirse con la suya.

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Pero de todo esto nada produjo en Chichikov los efectos apetecidos. Ni siquiera se dignó fijarse en los círculos que describían las damas, sino que, puesto de puntillas, no dejaba de otear por encima de las cabezas, intentando ver dónde podía hallarse la atractiva rubia; después se inclinaba e intentaba ver entre los hombros y las espaldas, hasta que por último logró contemplarla. Se encontraba sentada junto a su madre, sobre la cual se mecía con aire majestuoso algo semejante a un turbante oriental coronado con una pluma.

Dio la sensación de que se disponía a tomarlas a las dos al asalto. Ya porque influyera en él la primavera, ya fuera porque alguien le empujó por detrás, el hecho es que continuó adelante con decisión sin fijarse en nadie ni en nada. El arrendatario de los servicios públicos se vio obsequiado con un empujón que le hizo tambalearse y con no poca dificultad consiguió sostenerse sobre una pierna, pues de no ser así habría arrastrado consigo a toda una fila. El jefe de Correos tuvo que retroceder y se quedó mirándole con una mezcla de sorpresa y de sutil ironía, pero él ni siquiera se dio cuenta. Sólo veía a lo lejos a la rubia que estaba poniéndose un largo guante y que seguramente se hallaba muy deseosa de lanzarse a volar sobre el parquet. Allí, muy cerca, cuatro parejas estaban bailando una mazurca; los tacones repiqueteaban contra el suelo y un subcapitán de Infantería hacía grandes esfuerzos, poniendo en juego cuerpo y alma, brazos y pies, por conseguir un paso que ni aun soñando habría podido nadie marcar.

Chichikov se deslizó junto a los que bailaban la mazurca, y, casi rozando los zapatos de los caballeros, fue a parar directamente al lugar en que se hallaban la gobernadora y su hija. Pero al aproximarse a ellas se mostró extremadamente tímido, olvidó sus elegantes pasitos, rápidos y cortos, e incluso se sintió un poco turbado, de tal modo que sus movimientos resultaron un tanto torpes.

No podemos afirmar con certeza si en nuestro protagonista acababa de despertarse el sentimiento del amor; incluso no es seguro que los hombres como él, esto es, los que no son gordos, aunque tampoco flacos, sean capaces de amar. No obstante, con todo y con eso, había algo raro, algo que a él mismo no le era posible explicarse. Tuvo la sensación —según confesaría más tarde—, de que todo el baile, con todas las conversaciones y ruidos, era algo que ocurría a lo lejos: los violines y las trompetas sonaban más allá de unas montañas y todo se encontraba envuelto en una niebla, parecido al campo de un cuadro pintado con descuido.

Y en medio de aquel campo lleno de brumas y pintado de cualquier manera, lo único que sobresalía con precisión, como algo acabado, eran los finos rasgos de la seductora rubia: el redondeado óvalo de su bonito rostro, y su fina cintura, esa cintura que acostumbran a tener las jovencitas durante los primeros meses después de haber concluido sus estudios, su vestidito blanco y hasta casi sencillo, que ceñía levemente y con mucho primor su joven y esbelto cuerpo, y que ponía de manifiesto unas líneas puras. Toda su figura recordaba una joya delicadamente tallada en marfil. Era la única figura blanca y, como un ser claro y transparente, destacaba entre las demás personas, que formaban un conjunto opaco y confuso.

Según parece, es cosa que ocurre en el mundo. Según parece, incluso los Chichikov, durante unos breves momentos de su vida, se transforman en poetas, aunque la palabra «poeta» resultaría ya excesiva aplicada a ellos. No obstante se sintió como si hubiera rejuvenecido, casi casi como si se hubiera transformado en un húsar. Advirtió que junto a ellas se encontraba una silla vacía y no dudó en sentarse en ella. En los primeros momentos la conversación no fluía como es debido, pero después la cosa se arregló y la charla empezó a cobrar bríos. Sin embargo… aquí, aun sintiéndolo mucho, tendremos que decir que las personas serias y que ocupan importantes cargos resultan un tanto pesadas en la conversación con las señoras. En estos oficios son auténticos maestros los tenientes y, todo lo más, aquellos que no han ido más allá del grado de capitán. Sabe Dios cómo lo harán. No parece que cuenten grandes cosas, pero lo cierto es que las jóvenes se ríen a carcajadas. Por el contrario, lo que dice un consejero de Estado es harto conocido: o habla de que Rusia es un país de considerables proporciones, o se lanza al terreno de los chicoleos, a los que en verdad no les falta ingenio, pero que dejan un horrible regusto a algo sacado de loslibros. Siempre que cuenta algo gracioso, se ríe en exceso, mucho más que la que le está escuchando.

Explicamos todo esto para que los lectores puedan darse cuenta de por qué la rubia comenzó a bostezar mientras nuestro protagonista le hablaba. Chichikov, no obstante, sin advertirlo siquiera, le explicó una infinidad de cosas agradables que ya había tenido ocasión de contar en otras diversas partes, a saber: en la provincia de Simbirsk, en casa de Sofrón Ivanovich Bespechni, donde por aquel entonces se hallaban la hija del propietario, Adelaida Sofronovna, y sus tres cuñadas, María Gavrilovna, Adelgueida Gavrilovna y Alexandra Gavrilovna; en la provincia de Riazán, en casa de Fiodor Fiodorovich Perekroiev; en la provincia de Penza, en casa de Frol Vasilievich Pobedonosni, y en la de su hermano Piotr Vasilievich, donde se encontraban su cuñada Katerina Mijailovna y las sobrinas-nietas de ésta, Emilia Fiodorovna y Rosa Fiodorovna; en casa de Piotr Varsonofievich, en la provincia de Viatka, donde estaba Pelagueia Egorovna, hermana de la cuñada de aquél, junto con su sobrina Sofía Rostislavna y las hemanastras Sofía Alexandrovna y Maklatura Alexandrovna. Tal conducta de Chichikov causó un profundo desagrado en las damas.

Una de ellas pasó a propósito por su lado para hacérselo advertir, y hasta rozó, como con descuido, a la rubia, con el desmesurado miriñaque de su vestido, y el flotante chal que cubría sus hombros pasó ondeando de tal forma que su extremo tocó el rostro de la muchacha.

Mientras tanto, a sus espaldas, de los labios de una de las damas salió, al mismo tiempo que un olor a violeta, una observación muy mordaz e hiriente. No obstante él, o no la oyó o simuló no oírla. Sea como fuere, esto no estuvo nada bien, ya que siempre hay que estimar como es debido la opinión de las damas. Cuando se arrepintió de ello era ya demasiado tarde.

El desagrado, exactamente en todos los sentidos, apareció reflejado en muchas caras. Por considerable que fuera el peso de Chichikov en la sociedad, a pesar de que era millonario y su rostro tenía algo de guerrero, de Marte, hay cosas que las damas no pueden perdonar a nadie, quienquiera que sea, y entonces puede darse por perdido. Se dan circunstancias en que la mujer, por débil que sea su carácter comparándolo con el del hombre, da pruebas de más fortaleza no ya que el hombre, sino que cualquier otra cosa en el mundo. El desprecio de nuestro héroe, a pesar de ser casi involuntario, restableció entre las damas la armonía que había estado a punto de romperse a causa de la posesión de la silla. En ciertas palabras ordinarias que él había dicho con sequedad, hallaron venenosas alusiones. Para colmo de desgracias, uno de los jóvenes presentes compuso unos versos satíricos acerca de los que danzaban, cosa que, como todo el mundo sabe, sucede siempre en los bailes de provincias. En seguida se los atribuyeron a nuestro héroe. El descontento aumentó y las damas comenzaron a cuchichear por todas partes del modo más desagradable. La infeliz colegiala quedó aniquilada totalmente y la sentencia contra ella fue firmada.

Mientras tanto, a Chichikov le esperaba una sorpresa nada grata: al mismo tiempo que la rubia bostezaba y él le explicaba diversas historietas de las que él había sido protagonista en diferentes ocasiones e incluso le hablaba del filósofo griego Diógenes, se presentó en la puerta, procedente de otro aposento, Nozdriov. Se ignoraba si venía del bar o de un saloncito verde en el que se jugaba al whist más fuerte que de costumbre; si venía por su propia voluntad o si le habían echado de mala manera, pero la cosa es que se le veía contento y alegre, cogido del brazo del fiscal, al que sin duda llevaba arrastrando así desde hacía un buen rato, pues el pobre hombre no cesaba de mover sus frondosas cejas en todas direcciones como si buscara el modo de evadirse de aquel amistoso paseo del brazo de Nozdriov.

Porque lo cierto es que aquello resultaba insoportable. Nozdriov, que se había animado con sólo dos tazas de té, por supuesto que con su acompañamiento de ron, no hacía más que decir una mentira detrás de otra. Cuando lo vio a lo lejos, Chichikov tomó incluso la resolución de sacrificarse, esto es, de abandonar su envidiable sitio y alejarse lo más rápidamente que le fuera posible, puesto que el encuentro con él no presagiaba nada bueno. Pero la mala suerte quiso que en aquel preciso instante se volviera el gobernador, quien manifestó una gran alegría por haber hallado a Pavel Ivanovich, y lo detuvo, rogándole que le sirviera de juez en una disputa que sostenía con dos señoras sobre si el amor de las mujeres es un sentimiento duradero. Nozdriov, que entretanto le había visto, se dirigió hacia él.

— ¡Vaya! ¡Ahí tenemos al propietario de Jersón! ¿Qué hay, propietario de Jersón? —exclamó aproximándose y riendo de una forma tan estrepitosa que sus mejillas, frescas y encendidas, se estremecían como una rosa primaveral—. ¿Has adquirido muchos muertos? ¿No está usted enterado, Excelencia? —continuó gritando y dirigiéndose al gobernador—. ¡Adquiere almas muertas! ¡Sí, como lo oye! Escúchame, Chichikov, te voy a hablar como amigo, todos nosotros somos amigos tuyos, aquí está Su Excelencia. Bueno, pues yo te ahorcaría, ¡te juro que te ahorcaría!

Chichikov no sabía qué hacer.
—Puede usted creerme, Excelencia —prosiguió Nozdriov—: cuando me rogó que le vendiera las almas muertas, poco faltó para que yo reventara de risa. Cuando he llegado aquí he sabido que había adquirido siervos por valor de tres millones para trasladarlos a otras tierras. ¿Cómo los va a trasladar? Lo que a mí quería comprarme eran muertos.

Oye, Chichikov, eres un animal, un perfecto animal. Aquí está Su Excelencia, ¿no es verdad, fiscal?

Pero el fiscal, y Chichikov, y hasta el gobernador se encontraban tan confusos que no hallaron palabras para responder. Nozdriov, sin dedicarles ninguna atención, siguió hablando como el hombre que está bastante borracho:

—Tú, hermano, tú, tú… No me separaré de ti hasta que me entere de para qué has adquirido almas muertas. Oye, Chichikov, tendría que darte vergüenza, bien sabes que soy tu mejor amigo. Aquí está Su Excelencia, ¿no es verdad, fiscal? No puede imaginarse, Excelencia, la buena amistad que existe entre nosotros. Aquí estoy yo, si me preguntaran a quién quiero más, si a mi propio padre o a Chichikov, y me rogasen que contestara con el corazón en la mano, diría que a Chichikov. Tal como lo oye… Permíteme, querido, que te dé un beso.

Permítame, Excelencia, que le dé un beso. Sí, Chichikov, no me lo rechaces, permite que te dé un beso en esa mejilla tan blanca como la nieve.

Nozdriov fue rechazado con sus besos de una forma tan violenta que poco faltó para que cayera al suelo. Todos los demás se alejaron de él y ahí acabó la cosa. No obstante, sus palabras sobre la adquisición de almas muertas, gritadas a voz en cuello y acompañadas de carcajadas, llamaron la atención incluso de las personas que se hallaban en los más alejados rincones de la pieza. Encontraron todos aquella noticia tan extraña, que permanecieron como petrificados, dibujándose en sus rostros una estúpida expresión inquisitiva. Chichikov se dio cuenta de que numerosas damas se hacían guiños con una sonrisa mordaz y llena de rencor, y en algunos rostros se adivinó una ambigüedad que acabó de aumentar su confusión.

Todos sabían muy bien que Nozdriov era un gran embustero, y no tenía nada de extraordinario oírle los mayores absurdos. Pero el ser humano es así, resulta casi imposible comprender las razones, pero es así: basta que circule una noticia, por absurda que sea, basta que se trate de una novedad, para que un mortal la comunique a otro, aunque no sea más que para añadir: «¡Vea usted qué embuste circula por ahí!», y el tercero le escuchará con sumo agrado, aunque luego diga él mismo: «Sí, es un absurdo embuste, no merece que se le preste atención alguna». Y al instante acudirá a buscar a otro para explicárselo y exclamar al final con noble indignación: «¡Qué embuste tan ruin!» El rumor correrá por toda la ciudad, los mortales, sin dejar ni uno solo, lo comentarán hasta que se cansen y a continuación agregarán que es una estupidez indigna de que se pierda el tiempo hablando de ello.

Esta circunstancia, a simple vista absurda, transformó visiblemente a Chichikov. Por estúpido que sea lo que dice el necio, en ocasiones es más que suficiente para confundir al hombre inteligente. Se sintió contrariado y a disgusto, exactamente igual que si con sus brillantes botas se hubiera metido en un maloliente charco.

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En resumen, se sentía molesto, muy molesto. Intentó olvidar todo aquello, distraerse y divertirse, jugó una partida de whist, pero todo le marchó al revés: jugó dos ocasiones el palo del contrario y como un necio mató su propia carta. El presidente era incapaz de comprender que Pavel Ivanovich, con lo buen jugador que era, pudiera equivocarse de tal forma, y sacrificó incluso su rey de piques, en el que, como él mismo decía, confiaba tanto como en Dios.

Como es de suponer, el jefe de Correos, el presidente y hasta el jefe de policía gastaron a nuestro protagonista las bromas de rigor acerca de si estaba enamorado, que ellos se habían dado cuenta de que el corazón de Pavel Ivanovich no andaba muy bien y sabían perfectamente quién lo había herido. Pero nada de esto le hacía recobrar la tranquilidad, por más que intentara reír y gastar bromas.

En el transcurso de la cena tampoco se encontró a gusto, a pesar de que sus compañeros de mesa eran personas muy agradables y de que hacía ya largo rato que se habían llevado a Nozdriov, porque incluso las mismas damas habían observado que su comportamiento resultaba cada vez más escandaloso. En pleno cotillón se le había ocurrido sentarse en el suelo, entreteniéndose en tirar de los faldones a los que bailaban, cosa que, según decían las damas, era completamente intolerable.

La cena fue muy animada. Todos los rostros, que aparecían entre los candelabros de tres brazos, las flores, las botellas y los dulces, se veían iluminados por una sonrisa de satisfacción. Las damas, los oficiales y lo señores de frac, extraordinariamente amables, llegaron incluso a resultar empalagosos. Los caballeros se levantaban y se apresuraban a quitar a los criados los platos, que después ofrecían con peregrina destreza a las damas. Cierto coronel llegó a ofrecer a una señora una salsera en la punta de su espada desenvainada.

Los caballeros de edad madura, entre los que se hallaba Chichikov, discutían en voz alta, acompañando cada una de sus acertadas palabras de un pedazo de ternera o de pescado bien envuelto en mostaza, y charlaban de materias sobre las que él conversaba siempre, pero él se parecía a la persona fatigada o deshecha por un largo viaje, que no comprende nada ni le es posible percibir el sentido de nada. Sin aguardar siquiera a que la cena llegara a su fin, se marchó a la posada, mucho antes de la hora en que solía retirarse.

Allí, en el aposento ya conocido por el lector, con la puerta cerrada por la cómoda, sus reflexiones y su espíritu se volvieron tan inquietos como inquietos era el sillón en el que se había sentado. Su corazón experimentaba una sensación confusa, como si un triste vacío lo hubiera invadido.

— ¡Ya podría llevarse el diablo a cuantos inventaron todos estos bailes! —exclamó malhumorado—. ¿De qué se alegran esos necios? En la provincia la cosecha ha sido muy mala, los precios son elevadísimos, y no se les ocurre otra cosa que organizar bailes. ¡Con tal de lucir sus trapos! ¡Pues realmente, había algunas que llevaban encima por valor de más de tres mil rublos! Y todo eso va a cuenta de las cargas que pagan los mujiks, o, lo que todavía es peor, a cuenta de nuestra propia conciencia. Bien se sabe para qué se aceptan las dádivas y se hace de lo blanco negro: para comprar un chal a la esposa, o bien uno de esos polisones o lo que sea. ¿Y para qué? Para no dar pie a que una murmuradora cualquiera, una Sidorovna, proclame que el atavío de la jefa de Correos era mejor, se gastan dos mil rublos. Quieren bailes, divertirse, y el baile es una porquería que no va de acuerdo con el espíritu de los rusos, con nuestro carácter. El diablo lo entenderá; un hombre adulto, mayor de edad, que de pronto sale enteramente vestido de negro, desplumado y más estirado que un diablo, y comienza a mover los pies. Hay quienes ni se acuerdan de su propia pareja y continúan charlando con otro acerca de una importante cuestión, al mismo tiempo que mueven los pies a uno y otro lado como monigotes… Todo es debido al afán de imitación. Como los franceses se comportan a los cuarenta años como un mozalbete de quince, ¡pues nosotros hemos de hacer lo mismo! No, realmente… después de un baile uno se encuentra como si hubiera cometido un pecado; no apetece ni recordarlo. Uno siente su cabeza tan vacía como después de haber hablado con un hombre de mundo, que conversa de todos los temas, pasa rozando por todo, todo lo que dice, brillante y llamativo, lo ha sacado de los libros, pero de cuanto dijo no queda nada, y después advierte que incluso el diálogo con un sencillo comerciante, que lo único que conoce es su negocio, pero que lo conoce a fondo, por experiencia propia, vale mucho más que todas esas frases que nada significan. Veamos, ¿qué es lo que podemos sacar en limpio de un baile? Imaginemos que un escritor tuviera la idea de describir toda esa escena tal como es. En el libro resultaría tan absurda como en la realidad. ¿Es moral o todo lo contrario? ¡El diablo lo sabe! Uno lo abandona, cierra el libro y se queda ignorándolo.

Esta es la poco favorable opinión de Chichikov respecto a los bailes en general, aunque es de suponer que esta vez su descontento se debía a otra razón. Su mal humor no era debido sobre todo al baile en sí, sino a lo que en él había tenido lugar, al hecho de que había aparecido ante todos sabe Dios cómo, a que le habían puesto en una ambigua y extraña situación.

En efecto, mirando las cosas con ojos de persona sensata, se daba cuenta de que todo aquello no era más que una necedad, una estupidez que no quería decir nada, especialmente en aquellos momentos, cuando lo más importante estaba ya ultimado como era debido. Pero el hombre es un ser sorprendente: se sentía en verdad disgustado de que lo miraran con malos ojos aquellos a quienes él no apreciaba y sobre los cuales se expresaba con palabras tan duras, criticando sus vestidos y su vanidad. Y su enojo creció aún más al comprender, en cuanto hubo analizado lo ocurrido, que, en cierto modo, él mismo tenía la culpa.

Sin embargo no se irritó consigo mismo, y con razón. Todos sentimos la pequeña debilidad de ser un poco indulgentes para con nosotros mismos y preferimos hallar a alguien sobre quien descargar nuestro enojo, por ejemplo, un criado, o un funcionario que está a nuestras órdenes y que tiene la mala ocurrencia de comparecer en ese instante ante nosotros, o la esposa, o aunque se trate de una simple silla, que saldrá volando quién sabe hacia dónde, hacia la misma puerta, y que se quedará sin una pata o sin un brazo. ¡Para que se entere bien de lo que significa nuestro enfado!

Así, Chichikov halló pronto al prójimo sobre el que descargar todo lo que la ira le pudiera inspirar. Ese prójimo no era otro que Nozdriov. Y no es preciso añadir que quedó vapuleado tan concienzudamente como sólo es vapuleado un starosta ladrón o como es tratado un cochero por un capitán cualquiera ejercitado en esos menesteres o en ocasiones incluso por un general, quien a las numerosas expresiones que se han hecho clásicas, agrega otras totalmente nuevas, de su propia invención.

El árbol genealógico de Nozdriov salió a relucir por entero y gran parte de los miembros de su familia por línea ascendente quedaron bastante mal parados.

Mientras se hallaba sentado en su duro sillón, sumido en tales reflexiones y turbado por el insomnio, acordándose de Nozdriov y de toda su familia, y frente a él alumbraba la vela de sebo, cuya mecha se había transformado en un negro carbón y amenazaba constantemente con apagarse; mientras la oscura y ciega noche se asomaba por la ventana, dispuesta a transformar su negrura en azul cuando llegara la aurora, y en la lejanía cantaban los gallos; mientras en la ciudad, sumida en profundos sueños, tal vez atravesaba las calles un capote de frisa, un desgraciado de Dios sabe qué clase y condición que no conocía otra cosa (¡ay!) que el camino tan pisado por el escandaloso pueblo ruso, en ese preciso instante, decimos, en el otro extremo de la ciudad se producía un acontecimiento que contribuiría a hacer más desagradable la situación de nuestro protagonista.

Por las calles y callejuelas más alejadas avanzaba ruidosamente un vehículo tan peregrino que nos encontraríamos en gran dificultad si intentáramos especificar qué clase de vehículo era. No se trataba de una tartana, ni de un tílburi, ni de una calesa; antes guardaba gran parecido con una sandía carirredonda colocada sobre ruedas. Las mejillas de dicha sandía, esto es, las portezuelas, que aún tenían las huellas de pintura amarilla, ajustaban muy mal, debido al desfavorable estado de los cierres, que los habían sujetado de cualquier forma mediante cuerdas. La sandía se hallaba totalmente repleta de almohadones de percal que tenían la forma de saquitos, rollos y simples cojines, y de sacos llenos de pan, bollos y rosquillas de todas clases. En medio de todo aquello destacaban dos empanadas. La parte trasera estaba ocupada por un individuo que quería hacer las veces de lacayo, y que llevaba una chaquetilla de tela casera y una barba en la que comenzaban a verse canas: era lo que suele conocerse con el nombre de «mozo».

El estrépito del vehículo sobre las piedras y el chirrido de los hierros y tornillos oxidados hicieron despertar al guarda en la otra punta de la calle, el cual, empuñando su alabarda, exclamó casi gritando con voz, medio adormilada: «¿Quién va?», aunque, al ver que no iba nadie y que sólo se oía un ruido a lo lejos, se quitó del cuello un pequeño animalito, se aproximó al farol llevándolo entre los dedos y a continuación lo ajustició entre las uñas. Seguidamente dejó la alabarda y se quedó dormido de conformidad con los reglamentos de la orden de Caballería que profesaba.

Los caballos no hacían más que caerse sobre las patas delanteras, ya que no estaban herrados y, según parece, desconocían el liso empedrado de la calzada de la ciudad. El vehículo dio unas cuantas vueltas, pasando de una calle a otra, hasta que se introdujo en una oscura callejuela, dejó atrás la iglesia parroquial de San Nicolás, y se paró frente a la casa del arcipreste. Del carromato salió una muchacha con un pañuelo a la cabeza y un chaquetón guateado y comenzó a aporrear la puerta con los dos puños tan enérgicamente que cualquiera habría creído que se trataba de un hombre. (Al mozo de la chaquetilla de tela casera hubo que sacarle después arrastrándolo por las piernas, porque estaba dormido como un tronco.)

Los perros se pusieron a ladrar, el portal se abrió y tragóse por último, aunque no sin trabajo, aquella tosca producción del arte carreteril. El vehículo penetró en un pequeño patio en el que apenas quedaba espacio libre a causa de la aglomeración de leña, gallineros y todo género de jaulas. Del carromato salió una dama: era la viuda del secretario colegiado Korobochka. La vieja, poco después de haber partido nuestro héroe, experimentó el temor de que se la hubiera hecho victima de un fraude, y habiendo pasado tres noches sin conciliar el sueño resolvió ir a la ciudad, a pesar de que los caballos estaban sin herrar, a fin de enterarse de buena tinta de a qué precio se pagaban las almas muertas. Podría suceder, Dios no lo permitiera, que hubiera incurrido en el error de venderlas por la cuarta parte de su precio.

Las consecuencias de la venida de la señora Korobochka las hallará el lector explicadas en cierta conversación que tuvo lugar entre dos damas. Dicha conversación…, pero valdrá más dejarla para el capítulo que sigue.

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Enlace a Capitulos 9 y 10

Almas Muertas – Por Mykola Hóhol – Capítulos V y VI

Enlace a capitulos anteriores


CAPITULO V

Nuestro protagonista se marchaba con el resuello todavía en el cuerpo.

A pesar de que los caballos avanzaban a todo galope y la aldea de Nozdriov se había perdido ya de vista, quedando oculta tras los campos y las colinas, no dejaba de volver la cabeza con temor, pensando que podían haber salido tras él y si estarían a punto de darle alcance.

Aspiraba con dificultad y al ponerse la mano sobre el corazón se dio cuenta de que saltaba como pájaro encerrado en una jaula.

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« ¡Qué manera de hacerme sudar! Ese…» Y entonces volcó sobre Nozdriov deseos y maldiciones de todo tipo, con los que mezclaba incluso palabras gruesas. ¿Qué se le va a hacer? Era ruso, y por otra parte estaba sumamente enojado. El asunto no era como para no tomarlo en serio.

«De no haber aparecido muy oportunamente el capitán de policía — pensaba—, tal vez allí mi existencia habría llegado a su fin. Habría desaparecido de igual modo que desaparece una burbuja en el agua, sin dejar huella de su paso, ni descendencia, sin ver a mis futuros hijos, ni a mi fortuna ni un apellido decente.»

Pues nuestro protagonista sentía gran preocupación por su descendencia y porvenir.

« ¡Qué señor tan repugnante! —se decía Selifán—. Es el primero que veo como él. Se merece que le escupiera en la cara. A la persona no le des comida si no quieres, pero al caballo tienes la obligación de alimentarlo, puesto que a él le gusta la avena. Es su alimento. La avena representa para él lo que la comida para nosotros: es su sustento.»

Los caballos parecían asimismo haber sacado no muy buena impresión de Nozdriov. No sólo «Asesor» y el bayo estaban de mal humor, sino también el blanco. A pesar de que a él le tocaba la peor ración de avena y Selifán se la arrojaba al pesebre exclamando: « ¡Come, miserable!», lo que le echaba era avena, y no simple heno: la comía con sumo agrado y muchas veces introducía su largo morro en el pesebre de sus compañeros para probar lo que les habían dado a ellos, especialmente cuando Selifán se había ausentado de la cuadra. Pero en esta ocasión no les habían dado más que heno… Eso no estaba nada bien. Se veía claramente lo descontentos que estaban todos.

Pero poco después las reflexiones de los descontentos fueron interrumpidas cuando menos lo esperaban y de modo brusco.

Todos, incluido el cochero, advirtieron la cosa cuando ya se les había echado encima un carruaje arrastrado por seis caballos y casi sobre ellos oyeron cómo gritaban la damas que iban en él, y las amenazas y maldiciones del otro cochero.

— ¿No me has oído, imbécil, cuando te gritaba que giraras a la derecha? ¿Estás borracho?

Selifán se dio cuenta de que había cometido una falta, pero como al ruso le molesta reconocer su culpa ante los demás, a continuación se irguió, exclamando:

— ¿Y por qué corrías tú tanto? ¿Acaso has dejado en la taberna tus ojos en prenda?

Acto seguido intentó hacer que su coche retrocediera a fin de desenredar los aparejos, pero no era ésta una empresa fácil, ya que todo se había hecho un lío.

El caballo blanco, sintiéndose curioso, olfateaba a los nuevos amigos que le habían aparecido a ambos lados. Mientras tanto las damas del otro carruaje, con el susto reflejado en la cara, investigaban en torno a ellas. Una era de edad y la otra una jovencita de dieciséis años, de dorada cabellera peinada con mucha gracia. El hermoso óvalo de su cara tenía la misma forma redondeada de un huevo recién puesto y, al igual que él, poseía su misma blancura transparente cuando las morenas manos del ama de llaves lo sacan del ponedero para observarlo al trasluz, frente a los resplandecientes rayos del sol. Sus suaves orejitas eran también transparentes, y se coloreaban con la cálida luz que las atravesaba. La expresión de susto que se advertía en sus labios entreabiertos e inmóviles, y las lágrimas de sus ojos, resultaban tan emotivas, que nuestro héroe la contempló con la mirada fija en ella sin hacer caso alguno del barullo que habían organizado los cocheros y los caballos.

— ¡Hazte atrás, imbécil! —gritó con furia el otro cochero.
Selifán tiró de las riendas, el otro cochero hizo otro tanto, los caballos retrocedieron pero se enredaron de nuevo al pisar los tirantes, Para colmo, el blanco se sentía tan complacido con sus nuevos amigos que en modo alguno quería alejarse del carril al que le había empujado el Destino, y con el morro junto al cuello de su amigo, parecía estarle diciendo algo al oído, sin duda una necedad de primera clase, ya que el otro no paraba de mover las orejas.

No obstante, aquel barullo atrajo a los campesinos de una aldea felizmente cercana. Como un espectáculo de tal categoría es para el campesino una bendición de Dios, algo semejante a lo que para el alemán representa el periódico o el club, poco después se habían concentrado en gran número en torno a los carruajes, hasta el punto de que en la aldea únicamente quedaron las viejas y los niños pequeños.

Al fin soltaron los tirantes. Varios golpes que recibió el blanco en el morro le obligaron a retroceder. En resumen, los separaron. Pero sea por la indignación que experimentaban los demás caballos al ver que los separaban de sus amigos, sea por simple estupidez, la cuestión es que por más que el cochero les arreara con el látigo, permanecían como clavados, sin avanzar un solo paso.

El interés de los campesinos aumentó hasta extremos inconcebibles.

Los consejos se sucedían, todos intentaban meter baza:
—Tú, Andriushka, agarra por las riendas al de la derecha, y tú, tío Mitiai, móntate en el de varas. Vamos tío Mitiai, móntate.

El tío Mitiai, larguirucho y enjuto, con barba de color rojizo, hizo lo que le indicaban, transformándose en algo parecido a un campanario de aldea, o más todavía, a uno de los ganchos con que se extrae el agua de un pozo. El cochero fustigó a los caballos, pero tanto esto como los incesantes esfuerzos del tío Mitiai fueron inútiles.

— ¡Detente, detente! —gritaron los campesinos—. Tío Mitiai, móntate en el derecho, y tú, tío Miniai, monta en el de varas.

El tío Miniai, un campesino de robustas espaldas, barba negra como la pez y vientre semejante al enorme samovar en que se calienta el hidromiel para todos los ateridos asistentes al mercado, se montó con gusto al caballo de varas, que estuvo a punto de derribarse bajo su peso.

—Ahora irá bien la cosa —gritaron los campesinos—. Dale, dale a éste.
Suéltale un latigazo a ese otro que se agita como si fuera un koramora*.

* Es un mosquito de gran tamaño, largo y de torpes movimientos. A veces penetra en los aposentos y se posa solitario en las paredes. Con facilidad se deja agarrar de una pata, y no hace más que revolverse y retorcerse

Al ver, no obstante, que todo continuaba igual y que los latigazos no surtían efecto alguno, el tío Mitiai y el tío Miniai montaron ambos en el caballo de varas, y en el de la derecha se subió Andriushka. Por último el cochero, agotada su paciencia, prescindió de la ayuda del tío Mitiai y del tío Miniai, e hizo bien, ya que los caballos estaban bañados en sudor, como si hubieran recorrido de una galopada la distancia que les separaba de la estación de postas. Los dejó reposar un rato, y los caballos mismos se desenredaron y continuaron su camino.

En el transcurso de todas estas maniobras, Chichikov se quedó mirando muy atentamente a la joven desconocida. Intentó en repetidas ocasiones iniciar conversación con ella, pero las cosas le salieron mal.

Entretanto, las damas prosiguieron su viaje y la hermosa cabecita, los suaves rasgos de su rostro y el fino talle se esfumaron como si fueran una visión.

Y otra vez se quedaron solos en el camino el carruaje, los tres caballos ya conocidos por el lector, Selifán, Chichikov y la soledad de los vastos campos que les rodeaban. En la vida, cualquiera que sea el sitio que consideremos, ya entre las ásperas, pobres, endurecidas y sucias capas inferiores, ya entre las superiores, frías hasta la monotonía y aburridamente pulcras, en todas partes, aunque sólo sea una vez, se encuentra el hombre con una visión totalmente distinta a cuanto hasta aquel momento ha hallado y que, cuanto menos una vez, despierta en él sentimientos muy contrarios a los que en él latían y latirán en el transcurso de toda su vida.

Constantemente, a través de las tribulaciones y pesares de que aparece entretejida nuestra vida, cruza gozosa una resplandeciente alegría, como una refulgente carroza tirada por bellos caballos con jaeces de oro y cristales que deslumbran al sol, que, de pronto, cruza una mísera aldehuela perdida, que jamás vio otra cosa que los carros de los mujiks, mientras que los campesinos se quedan durante largo tiempo boquiabiertos y con el gorro en la mano aun después de haber perdido de vista el fantástico carruaje. Así, pues, cuando menos lo esperábamos, surgió la jovencita rubia en nuestra narración y, con igual rapidez desapareció de ella.

De haber sido Chichikov un muchacho de veinte años, estudiante o bien húsar, o sencillamente un joven que daba los primeros pasos en el camino de la vida, ¡Santo Dios, qué sentimientos habrían nacido en él! ¡De qué manera se habría removido y hablado su alma! Durante mucho rato se habría quedado abstraído en aquel lugar, con la mirada fija en la lejanía sin ver lo que se ofrecía a sus ojos, no acordándose ya de su viaje ni de las reconvenciones y los reproches que le aguardaban por su retraso, no acordándose de su persona, de sus asuntos, del mundo ni de todo lo que en él existe.

Pero nuestro protagonista era hombre de alguna edad, y estaba dotado de un carácter prudente y frío. También él permaneció meditabundo, pero sus pensamientos fueron muy positivos, no había en ellos nada de vaguedad, y hasta en cierto modo eran unas ideas sólidamente fundadas.

« ¡Qué maravillosa mujercita! —se decía para sus adentros mientras abría la tabaquera y tomaba una pulgada de rapé—. Sin embargo, ¿qué es lo mejor que posee? Por lo que parece, ha salido recientemente de un pensionado o instituto; no tiene nada de mujer, es decir, nada de eso que precisamente resulta en las mujeres más grato. Ahora es como una niña, en ella nada es complicado, dice lo que piensa y ríe cuando le apetece. Con ella es posible hacer todo cuanto se quiera, puede llegar a convertirse en una maravilla, o puede resultar un guiñapo, ¡y resultará un guiñapo! Será suficiente que la cojan por su cuenta la mamaíta y las tiítas. En escasamente un año la llenarán de toda clase de ideas de mujer hasta el extremo de que ni su propio padre logrará conocerla. Así surgirán en ella la presunción y la altivez, comenzará a moverse de acuerdo con instrucciones aprendidas de memoria; la atormentarán los quebraderos de cabeza, preguntándose con quién, cuando y cómo se debe hablar, y cómo se debe mirar a cada cual; constantemente estará temiendo hablar más de la cuenta; llegará a hacerse una confusión con todo y acabará mintiendo siempre. ¡El diablo sabe cómo terminará!»

Durante un rato permaneció en silencio, y después continuó:
«Me gustaría enterarme de algo acerca de su familia. ¿Quién puede ser su padre? ¿Un rico propietario de buen carácter, o simplemente un hombre sensato que ejerciendo su cargo ha sabido reunir algún capital? Porque si, supongámoslo, a esta jovencita le dan una dote de doscientos mil rublos, resultaría un bocado maravilloso, realmente magnífico. Podría hacer feliz, por así decirlo, a cualquier hombre formal.»

Los doscientos mil rublos comenzaron a presentársele de modo tan agradable, que en su interior comenzó a reprocharse no haberse valido de aquel incidente para preguntar al cochero o al postillón la identidad de las dos viajeras. Sin embargo, pronto surgió a lo lejos la aldea de Sobakevich, que le distrajo de sus reflexiones y le hizo volver a la materia que en todo momento le ocupaba.

Encontró la aldea bastante grande. Dos bosques, uno de pinos y otro de abedules, se extendían a derecha e izquierda semejantes a dos alas, una oscura y otra más clara. En el centro se alzaba un edificio con buharda cuya techumbre estaba pintada de rojo y las paredes de color gris bastante oscuro, un edificio muy semejante a los que se construyen para los campamentos militares y para los colonos alemanes. Se veía claramente que su construcción había representado una incesante lucha entre el arquitecto y los deseos del propietario… El primero era extremadamente formalista y le gustaba la simetría, y en cambio el segundo quería la comicidad. Así, había ordenado que en un ala taparan todas las ventanas, practicando, por el contrario, un ventanuco que sin duda era necesario para dar luz a algún oscuro aposento.

De igual manera el frontal no correspondía al centro de la casa, por más que el arquitecto se hubiera esforzado, ya que el propietario había ordenado quitar una columna lateral, con lo cual resultaba que las columnas no eran cuatro, como al primer momento se creía, sino sólo tres. Una valla de sólida madera y constituida por tablas de enorme grosor rodeaba todo el patio.

Todo indicaba muy a las claras que el dueño se preocupaba en extremo por la solidez. Para los cobertizos, la cuadra y la cocina se habían utilizado gruesos y pesados troncos, como si fueran construcciones hechas para conservarse durante siglos enteros. Las cabañas de los campesinos eran asimismo tremendamente sólidas. Ninguna de ellas tenía adornos tallados o cualquier clase de filigranas, pero eran resistentes y estaban bien terminadas. Hasta el pretil del puente había sido levantado con unos troncos de roble de grosor como solamente se ven en los barcos y en los molinos. En resumen, se mirara donde se mirase, todo aparecía hecho a conciencia, fuerte, aunque en extremo pesado.

Cuando se aproximó al portal, Chichikov pudo distinguir dos cabezas que se asomaban casi al mismo tiempo por una ventana: una era de mujer, con cofia, y su rostro, estrecho y alargado, tenía la misma forma que un pepino; la otra era de hombre, ancha y redonda como esas calabazas de Molravia que en nuestro país se utilizan para hacer balalaicas ligeras de dos cuerdas, esos instrumentos que son el ornato y la distracción del joven de veinte años, presumido y osado, que guiña el ojo y silba a las muchachas de blanco pecho y cuello liso que forman corro en torno a él para escuchar su delicado rasgueo. A continuación los dos rostros desaparecieron. En la puerta apareció un criado que llevaba una chaquetilla gris de alto cuello azul, quien indicó a Chichikov que pasara al vestíbulo, adonde salió después el mismo dueño de la casa.

En cuanto vio al recién llegado, dijo con voz ronca: «Tenga la bondad», y lo condujo a los aposentos interiores.

Chichikov lanzó una mirada de reojo a Sobakevich y le pareció que estaba viendo a un oso de tamaño mediano. Para darle todavía más parecido, llevaba, un frac de color de la piel de oso, de mangas demasiado largas; los pantalones eran igualmente muy largos, y él caminaba de manera muy desgarbada, pisando sin cesar a quien se hallara en las inmediaciones. El color de su rostro era como el del hierro puesto al rojo, bastante parecido al de las monedas de cobre de cinco kopecs. Es de sobras sabido que en el mundo hay numerosos rostros como ése, que la Naturaleza forjó sin pensarlo demasiado, sin utilizar delicadas herramientas como el punzón, la lima y otras, sino que los forjó a hachazos; tras un hachazo surgió la nariz, después de descargar otro salieron los labios, mediante una gruesa barrena le taladró los ojos y, sin detenerse a pulir su obra, la arrojó al mundo exclamando: « ¡Vive!»

Chichikov lanzó una mirada de reojo a Sobakevich y le pareció que estaba viendo a un oso de tamaño mediano. Para darle todavía más parecido, llevaba, un frac de color de la piel de oso, de mangas demasiado largas

Así era Sobakevich, robusto y tallado toscamente. Su cabeza se mantenía más bien baja que alta, su cuello no hacía el más mínimo movimiento, y, a causa de esta rigidez, en contadas ocasiones miraba a su interlocutor, sino que contemplaba una esquina de la estufa o bien la puerta. Chichikov le miró de nuevo mientras pasaban al comedor.

¡Era verdaderamente un oso, un auténtico oso! A fin de completar el parecido, se llamaba Mijail Semionovich*.

Los rusos llaman a los osos Mishka o Misha, diminutivo familiar de Mija

Conociendo ya muy bien la costumbre que tenía de pisar a cuantos se hallaban cerca, Chichikov avanzaba con sumo cuidado y siempre le cedía el paso. El mismo dueño de la casa pareció advertirlo y en seguida le preguntó:

— ¿Acaso le he molestado?
Pero Chichikov le contestó dándole las gracias y añadiendo que todavía no había experimentado ninguna molestia.

En cuanto hubieron llegado a la sala, Sobakevich, señalándole una butaca, volvió a decir:

—Tenga la bondad.

Chichikov tomó asiento y lanzó una ojeada a las paredes y a los cuadros que pendían de ellas. Todos representaban buenos mozos, generales griegos en su tamaño natural: Maurocordato vestido con guerrera pantalones de color rojo, y provisto de lentes que cabaleaban sobre su nariz; Miauli, Kanaris. Se trataba de unos héroes con tales pantorrillas y bigotazos que sólo con verlos se echaba uno a temblar. Al lado de éstos, sin que nadie supiera por qué ni para qué, se hallaba Bragation*, delgado y bajito, con unos pequeñísimos cañones y banderas al pie, encerrados en un diminuto marco.

General ruso que, a las órdenes de Suvorov, se distinguió en las guerras napoleónicas y sobre todo en la batalla de Borodino. Vivió entre 1765-1812.

A continuación se veía a la heroína griega Bobelina, cuya pierna parecía más gruesa que el torso de los petimetres que actualmente invaden los salones. Era como si el propietario, hombre fuerte y robusto, hubiera tenido el propósito de adornar la estancia con gentes no menos fuertes y robustas. Junto a Bobelina, al lado mismo de la ventana, se veía una jaula en la que estaba encerrado un tordo oscuro moteado de blanco, el cual guardaba también un gran parecido con Sobakevich. Apenas habían tenido tiempo de quedar callados el recién llegado y el propietario, cuando abriéndose la puerta de la sala, penetró en el aposento la señora, dama de muy elevada estatura y que llevaba una cofia sujeta con unas cintas que habían sido teñidas en casa. Entró con aire majestuoso, manteniendo la cabeza erguida como una palmera.

—Esta es mi Feodulia Ivanovna —dijo entonces Sobakevich.

Chichikov se levantó y besó la mano a Feodulia Ivanovna, quien casi se la metió en la boca, por lo que tuvo oportunidad de advertir que se lavaba con la salmuera de los pepinos.

—Querida —continuó Sobakevich—, te presento a Pavel IvanovichChichikov, a quien tuve el honor de conocer en casa del gobernador y en la del jefe de Correos.

Feodulia Ivanovna le indicó que tomara asiento, diciendo asimismo:
«Tenga la bondad» y moviendo la cabeza del mismo modo que lo hacen las actrices cuando representan el papel de reinas. Después se sentó en el diván, y tras arrebujarse en su pañoleta de lana, ya no volvió a parpadear, ni siquiera a mover una ceja.

Chichikov alzó de nuevo la vista y vio otra vez a Kanaris con sus gruesas pantorrillas y sus largos bigotes, a la Bobelina y al tordo en la jaula.

Por espacio de cinco minutos permanecieron todos sin pronunciar palabra. Lo único que podía oírse era el repiqueteo que producía el tordo con su pico en los barrotes de la jaula, en el fondo de la cual había unos cuantos granos de trigo. Chichikov volvió a pasar revista a la estancia: todo lo que se encontraba en ella era macizo, fuerte, y tenía una extraña semejanza con el dueño de la casa. En un rincón de la sala había un barrigudo escritorio de madera de nogal, cuyas cuatro patas eran extraordinariamente absurdas. La mesa, las sillas, las butacas, todo era pesado y producía sensación de desasosiego. En resumen, cada cosa, cada silla, parecía estar diciendo: «¡Yo también soy Sobakevich! o «¡Yo también me parezco a Sobakevich!»

Nos acordamos de usted el jueves pasado, en casa de Iván Grigorievich, el presidente de la Cámara —dijo por último Chichikov al ver que ninguno de los presentes tenía el propósito de hablar—. Fue una velada muy agradable.

—Sí, aquel día no fui a la casa del presidente —dijo Sobakevich.

—Es una magnífica persona.
— ¿Quién? —preguntó Sobakevich mirando al rincón de la estufa.
—El presidente.
—Se lo habrá parecido a usted. Pero es un masón y un estúpido como no se puede encontrar otro en el mundo.

Chichikov se quedó cortado al oír una frase tan tajante; sin embargo, se rehizo y prosiguió:

—Es verdad, todos tienen sus defectos, pero, por el contrario, el gobernador es una persona excelente.

— ¿Excelente el gobernador?

—Sí. ¿Acaso no es cierto?
— ¡Es el mayor bandolero que pueda haber en el mundo!
— ¿Qué me dice? ¿El gobernador, un bandolero? —exclamó Chichikov incapaz de comprender de qué modo el gobernador había parado en bandolero—. Debo confesarle que no lo suponía ni remotamente —continuó—. Permítame, no obstante, hacer notar que sus maneras no son de mala persona, sino que más bien se distingue por su delicadeza.

Y para demostrar su afirmación se puso a hablar de las bolsitas que sabía bordar y de la dulce expresión de su cara.

—También su rostro es de bandolero —añadió Sobakevich—. Si se le pone una navaja en la mano y se le deja en cualquier camino, es capaz de matar al primero que se le presente. ¡Lo matará por un kopec! Y el vicegobernador otro tanto, son tal para cual.

«No le hablaré más de ellos, parece que no le caen bien —se dijo Chichikov—. Voy a hablarle del jefe de policía, pues creo que de él sí es amigo.»

—A pesar de todo —dijo—, debo confesarle que quien más me gusta es el jefe de policía. ¡Qué carácter tiene tan abierto y franco! ¡Qué sinceridad se advierte en su rostro!

— ¡Es un granuja! —exclamó Sobakevich con mucha sangre fría—. Es capaz de traicionarle, de engañarle, y se sentará con usted a la mesa. Los conozco muy bien a todos. Son unos pillos de siete suelas. Toda la ciudad es como ellos: un granuja cabalga sobre otro mientras un tercero los va azuzando. Son unos Judas. El único hombre honrado es el fiscal, y aun así, en realidad no es más que un cochino.

Tras estas loables, aunque compendiadas, biografías, Chichikov se dio cuenta de que lo mejor era pasar por alto a los restantes funcionarios,acordándose de que a los Sobakevich les disgustaba hablar bien de nadie.

—Bien, querido —intervino entonces la mujer de Sobakevich dirigiéndose a él—, es hora de ir a comer.

—Tenga la bondad —rogó el marido a Chichikov.

Se dirigieron a la mesa en la que estaban dispuestos los entremeses; el invitado y el dueño de la casa tomaron, como corresponde, una copa de vodka y menudencias de todo género, tanto saladas como no, a fin de despertar el apetito; o sea que hicieron como se acostumbra a lo largo y a lo ancho de la espaciosa Rusia no sólo en las ciudades sino también en las aldeas. Seguidamente se encaminaron al comedor, precediéndoles, como un ganso, la dueña de la casa.

La mesa, un tanto pequeña, había sido dispuesta para cuatro comensales. El cuarto, que compareció poco después, era alguien de quien nos resultaría imposible decir si era casada o soltera, parienta, ama de gobierno o, sencillamente, habitante de la casa; se trataba de alguien sin cofia, de alrededor de treinta años, cubierta por un pañolón de vivos colores. Hay seres que existen en el mundo no como objetos, sino como pequeñas manchitas o motitas sobre un objeto. Se hallan todas ellas en un mismo lugar, mantienen de igual manera la cabeza, la mayoría de las veces las toma uno por un oso y piensa que desde que nacieron sus labios jamás pronunciaron una sola palabra. Por el contrario, allá en la habitación de las criadas o en la despensa se convierten en una potencia.

—Esta sopa de coles es hoy muy buena, alma mía —dijo Sobakevich sorbiendo cucharada tras cucharada, al mismo tiempo que se servía de la fuente un gran pedazo de ñaña, ese conocido manjar que se come con la sopa de coles y que consiste en un estomago de cordero relleno de gachas de alforfón, patas y sesos—. Una ñaña igual —continuó dirigiéndose ahora a Chichikov— no la comería usted en la ciudad. ¡El diablo sabe qué es lo que le servirían allí!

—No obstante, la mesa del gobernador es bastante buena —comentó Chichikov.

— ¿Sabe de qué manera guisan? Si estuviera enterado de ello, le resultaría imposible probar un solo bocado.

—Ignoro cómo guisan, no estoy capacitado para juzgar, pero las chuletas de cerdo y el pescado cocido a vapor estaban deliciosos.

—Lo creería usted. Sé muy bien lo que compra en el mercado. Ese miserable de cocinero, que aprendió con un francés, compra un gato, y después de despellejarlo lo hace pasar por liebre.

— ¡Huy, qué asco! —exclamó la mujer de Sobakevich.
—De este modo es como lo hacen en todas sus casas, alma mía; yo no tengo ninguna culpa, pero así lo hacen. Los desperdicios, todo lo que aquí echa Akulka al basurero, con perdón sea dicho, ellos lo meten en la sopa. ¡Sí, en la sopa, como lo oyes! – Siempre te pones a contar en la mesa cosas nada agradables —replicó la mujer de Sobakevich.

— ¡Qué quieres, alma mía! —dijo éste—. Si fuera yo quien lo hace…

Pero sabes perfectamente que yo no comeré porquerías. Aunque me trajeras las ranas rebozadas en azúcar, no las probaría, como tampoco las ostras. Sé muy bien a qué se parecen las ostras. Sírvase usted cordero —continuó, volviéndose hacia Chichikov—. Esto es costado de cordero con gachas de alforfón. No se trata de la pepitoria que preparan en las comidas de los señores con una carne que desde cuatro días antes está en la plaza. Son inventos de los doctores franceses y alemanes. Yo los mandaría ahorcar a todos. ¡Han inventado la dieta, curan haciendo que la gente pase hambre! Son personas endebles y se imaginan que sus métodos sientan bien al estómago de los rusos. Todo eso no son más que invenciones suyas… —y en este punto Sobakevich, enojado, sacudió la cabeza—. No hacen más que hablar de la ilustración y sobre la ilustración, y no obstante la ilustración es una porquería.

Diría otra palabra, pero no lo hago por respeto, teniendo en cuenta que nos hallamos en la mesa. Yo no hago las cosas como ellos. Si hay cerdo, venga todo el cerdo a la mesa; cuando hay cordero, venga el cordero entero; y cuando hay ganso, ¡el ganso entero! Para mí vale más comer dos platos, pero en la cantidad necesaria, lo que mi estómago exige.

Y Sobakevich avaló sus palabras con hechos. Después de haberse servido medio costado de cordero, se lo comió completamente, royendo y chupando hasta el más pequeño hueso.

«Sí —se dijo Chichikov para sus adentros—, es persona de buen diente.»
—En mi casa somos muy distintos —continuó diciendo Sobakevich, mientras se limpiaba las manos con la servilleta—. No hacemos igual que un Pliushkin cualquiera, quien poseyendo más de ochocientas almas come y vive peor que mi pastor.

— ¿Quién es ese tal Pliushkin? —preguntó Chichikov.

—Es un pillo —repuso Sobakevich—, un tacaño como usted no se puede hacer idea. Los presos de la cárcel viven mucho mejor que él. Mata a los suyos de hambre.

— ¿Es cierto? —exclamó Chichikov interesado—. ¿Y dice usted que sus gentes se mueren en enormes proporciones?

—Se le mueren como moscas.

— ¿Es posible que como moscas? Y dígame, ¿dónde vive? ¿Está cerca de aquí?

A unas cinco verstas.

— ¡Cinco verstas! —exclamó Chichikov, e incluso sintió que su corazón latía con más velocidad—. Al salir de su portón, ¿a qué lado se encuentra? ¿A la derecha o a la izquierda?

—Si quiere seguir mi consejo, no pregunte siquiera por el camino que conduce a la casa de ese perro —repuso Sobakevich—. Es mucho mejor acudir a un lugar excusado que a su casa.

—No se lo preguntaba por nada, sino solamente porque me interesan los lugares más diferentes —contestó Chichikov.

Detrás del costado de cordero siguieron las empanadas, cada una de las cuales era de tamaño mucho mayor que un plato, y seguidamente un pavo tan grande como un ternero, que estaba relleno de huevo, hígado, arroz y Dios sabe qué más, todo ello metido en el vientre de dicha ave.

En este punto concluyó la comida, pero cuando Chichikov se levantó de la mesa tuvo la sensación de que había aumentado su peso en un pud.

Se encaminaron entonces a la sala, donde les aguardaban unos platos de dulce que no era ni de ciruela, ni de pera, ni de ninguna baya conocida aunque, sin embargo, ni el invitado ni el dueño de la casa lo probaron.

La anfitriona se marchó con intención de llenar de dulce otros platos.

Chichikov, aprovechando que ella se hallaba ausente, se volvió hacia Sobakevich, quien, apoltronado en su butaca, no hacía más que carraspear después de tan copiosa comida, y emitiendo unos sonidos ininteligibles, santiguándose de vez en cuando y tapándose la boca a cada instante con una mano. Chichikov le dirigió las palabras que siguen:

—Querría hablarle de cierto asuntillo.

—Aquí hay más dulce —interrumpió la anfitriona, que en aquel momento volvía con un plato—. Es de rábano preparado con miel.

—Luego —dijo Sobakevich—. Tú puedes irte a tu aposento. Pavel Ivanovich y yo nos quitaremos el frac y reposaremos un rato.

La dueña de la casa iba a ordenar que trajeran edredones y almohadas, pero el anfitrión dijo:

—No es necesario, descansaremos en los sillones.

La anfitriona se retiró y Sobakevich inclinó un poco la cabeza, como si se dispusiera a escuchar cuál era aquel asuntillo.

Chichikov comenzó de muy lejos, habló acerca del Imperio ruso y alabó grandemente su extensa superficie; dijo que ni siquiera la antigua monarquía romana había sido tan enorme, cosa que, con toda razón, llenaba de asombro a los extranjeros… Sobakevich le escuchaba con la cabeza inclinada y sin pronunciar palabra.

Y de acuerdo con las leyes que existen en este Imperio, continuó Chichikov, cuya gloria no tiene par, los siervos que están inscritos en el registro y cuyos trabajos en este mundo llegaron a su fin, continúan constando como existentes, mientras no se confeccione un nuevo registro, como si aún estuvieran vivos, con el propósito de no recargar las oficinas públicas, con una infinidad de datos minuciosos y absurdos, y de no rellenar más el ya de por sí complicado mecanismo estatal…

Sobakevich continuaba escuchándole con la cabeza inclinada.

Y no obstante, aunque esta medida fuera muy justa, por otra parte resultaba en cierto modo gravosa para gran número de terratenientes, obligándoles a pagar las cargas como si se tratara de siervos vivos.

Y él, impulsado por el aprecio que sentía por su amigo, estaba dispuesto a hacerse cargo de ese deber, verdaderamente gravoso.

En cuanto a la materia principal, Chichikov se expresó con extremada cautela: no llamó a dichos siervos almas muertas, Sino simplemente inexistentes.

Sobakevich le estuvo escuchando hasta el final con la cabeza agachada, sin que en su cara se notase ninguna expresión. Producía la sensación de que aquel cuerpo era algo sin alma, o de que, en caso de tenerla, no ocupaba el sitio que debía corresponderle, sino que, a semejanza del koschei* inmortal, se encontraba más allá de las lejanas montañas, envuelta en un pellejo tan grueso que todo lo que se removía en su fondo no daba lugar en la superficie a la más mínima conmoción.

Es decir, el esqueleto inmortal. En los cuentos populares rusos, es un anciano enjuto, malvado y rico que posee el secreto de la longevidad.

— ¿Qué me responde? —inquirió Chichikov, esperando la contestación un tanto emocionado.

—Lo que usted quiere son almas muertas, ¿no es Cierto? —repuso Sobakevich sin trasparentar el menor asombro, como si se estuviera tratando la venta de trigo.

—Sí —asintió Chichikov, quien volvió a suavizar la expresión añadiendo—: inexistentes…

—Las hallaremos, ¿por qué no las hemos de hallar? —dijo Sobakevich.

—Y si hay algunas, usted, con toda seguridad, estará encantado de librarse de ellas.

— ¿Por qué no había de estarlo? Bien, se las venderé —dijo Sobakevich alzando un poco la cabeza y dándose cuenta de que el comprador debería obtener de ello algún beneficio.

«¡Diablos! —se dijo Chichikov—. Este ofrece antes de que haya dicho nada de comprarlas», y añadió en voz alta:

— ¿Y cuánto querría por ellas, por ejemplo? Aunque es un artículo que… incluso queda raro hablar de precios…

—Para que no pueda decir que pido mucho, cien rublos por pieza —repuso Sobakevich.

— ¡Cien rublos! —exclamó Chichikov, quien se quedó como petrificado y mirándole a los ojos sin saber qué pensar, si era que él lo había oído mal, o bien que la lengua de Sobakevich, naturalmente torpe, había ofrecido resistencia a las intenciones del dueño, pronunciando una palabra por otra.

— ¿Lo cree usted caro? —preguntó Sobakevich, agregando después—: ¿Y cuál es su precio?

— ¿Precio? Sin duda nos hemos equivocado o no nos entendemos bien.

Hemos olvidado de qué materia tratamos. Con la mano sobre el corazón, pienso que lo más que se puede ofrecer son ochenta kopecs.

— ¿Qué dice? ¿Ochenta kopecs?

—A mi entender no es posible dar más.
—No es cualquier cosa lo que vendo.
—No obstante pensará usted como yo que tampoco son personas.

—A ver si se cree usted que hallará algún estúpido que le venda por veinte kopecs las almas que están inscritas en el registro.

—Pero óigame, ¿por qué dice almas inscritas en el registro? Se trata de almas muertas, absolutamente muertas, de las que sólo queda una palabra que nada significa. Sin embargo, a fin de no prolongar más nuestra conversación acerca de este tema, le daré un rublo y medio. Si usted acepta, bien, y si no, no me es posible ofrecer nada más.

— ¡Vergüenza debería darle ofrecer esa cantidad! No regatee y diga cuál es su verdadero precio.

—No me es posible, Mijail Semionovich; con el corazón en la mano se lo digo, créame que me es imposible, y lo que es imposible, es imposible —dijo Chichikov, aunque añadió otros cincuenta kopecs.

— ¿Por qué es usted tan tacaño? —le preguntó Sobakevich—. ¡No es nada caro, puede creerlo! Otro propietario le engañaría, le vendería guiñapos en lugar de siervos. Los míos son magníficos, a cual mejor: el que no posee un oficio es un forzudo campesino. Así por ejemplo el carretero Mijeiev. Sólo se dedicaba a hacer coches de ballestas. Y no como los que hacen en Moscú, que una hora después ya se han roto, sino sólidos y recios, y él mismo los barnizaba y tapizaba.

Chichikov abrió la boca para hacer notar que, sin embargo, Mijeiev estaba bien muerto, pero Sobakevich había dado rienda suelta a su lengua, como se acostumbra a decir, sin que podamos afirmar de dónde le procedía aquella locuacidad.

— ¿Y Stepan Probka, el carpintero? Apostaría la cabeza a que no consigue hallar otro que se le parezca. ¡Qué fuerza tenía! De haber servido en la Guardia, Dios sabe lo que le habrían hecho. ¡Medía tres varas, o más!

Chichikov intentó otra vez hacer constar que igualmente Probka había abandonado este mundo, pero parecía que a Sobakevich le hubieran dado cuerda. De su boca manaba tal torrente de palabras que, a pesar de que uno se resistiera, no tenía más remedio que escucharle.

— ¡Y el estufero Milushkin! Era capaz de construir una estufa en la casa que uno eligiera. O el zapatero Maxim Teliatnikov. Con sólo clavar la lesna, tenía un par de botas hechas. ¡Y no digamos qué botas eran aquéllas! Y jamás bebía vodka. ¡Y Eremei Sorokopliojin! El solo valía como todos los demás juntos. Tenía un comercio en Moscú y como tributo me pagaba quinientos rublos. ¡Qué gente! ¡No pueden compararse con los que venda ningún Pliushkin!

—Pero permítame —dijo al fin Chichikov, quien se admiraba de tal torrente de palabras, las cuales parecía que no iban a acabar nunca—. ¿A qué viene contarme ahora todas sus cualidades? En resumidas cuentas ya no sirven para nada. No son más que personas que han fallecido. Y los que están en el otro mundo maldita la cosa para la que pueden servirnos.

—Sí, por supuesto que están muertos —asintió Sobakevich, como si se diera cuenta en este momento de que, efectivamente, habían ya muerto, y añadió—: Por otra parte, ¿qué decir de los que aún están vivos? ¿Qué es esa gente? Son moscas, no seres humanos.

—Existen, y en esto consisten todas sus aspiraciones.

— ¡No, no se trata de aspiraciones! Debo decirle que no hallará otro como Mijeiev. Era un hombrón que no cabía en este aposento. ¡Era algo que merecía verse! Era capaz de soportar más carga que un caballo. Me gustaría saber dónde podría usted hallar otro igual.

Sus últimas palabras las dijo ya volviéndose hacia donde se encontraban los retratos de Bragation y Colocotronis*, que colgaban de la pared, como suele suceder siempre que el que habla apela no a aquél a quien dirige sus palabras, sino a un testigo circunstancial, de quien sabe que no oirá ni respuesta, ni opinión ni confirmación de lo expresado, pero al que, no obstante, se pone a mirar como si le invitara a actuar como mediador; y el desconocido, algo confuso al principio, no sabe si debe responder acerca de un asunto del que lo ignora todo, o si aguardar un rato, para salvar las apariencias, y a continuación marcharse.

Se trata de otro héroe de la independencia griega.

—No, no puedo ofrecer más de dos rublos —dijo Chichikov.

—Bueno, para que no crea que le pido demasiado y que me niego a hacerle un favor, lo dejaremos en setenta y cinco rublos por alma, en billetes, y sólo por nuestra mutua amistad.

« ¿Pensará que soy estúpido?», se dijo Chichikov, que añadió después en voz alta:

—Verdaderamente resulta extraño; es como si nos encontráramos representando una función de teatro o una comedia. De no ser así no logro explicármelo… Usted da la impresión de ser un hombre muy instruido e inteligente. Lo que estamos tratando es lo mismo que nada. ¿Es que acaso vale algo? ¿Quién puede necesitarlo?

—Usted tiene la intención de comprarlo, y por lo tanto lo necesita.
Chichikov se mordió los labios y no supo qué responder. Comenzó a hablar de circunstancias familiares, pero Sobakevich se limitó a replicar:

—No me interesa saber qué clase de circunstancias son ésas: en las cosas de familia no me meto, eso es asunto suyo. Usted quiere almas y yo se las vendo; si no me las compra esté seguro de que se va a arrepentir.

—Dos rublos —repitió Chichikov.

— ¡Dale que dale! Dijo dos y se empeña en no ceder ni a la de tres.
¡Dígame usted cuál es su verdadero precio!
« ¡Si se lo llevara el diablo…! —pensó Chichikov—. Le daré medio rublo más a fin de que quede contento.»

—Subiré otro medio rublo.

—También yo le voy a decir mi última palabra. ¡Cincuenta rublos! Tenga la seguridad de que salgo perdiendo. En ningún lugar comprará a tan buen precio gente tan buena.

« ¡Qué tacaño!», pensó Chichikov, y continuó en voz alta, algo enojado:
—Pero… como si éste fuera un asunto serio. En cualquier otra parte me las cederán gratis. Cualquiera me las entregará, y encima se quedará satisfecho por haberse librado de ellas. ¡Sólo un estúpido se negará a cederlas, debiendo como debe pagar las cargas!

—Pero ignoro si estará en su conocimiento, y esto que quede entre nosotros, se lo digo en confianza, que esta clase de compra no siempre está autorizada. Y si yo la voy explicando por ahí, yo u otro cualquiera, después nadie confiaría respecto a los contratos o compromisos que pudiera contraer.

« ¡Adónde va a parar el muy canalla!», se dijo Chichikov, y acto seguido dijo sin inmutarse:

—Como prefiera, yo no compro por ninguna clase de necesidades, como usted supone, sino por simple afición. Dos y medio, y si no le parece bien, adiós.

« ¡Qué duro es! ¡Se empeña en no dar su brazo a torcer!», se dijo Sobakevich.

—Está bien, sea, entrégueme treinta y cinco rublos y ya puede quedarse con ellos.

—No, ya observo que se niega a vender. Bien, adiós.

—Aguarde, aguarde —exclamó Sobakevich cogiéndole de un brazo y dándole un pisotón, ya que nuestro héroe no recordaba las precauciones y en justo castigo tuvo que lanzar un grito y bailar sobre un solo pie.

—Perdóneme. Creo que le he hecho daño. Siéntese aquí, tenga la bondad —y mientras esto decía le hizo sentarse en la butaca, cosa en la que manifestó incluso cierta habilidad, como el oso amaestrado que sabe dar volteretas y demuestra su destreza cuando le dicen: «Vamos a ver, Misha, cómo se ocultan las mujeres», o bien: « ¿Cómo hacen los chiquillos para robar guisantes?»

—Estoy perdiendo el tiempo tontamente. He de darme prisa.

—Aguarde un poco más, le diré algo que le gustará —y aproximándose a Chichikov, le susurró al oído en voz baja, como si le comunicara un secreto—: ¿Le parece bien veinticinco?

— ¿Veinticinco rublos? No, de ningún modo. No pienso dar ni la cuarta parte. No subiré ni un solo kopec.

Sobakevich permaneció callado. Chichikov se calló también. Su silencio duró como unos dos minutos. Eragation, con su nariz aguileña, presenciaba con sumo interés esta transacción.

— ¿Cuál es su último precio? —preguntó al fin Sobakevich.
—Dos y medio.
—Usted piensa que el alma humana es igual que un nabo cocido.
Entrégueme por lo menos diez rublos.
—Me es imposible.
—Está bien, con usted no se puede tratar. Salgo perdiendo, pero ese maldito carácter que tengo hace que me sienta obligado a dar gusto a mi prójimo. Pues será preciso registrar la escritura, para que todo se lleve a cabo como es debido.

—Por supuesto.

—Y para ello deberé acudir a la ciudad.
De este modo se cerró el trato. Resolvieron que al siguiente día se encontrarían en la ciudad para ultimar lo concerniente a la escritura.

Chichikov le pidió una relación de los campesinos, y Sobakevich accedió con gusto. Se dirigió al escritorio y comenzó a escribir los nombres de todos, agregando una explicación con los méritos de cada uno.

Al mismo tiempo Chichikov, que no tenía nada que hacer, se entretuvo contemplando la ancha mole de Sobakevich. Contemplaba sus espaldas, que parecían la grupa de un caballo de Viatka, y sus piernas, semejantes a los guardacantones de hierro que ponen en las aceras, y no pudo por menos de pensar: «¡Bien te ha dotado Dios! Eres como ésos de los que se dice que han sido mal cortados, pero bien cosidos… ¿Eras ya un oso al nacer, o te transformó en oso la vida en este alejado rincón del mundo, las sementeras, el constante trato con los campesinos, convirtiéndote en un hombre mezquino? Pero no, estoy seguro de que habrías sido exactamente lo mismo aunque te hubieran dado una educación a la moda, lanzado al mundo y residido en San Petersburgo, en lugar de en este perdido rincón. La única diferencia consiste en que ahora engulles media espalda de cordero con gachas y unas empanadas del tamaño de un plato, y entonces habrías comido chuletas con trufas.

Ahora tienes bajo tu autoridad a los campesinos; os entendéis bien y si te comportas bien con ellos es solamente porque te pertenecen y saldrías perdiendo. Entonces mandarías sobre unos funcionarios a los que tratarías con dureza, pensando que no te pertenecían, o robarías al Tesoro. ¡No, el que nace con el puño cerrado jamás abrirá la mano! Y siconseguís abrirle uno o dos dedos, aún será peor. Si estudia cualquier materia aunque sea de un modo muy superficial, cuando ocupe un cargo un tanto más visible, habrá que ver la importancia que se dé entre los que conocen esa misma materia a fondo. Y tal vez exclame más tarde: “¡Ya verán lo que valgo!” Entonces inventará una disposición que hará que muchos se lleven las manos a la cabeza… ¡Ay! ¡Si todas las personas fueran como éste…!»

—Aquí está la relación —dijo Sobakevich volviéndose hacia él.
— ¿Ya la ha terminado? Démela.
Se puso a mirarla y quedó sorprendido por el orden y la precisión con que la había escrito: no sólo constaban, ordenadamente, el nombre, el oficio, la edad y el estado de cada uno, sino que al margen había anotado algunas observaciones respecto a su conducta y afición al vodka.

En resumen, que daba gusto verla.

—Bueno, ahora entrégueme algo como señal —le dijo Sabokevich.
— ¿Y para qué quiere la señal? En la ciudad se lo entregaré todo a la vez.

—Usted no ignora que eso es lo que suele hacerse —objetó Sobakevich.

—No sé qué le pueda dar. No he traído dinero conmigo. Tal vez pueda darle unos diez rublos.

— ¿Diez rublos? Entrégueme cuando menos cincuenta.

Chichikov quería seguir negándose a ello, pero Sobakevich le aseguró de un modo tan rotundo que disponía de dinero, que sacó otro billete y a continuación le dijo:

—Ahí tiene quince rublos más, y en total son veinticinco. Pero tenga la bondad de hacerme un recibo.

— ¿Para qué necesita un recibo?

—Así es preferible. Uno nunca sabe lo que puede ocurrir…
—De acuerdo, entrégueme el dinero.
— ¿El dinero? Aquí está, en mi mano. Cuando haya firmado el recibo se lo daré.

— ¿Como quiere que le extienda el recibo? Antes he de ver el dinero.

Chichikov dio los billetes a Sobakevich y éste los depositó sobre la mesa, sujetándolos con los dedos de la mano izquierda; con su mano derecha escribió que había recibido veinticinco rublos en billetes a cuenta de las almas que acababa de vender. Después de haber firmado dicho recibo, contempló de nuevo los billetes.

—Este es muy viejo —dijo mientras examinaba uno de ellos a la luz—, Está un poco ajado, pero entre amigos no es cuestión de detenerse en detalles de esta clase.

«Es un avaro, un avaro —se dijo Chichikov—. ¡Y además un bestia!»—Y mujeres, ¿no quiere ninguna?

—No, gracias.
—Se las vendería a muy buen precio. Siendo usted, se las cobraría a rublo por pieza.

—No, no necesito mujeres.

—Pues si no las necesita, no hay más que hablar. Sobre gustos no hay nada escrito. A unos les agrada el pope, y a otros la mujer del pope, según el dicho popular.

—Querría suplicarle también que esto quedara entre nosotros —dijo Chichikov al despedirse.

—Ya se comprende. No hay razón para meter en todo ello a un tercero.

Lo que se realiza sinceramente entre buenos amigos tiene que quedar entre ellos. ¡Adiós! Le agradezco su visita. Acuérdese de nosotros. Si dispone de una hora libre, no deje de venir a comer y a charlar un rato.

Quizá nos podamos hacer mutuamente algún otro favor.
« ¡En eso precisamente estaba yo pensando! —se dijo Chichikov para sus adentros mientras subía en el coche—. ¡El maldito avaro ha conseguido sacarme dos rublos y medio por alma muerta!»

Se sentía descontento del modo cómo se comportó Sobakevich. Al fin y al cabo se conocían, se habían encontrado en casa del gobernador y en la del jefe de policía, y había procedido con él como si se tratara de un extraño, había aceptado dinero por algo que carecía totalmente de valor.

Al salir el coche del patio, volvió la cabeza y vio que Sobakevich continuaba aún en el portal, como si quisiera enterarse de la dirección que tomaba.

— ¡Todavía sigue allí, el muy miserable! —murmuró entre dientes, y dio orden a Selifán de que se dirigiera hacia las cabañas de los campesinos,de tal manera que desde la casa del propietario no pudiera verse hacia dónde se encaminaba el coche. Tenía intención de llegarse a la casa de Pliushkin, al que, según le había dicho Sobakevich, se le morían los siervos como moscas, pero no quería que Sobakevich lo supiera.

Cuando el coche ya se hallaba al final de la aldea, llamó a un campesino, el cual, como una incansable hormiga, marchaba hacia su casa cargando un gran tronco con el que se había tropezado en el camino.

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— ¡Oye, tú, barbudo! ¿Cómo se puede ir hasta la aldea de Pliushkin sin tener que pasar frente a la casa del señor?

El campesino pareció encontrarse en un aprieto para responder tal pregunta.

— ¿Acaso no lo sabes?

—No señor, no sé cómo se podrá ir.— ¡Pues sí que tienes gracia! ¿No sabes quién es Pliushkin, uno que es muy avaro y que da de comer mal a su gente?

— ¡Ah, sí! ¡Tiene que ser el remendado! —exclamó el campesino.

Al término remendado le agregó otro muy acertado, pero que no se emplea en sociedad, y debido a ello lo omitimos. No obstante, debemos suponer que esa palabra venía muy a propósito, pues Chichikov continuó riendo cuando el campesino había desaparecido de su vista y llevaban recorrido un gran trecho. ¡Al pueblo ruso le gustan las expresiones fuertes! Y si le imponen a uno un mote, lo heredarán sus descendientes, le acompañará a la oficina, continuará con él una vez se haya retirado, cargará con él en San Petersburgo e incluso en el fin del mundo. Y por más que se las ingenie intentando ennoblecer ese epíteto, a pesar de que pague a escritorzuelos para que lo hagan proceder de una antigua casta de príncipes, da igual: su apodo proclamará gritando a los cuatro vientos, con su garganta de cuervo, cuál es la procedencia del pájaro. La palabra que da en el blanco, aunque pronunciada de viva voz, nadie puede borrarla, igual que la palabra escrita. Y siempre es acertado lo que salió de las entrañas de Rusia, donde no se encuentran gentes alemanas, ni finlandesas, ni de ninguna otra procedencia, sino que vive el elemento nativo, lo genuinamente ruso, que no va buscando palabras, que no las empolla como la clueca a sus huevos, sino que las suelta igual que las piensa, como un documento de identidad, sin que sea menester añadir nada más, ni describir cómo tiene uno la nariz o la boca. ¡Basta una pincelada para que quede uno dibujado de arriba abajo!

¡Qué infinidad de monasterios y templos con cúpulas, torres y cruces se encuentran diseminados a lo largo y a lo ancho de la piadosa y santa Rusia! Del mismo modo son incontables las naciones, los pueblos y las generaciones que se aglomeran y se deslizan sobre la faz de la tierra como abigarrados conjuntos. Y cada pueblo que lleva en sí mismo la prenda de sus energías, repleta su alma de capacidad creadora, junto con los otros dones de que Dios le dotó, se distingue particularmente por su propio verbo, el cual, al designar un objeto cualquiera, refleja en sus expresiones una parte de su propio carácter. El vocablo del británico responderá al conocimiento del corazón y de la vida. Una elegancia suave, que resplandece y pronto se esfuma, es la palabra del francés. Pero no existe palabra de tanta agilidad y tan amplios vuelos, que salga de lo más profundo del corazón, que hierva y vibre, como la palabra rusa, cuando ella da en el blanco.


CAPITULO VI

Hace mucho tiempo, en mi incipiente juventud, durante los años de mi infancia, que tan pronto pasó para no volver, representaba para mí una gran alegría llegar por vez primera a un lugar desconocido, tanto si era una pequeña aldea como una pobre villa, cabeza de distrito, un pueblo grande o una barriada: mi insaciable mirada infantil descubría una infinidad de cosas curiosas. Un edificio cualquiera, todo lo que se me aparecía bajo el sello de la novedad, era para mí motivo de admiración.

Un edificio oficial, de mampostería, de ese estilo arquitectónico tan conocido, con una mitad de ventanas simuladas, que se alzaba solitario en medio de un abigarrado conjunto de casitas de troncos y de una planta, propiedad de pequeños burgueses; la redonda cúpula enteramente recubierta de chapa de hierro que se levantaba sobre la nueva iglesia, más blanca que la nieve; el mercado, el pisaverde provinciano que aparecía donde menos se le esperaba: todo lo observaba mi viva y despierta atención, y sacando la cabeza desde el carromato que me transportaba, contemplaba el corte, nuevo para mí, de una levita, los cajones de madera repletos de clavos o bien de azufre, que amarilleaba al mirarlo de lejos, de jabón o de pasas, cajones que, cuando pasaba, distinguía al fondo de una verdulería junto con frasquitos de resecos caramelos de Moscú. Asimismo contemplaba al oficial de Infantería que marchaba por la acera, y que, habiendo venido de Dios sabe qué provincia, se había visto sumido en la monotonía de la cabeza de distrito, y al comerciante que, vestido con un chaquetón de Siberia, pasaba en su coche, y con la imaginación me veía transportado a su miserable vida.

Sólo el hecho de ver pasar a un funcionario de las oficinas del distrito ya me hacía pensar. Quizá acudía a una velada, o a visitar a un hermano suyo, a su casa, permanecer sentado media hora en el portal hasta que empezaba a anochecer y esperaba la hora de cenar con su madre, su esposa, la hermana de su esposa y los demás miembros de la familia. ¿De qué hablarían cuando la muchacha, engalanada con su collar de monedas, o el mozo de recia chaquetilla llevaban, después de la cena, la vela de sebo en la sempiterna palmatoria de la casa?

Siempre que me aproximaba a la aldea de cualquier terrateniente, miraba con curiosidad el elevado y estrecho campanario de madera o la vieja iglesia, también de madera, en la que reinaban las sombras. Parecía que me llamaban a lo lejos, a través del verde de los árboles, la roja techumbre y las blancas chimeneas de la mansión señorial, y esperaba con suma impaciencia a que a los dos lados se abrieran los huertos que la ocultaban y apareciese toda entera, entonces, ¡ay!, de apariencia a la que yo no encontraba nada vulgar. Esas imaginaciones me impulsaban a reflexionar acerca de cómo sería el propietario, si era obeso, si tenía hijos o si en cambio eran seis hijas que reían con su sonora carcajada juvenil y jugaban con la más pequeña a la bella durmiente; si eran rubias o morenas, si el terrateniente era una persona divertida o por el contrario hosca como los últimos días del mes de septiembre, si miraba el calendario y conversaba acerca de cosas tan aburridas para la gente joven como el trigo y el centeno.

En la actualidad llego con indiferencia a cualquier aldea desconocida, y contemplo, también con indiferencia, sus vulgares construcciones. Mi mirada, hoy fría, no se manifiesta acogedora, ni me divierte, y todo aquello que en tiempos pasados era motivo de que en mi rostro apareciera una viva expresión, que despertaba en mí la risa y la locuacidad, ahora resbala y mis labios inmóviles permanecen en indiferente silencio. ¡Dónde está mi juventud! ¡Dónde está mi lozanía!

Mientras Chichikov reflexionaba riéndose interiormente del apodo que los mujiks habían colgado a Pliushkin, llegó, sin que se diera cuenta, a un gran pueblo con un sinnúmero de cabañas y calles. Sin embargo pronto se lo hicieron notar unas violentas sacudidas que sufrió el carruaje cuando entraba en la calzada de troncos y comparadas con las cuales no son nada las que originan los cantos que pavimentan las calles de la ciudad.

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Esos troncos se levantaban y se hundían, como si se tratara del teclado de un piano, y el viajero que no se preparaba convenientemente recibía un cardenal en el cogote o un chichón en la frente, o con sus propios dientes se mordía la punta de su propia lengua.

Chichikov observó que todas las construcciones estaban marcadas con un sello de vejez. Los troncos de las cabañas eran oscuros y viejos; la mayoría de las techumbres estaban más agujereadas que una criba; en otras no quedaba más que la figura que en un principio la remataba y el costillar de las vigas.

Era como si los mismos dueños se hubieran dedicado a arrancar las ripias y tablas, considerando, y no sin razón, que las cabañas no defienden contra la lluvia y que si el tiempo es bueno y no llovizna, no hay motivo para permanecer en ellas cuando tanto sitio hay en la taberna o en el camino, en resumen, donde a uno le apetece. Las ventanas de las cabañas no tenían cristales, y algunas habían sido tapadas con un pedazo de tela o una zamarra. Los balcones cubiertos, con barandillas, que ignoramos para qué se adosan a veces a las cabañas rusas, estaban torcidos, y de sus oscuras maderas no podía afirmarse precisamente que resultaran pintorescas.

Detrás de las cabañas se extendían en numerosos lugares hileras de grandes fajinas de trigo que, a juzgar por las apariencias, hacía ya largo tiempo que estaban allí; tenían el mismo color que el ladrillo viejo y mal cocido, y en la parte alta se veían porquerías de todo género, e incluso los matojos crecían a los lados. Se advertía fácilmente que era la mies del amo.Más allá de las fajinas y de los decrépitos techos surgían recortándose sobre el puro cielo, ora a la derecha ora a la izquierda, según que el carruaje girara a un lado o a otro, dos iglesias muy juntas, una construida en madera, ya abandonada, y la otra de mampostería, pintada de amarillo, y cuyos muros aparecían agrietados y cubiertos de manchas.

Empezó a hacerse visible una parte de la casa señorial, hasta que apareció por entero en el sitio donde la hilera de cabañas concluía para ceder paso a un campo de coles al que rodeaba una cerca baja y rota por algunos lugares. Aquel extraño castillo, largo, exageradamente largo, ofrecía el aspecto de un decrépito inválido. Por un lado tenía una sola planta y por otro, dos. Sobre su ennegrecida techumbre, que no en todos los puntos resguardaba su vejez, se veían dos terrazas, una enfrente de la otra, un tanto desvencijadas y sin la pintura que las había cubierto en otros tiempos. El enlucido de paredes del edificio mostraba enormes desconchaduras, evidente testimonio de lo mucho que habían sufrido a causa del mal tiempo, los vientos, las lluvias y los cambios otoñales de temperatura. Únicamente dos ventanas permanecían abiertas, y las demás tenían los postigos cerrados y hasta estaban reforzadas con tablas. Esas dos ventanas, a su vez, eran asimismo cegatas. En una de ellas habían pegado un triángulo de papel azul, de ese que se emplea para envolver azúcar.

A espaldas de la casa y rebasando la aldea se extendía un espacioso y abandonado jardín que se perdía en el campo. Aun repleto de hierbajos era lo único que le daba al pueblo cierta fragancia, resultando realmente pintoresco en su artístico abandono. Como si fueran nubes verdes e irregulares cúpulas de palpitantes hojas, se destacaban en la lejanía las copas de aquellos árboles que crecían en su total libertad. El enorme tronco blanco de un abedul que carecía de copa, arrancada por la tempestad o la tormenta, sobresalía de entre el frondoso verdor y aparecía redondo en el aire como si se tratara de una refulgente columna de mármol de regulares proporciones. La parte por donde había sido desgajado, que correspondía al capitel, mostraba su mancha negra sobre la nieve de su blancura como un gorro o una oscura ave.

El lúpulo cubría por su parte inferior las matas de serbal, de saúco y de avellano silvestre, se deslizaba a continuación por la parte superior de la cerca y terminaba trepando por el abedul roto, por cuyo tronco se enroscaba hasta la mitad. En cuanto llegaba a este punto, caía y pasaba a enredarse en las copas de otros árboles, o colgaba en el aire formando rizos con sus finos garfios, dulcemente balanceados por el viento.

Por algunas partes se abría la verde espesura, iluminada por los rayos del sol, y mostraba entre uno y otro hueco unas negruras que parecían tenebrosas fauces. Esas aberturas aparecían rodeadas de sombras, y con dificultad se lograba distinguir un serpenteante sendero, unas barandas derribadas, un cenador muy cuarteado, el viejo tronco de un sauce con innumerables cavidades, los frondosos arbustos que al igual que grises cerdas apuntaban sus hojas y ramas, sofocadas enmedio de tan espesa vegetación, y por último el tierno ramaje de un arce que extendía a un lado sus hojas, como patas verdes, bajo una de las cuales el sol, que había entrado sabe Dios por dónde, la convertía en algo transparente e ígneo, en un prodigio de luces entre tan espesa oscuridad.

A una parte, en los límites del jardín, varios pobos, muy por encima de los demás árboles, sostenían en lo alto unos grandes nidos de cuervo que se balanceaban sobre sus trémulas copas. En algunos de ellos, ramas a medio desprender pendían hacia abajo con sus hojas secas.

En resumen, todo resultaba grato como cuando la Naturaleza y el Arte se hallan unidos; como cuando sobre el trabajo del hombre, en ocasiones acumulado sin sentido, se desliza para dar el último toque la cuchilla de la Naturaleza y aligera las pesadas masas, echa por tierra la burda simetría y los míseros vacíos, a cuyo través asoma el plan desnudo, que nada calla, confiriendo un maravilloso color a todo lo que había sido creado en el frío de la exagerada perfección.

Giró el carruaje por dos veces y nuestro héroe se encontró al fin frente a la casa, que le produjo una impresión más triste que antes. El verde moho cubría la carcomida madera de la empalizada y del portón. Una infinidad de edificaciones, según parece inutilizadas por el paso de los años, viviendas de la servidumbre, sótanos y graneros, se acumulaban en el patio. Junto a ellos, a uno y otro lado, había puertas que comunicaban con los otros patios. Todo daba a entender que en tiempos pasados la vida se había desarrollado allí ampliamente, y en cambio ahora todo parecía gris y sombrío. No se veía nada que comunicara vida al cuadro, ni puertas abriéndose, ni gente saliendo, ni signo alguno de los trabajos y preocupaciones que animan una casa.

Solamente el portón principal estaba abierto, y eso debido a que en aquel momento entraba por él un campesino que guiaba su carro cargado, cubierto mediante una estera, que producía la sensación de haber sido colocada allí para infundir vida a aquel lugar muerto. De no ser así, también el portón se hallaría cerrado a cal y canto, ya que del anillo de hierro pendía un enorme candado.

Chichikov divisó en seguida junto a una de las construcciones a cierta figura que dialogaba con el campesino del carro. Durante largo rato no consiguió distinguir a qué género pertenecía la tal figura, si se trataba de una mujer o de un hombre. Vestía unas ropas completamente indefinidas, algo que tenía gran parecido con una bata de mujer, y llevaba un gorro al estilo de los que llevan las criadas campesinas, pero encontró su voz demasiado ronca para ser femenina. «Es una mujer», se dijo al principio, pero en seguida agregó: «¡Ah, no, no lo es!» «Por supuesto que se trata de una mujer», concluyó al fin, después de haberla examinado con más atención.

También la figura le contempló a su vez detenidamente. Pareció como si la llegada del forastero fuera para ella un auténtico milagro, porque pasó revista no sólo a Chichikov, sino incluso a Selifán y a los caballos, desde el morro hasta la cola.

Teniendo en cuenta que de su cintura pendían varias llaves y que empleaba palabras bastante gruesas para reñir al campesino, Chichikov sacó la conclusión de que debía ser el ama de llaves.

—Escucha, madrecita —le dijo Chichikov mientras descendía del coche—, ¿Está en casa el señor…?

—No, no está —interrumpió el ama de llaves sin esperar a que concluyera la pregunta, y a continuación, después de una breve pausa, prosiguió—: ¿Qué le trae por aquí?

—Debo resolver con él cierto asunto.
—Pase —dijo entonces el ama de llaves al mismo tiempo que se volvía, mostrándole una espalda llena de harina y un roto en los bajos.

Chichikov se introdujo en el vasto y oscuro zaguán, más frío que un sótano. De allí pasó a una estancia, igualmente oscura, que aparecía escasamente iluminada por la luz que se filtraba a través de la ancha rendija practicada entre la parte baja de la puerta y el suelo. Cuando esta puerta se abrió, encontrándose al fin en un aposento claro, se quedó asombrado por el desorden que allí imperaba. Era como si en la casa anduvieran de limpieza general y hubieran amontonado allí momentáneamente todos los muebles.

Encima de una mesa se veía hasta una silla rota, y junto a ella un reloj con el péndulo inmóvil, en el que una araña había ido tejiendo su tela. Adosado a la pared, de lado, se hallaba un armario que guardaba plata antigua, botellas y porcelana china. En un escritorio con incrustaciones de nácar que en algunas partes se habían desprendido, dejando unos huecos de color amarillento rellenos de cola, había una infinidad de objetos de todo género: una pila de papeles escritos en letra pequeñísima sujetos por medio de pisapapeles, coronado por un huevo, cuyo mármol había adquirido una tonalidad de color verde; un libro antiguo encuadernado en piel y adornado can cantos dorados; un limón totalmente seco, del tamaño aproximado de una nuez silvestre; un brazo de sillón; una copa llena de cierto líquido y con tres moscas dentro, cubierta con un naipe; dos plumas rucias de tinta y secas como si padecieran tisis, y un mondadientes amarillo por completo, que su dueño había usado ya antes de que los franceses entraran en Moscú.

Las paredes aparecían engalanadas con varios cuadros, colgados uno al lado de otro del modo más absurdo. Un grabado apaisado y amarillento que figuraba una batalla, en el que destacaban unos tambores gigantescos, unos soldados con tricornio gritando a todo pulmón, y unos caballos que se sumergían en el agua, colocado en un marco de caoba con estrechas franjas de bronce sin cristal, y unos pequeños círculos, asimismo de bronce, en los ángulos. A continuación había un gran cuadro ya oscurecido, pintado al óleo, que representaba flores, frutas, una sandía partida por la mitad, una cabeza de jabalí y un pato al que le colgaba la cabeza.

Del centro del techo pendía una araña cubierta por un saco de lienzo al que el polvo confería algún parecido con el capullo de seda en que se encierra el gusano.

En un rincón aparecían amontonados una serie de objetos más toscos, indignos de ser colocados sobre una mesa. Se hacía bastante difícil aclarar qué era lo que había en aquel montón, ya que el polvo lo cubría en tal abundancia, que si uno se decidía a tocarlo quedaba con las manos cubiertas como por guantes. Destacaban del conjunto, sí, una pala rota de madera y una vieja suela.

Nadie creería que allí moraba, un ser vivo. La única muestra que inducía a pensarlo consistía en un gorro, viejo y grasiento, que se encontraba sobre la mesa.

Mientras Chichikov se entretenía contemplando aquel extraño mobiliario, se abrió una puerta lateral que cedió paso al ama de llaves con quien se había tropezado en el patio. Pero al momento advirtió que más que un ama de llaves era un amo. El ama de llaves, al menos, no se afeita., mientras que éste, por el contrario, se afeitaba, si bien es cierto que muy de tarde en tarde, pues toda la sotabarba y la parte inferior de las mejillas guardaban una gran semejanza con una bruza de las utilizadas para limpiar los caballos. Chichikov, convertido su rostro en un interrogante, aguardó con impaciencia las palabras del«amo de llaves». Este, a su vez permaneció a la espera de lo que Chichikov tuviera que decirle. Por último, sorprendido este último de tan extraña situación, se decidió a preguntar:

— ¿Está el señor en casa?

—El amo se halla aquí.
— ¿Dónde? —inquirió Chichikov.
— ¿Acaso está usted ciego? —exclamó el «amo de llaves»—. El amo soy yo.

Nuestro héroe retrocedió involuntariamente y le contempló de la cabeza a los pies. En el transcurso de su vida se le habían presentado ocasiones de ver gentes de todo tipo, hasta individuos como ni el lector ni yo quizá no lleguemos a ver jamás. Pero era la primera vez que se encontraba con un tipo como el que tenía delante. Su rostro no revelaba nada digno de mención, era casi igual al de numerosos viejos enjutos, salvo la única particularidad de que la barbilla le sobresalía hasta tal extremo que a cada instante se veía obligado a cubrirla con un pañuelo a fin de que no le cayera en ella la saliva. Sus ojillos aún no se habían apagado y se movían bajo sus altas y espesas cejas como el ratón que, sacando el morro de la tenebrosa madriguera, con las orejas tiesas y moviendo el bigote, otea por si se ha escondido un gato o un chicuelo travieso, y olfatea lleno de recelo.

Su indumentaria era bastante más notable. Por más esfuerzos que se hicieran, no había manera de adivinar de qué había sido confeccionada su bata. Las mangas y la parte delantera estaban tan llenas de mugre y tan relucientes que semejaban cuero del que se usa para las botas. Por la parte de atrás, en lugar de dos faldones le colgaban cuatro, y de ellos salía en largos flecos el algodón del forro. Alrededor del cuello llevaba algo igualmente indefinible: no podía afirmarse si se trataba de una media, de una liga o de una faja, aunque no era ni muchísimo menos una corbata. En resumen, si Chichikov se hubiera tropezado con alguien con esta vestimenta en las puertas de una iglesia, sin duda le habría dado una moneda de cobre. Porque, dicho sea en honor de nuestro protagonista, es preciso hacer constar que tenía un corazón compasivo y que era incapaz de resistirse al impulso de dar una limosna a los pobres.

Pero lo que se hallaba frente a él no era un mendigo, sino un terrateniente. Este era dueño y señor de más de mil almas, y no sería tarea fácil encontrar otro que poseyera tanto trigo y centeno, en grano o en harina, que tuviera sus despensas y almacenes tan llenos de paño y lienzo, de pieles curtidas y sin curtir, de pescado, de todo género de verduras y de carne y pescado en salazón. Si alguien contemplaba el patio, donde se veía una gran provisión de madera y de útiles de toda clase que jamás eran usados, pensaría que se encontraba en un mercado de utensilios de madera de Moscú, al que acuden todos los días las despiertas tías y suegras, precediendo a la cocinera, a hacer sus compras, y donde hay amontonados los más diversos objetos de madera encolada, pulida, torneada y trenzada: barriles, toneles, jarros, barreños provistos de asas y sin ellas, copas de gran tamaño, canastillos, cestas en que las mujeres guardan sus cosas, cajas hechas de corteza de abedul, cestas de mimbre y tantísimas otras cosas empleadas tanto por los ricos como por los pobres de Rusia. ¿Para qué necesitaría Pliushkin aquella superabundancia de cosas? Ni a lo largo de toda su vida habría podido usarlas, aunque poseyera dos haciendas como la que ya tenía.

Pero todo le parecía poco. No contento con lo que poseía, recorría a diario las callejuelas de su aldea, buscaba por los sitios más recónditos, y todo lo que podía hallar —un trapo, un clavo, una suela vieja, un puchero ajado— se lo llevaba a su casa y lo depositaba en el montón que Chichikov había tenido oportunidad de ver en el rincón de la estancia.

— ¡Ya tenemos al pescador de pesca! —exclamaban los campesinos cuando le veían dar principio a su habitual recorrido.

Y efectivamente, después de haber pasado él no había necesidad alguna de barrer la calle. Si un oficial que iba de paso perdía una espuela, inmediatamente ésta iba a parar al referido montón. Cuando una campesina que se había entretenido charlando en el pozo dejaba el cubo olvidado, él se llevaba el cubo.

Sin embargo, cuando un campesino lo sorprendía casualmente in fraganti, jamás discutía y se limitaba a devolver el objeto robado. Pero si el objeto llegaba al consabido montón, todo había concluido: juraba y perjuraba que aquel objeto le pertenecía, que lo había adquirido en tal ocasión, a Fulano de Tal, o lo había recibido en herencia de su abuelo.

En el interior de su casa guardaba todo lo que encontraba en el suelo: un pedazo de lacre, un trozo de papel, un plumón, y todo ello lo colocaba en el escritorio o en la ventana.

¡Y hubo una época en que fue un terrateniente que sabía cuidar de sus posesiones! Había estado casado y era un buen padre de familia, y vecinos iban a su casa a comer y escuchar sus lecciones acerca del modo como dirigir convenientemente una hacienda. Todo fluía con sumo orden y se realizaba por sus pasos contados: marchaban como es debido los molinos, los batanes, los bancos de carpintero, las fábricas de paño y la hilandería. Todo permanecía bajo la atenta mirada del dueño, quien, al igual que trabajadora y afanosa araña, pero calculadora, iba y venía por todos los rincones de la tela que era su economía.

Sus sentimientos, demasiado fuertes, no se transparentaban en los rasgos de su cara, pero sus ojos reflejaban inteligencia; su conversación era la de una persona experimentada y conocedora del mundo, y los visitantes le prestaban oídos con mucho agrado. La dueña de la casa, amable y locuaz, gozaba fama de hospitalaria. Al encuentro de los huéspedes acudían las dos hijas, ambas hermosas, rubias y lozanas como flores. Salía el hijo, un muchachito muy vivaracho, que daba un beso a todos sin pararse a pensar si el besuqueo gustaba o no al invitado.

Las ventanas de la casa estaban todas abiertas. En el entresuelo se hallaban los aposentos del profesor, un francés que se afeitaba a la perfección y era magnífico cazador. Siempre llegaba cargado con urogallos o patos para la comida, y en ocasiones incluso traía sólo huevos de gorrión, que él rogaba que le hicieran en tortilla, ya que ninguno de los habitantes de la casa quería probarlos. También en el entresuelo vivía una compatriota suya, la institutriz de las señoritas. El dueño de la casa comparecía en el comedor vestido con levita, algo usada, pero limpia y con los codos sin zurcidos.

Pero la hacendosa ama de casa murió. Una parte de las llaves pasaron a sus manos, y junto con ellas una serie de pequeñas preocupaciones.

Pliushkin se volvió más inquieto y, como les ocurre a todos los que se han quedado viudos, sus recelos y su avaricia fueron en aumento. En su hija mayor, Alexandra Stepanovna, no podía confiar por completo, y no le faltaba razón, pues no tardó mucho en fugarse con un subcapitán de cierto regimiento de Caballería, casándose con él a toda prisa en una iglesia de pueblo, ya que sabía muy bien que su padre detestaba a los oficiales. Tenía la peregrina idea de que todos los militares eran derrochadores y amantes del juego. El padre la maldijo, pero no se preocupó de ir en su busca. La casa se quedó entonces todavía más vacía. El propietario acusó una tendencia más clara a la avaricia y entre sus ásperos cabellos comenzaron a surgir canas, fieles compañeras de la tacañería. Despidió al profesor francés, ya que el hijo llegó a la edad de ingresar en el servicio público. También despidió a la institutriz, pues resultó que estaba complicada en el rapto de Alexandra Stepanovna. El hijo, enviado a la capital de la provincia para que se adiestrara en la Cámara, según el decir del padre, a una tarea importante, en lugar de esto se alistó en un regimiento y después le escribió, cuando todo estaba consumado, pidiéndole dinero para el equipo. No es nada de extrañar que en lugar de dinero recibiera lo que entre las gentes de pueblo se suele llamar una higa.

Por último murió la hija menor, que se había quedado con él en casa, y el viejo se convirtió a partir de entonces en el único guardián, custodio y dueño de sus riquezas. La soledad en que habitaba ofreció pasto en abundancia a su avaricia, la cual, como todo el mundo sabe, tiene un hambre de lobo, y a medida que devora más va creciendo. Los sentimientos humanos, que ya por naturaleza no eran en él demasiado profundos, decrecían constantemente, y cada día que pasaba se perdía algo en aquella ruina.

Para colmo de males, como si viniera adrede para reafirmarle en su opinión respecto a los militares, su hijo perdió una cantidad considerable jugando a las cartas. Le envió su sincera maldición paterna y nunca más dio un solo paso por averiguar si aún vivía o había pasado al otro mundo. A medida que transcurrían los años, las ventanas de su casa se fueron cerrando, hasta que únicamente dos quedaron abiertas, y aun una de ellas había sido medio tapada con un papel. Con los años se despreocupaba cada vez más de los asuntos más importantes de su finca, y su mezquina visión se centraba en los plumones y papeles que recogía en su habitación. Se iba volviendo más y más intratable con la gente que acudía a comprar los productos de sus propiedades. Los compradores regateaban sin freno hasta que terminaron olvidándole, en la convicción de que aquello era un diablo y no un ser humano. El heno y la mies se le pudrían, las fajinas y los almiares se transformaban en estiércol muy adecuado para abonar las coles; la harina almacenada se endurecía hasta el punto de que era preciso partirla a hachazos; el paño y el lienzo que se fabricaban en la casa ofrecían un aspecto que causaba miedo mirarlos, ya que con sólo tocarlos se volvían polvo. Había perdido la cuenta de lo que poseía de cada cosa, y sólo recordaba el lugar del armario en que encerraba una garrafilla que contenía cierto licor y a la que había hecho previamente una señal para que nadie osara beber a sus espaldas, o el lugar en que había dejado un trozo de papel o un pedazo de lacre.

Al mismo tiempo la hacienda rendía los mismos beneficios de antes: el campesino tenía que pagar iguales cargas, cada mujer debía traer tal cantidad de nueces y almendras, la tejedora estaba obligada a entregar tanto lienzo. Y todo esto se iba amontonando en los almacenes y todo se convertía en polvo y guiñapos, hasta que llegó el momento en que el propio dueño acabó convirtiéndose en un guiñapo humano. Alexandra Stepanovna acudió un par de veces con su hijito a visitarle, con objeto de inspeccionar las posibilidades que había de conseguir de su padre alguna cantidad de dinero; según parece, la vida de campaña con el subcapitán no presentaba tantos incentivos como se imaginaba antes de la boda. Pliushkin la perdonó, eso sí, e incluso dejó al nietecito, para jugar, un botón que se hallaba sobre la mesa, pero a ella no le entregó ni un solo kopec. En la segunda ocasión Alexandra Stepanovna compareció con dos chiquillos y le trajo una mona de pascua para acompañar al té, y una bata nueva, ya que la que vestía su padre estaba que daba pena verla. Pliushkin acarició a sus nietos, los subió sobre sus rodillas, uno a cada lado, y les hizo trotar como si fueran a caballo, cogió la mona de Pascua y la bata, pero a la hija no le dio absolutamente nada. Alexandra Stepanovna se fue de allí con las manos vacías.

¡Así era, pues, el propietario ante cuya presencia había llegado nuestro héroe! Debo decir que individuos de esta clase aparecen muy de cuando en cuando en Rusia, donde todo el mundo muestra más tendencia a expansionarse que a comprimirse. Y resultaba tanto más sorprendente teniendo en cuenta que en el vecindario se encontraban otros terratenientes de esos que son amantes de las juergas por todo lo alto, como corresponde a todo señor ruso, y cuyo único pensamiento consiste en disfrutar de toda clase de placeres que ofrece la vida. El viajero que no ha visitado aquellos alrededores se detiene atónito al ver su mansión, sin llegar a comprender qué poderoso príncipe resolvió habitar entre tan modestos e ignorantes propietarios.

Semejan palacios sus blancas casas de mampostería con infinidad de chimeneas, terrazas y veletas, rodeadas de una manada de pabellones y de todo género de construcciones para los visitantes forasteros. ¿Qué no habrá allí?

Funciones de teatro, bailes; durante toda la noche resplandece el jardín, engalanado con luces y farolillos, y no deja de sonar la música. Media provincia, vestida con sus mejores galas, se pasea regocijadamente bajo los árboles, y nadie se sorprende lo más mínimo ante esta iluminación artificial, cuando, como cosa de teatro, del conjunto de árboles sale una rama alumbrada por una peregrina luz, desposeída de su vivo verdor, al mismo tiempo que allá en lo alto, más oscuro, severo y veinte veces más amenazador, se distingue el cielo, y las cimas de los árboles ven cómo tiemblan sus hojas allí arriba, penetrando en las tinieblas, y protestan por aquel resplandor de oropel que ilumina en la parte baja sus raíces.

Hacía varios minutos que Pliushkin permanecía sin pronunciar palabra, y Chichikov continuaba sin ser capaz de iniciar la conversación, distraído por el aspecto que presentaba el propietario y por todo lo que en la estancia había. Durante un buen rato estuvo intentando acertar con las palabras de que podía valerse para explicar los motivos de su visita. Se sintió sentado de decirle que habían llegado a sus oídos referencias a las excepcionales cualidades y virtudes de su alma, razón por la que creía deber suyo rendirle personalmente el homenaje de su respeto, pero advirtió que eso sería excesivo. Contempló nuevamente de reojo todo lo que había en la estancia y se dio cuenta de que los términos «excepcionales cualidades» y «virtudes de su alma» eran susceptibles de ser sustituidos perfectamente por los de «economía» y b«orden». De ahí que, modificando de este modo su discurso, dijera que había oído hablar de su economía y de la excelente dirección de su hacienda, por lo que había considerado deber ineludible visitarle a finde conocerlo y presentarle personalmente sus respetos. Por supuesto que se habría podido hallar otro motivo de más peso, pero en aquellos momentos no se le ocurrió otra cosa.

Pliushkin respondió gruñendo algo entre labios, ya que no le quedaba ningún diente; a pesar de que no fue posible entenderle, lo más seguro es que el significado de sus palabras fue éste: « ¡Vete al diablo tú y tus respetos!» Sin embargo, dado que la hospitalidad se practica en nuestro país hasta tal extremo que ni tan sólo el más avaro osa quebrantar sus leyes, añadió después algo más inteligible:

—Haga el favor de tomar asiento. Y tras una pausa continuó:

—Hace ya mucho tiempo que no recibo visitas, y lo cierto es que dudo mucho de que proporcionen algún beneficio. Se ha puesto de moda esa estúpida costumbre de visitarse unos a otros mientras se deja la hacienda abandonada. ¡Y encima se ha de dar heno a sus caballos!

Hace largo rato que he comido y mi cocina tiene el techo muy bajo, es algo pésimo; la chimenea se ha derrumbado totalmente, y cuando se enciende siempre existe el peligro de ocasionar un incendio.

« ¡Esto está clarísimo! —se dijo Chichikov—. Menos mal que en casa de Sobakevich se me ocurrió coger una empanadilla y un pedazo de cordero.»

—Y agregue a eso una broma de mal gusto: en toda la finca no queda ni un solo puñado de heno —continuó Pliushkin—. Aunque, bien mirado, ¿cómo es posible que uno lo guarde? Tengo poca tierra, los campesinos son unos holgazanes, les disgusta el trabajo, no piensan más que en acudir a la taberna… Como me descuide un poco, al final de mis días me arrastraré por los caminos pidiendo limosna.

—No obstante —observó Chichikov con suma discreción—, tengo entendido que usted posee mil almas y pico.

— ¿De dónde ha sacado eso? No lo crea. Se trataría de un bromista que pensó reírse de usted. Hablan de mil almas, pero comienza uno a contar y no halla nada. En estos tres últimos años esas malditas calenturas se me han llevado muchos campesinos.

— ¿Qué está diciendo? —exclamó Chichikov con expresión entristecida—. ¿Son muchos los que han muerto?

—Sí, muchos.

— ¿Cómo cuántos?
—Ochenta más o menos.
— ¿De veras?
—No tengo por qué mentirle.
—Y dígame, estos muertos serán los que han fallecido desde que presentó usted la última relación al Registro, ¿no es cierto?

—Aún me conformaría si así fuera —contestó Pliushkin—. Lo malo es que desde aquella fecha ascenderán a ciento veinte.

— ¿De verdad? ¿Ciento veinte? —exclamó Chichikov, que se quedó boquiabierto por la sorpresa.

—Soy muy viejo para andar mintiendo, padrecito —dijo Pliushkin—. Ya me acerco a los setenta.

Dio la impresión de que las exclamaciones casi jubilosas que lanzó Chichikov le habían ofendido. Este se dio cuenta de que en verdad resultaba inconveniente su indiferencia ante el infortunio ajeno. Suspiró, pues, profundamente, y dijo que lo lamentaba.

—De nada sirven las condolencias —replicó Pliushkin—. No muy lejos de aquí vive un capitán que el diablo sabe de dónde ha venido y que se dice pariente. Me llama tío y me besa la mano. Cuando empieza a condolerse lanza tales gritos que me veo obligado a taparme los oídos. Su rostro es completamente rojo, sin duda siente una gran afición por la bebida. Seguramente derrochó su fortuna junto con otros oficiales, o se arruinó por culpa de una actriz de teatro, y ahora Me viene con sus condolencias.

Chichikov intentó explicarle que su condolencia era muy distinta a la del capitán, y que se hallaba dispuesto a demostrárselo no con palabras vanas, sino con hechos. Y a continuación, sin rodeos, se declaró dispuesto a hacerse cargo del deber de pagar los impuestos que correspondían a todos los mujiks fallecidos en tan lamentable ocasión.

Su ofrecimiento pareció dejar tremendamente atónito a Pliushkin. Abrió los ojos desorbitadamente, permaneció durante un buen rato contemplando a su interlocutor, y al fin dijo:

—Usted, padrecito, ¿no estuvo por casualidad sirviendo en el ejército?
—No —repuso Chichikov con bastante malicia—. He sido funcionario civil.

— ¿Funcionario civil? —repitió Pliushkin, quien comenzó a chuparse los labios como si comiera algo—. ¿Cómo es posible? Pues usted saldría perdiendo…

—Sólo por darle gusto estoy dispuesto a hacerme cargo de las pérdidas.
— ¡Ay, padrecito! ¡Ay, mi benefactor! —exclamó Pliushkin, sin advertir que, con la alegría, de la nariz le salían unas motas de color tabaco que parecían posos de café, y que los faldones de su bata se habían entreabierto, enseñando una indumentaria harto indecorosa—. ¡Ha llegado a consolar a este pobre viejo! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, santos del cielo! Pliushkin no pudo continuar. Sin embargo, apenas había transcurrido un minuto cuando esta alegría, tan de repente aparecida en aquella cara de madera, se esfumó con idéntica rapidez, recobrando su aspecto acostumbrado, y sus facciones indicaron con toda claridad la preocupación en que se había sumido. Hasta se limpió con el pañuelo, con el que hizo una pelota y comenzó a pasárselo por el labio superior.

—No obstante, permítame, no se ofenda. ¿Usted se compromete a pagar las cargas todos los años? ¿A quién dará el dinero, a mí o al fisco?

—Le diré cómo lo haremos: vamos a firmar una escritura como si aún vivieran y usted me los vendiera,

—Sí, una escritura… —repitió Pliushkin, que se quedó meditabundo y otra vez comenzó a comerse los labios—. Pero la escritura representa gastos. Los que están en las oficinas son tan granujas… En otros tiempos podía uno taparles la boca con cincuenta kopecs y un saco de harina, pero en cambio ahora no se conforman con menos de un carro lleno de grano y un billete de diez rublos. Les agrada tanto el dinero… No. comprendo cómo los sacerdotes no prestan atención a esto. Deberían decir algo en sus sermones, ya que, se diga lo que se quiera, contra la palabra de Dios no hay quien se atreva a ir.

«Tú supongo que sí te atreverías», se dijo Chichikov para sus adentros, y a continuación explicó que, en consideración a él, se hallaba dispuesto a dejar que los gastos de la escritura corrieran por su cuenta.

Cuando oyó que también se encargaría de los gastos de escritura, Pliushkin llegó a la conclusión de que el visitante era un perfecto idiota y que mentía al asegurar que había sido funcionario civil, siendo así que estuvo sirviendo en el ejército y corrió detrás de las actrices. A pesar de todo no fue capaz de ocultar su júbilo, y deseó toda clase de venturas no sólo a Chichikov sino también a sus descendientes, sin detenerse siquiera a preguntar si realmente tenía hijos. Se aproximó a la ventana, dio con los nudillos varios golpes en el cristal y después gritó:

— ¡Eh, Proshka!
Un minuto después se oyó que alguien entraba en el zaguán a todo correr y se entretenía allí durante un buen rato. Se oyó andar a alguien que llevaba botas, se abrió por último la puerta y penetró Proshka, un mozalbete de trece años calzado con unas botazas tan enormes que cuando caminaba se le salía casi de los pies. Explicaremos en seguida por qué Proshka llevaba unas botas de tal tamaño. Para toda la servidumbre no había más que un solo par de botas, que debía estar siempre en el zaguán. Todo aquel que se dirigiera a los aposentos del señor debía atravesar el patio descalzo, calzarse en el zaguán y, así calzado, se introducía en el aposento. Cuando se marchaba volvía a dejar las botas en el zaguán y regresaba pisando sobre sus propias suelas. Si alguien hubiera mirado a través de la ventana en los días otoñales, y especialmente por la mañana, cuando comenzaban las heladas, habría podido ver a los criados saltando de modo tal como no era fácil que lo hiciera en el teatro el más ágil danzarín.

—Mira qué rostro, padrecito —dijo Pliushkin dirigiéndose a Chichikov mientras con un dedo señalaba a Proshka—. Es más bruto que un leño, pero en cuanto uno se despista y olvida algo por ahí, tendría que ver cómo la roba. ¿Qué quieres, idiota? ¿A qué has venido?

Pliushkin guardó silencio, a lo que Proshka respondio con otro silencio.

—Pon el samovar, ¿me oyes? Coge la llave y entrégasela a Mavra, que vaya a la despensa y en la repisa verá un pedazo de la mona de Pascua que trajo Alexandra Stepanovna; dile que lo traiga para el té… Aguarda, ¿adónde vas? ¡Bruto, que eres un bruto! ¿Acaso tienes hormiguillo en los pies? Escúchame primero: el bizcocho está un poco estropeado por la parte superior, de modo que dile que lo raspe con el cuchillo y que no eche las migas, que las lleve al gallinero. ¡Si te metes tú en la despensa ya sabes lo que te espera! ¡Una buena ración de jarabe de porra! Si tienes ahora buen apetito, después aún lo tendrás mejor. Intenta entrar en la despensa, que yo aguardaré mirando por la ventana. Uno no puede fiarse de nadie —continuó volviéndose hacia Chichikov en cuanto Proshka se hubo marchado con sus botas.

Acto seguido miró con recelo al visitante. Una magnanimidad tan fuera de lo normal comenzó a parecerle inconcebible, y se dijo para sus adentros: « ¡Diablos! Quizá sea un presuntuoso, igual que todos esos derrochadores. ¡Miente, miente para conversar un rato y que le invite a tomar el té, y después se marchará por donde ha venido!» De ahí que, como medida de precaución y a fin de probarlo, manifestó que sería preferible hacer la escritura cuanto antes, ya que uno no puede estar seguro de nada: hoy está vivo y mañana. Dios sabe.

Chichikov declaró que estaba dispuesto a formalizar la escritura en seguida, si así lo quería él, y pidió la relación de todos los mujiks.

Esto tranquilizó a Pliushkin. Fue fácil ver que estaba pensando algo, y así era, cogió las llaves, se encaminó al armario, y después de abrirlo anduvo por un buen rato entre las tazas y los vasos; por último dijo:

—No logro encontrarlo, pero aquí guardaba un licor de excepción. ¡Tal vez se lo han bebido! Son unos bandidos. ¿Será esto?

Chichikov advirtió que tenía en sus manos una botella enteramente cubierta de polvo, como si llevara una camiseta.

—Lo hizo mi difunta esposa —prosiguió Pliushkin—. Esa sinvergüenza del ama de llaves lo dejó sin ni siquiera taparlo. ¡La muy miserable! Se metieron en él gusanos y todo género de porquería, pero yo lo saqué y aquí está todo limpiecito. Voy a servirle una copa.

Pero Chichikov se negó a tomar aquel licor, afirmando que ya había comido y bebido.

— ¡Ya ha comido y bebido! —exclamó Pliushkin—. Sí, por supuesto, a la gente de buena sociedad se la distingue en el acto: no han comido y se muestran satisfechas. En cambio, a cualquier granuja de ésos, por mucho que le ofrezcas… Siempre que se presenta el capitán, lo primero que hace es pedirme algo de comer. Me llama tío, y soy yo tan tío suyo como él abuelo mío. Sin duda en su casa carece de todo y por eso pasa el tiempo yendo de una parte a otra. Decía usted que le hace falta una relación de todos esos haraganes, ¿no es cierto? Yo los había anotado en un papel, como si lo supiera, a fin de excluirlos cuando tuviera lugar la primera revisión.

Pliushkin se caló las gafas y comenzó a buscar entre sus papeles. Al desatar todo tipo de legajos obsequió al visitante con tal cantidad de polvo que éste no pudo por menos que estornudar. Por último extrajo un papel totalmente lleno de anotaciones. Los nombres de los mujiks aparecían más apretujados que las moscas. En él había de todo:

Paramonov, Pimenov, Panteleimonov… e incluso se asomó cierto Grigori Irás no Llegarás. En total resultaban ser más de ciento veinte.

Chichikov esbozó una sonrisa cuando observó tal abundancia. Guardó el papel en un bolsillo y dijo a Pliushkin que debería acudir a la ciudad para firmar la escritura.

— ¿A la ciudad? ¿Por qué? ¿Voy a dejar sola la hacienda? De mi gente no se puede uno fiar, aquí todos son granujas o ladrones. En un solo día son capaces de dejarme incluso sin un clavo en que colgar mi caftán.

— ¿Y no tiene usted allí algún conocido?

— ¿A quién quiere que tenga? Todos mis conocidos están ya muertos o han dejado de ser conocidos. ¡Ah, padrecito! ¡Sí, tengo uno! —exclamó de pronto—. Conozco al propio presidente, en otros tiempos acostumbraba a visitarme. ¡Cómo no lo he de conocer! ¡Por supuesto que lo conozco! ¿A quién, si no, podré escribir?

—Claro está que a él.
— ¡Éramos muy buenos amigos! En el colegio habíamos sido compañeros.

Por aquel rostro de palo se deslizó algo que quería parecerse a un cordial rayo de luz; manifestó no un sentimiento, sino el débil reflejo de un sentimiento, algo que se podría comparar a cuando en la superficie de las aguas surge de pronto alguien que se está ahogando y entre la muchedumbre que invade la orilla se oye una exclamación de júbilo. No obstante la alegría era prematura; a pesar de que sus hermanas y hermanos le arrojan una cuerda en espera de ver sus hombros o sus manos agotados por la lucha, aquella aparición era la última. Todo permanece sordo, y la superficie del mudo elemento, tranquila y reposada tras el último esfuerzo del infeliz, parece aún más horrible y desierta. Así la cara de Pliuskhin, en la que por un instante se había deslizado una sombra de sentimiento, se volvió todavía más insensible y chabacana.

—Encima de la mesa tenía una cuartilla —dijo—pero no sé qué se habrá hecho de ella. De esta gente se puede uno fiar tan poco…

Miró debajo de la mesa y sobre ella, buscó por todas partes y al fin gritó:

— ¡Mavra! ¡Mavra!

Como respuesta a su llamada compareció una mujer llevando en la mano un plato en el que descansaba el pedazo de bizcocho de cuya existencia ya está informado el lector. Entre ellos se entabló el diálogo que sigue:

— ¿Qué has hecho con el papel, malvada?

—Le aseguro, señor, que no he visto más papel que el pedazo de que se sirvió usted para tapar la copa.

—Leo claramente en tus ojos que lo has robado.

— ¿Y por qué iba a robarlo? No me serviría de nada, yo no sé de letras.
—Mientes, se lo has dado al sacristán; él sabe escribir y se lo diste a él.
—Si el sacristán necesita papel, él mismo se lo puede proporcionar. ¡Yo no he visto el suyo!

—Espera, que el día del Juicio Final dos diablos te van a quemar con chuzos de hierro. ¡Ya verás cómo te asan!

—No, no me asarán, pues ni siquiera he tenido en la mano ese papel. Quizá se me pueda reprochar alguna debilidad de mujer, pero lo que jamás podrá decir nadie es que yo sea una ladrona.

—Los diablos te tostarán. Dirán: « ¡Toma tu merecido, sinvergüenza, por haber engañado a tu señor!» ¡Pues vaya si te asarán!

—Pero yo les diré: « ¡La culpa no es mía! ¡Os aseguro que la culpa no es mía, yo no lo robé…!» Pero si está ahí, sobre la mesa. ¡Siempre me está acusando sin razón alguna!

Pliushkin vio, realmente, el papel, y durante unos instantes permaneció en silencio. Después se mordió los labios y dijo:

— ¿Por qué te pones así? ¡Menuda escandalosa estás hecha! En cuanto se le dice una palabra, ella responde con diez. Bueno, ve a buscar la lumbre para lacrar la carta. No, espera, eres capaz de coger la vela de sebo, y el sebo se derrite muy pronto, se consume y se acabó. No son más que gastos inútiles. Vale más que traigas una astilla encendida.

Mavra se marchó. Pliushkin tomó asiento en la butaca, cogió la pluma y aún permaneció durante un buen rato dando vueltas al papel tratando de ver si podría partirlo por la mitad. Al fin llegó a la conclusión de que eso no era posible, mojó la pluma en el tintero, que contenía no sólo un líquido mohoso sino también una infinidad de moscas, y comenzó a escribir. Lo hacía con unas letras semejantes a las notas de música, intentando sujetar la mano, que se le disparaba por toda la cuartilla, y escribiendo todo lo apretado que podía, aunque lamentándose, con todo, por el mucho espacio en blanco que quedaba.

¡A qué grado de mezquindades, a qué minucias y bajezas puede llegar a caer el hombre! ¡Hasta qué punto puede transformarse! ¿Tiene esto visos de verdad? Sí que lo tiene, todo le puede suceder al hombre. El que hoy es un impetuoso joven se quedaría horrorizado si contemplara el retrato de lo que será en su vejez. Llevaos con vosotros todos los impulsos humanos cuando salgáis de los fáciles años de la juventud para entrar en la severa virilidad que todo lo endurece, lleváoslo, no los abandonéis en el camino. ¡Después no os será posible recuperarlos! ¡La vejez que os aguarda, horrible y temible, jamás devuelve nada! Más compasiva que la vejez es la sepultura, en ella se escribirá: «Aquí han enterrado a un hombre», pero nada se puede leer en los insensibles y fríos rasgos de la inhumana vejez.

— ¿Sabe usted de algún amigo al que le hagan falta siervos fugitivos? —preguntó Pliushkin mientras doblaba la carta.

— ¿Acaso han huido algunos? —se apresuró a preguntar a su vez Chichikov, poniéndose alerta.

—Sí, ciertamente. Mi yerno trató de informarse y dice que no hay modo de hallarlos, pero él es militar, y a los militares ya se sabe, les complace hacer sonar las espuelas, pero en cuanto tienen que hacer gestiones en los tribunales…

— ¿Como cuántos serán?

—Deben llegar ya a los setenta.
— ¿De veras?
—Como se lo digo. No hay año en que no escape alguno. Son gentes muy comilonas, el ocio les abre el apetito y yo no dispongo de lo suficiente ni para mí mismo. Los cedería a cualquier precio. Dígale usted a su amigo que me los compre. Con que logre encontrar aunque sólo sea diez de ellos, hará un buen negocio, ya que cada siervo inscrito en el Registro vale quinientos rublos.

«No, no es cuestión de que esto lo huela ningún amigo», pensó Chichikov, y contó que no habría nadie a quien le interesara el negocio, pues los gastos alcanzarían una suma más elevada, porque los tribunales deberían hacer gestiones por muchas partes. Pero si él se encontraba tan apurado, impulsado por la simpatía que le había inspirado, estaba dispuesto a dar…, aunque era una bagatela de la que ni siquiera valía la pena hablar.

— ¿Cuánto estaría dispuesto a dar? —inquirió Pliushkin, a quien las manos le temblaban como el azogue a causa de su avaricia.

—Le daría veinticinco kopecs por cada uno.

—Y cómo pagaría, ¿al contado?

—Sí, ahora mismo le entregaría el dinero.
—Sólo le voy a rogar, padrecito, que, considerando mi pobreza, me los pague a cuarenta kopecs.

—Mi apreciado amigo —dijo Chichikov—, no sólo a cuarenta kopecs, sino incluso a quinientos rublos se los pagaría. Lo haría con sumo gusto, pues veo que es usted un anciano bueno y honorable que sufre precisamente debido a su propia bondad.

—Tiene toda la razón —dijo Pliushkin meneando acongojado la cabeza—Mi bondad es la culpable de todo.

— ¿Lo ve usted? Inmediatamente he comprendido su carácter. Y por lo tanto, ¿por qué no iba a pagarle quinientos rublos por cada uno? Pero…no poseo bienes. Estoy dispuesto a subir cinco kopecs más para que de esta manera salga a treinta kopecs por cabeza.

—Como diga, padrecito, pero debería aumentar aunque sólo sean dos kopecs.

—De acuerdo, pondré otros dos kopecs. ¿Cuánto son en total? Creo que antes habló de setenta.

—No, son setenta y ocho.

—Setenta y ocho, setenta y ocho a treinta kopecs por cabeza, serán… —nuestro protagonista se detuvo a pensar un segundo, no más, y añadió—: Resultan veinticuatro rublos con noventa y seis kopecs —pues, estaba fuerte en aritmética.

En seguida hizo que Pliushkin le extendiera el recibo y a continuación le dio el dinero, que el viejo recibió con las dos manos y llevó hasta el escritorio con idénticas precauciones que si fuera un líquido y temiera verterlo. Se aproximó al escritorio, volvió a mirar el dinero y lo dejó, también con toda precaución, en una de las gavetas, donde sin duda estaban condenados a quedarse enterrados hasta el momento en que padre Karp o el padre Polikarp, los dos sacerdote que había en su aldea, lo enterraran a él mismo, con gran alegría de su hija y de su yerno, y quizá también del capitán que decía ser pariente suyo.

Después de haber guardado el dinero, Pliushkin tomó de nuevo asiento en la butaca como si no consiguiera hallar otros temas de que hablar.

— ¿Ya se marcha? —preguntó, al advertir un ligero movimiento que Chichikov había hecho para sacar del bolsillo su pañuelo.

La pregunta le hizo recordar que, efectivamente, no había razón para detenerse más.

—Sí, ya es hora de irme —dijo al mismo tiempo que cogía el sombrero.

— ¿Y el té?
—No, será en otra ocasión. Lo tomaremos la próxima vez que venga por aquí.

—¡Y yo que había ordenado que prepararan el samovar! Si he de decirle la verdad, no siento gran afición por el té, es una bebida cara y el azúcar ha subido de precio extraordinariamente. ¡Proshka! ¡Ya no es necesario el samovar! Llévale el bizcocho a Mavra, ¿me oyes? Que lo deje donde estaba, o no, tráelo aquí y yo mismo lo llevaré. Adiós, padrecito, que Dios le bendiga. Y déle la carta al presidente. Sí, que la lea, es un antiguo conocido mío. ¡Cómo no! En el colegio fuimos compañeros.

Acto seguido este peregrino fenómeno, este enjuto vejete, salió al patio a despedirle, y luego ordenó que cerraran el portón. Después pasó revista a las despensas para asegurarse de que se hallaban en su puesto los guardas, los cuales estaban en todas las esquinas, golpeando alguna que otra vez en un tonel vacío, en lugar de la habitual chapa de hierro, con una pala de madera; seguidamente llegó hasta la cocina, donde,bajo el pretexto de comprobar si se daba bien de comer a su gente, se tragó un buen plato de sopa de col y gachas, riñendo a todos los presentes por sus latrocinios y su mal comportamiento, y finalmente regresó a su aposento. Una vez a solas, pensó hasta en el modo de agradecer a su visitante aquella generosidad sin par.

«Le puedo regalar el reloj de bolsillo —se dijo para sus adentros—. Es un reloj bueno, de plata, y no cualquier cosa de bronce o de alpaca. Está un poco estropeado, pero ya lo arreglará. Es joven aún y le hace falta reloj de bolsillo para gustar a su novia.

Pero no —agregó tras haberlo pensado un poco—, vale más que se lo deje cuando me muera, en el testamento, para que le sirva de recuerdo mío.»

No obstante Chichikov, sin necesidad alguna de reloj, se encontraba en la mejor disposición de ánimo. La inopinada adquisición representaba un verdadero regalo. Efectivamente, dijeran lo que quisieran, ¡se trataba de doscientas almas, y no sólo muertas, sino que así mismo había fugitivos! Es verdad que cuando se aproximaba a la aldea de Pliushkin presentía ya que llevaría a cabo un buen negocio, pero ni muchísimo menos imaginaba que le saldría tan redondo.

En el transcurso del camino no le abandonó ni por un momento el extraordinario alborozo que le poseía. Se ponía a silbar, se llevaba la mano a la boca de modo que parecía que tocaba la trompa, e incluso entonó una canción tan extraña que el mismo Selifán se quedó escuchando, movió la cabeza y comentó:

— ¡Vaya cómo canta el señor!
Al llegar a la ciudad se había hecho ya de noche. La sombra se confundía totalmente con la luz y se tenía la sensación de que incluso los mismos objetos se Confundían también La barra de las puertas de la ciudad, con sus franjas de color rojo, había adquirido una tonalidad indefinida. Los bigotes del soldado que estaba de guardia parecían habérsele subido a la frente, bastante por encima de los ojos, y no se le podía ver la nariz. El ruido y las sacudidas manifestaron con toda Claridad que el carruaje se deslizaba ya sobre el empedrado.

Los faroles no estaban aún encendidos y apenas en algunas casas se advertía luz. En los rincones y callejuelas se sucedían conversaciones y escenas propias de aquella de las ciudades en que hay gran número de soldados, de cocheros, de operarios y de seres de un género particular en figura de damas cubiertas por chales rojos que no usaban medias y que, al igual que los murciélagos, iban revoloteando por las esquinas.

Chichikov no se dio cuenta de su presencia, ni siquiera prestó atención a los innumerables funcionarios flacos y con bastón que probablemente volvían a su casa tras un paseo por los alrededores de la ciudad. De vez en cuando llegaban a sus oídos gritos que parecían de mujer: «¡Mientes, borracho! ¡Jamás te he tolerado tal clase de groserías!», «¡No me pegues, bestia! ¡Acompáñame a la comisaría y allí te lo demostraré!» En resumen, expresiones que queman como la pez hirviendo a cualquier muchacho de veinte años cuando, al regresar del teatro, lleva en su pensamiento una calle española, la noche de España y una maravillosa imagen de mujer de rizados cabellos y con una guitarra en sus manos. ¿Qué sueños no bullirán en su mente? Se halla en el paraíso, ha acudido a visitar a Schiller, cuando de pronto estallan como trueno las fatales palabras y advierte que otra vez ha regresado a la tierra, que se halla en la plaza Sennaia, muy cerca de una taberna, y de nuevo se ve envuelto en las miserias de la vida cotidiana.

Por último, tras una sacudida más que mediana, el carruaje pareció quedar como en una zanja, frente a la puerta de la posada, y Chichikov fue recibido por Petrushka, quien con una mano sujetaba los faldones de su levitón, ya que le molestaba que se le abriera, mientras que con la otra le ayudó a apearse. También salió a su encuentro el mozo de la posada, llevando una vela en la mano y el paño al hombro. Ignoramos si Petrushka se mostró contento de la llegada de su señor. Pero sí sabemos que él y Selifán se hicieron guiños y que su rostro, tan severo habitualmente, pareció aclararse algo.

—Ha pasado el señor largo tiempo fuera —dijo el mozo mientras alumbraba la escalera.

—Sí —dijo Chichikov al subir el primer peldaño—.

Bueno, ¿y tú, qué me cuentas?

—A Dios gracias estoy bien —repuso el mozo haciendo una inclinación—. Ayer llegó un militar. Es teniente, y ocupa la habitación dieciséis.

— ¿Un teniente?
—No sabemos de quién se trata. Vino de Riazán, trae caballos bayos,
—Bueno, bueno, ya veremos cómo te sigues portando —dijo Chichikov, y penetró en su aposento.

Cuando cruzó el vestíbulo venteó el aire y dijo a Petrushka:

—Lo menos que podías haber hecho es ventilar la habitación.
—Ya lo hice —repuso Petrushka, pero era falso.
El propio señor sabía muy bien que estaba mintiendo, pero no sentía deseos de discutir. Estaba en extremo fatigado después del viaje. Pidió que le sirvieran una cena muy ligera, solamente cochinillo, y enseguida se desnudó, se metió bajo las sábanas y quedó profundamente dormido, como un tronco, como sólo son capaces de hacerlo los felices mortales que desconocen lo que son las hemorroides y las chinches, y que no están dotados de una capacidad intelectual demasiado elevada.


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Almas muertas – Mykola Hóhol – Capítulos III y IV

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CAPITULO III

Entretanto, Chichikov, con un estado de ánimo excelente, continuaba avanzando en su carruaje, que desde hacía largo rato se deslizaba por el camino real. En el anterior capítulo hemos tenido ocasión de conocer cuál era el principal objeto de sus gustos y predilecciones. Nada tiene, pues, de particular, el que en seguida se dedicase a él por completo, en cuerpo y alma. Las consideraciones, conjeturas y cálculos, según daba a entender la expresión de su rostro, eran no poco gratas, ya que a cada instante dejaban la huella de una sonrisa llena de satisfacción. Sumido en sus meditaciones, no se dio cuenta de que el cochero, contento por la recepción de que le habían hecho objeto los criados de Manilov, hacía observaciones muy atinadas al caballo blanco que iba a la derecha del tiro.

Dicho equino era extremadamente astuto, simulaba que con sus esfuerzos contribuía a arrastrar el coche, mientras el bayo de varas y el alazán claro de la izquierda —al que llamaban «Asesor», porque era un asesor quien se lo había vendido— trabajaban a conciencia, hasta el punto de que se veía claramente la satisfacción que ello le producía.

Dicho equino era extremadamente astuto, simulaba que con sus esfuerzos contribuía a arrastrar el coche, mientras el bayo de varas y el alazán claro de la izquierda —al que llamaban «Asesor»

—Hazte el listo, hazte el listo, ya veremos quién de los dos lo es más — exclamaba Selifán enderezándose y soltando un latigazo al holgazán—. ¡A ver si te enteras de cuál es tu deber, pedazo de cuerno! El bayo es un animal serio que cumple con su obligación, y por esto espero darle doble ración de pienso, porque se lo merece; también el «Asesor» es un buen caballo… ¡Eh, eh, deja quietas las orejas! No seas estúpido y escucha cuando te hablan. No tengo por qué enseñar nada malo a un ignorante como tú… ¡Vaya el muy necio, dónde va a meterse!

Cuando llegó a este punto le lanzó otro latigazo, refunfuñando:

— ¡Eh, animal! ¡Maldita holgazanería!
Después les gritó a todos:
— ¡Adelante, amigos! —e hizo restallar el látigo sobre los tres, pero no para castigarles, sino a fin de demostrar que estaba satisfecho de ellos.

Después de proporcionarles esta alegría, volvió a dirigirse al blanco:

—Estás convencido de que nadie advierte tu conducta. No, si esperas ser tratado con consideración, tienes que portarte bien. Ahí tienes los criados del propietario a quien hemos visitado, son buenas personas.

Cuando me tropiezo con hombres de bien disfruto hablando con ellos.
Siempre soy amigo de la gente de bien y siempre nos entendemos a la perfección. Tanto si hay que tomar té como un bocado, siempre lo hago muy gustoso cuando es en compañía de hombres de bien. Todos lo apreciarán. Ahí tienes a nuestro amo, a quien todo el mundo respeta, porque él, ¿te enteras?, estuvo al servicio del Estado, es consejero colegiado…

Sumido en estas reflexiones, Selifán fue adentrándose hasta las más peregrinas abstracciones. Si Chichikov hubiera escuchado sus palabras, se habría enterado de muchos detalles que concernían a él personalmente. Pero se hallaba tan metido en sus pensamientos, que sólo el violento estampido de un trueno consiguió sacarle de sus meditaciones, haciéndole mirar en torno a él: el cielo aparecía completamente cubierto por las nubes y las gotas de lluvia caían sobre el polvoriento camino.

Finalmente otro trueno más cercano retumbó con mayor fuerza y comenzó a llover a cántaros. El agua caía oblicuamente, de manera que azotaba ahora uno, ahora otro lado del carruaje.

Después comenzó a caer verticalmente, tamborileando en la parte alta del vehículo, hasta que las gotas le llegaron al rostro. Esto hizo que cerrara las cortinillas de cuero, las cuales iban provistas de un par de aberturas en forma de círculo practicadas a fin de que se pudiera contemplar el paisaje, e indicó a Selifán que se diera toda la prisa posible. Este, interrumpido en lo mejor de su monólogo, advirtió que, efectivamente, las cosas no estaban como para perder tiempo, cogió de debajo del pescante un viejo paño de color gris, se envolvió con él, empuñó la riendas y arreó a los caballos, que casi podía decirse que permanecían inmóviles, puesto que el instructivo discurso había hecho que se sumieran en un grato relajamiento. No obstante, Selifán era incapaz de recordar si habían pasado dos cruces, o bien tres. Tras reflexionar unos momentos, concluyó que debían ser bastantes los cruces que habían dejado atrás. Y siguiendo la costumbre de los rusos, que en los momentos de gran importancia resuelven sin entrar en consideraciones, torció a la derecha por el primer camino con que se tropezó, arreó a los caballos y los lanzó al galope, sin pensar hasta dónde llegaría.

No parecía que la lluvia fuera a detenerse pronto. El polvo del camino se transformó rápidamente en barro y a los caballos les resultaba más difícil a cada instante arrastrar el carruaje. Chichikov se hallaba muy inquieto, puesto que pasaba el tiempo y la hacienda de Sobakevich continuaba sin verse. Miraba por todos lados, pero reinaba tal oscuridad que era imposible ver nada.

— ¡Selifán! —gritó finalmente asomándose a la ventanilla.

— ¿Qué manda usted, señor? —inquirió Selifán.
— ¿Aún no aparece la aldea?
—No, señor, no la veo por ninguna parte.
Y a continuación Selifán hizo restallar el látigo y comenzó una letanía tan larga que parecía interminable. En ella había de todo: los gritos de que se valen los cocheros de toda Rusia, de un extremo a otro, para animar y estimular a los caballos; adjetivos de todo tipo hilvanados de cualquier modo, tal como le iban pasando por la mente. Así incluso llegó a dar el nombre de «secretarios» a los caballos.

Puestas así las cosas, Chichikov se dio cuenta de que su coche comenzaba a dar grandes brincos y a sacudirle sin piedad. De ahí dedujo que probablemente el carruaje se habría salido del camino y estarían marchando a campo traviesa. El mismo Selifán parecía haberse dado cuenta también, pero no abrió la boca para nada.

— ¿Qué camino es éste, estúpido? —exclamó Chichikov.
—Con un tiempo así es imposible hacer nada, señor. Hay tal oscuridad que no alcanzo a ver ni siquiera el látigo.

Apenas había concluido de pronunciar estas palabras cuando el coche se inclinó hasta tal punto, que Chichikov se vio obligado a agarrarse con las dos manos.

— ¡Ve con cuidado, que volcamos! —exclamó.
—No, señor, no es posible que esto me ocurra a mí —contestó Selifán—. Yo mismo sé que volcar es una cosa que no está nada bien.

Acto seguido intentó dar la vuelta al coche, pero le hizo girar tanto que por fin volcó. Chichikov se encontró de pies y manos en el fango. Selifán paró los caballos, aunque la verdad es que fueron ellos mismos quienes se detuvieron por sí solos, pues estaban sumamente agotados.

Circunstancia tan imprevista dejó a Selifán atónito. Descendió del pescante, se colocó frente al coche, y con los brazos en jarras, mientras su señor luchaba intentando librarse del barro, comentó después de unos segundos de meditación:

—Pues es verdad, ha volcado.

— ¡Estás más borracho que una cuba! —gritó Chichikov.
—No, señor, ¿cómo puede usted decir estas cosas? yo mismo sé que eso de emborracharse está muy mal. Estuve charlando con un amigo, ya que no tiene nada de malo el conversar con un hombre de bien.

También estuvimos comiendo juntos un bocado. En esto no hay nada de extraño. Con una persona de bien se puede tomar un bocado.

— ¿No recuerdas ya lo que te dije en la última ocasión que compareciste borracho? —le preguntó Chichikov.

—Claro que lo recuerdo. ¿Cómo iba a olvidarlo? Sé muy bien cuál es mi deber. Sé que el emborracharse está mal. He charlado con un hombre de bien porque…

—Cuando dé orden de que te azoten entonces te enterarás de cómo se debe hablar con un hombre de bien.

—Como su merced ordene —contestó Selifán mostrándose de acuerdo en todo—. Si se me tiene que azotar, se me azota. Yo no tengo nada que oponer. ¿A santo de qué no me han de azotar si yo mismo me lo he buscado? Para eso está la voluntad del señor. Es preciso azotar porque el mujik comete estupideces. Hay que mantenerlo todo en orden. Si se me tiene que azotar, se me azota. ¿A santo de qué no me han de azotar?

El señor no supo qué responder a estas palabras. Pero en aquel instante pareció como si el propio Destino se hubiera resuelto a apiadarse de él. En la lejanía se oyeron los ladridos de un perro.

Chichikov se alegró mucho y ordenó que arreara a los caballos. El cochero ruso posee un buen olfato cuando la vista de nada le sirve. Así sucede a veces que con los ojos cerrados se lanza al galope y siempre llega a alguna parte. Selifán, que no veía absolutamente nada, dirigió los caballos con tanto tino hacia la aldea, que sólo se paró cuando las varas del carruaje se encontraron con una valla, siendo entonces imposible continuar avanzando.

A través de la densa cortina de lluvia, no sin trabajo logró distinguir Chichikov algo que se parecía a una techumbre. Mandó a Selifán en busca del portón, cosa que seguramente se habría prolongado durante un buen rato si en Rusia, en lugar de porteros, no hubiera perros, los cuales informaron de su presencia con tanta sonoridad que se vio obligado a taparse los oídos con ambas manos. En una de las ventanas brilló una luz y su confuso resplandor se esparció hasta llegar a la valla, permitiendo que nuestros viajeros vieran el portón. Selifán dio unos cuantos golpes y pronto se abrió una puertecilla, asomándose por ella una figura envuelta en una manta; el señor y el criado pudieron oír entonces una ronca voz de mujer:

— ¿Quién es? ¿Quién arma ese escándalo?
—Somos unos viajeros, madrecita. Permítanos pasar y quedarnos aquí esta noche —le dijo Chichikov.

—Con mucha rapidez lo arregla usted todo —repuso la mujer—. ¿Le parece que ésas son horas de venir? Esto no es ninguna fonda. Aquí vive una señora propietaria

— ¿Qué quiere que le hagamos nosotros, madrecita? Nos hemos perdido. Con el mal tiempo que hace no pretenderá que pasemos la noche en la estepa.

—Sí, está todo muy oscuro y hace un tiempo de mil demonios —añadió Selifán.

—Mantente callado, necio —exclamó Chichikov.

— ¿Quién es usted? —preguntó la vieja.
—Soy un noble, madrecita.
La palabra «noble» pareció hacer entrar en razón la mujer.
—Aguarde a que se lo diga a la señora —repuso, dos minutos después regresaba llevando un farol la mano.

El portón se abrió. Brilló también la luz en otra de las ventanas. El carruaje se introdujo en el patio y se paró junto a una casita, que era difícil distinguir debido a la oscuridad reinante. La luz de la ventana sólo iluminaba la mitad. Frente a la casa había también un charco, sobre el cual caía la luz. La lluvia se deslizaba sonoramente por las tablas de la techumbre e iba a caer en forma de estrepitosos chorros en un tonel que habían puesto al efecto en una esquina.

Al mismo tiempo los perros seguían ladrando con todo género de voces: uno lanzaba al cielo unos aullidos tan interminables que daba la impresión de que gracias a ello percibía sabe Dios qué sueldo; otro emitía aullidos cortos, como un sacristán; entre ellos podía oírse, como si fuera la campanilla del coche de postas, un infatigable agudo, seguramente de un cachorro, y sobre todo ello sobresalía, por último, un gruñido de tono bajo, que debía ser de algún viejo dotado de una vulgar naturaleza canina, pues roncaba como acostumbra a hacerlo el contrabajo cuando el concierto se halla en su punto álgido, cuando el tenor se alza sobre las puntas de los pies, deseoso de emitir una nota aguda, y todo parece estar buscando las alturas, y únicamente él, hundiendo su mal afeitada barbilla en la corbata, se inclina hasta casi llegar al suelo, desde donde lanza su nota, que hace retumbar los cristales. Ese concierto canino con tal cantidad de músicos daba ya a entender que era aquélla una aldea de cierta importancia, aunque nuestro protagonista, empapado por todas partes y temblando de frío, sólo pensaba en la cama.

En cuanto se hubo detenido definitivamente, corrió a protegerse en la marquesina de la entrada, dio un traspiés y poco faltó para que se cayera. En la puerta apareció otra mujer, de menos edad que la primera, pero que guardaba con ella un gran parecido. Le indicó que pasara a una estancia que él recorrió de una sola mirada. Estaba empapelada con un viejo dibujo a rayas; en ella se veían algunos cuadros, de pájaros, y entre ventana y ventana había unos antiguos espejos con oscuros marcos que tenían la forma de hojas arrolladas.

Detrás de cada espejo había una carta, o una baraja vieja, o una media. Un reloj de pared cuya esfera tenía flores pintadas… Ya no pudo distinguir nada más. Los ojos se le estaban cerrando como si se los hubieran embadurnado con miel.

Había transcurrido un minuto cuando compareció la dueña de la casa. Era una mujer bastante entrada en años, que llevaba una cofia puesta a toda prisa y un mantón de franela al cuello, una de esas modestas propietarias que se quejan de las pérdidas a causa de la mala cosecha, que se mantienen alejadas de todo y que, mientras tanto, van juntando lentamente un dinerillo que esconden en viejas bolsitas dentro de los cajones de las cómodas. En una de las bolsitas guardan los rublos, en otra las monedas de medio rublo y en otra las de veinticinco kopecs, aunque a primera vista se diría que la cómoda no contiene más que ropa blanca, ovillos, chambras y algún abrigo descolorido, destinado a convertirse en vestido si el viejo se quema cuando la terrateniente se dedica en vísperas de fiesta a confeccionar toda suerte de pastas y galletas, o si se desgasta de tanto usarlo. Sin embargo, el vestido no se quema si se desgasta por el uso. La vieja es muy mañosa y el abrigo, así como los demás vestidos, está destinado a pasar en herencia a una sobrina-nieta por parte de su hermana.

Chichikov le pidió perdón por las incomodidades que le estaba ocasionando con su intempestiva llegada.

—No se preocupe, no se preocupe —repuso ella—. Le ha traído Dios con un tiempo… ¡Qué huracán, qué truenos!… Tendría que ofrecerle alguna cosa, pero a estas horas no hay modo de preparar nada.

Las palabras de la propietaria fueron interrumpidas por un peregrino silbido que casi asustó al recién llegado. Parecía como si la estancia hubiera sido invadida por las serpientes. Pero al levantar la vista se tranquilizó, advirtiendo que el causante de todo era el reloj de pared, que había tenido la ocurrencia de dar las horas. A continuación del silbido se oyó un ronquido, y por último, empleando para ello todas sus fuerzas, dio las dos con tal estrépito que se habría creído que alguien estaba golpeando con un bastón una cacerola rota. Después de esto el péndulo prosiguió su reposado vaivén a uno y otro lado.

Chichikov dio las gracias a la dueña de la casa y le declaró que no necesitaba nada, que no se preocupara por nada, que no le pedía nada más que una cama. Le tentó luego la curiosidad de averiguar en qué lugar se encontraba y qué distancia había hasta la hacienda de Sobakevich, pero la vieja contestó que jamás había oído hablar de ese señor y que por allí no había ningún propietario que se llamara así.

—Supongo que a Manilov sí que le conocerá —preguntó Chichikov.

— ¿Y quién es ese Manilov?
—Un propietario, madrecita.
—No, nunca he oído hablar de él. No hay ningún propietario con ese nombre.

— ¿Y quiénes viven por estos alrededores?

—Están Bobrov, Svinin, Konopatiev, Jarpakin, Trepakin, Pleshakov…
— ¿Son gente acomodada?
—No, padre, no son gente muy acomodada. Uno poseerá veinte almas, otro treinta, pero ninguno de ellos llega a las cien.

Chichikov se dio cuenta de que se hallaba en un lugar perdido.

— ¿Está muy lejos de aquí la ciudad?
—A unas sesenta verstas más o menos. ¡Cuánto siento no poder ofrecerle nada! ¿No le apetecería tomar té?

—Se lo agradezco, madrecita. Pero sólo necesito una cama.

—Verdaderamente, después de un camino como el que ha tenido que recorrer le hará mucha falta el descanso. Podrá dormir aquí, en este diván. ¡Eh, Fetinia! ¡Trae en seguida almohadas y sábanas y un edredón! ¡Vaya tiempo que nos ha enviado Dios! ¡Qué vendaval y qué truenos! Durante toda la noche he tenido una vela ante los iconos. ¡Pero si lleva la espalda y los costados todos manchados de barro! ¿Cómo se ha ensuciado de este modo?

—Gracias a Dios que sólo ha sido esto. Aún he de dar las gracias por no haberme roto las costillas.

— ¡Por todos los santos, qué desastre! ¿No desea que le den fricciones en la espalda?

—No, muchas gracias, no se preocupe usted. Únicamente le ruego que ordene a una muchacha que ponga a secar y limpie mi traje.

— ¿Te has enterado, Fetinia? —dijo la propietaria dirigiéndose a la mujer que había abierto la puerta y que, en cuanto hubo traído el edredón, comenzó a mullirlo por los dos lados, llenando de plumas toda la habitación—. Toma el frac y la ropa del señor, ponlo todo a secar al fuego, como hacías con la ropa del difunto amo, y después restriégalo y sacúdelo bien.

—Sí, señora —repuso Fetinia al tiempo que extendía una sábana sobre el edredón y colocaba algunas almohadas.

—Ya está la cama preparada —dijo la propietaria—. Hasta mañana, padrecito, que duerma bien. ¿No tendrá la costumbre de que le rasquen las plantas de los pies cuando se acuesta? Se lo digo porque a mi difunto marido había que rascárselas, de otro modo no lograba conciliar el sueño.

No obstante, el invitado agradeció tal oferta. La dueña de la casa se marchó y él comenzó a desnudarse con toda rapidez vistiendo la ropa prestada y dando a Fetinia todo lo que se había quitado, tanto el traje como la ropa interior. Y la criada, después de darle también las buenas noches, se retiró llevando consigo estas húmedas prendas. Cuando se quedó solo se puso a contemplar con aire de satisfacción aquel promontorio, que casi se alzaba hasta el techo. Se advertía que Fetinia era toda una maestra en el arte de mullir colchones. Aproximó una silla con que subirse al improvisado lecho, el cual se hundió casi hasta el mismo suelo, y las plumas, desplazadas de allí, salieron revoloteando hacia todos los rincones del aposento. Chichikov apagó la vela y tras cubrirse con la manta de algodón, enroscándose como un ovillo, al cabo de un minuto ya estaba dormido.

Al día siguiente, era ya hora muy avanzada cuando se despertó. El sol, que penetraba por la ventana, iba a darle en los mismos ojos, y las moscas, que la noche anterior dormían tranquilamente en el techo y en las paredes, ahora se dirigían contra él. Una de ellas se había posado en sus labios, otra en la oreja, y una tercera, que intentaba hacerlo en un párpado, tuvo la mala fortuna de posarse en las aletas de la nariz, y Chichikov, al respirar, la arrastró hasta el mismo agujero nasal, por lo que se vio forzado a lanzar un violento estornudo. Esto fue lo que le hizo despertarse.

El sol, que penetraba por la ventana, iba a darle en los mismos ojos, y las moscas, que la noche anterior dormían tranquilamente en el techo y en las paredes, ahora se dirigían contra él. Una de ellas se había posado en sus labios, otra en la oreja, y una tercera, que intentaba hacerlo en un párpado, tuvo la mala fortuna de posarse en las aletas de la nariz, y Chichikov, al respirar, la arrastró hasta el mismo agujero nasal, por lo que se vio forzado a lanzar un violento estornudo. Esto fue lo que le hizo despertarse

Cuando miró en torno suyo, advirtió que no todos los cuadros representaban pájaros; entre ellos había un retrato de Kutuzov y otro, pintado al óleo, de un hombre de edad vestido con el uniforme de vueltas rojas de la época del emperador Pablo Petrovich. El reloj volvió a emitir sus silbidos y dio las diez. En la puerta apareció un rostro de mujer que desapareció en seguida, ya que Chichikov, ansiando dormir a sus anchas, se había quitado absolutamente toda la ropa. Aquel rostro le parecía familiar. Intentó recordar, y cayó en la cuenta de que era la dueña de la casa.

Se puso la camisa. El traje, completamente seco y muy limpio, estaba junto a la cabecera de la cama. Se vistió, se puso frente al espejo y estornudó de nuevo, pero con tanta violencia que un pavo que en aquel instante se aproximaba a la ventana, situada casi a ras del suelo, parloteó como si le estuviera diciendo algo en su extraña lengua, tal vez para desearle los buenos días, a lo que Chichikov le contestó llamándole estúpido.

A continuación se encaminó hacia la ventana y se dedicó a contemplar el paisaje que se ofrecía a sus ojos. Daba casi al mismo gallinero; por lo menos, lo que alcanzó a ver era un pequeño patio repleto de aves de corral y de toda clase de animales domésticos. Había innumerables gallinas y pavos. Entre ellos caminaba reposadamente el gallo, sacudiendo la cresta y moviendo la cabeza para uno y otro lado como si escuchara algo. También se encontraba allí una cerda con sus pequeños. En aquel lugar, al mismo tiempo que revolvía en un montón de basura, se tragó un pollito, sin que por lo visto se diera cuenta ni ella misma, ya que continuó engullendo, una después de otra, todas las cortezas de sandía.

Detrás de la valla de madera de este pequeño patio o gallinero se extendían enormes huertas donde crecían coles, patatas, cebollas, remolachas y otra clasesñ de verduras. Por todas partes se veían asimismo manzanos y diversos árboles frutales a los que habían cubierto con redes a fin de protegerlos contra los gorriones y las urracas. Los primeros volaban de un lado para otro agrupados en verdaderas bandadas. Con el mismo fin de ahuyentarlos habían colocado allí espantapájaros, sobre altas pértigas, con los brazos en cruz. Uno de ellos iba tocado con una cofia de la misma propietaria.

Más allá de las huertas se hallaban las cabañas de los campesinos, las cuales, a pesar de que estaban dispuestas sin ningún orden, ni siquiera formando calles rectas, producían la impresión de que sus habitantes vivían con cierto desahogo, pues todas se encontraban en buen estado; las tablas podridas de las techumbres habían sido sustituidas por otras nuevas; los portones cerraban bien, y en los cobertizos pudo ver aquí un carro nuevo de reserva, allá incluso dos. «Pues esta aldea es bastante grande», pensó Chichikov, y se propuso entablar conversación con la propietaria a fin de conocer con más exactitud su hacienda. Miró por una rendija de la puerta por la que hacía un rato se había asomado una cabeza de mujer, y vio que estaba sentada delante de la mesa de té. Salió, pues, con rostro amable y sonriente.

—Buenos días, padrecito. ¿Ha pasado buena noche? —le preguntó la anfitriona levantándose.

La dueña aparecía mejor arreglada que la noche anterior; iba vestida con un traje oscuro y no llevaba la cofia de dormir, aunque seguía con el mantón atado al cuello.

—Sí, he dormido muy bien —repuso Chichikov tomando asiento en una butaca—. ¿Y usted, madrecita?

—Bastante mal, padre.

— ¿A qué se debe?
—Es por el insomnio. Tengo los riñones doloridos y aquí en la pierna, sobre la rodilla, hay algo que me molesta.

—No será nada, ya se le pasará, madrecita. No se preocupe por esto.

—Dios quiera que no sea nada y se me pase pronto. Me he dado friegas con aguarrás y grasa de cerdo. ¿Cómo prefiere tomar el té? En este tarro hay jarabe de fruta.

—Bueno, madrecita, lo tomaré con jarabe de fruta.

Me imagino que el lector se habrá dado cuenta de que Chichikov, a pesar de su aire amable y cariñoso, se comportaba y hablaba con mayor libertad que en la casa de Manilov, y gastaba menos cumplidos. Porque en Rusia, si bien hay aspectos en los que no hemos llegado a la altura de los extranjeros, en lo que atañe al trato los hemos adelantado en mucho. No cabe la posibilidad de detallar todas las gradaciones y matices de nuestro trato. El francés o el alemán no serán capaces de comprender nunca todas estas diferencias y particularidades. Se valdrá casi del mismo tono de voz y del mismo lenguaje para hablar con un millonario que con un estanquero, aunque, como es de suponer, en su interior se arrastra servilmente ante el primero. Nosotros somos muy distintos: entre nosotros los hay que son tan inteligentes que con el propietario a quien pertenecen doscientas almas hablarán de un modo completamente diferente que cuando se dirigen a un terrateniente que posee trescientas. Y con el de trescientas se valdrá de un tono muy distinto al que empleará para dirigirse a un propietario de quinientas, y con el de quinientas usará otro tono con respecto al de ochocientas. En resumen, aunque se llegara hasta el millón siempre surgirían matices nuevos.

Imaginemos, por ejemplo, que hay una oficina, no en nuestro país, sino en el otro extremo del mundo, y que dicha oficina tiene su jefe. Miradlo bien, os lo suplico, cuando se halla entre sus subordinados. ¡El miedo no nos permitirá decir ni siquiera una palabra! Nobleza, altivez, ¿qué no aparecerá en su rostro? Como para coger el pincel y hacerle un retrato.

¡Prometeo, Prometeo en persona! Posee mirada de águila y camina lenta y majestuosamente. Pues bien, esa misma águila, en cuanto sale de la oficina y se aproxima al despacho de su superior camina como una perdiz, con sus papeles bajo el brazo, a punto de perder los estribos.

Igual ocurre en la vida social que en una velada, si los que están en torno a él pertenecen a una categoría inferior a la suya, aunque sólo sea muy ligeramente inferior, Prometeo continúa siendo Prometeo, pero si, por el contrario, los que le rodean son escasamente superiores, Prometeo es objeto de una metamorfosis que ni siquiera Ovidio en persona podría imaginarse. ¡Se transforma en una mosca, y aún menos, en un pequeño granito de arena!

«Pero si éste no es Iván Petrovich —se dice uno al contemplarle—. Iván Petrovich es de elevada estatura y éste es bajo y delgado. Aquél habla siempre con voz de trueno y jamás se ríe, y en cambio a éste no hay manera de entenderle; pía como un pajarito y se ríe sin cesar.»

Pero se le acerca uno, le contempla bien, y realmente, es el mismo Iván Petrovich.

« ¡Vaya, vaya!», piensa uno…

Pero volvamos a nuestro héroe. Chichikov, como ya pudimos observar, había decidido no gastar demasiados cumplidos. De ahí que, cuando ya había tomado una taza de té después de endulzarla con jarabe de fruta, comenzó de la manera que sigue:

—Parece que posee usted una buena aldea, madrecita. ¿Cuántas almas tiene?

—Unas ochenta, padrecito —contestó la dueña de la casa—. Pero ahora estamos pasando una mala época. La cosecha del año anterior fue tan mala, que Dios no permita otra igual.

—Pero los campesinos parecen robustos y las cabañas son resistentes…
Pero permítame que le pregunte su nombre. Soy tan despistado… Vine aquí de noche…

—Soy la viuda del secretario colegiado Korobochka.

—Muy agradecido. ¿Y cuál es su nombre patronímico?
—Nastasia Petrovna.
— ¿Nastasia Petrovna? Es un bonito nombre, Nastasia Petrovna. Una tía mía, hermana de mi madre, también se llama Nastasia Petrovna.

— ¿Y cuál es el nombre de usted? —inquirió la dueña de la casa—. Usted es asesor, ¿no es cierto?

—No, madrecita —repuso Chichikov con una sonrisa—. Yo no soy asesor, viajo por razones personales.

— ¡Ah! En este caso debe ser un mayorista. ¡Qué lástima que hubiera vendido la miel a tan bajo precio a unos comerciantes! Estoy segura de que usted me la habría comprado.

—No, no se la habría comprado.
— ¿Y qué es entonces lo que compra? ¿Cáñamo? Aunque apenas me queda ya casi nada, todo lo más medio pud*.

*1 Unidad de peso de la Rus’, equivalente a 16,38 kg.

—No, madrecita, es muy distinto lo que yo compro. Dígame, ¿algunos de sus campesinos han fallecido?

— ¡Ay, padrecito, dieciocho! —contestó la vieja suspirando—. Y los que han muerto eran los mejores, unos magníficos trabajadores. Es cierto que han nacido otros, pero no sirven para nada, no son más que morralla. Y se presentó aquí el asesor y dijo que por cada uno de ellos hay que pagar las cargas al fisco. Por los muertos debo pagar como si aún estuvieran vivos. La pasada semana, el herrero, pereció abrasado.

Conocía su oficio a la perfección y además era mecánico.

— ¿Acaso se produjo algún incendio, madrecita?
— ¡Oh, no! Dios nos libre de una desgracia así, un incendio habría sido mucho peor. Se abrasó por sí solo, se quemó por dentro. Había bebido en exceso. Desprendió una llamita azul, se consumió y quedó totalmente negro, tan negro como el carbón. ¡Qué herrero tan excelente era! Ahora no puedo emplear mi coche, no tengo quien hierre los caballos.

— ¡Las cosas dependen de la voluntad de Dios, madrecita! —exclamó Chichikov lanzando un suspiro—. No es posible oponer nada contra la sabiduría de Dios… Y bien, ¿me los quiere usted ceder, Nastasia Petrovna?

— ¿Quién quiere que le ceda, padrecito?

—Pues todos esos que han fallecido.
— ¿Y cómo voy a hacerlo?
—Es muy fácil. O si no, véndamelos. Por ellos le daré a cambio algún dinero.

— ¿Pero cómo? No alcanzo a comprender. ¿Es que pretende que sean desenterrados?

Chichikov advirtió que su anfitriona iba demasiado lejos y que tenía que explicarle de qué se trataba. En breves palabras le contó que la compra o cesión no sería más que una mera fórmula y que en el documento las almas constarían como si fueran seres vivos.

— ¿Y para qué los necesita? —inquirió la vieja mirándole con los ojos muy abiertos.

—Esto es asunto mío.

— ¡Pero si están muertos!
—Nadie dice que no lo estén. Esa es la razón de que usted salga perdiendo, porque no están vivos. Ahora paga por ellos, y de este modo le evitaría preocupaciones al encargarme del pago. ¿Lo entiende? Y no sólo le evitaré esas preocupaciones, sino que además le entregaré quince rublos. ¿Lo comprende ahora?

—Verdaderamente, no lo sé —repuso ella midiendo con cuidado las palabras—. Jamás he vendido muertos.

— ¡Pues sólo faltaría! Sería un milagro que los hubiera vendido. ¿O acaso usted cree que puedan proporcionar algún beneficio?

—No, lo dudo. Lo que se dice beneficio, no rinden ninguno. Sólo me preocupa el hecho de que ya estén muertos.

«La vieja tiene la mollera dura», se dijo Chichikov.

—Oiga usted, madrecita —dijo—. Vea cómo están las cosas. Se está arruinando, paga por ellos como si aún no hubieran muerto…

— ¡No me lo recuerde, padrecito! —exclamó ella—. Hace apenas tres semanas que pagué más de ciento cincuenta rublos. Y a esto hay que añadir lo que puse en el bolsillo al asesor.

— ¿Lo ve usted? Piense que ya no habrá que entregarle nada más al asesor porque en adelante seré yo quien pague por ellos, y no usted. Yo me haré cargo de los pagos, y hasta los gastos de la escritura correrán por cuenta mía.

La dueña de la casa se quedó pensativa. Se daba cuenta de que, realmente, aquello tenía trazas de ser un buen negocio; pero aquel asunto era demasiado nuevo e inusitado y por eso experimentó un gran temor, asaltándole la duda de que aquel comprador pretendiera engañarla. Dios sabe de dónde venía, y para colmo había llegado de noche…

—Bueno, madrecita, ¿hacemos el trato? —le preguntó Chichikov.

—En honor a la verdad, padrecito, le diré que jamás tuve ocasión de vender muertos. Vivos sí, y sin ir más lejos hace tres años que vendí dos mozas al arcipreste, quien me dio por cada una cien rublos. Quedó profundamente agradecido, pues ambas eran muy trabajadoras; incluso tejen paños ellas mismas.

—Pero aquí no se trata ahora de vivos. ¡Que se vayan con Dios! Lo que yo deseo son muertos.

—Temo salir perjudicada. Podría ser que usted me engañara y que ellos… valieran más.

—Óigame, madrecita, ¡qué ideas se le ocurren! ¿Cuánto pueden valer?

Fíjese bien, si sólo son cenizas. Cualquier cosa, aunque sea inservible, un pedazo de trapo simplemente, pues incluso el trapo tiene su precio.

Cuando menos lo adquieren para fabricar papel, pero esto no sirve absolutamente para nada. Usted misma puede decírmelo. ¿Para qué sirven?

—Tiene toda la razón. No sirven para nada. Sólo me detiene el hecho de que se trate de muertos.

« ¡Pero qué dura de mollera es esta mujer! —pensó Chichikov, quien comenzaba ya a perder la paciencia—, ¡Ya veremos cómo consigo arreglarme con ella! ¡La muy dura me está haciendo sudar!»

Sacó el pañuelo y se enjugó el sudor que, en efecto, le bañaba la frente.
Sin embargo Chichikov no tenía motivo alguno para enojarse: hay hombres respetables, y hasta hombres de Estado que obran igual que una Korobochka. En cuanto se aferran a una idea, ya no hay manera de lograr que cambien. Por muchos argumentos, que se les presenten, tan claros como la luz del sol, todo rebota en ellos como un balón de goma contra la pared. Chichikov se enjugó, pues, el sudor, y trató de ver si conseguía llevarla al buen camino enfocando la cosa desde otro punto de vista.

—Usted, madrecita —le dijo—, o es que se empeña en no comprender mis palabras, o es que habla simplemente por hablar… Yo le entrego dinero a cambio, quince rublos en billetes. ¿Me comprende? Eso es dinero. Eso no lo hallará en medio de la calle. Dígame, ¿a qué precio vendió la miel?

A doce rublos cada pud.
Creo que está usted exagerando, madrecita. No la pudo vender a doce.
—Le aseguro que sí.
—Bien, aunque así sea, se trataba de miel. Emplearía en reunirla casi un año de idas y venidas, preocupaciones y trabajos. Fue preciso cuidar las abejas y alimentarlas en el sótano durante todo el invierno. Por el contrario, las almas muertas ya no son de este mundo. Usted no hizo nada para que abandonaran esta vida, con los consiguientes perjuicios para su hacienda. Fue solamente voluntad de Dios. En el caso de la miel, los doce rublos eran la recompensa por sus trabajos. Y en cambio yo le doy por nada no doce rublos, sino quince, y no se los entregaré en plata, sino en buenos billetes.

Chichikov estaba casi seguro de que mediante tan sólidos argumentos la propietaria acabaría cediendo.

—Yo soy una pobre viuda que entiende muy poco acerca de negocios —contestó la dueña de la casa — Es preferible que espere un poco. Si aparece por aquí algún traficante le preguntaré que me informe de los precios.

— ¡Pero qué vergüenza, qué vergüenza, madrecita! ¡Esto es vergonzoso! ¿Sabe usted lo que está diciendo? ¿Quién piensa que se lo comprará? ¿Para qué van a comprarle almas muertas?

—Tal vez puedan ser de alguna utilidad en la hacienda… —respondió la terrateniente quien, sin concluir la frase, se quedó boquiabierta mirando a Chichikov, casi con temor, ansiosa por ver lo que él replicaría.

— ¡Difuntos en una hacienda! ¿Hasta dónde ha llegado usted? ¡Como no los utilice en la huerta, para ahuyentar durante la noche a los gorriones…!

— ¡Dios nos proteja! ¡Pero qué barbaridades dice! —exclamó la vieja santiguándose.

— ¿Para qué otra cosa querría utilizarlos? Además, usted se quedaría igualmente con sus huesos y sepulturas. La cesión se haría sólo en el papel. Bien, ¿qué contesta? Diga algo por lo menos.

La propietaria se quedó otra vez pensativa.

— ¿Qué está pensando, Nastasia Petrovna?
—La verdad es que no sé qué debo hacer. Valdrá más que me compre cáñamo.

— ¿Y para qué necesito el cáñamo? Lo que le pido es algo totalmente distinto, y usted me viene ahora con la ocurrencia del cáñamo. El cáñamo es cáñamo, en otra ocasión se lo compraré. Qué, ¿cerramos ya el trato, Nastasia Petrovna?

—Es un género raro… Es algo tan sorprendente…

De este modo las cosas, Chichikov acabó por perder la paciencia y los estribos, dio un silletazo contra el suelo y mandó a la propietaria al diablo.

En cuanto oyó hablar del diablo, la vieja se mostró horriblemente asustada.

— ¡No lo mencione! ¡Que se vaya al infierno! —gritó, palideciendo—.

Hace dos noches no hice más que soñar con el maldito. Tuve la idea de echar las cartas después de la oraciones, y sin duda fue un castigo que me mandó Dios. Presentaba un aspecto repugnante, con unos enormes cuernos de toro.

—Me extraña mucho que no sueñe con él por docenas. Sólo me impulsaba a todo esto el amor que como cristiano profeso hacia mi prójimo. Veía a una pobre viuda que se mata y pasa penalidades… Pero ¡ojala reventaran ella y toda su aldea!

— ¿Cómo se atreve a hablar de este modo? —dijo la propietaria mirándolo llena de espanto.

—Es que uno no sabe cómo hay que hablarle. Dicho sea con perdón, usted se comporta como el perro del hortelano, que ni come las berzas ni deja que las coman. Pensaba adquirir también diversos productos de su hacienda, pues llevo la contrata de varios centros oficiales…

Estas palabras obtuvieron un inesperado éxito, a pesar de que él las había pronunciado de pasada, no pensando ni de lejos en las consecuencias de su mentira. Pero su alusión a las contratas de centros oficiales causó gran impresión en Nastasia Petrovna. Por lo menos balbuceó con voz casi suplicante:

— ¿Por qué se enoja de este modo? De haber sabido que tenía usted tan mal genio, no le habría llevado la contraria.

—No, si no me he enojado. El asunto no vale ni siquiera un kopec. ¿Por qué motivo iba yo a enojarme?

—Sea como usted quiera. De acuerdo, se las cederé por quince rublos.

Sólo le ruego que no se olvide de mí cuando se le presenten contratas de harina centeno o de alforfón, o bien de ganado de carne.

—Está bien, madrecita, me acordaré de usted — dijo, al mismo tiempo que volvía a enjugar el sudor que se deslizaba a chorros por su rostro.

Acto seguido le preguntó si había en la ciudad algún representante o conocido suyo en quien poder delegar la firma de la escritura y todo cuanto fuera menester.

—Sí, está el arcipreste, el padre Kiril. Su hermano trabaja en la Cámara —contestó la propietaria.

Chichikov le rogó que redactara una autorización mediante la cual delegaba en el arcipreste, y a fin de ahorrarle molestias se ofreció a escribirla él mismo.

«No me vendría nada mal —pensaba mientras tanto la señora Korobochka— que me comprara el ganado de carne y la harina. Es necesario ganármelo. Todavía queda masa de la que hicimos ayer; le diré a Fitina que haga unos cuantos blinís. Podría ofrecerte también un pastel amasado con huevo; son muy sabrosos y en seguida están hechos.»

La terrateniente se retiró con la idea de preparar lo preciso para el pastel, al que probablemente podrían acompañar otras obras del arte culinario. Chichikov se encaminó a la sala en que había dormido aquella noche a fin de sacar de su cofre los papeles qua necesitaba.

La sala se hallaba ya en completo orden. Habían quitado de allí los magníficos edredones, y frente al diván había una mesa cubierta con un tapete. Depositó sobre ella su cofre y tomó asiento para descansar un poco, pues el sudor bañaba su cuerpo de tal forma que se sentía como si en aquel momento saliera del río: estaba completamente empapado, desde la camisa hasta las medias. «Esa maldita vieja me ha dejado agotado», pensó tras descansar un poco, y después abrió el cofre.

El autor tiene la convicción de que algunos de los lectores sienten tanta curiosidad que les gustaría incluso conocer el interior del cofrecillo.

¿Por qué no satisfacerles? Era como sigue: en el centro se hallaba la bacía, a la que seguían seis o siete departamentos muy estrechos que guardaban las navajas de afeitar. También había dos casillas para el tintero y la salvadera, entre las cuales se veía una alargada hendidura para las plumas, el lacre y otros objetos por el estilo. Asimismo había toda clase de compartimentos con tapa o sin ella que servían para guardar objetos de pequeño volumen, y que estaban repletos de tarjetas de visita, de esquelas mortuorias, programas de teatro y diversos papeles que Chichikov conservaba como recuerdo. El cajón superior, de numerosos compartimentos, se podía sacar, y debajo de él quedaba un espacio que contenía diversos cuadernos de papel de barba. A continuación había un cajoncito secreto para guardar el dinero, que se abría por un lado mediante una abertura oculta. Chichikov lo abría y cerraba siempre tan aprisa, que era poco menos que imposible afirmar con seguridad cuánto dinero había allí. El propietario del cofrecillo puso manos a la obra, y después de coger una pluma, comenzó a escribir. En este instante regresó la dueña de la casa.

—Tiene un cofrecillo muy hermoso —le dijo tomando, asiento junto a él—. ¿Dónde lo compró? ¿En Moscú?

—Sí, en Moscú —contestó Chichikov sin dejar de escribir.

—Ya lo suponía. Todas las cosas que hacen en Moscú son de excelente calidad. Tres años atrás, mi hermana trajo para los niños unas botas de invierno que compró allí, y son tan fuertes que aún las usan. ¡Oh, qué cantidad de papel sellado! —prosiguió contemplando el cofrecillo, en el que, efectivamente, había papel sellado en abundancia—. ¿Por qué no me da un pliego? En toda la casa no queda ni una hoja; algunas veces, me encuentro en la necesidad de presentar una instancia en el Juzgado, y no sé dónde escribirla.

Chichikov repuso que ese papel no era el adecuado para hacer instancias, sino que era para escrituras. No obstante, a fin de que se contentara, le entregó un pliego de a rublo. Una vez concluida la carta, se la dio para firmarla y le pidió una relación de todos los campesinos muertos. Ocurrió que ella no guardaba registro alguno, pero sin embargo, recordaba de memoria a la mayoría. Le indicó, pues, que le fuera dictando sus nombres. Algunos apellidos le parecieron extraños, sobre todo los apodos con que se conocía a los mujiks, de tal forma que antes de escribirlos se los hacía repetir. En especial le causó cierto asombro un tal Piotr Saveliev Desprecia-Tina; cuando lo oyó no pudo por menos de exclamar: « ¡Pues sí que es largo!» Otro llevaba el apodo de Boñiga, y hasta había uno cuyo nombre era simplemente Iván el Rueda. Acababa de escribir cuando llegó hasta su nariz el apetitoso olor de algo que estaban friendo en la cocina.

—Hágame el favor de probar un bocado —le dijo la propietaria.

Chichikov alzó entonces los ojos y vio que sobre la mesa habían colocado setas, buñuelos, pastelillos, blinís, empanadas y tortas con todo género de rellenos: de adormidera, de cebolla, de requesón y de todo lo que se pudiera desear.

—Tome un poco de este pastel de huevo —añadió la dueña de la casa.

Chichikov aproximó su silla al pastel de huevo y, cuando se había comido ya poco menos de la mitad, lo ensalzó. Realmente, el pastel estaba delicioso, y tras las fatigas sufridas en los forcejeos con la vieja, lo encontraba más sabroso todavía.

— ¿Y no se sirve blinís? —le preguntó la Korobochka. Por toda respuesta Chichikov pinchó de una sola vez tres blinís, y después de untarlos con mantequilla derretida, se los llevó a la boca; a continuación se limpió las manos y los labios con la servilleta. La misma operación la repitió por tres veces, y rogó a la propietaria que diera orden de enganchar su coche. Nastasia Petrovna envió en seguida a Fetinia, mandándole al mismo tiempo que trajera otra fuente de blinís recién hechos.

—Estos blinís están exquisitos —exclamó Chichikov mientras daba cuenta de los que acababan de traer.

—Sí, los hacen muy bien —dijo el ama de casa—. Lo grave es que la cosecha no ha sido buena, y la harina es de baja calidad… Pero ¿por qué tantas prisas, padrecito? —añadió al advertir que Chichikov tomaba la gorra—. Si aún no han enganchado…

—Engancharán, madrecita, engancharán. Mi cochero lo hace en un segundo.

—Acuérdese usted de lo de las contratas.

—Lo recordaré, no se preocupe —repuso Chichikov cuando ya salía al zaguán.

— ¿También compra tocino? —inquirió la propietaria saliendo detrás de él.

— ¿Y por qué no he de comprar? Lo compraré, pero otra vez será.

—Tendré tocino después de Navidad.
Bien, ya compraré, lo compraré todo. E igualmente compraré tocino.
—Tal vez necesite plumón. En la cuaresma de Adviento tendré plumón.
—Está bien, está bien —dijo Chichikov.
—Ya ve, padrecito, que su coche aún no está preparado —continuó la terrateniente cuando ya se hallaban en el portal.

—Estará, estará. Sólo le ruego que explique la manera de salir al camino real.

—Bueno, no sabría cómo decírselo —contestó la dueña de la casa—. Es difícil explicárselo, hay que dar muchas vueltas. Valdrá más que mande a una muchacha para acompañarle y así indicarle el camino. Ella podría ir en el pescante.

—Sí, por supuesto.

—Siendo así le diré que vaya. Conoce perfectamente el camino. Pero cuide que no se la lleve. Una vez se me llevaron una unos comerciantes.

Chichikov le dio palabra de que no lo haría y la señora Korobochka, ya tranquilizada, comenzó a pasar revista a todo lo que había en el patio.

Fijó su mirada en el ama de llaves, que estaba sacando de la despensa un plato de madera que contenía miel, miró después a un campesino que apareció en el portón, y poco a poco se adentró totalmente en la vida de su hacienda.

Pero ¿para qué hemos de detenernos tanto en la Korobochka? Bien sea la Korobochka o Manilov, se trate de la vida doméstica o de la no doméstica, ¡sigamos adelante y pasemos de largo! Así es la vida: la alegría se transforma en tristeza cuando nos paramos por mucho rato frente a ella, y en estos casos Dios sabe las cosas que imaginamos. Tal vez lleguemos a pensar si será verdad que la Korobochka ocupa un puesto tan bajo en la infinita escala de la perfección humana. Si es realmente tan grande el abismo que la separa de su hermana, aislada por los infranqueables muros de su aristocrática mansión, con sus perfumadas escalinatas de hierro, con resplandecientes cobres, caobas y alfombras, que bosteza sujetando en sus manos un libro a medio leer esperando un ingenioso visitante de la alta sociedad en la conversación con el cual encontrará terreno abonado para lucir su donaire y exponer esas ideas aprendidas de memoria que, siguiendo las leyes que dicta la moda, dominan en la ciudad por espacio de una semana; unas ideas que no tienen relación alguna con lo que sucede en su casa y en sus haciendas, totalmente abandonadas y sumidas en la confusión porque no tiene la menor noción acerca de cómo se deben administrar, sino que se refieren al cambio político que tendrá lugar en Francia o a la nueva orientación que ha tomado el catolicismo. ¿Para qué hablar de ello? No obstante, ¿a qué se debe que en plenos momentos de euforia y despreocupación, cuando la mente permanece en blanco, se insinúa de un modo espontáneo un sentimiento totalmente nuevo? La sonrisa no ha tenido tiempo aún de borrarse del rostro, y ya la persona ha cambiado y aparece distinta, aun rodeada de los mismos seres, y es otra la luz que ilumina su rostro…

— ¡El coche! ¡Ya está ahí el coche! —gritó Chichikov al ver que se aproximaba al fin hacia el portal de la casa—. ¿Qué has hecho durante tanto tiempo, imbécil? Se diría que aún te dura la borrachera de ayer.

Selifán no replicó.
— ¡Adiós, madrecita! Y la muchacha, ¿dónde está?
— ¡Eh, Pelagueia! —gritó la propietaria a una jovencita de unos once años que se hallaba no lejos del portal, vestida con una ropa de tela hecha y teñida en casa y descalza por completo, aunque mirándola de lejos parecía calzar botas altas: tal era la capa de barro que cubría sus piernas—. Indícale el camino a este señor.

Selifán ayudó a subir al pescante a la muchachita, la cual, cuando puso el pie en el estribo lo manchó todo de barro, y a continuación se encaramó arriba y se sentó al lado del cochero. Acto seguido fue Chichikov quien puso el pie en el estribo, y dado que pesaba lo suyo, hizo que el carruaje se inclinara hacia el lado derecho; luego se acomodó bien y dijo:

—Ahora todo está en su punto. Adiós, madrecita. Y los caballos se pusieron en marcha.

Selifán permanecía muy serio y a la vez muy atento a lo suyo, cosa que siempre le sucedía tras haber incurrido en una falta o después de haberse emborrachado. Los caballos iban extremadamente limpios. La collera de uno de ellos, que casi siempre aparecía desgarrada, hasta el extremo de que por los rotos del cuero se veía la crin de su interior, había sido cosida con gran habilidad.

Selifán, con aspecto muy taciturno, se limitaba a restallar el látigo, sin dirigir a los caballos las frases que solía, aunque el blanco, claro está, habría deseado oír alguno de sus instructivos discursos, ya que mientras tanto las riendas se iban aflojando en las mano del parlanchín auriga y si el látigo se paseaba por lo lomos no era más que para guardar las formas. Pero de sus silenciosos labios sólo salían insulsas exclamaciones de desagrado: «¡Vamos, cuervo! ¡Distráete!», y se acabó. Hasta el mismo bayo y el «Asesor» se mostraban descontentos por no oír ni en una sola ocasión los habituales «amigos» y «respetables». El blanco recibía unos golpes en extremo desagradables en las partes más anchas y llenas de su cuerpo. « ¡Pues sí que está furioso! —pensaba para sus adentros moviendo un poco las orejas—. ¡Sabe muy bien dónde pegar! ¡No lo hace en el lomo, no, sino que busca las partes en que pueda dañar más! Busca las orejas o los ijares».

— ¿Hacia la derecha? —preguntó con sequedad Selifán a la moza sentada junto a él en el pescante, mientras indicaba con el látigo un camino que, después de la lluvia, negreaba por entre los campos tapizados de un verde claro y vivo.

—No, no, ya le avisaré —contestó la muchacha.

— ¿Por dónde? —preguntó nuevamente Selifán en cuanto se hubieron aproximado al camino.

—Por aquí —repuso la muchacha señalando con una mano.

— ¡Qué desastre! —exclamó Selifán—. Ahí está la derecha. ¿Ni siquiera sabes dónde están tu derecha y tu izquierda?

A pesar de que el día era espléndido, el suelo aparecía tan cubierto de barro que las ruedas del carruaje pronto se llenaron de fango, como si fuera una capa de fieltro, debido a lo cual el vehículo resultó mucho más pesado, sobre todo porque el terreno era de una arcilla sumamente pegajosa. A causa de lo uno y de lo otro no lograron salir de los caminos vecinales hasta después del mediodía. Y aún así no les habría sido nada fácil si no hubiera estado con ellos la moza, pues los caminos serpenteaban en todas direcciones, como los cangrejos cuando se salen de un saco, y Selifán se habría visto obligado a continuar dando vueltas, aunque en esta ocasión no por culpa suya.

No mucho después la muchacha les señaló con la mano un edificio que aparecía a lo lejos, y dijo:

—Ese es el camino real.

— ¿Y qué es aquella casa? —preguntó Selifán.
—Una posada —repuso ella.
—Está bien, ahora ya podemos continuar sin tu ayuda —le dijo Selifán—. Márchate a casa.

Tras detener el carruaje la ayudó a apearse, mientras refunfuñaba entre dientes:

—Anda, patas negras.

Chichikov le dio una moneda de cobre y la muchacha emprendió el camino de vuelta, satisfecha ya por haber subido en el pescante.

CAPITULO IV

Nada más llegar a la posada, Chichikov ordenó detener el coche por dos motivos: para que los caballos descansaran un poco, y para tomar él mismo una copa y un bocado.

El autor ha de confesar la gran envidia que siente hacia el estómago y el apetito de esta clase de gentes. Para ellos no representan absolutamente nada todos esos señores de San Petersburgo y de Moscú que se dan la gran vida, pasan las horas pensando en lo que van a comer al día siguiente y en el menú que tendrán pasado mañana, y que antes de dar principio a la comida toman forzosamente una píldora; que se alimentan de ostras, cangrejos de mar y otras maravillas por el estilo y que después se marchan a Karlsbad o al Caucazo a hacer una cura de aguas.

No, a estos señores jamás les envidio. Pero los señores de medio pelo, que en una estación de postas piden que les sirvan jamón, en la próxima lechón asado, en la tercera una loncha de esturión o cualquier clase de embutido, adobado con cebolla, y después, como si nada, se sientan a la mesa a la hora que sea y para comenzar comen una sopa de pescado junto con bollitos rellenos con tanto primor que sólo con verlos basta para despertar el apetito a cualquiera; esos señores, digo, esos señores sí que gozan de un envidiable don de los cielos.

Más de uno y más de dos de esos señores que viven por todo lo alto darían al instante la mitad de sus mujiks y la mitad de sus haciendas, sea hipotecadas o bien sin hipotecar, con todos sus refinamientos según el estilo extranjero y el ruso, a cambio de un estómago como el que poseen los señores de medio pelo. Pero lo grave es que ningún dinero, ni siquiera hacienda, con refinamientos o sin ellos, permite comprar el estómago de los señores de medio pelo.

La posada, un edificio de madera enmohecida por el tiempo, dio entrada a Chichikov bajo su acogedor y estrecho cobertizo, sostenido por unos torneados postes que guardaban gran parecido con los viejos candelabros de las iglesias. Era una especie de isba rusa, aunque un poco mayor. Los dibujos tallados en las cornisas, que extendían su madera nueva en torno a las ventanas y por debajo de la techumbre, contrastaban vivamente con las negruzcas paredes. En los postigos se veían pintados jarrones con flores.

Subió la escalera de madera hasta llegar al espacioso zaguán, donde halló una puerta que chirriaba cuando se abría, y una vieja gorda que llevaba un vestido de percal de colores muy chillones que le dijo:

—Por aquí, tenga la bondad.

En la estancia halló todos los viejos adornos que cualquiera halla en los pequeños mesones de madera que tan frecuentes son en los caminos, a saber: el samovar cubierto de escarcha, los muros de pino perfectamente cepillados, el armario adosado a un rincón con sus tazas y teteras, los huevos de porcelana sobredorada frente a los iconos, suspendido de cintas azules y rojas, la gata que ha parido recientemente, el espejo que refleja a uno no con dos ojos, sino con cuatro, y una especie de torta en lugar de cara; los ramos de hierbas aromáticas y de claveles secos, por último, a los dos lados de las imágenes, unas hierbas y unos claveles secos hasta tal punto que quien se aproxima a ellos para olerlos tiene que estornudar por fuerza.

el espejo que refleja a uno no con dos ojos, sino con cuatro, y una especie de torta en lugar de cara

— ¿Tienen lechón? —preguntó Chichikov a la mujer.
—Sí.
— ¿Con raíces de rábano y nata?
—Sí, con raíces de rábano y nata.
— ¡Pues sírvalos, por favor!
La mujer se marchó en busca de lo necesario y regresó trayendo un plato, una servilleta almidonada de tal modo que se mantenía tiesa como una corteza seca, un cuchillo cuyo mango de hueso estaba ya amarillento y cuya hoja era tan fina como un cortaplumas, un tenedor con sólo dos púas y un salero que no había forma de conseguir que permaneciera de pie en la mesa.

Siguiendo su costumbre, nuestro protagonista comenzó en seguida a entablar conversación con la mujer y le preguntó quién era el dueño de la posada, si ella misma o si había posadero, qué beneficios le procuraba su negocio, si los hijos vivían en matrimonio, si el primogénito estaba soltero o se había ya casado, cómo era su esposa, si le había aportado una buena dote o no, si el suegro se mostraba contento y no se había enojado por recibir escasos regalos con motivo de la boda. En resumen, no se olvidó absolutamente de nada. No es preciso añadir que se interesó por todos los propietarios de la comarca; se enteró de que los había de todo tipo: Blojin, Pochitaev, Milnoi, el coronel Cheprakov, Sobakevich…

— ¡Cómo! ¿Conoces a Sobakevich? —preguntó al escuchar el nombre de este último. .

De este modo se enteró además de que la vieja no sólo conocía a Sobakevich, sino también a Manilov, y que éste era más remilgoso que Sobakevich: ordenaba que le prepararan ternera y una gallina; si tenían hígado de cordero, igualmente lo pedía, y lo único que hacía era probar de todo un poco; en cambio Sobakevich pedía sólo un plato y se lo comía todo, e incluso se empeñaba en repetir por el mismo precio.

Mientras así charlaba y comía su cochinillo, del que no quedaba ya más que el último pedazo, se oyó el estrépito de un coche que se aproximaba. Miró por la ventana y distinguió un carruaje que en aquel momento se paraba frente al mesón. Dicho cochecillo iba tirado por tres magníficos caballos. De él descendieron dos hombres, uno de ellos rubio y de elevada estatura, y el otro moreno y bastante más bajo. El rubio llevaba una chaqueta húngara de paño azul marino, y el moreno un sencillo abrigo corto a rayas.

Más allá se veía otro cochecillo de tres al cuarto, vacío, al que arrastraba un tiro de cuatro caballos de largo pelo con sus colleras completamente estropeadas y los aparejos de cuerda. El hombre rubio subió las escaleras con toda rapidez, mientras el moreno buscaba algo en el coche al tiempo que charlaba con el criado y hacía señas a los del coche que iba tras ellos. Chichikov encontró que su voz le era un tanto conocida. Mientras lo miraba, el rubio tuvo tiempo de llegar hasta la puerta y abrirla. Era de elevada estatura, de rostro enjuto, o, como dicen, consumido, y ligero bigote de un color que tiraba a rojo. Su rostro tostado daba a entender que era un hombre para quien el humo le era muy familiar, ya fuera el de la pólvora, o cuando menos el del tabaco.

Saludó a Chichikov con toda cortesía y éste correspondió pagándole con la misma moneda. Seguramente les habrían bastado escasos minutos para entablar una conversación larga y tendida, pues los preparativos estaban ya hechos, y casi a la vez manifestaron su alegría por el hecho de que la lluvia del día anterior hubiera acabado totalmente con el polvo del camino, de que el aire seguía siendo fresco y resultaba grato viajar.

En este punto se hallaban cuando entró el moreno, quien, tras quitarse la gorra y arrojarla sobre la mesa, se ahuecó con altivo gesto sus negros y abundantes cabellos. Era un mozo de mediana estatura, de complexión robusta, de llenas y coloreadas mejillas, dientes blancos como la nieve y patillas tan negras como la pez. Se le veía rebosante de vitalidad y de salud.

— ¡Vaya, vaya, vaya! —exclamó de pronto, quedándose con los brazos abiertos en cuanto vio a Chichikov—. ¿A qué se debe tu presencia aquí?

Chichikov advirtió entonces que se trataba de Nozdriov, aquel con quien había estado comiendo en casa del fiscal y con el que pocos minutos después de conocerse habían intimado hasta tal punto que comenzaban ya a tutearse, si bien era cierto que él no había dado pie para ello.

— ¿Dónde has estado? —preguntó de nuevo Nozdriov, que siguió hablando sin aguardar la respuesta—. Yo, hermano, he ido a la feria.

Dame la enhorabuena: ¡Me han despellejado! Puedes estar seguro de que jamás me desplumaron de tal forma. Mira en qué coche he venido.

¡Mira por la ventana! —y se puso a empujar a Chichikov con tal fuerza que a éste poco le faltó para darse un coscorrón en el marco—. ¡Contempla qué asco! Apenas si andaban los muy malditos; me he visto obligado a pasar a su coche —continuó, señalando con un dedo a su compañero, ¿Os conocéis? Te presento a Mizhuiev, mi cuñado. Durante toda la mañana hemos estado hablando de ti. «Vas a ver —le decía yo— si nos tropezamos con Chichikov.» ¡Ay, hermano, si supieras cuánto he perdido! Puedes creerme, no me queda ya nada, incluso he perdido los cuatro potros. Ya ves, aquí estoy, sin reloj y sin cadena…

Chichikov miró y advirtió que, en efecto, iba desprovisto de tales prendas. Hasta creyó ver que una de sus patillas era más pequeña y menos espesa que la otra.

—Sólo con que hubiera podido disponer de veinte rublos más —continuó Nozdriov—, veinte rublos exactamente, ni más ni menos, habría logrado recuperar lo perdido, y te aseguro, palabra de honor, que en estos momentos tendría treinta mil en el bolsillo.

—Lo mismo decías entonces —replicó el rubio—, y sin embargo te di esa cantidad y la perdiste en un santiamén.

—No los habría perdido, te aseguro que no los habría perdido. Cometí una tontería y si no hubiera sido por esto no los habría perdido. De no haber duplicado la puesta a aquel maldito siete, habría hecho saltar la banca.

—No obstante no la hiciste saltar.

—No lo hice, porque se me ocurrió doblar la puesta en un momento nada oportuno. ¿Piensas que el mayor aquel juega tan bien?

—Ignoro si juega bien o no, pero lo cierto es que te dejó sin siquiera un kopec.

— ¡Pues vaya cosa! —exclamó Nozdriov—. De este modo también yo le ganaría. Pero que intente doblar, y entonces comprobaré qué clase de jugador es. En cambio, hermano Chichikov, ¡cómo nos divertimos en los primeros días! Era una feria magnífica. Los mismos comerciantes aseguraban que jamás había ido a ella tanta gente. Yo todo lo que llevé de mi hacienda lo vendí a muy buen precio. ¡Cómo nos divertimos, hermano! Aun ahora, cuando me acuerdo… ¡Demonio! ¡Qué lástima que no hubieras venido! Imagínate que a unas tres verstas de la ciudad se hallaba un regimiento de dragones. Todos los oficiales, que vendrían a ser unos cuarenta, acudieron a la ciudad… Cuando comenzamos a beber… El subteniente Potseluev… un excelente individuo, que lleva unos bigotes así de largos… Al vino de Burdeos lo llama burdashka.

«Tráenos burdashka», decía al mozo… Y el teniente Kuvshinnikov… ¡Qué tipo más agradable! Ese sí que es un verdadero juerguista. Siempre iba con él. ¡Y menudo vino el que nos dio Ponomariov! Debes saber que es un granuja, es imposible comprar nada en su tienda: al vino le echa toda clase de porquerías, corcho quemado, sándalo e incluso saúco, el muy miserable.

Por el contrario, si saca una botella de una habitación trasera a la que él llama reservado, entonces es como si estuviera uno en el paraíso. El champaña que se bebe en casa del gobernador es kvas comparado con el que bebíamos allí. No era Cliquot, sino un Cliquot matradura, que significa doble Cliquot. Nos sirvió también una botella de cierto vino francés llamado bombón. Huele a rosas y a todo cuanto quieras. ¡Vaya juerga!… Al otro día llegó a la ciudad un príncipe de no sé dónde, ordenó que se comprara champaña y no pudieron hallar ni una sola botella en toda la ciudad. Los oficiales habían agotado todas las existencias. ¿Creerás que en el transcurso de la juerga yo sólo me bebía diecisiete botellas?—Bueno, tú no eres capaz de liquidar diecisiete botellas —objetó el rubio.

—Palabra de honor que es cierto —replicó Nozdriov.

—Tú di lo que te parezca, pero yo afirmo que ni siquiera te bebes diez.
— ¿Apuestas a que sí?
— ¿Y para qué hemos de apostar?
—Apuesta la escopeta que adquiriste en la ciudad.
—No, de ninguna manera.
—Apuesta, haz la prueba.
—No, no quiero.
—Perderías la escopeta igual que perdiste el gorro. ¡Cuánto sentí, Chichikov, que no hubieras venido! No habrías dejado ni por un instante al teniente Kuvshinnikov. ¡Cómo habríais intimado! Es muy distinto al fiscal y a todos esos tacaños funcionarios provincianos de nuestra ciudad, que se estremecen antes de soltar cada kopec.

Este, hermano, juega a la banca y a todo lo que se ofrezca. ¿Qué te habría costado ir con nosotros? Eres un tonto por no haber ido. Dame un abrazo, vamos, ¡no sabes cuánto te aprecio! Mira, Mizhuiev, el destino es quien nos ha unido. Ni él tiene que ver nada conmigo, ni yo con él, apareció sabe Dios cómo y yo vivo aquí.., ¡Y la cantidad de carruajes que había! Estuve jugando a la ruleta y al principio gané una taza de porcelana, una guitarra y dos tarros de pomada. Después continué dándole a la rueda, y no sólo lo perdí todo, sino que además me sacaron seis rublos, los muy miserables. ¡Y si hubieras visto lo mujeriego que es Kuvshinnikov! Estuvimos en la mayoría de los bailes. Había una joven muy elegante, con lazos y volantes y el diablo sabe qué más… Yo me decía: « ¡Diablos!» Pero Kuvshinnikov, el muy decidido, tomó asiento junto a ella y comenzó a galantearla en francés… Créeme, ni siquiera a las mujeres del pueblo dejaba tranquilas. Era lo que él llamaba no desperdiciar la ocasión.

Había un excelente pescado ahumado. Yo me he traído uno, tuve la idea de comprarlo cuando aún tenía dinero. Y tú, ¿adónde vas?

—A visitar a cierta persona —repuso Chichikov.

—No lo hagas y vente conmigo.
—No, no es posible. Debo resolver un asunto.
—Un asunto. Eso te lo acabas de inventar, don Ungüentos.
—Te doy mi palabra de que debo resolver un asunto urgente, y además de mucha importancia.

—Apuesto lo que sea a que no dices la verdad. Contesta, ¿a quién vas a visitar?

—A Sobakevich.Cuando oyó estas palabras, Nozdriov se puso a reír a carcajadas. Era una risa de la que sólo es capaz una persona sana, una risa en la que luce todos sus dientes blancos como la nieve, le tiemblan y bailan las mejillas, y dos puertas más lejos el vecino se despierta, abre desorbitadamente los ojos y exclama: «¡Pues le ha dado fuerte la risa!»

—No veo que haya motivo para reír tanto —replicó Chichikov algo enojado.

Pero Nozdriov continuó riendo a carcajadas, y apenas si pudo decir:

—Apiádate de mí, que estoy a punto de reventar.
—Pues no veo el porqué. Le di mi palabra de que iría a verle —continuó Chichikov.

Nozdirov dijo:

—Entonces que no te pase nada. ¡Es un judío! Sé muy bien cómo es tu carácter y te equivocas por entero si piensas que allí tendrás una partida de banca o una botella de buen vino. Escucha, hermano, deja que Sobakevich se vaya al diablo y tú ven conmigo. ¡Ya verás qué salmón ahumado el que tengo! El muy animal de Ponomariov se pasó todo el rato haciendo reverencias y diciendo: «Sólo para usted. En toda la feria no logrará hallar otro igual». Es un pillo con todas las de la ley.

Así se lo dije claramente: «Usted y nuestro contratista son los peores granujas». El bestia no hacía más que reír y acariciarse la barba, Kuvshinnikov y yo comimos todos los días en su casa. ¡Ah, hermano, ya no me acordaba de decirte! Sé que insistirás, pero no te lo entregaré ni por diez mil rublos, te lo digo para que lo sepas.

¡Eh, Porfiri! —gritó, tras acercarse a la ventana, a su criado, que sujetaba la navaja en una mano y en la otra un pedazo de pan y una loncha de salmón ahumado que había tenido la buena fortuna de cortar aprovechando que tuvo que ir en busca de algo al coche—.

¡Eh, Porfiri! —gritó de nuevo Nozdriov—. Trae aquí el cachorro. ¡Qué cachorro! —continuó dirigiéndose otra vez a Chichikov—. Lo he robado, su dueño no quería entregarlo ni a cambio de sí mismo. Yo le habría dado la yegua alazana, aquella que, como ya sabes, le cambié a Jovstiriov…

Pero Chichikov jamás había visto ni a la yegua alazana ni al tal Jovstiriov.

— ¿Quiere el señor tomar algo? —preguntó entonces la vieja aproximándose a Nozdriov.

—No, nada. ¡Cómo nos divertimos, hermano!… Bueno, sí, trae una copa de vodka. ¿De qué es?

—De anís —repuso la mujer.

—Está bien, tráela —dijo Nozdriov.
—Tráeme otra a mí —añadió el rubio.
—En el teatro se hallaba una actriz que cantaba como un ruiseñor.
Kuvshinnikov, que había acudido conmigo, dijo: « ¡Si consiguiera conquistarla!» Habría alrededor de cincuenta barracas. Fenardi pasó cuatro horas dando vueltas como un molino de viento.

Nozdriov se calló unos instantes para coger la copa que le ofrecía la vieja haciéndole una profunda reverencia.

— ¡Eh, tú, tráelo para acá! —gritó a Porfiri cuando vio que entraba llevando el cachorro.

Porfiri vestía como su señor, con un abrigo corto guateado, aunque un poco mugriento.

—Tráelo, déjalo aquí, en el suelo.

Porfiri hizo lo que le ordenaban, y el cachorro se estiró olfateando.
— ¡Aquí está! —exclamó Nozdriov mientras lo cogía de la piel del cuello y lo levantaba.

El animal lanzó un aullido lastimero.

—Y no has hecho lo que te indiqué —dijo Nozdriov dirigiéndose a Porfiri, al mismo tiempo que examinaba con atención la tripa del cachorro—. No lo has peinado, ¿verdad?

—Pues claro que lo he peinado.
— ¿Y las pulgas?
—No sé. Es posible que las haya cogido en el coche.
—No es cierto, bien sabes que no. Ni siquiera te has acordado de peinarlo. Me imagino que incluso le has pegado las tuyas. Mira, Chichikov, fíjate qué orejas tiene. Tócalas.

— ¿Para qué si ya las veo? Es de buena raza —repuso Chichikov.

—No, no, cógelo, tócale las orejas.
A fin de darle gusto, Chichikov tocó las orejas al animal y dijo:
—Realmente, será un espléndido perro.
— ¿Y qué me dices de la nariz? Fíjate qué fría está. Vamos, tócala.
Deseando no incomodar a Nozdriov, Chichikov tocó asimismo la nariz del cachorro y exclamó:

—Tiene buen olfato.

—Es un verdadero perro de muestra —continuó Nozdriov—. Te confieso que desde hace mucho tiempo sentía deseos de tener un perro de muestra. Cógelo, Porfiri, llévatelo.

Porfiri cogió en brazos al cachorro y se lo llevó para dejarlo en el coche.
—Oye, Chichikov, has de ir a mi casa. Sólo hay hasta allí cinco verstas. En un abrir y cerrar de ojos estaremos en ella y después, si te parece bien, puedes ir a ver a Sobakevich.

« ¿Y por qué no? —pensó Chichikov—. Sí, iré. Es una persona como las demás y por otra parte lo han dejado sin un kopec. Da la impresión de que es capaz de cualquier cosa, de modo que quizá logre sacarle algo de balde.»

—De acuerdo —repuso—. Pero que conste que me quedaré sólo un rato. Llevo el tiempo muy justo.

— ¡Eso es hablar! ¡Estupendo! Permite que te abrace —y Nozdriov y Chichikov se dieron un abrazo—. Magnífico, iremos los tres juntos.

—No —dijo entonces el rubio—, yo no pienso ir. Debo regresar a casa.

— ¡Bah, tonterías, hermano, tonterías! No te dejaré ir.
—Te digo que mi mujer se enojará. Ahora ya puedes ir en su coche —agregó señalando a Chichikov.

—No digas más. Ni se te ocurra siquiera.

El rubio pertenecía a esa clase de personas que en el primer momento parecen tercas. Aún no ha abierto uno la boca y ya se disponen a llevarle la contraria; jamás aceptarán lo que sea contrario a su manera de pensar ni llamarán necio al que creen inteligente; jamás transigirán, sobre todo, en bailar al son que otro toque. Y sin embargo, después resulta que siempre tienen poco carácter, que aceptan lo que al principio rechazaban, que al necio lo llaman inteligente y que bailan de maravilla al son que otro toca. En resumen, que comienzan bien y terminan mal.

— ¡Tonterías! —exclamó Nozdriov tras una indicación del rubio. Se caló la gorra y el rubio marchó detrás de él.

—Señor, que no me ha pagado aún el vodka… —dijo la vieja.

—Está bien, está bien, madrecita. Oye, cuñado, ten la bondad de pagar. En mi bolsillo no hay ni un solo kopec.

— ¿Qué he de darte? —preguntó el cuñado. —Sólo veinte kopecs, padrecito —contestó la vieja.

—No mientas, no mientas. Entrégale diez kopecs y con eso ya hay de sobras.

—Es muy poco, señor —objetó la vieja, quien no obstante cogió el dinero dando muestras de gratitud e incluso se precipitó a abrirles la puerta. En modo alguno perdía, ya que había pedido cuatro veces más de lo que cuesta el vodka.

Todos tomaron asiento. El coche de Chichikov no se alejaba del otro, en el que iban Nozdriov y su cuñado, de manera que pudieron conversar tranquilamente durante todo el viaje. Detrás de ellos seguía el coche de Nozdriov, que poco a poco se quedaba rezagado, con los pencos tomados de alquiler. En él iban Porfiri y el perro.

Teniendo en cuenta que la conversación que sostenían los viajeros ofrece muy poco interés para el lector, será mejor decir algo acerca de Nozdriov, personaje que tal vez esté destinado a representar en nuestro poema un papel de alguna envergadura. Es cierto que el lector conoce ya un poco la personalidad de Nozdriov.

Cualquiera ha encontrado gran cantidad de hombres como él. Se les suele dar el nombre de muchachos despiertos, durante la infancia y en la escuela tienen fama de buenos compañeros, y con mucha frecuencia se ganan buenas palizas. En sus rostros se advierte siempre algo atrevido, franco, abierto. Inmediatamente hallan conocidos y le tutean a uno antes de que haya tenido tiempo de darse cuenta. Cuando entablan una amistad, se diría que ella durará eternamente, pero la mayoría de las veces sucede que acaban riñendo con el nuevo amigo en la misma cuchipanda en que se habían conocido. Todos ellos son habladores, insensatos, amantes de las juergas, gentes de nota. A sus treinta y cinco años, Nozdriov no se diferenciaba absolutamente nada de cuando tenía dieciocho o veinte. El matrimonio no había originado en él el menor cambio, tanto más que su esposa pronto se fue al otro mundo, dejándole dos niños que maldita la necesidad que tenía de ellos, y de los que se encargaba una niñera bastante bonita. En su casa no se podía permanecer más de un día.

Su penetrante olfato percibía las ferias y todo género de juergas y bailes que tenían lugar en varias docenas de verstas a la redonda, y en un santiamén comparecía allí, discutía y alborotaba tras el tapete verde, ya que, igual que todos los de su especie, sentía pasión por las cartas.

Como hemos tenido ocasión de comprobar era un tanto tramposo, conocía muchos ardides y estaba dotado de habilidades que con frecuencia el juego concluía en otro juego: o le zurraban, o le tiraban de sus bellas y pobladas patillas, pero de tal manera que en algunas ocasiones regresaba a casa con una sola patilla, y por añadidura bastante ralada. No obstante sus rollizas y sanas mejillas tenían tanto vigor vegetal, que pronto volvían a brotar las patillas aún más esplendorosas que antes.

Y lo más peregrino de todo era algo que sólo puede suceder en Rusia: transcurrido cierto tiempo se encontraba de nuevo con los mismos que le habían zurrado a base de bien, y se reunía con ellos como si nada; ni él se daba por recordado, ni los demás se daban tampoco por aludidos.

Nozdriov era, en cierto aspecto, un hombre histórico. Ninguna reunión en la que él tomaba parte concluía sin su historia. Por fuerza tenía que suceder alguna: o lo sacaban los guardias, o sus propios amigos se encontraban en la obligación de echarlo. Si no sucedía así, invariablemente pasaba algo que a los otros no les podía pasar en modo alguno: comenzaba a beber con tanta desconsideración que una de dos, o no paraba de reír, o mentía con tal descaro que al final a él mismo le producía vergüenza.

Mentía sin más ni más, sin ninguna necesidad de ello. De buenas a primeras salía diciendo que poseía un caballo de pelo azul o rosa, o bien otras necedades por el estilo, hasta el extremo de que los oyentes acababan por alejarse de él exclamando: «Por lo que veo, hermano, has comenzado ya con tus embustes.»

Hay personas que experimentan el prurito de perjudicar al prójimo, en ocasiones incluso sin razón alguna. Hay quien, por ejemplo, aun tratándose de persona que ocupa un elevado cargo, de noble aspecto, con alguna alta condecoración que luce sobre su pecho, os estrechará la mano, charlará con vosotros acerca de temas profundos que invitan a meditar, y después, de inmediato, os hará una jugarreta ante vuestros propios ojos. Y os la hará de igual modo que lo haría un simple registrador colegiado, y no como una persona distinguida y que charla acerca de temas que invitan a meditar. Nozdriov poseía también ese peregrino prurito. Cuanto más intimaba uno con él, tanto antes le hacía una jugarreta: decía de él todo lo más absurdo que era posible imaginar, echaba por tierra una boda o una venta, y eso sin ocurrírsele siquiera la idea de poner fin a la amistad. Por el contrario, si por casualidad se encontraba de nuevo con él, lo trataba amigablemente e incluso le reprochaba: «Eres un fresco, nunca te dejas ver por mi casa».

En numerosos aspectos, Nozdriov era una persona que presentaba múltiples facetas, es decir, que igual servía para un roto que para un descosido. En un mismo momento os convidaba a ir a donde fuera, hasta el fin del mundo que, a cambiar cualquier objeto por lo que prefirierais. Una escopeta, un caballo, un perro: todo era objeto de trueque. No le impulsaba a ello la intención de salir ganando, sino que le arrastraba su extraordinario dinamismo, aquel carácter que no le dejaba permanecer quieto. Si comparecía en una feria y tenía la buena fortuna de encontrarse con un infeliz y dejarlo sin un kopec, adquiría todo lo primero que hallaba en los tenderetes: collares, velas para encender la pipa, pañuelos para el ama, pasas, un potro, un lavamanos de plata, hilo de Holanda, tabaco, harina, pistolas, arenques, barajas, una piedra de afilar, porcelana, pucheros, botas, hasta donde le permitía el dinero.

Sin embargo, en contadas ocasiones llegaba a su casa nada de todo esto. Casi aquel mismo día pasaba a manos de un jugador con más suerte, a veces añadiéndole la propia pipa, la boquilla y la bolsa del tabaco, y otras, con el complemento de los cuatro caballos, del cochero y del coche, de tal modo que el propietario, con una zamarra o una levita estropeada, se veía obligado a ir en busca de algún amigo que le pudiera llevar en su coche.

¡Este era Nozdriov! Tal vez haya quien crea que es un tipo pasado de moda, asegurando que los Nozdriov han dejado de existir, ¡Ay! Se equivocarán quienes así piensen. Los Nozdriov tardarán aún bastante en desaparecer. Están entre nosotros, surgen a cada paso, con la diferencia, quizá, de que van vestidos de otra forma. La gente no suele ser muy perspicaz y se imagina que la persona que viste otra ropa es ya otra.

Mientras tanto, los tres carruajes llegaron al portal de la casa de Nozdriov. Allí no habían dispuesto nada para recibirlos. En el centro del comedor se encontraban dos caballetes, y dos campesinos, subidos en ellos estaban blanqueando las paredes al mismo tiempo que entonaban una interminable canción. El suelo aparecía cubierto de manchas de cal. Nozdriov se apresuró a ordenar a los campesinos que se marcharan con sus caballetes, y se dirigió a otro aposento para dar órdenes. Los invitados pudieron oír que encargaba la comida al cocinero.

Chichikov,quien comenzaba ya a sentir algún apetito, se dio cuenta de que no se sentarían a comer antes de las cinco. Regresó Nozdriov y llevó a sus invitados a recorrer la aldea: alrededor de las dos les había mostrado ya completamente todo lo que había que ver. En primer lugar pasaron a ver la cuadra, en la que había dos yeguas, una gris con manchas y otra alazán claro, y un potro bayo que no se caracterizaba por su buena figura pero por el cual juró Nozdriov que había pagado diez mil rublos.

—No es cierto que pagaras diez mil —objetó su cuñado—. Ni siquiera vale mil.

—Te doy mi palabra de que pagué diez mil —dijo Nozdriov.

—Por mí puedes asegurar cuanto quieras —contestó su cuñado.
—¿,Qué apuestas?
Pero el cuñado se negó a apostar nada.
Después Nozdriov les mostró los boxes vacíos en los que antes había tenido también magníficos caballos. En la cuadra había además un chivo, puesto que, de acuerdo con la vieja creencia, juzgaba necesario tener un animal de ese género entre los caballos; el chivo parecía entenderse bien con los equinos, se paseaba por debajo de sus vientres al igual que si anduviera por su propia casa. Acto seguido Nozdriov los condujo a ver un lobezno, al que tenía atado de una cuerda.

—Es un excelente lobezno —dijo—. Lo alimento a base de carne cruda. Me propongo conseguir que sea una auténtica fiera.

Se encaminaron después a ver el estanque, en el cual, según afirmaba Nozdriov, había unos peces de tal tamaño que entre dos personas apenas podían sacar uno, cosa que su pariente puso igualmente en duda.

—Ahora voy a enseñarte, Chichikov —dijo Nozdriov—una espléndida pareja de perros. Sus cuartos traseros son tan duros como una roca.

¡Sus colmillos son verdaderas agujas!
Los llevó a una casita de apariencia muy agradable que se hallaba en el centro de un espacioso patio cercado. Cuando penetraron en él vieron innumerables perros de toda clase de colores y pelajes: negruzcos, pardo rojizos, negros con manchas, pardos con una estrella blanca en su frente, semipardos, de orejas grises, de orejas negras… Respondían a todos los nombres que pueda uno imaginar, siempre en imperativo:

«Dispara, Ladra, Corre, Muerde,Pendenciero, Bórralo, Ataca, Impaciente, Recompensa, Golondrina, Guardiana». Nozdriov se sentía entre ellos igual que un padre en el seno de su familia.

Todos ellos con los rabos levantados se precipitaron a saludar a los invitados. Unos diez pusieron sus Patas sobre los hombros de Nozdriov.

«Ladra» se acercó hacia Chichikov con idénticas pruebas de amistad, y, levantado sobre las patas traseras, le pasó la lengua por los mismos labios, hasta el punto de que él se vio obligado a escupir inmediatamente. Observaron a los que destacaban de los demás por la dureza de sus músculos, y dictaminaron que eran unos perros muy buenos.

Después se encaminaron a ver a una perra de Crimea que se había quedado ciega y que, según afirmaba Nozdriov, viviría ya poco tiempo, pero que dos años atrás era una perra muy buena. La contemplaron y vieron que, realmente, estaba ciega. Acto seguido se dirigieron a ver el molino de agua, que carecía de la solera sobre la cual «vuela» la muela, según la atinada expresión del campesino ruso.

—Ahora iremos a la herrería —dijo Nozdriov.

Caminaron un corto trecho y, efectivamente, vieron la dependencia y se pararon a examinarla.

—Allí, en aquel campo —dijo Nozdriov mientras señalaba con un dedo—, hay tal cantidad de liebres que no permiten ver el suelo. En cierta ocasión, llegué a coger una con las manos por las patas traseras.

—Jamás has cogido tú una liebre por las patas traseras —objetó el cuñado.

—Sí, la cogí, es cierto que la cogí —contestó Nozdriov—. Ahora —continuó volviéndose a Chichikov— te voy a enseñar las lindes de mis tierras.

Y mientras esto decía, condujo a sus huéspedes por un campo en el que en muchos lugares sólo había terrones. Los huéspedes tuvieron que atravesar barbechos y terrenos arados. Chichikov comenzaba a sentirse cansado. En muchas partes, cuando se pisaba el suelo, éste rezumaba agua, tanta era la humedad que había en aquellos campos bajos. En los primeros momentos ponían el pie con sumo cuidado, pero después, al comprobar que era todo igual, acabaron por continuar avanzando sin preocuparse de dónde había mucho o poco barro. Caminaron aún un buen trecho hasta que por último vieron, efectivamente, la linde, que consistía en una estrecha zanja y un pequeño poste de madera. ¡Ya estamos en la linde! —exclamó Nozdriov—. Todo lo que ves del lado de acá me pertenece, e incluso del otro lado, ese bosque que negrea y lo que se halla detrás del bosque también me pertenece.

— ¿Y desde cuándo te pertenece? —preguntó el cuñado—. ¿Acabas de comprarlo hoy? Pues antes no te pertenecía.

—Sí, acabo de comprarlo no hace muchos segundos —repuso Nozdriov.

— ¿Cuándo has tenido tiempo de comprarlo? —Bueno, hace tres días que lo compré. Y, ¡diablos!, por cierto que lo pagué caro.

—Si entonces estábamos en la feria.

— ¡No seas inocente! ¿Es que uno no puede comprar tierras mientras está en la feria? Sí que estaba en la feria, pero el administrador las compró, mientras yo me hallaba ausente.

—Sí, por supuesto, tu administrador… —dijo el cuñado sacudiendo la cabeza y sonriendo con ironía

Los invitados volvieron por un camino tan cómodo como a la ida.

Nozdriov los llevó a su despacho, en el que, sin embargo, no había nada de lo que acostumbran a tener los despachos, es decir, libros y papeles.

Lo único que se veía allí, colgando de las paredes, eran sables y dos escopetas, una de ochocientos y otra de trescientos rublos. El cuñado, en cuanto las vio, se redujo a menear la cabeza. Después les enseñó unos puñales turcos, en uno de los cuales se leía grabado por error:

«Maestro Saveli Sibiriakov.» A continuación les mostró un organillo, que Nozdriov se apresuró a hacer tocar.

Aquel instrumento sonaba de modo muy agradable, pero tenía que tener por dentro algún desperfecto, puesto que la mazurca que estaba tocando concluyó con el Mambrú se fue a la guerra y el Mambrú se transformó de pronto en un conocido vals. Nozdriov hacía ya rato que no le daba vueltas al manubrio, y no obstante el organillo era tan travieso que en manera alguna quería permanecer en silencio, y todavía continuó sonando por sí solo.

Después les llegó el turno a las pipas, pipas de madera, de espuma y de barro, culotadas y sin culotar, forradas con gamuza y sin forrar, una larga pipa con boquilla de ámbar que acababa de ganar hacía poco, una bolsita de tabaco bordada por cierta condesa que en otros tiempos se enamoró perdidamente de él y cuyas manos, según la expresión del propio Nozdriov, eran superflú, con lo que seguramente pretendía indicar el máximo de la perfección.

Más tarde tomaron un aperitivo de salmón ahumado y cuando se sentaron a comer eran ya casi las cinco. Era fácil advertir que para Nozdriov la comida no representaba lo principal. Concedía escasa importancia a los guisos, de los cuales unos se habían quemado y en cambio otros estaban crudos. Se veía claramente que el cocinero se dejaba llevar más por la inspiración del momento, y metía en la cazuela lo que tenía al alcance de la mano; si encontraba pimienta, metía pimienta si col, metía col. Y de este modo recurría a la leche a los guisantes, al jamón… En resumen, todo era bueno mientras resultara algo caliente, ya que sabor siempre tendría alguno. Por el contrario, Nozdriov jugó un buen papel en el capítulo de los vinos. Antes de que fuera servida la sopa ya había llenado a sus huéspedes un gran vaso de oporto y otro de Haut Sauterne, pues en las capitales de provincia y de distrito no está de moda el simple sauterne. Después, Nozdriov ordenó que trajeran una botella de vino de Madeira que ni siquiera un mariscal de campo había probado jamás. Efectivamente, el madeira parecía abrasar el paladar, porque los comerciantes, que saben los gustos de los propietarios, quienes saborean el buen madeira, le agregaban ron en enormes cantidades, e incluso a veces vodka, confiados en que e el estómago de los rusos es capaz de soportarlo todo.

Acto seguido trajeron una botella especial que, según dijo el anfitrión, contenía una mezcla de champaña y borgoña.

Nozdriov no dejaba de llenar constantemente los dos vasos, a derecha e izquierda, el de su cuñado y el de Chichikov. Este se dio cuenta, no obstante, de que el propio Nozdriov se servía con mucha mesura, razón por la que permaneció alerta, y siempre que Nozdriov se distraía charlando o servía a su cuñado, aprovechaba la ocasión para derramar el contenido de su vaso en el plato.

Poco después apareció en la mesa un licor de serbal acerca del que Nozdriov aseguró que tenía exactamente el mismo sabor que la crema, pero que despedía un olor a matarratas que tumbaba de espaldas.

Luego bebieron una especie de bálsamo de cuyo nombre era difícil acordarse, sobre todo porque el propietario le daba cada vez un nombre distinto.

Hacía ya mucho rato que la comida llegó a su fin; habían saboreado y vuelto a saborear todos los vinos, y sin embargo los huéspedes continuaban sentados a la mesa. Chichikov no quería en modo alguno hablar a Nozdriov de lo que para él era lo más importante mientras el cuñado estuviera presente, el cual, en resumidas cuentas, era un extraño, siendo así que el asunto que le ocupaba requería un amistoso diálogo confidencial. Aunque por otra parte es cierto que el cuñado no representaba peligro alguno, pues parecía haber bebido más de lo preciso y, sentado en su silla, daba cabezadas sin cesar.

Dándose cuenta él mismo del estado tan inseguro en que se hallaba, rogó que se le permitiera marchar a su casa, pero lo hizo con una voz tan lánguida y decaída, que era como si, según el decir ruso, se dispusiera a poner al caballo la collera con tenazas.

— ¡De ningún modo! ¡No te lo voy a permitir! —exclamó Nozdriov.
—De veras te ruego que me permitas irme —dijo el cuñado—. Si no me dejas me voy a enfadar.

—Eso son majaderías, majaderías. En seguida organizaremos una partida, jugaremos al monte.

—No, juega tú si quieres, pero a mí no me es posible. Mi mujer me armaría un gran escándalo. Créeme, debo explicarle cuanto vi en la feria. De veras te lo digo, he de darle ese gusto. No, no me obligues quedarme.

— ¡Que se vaya tu mujer a paseo! ¡Pues sí que es importante lo que tengáis que hacer juntos!

— ¡No, no! Es una mujer muy honesta y muy fiel. No me niegues ese favor… Créeme, te lo suplico con lágrimas en los ojos. No, no me obligues a quedarme. Te aseguro que debo irme. Te lo digo con el corazón en la mano.

—Déjale que se marche. Para lo que puede servirnos… —dijo Chichikov al oído de Nozdriov.— ¡Tienes toda la razón! —exclamó éste—. ¡No puedo soportar a esos tipos de corazón tan blando! —y continuó levantando la voz—: ¡Vete al infierno! ¡Márchate a acariciar a tu mujer, fetiuk*!

* Vocablo ofensivo para los hombres. Proviene de la letra fita, que según algunos es indecorosa.

No, hermano, no me llames fetiuk —dijo entonces el cuñado—. A ella se lo debo todo. Es tan buena, tan cariñosa, tan agradable… Cuando lo pienso me dan ganas de llorar. Querrá saber las cosas que he visto en la feria. Deberé contárselo todo. Es tan buena y agradable…

—Vamos, márchate, dile necedades. Aquí está tu gorra.

—No, hermano, no debes hablar así de mi esposa. De este modo también me estás ofendiendo a mí. ¡Es tan buena y agradable…!

—Bueno, pues lárgate con ella en seguida.

—Sí que me marcho, disculpa que no me pueda quedar. Lo haría con sumo agrado, pero no me es posible.

El cuñado continuó repitiendo sus excusas durante un buen rato, sin darse cuenta de que ya había subido al carruaje, de que el portón se había quedado muy atrás, y de que llevaba mucho tiempo sin tener a nadie con quien charlar, como no fueran los campos desiertos. Es preciso suponer que su esposa no se enteraría por él de muchas cosas acerca de la feria.

— ¡No es más que un guiñapo! —exclamó Nozdriov de pie frente a la ventana y contemplando cómo se alejaba el coche—. ¡Mira qué manera de tirar! El caballo de varas es bueno, hace mucho tiempo que me he encaprichado por él. Pero con este hombre no hay modo de hacer trato.

¡Es un fetiuk, un verdadero fetiuk!

Se encaminaron al interior. Porfiri dispuso unas velas y Chichikov vio que el propietario tenía en sus manos, sin saber cómo había aparecido, una baraja.

—Bueno —dijo Nozdriov mientras apretaba los extremos de la baraja, llegándola a doblar de tal manera que la hizo restallar, saltando el papel en que estaba envuelta—. Para distraernos un poco, pongo una banca de trescientos rublos.

Sin embargo, Chichikov se hizo el sordo y dijo, como si acabara de acordarse en ese momento:

— ¡Ah! Antes de que me olvide de ello, he de pedirte un favor.

— ¿Y en qué consiste?
—Primero, dame tu palabra de que no te negarás.
—Pero, ¿en qué consiste?
— ¡Dame tu palabra!
—Está bien.

— ¿Palabra de honor?

—Bueno, palabra de honor.
—Lo que quiero pedirte consiste en esto: sin duda tendrás muchos
campesinos muertos y que aún constan, en la relación del registro.
—Sí, ¿y qué?
—Que los pongas a nombre mío.
— ¿Por qué?
—Los necesito… Eso es asunto mío. En suma, los necesito.
—Probablemente, habrás discurrido algo. Confiésalo, ¿qué es?
— ¿Y qué quieres que discurra? Con una cosa que para nada sirve, ignoro lo que se puede discurrir.

— ¿Para qué los necesitas?

— ¡Pues sí que tiene gracia! Aunque sea una cosa que no sirve para nada, él querría olerla y tocarla.

—Entonces, ¿por qué te niegas a decírmelo?

— ¿Acaso ganarás algo con saberlo? Sencillamente, no es más que un capricho.

—Bien, fíjate pues en una cosa: hasta que me lo hayas dicho, no pienso hacerlo.

—Esto no es honrado. Me diste tu palabra de honor, y no obstante ahora te echas atrás.

—Como prefieras, pero no voy a hacerlo, mientras no me digas para qué los quieres.

«¿Qué le puedo decir?», pensó Chichikov, y tras reflexionar unos instantes le contó que las almas muertas las quería a fin de adquirir peso en la sociedad, que no poseía grandes fincas y que mientras no aumentara su hacienda deseaba tener siervos de esa clase.

— ¡Falso, estás mintiendo! —exclamó Nozdriov sin dejarle concluir—. ¡Estás mintiendo, hermano!

El mismo Chichikov observó que su invención no había sido muy acertada y que el pretexto que había dado resultaba bastante flojo.

—Bueno, voy a ser sincero contigo —dijo, intentando corregir su fallo—. Sólo te pediré que no se lo cuentes a nadie. Me he hecho el propósito de casarme, pero debes saber que los padres de mi novia son personas de muchas pretensiones. Me encuentro en un verdadero compromiso, y ahora me arrepiento de haber contraído esta obligación. Se empeñan en que el novio tenga como mínimo trescientas almas. Y puesto que aún me faltan casi ciento cincuenta…

— ¡No es verdad, mientes otra vez! —volvió a gritar Nozdriov.

—Pues lo que es ahora —replicó Chichikov— no he mentido ni siquiera eso —y al decir esto señalaba con el pulgar la parte más pequeña de su meñique.

—Apostaría la cabeza a que estás mintiendo.
—Creo que te estás pasando de la raya, ¿Quién piensas que soy? ¿Por qué razón tengo que mentir forzosamente?

—Te conozco muy bien. Eres un granuja redomado, como amigo permite que te lo diga. De ser yo superior tuyo, ordenaría que te colgaran del primer árbol.

Chichikov se sintió muy enojado cuando oyó estas palabras. Cualquier expresión grosera e indecorosa le resultaba ya muy molesta. Ni siquiera le complacía el que se le tratara con familiaridad, salvo si el que se tomaba esta libertad era un personaje importante. De ahí que se ofendiera muy de veras.

—Te aseguro que daría orden de que te colgaran —volvió a decir Nozdriov—. Te hablo sinceramente, no con intención de ofenderte, sino simplemente, como lo haría con cualquier amigo.

—Todas las cosas tienen sus límites —dijo Chichikov con aire de dignidad ofendida—. Si quieres presumir con frases de este tipo, márchate a un cuartel —y después añadió—: Si no quieres entregármelas gratis al menos véndemelas.

— ¿Vendértelas? Te conozco, Darías muy poco por ellas, ¿no es cierto?

— ¡Pues vaya que eres tú bueno! Date cuenta, ¿es que acaso se trata de brillantes?

—Así es, ya digo yo que te conozco.

—Tienes instintos de judío. Lo que deberías hacer es cedérmelas y se acabó.

—Bueno, óyeme, para que veas que no soy amigo tacaño, no te voy a cobrar nada. Cómprame el potro y te las cederé gratis.

—Piensa lo que dices. ¿Para qué quiero yo el potro? —dijo Chichikov, a quien esta oferta le había dejado atónito.

— ¿Cómo que para qué? Yo di por él diez mil rublos y sólo te pido cuatro mil.

— ¿Y para qué necesito el potro? No tengo yeguada.

—Escucha, no me entiendes. Al contado no te cobraré más que tres mil, y los mil restantes me los pagarás cuando te parezca.

—No necesito el potro. ¡Que se quede con Dios!

—En este caso, cómprame la yegua alazana.

—Tampoco necesito la yegua.

—Por la yegua y por el caballo gris que viste antes sólo te voy a cobrar dos mil.—No me hacen ninguna falta los caballos.

—Entonces véndelos. En la primera feria a la que vayas podrá conseguir por ellos tres veces más.

—Véndelos tú mismo, si es que tienes la seguridad de que podrás ganar tanto.

—Sé que ganaría, pero quiero que también tú resultes beneficiado.

Chichikov le dio las gracias por tan buenos deseos y se negó rotundamente a comprar la yegua alazana y el caballo gris.

—Está bien, cómprame pues algún perro. Te venderé una pareja que, con sólo verlos, hacen que se le ponga a uno la piel de gallina. Son lanudos y tienen unos bigotes así de grandes. Su pecho es muy ancho y sus patas están cubiertas de pelo; no les entrará la tierra.

— ¿Para qué quiero los perros? Yo no soy cazador.

—Pero yo quiero que tengas perros.Escucha, si no necesitas los perros, cómprame el organillo. Es un excelente organillo. Te aseguro bajo palabra de honor que pagué por él mil quinientos rublos. Te lo vendo por novecientos.

— ¿Para qué necesito el organillo? No soy ningún alemán de esos que van pidiendo, arrastrándolo por los caminos.

—Pero éste no es un organillo como los que emplean los alemanes. Es un órgano. Obsérvalo bien. Es enteramente de caoba. ¡Te lo volveré a mostrar!

Y al decir esto Nozdriov cogió a Chichikov por un brazo intentando arrastrarlo a la estancia contigua. Y por mucha resistencia que opusiera Chichikov, y por más que asegurara que ya sabía cómo era el organillo, no le quedó más remedio que escuchar de nuevo cómo Mambrú se iba a la guerra.

—Si no quieres comprármelo, escucha: te daré el organillo y todas las almas muertas que poseo a cambio de tu coche y de trescientos rublos.

— ¡Pues sólo faltaría eso! ¿Y cómo quieres que prosiga mi viaje?

—Yo te daré otro coche. Ven al cobertizo y lo verás. Sólo habrás de darle una mano de pintura, y te quedará un magnífico coche.

« ¡El diablo se ha metido en él!», pensó Chichikov, y tomó la decisión de renunciar a todo género de coches, organillos y perros, aunque tuvieran un pecho extraordinario y unas patas peludas.

—Te ofrezco el coche, el organillo y las almas muertas, ¡todo junto!
—No —repuso Chichikov.
— ¿Y por qué no?
—Porque no quiero, simplemente.
— ¡Demonio, cómo eres! Estoy viendo que contigo es imposible tratar como es de rigor entre buenos amigos y compañeros

— ¿Acaso crees que soy estúpido o qué? Juzga tú mismo: ¿para qué voy a comprar cosas que no me serán de ninguna utilidad?

—Está bien, como quieras, no se hable más. Ahora te conozco muy bien, ¡Eres un canalla! Pero escucha, ¿quieres jugar una pequeña partida? Apuesto a una sola carta todas las almas muertas y el organillo juntos.

—Quien lo apuesta todo a una carta corre un albur —replicó Chichikov mientras miraba de reojo las dos barajas que Nozdriov tenía en sus manos. Creyó ver que ambas habían sufrido determinadas manipulaciones, y hasta el dibujo del reverso de los naipes se le antojó que era demasiado sospechoso.

— ¿Por qué un albur? —contestó Nozdriov—. No hay nada desconocido.
Si la suerte está de tu parte, podrás ganar un dineral. ¡Aquí la tienes! ¡Vaya suerte! —exclamó, comenzando a tirar a fin de incitarlo—.

¡Vaya suerte! Aquí la tienes, ahí está; ese condenado nueve me lo hizo perder todo. Presentía que iba a traicionarme, pero ya había cerrado los ojos y me decía: « ¡Que el diablo te lleve, traicióname si te apetece, maldita!»

Mientras Nozdriov hablaba de este modo, Porfiri llegó trayendo una botella. No obstante Chichikov se negó rotundamente no sólo a jugar sino también a beber.

— ¿Por qué no quieres jugar? —le preguntó Nozdriov.
—Porque no me apetece, Y si he de decirte la verdad, el juego no me gusta; me disgusta.

— ¿Por qué no te gusta?

Chichikov se encogió de hombros y repuso: —Porque no.
— ¡No eres más que un guiñapo!
—Tendré que conformarme, si así me hizo Dios.
— ¡Lo que realmente eres es un fetiuk! Antes pensaba que en cierto modo eras una persona decente, pero no tienes ni la más remota idea de lo que es saber comportarse. Contigo no es posible hablar como se hace con un amigo… Ni siquiera tienes noción de lo que es la sinceridad. Eres un perfecto Sobakevich, ¡tan canalla como él!

— ¿Por qué motivo me insultas de este modo? ¿Es que tengo la culpa de que me disguste jugar? Véndeme las almas muertas sin añadirles nada, si es que hasta tal punto aprecias esta porquería.

— ¡Ni lo pienses! Tenía la intención de regalártelas, pero ahora en modo alguno lo haré. No te las daría ni a cambio de tres reinos. Eres un vulgar trapacero. De ahora en adelante no quiero tener ninguna clase de tratos contigo. Porfiri, ve a decirle al mozo de la cuadra que no dé avena a sus caballos, que el heno ya les basta para comer.

Esta última conclusión Chichikov no la esperaba ni remotamente.
— ¡Habría sido preferible que jamás te hubieras presentado ante mi vista! —exclamó por último Nosdriov. No obstante, a pesar de su altercado, el propietario y el invitado cenaron juntos, si bien es cierto que en la mesa no aparecieron vinos de nombres raros. Únicamente había, solitaria, una botella de algo en extremo agrio que pretendía ser vino de Chipre. Una vez concluida la cena, Nozdriov condujo a Chichikov a un cuarto trasero, en el que le había dispuesto una cama, y le dijo :

— ¡Ahí está tu cama! Ni siquiera las buenas noches quiero desearte.

Nozdriov se marchó y Chichikov se quedó con un estado de ánimo muy desagradable. Se reprochaba a sí mismo el haber acudido a casa de Nozdriov, con lo que estaba perdiendo el tiempo inútilmente. Pero lo que más se reprochaba era el haber hablado de su asunto. Había obrado con demasiada ligereza, como un niño, como un imbécil. Su asunto no era lo más a propósito como para tratar de él con Nozdriov. Nozdriov era un guiñapo, una persona capaz de toda clase de mentiras, que podía añadir de su propia cosecha lo que quisiera y lanzar a los cuatro vientos Dios sabe qué habladurías de todo tipo… Había hecho mal, sí, había hecho muy mal.

«Soy un necio», se repetía constantemente.

Pasó muy mala noche. Ciertos insectos, diminutos y muy revoltosos, no cesaban de acribillarle con sus picaduras, tan dolorosas, que no hacía más que rascarse el lugar afectado al mismo tiempo que exclamaba:

«¡Ojala os lleve el diablo a todos, a vosotros y a Nozdriov!»
Era muy temprano cuando se levantó. Después de haberse puesto la bata y las botas se encaminó, cruzando el patio, a la cuadra, donde dio orden a Selifán de que enganchara en seguida. Al regresar, mientras atravesaba el patio, tropezó con Nozdriov, que iba también con bata y que llevaba la pipa entre los dientes.

Nozdriov le deseó los buenos días amigablemente y le preguntó qué tal había dormido.

—Así, así —contestó Chichikov con sequedad.

—Pues yo, hermano —prosiguió Nozdriov—, he pasado la noche soñando unas cosas repugnantes que incluso da asco recordarlas. Y después de lo de ayer, me ha quedado en la boca un sabor tan desagradable, que parece como si dentro de ella hubiera estado durmiendo un escuadrón entero. Imagínate que he soñado que me molían a golpes. ¡Así como lo oyes! ¿Y sabes por obra de quién? Estoy seguro de que no lo acertarías: el subcapitán Potseluiev y Kuvshinnikov.

«No estaría nada mal —se dijo Chichikov— que te arrancaran la piel a tiras, pero de verdad.»

— ¡Qué mal me lo hacían pasar! Me desperté y, ¡demonio!, algo me picaba realmente. De seguro que eran malditas pulgas. Bueno, ve y vístete, ahora regreso. Antes he de reñir al sinvergüenza del administrador.

Chichikov se marchó a su habitación para lavarse y vestirse. Una vez aseado se dirigió al comedor; en la mesa habían puesto ya una botella de ron y un servicio de té. Aún eran muy visibles las huellas de la comida del día anterior. Todavía no habían pasado la escoba por allí; en el suelo se hallaban las migas de pan de la víspera, y el mantel continuaba sucio por la ceniza del tabaco.

Poco después entró el propietario. Llevaba la misma bata de antes, que dejaba al descubierto el pecho, en el que crecía algo parecido a una barba. Con su pipa en la mano y bebiendo el té a sorbos, habría recordado la figura de uno de esos pintores a quienes no les satisfacen como modelos los señores relamidos y repeinados, como los que aparecen en los carteles de anuncio de las barberías, o con el pelo recortado.

—Bueno, ¿en qué estás pensando? —preguntó Nozdriov tras un corto silencio—. ¿Quieres que juguemos una partidita a ver si me ganas las almas muertas?

—Te dije repetidas veces que no juego. Pero si quieres vendérmelas, te las compraré.

—No quiero vendértelas, es una cosa que no debe hacerse entre amigos.

No tengo por qué beneficiarme de diablo sabe qué. Es muy distinto jugarlas al monte. Aunque sólo sea una partida, ¿tampoco aceptas?

—Ya he dicho que no.

— ¿Y te niegas también a cambiar?
—Sí.
—Escucha, podemos jugar a las damas. Si me ganas son tuyas. La verdad es que poseo demasiados muertos a los que es preciso borrar del registro. ¡Eh, Porfiri! Ve a buscar el tablero de las damas.

—No insistas, no pienso jugar.
—Esto no es lo mismo que jugar al monte. Aquí no caben la suerte ni los engaños. Gana el que sabe más. Y te advierto que no sé jugar nada absolutamente, de manera que tendrás que darme alguna ventaja.

«¡Aceptaré! —se dijo Chichikov para sus adentros—. A las damas sé yo jugar bastante bien y no le será nada fácil engañarme con sus trampas.»

—Está bien, conformes. Jugaremos a las damas.
— ¡Las almas muertas contra cien rublos!
— ¿Para qué? Contra cincuenta bastará.
—No, ¿qué es eso de apostar cincuenta rublos? Valdrá más que yo añada también un cachorro de medio pelo o un broche de oro.

—Como te parezca —repuso Chichikov.

— ¿Qué ventaja me vas a dar? —le preguntó Nozdriov.

— ¿Ventaja? Por supuesto que ninguna.

—Cuando menos deja que sea yo quien salga y permíteme hacer dos jugadas.

—No, yo también juego mal.

—Ya conocemos a los que dicen jugar mal —replicó Nozdriov mientras hacía avanzar una ficha, al mismo tiempo que empujaba otra con la manga de su bata.

—Hace mucho tiempo que no he jugado a las damas —dijo Chichikov moviendo a su vez una ficha—. ¡Eh, oye! ¿Qué significa esto, hermano? Ponla en el lugar que le corresponde —exclamó Chichikov.

— ¿Qué dices?
—Que pongas esa ficha en su lugar —dijo Chichikov Mientras veía ante sus propios ojos cómo otra ficha parecía ir directamente a dama; sólo Dios sabía de dónde había salido—.

No —dijo levantándose—, es imposible jugar contigo. Este no es modo de jugar, moviendo tres fichas a un tiempo.

— ¿Tres fichas dices? Ha sido un error. Una se ha adelantado sin querer, si lo prefieres la volveré atrás.

—Pero la otra, ¿de dónde ha salido?

— ¿Cuál quieres decir?
—Esa que va a coronar.
— ¡Pues sí que es buena! ¿No lo recuerdas?
—No, hermano, llevo bien la cuenta de las jugadas y me acuerdo de todas. Esta acabas de ponerla ahí. Su lugar es éste.

—Pero ¿qué estás diciendo? ¿Cuál es su sitio? —preguntó Nozdriov enrojeciendo hasta las orejas—. Por lo que puedo observar, hermano, eres un mentiroso.

—No, hermano, el mentiroso eres tú, aunque la cosa no te ha salido bien.

— ¿Por quién me tomas? —replicó Nozdriov—. ¿Acaso piensas que te voy a engañar?

—No te tomo por nadie, pero no jugaré más contigo.

— ¡No, ahora no te puedes echar atrás! —gritó Nozdriov un tanto enfurecido—. La partida ya está comenzada.

—Está en mi derecho dejarla, y por lo tanto la dejo, ya que no juegas como persona decente.

— ¡Mentira! ¡No puedes hablar así!

—No, hermano, quien está mintiendo eres tú.
—No he hecho ninguna trampa ni tienes por qué negarte. Has de acabar la partida.—No lo lograrás —contestó Chichikov con frialdad, tras lo cual se acercó al tablero y revolvió todas las fichas.

Nozdriov se dejó arrastrar por la furia que le invadía y se aproximó tanto a Chichikov que éste tuvo que retroceder dos pasos.

— ¡Te voy a obligar a que juegues! Da igual que hayas revuelto todas las fichas, me acuerdo muy bien de las jugadas. Volveremos a ponerlas tal como estaban.

—No, hermano, esto se acabó. No jugaré contigo.
— ¿Qué; te niegas a jugar?
—Tú mismo ves que no es posible jugar contigo.
—Dime claramente si quieres jugar o no —exclamó Nozdriov aproximándose otra vez a Chichikov.

— ¡No, no quiero! —gritó Chichikov, quien no obstante se llevó las manos a la cara a fin de prevenir cualquier eventualidad, ya que aquella disputa se había puesto realmente demasiado violenta.

Su precaución fue muy oportuna, pues Nozdriov alzó la mano… y habría podido suceder muy bien que una de las preciosas y rollizas mejillas de nuestro protagonista se hubiera visto cubierta por una afrenta imborrable. Pero tuvo la buena fortuna de desviar el golpe, cogió a Nozdriov por ambas manos y se las sujetó con toda la fuerza de que era capaz.

— ¡Porfiri! ¡Pavlushka! —comenzó a gritar Nozdriov intentando desasirse.

Cuando oyó esta llamada, a fin de que la servidumbre no fuera testigo de una escena tan corruptora, y dándose cuenta de que de nada valdría sujetar a Nozdriov, Chichikov disminuyó la presión de sus manos. En este instante llegó Porfiri y detrás de él Pavlushka, un robusto mozo con quien llevaba todas las de perder.

— ¿De modo que te niegas a concluir la partida? —inquirió Nozdriov—. ¡Contesta claramente!

—No es posible concluirla —repuso Chichikov volviéndose hacia la ventana. Su coche le esperaba ya a punto. Selifán parecía aguardar una indicación suya para aproximarse al portal. Pero era absolutamente imposible salir de la estancia, con los dos forzudos mozarrones que le cerraban el paso.

— ¿Te niegas a concluir la partida? —repitió Nozdriov, cuyo rostro estaba más encendido que la grana.

—La terminaría si tú te condujeras como hombre honrado. Pero así no es posible.

— ¡Conque no es posible, miserable! ¡No es posible porque has advertido que llevabas las de perder! ¡Azotadlo! —gritó fuera de sí dirigiéndose a Porfiri y Pavlushka, al mismo tiempo que él empuñaba su larga pipa de cerezo.

Chichikov palideció terriblemente. Intentó decir algo, pero sintió que sus labios se movían sin que de ellos saliera sonido alguno.

— ¡Azotadlo! —repitió Nozdriov avanzando un paso con la pipa de cerezo en la mano, acalorado y bañado en sudor, como si se dispusiera a asaltar una inexpugnable fortaleza—. ¡Azotadlo! —repitió de nuevo con la misma voz con que, al prepararse para el asalto definitivo, grita a su sección: « ¡Adelante, muchachos!» un esforzado teniente tan famoso ya por su valentía que cuando se acerca el momento de una ardua acción sus superiores reciben invariablemente la orden de contenerlo. Sin embargó, el teniente, arrastrado ya por la pasión del combate, no es capaz de entender lo que le dicen. Se imagina estar delante de Suvorov y se precipita a lo más enconado de la lucha. « ¡Adelante, muchachos!», sigue gritando mientras avanza, sin pararse a pensar que con su acción desbarata el plan general del asalto, que miles y miles de bocas de fusil asoman por las aspilleras de las inexpugnables murallas, que se alzan hasta las nubes, que su impotente sección será aniquilada y que ya va zumbando por los aires la bala fatal que hará callar su atronadora garganta.

Pero si Nozdriov era la imagen y semejanza del valeroso teniente que se halla fuera de sí, la fortaleza contra la que se dirigía no era precisamente inexpugnable. Por el contrario, la fortaleza estaba de tal modo sitiada por el temor, que su alma se había ocultado en los mismos talones. Ya la silla con la que pensaba defenderse se la habían quitado de las manos los forzudos mozarrones, ya se disponía, más muerto que vivo, con los ojos cerrados, a probar la dureza de la pipa circasiana del propietario. Y Dios sabe lo que habría sucedido. Pero los hados le fueron propicios y contribuyeron a salvar las espaldas, los costados y todas las dignas partes de nuestro protagonista. De pronto, como si hubiera bajado de las nubes, se oyó el tintineo de una campanilla, resonó con toda claridad el estrépito de las ruedas de un coche que se aproximaba al portal, e incluso llegó hasta el mismo aposento el resoplo de los sudorosos caballos cuando se detenían.

Instintivamente todos dirigieron sus miradas a la ventana: cierto señor, de espesos bigotes y levita de corte militar, se apeó del coche. Se informó antes en el zaguán y penetró en la estancia en el preciso instante en que Chichikov, sin tiempo para reponerse del susto, ofrecía el más lamentable aspecto en que se viera jamás a un mortal.

—Permítame, ¿quién de los presentes es el señor Nozdriov? —preguntó el recién llegado, quien se quedó contemplando un tanto atónito a Nozdriov, que aún empuñaba su pipa a manera de palo, y Chichikov, quien por entonces comenzaba a reponerse del mal trago pasado.

—Permítame que primero le pregunte con quién tengo el honor de hablar —inquirió a su vez Nozdriov mientras se acercaba al desconocido.

—Soy capitán de la policía rural.
— ¿Y qué es lo que desea?

—He venido a hacerle saber que se halla usted a disposición del tribunal hasta que sea vista su causa.

— ¿Qué necedad es ésa? ¿Qué causa dice usted? —preguntó Nozdriov.

—Está usted acusado de haber ofendido al terrateniente Maximov en persona. Se encontraba usted ebrio y le dio unos cuantos vergajazos.

— ¡Mentira! ¡Nunca he visto a ningún terrateniente llamado Maximov!

—Permítame decirle, señor, que soy un oficial. ¡A su servidumbre puede hablarle de este modo, pero no a mí!

En este punto estaba la conversación cuando Chichikov, sin aguardar la contestación de Nozdriov, se precipitó a coger su gorra y, pasando por detrás del capitán de policía, se fue deslizando hasta el portal, donde subió inmediatamente a su coche y dio orden a Selifán de que arreara los caballos a todo galope.


Enlace a Capítulos 5 y 6

Almas Muertas – Mykola Hóhol – Capítulos 1 y 2

CAPITULO PRIMERO

Frente a la puerta de la fonda de la ciudad provinciana de N. se detuvo un cochecillo de apariencia bastante grata, con suspensión de ballestas, como los que acostumbran a utilizar los solterones: tenientes coroneles retirados, capitanes, propietarios que tienen más de cien siervos, en resumen, todos aquellos a los que se da el nombre de señores de medio pelo. En el cochecillo viajaba un caballero que no era ni guapo ni feo, ni demasiado gordo ni flaco; no podía afirmarse que fuera viejo, aunque tampoco se podía decir que fuera muy joven. Su llegada a la ciudad no fue causa del menor ruido ni se vio acompañada de nada que se saliera de lo normal. Solamente dos campesinos rusos que se hallaban en la puerta de la taberna, frente de la fonda, hicieron alguna pequeña observación, que, por lo demás, concernía más al coche que a su dueño.

—Mira esta rueda —dijo uno de ellos a su compañero—. ¿Crees que con ella llegaría a Moscú, si tuviera que ir allí?

—Sí llegaría —contestó el otro.

—Y hasta Kazán, ¿crees que alcanzaría?
—Hasta Kazán no —repuso el otro.
Y en este punto concluyó la conversación.

Frente a la puerta de la fonda de la ciudad provinciana de N. se detuvo un cochecillo de apariencia bastante grata, con suspensión de ballestas...

Digamos también que cuando el coche se aproximaba a la fonda se cruzó con un joven que llevaba unos pantalones blancos de fustán, extremadamente cortos y estrechos, y un frac que pretendía ajustarse a la moda, y bajo el cual asomaba la lechuguilla, sujeta con un alfiler de bronce de Tula que tenía la forma de una pistola. El joven volvió la cabeza, se quedó contemplando el coche, llevó después su mano a la gorra, que poco había faltado para que el viento se la llevara, y continuó su camino.

Al entrar el coche en el patio, acudió a recibir al caballero un criado o mozo, que es como se les suele llamar en las fondas rusas, tan inquieto y movedizo que hacía imposible ver cómo era su rostro. Con gran agilidad se aproximó llevando su servilleta en la mano, larguirucho y enfundado dentro de una levita de bocací, que por la espalda casi le llegaba hasta la misma nuca, agitó su pelambre, y con la misma agilidad condujo al señor arriba, por las escaleras de madera, hasta el dormitorio que ya tenía reservado.

El aposento era de cierto estilo, ya que la posada era asimismo de cierto género, exactamente como acostumbran a ser las posadas de las ciudades de provincias, donde por dos rublos diarios los forasteros pueden gozar de una habitación tranquila, con cucarachas como ciruelas que aparecen por todos los rincones, y con una puerta que da al aposento vecino, siempre cerrada mediante una cómoda; en él casualmente se halla un señor silencioso y tranquilo, pero en extremo curioso, que muestra gran interés por conocer todo lo que se relaciona con el viajero.

La fachada de la posada presentaba características que se correspondían con el interior. Era muy larga y tenía dos plantas. La inferior no estaba aún revestida de yeso, y así continuaba, mostrando sus ladrillos de color rojo muy enmohecidos a causa del tiempo, con sus desagradables cambios, y ya bastante sucios de por sí. La planta superior había sido pintada con el consabido amarillo. Abajo se encontraban diversos tenderetes en los que vendían artículos de guarnicionería, cuerdas y rosquillas. En la esquina, o para ser más exactos, en la ventana de la esquina, se había instalado un vendedor de hidromiel con su samovar de cobre y un rostro tan rojo como el samovar, hasta el extremo de que a distancia se habría llegado a creer que en la ventana había dos samovares, aunque uno de ellos ostentaba unas barbas más negras que la pez.

Mientras el recién llegado se dedicaba a pasar revista del aposento, fueron trayendo el equipaje, al que precedía una maleta de piel blanca un tanto desgastada, con señales de que no era la primera vez que viajaba. Fue subida por el cochero Selifán (hombre de poca estatura que llevaba un gabán corto), y por el criado Petrushka, mozo de unos treinta años, vestido con un levitón muy usado —heredado del señor, por lo que podía suponerse—; con sus gruesos labios y respetable nariz presentaba un aspecto rudo. Detrás de la maleta siguió un pequeño cofre de caoba con incrustaciones de abedul de Carena, unas hormas para las botas y un pollo asado envuelto en un papel azul.

En cuanto todo esto se halló en la habitación, el cochero Selifán se encaminó hacia la cuadra para cuidar de los caballos, mientras el criado Petrushka disponía las cosas para acomodarse en la reducida antesala, un cuchitril muy oscuro en el que había dejado ya su capote y, junto con él, un olor muy particular que igualmente había sido comunicado al saco que después trajo y en el que guardaba algunas prendas de su uso. En este cuchitril puso, adosada a la pared, una estrecha cama de sólo tres patas, encima de la cual colocó algo que tenía cierto parecido con un colchón que había logrado sacar al fondista, pero tan duro y aplastado, y tal vez tan grasiento como un blini(enlace).

Mientras los sirvientes se hallaban disponiendo y ordenando las cosas, el señor se trasladó a la sala. Todo viajero conoce sobradamente estas salas: sus muros pintados al aceite, ennegrecidos en la parte alta a causa del humo de las pipas, y relucientes en la parte baja por el continuo roce de las espaldas de los viajeros, y todavía más por las espaldas de los mercaderes de la ciudad, ya que éstos se presentaban allí en grupos de seis o siete para tomar su consabido par de vasos de té; el techo ahumado, al igual que la araña, con su infinidad de vidrios que saltaban y chocaban entre sí cada vez que el mozo se deslizaba por el desgastado linóleo, llevando en sus manos con gran habilidad la bandeja donde había tan considerable cantidad de tazas de té como aves en la orilla del mar; los cuadros al óleo cubrían las paredes… En resumen, igual que en todas las fondas, con la sola diferencia de que en uno de aquellos cuadros figuraba una ninfa con unos senos como no cabe duda jamás vio el lector. Por lo demás, tal capricho de la naturaleza se puede contemplar en diversos cuadros acerca de temas históricos traídos a Rusia nadie sabe cuándo, de dónde ni por quién, a veces incluso por nuestros próceres, entusiastas de las artes, que los compraron atendiendo el consejo de los cocheros que los acompañaban.

El señor se desprendió de la gorra y de la bufanda de lana de vivos colores con que iba envuelto, una de esas bufandas que a los casados teje su mujer con sus propias manos y que le obsequia al mismo tiempo que le da las instrucciones pertinentes acerca de cómo debe taparse con ella, y que a los hombres solteros nadie sabría decir a ciencia cierta quién se las facilita. Yo jamás he usado bufandas de esa clase. Cuando estuvo situado ordenó que le sirvieran la comida. Mientras le iban sirviendo los platos usuales en las posadas, a saber: sopa de col con una empanadilla que desde hace algunas semanas está aguardando al viajero, sesos con guisantes, salchichas con col, pollo asado, pepinos en salmuera y el eterno dulce de hojaldre dispuesto en todo momento para postre, se entretuvo charlando con el criado o mozo a fin de que éste le explicara toda clase de chismes sobre a quién había pertenecido anteriormente la posada y a quién pertenecía ahora, si proporcionaba saneados ingresos y si el dueño era un pillo redomado. A lo que el criado dio la consabida contestación: «¡Oh, señor, es un bandido!» Igual que en la Europa modernizada, en la civilizada Rusia proliferaban las gentes respetables que cuando comían en la fonda tenían que charlar forzosamente, y en ocasiones incluso gastar alguna broma.

Sin embargo, las preguntas del viajero no todas eran vanas. Se interesó detalladamente por el nombre del gobernador de la ciudad, por el del fiscal, por el del presidente de la cámara; en resumen, no olvidó a ningún funcionario importante. Quiso conocer también detalles más concretos, y preguntó, incluso dando vivas muestras de interés, acerca de todos los terratenientes importantes: número de hectáreas que poseían, a qué distancia vivía cada uno de ellos y si se dirigían a menudo a la ciudad. Preguntó detenidamente por el estado de la comarca, si en ella eran muy corrientes las enfermedades, las fiebres epidémicas, viruelas, calenturas malignas y demás; lo hacía con tanto detalle y precisión que daba muestras de algo más que de simple curiosidad. Era un caballero de severos modales y cuando se sonaba hacía un sorprendente ruido. Se ignora cómo lo hacía, pero su nariz sonaba igual que una trompa. Este don, que podría parecer tan anodino, le granjeó el afecto del mozo de la posada. Así, en cuanto oía ese ruido, sacudía su pelambrera, se ponía tieso con nuevas muestras de respeto, y asomándose desde lo alto de su mostrador, preguntaba:

— ¿Se le ofrece algo al señor?

Después de la comida, el caballero tomó café y se recostó sobre el diván, poniendo previamente en el respaldo uno de esos cojines que en las posadas rusas parecen contener algo muy parecido a ladrillos y cantos rodados, y en modo alguno a esponjosa y suave lana. En seguida comenzó a bostezar y mandó que lo condujeran a su aposento, donde se tumbó y permaneció durmiendo durante un par de horas. A continuación, habiendo ya descansado y a instancias del mozo de la posada, escribió en un pedazo de papel su condición, nombre y apellidos, para ponerlo en conocimiento de quien correspondía, es decir, de la policía. Al bajar las escaleras el criado fue deletreando en el papel lo que sigue: «Consejero colegiado Pavel Ivanovich Chichikov; viaje por asuntos particulares».

Todavía estaba el criado deletreando cuando el propio Pavel Ivanovich Chichikov se marchó a dar una vuelta por la ciudad, que según parece le dejó satisfecho, ya que nada tenía que envidiar a las restantes capitales de provincia. La pintura amarilla en las casas de mampostería hería los ojos, y la pintura gris enseñaba discretamente sus tonos oscuros en las de madera. Las casas tenían una, una y media o dos plantas, y todas ellas lucían la consabida buharda que tanto gusta a los arquitectos provincianos. Algunas veces estas casas parecían perderse entre la calle, tan ancha como el campo, y las largas cercas de madera que nunca se acababan; otras, aparecían amontonadas, y en ésas se veía más animación de personas y animales. Se encontraban con letreros casi borrados por efecto de las lluvias, en los que podían adivinarse todavía rosquillas y botas pintadas; en otros había unos pantalones azules y el nombre de un sastre de Arsovia.

Aquí, una tienda donde se vendían gorras con esta inscripción: “Vasili Fiodorov, extranjero”; allá aparecía pintada una mesa de billar y dos jugadores que llevaban un frac como el que lucían en nuestros teatros los invitados que salen a escena en el último acto. Los jugadores iban provistos de los tacos y estaban en actitud de apuntar, con los brazos algo vueltos hacia atrás y las piernas torcidas, como si hubieran estado ejecutando en el aire un entrechat. Debajo se veía escrito: «Establecimiento».

Por algunas partes, sencillamente en plena calle, había tenderetes con nueces, jabón y unas galletas que semejaban jabón. En otras, se descubría un figón en cuyo anuncio se representaba un pescado de tamaño mediano y, hundido en él, un tenedor. Pero lo que más a menudo se observaba eran las ennegrecidas águilas bicéfalas imperiales que actualmente han sido suplantadas por el lacónico letrero de «Bebidas». La pavimentación era por completo bastante deficiente.

Nuestro paseante se dejó caer también por el jardín público, formado por unos raquíticos arbolitos que no habían prendido bien, sostenidos por unos rodrigones triangulares bellamente pintados de verde al aceite. Sin embargo, a pesar de que dichos arbolitos no eran más altos que un bastón, de ellos se había hablado en los periódicos, con motivo de unas iluminaciones, diciendo que «nuestra ciudad ha sido embellecida, gracias a los desvelos de las autoridades, con un jardín de gruesos y tupidos árboles, que dan sombra en los días de mucho calor», y que «era conmovedor contemplar cómo los corazones de los ciudadanos palpitaban llenos de agradecimiento y cómo manaban de sus ojos lágrimas a raudales, como muestra de gratitud al señor alcalde».

Después que hubo preguntado con toda clase de detalles a un guardia por el camino más corto para llegar a la iglesia mayor, a las oficinas públicas y a la casa del gobernador, se dirigió hacia el río, que corría por el centro de la ciudad. De paso se apoderó de un prospecto clavado al poste de los anuncios, para leerlo con más detenimiento cuando regresara a casa. Miró fijamente a una dama de aspecto bastante agradable que circulaba por la acera de tablas y a la que seguía un chiquillo vestido de uniforme, con un paquete en la mano, lo observó bien todo para poder recordar después los lugares que tal vez le fueran necesarios, y volvió directamente a su aposento, subiendo ligeramente las escaleras apoyado en el brazo del mozo de la posada.

Tomó el té, se sentó a la mesa, dio orden de que le trajeran una vela, extrajo de su bolsillo el prospecto, y después de acercarlo a la luz comenzó a leerlo, mientras guiñaba levemente el ojo derecho. Por lo demás, el contenido del prospecto era bien poco interesante: se representaba una comedia de Kotzebue en la que el señor Popliovik hacía el papel de Roll y la señorita Ziablova el de Cora; los demás personajes eran ya algo todavía más secundario. No obstante él leyó todos los nombres, llegó hasta el precio de la butaca e incluso se enteró de que aquel prospecto había sido impreso en la imprenta del Gobierno provincial.

Después dio la vuelta a la hoja a fin de ver si por detrás había algo escrito, pero no habiendo encontrado nada, se restregó los ojos, volvió a darle la vuelta al papel y lo depositó en su cofrecillo, que era el lugar donde solía guardar todo lo que llegaba a su poder. El día concluyó, según parece, con una ración de fiambre de ternera, una botella de vino rancio y un profundo sueño.

Durmió como un tronco, según la expresión propia de algunas partes del extenso Imperio ruso.

El día siguiente lo dedicó por entero a las visitas. El recién llegado se dirigió a saludar a todos los grandes personajes de la ciudad. Acudió a presentar sus respetos al gobernador, quien, al igual que Chichikov, no era ni grueso ni delgado, ostentaba la cruz de Santa Ana e incluso se comentaba que le habían propuesto para la estrella de la misma Orden.

Sin embargo, tenía un carácter en extremo bonachón y en algunas ocasiones incluso bordaba en tul. Después fue a casa del vicegobernador, a continuación a la del fiscal, a la del presidente de la Cámara, a la del jefe de policía, visitó también al arrendatario de los servicios públicos, al director de las fábricas del Estado… Es una pena, pero se hace un tanto difícil recordar a todos los poderosos de este mundo. No obstante será suficiente decir que el forastero desplegó una extraordinaria actividad en lo que concierne a las visitas: presentó sus respetos incluso al inspector de la Dirección de Sanidad y al arquitecto municipal.

Después se quedó todavía durante un buen rato en el coche, reflexionando acerca de si le quedaría alguien a quien visitar, pero en la ciudad se habían agotado los funcionarios. En su conversación con estos grandes señores había hecho gala de una extremada habilidad en el arte de adular a cada uno de ellos. Al gobernador le dijo, como de paso, que cuando se entra en su provincia tiene uno la misma sensación que si llegara al paraíso, que los caminos eran magníficos y que los gobiernos que nombran a tan sabios administradores merecen todo género de alabanzas. Al jefe de la policía le citó algo muy elogioso referente a los guardias urbanos. Mientras hablaba con el vice-gobernador y el presidente de la Cámara, que todavía no habían ido más allá de consejeros de Estado, se equivocó dos veces, tratándoles de «excelencia», lo que a ellos les gustó sobremanera. Resultado de todo ello fue que el gobernador le invitara a una velada familiar que tendría lugar aquel mismo día, y que los restantes funcionarios, a su vez, le convidasen uno a comer, otro a una partida de bostón y esotro a tomar el té.

El forastero no manifestaba muchos deseos de hablar acerca de sí mismo. Y cuando lo hacía, se limitaba a describirse en términos generales, con gran discreción, y en tales casos aparecían en su conversación expresiones algo folletinescas: que era un mísero gusano de este mundo, indigno de que nadie se preocupara por él, que a lo largo de su vida había visto mucho y que en el ejercicio de su cargo había padecido por defender la verdad, que se había granjeado numerosos enemigos, los cuales llegaron incluso a atentar contra su persona; que, finalmente, ansiando vivir en paz, iba en busca de alguna parte donde fijar su residencia, y que, tras haber llegado a esta ciudad, creía que era su deber ineludible acudir a presentar sus respetos a los primeros dignatarios. Esto es lo que se pudo saber en la ciudad acerca de esta nueva persona, la cual no desperdició la ocasión de acudir a la velada del gobernador, aquella misma tarde.

En los preparativos empleó más de dos horas, e igualmente en este aspecto, en lo que se refiere a arreglarse, puso el forastero una atención como en contadas ocasiones lo hiciera.

Después de haber echado una siestecilla, ordenó que le trajeran agua, y se enjabonó por extenso las dos mejillas, que hacía lo posible por mantener tersas ayudándose con la lengua. Acto seguido, cogiendo la toalla del hombro del mozo de la posada, restregó en todos sentidos sus mofludo rostro, comenzando por detrás de las orejas, no sin antes soltar dos resoplidos frente a la misma boca del sirviente. A continuación se puso la lechuguilla delante del espejo, se arrancó dos pelitos que le salían de la nariz y se introdujo en un frac de color rojo pálido con motitas. Así compuesto, se hizo llevar en su propio coche por las amplias calles, escasamente iluminadas por la débil luz que salía de alguna ventana. Pero eso sí, la casa del gobernador se hallaba iluminada como si en ella se tuviera que celebrar un baile. Se encontraban allí coches provistos de sus faroles, dos gendarmes montaban guardia junto a la puerta principal, y en la lejanía se oían los gritos de los postillos: en resumen, no faltaba ni un solo detalle.

Cuando penetró en la sala, Chichikov se vio obligado a entornar los ojos por un momento, deslumbrado por el resplandor de las lámparas, las bujías y los vestidos de las damas. La luz lo inundaba todo. Los fraques negros pasaban y repasaban solos o en grupos, aquí y allá, de igual modo que las moscas revolotean sobre un blanco pilón de azúcar en los calurosos días de julio, cuando la vieja ama de llaves lo corta en perfilados terrones frente a la ventana abierta, cuando todos los chiquillos, agrupados en torno a ella, siguen con curiosidad los movimientos de sus ligeras manos que sujetan el aparato, y los aéreos escuadrones de moscas, alzados por el viento, penetran osadamente, como dueñas y señoras, y aprovechándose de la ceguera de la vieja, a resultas de los años y del sol que la deslumbra, se precipitan sobre los deliciosos terrones, bien por separado, bien en nutridos grupos.

Saturadas tras el exuberante verano, que por sí solo les ofrece deliciosos platos, no entran con objeto de comer, sino sólo para dejarse ver, para ir y venir por el pilón de azúcar, para restregarse una contra otra sus patas delanteras o traseras, o para frotarse las alas entre ellas, o para, estirando las patas delanteras, restregárselas sobre la cabeza, dar la vuelta y emprender el vuelo para regresar de nuevo formando otros enojosos escuadrones.

Acababa apenas Chichikov de lanzar una mirada alrededor, cuando el gobernador, acercándose, lo cogió del brazo y seguidamente le presentó a la gobernadora. También en esta ocasión supo el forastero comportarse de modo muy digno: dijo un cumplido muy a tono para un hombre de alguna edad, y de categoría ni muy elevada ni muy baja.

Cuando las parejas dispuestas para el baile empujaron a los demás hacia la pared, él, cruzando los brazos en la espalda, se quedó contemplándolas atentamente durante unos dos minutos. Eran numerosas las damas bien vestidas y a la moda, al mismo tiempo que otras se habían ataviado con lo que buenamente puede encontrarse en una ciudad de provincias. Los hombres, como sucede en todos los lugares, se clasificaban en dos grupos: unos eran jóvenes y no desperdiciaban la ocasión de galantear a las damas. De entré ellos, algunos habrían podido difícilmente ser distinguidos de sus cofrades petersburgueses: llevaba sus mismas patillas, peinadas con sumo cuidado y mucho gusto, o, sencillamente, los óvalos de sus rostros muy bien afeitados; se sentaban junto a las damas con idéntica negligencia, conversaban, al igual que ellos, en francés, y hacían reír a las damas de la misma manera que en San Petersburgo.

El otro grupo estaba integrado por hombres maduros o que, lo mismo que Chichikov, no eran ni jóvenes ni viejos. Estos, al revés que los primeros, contemplaban de reojo a las damas, intentaban mantenerse alejados de ellas, y procuraban asegurarse de si los sirvientes del gobernador habían dispuesto ya las mesas de tapete verde para el whist.

Eran carillenos y carirredondos, y los había hasta con verrugas e incluso picados de viruelas; sus cabezas no se adornaban con tufos ni con rizos; tampoco se peinaban a estilo «el diablo me lleve», según expresión de los franceses, sino que, por el contrario, llevaban los cabellos recortados o sumamente lisos. Los rasgos de sus rostros eran más duros y también más redondeados. Se trataba de los respetables funcionarios de la ciudad. ¡Ay! Los obesos de este mundo saben disponer y ordenar sus cosas mucho mejor que los delgados. Los delgados son más a propósito para servir como secretarios particulares o se limitan a figurar en plantilla y revolotear de un lado para otro; su vida parece demasiado etérea, demasiado ligera, sin ningún fundamento. Los obesos, por el contrario, jamás ocupan puestos inestables, sino muy seguros; si toman asiento en un lugar puede afirmarse que nada conseguirá separarlos de él, y que crujirá y se hundirá bajo sus posaderas sin que ellos lo dejen. Les desagrada el oropel.

Llevan un frac de tan buen corte como los delgados, pero, en cambio, el contenido de sus arquetas es una bendición de Dios.

Al delgado, antes de tres años no le queda ya ni un solo siervo a quien no haya llevado al Monte de Piedad. El obeso, con toda tranquilidad, cuando uno lo advierte, ha adquirido en las afueras de la ciudad una casa, la cual pone a nombre de su esposa, después compra otra en otro extremo de la ciudad, a continuación una pequeña finca y finalmente una espaciosa granja con todos sus campos y bosques.

Por último, tras servir a Dios y al azar, merecedor del aprecio general, el obeso pide el retiro, se marcha al campo y se convierte en propietario, en uno de esos terratenientes rusos, tan hospitalarios, y vive, vive muy bien, por añadidura. Más tarde, sus delgados herederos, de acuerdo con la costumbre rusa, derrochan rápidamente la completa totalidad de los bienes paternos.

No es posible ocultar qué pensamientos muy parecidos ocuparan a Chichikov mientras se entretenía examinando a los reunidos, y el resultado de estas reflexiones fue que finalmente se agregó entre los obesos, entre los que halló a la mayoría de sus conocidos: el fiscal, hombre de negrísimas y espesas cejas y con un ligero tic en el ojo izquierdo que parecía estar diciendo: «Ven aquí a mi lado, debo decirte algo.» Por lo demás, se trataba de una persona reservada y seria.

También se encontraba allí el jefe de Correos, muy bajo pero charlatán y filósofo, y el presidente de la Cámara, persona muy sensata. Todos ellos saludaron a Chichikov como a un antiguo conocido, y él respondió con una inclinación que resultó agradable, a pesar de que no puso en ella demasiado esmero. En aquella mansión le presentaron a Manilov, propietario afectuoso y cortés, y a Sobakevich, otro terrateniente, un poco torpe, que de buenas a primeras le dio un pisotón en un pie y le dijo: «Disculpe».En seguida colocaron en su mano las cartas, invitándole a jugar al whist, cosa que aceptó mediante otra cortés inclinación. Se sentaron alrededor del tapete verde y ya no lo abandonaron hasta la hora de cenar. Todas las conversaciones cesaron totalmente, como sucede siempre que al fin se emprende una tarea que vale la pena. El mismo jefe de Correos, tan parlanchín como era, nada más verse las cartas en la mano, adoptó un semblante de pensador, cubrió su labio superior con el inferior, y así continuó durante el tiempo en que se prolongó el juego. Siempre que echaba una figura, daba un violento golpe en la mesa y decía:

— ¡Ahí tenéis a la vieja mujer del pope!

Y si era un rey, decía;
— ¡Ahí tenéis al campesino de Tambov!
Y el presidente de la Cámara añadía:
— ¡De los bigotes! ¡Voy a tirarle de los bigotes!
En algunas ocasiones, cuando echaban una carta, se les escapaban frases como éstas:

— ¡Que sea lo que fuere! ¡A falta de otra cosa, echaremos piques!

O bien simples exclamaciones:
— ¡Corazones! ¡Corazoncitos! ¡Piques! ¡Piquitos!
O sencillamente:
— ¡Pic!
Con estos nombres conocían ellos los palos de la baraja. Al terminarse la partida, como es forzoso en estos casos, discutieron con mucho apasionamiento. Nuestro forastero también discutió, pero lo hacía con un arte tan extraordinario que los presentes pudieron darse cuenta de que, aunque intervenía, lo realizaba de modo muy agradable. Jamás decía: «Usted salió», sino «Usted tuvo a bien salir»; «Me cupo el honor de matar su dos», y otras cosas por el estilo.

Con el fin de que sus rivales se pusieran de acuerdo, cada vez que hablaba les ofrecía a todos su pitillera de plata esmaltada, en cuyo interior pudieron ver dos violetas que su dueño había guardado para perfumar el ambiente. La atención del forastero se vio atraída sobre todo por Manilov y Sobakevich, los dos propietarios de quienes hablamos antes. Procuró informarse en todo lo que se refería a ellos, y para esto llamó aparte al presidente de la Cámara y al jefe de Correos.

El tipo de preguntas que les hizo manifestó a las claras que no le guiaba una simple curiosidad, sino que le impulsaba cierta intención ya que en primer lugar se interesó por el número de hectáreas que poseían, y preguntó en qué estado se hallaban sus haciendas, y sólo al final se informó de sus nombres y apellidos.

No tardó mucho en cautivarles. Manilov, hombre aún joven y de ojos tan dulces como los de una paloma, que siempre los entornaba al reírse, se mostró encantado. Le estrechó las manos largo rato y le suplicó encarecidamente que tuviera la bondad de visitarle en su aldea, la cual, según él decía, sólo se hallaba a quince verstas (*) de la ciudad.

Chichikov contestó, haciendo una cortés inclinación y con un sincero apretón de manos, que no sólo lo haría con gran placer, sino que creía que era un deber sagrado. Asimismo Sobakevich le dijo lacónicamente:

«Otro tanto le ruego yo», después de lo cual dio un taconazo con sus botas, tan enormes que con gran dificultad podría hallarse un pie a su medida, especialmente en los tiempos actuales, en que en Rusia empiezan a desaparecer los bogatires.

Al día siguiente Chichikov fue a comer a casa del jefe de policía, donde a continuación estuvieron jugando al whist desde las tres de la tarde hasta las dos de la noche. Por cierto que allí tuvo ocasión de conocer a Nozdriov, gran propietario, de unos treinta años, mozo en extremo desenvuelto que comenzó a tutearle en cuanto cruzó con él apenas tres o cuatro palabras. Nozdriov tuteaba igualmente al fiscal y al jefe de policía. Su trato era muy amistoso, pero en cuanto subieron las apuestas, el fiscal y el jefe de policía se pusieron a vigilar con gran atención todas las cartas que él recogía o echaba.

La tarde del siguiente día Chichikov estuvo en casa del presidente de la Cámara, quien recibió a sus invitados, entre los que se hallaban dos damas, en bata, que para más detalles estaban algo sucias.

Sucesivamente acudió a una velada en casa del vicegobernador, a una gran comida que ofrecía el arrendatario de los servicios públicos, a otra pequeña comida que daba el fiscal y que, por cierto, nada tuvo que envidiar a un gran banquete; estuvo también en el aperitivo que dio el alcalde después de la misa y que valió igualmente por una comida. En resumen, ni una sola hora se quedaba en la posada, donde sólo se le veía para dormir. El forastero sabía estar siempre en el sitio que le correspondía y se mostró como hombre experimentado en el trato.

Cualquiera que fuese el tema, sabía en todo momento mantener la conversación: si se hablaba de la cría de caballos, él hablaba también sobre razas equinas; si se trataba de buenos perros, él hacia Observaciones muy adecuadas; si se terciaba sobre un expediente incoado por la Cámara, demostraba que en modo alguno era un profano en lo que a los asuntos de los tribunales respecta; si daban en enumerar de virtudes, también en este tema razonaba muy bien, hasta con lágrimas en los ojos; si se trataba del billar, tampoco se quedaba atrás; si de la manera de preparar un ponche, tampoco en esto era manco; si de los funcionarios y vistas de aduanas, sus opiniones y observaciones acerca de ellos eran tan acertadas que se habría dicho que él mismo había ejercido como funcionario y vista aduanero.

Sin embargo, lo más destacable era que sus palabras sabía revestirlas de cierta dignidad y comportarse a las mil maravillas. Cuando hablaba no lo hacía ni demasiado fuerte ni excesivamente bajo, sino en su justo tono. En resumen, se le mirara por donde se le mirase, era la misma corrección en persona.

Todos los funcionarios estaban entusiasmados con la llegada de ese nuevo personaje. El gobernador decía de él que era persona de muy buenas intenciones; el fiscal, que era hombre de mucho sentido común; el coronel de la gendarmería, que era caballero muy culto e instruido; para el presidente de la Cámara era un señor muy digno y que no andaba a ciegas; para la esposa del jefe de Correos, un visitante extremadamente cortés y amable. El mismo Sobakevich, que en contadas ocasiones hablaba bien de nadie, cuando llegó de la ciudad bastante tarde y habiéndose desnudado, al acostarse junto a su bella mujer le dijo:

—He ido, querida, a la velada que ofrecía el gobernador y a la comida en casa del jefe de policía. Allí he tenido ocasión de conocer al consejero colegiado Pavel Ivanovich Chichikov. ¡Es una persona extraordinariamente agradable!

A lo que su mujer se limitó a responder con un «hum» y a darle un empujón con el pie. Esta opinión tan favorable y halagadora para el forastero se extendió por toda la ciudad y perduró hasta el momento en que una peregrina cualidad de nuestro protagonista y un asunto o lance, como se dice en provincias, en el que se vio envuelto, dejó atónitos a la gran mayoría de los ciudadanos.

CAPITULO II

Nuestro héroe llevaba ya más de una semana en la ciudad, pasando el tiempo, como suele decirse, de modo muy agradable en continuas veladas y comidas. Por último, resolvió trasladar al exterior el campo de sus actividades y hacer una visita a los propietarios Manilov y Sobakevich, a quienes así lo había prometido. Tal vez le impulsara otro motivo de más peso, una razón más seria, que le tocaba más de cerca…

Pero el lector se irá enterando de todo por su pasos contados y en el momento oportuno, si tiene la suficiente paciencia para leer la presente narración, muy larga, que se extenderá y ampliará a medida que se aproxime a su fin, que corona toda obra.

Al cochero Selifán le dio la orden de tener enganchados los caballos, por la mañana muy temprano, en el coche de paseo. Petrushka debía permanecer en la posada, pues estaba encargado de guardar el aposento y equipaje. Y al llegar aquí, no estará de sobras que al lector le sean presentados estos dos criados de nuestro protagonista. Aunque no son personajes de gran importancia, y a pesar de que corresponden a los que se les da el nombre de secundarios, o incluso de tercer orden; a pesar de que ni la marcha de los acontecimientos ni los resortes del poema se apoyan en ellos, y sólo los rozan en escasas ocasiones, el autor siente gran afición por los detalles en sus mínimos aspectos, y en este sentido, aunque ruso, pretende usar la misma meticulosidad que un alemán.

Por otra parte, en esto no empleará mucho tiempo ni espacio, ya que bastará añadir poca cosa a lo que el lector ya conoce, es decir, que Petrushka llevaba una levita bastante amplia de color marrón, heredada de su señor, y, siguiendo fielmente la costumbre de los hombres de su clase social, tenía la nariz grande y los labios gruesos. Por su carácter era más bien callado que hablador. En él se veía incluso una elevada tendencia a la ilustración, es decir, a leer libros, cuyo contenido no le importaba lo más mínimo. Le daba exactamente lo mismo que contara las aventuras de un héroe enamorado, que fuera un simple abecedario o un libro de oraciones: todo lo leía con idéntica atención. De haberle entregado un libro de Química, con él habría apechugado también. Le gustaba no lo que leía, sino el hecho de leer, o mejor dicho, el proceso de la lectura, ver cómo las letras se iban juntando para formar palabras que, en algunas ocasiones, sólo el diablo sabría lo que querían decir.

A la lectura se dedicaba de ordinario en posición horizontal en la antesala, encima de la cama y el colchón, razón por la cual éste estaba tan aplastado y liso como una torta. Aparte de la afición a la lectura, tenía otras dos costumbres que eran en él otros tantos rasgos característicos: acostarse vestido, sin desnudarse jamás, con la levita que llevaba siempre puesta, y emanar constantemente un olor muy particular, tan personal y propio, como de aposento repleto de gente y sin ventilación de tal modo que con sólo dejar en cualquier parte, aunque se tratara de una habitación deshabitada hasta aquel momento, y trasladar a ella su capote y sus cosas, parecía que en aquel cuarto habitaba mucha gente desde hacía más de diez años.

Chichikov, que era en extremo quisquilloso y en ocasiones incluso exigente, todas las mañanas hacía una inspiración, fruncía el entrecejo, meneaba la cabeza y exclamaba:

—No sé qué demonios te pasa. Si es que sudas, tendrías que ir al baño, muy a menudo.

Petrushka no respondía ni media palabra y en seguida procuraba hacer cualquier cosa, se dirigía con el cepillo en la mano hacia el frac de su señor, colgado en la percha, o recogía lo primero que encontraba. Se ignora lo que pensaba en esas ocasiones; tal vez se dijera para sus adentros: « ¡Pues tú sí que estás bueno! Jamás te cansas de repetir cincuenta veces lo mismo.» Dios sabrá; es harto difícil indagar lo que un criado está pensando mientras su señor le reprende. Así, pues, esto es todo lo que por ahora podemos decir sobre Petrushka.

Selifán, el cochero, era el polo opuesto… Pero al autor le ruboriza su empeño en distraer a los lectores por tanto tiempo con personas de tan baja condición, sabiendo sobradamente por experiencia cuán reacios son a conocer nada de las clases inferiores. El ruso es así: en él prevalece la pasión por aproximarse a todo el que ocupe aunque sólo sea un peldaño más arriba en la escala social, y prefiere conocer superficialmente a un conde o a un príncipe que entablar cualquier íntima amistad. El autor hasta llega a tener sus temores por lo que respecta a nuestro héroe, que no es más que un consejero colegiado.

Quizá los consejeros palatinos no opongan resistencia a entablar conocimiento con él, pero los que han llegado al grado de general, quién sabe, acaso le dediquen una de esas miradas de desprecio que se dirigen con altivez a todo cuanto se arrastra a nuestros pies, o lo que es más grave todavía, quizá pasen de largo con una indiferencia que sería fatal para el autor. Pero por penoso que resulte lo uno y lo otro, es preciso volver con nuestro protagonista.

Así, pues, habiendo dado la víspera las oportunas órdenes, se despertó muy temprano, se lavó, se friccionó de arriba abajo con una esponja mojada, cosa que no hacía nada más que los domingos —y ese día era domingo—, se afeitó de tal manera que sus mejillas quedaron tan sumamente tersas y vivaces, que parecían de seda, se puso su frac de color rojo claro con pequeñas motitas, y su capote forrado de piel de oso, descendió las escaleras apoyándose ya por un lado ya por otro en el mozo de la posada, y subió al coche.

Entonces el coche cruzó con gran estruendo el portón de la posada y salió a la calle. Un pope que se tropezó por el camino se descubrió en cuanto le vio, y algunos chiquillos, con sus camisas a cuál más sucia, le tendieron la mano exclamando:

—Una limosnita para este pobre huérfano.
El cochero, al advertir que uno de ellos hacía grandes esfuerzos por subirse a la trasera, le lanzó un latigazo, y el coche prosiguió su camino, saltando al trote por el desigual empedrado de la calzada. Con gran alegría distinguieron a lo lejos la barrera pintada a franjas de la puerta de la ciudad, señal evidente de que el empedrado, como les sucede a todos los suplicios, no tardaría en llegar a su fin. Chichikov tuvo tiempo aún de dar algunas cabezadas un tanto fuertes contra el techo del carruaje antes de que éste comenzara a rodar sobre terreno blando.

En cuanto la ciudad se quedó atrás, comenzaron a desfilar a ambos lados del camino las cosas más peregrinas y absurdas, según es costumbre en nuestro país: pequeños montículos, un bosque de abetos, diversos grupos de pinos jóvenes, bajos y ralos, troncos de viejos pinos calcinados por los incendios, brezos y otras menudencias semejantes.

Se veían aldeas tiradas a cordel con sus casas que parecen montones de leña, cubiertas con unas techumbres de color gris, circundadas por adornos de madera tallada, que parecían imitar los dibujos de las toallas bordadas.

Algunos campesinos, como suelen hacer siempre, se hallaban sentados en sendos bancos frente a sus casas, enfundados en sus zamarras de piel de carnero y sin dejar de bostezar. Las mujeres, de rostro ancho, vestidas con trajes ajustados a la altura del pecho, contemplaban el panorama desde las ventanas del piso superior. Por las de la planta baja aparecían los terneros o el puntiagudo hocico de los cerdos. En resumen, se trataba de un paisaje conocido a la perfección. Habían recorrido ya quince verstas cuando a Chichikov le vino a la memoria que, según lo que había dicho Manilov, por allí debía hallarse su aldea, pero siguieron más allá del poste que indicaba la versta dieciséis sin que hubieran visto ninguna aldea. Y les habría sido muy difícil encontrarla si no hubiera sido por dos campesinos con quienes se cruzaron en el camino. Al preguntarles si Zamanilovka distaba mucho de allí, los agricultores se descubrieron y uno de ellos, más avispado, que llevaba barba de chivo, repuso:

—Querrás decir Manilovka, y no Zamanilovka.
—Sí, por supuesto, Manilovka.
—Claro, Manilovka —dijo el campesino—. Una versta más allá la encontrarás a tu derecha.

— ¿A mi derecha? —repitió el cochero.

—Sí, a tu derecha —respondió el campesino—. Allí verás el camino que va a Manilovka. Zamanilovka no existe. Su nombre es éste, Manilovka.

No hay ninguna Zamanilovka. Al subir la cuesta podrás ver un edificio de piedra de dos pisos; es la casa señorial, es decir, la casa en que vive el señor. Pero nunca se ha tenido idea de que por aquí hubiera ninguna Zamanilovka.

Prosiguieron su camino en busca de Manilovka. Pasaron otras dos verstas y hallaron el camino vecinal que torcía a la derecha. Pero recorrieron dos verstas más, y tres, y cuatro, y el edificio de piedra de dos pisos aún no aparecía. Chichikov se acordó entonces de que siempre que alguien invita a uno a visitarle en su aldea, que se halla a quince verstas, debe calcular que serán con seguridad treinta o más.

El lugar en que estaba situada la aldea de Manilovka presentaba escasos atractivos. La mansión señorial se hallaba en un altozano, expuesta a todos los vientos que quisieran soplar. La ladera de aquel altozano estaba cubierta de césped bien igualado, con algunos macizos de lilas y acacias amarillas siguiendo el estilo inglés.

Por diversos lugares cinco o seis abedules presentaban a los vientos su raquítico ramaje. Bajo dos de ellos había un cenador de cúpula chata pintada de color verde, con columnas hechas con troncos de azul, donde se leía:

«Templo de meditación en la soledad.» Algo más abajo podía distinguirse un estanque cuya superficie estaba tapizada de hierbas, lo que, por lo demás, se ve con mucha frecuencia en los jardines ingleses de los propietarios rusos. Al pie de ese altozano y rozando con la misma ladera, se hallaban, a lo largo y a lo ancho, varias cabañas de madera, todas ellas de un tono gris, que nuestro protagonista, impulsado por razones que nos son desconocidas, comenzó a contar en seguida. Las cabañas eran más de doscientas. Entre ellas no se veía ni un solo árbol ni el más pequeño rastro de vegetación. Sólo había troncos y más troncos.

El paisaje aparecía animado por dos mujeres que, tras haberse recogido las sayas de un modo muy tradicional, arrastraban por el estanque, con el agua hasta las rodillas, los dos palos de una red rota, en la que habían quedado enredados dos cangrejos y un gobio. Ambas mujeres tenían toda la apariencia de haber reñido y no dejaban de discutir. En la lejanía, a un lado, distinguíase la masa oscura de un pinar, presentando unos insípidos tonos azulados. Hasta el tiempo parecía haberse acomodado adrede al ambiente general del paisaje: no era un día ni despejado ni nublado, sino que ofrecía cierto color gris claro como sólo puede hallarse en los viejos uniformes de los soldados de guarnición, de esa tropa en verdad pacífica y tranquila, a pesar de que acostumbra a emborracharse todos los domingos.

Como complemento del cuadro no podía faltar el gallo, anuncio de los cambios de tiempo, el cual, aunque los demás del corral con sus picos le habían abierto la cabeza hasta los mismos sesos debido a razones relacionadas con los consabidos galanteos, se desgañitaba cantando e incluso agitaba sus alas, tan deshilachadas como una vieja harpillera.

Como complemento del cuadro no podía faltar el gallo, anuncio de los cambios de tiempo, el cual, aunque los demás del corral con sus picos le habían abierto la cabeza hasta los mismos sesos debido a razones relacionadas con los consabidos galanteos, se desgañitaba cantando e incluso agitaba sus alas, tan deshilachadas como una vieja harpillera

Mientras se aproximaba, Chichikov advirtió en la puerta al dueño de la casa en persona, vestido con una levita verde, quien con una mano en pantalla para protegerse los ojos del sol, intentaba identificar el carruaje que acudía a sus dominios. A medida que el coche se iba aproximando a la puerta, sus ojos adoptaron una expresión alegre y la sonrisa se fue haciendo cada vez más amplia.

— ¡Pavel Ivanovich! —exclamó finalmente cuando Chichikov hubo descendido del coche—. ¡Creía que ya no se acordaba de nosotros!

Los dos amigos se dieron unos sonoros besos y Manilov llevó al recién llegado al interior de la casa. Y a pesar de que el tiempo que emplearán para recorrer el vestíbulo, la antesala y el comedor no será mucho, trataremos de aprovecharlo para decir unas breves palabras acerca del dueño de la casa. El autor se ve obligado a confesar que tal empresa resulta bastante difícil. Se prestan mucho más los caracteres grandes:

sólo con dejar en el lienzo los colores a grandes pinceladas, poner en él los ojos negros de dulce mirada, las espesas cejas, la frente surcada por las arrugas, la capa negra o roja como el fuego apoyada en los hombros, y ya tenemos el retrato concluido. Pero todos estos señores de los que hay tantísimos en el mundo y en apariencia tan semejantes son entre sí, si se fija uno bien en ellos puede distinguir numerosas particularidades apenas perceptibles; todos estos señores presentan enormes dificultades para el retrato. En tales casos es necesario poner en juego toda la atención de que uno es capaz hasta que se logra ver con relieve los rasgos más sutiles, casi invisibles, y, hablando en términos generales, debe penetrar muy hondo la mirada harto ejercitada en el arte de la observación.

Difícilmente se puede decir con seguridad cómo era el carácter de Manilov. A veces se encuentran personas de las que a menudo se dice que no son ni esto ni lo de más allá, ni blanco ni negro. Tal vez a Manilov se le debería incluir en este grupo. De primera impresión se diría que era un hombre notable. Su rostro poseía agradables rasgos, aunque quizá sobraba en ellos el almíbar. Sus maneras tenían algo que atraía.

Era rubio, de ojos azules y de agradables sonrisas. En los primeros instantes de conversación con él, uno no podía por menos que exclamar: « ¡Qué bueno y agradable es este señor!» Un minuto después uno permanecerá en silencio, y al minuto siguiente no podrá dejar de decir: « ¿Qué demonios es esto?», y tratará de alejarse. Si no lo hace así, se siente invadido por un mortal aburrimiento. Jamás escapará de su boca una palabra viva, ni tan sólo altanera, como se puede escuchar a la mayoría de la gente cuando conversan acerca de cualquier tema que les interese o que les toca de cerca.

Cada persona siente entusiasmo por alguna cosa. Uno se entusiasma por los galgos. Otro experimenta gran afición por la música y siente extraordinariamente todos sus matices. Un tercero es un auténtico maestro en cuanto se sienta a la mesa. A un cuarto le gustaría representar un papel aunque sólo sea una pulgada por encima del que le ha sido asignado. Un quinto, menos ambicioso, duerme y sueña que está paseando con un edecán, luciéndose ante sus amigos, conocidos e incluso desconocidos. Un sexto está dotado de una mano que siente un deseo sobrehumano de matar un as de piques o un dos, al mismo tiempo que la mano de un séptimo pretende poner algo en orden e intenta aproximarse al rostro del jefe de postas o de los cocheros. En resumen, todos y cada uno poseen su manía. Sin embargo, Manilov no tenía ninguna.

En casa apenas hablaba y se pasaba la mayor parte del día meditando y reflexionando, aunque Dios sabe en qué pensaría. No puede afirmarse que se ocupara de la marcha de la hacienda; ni siquiera se acercaba nunca a los campos, y los asuntos marchaban por sí solos. Siempre que el administrador iba a él para decirle: «Sería preciso hacer esto y lo de más allá», él se limitaba a responder: «Sí, no estaría mal», sin dejar ni por un momento de fumar su pipa, a la que se había acostumbrado durante el tiempo en que sirvió en el ejército, donde fue conceptuado como un oficial cultísimo, discretísimo y delicadísimo. «Sí, no estaría mal», repetía a menudo.

Cuando acudía a él un campesino y le decía, mientras se rascaba el cogote: «Señor, déme autorización para irme a ganar un jornal con que pagar el tributo», le respondía: «Vete», siempre con la pipa en la boca, y ni siquiera le pasaba por la cabeza la idea de que el campesino se había marchado a emborracharse.

Cuadro de la pipa

En algunas ocasiones, plantado en la puerta de la casa, se quedaba mirando el patio y el estanque y pensaba en lo bien que estaría si los uniera mediante un paso subterráneo, o si construyera sobre el estanque un puente de piedra y colocara a ambos lados diversos puestos en los que los comerciantes podrían vender todos esos pequeños artículos que necesitan los mujiks. En esos momentos sus ojos adquirían una expresión sumamente dulce y su rostro adoptaba un aire de extremada complacencia.

Sin embargo, estos proyectos nunca pasaban de ser más que simples palabras. En su despacho había siempre un libro, en cuya página catorce había una señal, que comenzó a leer hacía dos años.

En la casa constantemente faltaba algo. La sala contenía unos hermosos muebles tapizados con elegante tela de seda que sin duda habría costado lo suyo, pero no alcanzó para dos sillones, y éstos continuaban tapizados con una sencilla harpillera, a pesar de que desde hacía unos cuantos años el dueño de la casa repetía siempre cuando llegaba una visita: «No se siente en estos sillones, aún tienen que terminarse.»

Había otra estancia enteramente vacía, aunque en los primeros días de casarse él había dicho a su esposa: «Querida, debemos arreglar las cosas para que mañana sin falta traigan algunos muebles para poner aquí, aunque sea con carácter provisional.»

Cuando comenzaba a anochecer, los criados traían un candelabro de bronce que representaba las tres Gracias de la Antigüedad, con una hermosa pantalla de nácar, y a su lado un sencillo inválido de cobre, una palmatoria coja y torcida que dejaba caer a uno de los lados todo el sebo, cosa de la que no se daban cuenta ni el dueño de la casa, ni la dueña, ni siquiera los criados. Su mujer y él, sin embargo, se mostraban en extremo satisfechos el uno del otro.

Llevaban ya más de ocho años de matrimonio, pero continuaban ofreciéndose un pedazo de manzana, una almendra, un dulce, diciendo con voz enamorada y conmovedora que denotaba el más perfecto amor:

—Abre la boquita, corazón mío, cómete este pedacito.
Se entiende que la boquita se abría, y además de una manera muy graciosa. En los cumpleaños se preparaban sorpresas el uno al otro, por ejemplo, una pequeña fundita bordada con abalorios que servía para guardar el mondadientes. Y con mucha frecuencia, en momentos en que estaban sentados en el sofá, de pronto, el uno abandonaba su pipa y la otra su labor, suponiendo que entonces la tuviera en la mano, y se daban un beso tan dulce e interminable que durante el tiempo en que permanecían besándose, cualquiera habría podido fumarse sobradamente un cigarrillo. En resumen, eran realmente felices. Bien es cierto que se podía advertir que en una casa hay muchos otros quehaceres aparte de los prolongados besos y de las sorpresas, y que cabía la posibilidad de hacer numerosas preguntas. Así por ejemplo, ¿por qué se cocinaba tan sin ton ni son? ¿Por qué la despensa se hallaba medio vacía? ¿Por qué el ama de llaves era una ladrona? ¿Por qué todos los criados eran borrachos y extraordinariamente sucios? ¿Por qué la servidumbre entera se pasaba durmiendo todo el santo día, y si estaban despiertos, permanecían sin dar golpe?

Pero estas pequeñeces eran cosas mezquinas, y la dueña de la casa había recibido una especial educación. Bien sabemos que la buena educación se recibe en los pensionados. Y en todos, ellos por lo regular, se enseñan tres asignaturas que son la base de las virtudes del ser humano: un idioma, imprescindible para la felicidad de la vida de sociedad; el piano, gracias al cual el marido podía disfrutar de algunos momentos muy gratos, y, por último, la parte que se relaciona directamente con la economía del hogar, es decir, las labores de punto, que permiten confeccionar bolsitas y otras sorpresas.

No obstante, existen diferentes perfeccionamientos y modificaciones por lo que atañe a los métodos, especialmente en los tiempo actuales. Es algo que depende sobre todo de la sensatez y de la capacidad de las directoras de dichos centros. Hay pensionados en que lo más importante es el piano, después el idioma y sólo al final viene la economía doméstica. Otras veces sucede que lo más importante es la economía doméstica, es decir, el arte de confeccionar sorpresas de punto, después sigue el idioma y el piano sólo figura en último lugar. Los métodos cambian.

No vendrá mal hacer constar que la señora de Manilov…, pero, lo confieso, me asusta tremendamente hablar de las damas, tanto más que ya comienza a ser hora de volver con nuestros héroes, los cuales se hallaban desde hacía varios minutos en la puerta de la sala intentando que el otro pasara primero.—Hágame el favor, no se tome por mí tanta molestia, yo pasaré detrás de usted —decía Chichikov.

—De ningún modo, Pavel Ivanovich, usted es mi invitado —replicaba Manilov, haciendo gestos de que pasara.

—No se moleste, se lo suplico, no se moleste. Tenga la bondad de entrar —continuaba Chichikov.

—No, no insista, no consentiré en pasar delante de un hombre tan culto y tan agradable.

— ¿Por qué culto…? Se lo ruego, pase.

—Hágame el favor de pasar primero.
— ¿Por qué?
—Porque sí —contestó Manilov con una grata sonrisa.
Por último ambos amigos pasaron a la vez, de lado, con el consiguiente apretón mutuo.

—Permítame usted presentarle a mi esposa —dijo Manilov—. Corazón mío, éste es Pavel Ivanovich.

Chichikov pudo contemplar a una dama en la que ni siquiera se había fijado cuando Manilov y él intentaban cederse el paso en la puerta. Su aspecto era muy agradable. Llevaba una bata de seda de color claro que la favorecía mucho. Su delicada y pequeña mano depositó rápidamente algo sobre la mesa y estrujó un pañuelo de batista con sus extremos bordados. Se levantó del diván en que se había sentado y Chichikov, con gran satisfacción, se aproximó a besarle la mano. La señora de Manilov dijo, con un ligero tartamudeo, que se alegraban mucho de su llegada y que no había día en que su marido no hablara de él.

—Sí —añadió Manilov—, ella no dejaba de preguntarme: « ¿Por qué no viene ese amigo tuyo?» «Espera, corazón mío, ya verás como vendrá.» Y al fin nos ha hecho ahora el honor de visitarnos. De verdad, nos ha dado usted una gran alegría… un día de mayo… una fiesta en el corazón…

Chichikov, al ver que la cosa iba hasta las fiestas en el corazón, se turbó un poco y contestó con suma modestia que su apellido no era famoso y que ni siquiera poseía un rango de importancia.

—Usted lo posee todo —replicó Manilov sonriendo agradablemente—.
Usted lo posee todo, e incluso más.
— ¿Qué le ha parecido nuestra ciudad? ¿Le ha gustado? —preguntó la dueña de la casa—. ¿Lo ha pasado bien?

—Es una ciudad magnífica, una bella ciudad —repuso Chichikov—, y lo he pasado muy bien. Todos sus habitantes son sumamente amables.

— ¿Y qué le parece a usted nuestro gobernador? —prosiguió la señora de Manilov.

— ¿No es verdad que se trata de un hombre muy honorable, que es en extremo amable? —añadió Manilov.

— Totalmente cierto —contestó Chichikov—. Es una persona muy honorable. ¡Y hasta qué punto ha llegado a compenetrarse con sus funciones! ¡Cómo las comprende! ¡Ojala existieran muchos como él!

— ¡Cómo sabe recibir a todo el mundo! ¡Con qué delicadeza se comporta siempre! —exclamó Manilov con su agradable sonrisa, y la satisfacción le hizo entornar los ojos del mismo modo que el gato al que le hacen ligeras cosquillas detrás de las orejas.

—Es una persona en extremo agradable —continuó Chichikov—. ¡Y qué habilidad la suya! No lo podía imaginar. ¡Cómo sabe bordar! Me enseñó una bolsita que había bordado él; muy pocas señoras podrían hacerlo con mejor arte.

— ¿Y qué me dice del vicegobernador? ¿No es cierto que es muy simpático? —preguntó entonces Manilov volviendo a entornar los ojos.

—Es una persona muy respetable, respetabilísima —contestó Chichikov.

Pero permítame, ¿qué opina del jefe de policía? ¿Verdad que es un señor muy agradable?

—Sumamente agradable. ¡Qué hombre tan inteligente, y qué cultivado!
Durante toda la noche estuvimos jugando al whist en su casa junto con el presidente de la Cámara y el fiscal. Es una persona muy respetable, respetabilísima.

— ¿Y qué le parece la esposa del jefe de policía? —preguntó la dueña de la casa—. ¿Verdad que es una señora muy simpática y agradable?

— ¡Oh! Es una de las mujeres más simpáticas y honorables que he conocido jamás —contestó Chichikov.

Acto seguido le tocó el turno al presidente de la Cámara, al jefe de Correos, y de este modo estuvieron pasando revista a la mayoría de los funcionarios de la ciudad, los cuales resultaron todos ser unos hombres respetabilísimos.

— ¿Residen ustedes siempre en el campo? —preguntó al fin a su vez Chichikov.

—Normalmente vivimos en el campo —repuso Manilov—. En algunas ocasiones nos trasladamos a la ciudad, pero únicamente para disfrutar de la sociedad de gentes cultas. Uno se vuelve salvaje, ¿sabe usted? cuando se queda siempre encerrado en su casa.

—Tiene toda la razón, es cierto —asintió Chichikov.

—Por supuesto —continuó Manilov—, sería muy distinto si tuviéramos buenos vecinos, si por ejemplo, alguien con quien poder hablar del buen trato, intercambiar delicadezas, seguir la marcha de una ciencia, de forma que el alma lograra expansionarse, que se creyera uno, por así decirlo, estar volando por los espacios… —Iba a añadir algo más, pero al darse cuenta de que se había entregado con exceso a las divagaciones, hizo un gesto indefinido y prosiguió—: En este caso, naturalmente, el campo y la soledad resultarían muy agradables… Sólo a veces, cuando uno se pone a leer Sin Otechestva.

Chichikov manifestó estar totalmente de acuerdo con esto, añadiendo que era imposible encontrar nada tan agradable como la vida en el campo y el recogimiento, gozando en la contemplación de la naturaleza y leyendo otras veces un buen libro…

—Pero, ¿sabe usted? —añadió Manilov—. Si uno no tiene algún amigo con el que poder compartir los propios sentimientos…

— ¡Oh! ¡Verdaderamente, tiene usted toda la razón! —le interrumpió Chichikov—. ¿Qué representan entonces todos los tesoros que pueda haber en el mundo? «No busques el dinero, busca buenos amigos», aconsejó cierto sabio.

— ¿Y sabe usted, Pavel Ivanovich? —prosiguió Manilov dando a su rostro una expresión no ya dulce, sino incluso empalagosa, con la mixtura con que el habilidoso médico mundano azucara la medicina, convencido de que con ello alegrará al enfermo—. Entonces uno experimenta algo parecido a cierto placer espiritual… Por ejemplo, en este momento, cuando la fortuna me ha deparado la felicidad, podríamos asegurar que única, de conversar con usted y de gozar de su grata compañía…

— ¡Por Dios! ¿Qué puedo tener yo de agradable? Sólo soy una persona insignificante, carente por completo de importancia.

— ¡Oh, Pavel Ivanovich! Permítame usted que le hable con el corazón en la mano. Entregaría encantado la mitad de mi fortuna a cambio de sólo una parte de las cualidades que posee.

—Por el contrario, soy yo quien me consideraría el más…
Se ignora hasta dónde habrían llegado ambos amigos en esa mutua expansión si no hubiera comparecido un criado anunciando que la comida estaba dispuesta.

—Hágame el favor —dijo Manilov—. Perdónenos usted si nuestra comida es muy distinta de las que se ofrecen en las capitales y en las casas lujosas. Somos gente sencilla; de acuerdo con la costumbre rusa, tenemos sopa de col, pero se la ofrecemos con toda el alma. Hágame el favor de pasar.

Nuevamente estuvieron porfiando durante un buen rato acerca de quién tenía que pasar primero hasta que, por último, Chichikov se introdujo de costado en el comedor.

En él se encontraban ya dos niños, hijos de Manilov. Tenían esa edad en que los pequeños comen ya junto con los mayores, pero en sillas altas. A su lado se hallaba el preceptor, quien para saludar hizo una cortés inclinación al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa. La dueña de la casa se sentó junto a la sopera. Al invitado se le indicó que tomara asiento entre ella y el anfitrión mientras un criado iba anudando las servilletas al cuello de los niños.

— ¡Qué niños tan simpáticos! —exclamó Chichikov contemplándolos—. ¿Qué edad tienen?

—El mayor ocho años y el menor acaba de cumplir los seis —repuso la señora de Manilov. —Escucha, Temístoclus —dijo Manilov al mayor, que intentaba sacar la barbilla de la servilleta que le había anudado el criado.

Chichikov arqueó un poco las cejas al oír este nombre griego, al que, se ignora la causa, Manilov hacía acabar en «us», pero en seguida volvió a su rostro la expresión que era corriente en él.

—Contesta, Temístoclus, ¿cuál es la mayor ciudad de toda Francia?
El preceptor clavó su mirada en Temístoclus, como si fuera a comérselo con los ojos, pero se tranquilizó por completo y asintió con la cabeza al oír que el pequeño decía:

—París.
—Y en Rusia, ¿cuál es la ciudad mayor de todas? —preguntó de nuevo Manilov.

El preceptor volvió a ponerse en guardia. —San Petersburgo —repuso Temístoclus.

— ¿Y qué otra?

—Moscú —repuso Temístoclus,
— ¡Qué inteligente! —exclamó Chichikov—. Pero permítame… —continuó algo sorprendido dirigiéndose a los padres—. ¡Tan pequeño y hay que ver lo que sabe! Permítame decirle que este niño es muy listo.

— ¡Oh! Todavía no lo conoce usted bien —dijo Manilov—. Es muy inteligente y muy capaz. El menor, Alcides, es menos vivo, pero él, cuando ve una cochinilla o cualquier otro animal, parece que se le enciendan los ojos de tanto brillarle y se va al instante a mirar. A mí me gustaría que se dedicara a la diplomacia. Temístoclus —agregó, dirigiéndose al niño—, ¿quieres ser embajador?

—Sí —repuso Temístoclus sin dejar de masticar un pedazo de pan ni de mover la cabeza hacia uno y otro lado.

En ese preciso instante el criado que se hallaba a sus espaldas limpió la nariz al futuro embajador, e hizo muy bien, ya que de no hacerlo así se habría deslizado hasta la sopa una enorme gota de algo que no tenía relación alguna con lo que contenía el plato.

En ese preciso instante el criado que se hallaba a sus espaldas limpió la nariz al futuro embajador, e hizo muy bien, ya que de no hacerlo así se habría deslizado hasta la sopa una enorme gota de algo que no tenía relación alguna con lo que contenía el plato.

La conversación versó acerca de lo agradable que es la vida tranquila, y la dueña de la casa interrumpía de vez en cuando para hacer observaciones sobre el teatro de la ciudad y los actores. El preceptor miraba con mucha atención a los interlocutores, y cuando se daba cuenta de que estaban a punto de sonreír, abría la boca y se reía a sus anchas. Seguramente se trataba de una persona agradecida y quería pagar de este modo al propietario el buen trato que éste le dispensaba.

No obstante hubo un momento en que su rostro adquirió una expresión severa y dio unos fuertes golpetazos en la mesa, con la mirada clavada en los pequeños, que estaban sentados delante de él. Y lo hizo muy a tiempo, puesto que Temístoclus acababa de morder en la oreja de Alcides, y éste, con la boca abierta y los ojos cerrados, se disponía a armar el gran escándalo. Sin embargo, advirtiendo que esto le podía acarrear quedarse sin postre, se esforzó para que su boca adoptara la expresión acostumbrada y, con los ojos inundados en lágrimas, comenzó a roer un hueso de cordero de tal forma que sus mejillas quedaron llenas de reluciente grasa.

La dueña de la casa se dirigía con frecuencia a Chichikov en los siguientes términos:

—Apenas come usted. Se ha servido demasiado poco.

A lo que él contestaba en cada ocasión:
—Muchísimas gracias, ya he comido bastante. Es preferible una agradable conversación a un buen manjar.

Por último, se levantaron de la mesa. Manilov se, mostraba muy satisfecho y, con una mano apoyada en la espalda de su invitado, se preparaba a acompañarlo a la sala, cuando el invitado le comunicó de pronto y con expresión muy significativa que deseaba hablar con él acerca de un asunto de mucha importancia.

—Si es así, le suplico que venga a mi despacho —repuso Manilov, y lo llevó a una estancia de pequeñas proporciones, cuyas ventanas daban al azulado y frondoso bosque—. Este es mi rincón —agregó.

—Me gusta, en efecto —dijo Chichikov recorriendo toda la estancia con la mirada.

Realmente, resultaba bastante agradable. Las paredes estaban pintadas de una especie de color azul que se acercaba a grisáceo. Había cuatro sillas, una butaca, una mesa en la que se encontraba el libro aquel de que ya hablamos antes, con una señal entre las hojas, y algunos papeles escritos. Pero lo que más se veía allí era tabaco. Había en unos cuantos recipientes, en la tabaquera, e incluso amontonado sobre la mesa. En las dos ventanas se distinguían pequeñas montañitas de ceniza de la pipa, dispuestas con sumo cuidado en bonitas filas. Era fácil advertir que esto proporcionaba en ocasiones un agradable pasatiempo al anfitrión.

—Permítame suplicarle que se siente en esta butaca —dijo Manilov—.

Aquí podrá hacerlo con más comodidad.
—Gracias, pero prefiero sentarme en una silla.—Permítame que no le complazca —replicó Manilov con una sonrisa—

Esta butaca la reservo para mis huéspedes. Lo quiera o no, tiene que sentarse en ella.

Chichikov tomó asiento.

—Permítame ofrecerle una pipa nueva.
—No, se lo agradezco, no fumo —contestó Chichikov con voz dulce y como lamentándolo.

— ¿Por qué? —inquirió Manilov con voz asimismo suave e investigadora.

—Tengo miedo de acostumbrarme. Tengo entendido que la pipa hace adelgazar.

—Permítame decirle que esto es sólo un simple prejuicio. Al contrario, yo pienso que fumar en pipa es, sin comparación, más saludable que tomar rapé. En nuestro regimiento había un teniente, un hombre sumamente agradable e instruido, que en todo momento llevaba la pipa en la boca, y no la soltaba ni tan siquiera al sentarse a la mesa, ni aún, con perdón sea dicho, en todos los demás lugares. Ahora tiene más de cuarenta años, y a Dios gracias, goza de inmejorable salud.

Al contrario, yo pienso que fumar en pipa es, sin comparación, más saludable que tomar rapé.

Chichikov repuso que, efectivamente, esto sucede con frecuencia, y que en la naturaleza se ven gran cantidad de cosas que ni siquiera una mente privilegiada es capaz de explicar.

—Pero permítame que le pida una cosa… —dijo en un tono de voz en que se notaba una expresión extraña o casi extraña, y acto seguido, sin que se sepa el motivo, miró atrás—. ¿Hace ya mucho tiempo que presentó la última relación de los criados que hay en su hacienda?

—Sí, hace mucho tiempo, o para ser más exacto, ya no me acuerdo.

— ¿Y sabe cuántos campesinos se le han muerto a partir de entonces?
—Lo ignoro por completo. Valdrá más que se lo pregunte al administrador. ¡Eh, tú! Ve a buscar al administrador, hoy debe estar aquí.

El administrador acudió. Era un hombre que no se hallaba muy lejos de los cuarenta años. Se afeitaba la barba, llevaba levita, y, por lo visto su vida era extremadamente tranquila, pues su cara rolliza, el color amarillento y pálido de su piel y sus diminutos ojillos daban a entender que era muy amigo del colchón y de las sábanas. Desde el primer momento podía verse que había hecho su carrera de igual forma que el resto de administradores de haciendas rústicas. Al principio, sólo fue en la casa un muchacho que sabía simplemente leer y escribir; más tarde contrajo matrimonio con alguna Agaska, que era ama de llaves, favorita de la señora, convirtiéndose él en amo de llaves, y de ahí pasó a administrador. Y en cuanto hubo alcanzado este empleo, se comportó, es fácil comprenderlo, como todos los administradores: se llevaba bien y era amigo de los campesinos más ricos de la aldea, aumentaba los impuestos de los más pobres, se levantaba a las ocho bien tocadas, aguardaba que apareciera el samovar y tomaba su té.

—Oye, amigo, ¿cuántos campesinos se han muerto desde que se presentó la última relación?

— ¿Cuántos? Pues muchos —repuso el administrador, quien levantó la mano a la altura de su boca para cubrirla ligeramente, como si fuera un escudo, a fin de disimular el hipo.

—Sí, así lo creo yo —asintió Manilov—. Han muerto muchos, muchísimos —y dirigiéndose a Chichikov añadió—: Realmente, son muchos.

— ¿Cuántos, más o menos? —apuró Chichikov.
—Sí, eso, ¿cuántos? —repitió Manilov.
— ¿Cómo quieren que se lo diga? No se sabe cuántos han sido. Nadie se preocupó por contarlos.

—Sí, exactamente —dijo Manilov dirigiéndose a Chichikov—. Es lo que me imaginaba. La mortalidad ha sido muy alta y se ignora cuántos murieron.

—Tú ten la bondad de contarlos —dijo Chichikov al administrador— y trae una relación nominal de todos ellos.

—Sí, una relación nominal de todos… —repitió Manilov.

El administrador dijo entonces: «A sus órdenes», y se marchó.
— ¿Y para qué quiere usted la relación? —preguntó Manilov después que el administrador hubo salido.

Esta pregunta pareció confundir al invitado. En su rostro apareció una expresión de violencia e incluso se le subieron los colores a la cara. Era la violencia de quien ofrece resistencia a decir algo. Y efectivamente, Manilov pudo escuchar unas cosas tan raras y extraordinarias como jamás habían escuchado sin duda oídos humanos.

— ¿Desea usted saber el motivo? Pues bien, el motivo es que me gustaría comprar campesinos… —dijo Chichikov, quien, hecho un lío, dejó la frase sin terminar.

—Permítame —prosiguió Manilov—, ¿en qué forma quiere comprar los campesinos, con sus tierras o sencillamente las personas, o sea sin cultivos?

—No. No se trata precisamente de campesinos —replicó Chichikov—. Lo que yo pretendo son sólo los muertos.

— ¿Cómo? Perdóneme, no tengo el oído muy fino y he creído oírle decir algo muy extraño.

—Mi intención —explicó Chichikov— es comprar muertos, pero que en la relación del censo consten como vivos todavía.

Manilov dejó caer la pipa y así, boquiabierto, permaneció durante un buen rato. Ambos amigos, que anteriormente habían charlado acerca de los placeres de una vida presidida por los lazos de la amistad, se quedaron inmóviles, mirándose fijamente el uno al otro, de igual modo que esos retratos que en otros tiempos se ponían frente a frente a ambos lados del espejo. Por último Manilov volvió a coger su pipa, y miró al invitado de la cabeza a los pies, esperando ver en sus labios una sonrisa irónica, con la convicción de que se trataba de una broma. Pero no vio nada de esto, por el contrario, le pareció que el rostro de Chichikov estaba aún más serio de lo que solía. Después pensó si su invitado habría perdido el juicio, y con cierto temor le miró con atención. Pero los ojos y el aspecto del invitado eran totalmente normales. No se advertían en él ese brillo inquieto y salvaje que tiene la mirada de un loco. En él todo era correcto y normal. Por más que Manilov reflexionara acerca de lo que debía hacer, no se le ocurrió otra cosa que lanzar en fino chorrito el humo que le quedaba aún en la boca.

—Así pues, me gustaría saber si usted ve algún inconveniente en cederme, entregarme o como usted quiera, los campesinos que en realidad están muertos pero que a efectos fiscales se consideran todavía como vivos.

Sin embargo, Manilov se hallaba tan confuso, tan turbado, que sólo era capaz de mirarle fijamente.

—Creo que hay para ello algún inconveniente… —observó Chichikov.

— ¡Oh, no, no, no veo dificultad alguna! —replicó Manilov—. Lo que pasa es que no alcanzo a comprender… Perdóneme… Por supuesto que a mí no me dieron una instrucción tan brillante como la que se advierte claramente en todos sus gestos. Carezco del elevado arte de expresarme… Tal vez en este momento… en lo que acaba usted de decir… hay algo que no llego a entender. ¿No escogió usted las palabras adecuadas para que la frase resultara más bella?

—No —contestó Chichikov—. No, yo hablo de las cosas tal como son, es decir, me refiero a las almas que realmente han muerto.

Manilov llegó al colmo de la confusión. Se daba cuenta de que debía hacer algo, preguntar algo, pero el diablo sabía qué era lo que debía preguntar. Acabó por lanzar otro chorrito de humo, pero esta vez no por la boca, sino por la nariz.

—Así, pues, si no encuentra usted inconveniente, podríamos proceder ahora mismo a redactar la escritura de compra —dijo Chichikov.

— ¡Cómo! ¿Una escritura de compra de almas muertas?

— ¡Oh, no! —contestó Chichikov—. En ella figurará que están vivos, tal como consta en la relación del Registro. Estoy acostumbrado a no salirme nunca de lo que mandan las leyes, a pesar de que esto me representó graves quebrantos en el ejercicio de mi cargo. Pero tiene que perdonarme, el deber es sagrado para mí. Ante la ley enmudezco.

Las últimas palabras produjeron satisfacción en Manilov, pero continuó sin comprender el auténtico sentido de aquel negocio, y debido a ello por toda respuesta se limitó a chupar su pipa con tanta energía que ésta acabó roncando como un fagot. Daba la impresión de que pretendía sacar de ella su parecer acerca de tan inusitada circunstancia. Pero la pipa no hizo más que roncar.

—Tal vez tenga usted alguna duda…

— ¡Oh, no! ¡Qué cosas se le ocurren! No se trata de eso. No es que usted me inspire la más mínima desconfianza. Pero permítame, ¿no será este asunto, o para hablar con más propiedad, este negocio, un tanto contrario a las leyes del país y al futuro de Rusia?

Manilov sacudió entonces la cabeza y se quedó mirando a Chichikov de un modo muy significativo, al mismo tiempo que mostraba en las facciones de su rostro y en sus abultados labios una expresión tan profunda como acaso jamás se haya visto en un rostro humano, con la excepción, quizá, de un ministro en extremo inteligente, y eso únicamente cuando se encuentra ante un verdadero rompecabezas.

Pero Chichikov se limitó a decir que este asunto o negocio no era en modo alguno contrario a las leyes del país ni al futuro de Rusia, añadiendo que gracias a ello el Tesoro saldría beneficiado, ya que percibiría los derechos reales que legítimamente le correspondían.

—De manera que usted piensa…

—Yo pienso que quedará muy bien.
—Si es así, la cosa cambia; no tengo nada que oponer —dijo Manilov tranquilizándose totalmente.

—Ahora sólo falta ponernos de acuerdo en lo que respecta al precio.

— ¿De qué precio habla? —exclamó Manilov, y se detuvo—. ¿Es que piensa usted que voy a cobrarle por campesinos que, en cierta manera, ya no existen? Si usted tiene ese capricho, al que podríamos calificar como sentimental, yo, por mi parte, se los cedo absolutamente gratis, y los gastos de la escritura de compra correrán de mi cuenta.

El historiador de los hechos que relatamos se haría merecedor de graves reproches si no constatara aquí el gran placer que sintió el invitado al oír las palabras de Manilov. Por muy serio y discreto que fuera, poco le faltó para dar un salto a la manera de las cabras, cosa que, como todo el mundo sabe, sólo se hace en los momentos de intensa alegría. Se revolvió en la butaca con tanta violencia que rasgó la tela de lana con que estaba tapizado el asiento. El propio Manilov se le quedó mirando atónito.

Desbordante de gratitud, volcó sobre Manilov tal cantidad de palabras de agradecimiento, que éste incluso llegó a turbarse. Más rojo que la grana, denegó con la cabeza y finalmente replicó que aquello carecía de importancia, que él habría querido poder ofrecerle otras muestras de la atracción de sus corazones, del magnetismo del alma,vpero que las almas muertas eran, en cierto sentido, algo que no tenía absolutamente ningún valor.

—Ni muchísimos menos —exclamó Chichikov dándole un fuerte apretón de manos. Emitió un profundo suspiro como si se hallara dispuesto a expansionarse y dar rienda suelta a sus sentimientos. Por último prosiguió emocionado—: ¡Si usted supiera el servicio que acaba de prestar con esto, al parecer sin importancia, a un desconocido! Realmente, ¿qué no habré tenido que soportar en este mundo? Como un barquichuelo abandonado en medio de las furiosas olas… ¡Qué persecuciones, qué injusticias no habré tenido que sufrir! ¡Qué amarguras no me serán conocidas! ¿Y por qué? Porque me mantuve fiel a la verdad, porque procuré que mi conciencia se conservara en toda su pureza, porque tendí la mano a la viuda necesitada y al desvalido huérfano…

Cuando llegó a este punto sacó de su bolsillo un pañuelo para enjugar una furtiva lágrima que se deslizaba por su mejilla.

Manilov se sintió extraordinariamente conmovido. Los dos amigos permanecieron durante un buen rato estrechándose las manos y, silenciosos, se miraron fijamente a los ojos, de los que fluían las lágrimas. Manilov no se decidía a soltar las manos de nuestro protagonista, y las estrechaba con tanto ardor que éste no sabía ya cómo desprenderlas. Al fin consiguió ir retirándolas poco a poco y declaró que sería preferible firmar sin pérdida de tiempo la escritura, para lo cual sería conveniente que el propio Manilov se trasladara a la ciudad.

Después cogió el sombrero con intención de despedirse.

— ¡Cómo! ¿Ya quiere marcharse? —dijo Manilov casi asustado, después de haber vuelto ya a la normalidad.

En este preciso instante su esposa penetró en el despacho.

—Lisanka —le dijo él algo compungido—, Pavel Ivanovich se va.

—Será porque se ha aburrido con nosotros —observó la dueña de la casa.

—Señora —exclamó Chichikov—, aquí, aquí mismo —prosiguió llevándose la mano al corazón—, sí, aquí conservaré el grato recuerdo de las horas que he pasado en su compañía. Y puede estar segura de que para mí la felicidad máxima sería vivir con ustedes, si no en la misma casa, por lo menos no lejos de ella.

— ¿Sabe una cosa, Pavel Ivanovich? —dijo Manilov, a quien aquella idea le pareció magnífica—. Sería en efecto un gran placer vivir juntos en una misma casa, filosofar sobre cualquier materia, profundizar un tema a la sombra de los árboles…

— ¡Oh! ¡Qué vida paradisíaca sería! —exclamó Chichikov, suspirando—.

Adiós, señora —agregó mientras besaba la mano a la anfitriona—.
Adiós, mi honorable amigo. No se olvide de mi encargo.
—Tenga la completa seguridad de que no me olvidaré —repuso Manilov tranquilizándole—. Volveremos a vernos dentro de dos días como máximo. Todos se dirigieron al comedor.

—Adiós, queridos niños —dijo Chichikov al ver a Temístoclus y Alcides, que en aquellos momentos jugaban con un húsar de madera al que le faltaban ya un brazo y la nariz—. Adiós, pequeños. Perdonadme que no os haya traído nada, pero la verdad es que no tenía la menor idea de vuestra existencia. Sin embargo, la próxima vez que vuelva por aquí os traeré algo. A ti te traeré un sable. ¿Quieres un sable?

—Sí —contestó Temístoclus.

—Y para ti un tambor. ¿No es cierto que deseas un tambor? —continuó inclinándose hacia el pequeño.

—Un tambor —murmuró Alcides mirando hacia el suelo.

—Bueno, te traeré un tambor. Un estupendo tambor que hará así: tan, rataplán, plan, tan, rataplán, plan… Adiós encanto. Adiós.

Le besó en la frente y se volvió hacia sus anfitriones con esa risita con que se suele hablar a los padres cuando se trata de los inocentes caprichos de sus hijos.

—Sinceramente se lo digo, Pavel Ivanovich, haría usted bien en quedarse —dijo Manilov después que todos hubieron salido al portal—. Fíjese usted en esos nubarrones.

—No son más que unas nubecillas sin importancia—replicó Chichikov.
— ¿Ya sabe cuál es el camino que lleva a la hacienda de Sobakevich?
—Pensaba preguntárselo ahora.
—Permítame, se lo voy a indicar a su cochero.
Manilov dio al cochero toda clase de explicaciones, y lo hizo con tanta amabilidad, que en cierto momento llegó incluso a tratarle de «usted».

El cochero, enterado ya de que debía torcer por el tercer camino con que se tropezara, dijo: «Esta vez acertaremos, señor», y Chichikov se puso de nuevo en marcha, despedido por los saludos de sus anfitriones, quienes, puestos de puntillas, durante un buen rato permanecieron agitando sus pañuelos.

Manilov estuvo aún en el portal por más tiempo contemplando cómo desaparecía el carruaje, y allí continuó, fumando su pipa, cuando ya lo había perdido de vista. Por último, se marchó al interior de la casa, y habiéndose sentado en una silla, se dedicó a reflexionar, alegrándose de todo corazón por la ocasión que se le había deparado de proporcionar una pequeña satisfacción a su invitado. Después sus reflexiones fueron desviándose sin darse cuenta hacia otras materias hasta que finalmente acabaron por perderse Dios sabe dónde. Pensó en los placeres de la amistad, en la delicia que sería vivir a orillas del río con un amigo; luego, a través de dicho río tendería un puente, construiría más adelante una gran casa con un mirador tan elevado que desde él podría divisarse Moscú; allí, al caer la tarde, tomarían el té al aire libre y conversaría acerca de agradables temas. Acto seguido, Chichikov y él asistirían sobre magníficos carruajes a una reunión en la que todos se sentirían seducidos por su amable trato, y el zar, que al fin se enteraba de la estrecha amistad que les unía, los nombraba generales, siguiendo por último algo que sólo Dios sabía qué era y que él no lograba entender. La peregrina petición que Chichikov le había hecho interrumpió de modo brusco el curso de sus ensueños. Por mucho que lo intentaba, era incapaz de comprender el sentido que se ocultaba tras todo aquello. Permaneció dándole vueltas y más vueltas sin conseguir hallar una explicación satisfactoria, y de esta manera se le pasó el tiempo, fumando la pipa, hasta que llegó la hora de cenar.


Continuar a capítulos 3 y 4

Diario de un Loco – Cuento de Mykola Hóhol

3 de octubre

Hoy ha tenido lugar un acontecimiento extraordinario. Me levanté bastante tarde, y cuando Marva me trajo las botas relucientes, le pregunté la hora. Al enterarme de que eran las diez pasadas, me apresuré a vestirme. Reconozco que de buena gana no hubiera ido a la oficina, al pensar en la cara tan larga que me iba a poner el jefe de la sección. Ya desde hace tiempo me viene diciendo: “Pero, amigo, ¿qué barullo tienes en la cabeza? Ya no es la primera vez que te precipitas como un loco y enredas el asunto de tal forma que ni el mismo demonio sería capaz de ponerlo en orden. Ni siquiera pones mayúscula al encabezar los documentos, te olvidas de la fecha y del número. ¡Habráse visto!…”

¡Ah! ¡Condenado jefe! Con toda seguridad que me tiene envidia por estar yo en el despacho del director, sacando punta a las plumas de su excelencia. En una palabra, no hubiera ido a la oficina a no ser porque esperaba sacarle a ese judío de cajero un anticipo sobre mi sueldo.

¡También ése es un caso! ¡Antes de adelantarme algún dinero sobrevendrá el Juicio Final! ¡Jesús, qué hombre! Ya puede uno asegurarle que se encuentra en la miseria y rogarle y amenazarle; es lo mismo: no dará ni un solo centavo. Y, sin embargo, en su casa, hasta la cocinera le da bofetadas. Eso todo el mundo lo sabe.

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No comprendo qué ventajas se tiene al trabajar en un departamento ministerial. Ni siquiera dispone uno de recursos.Pero no sucede así en la Administración Provincial, ni en el Ministerio de Hacienda, ni en el Tribunal Civil. Allí ves a un empleado cualquiera sentado humildemente en un rincón escribiendo. Lleva un frac gastado y su aspecto es tal que ni siquiera merece que se le escupa encima. Sin embargo, fijate en la villa que alquila durante el verano. No se te ocurra regalarle una taza de porcelana dorada, pues te dirá que eso es digno de un médico. Él se conforma tan sólo con un coche de lujo o unos drojkas o una piel de visón de 300 rublos. Y, no obstante, por su aspecto, parece tan modesto, y al hablar es tan fino. Te pide, por ejemplo, que le prestes la navaja para sacar punta a su pluma, y si te descuidas un poco, te despluma de tal forma, que ni siquiera te deja la camisa.

Pero reconozco que nuestra oficina es diferente, y en toda ella reinan una limpieza de conducta y una honradez tales, que ni por soñación puede haberlas en la Administración Provincial. Además, todos los jefes se tratan de Usted. Confieso que, a no ser por la honradez y el buen tono de mi oficina, hace ya mucho tiempo que hubiera dejado el departamento ministerial.

Me puse el viejo capote y cogí el paraguas, pues llovía a cántaros. En la calle no había nadie. Sólo tropecé con mujeres de pueblo que se arropaban con los faldones de sus abrigos, comerciantes que caminaban resguardándose de la lluvia bajo sus paraguas, y cocheros. Gente bien no se veía por ningún sitio, a excepción de nuestra modesta persona, que caminaba bajo la lluvia. En cuanto la vi en un cruce, pensé en seguida:

“¡Eh, amiguito! Tú no vas a la oficina. Tú estás dispuesto a seguir a ésa que va delante de ti y cuyas piernas estás mirando.

¡Qué locuras son ésas! La verdad es que eres peor que un oficial. Basta con que pase cualquier modistilla para que te dejes engatusar”.Precisamente en el momento en que estaba pensando esto vi cómo una carroza se detenía ante un almacén junto al que yo me encontraba. En seguida reconocí la carroza: era la de nuestro director. Me supuse que debería de ser de su hija, pues él no tenía por qué ir a estas horas a un almacén. El lacayo abrió la portezuela, y la joven saltó del coche, como un pajarito. Echó unas miradas en torno suyo, y al alzar sus ojos sentí que mi corazón quedaba herido… ¡Dios mío, estoy perdido! ¡Estoy perdido irremediablemente!

Y ¿por qué habrá salido ella con este mal tiempo? Después de esto nadie se atrevería a decir que las mujeres no se vuelven locas por los trapos.

Ella no me reconoció y yo procuré ocultarme y pasar inadvertido, pues llevaba un capote muy manchado y cuyo corte, además, estaba pasado de moda. Ahora se llevan las capas con cuellos muy largos, y el mío era muy corto; además, el paño de mi capote distaba mucho de ser elegante. Su perrita no tuvo tiempo de entrar y se quedó en la calle. Yo la conozco, se llama Medji. No había transcurrido ni un minuto, cuando oí de repente una vocecilla que decía:

—¡Hola, Medji!

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Vaya. ¿Quién será el que habla? Miré y vi a dos señoras que caminaban debajo de un paraguas. Una de ellas era ya anciana; la otra, muy jovencita. Pero ellas ya habían pasado, y nuevamente volví a oír la misma voz a mi lado.

—¡Debería darte vergüenza, Medji!¡Qué diablos! Vi que Medji estaba olfateando el perro que iba con las dos señoras. “¡Vaya! ¿No estaré borracho? —Pensé para mis adentros—. ¡Menos mal que esto no me ocurre a menudo!”

—No, Fidele; estás equivocado. Yo estuve… Hau, hau… Yo estuve muy enferma.

¡Vaya con la perrita! Confieso que me quedé muy sorprendido al oírle hablar como una persona; pero después de reflexionarlo bien, no hallé en ello nada extraño. En efecto, en el mundo se dan muchos ejemplos de la misma índole. Cuentan que en Inglaterra emergió un pez y dijo dos palabras en un idioma extraño, tan raro, que desde hace dos o tres años los sabios hacen investigaciones acerca de él y aún no han logrado clasificarlo. También leí en los periódicos que dos vacas entraron en una tienda y pidieron medio kilo de té. Pero reconozco que me quedé aún mucho más sorprendido al oírle decir a Medji:

—¡Es verdad que te escribí, Fidele! Seguramente Polkan no te llevaría la carta.

Aunque me juegue el sueldo, apostaría que nunca se ha dado el caso de un perro que escriba. Sólo los nobles pueden escribir.

Claro que también algunos comerciantes, oficinistas y, a veces, hasta la gente del pueblo sabe escribir un poco; pero lo hace de un modo mecánico, sin poner ni comas, ni puntos, y, claro está, sin ningún estilo.

Esto me dejó muy sorprendido. He de confesar que desde hace algún tiempo a veces oigo y veo unas cosas que nadie vio ni oyó jamás.”Voy a seguir a esta perrita, y así me enteraré de quién es y de lo que piensa”, resolví para mí. Abrí el paraguas y me puse a seguir a las dos señoras. Cruzamos la calle Gorojovaia y nos dirigimos a la calle Meschanskaia, y desde allí a la de Stoliar, y, finalmente, llegamos al puente de Kokuchkin, deteniéndonos ante una casa de grandes dimensiones.

“Conozco esta casa —pensé para mí—: es la de Zverkov. ¡Un verdadero hormiguero! Pues sí que viven allí pocos cocineros y viajantes. En cuanto a los empleados, abundan como chinches. Allí vive un amigo que toca muy bien la trompeta.”

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Las señoras subieron al quinto piso. “Bueno —pensé— ahora me voy a ir, pero antes he de fijarme bien en el sitio, para aprovecharlo en la primera ocasión que se me presente.”

*****

4 de octubre

Hoy es miércoles, y por eso estuve en el despacho de nuestro director. Vine a propósito un poco antes. Me senté y me puse a sacar punta a todas las plumas. Nuestro director debe de ser un hombre muy inteligente; tiene el despacho lleno de armarios con libros. Leí los títulos de algunos libros, y todos son científicos; así que ni por soñación son asequibles a nosotros, los empleados; además, todos están o en francés o en alemán.

Cuando se mira a nuestro director, le sorprende a uno por su aspecto imponente y por la seriedad que refleja toda su persona. Todavía no he oído nunca que haya dicho una palabra de más. Sólo cuando se le entregan los documentos suele preguntar:

—¿Qué tiempo hace fuera?
—Hace mucha humedad, excelencia.

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La verdad es que las personas, como nosotros, no se pueden comparar con él. Es lo que se dice un verdadero Hombre de Estado. He notado, sin embargo, que me tiene especial cariño.

¡Ah, si su hija…! ¡No, eso es una canallada! … Me entretuve leyendo La Abeja. ¡Qué gente tan estúpida son los franceses! ¿Qué es lo que pretenden? ¡De buena gana los hubiera cogido a todos y les hubiera dado una buena paliza!

Allí también leí la descripción de un baile hecha por un terrateniente de la provincia de Kurck. Los terratenientes de Kurck suelen escribir muy bien. Después me di cuenta de que eran ya las doce y media y que nuestro director aún no había salido de su dormitorio. Pero a eso de la una y media tuvo lugar un acontecimiento que ninguna pluma sería capaz de relatar. Se abrió la puerta, yo me levanté de un salto con los papeles en la mano, pensando que sería el director; pero cuál fue mi sorpresa cuando vi que era ella. ¡Jesús, cómo iba vestida!

Llevaba un traje blanco y vaporoso como un cisne. ¡Y qué vaporoso! Y, al alzar los ojos, creí que me alcanzaban los rayos del sol. Me saludó y dijo con una voz semejante a la de un canario:

—¿No ha venido papá?

“Excelencia —quise decirle—, ¿quiere usted castigarme? Pues si tal es su deseo, que lo haga su excelencia con su propia manita.” Pero ¡qué demonios! La lengua se me trabó; así es que sólo pude decir:

—No, no estuvo.

Ella me echó una mirada y miró también los libros y… dejó caer su pañuelo. Yo me precipité en seguida para recogerlo, pero resbalé sobre ese maldito entarimado y poco me faltó para caerme; sin embargo, logré conservar el equilibrio y alcancé el
pañuelo.

¡Señor, qué pañuelo! Era de batista finísima.

Ella me dio las gracias y sus labios esbozaron una sonrisa un tanto irónica; luego se fue. Yo me quedé una hora hasta que el criado vino y me dijo:

—Márchese a casa, Aksenti Ivanovich. El señor ya salió.
No puedo soportar a los criados; siempre están tumbados en el vestíbulo, y ni por casualidad le saludan a uno. Y no sólo eso, sino que un día, a una de estas bestias se le ocurrió ofrecerme un poco de tabaco sin levantarse de su sitio. ¡Como si no supiera el muy tonto que yo soy un funcionario de familia noble! No obstante, cogí yo mismo mi sombrero y mi capote y me los puse, pues sería inútil esperar ayuda de esa gente. Salí a la calle. Al llegar a casa me pasé un buen rato tumbado en la cama. Después copié unos versos muy bonitos:

¡Mi almita! En tu ausencia, una hora, un año completo parece pasado sin ti.

¡Odiosa es la vida ya solo, señora!

Por eso yo pienso: “Si tú no vinieses, mejor es morir”

Deben de ser de Pushkin. Por la tarde, arropándome bien con mi capote, fui a casa de su excelencia, en donde estuve esperando para ver si la veía salir al subir en coche; pero ella no salió.

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6 de noviembre

El jefe de personal me ha puesto fuera de mí. Hoy, cuando llegué a la oficina, me hizo llamar y me dijo lo siguiente:

—Pero dime: ¿qué es lo que estás haciendo?

—¡Cómo! Yo no hago nada —le respondí.

—Bueno. Reflexiona un poco. Ya has pasado de los cuarenta; me parece que es hora de que te vuelvas un poco más inteligente. ¿Crees acaso que no estoy enterado de todas tus andanzas? ¡Sé muy bien que andas detrás de la hija del director! Pero, hombre, ¡mírate al espejo! ¡Piensa en lo que eres! ¡No eres más que un cero, que es menos que nada! ¡Si no tienes ni un centavo! Pero ¡mírate…, mírate la cara en el espejo! ¡Cómo puedes tú pensar en esas cosas!

¡Demonios! ¿Qué se habrá creído él? Si tiene cara de bola de billar con cuatro pelos en la cabeza que se unta de pomada y lleva rizados que es una irrisión. Y se cree que a él todo le está permitido. Ya comprendo por qué está furioso: es que me tiene envidia. Seguramente habrá visto que soy objeto de sus marcadas preferencias. ¡Pero ya puede decir cuanto quiera, que me tiene sin cuidado! ¡Pues tampoco tiene tanta importancia un consejero de la Corte! ¡Por llevar una cadena de oro en su reloj y encargarse unas botas de 30 rublos se cree alguien! ¡Que se vaya al diablo! ¿Acaso se cree que soy hijo de un plebeyo o de un sastre o de un sargento? Soy noble.

También yo puedo llegar a obtener el mismo cargo que él. Sólo tengo cuarenta y dos años, que en realidad es la edad cuando precisamente se empieza a trabajar. ¡Espera, amigo: también yo llegaré a ser coronel, y con la ayuda de Dios quizás algo más! También yo gozaré de una reputación mejor que la tuya. ¿Qué te crees, que en el mundo no hay hombre más formal que tú?

Espera un poco: cuando yo tenga un frac cortado a la moda y una corbata como la tuya, entonces no me llegarás ni a la punta de los zapatos. Lo malo es que no dispongo de medios.

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8 de noviembre

Estuve en el teatro. Ponían Filatka, el tonto ruso. Me reí mucho. Daban también un vaudeville con unos cuplés muy graciosos sobre los jueces, particularmente uno que se refería a un consejero de registro, y que era tan fuerte, que me extrañó que lo hubiera dejado pasar la censura. En cuanto a los comerciantes se decía que abiertamente engañaban al pueblo, y que sus hijos armaban unas juergas terribles y se esforzaban por llegar a ser nobles. También había un cuplé muy gracioso sobre los periodistas y la pasión que tienen de criticarlo todo; de modo que los autores de hoy en día escriben unas piezas muy entretenidas. A mí me gusta mucho ir al teatro. En cuanto tengo algún dinero en el bolsillo no puedo contenerme y voy.

Pero entre nosotros los empleados hay muchos que no van, aunque se les regale el billete. También cantó muy bien una artista. Me acordé de aquello…, ¡bueno, es una canallada!…; así es que no digo nada…

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9 de noviembre

A las ocho fui a la oficina. El jefe de la sección hizo así como si no reparara en mí y en que había llegado. Yo también hice como si entre nosotros nada hubiera ocurrido. Me entretuve ojeando los anuncios y luego comparándolos. Salí a las cuatro y pasé delante del piso del director, pero no vi a nadie. Después de comer estuve casi todo el tiempo echado en la cama.

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11 de noviembre

Hoy estuve en el despacho de nuestro director y saqué punta a veinticuatro plumas de su excelencia y a cuatro de su hija. A él le gusta y encanta que haya muchas plumas. ¡Ah, qué cerebroel suyo! Siempre está callado, pero su cabeza debe de estar siempre reflexionando. Me hubiera gustado saber en qué suele pensar y qué es lo que encierra aquella cabeza. Me interesaría observar de cerca la vida de estos señores, conocer todas las intimidades y las intrigas de la Corte, saber cómo piensan y lo que suelen hacer entre ellos. Muchas veces pensé entablar conversación con su excelencia, pero el caso es que mi lengua se niega a obedecerme. Sólo consigue pronunciar: “Afuera hace frío o calor”, y de allí no pasa. Me hubiera gustado echar una mirada al salón cuya puerta a veces está abierta, y también a las otras habitaciones. ¡Qué lujo y qué riqueza hay allí! ¡Qué espejos y qué porcelanas! ¡Cuánto me alegraría echar una mirada a aquella parte del piso donde se encuentra la hija de su excelencia! ¡Ah, esto sí que me gustaría!… Estar allí en el tocador, donde hay todos esos tarritos y cajitas, esas flores tan delicadas que da miedo tocarlas; ver su vestido, más ligero que el aire, por allí tirado. Me encantaría ver su dormitorio… Debe de ser un sueño, un verdadero paraíso de ésos que ni en el cielo existen. Si pudiera ver el taburetito sobre el cual pone el pie al levantarse de la cama y cómo se pone una media blanca como la nieve sobre aquella pierna… ¡Ay, Señor!…

No. Mejor es que me calle y no diga nada…

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Sin embargo, hoy parece ser que el cielo me ha iluminado, pues de repente me acordé de la conversación que oí en el Nevski a los dos perros. “Está bien —pensé para mis adentros—ahora lo averiguaré todo. Es preciso que intercepte la correspondencia de estos dos perros, pues ella me procurará muchos datos.” He de confesar que una vez llamé a Medji y le dije:

—Escúchame, Medji: ahora estamos solos; si quieres, hasta puedo cerrar la puerta para que nadie nos vea. Anda, cuéntame todo lo que sepas sobre tu señorita: dime cómo es, y yo te juro que no se lo diré a nadie.

Pero la muy tuna encogió el rabo entre las patas y se escabulló silenciosamente por la puerta como si no hubiera oído nada.

Sospeché desde hace tiempo que los perros son mucho más inteligentes que las personas, y que incluso pueden hablar; sólo que son bastante tercos. El perro es un verdadero político: todo lo nota, no se le escapa ni un paso del hombre. Mañana sin falta he de ir a casa de Zverkov. Interrogaré a Fidele, y si puedo, le cogeré todas las cartas que le escribe Medji.

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12 de noviembre

Al día siguiente salí a las dos, con la firme intención de ver a Fidele y de interrogarla. El olor a repollo que sale de todas las tiendas de la calle Meschanskaia me pone enfermo, y además, las alcantarillas de las casas tienen un olor tal, que no tuve más remedio que taparme la nariz con el pañuelo y echar a correr. Aquí es imposible pasear, pues toda esa gente que trabaja en oficios llena la calle de humo y hollín.

Al tocar la campanilla, vino a abrirme una joven bastante mona, con la cara salpicada de pecas; era la misma que acompañaba a la anciana. Se ruborizó un poco al verme, y yo comprendí en seguida que ansiaba tener novio.

—¿Qué desea? —me preguntó.

—Necesito hablar con su perrita —le respondí. La joven era tonta y yo lo noté en seguida. Mientras tanto, la perrita se precipitó ladrando; yo quise cogerla, pero la muy bribona por poco no me muerde la nariz. Pero yo ya había visto su nido o camita, y era justamente lo que buscaba. Me acerqué a él y revolví la paja que había en un cajón; con sumo placer vi un paquete con pequeños papelitos. Esa maldita, al ver lo que hacía, me mordió primero en la pantorrilla, y después, al darse cuenta de que yo cogía los papeles, empezó a ladrar con ademán de acariciarme; pero yo le dije: “No, guapa; no hay nada que hacer”. Me parece que la joven debió de tomarme por un loco, pues se asustó terriblemente. Al llegar a casa quise ponerme en seguida a descifrar esos papeles, porque no veo muy bien a la luz de las velas. Pero a Marva se le ocurrió fregar el suelo. Estas estúpidas finlandesas siempre son de lo más inoportunas. Así es que no me quedó otro remedio que el de ponerme a pasear reflexionando sobre lo ocurrido. Ahora, por fin, iba a enterarme de todo; las cartas me lo revelarían todo.

Los perros son muy inteligentes y no ignoran todas las relaciones íntimas; por eso seguramente en ellas hallaré la descripción del marido y de sus asuntos. De seguro que encontraré allí algo referente a ella… ¡No, más vale callarse! Al atardecer llegué a casa y estuve la mayor parte del tiempo acostado en la cama.

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13 de noviembre

Bueno; vamos a ver. La carta parece bastante clara; sin embargo, la letra pone en evidencia al perro.

Leamos:

“Querida Fidele: Aún no puedo acostumbrarme a un nombre tan mezquino como el tuyo. ¡Como si no hubieran podido ponerte otro mejor! Fidele, Rosa, todos esos nombres son de un cursi subido. Pero dejemos esto a un lado. Estoy muy contento de que se nos haya ocurrido entrar en correspondencia…”

La carta estaba redactada muy correctamente en cuanto a la puntuación y ortografía. Ni nuestro jefe de sección sería capaz de hacer otro tanto, aunque asegura haber estado estudiando en una universidad. Veamos más adelante:

“Me parece que uno de los mayores placeres en el mundo está en cambiar pensamientos, impresiones y sentimientos con los demás…”

¡Bueno! Éste es un pensamiento cogido de una obra traducida del alemán y cuyo título no recuerdo ahora.

“Lo digo por experiencia, aunque no haya corrido mucho mundo, pues no he pasado la verja de nuestra casa. Pero ¿acaso mi vida no transcurre felizmente? Mi señorita Sofía, así la llama papá, me quiere con locura…”

¡No está mal! ¡No está mal! ¡Pero callémonos!…

“Papá también me acaricia a menudo. Además me dan café con nata. ¡Ah, ma chère! He de decirte que no encuentro nada en los grandes huesos, bien pelados, que come Polkan en la cocina. Los huesos sólo son buenos cuando provienen de alguna cacería y a condición de que no hayan chupado ya el tuétano. También está muy bien mezclar algunas salsas, pero sin verduras ni especias. Pero no hay cosa peor que esa costumbre que tiene la gente de dar a los perros migas de pan hechas bolitas. Siempre, durante las comidas, algún señor empieza a triturar las migas de pan con sus manos, que Dios sabe qué porquerías habrán tocado antes, y te llama después para meterte entre los dientes esa dichosa bolita. Rechazarlo resultaría descortés; así es que no tienes más remedio que comértela a pesar del asco que te infunde…”

¡Voto a mil diablos, qué tontería! ¡Como si no hubiera nada mejor sobre qué escribir! Veamos si en la otra cartilla hay algo más interesante.

“Me place mucho informarte de todo cuanto ocurre en nuestra casa.

DIARIO DE UN LOCO de Mykola Hóhol - Oleo sobre tela por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica

Creo que ya te hablé del señor más importante de la casa, al cual Sofía llama papá. Es un hombre muy raro…”

¡Ah, por fin! Ya sabía yo que los perros tienen opiniones políticas sobre todas las cosas. Veamos lo que dice sobre papá…

“…Un hombre muy raro. Permanece la mayoría del tiempo callado.

Rara vez habla; pero la semana pasada hablaba sin cesar consigo mismo. No hacía más que preguntarse: ‘¿Lo recibiré o no?’ Cogía un papel en una mano, mientras la otra permanecía vacía, y volvía a repetir: ‘¿Lo recibiré o no?’ Una vez hasta se dirigió a mí con la siguiente pregunta: ‘Tú qué crees, Medji, ¿lo recibiré o no?’ Yo no pude comprender lo que quería decirme con eso; sólo olfateé su zapato y me fui. Una semana después, ma chère, papá estaba loco de alegría.

Toda la mañana recibió visitas de unos señores vestidos de uniforme que le felicitaron por algo. Durante la comida estuvo tan alegre como nunca le viera; no paraba de contar chistes. Después de comer, me levantó en sus brazos y me acercó a su cuello, diciéndome: ‘¡Mira, Medji, lo que llevo!’ Yo vi sólo una cinta, la olfateé, pero no hallé en ella ni el menor aroma; finalmente, la lamí con cuidado, estaba algo salada.”

¡Bueno! Me parece que este perro es un poco demasiado atrevido. Haría falta darle una buena paliza. ¡Así, pues, nuestro hombre es ambicioso! Habrá que tenerlo en cuenta.

“Adiós, ma chère. Me marcho corriendo… Mañana acabaré la carta”.

DIARIO DE UN LOCO de Mykola Hóhol - Oleo sobre tela por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica

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“¡Hola, otra vez estoy contigo! Hoy, con Sofía, mi señorita…”
¡Ah, veamos lo que pasa con Sofía! ¡Es una canallada! Bueno, no importa, no importa; vamos a continuar…

“…Sofía, mi señorita, estuvo todo el día sumamente agitada. Se preparaba a asistir a un baile, y yo me alegré, pues aprovecharía su ausencia para escribirte. Mi Sofía está siempre muy contenta cuando va a un baile, aunque mientras se arregla siempre está enfadada. No logro comprender, ma chère, el placer que encuentra la gente yendo a un baile. Sofía vuelve a casa a las seis de la mañana. Y siempre veo, por su aspecto cansado y su cara pálida, que a la pobrecilla no le han dado de comer. Confieso que jamás podría vivir de este modo. Si no me dieran perdices con salsa o alas de pollo fritas, no sé lo que sería de mí.

También es muy bueno un poco de salsa con esta especie de cereal que llamamos kacha este manjar típico ruso es muy bueno. Pero las zanahorias, las alcachofas y los nabos nunca lo serán…”

Tiene un estilo irregular. En seguida se ve que esta carta no ha sido escrita por una persona. Empieza bien, pero acaba de cualquier forma. Veamos otra carta; parece demasiado larga; además, no lleva ni fecha.

“¡Ay, querida mía! Cómo siente una la proximidad de la primavera.

Mi corazón palpita como si aguardara algo. Me zumban los oídos. Así es que a menudo tengo que levantar la pata y me apoyo y acerco a una puerta para escuchar. He de decirte que tengo muchos admiradores. A menudo los contemplo sentada en la ventana. ¡Ay, si supieras qué feos son algunos! Uno de ellos es de lo más vulgar, es un perro callejero de lo más estúpido y creído; camina por la calle dándose aires de importancia. Y cree que todos han de mirarle. Pero ¡qué va, yo ni siquiera me he fijado en él! También un dogo, de aspecto terrible, suele pararse ante mi ventana. Si se levantara sobre las patas traseras, lo que de seguro el muy tonto no sabrá hacer, le llevaría la cabeza al papá de Sofía, no obstante ser éste un hombre bastante alto y corpulento.

Debe de ser de lo más insolente. Yo gruñí un poco en dirección suya; pero él, como si nada. Podría haberme hecho un guiño, pero es un bruto, no tiene modales. Se está mirando mi ventana, con sus orejas largas y su lengua al aire. ¿Y crees acaso que mi corazón permanece insensible a todas estas ofertas? No, te equivocas, ma chère… ¡Si hubieras visto a uno de mis admiradores, llamado Trésor, cuando salta la verja de la casa vecina!… ¡Ay ma chère, qué carita tiene!”

¡Bah! ¡Qué asco! ¡Qué demonios! ¿Cómo es posible llenar las páginas con semejantes tonterías? Ya no quiero saber nada de perros; quiero a una persona. Sí, eso es, una persona para que pueda enriquecer el caudal de mi alma…, y en vez de ello, ¡qué es lo que encuentro! ¡Tonterías, sólo tonterías! Demos la vuelta a la página, a ver si hay algo mejor.

“Sofía estaba sentada junto a una mesita cosiendo; yo miraba por la ventana a los paseantes, pues me gusta mucho observarlos, cuando entró el lacayo y anunció:

“—El señor Teplov.
“—Que pase —exclamó Sofía, y se abalanzó sobre mí para besarme—. ¡Ay, Medji! ¡Si supieras quién es! Es un gentilhombre de la Cámara, moreno, con ojos negros y brillantes como el fuego.

“Sofía se marchó corriendo a su habitación. Un minuto después entraba el joven gentilhombre de la Cámara, que gastaba patillas. Se acercó al espejo y se atusó el cabello, luego inspeccionó la habitación.

Yo dejé oír un gruñido y me senté en mi sitio. Sofía no tardó en venir y respondió alegremente a su saludo, y yo, como si no reparase en nada, continuaba mirando por la ventana, no obstante haber inclinado la cabeza en dirección a ellos para oír lo que decían. ¡Ay ma chère! ¡De qué tonterías hablaban! Hablaban de una señora que durante el baile se equivocó e hizo una figura en vez de otra; de un tal Bobov, que llevaba charretera y se parecía mucho a una cigüeña, y que por poco se cae. También contaron que una tal Lidina se imaginaba tener los ojos azules, cuando en realidad los tenía verdes, y otras tonterías por elestilo. ‘¡Qué diferencia tan grande hay entre el gentilhombre y Trésor!’, pensé para mí. Ante todo, el gentilhombre tiene una cara ancha y completamente plana, con unas patillas alrededor, como si se las hubiera atado con un pañuelo negro. Trésor, sin embargo, tiene una carita fina y en la frente una pequeña calva blanca. ¡En cuanto al talle de Trésor, ni se le puede comparar con el de Teplov! ¡Y no hablemos ya de los ojos y de los modales! ¡Jesús, qué diferencia! ¡No sé, ma chère, lo que ha podido encontrar en su Teplov y por qué se muestra tan entusiasmada!…”

A mí también me parece eso un poco extraño. No puede ser que Teplov la haya seducido hasta tal punto. Veamos más adelante.

“Me parece que, si le gusta este gentilhombre, le ha de gustar también ese funcionario que está en el despacho de papá. ¡Ay ma chère, si vieras qué feo es! Se parece a una tortuga vestida con un saco…

“¿Quién será este funcionario?… Tiene un apellido rarísimo. Siempre está sentado sacando punta a las plumas. Su pelo es como el heno y papá lo manda siempre en lugar del criado…”

Me parece que esta perra maldita hace alusiones sobre mí. ¡Pero qué voy a tener yo el pelo como el heno!

“Sofía no puede por menos que reírse cada vez que le ve…”

¡Mientes, perra maldita! ¡Habráse visto qué lengua de víbora! ¡Como si yo no supiera que todo ello es pura envidia! Acaso se figura que ignoro que son cosas del jefe de sección. Ya sé que me tiene un odio feroz y que hace cuanto está en sus manos para fastidiarme. Pero voy a mirar otra carta. Puede que encuentre allí la clave de todo.

“Mi querida Fidele, perdóname por no haberte escrito en tanto tiempo, pero es que estaba completamente hechizada. Ha dicho un escritor que el amor es una segunda vida, y esto es muy exacto.

Además, en casa han sucedido grandes cambios. El gentilhombre viene ahora todos los días, y Sofía está perdidamente enamorada de él. Papá está muy contento. Hasta le oí decir a Gregorio, que es el que nos barre el suelo y que casi siempre habla consigo mismo solo, que pronto habrá boda, porque papá quiere casar a Sofía, o con un general, o con un gentilhombre de Cámara, o con un coronel…”

¡Qué diablos! No puedo seguir leyendo… Todo lo mejor ha de ser siempre, o para un gentilhombre de Cámara o para un general. ¡Parece que has encontrado un pobre tesoro y crees que podrás conseguirlo, pero te lo arrebata un general o un gentilhombre de Cámara! ¡Qué demonios! Quisiera ser general, no para obtener su mano y las demás cosas, sino para ver con qué consideración iban a tratarme y cuántos miramientos me dedicarían. Después podría decirles en pleno rostro que me importaban un bledo.

¡Demonios, qué pena! Rompí en mil pedazos las cartas de la estúpida perra.

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3 de noviembre

No puede ser. Es mentira. ¡La boda no se efectuará! ¡Qué más da que sea un gentilhombre de Cámara! Esto no es más que un cargo de dignidad, no es ninguna cosa visible que se pueda coger con las manos. Por ser él un gentilhombre de Cámara no le va a salir otro ojo en la frente ni va a tener una nariz de oro, sino que la tiene igual que yo y que todos los demás mortales; pero no come ni tose con ella, sino que huele y estornuda como todos. Ya en diversas ocasiones quise averiguar de dónde provenían semejantes diferencias. ¿Por qué he de ser yo un consejero titular y con qué motivo? Puede que yo sea algún conde o algún general, y que sólo así paso por un consejero titular. Quizás ignore yo mismo quién soy. ¡Cuántos ejemplos hay en la historia! Se ha dado el caso de que un sencillo villano, no digamos ya un noble, o un vulgar campesino de repente ñdescubre que es todo un personaje e incluso, a veces, un rey. ¡Y si un sencillo mujik llega a estas alturas, qué será entonces de un noble! Si, por ejemplo, de repente entrase yo vestido con el uniforme de general, llevando una charretera en el hombro derecho y otra en el izquierdo, y con una cinta azul en el pecho, ¿qué pasaría entonces? ¿Qué diría mi hermosa ninfa? ¿Se opondría su papá, nuestro director? ¡Oh! Él es muy vanidoso.

Es un masón, no cabe duda de que sea masón, aunque aparente ser tan pronto una cosa como otra. Pero yo en seguida me di cuenta de que era masón, y si le tiende la mano a uno, sólo le da los dos dedos. ¿Acaso no puedo ser nombrado ahora mismo general, gobernador o intendente, o recibir cualquier cargo importante? ¿Me gustaría saber por qué soy consejero titular?

¿Sí, por qué he de ser precisamente consejero titular?

DIARIO DE UN LOCO de Mykola Hóhol - Oleo sobre tela por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica

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5 de diciembre

Hoy estuve toda la mañana leyendo periódicos. ¡Qué cosas tan raras suceden en España! ¡Hasta me fue imposible comprenderlo del todo! Se dice que el trono se halla vacante y que los altos dignatarios están en una situación muy difícil respecto a la elección del heredero, y que de allí proviene la indignación general. Esto me parece sumamente extraño.

¿Cómo puede estar el trono vacante? Dicen también que cierta doña ha de subir al trono. Pero una doña no puede subir al trono, eso es imposible, pues el trono debe ser ocupado por un rey. Pero dicen que no hay rey, mas es inadmisible que no haya un rey. Un Estado no puede estar sin un rey. Este debe existir, pero seguramente está de incógnito. A lo mejor, se encuentra allí mismo; pero por razones de índole familiar o por temor a las potencias vecinas, como Francia y los demás países, se ve obligado a esconderse. También puede ser por otros motivos.

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8 de diciembre

Ya estaba dispuesto a ir a la oficina, pero me detuvieron diferentes motivos y en particular mis reflexiones. No puedo dejar de pensar en los asuntos de España. ¿Cómo puede ser que una doña sea reina? No lo permitirían. Inglaterra, sobre todo, no lo permitiría, y, además, los asuntos políticos de toda Europa. También se opondrán a ello el emperador de Austria y nuestro zar… Confieso que estos acontecimientos obraron con tanta fuerza sobre mí, que fui incapaz de hacer nada durante todo el día. Marva me hizo observar que durante la comida estuve muy agitado.

En efecto, al parecer, dejé caer dos platos al suelo, que se hicieron añicos; ¡Tan distraído me hallaba!

Después de comer, salí; pero no pude sacar nada en limpio.

Después, estuve la mayor parte del tiempo tumbado en la cama, reflexionando sobre los asuntos de España.

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Año 2000, 3 de abril

¡Hoy es un gran día! ¡En España hay un rey! ¡Por fin ha sido encontrado! Y este rey soy yo. Reconozco que al parecer me ha iluminado un rayo. No comprendo cómo pude pensar e imaginarme que era un consejero titular. ¿Cómo pudo ocurrírseme una idea tan loca?

Menos mal que entonces no se le antojó a nadie meterme en una casa de locos. Ahora me ha sido revelado todo, ahora lo veo todo con claridad. Antes no comprendía, antes diríase que todo lo que veía estaba sumidoen la niebla. Todo esto sucede, creo yo, porque la gente se imagina que el cerebro de una persona está en su cabeza; pero no es así, es el viento quien lo trae del mar Caspio.

Primero declaré a Marva quién era yo. Al enterarse de que se hallaba ante el rey de España, alzó los brazos al cielo y por poco se muere del susto. Ella es tonta y jamás habrá visto al rey de España. Sin embargo, procuré calmarla y le aseguré con palabras indulgentes que estaba lleno de benevolencia para con ella y que no le guardaba rencor por haberme limpiado mal los zapatos algunas veces. Hace falta tener en cuenta que la pobre forma parte del pueblo y que no se le puede hablar de temas elevados. Se asustó porque está convencida de que todos los reyes de España son como Felipe II. Pero yo le expliqué que entre Felipe II y yo no había el menor parecido, y que yo no tenía capuchinos.

No fui a la oficina. ¡Que se vaya al diablo! ¡No¡ ya no me cogeréis más, amigos! ¡Se acabó, ya no copiaré más vuestros odiosos documentos!

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86 de marzo

Entre el día y la noche

Hoy vino a verme el ejecutor con el propósito de que fuera a la oficina, pues hacía más de tres semanas que no aparecía por allí. Yo fui a la oficina por pura broma. El jefe de sección pensaba seguramente que yo iba a saludarle y pedirle excusas; pero yo sólo le eché una mirada indiferente, que no era ni demasiado colérica ni demasiado familiar o benévola. Miré a todos esos bribones que estaban en la cancillería, y pensé: “¿Qué pasaría si supierais quién está entre vosotros?…” ¡Dios mío!

¡Qué jaleo se armaría! El jefe de la sección en persona vendría a saludarme, haciéndome un profundo saludo, igual que hace ahora con nuestro director. Pusieron delante de mí unos documentos para que hiciera un resumen de ellos. Pero yo ni siquiera moví un dedo. Unos cuantos minutos después todos se hallaban sumamente agitados; al parecer, iba a venir el director.

Muchos empleados se precipitarían a su encuentro. Pero yo no me moví de mi sitio. Cuando el director pasó por nuestra sección, todos se abrocharon el frac; mas yo no hice nada.

¡Venía el director! Bueno, ¿y qué? ¡Jamás iba a levantarme delante de él! ¡Qué era un director! (¡Era un corcho y no un director! Un corcho de lo más corriente y nada más.)

Uno de esos corchos con los que se tapan las botellas. Lo que más me hizo gracia fue cuando me trajeron un documento para que lo firmase. Ellos se figuraban que iba a firmar humildemente en el bajo de la página, pero yo escribí en el sitio principal, allí donde firma el director, Fernando VIII. Hacía falta ver qué silencio tan religioso reinó en la sala. Yo sólo hice un ademán con la mano y dije: “No son necesarios juramentos de fidelidad”. Después de lo cual salí. Me fui directamente al piso del director, que no estaba en casa. El criado no quería dejarme pasar; pero yo le dije unas cuantas palabras, y su efecto fue tal, que se quedó helado con los brazos caídos. Me dirigí sin cavilar al gabinete.

La hallé sentada ante el espejo. Al entrar yo, dio un salto atrás.

Yo, sin embargo, no le dije que era el rey de España; sólo le declaré que la esperaba una felicidad tal, que ni siquiera podía imaginársela, y que, a pesar de todas las intrigas de nuestros enemigos, estaríamos juntos. No quise decirle más, y salí. ¡Oh, qué ser más pérfido es la mujer! Sólo ahora he comprendido lo que son las mujeres. Hasta ahora nadie sabía de quién estaba enamorada la mujer. Yo fui el primero en descubrirlo. La mujer está enamorada del demonio. Sí, y esto no es ninguna broma.

Los fisiólogos escriben tonterías acerca de ella; pero ella sólo ama al demonio. Mire, desde el palco pasea sus gemelos. ¿Cree usted que mira a ese señor gordo con una condecoración? Nada de eso, mira al demonio que tiene detrás de su espalda. ¡Mírele, se ha escondido en la condecoración! ¡Mire ahora cómo le hace señas con el dedo! Y ella se casará con él.Sí, se casará. Y todos esos funcionarios padres de familia, todos esos que se insinúan en todos los sitios procurando introducirse en la Corte, y dicen que son patriotas y esto y aquello, todos esos patriotas no aspiran más que a conseguir arrendamientos. Serían, por dinero, capaces de vender a su madre, a su padre e incluso a Dios.

Todo esto no es más que vanidad, y eso se explica, porque debajo de la lengua hay una pequeña ampolla, y dentro de ella, un gusanillo del tamaño de un alfiler, y todo esto lo hace cierto barbero que vive en la calle Gorojovaia. No me acuerdo cómo se llama; pero todo el mundo sabe que quiere predicar el mahometismo por el mundo entero, junto con una comadrona.

Por eso dicen que en Francia la mayoría de las personas se convierten al mahometismo.

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Cierta fecha

El día era sin fecha. Me paseé de incógnito por el Nevski. Pasó el coche del zar, y toda la gente se quitó el sombrero; yo también lo hice y me comporté como si no fuera rey de España.

Encontré poco adecuado descubrir mi personalidad, así, delante de todos. Ante todo, he de presentarme en la Corte. Lo único que me retiene hasta ahora es que no tengo ningún traje de rey.

Si por lo menos pudiera conseguir algún manto… Pensé encargárselo al sastre; pero esta gente es tan burra, y, además, no cuidan de su trabajo desde que se han dedicado a los asuntos, y se están la mayoría del tiempo en la calle. Decidí hacer el manto de mi nuevo uniforme de gala, que sólo me puse dos veces; pero temiendo que estos granujas fueran a estropeármelo, resolví hacerlo yo mismo. Cerré la puerta de mi cuarto para que nadie me viera, y emprendí la labor. Lo desarmé todo con ayuda de las tijeras, pues su corte ha de ser totalmente distinto.

***

No me acuerdo de la fecha ni tampoco del mes. El diablo sabrá qué mes era.

El manto ya está acabado. Marva dio un grito cuando me lo vio puesto. Sin embargo, no me atrevo aún a presentarme en la Corte. Hasta ahora no ha llegado la diputación de España. Y sin la diputación resultaría incorrecto. Rebajaría con ello mi dignidad. La estoy esperando a cada momento.

***

Día 1º

Me extraña que los diputados tarden tanto. ¿Qué motivos pudieron retenerlos? ¿Acaso Francia? Sí, es el reino más desfavorable a todo. Fui a Correos para informarme de si habían llegado los diputados españoles. Pero el empleado de allí es completamente estúpido y no sabe nada. Sólo me dijo:

“No; aquí no hay ningún diputado español; pero si quiere mandar una carta, puede hacerlo y nosotros la certificaremos según la tarifa indicada”. ¡Voto a mil diablos! ¡Quién habla de cartas! Eso son tonterías. Las cartas sólo las escriben los farmacéuticos…

***

Madrid, 30 de febrero

Y heme aquí en España. Esto ha sucedido con tanta rapidez, que apenas si puedo volver de mi asombro. Esta mañana se presentaron en casa los diputados españoles, y yo me fui con ellos en una carroza. Me extrañó la extraordinaria rapidez del viaje, íbamos con tanta velocidad, que en menos de media hora llegamos a la frontera de España. Claro está que ahora en toda Europa los caminos de hierro colado son muy buenos y el servicio de barcos está muy organizado. ¡Qué país tan extraño es España! Al entrar en la primera habitación, vi a muchas personas con el pelo cortado al rape, y en seguida me figuré que debían de ser dominicos o capuchinos, pues tienen el hábito de afeitarse la cabeza. El comportamiento del canciller de Estado conmigo me pareció de lo más extraño: me llevó de la mano y me condujo a un cuarto, a cuyo interior me empujó, diciéndome:

—Quédate aquí. Y si persistes en pasar por Fernando, ya te quitaré yo las ganas de seguir haciéndolo.

Pero yo sabía que esto no era más que una prueba, y protesté enérgicamente, lo que me valió por parte del canciller dos golpes en la espalda. Fueron tan dolorosos, que me faltó poco para gritar; pero me contuve al pensar que esto era sólo una costumbre caballeresca que siempre tenía lugar en los grandes acontecimientos, ya que en España se conservaban aún las tradiciones caballerescas. Al quedarme solo decidí ocuparme de los asuntos de Estado. Descubrí que la China y España eran el mismo país, y que sólo por ignorancia se consideran como estados diferentes.

Aconsejo a todo el mundo que escriba en un papel la palabra España, y verá como sale China.

Pero me está disgustando sumamente un acontecimiento que tendrá lugar mañana. Mañana, a las siete, se producirá un fenómeno terrible: La Tierra va a sentarse sobre la Luna. Acerca de esto ha escrito el célebre químico inglés Wellington.

Confieso que sentí cómo mi corazón empezaba a latir de inquietud al pensar en la delicadeza y falta de resistencia de la Luna. Todos sabemos que la Luna se fabrica generalmente en Hamburgo, y, además, muy mal. Me sorprende cómo Inglaterra no presta atención a ello. La fabrica un tonelero cojo, y es evidente que el muy tonto no tiene el menor conocimiento de la Luna. Ha puesto una cuerda de alquitrán y el resto es de aceite de madera, y por eso huele tan mal por toda la Tierra, de tal forma que tiene uno que taparse las narices. Pero la Luna es un globo tan delicado, que es imposible que la gente viva allí, y ahora sólo viven las narices. Ésta es la razón por la cual no podemos ver nuestras narices, ya que todas están en la Luna. Al pensar que la Tierra, materia pesada y potente, iba a sentarse sobre la Luna, y al imaginarme el tormento que sufrirían nuestras narices, se apoderó de mí una inquietud tal, que me puse los calcetines y me calcé en el acto para correr a la sala del Consejo de Estado y dar órdenes, con el fin de que la policía no permitiese a la Tierra sentarse sobre la Luna. Los numerosos capuchinos que hallé en la sala del Consejo de Estado eran personas muy inteligentes, y cuando les dije: “Caballeros, salvemos a la Luna, porque la Tierra quiere sentarse encima de ella”, todos en el acto se precipitaron para cumplir mi real deseo. Algunos treparon por las paredes con el fin de alcanzar la Luna; pero en aquel momento entró el gran canciller. Al verle, todos echaron a correr y yo, como rey, me quedé solo.

Pero, con gran sorpresa por mi parte, me golpeó con un palo y me echó a mi cuarto. Tal es el poder de las costumbres populares y tradicionales en España.

***

Enero del mismo año, que tuvo lugar después de febrero

Hasta ahora no puedo comprender qué país tan raro es España. Las costumbres populares y el ceremonial de la Corte son completamente extraordinarios. No comprendo, decididamente no comprendo nada. Hoy me han afeitado la cabeza, a pesar de que grité como un condenado, diciendo que no quería ser un monje. Pero ya soy incapaz de recordar lo que me pasó cuando empezaron a verterme agua fría sobre la cabeza. ¡Jamás experimenté un infierno semejante! Estaba a punto de volverme rabioso, y apenas pudieron retenerme. No comprendo el significado de esta extraña costumbre. ¡Es una costumbre estúpida, absurda! Me niego a comprender la insensatez de los reyes, que hasta ahora no han sabido deshacerse de estas costumbres. A juzgar por todo, me figuro que habré caído en manos de la Inquisición, y seguramente aquel a quien tomé por el canciller no es más que el gran inquisidor.

Pero lo único que aún no logro comprender es cómo un rey puede someterse a la Inquisición. Claro que de esto pueden tener la culpa Francia y Polignac. ¡Ah, este Polignac! ¡Qué bestia! ¡Juró oponerse a mí hasta la muerte! Y por eso me persiguen todo el tiempo; pero ya sé, amigo mío, que obras bajo la presión de Inglaterra. Los ingleses son unos grandes políticos que siempre se insinúan en todos los sitios. Y sabe el mundo entero que cuando Inglaterra aspira rapé, Francia estornuda.

***

Día 25

Hoy el gran inquisidor vino a mi habitación. Pero yo, en cuanto oí sus pasos desde lejos, me escondí debajo de la silla.

Él, al ver que no estaba empezó a llamarme. Al principio gritó:

—¡Poprischew!
Yo permanecí callado.

Después dijo:

—¡Aksanti Ivanovich, consejero titular, noble!
Pero yo permanecía callado.
—¡Fernando VIII, rey de España!
Yo quise sacar la cabeza, pero pensé: “No, amigo, ya no me engañas. Otra vez me vas a echar agua fría sobre la cabeza”.

Pero debió de verme, y me hizo salir con su palo de debajo de la silla. ¡Qué daño hace ese maldito palo! Sin embargo, fui recompensado de todo con el hallazgo que hice hoy. Descubrí que cada gallo tiene una España y que la lleva debajo de las plumas. Pero el gran inquisidor se fue muy enfadado, amenazándome con terribles castigos. Yo no hice caso de su ira impotente, ya que obra sólo como una máquina, como un instrumento en mano de los ingleses.

***

Día 34 de febrero de 343

¡No¡ ya no tengo fuerzas para aguantar más! ¡Dios mío!, ¿qué es lo que están haciendo conmigo? Me echan agua sobre la cabeza. No me hacen caso, no me miran ni me escuchan. ¿Qué les he hecho yo, Señor? ¿Por qué me atormentan? ¿Qué es lo que esperan de mí? ¡Ay, infeliz de mí! ¿Qué les puedo dar yo?

Yo no tengo nada. No tengo fuerzas, no puedo aguantar más todos los martirios que me hacen. Tengo la cabeza ardiendo, y todo da vueltas en torno mío. ¡Sálvenme, llévenme de aquí!

¡Que me den una troika con caballos veloces! ¡Siéntate, cochero, para llevarme lejos de este mundo! ¡Más lejos, más lejos, para que no se vea nada!… ¡Cómo ondea el cielo delante de mí! A lo lejos centelleaba una estrella, el bosque de árboles sombríos desfila ante mis ojos, y por encima de él asoma la luna nueva.

Bajo mis pies se extiende una niebla azul oscura; oigo una cuerda que sueña en la niebla; de un lado está el mar, y del otro, Italia; allí, a lo lejos, se ven las chozas rusas. ¿Quizá sea mi casa la que sé vislumbra allá a lo lejos? ¿Es mi madre la que está sentada a la ventana? ¡Madrecita, salva a tu pobre hijo! ¡Vierte unas cuantas lágrimas sobre su cabeza enferma! ¡Mira cómo le martirizan! ¡Ampara en tu pecho a tu pobre huérfano! En el mundo no hay sitio para él. ¡Lo persiguen! ¡Madrecita, ten piedad de tu niño enfermo!… ¡Ah! ¿Sabe usted que el bey de Argel tiene un bulto debajo de la nariz?


Enlace a un analisis de esta obra

El Viy – Novela de Mykola Hóhol

Esta leyenda es la que les contaré ahora tal como la he oído, intentando hasta donde me sea posible no cambiar nada de la ingenua sencillez con que la escuché contar.

Cuando por las mañanas tocaba la sonora campana que colgaba sobre la puerta cochera del seminario de Kyiv, todos los estudiantes y los seminaristas acudían en tropel desde los distintos barrios de la ciudad. Aquel monasterio tenía alumnos de todas las clases: gramáticos, retóricos, filósofos y teólogos, llamados así según el nombre del curso en que estaban. Todos llevaban libros y cuadernos. Los gramáticos, que correspondían a las clases elementales, eran en su mayor parte chiquillos; siempre entraban corriendo, dándose empujones, y gritando con sus voces atipladas. Iban muy mal vestidos, y en los bolsillos de sus muy harapientos trajes llevaban todo tipo de fruslerías, como silbatos de pluma hechos por ellos mismos, huesos de cordero con las que jugaban muy a menudo a la taba, restos de empanadas o de cualquier otro alimento, y algún infeliz gorrión que muchas veces, de manera inesperada, rompía con su piar el silencio de la clase, siendo la causa de que su dueño recibiera un severo castigo, ya en forma de palmetazos, o de unos buenos azotes con una vara de cerezo.

Los retóricos eran un poco mayores que los gramáticos, y vestían de un modo más decente, puesto que llevaban trajes en mejor estado y a veces muy limpios. Sin embargo, sus rostros no carecían de adornos en forma de símbolo victorioso, ya fuera un ojo morado, algunos arañazos o algunos hinchazones de la misma procedencia. Las voces de los retóricos eran ya más de tenores.

Por lo que respecta a los filósofos, hablaban con voz de bajo. En sus bolsillos solamente se podía encontrar tabaco, pues no solían guardar restos de alimentos, ya que se los comían ávidamente en cuanto los tenían a su alcance. De ellos emanaba un olor característico a pipa y aguardiente; era un olor que se notaba desde tal distancia que los artesanos, cuando se cruzaban con ellos, olfateaban de igual modo que los perros de caza.

En aquella hora tan temprana comenzaban a abrirse las puertas del mercado, y las vendedoras de buñuelos, de panecillos y toda clase de golosinas, jalaban a los estudiantes del vestido; como es de suponer, importunaban más a los que iban mejor vestidos.

-¡Señoritos, señoritos, vengan aquí! ¡Vean qué ricos buñuelos, qué tortas, qué pasteles! ¡Son de miel! ¡Una delicia! ¡Yo misma los he hecho! -pregonaba una de aquellas vendedoras.

-¡Aquí están los buenos caramelos! -exclamaba otra, ofreciendo algo parecido a lo que pregonaba.

-No le haga caso, señorito -intervenía una tercera-. No le compre nada a esa mujerzuela. Fíjese usted en sus manos sucias y en su nariz manchada. ¡Venga aquí, señorito!

Claro que estas bravatas sólo las dirigían a los más pequeños. No se atrevían con los filósofos ni con los teólogos, que sólo se acercaban “a probar” la mercancía, lo que por cierto lo hacían a manos llenas, sin el menor escrúpulo. Al entrar en el seminario cada uno se dirigía a su salón de clase. Eran aulas amplias, de techo bajo, pequeñas ventanas, grandes puertas y bancos llenos de manchas y marcas. En seguida se animaban con un extraño murmullo, y los estudiantes de años superiores comenzaban a preguntar a los alumnos. Por un lado, algunas vidrieras vibraban por la voz de tiple de un gramático; por otra, vibraban por la voz de bajo de un filósofo o de un teólogo que llenaba la clase con su monótono “bu, bu, bu…”, al mismo tiempo que el cuidador, escuchando con indolencia la tarea, miraba de reojo para ver si algo asomaba por debajo de la mesa del bolsillo del alumno; un pedazo de buñuelo, de empanadilla, o de un simple panecillo.

En las ocasiones en que todo aquel ilustre alumnado llegaba a las clases ante que sus maestros o sabía que comparecían más tarde de lo normal, se entablaba en las aulas un combate general en el que intervenían no sólo la totalidad de los estudiantes, sino también los mismos cuidadores, a los que se suponía encargados de garantizar en el seminario el orden y la moral de los estudiantes. Casi siempre eran dos teólogos los que se dedicaban a organizar los combates, resolviendo si cada clase peleaba por su cuenta o sí el combate se haría en dos grupos: los mayores contra los menores, los colegiales contra los seminaristas.

Los gramáticos eran siempre los que iniciaban la lucha, pero apenas entraban en acción los retóricos, abandonaban el campo y se limitaban a seguir la pelea como simples espectadores desde algún sitio elevado.

Después entraban a la batalla los filósofos, en cuyos rostros apuntaba ya la barba, y finalmente los teólogos, de cuellos fuertes y musculosos como los de un toro, que llevaban pantalón bombacho. Por regla general el combate concluía con la derrota de los filósofos, quienes abandonaban el campo frotándose sus adoloridas espaldas, para ir a refugiarse en su salón y sentarse en sus bancos a reponer fuerzas.

Cuando entraba el maestro, que en su juventud también había participado en iguales peleas, en seguida deducía por las caras de los alumnos que el combate había sido tremebundo, y de inmediato procedía a
castigarlos dándoles a los filósofos palmetazos en los dedos, mientras en otro salón un colega golpeaba a los retóricos en la palma de las manos. A los teólogos se les daba un tratamiento diferente: recibían una buena ración de guisantes, que así llamaban a los látigos que en la punta tenían bolitas de cuero.

Los días festivos casi todos los estudiantes los pasaban en distintos antros de la ciudad, divirtiendo al público con representaciones no siempre muy convenientes, en las que aparecían personajes como Herodías o Pentefría, la virtuosa esposa de algún faraón. Por esos trabajos recibían un saco de mijo, medio ganso asado o unos cuantos metros de tela. Toda aquella docta gente, tanto los del colegio como los del seminario, que convivían en un tradicional ambiente de implacable antagonismo, era tan pobre que carecía de medios para alimentarse como es debido, y, en cambio, poseía un hambre feroz, no siendo posible, por lo tanto, calcular la cantidad de panecillos, buñuelos, o cualquier otra clase de alimento que serían capaces de comerse en un sólo día.

De ahí que muchas veces la generosidad de algunos mecenas no fuera suficiente para evitar que soportaran un hambre canina.

Cuando se encontraban en tal apuro se reunía el senado, compuesto de teólogos y filósofos, y decidían enviar varios grupos de retóricos y gramáticos, capitaneados por un filósofo y provistos todos de sus correspondientes bolsas, a hacer una incursión por los huertos próximos, y cuando regresaban, abundaban los pepinos, las calabazas y otras muchas hortalizas. Los senadores se hinchaban hasta tal punto de melones y sandías, que los profesores notaban ruidos anormales al día siguiente, los que provenían de las saturadas panzas de aquellos senadores. Tanto los busarcos como los seminaristas usaban unas levitas tan largas que al caminar casi se las pisaban.

No obstante, lo más curioso de la vida de los discípulos eran las vacaciones, es decir, el tiempo que transcurre desde el mes de junio hasta el final del verano. Al llegar estas fechas los seminaristas regresaban a sus casas y los caminos se llenaban de teólogos, filósofos, retóricos y gramáticos.

Los que no tenían familia se las arreglaban para pasar el verano en la casa de alguno de sus compañeros. Los teólogos y los filósofos, cuyos procedimientos e instrucción eran más elevados, se valían de ello para pasar las vacaciones como preceptores en la casa de alguna familia adinerada, recibiendo como remuneración final un par de zapatos o una levita nueva.

Todos salían juntos del seminario en tumultuoso tropel; comían y dormían en pleno campo y llevaban un saco como todo equipaje; dentro de él había una camisa y unos cuantos pares de calcetines. Los teólogos economizaban más que sus compañeros, por lo que andaban descalzos y con las botas al hombro, sobre todo si el camino era pantanoso; en este caso se subían los pantalones hasta las rodillas y caminaban así a través de los caminos llenos de lodo. Si durante su larga caminata encontraban alguna finca, iban hasta ella, se situaban debajo de las ventanas y entonaban una canción. Generalmente el propietario, que por lo común era un kozako o un terrateniente, los escuchaba conmovido y después le decía a su esposa:

Oye, mujer, no tengo la menor duda de que eso que han cantado debe ser algo muy sabio. Dales algo de comer.

Los sacos de los seminaristas se llenaban entonces de tocino, empanadas, incluso pollos asados, sin tener en cuenta que en los sacos había camisas y calcetines. Reforzados así de provisiones, reanudaban su camino. El tropel iba disminuyendo poco a poco, hasta que sólo quedaban los estudiantes cuyos hogares estaban más lejos. En una de estas ocasiones, durante una peregrinación de este tipo, tres busarcos se extraviaron al salirse de la carretera principal, y después de una larga caminata encontraron una apartada finca, a donde se dirigieron en busca de alimentos. Los sacos los tenían totalmente vacíos, y desde hacía bastante tiempo no probaban bocado. Los tres compañeros eran el teólogo Khaliava, el filósofo Jomá Brut y el retórico Tiberi Gorobez.

..-gritó el filósofo. Y lo era. Ante ellos había una finca de sólo dos casitas

El teólogo era un muchacho de anchos hombros, fuerte, y con una costumbre bastante extraña; le era imposible ver cualquier cosa que tuviera al alcance de su mano sin metérsela al bolsillo. Se mostraba siempre taciturno y huraño, en especial cuando bebía más de la cuenta: entonces se escondía entre los matorrales, y era casi imposible que sus compañeros lo encontrasen. Jomá Brut, por el contrario, tenía un carácter alegre y afable. Le gustaba mucho fumar en pipa, y cuando se emborrachaba invitaba a los músicos y se ponía a bailar. En el seminario pertenecía al grupo que probaba a menudo una buena ración de guisantes, pero lo soportaba estoicamente, diciendo que nadie puede evitar lo que tiene predestinado.

El retórico Tiberi Gorobez todavía no alcanzaba el permiso para beber aguardiente, fumar en pipa y tener bigote. Aún llevaba el oseledez (una trenza en medio de la cabeza afeitada) y se consideraba que su carácter no estaba formado, a pesar de que por los cardenales y moretones con que aparecía en las clases, prometía ser un buen kozako. El teólogo Khaliava y el filósofo Jomá Brut le daban frecuentemente unas buenas palizas como prueba de su protección, y lo utilizaban como mensajero. Comenzaba a oscurecer cuando los tres estudiantes se alejaron de la carretera principal. El sol había desaparecido en el horizonte y el aire conservaba todavía su calor estival. El teólogo y el filósofo fumaban sus pipas y Tiberi se dedicaba a tronchar con el bastón las flores que bordeaban el sendero, el cual serpenteaba entre los nogales y los robles que cubrían la llanura y su monotonía solo era rota por alguna colina redonda como las cúpulas de las iglesias. Algunos terrenos sembrados de trigo indicaban que en las cercanías había alguna aldea o por lo menos una hacienda.

Pero ya llevaban más de media hora caminando sin ver señales de algún pueblo. Entretanto, la noche había avanzado con tal rapidez que únicamente se veía en la lejanía una estrecha franja de cielo iluminada por una débil luz crepuscular.

-¡Qué extraño es todo esto! -dijo el filósofo Jomá Brut-. Me imaginé que estábamos cerca de una finca o de una aldea, pero no se ve nada que se lo parezca.

El teólogo, al escuchar a su compañero, miró hacia el horizonte, y siguió fumando tranquilamente.

Al rato el filósofo sentenció:
-Juraría por todos los demonios que no hay nada a la vista que parezca una aldea.
Ahora el teólogo respondió secamente sin quitarse la pipa de la boca:
-Si seguimos caminando, a algún sitio llegaremos.
La noche había cerrado ya por completo; debe decirse que era una de las más oscuras, y las nubes, apiñadas en el cielo, no daban la menor esperanza de que brillara la luna o las estrellas. Sólo en ese momento los tres compañeros reconocieron haber perdido el camino y estar totalmente perdidos. El filósofo, después de mirar detenidamente alrededor, dijo:

-No logro ver el camino.
Al cabo de un rato, como si lo hubiera estado pensando, el teólogo repuso:
-Es muy fácil perderlo en una noche tan oscura como esta.
El retórico subió a una pequeña cuesta con el fin de encontrarlo, pero a pesar de que se puso a gatas buscando con mucho cuidado, sus manos sólo tropezaban con madrigueras de zorros o con arbustos. Se hallaban en medio de la inmensa estepa, por donde parecía que jamás hubiera pasado alguien. Cansados, caminaron otras leguas más, sin encontrar las huellas del camino. El filósofo comenzó a lanzar gritos, pero su voz se perdía en la inmensa llanura. Al cabo de un rato oyeron un lejano gemido muy parecido al aullido de un lobo.

-¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó el filósofo.

-¿Qué otra cosa podemos hacer si no es pasar la noche en medio del campo? -contestó el teólogo, volviendo a encender su pipa.

Pero su decisión no fue del agrado del filosofo, acostumbrado a comer cuando menos un buen pedazo de tocino y medio kilo de pan antes de acostarse; ahora tenía el estómago terriblemente vacío y haciendo toda clase de ruidos. Por otra parte, a pesar de su carácter alegre, estaba aterrado por su miedo a los lobos.

-No, amigo Khaliavna; eso no es posible -repuso-. No estoy de acuerdo en que nos tumbemos en el suelo como si fuéramos perros sin comer algo antes. Sigamos un poco más y tal vez encontremos alguna finca en la que podamos beber un vaso de vino antes de dormirnos.

Al oír la palabra vino, el teólogo, escupiendo, dijo:
-Por supuesto, eso es lo que necesitamos. Resulta muy despreciable pasar la noche en medio del campo.
Y los tres siguieron andando. Por suerte para ellos, no transcurrió mucho tiempo antes de que oyeran el lejano ladrido de unos perros, y dirigiéndose hacia allí no tardaron en ver unas luces.

-¡Una finca, les juro que es una finca! -gritó el filósofo.

Y lo era. Ante ellos había una finca de sólo dos casitas, rodeada toda ella por una cerca. Las ventanas tenían luz y frente a ellas había una docena de melocotoneros y un patio lleno de carros, que los tres viajeros miraron a través de las estacas de la cerca. Mientras tanto, el cielo se había despejado un poco y se veían brillar algunas estrellas.

-Tenemos que avivarnos, compañeros, y sea como sea conseguir un lugar donde pasar la noche -ordenó el filósofo.

Acto seguido los doctos varones llamaron a la puerta, golpeándola con todas sus fuerzas.

-¡Eh, abran, abran!
Al abrirse la puerta de una de las casitas, vieron parada en el umbral una vieja envuelta en un grueso abrigo.
-¿Quién anda ahí? -preguntó tosiendo.
-Somos tres caminantes que en esta noche tan oscura nos hemos perdido. Déjenos entrar. Sólo queremos pasar aquí la noche.

-¿Pero quienes son? –volvió a preguntar la anciana.

-Gente de paz y honrada: el teólogo Khaliava, el filósofo Brut y el retórico Gorobez;
-No, no es posible -refunfuñó la vieja-; el patio está lleno de gente y todos los rincones de la casa están ocupados. No me queda sitio donde se puedan meter, y al ser los tres tan grandes podrían derrumbarme la casa. Además sé que todos los colegiales son unos borrachos y no quiero recibir a esa clase de gente. De modo que ¡fuera de aquí!

-Por Dios, abuelita, ten piedad de nosotros. No dejes morir a unos buenos cristianos libres de toda culpa. Que nos castigue Dios si hacemos algo malo.

La anciana pareció conmoverse un poco, y después de un rato les dijo:

-Bueno, está bien, los dejaré entrar. Pero que conste que los separaré y los pondré en distintos sitios para así estar más tranquila.

-Haz lo que creas mejor. Tú mandas y nosotros te obedecemos.

Les abrió el portón del cerco y los tres colegiales entraron en el patio.
-Escucha, abuela -dijo el filósofo desde atrás de la anciana-; no sé cómo explicarlo, pero sucede que a nuestros estómagos les ocurre algo muy raro. Desde ayer no hemos probado el menor bocado, y ellos se han dedicado a hacer ruidos y parecen estar completamente vacíos…

-Eso ya es mucho pedir -gruñó la vieja-. No hay nada preparado y no me voy a poner a estas horas a prender el horno.

-Nosotros te lo pagaríamos mañana en dinero constante y sonante -dijo el filósofo, añadiendo en voz baja:

“Te juro que nada recibirás, vieja del cuerno”.
-Está bien, está bien, pasen, pero confórmense con lo que se les da y después que el diablo se los lleve.
Sus palabras entristecieron al filósofo Jomá, pero de repente se animó grandemente pues su fino olfato había percibido olor a pescado salado. Inquieto miró por todos lados y de pronto vio salir la cola de un pescado por uno de los bolsillos del anchísimo pantalón del teólogo. Al astuto Khaliava le habría sobrado tiempo y ocasión para extraer de un carro del patio una magnífica parca. Y como eso lo había hecho siguiendo su inveterada costumbre, se olvidó de él y se puso a buscar algo que poder meterse al otro bolsillo, aunque sólo fuese un trozo de rueda abandonada. Y conociendo esa distracción, el filósofo Jomá pudo sacarle el pescado del bolsillo sin el menor remordimiento y tan fácil como si hubiera sido unos de sus propios bolsillos. La vieja fue enseñando a cada uno su lugar; al más joven lo metió en una casucha; al teólogo en una despensa, y al filósofo, llevándolo al corral, en uno de los establos.

Apenas quedó solo, el filosofo se tragó con un gran gusto la parca, revisó casi en oscuras las paredes del establo y le dio una patada a un cerdo que se había despertado y que andaba perezosamente. El muchacho se había echado ya sobre la paja tratando de dormir, cuando se abrió la puerta y apareció la vieja.

-¿Qué buscas, abuelita? -le preguntó sorprendido el filósofo.
Como única respuesta, la vieja, abriendo los brazos se acercó a él con claras intenciones con un ademán que descubría claramente sus intenciones sexuales.

-Óyeme, abuelita -dijo el filósofo rechazándola-, estamos en la Santa Cuaresma, y, aunque me entregaran mil monedas de oro, no sería capaz de cometer un pecado.

Pero el brillo de los ojos de aquella vieja demostraba que su explicación no la detendría. El filósofo sintió miedo.

-¡Márchate! -gritó-. ¡Vete de aquí y déjame en paz!

Y al decir esto se levantó de un salto a fin de escapar del establo, pero la vieja le cerraba el paso. Intentó atropellarla con su carrera, y de pronto sintió aterrorizado pues ni sus brazos ni sus pies le obedecían; incluso la voz se le ahogaba en la garganta. El corazón le latía con tal fuerza que parecía a punto de estallarle dentro del pecho.

Se quedó asombrado y en el acto vio que la vieja cogía una escoba a manera de látigo; después le saltó a los hombros y lo obligó a llevarla como si fuese un caballo. Todo esto ocurrió con la rapidez del rayo. El filósofo se sujetó las rodillas intentando detener sus piernas, pero resultó inútil: no le obedecían, y comenzaron a saltar y a correr a la misma velocidad que el mejor caballo circasiano. En menos tiempo del que se tarda en decirlo, se hallaron en el exterior de la finca; después galoparon a campo abierto y luego por un bosque tan negro como el carbón. Sólo entonces entendió lo que le sucedía: ¡estaba en poder de una bruja!

Apareció la luna, y con su plateada y misteriosa luz comenzó a iluminar la campiña, apareciendo ante sus ojos los bosques, el campo, las colinas, como paisajes de sueños. Las sombras que los arbustos y los árboles proyectaban parecían colas de negros cometas abalanzándose sobre la tierra. Pero lo más sorprendente era que el filósofo no notaba el azote del viento, como habría sido lógico sentirlo dada su fuerza. La noche era cálida, casi asfixiante. Jomá Brut, al soportar sobre sus espaldas el peso de tan extraño jinete, experimentaba un agobio desconocido hasta entonces y una rara sensación de languidez. Si miraba a sus pies, veía la hierba totalmente cubierta por una capa de rocío de una maravillosa transparencia, co- mo si la tierra fuera el fondo del mar; su tersa superficie reflejaba la imagen del filósofo con la bruja sobre sus hombros.

En aquella límpida superficie aparecía también reflejado el luminoso disco de la luna, e incluso creía oír sonidos emitidos por las silvestres campanillas azules al agitarse. Finalmente vio deslizándose sobre las aguas a una esbelta y hermosísima rusalka, de cuerpo marmóreo, como si estuviera formado por los rayos de la luna. La rusalka lo miraba con ojos brillantes y profundos, con una mirada que penetraba en su corazón como un finísimo dardo, y otra ondina también se deslizaba por la superficie, cantando, y otra se alejaba sonriéndole.

¿Era sueño lo que sus ojos contemplaban o era realidad? Una dulce y extraña melodía, penetrante como un silbido, llegaba hasta sus oídos.

“¿Pero qué me está ocurriendo?”, se preguntaba el filósofo sin dejar de galopar.

Jomá Brut sudaba y al mismo tiempo sentía un indecible placer. Su corazón latía con inusitada violencia, que él intentaba mitigar apretándose el pecho con las manos. Después tuvo miedo. Comenzó a recordar las oraciones que había aprendido, y procuró escoger las que creía más eficaces para alejar a los demonios.

Después de haberlas recitado sintió un gran alivio, como si un reconfortable frescor le hubiera recorrido todo el cuerpo. Le parecía que sus piernas se movían con menos agilidad y que la vieja estaba menos segura sentada sobre sus hombros. La misma tierra iba aproximándose, y al igual que la luna y las estrellas, recobraba su aspecto natural. “Espera, maldita vieja, vas a ver ahora”, se dijo el filósofo comenzando a recitar una plegaria.

Gracias a esto, y aprovechando el momento más conveniente, consiguió liberarse de la vieja y, sin perder tiempo, saltar sobre su espalda. Y ahora le tocó a la vieja galopar con tanta velocidad que al filósofo le costaba mucho sujetarse, y respiraba con gran dificultad. La tierra corría bajo sus pies, pero todo con aspecto bien visible y natural, como si la tuviera en la palma de la mano. Cabalgando sin detenerse sobre la bruja, agarró un leño que vio en el camino y golpeó a la vieja con todas sus fuerzas. Ella lanzó horrendos gritos, furiosos y amenazadores; después se convirtieron en gemidos más débiles, más amables, mas puros, y finalmente calmados, apenas audibles, que paulatinamente se fueron convirtiendo en una melodía que ablandaba el alma, con extrañas notas, como entremezcladas con argentinos sonidos de campanillas de plata. Al filósofo le parecía imposible que una voz como aquella pudiera salir de la garganta de una vieja.

Finalmente vio deslizándose sobre las aguas a una esbelta y hermosísima rusalka,

-¡Oh, ya no aguanto más! -exclamó al fin, y cayó rendida al suelo.
Los primeros rayos de la aurora empezaban a aparecer y allá a lo lejos se oía el tañido de las campanas de la iglesia de Kyiv, la de doradas cúpulas. El filósofo se incorporó y al buscar con la vista para tratar de saber dónde se encontraba, se dio cuenta, con extraordinaria sorpresa, de que a sus pies, en el suelo, yacía una hermosa joven con los exuberantes cabellos en desorden; de bellos y grandes ojos con pestañas tan largas como flechas. La joven gemía de un modo apenas perceptible, y tendió hacia él sus blancos y torneados brazos, y lo miraba con los ojos arrasados en llanto. Jomá Brut comenzó a temblar y a hablar sin saber lo que decía, y se sintió invadido por una extraña emoción y timidez que nunca había sentido. Después tuvo miedo y el impulso a alejarse con rapidez de ahí. Como loco, corrió velozmente, con toda la rapidez que deban sus piernas, hacia la ciudad de Kyiv, que veía a lo lejos, y en pocos minutos ya estaba en ella. Su corazón latía como loco y él no podía explicarse el nuevo sentimiento que lo había embargado. En la ciudad no quedaba un solo estudiante, todos se habían marchado, dispersándose por las granjas y las aldeas vecinas, puesto que en ellas podían encontrar siempre, y sin que les costará un centavo, alimentos de toda clase: pasteles, empanadas, queso, mantequilla… En cambio, en el viejo seminario, también vacío de estudiantes, el filósofo no consiguió ni un mísero mendrugo, ni un pedazo de tocino, ni nada que poder llevarse a la boca, a pesar de que buscó y rebuscó por todas partes, hasta en los más ocultos rincones, allí donde los estudiantes solían esconder sus provisiones.

Sabía que no podía perder ni un segundo, y que le era necesario espabilarse. Jomá Brut, sin pensarlo dos veces, se dirigió de inmediato al mercado, donde comenzó a pasear y después a dar vueltas en torno a una joven viuda a la que hacía guiños y bromas. La viuda vendía perdigones, pólvora, ruedecillas, cintas…

Nuestro joven filósofo se vio aquel mismo día ante una mesa muy bien provista de pollo, empanadillas y cuanto podía imaginar. Gracias a la amabilidad de la amable viuda que lo atendía en un jardín rodeado de cerezos. Al anochecer lo vieron en la taberna. Echado sobre un banco, descansaba fumando en su pipa como de costumbre, y ante la mirada de todos los presentes le pago al viejo judío dueño de la bodega, con una moneda de oro. Antes se había bebido el buen filósofo una botella del mejor vino y contemplaba alegremente a los que entraban y salían. Al parecer había olvidado por completo la aventura que acababa de vivir.

Mientras tanto, por la ciudad había comenzado a circular el comentario de que la joven hija del centurión más rico de la comarca, que tenía su finca a cincuenta leguas de Kyiv, había regresado de un paseo por el campo totalmente golpeada, destrozada a golpes; no se sabía quién la había maltratado de esa manera. La joven sólo logró reunir fuerzas a fin de regresar a su casa para morir en ella. Cuando ya sospechaba que la muerte se acercaba, la pobre muchacha tuvo tiempo de expresar su última voluntad: quería que cuando muriese, durante tres días y tres noches seguidas rezara ante su ataúd un seminarista de Kyiv llamado Jomá Brut.

Fue el mismo rector del seminario quien se interesó en informar del caso al filósofo; lo mandó llamar y después de recibirlo en sus oficinas, le ordenó que sin pérdida de tiempo se pusiera a las órdenes del centurión, quien lo llamaba con urgencia a su casa y ya había enviado a buscarlo a unos criados y un coche.

El filósofo lanzó un profundo suspiro; tenía un fatal presentimiento, aunque le habría sido imposible explicarlo, y contestó que se negaba rotundamente a ir.

-Escúcheme, dómine Jomá -dijo el rector, que a veces trataba a sus alumnos con mucha amabilidad-: aquí nadie le está preguntando si quiere o no quiere ir. El caso es que si no obedece en el acto le haré dar una paliza con una vara verde de abedul como para que no se levante en una semana.

Cuando escuchó estas palabras, el filósofo bajó la cabeza sin decir una palabra y confiando en la velocidad de sus piernas por si encontraba una oportunidad para escaparse del problema en que se encontraba. Bajó las escaleras cabizbajo y meditabundo, y al llegar al patio, bordeado de grandes álamos, se detuvo bajo las ventanas de la oficina del rector al oír las últimas órdenes que éste daba a su secretario y a uno de los emisarios enviados por el centurión:

Dele las gracias de mi parte por los huevos y la harina, y dígale que los libros que me ha pedido se los enviaré cuando mis escribientes hayan terminado de copiarlos. Dígale también que he sabido que por su finca pasa un río en el que se pescan muy buenos peces, abundando el sabroso esturión. Que me envíe alguno pues los que venden en el mercado son muy malos y caros… Entonces, espero… Y tú, Evtuj, invita a los emisarios del centurión unas cuantas copas de horilka. Ah, y no se olviden de amarrar muy bien al filósofo, que a la menor oportunidad tratará de escaparse.

-¡Diablos -pensó Jomá Brut-, este viejo no tiene un pelo de tonto!

En seguida vio el carro que le esperaba: era tan grande que lo comparó con un cobertizo sobre ruedas, pues tenía aproximadamente las dimensiones de un horno de cocer ladrillos. Sin embargo, aquel tipo de carro era muy común entre los judíos que en grupos de cincuenta llegaban de Cracovia en busca de ferias donde vender sus mercancías. Al lado del carromato estaban seis o siete corpulentos kozakos. Por sus vestimentas dejaban saber que su amo era un hombre muy rico. Las singulares cicatrices que tenían en la cara probaban que habían participado en algún combate, y seguramente de forma gloriosa.

“Bueno, ¿qué le vamos a hacer? Lo que está escrito tiene que cumplirse”, se resignó el filósofo. Después se encaminó a donde estaban los kozakos:

-Buenos días, compañeros.

-Buenos días, señor filósofo.
-¿De modo que haremos el viaje juntos? Este es un magnifico coche; aquí dentro cabría una banda de música, y hasta hay sitio para ponerse a bailar –comentó el filósofo mientras se sentaba.

-Sí, es cierto –le contestó uno de los kozakos, sentándose en el pescante, al lado del cochero, quien, al sobrarle el tiempo para empeñar su sombrero en la taberna, se cubría la cabeza con un trapo. Los otros kozakos se sentaron al lado del filósofo, acomodándose encima de los sacos llenos de las mercancías compradas en el mercado.

-Sería interesante saber –trató de conversar el joven filósofo- cuántos caballos son necesarios para tirar de un carro como éste, cargado, por ejemplo, de sal o de clavos.

-Supongo que varios -contestó uno de los kozakos después de pensar un poco y suponer que con su respuesta ya no tendría ninguna obligación de hablar con el filósofo a lo largo de todo el camino.

Lo que quería el filósofo era que le diesen detalles sobre la personalidad del centurión hacia cuya casa se dirigían. Quería saber sobre su carácter, sus costumbres y, sobre todo, algunos detalles de aquella hija que agonizaba después de regresar toda golpeada de un paseo por el campo y con cuya vida y muerte se entrecruzaba ahora su destino. Pero ningún kozako se tomó la molestia de responderle, callados como piedras, con la pipa en la boca y durmiendo a ratos.

Sólo uno de ellos le habló a gritos al cochero:
-Oye, Overko, no te vayas a olvidar de parar y despertarnos a todos cuando lleguemos a esa taberna que hay en el camino.

Y apenas acababa de decir esto cuando sus ronquidos retumbaron en todo el coche. Pero no había la menor necesidad de hacer esta advertencia, pues unos metros antes de llegar frente a la taberna, todos despertaron y gritaron a coro:

-¡Alto!
Pero hasta los mismos caballos estaban ya tan acostumbrados que, sin que tuvieran que ordenárselo, se paraban en cuanto olfateaban que estaban frente a una taberna. Este era un día del mes de julio y caía un sol a plomo, pero ninguno de los kozakos flojeó en el momento de saltar del carro para entrar en el pequeño y mísero tabernucho, cuyo dueño, un viejo judío, se puso muy contento al verlos, pues ya los conocía de anteriores visitas. De inmediato les sirvió en una de las mesas unas enormes salchichas, y desapareció en el acto por evitar presenciar la manera en que se comían la carne de cerdo, prohibida rigurosamente por el Talmud. Cuando todos estuvieron sentados, les pusieron delante grandes vasos de aguardiente y comenzó la gran fiesta, a la que ni tonto ni perezoso se agregó también el filósofo. Y siguiendo la costumbre ucraniana de llorar, besar y abrazarse unos a otros al beber, llegó un momento en que parecía que las cuatro paredes de la taberna lloraban y bebían con ellos.

-Oye, Spirid, ven aquí, que quiero darte un beso.
-Ven acá, Doroch, que tengo ganas de abrazarte.
Y uno de los kozakos, el de más edad, un individuo con mucha barba y un bigote gris muy espeso, se llevó los brazos a la cabeza y empezó a llorar desesperadamente porque era huérfano y no tenía a nadie en el mundo.

El compañero que tenía al lado lo consolaba diciéndole:

-No llores, camarada; ¡qué le vamos a hacer! Sólo Dios sabe lo que nos conviene.
Jomá Brut tenía al lado al kozako llamado Doroch, que como era muy pero muy curioso, empezó a hacerle preguntas, demostrando un especial interés por la filosofía.

-Me gustaría saber qué les enseñan en el seminario y si es lo mismo a lo que el sacristán nos lee siempre en la iglesia.

-No me hagas esas preguntas –le respondió el filósofo-. Únicamente Dios lo sabe todo, y siempre sucede lo que Dios quiere.

-No, no espera. Quiero saber lo que dicen esos libros que ustedes estudian. Quizá no sea igual a lo que nos leen el sacristán y el diácono.

-Por Dios, déjame tranquilo. ¿Qué necesidad tenemos de hablar de todo esto, si ya te digo que es imposible que podamos cambiar algo? Siempre sucederá lo que tenga que suceder.

-Pues yo quiero saberlo. Y además quiero ingresar en el seminario. ¿Qué te parece? ¿Crees que me enseñarán todo?

-Déjalo tranquilo de una vez -le dijo el kozako que tenía cerca, mientras dejaba caer la cabeza pues ya no se podía sostener sobre los hombros-¿Es que no entiendes lo que te dicen…?

Los demás kozakos estaban ya más que borrachos y discutían entre ellos, criticaban a sus amos, y cada uno exponía sus razones sobre el brillo y el caminar de la luna.

Al darse cuenta de cuál era la situación y del estado en que se encontraban sus custodios, el filósofo empezó a preparar su fuga. Lo primero que hizo fue hablar con el viejo kozako que lloraba porque era huérfano y estaba solo en el mundo:

-¿Qué necesidad hay de llorar, amigo? También yo soy huérfano, los dos somos igual de desdichados. Déjame que me vaya. ¿Para qué me quieren aquí?

-Por supuesto -contestaron los otros-. Dejemos que el muchacho se vaya a donde quiera.

Ya tenía el permiso de los kozakos para escaparse e incluso querían acompañarlo un trecho del camino, cuando el kozako interesado en la filosofía se opuso rotundamente a que se vaya, diciéndole a sus amigos:

-De ninguna manera. Tengo mucho de que hablar con él sobre el seminario; quiero ir a estudiar.

De todas maneras le hubiera sido imposible huir al filosofo, aún si no se hubiera opuesto el kozako que quería estudiar en el seminario, pues le parecía que la taberna tenía tantas puertas que hubiera sido incapaz de elegir la correcta por donde salir. Sólo cuando anocheció se dieron cuenta aquellas buenas gentes de que debían continuar su camino. Subieron al carro y mientras el cochero trataba de ir con la máxima velocidad, los kozakos se pusieron a cantar sin que hubiera manera de saber qué es lo que cantaban. Durante horas tuvieron que empeñarse en reencontrar el camino, pues a pesar de que lo conocían como si fuera la palma de su mano, se perdieron. Al encontrarlo, después de bajar por una acentuada pendiente, entraron a un valle. El filósofo vio entonces una larga empalizada a ambos lados del camino y dentro de la cerca, algo tapadas por los árboles, los techos de un buen número de casas. Era la aldea propiedad del centurión.

Muy avanzada ya la noche, en el cielo se predominaban las nubes, y sólo en algunos claros se veía el brillo de las estrellas. En ninguna de las casas había luz. Al entrar en un gran patio rodeado de casitas y pajares, fueron recibidos por los ensordecedores ladridos de una manada de perros. En el centro, justo al frente mismo de una gran puerta cochera, y de mejor apariencia y tamaño que las demás, había una casa que debía de ser la del centurión. El carro se detuvo frente a una casucha medio desmoronada que quizá fuese un granero o un pajar. Los kozakos, cada uno por su lado, se fueron a dormir. El filósofo quiso recorrerlo todo, ir por los alrededores y examinar la casa señorial, pero su estado de ánimo le hizo desistir. Tenía la sensación de que la casa era un enorme oso, y el humo negro que salía de la chimenea le recordaba al rector del seminario. Haciendo un gesto de fastidio, decidió irse también a dormir en el lugar que le habían señalado.

Al día siguiente, al despertarse, vio un inusitado movimiento de gente: durante la noche, la hija del centurión había fallecido.

Los criados corrían abrumados de trabajo de un lado a otro del pueblo, y fuera de la cerca se apiñaban los curiosos que querían enterarse de lo que estaba ocurriendo. El filósofo se dedicó a ver cómo era y qué había en la propiedad donde había pasado la noche. Primero examinó la casa del dueño, no muy grande e igual a las que en otros tiempos se construían en Ucrania. El tejado tenía un sobretecho de paja y en lo alto de la fachada había una ventana; varias enredaderas con flores de colores muy vivos subían por las paredes. Los cimientos de la casa estaban construidos con troncos de roble. Y unos peldaños subían hasta la puerta, la cual tenía un banco a cada lado.

Algo más lejos se levantaban unos cobertizos y, delante de la casa, un peral, cuya sombra llegaba hasta la entrada. Desde la casa hasta las cocheras había graneros y cobertizos donde se guardaban los instrumentos de labranza. En una pared estaba pintado un kozako bebiendo a caballo, con un letrero que decía: “Yo sólo me lo beberé todo”. En las paredes restantes se habían pintado pipas, tambores, caballos y diversas frases alusivas al vino y a los kozakos. “El vino es la alegría de los cosacos”.

Junto a las puertas cocheras, dos viejos cañones montaban la guardia. Según todos los indicios, el propietario era muy amante de las juergas, y el patio se llenaba con frecuencia de grandes bebedores. En el exterior del patio, dos molinos tendían sus aspas al cielo. Al otro lado de la casa había un jardín, y más allá de los árboles seguramente varias casitas, por el humo de chimeneas que se veía elevar en el horizonte. El poblado estaba en la falda de una colina hasta cuyo pie llegaba el límite de la finca del centurión. En una ladera de la colina había dos casitas, una de ellas casi oculta por las ramas de un manzano, cuyos frutos, cuando caían, rodaban hasta el patio del centurión. Un estrecho sendero que pasaba por la finca serpenteaba desde la cumbre hasta la casa. Y ahora, al examinar en pleno día el angosto y abrupto camino por donde habían llegado, el filósofo se dijo que los caballos del dueño debían ser muy inteligentes o los kozakos que lo llevaron tendrían el cerebro de hierro para no tener miedo de rompérselo en un viaje tan peligroso como el que hicieron, y todos borrachos al máximo, y pasando por lugares muy propicios para que un carro se despeñase con todos sus ocupantes dentro.

Al mirar en dirección contraria, un risueño paisaje tuvo ante él. Desde donde estaba se veía casi todo el poblado, que aún parecía estar durmiendo a pesar de que el sol lo acariciaba ya, y podía distinguir en la lejanía varias fincas y alguna aldea, dando la impresión de que se encontraban muy cerca unas de otras, a pesar de que entre ellas mediaban leguas de estepa. Una colina descendía hasta el Dnipró, cuya tersa y refulgente superficie se destacaba en la lejanía como si fuera una faja de plata.

“Qué sitio tan agradable -pensaba el filósofo mientras contemplaba aquel panorama-. Cómo me gustaría vivir aquí, pasar el tiempo pescando en el río o en esos estanques y lagos tan azules, o cazando en el bosque vecino o en la pradera, donde es probable que abunden las perdices. ¡Qué bonitos huertos! Cómo disfrutaría dedicándome a recoger frutos, secarlos y preparar aguardiente, pues no tengo dudas de que sería muchísimo mejor que el que venden en las tabernas… Y sin embargo tengo la obligación de hacer lo imposible para escaparme de aquí cuanto antes…”

Mientras se entretenía con estos pensamientos, su mirada se fijo en un sendero que había más allá de la cerca, escondido entre los matorrales que la rodeaban. Se dirigió hasta allí con mucha cautela, saltó la cerca y empezó a andar como si fuese de paseo, pero con el propósito de llegar hasta las primeras casas del poblado. Y sólo dio unos pocos cuando sintió que caía sobre sus hombros una pesada mano; al volverse vio que era el viejo kozako que había llorado en la taberna porque era huérfano.

-Estás en un gran error, señor filósofo, si piensas que vas a poder huir de aquí. Nosotros nos encargaremos de impedirlo. Además todos los caminos están vigilados. Regresa a la casa y anda a saludar a nuestro amo, que te está esperando.

-De acuerdo –contestó Jomá Brut resignado-. Llévame allá y con mucho gusto lo saludaré.
Acompañado por el kozako, entró en una estancia en cuyo centro había una tosca mesa y varias sillas. Allí estaba sentado el centurión, con los codos sobre la mesa y la cabeza apoyada en las manos. Se le veía muy triste y abatido. Tendría alrededor de cincuenta años, pero se habría podido calcular muchos más; la profunda tristeza que reflejaba su palidez era un claro anuncio que para él se habían acabado las diversiones. Cuando los dos visitantes entraron en la habitación, el centurión alzó la cabeza, se levantó y correspondió con un breve saludo a las corteses reverencias del filósofo y del kozako.

-¿Quién eres tú, de dónde vienes, cuál es tu profesión, buen hombre? -preguntó con amabilidad el centurión.

-Soy un seminarista de Kyiv y me llamo Jomá Brut.

-¿Quién es tu padre?
-No lo sé, excelentísimo señor.
-¿Y tu madre?
-También lo ignoro, excelencia; tampoco sé su nombre aunque lógicamente tendría que llamarse de algún modo.

El viejo centurión se quedó un momento pensativo, y después preguntó:

-¿Dónde y cuándo conociste a mi hija?
-No la conozco, no hablé nunca con ella, ni con ninguna de esta aldea, y si he de decirle la verdad, y sin intención de ofenderle, le aseguro que tampoco está entre mis deseos conocerla.

-Entonces, ¿qué explicación puede haber para que mi hija, antes que a cualquier otro, te nombrara precisamente a ti para rezar ante su ataúd?

-No existe la más mínima explicación -contestó el joven filósofo encogiéndose de hombros-. Sin embargo, tengo entendido que es normal que las personas de elevada alcurnia sean bastante caprichosas y que algunos de sus deseos sean a veces tan difíciles de explicar. El proverbio dice: “A tus amos les debes obediencia”, y yo estoy dispuesto a obedecer sin más comentarios ni explicaciones.

-Señor filósofo -dijo el centurión levantando la voz-, creo que no dices la verdad.

-Le juro, excelencia, que no miento.
-¡Ah, si mi hija no hubiera muerto tan pronto…! Con tiempo ella podría haberme explicado todo, pero no tuvo tiempo. Sólo pudo decirme con apagada voz de agonizante: “Haz que busquen en Kyiv a un seminarista llamado Jomá Brut. Él es quien debe rezar ante mi ataúd durante tres días y tres noches y rogar por el eterno descanso de mi alma.” Y agregó: “Él es el único que conoce mi pecado.” Y acto seguido mi querida palomita dejó de existir. Esta es la causa de que no pueda hasta ahora entender lo que me quiso decir con esas sus últimas palabras. ¿Será, acaso, buen hombre, que tú eres famoso por tus buenas obras y por tu piedad, y ella las conocía?

-¿Quién? ¿Yo? -exclamó sorprendido el seminarista-. ¿Yo, un santo? Si precisamente hace pocas horas he cometido un gran pecado al comer dulces en las vísperas del Jueves Santo. Sólo soy un miserable pecador…

-Pues aún lo comprendo menos… Pero sea como sea, deberás cumplir al pie de la letra la última voluntad de mi pobre hija. Prepárate para cumplir tu tarea y satisfacerla.

-Excelencia, si me lo permite, voy a hacer una objeción -repuso el filósofo-. Es evidente de que cualquiera que sepa leer es capaz de cumplir fielmente esos deseos. Pero pienso que sería más conveniente que esta misión la llevase a cabo un sacerdote, o al menos un diácono, pero no un simple seminarista como yo. Ellos están preparados para cumplir con esos oficios. Además, por otra parte, yo tengo muy mala voz y mi aspecto…

-Podrás decir lo que quieras y hasta es posible que tengas razón, pero es obligatorio que cumplas la última voluntad de mi desdichada hija. Si la cumples exacta y escrupulosamente, te daré una espléndida recompensa, pero si te lo haces mal o con desgana, tendrás que sufrir las consecuencias de tus actos. Te aconsejo que no me desobedezcas.

Estas últimas palabras las dijo en un tono que el infeliz seminarista comprendió muy bien.

-¡Vamos! -exclamó el centurión.
Entraron en la cámara mortuoria, pero antes, Jomá Brut se detuvo un momento para sonarse con su colorido pañuelo, y después siguió adelante con firme resolución. El aposento estaba bellamente adornado con un tapiz chino de color carmesí. Debajo de los iconos, en un rincón, estaba el cadáver, cubierto con terciopelo azul bordado de oro. Cuatro antorchas cuya luz se confundía con la del sol alumbraban su rostro. Al principio el joven filósofo no logró ver su cara porque el padre estaba inclinado sobre ella. El viejo centurión, como si su hija pudiera oírle, le dijo:

-Por mucho que sienta tu muerte, mi querida palomita, más doloroso me resulta no saber quién ha sido el culpable, quién es el que ha truncado tu vida justo en el momento en que deberías comenzar a disfrutar de tu juventud y conocer las delicias que tendrías. Si supiera quién es el autor de tan miserable villanía, te aseguro que nunca más volvería a ver a sus padres ni a sus hijos: ordenaría su muerte y haría arrojar su cadáver en medio del campo para que se lo comieran los buitres y los perros. ¡Cómo me duele y me atormenta pensar que mientras yo soportaré lo que me queda de vida llorando con desesperación hasta perder la vista, mi enemigo disfrutará de la vida y se burlará de mi infortunio!

Luego calló, ahogándose su voz en conmovedores sollozos que enternecían a los que lo rodeaban. Después de un largo silencio, el filosofo tosió como preparando la voz, y el viejo centurión le indicó el sitio en el debería estar, en la cabecera del túmulo, donde ya estaba instalado un atril con varios libros.

“Bueno -pensó el filósofo, resignándose-, tres días pasarán en seguida, y quizá recibiré unas cuantas monedas de oro.”

Volvió a toser, y situándose frente al atril, comenzó la lectura sagrada sin preocuparse de lo que pudiera suceder en torno suyo y menos aún de la difunta. Al poco tiempo el padre salió del aposento, y el filósofo aprovechó el momento para dejar el libro y mirar el rostro de la muerta.

Una horrible impresión le estremeció: delante de él yacía una mujer de una deslumbrante belleza, una belleza como nunca habría podido imaginar que existiera. La muchacha yacía como si estuviera viva. La muerte no había desfigurado los finos trazos de su rostro. Su cutis era lozano y blanco como la nieve, y sus cejas, negras como la noche, estaban suavemente delineadas sobre sus ojos cerrados. Sus finas y largas pestañas se inclinaban sobre sus pómulos y se hubiese dicho que ocultaban indefinibles anhelos. Incluso sus labios conservaban todavía el color del rubí; parecía que quisieran sonreír, que prometiesen una inefable felicidad.

Sin embargo, algo extraño e inexplicable se notaba en aquel rostro. Era algo que atravesaba el corazón como una flecha, algo que hería en lo más profundo del alma, que producía la misma sensación que si de repente alguien entonara en una alegre fiesta un canto fúnebre. De repente creyó reconocer a esa mujer tan bella; pero, ¿dónde y cuándo la había visto?

“¡Ah!… –casi grito el filósofo, palideciendo-. ¡Es la bruja…!

Y temblando de pies a cabeza empezó a recitar sus oraciones.
Ya no le cabía la menor duda. Tenía ante él a la bruja, y además fue él quien la mató al golpearla tan fuerte con el leño. Al atardecer se llevaron el cadáver a la iglesia. El filósofo tuvo que agregarse al cortejo fúnebre, siendo de los que llevaban a hombros el ataúd cubierto de terciopelo y con cintas negras. Delante de él iba el centurión, quien también ayudaba a llevar a su querida hija a su última morada. La iglesia, toda de madera, se veía en un estado ruinoso, a pesar de que para esta ocasión la habían recubierto de musgo y ramas verdes; el triste edificio estaba en las afueras del poblado y elevaba hacía el cielo sus tres cúpulas.

Debido a su total abandono, hacía ya mucho tiempo que no se oficiaba en ella, pero ahora todos los altares estaban alumbrados con cirios. El féretro fue colocado en el centro de la nave, delante del altar mayor. El centurión se arrodilló devotamente y durante un tiempo estuvo rezando; luego besó la fría frente de su hija y salió del templo con toda la servidumbre, habiendo previamente encargado al mayordomo que el filósofo fuera bien atendido y que después de la cena se le volviera a llevar al lado del féretro.

Al llegar a la casa, todos los criados pusieron las manos sobre la estufa, siguiendo la antigua tradición de los ucranianos cuando han visto a un muerto. El feroz apetito que tenía el filósofo le permitió olvidar durante un largo tiempo todo lo referente al entierro, incluso la insoslayable obligación de tener que pasar tres noches seguidas en la iglesia. La servidumbre no tardó en reunirse en la cocina, que en la casa del centurión era como si fuese el aposento principal, como un centro en el que sobre todo a la hora de comer se reunían todos los habitantes de la finca, incluyendo incluso a los perros, que iban a la caza de huesos y mendrugos.

Siempre que un nuevo personaje entraba o salía de la finca, no podía faltar la obligada visita a la cocina, pues era el sitio más adecuado para conversar un rato, enterarse de alguna novedad, fumar una pipa y descansar en un banco. Los criados solteros, la mayoría de ellos kozakos, pasaban en la cocina todo el tiempo que podían, ya fuera echados sobre los bancos, y a veces también debajo, o en cualquier otro sitio en donde pudieran dormir a pierna suelta sin que nadie los molestara.

Todos eran muy despreocupados y solían olvidar algo en la cocina: el gorro, el látigo, o bien el perro que les seguía. Pero cuando la cocina estaba más concurrida era a la hora de la cena. Entonces aparecían, además de los habituales, todos los que debido a sus ocupaciones, como cocheros, pastores, etc., no podían acudir durante el día a conversar. Era en esas reuniones cuando más se soltaban los ánimos, e incluso los más serios y taciturnos se mostraban locuaces y comunicativos. Casi siempre el tema giraba sobre lo más trivial de la vida: el abrigo que se había comprado Fulano, el gorro que había perdido Mengano, y otros chismes similares.

Pero también alguna vez les daba por temas de más serios, como, por ejemplo, sobre lo que hay debajo de la tierra, o sobre la temporada en la que aparecen los lobos, etc. Todas las conversaciones eran alegradas con bromas y juegos de palabras, a las que la lengua ucraniana se presta de un modo tan admirable.

Jomá Brut se sentó con los demás alrededor de la mesa que, por ser verano, la habían situado al aire libre, enfrente de la puerta de la cocina. Al rato llegó una mujer con la cabeza cubierta con un pañuelo rojo, llevando una enorme cazuela que la puso en medio de la mesa. De inmediato, por turno, cada quien sacaba del bolsillo una cuchara de madera o unos palillos, y se servía lo que se le antojaba. Satisfecho el hambre, comenzó la conversación de todas las noches, que esta vez como es de suponer, se dedicó a la difunta hija del amo.

-Pero, ¿es verdad que la señorita se relacionaba con el mismísimo diablo en persona? -preguntó un pastor que llevaba un camisón tan profusamente adornado con medallas y botones que parecía un tenderete de chucherías.

-¿De quién hablas? ¡Ah, de la hija del amo! -dijo Doroch, un kozako ya conocido por el filósofo-. Pues sí, era una bruja de carne y hueso, puedo jurarlo.

-Vamos, hombre; no te pongas a decir tonterías –contestó un kozako que acostumbraba suavizar las situaciones tirantes-. Además, este no es un asunto nuestro y no debemos meternos en lo que no nos importa.

Pero Doroch tenía ganas de hablar y no quiso darse por vencido, sobre todo por haber estado en la bodega, acompañando al que tenía las llaves, y haber probado el contenido de varias cubas.

-¿Cómo van a ser tonterías si yo mismo le serví de cabalgadura en muchas ocasiones. ¡Juro que es cierto!

-Dime –volvió a preguntar el pastor, que estaba muy interesado en el tema-, ¿hay alguna señal que permita saber si alguien es o no es una bruja?

-Ninguna, y cualquier cosa que se haga es inútil; ni las oraciones sirven.

-Estás equivocado, amigo mío -dijo el que siempre quería calmar los ánimos-. Hay ciertos sabios, a quienes Dios les ha concebido especiales dotes de inteligencia, que han dicho que las brujas se distinguen porque tienen un pequeño rabo.

-Para mí, todas las mujeres viejas son brujas -dijo un kozako.

-¡Idiota! -gritó la vieja que en aquel momento ponía otra cazuela sobre la mesa.
El viejo kozako llamado Yavtuj y apodado Plica, sonrió satisfecho al ver que había herido la vanidad de aquella mujer. El pastor, celebrando la broma, soltó una carcajada tan estruendosa que pareció el mugido de cualquiera de sus vacas.

La conversación le interesó a Jomá Brut, y le preguntó al kozako que tenía al lado:

-Me gustaría saber por qué sospechan que la señorita era una bruja. ¿Alguna vez le hizo daño a alguien?
-De todo hubo en su vida –le contestó uno que tenía la cara tan aplastada que parecía una pala-. Nadie se ha olvidado de lo que le ocurrió al pobre Mikita.

-¿Qué le ocurrió? -preguntó el filósofo.

-Espera, yo te lo contaré -exclamó Doroch.
-No, no, lo contaré yo –intervino uno que se llamaba Spirid.
-¡Bien, bien, que sea Spirid el encargado de contarlo! –aprobaron todos.
-Tú, señor filósofo -comenzó diciendo Spirid.-, probablemente no has conocido a nuestro Mikita. ¡Qué hombre era Mikita! Era el encargado de cuidar los perros de caza. En eso era un maestro; conocía a sus perros mejor que a su mismo padre. El que después ocupó su puesto, Nicolás, ese que está allí sentado, no vale absolutamente nada comparado con él. Sí, es verdad que algo sabe, pero no le llega a Mikita ni a la suela de sus zapatos.

-Empiezas bien, Spirid -interrumpió Doroch, aprobando con la cabeza.
-Mikita -continuó Spirid-, descubría a las liebres en menos tiempo que el necesario para encender una pipa.
Lanzaba al caballo y gritando “¡eh, “Valiente!” o “¡aquí, “Veloz”!, las alcanzaba siempre en un instante.
-¡Y qué buen bebedor era! Se bebía una cubeta de un solo trago.
-Pero en un día comenzó a mirar a la señorita de una manera especial. No se sabe si él fue quien de forma natural se enamoró de ella, o si fue ella la que lo embrujó valiéndose de diabólicas artes. Lo cierto es que de un día para otro, Mikita sólo vivía para ella, sólo pensaba en ella, y estaba tan loco que daba pena.

-¿Y qué pasó? -preguntó Doroch, impaciente.
-Espérate, hombre -continuó Spirid-. Siempre que la señorita le miraba, parecía un verdadero pelele. Las riendas de los caballos se le caían de la mano, se equivocaba de nombre al llamar a los perros, y ya ni podía montar bien a caballo. Un día que estaba en la cuadra limando los cascos de los caballos, la señorita se le acercó y le dijo:

-Mikita, permíteme poner mi piececito sobre tu cabeza.
-No sólo un pie, señorita –le respondió feliz y aún arrodillado-, si se sube sobre mis hombros seré el hombres más feliz del mundo.

Entonces ella se le subió a los hombros, y apenas él pudo ver sus pies, pequeñitos, bien torneados y blancos, ya estaba embrujado.

Con cada mano agarró las piernas desnudas de la joven, se levantó y de inmediato se sintió transformado en caballo. Sin poder hacer nada por evitarlo, salió corriendo al campo y tardó bastante tiempo en regresar.

Nadie sabe dónde estuvieron ni qué hicieron, y ni el mismo Mikita pudo explicarlo. Lo único que se sabe es que volvió cansadísimo y con los ánimos por los suelos. Desde entonces comenzó a adelgazar y quedó como una espátula. Un día entraron en el establo varios de nuestros compañeros buscándolo, y no lo encontraron.

En lugar del desgraciado Mikita, encontraron un montón de cenizas y un cubo de agua. Así desapareció el pobre… ¡Y qué hombre que era! Al terminar Spirid la historia, todos se pusieron a comentar el suceso y pusieron a Mikita por las nubes, alabando cada uno de sus méritos.

-¿Y no has oído hablar de lo que le pasó a una tal Chepchija? –le preguntó Doroch a Jomá Brut.
-No, nunca.
-Ya veo que en el seminario no les enseñan gran cosa. Bueno, te lo contaré yo. En nuestra aldea vive un kozako llamado Cheptun; es un buen kozako, a pesar de que tiene la mala costumbre de robar y de mentir sin razón alguna. Vive muy cerca de aquí. Bien, pues una vez nuestro buen kozako se sentó a cenar con su mujer, la Chepchija, como la llamaban todos. Al terminar fueron a acostarse, pero como era en pleno verano y hacía mucho calor, ella se quedó a dormir en el patio, y él se tumbó en un banco, dentro de la casa… No, no; fue al revés: ella en la casa y él en el patio.

-Tampoco fue así -dijo entonces la cocinera-. Chepchija no se acostó en un banco; se acostó en el suelo.

Y al decir esto se paró, mirándolos con aire triunfal a todos.
Doroch le dirigió una despectiva mirada, y le dijo:
-No seguirás en esta postura cuando te levante las faldas para darte unos buenos azotes.
Su amenaza surtió efecto, pues la vieja no volvió a abrir la boca en toda la noche, dejando a Doroch seguir con su relato.

-En la cuna que colgaba en el centro de la habitación había un niño de un año. No sé si era un niño o una niña, pero eso es lo de menos. La Chepchija se despertó a medianoche y creyó escuchar algo como si fueran los aullidos de un perro y también como si rascara con las uñas la puerta de la casa. Se asustó mucho, pues era tonta de remate, como todas las mujeres, pero se armó de valor y dijo: “Me levantaré, abriré la puerta y le pegaré un palazo…” Y cogió un palo, abrió la puerta y ya le iba a arrear un golpe al perro, cuando éste la esquivó y de un salto se metió dentro de la cuna. Al darse la vuelta, Chepchija se quedó más pálida que un muerto. En lugar del perro, vio delante de ella a la señorita. Y no habría sido tan horrible si la señorita se le hubiera presentado en su forma natural, tal como nosotros la veíamos. Su rostro era de un color azulado, casi negro, y sus ojos despedían chispas. De inmediato se lanzó sobre el niño, lo sacó de la cuna, le clavó sus dientes de loba en la garganta, y se puso a chuparle la sangre…

Chepchija lanzó un grito desgarrador y quiso huir para pedir auxilio, pero la puerta estaba cerrada. A la pobre no se le ocurrió otra cosa que subir las escaleras hasta la buhardilla, y se encerró allí, llorando a mares. Poco después la bruja entró en la buhardilla y empezó a morderla y arañarla. Cuando clareó el día, el marido regresó y la encontró totalmente desangrada, y en que estado se hallaría que al día siguiente murió.

Ya ves, señor filósofo, qué cosas pasan en nuestro pueblo. No está bien que te contemos estas cosas de nuestros amos, pero tampoco estaría bien que calláramos la verdad.

Y sonriendo, miró orgulloso a todos y encendió con parsimonia su pipa.
Sin perder un segundo, todos comenzaron a hablar del suceso, cambiando detalles y añadiendo otras; uno aseguraba haber visto a la bruja acercándose a su casa y esconderse convertida en un haz de heno; otro que decía que un día le robó una pipa o un gorro; otro que juraba que sabía de muchos casos en que la bruja les había cortado las trenzas a las muchachas, o les chupó la sangre hasta dejarlas medio muertas. Después de tanto hablar, alguno comentó que ya era muy tarde y todos comprendieron que había llegado la hora de acostarse y dormir. Unos se acomodaron en la cocina, otros en el granero o en el patio…

-Nosotros, señor filósofo, tenemos que acompañarte hasta la iglesia.

Y los cuatro, es decir, el kozako interesado en las brujas, Doroch, Spirid y el seminarista, salieron rumbo a la iglesia, y en el camino tuvieron que asustar a muchos perros que intentaron atacarles.

Jomá Brut, a pesar de sentirse ligeramente animado gracias a unos cuantos tragos de aguardiente que había tomado, notaba que aumentaba su nerviosismo a medida que se acercaban a la iglesia, por cuyas ventanas se lograba ver la débil luz de los cirios. Los relatos que había escuchado durante la cena lo pusieron aún más nervioso y estaba ahora muerto de miedo. No tardaron en llegar a un paraje en que el bosque era más claro, y detrás de la empalizada se veía a la vieja iglesia completa. Jomá Brut se despidió de los kozakos, quienes le preguntaron si la cena no le había resultado muy pesada, le desearon buenas noches y se fueron después de revisar que las puertas de la iglesia quedaran bien cerradas, tal como se les había ordenado. Cuando el filósofo se vio solo, lo primero que hizo fue bostezar, después toser y, antes de empezar el compromiso que le habían impuesto, repasó otra vez el interior de la iglesia.

En el centro estaba el féretro, cubierto de paños negros; al lado había unos cirios que iluminaban tenuemente los iconos cercanos y dejaban al resto de la nave en la más completa oscuridad. Las ennegrecidas paredes demostraban claramente la vejez del templo. Los marcos de los altares y de las hornacinas de los iconos estaban rotos o agrietados, y ya no tenían el primitivo brillo. También las imágenes estaban desfiguradas, y parecía que miraban con tristeza la ruina que había a su alrededor.

“Nada de lo que hay aquí es capaz de aterrorizarme -se dijo el filósofo, intentando vencer el susto y darse ánimos-. De afuera nadie puede venir a molestarme, pues las puertas están cerradas de forma totalmente segura, y en cuanto a los espíritus, me defenderé de ellos con oraciones que les ahuyentarán si tratan de hacerme algún daño.”

Al acercarse al féretro vio que en una mesita lateral había muchos cirios.

“Me vendrán muy bien -pensó. Los encenderé, y así me quedaré aún más tranquilo. Lo único que siento es que en la iglesia no se pueda fumar.”

Encendió los cirios y los distribuyó por todos los rincones y en especial junto a las imágenes sagradas; en un dos por tres, la iglesia quedó totalmente iluminada. Sin embargo, en la parte alta, en vez de disminuir la oscuridad, se sentía más densa, y daba la impresión de que los santos mirasen con más gravedad desde sus viejas hornacinas. Una vez más se acercó al ataúd para contemplar el rostro de la difunta, pero retrocedió y cerró los ojos pues aquella hermosura le fascinaba. Pero una fuerza misteriosa le obligó a abrirlos y, venciendo sus temores, volver a contemplar aquel rostro de sobrenatural belleza. Un nuevo estremecimiento, esta vez más profundo, volvió a recorrer su cuerpo. En aquel rostro no se veía nada que fuera propio de un cadáver: ni la más pequeña mancha, ni la más leve deformación. Y aunque tuviera los ojos cerrados, daba la impresión de que lo estaban mirando… Por un instante se imaginó ver que una lágrima brillando en el ojo izquierdo, detenida por las largas pestañas. Y, en efecto, era una lágrima, que después, al deslizársele por la mejilla, se transformó en una gota de sangre.

Aterrorizado, retrocedió unos pasos, agarró rápidamente el libro de plegarias y comenzó a leer en voz muy alta, casi gritando. El eco de las sagradas palabras era lo único que resonaba en aquel recinto en el que durante tanto tiempo había reinado el silencio. Su propia voz le sorprendía. Al mismo tiempo pensaba, intentando darse ánimos:

“¿Por qué razón debo tener miedo? A ella le es imposible levantarse, puesto que los textos sagrados que recito se lo impiden. Descanse en paz. Y luego, ¿no soy yo también un kozako? Sin duda esas extrañas cosas que se me presentan se deben a que he bebido más de la cuenta.”

Ya más tranquilo, llegó a la conclusión de que si estaba prohibido fumar en la iglesia, no lo estaba disfrutar del rapé. “¡Qué buen tabaco es éste” -se dijo tras un estornudo. Y siguió leyendo pero sin lograr tranquilizarse del todo. Algunas veces miraba de soslayo el féretro pensando, por sus temerosos presentimientos, que la muerta no solo era capaz de levantarse, sino hasta de salir del ataúd. Pero el silencio era total, la difunta seguía inmóvil y los cirios iluminaban la iglesia. A pesar de todo, no podía liberarse de aquel misterioso temor.

Para tranquilizarse empezó a cantar en voz alta los textos sagrados, pero sin dejar de mirar alguna que otra vez el féretro, como si se preguntase cuándo iba a suceder lo que temía, y pensando en la forma en que podría defenderse. Algunas veces interrumpía el rezo y quedaba todo en silencio, pero no había el menor ruido que turbase el silencio. No se escuchaba el correr de las ratas, ni cantaban los grillos, ni el roer de la carcoma en la madera. Lo único que se oía era el continuo gotear de la cera cayendo de los cirios.

“Pero estoy seguro que se levantará…” -pensó Jomá Brut.
Y en ese mismo instante vio horrorizado cómo la muerta levantaba la cabeza. Al seminarista los ojos se le salían de las órbitas, se los restregó, después se los limpió con un pañuelo, pero la visión, en lugar de desvanecerse, era cada vez más terriblemente real. Acto seguido, la muerta se incorporó del todo, salto del ataúd y con rígida solemnidad se puso a caminar con los brazos abiertos, como si fuera a agarrar a alguna persona invisible. Un instante después comenzó a dirigirse hacia él…

El seminarista, temblando de puro miedo, trazó con los dedos un gran círculo sobre el polvo y empezó a decir oraciones que le había enseñado un monje que durante toda su vida estuvo dedicado a ahuyentar espíritus malignos y derrotar a brujas. La difunta llegó hasta el borde del círculo pero, para alivio del seminarista, le resultaba imposible traspasarlo. Por más intentos que realizaba, era evidente que sus esfuerzos eran inútiles.

Incluso Joma tuvo la impresión de que con sus intentos de agarrarlo, el rostro de la difunta se oscurecía, y empezaba a adquirir la apariencia de que llevaba ya muchos días muerta. Su aspecto era cada vez más horrible; abrió desmesuradamente la boca, enseñando sus espantosos dientes, y luego movió los ojos, pero resultaba evidente que sus ojos no veían, que estaban muertos, y finalmente, después de amenazarlo con un dedo, regresó al féretro y se tendió en él. Apenas el filósofo había logrado tranquilizarse, cuando vio que el ataúd se elevaba por sí solo y, con un espantoso silbido, de puso a volar a lo largo y ancho de la iglesia, produciendo un viento huracanado. Varias veces se dirigió hacia él como un bólido, pero siempre se detenía al llegar al círculo sagrado con que Jomá Brut estaba protegido. Sabiéndose seguro, el filósofo siguió rezando.

Después de dar algunas vueltas más, el ataúd regresó a su lugar; ahora el rostro de la muerta tenía una extremada lividez y había adquirido un repugnante tinte verdoso. Y en ese momento se oyó el lejano canto de un gallo, y el paño negro cayó violentamente sobre aquel cuerpo diabólico, cubriéndolo en su totalidad. El corazón de Jomá Brut latía con fuerza y un frío sudor caía de su frente; sin embargo, el canto del gallo le dio ánimos, y decidió continuar rezando hasta que amaneciera totalmente. Cuando asomaron los primeros rayos de la aurora, se abrieron las puertas de la iglesia y entraron a reemplazarle el sacristán y su ayudante, el viejo Javtuj.

Ya en la finca, el filósofo se tendió sobre una cama, pero le costó mucho conciliar el sueño. Sin embargo, rendido de cansancio y nervios, se durmió hasta la hora de comer, quedándose con la impresión de que todo lo que había visto durante la noche no había sido más que una terrible pesadilla. Para ayudarlo a recobrar totalmente sus fuerzas, le sirvieron un vaso de aguardiente, y al sentarse a la mesa tenía tan grande apetito que se comió casi un lechón entero. A pesar de que varias veces los kozakos le hicieron preguntas sobre cómo había pasado la noche, no dijo una palabra de cuanto había sucedido y solo con medias palabras les reveló que había advertido algo raro. El seminarista era uno de esos individuos que cuando tienen el estómago lleno se muestran de lo más eufóricos y optimistas. Se había quedado cómodamente recostado en el banco de la cocina, fumando su pipa y escupiendo a menudo sobre el suelo.

Después se fue a dar un paseo por la aldea, y se hizo amigo del primero que encontró, y tanta era su euforia, que de una casa tuvieron que echarlo y en otra una muchacha le dio unas buenas bofetadas por haber insistido en exceso en saber la calidad de la tela de la blusa. Pero a medida que la noche se iba acercando, el optimismo y la euforia de Jomá Brut aumentaba a galope tendido. Antes de la hora de cenar, la servidumbre solía reunirse en el patio trasero y distraerse con varios juegos, uno de los cuales consistía en que después de competir arrojando palos, el vencedor, el que los lanzaba más lejos, montaba sobre los hombros del vencido, quien debía llevarlo a cuestas como si fuera un caballo.

Este juego era muy divertido, sobre todo para los espectadores, y aún más divertido cuando le tocaba al gordinflón del cochero cabalgar sobre el flaquísimo pastor, quien apenas podía sostener a su voluminoso jinete. Otras veces era Doroch quien se subía a los hombros del gordinflón, y parecía un buey. Los criados de más campanillas contemplaban el espectáculo desde la puerta de la cocina y se mostraban impasibles cuando todos los espectadores se reían a mandíbula suelta por haberse caído alguien al suelo, o por haber soltado Spirid una de sus palabrotas. El filósofo se negó terminantemente a participar en aquel juego. Un solo pensamiento le obsesionaba y, sin que pudiera hacer nada por evitarlo, no dejaba de torturarle. Ni siquiera en el transcurso de la cena logró vencer o reducir el creciente temor, y la preocupación lo iba invadiendo a medida que la noche seguía su curso.

-Bueno -le dijo al fin un kozako-, ya comienza a ser hora de irnos. Doroch y yo iremos contigo a la iglesia.

Acompañaron al seminarista hasta la iglesia, y lo encerraron como en la noche anterior. Cuando se sintió solo, un espantoso terror se apoderó de él. Examinó todo lo que ya antes había visto; el féretro en el centro de la iglesia, las tristes imágenes de los santos, los oscuros rincones sumidos en un silencio profundo y sepulcral…

“Bien -pensaba, tratando de tranquilizarse-, como todo esto ya lo he visto una vez, supongo que la segunda me sorprenderá menos que la primera. Es muy posible que a fuerza de acostumbrarse llegue uno a perder el miedo.”

Abrió el libro y se puso a leer, no sin antes encerrarse en el círculo mágico para protegerse del poder de las tinieblas. Estaba decidido a continuar rezando, sin prestar atención a cuanto pudiera suceder en torno suyo.

Durante una hora entera fue lo único que hizo. Después comenzó a sentirse cansado. Constantemente tosía para aclararse la voz. Queriendo agarrar un poco de rapé, se sacó la tabaquera del bolsillo y, sin darse cuenta, miró hacia el ataúd. En ese instante su cuerpo fue bañado por un frío sudor, y su corazón casi dejó de latir. El cadáver estaba ya frente al círculo mágico y lo estaba mirando con sus ojos vidriosos. No atreviéndose a moverse, el joven filósofo volvió la vista al libro y reanudó la sagrada lectura recitando al mismo tiempo varias oraciones contra las brujas. Mientras rezaba, oía el ruido que hacían los dientes del infernal monstruo al temblar de rabia, y se imaginaba los movimientos que estaría haciendo para atraparlo.

Pero al mirarle de refilón, se calmó al comprobar que la muerta lo buscaba por otro sitio, ya que el círculo mágico lo convertía en invisible para la bruja…

El cadáver, enfurecido, rugía sin cesar y gruñía palabras ininteligibles que producían un ruido como el del alquitrán en ebullición. A pesar de no poder comprender el significado exacto de las palabras, sabía que contenían amenazas terribles y que la bruja invocaba a seres extraños. En seguida, como resultado de aquellas palabras, la iglesia fue invadida por un gran torbellino, parecido al que causaría una bandada de aves persiguiéndose. Jomá Brut vio cómo muchos de aquellos diabólicos monstruos chocaban contra los cristales de las ventanas, mientras otros arañaban las paredes queriendo entrar en la iglesia, pero hasta ese momento no lo habían logrado. El filósofo cerró los ojos y continuo rezando sin detenerse, hasta que oyó en la lejanía el aleteo de un gallo y al poco rato su sonoro canto matutino. Jomá Brut interrumpió sus rezos y dio un suspiro de alivio.

Los que fueron a buscarle aquella mañana lo encontraron medio muerto, apoyado contra un muro y la mirada llena de miedo. Lo levantaron y agarrándolo por las axilas lo ayudaron a caminar pues apenas lograba mantenerse en pie. Al llegar a la finca pidió una copa de aguardiente, se lo bebió de un trago y después de arreglarse con la mano el cabello en desorden, miró a todos y dijo:

-Es horrible que en nuestra tierra sucedan este tipo de cosas. Hasta es posible que… –y haciendo una mueca de desesperación dejó la frase sin concluir.

Todos los que lo rodeaban lo miraban sorprendidos y escuchaban sus palabras con temor. Incluso un infeliz muchacho a quien los kozakos lo mandaban a realizar toda clase de faenas para ahorrarse ellos la molestia de hacerlas, lo miraba atónito.

Pasó entonces cerca de ellos una mujer aún joven que siempre iba vestida con unas ropas tan ceñidas y una falda tan estrecha que eran una constante provocación para todos. Empeñosamente coqueta, solía adornarse los cabellos con los adornos más extravagantes, a veces, incluso, hasta se colocaba papelitos pintados en varios colores. Era la ayudante de la cocinera.

-Buenos días, Jomá –le dijo al filósofo, con una amable sonrisa, pero después, con una mueca de terror, le dijo-: Pero, ¿qué te ha ocurrido? Tienes los cabellos completamente blancos.

-¡Pues es verdad! –repitieron todos los presentes-. ¿Cómo es posible que no nos hubiéramos dado cuenta antes? Si tienes la cabeza igual a la del viejo Javtuj.

Al escuchar estos comentarios, el seminarista corrió a la cocina, donde había visto un espejo muy sucio y manchado por las moscas, pero adornado con una guirnalda de flores, demostración de que era el utilizado por la coqueta ayudante de la cocinera.

Al lograr verse en el destartalado espejo, se horrorizó al verse con los cabellos tan blancos como los de un anciano. Jomá Brut anonadado pensó: “Hasta aquí hemos llegado! Ahora mismo voy donde el centurión para decirle toda la verdad, y comunicarle que me niego rotundamente a continuar los rezos en la iglesia y que me envíe en ese mismo instante a Kyiv.” Y, sin volver a pensarlo, se dirigió casi a las carreras a la casa del centurión.

Lo encontró, igual que la vez anterior, sentado frente a la mesa, con la cabeza hundida entre las manos. Su aspecto era mucho más triste y deprimido, y estaba tan demacrado y pálido (sin duda por no comer nada durante aquellos días) que el seminarista se quedó muy impresionado.

Buenos días, señor filósofo -le dijo el centurión al verle aparecer y detenerse en la puerta con el gorro en la mano-. ¿Cómo te va tu trabajo? Supongo que lo cumples al pie de la letra.

-No sé cómo podría decirlo, excelencia, pero he visto allí tantas cosas…, cosas diabólicas…, que poco ha faltado para agarrar el gorro y salir corriendo de la iglesia.

-¿Qué estás diciendo?

-Es la pura verdad, señor. La hija de su excelencia era una… Por supuesto que analizando las cosas con lógica es preciso tener en cuenta que era de noble estirpe. Sin embargo…

-¡Termina de una vez! ¿Qué pretendes decirme?

-Pues por lo visto, resulta que tenía tratos con el mismísimo diablo… Y ésta es la razón de que se produzcan tan extraños fenómenos cuando leo ante su féretro los textos sagrados.

-Esto es un motivo más para que continúes leyendo. Ahora comprendo mejor porque mi querida palomita tenía tanta preocupación por la salvación de su alma.

-Como quiera su excelencia, pero yo ya no puedo aguantar más.

-¿Qué dices? Tú continuaras con la lectura tal como te lo he ordenado. Además, piensa en que ya sólo te queda una noche, y al rezar y leer los textos sagrados estás cumpliendo con tu deber de buen cristiano, y además recuerda que serás espléndidamente recompensado.

-Aunque me prometiera montañas de oro -contestó el seminarista en tono firme-, me negaría rotundamente a seguir leyendo y rezando en la iglesia.

Al oír esta respuesta el centurión contesto con mayor severidad:

-Mira, señor filósofo, jamás tolero que alguien me hable así. En el seminario quizá te estén permitidas estas faltas de respeto, pero aquí no. Puedes tener la seguridad de que si resuelvo castigarte lo haré mil veces mejor que el rector. ¿Conoces un látigo que tiene unas bolitas de cuero?

-Lo conozco señor, y sé que en grandes dosis no tiene nada de agradable.
-Lo que no sabes es que ese látigo lo manejan muchísimo mejor mis servidores que los del seminario -concluyó el centurión, con voz enfurecida-. Cuando mi gente lo emplea, después de una buena tanda recurren al aguardiente, y si el azotado aún se resiste, reanudan el trabajo hasta cantar victoria. Conque ve con Dios y acaba de cumplir con tu deber. Si no lo haces así, te aseguro que en tu vida volverás a dar un paso. Pero si cumples tu deber como es de ley, te daré mil monedas de oro.

“Esto sí que es hablar claro -pensó el seminarista al salir-. Está visto que este hombre no admite bromas. Pero yo no soy menos listo que él. Mis piernas correrán más que las de sus perros.”

Jomá Brut estaba decidido a huir, costase lo que costase. Para llevar a cabo sus planes, escogió la hora de la siesta, cuando los trabajadores y los criados están en el pajar o en las eras durmiendo a pierna suelta y roncando estruendosamente.

Cuando llegó la tan esperada hora, incluso el reverendo Javtuj se hallaba tumbado en un rincón y roncaba con igual entusiasmo que los demás. El seminarista aprovechó la ocasión para salir al jardín, pues sabía que desde allí le sería mucho más fácil escapar hacia el campo sin que nadie le viera. El jardín se hallaba en el abandono total. Lo cruzaba un único sendero que llegaba hasta un pajar y más allá empezaba una tupida vegetación con algunos árboles frutales, plantas de cereales de varias clases y plantas trepadoras que protegían con una especie de techo verde lo que llamaban el “jardín”. Este se encontraba rodeado por una empalizada y tras ella habían unos matorrales que nunca se habían molestado en levantar y ya no había guadaña que pudiera con ellos.

Cuando Jomá Brut se vio fuera de la empalizada, sintió que el corazón le latía con fuerza; temblaba y respiraba como una liebre que se ve libre del acoso de los perros. Además tenía la sensación de que las matas se le prendían de sus largos faldones impidiéndole todo movimiento. Cuando comenzaba a respirar con cierto sosiego, oyó que alguien le gritaba:

¡Eh, tú! ¿Adónde vas?

El seminarista se escondió entre los matojos y después echó a correr, tropezando con las plantas o con las raíces de los árboles, cayendo y levantándose y asustando en su huida a topos y a más de una alimaña.

Pasando los matorrales había un bosque en el que Jomá Brut creyó que estaría seguro. Según sus cálculos, al otro lado del bosque estaría el camino que lo llevaría a Kyiv. Con esa idea se internó en el bosque, donde abundaban las plantas espinosas, en las que fue dejando trozos de sus ropas como demostración de su osadía. Después llegó a un barranco de fondo arenoso por el que se deslizaba un arroyo de transparentes aguas, en cuyas orillas se bañaban las raíces de los álamos y de los sauces crecidos a los bordes. Agotado, se arrodilló al borde del cauce y bebió largamente. “Qué agua tan buena. Aquí descansaré un rato.”

Pero de inmediato desechó su propósito por considerarlo imprudente. “Es mejor que siga corriendo.”

Sin embargo, apenas se puso de pie vio frente a él al impasible Javtuj. “Vaya con este diablo; siempre me he de tropezar con él. Si pudiera te arrearía unas cuantas trompadas y te tiraría al agua, viejo maldito”, pensó, pero no se atrevió.

-Has dado un gran rodeo, señor filósofo -le dijo Javtuj-. Hubiera resultado mejor para ti venir por el camino por donde he venido yo para alcanzarte. Es mucho más corto y más cómodo, y no te habrías roto el vestido.

Mira. Qué lástima de pantalones… Y seguro que son de buen paño. ¿Cuánto pagaste por ellos?

Y sin esperar respuesta, prosiguió:
-Bueno, ya has dado un buen paseo. Ahora volvamos a casa.
Jomá Brut lo siguió rascándose la cabeza, pensativo, y muy contrariado, se dijo para sus adentros: “Ahora la maldita bruja querrá vengarse de mi -pero en el acto se envalentonó- Pero, ¿acaso no soy kozako? Si he pasado dos noches allí también me será posible pasar otra. Dios me ayudará. Pero seguro que esta maldita bruja ha maquinado mucho para tener a fuerzas diabólicas con ella.”

Aturdido por estos pensamientos, llegó al patio tras Javtuj. Allí encontró a Doroch, que por ser amigo del ama de llaves tenía fácil acceso a la bodega. El filósofo le pidió un poco de aguardiente, Doroch no se negó, y poco después, a la sombra de un almiar, habían bebido como beben los buenos kozakos.

Los efectos no se hicieron esperar. Jomá Brut se levantó y empezó a gritar:
-¡Eh, que vengan aquí los músicos! ¡Quiero que me traigan músicos!
Y sin esperar a que llegasen se puso a bailar y a saltar. Y continuó bailando hasta la hora de almorzar y todos los servidores acuden a la cocina. Al principio lo miraron sorprendidos, pero finalmente se cansaron de sus cabriolas y lo dejaron solo. Jomá Brut terminó cayéndose al suelo y durmiendo hasta la hora de la cena, momento en que lo despertaron arrojándole a la cabeza un cubo de agua fría. Durante la cena reincidió en la verborrea de antes, explicándoles a sus oyentes acerca de las cualidades de que debe estar dotado un buen kozako, y sobre todo encomió su valor, que no debe ceder ante nada ni ante nadie.

-Bueno, bueno –dijo, interrumpiéndolo, Javtuj-, ya está bien. Levantémonos, de la mesa, señor filósofo, que ha llegado la hora de volver a la iglesia.

“¡Ojalá reventaras, maldito viejo!”, pensó el seminarista. Pero se levantó dispuesto a seguirle.

-Está bien, vamos pues.
Salió del patio con Javtuj y Doroch. Durante el camino le consumía la inquietud, y trató de involucrarlos en una conversación, pero no le contestaban, o le decían unas veces que sí y otras que no, y la mayoría de veces ni sí ni no.

La noche era muy oscura. Se oía a lo lejos el aullar de los lobos, y el ladrido de los perros parecía más lúgubre que nunca; signo de mal agüero.

-No creo que esos aullidos sean de lobo; parecen de seres extraños -dijo Doroch.

Javtuj siguió callado y el seminarista no supo qué contestar.
Pronto llegaron a la iglesia, cuyas agrietadas bóvedas de madera demostraban lo poco que se había preocupado por la religión el propietario de la aldea. Como las dos noches anteriores, los dos kozakos se fueron, después de revisar las puertas, dejando solo al filósofo.

Dentro de la iglesia todo continuaba con el mismo aspecto lúgubre y misterioso, amenazador. Jomá Brut se detuvo un momento ante el ataúd del cadáver de la horrible bruja.

-Juro por Dios que esta vez no conseguirás asustarme – le dijo el seminarista en voz alta.

Y en cuanto hubo trazado el círculo mágico, como en las noches anteriores, empezó a recordar todas las oraciones que conocía para ahuyentar a los malos espíritus.

Reinaba un silencio sepulcral. Los cirios iluminaban la iglesia con tenue y temblorosa luz. Jomá Brut abrió el libro, y después de hojear varias páginas, inició la lectura. Pero poco después advirtió horrorizado que lo que leía no era lo mismo que decía el libro. Lleno de terror se puso a cantar, persignándose varias veces, con lo que consiguió tranquilizarse un poco y reanudar la lectura.

Había leído ya algunas páginas cuando de repente… ¡Horror!… ¡Un terrible estallido repercutió de un extremo a otro de la nave y la tapa de hierro del féretro saltó, levantándose en el acto el cadáver de la bruja! Su aspecto era todavía más espantoso que antes. Los dientes le castañeaban y sus repugnantes labios farfullaban horribles invocaciones. Dentro de la iglesia empezó a bramar un viento huracanado que derribó de sus hornacinas las imágenes de los santos, arrancó de sus jambas las ventanas, derribó las puertas, y centenares de diabólicos monstruos irrumpieron en el sagrado recinto. Con batir de alas, castañear los dientes y lanzando mandobles, todos se lanzaron contra el seminarista, a quien los efectos del alcohol desaparecieron en un instante. Se quedó inmovilizado del susto, boquiabierto, persignándose y balbuciendo sus más fervorosas alabanzas a Dios, mientras sentía cómo los infernales monstruos giraban en torno suyo, tocándole casi con sus alas y con sus repugnantes rabos.

No lograba verlos con claridad, pero consiguió notar que recostado a un muro había un monstruo de mayor tamaño que los demás, cubierto por una pelambrera larga, de un pelo duro como el alambre, debajo de la cual se veían dos terribles ojos que lanzaban miradas rabiosas, como tramando una venganza. Encima de él había como un globo erizado de garras que parecían tenazas o colas de escorpiones. Y todo, todos lo estaban buscando y no podían encontrarlo gracias al círculo mágico que lo rodeaba.

-¡Que llamen a Viy! ¡Mandad llamar a Viy! -gritaba furiosa la bruja muerta..

Inmediatamente reinó el silencio en la iglesia y sólo se oyó el lejano aullido de los lobos. Pero poco después resonaron los pasos de alguien que andaba pesadamente dentro de la iglesia. Al volverse el seminarista a mirar al sitio de donde llegaba el ruido de los pasos, vio a unos monstruos que conducían a un hombre muy bajo y muy robusto, que caminaba igual que un oso. Estaba totalmente cubierto de tierra negra, dejando sólo al descubierto sus pies y sus manos, semejantes a raíces de viejos árboles, y los pasos que daba parecían de un cojo. Tenía las cejas y las pestañas tan largas que casi las arrastraba por el suelo. Cuando Jomá Brut se fijó en su cara, vio que era de hierro.

Los monstruos lo llevaron hasta el sitio donde empezaba el círculo mágico.

-Levantadme las cejas y las pestañas, pues así no veo nada -gritó.

En el acto los monstruos le obedecieron.

El seminarista escuchó entonces una voz interior que le repetía sin cesar: “¡No lo mires! ¡No lo mires!” Pero el filósofo no pudo contenerse y lo miró…

-¡Ya lo veo, ya lo veo! ¡Está aquí! -rugió Viy con voz de trueno, mientras lo señalaba con un dedo de hierro.

Y toda aquella caterva de monstruos se precipitó sobre Jomá Brut. El infortunado muchacho rodó por los suelos y murió de terror…

¡Que llamen a Viy!

Pero en aquel preciso instante se escuchó en la iglesia el segundo canto del gallo, pues el primero nadie lo había oído. Los monstruos y todos los demás espíritus malignos se abalanzaron hacia las puertas y las ventanas de la iglesia para huir, pero fue demasiado tarde. No les alcanzó el tiempo para protegerse y quedaron apresados dentro de la iglesia..

Unas horas más tarde llegó un sacerdote: el horrible espectáculo que se ofreció a su vista lo dejó aterrorizado, y no atreviéndose a oficiar en el sagrado recinto pues había sido profanado por los espíritus infernales, se marchó rápidamente. La misteriosa iglesia quedo así: con los monstruos encerrados dentro de ella y sin que nadie se atreviese a acercarse. Con el tiempo los árboles, las hierbas y los arbustos lo cubrieron totalmente, con tal espesor de carrasca, de raíces y de matorros, que nunca más se encontró el camino que conducía a aquella iglesia.

Pronto llegó a la ciudad de Kyiv el rumor de este suceso, y lo escuchó el teólogo Khaliava, quien se quedó pensativo mucho tiempo, pero sin decir ni una sola palabra sobre la trágica muerte de su camarada. No obstante, su vida cambió de un modo radical, pues se convirtió en sacristán de la iglesia que tenía el más alto campanario de los alrededores. El puesto lo obtuvo al concluir brillantemente su carrera. La escalera del campanario era de madera y viejísima, por lo que a nadie le asombraba que algunas veces apareciese lleno de chinchones por haberse caído, según decía, por la escalera, pero…

Cierto día se encontró en la calle con Tiberi Gorobez, que en ese tiempo ya era filósofo y llevaba un bigote muy largo.

-¿Te enteraste de lo que le sucedió a nuestro compañero Jomá Brut? -preguntó Gorobez.

-Sí, así lo quiso Dios -repuso Khaliava, evadiendo una respuesta explicativa. Después de un instante agregó-:
Te propongo ir a la taberna y beberemos un trago en memoria suya.

El nuevo filósofo aprobó en seguida, y muy contento, demostrando que estaba dispuesto a disfrutar de sus nuevos privilegios, como se advertía muy bien por el estado de sus pantalones, de su levita y de su gorro, que despedían un fuerte tufo a tabaco y aguardiente.

-Nuestro compañero Jomá era una estupenda persona -dijo el sacristán, cuando el cojo tabernero le puso delante el tercer cubilete-. Sí, era un muchacho que prometía mucho… Su muerte fue muy tonta…

-Yo sé el secreto de porqué murió -dijo Tiberi-. Fue ni más ni menos por tener miedo. Si no hubiera demostrado que estaba asustadísimo, la bruja no habría podido hacer nada contra él. Lo que debió haber hecho era sólo rezar y escupirle en el rabo. Y te diré algo por experiencia propia: aquí, en el mercado, todas las mujeres son brujas…

El sacristán asintió con un leve movimiento de cabeza, pero después, al notar que poco a poco la lengua ya no le obedecía, se levantó pesadamente, y dando traspiés al andar se marchó de la taberna para ir a tumbarse y dormir entre los matorrales, sin olvidar, según tenía por costumbre, de meterse en el bolsillo un trozo de suela vieja que había visto en un banco de la taberna.


Artículo con la historia y análisis literario de esta obra

Чорна рілля ізорана – Negro campo (arable) labrado

Esta canción folclórica de kozakos, que se volvió muy conocida tras ser incluida en el repertorio musical de la película de Boris Ivchenko «Пропала грамота» – La carta perdida (enlace al artículo).

Luego de esto se le realizaron variaciones y, en particular, fue cantada por Василь Жданкін – Vasyl Zhdankin en 1989, ganador del gran festival de música “Chervona Ruta” in Chernivtsi.

Luego fue incluida también en el repertorio del grupo de Lviv “Arnika” (arreglada por Victor Morozov) y también es una de las faviritas del gran kobzar y bandurista Eduard Drach (enlace).

En versión rock es interpretada por el grupo «Вій» – (Pestaña) y también por «Полинове Поле» (Campo de ajenjo).

Texto original y traducido

Чорна рілля ізорана, гей, гей!
Чорна рілля ізорана
І кулями засіяна, гей, гей!
І кулями засіяна.

Negro campo labrado, hey, hey!
Negro campo labrado
Y sembrado de balas, hey, hey!
Y sembrado de balas.

Білим тілом зволочена, гей, гей!
Білим тілом зволочена
І кров’ю сполощена, гей, гей!
І кров’ю сполощена.

Con blancos cuerpos allanado, hey, hey!
Con blancos cuerpos allanado
Y con sangre lavado, hey, hey!
Y con sangre es lavado

Вітер віє по долині, гей, гей!
Вітер віє по долині,
Лежить жовнір на могилі, гей, гей!
Лежить жовнір на могилі.

El viento golpea en el valle, hey, hey!
El viento golpea en el valel,
Yace un soldado en la tumba, hey, hey!
Yace un soldado en la tumba.

Ані тата, ані мами, гей, гей!
Ані тата, ані мами,
Ані труни, ані ями, гей, гей!
Ані труни, ані ями.

No viene ni papá, ni mamá, hey, hey!
No viene ni papá, ni mamá,
No hay ataúd ni fosa, hey, hey!
No hay ataúd ni fosa.

А нікому задзвонити, гей, гей!
А нікому задзвонити,
Китайкою личко вкрити, гей, гей!
Китайкою личко вкрити.

Y no hay quien toque las campanas, hey, hey!
Y no hay quien toque las campanas
Ni quien cubrirle el rostro con seda , hey, hey!
Ni quien cubrirle el rostro con seda.

Летить ворон з чужих сторон, гей, гей!
Летить ворон, усідає,
Йому очі випиває, гей, гей!
Йому очі випиває.

Vuela un cuervo de tierras extranjeras, hey, hey!,
Vuela un cuervo, y se posa,
De sus ojos bebe, hey, hey!
De sus ojos bebe.

MÚSICA

Videos

Por Василь Жданкін

Por Eduard Drach

Por “ВІА Arnika”

Canción #4

Por «Вій»

Por «Полинове Поле».

Otros

https://m.youtube.com/watch?v=W0V21RX1hnM

Estampilla postal de Ucrania 2006 – Santa Bárbara, San Sabba y los Santos Boris y Hlib

Esta Estampilla postal de Ucrania del año 2006: “Bloque 《Vestimenta tradicional ucraniana. Región de Odesa》”.

Зчіпка «Український народний одяг. Одещина»

  • Свято Варвари та Сави – Santa Bárbara y San Saba
  • Свято Бориса та Гліба – Santos Boris y Hlib


Santa Bárbara

El 17 de diciembre de cada año Ucrania celebra el día de Santa Bárbara, la patrona de las mujeres.

Su madre falleció poco después de su nacimiento, en la ciudad de Iliopolis, en Asia menor, y le quedó unicamente su padre, que era un hombre pagano.

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Durante su niñez, Bárbara conoció y se comenzó a interesar con pasión en la religión cristiana mientras su padre, sintiéndose insultado por estas inclinaciones de su hija, acudió a las autoridades locales para que la corrigiesen.

No lograron convencerla y, viendo su persistencia, fue sujeta a crueles torturas, pero la mañana siguiente la chica se levantó sin una sola herida sobre su cuerpo. Herido, el Emperador Maximiliano ordenó al padre de la chica que la matara con una espada.

Entonces, la gran mártir Bárbara, sin negar sus creencias, murió a manos de su padre, quien debería haberla amado.

La vida de Santa Bárbara

Durante el siglo IV fueron transferidas sus reliquias a Constantinopla, en donde estuvieron preservadas por muchos siglos como santuario. El emperador bizantino Leo el Sabio construyó el famoso templo de Santa Bárbara en su honor.

En 1108 la hija del emperador Alexei Komnina, Bárbara, contrajo matrimonio con el gran rey de Kyiv, Svyatopolk Izyaslavich. Ella llevó las reliquias de Santa Bárbara de Constantinopla a Kyiv, al Monasterio de San Miguel de los domos dorados, en donde estuvieron hasta 1939, cuando los bolcheviques destruyeron todo. Los creyentes de Kyiv, sin embargo, salvaron una de las reliquias y la llevaron a la Catedral de San Volodymyr, en donde descansa aún estos días.

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Al mismo tiempo, la iglesia católica sugiere que las sagradas reliquias de la santa se encuentran en España, provenientes a través de Venecia luego de los saqueos por los cruzados en Constantinopla.

En Ucrania se celebra el día de Santa Bárbara solamente por mujeres. En torno a esta santa se ha desarrollado todo un complejo ritual de veneración, junto con San Sava (18 de diciembre) y San Nicolás (19 de diciembre). Este día se celebrará el agua y la memoria de los muertos.

Reliquias de Santa Bárbara en Kyiv

Durante el día de Santa Bárbara las muchachas van a algún reservorio con agua muy bien arregladas y vestidas y hablan con sus seres queridos que han fallecido, del mismo modo que hablan con los vivos. También preparan una sopa ritual (hecha de granos de trigo, maiz y chícharos) que dejan en la estufa por toda la noche, enfriándose, y a la siguiente mañana interpretan la forma de la costra, con lo que predicen el futuro de la próxima cosecha.

Este día es prohibido realizar cualquier otra actividad excepto bordar, pues una leyenda reza que, durante los días de descanso, la mártir se dedicaba a bordar bellísimos atuendos con los que Jesús mismo se vestía.

Las muchachas también cocinan Varéniyky con amapola o con queso, aunque dentro de ellos debe haber “пірхуни”. El ritual de adivinación indica que, dentro de todos los varenyky, debe haber un solo Pirjuny, y los chicos luego comerán, pero al que le toque el Pirjuny sará “el Pirjuny” de la velada: el mencionado Pirjun no es más que uno de los varenyky, pero éste está relleno de aire nada más, a modo de “trampa”; este se mezcla con muchos más rellenos de amapola o queso, por dentro, aunque por fuera todos se ven idénticos. Entonces las chicas se quedan viendo fíjamente a los rostros de los muchachos mientras comen, para descubrir cuál de ellos mordió el “de truco”, y entonces a este joven se le llamará “el Pirjun” de la fiesta; claro, jugando.

Así como se celebra la fiesta de Santa Catalina (enlace), las muchachas cortan ramillas de cereza y las ponen en agua; si para Navidad la ramilla floreó, es una señal que el próximo año habrá boda.

Y, similar a “Las castañuelas” de algunos países hispanoamericanos, el clima imperante durante el día de Santa Bárbara es indicador de las condiciones atmosféricas de algún momento futuro, como por ejemplo la próxima Navidad.

“Якщо в грудні на Варвари болото, то буде зима красна, як золото” – “Si en marzo por santa Bárbara es un pantano (por mucha lluvia), será el invierno bello, como el oro”.

Se considera que el 17 de diciembre es el punto en el que comienza a cambiar el clima hacia la primavera, pero en realidad es cuando inician las heladas más fuertes: “Прийшла Варюха – бережи ніс та вухо” – “Vino Barbarita – guárdate nariz y orejas”.

Si durante la noche el cielo es claro y estrellado, espera un invierno muy frío, pero si está nublado, será cálido. Y finalmente, hoy no hay que quedarse dormido, o el próximo año, completo, estarás somnoliento.

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Desde tiempos remotos Santa Bárbara no solo es honrada en Ucrania, sino también en otros paises de Europa, y esta Gran Mártir es patrona no sólo de las mujeres, sino también de pilotos, conductores, soldados quienes al ir a combatir llevan un ícono de Santa Bárbara.

También es patrona de mineros, y sus íconos se encuentran no solo en iglesias, sino también en minas de varios países europeos, asi como herencia cultural de este oficio, pues los mineros son ejemplo de valor, sencillez y fortaleza de fé, tal como fue la chica.

En Bielorrusia se considera intercesora en favor de los niños. En Bulgaria es sanadora de sarampión y varicela. En Eslovenia existe la tradición de entrar a la casa colocando estrictamente de primero el pie derecho.

Santa Bárbara y Santa Catalina


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San Sabas – Са́ва Освя́чений

San Sabas “El Santificado” vivió del 439 al 532, fue un monje de Siria-Capadocia, sacerdote y santo, que vivió mayormente en Prima Palestina. Fue el fundador de varios conventos, siendo el más notable el conocido como Mar Saba.

El nombre de este santo deriva del Arameo סַבָּא‎ Sabbāʾ que significa “Hombre viejo”.

Fue el hijo de Juan, un comandante militar, y Sofía, en Mutalaska, en una aldea conocida como “Mata la zkha” que se traduce del arameo “Aldea de la Victoria”; en griego no tiene ningún significado.

Los padres tuvieron que ir de viaje a Alejandría, por asuntos militares, y dejaron al hijo a cuidado de un tío. Cuando el chico cumplió los ocho años, se unió a un monasterio cercano del Obispo Flavio de Antioquía. Este niño superdotado aprendió rápidamente a leer y se convirtió en un experto en las Sagradas escrituras. Luego de ésto, a Saba le apasionó tanto esta vida, que se resisitía a la presión ejercida por los padres de regresar al mundo y contraer matrimonio.

A los 17 años se fue al monasterio de San Eutimio el Grande, pero éste lo envió donde Abba Teostitus, en donde vivió hasta los 30 años de edad en obediencia. Tras la muerte del viejo Teostistus, su sucesor bendijo a Sabas, lo que le otorgaba la venia para secluirse en una cueva, como los monjes eremitas, aunque Sabas salía los fines de semana para participar en los servicios, y después de cierto tiempo, finalmente recibió la autorización para reclusión permanente, cosa que hizo por 5 años, en total soledad (humana, pues era para estar con Dios).

Tuvo participación en la construcción de una gran cantidad de monasterios, e inclusive el patriarca Salustius lo ordenó en el año 491 como arquimandrita de todos los monasterios de Palaestina Prima, época en la que compuso su famoso Jerusalem Typikon.

Murió en el 532. Su día festivo, en calendario gregoriano, es el 5 de diciembre, y en el juliano es el 5 también, equivalente al 18 de diciembre.


Los 3 días festivos de diciembre: Santa Bárbara el 17, San Sabbas (Saba o Savva) el 18 se consideran víspera del tercero, el día de San Nicolás, el 19.

El día de San Sabbas ha sido un momento para celebrar alegremente y esperar a San Nicolás.

Inclusive, en algunos lugares, se ha llegado a decir que “San Sabba es el padre de Nicolás, y Bárbara es su esposa (o su madre en otros casos)”.

Importante enlace: artículo sobre San Nicolás


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Los santos Boris y Hlib

Su fiesta se celebra el 6 de agosto.

Fueron los primeros santos en ser canonizados durante la época de la Tus’ de Kyiv.

Ambos fueron asesinados en el año 1015 por su hermano mayor, el rey Saviatopolk I, durante una lucha por la sucesión al reinado de su padre, Volodymyr El Grande, tras la muerte de éste.

San Boris y Hlib con su padre San Volodymyr

El hermano más grande, Yaroslav El Sabio, luchó entonces contra Sviatopolk como castigo en venganza del fratricidio. Al subir al trono, Yaroslav luchó ahora pero en busca de la canonización de sus hermanos, lo que logró finalmente cerca del 1068.

Mientras tanto, la memoria de Borys Volodymyrovych y de Hlib Volodymyrovych capturó la imaginación del pueblo de la Rus de Kyiv, en gran parte debido a la gran calma y resignación con la que aceptaron sus muertes.

La obra “Skazaniie i strast’ i pokhvala sviatuiu muchenyku Borysa i Hliba” (El cuento de la Pasión y Glorificación de los Santos Mártires Borys y Hlib) es uno de los más antiguos monumentos a la literatura ucraniana. Ambos quedaron como grandes figuras religiosas dentro de la psique religiosa ucraniana, tanto en la iglesia ortodoxa como en la católica ucraniana.

La iglesia ortodoxa afirma que la acción de Sviatopolk de asesinar a sus hermanos pequeños, que tenían apenas 10 años de edad, fue empujada por el demonio. Los santos Boris y Hlib fueron considerados mártires, por su fé, y la iglesia los canonizó como víctimas de martirio. Posteriormente se probó el poder milagroso de sus reliquias.

Popularmente, San Boris y San Hlib son considerados los santos intercesores y protectores de los ucranianos, los custodios celestiales de los pueblos eslavos.

Estos santos se han tomado también como símbolo de obediencia, no sólo a los mayores, sino a los superiores en rango, ya que estos dos príncipes nunca renegaron ni levantaron la mano a su hermano mayor (y superior) ni en defensa de su propia vida.


Tradicionalmente, los eslavos intentan no ir a trabajar este día, bajo riesgo de un fuerte incendio en sus campos o casas; añadido a la festividad de San Elías (enlace), también a inicios de agosto, pues es una época de numerosas tormentas eléctricas, con rayos que pueden incendiar las construcciones.

Otra fecha de celebración a estos dos santos es el 15 de mayo, día de Boris y Hlib de los sembradores, cuando se debe estar atento al ruiseñor y lanzar las ropas. Al día siguiente se debe sembrar la semilla de pepinos o calabazas, y serán muy grandes.


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