Taras Bulba – Por Mykola Hóhol – Capitulos VI al X

CAPÍTULO V

Bien pronto el terror invadió toda la parte sudeste de Polonia. Por todas partes se oía repetir: «¡Los zaporogos, los zaporogos llegan». Y todos los que podían huir, huían abandonando sus hogares.Precisamente entonces, en esa región de Europa, no se levantaban fortalezas ni castillos. Todos construían a toda prisa alguna habitacioncilla cubierta de bálago, pensando que perderían su tiempo y su dinero edificando casas que un día u otro serían presa de las invasiones.

Todo el mundo se conmovió. Éste cambiaba sus bueyes y su arado por un caballo y un mosquete para ir a incorporarse a los regimientos; aquel buscaba su refugio con su ganado, llevándose cuanto podía; algunos intentaban en vano resistirse, pero la mayor parte huía prudentemente. Nadie ignoraba que era dificilísimo habérselas con esta multitud aguerrida en los combates, conocida con el nombre del ejército zaporogo que, a pesar de su organización irregular, conservaba en el combate un orden calculado. Durante la marcha, la caballería avanzaba lentamente, sin cargar ni fatigar a sus cabalgaduras; los infantes seguían en buen orden los carros, y todo el tabor se ponía en movimiento solamente cuando era de noche descansando de día, y escogiendo para sus paradas sitios desiertos o bosques, más vastos aún y más numerosos que actualmente. Se adelantaban algunos hombres para saber cómo y adónde habían de dirigirse. A menudo aparecían los kozakos en los sitos donde menos se les esperaba; entonces todos se despedían del mundo.

Villorrios enteros eran incendiados, se mataban los caballos y bueyes que no podían llevarse. Los cabellos se erizaban de horror al pensar en las atrocidades que cometían los zaporogos. Se asesinaba a los niños, se cortaban los pechos a las mujeres, y al escaso número de aquellos que se dejaba en libertad, se les arrancaba la piel, desde la rodilla hasta la planta de los pies; en una palabra, los kozakos pagaban en una sola vez todas sus deudas atrasadas.

El abad de un monasterio, al saber que se acercaban, envió a dos de sus monjes para hacerles presente que entre el gobierno polaco y los zaporogos había paz, y que de aquel modo violaban su deber con el rey y el derecho de gentes, y el kochevoi respondió:

–Digan al abad de mi parte y la de todos los zaporogos, que no tema. Los kozakos no hacen todavía más que encender sus pipas.

Y la magnífica abadía no tardó mucho en ser pasto de las llamas, y las colosales ventanas góticas parecían echar miradas severas a través de las olas luminosas del incendio. Sin número de monjes, judíos y mujeres buscaron refugio en las ciudades amuralladas y que tenían guarnición.Los tardíos socorros enviados de tarde en tarde por el gobierno, y que consistían en algunos débiles regimientos, o no podían descubrir a los kozakos, o huían al primer choque sobre sus veloces caballos. También sucedía que generales del rey, que habían alcanzado innumerables triunfos, decidíanse a reunir sus fuerzas y a presentar batalla a los zaporogos. Estos eran los encuentros que esperaban sobre todo los jóvenes kozakos, que se avergonzaban de robar o vencer a enemigos indefensos, y que ardían en deseos de distinguirse delante de los ancianos, midiéndose con un polaco atrevido y fanfarrón, montado en un buen caballo y vestido con un rico joupan cuyas mangas flotasen a merced del viento. Estos combates eran buscados por ellos como un placer, pues encontraban ocasión de hacer un rico botín de sables, mosquetes y de arreos de caballos. En el espacio de un mes, jóvenes imberbes se habían hecho hombres; sus semblantes, en los cuales se había pintado hasta entonces la morbidez juvenil, adquirían la energía de la fuerza.

El viejo Taras estaba encantado de ver que por todas partes sus hijos marchaban en primera fila. Evidentemente, la guerra era la verdadera vocación de Eustaquio. Sin perder nunca la cabeza, con una serenidad casi sobrenatural en un joven de veintidós años, medía con una mirada la intensidad del peligro, la verdadera situación de las cosas, y en el acto encontraba el medio de evitar el peligro, pero de evitarlo para vencerlo con más seguridad.

Todos sus actos empezaban a revelar la confianza en sí mismo, la firmeza tranquila, y nadie podía dejar de conocer en él a un futuro jefe.

–¡Oh! Con el tiempo ese será un buen polkovnik –decía el viejo Taras– sí, ¡vive Dios!, ese será un buen polkovnik, y sobrepujará a su padre.

Respecto a Andrés, se dejaba arrastrar por el encanto de la música de las balas y de los sables. No sabía lo que era reflexionar, calcular, ni medir sus fuerzas y las del enemigo. En la lucha encontraba una loca voluptuosidad.

Y en aquellos momentos en que la cabeza del combatiente hierve, en que todo se confunde a sus miradas, en que los hombres y los caballos caen mezclados en horrorosa confusión, en que se precipita con la cabeza baja a través del silbido de las balas, hiriendo a diestro y siniestro y sin sentir los golpes que se le asestan, le producían el efecto de una fiesta. Más de unabvez el viejo Taras tuvo ocasión de admirar a su hijo Andrés, cuando, arrastrado por su ardor, se arrojaba a empresas que ningún hombre de serenidad hubiera intentado, y en las cuales salía bien precisamente por el exceso de su temeridad. El viejo Taras le admiraba entonces, y repetía a menudo:

–¡Oh, ese es un valiente, que el diablo no se lo lleve! Ese no es Eustaquio, pero es un valiente.

Se decidió que el ejército marcharía directamente sobre la ciudad de Doubno, en donde, según se decía, los habitantes habían encerrado muchas riquezas. La distancia fue recorrida en día y medio, y los zaporogos se presentaron inesperadamente delante de la plaza. Los habitantes habían resuelto defenderse hasta morir en el umbral de sus moradas antes que dejar entrar al enemigo dentro de sus muros. La ciudad estaba rodeada por una muralla de tierra, y en el sitio en donde ésta era muy baja se elevaba un parapeto de piedra, o una casa almenada, o una fuerte empalizada con estacas de encina. La guarnición era numerosa y conocía toda la importancia de su deber.

A su llegada, los zaporogos atacaron vigorosamente las obras exteriores, pero fueron recibidos a metrallazos. Los menestrales, los habitantes todos, no querían permanecer ociosos, y se les veía, armados en los terraplenes. Por su aspecto, se podía colegir que se preparaban para una resistencia desesperada. Hasta las mujeres tomaban parte en la defensa; piedras, sacos de arena, toneles de resina inflamada caían sobre la cabeza de los asaltantes. A los zaporogos no les gustaban las plazas fuertes; no era en los asaltos donde ellos brillaban. Así, pues, el kochevoi dispuso la retirada diciendo:

–Esto no es nada, señores hermanos, decidámonos a retroceder. Pero que sea yo un tártaro maldito, y no un cristiano, si dejamos salir a un solo habitante. ¡Que mueran todos de hambre como perros!

Después de retirarse, los kozakos bloquearon estrechamente la ciudad, y no teniendo otro quehacer, se entretuvieron en asolar los alrededores, a incendiar los pueblos y las praderas de trigo, a destrozar con sus caballos las mieses, sin segar aún, y que en aquel año habían recompensado los cuidados del labrador con una rica cosecha.

Desde lo alto de las murallas, los habitantes contemplaban aterrorizados la devastación de todos sus recursos. Sin embargo, los zaporogos, dispuestos en koureni como en la sich, rodearon la ciudad con una doble hilera de carros. Fumaban sus pipas, cambiaban entre sí las armas tomadas al enemigo, y jugaban alegremente a pares y a nones, contemplando la ciudad con una calma desesperante; y por la noche encendían hogueras; cada koureni hacía hervir sus papas en enormes calderas de cobre, mientras que un centinela se sucedía a otro cerca de las hogueras.

Pero los zaporogos empezaron pronto a fastidiarse de su inacción, y sobre todo de su sobriedad forzada, de la que no les indemnizaba ninguna brillante acción. El kochevoi mandó hasta doblar la ración de vino, lo que se hacía alguna vez en el ejército, cuando no se había de acometer ninguna empresa. Semejante vida disgustaba sobremanera a los jóvenes, y más aún a los hijos de Bulba. Andrés no disimulaba su fastidio.

–Cabeza vacía –decía a menudo Taras– sufre, kozako, tú llegarás a ser hetman. No es aun buen guerrero el que conserva su serenidad en la batalla; lo es, sí, aquel que nunca se fastidia, que sabe sufrir hasta el fin, y que, suceda lo que quiera, concluye por hacer lo que ha resuelto.Pero un joven no puede tener la opinión de un anciano, pues ve las mismas cosas con otros ojos. Mientras tanto llegó el polk de Taras Bulba conducido por Tovkatch. Iba acompañado de dos ï ésaouls, de un escribano y de otros jefes, conduciendo una partida de cerca cuatro mil hombres. Entre éstos se encontraban muchos voluntarios, que, sin ser llamados, habían entrado libremente en el servicio desde que conocieron el objeto de la expedición.

Los ï ésaouls llevaban a los hijos de Bulba la bendición de su madre, y a cada uno de ellos la imagen de madera de ciprés sacada del monasterio de Megovsk en Kyiv. Los dos hermanos se colgaron las santas imágenes al cuello, y ambos se pusieron pensativos al recuerdo de su anciana madre. ¿Qué les profetizaba esta bendición? ¿La victoria sobre el enemigo, seguida de un alegre regreso a su patria, con abundante botín, y sobre todo con la gloria digna de ser eternamente cantada por los tocadores de bandura, o bien…?

Pero lo porvenir es desconocido; está delante del hombre, como una espesa niebla de otoño que se eleva de los pantanos. Las aves la atraviesan perdidas, sin conocerse, la paloma sin ver al milano, el milano sin ver a la paloma, y ni uno ni otro sabe si está cerca o lejano su fin.

Eustaquio, después de recibir las imágenes, se ocupó en los quehaceres cotidianos, y se retiró pronto a su kouren. Respecto a su hermano, sentía involuntariamente oprimido el corazón.

Los kozakos habían cenado ya. El día acababa de expirar, sucediéndole una hermosa noche de verano. Pero Andrés no se reunió a su kouren, y no pensaba tampoco en dormir. Hallábase sumergido en la contemplación del espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. Miríadas de estrellas vertían desde el alto cielo una luz pálida y fría. Una vasta extensión de llanura estaba cubierta de carros dispersos cargados con las provisiones y el botín, y debajo de los cuales colgaban los cántaros para llevar la brea.En torno y debajo de los carros se veían grupos de zaporogos tendidos sobre la hierba, durmiendo en distintas posiciones. El uno tenía un saco por almohada, el otro su gorra, el de más allá apoyado sobre el costado de su compañero. Todos llevaban un sable en su cintura, un mosquete, una pipa de madera, un eslabón y punzones. Los pesados bueyes estaban acostados con las piernas dobladas, formando grupos blanquizcos, y pareciendo de lejos gruesas piedras inmóviles esparcidas en la llanura; por todas partes se sentían los sordos ronquidos de los dormidos soldados, a los cuales contestaban con relinchos sonoros los caballos incomodados por sus trabas.

Sin embargo, una claridad solemne y lúgubre aumentaba la belleza de esta noche de julio; era el reflejo del incendio de los pueblos del contorno. Aquí, la llama se extendía ancha y tranquila iluminando la atmósfera allá, encontrando escaso combustible, se elevaba en delgados torbellinos hasta las estrellas. Se desprendían trozos inflamados para ir a parar y apagarse lejos del incendio. Por este lado, se veía un monasterio con las paredes ennegrecidas por el fuego, sombrío y grave como un monje velado con su capuchón mostrando a cada reflejo su lúgubre grandeza; por el otro, ardía el gran jardín del convento; creíase oír el silbido de los árboles que retorcía la llama, y cuando del seno de la espesa humareda salía un rayo luminoso, alumbraba con su luz violácea infinidad de ciruelas maduras, y cambiaba en frutas de oro las peras que mostraban su color amarillo a través del sombrío follaje. A cualquier parte donde se dirigía la mirada, veíase, pendiente de las almenas o de las ramas, algún monje o algún desventurado judío cuyo cuerpo se consumía con todo lo demás. Multitud de aves agitábanse delante de aquella inmensa hoguera, y de lejos asemejábanse a otras tantas crucecitas negras. La ciudad dormía, desprovista de defensores. Las agujas de los templos, los techos de las casas, las almenas de los muros y las puntas de las empalizadas se inflamaban silenciosamente con el reflejo de los lejanos incendios.

Andrés recorría las filas de los kozakos; las hogueras, en torno de las cuales se sentaban los centinelas, sólo arrojaban una claridad mortecina, y los mismos centinelas se dejaban vencer por el sueño, después de haber satisfecho hasta la saciedad su apetito kozako. El joven se admiró de semejante abandono, pensando que era una fortuna el que no hubiese enemigos por aquellos contornos. Por fin, se acercó él mismo a uno de los carros, trepó encima, y se acostó con la cara al aire, juntando sus manos encima la cabeza; pero no pudo conciliar el sueño y permaneció largo tiempo mirando el cielo.

El aire era puro y transparente; las estrellas que forman la vía láctea brillaban con una luz blanca y confusa. Andrés se adormecía por momentos,y el primer velo del sueño le ocultaba la vista del cielo, que volvía a aparecer de nuevo. De repente le pareció que una figura extraña se dibujaba rápidamente delante de él. Creyendo que era una imagen creada por el sueño y que iba a desvanecerse, abrió más los ojos y vio en efecto una figura pálida y extenuada, que se inclinaba hacia él y le miraba atentamente.

Cabellos largos y negros como el carbón se escapaban en desorden de un velo sombrío echado negligentemente sobre la cabeza, y el brillo singular de sus pupilas, el tinte cadavérico del semblante podían hacerle creer en una aparición. Andrés tomó con precipitación su mosquete, y exclamó con alterada voz:

–¿Quién eres tú? Si eres un espíritu maligno desaparece. Si eres un ser viviente, has escogido mala ocasión para reír, pues voy a matarte.

Por toda contestación, la aparición se puso el dedo en los labios pareciendo implorar silencio. Andrés dejó su mosquete, y se puso a mirarla con más atención. Sus largos cabellos, su cuello y su pecho medio desnudos, le revelaron que era una mujer. Pero no era polaca; su rostro demacrado tenía un tinte aceitunado, los anchos pómulos de sus mejillas le salían extremadamente, y los párpados de sus estrechos ojos se levantaban en los ángulos exteriores. Cuanto más contemplaba las facciones de esa mujer, más encontraba en ellas el recuerdo de un semblante conocido.

–Dime, ¿quién eres? –exclamó por fin– me parece que te he visto en alguna parte.

–Sí, hace dos años, en Kyiv.

–¡En Kyiv, hace dos años! –repitió Andrés repasando en su memoria todo lo que le recordaba su vida de estudiante. La miró otra vez con profunda atención, exclamando de repente:

–¡Tú eres la tártara, la criada de la hija del vaivoda!
–¡Chist! –dijo ella, cruzando sus manos con suplicante angustia, temblando de miedo y mirando a todos lados por si el grito de Andrés había despertado a alguien.

–Contesta: ¿cómo y por qué estás aquí? –decía el joven con voz baja y entrecortada. ¿En dónde se halla la señorita? ¿vive?

–Está en la ciudad.

–¡En la ciudad! –dijo Andrés ahogando con dificultad un grito de sorpresa y sintiendo que toda su sangre refluía al corazón. –¿Por qué se encuentra allí?

–Porque también está en la ciudad el anciano señor. Hace un año y medio que le hicieron vaivoda de Doubno.

–¿Se ha casado la señorita? Pero habla, habla pues.

–Dos días hace que no ha comido nada.

–¡Cómo!
–No hay ya un pedazo de pan en la ciudad. Hace una porción de días que los habitantes no comen más que tierra. Andrés quedó petrificado.

–La señorita te ha visto desde el parapeto con los otros zaporogos, y me ha dicho: «Anda, dí al caballero, si se acuerda de mí, que venga a encontrarme; si no, que te dé al menos un pedazo de pan para mi anciana madre, pues no quiero verla morir. Suplícaselo, abraza sus rodillas; él tiene también una anciana madre; que te dé pan por amor a ella.»

Multitud de sentimientos diversos se despertaron en el corazón del joven kozako.

–Pero, ¿cómo has podido venir hasta aquí?

–Por un camino subterráneo.
–¿Hay, pues, un camino subterráneo?
–Sí.
–¿En dónde?
–¿No nos harás traición, caballero?
–No, lo juro por la santa cruz.
–Después de bajar la torrentera y atravesar el riachuelo, allí donde crecen juncos.

–¿Y este camino va a parar a la ciudad?

–Directamente al monasterio.
–Vamos, vamos enseguida.
–Pero, en nombre de Cristo y de su santa madre, un pedazo de pan.
–Bien, te lo traeré. Quédate cerca del carro, o mejor, acuéstate encima. Nadie te verá, todos duermen. Vuelvo enseguida.

Y se dirigió hacia los carros de las provisiones de su kouren. El corazón le palpitaba con violencia. Todo su pasado, todo cuanto había borrado su ruda y guerrera vida de kozako volvía a nacer de repente, y lo presente se desvanecía a su vez. Entonces apareció de nuevo ante sus ojos una imagen de mujer con sus hermosos brazos, su boca risueña y sus magníficas trenzas de cabellos. No, esta imagen no había desaparecido nunca completamente de su alma; y aunque había dejado lugar para otras ideas más varoniles, frecuentemente turbaba todavía el sueño del joven kozako.

Andrés andaba, y los latidos de su corazón eran cada vez más fuertes a la idea de que bien pronto volvería a verla, y sus rodillas temblaban. Cuando hubo llegado cerca de los carros, olvidó el objeto que le había llevado allí, y se pasó la mano por la frente procurando recordarlo. De repente se estremeció a la idea de que ella moría de hambre. Se apoderó de varios panes negros, pero la reflexión le recordó que este alimento, excelente para un zaporogo, sería para la joven demasiado grosero. Entonces recordó que, en la víspera, el kochevoi riñó a los cocineros del ejército por haber empleado para hacer papas toda la harina negra que quedaba, y que debía durar tres días. Seguro, pues, de encontrar papas preparadas en las grandes calderas, Andrés tomó una pequeña cacerola de viaje que pertenecía a su padre, y fue en busca del cocinero de su kouren que dormía tendido entre dos marmitas debajo de las cuales humeaba todavía la ceniza caliente. Con gran sorpresa, las encontró vacías una y otra. Para comer todas aquellas papas era preciso haber empleado fuerzas sobrehumanas, pues su kouren contaba menos hombres que los otros. Prosiguió la inspección de las otras marmitas, y no encontró nada en ninguna parte. Involuntariamente recordó el proverbio: «Los zaporogos son como los niños; cuando hay poco, se contentan, pero si hay mucho, no dejan nada».

¿Qué hacer? Había en el carro de su padre un saco de panes blancos que habían saqueado en un monasterio. Se acercó al carro, pero el saco había desaparecido. Eustaquio se lo había puesto por cabecera y roncaba tendido en el suelo. Andrés agarró el saco con una mano y lo levantó bruscamente; la cabeza de su hermano dio contra el suelo, y él mismo se levantó medio despierto, exclamando sin abrir los ojos.

–¡Detengan, detengan al polaco del diablo!, alcancen su caballo.

–Calla o te mato –exclamó Andrés sobresaltado amenazándole con el saco.

Pero Eustaquio había enmudecido ya; volvió a caer al suelo, y se puso a roncar hasta el extremo de mover la hierba que rozaba su semblante. Andrés echó una mirada de terror por todos lados. Reinaba absoluta tranquilidad; únicamente en el kouren vecino se había levantado una cabeza con el pelo flotante; pero después de echar vagas miradas, volvió a tumbarse en el suelo. Al cabo de un rato de espera se alejó llevándose su botín. La tártara estaba tendida respirando apenas.

–Levántate –le dijo– todo el mundo duerme, nada temas. ¿Podrás levantar uno de esos panes, si yo no pudiese llevarlos todos? Se cargó el saco a cuestas, tomó otro lleno de mijo, que tomó de otro carro, agarró con sus manos los panes que había querido dar a la tártara, y, encorvado bajo su peso, pasó intrépidamente a través de las filas de los dormidos zaporogos.

–¡Andrés! –dijo el anciano Bulba en el momento que su hijo pasaba por delante de él.

El corazón del joven se heló. Se detuvo, y, temblando de pies a cabeza, respondió en voz baja:

–¡Y bien! ¿Qué?

–Tienes una mujer en tu compañía, y te aseguro que mañana te daré una soberana paliza. Las mujeres no te traerán nada bueno.

Dicho esto, levantó la cabeza sobre su mano, y se puso a contemplar atentamente a la tártara que iba envuelta en su velo. El joven permanecía inmóvil, más muerto que vivo, sin atreverse a mirar de frente a su padre. Cuando por fin se decidió a levantar los ojos, notó que Bulba se había dormido con la cabeza sobre la mano. Andrés se santiguó; su terror se disipó más pronto de lo que había venido. Al volverse para dirigirse a la tártara, la vio delante de él, inmóvil como una sombría estatua de granito, perdida en su velo, y el reflejo de un lejano incendio iluminó de repente sus ojos, extraviados como los de un moribundo. La sacudió por la manga, y los dos se alejaron mirando frecuentemente detrás de sí.

Bajaron a una torrentera, en el fondo de la cual se arrastraba perezosamente un cenagoso arroyo cubierto de juncos que crecían sobre algunos terrones de tierra. Una vez en el fondo de la torrentera, la llanura con el tabor de los zaporogos desapareció de su vista; y Andrés al volverse, sólo vio una cuesta escarpada, en cuya cúspide se balanceaban algunas hierbas, secas y finas, y por encima brillaba la luna semejante a una dorada hoz. Una ligera brisa, soplando de la estepa, anunciaba la proximidad del nuevo día. Pero el canto del gallo no se oía en ninguna parte; hacía mucho tiempo que no se le había oído, ni en la ciudad, ni en los devastados alrededores.

Pasaron una palanca colocada sobre el arroyo, y a su frente se levantó la otra orilla, más alta aún y más escarpada. Este paraje era considerado como el sitio mejor fortificado de todo el recinto natural, pues el parapeto de tierra que le coronaba era más bajo que en otras partes, y no se veían en él centinelas. Un poco más allá se elevaban las espesas murallas del convento. Espesos matorrales cubrían la cuesta que tenían delante de ellos; entre esta cuesta y el arroyo se extendía un pequeño terraplén en el cual crecían juncos de la altura de un hombre. La tártara se quitó sus zapatos, y se adelantó con precaución levantando su vestido, porque el suelo movedizo estaba impregnado de agua.

Después de conducir a duras penas a Andrés a través de los juncos, se detuvo delante de un enorme montón de ramas secas; apartadas éstas, descubrieron una especie de bóveda subterránea cuya abertura no era más grande que la boca de un horno. La tártara penetró primero en ella con la cabeza baja, el joven la siguió encorvándose todo lo posible para pasar sus sacos y sus panes, y pronto se encontraron los dos en medio de una oscuridad absoluta.

CAPÍTULO VI

Precedido de la tártara, y encorvado bajo sus sacos de provisiones, Andrés avanzaba penosamente en el estrecho y sombrío subterráneo.

–Pronto podremos ver –le dijo su conductora–pues nos acercamos al sitio en donde he dejado mi luz.

En efecto, las negras paredes del subterráneo empezaban a iluminarse poco a poco. Los dos expedicionarios llegaron a una pequeña plataforma que parecía ser una capilla, pues en las paredes estaba arrimada una mesa en forma de altar, encima de la cual había una antigua imagen ennegrecida de la Virgen. Una lamparita de plata, suspendida delante de esta imagen, la iluminaba con su pálida luz. La tártara se agachó, tomó del suelo su candelero de cobre cuya caña larga y delgada estaba rodeada, de cadenillas de las cuales pendían espabiladeras, un apagador y un punzón, y encendió la vela en la luz de la lámpara.

Ambos prosiguieron su camino, ora iluminados por una viva luz, ora envueltos en una sombría oscuridad, como los personajes de un cuadro de Gérard delle notti. El semblante del joven kozako, en el que brillaba la salud y la fuerza, formaba un sorprendente contraste con el de la tártara, pálido y extenuado. El pasaje empezó a ser más ancho y más alto, de modo que Andrés pudo levantar la cabeza y examinar atentamente las paredes de tierra del pasaje por donde caminaban.

Lo mismo que en los subterráneos de Kyiv, se veían hoyos llenos los unos de ataúdes, los otros de huesos esparcidos que la humedad había reblandecido como una pasta. Allí yacían también santos anacoretas que huyeron del mundo y sus seducciones. Tan grande era la humedad en ciertos parajes, que andaban sobre agua.

A menudo tenía Andrés que detenerse para que descansase su compañera cuya fatiga era cada vez mayor. Un pedazo de pan que había devorado le causaba un vivo dolor de estómago, desacostumbrado ya a todo alimento, y con frecuencia se detenía sin poder avanzar un paso más. Por fin, encontraron una pequeña puerta de hierro delante de ellos.

–¡Gracias a Dios que ya hemos llegado! –dijo la tártara con voz débil y levantó la mano para llamar, pero le faltaron las fuerzas.

En vista de esto, Andrés llamó, y tan vigorosamente, que el golpe resonó de modo que dio a conocer que dejaban a sus espaldas un largo espacio vacío; después el eco cambió de naturaleza como si se hubiese prolongado debajo de elevados arcos. Dos minutos después se oyó el ruido de llaves y de alguno que bajaba los peldaños de una escalera de caracol. La puerta se abrió. Un monje en pie con las llaves en una mano y una linterna en la otra les hizo paso. Andrés retrocedió involuntariamente a la vista de un monje católico, objeto de odio y desprecio para los kozakos, que les trataban todavía más inhumanamente que a los judíos. El monje, por su parte, retrocedió algunos pasos viendo a un zaporogo; pero una palabra de la tártara en voz baja le tranquilizó. El monje, después de cerrar la puerta tras ellos, les condujo por la escalera, y en breve se encontraron bajo las altas y sombrías bóvedas de la iglesia.

Delante de uno de los altares, en el que ardían infinidad de cirios, estaba un sacerdote arrodillado, orando en voz baja, y a ambos lados tenía, también arrodillados, dos jóvenes diáconos con casullas color de violeta adornadas de encaje blanco, y con incensarios en la mano. Pedían un milagro, la salvación de la ciudad, fortaleza para los ánimos decaídos, el don de la paciencia, la fuga del espíritu tentador que les hacía murmurar, que les inspiraba ideas tímidas y cobardes.

Algunas devotas semejantes a espectros, estaban asimismo de rodillas, apoyadas sus frentes sobre el respaldo de los bancos de madera y sobre los reclinatorios. Algunos hombres permanecían apoyados contra los pilares, en un triste y desalentado silencio. La alta ventana de cristales pintados que coronaba el altar se iluminó de repente con los rosados colores del alba naciente, y los dibujos encarnados, azules y de todos los colores, se diseñaron sobre el sombrío pavimento de la iglesia. Todo el coro quedó inundado de luz, y el humo del incienso, inmóvil en el aire, se pintó de todos los colores del iris. Desde su oscuro rincón, Andrés contemplaba admirado el milagro, verificado por la luz. En este instante, el solemne sonido del órgano repercutió por todo el templo, y aumentando cada vez más, estalló como un trueno, subiendo luego bajo las naves en sonidos argentinos, como voces infantiles; luego repitió su sonido sonoro y se calló bruscamente. Largo tiempo después, las vibraciones hicieron temblar las arcadas, y Andrés permanecía lleno de la admiración que le causaba esta música solemne, cuando sintió que alguien le tiraba de su caftán.

–Ya es tiempo –dijo la tártara.

Los dos atravesaron la iglesia sin ser vistos, y salieron a una gran plaza. El cielo estaba enrojecido con los colores de la aurora, y todo anunciaba la salida del sol. La plaza, que era cuadrada, estaba completamente desierta.En el centro de ella estaban colocadas algunas mesas de madera, indicando haber estado allí el mercado de los comestibles. El suelo, sin empedrar, estaba cubierto por una espesa capa de lodo seco, y toda la plaza estaba, rodeada de casitas edificadas con ladrillos y arcilla, cuyas paredes sostenían vigas cruzadas. Sus puntiagudos techos tenían infinidad de lumbreras. En uno de los lados de la plaza, cerca de la iglesia, se elevaba un edificio que se diferenciaba de los otros, y que parecía ser el Ayuntamiento. La plaza entera carecía de animación. Sin embargo, Andrés creyó oír débiles gemidos; echó una mirada a su alrededor, y vio un grupo de hombres tendidos en el suelo sin movimiento; los examinó, dudando si estaban dormidos o muertos. En este momento tropezó con un objeto que no había distinguido: era el cadáver de una judía que, a pesar de la horrible contracción de su semblante, parecía joven. Su cabeza estaba envuelta en un pañuelo de seda encarnada; dos sartas de perlas adornaban los lazos que colgaban de su turbante; algunas mechas de rizados cabellos caían sobre su descarnado cuello, y cerca de ella estaba tendida una criaturita apretando convulsivamente su pecho, que había torcido a fuerza de buscar en él alimento. No gritaba ni lloraba ya; únicamente por el movimiento intermitente de su vientre se conocía que aun no había exhalado el último suspiro. Al doblar una esquina, le detuvo un loco furioso que, viendo la preciosa carga que Andrés llevaba, se arrojó sobre él como un tigre, gritando:

–¡Pan! ¡Pan!
Pero sus fuerzas no igualaban a su rabia; Andrés le rechazó, y cayó rodando por tierra. Pero el joven kozako, movido a compasión, le arrojó un pan, que el otro se puso a devorar ansiosamente; y en la misma plaza expiró este hombre entre horribles convulsiones.

Casi a cada paso encontraba víctimas del hambre. A la puerta de una casa estaba sentada una anciana, no pudiéndose decir si estaba muerta o viva, pues permanecía inmóvil y con la cabeza inclinada sobre su seno. Del techo de una casa vecina pendía del extremo de una cuerda el cadáver, largo y flaco de un hombre que, no habiendo podido sobrellevar hasta el fin sus sufrimientos, se había ahorcado. A la vista de todos estos horrores, el joven kozako no pudo menos de preguntar a la tártara:

–¿Pero es posible que en tan corto espacio de tiempo, no hayan encontrado todas esas gentes nada para sostener su vida? En tales extremos el hombre puede alimentarse de substancias que la ley prohíbe.

–Todo se ha comido –respondió la tártara– todos los animales; no se encuentra ya un caballo, ni un perro, ni un ratón en toda la ciudad. Nunca habíamos hecho provisión de comestibles, pues todo lo traían del campo.

–Pero, muriendo tan cruelmente, ¿cómo pueden pensar aún en defender la ciudad?

–Tal vez el vaivoda se hubiera rendido; pero ayer por la mañana el polkovnik, que se halla en Boujany, envió un halcón con un billete en el cual encargaba que siguiéramos defendiéndonos, que él avanzaba para hacer levantar el sitio, y que no esperaba más que otro polk con el fin de obrar juntos; mientras tanto, nosotros esperamos a cada momento su socorro. Pero henos aquí delante de la casa.

Andrés había visto ya de lejos una casa que no se asemejaba a las otras y que parecía haber sido construida por un arquitecto italiano. Era de ladrillos, y tenía dos pisos. Las ventanas de la planta baja estaban guarnecidas con adornos de piedra en relieve; el piso superior se componía de pequeños arcos formando galería; entre los pilares y los esconces, se veían rejas de hierro con los escudos de la familia. Una espaciosa escalera de ladrillos pintados descendía hasta la plaza. En sus últimos peldaños estaban sentados dos guardias que sostenían con una mano sus alabardas y con la otra sus cabezas: parecían más bien dos estatuas que dos seres vivientes; no prestaron ninguna atención a los que subían la escalera, al extremo de la cual Andrés y la tártara encontraron un caballero cubierto con una rica armadura y con un libro de oraciones en la mano; levantó lentamente sus pesados párpados; pero, a una palabra de la tártara, los volvió a dejar caer sobre las páginas de su libro.

Andrés y su guía entraron en una espaciosa sala que parecía destinada para las recepciones, la cual estaba llena de soldados, coperos, cazadores y criados de toda especie que cada noble polaco creía necesarios a su categoría. Todos estaban sentados y silenciosos. Sentíase el olor de un cirio que acababa de apagarse, y se veían arder otros dos colocados en candeleros de la altura de un hombre, a pesar de que hacía largo rato que la claridad del día penetraba por la ancha ventana enrejada.

Andrés iba a adelantarse hacia una gran puerta de encina, adornada con escudos y cinceladuras; pero la tártara le detuvo, y le mostró una puertita practicada en el muro del lado. Entraron en un corredor, y luego en un aposento que Andrés examinó con atención. El débil rayo de luz que se filtraba por una rendija del ventanillo pintaba una línea luminosa en una cortina de seda encarnada, en una cornisa dorada y en un marco de cuadro. La tártara dijo al joven que se quedase en aquella estancia, abriendo en seguida la puerta de otra pieza en donde había luz artificial.

Andrés oyó el débil cuchicheo de una voz que le hizo estremecer. En el momento de abrirse la puerta distinguió la esbelta figura de una joven. La tártara volvió enseguida, diciéndole que entrase. Cuando pasó el umbral de la puerta, ésta se volvió a cerrar tras él. En el aposento ardían dos cirios, y una lámpara delante de una santa imagen, a cuyos pies, según costumbre católica, había un reclinatorio. Pero no era eso lo que el joven buscaba: volvió, pues, la cabeza a otro lado, y vio a una mujer que parecía haberse detenido al hacer un movimiento rápido: la joven se precipitaba hacia él, pero se quedó inmóvil; hasta él mismo permaneció clavado en su sitio. Esa joven no era la que él creía volver a ver, la que había conocido: era mucho más hermosa. En otro tiempo había en ella algo incompleto, no acabado: ahora se parecía a la creación de un artista que acabara de recibir la última mano; en otro tiempo era una jovencita delgada, ahora era ya una mujer, y en todo el esplendor de su belleza. Sus ojos levantados no expresaban ya un simple bosquejo del sentimiento, sino el sentimiento completo. No habiendo tenido tiempo para enjugar su llanto, las lágrimas daban a sus mejillas un barniz brillante. Su cuello, espaldas y garganta habían llegado a los verdaderos límites de la hermosura en todo su desarrollo. Una parte de sus espesas trenzas estaban sujetas a la cabeza por un peine y las otras caían en largas ondulaciones sobre sus espaldas y brazos. Su extrema palidez no alteraba su belleza, antes al contrario, le comunicaba un encanto irresistible.

Andrés sentía como un terror religioso, manteniéndose en su inmovilidad ella quedó también sorprendida al aspecto del joven cosaco que se presentaba con todas las ventajas de su varonil belleza. La firmeza brillaba en sus ojos cubiertos por aterciopeladas cejas, y la salud y la frescura en sus tostadas mejillas; su negro bigote relucía como la seda.

–Yo no puedo darte las gracias, generoso caballero –dijo la joven con trémula voz. Dios sólo puede recompensarte.

Bajó los ojos que cubrieron sus blancos párpados guarnecidos de largas y sombrías pestañas; su cabeza se inclinó, y un ligero rubor coloreó la parte inferior de su semblante. Andrés no sabía qué contestarle; hubiera querido expresarle cuanto su alma sentía, y expresárselo con el mismo fuego con que lo sentía, pero le fue imposible: su boca parecía cerrada por un poder desconocido; le faltaba el sonido a su voz; comprendía que él, educado en un seminario, y llevando después una existencia guerrera y nómada, no podía contestar a la joven, y se indignó contra su naturaleza kozaka.

En este momento, la tártara entró en el aposento; había tenido ya tiempo de cortar en pedazos el pan que trajera Andrés, y lo presentó a su ama en una bandeja de oro. La joven la miró, luego miró el pan, deteniendo por fin su mirada sobre el kozako. Esta mirada, conmovida y llena de reconocimiento, en la que se leía la impotencia de expresarse con la lengua, fue mejor comprendida por Andrés que lo hubiesen sido largos discursos. Su alma se sintió aliviada, pareciéndole que se la habían desatado. Iba a hablar, cuando de repente la joven se volvió hacia su sirvienta, y le dijo con inquietud:

–¿Y mi madre? ¿Le has llevado pan?
–Duerme.
–¿Y a mi padre?
–Ya se lo he llevado. Me ha dicho que vendría en persona a dar las gracias a este caballero.

La joven, tranquilizada con esto, tomó el pan y lo llevó a sus labios. Andrés la contemplaba con inexplicable alegría romper el pan y comérselo con avidez, cuando de repente recordó aquel loco furioso a quien había visto morir por haber devorado un pedazo de pan. Palideció, y agarrándola por el brazo:

–Basta –le dijo– no comas más. Hace tanto tiempo que no has tomado alimento que el pan te haría mal.

La joven dejó enseguida caer su brazo, y volviendo a poner el pan en el plato, miró a Andrés como lo hubiera hecho un niño dócil.

–¡Oh, soberana mía! –exclamó Andrés con transporte– manda lo que quieras; pídeme la cosa más imposible del mundo, y te obedeceré; dime que haga lo que no haría ningún hombre, y lo haré; me perdería por ti: te juro por la santa cruz, que me es imposible decirte cuan dulce sería eso para mí.

Poseo tres pueblos; me pertenece la mitad de los caballos de mi padre; todo lo que mi madre le ha dado en dote y todo lo que ella le oculta es mío; ningún kozako tiene armas semejantes a las mías; por un solo sablazo se me da una caballada y tres mil carneros; ¡pues bien! ¡Todo eso lo abandonaré, lo quemaré, aventaré sus cenizas por una sola palabra tuya, por un solo movimiento de tus cejas negras! Tal vez lo que digo no son más que locuras y necedades; sé perfectamente que yo, que he pasado la vida en la sich, no puedo hablar como se habla en los palacios de los reyes, príncipes y nobles señores. Veo que eres una criatura de Dios muy diferente de nosotros, y que aventajas en mucho a las otras mujeres de la nobleza.

Con creciente sorpresa, sin perder una sola palabra, pues prestaba toda su atención, la joven escuchó ese discurso lleno de franqueza y de calor, en el que se descubría una alma joven y fuerte. Inclinó hacia delante su hermoso rostro y quiso hablar; pero se detuvo bruscamente, pensando que aquel joven pertenecía a otro partido, y que su padre, sus hermanos y sus compañeros eran sus más acérrimos enemigos; y que los terribles zaporogos tenían bloqueada por todos lados la ciudad y condenados sus habitantes a una muerte segura. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Tomó un pañuelo bordado en seda, y, cubriéndose el rostro para ocultar su dolor, se sentó en una silla, en donde permaneció largo rato inmóvil, con la cabeza inclinada hacia atrás, y mordiéndose el labio inferior con sus dientes de marfil, como si hubiese sentido la picadura de alguna bestia venenosa.

–Dime una sola palabra –prosiguió Andrés, tomando su mano suave como la seda; pero ella guardaba silencio, sin descubrir su semblante, y permanecía inmóvil. ¿Por qué tanta tristeza?

La joven se quitó el pañuelo de los ojos, apartó los cabellos que cubrían su semblante, y con voz débil, semejante al triste y ligero ruido de los juncos agitados por el viento de la tarde, balbuceó:

–¿No soy digna de eterna compasión? Mi madre, ¿no es desgraciada? ¿No es mi suerte bien amarga? ¡Oh destino mío! ¿No eres mi verdugo? Tú has conocido a mis plantas a los nobles más dignos, a los más ricos caballeros, condes y barones extranjeros, y a toda la flor de nuestra nobleza. La mayor felicidad para todos ellos hubiese sido mi amor; no tenía que hacer más que escoger para que el más hermoso, el más noble fuese mi esposo. ¡Oh destino cruel! Por ninguno de ellos has hecho latir mi corazón; pero has hecho que ese débil corazón palpite por un extranjero, por un enemigo, desdeñando a los mejores caballeros de mi patria. ¿Qué delito he cometido para que me persigas ¡oh santa Madre de Dios! tan inhumanamente? Mis días se deslizaban en la abundancia y la riqueza. Los más delicados manjares, los vinos más preciosos servían para mi cotidiano alimento. ¿Y para qué? Para hacerme morir de una muerte horrible, como no muere ningún mendigo del reino; y es poco verme condenada a tan impía suerte, es poco verme obligada a presenciar, antes de mi propio fin, en medio de mil horrorosos sufrimientos, la agonía de mi padre y de mi madre, por quienes hubiera dado cien veces la vida; es poco todo eso: es preciso que antes que la muerte ponga término a mi existencia, que le vuelva a ver, que le oiga, que sus palabras me desgarren el corazón, que aumente la amargura de mi suerte, que me sea aún más penoso abandonar mi existencia, tan joven aún, que mi muerte sea más espantosa, y que al morir les llene aún más de reproches, a ti, mi cruel destino, y a ti (perdona mi pecado) ¡oh santa Madre de Dios!

Cuando calló, en su semblante, en su frente tristemente inclinada y en sus mejillas humedecidas por las lágrimas se pintaba una expresión de dolor y de abatimiento.

–No, no se dirá –exclamó Andrés– que la más bella y mejor de las mujeres tenga que sufrir una tan lastimosa suerte, cuando ha nacido para que todo lo que hay en el mundo de más elevado se incline ante ella como ante una santa imagen. ¡No, no morirás; juro por mi nacimiento y por cuanto amo que no morirás! Pero si nada puede salvarte, ni la fuerza, ni el valor, ni las súplicas; si nada puede conjurar tu desventurada suerte, moriremos juntos, y moriré antes que tú, en tu presencia, y tan sólo después de muertos nos podrán separar.

–No te engañes, caballero, ni me engañes contestó ella meneando lentamente la cabeza. Sé perfectamente que no te es posible amarme, pues conozco tu deber. Tienes padre, amigos y una patria que te llaman, y nosotros somos tus enemigos.

–¿Qué me importan mis amigos, mi patria y mi padre? –prosiguió el joven kozako levantando con altivez su frente e irguiendo su figura alta y esbelta como un junco del Dnipró. Yo no tengo a nadie, a nadie, a nadie –repitió obstinadamente, haciendo un gesto con el cual un kozako expresa un partido tomado y una voluntad irrevocable. ¿Quién me ha dicho que la Ucrania es mi patria? ¿Quién me la ha dado por patria? La patria es lo que nuestra alma desea y adora, lo que amamos más que todo; mi patria eres tú; y esa patria no la abandonaré mientras viva, la llevaré en mi corazón. ¡Que vengan a arrancármela!

La joven permaneció inmóvil un instante, le miró fijamente en los ojos, y de repente, con esa impetuosidad de que es capaz una mujer que sólo vive por los impulsos del corazón, se precipitó hacia él, le estrechó en sus brazos y se puso a sollozar. En este momento resonaron en la calle gritos confusos y ruido de trompetas y timbales. Pero Andrés no los oía; sólo sentía la tibia respiración de su amada que le acariciaba la mejilla, sus lágrimas que le bañaban el semblante, sus largos cabellos que le envolvían la cabeza como una redecilla sedosa y odorífera.

De repente entró la tártara en el aposento lanzando gritos de alegría.

–Estamos salvados –decía fuera de sí– los nuestros han entrado en la ciudad, y traen abundantes víveres y zaporogos prisioneros.

Pero ninguno de los dos jóvenes prestó atención a lo que ella decía. En el delirio de su pasión, el kozako aplicó sus labios en la boca que rozara su mejilla, y esta boca no dejó de responder.Y el kozako quedó perdido, perdido para toda la caballería kozaka. Jamás sus ojos volverán a ver la sich, ni los villorrios de su padre, ni el templo de su Dios; y la Ucrania no volverá a ver tampoco uno de sus más valerosos hijos. ¡El viejo Taras Bulba se arrancará un puñado de sus cabellos grises, y maldecirá el día y la hora en que, para su propia afrenta, dio la vida a semejante hijo!

CAPÍTULO VII

Todo era ruido y movimiento en la labor de los zaporogos; nadie podía explicarse exactamente cómo había entrado en la ciudad un destacamento de guardias reales; sólo más tarde se supo que todo el kouren de Péreiaslav, colocado delante de una de las puertas de la ciudad, se había embriagado completamente; no era, pues, de extrañar que la mitad de los kozakos que lo componían hubiese sido muerta y la otra mitad prisionera, sin tener tiempo de defenderse. Antes que los koureni inmediatos, despertados por el ruido, pudiesen tomar las armas, los guardias reales entraban ya en la ciudad, y sus últimas filas sostenían el fuego contra los zaporogos mal despiertos que se arrojaban sobre ellos en desorden. El kochevoi hizo reunir el ejército, y una vez formados los soldados en círculo, y el sombrero en la mano, guardando profundo silencio, les dijo:

–Ya ven, pues, señores hermanos, lo que ha sucedido esta noche; ya ven a lo que puede conducir la embriaguez; ya ven también la injuria que nos ha hecho el enemigo. Parece que esa es costumbre de ustedes; si se les da doble ración, están dispuestos a embriagarse de tal modo que el enemigo del nombre cristiano puede, no solamente quitarles los pantalones, sino escupirles en el rostro sin que lo noten ustedes.

Todos los kozakos tenían la cabeza baja, conociendo su culpa. Tan sólo el ataman del kouren de Nésamaï koff, Koukoubenko, levantó la voz, y dijo:

–Detente, padre; aunque no consta en la ley, que se pueda hacer ninguna observación cuando el kochevoi habla delante de todo el ejército, sin embargo, no habiendo pasado el hecho como tú dices, es preciso hablar. Tus reproches no son del todo justos. Los kozakos hubieran sido culpables y dignos de la muerte si se hubiesen embriagado durante la marcha, en batalla u ocupados en un trabajo importante y difícil, pero estábamos allí mano sobre mano, y aburriéndonos delante de la ciudad. No estábamos en cuaresma ni teníamos que guardar ninguna abstinencia ordenada por la Iglesia. ¿Cómo quieres, pues, que el hombre no beba cuando nada tiene que hacer? En eso no hay pecado. Pero ahora vamos a enseñarles lo que cuesta atacar a gentes inofensivas. Antes les derrotamos completamente, y ahora vamos a hacerlo de modo que no quede uno vivo.El discurso del ataman gustó a los kozakos, los cuales levantaron sus cabezas, y muchos de ellos hicieron un signo de satisfacción, diciendo:

–Koukoubenko ha hablado bien.

Y Taras Bulba, que se hallaba no lejos del kochevoi, añadió:
–Parece, kochevoi, que Koukoubenko ha dicho la verdad. ¿Qué contestarás a eso?

–¿Qué contestaré? Contestaré: ¡Dichoso el padre que ha dado el ser a semejante hijo! El decir una palabra de reprensión no prueba gran sabiduría; pero la prueba una frase que, sin hacer burla de la desventura del hombre, le reanima, le devuelve el valor, como las espuelas se lo devuelven al caballo que abrevando, ha perdido el calor. Yo quería también enseguida dirigiros una palabra consoladora, pero Koukoubenko se me ha anticipado.

–¡El kochevoi ha hablado bien! –exclamaron en las filas de los zaporogos.

–Es un buen orador –decían otros.
–Y hasta los más ancianos, que estaban allí como palomos grises, hicieron con sus bigotes una mueca de satisfacción, diciendo:

–Sí, es un buen orador.

–Ahora, escúchenme, señores –prosiguió el kochevoi. Tomar una fortaleza escalando sus muros o bien agujerearlos a la manera de los ratones, como hacen los pícaros alemanes (¡qué hasta sueñan con el demonio!), es indecente e impropio de los kozakos. No creo que el enemigo haya entrado en la ciudad con grandes vituallas, pues llevaba pocos carros. Los habitantes de la ciudad están hambrientos, lo que quiere decir que se lo comerán todo de una vez; y respecto al forraje para los caballos, a fe mía que no sé de dónde lo sacarán, a menos que alguno de sus santos se lo eche desde el cielo… cosa que sólo Dios lo sabe, pues sus sacerdotes no sirven más que para hablar. Por esta razón o por otra concluirán por salir de la ciudad. Divídase, pues, el ejército en tres cuerpos, y que se sitúen delante de las tres puertas: cinco koureni al frente de la principal, y tres al frente de cada una de las otras dos; pónganse en emboscada el kouren de Diadnio y el de Korsoun, como también el polkovnik Taras Bulba, con todo su polk. Los koureni de Titareff y de Tounnocheff, formarán la reserva al lado derecho; los de Tcherbinoff y de Steblikiv, al izquierdo. Y ustedes los jóvenes que se encuentran con ánimo para insultar y para excitar al enemigo, salgan de las filas. Los polacos tienen muy poco seso; no saben soportar las injurias, y tal vez hoy mismo saldrán de la ciudad. Que cada ataman pase revista a su kouren, y si nota que no está completo, que tome gente de los restos del de Péreiaslav. Inspecciónenlo todo detenidamente; den a cada kozako un vaso de vino y un pan. Pero creo que estarán bastante satisfechos de lo que comieron ayer, pues, a decir verdad, es tanto lo que han engullido esta noche, que, si me asombro, es de que no hayan reventado todos. Otra cosa mando: si algún tabernero judío se atreve a vender un vaso de vino ¡uno sólo! a ningún kozako, le haré clavar en la frente una oreja de puerco, y le haré colgar cabeza abajo. ¡A la obra, hermanos! ¡A la obra!

En esta forma distribuyó sus órdenes el kochevoi. Todos le saludaron inclinándose profundamente, y, tomando el camino de sus carromatos, sólo se encasquetaron sus gorros al llegar a una considerable distancia.

Empezaron todos a equiparse, a probar sus lanzas y sus sables, a llenar sus frascos de pólvora, a preparar sus carromatos y a escoger sus cabalgaduras.Al dirigirse a su campamento, Taras se puso a pensar, sin acertar, como es natural, sobre que habría sido de Andrés. ¿Le habían preso y agarrotado durante su sueño con los otros? Pero no, Andrés no era hombre para rendirse vivo; y, sin embargo, no se le había encontrado entre los muertos.

Completamente entregado a sus reflexiones, Taras caminaba delante de su polk, sin oír que hacía largo rato se le llamaba por su nombre.

–¿Quién me llama? –dijo por fin saliendo de su meditación.

Delante de él estaba el judío Yankel.
–Señor polkovnik, señor polkovnik –decía con voz breve y entrecortada, como si hubiese querido hacerle participe de una noticia importante– he estado en la ciudad, señor polkovnik.

Taras miró al judío con sorpresa.
–¿Quién diablos te ha conducido allá?
–Voy a contárselo –dijo Yankel. Cuando a la salida del sol oí ruido y vi que los kozakos tiraban, tomé mi caftán, y, sin ponérmelo, eché a correr; pero en el camino me lo puse; como iba diciendo, eché a correr pues quería saber por mí mismo la causa de aquel ruido, y por qué los kozakos tiraban tan temprano. Llegué a las puertas de la ciudad en el momento de entrar en ella la retaguardia del convoy. Miré, y ¿a quien dirá que vi? al oficial Galandowitch, a quien conozco, pues hace tres años que me debe cien ducados. Le seguí para reclamar mi crédito, y he ahí cómo he entrado en la ciudad.

–¡Y qué! ¿Has entrado en la ciudad, y querías aún hacerle pagar su deuda? ¿Cómo, pues, no te ha hecho ahorcar como un perro?

–En efecto, quería hacerme colgar; sus gentes me habían ya rodeado la cuerda al cuello, pero me puse a suplicar al oficial; le dije que esperaría el pago de su deuda tanto tiempo como él quisiera, y prometí prestarle más dinero si quería ayudarme a reclamar lo que me deben otros caballeros; pues a decir verdad, el oficial Galandowitch no tiene un ducado en el bolsillo, ni más ni menos que si fuera kozako, y eso que posee aldeas, casas, cuatro castillos y grandes estepas que se extienden hasta Chklov. Y ahora, si los judíos de Breslau no le hubiesen equipado, no hubiera podido ir a la guerra. Por esta causa tampoco ha podido comparecer en la dieta.

–¿Qué has hecho, pues, en la ciudad? ¿Has visto a los nuestros?
–¡Cómo no! Muchos hay allí de los nuestros: Itska, Rakhoum, Khaï valkh, el intendente…

–¡Que el diablo confunda a esos perros malditos! –exclamó Taras colérico. Te hablo de nuestros zaporogos y no de tu maldita raza de judíos.

–No he visto a nuestros zaporogos, pero sí he visto al señor Andrés.

–¿Has visto a Andrés? –dijo Bulba. ¡Y bien! ¿Qué? ¿Cómo? ¿En dónde le has visto? ¿En una hoya, en una cárcel, atado, encadenado?

–¿Quién se hubiera atrevido a atar al señor Andrés? En este momento es uno de los más distinguidos caballeros; casi no le hubiera conocido. Lleva brazales de oro, cinturón de oro, todo es oro en su persona; brilla, como cuando en la primavera el sol reluce sobre la hierba. Y el vaivoda le ha dado su mejor caballo, ¡un caballo que vale doscientos ducados!

Bulba quedó estupefacto.

–¿Y por qué viste una armadura que no le pertenece?
–Porque es mejor que la suya; por eso se la ha puesto. Y ahora recorre las filas, y otros recorren las filas, y él enseña, y se le enseña, como si fuese el más rico de los caballeros polacos.

–¿Quién le obliga a hacer todo eso?
–No digo que se le haya obligado. ¿Ignora el señor Taras que se ha pasado al otro partido por su propia voluntad?

–¿Quién se ha pasado?

–El señor Andrés.
–¿A dónde se ha pasado?
–Al otro partido; ahora es de los suyos.
–¡Mientes, oreja de marrano!–¿Cómo es posible que yo mienta? ¿Soy tan tonto para mentir exponiendo mi propia cabeza? ¿Ignoro acaso que un judío es ahorcado como un perro, si se atreve a mentir delante de un caballero?

–¿Es decir que, según tú, ha vendido su patria y su religión?
–Yo no he dicho que haya vendido nada, sino que se ha pasado al otro partido.

–Mientes, judío del diablo; esto no se ha visto nunca en tierra cristiana. Mientes, perro.

–Que la hierba crezca en el umbral de la puerta de mi casa, si he faltado a la verdad; que todo el mundo escupa en la tumba de mi padre, de mi madre, de mi suegro, de mi abuelo y del padre de mi madre, si yo miento. Si el señor lo desea, voy a decirle por qué se ha pasado.

–¿Por qué?

–¡El vaivoda tiene una hija tan hermosa, santo Dios, tan hermosa…!
Aquí el judío procuró expresar por sus gestos la hermosura de la joven, separando las manos, guiñando el ojo, y relamiéndose los labios como si probase algo dulce.

–Y bien, ¿qué? Después…
–Por ella se ha pasado al otro partido. Cuando un hombre se enamora, es como una suela que se pone en remojo para doblarla en seguida del modo que se quiere.

Taras se puso a reflexionar profundamente. Recordó que la influencia de una débil mujer era grande; que esta influencia había ya perdido a muchos hombres valerosos, y que la naturaleza de su hijo era frágil por este lado.

Taras permanecía inmóvil, como clavado en su puesto.
–Escuche, señor; yo lo contaré todo al noble caballero –dijo el judío. Cuando oí el ruido de esta mañana, cuando vi que se entraba en la ciudad, llevé conmigo, por lo que pudiese suceder, una sarta de perlas, pues hay señoritas en la ciudad, y si hay señoritas en la ciudad, me dije a mí mismo, comprarán mis perlas, aunque no tengan qué comer. Tan luego como me dejó libre la gente del oficial polaco, me dirigí corriendo a casa del vaivoda para vender mis perlas. Una criada tártara me lo ha explicado todo, y me ha dicho que la boda se verificará cuando sean arrojados de aquí los zaporogos. El señor Andrés ha prometido arrojar a los zaporogos.

–¿Y no has muerto en el acto a ese hijo del diablo? –exclamó Bulba.–¿Por qué matarle? Se ha pasado voluntariamente. ¿En dónde está la falta del hombre? Él se ha ido a donde se encontraba mejor.

–¿Y tú mismo le has visto?

–Como le veo a usted ahora. ¡Qué soberbio guerrero! Es más hermoso que todos los demonios. ¡Que Dios le conserve la salud! Me ha reconocido al instante, al acercarme, me ha dicho…

–¿Qué es lo que te ha dicho?
–Me ha dicho, es decir, ha empezado por hacerme una seña con los dedos, y luego me ha dicho: «¡Yankel!» y yo le he contestado: «¡Señor Andrés!» y él repitió: «Yankel, di a mi padre, a mi hermano, a los cosacos, a los zaporogos, que mi padre no es ya mi padre, que mi hermano no es ya mi hermano, que mis camaradas no son ya mis camaradas, y que quiero batirme contra ellos, contra todos ellos».

–¡Mientes, judas! –exclamó Taras fuera de sí–mientes, perro. Tú has crucificado a Cristo, hombre maldito de Dios; yo te mataré, Satanás. Vete, si no quieres quedar muerto enseguida.

Al decir esto, Taras sacó su sable. Yankel, espantado, echó a correr con toda la velocidad de sus secas y largas piernas, y corrió largo tiempo, sin volver la cabeza, a través de los carros de los kozakos y después a campo traviesa, a pesar de que Taras no le perseguía, reflexionando que era indigno de él abandonarse a su cólera contra el desventurado judío.

Bulba recordó entonces que en la noche pasada había visto a su hijo atravesar el tabor en compañía de una mujer. Inclinó su cabeza gris, y, sin embargo, no quería creer que se hubiese cometido una acción tan infame, y que su propio hijo hubiese podido vender su religión y su alma.

Por fin, llevó su polk al sitio que se le había designado, detrás del único bosque que los cosacos habían dejado sin quemar. Entre tanto, los zaporogos de a pie y de a caballo se ponían en marcha en dirección a las tres puertas de la ciudad. Los diferentes koureni que componían el ejército desfilaban el uno detrás del otro. Sólo faltaba el kouren de Péreiaslav; los kozakos que lo componían habían bebido la noche precedente todo lo que debían beber en su vida, y por esta causa el uno había despertado atado en manos de los enemigos, el otro había pasado dormido de la vida a la muerte, y su mismo ataman, Jlib, se encontró completamente desnudo en medio del campamento polaco.En la ciudad notaron el movimiento de los kozakos; todos sus habitantes corrieron a las murallas, y un cuadro animado se presentó a los ojos de los zaporogos. Los caballeros polacos, rivalizando mutuamente en ricos trajes, ocupaban la muralla.

Sus cascos de cobre, adornados de plumas blancas como las del cisne, y bañados por el sol, despedían brillantes resplandores; otros llevaban pequeñas gorras de color de rosa o azules, inclinadas hacia la oreja, y caftanes con mangas, flotantes, bordados de oro y de seda. Sus armas, que compraban a precios muy subidos, estaban, como todo su traje, cargados de caprichosos adornos. El coronel de la ciudad de Boudjak, con gorra encarnada y oro, se destacaba altivo, en primera fila; de estatura más elevada y más grueso que los otros, se hallaba aprisionado en su rico caftán. Más lejos, junto a una puerta lateral, estaba de pie otro coronel, hombre de baja estatura y flaco.

Sus vivaces ojillos lanzaban miradas penetrantes bajo sus espesas cejas. Se volvía con presteza designando los puestos con su afilada mano y dando órdenes; se veía que, a pesar de su raquítico aspecto, era todo un militar. Junto a él había un oficial largo y delicado, ornado su encendido rostro de poblados bigotes. Este señor era aficionado a los festines y al aguamiel espirituosa. A sus espaldas estaban agrupados una multitud de hidalgüelos que se habían armado, los unos a costa suya y los otros a expensas de la Corona, o con ayuda del dinero de los judíos a los cuales habían empeñado cuanto contenían los castillejos de sus padres. Además, había una multitud de esos clientes parásitos que los senadores llevaban consigo para formar cortejo, que la víspera, robaban del buffet o de la mesa alguna copa de plata, y al día siguiente montaban en el pescante de los coches para servir de aurigas.

Las filas de los kozakos permanecían silenciosas delante de las murallas; ninguno de ellos llevaba oro en sus vestidos; solamente se veían brillar los metales preciosos en algunos puñales, sables o en algunas culatas de los mosquetes. Los kozakos no eran aficionados a vestirse ricamente para entrar en batalla; sus caftanes y sus armaduras eran sencillísimos, y en todos los escuadrones no se veían más que largas filas de gorras negras con la punta roja. Dos kozakos salieron de las filas de los zaporogos. El uno era muy joven, el otro tenía un poco más de edad: ambos poseían, según su modo de decir, buenos dientes para morder, no solamente con palabras sino con obras.

Llamábanse Okhrim Nach y Mikita Golokopitenko. Démid Popovitch les siguió; era éste un viejo kozako que frecuentaba hacia tiempo la sich, que había llegado hasta los muros de Andrinópolis, y que había sufrido muchos contratiempos en su vida. Una vez, salvándose de un incendio, volvió a la sich con la cabeza embreada, enteramente ennegrecida, y los cabellos quemados; pero después de esta aventura tuvo tiempo para rehacerse y engordó: sus largos y espesos cabellos rodeaban su oreja, y sus bigotes habían vuelto a brotar negros y espesos. Popovitch tenía fama por su lengua bien afilada.

–Todo el ejército de ustedes tiene joupans rojos –dijo– pero quisiera saber si el valor del ejército es también rojo.

–Esperen –exclamó desde arriba el obeso coronel– voy a agarrotarles a todos. Ríndanse, esclavos, entreguen sus mosquetes y sus caballos. ¿Han visto cómo he agarrotado ya a los suyos? Que se conduzca a los prisioneros al parapeto.

Y se condujo a los zaporogos maniatados a dicho punto. Al frente de ellos marcaba su ataman Jlib, desnudo completamente, en el estado que le habían preso, llevando la cabeza baja, avergonzado de su desnudez y de que hubiese sido sorprendido durmiendo, como un perro.

–No te aflijas, Jlib, nosotros te libertaremos –gritáronle desde abajo los kozakos.

–No te aflijas, amigo –añadió el ataman Borodaty– no es culpa tuya si te han pescado en cueros, eso puede suceder a cualquiera. Ellos son los desvergonzados, que te exponen ignominiosamente sin haber cubierto, por decencia, tu desnudez.

–Parece que no son ustedes valientes sino cuando tienen que habérselas con gente dormida –dijo Golokopitenko mirando al parapeto.

–Esperen, esperen; nosotros les cortaremos esos mechones de pelo le respondieron desde arriba.

–Quisiera ver de qué modo nos lo cortarán –decía Popovitch caracoleando delante de ellos montado en su caballo; y luego añadió, mirando a los suyos: Pero tal vez los polacos dicen la verdad si aquel gordinflón les conduce, no corren ningún peligro.

–¿Por qué crees tú que no corre ningún peligro? –preguntaron los kozakos, seguros anticipadamente de que Popovitch iba a soltar un chiste.

–Porque todo el ejército puede ocultarse detrás de él, y sería en extremo difícil alcanzar a alguno con la lanza más allá de su barriga.

Los kozakos se echaron a reír, y largo tiempo después muchos de ellos meneaban aún la cabeza, repitiendo:

–¡Ese diablo de Popovitch! si le ocurre soltar un chiste a alguno, entonces…

–¡Retrocedan, retrocedan! –exclamó el kochevoi

Como parecía que los polacos no querían sufrir semejante bravata, el coronel hizo un signo con la mano. En efecto, apenas se habían retirado los kozakos, resonó desde lo alto del parapeto una descarga de mosquetería. En la ciudad hubo un gran movimiento; el anciano vaivoda apareció, montado en su caballo. Se abrieron las puertas, y el ejército polaco salió. A la vanguardia marchaban los húsares, perfectamente alineados; luego los coraceros con las lanzas, con sus cascos de cobre; detrás cabalgaban los más ricos nobles, vestidos cada uno según su capricho; no querían mezclarse con los soldados, y el que no tenía algún mando se adelantaba solo a la cabeza de su gente; después venían otras filas, después el oficial delicado, luego otras filas todavía, detrás el coronel grueso, y el último que salió de la ciudad fue el coronel seco y flaco.

–Impídanles, impídanles que se formen exclamó el kochevoi. Que todos los koureni ataquen a la vez. Abandónenles las otras puertas. Que el kouren de Titareff ataque por su lado, y el kouren de Diadkoff por el suyo. Koukoubenko y Palivoda, caigan sobre ellos por la espalda; divídanlos, confúndanlos.


Y los kozakos atacaron por todas partes; rompieron las filas polacas, las revolvieron y se mezclaron con los soldados sin darles tiempo de disparar sus mosquetes; sólo se hacía uso de los sables y de las lanzas. En este zafarrancho, todos tuvieron ocasión de darse a conocer: Démid Popovitch mató a tres infantes y derribó a dos hidalgos de sus caballos, diciendo:

–Buenos caballos, hace tiempo que deseaba unos como éstos.
Y los persiguió en la llanura, gritando a los otros kozakos que los detuviesen; después se volvió a la refriega, atacó a los caballeros que había desmontado, mató a uno de ellos, echó su arkan al cuello del otro, y le arrastró a través de la campiña, después de quitarle su sable de rico puño y su bolsa llena de ducados. Kobita, buen kozako, todavía joven, vino a las manos con un polaco de los más valientes, y por largo tiempo combatieron cuerpo a cuerpo. Kobita triunfó por fin, hiriendo al polaco en el pecho con un cuchillo turco; pero esto no le salvó, pues una bala todavía caliente le tocó en la sien. El polaco más noble, el más hermoso de los caballeros, descendiente de príncipes desde la más remota antigüedad, había acabado así con él. Jinete en un vigoroso caballo bayo claro, llevaba por todas partes la destrucción, y se había distinguido ya con mil proezas. Había muerto a sablazos a dos zaporogos, tumbado a un buen kozako, Fedor de Kory, traspasándole con su lanza después de derribar a su alazán de un pistoletazo, y por fin mató a Kobita.

–Con ese me gustaría medir mis fuerzas exclamó el ataman del kouren de Nésamaï koff, Koukoubenko.Y espoleando a su caballo, se lanzó sobre el polaco, gritando con tan estentórea voz, que todos los que se encontraban cerca de él se estremecieron involuntariamente. El polaco quiso volver su caballo para hacer frente a su nuevo enemigo, pero el animal no le obedeció; espantado por aquel terrible grito, dio un salto de lado, y Koukoubenko pudo disparar su mosquete al polaco que cayó del caballo, herido en la espalda. Ni aun entonces se rindió el valiente polaco: procuró herir a su enemigo; pero su débil mano dejó caer el sable. Koukoubenko tomó con ambas manos su pesada espada, hundiéndole la punta en sus pálidos labios; el arma le rompió los dientes, le cortó la lengua, le atravesó las vértebras del cuello y penetró profundamente en tierra en donde le clavó para no volver a levantarse. La rosada sangre brotó de la herida, esa sangre noble, y le tiñó su caftán amarillo bordado de oro. Koukoubenko se alejó del cadáver, y se lanzó con los suyos hacia otro punto.

–¿Cómo puede dejarse ahí una tan rica armadura sin recogerla? –dijo el ataman del kouren de Oumane, Borodaty.

Y dejó a su gente para dirigirse al sitio en donde yacía el inanimado cuerpo del caballero.

–He dado muerte con mis propias manos a siete nobles, pero no he encontrado ninguno que llevase una armadura tan rica.

Y Borodaty, arrastrado por la codicia, se bajó para adueñarse de aquel rico despojo. Primeramente quitóle su puñal turco adornado con piedras preciosas; después su bolsa llena de ducados; le desató del cuello una bolsita que contenía, envuelto en fino lienzo, un rizo de cabello dado por una joven como prenda de amor. Borodaty no oyó que el oficial de la nariz colorada, el mismo a quien ya había derribado de su caballo después de darle una cuchillada en el rostro, se dirigía sobre él por la espalda. El oficial levantó su sable y asestó un terrible mandoble a su cuello inclinado. El amor al botín no había conducido a buen fin al ataman Borodaty. Su robusta cabeza rodó a un lado y su cuerpo a otro, rociando la hierba con su sangre. Apenas el vencedor había agarrado por sus espesos cabellos la cabeza del ataman para colgarla de su arzón, cuando se levantó un vengador.

Semejante al gavilán que, después de trazar círculos con sus poderosas alas, se detiene de repente, queda inmóvil en el aire, y cae como la flecha sobre la codorniz que canta en los trigos cerca del camino, el hijo de Taras, Eustaquio, se lanzó sobre el oficial polaco echándole su lazo alrededor del cuello.

El semblante colorado del oficial aumentó de color al apretarle la garganta el nudo corredizo. Con mano convulsa empuñó su pistola, pero no pudo dirigirla, y la bala fue a perderse en la llanura. Eustaquio desató de la silla del polaco una cuerda de seda de que se servía para atar a los prisioneros, le agarrotó los pies y los brazos, ató el otro extremo de la cuerda al arzón de la silla, y le arrastró a través de los campos, gritando a los kozakos de Oumane que fuesen a tributar los últimos honores a su ataman. Al saber los kozakos de ese kouren que su ataman había muerto, abandonaron el combate para hacerse cargo del cadáver, y se concertaron para saber a quién era preciso poner en su lugar.

–Pero, ¿de qué sirven los consejos? –dijeron por fin– es imposible elegir un kourennoi mejor que Eustaquio Bulba. Es verdad que es más joven que todos nosotros; pero tiene talento y buen sentido como un viejo.

Eustaquio se quitó su gorra, dio las gracias a sus compañeros por el honor que le dispensaban, pero sin dar por pretexto para rehusarlo ni la juventud ni la falta de experiencia, pues en tiempo de guerra no es permitido vacilar. Enseguida condujo a sus tropas contra el enemigo, y les probó lo acertado de su elección. Los polacos conocieron que el asunto se complicaba, y retrocedieron atravesando la llanura para reunirse al otro lado. El pequeño coronel hizo seña a una tropa de cuatrocientos hombres que estaba de reserva junto a la puerta de la ciudad, e hicieron una descarga de mosquetería contra los kozakos; pero las balas alcanzaron a pocos hombres: algunas tocaron a los bueyes del ejército que miraban estúpidamente la refriega. Espantados, esos animales mugieron, se echaron sobre el tabor de los cosacos, rompieron los carros y pisotearon a mucha gente; pero Taras, en este momento, arrojándose con su polk de la emboscada en donde se había apostado, les cortó el paso, haciendo que sus hombres gritasen con toda la fuerza de sus pulmones. Entonces, desatinada la bueyada, se volvió hacia los regimientos polacos introduciendo el desorden entre ellos.

–¡Mil gracias, bueyes –gritaron los zaporogos– nos habéis prestado un gran servicio durante la marcha, y ahora nos servís en la batalla!

Los kozakos se precipitaron de nuevo sobre el enemigo. Sucumbieron muchos polacos, y se distinguieron muchos kozakos, entre ellos Metelitza, Chilo, los dos Pisarenko y Vovtousenko. Los polacos, viéndose estrechados por todas partes, alzaron su bandera en señal de replegarse, y empezaron a gritar para que se les abriesen las puertas de la ciudad. Las ferradas puertas giraron sobre sus goznes y recibieron a sus fugitivos caballeros, molidos, cubiertos de polvo, como el aprisco recibe las ovejas. Algunos zaporogos querían perseguirles hasta dentro de la ciudad, pero Eustaquio detuvo a los suyos diciéndoles:

–Aléjense, señores hermanos, aléjense de las murallas, pues no es bueno acercarse a ellas.

El joven tenía razón, pues en aquel mismo instante resonó de lo alto de las murallas una descarga general. El kochevoi se acercó para felicitar a Eustaquio.

–Ese ataman es aún muy joven, pero conduce a sus huestes como un jefe encanecido en el mando.

El viejo Taras Bulba volvió la cabeza para ver quién era el novel ataman, y vio a su hijo Eustaquio a la cabeza del kouren de Oumane, con la gorra sobre la oreja, y la maza de ataman en la diestra.

–¡Miren el pícaro! –se dijo lleno de satisfacción.
Y dio las gracias a todos los kozakos de Oumane por el honor dispensado a su hijo.

Los kozakos volvieron grupas hasta su labor; los polacos aparecieron de nuevo sobre el parapeto, pero esta vez sus ricos joupans estaban rotos, manchados de sangre y de polvo.

–¡Hola! ¿Se han curado ya las heridas? Les gritaron los zaporogos.
–¡Esperen! ¡Esperen! –respondió desde lo alto el coronel gordo agitando una cuerda con sus manos.

Y durante algún tiempo, los dos bandos se dirigían injurias y amenazas.Por fin se separaron. Los unos se retiraron a descansar de las fatigas del combate, y los otros fueron a ponerse tierra en sus heridas haciendo vendajes de los ricos vestidos que habían quitado a los muertos. Los que habían conservado más fuerzas se ocuparon en reunir los cadáveres de sus camaradas y tributarles los últimos honores. Con sus espadas y sus lanzas abrieron zanjas, de las que extraían la tierra en los paños de sus vestidos, y en ellas depositaron cuidadosamente los cuerpos de los kozakos, cubriéndolos de tierra fresca para librarlos de la voracidad de las aves carnívoras.

Los cadáveres de los polacos fueron atados de diez en diez a la cola de los caballos, que los zaporogos lanzaron hacia la llanura, ahuyentándolos a latigazos. Los caballos, furiosos, corrieron veloces por largo tiempo a través de los campos, arrastrando los cadáveres ensangrentados que rodaban y chocaban en el polvo.Llegada la noche, todos los koureni se sentaron formando círculo y empezaron a hablar de los altos hechos del día. Así estuvieron largo tiempo en vela. El viejo Taras se acostó más tarde que los otros; no comprendía por qué Andrés no se había presentado entre los combatientes. ¿Había tenido Judas vergüenza de batirse contra sus hermanos? ¿O bien el judío le había engañado, y Andrés era prisionero? Pero Taras se acordó que el corazón de Andrés había sido siempre accesible a las seducciones de las mujeres, y en su desesperación maldijo a la polaca que perdiera a su hijo, jurando que se vengaría; juramento que hubiera cumplido sin que la hermosura de esa mujer le hubiese conmovido; la hubiera arrastrado por sus abundosos cabellos a través del campamento de los kozakos; hubiera magullado y manchado sus bellas espaldas de nítida blancura, y hubiera hecho trizas su hermoso cuerpo. Pero el mismo Bulba ignoraba lo que Dios le preparaba para el día siguiente. Concluyó por dormirse, mientras que el centinela vigilante y sobrio se mantuvo toda la noche junto al fuego, mirando con atención a todos lados en las tinieblas.

CAPÍTULO VIII

El sol no había llegado aún a la mitad de su carrera en el cielo, cuando los zaporogos se reunieron en asamblea. De la sich había llegado la terrible noticia de que los tártaros, durante la ausencia de los kozakos, la habían saqueado enteramente, habiendo desenterrado el tesoro que estos guardaban misteriosamente; que habían sacrificado o hecho prisioneros a cuantos quedaran allí, y que, llevándose todos los rebaños y los caballos padres, habían marchado en línea recta a Perekop. Un solo kozako, Máximo Golodoukha, se había escapado en el camino de mano de los tártaros; había dado de puñaladas al mirza, apoderándose de su saco lleno de cequíes, y en un caballo tártaro y vestidos tártaros, se sustrajo a las pesquisas con una carrera de dos días y dos noches. El caballo que montaba murió reventado; tomó otro y le cupo la misma suerte, y en un tercero llegó por fin al campamento de los zaporogos, habiendo sabido por el camino que estaban sitiando a Doubno. Sólo pudo noticiar la desgracia que había acaecido; pero, ¿cómo había sucedido esta desgracia? Los kozakos que quedaron en la sich, ¿se habían emborrachado tal vez, según costumbre de los zaporogos, cayendo prisioneros durante su embriaguez? ¿Cómo los tártaros habían descubierto el lugar en donde estaba enterrado el tesoro del ejército? A nada de esto pudo contestar. El kozako estaba molido de cansancio; había llegado hinchado, quemado el rostro por el viento, y cayó al suelo durmiéndose profundamente.

En semejante caso, era costumbre de los zaporogos lanzarse en persecución de los ladrones y procurar cortarles el paso, pues de otro modo los prisioneros podían ser conducidos a los depósitos del Asia Mayor, a Esmirna, a la isla de Creta, y Dios sabe en qué sitios se hubieran visto las cabezas de larga trenza de los zaporogos. He aquí explicado por qué se habían reunido los kozakos en asamblea. Todos, sin distinción, estaban de pie, con la cabeza cubierta, pues no se habían reunido para recibir una orden de su ataman sino para tratar como iguales entre ellos.

–¡Que los ancianos den primero sus consejos! –gritó uno entre la multitud.
–¡Que el kochevoi de su consejo! –decían los otros.

Y él kochevoi, descubriéndose la cabeza, no ya como jefe de los kozakos, sino como su compañero, les dio las gracias por el honor que le hacían y les dijo:

–Hay entre nosotros hombres que son más viejos que yo y que tienen más experiencia para dar consejos; pero ya que ustedes me han escogido para que hable primero, he aquí mi opinión: compañeros, pongámonos, sin pérdida de tiempo, en persecución de los tártaros, pues ya saben ustedes lo que son esos hombres. No esperarán nuestra llegada con lo que han robado, sino que lo disiparán enseguida, sin dejar rastro alguno. He aquí, pues, mi consejo: ¡en marcha! Bastante nos hemos paseado ya por aquí; los polacos saben lo que son los kozakos. Hemos vengado a la religión tanto como nos ha sido posible; respecto al botín, poca cosa se puede esperar de un pueblo hambriento como ellos, Así, pues, mi consejo es que partamos.

–¡Partamos!
Esta palabra resonó en los koureni de los zaporogos; pero no fue del agrado de Taras Bulba que se inclinó frunciendo sus cejas grises, semejantes a los zarzales que crecen en las peladas vertientes de una montaña cuyas cimas están blanqueadas por la erizada escarcha del norte.

–No, kochevoi –dijo– tu consejo no vale nada. No hablas como es debido. Parece que olvidas que los hombres que nos han arrebatado los polacos quedan prisioneros. ¿Quieres, pues, que dejemos de respetar la primera de las santas leyes de la fraternidad; que abandonemos a nuestros compañeros para que los desuellen vivos, o bien que, después de descuartizar sus cuerpos, se paseen sus trozos por las ciudades y campos como lo han hecho con el hetman, y los mejores caballeros de la Ucrania? Y no es eso solo: ¿no han insultado bastante a todo lo que hay de más santo? ¿Qué somos, pues?, se lo pregunto a todos. ¿Qué kozako es aquel que no acude en auxilio de su compañero, que le deja perecer como un perro en tierra extranjera? Si han llegado las cosas hasta el extremo de que nadie estime en lo que vale el honor kozako, y si hay quien permite que se le escupa en su bigote gris, o se le insulte con ultrajantes frases, por lo que a mí toca no se me insultará. Me quedo solo.

Todos los zaporogos que le oyeron quedaron conmovidos.

–Pero, ¿has olvidado, valiente polkovnik –dijo entonces el kochevoi– que los tártaros tienen también en su poder compañeros nuestros, y que si no les libertamos ahora, será su vida vendida a los paganos por una eterna esclavitud, peor que la muerte más cruel? ¿Has olvidado, pues, que se llevan todo nuestro tesoro, adquirido a costa de sangre cristiana?

Todos los kozakos quedaron pensativos, no sabiendo qué contestar. Ninguno de ellos quería merecer una mala fama. Entonces se adelantó el más anciano en años del ejército zaporogo, Kassian Bovdug, muy venerado por todos los kozakos. Había sido elegido por dos veces kochevoi, y también en la guerra era un buen kozako; pero había envejecido, y hacía mucho tiempo que no salía a campaña, absteniéndose de dar consejos; lo que más le agradaba era quedarse tendido de costado junto a los grupos de los kozakos, escuchando las narraciones de las aventuras de otro tiempo y de las campañas de sus jóvenes compañeros. Jamás se inmiscuía en sus discusiones, pero los escuchaba en silencio chafando con su dedo pulgar la ceniza de su corta pipa, que no separaba nunca de sus labios, y permanecía largo tiempo recostado, con los párpados a medio cerrar, de modo que sus amigos ignoraban si estaba adormecido o si escuchaba aún. Durante las campañas guardaba la casa; sin embargo, esta vez el anciano se dejó tomar; y haciendo el gesto de decisión propio de los kozakos, dijo:

–¡Gracias a Dios que voy con ustedes! Tal vez seré aún útil a la caballería kozaka.

Cuando el anciano Kassian Bovdug apareció ante la asamblea, todos los kozakos callaron, pues hacía mucho tiempo que no habían oído una palabra de su boca; todos querían saber lo que iba a decir.

–Señores hermanos –empezó diciendo– ha llegado mi vez de decir una palabra, niños, escuchen al anciano. El kochevoi ha hablado bien, y como jefe del ejército kozako, cuya obligación es velar por él y conservar su tesoro, no podía decir nada más prudente; ése es mi primer discurso; y ahora escuchen lo que dirá mi segundo discurso. El polkovnik Taras ha dicho una gran verdad; ¡que Dios le dé una larga vida, y que haya muchos polkovniks, como él en la Ucrania! El primer deber y el primer honor del kozako es observar la fraternidad. Durante mi dilatada vida, no he oído decir, señores hermanos, que un kozako haya abandonado o vendido jamás de manera alguna a su compañero y estos y los otros son nuestros compañeros; que sean pocos, que sean muchos, todos son nuestros hermanos. Los que aman a los kozakos que los tártaros han hecho prisioneros, que vayan en persecución de los tártaros; y los que aman a los kozakos que han caído en poder de los polacos, y que no quieren abandonar la buena causa, que se queden aquí. En cumplimiento de su deber, el kochevoi conducirá a la mitad de nosotros en persecución de los tártaros, y la otra mitad escogerá un ataman que la mande. Y si quieren creer a una cabeza cana, ninguno más a propósito para esto que Taras Bulba. No hay uno solo entre nosotros que le iguale en virtudes guerreras.

Después de esto Bovdug calló; y todos los kozakos se regocijaron por haberles el anciano puesto en buen camino. Todos tiraron las gorras al aire, gritando:

–¡Gracias, padre! Ha callado, ha callado por largo tiempo, pero ha hablado por fin. No en vano decía en el momento de ponerse en campaña, que sería útil a la caballería kozaka; y, así ha sucedido.

–¡Y bien! ¿Consienten en eso? –preguntó el kochevoi.
–¡Consentimos todos! –gritaron los kozakos.

–¡Así, pues, la asamblea queda terminada! –gritaron los kozakos.

–¡Muchachos! Escuchen ahora la orden militar –dijo el koichevoi.
Se adelantó, se puso su gorra, y todos los zaporogos se la quitaron permaneciendo con la cabeza descubierta y los ojos bajos, como hacían siempre los kozakos cuando un anciano se disponía a hablar.

–Ahora, señores hermanos, formen dos grupos; el que quiera partir que pase a la derecha, y el que quiera quedarse a la izquierda. A donde vaya la mayor parte de los kozakos de un kouren, los otros les seguirán; pero si el menor número persistiese en quedarse, se incorporará a otros koureni.

Y los kozakos empezaron a pasar, unos a derecha, y otros a izquierda. Cuando la mayor parte de un kouren pasaba a un lado, el ataman del kouren pasaba también; pero cuando era la menor parte, se incorporaba a los otros koureni. Y a menudo, faltaba poco para que los dos grupos fuesen iguales.

Entre los que quisieron quedarse, había casi todo el kouren de Nesamaï koff, más de la mitad del de Poporitcheff, todo el de Oumane, todo el de Kaneff, más de la mitad del de Steblikoff y otro tanto del de Fimocheff. Los que quedaban prefirieron ir en persecución de los tártaros. En uno y otro grupo se encontraban buenos, y valientes kozakos.

Entre los que se decidieron por ir en persecución de los tártaros, estaba Tcherevety, el anciano cosaco Pokotipolé y Lémich, y Procopovitch, y Choma. Démid Popovitch se les había incorporado, pues era un cosaco de carácter turbulento y no podía permanecer largo tiempo en un mismo sitio; habiendo medido sus fuerzas con los polacos, tuvo deseos de medirlas con los tártaros. Los atamanes de los koureni eran Nostugan, Pokrychka, Nevynisky; y varios otros famosos y valientes kozakos entraron en deseos de probar su sable y sus poderosos brazos en una lucha con los tártaros.

Entre los que quisieron quedarse, había también valientes y animosos kozakos tales como los atamanes Demytrovitch, Koukoubenko, Vertichvist, Balan, Boulkenko, Eustaquio. También había con ellos varios otros ilustres y poderosos kozakos: Vovtousenko, Tchenitchenko, Stepan Gouska, Ochrim Gouska, Mikola Gousty, Zadorojny, Metelitza, Ivan Zakroutygouba, Mosy Chilo, Degtarenko, Sydorenko, Pisarenko, luego un segundo Pisarenko y otro Pisarenko, y muchos más. Todos habían corrido mucho a pie y a caballo, habiendo visto las riberas de la Anatolia, las estepas saladas de Crimea, todos los ríos grandes y pequeños tributarlos del Dnipro, todas las ensenadas e islas de este río. Habían estado en Moldavia, Iliria y Turquía y surcado el mar Negro de uno a otro extremo con sus bateles de dos timones; habían embestido con cincuenta bateles de frente los más ricos y poderosos buques; habían echado a pique un considerable número de galeras turcas, y, en fin habían quemado mucha pólvora en su vida. En más de una ocasión habían desgarrado preciosas telas de Damasco para hacerse medias con ellas, y más de una vez habían llenado de cequíes de oro puro los anchos bolsillos de sus pantalones. Incalculables eran las riquezas que habían disipado en beber y divertirse, y que hubieran bastado para la existencia de cualquier otro hombre. Todo lo habían gastado a lo kozako, festejando a todo el mundo, y alquilando músicos para hacer bailar al universo entero.

Aun en aquel entonces, pocos eran los que no tuviesen algún tesoro, copas y vasos de plata, broches y joyas escondidas bajo los juncos de las islas del Dnipro, para que los tártaros no pudiesen encontrarlas, si, por desgracia, llegaban a caer sobre la sich; cosa bien difícil, porque su mismo dueño empezaba a olvidar el sitio en donde lo había escondido. Tales eran los kozakos que habían querido quedarse para vengar en los polacos a sus fieles compañeros y a la religión de Cristo. El viejo kozako Bovdug prefirió quedarse con ellos diciendo:

–El peso de los años no me permite que vaya en persecución de los tártaros; pero aquí hay un puesto en donde puedo morir como un kozako. Desde mucho tiempo he pedido a Dios que, cuando deba terminar mi existencia, que sea en una guerra por la santa causa cristiana. Dios me ha oído, pues en ninguna parte pudiera recibir la muerte con más gusto que aquí.

Cuando se hubieron dividido y formado en dos filas, por kouren, el kochevoi pasó entre ellas y dijo:

–¡Y bien, señores hermanos! ¿La una mitad está contenta de la otra?

–Todos estamos contentos, padre –contestaron los kozakos.

–Abrácense pues y despídanse, pues sabe Dios si volverán a verse en esta vida. Obedezcan a su ataman y hagan lo que deban, lo que saben que ordena el honor kozako.

Y todos los kozakos se abrazaron recíprocamente empezando los dos atamans; después de atusarse sus bigotes grises, se dieron un beso en cada mejilla; luego, estrechándose las manos con fuerza, quisieron preguntarse el uno al otro:

–Y bien, señor hermano, ¿volveremos a vernos o no?

Pero guardaron silencio, y las dos cabezas grises se inclinaron pensativas.

Y todos los kozakos, hasta el último, se despidieron, sabiendo que tanto los unos como los otros tenían mucho que hacer. Pero resolvieron no separarse en aquel instante, y esperar la oscuridad de la noche para que el enemigo no viese la disminución del ejército. Hecho esto, cada kouren se formó en un grupo para comer. Cumplida esta necesidad, todos los que debían ponerse en marcha se acostaron durmiendo un largo y profundo sueño, como si hubiesen presentido que era el último de que disfrutarían con tanta libertad. Durmieron hasta la puesta del sol; y cuando la noche empezó a extender su negro manto se pusieron a untar sus carros. Cuando todo estuvo dispuesto para la partida, enviaron los bagajes delante, siguiendo después ellos detrás de los carros no sin haber saludado otra vez a sus compañeros con sus gorras; la caballería marchando ordenadamente sin gritar y sin que los caballos relinchasen, seguía a la infantería, y pronto desaparecieron en la sombra. Solamente los pasos de los caballos en lontananza y alguna que otra vez el ruido de una rueda mal untada que rechinaba sobre el eje. Durante largo tiempo, los zaporogos que habían quedado delante de la ciudad les hicieron señas con la mano, a pesar de haberles perdido ya de vista; y cuando volvieron a su campamento, cuando vieron, a la tenue claridad de las estrellas, que faltaban la mitad de los carros, y un número igual de sus hermanos, se les oprimió el corazón, y quedaron pensativos involuntariamente, inclinando al suelo sus turbulentas cabezas.

Taras no pudo menos de observar que, en las melancólicas filas de los kozako, la tristeza, poco conveniente a los valientes, empezaba a abatir poco a poco todas las cabezas, pero el viejo kozako guardaba silencio, quería darles tiempo de acostumbrarse al pesar que les causaba la marcha de sus compañeros, y, sin embargo, se preparaba en secreto para despertarles de repente con el ¡hurra! del kozako, para reanimar con un nuevo poder el temple de su alma. La raza eslava, grande y fuerte, se distingue de las otras razas, como el mar profundo de los humildes ríos. Cuando el huracán estalla, se vuelve atronadora y rugiente, levanta gigantescas olas, lo cual no pueden hacer los grandes ríos; pero cuando reina la calma, el mar, más sereno que los ríos de rápida corriente, extiende su inmensa sábana de cristal, eterno deleite de los ojos.

Taras mandó a sus criados que desembalaran uno de los carros, que estaba apartado de los otros. Era el más grande y más pesado de todo el campamento kozako; sus fuertes ruedas estaban reforzadas por dobles aros de hierro; una enorme carga ocupaba dicho vehículo, cubierto con una alfombra y con gruesas pieles de buey, y fuertemente atado con cuerdas embreadas. Este carro contenía todos los pellejos y barriles del buen vino añejo que se conservaba desde mucho tiempo en las bodegas de Taras, el cual se había reservado este pesado armatoste para el caso solemne en que, si llegaba un momento de crisis y si se presentaba un caso digno de ser transmitido a la posteridad, cada kozako, sin exceptuar a ninguno, pudiese beber un trago de este vino precioso, a fin de que, en este supremo instante, se despertase en todos ellos un gran sentimiento también. Por orden del polkovnik, los criados se dirigieron apresuradamente al carro, cortaron las ruedas, quitaron las pesadas pieles de buey, y bajaron los pellejos y los barriles.

–Beban todos –dijo Bulba– todos cuantos son, sírvanse de sus vasijas, de copas, cántara para abrevar los caballos, un guante o una gorra, o bien de sus dos manos.

Y todos los kozakos presentaron el uno una copa, el otro la cántara que le servía de abrevadero de su caballo; éste un guante, aquel una gorra, y otros en fin presentaron sus dos manos juntas. Los criados de Taras pasaban entre las filas, repartiendo el contenido de los pellejos y barriles; pero Taras ordenó que nadie bebiese antes de que él hiciese señal de beber todos de un solo trago. Veíase que Taras tenía algo que decir. Sabía éste perfectamente que por muy bueno que sea el vino añejo, y muy capaz de fortalecer el corazón del hombre, si se le añade una palabra bien dicha, esta dobla la fuerza del vino y del corazón.

–Señores hermanos –dijo Taras Bulba– les hago este obsequio, no para darles las gracias por el honor de haberme hecho ataman, por muy grande que sea este honor, ni para honrar la despedida de nuestros compañeros; no, una y otra cosa serían más adecuadas en otro tiempo que en el presente. Tenemos ante nosotros una fatigosa tarea, que reclama todo el valor kozako. Bebamos, pues, compañeros, bebamos de un solo trago; primeramente y ante todo por la santa religión ortodoxa, porque llegue un día en que la misma santa religión se extienda por todos los ámbitos del planeta que habitamos, y que todos los paganos entren en el gremio de la iglesia de Cristo. Bebamos al mismo tiempo por la sich; que se conserve enhiesta largos años para exterminio de los paganos, a fin de que todos los años salgan de ella multitud de héroes más grandes los unos que los otros; y bebamos al mismo tiempo por nuestra propia gloria, a fin de que nuestros nietos y los hijos de nuestros nietos digan que en otro tiempo hubo kozakos que no deshonraron a la fraternidad, ni abandonaron a sus compañeros. Así, pues, ¡por la religión, señores hermanos, por la religión!

–¡Por la religión! –gritaron con toda la fuerza de sus pulmones todos los que formaban las filas más próximas.

–¡Por la religión! –repitieron los más apartados; y jóvenes y viejos, todos los kozakos, bebieron por la religión.

–¡Por la sich! –dijo Taras, alzando cuanto pudo su copa encima de su cabeza.

–¡Por la setch! –respondieron las filas vecinas.

–¡Por la sich! –repitieron con voz sorda los viejos kozakos, atusándose sus bigotes grises.

Y agitándose como los halcones cuando sacuden sus alas, los jóvenes kozakos dijeron:

–¡Por la sich!

Y la llanura oyó repetir en lontananza el brindis de los kozakos.

–Ahora el último trago, compañeros. Por la gloria, y por todos los cristianos que viven en este mundo.

Y todos los kozakos bebieron otro trago por la gloria, y por todos los cristianos que viven en el mundo. Y por largo tiempo se repetía en todas las filas de todos los koureni.

–¡Por todos los cristianos que viven en este mundo!
Las copas estaban ya vacías, y los kozakos continuaban con las manos levantadas. Aunque sus ojos, animados por el vino, brillasen de alegría, sin embargo, estaban meditabundos. En aquel instante no se acordaban ni del botín de guerra, ni de la dicha de encontrar ducados, armas preciosas, vestidos recamados y caballos circasianos; estaban pensativos como las águilas posadas sobre las cimas de las peñascosas montañas, desde donde se distingue a lo lejos extenderse el mar inmenso, con los buques, las galeras, las embarcaciones de toda especie que surcan sus aguas, con sus orillas que desaparecen en lontananza cubiertas de un vaporoso velo y coronadas de ciudades que parecen moscas y de bosques tan bajos como la hierba.

Como águilas, contemplaban los alrededores de la llanura, y su destino que parecía dibujarse en el horizonte. Toda esta llanura, con sus caminos y sus tortuosos senderos, quedará convertida en inmenso osario, se saturará de su sangre kozaka, se llenará de destrozos de carros, de lanzas rotas y de sables quebrados; a lo lejos rodarán cabezas pobladas de espesos cabellos, cuyas trenzas estarán entremezcladas por la sangre cuajada, y cuyos bigotes caerán sobre la barba; las águilas vendrán a picotear en sus ojos. Pero este campo de muerte tan vasto y tan extensamente libre es hermoso. Ni una sola acción heroica debe perecer, y la gloria kozaka no se perderá como un grano de pólvora caído de la cazoleta. Vendrá, vendrá un tocador de bandola, con la barba gris hasta el pecho; o tal vez algún anciano, lleno aún de valor viril, pero de blanca cabeza y de alma inspirada, que dirá de ellos una palabra grave y poderosa; y su nombradía se extenderá por el universo entero, y todo cuanto venga al mundo después hablará de ellos; pues una palabra poderosa se esparce a lo lejos semejante a la campana de bronce en la cual el fundidor ha derramado plata pura y preciosa en gran cantidad, a fin de que la voz sonora llame a todos los cristianos a la santa oración, por las ciudades y pueblos, los castillos y las chozas.

CAPÍTULO IX

Nadie, en la ciudad sitiada, había sospechado que la mitad de los zaporogos hubiesen dejado el campamento para lanzarse en persecución de los tártaros. Desde lo alto de la torre de las Casas Consistoriales, los centinelas colocados allí habían visto desaparecer solamente una parte de los bagajes detrás de los bosques inmediatos; pero pensaron que los kozakos preparaban una emboscada. El ingeniero inglés era de este mismo parecer.

Sin embargo, las palabras del kochevoi no habían sido vanas: el hambre se hacía sentir de nuevo entre los habitantes. La guarnición, según costumbre de los tiempos pasados, no había calculado lo que necesitaba para vivir. Se probó una nueva salida, pero la mitad de los que la intentaron sucumbió bajo los golpes de los kozakos, y la otra mitad fue rechazada hasta la ciudad sin conseguir su objeto. Sin embargo, la salida fue aprovechada por los judíos, pues averiguaron cuanto les importaba saber; esto es, por qué los zaporogos habían partido y hacia qué sitio se dirigían, con qué jefes, con qué koureni, cuántos eran, cuántos quedaron, y qué pensaban hacer. En una palabra, al cabo de algunos minutos se sabía todo en la ciudad. Los coroneles recobraron valor y se prepararon a librar batalla.

Por el movimiento y ruido que se hacía en la ciudad, Taras adivinó sus preparativos y por su parte se preparó también: arregló su tropa, dio órdenes, dividió los koureni en tres cuerpos, y formó con los bagajes una trinchera a su alrededor, especie de combate en que los zaporogos eran invencibles. Mandó que dos koureni se emboscasen cubriendo parte de la llanura de estacas puntiagudas, de armas destrozadas, de astillas de lanzas, en fin, de toda clase de obstáculos, con la idea de aprovechar la primera ocasión para echar en ella a la caballería enemiga. Cuando todo estuvo así dispuesto, dirigió la palabra a los kozakos, no para reanimarles y darles valor, sino porque necesitaba explayar su corazón.

–Señores míos, deseo manifestarles lo que es nuestra fraternidad. Ustedes han sabido por sus padres y abuelos en qué honor tenían todos nuestra tierra. Ella se ha dado a conocer a los griegos; ha tomado piezas de oro a Tzargrad, ha tenido ciudades suntuosas, y templos, y kniaz: kniaz de sangre de la Rus’ , y kniaz de su sangre, pero no católicos herejes. Los paganos lo han robado todo, todo se ha perdido. Sólo nosotros hemos quedado, pero huérfanos, y como una viuda que ha perdido un esposo poderoso; y al par que nosotros, también ha quedado huérfana nuestra tierra. He ahí, compañeros, en que tiempo nos hemos estrechado la mano en señal de fraternidad; no existe lazo más sagrado que este de la fraternidad. El padre ama a su hijo, la madre ama a su hijo, y éste ama a su padre y a su madre, pero, ¿qué significa eso, hermanos? también las fieras aman a sus hijos. Pero emparentar por el alma y no por la sangre, he ahí lo que sólo es dado al poder del hombre. En otros países se han encontrado compañeros; pero compañeros como en la Rus’ en parte ninguna. Ha sucedido, no a uno de ustedes, sino a muchos, extraviarse en extranjera tierra; ¡pues bien! ustedes lo han visto: allí hay hombres también, también hay allí criaturas de Dios y les hablan como a uno de ustedes. Pero cuando se trata de decir una palabra salida del corazón, ustedes lo saben bien, son hombres de espíritu, y, sin embargo, no son de los de ustedes. Son hombres, pero no son los mismos hombres. No, hermanos, amar como ama un corazón ruso, amar, no solamente por el espíritu, sino por todo lo que Dios ha dado al hombre, por todo lo que hay en ustedes, ¡ah! –dijo Taras, con un gesto de decisión, sacudiendo su cabeza gris y levantando la punta de su bigote– no, nadie puede amar así. Sé perfectamente que ahora se han introducido en nuestro país pérfidas costumbres: hay algunos que sólo piensan en sus montones de trigo y de heno, en sus caballadas; sólo se preocupan en que su aguamiel se conserve en sus bodegas; imitan, ¡el diablo lo sabe! los usos paganos; se avergüenzan de su lenguaje; el hermano no quiere hablar con su hermano, y aun llega a venderle como se vende en un mercado a una bestia; prefieren el favor de un rey extranjero, y no ya de un rey, sino el menguado favor de un magnate polaco que con su bota amarilla les golpea el hocico, a toda la fraternidad.

Pero, a pesar de esto, en el último de los cobardes, aunque se haya manchado de lodo y de servilismo, hay todavía un grano de sentimiento ruso; y un día ¡desventurado! se despertará y herirá con los dos puños los faldones de su caftán; apretará su cabeza entre sus dos manos y maldecirá su cobarde vida, dispuesto a comprar de nuevo por el suplicio una innoble existencia.

Que sepan todos, pues, lo que significa en nuestra Rus’ la fraternidad. Y si ha llegado el momento de morir, ciertamente que ninguno de ellos ¡ninguno! morirá como nosotros. Esto no es dado a su naturaleza de ratón.

Esto dijo el ataman; y concluida su peroración, meneó todavía su cabeza que había encanecido en la vida de kozako. Todos los que le escuchaban quedaron profundamente conmovidos por este discurso que penetró hasta el fondo de sus corazones. Los guerreros más antiguos permanecieron inmóviles, inclinando sus cabezas grises hacia tierra; una lágrima brillaba en sus viejas pupilas, que enjugaron lentamente con la manga, y todos a una, como impulsados por un mismo resorte, hicieron a la vez su gesto acostumbrado para expresar que se ha tomado un partido, y menearon resueltamente sus cabezas. Taras había puesto el dedo en la llaga.

Veíase salir de la ciudad el ejército enemigo al son de las trompetas y clarines, así como los nobles polacos, con la mano en la cadera, y rodeados de un numeroso séquito. El obeso coronel daba órdenes. Se adelantaron rápidamente hacia los kozakos, amenazándoles con sus miradas y con sus mosquetes, al abrigo de sus brillantes corazas de cobre. Los kozakos, al ver que habían avanzado hasta ponerse a tiro, los recibieron con una lluvia de plomo, y continuaron tirando sin interrupción. El ruido de sus descargas sonaba en las vecinas llanuras, como un trueno continuo. El campo de batalla estaba cubierto de densa humareda, y los zaporogos disparaban sin interrupción. Los de las últimas filas se limitaban a cargar las armas que alargaban a los más avanzados, con asombro de los polacos que no podían comprender cómo los kozakos tiraban sin volver a cargar sus mosquetes. En las espesas oleadas de humo que envolvían a los contendientes, no se veían las pérdidas que se experimentaban en las filas; pero los polacos, sobre todo, sentían que las balas llovían espesas, y cuando retrocedieron para alejarse de aquella humareda y para recobrarse, vieron perfectamente que sus escuadrones habían sufrido muchas bajas.

Los kozakos habían perdido tres hombres todo lo más, y continuaban incesantemente su fuego de mosquetería. El ingeniero extranjero se asombró de esta táctica que nunca había visto emplear, y dijo en alta voz:

–¡Son muy valientes los zaporogos! He ahí cómo es preciso que se batan en todos los países.

Aconsejó entonces dirigir los cañones hacia el campamento fortificado de los kozakos. Las piezas de bronce atronaron el espacio con su rugiente voz; la tierra trepidó a lo lejos, y la llanura quedó envuelta en oleadas de humo. El olor de la pólvora se extendía por las plazas y las calles de las poblaciones próximas y lejanas; sin embargo, los artilleros habían apuntado muy alto. Las balas rojas describieron una curva demasiado grande; pasaron silbando por encima de la cabeza de los kozakos y se hundieron en el suelo abriendo surcos profundos, a lo lejos, en la tierra negra. En vista de tanta torpeza, el ingeniero francés apuntó por sí mismo los cañones, aunque los kozakos lanzaban una espesa lluvia de balas.


Taras había visto de lejos, el peligro que amenazaba a los koureni de Nesamaï koff y de Steblikoff, y gritó con todas sus fuerzas:

–¡Abandonen pronto los carros, pronto, y que cada uno monte a caballo!

Pero los kozakos no hubieran tenido tiempo de cumplir ninguna de estas dos órdenes, si Eustaquio no se hubiese arrojado en medio del enemigo y arrancado las mecha de las manos de seis artilleros de los diez que estaban al pie de los cañones. No obstante, los polacos le rechazaron. Entonces el oficial extranjero tomó una mecha para pegar fuego a un enorme cañón, tan enorme, que los kozakos no habían visto otro igual, y cuya ancha boca vomitaba muertes a centenares. Su disparo y el de otros tres cañones que estaban cerca de él, hicieron temblar sordamente la tierra, y llevaron la desolación a todas partes. Más de una anciana madre kozaka llorará a su hijo y se golpeará el pecho con sus manos huesosas; en Gloukhoff, Nemiroff, Tchernigoff y en otras ciudades habrá más de una viuda que, desconsolada, correrá todos los días a la ventura, detendrá a todos los transeúntes y les mirará a los ojos para ver si alguno de ellos es el amado de su alma. Pero pasarán por la ciudad varias tropas de todas clases, sin que pueda encontrar al que más ama entre todos los hombres.


La mitad del kouren de Nesamaï koff había desaparecido. El cañón barrió y derribó las filas kozakas, como el granizo abate un campo de trigo en el cual se balanceaban antes graciosamente las espigas.

En cambio, ¡de qué modo se lanzaron los kozakos! ¡Cómo se precipitaron todos sobre el enemigo! ¡De qué modo el ataman Koukoubenko se encendió de rabia, al ver que la mitad del kouren había sucumbido! Entró con lo restante de sus hombres, de Nesamaï koff en el centro mismo de las filas enemigas, y en su furor tronchó como a una col al primero que encontró a su paso; derribó a varios jinetes hiriéndoles con su lanza y también al caballo; llegó hasta la batería y se adueñó de un cañón. Mira, y se ve precedido por el ataman del kouren de Oumane, y de Stepan Gouska que ha tomado ya la pieza principal. Cediéndoles entonces el puesto, se vuelve con los suyos contra otra masa de enemigos. Las gentes de Nesamaï koff han abierto una calle por donde han pasado, y una encrucijada por donde vuelven. Se veía cómo se aclaraban las filas enemigas, y cómo los polacos caían como gavillas. Vovtousenko estaba en pie junto a los carros; delante de él se veía a Tcherevitchenko; más allá de los carros a Degtarenko, y detrás de éste, el ataman del kouren, Vertikhvist. Degtarenko, lanza en ristre, ha hecho morder la tierra a dos polacos, pero encuentra un tercero más difícil de vencer. El polaco era delgado y vigoroso, y estaba magníficamente equipado, llevando más de cincuenta hombres de escolta. Hizo retroceder a Degtarenko, le tiró al suelo, y levantando su sable le gritó:

–¡Perros kozakos, no hay uno solo de ustedes que se atreva a resistirme!

–¡Sí que le hay! –le contestó Mosy Chilo; y se adelantó.
Mosy Chilo era un intrépido kozako que más de una vez había mandado en el mar, y pasado por muchas pruebas. En Trebizonda, los turcos le hicieron prisionero con toda su tropa, llevándoselos a todos en sus galeras, aherrojados de pies y manos, privándoles, de comer arroz durante semanas enteras, y haciéndoles beber agua salada; los pobres cautivos, antes de renegar de su religión ortodoxa, lo habían sufrido todo, sobrellevado todo. Pero el ataman Mosy Chilo no tuvo valor de sufrir; holló con sus pies la santa ley, rodeó su cabeza de un odioso turbante, se captó la confianza, del bajá, llegó a ser arráez del buque y jefe de la chusma. Su conducta causó una gran pesadumbre a los prisioneros, los cuales sabían que si uno de los suyos vendía su religión y pasaba al partido de los opresores, ¡desgraciado del que estaba bajo su poder! Y, en efecto, así sucedió: Mosy Chilo les puso nuevos hierros, atándolos de tres en tres, les agarrotó hasta el cuello, y les dio golpes en la nuca. Cuando más satisfechos estaban los turcos de haber encontrado semejante servidor, empezaron a regocijarse, y se embriagaron sin respetar las leyes de su religión, y entonces Mosy Chilo entregó las sesenta y cuatro llaves de los hierros a los prisioneros a fin de que pudiesen abrir las cadenas, tirar al mar sus ataduras, y cambiarlas por sables para atacar a los turcos. Los kozakos hicieron un espléndido botín, y regresaron victoriosos a su patria, en donde, durante largo tiempo, los tocadores de banduras ensalzaron las glorias de Mosy Chilo. Se le hubiera elegido kochevoi, pero no lo hicieron porque era un kozako de carácter muy extraño. Algunas veces obraba con tanto acierto como no era fácil lo hiciese ningún sabio, y otras caía en una increíble estupidez. Bebió y disipó cuanto había adquirido, contrajo deudas con todos los de la sich, y para colmar la medida, una noche se deslizó como ratero en un kouren extranjero, se apoderó de todos los arneses, y los empeñó en casa del tabernero. Por esta vergonzosa acción fue atado a un poste de la plaza, y se le puso cerca un enorme bastón a fin de que cada uno, según sus fuerzas, pudiese propinarle un garrotazo. Pero entre los zaporogos, no se encontró un solo hombre que levantase el bastón contra él recordando los servicios que había prestado. Tal era el kozako Mosy Chilo.

–Sí, perros –contestó Mosy Chilo arrojándose sobre el polaco– los hay para darles de palos.

¡Cómo se batieron! Las corazas y brazales se doblaron en los cuerpos de ambos. El polaco le desgarró su camisa de hierro, y le hirió con su sable.

La camisa del kozako se enrojeció, pero Chilo ni siquiera hizo caso de ello. Levantó la mano pesada y nudosa, y descargó tan tremendo golpe en la cabeza de su adversario que le aturdió. Su casco de bronce voló hecho astillas; el polaco bamboleó y cayó de la silla; entonces Chilo empezó a descargar sobre él sendos sablazos. «Kozako, no pierdas tiempo en acabar con él, vuélvete enseguida» le dijeron; pero el kozako no se vuelve, y uno de los criados del vencido le hiere con su cuchillo en el cuello. Chilo se volvió de frente, y ya alcanzaba al audaz, cuando éste desapareció entre el humo de la pólvora. El ruido de la mosquetería resonaba por todas partes. Chilo bamboleó, y conoció, que su herida era mortal. Cayó, puso la mano sobre su herida, y volviéndose hacia sus compañeros, les dijo:

–Adiós, señores hermanos camaradas, que el suelo ruso ortodoxo permanezca en pie hasta el fin de los siglos, y que se le tribute un honor eterno.

Cerró sus mortecinos ojos, y su alma kozaka abandonó su feroz envoltura.

Zadorojni se adelantaba ya a caballo, al mismo tiempo que el ataman de kouren Vertikhvisty Balaban.

–Díganme, señores –exclamó Taras dirigiéndose a los atamans de los koureni– ¿hay todavía pólvora? ¿No se ha debilitado, la fuerza kozaka? ¿Los nuestros cejan?

–Padre, aún tenemos pólvora, la fuerza kozaka no se debilita, ni los nuestros cejan.

Y haciendo un vigoroso ataque los kozakos rompieron las filas enemigas.El pequeño coronel mandó tocar retirada e izar ocho banderas pintadas para reunir a los suyos que estaban dispersos en la llanura. Todos los kozakos corrieron a agruparse alrededor de las banderas; pero aún no se habían formado, cuando el ataman Koukoubenko dio con su gente de Nesamaï koff una carga en el centro, y cayó sobre el coronel barrigudo que, no pudiendo sostener el choque, volvió grupas huyendo a todo escape. Koukoubenko le persiguió a través de los campos sin dejarle reunirse con los suyos. Stepan Gouska, viendo eso desde el kouren vecino, se puso en persecución del coronel, con su arkan en la mano; inclinando la cabeza sobre el cuello de su caballo, y aprovechando una coyuntura favorable, le echó de repente su nudo corredizo a la garganta. El coronel se volvió como la púrpura, y asiendo la cuerda con las dos manos probó de romperla: pero un poderoso golpe había ya hundido en el ancho pecho de su perseguidor el mortífero acero. Apenas tuvieron los kozakos tiempo de volverse cuando Gouska se encontraba ya levantado sobre cuatro picas. El pobre ataman sólo tuvo tiempo de decir:

–¡Perezcan todos los enemigos, y que el suelo ruso se regocije en la gloria por los siglos de los siglos!

Y cerró los ojos para siempre. Los kozakos volvieron la cabeza, y vieron, por un lado, al kozako Metelitza que se batía con los polacos haciendo horrible carnicería, y por el otro al ataman Nevilitchki que avanzaba a la cabeza de los suyos junto a un cuadro formado por carros, Zakroutigouba revuelve el enemigo como si fuese un montón de heno, y le rechaza, mientras que, delante de otro cuadro más lejano, Pisarenko el tercero ha rechazado a una tropa entera de polacos, y cerca del tercer cuadro los combatientes han llegado a las manos y luchan encima de los mismos carros.

–Díganme, señores –gritó el ataman Taras, por segunda vez, adelantándose al frente de los jefes ¿hay todavía pólvora? ¿Se ha debilitado la fuerza kozaka? ¿Los nuestros cejan?

–Padre, todavía tenemos pólvora, la fuerza kozaka no se ha debilitado; los nuestros no cejan.

Bovdug, herido por una bala en el corazón, ha caído de lo alto de un carro; pero en el momento de exhalar su vieja alma el último suspiro, dijo:

–¡Nada me importa dejar el mundo!, ¡Ojalá Dios quiera dar a todos un fin semejante y que el suelo de la Rus’ sea glorificado hasta el fin de los siglos!

Y el alma de Bovdug se elevó a las alturas para ir a contar a los ancianos, muertos hacía mucho tiempo, cómo saben batirse en el suelo ruso, y cómo saben mejor aun morir por su santa religión.

El ataman de kouren, Balaban, cayo poco después, con tres heridas mortales: de bala, de lanza y de un pesado sable recto. Era un kozako de los más valientes. Como ataman, había emprendido un sinnúmero de expediciones marítimas, de las cuales la más gloriosa fue la de las costas de Anatolia. Su gente había reunido muchos cequíes, telas de Damasco y rico botín turco. Pero a su regreso sufrieron muchos descalabros: los desventurados tuvieron que pasar por debajo de las balas turcas; cuando el buque enemigo disparó todas sus piezas, la mitad de sus barcos se fueron a pique, pereciendo en las aguas más de un kozako; pero los haces de juncos atados a los costados de los botes les salvaron de morir todos ahogados; durante la noche, sacaron el agua de las barcas sumergidas, con palas cóncavas con sus gorras, y repararon las averías; de sus anchos pantalones kozakos hicieron velas y, arriando con presteza, se alejaron rápidamente de los buques turcos. Por fin, pudieron llegar sanos y salvos a la sich, trayendo una casulla bordada de oro para el archimandrita del convento de Mejigorsh en Kyiv, y adornos de plata para la imagen de la Virgen, en el mismo zaporozhié; y largo tiempo después los tocadores de banduras ensalzaban las proezas de los kozakos.

En esta hora, inclina Balaban su cabeza, sintiendo las angustias de la muerte, y dice con agónico acento:

–Creo, señores, que muero de una buena muerte. He matado a siete a sablazos, he atravesado a nueve con mi lanza, he aplastado a una infinidad bajo los pies de mi caballo, y no sé a cuántos han alcanzado mis balas. ¡Florezca, pues, eternamente el suelo ruso!Y su alma voló a otra tierra mejor.¡Kozakos, kozakos!, no entreguen la flor de su ejército. El enemigo ha cercado ya a Koukoubenka, y sólo le quedan siete hombres del kouren de Nesamaï koff, y esos se defienden con valor: los vestidos de su jefe están ya enrojecidos de sangre; Taras mismo, viendo el peligro que corre se lanza en su auxilio; pero los kozakos han llegado demasiado tarde. Antes que el enemigo fuese rechazado, una lanza se había hundido en el corazón de Koukoubenko; se inclinó, dulcemente en brazos de los kozakos que le sostenían, y su joven sangre brotó de su pecho como de una fuente, semejante a un vino precioso que torpes criados traen de la bodega en un vaso de vidrio, y que lo rompen a la entrada de la sala resbalando en el pavimento.

El vino se derrama por el suelo, y el dueño de la casa corre, tirándose de los cabellos, porque lo había guardado para la ocasión más hermosa de su vida, a fin de que, si Dios se lo había dado, pudiese en su vejez festejar con él a un compañero de su juventud, y regocijarse con él al recordar un tiempo en que el hombre sabía disfrutar de otra manera y mejor. Koukoubenko paseó su mirada, en torno suyo y murmuro:

–¡Compañeros: doy las gracias a Dios por haberme otorgado morir en presencia de ustedes! ¡Él haga que los que nos sucedan tengan una vida más tranquila que nosotros, y, que el suelo ruso amado de Jesucristo sea eternamente bendito!

Y su alma joven, llevada en brazos de los ángeles, voló hacia la mansión de los justos, en donde deberá gozar de la bienaventuranza. «Siéntate a mi derecha, Koukoubenko –le dirá Jesucristo– no has hecho traición a la fraternidad, no has cometido ninguna acción vergonzosa, no has abandonado a un hombre en el peligro. Has conservado y defendido mi Iglesia».

La muerte del joven y valeroso kozako entristeció a todo el mundo, las filas kozakas se aclaraban cada vez más; muchos valientes habían ya dejado de existir; y, sin embargo, los kozakos se mantenían firmes.

–¡Díganme, señores! –gritó Taras por tercera vez a los koureni que habían quedado en pie– ¿hay, todavía pólvora? ¿Se han enmohecido los sables? ¿La fuerza kozaka se ha debilitado? ¿Los kozakos cejan?

–Padre, aun hay bastante pólvora; los sables se hallan en buen estado; la fuerza kozaka no se ha debilitado; los kozakos no han cejado todavía.

Y nuevamente se lanzaron los kozakos como si no hubiesen experimentado pérdida alguna. Sólo quedan con vida tres atamans de kouren. Por todas partes corren torrentes de sangre y se elevan pirámides formadas de cadáveres de kozakos y polacos. Taras dirige su vista al cielo y ve una bandada debbuitres que cruzan el espacio. ¡Ah! Alguien se regocijará, pues. Allá abajo, una lanzada ha dado fin a Metelitza; la cabeza de Pisarenko segundo ha dado vueltas en el aire revolviendo los ojos en sus órbitas, y Okhrim Gouska ha caído pesadamente hecho trizas.

–¡Sea! –dijo Taras, haciendo una seña con su pañuelo–. Eustaquio comprendió el movimiento de su padre, y saliendo de su emboscada, cargó vigorosamente contra la caballería polaca. El enemigo no sostuvo la violencia del choque; y él, persiguiéndole, sin dar cuartel, le rechazó hacia el sitio en donde se habían plantado estacas gruesas y cubierto el suelo de trozos de lanza. Los caballos empezaron a tropezar, a faltarles los pies, y los polacos a rodar por encima de sus cabezas. En tan difícil situación, los kozakos de Korsonn, que estaban de reserva detrás de los carros, viendo al enemigo a tiro de mosquete, hicieron una horrible descarga. Los polacos se desconciertan, el desorden se introduce en sus filas, y los kozakos recobran valor.

–¡La victoria es nuestra! –gritaron de todas partes los zaporogos.

Sonaron los clarines, y la bandera de la victoria tremolaba impulsada por el viento. Los polacos huían en confuso desorden en todas direcciones.

–¡No, no, la victoria no es nuestra todavía! –dijo Taras, mirando las puertas de la ciudad.

En efecto: las puertas de la ciudad se habían abierto, y un regimiento de húsares, la flor de los regimientos de caballería, salía por ellas. Todos los jinetes montaban, argamaks castaños. Al frente de los escuadrones galopaba el jinete más hermoso y apuesto de todos.Sus cabellos negros asomaban por debajo de su casco de bronce, y rodeaba su brazo una banda bordada por las manos de la belleza más seductora.

Taras se quedó estupefacto al reconocer a su hijo Andrés; y éste, sin embargo, inflamado por el ardor del combate, ávido de merecer el presente que adornaba su brazo, se precipitó como un fogoso lebrel, el más hermoso, más veloz y más joven de la jauría.

«¡Aton!», exclama el viejo cazador, y el lebrel se precipita, lanzando sus piernas en línea recta al aire, inclinando todo su cuerpo sobre el costado, levantando la nieve con sus uñas, y adelantándose diez veces a la liebre misma, en el ardor de su carrera. El viejo Taras se detuvo, contemplando cómo Andrés se abría paso, hiriendo a derecha e izquierda, y derribando a los kozakos que le interceptaban el paso.

Taras pierde la paciencia y exclama:
–¡Cómo! ¡A los tuyos! ¡A los tuyos! ¡Así los hieres, hijo del diablo!

Pero el intrépido joven no veía si los que hallaba a su paso eran de los suyos o de los otros; no veía sino rizos de sedoso cabello, largos y ondulantes, un cuello de nieve semejante al de los cisnes, blancos hombros, y todo lo que Dios ha creado para besos insensatos.

–¡Hola, camaradas! atráiganlo, atráiganlo solamente al bosque –gritó Taras.

Inmediatamente se presentaron treinta de los más ágiles kozakos para atraer al joven hacia el bosque. Enderezando sus altas gorras, lanzaron sus caballos para cortar la retirada a los húsares, atacaron de flanco a las primeras filas, las derrotaron, y habiéndolas separado del grueso de la partida, pasaron a cuchillo a unos y a otros. Entonces Golokopitenko dio a Andrés con su sable de plano, y todos, al instante emprendieron la fuga con toda la rapidez kozaka. Andrés se lanzó como un león; su joven sangre hervía en sus venas; hundiendo sus largas espuelas en los costados del noble bruto, se echó volando en persecución de los kozakos, sin volverse, y sin ver que solamente habían podido seguirle una veintena de hombres. Los kozakos, huyendo con toda la celeridad de sus cabalgaduras, daban la vuelta hacia el bosque.

Andrés, disparado como una flecha, alcanzaba ya a Golokopitenko, cuando de repente una férrea mano detuvo su caballo por la brida. El joven volvió la cabeza y vio delante de él a Taras, su padre. Un fuerte estremecimiento agitó todo su cuerpo, y se volvió pálido como un escolar sorprendido por su maestro merodeando. La cólera de Andrés se apagó como si nunca se hubiese encendido. Sólo veía delante de él al terrible autor de sus días.

–¡Y bien! ¿Qué vamos a hacer ahora? –dijo Taras, mirándole fijamente.

El joven no respondió, tenía la vista inclinada hacia el suelo.
–Y bien, hijo, ¿te han prestado un gran socorro tus polacos?
Andrés continuó mudo.
–Hacernos traición de este modo, vender la religión, vender a los tuyos.
Espera, baja del caballo.
Andrés, obedeciendo como un niño dócil, bajó del caballo, y se detuvo, más muerto que vivo, delante de su padre, el cual le dijo:

–Quédate ahí, y no te muevas; yo te he dado la vida, yo te la quitaré.

Y, dando un paso atrás, preparó su mosquete. El semblante del joven se cubrió de mortal palidez; sus labios se movían pronunciando un nombre; pero este nombre no era el de su patria, ni el de su madre, ni el de sus hermanos: era el nombre de la linda polaca.

Taras disparó.Como una espiga de trigo segada por la hoz, Andrés inclinó la cabeza, y cayó sobre la hierba sin pronunciar una palabra.

El parricida, inmóvil, contempló largo tiempo el cadáver inanimado de su hijo: hasta después de muerto era hermoso. Su semblante viril, antes brillante de fuerza y de una irresistible seducción, expresaba todavía una hermosura maravillosa. Sus cejas, negras como un terciopelo de luto, sombreaban sus pálidas facciones.

–¿Qué le faltaba para ser un kozako? –dijo Bulba. Tenía elevada estatura, cejas negras, un semblante lleno de nobleza, y mano fuerte en el combate. ¡Y ha muerto, muerto sin gloria como un perro cobarde!

–¿Qué has hecho, padre? ¿Le has muerto tú? –dijo Eustaquio, que llegaba en este momento.

Taras hizo con la cabeza un signo afirmativo.

Eustaquio miró fijamente en los ojos del muerto, y dijo con profundo pesar:

–Padre, démosle honrosa sepultura, a fin de que los enemigos no puedan insultarle, y que las aves de rapiña no despedacen su cuerpo.

–Ya se le enterrará sin nosotros –dijo Taras– y no le faltarán llorones y lloronas.

Y durante dos minutos pensó:

–¿Es preciso arrojar su cuerpo a los lobos que husmean la tierra devastada, o bien respetar en él la valentía del caballero, que todo guerrero debe honrar en quien la posee?

–Miró, y vio a Golokopitenko galopando hacia él.
–¡Desgracia, ataman! Los polacos se han fortificado, y les han llegado tropas de refresco.

Aun no había acabado de hablar Golokopitenko, cuando acudió Vovtonsenko:

–¡Desgracia, ataman! Nuevas fuerzas caen sobre nosotros.

Sin concluir Vovtonsenko, llega Pisarenko corriendo, pero sin caballo.
–¿En dónde estás, padre? Los kozakos te buscan. El ataman de kouren Nevilitchki ha sido muerto ya, y también Zadorodrii y Tcherevitchenko, pero los kozakos se mantienen firmes; no quieren morir sin verte por última vez, deseando que les mires en la hora de su muerte.

–¡A caballo, Eustaquio! –dijo Taras.Y se apresuró para encontrar con vida a los kozakos, para contemplarlos por última vez, y porque pudiesen mirar a su ataman antes de morir. Pero aun no había salido del bosque con su gente, cuando las fuerzas enemigas le cercaron completamente, y por todas partes se presentaron a través de los árboles jinetes armados de sables y de lanzas.

–¡Eustaquio, Eustaquio! manténte firme exclamó Taras.
Y, sacando su sable, atacó a los primeros que le vinieron a mano. Seis polacos rodean a Eustaquio, pero en mal hora lo hicieron: a uno le cercenó la cabeza; el otro da una voltereta por detrás; el tercero recibe una lanzada en las costillas; y el cuarto, más audaz, ha evitado la bala de Eustaquio bajando la cabeza, y la ardiente bala hace blanco en el cuello del caballo que, furioso, se encabrita, rueda por tierra, y aplasta debajo a su jinete.

–¡Bien hijo mío, bien! –exclamó Taras– vuelo a tu socorro.

Y Taras rechaza a los que le acometen, da sablazos a diestro y a siniestro y, mirando continuamente a Eustaquio, le ve luchando cuerpo a cuerpo con ocho enemigos a la vez.

–¡Tente firme, Eustaquio, tente firme! –le grita.
Pero el joven está perdido; le echan un arkan alrededor del cuello, se apoderan de él y le agarrotan.

–¡Ea, Eustaquio, ea! –gritaba Taras abriéndose paso hacia él, y hendiendo con su hacha todo cuanto se le ponla delante. ¡Ea, Eustaquio, Eustaquio!

Pero en este momento recibió como una pedrada, y todo dio vueltas ante sus ojos. Las lanzas, el humo del cañón, las chispas de la mosquetería y las ramas de los árboles con sus hojas brillaron por un instante en su mirada; después cayó a tierra como una encina abatida, y una espesa niebla cubrió sus ojos.


CAPÍTULO X

–Parece que he dormido mucho tiempo –dijo Taras despertando como del penoso sueño de un hombre ebrio, y esforzándose por reconocer los objetos que le rodeaban.

Una terrible debilidad había quebrantado sus miembros, pudiendo apenas distinguir las paredes y rincones de una estancia desconocida. Por fin se fijó en que Tovkatch estaba sentado junto a él, y que parecía atento a cada una de sus respiraciones.

–Sí –pensó Tovkatch– hubieras podido dormirte para siempre.

Pero no habló palabra, sino que le amenazó con el dedo haciéndole seña de que callase.

–Dime pues, ¿en dónde estoy ahora? –prosiguió Taras concentrándose y procurando recordar su pasado.

–¡Cállate pues! –exclamó bruscamente su camarada. ¿Qué más quieres saber? ¿No ves que estás acribillado de heridas? Dos semanas que corremos a caballo a todo escape, y que la fiebre y el calor te hacen delirar. Hoy, por primera vez, has dormido tranquilo. Calla, pues, si no quieres perjudicarte a ti mismo.

Sin embargo, Taras continuaba esforzándose en poner en orden sus ideas y en recordar lo pasado.

–¡Pero yo he sido detenido y cercado por los polacos! ¡Me era imposible abrirme paso a través de sus filas!

–¡Te callarás de una vez, hijo de Satanás! –exclamó Tovkatch montado en cólera, como una niñera a quien los gritos de un chicuelo mimado hacen perder la paciencia. ¿Quieres saber de qué modo te has salvado? Ha habido amigos que no te han dejado allá, y eso basta. Todavía nos queda más de una noche para correr juntos. ¿Crees que te han tomado por un simple kozako? No, tu cabeza está puesta a precio; dos mil ducados dan por ella.

–¿Y Eustaquio? –exclamó de repente Taras que procuró incorporarse recordando cómo a su vista se habían apoderado de su hijo, cómo le habían agarrotado, y cómo se encontraba en manos de sus enemigos. Entonces el dolor se apoderó de aquella vieja cabeza. Arrancó los vendajes que cubrían sus heridas, y los tiró lejos de sí; quiso hablar en alta voz, pero de sus labios sólo salieron palabras incoherentes. La fiebre le había vuelto y le hacía delirar. Sin embargo, su fiel compañero estaba de pie delante de él, dirigiéndole crueles reprensiones e injurias. En fin, le agarró por los pies y por las manos, le fajó como se hace con un niño, volvióle a poner los vendajes, le envolvió en una piel de buey, le sujetó con cuerdas a la silla de un caballo y emprendió de nuevo el camino.

–Aunque fueses un cadáver, te conduciría a tu país. No permitiré que los polacos insulten tu origen kozako, que hagan trizas tu cuerpo y lo arrojen al río. Si el águila ha de arrancar los ojos de tu cadáver, que sea al menos el águila de nuestras estepas, no el águila polaca, no la que viene de las tierras de Polonia. Aunque estuvieses muerto, te conduciría a Ucrania.

Así hablaba el fiel compañero, corriendo día y noche, sin tregua ni descanso, conduciéndole al fin, privado de sentidos, a la misma sich de los zaporogos. Una vez allí, le curó con simples compresas y se aprovechó de la habilidad en el arte de curar de una judía, que en el espacio de un mes le hizo tomar diversos remedios. Al fin Taras se encontró mejor. Sea que la influencia del tratamiento fuese saludable, sea que su férrea naturaleza lo hubiese vencido todo, al cabo de un mes y medio abandonó el lecho. Sus llagas se habían curado y las cicatrices hechas por el sable atestiguaban solamente la gravedad de las heridas del viejo kozako. Sin embargo, su carácter se volvió triste y taciturno. Tres profundas arrugas se habían marcado en su frente, en donde se quedarán para siempre. Al dirigir la vista a su alrededor, todo le pareció nuevo en la sich. Todos sus antiguos compañeros habían muerto, no quedando ni uno solo de los que hayan combatido por la santa causa, por la fe y la fraternidad.

También habían sucumbido aquellos que, mandados por el kochevoi, habían ido en persecución de los tártaros; todos murieron: el uno cayó en el campo del honor; el otro había muerto de hambre y de sed en medio de las estepas saladas de la Crimea; otro murió de vergüenza en el cautiverio, por no poder sobrellevar su afrenta. El viejo kochevoi hacía mucho tiempo que también había pasado a mejor vida, así como sus antiguos compañeros, y la hierba del cementerio había ya crecido sobre los restos de esos kozakos llenos en otro tiempo de valor y de vida. Taras comprendía que en torno suyo había tenido lugar una grande orgía, una orgía ruidosa: toda la vajilla había volado hecha añicos, no quedando una sola gota de vino; los convidados y los criados se habían llevado todas las copas, todos los vasos preciosos, y el dueño de la casa permanecía solitario y triste, pensando que hubiera sido mejor que no hubiese habido fiesta. Los esfuerzos que se hacían para ocupar y distraer a Taras eran inútiles; los viejos tocadores de bandura de barba gris desfilaban en vano de dos en dos y de tres en tres por delante de él, cantando sus hazañas de kozako; todo lo contemplaba con indiferencia; en sus facciones inmóviles y en su cabeza inclinada se leía un dolor inextinguible; Taras decía en voz baja:

–¡Mi hijo Eustaquio!
Sin embargo, los zaporogos se habían preparado para una expedición marítima. En el Dnipro fueron botados doscientos buques, y el Asia Menor había visto a esos kozakos de cabeza rapada y trenza flotante, pasar a sangre y a fuego sus floridas costas; había visto los turbantes musulmanes, semejantes a las innumerables flores de sus campos, dispersos en sus ensangrentados llanos o nadando cerca de la costa; también había visto un sinnúmero de anchos pantalones kozakos manchados de brea, y muchos brazos musculosos armados de látigos negros. Los zaporogos habían destruido todas las viñas y comido todas las uvas; habían convertido las mezquitas en lugar inmundo; se servían, a guisa de cinturones, de chales preciosos de Persia, ciñendo con ellos sus sucios caftanes. Largo tiempo después encontraban todavía en los sitios que habían pisado, las pequeñas pipas cortas de los zaporogos. Cuando se volvían alegremente, les dio caza un buque turco de diez cañones, y una descarga general de su artillería hizo huir a sus ligeros buques como una bandada de aves. Una tercera parte de ellos había perecido en la profundidad del mar; los supervivientes pudieron reunirse para ganar la embocadura del Dnipro, con doce barriles llenos de cequíes. Nada de esto preocupaba ya a Taras Bulba. Íbase a los campos, a las estepas, como para cazar; pero su arma permanecía inactiva; la dejaba junto a él, lleno de tristeza, y se detenía a la orilla del mar, permaneciendo largo tiempo sentado, con la cabeza baja, y diciendo siempre:

–¡Eustaquio, Eustaquio mío!
Delante de él el mar Negro brillaba y se extendía como una inmensa sábana; en los lejanos juncos se oía el grito de la gaviota, y sobre su encanecido bigote caían las lágrimas una tras otra.

Taras no pudo dominarse por más tiempo.
–Suceda lo que Dios quiera –dijo– iré a saber lo que ha sido de él. ¿Está vivo? ¿Ha bajado ya al sepulcro, o bien no está aún en él? Yo lo sabré, cueste lo que cueste; yo lo sabré.

Y ocho días después, se hallaba ya en la ciudad de Oumana, a caballo, la lanza en la mano; el sable al lado, el saco de viaje colgado del pomo de la silla; una orza de harina de avena, cartuchos, trabas para el caballo, y otras municiones completaban su equipaje. Se dirigió enseguida a una miserable y sucia casucha cuyas deslucidas ventanas apenas se veían; el tubo de la chimenea estaba cerrado por un tapón, y el techo, agujereado por todas partes, estaba cubierto de gorriones; delante de la puerta de entrada había un montón de basura. En la ventana estaba asomada una judía luciendo una gorra adornada con perlas ennegrecidas.

–¿Está tu marido en casa? –dijo Bulba bajando de su caballo, y atando las riendas en un anillo de hierro clavado en la pared.

–Sí – dijo la judía, que se apresuró a salir con una abundante ración de trigo para el caballo y una jarra de cerveza para el jinete.

–¿En dónde está tu judío?

–Rezando, sus oraciones –murmuró la judía saludando a Bulba, y deseándole buena salud en el momento en que llevaba la jarra a sus labios.

–Quédate aquí, da de beber a mi caballo: yo iré solo a hablarle. Tengo un asunto que tratar con él.

Este judío era el famoso Yankel, el cual se había hecho arrendador y posadero, todo en una pieza. Habiéndose apoderado poco a poco de los negocios de todos los hidalguillos del contorno, había insensiblemente chupado su dinero y hecho sentir su presencia de judío en todo el país. A tres millas a la redonda, no quedaba ya una sola casa que estuviese en buen estado: todas se derrumbaban de puro viejas; la comarca entera había quedado desierta como después de una epidemia o de un incendio general. Si Yankel hubiese vivido allí una docena de años más, es probable, que expulsara de ella hasta a las autoridades. Taras entró en el aposento.Yankel oraba, con la cabeza cubierta con un largo velo bastante sucio, y se había vuelto para escupir por última vez, según el rito de su religión, cuando notó la presencia de Bulba, que estaba en pie detrás de él. El judío no vio de pronto sino los dos mil ducados ofrecidos por la cabeza del kozako; pero avergonzado de su avaricia, se esforzó por aplacar su eterna sed de oro.

–Escucha, Yankel –dijo Taras al judío, que se impuso el deber de saludarle y que se dirigió prudentemente a cerrar la puerta, a fin de no ser visto de nadie– te he salvado la vida: los kozakoos te hubieran despedazado como a un perro. A tu vez préstame ahora un servicio.

El semblante del judío se sombreó ligeramente.

–¿Qué servicio? Si es alguna cosa que yo pueda hacer, ¿por qué no?
–No digas nada. Condúceme a Varsovia.–¿A Varsovia? ¡Cómo! ¿A Varsovia? –dijo Yankel; y alzó las cejas y los hombros en señal de asombro.

–No repliques. Condúceme a Varsovia. Suceda lo que suceda, quiero verle todavía una vez más, volver a hablarle.

–¿A quién?

–A él, a Eustaquio, a mi hijo.
–¿Es que su señoría no ha oído decir que ya…?
–Lo sé todo, todo; han ofrecido dos mil ducados por mi cabeza. Los imbéciles, saben lo que vale. Yo te daré cinco mil, yo. Toma ahora, estos dos mil que te entrego, y lo restante te lo daré cuando vuelva.

El judío tomó enseguida una toalla y envolvió con ella los ducados.
–¡Ah! ¡Qué hermosa moneda! ¡Ah! ¡Qué buena moneda! –exclamó, dando vueltas a un ducado entre sus dedos y probándole con los dientes– pienso que el hombre a quien su señoría ha quitado esos hermosos ducados no habrá vivido una hora más en este mundo, sino que se habrá ido derechito al río para ahogarse en él, después de haber dejado de poseer tan excelentes ducados.

–No te hubiera rogado que me acompañases, y tal vez no equivocara el camino de Varsovia; pero puedo ser reconocido y preso por esos malditos polacos, pues no estoy acostumbrado a fingir. Pero ustedes los judíos han sido creados para eso. Engañarían ustedes al diablo en persona, pues conocen todas las picardías. Por eso he venido a encontrarte. Por otra parte, nada hubiera hecho solo en Varsovia. Vamos, engancha pronto los caballos a la carreta, y condúceme a escape.

–¿Y piensa su señoría que basta sacar un animal del establo, engancharlo a una carreta y arrear? ¿Piensa su señoría que se le puede conducir así sin ocultarlo primero cuidadosamente?

–¡Pues bien! ocúltame, ocúltame como sabes hacerlo; en un tonel vacío, ¿no es verdad?

–¡Bah! ¿Piensa su señoría que se le puede ocultar en un tonel? ¿Ignora acaso que todos creerán que hay aguardiente en él?

–¡Pues que lo crean!

–¡Cómo! ¡Que crean que contiene aguardiente! –exclamó el judío, agarrando con ambas manos sus largas y flotantes trenzas y levantándolas hacia el cielo.

–¿De qué te admiras?–¿Ignora su señoría que el buen Dios ha creado el aguardiente para que todos puedan probarlo? La gente de allá bajo son todos muy glotones y borrachos; cualquier hidalguillo es capaz de correr veinte leguas para alcanzar el tonel, agujerearlo, y cuando vea que no sale nada, dirá en seguida: “Un judío no conducirá un tonel vacío; de seguro que hay algo dentro. ¡Que se agarre al judío, que se agarrote al judío y que se quite al judío todo su dinero y que se le meta en la cárcel!”. Eso dirán, porque cuanto hay de malo recae siempre sobre el judío; porque todo el mundo trata al judío como a un perro; porque dicen que un judío no es un hombre.

–¡Pues bien! ¡Entonces méteme en un carro de pescado!
–¡Imposible! Dios sabe que es imposible: en Polonia están ahora los hombres hambrientos como lobos; querrán robar el pescado, y encontrarán a su señoría.

–¡Pues bien! Condúceme al diablo, pero condúceme.
–Escuche, escuche, señor mío –dijo el judío bajando sus mangas sobre los puños y acercándosele con las manos separadas– he aquí lo que haremos; en todas partes se construyen ahora fortalezas y ciudades; han venido del extranjero ingenieros franceses, y por los caminos se transportan infinidad de ladrillos y piedras. Su señoría se esconde en el fondo de mi carro, y yo lo cubro con ladrillos. Su señoría es robusto, goza de excelente salud; de manera que podrá llevar algún peso encima sin inquietarse por eso; y yo haré una pequeña abertura debajo, a fin de poder alimentarle.

–Haz lo que quieras con tal que me conduzcas.

Una hora después salía de la ciudad de Oumana un carro cargado de ladrillos y tirado por dos rocines. Sobre uno de ellos se había encaramado Yankel, y sus largas melenas ondulaban por encima de su capote de judío, mientras que se sostenía sobre su cabalgadura, larga como un poste de camino real.


Taras Bulba – Por Mykola Hóhol (Capitulos I al IV)

Capitulo I

–A ver vuélvete. ¡Tiene gracia! ¿Qué significa ese hábito sacerdotal? ¿Así visten ustedes en su academia, tan mal pergeñados?Con estas palabras acogió el viejo Bulba a sus dos hijos que acababan de terminar sus estudios en el seminario de Kyiv y que entraban en este momento en el hogar paterno, después de haberse apeado de sus caballos.Los recién llegados eran dos jóvenes robustos, de tímidas miradas, cual conviene a seminaristas recién salidos de las aulas. Sus semblantes, llenos de vida y de salud, empezaban a cubrirse del primer vello, aun no tocado por el filo de la navaja. La acogida de su padre les había turbado, y permanecían inmóviles con la vista fija en el suelo.–Esperen ustedes, esperen; déjenme que los examine a mi gusto. ¡Jesús! ¡Qué vestidos tan largos! –dijo volviéndolos y revolviéndolos en todos sentidos–. ¡Diablo de vestidos! ¡En el mundo no se han visto otros semejantes! Vamos, pruebe uno de los dos a correr: seguro estoy de que se enreda con él y da de narices en el suelo.–Padre, no te burles de nosotros –dijo por fin el mayor.
–¡Miren el señorito! ¿Por qué no puedo burlarme de ustedes?
–Porque, porque aunque seas mi padre, juro por Dios, que si continúas burlándote, te apalearé.–¿Cómo, hijo de perro? ¿A tu padre? –dijo Taras Bulba retrocediendo algunos pasos asombrado.–Sí, a mi mismo padre, cuando se me ofende, no miro quién lo hace.–¿Y de qué modo quieres batirte conmigo, a puñetazos?
–Me es completamente igual de un modo que otro.
–Vaya por los puñetazos –repuso Taras Bulba arremangándose las mangas. Voy a ver si sabes manejar los puños.

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Y he aquí que padre e hijo, en vez de abrazarse después de una larga ausencia, empiezan a asestarse vigorosos puñetazos en los costados, en la espalda, en el pecho, en todas partes, tan pronto retrocediendo como atacando.–Miren ustedes, buenas gentes: el viejo se ha vuelto loco, ha perdido de repente el juicio –exclamaba la pobre madre, pálida y flaca, inmóvil en las gradas, sin haber tenido tiempo aún de estrechar entre sus brazos a sus queridos hijos. ¡Vuelven los muchachos a casa, después de más de un año de ausencia, y he aquí que su padre inventa, Dios sabe qué bestialidad, darse de puñetazos!–¡Se bate como un coloso! –decía Bulba deteniéndose. ¡Sí, por Dios! Muy bien –añadió, abrochándose el vestido–; aunque mejor hubiera hecho en no probarlo. Éste será un buen kozako. Buenos días, hijo, abracémonos ahora.Y padre e hijo se abrazaron.–Bien, hijo; atiza buenos puñetazos a todo el mundo como lo has hecho conmigo; no des cuartel a nadie. Esto no impide que estés hecho un adefesio con ese hábito. ¿Qué significa esa cuerda que cuelga? Y tú, estúpido, ¿qué haces ahí con los brazos cruzados? –dijo, dirigiéndose al hijo menor. ¿Por qué, hijo de perro, no me aporreas también?–Miren que ocurrencia –decía la madre abrazando al más joven de sus hijos. ¿En dónde se ha visto que un hijo aporree a su propio padre? ¿Y es este el momento de pensar en ello? Un pobre niño, que acaba de hacer tan largo camino, y está tan cansado (el pobre niño tenía más de veinte años y una estatura de seis pies), tendrá necesidad de descansar y de comer un bocado; ¡y él quiere obligarle a batirse!–¡Eh! ¡Eh! Me parece que tú eres un mentecato –decía Bulba–. Hijo, no escuches a tu madre, es una mujer y no sabe nada. ¿Necesitan ustedes que les acaricien? Las mejores caricias, para ustedes son una buena pradera y un buen caballo. ¿Ven ese sable? pues esa es la madre de ustedes. Todas esas tonterías que tienen ustedes en la cabeza no son más que sandeces; yo desprecio todos los libros en que estudian ustedes, y las A B C, y las filosofías, y todo eso; los escupo.Aquí Bulba añadió una palabra que no puede pasar a la imprenta.
–Vale más –añadió– que en la próxima semana les mande al zaporizhzhia. Allí es donde se encuentra la ciencia; allí está la escuela de ustedes, y también allí es donde se les desarrollará la inteligencia.–¡Que! ¿Sólo permanecerán aquí una semana? –decía la anciana madre con voz plañidera y bañada en llanto–. ¡Los pobres niños no podrán divertirse ni conocer la casa paterna! ¡Y yo no tendré tiempo siquiera para hartarme de contemplarlos!–Cesa de aullar, vieja; un kozako no ha nacido para vegetar entre mujeres. Tú los ocultarías debajo de las faldas a los dos, como una gallina clueca los huevos. Anda, vete. Ponnos sobre la mesa cuanto tengas para comer. No queremos pasteles con miel ni guisaditos. Danos un carnero entero o una cabra; tráenos aguamiel de cuarenta años; y danos aguardiente, mucho aguardiente; pero no de ese que está compuesto con toda especie de ingredientes, pasas y otras porquerías, sino aguardiente puro, que bulla y espume como un rabioso.Bulba condujo a sus hijos a su aposento, de donde salieron a su encuentro dos hermosas criadas, cargadas de monistes (Ducados de oro, atravesados y colgados en forma de adorno). Séase porque se asustaron por la presencia de sus jóvenes señores, séase por no faltar a las púdicas costumbres de las mujeres, el caso es que las dos criadas echaron a correr lanzando fuertes gritos, y largo tiempo después todavía se ocultaban el rostro con sus mangas.La habitación estaba amueblada conforme al gusto de aquella época, cuyo recuerdo sólo se ha conservado por los dumy (Crónicas cantadas, como las antiguas; rapsodias griegas o los romances españoles) y las canciones populares, que recitaban en otro tiempo en Ucrania los ancianos de luenga barba, acompañados de la bandura, entre una multitud que formaba círculo en torno suyo, conforme al gusto de aquel tiempo rudo y guerrero que vio las primeras luchas sostenidas por Ucrania contra la unión (Religión griega unida, cisma abrogado de la religión greco-católica).Todo respiraba allí limpieza. El suelo y las paredes estaban cubiertas de una capa de arcilla luciente y pintada. Sables, látigos (nagaï kas), redes de cazar y pescar, arcabuces, un cuerno artísticamente trabajado que servía para guardar la pólvora, una brida con adornos de oro, y trabas adornadas con clavitos de plata colgaban en torno del aposento. Las ventanas, sumamente pequeñas, tenían cristales redondos y opacos, como los que aún existen en algunas iglesias; no se podía mirar a la parte exterior sino levantando un pequeño marco movible. Los huecos de esas ventanas y de las puertas estaban pintados de encarnado. En los ángulos, encima de aparadores, había cántaros de arcilla, botellas de vidrio de color oscuro, copas de plata cincelada, y copitas doradas de diferentes estilos, venecianas, florentinas, turcas y circasianas, llegadas por diversos conductos a manos de Bulba, cosa nada extraña en aquellos tiempos de empresas guerreras. Completaban el moblaje de aquella habitación unos bancos de madera chapados de corteza de abedul. Una mesa de colosales proporciones estaba situada debajo de las santas imágenes, en uno de los ángulos. El ángulo opuesto estaba ocupado por una alta y ancha estufa que constaba de una porción de divisiones, y cubierta de baldosas barnizadas.

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Todo eso era muy conocido de nuestros jóvenes, que iban todos los años a pasar las vacaciones al lado de sus padres; digo iban, e iban a pie pues no tenían aún caballos; por otra parte, el traje no permitía a los estudiantes el montar a caballo. Se hallaban todavía en aquella edad en que cualquier kozako armado podía tirarles impunemente de los largos mechones de cabello de la coronilla de su cabeza. Sólo a su salida del seminario fue cuando Bulba les mandó dos caballos jóvenes para hacer su viaje.Bulba, con motivo de la vuelta de sus hijos, hizo reunir todos los centuriones de su polk ( Oficiales de su campamento.) que no estaban ausentes; y cuando dos de ellos acudieron a su llamado, con el ï ésaoul (Subteniente del polkovnik) Dimitri Tovkatch, su camarada, les presentó sus hijos diciendo:–¡Miren qué muchachos! Bien pronto les enviaré a la sich.Los visitantes felicitaron a Bulba y a los dos jóvenes, asegurándoles que harían muy bien, y que no había escuela mejor para la juventud que el zaporizhzhe.–Vamos, señores y hermanos –dijo Taras– siéntense donde les plazca; y ustedes, hijos míos, ante todo, bebamos un vaso de aguardiente. ¡Qué Dios nos bendiga! ¡A la salud de ustedes, hijos míos! ¡A la tuya, Eustaquio! ¡A la tuya, Andrés! ¡Dios quiera que la victoria les acompañe siempre en la guerra, que derroten a los paganos y a los tártaros! y si los polacos intentan algo contra nuestra santa religión, ¡a ellos también! ¡Veamos! venga tu vaso. ¿Es bueno el aguardiente? ¿Cómo se llama el aguardiente en latín? ¡Qué bobos eran los latinos! ni siquiera sabían que hubiese aguardiente en el mundo. ¿Cómo se llamaba aquel que escribió versos latinos? Yo no, soy muy sabio y he olvidado su nombre. ¿No se llamaba Horacio?–¡Miren que zorro! –se dijo por lo bajo el hijo mayor, Eustaquio– el viejo perro lo sabe todo, y aparenta no saber nada.–Creo que la gandulifis ni siquiera les ha dejado oler el aguardiente –continuó Bulba–. Convengan ustedes hijos míos, en que les han sacudido de lo lindo, con escobas de abedul, las espaldas, los riñones y todo lo que constituye un kozako; o tal vez, para hacerles hombres y juiciosos les han aplicado sendos latigazos no solamente los sábados, sino también los miércoles y jueves.–No debemos recordar nada de lo pasado, padre –respondió Eustaquio– lo pasado, pasado.–¡Que lo prueben ahora! –dijo Andrés– ¡qué se atreva alguien a tocarme la punta del dedo! Que se ponga algún tártaro al alcance de mis manos, y sabrá lo que es un sable kozako.–¡Bien, hijo mío, bien! ¡Vive Dios que has hablado bien! ¡Toda vez que es así, por Dios que acompaño a ustedes! ¿Qué diablos tengo que esperar aquí? ¿Convertirme en un plantador de trigo negro, en un hombre casero, en un pastor de ovejas y de cerdos? ¿Acariciar a mi mujer? ¡No, lléveme el diablo! Soy kozako, y he de dejarme de todo eso. ¡Qué me importa que no haya guerra! Iré a disfrutar con ustedes; sí, por Dios, iré.Y el viejo Bulba, enardeciéndose por grados, concluyó por enfadarse; se levantó de la mesa, y golpeó con el pie tomando una actitud imperiosa.–Mañana partiremos. ¿Por qué aplazarlo? ¿Qué diablos esperamos aquí? ¿Para qué esta casa? ¿Para que esas ollas? ¿Para qué todo eso?Hablando así, se puso a romper los platos y las botellas. La pobre mujer, acostumbrada desde mucho tiempo a semejantes actos, miraba tristemente la obra destructora de su marido, sentada en un banco, sin atreverse a pronunciar palabra; pero al saber una resolución que tanto la afligía, no pudo contener sus lágrimas. Dirigió una furtiva mirada a sus hijos a quienes iba tan bruscamente a perder, y nada es capaz de pintar el sufrimiento que agitaba convulsivamente sus ojos húmedos y sus apretados labios.

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Bulba era exageradamente obstinado. Era uno de esos caracteres que solo podían desenvolverse en el siglo XVI, en un rincón salvaje de Europa, cuando toda la Rusia meridional, abandonada de sus príncipes, fue asolada por las incursiones irresistibles de los mongoles; cuando, después de haber perdido su techo y todo abrigo, el hombre buscó un refugio en el valor de la desesperación; cuando sobre las humeantes ruinas de su hogar, en presencia de enemigos vecinos e implacables, se atrevió a edificar de nuevo una morada, conociendo el peligro, pero acostumbrándose a mirarle de frente; cuando, en fin, el carácter pacífico de los eslavos se inflamó en un ardor guerrero, y dio vida a ese arrojo desordenado de la naturaleza rusa que constituyó la sociedad kozaka (kazatchestvo). Entonces todas las márgenes de los ríos, los vados, los desfiladeros y hasta los pantanos se cubrieron de tantos kozakos que nadie los hubiera podido contar, y sus esforzados y valientes enviados pudieron contestar al sultán que deseaba conocer su número: «¿Quién lo sabe? En nuestro país, en la estepa, a cada paso se encuentra un kozako». Fue aquello una explosión de la fuerza ucraniana que hicieron brotar del pecho del pueblo los repetidos golpes de la desgracia. En vez de los antiguos oudély (División feudal de la Rus), en vez de las reducidas ciudades pobladas de vasallos cazadores, que se disputaban y vendían los pequeños príncipes, aparecieron pequeñas villas fortificadas, koureni (Unión de pueblos, bajo el mismo jefe electivo llamado ataman), unidas entre sí por el sentimiento del peligro común y por el odio a los invasores paganos.La Historia recuerda las luchas perpetuas de los kozakos que salvaron a Europa occidental de la invasión de las salvajes hordas asiáticas que amenazaban inundarla. Los reyes de Polonia que vinieron a ser, en vez de príncipes despojados los amos de aquellas vastas extensiones de tierra, si bien dueños lejanos y débiles, comprendieron la importancia de los kozakos y el provecho que podían sacar de sus disposiciones guerreras; disposiciones que se esforzaron en desarrollar todavía. Los hetman, elegidos por los kozakos de entre ellos mismos, transformaron los koureni en polk regulares. No era un ejército organizado y permanente; pero, en caso de guerra o de un movimiento general, en ocho días a lo más, todos estaban reunidos; todos acudían al llamado con caballo y armas, recibiendo tan sólo del rey por todo sueldo un ducado por cabeza. En quince días se reunía un ejército que seguramente ningún alistamiento hubiera podido formar uno semejante. Concluida la guerra, cada soldado volvía a sus campos a orillas del Dnipro, dedicándose a la pesca, a la caza o a algún pequeño negocio; fabricaba cerveza, y disfrutaba de la libertad.No había oficio que un kozako no supiese hacer; destilar aguardiente, construir un carro, fabricar pólvora, hacer de cerrajero, de herrador, de veterinario, y, sobre todo beber mucho y emborracharse como sólo un ucraniano es capaz de hacerlo. Además de los kozakos inscritos, obligados a presentarse en tiempo de guerra o de conquista, era muy fácil reunir un ejército de voluntarios. Bastaba que los ï ésaoul se presentasen en los mercados y plazas de los pueblos, y gritaran, montados en un téléga (carro): «¡Eh! ¡Eh! Ustedes los bebedores, no fabriquen cerveza y no se calienten en el hogar; no engorden para ir a la conquista del honor y de la gloria caballeresca. Y ustedes, labradores, plantadores de trigo negro, guardadores de ovejas, dejen de arrastrarse a la cola de sus bueyes, de ensuciar en el suelo sus caftanes amarillos, de cortejar a sus mujeres y de dejar perecer su virtud de caballeros (Entre los kozakos, todos los hombres armados se llamaban caballeros por imitación lejana de la caballería de Europa occidental). Tiempo es de ir a conquistar la gloria kozaka». Y estas palabras parecían chispas que caían sobre leña seca. El labrador abandonaba su arado; el fabricante de cerveza rompía sus toneles y sus gamellas; el artesano enviaba al diablo su oficio, y el mercader su comercio; todos rompían los muebles de sus casas y montaban en sus caballos. En una palabra, el carácter ucraniano tomaba entonces una nueva forma, amplia y poderosa.Taras Bulba era uno de los viejos polkovnik (Jefe de polk. Ahora significa coronel.). Nacido para las dificultades y los peligros de la guerra, se distinguía por la rectitud de un carácter rudo e íntegro. La influencia de las costumbres polacas empezaba a penetrar entre los hidalguillos. Muchos de ellos vivían con lujo inusitado, tenían una servidumbre numerosa, halcones, jauría, y daban espléndidos convites. Nada de esto agradaba a Bulba; él amaba la vida sencilla de los kozakos, y a menudo reñía con aquellos de sus camaradas que seguían el ejemplo de Varsovia, llamándoles esclavos de los nobles (pan) polacos.

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Inquieto, activo, emprendedor, se consideraba como uno de los paladines naturales de la Iglesia; entraba, sin permiso, en todos los pueblos donde se quejaban de la opresión de los mayordomos-arrendatarios y de un aumento de precio sobre los hogares. Allí, rodeado de sus kozakos, juzgaba las quejas, habiéndose impuesto el deber de hacer uso de su espada en los tres casos siguientes: cuando los mayordomos no mostraban respeto hacia los ancianos descubriéndose la cabeza ante ellos; cuando se burlaban de la religión o de las antiguas costumbres, y por último, cuando se hallaba delante del enemigo, es decir, de los turcos o paganos, contra los cuales se creía siempre en el deber de sacar la espada para mayor gloria de la cristiandad.Ahora se regocijaba anticipadamente con el placer de conducir él mismo a sus dos hijos al sich, y decir con orgullo. «Vean ustedes qué muchachos les traigo»; de presentarles a todos sus antiguos compañeros de armas, y testigos de sus primeros triunfos en el arte de guerrear y beber, que contaba también entre las virtudes de un caballero. Taras había tenido primeramente intención de enviarlos solos; pero al ver su buen aspecto, su aventajada estatura y su varonil belleza, sintió revivir su antiguo ardor guerrero, y decidió, con enérgica y férrea voluntad, acompañarles y partir con ellos al día siguiente. Hizo sus preparativos, dio ordenes, escogió caballos y arneses para sus dos hijos, designó los criados que debían acompañarles, y delegó su mando al ï ésaoul Tovkatch, añadiéndole que tan pronto como recibiese orden del sich, se pusiese inmediatamente en marcha a la cabeza de todo el polk (Especie de regimientos). A pesar de no habérsele pasado completamente la borrachera, y de que su cabeza estaba todavía turbia con los vapores del vino, nada olvidó, ni aun la orden de que diesen de beber a los caballos y una ración del mejor trigo.–Y bien, hijos míos –les dijo, volviendo a entrar en su casa rendido de fatiga– tiempo es ya de dormir, y mañana haremos lo que Dios quiera. Pero que no se arreglen camas, dormiremos en el patio.En cuanto entró la noche, Bulba se fue a dormir; tenía la costumbre de acostarse temprano. Se echó sobre un tapiz extendido en el suelo, y se cubrió con una piel de carnero (touloup), pues hacía fresco, y a Bulba le gustaba el calor cuando dormía en casa. Pronto empezó a roncar, imitándole todos los que estaban acostados en los rincones del patio, y más que todos el guardián, que, vaso en mano, había celebrado con más entusiasmo la llegada de los jóvenes señores. Únicamente la pobre madre no dormía. Había ido a acurrucarse a la cabecera de sus queridos hijos, que descansaban el uno al lado del otro. Peinaba sus cabellos, les bañaba con sus lágrimas, los contemplaba con todas las fuerzas de su ser, sin saciarse. Después de haberlos alimentado con la leche de sus pechos, de haberles educado con una ternura llena de inquietud, no debía ahora verles más que un instante.–¿Qué será de ustedes, queridos hijos? ¿Qué es lo que les espera? –decía ella– y gruesas lágrimas se detenían en las arrugas de su rostro, hermoso en otro tiempo.En efecto, la pobre madre era muy digna de lástima como todas las mujeres de aquel tiempo. Su rudo esposo la había abandonado por su sable, por sus camaradas y por una vida aventurera y desarreglada. Sólo veía a su marido dos o tres días al año; y aun cuando él estaba allí, cuando vivían juntos, ¿cuál era su vida? Tenía que sufrir injurias, y hasta golpes, recibiendo pocas caricias y aun desdeñosas.

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La mujer era una criatura extraña y fuera de su lugar entre aquellos aventureros feroces. Su juventud pasó rápidamente; sus frescas y hermosas mejillas, sus blancas espaldas se cubrieron de prematuras arrugas. Todo lo que hay de amor, de ternura, de pasión en la mujer se concentró en ella en el amor maternal. Aquella noche, como la tchaï ka (Especie de gaviota) de las estepas se cierne sobre su nido, permaneció inclinada con angustia sobre la cama de sus hijos. Le arrebataban sus hijos, sus amados hijos; se los arrebataban para no volver a verlos tal vez jamás: acaso en la primera batalla los tártaros les cortarían la cabeza, y la pobre madre nunca sabría qué habría sido de sus cuerpos abandonados, que servirían de pasto a las aves de rapiña. Sollozando sordamente, contemplaba los ojos de sus hijos que un irresistible sueño mantenía cerrados.–¡Tal vez –pensaba– Bulba retardará dos días más su partida! ¡Quizá ha resuelto partir tan pronto porque hoy ha bebido mucho!Hacía bastante rato que la luna alumbraba desde el alto cielo el patio y todos los que en él dormían, así como un grupo de copudos sauces y los elevados brazos que crecían junto al cercado hecho de empalizadas, y la pobre madre permanecía sentada a la cabecera de sus hijos, sin apartar los ojos de ellos ni pensar en dormir. Los caballos, con la venida del alba, se tumbaron sobre la hierba dejando de pacer. Las elevadas hojas de los sauces empezaban a estremecerse, a cuchichear, y su cháchara bajaba de rama en rama. El agudo relincho de un potro resonó de repente en la estepa. Rojos resplandores aparecieron en el cielo. Bulba despertó de repente, y se levantó bruscamente. Recordaba todas las órdenes que había dado la víspera.–¡Ya se ha dormido bastante, muchachos; ya es tiempo, ya es tiempo! Den de beber a los caballos. Pero, ¿en donde está la vieja? (así llamaba habitualmente a su mujer). ¡Pronto, vieja, danos de comer, pues tenemos mucho que andar!La pobre anciana, privada de su última esperanza, se dirigió tristemente hacia la casa. Mientras con las lágrimas en los ojos preparaba el desayuno, su marido daba sus últimas órdenes, iba y venía por las caballerizas, y escogía para sus hijos sus más ricos vestidos. Los estudiantes cambiaron en un momento de aspecto. Botas rojas con pequeños talones de plata reemplazaron al mal calzado del colegio. Se ciñeron con un cordón dorado pantalones anchos como el mar Negro, y formados con un millón de plieguecitos. De este cordón pendían largas correjuelas de cuero, que sostenían con borlas todos los utensilios que usan los fumadores. Una casaquilla de tela roja como el fuego les fue ajustada al cuerpo por un cinturón bordado, en el cual se colocaron pistolas turcas damasquinadas. Un enorme sable les golpeaba las piernas. Sus semblantes, poco tostados por el sol, parecían entonces más hermosos y más blancos. Pequeños bigotes negros realzaban el color brillante y fresco de la juventud. Aumentaban su belleza sus gorras de astracán negro que terminaban en forma de casquetes dorados. Cuando los vio la pobre madre, no pudo proferir una palabra, y tímidas lágrimas se detuvieron en sus marchitos ojos.

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–Vamos, hijos míos, todo esta dispuesto, no nos retardemos más –dijo por fin Bulba. Ahora, según la costumbre cristiana, es preciso sentarnos antes de partir.Todo el mundo se sentó en silencio en el mismo aposento, sin exceptuar los criados que se mantenían respetuosamente cerca de la puerta.–Ahora, madre –dijo Bulba– bendice a tus hijos; ruega a Dios que se batan siempre bien, que sostengan su honor de caballeros, que defiendan la religión del Crucificado, si no, que perezcan, y que no quede nada de ellos sobre la tierra. Muchachos, acérquense a su madre; la oración de una madre preserva de todo peligro en la tierra y en el mar.La pobre mujer los abrazó, tomó dos pequeñas imágenes de metal y se las colgó del cuello sollozando.–Que la Virgen les proteja. No olviden, hijos míos, a su madre. Envíen al menos noticias, y piensen…No pudo continuar.–Vamos, muchachos –dijo Bulba. Los caballos esperaban delante del peristilo. Bulba se lanzó sobre Diablo, que respingó furiosamente al sentirse de repente encima un peso de veinte puds (Equivale a cuarenta libras rusas, alrededor de dieciocho kilogramos.), pues Bulba era sumamente grueso y pesado. Cuando la madre vio que también sus hijos estaban montados a caballo, se precipitó hacia el más joven, cuyo semblante manifestaba más ternura; agarró su estribo, se asió a la silla, y con triste y silenciosa desesperación, le estrechó entre sus brazos. Dos vigorosos kozakos la levantaron respetuosamente y la llevaron a la casa. Pero en el momento en que los jinetes franqueaban la puerta, se arrojó sobre sus huellas con la ligereza de una corza, cosa extraña en su edad, detuvo con mano fuerte uno de los caballos, y abrazó a su hijo con un ardor insensato, delirante. Se la llevaron de nuevo.Los dos hermanos empezaron a cabalgar tristemente a ambos lados de su padre, reteniendo sus lágrimas por temor a Bulba, que también, sin demostrarla, experimentaba una invencible emoción.La mañana estaba desapacible; la verdegueante hierba brillaba a lo lejos, y las aves gorjeaban en discordes tonos. Después de caminar un corto trecho, los jóvenes echaron una mirada tras sí; su casita parecía haberse hundido debajo tierra; tan sólo se veían en el horizonte dos chimeneas rodeadas por las cimas de los árboles en los cuales habían gateado como ardillas en su juventud. Una extensísima pradera se extendía a su vista, una pradera que les recordaba toda su vida pasada, desde la edad en que retozaban sobre la hierba bañada por el rocío. Bien pronto no se vio otra cosa que la pértiga coronada por una rueda de carro que se elevaba encima de los pozos; después la estepa empezó a levantarse en montaña, cubriendo todo lo que dejaban tras sí.–¡Adiós, hogar paterno! ¡Adiós, recuerdos infantiles! ¡Adiós, todo!

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Capítulo II

Los tres viajeros caminaban silenciosamente. El viejo Taras pensaba en su pasado; su juventud se desenvolvía delante de él, esa hermosa juventud que el kozako, sobre todo, echa tanto de menos, pues quisiera conservar su agilidad y fuerzas para correr su vida de aventuras. Se preguntaba a sí mismo cuales de sus antiguos compañeros encontraría en la sich; contaba los que habían ya muerto, los que quedaban aún vivos, e inclinaba tristemente su encanecida cabeza. Sus hijos estaban ocupados en otras ideas. Es preciso que digamos algunas palabras de ellos.Apenas habían cumplido doce años, se les envió al seminario de Kyiv, pues todos los señores de aquel tiempo creían necesario dar a sus hijos una educación que pronto habían de olvidar. Todos esos jóvenes, a su entrada en el seminario, tenían un carácter salvaje y estaban acostumbrados a una completa libertad. Por esto enflaquecían un poco, y adquirían un aspecto común que les hacía parecerse los unos a los otros.Eustaquio, el mayor de los hijos de Bulba, empezó huyendo de su carrera científica desde el primer año; se le agarró, se le apaleó de lo lindo y le encerraron con sus libros. Cuatro veces enterró su A B C, y cuatro veces, después de azotarle inhumanamente, se le compró uno nuevo. Pero sin duda hubiera continuado en su reprobable conducta, si su padre no le hubiera hecho la amenaza formal de tenerle durante veinte años como fraile lego en un convento, añadiendo el juramento que no vería nunca la sich, si no aprendía perfectamente cuanto se enseñaba en la academia. Lo extraño es que esta amenaza y este juramento viniesen del viejo Bulba, que hacía alarde de burlarse de toda ciencia, y que aconsejaba a sus hijos, como hemos visto, no hacer ningún caso de ella. Desde este momento, Eustaquio se puso a estudiar con extremado celo, y concluyó por ser reputado uno de los mejores estudiantes. En aquel entonces la instrucción no tenía la menor relación con la vida que se llevaba; todas esas argucias escolásticas, todas esas sutilezas retóricas y lógicas no tenían nada de común con la época ni aplicación en ninguna parte. Los sabios de entonces no eran menos ignorantes que los otros, pues su ciencia era completamente ociosa y vacía. Además, la organización republicana del seminario, esta inmensa reunión de jóvenes en la fuerza de la edad, debía inspirarles deseos de actividad ajenos enteramente al círculo de sus estudios. Las malas comidas, los frecuentes castigos por hambre, todo se unía para despertar en ellos esta sed de empresas que debía, más tarde, satisfacerse en la sich. Los boursiers recorrían hambrientos las calles de Kyiv, obligando a sus habitantes a ser prudentes. Los dueños de los bazares, cuando veían un bousier, ocultaban sus tortas, sus pastelillos, como el águila oculta sus hijuelos. El cónsul, que debía velar por las buenas costumbres de sus subordinados, llevaba unos bolsillos tan largos en sus pantalones, que hubiera podido meterse en ellos todos los comestibles de una tienda. Esos bousiers formaban un mundo aparte. No podían penetrar en la alta sociedad, compuesta de nobles, polacos y ucranianos. El mismo vaivoda, Adam Kissel, a pesar de la protección con que honraba a la academia, no permitía que se llevase a los estudiantes a ninguna parte y quería que se les tratase con severidad. Por lo demás, esta última recomendación era del todo inútil, pues ni el rector ni los profesores economizaban el látigo ni las disciplinas. Con frecuencia, cumpliendo con sus deberes, los lictores vapuleaban a los cónsules de modo que tuviesen que rascarse largo tiempo. Muchos de ellos no tenían eso en nada, o, todo lo más, por una cosa algo más fuerte que el aguardiente con pimienta; pero otros concluían por encontrar tan desagradable este castigo, que huían a la sich, si sabían encontrar el camino y no se les alcanzaba antes de llegar.

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Eustaquio Bulba, a pesar del cuidado que ponía en estudiar la lógica y hasta la teología, no pudo librarse nunca de las implacables disciplinas. Naturalmente, esto debió volver su carácter más sombrío, más intratable, y darle la firmeza que distingue al kozako. Pasaba por muy buen compañero; si bien nunca fue el jefe en las empresas atrevidas, ni en el saqueo de un huerto, se ponía siempre de los primeros bajo el mando de un estudiante emprendedor, y nunca, en ningún caso, hubiera hecho traición a sus compañeros; ningún castigo le hubiera obligado a ello. Indiferente a todo, menos a la guerra o la botella, pues raras veces pensaba en otra cosa, era leal y bondadoso, al menos tan bondadoso como podía serlo con semejante carácter y en tal época. Las lágrimas de su pobre madre le habían conmovido profundamente; era la única cosa que le había turbado y que le hizo inclinar tristemente la cabeza.Andrés, su hermano menor, tenía los sentimientos más vivos y expansivos: aprendía con más gusto, y sin las dificultades que crea para el trabajo un carácter pesado y enérgico. Tenía más ingenio que su hermano, y con frecuencia era el jefe de una empresa atrevida; algunas veces, con ayuda de su talento inventivo, sabía librarse del castigo, mientras que su hermano Eustaquio, sin acobardarse gran cosa, se quitaba su caftán y se tendía en el suelo, no pensando ni siquiera en pedir gracia. Andrés no se sentía menos devorado por el deseo de llevar a cabo actos heroicos; pero su alma estaba predispuesta a otros sentimientos. A los dieciocho años, el deseo de amar se desenvolvió rápidamente en él. Con harta frecuencia se le presentaban ante su ardiente imaginación imágenes de mujeres. Mientras escuchaba las controversias teológicas, veía al objeto de sus sueños con sus frescas mejillas, su tierna sonrisa y sus negros ojos. No dejaba traslucir a sus compañeros los movimientos de su alma joven y apasionada, pues en aquel entonces no era digno de un kozako pensar en mujeres y en el amor antes de haber adquirido fama en el campo de batalla.Generalmente, en los últimos años de su permanencia en el seminario, dejó de capitanear una porción de aventuras; pero con frecuencia vagaba por algunos solitarios barrios de Kyiv, en donde se veían encantadoras casitas a través de sus jardines de cerezos. Algunas veces penetraba en la calle de la aristocracia, en esa parte de la ciudad que ahora se llama la antigua Kyiv, y que, habitada entonces por los señores pequeños-rusos y polacos, se componía de casas edificadas con cierto lujo.Un día que pasaba por ella, pensativo, por poco le aplasta la pesada carroza de un noble polaco, y el cochero de largos bigotes que ocupaba el pescante le dio un violento latigazo. El joven estudiante, encolerizado, agarró con su vigorosa mano, con loco atrevimiento, una de las ruedas traseras de la carroza, y logró detenerla algunos momentos. Pero el cochero, temiendo una disputa, fustigó sus caballos, y Andrés, que por fortuna había retirado la mano, fue arrojado al suelo, cayendo de cara al fango.Una sonrisa armoniosa y penetrante resonó en su cabeza. Levantó los ojos, y vio en la ventana de una casa a una joven de la más deslumbrante hermosura. Era blanca y rosada como la nieve iluminada por los primeros rayos del sol naciente. Reía a mandíbula batiente, y su risa añadía un nuevo encanto a su animada y altiva belleza.Andrés se quedó estupefacto contemplándola con la boca abierta, y, enjugándose maquinalmente el lodo que le cubría el rostro, lo extendía todavía más. ¿Quién podía ser aquella hermosa joven? Lo preguntó a los criados ricamente vestidos que estaban agrupados delante de la puerta de la casa en torno de un joven tañedor de bandura; pero ellos se le rieron en sus narices al ver su semblante lleno de lodo, y no se dignaron contestarle. Por fin pudo averiguar que era la hija del vaivoda de Kovno, que había ido a pasar algunos días en Kyiv.

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A la noche siguiente, Andrés, con ese atrevimiento peculiar de los estudiantes, saltó el cercado de la casa y penetró en el jardín; trepó por un árbol cuyas ramas se apoyaban en el techo de la casa, de allí salto al techo, y bajó por la chimenea penetrando en el dormitorio de la joven. Esta estaba entonces sentada cerca de la luz, y se quitaba sus ricos pendientes. La linda polaca, a la vista de un desconocido que tan bruscamente se le aparecía, se asustó de tal modo que no pudo articular palabra. Pero cuando observó que el estudiante permanecía inmóvil, bajando los ojos y sin atreverse a mover un dedo de la mano, cuando reconoció en él al joven que había caído tan ridículamente delante de ella, no pudo menos de prorrumpir en una estrepitosa carcajada. Además, las facciones de Andrés nada presentaban de terrible; al contrario, el rostro del estudiante era en extremo agradable.

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La joven rió mucho tiempo, y concluyó por burlarse de él. La bella era atolondrada como una polaca, pero de vez en cuando sus ojos claros y serenos despedían una de esas miradas largas que prometen constancia. El pobre estudiante ni aun se atrevía a respirar. La hija del vaivoda se le acercó atrevidamente, le puso en la cabeza su gorra en forma de diadema, y le echó sobre los hombros una gorguera transparente adornada con festón de oro, entregándose a mil diabluras con el desenfado propio de un niño y de un polaco, lo cual sumergió al joven estudiante en una inexplicable confusión.Andrés abría la boca como un bobalicón, y miraba fijamente los ojos de la traviesa niña. Un ruido que sonó de repente la asustó. Le mandó que se escondiese, y tan luego como pasó el susto, llamó a su camarera, que era una tártara prisionera, y le ordenó que condujese al joven prudentemente por el jardín para sacarlo fuera de la casa. Pero esta vez el estudiante no fue tan feliz al saltar la empalizada.Se despertó el guarda, le vio, empezó a gritar, y los criados de la casa le volvieron a conducir a garrotazos a la calle hasta que sus ligeras piernas le alejaron del peligro. Después de esta aventura no se le ocurrió otra vez pasar por delante de la casa del vaivoda, pues sus criados eran numerosísimos.Andrés la vio todavía una vez en la iglesia. La joven reparó en él y le sonrió maliciosamente como a un antiguo conocido. Poco tiempo después el vaivoda de Kovno abandonó la ciudad, y una gruesa figura desconocida se presentó en la ventana en donde había visto a la bellísima polaca de ojos negros. En esta hermosa niña pensaba Andrés al inclinar la cabeza sobre el cuello de su caballo.

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Hacía ya largo tiempo que las altas hierbas les rodeaban por todos lados; de suerte que sólo se veían las gorras negras de los kozakos por encima de los ondulantes tallos, cuando Bulba, saliendo de su meditación, exclamó de repente:–¡Eh, eh!, ¿Qué significa eso, muchachos? Están ustedes muy silenciosos; se diría que se han vuelto frailes. Al diablo todas las ideas negras. Aprieten sus pipas con los dientes, espoleen sus caballos, y corramos de modo que no pueda alcanzamos un pájaro.Y los kozakos, inclinándose sobre el arzón de la silla, desaparecieron en la espesa hierba. Ya no se vieron ni siquiera sus gorras; solamente el rápido paso que marcaban en la hierba indicaba la dirección de su carrera.El sol se había alzado en un cielo sin nubes y derramaba por la estepa su luz cálida y vivificante. Cuanto más se avanzaba en la estepa, se presentaba ésta más salvaje y hermosa. En aquella época, todo el espacio conocido ahora con el nombre de Nueva Rusia, desde Ucrania hasta el mar Negro, era un desierto virgen y verde. El carro no había marcado nunca sus huellas a través de las inconmensurables olas de sus plantas salvajes. Únicamente los caballos libres que se ocultaban en aquellos impenetrables abrigos dejaban en ellos algunos senderos. Toda la superficie de la tierra parecía un océano de verdor dorado, que esmaltaban otros mil colores. Entre los tallos finos y secos de la alta hierba, crecían grupos de coronillas, de tintes azules, rojos y violados; la retama levantaba en el aire su pirámide de flores amarillas. Los pequeños botones del trébol blanco salpicaban la sombría hierba, y una espiga de trigo, traída allí, Dios sabe de donde, maduraba solitaria. Bajo la tenue sombra de los tallos de hierbas, se deslizaban, alargando el cuello, las ligeras perdices. Todo el aire estaba lleno de mil cantos de aves. Los gavilanes se cernían inmóviles, sacudiendo el aire con la punta de sus alas, y dirigiendo ávidas miradas sobre la superficie de la tierra. Oíanse en lontananza los agudos gritos de una bandada de aves salvajes que volaban, como una espesa nube, encima de algún lago perdido en la inmensidad de las llanuras. La gaviota de las estepas se elevaba con un movimiento cadencioso, y se bailaba con voluptuosa coquetería en las ondas del azul; tan pronto no se la veía sino como un punto negro, como resplandecía blanca y brillante a los rayos del sol. ¡Oh estepas mías, cuán bellas sois!Nuestros viajeros sólo se detuvieron para comer. Entonces los diez kozakos que componían todo su séquito se apearon de sus caballos. Desataron frascos de madera, que contenían aguardiente, y calabazas partidas por el medio que servían de vasos. Sólo se comía pan y tocino o tortas secas, y no bebían más que un vaso cada uno, pues Taras Bulba no permitía que nadie se emborrachase durante el camino. De nuevo emprendieron la marcha, dispuestos a andar durante todo el día.Llegada la noche, la estepa cambió completamente de aspecto. Toda su inmensa extensión era bañada por los últimos rayos del sol ardiente, luego se obscureció con rapidez dejando ver la marcha de la sombra que invadiendo la estepa la cubría del tinte uniforme de un verde oscuro. Entonces los vapores se volvieron más espesos; cada flor, cada hierba exhalaba su perfume, y la estepa entera hervía en vapores embalsamados. Sobre el cielo, de un azul oscuro, se extendían anchas bandas doradas y de color de rosa que parecían trazadas negligentemente por un gigantesco pincel. Acá y allá blanqueaban jirones de ligeras y transparentes nubes, mientras que una brisa fresca y acariciadora como las ondas del mar se balanceaba sobre las puntas de la hierba, rozando apenas las mejillas del viajero.Todo el concierto de la mañana se debilitaba, y hacía lugar poco a poco a un nuevo concierto. Animales de piel atigrada salían con precaución de sus madrigueras, y, levantándose sobre sus patas traseras, llenaban la estepa con sus silbidos. Los grillos cantaban con su monótono chirrido, y algunas veces se oía, viniendo del lejano lago, el grito del cisne solitario que resonaba como una campana argentina en el adormecido aire. Al anochecer nuestros viajeros se detuvieron en medio de los campos, encendieron un fuego cuyo humo se deslizaba oblicuamente en el espacio, y, colocando una marmita sobre las brasas, hicieron cocer las papas. Después de la cena los kozakos se acostaron en el suelo, dejando a sus caballos vagar por la hierba, con trabas en los pies. Las estrellas de la noche les miraban dormir encima de sus caftanes extendidos. Podían oír el chisporroteo, el roce, todos los rumores de los innumerables insectos que hormigueaban en la verde pradera.Todos esos rumores, perdidos en el silencio de la noche, llegaban armoniosos al oído. Si alguno de ellos se levantaba toda la estepa se mostraba a sus ojos iluminada por las chispas luminosas de las luciérnagas. Algunas veces la sombría oscuridad del firmamento se iluminaba por el incendio de los juncos secos que crecían a orillas de los ríos y de los lagos, y una larga línea de cisnes que se dirigían al norte heridos de repente por una claridad, inflamada, parecían pedazos de tela roja volando a través de los aires.Nuestros viajeros continuaron su camino sin tropiezo. En ninguna parte, por los alrededores se veía un árbol: siempre era la misma estepa, libre, salvaje, infinita. Solamente, de tiempo en tiempo, allá en lontananza, se distinguía la línea azulada de los bosques que bordean el Dnipró. Una sola vez, Taras hizo ver a sus hijos un puntito negro que se agitaba a lo lejos.–Miren, muchachos –dijo– es un tártaro que galopa.Acercándose, vieron por entre la hierba una cabecita con bigotes, que fijaba en ellos sus ojillos penetrantes, husmeó el aire como un perro perdiguero, y desapareció con la rapidez de una gacela, después de cerciorarse de que los kozakos eran trece.–¡Y bien, muchachos! ¿Quieren probar a alcanzar al tártaro? Pero no, es inútil, no le alcanzarán nunca, pues su caballo es todavía más hábil que mi Diablo.No obstante, Bulba, temiendo una emboscada, creyó deber tomar sus precauciones. Galopó, acompañado de su comitiva, hasta llegar a orillas de un pequeño río llamado la Tatarka, que desemboca en el Dnipró. Todos entraron en el agua con sus cabalgaduras, y nadaron largo tiempo siguiendo la corriente del agua para ocultar sus huellas.

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Luego, cuando llegaron a la otra orilla, continuaron su camino. Tres días después se encontraron cerca ya del sitio que era el término de su viaje. Un súbito frío refrescó el aire, reconociendo por este indicio la proximidad del Dnipró. En efecto, se distinguía a lo lejos el Dnipró semejante a un espejo, destacándose azul en el horizonte.Cuanto más se acercaba la comitiva, más se ensanchaba moviendo sus frías olas; y pronto concluyó por abrazar la mitad de la tierra que se desplegaba a su vista. Habían llegado a aquel sitio en que el Dnipró, estrechado largo tiempo por los bancos de granito, triunfa de todos los obstáculos y ruge como un mar cubriendo las conquistadas llanuras, en donde las islas dispersas en medio de su lecho rechazan sus olas más lejos todavía sobre los campos colindantes.Los kozakos pusieron pie a tierra, entraron en una barca con sus caballos, y después de una travesía de tres horas, llegaron a la isla Hortitsya, en donde se encontraba entonces la sich, que tan a menudo cambiaba de residencia. Una muchedumbre inmensa disputaba con los marineros en la orilla.Los kozakos volvieron a montar sus caballos; Taras tomó una actitud altanera, apretó su cinturón, y se atusó el bigote. Sus dos hijos se examinaron también de la cabeza a los pies con tímida emoción, y entraron juntos en el arrabal que precedía a la sich medio metro. A su entrada quedaron aturdidos por el estruendo de cincuenta martillos que daban en el yunque en veinticinco herrerías subterráneas y cubiertas de césped. Vigorosos curtidores, sentados en los escalones de sus casas, estrujaban pieles de buey con sus fuertes manos. Buhoneros de pie exponían en sus tiendas montones de baldosas, pedernales y pólvora. Un armenio extendía ricas piezas de tela; un tártaro amasaba pasta; un judío, con la cabeza baja, sacaba aguardiente de un tonel. Pero lo que más llamo su atención fue un zaporogo que dormía en medio del camino, con los brazos y los pies extendidos.Taras se detuvo admirado.–¡Cómo se ha desarrollado este tunante! –dijo, examinándolo–. ¡Qué hermoso cuerpo de hombre!En efecto, el cuadro era acabado. El zaporogo estaba tendido en medio del camino como un león acostado. Sus espesos cabellos, altivamente echados hacia atrás, cubrían dos palmos de tierra alrededor de su cabeza. Sus pantalones, de hermosa tela roja, habían sido manchados de brea, para demostrar el poco caso que hacía de ellos. Bulba, después de haberlo contemplado a placer, continuó su camino por una estrecha calle enteramente llena de gente que ejercían su oficio al aire libre, y de otras personas de todos los países que poblaban este arrabal semejante a una feria, que abastecía a la sich, la cual sólo sabía beber y tirar el mosquete.Por fin, pasaron el arrabal, y vieron muchas chozas esparcidas, cubiertas de musgo o de fieltro al estilo tártaro. Delante de algunas de ellas había baterías de cañones. No se veía ningún cercado, ninguna casita con su pórtico con columnas de madera, como las había en el arrabal. Un pequeño parapeto de tierra y una barrera que nadie guardaba, atestiguaban la dejadez de los habitantes. Algunos robustos zaporogos, tendidos en el camino, con sus pipas en la boca, les miraban pasar con indiferencia y sin cambiar de sitio. Taras y sus hijos pasaron entre ellos con precaución, diciéndoles:–¡Buenos días, señores!
–¡Buenos días! –contestaban ellos.
Por todas partes se encontraban grupos pintorescos. Los atezados rostros de aquellos hombres demostraban que con frecuencia habían tomado parte en las batallas, y experimentado toda clase de vicisitudes. He ahí la sich; he ahí la guarida de donde salen tantos hombres altivos y bravos como los leones; he ahí de donde sale el poder kozako para extenderse por toda la Ucrania.Los viajeros atravesaron una plaza espaciosa en donde ordinariamente se reunía el consejo. Sobre un gran tonel colocado boca abajo, estaba sentado un zaporogo sin camisa, la cual tenía en la mano zurciendo gravemente los agujeros. La camisa le fue arrebatada por una banda de músicos, en medio de la cual un joven zaporogo, que se había ladeado la gorra sobre la oreja, bailaba con frenesí, alzando las manos por encima de la cabeza, y no cesaba de gritar:–¡Aprisa, más aprisa, músicos! ¡Tomás, no escasees tu aguardiente a los verdaderos cristianos!Y Tomás, que tenía un ojo acardenalado, distribuía sendos cántaros a los asistentes. En torno del joven danzarín, cuatro viejos zaporogos pataleaban en el suelo, después, repentinamente se echaban de lado como un torbellino hasta sobre la cabeza de los músicos; luego, doblando las piernas, se bajaban hasta el suelo, y, volviéndose a enderezar en seguida, lo golpeaban con sus talones de plata. El suelo resonaba sordamente en torno de ellos, y el aire estaba lleno de los cadenciosos rumores del hopak y del tropak. Entre todos esos kozakos, se hallaba uno que gritaba y bailaba con más furor. Sus abundantes cabellos flotaban a merced del viento, su ancho pecho estaba descubierto, pero se había puesto su ropón de invierno, y el sudor corría por su rostro.–¡Muchacho, quítate tu ropón! –le dijo al fin Taras– ¿no ves que hace calor?–No puede ser –exclamó el zaporogo.–¿Por qué?
–Porque conozco mi carácter; todo lo que me quito va a parar a la taberna.El zaporogo no tenía ya gorra, ni cinturón, ni pañuelo bordado; todo había ido a parar a la taberna, como él decía. El número de bailadores aumentaba a cada instante, y no se podía ver, sin una emoción contagiosa, toda esa multitud arrojarse a esa danza, la más libre, la más loca en movimientos que jamás se haya visto en el mundo, y que lleva el nombre de sus inventores, el kasachok.–¡Ah! ¡Si no estuviese a caballo –exclamó Taras– hasta yo, sí, hasta yo hubiera tomado parte en el baile!

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Empezaron, sin embargo, a presentarse entre la multitud hombres de edad, graves, respetados de toda la sich, que más de una vez habían sido escogidos para jefes. Taras encontró pronto una porción de semblantes conocidos. Eustaquio y Andrés oían a cada instante las exclamaciones siguientes:–¡Ah! Eres tú, Petchéritza.–¡Hola, Kosoloup!
–¿De dónde vienes, Taras?
–¿Y tú, Doloto?
–Buenos días, Kirdiaga.
–¿Que tal, Gousti?
–No esperaba verte, Rémen.
Y todos esos hombres de guerra que se habían reunido allí de los cuatro puntos de la gran Ucrania, se abrazaron con efusión, y sólo se oyeron esas confusas preguntas:–¿Qué hace Kassian? ¿Qué hace Borodavka? ¿Y Koloper? ¿Y Pidzichok?Y la respuesta que recibía Bulba era que a Borodavka le habían ahorcado en Tolopan; que en Kisikermen habían desollado vivo a Koloper, y que la cabeza de Pidzichok la habían enviado salada en un tonel a Constantinopla. El viejo Bulba se puso a reflexionar tristemente, y repitió varias veces:
–¡Qué buenos kozakos eran!

CAPÍTULO III

Hacía más de una semana que Taras Bulba vivía en la sich con sus dos hijos. Eustaquio y Andrés se ocupaban poco de estudios militares, pues la sich no gustaba de perder el tiempo en vanos ejercicios; la juventud hacía su aprendizaje en la guerra misma, que, por esta razón, se renovaba continuamente. Los kozakos consideraban inútil llenar con algunos estudios los raros intervalos de tregua; les agradaba más tirar al blanco, galopar por las estepas o cazar a caballo. El resto del tiempo lo dedicaban a sus placeres, la taberna y el baile.Toda la sich presentaba un aspecto singular; era como una fiesta perpetua, como una ruidosa danza empezada y que nunca termina. Algunos se ocupaban en oficios, otros en comerciar al pormenor, pero la mayor parte se divertía desde la mañana a la noche, tanto como se lo permitía el estado de su bolsillo, y mientras la parte de su botín no había caído en manos de sus compañeros o de los taberneros. Esta fiesta continua tenía algo de mágico. La sich no era un montón de borrachos que ahogaban sus penas en los toneles, sino una alegre cuadrilla de indiferentes viviendo de buen humor una loca embriaguez. Cada uno de los que llegaban allí olvidaba lo que le había ocupado hasta entonces. Podía decirse, según su expresión, que renegaba de lo pasado, y se entregaba con el entusiasmo de un fanático a los encantos de una vida de libertad llevada en común con sus semejantes que, como él, no tenían ya parientes, ni familia, ni casa, nada más que el aire libre y la inagotable jovialidad de su alma. Las diferentes narraciones y diálogos que podían recogerse tendida negligentemente por tierra, tenían a veces un color tan enérgico y tan original, que era necesaria toda la flema exterior de un zaporogo para no asombrarse, siquiera por un ligero movimiento de bigote, condición que distingue a los pequeños-rusos (ucranianos) de las otras razas eslavas. La alegría era ruidosa, algunas veces hasta el exceso, pero al menos los bebedores no estaban hacinados en un kabak sucio y sombrío, en donde el hombre se abandona a una embriaguez triste y pesada. Allí formaban como una reunión de compañeros de escuela, con la única diferencia que, en vez de estar sentados bajo la necia férula de un maestro, tristemente inclinados sobre libros, hacían excursiones con cinco mil caballos; en vez del reducido campo en donde habían jugado a la pelota, tenían campos espaciosos, infinitos, en donde se mostraba, a lo lejos, el tártaro ágil o bien el turco grave y silencioso bajo su ancho turbante. Además, había la diferencia que, así como en la escuela se reunían por fuerza, allí se reunían voluntariamente, abandonando al padre, la madre y el techo paternal. Encontrábase allí gente que, después de tener la soga al cuello, y casi en brazos de la pálida muerte, habían vuelto a ver la vida en todo su esplendor; otros había, para quienes un ducado había sido hasta entonces una fortuna, y a quienes, gracias a los pícaros usureros, se hubiera podido volver los bolsillos sin temor de que cayese nada. Se encontraban estudiantes que no habiendo podido sobrellevar los castigos académicos huyeron de la escuela, sin aprender una letra del alfabeto, mientras que había otros que sabían perfectamente quiénes eran Horacio, Cicerón y la república romana. También se encontraban allí oficiales polacos que se habían distinguido en el ejército real, y un sinnúmero de aventureros convencidos de que era indiferente saber en dónde y por quién se hacía la guerra, con tal que se hiciese, y que es indigno de un hidalgo no guerrear. Muchos, en fin, iban a la sich únicamente para poder decir que habían estado en ella, y volvían transformados en cumplidos caballeros. Pero, ¿quién no estaba allí?

Pintor

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Esta extraña república respondía a una necesidad de aquellos tiempos. Los amantes de la vida guerrera, de las copas de oro, de las ricas telas, de los ducados y de los cequíes podían en toda estación encontrar allí trabajo. Los amantes del bello sexo eran los únicos que no tenían nada que hacer en aquel sitio, pues ninguna mujer se podía mostrar ni siquiera en el barrio de la sich. Eustaquio y Andrés encontraban sumamente extraño ver una porción de gente ir a la sich, sin que nadie les preguntase quiénes eran ni de dónde venían; entraban en ella como si hubiesen regresado a la casa paterna habiéndola dejado una hora antes. El recién llegado se presentaba al kochevoï y entablaban entre los dos el diálogo siguiente:–Buenos días. ¿Crees en Jesucristo?
–Sí, creo –respondía el recién llegado.
–¿Y en la Santísima Trinidad?
–También creo.
–¿Vas a la iglesia?
–Sí, voy.
–Haz la señal de la cruz.
El recién llegado la hacía.
–Bien –proseguía el kochevoï– vete al kouren que te guste escoger.A eso se reducía la ceremonia de la recepción.Toda la sich oraba en la misma iglesia, pronta a defenderla hasta derramar la última gota de sangre, bien que esta gente no quería oír hablar de cuaresma ni de abstinencia. No había sino judíos, armenios y tártaros que, seducidos por el cebo de la ganancia, se decidían a comerciar en el arrabal, porque los zaporogos no eran aficionados al comercio, y pagaban cada objeto con el dinero que de una vez sacaba su mano del bolsillo. Por otra parte, la suerte de esos comerciantes avaros era sumamente precaria y muy digna de compasión. Se parecían a las gentes que habitan en las faldas del Vesubio, pues cuando los zaporogos no tenían dinero, derribaban las tiendas y lo tomaban todo sin pagar.

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La sich se componía al menos de sesenta koureni, que eran otras tantas repúblicas independientes, pareciéndose también a escuelas de párvulos que nada tienen suyo, porque se les suministra todo.En efecto, nadie poseía nada; todo estaba en manos del ataman del kouren, al que se acostumbraba llamar padre (batko). Este guardaba el dinero, los vestidos, las provisiones, y hasta la leña. A menudo un kouren disputaba con otro; en este caso, la disputa concluía por un combate a puñetazos, que sólo cesaba con el triunfo de un partido, y entonces empezaba una fiesta general. He aquí lo que era la sich que tanto encanto tenía para los jóvenes.Eustaquio y Andrés se arrojaron con todo el ardor de su edad en este mar tempestuoso, y pronto olvidaron el hogar paterno, el seminario y cuanto hasta entonces les había ocupado. Todo les parecía nuevo; las costumbres nómadas de la sich, y las leyes muy poco complicadas que la regían, pero que les parecían aún demasiado complicadas para una república.Si un kozako robaba alguna cosa de poca monta, era contado como una afrenta por toda la asociación. Se le ataba, como un hombre deshonrado, a una especie de columna infamante, y junto a él se ponía un garrote con el cual cada uno que pasaba debía darle un golpe hasta que quedase sin vida. El deudor que no pagaba era encadenado a un cañón, permaneciendo de este modo hasta que un camarada consentía en pagar su deuda para ponerle en libertad, pero lo que más asombró a Andrés fue el terrible suplicio con que se castigaba al asesino. Se abría una profunda zanja en la que le tendían vivo, después ponían sobre su cuerpo el cadáver de su víctima encerrado en un ataúd, cubriéndolos a los dos de tierra. La imagen de este horrible suplicio persiguió a Andrés mucho tiempo después de una ejecución de este género, y el hombre enterrado vivo debajo del muerto se representaba incesantemente a su espíritu.

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Los dos jóvenes kozakos se hicieron querer pronto de sus compañeros. A menudo, con otros miembros del mismo kouren o con el kouren entero, o hasta con los koureni vecinos, iban a la estepa a caza de las innumerables aves salvajes, ciervos, corzos o bien se dirigían a orillas de los lagos o de las corrientes de agua señaladas por la suerte a su kouren, para tender sus redes y recoger muchas provisiones. Aunque ésta no fuese precisamente la verdadera ciencia del kozako, distinguíanse entre los otros por su valor y su destreza. Tiraban certeramente al blanco, atravesaban el Dnipró a nado, hazaña por la cual un joven novicio era solemnemente admitido en el círculo de los kozakos.

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Pero el viejo Taras les preparaba otra vida más activa. Aquella ociosidad no le gustaba; quería llegar al verdadero negocio, y por esto no cesaba de reflexionar sobre el modo de hacer decidirse a la sich a acometer alguna atrevida empresa, en la que un caballero pudiese demostrar lo que era. Un día, en fin, fuese a encontrar al kochevoi y le dijo sin preámbulo:–Y bien, kochevoi, ya es tiempo de que los zaporogos vayan a dar un paseito.
–No hay donde pasearse –respondió el kochevoi quitándose una pequeña pipa de la boca y escupiendo de lado.–¿Cómo, no hay dónde? Se puede ir por el lado de los turcos, o por el de los tártaros.–No se puede ir ni por el lado de los turcos ni por el lado de los tártaros –respondió el kochevoi volviendo a poner la pipa en la boca con la mayor tranquilidad del mundo.–Pero, ¿por qué no se puede?
–Porque hemos prometido la paz al sultán.
–Pero es un pagano –dijo Bulba– Dios y la Santa Escritura mandan apalear a los paganos.–No tenemos derecho a hacerlo. Si no hubiésemos jurado por nuestra religión, tal vez sería posible. Pero ahora, no, es imposible.–¡Cómo imposible! He ahí que dices que nosotros no tenemos derecho de hacerlo; y, sin embargo, yo tengo dos hijos, jóvenes los dos, que ni uno ni otro han estado aún en la guerra. Y he ahí que dices que no tenemos derecho, y que no hace falta que los zaporogos vayan a la guerra.–No, eso no conviene.–¿Es preciso, pues, que la fuerza kozaka se pierda inútilmente; es preciso, pues, que un hombre perezca como un perro sin haber hecho una buena obra, sin hacerse útil al país y a la cristiandad? ¿Para qué vivir entonces? ¿Por qué diablos vivimos? Veamos, explícame eso. Tú eres un hombre sensato, no en vano te han hecho kochevoi; dime, ¿por qué, por qué vivimos?El kochevoi hizo, esperar su respuesta. Era un kozako obstinado. Después de un largo silencio, dijo por fin:–Digo que no habrá guerra.–¿No habrá guerra? –preguntó de nuevo Bulba.
–No.
–¿No hay que pensar más en ello?
–No hay que pensar en ello.
–Espera –dijo Bulba– espera, cabeza de diablo, tú oirás hablar de mí.
Y le dejó bien decidido a vengarse.

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Después de ponerse de acuerdo con algunos amigos suyos, convidó a todo el mundo a beber. Los kozakos, un poco ebrios, se fueron todos a la plaza, en donde atados a postes estaban los timbales de que se servían para reunir el consejo. No habiendo encontrado los palillos que guardaba en su casa el timbalero cogieron un palo cada uno y se pusieron a aporrearlos. El timbalero fue el primero que llegó; era un mozo de elevada estatura, que sólo tenía un ojo, y no muy despierto.–¿Quién se atreve tocar a llamada? –exclamó.–Calla, toma tus palillos, y toca cuando se te mande –contestaron los kozakos achispados.El timbalero sacó del bolsillo los palillos que había traído consigo, sabiendo de qué modo concluían habitualmente semejantes aventuras. Resonaron los timbales, y pronto negras masas de kozakos se precipitaron en la plaza como avispas en una colmena. Formaron círculo, y después del tercer toque, acudieron por fin los jefes, a saber: el kochevoi con la maza, signo de su dignidad, el juez con el sello del ejército, el escribano con su tintero y el ï ésaoul con su largo bastón. El kochevoi y los otros jefes se quitaron sus gorras para saludar humildemente a los kozakos con las jarras en alto.–¿Qué significa esta reunión, y que deseáis, señores? –preguntó el kochevoi.Los gritos y las imprecaciones le impidieron continuar.–Depón tu maza, hijo del diablo, depón tu maza, no te queremos más –gritaron muchas voces.Algunos koureni, de los que no habían bebido, parecían opinar de distinto modo. Pero pronto, ebrios o sobrios, empezaron todos a repartir puñetazos, y la sarracina se hizo general.El kochevoi tuvo por un momento intención de hablar; pero sabiendo que esta multitud furiosa y sin freno podía derrotarle sin esfuerzo hasta darle la muerte, lo que había sucedido a menudo en semejantes casos, saludó humildemente, depuso su maza, y desapareció entre la multitud.–¿Nos mandan ustedes, señores, deponer también las insignias de nuestros cargos? –preguntaron el juez, el escribano y el ï ésaoul, prontos a dejar a la primera indicación el sello, el tintero y el bastón blanco.–No, quédense –gritaron las voces que salieron de la multitud. Sólo queremos quitar el kochevoi, porque no es más que una mujer, y es preciso que el kochevoi sea un hombre.–¿A quién elegirán ahora? –preguntaron los jefes.
–Tomemos a Koukoubenko –exclamaron algunos.
–No queremos a Koukoubenko –respondieron los otros. Es demasiado joven; todavía tiene la leche de su nodriza en los labios.–¡Que sea Chilo nuestro ataman! –exclamaron otras voces– hagamos de Chilo un kochevoi.–Un chilo en las espaldas de ustedes –respondió la multitud echando votos. ¿Quién es ese kozako, que ha llegado a introducirse como un tártaro? ¡Al diablo el borracho Chilo!–¡Borodaty! ¡Escojamos a Borodaty!
–No queremos a Borodaty; ¡al diablo Borodaty!
–Griten Kirdiaga –murmuró Taras Bulba al oído de sus afiliados.
–¡Kirdiaga, Kirdiaga! –gritaron ellos.
–¡Kirdiaga! ¡Borodaty! ¡Borodaty! ¡Kirdiaga! ¡Chilo! ¡Al diablo Chilo! ¡Kirdiaga!Los candidatos cuyos nombres estaban así proclamados se destacaron de entre la multitud, por no dejar creer que ayudaban con su influencia a su propia elección.–¡Kirdiaga! ¡Kirdiaga!
Este nombre resonaba más fuerte que los otros.
–¡Borodaty! –se respondía.La cuestión fue resuelta a puñetazos, y Kirdiaga triunfó.–¡Traed a Kirdiaga! –se gritó enseguida.
Una docena de kozakos dejaron la multitud. Muchos de ellos estaban tan borrachos que apenas podían tenerse sobre sus piernas. Todos se dirigieron a casa de Kirdiaga para anunciarle que acababa de ser elegido. Kirdiaga, viejo kozako, muy astuto, hacía largo tiempo que había vuelto a entrar en su choza, y aparentaba ignorar lo que pasaba.–¿Qué desean, señores? –preguntó.
–Ven; se te ha hecho kochevoi.
–Apiádense de mí, señores. ¿Cómo es posible que yo sea digno de tal honor? ¿Qué kochevoi haré? No tengo bastante talento para desempeñar semejante dignidad. ¡Como si no se pudiese encontrar otro mejor que yo en todo el ejército!–Vaya pues, ven, puesto que así se te dice replicáronle los zaporogos.Dos de ellos le agarraron por los brazos, y a pesar de su resistencia, fue conducido a la fuerza a la plaza acompañado de puñetazos en la espalda, y de votos y exhortaciones.–¡Vamos, no retrocedas, hijo del diablo! Acepta, perro, el honor que se te ofrece.He ahí de qué modo fue conducido Kirdiaga al círculo de los kozakos.–¡Y bien, señores! –exclamaron a voz en grito los que le habían conducido– ¿consienten ustedes en que ese kozako sea nuestro kochevoi?–¡Sí, sí! ¡Consentimos todos, todos! –respondió la multitud; y el eco de este grito unánime resonó largo tiempo en la llanura.Uno de los jefes tomó la maza y la presentó al nuevo kochevoi. Kirdiaga, según costumbre, se negó a aceptarla; el jefe se la presentó por segunda vez; Kirdiaga la volvió a rehusar, y sólo la aceptó a la tercera presentación. Un prolongado grito de alegría se elevó en la multitud, y de nuevo hizo resonar toda la llanura. Entonces, de entre el pueblo, salieron cuatro viejos kozakos de bigotes y cabellos grises (en la sich no había hombres muy viejos, pues nunca ningún zaporogo moría de muerte natural); cada uno de ellos tomó un puñado de tierra, que continuadas lluvias habían convertido en lodo, y la pusieron sobre la cabeza de Kirdiaga. La tierra húmeda corrió por la frente, por los bigotes, ensuciándole la cara; pero Kirdiaga permaneció tranquilo, y dio gracias a los kozakos por el honor que acababan de hacerle. Así terminó esta ruidosa elección que, si no contentó a ningún otro, colmó de alegría al viejo Bulba; en primer lugar, por haberse vengado del antiguo kochevoi, y luego, porque Kirdiaga, su antiguo camarada, había hecho con él las mismas expediciones por tierra y por mar y compartido las mismas fatigas y lo mismos peligros.

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La multitud se desvaneció enseguida para ir a celebrar la elección, y empezó un festín universal, en tales términos, que nunca los hijos de Taras habían visto otro semejante. Todas las tabernas fueron saqueadas, los kozakos bebían la cerveza, el aguardiente y el aguamiel sin pagar, y los taberneros se consideraban dichosos con haber salvado la vida. Toda la noche se pasó en gritos y canciones que celebraban la gloria de los kozakos; y la luna vio, toda la noche, pasearse por las calles numerosos grupos de músicos con sus banduras y sus balalaikas, y chantres de iglesia que se dedicaban en la sich a cantar las alabanzas de Dios y las de los kozakos.Por fin, el vino y el cansancio rindieron a todo el mundo. Poco a poco todas las calles se vieron cubiertas de hombres tendidos en el suelo. Aquí había un kozako que, enternecido y lloroso, se colgaba al cuello de su compañero, cayendo los dos abrazados; allá se veía un grupo de ellos revolcándose por tierra; más lejos un borracho escogía largo tiempo un sitio donde acostarse, y concluía por tenderse sobre un trozo de madera; el último, el más fuerte de todos, anduvo mucho tiempo dando trompicones y balbuceando palabras incoherentes; pero, al fin, cayó como los demás, y toda la sich se quedó dormida.

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CAPÍTULO IV

Desde el día siguiente, Taras Bulba se concertó con el nuevo kochevoi, para saber cómo se podría decidir a los zaporogos a tomar una resolución. El kochevoi era un kozako fino y astuto que conocía perfectamente de qué pie cojeaban sus zaporogos, y empezó diciendo:–Es imposible violar el juramento, es imposible.Después de un corto silencio prosiguió:
–Sí, es imposible. Nosotros no violaremos el juramento, pero inventaremos alguna cosa. Únicamente haga de modo que el pueblo se reúna, no por orden mía, sino por su propia voluntad. Usted sabe ya cómo esto se hace, y yo, con los antiguos, correremos enseguida a la plaza como si nada supiésemos.Aun no había transcurrido una hora desde esta conversación, cuando los timbales volvieron a resonar. La plaza se vio pronto cubierta de un millón de gorras kozakas. Se empezó a preguntar:–¿Qué? ¿por qué? ¿Qué hay para tocar los timbales?
Nadie contestaba. Poco a poco, sin embargo, oyéronse entre la multitud las frases siguientes:–La fuerza kozaka perece de pura inacción. No hay guerra, no hay empresa. Los antiguos son unos haraganes; no ven nada, la gordura los ciega. ¡No, no hay justicia en el mundo!

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Los otros kozakos escuchaban en silencio, y concluyeron por repetir ellos mismos:–Efectivamente, no hay justicia en el mundo.Los antiguos parecieron asombradísimos de semejantes discursos. Por fin, el kochevoi se adelantó, y dijo:–¿Me permiten hablar, señores zaporogos?–Sí.
–Mi discurso, señores, tendrá, en primer lugar, por objeto recordarles que la mayor parte de ustedes, y ustedes lo saben sin duda mejor que yo, deben tanto dinero a los judíos taberneros y a sus camaradas, que ya no hay ningún diablo que les preste a crédito. Además, deben de tener en consideración que hay entre nosotros muchos jóvenes que nunca han visto la guerra de cerca, mientras que un joven, ustedes lo saben, señores, no puede existir sin la guerra. ¿Qué zaporogo es el que no ha apaleado jamás a un pagano?–Se explica bien –pensó Bulba.–Sin embargo, no crean, señores, que digo todo eso para violar la paz. ¡No, Dios me libre de ello! Digo eso porque conviene que se diga. Además, el templo del Señor, aquí, está en un estado tal que es pecado decirlo. Hace muchos años que, por la gracia del Señor, existe la sich; y hasta ahora, no solamente la parte exterior de la iglesia, sino las santas imágenes del interior no tienen el menor adorno. Nadie piensa ya en hacerles un vestido de plata. Únicamente han recibido lo que ciertos kozakos les han dejado en testamento, y en verdad que esos dones eran bien poca cosa, pues los que los hacían se bebieron en vida todo su haber. Así, pues, tengan entendido que no hago un discurso para decidirles a la guerra contra los turcos, porque hemos prometido la paz al sultán, y sería un gran pecado desdecirse, atendido que hemos jurado por nuestra religión.–¿Qué diablos se enreda? –se dijo Bulba.–Ya ven ustedes, señores, que es imposible empezar la guerra; el honor de los caballeros no lo permite. Pero he aquí lo que yo pienso según mi escasa inteligencia. Es preciso enviar los jóvenes en canoas, y que barran un poco las costas de la Anatolia. ¿Qué opinan ustedes de eso, señores?–¡Condúcenos, condúcenos a todos! –exclamó la multitud. Todos estamos prontos a perecer por la religión.El kochevoi, se espantó; no tenía absolutamente la intención de levantar toda la sich; parecíale peligroso romper la paz.–¿Me permiten, señores, que vuelva a hablar?–¡No, basta! –exclamaron los zaporogos. No dirás nada mejor de lo que has dicho.–Si es así, se hará como desean ustedes; acato la voluntad de todos. Es cosa conocida, y la Sagrada Escritura lo dice, que la voz del pueblo es la voz de Dios. Imposible es imaginar nada más sensato que lo que ha imaginado el pueblo; pero es preciso que les diga, señores, que el sultán no dejará sin castigo a los jóvenes que se den este placer; si nuestras fuerzas estuviesen dispuestas, nada tendríamos que temer y durante nuestra ausencia, los tártaros pueden atacarnos: esos son los perros de los turcos; jamás se atreven a atacarnos de frente; nunca entran en la casa cuando el dueño la ocupa; pero le muerden los talones por detrás hasta arrancarle gritos de dolor. Y luego, si he de decir la verdad, no tenemos bastantes canoas de reserva, ni suficiente pólvora para que podamos partir todos. Por lo demás, estoy dispuesto a hacer lo que les convenga; estoy a las órdenes de ustedes.

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El astuto kochevoi calló. Los grupos empezaron a conversar, y los atamanes de los koureni se reunieron en consejo. Por fortuna, no había muchos ebrios entre la multitud, y los kozakos optaron por seguir el prudente consejo de su jefe.Algunos de ellos se trasladaron en seguida a la orilla del Dnipró, yendo a registrar el tesoro del ejército, allí donde en subterráneos inaccesibles, abiertos debajo de las aguas y de los juncos se ocultaba el dinero de la sich, con los cañones y las armas arrebatadas al enemigo. Otros se apresuraron a visitar las canoas y a prepararlas para la expedición.En un instante se cubrió la ribera de un animado gentío. Llegaban carpinteros con sus hachas; viejos kozakos de rostro tostado, bigotes grises, anchas espaldas y vigorosas piernas, estaban metidos en el río con el agua hasta las rodillas, los pantalones arremangados, tirando de las canoas, ayudándose de cuerdas para ponerlas a flote.Otros arrastraban vigas secas y maderos. Aquí el uno ajustaba tablas a una canoa; allá, después de volver la quilla hacia arriba, se la calafateaba con brea; más lejos se ataban a ambos lados de la canoa, según costumbre kozaka, largos haces de juncos para impedir que las olas del mar sumergiesen tan frágil embarcación. Se encendieron hogueras en toda la ribera. Se hacía hervir la pez en calderas de cobre. Los ancianos más experimentados enseñaban a los jóvenes. Por todas partes resonaban los gritos de los obreros y el ruido de su obra. Toda la margen del río tenía movimiento y vida.

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En este instante se presentó a la vista una barca de grandes proporciones. La multitud que la llenaba hacia señas de lejos. Eran kozakos cubiertos de andrajos. Sus vestidos harapientos (muchos no tenían más que una camisa y una pipa) mostraban que acababan de escapar a una gran desgracia o que habían bebido hasta el exceso. Uno de ellos, bajo, rechoncho, y que contaría unos cincuenta años, se separó de la multitud y fue a colocarse en la proa de la barca. Gritaba más fuerte y hacía gestos más enérgicos que todos los demás pero el ruido de los trabajadores ocupados en su tarea impedía oír sus palabras.–¿Qué es lo que les trae a ustedes aquí? preguntó por fin el kochevoi, al tocar la barca en la ribera.Todos los obreros suspendieron sus trabajos, el ruido cesó y miraron con silenciosa espera, levantando sus hachas o sus cepillos.–Una desgracia –contestó el kozako que se había puesto en la proa.–¿Qué desgracia?
–¿Me permiten hablar, señores zaporogos?
–Habla.
–¿O quieren más bien reunir un consejo?
–Habla, todos estamos aquí.
La multitud se reunió en un solo grupo.
–¿Nada han oído decir de lo que pasa en la Ucrania?
–¿Qué? –preguntó uno de los atamanes de kouren.–¿Qué? –prosiguió el otro– no parece sino que los tártaros les hayan tapado las orejas para que no oigan nada.–Habla pues, ¿qué sucede?–Suceden cosas como no se han visto nunca desde que estamos en el mundo y hemos recibido el bautismo.–Pero dí pronto lo que sucede, hijo de perro –exclamó uno de entre la multitud, que por lo visto había perdido la paciencia.–Sucede que las santas iglesias ya no nos pertenecen.–¡Cómo! ¿Qué no nos pertenecen?
–Han sido dadas en arrendamiento a los judíos, y si no se paga adelantado, es imposible decir misa.–¿Qué es lo que estás charlando?–Y si el infame judío no hace, con su impura mano, una señal en la hostia, es imposible consagrar.–Miente, señores y hermanos; ¿es posible que un impuro judío ponga una señal en la sagrada hostia?–Escuchen, que aun tengo otras cosas que decirles. Los sacerdotes católicos (kseunz) van, en Ucrania, tan sólo en tarataï ka. Esto no será un mal, pero sí lo es, pues en vez de caballos se hace tirar el carruaje por cristianos de la buena religión. Escuchen, escuchen, todavía hay más: se dice que las judías empiezan a hacerse guardapiés de las casullas de nuestros sacerdotes. Eso es lo que sucede en la Ucrania, señores. Y ustedes, ustedes están tranquilamente establecidos en la sich, bebiendo, sin hacer nada, y, a lo que parece, les han acobardado tanto los tártaros, que el miedo les hace ciegos y sordos para ver y oír lo que pasa en el mundo.

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–¡Basta, basta! –interrumpió el kochevoi que hasta entonces había permanecido inmóvil y con los ojos bajos, como todos los zaporogos, que, en las grandes ocasiones, nunca se abandonaban al primer impulso, sino que callaban para reunir en silencio todas las fuerzas de su indignación– detente, y diré una palabra. ¿Y ustedes, pues, ustedes, que el demonio confunda, qué hacían? ¿Acaso no tenían sables? ¿Cómo han permitido semejante abominación?–¿Cómo hemos permitido semejante abominación? ¿Y ustedes hubieran hecho más, cuando solamente los polacos eran cincuenta mil hombres? Y luego, no debemos atenuar nuestra culpa; había también perros entre los nuestros, que han aceptado su religión.–Y ¿qué hacía el hetman que tienen ustedes? ¿Qué hacían los polkovniks?–Les han hecho tales cosas que Dios nos guarde de ellas.
–¿Cómo?
–He ahí cómo: nuestro hetman se encuentra ahora en Varsovia asado dentro de un buey de cobre, y las cabezas y manos de nuestro polkovniks han sido paseadas por todas las ferias para que el pueblo las viese. He ahí lo que han hecho.La multitud se estremeció. Un silencio semejante al que precede a las tempestades se extendió por toda la ribera. Después, gritos y palabras confusas estallaron por todas partes.–¡Cómo! ¡Los judíos tienen arrendadas las iglesias de los cristianos, los sacerdotes enganchan a los cristianos a las varas de sus calesines! ¡Cómo! ¡Permitir semejantes suplicios en tierra rusa (de la Rus’)! ¡Que pueda tratarse así a los polkovniks y a los hetmans! No, esto no será, no será.Estas palabras volaban de una a otra parte. Los zaporogos empezaban a ponerse en movimiento. No era aquello la agitación de un pueblo susceptible. Esos caracteres pesados y rudos no se inflaman con facilidad; pero cuando esto sucede, conservan largo tiempo y obstinadamente su llama interior.–¡Primeramente, colguemos a todos los judíos –exclamaron algunas voces– para que no puedan hacer guardapiés a sus mujeres con las casullas de los sacerdotes! ¡Que no puedan hacer señales en las hostias! ¡Ahoguemos a toda esa canalla en el Dnipró!Al oír estas palabras, toda la multitud se precipitó hacia el arrabal con la intención de exterminar a los judíos. Habiendo perdido los pobres hijos de Israel, en su espanto, toda su presencia de ánimo, se ocultaban en los toneles vacíos, en las chimeneas y hasta en las faldas de sus mujeres. Pero los kozakos sabían encontrarlos en todas partes.–¡Serenísimos señores –exclamaba un judío alto y seco como un junquillo, que mostraba entre sus camaradas su raquítica figura trastornada por el miedo– serenísimos señores, permítanme que les diga una palabra, una sola! Les diré una cosa nunca oída por ustedes; una cosa de tal importancia, que por más que se diga no puede encarecerse bastante.–Veamos, habla –dijo Bulba, que deseaba siempre oír al acusado.–Excelentísimos señores –dijo el judío– nunca se han visto semejantes señores ante Dios, no, nunca. No hay en el mundo tan nobles, buenos y valientes señores.Su voz se apagaba y expiraba de miedo.–¿Cómo es posible que nosotros tengamos mal concepto de los zaporogos? Los que arriendan las iglesias en la Ucrania no son los nuestros; no por Dios, no son los nuestros; ni siquiera son judíos; el diablo sabe lo que son. Es una cosa despreciable, y que debemos lanzar a un rincón. Estos les dirán lo mismo. ¿No es verdad, Chleuma? ¿No es cierto, Chmoul?–Ante Dios, es verdad –respondieron de entre la multitud Chleuma y Chmoul, ambos vestidos con harapos y pálidos como un cadáver.–Tampoco –continuó, el judío de elevada estatura– hemos tenido nunca relaciones con el enemigo, y no queremos nada con los católicos. ¡Que se vayan al diablo! Nosotros somos como hermanos de los zaporogos.–¡Cómo! ¡Que los zaporogos sean hermanos de ustedes! –exclamó alguno de la multitud. Nunca, malditos judíos. ¡Arrojemos al Dnipró a esta maldita canalla!A estas palabras, la multitud agarró a los judíos, y empezaron a arrojarlos al río. Por todas partes se alzaban gritos plañideros; pero los feroces zaporogos no hacían más que reír viendo las delgadas piernas de los judíos, calzadas de medias y zapatos, agitarse en el aire. El pobre orador, que tan gran desastre había atraído sobre los suyos y sobre él, desprendiose de su caftán, del cual le habían ya agarrado, y con una camisa estrecha y de todos colores, besó los pies de Bulba, y se puso a suplicar con voz lastimera:–¡Magnífico y serenísimo señor, he conocido a su hermano, el difunto Doroch! Era un valiente guerrero, la flor de la caballería. Yo le presté ochocientos cequíes para comprar su libertad a los turcos.–¿Tú has conocido a mi hermano? –dijo Taras.–Le he conocido, ante Dios. Era un señor muy generoso.–Y ¿cómo te llamas?–Yankel.–Bien –dijo Taras.Después de un instante de reflexión, dijo a los kozakos:–Siempre será tiempo de ahorcar al judío, dénmelo por hoy.Los kozakos se lo cedieron y Taras lo condujo a sus carromatos en donde estaba su gente.–Vamos, escóndete debajo de este carro y no te menees. Y ustedes, hermanos, no dejen salir al judío.Dicho esto se dirigió a la plaza en donde hacía largo tiempo se había congregado la multitud. Todo el mundo había abandonado el trabajo de las canoas, pues no iban a emprender una guerra marítima, sino una guerra en tierra firme. En lugar de botes y remos necesitaban carros y corceles. En aquel momento, todos querían ponerse en campaña, tanto jóvenes como viejos; y todos, con el consentimiento de los ancianos, el kochevoi y los atamanes de los koureni, habían resuelto marchar directamente contra Polonia, para vengar todas sus ofensas, la humillación de la religión y de la gloria kozaka, para recoger botín en las ciudades enemigas, incendiar los villorrios y las mieses, y hacer, en fin, resonar la estepa con el ruido de sus hechos.Todos se armaban. Respecto al kochevoi había crecido un palmo; ya no era el tímido servidor de los caprichos de un pueblo entregado a la licencia, sino un jefe cuyo poder no tenía límites, un déspota que sólo sabía mandar y hacerse obedecer. Todos los caballeros camorristas y voluntarios permanecían inmóviles en las filas, con la cabeza respetuosamente inclinada sobre el pecho, y sin atreverse a levantar los ojos, mientras el kochevoi distribuía sus ordenes con lentitud, sin cólera, sin alzar la voz, como un jefe envejecido en el ejercicio del poder, y que no ejecuta por primera vez proyectos largo tiempo meditados.–Procuren que no les falte nada –les decía– preparen los carros, prueben las armas; no lleven mucha impedimenta: Una camisa y un par de pantalones para cada kozako, con un bote de manteca y de cebada machacada. Que nadie lleve más de lo dicho. En los bagajes habrá efectos y provisiones. Que cada kozako lleve un par de caballos. Es menester tomar también doscientos pares de bueyes; serán de mucha utilidad en los sitios pantanosos y para pasar los ríos. Pero sobre todo, orden, señores, mucho orden. Yo sé que hay gente entre ustedes que, si Dios les envía botín, se ponen a desgarrar las telas de seda para hacerse medias con ellas. Abandonen esta endiablada costumbre; no se carguen de sayas; tomen solamente armas, cuando sean buenas, o los ducados y la plata, pues eso ocupa poco sitio y sirve en todas partes. Todavía me falta decirles una cosa, señores: si alguno de ustedes se embriaga en la guerra, no le haré juzgar; le haré arrastrar como un perro hasta los carros, aunque sea el mejor kozako del ejército; y allí será fusilado y abandonado su cuerpo a los cuervos: un borracho en la guerra no es digno de sepultura cristiana. Jóvenes, en todas las cosas escuchen a los ancianos. Si una bala les hiere, o reciben un sablazo en la cabeza o en cualquier otra parte, no den a ello importancia alguna; echen un cartucho de pólvora en un vaso de aguardiente, bébanlo de un trago, y todo pasará. Ni siquiera tendrán fiebre. Y si la herida no es demasiado profunda, después de humedecer en la mano un poco de tierra con saliva, aplíquenla a ella. Ea, muchachos, manos a la obra aprisa, pero sin atropello.Así habló el kochevoi, y, concluido su discurso, todos los kozakos se pusieron a trabajar. Toda la sich se volvió sobria; no se hubiera podido encontrar en ella un solo borracho, como si nunca se hubiese hallado uno entre los kozakos. Los unos reparaban las ruedas o cambiaban los ejes de los carros; los otros amontonaban armas o sacos de provisiones, otros conducían los caballos y los bueyes. En todas partes resonaba el pataleo de las acémilas, el ruido de los arcabuzazos disparados al blanco, el choque de los sables contra las espuelas, los mugidos de los bueyes, el rechinamiento de los carros cargados, y la voz de los hombres hablando entre sí o excitando a sus caballos.Pronto, el tabor de los kozakos se extendió en una larga fila, marchando hacia la llanura. El que, hubiese querido recorrer de extremo a extremo toda la línea del convoy hubiera tenido mucho que correr. En la capilla de madera, el pope recitaba la oración de partida; rociaba a la multitud con agua bendita, y todos al pasar iban a adorar la cruz. Cuando el tabor se puso en movimiento alejándose de la sich, todos los kozakos se volvieron:–¡Adiós, madre nuestra –decían a una sola voz que Dios te guarde de toda desgracia!Al atravesar el arrabal, Taras Bulba vio a su judío Yankel que había tenido tiempo de establecerse en una tienda, y que vendía pedernal, tornillos, pólvora, y toda clase de útiles para la guerra, hasta pan y khalatchis.–¡Diablo de judío! –pensó Taras; y acercándose a él le dijo: –¿Qué haces aquí, loco? ¿Quieres que se te mate como a un gorrión?El judío, por toda respuesta, fue a su encuentro, y haciendo seña con ambas manos, y como si tuviese algo misterioso que declararle, le dijo:–Calle vuestra señoría, y no diga nada a nadie. Entre los carros del ejército, hay uno que me pertenece. Llevo toda clase de provisiones buenas para los kozakos, y por el camino, se las venderé a un precio tan barato, como nunca ningún judío las haya vendido, ante Dios, ante Dios.Taras Bulba se encogió de hombros viendo hasta dónde llegaba el poder de la naturaleza judía, y se reunió al tabor.

El Casamiento – Obra de Mykola Hóhol

Acto I

Habitación de un soltero.

Escena I

PODKOLÉSIN: (Solo, tendido sobre el sofá, con la pipa en la boca). Cuando uno medita en las horas de ocio, llega a la conclusión de que, finalmente, debe casarse. Después de todo… ¿qué? Uno vive, vive, y total… ¿de qué le sirve? Y parecería que todo está pronto y ahí tenemos a la casamentera, que viene aquí desde hace tres meses, ya. Palabra que ya me causa cierto malestar ver que… ¡Eh, Stepán!

Escena II

PODKOLÉSIN, STEPÁN.
PODKOLÉSIN: ¿No vino la casamentera?
STEPÁN: No.
PODKOLÉSIN: ¿Fuiste a casa del sastre?
STEPÁN: Fui.
PODKOLÉSIN: Y qué… ¿me cose el frac?
STEPÁN: Lo cose.
PODKOLÉSIN: ¿Y ha cosido mucho, ya?
STEPÁN: Bastante: ha empezado a hacer los ojales.
PODKOLÉSIN: ¿Qué dices?
STEPÁN: Digo que ya ha empezado a hacer los ojales.
PODKOLÉSIN: ¿Y no preguntó para qué necesitaba yo el frac?
STEPÁN: No, no lo preguntó.

PODKOLÉSIN: Quizá te haya dicho: ¿no querrá casarse tu patrón?

STEPÁN: No, no me dijo nada.
PODKOLÉSIN: Pero habrás visto en su taller otros fracs. Porque supongo que también coserá para otros ¿no es así?

STEPÁN: Sí, tiene muchos colgados ahí.

PODKOLÉSIN: Pero el paño de esos fracs no debe ser tan bueno como el mío ¿verdad?

STEPÁN: Sí, el del suyo es mejor.

PODKOLÉSIN: ¿Qué dices?
STEPÁN: Digo que el del suyo es mejor.
PODKOLÉSIN: Bueno. ¿Y no te preguntó el sastre por qué me hago el frac de un paño tan fino?

STEPÁN: No.

PODKOLÉSIN: ¿No preguntó si yo pensaba casarme, pongamos por caso?
STEPÁN: No, no lo preguntó.
PODKOLÉSIN: Pero le dijiste cuál es mi jerarquía en la administración pública y dónde sirvo ¿verdad?

STEPÁN: Se lo dije.

PODKOLÉSIN: ¿Qué te contestó?
STEPÁN: Dijo que haría todo lo posible para que el frac resultara bueno.
PODKOLÉSIN: Está bien. Vete.
(Stepán sale).


Escena III

PODKOLÉSIN (solo).
PODKOLÉSIN: Opino que el frac negro es más serio. Los de color convienen más a los secretarios, los consejeros de cuarta categoría y demás morralla. Resultan… un poco infantiles. Los que somos de jerarquía más alta debemos mantener, como se dice, el… ¡se me ha olvidado la palabra! ¡Una bonita palabra, pero se me ha olvidado! Sí, hermano: el consejero de tercera es prácticamente igual a un coronel, sólo que su uniforme no tiene charreteras. ¡Eh, Stepán!

Escena IV

PODKOLÉSIN, STEPÁN.
PODKOLÉSIN: ¿Compraste el betún?
STEPÁN: Sí.
PODKOLÉSIN: ¿Dónde lo compraste? ¿En el almacén del Voznecénsky Prospéct que te dije?

STEPÁN: En el mismo.

PODKOLÉSIN: ¿Y es bueno el betún?
STEPÁN: Bueno.
PODKOLÉSIN: ¿Probaste lustrar mis botas con ella?
STEPÁN: Probé.
PODKOLÉSIN: Y qué… ¿Brillan?
STEPÁN: Brillan bien.
PODKOLÉSIN: Y cuando el dueño del almacén te vendió el betún… ¿no pre-guntó para qué necesitaba el betún tu patrón?

STEPÁN: No.

PODKOLÉSIN: No te dijo: “¿Puede ser que tu patrón proyecte casarse?”
STEPÁN: No, no me dijo nada.
PODKOLÉSIN: ¡Bueno, vete!
(Stepán sale).

Escena V

PODKOLÉSIN (solo).
PODKOLÉSIN: Parecería que las botas son una bagatela y sin embargo, si están mal cosidas y el betún no es todo lo negro que hace falta, en la buena sociedad a uno no lo respetan como es debido. Se diría que… Y si aparecen callos, peor que peor. Estoy pronto a soportar lo que sea, menos los callos.

¡Eh, Stepán!

Escena VI

PODKOLÉSIN: Stepán.
STEPÁN: ¿Qué desea?
PODKOLÉSIN: ¿Le dijiste al zapatero que las botas no debían causarme callos?
STEPÁN: Se lo dije.
PODKOLÉSIN: ¿Y qué te contestó?
STEPÁN: Me contestó que estaba bien. (Se va).
<h4{escena vii

PODKOLÉSIN, luego STEPÁN.
PODKOLÉSIN: ¡Después de todo, un casamiento es algo que da trabajo, qué diablos! Esto y lo otro y lo de más allá. Esto y aquello debe estar como es debido. ¡No, qué demonios! Eso no es tan fácil como dicen. (Entra Stepán). Yo quería decirte, también…

STEPÁN: Ha venido la vieja.

PODKOLÉSIN: ¡Ah! ¿Ha venido? Hazla entrar. (Stepán sale). Sí, el casamiento es algo… algo que… algo difícil.

Escena VIII

PODKOLÉSIN y TECLA.
PODKOLÉSIN: ¡Hola! ¡Buenos días, Tecla Ivánovna! Bueno… ¿Y qué? Toma una silla, siéntate y cuenta. ¿Cómo va eso? ¿Cómo dijiste que se llamaba la…? ¿Melánia?

TECLA: Ágata Tijónovna.
PODKOLÉSIN: Sí, sí, Ágata Tijónovna. Seguramente, es alguna cuarentona…
TECLA: ¡Nada de eso! Si usted se casa con ella, me alabará y me lo agradecerá todos los días de su vida.

PODKOLÉSIN: ¡Mientes, Tecla Ivánovna!

TECLA: Ya estoy vieja, hijo mío, para mentir así como así.

PODKOLÉSIN: ¿Y la dote, la dote? Vuelve a contármelo.

TECLA: La dote es una casa de piedra en el barrio de la Moskóvska, de dos pisos, y con tanta renta que es un placer; el tendero solo paga setecientos rubios por su tenducho; y la cervecería del subsuelo atrae también a mucha gente; hay dos pabellones de madera, uno de ellos con cimientos de piedra, y que rinden cuatrocientos rubios de renta. Por el lado de Viborg, hay también una huerta. Hace ya tres años que la arrienda un mercader, y es un hombre muy sobrio, no bebe una sola gota de licor y tiene tres hijos: dos ya están casados, y en cuanto al tercero, el mercader dice: “Es joven, todavía; que se quede en el tenducho, para atender mejor a la clientela; yo, ya estoy viejo”.

PODKOLÉSIN: Pero… ¿y ella? ¿Cómo es ella, personalmente?
TECLA: ¡Una joya! Blanca, sonrosada, pura sangre y leche… Un deleite tal que cuesta pintarlo. Usted se sentirá contento hasta aquí (se señala la garganta) y les dirá al amigo y al enemigo: “¡Vaya con Tecla Ivánovna! ¡Cómo se lo agradezco!”.

PODKOLÉSIN: Pero no es hija de un oficial… ¿verdad?

TECLA: Es hija de un mercader de tercera. Pero tan altiva que no le toleraría una ofensa ni a un general. Ni siquiera quiere oír hablar de un novio mercader. “A mí, que me den cualquier marido, aun de aspecto insignificante, pero que sea noble”. ¡Sí, es una muchacha refinada! Y cuando se pone el vestido de seda de los domingos… bueno, ¡Dios me ampare! ¡Parece una duquesa!

PODKOLÉSIN: Por eso te lo he preguntado, precisamente; porque soy consejero de tercera y… ¿Comprendes?

TECLA: Pues, sí… ¿Cómo no he de comprender? Tuvimos a un consejero de tercera y lo rechazaron: no gustó. Tenía una extraña costumbre: palabra que decía, mentira que decía, y eso que su aspecto era tan serio… ¿Qué se podía hacer? Por lo visto, Dios lo había hecho así; él mismo lo lamentaba, pero no podía contenerse, tenía que mentir… Era la voluntad de Dios.

PODKOLÉSIN: Bueno… Y además de esa… ¿no tienes alguna otra por ahí?
TECLA: ¿Y para qué necesitas otra? Esa es la mejor.
PODKOLÉSIN: ¿De veras que es la mejor?
TECLA: Aunque recorras el mundo entero, no encontrarás otra que se le parezca.

PODKOLÉSIN: Lo pensaremos, lo pensaremos. Ven a verme pasado mañana. Volveremos a hacer lo mismo… ¿sabes? Yo me quedaré tendido aquí y tú me contarás.

TECLA: Pero, hijo mío… ¡Por piedad! Hace ya tres meses que vengo a verte, y nada: no haces más que estarte sentado en bata y fumando tu pipa.

PODKOLÉSIN: ¿Y tú crees, quizás, que casarse es lo mismo que decir “¡Eh, Stepán, dame las botas!”? ¿Que basta con ponérselas y buen viaje? Hay que reflexionarlo, mirarlo bien.

TECLA: Bueno… ¿Por qué no? Si quieres marido, míralo. Para eso está la mercadería, para mirarla. Pide que te traigan el caftán y ahora mismo, aprovecha esta hermosa mañana para ir a verla.

PODKOLÉSIN: ¿Ahora? Fíjate qué nublado está el tiempo. Si salgo, me puede sorprender la lluvia.

TECLA: ¡Peor para ti! Ya te asoman las canas y pronto no servirás para marido. ¿Te crees algo extraordinario por el hecho de ser consejero de tercera? Hemos visto cosas mejores. Tenemos entre manos a unos novios tales que ni siquiera te miraríamos.

PODKOLÉSIN: ¿Qué estupideces estás diciendo? ¿Qué ocurrencia es esa de que tengo canas? ¿Dónde están mis canas? (Se tantea los cabellos).

TECLA: ¿Cómo quieres que no las haya? Para eso, todo hombre envejece. No te gusta esta, no te gusta aquella. ¡Ten cuidado! Le he echado el ojo a un capitán que te lleva toda una cabeza. Tiene una voz de trueno y sirve en el almirantazgo.

PODKOLÉSIN: Mientes, me miraré en el espejo. ¿Qué ocurrencia es esa de las canas? ¡Eh, Stepán! ¡Tráeme el espejo! O, no, espera más bien. Iré yo mismo. Eso, Dios me libre, sería peor que la viruela. (Se va al cuarto contiguo).


Escena IX

TECLA y KOCHKARÉV. (Entra corriendo)
KOCHKARÉV: ¡Oye, Podkolésin!… (Al ver a Tecla). ¿Tú aquí? ¡Ah! ¿Oye? ¿Con quién diablos me casaste?

TECLA: ¿Y qué tiene de malo? Cumplió usted con la ley.

KOCHKARÉV: ¡Cumplí con la ley! ¿Crees que una esposa es algo nunca visto? ¿Acaso yo no podía vivir sin ella?

TECLA: Pero si tú mismo empezaste a insistirme: cásame, cásame, te lo ruego.

KOCHKARÉV: ¡Ah, vieja rata! Bueno… ¿Y para qué has venido aquí? ¿Acaso Podkolésin quiere…?

TECLA: ¿Por qué no? Dios lo iluminó.

KOCHKARÉV: ¿De veras? ¡Qué infame! ¡Y a mí no me dijo una sola palabra! ¡Vaya un individuo! Con que casándose a escondidas… ¿eh?

Escena X

DICHOS y PODKOLÉSIN (con el espejo en las manos, se mira fijamente en él).
KOCHKARÉV: (Acercándose furtivamente por detrás, lo asusta). ¡Puf!
PODKOLÉSIN: (Profiere un grito y deja caer el espejo). ¡Loco! Bueno… ¿Para qué… para qué…? Vaya una estupidez. Me asustaste de tal modo que tengo toda el alma revuelta.

KOCHKARÉV: ¡Bah! Sólo fue una broma.
PODKOLÉSIN: ¡Vaya con la broma! Todavía me dura el susto. Y, ya lo ves: he roto el espejo. Te advierto que no lo regalan: lo compré en un comercio inglés.

KOCHKARÉV: Bueno, bueno: ya te compraré otro.

PODKOLÉSIN: Sí, sí, me lo comprarás. Ya conozco esos espejos: cuando uno se mira en ellos, parece tener diez años más y la cara torcida.

KOCHKARÉV: Oye, soy yo quien tiene motivo para estar enojado contigo: a mí, tu amigo, me lo ocultas todo. ¡Piensas casarte!

PODKOLÉSIN: ¡Tonterías, no me propongo semejante cosa!

KOCHKARÉV: La prueba está a la vista. (Señala a Tecla). Ya sabes quién es ese pájaro. Bueno, bueno, el asunto no tiene nada de particular. Se trata de algo cristiano, hasta necesario para la patria. Me encargaré de esa tarea. (A Tecla). Vamos, habla: di cómo son las cosas, quién es y todo lo demás. ¿Es de la nobleza o comerciante o qué es? ¿Y cómo se llama?

TECLA: Ágata Tijónovna.
KOCHKARÉV: ¿Ágata Tijónovna Brandajlístova?
TECLA: ¡Oh, no…! Kuperdiáguina.
KOCHKARÉV: Vive en la calle de las Seis Tiendas… ¿verdad? Tecla. No, no; más bien cerca de Peski, en la bocacalle de Milni.

KOCHKARÉV: Aja… Sí. En la bocacalle de Milni, al lado de la tienda… ¿no es eso?

TECLA: No, junto a la cervecería.KOCHKARÉV: ¿A la cervecería? Entonces, ya no me lo explico.

TECLA: Pues cuando dobles la bocacalle, verás de frente una casilla; y después de pasar la casilla, dobla a la izquierda y entonces tendrás ante tus ojos una casa de madera, donde se aloja una costurera que vivió con el subsecretario del Senado. No en la casa de la costurera; junto a ella, hay otra casa, de piedra y ahí vive Ágata Tijónovna, la novia.

KOCHKARÉV: Bueno, bueno. Ahora, ya me encargaré de todo: puedes irte. Ya no te necesitamos.

TECLA: ¡Cómo! ¿Tú mismo quieres concertar la boda?

KOCHKARÉV: Yo mismo, yo mismo: no te metas.
TECLA: ¡Ah, desvergonzado! Pero… ¡Si eso no es cosa de hombres! ¡Apártate, hijo, apártate de ese asunto!

KOCHKARÉV: ¡Vete, vete! No entiendes nada, no te metas. Métete en lo tuyo… ¡Fuera de aquí!

TECLA: ¡Sólo piensas en quitarles el pan a los demás, hereje! ¿No te avergüenza meterte en semejante bagatela? De haberlo sabido, no te habría dicho nada. (Se va, con aire de despecho).

Escena XI

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV.
KOCHKARÉV: Bueno, hermano. Este asunto no puede postergarse: en marcha.
PODKOLÉSIN: Pero si todavía no he decidido nada. Sólo he pensado…
KOCHKARÉV: ¡Tonterías, tonterías! Bastará con que no pierdas la serenidad: te casaré de tal modo que ni siquiera te enterarás. Ahora mismo iremos a ver a la novia y verás cómo se hará todo en un santiamén.

PODKOLÉSIN: ¡Vaya una ocurrencia! ¡Ir inmediatamente!
KOCHKARÉV: ¿Y por qué hemos de esperar? Dime… ¿Por qué? Reflexiona tú mismo. ¿Para qué te sirve tu vida de soltero? Mira tu cuarto: ¿qué ves en él? Ahí, una bota sin lustrar, allá la jofaina del lavabo, más allá un montón de tabaco sobre a mesa; y tú, te pasas el día tendido como un holgazán, bostezando.

PODKOLÉSIN: Es verdad. Reconozco que aquí no hay orden.

KOCHKARÉV: En cambio, cuando tengas esposa, no te reconocerás a ti mismo ni reconocerás tu cuarto; aquí habrá un diván, un perrito, algún canario en su jaula, un trabajo de costura. E imagínate que estás sentado en el diván… y de repente se te arrima una mujercita, una linda mujercita, y te acaricia así… con su pequeña mano…

PODKOLÉSIN: ¡Ah, qué diablos! Si bien se piensa, hay manitos que parecen de leche…

KOCHKARÉV: ¡Hombre! ¡Cualquiera diría que las mujeres sólo tienen manitos! Tienen, hermano… ¡Bueno, a qué hablar! ¡Tienen de todo, qué diablos!

PODKOLÉSIN: Para serte franco, me gusta ver sentada a mi lado a una linda mujercita.

KOCHKARÉV: Bueno, ya lo ves, tú mismo has digerido el asunto. Ahora, sólo falta tomar las medidas necesarias. No te preocupes de nada. El almuerzo nupcial y todo lo demás… corre por mi cuenta. Habrá que encargar por lo menos una docena de botellas de champaña: menos imposible, hermano, También hará falta media docena de botellas de Madera. La novia, sin duda, tendrá su legión de tías y comadres… y esas, no quieren saber de bromas. En cuanto al vino del Rhin, que se lo lleve el diablo… ¿no te parece? En lo que respecta al almuerzo, tengo en vista a un cocinero que es una maravilla: da de comer en tal forma que uno después ni siquiera está en condiciones de levantarse.

PODKOLÉSIN: ¡Hombre! Tomas el asunto con tanto apasionamiento que se diría que realmente me voy a casar pronto.

KOCHKARÉV: ¿Y por qué no? ¿Por qué postergar la boda? Tú estás de acuerdo… ¿verdad?

PODKOLÉSIN: ¿Yo? Bueno, no… no estoy completamente de acuerdo.

KOCHKARÉV: ¡Ahora, salimos con esas! ¡Pero si acabas de decirme que quieres casarte!

PODKOLÉSIN: Sólo dije que no estaría mal.

KOCHKARÉV: ¡Hermano…! Pero si nosotros ya íbamos a… Veamos… ¿Acaso no te gusta la vida de casado?

PODKOLÉSIN: Sí, me gusta.

KOCHKARÉV: ¿Y entonces? ¿Qué obstáculos ves?
PODKOLÉSIN: Ninguno, el asunto me parece un poco raro…
KOCHKARÉV: ¿Qué tiene de raro?
PODKOLÉSIN: ¿Cómo no ha de serlo? Me ha pasado tanto tiempo sin casarme, y ahora, de repente, me caso…

KOCHKARÉV: Vamos, vamos… ¿No tienes vergüenza? No, ya lo veo: contigo, hay que hablar seriamente; te seré franco, como un padre con su hijo. Bueno, mírate con atención, como me miras a mí, por ejemplo. ¿Qué eres, ahora? Un alcornoque cualquiera, una cosa sin sentido. ¿Para qué vives? Va-mos, mírate en el espejo. ¿Qué ves? Una cara estúpida y nada más. Y aquí, imagínate, a tu lado habría chiquillos, y quizás no sólo dos o tres sino no menos de media docena, y todos igualitos a ti, como una gota de agua a otra. Ahora estás solo, eres un simple consejero de tercera o jefe de sección o lo que sea; y entonces, en cambio, a tu alrededor habrá varios consejeritos, y algunos de esos bribonzuelos te tirará de la barba y tú te limitarás a aullarle como un perrito: “¡Guau, guau, guau!” Bueno… Dímelo tú mismo… ¿Hay algo mejor que eso?

PODKOLÉSIN: Pero si todos esos chiquillos son muy traviesos… Lo estropearán todo, me dispersarán los papeles.

KOCHKARÉV: ¡Qué hagan travesuras…! Pero todos se te parecerán; eso es lo que importa.

PODKOLÉSIN: En realidad, el asunto hasta resulta gracioso, qué diablos: ¡pensar que un cachorro semejante, que no levanta dos palmos del suelo, pueda ya parecérsele a uno!

KOCHKARÉV: ¡Cómo no ha de ser gracioso! ¡Claro que lo es! Vamos, pues.
PODKOLÉSIN: Bueno, vamos.
KOCHKARÉV: ¡Eh, Stepán! Dale pronto la ropa a tu patrón, que se va a vestir.
PODKOLÉSIN: (Vistiéndose ante el espejo). Creo, con todo, que me convendría usar el chaleco blanco.

KOCHKARÉV: ¡Tonterías! Tanto da.

PODKOLÉSIN: (Poniéndose el cuello). ¡Maldita lavandera! Me ha almidonado tanto los cuellos que no hay forma de sujetarlos. Stepán, dile que si me sigue planchando así la ropa le encargaré el trabajo a otra. Seguramente, en vez de planchar se pasa el tiempo con sus amantes.

KOCHKARÉV: ¡Vamos, hermano, date prisa! ¡Qué lento eres!

PODKOLÉSIN: Ya va, ya va. (Se pone el frac y se sienta). Oye, lliá Pómich. ¿Sabes una cosa? Ve tú sólo. Kochkarév. ¡Ésa sí que es buena! ¿Te has vuelto loco? ¡Que vaya yo solo! Pero… ¿quién se casa? ¿Tú o yo?

PODKOLÉSIN: ¡De veras…! No sé por qué, no tengo muchas ganas. Dejémoslo para mañana.

KOCHKARÉV: Vamos… ¿Te queda un átomo de sentido común? ¿No se podría decir que eres un alcornoque? Ya estás preparado para salir… ¡y, de pronto, dices que no hace falta! Vamos, dime, por favor… ¿No mereces que te llame cerdo y bribón, a fin de cuentas?

PODKOLÉSIN: Bueno… ¿Por qué me insultas? ¿Para qué? ¿Qué te he hecho?

KOCHKARÉV: ¡Eres un estúpido, un estúpido a carta cabal, eso lo dirá cualquiera! ¡Un estúpido, aunque seas consejero de tercera! Vamos a ver… ¿Por quién me preocupo? Pienso en tu bien. ¡Maldito solterón! ¡Hete ahí tendido como un tronco! Vamos, dime. ¿Qué pareces, así? Eres un imbécil, una porquería… Hasta diría una palabra… pero sería demasiado indecente. ¡Mujer! ¡Eres peor que una mujer!

PODKOLÉSIN: Bueno eres tú también, después de todo. (En voz baja). ¿Has perdido el juicio? ¡A dos pasos de nosotros está mi criado y me insultas en su presencia y con qué palabrotas! ¿No encontraste un lugar mejor?

KOCHKARÉV: ¿Cómo no te he de insultar, dímelo? ¿Quién no haría lo mismo, en mi lugar? ¿Quién dejaría de insultarte? Como un hombre respetable, habías resuelto casarte, te portabas razonablemente y de pronto… porque sí, por mera estupidez, so alcornoque…

PODKOLÉSIN: ¡Bueno, basta ya, iré! ¿A qué tanto grito?

KOCHKARÉV: ¡Iré! Claro… ¿Qué otra cosa podrías hacer? (A Stepán). Dale el sombrero y el capote.

PODKOLÉSIN: (En el umbral). ¡Qué hombre tan raro! No hay forma de entenderse con él: lo insulta a uno por cualquier cosa. No sabe de buenos modales.

KOCHKARÉV: Se acabó. Ya no te insulto. (Ambos salen).


Escena XII

Habitación en casa de ÁGATA TIJÓNOVNA.
ÁGATA TIJÓNOVNA echa un solitario; su tía ARINA PANTELEIMÓNOVNA observa.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Otro camino, tía! Se interesa no sé qué rey de corazones… hay lágrimas… una carta de amor; por la izquierda, se muestra afectuoso el rey de pique, pero una malvada le estorba.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y quién podría ser, en tu opinión, el rey de pique?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No lo sé.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pues yo sí lo sé.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Quién es?
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Un buen compañero, Alejo Dmitrievich Starikóv.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Eso sí que no, con seguridad. ¡Apostaría a que no!
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: No discutas, Ágata Tijónovna. ¡Su cabello es tan rubio! No hay otro rey de pique.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Te digo que no: el rey de pique significa aquí a un noble… A un mercader, le costaría pasar por el rey de pique.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Ah, Ágata Tijónovna! ¡Por cierto que no dirías eso si viviera aún tu padre Tijón Panteleimónovich! El difunto solía asestar un puñetazo sobre la mesa y gritar: “¡Que se vaya al infierno el que se avergüence de ser mercader! ¡Y no casaré a mi hija con un coronel! ¡Que eso lo hagan otros! Y a mi hijo, no le haré servir en la administración pública. ¿Acaso un mercader no sirve al zar a su manera, tanto como cualquier otro? Y descargaba el puño sobre la mesa. ¡Y tenía una manota como un balde! A decir verdad, vapuleó bastante a tu madre. De lo contrario, la difunta habría vivido más tiempo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Y yo, podría tener un marido tan malvado como él! ¡No me casaré con un mercader por nada del mundo!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Si Alejo Dmitrievich no es así!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡No quiero, no quiero! Tiene barba. Apenas empieza a comer, todo se le escurre por la barba. ¡No, no quiero!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero… ¿dónde se podría conseguir un buen noble? En la calle no, por cierto.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Tecla Ivánovna lo encontrará: ha prometido encontrar algo de lo mejor.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero… ¡si es una embustera, tesoro mío!


Escena XIII

DICHAS y TECLA.
TECLA: ¡Oh, no! ¡Es pecado hablar de los ausentes sin motivo, Arina Panteleimónovna!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah, es Tecla Ivánovna! ¡Bueno, vamos, habla, cuenta! ¿Hay?

TECLA: Hay, hay, pero déjame tomar aliento… ¡He estado tan atareada! Para cumplir tu encargo he estado en todas partes, me he arrastrado por las oficinas públicas, por los ministerios, hasta por las comisarías… ¿Sabes que poco faltó para que me pegaran? ¡Te lo juro! La vieja que casó a las de Aférov se me acercó con aire amenazador y me dijo: “¡Condenada, me quitas el pan! ¡Estás trabajando fuera de tu distrito!” “¿Y qué?” –repliqué, sin ambages–. Tratándose de mi señorita, perdona, pero no ahorraré esfuerzos, quiero dejarla satisfecha”. ¡Y hay que ver los novios que te he preparado! El mundo seguirá rodando, pero nunca se han visto novios semejantes. Hoy, vendrán varios. Vine corriendo especialmente para avisarte.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Cómo hoy? ¡Tecla Ivánovna, alma mía, tengo miedo!

TECLA: ¡No temas, querida! Vendrán a ver y nada más. Y tú, los mirarás a ellos: si no te gustan, se irán.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Bueno, supongo que se los habrás traído buenos!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y cuántos son? ¿Muchos?

TECLA: Seis.
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Con un gritito). ¡Oh!
TECLA: ¿Por qué te alborotas tanto, tesoro? Así, podrás elegir mejor: si no te sirve uno, te servirá otro.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Son nobles?

TECLA: Las perlas mismas de la nobleza, a cual mejor: de esos nobles que no se han visto todavía.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Vamos, dime… ¿Cómo son? ¿Cómo son?

TECLA: Todos buena gente, unos hombres magníficos, como es debido. El primero, Baltasar Baltasárovich Gevákin, ha servido en la marina. Dice que le gustan las novias de buen físico, nada de anémicas. E Iván Pávlovich, el agente fiscal, es tan importante que hasta resulta difícil abordarlo. ¡Es tan corpulento, tan gordo! Y, de repente, me empieza a gritar: “A mí, no me vengas con que la novia es tal o cual, a mí dime sin rodeos cuáles son sus propiedades y sus bienes muebles”. ¡Tanto de esto y tanto de lo otro, señor mío! “¡Mientes, hija de perra!” Y agrega otra palabrota tan fuerte que hasta me avergüenza repetirla. Yo inmediatamente, comprendí: ¡debía ser un hombre muy importante!

ÁGATA TIJÓNOVNA: Bueno… ¿Y quién más?

TECLA: Nicanor Ivánovich Anúchkin. ¡Un hombre tan delicado! Y con sus labios como guindas, palabra. ¡Guapísimo! “Lo que yo necesito –me dijo– es que la novia sea bonita y educada y sepa hablar el francés”. Sí, un hombre muy fino, educado a la alemana, eso se ve a la legua, y pequeño, flacucho, de piernas delgadas.

ÁGATA TIJÓNOVNA: No, a mí esos flacuchos no me gustan… No sé. Pero… ¡No les veo nada de atrayente…!

TECLA: Si te gustan más macizos, ahí lo tienes a Iván Ivánovich. Imposible elegir mejor. Ese sí que no hay nada que decir, es todo un caballero. No entra por esa puerta.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y qué edad tiene?
TECLA: Es joven. Tendrá unos cincuenta años, y aún quizás no los tenga.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y cómo se llama?
TECLA: Iván Pávlovich Iaíchnitza.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Eso es un apellido?
TECLA: Un apellido.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah, Dios mío, qué apellido! Pero, Tecla de mi alma… Si me casara con él, me llamaría de la noche a la mañana Ágata Tijónovna Iaíchnitza! ¡Dios mío!

TECLA: Hija mía, en Rusia hay unos apellidos que, cuando uno los oye, sólo puede escupir y santiguarse. Bueno, si no te gusta ese, ahí lo tiene a Baltasar Baltasárovich Gevákin… un novio que es una joya.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Cómo tiene el cabello?
TECLA: Lindo, lindo.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y la nariz?
TECLA: Y… y la nariz, también es linda; todo lo tiene en su lugar; lo que se llama un novio de primera. Pero no lo tomes a mal: en su casa, sólo tiene una pipa: ni un mueble.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Quién más hay?
TECLA: Akinfo Stepánovich Panteléev, funcionario, consejero de tercera, un poco tartamudo, pero muy modesto.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Tú, dale que dale con lo de funcionario! Dinos si no es bebedor; eso es lo que queremos saber.

TECLA: ¡Oh, en cuanto a eso, bebe, no puedo negarlo! Para eso es consejero de tercera. En cambio, es una seda.

ÁGATA TIJÓNOVNA: No, no quiero que mi marido sea un borracho.

TECLA: ¡Como gustes, tesoro! Si no quieres al uno, toma a otro… Por lo demás… ¿qué importa si alguna vez un hombre bebe una copa de más? Después de todo, ese no se pasa toda la semana borracho: hay días en que no bebe.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Bueno. ¿Y quién más está?

TECLA: Hay otro, pero ese… ¡Dios le ayude! Los que te dije son mejores.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿quién es?
TECLA: Yo no quisiera ni aun hablarte de él. Es consejero de tercera y luce una orden en la solapa, pero es tan difícil de mover que no hay modo de sacarlo de su casa.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Bueno… ¿Y quién más? Sólo hay cinco y me hablaste de seis.

TECLA: Pero… ¿acaso no te basta con cinco? Te habías asustado de la media docena y ahora… ¡mira qué alborotada estás!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y qué quieres que hagamos con tus nobles? Aunque son seis, un solo mercader vale por todos ellos. Tecla. ¡Oh, no, Arina Panteleimónovna! Un noble es más respetable.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y de qué nos sirve que sea respetable? Ahí lo tienes a Alejo Dmítrievich, que cuando pasa en trineo y con su gorra de piel…

TECLA: Y si se encuentra con un noble de charreteras, el noble le dice: “¡Eh, mercader de tres al cuarto, apártate de mi camino!” O, si no: “¡A ver, mercader, muéstrame la mejor seda que tengas!” Y el mercader responde: “¡A sus órdenes, señor!” Y el noble le grita: “¡Vamos, quítate el sombrero, mal educado!” He ahí lo que le dice un noble.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero el mercader, si quiere, no le da paño al noble y el noble tiene que andar como Dios lo echó al mundo.

TECLA: Entonces, el noble le da una buena zurra al mercader.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Y el mercader se va a quejar a la policía.
TECLA: Y el noble se va a quejar a un senador.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Y el mercader, al gobernador.
TECLA: Y el noble…ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Mientes, mientes! ¡Un gobernador es más que un Senador! ¡Mira qué modo de alardear con su noble! Y el noble, cuando hace falta, agacha tanto el espinazo como… (Suena la campanilla de la puerta de calle). Parece que llaman.

TECLA: ¡Oh, son ellos!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Quién, ellos?
TECLA: Pues ellos… Alguno de los novios.
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Sobresaltada). ¡Ah!
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Dios mío, apiádate de nosotras las pecadoras! ¡Qué desorden hay aquí! (Agarra todo lo que está sobre la mesa y corre por el cuarto). Y la servilleta, la servilleta de la mesa está completamente negra. ¡Duniáshka! ¡Duniáshka! (Aparece Duniáshka). ¡Pronto, una servilleta limpia! (Retira de un tirón la servilleta y da vueltas por la habitación frenéticamente).

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ay, tía! ¿Cómo hago? Estoy casi en camisa.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Corre a vestirte, pronto! (Da vueltos frenéticamente por la habitación. Duniáshka trae una servilleta, vuelve a sonar la campanilla). ¡Corre, dile que ya va! (Duniáshka grita desde lejos: “¡Ya va!”).

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Tía! ¡Pero si mi vestido no está planchado!
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Ay, Dios misericordioso! ¡Sálvanos de este trance! Ponte otro.

TECLA: (Entra corriendo). ¿Y por qué no salen? ¡Pronto, Ágata Tijónovna, tesoro mío! (Se oye el timbre). ¡Oh! ¡Pero si todavía está esperando!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Duniáshka, hazlo entrar y pídele que espere. (Duniáshka corre y se la oye abrir la puerta. Se distinguen voces: “¿Está en casa?” “Sí, está, haga el favor de pasar”. Las mujeres, con curiosidad, tratan de atisbar por el ojo de la cerradura).

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Con sobresalto). ¡Oh, qué gordo!

TECLA: ¡Viene, viene! (Todas salen corriendo).

Escena XIV

IVÁN PAVLÓVICH IAÍCHNITZA y DUNIÁSHKA.
DUNIÁSHKA: Espere aquí. (Sale).

IAÍCHNITZA: Bueno, si de esperar se trata, esperaremos, siempre que no demoren mucho; a duras penas pude hacer una escapada del ministerio. Y si, de pronto, el jefe preguntara: “¿Dónde está el agente fiscal?” “Fue a ver a una novia”. ¡Me pondría como nuevo con la novia! Por lo demás, vamos a releer el detalle de los bienes… (Lee). “Una casa de piedra de dos pisos…” (Alza los ojos y pasea la mirada por la habitación), ¡Está! (Sigue leyendo).”Tiene dos pabellones: uno de cimientos de piedra, otro de madera…” Bueno, el de madera no vale gran cosa…” Un birlocho, un trineo con un tallado debajo de la alfombra”. Serán de esos que sólo sirven para venderlos como trastos viejos. Pero la vieja asegura que son de primer orden, Bueno, supongamos que lo sean. “Dos docenas de cucharas de plata…” Claro, en una casa hacen falta cucharas de plata. “Dos abrigos de piel de zorro…” ¡Hum! “Cuatro colchones grandes de plumas y dos pequeños”. (Aprieta los dientes, con aire significativo). “Una docena de vestidos de seda y otra de vestidos de sarga, dos camisas de noche, dos… Bueno, esto son bagatelas. “Ropa Interior, servilletas. Eso, que sea como ella quiera. Ahora quizás te prometan una casa y un birloche y un trineo… y cuando te cases, tal vez sólo encuentres colchola carrera la habitación para abrir la puerta. Se oyen voces: “¿Está en casa?” “Sí, está”).

Escena XV

IVÁN PAVLÓVICH y ANÚCHKIN.
DUNIÁSHKA: Espere aquí. Saldrán a recibirlo. (Sale. Anúchkin saluda a Iaíchnitza).

ANÚCHKIN: ¿Tengo el honor de saludar al padre de la encantadora dueña de casa?

IAÍCHNITZA: De ningún modo, no soy su padre ni mucho menos. Ni siquiera tengo hijos.

ANÚCHKIN: ¡Ah, perdón, perdón!

IAÍCHNITZA: (Aparte). La fisonomía de ese hombre me parece sospechosa. ¿No habrá venido con el mismo fin que yo? (En voz alta). ¿Supongo que usted viene a ver a la dueña de casa por algún asunto?

ANÚCHKIN: No, no me trae ningún asunto. Sólo entré de paso… estaba paseando.

IAÍCHNITZA: (Aparte). ¡Miente, miente! ¡Ese paseo es una patraña! ¡Lo que quiere el bribón, es casarse! (Suena la campanilla. Duniáshka se precipita a abrir, cruzando la escena. Se oyen voces: “¿Está en casa?” “Sí, está”).

Escena XVI

DICHOS y GEVÁKIN, acompañado por la sirvientita.
GEVÁKIN: (A Duniáshka). Por favor, querida, límpiame un poco la ropa… ¡En la calle, me he cubierto de polvo! Mira, quítame esa plumita… (Volviéndose). ¡Eso es! Gracias, tesoro. Espera, fíjate… ¡Parece que ahí se arrastra una arañita! ¿Y atrás en los faldones, no tengo nada? ¡Gracias, ángel mío! Parece que aquí hay algo más. (Se trota con la mano la manga del frac y mira furtivamente a Anúchkin y a Iaíchnitza). ¡El paño es inglés, después de todo! ¡Y hay que ver el resultado que da! Lo compré y me hice confeccionar un uniforme cuando era aún contramaestre en 1785, y nuestra flota estaba en Sicilia; en 1801, con Pável Petróvich, me hicieron teniente… y el paño seguía estando flamante; en 1804, di la vuelta al mundo y apenas se gastaron un poco las costuras; en 1815, pedí el retiro y simplemente me hice dar vuelta el uniforme; y hace 10 años que lo llevo y está como nuevo. Gracias, querida… ¡tesorito! (Le oprime la mano y acercándose al espejo, se revuelve un poco el cabello).

ANÚCHKIN: ¿Y qué tal es… permítame que le pregunte… esa Sicilia… a la cual acaba de referirse? ¿Un hermoso país?

GEVÁKIN: ¡Oh, espléndido! Pasamos allí treinta y cuatro días; el paisaje, les aseguro a ustedes, es encantador. ¡Unas montañas, algún granado, y por todas partes unas italianitas que dan ganas de comérselas a besos!

ANÚCHKIN: ¿Y son cultas?
GEVÁKIN: ¡Extraordinariamente! Tanto como nuestras condesas, por ejemplo. A veces, uno se pasea por la calle… bueno, un oficial ruso, naturalmente, luce sus charreteras. (Señala los hombros). Y tiene el uniforme recamado en oro, y cuando ve allí a esas beldades morenas… asomadas a los balcones… porque allí todas las casas tienen sus balcones y terrazas, chatas como ese piso… Naturalmente, para no hacer mal papel, uno… (Se inclina y hace un ademán) y ella le contesta con lo mismo. (Hace otro ademán). Naturalmente, las italianitas visten muy bien: algún volado, un cordoncito, unos aretes… ¡en fin, lo que se llama un bocado principesco!

ANÚCHKIN: Y, permítame que le pregunte… ¿Qué idioma hablan en Sicilia?
GEVÁKIN: ¡Oh! Naturalmente, el francés.
ANÚCHKIN: ¿Y todas las damas lo conocen?
GEVÁKIN: Todas, sin excepción. ¡Le parecerá increíble, pero vivimos allí treinta y cuatro días y en todo ese tiempo no oí una sola palabra de ruso!

ANÚCHKIN: ¿Ni una sola?

GEVÁKIN: Ni una sola. No hablo ya de los nobles y demás caballeros: pero tomemos a un simple campesino de Sicilia que se gana la vida cargando al hombro cualquier bagatela y digámosle: “Dame pan, hermano”, y no lo entenderá a uno, se lo juro; pero dígale usted en cambio en francés “Dateci del pane” o “portate vino” y el muy bribón lo comprenderá en seguida y correrá a buscarlo.

IVÁN PAVLÓVICH: Esa Sicilia debe ser un país muy curioso. ¿Cómo es el campesino a quien acaba de referirse…? ¿Idéntico al mujik ruso… ancho de espaldas? ¿Labra la tierra?

GEVÁKIN: No sabría decírselo: no miré si labraban la tierra o no; pero en cuanto a oler tabaco, le aseguro que no sólo lo huelen, sino que hasta lo mastican. El transporte es allí muy barato: casi no hay más que agua y por todas partes se ven góndolas. ¡Y las italianitas son unas divinidades! ¡Todas de punta en blanco, con su pañuelito en la manga! Con nosotros, había también oficiales ingleses, gente como la nuestra, marinos… y al principio nos sentíamos muy incómodos. Pero cuando nos conocimos bien, empezamos a entendernos a las mil maravillas. Bastaba con señalar así una botella o un vaso… e inmediatamente comprendían que queríamos beber; uno se acercaba el puño así a la boca y hacía con los labios “paf, paf”, y eso significa fumar en pipa. En general, debo confesarles que el idioma es bastante fácil… nuestros marineros empezaron a entenderse con los ingleses a los tres días.

IVÁN PAVLÓVICH: Por lo visto, la vida en el extranjero es muy interesante. Me encanta encontrarme con un hombre que conoce mundo. Permítame preguntarle… ¿Con quién tengo el honor de hablar?

GEVÁKIN: Gevákin, teniente de la marina retirado. Permítame preguntarle, por mi parte… ¿Con quién tengo el privilegio de platicar?

IVÁN PAVLÓVICH: Soy Iván Pavlóvich Iaíchnitza, agente fiscal.

GEVÁKIN: (Que no ha oído bien). Sí, yo también comí algo por el camino. Me faltaba un buen trecho y hacía frío: me comí un arenque con pan.

IVÁN PAVLÓVICH: No, creo que usted no me interpretó bien: mi apellido es Iaíchnitza.

GEVÁKIN: (inclinándose). ¡Ah, perdón! Soy un poco sordo. Creí haberle oído decir que había comido una tortilla de huevos fritos.

IVÁN PAVLÓVICH: ¡Qué le hemos de hacer! Le pedí a mi jefe que me permitiera cambiar mi apellido por el de Iaíchnizin, pero él se negó, diciendo: “Sonará a sobáchiisin (Hijo de puta (N. del T.))

GEVÁKIN: Esas cosas suceden. En nuestra tercera flota, todos los oficiales y marineros tenían unos apellidos rarísimos: Pomóikin, Sáizev Liubopítni (Agua sucia, curioso) Y hasta había un buen contramaestre que se llamaba, pura y simplemente, Dirka (Agujero)
(Se oye la campanilla de la puerta de calle: Tecla cruza corriendo la escena para abrir).

IAÍCHNITZA: ¡Hola, querida!

GEVÁKIN: ¡Eh! ¿Qué tal, tesoro?
ANÚCHKIN: ¡Hola, Tecla Ivánovna!
TECLA: (Sin detenerse). ¡Bien, bien, gracias, hijos míos! (Abre la puerta y se oyen voces: “¿Está en casa?” “Sí que está”. Luego, se oyen confusamente algunas palabras más, a las cuales Tecla responde, con fastidio: “¡Vaya la ocurrencia!”).

Escena XVII

DICHOS, KOCHKARÉV, PODKOLÉSIN y TECLA.
KOCHKARÉV: (A Podkolésin). No te olvides simplemente de tener valor, eso es lo principal. (Mira a su alrededor, se inclina saludando, con cierto asombro y dice para sí). ¡Caramba, vaya una multitud! ¿Qué significa esto? ¿No serán novios? (Le propina un codazo a Tecla y le dice, en voz baja). Has reunido cuervos de todas partes… ¿eh?

TECLA: (En voz baja). Aquí no hay cuervos: todos son hombres honrados.
KOCHKARÉV: (A Tecla). Y, seguramente, de bolsillos agujereados. (En voz alta). Pero… ¿qué estará haciendo ahora esa dama? Esta puerta debe dar a su alcoba. (Se acerca a la puerta).

TECLA: ¡Desvergonzado! Ya te han dicho que se está vistiendo.
KOCHKARÉV: ¡Bah! ¿Y qué? Sólo echaré un vistazo y nada más. (Mira por la cerradura).

GEVÁKIN: Permítame curiosear también a mí.

IAÍCHNITZA: Déjeme echar una miradita, una sola.
KOCHKARÉV: (Sigue mirando). Pero… ¡no se ve nada, señores! ¡Y cualquiera adivina qué es eso blanco que se ve, si una mujer o una almohada! (Todos han rodeado la puerta y se abren paso para mirar). ¡Chist! Alguien viene.

(Todos se apartan de la puerta, de un salto).


Escena XVIII

DICHOS, ARINA PANTELEIMÓNOVNA y ÁGATA TIJÓNOVNA.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: (A Iaíchnitza). ¿Cuál es el motivo de su visita?
IAÍCHNITZA: He sabido por los diarios que ustedes quieren presentarse a licitación para proveer madera y leña, y por eso, como agente fiscal que soy, he venido a averiguar qué madera ofrecen y en qué cantidad y tiempo pueden proporcionarla.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Aunque no nos proponemos presentarnos a ninguna licitación, nos alegramos de su visita. ¿Su apellido?

IAÍCHNITZA: Iván Pavlóvich Iaíchnitza, consejero de cuarta categoría.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Tenga la bondad de sentarse. (Volviéndose hacía Gevákin, y mirándolo). Permítame preguntarle…

GEVÁKIN: Yo también leí en los diarios un aviso sobre no sé qué. Y me dije: bueno, vamos. El tiempo estaba hermoso, el camino cubierto de césped…

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Su apellido?

GEVÁKIN: Soy el teniente de marina retirado Baltasar Baltasárovich Gevákin. Hubo antes de mí otro Gevákin, pero se retiró antes que yo: lo hirieron debajo de la rodilla y la bala pasó de una manera tan extraña, que no tocó la rodilla sino que rozó la vena… y se diría que la cosió con un aguja, de tal modo que cuando uno estaba parado junto a él parecía a cada momento que quería propinarle un rodillazo.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Sírvase sentarse. (A Anúchkin). ¿Podría saberse a qué debemos su visita?

ANÚCHKIN: Por razones de vecindad. Estando bastante cerca de aquí…

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿No vive usted por casualidad en casa de la esposa del mercader Tulúbov, que está enfrente?

ANÚCHKIN: No, por ahora vivo todavía en los Pesky, pero me propongo mudarme con el tiempo a esta parte de la ciudad…

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Le ruego que se siente. (A Kochkarév). Permítame preguntarle…

KOCHKARÉV: Pero… ¿acaso no me conoce? (Volviéndose hacia Ágata Tijónovna). ¿Y usted también, señorita?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No recuerdo haberlo visto nunca.

KOCHKARÉV: Haga memoria: usted debe haberme visto en alguna parte.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Francamente, no sé. ¿No será en casa de los Biriúchkin?
KOCHKARÉV: Precisamente, fue en casa de los Biriúchkin.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah! Usted no sabe la desgracia que le pasó a la pobre.
KOCHKARÉV: Sí, ya sé, se casó.
ÁGATA TIJÓNOVNA: No, eso no sería nada: se fracturó la pierna.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Y qué fractura! Volvía muy tarde a su casa en coche, el cochero estaba borracho y volcó.

KOCHKARÉV: Sí, sí, recuerdo que le sucedió algo: no sé si se casó o se fracturó la pierna.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y su apellido?

KOCHKARÉV: llyá Fómich Kochkarév soy pariente de ustedes, mi mujer habla de eso sin cesar… Permítanme, permítanme, (Toma de la mano a Podkolésin y lo acerca): mi amigo Iván Kúsmich Podkolésin, consejero de tercera, jefe de su sección, lo hace todo solo, ha perfeccionado a fondo sus tareas.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y su apellido es…?

KOCHKARÉV: Podkolésin, ¡van Kúsmich Podkolésin. El director de la repartición ocupa su puesto por mera fórmula, pero todo lo hace él, Iván Kúsmich Podkolésin.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Ajá! Tenga la bondad de sentarse.

Escena XIX

DICHOS y STARIKÓV.
STARIKÓV: (Inclinándose ágil y rápidamente, a la manera de los mercaderes y con los brazos en jarras), ¡Salud, Arina Panteleimónovna! ¡La gente del patio de Los Huéspedes me dijo que usted tenía en venta lana!

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Volviéndole la espalda a medias con desdén, en voz baja pero de tal modo que Starikóv la oiga). Esto no es una tienda.

STARIKÓV: ¡Vaya, vaya! ¿Habré llegado en mal momento? ¿O se la han vendido a otro?

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Siéntese, Alejo Dmítrievich; aunque no vendemos lana, le agradecemos la visita. Tenga la bondad de sentarse.Todos se sientan. Reina el silencio.

IAÍCHNITZA: ¡Qué tiempo curioso! Por la mañana, parecía que iba a llover y ahora el cielo está lindo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí, este tiempo es incomprensible: de pronto aclara, de pronto llueve. Resulta muy desagradable.

GEVÁKIN: Cuando estábamos con la flota en Sicilia, en primavera, el tiempo era así: uno salía de casa con un sol radiante y luego empezaba a lloviznar.

IAÍCHNITZA: Lo más desagradable es estar solo con semejante tiempo. Cuando un hombre es casado, el asunto cambia por completo: pero si está solo, es simplemente…

GEVÁKIN: ¡Oh, la muerte, la propia muerte!
ANÚCHKIN: Sí, puede decirse que…
KOCHKARÉV: ¡Es una tortura! ¡Uno se harta de la vida! No quiera Dios que uno deba pasar por ese trance.

IAÍCHNITZA: ¿Y si usted tuviera que elegir novio, señorita? Permítanos conocer su gusto y perdone que le hable con tanta franqueza. ¿Qué carrera le parece más adecuada para un marido?

GEVÁKIN: ¿Le gustaría, señora, ser la esposa de un hombre familiarizado con las tempestades del mar?

KOCHKARÉV: ¡No, no! El mejor de los maridos, en mi opinión, es el hombre capaz de manejar él solo toda una repartición.

ANÚCHKIN: ¿A qué viene ese prejuicio? ¿Por qué desdeñarían ustedes a un hombre que, aunque haya servido en la infantería, sabe apreciar los modales de la alta sociedad?

IAÍCHNITZA: ¡Señora, decídalo usted misma!Ágata Tijónovna guarda silencio.

TECLA: Contéstales, hija mía, diles algo.

IAÍCHNITZA: ¿Y, señora?
KOCHKARÉV: ¿Qué opina, Ágata Tijónovna?
TECLA: (A Ágata, en voz baja). Diles, diles… “Les agradezco sus palabras…”; diles algo. No está bien quedarse callada así.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (En voz baja). Tengo vergüenza, palabra: me iré, te juro que me iré. Tía, quédate tú.

TECLA: ¡Oh, no hagas ese papel ridículo, no te vayas! Se reirán de ti. ¡Pensarán quién sabe qué!

ÁGATA TIJÓNOVNA: (En voz baja). ¡No, de veras que me iré me iré, me iré! (Se va corriendo. Tecla y Arina Panteleimónovna se van en pos de ella).

Escena XX

DICHOS, menos las mujeres.
IAÍCHNITZA: ¡Vaya! ¡Todas se han ido! ¿Qué significa esto?
KOCHKARÉV: ¡Debe haber sucedido algo!
GEVÁKIN: Será algún detalle del tocado femenino… Les faltará un alfiler… o un voladito… (Entra Tecla. Todos le van al encuentro, preguntando): ¿Qué, qué pasa?

KOCHKARÉV: ¿Ha sucedido algo?
TECLA: ¿Qué ha de suceder? No ha sucedido nada.
KOCHKARÉV: ¿Y por qué se fue?
TECLA: la avergonzaron, por eso se fue; la avergonzaron tanto que no pudo quedarse. Les ruega que la perdonen: los invita para la velada, a tomar una taza de té. (Sale).

IAÍCHNITZA: (Aparte). ¡Al diablo con esa taza de té! Por eso no me gusta valerme de las casamenteras: hoy no es posible, venga mañana, vuelva pasado mañana a tomar el té, y hay que pensarlo todavía. ¡Después de todo, se trata de una bagatela, no hay por qué devanarse los sesos, qué diablos! ¡Yo ocupo un cargo en la administración pública, no tengo tiempo que perder!

KOCHKARÉV: (A Podkolésin). La dueña de casa no está mal… ¿verdad?
PODKOLÉSIN: Sí, no está mal.
GEVÁKIN: La dueña de casa es linda… ¿no les parece?
KOCHKARÉV: (Aparte). ¡Al diablo! ¡Ese imbécil se ha enamorado! ¡Puede causarnos dificultades! (En voz alta). No tiene nada de linda, nada de linda.

IAÍCHNITZA: Una nariz grande.

GEVÁKIN: Bueno, confieso que no me fijé en la nariz. La muchacha es una flor.
ANÚCHKIN: Opino lo mismo. Pero no, no es eso… Hasta pienso que quizás desconozca los modales de la buena sociedad. ¿Y sabrá francés?GEVÁKIN: ¿Por qué no trató de hablar en francés con ella? Quizás lo sepa.

ANÚCHKIN: ¿Y cree usted que yo lo hablo? No, no tuve la suerte de que me dieran esa educación. Mi padre era un bribón, una bestia. Ni siquiera se le ocurrió enseñármelo. Entonces yo era todavía una criatura y habría resultado fácil enseñarme, hubiera bastado con unos cuantos azotes: y yo sabría ahora el francés, lo sabría sin la menor duda.

GEVÁKIN: Bueno. Ahora, quién sabe de qué le serviría si ella…
ANÚCHKIN: ¡Oh, no, no! La mujer ya es otra cosa: es indispensable que sepa el francés, y sin eso ninguno de sus atractivos (indica con gestos) será como es debido.

IAÍCHNITZA: (Aparte). Bueno, que de eso se ocupe otro. Yo, por mi parte, iré a inspeccionar los dos pabellones de la casa: si las cosas son como me han dicho, esta misma noche llegaré a algo concreto. Esos novios no me parecen peligrosos… son gente muy insignificante. A las novias no les gustan los individuos anémicos.

GEVÁKIN: Me iré a fumar una pipa. ¿No van ustedes por el mismo camino? ¿Dónde vive usted, permítame preguntarle?

ANÚCHKIN: En los Pesky, en la bocacalle de Petrovsk.

GEVÁKIN: Eso se aparta de mi itinerario: vivo en la isla, en la línea 18; de todos modos, lo acompañaré.

STARIKÓV: (Aparte). Aquí, pasa algo raro. (En voz alta). ¡Espero que Ágata Tijónovna se acordará también de nosotros! (Se inclina y se va).

Escena XXI

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV.
PODKOLÉSIN: ¿Y qué esperamos nosotros?
KOCHKARÉV: ¿Verdad que es encantadora la dueña de casa?
PODKOLÉSIN: ¡Bah! Confieso que no me gusta.
KOCHKARÉV: ¡Esa sí que es buena! Pero… ¡cómo! Si tú mismo reconociste que es linda!

PODKOLÉSIN: Es que no me convence: tiene la nariz grande y no sabe el francés.

KOCHKARÉV: ¿Y eso? ¿Para qué necesitas el francés?

PODKOLÉSIN: Bueno, de todos modos una novia debe saber el francés.

KOCHKARÉV: ¿Por que?
PODKOLÉSIN: Porque, porque… Bueno, no sé por qué, pero si no sabe el francés ya no será lo mismo.

KOCHKARÉV: Vamos, vamos; bastó que lo dijera un imbécil para que él abriera los oídos de par en par. Esa muchacha es una beldad, una belleza poco común, una mujercita de esas que no se encuentran así como así.

PODKOLÉSIN: A mí también me pareció hermosa al principio, pero después, cuando empezaron a decir que tenía una nariz larga… la miré bien, y vi que, efectivamente, tenía una nariz larga.

KOCHKARÉV: ¡Vaya un alcornoque! Ellos lo dicen a propósito para alejarte de aquí: y yo también hablé mal de la muchacha… así se acostumbra. ¡Qué mujercita, hermano! Mírale los ojos. ¡Son endiablados! Hablan, respiran. ¿Y la nariz? ¡Es tina delicia! ¡Blanca como el alabastro! Hasta el alabastro hace mal papel a su lado. Mírala bien tú mismo.

PODKOLÉSIN: (Sonriendo). Sí, ahora me vuelve a parecer bonita.
KOCHKARÉV: Claro que es bonita. Escúchame. Ahora que se han ido todos, vamos a verla, expliquémonos y asunto terminado.

PODKOLÉSIN: No, yo no haré eso.

KOCHKARÉV: ¿Por qué?
PODKOLÉSIN: ¡Sería una insolencia! Somos muchos: que elija ella misma.
KOCHKARÉV: ¿Qué te importa toda esa gente? ¿Quieres que yo la liquide en un abrir y cerrar de ojos?

PODKOLÉSIN: ¿Cómo?

KOCHKARÉV: Bueno, eso ya es cosa mía. Dame solamente tu palabra de que luego no te echarás atrás.

PODKOLÉSIN: ¿Por qué no te la he de dar? No me echaré atrás: quiero casarme.

KOCHKARÉV: ¡Tu mano!
PODKOLÉSIN: (Dándosela). ¡Aquí está!
KOCHKARÉV: Bueno, con eso me basta. (Ambos salen).


Acto II

Ágata Tijónovna sola, luego Kochkarév.

Escena I

Habitación en casa de ÁGATA TIJÓNOVNA.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Qué difícil es elegir! Si se tratara de uno o dos hombres, vaya y pase, pero son cuarto… y hay que decidirse por uno. Nicanor Ivánovich no está mal, aunque, naturalmente, es algo flaco; Iván Kúshmich tampoco está mal. Y a decir verdad, también Iván Pavlóvich, aunque gordo, es un hombre de muy buena presencia. ¿Qué hacer? Y Baltasar Baltasárovich no deja de ser persona de méritos. ¡Cómo cuesta decidirse! Si le pudiéramos agregar a la nariz de Iván Kúsmich los labios de Nicanor Ivánovich, y añadirles la desenvoltura de Baltasar Baltasárovich, y quizá la prestancia de Iván Pavlóvich… me decidiría inmediatamente. ¡Y ahora, como para pensarlo! Hasta me duele la cabeza. Creo que lo mejor sería echar a suertes, confiar en la voluntad de Dios: el que saque, será mi marido. Escribiré todos los nombres en unos papelitos, y tomaré uno al azar y que sea lo que Dios quiera. (Se acerca a la mesita, saca unas tijeras y papel, recorta unos papelitos y los dobla, mientras sigue hablando). ¡Desdichada situación la de una muchacha soltera, y más aún si está enamorada! ¡Ningún hombre podría concebir esa situación y ni aun comprenderla! Bueno… ¡Ya están listos todos los papelitos! Basta con ponerlos en el bolso, cerrar los ojos y que sea lo que deba ser. (Pone los papeles en su bolso y los revuelve). ¡Qué miedo…! ¡Ah, ojalá salga Nicanor Ivánovich! ¡No! ¿Por qué ha de ser él? Más vale Iván Kúsmich. ¿Y por qué ha de ser Iván Kúsmich? ¿Qué tienen de malo los demás? No, no, no quiero… Que sea el que salga. (Hurga en e/ bolso y en lugar de sacar uno, saca todos). ¡Ay, todos! ¡Han salido todos! ¡Y cómo me late el corazón! ¡No, uno, uno! ¡Uno solo, sin falta! (Pone los papelitos en el bolso y los revuelve. En ese momento, entra silenciosamente Kochkarév y se detiene detrás de ella). ¡Ah, si saliera Baltasar!… ¿Qué digo? Quise decir Nicanor Ivánovich… ¡No, no quiero, no quiero! El que diga la suerte.

KOCHKARÉV: Tome a Iván Kúsmich, es el mejor de todos.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah! (Se cubre el rostro con las manos, temiendo mirar hacia atrás).

KOCHKARÉV: Pero… ¿de qué se asusta? No se asuste, soy yo. De veras, tome a Iván Kúsmich.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, tengo vergüenza!… Usted me estuvo escuchando.

KOCHKARÉV: ¡No es nada, no es nada! Yo soy de la casa, soy un pariente suyo, no tiene por que avergonzarse ante mí: descúbrame su carita.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Descubriendo el rostro a medias). Le aseguro que siento vergüenza.

KOCHKARÉV: Vamos, acepte a Iván Kúsmich.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah! (Vuelve a cubrirse la cara con las manos).
KOCHKARÉV: Realmente, es un hombre extraordinario, que ha perfeccionado su trabajo… un hombre asombroso.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Descubriendo poco a poco el rostro), ¡Cómo! ¿Y el otro? ¿Y Nicanor Ivánovich? También él es un hombre de valía.

KOCHKARÉV: ¡Por favor! ¡Comparado con Iván Kúsmich, es una basura!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Por qué?
KOCHKARÉV: ¿Por qué? Está bien claro. Iván Kúsmich es un hombre que… bueno, simplemente un hombre… un hombre de esos que no se encuentran.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿E Iván Pavlóvich?

KOCHKARÉV: También Iván Pavlóvich es una basura… Todos ellos lo son.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿De veras que todos?
KOCHKARÉV: Pero reflexione usted misma, compare, simplemente. Por un lado, tiene a Iván Kúsmich, nada menos: y por el otro, cualquier cosa, un Iván Pavlóvich, un Nicanor Ivánovich… ¡morralla pura!

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero son muy… modestos.
KOCHKARÉV: ¡Qué modestos ni que ocho cuartos! Son unos camorristas, gente alborotadora. ¿Quiere usted que la zurren al día siguiente de la boda?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, Dios mío! Esa sí que es la peor desgracia que le podría suceder a una…

KOCHKARÉV: ¡Ya lo creo! ¡Imposible concebir algo peor!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y, en su opinión, lo mejor sería aceptar a Iván Kúsmich?

KOCHKARÉV: A Iván Kúsmich: naturalmente. A Iván Kúsmich. (Aparte). Parece que el asunto marcha. Podkolésin me espera en la confitería, tengo que ir a buscarlo cuanto antes.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿De modo que usted cree que… Iván Kúsmich?
KOCHKARÉV: Iván Kúsmich, sin falta, Iván Kúsmich.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y debo rechazar a los demás?
KOCHKARÉV: ¡Naturalmente!
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿cómo podría hacerlo? Siento un poco de vergüenza.

KOCHKARÉV: ¿Por qué ha de sentirla? Diga que es joven y que todavía no quiere casarse.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero no me creerán y empezaran a preguntar por qué y cómo.

KOCHKARÉV: Bueno. Si quiere terminar con todos a un tiempo, diga, simplemente: “¡Váyanse, estúpidos!”

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿cómo se puede decir eso?

KOCHKARÉV: Pruebe: yo le aseguro que cuando oigan esas palabras todos saldrán corriendo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero eso resultará un poco insultante.

KOCHKARÉV: ¿Y qué…? Luego, usted no volverá a verlos. ¿No le da lo mismo?

ÁGATA TIJÓNOVNA: De todos modos, no me parece bien… Se pueden enojar.

KOCHKARÉV: Y si se enojan, ¿qué? Lo peor que podría suceder entonces sería que alguno de ellos le escupiera en la cara… nada más.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Pues ya lo ve!

KOCHKARÉV: ¿Y qué tiene de particular? ¡A otros les han escupido tantas veces en la cara! Hasta conozco un hombre muy gallardo y de mejillas rubicundas, que fastidió tanto a su jefe pidiéndole un aumento de sueldo que este finalmente no pudo aguantar más y le escupió en la cara. ¡Palabra! “¡Ahí tienes tu aumento, y déjame en paz, qué diablos!” Pero, con todo eso, le aumentó el sueldo. Por eso digo… Y si le escupen en la cara… ¿qué? Si no tuviera a su alcance el pañuelo, sería otra cosa, pero lo tiene en el bolsillo… le bastará con sacarlo y secarse. (Suena la campanilla de la puerta de calle). Llaman; es alguno de ellos, sin duda: ahora, no me gustaría encontrarme con ninguno. ¿No hay otra salida?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Claro que sí! La puerta de servicio. Pero estoy temblando de pies a cabeza.

KOCHKARÉV: No es nada, no es nada, basta con conservar la presencia de ánimo. ¡Adiós! (Aparte). Traeré a Podkolésin lo antes posible.

Escena II

ÁGATA TIJÓNOVNA y IAÍCHNITZA.
IAÍCHNITZA: He venido deliberadamente un poco antes de la hora, señora mía, para hablar con usted a solas. Bueno señora, en cuanto a mi grado, creo que ya lo conoce: soy consejero de cuarta, cuento con el afecto de mi jefe, mis subalternos me obedecen… Sólo me falta una cosa: la compañera de mi vida.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí…
IAÍCHNITZA: Acabo de encontrarla. Esa compañera… es usted. Dígame sin ambages: ¿sí o no? (Le mira el hombro y dice aparte). ¡Oh, no es una de esas alemanitas flacuchas!… Algo tiene.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Soy muy joven, aún… Todavía no estoy dispuesta a casarme.

IAÍCHNITZA: ¡Vaya! Entonces… ¿por qué se afana la casamentera? Pero quizás usted haya querido decir otra cosa… explíquese… (Se oye la campanilla) ¡Demonios! No le dejan a uno hablar de negocios.

Escena III

DICHOS y GEVÁKIN.
GEVÁKIN: Perdóneme, señora. Quizá yo haya venido demasiado temprano. (Se vuelve y ve a Iaíchnitza). ¡Ah! Ya hay… ¡Mis respetos, Iván Pavlóvich!

IAÍCHNITZA: (Aparte), ¡Ojalá revientes con tus respetos! (En voz alta). ¿Entonces, señora…? Dígame una sola palabra: ¿sí o no?… (Se oye la campanilla: Iaíchnitza escupe, furioso). ¡Otra vez la campanilla!

Escena IV

DICHOS y ANÚCHKIN.
ANÚCHKIN: Quizás yo haya llegado un poco antes de lo que conviene según las reglas del decoro, señora… (Al ver a los demás, deja escapar una exclamación y se inclina). ¡Mis saludos!

IAÍCHNITZA: (Aparte). ¡Puedes guardártelos! ¡Te trajo el diablo! ¡Ojalá se te rompan esas raquíticas piernas! (En voz alta). Bueno, señora, decida… Soy un funcionario y dispongo de poco tiempo… ¿Sí o no?

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Turbada). No hace falta… no hace falta… (Aparte). No sé lo que digo.

IAÍCHNITZA: ¿Cómo, que no hace falta? ¿En qué sentido no hace falta?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No es nada, no es nada… Yo no… (Cobrando ánimos). ¡Fuera de aquí! (Aparte, con un gesto, consternada). ¡Oh, Dios mío! ¿Qué he dicho?

IAÍCHNITZA: ¡Cómo, “fuera de aquí”! ¿Qué significa “fuera de aquí”? Permítame preguntarle qué ha querido decir con eso… (Con los brazos en jarras, se le acerca con aire amenazador).

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Después de mirarle a la cara, profiere un grito), ¡Oh, me va a pegar, me va a pegar! (Sale corriendo, Iaíchnitza la sigue con los ojos, boquiabierto. Al oír el grito entra corriendo Arina Panteleimónovna y después de mirarle la cara, grita también: “¡Ay, nos va a pegar!” y sale corriendo asimismo),

IAÍCHNITZA: ¿Qué gente es esta? ¡Vaya un caso! (Suena la campanilla y se oyen voces).

Voz de KOCHKARÉV: Pero entra, entra… ¿Por qué te has detenido ahí?

Voz de PODKOLÉSIN: Entra tú primero. Yo sólo demoraré un momento; se me ha desatado un cordón.

Voz de KOCHKARÉV: Pero volverás a escapar.

Voz de PODKOLÉSIN: ¡No, no me escaparé! ¡Te juro que no me escaparé!

Escena V

DICHOS y KOCHKARÉV.
KOCHKARÉV: ¡Vaya con la necesidad que tenía de atarse el cordón! Iaíchnitza (Volviéndose hacia él): Dígame, por favor. ¿La novia es tonta o qué?

KOCHKARÉV: ¿Por qué? ¿Ha sucedido algo?
IAÍCHNITZA: Se porta de una manera incomprensible. Grita: “¡Me va a pegar, me va a pegar!” y sale corriendo. ¡Qué el diablo la entienda!

KOCHKARÉV: Bueno, sí, eso es corriente en ella: es tonta.

IAÍCHNITZA: Dígame… Usted es su pariente… ¿verdad?
KOCHKARÉV: Claro que lo soy.
IAÍCHNITZA: ¿En qué grado de parentesco? ¿Puede saberse?
KOCHKARÉV: Para serle franco, no lo sé; la tía de mi madre, no sé cómo, tiene algo que ver con el padre de ella, o el padre de ella tiene algo que ver con mi tía: eso lo sabe mi mujer… es cosa de ellas.

IAÍCHNITZA: ¿Y es tonta desde hace tiempo?
KOCHKARÉV: De nacimiento.
IAÍCHNITZA: Claro, sería preferible que fuera más inteligente; pero, por lo demás, tampoco molesta el que sea tonta; lo importante, es que están en debida forma sus ingresos.

KOCHKARÉV: Pero… ¡si no tiene nada!
IAÍCHNITZA: ¡Cómo! ¿Y la casa de piedra?
KOCHKARÉV: ¡Pero si sólo dicen que es de piedra! ¡Si usted supiera cómo la construyeron…! Cada pared se basa en un solo ladrillo, y ese ladrillo está rodeado de toda clase de basura, ripio, grava, virutas, pedazos de madera.

IAÍCHNITZA: ¡No me diga!
KOCHKARÉV: Naturalmente. ¿Acaso no sabe cómo se hacen ahora las casas? Les basta con poder hipotecarlas.

IAÍCHNITZA: Pero la casa no está hipotecada… ¿verdad?

KOCHKARÉV: ¿Quién le ha dicho eso? Esa es la cuestión: que no sólo está hipotecada, sino que hace dos años que no se pagan los intereses. Y, para peor, en el Senado hay un individuo que le ha echado el ojo a la casa… y es el canalla más grande que se haya visto, sería capaz de quitarle la última de las polleras a su madre.

IAÍCHNITZA: ¿Y cómo se explica que la casamentera me haya dicho…? ¡Qué infame! ¡Qué monstruo… (Aparte) Pero es posible que este hombre mienta. ¡Habrá que interrogar severamente a la vieja! Y si eso resulta cierto… bueno… le haré pasar un mal rato.

ANÚCHKIN: Permítame que lo moleste con una pregunta. Confieso que, cuando uno no sabe el francés, le resulta difícil juzgar si una mujer lo sabe o no. ¿Lo sabe la dueña de casa…?

KOCHKARÉV: Ni mu.
ANÚCHKIN: No me diga..
KOCHKARÉV: ¡Claro! La conozco perfectamente. Estudió con mi mujer en el internado y era una holgazana bien conocida; siempre la castigaban por no hacer los deberes. Y el profesor de francés, pura y simplemente, le pegaba con la palmeta.

ANÚCHKIN: ¡Imagínese! Cuando la vi por primera vez tuve no sé por qué el presentimiento de que no sabía el francés

IAÍCHNITZA: ¡Al diablo con el francés! Pero… ¿cómo se explica que esa maldita casamentera…? ¡Ah, ese monstruo, esa bruja! ¡Si ustedes supieran las palabras con que me pintó el asunto!… ¡Parecía un paisajista, un verdadero paisajista!
“La casa –me dijo– tiene dos pabellones, con cimientos de piedra. Hay cucharas de plata, trineos… ¡Le bastará con sentarse en ellos y a pasear!” En una palabra, me contó cosas de novela. ¡Ah, bribona! Si cae en mis manos..

Escena VI

DICHOS y TECLA.
(Todos, al verla, se dirigen hacia ella, con las palabras siguientes):
IAÍCHNITZA: ¡Ah, ahí está! ¡A ver, acércate, vieja pecadora! ¡Acércate!
ANÚCHKIN: ¿De modo que me engañó, Tecla Ivánovna?
KOCHKARÉV: ¡Te ha llegado la hora!
TECLA: No entiendo una sola palabra: ¡me han ensordecido!
IAÍCHNITZA: La casa está construida sobre un solo ladrillo, vieja canalla, y me has mentido; y en cuanto a los pabellones, sabe Dios de qué son.

TECLA: No lo sé, yo no la he construido. Quizás necesitaran hacerlo con un solo ladrillo y por eso lo hicieron así.

IAÍCHNITZA: ¡Y, para peor, está hipotecada! ¡Que te lleven todos los diablos, maldita bruja! (Golpea el suelo con el pie).

TECLA: ¡Míralo! Y, todavía, me insulta. Otro, me agradecería haberme molestado por él.

Escena VIII

KOCHKARÉV, GEVÁKIN.
KOCHKARÉV: (Sigue riendo). ¡Ay, pobre, de mí! ¡Pobre de mí! ¡No aguanto más! ¡Me parece que voy a reventar de risa!

GEVÁKIN: (Al mirarlo, empieza también a reír).

KOCHKARÉV: (Se desploma sobre una silla, exhausto). ¡Oh, palabra, estoy agotado! Presiento que, si me sigo riendo, me quedaré sin fuerzas.

GEVÁKIN: Me gusta su carácter alegre. En la flota del capitán Boldirév, teníamos a un contramaestre llamado Petujóv, Antón Ivánovich Petujóv; también era muy alegre. A veces, bastaba con mostrarle un dedo… y se echaba a reír, palabra, y se seguía riendo hasta la noche. Y al mirarlo, uno solía contagiarse… y se echaba a reír, también.

KOCHKARÉV: (Tomando aliento). ¡Oh, Dios mío, perdónanos a los pecadores! ¡Las cosas que se le ocurren a esa tonta! ¡Qué ha de casar a nadie! ¿Ella? ¡Ni por pienso! ¡Yo sí que, cuando caso, caso!

GEVÁKIN: ¿De veras? ¿De velas que usted puede casarlo a uno?
KOCHKARÉV: ¡Ya lo creo! A cualquiera con cualquiera.
GEVÁKIN: ¡Entonces, cáseme con la dueña de casa!
KOCHKARÉV: ¿A usted? Pero… ¿para qué quiere casarse?
GEVÁKIN: ¿Cómo para qué? ¡Permítame decirle que la pregunta me resulta un poco extraña. Ya se sabe para qué.

KOCHKARÉV: Pero… ¡si ya ha oído decir que no tiene ni pizca de dote!

GEVÁKIN: Si no la tiene, paciencia. Claro que es una lástima, pero, tratándose de una muchacha tan encantadora y bien educada, uno puede conformarse sin dote. Bastaría con una habitación. (Indica con las manos). Aquí, por ejemplo, vendría una salita, allá un pequeño biombo o un tabique…

KOCHKARÉV: Pero… ¿qué le ha gustado tanto en ella?
GEVÁKIN: Para serle franco, me ha gustado por lo regordeta. Soy muy aficionado a la redondez femenina.

KOCHKARÉV: (Mirándolo de soslayo, aparte). ¡Pero él no puede alardear mucho de su redondez! ¡Es flaco como una bolsita de tabaco a la cual le han sacado el tabaco! (En voz alta). No, a usted no le conviene casarse, de ningún modo.

GEVÁKIN: ¡Cómo! ¿Por qué?

KOCHKARÉV: Porque no. Pero. ¿no advierte su figura? Tiene una pierna que parece una pata de gallo.

GEVÁKIN: ¿De gallo?

KOCHKARÉV: Claro. ¡Le falta prestancia!
GEVÁKIN: Pero… ¿qué quiere decir con eso de pata de gallo?
KOCHKARÉV: Quiero decir… una pata de gallo… ¡y basta!
GEVÁKIN: Me parece que usted está entrando en un terreno personal…
KOCHKARÉV: Pero si se lo digo es porque lo sé un hombre razonable; a otro, no se lo diría. Yo lo casaré, conforme, pero con otra.

GEVÁKIN: No, yo le agradecería que no me casara con otra. ¡Sea bueno, cáseme con esta!

KOCHKARÉV: Bueno, lo casaré, pero con una condición: que no se meta en nada y no se deje ver siquiera por la novia… Yo lo concertaré todo sin usted.

GEVÁKIN: Pero ¿cómo quiere concertarlo todo sin mí? Tendré que dejarme ver, por lo menos.

KOCHKARÉV: No hay ninguna necesidad. Váyase a su casa y espere, Esta misma noche todo estará arreglado.

GEVÁKIN: (Frotándose las manos). ¡Eso sí que sería bueno! Pero… ¿no haría falta mi certificado de identidad o mi foja de servicios? Quizás la novia quiera curiosear. Haré una escapadita para traérselos.

KOCHKARÉV: No hace falta nada, váyase a su casa, simplemente; hoy mismo le avisaré. (Lo acompaña afuera). ¡Sí, hoy mismo, se lo aseguro! (Aparte).¿Qué significa esto? ¿Cómo se entiende que Podkolésin no venga? ¡Me resulta extraño! ¿Se estará atando todavía el cordón? ¿No convendrá correr a buscarlo?

Escena IX

KOCHKARÉV, ÁGATA TIJÓNOVNA.
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Mirando a su alrededor). ¡Cómo! ¿Se han ido? ¿No hay nadie?

KOCHKARÉV: Se han ido, se han ido, no hay nadie

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, si supiera cómo he estado temblando! Nunca me ha pasado nada parecido. ¡Qué hombre terrible es ese Iaíchnitza! ¡Qué tirano sería sin duda con su mujer! ¡Temo verlo volver de un momento a otro!

KOCHKARÉV: ¡Oh…! No volverá por nada del mundo. Me juego la cabeza a que ninguno de los dos volverá.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y el tercero?

KOCHKARÉV: ¿Qué tercero?
GEVÁKIN: (Asomando la cabeza por la puerta). Me muero por saber cómo se referirá ella a mí con su boquita… ¡Qué flor de mujer!Ágata Tijónovna, ¿Y Baltasar Baltasárovich?

GEVÁKIN: ¡Ah, ahí está, ahí está! (Se frota las manos).

KOCHKARÉV: ¡Bah! Ya sé a quien se refiere. ¡Pero si ese hombre es imposible! ¡Un imbécil nato!

GEVÁKIN: ¿Qué significa esto? Francamente, no lo entiendo de ninguna manera.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sin embargo, parece ser un hombre excelente.

KOCHKARÉV: ¡Es un borracho!
GEVÁKIN: ¡Juro que no lo entiendo!
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿De veras que es un borracho?
KOCHKARÉV: Pero, naturalmente… ¡Un bribón bien conocido!
GEVÁKIN: (En voz alta). No, permítame. ¡Yo no le pedí que dijera eso, de ningún modo! Una cosa era decir algo en beneficio mío; pero para hacerlo con esas palabras, sírvase ocuparse de otro, yo no quiero saber nada.

KOCHKARÉV: (Aparte). ¿Por qué se le habrá ocurrido volver? (A Ágata Tijónovna, en voz baja) Mire, mire, apenas si puede sostenerse sobre sus piernas. Así está todos los días. ¡Échelo y asunto acabado! (Aparte). Y Podkolésin que no aparece… ¡Qué canalla! Me desahogaré con él. (Sale).

Escena X

ÁGATA TIJÓNOVNA y GEVÁKIN.
GEVÁKIN: (Aparte). ¡Prometió ponderarme y en cambio me llenó de insultos! ¡Qué individuo extraño! (En voz alta). Señora usted no debe creer…

ÁGATA TIJÓNOVNA: Disculpe, no me siento bien… Me duele la cabeza. (Quiere irse).

GEVÁKIN: ¿Quizás no le gusta algo en mí? (Señalando su cabeza). No se fije en esta ligera calvicie: no tiene importancia, fueron unas fiebres; pronto me crecerá aquí el pelo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Tanto me da lo que usted tenga ahí.
GEVÁKIN: Yo, señora… cuando me pongo el frac, el color de mi tez es mucho más blanco.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Mejor para usted. ¡Adiós! (Se va).

Escena XI

GEVÁKIN (solo, habla en pos de ella).
GEVÁKIN: Permítame, señora… Dígame la razón. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Acaso tengo algún defecto importante?… ¡Se fue! ¡Qué caso sorprendente! Ya van diecisiete veces que me sucede lo mismo, y siempre casi de la misma manera: al principio, todo parece marchar bien, y cuando llegamos al desenlace… me rechazan. (Se pasea por la habitación, con aire caviloso). Sí… ¡Es la novia número diecisiete! Pero… ¿qué pretende? ¿Por qué habría de… con qué motivo…? (Después de meditar). ¡El asunto es oscuro, oscurísimo! ¡Todavía, si yo tuviera algún defecto grave! (Se examina). Al parecer, no se podría decir eso: a Dios, la naturaleza no me ha ofendido en nada. ¡Es incomprensible! ¿No me convendría irme a casa y hurgar en el baúl? Tengo ahí unos versitos a los cuales ninguna mujer podría resistirse. ¡Dios mío, es realmente incomprensible! Al principio, las cosas parecían marchar bien. Por lo visto, habrá que dar marcha atrás. ¡Es una lástima, es realmente una lástima! (Se va).

Escena XII

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV (entran y miran hacia atrás).
KOCHKARÉV: No nos vio. ¿Viste qué contrariado estaba?
PODKOLÉSIN: ¿De veras que lo rechazaron, como a los demás?
KOCHKARÉV: Rotundamente.
PODKOLÉSIN: (Con una sonrisa de engreimiento). Debe ser muy desagradable el que a uno lo rechacen.

KOCHKARÉV: ¡Por cierto que sí!

PODKOLÉSIN: Todavía no puedo creer que ella haya dicho sin ambages que me prefiere a los demás.

KOCHKARÉV: ¿Qué si te prefiere? Está loca por ti. Es un amor que… ¡No te imaginas los epítetos que te prodigó! ¡Qué pasión! Está hirviendo, pura y simplemente.

PODKOLÉSIN: (Con risa engreída). ¡Y, en realidad, si una mujer quiere es capaz de decir unas cosas! ¡A uno ni siquiera se le ocurrirían! Tesoro, cielito, amor mío…

KOCHKARÉV: ¡Bah! Eso no es nada. Cuando te cases, ya verás las palabritas que te dirá en los dos primeros meses de matrimonio: será cosa de derretirse, hermano.

PODKOLÉSIN: (Riendo). ¿De veras?

KOCHKARÉV: ¡Te lo digo como hombre honrado que soy! Pero escúchame ahora, pongamos manos a la obra. Ábrele inmediatamente tu corazón y pídele su mano.

PODKOLÉSIN: Pero ¿cómo es eso de inmediatamente? ¡Vamos!
KOCHKARÉV: Ahora mismo, sin falta… Y ahí está.

Escena XIII

DICHOS y ÁGATA TIJÓNOVNA.
KOCHKARÉV: Señora, le he traído a este mortal que aquí ve. Nunca hubo un hombre tan enamorado… Ni a un enemigo te desearía yo que sufriera estas torturas de amor…

PODKOLÉSIN: (Dándole un codazo, en voz baja). Vamos, hermano. Me parece que estás exagerando.

KOCHKARÉV: (A él). ¡No es nada, no es nada! (A ella, en voz baja). Sea más audaz, es muy tímido, trate de ser lo más desenvuelta posible. Enarque un poco las cejas o baje los ojos y fulmínelo de pronto con ellos al muy bribón, o muéstrele el hombro y que lo mire, el muy canalla. Es una lástima que no se haya puesto un vestido de mangas cortas; pero así tampoco está mal. (En voz alta). ¡La dejo en grata compañía! Me asomaré por un momento a su comedor y a su cocina: hay que dar órdenes, porque no tardará en llegar el camarero al cual le encargué la cena: quizás hayan mandado ya los vinos… ¡Hasta pronto! (A Podkolésin). ¡Más audacia! ¡Más audacia! (Se va).

Escena XIV

PODKOLÉSIN y ÁGATA TIJÓNOVNA,
ÁGATA TIJÓNOVNA: Le ruego que tenga la bondad de sentarse. (Ambos se sientan y guardan silencio).

PODKOLÉSIN: ¿Le gusta pasear, señora?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Pasear? Es decir… ¿A qué se refiere?
PODKOLÉSIN: Cuando uno se va a veranear, resulta agradable pasear en bote.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí. A veces, me paseo con los amigos. (Pausa breve).
PODKOLÉSIN: No se sabe cómo será el verano.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Hay que desear que sea bueno.(Guardan silencio).Podkolésin. ¿Cuál es su flor preferida, señora?

ÁGATA TIJÓNOVNA: La de olor más fuerte: el clavel.
PODKOLÉSIN: A las damas, les sientan muy bien las flores
ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí, es un pasatiempo muy agradable. (Silencio). ¿A qué iglesia fue usted el domingo pasado?

PODKOLÉSIN: A la de Vosnezensky, y la semana pasada fui a la de Kasánsky. Por lo demás, tratándose de rezar, tanto da la iglesia. Sólo que unas están mejor adornadas que otras. (Silencio. Podkolésin tamborilea con los dedos sobre la mesa). Pronto podremos pasearnos por Ekateringhóf.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí, dentro de un mes, me parece.

PODKOLÉSIN: Menos de un mes.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Seguramente, el paseo será divertido.
PODKOLÉSIN: Hoy, estamos a ocho. (Cuenta con los dedos). Nueve, diez, once… dentro de veintidós días.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Qué pronto! ¡Es increíble!

PODKOLÉSIN: Y no cuento siquiera el día de hoy. (Silencio). ¡Qué audaz es el pueblo ruso!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Quién?

PODKOLÉSIN: Me refiero a los obreros. Trepan ahí a lo más alto… Pasé junto a una casa y el albañil estaba revocando la pared a muchos metros de altura y no tenía miedo de nada.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah!… ¿Y dónde era eso?

PODKOLÉSIN: En el camino que recorro a diario cuando voy a la oficina. Todas las mañanas voy a mi empleo. (Silencio. Podkolésin vuelve a tamborilear con los dedos, finalmente aferra el sombrero y se inclina).

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Piensa ya…?
PODKOLÉSIN: Sí. Disculpe. Quizás le haya aburrido.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡De ningún modo! Por el contrario, debo agradecerle los momentos agradables que me ha hecho pasar.

PODKOLÉSIN: (Sonriendo). Y yo que, francamente, creía haberla aburrido…

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, le juro que no!
PODKOLÉSIN: Entonces, permítame que, en alguna otra oportunidad, al anochecer…

ÁGATA TIJÓNOVNA: Tendré muchísimo gusto. (Se inclinan, saludándose.nPodkolésin se va).

Escena XV

ÁGATA TIJÓNOVNA (sola).
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Que hombre de méritos! Ahora acabo de conocerlo bien: realmente, resulta imposible no quererlo; ¡es tan modesto y tan razonable… Sí, su amigo fue justo cuando habló tan bien de él; sólo lamento que se haya ido tan pronto, me habría gustado escucharlo un poco más. ¡Qué agradable resulta hablar con él; lo principal, es que no habla por hablar… También yo quise decir unas cuantas palabras, pero, confieso que me acobardé. El corazón me latía de tal manera… ¡Qué hombre magnífico! Iré a contárselo a la tía. (Se va).

Escena XVI

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV (entran).
KOCHKARÉV: Pero… ¿por qué a casa? ¡Qué absurdo! ¿Por qué a casa?
PODKOLÉSIN: ¿Y para qué habría de quedarme aquí? Si ya dije todo lo que correspondía…

KOCHKARÉV: ¿Le dijiste, pues, lo que sentías?

PODKOLÉSIN: Bueno, quizás no se lo haya dicho.

KOCHKARÉV: ¡Ésa sí que es buena! ¿Y por qué no?
PODKOLÉSIN: Vamos… ¿Cómo quieres que uno, sin haber hablado antes de nada, diga de buenas a primera: “¡Señora, permítame casarme con usted!”.

KOCHKARÉV: Entonces… ¿de qué tonterías hablaron ustedes durante media hora?

PODKOLÉSIN: De todo un poco y, lo confieso, estoy muy contento; he pasado el rato muy agradablemente.

KOCHKARÉV: Pero, escúchame y juzga tú mismo. ¿Cuándo tendremos tiempo de hacer todo eso? ¡Dentro de una hora hay que ir a la iglesia, a casarse!

PODKOLÉSIN: Pero… ¡tú estás loco! ¿A casarme hoy?…

KOCHKARÉV: ¿Por qué no?
PODKOLÉSIN: ¿A casarme hoy?
KOCHKARÉV: Pero… ¡si tú mismo me diste tu palabra, me dijiste que cuando echara a los novios, estabas dispuesto a casarte!

PODKOLÉSIN: Bueno. Y estoy dispuesto a cumplir mi promesa. Pero no inmediatamente. Dame un mes para tomar aliento.

KOCHKARÉV: ¡Un mes!

PODKOLÉSIN: Sí, claro.
KOCHKARÉV: Pero… ¿estás loco, o qué?
PODKOLÉSIN: Menos de un mes, imposible.
KOCHKARÉV: Pero… ¡si ya acabo de encargar la cena nupcial, alcornoque! Vamos, escúchame, Iván Kúsmich. No seas porfiado, querido. Cásate ahora.

PODKOLÉSIN: Pero, hermano… ¿Qué estás diciendo? ¿Cómo quieres que me case ahora?

KOCHKARÉV: ¡Iván Kúsmich! Vamos, te lo ruego. Si no quieres hacerlo por ti, hazlo al menos por mí.

PODKOLÉSIN: No puedo, te lo juro.

KOCHKARÉV: Puedes, querido, todo lo puedes. ¡Vamos, no seas caprichoso, querido!

PODKOLÉSIN: Pero… ¡te aseguro que no! Es muy embarazoso, sumamente embarazoso

KOCHKARÉV: Pero… ¿por qué habría de serlo? ¿Quién te ha dicho eso? Razona tú mismo, tú que eres un hombre inteligente. No te lo digo para lisonjearte ni porque seas un consejero de tercera, te lo digo simplemente por afecto. Vamos, querido, decídete, mira las cosas con ojos de hombre razonable…

PODKOLÉSIN: Pero si se pudiera, yo…
KOCHKARÉV: ¡Iván Kúsmich, tesoro mío! Vamos… ¿Quieres que me arrodille ante ti?

PODKOLÉSIN: Pero… ¿para qué?

KOCHKARÉV: (Arrodillándose ante él). ¡Vamos, aquí me tienes de rodillas! Ya lo ves, te lo suplico. ¡Nunca olvidaré el favor que me has hecho! ¡No seas porfiado, tesoro!

PODKOLÉSIN: No, no puedo, hermano, te juro que no puedo.
KOCHKARÉV: (Levantándose, furioso). ¡Cerdo!
PODKOLÉSIN: Bueno, si quieres, insúltame.
KOCHKARÉV: ¡Estúpido! Nunca vi a un hombre tan estúpido.
PODKOLÉSIN: Insúltame, insúltame.
KOCHKARÉV: ¿Por quién me he estado afanando? ¿Por quién he librado toda una batalla? ¡Todo en beneficio tuyo, idiota! ¿Qué gano yo con todo esto? Te abandonaré. ¿A mí qué me importa?

PODKOLÉSIN: ¿Y quién te ha pedido que te afanes? Abandóname, si quieres.
KOCHKARÉV: Pero… ¡si te abandono te pierdes, sin mí no harás nada! Si no ve caso, seguirás siendo un tonto toda la vida.

PODKOLÉSIN: ¿Y a ti, qué te importa?

KOCHKARÉV: Por ti me afano, alcornoque.
PODKOLÉSIN: No quiero que te afanes.
KOCHKARÉV: ¡Entonces, vete al diablo!
PODKOLÉSIN: Bueno, me iré al diablo.
KOCHKARÉV: ¡Allá te puedes ir!
PODKOLÉSIN: Me iré.
KOCHKARÉV: Ve, ve. Y ojalá te rompas una pierna. ¡Te deseo de corazón que te atropelle un cochero borracho! ¡Eres un títere, y no un funcionario! ¡Te juro que entre nosotros todo ha terminado y que no quiero verte más.PODKOLÉSIN: No me verás. (Se va).

KOCHKARÉV: ¡Vete al diablo, tu viejo amigo! (Abriendo la puerta, le grita en pos). ¡Estúpido!

Escena XVII

KOCHKARÉV (solo, se pasea, muy nervioso).
KOCHKARÉV: Bueno… ¿Se ha visto alguna vez un hombre semejante? ¡Qué estúpido! Pero, a decir verdad, también yo soy un tonto. Díganme por favor todos ustedes… ¿No soy acaso un badulaque, un imbécil? ¿Para qué me afano, grito, grito hasta enronquecer? ¿Qué es él para mí, díganmelo? ¿Un pariente o qué? ¿Y qué soy yo para él? ¿Una nodriza, una tía, una madrina o qué? ¿Para qué diablos me esfuerzo por él, no me doy sosiego, maldito sea? ¡No lo sé! Vaya uno a preguntarle a un hombre para qué hace algo! ¡Qué miserable! ¡Qué rostro asqueante, repulsivo! ¡Con qué ganas le daría yo una tanda de puñetazos, al muy idiota, en la nariz, en las orejas, en la boca, en los dientes… en todas partes! (Furioso asesta varios puñetazos en el vacío). Eso es lo insoportable! Ahora, volverá a su casa y se fumará su pipa. ¡Qué ser repelente! ¡Se han visto carotas repulsivas, pero como esa, ninguna! Pues no, no. ¡Iré y haré volver al muy holgazán! No le permitiré huir… ¡Traeré aquí al muy miserable! (Se va corriendo).

Escena XVIII

ÁGATA TIJÓNOVNA (entra).
ÁGATA TIJÓNOVNA: El corazón me late con tanta violencia que no atinaría a explicármelo. Adondequiera miro, me parece ver a Iván Kúsmich. Nadie puede escapar a su destino: se diría que eso es cierto. Quise ocuparme de otra cosa, pero fue inútil… Cuando quería bordar o tejer un bolso, se me aparecía Iván Kúsmich. (Pausa). ¡De modo que, finalmente, dejaré de ser soltera! Me llevarán a la Iglesia… luego, me dejarán a solas con un hombre… ¡Oh! Tiemblo de pies a cabeza. ¡Adiós mi vida de muchacha! (Llora). ¡He vivido tantos años tranquila…! Y ahora, tengo que casarme. ¡Cuántas preocupaciones me esperan! Los niños, esos varoncitos que riñen a cada momento… y las niñas, también, crecen… y hay que casarlas. Y menos mal cuando se casan con hombres buenos, pero pueden tocarles unos borrachos o unos hombres de esos que salta a la vista lo que son capaces de hacer… (Poco a poco, comienza a sollozar de nuevo). No tuve tiempo de divertirme en mis tiempos de muchacha, y no tuve siquiera veintisiete años de doncellez… (Transición). Pero… ¿por qué demorará tanto Iván Kúsmich?

Escena XIX

ÁGATA TIJÓNOVNA y PODKOLÉSIN
(Sale a escena, empujado por ambas manos de Kochkarév).
PODKOLÉSIN: (Balbuceando). Vine, señora mía, a explicarle algo… pero quisiera saber antes si no le parecerá extraño.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Bajando los ojos). ¿De qué se trata?

PODKOLÉSIN: No, señora. Dígame usted antes… ¿No le parecerá extraño?
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Lo mismo). No puedo saber de qué se trata.
PODKOLÉSIN: Pero, confieso… Seguramente, le parecerá extraño lo que le diré… ¿no es así?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Por qué ha de parecerme extraño? Tratándose de usted, me agrada escucharlo todo.

PODKOLÉSIN: Pero eso usted no lo ha escuchado nunca. (Ágata Tijónovna baja aún más los ojos: en ese momento, entra silenciosamente Kochkarév y se detiene detrás de su amigo). Se trata de… Pero será mejor que se lo diga después, en algún otro momento…

ÁGATA TIJÓNOVNA: Y… ¿de qué se trata?

PODKOLÉSIN: Yo… yo quería, lo confieso, decírselo ahora, pero tengo aún ciertas dudas.

KOCHKARÉV: (Para sí, juntando las manos). ¡Dios mío, qué hombre! Es simplemente una vieja y no un hombre, es una parodia de hombre, la sátira de un hombre!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Por qué duda?
PODKOLÉSIN: No sé. Siento dudas.
KOCHKARÉV: (En voz alta). ¡Qué tonto es esto, qué tonto! Mire, señora. Lo que desea Iván Kúsmich, es pedirle su mano; quiere decirle que no puede vivir sin usted, que se muere por usted. Y sólo la pregunta… ¿Acepta hacerlo feliz?

PODKOLÉSIN: (Casi asustado, lo empuja y exclama). ¡Vamos! ¿Qué dices?

KOCHKARÉV: ¿De modo que está dispuesta a hacer feliz a este mortal, señora?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No me atrevo a creer que yo pueda hacer feliz a… Por lo demás, acepto.

KOCHKARÉV: ¡Naturalmente, naturalmente! ¡Hace rato que debió decirlo! ¡Denme sus manos!

PODKOLÉSIN: Inmediatamente. (Quiere decirle algo al oído; Kochkarév le muestra el puño y frunce el ceño; Podkolésin le tiende la mano).

KOCHKARÉV: (Uniendo las manos de ambos). ¡Dios los bendiga! Estoy conforme y aplaudo la unión de ustedes. El matrimonio es un asunto que… No significa tomar un coche y emprender un viaje; es un deber de índole totalmente distinta, es un deber… (A Podkolésin). Ahora no tengo tiempo, pero luego te explicaré qué clase de deber significa. Bueno, Iván Kúsmich, besa a tu novia. Ahora, puedes hacerlo: debes hacerlo. (Ágata Tijónovna baja los ojos). ¡No es nada, señora, no es nada! ¡Así debe ser! ¡Que la bese!

PODKOLÉSIN: No, señora, permítanle. Ahora, permítame. (La besa y te toma de la mano). ¡Qué preciosa manito! ¿Cómo es que tiene usted una manito tan bella, señora… Permítame, señor. Quiero que nos casemos inmediatamente, inmediatamente, sin falta.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Cómo inmediatamente? Eso, quizás, sería demasiado pronto.

PODKOLÉSIN: ¡No quiero ni oír hablar del asunto! Quiero más pronto aún quiero que nos casemos dentro de un momento.

KOCHKARÉV: ¡Bravo! ¡Bien! ¡Eso sí que es ser un hombre cabal! Confieso que siempre deposité grandes esperanzas en tu futuro. Señora, conviene realmente que se apresure a vestirse; y yo, a decir verdad, he mandado ya por un coche e invitado a la gente; todos han ido ahora directamente a la iglesia. Sé que usted hasta tiene listo el traje de novia.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Claro, desde hace tiempo. Me vestiré en un momento.

Escena XX

KOCHKARÉV y PODKOLÉSIN.
PODKOLÉSIN: ¡Bueno, hermano! ¡Muchísimas gracias! Ahora veo con claridad todo el favor que me has hecho. Mi propio padre no habría hecho lo que tú. Ya veo que has obrado por mera amistad. Gracias, hermano; recordaré eternamente el servicio que me has prestado. (Conmovido). En la primavera próxima, visitaré sin falta la tumba de tu padre.

KOCHKARÉV: No es nada, hermano. Yo mismo estoy encantado. Ven, te daré un beso. (Lo besa en ambas mejillas). Dios quiera que vivas feliz (se besan) en la abundancia y la prosperidad; y que tengas muchos hijos…

PODKOLÉSIN: ¡Gracias, hermano! Acabo de descubrir qué es la vida: ahora, ante mí se presenta un mundo totalmente nuevo. Ahora, veo que todo se mueve, vive, siente, vibra… uno mismo no sabe cómo. Y antes, yo no veía nada de eso, no comprendía, no sabía nada de nada, no razonaba, no profundizaba, y vivía como cualquier otro individuo.

KOCHKARÉV: ¡Me alegro, me alegro! Ahora, iré a ver cómo han preparado la mesa; vuelvo dentro de un momento. (Aparte). Por las dudas, convendrá esconderle el sombrero. (Toma el sombrero de Podkolésin y se lo lleva).

Escena XXI

PODKOLÉSIN (solo).
PODKOLÉSIN: En realidad… ¿qué he sido hasta ahora? ¿Comprendía acaso el sentido de la vida? No, no lo comprendía, no comprendía nada. ¿Qué fue mi vida de soltero? ¿Qué era yo, qué hacía? Vivía, vivía, prestaba servicios en la administración pública, iba a la oficina, comía, dormía… en una palabra, era el hombre más vacío y vulgar del mundo. Sólo ahora advierto la estupidez de los que no se casan; y, si bien se mira… ¡cuántos son los hombres sumidos en esa ceguera! Si yo fuera rey de algún país, daría orden de que se casaran todas mis súbditos, positivamente todos, de que no quedara en el reino un solo soltero. Realmente… ¡Cuando pienso que, dentro de unos minutos, seré un hombre casado! De pronto, uno podrá saborear esa felicidad que sólo se conoce en los cuentos de hadas, ¡una felicidad indecible, inexpresable! (Breve pausa). Con todo eso, cuando uno lo piensa bien, siente miedo. Hay que ligarse para toda la vida, para siempre y luego no hay modo de liberarse ni de arrepentirse… nada, nada… todo está terminado, todo está hecho. Ahora mismo, ya no es posible retroceder un minuto más y estaré ante el altar; ni siquiera es posible huir… el coche espera y todo está pronto.

Pero… ¿será realmente imposible huir? Claro, claro que es imposible: en las puertas y en todas partes hay gente: me preguntarán: ¿Por qué se va? ¡No es posible, no! Pero hay una ventana abierta… ¿Y si saltara por la ventana? No, imposible: sería indecoroso. Además, está muy alta. (Se acerca a la ventana). Bueno, no está tan alta, sólo es la planta baja, y muy baja, por cierto. Pero, no… ¿Cómo podría hacerlo? No tengo mi sombrero. ¿Cómo habría de escaparme sin sombrero? ¡Sería muy embarazoso! Pero… ¿será realmente embarazoso escapar sin sombrero? ¿Y si probara? ¿Pruebo? (Se encarama sobre la ventana y después de decir: “¡Dios me ayude!”, salta a la calle: se oye gritar detrás de la escena): ¡Ay! ¡Era alta! ¡Eh, cochero!

Voz del cochero: ¿Me llamaba?

Voz de PODKOLÉSIN: A la Kanávka, junto al puente de Semenóvsk.
Voz del cochero: Le costará medio rubio.
Voz de PODKOLÉSIN: Bueno, conforme. ¡En marcha! (Se oye el ruido del coche que se aleja).

Escena XXII

ÁGATA TIJÓNOVNA (entra en traje de novia, tímidamente y con los ojos bajos).
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Yo misma no sé qué me pasa! Vuelvo a sentir vergüenza y tiemblo de pies a cabeza. ¡Oh! Si él no estuviera aquí aunque sólo fuese por un momento, si hubiese salido para algo… (Mira a su alrededor, con alegría). Pero… ¿dónde está? No hay nadie. ¿Adónde habrá ido? (Abre la puerta que da al vestíbulo y dice allí). ¿Adónde ha ido Iván Kúsmich, Tecla?

TECLA: ¡Si está ahí…!
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿dónde?
TECLA: (Entrando). ¡Estaba aquí, en esta habitación!
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pues ya ves que no está…
TECLA: Sin embargo, no ha salido de aquí… Yo me hallaba sentada en el vestíbulo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿dónde estará?

TECLA: No lo sé. ¿No habrá salido por la otra puerta, por la escalera de servicio? ¿O no estará en la habitación de Arina Panteleimónovna?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Tía, tía!

Escena XXIII

Dichos y Arina Panteleimónovna.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: (Vestida de punta en blanco). ¿Qué pasa?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Está en tu cuarto Ivan Kúsmich?
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: No, debe estar aquí: no entró en mi cuarto.
TECLA: Pues tampoco salió al vestíbulo: no me he movido de allí.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Ni está aquí, como ven.

Escena XXIV

DICHOS y KOCHKARÉV.
KOCHKARÉV: ¿Qué pasa?
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pues que Iván Kúsmich no está.
KOCHKARÉV: ¿Cómo, que no? ¿Se fue?
ÁGATA TIJÓNOVNA: No. No se ha ido, tampoco.
KOCHKARÉV: ¿Cómo se entiende… que no está… y que no se fue?
TECLA: Pues no me explico dónde puede haberse metido. He estado sentada en el vestíbulo y no me he movido de allí.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pues no puede haber pasado por la puerta de servicio.

KOCHKARÉV: ¿Y entonces? ¡Qué diablos! Si no salió de la habitación, no puede haberse perdido. ¿No se habrá escondido…? ¡Iván Kúsmich! ¿Dónde estás? ¡No hagas el tonto, vamos, sal de una vez! ¡Vamos! ¿Qué bromas son esas? ¡Hace rato que es hora de ir a la iglesia! (Mira detrás del armario y hasta escudriña de soslayo debajo de las sillas). ¡No lo entiendo! Pero, no, no puede haberse ido. No puede haberse ido de ningún modo. Está aquí, en ese cuarto está su sombrero, lo guardé allí ex profeso.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿No convendrá preguntarle a la sirvientita? Estaba en la calle y quizá sepa algo. ¡Duniáshka! Duniáshka!

Escena XXV

DICHOS y DUNIÁSHKA.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿No has visto dónde está Iván Kúsmich?

DUNIÁSHKA: Saltó por la ventana, pues. (Ágata Tijónovna profiere un grito y da una palmada de consternación).

Los tres: ¿Por la ventana?

DUNIÁSHKA: Sí, y después llamó a un cochero y se fue en coche.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero… ¿dices la verdad?
KOCHKARÉV: ¡Mientes! ¡No puede ser!
DUNIÁSHKA: ¡Sí que saltó, lo juro! También lo vio el dueño de la tienda vecina. Le prometió medio rubio al cochero y se fue.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: (Acercándose a Kochkarév, con aire agresivo). ¿Qué significa esto, hijo mío? ¿Ha querido usted burlarse de nosotros o qué? ¿Quiere humillarnos? Tengo sesenta años, ya, y nunca vi vergüenza semejante. ¡Merece usted que le escupan en la cara, si es una persona decente! ¡Pero, después de esto, es todo un bribón! ¡Ha humillado a una muchacha ante el mundo entero! ¡Pensar que soy una campesina y no lo habría hecho… y usted es un noble! ¡Ya se ve que la nobleza sólo les sirve a ustedes para cometer bajezas! (Se va, furiosa, y se lleva a la novia. Kochkarév permanece inmóvil, como abrumado).

TECLA: ¿Qué me dices? ¿Con que eras tú el que sabía manejar estos asuntos, el que sabía casar sin la casamentera? Pues yo tendré toda clase de novios, calvos o como sea, pero novios que saltan por la ventana… ¡de esos, a Dios gracias, no tengo!

KOCHKARÉV: ¡Esto es absurdo! ¡No puede ser! ¡Correré a su casa, lo obligaré a volver! (Se va).

TECLA: ¡Sí, corre, hazlo volver! No sabes cómo son estas cosas. Todavía si el novio se hubiese escapado por la puerta, vaya y pase, pero cuando ha saltado por la ventana… ¡ya no vuelve ni por casualidad!

El Casamiento – Obra de Mykola Hóhol

Acto I

Habitación de un soltero.

Escena I

PODKOLÉSIN: (Solo, tendido sobre el sofá, con la pipa en la boca). Cuando uno medita en las horas de ocio, llega a la conclusión de que, finalmente, debe casarse. Después de todo… ¿qué? Uno vive, vive, y total… ¿de qué le sirve? Y parecería que todo está pronto y ahí tenemos a la casamentera, que viene aquí desde hace tres meses, ya. Palabra que ya me causa cierto malestar ver que… ¡Eh, Stepán!

Escena II

PODKOLÉSIN, STEPÁN.
PODKOLÉSIN: ¿No vino la casamentera?
STEPÁN: No.
PODKOLÉSIN: ¿Fuiste a casa del sastre?
STEPÁN: Fui.
PODKOLÉSIN: Y qué… ¿me cose el frac?
STEPÁN: Lo cose.
PODKOLÉSIN: ¿Y ha cosido mucho, ya?
STEPÁN: Bastante: ha empezado a hacer los ojales.
PODKOLÉSIN: ¿Qué dices?
STEPÁN: Digo que ya ha empezado a hacer los ojales.
PODKOLÉSIN: ¿Y no preguntó para qué necesitaba yo el frac?
STEPÁN: No, no lo preguntó.

PODKOLÉSIN: Quizá te haya dicho: ¿no querrá casarse tu patrón?

STEPÁN: No, no me dijo nada.
PODKOLÉSIN: Pero habrás visto en su taller otros fracs. Porque supongo que también coserá para otros ¿no es así?

STEPÁN: Sí, tiene muchos colgados ahí.

PODKOLÉSIN: Pero el paño de esos fracs no debe ser tan bueno como el mío ¿verdad?

STEPÁN: Sí, el del suyo es mejor.

PODKOLÉSIN: ¿Qué dices?
STEPÁN: Digo que el del suyo es mejor.
PODKOLÉSIN: Bueno. ¿Y no te preguntó el sastre por qué me hago el frac de un paño tan fino?

STEPÁN: No.

PODKOLÉSIN: ¿No preguntó si yo pensaba casarme, pongamos por caso?
STEPÁN: No, no lo preguntó.
PODKOLÉSIN: Pero le dijiste cuál es mi jerarquía en la administración pública y dónde sirvo ¿verdad?

STEPÁN: Se lo dije.

PODKOLÉSIN: ¿Qué te contestó?
STEPÁN: Dijo que haría todo lo posible para que el frac resultara bueno.
PODKOLÉSIN: Está bien. Vete.
(Stepán sale).


Escena III

PODKOLÉSIN (solo).
PODKOLÉSIN: Opino que el frac negro es más serio. Los de color convienen más a los secretarios, los consejeros de cuarta categoría y demás morralla. Resultan… un poco infantiles. Los que somos de jerarquía más alta debemos mantener, como se dice, el… ¡se me ha olvidado la palabra! ¡Una bonita palabra, pero se me ha olvidado! Sí, hermano: el consejero de tercera es prácticamente igual a un coronel, sólo que su uniforme no tiene charreteras. ¡Eh, Stepán!

Escena IV

PODKOLÉSIN, STEPÁN.
PODKOLÉSIN: ¿Compraste el betún?
STEPÁN: Sí.
PODKOLÉSIN: ¿Dónde lo compraste? ¿En el almacén del Voznecénsky Prospéct que te dije?

STEPÁN: En el mismo.

PODKOLÉSIN: ¿Y es bueno el betún?
STEPÁN: Bueno.
PODKOLÉSIN: ¿Probaste lustrar mis botas con ella?
STEPÁN: Probé.
PODKOLÉSIN: Y qué… ¿Brillan?
STEPÁN: Brillan bien.
PODKOLÉSIN: Y cuando el dueño del almacén te vendió el betún… ¿no pre-guntó para qué necesitaba el betún tu patrón?

STEPÁN: No.

PODKOLÉSIN: No te dijo: “¿Puede ser que tu patrón proyecte casarse?”
STEPÁN: No, no me dijo nada.
PODKOLÉSIN: ¡Bueno, vete!
(Stepán sale).

Escena V

PODKOLÉSIN (solo).
PODKOLÉSIN: Parecería que las botas son una bagatela y sin embargo, si están mal cosidas y el betún no es todo lo negro que hace falta, en la buena sociedad a uno no lo respetan como es debido. Se diría que… Y si aparecen callos, peor que peor. Estoy pronto a soportar lo que sea, menos los callos.

¡Eh, Stepán!

Escena VI

PODKOLÉSIN: Stepán.
STEPÁN: ¿Qué desea?
PODKOLÉSIN: ¿Le dijiste al zapatero que las botas no debían causarme callos?
STEPÁN: Se lo dije.
PODKOLÉSIN: ¿Y qué te contestó?
STEPÁN: Me contestó que estaba bien. (Se va).
<h4{escena vii

PODKOLÉSIN, luego STEPÁN.
PODKOLÉSIN: ¡Después de todo, un casamiento es algo que da trabajo, qué diablos! Esto y lo otro y lo de más allá. Esto y aquello debe estar como es debido. ¡No, qué demonios! Eso no es tan fácil como dicen. (Entra Stepán). Yo quería decirte, también…

STEPÁN: Ha venido la vieja.

PODKOLÉSIN: ¡Ah! ¿Ha venido? Hazla entrar. (Stepán sale). Sí, el casamiento es algo… algo que… algo difícil.

Escena VIII

PODKOLÉSIN y TECLA.
PODKOLÉSIN: ¡Hola! ¡Buenos días, Tecla Ivánovna! Bueno… ¿Y qué? Toma una silla, siéntate y cuenta. ¿Cómo va eso? ¿Cómo dijiste que se llamaba la…? ¿Melánia?

TECLA: Ágata Tijónovna.
PODKOLÉSIN: Sí, sí, Ágata Tijónovna. Seguramente, es alguna cuarentona…
TECLA: ¡Nada de eso! Si usted se casa con ella, me alabará y me lo agradecerá todos los días de su vida.

PODKOLÉSIN: ¡Mientes, Tecla Ivánovna!

TECLA: Ya estoy vieja, hijo mío, para mentir así como así.

PODKOLÉSIN: ¿Y la dote, la dote? Vuelve a contármelo.

TECLA: La dote es una casa de piedra en el barrio de la Moskóvska, de dos pisos, y con tanta renta que es un placer; el tendero solo paga setecientos rubios por su tenducho; y la cervecería del subsuelo atrae también a mucha gente; hay dos pabellones de madera, uno de ellos con cimientos de piedra, y que rinden cuatrocientos rubios de renta. Por el lado de Viborg, hay también una huerta. Hace ya tres años que la arrienda un mercader, y es un hombre muy sobrio, no bebe una sola gota de licor y tiene tres hijos: dos ya están casados, y en cuanto al tercero, el mercader dice: “Es joven, todavía; que se quede en el tenducho, para atender mejor a la clientela; yo, ya estoy viejo”.

PODKOLÉSIN: Pero… ¿y ella? ¿Cómo es ella, personalmente?
TECLA: ¡Una joya! Blanca, sonrosada, pura sangre y leche… Un deleite tal que cuesta pintarlo. Usted se sentirá contento hasta aquí (se señala la garganta) y les dirá al amigo y al enemigo: “¡Vaya con Tecla Ivánovna! ¡Cómo se lo agradezco!”.

PODKOLÉSIN: Pero no es hija de un oficial… ¿verdad?

TECLA: Es hija de un mercader de tercera. Pero tan altiva que no le toleraría una ofensa ni a un general. Ni siquiera quiere oír hablar de un novio mercader. “A mí, que me den cualquier marido, aun de aspecto insignificante, pero que sea noble”. ¡Sí, es una muchacha refinada! Y cuando se pone el vestido de seda de los domingos… bueno, ¡Dios me ampare! ¡Parece una duquesa!

PODKOLÉSIN: Por eso te lo he preguntado, precisamente; porque soy consejero de tercera y… ¿Comprendes?

TECLA: Pues, sí… ¿Cómo no he de comprender? Tuvimos a un consejero de tercera y lo rechazaron: no gustó. Tenía una extraña costumbre: palabra que decía, mentira que decía, y eso que su aspecto era tan serio… ¿Qué se podía hacer? Por lo visto, Dios lo había hecho así; él mismo lo lamentaba, pero no podía contenerse, tenía que mentir… Era la voluntad de Dios.

PODKOLÉSIN: Bueno… Y además de esa… ¿no tienes alguna otra por ahí?
TECLA: ¿Y para qué necesitas otra? Esa es la mejor.
PODKOLÉSIN: ¿De veras que es la mejor?
TECLA: Aunque recorras el mundo entero, no encontrarás otra que se le parezca.

PODKOLÉSIN: Lo pensaremos, lo pensaremos. Ven a verme pasado mañana. Volveremos a hacer lo mismo… ¿sabes? Yo me quedaré tendido aquí y tú me contarás.

TECLA: Pero, hijo mío… ¡Por piedad! Hace ya tres meses que vengo a verte, y nada: no haces más que estarte sentado en bata y fumando tu pipa.

PODKOLÉSIN: ¿Y tú crees, quizás, que casarse es lo mismo que decir “¡Eh, Stepán, dame las botas!”? ¿Que basta con ponérselas y buen viaje? Hay que reflexionarlo, mirarlo bien.

TECLA: Bueno… ¿Por qué no? Si quieres marido, míralo. Para eso está la mercadería, para mirarla. Pide que te traigan el caftán y ahora mismo, aprovecha esta hermosa mañana para ir a verla.

PODKOLÉSIN: ¿Ahora? Fíjate qué nublado está el tiempo. Si salgo, me puede sorprender la lluvia.

TECLA: ¡Peor para ti! Ya te asoman las canas y pronto no servirás para marido. ¿Te crees algo extraordinario por el hecho de ser consejero de tercera? Hemos visto cosas mejores. Tenemos entre manos a unos novios tales que ni siquiera te miraríamos.

PODKOLÉSIN: ¿Qué estupideces estás diciendo? ¿Qué ocurrencia es esa de que tengo canas? ¿Dónde están mis canas? (Se tantea los cabellos).

TECLA: ¿Cómo quieres que no las haya? Para eso, todo hombre envejece. No te gusta esta, no te gusta aquella. ¡Ten cuidado! Le he echado el ojo a un capitán que te lleva toda una cabeza. Tiene una voz de trueno y sirve en el almirantazgo.

PODKOLÉSIN: Mientes, me miraré en el espejo. ¿Qué ocurrencia es esa de las canas? ¡Eh, Stepán! ¡Tráeme el espejo! O, no, espera más bien. Iré yo mismo. Eso, Dios me libre, sería peor que la viruela. (Se va al cuarto contiguo).


Escena IX

TECLA y KOCHKARÉV. (Entra corriendo)
KOCHKARÉV: ¡Oye, Podkolésin!… (Al ver a Tecla). ¿Tú aquí? ¡Ah! ¿Oye? ¿Con quién diablos me casaste?

TECLA: ¿Y qué tiene de malo? Cumplió usted con la ley.

KOCHKARÉV: ¡Cumplí con la ley! ¿Crees que una esposa es algo nunca visto? ¿Acaso yo no podía vivir sin ella?

TECLA: Pero si tú mismo empezaste a insistirme: cásame, cásame, te lo ruego.

KOCHKARÉV: ¡Ah, vieja rata! Bueno… ¿Y para qué has venido aquí? ¿Acaso Podkolésin quiere…?

TECLA: ¿Por qué no? Dios lo iluminó.

KOCHKARÉV: ¿De veras? ¡Qué infame! ¡Y a mí no me dijo una sola palabra! ¡Vaya un individuo! Con que casándose a escondidas… ¿eh?

Escena X

DICHOS y PODKOLÉSIN (con el espejo en las manos, se mira fijamente en él).
KOCHKARÉV: (Acercándose furtivamente por detrás, lo asusta). ¡Puf!
PODKOLÉSIN: (Profiere un grito y deja caer el espejo). ¡Loco! Bueno… ¿Para qué… para qué…? Vaya una estupidez. Me asustaste de tal modo que tengo toda el alma revuelta.

KOCHKARÉV: ¡Bah! Sólo fue una broma.
PODKOLÉSIN: ¡Vaya con la broma! Todavía me dura el susto. Y, ya lo ves: he roto el espejo. Te advierto que no lo regalan: lo compré en un comercio inglés.

KOCHKARÉV: Bueno, bueno: ya te compraré otro.

PODKOLÉSIN: Sí, sí, me lo comprarás. Ya conozco esos espejos: cuando uno se mira en ellos, parece tener diez años más y la cara torcida.

KOCHKARÉV: Oye, soy yo quien tiene motivo para estar enojado contigo: a mí, tu amigo, me lo ocultas todo. ¡Piensas casarte!

PODKOLÉSIN: ¡Tonterías, no me propongo semejante cosa!

KOCHKARÉV: La prueba está a la vista. (Señala a Tecla). Ya sabes quién es ese pájaro. Bueno, bueno, el asunto no tiene nada de particular. Se trata de algo cristiano, hasta necesario para la patria. Me encargaré de esa tarea. (A Tecla). Vamos, habla: di cómo son las cosas, quién es y todo lo demás. ¿Es de la nobleza o comerciante o qué es? ¿Y cómo se llama?

TECLA: Ágata Tijónovna.
KOCHKARÉV: ¿Ágata Tijónovna Brandajlístova?
TECLA: ¡Oh, no…! Kuperdiáguina.
KOCHKARÉV: Vive en la calle de las Seis Tiendas… ¿verdad? Tecla. No, no; más bien cerca de Peski, en la bocacalle de Milni.

KOCHKARÉV: Aja… Sí. En la bocacalle de Milni, al lado de la tienda… ¿no es eso?

TECLA: No, junto a la cervecería.KOCHKARÉV: ¿A la cervecería? Entonces, ya no me lo explico.

TECLA: Pues cuando dobles la bocacalle, verás de frente una casilla; y después de pasar la casilla, dobla a la izquierda y entonces tendrás ante tus ojos una casa de madera, donde se aloja una costurera que vivió con el subsecretario del Senado. No en la casa de la costurera; junto a ella, hay otra casa, de piedra y ahí vive Ágata Tijónovna, la novia.

KOCHKARÉV: Bueno, bueno. Ahora, ya me encargaré de todo: puedes irte. Ya no te necesitamos.

TECLA: ¡Cómo! ¿Tú mismo quieres concertar la boda?

KOCHKARÉV: Yo mismo, yo mismo: no te metas.
TECLA: ¡Ah, desvergonzado! Pero… ¡Si eso no es cosa de hombres! ¡Apártate, hijo, apártate de ese asunto!

KOCHKARÉV: ¡Vete, vete! No entiendes nada, no te metas. Métete en lo tuyo… ¡Fuera de aquí!

TECLA: ¡Sólo piensas en quitarles el pan a los demás, hereje! ¿No te avergüenza meterte en semejante bagatela? De haberlo sabido, no te habría dicho nada. (Se va, con aire de despecho).

Escena XI

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV.
KOCHKARÉV: Bueno, hermano. Este asunto no puede postergarse: en marcha.
PODKOLÉSIN: Pero si todavía no he decidido nada. Sólo he pensado…
KOCHKARÉV: ¡Tonterías, tonterías! Bastará con que no pierdas la serenidad: te casaré de tal modo que ni siquiera te enterarás. Ahora mismo iremos a ver a la novia y verás cómo se hará todo en un santiamén.

PODKOLÉSIN: ¡Vaya una ocurrencia! ¡Ir inmediatamente!
KOCHKARÉV: ¿Y por qué hemos de esperar? Dime… ¿Por qué? Reflexiona tú mismo. ¿Para qué te sirve tu vida de soltero? Mira tu cuarto: ¿qué ves en él? Ahí, una bota sin lustrar, allá la jofaina del lavabo, más allá un montón de tabaco sobre a mesa; y tú, te pasas el día tendido como un holgazán, bostezando.

PODKOLÉSIN: Es verdad. Reconozco que aquí no hay orden.

KOCHKARÉV: En cambio, cuando tengas esposa, no te reconocerás a ti mismo ni reconocerás tu cuarto; aquí habrá un diván, un perrito, algún canario en su jaula, un trabajo de costura. E imagínate que estás sentado en el diván… y de repente se te arrima una mujercita, una linda mujercita, y te acaricia así… con su pequeña mano…

PODKOLÉSIN: ¡Ah, qué diablos! Si bien se piensa, hay manitos que parecen de leche…

KOCHKARÉV: ¡Hombre! ¡Cualquiera diría que las mujeres sólo tienen manitos! Tienen, hermano… ¡Bueno, a qué hablar! ¡Tienen de todo, qué diablos!

PODKOLÉSIN: Para serte franco, me gusta ver sentada a mi lado a una linda mujercita.

KOCHKARÉV: Bueno, ya lo ves, tú mismo has digerido el asunto. Ahora, sólo falta tomar las medidas necesarias. No te preocupes de nada. El almuerzo nupcial y todo lo demás… corre por mi cuenta. Habrá que encargar por lo menos una docena de botellas de champaña: menos imposible, hermano, También hará falta media docena de botellas de Madera. La novia, sin duda, tendrá su legión de tías y comadres… y esas, no quieren saber de bromas. En cuanto al vino del Rhin, que se lo lleve el diablo… ¿no te parece? En lo que respecta al almuerzo, tengo en vista a un cocinero que es una maravilla: da de comer en tal forma que uno después ni siquiera está en condiciones de levantarse.

PODKOLÉSIN: ¡Hombre! Tomas el asunto con tanto apasionamiento que se diría que realmente me voy a casar pronto.

KOCHKARÉV: ¿Y por qué no? ¿Por qué postergar la boda? Tú estás de acuerdo… ¿verdad?

PODKOLÉSIN: ¿Yo? Bueno, no… no estoy completamente de acuerdo.

KOCHKARÉV: ¡Ahora, salimos con esas! ¡Pero si acabas de decirme que quieres casarte!

PODKOLÉSIN: Sólo dije que no estaría mal.

KOCHKARÉV: ¡Hermano…! Pero si nosotros ya íbamos a… Veamos… ¿Acaso no te gusta la vida de casado?

PODKOLÉSIN: Sí, me gusta.

KOCHKARÉV: ¿Y entonces? ¿Qué obstáculos ves?
PODKOLÉSIN: Ninguno, el asunto me parece un poco raro…
KOCHKARÉV: ¿Qué tiene de raro?
PODKOLÉSIN: ¿Cómo no ha de serlo? Me ha pasado tanto tiempo sin casarme, y ahora, de repente, me caso…

KOCHKARÉV: Vamos, vamos… ¿No tienes vergüenza? No, ya lo veo: contigo, hay que hablar seriamente; te seré franco, como un padre con su hijo. Bueno, mírate con atención, como me miras a mí, por ejemplo. ¿Qué eres, ahora? Un alcornoque cualquiera, una cosa sin sentido. ¿Para qué vives? Va-mos, mírate en el espejo. ¿Qué ves? Una cara estúpida y nada más. Y aquí, imagínate, a tu lado habría chiquillos, y quizás no sólo dos o tres sino no menos de media docena, y todos igualitos a ti, como una gota de agua a otra. Ahora estás solo, eres un simple consejero de tercera o jefe de sección o lo que sea; y entonces, en cambio, a tu alrededor habrá varios consejeritos, y algunos de esos bribonzuelos te tirará de la barba y tú te limitarás a aullarle como un perrito: “¡Guau, guau, guau!” Bueno… Dímelo tú mismo… ¿Hay algo mejor que eso?

PODKOLÉSIN: Pero si todos esos chiquillos son muy traviesos… Lo estropearán todo, me dispersarán los papeles.

KOCHKARÉV: ¡Qué hagan travesuras…! Pero todos se te parecerán; eso es lo que importa.

PODKOLÉSIN: En realidad, el asunto hasta resulta gracioso, qué diablos: ¡pensar que un cachorro semejante, que no levanta dos palmos del suelo, pueda ya parecérsele a uno!

KOCHKARÉV: ¡Cómo no ha de ser gracioso! ¡Claro que lo es! Vamos, pues.
PODKOLÉSIN: Bueno, vamos.
KOCHKARÉV: ¡Eh, Stepán! Dale pronto la ropa a tu patrón, que se va a vestir.
PODKOLÉSIN: (Vistiéndose ante el espejo). Creo, con todo, que me convendría usar el chaleco blanco.

KOCHKARÉV: ¡Tonterías! Tanto da.

PODKOLÉSIN: (Poniéndose el cuello). ¡Maldita lavandera! Me ha almidonado tanto los cuellos que no hay forma de sujetarlos. Stepán, dile que si me sigue planchando así la ropa le encargaré el trabajo a otra. Seguramente, en vez de planchar se pasa el tiempo con sus amantes.

KOCHKARÉV: ¡Vamos, hermano, date prisa! ¡Qué lento eres!

PODKOLÉSIN: Ya va, ya va. (Se pone el frac y se sienta). Oye, lliá Pómich. ¿Sabes una cosa? Ve tú sólo. Kochkarév. ¡Ésa sí que es buena! ¿Te has vuelto loco? ¡Que vaya yo solo! Pero… ¿quién se casa? ¿Tú o yo?

PODKOLÉSIN: ¡De veras…! No sé por qué, no tengo muchas ganas. Dejémoslo para mañana.

KOCHKARÉV: Vamos… ¿Te queda un átomo de sentido común? ¿No se podría decir que eres un alcornoque? Ya estás preparado para salir… ¡y, de pronto, dices que no hace falta! Vamos, dime, por favor… ¿No mereces que te llame cerdo y bribón, a fin de cuentas?

PODKOLÉSIN: Bueno… ¿Por qué me insultas? ¿Para qué? ¿Qué te he hecho?

KOCHKARÉV: ¡Eres un estúpido, un estúpido a carta cabal, eso lo dirá cualquiera! ¡Un estúpido, aunque seas consejero de tercera! Vamos a ver… ¿Por quién me preocupo? Pienso en tu bien. ¡Maldito solterón! ¡Hete ahí tendido como un tronco! Vamos, dime. ¿Qué pareces, así? Eres un imbécil, una porquería… Hasta diría una palabra… pero sería demasiado indecente. ¡Mujer! ¡Eres peor que una mujer!

PODKOLÉSIN: Bueno eres tú también, después de todo. (En voz baja). ¿Has perdido el juicio? ¡A dos pasos de nosotros está mi criado y me insultas en su presencia y con qué palabrotas! ¿No encontraste un lugar mejor?

KOCHKARÉV: ¿Cómo no te he de insultar, dímelo? ¿Quién no haría lo mismo, en mi lugar? ¿Quién dejaría de insultarte? Como un hombre respetable, habías resuelto casarte, te portabas razonablemente y de pronto… porque sí, por mera estupidez, so alcornoque…

PODKOLÉSIN: ¡Bueno, basta ya, iré! ¿A qué tanto grito?

KOCHKARÉV: ¡Iré! Claro… ¿Qué otra cosa podrías hacer? (A Stepán). Dale el sombrero y el capote.

PODKOLÉSIN: (En el umbral). ¡Qué hombre tan raro! No hay forma de entenderse con él: lo insulta a uno por cualquier cosa. No sabe de buenos modales.

KOCHKARÉV: Se acabó. Ya no te insulto. (Ambos salen).


Escena XII

Habitación en casa de ÁGATA TIJÓNOVNA.
ÁGATA TIJÓNOVNA echa un solitario; su tía ARINA PANTELEIMÓNOVNA observa.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Otro camino, tía! Se interesa no sé qué rey de corazones… hay lágrimas… una carta de amor; por la izquierda, se muestra afectuoso el rey de pique, pero una malvada le estorba.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y quién podría ser, en tu opinión, el rey de pique?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No lo sé.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pues yo sí lo sé.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Quién es?
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Un buen compañero, Alejo Dmitrievich Starikóv.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Eso sí que no, con seguridad. ¡Apostaría a que no!
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: No discutas, Ágata Tijónovna. ¡Su cabello es tan rubio! No hay otro rey de pique.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Te digo que no: el rey de pique significa aquí a un noble… A un mercader, le costaría pasar por el rey de pique.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Ah, Ágata Tijónovna! ¡Por cierto que no dirías eso si viviera aún tu padre Tijón Panteleimónovich! El difunto solía asestar un puñetazo sobre la mesa y gritar: “¡Que se vaya al infierno el que se avergüence de ser mercader! ¡Y no casaré a mi hija con un coronel! ¡Que eso lo hagan otros! Y a mi hijo, no le haré servir en la administración pública. ¿Acaso un mercader no sirve al zar a su manera, tanto como cualquier otro? Y descargaba el puño sobre la mesa. ¡Y tenía una manota como un balde! A decir verdad, vapuleó bastante a tu madre. De lo contrario, la difunta habría vivido más tiempo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Y yo, podría tener un marido tan malvado como él! ¡No me casaré con un mercader por nada del mundo!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Si Alejo Dmitrievich no es así!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡No quiero, no quiero! Tiene barba. Apenas empieza a comer, todo se le escurre por la barba. ¡No, no quiero!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero… ¿dónde se podría conseguir un buen noble? En la calle no, por cierto.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Tecla Ivánovna lo encontrará: ha prometido encontrar algo de lo mejor.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero… ¡si es una embustera, tesoro mío!


Escena XIII

DICHAS y TECLA.
TECLA: ¡Oh, no! ¡Es pecado hablar de los ausentes sin motivo, Arina Panteleimónovna!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah, es Tecla Ivánovna! ¡Bueno, vamos, habla, cuenta! ¿Hay?

TECLA: Hay, hay, pero déjame tomar aliento… ¡He estado tan atareada! Para cumplir tu encargo he estado en todas partes, me he arrastrado por las oficinas públicas, por los ministerios, hasta por las comisarías… ¿Sabes que poco faltó para que me pegaran? ¡Te lo juro! La vieja que casó a las de Aférov se me acercó con aire amenazador y me dijo: “¡Condenada, me quitas el pan! ¡Estás trabajando fuera de tu distrito!” “¿Y qué?” –repliqué, sin ambages–. Tratándose de mi señorita, perdona, pero no ahorraré esfuerzos, quiero dejarla satisfecha”. ¡Y hay que ver los novios que te he preparado! El mundo seguirá rodando, pero nunca se han visto novios semejantes. Hoy, vendrán varios. Vine corriendo especialmente para avisarte.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Cómo hoy? ¡Tecla Ivánovna, alma mía, tengo miedo!

TECLA: ¡No temas, querida! Vendrán a ver y nada más. Y tú, los mirarás a ellos: si no te gustan, se irán.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Bueno, supongo que se los habrás traído buenos!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y cuántos son? ¿Muchos?

TECLA: Seis.
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Con un gritito). ¡Oh!
TECLA: ¿Por qué te alborotas tanto, tesoro? Así, podrás elegir mejor: si no te sirve uno, te servirá otro.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Son nobles?

TECLA: Las perlas mismas de la nobleza, a cual mejor: de esos nobles que no se han visto todavía.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Vamos, dime… ¿Cómo son? ¿Cómo son?

TECLA: Todos buena gente, unos hombres magníficos, como es debido. El primero, Baltasar Baltasárovich Gevákin, ha servido en la marina. Dice que le gustan las novias de buen físico, nada de anémicas. E Iván Pávlovich, el agente fiscal, es tan importante que hasta resulta difícil abordarlo. ¡Es tan corpulento, tan gordo! Y, de repente, me empieza a gritar: “A mí, no me vengas con que la novia es tal o cual, a mí dime sin rodeos cuáles son sus propiedades y sus bienes muebles”. ¡Tanto de esto y tanto de lo otro, señor mío! “¡Mientes, hija de perra!” Y agrega otra palabrota tan fuerte que hasta me avergüenza repetirla. Yo inmediatamente, comprendí: ¡debía ser un hombre muy importante!

ÁGATA TIJÓNOVNA: Bueno… ¿Y quién más?

TECLA: Nicanor Ivánovich Anúchkin. ¡Un hombre tan delicado! Y con sus labios como guindas, palabra. ¡Guapísimo! “Lo que yo necesito –me dijo– es que la novia sea bonita y educada y sepa hablar el francés”. Sí, un hombre muy fino, educado a la alemana, eso se ve a la legua, y pequeño, flacucho, de piernas delgadas.

ÁGATA TIJÓNOVNA: No, a mí esos flacuchos no me gustan… No sé. Pero… ¡No les veo nada de atrayente…!

TECLA: Si te gustan más macizos, ahí lo tienes a Iván Ivánovich. Imposible elegir mejor. Ese sí que no hay nada que decir, es todo un caballero. No entra por esa puerta.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y qué edad tiene?
TECLA: Es joven. Tendrá unos cincuenta años, y aún quizás no los tenga.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y cómo se llama?
TECLA: Iván Pávlovich Iaíchnitza.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Eso es un apellido?
TECLA: Un apellido.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah, Dios mío, qué apellido! Pero, Tecla de mi alma… Si me casara con él, me llamaría de la noche a la mañana Ágata Tijónovna Iaíchnitza! ¡Dios mío!

TECLA: Hija mía, en Rusia hay unos apellidos que, cuando uno los oye, sólo puede escupir y santiguarse. Bueno, si no te gusta ese, ahí lo tiene a Baltasar Baltasárovich Gevákin… un novio que es una joya.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Cómo tiene el cabello?
TECLA: Lindo, lindo.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y la nariz?
TECLA: Y… y la nariz, también es linda; todo lo tiene en su lugar; lo que se llama un novio de primera. Pero no lo tomes a mal: en su casa, sólo tiene una pipa: ni un mueble.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Quién más hay?
TECLA: Akinfo Stepánovich Panteléev, funcionario, consejero de tercera, un poco tartamudo, pero muy modesto.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Tú, dale que dale con lo de funcionario! Dinos si no es bebedor; eso es lo que queremos saber.

TECLA: ¡Oh, en cuanto a eso, bebe, no puedo negarlo! Para eso es consejero de tercera. En cambio, es una seda.

ÁGATA TIJÓNOVNA: No, no quiero que mi marido sea un borracho.

TECLA: ¡Como gustes, tesoro! Si no quieres al uno, toma a otro… Por lo demás… ¿qué importa si alguna vez un hombre bebe una copa de más? Después de todo, ese no se pasa toda la semana borracho: hay días en que no bebe.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Bueno. ¿Y quién más está?

TECLA: Hay otro, pero ese… ¡Dios le ayude! Los que te dije son mejores.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿quién es?
TECLA: Yo no quisiera ni aun hablarte de él. Es consejero de tercera y luce una orden en la solapa, pero es tan difícil de mover que no hay modo de sacarlo de su casa.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Bueno… ¿Y quién más? Sólo hay cinco y me hablaste de seis.

TECLA: Pero… ¿acaso no te basta con cinco? Te habías asustado de la media docena y ahora… ¡mira qué alborotada estás!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y qué quieres que hagamos con tus nobles? Aunque son seis, un solo mercader vale por todos ellos. Tecla. ¡Oh, no, Arina Panteleimónovna! Un noble es más respetable.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y de qué nos sirve que sea respetable? Ahí lo tienes a Alejo Dmítrievich, que cuando pasa en trineo y con su gorra de piel…

TECLA: Y si se encuentra con un noble de charreteras, el noble le dice: “¡Eh, mercader de tres al cuarto, apártate de mi camino!” O, si no: “¡A ver, mercader, muéstrame la mejor seda que tengas!” Y el mercader responde: “¡A sus órdenes, señor!” Y el noble le grita: “¡Vamos, quítate el sombrero, mal educado!” He ahí lo que le dice un noble.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero el mercader, si quiere, no le da paño al noble y el noble tiene que andar como Dios lo echó al mundo.

TECLA: Entonces, el noble le da una buena zurra al mercader.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Y el mercader se va a quejar a la policía.
TECLA: Y el noble se va a quejar a un senador.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Y el mercader, al gobernador.
TECLA: Y el noble…ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Mientes, mientes! ¡Un gobernador es más que un Senador! ¡Mira qué modo de alardear con su noble! Y el noble, cuando hace falta, agacha tanto el espinazo como… (Suena la campanilla de la puerta de calle). Parece que llaman.

TECLA: ¡Oh, son ellos!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Quién, ellos?
TECLA: Pues ellos… Alguno de los novios.
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Sobresaltada). ¡Ah!
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Dios mío, apiádate de nosotras las pecadoras! ¡Qué desorden hay aquí! (Agarra todo lo que está sobre la mesa y corre por el cuarto). Y la servilleta, la servilleta de la mesa está completamente negra. ¡Duniáshka! ¡Duniáshka! (Aparece Duniáshka). ¡Pronto, una servilleta limpia! (Retira de un tirón la servilleta y da vueltas por la habitación frenéticamente).

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ay, tía! ¿Cómo hago? Estoy casi en camisa.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Corre a vestirte, pronto! (Da vueltos frenéticamente por la habitación. Duniáshka trae una servilleta, vuelve a sonar la campanilla). ¡Corre, dile que ya va! (Duniáshka grita desde lejos: “¡Ya va!”).

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Tía! ¡Pero si mi vestido no está planchado!
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Ay, Dios misericordioso! ¡Sálvanos de este trance! Ponte otro.

TECLA: (Entra corriendo). ¿Y por qué no salen? ¡Pronto, Ágata Tijónovna, tesoro mío! (Se oye el timbre). ¡Oh! ¡Pero si todavía está esperando!

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Duniáshka, hazlo entrar y pídele que espere. (Duniáshka corre y se la oye abrir la puerta. Se distinguen voces: “¿Está en casa?” “Sí, está, haga el favor de pasar”. Las mujeres, con curiosidad, tratan de atisbar por el ojo de la cerradura).

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Con sobresalto). ¡Oh, qué gordo!

TECLA: ¡Viene, viene! (Todas salen corriendo).

Escena XIV

IVÁN PAVLÓVICH IAÍCHNITZA y DUNIÁSHKA.
DUNIÁSHKA: Espere aquí. (Sale).

IAÍCHNITZA: Bueno, si de esperar se trata, esperaremos, siempre que no demoren mucho; a duras penas pude hacer una escapada del ministerio. Y si, de pronto, el jefe preguntara: “¿Dónde está el agente fiscal?” “Fue a ver a una novia”. ¡Me pondría como nuevo con la novia! Por lo demás, vamos a releer el detalle de los bienes… (Lee). “Una casa de piedra de dos pisos…” (Alza los ojos y pasea la mirada por la habitación), ¡Está! (Sigue leyendo).”Tiene dos pabellones: uno de cimientos de piedra, otro de madera…” Bueno, el de madera no vale gran cosa…” Un birlocho, un trineo con un tallado debajo de la alfombra”. Serán de esos que sólo sirven para venderlos como trastos viejos. Pero la vieja asegura que son de primer orden, Bueno, supongamos que lo sean. “Dos docenas de cucharas de plata…” Claro, en una casa hacen falta cucharas de plata. “Dos abrigos de piel de zorro…” ¡Hum! “Cuatro colchones grandes de plumas y dos pequeños”. (Aprieta los dientes, con aire significativo). “Una docena de vestidos de seda y otra de vestidos de sarga, dos camisas de noche, dos… Bueno, esto son bagatelas. “Ropa Interior, servilletas. Eso, que sea como ella quiera. Ahora quizás te prometan una casa y un birloche y un trineo… y cuando te cases, tal vez sólo encuentres colchola carrera la habitación para abrir la puerta. Se oyen voces: “¿Está en casa?” “Sí, está”).

Escena XV

IVÁN PAVLÓVICH y ANÚCHKIN.
DUNIÁSHKA: Espere aquí. Saldrán a recibirlo. (Sale. Anúchkin saluda a Iaíchnitza).

ANÚCHKIN: ¿Tengo el honor de saludar al padre de la encantadora dueña de casa?

IAÍCHNITZA: De ningún modo, no soy su padre ni mucho menos. Ni siquiera tengo hijos.

ANÚCHKIN: ¡Ah, perdón, perdón!

IAÍCHNITZA: (Aparte). La fisonomía de ese hombre me parece sospechosa. ¿No habrá venido con el mismo fin que yo? (En voz alta). ¿Supongo que usted viene a ver a la dueña de casa por algún asunto?

ANÚCHKIN: No, no me trae ningún asunto. Sólo entré de paso… estaba paseando.

IAÍCHNITZA: (Aparte). ¡Miente, miente! ¡Ese paseo es una patraña! ¡Lo que quiere el bribón, es casarse! (Suena la campanilla. Duniáshka se precipita a abrir, cruzando la escena. Se oyen voces: “¿Está en casa?” “Sí, está”).

Escena XVI

DICHOS y GEVÁKIN, acompañado por la sirvientita.
GEVÁKIN: (A Duniáshka). Por favor, querida, límpiame un poco la ropa… ¡En la calle, me he cubierto de polvo! Mira, quítame esa plumita… (Volviéndose). ¡Eso es! Gracias, tesoro. Espera, fíjate… ¡Parece que ahí se arrastra una arañita! ¿Y atrás en los faldones, no tengo nada? ¡Gracias, ángel mío! Parece que aquí hay algo más. (Se trota con la mano la manga del frac y mira furtivamente a Anúchkin y a Iaíchnitza). ¡El paño es inglés, después de todo! ¡Y hay que ver el resultado que da! Lo compré y me hice confeccionar un uniforme cuando era aún contramaestre en 1785, y nuestra flota estaba en Sicilia; en 1801, con Pável Petróvich, me hicieron teniente… y el paño seguía estando flamante; en 1804, di la vuelta al mundo y apenas se gastaron un poco las costuras; en 1815, pedí el retiro y simplemente me hice dar vuelta el uniforme; y hace 10 años que lo llevo y está como nuevo. Gracias, querida… ¡tesorito! (Le oprime la mano y acercándose al espejo, se revuelve un poco el cabello).

ANÚCHKIN: ¿Y qué tal es… permítame que le pregunte… esa Sicilia… a la cual acaba de referirse? ¿Un hermoso país?

GEVÁKIN: ¡Oh, espléndido! Pasamos allí treinta y cuatro días; el paisaje, les aseguro a ustedes, es encantador. ¡Unas montañas, algún granado, y por todas partes unas italianitas que dan ganas de comérselas a besos!

ANÚCHKIN: ¿Y son cultas?
GEVÁKIN: ¡Extraordinariamente! Tanto como nuestras condesas, por ejemplo. A veces, uno se pasea por la calle… bueno, un oficial ruso, naturalmente, luce sus charreteras. (Señala los hombros). Y tiene el uniforme recamado en oro, y cuando ve allí a esas beldades morenas… asomadas a los balcones… porque allí todas las casas tienen sus balcones y terrazas, chatas como ese piso… Naturalmente, para no hacer mal papel, uno… (Se inclina y hace un ademán) y ella le contesta con lo mismo. (Hace otro ademán). Naturalmente, las italianitas visten muy bien: algún volado, un cordoncito, unos aretes… ¡en fin, lo que se llama un bocado principesco!

ANÚCHKIN: Y, permítame que le pregunte… ¿Qué idioma hablan en Sicilia?
GEVÁKIN: ¡Oh! Naturalmente, el francés.
ANÚCHKIN: ¿Y todas las damas lo conocen?
GEVÁKIN: Todas, sin excepción. ¡Le parecerá increíble, pero vivimos allí treinta y cuatro días y en todo ese tiempo no oí una sola palabra de ruso!

ANÚCHKIN: ¿Ni una sola?

GEVÁKIN: Ni una sola. No hablo ya de los nobles y demás caballeros: pero tomemos a un simple campesino de Sicilia que se gana la vida cargando al hombro cualquier bagatela y digámosle: “Dame pan, hermano”, y no lo entenderá a uno, se lo juro; pero dígale usted en cambio en francés “Dateci del pane” o “portate vino” y el muy bribón lo comprenderá en seguida y correrá a buscarlo.

IVÁN PAVLÓVICH: Esa Sicilia debe ser un país muy curioso. ¿Cómo es el campesino a quien acaba de referirse…? ¿Idéntico al mujik ruso… ancho de espaldas? ¿Labra la tierra?

GEVÁKIN: No sabría decírselo: no miré si labraban la tierra o no; pero en cuanto a oler tabaco, le aseguro que no sólo lo huelen, sino que hasta lo mastican. El transporte es allí muy barato: casi no hay más que agua y por todas partes se ven góndolas. ¡Y las italianitas son unas divinidades! ¡Todas de punta en blanco, con su pañuelito en la manga! Con nosotros, había también oficiales ingleses, gente como la nuestra, marinos… y al principio nos sentíamos muy incómodos. Pero cuando nos conocimos bien, empezamos a entendernos a las mil maravillas. Bastaba con señalar así una botella o un vaso… e inmediatamente comprendían que queríamos beber; uno se acercaba el puño así a la boca y hacía con los labios “paf, paf”, y eso significa fumar en pipa. En general, debo confesarles que el idioma es bastante fácil… nuestros marineros empezaron a entenderse con los ingleses a los tres días.

IVÁN PAVLÓVICH: Por lo visto, la vida en el extranjero es muy interesante. Me encanta encontrarme con un hombre que conoce mundo. Permítame preguntarle… ¿Con quién tengo el honor de hablar?

GEVÁKIN: Gevákin, teniente de la marina retirado. Permítame preguntarle, por mi parte… ¿Con quién tengo el privilegio de platicar?

IVÁN PAVLÓVICH: Soy Iván Pavlóvich Iaíchnitza, agente fiscal.

GEVÁKIN: (Que no ha oído bien). Sí, yo también comí algo por el camino. Me faltaba un buen trecho y hacía frío: me comí un arenque con pan.

IVÁN PAVLÓVICH: No, creo que usted no me interpretó bien: mi apellido es Iaíchnitza.

GEVÁKIN: (inclinándose). ¡Ah, perdón! Soy un poco sordo. Creí haberle oído decir que había comido una tortilla de huevos fritos.

IVÁN PAVLÓVICH: ¡Qué le hemos de hacer! Le pedí a mi jefe que me permitiera cambiar mi apellido por el de Iaíchnizin, pero él se negó, diciendo: “Sonará a sobáchiisin (Hijo de puta (N. del T.))

GEVÁKIN: Esas cosas suceden. En nuestra tercera flota, todos los oficiales y marineros tenían unos apellidos rarísimos: Pomóikin, Sáizev Liubopítni (Agua sucia, curioso) Y hasta había un buen contramaestre que se llamaba, pura y simplemente, Dirka (Agujero)
(Se oye la campanilla de la puerta de calle: Tecla cruza corriendo la escena para abrir).

IAÍCHNITZA: ¡Hola, querida!

GEVÁKIN: ¡Eh! ¿Qué tal, tesoro?
ANÚCHKIN: ¡Hola, Tecla Ivánovna!
TECLA: (Sin detenerse). ¡Bien, bien, gracias, hijos míos! (Abre la puerta y se oyen voces: “¿Está en casa?” “Sí que está”. Luego, se oyen confusamente algunas palabras más, a las cuales Tecla responde, con fastidio: “¡Vaya la ocurrencia!”).

Escena XVII

DICHOS, KOCHKARÉV, PODKOLÉSIN y TECLA.
KOCHKARÉV: (A Podkolésin). No te olvides simplemente de tener valor, eso es lo principal. (Mira a su alrededor, se inclina saludando, con cierto asombro y dice para sí). ¡Caramba, vaya una multitud! ¿Qué significa esto? ¿No serán novios? (Le propina un codazo a Tecla y le dice, en voz baja). Has reunido cuervos de todas partes… ¿eh?

TECLA: (En voz baja). Aquí no hay cuervos: todos son hombres honrados.
KOCHKARÉV: (A Tecla). Y, seguramente, de bolsillos agujereados. (En voz alta). Pero… ¿qué estará haciendo ahora esa dama? Esta puerta debe dar a su alcoba. (Se acerca a la puerta).

TECLA: ¡Desvergonzado! Ya te han dicho que se está vistiendo.
KOCHKARÉV: ¡Bah! ¿Y qué? Sólo echaré un vistazo y nada más. (Mira por la cerradura).

GEVÁKIN: Permítame curiosear también a mí.

IAÍCHNITZA: Déjeme echar una miradita, una sola.
KOCHKARÉV: (Sigue mirando). Pero… ¡no se ve nada, señores! ¡Y cualquiera adivina qué es eso blanco que se ve, si una mujer o una almohada! (Todos han rodeado la puerta y se abren paso para mirar). ¡Chist! Alguien viene.

(Todos se apartan de la puerta, de un salto).


Escena XVIII

DICHOS, ARINA PANTELEIMÓNOVNA y ÁGATA TIJÓNOVNA.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: (A Iaíchnitza). ¿Cuál es el motivo de su visita?
IAÍCHNITZA: He sabido por los diarios que ustedes quieren presentarse a licitación para proveer madera y leña, y por eso, como agente fiscal que soy, he venido a averiguar qué madera ofrecen y en qué cantidad y tiempo pueden proporcionarla.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Aunque no nos proponemos presentarnos a ninguna licitación, nos alegramos de su visita. ¿Su apellido?

IAÍCHNITZA: Iván Pavlóvich Iaíchnitza, consejero de cuarta categoría.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Tenga la bondad de sentarse. (Volviéndose hacía Gevákin, y mirándolo). Permítame preguntarle…

GEVÁKIN: Yo también leí en los diarios un aviso sobre no sé qué. Y me dije: bueno, vamos. El tiempo estaba hermoso, el camino cubierto de césped…

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Su apellido?

GEVÁKIN: Soy el teniente de marina retirado Baltasar Baltasárovich Gevákin. Hubo antes de mí otro Gevákin, pero se retiró antes que yo: lo hirieron debajo de la rodilla y la bala pasó de una manera tan extraña, que no tocó la rodilla sino que rozó la vena… y se diría que la cosió con un aguja, de tal modo que cuando uno estaba parado junto a él parecía a cada momento que quería propinarle un rodillazo.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Sírvase sentarse. (A Anúchkin). ¿Podría saberse a qué debemos su visita?

ANÚCHKIN: Por razones de vecindad. Estando bastante cerca de aquí…

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿No vive usted por casualidad en casa de la esposa del mercader Tulúbov, que está enfrente?

ANÚCHKIN: No, por ahora vivo todavía en los Pesky, pero me propongo mudarme con el tiempo a esta parte de la ciudad…

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Le ruego que se siente. (A Kochkarév). Permítame preguntarle…

KOCHKARÉV: Pero… ¿acaso no me conoce? (Volviéndose hacia Ágata Tijónovna). ¿Y usted también, señorita?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No recuerdo haberlo visto nunca.

KOCHKARÉV: Haga memoria: usted debe haberme visto en alguna parte.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Francamente, no sé. ¿No será en casa de los Biriúchkin?
KOCHKARÉV: Precisamente, fue en casa de los Biriúchkin.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah! Usted no sabe la desgracia que le pasó a la pobre.
KOCHKARÉV: Sí, ya sé, se casó.
ÁGATA TIJÓNOVNA: No, eso no sería nada: se fracturó la pierna.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Y qué fractura! Volvía muy tarde a su casa en coche, el cochero estaba borracho y volcó.

KOCHKARÉV: Sí, sí, recuerdo que le sucedió algo: no sé si se casó o se fracturó la pierna.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y su apellido?

KOCHKARÉV: llyá Fómich Kochkarév soy pariente de ustedes, mi mujer habla de eso sin cesar… Permítanme, permítanme, (Toma de la mano a Podkolésin y lo acerca): mi amigo Iván Kúsmich Podkolésin, consejero de tercera, jefe de su sección, lo hace todo solo, ha perfeccionado a fondo sus tareas.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿Y su apellido es…?

KOCHKARÉV: Podkolésin, ¡van Kúsmich Podkolésin. El director de la repartición ocupa su puesto por mera fórmula, pero todo lo hace él, Iván Kúsmich Podkolésin.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¡Ajá! Tenga la bondad de sentarse.

Escena XIX

DICHOS y STARIKÓV.
STARIKÓV: (Inclinándose ágil y rápidamente, a la manera de los mercaderes y con los brazos en jarras), ¡Salud, Arina Panteleimónovna! ¡La gente del patio de Los Huéspedes me dijo que usted tenía en venta lana!

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Volviéndole la espalda a medias con desdén, en voz baja pero de tal modo que Starikóv la oiga). Esto no es una tienda.

STARIKÓV: ¡Vaya, vaya! ¿Habré llegado en mal momento? ¿O se la han vendido a otro?

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Siéntese, Alejo Dmítrievich; aunque no vendemos lana, le agradecemos la visita. Tenga la bondad de sentarse.Todos se sientan. Reina el silencio.

IAÍCHNITZA: ¡Qué tiempo curioso! Por la mañana, parecía que iba a llover y ahora el cielo está lindo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí, este tiempo es incomprensible: de pronto aclara, de pronto llueve. Resulta muy desagradable.

GEVÁKIN: Cuando estábamos con la flota en Sicilia, en primavera, el tiempo era así: uno salía de casa con un sol radiante y luego empezaba a lloviznar.

IAÍCHNITZA: Lo más desagradable es estar solo con semejante tiempo. Cuando un hombre es casado, el asunto cambia por completo: pero si está solo, es simplemente…

GEVÁKIN: ¡Oh, la muerte, la propia muerte!
ANÚCHKIN: Sí, puede decirse que…
KOCHKARÉV: ¡Es una tortura! ¡Uno se harta de la vida! No quiera Dios que uno deba pasar por ese trance.

IAÍCHNITZA: ¿Y si usted tuviera que elegir novio, señorita? Permítanos conocer su gusto y perdone que le hable con tanta franqueza. ¿Qué carrera le parece más adecuada para un marido?

GEVÁKIN: ¿Le gustaría, señora, ser la esposa de un hombre familiarizado con las tempestades del mar?

KOCHKARÉV: ¡No, no! El mejor de los maridos, en mi opinión, es el hombre capaz de manejar él solo toda una repartición.

ANÚCHKIN: ¿A qué viene ese prejuicio? ¿Por qué desdeñarían ustedes a un hombre que, aunque haya servido en la infantería, sabe apreciar los modales de la alta sociedad?

IAÍCHNITZA: ¡Señora, decídalo usted misma!Ágata Tijónovna guarda silencio.

TECLA: Contéstales, hija mía, diles algo.

IAÍCHNITZA: ¿Y, señora?
KOCHKARÉV: ¿Qué opina, Ágata Tijónovna?
TECLA: (A Ágata, en voz baja). Diles, diles… “Les agradezco sus palabras…”; diles algo. No está bien quedarse callada así.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (En voz baja). Tengo vergüenza, palabra: me iré, te juro que me iré. Tía, quédate tú.

TECLA: ¡Oh, no hagas ese papel ridículo, no te vayas! Se reirán de ti. ¡Pensarán quién sabe qué!

ÁGATA TIJÓNOVNA: (En voz baja). ¡No, de veras que me iré me iré, me iré! (Se va corriendo. Tecla y Arina Panteleimónovna se van en pos de ella).

Escena XX

DICHOS, menos las mujeres.
IAÍCHNITZA: ¡Vaya! ¡Todas se han ido! ¿Qué significa esto?
KOCHKARÉV: ¡Debe haber sucedido algo!
GEVÁKIN: Será algún detalle del tocado femenino… Les faltará un alfiler… o un voladito… (Entra Tecla. Todos le van al encuentro, preguntando): ¿Qué, qué pasa?

KOCHKARÉV: ¿Ha sucedido algo?
TECLA: ¿Qué ha de suceder? No ha sucedido nada.
KOCHKARÉV: ¿Y por qué se fue?
TECLA: la avergonzaron, por eso se fue; la avergonzaron tanto que no pudo quedarse. Les ruega que la perdonen: los invita para la velada, a tomar una taza de té. (Sale).

IAÍCHNITZA: (Aparte). ¡Al diablo con esa taza de té! Por eso no me gusta valerme de las casamenteras: hoy no es posible, venga mañana, vuelva pasado mañana a tomar el té, y hay que pensarlo todavía. ¡Después de todo, se trata de una bagatela, no hay por qué devanarse los sesos, qué diablos! ¡Yo ocupo un cargo en la administración pública, no tengo tiempo que perder!

KOCHKARÉV: (A Podkolésin). La dueña de casa no está mal… ¿verdad?
PODKOLÉSIN: Sí, no está mal.
GEVÁKIN: La dueña de casa es linda… ¿no les parece?
KOCHKARÉV: (Aparte). ¡Al diablo! ¡Ese imbécil se ha enamorado! ¡Puede causarnos dificultades! (En voz alta). No tiene nada de linda, nada de linda.

IAÍCHNITZA: Una nariz grande.

GEVÁKIN: Bueno, confieso que no me fijé en la nariz. La muchacha es una flor.
ANÚCHKIN: Opino lo mismo. Pero no, no es eso… Hasta pienso que quizás desconozca los modales de la buena sociedad. ¿Y sabrá francés?GEVÁKIN: ¿Por qué no trató de hablar en francés con ella? Quizás lo sepa.

ANÚCHKIN: ¿Y cree usted que yo lo hablo? No, no tuve la suerte de que me dieran esa educación. Mi padre era un bribón, una bestia. Ni siquiera se le ocurrió enseñármelo. Entonces yo era todavía una criatura y habría resultado fácil enseñarme, hubiera bastado con unos cuantos azotes: y yo sabría ahora el francés, lo sabría sin la menor duda.

GEVÁKIN: Bueno. Ahora, quién sabe de qué le serviría si ella…
ANÚCHKIN: ¡Oh, no, no! La mujer ya es otra cosa: es indispensable que sepa el francés, y sin eso ninguno de sus atractivos (indica con gestos) será como es debido.

IAÍCHNITZA: (Aparte). Bueno, que de eso se ocupe otro. Yo, por mi parte, iré a inspeccionar los dos pabellones de la casa: si las cosas son como me han dicho, esta misma noche llegaré a algo concreto. Esos novios no me parecen peligrosos… son gente muy insignificante. A las novias no les gustan los individuos anémicos.

GEVÁKIN: Me iré a fumar una pipa. ¿No van ustedes por el mismo camino? ¿Dónde vive usted, permítame preguntarle?

ANÚCHKIN: En los Pesky, en la bocacalle de Petrovsk.

GEVÁKIN: Eso se aparta de mi itinerario: vivo en la isla, en la línea 18; de todos modos, lo acompañaré.

STARIKÓV: (Aparte). Aquí, pasa algo raro. (En voz alta). ¡Espero que Ágata Tijónovna se acordará también de nosotros! (Se inclina y se va).

Escena XXI

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV.
PODKOLÉSIN: ¿Y qué esperamos nosotros?
KOCHKARÉV: ¿Verdad que es encantadora la dueña de casa?
PODKOLÉSIN: ¡Bah! Confieso que no me gusta.
KOCHKARÉV: ¡Esa sí que es buena! Pero… ¡cómo! Si tú mismo reconociste que es linda!

PODKOLÉSIN: Es que no me convence: tiene la nariz grande y no sabe el francés.

KOCHKARÉV: ¿Y eso? ¿Para qué necesitas el francés?

PODKOLÉSIN: Bueno, de todos modos una novia debe saber el francés.

KOCHKARÉV: ¿Por que?
PODKOLÉSIN: Porque, porque… Bueno, no sé por qué, pero si no sabe el francés ya no será lo mismo.

KOCHKARÉV: Vamos, vamos; bastó que lo dijera un imbécil para que él abriera los oídos de par en par. Esa muchacha es una beldad, una belleza poco común, una mujercita de esas que no se encuentran así como así.

PODKOLÉSIN: A mí también me pareció hermosa al principio, pero después, cuando empezaron a decir que tenía una nariz larga… la miré bien, y vi que, efectivamente, tenía una nariz larga.

KOCHKARÉV: ¡Vaya un alcornoque! Ellos lo dicen a propósito para alejarte de aquí: y yo también hablé mal de la muchacha… así se acostumbra. ¡Qué mujercita, hermano! Mírale los ojos. ¡Son endiablados! Hablan, respiran. ¿Y la nariz? ¡Es tina delicia! ¡Blanca como el alabastro! Hasta el alabastro hace mal papel a su lado. Mírala bien tú mismo.

PODKOLÉSIN: (Sonriendo). Sí, ahora me vuelve a parecer bonita.
KOCHKARÉV: Claro que es bonita. Escúchame. Ahora que se han ido todos, vamos a verla, expliquémonos y asunto terminado.

PODKOLÉSIN: No, yo no haré eso.

KOCHKARÉV: ¿Por qué?
PODKOLÉSIN: ¡Sería una insolencia! Somos muchos: que elija ella misma.
KOCHKARÉV: ¿Qué te importa toda esa gente? ¿Quieres que yo la liquide en un abrir y cerrar de ojos?

PODKOLÉSIN: ¿Cómo?

KOCHKARÉV: Bueno, eso ya es cosa mía. Dame solamente tu palabra de que luego no te echarás atrás.

PODKOLÉSIN: ¿Por qué no te la he de dar? No me echaré atrás: quiero casarme.

KOCHKARÉV: ¡Tu mano!
PODKOLÉSIN: (Dándosela). ¡Aquí está!
KOCHKARÉV: Bueno, con eso me basta. (Ambos salen).


Acto II

Ágata Tijónovna sola, luego Kochkarév.

Escena I

Habitación en casa de ÁGATA TIJÓNOVNA.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Qué difícil es elegir! Si se tratara de uno o dos hombres, vaya y pase, pero son cuarto… y hay que decidirse por uno. Nicanor Ivánovich no está mal, aunque, naturalmente, es algo flaco; Iván Kúshmich tampoco está mal. Y a decir verdad, también Iván Pavlóvich, aunque gordo, es un hombre de muy buena presencia. ¿Qué hacer? Y Baltasar Baltasárovich no deja de ser persona de méritos. ¡Cómo cuesta decidirse! Si le pudiéramos agregar a la nariz de Iván Kúsmich los labios de Nicanor Ivánovich, y añadirles la desenvoltura de Baltasar Baltasárovich, y quizá la prestancia de Iván Pavlóvich… me decidiría inmediatamente. ¡Y ahora, como para pensarlo! Hasta me duele la cabeza. Creo que lo mejor sería echar a suertes, confiar en la voluntad de Dios: el que saque, será mi marido. Escribiré todos los nombres en unos papelitos, y tomaré uno al azar y que sea lo que Dios quiera. (Se acerca a la mesita, saca unas tijeras y papel, recorta unos papelitos y los dobla, mientras sigue hablando). ¡Desdichada situación la de una muchacha soltera, y más aún si está enamorada! ¡Ningún hombre podría concebir esa situación y ni aun comprenderla! Bueno… ¡Ya están listos todos los papelitos! Basta con ponerlos en el bolso, cerrar los ojos y que sea lo que deba ser. (Pone los papeles en su bolso y los revuelve). ¡Qué miedo…! ¡Ah, ojalá salga Nicanor Ivánovich! ¡No! ¿Por qué ha de ser él? Más vale Iván Kúsmich. ¿Y por qué ha de ser Iván Kúsmich? ¿Qué tienen de malo los demás? No, no, no quiero… Que sea el que salga. (Hurga en e/ bolso y en lugar de sacar uno, saca todos). ¡Ay, todos! ¡Han salido todos! ¡Y cómo me late el corazón! ¡No, uno, uno! ¡Uno solo, sin falta! (Pone los papelitos en el bolso y los revuelve. En ese momento, entra silenciosamente Kochkarév y se detiene detrás de ella). ¡Ah, si saliera Baltasar!… ¿Qué digo? Quise decir Nicanor Ivánovich… ¡No, no quiero, no quiero! El que diga la suerte.

KOCHKARÉV: Tome a Iván Kúsmich, es el mejor de todos.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah! (Se cubre el rostro con las manos, temiendo mirar hacia atrás).

KOCHKARÉV: Pero… ¿de qué se asusta? No se asuste, soy yo. De veras, tome a Iván Kúsmich.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, tengo vergüenza!… Usted me estuvo escuchando.

KOCHKARÉV: ¡No es nada, no es nada! Yo soy de la casa, soy un pariente suyo, no tiene por que avergonzarse ante mí: descúbrame su carita.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Descubriendo el rostro a medias). Le aseguro que siento vergüenza.

KOCHKARÉV: Vamos, acepte a Iván Kúsmich.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah! (Vuelve a cubrirse la cara con las manos).
KOCHKARÉV: Realmente, es un hombre extraordinario, que ha perfeccionado su trabajo… un hombre asombroso.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Descubriendo poco a poco el rostro), ¡Cómo! ¿Y el otro? ¿Y Nicanor Ivánovich? También él es un hombre de valía.

KOCHKARÉV: ¡Por favor! ¡Comparado con Iván Kúsmich, es una basura!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Por qué?
KOCHKARÉV: ¿Por qué? Está bien claro. Iván Kúsmich es un hombre que… bueno, simplemente un hombre… un hombre de esos que no se encuentran.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿E Iván Pavlóvich?

KOCHKARÉV: También Iván Pavlóvich es una basura… Todos ellos lo son.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿De veras que todos?
KOCHKARÉV: Pero reflexione usted misma, compare, simplemente. Por un lado, tiene a Iván Kúsmich, nada menos: y por el otro, cualquier cosa, un Iván Pavlóvich, un Nicanor Ivánovich… ¡morralla pura!

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero son muy… modestos.
KOCHKARÉV: ¡Qué modestos ni que ocho cuartos! Son unos camorristas, gente alborotadora. ¿Quiere usted que la zurren al día siguiente de la boda?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, Dios mío! Esa sí que es la peor desgracia que le podría suceder a una…

KOCHKARÉV: ¡Ya lo creo! ¡Imposible concebir algo peor!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y, en su opinión, lo mejor sería aceptar a Iván Kúsmich?

KOCHKARÉV: A Iván Kúsmich: naturalmente. A Iván Kúsmich. (Aparte). Parece que el asunto marcha. Podkolésin me espera en la confitería, tengo que ir a buscarlo cuanto antes.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿De modo que usted cree que… Iván Kúsmich?
KOCHKARÉV: Iván Kúsmich, sin falta, Iván Kúsmich.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y debo rechazar a los demás?
KOCHKARÉV: ¡Naturalmente!
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿cómo podría hacerlo? Siento un poco de vergüenza.

KOCHKARÉV: ¿Por qué ha de sentirla? Diga que es joven y que todavía no quiere casarse.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero no me creerán y empezaran a preguntar por qué y cómo.

KOCHKARÉV: Bueno. Si quiere terminar con todos a un tiempo, diga, simplemente: “¡Váyanse, estúpidos!”

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿cómo se puede decir eso?

KOCHKARÉV: Pruebe: yo le aseguro que cuando oigan esas palabras todos saldrán corriendo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero eso resultará un poco insultante.

KOCHKARÉV: ¿Y qué…? Luego, usted no volverá a verlos. ¿No le da lo mismo?

ÁGATA TIJÓNOVNA: De todos modos, no me parece bien… Se pueden enojar.

KOCHKARÉV: Y si se enojan, ¿qué? Lo peor que podría suceder entonces sería que alguno de ellos le escupiera en la cara… nada más.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Pues ya lo ve!

KOCHKARÉV: ¿Y qué tiene de particular? ¡A otros les han escupido tantas veces en la cara! Hasta conozco un hombre muy gallardo y de mejillas rubicundas, que fastidió tanto a su jefe pidiéndole un aumento de sueldo que este finalmente no pudo aguantar más y le escupió en la cara. ¡Palabra! “¡Ahí tienes tu aumento, y déjame en paz, qué diablos!” Pero, con todo eso, le aumentó el sueldo. Por eso digo… Y si le escupen en la cara… ¿qué? Si no tuviera a su alcance el pañuelo, sería otra cosa, pero lo tiene en el bolsillo… le bastará con sacarlo y secarse. (Suena la campanilla de la puerta de calle). Llaman; es alguno de ellos, sin duda: ahora, no me gustaría encontrarme con ninguno. ¿No hay otra salida?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Claro que sí! La puerta de servicio. Pero estoy temblando de pies a cabeza.

KOCHKARÉV: No es nada, no es nada, basta con conservar la presencia de ánimo. ¡Adiós! (Aparte). Traeré a Podkolésin lo antes posible.

Escena II

ÁGATA TIJÓNOVNA y IAÍCHNITZA.
IAÍCHNITZA: He venido deliberadamente un poco antes de la hora, señora mía, para hablar con usted a solas. Bueno señora, en cuanto a mi grado, creo que ya lo conoce: soy consejero de cuarta, cuento con el afecto de mi jefe, mis subalternos me obedecen… Sólo me falta una cosa: la compañera de mi vida.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí…
IAÍCHNITZA: Acabo de encontrarla. Esa compañera… es usted. Dígame sin ambages: ¿sí o no? (Le mira el hombro y dice aparte). ¡Oh, no es una de esas alemanitas flacuchas!… Algo tiene.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Soy muy joven, aún… Todavía no estoy dispuesta a casarme.

IAÍCHNITZA: ¡Vaya! Entonces… ¿por qué se afana la casamentera? Pero quizás usted haya querido decir otra cosa… explíquese… (Se oye la campanilla) ¡Demonios! No le dejan a uno hablar de negocios.

Escena III

DICHOS y GEVÁKIN.
GEVÁKIN: Perdóneme, señora. Quizá yo haya venido demasiado temprano. (Se vuelve y ve a Iaíchnitza). ¡Ah! Ya hay… ¡Mis respetos, Iván Pavlóvich!

IAÍCHNITZA: (Aparte), ¡Ojalá revientes con tus respetos! (En voz alta). ¿Entonces, señora…? Dígame una sola palabra: ¿sí o no?… (Se oye la campanilla: Iaíchnitza escupe, furioso). ¡Otra vez la campanilla!

Escena IV

DICHOS y ANÚCHKIN.
ANÚCHKIN: Quizás yo haya llegado un poco antes de lo que conviene según las reglas del decoro, señora… (Al ver a los demás, deja escapar una exclamación y se inclina). ¡Mis saludos!

IAÍCHNITZA: (Aparte). ¡Puedes guardártelos! ¡Te trajo el diablo! ¡Ojalá se te rompan esas raquíticas piernas! (En voz alta). Bueno, señora, decida… Soy un funcionario y dispongo de poco tiempo… ¿Sí o no?

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Turbada). No hace falta… no hace falta… (Aparte). No sé lo que digo.

IAÍCHNITZA: ¿Cómo, que no hace falta? ¿En qué sentido no hace falta?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No es nada, no es nada… Yo no… (Cobrando ánimos). ¡Fuera de aquí! (Aparte, con un gesto, consternada). ¡Oh, Dios mío! ¿Qué he dicho?

IAÍCHNITZA: ¡Cómo, “fuera de aquí”! ¿Qué significa “fuera de aquí”? Permítame preguntarle qué ha querido decir con eso… (Con los brazos en jarras, se le acerca con aire amenazador).

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Después de mirarle a la cara, profiere un grito), ¡Oh, me va a pegar, me va a pegar! (Sale corriendo, Iaíchnitza la sigue con los ojos, boquiabierto. Al oír el grito entra corriendo Arina Panteleimónovna y después de mirarle la cara, grita también: “¡Ay, nos va a pegar!” y sale corriendo asimismo),

IAÍCHNITZA: ¿Qué gente es esta? ¡Vaya un caso! (Suena la campanilla y se oyen voces).

Voz de KOCHKARÉV: Pero entra, entra… ¿Por qué te has detenido ahí?

Voz de PODKOLÉSIN: Entra tú primero. Yo sólo demoraré un momento; se me ha desatado un cordón.

Voz de KOCHKARÉV: Pero volverás a escapar.

Voz de PODKOLÉSIN: ¡No, no me escaparé! ¡Te juro que no me escaparé!

Escena V

DICHOS y KOCHKARÉV.
KOCHKARÉV: ¡Vaya con la necesidad que tenía de atarse el cordón! Iaíchnitza (Volviéndose hacia él): Dígame, por favor. ¿La novia es tonta o qué?

KOCHKARÉV: ¿Por qué? ¿Ha sucedido algo?
IAÍCHNITZA: Se porta de una manera incomprensible. Grita: “¡Me va a pegar, me va a pegar!” y sale corriendo. ¡Qué el diablo la entienda!

KOCHKARÉV: Bueno, sí, eso es corriente en ella: es tonta.

IAÍCHNITZA: Dígame… Usted es su pariente… ¿verdad?
KOCHKARÉV: Claro que lo soy.
IAÍCHNITZA: ¿En qué grado de parentesco? ¿Puede saberse?
KOCHKARÉV: Para serle franco, no lo sé; la tía de mi madre, no sé cómo, tiene algo que ver con el padre de ella, o el padre de ella tiene algo que ver con mi tía: eso lo sabe mi mujer… es cosa de ellas.

IAÍCHNITZA: ¿Y es tonta desde hace tiempo?
KOCHKARÉV: De nacimiento.
IAÍCHNITZA: Claro, sería preferible que fuera más inteligente; pero, por lo demás, tampoco molesta el que sea tonta; lo importante, es que están en debida forma sus ingresos.

KOCHKARÉV: Pero… ¡si no tiene nada!
IAÍCHNITZA: ¡Cómo! ¿Y la casa de piedra?
KOCHKARÉV: ¡Pero si sólo dicen que es de piedra! ¡Si usted supiera cómo la construyeron…! Cada pared se basa en un solo ladrillo, y ese ladrillo está rodeado de toda clase de basura, ripio, grava, virutas, pedazos de madera.

IAÍCHNITZA: ¡No me diga!
KOCHKARÉV: Naturalmente. ¿Acaso no sabe cómo se hacen ahora las casas? Les basta con poder hipotecarlas.

IAÍCHNITZA: Pero la casa no está hipotecada… ¿verdad?

KOCHKARÉV: ¿Quién le ha dicho eso? Esa es la cuestión: que no sólo está hipotecada, sino que hace dos años que no se pagan los intereses. Y, para peor, en el Senado hay un individuo que le ha echado el ojo a la casa… y es el canalla más grande que se haya visto, sería capaz de quitarle la última de las polleras a su madre.

IAÍCHNITZA: ¿Y cómo se explica que la casamentera me haya dicho…? ¡Qué infame! ¡Qué monstruo… (Aparte) Pero es posible que este hombre mienta. ¡Habrá que interrogar severamente a la vieja! Y si eso resulta cierto… bueno… le haré pasar un mal rato.

ANÚCHKIN: Permítame que lo moleste con una pregunta. Confieso que, cuando uno no sabe el francés, le resulta difícil juzgar si una mujer lo sabe o no. ¿Lo sabe la dueña de casa…?

KOCHKARÉV: Ni mu.
ANÚCHKIN: No me diga..
KOCHKARÉV: ¡Claro! La conozco perfectamente. Estudió con mi mujer en el internado y era una holgazana bien conocida; siempre la castigaban por no hacer los deberes. Y el profesor de francés, pura y simplemente, le pegaba con la palmeta.

ANÚCHKIN: ¡Imagínese! Cuando la vi por primera vez tuve no sé por qué el presentimiento de que no sabía el francés

IAÍCHNITZA: ¡Al diablo con el francés! Pero… ¿cómo se explica que esa maldita casamentera…? ¡Ah, ese monstruo, esa bruja! ¡Si ustedes supieran las palabras con que me pintó el asunto!… ¡Parecía un paisajista, un verdadero paisajista!
“La casa –me dijo– tiene dos pabellones, con cimientos de piedra. Hay cucharas de plata, trineos… ¡Le bastará con sentarse en ellos y a pasear!” En una palabra, me contó cosas de novela. ¡Ah, bribona! Si cae en mis manos..

Escena VI

DICHOS y TECLA.
(Todos, al verla, se dirigen hacia ella, con las palabras siguientes):
IAÍCHNITZA: ¡Ah, ahí está! ¡A ver, acércate, vieja pecadora! ¡Acércate!
ANÚCHKIN: ¿De modo que me engañó, Tecla Ivánovna?
KOCHKARÉV: ¡Te ha llegado la hora!
TECLA: No entiendo una sola palabra: ¡me han ensordecido!
IAÍCHNITZA: La casa está construida sobre un solo ladrillo, vieja canalla, y me has mentido; y en cuanto a los pabellones, sabe Dios de qué son.

TECLA: No lo sé, yo no la he construido. Quizás necesitaran hacerlo con un solo ladrillo y por eso lo hicieron así.

IAÍCHNITZA: ¡Y, para peor, está hipotecada! ¡Que te lleven todos los diablos, maldita bruja! (Golpea el suelo con el pie).

TECLA: ¡Míralo! Y, todavía, me insulta. Otro, me agradecería haberme molestado por él.

Escena VIII

KOCHKARÉV, GEVÁKIN.
KOCHKARÉV: (Sigue riendo). ¡Ay, pobre, de mí! ¡Pobre de mí! ¡No aguanto más! ¡Me parece que voy a reventar de risa!

GEVÁKIN: (Al mirarlo, empieza también a reír).

KOCHKARÉV: (Se desploma sobre una silla, exhausto). ¡Oh, palabra, estoy agotado! Presiento que, si me sigo riendo, me quedaré sin fuerzas.

GEVÁKIN: Me gusta su carácter alegre. En la flota del capitán Boldirév, teníamos a un contramaestre llamado Petujóv, Antón Ivánovich Petujóv; también era muy alegre. A veces, bastaba con mostrarle un dedo… y se echaba a reír, palabra, y se seguía riendo hasta la noche. Y al mirarlo, uno solía contagiarse… y se echaba a reír, también.

KOCHKARÉV: (Tomando aliento). ¡Oh, Dios mío, perdónanos a los pecadores! ¡Las cosas que se le ocurren a esa tonta! ¡Qué ha de casar a nadie! ¿Ella? ¡Ni por pienso! ¡Yo sí que, cuando caso, caso!

GEVÁKIN: ¿De veras? ¿De velas que usted puede casarlo a uno?
KOCHKARÉV: ¡Ya lo creo! A cualquiera con cualquiera.
GEVÁKIN: ¡Entonces, cáseme con la dueña de casa!
KOCHKARÉV: ¿A usted? Pero… ¿para qué quiere casarse?
GEVÁKIN: ¿Cómo para qué? ¡Permítame decirle que la pregunta me resulta un poco extraña. Ya se sabe para qué.

KOCHKARÉV: Pero… ¡si ya ha oído decir que no tiene ni pizca de dote!

GEVÁKIN: Si no la tiene, paciencia. Claro que es una lástima, pero, tratándose de una muchacha tan encantadora y bien educada, uno puede conformarse sin dote. Bastaría con una habitación. (Indica con las manos). Aquí, por ejemplo, vendría una salita, allá un pequeño biombo o un tabique…

KOCHKARÉV: Pero… ¿qué le ha gustado tanto en ella?
GEVÁKIN: Para serle franco, me ha gustado por lo regordeta. Soy muy aficionado a la redondez femenina.

KOCHKARÉV: (Mirándolo de soslayo, aparte). ¡Pero él no puede alardear mucho de su redondez! ¡Es flaco como una bolsita de tabaco a la cual le han sacado el tabaco! (En voz alta). No, a usted no le conviene casarse, de ningún modo.

GEVÁKIN: ¡Cómo! ¿Por qué?

KOCHKARÉV: Porque no. Pero. ¿no advierte su figura? Tiene una pierna que parece una pata de gallo.

GEVÁKIN: ¿De gallo?

KOCHKARÉV: Claro. ¡Le falta prestancia!
GEVÁKIN: Pero… ¿qué quiere decir con eso de pata de gallo?
KOCHKARÉV: Quiero decir… una pata de gallo… ¡y basta!
GEVÁKIN: Me parece que usted está entrando en un terreno personal…
KOCHKARÉV: Pero si se lo digo es porque lo sé un hombre razonable; a otro, no se lo diría. Yo lo casaré, conforme, pero con otra.

GEVÁKIN: No, yo le agradecería que no me casara con otra. ¡Sea bueno, cáseme con esta!

KOCHKARÉV: Bueno, lo casaré, pero con una condición: que no se meta en nada y no se deje ver siquiera por la novia… Yo lo concertaré todo sin usted.

GEVÁKIN: Pero ¿cómo quiere concertarlo todo sin mí? Tendré que dejarme ver, por lo menos.

KOCHKARÉV: No hay ninguna necesidad. Váyase a su casa y espere, Esta misma noche todo estará arreglado.

GEVÁKIN: (Frotándose las manos). ¡Eso sí que sería bueno! Pero… ¿no haría falta mi certificado de identidad o mi foja de servicios? Quizás la novia quiera curiosear. Haré una escapadita para traérselos.

KOCHKARÉV: No hace falta nada, váyase a su casa, simplemente; hoy mismo le avisaré. (Lo acompaña afuera). ¡Sí, hoy mismo, se lo aseguro! (Aparte).¿Qué significa esto? ¿Cómo se entiende que Podkolésin no venga? ¡Me resulta extraño! ¿Se estará atando todavía el cordón? ¿No convendrá correr a buscarlo?

Escena IX

KOCHKARÉV, ÁGATA TIJÓNOVNA.
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Mirando a su alrededor). ¡Cómo! ¿Se han ido? ¿No hay nadie?

KOCHKARÉV: Se han ido, se han ido, no hay nadie

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, si supiera cómo he estado temblando! Nunca me ha pasado nada parecido. ¡Qué hombre terrible es ese Iaíchnitza! ¡Qué tirano sería sin duda con su mujer! ¡Temo verlo volver de un momento a otro!

KOCHKARÉV: ¡Oh…! No volverá por nada del mundo. Me juego la cabeza a que ninguno de los dos volverá.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Y el tercero?

KOCHKARÉV: ¿Qué tercero?
GEVÁKIN: (Asomando la cabeza por la puerta). Me muero por saber cómo se referirá ella a mí con su boquita… ¡Qué flor de mujer!Ágata Tijónovna, ¿Y Baltasar Baltasárovich?

GEVÁKIN: ¡Ah, ahí está, ahí está! (Se frota las manos).

KOCHKARÉV: ¡Bah! Ya sé a quien se refiere. ¡Pero si ese hombre es imposible! ¡Un imbécil nato!

GEVÁKIN: ¿Qué significa esto? Francamente, no lo entiendo de ninguna manera.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sin embargo, parece ser un hombre excelente.

KOCHKARÉV: ¡Es un borracho!
GEVÁKIN: ¡Juro que no lo entiendo!
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿De veras que es un borracho?
KOCHKARÉV: Pero, naturalmente… ¡Un bribón bien conocido!
GEVÁKIN: (En voz alta). No, permítame. ¡Yo no le pedí que dijera eso, de ningún modo! Una cosa era decir algo en beneficio mío; pero para hacerlo con esas palabras, sírvase ocuparse de otro, yo no quiero saber nada.

KOCHKARÉV: (Aparte). ¿Por qué se le habrá ocurrido volver? (A Ágata Tijónovna, en voz baja) Mire, mire, apenas si puede sostenerse sobre sus piernas. Así está todos los días. ¡Échelo y asunto acabado! (Aparte). Y Podkolésin que no aparece… ¡Qué canalla! Me desahogaré con él. (Sale).

Escena X

ÁGATA TIJÓNOVNA y GEVÁKIN.
GEVÁKIN: (Aparte). ¡Prometió ponderarme y en cambio me llenó de insultos! ¡Qué individuo extraño! (En voz alta). Señora usted no debe creer…

ÁGATA TIJÓNOVNA: Disculpe, no me siento bien… Me duele la cabeza. (Quiere irse).

GEVÁKIN: ¿Quizás no le gusta algo en mí? (Señalando su cabeza). No se fije en esta ligera calvicie: no tiene importancia, fueron unas fiebres; pronto me crecerá aquí el pelo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Tanto me da lo que usted tenga ahí.
GEVÁKIN: Yo, señora… cuando me pongo el frac, el color de mi tez es mucho más blanco.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Mejor para usted. ¡Adiós! (Se va).

Escena XI

GEVÁKIN (solo, habla en pos de ella).
GEVÁKIN: Permítame, señora… Dígame la razón. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Acaso tengo algún defecto importante?… ¡Se fue! ¡Qué caso sorprendente! Ya van diecisiete veces que me sucede lo mismo, y siempre casi de la misma manera: al principio, todo parece marchar bien, y cuando llegamos al desenlace… me rechazan. (Se pasea por la habitación, con aire caviloso). Sí… ¡Es la novia número diecisiete! Pero… ¿qué pretende? ¿Por qué habría de… con qué motivo…? (Después de meditar). ¡El asunto es oscuro, oscurísimo! ¡Todavía, si yo tuviera algún defecto grave! (Se examina). Al parecer, no se podría decir eso: a Dios, la naturaleza no me ha ofendido en nada. ¡Es incomprensible! ¿No me convendría irme a casa y hurgar en el baúl? Tengo ahí unos versitos a los cuales ninguna mujer podría resistirse. ¡Dios mío, es realmente incomprensible! Al principio, las cosas parecían marchar bien. Por lo visto, habrá que dar marcha atrás. ¡Es una lástima, es realmente una lástima! (Se va).

Escena XII

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV (entran y miran hacia atrás).
KOCHKARÉV: No nos vio. ¿Viste qué contrariado estaba?
PODKOLÉSIN: ¿De veras que lo rechazaron, como a los demás?
KOCHKARÉV: Rotundamente.
PODKOLÉSIN: (Con una sonrisa de engreimiento). Debe ser muy desagradable el que a uno lo rechacen.

KOCHKARÉV: ¡Por cierto que sí!

PODKOLÉSIN: Todavía no puedo creer que ella haya dicho sin ambages que me prefiere a los demás.

KOCHKARÉV: ¿Qué si te prefiere? Está loca por ti. Es un amor que… ¡No te imaginas los epítetos que te prodigó! ¡Qué pasión! Está hirviendo, pura y simplemente.

PODKOLÉSIN: (Con risa engreída). ¡Y, en realidad, si una mujer quiere es capaz de decir unas cosas! ¡A uno ni siquiera se le ocurrirían! Tesoro, cielito, amor mío…

KOCHKARÉV: ¡Bah! Eso no es nada. Cuando te cases, ya verás las palabritas que te dirá en los dos primeros meses de matrimonio: será cosa de derretirse, hermano.

PODKOLÉSIN: (Riendo). ¿De veras?

KOCHKARÉV: ¡Te lo digo como hombre honrado que soy! Pero escúchame ahora, pongamos manos a la obra. Ábrele inmediatamente tu corazón y pídele su mano.

PODKOLÉSIN: Pero ¿cómo es eso de inmediatamente? ¡Vamos!
KOCHKARÉV: Ahora mismo, sin falta… Y ahí está.

Escena XIII

DICHOS y ÁGATA TIJÓNOVNA.
KOCHKARÉV: Señora, le he traído a este mortal que aquí ve. Nunca hubo un hombre tan enamorado… Ni a un enemigo te desearía yo que sufriera estas torturas de amor…

PODKOLÉSIN: (Dándole un codazo, en voz baja). Vamos, hermano. Me parece que estás exagerando.

KOCHKARÉV: (A él). ¡No es nada, no es nada! (A ella, en voz baja). Sea más audaz, es muy tímido, trate de ser lo más desenvuelta posible. Enarque un poco las cejas o baje los ojos y fulmínelo de pronto con ellos al muy bribón, o muéstrele el hombro y que lo mire, el muy canalla. Es una lástima que no se haya puesto un vestido de mangas cortas; pero así tampoco está mal. (En voz alta). ¡La dejo en grata compañía! Me asomaré por un momento a su comedor y a su cocina: hay que dar órdenes, porque no tardará en llegar el camarero al cual le encargué la cena: quizás hayan mandado ya los vinos… ¡Hasta pronto! (A Podkolésin). ¡Más audacia! ¡Más audacia! (Se va).

Escena XIV

PODKOLÉSIN y ÁGATA TIJÓNOVNA,
ÁGATA TIJÓNOVNA: Le ruego que tenga la bondad de sentarse. (Ambos se sientan y guardan silencio).

PODKOLÉSIN: ¿Le gusta pasear, señora?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Pasear? Es decir… ¿A qué se refiere?
PODKOLÉSIN: Cuando uno se va a veranear, resulta agradable pasear en bote.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí. A veces, me paseo con los amigos. (Pausa breve).
PODKOLÉSIN: No se sabe cómo será el verano.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Hay que desear que sea bueno.(Guardan silencio).Podkolésin. ¿Cuál es su flor preferida, señora?

ÁGATA TIJÓNOVNA: La de olor más fuerte: el clavel.
PODKOLÉSIN: A las damas, les sientan muy bien las flores
ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí, es un pasatiempo muy agradable. (Silencio). ¿A qué iglesia fue usted el domingo pasado?

PODKOLÉSIN: A la de Vosnezensky, y la semana pasada fui a la de Kasánsky. Por lo demás, tratándose de rezar, tanto da la iglesia. Sólo que unas están mejor adornadas que otras. (Silencio. Podkolésin tamborilea con los dedos sobre la mesa). Pronto podremos pasearnos por Ekateringhóf.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Sí, dentro de un mes, me parece.

PODKOLÉSIN: Menos de un mes.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Seguramente, el paseo será divertido.
PODKOLÉSIN: Hoy, estamos a ocho. (Cuenta con los dedos). Nueve, diez, once… dentro de veintidós días.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Qué pronto! ¡Es increíble!

PODKOLÉSIN: Y no cuento siquiera el día de hoy. (Silencio). ¡Qué audaz es el pueblo ruso!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Quién?

PODKOLÉSIN: Me refiero a los obreros. Trepan ahí a lo más alto… Pasé junto a una casa y el albañil estaba revocando la pared a muchos metros de altura y no tenía miedo de nada.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Ah!… ¿Y dónde era eso?

PODKOLÉSIN: En el camino que recorro a diario cuando voy a la oficina. Todas las mañanas voy a mi empleo. (Silencio. Podkolésin vuelve a tamborilear con los dedos, finalmente aferra el sombrero y se inclina).

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Piensa ya…?
PODKOLÉSIN: Sí. Disculpe. Quizás le haya aburrido.
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡De ningún modo! Por el contrario, debo agradecerle los momentos agradables que me ha hecho pasar.

PODKOLÉSIN: (Sonriendo). Y yo que, francamente, creía haberla aburrido…

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Oh, le juro que no!
PODKOLÉSIN: Entonces, permítame que, en alguna otra oportunidad, al anochecer…

ÁGATA TIJÓNOVNA: Tendré muchísimo gusto. (Se inclinan, saludándose.nPodkolésin se va).

Escena XV

ÁGATA TIJÓNOVNA (sola).
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Que hombre de méritos! Ahora acabo de conocerlo bien: realmente, resulta imposible no quererlo; ¡es tan modesto y tan razonable… Sí, su amigo fue justo cuando habló tan bien de él; sólo lamento que se haya ido tan pronto, me habría gustado escucharlo un poco más. ¡Qué agradable resulta hablar con él; lo principal, es que no habla por hablar… También yo quise decir unas cuantas palabras, pero, confieso que me acobardé. El corazón me latía de tal manera… ¡Qué hombre magnífico! Iré a contárselo a la tía. (Se va).

Escena XVI

PODKOLÉSIN y KOCHKARÉV (entran).
KOCHKARÉV: Pero… ¿por qué a casa? ¡Qué absurdo! ¿Por qué a casa?
PODKOLÉSIN: ¿Y para qué habría de quedarme aquí? Si ya dije todo lo que correspondía…

KOCHKARÉV: ¿Le dijiste, pues, lo que sentías?

PODKOLÉSIN: Bueno, quizás no se lo haya dicho.

KOCHKARÉV: ¡Ésa sí que es buena! ¿Y por qué no?
PODKOLÉSIN: Vamos… ¿Cómo quieres que uno, sin haber hablado antes de nada, diga de buenas a primera: “¡Señora, permítame casarme con usted!”.

KOCHKARÉV: Entonces… ¿de qué tonterías hablaron ustedes durante media hora?

PODKOLÉSIN: De todo un poco y, lo confieso, estoy muy contento; he pasado el rato muy agradablemente.

KOCHKARÉV: Pero, escúchame y juzga tú mismo. ¿Cuándo tendremos tiempo de hacer todo eso? ¡Dentro de una hora hay que ir a la iglesia, a casarse!

PODKOLÉSIN: Pero… ¡tú estás loco! ¿A casarme hoy?…

KOCHKARÉV: ¿Por qué no?
PODKOLÉSIN: ¿A casarme hoy?
KOCHKARÉV: Pero… ¡si tú mismo me diste tu palabra, me dijiste que cuando echara a los novios, estabas dispuesto a casarte!

PODKOLÉSIN: Bueno. Y estoy dispuesto a cumplir mi promesa. Pero no inmediatamente. Dame un mes para tomar aliento.

KOCHKARÉV: ¡Un mes!

PODKOLÉSIN: Sí, claro.
KOCHKARÉV: Pero… ¿estás loco, o qué?
PODKOLÉSIN: Menos de un mes, imposible.
KOCHKARÉV: Pero… ¡si ya acabo de encargar la cena nupcial, alcornoque! Vamos, escúchame, Iván Kúsmich. No seas porfiado, querido. Cásate ahora.

PODKOLÉSIN: Pero, hermano… ¿Qué estás diciendo? ¿Cómo quieres que me case ahora?

KOCHKARÉV: ¡Iván Kúsmich! Vamos, te lo ruego. Si no quieres hacerlo por ti, hazlo al menos por mí.

PODKOLÉSIN: No puedo, te lo juro.

KOCHKARÉV: Puedes, querido, todo lo puedes. ¡Vamos, no seas caprichoso, querido!

PODKOLÉSIN: Pero… ¡te aseguro que no! Es muy embarazoso, sumamente embarazoso

KOCHKARÉV: Pero… ¿por qué habría de serlo? ¿Quién te ha dicho eso? Razona tú mismo, tú que eres un hombre inteligente. No te lo digo para lisonjearte ni porque seas un consejero de tercera, te lo digo simplemente por afecto. Vamos, querido, decídete, mira las cosas con ojos de hombre razonable…

PODKOLÉSIN: Pero si se pudiera, yo…
KOCHKARÉV: ¡Iván Kúsmich, tesoro mío! Vamos… ¿Quieres que me arrodille ante ti?

PODKOLÉSIN: Pero… ¿para qué?

KOCHKARÉV: (Arrodillándose ante él). ¡Vamos, aquí me tienes de rodillas! Ya lo ves, te lo suplico. ¡Nunca olvidaré el favor que me has hecho! ¡No seas porfiado, tesoro!

PODKOLÉSIN: No, no puedo, hermano, te juro que no puedo.
KOCHKARÉV: (Levantándose, furioso). ¡Cerdo!
PODKOLÉSIN: Bueno, si quieres, insúltame.
KOCHKARÉV: ¡Estúpido! Nunca vi a un hombre tan estúpido.
PODKOLÉSIN: Insúltame, insúltame.
KOCHKARÉV: ¿Por quién me he estado afanando? ¿Por quién he librado toda una batalla? ¡Todo en beneficio tuyo, idiota! ¿Qué gano yo con todo esto? Te abandonaré. ¿A mí qué me importa?

PODKOLÉSIN: ¿Y quién te ha pedido que te afanes? Abandóname, si quieres.
KOCHKARÉV: Pero… ¡si te abandono te pierdes, sin mí no harás nada! Si no ve caso, seguirás siendo un tonto toda la vida.

PODKOLÉSIN: ¿Y a ti, qué te importa?

KOCHKARÉV: Por ti me afano, alcornoque.
PODKOLÉSIN: No quiero que te afanes.
KOCHKARÉV: ¡Entonces, vete al diablo!
PODKOLÉSIN: Bueno, me iré al diablo.
KOCHKARÉV: ¡Allá te puedes ir!
PODKOLÉSIN: Me iré.
KOCHKARÉV: Ve, ve. Y ojalá te rompas una pierna. ¡Te deseo de corazón que te atropelle un cochero borracho! ¡Eres un títere, y no un funcionario! ¡Te juro que entre nosotros todo ha terminado y que no quiero verte más.PODKOLÉSIN: No me verás. (Se va).

KOCHKARÉV: ¡Vete al diablo, tu viejo amigo! (Abriendo la puerta, le grita en pos). ¡Estúpido!

Escena XVII

KOCHKARÉV (solo, se pasea, muy nervioso).
KOCHKARÉV: Bueno… ¿Se ha visto alguna vez un hombre semejante? ¡Qué estúpido! Pero, a decir verdad, también yo soy un tonto. Díganme por favor todos ustedes… ¿No soy acaso un badulaque, un imbécil? ¿Para qué me afano, grito, grito hasta enronquecer? ¿Qué es él para mí, díganmelo? ¿Un pariente o qué? ¿Y qué soy yo para él? ¿Una nodriza, una tía, una madrina o qué? ¿Para qué diablos me esfuerzo por él, no me doy sosiego, maldito sea? ¡No lo sé! Vaya uno a preguntarle a un hombre para qué hace algo! ¡Qué miserable! ¡Qué rostro asqueante, repulsivo! ¡Con qué ganas le daría yo una tanda de puñetazos, al muy idiota, en la nariz, en las orejas, en la boca, en los dientes… en todas partes! (Furioso asesta varios puñetazos en el vacío). Eso es lo insoportable! Ahora, volverá a su casa y se fumará su pipa. ¡Qué ser repelente! ¡Se han visto carotas repulsivas, pero como esa, ninguna! Pues no, no. ¡Iré y haré volver al muy holgazán! No le permitiré huir… ¡Traeré aquí al muy miserable! (Se va corriendo).

Escena XVIII

ÁGATA TIJÓNOVNA (entra).
ÁGATA TIJÓNOVNA: El corazón me late con tanta violencia que no atinaría a explicármelo. Adondequiera miro, me parece ver a Iván Kúsmich. Nadie puede escapar a su destino: se diría que eso es cierto. Quise ocuparme de otra cosa, pero fue inútil… Cuando quería bordar o tejer un bolso, se me aparecía Iván Kúsmich. (Pausa). ¡De modo que, finalmente, dejaré de ser soltera! Me llevarán a la Iglesia… luego, me dejarán a solas con un hombre… ¡Oh! Tiemblo de pies a cabeza. ¡Adiós mi vida de muchacha! (Llora). ¡He vivido tantos años tranquila…! Y ahora, tengo que casarme. ¡Cuántas preocupaciones me esperan! Los niños, esos varoncitos que riñen a cada momento… y las niñas, también, crecen… y hay que casarlas. Y menos mal cuando se casan con hombres buenos, pero pueden tocarles unos borrachos o unos hombres de esos que salta a la vista lo que son capaces de hacer… (Poco a poco, comienza a sollozar de nuevo). No tuve tiempo de divertirme en mis tiempos de muchacha, y no tuve siquiera veintisiete años de doncellez… (Transición). Pero… ¿por qué demorará tanto Iván Kúsmich?

Escena XIX

ÁGATA TIJÓNOVNA y PODKOLÉSIN
(Sale a escena, empujado por ambas manos de Kochkarév).
PODKOLÉSIN: (Balbuceando). Vine, señora mía, a explicarle algo… pero quisiera saber antes si no le parecerá extraño.

ÁGATA TIJÓNOVNA: (Bajando los ojos). ¿De qué se trata?

PODKOLÉSIN: No, señora. Dígame usted antes… ¿No le parecerá extraño?
ÁGATA TIJÓNOVNA: (Lo mismo). No puedo saber de qué se trata.
PODKOLÉSIN: Pero, confieso… Seguramente, le parecerá extraño lo que le diré… ¿no es así?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Por qué ha de parecerme extraño? Tratándose de usted, me agrada escucharlo todo.

PODKOLÉSIN: Pero eso usted no lo ha escuchado nunca. (Ágata Tijónovna baja aún más los ojos: en ese momento, entra silenciosamente Kochkarév y se detiene detrás de su amigo). Se trata de… Pero será mejor que se lo diga después, en algún otro momento…

ÁGATA TIJÓNOVNA: Y… ¿de qué se trata?

PODKOLÉSIN: Yo… yo quería, lo confieso, decírselo ahora, pero tengo aún ciertas dudas.

KOCHKARÉV: (Para sí, juntando las manos). ¡Dios mío, qué hombre! Es simplemente una vieja y no un hombre, es una parodia de hombre, la sátira de un hombre!

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Por qué duda?
PODKOLÉSIN: No sé. Siento dudas.
KOCHKARÉV: (En voz alta). ¡Qué tonto es esto, qué tonto! Mire, señora. Lo que desea Iván Kúsmich, es pedirle su mano; quiere decirle que no puede vivir sin usted, que se muere por usted. Y sólo la pregunta… ¿Acepta hacerlo feliz?

PODKOLÉSIN: (Casi asustado, lo empuja y exclama). ¡Vamos! ¿Qué dices?

KOCHKARÉV: ¿De modo que está dispuesta a hacer feliz a este mortal, señora?

ÁGATA TIJÓNOVNA: No me atrevo a creer que yo pueda hacer feliz a… Por lo demás, acepto.

KOCHKARÉV: ¡Naturalmente, naturalmente! ¡Hace rato que debió decirlo! ¡Denme sus manos!

PODKOLÉSIN: Inmediatamente. (Quiere decirle algo al oído; Kochkarév le muestra el puño y frunce el ceño; Podkolésin le tiende la mano).

KOCHKARÉV: (Uniendo las manos de ambos). ¡Dios los bendiga! Estoy conforme y aplaudo la unión de ustedes. El matrimonio es un asunto que… No significa tomar un coche y emprender un viaje; es un deber de índole totalmente distinta, es un deber… (A Podkolésin). Ahora no tengo tiempo, pero luego te explicaré qué clase de deber significa. Bueno, Iván Kúsmich, besa a tu novia. Ahora, puedes hacerlo: debes hacerlo. (Ágata Tijónovna baja los ojos). ¡No es nada, señora, no es nada! ¡Así debe ser! ¡Que la bese!

PODKOLÉSIN: No, señora, permítanle. Ahora, permítame. (La besa y te toma de la mano). ¡Qué preciosa manito! ¿Cómo es que tiene usted una manito tan bella, señora… Permítame, señor. Quiero que nos casemos inmediatamente, inmediatamente, sin falta.

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Cómo inmediatamente? Eso, quizás, sería demasiado pronto.

PODKOLÉSIN: ¡No quiero ni oír hablar del asunto! Quiero más pronto aún quiero que nos casemos dentro de un momento.

KOCHKARÉV: ¡Bravo! ¡Bien! ¡Eso sí que es ser un hombre cabal! Confieso que siempre deposité grandes esperanzas en tu futuro. Señora, conviene realmente que se apresure a vestirse; y yo, a decir verdad, he mandado ya por un coche e invitado a la gente; todos han ido ahora directamente a la iglesia. Sé que usted hasta tiene listo el traje de novia.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Claro, desde hace tiempo. Me vestiré en un momento.

Escena XX

KOCHKARÉV y PODKOLÉSIN.
PODKOLÉSIN: ¡Bueno, hermano! ¡Muchísimas gracias! Ahora veo con claridad todo el favor que me has hecho. Mi propio padre no habría hecho lo que tú. Ya veo que has obrado por mera amistad. Gracias, hermano; recordaré eternamente el servicio que me has prestado. (Conmovido). En la primavera próxima, visitaré sin falta la tumba de tu padre.

KOCHKARÉV: No es nada, hermano. Yo mismo estoy encantado. Ven, te daré un beso. (Lo besa en ambas mejillas). Dios quiera que vivas feliz (se besan) en la abundancia y la prosperidad; y que tengas muchos hijos…

PODKOLÉSIN: ¡Gracias, hermano! Acabo de descubrir qué es la vida: ahora, ante mí se presenta un mundo totalmente nuevo. Ahora, veo que todo se mueve, vive, siente, vibra… uno mismo no sabe cómo. Y antes, yo no veía nada de eso, no comprendía, no sabía nada de nada, no razonaba, no profundizaba, y vivía como cualquier otro individuo.

KOCHKARÉV: ¡Me alegro, me alegro! Ahora, iré a ver cómo han preparado la mesa; vuelvo dentro de un momento. (Aparte). Por las dudas, convendrá esconderle el sombrero. (Toma el sombrero de Podkolésin y se lo lleva).

Escena XXI

PODKOLÉSIN (solo).
PODKOLÉSIN: En realidad… ¿qué he sido hasta ahora? ¿Comprendía acaso el sentido de la vida? No, no lo comprendía, no comprendía nada. ¿Qué fue mi vida de soltero? ¿Qué era yo, qué hacía? Vivía, vivía, prestaba servicios en la administración pública, iba a la oficina, comía, dormía… en una palabra, era el hombre más vacío y vulgar del mundo. Sólo ahora advierto la estupidez de los que no se casan; y, si bien se mira… ¡cuántos son los hombres sumidos en esa ceguera! Si yo fuera rey de algún país, daría orden de que se casaran todas mis súbditos, positivamente todos, de que no quedara en el reino un solo soltero. Realmente… ¡Cuando pienso que, dentro de unos minutos, seré un hombre casado! De pronto, uno podrá saborear esa felicidad que sólo se conoce en los cuentos de hadas, ¡una felicidad indecible, inexpresable! (Breve pausa). Con todo eso, cuando uno lo piensa bien, siente miedo. Hay que ligarse para toda la vida, para siempre y luego no hay modo de liberarse ni de arrepentirse… nada, nada… todo está terminado, todo está hecho. Ahora mismo, ya no es posible retroceder un minuto más y estaré ante el altar; ni siquiera es posible huir… el coche espera y todo está pronto.

Pero… ¿será realmente imposible huir? Claro, claro que es imposible: en las puertas y en todas partes hay gente: me preguntarán: ¿Por qué se va? ¡No es posible, no! Pero hay una ventana abierta… ¿Y si saltara por la ventana? No, imposible: sería indecoroso. Además, está muy alta. (Se acerca a la ventana). Bueno, no está tan alta, sólo es la planta baja, y muy baja, por cierto. Pero, no… ¿Cómo podría hacerlo? No tengo mi sombrero. ¿Cómo habría de escaparme sin sombrero? ¡Sería muy embarazoso! Pero… ¿será realmente embarazoso escapar sin sombrero? ¿Y si probara? ¿Pruebo? (Se encarama sobre la ventana y después de decir: “¡Dios me ayude!”, salta a la calle: se oye gritar detrás de la escena): ¡Ay! ¡Era alta! ¡Eh, cochero!

Voz del cochero: ¿Me llamaba?

Voz de PODKOLÉSIN: A la Kanávka, junto al puente de Semenóvsk.
Voz del cochero: Le costará medio rubio.
Voz de PODKOLÉSIN: Bueno, conforme. ¡En marcha! (Se oye el ruido del coche que se aleja).

Escena XXII

ÁGATA TIJÓNOVNA (entra en traje de novia, tímidamente y con los ojos bajos).
ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Yo misma no sé qué me pasa! Vuelvo a sentir vergüenza y tiemblo de pies a cabeza. ¡Oh! Si él no estuviera aquí aunque sólo fuese por un momento, si hubiese salido para algo… (Mira a su alrededor, con alegría). Pero… ¿dónde está? No hay nadie. ¿Adónde habrá ido? (Abre la puerta que da al vestíbulo y dice allí). ¿Adónde ha ido Iván Kúsmich, Tecla?

TECLA: ¡Si está ahí…!
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿dónde?
TECLA: (Entrando). ¡Estaba aquí, en esta habitación!
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pues ya ves que no está…
TECLA: Sin embargo, no ha salido de aquí… Yo me hallaba sentada en el vestíbulo.

ÁGATA TIJÓNOVNA: Pero… ¿dónde estará?

TECLA: No lo sé. ¿No habrá salido por la otra puerta, por la escalera de servicio? ¿O no estará en la habitación de Arina Panteleimónovna?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¡Tía, tía!

Escena XXIII

Dichos y Arina Panteleimónovna.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: (Vestida de punta en blanco). ¿Qué pasa?

ÁGATA TIJÓNOVNA: ¿Está en tu cuarto Ivan Kúsmich?
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: No, debe estar aquí: no entró en mi cuarto.
TECLA: Pues tampoco salió al vestíbulo: no me he movido de allí.
ÁGATA TIJÓNOVNA: Ni está aquí, como ven.

Escena XXIV

DICHOS y KOCHKARÉV.
KOCHKARÉV: ¿Qué pasa?
ÁGATA TIJÓNOVNA: Pues que Iván Kúsmich no está.
KOCHKARÉV: ¿Cómo, que no? ¿Se fue?
ÁGATA TIJÓNOVNA: No. No se ha ido, tampoco.
KOCHKARÉV: ¿Cómo se entiende… que no está… y que no se fue?
TECLA: Pues no me explico dónde puede haberse metido. He estado sentada en el vestíbulo y no me he movido de allí.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pues no puede haber pasado por la puerta de servicio.

KOCHKARÉV: ¿Y entonces? ¡Qué diablos! Si no salió de la habitación, no puede haberse perdido. ¿No se habrá escondido…? ¡Iván Kúsmich! ¿Dónde estás? ¡No hagas el tonto, vamos, sal de una vez! ¡Vamos! ¿Qué bromas son esas? ¡Hace rato que es hora de ir a la iglesia! (Mira detrás del armario y hasta escudriña de soslayo debajo de las sillas). ¡No lo entiendo! Pero, no, no puede haberse ido. No puede haberse ido de ningún modo. Está aquí, en ese cuarto está su sombrero, lo guardé allí ex profeso.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿No convendrá preguntarle a la sirvientita? Estaba en la calle y quizá sepa algo. ¡Duniáshka! Duniáshka!

Escena XXV

DICHOS y DUNIÁSHKA.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: ¿No has visto dónde está Iván Kúsmich?

DUNIÁSHKA: Saltó por la ventana, pues. (Ágata Tijónovna profiere un grito y da una palmada de consternación).

Los tres: ¿Por la ventana?

DUNIÁSHKA: Sí, y después llamó a un cochero y se fue en coche.
ARINA PANTELEIMÓNOVNA: Pero… ¿dices la verdad?
KOCHKARÉV: ¡Mientes! ¡No puede ser!
DUNIÁSHKA: ¡Sí que saltó, lo juro! También lo vio el dueño de la tienda vecina. Le prometió medio rubio al cochero y se fue.

ARINA PANTELEIMÓNOVNA: (Acercándose a Kochkarév, con aire agresivo). ¿Qué significa esto, hijo mío? ¿Ha querido usted burlarse de nosotros o qué? ¿Quiere humillarnos? Tengo sesenta años, ya, y nunca vi vergüenza semejante. ¡Merece usted que le escupan en la cara, si es una persona decente! ¡Pero, después de esto, es todo un bribón! ¡Ha humillado a una muchacha ante el mundo entero! ¡Pensar que soy una campesina y no lo habría hecho… y usted es un noble! ¡Ya se ve que la nobleza sólo les sirve a ustedes para cometer bajezas! (Se va, furiosa, y se lleva a la novia. Kochkarév permanece inmóvil, como abrumado).

TECLA: ¿Qué me dices? ¿Con que eras tú el que sabía manejar estos asuntos, el que sabía casar sin la casamentera? Pues yo tendré toda clase de novios, calvos o como sea, pero novios que saltan por la ventana… ¡de esos, a Dios gracias, no tengo!

KOCHKARÉV: ¡Esto es absurdo! ¡No puede ser! ¡Correré a su casa, lo obligaré a volver! (Se va).

TECLA: ¡Sí, corre, hazlo volver! No sabes cómo son estas cosas. Todavía si el novio se hubiese escapado por la puerta, vaya y pase, pero cuando ha saltado por la ventana… ¡ya no vuelve ni por casualidad!

Iván Fiódorovych Shponka y su Tía – Cuento – Mykola Hóhol

IVÁN FIÓDOROVICH SHPONKA Y SU TÍA

Esta historia tiene su propia historia: nos la contó Stepán Ivánovich Kúrochka, que había venido de Gadiach. Debo decirles que tengo una pésima memoria: poco importa que me digan una cosa o que no me la digan. Es lo mismo que pasar agua por un tamiz. Conociendo ese defecto mío, le pedí que me escribiera el relato en un cuaderno. Ese hombre siempre ha sido bueno conmigo, que Dios le dé salud, y accedió a copiarlo. Lo guardé en la mesilla; seguro que la conoce usted: es esa que se ve en el rincón nada más entrar… Pero he olvidado que Usted no ha estado nunca en mi casa. Mi vieja, con la que llevo viviendo treinta años, no sabe leer ni escribir; para qué vamos a ocultar ese pecado. Un día advertí que para cocer los pasteles usaba unas hojas de papel. Prepara unos pasteles estupendos, estimados lectores; no los hay mejores en el mundo. En cierta ocasión miré debajo de los pasteles y vi unas palabras escritas. Tuve un presentimiento y me acerqué a la mesilla: ¡la mitad del cuaderno había desaparecido! Las hojas restantes las había utilizado para preparar los pasteles. ¿Qué podía hacer? ¡No va uno a pelearse en los tiempos de la vejez!

El año pasado tuve que pasar por Gadiach. Antes incluso de llegar a la ciudad, había hecho un nudo en el pañuelo para no olvidarme de pedirle la historia a Stepán Ivánovich.

Más aún: me hice la promesa de acordarme siempre que estornudara en la ciudad. Todo fue en vano. Atravesé la ciudad, estornudé, me soné con el pañuelo, pero no me acordé de nada; cuando el asunto me vino de nuevo a la cabeza, estábamos ya a seis kilómetros de la barrera. Nada podía hacerse: tuve que imprimir la historia sin final. En cualquier caso, si alguien siente la imperiosa necesidad de saber la continuación de este relato, sólo tiene que llegarse hasta Gadiach y preguntar por Stepán Ivánovich. Él estará encantado de contársela y, en caso de que sea necesario, empezará por el principio.

Vive muy cerca de la iglesia de piedra. Enseguida verán allí un callejón: no hay más que internarse en él y buscar la segunda o la tercera puerta. O mejor, hagan lo siguiente: busquen un patio con un gran poste y una codorniz y si ven que sale a recibirles una gruesa mujer vestida con una falda verde (no está de más saber que Stepán Ivánovich es soltero), no duden de que han llegado. También lo pueden encontrar en el mercado, donde suele estar todas las mañanas hasta las nueve; elige el pescado y la verdura para su mesa y charla con el padre Antip o el arrendatario judío. Lo reconoceréis enseguida, pues es el único que lleva pantalones de indiana estampados y chaqueta de nanquín amarilla. Les daré otro rasgo distintivo: al andar siempre agita los brazos. El difunto asesor del lugar, Denis Petróvich, cuando lo veía de lejos, decía: «¡Mirad, mirad, por ahí viene el molino de viento!».

I

Hace ya cuatro años que Iván Fiódorovich Shponka recibió el retiro y se fue a vivir a su granja de Vítrebenki. Cuando no era más que Vániusha estudiaba en la escuela comarcal de Gadiach, y hay que decir que era un muchacho muy aplicado y de muy buena conducta. El profesor de gramática rusa, Nikífor Timoféievich Deeprichastie, decía que si todos sus alumnos fueran tan aplicados como Shponka, no llevaría a clase su regla de madera de arce con la que, según él mismo reconocía, se cansaba de golpear las manos de perezosos y traviesos. Su cuaderno siempre estaba limpio, lleno de líneas trazadas con regla y sin una sola mancha. Apenas se movía en su asiento, y mantenía las manos juntas y los ojos fijos en el profesor; nunca colgaba un papel en la espalda del compañero que tenía delante; no tallaba el pupitre ni jugaba a los empujones antes de la llegada del maestro. Cuando alguien necesitaba afilar su pluma, se dirigía al momento a Iván Fiódorovich, pues sabía que éste siempre tenía un cortaplumas; Iván Fiódorovich, que entonces sólo era Vániusha, sacaba su cortaplumas de un pequeño estuche de cuero, atado al ojal de su chaqueta gris, y pedía solamente que no raspasen la pluma con el filo, asegurando que para eso estaba el lado romo. Tan buena conducta pronto atrajo la atención incluso del profesor de latín, a quien le bastaba con toser en el zaguán, antes de aparecer en la puerta con su capote y su rostro picado de viruelas, para que el miedo se adueñara de toda la clase. Ese maestro terrible, que siempre tenía sobre la cátedra dos manojos de látigos y a la mitad de su auditorio puesto de rodillas, nombró repetidor a Iván Fiódorovich, aunque en la clase había alumnos mucho más dotados.

Llegados a este punto no podemos dejar de mencionar un suceso que influyó en toda su vida. Uno de los alumnos que estaba a su cargo, tratando de ganarse la voluntad del repetidor para que escribiera en su boletín scit, a pesar de que no sabía ni una palabra de la lección, llevó a la clase una torta untada de mantequilla y envuelta en un papel. Aunque Iván Fiódorovich siempre había dado pruebas de equidad, ese día tenía mucha hambre y no pudo resistir la tentación; cogió la torta, se ocultó detrás de un libro y empezó a comer. Tan ocupado estaba con el dulce, que ni siquiera advirtió que en la clase se había hecho de pronto un silencio de muerte. Sólo se recobró espantado cuando una mano terrible, emergiendo de un capote de paño, le agarró por una oreja y lo arrastró hasta el centro de la clase. «¡Dame esa torta! ¡Dámela te digo, canalla!», exclamó el terrible profesor, cogiendo con los dedos la grasienta torta y arrojándola por la ventana, después de prohibir severamente a los escolares que correteaban por el patio que la recogieran. A continuación golpeó con enorme fuerza las manos de Iván Fiódorovich. Y así tenía que ser: las culpables habían sido las manos y no ninguna otra parte del cuerpo, pues eran ellas las que habían cogido la torta. Fuera como fuese, desde ese día su acusada timidez aumentó todavía más. Tal vez ese suceso fuera la causa de que nunca mostrara deseos de ingresar en el servicio civil, viendo por experiencia que no siempre se puede ocultar lo que se hace.

Tenía casi quince años cuando pasó a la segunda clase, donde, en lugar del catecismo abreviado y las cuatro reglas de aritmética, empezó a ocuparse del catecismo superior, el libro de los deberes del hombre y los quebrados. Pero al ver que cuanto más se adentra uno en el bosque más leña encuentra y al recibir la noticia de que su padre había pasado a mejor vida, al cabo de dos años decidió abandonar el colegio y, con el consentimiento de su madre, ingresó en el regimiento de infantería de P***.

El regimiento de infantería de P*** no se parecía en nada a la mayoría de los de su clase, y a pesar de que casi todo el tiempo estaba acantonado en pequeñas aldeas, su régimen de vida poco tenía que envidiar al de algunos regimientos de caballería. La mayor parte de los oficiales bebía licores helados y sabía tirar a los judíos de las patillas tan bien como los húsares; algunos sabían incluso bailar la mazurca, y el coronel del regimiento de P*** nunca dejaba de señalarlo cuando hablaba con alguien en sociedad: «En mi regimiento», solía decir, golpeándose el estómago después de cada palabra, «muchos hombres bailan la mazurca; muchos, muchísimos». Para mostrar mejor al lector el grado de instrucción que reinaba en el regimiento de infantería de P***, añadiremos que dos oficiales eran apasionados jugadores de naipes, capaces de apostar el uniforme, la gorra, el capote, el cinto del sable e incluso la ropa interior, algo que no se ve todos los días, ni siquiera en la caballería.

No obstante, el trato de semejantes camaradas no atenuó en nada la timidez de Iván Fiódorovich. Como no bebía licores helados, prefiriendo una copita de horilka antes de la comida y de la cena, ni bailaba la mazurca ni jugaba a los naipes, era natural que estuviera siempre solo. Además, mientras los otros tomaban los caballos del lugar para visitar a los pequeños hacendados, él se quedaba en casa, entregado a las ocupaciones típicas de las almas bondadosas y dulces: o bien limpiaba sus botones, o leía un libro de adivinaciones o colocaba trampas para ratones en los rincones de su habitación o se quitaba el uniforme y se tumbaba en la cama. En cambio, no había en el regimiento hombre más cumplidor que Iván Fiódorovich. Mandaba con tanta eficacia su grupo que el capitán de la compañía lo ponía siempre como ejemplo. De ese modo, apenas once años después de recibir el grado de alférez, había ascendido a subteniente.

Poco tiempo después recibió la noticia de la muerte de su madre; una hermana de ésta, y por tanto tía suya, de la que sólo recordaba que siendo niño le había llevado peras secas y unos deliciosos panecillos que preparaba ella misma (de hecho, había seguido enviándoselos a Gadiach, pero más tarde había discutido con su madre e Iván Fiódorovich no había vuelto a verla), esa tía, llevada por su bondad, se había encargado de regentar su pequeña hacienda, novedad que le había comunicado a su debido tiempo por medio de una carta. Iván Fiódorovich, que estaba completamente seguro del buen juicio de su tía, siguió desempeñando sus funciones como hasta entonces. Cualquier otro en su lugar, al haber obtenido tan alta graduación, se habría ensoberbecido; pero el orgullo era completamente ajeno a su naturaleza.

Al ascender a subteniente, siguió siendo el mismo Iván Fiódorovich que había sido como alférez. Cuatro años más tarde de ese notable acontecimiento, cuando se aprestaba a trasladarse con su regimiento desde la región de Moguiliov a la de Velikorossia, recibió la siguiente carta:

Mi querido sobrino Iván Fiódorovich:

Te mando ropa interior, cinco pares de calcetines de hilo y cuatro camisas de lienzo fino. También quiero hablarte de otro asunto: como has alcanzado ya una elevada graduación, como bien sabes, y como has llegado a una edad en la que es necesario que te ocupes de tu hacienda, no veo ninguna razón para que sigas en el servicio activo. Yo ya soy vieja y no puedo vigilar como es debido tu propiedad; además, tengo muchas cosas que comunicarte personalmente. ¡Ven pronto, Vániuska! En espera de tener el placer sincero de verte, te saluda tu afectuosa tía

Vasilisa Tsuchevska.

En nuestra huerta han crecido unos nabos tan extraordinarios, que más que nabos parecen patatas.

Una semana después de recibir esa carta, Iván Fiódorovich escribió la siguiente respuesta:

Estimada tía Vasilisa Káshporovna:

Le agradezco mucho la ropa que me ha enviado, sobre todo los calcetines, pues los míos estaban ya muy viejos; de hecho, mi ordenanza los ha zurcido cuatro veces y en consecuencia han encogido mucho. En lo que respecta a su opinión sobre mi servicio, le diré que estoy completamente de acuerdo con usted y que ya hace tres días que he solicitado el retiro.

En cuanto me lo concedan, alquilaré un coche. En lo que respecta al encargo que me había encomendado previamente, referente a las semillas de trigo de Siberia, no he podido cumplirlo: en toda la provincia de Moguiliov me ha sido imposible encontrarlo. Aquí a los cerdos se les da de comer cebada mezclada con cerveza pasada.

Con la mayor consideración, estimada tía, le saluda su sobrino

Iván Shponha.

Finalmente Iván Fiódorovich recibió el retiro con el grado de teniente, contrató por cuarenta rublos a un judío para que lo llevara de Moguiliov a Gadiach y se puso en camino en el momento en que los árboles se revestían de hojas tiernas y aún ralas, toda la tierra se cubría de brillante y fresca verdura y en los campos olía a primavera.


II – EL CAMINO

En el camino no sucedió nada extraordinario. El viaje duró algo menos de dos semanas.

Quizás Iván Fiódorovich podría haber llegado antes, pero el piadoso judío no trabajaba los sábados y pasaba el día entero rezando bajo una manta. No obstante, como ya he tenido ocasión de señalar, Iván Fiódorovich era una persona que no se dejaba ganar por el aburrimiento. En esas ocasiones abría la maleta, sacaba la ropa interior, examinaba si estaba bien lavada y bien planchada, quitaba con cuidado una mota de polvo del uniforme nuevo, cosido ya sin charreteras, y volvía a colocarlo todo de la mejor manera posible. Puede decirse que no era muy aficionado a la lectura; y si a veces abría su libro de adivinaciones era sólo porque le gustaba encontrar unas palabras que, a fuerza de haberlas leído muchas veces, le resultaban conocidas. Actuaba como el ciudadano que se dirige todos los días al casino, no con la esperanza de escuchar algo nuevo, sino para reunirse con unos amigos con los que está acostumbrado a charlar desde tiempos inmemoriales; como el funcionario que lee con fruición la guía de direcciones varias veces al día, no en virtud de ningún motivo diplomático, sino porque le entretiene sobremanera ver una lista de nombres impresos. «¡Ah, Iván Gavrílovich!», repite para sí. «¡Ah! ¡Ahí estoy yo! ¡Hum!» Y en cuanto se le presenta una nueva oportunidad vuelve a leerla con las mismas exclamaciones.

Tras dos semanas de viaje, Iván Fiódorovich llegó a una pequeña aldea que distaba unos cien kilómetros de Gadiach. Era viernes. Hacía ya un buen rato que se había puesto el sol cuando el carruaje, el judío y él entraron en el patio de la posada.

Esa posada no se diferenciaba en nada de las que suele uno encontrar en las pequeñas ciudades. Por lo general, en esos albergues se ofrecen al viajero con gran insistencia heno y avena, como si fuera un caballo de postas. Pero como tenga ganas de desayunar como las personas respetables, tendrá que guardar intacto su apetito hasta mejor ocasión. Iván Fiódorovich, que estaba al tanto de esas sutilezas, había tomado la precaución de llevar consigo dos paquetes con bollos de pan y salchichón; pidió una copa de horilka, bebida que no suele faltar en ninguna posada, se sentó en un banco delante de una mesa de roble, cuyas patas estaban hundidas en el suelo de tierra, y empezó a cenar.

Entretanto se oyó el ruido de un carruaje que se aproximaba. La cancela chirrió; pero pasó un buen rato antes de que el coche penetrara en el patio. Una fuerte voz increpaba a la vieja que regentaba la posada. «¡Voy a entrar», oyó Iván Fiódorovich, «pero como una sola chinche me pique en tu casa, te zurraré. Ya lo creo que lo haré, vieja bruja, y no te daré nada por el heno!»

Al cabo de un minuto la puerta se abrió y entró, o mejor dicho se introdujo, un hombre grueso vestido con una levita de color verde. Su cabeza descansaba inmóvil sobre un cuello demasiado corto, que parecía aún más gordo a causa de la doble barbilla. A juzgar por su aspecto, pertenecía a esa clase de personas que no se rompen la cabeza pensando en naderías y a las que todo en la vida les ha salido rodado.

-¡Le deseo mucha salud, señor mío! -exclamó al reparar en Iván Fiódorovich. Iván Fiódorovich saludó en silencio.

-¿Me permite que le pregunte con quién tengo el honor de hablar? -añadió el grueso viajero.

-Con el teniente retirado Iván Fiódorovich Shponka -contestó éste.

-Y ¿puedo preguntarle adónde se dirige?
-A Vítrebenki, donde tengo mi propia hacienda.
-¡Vítrebenki! -exclamó el severo interrogador-. ¡Pero permítame, señor mío, permítame! -dijo, aproximándose a Iván Fiódorovich y agitando los brazos como si alguien le impidiera el paso o tuviera que abrirse camino a través de una multitud; una vez a su lado, le abrazó y le besó, primero en la mejilla derecha, luego en la izquierda y a continuación de nuevo en la derecha. A Iván Fiódorovich le agradaron mucho esos besos, pues sus labios habían tomado las grandes mejillas del desconocido por mullidos almohadones.

-¡Permítame, señor mío, que me presente! -continuó el gordo-. Yo también poseo una hacienda en la región de Gadiach y soy vecino suyo. Vivo en la aldea de Jórtische, que se encuentra a menos de cinco kilómetros de Vítrebenki. Me llamo Grigori Grigórievich Storchenko. Es de todo punto indispensable, indispensable, señor mío, que venga a visitarme a la aldea de Jórtische; si no, no le saludaré más. Ahora llevo prisa, pues tengo que ocuparme de unos asuntos… Pero ¿qué es eso? -dijo con una voz dulce a su jockey, un joven vestido con una casaca remendada en el codo, que acababa de entrar y con expresión sorprendida ponía sobre la mesa unos paquetes y cajas-. ¿Qué es eso? ¿Qué es? -y la voz de Grigori Grigórievich se fue haciendo cada vez más amenazante-. ¿Acaso te he ordenado que trajeras esto aquí, querido? ¿Acaso te he pedido que trajeras todo esto, canalla? ¿Es que no te he dicho que calentaras primero el pollo, bribón? ¡Fuera de aquí! -gritó, golpeando el suelo con el pie-. ¡Espera, cara de tonto! ¿Dónde está el cofre con las botellas? ¡Iván Fiódorovich! -continuó, mientras vertía licor en una copa-. ¡Le pido que lo pruebe! ¡Es medicinal!

-Le aseguro que no puedo… Ya en una ocasión… -dijo Iván Fiódorovich con temblorosa voz.

-¡No quiero ni oírlo, señor! -exclamó el propietario, levantando la voz-. ¡No quiero ni oírlo! ¡No me moveré de este lugar hasta que no lo pruebe!

Cuando Iván Fiódorovich comprendió que no había manera de rechazar el licor, lo bebió no sin satisfacción.

-Esto es un pollo, señor mío -prosiguió el gordo Grigori Grigórievich, cortando el ave con su cuchillo dentro de una caja de madera-. Debo decirle que mi cocinera Yavdoja a veces gusta de tomarse un trago; por eso la comida suele quedarle un poco seca. ¡Eh, mozo! -exclamó dirigiéndose al muchacho de la casaca, que le traía un edredón y unos almohadones-. ¡Hazme la cama en el suelo, en medio de la habitación! ¡Que no se te olvide poner un poco de heno bajo la almohada! ¡Y que la vieja te dé un trozo de cáñamo de la rueca para taparme los oídos por la noche! Debe usted saber, señor mío, que tengo la costumbre de taparme los oídos por la noche desde el maldito día en que en una posada rusa se me metió una cucaracha en la oreja izquierda. Sólo más tarde supe que esos malditos katsaps (Término despectivo, como moshal, para referirse a los campesinos rusos.)comen hasta la sopa con cucarachas. No soy capaz de describirle lo que sentí. Era una especie de hormigueo en el oído, un hormigueo… ¡Como para subirse por las paredes! Ya en nuestra tierra me curó una simple vieja. ¿Qué cree usted que hizo? Simplemente recitar unas fórmulas mágicas. ¿Qué opina usted de los médicos, señor mío? Yo creo que nos toman el pelo y se burlan de nosotros. Algunas viejas saben veinte veces más que todos esos médicos.

-Efectivamente, lo que acaba de decir usted es la pura verdad. Algunas viejas… -en ese momento se detuvo, como si no encontrara los vocablos adecuados para continuar.

No está de más decir que, en general, Iván Fiódorovich era bastante parco en palabras. Quizás ello se debiera a su timidez o acaso a un deseo de expresarse con mayor elegancia.

-¡Sacúdelo bien, sacude bien ese heno! -dijo Grigori Grigórievich a su lacayo-. El heno de aquí es tan malo que podría haber algún trozo de madera. Permítame, señor mío, que le desee buenas noches. Mañana no nos veremos, pues yo partiré antes del alba. Su judío descansará, porque mañana es sábado, así que usted no tiene ninguna necesidad de levantarse temprano. No olvide usted mi ruego: si no viene a verme a la aldea de Jórtische, no volveré a saludarle.

Entretanto el criado le ayudó a quitarse la levita y las botas y le puso una bata; Grigori Grigórievich, entonces, se dejó caer en la cama, donde parecía un enorme colchón extendido sobre otro.

– ¡Eh, mozo! ¿Adónde vas, canalla? ¡Ven a arreglarme la manta! ¡Eh, mozo! ¡Ponme bien el heno debajo de la cabeza! ¿Y qué, le han dado ya de beber a los caballos? ¡Pon más heno! ¡Aquí, en este lado! ¡Pero arréglame bien la manta, canalla! ¡Así! ¡Uf!…

A continuación Grigori Grigórievich suspiró un par de veces y emitió un silbido tan terrible por la nariz que se oyó en toda la habitación; de vez en cuando roncaba con tanta fuerza que la vieja, adormilada en su camastro, se despertaba, miraba a un lado y a otro, y al no ver nada se tranquilizaba y volvía a quedarse dormida.

Al día siguiente, cuando Iván Fiódorovich se despertó, el gordo propietario ya no estaba. Ese fue el único acontecimiento notable que le sucedió durante todo el viaje.

Tres días más tarde empezó a aproximarse a su hacienda. Cuando aparecieron las batientes aspas del molino y, a medida que el carruaje ascendía por la colina, se vislumbraron las hileras de sauces, Iván Fiódorovich sintió que el corazón le latía con más fuerza. A través de las ramas se divisaba el estanque, que despedía vivos destellos y exhalaba una fresca brisa. En ese mismo estanque se había bañado en otros tiempos y, con el agua hasta el cuello, había buscado cangrejos en compañía de otros muchachos. El carruaje atravesó un dique e Iván Fiódorovich vio la misma vieja casa, con su techumbre de cañas, y aquellos manzanos y cerezos a los que en sus días mozos había trepado a escondidas. En cuanto entraron en el patio, perros de todas clases, marrones, negros, grises o con manchas acudieron de todas partes. Algunos se lanzaban ladrando a las patas de los caballos; otros, al darse cuenta de que el eje había sido engrasado con sebo, corrían detrás del coche; uno se había quedado cerca de la cocina, sujetaba un hueso con una pata y ladraba con todas sus fuerzas; otro ladraba en la lejanía y corría de un lado para otro sin dejar de mover la cola, como diciendo: «¡Mirad, buenas gentes, qué extraordinaria planta tengo!». Algunos muchachos, vestidos con sucias camisas, acudieron a ver el carruaje. Una cerda, que deambulaba por el patio con sus dieciséis lechones, levantó el hocico con aire interrogativo y gruñó con mayor fuerza que de costumbre. En el suelo del patio había muchas lonas con montones de trigo, centeno y avena que se secaban al sol. En el tejado también habían puesto a secar distintos tipos de hierbas: achicoria salvaje, vellosilla y otras.

Iván Fiódorovich estaba tan absorbido en la contemplación de ese panorama que sólo volvió en sí cuando un perro con manchas mordió en la pantorrilla al judío, que en ese momento bajaba del pescante. La servidumbre, compuesta por una cocinera, una mujer y dos muchachas con faldas de lana, salió corriendo al patio. Después de las primeras exclamaciones, «¡Pero si es nuestro señorito!», le anunciaron que su tía estaba sembrando maíz en el huerto, en compañía de la criada Palashka y del cochero Omelka, que a menudo desempeñaba también funciones de hortelano y de guardián… Pero la tía, que desde la lejanía había divisado el carruaje tapizado de tela de saco, ya estaba allí. Iván Fiódorovich se quedó estupefacto cuando ésta estuvo a punto de levantarlo en brazos; apenas podía creer que fuera la misma persona que en sus cartas le había hablado de su decrepitud y de sus enfermedades.

III – LA TÍA

La tía Vasilisa Káshporovna tenía entonces cerca de cincuenta años. Nunca se había casado y solía decir que la vida de soltera era lo que más apreciaba en el mundo. No obstante, en lo que yo recuerdo, nadie había pedido nunca su mano. Ello se debía a que todos los hombres sentían en su presencia una especie de timidez y no se atrevían a declararse.

«¡Vasilisa Káshporovna tiene mucho carácter!», decían los pretendientes, y tenían mucha razón, porque Vasilisa Káshporovna era capaz de bajarle los humos a cualquiera. A fuerza de tirarle del tupé con su mano viril, y sin usar ningún otro procedimiento extraño, había conseguido que el molinero, que hasta entonces había sido un borracho y una inutilidad, se convirtiera, no ya en un hombre, sino en un tesoro. Tenía una talla casi gigantesca y una fuerza y una corpulencia acordes con ella. Parecía como si la naturaleza hubiera cometido un error imperdonable obligándola a llevar los días de diario una bata de color marrón oscuro con delicados volantes y un chal rojo de cachemir el domingo de Pascua y el día de su santo, cuando en realidad le hubieran cuadrado mejor el bigote y las botas altas de un dragón. En cambio, sus ocupaciones guardaban una perfecta consonancia con su aspecto exterior: montaba en barca y manejaba los remos con mayor pericia que cualquier pescador; cazaba aves; pasaba horas enteras vigilando a los segadores; sabía con exactitud el número de melones y sandías que tenía en el huerto; cobraba una tasa de cinco kopeks a cada carro que atravesaba su dique; trepaba a los árboles para sacudir las peras; pegaba a los sirvientes perezosos con su temible mano y con esa misma mano obsequiaba a los que lo merecían con una copita de horilka. Casi al mismo tiempo que regañaba a los criados, teñía las madejas de hilo, corría a la cocina, preparaba levas, cocía mermeladas con miel; en resumen, se pasaba todo el día atareada y no desatendía ninguna de sus ocupaciones. La consecuencia de toda esa actividad era que la pequeña hacienda de Iván Fiódorovich, que contaba con dieciocho almas según el último censo, había prosperado en el más amplio sentido de la palabra. Además, quería mucho a su sobrino y se afanaba en reunir dinero para él.

Desde que Iván Fiódorovich había regresado a casa, su vida había cambiado por completo y había tomado un nuevo rumbo. Parecía como si la Naturaleza lo hubiese creado expresamente para administrar una hacienda de dieciocho almas. Su tía advirtió que sería un buen amo, aunque no le permitía inmiscuirse en todas las actividades de la hacienda. «Aún es muy joven», solía decir, aunque el sobrino frisaba ya los cuarenta años. «¡Cómo va a saber!».

No obstante, Iván Fiódorovich pasaba el día en los campos con los segadores y los guadañadores, lo que procuraba un goce inexplicable a su pacífica alma. El movimiento acompasado de una decena o más de brillantes hoces, el ruido de la hierba al abatirse en hileras regulares, las canciones que de vez en cuando entonaban los segadores, ya alegres como la llegada de un invitado, ya tristes como la separación; la tarde limpia y serena. ¡Y qué tarde! ¡Qué aire tan fresco y ligero! ¡Cómo revive entonces todo! La estepa se vuelve roja, azul y resplandece de flores; las codornices, las avutardas, las gaviotas, los grillos, los millares de insectos, con sus silbidos, sus zumbidos, sus chirridos y sus gritos se funden de pronto en un armonioso coro, sin conceder un solo instante de silencio. Mientras tanto, el sol se pone y desaparece. ¡Ah, qué aire más fresco y agradable! En el campo, aquí y allá, se encienden hogueras sobre las que se disponen calderos; en torno a ellos se sientan los bigotudos segadores; se eleva por el aire el vapor de las galushhas. El crepúsculo se vuelve grisáceo… No es fácil describir lo que sentía Iván Fiódorovich en esos momentos. Junto a los segadores se olvidaba de probar las galushky, que tanto le gustaban, y se quedaba inmóvil en su sitio, siguiendo con los ojos el vuelo de una gaviota que se perdía en el cielo o contando las gavillas de trigo segado, que tapizaban los campos.

No tardó en extenderse por los contornos la fama de Iván Fiódorovich, al que se reputaba como un gran amo. La tía estaba encantada con su sobrino y no desaprovechaba ninguna ocasión de alabarle. Un día -esto sucedió al final de la siega, es decir, a finales de julio- Vasilisa Káshporovna cogió a Iván Fiódorovich por el brazo con aire misterioso y le dijo que quería hablarle de un asunto que le preocupaba desde hacía mucho tiempo.

-Querido Iván Fiódorovich -empezó-, sabes muy bien que tu hacienda cuenta con dieciocho almas; eso según el censo, aunque en realidad esa cifra quizás pueda ascender a veinticuatro. Pero no se trata de eso. Ya conoces el bosquecillo que linda con nuestras tierras anegadizas y probablemente sabes que detrás de él se extiende una vasta pradera de no menos de veinte hectáreas. Produce hierba en tal cantidad que podría rentar cada año más de cien rublos, especialmente si, como dicen, se establece en Gadiach un regimiento de caballería.

-Claro que lo conozco, tía: esa hierba es muy buena.

-Ya sé que es muy buena. Pero ¿a que no sabes que esa tierra en realidad es tuya? ¿Por qué me miras con esa cara? ¡Escucha, Iván Fiódorovich! ¿Te acuerdas de Stepán Kuzmich? ¡Pero cómo vas a acordarte! Eras entonces tan pequeño que ni siquiera podías pronunciar su nombre. ¡Qué cosas digo! Recuerdo que llegué la víspera de San Felipe, te cogí en brazos y casi me estropeas el vestido; por suerte, tuve tiempo de pasarte a Matriona, tu nodriza. ¡Qué malo eras entonces!… Pero no se trata de eso. Toda la tierra que hay detrás de nuestra hacienda y la propia aldea de Jórtische pertenecían a Stepán Kuzmich. Debo decirte que, antes de que tú vinieras al mundo, empezó a visitar a tu madre; cierto que en los momentos en que tu padre no estaba en casa. No lo digo en tono de reproche, ¡que Dios la tenga en su gloria!, aunque la difunta siempre fue injusta conmigo. Pero no se trata de eso. Fuera como fuese, el caso es que Stepán Kuzmich hizo una escritura de donación, a favor tuyo, de la propiedad de la que te hablo. Pero tu difunta madre, dicho sea entre nosotros, tenía un carácter muy peculiar. Ni el mismo diablo, que Dios me perdone esa fea palabra, habría podido comprenderla. Sólo Dios sabe dónde habrá puesto esa escritura. Yo creo, sencillamente, que está enmanos de ese viejo solterón de Grigori Grigórievich Storchenko. Ese bribón barrigudo heredó toda la hacienda. Estoy dispuesta a apostar lo que sea a que ha ocultado el documento.

-Permíteme que te haga una pregunta, tía: ¿no es el mismo Storchenko con el que trabé conocimiento en la parada de postas?

Y a continuación Iván Fiódorovich refirió su encuentro.

– ¡Quién sabe! -respondió la tía, después de unos instantes de reflexión-. Tal vez no sea un canalla. En verdad, sólo lleva medio año entre nosotros, y en ese tiempo no es posible conocer a una persona. He oído que la vieja, su madre, es una mujer muy juiciosa; dicen que es toda una experta en salar pepinillos. Tiene criadas que le tejen excelentes tapices. Ya que dices que fue muy amable, deberías visitarlo. Tal vez el viejo pecador escuche la voz de su conciencia y te restituya lo que no le pertenece. Podrías ir en el coche, pero esos malditos muchachos han arrancado todos los clavos de la parte trasera. Habrá que decirle al cochero Omelka que ajuste bien el cuero por todas partes.

-¿Para qué, tía? Cogeré el carricoche que utiliza usted a veces para disparar a las aves.

Con esas palabras terminó la conversación.

IV – EL ALMUERZO

A la hora del almuerzo Iván Fiódorovich entró en la aldea de Jórtische y se aproximó, un poco intimidado, a la casa señorial. Era una construcción larga y no tenía la techumbre de cañas, como la mayoría de las casas señoriales de los alrededores, sino de madera. En el patio había dos graneros también con techo de madera; la cancela era de roble. Iván Fiódorovich se sentía como un petimetre que asiste a un baile y comprueba que todas las personas que le rodean visten con mayor elegancia que él. Por respeto, detuvo su carricoche junto a un granero y se dirigió a pie a la escalera principal.

-¡Ah, Iván Fiódorovich! -gritó el gordo Grigori Grigórievich, que paseaba por el patio vestido con levita, aunque sin corbata, chaleco ni tirantes. No obstante, incluso ese atuendo debía de pesar a su ancha y obesa figura, pues el sudor le caía a chorros-. Me dijo usted que vendría en cuanto viera a su tía, pero hasta el día de hoy no se ha dignado pasar por aquí -y a continuación los labios de Iván Fiódorovich se encontraron con los almohadones ya conocidos.

-Estoy muy ocupado con la hacienda… Sólo me quedaré un minuto; en realidad, vengo a hablarle de un asunto…

-¿Un minuto? De ninguna manera. ¡Eh, mozo! -gritó el grueso propietario, y aquel mismo muchacho de la casaca salió corriendo de la cocina-. Dile a Kasián que cierre inmediatamente la cancela. ¡Me oyes? ¡Que la cierre con llave! ¡Y que desenganche ahora mismo el caballo de este señor! Haga el favor de entrar en la casa; aquí hace tanto calor que tengo toda la camisa empapada.

Una vez en el interior de la vivienda, Iván Fiódorovich, a pesar de su timidez, decidió no perder el tiempo y abordar el asunto con decisión.

-Mi tía ha tenido el honor… Me ha comentado que la escritura de donación del difunto Stepán Kuzmich…

No es fácil describir el gesto de desagrado que se dibujó en el ancho rostro de Grigori Grigórievich al escuchar esas palabras.

– ¡Le juro que no oigo nada! -respondió -. Debo decirle que en una ocasión se me metió en la oreja izquierda una cucaracha. Esos malditos katsaps tienen las jatas llenas de cucarachas. No hay pluma que pueda describir ese tormento. Era un hormigueo, una especie de hormigueo. Al final me curó una vieja con un procedimiento de lo más sencillo…

-Quería decirle… -se atrevió a interrumpirle Iván Fiódorovich, viendo que Grigori Grigórievich trataba deliberadamente de cambiar de tema- que en el testamento del difunto Stepán Kuzmich se menciona, digámoslo así, una escritura de donación…. según la cual me corresponde…

-Ya veo que a su tía le ha faltado tiempo para contarle todas esas historias. ¡Es mentira! ¡Le juro que es mentira! Mi tío no preparó ninguna escritura de donación, aunque es cierto que en el testamento se hace alusión a cierto legado. Pero ¿dónde está ese documento? Nadie lo ha presentado. Si le digo todo esto es por su propio bien. ¡Le juro que es mentira!

Iván Fiódorovich guardó silencio, pensando que tal vez su tía se había equivocado.

– ¡Ahí vienen mi madre y mis hermanas! – exclamó Grigori Grigórievich-. Eso quiere decir que el almuerzo está listo. ¡Vamos! -y a continuación tomó a Iván Fiódorovich por el brazo y lo llevó hasta una habitación en la que, sobre una mesa, había dispuestas unas fuentes con entremeses y unas botellas de horilka.

En ese mismo momento entraban en la estancia una viejecita de baja estatura, una verdadera cafetera con cofia, y dos señoritas, una rubia y otra morena. Iván Fiódorovich, como caballero bien educado, besó primero la mano de la viejecita y a continuación las de las dos señoritas.

– ¡Es nuestro vecino Iván Fiódorovich Shponka, madre! -dijo Grigori Grigórievich.
La viejecita miró atentamente a Iván Fiódorovich, o al menos así lo pareció. Por lo demás, era la bondad en persona. Se diría que quería informarse de cuántos pepinillos salaba en invierno Iván Fiódorovich.

-¿Ha tomado usted horilka? -preguntó la anciana.

-Seguramente ha dormido usted mal, madre -dijo Grigori Grigórievich-. ¿A quién se le ocurre preguntarle a un invitado si ha tomado horilka? Ofrézcaselo, que si ha bebido o no es asunto suyo. Iván Fiódorovich, haga el favor, ¿prefiere aguardiente de centaura o horilka Trojimov? Pero ¿qué haces ahí parado, Iván Ivánovich? -preguntó Grigori Grigórievich, volviéndose; en ese momento Iván Fiódorovich vio cómo Iván Ivánovich se aproximaba a la mesa; iba vestido con una levita de largos faldones y un gran cuello almidonado que le cubría toda la nuca, de modo que la cabeza parecía aposentarse sobre el cuello como sobre un coche.

Iván Ivánovich se acercó al horilka, se frotó las manos, examinó con atención la copa, la llenó, la acercó a la luz y se metió en la boca de una vez todo el contenido; pero no lo tragó, sino que se enjuagó varias veces con él, y sólo entonces lo ingirió, acompañándolo de una rebanada de pan con setas saladas. A continuación se dirigió a Iván Fiódorovich.

-¿Es con el señor Iván Fiódorovich Shponka con quien tengo el honor de hablar?

-Así es -respondió Iván Fiódorovich.
-Ha cambiado usted mucho desde la primera vez que lo vi. Le he conocido así de pequeño -y al pronunciar esas palabras señaló con la palma de la mano una altura de una vara-. Su difunto padre, que en gloria esté, era un hombre singular. Melones y sandías como los que él tenía ya no se encuentran en ningún sitio. Aquí también servirán melones -añadió, llevándoselo aparte-. Pero ¿qué clase de melones? ¡Da pena verlos! Créame, estimado señor: tenía unas sandías así de grandes -exclamó con aire misterioso, separando los brazos como si quisiera abrazar un tronco muy grueso-. ¡Así de grandes, se lo juro!

– ¡A la mesa! -dijo Grigori Grigórievich, cogiendo por el brazo a Iván Fiódorovich.

Pasaron todos al comedor. Grigori Grigórievich se sentó en su sitio habitual, en el extremo de la mesa, se anudó al cuello una enorme servilleta, que le daba el aspecto de esos héroes dibujados en los letreros de los barberos. Iván Fiódorovich, ruborizándose, se sentó en el lugar que le indicaban, frente a las dos señoritas; Iván Ivánovich se apresuró a sentarse a su lado, muy contento de tener alguien a quien comunicar sus observaciones.

-No debía haberse servido la rabadilla, Iván Fiódorovich. ¡Es pavo! -dijo la viejecita, volviéndose hacia él, mientras un aldeano vestido con un frac gris remendado de negro, que hacía las veces de camarero, le presentaba la fuente-. ¡Coja pechuga!

-¡Mamá, nadie le ha preguntado nada! -exclamó Grigori Grigórievich-. ¡No le quepa duda de que el invitado sabe lo que debe servirse! ¡Iván Fiódorovich, coja un ala, no, la otra, esa con el estómago! Pero ¿por qué se sirve tan poco? ¡Coja un muslo! Y tú, ¿qué haces ahí parado con la fuente? ¡Implora! ¡Ponte de rodillas, canalla! Di ahora mismo: «¡Iván Fiódorovich, coja usted un muslo!».

-¡Iván Fiódorovich, coja usted un muslo! -bramó el camarero, poniéndose de rodillas con la bandeja.

-Hum… ¡Vaya un pavo! -dijo en voz baja y con aire despectivo Iván Ivánovich, dirigiéndose a su vecino-. ¡No es así como se los imagina uno! ¡Si viera los que tengo yo! Le aseguro que uno solo tiene más grasa que diez de éstos. Créame, señor mío, que hasta da asco mirarlos cuando se pasean por el patio: tanta grasa tienen.

– ¡Mientes, Iván Ivánovich! – exclamó Grigori Grigórievich, que había escuchado sus palabras.

-Le digo que el año pasado -continuó en el mismo tono Iván Ivánovich, dirigiéndose a su vecino y fingiendo no haber oído el comentario de Grigori Grigórievich-, cuando los envié a Gadiach, me los pagaban a cincuenta kopeks la pieza, y aún así no quise venderlos.

-¡Iván Ivánovich, te digo que mientes! -exclamó Grigori Grigórievich, levantando la voz y separando mucho las sílabas, para que se le entendiera mejor.

Pero Iván Ivánovich, como si la cosa no fuera con él, siguió hablando del mismo modo, aunque en voz más baja. -Como le iba diciendo, mi querido señor, no los quise vender. No hay en Gadiach un solo propietario…

-¡Iván Ivánovich! ¡Eres tonto y nada más! -dijo Grigori Grigórievich con voz tronante-. Iván Fiódorovich sabe todo eso mejor que tú y no cree una palabra de lo que dices.

Esta vez Iván Ivánovich se ofendió de veras, se calló y se dedicó a engullir su pavo, a pesar de que no era tan grasiento como aquellos a los que daba asco mirar.

El tintineo de los cuchillos, de las cucharas y de los platos sustituyó durante un tiempo el rumor de la conversación; pero por encima de todo se oía el ruido que hacía Grigori Grigórievich al chupar el tuétano de un hueso de cordero.

-¿Han leído ustedes -preguntó Iván Ivánovich después de unos instantes de silencio, sacando la cabeza de su carruaje y volviéndola hacia Iván Fiódorovich- el Viaje de Korobénikov a los Santos Lugares? ¡Es un verdadero placer para el alma y el corazón! Ya no se imprimen libros así. Es una pena que no me haya fijado en el año de publicación.

Cuando Iván Fiódorovich escuchó que se hablaba de libros, comenzó a servirse salsa con determinación.

-Causa verdadero asombro, mi querido señor, que un simple comerciante recorriera todos esos lugares. ¡Más de tres mil kilómetros, señor mío! ¡Más de tres mil kilómetros! Es evidente que Dios mismo lo juzgó digno de visitar Palestina y Jerusalén.

-¿Dice usted que estuvo incluso en Jerusalén? -exclamó Iván Fiódorovich, que había oído hablar mucho de esa ciudad a su ordenanza.

-¿De qué habla usted, Iván Fiódorovich? -preguntó Grigori Grigórievich desde el otro extremo de la mesa.

-He aprovechado la ocasión para comentar que hay en el mundo países muy lejanos -dijo Iván Fiódorovich, muy satisfecho de haber pronunciado una frase tan larga y complicada.

-¡No le crea, Iván Fiódorovich! -apuntó Grigori Grigórievich, que no le había oído bien-. ¡No dice más que mentiras!

Al poco rato el almuerzo llegó a su fin. Grigori Grigórievich se dirigió a su habitación, según su costumbre, para echar una cabezada; los invitados siguieron a la anciana dueña de la casa y a las señoritas al salón, donde la mesa, que habían dejado llena de botellas de horilka cuando se fueron a comer, se había cubierto, como por arte de magia, de platitos con mermelada de diferentes clases y fuentes con sandías, cerezas y melones.

La ausencia de Grigori Grigórievich era percibida por todos. La dueña de la casa se volvió más locuaz y desveló, sin hacerse de rogar, muchos secretos sobre la manera de preparar el dulce de fruta y de secar las peras. Incluso las señoritas introdujeron algún comentario, aunque la rubia, que parecía unos seis años más joven que su hermana -a juzgar por su aspecto tendría veinticinco-, se mostraba más callada. Pero el que más hablaba y se movía era Iván Ivánovich. Convencido de que nadie le molestaría ni le interrumpiría, hablaba de los pepinillos y de la manera de sembrar las patatas, se refería a la cantidad de gente sensata que había en el pasado – ¡nada que ver con la época actual! – y comentaba que, a medida que pasaba el tiempo, las gentes se volvían más listas e inventaban cosas más ingeniosas. En una palabra, era una de esas personas que se deleitan con los placeres de la conversación y os hablan de cualquier tema. Si la conversación se ocupaba de asuntos importantes o piadosos, Iván Ivánovich suspiraba después de cada palabra, inclinando levemente la cabeza; si se abordaban cuestiones domésticas, sacaba la cabeza de su carruaje y hacía tales gestos que ellos solos bastaban para explicar cómo se preparaba el levas de pera, cuál era el tamaño de los melones de los que hablaba y qué grasientos eran los pavos que correteaban por su patio.

Finalmente, al precio de grandes esfuerzos, Iván Fiódorovich consiguió despedirse al atardecer. A pesar de su carácter conciliador y de que le solicitaban encarecidamente que pasara allí la noche, se mantuvo firme en su decisión de marcharse y se marchó.

V – UN NUEVO PLAN DE LA TIA

-¿Y bien? ¿Has conseguido sacarle a ese viejo truhán la escritura de donación?

Con esa pregunta recibió la tía a Iván Fiódorovich; llevaba esperándole varias horas con impaciencia en el porche y al final, sin poder contenerse, había atravesado la cancela y se había dirigido a su encuentro.

-¡No, tía! -dijo Iván Fiódorovich, bajando del coche-. Grigori Grigórievich no tiene ninguna escritura de donación.

– ¡Y tú te lo has creído! ¡Miente, el maldito! Si un día me encuentro con él te aseguro que le daré una tunda con mis propias manos. ¡Le haré perder un poco de grasa! No obstante,antes hay que hablar con el secretario del tribunal para ver si hay algún medio de llevarlo a juicio… Pero no se trata ahora de eso. Dime, ¿el almuerzo fue bueno?

-Bueno… muy bueno, tía.
-Vamos, cuéntame qué platos había. Sé que la vieja tiene mucha maña para la cocina.
-Había pasteles de requesón, con nata agria, tía. Pichones en salsa rellenos de…

-¿Sirvieron pavo con ciruelas? -preguntó la tía, pues ella misma era una verdadera experta en preparar ese plato.

– ¡También había pavo! … Son muy guapas esas señoritas, las hermanas de Grigori Grigórievich; sobre todo la rubia.

-¡Ah! -exclamó la tía, mirando con atención a Iván Fiódorovich, que se azoró y bajó los ojos. Una nueva idea le pasó por la cabeza-. Bueno, ¿qué? -preguntó con viveza y curiosidad-. ¿Cómo tiene las cejas?

No está de más señalar que la tía consideraba las cejas de las mujeres el principal distintivo de su belleza.

-Sus cejas, tía, son exactamente iguales a las que, según sus palabras, tenía usted de joven. Y todo su rostro está cubierto de pequeñas pecas.

-¡Ah! -exclamó la tía, satisfecha de la observación de Iván Fiódorovich, al que ni siquiera se le había pasado por la cabeza hacerle un cumplido-. ¿Y qué vestido llevaba? Aunque probablemente no es fácil encontrar ahora tejidos tan sólidos como, por ejemplo, el de esta bata mía. Pero no se trata de eso. Dime, ¿hablaste de algo con ella?

-¿Qué quiere decir?… Yo, tía… Tal vez piense usted…

-¿Y qué tiene eso de extraño? ¡Si Dios lo quiere! Quizás esté escrito que hayáis de formar una buena pareja.

-No sé, tía, cómo puede hablarme usted así. Eso demuestra que no me conoce usted nada…

-¡Vaya, ya te has ofendido! -dijo la tía. «Todavía es muy joven», se dijo. «No sabe nada. Es necesario que se traten, que se conozcan.»

A continuación la tía se separó de Iván Fiódorovich y fue a echar una ojeada a la cocina. A partir de ese día sólo pensó en una cosa: ver casado cuanto antes a su sobrino y tener pequeños nietos a los que cuidar. Los diferentes preparativos de la boda ocupaban toda su imaginación y, aunque se advertía que se afanaba en sus quehaceres más que antes, los asuntos iban peor que mejor. A menudo, mientras preparaba algún dulce, cuya elaboración no solía confiar a la cocinera, se olvidaba de todo y se imaginaba que a su lado había un nieto que le pedía un trozo de pastel; extendía distraídamente la mano con la mejor porción y un perro gurdián, aprovechando la oportunidad, atrapaba el apetitoso bocado y lo masticaba con estrépito, sacando a la tía de su ensoñación y ganándose una buena tunda con el atizador.

Incluso había renunciado a sus actividades favoritas y ya ni siquiera iba de caza, sobre todo desde el día en que, pensando que se trataba de una perdiz, abatió a un cuervo, algo que no le había sucedido nunca.

Finalmente, al cabo de unos cuatro días, todos vieron cómo sacaban el carruaje de la cochera y lo llevaban al patio. El cochero Omelka, que también desempeñaba funciones de hortelano y guardián, estuvo trabajando con el martillo desde el amanecer, sujetando el cuero y espantando una y otra vez a los perros, que venían a lamer las ruedas. Considero mi deber advertir al lector que esa calesa era la misma utilizada en su día por Adán; así pues, si alguien pretendiera que algún otro carruaje perteneció a Adán, la aseveración sería una sucia mentira y la calesa una falsificación. Se ignora por completo cómo pudo salvarse del diluvio. Hay que pensar que en el arca de Noé había una cochera especial para ella. Es una pena que no pueda ofrecer al lector una descripción viva de su figura. Baste decir que Vasilisa Káshporovna estaba muy satisfecha de su arquitectura y no dejaba de lamentarse de que los carruajes antiguos ya no estuvieran de moda. La misma estructura del carruaje, un poco vencida de un lado, de modo que la parte derecha quedaba bastante más alta que la izquierda, le gustaba mucho, pues decía que las personas pequeñas podían ir a un lado y las grandes al otro. Por lo demás, en el interior del carruaje había espacio para cinco hombres pequeños y tres del tamaño de la tía.

A eso del mediodía Omelka, que había terminado de adecentar la calesa, sacó de la cuadra tres caballos apenas más jóvenes que el carruaje y empezó a atarlos por medio de una cuerda al majestuoso coche. Iván Fiódorovich y su tía, uno por el lado izquierdo y la otra por el derecho, subieron a la calesa y se pusieron en camino. Los campesinos con los que se cruzaban, al ver un carruaje tan rico (la tía rara vez viajaba en él) se detenían con aire respetuoso, se quitaban la gorra y hacían profundas reverencias. Al cabo de unas dos horas el coche se detuvo ante la entrada… No creo necesario decir que se trataba de la entrada de la mansión de Storchenko. Grigori Grigórievich no estaba en casa. La anciana y las señoritas recibieron a los huéspedes en el comedor. La tía se aproximó con paso majestuoso, avanzó un pie con mucha desenvoltura y dijo con voz sonora:

-Estoy muy contenta, señora mía, de tener el honor de presentarle personalmente mis respetos. Además, permítame expresarle mi agradecimiento por la acogida dispensada a mi sobrino Iván Fiódorovich, que tanto me ha ponderado.

¡Tiene un alforfón estupendo, señora! Lo he visto cuando nos acercábamos a la aldea. Permítame que le pregunte: ¿cuántas gavillas obtiene por cada hectárea?

A continuación, todos se besaron. Una vez que unos y otros estuvieron instalados en el salón, la vieja ama de la casa exclamó:

-En lo que respecta al alforfón, no puedo decirle: eso es asunto de Grigori Grigórievich. Hace ya mucho tiempo que no me ocupo de esas cosas; soy demasiado vieja para ello. En el pasado, aún me acuerdo, teníamos un alforfón que llegaba hasta la cintura. ¡Hoy es otra cosa! Aunque, según dicen, todo marcha ahora mejor -en ese momento la anciana suspiró.

Cualquier observador habría percibido en ese suspiro un estertor del viejo siglo XVIII.

-He oído decir, señora, que sus criadas tejen unos tapices excelentes -dijo Vasilisa Káshporovna, tocando de ese modo la fibra más sensible de la anciana que, al oír esas palabras, pareció animarse y empezó a hablar profusamente del modo de teñir las madejas y de la manera de preparar el hilo para ese efecto. De los tapices, la conversación pasó a ocuparse de los pepinillos salados y de las peras secas. En una palabra, antes de que transcurriera una hora, las dos damas conversaban como si se conocieran desde hacía un siglo. Vasilisa Káshporovna se había puesto a hablar en voz tan baja que Iván Fiódorovich no conseguía oír nada.

-Si quiere usted verlo -preguntó la vieja dueña, poniéndose en pie.

Las señoritas y Vasilisa Káshporovna también se levantaron y todos se dirigieron a la habitación de las criadas. No obstante, la tía le hizo una señal a su sobrino para que se quedara y murmuró algunas palabras a la viejecita.

-¡Máshenka! -dijo la anciana, dirigiéndose a la señorita rubia-. Quédate con el invitado y habla con él para que no se aburra.

La señorita rubia se quedó y se acomodó en el sofá. Iván Fiódorovich se sentó en su silla como sobre alfileres, ruborizado y con los ojos bajos; pero la señorita no parecía advertir su turbación: seguía sentada en el sofá con aire indiferente, examinando con atención las ventanas y las paredes o siguiendo con la vista al gato, que se deslizaba temeroso bajo las sillas.Iván Fiódorovich se animó un poco y trató de iniciar una conversación; pero parecía como si hubiera perdido todas las palabras por el camino. Ni un solo pensamiento le venía a la cabeza. El silencio se prolongó durante casi un cuarto de hora. La señorita seguía sentada en la misma postura.

Finalmente Iván Fiódorovich se armó de valor:

-¡En verano hay muchas moscas, señorita! -exclamó con un ligero temblor en la voz.
-¡Muchísimas! -respondió la señorita-. Mi hermano ha fabricado un cazamoscas con un viejo zapato de mamá, pero aun así hay muchas.

En este punto la conversación se interrumpió e Iván Fiódorovich ya no encontró ningún otro tema del que hablar. Finalmente la dueña, la tía y la señorita morena regresaron. Después de charlar durante un rato, Vasilisa Káshporovna se despidió de la anciana y de las señoritas, sin atender sus insistentes demandas para que se quedaran a pasar la noche. La anciana y las señoritas acompañaron a los invitados hasta la entrada y estuvieron largo rato saludando a la tía y al sobrino, asomados a la calesa.

– ¡Bueno, Iván Fiódorovich! ¿De qué hablaste con la señorita cuando os quedasteis solos? -le preguntó la tía por el camino.

– ¡María Grigórievna es una muchacha muy modesta y formal! -dijo el sobrino.

– ¡Escucha, Iván Fiódorovich! ¡Quiero hablar contigo seriamente! Gracias a Dios, tienes ya treinta y siete años. Has alcanzado una graduación elevada. ¡Es hora de que pienses en tener hijos! Necesitas imperiosamente una esposa…

-¡Pero tía! -gritó asustado Iván Fiódorovich-. ¡Una esposa! ¡Pero cómo! No, tía, hágame el favor… Me hace usted sentir una vergüenza espantosa… No he estado nunca casado… ¡No sé lo que hay que hacer!

-Ya lo sabrás, Iván Fiódorovich, ya lo sabrás -dijo sonriendo la tía, al tiempo que pensaba: «Es aún muy joven. No sabe nada». ¡Sí, Iván Fiódorovich! -prosiguió en voz alta-. En ninguna parte encontrarás una esposa mejor que María Grigórievna. Además, te ha gustado mucho. Ya he hablado con la viejecita del asunto y ha comentado que se alegraría mucho de tenerte como yerno; es verdad que aún no sabemos lo que dirá ese pecador de Grigórievich. Pero no vamos a preocuparnos de él. Como se atreva a no darle dote, iremos a los tribunales…

En ese momento la calesa entró en el patio y los viejos jamelgos se animaron al presentir la proximidad de la cuadra.

– ¡Escucha, Omelka! Antes de dar de beber a los caballos, déjalos que descansen un rato. Son unas bestias muy impetuosas. Bueno, Iván Fiódorovich -continuó la tía, mientras bajaba del carruaje-, te aconsejo que lo pienses bien. Yo tengo que entrar un momento en la cocina; he olvidado dar las órdenes para la cena y seguro que la inepta de Soloja no ha preparado nada.

Pero Iván Fiódorovich seguía inmóvil, como si le hubiera caído un rayo. Cierto que María Grigórievna era una señorita nada fea, ¡pero de ahí a casarse! … Esa idea le parecía tan extraña, tan peregrina, que no podía pensar en ella sin sentir una especie de tenor. ¡Vivir con una esposa! … ¡Qué cosa más incomprensible! No estaría solo en su habitación. ¡Tendrían que estar siempre juntos! … Su cara fue cubriéndose de sudor a medida que profundizaba en sus elucubraciones.

Se fue a la cama más pronto de lo habitual, pero a pesar de sus esfuerzos no pudo quedarse dormido. Finalmente, el anhelado sueño, ese consuelo universal, le visitó; pero ¡qué sucedió en mi familia: éramos en total cuatro hermanos. En aquella época yo no era más que un tontuelo. Sólo tenía once años; pero qué digo: aún no los había cumplido. Recuerdo como si fuera ayer que en una ocasión me puse a cuatro patas y empecé a ladrar como un perro; mi padre me gritó, moviendo la cabeza: «¡Ay, Fomá, Fomá! ¡Estás ya en edad de casarte y aún sigues haciendo el tonto como un potrillo!». Mi abuelo -que todo le vaya bien en el otro mundo – todavía vivía y gozaba de buena salud. A veces se le ocurría… Pero ¿cómo quieren que les cuente nada en estas condiciones? Uno lleva ya una hora sacando brasas de la estufa para encender la pipa; otro no sé qué ha ido a hacer al granero.

Pero ¿esto qué es? Aún podría entenderlo si les obligara a escucharme, pero son ustedes mismos los que me han pedido que les cuente una historia. ¡Si quieren escuchar, escuchen!

A principios de la primavera mi padre se fue a Crimea a vender tabaco. No recuerdo si había equipado dos carros o tres. En aquella época el tabaco se pagaba caro. Llevó consigo a mi hermano de tres años, para que aprendiera desde pequeño el oficio de carretero. Nos quedamos mi abuelo, mi madre, un hermano, otro hermano y yo. El abuelo había sembrado melones hasta el borde mismo del camino y se había ido a vivir a una cabaña; nos había llevado con él para que espantáramos a los gorriones y las urracas que venían al melonar. No puede decirse que lo pasáramos mal. A veces comíamos en un solo día tantos pepinillos, melones, nabos, cebollas y guisantes que, a fe mía, parecía que en el estómago cacareaba un gallo. Además, sacábamos un buen beneficio. Pasaban muchas gentes por el camino y pocas se resistían a degustar un melón o una sandía. Y de las granjas vecinas traían pollos, huevos y pavos para intercambiar por productos de la huerta. Era una buena vida.

Lo que más le gustaba a mi abuelo era que cada día pasaban unos cincuenta carreteros con sus carros. Era gente que había visto mucho mundo. Cuando se ponían a contar, sólo había que abrir bien las orejas. Y mi abuelo acogía esas historias como un hambriento unas galushhas. A veces se encontraba con viejos conocidos -a quién no conocía mi abuelo-, y ya saben ustedes lo que pasa cuando varios viejos se reúnen: tararí, tarará, que si en esa época, que si en la otra, que si pasó esto, que si pasó lo otro… Los recuerdos se desbordaban. ¡Dios sabe hasta qué época se remontaban!

Una vez -me acuerdo como si hubiera sucedido ayer-, el sol había empezado a ponerse; mi abuelo paseaba por el melonar y quitaba las hojas con las que cubría las sandías durante el día para protegerlas del sol.

-¡Mira, Ostap! -le dije a mi hermano-. ¡Por ahí van unos carreteros!
-¿Dónde? -dijo el abuelo, que acababa de hacer una señal en un gran melón para que los muchachos no se lo comieran. Por el camino avanzaban seis carros. A la cabeza iba un carretero con el bigote ya ceniciento. Cuando llegó – cómo decirles- a unos diez pasos, se detuvo.

– ¡Hola, Maksim! ¡Mira dónde ha dispuesto Dios que nos encontremos!

El abuelo entornó los ojos.

– ¡Ah! ¡Hola, hola! ¿Qué te trae por aquí? ¿Está Boliachka contigo? ¡Hola, hola, hermano! ¡Pero diablos! ¡Si están todos! ¡Krutorischenko, Pecheritsa, Kovelek, Stetsko!

¡Hola! ja, ja, ja! jo, jo, jo! -y empezaron todos a besarse.

Desengancharon los bueyes y los dejaron pastar en la hierba. Los carros quedaron en el camino; los carreteros se sentaron en círculo delante de la cabaña y encendieron sus pipas. Pero no era ese momento para pipas. Mientras charlaban y contaban sus historias, apenas tuvieron tiempo de fumar una. Después del mediodía, mi abuelo ofreció melones a los invitados. Cada uno cogió un melón y lo limpió con su cuchillo (eran todos carreteros experimentados, habían visto mucho mundo, sabían incluso comer en sociedad; ni siquiera les habría importado sentarse a la mesa de un señor); una vez bien limpio, practicaron un agujero con el dedo, bebieron el zumo y empezaron a cortarlo en trozos y a llevárselo a la boca.

-Y bien, muchachos -dijo el abuelo-. ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Bailad un poco, hijos de perra! ¿Dónde está tu caramillo? ¡Vamos, un baile kozako! ¡Fomá, los puños en la cintura! ¡Muy bien! ¡Así! ¡Jei! jop!

Yo era entonces un muchacho ágil. ¡Maldita vejez! Ahora ya no puedo moverme así; en lugar de trazar giros, mis pies sólo tropiezan. Mi abuelo estuvo un buen rato sentado con los carreteros, mirando cómo bailábamos. Noté que sus pies no paraban en su sitio; parecía como si alguien tirara de ellos.

-Apuesto a que el viejo va a salir a bailar, Fomá -me dijo Ostap.

¿Y qué creen ustedes? Apenas había tenido tiempo mi hermano de pronunciar esas palabras, cuando el viejo no pudo contenerse más. Quería presumir un poco delante de los carreteros, ¿entienden?

– ¡Mirad, hijos del diablo! ¿Ésa es manera de bailar? ¡Así es como se baila! -dijo, poniéndose en pie, extendiendo los brazos y taconeando. Bueno, no había nada que decir: hay que reconocer que el viejo sabía bailar; incluso habría podido danzar con la mujer del hetman. Nos apartamos y el viejo se puso a dar vueltas por todo el terreno llano que bordeaba el bancal de los pepinos. No obstante, cuando había recorrido la mitad y se aprestaba a saltar y ejecutar una de sus vertiginosas piruetas, no pudo levantar los pies del suelo. ¡No había manera! ¡Vaya una cosa rara! Se lanzó de nuevo, llegó hasta la mitad del terreno, pero las piernas no le obedecían. No había nada que hacer: no le obedecían y punto. Parecía como si se hubieran vuelto de madera. «¡Mirad qué sitio diabólico! ¡Mirad qué prodigio de Satanás! ¡Tiene que ser cosa de ese Herodes, de ese enemigo del género humano!»

Bueno, ¡no iba a cubrirse de oprobio delante de todos los carreteros! Se lanzó de nuevo y empezó a dar unos pasos tan menudos y fulgurantes que daba gusto verlo; pero llegó a la mitad y se acabó. ¡No pudo seguir bailando, eso es todo!

– ¡Ah, maldito Satanás! ¡Ojalá te atragantes con un melón podrido! ¡Ojalá no hubieras llegado a la edad adulta, hijo de perra! ¡Hacerme pasar esta vergüenza a mi edad!

Y en efecto, alguien se rió a sus espaldas. El abuelo se volvió, pero no quedaba ni rastro del melonar ni de los carreteros; por delante, por detrás y a los lados se extendía un terreno llano.

– ¡Eh! Tss… ¡Ésta si que es buena!
Entornó los ojos para ver mejor; el lugar no le parecía del todo desconocido: a un lado había un bosque, detrás del cual despuntaba una vara que se internaba a gran altura en el cielo. ¡Qué cosa tan rara! ¡Si era el palomar que tenía el pope en el huerto! Al otro lado destacaba una extensión gris. La miró con mayor atención y advirtió que se trataba de la era del secretario provincial. ¡Adónde lo había llevado la fuerza impura! Tras deambular por el paraje, se topó con un sendero. No había luna; sólo se vislumbraba una mancha blanca detrás de las nubes. «Mañana hará mucho viento», pensó mi abuelo. De pronto, a un lado del camino, vio una vela encendida sobre una tumba.

-¡Vaya! -el abuelo se detuvo, puso las manos en la cintura y examinó el lugar: la vela se apagó; un poco más lejos se encendió otra-. ¡Un tesoro! -gritó el abuelo-. ¡Apuesto lo que sea a que es un tesoro! -y ya se había escupido en las manos para empezar a cavar, cuando reparó en que no tenía pala ni azada-. ¡Ah, qué pena! Quién sabe si hubiera bastado con levantar el césped para encontrar el tesoro. Lo único que puedo hacer es señalar el lugar para no olvidarme.

Cogió una gran rama, arrancada por lo visto por el vendaval, la colocó sobre la tumba en el lugar mismo donde lucía la vela, y siguió andando por el camino. Los jóvenes robles del bosque empezaron a ralear y de pronto apareció una cerca. «¡Y bien!», dijo el abuelo. «¿No había dicho que era la era del pope? ¡Aquí está su cerca! Ya queda menos de un kilómetro para el melonar.»

Llegó bastante tarde y ni siquiera quiso probar las galushhas. Despertó a mi hermano Ostap sólo para preguntarle si hacía mucho tiempo que se habían marchado los carreteros y se envolvió en su zamarra. Cuando mi hermano le preguntó:

-¿Dónde diablos te has metido, abuelo?
-No me lo preguntes -exclamó éste, arrebujándose aún más en su zamarra-. No me lo preguntes, Ostap, si no quieres que te salgan canas -y empezó a roncar con tanta fuerza que los gorriones que habían penetrado en el melonar levantaron el vuelo asustados. ¡Claro que no se había quedado dormido! Hay que decir que el abuelo era un animal muy astuto, que Dios lo tenga en su gloria, y sabía escabullirse de cualquier situación. A veces tenía unas salidas que no había más remedio que morderse los labios.

Al día siguiente, en cuanto empezó a oscurecer en los campos, mi abuelo se puso la casaca, se ajustó el cinturón, cogió una azada y una pala, se caló el gorro en la cabeza, se bebió una jarra de kvas, se secó los labios con el faldón y se dirigió derecho al huerto del pope. Dejó atrás la cerca y el pequeño robledal. Entre los árboles serpenteaba un camino que conducía a los campos. Se diría que el lugar era idéntico al de la noche anterior. Salió al campo; el paraje parecía el mismo: allí estaba el palomar, pero en cambio no se veía la era.

«No, éste no es el lugar; debe de ser un poco más lejos; probablemente habrá que girar en dirección a la era.» Dio la vuelta y se internó por otro camino. ¡Ahora se veía la era, pero no el palomar! De nuevo se acercó al palomar y desapareció la era. En el campo, como a propósito, empezó a llover. Corrió de nuevo a la era, pero el palomar ya no estaba; fue hacia el palomar y desapareció la era.

– ¡Ojalá no llegues a ver a tus hijos, maldito Satanás! Empezó a llover a cántaros.
Mi abuelo se quitó las botas nuevas y las envolvió en un pañuelo para que la lluvia no las alabeara, y se puso a trotar como el caballo de un señor. Entró en la cabaña calado hasta los huesos, se cubrió con la pelliza y se puso a murmurar entre dientes, dedicando al diablo tales insultos como yo no había oído en mi vida. Reconozco que de haber sucedido la escena a la luz del día me habría ruborizado.

Al día siguiente, cuando me desperté, vi que el abuelo, como si no hubiera sucedido nada, deambulaba por el melonar, cubriendo las sandías con hojas de bardana. Durante la comida el viejo estuvo un rato charlando y asustó a mi hermano pequeño con la amenaza de trocarlo por pollos en lugar de las sandías; después de la comida se fabricó él mismo un silbato de madera y estuvo tocando con él; y para que nos divirtiéramos nos dio un melón que se retorcía como una serpiente, al que llamaba melón turco. Ya no se ven melones así. Cierto que había recibido las semillas de muy lejos.

Al anochecer, después de cenar, mi abuelo cogió la azada y se fue a cavar un nuevo bancal para plantar calabazas tardías. Al pasar junto al lugar embrujado no pudo contenerse y murmuró entre dientes: «¡Maldito lugar!»; luego se llegó hasta el punto donde no había podido bailar dos días antes y, furioso, descargó un golpe con la azada. En ese momento surgió a su alrededor el mismo panorama que la otra vez: a un lado apareció el palomar, y al otro la era. «Vaya, he hecho bien en traer conmigo la azada. ¡Allí está el camino! ¡Allí está la tumba! ¡Allí está la rama que coloqué! ¡Allí arde la vela! Espero no confundirme.»

Corrió sin hacer ruido, manteniendo la azada levantada, como si quisiera dar la bienvenida a un cerdo que se hubiera introducido en el melonar, y se paró ante la tumba. La vela se apagó; sobre la tumba había una piedra devorada por la hierba. «¡Hay que levantar esa piedra!», pensó el abuelo, y se puso a cavar a su alrededor. ¡Era grande la maldita piedra! No obstante, tras apoyar con fuerza los pies en el suelo, la empujó a un lado de la tumba.

«¡Huuu!», resonó por todo el valle. «¡Ya está! ¡Ahora irá todo más deprisa!»

A continuación mi abuelo se detuvo, sacó su tabaquera, vertió en el puño un poco de tabaco y ya se aprestaba a acercárselo a la nariz, cuando de pronto, por encima de su cabeza, se oyó un «achís». Alguien había estornudado con tanta fuerza que los árboles se balancearon y la cara de mi abuelo quedó toda salpicada.

– ¡Podías volverte del otro lado cuando tienes ganas de estornudar! -dijo mi abuelo, frotándose los ojos. Miró a su alrededor, pero no había nadie-. ¡No, por lo visto al diablo no le gusta el tabaco! -continuó, guardándose la tabaquera y cogiendo la azada-. ¡Qué tonto es! ¡Un tabaco como éste no lo han olido ni su padre ni su abuelo!

Empezó a cavar; la tierra estaba blanda y la azada se hundía en ella sin esfuerzo. De pronto algo tintineó. Apartó la tierra y vio una olla.

-¡Ah, ahí estabas, amigo mío! -gritó el abuelo, metiendo por debajo la azada.

-¡Ah, ahí estabas, amigo mío! -pió un ave, picoteando la olla.
Mi abuelo se apartó y soltó la azada.
-¡Ah, ahí estabas, amigo mío! -baló una cabeza de cordero desde lo alto de un árbol.
-¡Ah, ahí estabas, amigo mío! -rugió un oso, asomando el hocico detrás de un tronco.
Mi abuelo se estremeció.
– ¡Vaya! ¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra aquí! -dijo entre dientes.
– ¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra aquí! -pió el pico del ave.
– ¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra! -baló la cabeza de cordero.
– ¡Cualquiera se atreve! -rugió el oso.
-¡Hum! -dijo asustado el abuelo.
-¡Hum! -pió el pico.
-¡Hum! -baló el cordero.
– ¡Hum! -rugió el oso.
Lleno de tenor, mi abuelo miró en torno suyo. ¡Dios mío, qué noche! Ni luna ni estrellas; a su alrededor sólo había barrancos; bajo sus pies se extendía un abismo sin fondo; sobre su cabeza colgaba una montaña que amenazaba con derrumbarse sobre él. El abuelo tuvo la impresión de que, detrás de ella, asomaba una cara. ¡Uf, menuda cara! La nariz como el fuelle de una herrería, con unos orificios nasales tan grandes que hubiera cabido un barreño de agua en cada uno de ellos; los labios, os lo juro, iguales a dos troncos; los ojos rojizos, salientes, miraban hacia arriba. Además, la cara sacaba la lengua y se burlaba.

-¡Vete al diablo! -exclamó el abuelo, dejando la olla-. ¡Quédate con tu tesoro! ¡Qué jeta tan abominable! -y ya estaba a punto de echarse a correr, cuando miró a su alrededor y vio que todo volvía a ser como antes-. ¡Lo que quiere el espíritu impuro es asustarme!

De nuevo trató de sacar la olla, pero era demasiado pesada. ¿Qué hacer? ¡No iba a dejarla allí! Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el abuelo la agarró con las dos manos.

-¡Vamos, otro tirón! ¡Otro, otro! -y la sacó-. ¡Uf! ¡Ahora es momento de oler un poco de tabaco!

Cogió la tabaquera; pero antes de que tuviera tiempo de verter un poco de tabaco en la mano, miró atentamente a su alrededor para asegurarse de que no había nadie. En un principio pensó que estaba solo; pero de pronto le pareció ver que un tocón soplaba y jadeaba, que le salían orejas y unos ojos inyectados en sangre, que los orificios de la nariz se dilataban y la nariz se fruncía como si se dispusiera a estornudar. «No, no oleré tabaco», pensó mi abuelo,guardando la tabaquera-. «¡Ese Satanás volvería a llenarme los ojos de saliva!» Cogió la olla apresuradamente y echó a correr con todas sus fuerzas; pero sentía que por detrás alguien le rascaba las piernas con unas varillas… «¡Ay, ay, ay!», gritaba el abuelo, acelerando el paso; sólo cuando llegó al huerto del pope se detuvo para recuperar el aliento.

«¿Dónde se habrá metido el abuelo?», pensábamos nosotros, que llevábamos tres horas esperándole. Hacía tiempo que nuestra madre había venido desde la granja con un puchero de galushkas calientes. ¡Y el abuelo seguía sin aparecer! Una vez más empezamos a cenar solos.

Después de la cena, nuestra madre lavó el puchero y buscó con la vista un lugar en el que arrojar el agua sucia, pues alrededor sólo había bancales; de pronto vio un tonel que iba directamente a su encuentro. El cielo estaba bastante oscuro. Nuestra madre probablemente pensó que uno de los muchachos, para divertirse, se había ocultado detrás del tonel y lo empujaba.

-¡Muy a propósito! ¡Voy a arrojar allí el agua sucia! -dijo, y vertió el agua hirviendo.

– ¡Ay! – gritó alguien con voz de bajo.
Miramos y era el abuelo. ¡Quién iba a imaginarlo! Os juro que pensábamos que se trataba de un tonel. Reconozco, aunque no sea muy piadoso, que nos pareció muy divertido ver la cabeza canosa del abuelo empapada de agua sucia y toda cubierta de mondas de melón y de sandía.

-¡Mira lo que has hecho, mujer del diablo! -dijo el abuelo, secándose la cabeza con el faldón de la casaca-. ¡Me ha escaldado como a un cerdo en Nochebuena! ¡Bueno, muchachos, ahora tendréis con qué compraros roscas de pan! ¡Llevaréis caftanes de oro, hijos de perra! ¡Mirad, mirad lo que os traigo! -dijo el abuelo abriendo la olla.

¿Y qué creen ustedes que contenía? Bueno, por lo menos debía haber, si bien se piensa… ¿Qué? ¿Oro? Pues no, no había oro; el interior estaba repleto de basura, de porquerías… Da vergüenza decir lo que había allí. Mi abuelo escupió, arrojó la olla y fue a lavarse las manos.

Ese día nos hizo prometerle que jamás creeríamos al diablo.

-¡Ni se os ocurra siquiera! -nos decía a menudo-. Todo lo que os diga ese hijo de perra, ese enemigo del señor Jesucristo, es mentira. ¡En ninguna de sus palabras hay un kopek de verdad!

Y en cuanto se enteraba de que en alguna parte las cosas no estaban tranquilas, nos gritaba:

-¡Vamos, muchachos, a santiguaros! ¡Así! ¡Así! ¡Muy bien! -y él mismo hacía la señal de la cruz. En cuanto al lugar embrujado, en el que no había podido bailar, lo cerró con una cerca y nos ordenó tirar allí los desperdicios, las malas hierbas y la basura que sacaba del melonar.

¡Así es cómo la fuerza impura se burla de los hombres! Conozco bien ese terreno.

Después de ese suceso unos kozakos vecinos se lo alquilaron a mi padre para plantar melones.

¡Era una tierra estupenda y producía unas cosechas magníficas!; pero el lugar embrujado nunca dio nada bueno. Lo sembraban como es debido, pero brotaban unas plantas tan extrañas que no había manera de reconocerlas: sandías que no eran sandías, calabazas que no eran calabazas, pepinos que no eran pepinos… ¡El diablo sabe lo que era aquello!

FIN

Terrible Venganza – Cuento por Mykola Hohol – Parte II de su libro “Veladas de Dikanka”

Enlace al cuento anterior: Nochebuena


TERRIBLE VENGANZA

I

Todo un extremo de Kyiv está lleno de clamores y ruidos: el esaúl (capitán de kozakos) Gorobets celebra la boda de su hijo. La casa del esaúl rebosa de invitados. En los viejos tiempos la gente gustaba de comer bien, de beber en abundancia y sobre todo de divertirse. El zapórogo Mikitka, montado en su caballo bayo, venía de una juerga desenfrenada en el campo de Pereshliai, donde durante siete días y siete noches había emborrachado con vino tinto a los hidalgos polacos al servicio del rey. También estaba Danilo Burulbash, hermano adoptivo del esaúl, que había viajado con su joven esposa Katerina y su hijo de un año desde la otra orilla del Dnipró donde, encajonada entre dos montañas, se encontraba su hacienda. Los invitados quedaron maravillados ante el blanco rostro de la señora Katerina, sus cejas negras como terciopelo alemán, su falda y sus enaguas de seda de color azul y sus botas guarnecidas de plata; pero su sorpresa fue aún mayor cuando vieron que su viejo padre no la acompañaba.

Éste sólo llevaba un año viviendo en Zaporozhie y durante veintiuno no había dado señales de vida, habiendo vuelto al lado de su hija sólo cuando ésta ya se había casado y había tenido un hijo. Seguramente podría contar muchas cosas maravillosas. ¿Cómo puede ser de otro modo cuando se ha vivido tanto tiempo en tierra extranjera? Allí todo es distinto: las gentes no son las mismas, no hay iglesias cristianas… Pero no había venido.Ofrecieron a los invitados aguardiente con ciruelas y pasas y una hogaza de pan en un enorme plato. Los músicos atacaron la corteza, en la que se habían cocido monedas, y durante un tiempo se apaciguaron, dejando a un lado los timbales, los violines y las panderetas.

Entre tanto, las muchachas y las mozas se secaban la boca con sus pañuelos bordados y salían de nuevo de sus filas; los mozos, poniendo los puños en las caderas y mirando con orgullo a su alrededor, se disponían a ir a su encuentro, cuando el viejo esaúl salió de la casa con dos iconos para bendecir a los recién casados. Esos iconos los había recibido de un venerable ermitaño, el eremita Varfoloméi. No mostraban ricos ornamentos ni brillaba en ellos el oro y la plata, pero ninguna fuerza impura se atrevía a tocar a quien los tuviera en su casa. Tras levantar los iconos, el esaúl se disponía a pronunciar una breve oración, cuando de pronto los niños que jugaban por el suelo gritaron asustados; poco después la gente retrocedió, señalando empavorecida con el dedo a un kozako que se había mezclado entre la multitud. Nadie sabía de quién se trataba. El hombre había ejecutado con soltura una danza kozaka y había hecho reír a las personas que le rodeaban. Cuando el esaúl levantó los iconos, el rostro del desconocido se transformó bruscamente: la nariz creció y se curvó, los ojos se volvieron febriles y pasaron del marrón al verde, los labios se volvieron azules, el mentón se agudizó como una lanza y empezó a temblar, en la boca surgió un colmillo, detrás del cuello apareció una joroba y el kozako se convirtió en un viejo.

-¡Es él! ¡Es él! -gritaban las gentes, apretándose unas a otras.
-¡El brujo ha vuelto a aparecer! -gritaban las madres, tomando a sus hijos en brazos.
El esaúl, solemne y majestuoso, avanzó hacia él y dijo con poderosa voz, enfrentándole los iconos:

-¡Desaparece, imagen de Satanás! ¡Aquí no hay lugar para ti!
Y el extraño anciano, silbando y haciendo crujir los dientes como un lobo, desapareció.
Poco a poco, como un mar tempestuoso, los comentarios y las voces empezaron a resonar entre las gentes.¿Quién es ese brujo? -preguntaban las personas jóvenes e inexpertas.

¡Acontecerá alguna desgracia! -decían los viejos, sacudiendo la cabeza.
Por todas partes, en el amplio patio del esaúl, empezaron a formarse grupos que comentaban la historia del extraño brujo. Pero cada cual decía una cosa distinta y nadie sabía nada con certeza.

Por el patio rodó un tonel de hidromiel y se sirvieron no pocos cubos de vino griego. Las gentes recobraron la alegría. Los músicos empezaron a tocar; las muchachas, las mozas y los gallardos kozakos, vestidos con caftanes de colores vivos, se pusieron a bailar. Los viejos nonagenarios y centenarios, que habían bebido más de la cuenta, ejecutaron también algunos pasos de baile, recordando una juventud bien empleada. Los festejos se prolongaron durante toda la noche; celebraciones así ya no se ven. Los invitados empezaron a dispersarse, pero pocos se fueron a sus casas: muchos decidieron pasar la noche en el amplio patio del esaúl; y más numerosos aún fueron los kozakos que, de una forma u otra, se quedaron dormidos bajo los bancos, en el suelo, junto a sus caballos, cerca del establo: cuando la embriaguez hacía tambalear la cabeza de un kozako, éste se tumbaba allí mismo y empezaba a roncar con tanta fuerza que se le oía en todo Kyiv.

II

Una dulce claridad se extendía por el mundo entero: la luna se asomaba por detrás de la montaña. Una suerte de preciosa muselina de Damasco, blanca como la nieve, cubría la escarpada ribera del Dnipró, alejando las sombras hacia el interior del bosque de pinos. Por el centro del Dnipró navega una embarcación de roble. En la parte delantera van sentados dos muchachos; llevan ladeados sobre la cabeza negros gorros de kozakos; bajo los remos vuelan por todas partes, como chispas bajo el eslabón, salpicaduras de agua.

¿Por qué no cantan los kozakos? ¿Por qué no cuentan que sacerdotes polacos recorren Ucrania convirtiendo al pueblo kozako a la fe católica? ¿O que durante dos días la horda ha combatido a orillas del lago Salado? Pero ¿cómo podrían cantar, cómo podrían hablar de asuntos importantes? Su señor Danilo está sumido en sus propios pensamientos, mientras la manga de su caftán purpurino cae fuera de la barca y se hunde en el agua; su señora Katerina mece dulcemente al niño, sin apartar de él la mirada, y sobre su rica falda, que ninguna lona protege, el agua cae como polvo gris.

Qué maravilloso es contemplar, desde el centro del Dnipró, las altas montañas, los vastos prados, los verdes bosques. Esas montañas no son tales: carecen de ladera; tanto el pie como la cumbre terminan en afiladas crestas, bajo las cuales y sobre las cuales se extiende la inmensidad del cielo. Los bosques que cubren las colinas no son bosques: es la cabellera que cubre la cabeza desgreñada del abuelo de los bosques; su barba se baña en las aguas, y por debajo de ella y por encima de los cabellos se extiende la inmensidad del cielo. Esos prados no son prados: son un cinturón verde que ciñe por la mitad la redondez del cielo, cuyas dos mitades, tanto la superior como la inferior, recorre por igual la luna.

El señor Danilo, olvidado del paisaje, mira a su joven esposa.

-Mi querida Katerina, joven esposa mía, ¿por qué estás triste?
– ¡No estoy triste, mi señor Danilo! Pero me han asustado los extraños comentarios que he oído sobre el brujo. Dicen que nació con un aspecto horrendo y que desde niño nadie quería jugar con él.

Escucha, señor Danilo, la terrible anécdota que cuentan: siempre pensaba que los demás se reían de él; si a la caída de la oscura noche se encontraba con alguna persona, le parecía que ésta separaba los labios y mostraba los dientes. Y al día siguiente la encontraban muerta. Me quedé sorprendida y aterrorizada cuando escuché esos relatos -exclamó Katerina, sacando su pañuelo y secando el rostro del niño que dormía en sus brazos.

En el pañuelo había bordado con seda roja hojas y bayas. El señor Danilo no pronunció palabra y volvió la mirada hacia la sombría orilla: a lo lejos, detrás del bosque, se advertía la masa oscura de un terraplén, detrás del cual se alzaba un viejo castillo. En ese instante, tres arrugas se grabaron por encima de sus cejas; la mano izquierda acarició su donoso bigote.

-Lo que más me asusta no es su condición de brujo -dijo-, sino de huésped funesto. ¿Qué capricho ha podido traerle aquí? He oído que los polacos quieren construir una fortaleza para cortarnos el camino hasta los zaporogos. Si eso fuera verdad… Destruiré ese nido diabólico si llegan hasta mí rumores de que posee alguna guarida. Quemaré a ese viejo brujo con tal saña que los cuervos no tendrán nada que picotear. No obstante, supongo que no carecerá de oro ni de bienes de toda clase. ¡Allí es donde vive ese diablo! Si tiene oro… Ahora vamos a pasar junto a las cruces: es el cementerio. Allí se pudren sus ancestros impuros. Dicen que todos estaban dispuestos a vender su alma y su harapiento caftán a Satanás por unos kopeks. Si de verdad tiene oro, no hay tiempo que perder: en la guerra no siempre se puede ganar…

-Sé lo que estás pensando. El encuentro con ese brujo no me auguraba nada bueno. ¡Qué pesada es tu respiración! ¡Qué sombría tu mirada! ¡Con qué severidad caen tus cejas sobre los ojos!

-¡Calla, esposa mía! -dijo Danilo con enfado-. El que se ata a vosotras se convierte también en una mujer. ¡Muchacho, dame fuego para la pipa! -y al tiempo que pronunciaba esas palabras se volvió hacia uno de los remeros que, sacudiendo su pipa para que cayeran algunas brasas, cargó la de su señor-. ¡Quiere asustarme con el brujo! -continuó el señor Danilo-.

Un kozako, gracias a Dios, no teme a los demonios ni a los sacerdotes polacos. Pues bien nos iban a ir las cosas si escucháramos a nuestras mujeres. ¿No es así, muchachos? Nuestra esposa es la pipa y el afilado sable.

Katerina guardó silencio y bajó la mirada hacia las adormecidas aguas; el viento rizaba la superficie del río y todo el Dnipró lanzaba destellos de plata como el pelaje de un lobo en la noche.

La barca viró y empezó a navegar junto a la boscosa orilla. En la ribera se veía un cementerio: añejas cruces se apiñaban sobre un montón de tierra. Entre ellas no crecía el mundillo ni verdeaba la hierba; sólo la luna las calentaba desde lo alto del cielo.

-¿Habéis oído esos gritos, muchachos? ¡Alguien nos pide ayuda! -dijo el señor Danilo, dirigiéndose a sus remeros.

-Sí, los hemos oído; parece que vienen de ese lado -dijeron éstos a una voz, señalando el cementerio.

De nuevo se restableció el silencio. La barca viró y empezó a bordear un saliente de la orilla. De pronto los remeros soltaron los remos y mantuvieron la mirada fija en algún punto. El señor Danilo también quedó inmóvil: el terror y el frío se hundieron en sus venas de kozako.

La cruz de una tumba osciló y de la entraña de la tierra surgió en silencio un cadáver reseco. La barba le llegaba hasta la cintura; las uñas eran más largas que los propios dedos. Sin hacer ruido, levantó los brazos. Todo su rostro tembló y se torció en una mueca. Al parecer, padecía un tormento terrible. «¡Me ahogo! ¡Me ahogo!» -gimió con voz salvaje e inhumana. Esa voz, como un cuchillo, desgarraba el corazón. De pronto el muerto desapareció bajo tierra. Otra tumba osciló y un nuevo cadáver, más alto y espantoso que el anterior, salió de su encierro. Tenía todo el cuerpo cubierto de pelo, la barba le llegaba hasta las rodillas y todavía más largas eran sus huesudas uñas. Con voz aún más salvaje que el primero gritó:

«¡Me ahogo!», y desapareció debajo de la tierra.

Una tercera cruz osciló y apareció otro cadáver. Parecía un esqueleto desnudo, y se elevaba a una gran altura sobre el suelo. La barba le llegaba hasta los talones, los dedos de largas uñas se hundían en la tierra. Con un gesto terrible levantó los brazos, como si quisiera alcanzar la luna, y aulló como si alguien le estuviera aserrando los amarillentos huesos…

El niño, que dormía en brazos de Katerina, gritó y se despertó. También la señora lanzó un grito. Los remeros dejaron caer sus gorros en el Dnipró. El propio señor se estremeció. De pronto todo desapareció como por arte de magia; no obstante, los remeros tardaron un buen rato en coger los remos.

Burulbash miró con aire preocupado a su joven esposa que, toda asustada, mecía en sus brazos a la llorosa criatura, apretándola contra su corazón y besándole la frente.

– ¡No tengas miedo, Katerina! ¡Mira: ya no hay nada! -dijo señalando a su alrededor-. El brujo quiere asustar a la gente para mantenerla alejada de su impura guarida. ¡Sólo conseguirá asustar a las mujeres con esas tretas! ¡Dame a mi hijo para que lo coja en brazos! -y tras pronunciar esas palabras el señor Danilo levantó al niño y lo acercó a sus labios-. Qué, Iván, ¿a que a ti no te asustan los brujos? Contéstame: «No, padre, yo soy un kozako». ¡Basta, deja de llorar! Pronto llegaremos a casa y tu madre te dará la papilla, te acostará en la cuna y te cantará:

¡Duerme, duerme, duerme! ¡Duerme, hijito, duerme! Crece para nuestro gozo, para gloria del kozako y terror del enemigo.

Escucha, Katerina, me parece que tu padre no quiere vivir en paz con nosotros. Se muestra huraño, sombrío, como enfadado… Si no está contento, ¿por qué ha venido? ¡No quiso beber por la libertad de los kozakos! No acunó en sus brazos al niño. En un principio quería confiarle todo lo que guardo en el corazón, pero algo me lo impidió y las palabras no salieron de mi boca.

¡No, no tiene corazón de kozako! ¡Cuando el corazón de un kozako se encuentra con otro, está a punto de saltar del pecho para ir a su encuentro! Qué, mis queridos muchachos, ¿llegaremos pronto a la orilla? Bueno, os regalaré unos gorros nuevos. A ti, Stetsko, te daré uno guarnecido de terciopelo y de oro; se lo quité a un tártaro junto con su cabeza. Me quedé con todo su equipo; sólo le dejé en libertad el alma. ¡Vamos, atracad!

Bueno, Iván, ya hemos llegado y tú sigues llorando. ¡Cógelo, Katerina!

Todos bajaron a tierra. Por detrás de la montaña apareció un tejado de paja: era la casa solariega del señor Danilo. Detrás de ella se elevaba otra montaña, y más allá se extendía la estepa, en la que no sería posible encontrar un solo kozako en más de cien kilómetros.

III

La hacienda del señor Danilo se encuentra entre dos montañas, en un estrecho valle que desciende hasta el Dnipró. La morada no tiene techos altos; a primera vista, parece una simple jata de kozako; sólo dispone de una gran pieza, pero en ella hay espacio suficiente para él, su esposa, una vieja criada y una decena de jóvenes escogidos. En la parte superior de las paredes hay anaqueles de roble, donde se amontonan ollas y escudillas para la mesa. Entre ellas destacan cubiletes de plata y copas guarnecidas de oro, recibidas como presentes u obtenidas como botín de guerra. En la parte baja cuelgan valiosos mosquetes, sables, arcabuces y lanzas. Esas armas las había tomado, de fuerza o de grado, a tártaros, turcos y polacos: por algo estaban tan melladas. Cuando las mira, el señor Danilo encuentra en sus marcas puntuales recuerdos de sus combates. En la parte baja de la pared hay lisos bancos de roble, tallados a hacha. Junto a ellos, delante de la yacija, una cuna pende de una anilla fijada al techo. En toda la pieza el suelo es de arcilla, cuidadosamente alisada y apisonada. En los bancos duermen el señor Danilo y su mujer y en la yacija la vieja criada. En la cuna se divierte y se mece la pequeña criatura, mientras los muchachos pasan la noche apelotonados en el suelo.

Pero el kozako duerme mejor al raso, sobre la tierra dura; no necesita edredón ni colchones de plumas; coloca bajo la cabeza heno recién cortado y se tiende a sus anchas en la hierba. Si se despierta en medio de la noche, le gusta mirar el profundo cielo, sembrado de estrellas, y estremecerse con el frío de la noche, que refresca sus huesos de kozako. Estirándose y murmurando entre sueños, enciende su pipa y se arrebuja aún más bajo su cálida pelliza.

Burulbash se levantó bastante tarde, después de aquella noche de fiesta, se sentó en una esquina del banco y se puso a afilar un nuevo sable turco que había conseguido gracias a un intercambio; la señora Katerina había empezado a bordar de oro una toalla de seda. De pronto entró el padre de Katerina, malhumorado, sombrío, con una pipa de tierras extrañas entre los dientes, se acercó a su hija y le preguntó con tono severo por qué razón había vuelto tan tarde a casa.

– ¡Sobre esos asuntos no debes preguntarle a ella, sino a mí, padre! No es la mujer, sino el marido el que tiene que responder. No te enfades, pero así se hace entre nosotros -dijo Danilo sin abandonar su labor-. Quizás en tierras de infieles no ocurra lo mismo, no lo sé. El rostro severo del suegro se cubrió de púrpura y en sus ojos apareció un brillo salvaje.

-¿Quién, sino un padre, debe velar por su hija? -murmuró para sí-. Bueno, te lo pregunto a ti: ¿qué has estado haciendo hasta tan tarde?

– ¡Así está mejor, querido suegro! A eso te contestaré que hace ya tiempo que las mujeres no me cambian los pañales. Sé montar a caballo. Sé manejar un afilado sable. También sé hacer otras cosas… Por ejemplo no dar cuenta a nadie de lo que hago.

-Veo, Danilo, que tratas de discutir conmigo. Quien algo oculta es porque trama algo malo.

-Piensa lo que quieras -dijo Danilo-. Yo también tengo mis propias ideas. Gracias a Dios, todavía no he tomado parte en ningún hecho deshonroso; siempre he defendido la fe ortodoxa y la patria, no como ciertos vagabundos que deambulan Dios sabe por dónde mientras los ortodoxos luchan a muerte y llegan luego de improviso a cosechar el trigo que han sembrado otros. Ni siquiera son como los uniatas: no ponen el pie en la iglesia de Dios. Es a ellos a los que habría que preguntarles dónde han estado.

– ¡Eh, kozako! ¿Sabes una cosa? Soy un mal tirador: tan sólo desde doscientos metros mi bala es capaz de atravesar un corazón. Tampoco me manejo bien con el sable: corto a un hombre en trozos más menudos que los granos con que se hace la papilla.

¡Estoy dispuesto! -exclamó el señor Danilo, blandiendo con vigor el sable, como si supiera para qué lo había afilado.

– ¡Danilo! -gritó Katerina con penetrante voz, cogiéndolo del brazo y reteniéndolo-. ¡Recuerda, insensato, sobre quién estás levantando la mano! Padre, tus cabellos son blancos como la nieve, pero te has acalorado como un niño falto de razón.

-¡Esposa mía! -gritó el señor Danilo con voz amenazante-. Sabes que no me gustan estas cosas. ¡Ocúpate de tus asuntos de mujeres!

Los sables entrechocaron con un ruido espantoso; el hierro golpeaba contra el hierro y las chispas llovían como polvo sobre los kozakos. Katerina, con los ojos llenos de lágrimas, se retiró a su habitación, se arrojó en la cama y se tapó los oídos para no oír los sablazos. Pero los kozakos no se batían tan mal como para poder sofocar el ruido de las acometidas. Su corazón quería partirse en pedazos. Cada uno de los golpes repercutía en todo su cuerpo: tuk, tuk.

«No, no lo soportaré, no lo soportaré. Puede que la sangre escarlata salga ya en torrente de su cuerpo blanco. Puede que en este momento mi amado esté al borde de las fuerzas; ¡y yo sigo aquí tumbada!» Y toda pálida, jadeante, entró en la gran pieza.

Los kozakos luchaban de modo terrible, con ímpetu parejo. Ni uno ni otro llevaba ventaja. Tan pronto el padre de Katerina arremetía y Danilo perdía terreno, como era Danilo el que atacaba y el severo padre el que retrocedía, volviéndose luego a una situación equilibrada. Ambos reventaban de ira. En un determinado momento, levantaron los brazos, entrechocaron los sables y las hojas se quebraron con estrépito.

-¡Gracias, Dios mío! -exclamó Katerina, y lanzó un nuevo grito cuando vio que los kozakos se lanzaban sobre los mosquetes. Los dos hombres dispusieron el cebo y montaron el gatillo.

El señor Danilo disparó, pero falló el blanco. El padre apuntó… Era viejo, su mirada no era tan penetrante como la del joven; no obstante, su mano no temblaba. Resonó el disparo…

El señor Danilo se tambaleó. La sangre escarlata tiñó la manga izquierda de su caftán kozako.

-¡No! -gritó-. No me daré por vencido tan fácilmente. El que manda es el brazo derecho, no el izquierdo. En la pared hay colgada una pistoleta turca que jamás en la vida me ha traicionado. ¡Baja de la pared, vieja compañera, y hazle un servicio a tu amigo! -y Danilo alargó la mano.

– ¡Danilo! -gritó Katerina con desesperación, cogiéndolo del brazo y arrojándose a sus pies-. No te lo pido por mí. Yo no tengo elección: indigna es la mujer que sobrevive a su marido; el Dnipró, el frío Dnipró será mi tumba… ¡Pero mira a tu hijo, Danilo, mira a tu hijo! ¿Quién dará calor a esta pobre criatura? ¿Quién le cuidará? ¿Quién le enseñará a volar sobre un caballo moro, a luchar por la libertad y la fe, a beber y divertirse como un kozako?

¡Muere, hijo mío, muere! ¡Tu padre no quiere saber nada de ti! Mira cómo vuelve la cara. ¡Oh! ¡Ahora te conozco! ¡Eres una fiera y no un hombre! ¡Tienes el corazón de un lobo y el alma de una pérfida serpiente! Pensaba que había en ti al menos una gota de piedad, que en tu cuerpo de piedra ardía algún sentimiento humano. Pero estaba totalmente equivocada. Esta situación te causa placer. Tus huesos bailarán de alegría en la tumba cuando oigas que los polacos, esas bestias impías, arrojan a las llamas a tu hijo, cuando éste grite bajo los cuchillos y el agua hirviente. ¡Oh, ahora te conozco! ¡Estarías dispuesto a salir de la tumba y alimentar con tu gorro el fuego encendido a sus pies!

– ¡Espera, Katerina! ¡Ven, mi adorado Iván! ¡Deja que te bese! ¡No, niño mío, nadie tocará uno solo de tus cabellos. Crecerás para gloria de la patria; volarás como un torbellino por delante de los kozakos, con un gorro de terciopelo en la cabeza y un afilado sable en la mano! ¡Dame tu mano, padre! Olvidemos lo que ha pasado entre nosotros.

Si he cometido alguna injusticia contigo, perdóname. ¿Por qué no me das la mano? -dijo Danilo al padre de Katerina, que seguía inmóvil, sin que su cara expresara enfado ni apaciguamiento.

-¡Padre! -gritó Katerina, abrazándolo y besándolo-. No seas inflexible, perdona a Danilo. ¡No volverá a disgustarte!

-¡Sólo por ti le perdono, hija mía! -respondió él, besándola y mirándola con un singular brillo en los ojos. Katerina se estremeció levemente: le habían parecido extraños ese brillo y ese beso. Acodada en la mesa en la que Danilo vendaba su brazo herido, pensaba que éste se había equivocado, que no había obrado como un kozako al pedir perdón cuando no era culpable de nada.

IV

Amaneció un día sin sol; el cielo estaba sombrío y una fina llovizna caía sobre los campos, los bosques y el anchuroso Dnipró. La señora Katerina se despertó con una sensación de tristeza: tenía los ojos arrasados en lágrimas y su alma estaba inquieta y turbada.

– ¡Mi marido querido, mi dulce marido, he tenido un sueño muy extraño!
-¿Qué sueño, mi amada señora Katerina?
-Lo que he soñado era tan raro y tan vivo que parecía real. He soñado que mi padre era el monstruo que vimos en casa del esaúl.

Pero te pido que no concedas valor a esa visión. ¡Cuántas tonterías soñamos a veces!

Estaba delante de él, temblaba, tenía miedo y a cada palabra suya mis entrañas se estremecían. Si hubieras oído lo que me decía…

-¿Qué te decía, mi amada Katerina?
-Me decía: «Mírame, Katerina, soy hermoso. La gente se equivoca al decir que soy feo.

Seré para ti un excelente marido. ¡Fíjate cómo te miran mis ojos!». Y tras pronunciar esas palabras, me contempló con ojos ardientes y yo me desperté con un grito.

-Sí, los sueños esconden muchas verdades. Pero, ¿sabes que al otro lado de las montañas las cosas no están tan tranquilas como debieran? Parece que los polacos han vuelto a dejarse ver. Gorobets ha enviado a decirme que me mantenga alerta. En cualquier caso, su preocupación ha sido vana: ya sin ese recado estaba en guardia. Mis muchachos han hecho esta noche doce batidas. Vamos a ofrecer ciruelas de plomo a los nobles polacos y les haremos bailar a bastonazos.

-¿Conoce mi padre esa noticia?

– ¡Ya estoy harto de tu padre! Hasta el día de hoy no he conseguido comprenderle. Probablemente ha cometido muchos pecados en tierra extranjera. ¿Qué otra explicación cabe? Vive con nosotros desde hace casi un mes y ni una sola vez lo he visto alegre como un buen kozako. ¡No ha querido beber hidromiel!

¿Lo oyes, Katerina? No ha querido beber el hidromiel que arrebaté a los judíos de Brest-Litovsk. ¡Eh, muchacho! -gritó el señor Danilo-. ¡Corre a la bodega, amigo, y trae el hidromiel de los judíos! ¡Ni siquiera bebe aguardiente! ¡Qué calamidad! Me parece, señora Katerina, que no cree en nuestro Señor Jesucristo. ¿Qué piensas tú?

– ¡Sabe Dios si es verdad lo que dices, señor Danilo!

-¡Es extraño, señora! -continuó Danilo, cogiendo la jarra de arcilla que le tendía el kozako-. Incluso esos descreídos católicos son aficionados al vodka. Los turcos son los únicos que no beben. Y qué, Stetsko, ¿has bebido mucho hidromiel en la bodega?

– ¡Sólo lo he probado, señor!

– ¡Mientes, hijo de perra! ¡Mira cómo las moscas revolotean en torno a tus bigotes! Veo en tus ojos que has vaciado medio cubo. ¡Ah, estos kozakos! ¡Qué pueblo valiente! Harán lo que sea por un camarada, pero cuando se trata de beber no tienen necesidad de nadie. Me parece, señora Katerina, que hace mucho tiempo que no me emborracho, ¿no es así?

-¿Hace mucho tiempo? ¿Y aquella vez?…

– ¡No temas, no temas, no beberé más que una jarra! ¡Vaya, el abad turco entra por la puerta! -murmuró entre dientes, viendo que su suegro se inclinaba para atravesar el umbral.

-¡Qué es esto, hija mía? -exclamó el padre, quitándose el gorro y ajustándose el cinturón, del que colgaba un sable guarnecido de piedras preciosas-. El sol ya está alto en el cielo y todavía no has preparado la comida.

-La comida ya está lista, señor padre. Enseguida la serviré. Saca la olla con las galushky -dijo la señora Katerina a la vieja criada, que estaba secando la vajilla de madera-. Espera, mejor la sacaré yo misma -añadió la mujer-. Llama a los muchachos.

Todos se sentaron en el suelo, formando un círculo. Frente al rincón de los iconos el señor padre, a su izquierda el señor Danilo, a su derecha la señora Katerina, y a continuación los diez fieles muchachos, vestidos con caftanes azules y amarillos.

-¡No me gustan estas galushkas! -exclamó el señor padre, dejando la cuchara a un lado después de haber tomado unos bocados-. ¡No tienen ningún sabor!

«Claro, tú prefieres los tallarines judíos», pensó Danilo. -¿Por qué dices que estas galushky no tienen ningún sabor, suegro? -exclamó en voz alta-. ¿Acaso no están bien hechas? Mi Katerina prepara tan bien las galushkas que el propio hetman rara vez las come iguales. No hay ninguna razón para despreciarlas. ¡Es una comida cristiana! Los santos y los elegidos de Dios han comido siempre galushky. El padre no dijo ni una palabra; el señor Danilo también guardó silencio.

Trajeron un cerdo asado acompañado de repollo y ciruelas.

-¡No me gusta el cerdo! -exclamó el padre de Katerina, cogiendo repollo con la cuchara.

-¿Por qué no te gusta el cerdo? -le preguntó Danilo-. Sólo los turcos y los judíos no comen cerdo.

El padre adquirió una expresión aún más sombría. Únicamente comió gachas con leche y en lugar de vodka bebió un líquido negro de una cantimplora que llevaba siempre en su caftán.

Después de comer, Danilo se quedó profundamente dormido y no se despertó hasta el atardecer. Poco después se sentó a escribir un mensaje para el ejército kozako, mientras la señora Katerina, instalada en el camastro, mecía la cuna empujándola con el pie. Danilo miraba con el ojo izquierdo su escrito y con el derecho contemplaba la ventana, a través de la cual, en la lejanía, brillaban las montañas y el Dnipró. Detrás del río azuleaban los bosques.

Por encima de ellos se veía el cielo nocturno, limpio de nubes. Pero no era el lejano cielo ni el azulado bosque lo que atraía al señor Danilo; miraba el saliente de la orilla en el que se alzaba el negro y viejo castillo. Le había parecido que en uno de sus estrechos ventanucos había brillado una luz. Pero todo estaba en calma. Probablemente había sido una ilusión. Sólo se oía el sordo rumor del Dnipró y el chapoteo de las olas, que se reavivaron de pronto y resonaron sucesivamente en tres lugares distintos.

El Dnipró no se rebela. Como un viejo, rezonga y funfuña; todo le disgusta; todo cambia a su alrededor; el río pasa con su sereno rechazo por las montañas de la ribera, los bosques y las praderas, y se lleva su queja al Mar Negro.

De pronto en el anchuroso Dnipró surgió la negra silueta de una barca, y en el castillo de nuevo pareció brillar una luz. Danilo emitió un leve silbido y uno de sus fieles muchachos entró en la casa.

– ¡Stetsko, coge enseguida un afilado sable y una escopeta y ven conmigo!
-¿Te vas? -le preguntó la señora Katerina.
-Sí, esposa mía. Debo inspeccionar todos los lugares para cerciorarme de que todo está en orden.

-Me da miedo quedarme sola. Siento que me vence el sueño. ¿Y si vuelvo a soñar lo mismo? Ni siquiera estoy segura de que fuera un sueño. ¡Parecía todo tan real!

-La vieja se quedará contigo; además, en el zaguán y en el patio duermen los kozakos.

-La vieja ya está dormida y los kozakos no me ofrecen mucha confianza. ¡Escucha, señor Danilo! Enciérrame en la habitación y lleva la llave contigo. De ese modo, no tendré tanto miedo; en cuanto a los kozakos, ordénales que se acuesten delante de mi puerta.

-¡Así lo haré! -dijo Danilo, quitando el polvo de su escopeta y echando pólvora en la cazoleta.

El fiel Stetsko estaba ya vestido con todo su equipo kozako. Danilo se puso su gorro de piel de cordero, cerró la ventana, echó el cerrojo, dio vuelta a la llave y, pasando entre los kozakos dormidos, salió en silencio de la casa y se dirigió a las montañas.

El cielo estaba libre de nubes casi en su totalidad. Una brisa fresca y suave se levantaba del Dnipró. De no haber sido por el lejano quejido de una gaviota, todo hubiera parecido mudo. De pronto, se oyó un susurro… Burulbash y su fiel sirviente se ocultaron en silencio detrás de los endrinos que cubrían uno de los lugares de observación. Alguien, vestido con un caftán rojo, armado de dos pistoletas y un sable que llevaba en el costado, descendía por la montaña.

¡Es mi suegro! -exclamó el señor Danilo, observándolo desde detrás de los arbustos-.

¿Adónde puede ir a estas horas? ¡Stetsko, no te distraigas! Abre bien los ojos y mira qué camino toma el señor padre. -El hombre del caftán rojo descendió hasta la orilla y giró en dirección al promontorio-. ¡Ah, mira adónde se dirige! -dijo el señor Danilo-. Qué dices Stetsko, se encamina a la guarida del brujo.

– ¡Sí, no puede ir a otro sitio, señor Danilo! De lo contrario, le habríamos visto salir por el otro lado. Ha desaparecido cerca del castillo.

-Vamos. Salgamos de aquí y sigamos sus huellas. Aquí hay gato encerrado. Sí, Katerina, ya te decía yo que tu padre no era un hombre de bien. No se comportaba como un ortodoxo.

El señor Danilo y su fiel sirviente llegaron al promontorio de la orilla; ya no era posible verlos; el impenetrable bosque que rodeaba el castillo los ocultaba. En el ventanuco superior brilló una pálida luz. Los kozakos se encontraban abajo y se preguntaban cómo hacer para subir hasta allí. No se veía puerta ni cancela. Seguramente en el patio había una entrada, pero ¿cómo penetrar por ella? En la lejanía se oía cómo gemían las cadenas y corrían los perros.

-No hay nada que pensar -exclamó el señor Danilo, viendo que junto a la ventana se alzaba un frondoso roble-. ¡Quédate ahí, muchacho! Yo voy a subir a ese árbol; desde allí podré mirar por la ventana.

A continuación se quitó el cinturón, se desprendió del sable para que no hiciera ruido, se agarró de una rama y empezó a trepar. El ventanuco seguía iluminado. Danilo se sentó en una rama muy próxima a la ventana, se sujetó con una mano al árbol y se puso a observar; la habitación estaba iluminada, aunque no se veía en ella ni una sola vela; en las paredes había signos extraños y armas colgadas, todas muy singulares: ni los turcos, ni los crimeanos, ni los polacos, ni los cristianos, ni el glorioso pueblo sueco las usaban así. Bajo el techo, algunos murciélagos revoloteaban de un lado para otro, proyectando sus sombras sobre las paredes, las puertas y el suelo. De pronto la puerta se abrió sin ruido y un hombre, vestido con un caftán rojo, entró en la habitación y se dirigió hacia la mesa, cubierta con un mantel blanco. «¡Es él, es mi suegro!» El señor Danilo se agachó ligeramente y se apretó aún más contra el árbol.

Pero el viejo no se preocupó de mirar si alguien le espiaba por el ventanuco. Tenía un aspecto sombrío y malhumorado; arrancó el mantel que cubría la mesa y de pronto toda la estancia quedó tenuemente iluminada por una luz de un azul transparente. La otra luminosidad no se mezclaba con ella, sino que sus ondas, de color oro pálido, parecían zambullirse y hundirse como en un mar azul, formando vetas como las del mármol. En ese momento el brujo puso una olla sobre la mesa y empezó arrojar en su interior algunas hierbas.

El señor Danilo, que no perdía detalle, notó que el hombre no vestía ya el caftán rojo; ahora llevaba unos pantalones bombachos como los de los turcos, unas pistolas colgadas del cinto y un gorro muy extraño, cubierto de unas letras que no eran rusas ni polacas. Danilo miró su rostro, que empezó a transformarse: la nariz se alargó y se curvó sobre los labios; la boca, en un instante, se estiró hasta las orejas; un diente asomó por la boca y se torció hacia un lado: tenía ante él al mismo brujo que había aparecido en la boda celebrada en casa del esaúl. «¡Tu sueño decía la verdad, Katerina!», pensó Burulbash.

El brujo se puso a dar vueltas alrededor de la mesa, mientras los signos de la pared cambiaban rápidamente y los murciélagos volaban más veloces, subiendo y bajando, yendo y viniendo. La luz azulada se fue haciendo cada vez más suave hasta que pareció apagarse del todo. La pieza se iluminó entonces con una suave luminosidad rosada. La extraña luz pareció difundirse por toda la estancia con una suerte de tintineo, pero de pronto desapareció, instaurándose la penumbra. Sólo se oía un ruido semejante al del viento en una hora serena de la tarde, cuando gira sobre el espejo de las ondas e inclina aún más los sauces sobre las aguas de plata. Al señor Danilo le pareció que en la habitación brillaba la luz de la luna, que se movían las estrellas, que el cielo azul oscuro refulgía de manera imprecisa e incluso que el fresco aire nocturno le golpeaba el rostro.

También creyó ver el señor Danilo (llegados a este punto tuvo que tirarse del bigote para asegurarse de que no estaba soñando) que en el interior de la habitación no se dibujaba ya el cielo, sino su propio dormitorio: de la pared colgaban sus sables tártaros y turcos; más arriba estaban los anaqueles con la vajilla y los utensilios domésticos; sobre la mesa descansaban el pan y la sal; la cuna pendía del techo… Pero en lugar de los iconos aparecían unos rostros espantosos; sobre la yacija… pero de pronto una espesa niebla lo cubrió todo y se restableció la oscuridad. De nuevo, con un sonido extraño, esa luminosidad rosada iluminó toda la habitación, en cuyo centro, inmóvil, se encontraba el brujo, tocado de ese singular turbante. Los ruidos se hicieron más fuertes y frecuentes, la suave luz rosada se volvió más intensa, mientras una sustancia blanca, semejante a una nube, empezó a flotar en medio de la habitación; al señor Danilo le pareció que aquello no era una nube, sino una mujer. Pero ¿qué la conformaba? ¿Acaso estaba tejida de aire? ¿Cómo era posible que se mantuviera en pie, sin tocar el suelo y sin apoyarse en nada, y que a través de ella pasara la luz rosada y se viera la sucesión de los signos en la pared?

De pronto su cabeza translúcida pareció moverse y sus ojos azules brillaron suavemente; sus cabellos ondulaban y caían sobre sus hombros como una niebla de color gris claro; sus labios adquirieron una pálida tonalidad escarlata, semejante al rubor del alba cuando se vierte, de modo apenas perceptible, a través del velo blanco y transparente del cielo matinal; las cejas eran una fina sombra… ¡Ah! ¡Era Katerina! En ese momento Danilo sintió que sus miembros se petrificaban; quiso decir algo, pero sus labios se movían sin proferir ningún sonido. El brujo seguía inmóvil en su lugar.

-¿Dónde has estado? -preguntó, y la figura que estaba ante él empezó a temblar.
-¡Oh! ¿Por qué me has llamado? -exclamó ésta con un suave gemido-. Me sentía tan alegre. Estaba en el lugar en el que nací y pasé los primeros quince años de mi vida. ¡Oh, qué a gusto me encontraba! ¡Qué verde y perfumado era el prado en el que jugaba de niña! ¡Las mismas flores silvestres, la misma casa, el mismo jardín! ¡Oh, cómo me abrazaba mi bondadosa madre! ¡Cuánto amor se leía en sus ojos! Me acariciaba, me besaba en los labios y en las mejillas, y arreglaba con un fino peine mi rubia trenza… ¡Padre! -y al pronunciar esa palabra miró fijamente al brujo con sus pálidos ojos-. ¿Por qué degollaste a mi madre?

El brujo la amenazó con el dedo.
-¿Acaso te he pedido que hables de ese tema? -y la belleza etérea tembló-. ¿Dónde has dejado a tu señora?

-Mi señora Katerina está dormida, y yo, aprovechando la ocasión, he ascendido por el aire y me he echado a volar. Hacía mucho tiempo que tenía ganas de ver a mi madre. De pronto volví a verme con quince años. Me sentía tan ligera como un pájaro. ¿Por qué me has llamado?

-¿Recuerdas lo que te dije ayer? -preguntó el brujo con una voz tan baja que apenas se podían distinguir sus palabras.

-Sí, lo recuerdo. ¡Pero cuánto daría por olvidarlo! ¡Pobre Katerina! Su alma sabe muchas cosas que ella misma desconoce.

«Es el alma de Katerina» -pensó el señor Danilo, sin moverse de su sitio.

– ¡Arrepiéntete, padre! ¿No temes que después de cada uno de tus crímenes los muertos salgan de sus tumbas?

– ¡Ya vuelves con lo mismo! -la interrumpió el brujo con voz amenazante-. Cumpliré mi voluntad y te obligaré a hacer lo que quiero. ¡Katerina me amará!

-¡No eres mi padre, eres un monstruo! -gimió ella-. ¡No, no te saldrás con la tuya! Es verdad que, gracias a tus conjuros impuros, eres capaz de invocar su alma y atormentarla, pero sólo Dios puede obligarla a hacer lo que se le antoje. No, mientras yo siga atada a su cuerpo, Katerina jamás cometerá un acto sacrílego. ¡Padre, el Juicio Final está cerca! Aunque no fueras mi padre, no podrías obligarme a engañar a mi amado y fiel esposo. Aunque mi marido me fuera infiel y yo no le amara, no le traicionaría, pues a Dios no le gustan las almas perjuras e infieles.

En ese momento fijó sus ojos pálidos en la ventana junto a la que se encontraba el señor Danilo, y se quedó inmóvil.

-¿Qué miras? ¿A quién ves allí? -gritó el brujo.

La etérea Katerina tembló. Pero el señor Danilo había tenido tiempo de bajar a tierra y se dirigía ya con el fiel Stetsko a sus montañas. «¡Es terrible, es terrible!», se decía, sintiendo cierto temor en su corazón de kozako; pronto atravesó el patio, donde dormían profundamente los kozakos, a excepción de uno, que montaba guardia y fumaba su pipa. Todo el cielo estaba sembrado de estrellas.

V

-¡Qué bien has hecho en despertarme! -dijo Katerina, frotándose los ojos con la manga bordada de su blusa y examinando de pies a cabeza a su marido, que no se apartaba de su lado-. ¡Qué sueño tan terrible he tenido! ¡Con qué dificultad respiraba mi pecho! ¡Uf! ¡Creí que iba a morir!

¿No seria tu sueño así? -y el señor Danilo le contó a su esposa todo lo que había visto.

-¿Cómo sabes todo eso, esposo mío? -preguntó Katerina, estupefacta-. Pero no, muchas de las cosas que me cuentas me son desconocidas. Yo no he soñado que mi padre mataba a mi madre ni tampoco he visto cadáveres. No, Danilo, no ha sido como tú me cuentas. ¡Ah, qué terrible es mi padre! No es extraño que no hayas visto muchas cosas. No sabes ni una décima parte de lo que sabe tu alma. ¿Sabes que tu padre es el anticristo? El año pasado, cuando me disponía a marchar con los polacos contra los crimeanos (en aquel entonces todavía mantenía buenas relaciones con ese pueblo infiel), el superior del monasterio de Bratsk, que era un hombre santo, esposa mía, me dijo que el anticristo posee la facultad de invocar el alma de cualquier persona, pues cuando dormimos, nuestra alma vaga a su voluntad, y vuela con los arcángeles cerca de la morada de Dios. El rostro de tu padre me disgustó desde la primera vez que lo vi. Si hubiera sabido que tenías un padre semejante, no me habría casado contigo; habría renunciado a ti y no habría dejado caer sobre mi conciencia el pecado de emparentar con el linaje del anticristo.

– ¡Danilo! -exclamó Katerina, cubriéndose la cara con las manos y estallando en sollozos-. ¿Acaso soy culpable de algo ante ti? ¿Acaso te he engañado, amado esposo mío? ¿Qué he hecho para merecer tu cólera? ¿No te he servido fielmente? ¿He pronunciado algún reproche cuando te veía regresar ebrio de tus alegres francachelas? ¿Acaso no te he dado un hijo de negras cejas?

-No llores, Katerina. Ahora te conozco y no te abandonaré por nada del mundo. Todos los pecados caen sobre la conciencia de tu padre.

– ¡No, no digas que es mi padre! No es un padre para mí. ¡Dios es testigo de que reniego de él, de que reniego de mi padre! ¡Es un anticristo, un apóstata! ¡Que perezca, que se ahogue! No le tenderé mi mano para salvarlo. Si una hierba venenosa le reseca el cuerpo, no le daré agua para calmar su sed. ¡Tú eres mi padre!

VI

El señor Danilo tiene encerrado al brujo en un profundo sótano, atado con cadenas de hierro y bajo un triple candado; en la lejanía, por encima del Dnipró, las llamas devoran su castillo diabólico: olas rojas como la sangre envuelven y lamen sus viejos muros. El brujo no ha sido encerrado en el profundo sótano por sus actos de brujería y sus sacrilegios. Esos crímenes debe juzgarlos Dios. Ha sido condenado por su traición secreta, por su entendimiento con los enemigos de la tierra ortodoxa rusa, por vender al pueblo ucraniano a los católicos y prender fuego a las iglesias cristianas. El brujo tiene un aspecto sombrío; los pensamientos que alberga su cabeza son negros como la noche. Sólo le queda una jornada de vida, pues al día siguiente tendrá que despedirse del mundo. Al día siguiente debe subir al cadalso. Y el suplicio que le espera no es pequeño: saldría bien parado si le cocieran vivo en un caldero o despellejaran su cuerpo de pecador. El brujo tiene un aire sombrío y mantiene la cabeza baja. Quizás, viendo próxima la hora fatal, se ve asaltado por el arrepentimiento, pero sus pecados son de los que Dios no puede perdonar. Delante de él, en lo alto de la celda, hay una estrecha ventana con unos barrotes de hierro. Haciendo sonar sus cadenas, el brujo se acerca a la ventana con la esperanza de ver pasar a su hija. Es una mujer dulce como una paloma y no conoce el rencor; quizás se apiade de su padre…

Pero el lugar está desierto. El camino desciende por la ladera; nadie transita por él. Más abajo, las aguas del Dnipró pasan alegres, sin preocuparse de nadie, arremolinándose y levantando un monótono rumor que atormenta al prisionero.

De pronto alguien aparece en el camino. Sólo es un kozako. Y el prisionero deja escapar

un profundo suspiro. El lugar vuelve a quedar desierto. Poco después aparece otra persona en la lejanía… Una capa verde flota al viento… En la cabeza brilla una cofia dorada… ¡Es ella! El brujo se aprieta aún más contra la ventana. La muchacha ya está más cerca…

– ¡Katerina! ¡Hija mía! Apiádate de mí, compadécete…
Pero ella no le contesta y trata de no escucharle; sin volver siquiera la mirada hacia la prisión, pasa y desaparece. ¡Ni una persona en el mundo entero! El Dnipró levanta un lúgubre rumor. El corazón se llena de tristeza. Pero ¿es consciente el brujo de esa tristeza?

El día se aproxima a su fin. El sol se ha puesto. Ya ha desaparecido. Se ha hecho de noche. El aire es fresco; en algún lugar muge un buey; se oyen ruidos lejanos: probablemente las gentes han vuelto de sus trabajos y se divierten. Por el Dnipró pasa una barca… ¡Nadie se preocupa del prisionero! En el cielo brilla la hoz de plata. Alguien asciende por el camino. La oscuridad impide distinguir bien sus rasgos. Es Katerina, que regresa a casa.

– ¡Hija mía, por el amor de Cristo! ¡Ni siquiera los feroces lobeznos desgarran a su madre! ¡Hija mía, dirige al menos una mirada sobre tu criminal padre!

Pero ella sigue su camino sin escucharle.

-¡Hija mía, en nombre de tu desdichada madre! -la muchacha se detiene-. ¡Ven a recoger mi última palabra!

¿Qué quieres de mí, apóstata? ¡No me llames hija tuya! Entre nosotros no existe parentesco. ¿Qué es lo que solicitas de mí en nombre de mi desdichada madre?

-¡Katerina! Mi fin está próximo. Sé que tu marido quiere atarme a la cola de un caballo y lanzarlo al galope por los campos… Incluso es posible que invente un castigo más terrible todavía…

-¿Crees que existe en el mundo un castigo adecuado para tus pecados? Prepárate para soportarlo. Nadie va a interceder por ti.

-¡Katerina! No es el castigo lo que me asusta, sino los tormentos del otro mundo… Tú estás libre de pecado, Katerina, y tu alma irá volando al paraíso, junto a Dios; pero el alma de tu padre apóstata arderá en el fuego eterno, el que nunca se apaga: sus llamas no perderán nunca su pujanza. ¡Nadie dejará caer sobre ellas una gota de rocío! jamás soplará una ráfaga de viento! …

-No tengo poder para atenuar ese castigo -exclamó Katerina, dándose la vuelta.
– ¡Katerina! ¡Espera! ¡Déjame decirte una palabra más! ¡Aún no sabes cuán bondadoso y misericordioso es Dios! ¿Has oído hablar del apóstol Pablo? Era un gran pecador, pero después se arrepintió y se convirtió en un hombre santo.

-¿Qué puedo hacer yo para salvar tu alma? -preguntó Katerina-. El simple pensamiento resulta ridículo. ¡Sólo soy una débil mujer! ¡Si consiguiera salir de aquí, renunciaría a todo. Me arrepentiría. Me retiraría a una cueva. Cubriría mi cuerpo con un áspero cilicio y pasaría día y noche rezando a Dios! ¡No sólo respetaría la vigilia, sino que ni siquiera me llevaría un pedazo de pescado a la boca! Y si la misericordia divina no me perdonara al menos una centésima parte de mis pecados, me enterraría en la tierra hasta el cuello o me haría emparedar en un muro de piedra; no tomaría comida ni bebida y me moriría; y entregaría todos mis bienes a los monjes para que rezaran por la salvación de mi alma durante cuarenta días y cuarenta noches.

Katerina se quedó pensativa.
-Aunque te abriera la puerta, no podría liberarte de las cadenas.

-No le temo a las cadenas -dijo él-. ¿Dices que han encadenado mis brazos y mis pies? No, les nublé la vista y en lugar de mi brazo les presenté una rama seca. ¡Mírame, ninguna cadena me ata! -exclamó, avanzando hacia el centro de la pieza-. Si éstos fueran muros normales no los temería y los traspasaría, pero ni siquiera tu marido sabe qué paredes son éstas. Las construyó un santo asceta, y ninguna fuerza impura puede sacar de aquí a un prisionero, a no ser que la llave que cerraba la celda del santo abra la puerta. Una celda como esa me construiré yo, pecador empedernido, en cuanto salga de aquí.

-Escucha, voy a dejarte libre -dijo Katerina, deteniéndose ante la puerta-. Pero ¿y si me engañas y en lugar de arrepentirte reanudas tu pacto con el diablo?

-No, Katerina, no me queda mucho tiempo de vida. Aunque escape al castigo, mi fin está próximo. ¿Acaso piensas que quiero condenarme al suplicio eterno?

Los candados chirriaron.

-¡Adiós! ¡Que Dios misericordioso te proteja, hija mía! -exclamó el brujo, dándole un beso.

– ¡No te acerques a mí, pecador empedernido! ¡Vete enseguida! -dijo Katerina, pero el brujo ya había desaparecido.

-Le he dejado salir -exclamó asustada, mirando con tenor los muros-. ¿Qué le voy a decir a mi marido? Estoy perdida. ¡Sólo me queda enterrarme viva en una tumba! -la joven estalló en sollozos y se dejó caer sobre el tocón en el que se sentaba el prisionero-. No obstante, si he salvado un alma -se dijo en voz baja-, he realizado una buena acción. Pero mi marido… Es la primera vez que le engaño. ¡Oh, qué terrible, qué difícil me será decirle una mentira! ¡Alguien viene! ¡Es él! ¡Mi marido! -gritó desesperada, y cayó al suelo sin sentido.

VII

¡Soy yo, mi querida niña! ¡Soy yo, corazón mío! -oyó Katerina cuando recuperó el conocimiento, y vio ante ella a su vieja sirvienta. La mujer se inclinó y pareció murmurarle algunas palabras, mientras con su descarnada mano la rociaba con agua fría.

¿Dónde estoy? -preguntó Katerina, incorporándose y mirando a su alrededor-. Delante de mí se agita el Dnipró y detrás se encuentran las montañas… ¿Adónde me has traído, mujer?

No te he traído, sino que te he salvado: te he sacado en mis brazos de ese sofocante sótano y he cerrado la puerta con llave para que el señor Danilo no se enfade contigo.

¿Dónde está la llave? -preguntó Katerina, mirando su cinturón-. No la veo.

-La desanudó tu marido, hija mía, para ir a ver al brujo. -¿Para ir a ver al brujo? ¡Estoy perdida, mujer! -gritó Katerina.

– ¡No lo quiera Dios, niña mía! ¡Sólo tienes que guardar silencio, señorita, y nadie sabrá nada!

– ¡Ha huido ese maldito anticristo! ¿Has oído, Katerina? ¡Ha huido! -exclamó el señor Danilo, acercándose a su esposa. Sus ojos despedían fuego; su sable tintineaba y se balanceaba en su costado.

La esposa se sintió morir.
-Alguien ha debido liberarlo, amado esposo -dijo temblando.
-Así es, alguien lo ha liberado. Pero tiene que haber sido el diablo. Mira, en su lugar he encontrado un tronco encadenado. ¡Dios ha permitido que el diablo no tema las garras de un kozako! Si a alguno de mis hombres se le hubiera ocurrido liberarle… no sé qué tormento inventaría para castigarlo.

-¿Y si hubiera sido yo?… -dijo sin querer Katerina, y al instante se detuvo, llena de pavor.

-Si algo semejante se te hubiera ocurrido, ya no serías mi mujer. ¡Te metería en un saco y te arrojaría en medio del Dnipró!

Katerina se quedó sin aliento y sintió que sus cabellos se ponían de punta.

VIII

Los polacos se habían reunido en una taberna situada cerca de un camino fronterizo, y llevaban ya dos días de festejos. No era poca la chusma. Probablemente se habían juntado para realizar una incursión; algunos tenían incluso mosquetes; las espuelas entrechocaban, los sables tintineaban. Los señores se divertían y fanfarroneaban, hablaban de sus extraordinarias hazañas, se burlaban de la religión ortodoxa, hablaban de los ucranianos como si fueran sus criados, se atusaban los bigotes con aire de importancia, echaban la cabeza hacia atrás con gesto presuntuoso y se recostaban sobre los bancos. Los acompañaba un sacerdote católico.

Pero ese sacerdote era como ellos; ni siquiera tenía la apariencia de un pope cristiano: bebía y se divertía en su compañía, y su lengua impía pronunciaba comentarios desvergonzados. Los siervos se comportaban como los señores: se remangaban sus raídos caftanes y se pavoneaban, como si todo eso tuviera algún sentido. Jugaban a las cartas y se golpeaban en la nariz con los naipes. Llevaban con ellos mujeres ajenas. Por todas partes se oían ruidos y rumores de peleas. Los señores parecían poseídos por el demonio e inventaban todo tipo de bromas: cogían a un judío por la barba y dibujaban una cruz sobre su frente impía; disparaban con cartuchos vacíos sobre las mujeres y bailaban la danza cracoviana con su impío sacerdote. Ni siquiera en tiempos de los tártaros la tierra rusa había conocido un escándalo semejante. Por lo visto, como castigo por sus pecados, Dios la había condenado a soportar esa infamia. En medio del barullo general se oyó hablar de la hacienda que el señor Danilo tenía en la otra orilla del Dnipró y de su bella esposa… No, no tramaba nada bueno aquella pandilla.

IX

El señor Danilo está en su habitación, acodado sobre la mesa, y reflexiona. La señora Katerina reposa sobre la yacija y entona una canción.

-¡Qué tristeza siento, esposa mía! -exclamó el señor Danilo-. Me duele la cabeza, me duele el corazón. ¡La pesadumbre oprime mi pecho! Por lo visto la muerte me está rondando.

«¡Oh, mi amado esposo! ¡Apoya tu cabeza en mi hombro! ¿Por qué acoges en tu seno esos negros pensamientos?», pensó Katerina, pero no se atrevió a pronunciar esas palabras. Un sentimiento de culpabilidad la atormentaba al recibir las caricias de su marido.

-¡Escucha, esposa mía! -dijo Danilo-. Cuida bien de nuestro hijo cuando yo falte. Que Dios no te conceda felicidad ni en este mundo ni en el otro si lo abandonas. Mis huesos sufrirán cuando se pudran en la tierra húmeda, pero más sufrirá mi alma.

-¿Qué estás diciendo, esposo mío? ¿No eras tú el que te burlabas de nosotras, débiles mujeres? Y ahora tú mismo hablas como una débil mujer. Todavía te quedan muchos años por delante.

-No, Katerina, mi alma presiente que la muerte está próxima. De mi vida se ha adueñado la tristeza. Se avecinan tiempos difíciles. ¡Ah, cuánto me acuerdo de esos años que ya no volverán! ¡Todavía vivía el viejo Konashevich, honor y gloria de nuestro ejército! Aún me parece estar viendo a los regimientos kozakos desfilando. ¡Fueron unos años maravillosos, Katerina! El viejo hetman cabalgaba en su caballo moro y en su mano brillaba el cetro. Iba rodeado de su séquito y a ambos lados se movía el mar encarnado de los zaporogos. El hetman empezó a hablar y todos se quedaron como clavados al suelo. El viejo se echó a llorar, recordando ante nosotros sus hazañas y las batallas de antaño. ¡Ah, si supieras, Katerina, cómo peleábamos entonces contra los turcos! Aún conservo una marca en la cabeza. Cuatro balas atravesaron mi cuerpo por lugares diferentes y ninguna de las heridas se ha curado nunca del todo. ¡Cuánto oro amasamos esa jornada! Los kozakos llenaban sus gorros de piedras preciosas. ¡Si supieras, Katerina, qué caballos les tomamos entonces! ¡Ah, nunca volveré a guerrear así! Aunque todavía no soy viejo y mi cuerpo parece conservar sus fuerzas, la espada kozaka se me cae de las manos y paso los días ocioso, sin saber para qué vivo.

No hay orden en Ucrania: los coroneles y los esaúles riñen entre sí como perros. Falta un jefe que mande sobre todos. Nuestra nobleza ha adoptado los usos polacos, ha adquirido su astucia… ha vendido su alma aceptando la Unión. Los judíos oprimen a los pobres. ¡Oh, tiempos, tiempos pasados! ¿Adónde os habéis marchado, años míos? ¡Oye, muchacho, baja a la bodega y tráeme una jarra de hidromiel! ¡Voy a brindar por nuestra pasada fortuna y por los años lejanos!

-¿Cómo vamos a recibir a los invitados, señor? ¡Los polacos se acercan por el lado de las praderas! -dijo Stetsko, entrando en la jata.

-Sé lo que están buscando -dijo Danilo, levantándose-. ¡Ensillad los caballos, mis fieles servidores! ¡Ponedles los arneses! ¡Desenvainad los sables! ¡No olvidéis proveeros de plomo! ¡Tenemos que recibir a los invitados como se merecen! Pero apenas habían tenido tiempo los kozakos de montar en sus caballos y de cargar sus mosquetes, cuando los polacos, como hojas otoñales caídas del árbol, cubrieron toda la colina.

-¡Ya tenemos con quién entretenernos! -exclamó Danilo, mirando a los gordos señores polacos que, montados en caballos guarnecidos de oro, se balanceaban con aire grave al frente de sus tropas-. ¡Por lo visto, otra vez se nos presenta un jolgorio de los buenos! ¡Diviértete por última vez, alma kozaka! ¡Alegraos, muchachos, ha llegado el momento de la fiesta!

Y la diversión se extiende por las montañas. Empieza el festejo. Brillan las espadas, vuelan las balas, relinchan y patean los caballos. Los gritos enloquecen la cabeza, el humo ciega los ojos. Todo se confunde. Pero el kozako presiente dónde está el amigo y dónde el enemigo. Resuena una bala y un bravo jinete cae de su montura; voltea una espada y rueda por el suelo una cabeza, murmurando confusas palabras.

Pero en medio de la contienda se distingue la tapa roja del gorro kozako del señor Danilo; el cinturón dorado del caftán azul llama la atención; las crines de su caballo moro se arremolinan. Como un pájaro, aparece en un lado y en otro; grita y agita su sable de Damasco, descargando golpes a un lado y a otro. ¡Golpea, kozako! ¡Diviértete, kozako! Que tu arrojado corazón se regocije, pero no te fijes en los caftanes ni en los arneses dorados. ¡Aplasta el oro y las piedras preciosas! ¡Acomete, kozako! ¡Diviértete, kozako! No mires atrás: los polacos impíos prenden fuego ya a las jatas y liberan el asustado ganado. Como un torbellino, el señor Danilo vuelve grupas y su gorro de tapa roja brilla ya junto a las jatas, mientras el número de los que le rodean empieza a ralear.

Pasa una hora, pasa otra, y los polacos y los kozakos siguen peleando. Ya no quedan muchos ni de una parte ni de la otra. Pero el señor Danilo no se cansa. Con su larga pica derriba a los jinetes, y su intrépido caballo pisotea a los soldados de infantería; el patio está casi limpio; los polacos comienzan a dispersarse; los kozakos despojan a los muertos de sus caftanes dorados y de sus ricos arneses. El señor Danilo se aprestaba a perseguir al enemigo y miraba a su alrededor para reunir a los suyos, cuando se estremeció de ira al ver ante él al padre de Katerina. Se encontraba sobre una colina y le apuntaba con un mosquete. Danilo espolea a su caballo y se lanza contra él…

¡Kozako, te diriges a tu perdición! El brujo dispara el mosquete y desaparece detrás de la colina. Sólo el fiel Stetsko ha visto su vestimenta roja y su extraño sombrero. El kozako se ha tambaleado, el kozako ha caído a tierra. El fiel Stetsko se precipita sobre su señor y lo encuentra tendido en el suelo, con los párpados cerrados sobre los ojos claros. La purpúrea sangre borbotea sobre su pecho. Pero el moribundo parece adivinar la presencia de su fiel servidor. Lentamente entreabre los párpados y sus ojos brillan por un momento. «¡Adiós, Stetsko! ¡Dile a Katerina que no abandone a nuestro hijo! ¡Tampoco le abandonéis vosotros, mis fieles servidores!», y, tras pronunciar esas palabras, muere. Su alma de kozako abandona su noble cuerpo; sus labios se vuelven azules. El kozako duerme ya el sueño eterno.

El fiel sirviente estalla en sollozos y llama a Katerina con un gesto de la mano: «Ven, señora, ven: mal festín ha tenido tu señor. Yace ebrio sobre la tierra húmeda. Mucho tiempo tardará en despertar de su borrachera».

Katerina levanta los brazos al cielo y se desploma sobre el cuerpo muerto. «Marido mío, ¿eres tú el que yace ahí con los ojos cerrados? Levántate, halcón amado. ¡Tiéndeme la mano! ¡Incorpórate! Mira al menos una vez a tu Katerina, mueve los labios, pronuncia aunque sea una sola palabra… ¡Pero callas, callas, mi noble señor! Te has vuelto tan azul como el Mar Negro. ¡Tu corazón no late! ¿Por qué estás tan frío, señor mío? ¡Sin duda mis lágrimas no son lo bastante ardientes para calentarte! ¡Sin duda mi llanto no es lo bastante fuerte para poder despertarte! ¿Quién dirigirá ahora tus huestes? ¿Quién cabalgará sobre tu caballo moro, proferirá el estridente grito de guerra y blandirá el sable delante de los kozakos? ¡Kozakos, kozakos! ¿Dónde están vuestro honor y vuestra gloria? Yace aquí con los ojos cerrados sobre la tierra húmeda. ¡Enterradme también a mí, enterradme con él! ¡Cubridme los ojos de tierra! ¡Aplastad con tablones de arce mis blancos pechos! ¡Ya no necesito para nada mi belleza!»

Katerina llora y se desespera. Mientras, el horizonte se cubre de polvo: el viejo esaúl Gorobets acude en su ayuda.

X

Es maravilloso contemplar el Dnipró en un día despejado, cuando sus aguas corren tranquilas y desembarazadas entre bosques y colinas. No se oye ni un ruido, ni un chapoteo. Al mirar su extensión majestuosa, no se sabe si ésta fluye o permanece inmóvil; se diría que es todo de vidrio, que un camino azul y cristalino, de una anchura inmensa y una longitud infinita, avanza y serpentea entre un mundo de verdura. Entonces el sol ardiente se complace en mirar desde las alturas y en hundir sus rayos en las frescas y cristalinas aguas. También los bosques ribereños se solazan reflejándose en las ondas. Con sus verdes guedejas y sus flores campestres se agolpan junto a las aguas, se inclinan para mirarse en ellas y, sin cansarse de admirar su clara imagen, le sonríen y le saludan agitando las ramas. Pero en el centro del Dnipró no se atreven a contemplarse: sólo el sol y el cielo azul hunden allí su mirada.

Rara vez pasa un ave por el medio de su cauce. ¡Suntuoso río! ¡No hay otro igual en el mundo! Es maravilloso contemplarlo una tibia noche de verano, cuando todas las criaturas -hombres, bestias y aves- duermen; y sólo Dios dirige una mirada majestuosa sobre el cielo y la tierra y sacude con imponente gesto su casulla, sembrando el firmamento de estrellas, que brillan y relucen sobre el mundo y se reflejan todas juntas en el Dnipró. A todas las acoge el río en su oscuro seno. Ninguna se le escapa, a menos que se apague en el cielo. El negro bosque, repleto de cuervos dormidos, y las montañas, quebradas desde tiempos remotos, se inclinan sobre él, tratando de cubrirlo aunque sea con su larga sombra. ¡Pero es en vano! No hay nada en el mundo que pueda cubrir al Dnipró. Azul, profundamente azul, fluye con curso regular, siempre visible, tanto de día como de noche, desde tan lejos como alcanza a ver el ojo humano. Arrimándose y apretándose contra la orilla para protegerse del frío nocturno, deja correr por su superficie un hilo de plata, que refulge como la hoja de un sable damasquinado; luego, de nuevo azul, se queda dormido. ¡También es maravilloso entonces el Dnipró y no hay río en el mundo que lo iguale! Cuando las nubes azules se amontonan en el cielo, el negro bosque se estremece hasta las raíces, los robles crujen y el relámpago, quebrando las nubes, ilumina de repente el mundo entero, el Dnipró adquiere un aspecto terrible. Montañas de agua retumban, se golpean contra los riscos, retroceden entre gemidos y resplandores, lloran y sollozan en la lejanía.

Así se lamenta la vieja madre del kozako cuando su hijo parte para la guerra. Lleno de ebriedad y de arrojo, cabalga sobre su caballo moro, con los puños en las caderas y el gorro inclinado con gallardía sobre la nuca. La madre gime y corre tras él, se agarra del estribo, sujeta las riendas, se retuerce las manos y vierte ardientes lágrimas.

Entre las olas embravecidas destacan las negras y siniestras siluetas de los troncos carbonizados y las piedras de un promontorio. Golpeándose en la ribera, subiendo y bajando al capricho de las olas, una barca trata de ganar la orilla. ¿Qué kozako se atreve a pasearse en barca cuando el viejo Dnipró está irritado? Seguramente no sabe que se traga a los hombres como si fueran moscas.

La barca atraca y de ella sale el brujo. Está malhumorado. Le apenan los festejos fúnebres que los kozakos celebraban en honor de su difunto jefe. Los polacos lo han pagado caro: cuarenta y cuatro caballeros con sus arneses y sus caftanes y treinta y tres criados han sido cortados en pedazos; en cuanto a los restantes, han sido capturados, junto a sus caballos, para ser vendidos a los tártaros.

El brujo baja por unos peldaños de piedra, entre troncos carbonizados, hasta llegar a una cueva excavada a gran profundidad. Entra en silencio, sin hacer rechinar la puerta, pone una olla sobre la mesa, cubierta con un mantel, y arroja en su interior, con sus largas manos, unas misteriosas hierbas; luego coge una jarra tallada en una madera extraña, la llena de agua y empieza a verterla al tiempo que mueve los labios y murmura algunos conjuros. En la pieza aparece una luz rosada; en ese momento, el rostro del brujo adquiere un aspecto terrible: parece ensangrentado y está surcado de profundas y negras arrugas; sus ojos brillan como fuego. ¡Qué impío pecador! Hace tiempo que su barba luce canas, las arrugas recorren su cara y todo su cuerpo está seco, pero aún sigue tramando designios sacrílegos. En medio de la pieza surge una nube blanca y un sentimiento parecido a la alegría se dibuja en la cara del brujo. Pero ¿por qué se queda de pronto inmóvil y con la boca abierta, sin atreverse a cambiar de postura? ¿Por qué sus cabellos se ponen de punta? En la nube ha surgido un rostro extraño.

Ese rostro ha venido a visitarlo sin haber sido invitado ni invocado; cuanto más se aclara la imagen, más fija el brujo en ella sus ojos inmóviles. Sus rasgos, sus cejas, sus ojos, sus labios: todo le resulta desconocido. Jamás en su vida lo ha visto. Se diría que ese rostro no tiene nada de terrible, pero un invencible pavor se apodera del brujo. El rostro desconocido y extraño le mira con ojos inmóviles a través de la nube. Poco después la nube desaparece, pero los rasgos desconocidos se perfilan aún más, y los penetrantes ojos no se apartan de él. El brujo se queda pálido como un lienzo. Con una voz salvaje e irreconocible lanza un grito y vuelca la olla.

Todo desaparece.

XI

-¡Cálmate, mi querida hermana! -decía el viejo esaúl Gorobets-. Los sueños rara vez dicen la verdad.

-¡Tiéndete, hermanita! -decía su joven nuera-. Voy a llamar a una vieja hechicera; no hay fuerza que se le resista. Ella verterá el perepoloj.

-¡No temas nada! -decía el hijo del esaúl, poniendo la mano en el pomo del sable-. Nadie te hará daño.

Katerina los miraba a todos con ojos sombríos y turbios y no sabía qué decir: «Yo misma me he labrado mi desgracia. Fui yo quien le dejó escapar», pensaba; finalmente exclamó: -¡No me da un instante de paz! Hace ya diez días que estoy con vosotros en Kyiv y mi dolor no ha disminuido ni un ápice. Pensaba que aquí al menos encontraría el reposo para criar a mi hijo y prepararlo para la venganza… ¡Pero ha aparecido en mi sueño con un aspecto horrible, horrible! ¡Dios os libre de verlo! Mi corazón todavía sigue alterado. «Si no te casas conmigo, Katerina -gritaba-, mataré a tu hijo» -y estallando en sollozos, se precipitó sobre la cuna, donde el asustado niño tendía sus manos y gritaba.

Al escuchar esas palabras, el hijo del esaúl temblaba de cólera, hervía de ira. El mismo esaúl Gorobets también se enfureció:

-Que se atreva ese maldito anticristo a venir aquí; comprobará si la mano de un viejo kozako conserva su vigor. Dios sabe -dijo, levantando al cielo sus perspicaces ojos que volé en ayuda de mi hermano Danilo. ¡Pero Su Santa Voluntad lo dispuso todo de otro modo! Cuando llegué lo encontré en el frío lecho en el que tantos kozakos han yacido. Pero ¿no fue fastuosa la fiesta fúnebre que organizamos en su honor? ¿Dejamos a un solo polaco con vida? ¡Tranquilízate, hija mía! Mientras mi hijo y yo vivamos, nadie se atreverá a hacerte daño.

Tras pronunciar esas palabras, el viejo esaúl se acercó a la cuna; el niño, al ver la pipa roja con montura de plata que llevaba colgada del cinturón y el saquito con el brillante eslabón, tendió sus manitas hacia él y se echó a reír.

-Se parecerá a su padre -dijo el viejo esaúl, desatando la pipa y entregándosela-. Todavía no ha dejado la cuna y ya quiere fumar en pipa.

Katerina dejó escapar un suave suspiro y empezó a mecer la cuna. Decidieron pasar la noche juntos, y poco después todos se quedaron dormidos. También Katerina se durmió. Tanto en el patio como en la jata reinaba el silencio. Los únicos que no dormían eran los kozakos que montaban guardia. De pronto Katerina lanzó un grito y se despertó. También los otros se despertaron. «¡Lo ha matado, lo ha degollado!», gritó, precipitándose sobre la cuna.

Todos la rodearon y se quedaron petrificados de tenor cuando vieron que el niño estaba muerto. Ninguno se atrevió a pronunciar palabra; no sabían qué pensar de ese crimen inaudito.

XII

Lejos de las tierras ucranianas, más allá de Polonia e incluso de la populosa ciudad de Lviv, se suceden hileras de montañas de elevadas cumbres. Como cadenas de piedra, rechazan la tierra a derecha e izquierda y la recubren de una pétrea coraza para cerrar el paso al tempestuoso y embravecido mar. Las cadenas de piedra se extienden hasta Valaquia y Transilvania, y su mole en forma de herradura se alza entre los pueblos galitziano y húngaro.

En nuestras tierras no hay montañas semejantes. El ojo no se atreve a contemplarlas; algunas de sus cumbres jamás han sido holladas por el hombre. Su aspecto es extraño: ¿no será que el mar desafiante, desbordando un día de tormenta sus vastas costas, lanzó en un torbellino sus monstruosas olas, y éstas, una vez petrificadas, quedaron inmóviles en el aire? ¿No se habrán desprendido del cielo algunas pesadas nubes y se habrán acumulado sobre la tierra? Pues tienen el mismo color gris que las nubes y sus blancas cumbres brillan y relucen a la luz del sol. Hasta los Cárpatos se oye hablar la lengua rusa, e incluso más allá de las montañas, en algún que otro lugar, se percibe como un eco de nuestro idioma natal; pero más allá la fe ya no es la misma ni tampoco la lengua. Allí viven los húngaros, pueblo populoso: montan a caballo, manejan el sable y beben tan bien como los kozakos; además, cuando se trata de comprar arneses y ricos caftanes, no escatiman los doblones de su bolsa. Entre las montañas hay lagos grandes y vastos, que se mantienen inmóviles como cristal y lo mismo que espejos reflejan las desnudas cumbres de las montañas y sus verdes laderas.

Pero ¿quién es aquel que, en medio de la noche, brillen o no las estrellas, cabalga en un inmenso caballo moro? ¿Quién es ese bogatir (Héroe legendario de la épica y el folclore ucranianos) de talla sobrehumana que galopa al pie de las montañas y cerca de los lagos, reflejándose con su caballo gigantesco en las quietas aguas, mientras su sombra infinita se proyecta de manera espantosa sobre las montañas? Su armadura repujada centellea; sobre el hombro se recorta una pica; en la silla tintinea un sable; lleva el casco calado sobre la frente; el bigote negro destaca sobre los labios; tiene los ojos cerrados y bajas las pestañas: está dormido. Y aun dormido, sostiene las riendas; detrás de él, en el mismo caballo, va sentado un joven paje que también duerme y dormido se sujeta al bogatir. ¿Quién es? ¿Adónde se dirige y por qué? Nadie lo sabe. Hace más de un día y de dos que recorre estas montañas. Cuando amanece y sale el sol no se le ve. Sólo alguna que otra vez los montañeses advierten que una larga sombra atraviesa las montañas, aunque el cielo esté despejado y libre de nubes. Pero en cuanto la noche trae de nuevo las tinieblas, vuelve a hacerse visible y se refleja en los lagos, mientras su sombra, temblando, galopa detrás. Ha
atravesado muchas montañas y ha iniciado la ascensión al Kriván, la cumbre más alta de los Cárpatos, que se alza, como un soberano, por encima de las otras. En ese punto se detienen caballo y jinete; este último se hunde en un sueño aún más profundo, mientras las nubes descienden sobre él y lo ocultan.

XIII

-¡Silencio, mujer! No hagas tanto ruido. Mi niño se ha quedado dormido. Ha estado un buen rato gritando, pero ahora duerme. ¡Voy a ir al bosque, mujer! Pero ¿por qué me miras así? ¡Me das miedo! Te salen de los ojos unas tenazas de hierro… ¡Ah, qué largas son! ¡Y brillan como el fuego! ¡Debes ser una bruja! ¡Si es así, desaparece de aquí! Me robarás a mi hijo. ¡Qué estúpido es este esaúl! Piensa que me gusta vivir en Kyiv. No, aquí están mi marido y mi hijo, pero ¿quién cuidará de la jata? Me he movido con tanto sigilo que ni el gato ni el perro me han sentido salir. ¿Quieres volverte joven, mujer? Es muy fácil: no tienes más que bailar.

Mira cómo bailo yo… -Y tras pronunciar esas incoherentes palabras, Katerina, con las manos en las caderas, se puso a bailar, dirigiendo a uno y otro lado miradas de loca. Sin dejar de gritar, empezó a zapatear sin medida ni compás, mientras las hebillas de plata de sus botas tintineaban. Sus negras trenzas desanudadas flotaban sobre su blanco cuello. Como un pájaro, volaba sin parar, agitando los brazos y moviendo la cabeza; parecía como si de un momento a otro, agotadas todas sus fuerzas, fuera a caer desplomada o a elevarse sobre la tierra.

La vieja nodriza la contemplaba con pesar, mientras sus profundas arrugas se llenaban de lágrimas; a los fieles servidores se les oprimía el corazón cuando contemplaban a su señora. Completamente agotada, zapateaba con indolencia en el mismo lugar, pensando que estaba bailando la gorlitsa. «¡Tengo un collar, muchachos!», dijo por fin, deteniéndose. «¡Y vosotros no! … ¿Dónde está mi esposo?», gritó de pronto, sacando de su cinturón un puñal turco. «¡Oh, no es un cuchillo como éste lo que necesito!», al pronunciar esas palabras sus ojos se llenaron de lágrimas y en su rostro se dibujó una expresión de tristeza. «El corazón de mi padre yace a gran profundidad en su pecho; este puñal no podrá alcanzarlo. Su corazón es de hierro. Una bruja se lo ha forjado en el fuego del infierno. ¿Por qué no viene mi padre? ¿Acaso no sabe que ha llegado la hora de que lo apuñale? Por lo visto quiere que vaya yo misma a buscarlo…», y, sin acabar la frase, se rió de un modo extraño. «Me ha venido a la cabeza una historia muy divertida. Me he acordado del entierro de mi marido. El caso es que lo enterraron vivo… ¡Lo que pude reírme!… ¡Escuchad, escuchad!», y en lugar de continuar con su relato, entonó esta canción:

La carreta está ensangrentada
en ella yace un kozako,
despedazado, acribillado.
Lleva en la diestra un venablo
del que chorrea la sangre,
un arroyo de sangre.
En la orilla hay un plátano
y en sus ramas grazna un cuervo.

La madre llora por el kozako.
¡No llores, madre, no te aflijas!
Tu hijo ya se ha casado.
Ha tomado a una joven por mujer.
En la vasta llanura tiene su casa,
sin puerta ni ventanas.

Así acaba la canción. “El cangrejo bailaba con el pez… “

¡Y el que no me quiera a mí,
que su madre tiemble de fiebre!

De esa manera mezcla todas las canciones. Lleva ya dos días viviendo en su casa y no quiere oír hablar de Kyiv; no reza, se aparta de las gentes y de la mañana a la noche yerra por los oscuros robledales. Las agudas ramas arañan su blanco rostro y sus hombros; el viento sacude sus trenzas desanudadas; las hojas secas crujen bajo sus pies. Pero ella no se fija en nada. Es la hora en que palidece el crepúsculo, la luna no brilla y las estrellas aún no han despuntado, pero ya da miedo pasear por el bosque: se ve trepar a los árboles y agarrarse a las ramas a los niños que no han sido bautizados; sollozan, se ríen a carcajadas, ruedan por los caminos y por los campos cubiertos de ortigas de anchas hojas; de las ondas del Dnipró emergen en hilera las vírgenes que han perdido sus almas; los cabellos de sus cabezas verdes caen sobre los hombros; el agua, con un murmullo sonoro, corre por sus largas cabelleras y gotea sobre la tierra; cada una de ellas brilla en su cerco de agua como a través de una camisa de cristal; los labios esbozan una sonrisa maravillosa, las mejillas arden, los ojos seducen el alma… Parece como si se consumieran de amor, como si quisieran cubriros de besos… ¡Huye, cristiano! Sus labios son de hielo; su lecho, el agua fría; te atraerán y te llevarán al fondo del río. Katerina no se cuida de nadie; no tiene miedo, la insensata, de las ondinas: corre hasta muy tarde con su cuchillo, buscando a su padre.

Una mañana, al amanecer, llegó un apuesto forastero, vestido con un caftán rojo, y preguntó por el señor Danilo. Cuando se enteró de la nueva, secó con una manga sus ojos llenos de lágrimas y se encogió de hombros. Según decía, había guerreado junto al difunto Burulbash; juntos habían peleado contra los crimeanos y los turcos. ¿Quién podía imaginar que el señor Danilo iba a tener semejante fin? El forastero contó otras muchas cosas y solicitó ver a la señora Katerina.

Al principio Katerina no oía nada de lo que decía el forastero, pero poco a poco empezó a prestar atención a sus palabras como si fuera una persona cuerda. El forastero le contó que Danilo y él eran como hermanos y que en una ocasión se habían ocultado bajo un remo para escapar de los crimeanos… Katerina era toda oídos y no apartaba los ojos de él.

«¡Se restablecerá!», pensaban los sirvientes al mirarla. «¡Ese forastero la curará! ¡Le está escuchando como si estuviera en su sano juicio!»

El forastero empezó a contarle que el señor Danilo, en el transcurso de una sincera conversación, le había dicho: «Mira, hermano Koprián: cuando por voluntad de Dios ya no esté en este mundo, toma a mi mujer y que sea tu esposa…».

Katerina le miró aterrorizada. «¡Ah!», gritó. «¡Es él! ¡Es mi padre!», y se arrojó sobre él con el cuchillo. El hombre forcejeó con ella durante un buen rato, tratando de arrancarle el cuchillo. Finalmente se lo arrebató, alzó el brazo y se consumó un hecho terrible: el padre mató a su hija demente.

Los sorprendidos kozakos quisieron atraparlo, pero el brujo había saltado sobre su caballo y se perdía ya de vista.

XIV

Más allá de Kyiv tuvo lugar un prodigio inaudito. Todos los señores y los hetmanes se habían reunido para admirarlo: de pronto se habían vuelto visibles los más remotos confines de la tierra. A lo lejos destacaban las olas azules del Liman y más allá se extendía el Mar Negro. Aquellos que habían visto mucho mundo reconocieron incluso Crimea, emergiendo cual montaña del mar, y el cenagoso Sivash. A la izquierda se veía la tierra de Galitzia.

-Y eso, ¿qué es? -preguntaban las gentes reunidas a los viejos, señalando unas cumbres grises y blancas, semejantes a nubes, que se recortaban a lo lejos en el cielo.

-¡Son los montes Cárpatos! -decían los viejos-. Allí hay montañas con nieves perpetuas, en las que las nubes se posan para pernoctar.

En ese momento se produjo una nueva maravilla: las nubes se desprendieron de la montaña más alta y en su cumbre apareció un hombre montado a caballo, con todos sus arreos de caballero; llevaba los ojos cerrados y se distinguía con tanta claridad como si estuviera muy próximo.

Entonces, en medio de la multitud atónita y aterrada, un hombre saltó sobre su caballo y, dirigiendo una mirada despavorida a su alrededor, como tratando de ver si alguien le perseguía, espoleó apresuradamente a su montura y se lanzó a todo galope. Era el brujo. ¿Por qué tenía tanto miedo? Al mirar atemorizado al extraño caballero, había reconocido el rostro que había aparecido, sin que él lo hubiera llamado, cuando se entregaba a sus conjuros. Sin comprender él mismo por qué esa visión le perturbaba tanto y sin dejar de mirar aterrorizado a su alrededor, cabalgó hasta que se hizo de noche y brillaron las estrellas. Entonces giró para dirigirse a su casa, quizás con intención de preguntar a las fuerzas impuras por el significado de ese prodigio.

Se aprestaba ya a franquear con su caballo un estrecho río, que atravesaba el camino como una manga, cuando de pronto el caballo se detuvo en pleno galope, volvió el hocico hacia él y, ¡extraño prodigio!, se echó a reír. Dos hileras de blancos dientes cen-tellearon espantosamente en la oscuridad. El brujo sintió que los cabellos se le ponían de punta. Profirió un grito salvaje, sollozó como un poseso y lanzó su caballo derecho sobre Kyiv. Tenía la impresión de que todo cuanto le rodeaba le perseguía: los árboles de un sombrío bosque, como si estuvieran vivos, movían sus negras barbas y extendían sus largas ramas, tratando de ahogarlo; las estrellas parecían correr delante de él, mostrando a todo el mundo a aquel pecador; se diría que el mismo camino le perseguía. El desesperado brujo volaba hacia Kyiv y sus santos lugares.

XV

Un ermitaño, solo en su cueva, estaba sentado ante la lámpara y no apartaba los ojos de un libro sagrado. Llevaba muchos años recluido en esa caverna. Se había construido un ataúdde tablas que le servía de lecho. El santo anciano cerró el libro y se puso a orar… De pronto entró corriendo un hombre de aspecto extraño y terrible. El santo ermitaño, desconcertado por primera vez en su vida, retrocedió al ver a ese hombre. El desconocido temblaba como una hoja; sus ojos miraban despavoridos y despedían un fuego terrible y pavoroso; su rostro monstruoso estremecía el alma.

-¡Padre, reza! ¡Reza! -gritó desesperado-. ¡Reza por un alma condenada! -y se desplomó sobre el suelo.

El santo ermitaño se santiguó, cogió el libro y lo abrió, pero, presa del terror, lo dejó y retrocedió.

– ¡No, pecador empedernido! ¡No hay perdón para ti! ¡Vete de aquí! ¡No puedo rezar por ti!

-¿No? -gritó el pecador fuera de sí.

-Mira: las santas letras del libro se han cubierto de sangre. ¡Nunca ha habido en el mundo un pecador como tú!

– ¡Padre, te estás burlando de mí!

– ¡Vete de aquí, maldito pecador! No me estoy burlando de ti. Me siento dominado por el miedo. ¡Tu compañía no es recomendable para nadie!

– ¡No, no! Te burlas de mí, no me engañes… Veo cómo se abre tu boca y aparecen las blancas hileras de tus viejos dientes…

Y, lanzándose como un poseso sobre el santo ermitaño, lo mató.

Se oyó un profundo gemido que recorrió los campos y los bosques. Más allá de la espesura se alzaron unas manos enjutas y secas, con largas uñas, que se estremecieron y desaparecieron. El brujo ya no sentía nada, ni siquiera miedo. Todo le parecía incierto. Sus oídos y su cabeza zumbaban como después de una borrachera; el panorama que se abría ante sus ojos se cubría como de una tela de araña. Tras saltar sobre su caballo, avanzó en línea recta hacia Kánev, pensando en atravesar Cherkasy, dirigirse a Crimea y unirse a los tártaros, aunque no sabía con qué objeto. Cabalgó un día y después otro, y Kánev no aparecía. No obstante, el camino era el correcto; hacía tiempo que debía haber llegado, pero Kánev seguía sin verse. En la lejanía brillaron las cúpulas de algunas iglesias; pero no era Kánev, sino Shumsk. El brujo se sorprendió al ver que estaba cabalgando en dirección contraria. Volvió grupas y se dirigió a Kyiv; al cabo de un día apareció una ciudad; pero no era Kyiv, sino Galich, una población aún más alejada de Kyiv que Shumsk y ya próxima a Hungría.

Sin saber qué hacer, volvió grupas una vez más, pero pronto advirtió que seguía avanzando en dirección contraria. Nadie en el mundo hubiera podido decir lo que experimentaba el alma del brujo, y aquel que se hubiera asomado a ella y hubiera visto lo que allí pasaba habría perdido el sueño y la risa para el resto de sus días. No era ira, miedo o cruel despecho lo que bullía en ella. No hay palabra en el mundo para describir ese sentimiento. Algo le quemaba por dentro y le consumía; hubiera querido aplastar el mundo entero con su caballo, coger la tierra que se extendía desde Kyiv a Galich, con sus habitantes y todo lo demás, y arrojarla al fondo del Mar Negro. Pero no era la cólera lo que le empujaba a ello; ni él mismo sabía a qué se debía ese deseo.

Todo su cuerpo empezó a temblar cuando aparecieron ante él los montes Cárpatos y el elevado Kriván, cubierto por una nube gris a modo de gorro, mientras su caballo seguía galopando y empezaba a ascender por las montañas. De pronto las nubes se desvanecieron y ante él apareció el jinete, con toda su temible majestad. El brujo trató de detenerse, tiró con todas sus fuerzas de las riendas; el caballo relinchaba de manera salvaje, erizaba las crines y galopaba hacia el jinete.

En ese momento el brujo sintió que todo su cuerpo quedaba petrificado: el inmóvil jinete se removía, abría los ojos y, al ver que el brujo avanzaba hacia él, se echaba a reír. Esa risa salvaje se expandió como un trueno por las montañas y resonó en el corazón del brujo, sacudiendo hasta su fibra más profunda. Le pareció que un ser muy vigoroso se deslizaba en su interior, se adentraba en sus entrañas y golpeaba con un martillo su corazón y sus venas…

¡Tan espantoso era el eco de esa risa en su alma! El jinete cogió al brujo con su terrible mano y lo levantó por los aires. El brujo murió al instante y, una vez muerto, abrió los ojos. Pero ya era un cadáver y como tal miraba: ni el vivo ni el resucitado tienen una mirada tan horrible. Dirigió a uno y otro lado sus ojos sin vida y vio cómo unos muertos, cuyos rostros se parecían al suyo como dos gotas de agua, se levantaban en Kyiv, en la tierra de Galitzia y en los Cárpatos. Pálidos, muy pálidos, unos más altos, otros más huesudos, rodearon al jinete, que sostenía en la mano su horrible presa. El jinete, riéndose de nuevo, arrojó al brujo al abismo.

Todos los cadáveres se lanzaron detrás, cogieron al muerto y clavaron en él sus dientes. Uno de ellos, el más alto, el más terrible de todos, quiso levantarse, pero no pudo: no tenía fuerzas para hacerlo; tanto había crecido bajo tierra, que si se hubiera levantado, habría derribado los Cárpatos, Valaquia y el país de los turcos; sólo pudo moverse un poco, pero la tierra entera se vio sacudida por un temblor. Muchas casas se derrumbaron por doquier y numerosas personas murieron aplastadas.

A menudo se escucha en los Cárpatos un silbido como si un millar de molinos agitara sus ruedas en el agua. Son los muertos que roen al muerto en el fondo de un abismo inaccesible, que el hombre jamás ha visto y al que teme aproximarse. A veces ocurre que la tierra tiembla de un extremo al otro del mundo; las personas instruidas lo atribuyen a que en algún lugar próximo al mar hay una montaña de la que brotan llamas y fluyen ríos ardientes. Pero los ancianos que viven en Hungría y en Galitzia saben más que ellos y aseveran que esas sacudidas se deben a que un cadáver grande, enorme, crecido bajo la tierra, quiere levantarse y hace temblar el suelo.

XVI

En la ciudad de Glújov un grupo de gente se había reunido alrededor de un viejo bandurista ciego y llevaba ya una hora oyéndole tocar. Nunca nadie había tocado tan bien la bandura ni había cantado canciones tan maravillosas. Primero había evocado los viejos tiempos de los hetmanes, de Sahaidachni y de Jmelnitski.

Aquella era otra época: los kozakos conocían días de gloria, aplastaban a los enemigos con sus caballos y nadie se atrevía a burlarse de ellos. El viejo también cantaba canciones alegres y miraba a las gentes como si las viera, mientras los dedos, cubiertos en sus extremos con dedales de hueso, volaban como moscas por encima de las cuerdas, dando la impresión de que éstas tocaban solas. Las personas que le rodeaban ni siquiera se atrevían a murmurar; los viejos permanecían con la cabeza baja y los jóvenes levantaban los ojos hacia el anciano.

-¡Esperad! -exclamó el viejo-. Voy a contaros una historia que sucedió en tiempos muy remotos.

La gente se aproximó aún más y el viejo empezó a cantar.

«En tiempos del señor Stepán, que era príncipe de Transilvania y también rey de los polacos, vivían dos kozakos: Iván y Pietro. Eran como dos hermanos.

“Escucha, Iván: todos los bienes que consigamos nos los repartiremos. Cuando uno de nosotros esté alegre, también se alegrará el otro; cuando uno sienta pena, ambos nos apenaremos; cuando uno consiga un botín, lo partirá por la mitad; cuando uno sea hecho prisionero, el otro venderá todo lo que tiene para pagar el rescate, y en último término se entregará él mismo.” Y en verdad todo lo que conseguían los kozakos se lo repartían, tanto el ganado ajeno como los caballos.

El rey Stepán guerreaba contra los turcos. Llevaba ya tres semanas batiéndose con ellos, pero aún no había conseguido expulsarlos. Entre los turcos había un pachá tan arrojado que con sólo diez jenízaros podía destruir todo un regimiento. El rey Stepán anunció entonces que, si algún valiente le traía a ese pachá vivo o muerto, le entregaría a él solo tanto dinero como repartía entre todo el ejército. “¡Vamos a coger al pachá, hermano!”, dijo Iván a Pietro. Y los kozakos se fueron cada uno por su lado.

Quién sabe si Pietro hubiera podido capturar al pachá, pero Iván lo llevaba ya con una cuerda alrededor del cuello ante el mismo rey. “¡Eres un joven valiente!”, le dijo el rey Stepán y ordenó que le entregaran tanto dinero como recibía todo el ejército; también dispuso que le dieran tierras en el lugar que quisiera y tantas cabezas de ganado como deseara. El mismo día que Iván recibió el dinero del rey lo repartió con Pietro; éste tomó la mitad, pero no pudo soportar que Iván hubiera recibido tales honores del rey y concibió un profundo rencor en lo más hondo de su corazón.

Los dos caballeros se dirigían a las tierras otorgadas por el rey, al otro lado de los Cárpatos. El kozako Iván había sentado a su hijo a sus espaldas y lo había atado a su cintura.

Cayó la noche, pero ellos seguían cabalgando. El niño se quedó dormido y el propio Iván empezó a dormitar. ¡No te duermas, kozako, en la montaña los senderos están llenos de peligros! … Pero el kozako tiene un caballo que siempre encuentra el camino, nunca tropieza ni da un paso en falso.

Entre las montañas hay un precipicio cuyo fondo nadie ha visto jamás; la distancia que hay hasta su entraña es la misma que separa el cielo de la tierra. Al borde mismo de ese precipicio discurre un camino por el que quizás pudieran pasar dos personas al mismo tiempo, pero no tres. El caballo del kozako adormilado avanzaba con cuidado. A su lado iba Pietro, temblando de alegría y reteniendo el aliento. Miró a su alrededor y empujó a su hermano adoptivo al precipicio.

El caballo, el kozako y el niño se precipitaron al abismo. No obstante, el kozako consiguió agarrarse a una rama, de modo que sólo el caballo se despeñó hasta el fondo. Con su hijo sobre los hombros, Iván empezó a trepar. Ya le faltaba poco para llegar arriba, cuando levantó los ojos y vio que Pietro alargaba la pica para derribarlo.

“Dios de justicia, cuánto mejor habría sido no levantar los ojos, para no ver cómo mi propio hermano blande su lanza para rechazarme. ¡Mi querido hermano! ¡Empújame con la pica, ya que así está escrito, pero coge a mi hijo! ¿Qué culpa ha cometido esta inocente criatura para merecer una muerte tan cruel?” Pietro se echó a reír y lo rechazó con la pica; el kozako y el niño se precipitaron en el fondo del abismo. Pietro se apoderó de todos los bienes y empezó a vivir como un pachá. Nadie tenía unas caballadas como él. Nadie tenía tantas ovejas y corderos. Pero también a Pietro le llegó su hora.

Cuando Pietro murió, Dios llamó a las almas de los dos hermanos, Pietro e Iván, para juzgarlas. “¡Este hombre es un gran pecador”, dijo Dios. “¡Iván! No soy capaz de encontrar un castigo para él. ¡Elígelo tú mismo!” Iván pasó un buen rato buscando un castigo adecuado y finalmente exclamó: “Este hombre me ha causado una gran ofensa: traicionó a su hermano como Judas y me privó de mi progenie y de mi descendencia. Y un hombre sin progenie ni descendencia es como un grano de trigo que se pierde en vano. Si el grano no brota, nadie sabrá jamás que allí fue arrojada una semilla”.

“¡Dios mío, haz que toda su progenie no conozca la felicidad en la tierra! ¡Que el último de sus descendientes sea un criminal como jamás ha habido en el mundo! ¡Que a causa de sus crímenes sus abuelos y sus bisabuelos no encuentren la paz en sus sepulcros y, sufriendo tormentos insoportables, se levanten de sus tumbas! Y que Judas Pietro no tenga fuerzas para levantarse y sus tormentos sean todavía más crueles; que coma tierra como un poseso y se retuerza en la tumba!”

“Y cuando llegue la hora de poner fin a los crímenes de ese hombre, Dios mío, permíteme salir del precipicio y subir sobre mi caballo a la montaña más alta; que ese hombre venga hacia mí y yo lo arrojaré al abismo más profundo, y que todos sus muertos, abuelos y bisabuelos, dondequiera que hayan habitado, vengan de todos los rincones de la tierra a roerle los huesos para hacerle pagar los tormentos que les ha causado; que le roan eternamente y yo pueda disfrutar viendo sus padecimientos. Que Judas Pietro no pueda levantarse de la tierra, que haga esfuerzos por poder roerle también él, pero se vea obligado a roerse a sí mismo; y que sus huesos no dejen de crecer, para que de ese modo aumente también su dolor. Ese será para él el sufrimiento más terrible, pues no existe mayor tormento para el hombre que querer vengarse y no poder hacerlo.”

“Terrible es el castigo que has inventado, hombre”, exclamó Dios. “Todo sucederá como has dicho, pero tú cabalgarás eternamente y no verás el reino de los cielos mientras sigas sobre tu caballo.” Los hechos se cumplieron como había sido dispuesto.

Todavía hoy el prodigioso jinete se alza sobre esa montaña de los Cárpatos, ve cómo en el abismo insondable los muertos roen al muerto y siente que el muerto tendido dentro de la tierra crece, roe sus propios huesos en medio de atroces sufrimientos y hace temblar de manera terrible el mundo entero…»

El ciego dio por terminada su canción; de nuevo empezó a tañer las cuerdas; se puso a cantar divertidos episodios de Jomá y Yerioma, del Vidriero Stokoza… pero los viejos y los jóvenes aún no se habían recobrado y durante un buen rato mantuvieron las cabezas bajas, pensando en ese terrible episodio que había sucedido en los tiempos antiguos.

Nochebuena – Obra por Mykola Hóhol

SEGUNDA PARTE

INTRODUCCIÓN

Aquí tienen mi segundo libro o, mejor dicho, el último. La verdad es que por nada del mundo quería publicarlo. Francamente, creo que ha llegado el momento de dejarlo. Les diré que en la aldea ya empiezan a burlarse de mí. «El viejo abuelo se ha vuelto loco -dicen-: en los años de la vejez se divierte con juegos de niños». Y en efecto, ya es hora de descansar.

Probablemente dirán ustedes, estimados lectores, que finjo ser más viejo de lo que soy. Pero ¿qué necesidad tengo de ello cuando no me queda ni un solo diente? Si me dan algún alimento blando puedo masticarlo, pero si se trata de algo duro no hay manera de morderlo. Así pues, ¡aquí tienen otro libro! Sólo les pido que no me injurien. No está bien insultar a una persona de la que nos despedimos, sobre todo si no sabemos cuándo volveremos a verla. En este libro oirán relatos de narradores desconocidos para ustedes, con la única excepción de Fomá Grigórievich. En cuanto a aquel señor del caftán color guisante, cuya lengua tan afectada muchos espíritus agudos no entendían, ni siquiera en Moscú, hace ya tiempo que no se encuentra entre nosotros. Desde que se enfadó con todo el mundo, no ha vuelto a poner los pies en nuestra aldea. Pero ¿no les he contado esa historia? Pues escúchenme ustedes. Fue toda una comedia. El año pasado, ya cerca del verano -creo que fue el día de mi santo-, vinieron a mi casa algunos invitados (debo decirles, amables lectores, que mis paisanos, Dios les conserve la salud, nunca se olvidan de este viejo. Hace ya cincuenta años que empecé a celebrar mi santo. En cuanto a mi edad exacta, ni yo ni mi vieja podríamos decírsela. Probablemente debo andar cerca de los setenta. El pope de Dikanka, el padre Jarlampi, sabía la fecha de mi nacimiento, pero por desgracia hace ya cincuenta años que pasó a mejor vida).

El caso es que vinieron a casa unos invitados: Zajar Kirílovich, Chujopupenko, Stepán Ivánovich Kúrochka, Tarás Ivánovich Smachenki y el asesor Jarlampi Kirílovich Jlosta; vino también… pero he olvidado su nombre y apellido… Ósip… Ósip… ¡Dios mío, pero si lo conoce todo Mírgorod! Es ese que antes de hablar hace chasquear los dedos y pone los brazos en jarra… Bueno, dejémoslo, ya me acordaré en otro momento. También estaba presente ese señor de Poltava al que ya conocen ustedes. A Fomá Grigórievich no lo cuento porque es como de la familia. Todos hablaron (de nuevo debo advertirles que en casa nunca nos ocupamos de minucias; a mí me gustan las conversaciones con fundamento, aquellas que no sólo dan placer, sino que también permiten extraer algún provecho) de la mejor manera de conservar las manzanas.

Mi vieja había comentado que primero hay que lavar bien las manzanas, luego bañarlas en levas y más tarde… «¡Nada de eso!», apuntó el señor de Poltava, metiendo la mano en su caftán de color guisante y paseándose por la habitación con aires de importancia. «¡Nada de eso! Primero hay que espolvorearlas con tanaceto y sólo después…»

Bueno, yo me remito a ustedes, amables lectores. Díganme en confianza: ¿alguna vez han oído que a las manzanas se las espolvoree con tanaceto? Es verdad que se les ponen hojas de grosellero y hierbas, pero jamás he oído que se les añada tanaceto. En cualquier caso, nadie sabe más de estos asuntos que mi vieja. ¡Díganme, por favor, si no tengo razón! Como le tenía por un hombre de bien, me lo llevé aparte y le dije en voz baja: «¡Escucha, Makar Nazárovich! ¡No hagas reír a la gente! Eres un hombre de no poca valía: tú mismo nos has contado que en una ocasión compartiste mesa con el gobernador. Si sigues diciendo esas cosas, se van a burlar de ti». ¿Y qué creen ustedes que me contestó? Nada. Escupió en el suelo, cogió su gorro y se fue. ¡Si al menos se hubiera despedido de alguien o hubiera hecho un saludo con la cabeza! Pero lo único que oímos fue cómo la calesa se acercaba a la cancela, haciendo tintinear su campanilla. El hombre subió al coche y se marchó. ¡Tanto mejor! ¡No tenemos necesidad de semejantes invitados! Les diré, estimados lectores, que no hay nada peor en este mundo que cierta clase de aristocratismo.

Hay quien levanta mucho la nariz porque su tío fue comisario. ¡Como si fuera ése el grado más elevado del escalafón! Gracias a Dios, hay personas que han llegado más alto. No, no me gusta esa clase de aristocratismo.

Miren por ejemplo a Fomá Grigórievich; en apariencia, no parece una persona señalada; pero fíjense con atención: en su rostro resplandece cierto aire de gravedad y su figura inspira un respeto involuntario, incluso cuando aspira su tabaco barato. En la iglesia, cuando se pone a cantar en el coro, siente uno una emoción indescriptible ¡Parece como si fuera uno a derretirse! En cambio ese otro… ¡Que se quede con Dios! Se imagina que no puede uno pasarse sin sus historias. Pues aquí tienen ustedes un libro entero.

Como recordarán, les había prometido incluir en este libro un relato mío. Pensaba mantener mi promesa, pero luego me di cuenta de que para mi historia necesitaba tres volúmenes como éste. Por un momento se me ocurrió editarlo aparte, pero luego cambié de opinión. Pues les conozco muy bien: se burlarían de este pobre viejo. ¡No, no quiero! ¡Adiós!

No volveremos a vernos en mucho tiempo, puede que ya nunca. ¿Qué más da? A ustedes poco les importa mi existencia. Pasará un año y después otro, y ninguno de ustedes se acordará ni se compadecerá del viejo colmenero Pankó el Pelirrojo.

En ese momento, por la chimenea de una jata, salieron unas volutas de humo que se elevaron por el cielo como nubes, y entre ellas apareció una bruja montada en una escoba.

LA NOCHEBUENA “

El día previo a la Navidad había pasado. Llegó la noche, una clara noche de invierno.
Lucían las estrellas. La luna se elevaba majestuosamente en el cielo, iluminando a las gentes de bien y al universo entero, para que todos pudieran glorificar a Cristo y cantar alegres koliadki (En nuestra tierra, la víspera de Navidad, se entonan bajo las ventanas unas canciones llamadas koliadkí. A los que cantan koliadki, el amo, el ama o la persona que se encuentre en la casa les echa en el saco salchichas, pan o un céntimo de cobre, según sus medios. Se cuenta que hace mucho tiempo existió un ídolo llamado Koliad, al que tomaban por un dios, y que de allí proceden los koliadkí. ¿Quién sabe? No nos toca a nosotros, gente sencilla, opinar sobre este asunto. El año pasado el padre Ósip prohibió cantar koliadki en las granjas, diciendo que con ellos las gentes complacían a Satanás. Pero a decir verdad, en los koliadki no se menciona siquiera a Koliad. Por lo general, las canciones versan sobre el nacimiento de Cristo y al terminar desean prosperidad al amo, al ama, a los hijos y a toda la familia. (Nota del apicultor.)

El frío era más intenso que por la mañana, pero el silencio era tan acabado que el crujido del hielo bajo la bota se oía a medio kilómetro. Ni un solo grupo de muchachos había aparecido bajo las ventanas de las jatas; sólo la luna dirigía sobre ellas alguna mirada fugitiva, como invitando a las jóvenes a salir más deprisa a la crujiente nieve. En ese momento, por la chimenea de una jata, salieron unas volutas de humo que se elevaron por el cielo como nubes, y entre ellas apareció una bruja montada en una escoba.

Si en ese instante hubiera acertado a pasar por allí en su troika el asesor de Soróchintsi, con su gorro ribeteado de piel de cordero, cortado al estilo de los ulanos, su pelliza azul con forro de astracán y su látigo trenzado de manera diabólica, con el que tenía la costumbre de azotar a su cochero para que condujera más deprisa, seguramente habría reparado en la bruja, pues no había persona en la aldea que pudiera escapar a su mirada. Sabía a la perfección cuántos lechones tenía el cerdo de cada campesina, cuánta tela guardaba cada una de ellas en su cofre y qué prenda de vestir o del ajuar empeñaría el domingo cada hombre de bien en la taberna. Pero el asesor de Soróchintsi no se encontraba por allí: ¿qué iba a estar haciendo en un distrito ajeno, cuando tenía el suyo? Entre tanto, la bruja alcanzó tal altura que parecía una simple mancha negra en el cielo. A medida que esa pequeña mancha avanzaba por el firmamento, las estrellas iban desapareciendo. La bruja pronto se llenó de ellas la manga. Aún brillaban tres o cuatro. De pronto, por el otro lado del cielo, apareció una segunda mancha que aumentó de tamaño y se extendió hasta perder esa primera apariencia. Un miope, aunque llevara puestas sobre la nariz, a modo de gafas, las ruedas de la calesa del comisario, no hubiera reconocido lo que era aquello. Por su parte delantera el objeto guardaba una semejanza completa con un alemán: un hocico afilado, que no paraba de moverse y lo olisqueaba todo, y terminaba, como en los cerdos, en un pequeño apéndice redondo; unas piernas tan finas que si el alcalde de Yaréskov las hubiera tenido semejantes, se las hubiera roto en el primer baile cosaco. En cambio, visto de espaldas parecía todo un funcionario provincial vestido de uniforme, porque tenía un rabo tan largo y afilado como los faldones de los uniformes actuales; sólo la barba de chivo que lucía sobre el mentón, los pequeños cuernos que despuntaban en su cabeza y el hecho de que toda su figura no fuera más blanca que la de un deshollinador permitían adivinar que no era un alemán (Entre nosotros se llama alemán a cualquier extranjero, ya sea francés, germano o sueco) ni un funcionario provincial, sino simplemente el diablo, al que sólo le quedaba una noche para deambular por este mundo e inducir a pecar a los hombres de bien. Al día siguiente, en cuanto tañeran las campanas llamando a maitines, tendría que correr sin volver la vista, con el rabo entre las piernas, hasta su guarida.

Entretanto el diablo se aproximó a hurtadillas a la luna y ya se disponía a alargar la mano para cogerla, cuando de pronto la retiró, como si se hubiese quemado, se chupó los dedos, sacudió la pierna y lo intentó de nuevo por el otro lado, pero también esta vez tuvo que
apartarse y retirar la mano.

No obstante, a pesar de esos fracasos repetidos, el astuto diablo no renunció a su aviesa intención. Se acercó de nuevo, agarró la luna con ambas manos, soplando y haciendo gestos de dolor, y se la pasó de una mano a otra, como hace el campesino cuando coge un tizón con su mano desnuda para encender su pipa; finalmente la ocultó con premura en el bolsillo y siguió su camino como si tal cosa. En Dikanka nadie advirtió que el diablo había robado la luna. A decir verdad, el escribano del distrito, cuando salía a cuatro patas de la taberna, vio cómo la luna bailaba en el cielo y lo aseguró ante el pueblo entero, poniendo a Dios por testigo; pero los vecinos movieron la cabeza y hasta se burlaron de él. No obstante, ¿qué razón había impulsado al diablo a cometer un acto tan contrario a la ley? Pues la siguiente: sabía que el sacristán había invitado a comer kutiá al rico kozako Chub, al alcalde, a un familiar del sacristán, chantre en el arzobispado, que llevaba una levita azul y sabía dar las notas más bajas, al kozako Sverbiguz y a algún otro; allí, además de kutiá, se servirían toda suerte de manjares y vodka de azafrán. Mientras tanto, la hija de Chub, la joven más bella de la aldea, se quedaría sola en la casa, y probablemente recibiría la visita del herrero, un muchacho fuerte y apuesto, por el que el diablo sentía aún más repugnancia que por los sermones del padre Kondrat. En sus ratos libres el herrero se entretenía pintando y estaba considerado el mejor pintor de toda la región. El capitán de kozakos L…ko, entonces con vida, lo llamó expresamente a Poltava para que pintara la valla de madera que rodeaba su casa.

En Dikanka nadie advirtió que el diablo había robado la luna.

Todas las escudillas en las que los kozakos de Dikanka tomaban el borsch habían sido decoradas por el herrero, que era una persona temerosa de Dios y solía pintar la imagen de los santos: todavía puede verse en la iglesia de T. su retrato del evangelista San Lucas. Pero la cumbre de su arte era un cuadro que había pintado en la pared de la iglesia, a la derecha de la entrada, en el que se representaba a San Pedro el día del Juicio Final, con las llaves en la mano, expulsando al espíritu maligno a los infiernos; el asustado diablo corría de un lado para otro, presintiendo su derrota, y los pecadores, hasta entonces prisioneros suyos, le perseguían y le golpeaban con látigos, palos y todo lo que caía en sus manos. Durante todo el tiempo que el pintor empleó en su cuadro, ejecutado sobre una gran tabla de madera, el diablo había hecho todo lo posible por molestarle: le movía la mano a escondidas, levantaba las cenizas de la fragua y las lanzaba sobre el cuadro; no obstante, a pesar de todo, el herrero terminó el trabajo, la tabla fue transportada a la iglesia e incrustada en la pared, cerca de la entrada; desde entonces, el diablo había jurado vengarse del herrero.

Sólo le quedaba una noche para deambular por el mundo y el diablo la ocupaba en buscar la manera de descargar su odio sobre el herrero. Por eso había decidido robar la luna, juzgando que el viejo Chub era un hombre perezoso e indolente y que su jata quedaba lejos de la casa del diácono; además, el camino discurría por detrás de la aldea, pasaba junto a los molinos y el cementerio y bordeaba el barranco. Si hubiera brillado la luna, el licor de especias y el vodka de azafrán habrían podido decidir a Chub. Pero en una noche tan oscura, no habría manera de que bajara de la estufa y saliera de su casa. Y el herrero, a pesar de su fuerza, nunca se atrevería a visitar a la hija en presencia de su padre, con el que no mantenía buenas relaciones desde hacía tiempo.

De ese modo, en cuanto el diablo se guardó la luna en el bolsillo, el mundo entero quedó sumido en una oscuridad tan absoluta que difícilmente habría encontrado alguien no ya el camino que conducía a casa del sacristán, sino incluso el que llevaba a la taberna. La bruja, al verse de pronto envuelta en esas tinieblas, dio un grito. En ese momento el diablo se acercó a ella haciéndole cumplidos, la cogió del brazo y empezó a susurrarle al oído las palabras que suelen decirse a las mujeres. ¡Es extraño cómo está construido este mundo nuestro! Todas las criaturas que viven en él se esfuerzan por imitarse y copiarse unas a otras. Hace tiempo, en Mírgorod, el juez y el alcalde eran los únicos que llevaban en invierno pellizas forradas de paño, mientras que los pequeños funcionarios usaban las corrientes. Ahora, en cambio, el asesor y el secretario rural se mandan hacer pellizas nuevas de piel de cordero forradas de paño.

Hace dos años, el oficinista y el escribano compraron una tela azul a ochenta y cinco kopeks el metro. Y el sacristán se ha hecho este verano unos pantalones bombachos de nanquín y un chaleco de lana a rayas. En una palabra, todo es apariencia. ¡Cuándo dejarán los hombres de ser vanidosos! Apuesto a que muchos quedarán sorprendidos al saber que el diablo seguía el mismo camino. Lo más irritante es que seguramente se creía muy apuesto, cuando en realidad tenía una cara que daba miedo. ¡Con una jeta como la suya – que, como dice Fomá Grigórievich, es lo más repugnante que hay en el mundo-, y se pone a hacer la corte! No obstante, tanto en el cielo como en la tierra reinaba una oscuridad tan espesa que nada alcanzó a verse de lo que pasó entre ellos.

-Entonces, compadre, ¿todavía no has estado en la nueva jata del sacristán? -preguntó el kozako Chub, mientras salía a la puerta de su casa, a un hombre enjuto, alto, vestido con una pelliza corta, cuya hirsuta barba mostraba que desde hacía más de dos semanas no acariciaba sus mejillas el pedazo de hoz que, a falta de navaja, los campesinos suelen emplear para afeitarse-. ¡Buen jaleo habrá allí ahora! -continuó Chub, al tiempo que su rostro esbozaba una sonrisa-. Espero que no lleguemos tarde.

Así diciendo, Chub se ajustó el cinturón de su pelliza, se caló con fuerza el gorro y apretó en su mano la fusta, que era el terror y el flagelo de los perros inoportunos. No obstante, nada más levantar los ojos al cielo, se detuvo.

-¡Por todos los diablos! ¡Mira! ¡Mira, Panas!…
-¿Qué? -exclamó el compadre, mirando también hacia arriba.
-¿Cómo que qué? ¡No hay luna!
– ¡Pues sí que es raro! ¡Es cierto que no hay luna!
-No parece que eso te importe mucho -dijo Chub con un punto de irritación ante la indiferencia imperturbable de su compañero.

-¿Y qué quieres que haga?

-Seguramente algún diablo -ojalá no llegue a beber ese perro su copa de vodka por la mañana- se ha mezclado en esto -continuó Chub, secándose el bigote con la manga-. En verdad, parece hecho a propósito… Hace un momento, cuando estaba sentado en casa, miré por la ventana y hacía una noche espléndida. Había una claridad extraordinaria y la nieve brillaba a la luz de la luna. Se veía todo como si fuera de día. Pero, en cuanto llega el momento de salir, se cierne sobre la tierra esta oscuridad impenetrable.

Chub siguió farfullando y blasfemando durante un buen rato, al tiempo que pensaba lo que debía hacer. Sentía un enorme deseo de charlar de cualquier tema en casa del sacristán, donde, seguramente, ya se habían reunido el alcalde, el chantre recién llegado y el vendedor de brea Mikita, que iba cada dos semanas al mercado de Poltava y contaba tales historias que todos los vecinos tenían que agarrarse el vientre para no estallar de risa. Chub veía ya el licor puesto sobre la mesa. Todo eso era muy tentador, pero la oscuridad de la noche le recordaba esa pereza tan cara a todos los kozakos.

Con qué gusto se tumbaría ahora sobre la estufa, con las piernas recogidas, se fumaría tranquilamente su pipa y escucharía a través de una agradable somnolencia los villancicos y las canciones de los alegres mozos y las muchachas, reunidos en grupos bajo las ventanas. Sin ninguna duda, habría adoptado esa última resolución si hubiera estado solo. Pero en compañía no le resultaba tan terrible y aburrido ese paseo nocturno; además, no quería pasar ante los otros por un perezoso o un cobarde. Una vez agotados los juramentos, se dirigió de nuevo a su compadre.

-Entonces ¿no hay luna, compadre?

-No.
-¡Pues sí que es raro! Dame un poco de tabaco. Tienes un tabaco estupendo, compadre. ¿Dónde lo compras?

-¡Qué diablos va a ser bueno! -respondió el compadre, cerrando la tabaquera de madera de abedul, decorada con cintas y volutas-. ¡No haría estornudar ni a una gallina vieja!

-Recuerdo -continuó Chub en el mismo tono- que el difunto tabernero Zuzulia me trajo en una ocasión tabaco de Nyzhin. ¡Eso sí que era tabaco! ¡Un tabaco excelente! Entonces ¿qué hacemos, compadre? En la calle todo está oscuro.

-Quedémonos en casa -exclamó el compadre, agarrando el picaporte de la puerta.
Si el compadre no hubiera hecho ese comentario, Chub probablemente hubiera decidido quedarse, pero ahora algo le impulsaba a tomar el partido contrario.

-No, compadre, vayamos. No podemos quedarnos. Tenemos que ir.

Nada más decir esas palabras, Chub se arrepintió de haberlas pronunciado. Le resultaba muy desagradable arrastrarse por la calle en una noche como ésa; pero se consolaba pensando que hacía lo que quería y no lo que el otro le había aconsejado.

El compadre no dejó que su rostro trasluciera el menor rastro de enojo; como persona a la que resultara indiferente quedarse en casa o salir de ella, miró a su alrededor y se rascó los hombros con el mango de su bastón; a continuación, los dos compadres se pusieron en camino.

Veamos ahora lo que hacía la bella hija de Chub, que se había quedado sola en la casa.

Oksana aún no había cumplido los diecisiete años, pero en el mundo entero, a un lado y otro de Dikanka, sólo se hablaba de ella. Los muchachos habían proclamado a una sola voz que jamás había habido ni volvería a haber una muchacha tan hermosa en la aldea.

Oksana sabía lo que se decía de ella, pues había oído esos comentarios, y era caprichosa como toda beldad. Si en lugar de falda y delantal hubiera llevado un capote, habría eclipsado a todas las demás muchachas. Los mozos la cortejaban en masa, pero poco a poco perdían la paciencia y acababan dirigiéndose a otras jóvenes menos mimadas. Sólo el herrero se mostraba tenaz y seguía cortejándola, a pesar de no recibir mejor trato que los otros.

Una vez que se marchó su padre, pasó largo rato arreglándose y haciendo gestos delante de un pequeño espejo con marco de estaño, sin dejar de admirarse. «¿Por qué la gente proclama que soy hermosa?», decía como distraída, con la única intención de hablar un poco consigo misma. «La gente miente. No tengo nada de hermosa.» Pero una mirada al espejo, donde se reflejaba un rostro lleno de fresca e infantil viveza, con brillantes ojos negros y una sonrisa inefable y encantadora, que abrasaba el alma, le convencía de lo contrario.

«¿Acaso mis ojos y mis cejas negras, continuaba la bella sin apartarse del espejo, son tan hermosos que no conocen igual en el mundo? ¿Qué tiene de bonito esta nariz respingona? ¿Y estas mejillas? ¿Y estos labios? ¿Acaso son hermosas mis negras trenzas? ¡Ay, hasta darían miedo por la noche! Parecen largas serpientes entrelazadas y enroscadas sobre mi cabeza. ¡Ahora me doy cuenta de que en absoluto soy hermosa!» y, apartando un poco el espejo, exclamó: «¡Sí, soy hermosa! ¡Ah, qué hermosa soy! ¡Una maravilla! ¡Qué dichoso haré a mi marido! ¡Cómo me admirará! Perderá la cabeza. Me comerá a besos».

-¡Extraña muchacha! -susurró el herrero, que había entrado en la casa sin hacer ruido-. ¡No es poco lo que se alaba! ¡Lleva ya una hora delante del espejo, mirándose y diciéndose cumplidos en voz alta!

«Sí, muchachos, ¿pensáis que estoy hecha para vosotros? Miradme bien», continuó la bella coqueta: «mirad con qué garbo camino. Mi blusa está bordada de seda roja. ¡Y qué cintas llevo en la cabeza! ¡No habéis visto en vuestra vida adornos más ricos! Todo esto me lo ha comprado mi padre para que se case conmigo el mejor muchacho del mundo.»

En ese instante se volvió con una sonrisa y reparó en el herrero…

Nada más verlo lanzó un grito y se detuvo ante él con aire severo.
El herrero perdió todo su ánimo. Sería difícil describir lo que expresaba el atezado rostro de la extraña muchacha: en su severidad se advertía un matiz de burla, motivado por la timidez del herrero, y una leve huella de enfado, apenas perceptible, cubría de un delicado rubor todo su rostro; todos esos sentimientos entremezclados la hacían tan indescriptiblemente hermosa que lo mejor que podía hacerse era cubrirla de un millón de besos.

-¿A qué has venido? -comenzó Oksana-. ¿Acaso quieres que te eche de aquí a palazos? Todos vosotros sois unos maestros cuando se trata de cortejar a las muchachas. Enseguida olfateáis el momento en que los padres no están en casa. ¡Os conozco muy bien! ¿Y qué pasa con mi cofre? ¿Ya está terminado?

-Estará listo después de las fiestas, corazón mío. Si supieras cuánto he trabajado en él: me he pasado dos noches sin salir de la herrería. Pero ninguna hija de pope tendrá nunca un cofre semejante. El hierro que he empleado para los herrajes ni siquiera lo he puesto en la calesa del capitán de kozakos, cuando trabajaba en Poltava. ¡Y qué dibujos lo adornarán! Aunque recorrieras toda la región con tus blancos pies no encontrarías nada igual! Toda la superficie estará decorada de flores rojas y azules. Relucirá como el fuego. ¡No te enfades conmigo! ¡Permíteme, por lo menos, que te hable y te mire!

-¿Quién te lo prohíbe? ¡Habla y mira!
Tras pronunciar esas palabras, se sentó en el banco, se miró de nuevo en el espejo y empezó a acomodarse las trenzas sobre la cabeza. Miraba su cuello, su nueva blusa bordada de seda, y un delicado sentimiento de satisfacción se dibujaba en sus labios y en sus frescas mejillas, iluminando sus ojos.

-¡Permíteme que me siente a tu lado! -dijo el herrero.

-Siéntate -concedió Oksana, con la misma expresión de satisfacción en los labios y en los ojos.

-¡Maravillosa, encantadora Oksana! ¡Permíteme que te bese! -exclamó el enardecido herrero, apretándola contra sí con intención de besarla. Pero Oksana apartó sus mejillas, que se encontraban ya muy cerca de los labios del herrero, y lo rechazó.

-¿Y qué más quieres? ¡Se le da miel y pide también la cuchara! Vete de aquí, tienes las manos más ásperas que el hierro. Además, hueles a humo. Creo que me has manchado toda de hollín.

Y así diciendo, se acercó de nuevo al espejo y empezó a arreglarse.
«No me ama», pensó el herrero, bajando la cabeza. «No hace más que jugar conmigo, mientras yo sigo delante de ella como un imbécil, sin quitarle los ojos de encima. ¡Y podría pasar así la vida entera, sin dejar de mirarla! ¡Extraña muchacha! ¡Lo que daría por saber lo que guarda en el corazón, a quién ama! Pero no, ella no necesita a nadie. Sólo se admira a sí misma. ¡Cómo me atormenta, pobre de mí! La tristeza que siento me impide ver el mundo. ¡La quiero tanto como nadie ha querido jamás!»

-¿Es cierto que tu madre es una bruja? -preguntó Oksana, echándose a reír; y el herrero sintió que todo su ser también reía.
Parecía como si la risa de la joven resonara en su corazón y en sus estremecidas venas, y el despecho se apoderó de su alma cuando pensó que no podía cubrir de besos ese rostro de risa tan deliciosa.

-¡Qué me importa a mí mi madre! Tú eres mi madre, mi padre y todo lo más querido que hay para mí en este mundo. Si el zar me llamara y me dijera: «Herrero Vakula, pídeme todo lo mejor que hay en mi imperio y te lo daré. Haré que te construyan una herrería de oro y forjarás con martillos de plata». «No quiero ni piedras preciosas, ni herrerías de oro ni todo tu imperio» -le diría yo al zar-. «¡Dame mejor a Oksana!»

– ¡Hay que ver cómo eres! Pero mi padre tampoco es tonto. Lo verás cuando se case con tu madre -dijo Oksana, con una sonrisa maliciosa-. Las muchachas no vienen… ¿Qué habrá pasado? Ya es hora de cantar villancicos. Empiezo a aburrirme.

– ¡Que se vayan al diablo, hermosa mía!
-Pero ¡qué dices! Con ellas vendrán probablemente los mozos. Organizaremos un baile. Puedo ya imaginarme las divertidas historias que contarán.

-Entonces, ¿te diviertes con ellos?

-Mucho más que contigo. ¡Ah! Alguien llama; seguramente serán las muchachas y los mozos.

«¿Qué más puedo esperar?», se dijo el herrero. «Se burla de mí. Le importo tanto como una herradura oxidada. No obstante, no permitiré que ningún otro se ría de mí. Sólo tengo que fijarme en quién le gusta más que yo. Se va a enterar ése…» El curso de sus pensamientos se vio interrumpido por un golpe en la puerta, mientras una voz, que resonaba con fuerza en el aire helado, decía: «¡Abre!».

-Espera, yo abriré -dijo el herrero, y salió enfadado al zaguán, con intención de romperle las costillas al primer hombre con el que se encontrara. La helada se recrudecía y en las alturas el frío era tan intenso que el diablo saltaba con una pezuña sobre la otra y se soplaba los puños tratando de calentarse un poco las manos heladas. No es raro que tenga frío alguien que se pasa los días dando empellones en el infierno, donde, como es sabido, no hace tanto frío como aquí en invierno, y donde, calándose un gorro y poniéndose delante del fuego como un cocinero, asa a los pecadores con la misma satisfacción que experimenta una mujer cuando fríe una salchicha en Navidad.

Hasta la bruja tenía frío, a pesar de que llevaba ropas de abrigo; por eso, levantando los brazos y avanzando un pie, adoptó la postura de un patinador que vuela por el hielo y, sin mover un solo músculo, se deslizó por el aire como por una ladera helada, hasta alcanzar su chimenea.

El diablo avanzaba de la misma manera detrás de ella. Pero como ese animal es más hábil que cualquier petimetre con medias, no es extraño que, en el momento preciso en que la bruja penetraba por el tubo de la chimenea, él se agarrara al cuello de su amada y ambos acabaran cayendo en la espaciosa estufa, en medio de los pucheros.

La viajera empujó sin ruido la portezuela para ver si su hijo Vakula había traído invitados, pero al no ver más que unos sacos tirados en medio de la habitación, salió de la estufa, se quitó su gruesa pelliza y se arregló las ropas, de modo que nadie habría podido sospechar que un minuto antes volaba sobre una escoba.

La madre del herrero Vakula no tenía más de cuarenta años. No era guapa ni fea. Es difícil conservarse bonita a esa edad, pero ella sabía cómo encandilar a los kozakos más respetables (que, dicho sea de paso, poco se preocupan de la belleza); de hecho, la visitaban el alcalde, el sacristán Ósip Nikíforovich (cuando su mujer no estaba en casa, naturalmente), el kozako Korni Chub y el kozako Kasian Sverbiguz. Hay que decir en su honor que sabía tratarlos con mucha habilidad.

Ninguno de ellos sospechaba que tenía rivales. Cuando un campesino devoto o un gentilhombre, como a sí mismos suelen llamarse los kozakos, llevando su capa con capucha, iba el domingo a la iglesia, o, si hacía mal tiempo, a la taberna, nunca dejaba de pasar por casa de Soloja, para degustar sus grasientos buñuelos con crema agria y charlar un rato en la caldeada jata de la dicharachera y acogedora dueña.

Había algún gentilhombre que daba un gran rodeo antes de ir a la taberna y, cuando llegaba a casa de la mujer, le decía que «iba de paso». Los días de fiesta, cuando Soloja iba a la iglesia y se plantaba delante del coro, con su saya de color vivo, su mandil de tela y su falda azul por encima, adornada con cintas doradas en la parte trasera, era seguro que el sacristán empezaría a toser e involuntariamente se pondría a guiñar el ojo en esa dirección; el alcalde, por su parte, se atusaría el bigote, se colocaría el tupé detrás de la oreja y le diría al vecino más cercano:

«¡Ah, qué mujer más estupenda! ¡Es un diablo de mujer!».

Soloja saludaba a todo el mundo y cada uno pensaba que sólo le saludaba a él. Sin embargo, una persona que se interesara por los asuntos ajenos habría observado enseguida que Soloja era especialmente amable con el kozako Chub. Chub era viudo. Delante de su jata siempre había ocho almiares de trigo. Dos parejas de robustos bueyes sacaban la cabeza del establo y mugían cada vez que pasaba por la calle su comadre la vaca o su tío el grueso toro. Un chivo barbudo se encaramaba en el tejado y desde allí, como si fuera el alcalde, balaba con una voz aguda, haciendo rabiar a los pavos que deambulaban por el patio, y se daba la vuelta cuando veía a sus enemigos, los muchachos, que se burlaban de su barba. En los cofres de Chub había cantidad de telas, caftanes y antiguos abrigos con galones dorados, pues su difunta esposa había sido una mujer muy presumida.

En el huerto, además de amapolas, repollos y girasoles, se plantaban cada año dos bancales de tabaco. Soloja no encontraba superfluo añadir todas esas propiedades a su propia hacienda; pensaba por anticipado en la forma que todo eso tomaría cuando estuviera en su poder, y redoblaba las atenciones hacia el viejo Chub. Y para que su hijo Vakula no pudiera engatusar a Oksana y apropiarse de sus bienes -pues en ese caso no le habría permitido mezclarse en nada-, había recurrido al método habitual de todas las cuarentonas: procurar que Chub y el herrero discutieran con la mayor frecuencia posible.

Puede que esas argucias y tretas fueran las responsables de que las viejas hubieran empezado a decir, sobre todo cuando habían bebido una copa de más en alguna alegre reunión, que Soloja era una verdadera bruja; de que el joven Kiziakolupenko hubiera advertido que le salía por detrás un rabo no mayor que un huso; de que dos semanas antes, un jueves, algunas personas la hubieran visto atravesar la calle bajo la apariencia de un gato negro; y de que en cierta ocasión, la mujer del pope hubiera contemplado cómo un cerdo entraba en su casa, cacareaba, se ponía en la cabeza el gorro del padre Kondrat y a continuación salía corriendo.

En una ocasión, mientras las viejas hablaban del tema, llegó un pastor de vacas llamado Timish Korostiavi. Ese hombre contó que el verano anterior, la víspera de San Pedro, cuando se echaba a dormir en el establo, después de colocar un poco de paja bajo la cabeza, vio con sus propios ojos cómo una bruja, con los cabellos sueltos y una camisa por todo vestido, se ponía a ordeñar las vacas; según sus palabras, no había podido moverse de lo hechizado que estaba. Una vez concluida su labor, la bruja se acercó a él y le untó los labios con alguna sustancia tan repugnante que después se había pasado todo el día escupiendo. Pero esa anécdota tenía un aire sospechoso, ya que sólo el asesor de Soróchintsi era capaz de ver brujas. Por eso todos los kozakos respetables se mostraban indiferentes cuando oían esasconversaciones y solían responder a ellas con el siguiente comentario: «¡Cuentos de mujeres!».

Cuando salió de la estufa y se arregló un poco las ropas, Soloja, como buena ama de casa, empezó a limpiar la pieza y a ponerlo todo en su sitio, pero no tocó los sacos: «Los ha traído Vakula, pues que se los lleve él». Cuando el diablo se disponía a entrar por la chimenea, se dio la vuelta casualmente y vio que Chub y su compadre caminaban cogidos del brazo, ya muy lejos de la jata. En un abrir y cerrar de ojos salió de la estufa, les cortó el paso y empezó a arrancar por todas partes montones de nieve helada. Se levantó una nevasca. El aire se volvió blanco. La nieve iba de un lado para otro, envolviéndolo todo como en una red, y amenazaba con tapar los ojos, la boca y las orejas de los caminantes. El diablo, entonces, volvió volando a la chimenea, convencido de que Chub regresaría con su compadre, sorprendería al herrero en su casa y le daría tal paliza que durante mucho tiempo éste no tendría fuerzas para coger el pincel y pintarrajear esas ofensivas caricaturas.

Y en efecto, en cuanto se levantó la nevasca y el viento empezó a soplarles directamente en los ojos, Chub dio muestras de arrepentimiento y, calándose aún más su gorro, empezó a dirigir improperios a su compadre, al diablo y a sí mismo. No obstante, ese despecho era fingido. Chub se alegraba mucho de que se hubiera levantado esa tormenta. Para llegar a la casa del sacristán quedaba una distancia ocho veces superior a la ya recorrida. Los caminantes dieron la vuelta. El viento les soplaba en la nuca y a través de la arremolinada nieve no se veía nada.

-¡Para, compadre! Me parece que nos hemos equivocado de camino -dijo Chub, al cabo de unos pasos-. No veo ni una jata. ¡Menuda nevasca! Tuerce un poco hacia ese lado para ver si encuentras el camino; mientras tanto, yo buscaré por aquí. ¡Es el mismo demonio el que nos ha obligado a salir con esta tormenta! ¡No te olvides de gritar cuando encuentres el camino! ¡Vaya montón de nieve nos ha echado en los ojos Satanás!

No obstante, no se veía ningún camino. El compadre, tras alejarse un poco, fue de un lado para otro con sus grandes botas, hasta que finalmente llegó ante la taberna. Ese hallazgo le alegró tanto que se olvidó de todo; sacudiéndose la nieve, entró en el zaguán, sin preocuparse lo más mínimo por el compadre que había quedado a la intemperie. Mientras tanto, a Chub le pareció que había encontrado el camino; se detuvo, se puso a gritar con todas sus fuerzas, pero al ver que el compadre no aparecía, decidió continuar solo. Después de caminar un rato, llegó a su jata. La nieve se amontonaba alrededor de la vivienda y en el tejado. Se puso a llamar a la puerta con sus manos entumecidas por el frío y le gritó a su hija con imperioso tono que le abriera.

-¿Qué quieres? -le gritó con voz severa el herrero, saliendo de la casa.
Chub, al reconocer la voz del herrero, retrocedió unos pasos. «No, ésta no es mi jata», se dijo. «El herrero no se atrevería a entrar en ella. No obstante, mirándola bien, tampoco parece la suya. ¿De quién será? ¡Vaya! ¡Como si no la conociera! Es la del cojo Levchenko, que se casó hace poco con una mujer joven. Es el único que tiene una jata semejante a la mía.

Ya me parecía un poco raro haber llegado tan pronto. No obstante, en estos momentos Levchenko se encuentra en casa del sacristán. Entonces, ¿qué hace aquí el herrero?… ¡Ajá! Ha venido a ver a su joven esposa. ¡Así es! ¡Muy bien! ¡Ahora lo entiendo todo!»

-¿Quién eres y qué haces llamando a las puertas ajenas? -gritó el herrero con voz más severa que antes, acercándose a él.

«No, no le diré quién soy», pensó Chub: «¡Podría pegarme el maldito bribón!» -y enmascarando la voz, respondió:

-¡Soy yo, buen hombre! He venido a cantar unos villancicos bajo tus ventanas para divertirte

¡Vete al diablo con tus villancicos! -gritó furioso Vakula-. ¿Qué haces ahí? ¿No me has oído? ¡Vete ahora mismo!

Chub había tomado ya esa juiciosa decisión, pero consideraba ultrajante obedecer las órdenes del herrero. Parecía como si un espíritu maligno le incitara a llevarle la contraria.

¿Por qué gritas de ese modo? -exclamó forzando la voz-. Sólo quiero cantar unos villancicos, eso es todo.

– ¡Ah! ¡Parece que no te basta con las palabras!… -y a continuación Chub sintió un fuerte puñetazo en el hombro.

-Ya veo que empiezas a pegar -dijo éste, retrocediendo unos pasos.

-¡Vete, vete! -gritó el herrero, propinándole otro golpe.
-Pero ¿qué te pasa? -exclamó Chub con una voz en la que se entremezclaban el dolor, el enfado y el miedo-. ¡Por lo visto no estás de broma! ¡Me has hecho daño!

– ¡Vete, vete! -gritó el herrero y cerró de un portazo.

-¡Miren cómo se hace el valiente! -dijo Chub al quedarse solo en la calle-. ¡Acérquense! ¡Mírenlo! ¡Vean qué gran señor! ¿Crees que no puedo denunciarte? No, hermano, voy a ir directamente a la comisaría. ¡Vas a saber quién soy yo! No me importa que seas herrero o pintor. Me gustaría verme la espalda y el hombro: seguro que me ha hecho algún moratón.

¡Me ha golpeado bien, ese hijo de Satanás! ¡Lástima que haga tanto frío y no pueda quitarme el abrigo! Espera un poco, herrero del diablo, que ya os dará una buena el demonio a ti y a tu fragua. ¡He de verte bailar en la horca, maldito! Pero veamos… No está en casa en este momento. Por tanto, Soloja debe de estar sola. Hum… Su casa no queda lejos de aquí. No sé si acercarme. A esta hora no le ve a uno nadie. Tal vez sea posible… ¡Vaya golpe me ha propinado ese maldito herrero!

Al tiempo que pronunciaba esas palabras, Chub se rascó la espalda y partió en dirección contraria. La recompensa que esperaba de su visita a Soloja atenuaba un tanto el dolor y le hacía incluso insensible al hielo que crepitaba en las calles, cuyos crujidos no conseguía sofocar el silbido de la ventisca. De vez en cuando en su rostro, cuya barba y bigotes el temporal había enjabonado de nieve más pronto que el barbero cuando coge de manera tiránica la nariz de su víctima, se dibujaba una expresión casi dulce. Pero si la nieve no lo hubiera tapado todo con sus remolinos, se hubiera visto a Chub pararse más de una vez, rascarse la espalda y exclamar: «¡Vaya golpe me ha propinado ese maldito herrero!», y a continuación seguir de nuevo su camino.

Mientras nuestro hábil petimetre con cola y barba de chivo salía de la chimenea y luego volvía a entrar, la bolsa que llevaba colgada del costado, y en la que había ocultado la luna robada, se enganchó desgraciadamente en algún lugar de la estufa, se abrió y el astro, aprovechando la ocasión, salió volando por la chimenea de Soloja y subió sin impedimentos hasta el cielo. Todo se iluminó. La ventisca desapareció como por arte de magia. La niev brillaba como si fuera una vasta llanura de plata y parecía toda sembrada de estrellas de cristal. El frío se atenuó. Aparecieron grupos de mozos y muchachas con sacos. Resonaron las canciones y rara fue la jata ante la cual no se agolparon los cantantes.

La luna despedía una claridad maravillosa. No es fácil explicar lo agradable que resulta, en una noche así, deambular entre grupos de muchachas que ríen y cantan y mozos dispuestos a prodigar todas las bromas y burlas que les sugiere la alegre y risueña noche. Bajo una gruesa pelliza se siente calor; el hielo confiere un rubor más intenso a las mejillas; en cuanto a las travesuras, es el mismo maligno el que os empuja a realizarlas. Grupos de muchachas con sacos irrumpieron en la jata de Chub y rodearon a Oksana.

Los gritos, las carcajadas y las charlas aturdieron al herrero. Todas se apresuraban a anunciarle a la bella alguna novedad, vaciaban los sacos y mostraban con orgullo sus panes, salchichas y buñuelos, recibidos en gran cantidad por sus villancicos. Oksana parecía muy alegre y contenta, conversaba con unas y con otras y reía sin parar. El herrero contemplaba con envidia y enfado esa alegría y por una vez maldijo los villancicos, aunque en realidad le gustaban con locura.

-¡Eh, Odarka! -dijo la bella dirigiéndose a una de las muchachas-: ¡llevas unos botines nuevos! ¡Ah, qué bonitos son! ¡Y con adornos dorados! Eres muy afortunada, Odarka, de tener una persona que te compra todo lo que quieres. Yo no tengo a nadie que me procure unos botines tan bonitos.

-¡No te preocupes, mi amada Oksana! -intervino el herrero -: yo te traeré unos botines como llevan muy pocas señoras.

-¿Tú? -dijo Oksana, dirigiéndole una mirada rápida y altanera-. Me gustaría saber dónde vas a encontrar unos botines que se acomoden a mis pies. ¿Acaso vas a traerme los que lleva la misma zarina?

-¡Vaya lo que pide! -gritaron las muchachas, echándose a reír.
-Sí -continuó con orgullosa voz la bella-. Os pongo a todas por testigos: si el herrero Vakula me trae los botines que lleva la zarina, doy mi palabra de que me casaré con él.

Las muchachas se llevaron con ellas a la caprichosa Oksana.

-¡Reíd, reíd! -dijo el herrero, saliendo tras ellas-. ¡Yo soy el primero en reírme de mí mismo! Por más que lo pienso, no sé qué ha pasado con mi buen juicio. No me quiere. Bueno, ¡pues que se quede con Dios! ¡Como si no hubiera en el mundo nadie más que ella! A Dios gracias hay muchas muchachas bonitas en la aldea. Además, ¿qué tiene Oksana de particular? Jamás será una buena ama de casa. Sólo sabe presumir. No, ya es suficiente. Basta de hacer el imbécil.

Al tiempo que el herrero se disponía a obrar con decisión, un espíritu maligno le mostró la imagen risueña de Oksana, mientras le decía con voz burlona: «¡Consígueme, herrero, los botines de la zarina, y me casaré contigo!». Del herrero se apoderó una intensa agitación y Oksana se convirtió en su único pensamiento.

Grupos de cantantes -los mozos por un lado y las muchachas por otro- corrían de una calle a otra. Pero el herrero caminaba sin fijarse en nada y sin participar en unas diversiones que en el pasado nadie había amado tanto como él.

Entre tanto, el diablo se mostraba muy cariñoso con Soloja: le besaba la mano con tantos remilgos como un asesor a la hija de un pope, se llevaba la mano al corazón, suspiraba y le decía claramente que si no consentía en satisfacer su pasión y recompensarle de manera adecuada, estaba dispuesto a todo: se arrojaría al agua y mandaría su alma directamente al infierno. Soloja no era tan cruel; además, como se sabe, había hecho causa común con el diablo. Por lo general, le gustaba tener a su alrededor un grupo de admiradores y rara vez se quedaba sin compañía, pero había contado con pasar sola esa noche, pues todos los hombres respetables de la aldea habían sido invitados a casa del sacristán a comer hutiá. No obstante, las cosas sucedieron de otro modo: en cuanto el diablo presentó sus exigencias, se oyó la voz del robusto alcalde. Soloja fue corriendo a abrir la puerta y el ágil diablo se metió en uno de los sacos que había en el suelo.

El alcalde, tras sacudirse la nieve que cubría su gorro y vaciar la copa de vodka que le tendía Soloja, le dijo que no había ido a casa del sacristán porque se había levantado una nevasca; y como había visto luz en su jata, había decidido entrar y pasar la velada con ella.

Apenas tuvo tiempo el alcalde de pronunciar esas palabras, cuando se oyeron golpes en la puerta y resonó la voz del sacristán.

-Escóndeme en algún sitio -susurró el alcalde-. No me apetece encontrarme con el sacristán en este momento.

Soloja pasó un buen rato pensando dónde podía ocultar a su robusto huésped; finalmente escogió el saco de carbón más grande; vació el contenido en una tinaja y metió en su interior al grueso alcalde, con su bigote, su cabeza y su gorro.

El sacristán entró y, aclarándose la voz y frotándose las manos, dijo que a su casa no había ido nadie, que se alegraba de todo corazón de poder pasar un rato con ella y que no le había dado miedo la ventisca. A continuación se acercó a la mujer, tosió, sonrió, tocó con sus largos dedos el brazo desnudo y rollizo de Soloja y dijo con aire malicioso y satisfecho:

-¿Qué tiene usted ahí, admirable Soloja? -y tras pronunciar esas palabras, dio un salto hacia atrás.

-¿Pues qué va a ser, Ósip Nikíforovich? ¡Un brazo! -le contestó Soloja.

-¡Hum! ¡Un brazo! je, je, je! -exclamó el sacristán, muy satisfecho de su comienzo, dando unos pasos por la habitación.

-¿Y eso qué es, queridísima Soloja? -preguntó con el mismo tono, aproximándose de nuevo a ella, posando levemente la mano en su cuello y saltando de nuevo hacia atrás.

-¡Como si no lo viera usted, Ósip Nikíforovich! -respondió Soloja-. El cuello y sobre el cuello un collar.

– ¡Hum! ¡Sobre el cuello un collar! je, je, je! -y el sacristán volvió a pasearse por la habitación, frotándose las manos.

-¿Y qué tiene usted ahí, incomparable Soloja?…

No sabemos qué parte del cuerpo se disponía a tocar el sacristán con sus largos dedos, cuando de pronto se oyeron golpes en la puerta y la voz del kozako Chub.

-¡Ah, Dios mío, un extraño! -gritó asustado el sacristán-. ¿Qué pasaría si alguien encontrara aquí a una persona de mi condición?… ¡El asunto llegaría a oídos del padre Kondrat!

Pero en realidad los temores del sacristán eran de otro orden: lo que más le asustaba era que se enterara su mujer, que con su temible mano había reducido su gruesa trenza a sólo cuatro pelos.

-Por el amor de Dios, virtuosa Soloja -exclamó, temblando con todo su cuerpo-. Su bondad, como dice el Evangelio según San Lucas en el capítulo décimo ter… ter… ¡Están llamando! ¡Le juro que están llamando! ¡Oh, escóndame en alguna parte!

Soloja vació en la tinaja un segundo saco de carbón y el sacristán, cuyo cuerpo no era demasiado voluminoso, se introdujo en él y se sentó en el fondo de tal manera que en el interior todavía quedaba espacio para medio saco de carbón.

– ¡Hola, Soloja! -dijo Chub, entrando en la jata-. Probablemente no me esperabas. No me esperabas, ¿verdad? Puede que te haya molestado… -continuó Chub, con una expresión alegre y maliciosa, señal evidente de que su torpe cerebro se esforzaba en configurar alguna broma sutil y mordaz-. Puede que estuvieras divirtiéndote con otro… Puede que tengas a alguien escondido, ¿eh? -y satisfecho de su propio comentario, Chub se echó a reír, íntimamente convencido de que era el único que gozaba de los favores de la mujer-. Bueno, Soloja, dame una copa de vodka. Me parece que ese maldito frío me ha helado la garganta.
¡Vaya Nochebuena nos ha enviado Dios! Habrás visto, Soloja, habrás visto… Ah, tengo las manos entumecidas. No puedo desabotonarme el abrigo. Habrás visto la tormenta que se ha levantado…

-¡Abre! -gritó alguien desde la calle, al tiempo que golpeaba la puerta.

-Alguien llama -dijo Chub, que se había quedado inmóvil.
– ¡Abre! -gritaron con más fuerza aún.
– ¡Es el herrero! – exclamó Chub, cogiendo su gorro -. Escucha, Soloja: escóndeme donde sea. Por nada del mundo quiero encontrarme con ese maldito bribón. Ojalá le salga ese hijo del diablo una ampolla tan grande bajo los ojos como una gavilla de trigo.

Soloja, que también estaba asustada, iba de un lado para otro como una loca. Sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, le hizo una señal a Chub para que se metiera en el mismo saco en el que se encontraba ya el sacristán. El pobre sacristán no se atrevió siquiera a dar muestras de su dolor mediante toses o carraspeos cuando el pesado campesino se sentó prácticamente sobre su cabeza y plantó sus botas heladas en sus sienes.

El herrero entró en silencio y, sin quitarse el gorro, se dejó caer sobre el banco. Se veía que estaba de muy mal humor.

En el momento en que Soloja cerraba la puerta, alguien volvió a llamar. Era el kozako Sverbiguz. A ese no podía ocultarlo en un saco, porque no había ninguno apropiado. Era más robusto que el alcalde y más alto que el compadre Chub. Por ello, Soloja lo condujo al jardín y se dispuso a escuchar allí cuanto quisiera decirle.

El herrero contemplaba con mirada distraída la jata y de vez en cuando prestaba atención al sonido lejano de las canciones; finalmente sus ojos se detuvieron en los sacos.

«¿Por qué los habré dejado ahí? Hace tiempo que tendría que haberlos retirado. Ese estúpido amor me ha hecho perder la cabeza. Mañana es fiesta y la casa está llena de basura. ¡Los llevaré a la herrería!».

Y tras pronunciar esas palabras, el herrero se puso en cuclillas junto a los enormes sacos, los ató con fuerza y se dispuso a cargarlos sobre los hombros. Pero sus pensamientos debían estar en otra parte, pues de otro modo habría oído el quejido de Chub cuando el cordón con que ataba el saco le retorció los cabellos, y el fuerte hipo que sacudió el cuerpo del alcalde.

-¿Es que esa maldita Oksana no va a dejarme nunca en paz? -dijo el herrero-. Aunque trato de olvidarla, no puedo ver otra cosa que su rostro. ¿Cómo es posible que un pensamiento se te meta en la cabeza en contra de tu propia voluntad? ¡Diablos, parece como si los sacos pesaran más que antes! Aquí debe haber algo más que carbón. ¡Pero qué tonto soy! Me había olvidado de que ahora todo me parece más pesado. Antes, podía doblar y enderezar con la mano una moneda de cobre y una herradura, mientras que ahora no soy capaz de cargar unos sacos de carbón. Como siga así, pronto me tumbará el viento. No -gritó después de una pausa, cobrando nuevos bríos-. ¡Ni que fuera una mujer! ¡No permitiré que nadie se burle de mí! ¡Dadme diez sacos como éstos y los levantaré! -y con un movimiento poderoso, se echó sobre los hombros unos sacos que dos hombres robustos no habrían podido cargar-. También cogeré éste -añadió, levantando el más pequeño, en cuyo fondo estaba acurrucado el diablo-. Aquí debo haber guardado mis herramientas -dijo, y tras pronunciar esas palabras, salió de la jata, cantando:

No voy a atarme a una mujer.

En las calles las canciones y los gritos resonaban cada vez más fuertes. Los grupos errantes aumentaban en número gracias a gentes llegadas de las aldeas vecinas. Los mozos hacían travesuras y alborotaban. A menudo, entre los villancicos, se oía una alegre canción improvisada en ese mismo instante por algún joven kozsako. O en medio de la multitud alguien entonaba, en lugar de un villancico, una canción de Noche Vieja, gritando a pleno pulmón:

¡Es Noche Vieja, es Noche Vieja!
Dadme un buñuelo,
un plato de gachas,
una rodaja de salchicha.

Una carcajada recompensaba al animador. Las pequeñas ventanas se abrían y una vieja -sólo ellas y los respetables padres de familia se habían quedado en casa- sacaba su seca mano y entregaba a los cantantes una salchicha o un pedazo de pastel. Los mozos y las muchachas acercaban sus sacos y recogían la recompensa. En un determinado lugar, los mozos habían rodeado a un grupo de muchachas: se oyeron gritos, se produjo un gran alboroto; uno les lanzaba una bola de nieve; otro les arrancaba un saco lleno de toda suerte de cosas. En otro lugar las muchachas perseguían a un mozo, le ponían la zancadilla y él salía volando con su saco. Parecía que estaban dispuestos a divertirse hasta la llegada del alba. La noche, como a propósito, derramaba una fastuosa claridad, y el brillo de la nieve hacía aún más blanca la luz de la luna.

El herrero se detuvo con sus sacos. Le había parecido oír en un grupo de muchachas la voz y la fina risa de Oksana. Todo su cuerpo se estremeció; arrojó los sacos al suelo con tanta brusquedad que el sacristán, acurrucado en el fondo, lanzó un gemido a causa del golpe y el alcalde hipó con todas sus fuerzas; luego, con el saco más pequeño sobre los hombros, se unió a los mozos que perseguían al grupo de muchachas en el que le había parecido oír la voz de Oksana.

«¡Sí, es ella! ¡Camina como una reina y sus ojos negros brillan! Un apuesto muchacho le está contando alguna anécdota, por lo visto muy divertida, ya que ella se ríe. No obstante, ella siempre se está riendo.» Sin saber muy bien cómo, un poco en contra de su voluntad, el herrero se abrió camino entre la multitud y se situó a su lado.

-¡Ah, Vakula, estás ahí! ¡Hola! -dijo la bella, con aquella sonrisa que al herrero le hacía perder la cabeza-. ¿Has reunido muchas cosas? ¡Vaya un saco más pequeño! ¿Has conseguido ya los botines de la zarina? ¡Si me los traes, me casaré contigo! -y echándose a reír, se marchó corriendo con las otras muchachas.

El herrero se quedó como clavado al suelo. «No, no puedo; ya no tengo fuerzas…», exclamó finalmente. «Pero Señor, ¿por qué es tan endiabladamente hermosa? Su mirada, su modo de hablar, todo en ella me abrasa el corazón… No, ya no puedo soportarlo más. Es hora de poner fin a todo esto. ¡Que se pierda mi alma! ¡Me arrojaré al río por un agujero del hielo y nadie me verá más!»

Así diciendo, avanzó con paso decidido, alcanzó al grupo de muchachas, se situó junto a Oksana y le dijo con voz firme:

-¡Adiós, Oksana! Búscate el novio que quieras, búrlate de quien se te antoje; pero a mí no volverás a verme.

La bella pareció sorprendida e hizo intención de hablar, pero el herrero hizo un gesto con la mano y se marchó.

¿Adónde vas, Vakula? -gritaron los muchachos al ver que se alejaba corriendo.
¡Adiós, hermanos! -respondió el herrero-. Si Dios quiere, nos veremos en el otro mundo, pero en éste ya no nos divertiremos juntos. ¡Adiós! ¡No me guardéis rencor! Decidle al padre Kondrat que celebre una misa por el reposo de mi alma pecadora. Los asuntos mundanos, pecador de mí, me han impedido pintar los cirios para los iconos del santo y de la Madre de Dios. ¡Adiós!

Tras pronunciar esas palabras, el herrero echó de nuevo a correr, con el saco al hombro.

-¡Está loco! -dijeron los muchachos.
-¡Un alma perdida! -musitó piadosamente una vieja que pasaba por allí-. Iré a contarle a todos que el herrero se ha ahorcado.

Vakula, tras recorrer unas cuantas calles, se detuvo para tomar aliento. «En realidad, ¿adónde me dirijo? -pensaba-. ¿Es que está todo perdido? Probaré otra solución: iré a ver al zaporogo Patsiuk el Panzudo. Se dice que conoce bien a los diablos y que puede hacer todo lo que se le antoja. Iré a verle, ya que de todos modos mi alma debe perderse.»

Al oír esas palabras el diablo, que había estado inmóvil todo el tiempo, se puso a dar saltos de alegría en su saco; pero el herrero, pensando que había sido él mismo quien había provocado ese movimiento, al rozarlo por descuido con el brazo, le propinó un golpe con su poderoso puño, se lo acomodó sobre los hombros y se encaminó a casa de Patsiuk el Panzudo.

Ese Patsiuk el Panzudo había sido en su tiempo zaporogo; nadie sabía si le habían expulsado o él mismo se había marchado de Zaporozhie. Hacía ya diez o quince años que se había establecido en Dikanka. En un principio había vivido como un verdadero zaporogo: no trabajaba, pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, comía como seis segadores y podía beberse de una vez un cubo entero; no obstante, no le faltaba espacio para meter todo eso, pues Patsiuk, a pesar de su baja estatura, era un hombre de cuerpo muy ancho. Además, los pantalones bombachos que llevaba eran tan amplios que, incluso cuando marchaba a grandes pasos, no se le distinguían las piernas y parecía que por la calle avanzaba un tonel de vino. Tal vez esa circunstancia había motivado que le apodaran Panzudo.

Apenas llevaba unos días viviendo en la aldea, cuando ya todo el mundo sabía que era curandero. En cuanto alguien caía enfermo, enseguida se llamaba a Patsiuk; y a Patsiuk le bastaba con murmurar unas palabras para que el mal desapareciera como por encanto. Si sucedía que un noble hambriento se atragantaba con una espina, Patsiuk le daba un puñetazo en la espalda con tanta habilidad que la espina seguía su camino sin causar ningún daño en la garganta del noble. En los últimos tiempos apenas se dejaba ver. Quizás ello se debiera a la pereza y al hecho de que cada año le resultaba más difícil pasar por la puerta. Por eso, cuando alguien necesitaba su ayuda, tenía que ir a su casa.

El herrero, no sin cierta timidez, abrió la puerta y vio a Patsiuk, sentado a la turca, delante de un pequeño tonel sobre el que había una escudilla con galushkas. La escudilla estaba situada a la misma altura que su boca. Sin mover un dedo, inclinando apenas la cabeza hacia la escudilla, bebía el caldo y tomaba de vez en cuando una albóndiga entre los dientes.

«Éste es aún más vago que Chub -pensó Vakula-. El otro, al menos, come con cuchara; éste, en cambio, no quiere ni levantar la mano.»

Patsiuk debía estar muy ocupado con las galushkas, pues no pareció advertir la llegada del herrero, que, nada más franquear el umbral, le dirigió un respetuoso saludo.

– ¡Vengo a implorar tu ayuda, Patsiuk! -le dijo Vakula, saludándole de nuevo.

El grueso Patsiuk levantó la cabeza y luego siguió comiendo sus galushkas. No te lo tomes a mal, no lo digo con intención de ofenderte -dijo el herrero, cobrando ánimos-, pero se dice que tienes tratos con el diablo.

Tras pronunciar esas palabras, Vakula se asustó, pensando que se había expresado de modo demasiado directo, sin suavizar apenas la rotundidad de sus palabras; por ello, esperando que de un momento a otro Patsiuk cogiera el tonel y la escudilla y se los tirara a la cabeza, se apartó un poco y se cubrió con la manga para que el líquido caliente de las galushkas no le salpicara la cara.

Pero Patsiuk se limitó a mirarle y siguió comiendo sus galushkas. Algo más animado, el herrero decidió continuar:

-He venido a verte, Patsiuk, que Dios te dé bienes en abundancia y pan en proporción -a veces el herrero sabía introducir una palabra a la moda, de las que había aprendido durante su estancia en Poltava para pintar la cerca de madera del capitán de kozakos.

-. ¡Estoy perdido, pecador de mí! ¡No hay nada en el mundo que pueda salvarme! Me veo obligado a pedirle ayuda al mismo diablo. ¿Qué dices Patsiuk? – exclamó el herrero, viendo que el otro seguía callado-. ¿Qué debo hacer?

-¡Si tienes necesidad del diablo, dirígete a él! -respondió Patsiuk, sin levantar la mirada y sin dejar de comer.

-Por eso he venido a verte -apuntó el herrero, haciendo una reverencia-. Creo que eres la única persona en el mundo que conoce el camino.

Patsiuk, sin pronunciar palabra, terminó las galushkas que le quedaban.

– ¡Hazme esa merced, buen hombre! ¡Atiende mi súplica! -insistió el herrero-. Si necesitas un cerdo, salchichas, harina de trigo sarraceno, tela, cereal o cualquier otra cosa… Ya sabes cómo suele hacerse entre gentes de bien en caso de necesidad… No escatimaré nada.

Dime, al menos, qué debo hacer para encontrar el camino.

-Aquel que lleva el diablo a sus espaldas, no necesita ir muy lejos -exclamó Patsiuk con indiferencia, sin cambiar de postura.

Vakula lo miró atentamente, como si en su frente estuviera escrita la explicación de esas palabras. «¿Qué dice?» -era la silenciosa cuestión que se leía en su rostro; y su boca entreabierta parecía dispuesta a engullir la primera palabra de Patsiuk como si fuera una galushka, pero éste seguía callado.

En ese instante Vakula advirtió que el tonel y las galushkas habían desaparecido; en su lugar vio en el suelo dos escudillas de madera: una estaba llena de buñuelos y la otra de nata agria. Sus pensamientos y sus ojos se dirigieron involuntariamente sobre esos alimentos.

«Veamos cómo se las arregla Patsiuk para comer los buñuelos», se dijo. «Seguramente no querrá inclinarse como ha hecho con las galushkas; además, no es posible: primero debe mojarlos en la nata agria.»

Apenas había tenido tiempo de concebir ese pensamiento, cuando Patsiuk entreabrió la boca, miró los buñuelos y luego la abrió del todo. En ese momento un buñuelo saltó de la escudilla, se bañó en la nata agria, se volvió del otro lado, rebotó y se fue derecho a la boca.

Patsiuk se lo comió, volvió a abrir la boca y un segundo buñuelo siguió el mismo camino. Su único trabajo consistía en masticar y tragar.

«¡Vaya prodigio!», pensó el herrero, mirándolo con la boca abierta, y en ese instante advirtió que un buñuelo se deslizaba hasta ella y le manchaba los labios de crema. Tras rechazar el buñuelo y secarse los labios, el herrero empezó a meditar en los extraños sucesos que tenían lugar en el mundo y en el grado de sutileza al que puede llevar a un hombre la fuerza maligna; en ese momento, se dio cuenta de que sólo Patsiuk podía ayudarle.

«Voy a hacerle otra reverencia, a ver si me explica bien… ¡Pero qué diablos! ¡Hoy es día de vigilia, y está comiendo buñuelos y galushkas de carne! ¡Y yo sigo aquí como un imbécil, cargando mi conciencia con un pecado! ¡Atrás!» -y el piadoso herrero salió a toda prisa de la jata.

Pero el diablo, que seguía sentado en el saco, alegrándose por anticipado de su victoria, decidió no dejar escapar una presa tan preciada. En cuanto el herrero depositó el saco en el suelo, salió de un salto y se sentó sobre su cuello.

El herrero sintió que un escalofrío recorría todo su cuerpo; se asustó, palideció y no supo qué hacer. Quiso santiguarse, pero el diablo, acercando su hocico de perro a su oreja derecha, le dijo:

-Soy yo, tu amigo. ¡Haré cualquier cosa por un camarada y un amigo! Te daré todo el dinero que quieras -le chilló en la oreja izquierda-. Hoy mismo Oksana será tuya -susurró, aproximando de nuevo su hocico a la oreja derecha del herrero.

Vakula se quedó pensativo.
-De acuerdo -dijo por fin-. A ese precio estoy dispuesto a ser tuyo.
El diablo dio una palmada de alegría y se puso a cabalgar sobre el cuello del herrero.

«¡Ya he atrapado al herrero!», pensó. «Ahora me vas a pagar, hermano, todos esos garabatos y esos infundios que has propalado sobre los diablos. ¿Qué dirán mis compañeros cuando se enteren de que el hombre más piadoso de la aldea ha caído en mis manos?» Y el diablo se rió alegremente, pensando cómo iba a hacer rabiar a todos sus rabudos compañeros en el infierno y cómo se enfurecería el diablo cojo, que estaba considerado un maestro en materia de engaños.

-¡Bueno, Vakula! -chilló el diablo, que seguía sentado en el cuello del herrero, como si temiera que éste se le escapara-. Ya sabes que sin contrato no puedo hacer nada.

-¡Estoy dispuesto! -dijo el herrero-. He oído decir que entre vosotros se firma con sangre. Espera, voy a coger un clavo del bolsillo -y a continuación echó la mano hacia atrás y agarró al diablo por la cola.

-¡Mira qué bromista! -gritó el diablo, riéndose-. ¡Bueno, basta ya de travesuras!
-Espera, hermano -gritó el herrero-. A ver qué te parece esto-. Nada más pronunciar esas palabras, hizo la señal de la cruz y el diablo se volvió tan manso como un cordero-.

Espera un poco más -dijo, cogiéndolo por la cola y tirándolo al suelo-. Voy a enseñarte a incitar al pecado a las gentes de bien y a los cristianos honrados -y tras pronunciar esas palabras, sin soltarle la cola, el herrero saltó sobre él y levantó la mano para hacer la señal de la cruz.

-¡Piedad, Vakula! -gimió con voz lastimera el diablo-. ¡Haré todo lo que quieras, pero no me atormentes más: no hagas sobre mí la terrible señal de la cruz.

– ¡Ah, ya empiezas a cantar con otra voz, maldito alemán! Ahora ya sé lo que debo hacer. ¡Llévame ahora mismo sobre tus espaldas! ¿Me oyes? ¡Llévame como un pájaro!

-¿Adónde? -preguntó el apesadumbrado diablo.

-A San Petersburgo, directamente al palacio de la zarina. Y el herrero se quedó petrificado de terror, al sentir que se elevaba por los aires.

Oksana pasó largo rato meditando en las extrañas palabras del herrero. Una voz interior le decía que le había tratado con excesiva dureza. ¿Y si se decidía a hacer algo terrible?

«¡Quién sabe! Tal vez la tristeza le lleve a enamorarse de otra a la que, por despecho, dará el título de muchacha más bella de la aldea. Pero no, él me ama. ¡Soy tan hermosa! Por nada del mundo renunciará a mí; bromea, finge. Antes de diez minutos volverá para contemplarme. Es verdad que soy muy severa con él. Tendré que dejarme besar como a desgana. ¡Vaya si se alegrará!» Y la frívola beldad empezó a bromear con sus amigas.

-Esperad -dijo una de ellas-. El herrero ha olvidado sus sacos. ¡Mirad qué grandes son! Le ha ido mejor con los villancicos que a nosotros. Seguro que lleva dentro un cuarto entero de cordero; en cuanto a las salchichas y los trozos de pan, no se deben poder ni contar. ¡Qué abundancia! Hay para hartarse durante todas las fiestas.

-¿Son los sacos del herrero? -preguntó Oksana-. Llevémoslos enseguida a mi jata y examinemos su contenido.

Todas aceptaron la proposición, en medio de grandes risas.

-¡Pero no conseguiremos levantarlos! -gritaron las muchachas, mientras se esforzaban en moverlos.

-Esperad -exclamó Oksana-. Será mejor que vayamos por un trineo y los carguemos en él.

Y las muchachas corrieron en su busca.

A los prisioneros empezaba a aburrirles esa larga estancia en el interior de los sacos, aunque el sacristán había conseguido practicar un agujero considerable con el dedo. Si no hubiera habido gente alrededor, seguramente habría encontrado el modo de liberarse. ¡Pero salir de un saco en presencia de todo el mundo! ¡Exponerse a la burla general! … Esa posibilidad le asustaba tanto que decidió seguir esperando, limitándose a gruñir bajo las botas poco ceremoniosas de Chub. El propio Chub tenía tantos deseos como él de recobrar la libertad, pues sentía que estaba sentado sobre un objeto muy incómodo. Pero en cuanto oyó la proposición de su hija, se tranquilizó y resolvió no salir de allí, considerando que para llegar a su jata era necesario dar al menos un centenar de pasos, tal vez incluso doscientos. Si salía, tendría que arreglarse las ropas, abrocharse el abrigo, ajustarse el cinturón – ¡qué trabajo!-; además, se había dejado el gorro en casa de Soloja. No, mejor sería que las muchachas le llevaran en el trineo. Pero todo sucedió de manera muy distinta a como había pensado.

Mientras las muchachas corrían en busca de un trineo, el flaco compadre salió de la taberna contrariado y de muy mal humor. La tabernera no había querido fiarle; estuvo esperando un rato por si aparecía algún noble piadoso que le convidara, pero todos los nobles parecían haberse puesto de acuerdo para quedarse en casa y tomar la lzutiá en familia, como buenos cristianos.

Meditando en la degeneración de las costumbres y en el corazón de piedra de la judía que despachaba el vino, el compadre se topó con los sacos y se detuvo sorprendido.

– ¡Mira qué sacos han dejado tirados en medio del camino! -exclamó, mirando a su alrededor-: seguro que dentro hay también carne de cerdo. ¡Vaya suerte ha tenido el que ha visto recompensados sus villancicos con tal cantidad de cosas! ¡Qué sacos tan tremendos! Supongamos que están llenos de pan negro y de tortas de trigo… ¡No estaría mal! Tampoco sería mala cosa si contuvieran pan blanco. Por cada uno de ellos la judía me daría medio cuartillo de vodka. Voy a llevármelos enseguida para que nadie los vea -y tras pronunciar esas palabras, quiso echarse sobre los hombros el saco que contenía a Chub y el sacristán, pero se dio cuenta de que era demasiado pesado-. No, no puedo llevarlo yo solo -dijo-, pero precisamente por allí viene el tejedor Shapuvalenko. ¡Hola, Ostap!

-Hola -dijo el tejedor, y se detuvo.
¿Adónde vas?
-A ninguna parte. Adonde me lleven los pies.¡Ayúdame, buen hombre, a llevar estos sacos! Algún cantante los ha llenado y luego los ha dejado en medio del camino. Nos repartiremos el contenido a partes iguales. ¿De los sacos? ¿Y de qué están llenos, de panes o de tortas?

-Creo que hay de todo.
A continuación arrancaron unas tablas de una cerca, pusieron el saco encima y de ese modo lo cargaron sobre los hombros.

-¿Adónde lo llevamos? ¿A la taberna? -preguntó el tejedor por el camino.

Eso había pensado, pero esa maldita judía no nos creerá y empezará a decir que lo hemos robado en alguna parte; además, acabo de salir de allí. No, mejor lo llevaremos a mi casa. Allí no nos molestará nadie: mi mujer ha salido.

-¿Estás seguro? -le preguntó el precavido tejedor.
-Gracias a Dios, todavía no he perdido del todo el juicio -exclamó el compadre-. Sólo el diablo me llevaría donde se encuentre ella. Andará callejeando con las otras mujeres hasta el amanecer.

-¿Quién está ahí? -gritó la esposa del compadre, al escuchar un ruido en el zaguán, en el que acababan de entrar los dos amigos, y a continuación abrió la puerta.

El compadre se quedó estupefacto.

-¡Estamos listos! -exclamó el tejedor, dejando caer los brazos.
La mujer del compadre era un tesoro de esos que abundan en el mundo. Lo mismo que su marido, apenas paraba en casa y pasaba casi todo el día en compañía de sus comadres o de alguna vieja acaudalada, comiendo con gran apetito y prodigando halagos; con su marido sólo discutía por la mañana, porque era el único momento del día en que a veces lo veía. Su casa era dos veces más vieja que los pantalones bombachos del secretario provincial, y al tejado le faltaba paja en algunos puntos. De la cerca sólo subsistían algunos vestigios, pues los aldeanos, cuando salían de sus casas, no cogían nunca una vara para ahuyentar a los perros y esperaban a pasar junto al jardín del compadre para arrancar una tabla de su valla. A veces pasaban tres días seguidos sin que nadie encendiera la estufa. Todo lo que la tierna esposa conseguía de las buenas gentes lo escondía lo más posible de su marido y con frecuencia le arrebataba por la fuerza el dinero que éste llevaba encima, si no había tenido tiempo de bebérselo en la taberna. A pesar de su habitual indolencia, al compadre no le gustaba ceder; por eso solía salir de casa con los dos ojos morados, mientras su media naranja, gimoteando, iba corriendo a contarle a las viejas las atrocidades de su marido y los golpes que le había propinado.

Imagínese el lector la perplejidad del tejedor y su compadre ante esa aparición inesperada. Tras dejar el saco en el suelo, se pusieron delante de él y trataron de ocultarlo con los faldones; pero era demasiado tarde: aunque la mujer del compadre no veía bien con sus fatigados ojos, había reparado en el saco.

-¡Ésta si que es buena! -dijo con la alegría de un halcón cuando descubre una presa-. ¡Me llena de satisfacción que hayáis reunido tantas cosas cantando villancicos! Así es como hacen las gentes de bien; pero no: me parece que vosotros lo habéis robado en alguna parte. ¡Enseñadme ahora mismo ese saco! ¿Me habéis oído? ¡Enseñádmelo ahora mismo!

-Será un diablo calvo el que te lo enseñe, pero lo que es nosotros… -dijo el compadre con resolución.

-¿Por qué te metes en esto? -exclamó el tejedor-. Los villancicos los hemos cantado nosotros, no tú.

– ¡Ya lo creo que me lo enseñarás, maldito borracho! -gritó la mujer, propinando un puñetazo en el mentón del gran compadre y acercándose al saco.

Pero el tejedor y el compadre defendieron con valor su botín y la obligaron a retroceder. Apenas habían tenido tiempo de reponerse, cuando la mujer apareció de nuevo en el zaguán, esta vez con un atizador en la mano. Tras descargar un golpe en el brazo de su marido y otro en la espalda del tejedor, se acercó de nuevo al saco.

-¿Por qué la hemos dejado llegar hasta aquí? -dijo el tejedor, recobrándose.

-¿Cómo que por qué la hemos dejado? Dirás mejor por qué la has dejado -exclamó impertérrito el compadre.

-¡Por lo que veo tenéis un atizador de hierro! -dijo el tejedor después de unos instantes de silencio, rascándose la espalda-. El año pasado mi mujer compró un atizador en la feria; pagó por él veinticinco kopeks, pero no hace tanto daño…

Entretanto la esposa triunfadora, tras depositar un candil en el suelo, desataba el saco y miraba en su interior. Pero sus cansados ojos, que tan pronto le habían descubierto el saco, en esta ocasión la engañaron.

-¡Vaya, pero si hay un cerdo entero! -gritó, dando palmadas de alegría.
-Un cerdo, ¿has oído? ¡Un cerdo entero! -dijo el tejedor, empujando al compadre-. ¡Y tú tienes la culpa de todo!

-¿Qué quieres que haga? -exclamó el compadre, encogiéndose de hombros.

-¿Y me lo preguntas? ¿A qué estamos esperando? ¡Cojamos el saco! ¡Vamos!
-¡Fuera! ¡Fuera! ¡Ese cerdo es nuestro! -gritaba el tejedor avanzando hacia la mujer.
– ¡Vete, vete, vieja del diablo! ¡Ese animal no es tuyo! -dijo el compadre acercándose.
La mujer se disponía a blandir de nuevo el atizador, pero en ese momento Chub salió del saco y se plantó en medio del zaguán, estirándose como si acabara de despertarse de un largo sueño.

La esposa del compadre lanzó un grito y descargó un puñetazo sobre el suelo; todos quedaron con la boca abierta.

– ¡Y esta tonta decía que era un cerdo! ¡No es un cerdo! -exclamó el compadre, con los ojos casi fuera de sus órbitas.

-¡Un hombre como éste dentro de un saco! -dijo el tejedor, retrocediendo asustado-. ¡Puedes decir lo que quieras, puedes reventar ahí mismo, pero estoy convencido de que en esto ha tenido que intervenir alguna fuerza maléfica! ¡Si ni siquiera cabe por la ventana!

-¡Es el compadre! -gritó el otro compadre, después de una atenta mirada.
-¿Y quién creías que era? -dijo Chub sonriendo-. Os he gastado una buena broma, ¿eh? ¡Y vosotros ya queríais comerme como si fuera un cerdo! Esperad, voy a daros una buena noticia: en el saco hay alguna cosa más; si no es un cerdo debe ser un lechón o algún otro animal. No paraba de moverse debajo de mí.

El tejedor y el compadre se precipitaron sobre el saco, mientras la dueña de la casa lo agarraba por el lado contrario; sin duda la disputa se hubiera recrudecido si el sacristán, viendo que ya no podía seguir ocultándose, no hubiera salido de su escondite.

La mujer del compadre, petrificada, soltó el pie del sacristán, del que había empezado a tirar para ayudarle a salir.

-¡Otro más! -gritó aterrado el tejedor-. ¡Qué cosas pasan en este mundo! La cabeza me da vueltas… ¡En los sacos no hay salchichas ni panes, sino personas!

-¡Es el sacristán! -exclamó Chub, más sorprendido que ninguno-. ¡Caramba! ¡Vaya con Soloja! Meterlo en un saco… Ahora comprendo por qué tenía toda la casa llena de sacos: en cada uno de ellos había dos hombres. Y yo que pensaba que era el único… ¡Vaya con Soloja!

Las muchachas quedaron algo extrañadas ante la falta de un saco.

¡Qué le vamos a hacer! Contentémonos con éste! -balbució Oksana. Cogieron el saco entre todas y lo subieron al trineo.

El alcalde había decidido callarse, considerando que si gritaba para que abrieran el saco y lo dejaran salir, esas estúpidas muchachas echarían a correr pensando que era el diablo, y él se quedaría allí dentro, probablemente hasta el día siguiente.

Mientras tanto las mozas se cogieron de la mano y partieron en tromba, arrastrando el trineo sobre la crujiente nieve. Muchas de ellas, jugando, se subieron al trineo, mientras otras se encaramaron sobre el alcalde, que había decidido soportarlo todo. Finalmente llegaron, abrieron de par en par la puerta del zaguán y la de la jata y entre risas arrastraron el saco al interior de la vivienda.

-Veamos lo que hay dentro -gritaron todas, tratando de deshacer el nudo.
En ese momento, el hipo que había atormentado al alcalde durante su larga permanencia en el saco se incrementó de tal modo que empezó a hipar y a toser con todas sus fuerzas.

-¡Ah, hay alguien dentro! -gritaron todas y, asustadas, se precipitaron fuera de la casa.
-¿Qué diablos pasa? ¿Por qué corréis como si estuvieseis locas? -preguntó Chub, que en ese preciso instante entraba en la jata.

-¡Ay, padre! -exclamó Oksana-. ¡Hay alguien dentro del saco!

-¿En el saco? ¿Dónde lo habéis encontrado?
-El herrero lo abandonó en medio del camino -dijeron todas al unísono.
«Vaya, ¿no lo decía yo?», pensó Chub.
¿De qué os habéis asustado? Veamos. Venga, buen hombre -perdóname si ignoro tu nombre y tu patronímico-, ¡sal del saco!

Apareció el alcalde.

¡Ay! -gritaron las muchachas.
-También el alcalde -se dijo Chub, estupefacto, mirándolo de los pies a la cabeza-. ¡Hay que ver!… ¡Vaya! -fue lo único que acertó a decir.

El alcalde estaba no menos sorprendido y no sabía cómo empezar.

-Debe hacer frío en la calle -exclamó, dirigiéndose a Chub.
-Está helando -respondió Chub-. Permíteme que te haga una pregunta: ¿con qué engrasas tus botas, con sebo o con brea?

No era eso lo que quería decir; en realidad, le hubiera gustado preguntar: «¿Qué hacías metido en ese saco, alcalde?», y él mismo no entendía por qué había dicho otra cosa.

-¡Con brea, es mejor! -respondió el alcalde-. Bueno, ¡adiós, Chub! -y, calándose el gorro, salió de la jata.

-¿Por qué le habré hecho esa pregunta? -exclamó Chub, mirando la puerta por la que acababa de salir el alcalde-. ¡Ah, Soloja! ¡Encerrar a un hombre como ése en un saco!… ¡Hay que ver! ¡Esa mujer es un diablo! Y yo soy tonto… Pero ¿dónde está ese maldito saco?

Lo he puesto en un rincón. Ya no tiene nada -exclamó Oksana.

-¡Pues sí! ¡Ya conozco yo esta historia! ¡Tráelo aquí! Seguro que hay alguno más. ¡Sacúdelo bien!… ¿Qué? ¿No hay nada?… ¡Maldita mujer! Cuando la miras parece una santa, con ese aire de no haber roto un plato en su vida.

Pero dejemos que Chub dé libre curso a su enfado y volvamos a nuestro herrero, pues seguramente ya son más de las ocho.

En un principio Vakula se asustó cuando se sintió transportado a una altura tan grande que nada veía de cuanto había a sus pies; semejante a una mosca, pasó tan cerca de la luna que tuvo que inclinarse levemente para que su gorra no quedara prendida. No obstante, al cabo de un rato tomó ánimos y empezó a gastarle bromas al diablo. Le divertía mucho oírle estornudar y toser cuando se quitaba del cuello una pequeña cruz de madera de ciprés y se la ponía cerca de la cara. Levantaba a propósito la mano para rascarse la cabeza y el diablo, pensando que se disponía a santiguarse, aceleraba la marcha.

En las alturas reinaba una gran claridad. El aire, envuelto en una ligera neblina plateada, era transparente. Y cuántas cosas se veían: un hechicero que, sentado en una olla, pasó junto a ellos como un torbellino; estrellas que se reunían para jugar a la gallinita ciega; un enjambre entero de espíritus que se arremolinaba a un lado como nubes; un diablo que bailaba a la luz de la luna y que se quitó el sombrero cuando el herrero, galopando sobre su montura, pasó a su lado; una escoba que regresaba sola, tras haber llevado a una bruja a su cita… Muchas porquerías más vieron por el camino. Todas las criaturas con las que se cruzó el herrero se detenían un instante para mirarlo y luego continuaban su camino y retomaban sus actividades. El herrero seguía volando; de pronto resplandeció ante él la ciudad de San Petersburgo, toda desbordante de luces. (Había entonces, con motivo de alguna celebración, una gran iluminación.) El diablo, una vez atravesada la barrera, se transformó en un caballo y el herrero se vio en medio de una calle cabalgando sobre un brioso corcel.

¡Dios mío! ¡Qué ruido, qué estrépito, qué resplandor! A ambos lados de la calle se elevaban casas de cuatro pisos; el ruido de las herraduras y de las ruedas retumbaba por todas partes; las casas crecían y parecían surgir del suelo a cada paso; los puentes temblaban; los carruajes volaban; los cocheros y los postillones gritaban; la nieve silbaba bajo miles de trineos que volaban en todas direcciones; los transeúntes se agolpaban y se apretaban junto a las casas guarnecidas de faroles, y sus inmensas sombras, deslizándose sobre los muros, alcanzaban con sus cabezas las chimeneas y los tejados. El herrero miraba con asombro a uno y otro lado. Le parecía que todas las casas dirigían sobre él sus innumerables ojos de fuego y le miraban. Había tantos señores vestidos con pellizas forradas de tela que no sabía ante quién descubrirse.

«¡Dios mío, cuánta nobleza hay aquí!», pensó el herrero. «Seguramente todos los peatones que llevan pelliza deben ser como mínimo asesores, y los que viajan en esas maravillosas calesas con cristales deben de ser, si no gobernadores, al menos comisarios y hasta puede que algo más.» El diablo interrumpió el curso de sus reflexiones con una pregunta: «¿Debo ir directamente al palacio de la zarina?».

«No, me da miedo», pensó el herrero. «Sé que en alguna parte deben andar los zaporogos que pasaron por Dikanka este otoño. Venían de la Sich con papeles para la zarina; será mejor que les pida consejo.»

– ¡Eh, Satanás, métete en mi bolsillo y llévame a ver a los zaporogos!

En un instante el diablo se encogió y se hizo tan pequeño que entró sin ninguna dificultad en el bolsillo del herrero. Apenas había tenido tiempo Vakula de volverse, cuando se encontró ante una gran casa y, sin saber bien cómo, empezó a subir por la escalera; abrió la puerta y retrocedió unos pasos, deslumbrado por el rico mobiliario de la habitación, pero recobró el ánimo en cuanto reconoció a los zaporogos que habían pasado por Dikanka; estaban sentados a la turca, con sus botas engrasadas de brea, sobre divanes forrados de seda y fumaban un tabaco especialmente fuerte que recibe el nombre de «raíz».

– ¡Salud, señores, y que Dios os guarde! ¡Mirad dónde nos hemos encontrado! -dijo el herrero, acercándose y haciendo una profunda reverencia.

-¿Quién es ese hombre? -preguntó el kozako que estaba sentado frente al herrero, dirigiéndose a otro que se encontraba más lejos.

¿No os acordáis de mí? -preguntó el herrero-: ¡soy yo, Vakula, el herrero! Cuando pasasteis este otoño por Dikanka -que Dios os conceda salud y larga vida-, os quedasteis dos días enteros. Incluso puse una goma nueva a la rueda delantera de vuestro carruaje.

-¡Ah! -exclamó el mismo zaporogo-. ¡Es el herrero que pinta tan bien! ¡Salud, paisano! ¿Qué te ha traído por aquí?

Nada de particular. Tenía ganas de ver mundo; se cuenta…

-Y qué, paisano -exclamó el zaporogo, haciéndose el importante y deseando demostrar que sabía hablar ruso-, y qué, ¿te parece grande la ciudad?

El herrero no quería hacer el ridículo ni que le tomaran por un novato; además, como ya hemos tenido ocasión de comprobar, sabía hablar con distinción.

-¡Es una capital magnífica! -respondió con tono indiferente-. No se puede decir otra cosa: las casas son inmensas y tienen cuadros extraordinarios en las paredes. Muchas viviendas están profusamente adornadas con letras de oro. Hay que reconocerlo: la proporción es maravillosa.

Los zaporogos, cuando oyeron al herrero expresarse con tanta soltura, se formaron de él una opinión muy favorable.

-Ya seguiremos hablando contigo más tarde, paisano; ahora tenemos que ir a ver a la zarina.

¿A la zarina? ¡Señores, tened la bondad de llevarme con vosotros!

¿A ti? -exclamó el zaporogo con el tono que emplea un ayo cuando se dirige a un niño de cuatro años que le ha pedido permiso para montar un caballo grande, de verdad-. ¿Y qué ibas a hacer allí? No, no es posible -y al pronunciar esas últimas palabras, su rostro adquirió una expresión de importancia-. Vamos a hablar con la zarina de nuestros asuntos, hermano.

-¡Llevadme! -insistió el herrero-. ¡Pídeselo tú! -le susurró al diablo, dando un puñetazo en el bolsillo.

Apenas había pronunciado esas palabras, cuando otro zaporogo exclamó:

-¿Por qué no lo llevamos, hermano?
-Bueno, lo llevaremos -dijeron los demás.
-Vístete como nosotros.
Mientras el herrero se ponía con premura una túnica verde, la puerta se abrió y un hombre vestido con un traje guarnecido de oro anunció que ya era hora de partir.

Una vez más el herrero se quedó maravillado cuando se sintió transportado por un inmenso carruaje, que se balanceaba sobre sus resortes, mientras a ambos lados pasaban casas de cuatro plantas y el empedrado, tronando, parecía rodar bajo los cascos de los caballos.

«¡Dios mío, qué cantidad de luz!», pensaba el herrero. «En nuestra aldea ni siquiera de día hay tanta claridad.»

El carruaje se detuvo ante el palacio. Los zaporogos salieron, se internaron en el magnífico vestíbulo y empezaron a subir por una escalera brillantemente iluminada.

-¡Qué escalera! -murmuraba el herrero-. ¡Hasta da pena pisarla! ¡Y qué ornamentos! ¡Para que luego digan que los cuentos están llenos de mentiras! ¡Nada de mentiras! ¡Dios mío, qué balaustrada! ¡Qué trabajo tan extraordinario! ¡En su fabricación sólo han empleado hierro, y por un valor de al menos cincuenta rublos!

Una vez arriba, los zaporogos atravesaron una primera sala. El herrero los seguía con aire apocado, temiendo a cada paso resbalar en el parqué. Atravesaron tres salas y el herrero no dejaba de asombrarse. Cuando entraron en una cuarta, se acercó maquinalmente a un cuadro colgado de la pared, con la Virgen y el Niño en brazos.

«¡Vaya cuadro! ¡Es una pintura maravillosa!», pensó. «¡Se diría que habla! ¡Parece viva! ¡Y el Niño Jesús! ¡Cómo cierra las manitas! ¡Cómo sonríe, el pobrecito! ¡Y qué colores! ¡Dios mío, qué colores! Creo que no hay ni un kopek de ocre, todo es cardenillo y bermellón. ¡Y el azul parece que arde! ¡Un trabajo extraordinario! Probablemente el fondo ha sido preparado con albayalde. Pero por muy asombrosas que sean las pinturas, este picaporte de cobre -continuó, acercándose a la puerta y palpando la cerradura- merece aún mayor admiración. ¡Qué trabajo tan perfecto! Seguro que lo han fabricado herreros alemanes, y por no poco dinero.»

Probablemente el herrero hubiera continuado largo rato con sus reflexiones si un lacayo con galones no le hubiera empujado por el codo para recordarle que no debía quedarse rezagado de los demás. Los zaporogos atravesaron otras dos salas y se detuvieron. Allí se les ordenó esperar. La sala estaba repleta de generales con uniformes bordados de oro. Los zaporogos saludaron a un lado y a otro y quedaron agrupados en un rincón de la estancia.

Al cabo de un minuto, acompañado de su séquito, entró un hombre de una estatura majestuosa, bastante robusto, vestido con uniforme de hetman y calzado con botas amarillas.

Llevaba los cabellos despeinados, bizqueaba un poco y su rostro expresaba una suerte de altiva majestuosidad; en cada uno de sus movimientos se advertía que estaba habituado a mandar. Todos los generales, que se paseaban con aire altanero en sus uniformes guarnecidos de oro, se apresuraron a saludarlo con profundas reverencias, tratando de captar cada una de sus palabras y hasta sus menores gestos para ejecutar al momento su voluntad. Pero el hetman, sin prestarles la menor atención, saludándolos apenas con una inclinación de cabeza, avanzó hacia los zaporogos.

Éstos se inclinaron casi hasta el suelo.
-¿Estáis todos aquí? -preguntó arrastrando las palabras y con una voz ligeramente nasal.
-¡Estamos todos, padrecito! -respondieron los zaporogos, volviendo a saludar.
-No olvidéis hablar como os he enseñado.
-¿Es el zar? -preguntó el herrero a uno de los zaporogos.
-¡Qué va a ser el zar! Es Potemkin (Grigori Aleksándrovich Potemkin, primer ministro y favorito de Catalina la Grande.) -le contestó éste.

En la habitación contigua se oyeron voces, y el herrero ya no supo adónde dirigir la mirada, pues en ese momento entraron en la sala una multitud de damas, ataviadas con vestidos de terciopelo y largas colas, y cientos de cortesanos con caftanes bordados de oro y cabellos recogidos en la nuca. Lo único que veía era una especie de resplandor, nada más. De pronto, los zaporogos se arrojaron al suelo y gritaron al unísono:

– ¡Piedad, madrecita! ¡Piedad!
El herrero, que no veía nada, se tendió también en el suelo con la mayor diligencia.
-¡Levantaos! -dijo por encima de ellos una voz imperiosa y al mismo tiempo agradable.
Algunos de los cortesanos se agitaron y empezaron a empujar a los zaporogos para que se pusieran en pie.

-¡No nos levantaremos, madrecita! ¡No nos levantaremos! ¡Antes moriremos que levantarnos! -gritaron los zaporogos.

Su alteza imperial es demasiado benévola. Este caso requeriría al menos un La Fontaine -respondió el hombre de los botones de nácar, al tiempo que hacía una reverencia.

-Os diré con toda sinceridad que estoy entusiasmada con vuestro Brigadier. ¡Recitáis de una manera admirable! No obstante -continuó la soberana, dirigiéndose de nuevo a los zaporogos-, he oído decir que en la Sich los hombres no se casan nunca.

¡Ya lo creo que sí, madrecita! Un hombre, como bien sabe usted, no puede vivir sin una mujer -respondió el mismo zaporogo que había conversado con el herrero; y éste se sorprendió de que el zaporogo, buen conocedor del lenguaje de las gentes educadas, hablara con la zarina, como a propósito, en el tosco dialecto de los campesinos. «Son gentes astutas», se dijo. Seguramente por algo lo hace.

-No somos monjes -continuó el zaporogo-, sino simples pecadores. Nos gustan los dulces, como a todos los buenos cristianos. Muchos de los nuestros tienen mujeres, pero no viven con ellas en la Sich. Algunos tienen sus mujeres en Polonia, otros en Ucrania e incluso en Turquía.

En ese momento trajeron los botines para el herrero.

-¡Dios mío, qué adornos! -gritó éste con alegría al cogerlos-. Si su alteza lleva unos botines así y los usa para patinar sobre el hielo, ¿cómo serán los pies? Me figuro que estarán hechos de pura azúcar.

La soberana, que tenía en verdad unos pies finos y encantadores, no pudo dejar de sonreír al escuchar ese cumplido de labios de un sencillo herrero que, con sus ropas de zaporogo, podía pasar por un hombre atractivo, a pesar de su atezado rostro.

Al herrero, que estaba muy satisfecho de la buena acogida recibida, le hubiera gustado seguir preguntando a la zarina sobre todo género de cosas: si era verdad que los zares sólo comían miel y tocino, y otras cuestiones por el estilo; pero al sentir que los zaporogos le daban con el codo, decidió guardar silencio. Y cuando la soberana, dirigiéndose a los más viejos, comenzó a preguntar cómo se vivía en la Sich y cuáles eran sus costumbres, retrocedió unos pasos, se inclinó hacia el bolsillo y dijo en voz baja: «¡Sácame de aquí ahora mismo!».

Nada más pronunciar esas palabras, se encontró del otro lado de la barrera de la ciudad.

– ¡Se ha ahogado! ¡Os juro que se ha ahogado! ¡Que no pueda moverme de este lugar si no se ha ahogado! -balbuceaba en plena calle la gruesa esposa del tejedor, rodeada de un grupo de aldeanas.

-¿Acaso soy una mentirosa? ¿Acaso he robado una vaca a alguien? ¿Acaso he lanzado algún maleficio sobre los que no me creían? -gritaba y agitaba los brazos una mujer de nariz violácea, vestida con un caftán de kozako-. ¡Que no vuelva a tener nunca ganas de beber agua, si la vieja Pereperchija no ha visto con sus propios ojos cómo se ahorcaba el herrero!

-¿Que se ha ahorcado el herrero? Pero ¿qué dices? -exclamó el alcalde, que salía de casa de Chub, deteniéndose y aproximándose al grupo.

– ¡Más valdría que no tuvieras ganas de beber vodka, vieja borracha! -respondió la mujer del tejedor-. ¡Hay que estar tan loco como tú para ahorcarse! ¡Se ha ahogado! ¡Se ha ahogado en el río, en un agujero del hielo! Eso es tan cierto como que tú acabas de salir de la taberna.

-¡Desvergonzada! ¡Mira de lo que me acusa! -replicó furiosa la mujer de la nariz violácea-. ¡Mejor seria que te callaras, grosera! ¡Como si no supiera que el sacristán te visita todas las tardes!

La mujer del tejedor se ruborizó.
¿Qué sacristán? ¿A quién visita el sacristán? ¿Qué mentiras estás diciendo?
-¿El sacristán? -preguntó la mujer de éste, vestida con un abrigo de piel de liebre forrado de mahón, acercándose a las mujeres que discutían-. ¡Os voy a dar yo sacristán!

¿Quién ha dicho eso?

Es a su casa adonde va -exclamó la mujer de la nariz violácea, señalando a la mujer del tejedor.

-Así que eres tú, perra -dijo la mujer del sacristán, aproximándose a la mujer del tejedor-. Así que eres tú, bruja, la que le nublas el juicio y le haces beber brebajes impuros para que vaya a verte.

-¡Déjame tranquila, diablesa! -dijo la mujer del tejedor, retrocediendo unos pasos.
– ¡Mirad a esta maldita bruja! ¡Que no vuelvas a ver a tus hijos, desvergonzada! ¡Puf! -y la mujer del sacristán le escupió directamente a los ojos.

La mujer del tejedor quiso hacer lo mismo, pero falló el blanco y en su lugar alcanzó la barba del alcalde, que se había aproximado a las protagonistas de la disputa para que no se le escapara palabra.

– ¡Ah, maldita mujer! -gritó el alcalde, secándose el rostro con el faldón de su abrigo y levantando la fusta. Ese movimiento hizo que los presentes se dispersaran en todas direcciones, profiriendo juramentos-. ¡Qué asco! -repetía el alcalde, sin dejar de secarse-. ¡Así que el herrero se ha ahogado! ¡Dios mío! ¡Qué gran pintor era! ¡Qué cuchillos tan fuertes, qué hoces y qué rejas de arado sabía forjar! ¡Qué fuerza tenía! Sí -continuó, con aire meditabundo-, no hay muchos como él en la aldea. Ya me di cuenta, cuando me hallaba en el interior de ese maldito saco, de que el pobre estaba de muy mal humor. ¡Vaya con el herrero! ¡Antes era y ya no es! ¡Y yo que tenía intención de herrar mi yegua torda!

Y el alcalde, penetrado de tan cristianos pensamientos, se dirigió en silencio a su jata.

Oksana se turbó cuando oyó la noticia. No obstante, apenas concedía crédito a los ojos de Pereperchija ni a los rumores de las mujeres: sabía que el herrero era demasiado piadoso como para decidirse a perder su alma. Pero ¿y si se hubiera marchado con intención de no regresar nunca a la aldea? En ningún otro lugar encontraría un joven tan apuesto como el herrero. ¡Cómo la quería! ¡Había soportado sus caprichos durante más tiempo que los otros!

La bella no pudo conciliar el sueño y pasó toda la noche dando vueltas en la cama. Unas veces, descubriendo su fascinante desnudez, que las tinieblas de la noche ocultaban de su propia mirada, se maldecía casi en voz alta; otras, se apaciguaba y trataba de olvidarse de todo, pero los pensamientos no la abandonaban. Todo su cuerpo ardía, y al amanecer estaba perdidamente enamorada del herrero.

Chub no manifestó alegría ni pesar al conocer la suerte de Vakula. Sus pensamientos sólo se ocupaban de una cosa: no podía olvidar la perfidia de Soloja y aun durmiendo seguía injuriándola.

Llegó la mañana. Desde antes del amanecer la iglesia estaba llena de gente. Las mujeres mayores, ataviadas con capuchas blancas, se santiguaban piadosamente al entrar. Delante de ellas estaban las damas nobles, vestidas con blusas verdes y amarillas, e incluso con capas azules adornadas por detrás con lengüetas doradas. Las muchachas, llevando todo un muestrario de cintas en los cabellos y el cuello lleno de collares, cruces y ducados, trataban de aproximarse al iconostasio. Pero las primeras filas estaban ocupadas por nobles y simples campesinos con bigotes, tupés, gruesos cuellos y mentones recién afeitados, la mayoría de ellos vestidos con una capa bajo la que se entreveía una casaca blanca y a veces azul. Todos los rostros lucían esa expresión de los días de fiesta. El alcalde se relamía pensando en la salchicha de la cena; las muchachas se veían ya patinando sobre el hielo con los mozos; las viejas, con más afán que nunca, bisbiseaban sus oraciones. Por toda la iglesia se oía el ruido que hacía el kozako Sverbiguz al prosternarse. Sólo Oksana parecía conturbada: tan pronto rezaba como dejaba de rezar. En su corazón se acumulaban tantos sentimientos encontrados, a cuál más triste y enojoso, que su rostro sólo expresaba una profunda turbación; las lágrimas temblaban en sus ojos. Las muchachas no podían comprender la razón de esa pena y estaban lejos de sospechar que la causa era el herrero. No obstante, Oksana no era la única que pensaba en él. Todos tenían la sensación de que la fiesta no se desarrollaba como era debido, de que faltaba algo. Para colmo, el sacristán, después de la travesía en el saco, se había quedado ronco y sus palabras apenas se oían; en verdad, el sochantre recién llegado tenía una admirable voz de bajo, pero todo hubiera resultado mucho mejor con el concurso del herrero que, al llegar el momento de entonar el Padrenuestro o Aquel al que los querubines, se adelantaba en el coro y cantaba de la misma manera que en Poltava. Además, era el único que desempeñaba bien el cargo de mayordomo de la parroquia.

Se terminaron los maitines; más tarde se celebró la misa mayor… ¿Dónde se había metido el herrero?

Durante el resto de la noche el diablo llevó de vuelta al herrero, volando aún más
de prisa que a la ida. En un instante Vakula se encontró delante de su jata. En ese momento cantó el gallo.

«¿Adónde vas?», gritó el herrero, cogiendo de la cola al diablo, que quería marcharse. «Espera, amigo, que aún no he terminado contigo. Todavía no te he dado las gracias.» Y así diciendo, cogió un palo y le dio tres golpes; el pobre diablo echó a correr como un campesino al que el alguacil acaba de azotar. Así, en lugar de embaucar, seducir y engañar a los otros, el enemigo del género humano quedó él mismo burlado. A continuación, Vakula entró en el zaguán, se tumbó sobre un montón de paja y durmió hasta la hora de la comida.

Cuando se despertó, se asustó al ver que el sol estaba ya tan alto. «¡Me he perdido los maitines y la misa mayor!» Y el piadoso herrero cayó en la desesperación al pensar que Dios, queriendo castigar su pecaminosa intención de perder el alma, le había enviado ese sueño que le había impedido asistir a la iglesia en una fiesta tan solemne. Pero pronto se tranquilizó con la promesa de ir a confesarse la semana siguiente y de hacer cada día, durante todo el año, cincuenta genuflexiones. Echó un vistazo a la jata, pero no vio a nadie en su interior. Al parecer, Soloja aún no había regresado. Con mucho tiento sacó los botines de la casaca, y volvió a admirarse de su rico trabajo y de las prodigiosas aventuras de la noche pasada; se lavó, se vistió de la mejor manera que pudo con el traje que había recibido de los zaporogos, sacó del cofre un gorro nuevo de astracán con tapa de color azul que no había usado ni una vez desde el día que lo compró en Poltava, cogió también un cinturón nuevo de varios colores, puso todas esas cosas, junto con un látigo, en su pañuelo y se dirigió directamente a casa de Chub.

Cuando vio entrar al herrero, Chub sintió que los ojos se le salían de sus órbitas. No sabía qué le maravillaba más: que el herrero hubiera resucitado, que se atreviera a ir a su jata o que estuviera tan elegante con sus ropas de zaporogo. Pero más se sorprendió aún cuando Vakula, tras desanudar el pañuelo, colocó ante él un gorro nuevo y un cinturón como no se había visto nunca en la aldea, se arrojó a sus pies y exclamó con voz suplicante:

– ¡Perdóname, padre! ¡No te enfades! Toma este látigo y golpéame tan fuerte como quieras. Me pongo en tus manos y me arrepiento de todo lo que he hecho. ¡Golpéame, pero no te enfades! Hubo un tiempo en que mi padre y tú erais como dos hermanos: juntos comíais y juntos bebíais.

No sin secreta satisfacción, Chub vio cómo el herrero, al que nadie en la aldea levantaba la voz, que doblaba en la mano monedas de cinco kopeks y herraduras como si fueran buñuelos, se postraba a sus pies. Para que su dignidad no se viera disminuida, Chub cogió el látigo y le golpeó tres veces en la espalda.

-Bueno, ya es suficiente. ¡Levántate! ¡Hay que obedecer siempre a los viejos! ¡Olvidemos las diferencias que ha habido entre nosotros! Y ahora dime qué quieres.

– ¡Concédeme la mano de Oksana, padre!

Chub reflexionó unos momentos, miró el gorro y el cinturón: el gorro era magnífico y el cinturón no tenía nada que envidiarle. Se acordó entonces de la pérfida Soloja y exclamó con resolución:

-¡Está bien! ¡Envía a tus testigos!
-¡Ay! -gritó Oksana al franquear el umbral y ver al herrero, y se quedó mirándolo con estupor y alegría.

-¡Mira que botines te he traído! -exclamó Vakula-. Son los mismos que lleva la zarina.

-¡No, no! ¡No los necesito! -dijo ella, rechazándolos con un gesto de la mano, sin apartar los ojos de él-. Incluso sin botines yo… -pero en ese momento se ruborizó y no pudo decir más.

El herrero se aproximó a ella y le cogió la mano; la bella bajó los ojos. Nunca antes había estado tan hermosa. El herrero, embelesado, la besó dulcemente y el rostro de la joven se arreboló aún más, pareciendo todavía más bello.

Cuando el arzobispo, de feliz memoria, pasó por Dikanka, alabó el lugar en el que se alzaba la aldea, y al atravesar una calle, se detuvo ante una jata nueva.

-¿De quién es esta jata decorada con tantas pinturas? -preguntó su eminencia a una hermosa mujer que se mantenía cerca de la puerta con un niño en brazos.

-¡Del herrero Vakula! -le dijo Oksana, pues no de otra se trataba, al tiempo que hacía una reverencia.

-¡Maravilloso! ¡Un trabajo maravilloso! -exclamó su eminencia, examinando puertas y ventanas. Los marcos de las ventanas estaban pintados de color rojo; en las puertas, por todas partes, se veían kozakos a caballo, con la pipa entre los dientes.

Pero aún fueron mayores sus elogios a Vakula cuando supo que había cumplido su penitencia pintando gratis, de color verde y flores rojas, toda la pared izquierda del coro. No obstante, eso no era todo: a un lado de la entrada, Vakula había dibujado al diablo en el infierno, dándole un aspecto tan repugnante que todos escupían cuando pasaban a su lado; y las mujeres, cuando el niño que tenían en brazos se ponía a llorar, lo acercaban al cuadro y le decían: «¡Mira lo que hay aquí pintado!». Y el niño, conteniendo las lágrimas, miraba de reojo el cuadro y se apretaba contra el pecho de su madre.

La Noche de Mayo o La Ahogada – Obra de Mykola Hóhol


Enlace a “La Noche de San Juan” (Libro anterior)

Capítulo I: HANNA

¡Sólo el diablo lo entiende!
Cuando a los cristianos se les mete una cosa en la cabeza, se atormentan y se afanan como perros en pos de una liebre, y todo en vano.

Pero cuando se entromete el diablo, basta con que mueva la cola para que se obtenga el don como llovido del cielo.

*******

La sonora melodía de una canción fluía como un río por las calles de la aldea de ***. Era la hora en que, agotados por las tareas y las preocupaciones de la jornada, los mozos y las muchachas se reunían en ruidoso círculo, bajo el resplandor de un límpido atardecer, para verter su alegría en sonidos siempre entreverados de melancolía. El pensativo atardecer estrechaba soñador el cielo azul, cubriéndolo todo de vaguedad y lejanía. Caía ya el crepúsculo, pero seguían sonando las canciones. Con una bandura en la mano, el joven kozako Levko, hijo del alcalde de la villa, se separó del grupo de cantantes y emprendió un paseo en solitario.

Llevaba el kozako un gorro de piel de cordero. Avanzaba por la calle, rasgueaba las cuerdas de la bandura y trazaba un paso de baile. De pronto se detuvo en silencio ante la puerta de una jata rodeada de pequeños cerezos. ¿De quién era esa jata? ¿Quién vivía tras esa puerta? Después de un breve silencio, el kozako se puso a tocar y a cantar:

El sol está bajo, la noche se acerca, sal ya, corazón, espero a tu puerta.

-¡No, se ve que duerme a pierna suelta mi bella de límpidos ojos! -dijo el kozako, dando por terminada su canción y aproximándose a la ventana-.

-¡Halia! ¡Halia! ¿Duermes o es que no quieres salir? Seguramente temes que alguien nos vea o quizás no quieras exponer al frío tu blanco rostro. No tengas miedo: no hay nadie. La noche es templada. Y si aparece alguien, te cubriré con mi casaca, te envolveré con mi cinturón y te ocultaré con mis brazos, de modo que nadie te verá. Y si se levanta una ráfaga de viento frío, te estrecharé aún más contra mi corazón, te calentaré con besos y arroparé tus blancos pies con mi gorro. ¡Corazón mío, tesoro, perla mía! Muéstrate por un instante. Tiéndeme al menos tu blanca mano por la ventana…

¡No, no estás dormida, altanera muchacha! -dijo levantando la voz, como avergonzado de aquel momento de flaqueza-. ¿Te gusta burlarte de mí? ¡Pues adiós!

Y así diciendo, se dio la vuelta, se puso el gorro ladeado y se alejó con orgullosos pasos de la ventana, rasgueando suavemente las cuerdas de su bandura. En ese momento el picaporte de madera giró y la puerta se abrió con un chirrido. Una muchacha de diecisiete primaveras, envuelta en el crepúsculo, apareció en el umbral y, sin soltar el picaporte, avanzó unos pasos, mirando con temor a su alrededor. Sus ojos claros, como pequeñas estrellas, centelleaban con un brillo de bienvenida en medio de la penumbra; su collar de coral rojo resplandecía; ni siquiera el pudoroso rubor que cubría sus mejillas escapaba a la penetrante mirada del muchacho.

-¡Qué impaciente eres! -le dijo en voz baja-. ¡Ya te has enfadado! ¿Por qué has elegido este momento? No deja de pasar gente por las calles… Todo mi cuerpo está temblando…

-¡Oh, no tiembles, mi arándano rojo! ¡Apriétate más a mí! -dijo el muchacho, depositando a un lado la bandura que llevaba colgada al cuello, abrazando a la muchacha y sentándose con ella a la puerta de la jata-. Ya sabes que no puedo pasar una hora sin verte.

-¿Sabes lo que pienso? -le interrumpió la muchacha, mirándole con ojos pensativos-. Parece como si una voz me susurrara al oído que a partir de ahora no podremos vernos tan a menudo. La gente de tu aldea no es buena. Todas las muchachas me miran con envidia y los mozos… He reparado incluso en que desde hace algún tiempo mi madre me vigila con mayor severidad. Te aseguro que la vida era más alegre lejos de mi casa.

Al pronunciar esas últimas palabras una expresión de tristeza se dibujó en su cara.

– ¡Sólo llevas dos meses en tu aldea natal y ya te aburres! ¿O acaso te aburro yo?

-¡No, no! -dijo ella con una sonrisa-. ¡Por ti sólo siento amor, kozako de negras cejas! Te amo por tus ojos castaños y porque, cuando me miras, toda mi alma parece sonreír, llenarse de contento y de dicha; te amo por el modo tan atractivo con que frunces tu bigote negro, porque paseas por la calle cantando y tocando tu bandura, y mi corazón se alegra al escucharte.

-¡Ooh, mi Halia! -exclamó el muchacho, besándola y apretándola con más fuerza contra su pecho.

– ¡Basta! ¡Detente, Levko! Dime primero si has hablado con tu padre.

-¿Qué? -exclamó él, como despertando de un sueño-. Le he dicho que quiero casarme contigo y que tú quieres ser mi mujer.

Desde allí se arrojó al río la muchacha, desapareciendo para siempre de este mundo…

Pero en su boca las palabras «le he dicho» sonaron con cierta melancolía.

-¿Y qué más?
-¿Qué puedo hacer con él? El viejo zorro se hace el sordo, como de costumbre. No quiere oír nada y me reprende por andar por las calles, alborotar y armar jaleo en compañía de otros muchachos. ¡Pero no te preocupes, Halia mía! ¡Te doy mi palabra de kozako que conseguiré convencerlo!

-Sí, Levko, sólo tienes que pronunciar una palabra para que todo se arregle. Lo sé por experiencia: a veces me propongo no escucharte, pero basta que digas una palabra para que acabe haciendo todo lo que quieres.

¡Mira, mira! -continuó, apoyando su cabeza en el hombro del muchacho y levantando los ojos hacia el cielo azul de Ucrania, tibio e inmenso, medio oculto por las frondosas ramas de los cerezos que se alzaban ante ellos-. Mira, allá a lo lejos empiezan a titilar algunas estrellas: una, dos, tres, cuatro, cinco… Son ángeles de Dios que han abierto los ventanucos de sus brillantes moradas celestes y nos miran, ¿no es así, Levko? ¿No son ellos los que contemplan nuestra tierra? ¡Si los hombres tuvieran alas como los pájaros, podrían volar alto, muy alto, y llegar hasta ellos! ¡Ah, qué miedo! Ninguno de nuestros robles llega hasta el cielo. No obstante, dicen que en un país muy lejano hay un árbol tan alto que agita su copa en el mismo cielo, y que por él desciende Dios a la tierra la noche de Pascua.

-No, Halia; Dios dispone de una larga escalera que comunica el cielo con la tierra. Los santos arcángeles la despliegan la víspera de la Pascua; en cuanto Dios pone el pie en el primer peldaño, todos los espíritus impuros se precipitan hacia abajo y se hunden por docenas en el infierno; por eso en la fiesta de Cristo no hay ni un espíritu maligno en la tierra.

– ¡El agua se agita con la misma dulzura que un niño en la cuna! -continuó Hanna, señalando el estanque, al que un oscuro bosque de arces ponía sombrío cerco, mientras los sauces, inclinando sobre las aguas sus quejosas ramas, lloraban sobre él. Como un anciano sin fuerzas, el estanque apretaba con su frío abrazo el lejano y oscuro cielo, cubriendo de besos helados las estrellas de fuego, que ondeaban con su pálido brillo en el tibio aire nocturno, como si presintieran la inminente aparición de la centelleante reina de la noche. Junto al bosque, en la montaña, una vieja casa de madera dormitaba con sus postigos cerrados; el musgo y la maleza habían cubierto su tejado; frondosos manzanos habían crecido ante sus ventanas; el bosque, que la abrazaba con su sombra, le daba un aspecto siniestro y salvaje; a sus pies había un nogueral que descendía hasta el estanque.

-Recuerdo como a través de un sueño -dijo Hanna, sin apartar los ojos de sus paredes-que hace mucho tiempo, cuando yo era muy pequeña y vivía aún con mi madre, se decían cosas terribles de esa casa. Tú debes saber la historia, Levko. ¡Cuéntamela!

– ¡Dejemos eso ahora, querida mía! ¡La de cosas que son capaces de contar las mujeres y las gentes estúpidas! Esa historia te llenaría de inquietud, te daría miedo y te impediría dormir en paz.

– ¡Cuéntamela, cuéntamela, mi querido muchacho de negras cejas! -exclamó Hanna, apretando su rostro contra la mejilla de Levko y abrazándolo-. ¡No! Ya veo que no me amas y que tienes otra muchacha. No me asustaré y dormiré tranquila toda la noche. Pero si no me la cuentas, no podré conciliar el sueño. No dejaré de atormentarme y de pensar… ¡Cuéntamela, Levko!…

-Ya veo que la gente tiene razón cuando dice que las muchachas están poseídas por un diablo que excita su curiosidad. Bueno, escucha. Hace mucho tiempo, corazón mío, vivía en esa casa un centurión de kozakos. Ese centurión tenía una hija, una hermosa muchacha blanca como la nieve, blanca como tu bello rostro. La mujer del centurión había muerto hacía mucho tiempo, y éste había decidido volver a casarse. «¿Seguirás queriéndome como antes, padre mío, cuando tengas otra mujer?» «¡Pues claro, hija mía! ¡Y te apretaré aún con más fuerza contra mi corazón! ¡Pues claro, hija mía! ¡Y te regalaré pendientes y collares aún más brillantes!»

El centurión trajo a su joven esposa a la nueva casa. Era una muchacha muy bella. Tenía las mejillas sonrosadas y la tez blanca; pero dirigió una mirada tan terrible a la hijastra que ésta lanzó un grito al verla. Durante toda la jornada no salió una palabra de los labios de la severa madrastra. Llegó la noche; el centurión se retiró a su habitación con su joven esposa; la blanca señorita también se encerró en su cuarto. Sintiendo una inmensa amargura, se echó a llorar.

Pero de pronto vio una terrible gata negra que avanzaba sigilosamente hacia ella; su pelo llameaba y sus garras de hierro resonaban en el suelo. Aterrorizada, la muchacha se subió al banco; la gata la siguió. La joven saltó entonces sobre el camastro, pero la gata fue tras ella y, arrojándose de pronto sobre su cuello, trató de ahogarla. Con un grito la apartó de sí y la arrojó al suelo; pero la terrible gata empezó a avanzar de nuevo hacia ella. La angustia se apoderó de la joven. De la pared colgaba el sable de su padre. La muchacha lo cogió y descargó un golpe sobre la gata. Una pata, con su garra de hierro, se desprendió del cuerpo y la gata desapareció con un chillido por un rincón oscuro.

Al día siguiente, la joven esposa no abandonó su habitación en toda la jornada. Cuando reapareció, al cabo de tres días, llevaba una mano vendada. La pobre señorita adivinó que su madrastra era una bruja y que ella le había cortado la mano. Al cuarto día el centurión ordenó a su hija que fuera por agua y que barriera la casa, como si fuera una simple sirvienta, y le prohibió que entrara en los aposentos de los amos. Esas palabras causaron un gran pesar a la muchacha, pero no tenía más remedio que obedecer las órdenes de su padre. Al quinto día el centurión echó a su hija de la casa, descalza y sin entregarle siquiera un pedazo de pan para el camino. Sólo entonces la muchacha estalló en sollozos y se cubrió el blanco rostro con las manos: «¡Has conseguido perder a tu pobre hija, padre mío! ¡Tu alma pecadora se ha condenado por culpa de esa bruja! Que Dios te perdone. En cuanto a mí, desdichada, está escrito que no debo seguir viviendo».

Mira ahí… -dijo Levko volviéndose hacia Hanna y señalándole con el dedo la vieja mansión-. Mirá ahí: más allá de la casa está la parte más escarpada de la orilla. Desde allí se arrojó al río la muchacha, desapareciendo para siempre de este mundo…

-¿Y la bruja? -le interrumpió Hanna con voz temerosa, mirándole fijamente con los ojos llenos de lágrimas.

-¿La bruja? Las viejas aseguran que a partir de ese día, las noches de luna llena, todas las ahogadas salen del agua y se reúnen en el jardín del centurión para calentarse bajo sus rayos, y que la hija de éste es su superiora. Una noche vio a su madrastra junto al estanque, cayó sobre ella y con un grito la arrastró hasta el río. Pero la bruja no perdió la cabeza; una vez bajo el agua tomó la apariencia de una ahogada y gracias a esa estratagema escapó al látigo de verdes cañas que las otras habían trenzado para azotarla.

Pero ¡quién va a creer a las mujeres! También cuentan que la muchacha convoca todas las noches a las ahogadas y las mira a los ojos, tratando de reconocer a la bruja; pero aún no lo ha conseguido. Y cuando cae en sus manos un hombre le obliga a adivinar quién es la bruja, bajo la amenaza de ahogarlo.

¡Eso es lo que cuentan las viejas, querida Halia!… El actual dueño de la casa quiere construir una fábrica de aguardiente en ese lugar, y con ese propósito ha hecho venir a un destilador…

Pero oigo voces. Son nuestros amigos, que han terminado ya sus cánticos y vuelven a sus casas. ¡Adiós, Halia! Que duermas bien. Y no pienses en esas historias de mujeres.

Tras pronunciar esas palabras, la abrazó con más fuerza, la besó y se fue.

-¡Adiós, Levko! -dijo Hanna, escrutando con mirada soñadora el sombrío bosque.
Una luna enorme, que parecía de fuego, empezó a recortarse majestuosa sobre la tierra.
Sólo había emergido una mitad, pero ya inundaba el mundo entero con una luminosidad solemne. El estanque se cubrió de chispas. La sombra de los árboles comenzó a dibujarse con nitidez entre la oscura verdura.

-¡Adiós, Hanna! – oyó la muchacha a sus espaldas, al tiempo que alguien le daba un beso.

-¡Ya está aquí otra vez! -exclamó ella, dándose la vuelta; pero, al ver a su lado a un muchacho desconocido, se apartó.

-¡Adiós, Hanna! -se oyó de nuevo, y alguien volvió a besarla en la mejilla.

-¡Ya ha traído el diablo a otro! -dijo ella con enfado. – ¡Adiós, querida Hanna!
– ¡Otro más!
-¡Adiós! ¡Adiós! ¡Adiós, Hanna! -y le llovieron besos por todas partes.
-¡Pero si hay toda una cuadrilla! -gritó Hanna, apartándose de una multitud de muchachos que se apresuraban a abrazarla a cada cual mejor-. ¿Cómo no se aburren de tanto besuqueo? ¡A lo que se ve, pronto no voy a poder salir de casa!

Tras pronunciar esas palabras, cerró la puerta y ya sólo se oyó el chirrido del cerrojo de hierro.

cuando delante de él cayeron ruidosamente los huesos de su caballo.

CAPÍTULO II : EL ALCALDE

¿Sabéis cómo es la noche en Ucrania? ¡No, seguramente no lo sabéis! Fijaos bien: en medio del cielo luce la luna; la inmensa bóveda celeste se ensancha, se hace aún más extensa. Arde y respira. Toda la tierra se cubre de una luz plateada; y el maravilloso aire, fresco y sofocante a un tiempo, lleno de voluptuosidad, transporta un océano de fragancias. ¡Noche divina! ¡Noche deleitosa! Inmóviles, inspirados, los bosques se alzan llenos de penumbra y proyectan a lo lejos sus gigantescas sombras. En los estanques reinan la serenidad y el silencio; sus aguas frías y sombrías soportan el lúgubre encierro de los muros verde oscuro de los jardines. Las virginales frondas de los alisos y de los cerezos hunden temerosamente sus raíces en las aguas heladas de una fuente, y sus follajes susurran a veces, como si les enfadara y les irritara que el viento nocturno, esa inconstante beldad, se acercara a hurtadillas para besarlos. Todo el paisaje duerme. Y por encima, todo respira, todo es mágico, todo está lleno de solemnidad. Del alma se apodera el sentimiento de lo infinito y lo maravilloso; y en su profundidad surgen armoniosamente multitud de plateadas visiones. ¡Noche divina! ¡Noche deleitosa!

De pronto todo se anima: los bosques, los estanques y las estepas. Se oye el armonioso trino del ruiseñor ucraniano, y parece como si la misma luna se parara en medio del cielo para escucharlo… La aldea duerme como encantada sobre la colina. A la luz de la luna las casas parecen aún más blancas y brillantes; aún más cegadores se recortan en la penumbra sus bajos muros. Los cantos han cesado. Todo está en silencio. Los hombres honrados ya duermen. Sólo en alguna estrecha ventana todavía hay luz. Sólo junto a la puerta de una jata alguna familia retrasada toma su tardía cena.

– ¡El hopak no se baila así! Ya me parecía a mí que no salía bien. ¿Qué es lo que dice el compadre?… A ver: ¡hop, tralá! ¡hop, tralá! ¡hop, hop, hop! -Así hablaba consigo mismo un campesino de mediana edad, bastante achispado, mientras bailaba en medio de la calle-. ¡Así no se baila el hopak, os lo digo yo! ¡Para qué voy a mentir! ¡No, no se baila así! Vamos a ver: ¡hop, tralá! ¡hop, tralá! ¡hop, hop, hop!

– ¡Ese hombre está mal de la cabeza! Si al menos fuera joven… ¿Pero qué hace un perro viejo bailando por la noche en medio de la calle? ¡Se van a reír de él hasta los niños! -gritó una mujer madura que pasaba por la calle, llevando en las manos un montón de paja-. ¡Vete a tu casa! ¡Hace tiempo que deberías estar durmiendo!

-¡Ya voy! -dijo el campesino, deteniéndose-. Ya voy. No haré caso a ningún alcalde.

Pero, ¡qué se ha creído! ¡Que el diablo se le aparezca a su padre! Por ser alcalde y arrojar agua fría a la gente en plena helada se figura que puede hacer cualquier cosa. Bueno, es el alcalde, es el alcalde, de acuerdo. Pero yo soy el alcalde de mí mismo. ¡Que me castigue Dios! ¡Que Dios me castigue! Soy el alcalde de mí mismo. Así es y no… -continuó y, acercándose a la primera jata con la que se topó, se detuvo delante de la ventana, pasó los dedos por el cristal y trató de encontrar el picaporte de madera-. ¡Abre, mujer! ¡Vamos, mujer, te estoy diciendo que abras! ¡Ya es hora de que duerma este kozako!

-¿Adónde vas, Kalenik? ¡Estás llamando a una casa ajena -le gritaron entre risas unas muchachas que volvían de una reunión en la que habían entonado alegres canciones-. ¿Quieres que te indiquemos dónde está la tuya?

– ¡Haced el favor, amables señoritas!¿Señoritas? ¿Habéis oído? -exclamó una-. ¡Qué cortés es Kalenik! Merece que le mostremos el camino… Pero no, antes tendrá que bailar.

-¿Bailar?… ¡Ah, qué muchachas más traviesas! -dijo Kalenik, arrastrando las palabras, riendo, amenazándolas con un dedo y tambaleándose, pues sus piernas no podían sostenerlo en un mismo sitio-. ¿Y me dejaréis que os bese una por una? ¡A todas, quiero besaros a todas!… -y con pasos inseguros se puso a perseguirlas.

Las muchachas dejaron escapar algunos gritos y armaron un gran alboroto; pero al poco rato, viendo que los pies de Kalenik no se movían con soltura, cobraron ánimo y corrieron al otro lado de la calle.

-¡Allí está tu casa! -le gritaron, alejándose y mostrándole una jata mucho más grande que las demás, que pertenecía al alcalde de la villa. Kalenik, siguiendo sus indicaciones, avanzó en esa dirección, al tiempo que volvía a injuriar al alcalde.

¿Quién era ese alcalde que inspiraba rumores y palabras tan contrarias a su buen nombre? ¡Ah, en una aldea el alcalde es siempre un personaje importante! Mientras Kalenik llega al final de su camino, tendremos tiempo suficiente para decir unas palabras sobre él.

Todos los habitantes de la aldea se quitan el gorro en cuanto lo ven; y las muchachas, hasta las más jovencitas, le dan los «buenos días». ¡Qué mozo no querría ser alcalde! El alcalde tiene libre acceso a todas las tabaqueras; hasta el campesino más robusto mantiene una actitud respetuosa y conserva el gorro en la mano mientras el alcalde hunde sus gordos y toscos dedos en su tabaquera de madera de tilo. En la Asamblea Regional o gromada, a pesar de que su poder se limita a disponer de algunos votos, el alcalde siempre se sale con la suya y envía a quien le parece a igualar y alisar caminos o a cavar zanjas. El alcalde es un hombre sombrío, de aspecto severo, amigo de pocas palabras. Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando la gran emperatriz Catalina, de feliz memoria, se trasladó a Crimea, fue elegido para formar parte de su séquito; durante dos días enteros desempeñó esas funciones e incluso tuvo el honor de ir sentado en el pescante junto al cochero de la zarina. Desde entonces, el alcalde había adquirido la costumbre de bajar la cabeza con aire de importancia, como si estuviera sumido en profundos pensamientos, atusarse el largo bigote con las guías hacia abajo y dirigir penetrantes miradas de soslayo; desde entonces, el alcalde, cualquiera que fuera el tema de conversación, siempre encontraba el modo de contar cómo había acompañado a la zarina y se había sentado en el pescante de la carroza imperial.

Al alcalde le gusta hacerse el sordo de vez en cuando, especialmente cuando oye algo que no le gusta. El alcalde no soporta la afectación en el vestir: lleva siempre una casaca de paño negro de confección casera y se ciñe con un cinturón de lana de colores; nadie le ha visto nunca con otro atuendo, excepto en aquel viaje a Crimea como acompañante de la zarina, en el que lució un caftán azul de kozako. Pero en toda la aldea apenas había nadie que recordara esos tiempos; en cuanto al caftán, lo guarda bajo llave en un baúl. El alcalde era viudo; pero en su casa vivía una cuñada que le preparaba la comida y la cena, lavaba los bancos, blanqueaba las paredes, le tejía las camisas y se ocupaba de toda la casa. En la aldea corría el rumor de que esa mujer no era su cuñada; pero ya hemos visto que el alcalde tenía muchos detractores a los que gustaba difundir toda suerte de infundios.

Esas habladurías acaso se debieran al disgusto que mostraba la cuñada cada vez que el alcalde iba a los campos en los que trabajaban las segadoras o visitaba a un kozako que tuviera una hija joven. El alcalde era tuerto; pero el ojo que le quedaba era muy pícaro y podía distinguir desde lejos a una aldeana bonita. No obstante, nunca dirigía la mirada sobre un bello rostro hasta haberse cerciorado de que su cuñada no se encontraba cerca.

Ya hemos dicho casi todo lo que es necesario saber sobre el alcalde; pero el borracho Kalenik aún no ha recorrido la mitad de su camino y sigue obsequiando al alcalde con cuantas palabras escogidas le vienen a la perezosa y torpe lengua.

Nada más pronunciar esas palabras, los monstruos enseñaron sus dientes y prorrumpieron en una carcajada tan estruendosa que el abuelo sintió escalofríos.

CAPÍTULO III:

UN RIVAL INESPERADO. LA CONSPIRACIÓN

– ¡No, muchachos, no, no quiero! ¡Ya está bien de juergas! ¿Cómo no os aburre tanta francachela? Ya sin eso tenemos fama de alborotadores de la peor especie. Es mejor que os vayáis a dormir -en esos términos se dirigía Levko a sus bulliciosos compañeros, que le proponían nuevas travesuras-. ¡Adiós, hermanos! ¡Buenas noches! -y se alejó de ellos con rápidos pasos.

«¿Estará durmiendo mi Hanna de ojos claros?», pensaba mientras se acercaba a la jata rodeada de cerezos que ya conocemos. En medio del silencio se oyó un apagado murmullo. Levko se detuvo. Entre los árboles surgió la blanca mancha de una camisa… «¿Qué significa esto?», pensó, y, aproximándose un poco más, se ocultó detrás de un árbol.

A la luz de la luna brillaba el rostro de una muchacha… ¡Era Hanna! Pero ¿quién era el hombre de elevada estatura que le daba la espalda? En vano trataba de identificarlo: la sombra le cubría de pies a cabeza. Sólo por delante estaba levemente iluminado; pero el menor paso en esa dirección exponía a Levko a la desagradable posibilidad de ser descubierto. Se apoyó en silencio en el árbol y decidió no moverse de su sitio. La muchacha pronunció con clara voz su nombre.

-¿Levko?

¡Levko es aún un mocoso! -susurró con voz ronca el hombre de elevada estatura-. Si le encuentro un día en tu casa, le arrancaré el tupé.

-¡Me gustaría saber quién es ese canalla que se jacta de poder arrancarme el tupé -murmuró Levko, y estiró el cuello, tratando de no perder ni una palabra. Pero el desconocido siguió hablando en voz tan baja que no alcanzó a oír nada.

-¡Cómo no te da vergüenza! -exclamó Hanna cuando el hombre terminó su discurso-. Mientes; tratas de engañarme; no me amas; nunca creeré que me amas.

-Ya sé -continuó el hombre de elevada estatura- que Levko te ha dicho tantas tonterías que la cabeza te da vueltas (en ese momento le pareció al muchacho que la voz del desconocido le resultaba familiar, que ya la había oído antes). ¡Pero se va a enterar ese Levko! -continuó el desconocido en el mismo tono-. Se imagina que no veo todas sus tretas. Pero le voy a hacer probar mis puños a ese hijo de perra.

Al oír esas últimas palabras Levko no pudo contener más su ira. Dio tres pasos hacia él y levantó los brazos con todas sus fuerzas para asestarle un golpe tan tremendo que, a pesar de su visible fortaleza, el desconocido probablemente se habría desplomado; no obstante, en ese momento la luz iluminó su rostro y Levko, estupefacto, se encontró cara a cara con su padre.

Sólo con un involuntario movimiento de la cabeza y un leve silbido entre dientes acertó a expresar su sorpresa. A su lado se oyó un susurro; Hanna entró apresuradamente en la jata y cerró la puerta tras ella.

– ¡Adiós, Hanna! -gritó en ese momento uno de los muchachos, acercándose a hurtadillas al alcalde y abrazándolo, aunque retrocedió asustado en cuanto sus labios se encontraron con un áspero bigote.

-¡Adiós, hermosa! -gritó otro, pero en esta ocasión un fuerte empujón del alcalde le hizo caer al suelo de cabeza.¡Adiós, adiós, Hanna! -gritaron algunos muchachos, colgándose de su cuello.

-¡Desapareced de aquí, malditos granujas! -gritó el alcalde, rechazándolos y pateando el suelo-. ¡Cómo voy a ser yo Hanna! ¡Vais a ir con vuestros padres a la horca, hijos del diablo! ¡Se pegan como moscas a la miel! ¡Os voy a dar yo Hanna!…

-¡El alcalde! ¡El alcalde! ¡Es el alcalde! -gritaron los muchachos, y se dispersaron por todas partes.

-¡Vaya con mi padre! -exclamó Levko, recuperándose de su sorpresa y siguiendo con la vista al alcalde, que se alejaba profiriendo juramentos-. ¡Cómo se las gasta! ¡Muy bonito! Y yo que me sorprendía y no dejaba de preguntarme por qué siempre se hacía el sordo cuando le hablaba del asunto. Espera un poco, vejestorio, y ya te enseñaré yo a rondar bajo las ventanas de las muchachas. ¡Ya te enseñaré yo a robar las prometidas ajenas! ¡Eh, muchachos! ¡Venid aquí! ¡Aquí! -gritó, haciendo señas con las manos a los mozos, que se habían reagrupado-. ¡Venid aquí! Os había aconsejado que os fuerais a la cama, pero he cambiado de opinión y estoy dispuesto a divertirme con vosotros durante toda la noche.

-¡Muy bien dicho! -exclamó un muchacho fornido y apuesto, que estaba considerado el mayor juerguista y alborotador de la aldea-. ¡Todo me parece aburrido cuando no consigo divertirme a mis anchas y gastar alguna broma! Me siento como si me faltara algo, como si hubiera perdido la gorra o la pipa; en una palabra, como si no fuera un kozako.

-¿Queréis que hagamos rabiar al alcalde?

-¿Al alcalde?
-Sí, al alcalde. ¿Qué se ha creído? Nos da órdenes como si fuera un hetman. No sólo nos toma por criados suyos, sino que además persigue a nuestras muchachas. Me parece que no hay en la aldea una sola joven bonita a la que no haga la corte.

-Es verdad, es verdad -gritaron a una sola voz todos los mozos.
-¿Acaso somos criados, muchachos? ¿Acaso no tenemos todos el mismo rango? ¡Somos, gracias a Dios, kozakos libres! ¡Vamos a demostrarle, muchachos, que somos kozakos libres!

-¡Vamos a demostrárselo! -gritaron los mozos-. ¡Y no sólo al alcalde, sino también al escribano!

-¡También al escribano! Precisamente, se me acaba de ocurrir una bonita canción sobre el alcalde. Vamos, os la enseñaré -continuó Levko, tañendo las cuerdas de su bandura-. Y una cosa más: ¡disfrazaos con lo primero que encontréis!

-¡Pásatelo bien, kozako! -exclamó el robusto juerguista, chocando los talones y dando una palmada-. ¡Qué esplendor! ¡Qué libertad! En cuanto uno empieza a hacer diabluras, se diría que vuelven los tiempos de antaño. El corazón se siente ligero y libre, y el alma parece encontrarse en el paraíso. ¡Vamos, muchachos! ¡Divirtámonos!…

Y el grupo se lanzó ruidosamente por las calles. Las piadosas viejas, despertadas por los gritos, abrían las ventanas y se santiguaban con mano soñolienta, diciendo: «¡Bueno, ya se van de juerga los muchachos!».


La muchacha lo cogió y descargó un golpe sobre la gata. Una pata, con su garra de hierro, se desprendió del cuerpo y la gata desapareció con un chillido por un rincón oscuro.

CAPÍTULO IV :

LOS MUCHACHOS SE DIVIERTEN

Sólo una jata, en el fondo de la calle, estaba aún iluminada. Era la morada del alcalde.

Hacía tiempo que éste había terminado de cenar y sin duda llevaría un buen rato durmiendo de no haber sido porque tenía un huésped: un destilador enviado a montar una fábrica de aguardiente por un hacendado que poseía algunas tierras entre los campos de los kozakos libres. El huésped estaba sentado bajo los iconos, en el lugar de honor; era un hombre grueso, de baja estatura, con ojillos siempre sonrientes, en los que parecía reflejarse la satisfacción con que fumaba su corta pipa; no paraba de escupir y aplastaba con el dedo el tabaco transformado en ceniza, siempre a punto de desbordarse. Nubes de humo se elevaban veloces por encima de su cabeza, recubriéndolo de una niebla azulada. Parecía como si la ancha chimenea de alguna destilería, aburrida de descansar sobre su tejado, hubiera decidido darse un paseo y sentarse dignamente a la mesa del alcalde. Bajo la nariz asomaban un bigote corto y espeso, pero se distinguía con tanta dificultad en ese ambiente saturado de humo que parecía más bien un ratón que el destilador había atrapado y mantenía en su boca, acabando de ese modo con el monopolio del ambarino gato. El alcalde, en calidad de anfitrión, sólo iba vestido con una camisa y pantalones bombachos de lienzo. Su ojo de águila, como el sol poniente, empezaba poco a poco a parpadear y a apagarse. En el extremo de la mesa, con la casaca puesta por respeto a su patrón, fumaba su pipa uno de los guardias que formaban la milicia del alcalde.

-¿Piensa usted construir pronto esa destilería? -preguntó el alcalde, volviéndose hacia el huésped y haciendo la señal de la cruz sobre su boca para disimular un bostezo.

-Si Dios lo quiere tal vez podamos empezar a fabricar aguardiente este otoño. Estoy dispuesto a apostar que el día de la Intercesión de la Virgen el señor alcalde irá haciendo eses por el camino.

Al pronunciar esas palabras los ojillos del destilador desaparecieron; en su lugar, surgieron unas arrugas que se extendieron hasta sus orejas; todo el torso se vio sacudido por la risa y los alegres labios se apartaron por un instante de la humeante pipa.

-¡Dios le oiga! -exclamó el alcalde, esbozando un gesto semejante a una sonrisa-. Ahora, gracias a Dios, las fábricas de aguardiente son poco numerosas, pero en los viejos tiempos, cuando yo acompañaba a la zarina por la carretera de Pereiaslav, el difunto Bezborodko…

-Pero bueno, hermano, ¿de qué tiempos me hablas? En aquel entonces, desde Kremenchug hasta Romni, no había más que dos fábricas de aguardiente, mientras que ahora… ¿Te has enterado de lo que han inventado esos malditos alemanes? Dentro de poco, según dicen, ya no destilarán alcohol con leña, como hacen todos los cristianos honrados, sino con una especie de vapor diabólico. -Y al pronunciar esas palabras, el destilador contempló con aire pensativo la mesa y sus propias manos, extendidas sobre ella-. ¡No sé cómo puede hacerse eso con vapor!

-Que Dios me perdone, ¡pero qué tontos son esos alemanes! -exclamó el alcalde-. ¡Yo les daría de latigazos a todos esos hijos de perra! ¿Dónde se ha oído que se pueda hervir algo con vapor? Si no puede uno llevarse a la boca una cucharada de borshch sin quemarse los labios como un lechón…

-Y tú, compadre -intervino la cuñada, que estaba sentada en el poyo de la estufa con las piernas recogidas-, ¿vas a pasar todo este tiempo entre nosotros sin tu mujer?

– ¿Y para qué la necesito? Si tuviera alguna cualidad, sería otra cosa.

– ¿Acaso no es bonita? – le preguntó el alcalde, mirándole fijamente con su ojo.
– ¡Pero qué dices! Es vieja como un demonio. Tiene toda la jeta arrugada como unmonedero vacío. -Y la achaparrada figura del destilador se vio sacudida de nuevo por una fuerte risa.

En ese momento se oyó cómo alguien tanteaba en el picaporte por fuera; a continuación la puerta se abrió y apareció un mujik que atravesó el umbral sin quitarse la gorra y se quedó mirando el techo con aire pensativo y la boca abierta. Era nuestro amigo Kalenik.

-¡Por fin me encuentro en casa! -exclamó, sentándose en el banco que había junto a la puerta, sin prestar la menor atención a los presentes-. ¡Cómo me ha alargado el camino ese miserable de Satanás! ¡Por más que andaba, no había manera de llegar! Parecía como si alguien me hubiera roto las piernas. Eh, vieja, vete a buscarme la pelliza para que me acueste. No me subiré a la estufa junto a ti, te lo aseguro. ¡Me duelen las piernas! Vete a buscármela.

Está ahí, junto a la pared; pero procura no tirar la olla con el tabaco picado. Pero no, no la toques, más vale que no la toques. Puede que hoy estés borracha… Deja, yo mismo la cogeré.

Kalenik hizo intención de levantarse, pero una fuerza irresistible le mantenía pegado al banco.

-Esto me gusta -dijo el alcalde-: ¡llega a una casa ajena y se comporta como si estuviera en la suya! ¡Sacadlo de aquí sin contemplaciones!

-¡Déjalo que descanse, compadre! -exclamó el destilador, cogiéndolo por el brazo-. Es un hombre útil; si hubiera mucha gente como él, nuestra fábrica de aguardiente marcharía a las mil maravillas…

No obstante, no había sido la bondad la que había inspirado esas palabras. El destilador creía en todos los presagios y, en su opinión, expulsar a un hombre que ya se había sentado significaba atraerse una desgracia segura.

-¡Qué será de mí cuando llegue la vejez! -balbuceaba Kalenik, mientras se acostaba en el banco-. Si al menos estuviera borracho; pero no, no estoy borracho. ¡Dios es testigo de que no estoy borracho! ¿Para qué voy a mentir? Estoy dispuesto a declararlo ante el alcalde en persona. ¿Qué me importa a mí el alcalde? ¡Ojalá reviente ese hijo de perra! ¡Escupo sobre él! ¡Ojalá le aplaste una carreta a ese diablo tuerto! Bañar a las gentes con agua fría en pleno invierno…

– ¡Vaya! El muy cerdo se mete en una casa ajena y encima pone las patas sobre la mesa -exclamó el alcalde, levantándose con indignación; pero en ese mismo instante, una pesada piedra hizo añicos el vidrio de la ventana y rodó hasta sus pies. El alcalde se detuvo-. ¡Si supiera quién es el canalla que la ha lanzado -dijo, recogiendo la piedra-, le iba a dar una buena lección! ¡Vaya unas gamberradas! -continuó, examinando con mirada colérica la piedra que tenía entre las manos-. Ojalá se atragante con ella…

-¡Calla, calla! ¡Que Dios te guarde, compadre! -exclamó el destilador, palideciendo-. ¡Que Dios te guarde en este mundo y en el otro de desear esos males a tus semejantes!

-¿Acaso vas a defenderle? ¡Ojalá reviente!

– ¡Ni se te ocurra pensarlo, compadre! Probablemente no sabes lo que le ocurrió a mi difunta suegra.

– ¿A tu suegra?

-Sí, a mi suegra. Una noche, quizás algo más temprano que ahora, todos se sentaron a la mesa para cenar: mi difunta suegra, mi difunto suegro, el criado, la criada y unos cinco o seis niños. Mi suegra había retirado del caldero algunas galushkas y las había puesto en una escudilla para que se enfriaran más deprisa, pero después del trabajo todos estaban hambrientos y ninguno quería esperar a que se enfriaran, de modo que, pinchándolas con largos palillos de madera, empezaron a comer. De pronto apareció un hombre -vaya usted a saber de dónde venía y quién era- y pidió que se le permitiera compartir la comida. ¿Cómo no dar de comer a un hambriento? Le entregaron un palillo, y el extraño empezó a comer galushkas como una vaca el heno. Los demás sólo habían tenido tiempo de comer una y se aprestaban a coger otra con el palillo, cuando se encontraron con que el fondo estaba tan liso como el suelo de la casa de un señor. Mi suegra trajo algunas más, pensando que el visitante ya se habría saciado y comería menos. Pero no fue así. Se puso a comer todavía con más ganas y no tardó en vaciar esa segunda escudilla.

«Ojalá te atragantes con esas galushkas», se dijo para sí mi hambrienta suegra, y en ese mismo momento el hombre se atragantó y cayó al suelo. Todos se precipitaron sobre él, pero ya estaba muerto. Se había ahogado.

-Eso es lo que se merecía ese maldito glotón -exclamó el alcalde.
-Así es, pero no acabó ahí la cosa: desde ese día mi suegra no tuvo un minuto de paz.
En cuanto caía la noche, se le aparecía el muerto. Se sentaba sobre la chimenea, el maldito, con una galushka entre los dientes. Durante el día todo estaba tranquilo, y no había ni rastro de él; pero en cuanto oscurecía, bastaba con levantar los ojos para verlo, al muy hijo de perra, sentado en la chimenea.

-¿Con una galushka entre los dientes?

-Así es.
-¡Vaya una historia, compadre! En tiempos de la difunta zarina oí contar algo parecido…

Nada más pronunciar esas palabras, el alcalde se detuvo. Bajo la ventana se oyeron algunos ruidos y taconeos de baile. Alguien tañó con suavidad las cuerdas de una bandura; luego se oyó una voz. Las cuerdas sonaron con mayor fuerza; otras voces acompañaron a la primera, y la canción se elevó en una suerte de torbellino:

Muchachos, ¿no habéis oído que le falta algún tornillo al alcalde en la cabeza? Se le mueve y no está quieta. Clávale cercos de acero en la testa, tonelero.
Rocíala, tonelero, con estacazos certeros.
Nuestro alcalde es viejo y tonto,
tuerto, necio y peina canas,
caprichoso y lujurioso
y corteja a las muchachas…

¿Qué buscas entre nosotros
si estás con un pie en el hoyo?
Cogedle por el cogote,
por el cuello y el bigote.

-¡Bonita canción, compadre! -exclamó el destilador, inclinando levemente la cabeza y volviéndose hacia el alcalde, que se había quedado perplejo ante tanta insolencia-. ¡Muy bonita! La única pega es que las palabras dedicadas al alcalde no son del todo convenientes… -y el destilador volvió a poner las manos sobre la mesa, con una especie de tierna dulzura en la mirada, y se dispuso a seguir escuchando, pues bajo la ventana se oían carcajadas y gritos:

«¡Más! ¡Más!».
No obstante, un ojo perspicaz habría constatado enseguida que la inmovilidad del alcalde no se debía a la estupefacción. Su actitud era la de un viejo y experimentado gato que permite a un inexperto ratón correr junto a su cola, mientras improvisa un rápido plan para cortarle la retirada a su madriguera. El único ojo del alcalde seguía fijo en la ventana, mientras su mano, con la que había hecho una señal al guardia, se había apoyado ya en el picaporte de madera de la puerta.

De pronto se produjo un griterío en la calle… El destilador, entre cuyas numerosas virtudes se encontraba también la curiosidad, se apresuró a llenar su pipa de tabaco y salió corriendo a la calle, pero los gamberros ya se habían dispersado.

– ¡No, no te escaparás de mí! -gritaba el alcalde, arrastrando de la mano a un hombre vestido con una pelliza negra de piel de cordero vuelta del revés. El destilador acudió corriendo y se acercó para ver el rostro de ese perturbador de la paz, pero retrocedió confundido en cuanto distinguió una barba larga y una cara terriblemente pintarrajeada-. No, no te escaparás de mí -gritaba el alcalde, que seguía empujando hacia la entrada a su prisionero, aunque éste no oponía la menor resistencia y le seguía tranquilamente, como si se dirigiera a su propia casa-. Karpo, abre el granero -dijo el alcalde al guardia-. ¡Vamos a meterlo en el granero oscuro! Después despertaremos al escribano, reuniremos a los demás guardias, atraparemos a todos esos alborotadores y hoy mismo dictaremos una resolución contra ellos.

El guardia hizo tintinear un pequeño candado suspendido de la puerta y abrió el granero. En ese momento el prisionero, aprovechándose de la oscuridad del lugar y haciendo gala de una fuerza poco común, se liberó de las manos del alcalde.

-¿Adónde vas? -le gritó el alcalde, agarrándolo del cuello con mayor fuerza.
-¡Déjame, soy yo! -dijo el prisionero con una voz muy fina.
– ¡Pierdes el tiempo, pierdes el tiempo, hermano! ¡Puedes hacerte pasar por una mujer, e incluso por el diablo, pero no me engañarás! -y le empujó al interior del oscuro granero con tanta fuerza que el pobre prisionero cayó al suelo y lanzó un gemido; luego, en compañía del guardia, el alcalde se dirigió a casa del escribano, seguido por el destilador, que levantaba tanto humo con su pipa como un barco de vapor.

Los tres iban con la cabeza baja, sumidos en sus propios pensamientos, cuando de pronto, al entrar en un oscuro callejón, un fuerte golpe en la frente les hizo gritar al unísono, mientras alguien les respondía con un grito similar. El alcalde, guiñando su único ojo, reconoció con estupefacción al escribano, que avanzaba en compañía de dos guardias.

-Precisamente me dirigía a tu casa, señor escribano.

-Y yo a la de su excelencia, señor alcalde.
-Están pasando cosas muy raras, señor escribano.
-Así es, señor alcalde.
– ¿Qué sucede?
– ¡Los muchachos se han vuelto locos! Van en grupos por las calles cometiendo toda clase de desórdenes. Honran a su excelencia con tales lindezas que da vergüenza repetirlas; ni siquiera un borracho se atrevería a pronunciarlas con su lengua impura.

El escribano, un hombre delgaducho, con pantalones bombachos de dril y un chaleco del color de la levadura, acompañaba sus palabras con movimientos del cuello, que estiraba y luego volvía a encoger.

-Estaba a punto de quedarme dormido, cuando esos malditos granujas me levantaron de la cama con sus desvergonzadas canciones y sus ruidos. Quise darles un escarmiento, pero mientras me ponía los pantalones y el chaleco se dispersaron por todas partes. No obstante, hemos atrapado al principal culpable. Ahora mismo está canturreando en la jata en la que encerramos a los presos. Ardía en deseos de saber quién es ese pájaro, pero tiene la cara tan pintarrajeada de hollín como el diablo que forja los clavos para los pecadores.¿Y cómo va vestido, señor escribano?

-Ese hijo de perra lleva una pelliza negra vuelta del revés, señor alcalde.

-¿No estarás mintiendo, señor escribano? Precisamente tengo a ese granuja encerrado en mi granero.

-No, señor alcalde. Es usted el que se equivoca, dicho sea sin ofender.

– ¡Traed luz! ¡Vamos a verlo!
Acercaron una luz, abrieron la puerta y el alcalde lanzó un grito de sorpresa al ver ante sí a su cuñada.

-Dime, por favor -le abordó ella-, ¿es que has perdido el juicio por completo? ¿Había una pizca de cerebro en tu cabeza de tuerto cuando me arrojaste en el granero oscuro? Menos mal que no me di en la cabeza con ese gancho de hierro. ¿Acaso no te grité que era yo? ¡Me cogiste, maldito oso, con tus garras de hierro y me empujaste! ¡Ojalá te empujen así los diablos en el otro mundo!

Esas últimas palabras fueron pronunciadas ya en la calle, adonde la había conducido alguna razón personal.

-¡Sí, ya veo que eres tú! -exclamó el alcalde, recobrando su humor habitual-. ¿Qué dices tú, señor escribano? ¿No es un canalla ese maldito granuja?

-Un canalla, señor alcalde.

-¿No es hora de darles una buena lección a todos esos haraganes y obligarles a que se ocupen de cosas serias?

-Ya lo creo que sí, señor alcalde.

-Los muy estúpidos se han creído… ¡Diablos! Me ha parecido oír gritar a mi cuñada en la calle. Los muy estúpidos se han creído que están a mi altura. ¡Piensan que soy un compañero suyo, un simple kozako! -La tosecilla y la mirada de soslayo que siguieron a esas palabras dieron a entender que el alcalde se disponía a hablar de algo importante. En el año mil… Esas malditas fechas; aunque me mataran no lograría recordarlas; bueno, en la época a que me refiero, el comisario de entonces, Ledachi, recibió la orden de elegir entre los kozakos al más avisado de todos.

¡Oh! (el alcalde pronunció ese «¡oh!» levantando un dedo). ¡El más avisado de todos!… para que escoltara a la zarina… Yo, entonces…

– ¡No es necesario que siga! Ya conocemos esa historia, señor alcalde. Todo el mundo sabe cómo se ganó usted el favor de la zarina. Pero ahora debe reconocer que yo tenía razón: ha cargado su conciencia con un pecado leve al decir que había atrapado a ese granuja de la pelliza vuelta del revés.

-En cuanto a ese diablo de la pelliza vuelta, habrá que darle un buen escarmiento que sirva de advertencia a los demás: que le pongan cadenas en los pies y se le aplique un castigo ejemplar. ¡Así aprenderán a respetar la autoridad! ¿Acaso no es el zar quien designa al alcalde? Después nos ocuparemos de los otros muchachos. No he olvidado que esos malditos granujas soltaron en mi huerto un rebaño de cerdos que se comieron todas mis coles y pepinillos. No he olvidado que esos hijos de Satanás se negaron a moler mi trigo. No he olvidado… Pero que se vayan al diablo; lo que ahora necesito saber es quién es ese canalla de la pelliza del revés.

-¡Por lo que veo es un pájaro de cuenta! -dijo el destilador, cuyas mejillas, durante todo el tiempo que duró esa conversación, no dejaron de llenarse de humo, como un cañón de guerra, mientras los labios, al soltar la corta pipa, se convertían en un verdadero surtidor de nubes-. En cualquier caso, no estaría mal tener un hombre como ése en la fábrica de aguardiente; aunque lo mejor sería colgarlo en lo alto de un roble como un farol.

Semejante agudeza no pareció completamente estúpida al destilador, pues en ese mismo instante, sin esperar el asentimiento de los otros, decidió recompensarse con una ronca risa.

Poco después se aproximaron a una pequeña jata medio derruida; la curiosidad de nuestros paseantes iba en aumento. Todos se agolparon ante la puerta. El escribano sacó una llave que tintineó junto a la cerradura; pero era la de su baúl. La impaciencia crecía. El escribano empezó a rebuscar en las ropas y a lanzar juramentos, pues no lograba encontrarla.

«¡Aquí está!», dijo por fin, inclinándose y sacándola de las profundidades de uno de los vastos bolsillos que adornaban sus pantalones bombachos de dril. Al oír esas palabras, los corazones de nuestros héroes parecieron fundirse en uno solo, y ese corazón inmenso empezó a palpitar con tanta fuerza que ni siquiera el chirrido de la cerradura consiguió sofocar su irregular latido. La puerta se abrió y… el alcalde se puso tan pálido como una sábana; el destilador sintió un escalofrío y sus cabellos se erizaron como si tuvieran intención de salir volando; en el rostro del escribano se dibujó una expresión de terror; los guardias quedaron clavados al suelo, sin poder cerrar las bocas, que se habían abierto al unísono: ¡ante ellos estaba la cuñada del alcalde!

Aunque la mujer parecía tan sorprendida como ellos, se recuperó un poco e hizo intención de aproximarse.

-¡Alto! -gritó el alcalde con voz salvaje, y le cerró la puerta en las narices-. ¡Señores! ¡Es Satanás! -continuó-. ¡Fuego! ¡Rápido, que prendan fuego! ¡No me da pena de esta jata, aunque sea un bien público! ¡Quemadla, quemadla, para que no quede del diablo ni los huesos!

La cuñada, que había oído el veredicto desde el otro lado de la puerta, lanzaba gritos de terror.

-¡Pero qué estáis haciendo, hermanos! -dijo el destilador-. Gracias a Dios peináis ya canas, pero por lo visto no habéis aprendido nada: una llama ordinaria no basta para quemar a una bruja. Sólo el fuego de una pipa puede abrasar a una hechicera. ¡Esperad, ahora mismo lo arreglaré todo!

Tras pronunciar esas palabras, vació las cenizas ardientes de la pipa en un montón de paja y empezó a soplar sobre la llama. En ese momento la desesperación dio ánimos a la pobre cuñada, que empezó a suplicar con fuertes voces, tratando de sacarles de su error.

– ¡Esperad, hermanos! ¿Por qué arriesgarse a cometer un pecado en vano? Tal vez no se trate de Satanás -exclamó el escribano-. Si la criatura que está ahí metida acepta santiguarse, será una señal segura de que no es el diablo.

La proposición fue aprobada.
-¡Apártate de mí, Satanás! -continuó el escribano, pegando los labios a una hendidura de la puerta-. ¡Si no te mueves de tu sitio, abriremos la puerta!

Abrieron la puerta.

-¡Santíguate! -exclamó el alcalde, mirando hacia atrás, como buscando un lugar seguro por si fuera necesario salir corriendo.

La cuñada se santiguó.

– ¡Qué diablos! ¡Es mi cuñada!
-¿Qué fuerza maligna te ha arrastrado a este cuchitril, comadre?
Entonces la cuñada contó entre sollozos que los mozos la habían asaltado en plena calle, la habían hecho pasar por la ancha ventana de la jata, a pesar de su oposición, y la habían encerrado clavando un postigo. El escribano echó un vistazo: en efecto, los goznes del amplio postigo habían sido arrancados y éste sólo estaba fijo a la parte de arriba por medio de una barra de madera.

-¡Bueno estás tú, Satanás de un solo ojo! -gritó la mujer, avanzando hacia el alcalde, que retrocedió unos pasos sin apartar de ella la mirada-. Ya he visto cuáles eran tus intenciones: estabas deseando quemarme viva para poder cortejar libremente a las muchachas. ¡Para que nadie viera las tonterías de un abuelo canoso! ¿Acaso crees que no sé qué has estado hablando esta noche con Hanna? ¡Oh! Lo sé todo. No es fácil engañarme, y no será un cabeza de chorlito como tú quien lo consiga. He tenido mucha paciencia, pero no te quejes si…

Al tiempo que pronunciaba esas palabras, mostró el puño y se alejó con grandes pasos, dejando estupefacto al alcalde. «Seguramente el diablo ha intervenido en todo esto», pensó, rascándose con fuerza la coronilla.

-¡Lo hemos atrapado! -gritaron los guardias, entrando en ese momento.
-¿A quién? -preguntó el alcalde.
-Al diablo de la pelliza del revés.
– ¡Traedlo aquí! -gritó el alcalde, cogiendo de las manos al prisionero cuando lo tuvo delante-. Os habéis vuelto locos: ¡si es el borracho Kalenik!

– ¡Maldición! ¡Lo teníamos en nuestro poder, señor alcalde! -contestaron los guardias-.

Pero en el callejón nos rodearon esos malditos muchachos, se pusieron a bailar, nos zarandearon, nos sacaron la lengua, trataron de arrebatarnos al prisionero… ¡Que el diablo se los lleve!… ¡Sólo Dios sabe cómo hemos cogido a este pájaro de mal agüero en lugar del otro!

-Por el poder de que estoy investido y en nombre de toda la comunidad -dijo el alcalde-ordeno que se atrape inmediatamente a ese bandido, así como a todos los que se encuentren en la calle, y que me los traigan para ser juzgados.

-¡Piedad, señor alcalde! -gritaron algunos guardias, haciendo profundas reverencias-. Deberías haber visto esas caras: que nos castigue Dios si, desde que nacimos y fuimos bautizados, hemos visto alguna vez unas jetas tan repugnantes. Pueden asustar de tal modo a un hombre de bien que después no habrá mujer que se atreva a verter el perepoloj.

– ¡Os voy a dar yo perepoloj! ¿Qué pasa? ¿Os negáis a obedecerme? ¿Estáis confabulados con ellos? ¿Os amotináis? ¿Qué significa esto?… ¿Eh, qué significa esto?… Vosotros… ¡Voy a llevar el asunto ante el comisario! ¡En este mismo momento! ¿Me oís? ¡En este mismo momento! ¡Corred! ¡Volad como pájaros! Os voy… Me vais…

Todos se dispersaron.

Al día siguiente, la joven esposa no abandonó su habitación en toda la jornada. Cuando reapareció, al cabo de tres días, llevaba una mano vendada.


CAPÍTULO V :

LA AHOGADA

Sin preocuparse de nada, sin inquietarse de los perseguidores mandados en su busca, el culpable de todo ese alboroto se aproximaba con lentos pasos a la vieja casa levantada junto al estanque. No creo necesario aclarar que se trataba de Levko.

Llevaba abierta su pelliza negra y tenía la gorra en la mano. El sudor le caía a chorros. El bosque de arces, sombrío y majestuoso, destacaba como una masa oscura a la luz de la luna. Un soplo de aire fresco, procedente del estanque inmóvil, acarició al fatigado caminante, incitándole a descansar junto a la orilla. Todo estaba en silencio; sólo en la profunda espesura se oía el canto de un ruiseñor.

Una invencible somnolencia le cerraba los ojos; sus cansados miembros se volvieron más pesados y rígidos. El joven inclinó la cabeza… «No, a este paso, voy a quedarme aquí dormido», dijo, levantándose y frotándose los ojos. Miró a su alrededor: la noche le pareció aún más brillante. Un extraño y mirífico resplandor se entreveraba con el destello de la luna.

Nunca había visto nada semejante. Una niebla plateada flotaba por los alrededores. El aroma de los manzanos floridos y de las flores nocturnas se difundía por toda la tierra. Levko miraba con asombro las aguas inmóviles del estanque: la vieja casa señorial se reflejaba en ellas boca abajo, pura e investida de una diáfana majestuosidad. En lugar de sombríos postigos, se veían alegres cristales en ventanas y puertas. A través de los vidrios transparentes se vislumbraban algunos dorados. De pronto le pareció que una de las ventanas se abría.

Conteniendo el aliento, sin moverse y sin apartar los ojos del estanque, se sintió transportado a las profundidades y vio, primero, un brazo blanco en la ventana, y más tarde, apoyado en él, una bonita cabeza de brillantes ojos, que centelleaban dulcemente entre ondas de cabellos castaños. También advirtió que la muchacha sacudía levemente la cabeza, agitaba los brazos, sonreía… El corazón del hombre empezó a latir con fuerza… El agua tembló y la ventana volvió a cerrarse.

Levko se apartó en silencio del estanque y contempló la casa: los sombríos postigos estaban abiertos; los vidrios resplandecían a la luz de la luna. «Qué poco hay que fiarse de las habladurías de las gentes», se dijo. «La casa parece nueva; los colores son tan vivos como si la hubieran pintado hoy mismo. Alguien debe habitarla», y se acercó sin hacer ruido, pero en la casa todo era silencio. Los armoniosos trinos de los ruiseñores resonaban fuertes y sonoros, y cuando llegaban a la cumbre del deleite y empezaban a languidecer, se oía el susurro y el rumor de los grillos o el zumbido de un ave de los pantanos, que golpeaba con su resbaladizo pico el vasto espejo de las aguas. Un sentimiento de suave quietud y de bienestar se apoderó del corazón de Levko. Afinó su bandura y se puso a tocar y a cantar:

¡Oh luna, luna mía!
¡Oh, tú, brillante estrella!
¡Ilumina la casa
de mi hermosa doncella!

La ventana se abrió en silencio y la misma muchacha cuyo reflejo había contemplado en el estanque se asomó a ella y prestó oídos a la canción. Sus largas pestañas casi ocultaban sus ojos. Estaba tan pálida como un lienzo, como la luz de la luna. ¡Era una muchacha maravillosa y muy bella! De pronto se echó a reír… Levko se estremeció.

-¡Cántame una canción, joven kozako! -dijo ella en voz baja, inclinando la cabeza y bajando ya del todo sus espesas pestañas.

-¿Qué canción quieres que te cante, mi bella señorita? Unas lágrimas silenciosas rodaron por su pálido rostro.

-Muchacho -dijo ella, y en sus palabras había un matiz inefable y conmovedor-. ¡Muchacho, encuentra a mi madrastra! Te daré todo lo que me pidas. Serás recompensado. Te entregaré ricos y espléndidos presentes. Tengo bocamangas bordadas de seda, corales, collares. Te regalaré un cinturón guarnecido de perlas. También tengo oro… ¡Muchacho, encuentra a mi madrastra! Es una horrible bruja: en vida no me concedió un instante de paz. Me atormentaba, me hacía trabajar como una simple campesina. Mira mi cara: ha borrado el rubor de mis mejillas con sus sortilegios impuros. Mira mi blanco cuello: ¡no se quitan! ¡No se quitan! ¡Nada podrá borrar esas manchas azules de sus garras de hierro! Mira mis blancos pies: han caminado mucho, pero no por alfombras, sino por la ardiente arena, por la tierra húmeda, por las espinosas zarzas. Mira mis ojos, míralos: las lágrimas les impiden ver… ¡Encuéntrala, muchacho! ¡Encuentra a mi madrastra!

Su voz, que empezaba a subir de tono, de pronto se interrumpió. Arroyos de lágrimas resbalaban por su pálido rostro. Un sentimiento angustioso, mezcla de tristeza y amargura, oprimía el pecho del muchacho.

-¡Estoy dispuesto a todo por ti, bella mía! -exclamó con sincera emoción-. Pero ¿cómo conseguiré encontrarla?

-¡Mira, mira! -dijo ella con atropellada voz-. ¡Allí está, jugando al corro en la orilla con mis muchachas y calentándose a la luz de la luna! Es muy astuta y artera. Ha tomado el aspecto de una ahogada; pero yo sé, percibo que está aquí. Su presencia me sofoca, me ahoga. Me impide nadar con la ligereza y la libertad de un pez. Me hundo y me voy al fondo como una llave. ¡Encuéntrala, muchacho!

Levko contempló la ribera: en medio de la fina niebla plateada había unas muchachas ligeras como sombras, vestidas con camisas tan blancas como los lirios que cubrían el prado; collares de oro, gargantillas y ducados brillaban en sus cuellos; pero estaban pálidas. Sus cuerpos parecían compuestos de nubes transparentes y como atravesados por la luminosidad plateada de la luna. A medida que bailaban, las muchachas que conformaban el corro se iban aproximando a él. Se oyeron algunas voces.

-¡Al cuervo, vamos a jugar al cuervo! -gritaron todas, levantando un rumor semejante al de los juncos en la ribera, cuando son acariciados por los aéreos labios del viento en la serena hora del crepúsculo.

-¿Quién hará de cuervo?
Lo echaron a suertes y una muchacha se separó del grupo. Levko la miró con atención.
En nada se diferenciaba de las otras: idénticos eran su rostro, su vestido y toda su apariencia; pero se advertía que interpretaba a regañadientes su papel. El grupo se estiró en una larga fila y empezó a huir de los ataques de su rapaz enemigo.

-¡No, no quiero ser cuervo! -dijo la muchacha, completamente agotada-. ¡Me da pena arrebatarle los polluelos a sus pobres madres!

«Tú no eres la bruja», pensó Levko.

-Entonces, ¿quién hará de cuervo?
Las muchachas se preparaban de nuevo para echarlo a suertes.
-¡Yo seré el cuervo! -dijo una de ellas.
Levko la examinó atentamente. Perseguía a las otras con movimientos rápidos y audaces y se lanzaba a un lado y a otro para capturar a su presa. Levko advirtió que su cuerpo no era tan transparente como el de las otras: en su interior se veía algo negro.

De pronto se oyó un grito: el cuervo se había lanzado sobre una de las muchachas y la había capturado. A Levko le pareció que sus manos se transformaban en garras y que en su rostro se dibujaba una alegría maligna.

– ¡Ésa es la bruja! -dijo, señalándola de pronto con el dedo y volviéndose hacia la casa.

La señorita se echó a reír y las muchachas, dando gritos, cogieron a la que había representado el papel de cuervo.

-¿Con qué puedo recompensarte, muchacho? Sé que no necesitas oro: estás enamorado de Hanna, pero tu severo padre te impide casarte con ella. Ya no se interpondrá más. Toma, dale este billete.

La muchacha extendió su blanca mano, y su rostro se iluminó y brilló con una prodigiosa claridad… Sintiendo que una agitación inexplicable se apoderaba de él y que su corazón latía con todas sus fuerzas, el muchacho cogió el papel y… se despertó.


CAPÍTULO VI :

EL DESPERTAR

-¿Habrá sido todo un sueño? -se dijo Levko, levantándose del pequeño montículo en que estaba sentado-. ¡Parecía todo tan real como la vida!… ¡Qué prodigio! ¡Qué prodigio! -repitió, mirando a su alrededor.

La luna, que se había detenido sobre su cabeza, marcaba la medianoche; todo era silencio en el lugar; desde el estanque llegaba una fresca brisa; ante él se alzaba la triste y vieja casa con los postigos cerrados; el musgo y la maleza mostraban que llevaba mucho tiempo deshabitada. Levko abrió la mano, que durante todo el sueño había mantenido fuertemente cerrada, y lanzó un grito de estupefacción cuando advirtió que en ella había un billete:

«¡Ah, si supiera leer!», pensó, examinándolo por todas partes. En ese instante oyó un ruido a sus espaldas.

– ¡No tengáis miedo! ¡Cogedlo ahora mismo! ¡No hay de qué asustarse! Somos diez.

¡Estoy seguro de que es un hombre y no un diablo! -así gritaba el alcalde a sus compañeros; poco después Levko se vio cogido por varias manos, algunas de las cuales temblaban de miedo-. ¡Vamos, amigo, quítate esa horrible careta! ¡Deja ya de burlarte de la gente! -dijo el alcalde, agarrándole de las solapas; pero nada más verlo, se quedó atónito, mientras su único ojo parecía querer salirse de su órbita-. ¡Es Levko, mi hijo! -gritó, retrocediendo con asombro y dejando caer los brazos-. ¡Eres tú, hijo de perra! ¡Engendro del diablo! ¡Y yo que me preguntaba quién sería el canalla, el demonio disfrazado que inventaba todas esas jugarretas! ¡Y resulta que eras tú el que se estaba atragantando en la garganta de tu padre como una gelatina mal cocida! ¡Eras tú el que organizaba esos tumultos en la calle, el que componía esas canciones…! ¡Vaya, vaya con Levko! ¿Qué significa esto? A lo que parece, te pica ya la espalda. ¡Atadle!

– ¡Espera, padre! Me han ordenado que te entregue este billete -dijo Levko.
– ¡No es momento para billetes, querido! ¡Atadlo! -¡Espere, señor alcalde! -exclamó el escribano, desplegando la nota-: es la letra del comisario.

-¿Del comisario?

-¿Del comisario? -repitieron maquinalmente los guardias.
«¿Del comisario? ¡Qué raro! ¡Cada vez entiendo menos!» -pensó Levko.
-¡Léela, léela! -exclamó el alcalde-. ¿Qué escribe el comisario?
-¡Oigamos lo que dice el comisario! -dijo el destilador, que mantenía la pipa entre los dientes mientras le prendía fuego.

El escribano carraspeó y empezó a leer:

– «Orden para el alcalde Evtuj Makogónenko. Ha llegado a nuestro conocimiento que tú, viejo tonto, en lugar de recaudar impuestos atrasados y mantener la aldea en orden, has perdido el juicio y cometes todo tipo de vilezas…».

-¡Por Dios! -le interrumpió el alcalde-. ¡No oigo nada!
El escribano empezó desde el principio:
-«Orden para el alcalde Evtuj Makogónenko. Ha llegado a nuestro conocimiento que tú, viejo ton…».

-¡Para, para! ¡No es necesario que sigas! -gritó el alcalde-: aunque no he oído nada, sé que no es eso lo importante. ¡Lee más adelante!

-«Por consiguiente, te ordeno que cases enseguida a tu hijo, Levko Makogónenko, con Hanna Petríchenkova, joven kozaka de la misma aldea, y también que repares los puentes de la carretera principal y que no prestes los caballos de los vecinos a los funcionarios del tribunal sin mi consentimiento, aunque vengan directamente de la Audiencia. Si a mi llegada esta orden no ha sido cumplida, toda la responsabilidad recaerá sobre ti. El comisario, teniente retirado Kozmá Derkach-Drishpanovski.»

-¡Vaya! -dijo el alcalde, con la boca abierta-. Ya habéis oído: de todo será responsable el alcalde; por tanto, tenéis que obedecerme. ¡Obedecer sin rechistar! Si no, no me pidáis… En cuanto a ti -añadió, dirigiéndose a Levko-, ya que el comisario lo ordena (aunque me sorprende que este asunto haya llegado a su conocimiento), te casaré; pero antes te haré probar mi látigo; ya sabes, el que está colgado en la pared, junto al rincón de los iconos. Mañana le voy a quitar el polvo… ¿Dónde te han entregado ese billete?

Levko, a pesar de la sorpresa causada por ese giro inesperado de los acontecimientos, tuvo el ingenio suficiente para improvisar una respuesta y ocultar el verdadero modo en que se había hecho con aquel papel.

-Ayer por la tarde -contó- fui a la ciudad y me encontré con el comisario en el momento en que éste salía de su calesa. Al enterarse de que soy natural de la aldea, me dio esta nota y me ordenó decirte que a su vuelta se quedaría a cenar en nuestra casa.

-¿Dijo eso?

– Sí.
-¿Habéis oído? -dijo el alcalde con aire de importancia, volviéndose hacia sus compañeros-: el comisario en persona va a venir a cenar a nuestra casa, quiero decir a mi casa.

¡Oh! -en ese momento el alcalde levantó el dedo e inclinó ligeramente la cabeza, como si prestara atención a algún ruido-. El comisario, ¿lo habéis oído? ¡El comisario va a venir a comer a mi casa! ¿Qué te parece, señor escribano? ¿Y a ti, compadre? Es un gran honor, ¿no os parece?

-Que yo recuerde -comentó el escribano-, el comisario nunca se ha quedado a cenar en casa de ningún alcalde.

-¡Es que hay alcaldes y alcaldes! -exclamó con aire satisfecho el regidor. Su boca se torció y de sus labios salió una especie de risa pesada y ronca, semejante al estrépito de un trueno lejano-. ¿Qué piensas tú, señor escribano? Para agasajar a ese ilustre huésped, ¿no convendría ordenar que cada vecino trajera al menos un pollo, una pieza de tela y alguna otra cosa… ¿No?

– ¡Me parece muy oportuno, señor alcalde!
-¿Y cuándo será la boda, padre? -preguntó Levko.
-¿La boda? ¡Te voy a dar yo boda!… Bueno, en honor de nuestro ilustre huésped… el pope os casará mañana. ¡Al diablo con vosotros! ¡Al menos el comisario verá cómo trabaja un funcionario escrupuloso! ¡Y ahora, muchachos, a dormir! ¡Marchaos a vuestras casas!… Los acontecimientos de este día me traen a la memoria aquellos tiempos en que yo… -al pronunciar esas últimas palabras el alcalde, según su costumbre, miró de soslayo con aire de importancia y complicidad.

-Bueno, ahora el alcalde empezará a contar cómo acompañó a la zarina -dijo Levko, y con pasos rápidos y alegres se dirigió a la jata rodeada de pequeños cerezos que ya conocemos.

«Que Dios te acoja en su reino, hermosa y buena doncella», pensaba. «¡Ojalá en el otro mundo puedas sonreír eternamente entre los ángeles celestiales! A nadie le hablaré del prodigio de esta noche; sólo a ti, Halia, te lo contaré. ¡Sólo tú me creerás y rezarás conmigo por el eterno descanso de la desdichada ahogada!»

En ese momento llegó ante la jata; la ventana estaba abierta; los rayos de la luna penetraban por ella y caían sobre la dormida Hanna; su cabeza se apoyaba en la mano; las mejillas mostraban un suave rubor; los labios se movían y pronunciaban confusamente el nombre de Levko.

«¡Duerme, amada mía! Sueña con todas las cosas hermosas que hay en el mundo; pero ni siquiera ese sueño será más hermoso que nuestro despertar.» Después de hacer la señal de la cruz sobre ella, cerró la ventana y se alejó en silencio.

Al cabo de unos minutos, todos dormían en la aldea; sólo la luna, brillante y maravillosa, navegaba por las inmensas extensiones del suntuoso cielo de Ucrania. Todo en las alturas seguía respirando solemnidad, y la noche, la divina noche, se consumía majestuosamente. La Tierra, envuelta en ese maravilloso resplandor plateado, mostraba la misma hermosura; pero ya nadie se embriagaba con ese espectáculo: todos se habían hundido en el sueño. Sólo de vez en cuando quebraban el silencio el ladrido de algún perro o el tambaleante paso del borracho Kalenik, que durante largo rato siguió recorriendo las calles dormidas en busca de su jata.

El Mensaje Desaparecido – Obra por Mykola Hóhol

Enlace a “La Noche de Mayo o La Ahogada”


EL MENSAJE DESAPARECIDO

Historia verdadera narrada por el sacristán de la iglesia de ***

Entonces, ¿quieren ustedes que les cuente más cosas de mi abuelo? Y ¿por qué no, si les divierten esas historietas? ¡Ah, los viejos tiempos! Qué alegría, qué contento se aposenta en el corazón cuando se oye hablar de lo que sucedió en el mundo hace tanto tiempo que no se puede determinar ni el mes ni el año. Y si encima ha intervenido en los hechos algún familiar, un abuelo o un bisabuelo, entonces no se puede pedir más. Que me atragante mientras invoco a Santa Bárbara si no se tiene la impresión de que es uno mismo el que ha hecho todo eso; parece como si nos hubiéramos deslizado en el alma del abuelo o bien el alma del abuelo se revolviera dentro de nosotros…

Pero las que más me importunan con sus apremios son nuestras jóvenes y muchachas. En cuanto me ven, empiezan: «¡Fomá Grigórievich, Fomá Grigórievich! ¡Cuéntanos una historia de miedo, por favor! …». Y siguen: «tara-ta-ta, ta-ta-ta…». Claro que a mí no me cuesta nada contarles alguna anécdota, pero hay que ver el miedo que pasan luego en la cama. Estoy seguro de que todas tiemblan bajo la manta como si tuvieran fiebre, y que les gustaría taparse hasta las orejas con sus abrigos de piel de cordero.


Entonces, ¿quieren ustedes que les cuente más cosas de mi abuelo?

Dios bendito, basta que una rata arañe una olla o que ellas mismas tropiecen con el atizador para que ya estén muertas de miedo. Y al día siguiente, como si no hubiera sucedido nada, ya me están pidiendo que les cuente otro relato de terror. ¿Y qué puedo contarles a ustedes? Así de pronto, no me viene nada a la cabeza…

Bueno, les contaré cómo las brujas jugaron al burro con mi difunto abuelo. Pero les pido por anticipado, señores, que no me interrumpan, pues si no saldrá una gelatina que dará vergüenza llevársela a los labios. Debo decirles que mi difunto abuelo no era un kozako cualquiera. Sabía leer y escribir y en los días de fiesta recitaba los Hechos de los Apóstoles con mayor maestría que cualquier hijo de pope de nuestros días.

Además, ya saben ustedes que en aquellos tiempos, si se hubiera juntado a todos los habitantes de Baturin que sabían leer y escribir, no habría sido necesario poner un gorro para recogerlos, pues hubieran cabido todos en la palma de la mano. No debe sorprendernos, por tanto, que cuantos se cruzaban con él se inclinaran casi hasta el suelo.

Un día, no sé por qué motivo, un poderoso hetman tuvo que enviar un mensaje a la zarina. El escribiente del regimiento -¡diablos, ya me he olvidado de su apellido!… algo así como Viskriak o Motúzochka o Golopútsek… sólo recuerdo que era un nombre complicado que empezaba de una forma extraña- llamó entonces a mi abuelo y le dijo que el hetman en persona le había elegido como correo para llevarle un mensaje a la zarina. Al abuelo no le gustaban los preparativos largos: cosió el mensaje en el gorro, sacó el caballo, dio un beso a su mujer y a sus dos lechones, como él los llamaba, uno de los cuales era el padre de quien os habla, y partió, levantando tanto polvo como el que podrían hacer quince muchachos jugando en medio de la calle.

Al día siguiente, antes de que el gallo cantara por cuarta vez, mi abuelo estaba ya en Konotop. Esos días se celebraba allí la feria y había tanta gente por las calles que los ojos se nublaban. Pero como era temprano, todos estaban dormidos, tendidos sobre el suelo. Junto a una vaca había un juerguista con una nariz tan colorada como un petirrojo; algo más allá, sentada junto a sus pedernales, perdigones, añil y buñuelos, roncaba una vendedora; bajo una carreta yacía un gitano; un pescadero estaba tumbado sobre su mercancía; en medio de la carretera dormía, con las piernas abiertas, un moskal barbudo que vendía cinturones y manoplas… En fin, toda clase de gente, como en cualquier feria. El abuelo se detuvo para contemplarlo todo con mayor detenimiento. Entre tanto, la gente empezaba a moverse en las tiendas: los mercaderes judíos hacían tintinear sus botellas; volutas de humo se elevaban aquí y allá, y un olor a dulces calientes se extendía por todo el campamento.

El abuelo recordó que no tenía eslabón ni tabaco a mano y decidió darse una vuelta por la feria. No había tenido tiempo de dar veinte pasos cuando se encontró con un zapórogo. ¡No había más que mirarle a la cara para ver que se trataba de un juerguista! Vestía unos pantalones bombachos tan rojos como el fuego, una casaca azul y un cinturón de color vivo; llevaba un sable en el costado y una pipa con una cadenita de cobre le colgaba hasta los talones: ¡un zaporogo de los pies a la cabeza! ¡Ah, qué gente aquélla! Había que ver cómo se levantaban, se estiraban, se atusaban con la mano el soberbio bigote, hacían sonar los tacones y se lanzaban a bailar. ¡Y de qué modo! Las piernas se meneaban como un huso en manos de una campesina; las manos pasaban en tromba por todas las cuerdas de la bandura y, a continuación, con los puños en las caderas, se ponían en cuclillas y bailaban; y cuando cantaban, ¡era una fiesta para el alma! … No, esos tiempos han pasado. ¡Ya no hay zapórogos así!

Así pues, ambos hombres se encontraron y, tras intercambiar unas palabras, se hicieron amigos. Se pusieron a charlar y al cabo de un rato mi abuelo se había olvidado por completo de su misión. Empezaron a beber como en una boda antes de la cuaresma, hasta que, finalmente, se aburrieron de romper jarras y de arrojar monedas a las gentes; además, no iban a quedarse en la feria para siempre… Los amigos decidieron no separarse y hacer el camino juntos.

Había anochecido cuando salieron al campo. El sol se había ido a descansar; en su lugar brillaban, en algunos puntos, bandas rojizas; en la llanura destacaban los abigarrados campos de trigo, semejantes a los trajes de fiesta de las bellas de negras cejas. Nuestro zapórogo se había vuelto muy locuaz. Mi abuelo y otro juerguista que se les había unido empezaron a pensar que estaba poseído por el demonio. ¿De dónde había sacado todas esas anécdotas? Contaba historias y sucesos tan estrafalarios que mi abuelo tuvo que llevarse varias veces las manos a los costados y estuvo a punto de reventar de la risa. Pero a medida que avanzaban, el campo se iba haciendo más sombrío y el discurso del zapórogo se volvía más incoherente. Finalmente, nuestro narrador quedó en silencio, sobresaltándose al menor ruido.

– ¡Eh, eh, paisano! Te has puesto tan serio como si estuvieras contando lechuzas. Parece que ya sólo piensas en llegar a tu casa y tumbarte en la estufa.

-No tengo por qué ocultaros nada -dijo él, volviéndose de pronto y mirándolos fijamente-. Sabed que he vendido mi alma al diablo.

– ¡Pues vaya una cosa! ¿Quién, a lo largo de su vida, no ha tenido que vérselas con el diablo? Ahora lo que hace falta, como se dice, es correrse una buena juerga.

– ¡Ay, muchachos! ¡Lo haría de buena gana, pero esta noche se cumple mi plazo! ¡Ay, amigos! -exclamó, estrechando sus manos-: ¡no me abandonéis! Velad conmigo toda la noche y nunca olvidaré vuestra amistad.

¿Cómo no ayudar a un hombre en semejante apuro? Mi abuelo declaró abiertamente que antes se dejaría cortar el tupé que permitirle al diablo olisquear un alma cristiana con su hocico de perro.

Es posible que nuestros kozakos hubieran seguido su camino si la noche no hubiera cubierto todo el cielo como un lienzo negro y los campos no se hubieran vuelto tan oscuros como si estuvieran bajo una pelliza de piel de cordero. En la lejanía sólo se vislumbraba una lucecita, y los caballos, oliendo el establo cercano, avivaban el paso, aguzando las orejas y clavando los ojos en la oscuridad. La lucecita parecía avanzar hacia ellos, y los kozakos no tardaron en ver una taberna totalmente vencida de un lado, como una campesina cuando regresa de un alegre bautizo. En aquellos tiempos las tabernas no eran como las de ahora. Un hombre honrado no tenía espacio para desenvolverse, bailar la gorlitsa y el hopak, ni siquiera para tumbarse cuando el vino se le subía a la cabeza y los pies empezaban a trazar eses.

El patio estaba lleno de carretas de vendedores de sal; bajo los cobertizos, en los pesebres, en el zaguán, acurrucados o estirados, los hombres roncaban como gatos. Sólo el tabernero, delante de un candil, marcaba en un palo con un cuchillo el número de cuartillos y medios cuartillos que los carreteros se habían bebido. El abuelo, tras encargar un tercio de cubo para los tres, se dirigió al granero. Los tres hombres se tendieron uno al lado del otro.

Mi abuelo no había tenido tiempo de volverse, cuando sus paisanos ya dormían como troncos. Tras despertar al tercer kozako, el abuelo le recordó la promesa que habían hecho a su compañero. El otro se incorporó, se frotó los ojos y de nuevo se quedó dormido. No había nada que hacer: tendría que montar guardia él solo. Para ahuyentar el sueño, se puso a examinar todos los carros, se fue a ver los caballos, encendió su pipa, regresó y volvió a sentarse cerca de sus compañeros.

Todo estaba en silencio; no se oía ni el vuelo de una mosca. De pronto le pareció que, detrás de un carro vecino, una criatura gris enseñaba los cuernos… Sus ojos empezaron a cerrarse con tanta obstinación que tuvo que frotárselos a cada minuto con el puño y refrescarlos con el vodka sobrante. De ese modo la vista se le aclaraba ligeramente, pero poco después todo volvía a desaparecer. Al cabo de un rato volvió a ver al monstruo detrás de un carro… Mi abuelo abrió los ojos tanto como pudo, pero esa maldita somnolencia lo cubría todo de bruma; los brazos se le quedaron rígidos, la cabeza se le dobló y un sueño profundo se apoderó de él, de modo que acabó derrumbándose como un muerto. Durmió largo tiempo y sólo cuando el sol comenzó a calentar su cogote rasurado se despertó y se puso en pie de un salto. Se estiró un par de veces, se rascó la espalda y de pronto advirtió que ya no había tantos carros como la víspera. Al parecer, los carreteros se habían puesto en marcha antes del amanecer. Miró a sus compañeros: el kozako dormía, pero el zapórogo había desaparecido. Preguntó a varias personas, pero nadie sabía nada. En el lugar sólo había quedado su casaca. El miedo y la perplejidad se apoderaron del abuelo. Fue a ver los caballos y descubrió que faltaban tanto el suyo como el del zaporogo. ¿Qué significaba eso? La fuerza maligna podía haberse llevado al zaporogo, pero ¿cómo explicar la ausencia de los caballos? Tras considerarlo todo, el abuelo llegó a la conclusión de que el diablo probablemente había llegado a pie y, como el infierno no estaba cerca, se había llevado su montura. A mi abuelo le apenaba no haber mantenido su palabra de kozako.

«Bueno -pensó-, no hay nada que hacer: tendré que ir a pie. Con un poco de suerte me encontraré por el camino con algún comerciante que vuelva de la feria, y de algún modo me las arreglaré para que me venda su caballo».

Sólo cuando iba a ponerse el gorro, advirtió que éste había desaparecido. Mi difunto abuelo se llevó las manos a la cabeza cuando recordó que la víspera lo había cambiado provisionalmente con el del zapórogo.

¿Quién podía habérselo llevado sino el maligno? ¡Vaya con el correo del hetman! ¡Bonita manera de llevarle el mensaje a la zarina! En ese momento mi abuelo obsequió al diablo con tales lindezas que éste debió de estornudar más de una vez en el infierno. Pero de poca ayuda le sirvieron los insultos, y por mucho que se rascó la nuca no pudo hallar ninguna solución.

¿Qué hacer? Decidió pedir consejo a los otros: reunió a todos los hombres de bien que había en la taberna, carreteros y simples viajeros, y les explicó la desgracia que le había sobrevenido. Los carreteros reflexionaron durante un buen rato, con la barbilla apoyada en el bastón, sacudieron la cabeza y dijeron que nunca habían oído hablar de un prodigio semejante: ¡el diablo había robado nada menos que un mensaje del hetman! Algunos añadieron que cuando un diablo o un moskal robaba una cosa, más valía olvidarse de ella.

En el bosque viven algunos gitanos que salen de sus guaridas para forjar el hierro cuando la noche es tan oscura que sólo las brujas viajan en sus escobas.

Sólo el tabernero seguía callado en su rincón. El abuelo se dirigió a él, pues cuando una persona guarda silencio es señal de que algo sabe. No obstante, el tabernero se mostraba reacio a hablar, y si mi abuelo no hubiera sacado del bolsillo cinco monedas de oro, hubiera esperado en vano su respuesta.

-Te enseñaré lo que debes hacer para recuperar tu mensaje -dijo llevándoselo aparte. Mi abuelo se sintió aliviado-. En tus ojos veo que no eres una mujer, sino un kozako. ¡Presta atención! Cerca de la taberna hay un camino que gira a la derecha y se interna en el bosque.

Cuando anochezca en el campo, debes estar preparado. En el bosque viven algunos gitanos que salen de sus guaridas para forjar el hierro cuando la noche es tan oscura que sólo las brujas viajan en sus escobas. No necesitas saber la verdadera tarea en la que se ocupan. Oirás muchos martillazos en el bosque, pero no irás en la dirección de la que proceden; verás delante de ti un sendero que pasa junto a un árbol quemado; toma por ese camino y sigue todo adelante… Te arañarán las zarzas, los espesos nogales te ocultarán el camino; no importa, tú sigue adelante; sólo cuando llegues a un riachuelo podrás pararte. Allí verás lo que necesitas; pero no olvides llenarte los bolsillos de aquello para lo que han sido hechos… Recuerda que a los diablos les gustan tanto esos bienes como a los hombres. -Tras pronunciar esas palabras, el tabernero se retiró a su rincón y no quiso decir nada más.

Mi abuelo no era precisamente un hombre miedoso; si le ocurría encontrarse con un lobo, lo cogía por la cola;

Mi abuelo no era precisamente un hombre miedoso; si le ocurría encontrarse con un lobo, lo cogía por la cola; y cuando se abría paso a puñetazos entre los kozakos, éstos caían como si fueran peras. No obstante, al internarse en el bosque en una noche tan oscura como aquélla, sintió un ligero escalofrío. No había una sola estrella en el cielo. Las tinieblas eran tan densas como en un subterráneo; sólo se oía muy lejos, por encima de la cabeza, un viento helado que sacudía las copas de los árboles, las cuales se mecían como cabezas de kozakos ebrios, con un murmullo de borracho en las hojas. De pronto se levantó un viento tan frío que mi abuelo se acordó de su pelliza de piel de cordero, y a continuación se oyeron como cien martillos golpeando en el bosque con tanta fuerza que a mi abuelo le zumbaron los oídos. Se produjo una suerte de resplandor y en un momento se iluminó todo el bosque. Mi abuelo vio enseguida un sendero que se internaba entre los arbustos. También reparó en el árbol quema-do y las zarzas. Todo era como le había dicho el tabernero; no, no le había engañado. No obstante, no le resultó muy agradable abrirse paso entre los espinosos arbustos; nunca en su vida había visto que unas malditas espinas y ramas arañaran de esa manera: casi a cada paso estaba a punto de gritar de dolor. Finalmente llegó a un paraje más despejado; allí, por lo que pudo distinguir, los árboles raleaban y se iban haciendo más gruesos a medida que avanzaba; mi abuelo no recordaba haberlos visto semejantes ni siquiera del otro lado de la frontera polaca. De pronto vislumbró entre el follaje un arroyo tan negro como acero pavonado. Mi abuelo se detuvo durante un buen rato junto a la ribera, mirando a un lado y a otro. En la otra orilla brillaba una luz que tan pronto parecía a punto de apagarse como volvía a reflejarse en las aguas del arroyo, igual de temblorosas que un caballero polaco en manos de un kozako

¡De pronto apareció el puente! «Bueno, sólo la tartana del diablo podría pasar por allí». No obstante, mi abuelo se condujo con arrojo y, en menos tiempo del que se necesita para sacar la tabaquera y tomar una pulgarada de tabaco, ya estaba en la otra orilla. Sólo entonces reparó en que, junto a la hoguera, había algunas personas, con unas caras tan repugnantes que en cualquier otro momento habría dado cualquier cosa por eludir su compañía. Pero dada la situación, no tenía más remedio que abordarlas. «¡Que Dios esté con vosotros, hombres de bien!»

Ni uno siquiera le hizo un gesto con la cabeza; siguieron sentados en silencio, arrojando alguna cosa al fuego. Al ver que había un sitio sin ocupar, mi abuelo se sentó allí sin más ceremonia. Ninguna de las horribles figuras dijo nada; mi abuelo tampoco pronunció palabra. Pasaron un buen rato en silencio. Mi abuelo empezaba a aburrirse; se puso a hurgar en el bolsillo, sacó la pipa, echó un vistazo a su alrededor: ninguno le miraba. «Si son ustedes tan amables, nobles señores… me gustaría simplemente decir (mi abuelo había visto mucho mundo y sabía tratar a la gente; de hecho, si la ocasión lo hubiera requerido, se habría comportado con desenvoltura ante el mismo zar), me gustaría simplemente decir, sin ofenderos a vosotros ni olvidarme tampoco de mí, que dispongo de una pipa, pero no tengo con qué encenderla.» Tampoco esas palabras merecieron respuesta alguna; sólo una de las figuras le puso un tronco ardiendo en la misma frente, de modo que, si mi abuelo no se hubiera apartado un poco, probablemente habría perdido un ojo para el resto de sus días.

Finalmente, viendo que estaba perdiendo el tiempo, decidió hablar de su asunto, ya quisiera escucharle o no esa tribu diabólica. Las horribles figuras aguzaron las orejas y extendieron las patas. Mi abuelo comprendió: reunió en la mano todas las monedas que llevaba consigo y se las arrojó como quien echa algo a los perros. Nada más hacerlo, el paraje entero se transformó, la tierra tembló y, sin que él mismo supiera cómo, se encontró en un lugar que le pareció el mismo infierno. «¡Dios mío!», gritó mi abuelo, mirando con atención a su alrededor. «¡Qué monstruos! ¡A cada cual más horrible!» Había tal cantidad de brujas como copos de nieve en Navidad, todas emperifolladas y pintarrajeadas como señoritas en una feria. Cada una de las criaturas que allí había, como si estuviera borracha, ejecutaba una danza diabólica. ¡Y qué nubes de polvo levantaban! Cualquier cristiano se hubiera sobresaltado si hubiera visto los saltos que daba esa estirpe demoniaca. No obstante, a pesar de su miedo, mi abuelo se echó a reír cuando vio cómo los diablos, con sus hocicos de perro y sus patas de alemanes, movían sus colas y cortejaban a las brujas, tal como hacen los muchachos con las jóvenes bonitas; mientras tanto, los músicos se daban puñetazos en las mejillas como si fueran panderetas y silbaban por las narices como si fueran flautas. En cuanto vieron a mi abuelo, toda aquella horda se le echó encima: hocicos de cerdo, de perro, de cabra, de avutarda y de caballo alargaron el cuello con intención de besarle. Mi abuelo escupió, ¡tanto asco le daba!

Finalmente lo cogieron y lo sentaron a una mesa tan larga como la carretera que va de Konotop a Baturin. «Bueno, esto no está tan mal», pensó mi abuelo, viendo que sobre la mesa había platos con carne de cerdo, salchichas, cebolla picada con repollo y toda clase de dulces.

No obstante, a pesar de su miedo, mi abuelo se echó a reír cuando vio cómo los diablos, con sus hocicos de perro y sus patas de alemanes, movían sus colas y cortejaban a las brujas,

«A lo que se ve, esta caterva diabólica no guarda la cuaresma.» No estaría de más saber que mi abuelo no desaprovechaba nunca la oportunidad de tomar algún bocado. Comía con muy buen apetito, el difunto; por tanto, sin entretenerse en largos discursos, se acercó una escudilla con lonchas de salo (enlace) y un jamón entero, cogió un tenedor casi tan grande como las horcas que usan los campesinos para remover el heno, lo clavó en el trozo más grande, lo acompañó de un trozo de pan e hizo intención de engullirlo, pero todo fue a parar a otra boca, que empezó a masticar junto a su oreja, haciendo rechinar los dientes de forma tan ruidosa que se oía por toda la mesa. Mi abuelo no le dio la menor importancia. Cogió otro trozo y le pareció que pasaba incluso por sus labios, pero acabó en otra garganta. Hizo un tercer intento, pero el resultado fue el mismo. Entonces mi abuelo se enfureció; se olvidó de su miedo y de la compañía en la que estaba. Se puso en pie de un salto y se dirigió a las brujas: ¿Habéis decidido burlaros de mí, raza de Herodes? ¡Si no me dais ahora mismo mi gorro de kozako, llamadme católico si no os pongo en la nuca esas jetas de cerdo!

Nada más pronunciar esas palabras, los monstruos enseñaron sus dientes y prorrumpieron en una carcajada tan estruendosa que el abuelo sintió escalofríos.

-¡De acuerdo! -chilló una de las brujas, que a mi abuelo le pareció la jefa del grupo, ya que su semblante parecía algo menos feo que el de las otras-. Te devolveremos tu gorro, pero antes tendrás que jugar con nosotras tres veces al burro.

¿Qué podía hacer? ¡Un kozako como él jugando al burro con mujeres! Mi abuelo se hizo rogar durante un buen rato, pero finalmente se sentó a la mesa. Trajeron unas cartas pegajosas, de esas que entre nosotros sólo usan las hijas de los popes para echar suertes sobre sus futuros esposos.

-¡Escucha! -ladró de nuevo la bruja-: con que ganes una sola vez, el gorro será tuyo; pero si te quedas las tres veces con el burro, no sólo perderás el gorro, sino que jamás volverás a ver la luz del día.

– ¡Reparte, da cartas, vejestorio! Que pase lo que tenga que pasar.
Distribuyeron las cartas. Mi abuelo cogió las suyas; eran tan malas que casi no quiso ni mirarlas: ni siquiera un triunfo. La más alta era un diez y ni siquiera una pareja, mientras la bruja no paraba de sacar cincos. Por tanto, fue él quien se quedó con el burro. En cuanto mi abuelo perdió la partida, por todas partes surgieron hocicos que se pusieron a relinchar, a ladrar y a gruñir: «¡Burro! ¡Burro! ¡Burro!».

-¡Ojalá reventéis todas, hijas del diablo! -gritó mi abuelo, tapándose los oídos.

«Bueno, pensó, la bruja ha hecho trampas. Ahora me toca a mí repartir.» Mi abuelo distribuyó las cartas y marcó el palo. Miró sus cartas: eran buenas, tenía triunfos. Al principio todo iba a las mil maravillas, pero la bruja tenía cincos y reyes. Mi abuelo sólo tenía triunfos en la mano y, sin pensárselo dos veces, se puso a matar los reyes.

– ¡Ja, ja! ¡Eso no es propio de kozakos! ¿Con qué matas, paisano?

-¿Cómo que con qué? ¡Con triunfos!
-Puede que para vosotros esos sean triunfos, pero entre nosotros no.
Mi abuelo volvió a mirar las cartas y no encontró ni un solo triunfo. ¡Parecía cosa del diablo! Otra vez se quedó con el burro y las diablesas volvieron a desgañitarse: «¡Burro! ¡Burro!»; debido al griterío la mesa temblaba y las cartas saltaban sobre ella. Mi abuelo se encolerizó y repartió cartas por última vez. De nuevo todo iba bien. La bruja volvió a salir con un cinco, pero mi abuelo lo mató y al robar del montón se llenó de triunfos.

– ¡Triunfo! -gritó, dando tal golpe en la mesa con la carta que por poco la hunde. La bruja sin decir palabra la cubrió con un ocho.

-¿Con qué matas mis triunfos, vieja diablesa?

La bruja levantó su carta: en lugar del triunfo apareció un simple seis.
-¡Vaya un prodigio diabólico! -exclamó el abuelo, y descargó con enfado un violento puñetazo sobre la mesa.

Por suerte, la bruja tenía malas cartas; mi abuelo, en cambio, había ligado algunas parejas. Empezó a robar del montón, pero no había nada que hacer: le vinieron unas cartas tan malas que mi abuelo se descorazonó. En el montón no quedó ni una sola carta. Mi abuelo, sin ni siquiera mirar, salió con un simple seis; la bruja lo cogió. «¡Vaya! ¿Qué significa esto? ¡Aquí está pasando algo raro!» Lentamente, mi abuelo puso los naipes con disimulo debajo de la mesa e hizo sobre ellos la señal de la cruz; de pronto advirtió que tenía en las manos el as, el rey y la sota de triunfo, y que la carta que había tomado por un seis era una reina¡Qué tonto he sido! ¡El rey de triunfo! ¡Qué! ¿Vas a cogerlo? ¡Ah, raza gatuna!… ¿Y el as no lo quieres? ¡As! ¡Sota! En el infierno retumbó un trueno; la bruja empezó a sufrir convulsiones y, de pronto, sin que se supiera de dónde venía, el gorro le cayó a mi abuelo en plena cara.

-¡No, eso no es suficiente! -gritó mi abuelo, envalentonándose y poniéndose el gorro-. Si no aparece ahora mismo mi bravo corcel, ¡que me parta un rayo en este lugar impuro si no hago la señal de la cruz sobre todos vosotros! -y levantaba ya la mano para cumplir su amenaza, cuando delante de él cayeron ruidosamente los huesos de su caballo.

¿Con qué matas mis triunfos, vieja diablesa?

– ¡Ahí lo tienes!

El pobre hombre, al verlo, se echó a llorar como una criatura, ¡tanta pena le daba su viejo compañero!

– ¡Dadme otro caballo para salir de vuestra guarida!

Un diablo sacudió su fusta y mi abuelo, de pronto, se sintió transportado por un caballo impetuoso como el fuego, que le llevó por los aires lo mismo que un pájaro.

No obstante, a mitad de camino se sintió dominado por el miedo, pues el caballo, sin escuchar sus gritos ni obedecer a las riendas, cabalgaba por encima de precipicios y ciénagas.

Cómo serían aquellos parajes que uno se echaba a temblar en cuanto le oía describirlos. En una ocasión miró bajo sus pies y se asustó aún más: ¡un abismo! ¡Un barranco vertiginoso!

Pero el animal diabólico, sin preocuparse de nada, lo atravesó de un salto. Mi abuelo trató de mantenerse sobre su montura, pero fue en vano. Cayó entre tocones y terrones y chocó con tanta fuerza contra el suelo que pensó que había entregado el alma. En todo caso, no se acordaba de lo que sucedió después.

Cuando recuperó el conocimiento y miró a su alrededor, ya había amanecido; ante él surgieron unos parajes conocidos, pues estaba tendido en el tejado de su propia jata.

Tras poner los pies en el suelo, mi abuelo se santiguó. ¡Qué suceso tan diabólico! ¡Qué cosas tan sorprendentes pueden sucederle a un hombre! Se miró las manos: estaban llenas de sangre; miró su cara en un tonel lleno de agua y vio que también estaba ensangrentada. Se lavó a conciencia para no asustar a los niños, entró sin hacer ruido en la casa y vio que éstos reculaban asustados hacia él, señalando con el dedo el interior de la vivienda. «¡Mira, mira, mamá está dando saltos como una loca!», decían. Y así era: la mujer, dormida delante de la rueca, con el huso entre las manos, brincaba sobre el banco. Mi abuelo la cogió suavemente de la mano y la despertó: «¡Hola, esposa mía! ¿Cómo estás?». La mujer estuvo un buen rato mirándolo con ojos desorbitados; finalmente, terminó por reconocer a su marido y le contó que había soñado que la estufa se paseaba por la casa y arrojaba con una pala ollas, cubetas y Dios sabe qué más. «Bueno, dijo mi abuelo, al menos esas cosas las has soñado, a mí me han sucedido otras parecidas de verdad. Por lo que veo, será necesario purificar nuestra jata; pero ahora no tengo tiempo que perder».

Tras pronunciar esas palabras y gozar de un breve descanso, mi abuelo montó en su caballo y no se detuvo ni de día ni de noche hasta llegar a su destino y entregar el mensaje a la zarina en persona. Allí vio mi abuelo tantas maravillas que durante mucho tiempo tuvo asuntos de los que hablar: cómo lo habían llevado a un palacio tan alto que ni siquiera diez jatas superpuestas habrían alcanzado su altura; cómo había entrado en una habitación, después en una segunda, más tarde en una tercera, a continuación en una cuarta y sólo al llegar a la quinta había visto sentada a la zarina que, engalanada con una corona de oro, vestida con una casaca gris completamente nueva y calzada con botas rojas, comía galushkas doradas; cómo ésta había ordenado que le llenaran el gorro de billetes azules (Billetes de cinco rublos.); cómo… ¡Pero no puede uno acordarse de todo! En cuanto a sus aventuras con los diablos, nunca pensaba en ellas, y si sucedía que alguien las mencionaba, mi abuelo guardaba silencio, como si no hubiera tenido nada que ver en el asunto, y costaba mucho trabajo convencerlo de que contara todo lo que había pasado. Sin duda, como castigo por no haberse ocupado inmediatamente de purificar la jata, todos los años, siempre en la misma época, a su mujer le sucedía algo muy extraño: en cualquier circunstancia, sin que lo pudiera remediar, sus piernas seguían su propia voluntad y la obligaban a bailar la prisiadka (Baile kozako.)

LA NOCHE DE SAN JUAN Historia verdadera narrada por el sacristán de la iglesia de *** (Cuento – Mykola Hóhol)

LA NOCHE DE SAN JUAN

Historia verdadera narrada por el sacristán de la iglesia de ***

Fomá Grigórievich tenía una rara particularidad: aborrecía contar dos veces la misma historia. Cuando en ocasiones se le convencía para que volviera a narrar un relato, el oyente advertía que introducía en él algún elemento nuevo o lo transformaba hasta el punto de hacerlo irreconocible. Una vez uno de esos señores a los que nosotros, gentes sencillas, nos cuesta dar un nombre -no sé si habría que decir escritorzuelo; en cualquier caso, son como los ropavejeros de nuestras ferias: a fuerza de recoger, mendigar y robar toda suerte de cosas, acaban reuniendo libritos no mayores que un abecedario que aparecen cada mes o semana.

Uno de esos señores consiguió esta historia de Fomá Grigórievich, que después se olvidó por completo de ella. Al cabo de algún tiempo llegó de Poltava ese señor de caftán color guisante al que ya me he referido antes y del cual quizás hayan leído ustedes algún relato; traía consigo un librito, que abrió por la mitad y nos mostró. Fomá Grigórievich iba ya a colgarse las gafas sobre la nariz, pero al recordar que había olvidado componerlas con hilo y cera, me entregó el libro. Como tengo algunas letras y no necesito gafas, me puse a leer. No había tenido tiempo de pasar dos páginas, cuando me detuvo, cogiéndome de la mano.

– ¡Alto! Dígame primero qué es lo que está usted leyendo. Reconozco que esa cuestión me cogió un poco por sorpresa.

-¿Cómo que qué estoy leyendo, Fomá Grigórievich? Es su relato, son sus propias palabras.

-¿Quién le ha dicho a usted que esas son mis palabras? -¿Acaso no basta con verlo aquí impreso? «Narrado por el sacristán de ***».

– ¡Escúpale en la cabeza al que haya impreso esas palabras! ¡Miente ese hijo de perra!

¿Cómo voy a decir yo eso? ¡Debe faltarle un tornillo! Escuche, voy a contarle ahora mismo la historia.

Nos acercamos a la mesa y él dio comienzo a su narración.
-Mi abuelo -¡que Dios lo tenga en su gloria! ¡Ojalá en el otro mundo sólo coma panecillos de trigo y buñuelos con semillas de amapola y miel! – tenía un enorme talento para contar historias. A veces, cuando se ponía a narrar algún suceso, daban ganas de pasarse el día entero escuchándolo, sin moverse del lugar. No era como esos charlatanes de hoy día que, cuando se ponen a soltar sus mentiras -y lo hacen con un lenguaje como si no hubieran comido en tres días-, le entran a uno ganas de coger la gorra y marcharse. Recuerdo como si fuera ayer una larga velada de invierno -mi difunta madre aún vivía- en que el hielo crujía en el patio y el estrecho cristal de nuestra jata estaba obstruido; ella estaba sentada ante la rueca y separaba con la mano un largo hilo, al tiempo que mecía la cuna con el pie y cantaba una canción que aún me parece estar oyendo. Un candil, temblando y oscilando como si se asustara de algo, iluminaba el interior de la jata. El huso zumbaba; los niños nos habíamos reunido en torno al abuelo, tan viejo que llevaba más de cinco años sin bajarse de la estufa.

Pero ni siquiera las admirables historias que contaba sobre los tiempos antiguos, sobre las expediciones de los kozakos zapórogos, sobre los polacos, sobre los hechos memorables de Podkova, Poltora-Kozhuja y Sahaidachni atraían tanto nuestra atención como el relato de algún suceso extraordinario del pasado, que no podíamos oír sin que un escalofrío nos recorriera la espalda y los pelos se nos pusieran de punta. A veces el terror se apoderaba de tal modo de nosotros que a la caída de la tarde creíamos ver todo tipo de prodigios. Por la noche, cuando teníamos que salir de la jata por alguna razón, pensábamos que al volver encontrariamos a un ser de otro mundo en nuestra cama. ¡Que no me sea permitido narrar otra vez esta historia, si en ocasiones no llegué a tomar de lejos mi propia casaca enrollada en la cabecera por el diablo acurrucado! Pero lo más importante en los relatos de mi abuelo era que no había mentido en su vida y que todo lo que contaba había sucedido como él decía. Voy a relataros una de sus historias extraordinarias. Sé que hay no pocos sabihondos que emborronan cuartillas en los juzgados y leen incluso los edictos; a todos esos puedes darles un simple libro de horas que no comprenderán nada; no obstante, no tienen ningún reparo en reírse de tus palabras. Todo lo convierten en motivo de burla. ¡Qué incredulidad hay en el mundo! ¡Que Dios y la Virgen inmaculada me desamparen si miento! Es posible que no me creáis, pero en una ocasión mencioné a las brujas, y ¿qué creéis que pasó? ¡Apareció un calavera que no creía en su existencia! Gracias a Dios, he vivido muchos años en el mundo y he visto bastantes incrédulos a los que resultaba más fácil mentir en confesión que a nosotros aspirar tabaco; pues incluso ésos se santiguaban cuando se mencionaba a las brujas. Ojalá vean en sueños… pero dejémoslo ya. ¿Para qué hablar de esas gentes?

Sus viviendas eran simples agujeros excavados en la tierra!

-Hace más de cien años -exclamó mi difunto abuelo-, nadie habría reconocido nuestra aldea: ¡era un caserío de lo más miserable! Una decena de pequeñas jatas, sin revoque ni apenas techumbre, dispersas aquí y allá en medio del campo. No había ni cercados ni cobertizos en los que guardar el ganado y el carro. Y eso en el caso de los ricos. ¡Había que ver cómo vivían los nuestros, los pobres! ¡Sus viviendas eran simples agujeros excavados en la tierra! Sólo por el humo podía adivinarse que allí habitaban criaturas de Dios. Os preguntaréis por qué vivían así. No se debía a la pobreza, ya que en aquella época casi todos los hombres participaban en las incursiones de los kozakos y obtenían en tierras extrañas no poco botín; más bien se debía a que no se sentía la necesidad de levantar una vivienda decente. En esos tiempos deambulaba por la zona toda clase de pueblos: ¡crimeanos, polacos, lituanos! A veces se reunían bandas para robar a sus propios hermanos. De todo se veía.

En ese caserío se presentaba con cierta frecuencia un hombre, o mejor dicho, un diablo con apariencia humana. Nadie sabía de dónde venía ni qué buscaba. Participaba en francachelas, se emborrachaba, luego desaparecía como si se lo hubiera tragado la tierra y no se oía hablar más de él. Poco después volvía a aparecer como caído del cielo y recorría las calles de la aldea, de la que ya no queda ni huella, pero que se alzaba a menos de cien pasos de Dikanka.

En el camino se encontraba con varios kozakos, y entonces se oían carcajadas y canciones, resonaban las monedas y el vodka corría como agua… A veces cortejaba a hermosas muchachas y les regalaba tantas cintas, pendientes y collares que no había dónde meterlos. Es verdad que las hermosas muchachas vacilaban antes de aceptar los regalos: quién sabe, tal vez procedían de manos impuras. La tía de mi abuelo, que regentaba entonces una taberna en la carretera de Oposhniani, en donde solía organizar sus juergas Basavriuk -así se llamaba ese hombre diabólico-, decía justamente que por nada del mundo aceptaría un regalo suyo. Pero ¿cómo rechazarlo? Cuando fruncía sus pobladas cejas y miraba de reojo, todos se aterrorizaban y sentían ganas de salir corriendo; y cuando alguna muchacha aceptaba el regalo, a la noche siguiente recibía la visita de un amigo de los pantanos, con cuernos en la cabeza, que le apretaba el cuello si llevaba un collar, o le mordía el dedo si lucía una sortija o le tiraba de la trenza si adornaba su pelo con una cinta. ¡Al diablo con el regalo!, pensaba entonces la muchacha. Pero lo malo es que no había manera de desprenderse de él: si tiraban al agua el anillo o el collar diabólico, éste salía a la superficie y volvía por sí solo a las manos.

a la noche siguiente recibía la visita de un amigo de los pantanos, con cuernos en la cabeza, que le apretaba el cuello si llevaba un collar

En la aldea había una iglesia, consagrada, si no recuerdo mal, a San Panteléi. De ella se ocupaba entonces el padre Afanasi, de feliz memoria. Habiendo observado que Basavriuk no acudía a la iglesia ni siquiera el domingo de Resurrección, quiso amonestarle e imponerle alguna penitencia. ¡Pero no consiguió nada! ¡Y suerte que pudo escapar! «¡Escucha, señor!», dijo el otro con voz tronante, «¡Ocúpate de tus asuntos y no te metas en los ajenos si no quieres que tu garganta de chivo se atragante con ¡zutiá hirviente!» (Papilla de arroz con miel y pasas que se come en Ucrania para Nochebuena.). ¿Qué podía hacerse con ese canalla? El padre Afanasi se contentó con anunciar que todo el que tuviera tratos con Basavriuk sería considerado católico, enemigo de la iglesia de Cristo y de todo el género humano.

Un kozako de esa aldea, de nombre Korzh, tenía un trabajador al que la gente llamaba Pietro sin Familia, debido tal vez a que nadie recordaba a su padre ni a su madre. Es verdad que el mayordomo de la parroquia decía que habían muerto de peste un año después de su nacimiento; pero la tía de mi abuelo no creía esas palabras y trataba con todas sus fuerzas de encontrar a sus padres, aunque el pobre Pietro tenía tanta necesidad de ellos como nosotros de las nieves del año pasado. Decía que su padre aún vivía en Zaporozhie, que había sido hecho prisionero por los turcos, había sufrido Dios sabe qué tormentos y, por obra de algún milagro, había conseguido escapar disfrazado de eunuco. En cuanto a las jóvenes y muchachas de negras cejas, poco les importaba su parentela. Sólo decían que si el mozo llevara una túnica nueva ceñida por un cinturón rojo, un gorro de piel negra con un elegante casquete azul, un sable turco en el costado, un látigo en una mano y una pipa con bellos engastes en la otra, sobrepasaría con mucho a todos los jóvenes de entonces. Lo malo era que el pobre Pietro no tenía más que una casaca gris en la que había más agujeros que monedas de oro en el bolsillo de algunos judíos. Aún eso habría podido soportarlo, pero había algo más: el viejo Korzh tenía una hija tan hermosa como no creo que hayáis visto otra. La tía de mi difunto abuelo contaba -y una mujer, como bien sabéis, antes preferiría besar al diablo, dicho sea sin ánimo de ofender, que reconocer que otra mujer es hermosa- que las rollizas mejillas de la joven kozaka eran frescas y sonrosadas como una amapola del rosa más delicado, cuando, lavada por el rocío de Dios, se enciende, extiende los pétalos y se muestra en todo su esplendor ante el sol naciente; que sus cejas, tan negras como las cintas que nuestras muchachas compran para enhebrar cruces y ducados a los moshales que pasan por las aldeas con sus cajas, se enarcaban regulares sobre los límpidos ojos y parecían mirarse en ellos; que su pequeña boca, ante la cual se relamían los jóvenes de la época, parecía hecha para entonar cantos de ruiseñor; que sus cabellos, negros como ala de cuervo, y suaves como lino joven (en aquel entonces nuestras muchachas no llevaban pequeñas trenzas adornadas con bellas cintas de brillantes colores), caían en mechones ensortijados sobre su vestido bordado de oro.

Cuando fruncía sus pobladas cejas y miraba de reojo, todos se aterrorizaban y sentían ganas de salir corriendo

¡Ah, que no me permita el Señor cantar más el aleluya en el coro si no es verdad que la cubriría de besos aquí mismo, a pesar de que las canas se han adueñado ya del viejo bosque que recubre mi cogote y de que tengo a mi vieja tan cerca como un dolor! Bueno, cuando un muchacho y una joven viven cerca uno del otro… ya sabéis lo que pasa. A veces aún no había amanecido cuando ya se veían las huellas dejadas por los tacones de las botas encarnadas de Pidorka en el lugar donde había conversado con su Pietro. Pero Korzh no habría sospechado nada, si en una ocasión -y ahí se reconoce la intervención del diablo- a Pietro no se le hubiera ocurrido estampar un beso con toda su alma, como suele decirse, en los rosados labios de la cosaca, sin antes asegurarse de que estaban solos en el zaguán; y si el mismo diablo -ojalá ese hijo de perra vea la santa cruz en sueños- no hubiera inducido al viejo a abrir la puerta de la jata en ese mismo instante.

Korzh se quedó estupefacto, con la boca abierta y la mano pegada al picaporte. Ese maldito beso parecía haberle dejado completamente aturdido. Había resonado en sus oídos con mayor fuerza que los martillazos en la pared con que los campesinos de nuestros días espantan a un cachorro cuando no tienen a mano escopeta y pólvora.

Cuando se recobró, descolgó de la pared el látigo de su abuelo y ya se disponía a azotar la espalda del pobre Pietro, cuando apareció de pronto el hermano de Pidorka, Iván, un niño de seis años, que se agarró a sus piernas y gritó asustado: «¡Papá, papá! ¡No pegues a Pietro!». ¿Qué hacer? El padre no tenía el corazón de piedra. Devolvió el látigo a su sitio y sacó discretamente a Pietro de la casa. «Si vuelvo a verte en mi casa o simplemente junto a la ventana, Pietro, te quedarás sin tu negro bigote y, en cuanto a tu tupé, que ya da dos vueltas en torno a la oreja, que deje de llamarme Terenti Korzh si no te lo arranco de la coronilla.» Tras pronunciar esas palabras, le propinó un puñetazo tan fuerte en la nuca que a Pietro se le nubló la vista y cayó al suelo. ¡Así acabaron los besos! La tristeza se abatió sobre nuestra pareja de tórtolos. Y para colmo, se extendió por la aldea el rumor de que Korzh recibía con regularidad la visita de un polaco con traje bordado de oro, bigotes, sable, espuelas y unos bolsillos que tintineaban como el saquito en el que nuestro sacristán Tarás recoge todos los días los donativos en la iglesia. Bueno, cuando alguien visita con frecuencia al padre de una muchacha de negras cejas ya se sabe la razón. Un día Pidorka, llorando desconsoladamente, cogió a Iván en brazos y le dijo: «¡Mi pequeño Iván, mi querido Iván! Vete en busca de Pietro, tesoro mío. Corre como flecha que parte del arco y cuéntaselo todo: dile que hubiera amado siempre sus ojos castaños y hubiera cubierto de besos su blanco rostro, pero mi destino no me lo permite. He empapado más de un pañuelo con mis ardientes lágrimas. La cabeza me da vueltas. Se me oprime el corazón. Y mi padre se comporta como mi enemigo. Me obliga a casarme con un polaco al que no amo. Dile que ya están preparando la celebración, pero que será una boda sin música: en lugar de los laúdes y los caramillos, se escuchará el canto de los sacristanes… No me levantaré para bailar con mi prometido; otros tendrán que llevarme. Mi morada será oscura, oscura, de madera de arce, y en lugar de chimenea habrá sobre ella una cruz».

Dile que ya están preparando la celebración, pero que será una boda sin música: en lugar de los laúdes y los caramillos.

Inmóvil y como petrificado escuchaba Pietro al inocente niño, que balbuceaba las palabras de Pidorka. «¡Y yo que me aprestaba, desdichado de mí, a ir a Crimea y Turquía para ganar oro en la guerra y venir con mis bienes a buscarte, hermosa mía! Pero nada de eso sucederá. Alguien nos ha echado un maleficio. También yo, querida mía, tendré mi boda, pero en ella no habrá sacristanes; en lugar de sacerdote el cuervo negro graznará sobre mi cabeza; los suaves campos serán mi morada; la nube gris será mi tejado; el águila arrancará a picotazos mis ojos castaños; la lluvia lavará mis huesos de kozako y el viento los secará. Pero ¿qué estoy diciendo? ¿De quién, ante quién me quejo? Es Dios quien así lo quiere. ¡Si hay que perecer, perezcamos!» Y se fue derecho a la taberna.

La tía de mi difunto abuelo se sorprendió no poco al ver a Pietro en la taberna, a una hora en que cualquier hombre de bien va a misa de mañana, y miró al muchacho con ojos desorbitados, como si acabara de despertarse, cuando éste pidió una jarra de aguardiente casi tan grande como medio cubo. Pero se equivocaba el pobre al querer ahogar sus penas en alcohol. El vodka le quemaba la lengua como una ortiga y le parecía más amargo que el ajenjo. Apartó la jarra y la dejó en el suelo. «¡Basta de lamentarse, kozako!», dijo un hombre delante de él, con una tronante voz de bajo. Pietro se dio la vuelta: ¡era Basavriuk! ¡Puf! ¡Menuda jeta! Cabellos como cerdas, ojos de buey. «¡Yo sé lo que te falta: mira!» Y a continuación esbozó una sonrisa diabólica e hizo tintinear una bolsa de cuero que llevaba colgada del cinturón. Pietro se estremeció. «¡Je, je, je! ¡Mira cómo brillan!», bramaba Basavriuk, vertiendo las monedas de oro en la mano. «¡Je, je, je! ¡Mira cómo tintinean! Y sólo te pediría una cosa a cambio de un montón de estos juguetes!» «¡Diablo!», gritó Pietro. «¡Dame eso! ¡Estoy dispuesto a todo!» Pietro y Basavriuk cerraron el trato con un apretón de manos.

«Mira, Pietro, has elegido un buen momento: mañana es la noche de San Juan, la única del año en que florece el helecho. ¡No dejes pasar el momento! Te esperaré a media noche en el Barranco del Oso.»

No creo que las gallinas esperen con tanta impaciencia el momento en que la granjera les arroja el grano como Pietro aguardaba la llegada de la noche. A cada instante miraba si la sombra del árbol se había alargado, si el sol había enrojecido al descender sobre el horizonte y, cuanto más tiempo pasaba, más impaciente se sentía. ¡Qué largo era aquel día del Señor!

¿No habría perdido su fin en alguna parte? Por fin desapareció el sol. El cielo, que se había cubierto de púrpura en un lado, acabó también por palidecer. Comenzaba a refrescar en los campos. El día declinaba y llegaba la noche. ¡Por fin! Con el corazón a punto de estallarle en el pecho, Pietro se puso en camino y bajó con cuidado, a través de un espeso bosque, a una hondonada profunda conocida como Barranco del Oso. Basavriuk ya le estaba esperando.

Todo estaba oscuro como boca de lobo. Cogidos de la mano, avanzaban por pantanos cenagosos, agarrándose de los tupidos endrinos y tropezando casi a cada paso. De pronto surgió ante ellos un paraje llano. Pietro miró a su alrededor. Nunca en su vida había visto ese lugar. Basavriuk también se detuvo.

-¿Ves esos tres montículos que se alzan delante de ti? En ellos crecerán flores de todas clases. Que las fuerzas sobrenaturales te libren de arrancar una sola. Pero en cuanto brote la flor del helecho, cógela y, pase lo que pase a tus espaldas, no te vuelvas.

Pietro iba a preguntarle alguna cosa… pero el otro ya había desaparecido. Se aproximó a los tres montículos. ¿Dónde estaban las flores? No se veía nada. A su alrededor no había más que negros arbustos de zarzas salvajes que lo cubrían todo con su espesor. De pronto brilló un relámpago en el cielo y ante él surgió una hilera de flores, todas extrañas, todas desconocidas; también distinguió las sencillas hojas del helecho. Pietro se quedó pensativo ante ellas, con los brazos en jarra.

-¿Qué tiene esto de extraordinario? Plantas como éstas puede uno verlas diez veces al día. ¿Dónde está el milagro? ¿No habrá querido burlarse de mí esa criatura diabólica?

En ese momento surgió un pequeño capullo rojo que se estremecía como si estuviera vivo. ¡En verdad era extraordinario! Se movía, aumentaba de tamaño y enrojecía como una brasa. Luego brilló una centella, se oyó una suave crepitación y la flor se abrió ante él como una llama, iluminando a todas las que había a su alrededor. (Enlace a “La flor del Helecho”)

«¡Es el momento!», pensó Pietro, y extendió el brazo. Pero en ese instante cientos de manos velludas se tendieron hacia la flor, mientras a sus espaldas algo se removía. Entornando los ojos, tiró del tallo y arrancó la flor. Todo quedó en silencio. Basavriuk apareció sentado sobre un tocón, lívido como un cadáver. No movía ni un dedo. Sus ojos estaban fijos en un punto que sólo él veía; su boca entreabierta no dejaba escapar una palabra. A su alrededor nada se movía. ¡Qué terrible era aquello!… De pronto se oyó un silbido; Pietro sintió que la sangre se le helaba en las venas. Le pareció que la hierba murmuraba, que las flores comenzaban a conversar entre ellas con una voz suave, semejante al tintineo de una campana de plata; los árboles retumbaban como si estuvieran lanzando injurias… En ese momento el rostro de Basavriuk se animó; sus ojos centellearon. «¡A duras penas has vuelto, bruja!», farfulló entre dientes. «Presta atención, Pietro, una bella muchacha va a aparecer ante ti. Haz todo lo que te ordene; de otro modo, estarás perdido para siempre.» Así diciendo, apartó con un nudoso palo las ramas de un endrino y ante ellos apareció una pequeña isba levantada, como se dice, sobre patas de gallina (ver Baba Yaha – Papilla de arroz con miel y pasas que se come en Ucrania para Nochebuena.La casa levantada sobre patas de gallina es un elemento habitual de los cuentos populares ucranianos.).

Basavriuk golpeó la pared con el puño y ésta se tambaleó. Un enorme perro negro salió corriendo a su encuentro y, transformándose en un gato, se lanzó con un chillido sobre sus ojos. «¡No rabies, no rabies, vieja del demonio!», exclamó Basavriuk, acompañando su frase de una palabra que ningún hombre de bien podría escuchar sin taparse los oídos.

En lugar del gato apareció una vieja con el rostro tan arrugado como una manzana asada y la espalda toda doblada. Su nariz formaba con el mentón un verdadero cascanueces. «¡Menuda beldad!», pensó Pietro, y un escalofrío recorrió su espalda.

La bruja le arrancó la flor de las manos, se inclinó y pasó largo rato murmurando sobre ella, rociándola con cierto líquido. De su boca brotaban chispas; en sus labios había espuma.

La bruja, aferrando con sus manos el cuerpo decapitado, bebía la sangre como una loba…

«¡Arrójala!», exclamó, entregándole la flor. Pietro le obedeció y, cosa extraña, la flor, en lugar de caer directamente al suelo, quedó un buen rato suspendida en la penumbra como una bola de fuego, flotando en el aire como una barca; finalmente empezó a descender poco a poco, hasta caer tan lejos de ellos que parecía una centella no más grande que una semilla de amapola. «¡Allí!», exclamó la vieja con voz sorda y ronca, mientras Basavriuk le entregaba una pala y le decía: «Cava aquí, Pietro. Verás tanto oro como ni tú ni Korzh habéis soñado nunca». Pietro se escupió en las manos, cogió la pala, apoyó el pie en ella y sacó un montón de tierra, luego un segundo, un tercero… ¡De pro