Cuentos ucranianos – 《El lobo de Hierro》

Hubo una vez un párroco que tenía un sirviente, y cuando éste lo había servido fielmente por doce años, y más, se acercó a su empleador, y le dijo:

-“Hagamos cuentas, maestro, y págadme lo que me debáis. Ya os he servido el suficiente tiempo, y quisiera conseguirme un lugarcito en este mundo, todo para mi”.

-“¡Bien!” le dijo el pàrroco. “Te diré que te otorgaré como indemnización por tu fiel servicio. Te daré este huevo. Llévalo a casa pero, cuando estés en ella, constrúyete un corral, y hazlo grande y fuerte; luego rompe el huevo en el medio del corral, y ya vas a ver. Pero, hagas lo que hagas, no lo rompas de camino a casa, o toda tu suerte se irá allí.”.

Y asi fue. El sirviente partió feliz a su casa, con el misterioso huevo. Andó y andó y, a medio camino, se pusi a reflexionar, “Vamos, ¡veamos lo que hay dentro de este misterioso huevo!”.

De forma que lo rompió a la mitad del camino, y de él salió todo tipo de ganado, en tal cantidad y número, que la amplia estepa parecía el campo de una feria. El sirviente quedó atónito y, sin saber qué hacer, pensó para sus adentros, “¿Cómo, en el nombre de Dios, podré arrear todo ese ganado de nuevo adentro?”.

Apenas había pronunciado esas palabras, cuando llegó corriendo a él el Lobo de Hierro, y le dijo:

“Reuniré a todo este ganado y lo meteré de regreso en el huevo, y sellaré el huevo de forma que quede intacto. Pero, a cambio de eso, ” continuó el Lobo de Hierro, “cuando sea que te sientes en la banca nupcial, llegaré y te comeré”.

–“Bien,” pensó el sirviente para si, “una cantidad de cosas van a suceder antes que tome asiento en una banca nupcial y él pueda venir a comerme y, mientras tanto, tendré todo este ganado”. Por lo que asintió, diciendo “estoy de acuerdo”.

Y entonces el Lobo de Hierro recolectó todo el ganado, lo arreó hasta el huevo, lo metió y lo parchó, de forma que quedó como antes, intacto.

El sirviente regresó a la aldea en la que vivía, construyó un corral más fuerte que la fuerza, ingresó y rompió el huevo de nuevo allá adentro, e inmediatamente el corral rebosó de ganado, que ya no cabía. Y entonces se comenzó a dedicar a crianza de ganado y como granjero, y se volvió tan rico, que en todo el mundo no había nadie tan rico como él. Conservó sus cosas sabiamente, y sus bienes aumentaron y se multiplicaron en exceso.

Lo único que le faltaba para lograr su felicidad completa era una esposa, pero tenía miedo de tomar alguna mujer.

Cerca de donde vivía, había un general, que tenía una hija tan amorosa y bella, y esa muchacha quedó prendada del millonario. Entonces, el general vino a su casa, y le dijo, “Ven, ¿Porqué no os casáis? Te daré a mi hija y una enorme dote.”

–“¿Cómo será posible que me case?”, respondió el hombre, “tan pronto como me siente en la banca nupcial, el Lobo de Hierro vendrá por mi y me comerá.”, y le contó al general todo lo que le había sucedido.

–“Oh, ¡tonterías!” dijo el General, “no temas. Tengo una hueste muy poderosa, y cuando sea el momento que te sientes en la banca nupcial, rodearemos tu casa con tres hileras de fuertes soldados, y ellos no dejarán que el Lobo de Hierro se acerque a ti, eso te lo aseguro.”

Y de esa forma hablaron del asunto, hasta que finalmente lo persuadió, y comenzaron a hacer grandes preparativos para el gran banquete de bodas. Todo caminó excelentemente bien, y la boda transcurrió de maravilla, hasta que llegó la hora que la novia y el prometido iban a tomar asiento en la banca nupcial. Entonces llegó el momento que el general ordenara a sus hombres a colocarse en tres apretadas filas alrededor de la banca nupcial pues, con seguridad, el lobo de hierro aparecería.

El animal vio a toda la hueste parada en torno a la casa, en tres fuertes filas, pero logró saltar de un solo impulso todas las tres filas, y se dirigió directo a la casa. Pero el hombre, tan pronto vio al lobo de hierro, saltó por la ventana, montó su caballo y salió galopando, con el lobo tras de si.

Galopó y galopó, lejos y más lejos, y tras él venía el lobo pero, intentando por todas las maneras, no lograba capturarlo.

Finalmente, ya casi de noche, se detuvo el hombre y vio a su alrededor, pero notó que se encontraba, solo, en un bosque, y frente a él, una choza. Se dirigió a la cabaña, y miró a un anciano, y también a una anciana, sentados frente a ella, y les dijo, “¿Me dejaríais descansar un poco con vosotros, buena gente?”–

-“¡A como de lugar!”, dijeron ellos.

–“¡Sólo hay una cosa más, buena gente!”, dijo él, “no dejéis que el lobo de hierro me capture mientras descanso en vuestra casa”.

–“¡No tengas miedo por ello!” respondió la pareja anciana, “Tenemos un perro, llamado Chutko, quien puede escuchar a un lobo a una milla de distsncia, y esté seguro que nos avisará.

Entonces se recostó a dormir, y estaba ya cabeceando, cuando escuchó a Chutko ladrar. Entonces los ancianos lo despertaron, y dijeron, “¡Vete!, ¡Lárgate! Ya viene el lobo de hierro.” Y le dieron el perro y un pastel de trigo como provisión para el camino.

Entonces partió a caballo, y el perro Chutko tras él, hasta que todo se puso oscuro, cuando percibió otra choza en otro bosque. Se dirigió a ella y, en el frente, se encontraban sentados un anciano y una anciana. Les pidió alojamiento por una noche.

-“Solo”, dijo él, “¡cuidad que el Lobo de Hierro no me atrape!”.

–“No tengas miedo”, dijeron ellos, “tenemos un perro aquí, que se llama Vazhko, y puede detectar a un lobo a nueve millas a la redonda.”

Entonces se recostó y se quedó dormido. Justo antes del amanecer, comenzó Vazhko a ladrar. Inmediatamente lo despertaron, “¡corre!”, le dijeron, “el lobo de hierro ya viene.” Y entonces le dieron el perro y un pastel de centeno como provisión para el camino.

Entonces él tomó el pastel, montó a su caballo y partió, esta vez con dos perros corriendo tras él.

Cabalgó y cabalgó. Cabalgó hasta que llegó la noche, y se detuvo; y se encontró en un bosque, con otra cabaña frente a si. Y entró a la casa, y había una pareja de ancianos sentados.

“¿Me permitiríais pasar la noche aquí, buena gente?“ , dijo él, “¡sólamente tened cuidado que el lobo de hierro no me atrape!”

–“¡No tengas miedo!” dijeron, “tenemos un perro llamado Bary, que puede detectar a un lobo a doce millas de distancia. Él nos hará saber.”.

Entonces se recostó a domir y, temprano por la mañana, Bary les avisó a todos que el lobo de hierro se estaba acercando. Inmediatamente lo despertaton,

-“¡Ya es tiempo, ya debes irte!”, dijeron, y le entregaron el perro y un pastel de trigo sarraceno para el camino.

Él tomó el pastel, montó a su caballo y partió. Entonces, ahora ya tenía tres perros, y los tres iban corriendo tras él y su caballo.

Cabalgó y cabalgó y, ya entrando la noche, se encontró al frente de otra choza. Entró, y no habia nadie. Encontró una habitación y se acostó, y sus perros también se echaron, Chutko bajo el dintel de la puerta de la habitación, Vazhko bajo el dintel de la casa, y Bary bajo el dintel del portón de la propiedad.

Pronto apareció el lobo de hierro, trotando. Inmediatamente, Chutko dio la alarma, Vazhko lo clavó a la tierra y Bary lo descuartizó. Entonces el hombre reunió a sus fieles canes en torno a si, montó a su caballo, y cabalgó de regreso a casa.

Taras Bulba – Por Mykola Hóhol – Capitulos XI y finales

CAPÍTULO XI

En la época que tiene lugar esta historia, todavía no existían en la frontera ni aduaneros ni inspectores (ese terrible espantajo de los hombres de empresa), y todos podían transportar lo que les venía en gana. Si, por otra parte, algún individuo se tomaba el trabajo de registrar o inspeccionar las mercancías, era, las más de las veces, por puro pasatiempo, sobre todo cuando había entre ellas objetos agradables a la vista y sus puños infundían respeto a los que debía registrar. Pero los ladrillos no excitaban la envidia de nadie; así que entraron sin obstáculo en la ciudad por su puerta principal. Bulba, desde su estrecha jaula, podía oír solamente el ruido de los carros acompañado de los gritos de los conductores, y nada más. Yankel, brincando sobre su caballito cubierto de polvo, entró, después de hacer algunos rodeos, en una callejuela estrecha y sombría que llevaba el nombre de Cenagosa y Judería al mismo tiempo porque, en efecto, se encontraban reunidos todos los judíos de Varsovia.

Esta calle tenía todo el aspecto de un corral; parecía que el sol no penetraba jamás en ella, y se levantaban a un lado y otro casas de madera enteramente negras, con largas estacas que salían de las ventanas y que aumentaban aún su oscuridad. De trecho en trecho se veían algunos lienzos de pared de ladrillos colorados, ennegrecidos en varios sitios. De distancia en distancia un trozo de muralla enyesada en su parte superior, brillaba a los rayos del sol con insoportable resplandor. Todo presentaba allí sorprendentes contrastes: tubos de chimenea, andrajo y trozos de marmitas. Cada uno arrojaba a la calle todo lo que tenía de inútil y sucio, ofreciendo a los transeúntes ocasión de manifestar sus diversos sentimientos con motivo de esos andrajos. Un hombre a caballo podía tocar con la mano las pértigas que atravesaban la calle de una a otra casa, a lo largo de las cuales pendían medias, calzones cortos y una oca ahumada. Algunas veces mostrábase en una ventana destrozada un lindo rostro de judía, rodeado de perlas ennegrecidas. Una porción de niños judíos, sucios, harapientos, de cabellos, crespos, gritaban y se revolcaban en el lodo.Un judío de cabellos rojos y semblante lleno de pecas, que le daban la apariencia de un huevo de gorrión, se asomó por la ventana, entablando enseguida con Yankel una conversación en su lengua barrueca, y luego entró Yankel en el patio. Otro judío que pasaba por la calle se detuvo, tomó parte en la conversación, y cuando Bulba logró por fin salir de debajo de los ladrillos, vio a los tres judíos que hablaban entre sí acaloradamente.

Yankel se volvió hacia el kozako, y le dijo que todo se haría conforme deseaba, que su hijo estaba encerrado en la cárcel de la ciudad, y que, a pesar de lo difícil que era comprar la guardia, esperaba, sin embargo, arreglárselas para procurarle una entrevista.

Bulba entró en un aposento con los tres judíos.Estos empezaron a conversar en su incomprensible lengua. Taras los examinaba uno a uno. Parecía que alguna cosa le había en extremo conmovido; en sus facciones rudas e insensibles brillaba la llama de la esperanza, de esa esperanza que algunas veces visita al hombre cuando se halla en el último grado de la desesperación; su viejo corazón latía violentamente, como si de repente se hubiese rejuvenecido.

–Escuchen, judíos –les dijo, y su acento atestiguaba la exaltación de su alma– todo lo pueden ustedes en el mundo, un objeto perdido en el fondo del mar lo encontrarían; y dice un proverbio que un judío se robará a sí mismo, por poco que lo desee. ¡Liberten a mi Eustaquio, proporciónenle la ocasión de escaparse de las manos del diablo! He prometido doce mil ducados a ese hombre; añadiré doce más, todos mis vasos preciosos, todo el oro que tengo enterrado, mi casa, mis últimos vestidos; todo lo venderé haciendo además un contrato por el que me obligaré a partir con ustedes todo cuanto pueda adquirir en la guerra durante mi vida.

–¡Oh! ¡Imposible, querido señor, imposible! –dijo Yankel con un suspiro.

–¡Imposible! –dijo otro judío.
Los tres judíos se miraron en silencio.
–No obstante, si se probase –dijo el tercero echando sobre sus dos compañeros tímidas miradas– tal vez con la ayuda de Dios…

Los tres judíos se pusieron a conversar en su lengua. Bulba no pudo entender nada de lo que decían, a pesar de prestar toda su atención; oyó solamente pronunciar a menudo el nombre: de Mardoqueo y nada más.

–Escuche, mi señor –dijo Yankel– primero es preciso consultar a un hombre que no tiene igual en el mundo, es un hombre sabio como Salomón; y si éste no puede nada, nadie en el mundo podrá. Quédese aquí, tome la llave, y no deje entrar a nadie, absolutamente a nadie.

Los judíos salieron a la calle.Taras cerró la puerta, y miró por la ventanita hacia esta calle sucia de la Judería. Los tres judíos se detuvieron en ella y hablaron entre sí con animación. Pronto se les reunieron dos judíos más, primero uno y después otro, y Bulba oyó repetir de nuevo el nombre de Mardoqueo. ¡Mardoqueo! Los judíos volvían continuamente sus miradas hacia uno de los lados de la calle.

Por fin, por uno de los ángulos, detrás de una sucia casucha, apareció un pie calzado con zapato judío, y flotaron los faldones de un caftán corto.

«¡Ah! ¡Mardoqueo! ¡Mardoqueo!», exclamaron los judíos a una sola voz.

Un judío flaco menos largo que Yankel pero mucho más arrugado, y notable por la enormidad de su labio superior, se acercó al grupo impaciente. Entonces los judíos se apresuraron a hacerle su narración, durante la cual Mardoqueo se volvió varias veces para mirar la ventanita, por lo que Taras pudo comprender que se trataba de él. Mardoqueo gesticulaba moviendo ambas manos, escuchaba, interrumpía, escupía de lado, y levantando los faldones de su traje, metía las manos en los bolsillos para sacar de ellos una especie de castañuelas, operación que permitía notar sus asquerosos calzones. Por fin, los judíos se pusieron a gritar tan fuerte, que uno de ellos, que estaba de centinela, tuvo que hacerles señas de que callasen, y Taras, empezó a temer por su seguridad; pero se tranquilizó, pensando que los judíos podían conversar libremente en la calle, sin que el mismo diablo pudiese comprender su enrevesada lengua.

Dos minutos después los tres judíos entraron a la vez en el aposento. Mardoqueo se acercó a Taras, le dio un golpe en la espalda, y dijo:

–Cuando queremos hacer algo, lo hacemos en debida forma.

Taras examinó aquel nuevo Salomón que no tenía igual en el mundo, y concibió alguna esperanza. Efectivamente, su vista podía inspirar cierta confianza. Su labio superior era un verdadero espantajo; no cabía duda que había llegado a ese desenvolvimiento extraordinario por causas ajenas a la naturaleza. Quince pelos solamente componían la barba del Salomón, y todos al lado izquierdo. Su rostro llevaba las huellas de tantos golpes, recibidos por premio de sus hazañas, que sin duda hacía largo tiempo había perdido la cuenta de ellas, y se había acostumbrado a mirarlas como manchas de nacimiento.

Mardoqueo se alejó pronto con sus compañeros, admirados de su sabiduría. Bulba se quedó solo. Hallábase en una situación extraña, desconocida, y por primera vez en su vida, experimentó cierta inquietud. Su alma era presa de una excitación febril. Ya no era aquel Bulba inflexible, inalterable, fuerte como un roble; habíase vuelto pusilánime; ahora era débil. Temblaba al más ligero ruido y a cada nueva figura de judío que aparecía al extremo de la calle. En esta situación permaneció toda la mañana; no bebió ni comió, y sus ojos no se apartaron un instante de la ventanilla que daba a la calle.

En fin, por la tarde, ya casi al anochecer, llegaron Mardoqueo y Yankel. El corazón de Taras desfalleció.

–¡Y bien! ¿Han conseguido su objeto? preguntó con la impaciencia de un caballo salvaje.

Pero antes de que los judíos tuviesen tiempo de reunir su valor para responder, Taras había ya notado que a Mardoqueo le faltaba su última trenza de cabellos, la cual, aunque bastante mal cuidada, se escapaba antes rizada por debajo de su capisayo. No cabía duda que quería decir algo, pero balbuceaba de una manera tan extraña que Taras no pudo comprender nada. Yankel llevaba también a menudo la mano a su boca, como si hubiese sufrido una fluxión.

–¡Oh, mi querido señor! –dijo Yankel. Ahora es completamente imposible. ¡Dios lo ve! ¡Es imposible! Tenemos que habérnosla con un pueblo tan malo que sería preciso escupirle a la cara. Ahí está Mardoqueo que no me desmentirá. Él ha hecho lo que ningún hombre es capaz de hacer; pero Dios no ha querido ayudarnos. Hay en la ciudad tres mil hombres de tropa, y mañana se les lleva al suplicio.

Taras miró a los judíos de reojo, pero ya sin impaciencia y sin cólera.

–Y si su señoría quiere una entrevista, es necesario ir mañana de madrugada antes que el sol asome por el Oriente. Los centinelas han dado su consentimiento, y tengo la promesa de un leventar. ¡Ojalá no tengan felicidad en el otro mundo! ¡Ah weh mir! ¡Pueblo codicioso! Ni aun entre nosotros se encuentran hombres semejantes; he dado cincuenta ducados a cada centinela y al leventar.

–Está bien. Condúceme cerca de él –dijo resueltamente Taras– y su alma recobró toda su firmeza.

Se conformó con la proposición que le hizo Yankel de disfrazarse de conde extranjero, llegado de Alemania. El previsor judío había preparado ya los trajes necesarios. Por fin llegó la noche. El dueño de la casa (ese mismo judío de pelo rojo y cutis pecoso) trajo un colchón delgado, cubierto con una especie de sábana, y lo tendió sobre uno de los bancos para Bulba. Yankel se acostó en el suelo sobre un colchón parecido al del kozako.

El judío de pelo rojo bebió una taza de aguardiente, después se quitó su medio caftán, no conservando más que los zapatos y las medias que le daban mucha semejanza con un pollo, y se acostó al lado de su judía en una cosa que parecía un armario. Dos niños, judíos también, se tendieron en el suelo cerca del armario, como dos falderillos. Pero Taras no dormía; permanecía inmóvil, dando ligeramente en la mesa con sus dedos. Con su pipa en la boca, lanzaba nubes de humo que hacían estornudar al adormecido judío y le obligaban a taparse la nariz con el cobertor.

Apenas amaneció Bulba empujó a Yankel con el pie.

–Alzate, judío, y dame tu traje de conde.
Se vistió en un minuto, y se pintó de negro las cejas, los bigotes y las pestañas; se cubrió la cabeza con un sombrerito oscuro, y se arregló de modo que ninguno de sus kozakos, ni aun los que más tratado le tenían, le hubiera reconocido. Parecía un hombre de treinta años. Los colores de la salud brillaban en sus mejillas, y sus mismas cicatrices le daban cierto aire de autoridad. Sus vestidos recamados de oro le sentaban maravillosamente.

Las calles permanecían aún silenciosas; ni siquiera un vendedor, con la cesta en la mano, se veía en la ciudad. Bulba y Yankel llegaron a un edificio que parecía una garza real descansando. Era bajo, ancho, pesado, ennegrecido, y en uno de sus ángulos se levantaba, como el cuello de una cigüeña, una alta y estrecha torre, coronada por un trozo de techo. Este edificio estaba destinado a muchos y diversos empleos: servía de cuartel, de cárcel y hasta de tribunal criminal. Nuestros viajeros penetraron en él y se encontraron en una vasta sala o más bien en un patio cerrado por arriba: cerca de mil hombres dormían allí juntos. Enfrente de ellos había una puertita, delante de la cual dos centinelas se entretenían en un juego que consistía en golpearse uno a otro sobre las manos con los dedos, prestando poca atención a los que llegaban; sólo volvieron la cabeza cuando Yankel les dijo:

–Somos nosotros, ¿lo oyen, señores míos? Somos nosotros.
–Pasen –dijo uno de ellos, abriendo la puerta con una mano y alargando la otra a su compañero para recibir los golpes obligados.

Entraron en un corredor estrecho y oscuro que les condujo a otra sala semejante a la primera con ventanillas arriba.

–¡Quién vive! –exclamaron algunas voces, y Taras vio cierto número de soldados armados de pies a cabeza. Tenemos orden de no dejar entrar a nadie.

–¡Somos nosotros! –exclamó Yankel– ¡Dios lo ve, somos nosotros, señores míos!

Pero nadie quería escuchar. Por fortuna se acercó en este momento un hombre grueso, que parecía ser el jefe, pues gritaba más recio que los otros.

–Somos nosotros, monseñor; ¿no nos conocéis ya? y el señor conde os atestiguará su reconocimiento.

–¡Déjenles pasar! ¡Que mil diablos les ahoguen a ustedes! ¡Pero no dejen pasar a nadie más! Y que ninguno de ustedes se quite el sable, ni se acueste en el suelo.

Nuestros viajeros no oyeron la continuación de esta elocuente orden.
–¡Somos nosotros, soy yo, somos nosotros mismos! –decía Yankel a cada uno que encontraba.

–¿Se puede ahora? –preguntó el judío a uno de los centinelas, al llegar por fin al sitio en donde terminaba el corredor.

–Se puede: únicamente ignoro si le dejarán entrar en su misma cárcel. Ian no está aquí en este momento, por haberse puesto otro en su lugar –respondió el centinela.

–¡Ay, ay! –dijo el judío en voz baja. Eso sí que es malo, mi querido señor.
–¡Adelante –dijo Taras con firmeza. Yankel obedeció.

En la puerta puntiaguda del subterráneo estaba un jeduque adornado con un bigote formando tres líneas superpuestas: la superior le llegaba hasta los ojos, la segunda iba hacia delante, y la tercera descendía encima de la boca, lo cual le daba una singular semejanza con un carnero.El judío se inclinó hasta el suelo, y se acercó a él casi doblado.

–¡Señoría! ¡Mi ilustre señor!
–Judío, ¿a quién dices eso?
–A usted, mi ilustre señor.
–¡Hum!¡No soy más que un simple jeduque! –dijo el que llevaba el bigote de tres líneas, y sus ojos brillaron de contento.

–¡Ira de Dios! ¡Yo creía que era el coronel en persona! ¡Ay, ay, ay!

Al decir estas palabras meneó el judío la cabeza y separó los dedos de las manos.

–¡Ay! ¡Qué aspecto tan imponente! ¡Si es un coronel, un coronel perfecto! ¡Un dedo más, y es un coronel! Se debería poner a mi señor sobre un caballo padre veloz como una mosca, para que hiciese maniobrar un regimiento. El jeduque retorció la línea inferior de su bigote, y sus ojos brillaron con una completa satisfacción

–¡Dios mío! ¡Qué pueblo tan marcial! prosiguió el judío:– ¡oh weh mir! ¡Que pueblo tan arrogante! Esos galones, esas chapas doradas, todo eso brilla como un sol, y las muchachas, en cuanto ven a esos militares… ¡ay, ay!

Y el judío meneó de nuevo la cabeza.
El jeduque se atusó la línea superior de su bigote, haciendo oír entre dientes un sonido casi semejante al relincho de un caballo.

–Suplico a mi señor que nos preste un pequeño favor –dijo Yankel. El príncipe, aquí presente, acaba de llegar del extranjero, y quisiera ver los kozakos, pues no ha visto en su vida qué clase de gente son.

La presencia de condes y barones extranjeros en Polonia era bastante común, atraídos a menudo por la sola curiosidad de ver ese pequeño rincón de Europa casi medio asiático. Respecto a Moscovia y a Ucrania las consideraban como formando parte de la misma Asia. Así es que el jeduque, después de saludar respetuosamente, juzgó oportuno añadir algunas palabras de su propia cosecha.

–No sé –dijo– por qué vuestra excelencia quiere verles. Son perros, y no hombres. Y es tal su religión que nadie hace el menor caso de ella.

–¡Mientes, hijo de Satanás! –interrumpió Bulba; ¡el perro eres tú! ¿Cómo te atreves a decir que no se hace caso de nuestra religión? De tu religión herética es de la que no se hace caso.

–¡Hola, hola! –dijo el jeduque. ¡Ahora ya sé quién eres, amigo mío! Perteneces a los que están bajo mi vigilancia. Espera, voy a llamar a los nuestros.

Taras conoció su imprudencia, pero su carácter era testarudo y el despecho le impidieron pensar en repararla. Por fortuna, en el mismo instante consiguió Yankel deslizarse entre ellos.

–¡Mi señor! ¿Cómo es posible que el conde sea un kozako? Si lo fuese, ¿en dónde hubiera adquirido semejante traje y un aire tan noble? ¡Adelante!

Y el jeduque abría ya su ancha boca para gritar.

–¡Real majestad, calle, calle! –exclamó Yankel. ¡En nombre del Cielo, calle! ¡Le pagaremos como nadie ha sido pagado en su vida, le daremos dos ducados de oro.

–¡Dos ducados! Dos ducados no significan nada. Yo los doy a mi barbero para afeitarme la mitad de la barba.¡Cien ducados, judío!

Aquí el jeduque retorció su bigote superior.

–Si no me das al instante cien ducados, llamo a la guardia.

–¿Por qué, pues, tanto, dinero? –dijo, en tono lastimoso el judío, que había palidecido, desatando los cordones de su bolsa de cuero. Pero, afortunadamente para él, su bolsa sólo contenía cien ducados, y el jeduque no sabía contar más arriba de ciento.

–¡Mi señor, mi señor! ¡Partamos lo más pronto posible! Vea qué mala es esa gente –dijo Yankel, después de observar que el jeduque movía el dinero entre sus manos, como arrepentido de no haber pedido más.

–¡Bien, vamos pues, jeduque del diablo! –dijo Bulba– ¿has tomado el dinero, y no piensas en hacernos ver los kozakos? No, tú debes enseñárnoslos, puesto que has recibido el dinero no tienes derecho de rehusárnoslo.

–Váyanse al demonio, si no, los denuncio al instante, y entonces… atrás les digo, y pronto.

–¡Mi señor, mi señor!– ¡vámonos, en nombre de Dios, vámonos! ¡Malditos sean! –exclamó el pobre Yankel.

Bulba, con la cabeza baja, se volvió lentamente, seguido de las reconvenciones de Yankel, que se sentía devorado de pesar a la idea de haber perdido sus cien ducados por nada.

–Pero también, ¿por qué pagarle? Debíamos haber dejado ladrar a ese perro. Ese pueblo es hecho así, siempre ha de regañar. ¡Oh weh mir! ¡Qué felicidades envía Dios a los hombres! Mire: ¡cien ducados solamente habernos echado! Y a un pobre judío le arrancarán sus rizos de pelo, harán de su hocico una cosa imposible de mirar, y nadie le dará cien ducados. ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios de misericordia!

Pero aquel contratiempo había tenido sobre Bulba otra influencia; se veía el efecto en la devoradora llama que brillaba en sus ojos.

–Marchemos –dijo de repente, sacudiendo una especie de torpeza– vamos a la plaza pública; quiero ver cómo le atormentan.

–¡Oh, mi señor! ¿Para qué? Allí no podremos socorrerle.

–Vamos– dijo Bulba con resolución; y el judío le siguió exhalando un suspiro, como sigue una niñera a un niño indócil.

No era difícil encontrar la plaza en donde debía tener lugar el suplicio, pues el pueblo afluía a ella de todas partes. En aquel siglo de costumbres toscas, aquel era un espectáculo de los más atractivos, no solamente para el populacho, sino para las clases elevadas. Multitud de viejas devotas, un sinnúmero de tímidas jóvenes, que soñaban en seguida toda la noche cadáveres ensangrentados, y que despertaban gritando como puede hacerlo un húsar ebrio, aprovechaban aquella ocasión para poder satisfacer su cruel curiosidad. «¡Ah! ¡Qué horrible tormento!», gritaban algunas de ellas con terror febril, cerrando los ojos y volviendo el rostro, y sin embargo no abandonaban su puesto. Había hombres que, con la boca abierta y las manos tendidas convulsivamente, hubieran querido encaramarse por encima de las cabezas de los otros para ver mejor. Entre las figuras vulgares, sobresalía la enorme cabeza de un verdugo, que observaba todo el espectáculo con aire conocedor, y conversaba en monosílabos con un maestro de armas a quien llamaba su compadre porque los días festivos se emborrachaban en la misma taberna. Algunos discutían acaloradamente, otros hacían apuestas pero la mayor parte pertenecían a ese género de individuos que miran el mundo entero y todo lo que pasa en él como quien ve llover. En primera fila, y junto a los bigotudos, que componían la guardia de la ciudad, estaba un hidalgo campesino, o que parecía tal, en traje militar, llevando encima cuanto poseía, de manera que en su casa sólo le había quedado una camisa desgarrada y unas botas estropeadas; dos cadenas, de las cuales pendía una especie de ducado, se cruzaban sobre su pecho; había ido allí con su amante, Yousefa, y se agitaba continuamente porque no se le manchase su traje de seda. Se lo había explicado todo con anticipación tan minuciosamente, que era imposible de todo punto añadir cosa alguna.

–Mi pequeña Yousefa –decía– todas esas gentes que ves, han venido aquí para ver ajusticiar los criminales; y aquello, querida mía, que ves allá abajo, que tiene un hacha y otros instrumentos en la mano, es el verdugo, y es él quien les ajusticiará; y cuando empiece a dar vueltas a la rueda y a darles otros tormentos, el criminal estará todavía con vida; pero cuando les corte la cabeza, entonces morirá en seguida, querida mía. Primeramente chillará como un loco, pero cuando se le haya cortado la cabeza no podrá chillar más, ni comer, ni beber porque entonces, querida mía, no tendrá ya cabeza.

Y Yousefa escuchaba todo eso con terror y curiosidad.


Los tejados de las casas estaban cubiertos de gente. En los huecos de las ventanas aparecían extraños rostros con bigotes, cubierta la cabeza con una especie de gorras. En los balcones, y resguardados por baldaquinos, estaba la aristocracia. La linda mano, brillante como azúcar blanco, de una joven risueña se apoyaba en la reja del balcón. Hidalgos, dotados de una respetable gordura, contemplaban todo eso con aire majestuoso. Un criado, con rica librea y las mangas dobladas, hacía circular bebidas y refrescos. A menudo una joven delgada tomaba con su blanca mano dulces o frutas y las arrojaba al pueblo. El enjambre de caballeros hambrientos se apresuraba a tender sus sombreros, y algún largo hidalguillo cuya cabeza sobresalía de la multitud, vestido con un konutousch en otro tiempo de escarlata y enteramente recamado de cordones de oro ennegrecidos por el tiempo, tomaba las golosinas al vuelo, gracias a sus largos brazos, besaba la presa que había conquistado, la apoyaba contra su corazón, y luego se la comía.

También figuraba entre los espectadores un halcón, suspendido al balcón en una jaula dorada; con el pico vuelto de través y la pata levantada, contemplaba atentamente al pueblo. Pero la multitud se conmovió de repente, y por todos los ámbitos de la plaza se oyó el grito de: «¡Véanlos, allí vienen, son los kozakos!» Estos marchaban con la cabeza descubierta, con sus largas trenzas colgando, habiendo todos dejado crecer sus barbas. Adelantaban sin temor y sin tristeza, con cierta altanera tranquilidad. Sus vestidos, de preciosas telas, a fuerza de usarlos, estaban hechos jirones; no miraban ni saludaban al pueblo. Delante de todos marchaba Eustaquio.

¿Qué experimentó el viejo Taras a la vista de su hijo? ¿Qué pasó entonces en su corazón? Le contemplaba entre la multitud sin perder uno solo de sus movimientos. Los kozakos habían llegado ya al lugar del suplicio: el joven se detuvo. A él le tocaba primero apurar ese amargo cáliz. Tendió una mirada a los suyos, levantó una de sus manos al cielo, y dijo en alta voz:

–¡Haga Dios que todos los herejes reunidos aquí no conozcan de qué manera es torturado un cristiano! Que ninguno de nosotros pronuncie una palabra.

Dicho esto se acercó al cadalso.
–¡Bien, hijo, bien! –dijo Bulba dulcemente inclinando hacia el suelo su cabeza gris.

El verdugo arrancó los harapos que cubrían a Eustaquio; metiéronle los pies y las manos en una máquina hecha expresamente para este uso, y… No turbaremos el alma del lector con el cuadro de tormentos infernales cuya sola idea haría erizar los cabellos. Era el fruto de tiempos groseros y bárbaros, cuando aún llevaba el hombre una vida sangrienta, consagrada a las hazañas de la guerra, y que había endurecido completamente su alma desprovista de toda idea humanitaria. En vano algunos hombres aislados formaban una excepción en su siglo, mostrándose adversarios de esas bárbaras costumbres; en vano el rey y varios caballeros de inteligencia y de corazón hacían presente que semejante crueldad en los castigos sólo servía para inflamar la venganza de la nación kozaka: el rey, con todo su poder, y las prudentes opiniones de hombres sensatos eran impotentes contra el desorden, contra la voluntad audaz de los magnates polacos, que, por una falta inconcebible de previsión y por una vanidad pueril, habían convertido su asamblea en una sátira del gobierno.

Eustaquio sufría los tormentos y las torturas con un valor gigantesco. Ni un grito, ni una queja exhalaba ni aun cuando los verdugos empezaron a romperle los huesos de los pies y de las manos, cuando el terrible ruido que se hacía al descoyuntarlos se dejó oír de los más apartados espectadores, y las jóvenes volvieron los ojos con horror; nada que se asemejase a un gemido salió de su boca; su semblante no demostró la menor emoción. Taras permanecía entre la multitud, con la cabeza inclinada, y levantando de cuando en cuando los ojos con orgullo, decía solamente en tono de aprobación:

–¡Bien, hijo, bien!

Pero cuando se hubo acercado a las últimas torturas y a la muerte, su fuerza de alma pareció abandonarle. Paseó sus miradas a su alrededor: ¡Dios de bondad! ¡Sólo vio rostros desconocidos, extraños! ¡Si al menos hubiesen asistido a su fin algunos de sus próximos parientes! No es que deseara oír los angustiosos ayes de una débil madre, o los gritos insensatos de una esposa, arrancándose los cabellos y golpeándose su blanco seno, no, lo que deseaba era ver al lado de su hijo a un hombre valeroso que le aliviase con una palabra sensata y le consolase en su última hora. Su constancia sucumbió, y en el abatimiento de su alma exclamó:

–¡Padre! ¿En dónde estás? ¿Oyes todo eso?
–¡Sí, oigo!
Esta palabra resonó en medio del silencio universal, y todo un millón de almas se estremecieron a la vez. Un pelotón de guardias de caballería se lanzó para examinar escrupulosamente los grupos del pueblo. Yankel se volvió pálido como un difunto, y cuando los soldados se hubieron alejado un poco, se volvió con terror para mirar a Bulba, pero Bulba no estaba a su lado. Había desaparecido sin dejar rastro alguno.

Pronto tendremos noticias de él.


CAPÍTULO XII

Ciento veinte mil hombres de tropas kozakas aparecieron en las fronteras de Ucrania. Esto no era ya un partido insignificante, un destacamento guiado solamente por el lucro del botín o enviado en persecución de los tártaros. No, se había levantado la nación entera, porque su paciencia se había agotado; se habían levantado para vengar sus derechos insultados, sus costumbres convertidas ignominiosamente en objeto de burla, la religión de sus padres y sus santos usos ultrajados, sus templos entregados a la profanación; para sacudir el yugo de los nobles extranjeros, la opresión dela unión católica, la afrentosa dominación de los judíos en un país cristiano; en una palabra, para vengar todos los agravios que alimentaban y aumentaban hacía mucho tiempo el odio salvaje de los kozakos.

El hetman Ostranitza, guerrero joven, pero de una inteligencia superior, iba a la cabeza de considerable ejército kozako. Junto a él estaba Gouma, su antiguo compañero, de mucha experiencia. Ocho polkovniks conducían polks doce mil combatientes. Dos iésaouls generales y un bountchoug, o general de retaguardia, venían enseguida del hetman. El general abanderado marchaba delante con la primera bandera; flotando en el aire otros varios estandartes y banderas; los compañeros de los bountchougs llevaban lanzas adornadas con colas de caballo; también había varios otros empleados de ejército y muchos escribanos de polks seguidos de destacamentos, a pie y a caballo. Contábanse casi tantos kozakos voluntarios como tropas de línea. De todas las comarcas se habían levantado, de Tchiguirina, de Péreiaslav, de Batourina, de Gloukhoff, de las orillas inferiores del Dnipró, de sus cerros y de sus islas. Por todas partes se veían innumerables caballos y un sinnúmero de bagajes; pero entre ese enjambre de kozakos, entre esos ocho polks regulares, había un polk superior, a la cabeza del cual iba Taras Bulba. Su avanzada edad, su mucha experiencia, su ciencia militar y, su odio contra su enemigo, más fuerte en él que en los otros, le daba una superioridad sobre los demás jefes. Su ferocidad implacable y su crueldad sanguinaria parecían exageradas hasta para los mismos kozakos. Sus labios no se abrían sino para condenar al fuego y a la horca, y su parecer en el consejo de guerra sólo respiraba ruina y devastación.

¿Para qué describir todos los combates que tuvieron los kozakos, ni la marcha progresiva de la campaña, si todo eso se halla escrito en las páginas de la Historia? En labRus saben lo que es una guerra religiosa. No hay un poder más fuerte que la religión: es implacable, terrible, como una roca levantada por obra de la naturaleza en medio de un mar eternamente tempestuoso y voluble; de entre las profundidades del Océano alza hacia el cielo sus inquebrantables muros, formados de una sola pieza entera y compacta. Se las distingue de todas partes, y por todas partes se contempla altivamente las olas que contra ella se estrellan. ¡Desventurado el buque que viene a chocar con la roca! Sus frágiles aparejos vuelan hechos pedazos; todo cuanto lleva se rompe o se hunde en los insondables abismos del mar, y el aire de su alrededor resuena con los gritos plañideros de los que perecen entre las olas.

En las páginas de los anales se lee detalladamente cómo huían de las ciudades conquistadas las guarniciones polacas; cómo se ahorcaba a los arrendadores judíos sin conciencia; cómo Nicolás Potocki, el hetman de la corona, se encontró débil contra su numeroso ejército, ante esa fuerza irresistible; cómo derrotado y perseguido, se ahogó en un pequeño río la mayor parte de sus tropas; cómo le cercaron los terribles polks kozakos en la pequeña aldea de Polonoi, y cómo, reducido al extremo, el hetman polaco prometió bajo juramento, en nombre del rey y de los magnates de la corona una entera satisfacción, así como el restablecimiento de todos los antiguos derechos y privilegios. Pero los kozakos, que sabían lo que valían los juramentos de los polacos respecto a ellos, no eran hombres que se dejasen engañar por esta promesa. Y Potocki no se hubiera pavoneado sobre su argamak de seis mil ducados, atrayendo las miradas de las damas ilustres y la envidia de la nobleza; no hubiera hecho ruido en las asambleas, ni dado suntuosas fiestas a los senadores si no hubiese sido salvado por el clero ruso que se encontraba en aquella aldea. Cuando salieron todos los sacerdotes, vestidos con sus brillantes trajes dorados, llevando las imágenes de la cruz, y a su cabeza el arzobispo en persona con el báculo en la mano y la mitra en la cabeza, todos los kozakos hincaron la rodilla y se descubrieron. En aquel momento no hubieran respetado a nadie ni aun al mismo rey, pero no se atrevieron a obrar contra su iglesia cristiana, y se humillaron ante su clero.


De común acuerdo el hetman y los polkovniks consintieron en dejar partir a Potocki, después de hacerle jurar que en adelante dejaría en paz a todas las iglesias cristianas; que relegaba al olvido las pasadas enemistades y que no haría ningún mal al ejército kozako. Sólo un polkovnik rehusó consentir en semejante paz: Taras Bulba, el cual arrancándose un mechón de cabellos, exclamó:

–¡Hetman, hetman, y ustedes polkovniks, no cometan esa acción propia tan solo de una vieja; no se fíen de los polacos, esos perros los venderán!

Entonces Bulba, cuando los escribanos del polk hubieron presentado el tratado de paz, cuando el hetman hubo extendido su poderosa mano sobre él, desenvainó su precioso sable turco, de hoja damasquina pura y del más hermoso acero, lo rompió en dos como una caña, y tirando lejos los pedazos en dos opuestas direcciones, exclamó:

–¡Adiós, pues! ¡Así como las dos mitades de este sable no se volverán a reunir y no formarán jamás una misma arma, nosotros, compañeros, tampoco volveremos a vernos más en este mundo! ¡No olviden, pues, mis palabras de despedida!

Entonces su voz aumentó, se elevó, adquirió un poder extraño, y se conmovieron todos escuchando sus acentos proféticos.

–¡Ya sé acordarán de mí cuando les llegue su última hora! ¿Creen ustedes haber comprado el reposo y la paz? ¿Creen que no tienen que hacer más que darse buena vida? Otras fiestas les esperan. ¡Hetman, te arrancarán el cuero cabelludo, te lo llenarán de simiente de arroz, y durante mucho tiempo, se verá paseado por todas las ferias! Tampoco ustedes, señores, conservarán sus cabezas. Se pudrirán en cuevas frías, enterrados en muros de piedra, a menos que no les asen a todos vivos como carneros. Y ustedes, camaradas –continuó volviéndose hacia los suyos– ¿quien quiere morir de su verdadera muerte? ¿Quién quiere morir, no sobre el asador de su casa, ni sobre una cama de vieja, no borracho sobre un parral, en una taberna, como una carroña, sino de la hermosa muerte de un kozako, todos sobre un mismo lecho, como el desposado con la desposada? A menos que quieran regresar a sus casas, volverse medio herejes, y pasear sobre sus hombros a los nobles polacos.

–¡Contigo, señor polkovnik, contigo! –exclamaron todos los que formaban parte del polk de Taras.

A estos se juntaron una porción de otros.

–¡Y bien, puesto que es conmigo, conmigo pues! –dijo Taras.Y se encasquetó altivamente su gorra, echó una mirada terrible a los que se quedaban, se aseguró sobre su caballo y gritó a los suyos:

–¡Al menos nadie nos humillará con una palabra ofensiva! Vamos, camaradas, de visita a casa de los católicos.

Y picando espuelas, le siguió una compañía de cien carromatos, rodeados por kozakos de a pie y de a caballo, y volviéndose, desafió con una mirada llena de desprecio y de cólera a todos los que no habían querido seguirle.

Nadie se atrevió a detenerlos. A la vista de todo el ejército se marchaba un polk, y largo tiempo después, se volvía aún Taras dirigiendo amenazadoras miradas.

El hetman y los otros polkovniks estaban turbados; se quedaron todos pensativos, silenciosos, como oprimidos por un penoso presentimiento. La profecía de Taras se cumplió: Todo pasó como él había predicho. Poco tiempo después de la traición de Kaneff, la cabeza del hetman y la de varios de los principales jefes fueron puestas sobre estacas.

¿Y Taras? Taras se paseaba con su polk de uno y otro confín de la Polonia; redujo a cenizas dieciocho poblaciones, tomó cuarenta iglesias, y se adelantó hasta cerca de Cracovia. Asesinó a muchos nobles; saqueó los mejores y más ricos castillos. Sus kozakos desfondaron y vertieron los toneles de aguamiel y de los vinos añejos que se conservaban cuidadosamente en las bodegas de los nobles; desgarraron a sablazos y entregaron a las llamas las ricas telas, los trajes de ceremonia y cuantos objetos de valor encontraron en los edificios.

–¡Destruirlo todo! –repetía Taras.

Ni las jóvenes de negras cejas, ni las doncellas de blanco seno y fresco semblante, fueron respetadas: las pobrecillas ni siquiera pudieron encontrar refugio en los templos, pues Taras las quemó con los altares. Más de una mano blanca como la nieve se elevó del seno de las llamas hacia el Cielo, entre gritos plañideros que hubieran conmovido al mismo suelo, y que hubieran hecho inclinar de compasión a la misma hierba de las estepas. Pero los crueles kozakos no oían nada y levantaban a las criaturas con las puntas de sus lanzas, tirándolas a las madres que ya se veían presas de las llamas.

–¡Esos son los oficios fúnebres de Eustaquio, detestables polacos! –decía Taras.

Y en todas las poblaciones celebraba semejantes oficios, hasta que el gobierno polaco conoció que sus hazañas tenían más importancia que un simple latrocinio, y encargó a ese mismo Potocki, al frente de cinco regimientos, la captura de Taras.

Durante siete días los kozakos lograron escapar a las persecuciones, tomando caminos extraviados. Sus caballos apenas podían soportar esta incesante carrera y salvar a sus dueños. Pero esta vez Potocki se mostró digno de la misión que había recibido: no dio cuartel al enemigo, y le alcanzó en las orillas del Dniester, en donde Taras Bulba acababa de hacer alto en una fortaleza abandonada y ruinosa.

Se la veía en la cima de una roca que dominaba el Dniester, con los restos de sus destrozados glacis y de sus derruidas murallas. Aquella cima estaba enteramente cubierta de piedras, de ladrillos y de escombros siempre prontos a desprenderse y a caer en el abismo. Allí fue donde el hetman de la corona, Potocki, cercó a Bulba por los dos lados que daban acceso a la llanura. Los kozakos lucharon y se defendieron a ladrillazos y a pedradas durante cuatro días; pero sus municiones y sus fuerzas tocaron a su fin, y Taras resolvió abrirse un camino a través de sus perseguidores. Los kozakos se habían abierto ya paso, y tal vez sus ligeros caballos les hubieran salvado de nuevo, cuando Taras se detuvo de repente en medio de su carrera.

–¡Alto! –exclamó. He perdido mi pipa y mi tabaco, y no quiero que caigan en poder de esos polacos que el diablo confunda.

Y el viejo polkovnik se inclinó para buscar en la hierba su pipa y su bolsa de tabaco, sus dos inseparables compañeros, en mar y en tierra, en los combates y en la casa. Durante este tiempo, llegó una partida enemiga, y le agarraron por sus poderosas espaldas. Taras hizo esfuerzos para que le soltaran, pero los jeduques que lo habían apresado no rodaron ya por tierra como en otros tiempos.

–¡Oh! ¡Vejez! ¡Vejez! –dijo amargamente; y el viejo kozako lloró.

Pero la culpa no era de la vejez, sino que la fuerza había vencido a la fuerza. Una treintena de hombres le tenían agarrado por los pies y por los brazos.

–¡Ya es nuestro! –gritaron los polacos. Sólo nos falta encontrar la manera de hacer honor a ese perro.

Y le condenaron, con consentimiento del hetman, a ser quemado vivo en presencia del ejército. Había cerca de allí un árbol desprovisto de follaje cuya cima había sido tronchada por un rayo. Allí fue atado Taras con cadenas de hierro; luego se le clavó de manos, después de alzarle todo lo posible, a fin de que el kozako fuese visto de lejos y de todas partes; y por último, con ramas secas los polacos levantaron una hoguera al pie del árbol.

Pero Taras no contemplaba la hoguera; no eran las llamas, que iban a devorarle en lo que soñaba su alma intrépida: el infortunado miraba del lado en donde combatían sus kozakos. Desde la altura en donde estaba colocado lo veía todo como sobre la palma de la mano.

–¡Camaradas! –gritó– ¡Ganen pronto la montaña que está detrás del bosque, allí no los alcanzarán!

Pero el viento se llevó sus palabras.

–¡Van a perecer, van a perecer por nada! exclamó con desesperación.
Y echó una mirada debajo de él, en el sitio donde se reflejaba el Dniester. Un rayo de alegría brilló en sus pupilas viendo cuatro proas medio ocultas por los arbustos. Entonces, reuniendo todas sus fuerzas, exclamó con su potente voz:

–¡Al río, al río, camaradas! ¡Bajen por el sendero de la izquierda! ¡Hay buques en la orilla, tómenlos todos, para que no puedan perseguirlos!

Esta vez el viento sopló favorablemente, y todas sus palabras fueron oídas por los kozakos. Pero este buen consejo le valió un golpe de maza en la cabeza, que hizo dar vueltas a todos los objetos ante sus ojos.

Con presteza suma los kozakos se lanzan en la pendiente del sendero, pero son perseguidos muy de cerca. Miran, y ven que el sendero da vueltas, serpentea, forma mil rodeos.

–¡Vamos, camaradas, por la gracia de Dios! –exclamaron todos los kozakos.

Se detienen un instante, levantan sus látigos, silban, y sus caballos tártaros emprenden veloz carrera hendiendo los aires como serpientes, vuelan por encima del abismo y caen en medio del Dniester. Solamente dos no pudieron llegar al río: se estrellaron en las rocas pereciendo con sus caballos sin exhalar un solo grito. Los kozakos nadaban ya a caballo en el río y desataban los buques. Los polacos se detuvieron ante el abismo, asombrados, de la hazaña inaudita de los kozakos, y preguntándose si debían o no continuar en su seguimiento. Un coronel joven, de sangre ardiente, el propio hermano de la hermosa polaca que había encantado al pobre Andrés, se lanzó sin reflexionar en persecución de los kozakos, pero dio tres vueltas en el aire con su caballo, y volvió a caer sobre los agudos peñascos. Las piedras angulosas le despedazaron, el abismo se lo tragó, y su seso, mezclado con sangre, salpicó los arbustos que crecían en las desiguales pendientes del glacis.

Cuando Taras Bulba volvió en sí del golpe que le había aturdido, cuando dirigió una mirada hacia el Dniester, los kozakos estaban ya en los buques y se alejaban a fuerza de remos. Las balas llovían sobre ellos desde considerable altura, pero sin alcanzarles; y los ojos del polkovnik brillaban con el fuego de la alegría.

–¡Adiós, camaradas –les gritó desde el elevado sitio en que estaba– acuérdense de mí, vuelvan en la próxima primavera, y que les vaya bien! ¿Y ustedes, polacos del diablo, qué han ganado? ¡No hay nada en el mundo que amedrente a un kozako! Esperen un poco, pronto llegará el tiempo en que sabrán lo que es la religión ortodoxa. Los pueblos vecinos y lejanos lo presienten desde ahora; ¡de la tierra rusa se levantará un zar, y no habrá poder en el mundo que deje de sometérsele!

Las llamas de la hoguera se elevaban ya, llegando a los pies de Taras y abrasando con su llama el grueso tronco del árbol Pero, ¿hay fuego, torturas ni poder, capaces de domar la fuerza kozaka?

El río Dniester es pequeño, pero posee varias ensenadas, muchos sitios sin fondo, y en sus orillas crecen abundantes juncos. El espejo del río es brillante, y en él resuena el grito sonoro de los cisnes, y el soberbio gogol se deja llevar por su rápida corriente. Miríadas de chorlitos, de gallinetas ciegas con rojizo plumaje, y otras aves de toda especie se agitan entre sus juncos y sobre sus playas. Los kozakos bogan rápidamente en estrechos barcos de dos timones, y reman juntos, evitando con prudencia los escollos y asustando a las aves que huyen al acercarse ellos, que hablan de su ataman.


Taras Bulba – Por Mykola Hóhol – Capitulos VI al X

CAPÍTULO V

Bien pronto el terror invadió toda la parte sudeste de Polonia. Por todas partes se oía repetir: «¡Los zaporogos, los zaporogos llegan». Y todos los que podían huir, huían abandonando sus hogares.Precisamente entonces, en esa región de Europa, no se levantaban fortalezas ni castillos. Todos construían a toda prisa alguna habitacioncilla cubierta de bálago, pensando que perderían su tiempo y su dinero edificando casas que un día u otro serían presa de las invasiones.

Todo el mundo se conmovió. Éste cambiaba sus bueyes y su arado por un caballo y un mosquete para ir a incorporarse a los regimientos; aquel buscaba su refugio con su ganado, llevándose cuanto podía; algunos intentaban en vano resistirse, pero la mayor parte huía prudentemente. Nadie ignoraba que era dificilísimo habérselas con esta multitud aguerrida en los combates, conocida con el nombre del ejército zaporogo que, a pesar de su organización irregular, conservaba en el combate un orden calculado. Durante la marcha, la caballería avanzaba lentamente, sin cargar ni fatigar a sus cabalgaduras; los infantes seguían en buen orden los carros, y todo el tabor se ponía en movimiento solamente cuando era de noche descansando de día, y escogiendo para sus paradas sitios desiertos o bosques, más vastos aún y más numerosos que actualmente. Se adelantaban algunos hombres para saber cómo y adónde habían de dirigirse. A menudo aparecían los kozakos en los sitos donde menos se les esperaba; entonces todos se despedían del mundo.

Villorrios enteros eran incendiados, se mataban los caballos y bueyes que no podían llevarse. Los cabellos se erizaban de horror al pensar en las atrocidades que cometían los zaporogos. Se asesinaba a los niños, se cortaban los pechos a las mujeres, y al escaso número de aquellos que se dejaba en libertad, se les arrancaba la piel, desde la rodilla hasta la planta de los pies; en una palabra, los kozakos pagaban en una sola vez todas sus deudas atrasadas.

El abad de un monasterio, al saber que se acercaban, envió a dos de sus monjes para hacerles presente que entre el gobierno polaco y los zaporogos había paz, y que de aquel modo violaban su deber con el rey y el derecho de gentes, y el kochevoi respondió:

–Digan al abad de mi parte y la de todos los zaporogos, que no tema. Los kozakos no hacen todavía más que encender sus pipas.

Y la magnífica abadía no tardó mucho en ser pasto de las llamas, y las colosales ventanas góticas parecían echar miradas severas a través de las olas luminosas del incendio. Sin número de monjes, judíos y mujeres buscaron refugio en las ciudades amuralladas y que tenían guarnición.Los tardíos socorros enviados de tarde en tarde por el gobierno, y que consistían en algunos débiles regimientos, o no podían descubrir a los kozakos, o huían al primer choque sobre sus veloces caballos. También sucedía que generales del rey, que habían alcanzado innumerables triunfos, decidíanse a reunir sus fuerzas y a presentar batalla a los zaporogos. Estos eran los encuentros que esperaban sobre todo los jóvenes kozakos, que se avergonzaban de robar o vencer a enemigos indefensos, y que ardían en deseos de distinguirse delante de los ancianos, midiéndose con un polaco atrevido y fanfarrón, montado en un buen caballo y vestido con un rico joupan cuyas mangas flotasen a merced del viento. Estos combates eran buscados por ellos como un placer, pues encontraban ocasión de hacer un rico botín de sables, mosquetes y de arreos de caballos. En el espacio de un mes, jóvenes imberbes se habían hecho hombres; sus semblantes, en los cuales se había pintado hasta entonces la morbidez juvenil, adquirían la energía de la fuerza.

El viejo Taras estaba encantado de ver que por todas partes sus hijos marchaban en primera fila. Evidentemente, la guerra era la verdadera vocación de Eustaquio. Sin perder nunca la cabeza, con una serenidad casi sobrenatural en un joven de veintidós años, medía con una mirada la intensidad del peligro, la verdadera situación de las cosas, y en el acto encontraba el medio de evitar el peligro, pero de evitarlo para vencerlo con más seguridad.

Todos sus actos empezaban a revelar la confianza en sí mismo, la firmeza tranquila, y nadie podía dejar de conocer en él a un futuro jefe.

–¡Oh! Con el tiempo ese será un buen polkovnik –decía el viejo Taras– sí, ¡vive Dios!, ese será un buen polkovnik, y sobrepujará a su padre.

Respecto a Andrés, se dejaba arrastrar por el encanto de la música de las balas y de los sables. No sabía lo que era reflexionar, calcular, ni medir sus fuerzas y las del enemigo. En la lucha encontraba una loca voluptuosidad.

Y en aquellos momentos en que la cabeza del combatiente hierve, en que todo se confunde a sus miradas, en que los hombres y los caballos caen mezclados en horrorosa confusión, en que se precipita con la cabeza baja a través del silbido de las balas, hiriendo a diestro y siniestro y sin sentir los golpes que se le asestan, le producían el efecto de una fiesta. Más de unabvez el viejo Taras tuvo ocasión de admirar a su hijo Andrés, cuando, arrastrado por su ardor, se arrojaba a empresas que ningún hombre de serenidad hubiera intentado, y en las cuales salía bien precisamente por el exceso de su temeridad. El viejo Taras le admiraba entonces, y repetía a menudo:

–¡Oh, ese es un valiente, que el diablo no se lo lleve! Ese no es Eustaquio, pero es un valiente.

Se decidió que el ejército marcharía directamente sobre la ciudad de Doubno, en donde, según se decía, los habitantes habían encerrado muchas riquezas. La distancia fue recorrida en día y medio, y los zaporogos se presentaron inesperadamente delante de la plaza. Los habitantes habían resuelto defenderse hasta morir en el umbral de sus moradas antes que dejar entrar al enemigo dentro de sus muros. La ciudad estaba rodeada por una muralla de tierra, y en el sitio en donde ésta era muy baja se elevaba un parapeto de piedra, o una casa almenada, o una fuerte empalizada con estacas de encina. La guarnición era numerosa y conocía toda la importancia de su deber.

A su llegada, los zaporogos atacaron vigorosamente las obras exteriores, pero fueron recibidos a metrallazos. Los menestrales, los habitantes todos, no querían permanecer ociosos, y se les veía, armados en los terraplenes. Por su aspecto, se podía colegir que se preparaban para una resistencia desesperada. Hasta las mujeres tomaban parte en la defensa; piedras, sacos de arena, toneles de resina inflamada caían sobre la cabeza de los asaltantes. A los zaporogos no les gustaban las plazas fuertes; no era en los asaltos donde ellos brillaban. Así, pues, el kochevoi dispuso la retirada diciendo:

–Esto no es nada, señores hermanos, decidámonos a retroceder. Pero que sea yo un tártaro maldito, y no un cristiano, si dejamos salir a un solo habitante. ¡Que mueran todos de hambre como perros!

Después de retirarse, los kozakos bloquearon estrechamente la ciudad, y no teniendo otro quehacer, se entretuvieron en asolar los alrededores, a incendiar los pueblos y las praderas de trigo, a destrozar con sus caballos las mieses, sin segar aún, y que en aquel año habían recompensado los cuidados del labrador con una rica cosecha.

Desde lo alto de las murallas, los habitantes contemplaban aterrorizados la devastación de todos sus recursos. Sin embargo, los zaporogos, dispuestos en koureni como en la sich, rodearon la ciudad con una doble hilera de carros. Fumaban sus pipas, cambiaban entre sí las armas tomadas al enemigo, y jugaban alegremente a pares y a nones, contemplando la ciudad con una calma desesperante; y por la noche encendían hogueras; cada koureni hacía hervir sus papas en enormes calderas de cobre, mientras que un centinela se sucedía a otro cerca de las hogueras.

Pero los zaporogos empezaron pronto a fastidiarse de su inacción, y sobre todo de su sobriedad forzada, de la que no les indemnizaba ninguna brillante acción. El kochevoi mandó hasta doblar la ración de vino, lo que se hacía alguna vez en el ejército, cuando no se había de acometer ninguna empresa. Semejante vida disgustaba sobremanera a los jóvenes, y más aún a los hijos de Bulba. Andrés no disimulaba su fastidio.

–Cabeza vacía –decía a menudo Taras– sufre, kozako, tú llegarás a ser hetman. No es aun buen guerrero el que conserva su serenidad en la batalla; lo es, sí, aquel que nunca se fastidia, que sabe sufrir hasta el fin, y que, suceda lo que quiera, concluye por hacer lo que ha resuelto.Pero un joven no puede tener la opinión de un anciano, pues ve las mismas cosas con otros ojos. Mientras tanto llegó el polk de Taras Bulba conducido por Tovkatch. Iba acompañado de dos ï ésaouls, de un escribano y de otros jefes, conduciendo una partida de cerca cuatro mil hombres. Entre éstos se encontraban muchos voluntarios, que, sin ser llamados, habían entrado libremente en el servicio desde que conocieron el objeto de la expedición.

Los ï ésaouls llevaban a los hijos de Bulba la bendición de su madre, y a cada uno de ellos la imagen de madera de ciprés sacada del monasterio de Megovsk en Kyiv. Los dos hermanos se colgaron las santas imágenes al cuello, y ambos se pusieron pensativos al recuerdo de su anciana madre. ¿Qué les profetizaba esta bendición? ¿La victoria sobre el enemigo, seguida de un alegre regreso a su patria, con abundante botín, y sobre todo con la gloria digna de ser eternamente cantada por los tocadores de bandura, o bien…?

Pero lo porvenir es desconocido; está delante del hombre, como una espesa niebla de otoño que se eleva de los pantanos. Las aves la atraviesan perdidas, sin conocerse, la paloma sin ver al milano, el milano sin ver a la paloma, y ni uno ni otro sabe si está cerca o lejano su fin.

Eustaquio, después de recibir las imágenes, se ocupó en los quehaceres cotidianos, y se retiró pronto a su kouren. Respecto a su hermano, sentía involuntariamente oprimido el corazón.

Los kozakos habían cenado ya. El día acababa de expirar, sucediéndole una hermosa noche de verano. Pero Andrés no se reunió a su kouren, y no pensaba tampoco en dormir. Hallábase sumergido en la contemplación del espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. Miríadas de estrellas vertían desde el alto cielo una luz pálida y fría. Una vasta extensión de llanura estaba cubierta de carros dispersos cargados con las provisiones y el botín, y debajo de los cuales colgaban los cántaros para llevar la brea.En torno y debajo de los carros se veían grupos de zaporogos tendidos sobre la hierba, durmiendo en distintas posiciones. El uno tenía un saco por almohada, el otro su gorra, el de más allá apoyado sobre el costado de su compañero. Todos llevaban un sable en su cintura, un mosquete, una pipa de madera, un eslabón y punzones. Los pesados bueyes estaban acostados con las piernas dobladas, formando grupos blanquizcos, y pareciendo de lejos gruesas piedras inmóviles esparcidas en la llanura; por todas partes se sentían los sordos ronquidos de los dormidos soldados, a los cuales contestaban con relinchos sonoros los caballos incomodados por sus trabas.

Sin embargo, una claridad solemne y lúgubre aumentaba la belleza de esta noche de julio; era el reflejo del incendio de los pueblos del contorno. Aquí, la llama se extendía ancha y tranquila iluminando la atmósfera allá, encontrando escaso combustible, se elevaba en delgados torbellinos hasta las estrellas. Se desprendían trozos inflamados para ir a parar y apagarse lejos del incendio. Por este lado, se veía un monasterio con las paredes ennegrecidas por el fuego, sombrío y grave como un monje velado con su capuchón mostrando a cada reflejo su lúgubre grandeza; por el otro, ardía el gran jardín del convento; creíase oír el silbido de los árboles que retorcía la llama, y cuando del seno de la espesa humareda salía un rayo luminoso, alumbraba con su luz violácea infinidad de ciruelas maduras, y cambiaba en frutas de oro las peras que mostraban su color amarillo a través del sombrío follaje. A cualquier parte donde se dirigía la mirada, veíase, pendiente de las almenas o de las ramas, algún monje o algún desventurado judío cuyo cuerpo se consumía con todo lo demás. Multitud de aves agitábanse delante de aquella inmensa hoguera, y de lejos asemejábanse a otras tantas crucecitas negras. La ciudad dormía, desprovista de defensores. Las agujas de los templos, los techos de las casas, las almenas de los muros y las puntas de las empalizadas se inflamaban silenciosamente con el reflejo de los lejanos incendios.

Andrés recorría las filas de los kozakos; las hogueras, en torno de las cuales se sentaban los centinelas, sólo arrojaban una claridad mortecina, y los mismos centinelas se dejaban vencer por el sueño, después de haber satisfecho hasta la saciedad su apetito kozako. El joven se admiró de semejante abandono, pensando que era una fortuna el que no hubiese enemigos por aquellos contornos. Por fin, se acercó él mismo a uno de los carros, trepó encima, y se acostó con la cara al aire, juntando sus manos encima la cabeza; pero no pudo conciliar el sueño y permaneció largo tiempo mirando el cielo.

El aire era puro y transparente; las estrellas que forman la vía láctea brillaban con una luz blanca y confusa. Andrés se adormecía por momentos,y el primer velo del sueño le ocultaba la vista del cielo, que volvía a aparecer de nuevo. De repente le pareció que una figura extraña se dibujaba rápidamente delante de él. Creyendo que era una imagen creada por el sueño y que iba a desvanecerse, abrió más los ojos y vio en efecto una figura pálida y extenuada, que se inclinaba hacia él y le miraba atentamente.

Cabellos largos y negros como el carbón se escapaban en desorden de un velo sombrío echado negligentemente sobre la cabeza, y el brillo singular de sus pupilas, el tinte cadavérico del semblante podían hacerle creer en una aparición. Andrés tomó con precipitación su mosquete, y exclamó con alterada voz:

–¿Quién eres tú? Si eres un espíritu maligno desaparece. Si eres un ser viviente, has escogido mala ocasión para reír, pues voy a matarte.

Por toda contestación, la aparición se puso el dedo en los labios pareciendo implorar silencio. Andrés dejó su mosquete, y se puso a mirarla con más atención. Sus largos cabellos, su cuello y su pecho medio desnudos, le revelaron que era una mujer. Pero no era polaca; su rostro demacrado tenía un tinte aceitunado, los anchos pómulos de sus mejillas le salían extremadamente, y los párpados de sus estrechos ojos se levantaban en los ángulos exteriores. Cuanto más contemplaba las facciones de esa mujer, más encontraba en ellas el recuerdo de un semblante conocido.

–Dime, ¿quién eres? –exclamó por fin– me parece que te he visto en alguna parte.

–Sí, hace dos años, en Kyiv.

–¡En Kyiv, hace dos años! –repitió Andrés repasando en su memoria todo lo que le recordaba su vida de estudiante. La miró otra vez con profunda atención, exclamando de repente:

–¡Tú eres la tártara, la criada de la hija del vaivoda!
–¡Chist! –dijo ella, cruzando sus manos con suplicante angustia, temblando de miedo y mirando a todos lados por si el grito de Andrés había despertado a alguien.

–Contesta: ¿cómo y por qué estás aquí? –decía el joven con voz baja y entrecortada. ¿En dónde se halla la señorita? ¿vive?

–Está en la ciudad.

–¡En la ciudad! –dijo Andrés ahogando con dificultad un grito de sorpresa y sintiendo que toda su sangre refluía al corazón. –¿Por qué se encuentra allí?

–Porque también está en la ciudad el anciano señor. Hace un año y medio que le hicieron vaivoda de Doubno.

–¿Se ha casado la señorita? Pero habla, habla pues.

–Dos días hace que no ha comido nada.

–¡Cómo!
–No hay ya un pedazo de pan en la ciudad. Hace una porción de días que los habitantes no comen más que tierra. Andrés quedó petrificado.

–La señorita te ha visto desde el parapeto con los otros zaporogos, y me ha dicho: «Anda, dí al caballero, si se acuerda de mí, que venga a encontrarme; si no, que te dé al menos un pedazo de pan para mi anciana madre, pues no quiero verla morir. Suplícaselo, abraza sus rodillas; él tiene también una anciana madre; que te dé pan por amor a ella.»

Multitud de sentimientos diversos se despertaron en el corazón del joven kozako.

–Pero, ¿cómo has podido venir hasta aquí?

–Por un camino subterráneo.
–¿Hay, pues, un camino subterráneo?
–Sí.
–¿En dónde?
–¿No nos harás traición, caballero?
–No, lo juro por la santa cruz.
–Después de bajar la torrentera y atravesar el riachuelo, allí donde crecen juncos.

–¿Y este camino va a parar a la ciudad?

–Directamente al monasterio.
–Vamos, vamos enseguida.
–Pero, en nombre de Cristo y de su santa madre, un pedazo de pan.
–Bien, te lo traeré. Quédate cerca del carro, o mejor, acuéstate encima. Nadie te verá, todos duermen. Vuelvo enseguida.

Y se dirigió hacia los carros de las provisiones de su kouren. El corazón le palpitaba con violencia. Todo su pasado, todo cuanto había borrado su ruda y guerrera vida de kozako volvía a nacer de repente, y lo presente se desvanecía a su vez. Entonces apareció de nuevo ante sus ojos una imagen de mujer con sus hermosos brazos, su boca risueña y sus magníficas trenzas de cabellos. No, esta imagen no había desaparecido nunca completamente de su alma; y aunque había dejado lugar para otras ideas más varoniles, frecuentemente turbaba todavía el sueño del joven kozako.

Andrés andaba, y los latidos de su corazón eran cada vez más fuertes a la idea de que bien pronto volvería a verla, y sus rodillas temblaban. Cuando hubo llegado cerca de los carros, olvidó el objeto que le había llevado allí, y se pasó la mano por la frente procurando recordarlo. De repente se estremeció a la idea de que ella moría de hambre. Se apoderó de varios panes negros, pero la reflexión le recordó que este alimento, excelente para un zaporogo, sería para la joven demasiado grosero. Entonces recordó que, en la víspera, el kochevoi riñó a los cocineros del ejército por haber empleado para hacer papas toda la harina negra que quedaba, y que debía durar tres días. Seguro, pues, de encontrar papas preparadas en las grandes calderas, Andrés tomó una pequeña cacerola de viaje que pertenecía a su padre, y fue en busca del cocinero de su kouren que dormía tendido entre dos marmitas debajo de las cuales humeaba todavía la ceniza caliente. Con gran sorpresa, las encontró vacías una y otra. Para comer todas aquellas papas era preciso haber empleado fuerzas sobrehumanas, pues su kouren contaba menos hombres que los otros. Prosiguió la inspección de las otras marmitas, y no encontró nada en ninguna parte. Involuntariamente recordó el proverbio: «Los zaporogos son como los niños; cuando hay poco, se contentan, pero si hay mucho, no dejan nada».

¿Qué hacer? Había en el carro de su padre un saco de panes blancos que habían saqueado en un monasterio. Se acercó al carro, pero el saco había desaparecido. Eustaquio se lo había puesto por cabecera y roncaba tendido en el suelo. Andrés agarró el saco con una mano y lo levantó bruscamente; la cabeza de su hermano dio contra el suelo, y él mismo se levantó medio despierto, exclamando sin abrir los ojos.

–¡Detengan, detengan al polaco del diablo!, alcancen su caballo.

–Calla o te mato –exclamó Andrés sobresaltado amenazándole con el saco.

Pero Eustaquio había enmudecido ya; volvió a caer al suelo, y se puso a roncar hasta el extremo de mover la hierba que rozaba su semblante. Andrés echó una mirada de terror por todos lados. Reinaba absoluta tranquilidad; únicamente en el kouren vecino se había levantado una cabeza con el pelo flotante; pero después de echar vagas miradas, volvió a tumbarse en el suelo. Al cabo de un rato de espera se alejó llevándose su botín. La tártara estaba tendida respirando apenas.

–Levántate –le dijo– todo el mundo duerme, nada temas. ¿Podrás levantar uno de esos panes, si yo no pudiese llevarlos todos? Se cargó el saco a cuestas, tomó otro lleno de mijo, que tomó de otro carro, agarró con sus manos los panes que había querido dar a la tártara, y, encorvado bajo su peso, pasó intrépidamente a través de las filas de los dormidos zaporogos.

–¡Andrés! –dijo el anciano Bulba en el momento que su hijo pasaba por delante de él.

El corazón del joven se heló. Se detuvo, y, temblando de pies a cabeza, respondió en voz baja:

–¡Y bien! ¿Qué?

–Tienes una mujer en tu compañía, y te aseguro que mañana te daré una soberana paliza. Las mujeres no te traerán nada bueno.

Dicho esto, levantó la cabeza sobre su mano, y se puso a contemplar atentamente a la tártara que iba envuelta en su velo. El joven permanecía inmóvil, más muerto que vivo, sin atreverse a mirar de frente a su padre. Cuando por fin se decidió a levantar los ojos, notó que Bulba se había dormido con la cabeza sobre la mano. Andrés se santiguó; su terror se disipó más pronto de lo que había venido. Al volverse para dirigirse a la tártara, la vio delante de él, inmóvil como una sombría estatua de granito, perdida en su velo, y el reflejo de un lejano incendio iluminó de repente sus ojos, extraviados como los de un moribundo. La sacudió por la manga, y los dos se alejaron mirando frecuentemente detrás de sí.

Bajaron a una torrentera, en el fondo de la cual se arrastraba perezosamente un cenagoso arroyo cubierto de juncos que crecían sobre algunos terrones de tierra. Una vez en el fondo de la torrentera, la llanura con el tabor de los zaporogos desapareció de su vista; y Andrés al volverse, sólo vio una cuesta escarpada, en cuya cúspide se balanceaban algunas hierbas, secas y finas, y por encima brillaba la luna semejante a una dorada hoz. Una ligera brisa, soplando de la estepa, anunciaba la proximidad del nuevo día. Pero el canto del gallo no se oía en ninguna parte; hacía mucho tiempo que no se le había oído, ni en la ciudad, ni en los devastados alrededores.

Pasaron una palanca colocada sobre el arroyo, y a su frente se levantó la otra orilla, más alta aún y más escarpada. Este paraje era considerado como el sitio mejor fortificado de todo el recinto natural, pues el parapeto de tierra que le coronaba era más bajo que en otras partes, y no se veían en él centinelas. Un poco más allá se elevaban las espesas murallas del convento. Espesos matorrales cubrían la cuesta que tenían delante de ellos; entre esta cuesta y el arroyo se extendía un pequeño terraplén en el cual crecían juncos de la altura de un hombre. La tártara se quitó sus zapatos, y se adelantó con precaución levantando su vestido, porque el suelo movedizo estaba impregnado de agua.

Después de conducir a duras penas a Andrés a través de los juncos, se detuvo delante de un enorme montón de ramas secas; apartadas éstas, descubrieron una especie de bóveda subterránea cuya abertura no era más grande que la boca de un horno. La tártara penetró primero en ella con la cabeza baja, el joven la siguió encorvándose todo lo posible para pasar sus sacos y sus panes, y pronto se encontraron los dos en medio de una oscuridad absoluta.

CAPÍTULO VI

Precedido de la tártara, y encorvado bajo sus sacos de provisiones, Andrés avanzaba penosamente en el estrecho y sombrío subterráneo.

–Pronto podremos ver –le dijo su conductora–pues nos acercamos al sitio en donde he dejado mi luz.

En efecto, las negras paredes del subterráneo empezaban a iluminarse poco a poco. Los dos expedicionarios llegaron a una pequeña plataforma que parecía ser una capilla, pues en las paredes estaba arrimada una mesa en forma de altar, encima de la cual había una antigua imagen ennegrecida de la Virgen. Una lamparita de plata, suspendida delante de esta imagen, la iluminaba con su pálida luz. La tártara se agachó, tomó del suelo su candelero de cobre cuya caña larga y delgada estaba rodeada, de cadenillas de las cuales pendían espabiladeras, un apagador y un punzón, y encendió la vela en la luz de la lámpara.

Ambos prosiguieron su camino, ora iluminados por una viva luz, ora envueltos en una sombría oscuridad, como los personajes de un cuadro de Gérard delle notti. El semblante del joven kozako, en el que brillaba la salud y la fuerza, formaba un sorprendente contraste con el de la tártara, pálido y extenuado. El pasaje empezó a ser más ancho y más alto, de modo que Andrés pudo levantar la cabeza y examinar atentamente las paredes de tierra del pasaje por donde caminaban.

Lo mismo que en los subterráneos de Kyiv, se veían hoyos llenos los unos de ataúdes, los otros de huesos esparcidos que la humedad había reblandecido como una pasta. Allí yacían también santos anacoretas que huyeron del mundo y sus seducciones. Tan grande era la humedad en ciertos parajes, que andaban sobre agua.

A menudo tenía Andrés que detenerse para que descansase su compañera cuya fatiga era cada vez mayor. Un pedazo de pan que había devorado le causaba un vivo dolor de estómago, desacostumbrado ya a todo alimento, y con frecuencia se detenía sin poder avanzar un paso más. Por fin, encontraron una pequeña puerta de hierro delante de ellos.

–¡Gracias a Dios que ya hemos llegado! –dijo la tártara con voz débil y levantó la mano para llamar, pero le faltaron las fuerzas.

En vista de esto, Andrés llamó, y tan vigorosamente, que el golpe resonó de modo que dio a conocer que dejaban a sus espaldas un largo espacio vacío; después el eco cambió de naturaleza como si se hubiese prolongado debajo de elevados arcos. Dos minutos después se oyó el ruido de llaves y de alguno que bajaba los peldaños de una escalera de caracol. La puerta se abrió. Un monje en pie con las llaves en una mano y una linterna en la otra les hizo paso. Andrés retrocedió involuntariamente a la vista de un monje católico, objeto de odio y desprecio para los kozakos, que les trataban todavía más inhumanamente que a los judíos. El monje, por su parte, retrocedió algunos pasos viendo a un zaporogo; pero una palabra de la tártara en voz baja le tranquilizó. El monje, después de cerrar la puerta tras ellos, les condujo por la escalera, y en breve se encontraron bajo las altas y sombrías bóvedas de la iglesia.

Delante de uno de los altares, en el que ardían infinidad de cirios, estaba un sacerdote arrodillado, orando en voz baja, y a ambos lados tenía, también arrodillados, dos jóvenes diáconos con casullas color de violeta adornadas de encaje blanco, y con incensarios en la mano. Pedían un milagro, la salvación de la ciudad, fortaleza para los ánimos decaídos, el don de la paciencia, la fuga del espíritu tentador que les hacía murmurar, que les inspiraba ideas tímidas y cobardes.

Algunas devotas semejantes a espectros, estaban asimismo de rodillas, apoyadas sus frentes sobre el respaldo de los bancos de madera y sobre los reclinatorios. Algunos hombres permanecían apoyados contra los pilares, en un triste y desalentado silencio. La alta ventana de cristales pintados que coronaba el altar se iluminó de repente con los rosados colores del alba naciente, y los dibujos encarnados, azules y de todos los colores, se diseñaron sobre el sombrío pavimento de la iglesia. Todo el coro quedó inundado de luz, y el humo del incienso, inmóvil en el aire, se pintó de todos los colores del iris. Desde su oscuro rincón, Andrés contemplaba admirado el milagro, verificado por la luz. En este instante, el solemne sonido del órgano repercutió por todo el templo, y aumentando cada vez más, estalló como un trueno, subiendo luego bajo las naves en sonidos argentinos, como voces infantiles; luego repitió su sonido sonoro y se calló bruscamente. Largo tiempo después, las vibraciones hicieron temblar las arcadas, y Andrés permanecía lleno de la admiración que le causaba esta música solemne, cuando sintió que alguien le tiraba de su caftán.

–Ya es tiempo –dijo la tártara.

Los dos atravesaron la iglesia sin ser vistos, y salieron a una gran plaza. El cielo estaba enrojecido con los colores de la aurora, y todo anunciaba la salida del sol. La plaza, que era cuadrada, estaba completamente desierta.En el centro de ella estaban colocadas algunas mesas de madera, indicando haber estado allí el mercado de los comestibles. El suelo, sin empedrar, estaba cubierto por una espesa capa de lodo seco, y toda la plaza estaba, rodeada de casitas edificadas con ladrillos y arcilla, cuyas paredes sostenían vigas cruzadas. Sus puntiagudos techos tenían infinidad de lumbreras. En uno de los lados de la plaza, cerca de la iglesia, se elevaba un edificio que se diferenciaba de los otros, y que parecía ser el Ayuntamiento. La plaza entera carecía de animación. Sin embargo, Andrés creyó oír débiles gemidos; echó una mirada a su alrededor, y vio un grupo de hombres tendidos en el suelo sin movimiento; los examinó, dudando si estaban dormidos o muertos. En este momento tropezó con un objeto que no había distinguido: era el cadáver de una judía que, a pesar de la horrible contracción de su semblante, parecía joven. Su cabeza estaba envuelta en un pañuelo de seda encarnada; dos sartas de perlas adornaban los lazos que colgaban de su turbante; algunas mechas de rizados cabellos caían sobre su descarnado cuello, y cerca de ella estaba tendida una criaturita apretando convulsivamente su pecho, que había torcido a fuerza de buscar en él alimento. No gritaba ni lloraba ya; únicamente por el movimiento intermitente de su vientre se conocía que aun no había exhalado el último suspiro. Al doblar una esquina, le detuvo un loco furioso que, viendo la preciosa carga que Andrés llevaba, se arrojó sobre él como un tigre, gritando:

–¡Pan! ¡Pan!
Pero sus fuerzas no igualaban a su rabia; Andrés le rechazó, y cayó rodando por tierra. Pero el joven kozako, movido a compasión, le arrojó un pan, que el otro se puso a devorar ansiosamente; y en la misma plaza expiró este hombre entre horribles convulsiones.

Casi a cada paso encontraba víctimas del hambre. A la puerta de una casa estaba sentada una anciana, no pudiéndose decir si estaba muerta o viva, pues permanecía inmóvil y con la cabeza inclinada sobre su seno. Del techo de una casa vecina pendía del extremo de una cuerda el cadáver, largo y flaco de un hombre que, no habiendo podido sobrellevar hasta el fin sus sufrimientos, se había ahorcado. A la vista de todos estos horrores, el joven kozako no pudo menos de preguntar a la tártara:

–¿Pero es posible que en tan corto espacio de tiempo, no hayan encontrado todas esas gentes nada para sostener su vida? En tales extremos el hombre puede alimentarse de substancias que la ley prohíbe.

–Todo se ha comido –respondió la tártara– todos los animales; no se encuentra ya un caballo, ni un perro, ni un ratón en toda la ciudad. Nunca habíamos hecho provisión de comestibles, pues todo lo traían del campo.

–Pero, muriendo tan cruelmente, ¿cómo pueden pensar aún en defender la ciudad?

–Tal vez el vaivoda se hubiera rendido; pero ayer por la mañana el polkovnik, que se halla en Boujany, envió un halcón con un billete en el cual encargaba que siguiéramos defendiéndonos, que él avanzaba para hacer levantar el sitio, y que no esperaba más que otro polk con el fin de obrar juntos; mientras tanto, nosotros esperamos a cada momento su socorro. Pero henos aquí delante de la casa.

Andrés había visto ya de lejos una casa que no se asemejaba a las otras y que parecía haber sido construida por un arquitecto italiano. Era de ladrillos, y tenía dos pisos. Las ventanas de la planta baja estaban guarnecidas con adornos de piedra en relieve; el piso superior se componía de pequeños arcos formando galería; entre los pilares y los esconces, se veían rejas de hierro con los escudos de la familia. Una espaciosa escalera de ladrillos pintados descendía hasta la plaza. En sus últimos peldaños estaban sentados dos guardias que sostenían con una mano sus alabardas y con la otra sus cabezas: parecían más bien dos estatuas que dos seres vivientes; no prestaron ninguna atención a los que subían la escalera, al extremo de la cual Andrés y la tártara encontraron un caballero cubierto con una rica armadura y con un libro de oraciones en la mano; levantó lentamente sus pesados párpados; pero, a una palabra de la tártara, los volvió a dejar caer sobre las páginas de su libro.

Andrés y su guía entraron en una espaciosa sala que parecía destinada para las recepciones, la cual estaba llena de soldados, coperos, cazadores y criados de toda especie que cada noble polaco creía necesarios a su categoría. Todos estaban sentados y silenciosos. Sentíase el olor de un cirio que acababa de apagarse, y se veían arder otros dos colocados en candeleros de la altura de un hombre, a pesar de que hacía largo rato que la claridad del día penetraba por la ancha ventana enrejada.

Andrés iba a adelantarse hacia una gran puerta de encina, adornada con escudos y cinceladuras; pero la tártara le detuvo, y le mostró una puertita practicada en el muro del lado. Entraron en un corredor, y luego en un aposento que Andrés examinó con atención. El débil rayo de luz que se filtraba por una rendija del ventanillo pintaba una línea luminosa en una cortina de seda encarnada, en una cornisa dorada y en un marco de cuadro. La tártara dijo al joven que se quedase en aquella estancia, abriendo en seguida la puerta de otra pieza en donde había luz artificial.

Andrés oyó el débil cuchicheo de una voz que le hizo estremecer. En el momento de abrirse la puerta distinguió la esbelta figura de una joven. La tártara volvió enseguida, diciéndole que entrase. Cuando pasó el umbral de la puerta, ésta se volvió a cerrar tras él. En el aposento ardían dos cirios, y una lámpara delante de una santa imagen, a cuyos pies, según costumbre católica, había un reclinatorio. Pero no era eso lo que el joven buscaba: volvió, pues, la cabeza a otro lado, y vio a una mujer que parecía haberse detenido al hacer un movimiento rápido: la joven se precipitaba hacia él, pero se quedó inmóvil; hasta él mismo permaneció clavado en su sitio. Esa joven no era la que él creía volver a ver, la que había conocido: era mucho más hermosa. En otro tiempo había en ella algo incompleto, no acabado: ahora se parecía a la creación de un artista que acabara de recibir la última mano; en otro tiempo era una jovencita delgada, ahora era ya una mujer, y en todo el esplendor de su belleza. Sus ojos levantados no expresaban ya un simple bosquejo del sentimiento, sino el sentimiento completo. No habiendo tenido tiempo para enjugar su llanto, las lágrimas daban a sus mejillas un barniz brillante. Su cuello, espaldas y garganta habían llegado a los verdaderos límites de la hermosura en todo su desarrollo. Una parte de sus espesas trenzas estaban sujetas a la cabeza por un peine y las otras caían en largas ondulaciones sobre sus espaldas y brazos. Su extrema palidez no alteraba su belleza, antes al contrario, le comunicaba un encanto irresistible.

Andrés sentía como un terror religioso, manteniéndose en su inmovilidad ella quedó también sorprendida al aspecto del joven cosaco que se presentaba con todas las ventajas de su varonil belleza. La firmeza brillaba en sus ojos cubiertos por aterciopeladas cejas, y la salud y la frescura en sus tostadas mejillas; su negro bigote relucía como la seda.

–Yo no puedo darte las gracias, generoso caballero –dijo la joven con trémula voz. Dios sólo puede recompensarte.

Bajó los ojos que cubrieron sus blancos párpados guarnecidos de largas y sombrías pestañas; su cabeza se inclinó, y un ligero rubor coloreó la parte inferior de su semblante. Andrés no sabía qué contestarle; hubiera querido expresarle cuanto su alma sentía, y expresárselo con el mismo fuego con que lo sentía, pero le fue imposible: su boca parecía cerrada por un poder desconocido; le faltaba el sonido a su voz; comprendía que él, educado en un seminario, y llevando después una existencia guerrera y nómada, no podía contestar a la joven, y se indignó contra su naturaleza kozaka.

En este momento, la tártara entró en el aposento; había tenido ya tiempo de cortar en pedazos el pan que trajera Andrés, y lo presentó a su ama en una bandeja de oro. La joven la miró, luego miró el pan, deteniendo por fin su mirada sobre el kozako. Esta mirada, conmovida y llena de reconocimiento, en la que se leía la impotencia de expresarse con la lengua, fue mejor comprendida por Andrés que lo hubiesen sido largos discursos. Su alma se sintió aliviada, pareciéndole que se la habían desatado. Iba a hablar, cuando de repente la joven se volvió hacia su sirvienta, y le dijo con inquietud:

–¿Y mi madre? ¿Le has llevado pan?
–Duerme.
–¿Y a mi padre?
–Ya se lo he llevado. Me ha dicho que vendría en persona a dar las gracias a este caballero.

La joven, tranquilizada con esto, tomó el pan y lo llevó a sus labios. Andrés la contemplaba con inexplicable alegría romper el pan y comérselo con avidez, cuando de repente recordó aquel loco furioso a quien había visto morir por haber devorado un pedazo de pan. Palideció, y agarrándola por el brazo:

–Basta –le dijo– no comas más. Hace tanto tiempo que no has tomado alimento que el pan te haría mal.

La joven dejó enseguida caer su brazo, y volviendo a poner el pan en el plato, miró a Andrés como lo hubiera hecho un niño dócil.

–¡Oh, soberana mía! –exclamó Andrés con transporte– manda lo que quieras; pídeme la cosa más imposible del mundo, y te obedeceré; dime que haga lo que no haría ningún hombre, y lo haré; me perdería por ti: te juro por la santa cruz, que me es imposible decirte cuan dulce sería eso para mí.

Poseo tres pueblos; me pertenece la mitad de los caballos de mi padre; todo lo que mi madre le ha dado en dote y todo lo que ella le oculta es mío; ningún kozako tiene armas semejantes a las mías; por un solo sablazo se me da una caballada y tres mil carneros; ¡pues bien! ¡Todo eso lo abandonaré, lo quemaré, aventaré sus cenizas por una sola palabra tuya, por un solo movimiento de tus cejas negras! Tal vez lo que digo no son más que locuras y necedades; sé perfectamente que yo, que he pasado la vida en la sich, no puedo hablar como se habla en los palacios de los reyes, príncipes y nobles señores. Veo que eres una criatura de Dios muy diferente de nosotros, y que aventajas en mucho a las otras mujeres de la nobleza.

Con creciente sorpresa, sin perder una sola palabra, pues prestaba toda su atención, la joven escuchó ese discurso lleno de franqueza y de calor, en el que se descubría una alma joven y fuerte. Inclinó hacia delante su hermoso rostro y quiso hablar; pero se detuvo bruscamente, pensando que aquel joven pertenecía a otro partido, y que su padre, sus hermanos y sus compañeros eran sus más acérrimos enemigos; y que los terribles zaporogos tenían bloqueada por todos lados la ciudad y condenados sus habitantes a una muerte segura. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Tomó un pañuelo bordado en seda, y, cubriéndose el rostro para ocultar su dolor, se sentó en una silla, en donde permaneció largo rato inmóvil, con la cabeza inclinada hacia atrás, y mordiéndose el labio inferior con sus dientes de marfil, como si hubiese sentido la picadura de alguna bestia venenosa.

–Dime una sola palabra –prosiguió Andrés, tomando su mano suave como la seda; pero ella guardaba silencio, sin descubrir su semblante, y permanecía inmóvil. ¿Por qué tanta tristeza?

La joven se quitó el pañuelo de los ojos, apartó los cabellos que cubrían su semblante, y con voz débil, semejante al triste y ligero ruido de los juncos agitados por el viento de la tarde, balbuceó:

–¿No soy digna de eterna compasión? Mi madre, ¿no es desgraciada? ¿No es mi suerte bien amarga? ¡Oh destino mío! ¿No eres mi verdugo? Tú has conocido a mis plantas a los nobles más dignos, a los más ricos caballeros, condes y barones extranjeros, y a toda la flor de nuestra nobleza. La mayor felicidad para todos ellos hubiese sido mi amor; no tenía que hacer más que escoger para que el más hermoso, el más noble fuese mi esposo. ¡Oh destino cruel! Por ninguno de ellos has hecho latir mi corazón; pero has hecho que ese débil corazón palpite por un extranjero, por un enemigo, desdeñando a los mejores caballeros de mi patria. ¿Qué delito he cometido para que me persigas ¡oh santa Madre de Dios! tan inhumanamente? Mis días se deslizaban en la abundancia y la riqueza. Los más delicados manjares, los vinos más preciosos servían para mi cotidiano alimento. ¿Y para qué? Para hacerme morir de una muerte horrible, como no muere ningún mendigo del reino; y es poco verme condenada a tan impía suerte, es poco verme obligada a presenciar, antes de mi propio fin, en medio de mil horrorosos sufrimientos, la agonía de mi padre y de mi madre, por quienes hubiera dado cien veces la vida; es poco todo eso: es preciso que antes que la muerte ponga término a mi existencia, que le vuelva a ver, que le oiga, que sus palabras me desgarren el corazón, que aumente la amargura de mi suerte, que me sea aún más penoso abandonar mi existencia, tan joven aún, que mi muerte sea más espantosa, y que al morir les llene aún más de reproches, a ti, mi cruel destino, y a ti (perdona mi pecado) ¡oh santa Madre de Dios!

Cuando calló, en su semblante, en su frente tristemente inclinada y en sus mejillas humedecidas por las lágrimas se pintaba una expresión de dolor y de abatimiento.

–No, no se dirá –exclamó Andrés– que la más bella y mejor de las mujeres tenga que sufrir una tan lastimosa suerte, cuando ha nacido para que todo lo que hay en el mundo de más elevado se incline ante ella como ante una santa imagen. ¡No, no morirás; juro por mi nacimiento y por cuanto amo que no morirás! Pero si nada puede salvarte, ni la fuerza, ni el valor, ni las súplicas; si nada puede conjurar tu desventurada suerte, moriremos juntos, y moriré antes que tú, en tu presencia, y tan sólo después de muertos nos podrán separar.

–No te engañes, caballero, ni me engañes contestó ella meneando lentamente la cabeza. Sé perfectamente que no te es posible amarme, pues conozco tu deber. Tienes padre, amigos y una patria que te llaman, y nosotros somos tus enemigos.

–¿Qué me importan mis amigos, mi patria y mi padre? –prosiguió el joven kozako levantando con altivez su frente e irguiendo su figura alta y esbelta como un junco del Dnipró. Yo no tengo a nadie, a nadie, a nadie –repitió obstinadamente, haciendo un gesto con el cual un kozako expresa un partido tomado y una voluntad irrevocable. ¿Quién me ha dicho que la Ucrania es mi patria? ¿Quién me la ha dado por patria? La patria es lo que nuestra alma desea y adora, lo que amamos más que todo; mi patria eres tú; y esa patria no la abandonaré mientras viva, la llevaré en mi corazón. ¡Que vengan a arrancármela!

La joven permaneció inmóvil un instante, le miró fijamente en los ojos, y de repente, con esa impetuosidad de que es capaz una mujer que sólo vive por los impulsos del corazón, se precipitó hacia él, le estrechó en sus brazos y se puso a sollozar. En este momento resonaron en la calle gritos confusos y ruido de trompetas y timbales. Pero Andrés no los oía; sólo sentía la tibia respiración de su amada que le acariciaba la mejilla, sus lágrimas que le bañaban el semblante, sus largos cabellos que le envolvían la cabeza como una redecilla sedosa y odorífera.

De repente entró la tártara en el aposento lanzando gritos de alegría.

–Estamos salvados –decía fuera de sí– los nuestros han entrado en la ciudad, y traen abundantes víveres y zaporogos prisioneros.

Pero ninguno de los dos jóvenes prestó atención a lo que ella decía. En el delirio de su pasión, el kozako aplicó sus labios en la boca que rozara su mejilla, y esta boca no dejó de responder.Y el kozako quedó perdido, perdido para toda la caballería kozaka. Jamás sus ojos volverán a ver la sich, ni los villorrios de su padre, ni el templo de su Dios; y la Ucrania no volverá a ver tampoco uno de sus más valerosos hijos. ¡El viejo Taras Bulba se arrancará un puñado de sus cabellos grises, y maldecirá el día y la hora en que, para su propia afrenta, dio la vida a semejante hijo!

CAPÍTULO VII

Todo era ruido y movimiento en la labor de los zaporogos; nadie podía explicarse exactamente cómo había entrado en la ciudad un destacamento de guardias reales; sólo más tarde se supo que todo el kouren de Péreiaslav, colocado delante de una de las puertas de la ciudad, se había embriagado completamente; no era, pues, de extrañar que la mitad de los kozakos que lo componían hubiese sido muerta y la otra mitad prisionera, sin tener tiempo de defenderse. Antes que los koureni inmediatos, despertados por el ruido, pudiesen tomar las armas, los guardias reales entraban ya en la ciudad, y sus últimas filas sostenían el fuego contra los zaporogos mal despiertos que se arrojaban sobre ellos en desorden. El kochevoi hizo reunir el ejército, y una vez formados los soldados en círculo, y el sombrero en la mano, guardando profundo silencio, les dijo:

–Ya ven, pues, señores hermanos, lo que ha sucedido esta noche; ya ven a lo que puede conducir la embriaguez; ya ven también la injuria que nos ha hecho el enemigo. Parece que esa es costumbre de ustedes; si se les da doble ración, están dispuestos a embriagarse de tal modo que el enemigo del nombre cristiano puede, no solamente quitarles los pantalones, sino escupirles en el rostro sin que lo noten ustedes.

Todos los kozakos tenían la cabeza baja, conociendo su culpa. Tan sólo el ataman del kouren de Nésamaï koff, Koukoubenko, levantó la voz, y dijo:

–Detente, padre; aunque no consta en la ley, que se pueda hacer ninguna observación cuando el kochevoi habla delante de todo el ejército, sin embargo, no habiendo pasado el hecho como tú dices, es preciso hablar. Tus reproches no son del todo justos. Los kozakos hubieran sido culpables y dignos de la muerte si se hubiesen embriagado durante la marcha, en batalla u ocupados en un trabajo importante y difícil, pero estábamos allí mano sobre mano, y aburriéndonos delante de la ciudad. No estábamos en cuaresma ni teníamos que guardar ninguna abstinencia ordenada por la Iglesia. ¿Cómo quieres, pues, que el hombre no beba cuando nada tiene que hacer? En eso no hay pecado. Pero ahora vamos a enseñarles lo que cuesta atacar a gentes inofensivas. Antes les derrotamos completamente, y ahora vamos a hacerlo de modo que no quede uno vivo.El discurso del ataman gustó a los kozakos, los cuales levantaron sus cabezas, y muchos de ellos hicieron un signo de satisfacción, diciendo:

–Koukoubenko ha hablado bien.

Y Taras Bulba, que se hallaba no lejos del kochevoi, añadió:
–Parece, kochevoi, que Koukoubenko ha dicho la verdad. ¿Qué contestarás a eso?

–¿Qué contestaré? Contestaré: ¡Dichoso el padre que ha dado el ser a semejante hijo! El decir una palabra de reprensión no prueba gran sabiduría; pero la prueba una frase que, sin hacer burla de la desventura del hombre, le reanima, le devuelve el valor, como las espuelas se lo devuelven al caballo que abrevando, ha perdido el calor. Yo quería también enseguida dirigiros una palabra consoladora, pero Koukoubenko se me ha anticipado.

–¡El kochevoi ha hablado bien! –exclamaron en las filas de los zaporogos.

–Es un buen orador –decían otros.
–Y hasta los más ancianos, que estaban allí como palomos grises, hicieron con sus bigotes una mueca de satisfacción, diciendo:

–Sí, es un buen orador.

–Ahora, escúchenme, señores –prosiguió el kochevoi. Tomar una fortaleza escalando sus muros o bien agujerearlos a la manera de los ratones, como hacen los pícaros alemanes (¡qué hasta sueñan con el demonio!), es indecente e impropio de los kozakos. No creo que el enemigo haya entrado en la ciudad con grandes vituallas, pues llevaba pocos carros. Los habitantes de la ciudad están hambrientos, lo que quiere decir que se lo comerán todo de una vez; y respecto al forraje para los caballos, a fe mía que no sé de dónde lo sacarán, a menos que alguno de sus santos se lo eche desde el cielo… cosa que sólo Dios lo sabe, pues sus sacerdotes no sirven más que para hablar. Por esta razón o por otra concluirán por salir de la ciudad. Divídase, pues, el ejército en tres cuerpos, y que se sitúen delante de las tres puertas: cinco koureni al frente de la principal, y tres al frente de cada una de las otras dos; pónganse en emboscada el kouren de Diadnio y el de Korsoun, como también el polkovnik Taras Bulba, con todo su polk. Los koureni de Titareff y de Tounnocheff, formarán la reserva al lado derecho; los de Tcherbinoff y de Steblikiv, al izquierdo. Y ustedes los jóvenes que se encuentran con ánimo para insultar y para excitar al enemigo, salgan de las filas. Los polacos tienen muy poco seso; no saben soportar las injurias, y tal vez hoy mismo saldrán de la ciudad. Que cada ataman pase revista a su kouren, y si nota que no está completo, que tome gente de los restos del de Péreiaslav. Inspecciónenlo todo detenidamente; den a cada kozako un vaso de vino y un pan. Pero creo que estarán bastante satisfechos de lo que comieron ayer, pues, a decir verdad, es tanto lo que han engullido esta noche, que, si me asombro, es de que no hayan reventado todos. Otra cosa mando: si algún tabernero judío se atreve a vender un vaso de vino ¡uno sólo! a ningún kozako, le haré clavar en la frente una oreja de puerco, y le haré colgar cabeza abajo. ¡A la obra, hermanos! ¡A la obra!

En esta forma distribuyó sus órdenes el kochevoi. Todos le saludaron inclinándose profundamente, y, tomando el camino de sus carromatos, sólo se encasquetaron sus gorros al llegar a una considerable distancia.

Empezaron todos a equiparse, a probar sus lanzas y sus sables, a llenar sus frascos de pólvora, a preparar sus carromatos y a escoger sus cabalgaduras.Al dirigirse a su campamento, Taras se puso a pensar, sin acertar, como es natural, sobre que habría sido de Andrés. ¿Le habían preso y agarrotado durante su sueño con los otros? Pero no, Andrés no era hombre para rendirse vivo; y, sin embargo, no se le había encontrado entre los muertos.

Completamente entregado a sus reflexiones, Taras caminaba delante de su polk, sin oír que hacía largo rato se le llamaba por su nombre.

–¿Quién me llama? –dijo por fin saliendo de su meditación.

Delante de él estaba el judío Yankel.
–Señor polkovnik, señor polkovnik –decía con voz breve y entrecortada, como si hubiese querido hacerle participe de una noticia importante– he estado en la ciudad, señor polkovnik.

Taras miró al judío con sorpresa.
–¿Quién diablos te ha conducido allá?
–Voy a contárselo –dijo Yankel. Cuando a la salida del sol oí ruido y vi que los kozakos tiraban, tomé mi caftán, y, sin ponérmelo, eché a correr; pero en el camino me lo puse; como iba diciendo, eché a correr pues quería saber por mí mismo la causa de aquel ruido, y por qué los kozakos tiraban tan temprano. Llegué a las puertas de la ciudad en el momento de entrar en ella la retaguardia del convoy. Miré, y ¿a quien dirá que vi? al oficial Galandowitch, a quien conozco, pues hace tres años que me debe cien ducados. Le seguí para reclamar mi crédito, y he ahí cómo he entrado en la ciudad.

–¡Y qué! ¿Has entrado en la ciudad, y querías aún hacerle pagar su deuda? ¿Cómo, pues, no te ha hecho ahorcar como un perro?

–En efecto, quería hacerme colgar; sus gentes me habían ya rodeado la cuerda al cuello, pero me puse a suplicar al oficial; le dije que esperaría el pago de su deuda tanto tiempo como él quisiera, y prometí prestarle más dinero si quería ayudarme a reclamar lo que me deben otros caballeros; pues a decir verdad, el oficial Galandowitch no tiene un ducado en el bolsillo, ni más ni menos que si fuera kozako, y eso que posee aldeas, casas, cuatro castillos y grandes estepas que se extienden hasta Chklov. Y ahora, si los judíos de Breslau no le hubiesen equipado, no hubiera podido ir a la guerra. Por esta causa tampoco ha podido comparecer en la dieta.

–¿Qué has hecho, pues, en la ciudad? ¿Has visto a los nuestros?
–¡Cómo no! Muchos hay allí de los nuestros: Itska, Rakhoum, Khaï valkh, el intendente…

–¡Que el diablo confunda a esos perros malditos! –exclamó Taras colérico. Te hablo de nuestros zaporogos y no de tu maldita raza de judíos.

–No he visto a nuestros zaporogos, pero sí he visto al señor Andrés.

–¿Has visto a Andrés? –dijo Bulba. ¡Y bien! ¿Qué? ¿Cómo? ¿En dónde le has visto? ¿En una hoya, en una cárcel, atado, encadenado?

–¿Quién se hubiera atrevido a atar al señor Andrés? En este momento es uno de los más distinguidos caballeros; casi no le hubiera conocido. Lleva brazales de oro, cinturón de oro, todo es oro en su persona; brilla, como cuando en la primavera el sol reluce sobre la hierba. Y el vaivoda le ha dado su mejor caballo, ¡un caballo que vale doscientos ducados!

Bulba quedó estupefacto.

–¿Y por qué viste una armadura que no le pertenece?
–Porque es mejor que la suya; por eso se la ha puesto. Y ahora recorre las filas, y otros recorren las filas, y él enseña, y se le enseña, como si fuese el más rico de los caballeros polacos.

–¿Quién le obliga a hacer todo eso?
–No digo que se le haya obligado. ¿Ignora el señor Taras que se ha pasado al otro partido por su propia voluntad?

–¿Quién se ha pasado?

–El señor Andrés.
–¿A dónde se ha pasado?
–Al otro partido; ahora es de los suyos.
–¡Mientes, oreja de marrano!–¿Cómo es posible que yo mienta? ¿Soy tan tonto para mentir exponiendo mi propia cabeza? ¿Ignoro acaso que un judío es ahorcado como un perro, si se atreve a mentir delante de un caballero?

–¿Es decir que, según tú, ha vendido su patria y su religión?
–Yo no he dicho que haya vendido nada, sino que se ha pasado al otro partido.

–Mientes, judío del diablo; esto no se ha visto nunca en tierra cristiana. Mientes, perro.

–Que la hierba crezca en el umbral de la puerta de mi casa, si he faltado a la verdad; que todo el mundo escupa en la tumba de mi padre, de mi madre, de mi suegro, de mi abuelo y del padre de mi madre, si yo miento. Si el señor lo desea, voy a decirle por qué se ha pasado.

–¿Por qué?

–¡El vaivoda tiene una hija tan hermosa, santo Dios, tan hermosa…!
Aquí el judío procuró expresar por sus gestos la hermosura de la joven, separando las manos, guiñando el ojo, y relamiéndose los labios como si probase algo dulce.

–Y bien, ¿qué? Después…
–Por ella se ha pasado al otro partido. Cuando un hombre se enamora, es como una suela que se pone en remojo para doblarla en seguida del modo que se quiere.

Taras se puso a reflexionar profundamente. Recordó que la influencia de una débil mujer era grande; que esta influencia había ya perdido a muchos hombres valerosos, y que la naturaleza de su hijo era frágil por este lado.

Taras permanecía inmóvil, como clavado en su puesto.
–Escuche, señor; yo lo contaré todo al noble caballero –dijo el judío. Cuando oí el ruido de esta mañana, cuando vi que se entraba en la ciudad, llevé conmigo, por lo que pudiese suceder, una sarta de perlas, pues hay señoritas en la ciudad, y si hay señoritas en la ciudad, me dije a mí mismo, comprarán mis perlas, aunque no tengan qué comer. Tan luego como me dejó libre la gente del oficial polaco, me dirigí corriendo a casa del vaivoda para vender mis perlas. Una criada tártara me lo ha explicado todo, y me ha dicho que la boda se verificará cuando sean arrojados de aquí los zaporogos. El señor Andrés ha prometido arrojar a los zaporogos.

–¿Y no has muerto en el acto a ese hijo del diablo? –exclamó Bulba.–¿Por qué matarle? Se ha pasado voluntariamente. ¿En dónde está la falta del hombre? Él se ha ido a donde se encontraba mejor.

–¿Y tú mismo le has visto?

–Como le veo a usted ahora. ¡Qué soberbio guerrero! Es más hermoso que todos los demonios. ¡Que Dios le conserve la salud! Me ha reconocido al instante, al acercarme, me ha dicho…

–¿Qué es lo que te ha dicho?
–Me ha dicho, es decir, ha empezado por hacerme una seña con los dedos, y luego me ha dicho: «¡Yankel!» y yo le he contestado: «¡Señor Andrés!» y él repitió: «Yankel, di a mi padre, a mi hermano, a los cosacos, a los zaporogos, que mi padre no es ya mi padre, que mi hermano no es ya mi hermano, que mis camaradas no son ya mis camaradas, y que quiero batirme contra ellos, contra todos ellos».

–¡Mientes, judas! –exclamó Taras fuera de sí–mientes, perro. Tú has crucificado a Cristo, hombre maldito de Dios; yo te mataré, Satanás. Vete, si no quieres quedar muerto enseguida.

Al decir esto, Taras sacó su sable. Yankel, espantado, echó a correr con toda la velocidad de sus secas y largas piernas, y corrió largo tiempo, sin volver la cabeza, a través de los carros de los kozakos y después a campo traviesa, a pesar de que Taras no le perseguía, reflexionando que era indigno de él abandonarse a su cólera contra el desventurado judío.

Bulba recordó entonces que en la noche pasada había visto a su hijo atravesar el tabor en compañía de una mujer. Inclinó su cabeza gris, y, sin embargo, no quería creer que se hubiese cometido una acción tan infame, y que su propio hijo hubiese podido vender su religión y su alma.

Por fin, llevó su polk al sitio que se le había designado, detrás del único bosque que los cosacos habían dejado sin quemar. Entre tanto, los zaporogos de a pie y de a caballo se ponían en marcha en dirección a las tres puertas de la ciudad. Los diferentes koureni que componían el ejército desfilaban el uno detrás del otro. Sólo faltaba el kouren de Péreiaslav; los kozakos que lo componían habían bebido la noche precedente todo lo que debían beber en su vida, y por esta causa el uno había despertado atado en manos de los enemigos, el otro había pasado dormido de la vida a la muerte, y su mismo ataman, Jlib, se encontró completamente desnudo en medio del campamento polaco.En la ciudad notaron el movimiento de los kozakos; todos sus habitantes corrieron a las murallas, y un cuadro animado se presentó a los ojos de los zaporogos. Los caballeros polacos, rivalizando mutuamente en ricos trajes, ocupaban la muralla.

Sus cascos de cobre, adornados de plumas blancas como las del cisne, y bañados por el sol, despedían brillantes resplandores; otros llevaban pequeñas gorras de color de rosa o azules, inclinadas hacia la oreja, y caftanes con mangas, flotantes, bordados de oro y de seda. Sus armas, que compraban a precios muy subidos, estaban, como todo su traje, cargados de caprichosos adornos. El coronel de la ciudad de Boudjak, con gorra encarnada y oro, se destacaba altivo, en primera fila; de estatura más elevada y más grueso que los otros, se hallaba aprisionado en su rico caftán. Más lejos, junto a una puerta lateral, estaba de pie otro coronel, hombre de baja estatura y flaco.

Sus vivaces ojillos lanzaban miradas penetrantes bajo sus espesas cejas. Se volvía con presteza designando los puestos con su afilada mano y dando órdenes; se veía que, a pesar de su raquítico aspecto, era todo un militar. Junto a él había un oficial largo y delicado, ornado su encendido rostro de poblados bigotes. Este señor era aficionado a los festines y al aguamiel espirituosa. A sus espaldas estaban agrupados una multitud de hidalgüelos que se habían armado, los unos a costa suya y los otros a expensas de la Corona, o con ayuda del dinero de los judíos a los cuales habían empeñado cuanto contenían los castillejos de sus padres. Además, había una multitud de esos clientes parásitos que los senadores llevaban consigo para formar cortejo, que la víspera, robaban del buffet o de la mesa alguna copa de plata, y al día siguiente montaban en el pescante de los coches para servir de aurigas.

Las filas de los kozakos permanecían silenciosas delante de las murallas; ninguno de ellos llevaba oro en sus vestidos; solamente se veían brillar los metales preciosos en algunos puñales, sables o en algunas culatas de los mosquetes. Los kozakos no eran aficionados a vestirse ricamente para entrar en batalla; sus caftanes y sus armaduras eran sencillísimos, y en todos los escuadrones no se veían más que largas filas de gorras negras con la punta roja. Dos kozakos salieron de las filas de los zaporogos. El uno era muy joven, el otro tenía un poco más de edad: ambos poseían, según su modo de decir, buenos dientes para morder, no solamente con palabras sino con obras.

Llamábanse Okhrim Nach y Mikita Golokopitenko. Démid Popovitch les siguió; era éste un viejo kozako que frecuentaba hacia tiempo la sich, que había llegado hasta los muros de Andrinópolis, y que había sufrido muchos contratiempos en su vida. Una vez, salvándose de un incendio, volvió a la sich con la cabeza embreada, enteramente ennegrecida, y los cabellos quemados; pero después de esta aventura tuvo tiempo para rehacerse y engordó: sus largos y espesos cabellos rodeaban su oreja, y sus bigotes habían vuelto a brotar negros y espesos. Popovitch tenía fama por su lengua bien afilada.

–Todo el ejército de ustedes tiene joupans rojos –dijo– pero quisiera saber si el valor del ejército es también rojo.

–Esperen –exclamó desde arriba el obeso coronel– voy a agarrotarles a todos. Ríndanse, esclavos, entreguen sus mosquetes y sus caballos. ¿Han visto cómo he agarrotado ya a los suyos? Que se conduzca a los prisioneros al parapeto.

Y se condujo a los zaporogos maniatados a dicho punto. Al frente de ellos marcaba su ataman Jlib, desnudo completamente, en el estado que le habían preso, llevando la cabeza baja, avergonzado de su desnudez y de que hubiese sido sorprendido durmiendo, como un perro.

–No te aflijas, Jlib, nosotros te libertaremos –gritáronle desde abajo los kozakos.

–No te aflijas, amigo –añadió el ataman Borodaty– no es culpa tuya si te han pescado en cueros, eso puede suceder a cualquiera. Ellos son los desvergonzados, que te exponen ignominiosamente sin haber cubierto, por decencia, tu desnudez.

–Parece que no son ustedes valientes sino cuando tienen que habérselas con gente dormida –dijo Golokopitenko mirando al parapeto.

–Esperen, esperen; nosotros les cortaremos esos mechones de pelo le respondieron desde arriba.

–Quisiera ver de qué modo nos lo cortarán –decía Popovitch caracoleando delante de ellos montado en su caballo; y luego añadió, mirando a los suyos: Pero tal vez los polacos dicen la verdad si aquel gordinflón les conduce, no corren ningún peligro.

–¿Por qué crees tú que no corre ningún peligro? –preguntaron los kozakos, seguros anticipadamente de que Popovitch iba a soltar un chiste.

–Porque todo el ejército puede ocultarse detrás de él, y sería en extremo difícil alcanzar a alguno con la lanza más allá de su barriga.

Los kozakos se echaron a reír, y largo tiempo después muchos de ellos meneaban aún la cabeza, repitiendo:

–¡Ese diablo de Popovitch! si le ocurre soltar un chiste a alguno, entonces…

–¡Retrocedan, retrocedan! –exclamó el kochevoi

Como parecía que los polacos no querían sufrir semejante bravata, el coronel hizo un signo con la mano. En efecto, apenas se habían retirado los kozakos, resonó desde lo alto del parapeto una descarga de mosquetería. En la ciudad hubo un gran movimiento; el anciano vaivoda apareció, montado en su caballo. Se abrieron las puertas, y el ejército polaco salió. A la vanguardia marchaban los húsares, perfectamente alineados; luego los coraceros con las lanzas, con sus cascos de cobre; detrás cabalgaban los más ricos nobles, vestidos cada uno según su capricho; no querían mezclarse con los soldados, y el que no tenía algún mando se adelantaba solo a la cabeza de su gente; después venían otras filas, después el oficial delicado, luego otras filas todavía, detrás el coronel grueso, y el último que salió de la ciudad fue el coronel seco y flaco.

–Impídanles, impídanles que se formen exclamó el kochevoi. Que todos los koureni ataquen a la vez. Abandónenles las otras puertas. Que el kouren de Titareff ataque por su lado, y el kouren de Diadkoff por el suyo. Koukoubenko y Palivoda, caigan sobre ellos por la espalda; divídanlos, confúndanlos.


Y los kozakos atacaron por todas partes; rompieron las filas polacas, las revolvieron y se mezclaron con los soldados sin darles tiempo de disparar sus mosquetes; sólo se hacía uso de los sables y de las lanzas. En este zafarrancho, todos tuvieron ocasión de darse a conocer: Démid Popovitch mató a tres infantes y derribó a dos hidalgos de sus caballos, diciendo:

–Buenos caballos, hace tiempo que deseaba unos como éstos.
Y los persiguió en la llanura, gritando a los otros kozakos que los detuviesen; después se volvió a la refriega, atacó a los caballeros que había desmontado, mató a uno de ellos, echó su arkan al cuello del otro, y le arrastró a través de la campiña, después de quitarle su sable de rico puño y su bolsa llena de ducados. Kobita, buen kozako, todavía joven, vino a las manos con un polaco de los más valientes, y por largo tiempo combatieron cuerpo a cuerpo. Kobita triunfó por fin, hiriendo al polaco en el pecho con un cuchillo turco; pero esto no le salvó, pues una bala todavía caliente le tocó en la sien. El polaco más noble, el más hermoso de los caballeros, descendiente de príncipes desde la más remota antigüedad, había acabado así con él. Jinete en un vigoroso caballo bayo claro, llevaba por todas partes la destrucción, y se había distinguido ya con mil proezas. Había muerto a sablazos a dos zaporogos, tumbado a un buen kozako, Fedor de Kory, traspasándole con su lanza después de derribar a su alazán de un pistoletazo, y por fin mató a Kobita.

–Con ese me gustaría medir mis fuerzas exclamó el ataman del kouren de Nésamaï koff, Koukoubenko.Y espoleando a su caballo, se lanzó sobre el polaco, gritando con tan estentórea voz, que todos los que se encontraban cerca de él se estremecieron involuntariamente. El polaco quiso volver su caballo para hacer frente a su nuevo enemigo, pero el animal no le obedeció; espantado por aquel terrible grito, dio un salto de lado, y Koukoubenko pudo disparar su mosquete al polaco que cayó del caballo, herido en la espalda. Ni aun entonces se rindió el valiente polaco: procuró herir a su enemigo; pero su débil mano dejó caer el sable. Koukoubenko tomó con ambas manos su pesada espada, hundiéndole la punta en sus pálidos labios; el arma le rompió los dientes, le cortó la lengua, le atravesó las vértebras del cuello y penetró profundamente en tierra en donde le clavó para no volver a levantarse. La rosada sangre brotó de la herida, esa sangre noble, y le tiñó su caftán amarillo bordado de oro. Koukoubenko se alejó del cadáver, y se lanzó con los suyos hacia otro punto.

–¿Cómo puede dejarse ahí una tan rica armadura sin recogerla? –dijo el ataman del kouren de Oumane, Borodaty.

Y dejó a su gente para dirigirse al sitio en donde yacía el inanimado cuerpo del caballero.

–He dado muerte con mis propias manos a siete nobles, pero no he encontrado ninguno que llevase una armadura tan rica.

Y Borodaty, arrastrado por la codicia, se bajó para adueñarse de aquel rico despojo. Primeramente quitóle su puñal turco adornado con piedras preciosas; después su bolsa llena de ducados; le desató del cuello una bolsita que contenía, envuelto en fino lienzo, un rizo de cabello dado por una joven como prenda de amor. Borodaty no oyó que el oficial de la nariz colorada, el mismo a quien ya había derribado de su caballo después de darle una cuchillada en el rostro, se dirigía sobre él por la espalda. El oficial levantó su sable y asestó un terrible mandoble a su cuello inclinado. El amor al botín no había conducido a buen fin al ataman Borodaty. Su robusta cabeza rodó a un lado y su cuerpo a otro, rociando la hierba con su sangre. Apenas el vencedor había agarrado por sus espesos cabellos la cabeza del ataman para colgarla de su arzón, cuando se levantó un vengador.

Semejante al gavilán que, después de trazar círculos con sus poderosas alas, se detiene de repente, queda inmóvil en el aire, y cae como la flecha sobre la codorniz que canta en los trigos cerca del camino, el hijo de Taras, Eustaquio, se lanzó sobre el oficial polaco echándole su lazo alrededor del cuello.

El semblante colorado del oficial aumentó de color al apretarle la garganta el nudo corredizo. Con mano convulsa empuñó su pistola, pero no pudo dirigirla, y la bala fue a perderse en la llanura. Eustaquio desató de la silla del polaco una cuerda de seda de que se servía para atar a los prisioneros, le agarrotó los pies y los brazos, ató el otro extremo de la cuerda al arzón de la silla, y le arrastró a través de los campos, gritando a los kozakos de Oumane que fuesen a tributar los últimos honores a su ataman. Al saber los kozakos de ese kouren que su ataman había muerto, abandonaron el combate para hacerse cargo del cadáver, y se concertaron para saber a quién era preciso poner en su lugar.

–Pero, ¿de qué sirven los consejos? –dijeron por fin– es imposible elegir un kourennoi mejor que Eustaquio Bulba. Es verdad que es más joven que todos nosotros; pero tiene talento y buen sentido como un viejo.

Eustaquio se quitó su gorra, dio las gracias a sus compañeros por el honor que le dispensaban, pero sin dar por pretexto para rehusarlo ni la juventud ni la falta de experiencia, pues en tiempo de guerra no es permitido vacilar. Enseguida condujo a sus tropas contra el enemigo, y les probó lo acertado de su elección. Los polacos conocieron que el asunto se complicaba, y retrocedieron atravesando la llanura para reunirse al otro lado. El pequeño coronel hizo seña a una tropa de cuatrocientos hombres que estaba de reserva junto a la puerta de la ciudad, e hicieron una descarga de mosquetería contra los kozakos; pero las balas alcanzaron a pocos hombres: algunas tocaron a los bueyes del ejército que miraban estúpidamente la refriega. Espantados, esos animales mugieron, se echaron sobre el tabor de los cosacos, rompieron los carros y pisotearon a mucha gente; pero Taras, en este momento, arrojándose con su polk de la emboscada en donde se había apostado, les cortó el paso, haciendo que sus hombres gritasen con toda la fuerza de sus pulmones. Entonces, desatinada la bueyada, se volvió hacia los regimientos polacos introduciendo el desorden entre ellos.

–¡Mil gracias, bueyes –gritaron los zaporogos– nos habéis prestado un gran servicio durante la marcha, y ahora nos servís en la batalla!

Los kozakos se precipitaron de nuevo sobre el enemigo. Sucumbieron muchos polacos, y se distinguieron muchos kozakos, entre ellos Metelitza, Chilo, los dos Pisarenko y Vovtousenko. Los polacos, viéndose estrechados por todas partes, alzaron su bandera en señal de replegarse, y empezaron a gritar para que se les abriesen las puertas de la ciudad. Las ferradas puertas giraron sobre sus goznes y recibieron a sus fugitivos caballeros, molidos, cubiertos de polvo, como el aprisco recibe las ovejas. Algunos zaporogos querían perseguirles hasta dentro de la ciudad, pero Eustaquio detuvo a los suyos diciéndoles:

–Aléjense, señores hermanos, aléjense de las murallas, pues no es bueno acercarse a ellas.

El joven tenía razón, pues en aquel mismo instante resonó de lo alto de las murallas una descarga general. El kochevoi se acercó para felicitar a Eustaquio.

–Ese ataman es aún muy joven, pero conduce a sus huestes como un jefe encanecido en el mando.

El viejo Taras Bulba volvió la cabeza para ver quién era el novel ataman, y vio a su hijo Eustaquio a la cabeza del kouren de Oumane, con la gorra sobre la oreja, y la maza de ataman en la diestra.

–¡Miren el pícaro! –se dijo lleno de satisfacción.
Y dio las gracias a todos los kozakos de Oumane por el honor dispensado a su hijo.

Los kozakos volvieron grupas hasta su labor; los polacos aparecieron de nuevo sobre el parapeto, pero esta vez sus ricos joupans estaban rotos, manchados de sangre y de polvo.

–¡Hola! ¿Se han curado ya las heridas? Les gritaron los zaporogos.
–¡Esperen! ¡Esperen! –respondió desde lo alto el coronel gordo agitando una cuerda con sus manos.

Y durante algún tiempo, los dos bandos se dirigían injurias y amenazas.Por fin se separaron. Los unos se retiraron a descansar de las fatigas del combate, y los otros fueron a ponerse tierra en sus heridas haciendo vendajes de los ricos vestidos que habían quitado a los muertos. Los que habían conservado más fuerzas se ocuparon en reunir los cadáveres de sus camaradas y tributarles los últimos honores. Con sus espadas y sus lanzas abrieron zanjas, de las que extraían la tierra en los paños de sus vestidos, y en ellas depositaron cuidadosamente los cuerpos de los kozakos, cubriéndolos de tierra fresca para librarlos de la voracidad de las aves carnívoras.

Los cadáveres de los polacos fueron atados de diez en diez a la cola de los caballos, que los zaporogos lanzaron hacia la llanura, ahuyentándolos a latigazos. Los caballos, furiosos, corrieron veloces por largo tiempo a través de los campos, arrastrando los cadáveres ensangrentados que rodaban y chocaban en el polvo.Llegada la noche, todos los koureni se sentaron formando círculo y empezaron a hablar de los altos hechos del día. Así estuvieron largo tiempo en vela. El viejo Taras se acostó más tarde que los otros; no comprendía por qué Andrés no se había presentado entre los combatientes. ¿Había tenido Judas vergüenza de batirse contra sus hermanos? ¿O bien el judío le había engañado, y Andrés era prisionero? Pero Taras se acordó que el corazón de Andrés había sido siempre accesible a las seducciones de las mujeres, y en su desesperación maldijo a la polaca que perdiera a su hijo, jurando que se vengaría; juramento que hubiera cumplido sin que la hermosura de esa mujer le hubiese conmovido; la hubiera arrastrado por sus abundosos cabellos a través del campamento de los kozakos; hubiera magullado y manchado sus bellas espaldas de nítida blancura, y hubiera hecho trizas su hermoso cuerpo. Pero el mismo Bulba ignoraba lo que Dios le preparaba para el día siguiente. Concluyó por dormirse, mientras que el centinela vigilante y sobrio se mantuvo toda la noche junto al fuego, mirando con atención a todos lados en las tinieblas.

CAPÍTULO VIII

El sol no había llegado aún a la mitad de su carrera en el cielo, cuando los zaporogos se reunieron en asamblea. De la sich había llegado la terrible noticia de que los tártaros, durante la ausencia de los kozakos, la habían saqueado enteramente, habiendo desenterrado el tesoro que estos guardaban misteriosamente; que habían sacrificado o hecho prisioneros a cuantos quedaran allí, y que, llevándose todos los rebaños y los caballos padres, habían marchado en línea recta a Perekop. Un solo kozako, Máximo Golodoukha, se había escapado en el camino de mano de los tártaros; había dado de puñaladas al mirza, apoderándose de su saco lleno de cequíes, y en un caballo tártaro y vestidos tártaros, se sustrajo a las pesquisas con una carrera de dos días y dos noches. El caballo que montaba murió reventado; tomó otro y le cupo la misma suerte, y en un tercero llegó por fin al campamento de los zaporogos, habiendo sabido por el camino que estaban sitiando a Doubno. Sólo pudo noticiar la desgracia que había acaecido; pero, ¿cómo había sucedido esta desgracia? Los kozakos que quedaron en la sich, ¿se habían emborrachado tal vez, según costumbre de los zaporogos, cayendo prisioneros durante su embriaguez? ¿Cómo los tártaros habían descubierto el lugar en donde estaba enterrado el tesoro del ejército? A nada de esto pudo contestar. El kozako estaba molido de cansancio; había llegado hinchado, quemado el rostro por el viento, y cayó al suelo durmiéndose profundamente.

En semejante caso, era costumbre de los zaporogos lanzarse en persecución de los ladrones y procurar cortarles el paso, pues de otro modo los prisioneros podían ser conducidos a los depósitos del Asia Mayor, a Esmirna, a la isla de Creta, y Dios sabe en qué sitios se hubieran visto las cabezas de larga trenza de los zaporogos. He aquí explicado por qué se habían reunido los kozakos en asamblea. Todos, sin distinción, estaban de pie, con la cabeza cubierta, pues no se habían reunido para recibir una orden de su ataman sino para tratar como iguales entre ellos.

–¡Que los ancianos den primero sus consejos! –gritó uno entre la multitud.
–¡Que el kochevoi de su consejo! –decían los otros.

Y él kochevoi, descubriéndose la cabeza, no ya como jefe de los kozakos, sino como su compañero, les dio las gracias por el honor que le hacían y les dijo:

–Hay entre nosotros hombres que son más viejos que yo y que tienen más experiencia para dar consejos; pero ya que ustedes me han escogido para que hable primero, he aquí mi opinión: compañeros, pongámonos, sin pérdida de tiempo, en persecución de los tártaros, pues ya saben ustedes lo que son esos hombres. No esperarán nuestra llegada con lo que han robado, sino que lo disiparán enseguida, sin dejar rastro alguno. He aquí, pues, mi consejo: ¡en marcha! Bastante nos hemos paseado ya por aquí; los polacos saben lo que son los kozakos. Hemos vengado a la religión tanto como nos ha sido posible; respecto al botín, poca cosa se puede esperar de un pueblo hambriento como ellos, Así, pues, mi consejo es que partamos.

–¡Partamos!
Esta palabra resonó en los koureni de los zaporogos; pero no fue del agrado de Taras Bulba que se inclinó frunciendo sus cejas grises, semejantes a los zarzales que crecen en las peladas vertientes de una montaña cuyas cimas están blanqueadas por la erizada escarcha del norte.

–No, kochevoi –dijo– tu consejo no vale nada. No hablas como es debido. Parece que olvidas que los hombres que nos han arrebatado los polacos quedan prisioneros. ¿Quieres, pues, que dejemos de respetar la primera de las santas leyes de la fraternidad; que abandonemos a nuestros compañeros para que los desuellen vivos, o bien que, después de descuartizar sus cuerpos, se paseen sus trozos por las ciudades y campos como lo han hecho con el hetman, y los mejores caballeros de la Ucrania? Y no es eso solo: ¿no han insultado bastante a todo lo que hay de más santo? ¿Qué somos, pues?, se lo pregunto a todos. ¿Qué kozako es aquel que no acude en auxilio de su compañero, que le deja perecer como un perro en tierra extranjera? Si han llegado las cosas hasta el extremo de que nadie estime en lo que vale el honor kozako, y si hay quien permite que se le escupa en su bigote gris, o se le insulte con ultrajantes frases, por lo que a mí toca no se me insultará. Me quedo solo.

Todos los zaporogos que le oyeron quedaron conmovidos.

–Pero, ¿has olvidado, valiente polkovnik –dijo entonces el kochevoi– que los tártaros tienen también en su poder compañeros nuestros, y que si no les libertamos ahora, será su vida vendida a los paganos por una eterna esclavitud, peor que la muerte más cruel? ¿Has olvidado, pues, que se llevan todo nuestro tesoro, adquirido a costa de sangre cristiana?

Todos los kozakos quedaron pensativos, no sabiendo qué contestar. Ninguno de ellos quería merecer una mala fama. Entonces se adelantó el más anciano en años del ejército zaporogo, Kassian Bovdug, muy venerado por todos los kozakos. Había sido elegido por dos veces kochevoi, y también en la guerra era un buen kozako; pero había envejecido, y hacía mucho tiempo que no salía a campaña, absteniéndose de dar consejos; lo que más le agradaba era quedarse tendido de costado junto a los grupos de los kozakos, escuchando las narraciones de las aventuras de otro tiempo y de las campañas de sus jóvenes compañeros. Jamás se inmiscuía en sus discusiones, pero los escuchaba en silencio chafando con su dedo pulgar la ceniza de su corta pipa, que no separaba nunca de sus labios, y permanecía largo tiempo recostado, con los párpados a medio cerrar, de modo que sus amigos ignoraban si estaba adormecido o si escuchaba aún. Durante las campañas guardaba la casa; sin embargo, esta vez el anciano se dejó tomar; y haciendo el gesto de decisión propio de los kozakos, dijo:

–¡Gracias a Dios que voy con ustedes! Tal vez seré aún útil a la caballería kozaka.

Cuando el anciano Kassian Bovdug apareció ante la asamblea, todos los kozakos callaron, pues hacía mucho tiempo que no habían oído una palabra de su boca; todos querían saber lo que iba a decir.

–Señores hermanos –empezó diciendo– ha llegado mi vez de decir una palabra, niños, escuchen al anciano. El kochevoi ha hablado bien, y como jefe del ejército kozako, cuya obligación es velar por él y conservar su tesoro, no podía decir nada más prudente; ése es mi primer discurso; y ahora escuchen lo que dirá mi segundo discurso. El polkovnik Taras ha dicho una gran verdad; ¡que Dios le dé una larga vida, y que haya muchos polkovniks, como él en la Ucrania! El primer deber y el primer honor del kozako es observar la fraternidad. Durante mi dilatada vida, no he oído decir, señores hermanos, que un kozako haya abandonado o vendido jamás de manera alguna a su compañero y estos y los otros son nuestros compañeros; que sean pocos, que sean muchos, todos son nuestros hermanos. Los que aman a los kozakos que los tártaros han hecho prisioneros, que vayan en persecución de los tártaros; y los que aman a los kozakos que han caído en poder de los polacos, y que no quieren abandonar la buena causa, que se queden aquí. En cumplimiento de su deber, el kochevoi conducirá a la mitad de nosotros en persecución de los tártaros, y la otra mitad escogerá un ataman que la mande. Y si quieren creer a una cabeza cana, ninguno más a propósito para esto que Taras Bulba. No hay uno solo entre nosotros que le iguale en virtudes guerreras.

Después de esto Bovdug calló; y todos los kozakos se regocijaron por haberles el anciano puesto en buen camino. Todos tiraron las gorras al aire, gritando:

–¡Gracias, padre! Ha callado, ha callado por largo tiempo, pero ha hablado por fin. No en vano decía en el momento de ponerse en campaña, que sería útil a la caballería kozaka; y, así ha sucedido.

–¡Y bien! ¿Consienten en eso? –preguntó el kochevoi.
–¡Consentimos todos! –gritaron los kozakos.

–¡Así, pues, la asamblea queda terminada! –gritaron los kozakos.

–¡Muchachos! Escuchen ahora la orden militar –dijo el koichevoi.
Se adelantó, se puso su gorra, y todos los zaporogos se la quitaron permaneciendo con la cabeza descubierta y los ojos bajos, como hacían siempre los kozakos cuando un anciano se disponía a hablar.

–Ahora, señores hermanos, formen dos grupos; el que quiera partir que pase a la derecha, y el que quiera quedarse a la izquierda. A donde vaya la mayor parte de los kozakos de un kouren, los otros les seguirán; pero si el menor número persistiese en quedarse, se incorporará a otros koureni.

Y los kozakos empezaron a pasar, unos a derecha, y otros a izquierda. Cuando la mayor parte de un kouren pasaba a un lado, el ataman del kouren pasaba también; pero cuando era la menor parte, se incorporaba a los otros koureni. Y a menudo, faltaba poco para que los dos grupos fuesen iguales.

Entre los que quisieron quedarse, había casi todo el kouren de Nesamaï koff, más de la mitad del de Poporitcheff, todo el de Oumane, todo el de Kaneff, más de la mitad del de Steblikoff y otro tanto del de Fimocheff. Los que quedaban prefirieron ir en persecución de los tártaros. En uno y otro grupo se encontraban buenos, y valientes kozakos.

Entre los que se decidieron por ir en persecución de los tártaros, estaba Tcherevety, el anciano cosaco Pokotipolé y Lémich, y Procopovitch, y Choma. Démid Popovitch se les había incorporado, pues era un cosaco de carácter turbulento y no podía permanecer largo tiempo en un mismo sitio; habiendo medido sus fuerzas con los polacos, tuvo deseos de medirlas con los tártaros. Los atamanes de los koureni eran Nostugan, Pokrychka, Nevynisky; y varios otros famosos y valientes kozakos entraron en deseos de probar su sable y sus poderosos brazos en una lucha con los tártaros.

Entre los que quisieron quedarse, había también valientes y animosos kozakos tales como los atamanes Demytrovitch, Koukoubenko, Vertichvist, Balan, Boulkenko, Eustaquio. También había con ellos varios otros ilustres y poderosos kozakos: Vovtousenko, Tchenitchenko, Stepan Gouska, Ochrim Gouska, Mikola Gousty, Zadorojny, Metelitza, Ivan Zakroutygouba, Mosy Chilo, Degtarenko, Sydorenko, Pisarenko, luego un segundo Pisarenko y otro Pisarenko, y muchos más. Todos habían corrido mucho a pie y a caballo, habiendo visto las riberas de la Anatolia, las estepas saladas de Crimea, todos los ríos grandes y pequeños tributarlos del Dnipro, todas las ensenadas e islas de este río. Habían estado en Moldavia, Iliria y Turquía y surcado el mar Negro de uno a otro extremo con sus bateles de dos timones; habían embestido con cincuenta bateles de frente los más ricos y poderosos buques; habían echado a pique un considerable número de galeras turcas, y, en fin habían quemado mucha pólvora en su vida. En más de una ocasión habían desgarrado preciosas telas de Damasco para hacerse medias con ellas, y más de una vez habían llenado de cequíes de oro puro los anchos bolsillos de sus pantalones. Incalculables eran las riquezas que habían disipado en beber y divertirse, y que hubieran bastado para la existencia de cualquier otro hombre. Todo lo habían gastado a lo kozako, festejando a todo el mundo, y alquilando músicos para hacer bailar al universo entero.

Aun en aquel entonces, pocos eran los que no tuviesen algún tesoro, copas y vasos de plata, broches y joyas escondidas bajo los juncos de las islas del Dnipro, para que los tártaros no pudiesen encontrarlas, si, por desgracia, llegaban a caer sobre la sich; cosa bien difícil, porque su mismo dueño empezaba a olvidar el sitio en donde lo había escondido. Tales eran los kozakos que habían querido quedarse para vengar en los polacos a sus fieles compañeros y a la religión de Cristo. El viejo kozako Bovdug prefirió quedarse con ellos diciendo:

–El peso de los años no me permite que vaya en persecución de los tártaros; pero aquí hay un puesto en donde puedo morir como un kozako. Desde mucho tiempo he pedido a Dios que, cuando deba terminar mi existencia, que sea en una guerra por la santa causa cristiana. Dios me ha oído, pues en ninguna parte pudiera recibir la muerte con más gusto que aquí.

Cuando se hubieron dividido y formado en dos filas, por kouren, el kochevoi pasó entre ellas y dijo:

–¡Y bien, señores hermanos! ¿La una mitad está contenta de la otra?

–Todos estamos contentos, padre –contestaron los kozakos.

–Abrácense pues y despídanse, pues sabe Dios si volverán a verse en esta vida. Obedezcan a su ataman y hagan lo que deban, lo que saben que ordena el honor kozako.

Y todos los kozakos se abrazaron recíprocamente empezando los dos atamans; después de atusarse sus bigotes grises, se dieron un beso en cada mejilla; luego, estrechándose las manos con fuerza, quisieron preguntarse el uno al otro:

–Y bien, señor hermano, ¿volveremos a vernos o no?

Pero guardaron silencio, y las dos cabezas grises se inclinaron pensativas.

Y todos los kozakos, hasta el último, se despidieron, sabiendo que tanto los unos como los otros tenían mucho que hacer. Pero resolvieron no separarse en aquel instante, y esperar la oscuridad de la noche para que el enemigo no viese la disminución del ejército. Hecho esto, cada kouren se formó en un grupo para comer. Cumplida esta necesidad, todos los que debían ponerse en marcha se acostaron durmiendo un largo y profundo sueño, como si hubiesen presentido que era el último de que disfrutarían con tanta libertad. Durmieron hasta la puesta del sol; y cuando la noche empezó a extender su negro manto se pusieron a untar sus carros. Cuando todo estuvo dispuesto para la partida, enviaron los bagajes delante, siguiendo después ellos detrás de los carros no sin haber saludado otra vez a sus compañeros con sus gorras; la caballería marchando ordenadamente sin gritar y sin que los caballos relinchasen, seguía a la infantería, y pronto desaparecieron en la sombra. Solamente los pasos de los caballos en lontananza y alguna que otra vez el ruido de una rueda mal untada que rechinaba sobre el eje. Durante largo tiempo, los zaporogos que habían quedado delante de la ciudad les hicieron señas con la mano, a pesar de haberles perdido ya de vista; y cuando volvieron a su campamento, cuando vieron, a la tenue claridad de las estrellas, que faltaban la mitad de los carros, y un número igual de sus hermanos, se les oprimió el corazón, y quedaron pensativos involuntariamente, inclinando al suelo sus turbulentas cabezas.

Taras no pudo menos de observar que, en las melancólicas filas de los kozako, la tristeza, poco conveniente a los valientes, empezaba a abatir poco a poco todas las cabezas, pero el viejo kozako guardaba silencio, quería darles tiempo de acostumbrarse al pesar que les causaba la marcha de sus compañeros, y, sin embargo, se preparaba en secreto para despertarles de repente con el ¡hurra! del kozako, para reanimar con un nuevo poder el temple de su alma. La raza eslava, grande y fuerte, se distingue de las otras razas, como el mar profundo de los humildes ríos. Cuando el huracán estalla, se vuelve atronadora y rugiente, levanta gigantescas olas, lo cual no pueden hacer los grandes ríos; pero cuando reina la calma, el mar, más sereno que los ríos de rápida corriente, extiende su inmensa sábana de cristal, eterno deleite de los ojos.

Taras mandó a sus criados que desembalaran uno de los carros, que estaba apartado de los otros. Era el más grande y más pesado de todo el campamento kozako; sus fuertes ruedas estaban reforzadas por dobles aros de hierro; una enorme carga ocupaba dicho vehículo, cubierto con una alfombra y con gruesas pieles de buey, y fuertemente atado con cuerdas embreadas. Este carro contenía todos los pellejos y barriles del buen vino añejo que se conservaba desde mucho tiempo en las bodegas de Taras, el cual se había reservado este pesado armatoste para el caso solemne en que, si llegaba un momento de crisis y si se presentaba un caso digno de ser transmitido a la posteridad, cada kozako, sin exceptuar a ninguno, pudiese beber un trago de este vino precioso, a fin de que, en este supremo instante, se despertase en todos ellos un gran sentimiento también. Por orden del polkovnik, los criados se dirigieron apresuradamente al carro, cortaron las ruedas, quitaron las pesadas pieles de buey, y bajaron los pellejos y los barriles.

–Beban todos –dijo Bulba– todos cuantos son, sírvanse de sus vasijas, de copas, cántara para abrevar los caballos, un guante o una gorra, o bien de sus dos manos.

Y todos los kozakos presentaron el uno una copa, el otro la cántara que le servía de abrevadero de su caballo; éste un guante, aquel una gorra, y otros en fin presentaron sus dos manos juntas. Los criados de Taras pasaban entre las filas, repartiendo el contenido de los pellejos y barriles; pero Taras ordenó que nadie bebiese antes de que él hiciese señal de beber todos de un solo trago. Veíase que Taras tenía algo que decir. Sabía éste perfectamente que por muy bueno que sea el vino añejo, y muy capaz de fortalecer el corazón del hombre, si se le añade una palabra bien dicha, esta dobla la fuerza del vino y del corazón.

–Señores hermanos –dijo Taras Bulba– les hago este obsequio, no para darles las gracias por el honor de haberme hecho ataman, por muy grande que sea este honor, ni para honrar la despedida de nuestros compañeros; no, una y otra cosa serían más adecuadas en otro tiempo que en el presente. Tenemos ante nosotros una fatigosa tarea, que reclama todo el valor kozako. Bebamos, pues, compañeros, bebamos de un solo trago; primeramente y ante todo por la santa religión ortodoxa, porque llegue un día en que la misma santa religión se extienda por todos los ámbitos del planeta que habitamos, y que todos los paganos entren en el gremio de la iglesia de Cristo. Bebamos al mismo tiempo por la sich; que se conserve enhiesta largos años para exterminio de los paganos, a fin de que todos los años salgan de ella multitud de héroes más grandes los unos que los otros; y bebamos al mismo tiempo por nuestra propia gloria, a fin de que nuestros nietos y los hijos de nuestros nietos digan que en otro tiempo hubo kozakos que no deshonraron a la fraternidad, ni abandonaron a sus compañeros. Así, pues, ¡por la religión, señores hermanos, por la religión!

–¡Por la religión! –gritaron con toda la fuerza de sus pulmones todos los que formaban las filas más próximas.

–¡Por la religión! –repitieron los más apartados; y jóvenes y viejos, todos los kozakos, bebieron por la religión.

–¡Por la sich! –dijo Taras, alzando cuanto pudo su copa encima de su cabeza.

–¡Por la setch! –respondieron las filas vecinas.

–¡Por la sich! –repitieron con voz sorda los viejos kozakos, atusándose sus bigotes grises.

Y agitándose como los halcones cuando sacuden sus alas, los jóvenes kozakos dijeron:

–¡Por la sich!

Y la llanura oyó repetir en lontananza el brindis de los kozakos.

–Ahora el último trago, compañeros. Por la gloria, y por todos los cristianos que viven en este mundo.

Y todos los kozakos bebieron otro trago por la gloria, y por todos los cristianos que viven en el mundo. Y por largo tiempo se repetía en todas las filas de todos los koureni.

–¡Por todos los cristianos que viven en este mundo!
Las copas estaban ya vacías, y los kozakos continuaban con las manos levantadas. Aunque sus ojos, animados por el vino, brillasen de alegría, sin embargo, estaban meditabundos. En aquel instante no se acordaban ni del botín de guerra, ni de la dicha de encontrar ducados, armas preciosas, vestidos recamados y caballos circasianos; estaban pensativos como las águilas posadas sobre las cimas de las peñascosas montañas, desde donde se distingue a lo lejos extenderse el mar inmenso, con los buques, las galeras, las embarcaciones de toda especie que surcan sus aguas, con sus orillas que desaparecen en lontananza cubiertas de un vaporoso velo y coronadas de ciudades que parecen moscas y de bosques tan bajos como la hierba.

Como águilas, contemplaban los alrededores de la llanura, y su destino que parecía dibujarse en el horizonte. Toda esta llanura, con sus caminos y sus tortuosos senderos, quedará convertida en inmenso osario, se saturará de su sangre kozaka, se llenará de destrozos de carros, de lanzas rotas y de sables quebrados; a lo lejos rodarán cabezas pobladas de espesos cabellos, cuyas trenzas estarán entremezcladas por la sangre cuajada, y cuyos bigotes caerán sobre la barba; las águilas vendrán a picotear en sus ojos. Pero este campo de muerte tan vasto y tan extensamente libre es hermoso. Ni una sola acción heroica debe perecer, y la gloria kozaka no se perderá como un grano de pólvora caído de la cazoleta. Vendrá, vendrá un tocador de bandola, con la barba gris hasta el pecho; o tal vez algún anciano, lleno aún de valor viril, pero de blanca cabeza y de alma inspirada, que dirá de ellos una palabra grave y poderosa; y su nombradía se extenderá por el universo entero, y todo cuanto venga al mundo después hablará de ellos; pues una palabra poderosa se esparce a lo lejos semejante a la campana de bronce en la cual el fundidor ha derramado plata pura y preciosa en gran cantidad, a fin de que la voz sonora llame a todos los cristianos a la santa oración, por las ciudades y pueblos, los castillos y las chozas.

CAPÍTULO IX

Nadie, en la ciudad sitiada, había sospechado que la mitad de los zaporogos hubiesen dejado el campamento para lanzarse en persecución de los tártaros. Desde lo alto de la torre de las Casas Consistoriales, los centinelas colocados allí habían visto desaparecer solamente una parte de los bagajes detrás de los bosques inmediatos; pero pensaron que los kozakos preparaban una emboscada. El ingeniero inglés era de este mismo parecer.

Sin embargo, las palabras del kochevoi no habían sido vanas: el hambre se hacía sentir de nuevo entre los habitantes. La guarnición, según costumbre de los tiempos pasados, no había calculado lo que necesitaba para vivir. Se probó una nueva salida, pero la mitad de los que la intentaron sucumbió bajo los golpes de los kozakos, y la otra mitad fue rechazada hasta la ciudad sin conseguir su objeto. Sin embargo, la salida fue aprovechada por los judíos, pues averiguaron cuanto les importaba saber; esto es, por qué los zaporogos habían partido y hacia qué sitio se dirigían, con qué jefes, con qué koureni, cuántos eran, cuántos quedaron, y qué pensaban hacer. En una palabra, al cabo de algunos minutos se sabía todo en la ciudad. Los coroneles recobraron valor y se prepararon a librar batalla.

Por el movimiento y ruido que se hacía en la ciudad, Taras adivinó sus preparativos y por su parte se preparó también: arregló su tropa, dio órdenes, dividió los koureni en tres cuerpos, y formó con los bagajes una trinchera a su alrededor, especie de combate en que los zaporogos eran invencibles. Mandó que dos koureni se emboscasen cubriendo parte de la llanura de estacas puntiagudas, de armas destrozadas, de astillas de lanzas, en fin, de toda clase de obstáculos, con la idea de aprovechar la primera ocasión para echar en ella a la caballería enemiga. Cuando todo estuvo así dispuesto, dirigió la palabra a los kozakos, no para reanimarles y darles valor, sino porque necesitaba explayar su corazón.

–Señores míos, deseo manifestarles lo que es nuestra fraternidad. Ustedes han sabido por sus padres y abuelos en qué honor tenían todos nuestra tierra. Ella se ha dado a conocer a los griegos; ha tomado piezas de oro a Tzargrad, ha tenido ciudades suntuosas, y templos, y kniaz: kniaz de sangre de la Rus’ , y kniaz de su sangre, pero no católicos herejes. Los paganos lo han robado todo, todo se ha perdido. Sólo nosotros hemos quedado, pero huérfanos, y como una viuda que ha perdido un esposo poderoso; y al par que nosotros, también ha quedado huérfana nuestra tierra. He ahí, compañeros, en que tiempo nos hemos estrechado la mano en señal de fraternidad; no existe lazo más sagrado que este de la fraternidad. El padre ama a su hijo, la madre ama a su hijo, y éste ama a su padre y a su madre, pero, ¿qué significa eso, hermanos? también las fieras aman a sus hijos. Pero emparentar por el alma y no por la sangre, he ahí lo que sólo es dado al poder del hombre. En otros países se han encontrado compañeros; pero compañeros como en la Rus’ en parte ninguna. Ha sucedido, no a uno de ustedes, sino a muchos, extraviarse en extranjera tierra; ¡pues bien! ustedes lo han visto: allí hay hombres también, también hay allí criaturas de Dios y les hablan como a uno de ustedes. Pero cuando se trata de decir una palabra salida del corazón, ustedes lo saben bien, son hombres de espíritu, y, sin embargo, no son de los de ustedes. Son hombres, pero no son los mismos hombres. No, hermanos, amar como ama un corazón ruso, amar, no solamente por el espíritu, sino por todo lo que Dios ha dado al hombre, por todo lo que hay en ustedes, ¡ah! –dijo Taras, con un gesto de decisión, sacudiendo su cabeza gris y levantando la punta de su bigote– no, nadie puede amar así. Sé perfectamente que ahora se han introducido en nuestro país pérfidas costumbres: hay algunos que sólo piensan en sus montones de trigo y de heno, en sus caballadas; sólo se preocupan en que su aguamiel se conserve en sus bodegas; imitan, ¡el diablo lo sabe! los usos paganos; se avergüenzan de su lenguaje; el hermano no quiere hablar con su hermano, y aun llega a venderle como se vende en un mercado a una bestia; prefieren el favor de un rey extranjero, y no ya de un rey, sino el menguado favor de un magnate polaco que con su bota amarilla les golpea el hocico, a toda la fraternidad.

Pero, a pesar de esto, en el último de los cobardes, aunque se haya manchado de lodo y de servilismo, hay todavía un grano de sentimiento ruso; y un día ¡desventurado! se despertará y herirá con los dos puños los faldones de su caftán; apretará su cabeza entre sus dos manos y maldecirá su cobarde vida, dispuesto a comprar de nuevo por el suplicio una innoble existencia.

Que sepan todos, pues, lo que significa en nuestra Rus’ la fraternidad. Y si ha llegado el momento de morir, ciertamente que ninguno de ellos ¡ninguno! morirá como nosotros. Esto no es dado a su naturaleza de ratón.

Esto dijo el ataman; y concluida su peroración, meneó todavía su cabeza que había encanecido en la vida de kozako. Todos los que le escuchaban quedaron profundamente conmovidos por este discurso que penetró hasta el fondo de sus corazones. Los guerreros más antiguos permanecieron inmóviles, inclinando sus cabezas grises hacia tierra; una lágrima brillaba en sus viejas pupilas, que enjugaron lentamente con la manga, y todos a una, como impulsados por un mismo resorte, hicieron a la vez su gesto acostumbrado para expresar que se ha tomado un partido, y menearon resueltamente sus cabezas. Taras había puesto el dedo en la llaga.

Veíase salir de la ciudad el ejército enemigo al son de las trompetas y clarines, así como los nobles polacos, con la mano en la cadera, y rodeados de un numeroso séquito. El obeso coronel daba órdenes. Se adelantaron rápidamente hacia los kozakos, amenazándoles con sus miradas y con sus mosquetes, al abrigo de sus brillantes corazas de cobre. Los kozakos, al ver que habían avanzado hasta ponerse a tiro, los recibieron con una lluvia de plomo, y continuaron tirando sin interrupción. El ruido de sus descargas sonaba en las vecinas llanuras, como un trueno continuo. El campo de batalla estaba cubierto de densa humareda, y los zaporogos disparaban sin interrupción. Los de las últimas filas se limitaban a cargar las armas que alargaban a los más avanzados, con asombro de los polacos que no podían comprender cómo los kozakos tiraban sin volver a cargar sus mosquetes. En las espesas oleadas de humo que envolvían a los contendientes, no se veían las pérdidas que se experimentaban en las filas; pero los polacos, sobre todo, sentían que las balas llovían espesas, y cuando retrocedieron para alejarse de aquella humareda y para recobrarse, vieron perfectamente que sus escuadrones habían sufrido muchas bajas.

Los kozakos habían perdido tres hombres todo lo más, y continuaban incesantemente su fuego de mosquetería. El ingeniero extranjero se asombró de esta táctica que nunca había visto emplear, y dijo en alta voz:

–¡Son muy valientes los zaporogos! He ahí cómo es preciso que se batan en todos los países.

Aconsejó entonces dirigir los cañones hacia el campamento fortificado de los kozakos. Las piezas de bronce atronaron el espacio con su rugiente voz; la tierra trepidó a lo lejos, y la llanura quedó envuelta en oleadas de humo. El olor de la pólvora se extendía por las plazas y las calles de las poblaciones próximas y lejanas; sin embargo, los artilleros habían apuntado muy alto. Las balas rojas describieron una curva demasiado grande; pasaron silbando por encima de la cabeza de los kozakos y se hundieron en el suelo abriendo surcos profundos, a lo lejos, en la tierra negra. En vista de tanta torpeza, el ingeniero francés apuntó por sí mismo los cañones, aunque los kozakos lanzaban una espesa lluvia de balas.


Taras había visto de lejos, el peligro que amenazaba a los koureni de Nesamaï koff y de Steblikoff, y gritó con todas sus fuerzas:

–¡Abandonen pronto los carros, pronto, y que cada uno monte a caballo!

Pero los kozakos no hubieran tenido tiempo de cumplir ninguna de estas dos órdenes, si Eustaquio no se hubiese arrojado en medio del enemigo y arrancado las mecha de las manos de seis artilleros de los diez que estaban al pie de los cañones. No obstante, los polacos le rechazaron. Entonces el oficial extranjero tomó una mecha para pegar fuego a un enorme cañón, tan enorme, que los kozakos no habían visto otro igual, y cuya ancha boca vomitaba muertes a centenares. Su disparo y el de otros tres cañones que estaban cerca de él, hicieron temblar sordamente la tierra, y llevaron la desolación a todas partes. Más de una anciana madre kozaka llorará a su hijo y se golpeará el pecho con sus manos huesosas; en Gloukhoff, Nemiroff, Tchernigoff y en otras ciudades habrá más de una viuda que, desconsolada, correrá todos los días a la ventura, detendrá a todos los transeúntes y les mirará a los ojos para ver si alguno de ellos es el amado de su alma. Pero pasarán por la ciudad varias tropas de todas clases, sin que pueda encontrar al que más ama entre todos los hombres.


La mitad del kouren de Nesamaï koff había desaparecido. El cañón barrió y derribó las filas kozakas, como el granizo abate un campo de trigo en el cual se balanceaban antes graciosamente las espigas.

En cambio, ¡de qué modo se lanzaron los kozakos! ¡Cómo se precipitaron todos sobre el enemigo! ¡De qué modo el ataman Koukoubenko se encendió de rabia, al ver que la mitad del kouren había sucumbido! Entró con lo restante de sus hombres, de Nesamaï koff en el centro mismo de las filas enemigas, y en su furor tronchó como a una col al primero que encontró a su paso; derribó a varios jinetes hiriéndoles con su lanza y también al caballo; llegó hasta la batería y se adueñó de un cañón. Mira, y se ve precedido por el ataman del kouren de Oumane, y de Stepan Gouska que ha tomado ya la pieza principal. Cediéndoles entonces el puesto, se vuelve con los suyos contra otra masa de enemigos. Las gentes de Nesamaï koff han abierto una calle por donde han pasado, y una encrucijada por donde vuelven. Se veía cómo se aclaraban las filas enemigas, y cómo los polacos caían como gavillas. Vovtousenko estaba en pie junto a los carros; delante de él se veía a Tcherevitchenko; más allá de los carros a Degtarenko, y detrás de éste, el ataman del kouren, Vertikhvist. Degtarenko, lanza en ristre, ha hecho morder la tierra a dos polacos, pero encuentra un tercero más difícil de vencer. El polaco era delgado y vigoroso, y estaba magníficamente equipado, llevando más de cincuenta hombres de escolta. Hizo retroceder a Degtarenko, le tiró al suelo, y levantando su sable le gritó:

–¡Perros kozakos, no hay uno solo de ustedes que se atreva a resistirme!

–¡Sí que le hay! –le contestó Mosy Chilo; y se adelantó.
Mosy Chilo era un intrépido kozako que más de una vez había mandado en el mar, y pasado por muchas pruebas. En Trebizonda, los turcos le hicieron prisionero con toda su tropa, llevándoselos a todos en sus galeras, aherrojados de pies y manos, privándoles, de comer arroz durante semanas enteras, y haciéndoles beber agua salada; los pobres cautivos, antes de renegar de su religión ortodoxa, lo habían sufrido todo, sobrellevado todo. Pero el ataman Mosy Chilo no tuvo valor de sufrir; holló con sus pies la santa ley, rodeó su cabeza de un odioso turbante, se captó la confianza, del bajá, llegó a ser arráez del buque y jefe de la chusma. Su conducta causó una gran pesadumbre a los prisioneros, los cuales sabían que si uno de los suyos vendía su religión y pasaba al partido de los opresores, ¡desgraciado del que estaba bajo su poder! Y, en efecto, así sucedió: Mosy Chilo les puso nuevos hierros, atándolos de tres en tres, les agarrotó hasta el cuello, y les dio golpes en la nuca. Cuando más satisfechos estaban los turcos de haber encontrado semejante servidor, empezaron a regocijarse, y se embriagaron sin respetar las leyes de su religión, y entonces Mosy Chilo entregó las sesenta y cuatro llaves de los hierros a los prisioneros a fin de que pudiesen abrir las cadenas, tirar al mar sus ataduras, y cambiarlas por sables para atacar a los turcos. Los kozakos hicieron un espléndido botín, y regresaron victoriosos a su patria, en donde, durante largo tiempo, los tocadores de banduras ensalzaron las glorias de Mosy Chilo. Se le hubiera elegido kochevoi, pero no lo hicieron porque era un kozako de carácter muy extraño. Algunas veces obraba con tanto acierto como no era fácil lo hiciese ningún sabio, y otras caía en una increíble estupidez. Bebió y disipó cuanto había adquirido, contrajo deudas con todos los de la sich, y para colmar la medida, una noche se deslizó como ratero en un kouren extranjero, se apoderó de todos los arneses, y los empeñó en casa del tabernero. Por esta vergonzosa acción fue atado a un poste de la plaza, y se le puso cerca un enorme bastón a fin de que cada uno, según sus fuerzas, pudiese propinarle un garrotazo. Pero entre los zaporogos, no se encontró un solo hombre que levantase el bastón contra él recordando los servicios que había prestado. Tal era el kozako Mosy Chilo.

–Sí, perros –contestó Mosy Chilo arrojándose sobre el polaco– los hay para darles de palos.

¡Cómo se batieron! Las corazas y brazales se doblaron en los cuerpos de ambos. El polaco le desgarró su camisa de hierro, y le hirió con su sable.

La camisa del kozako se enrojeció, pero Chilo ni siquiera hizo caso de ello. Levantó la mano pesada y nudosa, y descargó tan tremendo golpe en la cabeza de su adversario que le aturdió. Su casco de bronce voló hecho astillas; el polaco bamboleó y cayó de la silla; entonces Chilo empezó a descargar sobre él sendos sablazos. «Kozako, no pierdas tiempo en acabar con él, vuélvete enseguida» le dijeron; pero el kozako no se vuelve, y uno de los criados del vencido le hiere con su cuchillo en el cuello. Chilo se volvió de frente, y ya alcanzaba al audaz, cuando éste desapareció entre el humo de la pólvora. El ruido de la mosquetería resonaba por todas partes. Chilo bamboleó, y conoció, que su herida era mortal. Cayó, puso la mano sobre su herida, y volviéndose hacia sus compañeros, les dijo:

–Adiós, señores hermanos camaradas, que el suelo ruso ortodoxo permanezca en pie hasta el fin de los siglos, y que se le tribute un honor eterno.

Cerró sus mortecinos ojos, y su alma kozaka abandonó su feroz envoltura.

Zadorojni se adelantaba ya a caballo, al mismo tiempo que el ataman de kouren Vertikhvisty Balaban.

–Díganme, señores –exclamó Taras dirigiéndose a los atamans de los koureni– ¿hay todavía pólvora? ¿No se ha debilitado, la fuerza kozaka? ¿Los nuestros cejan?

–Padre, aún tenemos pólvora, la fuerza kozaka no se debilita, ni los nuestros cejan.

Y haciendo un vigoroso ataque los kozakos rompieron las filas enemigas.El pequeño coronel mandó tocar retirada e izar ocho banderas pintadas para reunir a los suyos que estaban dispersos en la llanura. Todos los kozakos corrieron a agruparse alrededor de las banderas; pero aún no se habían formado, cuando el ataman Koukoubenko dio con su gente de Nesamaï koff una carga en el centro, y cayó sobre el coronel barrigudo que, no pudiendo sostener el choque, volvió grupas huyendo a todo escape. Koukoubenko le persiguió a través de los campos sin dejarle reunirse con los suyos. Stepan Gouska, viendo eso desde el kouren vecino, se puso en persecución del coronel, con su arkan en la mano; inclinando la cabeza sobre el cuello de su caballo, y aprovechando una coyuntura favorable, le echó de repente su nudo corredizo a la garganta. El coronel se volvió como la púrpura, y asiendo la cuerda con las dos manos probó de romperla: pero un poderoso golpe había ya hundido en el ancho pecho de su perseguidor el mortífero acero. Apenas tuvieron los kozakos tiempo de volverse cuando Gouska se encontraba ya levantado sobre cuatro picas. El pobre ataman sólo tuvo tiempo de decir:

–¡Perezcan todos los enemigos, y que el suelo ruso se regocije en la gloria por los siglos de los siglos!

Y cerró los ojos para siempre. Los kozakos volvieron la cabeza, y vieron, por un lado, al kozako Metelitza que se batía con los polacos haciendo horrible carnicería, y por el otro al ataman Nevilitchki que avanzaba a la cabeza de los suyos junto a un cuadro formado por carros, Zakroutigouba revuelve el enemigo como si fuese un montón de heno, y le rechaza, mientras que, delante de otro cuadro más lejano, Pisarenko el tercero ha rechazado a una tropa entera de polacos, y cerca del tercer cuadro los combatientes han llegado a las manos y luchan encima de los mismos carros.

–Díganme, señores –gritó el ataman Taras, por segunda vez, adelantándose al frente de los jefes ¿hay todavía pólvora? ¿Se ha debilitado la fuerza kozaka? ¿Los nuestros cejan?

–Padre, todavía tenemos pólvora, la fuerza kozaka no se ha debilitado; los nuestros no cejan.

Bovdug, herido por una bala en el corazón, ha caído de lo alto de un carro; pero en el momento de exhalar su vieja alma el último suspiro, dijo:

–¡Nada me importa dejar el mundo!, ¡Ojalá Dios quiera dar a todos un fin semejante y que el suelo de la Rus’ sea glorificado hasta el fin de los siglos!

Y el alma de Bovdug se elevó a las alturas para ir a contar a los ancianos, muertos hacía mucho tiempo, cómo saben batirse en el suelo ruso, y cómo saben mejor aun morir por su santa religión.

El ataman de kouren, Balaban, cayo poco después, con tres heridas mortales: de bala, de lanza y de un pesado sable recto. Era un kozako de los más valientes. Como ataman, había emprendido un sinnúmero de expediciones marítimas, de las cuales la más gloriosa fue la de las costas de Anatolia. Su gente había reunido muchos cequíes, telas de Damasco y rico botín turco. Pero a su regreso sufrieron muchos descalabros: los desventurados tuvieron que pasar por debajo de las balas turcas; cuando el buque enemigo disparó todas sus piezas, la mitad de sus barcos se fueron a pique, pereciendo en las aguas más de un kozako; pero los haces de juncos atados a los costados de los botes les salvaron de morir todos ahogados; durante la noche, sacaron el agua de las barcas sumergidas, con palas cóncavas con sus gorras, y repararon las averías; de sus anchos pantalones kozakos hicieron velas y, arriando con presteza, se alejaron rápidamente de los buques turcos. Por fin, pudieron llegar sanos y salvos a la sich, trayendo una casulla bordada de oro para el archimandrita del convento de Mejigorsh en Kyiv, y adornos de plata para la imagen de la Virgen, en el mismo zaporozhié; y largo tiempo después los tocadores de banduras ensalzaban las proezas de los kozakos.

En esta hora, inclina Balaban su cabeza, sintiendo las angustias de la muerte, y dice con agónico acento:

–Creo, señores, que muero de una buena muerte. He matado a siete a sablazos, he atravesado a nueve con mi lanza, he aplastado a una infinidad bajo los pies de mi caballo, y no sé a cuántos han alcanzado mis balas. ¡Florezca, pues, eternamente el suelo ruso!Y su alma voló a otra tierra mejor.¡Kozakos, kozakos!, no entreguen la flor de su ejército. El enemigo ha cercado ya a Koukoubenka, y sólo le quedan siete hombres del kouren de Nesamaï koff, y esos se defienden con valor: los vestidos de su jefe están ya enrojecidos de sangre; Taras mismo, viendo el peligro que corre se lanza en su auxilio; pero los kozakos han llegado demasiado tarde. Antes que el enemigo fuese rechazado, una lanza se había hundido en el corazón de Koukoubenko; se inclinó, dulcemente en brazos de los kozakos que le sostenían, y su joven sangre brotó de su pecho como de una fuente, semejante a un vino precioso que torpes criados traen de la bodega en un vaso de vidrio, y que lo rompen a la entrada de la sala resbalando en el pavimento.

El vino se derrama por el suelo, y el dueño de la casa corre, tirándose de los cabellos, porque lo había guardado para la ocasión más hermosa de su vida, a fin de que, si Dios se lo había dado, pudiese en su vejez festejar con él a un compañero de su juventud, y regocijarse con él al recordar un tiempo en que el hombre sabía disfrutar de otra manera y mejor. Koukoubenko paseó su mirada, en torno suyo y murmuro:

–¡Compañeros: doy las gracias a Dios por haberme otorgado morir en presencia de ustedes! ¡Él haga que los que nos sucedan tengan una vida más tranquila que nosotros, y, que el suelo ruso amado de Jesucristo sea eternamente bendito!

Y su alma joven, llevada en brazos de los ángeles, voló hacia la mansión de los justos, en donde deberá gozar de la bienaventuranza. «Siéntate a mi derecha, Koukoubenko –le dirá Jesucristo– no has hecho traición a la fraternidad, no has cometido ninguna acción vergonzosa, no has abandonado a un hombre en el peligro. Has conservado y defendido mi Iglesia».

La muerte del joven y valeroso kozako entristeció a todo el mundo, las filas kozakas se aclaraban cada vez más; muchos valientes habían ya dejado de existir; y, sin embargo, los kozakos se mantenían firmes.

–¡Díganme, señores! –gritó Taras por tercera vez a los koureni que habían quedado en pie– ¿hay, todavía pólvora? ¿Se han enmohecido los sables? ¿La fuerza kozaka se ha debilitado? ¿Los kozakos cejan?

–Padre, aun hay bastante pólvora; los sables se hallan en buen estado; la fuerza kozaka no se ha debilitado; los kozakos no han cejado todavía.

Y nuevamente se lanzaron los kozakos como si no hubiesen experimentado pérdida alguna. Sólo quedan con vida tres atamans de kouren. Por todas partes corren torrentes de sangre y se elevan pirámides formadas de cadáveres de kozakos y polacos. Taras dirige su vista al cielo y ve una bandada debbuitres que cruzan el espacio. ¡Ah! Alguien se regocijará, pues. Allá abajo, una lanzada ha dado fin a Metelitza; la cabeza de Pisarenko segundo ha dado vueltas en el aire revolviendo los ojos en sus órbitas, y Okhrim Gouska ha caído pesadamente hecho trizas.

–¡Sea! –dijo Taras, haciendo una seña con su pañuelo–. Eustaquio comprendió el movimiento de su padre, y saliendo de su emboscada, cargó vigorosamente contra la caballería polaca. El enemigo no sostuvo la violencia del choque; y él, persiguiéndole, sin dar cuartel, le rechazó hacia el sitio en donde se habían plantado estacas gruesas y cubierto el suelo de trozos de lanza. Los caballos empezaron a tropezar, a faltarles los pies, y los polacos a rodar por encima de sus cabezas. En tan difícil situación, los kozakos de Korsonn, que estaban de reserva detrás de los carros, viendo al enemigo a tiro de mosquete, hicieron una horrible descarga. Los polacos se desconciertan, el desorden se introduce en sus filas, y los kozakos recobran valor.

–¡La victoria es nuestra! –gritaron de todas partes los zaporogos.

Sonaron los clarines, y la bandera de la victoria tremolaba impulsada por el viento. Los polacos huían en confuso desorden en todas direcciones.

–¡No, no, la victoria no es nuestra todavía! –dijo Taras, mirando las puertas de la ciudad.

En efecto: las puertas de la ciudad se habían abierto, y un regimiento de húsares, la flor de los regimientos de caballería, salía por ellas. Todos los jinetes montaban, argamaks castaños. Al frente de los escuadrones galopaba el jinete más hermoso y apuesto de todos.Sus cabellos negros asomaban por debajo de su casco de bronce, y rodeaba su brazo una banda bordada por las manos de la belleza más seductora.

Taras se quedó estupefacto al reconocer a su hijo Andrés; y éste, sin embargo, inflamado por el ardor del combate, ávido de merecer el presente que adornaba su brazo, se precipitó como un fogoso lebrel, el más hermoso, más veloz y más joven de la jauría.

«¡Aton!», exclama el viejo cazador, y el lebrel se precipita, lanzando sus piernas en línea recta al aire, inclinando todo su cuerpo sobre el costado, levantando la nieve con sus uñas, y adelantándose diez veces a la liebre misma, en el ardor de su carrera. El viejo Taras se detuvo, contemplando cómo Andrés se abría paso, hiriendo a derecha e izquierda, y derribando a los kozakos que le interceptaban el paso.

Taras pierde la paciencia y exclama:
–¡Cómo! ¡A los tuyos! ¡A los tuyos! ¡Así los hieres, hijo del diablo!

Pero el intrépido joven no veía si los que hallaba a su paso eran de los suyos o de los otros; no veía sino rizos de sedoso cabello, largos y ondulantes, un cuello de nieve semejante al de los cisnes, blancos hombros, y todo lo que Dios ha creado para besos insensatos.

–¡Hola, camaradas! atráiganlo, atráiganlo solamente al bosque –gritó Taras.

Inmediatamente se presentaron treinta de los más ágiles kozakos para atraer al joven hacia el bosque. Enderezando sus altas gorras, lanzaron sus caballos para cortar la retirada a los húsares, atacaron de flanco a las primeras filas, las derrotaron, y habiéndolas separado del grueso de la partida, pasaron a cuchillo a unos y a otros. Entonces Golokopitenko dio a Andrés con su sable de plano, y todos, al instante emprendieron la fuga con toda la rapidez kozaka. Andrés se lanzó como un león; su joven sangre hervía en sus venas; hundiendo sus largas espuelas en los costados del noble bruto, se echó volando en persecución de los kozakos, sin volverse, y sin ver que solamente habían podido seguirle una veintena de hombres. Los kozakos, huyendo con toda la celeridad de sus cabalgaduras, daban la vuelta hacia el bosque.

Andrés, disparado como una flecha, alcanzaba ya a Golokopitenko, cuando de repente una férrea mano detuvo su caballo por la brida. El joven volvió la cabeza y vio delante de él a Taras, su padre. Un fuerte estremecimiento agitó todo su cuerpo, y se volvió pálido como un escolar sorprendido por su maestro merodeando. La cólera de Andrés se apagó como si nunca se hubiese encendido. Sólo veía delante de él al terrible autor de sus días.

–¡Y bien! ¿Qué vamos a hacer ahora? –dijo Taras, mirándole fijamente.

El joven no respondió, tenía la vista inclinada hacia el suelo.
–Y bien, hijo, ¿te han prestado un gran socorro tus polacos?
Andrés continuó mudo.
–Hacernos traición de este modo, vender la religión, vender a los tuyos.
Espera, baja del caballo.
Andrés, obedeciendo como un niño dócil, bajó del caballo, y se detuvo, más muerto que vivo, delante de su padre, el cual le dijo:

–Quédate ahí, y no te muevas; yo te he dado la vida, yo te la quitaré.

Y, dando un paso atrás, preparó su mosquete. El semblante del joven se cubrió de mortal palidez; sus labios se movían pronunciando un nombre; pero este nombre no era el de su patria, ni el de su madre, ni el de sus hermanos: era el nombre de la linda polaca.

Taras disparó.Como una espiga de trigo segada por la hoz, Andrés inclinó la cabeza, y cayó sobre la hierba sin pronunciar una palabra.

El parricida, inmóvil, contempló largo tiempo el cadáver inanimado de su hijo: hasta después de muerto era hermoso. Su semblante viril, antes brillante de fuerza y de una irresistible seducción, expresaba todavía una hermosura maravillosa. Sus cejas, negras como un terciopelo de luto, sombreaban sus pálidas facciones.

–¿Qué le faltaba para ser un kozako? –dijo Bulba. Tenía elevada estatura, cejas negras, un semblante lleno de nobleza, y mano fuerte en el combate. ¡Y ha muerto, muerto sin gloria como un perro cobarde!

–¿Qué has hecho, padre? ¿Le has muerto tú? –dijo Eustaquio, que llegaba en este momento.

Taras hizo con la cabeza un signo afirmativo.

Eustaquio miró fijamente en los ojos del muerto, y dijo con profundo pesar:

–Padre, démosle honrosa sepultura, a fin de que los enemigos no puedan insultarle, y que las aves de rapiña no despedacen su cuerpo.

–Ya se le enterrará sin nosotros –dijo Taras– y no le faltarán llorones y lloronas.

Y durante dos minutos pensó:

–¿Es preciso arrojar su cuerpo a los lobos que husmean la tierra devastada, o bien respetar en él la valentía del caballero, que todo guerrero debe honrar en quien la posee?

–Miró, y vio a Golokopitenko galopando hacia él.
–¡Desgracia, ataman! Los polacos se han fortificado, y les han llegado tropas de refresco.

Aun no había acabado de hablar Golokopitenko, cuando acudió Vovtonsenko:

–¡Desgracia, ataman! Nuevas fuerzas caen sobre nosotros.

Sin concluir Vovtonsenko, llega Pisarenko corriendo, pero sin caballo.
–¿En dónde estás, padre? Los kozakos te buscan. El ataman de kouren Nevilitchki ha sido muerto ya, y también Zadorodrii y Tcherevitchenko, pero los kozakos se mantienen firmes; no quieren morir sin verte por última vez, deseando que les mires en la hora de su muerte.

–¡A caballo, Eustaquio! –dijo Taras.Y se apresuró para encontrar con vida a los kozakos, para contemplarlos por última vez, y porque pudiesen mirar a su ataman antes de morir. Pero aun no había salido del bosque con su gente, cuando las fuerzas enemigas le cercaron completamente, y por todas partes se presentaron a través de los árboles jinetes armados de sables y de lanzas.

–¡Eustaquio, Eustaquio! manténte firme exclamó Taras.
Y, sacando su sable, atacó a los primeros que le vinieron a mano. Seis polacos rodean a Eustaquio, pero en mal hora lo hicieron: a uno le cercenó la cabeza; el otro da una voltereta por detrás; el tercero recibe una lanzada en las costillas; y el cuarto, más audaz, ha evitado la bala de Eustaquio bajando la cabeza, y la ardiente bala hace blanco en el cuello del caballo que, furioso, se encabrita, rueda por tierra, y aplasta debajo a su jinete.

–¡Bien hijo mío, bien! –exclamó Taras– vuelo a tu socorro.

Y Taras rechaza a los que le acometen, da sablazos a diestro y a siniestro y, mirando continuamente a Eustaquio, le ve luchando cuerpo a cuerpo con ocho enemigos a la vez.

–¡Tente firme, Eustaquio, tente firme! –le grita.
Pero el joven está perdido; le echan un arkan alrededor del cuello, se apoderan de él y le agarrotan.

–¡Ea, Eustaquio, ea! –gritaba Taras abriéndose paso hacia él, y hendiendo con su hacha todo cuanto se le ponla delante. ¡Ea, Eustaquio, Eustaquio!

Pero en este momento recibió como una pedrada, y todo dio vueltas ante sus ojos. Las lanzas, el humo del cañón, las chispas de la mosquetería y las ramas de los árboles con sus hojas brillaron por un instante en su mirada; después cayó a tierra como una encina abatida, y una espesa niebla cubrió sus ojos.


CAPÍTULO X

–Parece que he dormido mucho tiempo –dijo Taras despertando como del penoso sueño de un hombre ebrio, y esforzándose por reconocer los objetos que le rodeaban.

Una terrible debilidad había quebrantado sus miembros, pudiendo apenas distinguir las paredes y rincones de una estancia desconocida. Por fin se fijó en que Tovkatch estaba sentado junto a él, y que parecía atento a cada una de sus respiraciones.

–Sí –pensó Tovkatch– hubieras podido dormirte para siempre.

Pero no habló palabra, sino que le amenazó con el dedo haciéndole seña de que callase.

–Dime pues, ¿en dónde estoy ahora? –prosiguió Taras concentrándose y procurando recordar su pasado.

–¡Cállate pues! –exclamó bruscamente su camarada. ¿Qué más quieres saber? ¿No ves que estás acribillado de heridas? Dos semanas que corremos a caballo a todo escape, y que la fiebre y el calor te hacen delirar. Hoy, por primera vez, has dormido tranquilo. Calla, pues, si no quieres perjudicarte a ti mismo.

Sin embargo, Taras continuaba esforzándose en poner en orden sus ideas y en recordar lo pasado.

–¡Pero yo he sido detenido y cercado por los polacos! ¡Me era imposible abrirme paso a través de sus filas!

–¡Te callarás de una vez, hijo de Satanás! –exclamó Tovkatch montado en cólera, como una niñera a quien los gritos de un chicuelo mimado hacen perder la paciencia. ¿Quieres saber de qué modo te has salvado? Ha habido amigos que no te han dejado allá, y eso basta. Todavía nos queda más de una noche para correr juntos. ¿Crees que te han tomado por un simple kozako? No, tu cabeza está puesta a precio; dos mil ducados dan por ella.

–¿Y Eustaquio? –exclamó de repente Taras que procuró incorporarse recordando cómo a su vista se habían apoderado de su hijo, cómo le habían agarrotado, y cómo se encontraba en manos de sus enemigos. Entonces el dolor se apoderó de aquella vieja cabeza. Arrancó los vendajes que cubrían sus heridas, y los tiró lejos de sí; quiso hablar en alta voz, pero de sus labios sólo salieron palabras incoherentes. La fiebre le había vuelto y le hacía delirar. Sin embargo, su fiel compañero estaba de pie delante de él, dirigiéndole crueles reprensiones e injurias. En fin, le agarró por los pies y por las manos, le fajó como se hace con un niño, volvióle a poner los vendajes, le envolvió en una piel de buey, le sujetó con cuerdas a la silla de un caballo y emprendió de nuevo el camino.

–Aunque fueses un cadáver, te conduciría a tu país. No permitiré que los polacos insulten tu origen kozako, que hagan trizas tu cuerpo y lo arrojen al río. Si el águila ha de arrancar los ojos de tu cadáver, que sea al menos el águila de nuestras estepas, no el águila polaca, no la que viene de las tierras de Polonia. Aunque estuvieses muerto, te conduciría a Ucrania.

Así hablaba el fiel compañero, corriendo día y noche, sin tregua ni descanso, conduciéndole al fin, privado de sentidos, a la misma sich de los zaporogos. Una vez allí, le curó con simples compresas y se aprovechó de la habilidad en el arte de curar de una judía, que en el espacio de un mes le hizo tomar diversos remedios. Al fin Taras se encontró mejor. Sea que la influencia del tratamiento fuese saludable, sea que su férrea naturaleza lo hubiese vencido todo, al cabo de un mes y medio abandonó el lecho. Sus llagas se habían curado y las cicatrices hechas por el sable atestiguaban solamente la gravedad de las heridas del viejo kozako. Sin embargo, su carácter se volvió triste y taciturno. Tres profundas arrugas se habían marcado en su frente, en donde se quedarán para siempre. Al dirigir la vista a su alrededor, todo le pareció nuevo en la sich. Todos sus antiguos compañeros habían muerto, no quedando ni uno solo de los que hayan combatido por la santa causa, por la fe y la fraternidad.

También habían sucumbido aquellos que, mandados por el kochevoi, habían ido en persecución de los tártaros; todos murieron: el uno cayó en el campo del honor; el otro había muerto de hambre y de sed en medio de las estepas saladas de la Crimea; otro murió de vergüenza en el cautiverio, por no poder sobrellevar su afrenta. El viejo kochevoi hacía mucho tiempo que también había pasado a mejor vida, así como sus antiguos compañeros, y la hierba del cementerio había ya crecido sobre los restos de esos kozakos llenos en otro tiempo de valor y de vida. Taras comprendía que en torno suyo había tenido lugar una grande orgía, una orgía ruidosa: toda la vajilla había volado hecha añicos, no quedando una sola gota de vino; los convidados y los criados se habían llevado todas las copas, todos los vasos preciosos, y el dueño de la casa permanecía solitario y triste, pensando que hubiera sido mejor que no hubiese habido fiesta. Los esfuerzos que se hacían para ocupar y distraer a Taras eran inútiles; los viejos tocadores de bandura de barba gris desfilaban en vano de dos en dos y de tres en tres por delante de él, cantando sus hazañas de kozako; todo lo contemplaba con indiferencia; en sus facciones inmóviles y en su cabeza inclinada se leía un dolor inextinguible; Taras decía en voz baja:

–¡Mi hijo Eustaquio!
Sin embargo, los zaporogos se habían preparado para una expedición marítima. En el Dnipro fueron botados doscientos buques, y el Asia Menor había visto a esos kozakos de cabeza rapada y trenza flotante, pasar a sangre y a fuego sus floridas costas; había visto los turbantes musulmanes, semejantes a las innumerables flores de sus campos, dispersos en sus ensangrentados llanos o nadando cerca de la costa; también había visto un sinnúmero de anchos pantalones kozakos manchados de brea, y muchos brazos musculosos armados de látigos negros. Los zaporogos habían destruido todas las viñas y comido todas las uvas; habían convertido las mezquitas en lugar inmundo; se servían, a guisa de cinturones, de chales preciosos de Persia, ciñendo con ellos sus sucios caftanes. Largo tiempo después encontraban todavía en los sitios que habían pisado, las pequeñas pipas cortas de los zaporogos. Cuando se volvían alegremente, les dio caza un buque turco de diez cañones, y una descarga general de su artillería hizo huir a sus ligeros buques como una bandada de aves. Una tercera parte de ellos había perecido en la profundidad del mar; los supervivientes pudieron reunirse para ganar la embocadura del Dnipro, con doce barriles llenos de cequíes. Nada de esto preocupaba ya a Taras Bulba. Íbase a los campos, a las estepas, como para cazar; pero su arma permanecía inactiva; la dejaba junto a él, lleno de tristeza, y se detenía a la orilla del mar, permaneciendo largo tiempo sentado, con la cabeza baja, y diciendo siempre:

–¡Eustaquio, Eustaquio mío!
Delante de él el mar Negro brillaba y se extendía como una inmensa sábana; en los lejanos juncos se oía el grito de la gaviota, y sobre su encanecido bigote caían las lágrimas una tras otra.

Taras no pudo dominarse por más tiempo.
–Suceda lo que Dios quiera –dijo– iré a saber lo que ha sido de él. ¿Está vivo? ¿Ha bajado ya al sepulcro, o bien no está aún en él? Yo lo sabré, cueste lo que cueste; yo lo sabré.

Y ocho días después, se hallaba ya en la ciudad de Oumana, a caballo, la lanza en la mano; el sable al lado, el saco de viaje colgado del pomo de la silla; una orza de harina de avena, cartuchos, trabas para el caballo, y otras municiones completaban su equipaje. Se dirigió enseguida a una miserable y sucia casucha cuyas deslucidas ventanas apenas se veían; el tubo de la chimenea estaba cerrado por un tapón, y el techo, agujereado por todas partes, estaba cubierto de gorriones; delante de la puerta de entrada había un montón de basura. En la ventana estaba asomada una judía luciendo una gorra adornada con perlas ennegrecidas.

–¿Está tu marido en casa? –dijo Bulba bajando de su caballo, y atando las riendas en un anillo de hierro clavado en la pared.

–Sí – dijo la judía, que se apresuró a salir con una abundante ración de trigo para el caballo y una jarra de cerveza para el jinete.

–¿En dónde está tu judío?

–Rezando, sus oraciones –murmuró la judía saludando a Bulba, y deseándole buena salud en el momento en que llevaba la jarra a sus labios.

–Quédate aquí, da de beber a mi caballo: yo iré solo a hablarle. Tengo un asunto que tratar con él.

Este judío era el famoso Yankel, el cual se había hecho arrendador y posadero, todo en una pieza. Habiéndose apoderado poco a poco de los negocios de todos los hidalguillos del contorno, había insensiblemente chupado su dinero y hecho sentir su presencia de judío en todo el país. A tres millas a la redonda, no quedaba ya una sola casa que estuviese en buen estado: todas se derrumbaban de puro viejas; la comarca entera había quedado desierta como después de una epidemia o de un incendio general. Si Yankel hubiese vivido allí una docena de años más, es probable, que expulsara de ella hasta a las autoridades. Taras entró en el aposento.Yankel oraba, con la cabeza cubierta con un largo velo bastante sucio, y se había vuelto para escupir por última vez, según el rito de su religión, cuando notó la presencia de Bulba, que estaba en pie detrás de él. El judío no vio de pronto sino los dos mil ducados ofrecidos por la cabeza del kozako; pero avergonzado de su avaricia, se esforzó por aplacar su eterna sed de oro.

–Escucha, Yankel –dijo Taras al judío, que se impuso el deber de saludarle y que se dirigió prudentemente a cerrar la puerta, a fin de no ser visto de nadie– te he salvado la vida: los kozakoos te hubieran despedazado como a un perro. A tu vez préstame ahora un servicio.

El semblante del judío se sombreó ligeramente.

–¿Qué servicio? Si es alguna cosa que yo pueda hacer, ¿por qué no?
–No digas nada. Condúceme a Varsovia.–¿A Varsovia? ¡Cómo! ¿A Varsovia? –dijo Yankel; y alzó las cejas y los hombros en señal de asombro.

–No repliques. Condúceme a Varsovia. Suceda lo que suceda, quiero verle todavía una vez más, volver a hablarle.

–¿A quién?

–A él, a Eustaquio, a mi hijo.
–¿Es que su señoría no ha oído decir que ya…?
–Lo sé todo, todo; han ofrecido dos mil ducados por mi cabeza. Los imbéciles, saben lo que vale. Yo te daré cinco mil, yo. Toma ahora, estos dos mil que te entrego, y lo restante te lo daré cuando vuelva.

El judío tomó enseguida una toalla y envolvió con ella los ducados.
–¡Ah! ¡Qué hermosa moneda! ¡Ah! ¡Qué buena moneda! –exclamó, dando vueltas a un ducado entre sus dedos y probándole con los dientes– pienso que el hombre a quien su señoría ha quitado esos hermosos ducados no habrá vivido una hora más en este mundo, sino que se habrá ido derechito al río para ahogarse en él, después de haber dejado de poseer tan excelentes ducados.

–No te hubiera rogado que me acompañases, y tal vez no equivocara el camino de Varsovia; pero puedo ser reconocido y preso por esos malditos polacos, pues no estoy acostumbrado a fingir. Pero ustedes los judíos han sido creados para eso. Engañarían ustedes al diablo en persona, pues conocen todas las picardías. Por eso he venido a encontrarte. Por otra parte, nada hubiera hecho solo en Varsovia. Vamos, engancha pronto los caballos a la carreta, y condúceme a escape.

–¿Y piensa su señoría que basta sacar un animal del establo, engancharlo a una carreta y arrear? ¿Piensa su señoría que se le puede conducir así sin ocultarlo primero cuidadosamente?

–¡Pues bien! ocúltame, ocúltame como sabes hacerlo; en un tonel vacío, ¿no es verdad?

–¡Bah! ¿Piensa su señoría que se le puede ocultar en un tonel? ¿Ignora acaso que todos creerán que hay aguardiente en él?

–¡Pues que lo crean!

–¡Cómo! ¡Que crean que contiene aguardiente! –exclamó el judío, agarrando con ambas manos sus largas y flotantes trenzas y levantándolas hacia el cielo.

–¿De qué te admiras?–¿Ignora su señoría que el buen Dios ha creado el aguardiente para que todos puedan probarlo? La gente de allá bajo son todos muy glotones y borrachos; cualquier hidalguillo es capaz de correr veinte leguas para alcanzar el tonel, agujerearlo, y cuando vea que no sale nada, dirá en seguida: “Un judío no conducirá un tonel vacío; de seguro que hay algo dentro. ¡Que se agarre al judío, que se agarrote al judío y que se quite al judío todo su dinero y que se le meta en la cárcel!”. Eso dirán, porque cuanto hay de malo recae siempre sobre el judío; porque todo el mundo trata al judío como a un perro; porque dicen que un judío no es un hombre.

–¡Pues bien! ¡Entonces méteme en un carro de pescado!
–¡Imposible! Dios sabe que es imposible: en Polonia están ahora los hombres hambrientos como lobos; querrán robar el pescado, y encontrarán a su señoría.

–¡Pues bien! Condúceme al diablo, pero condúceme.
–Escuche, escuche, señor mío –dijo el judío bajando sus mangas sobre los puños y acercándosele con las manos separadas– he aquí lo que haremos; en todas partes se construyen ahora fortalezas y ciudades; han venido del extranjero ingenieros franceses, y por los caminos se transportan infinidad de ladrillos y piedras. Su señoría se esconde en el fondo de mi carro, y yo lo cubro con ladrillos. Su señoría es robusto, goza de excelente salud; de manera que podrá llevar algún peso encima sin inquietarse por eso; y yo haré una pequeña abertura debajo, a fin de poder alimentarle.

–Haz lo que quieras con tal que me conduzcas.

Una hora después salía de la ciudad de Oumana un carro cargado de ladrillos y tirado por dos rocines. Sobre uno de ellos se había encaramado Yankel, y sus largas melenas ondulaban por encima de su capote de judío, mientras que se sostenía sobre su cabalgadura, larga como un poste de camino real.


La Nariz – Cuento corto de Mykola Hóhol

Enlace a la historia y análisis de este cuento


El 25 de marzo tuvo lugar en San Petersburgo un suceso de lo más extraño.

En la avenida de Vosnesenski vivía el barbero Iván Yakovlievich; su apellido se había perdido, y no figuraba en la placa donde aparecían pintados un señor con la mejilla enjabonada y el siguiente letrero: «Se hacen sangrías».

El barbero Iván Yakovlievich se había despertado bastante temprano, reparando al punto en el olor a pan caliente. Incorporándose un poco en la cama, vio que su esposa, una señora de aspecto bastante respetable, muy aficionada al café, sacaba del horno pan recién cocido.

La Nariz - obra de Mykola Hóhol (o Gógol) - Tinta sobre papel por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica

-Hoy no tomaré café, Prascovia Osipovna -dijo Iván Yakovlievich-. En lugar de ello, tengo ganas de comer pan caliente con cebolla.

Es decir, Iván Yakovlievich quería lo uno y lo otro, pero sabía que era imposible exigir ambas cosas a la vez, pues a Prascovia Osipovna no le agradaban semejantes caprichos.

«¡Que coma pan el muy tonto! Tanto mejor para mí -pensó su mujer para sus adentros-; así quedará más café.» Y echó un pan sobre la mesa.

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Iván Yakovlievich, por decoro, se puso el frac sobre la camisa, y tras haberse sentado a la mesa, echó sal, preparó dos cabezas de cebolla, cogió el cuchillo y, haciendo una mueca significativa, se dispuso a cortar el pan. Al partirlo en dos pedazos miró al centro, y con gran sorpresa vio algo que brillaba. Con sumo cuidado, Iván Yakovlievich introdujo el cuchillo y lo palpó con el dedo:

«¡Qué duro está! -pensó para sí-. ¿Qué será?»

Metió los dedos y sacó…, ¡horror!, ¡una nariz!… Iván Yakovlievich se quedó petrificado. Empezó a restregarse los ojos y a palpar la nariz. Sí, no cabía duda: se trataba de una nariz, y hasta le parecía que era de un conocido. El espanto le cambió el semblante. Pero este espanto no fue nada comparado con la indignación de su esposa.

-¡Qué bárbaro! ¿Dónde cortaste esa nariz? -gritó, furiosa-. ¡Canalla, borracho! Yo misma te denunciaré a la Policía. ¡Jesús, qué bandido! Ya es la tercera persona a quien oigo decir que cuando afeitas, tiras tanto de la nariz que no hay quien lo resista.

Iván Yakovlievich estaba más muerto que vivo. Había reparado en que la nariz era del asesor colegiado Kovaliev, a quien afeitaba todos los miércoles y domingos.

-¡Aguarda, Prascovia Osipovna! La envolveré en un trapo y la dejaré en un rincón. Que esté allí un rato; ya la sacaré luego.

-¡Ni hablar! ¿Crees que voy a consentir que haya en mi cuarto una nariz cortada?… ¡Vaya calamidad! ¡Sólo sabe pasar la navaja por la correa, y pronto no estará en condiciones de cumplir con su oficio el muy tuno! ¿Y piensas que te voy a defender ante la Policía?… Eres un chapucero, ¡más tonto que un leño! ¡Sácala de aquí! ¿Me oyes? Llévatela a donde te dé la gana, pero que no vuelva yo a saber más de ella.

Iván Yakovlievich se quedó como si hubiera caído un rayo a sus pies. Estuvo reflexionando un buen rato, sin saber qué decisión tomar.

«El diablo sabrá cómo pudo suceder esto -dijo, al fin rascándose una oreja-. Yo no puedo asegurar que no regresara anoche borracho, pero, a juzgar por las señales el hecho es inadmisible, pues el pan está cocido y la nariz no lo está. ¡No entiendo nada de esto!»

Iván Yakovlievich se quedó callado. La idea de que la Policía podía hallar la nariz en su casa lo dejó completamente atontado. Ya se imaginaba ver el cuello escarlata con los hermosos bordados de plata, la espada… y todo su cuerpo quedó tembloroso.

Por fin, sacó su ropa interior y sus botas, se vistió y, acompañado de las duras amonestaciones de Prascovia Osipovna, envolvió la nariz en un trapo y salió a la calle.

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Tenía la intención de deshacerse de ella en cualquier sitio; en el guardacantón, debajo de la verja, o dejarla caer, como por casualidad, y torcer hacia un callejón, pero, por desgracia, tropezaba cada vez con algún conocido, que le preguntaba en el acto:

-¿Adónde vas? ¿A quién vas a afeitar tan temprano?
Así es que Iván Yakovlievich no pudo hallar un momento oportuno para su propósito. Una vez hasta logró dejarla caer, cuando desde lejos un centinela le hizo señas con la alabarda, añadiendo:

-¡Eh, tú! ¡Que se te ha caído algo! Recógelo.
Iván Yakovlievich tuvo que recoger la nariz y guardársela en el bolsillo. La desesperación se apoderó de él, sobre todo al ver que la gente iba aumentando en la calle, a medida que se abrían los almacenes y las tiendas.

Decidió ir al puente de Isakievski. ¡Quizás allí lograría arrojarla al Neva!..
***
Pero me siento un tanto culpable por no haber dicho hasta ahora nada sobre Iván Yakovlievich, hombre honrado por todos los conceptos.

Iván Yakovlievich, como todo hombre formal en Rusia, ocupado en un oficio, era un borracho empedernido, y, a pesar de que a diario rasurase barbas ajenas, la suya permanecía siempre sin afeitar. El frac de Iván Yakovlievich (no usaba nunca levita) era pardo. Es decir, que su verdadero color era negro, pero se hallaba cubierto de manchas grises y de un marrón amarillento: el cuello estaba reluciente, y en lugar de tres botones, sólo se veían los hilos. Iván Yakovlievich era un gran cínico. El asesor colegiado Kovalev solía decirle, mientras lo estaba afeitando:

-Iván Yakovlievich, tus manos huelen muy mal.
A lo que él contestaba con la siguiente pregunta:
-¿Y de qué van a oler mal?
-Lo ignoro, amigo; sólo sé que huelen muy mal -respondió el asesor colegiado.
E Iván Yakovlievich, después de tomar rapé, en desquite le llenaba de jabón, tanto las mejillas como debajo de la nariz, detrás de las orejas y debajo de la barbilla; en una palabra: donde le daba la gana.

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***

Este honrado ciudadano se hallaba ya en el puente de Isakievski. Primero echó una mirada en torno suyo; luego, se inclinó sobre la barandilla, como deseando averiguar si eran muchos los peces que nadaban debajo del puente, y con gran cautela arrojó el trapo con la nariz. Sintió como si de pronto le quitaran un enorme peso de encima, y hasta llegó a sonreirse. En vez de ir a afeitar a sus clientes funcionarios, se dirigió hacia un establecimiento donde viera el siguiente letrero: «Comidas y té», con la intención de tomar un ponche; pero, de repente, en el extremo del puente divisó a un policía de aspecto imponente, con anchas patillas, tricornio y espada. Iván se quedó petrificado. Mientras tanto, el policía le hacía señas, gritándole:

-¡Oye, tú, precioso! ¡Ven acá!
Iván Yakovlievich, que no ignoraba el reglamento, ya desde lejos se quitó la gorra y, acercándose con presteza, dijo:

-Muy buenos días tenga su señoría.

-No, hermano; déjate de señoría y dime mejor lo que hacías allí, en el puente.
-Señor, le juro que iba a afeitar, y que sólo miraba la corriente del río.
-¡Mientes! No es así como lograrás escabullirte. Anda, responde.

Estoy dispuesto a afeitar a vuestra gracia dos veces a la semana, o, mejor dicho, tres, sin ninguna remuneración.

-No, amigo; ésas son tonterías. A mí me afeitan tres barberos, y lo consideran como un gran honor. Pero haz el favor de decirme qué es lo que hacías allí.

Iván Yakovlievich palideció. Pero aquí el suceso queda envuelto en la niebla, e ignoramos por completo lo que pasó después.

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***

El mayor Kovalev llevaba en la cadena de su reloj toda su colección de dijes de cornerina, en los que aparecían alternando unas armas con las palabras miércoles, jueves, etc. Había ido a Petersburgo por verdadera necesidad, o para mejor decir, concretando, en busca de un puesto adecuado a su rango, como, por ejemplo, si la suerte le era propicia y favorecía, el de vicegobernador, o si esto no conseguía, al menos el de ejecutor de algún departamento renombrado. Tampoco tendría inconveniente en casarse, pero sólo a condición de que la novia dispusiera de una dote o capital de doscientos mil rublos.

Y ahora el lector podrá darse cuenta perfecta de la situación en que se encontraba el mayor cuando vio en lugar de su linda y bien proporcionada nariz sólo un estúpido sitio liso y plano. Para colmo de su desgracia, en la calle no aparecía ni un cochero. Y se vio, pues, obligado a ir a pie, envuelto en su capa y cubriéndose el rostro con un pañuelo, como si le sangrara la nariz. «Tal vez no será más que una ilusión mía; no puede ser que mi nariz haya desaparecido así, por las buenas», pensó para sí. Y entró en una confitería con el fin de mirarse en un espejo.

Por fortuna, no había nadie en la confitería, a excepción de los mozos que estaban barriendo el suelo y colocando las sillas. Algunos, con los ojos aún soñolientos, sacaban pirogki calientes en bandejas. Tirados en las sillas y en las mesas se veían los diarios del día anterior manchados de café. «¡Bueno, gracias a Dios que no hay nadie! -exclamó para sí-. Ahora podré mirarme bien».

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Se acercó tímidamente al espejo y echó un vistazo.

-¡Que el diablo lo entienda! ¡Qué porquería! -dijo, escupiendo-. ¡Si por lo menos tuviera algo en vez de nariz! ¡Pero si no hay nada!

Lleno de irritación se mordió los labios y salió de la confitería. Contrariamente a lo que acostumbraba hacer, decidió no mirar ni sonreír a nadie. Pero de repente se quedó como petrificado. A la puerta de su casa, ante sus mismos ojos, tuvo lugar un fenómeno inexpicable. Un coche se paró al pie de la escalinata, se abrieron las portezuelas y bajó, inclinándose ligeramente, un señor vestido de uniforme, que subió con presteza las escaleras. ¡Y cuál sería el espanto y al mismo tiempo el asombro de Kovalev al reconocer en él su propia nariz! Ante este espectáculo extraordinario, le pareció que todo daba vueltas a su alrededor, y apenas pudo mantenerse en pie. Todo temeroso, resolvió, sea como fuere, esperar a que volviera a subir al coche. Y, efectivamente, al cabo de dos minutos salió la nariz. Iba con uniforme bordado de oro, con cuello alto, pantalones de gamuza y espada al costado. Por su sombrero, con plumín, se podía deducir que era un consejero de Estado. Todo parecía indicar que iba de visita. Miró a ambos lados y gritó al cochero: «¡En marcha!» Y, sentándose, se alejó.

Poco faltó para que el pobre Kovalev enloqueciera. No sabía qué pensar de tan extraño suceso. En efecto, ¿cómo era posible que su nariz, que ayer mismo estaba en su cara y no era capaz de viajar ni andar por sí sola, llevara uniforme? Echó a correr detrás del coche, que, por fortuna, no fue muy lejos, porque se detuvo delante de la catedral de Kazán.

Entró apresuradamente, atravesando una fila de mendigas viejas con las caras vendadas y con sólo dos aberturas para los ojos, y de quienes antes solía burlarse. Los fieles dentro de la iglesia eran pocos y se hallaban a la entrada, junto a la puerta.

Kovalev estaba tan aturdido, que no tenía fuerzas ni para rezar; únicamente, se ocupaba en recorrer con la mirada todos los rincones en busca de aquel señor que llevaba su nariz. Hasta que, al fin, le vio en pie, a un lado. El señor eh cuestión tenía la cara completamente semioculta en su gran cuello, que estaba levantado. Y estaba rezando con devoción.

«¿Cómo podría acercarme a él?», pensó Kovalev. Por su uniforme y su sombrero, claramente parecía que era un consejero de Estado. ¿Cómo diablos se las arreglaría?

Empezó a toser muy cerca del consejero de Estado. Pero la nariz no abandonó ni por un momento su actitud devota de postración y recogimiento.

– ¡Caballero! -dijo Kovalev, procurando cobrar ánimos-. ¡Caballero!

-¿Qué desea usted? -preguntó la nariz, volviéndose hacia él.
-Me extraña, caballero…; me parece que… usted debería saber cuál es su sitio. Le encuentro a usted de repente, ¿y dónde?…. en la iglesia. Reconozca…

-Discúlpeme, pero no entiendo lo que usted me quiere decir. Explíquese…

«¿Cómo se lo explicaría?», pensó para sí Kovalev. Pero, procurando animarse, empezó a decir:

-Claro, yo…; a propósito, soy mayor. Usted convendrá conmigo en que es indecoroso que yo ande sin nariz. Cualquier frutera que vende naranjas en el puente Voskresenski puede estarse allí sentada sin nariz, pero no un hombre que aspira al puesto de gobernador. Indiscutiblemente conviene… No sé, caballero -al decir esto, el mayor Kovalev levantó los hombros-, perdóneme…; pero si se digna considerar desde el punto de vista del honor y del deber…, usted mismo puede comprender…

-No comprendo absolutamente nada -replicó la nariz-. Explíquese con más precisión.

-Caballero- dijo Kovalev con dignidad-. No sé cómo interpretar sus palabras…Aquí, el asunto están muy claro… ¿O quiere usted…? Pues, en fin, usted es mi propia nariz.

-Usted está equivocado, mi buen señor. Yo no tengo nada que ver con usted. Además, entre nosotros dos no puede haber ninguna clase de relación. A juzgar por los botones de su uniforme, usted debe pertenecer al Senado o, al menos, a Justicia. Y yo soy de Instrucción Pública.

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Y dicho esto, la nariz le volvió la espalda y prosiguió sus oraciones.

Kovalev se quedó todo confuso, sin saber qué hacer ni qué pensar. En aquel momento se oyó un rumor de un vestido de señora. Y junto a él pasó una dama, ya entrada en años, ataviada con encajes, a la que acompañaba una joven delgadita, cuyo vestido blanco realzaba ventajosamente su talle esbelto, y que iba tocada con un sombrero claro, ligero, como un bizcocho. Un lacayo de elevada estatura, con patillas y uniforme, que ostentaba una docena de cuellos, las seguía y se detuvo para abrir su tabaquera.

Kovalev se acercó a ellas, se arregló el cuello de batista del camisolín, ordenó los dijes que colgaban de la cadena de oro de su reloj y, volviéndose sonriente de un lado para otro, fijó su atención en la esbelta dama, que se inclinaba un tanto, cual flor primaveral, levantando su mano diminuta, de dedos casi diáfanos, para persignarse.

La sonrisa se acentuó aun más en la cara de Kovalev cuando vio debajo del sombrero su barbilla redonda, de blancura radiante, y parte de su mejilla, ligeramente sombreada por la primera rosa primaveral. Pero de repente dio un salto, como si se hubiera quemado. Recordó que donde los demás tenían nariz, él no tenía nada absolutamente. Y las lágrimas brotaron de sus ojos. Se volvió con la intención de apostrofar en pleno rostro a aquel señor, diciéndole que bien sabía que era un farsante, que se hacía pasar por un consejero de Estado cuando en realidad no era otra cosa que su propia nariz… Pero la nariz ya no estaba. En ese corto espacio de tiempo en que había estado mirando a la dama se había marchado, probablemente para hacer otra visita.

Esto acabó de sumirlo en la desesperación. Volvió sobre sus pasos y se detuvo en el pórtico, mirando cuidadosamente hacia todos los lados por ver si encontraba la nariz. Recordaba perfectamente que llevaba un sombrero adornado con plumas y un uniforme bordado en oro; pero no había reparado en la capa, ni en el color del coche, ni en los caballos; tampoco sabía si llevaba lacayo, y qué librea vestía éste. Además, pasaban tantos coches y en tantas direcciones y a tal velocidad, que resultaba difícil identificar al que conducía a la nariz. Y aun así, ¿cómo podría hacerle parar?

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Era un día hermoso y soleado. En la perspectiva Nevski había mucha gente. Desde el puente de la Policía hasta el de Anitchkin, por todos lados surgían hermosas damas, inundando las veredas.

Entre la muchedumbre iba un consejero conocido de Kovalev, al que llamaba siempre coronel, y especialmente delante de personas extrañas. También pasó cerca de él Yarichkin, gran amigo suyo, que era jefe de oficina en el Senado y que siempre se dejaba engañar cuando jugaba al ocho sin descartarse. Y hasta se encontró a otro mayor, que obtuvo el grado en el Cáucaso, quien le hizo señas para que firme el acta.

-¡Voto a diablos! -dijo Kovalev-. ¡Eh, cochero! ¡Derecho a la Prefectura! -tomó asiento en las drojkas y gritó otra vez al cochero-; ¡Arrea, a toda prisa! ¿Está el jefe de Policía? -exclamó al entrar desde la puerta.

-No, señor -replicó el consejero-. Acaba de salir.
-¡Caramba!
-Sí, -añadió el conserje-; se fue hace apenas un ratito. Si hubiera llegado un minuto antes, es muy posible que lo hubiera encontrado.

Kovalev, sin quitarse el pañuelo de la cara, se sentó nuevamente en el coche y gritó con voz desesperada:

-¡Andando!

-¿Adónde ordena el señor? -preguntó el cochero.
-¡Siga adelante!
-¿Cómo adelante? ¡Si estamos en una esquina! ¿A la derecha o a la izquierda?
Esta pregunta volvió en sí a Kovalev y le obligó a reflexionar de nuevo. En su situación, ante todo, lo más conveniente era dirigirse al departamento de Policía, no porque el asunto estuviera directamente relacionado con ésta, sino porque sus disposiciones serían mucho más rápidas que en cualquier parte.

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Buscar satisfacción dirigiéndose al departamento donde la nariz desempeñaba un cargo era insensato, pues por sus respuestas era evidente que para aquel hombre no había cosa sagrada. Además, igual podía mentir en este caso como lo hizo al asegurar que jamás lo había visto antes.

Por tanto, Kovalev estaba ya dispuesto a ordenar al cochero que le llevara al departamento de Policía, cuando se le ocurrió la idea de que el miserable, que ya en el primer encuentro se había portado de un modo tan infame, podía aprovechar la ocasión para huir de la ciudad. Y entonces todo cuanto hiciera para encontrarlo sería inútil y tendría que estar así, ¡Dios no lo quiera!, un mes entero.

Por fin, le pareció que el mismo Santísimo le iluminaba. Se decidió a ir a la administración de un diario para publicar cuanto antes un aviso describiendo detalladamente sus señas personales para que todos los que la encontrasen pudieran entregársela en el acto o, por lo menos, indicarle su paradero.

Una vez tomada esta decisión, ordenó al cochero que fuera a la administración del diario, y durante todo el trayecto no dejó de dar puñetazos sobre la espalda del conductor, gritando:

-¡Rápido! ¡Rápido! ¡Adelante, miserable!
-¡Pero, señor! -decía el cochero, sacudiendo la cabeza y dando con la rienda en el lomo del caballo, cuyo pelo era largo, como el de un perro pequinés.

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El coche se detuvo al fin, y Kovalev, casi sin aliento, penetró en una pequeña sala de espera, donde un empleado de pelo canoso, que llevaba un frac gastado y unos lentes, se hallaba sentado ante una mesa y, con la pluma entre los dientes, se disponía a contar cierta cantidad de monedas de cobre.

-¿Quién es el que recibe aquí los anuncios? -gritó Kovalev-. ¡Ah, buenos días!

-Mis respetos -dijo el empleado canoso, levantando los ojos por un momento para en seguida volver a clavarlos en el montón de monedas.

-Quisiera publicar…

-Sírvase esperar un momento -dijo el empleado, que escribió un número en el papel mientras que con un dedo de la mano izquierda corría dos bolitas del ábaco.

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La nariz

Un lacayo con galones, y cuyo aspecto revelaba que servía en una casa aristocrática, se hallaba ante la mesa con un papel entre las manos, y juzgó conveniente dar a conocer su cultura social.

-Créame, señor, este perrito no vale ni ocho grivenik. En cuanto a mí, no daría por él ni ocho centavos. Pero la señora condesa lo quiere de veras, lo adora…, y da en premio cien rublos al que se lo traiga. Y ahora, hablando entre nosotros, le diré que los gustos de las personas son de los más extraño. Se comprende que un cazador tenga un perro de muestra o un perro de lanas y que no le dé lástima dar por él quinientos o hasta mil rublos; pero, por lo menos, tiene un perro que vale la pena.

El respetable empleado le escuchaba con cara seria mientras contaba las palabras contenidas en la nota que trajo el lacayo. A ambos lados de la sala había gran número de ancianas, dependientes y porteros, que también eran portadores de anuncios.

En uno de ellos, un cochero de sobria conducta ofrecía sus servicios; en otro, se ponía en venta una carroza, tan sólo un poco usada, traída de París en el año 1814; una joven de diecinueve años se ofrecía como lavandera, apta, además, para toda clase de trabajos. Entre otras cosas, se vendía un coche al que le faltaba un muelle; un caballo tordo, fogoso, de diecisiete años; simiente de nabos y rábanos recién traída de Londres; una casa de campo con amplias dependencias, dos caballerizas y un terreno para plantar abetos; y también se ofrecían suelas gastadas para vender, invitando a pasar a verlas de ocho a tres todos los días.

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La sala en donde se reunía toda esta gente era pequeña, y el aire que ahí se respiraba estaba muy cargado; pero el asesor colegiado Kovalev no pudo percatarse de ello, pues tenía la cara tapada con un pañuelo y porque su nariz estaba Dios sabe dónde…

-Señor, le ruego que me atienda… Es muy urgente -dijo, por fin, con impaciencia.

-En seguida, en seguida… Dos rublos, cuarenta y tres kopeks…; un momento… Un rublo y sesenta y cuatro kopeks -decía el empleado canoso, tirando los papeles a las caras de las viejas mujeres y de los porteros-. ¿Qué desea usted? -preguntó al fin, dirigiéndose a Kovalev.

-Le ruego…, se trata de una canallada, de una estafa, que aún no supe cómo ha podido suceder. Le pido únicamente que publique que daré una buena gratificación al que me entregue a ese canalla.

-¿Su apellido, por favor?
-¿Para qué quiere saber mi apellido? No puedo decírselo. Tengo muchos amigos, entre los que pudiera citar a la señora Tchejtareva, esposa de un consejero de Estado, o la señora Pelagia Grigorievna Podtochin, casada con un oficial del Estado Mayor…

¡Si se enteraran! ¡Dios me libre! Basta con que escriba: «Asesor colegiado», o, mejor aún, «Un mayor».

-¡De modo que se le ha escapado el criado!

-¿Qué criado? ¡Esto no hubiera sido una canallada tan grande! Se ha fugado mi…nariz.

-¡Hum! ¡Qué apellido tan extraño! ¿Y se ha llevado una gran cantidad de dinero ese señor Nariz?

-¡Nariz! Es que usted no me entiende… Es mi nariz, mi propia nariz, que ha desaparecido y no sé dónde. El diablo ha querido burlarse de mí.

Pero, ¿cómo ha desaparecido? No entiendo bien esto.

-No sabría decirle cómo fue; pero lo importante del asunto es que ahora anda por la ciudad y se llama a sí misma consejero de Estado. Y por esta razón le ruego que ponga un aviso diciendo que la persona que la encuentre debe entregármela en el acto.

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Usted mismo puede hacerse cargo. ¡Dígame cómo es posible permanecer sin una parte del cuerpo de tal importancia! Aquí no se trata de un dedo del pie, que por ir dentro del zapato nadie nota su falta. Mi caso es diferente. Yo visito todos los jueves a la esposa del consejero de Estado, a la señora Pelagia Grigorievna Podtochina, que tiene una hija muy bonita y que también es muy buena amiga mía. Juzgue usted mismo cómo puedo yo ahora… Me es imposible presentarme allí.

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El empleado quedó pensativo, estado de ánimo que denotaban sus labios fuertemente apretados.

-¡No! Me es imposible publicar semejante anuncio.

-¡Cómo! ¿Por qué?
-Pues porque puede desprestigiar al diario. Si cualquiera viniera para publicar que se le escapó la nariz…Ya sin eso dicen que se publican muchas tonterías y falsos rumores.

-Pero, ¿por qué ha de ser una tontería? Me parece que no lo es en absoluto.
-A usted le parece que no. Pues verá: la semana pasada se nos presentó un caso parecido, lo mismo que usted hace hoy, y trajo un anuncio que le costó dos rublos y sesenta y tres kopeks. El anuncio decía tan sólo que se había escapado un perro de aguas negro. Al parecer, esto no tiene nada de particular. Bueno, pues verá: se publica el anuncio y resultó que el perro era el cajero de cierto establecimiento.

-Pero si yo no busco un perro de aguas, sino mi propia nariz, que es casi como anunciarme yo mismo.

-No; me es imposible publicar semejante anuncio.

-Pero, ¡si en realidad mi nariz ha desaparecido!

-Pues entonces su caso interesa tan sólo al médico; se dice que hay cirujanos capaces de pegarle una nariz de cualquier forma. Por otra parte, creo advertir que es usted un bromista y que le agrada chancearse con la gente.

-¡Se lo juro por lo que más quiera usted! Y, si hasta aquí hemos llegado, se lo demostraré.

-No se moleste -prosiguió el empleado, tomando un poco de rapé-. Pero, en fin…, si no le incomoda -añadió con curiosidad-, tendría mucho gusto en mirar su cara para ver la falta de la nariz.

El asesor colegiado se quitó el pañuelo de la cara.

-En efecto, es muy extraño -dijo el empleado-; el sitio está completamente plano, como una torta recién cocida… ¡Sí, increíblemente lisa!

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-Bueno; ahora ya no discutirá. Usted mismo puede verlo. No queda más remedio que publicar el anuncio. Yo le estaré muy agradecido, y me alegra mucho el haber tenido ocasión de conocerlo.

-Publicar esto no sería una cosa difícil -dijo el empleado-, pero no veo en ello ninguna ventaja para usted. Más, si se empeña, creo que le convendría dejar el asunto en manos de un buen periodista, que tratará su asunto como un fenómeno raro de la naturaleza y publicara el artículo en U Abeja del Norte -aquí volvió el hombre a tomar rapé-, para el bien de la juventud -se limpió la nariz para proseguir-, o tan sólo como un hecho curioso.

El asesor colegiado había perdido por completo todas las esperanzas. Fijó los ojos al pie de la página, donde estaban los anuncios de espectáculos, y ya una sonrisa iba a asomar a su rostro, al leer el nombre de una linda actriz, y hasta echó la mano al bolsillo para cerciorarse de si le quedaba una tarjeta azul, pues según él, los altos oficiales debían ocupar butacas; pero la perspectiva de que le faltaba la nariz lo echó todo a perder.

Hasta al mismo empleado pareció conmoverlo la difícil situación de Kovalev.

Deseando consolarlo, creyó conveniente y oportuno expresarle sus sentimientos con algunas palabras amables:

-Lamento mucho que le haya sucedido algo tan curioso. ¿No quiere tomar un poco de rapé? Quita el dolor de cabeza y la melancolía, incluso es bueno contra las hemorroides.

Y al decir esto, el empleado le alargó su tabaquera, doblando con bastante habilidad la tapa, adornada con el retrato de una mujer que llevaba sombrero, de manera que éste quedase oculto. Este ademán distraído acabó con la paciencia de Kovalev.

-No comprendo cómo pueda encontrar oportuno el bromear conmigo de esta forma -le dijo dolorido- ¿Acaso no ve que me falta la parte indispensable del cuerpo para oler? ¡Que el diablo se lleve su tabaco! No puedo ni verlo, no sólo su asqueroso Beresinski, sino aunque fuera en verdad rapé legítimo.

Dicho esto salió y se fue a la comisaría.

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Kovalev entró en el despacho del comisario en el preciso momento en que éste bostezaba y decía en voz alta:

-¡Oh! ;Qué dos horitas más estupendas para echarme una siestecita!

Por lo cual se puede muy bien deducir que la llegada del asesor colegiado no pudo ser más inoportuna. El comisario era muy aficionado a toda clase de artes y manufacturas, pero un billete de Banco era lo que más valoraba.

-Esto sí que es una cosa buena -solía decir-. No hay nada mejor: no necesita alimentos, ocupa poco sitio, se puede siempre meter en el bolsillo y no se rompe al caer al suelo.

Recibió a Kovalev con bastante frialdad, y le dijo que después de comer no era el momento más oportuno para hacer investigaciones, y que la Naturaleza misma determina el descanso después de la comida, por lo que el asesor colegiado pudo deducir que el comisario no ignoraba las sentencias de los sabios de la antigüedad.

Añadió después que a un hombre de bien nadie le arrancaría la nariz, y que por el mundo abundaban mucho los mayores que ni siquiera tienen ropa interior en buen estado y que frecuentan los más bajos fondos.

Y esto se lo dijo así, por las buenas, en plena cara. Conviene observar que Kovalev era muy susceptible. Era capaz de perdonar cuanto a él se refiriese; pero de ningún modo perdonaba cualquier falta de respeto a su dignidad de funcionario. Hasta opinaba que en las obras teatrales se podía tolerar todo cuanto se refería a los oficiales subalternos, pero de ningún modo se podía permitir que atacasen a los altos oficiales.

La acogida del comisario lo dejó tan confundido, que meneando la cabeza exclamó, consciente de su dignidad y haciendo un ademán con la mano:

-Reconozco que después de haber oído tan desagradables manifestaciones por su parte, no me queda más que decir…

Y salió.

Cuando llegó a su casa apenas si podía mantenerse en pie. Anochecía, y después de todas esas inútiles investigaciones su casa le pareció triste y poco confortable.

Al entrar en el recibimiento vio a su criado Iván tumbado sobre el viejo y sucio diván de cuero. Estaba echado de espaldas, escupiendo al techo, con tal destreza, que acertaba siempre en el mismo sitio. La indiferencia de este hombre acabó por enfurecer a Kovalev, y le pegó con el sombrero en la frente, añadiendo:

-¡Puerco! Siempre te entretienes con estupideces.

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Iván saltó repentinamente de su sitio y se acercó corriendo a quitarle la capa. El mayor entró en su habitación, y dejándose caer cansado y triste en una butaca, prorrumpió en suspiros, hasta que dijo finalmente:

-¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué hice para merecer esta desgracia? Si hubiera perdido una mano o un pie, cualquier cosa sería mejor, o si me faltaran las orejas sería horrible, mas se podría, con todo, soportar. Pero un hombre sin nariz es… ¡qué diablos!, un pájaro que no es un pájaro; un ciudadano que no es un ciudadano… En fin: que no queda más remedio que tirarse por la ventana. ¡Si por lo menos me la hubieran cortado en la guerra o en un duelo! ¡O si fuese culpa mía! ¡Pero largarse así, sin más ni más!… ¡No, no puede ser! -añadió después de reflexionar un tanto-. Es increíble que la nariz haya desaparecido. Es completamente inverosímil. Seguramente estoy soñando o todo esto es sólo producto de mi imaginación; a lo mejor me equivoqué y me bebí, en lugar del agua, el aguardiente con que me frotó la barba, después de afeitarme, ese imbécil de Iván. Con seguridad que no lo tiraría, y entonces me lo tomé.

La Nariz - obra de Mykola Hóhol (o Gógol) - Oleo sobre tela por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica

Y para cerciorarse de que, en efecto, no estaba borracho, el mayor se pellizcó tan fuertemente, que lanzó un grito. Este dolor lo acabó de convencer de que obraba con pleno uso de razón y de que vivía realmente. Se acercó cautelosamente al espejo y entornó los ojos, con la idea de que, quizá por ventura, la nariz pudiera estar todavía en su lugar; pero al instante dio un salto atrás, murmurando:

-¡Qué asquerosidad!
Esto era verdaderamente incomprensible. Si hubiera desaparecido un botón, un reloj o cualquier otra cosa por el estilo…; pero, ¡desaparecer la nariz!… ¡Y, además, en su propia casa!…

El mayor Kovalev, después de reflexionar un rato sobre las circunstancias del caso, dedujo que lo más probable era que la esposa del oficial del Estado Mayor Podtochin tuviera la culpa de todo esto, porque deseaba que su hija se casara con él. A él mismo no le desagradaba cortejar a la hija, pero siempre rehuía el desenlace final. Y cuando la dama le dijo claramente que deseaba que su hija se casara con él, él inclinó hábilmente la oferta sin ahorrarse cumplidos, diciendo que todavía era joven y que debía servir aún cinco años para llegar a cumplir el número redondo de cuarenta y dos. Y por esto la señora Podtochina decidió vengarse mutilándolo, y para eso debió alquilar algunas brujas, puesto que era absurdo suponer que le hubieran cortado la nariz. Nadie había entrado en la habitación. El barbero Iván Yakovlievich lo había afeitado el miércoles, y durante todo aquel día, lo mismo que el jueves, su nariz estaba intacta; de esto estaba seguro, y lo recordaba perfectamente. Además, hubiera experimentado algún dolor, y la herida no pudo cicatrizarse tan rápidamente, dejando una superficie plana como una torta. Planeó toda clase de proyectos en su cabeza. ¿Debía llevar a la señora Podtochina ante los tribunales o ir personalmente a su casa y obligarla a confesarlo todo? Sus reflexiones fueron interrumpidas por la luz que brilló a través de las rendijas de la puerta, prueba inequívoca de que Iván había encendido ya una vela en el recibimiento. Poco después apareció el mismo Iván llevando la vela delante de sí, y pronto la habitación quedó toda iluminada.

La Nariz - obra de Mykola Hóhol (o Gógol) - Tinta sobre papel por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica

El primer movimiento de Kovalev fue el de tomar su pañuelo y cubrirse la parte de la cara donde aún la noche anterior tenía la nariz, para que aquel bobo no se quedara mirando con la boca abierta, al ver aquella rareza de su señor.

Iván no tuvo aún tiempo de irse a su cuarto, cuando en el recibimiento se oyó una voz desconocida que preguntaba:

-¿Vive aquí el asesor colegiado Kovalev?

-Pase; aquí está el mayor Kovalev -dijo Kovalev, levantándose rápidamente y abriendo la puerta.

Entró un policía de buena presencia, con las mejillas llenas, que gastaba patillas, ni muy claras ni tampoco muy oscuras; aquel mismo que al principio de nuestro relato se encontraba en el extremo del puesto Isakievski.

-¿Usted perdió, por casualidad, su nariz?
-En efecto.
-Pues ha sido hallada.
-¿Qué dice usted? -gritó el mayor Kovalev. La alegría lo hizo enmudecer. Miraba fijamente al policía, en cuyos labios y mejillas jugueteaba la luz trémula de la vela- ¿Cómo la encontraron?

-Pues por una extraña casualidad. Fue tomada casi en camino. Iba ya a tomar asiento en una diligencia y quería marcharse a Riga. Y desde hacía tiempo tenía un pasaporte extendido a nombre de un funcionario, y lo extraño es que yo mismo, al principio, la tomé por un señor; pero afortunadamente llevaba mis gafas conmigo, y en el acto vi que era una nariz. Verá, es que soy corto de vista, y si se pone usted delante de mí, no le veo más que la cara, sin distinguir ni la nariz, ni la barba, ni ninguna otra facción. Mi suegra, es decir, la madre de mi mujer tampoco ve nada.

Kovalev estaba fuera de sí.
-¿Dónde está? ¿Dónde? ¡Voy corriendo en seguida!
-Tranquilícese. Sabiendo que usted la necesitaba, la he traído conmigo. Lo curioso es que el principal culpable de este asunto es ese bribón de barbero de la calle Vosnesenski. Ya desde hace tiempo sospechaba que era un borracho y un ladrón; anteayer robó unos botones en una tienda. Pero su nariz está completamente intacta.

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Y al decir estas palabras el policía metió la mano en el bolsillo y sacó la nariz, que estaba envuelta en un papel.

-Pero… ¡si es ella! ¡Sí, verdaderamente es ella! Por favor, quédese a tomar una tacita de té conmigo.

-Accedería muy gustoso, pero me es completamente imposible. De aquí tengo que ir al asilo de locos… Los precios de todos los comestibles han sufrido un alza terrible… En mi casa, mi suegra, la madre de mi esposa, y mis hijos…, el mayor sobre todo, es un chico que promete mucho, es muy inteligente; pero carecemos de medios para educarlo.

Kovalev cayó en la cuenta de que lo que deseaba el policía era otra cosa, y entonces metió en su mano un billete de Banco que había tomado de la mesa. El policía hizo un profundo saludo y se marchó. Un minuto después Kovalev oía su voz en la calle regañando a un estúpido mujik que se había metido con su carro en la acera, y al que terminó propinando un par de estacazos.

Al salir el policía, el asesor colegiado quedó durante unos cuantos minutos en un estado de ánimo indefinible, y sólo al cabo de unos momentos fue capaz de sentir y de ver; tan fuerte había sido la impresión inesperada. Tomó cuidadosamente la nariz en el hueco formado con ambas manos y volvió a mirarla con atención.

-Sí, es ella, no cabe duda alguna. Aquí está el granito de ayer en la parte izquierda.

Y poco le faltó para echarse a reír de alegría.
Pero en este mundo no hay nada eterno. Por eso la intensidad de la alegría primera se fue haciendo más débil, hasta que, por último, ya apenas perceptible, se confundió con el estado habitual del alma, igual que sucede con los círculos producidos en el agua por la caída de una piedra, que se van deshaciendo en la tersa superficie, hasta desaparecer. Kovalev se quedó reflexionando y comprendió que el asunto aún no había concluido. La nariz había sido hallada, pero faltaba aún fijarla otra vez en su sitio.

-¿Y si no consigo pegarla?
Al hacerse a sí mismo esta pregunta, el mayor se volvió todo pálido.
Presa de un sentimiento de terror inexplicable, se sentó frente al espejo para no poner la nariz oblicuamente. Sus manos temblaban. Con mucha atención y cuidado volvió a colocarla en su sitio. Pero… ¡qué espanto! La nariz no se adhería… Se la llevó a la boca, la calentó un poco con su aliento y volvió a colocarla en el lugar plano, situado entre las dos mejillas. ¡La nariz no se sostenía de ninguna manera!

-¡Anda, tonta, haz el favor de estarte quieta! -le decía, pero ella parecía de madera y caía en la mesa como un pedazo de corcho, produciendo un sonido extraño. El rostro del mayor se contrajo convulsivamente.

-¿Será posible que no se adhiera? -se preguntó asustado.
Pero por más veces que intentara colocarla en su sitio Sus esfurezos resultaron siempre estériles.

Llamó a Iván y lo mandó que fuera a avisar al médico, que ocupaba el mejor departamento de la casa. El médico era un hombre apuesto, que gastaba unas magníficas patillas negras, como la resina, y cuya mujer era hermosa y rebosaba salud por los cuatro costados. Por la mañana solía comer manzanas y cuidaba en extremo de la limpieza de su boca, enjuagándose todas las mañanas, durante casi tres cuartos de hora, y limpiándose los dientes con cinco clases de cepillos. El médico se presentó al instante. Después de preguntar al mayor Kovalev cuánto había pasado desde el accidente, lo tomó por la barbilla y le dio un papirotazo tan fuerte en el sitio en que estaba antes la nariz, que el mayor echó la cabeza hacia atrás y se dio un fuerte golpe contra la pared. El médico dijo que aquello no era nada, y le aconsejó que se retirase un poco de la pared; lo mandó ladear la cabeza un tanto hacia la derecha, y palpando el sitio donde antes estaba la nariz, dijo: «¡Hum!». Luego le hizo inclinar la cabeza hacia la izquierda y, volvió a decir: «¡Hum!». Y por último, como conclusión, volvió a darle un papirotazo con el pulgar, de modo que el mayor estiró la cabeza como un caballo al que le examinan los dientes. Hecho este examen, el médico meneó la cabeza y dijo:

-No; no es posible. Es mejor que se quede usted así, pues de lo contrario, podría empeorar. Claro es que podría pegársele la nariz. Yo mismo se la colocaría en el acto. Pero le aseguro que sería peor para usted.

-¡Pues estamos arreglados! Pero… ¡cómo! ¿Voy a quedarme sin nariz? -dijo Kovalev-. Peor que ahora no puede ser, ¡qué demonios! ¿Dónde puedo presentarme con un aspecto tan repugnante? Estoy bien relacionado, e incluso hoy mismo debería asistir a dos reuniones. Conozco a muchas personas; por ejemplo, a la esposa del consejero de Estado, Tchetcharev, así como a la señora Pedtochina, casada con un oficial del Estado Mayor…, aunque, en verdad, después de lo que acaba de hacer, no pienso tratarla más que a través de la policía. Por favor -prosiguió Kovalev con voz suplicante-. ¿No habría algún medio? … ¿No se podría colocar, aunque no quedara bien del todo, con tal que se mantuviese en su sitio? Yo incluso podría sostenerla un poco con la mano en las situaciones peligrosas. Además, como no bailo, no puedo perjudicarla con ningún movimiento brusco y descuidado. Y en cuanto a los honorarios de sus visitas, tenga la seguridad de que sabré agradecérselas tanto como me permitan mis medios.

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-Créame -dijo el médico con voz ni muy alta ni muy baja, pero en tono persuasivo-, nunca atiendo por interés; eso va contra mis principios y mi arte. Es verdad que cobro mis visitas, pero por el sólo motivo de no ofender con mi negativa. Claro que yo podría pegarle la nariz, pero le juro por mi honor, si es que no da crédito a mi palabra, que esto no hará más que empeorar la situación. Es mejor que deje obrar a la naturaleza. Lávese a menudo esa parte con agua fría y le aseguro yo que vivirá usted sin nariz tan sano como si la tuviera. En cuanto a la nariz, le aconsejo que la conserve en un frasco lleno de alcohol, o mejor aún, que eche allí dos cucharadas de vodka y vinagre caliente… Podrá obtener mucho dinero por ella. Yo mismo se la compraría siempre que no pidiese demasiado por ella.

-¡No, no! ¡No la venderé por nada del mundo! -gritó desesperado el mayor Kovalev-. Prefiero que se pierda.

-Perdone usted -dijo el médico saludando-. Sólo quería serle útil… ¡Qué le vamos a hacer! De todos modos, usted mismo puede reconocer que hice cuanto estaba de mi parte. Dicho esto, el médico salió de la habitación con una actitud llena de dignidad.

Kovalev ni siquiera le había visto bien la cara, y en su profundo abatimiento, sólo reparó en los puños de su camisa, blancos como la nieve, que salían relucientes de las mangas del frac negro.

Al día siguiente decidió escribir a la señora Pedtochina antes de llevar el asunto a la justicia, por ver si accedía a devolverle, sin lucha, lo que le pertenecía. Su carta estaba redactada de la siguiente forma:

«Señora doña Alejandra Grigorievna.
«Muy señora mía: No logro comprender su extraña manera de proceder. Tenga la seguridad de que al obrar de tal forma no gana nada con ello, ni me obligará a casarme con su hija. La historia de mi nariz ha quedado perfectamente aclarada, y también que nadie sino usted es la principal autora del hecho. La desaparición repentina de su lugar, su huida, su disfraz de funcionario, así como su aparición bajo su aspecto normal, todo esto no es más que el resultado de una brujería dirigida por usted o por personas que se ejercitan en tan innobles ocupaciones semejantes a las suyas. Yo, por mi parte, creo mi deber avisarla que si la nariz en cuestión no vuelve hoy mismo a su lugar, me veré obligado a recurrir a la defensa y protección de las leyes. Por lo demás, se reitera de usted su atento y seguro servidor.- Platón Kovalev. »

***

«Señor don Platón Kovalev.
«Muy señor mío: Su carta me ha causado gran sorpresa. Confieso que no esperaba semejante cosa por su parte, y aún menos en cuanto está relacionado con estos reproches injustificados. Le aseguro que nunca recibí en mi casa un funcionario a que alude, ni disfrazado ni sin disfrazar. Y si bien es cierto que estuvo en mi casa Felipe Ivanovich Potanchikov, que aspira a obtener la mano de mi hija, sepa que a pesar de su conducta intachable y sobriedad y de su gran cultura, jamás le hice concebir la menor esperanza. Me habla usted acerca de la nariz. Si con ello pretende insinuar que yo tenía la intención de darle en las narices, o sea negarle rotundamente la mano de mi hija, no puedo sino sorprenderme al verlo suponer semejante desatino, ya que no ignora que siempre opiné lo contrario. No obstante, si ahora tuviese usted la intención de pedir oficialmente la mano de mi hija, yo accedería gustosa, puesto que esto fue siempre mi mayor deseo. En esta esperanza, queda de usted suya segura servidora.-
Alejandra Podtochina.»

-No -dijo Kovalev, después de leer la carta-. No cabe duda, no es culpable. ¡Es imposible! Una carta así no la puede escribir una persona responsable de un crimen.

El asesor colegiado era entendido en estas cosas, pues ya en varias ocasiones le habían sido encomendadas investigaciones en las provincias del Cáucaso.

-¿Cómo y de qué forma había sucedido? ¡ Sólo el diablo lo podrá entender! -dijo, por fin, dejando caer los brazos.

Mientras tanto, por toda la ciudad se habían propagado rumores acerca de este extraordinario acontecimiento, no sin adiciones especiales.

Por aquel entonces las inteligencias de todas las personas eran muy propensas a creer en toda clase de fenómenos ultrarreales. Poco antes, el público se había interesado por los ensayos sobre el magnetismo. Además, la historia de las sillas andantes de la calle Koniujiña aún estaba reciente, así es que no era de extrañar que al poco tiempo corriera el rumor de que la nariz del asesor colegiado Kovalev se paseaba a las tres en punto por la perspectiva Nevski, por lo que diariamente acudía allí gran número de curiosos. Alguien dijo que la nariz se encontraba en el almacén Yunker, y pronto la gente se agolpó frente al Yunker, de tal modo, que tuvo que intervenir la Policía.

Un especulador de aspecto respetable con patillas, y que vendía toda clase de pastelitos secos a la salida de los teatros, dispuso hermosos y sólidos banquillos de madera e invitó a los curiosos a tomar asiento, cobrando ochenta kopeks por asiento.

Un coronel salió expresamente más temprano de su casa para verla. Y a duras penas logró abrirse paso a través de la multitud; pero con gran indignación vio en el escaparate de la tienda, en lugar de la nariz, una camisa de lana de lo más corriente y una litografía que representaba a una joven que se arreglaba la media y un petimetre con el chaleco desabrochado y una pequeña barba, el cual la observaba detrás de un árbol, cuadro que colgaba siempre en el mismo lugar, desde hacía más de diez años.

El coronel se alejó, murmurando todo disgustado:

-¿Cómo se puede engañar al pueblo con semejantes tonterías y rumores inverosímiles?

Después corrió el rumor de que la nariz del mayor Kovalev no se paseaba por el Nevski, sino por el jardín Tavicheski y que, al parecer, se encontraba allí desde hacía mucho tiempo. Chorserv Mirza habría mirado con asombro ese raro portento de la Naturaleza cuando vivía por allí. Unos cuantos Estudiantes de la Facultad de Medicina que estaban estudiando cirugía también fueron al jardín. Una ilustre y noble dama pidió por medio de una carta especial al guarda de aquel jardín que enseñara el raro fenómeno a sus hijos y, a ser posible, se lo explicara de manera instructiva y provechosa para la juventud.

Todos estos acontecimientos proporcionaron una gran alegría a esos distinguidos caballeros del gran mundo, elemento indispensable de toda reunión, amantes de hacer reír a las damas, y cuya provisión de anécdotas se estaba agotando por entonces. Sin embargo, una minoría de gente respetable y bien intencionada se hallaba sumamente disgustada. Un señor incluso declaró, todo indignado, que no comprendía cómo en nuestro siglo pueden propagarse unos rumores tan absurdos, y le asombraba que el Gobierno no prestase atención a semejantes cosas. Este señor, como se ve, pertenecía a esa clase de personas que creen sea obligación del Gobierno intervenir y meterse en todo, hasta en la vida íntima y rozamientos de los matrimonios. Después de lo cual…

Pero aquí el suceso vuelve a sumirse en la niebla, y no se sabe nada de lo que sucedió después.

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En este mundo ocurren las cosas más disparatadas. A veces, sin una pizca de verosimilitud. De pronto, aquella misma nariz que paseaba bajo la figura de un consejero de estado, y que causó tanto revuelo en la ciudad, apareció, como si nada hubiera ocurrido, en su sitio, o sea entre las dos mejillas del mayor Kovalev. Esto sucedió el 7 de abril.

Por la mañana, al despertarse, miró como por casualidad al espejo, y vio reflejada en él… ¡su nariz! La tomó con las manos. ¡Efectivamente, era su nariz! «¡Vaya!», exclamó Kovalev, y de pura alegría iba ya a bailar descalzo por toda la habitación, cuando la llegada de Iván se lo impidió. Mandó en seguida que le trajeran agua para lavarse, y mientras se lavaba, volvió a mirarse en el espejo… ¡Sí, allí estaba su nariz!

Frotóse con la toalla y nuevamente se contempló en el espejo. ¡La nariz seguía allí!

-Mira, Iván: parece que tengo un grano en la nariz -dijo pensando para sí: «Sería horrible si ahora Iván me dijera: `No, señor; no sólo no tiene grano, sino que tampoco tiene nariz’».

Pero Iván contestó:
-No veo ningún grano; tiene la nariz completamente limpia.
-¡Está bien! ¡Qué demonios! -murmuró para sí el mayor. Y chasqueó los dedos.
En aquel momento asomó por la puerta la cabeza del barbero Iván Yakovlievich…, tímido como un gato al que acaban de pegar por haber robado un pedazo de sebo.

-Ante todo, dime si tienes limpias las manos -gritó Kovalev desde lejos.

-Están limpias.
-Mientes
-Sí, por Dios; las tengo limpias.
-Bueno, pórtate con cuidado.
Kovalev se sentó. Iván Yakovlievich le tapó con una servilleta y en un momento, con ayuda de la brocha, convirtió toda su barba y parte de sus mejillas en una crema semejante a la que se suele servir en las fiestas onomásticas de los comerciantes.

«¡Vaya! -se dijo a sí mismo Iván Yakovlievich, tras haber mirado la nariz, y luego inclinó la cabeza y la miró de lado- ¡Vaya, aquí está! ¡Quién lo hubiera pensado!», prosiguió él, y se estuvo un buen rato mirando la nariz. Por último, con toda la dulzura y cuidado de que era capaz, alzó los dedos para tomar la nariz por la punta. Tal era el sistema de Iván Yakovlievich.

-¡Eh, tú! ¡Ten cuidado! -grito Kovalev.

Iván Yakovlievich dejó caer las manos, quedándose todo azorado y confuso, como nunca jamás había estado en su vida.

Por fin, con sumo cuidado, empezó a cosquillearle la barbilla con la navaja, y aunque para él no resultaba cómodo ni fácil afeitar sin sostener el órgano del olfato, sin embargo, apoyando su áspero pulgar en la mejilla y en la mandíbula inferior, acabó por vencer todas las dificultades y le afeitó.

Cuando todo hubo terminado, Kovalev se vistió de prisa, tomó un coche y se fue directamente a una confitería. Apenas entró, dijo en voz alta:

-¡Eh chico! ¡Una taza de chocolate! -y al mismo tiempo se acercó al espejo. ¡La nariz seguía allí! Se volvió atrás muy alegre, y entornando un poco los ojos, miró con expresión un tanto satírica a dos militares, uno de los cuales tenía una nariz no más grande que un botón de chaleco.

Después fue a la Cancillería del Departamento, en el que había solicitado el puesto de vicegobernador o, acaso de no poder alcanzar éste, el de ejecutor. Al pasar por la sala de espera echó una mirada al espejo… ¡La nariz seguía en su sitio! Luego fue a ver a otro asesor colegiado o mayor, muy guasón, a cuyas observaciones mordaces solía contestar diciendo:

-Bueno; ya sé que tú eres un sabihondo y un pedante.
Durante el camino pensaba: «Si el mayor no revienta de risa al verme, es un signo evidente de que no está su mujer». Pero el asesor colegiado no dijo nada. «¡Bien, bien! ¡Qué diablo!», pensó Kovalev para sus adentros.

Por el camino encontró a la señora Podtochina con su hija, las saludó y fue acogido con exclamaciones de alegría; por tanto, todo estaba bien y no tenía ningún defecto. Se estuvo charlando con ellas un buen rato y sacó adrede delante de ellas su tabaquera, tardando mucho tiempo en llenarse los orificios de la nariz, diciendo para sí: «¡Aquí la tenéis! Mujeres, sois tontas, más tontas que las gallinas. En cuanto a tu hija, no tengo la menor intención de casarme con ella, así, par amour. ¡Qué se habrá creído!». Y desde entonces el mayor Kovalev se dejó ver, como si nada hubiera ocurrido, en la perspectiva Nevski, en los teatros y en todos los sitios. Y también la nariz, como si nada hubiera ocurrido, seguía fija en su rostro, sin dejar siquiera entrever que había semejante escapatoria.

Después de lo cual se veía siempre al mayor Kovalev de buen humor, sonriente, persiguiendo, sin excepción a todas las mujeres bonitas. En cierta ocasión hasta se lo vio ante un puesto en el Lostiny Dvor, comprando un cordón de una condecoración, mas sin saber con qué motivo, pues no era caballero de ningún orden.

Y he aquí la historia que sucedió en la capital septentrional de nuestro gran imperio. Sólo ahora, después de reflexionar sobre todo esto, vemos que hay mucho de inverosímil. Sin hablar de lo extraño de la desaparición sobrenatural de la nariz y su aparición en diferentes lugares, bajo la figura de consejero de Estado…, ¿cómo pudo Kovalev no comprender que era imposible buscar la nariz por medio de un aviso en el diario? No me refiero a que el precio sea elevado; simplemente me parece algo indecoroso, inconveniente y que no está bien.

Y además, ¿cómo fue a parar la nariz al pan cocido, y cómo el mismo Iván Yakovlievich…? ¡No, no lo comprendo! Pero lo más extraño, lo más incomprensible es que los autores puedan elegir semejantes argumentos. Reconozco que esto es completamente inconcebible. Es nada menos que… ¡No, no! ¡No comprendo nada en absoluto! En primer lugar, no es nada provechoso para la patria; en segundo lugar…

Pero si ni aun en segundo lugar le encuentro utilidad. Sencillamente no sé qué significa esto…

No obstante, a pesar de todo, aunque admitamos lo uno y lo otro y lo tercero, puede incluso que… Pero ¿en dónde no existen cosas absurdas? Y, sin embargo, si reflexionamos sobre todo lo sucedido, veremos que, en efecto, hay algo. Digan lo que quieran, en el mundo se dan semejantes sucesos… aunque raras veces, pero suceden.

Razas de Gatos y Perros de Ucrania

A modo de introducción, leamos un cuento folclórico:

El Gato y el Perro – Кіт і Пес

Було це чи не було, а зустрілися якось кіт і пес. Пес цілий день гасав луками, допомагав пастухові череду пасти, а ввечері гарно вечеряв, що там давав йому хазяїн, і міцно засипав.

От кіт і питає у пса:

— Скажи-но мені, як це так: життя твоє таке клопітне, а їси ти всмак і спиш добре. Тим часом я живу в теплі, без турбот, а проте не маю ні спокійного сну, ні смаку до їжі.

Пес і каже котові:

Потрудись, побігай, а тоді вже обідай;
Поробиш усю роботу, то й поспиш в охоту.

Habrá sido asi o no, pero una vez se encontraron Gato y Perro. Perro corría todos los dias en la pradera, ayudaba al pastor con la pasta y por la tarde cenaba bien, pues el amo le daba algo, y caía dormido.

Y Gato le preguntó a Perro:

“Dime esto: tu vida es tan ocupada, pero comes rico y duermes bien”. Mientras tanto, yo vivo calientito, sin preocupaciones, pero no puedo dormir tranquilo, y no disfruto de la comida”

Perro responde entonces a Gato:

Trabaja, corre y luego cena. Después de hacer todo tu trabajo ¡ya verás que bien dormirás! .

Ref del cuento


Veamos ahora las razas de perros y gatos creadas en Ucrania:

Razas de Gatos

Levkoy

La raza de gato creada en Ucrania se conoce como Levkoy ucraniano – Український левкой, y tiene una apariencia distintiva, diferente, con orejas enrolladas y casi totalmente lampiño. Gatos de tamaño medio, cuerpo alargado, delgado y musculoso. Tienen piel elástica, un exceso de la cual les da una apariencia arrugada.

Esta raza fue creada entre el 2000 y 2011 por Elena Biriukova en Ucrania, como cruce entre hembras Donskoy sin pelo y machos Scottish Fold. Surgieron dos mutaciones espontáneas en las que los genes dominantes FD, que aparecieron en simples gatos domésticos de Escocia, fueron usados, así como la falta de pelo, otorgada por el gen BD del gato doméstico ruso; ambos aparecieron el siglo pasado.

La raza fue reconocida por la ICFA RUI (Rolandus Union International) el 2005 en Ucrania, comenzando en septiembre de 2010 a otorgar premios de “Campeón” a ejemplares puros. Actualmente existen ya 10 ejemplares puros oficialmente.

En carácter son juguetones e inteligentes; de personalidad muy sociable, disfrutando la compañía humana, así como de otras mascotas (por ejemplo, perros, ratones, cerdos).

Al no tener pelo, el Levkoy ucraniano no necesita ser cepillado pero en contrapartida necesita mucho cuidado en su piel, para protegerlo de los rayos del sol o condiciones de frío.

Tienen generalmente entre tres y cinco gatitos por camada, que necesitan atención constante por 16 semanas, pues son más débiles que los de otras razas, aunque los adultos son fuertes.

Razas de Perros

El perro Hortaya Borzaya

Xopт en ucraniano, Kurtas en lituano, es un perro un perro de pelo corto originalmente criado para cazar independientemente de los humanos, con probable origen de alguna raza asiática, pero muy antiguo, pues la raza fue desarrollada en el Reino de Rus de Kyiv.

Es un animal de tamaño grande, musculoso pero a la vez delgado, de proporciones considerablemente elongadas.
En su vida cotidiana el Hortaya es un perro tranquilo y balanceado en su comportamiento. Tiene una visión muy buena, pues es capaz de ver un objeto pequeño en movimiento a una considerable distancia. A pesar de su temperamento tranquilo, cuando se trata de correr y jugar, tiene una reacción muy activa. Jamás es agresivo contra el ser humano y puede seguir instrucciones básicas de obediencia.
La raza tiene 5 distintos tipos, con varios subtipos; el resultado es una amplia variedad que se adapta a la geografía, condiciones climáticas y presa disponible.

Las patas son largas, la espina dorsal flexible y el pecho desproporcionadoen profundidad en comparación con la cintura, para acomodar sus poderosos pulmones. Orejas pequeñas.
Los machos tienen un tamaño entre 67 y 75 cm y las hembras de 61 a 71. El peso depende del subtipo y varia de 18 kilogramos en la hembra Stavropol a 35 kg en el macho de las regiones del norte. En general es más pesado de lo que aparenta.

El pelaje corto viene en cualquier color, pues los únicos estándares de la raza son su salud y habilidades.

Perros de colores obscuros típicamente tienen una trufa negra, mientras queblos de pelo claro tienen la trufa café. Los ojos son de diversos colores, pero típicamente con la orilla negra o muy oscura.
Comenzando en el 2000 fueron exportados algunos ejemplares a partes de Europa y América del Norte, logrando por primera vez una camada fuera de las estepas en 2006 en Europa occidental. Al ser una raza de perro desarrollada en la Rus de Kyiv, es considerada de origen ucraniano, aunque se encuentra también en otros países caucásicos.
Padece de displasia de la cadera o de los codos y su expectativa de vida es de 14 a 15 años cuando no se dedican a la cacería de presas grandes.

Desde sus inicios fue utilizado como perro de caza, dedicado a cualquier presa disponible en las estepas ucranianas, especialmente liebres, zorros, lobos, antilopes Saiga, y es primordialmente de carreras largas, con 4 km de aguante en la estepa abierta y un corto descanso; no utiliza solamente su aguda vista, sino también su olfato. La presa pequeña es muerta por el perro, y en este caso se comporta como recuperador, mientras la grande es simplemente acorralada en espera del cazador.

El sabueso ucraniano de las montañas

Український гірський гончак es una raza que combina las cualidades de un cazador, perro de compañía y de rescate. También recibe el nombre de “Cazador de las montañas de los Cárpatos”.

Es utilizado primordialmente como perro de caza, cualquier tamaño de presa, incluso aves; son capaces de sostener la presa durante varios minutos hasta que el cazador llegue aunque, si éste falla, la deja ir, y es muy hábil para seguir el rastro de un animal herido, incluso un día después y aunque se oculte entre la nieve o bajo el agua (por lo que es útil también como perro de rescate).
Como perro de compañía es un camarada devoto, inteligente y amoroso, incansable y buen trabajador ayudante y compañero de aventuras.

Cachorros del Sabueso de los Cárpatos

La región de origen es, obviamente, el macizo de los cárpatos (Lemkivshchyna, Boykivshchyna, Hutsulshchyna y Bukovina). Desde tiempos antiguos fue utilizado por cazadores en las difíciles condiciones geográficas de las montañas, y por ello ha sido mejorado de generación en generación, otorgando una mayor resistencia, valor y orientación en las escarpadas montañas.
Es un perro de fuerte constitución, con 55 a 65 cm de altura a la cruz en machos y 52 a 62 cm en hembras. Su color es predominantemente negro, algunas pequeñas manchas blancas en sus patas, pecho, cabeza o al final de la cola. Pelo lanudo en todo el cuerpo, pero corto y lustroso en cabeza, patas y orejas. El pelaje interno es muy desarrollado y su piel es densa, elástica y sin arrugas. Huesos fuertes.

Pastor Ucraniano

El origen de esta raza reside en el cáucaso y las montañas de las estepas localizadas entre el mar negro y el mar de azov, incluida Crimea, península ucraniana. Otros nombres que recibe son “Ioujnorousskaïa, Ovtcharka, Pastor ucraniano, Yuzhak, Ucraniano del sur”.

Tiene un parentesco muy cercano con el lobo.

La raza fue utilizada antiguamente para proteger los rebaños de ovejas merino en el Sur de Ucrania. Dado que el instinto gregario de estas ovejas es muy fuerte, no era necesario agruparlas, por lo que los perros pastores pequeños eran completamente inútiles. Sin embargo, la presencia de lobos y otros depredadores grandes hacía necesario contar con un perro de protección grande, fuerte y muy agresivo. Es así que el pastor ucraniano cubría a la perfección un rol que de otra manera hubiera quedado vacío.

Sin embargo, la raza nunca fue muy popular afuera del territorio ucraniano, quizás por su carácter agresivo y su gran necesidad de ejercicio. En algún momento a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, la raza estuvo al borde de su extinción pero fue recuperada gracias al esfuerzo de criadores aficionados.

Algo similar sucedió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la raza casi desapareció y los aficionados recurrieron al komondor húngaro para recuperarla.

El pastor del sur de Ucrania sigue siendo un perro raro y poco conocido. No destaca como perro mascota y no goza de gran popularidad entre los aficionados a las exposiciones caninas, por lo que su población sigue siendo pequeña y restringida sólo a algunos lugares.

Estos perros fueron criados y seleccionados para proteger los rebaños y las propiedades en ambientes hostiles. Su temperamento refleja esa situación a la perfección, y los pastores del Cáucaso son animales enérgicos, impetuosos, con tendencias agresivas y desconfiados.

El propio estándar de la Federación Cinológica Internacional de la raza indica que estos pastores son mordedores y desconfiados con los extraños, por lo que es muy importante la temprana socialización de los perros. Sin embargo, tienden a ser muy protectores de sus humanos, por lo que son de gran utilidad como perros guardianes y de protección.

Los pastores ucranianos no son buenas mascotas. Su carácter fuerte y agresivo puede causar muchos conflictos. Tampoco son una buena opción para propietarios inexpertos y sólo deben estar bajo el cuidado de personas con conocimiento de su adiestramiento. Sin embargo, son excelentes perros para guardia, protección y, por supuesto, para proteger los rebaños en lugares en que hay grandes depredadores.

Es robusto, delgado, de huesos macizos y una musculatura muy desarrollada. Los machos son valientes, más corpulentos y macizos que las hembras.

La cabeza tiene forma alargada, la frente es moderadamente amplia; el tubérculo occipital y las arcadas cigomáticas son bien marcadas. La depresión naso-frontal es poco pronunciada. La trufa es grande y negra.

Las orejas son relativamente pequeñas, de forma triangular, colgantes. Los ojos son ovalados, se presentan horizontalmente, hundidos. Los párpados son delgados y están bien tendidos.

Los dientes son blancos, grandes, estrechamente yuxtapuestos. Los incisivos están implantados de manera uniforme y cierran en forma de tijera. El cuello es delgado, musculoso, de longitud moderada. De implantación alta.

La Cruz es aparente pero no alta. La espalda es recta y sólida. El lomo corto, amplio, redondeado.
Su pecho razonablemente amplio y ligeramente plano, profundo. Su vientre moderadamente levantado.

Los movimientos son libres y amplios. Durante el trote, las patas se desplazan en forma rectilínea, con un ligero acercamiento de la línea media. Las articulaciones de los miembros anteriores y posteriores se levantan libremente.

Su pelo es largo (10-15 cm), grueso, denso, abundante, levemente ondulado. De longitud uniforme en la cabeza, los miembros, el pecho y la cola. La capa interna de pelos está bien desarrollada.

A menudo es blanco, pero puede ser también blanco y amarillo, color paja, grisáceo (gris cenizo) y otros tonos de gris; blanco ligeramente marcado de gris; manchas color gris.

Esta raza se encuentra entre las razas más grandes: la altura a la cruz en machos es de un mínimo de 65 cm. Y en hembras un mínimo de 62 cm.

Al ser una raza rara y poco difundida, no se conoce mucho sobre las enfermedades hereditarias que pudiesen presentar los pastores de Ucrania. No es bueno bañar a estos perros con mucha frecuencia, ya que se elimina la protección natural del pelo, además que el pelo tarda mucho en secar.

Los pastores ucranianos son perros muy activos y llenos de energía, que necesitan hacer mucho ejercicio. No son aptos para la vida en departamento y les cuesta mucho adaptarse a la vida en ciudades muy pobladas. Lo mejor es que vivan en propiedades rurales donde puedan cumplir las funciones para las que fueron seleccionados.


Ahora un pequeño cuento folclórico


Ліс тримає обережно
Свій зимовий небозвід.
З хмари білої на стежку
М’яко стрибнув сніжний кіт.

El bosque aguanta cuidadosamente
EL cielo invernal
Desde las blancas nubes en la vereda
Suavemente saltó el nevado gato.

На ялиночках, де всівся
Цей пухнастий молодець,
Заряхтів та заіскрився
Білий пишний комірець.

Sobre los abetos, allí se recostaba
Este peludo jovencito,
brillaba y chispeaba
El blanco y magnífico collar

Приспів:

Сніжний кіт, ось він де!
Він по вулиці іде!
Наші стежечки зимові
Білим снігом замете!

Coro:

¡El gato de nieve, allí el está!
¡A las calles el va!
¡Nuestras veredas invernales
con blanca nieve él cubrirá!

По стежинах кіт пройшовся,
Засніжив сосновий бір
Та подихав на віконце –
Візерунки гарні сплів.

Por las veredas fue el minino
Bosques de pino nevó
Y respirando sobre la ventana
Lindos dibujos pintó.

Кіт хвостом почав махати –
Білий дим з труби встеріг,
А вже потім влігся спати
Він до мене на поріг.

El gato comenzó a menear el rabo
El blanco humo de la Chimenea se elevó,
Y ya entonces se echaba a dormir
El en nuestro umbral.

Приспів.

Coro.


Голуб на черешні – Palomo en cerezo

Letra original y traducida

Голуб на черешні,
голубка на вишні, (*)
Скажи, мій миленький,
що маєш на мислі.

Palomo en cerezo
Paloma en cerezo (*)
Dime, mi amado
Que hay en tu pensamiento

“Я маю на мислі
тебе покидати:
Через воріженьки
не можу тя взяти.

“Tengo en mi mente
Que quiero dejarte:
Por los enemigos
Como esposa no puedo tomarte.

Через воріженьки,
через поговори…
Не дають перейти
до тебе дороги”.

Por los enemigos
Por los rumores
No dejan mis caminos
A ti cruzar.

А в моїм садочку
стежечка вузенька, –
Ніхто в нім не ходить,
лиш я молоденька.

Y en mi jardincito
Por la estrecha vereda
Ninguno camina
Porque joven sólo yo.

В правій руці ключик
від мого серденька,
Бо моє серденько
треба вже замкнути,

En mi mano derecha
De mi corazón la llave
Pues el necesita
Estar ya cerrado.

Що сказав миленький,
треба вже забути:
“Через воріженьки
не можу тя взяти”.

Lo que dijo mi amado
Tengo que olvidarlo:
Por los enemigos
No puedo tomarte”

Hay una diferencia, que es clave para la comprensión de esta canción, entre Черешня (cheréshnya) que se refiere a la cereza dulce, y Вишня (vYshnya), que habla de la “guinda” o cereza ácida. (Este enlace conduce a un artículo que amplía esta información )

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Simbolismo de Голуб – Paloma
En español conocemos generalmente a ambos géneros de esta ave como “Paloma”, en general, pero si necesitamos diferenciar, decimos “Palomo” (Holub – Голуб) para el macho y “Paloma” es la hembra (Holubka – Голубка).

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En creencias populares, la paloma es un ave de pureza, santidad y divinidad. En el cristianismo, el Espíritu Santo descendió del cielo en forma de paloma durante el bautismo de Jesucristo, por lo que santifica las aguas y las prepara para este Sacramento, solo al posarse en ella. Esta ave es también símbolo de paz y amor y, en pareja, de fidelidad y amor eterno.

En el Evangelio según San Lucas se describe como, mientras Cristo oraba, “Los cielos se abrieron y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma terrenal de una paloma, y se escuchó una voz del cielo que decía: <<¡Tu eres mi hijo, mi Amado, en eo qie tengo el gozo! >>(Lucas 3:22). Otra mención del Espíritu Santo en forma de paloma se encuentra en el Evangelio según San Juan: “Y Juan testificó, diciendo: Yo vi al Espíritu bajando desde el cielo en forma de paloma, y se posó sobre Él” (Juan 3:32).

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En el año 536 se declaró oficialmente la paloma como símbolo del Espíritu Santo, aunque muchos pueblos, incluidos los eslavos, la relacionan con el alma de los difuntos, debido a su presencia en camposantos. Para los musulmanes, la paloma es un ave sagrada que trajo agua en su pico a Mohamed, para que se lavara.

En la mitología de algunos pueblos sirven a los dioses, y algunos adquieren forma de una paloma al bajar al mundo de los mortales. El Indio Agni voló al dios Uzinari montado en una, o también Zeus utilizó palomas para traer la ambrosia, el alimento de los dioses.

En el Antiguo Testamento, Noe manda una paloma a ver si hay tierra firme; la primera vez regresa sin nada, la segunda con una ramita de olivo y la tercera ya no regresa, indicando que la inundación bajó y ya hay tierra. Esto dio origen a que sea ave mensajera, sobre todo de buenas noticias, de paz.

Las patas de la paloma son rojas, según creencias de los pueblos eslavos del sur, pues se posó en la Sangre de Cristo. Leyendas macedonias asocian una palomita con una hermana que salvó a su hermano capturado por los turcos, tras lo cual los enemigos ahorcaron a la muchacha. En leyendas croatas, el enemigo de la paloma es una cabra salvaje, que destruye su nido, por lo que el ave la maldice torciéndole los cuernos. Los musulmanes de Bosnia y Herzegovina dicen que el ave es un regalo de Allah, quien quería advertir a su pueblo sobre una gran hambruna que se aproximaba y que compraran pan, y envió una paloma con esa misión, pero esta no la cumplió, por lo que Allah se enojó con ella y le quitó la lengua.

Y ya entrando en el folclore ucraniano, la paloma tuvo participación en la creación del mundo: tres palomitas posadas en la punta del arbol de la vida se sumergieron en el mar y sacaron arena de su fondo, y la sacaron a la superficie y de ella se originó la tierra y todo lo que está sobre ella. Y es recurrente el número tres cuando se habla de palomas, pues simboliza la perfección.

Cuando las tortolas vuelan cerca de una persona, simboliza que va a llover:

Не йди, не йди дощику!
Дам тобі борщику.
Поставмо на дубоньці,
Прилетять три голубоньці
Та возьмуть тя на крилонька,
Занесуть тя в чужиноньку.

¡No te vayas, no te vayas lluviecita!
Te daré de Borshch una sopita.
La pondré sobre el roblecito,
Vendrán tres palomitas.
Y te llevarán en sus alitas
Te conducirán al extranjero.

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En tiempos antiguos era prohibido comer palomas, pues se pensaba que “Quien mate esta ave también matará niños, y no tendrá fortuna”, lo que también dio origen a un antiguo decir: “Palomas horneadas no vuelan a los labios” (es mejor si están vivas) .

El jefe de hogar que conserve vivas las palomitas tendrá paz y armonía en su hogar, nunca sufrirá penas y tampoco ocurrirán incendios.
Sin embargo, en la antigua Rus de Kyiv se pensaba que, para extinguir un incendio, había que arrojar en él una paloma blanca.

Si una paloma súbitamente se estrella en la ventana de la casa, de desatará un incendio o alguien morirá.

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La paloma aparece también en la historia, relacionada con la reina de Kyiv, Santa Olha de Kyiv (enlace a artículo más extenso) :

Como venganza por la muerte de su esposo Ihor, la reina sitió la fortaleza de los drevlianos pero, no habiendo conseguido nada con ello, les solicitó una ofrenda para dejarlos en paz: que cada familia entregara tres palomas y tres ruiseñores.

Los drevlianos conocían la devoción que sentían los habitantes de la Rus de Kyiv por las aves, y no les pareció sospechoso.

La reina entonces ordenó a sus tropas que ataran fuego a las patas de las aves y, cuando éstas regresaron a sus hogares (las palomas a la casa, los gorriones al patio), las casas prendieron fuego y la gente tuvo que concentrarse en extinguir los incendios, lo que aprovechó el ejército de la reina Olha y tomó la ciudad.

Cuentos folclóricos hablan a menudo sobre las palomas; la heroína se viste como una y se transforma.

El simbolismo matrimonial de un par de tortolas es vívido y poético. Cada una de ellas se posa sobre cada lado del árbol de la vida, en correlación con el sol y la luna. Esta pareja encarna la alegoría de la fertilidad, del bienestar y la riqueza.

En un dicho popular, los jóvenes quieren amarse “como un par de tortolas”, y éstas simbolizan el amor y una relación en armonía durante la juventud. En un cuento, un cazador mata a la pareja de una tortola, y le dice a la que queda viva que escoja de entre 100 otras, pero ésta prefiere morir antes que emparejarse con otra que no sea su amor.

En Transcarpatia se piensa que “si entregas la mitad del corazón de una paloma a la novia y la otra mitad al novio, ellos se amarán por siempre. .

Sin embargo, la mención de la paloma en poemas y canciones también tiene otros símbolos:

  • Un pobre huérfano es como una paloma gris
  • O un hipocorístico al ser amado: “En algun lugar está mi querido, mi paloma azul”
  • En algunas canciones nupciales, la paloma representa un anciano
  • Los buenos vecinos también son tortolas:” ¡Oh, mis vecinos, vosotros sois mis palomas! “
  • El hetman kozako es representado en algunas canciones de la época:” El Hetman partió como el volar de una paloma”

Es común simbolizar, incluso en occidente, las almas de los seres queridos que han fallecido con palomas que se posan en nuestra ventana, como en la canción “Cucurrucucu, Paloma”, o “La Paloma” (explicada a fondo más adelante).

En Ucrania van más allá con esta creencia pues, al morir una persona, es un ave (muchas veces una paloma, aunque generalmente cigüeña) quien lleva el alma del difunto a la tierra de los muertos, o trae el alma al “envase vacío” de un bebé recién nacido (Boykivshchyna).

La “enfermedad negra” (ataques epilépticos) se cura colocando una paloma sobre el corazón del paciente; ésta se sostiene allí hasta que deja su excremento, y luego se traslada a su nido. Este tratamiento médico se basa en el hecho que una paloma “es limpia y capaz de limpiar”, es decir, sanar.

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Fuente

Fuente 2

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Canciones occidentales

La primera canción que nos viene a la mente en occidente al hablar de palomas es ésta, escrita por Sebastian Yradier en 1850, español, una “habanera“, es decir, un tanguillo de Cadiz (Tanguillo gaditano) con influencia cubana (La Habana) importada a España por marineros.

Pronto se volvió famosa, sobre todo en México, Alemania, Bélgica, pero también en muchisimos países; la favorita de la emperatriz Carlota de Bélgica; nombrada en la novela portuguesa El pecado del padre Amaro, también catapultó la carrera del cantante alemán Freddie Quin, fue grabada por Elvis Presley y Dean Martin, y el 9 de mayo de 2004 fue cantada por el coro más grande hasta el momento, por 88600 cantantes.

El fondo de esta canción reside en un episodio histórico que ocurrió en Grecia, en el 492 antes de Cristo, antes de la invasión de Darío; antes que las palomas blancas fueran conocidas en Europa. La flota persa, al mando de Mardonius, fue atrapada en una fuerte tormenta en el mar cerca del monte Athos, y tras hundirse, un gran número de palomas blancas salieron volando de la nave y se dirigieron volando a Persia.

Esto inspiró la idea en los griegos que las palomas eran realmente las almas de los marineros que habían muerto ahogados en este naufragio, y que regresaban a las casas de ellos a dar el mensaje de amor a sus familias.

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Esta pieza ha sido cantada en muchos idiomas, pero…. En Ucraniano, se escucha GENIAL.

Fragmento del texto

Si a tu ventana llega
una paloma
trátala con cariño
que es mi persona.

Cuentala tus amores
bien de mi vida
coronala de flores
que es cosa mia.

¡Ay! Chinita que si
¡Ay! Que dame tu amor
¡Ay! que vente conmigo chinita
a donde vivo yo.

Claro que también nos viene a la mente la pieza “Una Paloma Blanca” de George Baker, cuyo fondo es un campesino suramericano que trabaja todo el dia y luego se sienta a la sombra de un árbol a soñar con que es una paloma blanca, o sea LIBRE.

O también “Cucurrucucu Paloma”, un huapango mexicano compuesto por Tomás Méndez en 1954, cuyo tema es “La enfermedad por amor”, en este caso un amor perdido, y el coro emula el canto de la paloma: cucurrucucu..

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Poema “El Cáucaso” – Кавказ – Por Taras Shevchenko

Este poema, fechado 18 de noviembre de 1845, fue dedicado a Jacob de Balmén, tran amigo de Taras Shevchenko, y publicado por primera vez en Leipzig en 1859, pagina 713 de “Nuevas poesías de Pushkin y Shevchenko”.

El poema es una reflexión sobre la injusticia y crueldad del mundo, así como sobre la hipocresía de algunas personas. El heroe lírico acude a Dios en alguna resonancia, pero dándose cuenta de la impotencia humana ante la desgracia:

¿Cuándo despertará, al fin?
¿Cuándo, oh Dios, de fatigado
Te echarás a descansar
Y dejarás vivir, cuándo?
Pues creemos en tus fuerzas
Creadoras, soberano.
¡Se alce la verdad y triunfe
La libertad que anhelamos
Y a ti, solamente a ti,
Te rezarán con agrado
Todos los pueblos del mundo
Por los siglos!

En las obras del poeta, la idea que aparentemente Dios duerme, o por otro lado, qu3 no permite la injusticia en el mundo (como en “La Princesa”) es rara. El autor se concentra más en recalcar la deshonestidad e hipocresía de las clases gobernantes.

Ironiza sobre los altos círculos gobernantes de la Rusia zarista, que creen tener el derecho de “enseñar” a otras culturas como vivir, que vestir y que costumbres llevar, em este caso los habitantes del Cáucaso.

Oleo

Shevchenko utiliza el sarcasmo:

Nosotros somos cristianos;
Templos, aulas, ¡Dios tenemos!
Sólo nos irrita un tanto
Vuestra saklia, ¿qué hace allí?
No os la dimos. Ni os echamos
Vuestro churek como a perros.
Que conste que no os cobramos
Por el sol que os calienta
Porque no somos paganos,
Sino cristianos auténticos,
Contentos con poco…

Sin embargo, el poeta también menciona a Siberia, Rusia, y las priwiones que tiene el Imperio en esta región, en la que están no sólo criminales, sino también prisioneros políticos.

Es silente acerca de la población completa de la Rusia Zarista, “Porque es próspera”, de nuevo riendo amargamente.

En diciembre de 1841 el Imperio Ruso firmó un tratado internacional en el que prohibió la trata de esclavos, pero en Rusia continuaba el maltrato y el comercio de “Servidumbre”.

Al galo injuriar, mercar
O a la baraja jugarnos
Gente… no negros… humilde…
Aunque fueron bautizados.
Y, al fin, hispanos
Dios nos libre de lo hurtado.
¡La ley, cumplirnos la ley!…
¿Por apostólicas reglas
Amáis al hermano?
¡Vanilocuentes, hipócritas
De Dios detestados!

Escribe con enojo sobre los terratenientes,

¡Del hermano la pelleja
Amáis y no el alma!
Y chupáis según la ley:
A la hija galas,
A los bastardos moneda,
A la esposa joyas,
¡Para si lo que no saben
Ni hijos, ni esposa!

Se burla de la gente de esta clase que reza en la iglesia,

Y ante tu imagen sagrada
Inclinaciones eternas.
Por el robo, guerra y sangre.
La que corre del hermano,
Te ruegan, después te ofrecen
Del incendio el manto hurtadohurtado

Y trae a colación las condecoraciones que se le da a los supuestos héroes por la guerra “de Dios”.

Luego se dirige a su amigo Jacob en

Y a ti te embarcaron, Jacobo del alma,
Mi buen compañero, mas no por Ucrania,
Por su cruel tirano, derramar hicieron
Tanta sangre justa. De Moscú el veneno
Te tocó, apurar moscovita copa

Para ampliar la información, es recomendable leer estos otros artículos sobre poemas de Taras Shevchenko:

POEMA “EL CÁUCASO”

Taras Shevchenko

A mi sincero Jacob de Balmén (1)

Tras los montes, montes, de nubes cargados,
Sembrados de penas, con sangre regados

Por los siglos, allí el águila
Castigo da a Prometeo
Picándole las costillas
Y desgarrándole el pecho.
No se beberá la sangre
Vivificante del cuerpo,
Y el corazón late y ríe,
Y vive, y vive de nuevo.
Y no fenece nuestra alma,
Los ánimos no perdemos.
No labrará, el insaciable,
Del fondo del mar el lecho.
No aplastará el alma eterna
Ni podrá vencer al Verbo,
Ni vituperar la gloria
Inmortal de Dios eterno.

¡No somos quién para reñir contigo!
¡No somos quién para juzgar tus hechos!
Llorar, llorar, llorar sólo nos queda
Y amasar el pan nuestro
Con sudores de sangre y con las lágrimas.
De nosotros se mofan los verdugos
Y la verdad dormida está, borracha.

¿Cuándo despertará, al fin?
¿Cuándo, oh Dios, de fatigado
Te echarás a descansar
Y dejarás vivir, cuándo?
Pues creemos en tus fuerzas
Creadoras, soberano.
¡Se alce la verdad y triunfe
La libertad que anhelamos
Y a ti, solamente a ti,
Te rezarán con agrado
Todos los pueblos del mundo
Por los siglos!
Mientras tanto,
Ríos de sangre discurren
Por el monte y por el llano!

Tras los montes, montes, de nubes cargados,
Sembrados de penas, con sangre regados.

Allí, misericordiosos (2),
Corrimos, cual cazadores,
La infelice libertad
Y acosamos… ¡Cuántos hombres
Cayeron allí! En la sangre
Y en las lágrimas que corren
Había que ahogar a todos
Príncipes y emperadores.
En las lágrimas de viudas,
De doncellas que de noche.
Lloran! ¡Lágrimas de madres!
De padres, ¡las más atroces!
No ríos, toda una mar ,
Se extiende. ¡Gloria a los nobles
Galgos! ¡Gloria a los perreros
Y amuestros zares padrones!
¡Gloria!
¡Gloria a los picos azules
Ocultos bajo los hielos!
Y a los caballeros grandes
Protegidos por el cielo.
Guerreáis y venceréis,
Porque Dios ayudará.
¡Lleváis la razón, la gloria
Y la santa libertad!

Churek (3) y saklia (4): son tuyos;
Ni es limosna, ni regalo,
Nadie que es suyo dirá
Ni te llevará esposado.
Aquí somos instruidos,
¡Leemos el Verbo santo!…
Y desde la baja cárcel
Hasta el alto trono andamos
Vestidos de oro y desnudos..

¡Queréis saber! ¡Enseñamos
Lo que cuesta el pan, la sal!
Nosotros somos cristianos;
Templos, aulas, ¡Dios tenemos!
Sólo nos irrita un tanto
Vuestra saklia, ¿qué hace allí?
No os la dimos. Ni os echamos
Vuestro churek como a perros.
Que conste que no os cobramos
Por el sol que os calienta
Porque no somos paganos,
Sino cristianos auténticos,
Contentos con poco… En cambio,
Si hacéis migas con nosotros,
Aprenderéis más que un sabio.
Nos basta espacio para ello,
El de Siberia es fantástico,
¡Cuántas cárceles y gentes!
Del finlandés al moldavo
Todos callan en sus lenguas,
¡Y viven! El padre santo
La santa escritura lee
Y predica que un zar raro (5)
Hubo que puercos cuidó,
Robó a su amigo y vasallo
La mujer que aquél amaba;
Luego mató al desdichado
Y, al cabo, fue a dar al cielo
El zar. ¡Veis a quién mandamos
A la gloria! ¡Sois oscuros
Sin la Santa Cruz! ¡Qué espanto!
¡Ya os enseñaremos!… ¡Hurta!
¡Atraca, llénate el saco,
Da, y al cielo! Si tú quieres
Llevarte a los tuyos, hazlo!
¿Qué no sabremos hacer?
Sembrar trigo, contar astros,
Al galo injuriar, mercar
O a la baraja jugarnos
Gente… no negros… humilde…
Aunque fueron bautizados.
Y, al fin, hispanos (6) no somos.

Dios nos libre de lo hurtado.
¡La ley, cumplirnos la ley!…
¿Por apostólicas reglas
Amáis al hermano?
¡Vanilocuentes, hipócritas
De Dios detestados!
¡Del hermano la pelleja
Amáis y no el alma!
Y chupáis según la ley:
A la hija galas,
A los bastardos moneda,
A la esposa joyas,
¡Para si lo que no saben
Ni hijos, ni esposa!

¿Por quién te crucificaron,
Cristo, hijo de Dios?
¿Por los buenos? ¿Por qué tú
Llevas la razón?
¿O por qué siga el escarnio?
Y así se quedó

Templos, capillas e iconos,
Humo de mirra y candelas,
Y ante tu imagen sagrada
Inclinaciones eternas.
Por el robo, guerra y sangre.
La que corre del hermano,
Te ruegan, después te ofrecen
Del incendio el manto hurtado

Aprendimos y queremos
Que otros también sepan;
Alumbramos la verdad
A criaturas ciegas…
A todo os enseñaremos
Si sabéis rendiros,
A construir una cárcel,
A forjar los grillos,
A llevarlos y a trenzar
Látigos muy finos,
A todo; mas vuestros montes
Nos tendréis que dar,
Lo demás ya os lo tomamos:
El campo y el mar.

Y a ti te embarcaron, Jacobo del alma,
Mi buen compañero, mas no por Ucrania,
Por su cruel tirano, derramar hicieron
Tanta sangre justa. De Moscú el veneno
Te tocó, apurar moscovita copa.
¡Oh, mi buen amigo! ¡Luz de mi memoria!
Que tu alma se alce por Ucrania entera,
Los túmulos viejos de la estepa otea.
Ve con los cosacos, vuela a las orillas
A llorar con ellos lágrimas antiguas,
Y de mi prisión, espérame en la estepa.

Mientras tanto mis cantares,
Mi cruel desdicha
Iré sembrando, que crezcan
Contra las ventiscas.
El suave viento ucraniano
Te traerá en rocío
Mis cantares como lágrimas
Fraternas… Querido,
Tú les darás buen amparo,
Leerás a solas…
Del mar, la estepa, los túmulos,
De mí harás memoria.

18 de noviembre de 1845
Pereyáslav
  1. Jacob de Balmén — de Balmén, Jacobo Petróvich (1813— 1845) amigo íntimo de T. Shevchenko. Pintor aficionado. Era oficial
    del ejército zarista y murió en el Cáucaso en una campaña contra cherkesos insurrectos.
  2. Allí, misericordiosos — se.-refiere al zar Nicolás 1
  3. Churek — pan sin sal, en forma de torta
  4. Saklia — vivienda típica de los habitantes del Cáucaso.
  5. Un zar raro — se trata del bíblico rey David
  6. Hispanos — en este contexto, conquistadores.

El Cáucaso

El nombre de esta región de eurasia proviene del griego Káukasos, legendario pastor escita asesinado por Crono y que dio nombre a las montañas.

En la mitología griega, el Káukasos era uno de
los pilares que sostienen al mundo. Otra leyenda dice que Prometeo fue encadenado a estas montañas por Zeus.

Otra versión es que procede del personaje mítico llamado Caucas, antecesor legendario de los pobladores del Cáucaso, quien era el hijo de Targamos, y nieto de Jafet (tercer hijo de
Noé) o Japeto. Su historia fue puesta por escrito en una compilación de crónicas georgianas medievales, llamada Kartlis cxovreba (‘vida
de Kartli’, centro de la región antigua y medieval de Georgia, conocida también como Iberia.

El Cáucaso es una región montañosa y también de tierras bajas, actualmente frintera entre Europa oriental y asia occidental.

En 1783 fue conquistada por el Imperio ruso la región al norte del rio Kuban (la región de Kuban pertenece a Ucrania por derecho, tema extenso para futuros artículos), y lo que hoy es Georgia, que volvió a ser tal hasta después de 1991.

Durante esa época el imperio ruso prohibió a pena de muerte todos los idiomas nativos de la región, además de varios elementos culturales de acuerdo a un salvaje programa de “rusificación”, esclavizando a su gente, tal y como hizo con la población de Ucrania. Incluso, entre 1915 y 1917, posterior a la escritura de este poema, sucedió el genocidio armenio.

Como es lógico, los pueblos del Cáucaso se resistían a esta tal “rusificación”, y aquí es dinde entra Jacob de Balmen

Я. де Бальмен – Jacob de Balmen

J. de Balmen ilustró los poemas “Haydamaky” y “Hamalia”. Además de las ilustraciones a los trabajos de Taras Shevchenko, dejó 4 álbumes de dibujos en los que representa la vida cotidiana de Ucrania de ese entonces.

En 1845, el poeta T. Shevchenko visitó Pryluky durante varios meses, quedándose donde Zakrevskii en Berezova Rudtsi, en donde lo conoció y se entero de su participación en la guerra del Cáucaso.

Al conocer el poeta la situación en el Cáucaso por la boca de Balmen, se inspiró inmediatamente en las primeras lineas de su poema:

“Tras los montes, montes, de nubes cargados,
Sembrados de penas, con sangre regados… /

Y cuando el poeta estuvo de nuevo en Berezova Rudtsi en octubre de 1845, como escribió P. Zhur:

“Fue una visita muy triste, pues Zakrevsky, por supuesto, se enteró de la muerte del bien conocido J. de Balmen en el Cáucaso”. V. Zakrevsky and T. Shevchenko estaban muy afligidos por la muerte de su buen amigo en la campaña de Darginsky. Luego Shevchenko viajó a Pereiaslav y el 18 de noviembre finalizó su trabajo sobre el poema-sinfonía “El Cáucaso”, en el que finaliza con estas lineas dedicadas especialmente a de Balmen, aunque le dedica el poema completo, de hecho:

Y a ti te embarcaron, Jacobo del alma,
Mi buen compañero, mas no por Ucrania,
Por su cruel tirano, derramar hicieron
Tanta sangre justa. De Moscú el veneno
Te tocó, apurar moscovita copa.
¡Oh, mi buen amigo! ¡Luz de mi memoria!
Que tu alma se alce por Ucrania entera,
Los túmulos viejos de la estepa otea.
Ve con los cosacos, vuela a las orillas
A llorar con ellos lágrimas antiguas,
Y de mi prisión, espérame en la estepa.

Balmen murió el 26 de julio de 1845 en la mencionada campaña en el Cáucaso.

Este buen y “sincero amigo “ de Taras Shevchenko, descendía de una antigua familia aristócrata de Escocia, en la que sus anvesteos habían sido obligados a entrar al servicio del rey de Francia. El abuelo de Jacob dejó Francia, a la invitación de Anna Ioanovna, y se enroló en el ejército ruso, siendo muerto en la batalla con los suecos.

El tio de Jacob estuvo presente en la captura de Napoleón, y su pafre también estuvo en la milicia.

El conde Yakov Petrovich de Balmen, nació el 10 de agosto de 1813 en Lininitsa como primogénito y heredero de la fortuna familiar; a corta edad recibió clases de pintura por el artista Apollo Mokritsky.

En 1830 entró a la escuela de Nizhyn, y pronto fue el primero en su clase, en donde conoció también a Eugene Hrebinka (mayor que Jacob por un año) y Sasha Afanasyev (Chuzhybinsky, 4 años mas joven).

En verano escribió a su amigo V. Zakrevsky: “Mientras estuve en la estepa, en el medio de esta planicie sin fronteras, que finaliza em la p4ovincia de Podilia en el Buh, a menudo miraba los monticulos, monumentos de la antigua gloria de mi amada Ucrania. En estas estepas hay antiguas fortalezas…. La tierra de Kozachi, las tumbas las cubren como in manto que mantiene en el suelo el valor de los ucranianos”. Y continúa: “Yo quería conocer hasta el mínimo detalle sobre la historia de mi tierra natal”.

El 13 de enero de 1831 se enamoró de Sophia Vishnevsku, de 16 años y prima. Este amor inspiró su primera obra, a la que siguió “El exilio”, primer trabajo literario ucraniano sobre los decembristas. (ref)

Como lectura adicional recomendamos Ochi chorniye – enlace.

Saklia

La Saklia – Сакля (de სახლი sahl – “casa”) – es una construcción de piedra típica de los habitantes del Cáucaso, asi como de madera en Crimea, especialmente en la zona montañosa.

En las montañas de Crimea es usualmente una pequeña edificación hecha en madera, arcilla, cerámica o ladrillo artesanal, con un tejado plano. Casi siempre ubicada em terrazas cinstruidas en las colinas montañosas e interconectada con otras Saklias, a tal punto que en ocasiones el tecjo de una es el patio de la superior.

Son construcciones sin ventanas, con piso de tierra, de una habitación y un agujero en el medio del techo para que salga el humo del fuego que se enciende en la mitad de la casa. Aunque las sakli modernas cuentan con varias habitaciones y el piso es de cerámica.

Las sakli del Cáucaso son in tanto diferentes, pues son de piedra completamente, y cuentan con varios agujeros en el techo. En caso de peligro se convierten en una fortificación privada muy resistente, y una casa muy cómoda.

Churek – Чурек

Es cocinado tradicionalmente en hirno con jarina de trigo, maiz o centeno. El origen es caucásico, de Azerbaiyán y Turquía, aunque muchos expertos sostienen que proviene de Balkaria y Circassia.

Su preparación es relativamente simple.

Ingredientes

  • 2 tazas de agua o leche
  • 1 kg de harina de trigo
  • 11 gramos de Levadura seca o 25 gramos de fresca activa
  • 1 huevo
  • 3 a 4 cucharaditas de aceite vegetal (sin olor)
  • sal al gusto
  • 1 cucharadita de azúcar
  • Semilla de amapola o sésamo para espolvorear

Procedimiento

En la receta clásica se utilza agua, pero también es posible con leche.

Calentar ligeramente la leche o agua y agregar 100 gramos de la harina, junto con un poco de azúcar y la levadura. Cubrir con una servilleta hasta que suba la levadura.

Luego agregar el resto de la leche, harina y el huevi, y amasar con fuerza, luego colocar el aceite y amasar nuevamente.

La harina de trigo puede ser reemplazada por maiz o centeno; es popular el churek hecho con maíz y la harina se va agregando por porciones, dejando que suba cada vez.

Después de una hora con la masa subiendo, se procesa dandole forma de pastel, mas que de oan. Se coloca cada pastel en un plato con abundante aceite y un poco de semilla de amapola o sésamo.

Luego se deja 20 a 30 minutos en el calor, cerca del horno o dentro de éste pero a la temperatura mínima, con la puerta abierta.

Finalmente se cierra la puerta y se deja por 25 a 30 minutos a 180 grados.