Taras Bulba – Por Mykola Hóhol – Capitulos VI al X

CAPÍTULO V

Bien pronto el terror invadió toda la parte sudeste de Polonia. Por todas partes se oía repetir: «¡Los zaporogos, los zaporogos llegan». Y todos los que podían huir, huían abandonando sus hogares.Precisamente entonces, en esa región de Europa, no se levantaban fortalezas ni castillos. Todos construían a toda prisa alguna habitacioncilla cubierta de bálago, pensando que perderían su tiempo y su dinero edificando casas que un día u otro serían presa de las invasiones.

Todo el mundo se conmovió. Éste cambiaba sus bueyes y su arado por un caballo y un mosquete para ir a incorporarse a los regimientos; aquel buscaba su refugio con su ganado, llevándose cuanto podía; algunos intentaban en vano resistirse, pero la mayor parte huía prudentemente. Nadie ignoraba que era dificilísimo habérselas con esta multitud aguerrida en los combates, conocida con el nombre del ejército zaporogo que, a pesar de su organización irregular, conservaba en el combate un orden calculado. Durante la marcha, la caballería avanzaba lentamente, sin cargar ni fatigar a sus cabalgaduras; los infantes seguían en buen orden los carros, y todo el tabor se ponía en movimiento solamente cuando era de noche descansando de día, y escogiendo para sus paradas sitios desiertos o bosques, más vastos aún y más numerosos que actualmente. Se adelantaban algunos hombres para saber cómo y adónde habían de dirigirse. A menudo aparecían los kozakos en los sitos donde menos se les esperaba; entonces todos se despedían del mundo.

Villorrios enteros eran incendiados, se mataban los caballos y bueyes que no podían llevarse. Los cabellos se erizaban de horror al pensar en las atrocidades que cometían los zaporogos. Se asesinaba a los niños, se cortaban los pechos a las mujeres, y al escaso número de aquellos que se dejaba en libertad, se les arrancaba la piel, desde la rodilla hasta la planta de los pies; en una palabra, los kozakos pagaban en una sola vez todas sus deudas atrasadas.

El abad de un monasterio, al saber que se acercaban, envió a dos de sus monjes para hacerles presente que entre el gobierno polaco y los zaporogos había paz, y que de aquel modo violaban su deber con el rey y el derecho de gentes, y el kochevoi respondió:

–Digan al abad de mi parte y la de todos los zaporogos, que no tema. Los kozakos no hacen todavía más que encender sus pipas.

Y la magnífica abadía no tardó mucho en ser pasto de las llamas, y las colosales ventanas góticas parecían echar miradas severas a través de las olas luminosas del incendio. Sin número de monjes, judíos y mujeres buscaron refugio en las ciudades amuralladas y que tenían guarnición.Los tardíos socorros enviados de tarde en tarde por el gobierno, y que consistían en algunos débiles regimientos, o no podían descubrir a los kozakos, o huían al primer choque sobre sus veloces caballos. También sucedía que generales del rey, que habían alcanzado innumerables triunfos, decidíanse a reunir sus fuerzas y a presentar batalla a los zaporogos. Estos eran los encuentros que esperaban sobre todo los jóvenes kozakos, que se avergonzaban de robar o vencer a enemigos indefensos, y que ardían en deseos de distinguirse delante de los ancianos, midiéndose con un polaco atrevido y fanfarrón, montado en un buen caballo y vestido con un rico joupan cuyas mangas flotasen a merced del viento. Estos combates eran buscados por ellos como un placer, pues encontraban ocasión de hacer un rico botín de sables, mosquetes y de arreos de caballos. En el espacio de un mes, jóvenes imberbes se habían hecho hombres; sus semblantes, en los cuales se había pintado hasta entonces la morbidez juvenil, adquirían la energía de la fuerza.

El viejo Taras estaba encantado de ver que por todas partes sus hijos marchaban en primera fila. Evidentemente, la guerra era la verdadera vocación de Eustaquio. Sin perder nunca la cabeza, con una serenidad casi sobrenatural en un joven de veintidós años, medía con una mirada la intensidad del peligro, la verdadera situación de las cosas, y en el acto encontraba el medio de evitar el peligro, pero de evitarlo para vencerlo con más seguridad.

Todos sus actos empezaban a revelar la confianza en sí mismo, la firmeza tranquila, y nadie podía dejar de conocer en él a un futuro jefe.

–¡Oh! Con el tiempo ese será un buen polkovnik –decía el viejo Taras– sí, ¡vive Dios!, ese será un buen polkovnik, y sobrepujará a su padre.

Respecto a Andrés, se dejaba arrastrar por el encanto de la música de las balas y de los sables. No sabía lo que era reflexionar, calcular, ni medir sus fuerzas y las del enemigo. En la lucha encontraba una loca voluptuosidad.

Y en aquellos momentos en que la cabeza del combatiente hierve, en que todo se confunde a sus miradas, en que los hombres y los caballos caen mezclados en horrorosa confusión, en que se precipita con la cabeza baja a través del silbido de las balas, hiriendo a diestro y siniestro y sin sentir los golpes que se le asestan, le producían el efecto de una fiesta. Más de unabvez el viejo Taras tuvo ocasión de admirar a su hijo Andrés, cuando, arrastrado por su ardor, se arrojaba a empresas que ningún hombre de serenidad hubiera intentado, y en las cuales salía bien precisamente por el exceso de su temeridad. El viejo Taras le admiraba entonces, y repetía a menudo:

–¡Oh, ese es un valiente, que el diablo no se lo lleve! Ese no es Eustaquio, pero es un valiente.

Se decidió que el ejército marcharía directamente sobre la ciudad de Doubno, en donde, según se decía, los habitantes habían encerrado muchas riquezas. La distancia fue recorrida en día y medio, y los zaporogos se presentaron inesperadamente delante de la plaza. Los habitantes habían resuelto defenderse hasta morir en el umbral de sus moradas antes que dejar entrar al enemigo dentro de sus muros. La ciudad estaba rodeada por una muralla de tierra, y en el sitio en donde ésta era muy baja se elevaba un parapeto de piedra, o una casa almenada, o una fuerte empalizada con estacas de encina. La guarnición era numerosa y conocía toda la importancia de su deber.

A su llegada, los zaporogos atacaron vigorosamente las obras exteriores, pero fueron recibidos a metrallazos. Los menestrales, los habitantes todos, no querían permanecer ociosos, y se les veía, armados en los terraplenes. Por su aspecto, se podía colegir que se preparaban para una resistencia desesperada. Hasta las mujeres tomaban parte en la defensa; piedras, sacos de arena, toneles de resina inflamada caían sobre la cabeza de los asaltantes. A los zaporogos no les gustaban las plazas fuertes; no era en los asaltos donde ellos brillaban. Así, pues, el kochevoi dispuso la retirada diciendo:

–Esto no es nada, señores hermanos, decidámonos a retroceder. Pero que sea yo un tártaro maldito, y no un cristiano, si dejamos salir a un solo habitante. ¡Que mueran todos de hambre como perros!

Después de retirarse, los kozakos bloquearon estrechamente la ciudad, y no teniendo otro quehacer, se entretuvieron en asolar los alrededores, a incendiar los pueblos y las praderas de trigo, a destrozar con sus caballos las mieses, sin segar aún, y que en aquel año habían recompensado los cuidados del labrador con una rica cosecha.

Desde lo alto de las murallas, los habitantes contemplaban aterrorizados la devastación de todos sus recursos. Sin embargo, los zaporogos, dispuestos en koureni como en la sich, rodearon la ciudad con una doble hilera de carros. Fumaban sus pipas, cambiaban entre sí las armas tomadas al enemigo, y jugaban alegremente a pares y a nones, contemplando la ciudad con una calma desesperante; y por la noche encendían hogueras; cada koureni hacía hervir sus papas en enormes calderas de cobre, mientras que un centinela se sucedía a otro cerca de las hogueras.

Pero los zaporogos empezaron pronto a fastidiarse de su inacción, y sobre todo de su sobriedad forzada, de la que no les indemnizaba ninguna brillante acción. El kochevoi mandó hasta doblar la ración de vino, lo que se hacía alguna vez en el ejército, cuando no se había de acometer ninguna empresa. Semejante vida disgustaba sobremanera a los jóvenes, y más aún a los hijos de Bulba. Andrés no disimulaba su fastidio.

–Cabeza vacía –decía a menudo Taras– sufre, kozako, tú llegarás a ser hetman. No es aun buen guerrero el que conserva su serenidad en la batalla; lo es, sí, aquel que nunca se fastidia, que sabe sufrir hasta el fin, y que, suceda lo que quiera, concluye por hacer lo que ha resuelto.Pero un joven no puede tener la opinión de un anciano, pues ve las mismas cosas con otros ojos. Mientras tanto llegó el polk de Taras Bulba conducido por Tovkatch. Iba acompañado de dos ï ésaouls, de un escribano y de otros jefes, conduciendo una partida de cerca cuatro mil hombres. Entre éstos se encontraban muchos voluntarios, que, sin ser llamados, habían entrado libremente en el servicio desde que conocieron el objeto de la expedición.

Los ï ésaouls llevaban a los hijos de Bulba la bendición de su madre, y a cada uno de ellos la imagen de madera de ciprés sacada del monasterio de Megovsk en Kyiv. Los dos hermanos se colgaron las santas imágenes al cuello, y ambos se pusieron pensativos al recuerdo de su anciana madre. ¿Qué les profetizaba esta bendición? ¿La victoria sobre el enemigo, seguida de un alegre regreso a su patria, con abundante botín, y sobre todo con la gloria digna de ser eternamente cantada por los tocadores de bandura, o bien…?

Pero lo porvenir es desconocido; está delante del hombre, como una espesa niebla de otoño que se eleva de los pantanos. Las aves la atraviesan perdidas, sin conocerse, la paloma sin ver al milano, el milano sin ver a la paloma, y ni uno ni otro sabe si está cerca o lejano su fin.

Eustaquio, después de recibir las imágenes, se ocupó en los quehaceres cotidianos, y se retiró pronto a su kouren. Respecto a su hermano, sentía involuntariamente oprimido el corazón.

Los kozakos habían cenado ya. El día acababa de expirar, sucediéndole una hermosa noche de verano. Pero Andrés no se reunió a su kouren, y no pensaba tampoco en dormir. Hallábase sumergido en la contemplación del espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. Miríadas de estrellas vertían desde el alto cielo una luz pálida y fría. Una vasta extensión de llanura estaba cubierta de carros dispersos cargados con las provisiones y el botín, y debajo de los cuales colgaban los cántaros para llevar la brea.En torno y debajo de los carros se veían grupos de zaporogos tendidos sobre la hierba, durmiendo en distintas posiciones. El uno tenía un saco por almohada, el otro su gorra, el de más allá apoyado sobre el costado de su compañero. Todos llevaban un sable en su cintura, un mosquete, una pipa de madera, un eslabón y punzones. Los pesados bueyes estaban acostados con las piernas dobladas, formando grupos blanquizcos, y pareciendo de lejos gruesas piedras inmóviles esparcidas en la llanura; por todas partes se sentían los sordos ronquidos de los dormidos soldados, a los cuales contestaban con relinchos sonoros los caballos incomodados por sus trabas.

Sin embargo, una claridad solemne y lúgubre aumentaba la belleza de esta noche de julio; era el reflejo del incendio de los pueblos del contorno. Aquí, la llama se extendía ancha y tranquila iluminando la atmósfera allá, encontrando escaso combustible, se elevaba en delgados torbellinos hasta las estrellas. Se desprendían trozos inflamados para ir a parar y apagarse lejos del incendio. Por este lado, se veía un monasterio con las paredes ennegrecidas por el fuego, sombrío y grave como un monje velado con su capuchón mostrando a cada reflejo su lúgubre grandeza; por el otro, ardía el gran jardín del convento; creíase oír el silbido de los árboles que retorcía la llama, y cuando del seno de la espesa humareda salía un rayo luminoso, alumbraba con su luz violácea infinidad de ciruelas maduras, y cambiaba en frutas de oro las peras que mostraban su color amarillo a través del sombrío follaje. A cualquier parte donde se dirigía la mirada, veíase, pendiente de las almenas o de las ramas, algún monje o algún desventurado judío cuyo cuerpo se consumía con todo lo demás. Multitud de aves agitábanse delante de aquella inmensa hoguera, y de lejos asemejábanse a otras tantas crucecitas negras. La ciudad dormía, desprovista de defensores. Las agujas de los templos, los techos de las casas, las almenas de los muros y las puntas de las empalizadas se inflamaban silenciosamente con el reflejo de los lejanos incendios.

Andrés recorría las filas de los kozakos; las hogueras, en torno de las cuales se sentaban los centinelas, sólo arrojaban una claridad mortecina, y los mismos centinelas se dejaban vencer por el sueño, después de haber satisfecho hasta la saciedad su apetito kozako. El joven se admiró de semejante abandono, pensando que era una fortuna el que no hubiese enemigos por aquellos contornos. Por fin, se acercó él mismo a uno de los carros, trepó encima, y se acostó con la cara al aire, juntando sus manos encima la cabeza; pero no pudo conciliar el sueño y permaneció largo tiempo mirando el cielo.

El aire era puro y transparente; las estrellas que forman la vía láctea brillaban con una luz blanca y confusa. Andrés se adormecía por momentos,y el primer velo del sueño le ocultaba la vista del cielo, que volvía a aparecer de nuevo. De repente le pareció que una figura extraña se dibujaba rápidamente delante de él. Creyendo que era una imagen creada por el sueño y que iba a desvanecerse, abrió más los ojos y vio en efecto una figura pálida y extenuada, que se inclinaba hacia él y le miraba atentamente.

Cabellos largos y negros como el carbón se escapaban en desorden de un velo sombrío echado negligentemente sobre la cabeza, y el brillo singular de sus pupilas, el tinte cadavérico del semblante podían hacerle creer en una aparición. Andrés tomó con precipitación su mosquete, y exclamó con alterada voz:

–¿Quién eres tú? Si eres un espíritu maligno desaparece. Si eres un ser viviente, has escogido mala ocasión para reír, pues voy a matarte.

Por toda contestación, la aparición se puso el dedo en los labios pareciendo implorar silencio. Andrés dejó su mosquete, y se puso a mirarla con más atención. Sus largos cabellos, su cuello y su pecho medio desnudos, le revelaron que era una mujer. Pero no era polaca; su rostro demacrado tenía un tinte aceitunado, los anchos pómulos de sus mejillas le salían extremadamente, y los párpados de sus estrechos ojos se levantaban en los ángulos exteriores. Cuanto más contemplaba las facciones de esa mujer, más encontraba en ellas el recuerdo de un semblante conocido.

–Dime, ¿quién eres? –exclamó por fin– me parece que te he visto en alguna parte.

–Sí, hace dos años, en Kyiv.

–¡En Kyiv, hace dos años! –repitió Andrés repasando en su memoria todo lo que le recordaba su vida de estudiante. La miró otra vez con profunda atención, exclamando de repente:

–¡Tú eres la tártara, la criada de la hija del vaivoda!
–¡Chist! –dijo ella, cruzando sus manos con suplicante angustia, temblando de miedo y mirando a todos lados por si el grito de Andrés había despertado a alguien.

–Contesta: ¿cómo y por qué estás aquí? –decía el joven con voz baja y entrecortada. ¿En dónde se halla la señorita? ¿vive?

–Está en la ciudad.

–¡En la ciudad! –dijo Andrés ahogando con dificultad un grito de sorpresa y sintiendo que toda su sangre refluía al corazón. –¿Por qué se encuentra allí?

–Porque también está en la ciudad el anciano señor. Hace un año y medio que le hicieron vaivoda de Doubno.

–¿Se ha casado la señorita? Pero habla, habla pues.

–Dos días hace que no ha comido nada.

–¡Cómo!
–No hay ya un pedazo de pan en la ciudad. Hace una porción de días que los habitantes no comen más que tierra. Andrés quedó petrificado.

–La señorita te ha visto desde el parapeto con los otros zaporogos, y me ha dicho: «Anda, dí al caballero, si se acuerda de mí, que venga a encontrarme; si no, que te dé al menos un pedazo de pan para mi anciana madre, pues no quiero verla morir. Suplícaselo, abraza sus rodillas; él tiene también una anciana madre; que te dé pan por amor a ella.»

Multitud de sentimientos diversos se despertaron en el corazón del joven kozako.

–Pero, ¿cómo has podido venir hasta aquí?

–Por un camino subterráneo.
–¿Hay, pues, un camino subterráneo?
–Sí.
–¿En dónde?
–¿No nos harás traición, caballero?
–No, lo juro por la santa cruz.
–Después de bajar la torrentera y atravesar el riachuelo, allí donde crecen juncos.

–¿Y este camino va a parar a la ciudad?

–Directamente al monasterio.
–Vamos, vamos enseguida.
–Pero, en nombre de Cristo y de su santa madre, un pedazo de pan.
–Bien, te lo traeré. Quédate cerca del carro, o mejor, acuéstate encima. Nadie te verá, todos duermen. Vuelvo enseguida.

Y se dirigió hacia los carros de las provisiones de su kouren. El corazón le palpitaba con violencia. Todo su pasado, todo cuanto había borrado su ruda y guerrera vida de kozako volvía a nacer de repente, y lo presente se desvanecía a su vez. Entonces apareció de nuevo ante sus ojos una imagen de mujer con sus hermosos brazos, su boca risueña y sus magníficas trenzas de cabellos. No, esta imagen no había desaparecido nunca completamente de su alma; y aunque había dejado lugar para otras ideas más varoniles, frecuentemente turbaba todavía el sueño del joven kozako.

Andrés andaba, y los latidos de su corazón eran cada vez más fuertes a la idea de que bien pronto volvería a verla, y sus rodillas temblaban. Cuando hubo llegado cerca de los carros, olvidó el objeto que le había llevado allí, y se pasó la mano por la frente procurando recordarlo. De repente se estremeció a la idea de que ella moría de hambre. Se apoderó de varios panes negros, pero la reflexión le recordó que este alimento, excelente para un zaporogo, sería para la joven demasiado grosero. Entonces recordó que, en la víspera, el kochevoi riñó a los cocineros del ejército por haber empleado para hacer papas toda la harina negra que quedaba, y que debía durar tres días. Seguro, pues, de encontrar papas preparadas en las grandes calderas, Andrés tomó una pequeña cacerola de viaje que pertenecía a su padre, y fue en busca del cocinero de su kouren que dormía tendido entre dos marmitas debajo de las cuales humeaba todavía la ceniza caliente. Con gran sorpresa, las encontró vacías una y otra. Para comer todas aquellas papas era preciso haber empleado fuerzas sobrehumanas, pues su kouren contaba menos hombres que los otros. Prosiguió la inspección de las otras marmitas, y no encontró nada en ninguna parte. Involuntariamente recordó el proverbio: «Los zaporogos son como los niños; cuando hay poco, se contentan, pero si hay mucho, no dejan nada».

¿Qué hacer? Había en el carro de su padre un saco de panes blancos que habían saqueado en un monasterio. Se acercó al carro, pero el saco había desaparecido. Eustaquio se lo había puesto por cabecera y roncaba tendido en el suelo. Andrés agarró el saco con una mano y lo levantó bruscamente; la cabeza de su hermano dio contra el suelo, y él mismo se levantó medio despierto, exclamando sin abrir los ojos.

–¡Detengan, detengan al polaco del diablo!, alcancen su caballo.

–Calla o te mato –exclamó Andrés sobresaltado amenazándole con el saco.

Pero Eustaquio había enmudecido ya; volvió a caer al suelo, y se puso a roncar hasta el extremo de mover la hierba que rozaba su semblante. Andrés echó una mirada de terror por todos lados. Reinaba absoluta tranquilidad; únicamente en el kouren vecino se había levantado una cabeza con el pelo flotante; pero después de echar vagas miradas, volvió a tumbarse en el suelo. Al cabo de un rato de espera se alejó llevándose su botín. La tártara estaba tendida respirando apenas.

–Levántate –le dijo– todo el mundo duerme, nada temas. ¿Podrás levantar uno de esos panes, si yo no pudiese llevarlos todos? Se cargó el saco a cuestas, tomó otro lleno de mijo, que tomó de otro carro, agarró con sus manos los panes que había querido dar a la tártara, y, encorvado bajo su peso, pasó intrépidamente a través de las filas de los dormidos zaporogos.

–¡Andrés! –dijo el anciano Bulba en el momento que su hijo pasaba por delante de él.

El corazón del joven se heló. Se detuvo, y, temblando de pies a cabeza, respondió en voz baja:

–¡Y bien! ¿Qué?

–Tienes una mujer en tu compañía, y te aseguro que mañana te daré una soberana paliza. Las mujeres no te traerán nada bueno.

Dicho esto, levantó la cabeza sobre su mano, y se puso a contemplar atentamente a la tártara que iba envuelta en su velo. El joven permanecía inmóvil, más muerto que vivo, sin atreverse a mirar de frente a su padre. Cuando por fin se decidió a levantar los ojos, notó que Bulba se había dormido con la cabeza sobre la mano. Andrés se santiguó; su terror se disipó más pronto de lo que había venido. Al volverse para dirigirse a la tártara, la vio delante de él, inmóvil como una sombría estatua de granito, perdida en su velo, y el reflejo de un lejano incendio iluminó de repente sus ojos, extraviados como los de un moribundo. La sacudió por la manga, y los dos se alejaron mirando frecuentemente detrás de sí.

Bajaron a una torrentera, en el fondo de la cual se arrastraba perezosamente un cenagoso arroyo cubierto de juncos que crecían sobre algunos terrones de tierra. Una vez en el fondo de la torrentera, la llanura con el tabor de los zaporogos desapareció de su vista; y Andrés al volverse, sólo vio una cuesta escarpada, en cuya cúspide se balanceaban algunas hierbas, secas y finas, y por encima brillaba la luna semejante a una dorada hoz. Una ligera brisa, soplando de la estepa, anunciaba la proximidad del nuevo día. Pero el canto del gallo no se oía en ninguna parte; hacía mucho tiempo que no se le había oído, ni en la ciudad, ni en los devastados alrededores.

Pasaron una palanca colocada sobre el arroyo, y a su frente se levantó la otra orilla, más alta aún y más escarpada. Este paraje era considerado como el sitio mejor fortificado de todo el recinto natural, pues el parapeto de tierra que le coronaba era más bajo que en otras partes, y no se veían en él centinelas. Un poco más allá se elevaban las espesas murallas del convento. Espesos matorrales cubrían la cuesta que tenían delante de ellos; entre esta cuesta y el arroyo se extendía un pequeño terraplén en el cual crecían juncos de la altura de un hombre. La tártara se quitó sus zapatos, y se adelantó con precaución levantando su vestido, porque el suelo movedizo estaba impregnado de agua.

Después de conducir a duras penas a Andrés a través de los juncos, se detuvo delante de un enorme montón de ramas secas; apartadas éstas, descubrieron una especie de bóveda subterránea cuya abertura no era más grande que la boca de un horno. La tártara penetró primero en ella con la cabeza baja, el joven la siguió encorvándose todo lo posible para pasar sus sacos y sus panes, y pronto se encontraron los dos en medio de una oscuridad absoluta.

CAPÍTULO VI

Precedido de la tártara, y encorvado bajo sus sacos de provisiones, Andrés avanzaba penosamente en el estrecho y sombrío subterráneo.

–Pronto podremos ver –le dijo su conductora–pues nos acercamos al sitio en donde he dejado mi luz.

En efecto, las negras paredes del subterráneo empezaban a iluminarse poco a poco. Los dos expedicionarios llegaron a una pequeña plataforma que parecía ser una capilla, pues en las paredes estaba arrimada una mesa en forma de altar, encima de la cual había una antigua imagen ennegrecida de la Virgen. Una lamparita de plata, suspendida delante de esta imagen, la iluminaba con su pálida luz. La tártara se agachó, tomó del suelo su candelero de cobre cuya caña larga y delgada estaba rodeada, de cadenillas de las cuales pendían espabiladeras, un apagador y un punzón, y encendió la vela en la luz de la lámpara.

Ambos prosiguieron su camino, ora iluminados por una viva luz, ora envueltos en una sombría oscuridad, como los personajes de un cuadro de Gérard delle notti. El semblante del joven kozako, en el que brillaba la salud y la fuerza, formaba un sorprendente contraste con el de la tártara, pálido y extenuado. El pasaje empezó a ser más ancho y más alto, de modo que Andrés pudo levantar la cabeza y examinar atentamente las paredes de tierra del pasaje por donde caminaban.

Lo mismo que en los subterráneos de Kyiv, se veían hoyos llenos los unos de ataúdes, los otros de huesos esparcidos que la humedad había reblandecido como una pasta. Allí yacían también santos anacoretas que huyeron del mundo y sus seducciones. Tan grande era la humedad en ciertos parajes, que andaban sobre agua.

A menudo tenía Andrés que detenerse para que descansase su compañera cuya fatiga era cada vez mayor. Un pedazo de pan que había devorado le causaba un vivo dolor de estómago, desacostumbrado ya a todo alimento, y con frecuencia se detenía sin poder avanzar un paso más. Por fin, encontraron una pequeña puerta de hierro delante de ellos.

–¡Gracias a Dios que ya hemos llegado! –dijo la tártara con voz débil y levantó la mano para llamar, pero le faltaron las fuerzas.

En vista de esto, Andrés llamó, y tan vigorosamente, que el golpe resonó de modo que dio a conocer que dejaban a sus espaldas un largo espacio vacío; después el eco cambió de naturaleza como si se hubiese prolongado debajo de elevados arcos. Dos minutos después se oyó el ruido de llaves y de alguno que bajaba los peldaños de una escalera de caracol. La puerta se abrió. Un monje en pie con las llaves en una mano y una linterna en la otra les hizo paso. Andrés retrocedió involuntariamente a la vista de un monje católico, objeto de odio y desprecio para los kozakos, que les trataban todavía más inhumanamente que a los judíos. El monje, por su parte, retrocedió algunos pasos viendo a un zaporogo; pero una palabra de la tártara en voz baja le tranquilizó. El monje, después de cerrar la puerta tras ellos, les condujo por la escalera, y en breve se encontraron bajo las altas y sombrías bóvedas de la iglesia.

Delante de uno de los altares, en el que ardían infinidad de cirios, estaba un sacerdote arrodillado, orando en voz baja, y a ambos lados tenía, también arrodillados, dos jóvenes diáconos con casullas color de violeta adornadas de encaje blanco, y con incensarios en la mano. Pedían un milagro, la salvación de la ciudad, fortaleza para los ánimos decaídos, el don de la paciencia, la fuga del espíritu tentador que les hacía murmurar, que les inspiraba ideas tímidas y cobardes.

Algunas devotas semejantes a espectros, estaban asimismo de rodillas, apoyadas sus frentes sobre el respaldo de los bancos de madera y sobre los reclinatorios. Algunos hombres permanecían apoyados contra los pilares, en un triste y desalentado silencio. La alta ventana de cristales pintados que coronaba el altar se iluminó de repente con los rosados colores del alba naciente, y los dibujos encarnados, azules y de todos los colores, se diseñaron sobre el sombrío pavimento de la iglesia. Todo el coro quedó inundado de luz, y el humo del incienso, inmóvil en el aire, se pintó de todos los colores del iris. Desde su oscuro rincón, Andrés contemplaba admirado el milagro, verificado por la luz. En este instante, el solemne sonido del órgano repercutió por todo el templo, y aumentando cada vez más, estalló como un trueno, subiendo luego bajo las naves en sonidos argentinos, como voces infantiles; luego repitió su sonido sonoro y se calló bruscamente. Largo tiempo después, las vibraciones hicieron temblar las arcadas, y Andrés permanecía lleno de la admiración que le causaba esta música solemne, cuando sintió que alguien le tiraba de su caftán.

–Ya es tiempo –dijo la tártara.

Los dos atravesaron la iglesia sin ser vistos, y salieron a una gran plaza. El cielo estaba enrojecido con los colores de la aurora, y todo anunciaba la salida del sol. La plaza, que era cuadrada, estaba completamente desierta.En el centro de ella estaban colocadas algunas mesas de madera, indicando haber estado allí el mercado de los comestibles. El suelo, sin empedrar, estaba cubierto por una espesa capa de lodo seco, y toda la plaza estaba, rodeada de casitas edificadas con ladrillos y arcilla, cuyas paredes sostenían vigas cruzadas. Sus puntiagudos techos tenían infinidad de lumbreras. En uno de los lados de la plaza, cerca de la iglesia, se elevaba un edificio que se diferenciaba de los otros, y que parecía ser el Ayuntamiento. La plaza entera carecía de animación. Sin embargo, Andrés creyó oír débiles gemidos; echó una mirada a su alrededor, y vio un grupo de hombres tendidos en el suelo sin movimiento; los examinó, dudando si estaban dormidos o muertos. En este momento tropezó con un objeto que no había distinguido: era el cadáver de una judía que, a pesar de la horrible contracción de su semblante, parecía joven. Su cabeza estaba envuelta en un pañuelo de seda encarnada; dos sartas de perlas adornaban los lazos que colgaban de su turbante; algunas mechas de rizados cabellos caían sobre su descarnado cuello, y cerca de ella estaba tendida una criaturita apretando convulsivamente su pecho, que había torcido a fuerza de buscar en él alimento. No gritaba ni lloraba ya; únicamente por el movimiento intermitente de su vientre se conocía que aun no había exhalado el último suspiro. Al doblar una esquina, le detuvo un loco furioso que, viendo la preciosa carga que Andrés llevaba, se arrojó sobre él como un tigre, gritando:

–¡Pan! ¡Pan!
Pero sus fuerzas no igualaban a su rabia; Andrés le rechazó, y cayó rodando por tierra. Pero el joven kozako, movido a compasión, le arrojó un pan, que el otro se puso a devorar ansiosamente; y en la misma plaza expiró este hombre entre horribles convulsiones.

Casi a cada paso encontraba víctimas del hambre. A la puerta de una casa estaba sentada una anciana, no pudiéndose decir si estaba muerta o viva, pues permanecía inmóvil y con la cabeza inclinada sobre su seno. Del techo de una casa vecina pendía del extremo de una cuerda el cadáver, largo y flaco de un hombre que, no habiendo podido sobrellevar hasta el fin sus sufrimientos, se había ahorcado. A la vista de todos estos horrores, el joven kozako no pudo menos de preguntar a la tártara:

–¿Pero es posible que en tan corto espacio de tiempo, no hayan encontrado todas esas gentes nada para sostener su vida? En tales extremos el hombre puede alimentarse de substancias que la ley prohíbe.

–Todo se ha comido –respondió la tártara– todos los animales; no se encuentra ya un caballo, ni un perro, ni un ratón en toda la ciudad. Nunca habíamos hecho provisión de comestibles, pues todo lo traían del campo.

–Pero, muriendo tan cruelmente, ¿cómo pueden pensar aún en defender la ciudad?

–Tal vez el vaivoda se hubiera rendido; pero ayer por la mañana el polkovnik, que se halla en Boujany, envió un halcón con un billete en el cual encargaba que siguiéramos defendiéndonos, que él avanzaba para hacer levantar el sitio, y que no esperaba más que otro polk con el fin de obrar juntos; mientras tanto, nosotros esperamos a cada momento su socorro. Pero henos aquí delante de la casa.

Andrés había visto ya de lejos una casa que no se asemejaba a las otras y que parecía haber sido construida por un arquitecto italiano. Era de ladrillos, y tenía dos pisos. Las ventanas de la planta baja estaban guarnecidas con adornos de piedra en relieve; el piso superior se componía de pequeños arcos formando galería; entre los pilares y los esconces, se veían rejas de hierro con los escudos de la familia. Una espaciosa escalera de ladrillos pintados descendía hasta la plaza. En sus últimos peldaños estaban sentados dos guardias que sostenían con una mano sus alabardas y con la otra sus cabezas: parecían más bien dos estatuas que dos seres vivientes; no prestaron ninguna atención a los que subían la escalera, al extremo de la cual Andrés y la tártara encontraron un caballero cubierto con una rica armadura y con un libro de oraciones en la mano; levantó lentamente sus pesados párpados; pero, a una palabra de la tártara, los volvió a dejar caer sobre las páginas de su libro.

Andrés y su guía entraron en una espaciosa sala que parecía destinada para las recepciones, la cual estaba llena de soldados, coperos, cazadores y criados de toda especie que cada noble polaco creía necesarios a su categoría. Todos estaban sentados y silenciosos. Sentíase el olor de un cirio que acababa de apagarse, y se veían arder otros dos colocados en candeleros de la altura de un hombre, a pesar de que hacía largo rato que la claridad del día penetraba por la ancha ventana enrejada.

Andrés iba a adelantarse hacia una gran puerta de encina, adornada con escudos y cinceladuras; pero la tártara le detuvo, y le mostró una puertita practicada en el muro del lado. Entraron en un corredor, y luego en un aposento que Andrés examinó con atención. El débil rayo de luz que se filtraba por una rendija del ventanillo pintaba una línea luminosa en una cortina de seda encarnada, en una cornisa dorada y en un marco de cuadro. La tártara dijo al joven que se quedase en aquella estancia, abriendo en seguida la puerta de otra pieza en donde había luz artificial.

Andrés oyó el débil cuchicheo de una voz que le hizo estremecer. En el momento de abrirse la puerta distinguió la esbelta figura de una joven. La tártara volvió enseguida, diciéndole que entrase. Cuando pasó el umbral de la puerta, ésta se volvió a cerrar tras él. En el aposento ardían dos cirios, y una lámpara delante de una santa imagen, a cuyos pies, según costumbre católica, había un reclinatorio. Pero no era eso lo que el joven buscaba: volvió, pues, la cabeza a otro lado, y vio a una mujer que parecía haberse detenido al hacer un movimiento rápido: la joven se precipitaba hacia él, pero se quedó inmóvil; hasta él mismo permaneció clavado en su sitio. Esa joven no era la que él creía volver a ver, la que había conocido: era mucho más hermosa. En otro tiempo había en ella algo incompleto, no acabado: ahora se parecía a la creación de un artista que acabara de recibir la última mano; en otro tiempo era una jovencita delgada, ahora era ya una mujer, y en todo el esplendor de su belleza. Sus ojos levantados no expresaban ya un simple bosquejo del sentimiento, sino el sentimiento completo. No habiendo tenido tiempo para enjugar su llanto, las lágrimas daban a sus mejillas un barniz brillante. Su cuello, espaldas y garganta habían llegado a los verdaderos límites de la hermosura en todo su desarrollo. Una parte de sus espesas trenzas estaban sujetas a la cabeza por un peine y las otras caían en largas ondulaciones sobre sus espaldas y brazos. Su extrema palidez no alteraba su belleza, antes al contrario, le comunicaba un encanto irresistible.

Andrés sentía como un terror religioso, manteniéndose en su inmovilidad ella quedó también sorprendida al aspecto del joven cosaco que se presentaba con todas las ventajas de su varonil belleza. La firmeza brillaba en sus ojos cubiertos por aterciopeladas cejas, y la salud y la frescura en sus tostadas mejillas; su negro bigote relucía como la seda.

–Yo no puedo darte las gracias, generoso caballero –dijo la joven con trémula voz. Dios sólo puede recompensarte.

Bajó los ojos que cubrieron sus blancos párpados guarnecidos de largas y sombrías pestañas; su cabeza se inclinó, y un ligero rubor coloreó la parte inferior de su semblante. Andrés no sabía qué contestarle; hubiera querido expresarle cuanto su alma sentía, y expresárselo con el mismo fuego con que lo sentía, pero le fue imposible: su boca parecía cerrada por un poder desconocido; le faltaba el sonido a su voz; comprendía que él, educado en un seminario, y llevando después una existencia guerrera y nómada, no podía contestar a la joven, y se indignó contra su naturaleza kozaka.

En este momento, la tártara entró en el aposento; había tenido ya tiempo de cortar en pedazos el pan que trajera Andrés, y lo presentó a su ama en una bandeja de oro. La joven la miró, luego miró el pan, deteniendo por fin su mirada sobre el kozako. Esta mirada, conmovida y llena de reconocimiento, en la que se leía la impotencia de expresarse con la lengua, fue mejor comprendida por Andrés que lo hubiesen sido largos discursos. Su alma se sintió aliviada, pareciéndole que se la habían desatado. Iba a hablar, cuando de repente la joven se volvió hacia su sirvienta, y le dijo con inquietud:

–¿Y mi madre? ¿Le has llevado pan?
–Duerme.
–¿Y a mi padre?
–Ya se lo he llevado. Me ha dicho que vendría en persona a dar las gracias a este caballero.

La joven, tranquilizada con esto, tomó el pan y lo llevó a sus labios. Andrés la contemplaba con inexplicable alegría romper el pan y comérselo con avidez, cuando de repente recordó aquel loco furioso a quien había visto morir por haber devorado un pedazo de pan. Palideció, y agarrándola por el brazo:

–Basta –le dijo– no comas más. Hace tanto tiempo que no has tomado alimento que el pan te haría mal.

La joven dejó enseguida caer su brazo, y volviendo a poner el pan en el plato, miró a Andrés como lo hubiera hecho un niño dócil.

–¡Oh, soberana mía! –exclamó Andrés con transporte– manda lo que quieras; pídeme la cosa más imposible del mundo, y te obedeceré; dime que haga lo que no haría ningún hombre, y lo haré; me perdería por ti: te juro por la santa cruz, que me es imposible decirte cuan dulce sería eso para mí.

Poseo tres pueblos; me pertenece la mitad de los caballos de mi padre; todo lo que mi madre le ha dado en dote y todo lo que ella le oculta es mío; ningún kozako tiene armas semejantes a las mías; por un solo sablazo se me da una caballada y tres mil carneros; ¡pues bien! ¡Todo eso lo abandonaré, lo quemaré, aventaré sus cenizas por una sola palabra tuya, por un solo movimiento de tus cejas negras! Tal vez lo que digo no son más que locuras y necedades; sé perfectamente que yo, que he pasado la vida en la sich, no puedo hablar como se habla en los palacios de los reyes, príncipes y nobles señores. Veo que eres una criatura de Dios muy diferente de nosotros, y que aventajas en mucho a las otras mujeres de la nobleza.

Con creciente sorpresa, sin perder una sola palabra, pues prestaba toda su atención, la joven escuchó ese discurso lleno de franqueza y de calor, en el que se descubría una alma joven y fuerte. Inclinó hacia delante su hermoso rostro y quiso hablar; pero se detuvo bruscamente, pensando que aquel joven pertenecía a otro partido, y que su padre, sus hermanos y sus compañeros eran sus más acérrimos enemigos; y que los terribles zaporogos tenían bloqueada por todos lados la ciudad y condenados sus habitantes a una muerte segura. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Tomó un pañuelo bordado en seda, y, cubriéndose el rostro para ocultar su dolor, se sentó en una silla, en donde permaneció largo rato inmóvil, con la cabeza inclinada hacia atrás, y mordiéndose el labio inferior con sus dientes de marfil, como si hubiese sentido la picadura de alguna bestia venenosa.

–Dime una sola palabra –prosiguió Andrés, tomando su mano suave como la seda; pero ella guardaba silencio, sin descubrir su semblante, y permanecía inmóvil. ¿Por qué tanta tristeza?

La joven se quitó el pañuelo de los ojos, apartó los cabellos que cubrían su semblante, y con voz débil, semejante al triste y ligero ruido de los juncos agitados por el viento de la tarde, balbuceó:

–¿No soy digna de eterna compasión? Mi madre, ¿no es desgraciada? ¿No es mi suerte bien amarga? ¡Oh destino mío! ¿No eres mi verdugo? Tú has conocido a mis plantas a los nobles más dignos, a los más ricos caballeros, condes y barones extranjeros, y a toda la flor de nuestra nobleza. La mayor felicidad para todos ellos hubiese sido mi amor; no tenía que hacer más que escoger para que el más hermoso, el más noble fuese mi esposo. ¡Oh destino cruel! Por ninguno de ellos has hecho latir mi corazón; pero has hecho que ese débil corazón palpite por un extranjero, por un enemigo, desdeñando a los mejores caballeros de mi patria. ¿Qué delito he cometido para que me persigas ¡oh santa Madre de Dios! tan inhumanamente? Mis días se deslizaban en la abundancia y la riqueza. Los más delicados manjares, los vinos más preciosos servían para mi cotidiano alimento. ¿Y para qué? Para hacerme morir de una muerte horrible, como no muere ningún mendigo del reino; y es poco verme condenada a tan impía suerte, es poco verme obligada a presenciar, antes de mi propio fin, en medio de mil horrorosos sufrimientos, la agonía de mi padre y de mi madre, por quienes hubiera dado cien veces la vida; es poco todo eso: es preciso que antes que la muerte ponga término a mi existencia, que le vuelva a ver, que le oiga, que sus palabras me desgarren el corazón, que aumente la amargura de mi suerte, que me sea aún más penoso abandonar mi existencia, tan joven aún, que mi muerte sea más espantosa, y que al morir les llene aún más de reproches, a ti, mi cruel destino, y a ti (perdona mi pecado) ¡oh santa Madre de Dios!

Cuando calló, en su semblante, en su frente tristemente inclinada y en sus mejillas humedecidas por las lágrimas se pintaba una expresión de dolor y de abatimiento.

–No, no se dirá –exclamó Andrés– que la más bella y mejor de las mujeres tenga que sufrir una tan lastimosa suerte, cuando ha nacido para que todo lo que hay en el mundo de más elevado se incline ante ella como ante una santa imagen. ¡No, no morirás; juro por mi nacimiento y por cuanto amo que no morirás! Pero si nada puede salvarte, ni la fuerza, ni el valor, ni las súplicas; si nada puede conjurar tu desventurada suerte, moriremos juntos, y moriré antes que tú, en tu presencia, y tan sólo después de muertos nos podrán separar.

–No te engañes, caballero, ni me engañes contestó ella meneando lentamente la cabeza. Sé perfectamente que no te es posible amarme, pues conozco tu deber. Tienes padre, amigos y una patria que te llaman, y nosotros somos tus enemigos.

–¿Qué me importan mis amigos, mi patria y mi padre? –prosiguió el joven kozako levantando con altivez su frente e irguiendo su figura alta y esbelta como un junco del Dnipró. Yo no tengo a nadie, a nadie, a nadie –repitió obstinadamente, haciendo un gesto con el cual un kozako expresa un partido tomado y una voluntad irrevocable. ¿Quién me ha dicho que la Ucrania es mi patria? ¿Quién me la ha dado por patria? La patria es lo que nuestra alma desea y adora, lo que amamos más que todo; mi patria eres tú; y esa patria no la abandonaré mientras viva, la llevaré en mi corazón. ¡Que vengan a arrancármela!

La joven permaneció inmóvil un instante, le miró fijamente en los ojos, y de repente, con esa impetuosidad de que es capaz una mujer que sólo vive por los impulsos del corazón, se precipitó hacia él, le estrechó en sus brazos y se puso a sollozar. En este momento resonaron en la calle gritos confusos y ruido de trompetas y timbales. Pero Andrés no los oía; sólo sentía la tibia respiración de su amada que le acariciaba la mejilla, sus lágrimas que le bañaban el semblante, sus largos cabellos que le envolvían la cabeza como una redecilla sedosa y odorífera.

De repente entró la tártara en el aposento lanzando gritos de alegría.

–Estamos salvados –decía fuera de sí– los nuestros han entrado en la ciudad, y traen abundantes víveres y zaporogos prisioneros.

Pero ninguno de los dos jóvenes prestó atención a lo que ella decía. En el delirio de su pasión, el kozako aplicó sus labios en la boca que rozara su mejilla, y esta boca no dejó de responder.Y el kozako quedó perdido, perdido para toda la caballería kozaka. Jamás sus ojos volverán a ver la sich, ni los villorrios de su padre, ni el templo de su Dios; y la Ucrania no volverá a ver tampoco uno de sus más valerosos hijos. ¡El viejo Taras Bulba se arrancará un puñado de sus cabellos grises, y maldecirá el día y la hora en que, para su propia afrenta, dio la vida a semejante hijo!

CAPÍTULO VII

Todo era ruido y movimiento en la labor de los zaporogos; nadie podía explicarse exactamente cómo había entrado en la ciudad un destacamento de guardias reales; sólo más tarde se supo que todo el kouren de Péreiaslav, colocado delante de una de las puertas de la ciudad, se había embriagado completamente; no era, pues, de extrañar que la mitad de los kozakos que lo componían hubiese sido muerta y la otra mitad prisionera, sin tener tiempo de defenderse. Antes que los koureni inmediatos, despertados por el ruido, pudiesen tomar las armas, los guardias reales entraban ya en la ciudad, y sus últimas filas sostenían el fuego contra los zaporogos mal despiertos que se arrojaban sobre ellos en desorden. El kochevoi hizo reunir el ejército, y una vez formados los soldados en círculo, y el sombrero en la mano, guardando profundo silencio, les dijo:

–Ya ven, pues, señores hermanos, lo que ha sucedido esta noche; ya ven a lo que puede conducir la embriaguez; ya ven también la injuria que nos ha hecho el enemigo. Parece que esa es costumbre de ustedes; si se les da doble ración, están dispuestos a embriagarse de tal modo que el enemigo del nombre cristiano puede, no solamente quitarles los pantalones, sino escupirles en el rostro sin que lo noten ustedes.

Todos los kozakos tenían la cabeza baja, conociendo su culpa. Tan sólo el ataman del kouren de Nésamaï koff, Koukoubenko, levantó la voz, y dijo:

–Detente, padre; aunque no consta en la ley, que se pueda hacer ninguna observación cuando el kochevoi habla delante de todo el ejército, sin embargo, no habiendo pasado el hecho como tú dices, es preciso hablar. Tus reproches no son del todo justos. Los kozakos hubieran sido culpables y dignos de la muerte si se hubiesen embriagado durante la marcha, en batalla u ocupados en un trabajo importante y difícil, pero estábamos allí mano sobre mano, y aburriéndonos delante de la ciudad. No estábamos en cuaresma ni teníamos que guardar ninguna abstinencia ordenada por la Iglesia. ¿Cómo quieres, pues, que el hombre no beba cuando nada tiene que hacer? En eso no hay pecado. Pero ahora vamos a enseñarles lo que cuesta atacar a gentes inofensivas. Antes les derrotamos completamente, y ahora vamos a hacerlo de modo que no quede uno vivo.El discurso del ataman gustó a los kozakos, los cuales levantaron sus cabezas, y muchos de ellos hicieron un signo de satisfacción, diciendo:

–Koukoubenko ha hablado bien.

Y Taras Bulba, que se hallaba no lejos del kochevoi, añadió:
–Parece, kochevoi, que Koukoubenko ha dicho la verdad. ¿Qué contestarás a eso?

–¿Qué contestaré? Contestaré: ¡Dichoso el padre que ha dado el ser a semejante hijo! El decir una palabra de reprensión no prueba gran sabiduría; pero la prueba una frase que, sin hacer burla de la desventura del hombre, le reanima, le devuelve el valor, como las espuelas se lo devuelven al caballo que abrevando, ha perdido el calor. Yo quería también enseguida dirigiros una palabra consoladora, pero Koukoubenko se me ha anticipado.

–¡El kochevoi ha hablado bien! –exclamaron en las filas de los zaporogos.

–Es un buen orador –decían otros.
–Y hasta los más ancianos, que estaban allí como palomos grises, hicieron con sus bigotes una mueca de satisfacción, diciendo:

–Sí, es un buen orador.

–Ahora, escúchenme, señores –prosiguió el kochevoi. Tomar una fortaleza escalando sus muros o bien agujerearlos a la manera de los ratones, como hacen los pícaros alemanes (¡qué hasta sueñan con el demonio!), es indecente e impropio de los kozakos. No creo que el enemigo haya entrado en la ciudad con grandes vituallas, pues llevaba pocos carros. Los habitantes de la ciudad están hambrientos, lo que quiere decir que se lo comerán todo de una vez; y respecto al forraje para los caballos, a fe mía que no sé de dónde lo sacarán, a menos que alguno de sus santos se lo eche desde el cielo… cosa que sólo Dios lo sabe, pues sus sacerdotes no sirven más que para hablar. Por esta razón o por otra concluirán por salir de la ciudad. Divídase, pues, el ejército en tres cuerpos, y que se sitúen delante de las tres puertas: cinco koureni al frente de la principal, y tres al frente de cada una de las otras dos; pónganse en emboscada el kouren de Diadnio y el de Korsoun, como también el polkovnik Taras Bulba, con todo su polk. Los koureni de Titareff y de Tounnocheff, formarán la reserva al lado derecho; los de Tcherbinoff y de Steblikiv, al izquierdo. Y ustedes los jóvenes que se encuentran con ánimo para insultar y para excitar al enemigo, salgan de las filas. Los polacos tienen muy poco seso; no saben soportar las injurias, y tal vez hoy mismo saldrán de la ciudad. Que cada ataman pase revista a su kouren, y si nota que no está completo, que tome gente de los restos del de Péreiaslav. Inspecciónenlo todo detenidamente; den a cada kozako un vaso de vino y un pan. Pero creo que estarán bastante satisfechos de lo que comieron ayer, pues, a decir verdad, es tanto lo que han engullido esta noche, que, si me asombro, es de que no hayan reventado todos. Otra cosa mando: si algún tabernero judío se atreve a vender un vaso de vino ¡uno sólo! a ningún kozako, le haré clavar en la frente una oreja de puerco, y le haré colgar cabeza abajo. ¡A la obra, hermanos! ¡A la obra!

En esta forma distribuyó sus órdenes el kochevoi. Todos le saludaron inclinándose profundamente, y, tomando el camino de sus carromatos, sólo se encasquetaron sus gorros al llegar a una considerable distancia.

Empezaron todos a equiparse, a probar sus lanzas y sus sables, a llenar sus frascos de pólvora, a preparar sus carromatos y a escoger sus cabalgaduras.Al dirigirse a su campamento, Taras se puso a pensar, sin acertar, como es natural, sobre que habría sido de Andrés. ¿Le habían preso y agarrotado durante su sueño con los otros? Pero no, Andrés no era hombre para rendirse vivo; y, sin embargo, no se le había encontrado entre los muertos.

Completamente entregado a sus reflexiones, Taras caminaba delante de su polk, sin oír que hacía largo rato se le llamaba por su nombre.

–¿Quién me llama? –dijo por fin saliendo de su meditación.

Delante de él estaba el judío Yankel.
–Señor polkovnik, señor polkovnik –decía con voz breve y entrecortada, como si hubiese querido hacerle participe de una noticia importante– he estado en la ciudad, señor polkovnik.

Taras miró al judío con sorpresa.
–¿Quién diablos te ha conducido allá?
–Voy a contárselo –dijo Yankel. Cuando a la salida del sol oí ruido y vi que los kozakos tiraban, tomé mi caftán, y, sin ponérmelo, eché a correr; pero en el camino me lo puse; como iba diciendo, eché a correr pues quería saber por mí mismo la causa de aquel ruido, y por qué los kozakos tiraban tan temprano. Llegué a las puertas de la ciudad en el momento de entrar en ella la retaguardia del convoy. Miré, y ¿a quien dirá que vi? al oficial Galandowitch, a quien conozco, pues hace tres años que me debe cien ducados. Le seguí para reclamar mi crédito, y he ahí cómo he entrado en la ciudad.

–¡Y qué! ¿Has entrado en la ciudad, y querías aún hacerle pagar su deuda? ¿Cómo, pues, no te ha hecho ahorcar como un perro?

–En efecto, quería hacerme colgar; sus gentes me habían ya rodeado la cuerda al cuello, pero me puse a suplicar al oficial; le dije que esperaría el pago de su deuda tanto tiempo como él quisiera, y prometí prestarle más dinero si quería ayudarme a reclamar lo que me deben otros caballeros; pues a decir verdad, el oficial Galandowitch no tiene un ducado en el bolsillo, ni más ni menos que si fuera kozako, y eso que posee aldeas, casas, cuatro castillos y grandes estepas que se extienden hasta Chklov. Y ahora, si los judíos de Breslau no le hubiesen equipado, no hubiera podido ir a la guerra. Por esta causa tampoco ha podido comparecer en la dieta.

–¿Qué has hecho, pues, en la ciudad? ¿Has visto a los nuestros?
–¡Cómo no! Muchos hay allí de los nuestros: Itska, Rakhoum, Khaï valkh, el intendente…

–¡Que el diablo confunda a esos perros malditos! –exclamó Taras colérico. Te hablo de nuestros zaporogos y no de tu maldita raza de judíos.

–No he visto a nuestros zaporogos, pero sí he visto al señor Andrés.

–¿Has visto a Andrés? –dijo Bulba. ¡Y bien! ¿Qué? ¿Cómo? ¿En dónde le has visto? ¿En una hoya, en una cárcel, atado, encadenado?

–¿Quién se hubiera atrevido a atar al señor Andrés? En este momento es uno de los más distinguidos caballeros; casi no le hubiera conocido. Lleva brazales de oro, cinturón de oro, todo es oro en su persona; brilla, como cuando en la primavera el sol reluce sobre la hierba. Y el vaivoda le ha dado su mejor caballo, ¡un caballo que vale doscientos ducados!

Bulba quedó estupefacto.

–¿Y por qué viste una armadura que no le pertenece?
–Porque es mejor que la suya; por eso se la ha puesto. Y ahora recorre las filas, y otros recorren las filas, y él enseña, y se le enseña, como si fuese el más rico de los caballeros polacos.

–¿Quién le obliga a hacer todo eso?
–No digo que se le haya obligado. ¿Ignora el señor Taras que se ha pasado al otro partido por su propia voluntad?

–¿Quién se ha pasado?

–El señor Andrés.
–¿A dónde se ha pasado?
–Al otro partido; ahora es de los suyos.
–¡Mientes, oreja de marrano!–¿Cómo es posible que yo mienta? ¿Soy tan tonto para mentir exponiendo mi propia cabeza? ¿Ignoro acaso que un judío es ahorcado como un perro, si se atreve a mentir delante de un caballero?

–¿Es decir que, según tú, ha vendido su patria y su religión?
–Yo no he dicho que haya vendido nada, sino que se ha pasado al otro partido.

–Mientes, judío del diablo; esto no se ha visto nunca en tierra cristiana. Mientes, perro.

–Que la hierba crezca en el umbral de la puerta de mi casa, si he faltado a la verdad; que todo el mundo escupa en la tumba de mi padre, de mi madre, de mi suegro, de mi abuelo y del padre de mi madre, si yo miento. Si el señor lo desea, voy a decirle por qué se ha pasado.

–¿Por qué?

–¡El vaivoda tiene una hija tan hermosa, santo Dios, tan hermosa…!
Aquí el judío procuró expresar por sus gestos la hermosura de la joven, separando las manos, guiñando el ojo, y relamiéndose los labios como si probase algo dulce.

–Y bien, ¿qué? Después…
–Por ella se ha pasado al otro partido. Cuando un hombre se enamora, es como una suela que se pone en remojo para doblarla en seguida del modo que se quiere.

Taras se puso a reflexionar profundamente. Recordó que la influencia de una débil mujer era grande; que esta influencia había ya perdido a muchos hombres valerosos, y que la naturaleza de su hijo era frágil por este lado.

Taras permanecía inmóvil, como clavado en su puesto.
–Escuche, señor; yo lo contaré todo al noble caballero –dijo el judío. Cuando oí el ruido de esta mañana, cuando vi que se entraba en la ciudad, llevé conmigo, por lo que pudiese suceder, una sarta de perlas, pues hay señoritas en la ciudad, y si hay señoritas en la ciudad, me dije a mí mismo, comprarán mis perlas, aunque no tengan qué comer. Tan luego como me dejó libre la gente del oficial polaco, me dirigí corriendo a casa del vaivoda para vender mis perlas. Una criada tártara me lo ha explicado todo, y me ha dicho que la boda se verificará cuando sean arrojados de aquí los zaporogos. El señor Andrés ha prometido arrojar a los zaporogos.

–¿Y no has muerto en el acto a ese hijo del diablo? –exclamó Bulba.–¿Por qué matarle? Se ha pasado voluntariamente. ¿En dónde está la falta del hombre? Él se ha ido a donde se encontraba mejor.

–¿Y tú mismo le has visto?

–Como le veo a usted ahora. ¡Qué soberbio guerrero! Es más hermoso que todos los demonios. ¡Que Dios le conserve la salud! Me ha reconocido al instante, al acercarme, me ha dicho…

–¿Qué es lo que te ha dicho?
–Me ha dicho, es decir, ha empezado por hacerme una seña con los dedos, y luego me ha dicho: «¡Yankel!» y yo le he contestado: «¡Señor Andrés!» y él repitió: «Yankel, di a mi padre, a mi hermano, a los cosacos, a los zaporogos, que mi padre no es ya mi padre, que mi hermano no es ya mi hermano, que mis camaradas no son ya mis camaradas, y que quiero batirme contra ellos, contra todos ellos».

–¡Mientes, judas! –exclamó Taras fuera de sí–mientes, perro. Tú has crucificado a Cristo, hombre maldito de Dios; yo te mataré, Satanás. Vete, si no quieres quedar muerto enseguida.

Al decir esto, Taras sacó su sable. Yankel, espantado, echó a correr con toda la velocidad de sus secas y largas piernas, y corrió largo tiempo, sin volver la cabeza, a través de los carros de los kozakos y después a campo traviesa, a pesar de que Taras no le perseguía, reflexionando que era indigno de él abandonarse a su cólera contra el desventurado judío.

Bulba recordó entonces que en la noche pasada había visto a su hijo atravesar el tabor en compañía de una mujer. Inclinó su cabeza gris, y, sin embargo, no quería creer que se hubiese cometido una acción tan infame, y que su propio hijo hubiese podido vender su religión y su alma.

Por fin, llevó su polk al sitio que se le había designado, detrás del único bosque que los cosacos habían dejado sin quemar. Entre tanto, los zaporogos de a pie y de a caballo se ponían en marcha en dirección a las tres puertas de la ciudad. Los diferentes koureni que componían el ejército desfilaban el uno detrás del otro. Sólo faltaba el kouren de Péreiaslav; los kozakos que lo componían habían bebido la noche precedente todo lo que debían beber en su vida, y por esta causa el uno había despertado atado en manos de los enemigos, el otro había pasado dormido de la vida a la muerte, y su mismo ataman, Jlib, se encontró completamente desnudo en medio del campamento polaco.En la ciudad notaron el movimiento de los kozakos; todos sus habitantes corrieron a las murallas, y un cuadro animado se presentó a los ojos de los zaporogos. Los caballeros polacos, rivalizando mutuamente en ricos trajes, ocupaban la muralla.

Sus cascos de cobre, adornados de plumas blancas como las del cisne, y bañados por el sol, despedían brillantes resplandores; otros llevaban pequeñas gorras de color de rosa o azules, inclinadas hacia la oreja, y caftanes con mangas, flotantes, bordados de oro y de seda. Sus armas, que compraban a precios muy subidos, estaban, como todo su traje, cargados de caprichosos adornos. El coronel de la ciudad de Boudjak, con gorra encarnada y oro, se destacaba altivo, en primera fila; de estatura más elevada y más grueso que los otros, se hallaba aprisionado en su rico caftán. Más lejos, junto a una puerta lateral, estaba de pie otro coronel, hombre de baja estatura y flaco.

Sus vivaces ojillos lanzaban miradas penetrantes bajo sus espesas cejas. Se volvía con presteza designando los puestos con su afilada mano y dando órdenes; se veía que, a pesar de su raquítico aspecto, era todo un militar. Junto a él había un oficial largo y delicado, ornado su encendido rostro de poblados bigotes. Este señor era aficionado a los festines y al aguamiel espirituosa. A sus espaldas estaban agrupados una multitud de hidalgüelos que se habían armado, los unos a costa suya y los otros a expensas de la Corona, o con ayuda del dinero de los judíos a los cuales habían empeñado cuanto contenían los castillejos de sus padres. Además, había una multitud de esos clientes parásitos que los senadores llevaban consigo para formar cortejo, que la víspera, robaban del buffet o de la mesa alguna copa de plata, y al día siguiente montaban en el pescante de los coches para servir de aurigas.

Las filas de los kozakos permanecían silenciosas delante de las murallas; ninguno de ellos llevaba oro en sus vestidos; solamente se veían brillar los metales preciosos en algunos puñales, sables o en algunas culatas de los mosquetes. Los kozakos no eran aficionados a vestirse ricamente para entrar en batalla; sus caftanes y sus armaduras eran sencillísimos, y en todos los escuadrones no se veían más que largas filas de gorras negras con la punta roja. Dos kozakos salieron de las filas de los zaporogos. El uno era muy joven, el otro tenía un poco más de edad: ambos poseían, según su modo de decir, buenos dientes para morder, no solamente con palabras sino con obras.

Llamábanse Okhrim Nach y Mikita Golokopitenko. Démid Popovitch les siguió; era éste un viejo kozako que frecuentaba hacia tiempo la sich, que había llegado hasta los muros de Andrinópolis, y que había sufrido muchos contratiempos en su vida. Una vez, salvándose de un incendio, volvió a la sich con la cabeza embreada, enteramente ennegrecida, y los cabellos quemados; pero después de esta aventura tuvo tiempo para rehacerse y engordó: sus largos y espesos cabellos rodeaban su oreja, y sus bigotes habían vuelto a brotar negros y espesos. Popovitch tenía fama por su lengua bien afilada.

–Todo el ejército de ustedes tiene joupans rojos –dijo– pero quisiera saber si el valor del ejército es también rojo.

–Esperen –exclamó desde arriba el obeso coronel– voy a agarrotarles a todos. Ríndanse, esclavos, entreguen sus mosquetes y sus caballos. ¿Han visto cómo he agarrotado ya a los suyos? Que se conduzca a los prisioneros al parapeto.

Y se condujo a los zaporogos maniatados a dicho punto. Al frente de ellos marcaba su ataman Jlib, desnudo completamente, en el estado que le habían preso, llevando la cabeza baja, avergonzado de su desnudez y de que hubiese sido sorprendido durmiendo, como un perro.

–No te aflijas, Jlib, nosotros te libertaremos –gritáronle desde abajo los kozakos.

–No te aflijas, amigo –añadió el ataman Borodaty– no es culpa tuya si te han pescado en cueros, eso puede suceder a cualquiera. Ellos son los desvergonzados, que te exponen ignominiosamente sin haber cubierto, por decencia, tu desnudez.

–Parece que no son ustedes valientes sino cuando tienen que habérselas con gente dormida –dijo Golokopitenko mirando al parapeto.

–Esperen, esperen; nosotros les cortaremos esos mechones de pelo le respondieron desde arriba.

–Quisiera ver de qué modo nos lo cortarán –decía Popovitch caracoleando delante de ellos montado en su caballo; y luego añadió, mirando a los suyos: Pero tal vez los polacos dicen la verdad si aquel gordinflón les conduce, no corren ningún peligro.

–¿Por qué crees tú que no corre ningún peligro? –preguntaron los kozakos, seguros anticipadamente de que Popovitch iba a soltar un chiste.

–Porque todo el ejército puede ocultarse detrás de él, y sería en extremo difícil alcanzar a alguno con la lanza más allá de su barriga.

Los kozakos se echaron a reír, y largo tiempo después muchos de ellos meneaban aún la cabeza, repitiendo:

–¡Ese diablo de Popovitch! si le ocurre soltar un chiste a alguno, entonces…

–¡Retrocedan, retrocedan! –exclamó el kochevoi

Como parecía que los polacos no querían sufrir semejante bravata, el coronel hizo un signo con la mano. En efecto, apenas se habían retirado los kozakos, resonó desde lo alto del parapeto una descarga de mosquetería. En la ciudad hubo un gran movimiento; el anciano vaivoda apareció, montado en su caballo. Se abrieron las puertas, y el ejército polaco salió. A la vanguardia marchaban los húsares, perfectamente alineados; luego los coraceros con las lanzas, con sus cascos de cobre; detrás cabalgaban los más ricos nobles, vestidos cada uno según su capricho; no querían mezclarse con los soldados, y el que no tenía algún mando se adelantaba solo a la cabeza de su gente; después venían otras filas, después el oficial delicado, luego otras filas todavía, detrás el coronel grueso, y el último que salió de la ciudad fue el coronel seco y flaco.

–Impídanles, impídanles que se formen exclamó el kochevoi. Que todos los koureni ataquen a la vez. Abandónenles las otras puertas. Que el kouren de Titareff ataque por su lado, y el kouren de Diadkoff por el suyo. Koukoubenko y Palivoda, caigan sobre ellos por la espalda; divídanlos, confúndanlos.


Y los kozakos atacaron por todas partes; rompieron las filas polacas, las revolvieron y se mezclaron con los soldados sin darles tiempo de disparar sus mosquetes; sólo se hacía uso de los sables y de las lanzas. En este zafarrancho, todos tuvieron ocasión de darse a conocer: Démid Popovitch mató a tres infantes y derribó a dos hidalgos de sus caballos, diciendo:

–Buenos caballos, hace tiempo que deseaba unos como éstos.
Y los persiguió en la llanura, gritando a los otros kozakos que los detuviesen; después se volvió a la refriega, atacó a los caballeros que había desmontado, mató a uno de ellos, echó su arkan al cuello del otro, y le arrastró a través de la campiña, después de quitarle su sable de rico puño y su bolsa llena de ducados. Kobita, buen kozako, todavía joven, vino a las manos con un polaco de los más valientes, y por largo tiempo combatieron cuerpo a cuerpo. Kobita triunfó por fin, hiriendo al polaco en el pecho con un cuchillo turco; pero esto no le salvó, pues una bala todavía caliente le tocó en la sien. El polaco más noble, el más hermoso de los caballeros, descendiente de príncipes desde la más remota antigüedad, había acabado así con él. Jinete en un vigoroso caballo bayo claro, llevaba por todas partes la destrucción, y se había distinguido ya con mil proezas. Había muerto a sablazos a dos zaporogos, tumbado a un buen kozako, Fedor de Kory, traspasándole con su lanza después de derribar a su alazán de un pistoletazo, y por fin mató a Kobita.

–Con ese me gustaría medir mis fuerzas exclamó el ataman del kouren de Nésamaï koff, Koukoubenko.Y espoleando a su caballo, se lanzó sobre el polaco, gritando con tan estentórea voz, que todos los que se encontraban cerca de él se estremecieron involuntariamente. El polaco quiso volver su caballo para hacer frente a su nuevo enemigo, pero el animal no le obedeció; espantado por aquel terrible grito, dio un salto de lado, y Koukoubenko pudo disparar su mosquete al polaco que cayó del caballo, herido en la espalda. Ni aun entonces se rindió el valiente polaco: procuró herir a su enemigo; pero su débil mano dejó caer el sable. Koukoubenko tomó con ambas manos su pesada espada, hundiéndole la punta en sus pálidos labios; el arma le rompió los dientes, le cortó la lengua, le atravesó las vértebras del cuello y penetró profundamente en tierra en donde le clavó para no volver a levantarse. La rosada sangre brotó de la herida, esa sangre noble, y le tiñó su caftán amarillo bordado de oro. Koukoubenko se alejó del cadáver, y se lanzó con los suyos hacia otro punto.

–¿Cómo puede dejarse ahí una tan rica armadura sin recogerla? –dijo el ataman del kouren de Oumane, Borodaty.

Y dejó a su gente para dirigirse al sitio en donde yacía el inanimado cuerpo del caballero.

–He dado muerte con mis propias manos a siete nobles, pero no he encontrado ninguno que llevase una armadura tan rica.

Y Borodaty, arrastrado por la codicia, se bajó para adueñarse de aquel rico despojo. Primeramente quitóle su puñal turco adornado con piedras preciosas; después su bolsa llena de ducados; le desató del cuello una bolsita que contenía, envuelto en fino lienzo, un rizo de cabello dado por una joven como prenda de amor. Borodaty no oyó que el oficial de la nariz colorada, el mismo a quien ya había derribado de su caballo después de darle una cuchillada en el rostro, se dirigía sobre él por la espalda. El oficial levantó su sable y asestó un terrible mandoble a su cuello inclinado. El amor al botín no había conducido a buen fin al ataman Borodaty. Su robusta cabeza rodó a un lado y su cuerpo a otro, rociando la hierba con su sangre. Apenas el vencedor había agarrado por sus espesos cabellos la cabeza del ataman para colgarla de su arzón, cuando se levantó un vengador.

Semejante al gavilán que, después de trazar círculos con sus poderosas alas, se detiene de repente, queda inmóvil en el aire, y cae como la flecha sobre la codorniz que canta en los trigos cerca del camino, el hijo de Taras, Eustaquio, se lanzó sobre el oficial polaco echándole su lazo alrededor del cuello.

El semblante colorado del oficial aumentó de color al apretarle la garganta el nudo corredizo. Con mano convulsa empuñó su pistola, pero no pudo dirigirla, y la bala fue a perderse en la llanura. Eustaquio desató de la silla del polaco una cuerda de seda de que se servía para atar a los prisioneros, le agarrotó los pies y los brazos, ató el otro extremo de la cuerda al arzón de la silla, y le arrastró a través de los campos, gritando a los kozakos de Oumane que fuesen a tributar los últimos honores a su ataman. Al saber los kozakos de ese kouren que su ataman había muerto, abandonaron el combate para hacerse cargo del cadáver, y se concertaron para saber a quién era preciso poner en su lugar.

–Pero, ¿de qué sirven los consejos? –dijeron por fin– es imposible elegir un kourennoi mejor que Eustaquio Bulba. Es verdad que es más joven que todos nosotros; pero tiene talento y buen sentido como un viejo.

Eustaquio se quitó su gorra, dio las gracias a sus compañeros por el honor que le dispensaban, pero sin dar por pretexto para rehusarlo ni la juventud ni la falta de experiencia, pues en tiempo de guerra no es permitido vacilar. Enseguida condujo a sus tropas contra el enemigo, y les probó lo acertado de su elección. Los polacos conocieron que el asunto se complicaba, y retrocedieron atravesando la llanura para reunirse al otro lado. El pequeño coronel hizo seña a una tropa de cuatrocientos hombres que estaba de reserva junto a la puerta de la ciudad, e hicieron una descarga de mosquetería contra los kozakos; pero las balas alcanzaron a pocos hombres: algunas tocaron a los bueyes del ejército que miraban estúpidamente la refriega. Espantados, esos animales mugieron, se echaron sobre el tabor de los cosacos, rompieron los carros y pisotearon a mucha gente; pero Taras, en este momento, arrojándose con su polk de la emboscada en donde se había apostado, les cortó el paso, haciendo que sus hombres gritasen con toda la fuerza de sus pulmones. Entonces, desatinada la bueyada, se volvió hacia los regimientos polacos introduciendo el desorden entre ellos.

–¡Mil gracias, bueyes –gritaron los zaporogos– nos habéis prestado un gran servicio durante la marcha, y ahora nos servís en la batalla!

Los kozakos se precipitaron de nuevo sobre el enemigo. Sucumbieron muchos polacos, y se distinguieron muchos kozakos, entre ellos Metelitza, Chilo, los dos Pisarenko y Vovtousenko. Los polacos, viéndose estrechados por todas partes, alzaron su bandera en señal de replegarse, y empezaron a gritar para que se les abriesen las puertas de la ciudad. Las ferradas puertas giraron sobre sus goznes y recibieron a sus fugitivos caballeros, molidos, cubiertos de polvo, como el aprisco recibe las ovejas. Algunos zaporogos querían perseguirles hasta dentro de la ciudad, pero Eustaquio detuvo a los suyos diciéndoles:

–Aléjense, señores hermanos, aléjense de las murallas, pues no es bueno acercarse a ellas.

El joven tenía razón, pues en aquel mismo instante resonó de lo alto de las murallas una descarga general. El kochevoi se acercó para felicitar a Eustaquio.

–Ese ataman es aún muy joven, pero conduce a sus huestes como un jefe encanecido en el mando.

El viejo Taras Bulba volvió la cabeza para ver quién era el novel ataman, y vio a su hijo Eustaquio a la cabeza del kouren de Oumane, con la gorra sobre la oreja, y la maza de ataman en la diestra.

–¡Miren el pícaro! –se dijo lleno de satisfacción.
Y dio las gracias a todos los kozakos de Oumane por el honor dispensado a su hijo.

Los kozakos volvieron grupas hasta su labor; los polacos aparecieron de nuevo sobre el parapeto, pero esta vez sus ricos joupans estaban rotos, manchados de sangre y de polvo.

–¡Hola! ¿Se han curado ya las heridas? Les gritaron los zaporogos.
–¡Esperen! ¡Esperen! –respondió desde lo alto el coronel gordo agitando una cuerda con sus manos.

Y durante algún tiempo, los dos bandos se dirigían injurias y amenazas.Por fin se separaron. Los unos se retiraron a descansar de las fatigas del combate, y los otros fueron a ponerse tierra en sus heridas haciendo vendajes de los ricos vestidos que habían quitado a los muertos. Los que habían conservado más fuerzas se ocuparon en reunir los cadáveres de sus camaradas y tributarles los últimos honores. Con sus espadas y sus lanzas abrieron zanjas, de las que extraían la tierra en los paños de sus vestidos, y en ellas depositaron cuidadosamente los cuerpos de los kozakos, cubriéndolos de tierra fresca para librarlos de la voracidad de las aves carnívoras.

Los cadáveres de los polacos fueron atados de diez en diez a la cola de los caballos, que los zaporogos lanzaron hacia la llanura, ahuyentándolos a latigazos. Los caballos, furiosos, corrieron veloces por largo tiempo a través de los campos, arrastrando los cadáveres ensangrentados que rodaban y chocaban en el polvo.Llegada la noche, todos los koureni se sentaron formando círculo y empezaron a hablar de los altos hechos del día. Así estuvieron largo tiempo en vela. El viejo Taras se acostó más tarde que los otros; no comprendía por qué Andrés no se había presentado entre los combatientes. ¿Había tenido Judas vergüenza de batirse contra sus hermanos? ¿O bien el judío le había engañado, y Andrés era prisionero? Pero Taras se acordó que el corazón de Andrés había sido siempre accesible a las seducciones de las mujeres, y en su desesperación maldijo a la polaca que perdiera a su hijo, jurando que se vengaría; juramento que hubiera cumplido sin que la hermosura de esa mujer le hubiese conmovido; la hubiera arrastrado por sus abundosos cabellos a través del campamento de los kozakos; hubiera magullado y manchado sus bellas espaldas de nítida blancura, y hubiera hecho trizas su hermoso cuerpo. Pero el mismo Bulba ignoraba lo que Dios le preparaba para el día siguiente. Concluyó por dormirse, mientras que el centinela vigilante y sobrio se mantuvo toda la noche junto al fuego, mirando con atención a todos lados en las tinieblas.

CAPÍTULO VIII

El sol no había llegado aún a la mitad de su carrera en el cielo, cuando los zaporogos se reunieron en asamblea. De la sich había llegado la terrible noticia de que los tártaros, durante la ausencia de los kozakos, la habían saqueado enteramente, habiendo desenterrado el tesoro que estos guardaban misteriosamente; que habían sacrificado o hecho prisioneros a cuantos quedaran allí, y que, llevándose todos los rebaños y los caballos padres, habían marchado en línea recta a Perekop. Un solo kozako, Máximo Golodoukha, se había escapado en el camino de mano de los tártaros; había dado de puñaladas al mirza, apoderándose de su saco lleno de cequíes, y en un caballo tártaro y vestidos tártaros, se sustrajo a las pesquisas con una carrera de dos días y dos noches. El caballo que montaba murió reventado; tomó otro y le cupo la misma suerte, y en un tercero llegó por fin al campamento de los zaporogos, habiendo sabido por el camino que estaban sitiando a Doubno. Sólo pudo noticiar la desgracia que había acaecido; pero, ¿cómo había sucedido esta desgracia? Los kozakos que quedaron en la sich, ¿se habían emborrachado tal vez, según costumbre de los zaporogos, cayendo prisioneros durante su embriaguez? ¿Cómo los tártaros habían descubierto el lugar en donde estaba enterrado el tesoro del ejército? A nada de esto pudo contestar. El kozako estaba molido de cansancio; había llegado hinchado, quemado el rostro por el viento, y cayó al suelo durmiéndose profundamente.

En semejante caso, era costumbre de los zaporogos lanzarse en persecución de los ladrones y procurar cortarles el paso, pues de otro modo los prisioneros podían ser conducidos a los depósitos del Asia Mayor, a Esmirna, a la isla de Creta, y Dios sabe en qué sitios se hubieran visto las cabezas de larga trenza de los zaporogos. He aquí explicado por qué se habían reunido los kozakos en asamblea. Todos, sin distinción, estaban de pie, con la cabeza cubierta, pues no se habían reunido para recibir una orden de su ataman sino para tratar como iguales entre ellos.

–¡Que los ancianos den primero sus consejos! –gritó uno entre la multitud.
–¡Que el kochevoi de su consejo! –decían los otros.

Y él kochevoi, descubriéndose la cabeza, no ya como jefe de los kozakos, sino como su compañero, les dio las gracias por el honor que le hacían y les dijo:

–Hay entre nosotros hombres que son más viejos que yo y que tienen más experiencia para dar consejos; pero ya que ustedes me han escogido para que hable primero, he aquí mi opinión: compañeros, pongámonos, sin pérdida de tiempo, en persecución de los tártaros, pues ya saben ustedes lo que son esos hombres. No esperarán nuestra llegada con lo que han robado, sino que lo disiparán enseguida, sin dejar rastro alguno. He aquí, pues, mi consejo: ¡en marcha! Bastante nos hemos paseado ya por aquí; los polacos saben lo que son los kozakos. Hemos vengado a la religión tanto como nos ha sido posible; respecto al botín, poca cosa se puede esperar de un pueblo hambriento como ellos, Así, pues, mi consejo es que partamos.

–¡Partamos!
Esta palabra resonó en los koureni de los zaporogos; pero no fue del agrado de Taras Bulba que se inclinó frunciendo sus cejas grises, semejantes a los zarzales que crecen en las peladas vertientes de una montaña cuyas cimas están blanqueadas por la erizada escarcha del norte.

–No, kochevoi –dijo– tu consejo no vale nada. No hablas como es debido. Parece que olvidas que los hombres que nos han arrebatado los polacos quedan prisioneros. ¿Quieres, pues, que dejemos de respetar la primera de las santas leyes de la fraternidad; que abandonemos a nuestros compañeros para que los desuellen vivos, o bien que, después de descuartizar sus cuerpos, se paseen sus trozos por las ciudades y campos como lo han hecho con el hetman, y los mejores caballeros de la Ucrania? Y no es eso solo: ¿no han insultado bastante a todo lo que hay de más santo? ¿Qué somos, pues?, se lo pregunto a todos. ¿Qué kozako es aquel que no acude en auxilio de su compañero, que le deja perecer como un perro en tierra extranjera? Si han llegado las cosas hasta el extremo de que nadie estime en lo que vale el honor kozako, y si hay quien permite que se le escupa en su bigote gris, o se le insulte con ultrajantes frases, por lo que a mí toca no se me insultará. Me quedo solo.

Todos los zaporogos que le oyeron quedaron conmovidos.

–Pero, ¿has olvidado, valiente polkovnik –dijo entonces el kochevoi– que los tártaros tienen también en su poder compañeros nuestros, y que si no les libertamos ahora, será su vida vendida a los paganos por una eterna esclavitud, peor que la muerte más cruel? ¿Has olvidado, pues, que se llevan todo nuestro tesoro, adquirido a costa de sangre cristiana?

Todos los kozakos quedaron pensativos, no sabiendo qué contestar. Ninguno de ellos quería merecer una mala fama. Entonces se adelantó el más anciano en años del ejército zaporogo, Kassian Bovdug, muy venerado por todos los kozakos. Había sido elegido por dos veces kochevoi, y también en la guerra era un buen kozako; pero había envejecido, y hacía mucho tiempo que no salía a campaña, absteniéndose de dar consejos; lo que más le agradaba era quedarse tendido de costado junto a los grupos de los kozakos, escuchando las narraciones de las aventuras de otro tiempo y de las campañas de sus jóvenes compañeros. Jamás se inmiscuía en sus discusiones, pero los escuchaba en silencio chafando con su dedo pulgar la ceniza de su corta pipa, que no separaba nunca de sus labios, y permanecía largo tiempo recostado, con los párpados a medio cerrar, de modo que sus amigos ignoraban si estaba adormecido o si escuchaba aún. Durante las campañas guardaba la casa; sin embargo, esta vez el anciano se dejó tomar; y haciendo el gesto de decisión propio de los kozakos, dijo:

–¡Gracias a Dios que voy con ustedes! Tal vez seré aún útil a la caballería kozaka.

Cuando el anciano Kassian Bovdug apareció ante la asamblea, todos los kozakos callaron, pues hacía mucho tiempo que no habían oído una palabra de su boca; todos querían saber lo que iba a decir.

–Señores hermanos –empezó diciendo– ha llegado mi vez de decir una palabra, niños, escuchen al anciano. El kochevoi ha hablado bien, y como jefe del ejército kozako, cuya obligación es velar por él y conservar su tesoro, no podía decir nada más prudente; ése es mi primer discurso; y ahora escuchen lo que dirá mi segundo discurso. El polkovnik Taras ha dicho una gran verdad; ¡que Dios le dé una larga vida, y que haya muchos polkovniks, como él en la Ucrania! El primer deber y el primer honor del kozako es observar la fraternidad. Durante mi dilatada vida, no he oído decir, señores hermanos, que un kozako haya abandonado o vendido jamás de manera alguna a su compañero y estos y los otros son nuestros compañeros; que sean pocos, que sean muchos, todos son nuestros hermanos. Los que aman a los kozakos que los tártaros han hecho prisioneros, que vayan en persecución de los tártaros; y los que aman a los kozakos que han caído en poder de los polacos, y que no quieren abandonar la buena causa, que se queden aquí. En cumplimiento de su deber, el kochevoi conducirá a la mitad de nosotros en persecución de los tártaros, y la otra mitad escogerá un ataman que la mande. Y si quieren creer a una cabeza cana, ninguno más a propósito para esto que Taras Bulba. No hay uno solo entre nosotros que le iguale en virtudes guerreras.

Después de esto Bovdug calló; y todos los kozakos se regocijaron por haberles el anciano puesto en buen camino. Todos tiraron las gorras al aire, gritando:

–¡Gracias, padre! Ha callado, ha callado por largo tiempo, pero ha hablado por fin. No en vano decía en el momento de ponerse en campaña, que sería útil a la caballería kozaka; y, así ha sucedido.

–¡Y bien! ¿Consienten en eso? –preguntó el kochevoi.
–¡Consentimos todos! –gritaron los kozakos.

–¡Así, pues, la asamblea queda terminada! –gritaron los kozakos.

–¡Muchachos! Escuchen ahora la orden militar –dijo el koichevoi.
Se adelantó, se puso su gorra, y todos los zaporogos se la quitaron permaneciendo con la cabeza descubierta y los ojos bajos, como hacían siempre los kozakos cuando un anciano se disponía a hablar.

–Ahora, señores hermanos, formen dos grupos; el que quiera partir que pase a la derecha, y el que quiera quedarse a la izquierda. A donde vaya la mayor parte de los kozakos de un kouren, los otros les seguirán; pero si el menor número persistiese en quedarse, se incorporará a otros koureni.

Y los kozakos empezaron a pasar, unos a derecha, y otros a izquierda. Cuando la mayor parte de un kouren pasaba a un lado, el ataman del kouren pasaba también; pero cuando era la menor parte, se incorporaba a los otros koureni. Y a menudo, faltaba poco para que los dos grupos fuesen iguales.

Entre los que quisieron quedarse, había casi todo el kouren de Nesamaï koff, más de la mitad del de Poporitcheff, todo el de Oumane, todo el de Kaneff, más de la mitad del de Steblikoff y otro tanto del de Fimocheff. Los que quedaban prefirieron ir en persecución de los tártaros. En uno y otro grupo se encontraban buenos, y valientes kozakos.

Entre los que se decidieron por ir en persecución de los tártaros, estaba Tcherevety, el anciano cosaco Pokotipolé y Lémich, y Procopovitch, y Choma. Démid Popovitch se les había incorporado, pues era un cosaco de carácter turbulento y no podía permanecer largo tiempo en un mismo sitio; habiendo medido sus fuerzas con los polacos, tuvo deseos de medirlas con los tártaros. Los atamanes de los koureni eran Nostugan, Pokrychka, Nevynisky; y varios otros famosos y valientes kozakos entraron en deseos de probar su sable y sus poderosos brazos en una lucha con los tártaros.

Entre los que quisieron quedarse, había también valientes y animosos kozakos tales como los atamanes Demytrovitch, Koukoubenko, Vertichvist, Balan, Boulkenko, Eustaquio. También había con ellos varios otros ilustres y poderosos kozakos: Vovtousenko, Tchenitchenko, Stepan Gouska, Ochrim Gouska, Mikola Gousty, Zadorojny, Metelitza, Ivan Zakroutygouba, Mosy Chilo, Degtarenko, Sydorenko, Pisarenko, luego un segundo Pisarenko y otro Pisarenko, y muchos más. Todos habían corrido mucho a pie y a caballo, habiendo visto las riberas de la Anatolia, las estepas saladas de Crimea, todos los ríos grandes y pequeños tributarlos del Dnipro, todas las ensenadas e islas de este río. Habían estado en Moldavia, Iliria y Turquía y surcado el mar Negro de uno a otro extremo con sus bateles de dos timones; habían embestido con cincuenta bateles de frente los más ricos y poderosos buques; habían echado a pique un considerable número de galeras turcas, y, en fin habían quemado mucha pólvora en su vida. En más de una ocasión habían desgarrado preciosas telas de Damasco para hacerse medias con ellas, y más de una vez habían llenado de cequíes de oro puro los anchos bolsillos de sus pantalones. Incalculables eran las riquezas que habían disipado en beber y divertirse, y que hubieran bastado para la existencia de cualquier otro hombre. Todo lo habían gastado a lo kozako, festejando a todo el mundo, y alquilando músicos para hacer bailar al universo entero.

Aun en aquel entonces, pocos eran los que no tuviesen algún tesoro, copas y vasos de plata, broches y joyas escondidas bajo los juncos de las islas del Dnipro, para que los tártaros no pudiesen encontrarlas, si, por desgracia, llegaban a caer sobre la sich; cosa bien difícil, porque su mismo dueño empezaba a olvidar el sitio en donde lo había escondido. Tales eran los kozakos que habían querido quedarse para vengar en los polacos a sus fieles compañeros y a la religión de Cristo. El viejo kozako Bovdug prefirió quedarse con ellos diciendo:

–El peso de los años no me permite que vaya en persecución de los tártaros; pero aquí hay un puesto en donde puedo morir como un kozako. Desde mucho tiempo he pedido a Dios que, cuando deba terminar mi existencia, que sea en una guerra por la santa causa cristiana. Dios me ha oído, pues en ninguna parte pudiera recibir la muerte con más gusto que aquí.

Cuando se hubieron dividido y formado en dos filas, por kouren, el kochevoi pasó entre ellas y dijo:

–¡Y bien, señores hermanos! ¿La una mitad está contenta de la otra?

–Todos estamos contentos, padre –contestaron los kozakos.

–Abrácense pues y despídanse, pues sabe Dios si volverán a verse en esta vida. Obedezcan a su ataman y hagan lo que deban, lo que saben que ordena el honor kozako.

Y todos los kozakos se abrazaron recíprocamente empezando los dos atamans; después de atusarse sus bigotes grises, se dieron un beso en cada mejilla; luego, estrechándose las manos con fuerza, quisieron preguntarse el uno al otro:

–Y bien, señor hermano, ¿volveremos a vernos o no?

Pero guardaron silencio, y las dos cabezas grises se inclinaron pensativas.

Y todos los kozakos, hasta el último, se despidieron, sabiendo que tanto los unos como los otros tenían mucho que hacer. Pero resolvieron no separarse en aquel instante, y esperar la oscuridad de la noche para que el enemigo no viese la disminución del ejército. Hecho esto, cada kouren se formó en un grupo para comer. Cumplida esta necesidad, todos los que debían ponerse en marcha se acostaron durmiendo un largo y profundo sueño, como si hubiesen presentido que era el último de que disfrutarían con tanta libertad. Durmieron hasta la puesta del sol; y cuando la noche empezó a extender su negro manto se pusieron a untar sus carros. Cuando todo estuvo dispuesto para la partida, enviaron los bagajes delante, siguiendo después ellos detrás de los carros no sin haber saludado otra vez a sus compañeros con sus gorras; la caballería marchando ordenadamente sin gritar y sin que los caballos relinchasen, seguía a la infantería, y pronto desaparecieron en la sombra. Solamente los pasos de los caballos en lontananza y alguna que otra vez el ruido de una rueda mal untada que rechinaba sobre el eje. Durante largo tiempo, los zaporogos que habían quedado delante de la ciudad les hicieron señas con la mano, a pesar de haberles perdido ya de vista; y cuando volvieron a su campamento, cuando vieron, a la tenue claridad de las estrellas, que faltaban la mitad de los carros, y un número igual de sus hermanos, se les oprimió el corazón, y quedaron pensativos involuntariamente, inclinando al suelo sus turbulentas cabezas.

Taras no pudo menos de observar que, en las melancólicas filas de los kozako, la tristeza, poco conveniente a los valientes, empezaba a abatir poco a poco todas las cabezas, pero el viejo kozako guardaba silencio, quería darles tiempo de acostumbrarse al pesar que les causaba la marcha de sus compañeros, y, sin embargo, se preparaba en secreto para despertarles de repente con el ¡hurra! del kozako, para reanimar con un nuevo poder el temple de su alma. La raza eslava, grande y fuerte, se distingue de las otras razas, como el mar profundo de los humildes ríos. Cuando el huracán estalla, se vuelve atronadora y rugiente, levanta gigantescas olas, lo cual no pueden hacer los grandes ríos; pero cuando reina la calma, el mar, más sereno que los ríos de rápida corriente, extiende su inmensa sábana de cristal, eterno deleite de los ojos.

Taras mandó a sus criados que desembalaran uno de los carros, que estaba apartado de los otros. Era el más grande y más pesado de todo el campamento kozako; sus fuertes ruedas estaban reforzadas por dobles aros de hierro; una enorme carga ocupaba dicho vehículo, cubierto con una alfombra y con gruesas pieles de buey, y fuertemente atado con cuerdas embreadas. Este carro contenía todos los pellejos y barriles del buen vino añejo que se conservaba desde mucho tiempo en las bodegas de Taras, el cual se había reservado este pesado armatoste para el caso solemne en que, si llegaba un momento de crisis y si se presentaba un caso digno de ser transmitido a la posteridad, cada kozako, sin exceptuar a ninguno, pudiese beber un trago de este vino precioso, a fin de que, en este supremo instante, se despertase en todos ellos un gran sentimiento también. Por orden del polkovnik, los criados se dirigieron apresuradamente al carro, cortaron las ruedas, quitaron las pesadas pieles de buey, y bajaron los pellejos y los barriles.

–Beban todos –dijo Bulba– todos cuantos son, sírvanse de sus vasijas, de copas, cántara para abrevar los caballos, un guante o una gorra, o bien de sus dos manos.

Y todos los kozakos presentaron el uno una copa, el otro la cántara que le servía de abrevadero de su caballo; éste un guante, aquel una gorra, y otros en fin presentaron sus dos manos juntas. Los criados de Taras pasaban entre las filas, repartiendo el contenido de los pellejos y barriles; pero Taras ordenó que nadie bebiese antes de que él hiciese señal de beber todos de un solo trago. Veíase que Taras tenía algo que decir. Sabía éste perfectamente que por muy bueno que sea el vino añejo, y muy capaz de fortalecer el corazón del hombre, si se le añade una palabra bien dicha, esta dobla la fuerza del vino y del corazón.

–Señores hermanos –dijo Taras Bulba– les hago este obsequio, no para darles las gracias por el honor de haberme hecho ataman, por muy grande que sea este honor, ni para honrar la despedida de nuestros compañeros; no, una y otra cosa serían más adecuadas en otro tiempo que en el presente. Tenemos ante nosotros una fatigosa tarea, que reclama todo el valor kozako. Bebamos, pues, compañeros, bebamos de un solo trago; primeramente y ante todo por la santa religión ortodoxa, porque llegue un día en que la misma santa religión se extienda por todos los ámbitos del planeta que habitamos, y que todos los paganos entren en el gremio de la iglesia de Cristo. Bebamos al mismo tiempo por la sich; que se conserve enhiesta largos años para exterminio de los paganos, a fin de que todos los años salgan de ella multitud de héroes más grandes los unos que los otros; y bebamos al mismo tiempo por nuestra propia gloria, a fin de que nuestros nietos y los hijos de nuestros nietos digan que en otro tiempo hubo kozakos que no deshonraron a la fraternidad, ni abandonaron a sus compañeros. Así, pues, ¡por la religión, señores hermanos, por la religión!

–¡Por la religión! –gritaron con toda la fuerza de sus pulmones todos los que formaban las filas más próximas.

–¡Por la religión! –repitieron los más apartados; y jóvenes y viejos, todos los kozakos, bebieron por la religión.

–¡Por la sich! –dijo Taras, alzando cuanto pudo su copa encima de su cabeza.

–¡Por la setch! –respondieron las filas vecinas.

–¡Por la sich! –repitieron con voz sorda los viejos kozakos, atusándose sus bigotes grises.

Y agitándose como los halcones cuando sacuden sus alas, los jóvenes kozakos dijeron:

–¡Por la sich!

Y la llanura oyó repetir en lontananza el brindis de los kozakos.

–Ahora el último trago, compañeros. Por la gloria, y por todos los cristianos que viven en este mundo.

Y todos los kozakos bebieron otro trago por la gloria, y por todos los cristianos que viven en el mundo. Y por largo tiempo se repetía en todas las filas de todos los koureni.

–¡Por todos los cristianos que viven en este mundo!
Las copas estaban ya vacías, y los kozakos continuaban con las manos levantadas. Aunque sus ojos, animados por el vino, brillasen de alegría, sin embargo, estaban meditabundos. En aquel instante no se acordaban ni del botín de guerra, ni de la dicha de encontrar ducados, armas preciosas, vestidos recamados y caballos circasianos; estaban pensativos como las águilas posadas sobre las cimas de las peñascosas montañas, desde donde se distingue a lo lejos extenderse el mar inmenso, con los buques, las galeras, las embarcaciones de toda especie que surcan sus aguas, con sus orillas que desaparecen en lontananza cubiertas de un vaporoso velo y coronadas de ciudades que parecen moscas y de bosques tan bajos como la hierba.

Como águilas, contemplaban los alrededores de la llanura, y su destino que parecía dibujarse en el horizonte. Toda esta llanura, con sus caminos y sus tortuosos senderos, quedará convertida en inmenso osario, se saturará de su sangre kozaka, se llenará de destrozos de carros, de lanzas rotas y de sables quebrados; a lo lejos rodarán cabezas pobladas de espesos cabellos, cuyas trenzas estarán entremezcladas por la sangre cuajada, y cuyos bigotes caerán sobre la barba; las águilas vendrán a picotear en sus ojos. Pero este campo de muerte tan vasto y tan extensamente libre es hermoso. Ni una sola acción heroica debe perecer, y la gloria kozaka no se perderá como un grano de pólvora caído de la cazoleta. Vendrá, vendrá un tocador de bandola, con la barba gris hasta el pecho; o tal vez algún anciano, lleno aún de valor viril, pero de blanca cabeza y de alma inspirada, que dirá de ellos una palabra grave y poderosa; y su nombradía se extenderá por el universo entero, y todo cuanto venga al mundo después hablará de ellos; pues una palabra poderosa se esparce a lo lejos semejante a la campana de bronce en la cual el fundidor ha derramado plata pura y preciosa en gran cantidad, a fin de que la voz sonora llame a todos los cristianos a la santa oración, por las ciudades y pueblos, los castillos y las chozas.

CAPÍTULO IX

Nadie, en la ciudad sitiada, había sospechado que la mitad de los zaporogos hubiesen dejado el campamento para lanzarse en persecución de los tártaros. Desde lo alto de la torre de las Casas Consistoriales, los centinelas colocados allí habían visto desaparecer solamente una parte de los bagajes detrás de los bosques inmediatos; pero pensaron que los kozakos preparaban una emboscada. El ingeniero inglés era de este mismo parecer.

Sin embargo, las palabras del kochevoi no habían sido vanas: el hambre se hacía sentir de nuevo entre los habitantes. La guarnición, según costumbre de los tiempos pasados, no había calculado lo que necesitaba para vivir. Se probó una nueva salida, pero la mitad de los que la intentaron sucumbió bajo los golpes de los kozakos, y la otra mitad fue rechazada hasta la ciudad sin conseguir su objeto. Sin embargo, la salida fue aprovechada por los judíos, pues averiguaron cuanto les importaba saber; esto es, por qué los zaporogos habían partido y hacia qué sitio se dirigían, con qué jefes, con qué koureni, cuántos eran, cuántos quedaron, y qué pensaban hacer. En una palabra, al cabo de algunos minutos se sabía todo en la ciudad. Los coroneles recobraron valor y se prepararon a librar batalla.

Por el movimiento y ruido que se hacía en la ciudad, Taras adivinó sus preparativos y por su parte se preparó también: arregló su tropa, dio órdenes, dividió los koureni en tres cuerpos, y formó con los bagajes una trinchera a su alrededor, especie de combate en que los zaporogos eran invencibles. Mandó que dos koureni se emboscasen cubriendo parte de la llanura de estacas puntiagudas, de armas destrozadas, de astillas de lanzas, en fin, de toda clase de obstáculos, con la idea de aprovechar la primera ocasión para echar en ella a la caballería enemiga. Cuando todo estuvo así dispuesto, dirigió la palabra a los kozakos, no para reanimarles y darles valor, sino porque necesitaba explayar su corazón.

–Señores míos, deseo manifestarles lo que es nuestra fraternidad. Ustedes han sabido por sus padres y abuelos en qué honor tenían todos nuestra tierra. Ella se ha dado a conocer a los griegos; ha tomado piezas de oro a Tzargrad, ha tenido ciudades suntuosas, y templos, y kniaz: kniaz de sangre de la Rus’ , y kniaz de su sangre, pero no católicos herejes. Los paganos lo han robado todo, todo se ha perdido. Sólo nosotros hemos quedado, pero huérfanos, y como una viuda que ha perdido un esposo poderoso; y al par que nosotros, también ha quedado huérfana nuestra tierra. He ahí, compañeros, en que tiempo nos hemos estrechado la mano en señal de fraternidad; no existe lazo más sagrado que este de la fraternidad. El padre ama a su hijo, la madre ama a su hijo, y éste ama a su padre y a su madre, pero, ¿qué significa eso, hermanos? también las fieras aman a sus hijos. Pero emparentar por el alma y no por la sangre, he ahí lo que sólo es dado al poder del hombre. En otros países se han encontrado compañeros; pero compañeros como en la Rus’ en parte ninguna. Ha sucedido, no a uno de ustedes, sino a muchos, extraviarse en extranjera tierra; ¡pues bien! ustedes lo han visto: allí hay hombres también, también hay allí criaturas de Dios y les hablan como a uno de ustedes. Pero cuando se trata de decir una palabra salida del corazón, ustedes lo saben bien, son hombres de espíritu, y, sin embargo, no son de los de ustedes. Son hombres, pero no son los mismos hombres. No, hermanos, amar como ama un corazón ruso, amar, no solamente por el espíritu, sino por todo lo que Dios ha dado al hombre, por todo lo que hay en ustedes, ¡ah! –dijo Taras, con un gesto de decisión, sacudiendo su cabeza gris y levantando la punta de su bigote– no, nadie puede amar así. Sé perfectamente que ahora se han introducido en nuestro país pérfidas costumbres: hay algunos que sólo piensan en sus montones de trigo y de heno, en sus caballadas; sólo se preocupan en que su aguamiel se conserve en sus bodegas; imitan, ¡el diablo lo sabe! los usos paganos; se avergüenzan de su lenguaje; el hermano no quiere hablar con su hermano, y aun llega a venderle como se vende en un mercado a una bestia; prefieren el favor de un rey extranjero, y no ya de un rey, sino el menguado favor de un magnate polaco que con su bota amarilla les golpea el hocico, a toda la fraternidad.

Pero, a pesar de esto, en el último de los cobardes, aunque se haya manchado de lodo y de servilismo, hay todavía un grano de sentimiento ruso; y un día ¡desventurado! se despertará y herirá con los dos puños los faldones de su caftán; apretará su cabeza entre sus dos manos y maldecirá su cobarde vida, dispuesto a comprar de nuevo por el suplicio una innoble existencia.

Que sepan todos, pues, lo que significa en nuestra Rus’ la fraternidad. Y si ha llegado el momento de morir, ciertamente que ninguno de ellos ¡ninguno! morirá como nosotros. Esto no es dado a su naturaleza de ratón.

Esto dijo el ataman; y concluida su peroración, meneó todavía su cabeza que había encanecido en la vida de kozako. Todos los que le escuchaban quedaron profundamente conmovidos por este discurso que penetró hasta el fondo de sus corazones. Los guerreros más antiguos permanecieron inmóviles, inclinando sus cabezas grises hacia tierra; una lágrima brillaba en sus viejas pupilas, que enjugaron lentamente con la manga, y todos a una, como impulsados por un mismo resorte, hicieron a la vez su gesto acostumbrado para expresar que se ha tomado un partido, y menearon resueltamente sus cabezas. Taras había puesto el dedo en la llaga.

Veíase salir de la ciudad el ejército enemigo al son de las trompetas y clarines, así como los nobles polacos, con la mano en la cadera, y rodeados de un numeroso séquito. El obeso coronel daba órdenes. Se adelantaron rápidamente hacia los kozakos, amenazándoles con sus miradas y con sus mosquetes, al abrigo de sus brillantes corazas de cobre. Los kozakos, al ver que habían avanzado hasta ponerse a tiro, los recibieron con una lluvia de plomo, y continuaron tirando sin interrupción. El ruido de sus descargas sonaba en las vecinas llanuras, como un trueno continuo. El campo de batalla estaba cubierto de densa humareda, y los zaporogos disparaban sin interrupción. Los de las últimas filas se limitaban a cargar las armas que alargaban a los más avanzados, con asombro de los polacos que no podían comprender cómo los kozakos tiraban sin volver a cargar sus mosquetes. En las espesas oleadas de humo que envolvían a los contendientes, no se veían las pérdidas que se experimentaban en las filas; pero los polacos, sobre todo, sentían que las balas llovían espesas, y cuando retrocedieron para alejarse de aquella humareda y para recobrarse, vieron perfectamente que sus escuadrones habían sufrido muchas bajas.

Los kozakos habían perdido tres hombres todo lo más, y continuaban incesantemente su fuego de mosquetería. El ingeniero extranjero se asombró de esta táctica que nunca había visto emplear, y dijo en alta voz:

–¡Son muy valientes los zaporogos! He ahí cómo es preciso que se batan en todos los países.

Aconsejó entonces dirigir los cañones hacia el campamento fortificado de los kozakos. Las piezas de bronce atronaron el espacio con su rugiente voz; la tierra trepidó a lo lejos, y la llanura quedó envuelta en oleadas de humo. El olor de la pólvora se extendía por las plazas y las calles de las poblaciones próximas y lejanas; sin embargo, los artilleros habían apuntado muy alto. Las balas rojas describieron una curva demasiado grande; pasaron silbando por encima de la cabeza de los kozakos y se hundieron en el suelo abriendo surcos profundos, a lo lejos, en la tierra negra. En vista de tanta torpeza, el ingeniero francés apuntó por sí mismo los cañones, aunque los kozakos lanzaban una espesa lluvia de balas.


Taras había visto de lejos, el peligro que amenazaba a los koureni de Nesamaï koff y de Steblikoff, y gritó con todas sus fuerzas:

–¡Abandonen pronto los carros, pronto, y que cada uno monte a caballo!

Pero los kozakos no hubieran tenido tiempo de cumplir ninguna de estas dos órdenes, si Eustaquio no se hubiese arrojado en medio del enemigo y arrancado las mecha de las manos de seis artilleros de los diez que estaban al pie de los cañones. No obstante, los polacos le rechazaron. Entonces el oficial extranjero tomó una mecha para pegar fuego a un enorme cañón, tan enorme, que los kozakos no habían visto otro igual, y cuya ancha boca vomitaba muertes a centenares. Su disparo y el de otros tres cañones que estaban cerca de él, hicieron temblar sordamente la tierra, y llevaron la desolación a todas partes. Más de una anciana madre kozaka llorará a su hijo y se golpeará el pecho con sus manos huesosas; en Gloukhoff, Nemiroff, Tchernigoff y en otras ciudades habrá más de una viuda que, desconsolada, correrá todos los días a la ventura, detendrá a todos los transeúntes y les mirará a los ojos para ver si alguno de ellos es el amado de su alma. Pero pasarán por la ciudad varias tropas de todas clases, sin que pueda encontrar al que más ama entre todos los hombres.


La mitad del kouren de Nesamaï koff había desaparecido. El cañón barrió y derribó las filas kozakas, como el granizo abate un campo de trigo en el cual se balanceaban antes graciosamente las espigas.

En cambio, ¡de qué modo se lanzaron los kozakos! ¡Cómo se precipitaron todos sobre el enemigo! ¡De qué modo el ataman Koukoubenko se encendió de rabia, al ver que la mitad del kouren había sucumbido! Entró con lo restante de sus hombres, de Nesamaï koff en el centro mismo de las filas enemigas, y en su furor tronchó como a una col al primero que encontró a su paso; derribó a varios jinetes hiriéndoles con su lanza y también al caballo; llegó hasta la batería y se adueñó de un cañón. Mira, y se ve precedido por el ataman del kouren de Oumane, y de Stepan Gouska que ha tomado ya la pieza principal. Cediéndoles entonces el puesto, se vuelve con los suyos contra otra masa de enemigos. Las gentes de Nesamaï koff han abierto una calle por donde han pasado, y una encrucijada por donde vuelven. Se veía cómo se aclaraban las filas enemigas, y cómo los polacos caían como gavillas. Vovtousenko estaba en pie junto a los carros; delante de él se veía a Tcherevitchenko; más allá de los carros a Degtarenko, y detrás de éste, el ataman del kouren, Vertikhvist. Degtarenko, lanza en ristre, ha hecho morder la tierra a dos polacos, pero encuentra un tercero más difícil de vencer. El polaco era delgado y vigoroso, y estaba magníficamente equipado, llevando más de cincuenta hombres de escolta. Hizo retroceder a Degtarenko, le tiró al suelo, y levantando su sable le gritó:

–¡Perros kozakos, no hay uno solo de ustedes que se atreva a resistirme!

–¡Sí que le hay! –le contestó Mosy Chilo; y se adelantó.
Mosy Chilo era un intrépido kozako que más de una vez había mandado en el mar, y pasado por muchas pruebas. En Trebizonda, los turcos le hicieron prisionero con toda su tropa, llevándoselos a todos en sus galeras, aherrojados de pies y manos, privándoles, de comer arroz durante semanas enteras, y haciéndoles beber agua salada; los pobres cautivos, antes de renegar de su religión ortodoxa, lo habían sufrido todo, sobrellevado todo. Pero el ataman Mosy Chilo no tuvo valor de sufrir; holló con sus pies la santa ley, rodeó su cabeza de un odioso turbante, se captó la confianza, del bajá, llegó a ser arráez del buque y jefe de la chusma. Su conducta causó una gran pesadumbre a los prisioneros, los cuales sabían que si uno de los suyos vendía su religión y pasaba al partido de los opresores, ¡desgraciado del que estaba bajo su poder! Y, en efecto, así sucedió: Mosy Chilo les puso nuevos hierros, atándolos de tres en tres, les agarrotó hasta el cuello, y les dio golpes en la nuca. Cuando más satisfechos estaban los turcos de haber encontrado semejante servidor, empezaron a regocijarse, y se embriagaron sin respetar las leyes de su religión, y entonces Mosy Chilo entregó las sesenta y cuatro llaves de los hierros a los prisioneros a fin de que pudiesen abrir las cadenas, tirar al mar sus ataduras, y cambiarlas por sables para atacar a los turcos. Los kozakos hicieron un espléndido botín, y regresaron victoriosos a su patria, en donde, durante largo tiempo, los tocadores de banduras ensalzaron las glorias de Mosy Chilo. Se le hubiera elegido kochevoi, pero no lo hicieron porque era un kozako de carácter muy extraño. Algunas veces obraba con tanto acierto como no era fácil lo hiciese ningún sabio, y otras caía en una increíble estupidez. Bebió y disipó cuanto había adquirido, contrajo deudas con todos los de la sich, y para colmar la medida, una noche se deslizó como ratero en un kouren extranjero, se apoderó de todos los arneses, y los empeñó en casa del tabernero. Por esta vergonzosa acción fue atado a un poste de la plaza, y se le puso cerca un enorme bastón a fin de que cada uno, según sus fuerzas, pudiese propinarle un garrotazo. Pero entre los zaporogos, no se encontró un solo hombre que levantase el bastón contra él recordando los servicios que había prestado. Tal era el kozako Mosy Chilo.

–Sí, perros –contestó Mosy Chilo arrojándose sobre el polaco– los hay para darles de palos.

¡Cómo se batieron! Las corazas y brazales se doblaron en los cuerpos de ambos. El polaco le desgarró su camisa de hierro, y le hirió con su sable.

La camisa del kozako se enrojeció, pero Chilo ni siquiera hizo caso de ello. Levantó la mano pesada y nudosa, y descargó tan tremendo golpe en la cabeza de su adversario que le aturdió. Su casco de bronce voló hecho astillas; el polaco bamboleó y cayó de la silla; entonces Chilo empezó a descargar sobre él sendos sablazos. «Kozako, no pierdas tiempo en acabar con él, vuélvete enseguida» le dijeron; pero el kozako no se vuelve, y uno de los criados del vencido le hiere con su cuchillo en el cuello. Chilo se volvió de frente, y ya alcanzaba al audaz, cuando éste desapareció entre el humo de la pólvora. El ruido de la mosquetería resonaba por todas partes. Chilo bamboleó, y conoció, que su herida era mortal. Cayó, puso la mano sobre su herida, y volviéndose hacia sus compañeros, les dijo:

–Adiós, señores hermanos camaradas, que el suelo ruso ortodoxo permanezca en pie hasta el fin de los siglos, y que se le tribute un honor eterno.

Cerró sus mortecinos ojos, y su alma kozaka abandonó su feroz envoltura.

Zadorojni se adelantaba ya a caballo, al mismo tiempo que el ataman de kouren Vertikhvisty Balaban.

–Díganme, señores –exclamó Taras dirigiéndose a los atamans de los koureni– ¿hay todavía pólvora? ¿No se ha debilitado, la fuerza kozaka? ¿Los nuestros cejan?

–Padre, aún tenemos pólvora, la fuerza kozaka no se debilita, ni los nuestros cejan.

Y haciendo un vigoroso ataque los kozakos rompieron las filas enemigas.El pequeño coronel mandó tocar retirada e izar ocho banderas pintadas para reunir a los suyos que estaban dispersos en la llanura. Todos los kozakos corrieron a agruparse alrededor de las banderas; pero aún no se habían formado, cuando el ataman Koukoubenko dio con su gente de Nesamaï koff una carga en el centro, y cayó sobre el coronel barrigudo que, no pudiendo sostener el choque, volvió grupas huyendo a todo escape. Koukoubenko le persiguió a través de los campos sin dejarle reunirse con los suyos. Stepan Gouska, viendo eso desde el kouren vecino, se puso en persecución del coronel, con su arkan en la mano; inclinando la cabeza sobre el cuello de su caballo, y aprovechando una coyuntura favorable, le echó de repente su nudo corredizo a la garganta. El coronel se volvió como la púrpura, y asiendo la cuerda con las dos manos probó de romperla: pero un poderoso golpe había ya hundido en el ancho pecho de su perseguidor el mortífero acero. Apenas tuvieron los kozakos tiempo de volverse cuando Gouska se encontraba ya levantado sobre cuatro picas. El pobre ataman sólo tuvo tiempo de decir:

–¡Perezcan todos los enemigos, y que el suelo ruso se regocije en la gloria por los siglos de los siglos!

Y cerró los ojos para siempre. Los kozakos volvieron la cabeza, y vieron, por un lado, al kozako Metelitza que se batía con los polacos haciendo horrible carnicería, y por el otro al ataman Nevilitchki que avanzaba a la cabeza de los suyos junto a un cuadro formado por carros, Zakroutigouba revuelve el enemigo como si fuese un montón de heno, y le rechaza, mientras que, delante de otro cuadro más lejano, Pisarenko el tercero ha rechazado a una tropa entera de polacos, y cerca del tercer cuadro los combatientes han llegado a las manos y luchan encima de los mismos carros.

–Díganme, señores –gritó el ataman Taras, por segunda vez, adelantándose al frente de los jefes ¿hay todavía pólvora? ¿Se ha debilitado la fuerza kozaka? ¿Los nuestros cejan?

–Padre, todavía tenemos pólvora, la fuerza kozaka no se ha debilitado; los nuestros no cejan.

Bovdug, herido por una bala en el corazón, ha caído de lo alto de un carro; pero en el momento de exhalar su vieja alma el último suspiro, dijo:

–¡Nada me importa dejar el mundo!, ¡Ojalá Dios quiera dar a todos un fin semejante y que el suelo de la Rus’ sea glorificado hasta el fin de los siglos!

Y el alma de Bovdug se elevó a las alturas para ir a contar a los ancianos, muertos hacía mucho tiempo, cómo saben batirse en el suelo ruso, y cómo saben mejor aun morir por su santa religión.

El ataman de kouren, Balaban, cayo poco después, con tres heridas mortales: de bala, de lanza y de un pesado sable recto. Era un kozako de los más valientes. Como ataman, había emprendido un sinnúmero de expediciones marítimas, de las cuales la más gloriosa fue la de las costas de Anatolia. Su gente había reunido muchos cequíes, telas de Damasco y rico botín turco. Pero a su regreso sufrieron muchos descalabros: los desventurados tuvieron que pasar por debajo de las balas turcas; cuando el buque enemigo disparó todas sus piezas, la mitad de sus barcos se fueron a pique, pereciendo en las aguas más de un kozako; pero los haces de juncos atados a los costados de los botes les salvaron de morir todos ahogados; durante la noche, sacaron el agua de las barcas sumergidas, con palas cóncavas con sus gorras, y repararon las averías; de sus anchos pantalones kozakos hicieron velas y, arriando con presteza, se alejaron rápidamente de los buques turcos. Por fin, pudieron llegar sanos y salvos a la sich, trayendo una casulla bordada de oro para el archimandrita del convento de Mejigorsh en Kyiv, y adornos de plata para la imagen de la Virgen, en el mismo zaporozhié; y largo tiempo después los tocadores de banduras ensalzaban las proezas de los kozakos.

En esta hora, inclina Balaban su cabeza, sintiendo las angustias de la muerte, y dice con agónico acento:

–Creo, señores, que muero de una buena muerte. He matado a siete a sablazos, he atravesado a nueve con mi lanza, he aplastado a una infinidad bajo los pies de mi caballo, y no sé a cuántos han alcanzado mis balas. ¡Florezca, pues, eternamente el suelo ruso!Y su alma voló a otra tierra mejor.¡Kozakos, kozakos!, no entreguen la flor de su ejército. El enemigo ha cercado ya a Koukoubenka, y sólo le quedan siete hombres del kouren de Nesamaï koff, y esos se defienden con valor: los vestidos de su jefe están ya enrojecidos de sangre; Taras mismo, viendo el peligro que corre se lanza en su auxilio; pero los kozakos han llegado demasiado tarde. Antes que el enemigo fuese rechazado, una lanza se había hundido en el corazón de Koukoubenko; se inclinó, dulcemente en brazos de los kozakos que le sostenían, y su joven sangre brotó de su pecho como de una fuente, semejante a un vino precioso que torpes criados traen de la bodega en un vaso de vidrio, y que lo rompen a la entrada de la sala resbalando en el pavimento.

El vino se derrama por el suelo, y el dueño de la casa corre, tirándose de los cabellos, porque lo había guardado para la ocasión más hermosa de su vida, a fin de que, si Dios se lo había dado, pudiese en su vejez festejar con él a un compañero de su juventud, y regocijarse con él al recordar un tiempo en que el hombre sabía disfrutar de otra manera y mejor. Koukoubenko paseó su mirada, en torno suyo y murmuro:

–¡Compañeros: doy las gracias a Dios por haberme otorgado morir en presencia de ustedes! ¡Él haga que los que nos sucedan tengan una vida más tranquila que nosotros, y, que el suelo ruso amado de Jesucristo sea eternamente bendito!

Y su alma joven, llevada en brazos de los ángeles, voló hacia la mansión de los justos, en donde deberá gozar de la bienaventuranza. «Siéntate a mi derecha, Koukoubenko –le dirá Jesucristo– no has hecho traición a la fraternidad, no has cometido ninguna acción vergonzosa, no has abandonado a un hombre en el peligro. Has conservado y defendido mi Iglesia».

La muerte del joven y valeroso kozako entristeció a todo el mundo, las filas kozakas se aclaraban cada vez más; muchos valientes habían ya dejado de existir; y, sin embargo, los kozakos se mantenían firmes.

–¡Díganme, señores! –gritó Taras por tercera vez a los koureni que habían quedado en pie– ¿hay, todavía pólvora? ¿Se han enmohecido los sables? ¿La fuerza kozaka se ha debilitado? ¿Los kozakos cejan?

–Padre, aun hay bastante pólvora; los sables se hallan en buen estado; la fuerza kozaka no se ha debilitado; los kozakos no han cejado todavía.

Y nuevamente se lanzaron los kozakos como si no hubiesen experimentado pérdida alguna. Sólo quedan con vida tres atamans de kouren. Por todas partes corren torrentes de sangre y se elevan pirámides formadas de cadáveres de kozakos y polacos. Taras dirige su vista al cielo y ve una bandada debbuitres que cruzan el espacio. ¡Ah! Alguien se regocijará, pues. Allá abajo, una lanzada ha dado fin a Metelitza; la cabeza de Pisarenko segundo ha dado vueltas en el aire revolviendo los ojos en sus órbitas, y Okhrim Gouska ha caído pesadamente hecho trizas.

–¡Sea! –dijo Taras, haciendo una seña con su pañuelo–. Eustaquio comprendió el movimiento de su padre, y saliendo de su emboscada, cargó vigorosamente contra la caballería polaca. El enemigo no sostuvo la violencia del choque; y él, persiguiéndole, sin dar cuartel, le rechazó hacia el sitio en donde se habían plantado estacas gruesas y cubierto el suelo de trozos de lanza. Los caballos empezaron a tropezar, a faltarles los pies, y los polacos a rodar por encima de sus cabezas. En tan difícil situación, los kozakos de Korsonn, que estaban de reserva detrás de los carros, viendo al enemigo a tiro de mosquete, hicieron una horrible descarga. Los polacos se desconciertan, el desorden se introduce en sus filas, y los kozakos recobran valor.

–¡La victoria es nuestra! –gritaron de todas partes los zaporogos.

Sonaron los clarines, y la bandera de la victoria tremolaba impulsada por el viento. Los polacos huían en confuso desorden en todas direcciones.

–¡No, no, la victoria no es nuestra todavía! –dijo Taras, mirando las puertas de la ciudad.

En efecto: las puertas de la ciudad se habían abierto, y un regimiento de húsares, la flor de los regimientos de caballería, salía por ellas. Todos los jinetes montaban, argamaks castaños. Al frente de los escuadrones galopaba el jinete más hermoso y apuesto de todos.Sus cabellos negros asomaban por debajo de su casco de bronce, y rodeaba su brazo una banda bordada por las manos de la belleza más seductora.

Taras se quedó estupefacto al reconocer a su hijo Andrés; y éste, sin embargo, inflamado por el ardor del combate, ávido de merecer el presente que adornaba su brazo, se precipitó como un fogoso lebrel, el más hermoso, más veloz y más joven de la jauría.

«¡Aton!», exclama el viejo cazador, y el lebrel se precipita, lanzando sus piernas en línea recta al aire, inclinando todo su cuerpo sobre el costado, levantando la nieve con sus uñas, y adelantándose diez veces a la liebre misma, en el ardor de su carrera. El viejo Taras se detuvo, contemplando cómo Andrés se abría paso, hiriendo a derecha e izquierda, y derribando a los kozakos que le interceptaban el paso.

Taras pierde la paciencia y exclama:
–¡Cómo! ¡A los tuyos! ¡A los tuyos! ¡Así los hieres, hijo del diablo!

Pero el intrépido joven no veía si los que hallaba a su paso eran de los suyos o de los otros; no veía sino rizos de sedoso cabello, largos y ondulantes, un cuello de nieve semejante al de los cisnes, blancos hombros, y todo lo que Dios ha creado para besos insensatos.

–¡Hola, camaradas! atráiganlo, atráiganlo solamente al bosque –gritó Taras.

Inmediatamente se presentaron treinta de los más ágiles kozakos para atraer al joven hacia el bosque. Enderezando sus altas gorras, lanzaron sus caballos para cortar la retirada a los húsares, atacaron de flanco a las primeras filas, las derrotaron, y habiéndolas separado del grueso de la partida, pasaron a cuchillo a unos y a otros. Entonces Golokopitenko dio a Andrés con su sable de plano, y todos, al instante emprendieron la fuga con toda la rapidez kozaka. Andrés se lanzó como un león; su joven sangre hervía en sus venas; hundiendo sus largas espuelas en los costados del noble bruto, se echó volando en persecución de los kozakos, sin volverse, y sin ver que solamente habían podido seguirle una veintena de hombres. Los kozakos, huyendo con toda la celeridad de sus cabalgaduras, daban la vuelta hacia el bosque.

Andrés, disparado como una flecha, alcanzaba ya a Golokopitenko, cuando de repente una férrea mano detuvo su caballo por la brida. El joven volvió la cabeza y vio delante de él a Taras, su padre. Un fuerte estremecimiento agitó todo su cuerpo, y se volvió pálido como un escolar sorprendido por su maestro merodeando. La cólera de Andrés se apagó como si nunca se hubiese encendido. Sólo veía delante de él al terrible autor de sus días.

–¡Y bien! ¿Qué vamos a hacer ahora? –dijo Taras, mirándole fijamente.

El joven no respondió, tenía la vista inclinada hacia el suelo.
–Y bien, hijo, ¿te han prestado un gran socorro tus polacos?
Andrés continuó mudo.
–Hacernos traición de este modo, vender la religión, vender a los tuyos.
Espera, baja del caballo.
Andrés, obedeciendo como un niño dócil, bajó del caballo, y se detuvo, más muerto que vivo, delante de su padre, el cual le dijo:

–Quédate ahí, y no te muevas; yo te he dado la vida, yo te la quitaré.

Y, dando un paso atrás, preparó su mosquete. El semblante del joven se cubrió de mortal palidez; sus labios se movían pronunciando un nombre; pero este nombre no era el de su patria, ni el de su madre, ni el de sus hermanos: era el nombre de la linda polaca.

Taras disparó.Como una espiga de trigo segada por la hoz, Andrés inclinó la cabeza, y cayó sobre la hierba sin pronunciar una palabra.

El parricida, inmóvil, contempló largo tiempo el cadáver inanimado de su hijo: hasta después de muerto era hermoso. Su semblante viril, antes brillante de fuerza y de una irresistible seducción, expresaba todavía una hermosura maravillosa. Sus cejas, negras como un terciopelo de luto, sombreaban sus pálidas facciones.

–¿Qué le faltaba para ser un kozako? –dijo Bulba. Tenía elevada estatura, cejas negras, un semblante lleno de nobleza, y mano fuerte en el combate. ¡Y ha muerto, muerto sin gloria como un perro cobarde!

–¿Qué has hecho, padre? ¿Le has muerto tú? –dijo Eustaquio, que llegaba en este momento.

Taras hizo con la cabeza un signo afirmativo.

Eustaquio miró fijamente en los ojos del muerto, y dijo con profundo pesar:

–Padre, démosle honrosa sepultura, a fin de que los enemigos no puedan insultarle, y que las aves de rapiña no despedacen su cuerpo.

–Ya se le enterrará sin nosotros –dijo Taras– y no le faltarán llorones y lloronas.

Y durante dos minutos pensó:

–¿Es preciso arrojar su cuerpo a los lobos que husmean la tierra devastada, o bien respetar en él la valentía del caballero, que todo guerrero debe honrar en quien la posee?

–Miró, y vio a Golokopitenko galopando hacia él.
–¡Desgracia, ataman! Los polacos se han fortificado, y les han llegado tropas de refresco.

Aun no había acabado de hablar Golokopitenko, cuando acudió Vovtonsenko:

–¡Desgracia, ataman! Nuevas fuerzas caen sobre nosotros.

Sin concluir Vovtonsenko, llega Pisarenko corriendo, pero sin caballo.
–¿En dónde estás, padre? Los kozakos te buscan. El ataman de kouren Nevilitchki ha sido muerto ya, y también Zadorodrii y Tcherevitchenko, pero los kozakos se mantienen firmes; no quieren morir sin verte por última vez, deseando que les mires en la hora de su muerte.

–¡A caballo, Eustaquio! –dijo Taras.Y se apresuró para encontrar con vida a los kozakos, para contemplarlos por última vez, y porque pudiesen mirar a su ataman antes de morir. Pero aun no había salido del bosque con su gente, cuando las fuerzas enemigas le cercaron completamente, y por todas partes se presentaron a través de los árboles jinetes armados de sables y de lanzas.

–¡Eustaquio, Eustaquio! manténte firme exclamó Taras.
Y, sacando su sable, atacó a los primeros que le vinieron a mano. Seis polacos rodean a Eustaquio, pero en mal hora lo hicieron: a uno le cercenó la cabeza; el otro da una voltereta por detrás; el tercero recibe una lanzada en las costillas; y el cuarto, más audaz, ha evitado la bala de Eustaquio bajando la cabeza, y la ardiente bala hace blanco en el cuello del caballo que, furioso, se encabrita, rueda por tierra, y aplasta debajo a su jinete.

–¡Bien hijo mío, bien! –exclamó Taras– vuelo a tu socorro.

Y Taras rechaza a los que le acometen, da sablazos a diestro y a siniestro y, mirando continuamente a Eustaquio, le ve luchando cuerpo a cuerpo con ocho enemigos a la vez.

–¡Tente firme, Eustaquio, tente firme! –le grita.
Pero el joven está perdido; le echan un arkan alrededor del cuello, se apoderan de él y le agarrotan.

–¡Ea, Eustaquio, ea! –gritaba Taras abriéndose paso hacia él, y hendiendo con su hacha todo cuanto se le ponla delante. ¡Ea, Eustaquio, Eustaquio!

Pero en este momento recibió como una pedrada, y todo dio vueltas ante sus ojos. Las lanzas, el humo del cañón, las chispas de la mosquetería y las ramas de los árboles con sus hojas brillaron por un instante en su mirada; después cayó a tierra como una encina abatida, y una espesa niebla cubrió sus ojos.


CAPÍTULO X

–Parece que he dormido mucho tiempo –dijo Taras despertando como del penoso sueño de un hombre ebrio, y esforzándose por reconocer los objetos que le rodeaban.

Una terrible debilidad había quebrantado sus miembros, pudiendo apenas distinguir las paredes y rincones de una estancia desconocida. Por fin se fijó en que Tovkatch estaba sentado junto a él, y que parecía atento a cada una de sus respiraciones.

–Sí –pensó Tovkatch– hubieras podido dormirte para siempre.

Pero no habló palabra, sino que le amenazó con el dedo haciéndole seña de que callase.

–Dime pues, ¿en dónde estoy ahora? –prosiguió Taras concentrándose y procurando recordar su pasado.

–¡Cállate pues! –exclamó bruscamente su camarada. ¿Qué más quieres saber? ¿No ves que estás acribillado de heridas? Dos semanas que corremos a caballo a todo escape, y que la fiebre y el calor te hacen delirar. Hoy, por primera vez, has dormido tranquilo. Calla, pues, si no quieres perjudicarte a ti mismo.

Sin embargo, Taras continuaba esforzándose en poner en orden sus ideas y en recordar lo pasado.

–¡Pero yo he sido detenido y cercado por los polacos! ¡Me era imposible abrirme paso a través de sus filas!

–¡Te callarás de una vez, hijo de Satanás! –exclamó Tovkatch montado en cólera, como una niñera a quien los gritos de un chicuelo mimado hacen perder la paciencia. ¿Quieres saber de qué modo te has salvado? Ha habido amigos que no te han dejado allá, y eso basta. Todavía nos queda más de una noche para correr juntos. ¿Crees que te han tomado por un simple kozako? No, tu cabeza está puesta a precio; dos mil ducados dan por ella.

–¿Y Eustaquio? –exclamó de repente Taras que procuró incorporarse recordando cómo a su vista se habían apoderado de su hijo, cómo le habían agarrotado, y cómo se encontraba en manos de sus enemigos. Entonces el dolor se apoderó de aquella vieja cabeza. Arrancó los vendajes que cubrían sus heridas, y los tiró lejos de sí; quiso hablar en alta voz, pero de sus labios sólo salieron palabras incoherentes. La fiebre le había vuelto y le hacía delirar. Sin embargo, su fiel compañero estaba de pie delante de él, dirigiéndole crueles reprensiones e injurias. En fin, le agarró por los pies y por las manos, le fajó como se hace con un niño, volvióle a poner los vendajes, le envolvió en una piel de buey, le sujetó con cuerdas a la silla de un caballo y emprendió de nuevo el camino.

–Aunque fueses un cadáver, te conduciría a tu país. No permitiré que los polacos insulten tu origen kozako, que hagan trizas tu cuerpo y lo arrojen al río. Si el águila ha de arrancar los ojos de tu cadáver, que sea al menos el águila de nuestras estepas, no el águila polaca, no la que viene de las tierras de Polonia. Aunque estuvieses muerto, te conduciría a Ucrania.

Así hablaba el fiel compañero, corriendo día y noche, sin tregua ni descanso, conduciéndole al fin, privado de sentidos, a la misma sich de los zaporogos. Una vez allí, le curó con simples compresas y se aprovechó de la habilidad en el arte de curar de una judía, que en el espacio de un mes le hizo tomar diversos remedios. Al fin Taras se encontró mejor. Sea que la influencia del tratamiento fuese saludable, sea que su férrea naturaleza lo hubiese vencido todo, al cabo de un mes y medio abandonó el lecho. Sus llagas se habían curado y las cicatrices hechas por el sable atestiguaban solamente la gravedad de las heridas del viejo kozako. Sin embargo, su carácter se volvió triste y taciturno. Tres profundas arrugas se habían marcado en su frente, en donde se quedarán para siempre. Al dirigir la vista a su alrededor, todo le pareció nuevo en la sich. Todos sus antiguos compañeros habían muerto, no quedando ni uno solo de los que hayan combatido por la santa causa, por la fe y la fraternidad.

También habían sucumbido aquellos que, mandados por el kochevoi, habían ido en persecución de los tártaros; todos murieron: el uno cayó en el campo del honor; el otro había muerto de hambre y de sed en medio de las estepas saladas de la Crimea; otro murió de vergüenza en el cautiverio, por no poder sobrellevar su afrenta. El viejo kochevoi hacía mucho tiempo que también había pasado a mejor vida, así como sus antiguos compañeros, y la hierba del cementerio había ya crecido sobre los restos de esos kozakos llenos en otro tiempo de valor y de vida. Taras comprendía que en torno suyo había tenido lugar una grande orgía, una orgía ruidosa: toda la vajilla había volado hecha añicos, no quedando una sola gota de vino; los convidados y los criados se habían llevado todas las copas, todos los vasos preciosos, y el dueño de la casa permanecía solitario y triste, pensando que hubiera sido mejor que no hubiese habido fiesta. Los esfuerzos que se hacían para ocupar y distraer a Taras eran inútiles; los viejos tocadores de bandura de barba gris desfilaban en vano de dos en dos y de tres en tres por delante de él, cantando sus hazañas de kozako; todo lo contemplaba con indiferencia; en sus facciones inmóviles y en su cabeza inclinada se leía un dolor inextinguible; Taras decía en voz baja:

–¡Mi hijo Eustaquio!
Sin embargo, los zaporogos se habían preparado para una expedición marítima. En el Dnipro fueron botados doscientos buques, y el Asia Menor había visto a esos kozakos de cabeza rapada y trenza flotante, pasar a sangre y a fuego sus floridas costas; había visto los turbantes musulmanes, semejantes a las innumerables flores de sus campos, dispersos en sus ensangrentados llanos o nadando cerca de la costa; también había visto un sinnúmero de anchos pantalones kozakos manchados de brea, y muchos brazos musculosos armados de látigos negros. Los zaporogos habían destruido todas las viñas y comido todas las uvas; habían convertido las mezquitas en lugar inmundo; se servían, a guisa de cinturones, de chales preciosos de Persia, ciñendo con ellos sus sucios caftanes. Largo tiempo después encontraban todavía en los sitios que habían pisado, las pequeñas pipas cortas de los zaporogos. Cuando se volvían alegremente, les dio caza un buque turco de diez cañones, y una descarga general de su artillería hizo huir a sus ligeros buques como una bandada de aves. Una tercera parte de ellos había perecido en la profundidad del mar; los supervivientes pudieron reunirse para ganar la embocadura del Dnipro, con doce barriles llenos de cequíes. Nada de esto preocupaba ya a Taras Bulba. Íbase a los campos, a las estepas, como para cazar; pero su arma permanecía inactiva; la dejaba junto a él, lleno de tristeza, y se detenía a la orilla del mar, permaneciendo largo tiempo sentado, con la cabeza baja, y diciendo siempre:

–¡Eustaquio, Eustaquio mío!
Delante de él el mar Negro brillaba y se extendía como una inmensa sábana; en los lejanos juncos se oía el grito de la gaviota, y sobre su encanecido bigote caían las lágrimas una tras otra.

Taras no pudo dominarse por más tiempo.
–Suceda lo que Dios quiera –dijo– iré a saber lo que ha sido de él. ¿Está vivo? ¿Ha bajado ya al sepulcro, o bien no está aún en él? Yo lo sabré, cueste lo que cueste; yo lo sabré.

Y ocho días después, se hallaba ya en la ciudad de Oumana, a caballo, la lanza en la mano; el sable al lado, el saco de viaje colgado del pomo de la silla; una orza de harina de avena, cartuchos, trabas para el caballo, y otras municiones completaban su equipaje. Se dirigió enseguida a una miserable y sucia casucha cuyas deslucidas ventanas apenas se veían; el tubo de la chimenea estaba cerrado por un tapón, y el techo, agujereado por todas partes, estaba cubierto de gorriones; delante de la puerta de entrada había un montón de basura. En la ventana estaba asomada una judía luciendo una gorra adornada con perlas ennegrecidas.

–¿Está tu marido en casa? –dijo Bulba bajando de su caballo, y atando las riendas en un anillo de hierro clavado en la pared.

–Sí – dijo la judía, que se apresuró a salir con una abundante ración de trigo para el caballo y una jarra de cerveza para el jinete.

–¿En dónde está tu judío?

–Rezando, sus oraciones –murmuró la judía saludando a Bulba, y deseándole buena salud en el momento en que llevaba la jarra a sus labios.

–Quédate aquí, da de beber a mi caballo: yo iré solo a hablarle. Tengo un asunto que tratar con él.

Este judío era el famoso Yankel, el cual se había hecho arrendador y posadero, todo en una pieza. Habiéndose apoderado poco a poco de los negocios de todos los hidalguillos del contorno, había insensiblemente chupado su dinero y hecho sentir su presencia de judío en todo el país. A tres millas a la redonda, no quedaba ya una sola casa que estuviese en buen estado: todas se derrumbaban de puro viejas; la comarca entera había quedado desierta como después de una epidemia o de un incendio general. Si Yankel hubiese vivido allí una docena de años más, es probable, que expulsara de ella hasta a las autoridades. Taras entró en el aposento.Yankel oraba, con la cabeza cubierta con un largo velo bastante sucio, y se había vuelto para escupir por última vez, según el rito de su religión, cuando notó la presencia de Bulba, que estaba en pie detrás de él. El judío no vio de pronto sino los dos mil ducados ofrecidos por la cabeza del kozako; pero avergonzado de su avaricia, se esforzó por aplacar su eterna sed de oro.

–Escucha, Yankel –dijo Taras al judío, que se impuso el deber de saludarle y que se dirigió prudentemente a cerrar la puerta, a fin de no ser visto de nadie– te he salvado la vida: los kozakoos te hubieran despedazado como a un perro. A tu vez préstame ahora un servicio.

El semblante del judío se sombreó ligeramente.

–¿Qué servicio? Si es alguna cosa que yo pueda hacer, ¿por qué no?
–No digas nada. Condúceme a Varsovia.–¿A Varsovia? ¡Cómo! ¿A Varsovia? –dijo Yankel; y alzó las cejas y los hombros en señal de asombro.

–No repliques. Condúceme a Varsovia. Suceda lo que suceda, quiero verle todavía una vez más, volver a hablarle.

–¿A quién?

–A él, a Eustaquio, a mi hijo.
–¿Es que su señoría no ha oído decir que ya…?
–Lo sé todo, todo; han ofrecido dos mil ducados por mi cabeza. Los imbéciles, saben lo que vale. Yo te daré cinco mil, yo. Toma ahora, estos dos mil que te entrego, y lo restante te lo daré cuando vuelva.

El judío tomó enseguida una toalla y envolvió con ella los ducados.
–¡Ah! ¡Qué hermosa moneda! ¡Ah! ¡Qué buena moneda! –exclamó, dando vueltas a un ducado entre sus dedos y probándole con los dientes– pienso que el hombre a quien su señoría ha quitado esos hermosos ducados no habrá vivido una hora más en este mundo, sino que se habrá ido derechito al río para ahogarse en él, después de haber dejado de poseer tan excelentes ducados.

–No te hubiera rogado que me acompañases, y tal vez no equivocara el camino de Varsovia; pero puedo ser reconocido y preso por esos malditos polacos, pues no estoy acostumbrado a fingir. Pero ustedes los judíos han sido creados para eso. Engañarían ustedes al diablo en persona, pues conocen todas las picardías. Por eso he venido a encontrarte. Por otra parte, nada hubiera hecho solo en Varsovia. Vamos, engancha pronto los caballos a la carreta, y condúceme a escape.

–¿Y piensa su señoría que basta sacar un animal del establo, engancharlo a una carreta y arrear? ¿Piensa su señoría que se le puede conducir así sin ocultarlo primero cuidadosamente?

–¡Pues bien! ocúltame, ocúltame como sabes hacerlo; en un tonel vacío, ¿no es verdad?

–¡Bah! ¿Piensa su señoría que se le puede ocultar en un tonel? ¿Ignora acaso que todos creerán que hay aguardiente en él?

–¡Pues que lo crean!

–¡Cómo! ¡Que crean que contiene aguardiente! –exclamó el judío, agarrando con ambas manos sus largas y flotantes trenzas y levantándolas hacia el cielo.

–¿De qué te admiras?–¿Ignora su señoría que el buen Dios ha creado el aguardiente para que todos puedan probarlo? La gente de allá bajo son todos muy glotones y borrachos; cualquier hidalguillo es capaz de correr veinte leguas para alcanzar el tonel, agujerearlo, y cuando vea que no sale nada, dirá en seguida: “Un judío no conducirá un tonel vacío; de seguro que hay algo dentro. ¡Que se agarre al judío, que se agarrote al judío y que se quite al judío todo su dinero y que se le meta en la cárcel!”. Eso dirán, porque cuanto hay de malo recae siempre sobre el judío; porque todo el mundo trata al judío como a un perro; porque dicen que un judío no es un hombre.

–¡Pues bien! ¡Entonces méteme en un carro de pescado!
–¡Imposible! Dios sabe que es imposible: en Polonia están ahora los hombres hambrientos como lobos; querrán robar el pescado, y encontrarán a su señoría.

–¡Pues bien! Condúceme al diablo, pero condúceme.
–Escuche, escuche, señor mío –dijo el judío bajando sus mangas sobre los puños y acercándosele con las manos separadas– he aquí lo que haremos; en todas partes se construyen ahora fortalezas y ciudades; han venido del extranjero ingenieros franceses, y por los caminos se transportan infinidad de ladrillos y piedras. Su señoría se esconde en el fondo de mi carro, y yo lo cubro con ladrillos. Su señoría es robusto, goza de excelente salud; de manera que podrá llevar algún peso encima sin inquietarse por eso; y yo haré una pequeña abertura debajo, a fin de poder alimentarle.

–Haz lo que quieras con tal que me conduzcas.

Una hora después salía de la ciudad de Oumana un carro cargado de ladrillos y tirado por dos rocines. Sobre uno de ellos se había encaramado Yankel, y sus largas melenas ondulaban por encima de su capote de judío, mientras que se sostenía sobre su cabalgadura, larga como un poste de camino real.


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Almas Muertas – Por Mykola Hóhol – Capítulos V y VI

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CAPITULO V

Nuestro protagonista se marchaba con el resuello todavía en el cuerpo.

A pesar de que los caballos avanzaban a todo galope y la aldea de Nozdriov se había perdido ya de vista, quedando oculta tras los campos y las colinas, no dejaba de volver la cabeza con temor, pensando que podían haber salido tras él y si estarían a punto de darle alcance.

Aspiraba con dificultad y al ponerse la mano sobre el corazón se dio cuenta de que saltaba como pájaro encerrado en una jaula.

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« ¡Qué manera de hacerme sudar! Ese…» Y entonces volcó sobre Nozdriov deseos y maldiciones de todo tipo, con los que mezclaba incluso palabras gruesas. ¿Qué se le va a hacer? Era ruso, y por otra parte estaba sumamente enojado. El asunto no era como para no tomarlo en serio.

«De no haber aparecido muy oportunamente el capitán de policía — pensaba—, tal vez allí mi existencia habría llegado a su fin. Habría desaparecido de igual modo que desaparece una burbuja en el agua, sin dejar huella de su paso, ni descendencia, sin ver a mis futuros hijos, ni a mi fortuna ni un apellido decente.»

Pues nuestro protagonista sentía gran preocupación por su descendencia y porvenir.

« ¡Qué señor tan repugnante! —se decía Selifán—. Es el primero que veo como él. Se merece que le escupiera en la cara. A la persona no le des comida si no quieres, pero al caballo tienes la obligación de alimentarlo, puesto que a él le gusta la avena. Es su alimento. La avena representa para él lo que la comida para nosotros: es su sustento.»

Los caballos parecían asimismo haber sacado no muy buena impresión de Nozdriov. No sólo «Asesor» y el bayo estaban de mal humor, sino también el blanco. A pesar de que a él le tocaba la peor ración de avena y Selifán se la arrojaba al pesebre exclamando: « ¡Come, miserable!», lo que le echaba era avena, y no simple heno: la comía con sumo agrado y muchas veces introducía su largo morro en el pesebre de sus compañeros para probar lo que les habían dado a ellos, especialmente cuando Selifán se había ausentado de la cuadra. Pero en esta ocasión no les habían dado más que heno… Eso no estaba nada bien. Se veía claramente lo descontentos que estaban todos.

Pero poco después las reflexiones de los descontentos fueron interrumpidas cuando menos lo esperaban y de modo brusco.

Todos, incluido el cochero, advirtieron la cosa cuando ya se les había echado encima un carruaje arrastrado por seis caballos y casi sobre ellos oyeron cómo gritaban la damas que iban en él, y las amenazas y maldiciones del otro cochero.

— ¿No me has oído, imbécil, cuando te gritaba que giraras a la derecha? ¿Estás borracho?

Selifán se dio cuenta de que había cometido una falta, pero como al ruso le molesta reconocer su culpa ante los demás, a continuación se irguió, exclamando:

— ¿Y por qué corrías tú tanto? ¿Acaso has dejado en la taberna tus ojos en prenda?

Acto seguido intentó hacer que su coche retrocediera a fin de desenredar los aparejos, pero no era ésta una empresa fácil, ya que todo se había hecho un lío.

El caballo blanco, sintiéndose curioso, olfateaba a los nuevos amigos que le habían aparecido a ambos lados. Mientras tanto las damas del otro carruaje, con el susto reflejado en la cara, investigaban en torno a ellas. Una era de edad y la otra una jovencita de dieciséis años, de dorada cabellera peinada con mucha gracia. El hermoso óvalo de su cara tenía la misma forma redondeada de un huevo recién puesto y, al igual que él, poseía su misma blancura transparente cuando las morenas manos del ama de llaves lo sacan del ponedero para observarlo al trasluz, frente a los resplandecientes rayos del sol. Sus suaves orejitas eran también transparentes, y se coloreaban con la cálida luz que las atravesaba. La expresión de susto que se advertía en sus labios entreabiertos e inmóviles, y las lágrimas de sus ojos, resultaban tan emotivas, que nuestro héroe la contempló con la mirada fija en ella sin hacer caso alguno del barullo que habían organizado los cocheros y los caballos.

— ¡Hazte atrás, imbécil! —gritó con furia el otro cochero.
Selifán tiró de las riendas, el otro cochero hizo otro tanto, los caballos retrocedieron pero se enredaron de nuevo al pisar los tirantes, Para colmo, el blanco se sentía tan complacido con sus nuevos amigos que en modo alguno quería alejarse del carril al que le había empujado el Destino, y con el morro junto al cuello de su amigo, parecía estarle diciendo algo al oído, sin duda una necedad de primera clase, ya que el otro no paraba de mover las orejas.

No obstante, aquel barullo atrajo a los campesinos de una aldea felizmente cercana. Como un espectáculo de tal categoría es para el campesino una bendición de Dios, algo semejante a lo que para el alemán representa el periódico o el club, poco después se habían concentrado en gran número en torno a los carruajes, hasta el punto de que en la aldea únicamente quedaron las viejas y los niños pequeños.

Al fin soltaron los tirantes. Varios golpes que recibió el blanco en el morro le obligaron a retroceder. En resumen, los separaron. Pero sea por la indignación que experimentaban los demás caballos al ver que los separaban de sus amigos, sea por simple estupidez, la cuestión es que por más que el cochero les arreara con el látigo, permanecían como clavados, sin avanzar un solo paso.

El interés de los campesinos aumentó hasta extremos inconcebibles.

Los consejos se sucedían, todos intentaban meter baza:
—Tú, Andriushka, agarra por las riendas al de la derecha, y tú, tío Mitiai, móntate en el de varas. Vamos tío Mitiai, móntate.

El tío Mitiai, larguirucho y enjuto, con barba de color rojizo, hizo lo que le indicaban, transformándose en algo parecido a un campanario de aldea, o más todavía, a uno de los ganchos con que se extrae el agua de un pozo. El cochero fustigó a los caballos, pero tanto esto como los incesantes esfuerzos del tío Mitiai fueron inútiles.

— ¡Detente, detente! —gritaron los campesinos—. Tío Mitiai, móntate en el derecho, y tú, tío Miniai, monta en el de varas.

El tío Miniai, un campesino de robustas espaldas, barba negra como la pez y vientre semejante al enorme samovar en que se calienta el hidromiel para todos los ateridos asistentes al mercado, se montó con gusto al caballo de varas, que estuvo a punto de derribarse bajo su peso.

—Ahora irá bien la cosa —gritaron los campesinos—. Dale, dale a éste.
Suéltale un latigazo a ese otro que se agita como si fuera un koramora*.

* Es un mosquito de gran tamaño, largo y de torpes movimientos. A veces penetra en los aposentos y se posa solitario en las paredes. Con facilidad se deja agarrar de una pata, y no hace más que revolverse y retorcerse

Al ver, no obstante, que todo continuaba igual y que los latigazos no surtían efecto alguno, el tío Mitiai y el tío Miniai montaron ambos en el caballo de varas, y en el de la derecha se subió Andriushka. Por último el cochero, agotada su paciencia, prescindió de la ayuda del tío Mitiai y del tío Miniai, e hizo bien, ya que los caballos estaban bañados en sudor, como si hubieran recorrido de una galopada la distancia que les separaba de la estación de postas. Los dejó reposar un rato, y los caballos mismos se desenredaron y continuaron su camino.

En el transcurso de todas estas maniobras, Chichikov se quedó mirando muy atentamente a la joven desconocida. Intentó en repetidas ocasiones iniciar conversación con ella, pero las cosas le salieron mal.

Entretanto, las damas prosiguieron su viaje y la hermosa cabecita, los suaves rasgos de su rostro y el fino talle se esfumaron como si fueran una visión.

Y otra vez se quedaron solos en el camino el carruaje, los tres caballos ya conocidos por el lector, Selifán, Chichikov y la soledad de los vastos campos que les rodeaban. En la vida, cualquiera que sea el sitio que consideremos, ya entre las ásperas, pobres, endurecidas y sucias capas inferiores, ya entre las superiores, frías hasta la monotonía y aburridamente pulcras, en todas partes, aunque sólo sea una vez, se encuentra el hombre con una visión totalmente distinta a cuanto hasta aquel momento ha hallado y que, cuanto menos una vez, despierta en él sentimientos muy contrarios a los que en él latían y latirán en el transcurso de toda su vida.

Constantemente, a través de las tribulaciones y pesares de que aparece entretejida nuestra vida, cruza gozosa una resplandeciente alegría, como una refulgente carroza tirada por bellos caballos con jaeces de oro y cristales que deslumbran al sol, que, de pronto, cruza una mísera aldehuela perdida, que jamás vio otra cosa que los carros de los mujiks, mientras que los campesinos se quedan durante largo tiempo boquiabiertos y con el gorro en la mano aun después de haber perdido de vista el fantástico carruaje. Así, pues, cuando menos lo esperábamos, surgió la jovencita rubia en nuestra narración y, con igual rapidez desapareció de ella.

De haber sido Chichikov un muchacho de veinte años, estudiante o bien húsar, o sencillamente un joven que daba los primeros pasos en el camino de la vida, ¡Santo Dios, qué sentimientos habrían nacido en él! ¡De qué manera se habría removido y hablado su alma! Durante mucho rato se habría quedado abstraído en aquel lugar, con la mirada fija en la lejanía sin ver lo que se ofrecía a sus ojos, no acordándose ya de su viaje ni de las reconvenciones y los reproches que le aguardaban por su retraso, no acordándose de su persona, de sus asuntos, del mundo ni de todo lo que en él existe.

Pero nuestro protagonista era hombre de alguna edad, y estaba dotado de un carácter prudente y frío. También él permaneció meditabundo, pero sus pensamientos fueron muy positivos, no había en ellos nada de vaguedad, y hasta en cierto modo eran unas ideas sólidamente fundadas.

« ¡Qué maravillosa mujercita! —se decía para sus adentros mientras abría la tabaquera y tomaba una pulgada de rapé—. Sin embargo, ¿qué es lo mejor que posee? Por lo que parece, ha salido recientemente de un pensionado o instituto; no tiene nada de mujer, es decir, nada de eso que precisamente resulta en las mujeres más grato. Ahora es como una niña, en ella nada es complicado, dice lo que piensa y ríe cuando le apetece. Con ella es posible hacer todo cuanto se quiera, puede llegar a convertirse en una maravilla, o puede resultar un guiñapo, ¡y resultará un guiñapo! Será suficiente que la cojan por su cuenta la mamaíta y las tiítas. En escasamente un año la llenarán de toda clase de ideas de mujer hasta el extremo de que ni su propio padre logrará conocerla. Así surgirán en ella la presunción y la altivez, comenzará a moverse de acuerdo con instrucciones aprendidas de memoria; la atormentarán los quebraderos de cabeza, preguntándose con quién, cuando y cómo se debe hablar, y cómo se debe mirar a cada cual; constantemente estará temiendo hablar más de la cuenta; llegará a hacerse una confusión con todo y acabará mintiendo siempre. ¡El diablo sabe cómo terminará!»

Durante un rato permaneció en silencio, y después continuó:
«Me gustaría enterarme de algo acerca de su familia. ¿Quién puede ser su padre? ¿Un rico propietario de buen carácter, o simplemente un hombre sensato que ejerciendo su cargo ha sabido reunir algún capital? Porque si, supongámoslo, a esta jovencita le dan una dote de doscientos mil rublos, resultaría un bocado maravilloso, realmente magnífico. Podría hacer feliz, por así decirlo, a cualquier hombre formal.»

Los doscientos mil rublos comenzaron a presentársele de modo tan agradable, que en su interior comenzó a reprocharse no haberse valido de aquel incidente para preguntar al cochero o al postillón la identidad de las dos viajeras. Sin embargo, pronto surgió a lo lejos la aldea de Sobakevich, que le distrajo de sus reflexiones y le hizo volver a la materia que en todo momento le ocupaba.

Encontró la aldea bastante grande. Dos bosques, uno de pinos y otro de abedules, se extendían a derecha e izquierda semejantes a dos alas, una oscura y otra más clara. En el centro se alzaba un edificio con buharda cuya techumbre estaba pintada de rojo y las paredes de color gris bastante oscuro, un edificio muy semejante a los que se construyen para los campamentos militares y para los colonos alemanes. Se veía claramente que su construcción había representado una incesante lucha entre el arquitecto y los deseos del propietario… El primero era extremadamente formalista y le gustaba la simetría, y en cambio el segundo quería la comicidad. Así, había ordenado que en un ala taparan todas las ventanas, practicando, por el contrario, un ventanuco que sin duda era necesario para dar luz a algún oscuro aposento.

De igual manera el frontal no correspondía al centro de la casa, por más que el arquitecto se hubiera esforzado, ya que el propietario había ordenado quitar una columna lateral, con lo cual resultaba que las columnas no eran cuatro, como al primer momento se creía, sino sólo tres. Una valla de sólida madera y constituida por tablas de enorme grosor rodeaba todo el patio.

Todo indicaba muy a las claras que el dueño se preocupaba en extremo por la solidez. Para los cobertizos, la cuadra y la cocina se habían utilizado gruesos y pesados troncos, como si fueran construcciones hechas para conservarse durante siglos enteros. Las cabañas de los campesinos eran asimismo tremendamente sólidas. Ninguna de ellas tenía adornos tallados o cualquier clase de filigranas, pero eran resistentes y estaban bien terminadas. Hasta el pretil del puente había sido levantado con unos troncos de roble de grosor como solamente se ven en los barcos y en los molinos. En resumen, se mirara donde se mirase, todo aparecía hecho a conciencia, fuerte, aunque en extremo pesado.

Cuando se aproximó al portal, Chichikov pudo distinguir dos cabezas que se asomaban casi al mismo tiempo por una ventana: una era de mujer, con cofia, y su rostro, estrecho y alargado, tenía la misma forma que un pepino; la otra era de hombre, ancha y redonda como esas calabazas de Molravia que en nuestro país se utilizan para hacer balalaicas ligeras de dos cuerdas, esos instrumentos que son el ornato y la distracción del joven de veinte años, presumido y osado, que guiña el ojo y silba a las muchachas de blanco pecho y cuello liso que forman corro en torno a él para escuchar su delicado rasgueo. A continuación los dos rostros desaparecieron. En la puerta apareció un criado que llevaba una chaquetilla gris de alto cuello azul, quien indicó a Chichikov que pasara al vestíbulo, adonde salió después el mismo dueño de la casa.

En cuanto vio al recién llegado, dijo con voz ronca: «Tenga la bondad», y lo condujo a los aposentos interiores.

Chichikov lanzó una mirada de reojo a Sobakevich y le pareció que estaba viendo a un oso de tamaño mediano. Para darle todavía más parecido, llevaba, un frac de color de la piel de oso, de mangas demasiado largas; los pantalones eran igualmente muy largos, y él caminaba de manera muy desgarbada, pisando sin cesar a quien se hallara en las inmediaciones. El color de su rostro era como el del hierro puesto al rojo, bastante parecido al de las monedas de cobre de cinco kopecs. Es de sobras sabido que en el mundo hay numerosos rostros como ése, que la Naturaleza forjó sin pensarlo demasiado, sin utilizar delicadas herramientas como el punzón, la lima y otras, sino que los forjó a hachazos; tras un hachazo surgió la nariz, después de descargar otro salieron los labios, mediante una gruesa barrena le taladró los ojos y, sin detenerse a pulir su obra, la arrojó al mundo exclamando: « ¡Vive!»

Chichikov lanzó una mirada de reojo a Sobakevich y le pareció que estaba viendo a un oso de tamaño mediano. Para darle todavía más parecido, llevaba, un frac de color de la piel de oso, de mangas demasiado largas

Así era Sobakevich, robusto y tallado toscamente. Su cabeza se mantenía más bien baja que alta, su cuello no hacía el más mínimo movimiento, y, a causa de esta rigidez, en contadas ocasiones miraba a su interlocutor, sino que contemplaba una esquina de la estufa o bien la puerta. Chichikov le miró de nuevo mientras pasaban al comedor.

¡Era verdaderamente un oso, un auténtico oso! A fin de completar el parecido, se llamaba Mijail Semionovich*.

Los rusos llaman a los osos Mishka o Misha, diminutivo familiar de Mija

Conociendo ya muy bien la costumbre que tenía de pisar a cuantos se hallaban cerca, Chichikov avanzaba con sumo cuidado y siempre le cedía el paso. El mismo dueño de la casa pareció advertirlo y en seguida le preguntó:

— ¿Acaso le he molestado?
Pero Chichikov le contestó dándole las gracias y añadiendo que todavía no había experimentado ninguna molestia.

En cuanto hubieron llegado a la sala, Sobakevich, señalándole una butaca, volvió a decir:

—Tenga la bondad.

Chichikov tomó asiento y lanzó una ojeada a las paredes y a los cuadros que pendían de ellas. Todos representaban buenos mozos, generales griegos en su tamaño natural: Maurocordato vestido con guerrera pantalones de color rojo, y provisto de lentes que cabaleaban sobre su nariz; Miauli, Kanaris. Se trataba de unos héroes con tales pantorrillas y bigotazos que sólo con verlos se echaba uno a temblar. Al lado de éstos, sin que nadie supiera por qué ni para qué, se hallaba Bragation*, delgado y bajito, con unos pequeñísimos cañones y banderas al pie, encerrados en un diminuto marco.

General ruso que, a las órdenes de Suvorov, se distinguió en las guerras napoleónicas y sobre todo en la batalla de Borodino. Vivió entre 1765-1812.

A continuación se veía a la heroína griega Bobelina, cuya pierna parecía más gruesa que el torso de los petimetres que actualmente invaden los salones. Era como si el propietario, hombre fuerte y robusto, hubiera tenido el propósito de adornar la estancia con gentes no menos fuertes y robustas. Junto a Bobelina, al lado mismo de la ventana, se veía una jaula en la que estaba encerrado un tordo oscuro moteado de blanco, el cual guardaba también un gran parecido con Sobakevich. Apenas habían tenido tiempo de quedar callados el recién llegado y el propietario, cuando abriéndose la puerta de la sala, penetró en el aposento la señora, dama de muy elevada estatura y que llevaba una cofia sujeta con unas cintas que habían sido teñidas en casa. Entró con aire majestuoso, manteniendo la cabeza erguida como una palmera.

—Esta es mi Feodulia Ivanovna —dijo entonces Sobakevich.

Chichikov se levantó y besó la mano a Feodulia Ivanovna, quien casi se la metió en la boca, por lo que tuvo oportunidad de advertir que se lavaba con la salmuera de los pepinos.

—Querida —continuó Sobakevich—, te presento a Pavel IvanovichChichikov, a quien tuve el honor de conocer en casa del gobernador y en la del jefe de Correos.

Feodulia Ivanovna le indicó que tomara asiento, diciendo asimismo:
«Tenga la bondad» y moviendo la cabeza del mismo modo que lo hacen las actrices cuando representan el papel de reinas. Después se sentó en el diván, y tras arrebujarse en su pañoleta de lana, ya no volvió a parpadear, ni siquiera a mover una ceja.

Chichikov alzó de nuevo la vista y vio otra vez a Kanaris con sus gruesas pantorrillas y sus largos bigotes, a la Bobelina y al tordo en la jaula.

Por espacio de cinco minutos permanecieron todos sin pronunciar palabra. Lo único que podía oírse era el repiqueteo que producía el tordo con su pico en los barrotes de la jaula, en el fondo de la cual había unos cuantos granos de trigo. Chichikov volvió a pasar revista a la estancia: todo lo que se encontraba en ella era macizo, fuerte, y tenía una extraña semejanza con el dueño de la casa. En un rincón de la sala había un barrigudo escritorio de madera de nogal, cuyas cuatro patas eran extraordinariamente absurdas. La mesa, las sillas, las butacas, todo era pesado y producía sensación de desasosiego. En resumen, cada cosa, cada silla, parecía estar diciendo: «¡Yo también soy Sobakevich! o «¡Yo también me parezco a Sobakevich!»

Nos acordamos de usted el jueves pasado, en casa de Iván Grigorievich, el presidente de la Cámara —dijo por último Chichikov al ver que ninguno de los presentes tenía el propósito de hablar—. Fue una velada muy agradable.

—Sí, aquel día no fui a la casa del presidente —dijo Sobakevich.

—Es una magnífica persona.
— ¿Quién? —preguntó Sobakevich mirando al rincón de la estufa.
—El presidente.
—Se lo habrá parecido a usted. Pero es un masón y un estúpido como no se puede encontrar otro en el mundo.

Chichikov se quedó cortado al oír una frase tan tajante; sin embargo, se rehizo y prosiguió:

—Es verdad, todos tienen sus defectos, pero, por el contrario, el gobernador es una persona excelente.

— ¿Excelente el gobernador?

—Sí. ¿Acaso no es cierto?
— ¡Es el mayor bandolero que pueda haber en el mundo!
— ¿Qué me dice? ¿El gobernador, un bandolero? —exclamó Chichikov incapaz de comprender de qué modo el gobernador había parado en bandolero—. Debo confesarle que no lo suponía ni remotamente —continuó—. Permítame, no obstante, hacer notar que sus maneras no son de mala persona, sino que más bien se distingue por su delicadeza.

Y para demostrar su afirmación se puso a hablar de las bolsitas que sabía bordar y de la dulce expresión de su cara.

—También su rostro es de bandolero —añadió Sobakevich—. Si se le pone una navaja en la mano y se le deja en cualquier camino, es capaz de matar al primero que se le presente. ¡Lo matará por un kopec! Y el vicegobernador otro tanto, son tal para cual.

«No le hablaré más de ellos, parece que no le caen bien —se dijo Chichikov—. Voy a hablarle del jefe de policía, pues creo que de él sí es amigo.»

—A pesar de todo —dijo—, debo confesarle que quien más me gusta es el jefe de policía. ¡Qué carácter tiene tan abierto y franco! ¡Qué sinceridad se advierte en su rostro!

— ¡Es un granuja! —exclamó Sobakevich con mucha sangre fría—. Es capaz de traicionarle, de engañarle, y se sentará con usted a la mesa. Los conozco muy bien a todos. Son unos pillos de siete suelas. Toda la ciudad es como ellos: un granuja cabalga sobre otro mientras un tercero los va azuzando. Son unos Judas. El único hombre honrado es el fiscal, y aun así, en realidad no es más que un cochino.

Tras estas loables, aunque compendiadas, biografías, Chichikov se dio cuenta de que lo mejor era pasar por alto a los restantes funcionarios,acordándose de que a los Sobakevich les disgustaba hablar bien de nadie.

—Bien, querido —intervino entonces la mujer de Sobakevich dirigiéndose a él—, es hora de ir a comer.

—Tenga la bondad —rogó el marido a Chichikov.

Se dirigieron a la mesa en la que estaban dispuestos los entremeses; el invitado y el dueño de la casa tomaron, como corresponde, una copa de vodka y menudencias de todo género, tanto saladas como no, a fin de despertar el apetito; o sea que hicieron como se acostumbra a lo largo y a lo ancho de la espaciosa Rusia no sólo en las ciudades sino también en las aldeas. Seguidamente se encaminaron al comedor, precediéndoles, como un ganso, la dueña de la casa.

La mesa, un tanto pequeña, había sido dispuesta para cuatro comensales. El cuarto, que compareció poco después, era alguien de quien nos resultaría imposible decir si era casada o soltera, parienta, ama de gobierno o, sencillamente, habitante de la casa; se trataba de alguien sin cofia, de alrededor de treinta años, cubierta por un pañolón de vivos colores. Hay seres que existen en el mundo no como objetos, sino como pequeñas manchitas o motitas sobre un objeto. Se hallan todas ellas en un mismo lugar, mantienen de igual manera la cabeza, la mayoría de las veces las toma uno por un oso y piensa que desde que nacieron sus labios jamás pronunciaron una sola palabra. Por el contrario, allá en la habitación de las criadas o en la despensa se convierten en una potencia.

—Esta sopa de coles es hoy muy buena, alma mía —dijo Sobakevich sorbiendo cucharada tras cucharada, al mismo tiempo que se servía de la fuente un gran pedazo de ñaña, ese conocido manjar que se come con la sopa de coles y que consiste en un estomago de cordero relleno de gachas de alforfón, patas y sesos—. Una ñaña igual —continuó dirigiéndose ahora a Chichikov— no la comería usted en la ciudad. ¡El diablo sabe qué es lo que le servirían allí!

—No obstante, la mesa del gobernador es bastante buena —comentó Chichikov.

— ¿Sabe de qué manera guisan? Si estuviera enterado de ello, le resultaría imposible probar un solo bocado.

—Ignoro cómo guisan, no estoy capacitado para juzgar, pero las chuletas de cerdo y el pescado cocido a vapor estaban deliciosos.

—Lo creería usted. Sé muy bien lo que compra en el mercado. Ese miserable de cocinero, que aprendió con un francés, compra un gato, y después de despellejarlo lo hace pasar por liebre.

— ¡Huy, qué asco! —exclamó la mujer de Sobakevich.
—De este modo es como lo hacen en todas sus casas, alma mía; yo no tengo ninguna culpa, pero así lo hacen. Los desperdicios, todo lo que aquí echa Akulka al basurero, con perdón sea dicho, ellos lo meten en la sopa. ¡Sí, en la sopa, como lo oyes! – Siempre te pones a contar en la mesa cosas nada agradables —replicó la mujer de Sobakevich.

— ¡Qué quieres, alma mía! —dijo éste—. Si fuera yo quien lo hace…

Pero sabes perfectamente que yo no comeré porquerías. Aunque me trajeras las ranas rebozadas en azúcar, no las probaría, como tampoco las ostras. Sé muy bien a qué se parecen las ostras. Sírvase usted cordero —continuó, volviéndose hacia Chichikov—. Esto es costado de cordero con gachas de alforfón. No se trata de la pepitoria que preparan en las comidas de los señores con una carne que desde cuatro días antes está en la plaza. Son inventos de los doctores franceses y alemanes. Yo los mandaría ahorcar a todos. ¡Han inventado la dieta, curan haciendo que la gente pase hambre! Son personas endebles y se imaginan que sus métodos sientan bien al estómago de los rusos. Todo eso no son más que invenciones suyas… —y en este punto Sobakevich, enojado, sacudió la cabeza—. No hacen más que hablar de la ilustración y sobre la ilustración, y no obstante la ilustración es una porquería.

Diría otra palabra, pero no lo hago por respeto, teniendo en cuenta que nos hallamos en la mesa. Yo no hago las cosas como ellos. Si hay cerdo, venga todo el cerdo a la mesa; cuando hay cordero, venga el cordero entero; y cuando hay ganso, ¡el ganso entero! Para mí vale más comer dos platos, pero en la cantidad necesaria, lo que mi estómago exige.

Y Sobakevich avaló sus palabras con hechos. Después de haberse servido medio costado de cordero, se lo comió completamente, royendo y chupando hasta el más pequeño hueso.

«Sí —se dijo Chichikov para sus adentros—, es persona de buen diente.»
—En mi casa somos muy distintos —continuó diciendo Sobakevich, mientras se limpiaba las manos con la servilleta—. No hacemos igual que un Pliushkin cualquiera, quien poseyendo más de ochocientas almas come y vive peor que mi pastor.

— ¿Quién es ese tal Pliushkin? —preguntó Chichikov.

—Es un pillo —repuso Sobakevich—, un tacaño como usted no se puede hacer idea. Los presos de la cárcel viven mucho mejor que él. Mata a los suyos de hambre.

— ¿Es cierto? —exclamó Chichikov interesado—. ¿Y dice usted que sus gentes se mueren en enormes proporciones?

—Se le mueren como moscas.

— ¿Es posible que como moscas? Y dígame, ¿dónde vive? ¿Está cerca de aquí?

A unas cinco verstas.

— ¡Cinco verstas! —exclamó Chichikov, e incluso sintió que su corazón latía con más velocidad—. Al salir de su portón, ¿a qué lado se encuentra? ¿A la derecha o a la izquierda?

—Si quiere seguir mi consejo, no pregunte siquiera por el camino que conduce a la casa de ese perro —repuso Sobakevich—. Es mucho mejor acudir a un lugar excusado que a su casa.

—No se lo preguntaba por nada, sino solamente porque me interesan los lugares más diferentes —contestó Chichikov.

Detrás del costado de cordero siguieron las empanadas, cada una de las cuales era de tamaño mucho mayor que un plato, y seguidamente un pavo tan grande como un ternero, que estaba relleno de huevo, hígado, arroz y Dios sabe qué más, todo ello metido en el vientre de dicha ave.

En este punto concluyó la comida, pero cuando Chichikov se levantó de la mesa tuvo la sensación de que había aumentado su peso en un pud.

Se encaminaron entonces a la sala, donde les aguardaban unos platos de dulce que no era ni de ciruela, ni de pera, ni de ninguna baya conocida aunque, sin embargo, ni el invitado ni el dueño de la casa lo probaron.

La anfitriona se marchó con intención de llenar de dulce otros platos.

Chichikov, aprovechando que ella se hallaba ausente, se volvió hacia Sobakevich, quien, apoltronado en su butaca, no hacía más que carraspear después de tan copiosa comida, y emitiendo unos sonidos ininteligibles, santiguándose de vez en cuando y tapándose la boca a cada instante con una mano. Chichikov le dirigió las palabras que siguen:

—Querría hablarle de cierto asuntillo.

—Aquí hay más dulce —interrumpió la anfitriona, que en aquel momento volvía con un plato—. Es de rábano preparado con miel.

—Luego —dijo Sobakevich—. Tú puedes irte a tu aposento. Pavel Ivanovich y yo nos quitaremos el frac y reposaremos un rato.

La dueña de la casa iba a ordenar que trajeran edredones y almohadas, pero el anfitrión dijo:

—No es necesario, descansaremos en los sillones.

La anfitriona se retiró y Sobakevich inclinó un poco la cabeza, como si se dispusiera a escuchar cuál era aquel asuntillo.

Chichikov comenzó de muy lejos, habló acerca del Imperio ruso y alabó grandemente su extensa superficie; dijo que ni siquiera la antigua monarquía romana había sido tan enorme, cosa que, con toda razón, llenaba de asombro a los extranjeros… Sobakevich le escuchaba con la cabeza inclinada y sin pronunciar palabra.

Y de acuerdo con las leyes que existen en este Imperio, continuó Chichikov, cuya gloria no tiene par, los siervos que están inscritos en el registro y cuyos trabajos en este mundo llegaron a su fin, continúan constando como existentes, mientras no se confeccione un nuevo registro, como si aún estuvieran vivos, con el propósito de no recargar las oficinas públicas, con una infinidad de datos minuciosos y absurdos, y de no rellenar más el ya de por sí complicado mecanismo estatal…

Sobakevich continuaba escuchándole con la cabeza inclinada.

Y no obstante, aunque esta medida fuera muy justa, por otra parte resultaba en cierto modo gravosa para gran número de terratenientes, obligándoles a pagar las cargas como si se tratara de siervos vivos.

Y él, impulsado por el aprecio que sentía por su amigo, estaba dispuesto a hacerse cargo de ese deber, verdaderamente gravoso.

En cuanto a la materia principal, Chichikov se expresó con extremada cautela: no llamó a dichos siervos almas muertas, Sino simplemente inexistentes.

Sobakevich le estuvo escuchando hasta el final con la cabeza agachada, sin que en su cara se notase ninguna expresión. Producía la sensación de que aquel cuerpo era algo sin alma, o de que, en caso de tenerla, no ocupaba el sitio que debía corresponderle, sino que, a semejanza del koschei* inmortal, se encontraba más allá de las lejanas montañas, envuelta en un pellejo tan grueso que todo lo que se removía en su fondo no daba lugar en la superficie a la más mínima conmoción.

Es decir, el esqueleto inmortal. En los cuentos populares rusos, es un anciano enjuto, malvado y rico que posee el secreto de la longevidad.

— ¿Qué me responde? —inquirió Chichikov, esperando la contestación un tanto emocionado.

—Lo que usted quiere son almas muertas, ¿no es Cierto? —repuso Sobakevich sin trasparentar el menor asombro, como si se estuviera tratando la venta de trigo.

—Sí —asintió Chichikov, quien volvió a suavizar la expresión añadiendo—: inexistentes…

—Las hallaremos, ¿por qué no las hemos de hallar? —dijo Sobakevich.

—Y si hay algunas, usted, con toda seguridad, estará encantado de librarse de ellas.

— ¿Por qué no había de estarlo? Bien, se las venderé —dijo Sobakevich alzando un poco la cabeza y dándose cuenta de que el comprador debería obtener de ello algún beneficio.

«¡Diablos! —se dijo Chichikov—. Este ofrece antes de que haya dicho nada de comprarlas», y añadió en voz alta:

— ¿Y cuánto querría por ellas, por ejemplo? Aunque es un artículo que… incluso queda raro hablar de precios…

—Para que no pueda decir que pido mucho, cien rublos por pieza —repuso Sobakevich.

— ¡Cien rublos! —exclamó Chichikov, quien se quedó como petrificado y mirándole a los ojos sin saber qué pensar, si era que él lo había oído mal, o bien que la lengua de Sobakevich, naturalmente torpe, había ofrecido resistencia a las intenciones del dueño, pronunciando una palabra por otra.

— ¿Lo cree usted caro? —preguntó Sobakevich, agregando después—: ¿Y cuál es su precio?

— ¿Precio? Sin duda nos hemos equivocado o no nos entendemos bien.

Hemos olvidado de qué materia tratamos. Con la mano sobre el corazón, pienso que lo más que se puede ofrecer son ochenta kopecs.

— ¿Qué dice? ¿Ochenta kopecs?

—A mi entender no es posible dar más.
—No es cualquier cosa lo que vendo.
—No obstante pensará usted como yo que tampoco son personas.

—A ver si se cree usted que hallará algún estúpido que le venda por veinte kopecs las almas que están inscritas en el registro.

—Pero óigame, ¿por qué dice almas inscritas en el registro? Se trata de almas muertas, absolutamente muertas, de las que sólo queda una palabra que nada significa. Sin embargo, a fin de no prolongar más nuestra conversación acerca de este tema, le daré un rublo y medio. Si usted acepta, bien, y si no, no me es posible ofrecer nada más.

— ¡Vergüenza debería darle ofrecer esa cantidad! No regatee y diga cuál es su verdadero precio.

—No me es posible, Mijail Semionovich; con el corazón en la mano se lo digo, créame que me es imposible, y lo que es imposible, es imposible —dijo Chichikov, aunque añadió otros cincuenta kopecs.

— ¿Por qué es usted tan tacaño? —le preguntó Sobakevich—. ¡No es nada caro, puede creerlo! Otro propietario le engañaría, le vendería guiñapos en lugar de siervos. Los míos son magníficos, a cual mejor: el que no posee un oficio es un forzudo campesino. Así por ejemplo el carretero Mijeiev. Sólo se dedicaba a hacer coches de ballestas. Y no como los que hacen en Moscú, que una hora después ya se han roto, sino sólidos y recios, y él mismo los barnizaba y tapizaba.

Chichikov abrió la boca para hacer notar que, sin embargo, Mijeiev estaba bien muerto, pero Sobakevich había dado rienda suelta a su lengua, como se acostumbra a decir, sin que podamos afirmar de dónde le procedía aquella locuacidad.

— ¿Y Stepan Probka, el carpintero? Apostaría la cabeza a que no consigue hallar otro que se le parezca. ¡Qué fuerza tenía! De haber servido en la Guardia, Dios sabe lo que le habrían hecho. ¡Medía tres varas, o más!

Chichikov intentó otra vez hacer constar que igualmente Probka había abandonado este mundo, pero parecía que a Sobakevich le hubieran dado cuerda. De su boca manaba tal torrente de palabras que, a pesar de que uno se resistiera, no tenía más remedio que escucharle.

— ¡Y el estufero Milushkin! Era capaz de construir una estufa en la casa que uno eligiera. O el zapatero Maxim Teliatnikov. Con sólo clavar la lesna, tenía un par de botas hechas. ¡Y no digamos qué botas eran aquéllas! Y jamás bebía vodka. ¡Y Eremei Sorokopliojin! El solo valía como todos los demás juntos. Tenía un comercio en Moscú y como tributo me pagaba quinientos rublos. ¡Qué gente! ¡No pueden compararse con los que venda ningún Pliushkin!

—Pero permítame —dijo al fin Chichikov, quien se admiraba de tal torrente de palabras, las cuales parecía que no iban a acabar nunca—. ¿A qué viene contarme ahora todas sus cualidades? En resumidas cuentas ya no sirven para nada. No son más que personas que han fallecido. Y los que están en el otro mundo maldita la cosa para la que pueden servirnos.

—Sí, por supuesto que están muertos —asintió Sobakevich, como si se diera cuenta en este momento de que, efectivamente, habían ya muerto, y añadió—: Por otra parte, ¿qué decir de los que aún están vivos? ¿Qué es esa gente? Son moscas, no seres humanos.

—Existen, y en esto consisten todas sus aspiraciones.

— ¡No, no se trata de aspiraciones! Debo decirle que no hallará otro como Mijeiev. Era un hombrón que no cabía en este aposento. ¡Era algo que merecía verse! Era capaz de soportar más carga que un caballo. Me gustaría saber dónde podría usted hallar otro igual.

Sus últimas palabras las dijo ya volviéndose hacia donde se encontraban los retratos de Bragation y Colocotronis*, que colgaban de la pared, como suele suceder siempre que el que habla apela no a aquél a quien dirige sus palabras, sino a un testigo circunstancial, de quien sabe que no oirá ni respuesta, ni opinión ni confirmación de lo expresado, pero al que, no obstante, se pone a mirar como si le invitara a actuar como mediador; y el desconocido, algo confuso al principio, no sabe si debe responder acerca de un asunto del que lo ignora todo, o si aguardar un rato, para salvar las apariencias, y a continuación marcharse.

Se trata de otro héroe de la independencia griega.

—No, no puedo ofrecer más de dos rublos —dijo Chichikov.

—Bueno, para que no crea que le pido demasiado y que me niego a hacerle un favor, lo dejaremos en setenta y cinco rublos por alma, en billetes, y sólo por nuestra mutua amistad.

« ¿Pensará que soy estúpido?», se dijo Chichikov, que añadió después en voz alta:

—Verdaderamente resulta extraño; es como si nos encontráramos representando una función de teatro o una comedia. De no ser así no logro explicármelo… Usted da la impresión de ser un hombre muy instruido e inteligente. Lo que estamos tratando es lo mismo que nada. ¿Es que acaso vale algo? ¿Quién puede necesitarlo?

—Usted tiene la intención de comprarlo, y por lo tanto lo necesita.
Chichikov se mordió los labios y no supo qué responder. Comenzó a hablar de circunstancias familiares, pero Sobakevich se limitó a replicar:

—No me interesa saber qué clase de circunstancias son ésas: en las cosas de familia no me meto, eso es asunto suyo. Usted quiere almas y yo se las vendo; si no me las compra esté seguro de que se va a arrepentir.

—Dos rublos —repitió Chichikov.

— ¡Dale que dale! Dijo dos y se empeña en no ceder ni a la de tres.
¡Dígame usted cuál es su verdadero precio!
« ¡Si se lo llevara el diablo…! —pensó Chichikov—. Le daré medio rublo más a fin de que quede contento.»

—Subiré otro medio rublo.

—También yo le voy a decir mi última palabra. ¡Cincuenta rublos! Tenga la seguridad de que salgo perdiendo. En ningún lugar comprará a tan buen precio gente tan buena.

« ¡Qué tacaño!», pensó Chichikov, y continuó en voz alta, algo enojado:
—Pero… como si éste fuera un asunto serio. En cualquier otra parte me las cederán gratis. Cualquiera me las entregará, y encima se quedará satisfecho por haberse librado de ellas. ¡Sólo un estúpido se negará a cederlas, debiendo como debe pagar las cargas!

—Pero ignoro si estará en su conocimiento, y esto que quede entre nosotros, se lo digo en confianza, que esta clase de compra no siempre está autorizada. Y si yo la voy explicando por ahí, yo u otro cualquiera, después nadie confiaría respecto a los contratos o compromisos que pudiera contraer.

« ¡Adónde va a parar el muy canalla!», se dijo Chichikov, y acto seguido dijo sin inmutarse:

—Como prefiera, yo no compro por ninguna clase de necesidades, como usted supone, sino por simple afición. Dos y medio, y si no le parece bien, adiós.

« ¡Qué duro es! ¡Se empeña en no dar su brazo a torcer!», se dijo Sobakevich.

—Está bien, sea, entrégueme treinta y cinco rublos y ya puede quedarse con ellos.

—No, ya observo que se niega a vender. Bien, adiós.

—Aguarde, aguarde —exclamó Sobakevich cogiéndole de un brazo y dándole un pisotón, ya que nuestro héroe no recordaba las precauciones y en justo castigo tuvo que lanzar un grito y bailar sobre un solo pie.

—Perdóneme. Creo que le he hecho daño. Siéntese aquí, tenga la bondad —y mientras esto decía le hizo sentarse en la butaca, cosa en la que manifestó incluso cierta habilidad, como el oso amaestrado que sabe dar volteretas y demuestra su destreza cuando le dicen: «Vamos a ver, Misha, cómo se ocultan las mujeres», o bien: « ¿Cómo hacen los chiquillos para robar guisantes?»

—Estoy perdiendo el tiempo tontamente. He de darme prisa.

—Aguarde un poco más, le diré algo que le gustará —y aproximándose a Chichikov, le susurró al oído en voz baja, como si le comunicara un secreto—: ¿Le parece bien veinticinco?

— ¿Veinticinco rublos? No, de ningún modo. No pienso dar ni la cuarta parte. No subiré ni un solo kopec.

Sobakevich permaneció callado. Chichikov se calló también. Su silencio duró como unos dos minutos. Eragation, con su nariz aguileña, presenciaba con sumo interés esta transacción.

— ¿Cuál es su último precio? —preguntó al fin Sobakevich.
—Dos y medio.
—Usted piensa que el alma humana es igual que un nabo cocido.
Entrégueme por lo menos diez rublos.
—Me es imposible.
—Está bien, con usted no se puede tratar. Salgo perdiendo, pero ese maldito carácter que tengo hace que me sienta obligado a dar gusto a mi prójimo. Pues será preciso registrar la escritura, para que todo se lleve a cabo como es debido.

—Por supuesto.

—Y para ello deberé acudir a la ciudad.
De este modo se cerró el trato. Resolvieron que al siguiente día se encontrarían en la ciudad para ultimar lo concerniente a la escritura.

Chichikov le pidió una relación de los campesinos, y Sobakevich accedió con gusto. Se dirigió al escritorio y comenzó a escribir los nombres de todos, agregando una explicación con los méritos de cada uno.

Al mismo tiempo Chichikov, que no tenía nada que hacer, se entretuvo contemplando la ancha mole de Sobakevich. Contemplaba sus espaldas, que parecían la grupa de un caballo de Viatka, y sus piernas, semejantes a los guardacantones de hierro que ponen en las aceras, y no pudo por menos de pensar: «¡Bien te ha dotado Dios! Eres como ésos de los que se dice que han sido mal cortados, pero bien cosidos… ¿Eras ya un oso al nacer, o te transformó en oso la vida en este alejado rincón del mundo, las sementeras, el constante trato con los campesinos, convirtiéndote en un hombre mezquino? Pero no, estoy seguro de que habrías sido exactamente lo mismo aunque te hubieran dado una educación a la moda, lanzado al mundo y residido en San Petersburgo, en lugar de en este perdido rincón. La única diferencia consiste en que ahora engulles media espalda de cordero con gachas y unas empanadas del tamaño de un plato, y entonces habrías comido chuletas con trufas.

Ahora tienes bajo tu autoridad a los campesinos; os entendéis bien y si te comportas bien con ellos es solamente porque te pertenecen y saldrías perdiendo. Entonces mandarías sobre unos funcionarios a los que tratarías con dureza, pensando que no te pertenecían, o robarías al Tesoro. ¡No, el que nace con el puño cerrado jamás abrirá la mano! Y siconseguís abrirle uno o dos dedos, aún será peor. Si estudia cualquier materia aunque sea de un modo muy superficial, cuando ocupe un cargo un tanto más visible, habrá que ver la importancia que se dé entre los que conocen esa misma materia a fondo. Y tal vez exclame más tarde: “¡Ya verán lo que valgo!” Entonces inventará una disposición que hará que muchos se lleven las manos a la cabeza… ¡Ay! ¡Si todas las personas fueran como éste…!»

—Aquí está la relación —dijo Sobakevich volviéndose hacia él.
— ¿Ya la ha terminado? Démela.
Se puso a mirarla y quedó sorprendido por el orden y la precisión con que la había escrito: no sólo constaban, ordenadamente, el nombre, el oficio, la edad y el estado de cada uno, sino que al margen había anotado algunas observaciones respecto a su conducta y afición al vodka.

En resumen, que daba gusto verla.

—Bueno, ahora entrégueme algo como señal —le dijo Sabokevich.
— ¿Y para qué quiere la señal? En la ciudad se lo entregaré todo a la vez.

—Usted no ignora que eso es lo que suele hacerse —objetó Sobakevich.

—No sé qué le pueda dar. No he traído dinero conmigo. Tal vez pueda darle unos diez rublos.

— ¿Diez rublos? Entrégueme cuando menos cincuenta.

Chichikov quería seguir negándose a ello, pero Sobakevich le aseguró de un modo tan rotundo que disponía de dinero, que sacó otro billete y a continuación le dijo:

—Ahí tiene quince rublos más, y en total son veinticinco. Pero tenga la bondad de hacerme un recibo.

— ¿Para qué necesita un recibo?

—Así es preferible. Uno nunca sabe lo que puede ocurrir…
—De acuerdo, entrégueme el dinero.
— ¿El dinero? Aquí está, en mi mano. Cuando haya firmado el recibo se lo daré.

— ¿Como quiere que le extienda el recibo? Antes he de ver el dinero.

Chichikov dio los billetes a Sobakevich y éste los depositó sobre la mesa, sujetándolos con los dedos de la mano izquierda; con su mano derecha escribió que había recibido veinticinco rublos en billetes a cuenta de las almas que acababa de vender. Después de haber firmado dicho recibo, contempló de nuevo los billetes.

—Este es muy viejo —dijo mientras examinaba uno de ellos a la luz—, Está un poco ajado, pero entre amigos no es cuestión de detenerse en detalles de esta clase.

«Es un avaro, un avaro —se dijo Chichikov—. ¡Y además un bestia!»—Y mujeres, ¿no quiere ninguna?

—No, gracias.
—Se las vendería a muy buen precio. Siendo usted, se las cobraría a rublo por pieza.

—No, no necesito mujeres.

—Pues si no las necesita, no hay más que hablar. Sobre gustos no hay nada escrito. A unos les agrada el pope, y a otros la mujer del pope, según el dicho popular.

—Querría suplicarle también que esto quedara entre nosotros —dijo Chichikov al despedirse.

—Ya se comprende. No hay razón para meter en todo ello a un tercero.

Lo que se realiza sinceramente entre buenos amigos tiene que quedar entre ellos. ¡Adiós! Le agradezco su visita. Acuérdese de nosotros. Si dispone de una hora libre, no deje de venir a comer y a charlar un rato.

Quizá nos podamos hacer mutuamente algún otro favor.
« ¡En eso precisamente estaba yo pensando! —se dijo Chichikov para sus adentros mientras subía en el coche—. ¡El maldito avaro ha conseguido sacarme dos rublos y medio por alma muerta!»

Se sentía descontento del modo cómo se comportó Sobakevich. Al fin y al cabo se conocían, se habían encontrado en casa del gobernador y en la del jefe de policía, y había procedido con él como si se tratara de un extraño, había aceptado dinero por algo que carecía totalmente de valor.

Al salir el coche del patio, volvió la cabeza y vio que Sobakevich continuaba aún en el portal, como si quisiera enterarse de la dirección que tomaba.

— ¡Todavía sigue allí, el muy miserable! —murmuró entre dientes, y dio orden a Selifán de que se dirigiera hacia las cabañas de los campesinos,de tal manera que desde la casa del propietario no pudiera verse hacia dónde se encaminaba el coche. Tenía intención de llegarse a la casa de Pliushkin, al que, según le había dicho Sobakevich, se le morían los siervos como moscas, pero no quería que Sobakevich lo supiera.

Cuando el coche ya se hallaba al final de la aldea, llamó a un campesino, el cual, como una incansable hormiga, marchaba hacia su casa cargando un gran tronco con el que se había tropezado en el camino.

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— ¡Oye, tú, barbudo! ¿Cómo se puede ir hasta la aldea de Pliushkin sin tener que pasar frente a la casa del señor?

El campesino pareció encontrarse en un aprieto para responder tal pregunta.

— ¿Acaso no lo sabes?

—No señor, no sé cómo se podrá ir.— ¡Pues sí que tienes gracia! ¿No sabes quién es Pliushkin, uno que es muy avaro y que da de comer mal a su gente?

— ¡Ah, sí! ¡Tiene que ser el remendado! —exclamó el campesino.

Al término remendado le agregó otro muy acertado, pero que no se emplea en sociedad, y debido a ello lo omitimos. No obstante, debemos suponer que esa palabra venía muy a propósito, pues Chichikov continuó riendo cuando el campesino había desaparecido de su vista y llevaban recorrido un gran trecho. ¡Al pueblo ruso le gustan las expresiones fuertes! Y si le imponen a uno un mote, lo heredarán sus descendientes, le acompañará a la oficina, continuará con él una vez se haya retirado, cargará con él en San Petersburgo e incluso en el fin del mundo. Y por más que se las ingenie intentando ennoblecer ese epíteto, a pesar de que pague a escritorzuelos para que lo hagan proceder de una antigua casta de príncipes, da igual: su apodo proclamará gritando a los cuatro vientos, con su garganta de cuervo, cuál es la procedencia del pájaro. La palabra que da en el blanco, aunque pronunciada de viva voz, nadie puede borrarla, igual que la palabra escrita. Y siempre es acertado lo que salió de las entrañas de Rusia, donde no se encuentran gentes alemanas, ni finlandesas, ni de ninguna otra procedencia, sino que vive el elemento nativo, lo genuinamente ruso, que no va buscando palabras, que no las empolla como la clueca a sus huevos, sino que las suelta igual que las piensa, como un documento de identidad, sin que sea menester añadir nada más, ni describir cómo tiene uno la nariz o la boca. ¡Basta una pincelada para que quede uno dibujado de arriba abajo!

¡Qué infinidad de monasterios y templos con cúpulas, torres y cruces se encuentran diseminados a lo largo y a lo ancho de la piadosa y santa Rusia! Del mismo modo son incontables las naciones, los pueblos y las generaciones que se aglomeran y se deslizan sobre la faz de la tierra como abigarrados conjuntos. Y cada pueblo que lleva en sí mismo la prenda de sus energías, repleta su alma de capacidad creadora, junto con los otros dones de que Dios le dotó, se distingue particularmente por su propio verbo, el cual, al designar un objeto cualquiera, refleja en sus expresiones una parte de su propio carácter. El vocablo del británico responderá al conocimiento del corazón y de la vida. Una elegancia suave, que resplandece y pronto se esfuma, es la palabra del francés. Pero no existe palabra de tanta agilidad y tan amplios vuelos, que salga de lo más profundo del corazón, que hierva y vibre, como la palabra rusa, cuando ella da en el blanco.


CAPITULO VI

Hace mucho tiempo, en mi incipiente juventud, durante los años de mi infancia, que tan pronto pasó para no volver, representaba para mí una gran alegría llegar por vez primera a un lugar desconocido, tanto si era una pequeña aldea como una pobre villa, cabeza de distrito, un pueblo grande o una barriada: mi insaciable mirada infantil descubría una infinidad de cosas curiosas. Un edificio cualquiera, todo lo que se me aparecía bajo el sello de la novedad, era para mí motivo de admiración.

Un edificio oficial, de mampostería, de ese estilo arquitectónico tan conocido, con una mitad de ventanas simuladas, que se alzaba solitario en medio de un abigarrado conjunto de casitas de troncos y de una planta, propiedad de pequeños burgueses; la redonda cúpula enteramente recubierta de chapa de hierro que se levantaba sobre la nueva iglesia, más blanca que la nieve; el mercado, el pisaverde provinciano que aparecía donde menos se le esperaba: todo lo observaba mi viva y despierta atención, y sacando la cabeza desde el carromato que me transportaba, contemplaba el corte, nuevo para mí, de una levita, los cajones de madera repletos de clavos o bien de azufre, que amarilleaba al mirarlo de lejos, de jabón o de pasas, cajones que, cuando pasaba, distinguía al fondo de una verdulería junto con frasquitos de resecos caramelos de Moscú. Asimismo contemplaba al oficial de Infantería que marchaba por la acera, y que, habiendo venido de Dios sabe qué provincia, se había visto sumido en la monotonía de la cabeza de distrito, y al comerciante que, vestido con un chaquetón de Siberia, pasaba en su coche, y con la imaginación me veía transportado a su miserable vida.

Sólo el hecho de ver pasar a un funcionario de las oficinas del distrito ya me hacía pensar. Quizá acudía a una velada, o a visitar a un hermano suyo, a su casa, permanecer sentado media hora en el portal hasta que empezaba a anochecer y esperaba la hora de cenar con su madre, su esposa, la hermana de su esposa y los demás miembros de la familia. ¿De qué hablarían cuando la muchacha, engalanada con su collar de monedas, o el mozo de recia chaquetilla llevaban, después de la cena, la vela de sebo en la sempiterna palmatoria de la casa?

Siempre que me aproximaba a la aldea de cualquier terrateniente, miraba con curiosidad el elevado y estrecho campanario de madera o la vieja iglesia, también de madera, en la que reinaban las sombras. Parecía que me llamaban a lo lejos, a través del verde de los árboles, la roja techumbre y las blancas chimeneas de la mansión señorial, y esperaba con suma impaciencia a que a los dos lados se abrieran los huertos que la ocultaban y apareciese toda entera, entonces, ¡ay!, de apariencia a la que yo no encontraba nada vulgar. Esas imaginaciones me impulsaban a reflexionar acerca de cómo sería el propietario, si era obeso, si tenía hijos o si en cambio eran seis hijas que reían con su sonora carcajada juvenil y jugaban con la más pequeña a la bella durmiente; si eran rubias o morenas, si el terrateniente era una persona divertida o por el contrario hosca como los últimos días del mes de septiembre, si miraba el calendario y conversaba acerca de cosas tan aburridas para la gente joven como el trigo y el centeno.

En la actualidad llego con indiferencia a cualquier aldea desconocida, y contemplo, también con indiferencia, sus vulgares construcciones. Mi mirada, hoy fría, no se manifiesta acogedora, ni me divierte, y todo aquello que en tiempos pasados era motivo de que en mi rostro apareciera una viva expresión, que despertaba en mí la risa y la locuacidad, ahora resbala y mis labios inmóviles permanecen en indiferente silencio. ¡Dónde está mi juventud! ¡Dónde está mi lozanía!

Mientras Chichikov reflexionaba riéndose interiormente del apodo que los mujiks habían colgado a Pliushkin, llegó, sin que se diera cuenta, a un gran pueblo con un sinnúmero de cabañas y calles. Sin embargo pronto se lo hicieron notar unas violentas sacudidas que sufrió el carruaje cuando entraba en la calzada de troncos y comparadas con las cuales no son nada las que originan los cantos que pavimentan las calles de la ciudad.

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Esos troncos se levantaban y se hundían, como si se tratara del teclado de un piano, y el viajero que no se preparaba convenientemente recibía un cardenal en el cogote o un chichón en la frente, o con sus propios dientes se mordía la punta de su propia lengua.

Chichikov observó que todas las construcciones estaban marcadas con un sello de vejez. Los troncos de las cabañas eran oscuros y viejos; la mayoría de las techumbres estaban más agujereadas que una criba; en otras no quedaba más que la figura que en un principio la remataba y el costillar de las vigas.

Era como si los mismos dueños se hubieran dedicado a arrancar las ripias y tablas, considerando, y no sin razón, que las cabañas no defienden contra la lluvia y que si el tiempo es bueno y no llovizna, no hay motivo para permanecer en ellas cuando tanto sitio hay en la taberna o en el camino, en resumen, donde a uno le apetece. Las ventanas de las cabañas no tenían cristales, y algunas habían sido tapadas con un pedazo de tela o una zamarra. Los balcones cubiertos, con barandillas, que ignoramos para qué se adosan a veces a las cabañas rusas, estaban torcidos, y de sus oscuras maderas no podía afirmarse precisamente que resultaran pintorescas.

Detrás de las cabañas se extendían en numerosos lugares hileras de grandes fajinas de trigo que, a juzgar por las apariencias, hacía ya largo tiempo que estaban allí; tenían el mismo color que el ladrillo viejo y mal cocido, y en la parte alta se veían porquerías de todo género, e incluso los matojos crecían a los lados. Se advertía fácilmente que era la mies del amo.Más allá de las fajinas y de los decrépitos techos surgían recortándose sobre el puro cielo, ora a la derecha ora a la izquierda, según que el carruaje girara a un lado o a otro, dos iglesias muy juntas, una construida en madera, ya abandonada, y la otra de mampostería, pintada de amarillo, y cuyos muros aparecían agrietados y cubiertos de manchas.

Empezó a hacerse visible una parte de la casa señorial, hasta que apareció por entero en el sitio donde la hilera de cabañas concluía para ceder paso a un campo de coles al que rodeaba una cerca baja y rota por algunos lugares. Aquel extraño castillo, largo, exageradamente largo, ofrecía el aspecto de un decrépito inválido. Por un lado tenía una sola planta y por otro, dos. Sobre su ennegrecida techumbre, que no en todos los puntos resguardaba su vejez, se veían dos terrazas, una enfrente de la otra, un tanto desvencijadas y sin la pintura que las había cubierto en otros tiempos. El enlucido de paredes del edificio mostraba enormes desconchaduras, evidente testimonio de lo mucho que habían sufrido a causa del mal tiempo, los vientos, las lluvias y los cambios otoñales de temperatura. Únicamente dos ventanas permanecían abiertas, y las demás tenían los postigos cerrados y hasta estaban reforzadas con tablas. Esas dos ventanas, a su vez, eran asimismo cegatas. En una de ellas habían pegado un triángulo de papel azul, de ese que se emplea para envolver azúcar.

A espaldas de la casa y rebasando la aldea se extendía un espacioso y abandonado jardín que se perdía en el campo. Aun repleto de hierbajos era lo único que le daba al pueblo cierta fragancia, resultando realmente pintoresco en su artístico abandono. Como si fueran nubes verdes e irregulares cúpulas de palpitantes hojas, se destacaban en la lejanía las copas de aquellos árboles que crecían en su total libertad. El enorme tronco blanco de un abedul que carecía de copa, arrancada por la tempestad o la tormenta, sobresalía de entre el frondoso verdor y aparecía redondo en el aire como si se tratara de una refulgente columna de mármol de regulares proporciones. La parte por donde había sido desgajado, que correspondía al capitel, mostraba su mancha negra sobre la nieve de su blancura como un gorro o una oscura ave.

El lúpulo cubría por su parte inferior las matas de serbal, de saúco y de avellano silvestre, se deslizaba a continuación por la parte superior de la cerca y terminaba trepando por el abedul roto, por cuyo tronco se enroscaba hasta la mitad. En cuanto llegaba a este punto, caía y pasaba a enredarse en las copas de otros árboles, o colgaba en el aire formando rizos con sus finos garfios, dulcemente balanceados por el viento.

Por algunas partes se abría la verde espesura, iluminada por los rayos del sol, y mostraba entre uno y otro hueco unas negruras que parecían tenebrosas fauces. Esas aberturas aparecían rodeadas de sombras, y con dificultad se lograba distinguir un serpenteante sendero, unas barandas derribadas, un cenador muy cuarteado, el viejo tronco de un sauce con innumerables cavidades, los frondosos arbustos que al igual que grises cerdas apuntaban sus hojas y ramas, sofocadas enmedio de tan espesa vegetación, y por último el tierno ramaje de un arce que extendía a un lado sus hojas, como patas verdes, bajo una de las cuales el sol, que había entrado sabe Dios por dónde, la convertía en algo transparente e ígneo, en un prodigio de luces entre tan espesa oscuridad.

A una parte, en los límites del jardín, varios pobos, muy por encima de los demás árboles, sostenían en lo alto unos grandes nidos de cuervo que se balanceaban sobre sus trémulas copas. En algunos de ellos, ramas a medio desprender pendían hacia abajo con sus hojas secas.

En resumen, todo resultaba grato como cuando la Naturaleza y el Arte se hallan unidos; como cuando sobre el trabajo del hombre, en ocasiones acumulado sin sentido, se desliza para dar el último toque la cuchilla de la Naturaleza y aligera las pesadas masas, echa por tierra la burda simetría y los míseros vacíos, a cuyo través asoma el plan desnudo, que nada calla, confiriendo un maravilloso color a todo lo que había sido creado en el frío de la exagerada perfección.

Giró el carruaje por dos veces y nuestro héroe se encontró al fin frente a la casa, que le produjo una impresión más triste que antes. El verde moho cubría la carcomida madera de la empalizada y del portón. Una infinidad de edificaciones, según parece inutilizadas por el paso de los años, viviendas de la servidumbre, sótanos y graneros, se acumulaban en el patio. Junto a ellos, a uno y otro lado, había puertas que comunicaban con los otros patios. Todo daba a entender que en tiempos pasados la vida se había desarrollado allí ampliamente, y en cambio ahora todo parecía gris y sombrío. No se veía nada que comunicara vida al cuadro, ni puertas abriéndose, ni gente saliendo, ni signo alguno de los trabajos y preocupaciones que animan una casa.

Solamente el portón principal estaba abierto, y eso debido a que en aquel momento entraba por él un campesino que guiaba su carro cargado, cubierto mediante una estera, que producía la sensación de haber sido colocada allí para infundir vida a aquel lugar muerto. De no ser así, también el portón se hallaría cerrado a cal y canto, ya que del anillo de hierro pendía un enorme candado.

Chichikov divisó en seguida junto a una de las construcciones a cierta figura que dialogaba con el campesino del carro. Durante largo rato no consiguió distinguir a qué género pertenecía la tal figura, si se trataba de una mujer o de un hombre. Vestía unas ropas completamente indefinidas, algo que tenía gran parecido con una bata de mujer, y llevaba un gorro al estilo de los que llevan las criadas campesinas, pero encontró su voz demasiado ronca para ser femenina. «Es una mujer», se dijo al principio, pero en seguida agregó: «¡Ah, no, no lo es!» «Por supuesto que se trata de una mujer», concluyó al fin, después de haberla examinado con más atención.

También la figura le contempló a su vez detenidamente. Pareció como si la llegada del forastero fuera para ella un auténtico milagro, porque pasó revista no sólo a Chichikov, sino incluso a Selifán y a los caballos, desde el morro hasta la cola.

Teniendo en cuenta que de su cintura pendían varias llaves y que empleaba palabras bastante gruesas para reñir al campesino, Chichikov sacó la conclusión de que debía ser el ama de llaves.

—Escucha, madrecita —le dijo Chichikov mientras descendía del coche—, ¿Está en casa el señor…?

—No, no está —interrumpió el ama de llaves sin esperar a que concluyera la pregunta, y a continuación, después de una breve pausa, prosiguió—: ¿Qué le trae por aquí?

—Debo resolver con él cierto asunto.
—Pase —dijo entonces el ama de llaves al mismo tiempo que se volvía, mostrándole una espalda llena de harina y un roto en los bajos.

Chichikov se introdujo en el vasto y oscuro zaguán, más frío que un sótano. De allí pasó a una estancia, igualmente oscura, que aparecía escasamente iluminada por la luz que se filtraba a través de la ancha rendija practicada entre la parte baja de la puerta y el suelo. Cuando esta puerta se abrió, encontrándose al fin en un aposento claro, se quedó asombrado por el desorden que allí imperaba. Era como si en la casa anduvieran de limpieza general y hubieran amontonado allí momentáneamente todos los muebles.

Encima de una mesa se veía hasta una silla rota, y junto a ella un reloj con el péndulo inmóvil, en el que una araña había ido tejiendo su tela. Adosado a la pared, de lado, se hallaba un armario que guardaba plata antigua, botellas y porcelana china. En un escritorio con incrustaciones de nácar que en algunas partes se habían desprendido, dejando unos huecos de color amarillento rellenos de cola, había una infinidad de objetos de todo género: una pila de papeles escritos en letra pequeñísima sujetos por medio de pisapapeles, coronado por un huevo, cuyo mármol había adquirido una tonalidad de color verde; un libro antiguo encuadernado en piel y adornado can cantos dorados; un limón totalmente seco, del tamaño aproximado de una nuez silvestre; un brazo de sillón; una copa llena de cierto líquido y con tres moscas dentro, cubierta con un naipe; dos plumas rucias de tinta y secas como si padecieran tisis, y un mondadientes amarillo por completo, que su dueño había usado ya antes de que los franceses entraran en Moscú.

Las paredes aparecían engalanadas con varios cuadros, colgados uno al lado de otro del modo más absurdo. Un grabado apaisado y amarillento que figuraba una batalla, en el que destacaban unos tambores gigantescos, unos soldados con tricornio gritando a todo pulmón, y unos caballos que se sumergían en el agua, colocado en un marco de caoba con estrechas franjas de bronce sin cristal, y unos pequeños círculos, asimismo de bronce, en los ángulos. A continuación había un gran cuadro ya oscurecido, pintado al óleo, que representaba flores, frutas, una sandía partida por la mitad, una cabeza de jabalí y un pato al que le colgaba la cabeza.

Del centro del techo pendía una araña cubierta por un saco de lienzo al que el polvo confería algún parecido con el capullo de seda en que se encierra el gusano.

En un rincón aparecían amontonados una serie de objetos más toscos, indignos de ser colocados sobre una mesa. Se hacía bastante difícil aclarar qué era lo que había en aquel montón, ya que el polvo lo cubría en tal abundancia, que si uno se decidía a tocarlo quedaba con las manos cubiertas como por guantes. Destacaban del conjunto, sí, una pala rota de madera y una vieja suela.

Nadie creería que allí moraba, un ser vivo. La única muestra que inducía a pensarlo consistía en un gorro, viejo y grasiento, que se encontraba sobre la mesa.

Mientras Chichikov se entretenía contemplando aquel extraño mobiliario, se abrió una puerta lateral que cedió paso al ama de llaves con quien se había tropezado en el patio. Pero al momento advirtió que más que un ama de llaves era un amo. El ama de llaves, al menos, no se afeita., mientras que éste, por el contrario, se afeitaba, si bien es cierto que muy de tarde en tarde, pues toda la sotabarba y la parte inferior de las mejillas guardaban una gran semejanza con una bruza de las utilizadas para limpiar los caballos. Chichikov, convertido su rostro en un interrogante, aguardó con impaciencia las palabras del«amo de llaves». Este, a su vez permaneció a la espera de lo que Chichikov tuviera que decirle. Por último, sorprendido este último de tan extraña situación, se decidió a preguntar:

— ¿Está el señor en casa?

—El amo se halla aquí.
— ¿Dónde? —inquirió Chichikov.
— ¿Acaso está usted ciego? —exclamó el «amo de llaves»—. El amo soy yo.

Nuestro héroe retrocedió involuntariamente y le contempló de la cabeza a los pies. En el transcurso de su vida se le habían presentado ocasiones de ver gentes de todo tipo, hasta individuos como ni el lector ni yo quizá no lleguemos a ver jamás. Pero era la primera vez que se encontraba con un tipo como el que tenía delante. Su rostro no revelaba nada digno de mención, era casi igual al de numerosos viejos enjutos, salvo la única particularidad de que la barbilla le sobresalía hasta tal extremo que a cada instante se veía obligado a cubrirla con un pañuelo a fin de que no le cayera en ella la saliva. Sus ojillos aún no se habían apagado y se movían bajo sus altas y espesas cejas como el ratón que, sacando el morro de la tenebrosa madriguera, con las orejas tiesas y moviendo el bigote, otea por si se ha escondido un gato o un chicuelo travieso, y olfatea lleno de recelo.

Su indumentaria era bastante más notable. Por más esfuerzos que se hicieran, no había manera de adivinar de qué había sido confeccionada su bata. Las mangas y la parte delantera estaban tan llenas de mugre y tan relucientes que semejaban cuero del que se usa para las botas. Por la parte de atrás, en lugar de dos faldones le colgaban cuatro, y de ellos salía en largos flecos el algodón del forro. Alrededor del cuello llevaba algo igualmente indefinible: no podía afirmarse si se trataba de una media, de una liga o de una faja, aunque no era ni muchísimo menos una corbata. En resumen, si Chichikov se hubiera tropezado con alguien con esta vestimenta en las puertas de una iglesia, sin duda le habría dado una moneda de cobre. Porque, dicho sea en honor de nuestro protagonista, es preciso hacer constar que tenía un corazón compasivo y que era incapaz de resistirse al impulso de dar una limosna a los pobres.

Pero lo que se hallaba frente a él no era un mendigo, sino un terrateniente. Este era dueño y señor de más de mil almas, y no sería tarea fácil encontrar otro que poseyera tanto trigo y centeno, en grano o en harina, que tuviera sus despensas y almacenes tan llenos de paño y lienzo, de pieles curtidas y sin curtir, de pescado, de todo género de verduras y de carne y pescado en salazón. Si alguien contemplaba el patio, donde se veía una gran provisión de madera y de útiles de toda clase que jamás eran usados, pensaría que se encontraba en un mercado de utensilios de madera de Moscú, al que acuden todos los días las despiertas tías y suegras, precediendo a la cocinera, a hacer sus compras, y donde hay amontonados los más diversos objetos de madera encolada, pulida, torneada y trenzada: barriles, toneles, jarros, barreños provistos de asas y sin ellas, copas de gran tamaño, canastillos, cestas en que las mujeres guardan sus cosas, cajas hechas de corteza de abedul, cestas de mimbre y tantísimas otras cosas empleadas tanto por los ricos como por los pobres de Rusia. ¿Para qué necesitaría Pliushkin aquella superabundancia de cosas? Ni a lo largo de toda su vida habría podido usarlas, aunque poseyera dos haciendas como la que ya tenía.

Pero todo le parecía poco. No contento con lo que poseía, recorría a diario las callejuelas de su aldea, buscaba por los sitios más recónditos, y todo lo que podía hallar —un trapo, un clavo, una suela vieja, un puchero ajado— se lo llevaba a su casa y lo depositaba en el montón que Chichikov había tenido oportunidad de ver en el rincón de la estancia.

— ¡Ya tenemos al pescador de pesca! —exclamaban los campesinos cuando le veían dar principio a su habitual recorrido.

Y efectivamente, después de haber pasado él no había necesidad alguna de barrer la calle. Si un oficial que iba de paso perdía una espuela, inmediatamente ésta iba a parar al referido montón. Cuando una campesina que se había entretenido charlando en el pozo dejaba el cubo olvidado, él se llevaba el cubo.

Sin embargo, cuando un campesino lo sorprendía casualmente in fraganti, jamás discutía y se limitaba a devolver el objeto robado. Pero si el objeto llegaba al consabido montón, todo había concluido: juraba y perjuraba que aquel objeto le pertenecía, que lo había adquirido en tal ocasión, a Fulano de Tal, o lo había recibido en herencia de su abuelo.

En el interior de su casa guardaba todo lo que encontraba en el suelo: un pedazo de lacre, un trozo de papel, un plumón, y todo ello lo colocaba en el escritorio o en la ventana.

¡Y hubo una época en que fue un terrateniente que sabía cuidar de sus posesiones! Había estado casado y era un buen padre de familia, y vecinos iban a su casa a comer y escuchar sus lecciones acerca del modo como dirigir convenientemente una hacienda. Todo fluía con sumo orden y se realizaba por sus pasos contados: marchaban como es debido los molinos, los batanes, los bancos de carpintero, las fábricas de paño y la hilandería. Todo permanecía bajo la atenta mirada del dueño, quien, al igual que trabajadora y afanosa araña, pero calculadora, iba y venía por todos los rincones de la tela que era su economía.

Sus sentimientos, demasiado fuertes, no se transparentaban en los rasgos de su cara, pero sus ojos reflejaban inteligencia; su conversación era la de una persona experimentada y conocedora del mundo, y los visitantes le prestaban oídos con mucho agrado. La dueña de la casa, amable y locuaz, gozaba fama de hospitalaria. Al encuentro de los huéspedes acudían las dos hijas, ambas hermosas, rubias y lozanas como flores. Salía el hijo, un muchachito muy vivaracho, que daba un beso a todos sin pararse a pensar si el besuqueo gustaba o no al invitado.

Las ventanas de la casa estaban todas abiertas. En el entresuelo se hallaban los aposentos del profesor, un francés que se afeitaba a la perfección y era magnífico cazador. Siempre llegaba cargado con urogallos o patos para la comida, y en ocasiones incluso traía sólo huevos de gorrión, que él rogaba que le hicieran en tortilla, ya que ninguno de los habitantes de la casa quería probarlos. También en el entresuelo vivía una compatriota suya, la institutriz de las señoritas. El dueño de la casa comparecía en el comedor vestido con levita, algo usada, pero limpia y con los codos sin zurcidos.

Pero la hacendosa ama de casa murió. Una parte de las llaves pasaron a sus manos, y junto con ellas una serie de pequeñas preocupaciones.

Pliushkin se volvió más inquieto y, como les ocurre a todos los que se han quedado viudos, sus recelos y su avaricia fueron en aumento. En su hija mayor, Alexandra Stepanovna, no podía confiar por completo, y no le faltaba razón, pues no tardó mucho en fugarse con un subcapitán de cierto regimiento de Caballería, casándose con él a toda prisa en una iglesia de pueblo, ya que sabía muy bien que su padre detestaba a los oficiales. Tenía la peregrina idea de que todos los militares eran derrochadores y amantes del juego. El padre la maldijo, pero no se preocupó de ir en su busca. La casa se quedó entonces todavía más vacía. El propietario acusó una tendencia más clara a la avaricia y entre sus ásperos cabellos comenzaron a surgir canas, fieles compañeras de la tacañería. Despidió al profesor francés, ya que el hijo llegó a la edad de ingresar en el servicio público. También despidió a la institutriz, pues resultó que estaba complicada en el rapto de Alexandra Stepanovna. El hijo, enviado a la capital de la provincia para que se adiestrara en la Cámara, según el decir del padre, a una tarea importante, en lugar de esto se alistó en un regimiento y después le escribió, cuando todo estaba consumado, pidiéndole dinero para el equipo. No es nada de extrañar que en lugar de dinero recibiera lo que entre las gentes de pueblo se suele llamar una higa.

Por último murió la hija menor, que se había quedado con él en casa, y el viejo se convirtió a partir de entonces en el único guardián, custodio y dueño de sus riquezas. La soledad en que habitaba ofreció pasto en abundancia a su avaricia, la cual, como todo el mundo sabe, tiene un hambre de lobo, y a medida que devora más va creciendo. Los sentimientos humanos, que ya por naturaleza no eran en él demasiado profundos, decrecían constantemente, y cada día que pasaba se perdía algo en aquella ruina.

Para colmo de males, como si viniera adrede para reafirmarle en su opinión respecto a los militares, su hijo perdió una cantidad considerable jugando a las cartas. Le envió su sincera maldición paterna y nunca más dio un solo paso por averiguar si aún vivía o había pasado al otro mundo. A medida que transcurrían los años, las ventanas de su casa se fueron cerrando, hasta que únicamente dos quedaron abiertas, y aun una de ellas había sido medio tapada con un papel. Con los años se despreocupaba cada vez más de los asuntos más importantes de su finca, y su mezquina visión se centraba en los plumones y papeles que recogía en su habitación. Se iba volviendo más y más intratable con la gente que acudía a comprar los productos de sus propiedades. Los compradores regateaban sin freno hasta que terminaron olvidándole, en la convicción de que aquello era un diablo y no un ser humano. El heno y la mies se le pudrían, las fajinas y los almiares se transformaban en estiércol muy adecuado para abonar las coles; la harina almacenada se endurecía hasta el punto de que era preciso partirla a hachazos; el paño y el lienzo que se fabricaban en la casa ofrecían un aspecto que causaba miedo mirarlos, ya que con sólo tocarlos se volvían polvo. Había perdido la cuenta de lo que poseía de cada cosa, y sólo recordaba el lugar del armario en que encerraba una garrafilla que contenía cierto licor y a la que había hecho previamente una señal para que nadie osara beber a sus espaldas, o el lugar en que había dejado un trozo de papel o un pedazo de lacre.

Al mismo tiempo la hacienda rendía los mismos beneficios de antes: el campesino tenía que pagar iguales cargas, cada mujer debía traer tal cantidad de nueces y almendras, la tejedora estaba obligada a entregar tanto lienzo. Y todo esto se iba amontonando en los almacenes y todo se convertía en polvo y guiñapos, hasta que llegó el momento en que el propio dueño acabó convirtiéndose en un guiñapo humano. Alexandra Stepanovna acudió un par de veces con su hijito a visitarle, con objeto de inspeccionar las posibilidades que había de conseguir de su padre alguna cantidad de dinero; según parece, la vida de campaña con el subcapitán no presentaba tantos incentivos como se imaginaba antes de la boda. Pliushkin la perdonó, eso sí, e incluso dejó al nietecito, para jugar, un botón que se hallaba sobre la mesa, pero a ella no le entregó ni un solo kopec. En la segunda ocasión Alexandra Stepanovna compareció con dos chiquillos y le trajo una mona de pascua para acompañar al té, y una bata nueva, ya que la que vestía su padre estaba que daba pena verla. Pliushkin acarició a sus nietos, los subió sobre sus rodillas, uno a cada lado, y les hizo trotar como si fueran a caballo, cogió la mona de Pascua y la bata, pero a la hija no le dio absolutamente nada. Alexandra Stepanovna se fue de allí con las manos vacías.

¡Así era, pues, el propietario ante cuya presencia había llegado nuestro héroe! Debo decir que individuos de esta clase aparecen muy de cuando en cuando en Rusia, donde todo el mundo muestra más tendencia a expansionarse que a comprimirse. Y resultaba tanto más sorprendente teniendo en cuenta que en el vecindario se encontraban otros terratenientes de esos que son amantes de las juergas por todo lo alto, como corresponde a todo señor ruso, y cuyo único pensamiento consiste en disfrutar de toda clase de placeres que ofrece la vida. El viajero que no ha visitado aquellos alrededores se detiene atónito al ver su mansión, sin llegar a comprender qué poderoso príncipe resolvió habitar entre tan modestos e ignorantes propietarios.

Semejan palacios sus blancas casas de mampostería con infinidad de chimeneas, terrazas y veletas, rodeadas de una manada de pabellones y de todo género de construcciones para los visitantes forasteros. ¿Qué no habrá allí?

Funciones de teatro, bailes; durante toda la noche resplandece el jardín, engalanado con luces y farolillos, y no deja de sonar la música. Media provincia, vestida con sus mejores galas, se pasea regocijadamente bajo los árboles, y nadie se sorprende lo más mínimo ante esta iluminación artificial, cuando, como cosa de teatro, del conjunto de árboles sale una rama alumbrada por una peregrina luz, desposeída de su vivo verdor, al mismo tiempo que allá en lo alto, más oscuro, severo y veinte veces más amenazador, se distingue el cielo, y las cimas de los árboles ven cómo tiemblan sus hojas allí arriba, penetrando en las tinieblas, y protestan por aquel resplandor de oropel que ilumina en la parte baja sus raíces.

Hacía varios minutos que Pliushkin permanecía sin pronunciar palabra, y Chichikov continuaba sin ser capaz de iniciar la conversación, distraído por el aspecto que presentaba el propietario y por todo lo que en la estancia había. Durante un buen rato estuvo intentando acertar con las palabras de que podía valerse para explicar los motivos de su visita. Se sintió sentado de decirle que habían llegado a sus oídos referencias a las excepcionales cualidades y virtudes de su alma, razón por la que creía deber suyo rendirle personalmente el homenaje de su respeto, pero advirtió que eso sería excesivo. Contempló nuevamente de reojo todo lo que había en la estancia y se dio cuenta de que los términos «excepcionales cualidades» y «virtudes de su alma» eran susceptibles de ser sustituidos perfectamente por los de «economía» y b«orden». De ahí que, modificando de este modo su discurso, dijera que había oído hablar de su economía y de la excelente dirección de su hacienda, por lo que había considerado deber ineludible visitarle a finde conocerlo y presentarle personalmente sus respetos. Por supuesto que se habría podido hallar otro motivo de más peso, pero en aquellos momentos no se le ocurrió otra cosa.

Pliushkin respondió gruñendo algo entre labios, ya que no le quedaba ningún diente; a pesar de que no fue posible entenderle, lo más seguro es que el significado de sus palabras fue éste: « ¡Vete al diablo tú y tus respetos!» Sin embargo, dado que la hospitalidad se practica en nuestro país hasta tal extremo que ni tan sólo el más avaro osa quebrantar sus leyes, añadió después algo más inteligible:

—Haga el favor de tomar asiento. Y tras una pausa continuó:

—Hace ya mucho tiempo que no recibo visitas, y lo cierto es que dudo mucho de que proporcionen algún beneficio. Se ha puesto de moda esa estúpida costumbre de visitarse unos a otros mientras se deja la hacienda abandonada. ¡Y encima se ha de dar heno a sus caballos!

Hace largo rato que he comido y mi cocina tiene el techo muy bajo, es algo pésimo; la chimenea se ha derrumbado totalmente, y cuando se enciende siempre existe el peligro de ocasionar un incendio.

« ¡Esto está clarísimo! —se dijo Chichikov—. Menos mal que en casa de Sobakevich se me ocurrió coger una empanadilla y un pedazo de cordero.»

—Y agregue a eso una broma de mal gusto: en toda la finca no queda ni un solo puñado de heno —continuó Pliushkin—. Aunque, bien mirado, ¿cómo es posible que uno lo guarde? Tengo poca tierra, los campesinos son unos holgazanes, les disgusta el trabajo, no piensan más que en acudir a la taberna… Como me descuide un poco, al final de mis días me arrastraré por los caminos pidiendo limosna.

—No obstante —observó Chichikov con suma discreción—, tengo entendido que usted posee mil almas y pico.

— ¿De dónde ha sacado eso? No lo crea. Se trataría de un bromista que pensó reírse de usted. Hablan de mil almas, pero comienza uno a contar y no halla nada. En estos tres últimos años esas malditas calenturas se me han llevado muchos campesinos.

— ¿Qué está diciendo? —exclamó Chichikov con expresión entristecida—. ¿Son muchos los que han muerto?

—Sí, muchos.

— ¿Cómo cuántos?
—Ochenta más o menos.
— ¿De veras?
—No tengo por qué mentirle.
—Y dígame, estos muertos serán los que han fallecido desde que presentó usted la última relación al Registro, ¿no es cierto?

—Aún me conformaría si así fuera —contestó Pliushkin—. Lo malo es que desde aquella fecha ascenderán a ciento veinte.

— ¿De verdad? ¿Ciento veinte? —exclamó Chichikov, que se quedó boquiabierto por la sorpresa.

—Soy muy viejo para andar mintiendo, padrecito —dijo Pliushkin—. Ya me acerco a los setenta.

Dio la impresión de que las exclamaciones casi jubilosas que lanzó Chichikov le habían ofendido. Este se dio cuenta de que en verdad resultaba inconveniente su indiferencia ante el infortunio ajeno. Suspiró, pues, profundamente, y dijo que lo lamentaba.

—De nada sirven las condolencias —replicó Pliushkin—. No muy lejos de aquí vive un capitán que el diablo sabe de dónde ha venido y que se dice pariente. Me llama tío y me besa la mano. Cuando empieza a condolerse lanza tales gritos que me veo obligado a taparme los oídos. Su rostro es completamente rojo, sin duda siente una gran afición por la bebida. Seguramente derrochó su fortuna junto con otros oficiales, o se arruinó por culpa de una actriz de teatro, y ahora Me viene con sus condolencias.

Chichikov intentó explicarle que su condolencia era muy distinta a la del capitán, y que se hallaba dispuesto a demostrárselo no con palabras vanas, sino con hechos. Y a continuación, sin rodeos, se declaró dispuesto a hacerse cargo del deber de pagar los impuestos que correspondían a todos los mujiks fallecidos en tan lamentable ocasión.

Su ofrecimiento pareció dejar tremendamente atónito a Pliushkin. Abrió los ojos desorbitadamente, permaneció durante un buen rato contemplando a su interlocutor, y al fin dijo:

—Usted, padrecito, ¿no estuvo por casualidad sirviendo en el ejército?
—No —repuso Chichikov con bastante malicia—. He sido funcionario civil.

— ¿Funcionario civil? —repitió Pliushkin, quien comenzó a chuparse los labios como si comiera algo—. ¿Cómo es posible? Pues usted saldría perdiendo…

—Sólo por darle gusto estoy dispuesto a hacerme cargo de las pérdidas.
— ¡Ay, padrecito! ¡Ay, mi benefactor! —exclamó Pliushkin, sin advertir que, con la alegría, de la nariz le salían unas motas de color tabaco que parecían posos de café, y que los faldones de su bata se habían entreabierto, enseñando una indumentaria harto indecorosa—. ¡Ha llegado a consolar a este pobre viejo! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, santos del cielo! Pliushkin no pudo continuar. Sin embargo, apenas había transcurrido un minuto cuando esta alegría, tan de repente aparecida en aquella cara de madera, se esfumó con idéntica rapidez, recobrando su aspecto acostumbrado, y sus facciones indicaron con toda claridad la preocupación en que se había sumido. Hasta se limpió con el pañuelo, con el que hizo una pelota y comenzó a pasárselo por el labio superior.

—No obstante, permítame, no se ofenda. ¿Usted se compromete a pagar las cargas todos los años? ¿A quién dará el dinero, a mí o al fisco?

—Le diré cómo lo haremos: vamos a firmar una escritura como si aún vivieran y usted me los vendiera,

—Sí, una escritura… —repitió Pliushkin, que se quedó meditabundo y otra vez comenzó a comerse los labios—. Pero la escritura representa gastos. Los que están en las oficinas son tan granujas… En otros tiempos podía uno taparles la boca con cincuenta kopecs y un saco de harina, pero en cambio ahora no se conforman con menos de un carro lleno de grano y un billete de diez rublos. Les agrada tanto el dinero… No. comprendo cómo los sacerdotes no prestan atención a esto. Deberían decir algo en sus sermones, ya que, se diga lo que se quiera, contra la palabra de Dios no hay quien se atreva a ir.

«Tú supongo que sí te atreverías», se dijo Chichikov para sus adentros, y a continuación explicó que, en consideración a él, se hallaba dispuesto a dejar que los gastos de la escritura corrieran por su cuenta.

Cuando oyó que también se encargaría de los gastos de escritura, Pliushkin llegó a la conclusión de que el visitante era un perfecto idiota y que mentía al asegurar que había sido funcionario civil, siendo así que estuvo sirviendo en el ejército y corrió detrás de las actrices. A pesar de todo no fue capaz de ocultar su júbilo, y deseó toda clase de venturas no sólo a Chichikov sino también a sus descendientes, sin detenerse siquiera a preguntar si realmente tenía hijos. Se aproximó a la ventana, dio con los nudillos varios golpes en el cristal y después gritó:

— ¡Eh, Proshka!
Un minuto después se oyó que alguien entraba en el zaguán a todo correr y se entretenía allí durante un buen rato. Se oyó andar a alguien que llevaba botas, se abrió por último la puerta y penetró Proshka, un mozalbete de trece años calzado con unas botazas tan enormes que cuando caminaba se le salía casi de los pies. Explicaremos en seguida por qué Proshka llevaba unas botas de tal tamaño. Para toda la servidumbre no había más que un solo par de botas, que debía estar siempre en el zaguán. Todo aquel que se dirigiera a los aposentos del señor debía atravesar el patio descalzo, calzarse en el zaguán y, así calzado, se introducía en el aposento. Cuando se marchaba volvía a dejar las botas en el zaguán y regresaba pisando sobre sus propias suelas. Si alguien hubiera mirado a través de la ventana en los días otoñales, y especialmente por la mañana, cuando comenzaban las heladas, habría podido ver a los criados saltando de modo tal como no era fácil que lo hiciera en el teatro el más ágil danzarín.

—Mira qué rostro, padrecito —dijo Pliushkin dirigiéndose a Chichikov mientras con un dedo señalaba a Proshka—. Es más bruto que un leño, pero en cuanto uno se despista y olvida algo por ahí, tendría que ver cómo la roba. ¿Qué quieres, idiota? ¿A qué has venido?

Pliushkin guardó silencio, a lo que Proshka respondio con otro silencio.

—Pon el samovar, ¿me oyes? Coge la llave y entrégasela a Mavra, que vaya a la despensa y en la repisa verá un pedazo de la mona de Pascua que trajo Alexandra Stepanovna; dile que lo traiga para el té… Aguarda, ¿adónde vas? ¡Bruto, que eres un bruto! ¿Acaso tienes hormiguillo en los pies? Escúchame primero: el bizcocho está un poco estropeado por la parte superior, de modo que dile que lo raspe con el cuchillo y que no eche las migas, que las lleve al gallinero. ¡Si te metes tú en la despensa ya sabes lo que te espera! ¡Una buena ración de jarabe de porra! Si tienes ahora buen apetito, después aún lo tendrás mejor. Intenta entrar en la despensa, que yo aguardaré mirando por la ventana. Uno no puede fiarse de nadie —continuó volviéndose hacia Chichikov en cuanto Proshka se hubo marchado con sus botas.

Acto seguido miró con recelo al visitante. Una magnanimidad tan fuera de lo normal comenzó a parecerle inconcebible, y se dijo para sus adentros: « ¡Diablos! Quizá sea un presuntuoso, igual que todos esos derrochadores. ¡Miente, miente para conversar un rato y que le invite a tomar el té, y después se marchará por donde ha venido!» De ahí que, como medida de precaución y a fin de probarlo, manifestó que sería preferible hacer la escritura cuanto antes, ya que uno no puede estar seguro de nada: hoy está vivo y mañana. Dios sabe.

Chichikov declaró que estaba dispuesto a formalizar la escritura en seguida, si así lo quería él, y pidió la relación de todos los mujiks.

Esto tranquilizó a Pliushkin. Fue fácil ver que estaba pensando algo, y así era, cogió las llaves, se encaminó al armario, y después de abrirlo anduvo por un buen rato entre las tazas y los vasos; por último dijo:

—No logro encontrarlo, pero aquí guardaba un licor de excepción. ¡Tal vez se lo han bebido! Son unos bandidos. ¿Será esto?

Chichikov advirtió que tenía en sus manos una botella enteramente cubierta de polvo, como si llevara una camiseta.

—Lo hizo mi difunta esposa —prosiguió Pliushkin—. Esa sinvergüenza del ama de llaves lo dejó sin ni siquiera taparlo. ¡La muy miserable! Se metieron en él gusanos y todo género de porquería, pero yo lo saqué y aquí está todo limpiecito. Voy a servirle una copa.

Pero Chichikov se negó a tomar aquel licor, afirmando que ya había comido y bebido.

— ¡Ya ha comido y bebido! —exclamó Pliushkin—. Sí, por supuesto, a la gente de buena sociedad se la distingue en el acto: no han comido y se muestran satisfechas. En cambio, a cualquier granuja de ésos, por mucho que le ofrezcas… Siempre que se presenta el capitán, lo primero que hace es pedirme algo de comer. Me llama tío, y soy yo tan tío suyo como él abuelo mío. Sin duda en su casa carece de todo y por eso pasa el tiempo yendo de una parte a otra. Decía usted que le hace falta una relación de todos esos haraganes, ¿no es cierto? Yo los había anotado en un papel, como si lo supiera, a fin de excluirlos cuando tuviera lugar la primera revisión.

Pliushkin se caló las gafas y comenzó a buscar entre sus papeles. Al desatar todo tipo de legajos obsequió al visitante con tal cantidad de polvo que éste no pudo por menos que estornudar. Por último extrajo un papel totalmente lleno de anotaciones. Los nombres de los mujiks aparecían más apretujados que las moscas. En él había de todo:

Paramonov, Pimenov, Panteleimonov… e incluso se asomó cierto Grigori Irás no Llegarás. En total resultaban ser más de ciento veinte.

Chichikov esbozó una sonrisa cuando observó tal abundancia. Guardó el papel en un bolsillo y dijo a Pliushkin que debería acudir a la ciudad para firmar la escritura.

— ¿A la ciudad? ¿Por qué? ¿Voy a dejar sola la hacienda? De mi gente no se puede uno fiar, aquí todos son granujas o ladrones. En un solo día son capaces de dejarme incluso sin un clavo en que colgar mi caftán.

— ¿Y no tiene usted allí algún conocido?

— ¿A quién quiere que tenga? Todos mis conocidos están ya muertos o han dejado de ser conocidos. ¡Ah, padrecito! ¡Sí, tengo uno! —exclamó de pronto—. Conozco al propio presidente, en otros tiempos acostumbraba a visitarme. ¡Cómo no lo he de conocer! ¡Por supuesto que lo conozco! ¿A quién, si no, podré escribir?

—Claro está que a él.
— ¡Éramos muy buenos amigos! En el colegio habíamos sido compañeros.

Por aquel rostro de palo se deslizó algo que quería parecerse a un cordial rayo de luz; manifestó no un sentimiento, sino el débil reflejo de un sentimiento, algo que se podría comparar a cuando en la superficie de las aguas surge de pronto alguien que se está ahogando y entre la muchedumbre que invade la orilla se oye una exclamación de júbilo. No obstante la alegría era prematura; a pesar de que sus hermanas y hermanos le arrojan una cuerda en espera de ver sus hombros o sus manos agotados por la lucha, aquella aparición era la última. Todo permanece sordo, y la superficie del mudo elemento, tranquila y reposada tras el último esfuerzo del infeliz, parece aún más horrible y desierta. Así la cara de Pliuskhin, en la que por un instante se había deslizado una sombra de sentimiento, se volvió todavía más insensible y chabacana.

—Encima de la mesa tenía una cuartilla —dijo—pero no sé qué se habrá hecho de ella. De esta gente se puede uno fiar tan poco…

Miró debajo de la mesa y sobre ella, buscó por todas partes y al fin gritó:

— ¡Mavra! ¡Mavra!

Como respuesta a su llamada compareció una mujer llevando en la mano un plato en el que descansaba el pedazo de bizcocho de cuya existencia ya está informado el lector. Entre ellos se entabló el diálogo que sigue:

— ¿Qué has hecho con el papel, malvada?

—Le aseguro, señor, que no he visto más papel que el pedazo de que se sirvió usted para tapar la copa.

—Leo claramente en tus ojos que lo has robado.

— ¿Y por qué iba a robarlo? No me serviría de nada, yo no sé de letras.
—Mientes, se lo has dado al sacristán; él sabe escribir y se lo diste a él.
—Si el sacristán necesita papel, él mismo se lo puede proporcionar. ¡Yo no he visto el suyo!

—Espera, que el día del Juicio Final dos diablos te van a quemar con chuzos de hierro. ¡Ya verás cómo te asan!

—No, no me asarán, pues ni siquiera he tenido en la mano ese papel. Quizá se me pueda reprochar alguna debilidad de mujer, pero lo que jamás podrá decir nadie es que yo sea una ladrona.

—Los diablos te tostarán. Dirán: « ¡Toma tu merecido, sinvergüenza, por haber engañado a tu señor!» ¡Pues vaya si te asarán!

—Pero yo les diré: « ¡La culpa no es mía! ¡Os aseguro que la culpa no es mía, yo no lo robé…!» Pero si está ahí, sobre la mesa. ¡Siempre me está acusando sin razón alguna!

Pliushkin vio, realmente, el papel, y durante unos instantes permaneció en silencio. Después se mordió los labios y dijo:

— ¿Por qué te pones así? ¡Menuda escandalosa estás hecha! En cuanto se le dice una palabra, ella responde con diez. Bueno, ve a buscar la lumbre para lacrar la carta. No, espera, eres capaz de coger la vela de sebo, y el sebo se derrite muy pronto, se consume y se acabó. No son más que gastos inútiles. Vale más que traigas una astilla encendida.

Mavra se marchó. Pliushkin tomó asiento en la butaca, cogió la pluma y aún permaneció durante un buen rato dando vueltas al papel tratando de ver si podría partirlo por la mitad. Al fin llegó a la conclusión de que eso no era posible, mojó la pluma en el tintero, que contenía no sólo un líquido mohoso sino también una infinidad de moscas, y comenzó a escribir. Lo hacía con unas letras semejantes a las notas de música, intentando sujetar la mano, que se le disparaba por toda la cuartilla, y escribiendo todo lo apretado que podía, aunque lamentándose, con todo, por el mucho espacio en blanco que quedaba.

¡A qué grado de mezquindades, a qué minucias y bajezas puede llegar a caer el hombre! ¡Hasta qué punto puede transformarse! ¿Tiene esto visos de verdad? Sí que lo tiene, todo le puede suceder al hombre. El que hoy es un impetuoso joven se quedaría horrorizado si contemplara el retrato de lo que será en su vejez. Llevaos con vosotros todos los impulsos humanos cuando salgáis de los fáciles años de la juventud para entrar en la severa virilidad que todo lo endurece, lleváoslo, no los abandonéis en el camino. ¡Después no os será posible recuperarlos! ¡La vejez que os aguarda, horrible y temible, jamás devuelve nada! Más compasiva que la vejez es la sepultura, en ella se escribirá: «Aquí han enterrado a un hombre», pero nada se puede leer en los insensibles y fríos rasgos de la inhumana vejez.

— ¿Sabe usted de algún amigo al que le hagan falta siervos fugitivos? —preguntó Pliushkin mientras doblaba la carta.

— ¿Acaso han huido algunos? —se apresuró a preguntar a su vez Chichikov, poniéndose alerta.

—Sí, ciertamente. Mi yerno trató de informarse y dice que no hay modo de hallarlos, pero él es militar, y a los militares ya se sabe, les complace hacer sonar las espuelas, pero en cuanto tienen que hacer gestiones en los tribunales…

— ¿Como cuántos serán?

—Deben llegar ya a los setenta.
— ¿De veras?
—Como se lo digo. No hay año en que no escape alguno. Son gentes muy comilonas, el ocio les abre el apetito y yo no dispongo de lo suficiente ni para mí mismo. Los cedería a cualquier precio. Dígale usted a su amigo que me los compre. Con que logre encontrar aunque sólo sea diez de ellos, hará un buen negocio, ya que cada siervo inscrito en el Registro vale quinientos rublos.

«No, no es cuestión de que esto lo huela ningún amigo», pensó Chichikov, y contó que no habría nadie a quien le interesara el negocio, pues los gastos alcanzarían una suma más elevada, porque los tribunales deberían hacer gestiones por muchas partes. Pero si él se encontraba tan apurado, impulsado por la simpatía que le había inspirado, estaba dispuesto a dar…, aunque era una bagatela de la que ni siquiera valía la pena hablar.

— ¿Cuánto estaría dispuesto a dar? —inquirió Pliushkin, a quien las manos le temblaban como el azogue a causa de su avaricia.

—Le daría veinticinco kopecs por cada uno.

—Y cómo pagaría, ¿al contado?

—Sí, ahora mismo le entregaría el dinero.
—Sólo le voy a rogar, padrecito, que, considerando mi pobreza, me los pague a cuarenta kopecs.

—Mi apreciado amigo —dijo Chichikov—, no sólo a cuarenta kopecs, sino incluso a quinientos rublos se los pagaría. Lo haría con sumo gusto, pues veo que es usted un anciano bueno y honorable que sufre precisamente debido a su propia bondad.

—Tiene toda la razón —dijo Pliushkin meneando acongojado la cabeza—Mi bondad es la culpable de todo.

— ¿Lo ve usted? Inmediatamente he comprendido su carácter. Y por lo tanto, ¿por qué no iba a pagarle quinientos rublos por cada uno? Pero…no poseo bienes. Estoy dispuesto a subir cinco kopecs más para que de esta manera salga a treinta kopecs por cabeza.

—Como diga, padrecito, pero debería aumentar aunque sólo sean dos kopecs.

—De acuerdo, pondré otros dos kopecs. ¿Cuánto son en total? Creo que antes habló de setenta.

—No, son setenta y ocho.

—Setenta y ocho, setenta y ocho a treinta kopecs por cabeza, serán… —nuestro protagonista se detuvo a pensar un segundo, no más, y añadió—: Resultan veinticuatro rublos con noventa y seis kopecs —pues, estaba fuerte en aritmética.

En seguida hizo que Pliushkin le extendiera el recibo y a continuación le dio el dinero, que el viejo recibió con las dos manos y llevó hasta el escritorio con idénticas precauciones que si fuera un líquido y temiera verterlo. Se aproximó al escritorio, volvió a mirar el dinero y lo dejó, también con toda precaución, en una de las gavetas, donde sin duda estaban condenados a quedarse enterrados hasta el momento en que padre Karp o el padre Polikarp, los dos sacerdote que había en su aldea, lo enterraran a él mismo, con gran alegría de su hija y de su yerno, y quizá también del capitán que decía ser pariente suyo.

Después de haber guardado el dinero, Pliushkin tomó de nuevo asiento en la butaca como si no consiguiera hallar otros temas de que hablar.

— ¿Ya se marcha? —preguntó, al advertir un ligero movimiento que Chichikov había hecho para sacar del bolsillo su pañuelo.

La pregunta le hizo recordar que, efectivamente, no había razón para detenerse más.

—Sí, ya es hora de irme —dijo al mismo tiempo que cogía el sombrero.

— ¿Y el té?
—No, será en otra ocasión. Lo tomaremos la próxima vez que venga por aquí.

—¡Y yo que había ordenado que prepararan el samovar! Si he de decirle la verdad, no siento gran afición por el té, es una bebida cara y el azúcar ha subido de precio extraordinariamente. ¡Proshka! ¡Ya no es necesario el samovar! Llévale el bizcocho a Mavra, ¿me oyes? Que lo deje donde estaba, o no, tráelo aquí y yo mismo lo llevaré. Adiós, padrecito, que Dios le bendiga. Y déle la carta al presidente. Sí, que la lea, es un antiguo conocido mío. ¡Cómo no! En el colegio fuimos compañeros.

Acto seguido este peregrino fenómeno, este enjuto vejete, salió al patio a despedirle, y luego ordenó que cerraran el portón. Después pasó revista a las despensas para asegurarse de que se hallaban en su puesto los guardas, los cuales estaban en todas las esquinas, golpeando alguna que otra vez en un tonel vacío, en lugar de la habitual chapa de hierro, con una pala de madera; seguidamente llegó hasta la cocina, donde,bajo el pretexto de comprobar si se daba bien de comer a su gente, se tragó un buen plato de sopa de col y gachas, riñendo a todos los presentes por sus latrocinios y su mal comportamiento, y finalmente regresó a su aposento. Una vez a solas, pensó hasta en el modo de agradecer a su visitante aquella generosidad sin par.

«Le puedo regalar el reloj de bolsillo —se dijo para sus adentros—. Es un reloj bueno, de plata, y no cualquier cosa de bronce o de alpaca. Está un poco estropeado, pero ya lo arreglará. Es joven aún y le hace falta reloj de bolsillo para gustar a su novia.

Pero no —agregó tras haberlo pensado un poco—, vale más que se lo deje cuando me muera, en el testamento, para que le sirva de recuerdo mío.»

No obstante Chichikov, sin necesidad alguna de reloj, se encontraba en la mejor disposición de ánimo. La inopinada adquisición representaba un verdadero regalo. Efectivamente, dijeran lo que quisieran, ¡se trataba de doscientas almas, y no sólo muertas, sino que así mismo había fugitivos! Es verdad que cuando se aproximaba a la aldea de Pliushkin presentía ya que llevaría a cabo un buen negocio, pero ni muchísimo menos imaginaba que le saldría tan redondo.

En el transcurso del camino no le abandonó ni por un momento el extraordinario alborozo que le poseía. Se ponía a silbar, se llevaba la mano a la boca de modo que parecía que tocaba la trompa, e incluso entonó una canción tan extraña que el mismo Selifán se quedó escuchando, movió la cabeza y comentó:

— ¡Vaya cómo canta el señor!
Al llegar a la ciudad se había hecho ya de noche. La sombra se confundía totalmente con la luz y se tenía la sensación de que incluso los mismos objetos se Confundían también La barra de las puertas de la ciudad, con sus franjas de color rojo, había adquirido una tonalidad indefinida. Los bigotes del soldado que estaba de guardia parecían habérsele subido a la frente, bastante por encima de los ojos, y no se le podía ver la nariz. El ruido y las sacudidas manifestaron con toda Claridad que el carruaje se deslizaba ya sobre el empedrado.

Los faroles no estaban aún encendidos y apenas en algunas casas se advertía luz. En los rincones y callejuelas se sucedían conversaciones y escenas propias de aquella de las ciudades en que hay gran número de soldados, de cocheros, de operarios y de seres de un género particular en figura de damas cubiertas por chales rojos que no usaban medias y que, al igual que los murciélagos, iban revoloteando por las esquinas.

Chichikov no se dio cuenta de su presencia, ni siquiera prestó atención a los innumerables funcionarios flacos y con bastón que probablemente volvían a su casa tras un paseo por los alrededores de la ciudad. De vez en cuando llegaban a sus oídos gritos que parecían de mujer: «¡Mientes, borracho! ¡Jamás te he tolerado tal clase de groserías!», «¡No me pegues, bestia! ¡Acompáñame a la comisaría y allí te lo demostraré!» En resumen, expresiones que queman como la pez hirviendo a cualquier muchacho de veinte años cuando, al regresar del teatro, lleva en su pensamiento una calle española, la noche de España y una maravillosa imagen de mujer de rizados cabellos y con una guitarra en sus manos. ¿Qué sueños no bullirán en su mente? Se halla en el paraíso, ha acudido a visitar a Schiller, cuando de pronto estallan como trueno las fatales palabras y advierte que otra vez ha regresado a la tierra, que se halla en la plaza Sennaia, muy cerca de una taberna, y de nuevo se ve envuelto en las miserias de la vida cotidiana.

Por último, tras una sacudida más que mediana, el carruaje pareció quedar como en una zanja, frente a la puerta de la posada, y Chichikov fue recibido por Petrushka, quien con una mano sujetaba los faldones de su levitón, ya que le molestaba que se le abriera, mientras que con la otra le ayudó a apearse. También salió a su encuentro el mozo de la posada, llevando una vela en la mano y el paño al hombro. Ignoramos si Petrushka se mostró contento de la llegada de su señor. Pero sí sabemos que él y Selifán se hicieron guiños y que su rostro, tan severo habitualmente, pareció aclararse algo.

—Ha pasado el señor largo tiempo fuera —dijo el mozo mientras alumbraba la escalera.

—Sí —dijo Chichikov al subir el primer peldaño—.

Bueno, ¿y tú, qué me cuentas?

—A Dios gracias estoy bien —repuso el mozo haciendo una inclinación—. Ayer llegó un militar. Es teniente, y ocupa la habitación dieciséis.

— ¿Un teniente?
—No sabemos de quién se trata. Vino de Riazán, trae caballos bayos,
—Bueno, bueno, ya veremos cómo te sigues portando —dijo Chichikov, y penetró en su aposento.

Cuando cruzó el vestíbulo venteó el aire y dijo a Petrushka:

—Lo menos que podías haber hecho es ventilar la habitación.
—Ya lo hice —repuso Petrushka, pero era falso.
El propio señor sabía muy bien que estaba mintiendo, pero no sentía deseos de discutir. Estaba en extremo fatigado después del viaje. Pidió que le sirvieran una cena muy ligera, solamente cochinillo, y enseguida se desnudó, se metió bajo las sábanas y quedó profundamente dormido, como un tronco, como sólo son capaces de hacerlo los felices mortales que desconocen lo que son las hemorroides y las chinches, y que no están dotados de una capacidad intelectual demasiado elevada.


Enlace a capitulos 7 y 8

El Viy – Novela de Mykola Hóhol

Esta leyenda es la que les contaré ahora tal como la he oído, intentando hasta donde me sea posible no cambiar nada de la ingenua sencillez con que la escuché contar.

Cuando por las mañanas tocaba la sonora campana que colgaba sobre la puerta cochera del seminario de Kyiv, todos los estudiantes y los seminaristas acudían en tropel desde los distintos barrios de la ciudad. Aquel monasterio tenía alumnos de todas las clases: gramáticos, retóricos, filósofos y teólogos, llamados así según el nombre del curso en que estaban. Todos llevaban libros y cuadernos. Los gramáticos, que correspondían a las clases elementales, eran en su mayor parte chiquillos; siempre entraban corriendo, dándose empujones, y gritando con sus voces atipladas. Iban muy mal vestidos, y en los bolsillos de sus muy harapientos trajes llevaban todo tipo de fruslerías, como silbatos de pluma hechos por ellos mismos, huesos de cordero con las que jugaban muy a menudo a la taba, restos de empanadas o de cualquier otro alimento, y algún infeliz gorrión que muchas veces, de manera inesperada, rompía con su piar el silencio de la clase, siendo la causa de que su dueño recibiera un severo castigo, ya en forma de palmetazos, o de unos buenos azotes con una vara de cerezo.

Los retóricos eran un poco mayores que los gramáticos, y vestían de un modo más decente, puesto que llevaban trajes en mejor estado y a veces muy limpios. Sin embargo, sus rostros no carecían de adornos en forma de símbolo victorioso, ya fuera un ojo morado, algunos arañazos o algunos hinchazones de la misma procedencia. Las voces de los retóricos eran ya más de tenores.

Por lo que respecta a los filósofos, hablaban con voz de bajo. En sus bolsillos solamente se podía encontrar tabaco, pues no solían guardar restos de alimentos, ya que se los comían ávidamente en cuanto los tenían a su alcance. De ellos emanaba un olor característico a pipa y aguardiente; era un olor que se notaba desde tal distancia que los artesanos, cuando se cruzaban con ellos, olfateaban de igual modo que los perros de caza.

En aquella hora tan temprana comenzaban a abrirse las puertas del mercado, y las vendedoras de buñuelos, de panecillos y toda clase de golosinas, jalaban a los estudiantes del vestido; como es de suponer, importunaban más a los que iban mejor vestidos.

-¡Señoritos, señoritos, vengan aquí! ¡Vean qué ricos buñuelos, qué tortas, qué pasteles! ¡Son de miel! ¡Una delicia! ¡Yo misma los he hecho! -pregonaba una de aquellas vendedoras.

-¡Aquí están los buenos caramelos! -exclamaba otra, ofreciendo algo parecido a lo que pregonaba.

-No le haga caso, señorito -intervenía una tercera-. No le compre nada a esa mujerzuela. Fíjese usted en sus manos sucias y en su nariz manchada. ¡Venga aquí, señorito!

Claro que estas bravatas sólo las dirigían a los más pequeños. No se atrevían con los filósofos ni con los teólogos, que sólo se acercaban “a probar” la mercancía, lo que por cierto lo hacían a manos llenas, sin el menor escrúpulo. Al entrar en el seminario cada uno se dirigía a su salón de clase. Eran aulas amplias, de techo bajo, pequeñas ventanas, grandes puertas y bancos llenos de manchas y marcas. En seguida se animaban con un extraño murmullo, y los estudiantes de años superiores comenzaban a preguntar a los alumnos. Por un lado, algunas vidrieras vibraban por la voz de tiple de un gramático; por otra, vibraban por la voz de bajo de un filósofo o de un teólogo que llenaba la clase con su monótono “bu, bu, bu…”, al mismo tiempo que el cuidador, escuchando con indolencia la tarea, miraba de reojo para ver si algo asomaba por debajo de la mesa del bolsillo del alumno; un pedazo de buñuelo, de empanadilla, o de un simple panecillo.

En las ocasiones en que todo aquel ilustre alumnado llegaba a las clases ante que sus maestros o sabía que comparecían más tarde de lo normal, se entablaba en las aulas un combate general en el que intervenían no sólo la totalidad de los estudiantes, sino también los mismos cuidadores, a los que se suponía encargados de garantizar en el seminario el orden y la moral de los estudiantes. Casi siempre eran dos teólogos los que se dedicaban a organizar los combates, resolviendo si cada clase peleaba por su cuenta o sí el combate se haría en dos grupos: los mayores contra los menores, los colegiales contra los seminaristas.

Los gramáticos eran siempre los que iniciaban la lucha, pero apenas entraban en acción los retóricos, abandonaban el campo y se limitaban a seguir la pelea como simples espectadores desde algún sitio elevado.

Después entraban a la batalla los filósofos, en cuyos rostros apuntaba ya la barba, y finalmente los teólogos, de cuellos fuertes y musculosos como los de un toro, que llevaban pantalón bombacho. Por regla general el combate concluía con la derrota de los filósofos, quienes abandonaban el campo frotándose sus adoloridas espaldas, para ir a refugiarse en su salón y sentarse en sus bancos a reponer fuerzas.

Cuando entraba el maestro, que en su juventud también había participado en iguales peleas, en seguida deducía por las caras de los alumnos que el combate había sido tremebundo, y de inmediato procedía a
castigarlos dándoles a los filósofos palmetazos en los dedos, mientras en otro salón un colega golpeaba a los retóricos en la palma de las manos. A los teólogos se les daba un tratamiento diferente: recibían una buena ración de guisantes, que así llamaban a los látigos que en la punta tenían bolitas de cuero.

Los días festivos casi todos los estudiantes los pasaban en distintos antros de la ciudad, divirtiendo al público con representaciones no siempre muy convenientes, en las que aparecían personajes como Herodías o Pentefría, la virtuosa esposa de algún faraón. Por esos trabajos recibían un saco de mijo, medio ganso asado o unos cuantos metros de tela. Toda aquella docta gente, tanto los del colegio como los del seminario, que convivían en un tradicional ambiente de implacable antagonismo, era tan pobre que carecía de medios para alimentarse como es debido, y, en cambio, poseía un hambre feroz, no siendo posible, por lo tanto, calcular la cantidad de panecillos, buñuelos, o cualquier otra clase de alimento que serían capaces de comerse en un sólo día.

De ahí que muchas veces la generosidad de algunos mecenas no fuera suficiente para evitar que soportaran un hambre canina.

Cuando se encontraban en tal apuro se reunía el senado, compuesto de teólogos y filósofos, y decidían enviar varios grupos de retóricos y gramáticos, capitaneados por un filósofo y provistos todos de sus correspondientes bolsas, a hacer una incursión por los huertos próximos, y cuando regresaban, abundaban los pepinos, las calabazas y otras muchas hortalizas. Los senadores se hinchaban hasta tal punto de melones y sandías, que los profesores notaban ruidos anormales al día siguiente, los que provenían de las saturadas panzas de aquellos senadores. Tanto los busarcos como los seminaristas usaban unas levitas tan largas que al caminar casi se las pisaban.

No obstante, lo más curioso de la vida de los discípulos eran las vacaciones, es decir, el tiempo que transcurre desde el mes de junio hasta el final del verano. Al llegar estas fechas los seminaristas regresaban a sus casas y los caminos se llenaban de teólogos, filósofos, retóricos y gramáticos.

Los que no tenían familia se las arreglaban para pasar el verano en la casa de alguno de sus compañeros. Los teólogos y los filósofos, cuyos procedimientos e instrucción eran más elevados, se valían de ello para pasar las vacaciones como preceptores en la casa de alguna familia adinerada, recibiendo como remuneración final un par de zapatos o una levita nueva.

Todos salían juntos del seminario en tumultuoso tropel; comían y dormían en pleno campo y llevaban un saco como todo equipaje; dentro de él había una camisa y unos cuantos pares de calcetines. Los teólogos economizaban más que sus compañeros, por lo que andaban descalzos y con las botas al hombro, sobre todo si el camino era pantanoso; en este caso se subían los pantalones hasta las rodillas y caminaban así a través de los caminos llenos de lodo. Si durante su larga caminata encontraban alguna finca, iban hasta ella, se situaban debajo de las ventanas y entonaban una canción. Generalmente el propietario, que por lo común era un kozako o un terrateniente, los escuchaba conmovido y después le decía a su esposa:

Oye, mujer, no tengo la menor duda de que eso que han cantado debe ser algo muy sabio. Dales algo de comer.

Los sacos de los seminaristas se llenaban entonces de tocino, empanadas, incluso pollos asados, sin tener en cuenta que en los sacos había camisas y calcetines. Reforzados así de provisiones, reanudaban su camino. El tropel iba disminuyendo poco a poco, hasta que sólo quedaban los estudiantes cuyos hogares estaban más lejos. En una de estas ocasiones, durante una peregrinación de este tipo, tres busarcos se extraviaron al salirse de la carretera principal, y después de una larga caminata encontraron una apartada finca, a donde se dirigieron en busca de alimentos. Los sacos los tenían totalmente vacíos, y desde hacía bastante tiempo no probaban bocado. Los tres compañeros eran el teólogo Khaliava, el filósofo Jomá Brut y el retórico Tiberi Gorobez.

..-gritó el filósofo. Y lo era. Ante ellos había una finca de sólo dos casitas

El teólogo era un muchacho de anchos hombros, fuerte, y con una costumbre bastante extraña; le era imposible ver cualquier cosa que tuviera al alcance de su mano sin metérsela al bolsillo. Se mostraba siempre taciturno y huraño, en especial cuando bebía más de la cuenta: entonces se escondía entre los matorrales, y era casi imposible que sus compañeros lo encontrasen. Jomá Brut, por el contrario, tenía un carácter alegre y afable. Le gustaba mucho fumar en pipa, y cuando se emborrachaba invitaba a los músicos y se ponía a bailar. En el seminario pertenecía al grupo que probaba a menudo una buena ración de guisantes, pero lo soportaba estoicamente, diciendo que nadie puede evitar lo que tiene predestinado.

El retórico Tiberi Gorobez todavía no alcanzaba el permiso para beber aguardiente, fumar en pipa y tener bigote. Aún llevaba el oseledez (una trenza en medio de la cabeza afeitada) y se consideraba que su carácter no estaba formado, a pesar de que por los cardenales y moretones con que aparecía en las clases, prometía ser un buen kozako. El teólogo Khaliava y el filósofo Jomá Brut le daban frecuentemente unas buenas palizas como prueba de su protección, y lo utilizaban como mensajero. Comenzaba a oscurecer cuando los tres estudiantes se alejaron de la carretera principal. El sol había desaparecido en el horizonte y el aire conservaba todavía su calor estival. El teólogo y el filósofo fumaban sus pipas y Tiberi se dedicaba a tronchar con el bastón las flores que bordeaban el sendero, el cual serpenteaba entre los nogales y los robles que cubrían la llanura y su monotonía solo era rota por alguna colina redonda como las cúpulas de las iglesias. Algunos terrenos sembrados de trigo indicaban que en las cercanías había alguna aldea o por lo menos una hacienda.

Pero ya llevaban más de media hora caminando sin ver señales de algún pueblo. Entretanto, la noche había avanzado con tal rapidez que únicamente se veía en la lejanía una estrecha franja de cielo iluminada por una débil luz crepuscular.

-¡Qué extraño es todo esto! -dijo el filósofo Jomá Brut-. Me imaginé que estábamos cerca de una finca o de una aldea, pero no se ve nada que se lo parezca.

El teólogo, al escuchar a su compañero, miró hacia el horizonte, y siguió fumando tranquilamente.

Al rato el filósofo sentenció:
-Juraría por todos los demonios que no hay nada a la vista que parezca una aldea.
Ahora el teólogo respondió secamente sin quitarse la pipa de la boca:
-Si seguimos caminando, a algún sitio llegaremos.
La noche había cerrado ya por completo; debe decirse que era una de las más oscuras, y las nubes, apiñadas en el cielo, no daban la menor esperanza de que brillara la luna o las estrellas. Sólo en ese momento los tres compañeros reconocieron haber perdido el camino y estar totalmente perdidos. El filósofo, después de mirar detenidamente alrededor, dijo:

-No logro ver el camino.
Al cabo de un rato, como si lo hubiera estado pensando, el teólogo repuso:
-Es muy fácil perderlo en una noche tan oscura como esta.
El retórico subió a una pequeña cuesta con el fin de encontrarlo, pero a pesar de que se puso a gatas buscando con mucho cuidado, sus manos sólo tropezaban con madrigueras de zorros o con arbustos. Se hallaban en medio de la inmensa estepa, por donde parecía que jamás hubiera pasado alguien. Cansados, caminaron otras leguas más, sin encontrar las huellas del camino. El filósofo comenzó a lanzar gritos, pero su voz se perdía en la inmensa llanura. Al cabo de un rato oyeron un lejano gemido muy parecido al aullido de un lobo.

-¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó el filósofo.

-¿Qué otra cosa podemos hacer si no es pasar la noche en medio del campo? -contestó el teólogo, volviendo a encender su pipa.

Pero su decisión no fue del agrado del filosofo, acostumbrado a comer cuando menos un buen pedazo de tocino y medio kilo de pan antes de acostarse; ahora tenía el estómago terriblemente vacío y haciendo toda clase de ruidos. Por otra parte, a pesar de su carácter alegre, estaba aterrado por su miedo a los lobos.

-No, amigo Khaliavna; eso no es posible -repuso-. No estoy de acuerdo en que nos tumbemos en el suelo como si fuéramos perros sin comer algo antes. Sigamos un poco más y tal vez encontremos alguna finca en la que podamos beber un vaso de vino antes de dormirnos.

Al oír la palabra vino, el teólogo, escupiendo, dijo:
-Por supuesto, eso es lo que necesitamos. Resulta muy despreciable pasar la noche en medio del campo.
Y los tres siguieron andando. Por suerte para ellos, no transcurrió mucho tiempo antes de que oyeran el lejano ladrido de unos perros, y dirigiéndose hacia allí no tardaron en ver unas luces.

-¡Una finca, les juro que es una finca! -gritó el filósofo.

Y lo era. Ante ellos había una finca de sólo dos casitas, rodeada toda ella por una cerca. Las ventanas tenían luz y frente a ellas había una docena de melocotoneros y un patio lleno de carros, que los tres viajeros miraron a través de las estacas de la cerca. Mientras tanto, el cielo se había despejado un poco y se veían brillar algunas estrellas.

-Tenemos que avivarnos, compañeros, y sea como sea conseguir un lugar donde pasar la noche -ordenó el filósofo.

Acto seguido los doctos varones llamaron a la puerta, golpeándola con todas sus fuerzas.

-¡Eh, abran, abran!
Al abrirse la puerta de una de las casitas, vieron parada en el umbral una vieja envuelta en un grueso abrigo.
-¿Quién anda ahí? -preguntó tosiendo.
-Somos tres caminantes que en esta noche tan oscura nos hemos perdido. Déjenos entrar. Sólo queremos pasar aquí la noche.

-¿Pero quienes son? –volvió a preguntar la anciana.

-Gente de paz y honrada: el teólogo Khaliava, el filósofo Brut y el retórico Gorobez;
-No, no es posible -refunfuñó la vieja-; el patio está lleno de gente y todos los rincones de la casa están ocupados. No me queda sitio donde se puedan meter, y al ser los tres tan grandes podrían derrumbarme la casa. Además sé que todos los colegiales son unos borrachos y no quiero recibir a esa clase de gente. De modo que ¡fuera de aquí!

-Por Dios, abuelita, ten piedad de nosotros. No dejes morir a unos buenos cristianos libres de toda culpa. Que nos castigue Dios si hacemos algo malo.

La anciana pareció conmoverse un poco, y después de un rato les dijo:

-Bueno, está bien, los dejaré entrar. Pero que conste que los separaré y los pondré en distintos sitios para así estar más tranquila.

-Haz lo que creas mejor. Tú mandas y nosotros te obedecemos.

Les abrió el portón del cerco y los tres colegiales entraron en el patio.
-Escucha, abuela -dijo el filósofo desde atrás de la anciana-; no sé cómo explicarlo, pero sucede que a nuestros estómagos les ocurre algo muy raro. Desde ayer no hemos probado el menor bocado, y ellos se han dedicado a hacer ruidos y parecen estar completamente vacíos…

-Eso ya es mucho pedir -gruñó la vieja-. No hay nada preparado y no me voy a poner a estas horas a prender el horno.

-Nosotros te lo pagaríamos mañana en dinero constante y sonante -dijo el filósofo, añadiendo en voz baja:

“Te juro que nada recibirás, vieja del cuerno”.
-Está bien, está bien, pasen, pero confórmense con lo que se les da y después que el diablo se los lleve.
Sus palabras entristecieron al filósofo Jomá, pero de repente se animó grandemente pues su fino olfato había percibido olor a pescado salado. Inquieto miró por todos lados y de pronto vio salir la cola de un pescado por uno de los bolsillos del anchísimo pantalón del teólogo. Al astuto Khaliava le habría sobrado tiempo y ocasión para extraer de un carro del patio una magnífica parca. Y como eso lo había hecho siguiendo su inveterada costumbre, se olvidó de él y se puso a buscar algo que poder meterse al otro bolsillo, aunque sólo fuese un trozo de rueda abandonada. Y conociendo esa distracción, el filósofo Jomá pudo sacarle el pescado del bolsillo sin el menor remordimiento y tan fácil como si hubiera sido unos de sus propios bolsillos. La vieja fue enseñando a cada uno su lugar; al más joven lo metió en una casucha; al teólogo en una despensa, y al filósofo, llevándolo al corral, en uno de los establos.

Apenas quedó solo, el filosofo se tragó con un gran gusto la parca, revisó casi en oscuras las paredes del establo y le dio una patada a un cerdo que se había despertado y que andaba perezosamente. El muchacho se había echado ya sobre la paja tratando de dormir, cuando se abrió la puerta y apareció la vieja.

-¿Qué buscas, abuelita? -le preguntó sorprendido el filósofo.
Como única respuesta, la vieja, abriendo los brazos se acercó a él con claras intenciones con un ademán que descubría claramente sus intenciones sexuales.

-Óyeme, abuelita -dijo el filósofo rechazándola-, estamos en la Santa Cuaresma, y, aunque me entregaran mil monedas de oro, no sería capaz de cometer un pecado.

Pero el brillo de los ojos de aquella vieja demostraba que su explicación no la detendría. El filósofo sintió miedo.

-¡Márchate! -gritó-. ¡Vete de aquí y déjame en paz!

Y al decir esto se levantó de un salto a fin de escapar del establo, pero la vieja le cerraba el paso. Intentó atropellarla con su carrera, y de pronto sintió aterrorizado pues ni sus brazos ni sus pies le obedecían; incluso la voz se le ahogaba en la garganta. El corazón le latía con tal fuerza que parecía a punto de estallarle dentro del pecho.

Se quedó asombrado y en el acto vio que la vieja cogía una escoba a manera de látigo; después le saltó a los hombros y lo obligó a llevarla como si fuese un caballo. Todo esto ocurrió con la rapidez del rayo. El filósofo se sujetó las rodillas intentando detener sus piernas, pero resultó inútil: no le obedecían, y comenzaron a saltar y a correr a la misma velocidad que el mejor caballo circasiano. En menos tiempo del que se tarda en decirlo, se hallaron en el exterior de la finca; después galoparon a campo abierto y luego por un bosque tan negro como el carbón. Sólo entonces entendió lo que le sucedía: ¡estaba en poder de una bruja!

Apareció la luna, y con su plateada y misteriosa luz comenzó a iluminar la campiña, apareciendo ante sus ojos los bosques, el campo, las colinas, como paisajes de sueños. Las sombras que los arbustos y los árboles proyectaban parecían colas de negros cometas abalanzándose sobre la tierra. Pero lo más sorprendente era que el filósofo no notaba el azote del viento, como habría sido lógico sentirlo dada su fuerza. La noche era cálida, casi asfixiante. Jomá Brut, al soportar sobre sus espaldas el peso de tan extraño jinete, experimentaba un agobio desconocido hasta entonces y una rara sensación de languidez. Si miraba a sus pies, veía la hierba totalmente cubierta por una capa de rocío de una maravillosa transparencia, co- mo si la tierra fuera el fondo del mar; su tersa superficie reflejaba la imagen del filósofo con la bruja sobre sus hombros.

En aquella límpida superficie aparecía también reflejado el luminoso disco de la luna, e incluso creía oír sonidos emitidos por las silvestres campanillas azules al agitarse. Finalmente vio deslizándose sobre las aguas a una esbelta y hermosísima rusalka, de cuerpo marmóreo, como si estuviera formado por los rayos de la luna. La rusalka lo miraba con ojos brillantes y profundos, con una mirada que penetraba en su corazón como un finísimo dardo, y otra ondina también se deslizaba por la superficie, cantando, y otra se alejaba sonriéndole.

¿Era sueño lo que sus ojos contemplaban o era realidad? Una dulce y extraña melodía, penetrante como un silbido, llegaba hasta sus oídos.

“¿Pero qué me está ocurriendo?”, se preguntaba el filósofo sin dejar de galopar.

Jomá Brut sudaba y al mismo tiempo sentía un indecible placer. Su corazón latía con inusitada violencia, que él intentaba mitigar apretándose el pecho con las manos. Después tuvo miedo. Comenzó a recordar las oraciones que había aprendido, y procuró escoger las que creía más eficaces para alejar a los demonios.

Después de haberlas recitado sintió un gran alivio, como si un reconfortable frescor le hubiera recorrido todo el cuerpo. Le parecía que sus piernas se movían con menos agilidad y que la vieja estaba menos segura sentada sobre sus hombros. La misma tierra iba aproximándose, y al igual que la luna y las estrellas, recobraba su aspecto natural. “Espera, maldita vieja, vas a ver ahora”, se dijo el filósofo comenzando a recitar una plegaria.

Gracias a esto, y aprovechando el momento más conveniente, consiguió liberarse de la vieja y, sin perder tiempo, saltar sobre su espalda. Y ahora le tocó a la vieja galopar con tanta velocidad que al filósofo le costaba mucho sujetarse, y respiraba con gran dificultad. La tierra corría bajo sus pies, pero todo con aspecto bien visible y natural, como si la tuviera en la palma de la mano. Cabalgando sin detenerse sobre la bruja, agarró un leño que vio en el camino y golpeó a la vieja con todas sus fuerzas. Ella lanzó horrendos gritos, furiosos y amenazadores; después se convirtieron en gemidos más débiles, más amables, mas puros, y finalmente calmados, apenas audibles, que paulatinamente se fueron convirtiendo en una melodía que ablandaba el alma, con extrañas notas, como entremezcladas con argentinos sonidos de campanillas de plata. Al filósofo le parecía imposible que una voz como aquella pudiera salir de la garganta de una vieja.

Finalmente vio deslizándose sobre las aguas a una esbelta y hermosísima rusalka,

-¡Oh, ya no aguanto más! -exclamó al fin, y cayó rendida al suelo.
Los primeros rayos de la aurora empezaban a aparecer y allá a lo lejos se oía el tañido de las campanas de la iglesia de Kyiv, la de doradas cúpulas. El filósofo se incorporó y al buscar con la vista para tratar de saber dónde se encontraba, se dio cuenta, con extraordinaria sorpresa, de que a sus pies, en el suelo, yacía una hermosa joven con los exuberantes cabellos en desorden; de bellos y grandes ojos con pestañas tan largas como flechas. La joven gemía de un modo apenas perceptible, y tendió hacia él sus blancos y torneados brazos, y lo miraba con los ojos arrasados en llanto. Jomá Brut comenzó a temblar y a hablar sin saber lo que decía, y se sintió invadido por una extraña emoción y timidez que nunca había sentido. Después tuvo miedo y el impulso a alejarse con rapidez de ahí. Como loco, corrió velozmente, con toda la rapidez que deban sus piernas, hacia la ciudad de Kyiv, que veía a lo lejos, y en pocos minutos ya estaba en ella. Su corazón latía como loco y él no podía explicarse el nuevo sentimiento que lo había embargado. En la ciudad no quedaba un solo estudiante, todos se habían marchado, dispersándose por las granjas y las aldeas vecinas, puesto que en ellas podían encontrar siempre, y sin que les costará un centavo, alimentos de toda clase: pasteles, empanadas, queso, mantequilla… En cambio, en el viejo seminario, también vacío de estudiantes, el filósofo no consiguió ni un mísero mendrugo, ni un pedazo de tocino, ni nada que poder llevarse a la boca, a pesar de que buscó y rebuscó por todas partes, hasta en los más ocultos rincones, allí donde los estudiantes solían esconder sus provisiones.

Sabía que no podía perder ni un segundo, y que le era necesario espabilarse. Jomá Brut, sin pensarlo dos veces, se dirigió de inmediato al mercado, donde comenzó a pasear y después a dar vueltas en torno a una joven viuda a la que hacía guiños y bromas. La viuda vendía perdigones, pólvora, ruedecillas, cintas…

Nuestro joven filósofo se vio aquel mismo día ante una mesa muy bien provista de pollo, empanadillas y cuanto podía imaginar. Gracias a la amabilidad de la amable viuda que lo atendía en un jardín rodeado de cerezos. Al anochecer lo vieron en la taberna. Echado sobre un banco, descansaba fumando en su pipa como de costumbre, y ante la mirada de todos los presentes le pago al viejo judío dueño de la bodega, con una moneda de oro. Antes se había bebido el buen filósofo una botella del mejor vino y contemplaba alegremente a los que entraban y salían. Al parecer había olvidado por completo la aventura que acababa de vivir.

Mientras tanto, por la ciudad había comenzado a circular el comentario de que la joven hija del centurión más rico de la comarca, que tenía su finca a cincuenta leguas de Kyiv, había regresado de un paseo por el campo totalmente golpeada, destrozada a golpes; no se sabía quién la había maltratado de esa manera. La joven sólo logró reunir fuerzas a fin de regresar a su casa para morir en ella. Cuando ya sospechaba que la muerte se acercaba, la pobre muchacha tuvo tiempo de expresar su última voluntad: quería que cuando muriese, durante tres días y tres noches seguidas rezara ante su ataúd un seminarista de Kyiv llamado Jomá Brut.

Fue el mismo rector del seminario quien se interesó en informar del caso al filósofo; lo mandó llamar y después de recibirlo en sus oficinas, le ordenó que sin pérdida de tiempo se pusiera a las órdenes del centurión, quien lo llamaba con urgencia a su casa y ya había enviado a buscarlo a unos criados y un coche.

El filósofo lanzó un profundo suspiro; tenía un fatal presentimiento, aunque le habría sido imposible explicarlo, y contestó que se negaba rotundamente a ir.

-Escúcheme, dómine Jomá -dijo el rector, que a veces trataba a sus alumnos con mucha amabilidad-: aquí nadie le está preguntando si quiere o no quiere ir. El caso es que si no obedece en el acto le haré dar una paliza con una vara verde de abedul como para que no se levante en una semana.

Cuando escuchó estas palabras, el filósofo bajó la cabeza sin decir una palabra y confiando en la velocidad de sus piernas por si encontraba una oportunidad para escaparse del problema en que se encontraba. Bajó las escaleras cabizbajo y meditabundo, y al llegar al patio, bordeado de grandes álamos, se detuvo bajo las ventanas de la oficina del rector al oír las últimas órdenes que éste daba a su secretario y a uno de los emisarios enviados por el centurión:

Dele las gracias de mi parte por los huevos y la harina, y dígale que los libros que me ha pedido se los enviaré cuando mis escribientes hayan terminado de copiarlos. Dígale también que he sabido que por su finca pasa un río en el que se pescan muy buenos peces, abundando el sabroso esturión. Que me envíe alguno pues los que venden en el mercado son muy malos y caros… Entonces, espero… Y tú, Evtuj, invita a los emisarios del centurión unas cuantas copas de horilka. Ah, y no se olviden de amarrar muy bien al filósofo, que a la menor oportunidad tratará de escaparse.

-¡Diablos -pensó Jomá Brut-, este viejo no tiene un pelo de tonto!

En seguida vio el carro que le esperaba: era tan grande que lo comparó con un cobertizo sobre ruedas, pues tenía aproximadamente las dimensiones de un horno de cocer ladrillos. Sin embargo, aquel tipo de carro era muy común entre los judíos que en grupos de cincuenta llegaban de Cracovia en busca de ferias donde vender sus mercancías. Al lado del carromato estaban seis o siete corpulentos kozakos. Por sus vestimentas dejaban saber que su amo era un hombre muy rico. Las singulares cicatrices que tenían en la cara probaban que habían participado en algún combate, y seguramente de forma gloriosa.

“Bueno, ¿qué le vamos a hacer? Lo que está escrito tiene que cumplirse”, se resignó el filósofo. Después se encaminó a donde estaban los kozakos:

-Buenos días, compañeros.

-Buenos días, señor filósofo.
-¿De modo que haremos el viaje juntos? Este es un magnifico coche; aquí dentro cabría una banda de música, y hasta hay sitio para ponerse a bailar –comentó el filósofo mientras se sentaba.

-Sí, es cierto –le contestó uno de los kozakos, sentándose en el pescante, al lado del cochero, quien, al sobrarle el tiempo para empeñar su sombrero en la taberna, se cubría la cabeza con un trapo. Los otros kozakos se sentaron al lado del filósofo, acomodándose encima de los sacos llenos de las mercancías compradas en el mercado.

-Sería interesante saber –trató de conversar el joven filósofo- cuántos caballos son necesarios para tirar de un carro como éste, cargado, por ejemplo, de sal o de clavos.

-Supongo que varios -contestó uno de los kozakos después de pensar un poco y suponer que con su respuesta ya no tendría ninguna obligación de hablar con el filósofo a lo largo de todo el camino.

Lo que quería el filósofo era que le diesen detalles sobre la personalidad del centurión hacia cuya casa se dirigían. Quería saber sobre su carácter, sus costumbres y, sobre todo, algunos detalles de aquella hija que agonizaba después de regresar toda golpeada de un paseo por el campo y con cuya vida y muerte se entrecruzaba ahora su destino. Pero ningún kozako se tomó la molestia de responderle, callados como piedras, con la pipa en la boca y durmiendo a ratos.

Sólo uno de ellos le habló a gritos al cochero:
-Oye, Overko, no te vayas a olvidar de parar y despertarnos a todos cuando lleguemos a esa taberna que hay en el camino.

Y apenas acababa de decir esto cuando sus ronquidos retumbaron en todo el coche. Pero no había la menor necesidad de hacer esta advertencia, pues unos metros antes de llegar frente a la taberna, todos despertaron y gritaron a coro:

-¡Alto!
Pero hasta los mismos caballos estaban ya tan acostumbrados que, sin que tuvieran que ordenárselo, se paraban en cuanto olfateaban que estaban frente a una taberna. Este era un día del mes de julio y caía un sol a plomo, pero ninguno de los kozakos flojeó en el momento de saltar del carro para entrar en el pequeño y mísero tabernucho, cuyo dueño, un viejo judío, se puso muy contento al verlos, pues ya los conocía de anteriores visitas. De inmediato les sirvió en una de las mesas unas enormes salchichas, y desapareció en el acto por evitar presenciar la manera en que se comían la carne de cerdo, prohibida rigurosamente por el Talmud. Cuando todos estuvieron sentados, les pusieron delante grandes vasos de aguardiente y comenzó la gran fiesta, a la que ni tonto ni perezoso se agregó también el filósofo. Y siguiendo la costumbre ucraniana de llorar, besar y abrazarse unos a otros al beber, llegó un momento en que parecía que las cuatro paredes de la taberna lloraban y bebían con ellos.

-Oye, Spirid, ven aquí, que quiero darte un beso.
-Ven acá, Doroch, que tengo ganas de abrazarte.
Y uno de los kozakos, el de más edad, un individuo con mucha barba y un bigote gris muy espeso, se llevó los brazos a la cabeza y empezó a llorar desesperadamente porque era huérfano y no tenía a nadie en el mundo.

El compañero que tenía al lado lo consolaba diciéndole:

-No llores, camarada; ¡qué le vamos a hacer! Sólo Dios sabe lo que nos conviene.
Jomá Brut tenía al lado al kozako llamado Doroch, que como era muy pero muy curioso, empezó a hacerle preguntas, demostrando un especial interés por la filosofía.

-Me gustaría saber qué les enseñan en el seminario y si es lo mismo a lo que el sacristán nos lee siempre en la iglesia.

-No me hagas esas preguntas –le respondió el filósofo-. Únicamente Dios lo sabe todo, y siempre sucede lo que Dios quiere.

-No, no espera. Quiero saber lo que dicen esos libros que ustedes estudian. Quizá no sea igual a lo que nos leen el sacristán y el diácono.

-Por Dios, déjame tranquilo. ¿Qué necesidad tenemos de hablar de todo esto, si ya te digo que es imposible que podamos cambiar algo? Siempre sucederá lo que tenga que suceder.

-Pues yo quiero saberlo. Y además quiero ingresar en el seminario. ¿Qué te parece? ¿Crees que me enseñarán todo?

-Déjalo tranquilo de una vez -le dijo el kozako que tenía cerca, mientras dejaba caer la cabeza pues ya no se podía sostener sobre los hombros-¿Es que no entiendes lo que te dicen…?

Los demás kozakos estaban ya más que borrachos y discutían entre ellos, criticaban a sus amos, y cada uno exponía sus razones sobre el brillo y el caminar de la luna.

Al darse cuenta de cuál era la situación y del estado en que se encontraban sus custodios, el filósofo empezó a preparar su fuga. Lo primero que hizo fue hablar con el viejo kozako que lloraba porque era huérfano y estaba solo en el mundo:

-¿Qué necesidad hay de llorar, amigo? También yo soy huérfano, los dos somos igual de desdichados. Déjame que me vaya. ¿Para qué me quieren aquí?

-Por supuesto -contestaron los otros-. Dejemos que el muchacho se vaya a donde quiera.

Ya tenía el permiso de los kozakos para escaparse e incluso querían acompañarlo un trecho del camino, cuando el kozako interesado en la filosofía se opuso rotundamente a que se vaya, diciéndole a sus amigos:

-De ninguna manera. Tengo mucho de que hablar con él sobre el seminario; quiero ir a estudiar.

De todas maneras le hubiera sido imposible huir al filosofo, aún si no se hubiera opuesto el kozako que quería estudiar en el seminario, pues le parecía que la taberna tenía tantas puertas que hubiera sido incapaz de elegir la correcta por donde salir. Sólo cuando anocheció se dieron cuenta aquellas buenas gentes de que debían continuar su camino. Subieron al carro y mientras el cochero trataba de ir con la máxima velocidad, los kozakos se pusieron a cantar sin que hubiera manera de saber qué es lo que cantaban. Durante horas tuvieron que empeñarse en reencontrar el camino, pues a pesar de que lo conocían como si fuera la palma de su mano, se perdieron. Al encontrarlo, después de bajar por una acentuada pendiente, entraron a un valle. El filósofo vio entonces una larga empalizada a ambos lados del camino y dentro de la cerca, algo tapadas por los árboles, los techos de un buen número de casas. Era la aldea propiedad del centurión.

Muy avanzada ya la noche, en el cielo se predominaban las nubes, y sólo en algunos claros se veía el brillo de las estrellas. En ninguna de las casas había luz. Al entrar en un gran patio rodeado de casitas y pajares, fueron recibidos por los ensordecedores ladridos de una manada de perros. En el centro, justo al frente mismo de una gran puerta cochera, y de mejor apariencia y tamaño que las demás, había una casa que debía de ser la del centurión. El carro se detuvo frente a una casucha medio desmoronada que quizá fuese un granero o un pajar. Los kozakos, cada uno por su lado, se fueron a dormir. El filósofo quiso recorrerlo todo, ir por los alrededores y examinar la casa señorial, pero su estado de ánimo le hizo desistir. Tenía la sensación de que la casa era un enorme oso, y el humo negro que salía de la chimenea le recordaba al rector del seminario. Haciendo un gesto de fastidio, decidió irse también a dormir en el lugar que le habían señalado.

Al día siguiente, al despertarse, vio un inusitado movimiento de gente: durante la noche, la hija del centurión había fallecido.

Los criados corrían abrumados de trabajo de un lado a otro del pueblo, y fuera de la cerca se apiñaban los curiosos que querían enterarse de lo que estaba ocurriendo. El filósofo se dedicó a ver cómo era y qué había en la propiedad donde había pasado la noche. Primero examinó la casa del dueño, no muy grande e igual a las que en otros tiempos se construían en Ucrania. El tejado tenía un sobretecho de paja y en lo alto de la fachada había una ventana; varias enredaderas con flores de colores muy vivos subían por las paredes. Los cimientos de la casa estaban construidos con troncos de roble. Y unos peldaños subían hasta la puerta, la cual tenía un banco a cada lado.

Algo más lejos se levantaban unos cobertizos y, delante de la casa, un peral, cuya sombra llegaba hasta la entrada. Desde la casa hasta las cocheras había graneros y cobertizos donde se guardaban los instrumentos de labranza. En una pared estaba pintado un kozako bebiendo a caballo, con un letrero que decía: “Yo sólo me lo beberé todo”. En las paredes restantes se habían pintado pipas, tambores, caballos y diversas frases alusivas al vino y a los kozakos. “El vino es la alegría de los cosacos”.

Junto a las puertas cocheras, dos viejos cañones montaban la guardia. Según todos los indicios, el propietario era muy amante de las juergas, y el patio se llenaba con frecuencia de grandes bebedores. En el exterior del patio, dos molinos tendían sus aspas al cielo. Al otro lado de la casa había un jardín, y más allá de los árboles seguramente varias casitas, por el humo de chimeneas que se veía elevar en el horizonte. El poblado estaba en la falda de una colina hasta cuyo pie llegaba el límite de la finca del centurión. En una ladera de la colina había dos casitas, una de ellas casi oculta por las ramas de un manzano, cuyos frutos, cuando caían, rodaban hasta el patio del centurión. Un estrecho sendero que pasaba por la finca serpenteaba desde la cumbre hasta la casa. Y ahora, al examinar en pleno día el angosto y abrupto camino por donde habían llegado, el filósofo se dijo que los caballos del dueño debían ser muy inteligentes o los kozakos que lo llevaron tendrían el cerebro de hierro para no tener miedo de rompérselo en un viaje tan peligroso como el que hicieron, y todos borrachos al máximo, y pasando por lugares muy propicios para que un carro se despeñase con todos sus ocupantes dentro.

Al mirar en dirección contraria, un risueño paisaje tuvo ante él. Desde donde estaba se veía casi todo el poblado, que aún parecía estar durmiendo a pesar de que el sol lo acariciaba ya, y podía distinguir en la lejanía varias fincas y alguna aldea, dando la impresión de que se encontraban muy cerca unas de otras, a pesar de que entre ellas mediaban leguas de estepa. Una colina descendía hasta el Dnipró, cuya tersa y refulgente superficie se destacaba en la lejanía como si fuera una faja de plata.

“Qué sitio tan agradable -pensaba el filósofo mientras contemplaba aquel panorama-. Cómo me gustaría vivir aquí, pasar el tiempo pescando en el río o en esos estanques y lagos tan azules, o cazando en el bosque vecino o en la pradera, donde es probable que abunden las perdices. ¡Qué bonitos huertos! Cómo disfrutaría dedicándome a recoger frutos, secarlos y preparar aguardiente, pues no tengo dudas de que sería muchísimo mejor que el que venden en las tabernas… Y sin embargo tengo la obligación de hacer lo imposible para escaparme de aquí cuanto antes…”

Mientras se entretenía con estos pensamientos, su mirada se fijo en un sendero que había más allá de la cerca, escondido entre los matorrales que la rodeaban. Se dirigió hasta allí con mucha cautela, saltó la cerca y empezó a andar como si fuese de paseo, pero con el propósito de llegar hasta las primeras casas del poblado. Y sólo dio unos pocos cuando sintió que caía sobre sus hombros una pesada mano; al volverse vio que era el viejo kozako que había llorado en la taberna porque era huérfano.

-Estás en un gran error, señor filósofo, si piensas que vas a poder huir de aquí. Nosotros nos encargaremos de impedirlo. Además todos los caminos están vigilados. Regresa a la casa y anda a saludar a nuestro amo, que te está esperando.

-De acuerdo –contestó Jomá Brut resignado-. Llévame allá y con mucho gusto lo saludaré.
Acompañado por el kozako, entró en una estancia en cuyo centro había una tosca mesa y varias sillas. Allí estaba sentado el centurión, con los codos sobre la mesa y la cabeza apoyada en las manos. Se le veía muy triste y abatido. Tendría alrededor de cincuenta años, pero se habría podido calcular muchos más; la profunda tristeza que reflejaba su palidez era un claro anuncio que para él se habían acabado las diversiones. Cuando los dos visitantes entraron en la habitación, el centurión alzó la cabeza, se levantó y correspondió con un breve saludo a las corteses reverencias del filósofo y del kozako.

-¿Quién eres tú, de dónde vienes, cuál es tu profesión, buen hombre? -preguntó con amabilidad el centurión.

-Soy un seminarista de Kyiv y me llamo Jomá Brut.

-¿Quién es tu padre?
-No lo sé, excelentísimo señor.
-¿Y tu madre?
-También lo ignoro, excelencia; tampoco sé su nombre aunque lógicamente tendría que llamarse de algún modo.

El viejo centurión se quedó un momento pensativo, y después preguntó:

-¿Dónde y cuándo conociste a mi hija?
-No la conozco, no hablé nunca con ella, ni con ninguna de esta aldea, y si he de decirle la verdad, y sin intención de ofenderle, le aseguro que tampoco está entre mis deseos conocerla.

-Entonces, ¿qué explicación puede haber para que mi hija, antes que a cualquier otro, te nombrara precisamente a ti para rezar ante su ataúd?

-No existe la más mínima explicación -contestó el joven filósofo encogiéndose de hombros-. Sin embargo, tengo entendido que es normal que las personas de elevada alcurnia sean bastante caprichosas y que algunos de sus deseos sean a veces tan difíciles de explicar. El proverbio dice: “A tus amos les debes obediencia”, y yo estoy dispuesto a obedecer sin más comentarios ni explicaciones.

-Señor filósofo -dijo el centurión levantando la voz-, creo que no dices la verdad.

-Le juro, excelencia, que no miento.
-¡Ah, si mi hija no hubiera muerto tan pronto…! Con tiempo ella podría haberme explicado todo, pero no tuvo tiempo. Sólo pudo decirme con apagada voz de agonizante: “Haz que busquen en Kyiv a un seminarista llamado Jomá Brut. Él es quien debe rezar ante mi ataúd durante tres días y tres noches y rogar por el eterno descanso de mi alma.” Y agregó: “Él es el único que conoce mi pecado.” Y acto seguido mi querida palomita dejó de existir. Esta es la causa de que no pueda hasta ahora entender lo que me quiso decir con esas sus últimas palabras. ¿Será, acaso, buen hombre, que tú eres famoso por tus buenas obras y por tu piedad, y ella las conocía?

-¿Quién? ¿Yo? -exclamó sorprendido el seminarista-. ¿Yo, un santo? Si precisamente hace pocas horas he cometido un gran pecado al comer dulces en las vísperas del Jueves Santo. Sólo soy un miserable pecador…

-Pues aún lo comprendo menos… Pero sea como sea, deberás cumplir al pie de la letra la última voluntad de mi pobre hija. Prepárate para cumplir tu tarea y satisfacerla.

-Excelencia, si me lo permite, voy a hacer una objeción -repuso el filósofo-. Es evidente de que cualquiera que sepa leer es capaz de cumplir fielmente esos deseos. Pero pienso que sería más conveniente que esta misión la llevase a cabo un sacerdote, o al menos un diácono, pero no un simple seminarista como yo. Ellos están preparados para cumplir con esos oficios. Además, por otra parte, yo tengo muy mala voz y mi aspecto…

-Podrás decir lo que quieras y hasta es posible que tengas razón, pero es obligatorio que cumplas la última voluntad de mi desdichada hija. Si la cumples exacta y escrupulosamente, te daré una espléndida recompensa, pero si te lo haces mal o con desgana, tendrás que sufrir las consecuencias de tus actos. Te aconsejo que no me desobedezcas.

Estas últimas palabras las dijo en un tono que el infeliz seminarista comprendió muy bien.

-¡Vamos! -exclamó el centurión.
Entraron en la cámara mortuoria, pero antes, Jomá Brut se detuvo un momento para sonarse con su colorido pañuelo, y después siguió adelante con firme resolución. El aposento estaba bellamente adornado con un tapiz chino de color carmesí. Debajo de los iconos, en un rincón, estaba el cadáver, cubierto con terciopelo azul bordado de oro. Cuatro antorchas cuya luz se confundía con la del sol alumbraban su rostro. Al principio el joven filósofo no logró ver su cara porque el padre estaba inclinado sobre ella. El viejo centurión, como si su hija pudiera oírle, le dijo:

-Por mucho que sienta tu muerte, mi querida palomita, más doloroso me resulta no saber quién ha sido el culpable, quién es el que ha truncado tu vida justo en el momento en que deberías comenzar a disfrutar de tu juventud y conocer las delicias que tendrías. Si supiera quién es el autor de tan miserable villanía, te aseguro que nunca más volvería a ver a sus padres ni a sus hijos: ordenaría su muerte y haría arrojar su cadáver en medio del campo para que se lo comieran los buitres y los perros. ¡Cómo me duele y me atormenta pensar que mientras yo soportaré lo que me queda de vida llorando con desesperación hasta perder la vista, mi enemigo disfrutará de la vida y se burlará de mi infortunio!

Luego calló, ahogándose su voz en conmovedores sollozos que enternecían a los que lo rodeaban. Después de un largo silencio, el filosofo tosió como preparando la voz, y el viejo centurión le indicó el sitio en el debería estar, en la cabecera del túmulo, donde ya estaba instalado un atril con varios libros.

“Bueno -pensó el filósofo, resignándose-, tres días pasarán en seguida, y quizá recibiré unas cuantas monedas de oro.”

Volvió a toser, y situándose frente al atril, comenzó la lectura sagrada sin preocuparse de lo que pudiera suceder en torno suyo y menos aún de la difunta. Al poco tiempo el padre salió del aposento, y el filósofo aprovechó el momento para dejar el libro y mirar el rostro de la muerta.

Una horrible impresión le estremeció: delante de él yacía una mujer de una deslumbrante belleza, una belleza como nunca habría podido imaginar que existiera. La muchacha yacía como si estuviera viva. La muerte no había desfigurado los finos trazos de su rostro. Su cutis era lozano y blanco como la nieve, y sus cejas, negras como la noche, estaban suavemente delineadas sobre sus ojos cerrados. Sus finas y largas pestañas se inclinaban sobre sus pómulos y se hubiese dicho que ocultaban indefinibles anhelos. Incluso sus labios conservaban todavía el color del rubí; parecía que quisieran sonreír, que prometiesen una inefable felicidad.

Sin embargo, algo extraño e inexplicable se notaba en aquel rostro. Era algo que atravesaba el corazón como una flecha, algo que hería en lo más profundo del alma, que producía la misma sensación que si de repente alguien entonara en una alegre fiesta un canto fúnebre. De repente creyó reconocer a esa mujer tan bella; pero, ¿dónde y cuándo la había visto?

“¡Ah!… –casi grito el filósofo, palideciendo-. ¡Es la bruja…!

Y temblando de pies a cabeza empezó a recitar sus oraciones.
Ya no le cabía la menor duda. Tenía ante él a la bruja, y además fue él quien la mató al golpearla tan fuerte con el leño. Al atardecer se llevaron el cadáver a la iglesia. El filósofo tuvo que agregarse al cortejo fúnebre, siendo de los que llevaban a hombros el ataúd cubierto de terciopelo y con cintas negras. Delante de él iba el centurión, quien también ayudaba a llevar a su querida hija a su última morada. La iglesia, toda de madera, se veía en un estado ruinoso, a pesar de que para esta ocasión la habían recubierto de musgo y ramas verdes; el triste edificio estaba en las afueras del poblado y elevaba hacía el cielo sus tres cúpulas.

Debido a su total abandono, hacía ya mucho tiempo que no se oficiaba en ella, pero ahora todos los altares estaban alumbrados con cirios. El féretro fue colocado en el centro de la nave, delante del altar mayor. El centurión se arrodilló devotamente y durante un tiempo estuvo rezando; luego besó la fría frente de su hija y salió del templo con toda la servidumbre, habiendo previamente encargado al mayordomo que el filósofo fuera bien atendido y que después de la cena se le volviera a llevar al lado del féretro.

Al llegar a la casa, todos los criados pusieron las manos sobre la estufa, siguiendo la antigua tradición de los ucranianos cuando han visto a un muerto. El feroz apetito que tenía el filósofo le permitió olvidar durante un largo tiempo todo lo referente al entierro, incluso la insoslayable obligación de tener que pasar tres noches seguidas en la iglesia. La servidumbre no tardó en reunirse en la cocina, que en la casa del centurión era como si fuese el aposento principal, como un centro en el que sobre todo a la hora de comer se reunían todos los habitantes de la finca, incluyendo incluso a los perros, que iban a la caza de huesos y mendrugos.

Siempre que un nuevo personaje entraba o salía de la finca, no podía faltar la obligada visita a la cocina, pues era el sitio más adecuado para conversar un rato, enterarse de alguna novedad, fumar una pipa y descansar en un banco. Los criados solteros, la mayoría de ellos kozakos, pasaban en la cocina todo el tiempo que podían, ya fuera echados sobre los bancos, y a veces también debajo, o en cualquier otro sitio en donde pudieran dormir a pierna suelta sin que nadie los molestara.

Todos eran muy despreocupados y solían olvidar algo en la cocina: el gorro, el látigo, o bien el perro que les seguía. Pero cuando la cocina estaba más concurrida era a la hora de la cena. Entonces aparecían, además de los habituales, todos los que debido a sus ocupaciones, como cocheros, pastores, etc., no podían acudir durante el día a conversar. Era en esas reuniones cuando más se soltaban los ánimos, e incluso los más serios y taciturnos se mostraban locuaces y comunicativos. Casi siempre el tema giraba sobre lo más trivial de la vida: el abrigo que se había comprado Fulano, el gorro que había perdido Mengano, y otros chismes similares.

Pero también alguna vez les daba por temas de más serios, como, por ejemplo, sobre lo que hay debajo de la tierra, o sobre la temporada en la que aparecen los lobos, etc. Todas las conversaciones eran alegradas con bromas y juegos de palabras, a las que la lengua ucraniana se presta de un modo tan admirable.

Jomá Brut se sentó con los demás alrededor de la mesa que, por ser verano, la habían situado al aire libre, enfrente de la puerta de la cocina. Al rato llegó una mujer con la cabeza cubierta con un pañuelo rojo, llevando una enorme cazuela que la puso en medio de la mesa. De inmediato, por turno, cada quien sacaba del bolsillo una cuchara de madera o unos palillos, y se servía lo que se le antojaba. Satisfecho el hambre, comenzó la conversación de todas las noches, que esta vez como es de suponer, se dedicó a la difunta hija del amo.

-Pero, ¿es verdad que la señorita se relacionaba con el mismísimo diablo en persona? -preguntó un pastor que llevaba un camisón tan profusamente adornado con medallas y botones que parecía un tenderete de chucherías.

-¿De quién hablas? ¡Ah, de la hija del amo! -dijo Doroch, un kozako ya conocido por el filósofo-. Pues sí, era una bruja de carne y hueso, puedo jurarlo.

-Vamos, hombre; no te pongas a decir tonterías –contestó un kozako que acostumbraba suavizar las situaciones tirantes-. Además, este no es un asunto nuestro y no debemos meternos en lo que no nos importa.

Pero Doroch tenía ganas de hablar y no quiso darse por vencido, sobre todo por haber estado en la bodega, acompañando al que tenía las llaves, y haber probado el contenido de varias cubas.

-¿Cómo van a ser tonterías si yo mismo le serví de cabalgadura en muchas ocasiones. ¡Juro que es cierto!

-Dime –volvió a preguntar el pastor, que estaba muy interesado en el tema-, ¿hay alguna señal que permita saber si alguien es o no es una bruja?

-Ninguna, y cualquier cosa que se haga es inútil; ni las oraciones sirven.

-Estás equivocado, amigo mío -dijo el que siempre quería calmar los ánimos-. Hay ciertos sabios, a quienes Dios les ha concebido especiales dotes de inteligencia, que han dicho que las brujas se distinguen porque tienen un pequeño rabo.

-Para mí, todas las mujeres viejas son brujas -dijo un kozako.

-¡Idiota! -gritó la vieja que en aquel momento ponía otra cazuela sobre la mesa.
El viejo kozako llamado Yavtuj y apodado Plica, sonrió satisfecho al ver que había herido la vanidad de aquella mujer. El pastor, celebrando la broma, soltó una carcajada tan estruendosa que pareció el mugido de cualquiera de sus vacas.

La conversación le interesó a Jomá Brut, y le preguntó al kozako que tenía al lado:

-Me gustaría saber por qué sospechan que la señorita era una bruja. ¿Alguna vez le hizo daño a alguien?
-De todo hubo en su vida –le contestó uno que tenía la cara tan aplastada que parecía una pala-. Nadie se ha olvidado de lo que le ocurrió al pobre Mikita.

-¿Qué le ocurrió? -preguntó el filósofo.

-Espera, yo te lo contaré -exclamó Doroch.
-No, no, lo contaré yo –intervino uno que se llamaba Spirid.
-¡Bien, bien, que sea Spirid el encargado de contarlo! –aprobaron todos.
-Tú, señor filósofo -comenzó diciendo Spirid.-, probablemente no has conocido a nuestro Mikita. ¡Qué hombre era Mikita! Era el encargado de cuidar los perros de caza. En eso era un maestro; conocía a sus perros mejor que a su mismo padre. El que después ocupó su puesto, Nicolás, ese que está allí sentado, no vale absolutamente nada comparado con él. Sí, es verdad que algo sabe, pero no le llega a Mikita ni a la suela de sus zapatos.

-Empiezas bien, Spirid -interrumpió Doroch, aprobando con la cabeza.
-Mikita -continuó Spirid-, descubría a las liebres en menos tiempo que el necesario para encender una pipa.
Lanzaba al caballo y gritando “¡eh, “Valiente!” o “¡aquí, “Veloz”!, las alcanzaba siempre en un instante.
-¡Y qué buen bebedor era! Se bebía una cubeta de un solo trago.
-Pero en un día comenzó a mirar a la señorita de una manera especial. No se sabe si él fue quien de forma natural se enamoró de ella, o si fue ella la que lo embrujó valiéndose de diabólicas artes. Lo cierto es que de un día para otro, Mikita sólo vivía para ella, sólo pensaba en ella, y estaba tan loco que daba pena.

-¿Y qué pasó? -preguntó Doroch, impaciente.
-Espérate, hombre -continuó Spirid-. Siempre que la señorita le miraba, parecía un verdadero pelele. Las riendas de los caballos se le caían de la mano, se equivocaba de nombre al llamar a los perros, y ya ni podía montar bien a caballo. Un día que estaba en la cuadra limando los cascos de los caballos, la señorita se le acercó y le dijo:

-Mikita, permíteme poner mi piececito sobre tu cabeza.
-No sólo un pie, señorita –le respondió feliz y aún arrodillado-, si se sube sobre mis hombros seré el hombres más feliz del mundo.

Entonces ella se le subió a los hombros, y apenas él pudo ver sus pies, pequeñitos, bien torneados y blancos, ya estaba embrujado.

Con cada mano agarró las piernas desnudas de la joven, se levantó y de inmediato se sintió transformado en caballo. Sin poder hacer nada por evitarlo, salió corriendo al campo y tardó bastante tiempo en regresar.

Nadie sabe dónde estuvieron ni qué hicieron, y ni el mismo Mikita pudo explicarlo. Lo único que se sabe es que volvió cansadísimo y con los ánimos por los suelos. Desde entonces comenzó a adelgazar y quedó como una espátula. Un día entraron en el establo varios de nuestros compañeros buscándolo, y no lo encontraron.

En lugar del desgraciado Mikita, encontraron un montón de cenizas y un cubo de agua. Así desapareció el pobre… ¡Y qué hombre que era! Al terminar Spirid la historia, todos se pusieron a comentar el suceso y pusieron a Mikita por las nubes, alabando cada uno de sus méritos.

-¿Y no has oído hablar de lo que le pasó a una tal Chepchija? –le preguntó Doroch a Jomá Brut.
-No, nunca.
-Ya veo que en el seminario no les enseñan gran cosa. Bueno, te lo contaré yo. En nuestra aldea vive un kozako llamado Cheptun; es un buen kozako, a pesar de que tiene la mala costumbre de robar y de mentir sin razón alguna. Vive muy cerca de aquí. Bien, pues una vez nuestro buen kozako se sentó a cenar con su mujer, la Chepchija, como la llamaban todos. Al terminar fueron a acostarse, pero como era en pleno verano y hacía mucho calor, ella se quedó a dormir en el patio, y él se tumbó en un banco, dentro de la casa… No, no; fue al revés: ella en la casa y él en el patio.

-Tampoco fue así -dijo entonces la cocinera-. Chepchija no se acostó en un banco; se acostó en el suelo.

Y al decir esto se paró, mirándolos con aire triunfal a todos.
Doroch le dirigió una despectiva mirada, y le dijo:
-No seguirás en esta postura cuando te levante las faldas para darte unos buenos azotes.
Su amenaza surtió efecto, pues la vieja no volvió a abrir la boca en toda la noche, dejando a Doroch seguir con su relato.

-En la cuna que colgaba en el centro de la habitación había un niño de un año. No sé si era un niño o una niña, pero eso es lo de menos. La Chepchija se despertó a medianoche y creyó escuchar algo como si fueran los aullidos de un perro y también como si rascara con las uñas la puerta de la casa. Se asustó mucho, pues era tonta de remate, como todas las mujeres, pero se armó de valor y dijo: “Me levantaré, abriré la puerta y le pegaré un palazo…” Y cogió un palo, abrió la puerta y ya le iba a arrear un golpe al perro, cuando éste la esquivó y de un salto se metió dentro de la cuna. Al darse la vuelta, Chepchija se quedó más pálida que un muerto. En lugar del perro, vio delante de ella a la señorita. Y no habría sido tan horrible si la señorita se le hubiera presentado en su forma natural, tal como nosotros la veíamos. Su rostro era de un color azulado, casi negro, y sus ojos despedían chispas. De inmediato se lanzó sobre el niño, lo sacó de la cuna, le clavó sus dientes de loba en la garganta, y se puso a chuparle la sangre…

Chepchija lanzó un grito desgarrador y quiso huir para pedir auxilio, pero la puerta estaba cerrada. A la pobre no se le ocurrió otra cosa que subir las escaleras hasta la buhardilla, y se encerró allí, llorando a mares. Poco después la bruja entró en la buhardilla y empezó a morderla y arañarla. Cuando clareó el día, el marido regresó y la encontró totalmente desangrada, y en que estado se hallaría que al día siguiente murió.

Ya ves, señor filósofo, qué cosas pasan en nuestro pueblo. No está bien que te contemos estas cosas de nuestros amos, pero tampoco estaría bien que calláramos la verdad.

Y sonriendo, miró orgulloso a todos y encendió con parsimonia su pipa.
Sin perder un segundo, todos comenzaron a hablar del suceso, cambiando detalles y añadiendo otras; uno aseguraba haber visto a la bruja acercándose a su casa y esconderse convertida en un haz de heno; otro que decía que un día le robó una pipa o un gorro; otro que juraba que sabía de muchos casos en que la bruja les había cortado las trenzas a las muchachas, o les chupó la sangre hasta dejarlas medio muertas. Después de tanto hablar, alguno comentó que ya era muy tarde y todos comprendieron que había llegado la hora de acostarse y dormir. Unos se acomodaron en la cocina, otros en el granero o en el patio…

-Nosotros, señor filósofo, tenemos que acompañarte hasta la iglesia.

Y los cuatro, es decir, el kozako interesado en las brujas, Doroch, Spirid y el seminarista, salieron rumbo a la iglesia, y en el camino tuvieron que asustar a muchos perros que intentaron atacarles.

Jomá Brut, a pesar de sentirse ligeramente animado gracias a unos cuantos tragos de aguardiente que había tomado, notaba que aumentaba su nerviosismo a medida que se acercaban a la iglesia, por cuyas ventanas se lograba ver la débil luz de los cirios. Los relatos que había escuchado durante la cena lo pusieron aún más nervioso y estaba ahora muerto de miedo. No tardaron en llegar a un paraje en que el bosque era más claro, y detrás de la empalizada se veía a la vieja iglesia completa. Jomá Brut se despidió de los kozakos, quienes le preguntaron si la cena no le había resultado muy pesada, le desearon buenas noches y se fueron después de revisar que las puertas de la iglesia quedaran bien cerradas, tal como se les había ordenado. Cuando el filósofo se vio solo, lo primero que hizo fue bostezar, después toser y, antes de empezar el compromiso que le habían impuesto, repasó otra vez el interior de la iglesia.

En el centro estaba el féretro, cubierto de paños negros; al lado había unos cirios que iluminaban tenuemente los iconos cercanos y dejaban al resto de la nave en la más completa oscuridad. Las ennegrecidas paredes demostraban claramente la vejez del templo. Los marcos de los altares y de las hornacinas de los iconos estaban rotos o agrietados, y ya no tenían el primitivo brillo. También las imágenes estaban desfiguradas, y parecía que miraban con tristeza la ruina que había a su alrededor.

“Nada de lo que hay aquí es capaz de aterrorizarme -se dijo el filósofo, intentando vencer el susto y darse ánimos-. De afuera nadie puede venir a molestarme, pues las puertas están cerradas de forma totalmente segura, y en cuanto a los espíritus, me defenderé de ellos con oraciones que les ahuyentarán si tratan de hacerme algún daño.”

Al acercarse al féretro vio que en una mesita lateral había muchos cirios.

“Me vendrán muy bien -pensó. Los encenderé, y así me quedaré aún más tranquilo. Lo único que siento es que en la iglesia no se pueda fumar.”

Encendió los cirios y los distribuyó por todos los rincones y en especial junto a las imágenes sagradas; en un dos por tres, la iglesia quedó totalmente iluminada. Sin embargo, en la parte alta, en vez de disminuir la oscuridad, se sentía más densa, y daba la impresión de que los santos mirasen con más gravedad desde sus viejas hornacinas. Una vez más se acercó al ataúd para contemplar el rostro de la difunta, pero retrocedió y cerró los ojos pues aquella hermosura le fascinaba. Pero una fuerza misteriosa le obligó a abrirlos y, venciendo sus temores, volver a contemplar aquel rostro de sobrenatural belleza. Un nuevo estremecimiento, esta vez más profundo, volvió a recorrer su cuerpo. En aquel rostro no se veía nada que fuera propio de un cadáver: ni la más pequeña mancha, ni la más leve deformación. Y aunque tuviera los ojos cerrados, daba la impresión de que lo estaban mirando… Por un instante se imaginó ver que una lágrima brillando en el ojo izquierdo, detenida por las largas pestañas. Y, en efecto, era una lágrima, que después, al deslizársele por la mejilla, se transformó en una gota de sangre.

Aterrorizado, retrocedió unos pasos, agarró rápidamente el libro de plegarias y comenzó a leer en voz muy alta, casi gritando. El eco de las sagradas palabras era lo único que resonaba en aquel recinto en el que durante tanto tiempo había reinado el silencio. Su propia voz le sorprendía. Al mismo tiempo pensaba, intentando darse ánimos:

“¿Por qué razón debo tener miedo? A ella le es imposible levantarse, puesto que los textos sagrados que recito se lo impiden. Descanse en paz. Y luego, ¿no soy yo también un kozako? Sin duda esas extrañas cosas que se me presentan se deben a que he bebido más de la cuenta.”

Ya más tranquilo, llegó a la conclusión de que si estaba prohibido fumar en la iglesia, no lo estaba disfrutar del rapé. “¡Qué buen tabaco es éste” -se dijo tras un estornudo. Y siguió leyendo pero sin lograr tranquilizarse del todo. Algunas veces miraba de soslayo el féretro pensando, por sus temerosos presentimientos, que la muerta no solo era capaz de levantarse, sino hasta de salir del ataúd. Pero el silencio era total, la difunta seguía inmóvil y los cirios iluminaban la iglesia. A pesar de todo, no podía liberarse de aquel misterioso temor.

Para tranquilizarse empezó a cantar en voz alta los textos sagrados, pero sin dejar de mirar alguna que otra vez el féretro, como si se preguntase cuándo iba a suceder lo que temía, y pensando en la forma en que podría defenderse. Algunas veces interrumpía el rezo y quedaba todo en silencio, pero no había el menor ruido que turbase el silencio. No se escuchaba el correr de las ratas, ni cantaban los grillos, ni el roer de la carcoma en la madera. Lo único que se oía era el continuo gotear de la cera cayendo de los cirios.

“Pero estoy seguro que se levantará…” -pensó Jomá Brut.
Y en ese mismo instante vio horrorizado cómo la muerta levantaba la cabeza. Al seminarista los ojos se le salían de las órbitas, se los restregó, después se los limpió con un pañuelo, pero la visión, en lugar de desvanecerse, era cada vez más terriblemente real. Acto seguido, la muerta se incorporó del todo, salto del ataúd y con rígida solemnidad se puso a caminar con los brazos abiertos, como si fuera a agarrar a alguna persona invisible. Un instante después comenzó a dirigirse hacia él…

El seminarista, temblando de puro miedo, trazó con los dedos un gran círculo sobre el polvo y empezó a decir oraciones que le había enseñado un monje que durante toda su vida estuvo dedicado a ahuyentar espíritus malignos y derrotar a brujas. La difunta llegó hasta el borde del círculo pero, para alivio del seminarista, le resultaba imposible traspasarlo. Por más intentos que realizaba, era evidente que sus esfuerzos eran inútiles.

Incluso Joma tuvo la impresión de que con sus intentos de agarrarlo, el rostro de la difunta se oscurecía, y empezaba a adquirir la apariencia de que llevaba ya muchos días muerta. Su aspecto era cada vez más horrible; abrió desmesuradamente la boca, enseñando sus espantosos dientes, y luego movió los ojos, pero resultaba evidente que sus ojos no veían, que estaban muertos, y finalmente, después de amenazarlo con un dedo, regresó al féretro y se tendió en él. Apenas el filósofo había logrado tranquilizarse, cuando vio que el ataúd se elevaba por sí solo y, con un espantoso silbido, de puso a volar a lo largo y ancho de la iglesia, produciendo un viento huracanado. Varias veces se dirigió hacia él como un bólido, pero siempre se detenía al llegar al círculo sagrado con que Jomá Brut estaba protegido. Sabiéndose seguro, el filósofo siguió rezando.

Después de dar algunas vueltas más, el ataúd regresó a su lugar; ahora el rostro de la muerta tenía una extremada lividez y había adquirido un repugnante tinte verdoso. Y en ese momento se oyó el lejano canto de un gallo, y el paño negro cayó violentamente sobre aquel cuerpo diabólico, cubriéndolo en su totalidad. El corazón de Jomá Brut latía con fuerza y un frío sudor caía de su frente; sin embargo, el canto del gallo le dio ánimos, y decidió continuar rezando hasta que amaneciera totalmente. Cuando asomaron los primeros rayos de la aurora, se abrieron las puertas de la iglesia y entraron a reemplazarle el sacristán y su ayudante, el viejo Javtuj.

Ya en la finca, el filósofo se tendió sobre una cama, pero le costó mucho conciliar el sueño. Sin embargo, rendido de cansancio y nervios, se durmió hasta la hora de comer, quedándose con la impresión de que todo lo que había visto durante la noche no había sido más que una terrible pesadilla. Para ayudarlo a recobrar totalmente sus fuerzas, le sirvieron un vaso de aguardiente, y al sentarse a la mesa tenía tan grande apetito que se comió casi un lechón entero. A pesar de que varias veces los kozakos le hicieron preguntas sobre cómo había pasado la noche, no dijo una palabra de cuanto había sucedido y solo con medias palabras les reveló que había advertido algo raro. El seminarista era uno de esos individuos que cuando tienen el estómago lleno se muestran de lo más eufóricos y optimistas. Se había quedado cómodamente recostado en el banco de la cocina, fumando su pipa y escupiendo a menudo sobre el suelo.

Después se fue a dar un paseo por la aldea, y se hizo amigo del primero que encontró, y tanta era su euforia, que de una casa tuvieron que echarlo y en otra una muchacha le dio unas buenas bofetadas por haber insistido en exceso en saber la calidad de la tela de la blusa. Pero a medida que la noche se iba acercando, el optimismo y la euforia de Jomá Brut aumentaba a galope tendido. Antes de la hora de cenar, la servidumbre solía reunirse en el patio trasero y distraerse con varios juegos, uno de los cuales consistía en que después de competir arrojando palos, el vencedor, el que los lanzaba más lejos, montaba sobre los hombros del vencido, quien debía llevarlo a cuestas como si fuera un caballo.

Este juego era muy divertido, sobre todo para los espectadores, y aún más divertido cuando le tocaba al gordinflón del cochero cabalgar sobre el flaquísimo pastor, quien apenas podía sostener a su voluminoso jinete. Otras veces era Doroch quien se subía a los hombros del gordinflón, y parecía un buey. Los criados de más campanillas contemplaban el espectáculo desde la puerta de la cocina y se mostraban impasibles cuando todos los espectadores se reían a mandíbula suelta por haberse caído alguien al suelo, o por haber soltado Spirid una de sus palabrotas. El filósofo se negó terminantemente a participar en aquel juego. Un solo pensamiento le obsesionaba y, sin que pudiera hacer nada por evitarlo, no dejaba de torturarle. Ni siquiera en el transcurso de la cena logró vencer o reducir el creciente temor, y la preocupación lo iba invadiendo a medida que la noche seguía su curso.

-Bueno -le dijo al fin un kozako-, ya comienza a ser hora de irnos. Doroch y yo iremos contigo a la iglesia.

Acompañaron al seminarista hasta la iglesia, y lo encerraron como en la noche anterior. Cuando se sintió solo, un espantoso terror se apoderó de él. Examinó todo lo que ya antes había visto; el féretro en el centro de la iglesia, las tristes imágenes de los santos, los oscuros rincones sumidos en un silencio profundo y sepulcral…

“Bien -pensaba, tratando de tranquilizarse-, como todo esto ya lo he visto una vez, supongo que la segunda me sorprenderá menos que la primera. Es muy posible que a fuerza de acostumbrarse llegue uno a perder el miedo.”

Abrió el libro y se puso a leer, no sin antes encerrarse en el círculo mágico para protegerse del poder de las tinieblas. Estaba decidido a continuar rezando, sin prestar atención a cuanto pudiera suceder en torno suyo.

Durante una hora entera fue lo único que hizo. Después comenzó a sentirse cansado. Constantemente tosía para aclararse la voz. Queriendo agarrar un poco de rapé, se sacó la tabaquera del bolsillo y, sin darse cuenta, miró hacia el ataúd. En ese instante su cuerpo fue bañado por un frío sudor, y su corazón casi dejó de latir. El cadáver estaba ya frente al círculo mágico y lo estaba mirando con sus ojos vidriosos. No atreviéndose a moverse, el joven filósofo volvió la vista al libro y reanudó la sagrada lectura recitando al mismo tiempo varias oraciones contra las brujas. Mientras rezaba, oía el ruido que hacían los dientes del infernal monstruo al temblar de rabia, y se imaginaba los movimientos que estaría haciendo para atraparlo.

Pero al mirarle de refilón, se calmó al comprobar que la muerta lo buscaba por otro sitio, ya que el círculo mágico lo convertía en invisible para la bruja…

El cadáver, enfurecido, rugía sin cesar y gruñía palabras ininteligibles que producían un ruido como el del alquitrán en ebullición. A pesar de no poder comprender el significado exacto de las palabras, sabía que contenían amenazas terribles y que la bruja invocaba a seres extraños. En seguida, como resultado de aquellas palabras, la iglesia fue invadida por un gran torbellino, parecido al que causaría una bandada de aves persiguiéndose. Jomá Brut vio cómo muchos de aquellos diabólicos monstruos chocaban contra los cristales de las ventanas, mientras otros arañaban las paredes queriendo entrar en la iglesia, pero hasta ese momento no lo habían logrado. El filósofo cerró los ojos y continuo rezando sin detenerse, hasta que oyó en la lejanía el aleteo de un gallo y al poco rato su sonoro canto matutino. Jomá Brut interrumpió sus rezos y dio un suspiro de alivio.

Los que fueron a buscarle aquella mañana lo encontraron medio muerto, apoyado contra un muro y la mirada llena de miedo. Lo levantaron y agarrándolo por las axilas lo ayudaron a caminar pues apenas lograba mantenerse en pie. Al llegar a la finca pidió una copa de aguardiente, se lo bebió de un trago y después de arreglarse con la mano el cabello en desorden, miró a todos y dijo:

-Es horrible que en nuestra tierra sucedan este tipo de cosas. Hasta es posible que… –y haciendo una mueca de desesperación dejó la frase sin concluir.

Todos los que lo rodeaban lo miraban sorprendidos y escuchaban sus palabras con temor. Incluso un infeliz muchacho a quien los kozakos lo mandaban a realizar toda clase de faenas para ahorrarse ellos la molestia de hacerlas, lo miraba atónito.

Pasó entonces cerca de ellos una mujer aún joven que siempre iba vestida con unas ropas tan ceñidas y una falda tan estrecha que eran una constante provocación para todos. Empeñosamente coqueta, solía adornarse los cabellos con los adornos más extravagantes, a veces, incluso, hasta se colocaba papelitos pintados en varios colores. Era la ayudante de la cocinera.

-Buenos días, Jomá –le dijo al filósofo, con una amable sonrisa, pero después, con una mueca de terror, le dijo-: Pero, ¿qué te ha ocurrido? Tienes los cabellos completamente blancos.

-¡Pues es verdad! –repitieron todos los presentes-. ¿Cómo es posible que no nos hubiéramos dado cuenta antes? Si tienes la cabeza igual a la del viejo Javtuj.

Al escuchar estos comentarios, el seminarista corrió a la cocina, donde había visto un espejo muy sucio y manchado por las moscas, pero adornado con una guirnalda de flores, demostración de que era el utilizado por la coqueta ayudante de la cocinera.

Al lograr verse en el destartalado espejo, se horrorizó al verse con los cabellos tan blancos como los de un anciano. Jomá Brut anonadado pensó: “Hasta aquí hemos llegado! Ahora mismo voy donde el centurión para decirle toda la verdad, y comunicarle que me niego rotundamente a continuar los rezos en la iglesia y que me envíe en ese mismo instante a Kyiv.” Y, sin volver a pensarlo, se dirigió casi a las carreras a la casa del centurión.

Lo encontró, igual que la vez anterior, sentado frente a la mesa, con la cabeza hundida entre las manos. Su aspecto era mucho más triste y deprimido, y estaba tan demacrado y pálido (sin duda por no comer nada durante aquellos días) que el seminarista se quedó muy impresionado.

Buenos días, señor filósofo -le dijo el centurión al verle aparecer y detenerse en la puerta con el gorro en la mano-. ¿Cómo te va tu trabajo? Supongo que lo cumples al pie de la letra.

-No sé cómo podría decirlo, excelencia, pero he visto allí tantas cosas…, cosas diabólicas…, que poco ha faltado para agarrar el gorro y salir corriendo de la iglesia.

-¿Qué estás diciendo?

-Es la pura verdad, señor. La hija de su excelencia era una… Por supuesto que analizando las cosas con lógica es preciso tener en cuenta que era de noble estirpe. Sin embargo…

-¡Termina de una vez! ¿Qué pretendes decirme?

-Pues por lo visto, resulta que tenía tratos con el mismísimo diablo… Y ésta es la razón de que se produzcan tan extraños fenómenos cuando leo ante su féretro los textos sagrados.

-Esto es un motivo más para que continúes leyendo. Ahora comprendo mejor porque mi querida palomita tenía tanta preocupación por la salvación de su alma.

-Como quiera su excelencia, pero yo ya no puedo aguantar más.

-¿Qué dices? Tú continuaras con la lectura tal como te lo he ordenado. Además, piensa en que ya sólo te queda una noche, y al rezar y leer los textos sagrados estás cumpliendo con tu deber de buen cristiano, y además recuerda que serás espléndidamente recompensado.

-Aunque me prometiera montañas de oro -contestó el seminarista en tono firme-, me negaría rotundamente a seguir leyendo y rezando en la iglesia.

Al oír esta respuesta el centurión contesto con mayor severidad:

-Mira, señor filósofo, jamás tolero que alguien me hable así. En el seminario quizá te estén permitidas estas faltas de respeto, pero aquí no. Puedes tener la seguridad de que si resuelvo castigarte lo haré mil veces mejor que el rector. ¿Conoces un látigo que tiene unas bolitas de cuero?

-Lo conozco señor, y sé que en grandes dosis no tiene nada de agradable.
-Lo que no sabes es que ese látigo lo manejan muchísimo mejor mis servidores que los del seminario -concluyó el centurión, con voz enfurecida-. Cuando mi gente lo emplea, después de una buena tanda recurren al aguardiente, y si el azotado aún se resiste, reanudan el trabajo hasta cantar victoria. Conque ve con Dios y acaba de cumplir con tu deber. Si no lo haces así, te aseguro que en tu vida volverás a dar un paso. Pero si cumples tu deber como es de ley, te daré mil monedas de oro.

“Esto sí que es hablar claro -pensó el seminarista al salir-. Está visto que este hombre no admite bromas. Pero yo no soy menos listo que él. Mis piernas correrán más que las de sus perros.”

Jomá Brut estaba decidido a huir, costase lo que costase. Para llevar a cabo sus planes, escogió la hora de la siesta, cuando los trabajadores y los criados están en el pajar o en las eras durmiendo a pierna suelta y roncando estruendosamente.

Cuando llegó la tan esperada hora, incluso el reverendo Javtuj se hallaba tumbado en un rincón y roncaba con igual entusiasmo que los demás. El seminarista aprovechó la ocasión para salir al jardín, pues sabía que desde allí le sería mucho más fácil escapar hacia el campo sin que nadie le viera. El jardín se hallaba en el abandono total. Lo cruzaba un único sendero que llegaba hasta un pajar y más allá empezaba una tupida vegetación con algunos árboles frutales, plantas de cereales de varias clases y plantas trepadoras que protegían con una especie de techo verde lo que llamaban el “jardín”. Este se encontraba rodeado por una empalizada y tras ella habían unos matorrales que nunca se habían molestado en levantar y ya no había guadaña que pudiera con ellos.

Cuando Jomá Brut se vio fuera de la empalizada, sintió que el corazón le latía con fuerza; temblaba y respiraba como una liebre que se ve libre del acoso de los perros. Además tenía la sensación de que las matas se le prendían de sus largos faldones impidiéndole todo movimiento. Cuando comenzaba a respirar con cierto sosiego, oyó que alguien le gritaba:

¡Eh, tú! ¿Adónde vas?

El seminarista se escondió entre los matojos y después echó a correr, tropezando con las plantas o con las raíces de los árboles, cayendo y levantándose y asustando en su huida a topos y a más de una alimaña.

Pasando los matorrales había un bosque en el que Jomá Brut creyó que estaría seguro. Según sus cálculos, al otro lado del bosque estaría el camino que lo llevaría a Kyiv. Con esa idea se internó en el bosque, donde abundaban las plantas espinosas, en las que fue dejando trozos de sus ropas como demostración de su osadía. Después llegó a un barranco de fondo arenoso por el que se deslizaba un arroyo de transparentes aguas, en cuyas orillas se bañaban las raíces de los álamos y de los sauces crecidos a los bordes. Agotado, se arrodilló al borde del cauce y bebió largamente. “Qué agua tan buena. Aquí descansaré un rato.”

Pero de inmediato desechó su propósito por considerarlo imprudente. “Es mejor que siga corriendo.”

Sin embargo, apenas se puso de pie vio frente a él al impasible Javtuj. “Vaya con este diablo; siempre me he de tropezar con él. Si pudiera te arrearía unas cuantas trompadas y te tiraría al agua, viejo maldito”, pensó, pero no se atrevió.

-Has dado un gran rodeo, señor filósofo -le dijo Javtuj-. Hubiera resultado mejor para ti venir por el camino por donde he venido yo para alcanzarte. Es mucho más corto y más cómodo, y no te habrías roto el vestido.

Mira. Qué lástima de pantalones… Y seguro que son de buen paño. ¿Cuánto pagaste por ellos?

Y sin esperar respuesta, prosiguió:
-Bueno, ya has dado un buen paseo. Ahora volvamos a casa.
Jomá Brut lo siguió rascándose la cabeza, pensativo, y muy contrariado, se dijo para sus adentros: “Ahora la maldita bruja querrá vengarse de mi -pero en el acto se envalentonó- Pero, ¿acaso no soy kozako? Si he pasado dos noches allí también me será posible pasar otra. Dios me ayudará. Pero seguro que esta maldita bruja ha maquinado mucho para tener a fuerzas diabólicas con ella.”

Aturdido por estos pensamientos, llegó al patio tras Javtuj. Allí encontró a Doroch, que por ser amigo del ama de llaves tenía fácil acceso a la bodega. El filósofo le pidió un poco de aguardiente, Doroch no se negó, y poco después, a la sombra de un almiar, habían bebido como beben los buenos kozakos.

Los efectos no se hicieron esperar. Jomá Brut se levantó y empezó a gritar:
-¡Eh, que vengan aquí los músicos! ¡Quiero que me traigan músicos!
Y sin esperar a que llegasen se puso a bailar y a saltar. Y continuó bailando hasta la hora de almorzar y todos los servidores acuden a la cocina. Al principio lo miraron sorprendidos, pero finalmente se cansaron de sus cabriolas y lo dejaron solo. Jomá Brut terminó cayéndose al suelo y durmiendo hasta la hora de la cena, momento en que lo despertaron arrojándole a la cabeza un cubo de agua fría. Durante la cena reincidió en la verborrea de antes, explicándoles a sus oyentes acerca de las cualidades de que debe estar dotado un buen kozako, y sobre todo encomió su valor, que no debe ceder ante nada ni ante nadie.

-Bueno, bueno –dijo, interrumpiéndolo, Javtuj-, ya está bien. Levantémonos, de la mesa, señor filósofo, que ha llegado la hora de volver a la iglesia.

“¡Ojalá reventaras, maldito viejo!”, pensó el seminarista. Pero se levantó dispuesto a seguirle.

-Está bien, vamos pues.
Salió del patio con Javtuj y Doroch. Durante el camino le consumía la inquietud, y trató de involucrarlos en una conversación, pero no le contestaban, o le decían unas veces que sí y otras que no, y la mayoría de veces ni sí ni no.

La noche era muy oscura. Se oía a lo lejos el aullar de los lobos, y el ladrido de los perros parecía más lúgubre que nunca; signo de mal agüero.

-No creo que esos aullidos sean de lobo; parecen de seres extraños -dijo Doroch.

Javtuj siguió callado y el seminarista no supo qué contestar.
Pronto llegaron a la iglesia, cuyas agrietadas bóvedas de madera demostraban lo poco que se había preocupado por la religión el propietario de la aldea. Como las dos noches anteriores, los dos kozakos se fueron, después de revisar las puertas, dejando solo al filósofo.

Dentro de la iglesia todo continuaba con el mismo aspecto lúgubre y misterioso, amenazador. Jomá Brut se detuvo un momento ante el ataúd del cadáver de la horrible bruja.

-Juro por Dios que esta vez no conseguirás asustarme – le dijo el seminarista en voz alta.

Y en cuanto hubo trazado el círculo mágico, como en las noches anteriores, empezó a recordar todas las oraciones que conocía para ahuyentar a los malos espíritus.

Reinaba un silencio sepulcral. Los cirios iluminaban la iglesia con tenue y temblorosa luz. Jomá Brut abrió el libro, y después de hojear varias páginas, inició la lectura. Pero poco después advirtió horrorizado que lo que leía no era lo mismo que decía el libro. Lleno de terror se puso a cantar, persignándose varias veces, con lo que consiguió tranquilizarse un poco y reanudar la lectura.

Había leído ya algunas páginas cuando de repente… ¡Horror!… ¡Un terrible estallido repercutió de un extremo a otro de la nave y la tapa de hierro del féretro saltó, levantándose en el acto el cadáver de la bruja! Su aspecto era todavía más espantoso que antes. Los dientes le castañeaban y sus repugnantes labios farfullaban horribles invocaciones. Dentro de la iglesia empezó a bramar un viento huracanado que derribó de sus hornacinas las imágenes de los santos, arrancó de sus jambas las ventanas, derribó las puertas, y centenares de diabólicos monstruos irrumpieron en el sagrado recinto. Con batir de alas, castañear los dientes y lanzando mandobles, todos se lanzaron contra el seminarista, a quien los efectos del alcohol desaparecieron en un instante. Se quedó inmovilizado del susto, boquiabierto, persignándose y balbuciendo sus más fervorosas alabanzas a Dios, mientras sentía cómo los infernales monstruos giraban en torno suyo, tocándole casi con sus alas y con sus repugnantes rabos.

No lograba verlos con claridad, pero consiguió notar que recostado a un muro había un monstruo de mayor tamaño que los demás, cubierto por una pelambrera larga, de un pelo duro como el alambre, debajo de la cual se veían dos terribles ojos que lanzaban miradas rabiosas, como tramando una venganza. Encima de él había como un globo erizado de garras que parecían tenazas o colas de escorpiones. Y todo, todos lo estaban buscando y no podían encontrarlo gracias al círculo mágico que lo rodeaba.

-¡Que llamen a Viy! ¡Mandad llamar a Viy! -gritaba furiosa la bruja muerta..

Inmediatamente reinó el silencio en la iglesia y sólo se oyó el lejano aullido de los lobos. Pero poco después resonaron los pasos de alguien que andaba pesadamente dentro de la iglesia. Al volverse el seminarista a mirar al sitio de donde llegaba el ruido de los pasos, vio a unos monstruos que conducían a un hombre muy bajo y muy robusto, que caminaba igual que un oso. Estaba totalmente cubierto de tierra negra, dejando sólo al descubierto sus pies y sus manos, semejantes a raíces de viejos árboles, y los pasos que daba parecían de un cojo. Tenía las cejas y las pestañas tan largas que casi las arrastraba por el suelo. Cuando Jomá Brut se fijó en su cara, vio que era de hierro.

Los monstruos lo llevaron hasta el sitio donde empezaba el círculo mágico.

-Levantadme las cejas y las pestañas, pues así no veo nada -gritó.

En el acto los monstruos le obedecieron.

El seminarista escuchó entonces una voz interior que le repetía sin cesar: “¡No lo mires! ¡No lo mires!” Pero el filósofo no pudo contenerse y lo miró…

-¡Ya lo veo, ya lo veo! ¡Está aquí! -rugió Viy con voz de trueno, mientras lo señalaba con un dedo de hierro.

Y toda aquella caterva de monstruos se precipitó sobre Jomá Brut. El infortunado muchacho rodó por los suelos y murió de terror…

¡Que llamen a Viy!

Pero en aquel preciso instante se escuchó en la iglesia el segundo canto del gallo, pues el primero nadie lo había oído. Los monstruos y todos los demás espíritus malignos se abalanzaron hacia las puertas y las ventanas de la iglesia para huir, pero fue demasiado tarde. No les alcanzó el tiempo para protegerse y quedaron apresados dentro de la iglesia..

Unas horas más tarde llegó un sacerdote: el horrible espectáculo que se ofreció a su vista lo dejó aterrorizado, y no atreviéndose a oficiar en el sagrado recinto pues había sido profanado por los espíritus infernales, se marchó rápidamente. La misteriosa iglesia quedo así: con los monstruos encerrados dentro de ella y sin que nadie se atreviese a acercarse. Con el tiempo los árboles, las hierbas y los arbustos lo cubrieron totalmente, con tal espesor de carrasca, de raíces y de matorros, que nunca más se encontró el camino que conducía a aquella iglesia.

Pronto llegó a la ciudad de Kyiv el rumor de este suceso, y lo escuchó el teólogo Khaliava, quien se quedó pensativo mucho tiempo, pero sin decir ni una sola palabra sobre la trágica muerte de su camarada. No obstante, su vida cambió de un modo radical, pues se convirtió en sacristán de la iglesia que tenía el más alto campanario de los alrededores. El puesto lo obtuvo al concluir brillantemente su carrera. La escalera del campanario era de madera y viejísima, por lo que a nadie le asombraba que algunas veces apareciese lleno de chinchones por haberse caído, según decía, por la escalera, pero…

Cierto día se encontró en la calle con Tiberi Gorobez, que en ese tiempo ya era filósofo y llevaba un bigote muy largo.

-¿Te enteraste de lo que le sucedió a nuestro compañero Jomá Brut? -preguntó Gorobez.

-Sí, así lo quiso Dios -repuso Khaliava, evadiendo una respuesta explicativa. Después de un instante agregó-:
Te propongo ir a la taberna y beberemos un trago en memoria suya.

El nuevo filósofo aprobó en seguida, y muy contento, demostrando que estaba dispuesto a disfrutar de sus nuevos privilegios, como se advertía muy bien por el estado de sus pantalones, de su levita y de su gorro, que despedían un fuerte tufo a tabaco y aguardiente.

-Nuestro compañero Jomá era una estupenda persona -dijo el sacristán, cuando el cojo tabernero le puso delante el tercer cubilete-. Sí, era un muchacho que prometía mucho… Su muerte fue muy tonta…

-Yo sé el secreto de porqué murió -dijo Tiberi-. Fue ni más ni menos por tener miedo. Si no hubiera demostrado que estaba asustadísimo, la bruja no habría podido hacer nada contra él. Lo que debió haber hecho era sólo rezar y escupirle en el rabo. Y te diré algo por experiencia propia: aquí, en el mercado, todas las mujeres son brujas…

El sacristán asintió con un leve movimiento de cabeza, pero después, al notar que poco a poco la lengua ya no le obedecía, se levantó pesadamente, y dando traspiés al andar se marchó de la taberna para ir a tumbarse y dormir entre los matorrales, sin olvidar, según tenía por costumbre, de meterse en el bolsillo un trozo de suela vieja que había visto en un banco de la taberna.


Artículo con la historia y análisis literario de esta obra

Зельц – Zelts ucraniano

El Zelts es un embutido de carne prensada en un molde y “adherida” en la gelatina que se obtiene de la cocción de ésta junto con los huesos (del cráneo).

El Zelts ucraniano es similar al “Sülze” alemán o la “Cabeza de Jabalí” en España. En Latinoamérica existe un embutido similar, llamado “Queso de Cabeza”, aunque no lleva lácteos, y “Head cheese” en EEUU.

Se prepara con carne de la cabeza del puerco y res, especies, así como tambien lengua, higado y otros subproductos. En algunos lugares se remueve el cerebro, los ojos y orejas, aunque en otras ocasiones no tiene siquiera cabeza, sino huesos y carne de las extremidades de varios animales (cerdo, res y pollo).

Se debe cocinar la cabeza del cerdo durante 3 a 6 horas, en ocasiones partida en pedazos fáciles de manipular y de los que se extrae luego la carne. Se le agrega cebolla finamente cortada.

El caldo es utilizado, tal y como se hace para el plato llamado “Jolodets” (enlace), formando un áspic o gelatina producido por pectinas que resultan de la cocción del cráneo del animal. Sólo que, a diferencia del Jolodets, en este plato se coloca una mezcla de carnes de distintos animales y diferentes carnes de éstos, en cubos y todo junto en un “paquete” cuyos espacios vacios son llenados por la gelatina proveniente de la cocción de los huesos con carne, que la adhiere (los huesos se descartan).

En Ucrania se conoce también como kovbyk, kendiuj o saltseson.

Procedimiento en general

La receta típica ucraniana es:

Se toma media cabeza de cerdo, sin cerebro, y se coloca en una olla con agua hasta el nivel de ésa, no más. Se agrega laurel (2 hojas, generalmente), cebolla (1), zanahoria y ajo. Sal al gusto.

Se pone a fuego alto hasta que comienza a hervir, y entonces se baja al mínimo para que se cueza durante al menos 5 ó 6 horas.

La cabeza se saca luego de las 6 horas de cocción, y se le remueve la piel y huesos. Únicamente se utiliza la carne, que ya en este punto se despegará del hueso.

Por otra parte, el caldo que quedó se cuela. Al hacer ésto se está eliminando la grasa y todas las verduras.

Foto

Se mezcla, con las manos, la carne con el caldo colado, en una especie de masa.

Esta masa se vierte dentro de una estameña (conocida también como “tela de queso”), se ata por un extremo, formando una bola, y se cuelga para que escurra el resto de líquido en un cuenco.

Al ya no caer gotas de líquido en el cuenco, se toma la “bola” de zelts y se coloca sobre una superficie dura, como una tabla. Se le coloca otra tabla encima, con un peso, que puede ser una olla con agua.

Esta presión hace que salga un poco más de líquido restante. Se deja unos momentos así, y luego de un rato ya deberá tener una consistencia dura.

Entonces se mete en el refigerador durante 24 horas.

Se saca, se le quita la estameña y se verá como un embutido con forma de cabeza de jabalí.


En algunos lugares se agregan dientes de ajo crudos y pelados a la mezcla de carnes, para que a la hora de cortar el zelts en rodajas, vaya un pedacito de ajo y adquiera un sabor especial.

Otra variante

El video al final de este artículo indica una variante de Zelts que involucra no sólo la cabeza, sino también visceras del cerdo, como corazón, bazo, carne, piel, la grasa del lomo, y el hígado. En cuanto a especias, se agrega tomillo y pimienta, además que se refuerza la consitencia gelatinosa adherente con gelatina sin sabor. En vez de estameña, en ese video utilizan el estómago del cerdo agujereado como recipiente para que tome forma de bola y escurra el exceso de líquido.

Pero el procedimiento en si es similar.

Estampillas postales de Ucrania – San Miguel y la Dormición de Teotokos

Par de #EstampillaspostalesdeUcrania: “Vestimenta folclórica ucraniana: Zaporizhia

  • Día de San Miguel
  • El Tránsito de María (o “La Dormición”)

El día de San Miguel

La fiesta de San Miguel el Arcángel y líder de los ejércitos celestiales se celebra, en la iglesia ortodoxa cristiana, el 21 de noviembre, aunque hay varios otros días en los que San Miguel es venerado.

La iglesia ortodoxa también celebra “El día del milagro de San Miguel“, que es un nacimiento de agua cerca de la iglesia de San Miguel en Phrygua, que adquirió propiedades sanadoras; se le dio crédito total a San Miguel, además de prevenir una inundación que pudiera haber destruido dicha iglesia.

Tradicionalmente, en este día, los fieles en Ucrania no debían trabajar. De hecho, este día solo se podía cocinar lo mínimo para alimentarse solamente, llevar al ganado a pastar, alimentar a tus animales y la limpieza básica del hogar; otro tipo de tareas era prohibido por la iglesia en su tradición cristiana; no cortar leña, no arar el campo, no blanquear la jata, ni hornear pan o cualquier otra actividad que requiriera mucho esfuerzo.

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En el folclore ucraniano existen algunas historias que hablan sobre el castigo que podría enfrentar cualquiera que infringiera este mandato de no trabajar para el día de San Miguel. He aquí una de ellas, de la región de Cherkashchyna:

Una vez, un granjero decidió que no quería desperdiciar un día completo de su trabajo, y fue a su campo a regar la semilla de otoño. Ya realizada su labor, regresó a su casa y, repentinamente, comenzó a regar la sal por todo el piso de ella, el harina, los cereales, los frutos secos y cualquier cosa que pudiera ser dispersa por todo el suelo; daba la apariencia que continuaba regando la semilla en el suelo de su campo, excepto que aquí estaba lanzando al suelo toda su comida. Todas sus reservas de alimento estaban tiradas por todo el piso de la casa, y en el establo, y en el jardín, y nadie podía detenerlo.

Llamaron al sacerdote y, fue hasta que este llegó corriendo a toda prisa y le leyó una oración al granjero, que parecía loco, que el desquiciado logró detenerse y volvió a ser el mismo. El agricultor juró nunca volver a trabajar durante el día de San Miguel.


San Miguel el Arcángel comenzó a ser venerado en Ucrania en tiempos del reino de la Rus de Kyiv, cuando las primeras iglesias construidas fueron dedicadas a este santo, jefe de los ángeles y líder de las huestes celestiales.

San Miguel ha sido el patrono de la gran ciudad de Kyiv desde aproximadamente el siglo XI.

Al menos dos iglesias fueron dedicadas a él en ese tiempo. Una fue en el Monasterio Vydubetskiy, construido en 1088, y la otra en el monasterio de San Miguel a principios del siglo XII. Esta última fue, de hecho, un templo magnífico, conocido luego como Mykhaylivsky Zolotoverkhy Sobor — La Catedral de San Miguel, con domos dorados, cubiertos de láminas de oro, que los bolcheviques derribaron en 1930, aunque recientemente se ha reconstruido.

Los soviéticos intentaron por todos los medios eliminar la tradición de venerar a San Miguel en Ucrania y especialmente en Kyiv aunque, por supuesto, los fieles lo hacían en la clandestinidad.

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En el antiguo escudo de armas de la ciudad de Kyiv se puede apreciar a San Miguel sosteniendo una espada. En los íconos ucranianos (enlace), San Miguel a menudo está pisando a Satanás y deteniéndolo con el pie, mientras sostiene una ramita de àrbol de date en una mano, y una lanza con una bandera blanca o una espada en llamas en la otra. Como vencedor del demonio, se tomaba a San Miguel como el encargado de controlar los rayos y el viento.

En el folclore ucraniano se le describía a menudo como acarreando al viento por los bigotes sobre su hombro, pues lo tomaba por las puntas del bigote (del viento) en ambos lados. Este arcángel podía dirigir el viento a cualquier lado que quisiera; un fuerte tirón causaría una fuerte tormenta, huracán o tornado (enlace). Se creía que el viento era una creación del demonio y habìa sido este arcángel quien había salvado el mundo de una total destrucción debido a un viento desatado en manos del malvado. San Miguel usó los bolts del relámpago para destruir a los pequeños diablos y el trueno era la señal que un rayo habìa destruido a uno de los sirvientes de Satán. Era considerado el protector celestial de los cazadores.

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Entre las tradiciones eclesiásticas en Ucrania, el día de San Miguel era también el día, en las oraciones, de la memoria de los muertos, aunque hay varios otros días en los que se recuerda y se honra a los seres queridos que han partido antes que nosotros.

En la región de Polissia, en el día de Memoria a los muertos, o sea el 21 de noviembre, se organiza una cena para todos los familiares, incluidos parientes lejanos, mas no amigos o personas sin parentezco aunque, de presentarse alguno no-pariente, será tratado con todos los honores.

Los platos tradicionales del Día de la Memoria son el Borshch, pollo con pasta, repollo al horno, chícharos cocidos, holubtsi, varenyky, blini o jugo de frutas gelatinizado; un pan especial, tartas y galletas también.

Si el 21 de noviembre cae un miércoles o viernes, se cocina también pescado, frijoles o setas en vez de carne. Aunque sin embargo, las tradiciones específicas varían según la región.

Previo a la fiesta de San Miguel en noviembre, iniciando en el Día de San Kozma y San Damián, el 14 de noviembre, los jóvenes se comienzan a reunir para celebrar las vechornitsi, fiestas nocturnas (enlace). Las muchachas cocinan pollo y pasta, o huevos fritos y preparan otros platos con huevo como ingrediente, y los jovencitos colaboran con el samohon (enlace).Estos santos, San Kozma y San Damián, son los patronos de los criadores de aves, de la avicultura, de ahí la tradición de preparar pollo y huevo.

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En el día de San Miguel, en aquéllas aldeas que tengan iglesias dedicadas al arcángel, los pobladores preparan aguamiel (enlace)con especias justo frente al templo, cocinan platos que lleven repollo y chícharos, y luego preparan una celebración comunal. En algunos lugares, dicha fiesta comunal es seguida por celebraciones individuales en casas particulares, a las cuales el anfitrión intenta llevarse a cuantos huéspedes quiera y, mientras más personas vayan a tu fiesta, más respetado serás en la comunidad.

https://m.youtube.com/watch?v=CPL0VpqKMO4

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El tránsito de María – Успіння Богородиці

Las iglesias católica y ortodoxa orientales celebran la Asunción de la Virgen María, suceso religioso al que también le llaman “Dormición de Teotokos” (de “quedarse dormido” y “Teotokos” significa “Madre de Dios” – hay todo un dogma en torno a este concepto).

El día es el 28 de agosto (15 de agosto en calendario gregoriano), precedido por una cuaresma de 14 días (que generalmente empieza el día del “Spas de las manzanas” (enlace).

oleo sobre tela por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica - la dormición de Teotokos

Los cristianos ortodoxos orientales creen que María falleció de muerte natural, que su alma fue recibida por Cristo, y que al tercer día resucitó, ascendida al cielo (por eso “Asunción”) en cuerpo y alma, y su tumba fue encontrada vacía al tercer día.

De documentos apócrifos se sabe que tres días antes de morir, se le apareció el Arcángel Gabriel y le dijo sobre su transición a la eternidad.

De acuerdo con la tradición eclesiástica, este día los apóstoles dejaron sus quehaceres predicando el Evangelio en Jerusalén y se reunieron en torno a su lecho de muerte para prepararla y darle la apropiada sepultura.

Estando reunidos en torno a la Santa virgen a punto de morir, son cegados todos por una fuerte luz brillante entre la cual el propio Cristo estaba, rodeado por ángeles y arcángeles. En este punto el alma de la virgen, sin sufrimiento, como en un sueño, ascendió al Señor. Según la tradición iconográfica, al recibir Jesucristo al alma de Su madre, se escucharon coros angelicales desde el cielo.

oleo sobre tela por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica - la dormición de Teotokos

Este culto litúrgico se desarrolló especialmente tras el Tercer concilio ecuménico de Éfeso, en el año 431. A partir de alli, esta festividad de la Dormición, se conoció como Santa María la Virgen. El nombre actual fue comenzado a usar a partir del siglo VI. El emperador Mauricio (582-602) ordenó que la Fiesta de la Dormición fuera celebrada en todo el imperio bizantino, mientras que la tradición surgió en occidente introducida por el papa Sergius (687-701) y en 1950, el Papa Pio XII proclamó el dogma de la Asunción de la virgen María.

En Ucrania esta fiesta de la Asunción recibió un honor especial y muchas iglesias son nombradas en honor a ella.

La “Otorgadora de Nacimiento a Dios” (Teotokos), la virgen María, fue “bendita entre todas las mujeres” y fue escogida para “llevar en su vientre al Salvador de nuestras almas”. Los cristianos ortodoxos la consideran “La reina de todos los santos y ángeles”.

Sabiendo que ella está eternamente presente en el trono de Dios, intercediendo por la humanidad, rogamos por su amor, guía y protección. Todos los años la iglesia ortodoxa reserva 14 días de agosto en honor a ella, período de “cuaresma” que finaliza con la Gran Fiesta de la Dormición de la Otorgadora de Nacimiento a Dios.

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Todos los que profesamos alguna religión cristiana (católica u ortodoxa especialmente), sabemos lo que conlleva una “cuaresma”; muchos piensan que realizamos un sacrificio (una dieta generalmente) para obtener algo, que estamos “dándole algo a Dios”, que “nos ve sufrir”, para que vea que realmente lo queremos y nos lo de; pero no es asi, pues esta cuaresma (o adviento) realmente nos prepara para lo que El nos va a dar, algo más alla de lo material.

En este caso, nos estamos preparando para seguir el ejemplo de la Virgen, quien obedeció a Dios sin cuestionar ni dudar de Su palabra. Al contrario de Marta, su hermana, quien según es narrado en el pasaje “estaba ansiosa y atormentada por muchas cosas”. El ayuno durante la cuaresma nos hace poner a Dios en primer lugar y a nuestros deseos personales en segundo, o mejor, en último.

En estos 14 días previos a la Dormición deberemos evitar fiestas, lujos, deseos personales, y dedicar el tiempo que hubiésemos utilizado en esos gustos mundanos y egoistas, para reflexionar sobre algo mucho mas poderoso, algo Divino, que la Madre de Dios nos dió. Ella fue la primera cristiana, y la más grande; aceptó confiar con los ojos cerrados en Su palabra, y traerlo a El al mundo en forma humana, y cuidarlo los primeros años de Su vida entre nosotros; traer al propio Dios al mundo; también deberemos contemplar y pensar profundamente en Santa María recostada en su lecho de muerte, luego de una vida como perfecta servidora de Dios, que nunca dudó de Su palabra, ni aunque “se llevó” a su hijo Jesucristo (que era el mismo Dios), haciéndolo padecer tanto sufrimiento, todo para salvar a los seres humanos de la muerte eterna y el pecado; y que después de este hecho, está sentada junto al Señor, intercediendo ante El por nosotros, y cuidándonos como la perfecta Madre del Hombre; debemos seguir Su ejemplo.

Luego de ayunar durante estas dos semanas, el 28 de agosto ya se puede comer de todo, excepto si cae un miércoles o un viernes, en cuyo caso será hasta el 29.

Los fieles generalmente piden a la Santa Madre:

  • el poder de perder el temor a la muerte física
  • el fortalecimiento de su fé
  • que los libre de enfermedades

Luego de San Elías, el 2 de agosto, cuando se inicia la cosecha, el 28 se finaliza, y este día los ucranianos llevan la semilla y parte del grano a la iglesia, además de panes, para su bendición. Esto proviene de rituales paganos en honor al fin de la cosecha, llamados “Obzhiny – Обжіни”. Se piensa que, hasta que estén bendecidos, es un pecado a riesgo de perdición el probar aunque sea una miga de pan.

oleo sobre tela por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica - la dormición de Teotokos

Después de este día, las personas recolectan setas en los bosques, nueces, y los almacenan para el invierno; también es cuando se preparan las conservas, de repollo, pepinos, tomates y otros vegetales. Antiguamente era en el día después cuando esto se realizaba.

Las personas colocan velas en petición por parientes y amigos, y rezan por los niños. Piden también, y agradecen al mismo tiempo, por su intercesión.

Un arcoiris visto hoy es presagio de un largo otoño.

Durante la cuaresma de la asunción y el día en si, no se puede caminar descalzo sobre el pasto con rocío, pues se cree que cada gota de rocío es una lágrima de la virgen, y pisarlas causará enfermedad e infortunio. Tampoco se puede vertir calzado viejo y arruinado, o comer maíz.

Las jovencitas no deben cortar su cabello; no se debe desear el mal a nadie, o ese deseo se tornará contra uno mismo, no se debe hacer relajo, ni utilizar objetos punzocortantes y, especialmente el 28, aún luego de la bendición del pan y granos, no se deberá partir el pan con cuchillo, sino que únicamente con las manos.

El trabajo físico es prohibido el 28 de agosto: no limpiar la casa, ni lavar nada, coser o trabajar en el jardín.

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Estampillas postales de Ucrania – Santa Catalina y San Elías

Зчіпка «Український народний одяг. Херсонщина»

Bloque “Indumentaria tradicional ucraniana – Provincia de Jerson“. Vestimenta para las festividades:

  • Свято Катерини – Santa Catalina
  • Свято Іллі – San Elías

Oleo sobre tela por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica - Santa Catalina

Santa Catalina

En Ucrania se celebra el día de Santa Catalina el 7 de diciembre, pues en este país se utiliza el calendario Juliano para las celebraciones religiosas, a diferencia de occidente, en donde se usa el gregoriano (enlace a una explicación).
En occidente es el 25 de noviembre.

Santa Catarina, Caterina o Catalina es considerada símbolo de ternura femenina y de castidad de las muchachas. En griego “Catalina” significa “Alma pura”.

Tradicionalmente, en la víspera de este día, las muchachas “adivinan” sobre con quién contraerán matrimonio, por medio de la realización de varios juegos de adivinación, similar a lo que se hace para el Día de San Andrés (enlace).

La vida de Santa Catalina

Catarina nació en Alejandría como hija de padres adinerados por el año 290; por su mano pelearon los mejores novios de la ciudad.

En el año 304, Catalina se convirtió al cristianismo y comenzó a predicar la fé en Jesucristo.

Era muy inteligente y rápido destacó en una buena cantidad de materias que la situaron al mismo nivel que grandes poetas y filósofos de la época.

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Una noche se le apareció Cristo y decidió, en ese momento, consagrarle su vida, considerándose, desde entonces, su prometida. El tema del matrimonio místico es común en el Este del Mediterráneo y en la espiritualidad católica.

Cuando era la edad de casarse con un mortal, los padres comenzaron a buscarle el esposo, pero ella no hacía caso, y una vez les respondió: “Si insistís, me desposaré. Pero buscadme un joven muchacho que sea como yo en los cuatro talentos que, como vosotros aseguráis, sobrepaso a otras chicas. Buscad un chico superior a mi en nobleza, en belleza, en riquezas y en inteligencia (en mente); si no tiene al menos una habilidad, no es para mi.”.

Los parientes de los padres se pusieron a buscar a alguien, y tras largo tiempo no lograron hallar a nadie con esas virtudes.

Según les fue aconsejado por un anciano que ya conocía las altas cualidades morales de Catalina, decidieron llevarla por el “Camino del conocimiento de Cristo, el Rey del Cielo”

He aquí lo que el anciano respondió a la muchacha: “Yo solo conozco un bello joven que, indudablemente, te sobrepasa en todos los talentos que mencionas. Su belleza supera al brillo del sol. Su sabiduría a todo lo creado: lo viviente y lo inanimado; la riqueza de su tesoro puede ser repartida en todo el mundo, sin disminuir, sino aumentar; su nobleza es indecible”

Cristo

La imagen de este jovencito, tan grandemente representada por el anciano, entusiasmó tanto a Catarina que, desde este momento, sólo pensó en Él y soñó con convertirse en Su esposa.

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Y, gracias a su piadosa vida y a sus oraciones, Catalina obtuvo la Gracia de poder ver a este gran joven en una visión, a Jesucristo mismo, quien le entregó un anillo de bodas y le dijo: “A partir de este día te tomo como novia, y para la eternidad;para tí no habrá novio en la tierra de ahora en adelante”.

El emperador Majencio (306-312) fue Alejandría para organizar una fiesta pagana y ordenó que todos los súbditos hicieran sacrificios a los dioses. Catalina entró en el templo pero, en lugar de sacrificar, hizo la señal de la cruz. Y, dirigiéndose al emperador, lo reprendió exhortándolo a conocer al verdadero Dios. Se dice también que el mismo emperador se enamoró de Catalina, pero ella estaba comprometida con Cristo y no lo aceptó.

Conducida a palacio, ella reiteró su negativa a hacer sacrificios pero invitó al emperador a un debate.

En la prueba del debate filosófico, los sabios resultaron convertidos al cristianismo por Catalina, lo que provocó la ira del emperador, que entonces hizo ejecutar a los sabios, no sin proponerle antes a Catalina que se casara con uno de ellos, a lo que ella se negó rotundamente.

Majencio trató de convencerla con promesas pero, al no lograrlo, mandó azotarla y después encerrarla en prisión. Allí fue visitada por la propia emperatriz y un oficial, Porfirio, que terminó por convertirse junto con otros doscientos soldados, según señala “la Passio”.

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El emperador ordenó entonces que torturaran a Catalina utilizando para ello una máquina formada por unas ruedas guarnecidas con cuchillas afiladas. Según la Passio, las ruedas se rompieron al tocar el cuerpo de Catalina, quien salió ilesa. Por esta razón, Santa Catalina es la patrona de todos los oficios que utilicen ruedas, como hilanderas (por la rueca), carreteros, transportistas, molineros, etc. Además es patrona de archivistas, abogados; juristas, bibliotecarios, personas en trance de muerte, educadores, jovencitas, solteras, estudiantes, maestros, afiladores de cuchillos, mecánicos, torneros, enfermeros, filósofos, predicadores, teólogos, secretarias, taquígrafos.

La emperatriz trató de interceder a favor de Catalina, pero fue decapitada, al igual que Porfirio y sus doscientos soldados.

Su tumba se había encontrado al pie del Monte Sinaí, en el monasterio que lleva su nombre, lo que dio motivo a peregrinaciones de todo el mundo, especialmente apreciada por los peregrinos de Tierra Santa. La leyenda narra que los monjes del monasterio construido a los pies del Monte Sinaí descubrieron en una gruta de la montaña el cuerpo intacto de una joven a la que reconocieron como Catalina de Alejandría.

Según la Passio, el cuerpo había sido depositado allí por los ángeles. Así, la Passio se presenta adornada con un conjunto de lugares comunes hagiográficos, no históricos.

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Santa Catalina en la Rus de Kyiv

Durante el reino de Kyiv se le rindió culto a la Gran Mártir, y el rey Yaroslav el Sabio era tan devoto a ella, que construyó un templo en su honor en la calle principal de Kyiv, junto con el de Santa Sofía (la Sabiduría de Dios) y San Jorge, dentro del Dytynets (la antigua muralla que circundaba la ciudad principal) de la ciudad de Kyiv.

Actualmente esta iglesia ya no está, pero según el arqueólogo I. Ivantsov fueron las ruinas que el embajador del imperio alemán Erich Lysota vio en 1594 cerca de Santa Sofia. Se presume que había sido construida por maestros Greco-Bizantinos, quienes llevaron la tradición a la capital de la Rus de Kyiv, actual Ucrania.

En Kyiv existía una gran comunidad de comerciantes griegos, que fue más notoria en el siglo XVII; por parte de este grupo se construyó una capilla de madera cercana a la plaza central, en tierra perteneciente al mercader griego Astamatis Stimati.

En 1739-41, en lugar de la capilla, fue construida una iglesia de ladrillo y, después de 7 años, el monasterio griego dedicado a Santa Catalina. Originalmente, la iglesia principal del monasterio tenía características arquitectónicas típicas ucranianas: de tres naves, tres cúpulas.

A fines del siglo XIX esta iglesia fue reconstruida, dejando únicamente intacta la parte superior. El interior había sido construido con un iconoatasio en estilo rococó. A principios de la década de 1920 el monasterio fue clausurado, como todos los edificios religiosos, a manos de los soviéticos, y sus grandes instalaciones fueron utilizadas como salones de exhibición de productos industriales.

En 1929 fue desmantelada la iglesia, bajo el pretexto que el techo presentaba rajaduras.

Tradiciones en Ucrania

Algunos investigadores de tradiciones religiosas tienen la teoría que, antes de la cristianización, este día se celebraba “la noche del destino de las doncellas”, y que luego apareció la fiesta de Santa Catalina, conectando lo pagano con esta festividad religiosa.

Las celebraciones a Santa Catalina en Ucrania se basan mayormente en “profetizar” el destino de cada chica. Las mujeres casadas preguntan por la felicidad de su familia, las solteras por su futuro matrimonio.

En el día de Catalina, por la mañana antes de la salida del sol, cada chica sale a su jardín y corta una ramilla de su cerezo. En casa, esta ramita es colocada en una botella con agua, esperando a ser leída en la fiesta de Melania (Malanka – 14 de enero). Si el ramito con botones florea, es buena señal, y la chica tendrá un futuro en el que florecerá su amor. Una ramita podrida o sin color es mala señal.

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La ramilla de cereza no es solamente leída por muchachas, sino que también los jovencitos. Si sus respectivos ramitos sacan hojas o hasta flores, significa que su esposa será bella, lo amará, y será hacendosa. Si la ramilla saca hojas, pero no flores, indica que el chico se casará con una mujer simple, que no es notable. Pero si nisiquiera saca hojas, indica que la esposa será haragana.

En las aldeas, Catalina se arregla por las noches. Las chicas preparan juntas un caldo de trigo o más típicamente Borshch, se reunen con los muchachos y van a misa. Antes que canten los gallos, a media noche, se dirigen con una nueva Rushnyk y la comida al “portal del destino”.

Una a una suben con la cena en las manos y llaman tres veces al destino: “Destino, sino, ¡Ven a cenar!”. Si el gallo canta, es la respuesta del destino prediciendo un matrimonio con abundancia y tranquilidad. Si el gallo no canta, el destino “es sordo” a los llamados de esta chica. Pero lo peor de todo es ver una estrella cayendo del cielo luego de la pregunta, pues presagia una seria enfermedad, problemas familiares y una mala fortuna en todo lo que haga.

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En caso que el destino haya sido sordo, la muchacha deberá aplaudir una vez, y si la respuesta es un perro rascándose o alguna vaca mugiendo, es el destino que si la escuchó y que su novio vendrá de ese punto. Si responde el gallo, aunque sea sólo sacudiendo sus plumas, el futuro esposo será fiel y rico; si es el perro el que responde, el esposo será muy fiel, pero no tan rico; si un caballo corre, será un esposo muy trabajador, calmado pero de carácter fuerte.

Se dice que, durante esta adivinación, un año fue una rata la que llegó a comer del caldo (Kulish o Borshch), frente a todas y hasta se limpió las orejas. La chica la vió y echó la carcajada, pues nunca había sucedido y nadie sabía interpretar esa respuesta del destino. Sin embargo, en primavera llegaron extranjeros, desde Francia, a intercambiar conocimiento sobre el cultivo de la remolacha azucarera, y esta chica se enamoró de un francés y pronto se casaron. Se fue a vivir a la casa de sus suegros y escribió a los padres que era muy feliz. Desde entonces, se sabe que una rata comiendo la sopa, es la respuesta del destino diciendo “te casarás con un extranjero”.

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Otra costumbre es colocar hojas de distintos árboles bajo la almohada, en la víspera de Santa Catalina, cada uno representando un muchacho del gusto de la jovencita. Dentro de estas, se supone que debe haber una sola hoja de manzano. Al ir a la cama, la muchacha recita la oración del Señor y luego, al amanecer, le pide a algún niño pequeño de la casa que saque, sin ver, una de las hojas; según la hoja que identifica a cada muchacho, con él se casará, excepto si es la de manzano, que indica que estará soltera de por vida.

Antiguamente se acostumbraba que la jovencita iba al pozo a ver su reflejo, muy temprano por la mañana del 7 de diciembre; si su reflejo era claro en un agua calma, indicaba un matrimonio inminente y muy feliz; aguas turbias indicaban una mayor espera.

Otro método era que, después de cenar en la víspera, la joven iba a escuchar la conversación de los vecinos. Su destino dependía de ka naturaleza de esa conversación.

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Otro método de adivinación era colocar varios objetos en platos: un pañuelo, un listón, un anillo y una cruz. Una de las muchachas cubría los objetos para que las demás no los vieran, y éstas tenían que venir una por una a sacarlos, sin ver. Si salía el listón, estaría un año más de soltera; si era el anillo, matrimonio este año, si era el pañuelo, indicaba un hijo como madre soltera, y si era la cruz era el mal presagio de muerte. Y para determinar la fortuna de su esposo, se metía un anillo de oro, otro de plata y varias piezas de hierro dentro del cereal, y cada muchacha debía sacar una, sin ver.

Para todas las señoritas que quieran encontrar la felicidad en el matrimonio, es aconsejable ir este día a misa antes de las 11 y poner una vela en el ícono de Santa Catalina, realizando un deseo con todo su corazón.

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Las jovencitas realizan todo este tipo de adivinaciones para saber qué esposo les tiene reservado el destino; sin embargo, los hombres siplemente guardan ayuno en una “cuaresma” dedicada a Santa Catalina, rezando a la santa mártir para que les entregue una buena mujer como esposa: que sea trabajadora (no floja) y que lo trate bien.

Esta columna dedicada a Santa Catalina está ahora en el monasterio de Santa Sava.


Videos

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https://m.youtube.com/watch?v=zm-1nht0mwU

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Fiesta del día de San Elías

El 2 de agosto se celebra la fiesta del profeta Elías.

Este santo vivió durante el siglo IX anterior al nacimiento de Cristo, y su nombre significa “El poder de Dios, Mi Dios es Yahveh“, que fue lo que definió toda su vida.

El santo profeta Elías nació en la ciudad de Tesalia en Galilea en el año 900 antes de la Natividad de Cristo. Desde muy joven dedicó su vida a Dios, se asentó en un lugar solitario y vivió en oración y arduo ayuno.

Elías sufrió muchas persecuciones por parte de idólatras. Cuando estaba a punto de morir, supo que Dios lo llevaría vivo hasta el cielo, y fue lo que sucedió, pues él y otros testigos vieron la carroza de fuego con cuatro caballos, en la que los ángeles lo llevaron volando al cielo.

Jesucristo, durante su vida en este mundo, recordaba a menudo los milagros de Elías.

San Elías en Ucrania

Los ancestros de Ucrania honraban a este santo profeta. Se sabe, en particular, por la Crónica de Néstor, que en el período precristiano había una iglesia en Kyiv dedicada a el. Varios íconos durante la historia eclesiástica de Ucrania han sido dedicados a San Elías, con la carroza de fuego representada y el profeta sentado en ella. Fue percibido por el pueblo ucraniano como un intermediario entre el cielo y la tierra.

De acuerdo con una leyenda, él es capaz de predecir sequía y, a la vez, se le puede orar para que traiga nubes de lluvia.

En la imaginación folclórica es representado como un santo formidable, fuerte, severo, cruel, pero al mismo tiempo generoso. Incluso el gran héroe de la Rus de Kyiv, Illya Muromets, debe su nombre al profeta Elías (enlace a artículo)

Como otros elementos paganos, el antiguo dios Perún (leer artículo por este enlace) fue transformado durante la cristianización en Elías, ya que el día del santo caía justo en el “громове свято – el día de los truenos”, una época de fines de verano caracterizada por abundantes tormentas eléctricas. Muchos proverbios folclóricos se asocian con él:

«До Іллі хмари ходять за вітром, а по Іллі – проти вітру»,
«Грім гримить, то Ілля по небесному мосту в огненній колісниці їде».

“Por Elías que se vayan las nubes con el viento, y por Elías – que sople el viento”
“Retumban los truenos, pues Elias va en una carroza de fuego en un puente al cielo”.

Existe una leyenda que dice que cuando los demonios se rebelaron contra Dios, ordenó a Elías que limpiara todo el poder impuro del cielo. Desde entonces, el santo persigue los demonios, lanzándoles flechas de fuego: los rayos y truenos.

Generalmente llueve muy fuerte, con tormenta eléctrica, el 2 de agosto, lo que se conoce como «горобині ночі» – (Noche de gorrión) durante la cual hay que alejarse de perros y gatos, pues estos animales domésticos, este día en especial portan espíritus malignos; se dice que ni las aves pueden dormir, pues San Elias va en su carroza de fuego rumbo al cielo. Esta lluvia, antes que caigan los rayos, es de agua milagrosa, y si uno se baña en ella, se cura de cualquier enfermedad, inclusive lepra.

Si durante una tormenta eléctrica un rayo cae sobre una casa y ésta queda incendiada, los campesinos piensan que es imposible de extinguir, puesto que “¡Si Dios la quemó, el hombre no lo debe apagar!”

En la antigüedad existía la creencia que después del día de San Elías era prohibido nadar: “«Після Ілля купається тільки свиня» – “Después de San Elías sólo un cerdo se baña”. Las personas pensaban que, a partir de este día, el agua se tornaba fría, y era por una razón: Elías iba en su carroza de fuego rumbo al cielo, y a uno de sus caballos se le caía una herradura, directamente al agua, enfriándola.

San Elías no era solamente una deidad castigadora, sino también bueno y generoso patrono de los granjeros que cultivan cereales. Después de todo, el año agrícola acaba este día, y comienza uno nuevo con la cosecha pues, con el invierno, se siembra el trigo y el centeno. De esta manera, los granjeros esperan este día y exclaman “«На Іллі новий хліб на столі» – “En Elías hay un nuevo pan sobre la mesa” por la siembra de un nuevo ciclo de cultivo, y el inicio de la cosecha. Se hornea pan para toda la familia y se reparte desde el hermano mayor hasta el miembro más joven.

Algunas frases populares con respecto a San Elías

  • – Якщо зранку хмарно, то сівба повинна бути рання і можна чекати доброго врожаю, якщо хмарно опівдні – середня сівба, а якщо ввечері – сівба пізня і врожай поганий : Si está nublado por la mañana, la siembra debe ser temprano, y esperarás buena cosecha; si las nubes están a medio día será una siembra promedio y, si es por la noche, la siembra es tardía y la cosecha es mala.
  • – Цілий день сонячно – на недорід – Todo el día soleado – cosecha fallida.
  • – Минув Ілля – чекай гнилля – Se fué (el día de) San Elías, espera pudrición.
  • – З Ілліна дня ніч довга, а вода холодна – – Desde Elías la noche es larga, y el agua es fría.
  • – На Іллі до обіду літо, а після обіду осінь – En el día de Elías, antes de almuerzo es verano y después de cenar es otoño.
  • З днем Ангела Іллю я вітаю – En el día del ángel Elías yo saludo.
  • З хлібом щедрим на столі – Con pan hay abundancia sobre la mesa
  • З добрим словом у душі. Con buenas palabras en el alma

https://m.youtube.com/watch?v=IZwqhmZSRj8

Засвистали козаченьки – Salieron chiflando los kozakos (y el Куліш – Kulish)

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《За́світ вста́ли козаче́ньки» (Zásvit vstály kozachén’ky) o también «Засвиста́ли козаче́ньки» (Zasvytály kozachén’ky) es una canción folclórica ucraniana, de la cual se atribuye su composición a la semilegendaria figura femenina kozaka, Marusia Churai (enlace a un artículo sobre ella).

La trama es sobre un joven kozako que debe ir a defender su patria, y se despide de su madre. La mayor parte de la pieza está en forma de diálogo, en la que la madre ruega por el regreso de su valiente hijo, y éste le pide que tome a su amada como a su propia hija, en caso algo le suceda. Es un diálogo lleno de epítetos y diminutivos cariñosos (hipocorísticos).

Se conocen diversas variantes, algunas interpretadas lentamente, en tempo lírico, otras ligeras y en tono de marcha.

La primera publicación conocida de esta canción se encuentra en la colección de Mikhail Maksymovych “La canción folclórica ucraniana” de 1834.

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Se dio a conocer pronto al público y adquirió populsridad gracias a Yakov Kujarenko, quien en 1836 la incluyó en “La batalla por Kuban en el mar negro”.

Luego de esto, el compositor Mykola Lysenko, la incluye, con música compuesta por él, en su ópera “Chornomorets” (Mar negro) de 1872.

Se volvió popular y luego fue incluida en recopilaciones de marchas para distritos militares de Kyiv y Odesa de la RIA.

En 1937 fue usada por los compositores Levko Revutsky y Boris Lyatoshinsky, que incluyeron en uana nueva versión musical de la ópera de Lysenko, “Taras Bulba”. En 1938, S. Chernetsky usó el motivo musical de esta pieza en su “Marcha Ucraniana” No. 3.

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V. Chemeris escribió en 1991 la novela histórica “Los kozakos llegaron con el sol…”, con la afirmación que esta es la “más famosa canción de Marusia Churai”, porque “lleva solo un poco de tiempo para tomar y cantar sobre la totalidad de Ucrania, de este a oeste, del sur al norte”. Este trabajo usa más de 16 padajes de las canciones de Marusia, explicando cómo y bajo qué circunstancias se originaron.

En la primera línea ha habido una discrepancia: «Засвистали козаченьки», que el etnógrafo Myjailo Maksymovych acepta, además de los poetas Степан Руданський (Stepan Rudanskiy) y el conpositor Mykola Lysenko; «Засвіт встали козаченьки» (en paz estaban los kozakos) es sostenida por los musicólogos rusos Лідія Архимович, Микола Гордійчук, y Л. Кауфман. Existe la variante también «За світ встали козаченьки» (los kozakos estaban pare el mundo).

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LETRA ORIGINAL

Засвистали козаченьки
В похід з полуночі,
Виплакала Марусенька
Свої ясні очі.

Не плач, не плач, Марусенько,
Не плач, не журися,
Та за свого миленького
Богу помолися!

Стоїть місяць над горою,
А сонця немає.
Мати сина в доріженьку
Слізно проводжає:

“Іди, іди, мій синочку,
Та не забаряйся,
За чотири неділеньки
Додому вертайся!”

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“Ой рад би я, матусенько,
Скоріше вернуться,
Та щось мій кінь вороненький
В воротях спіткнувся.

Ой бог знав, коли вернусь,
В якую годину;
Прийми ж мою Марусеньку,
Як рідну дитину!”

“Ой рада б я Марусеньку
За рідну прийняти,
Та чи буде ж вона мене,
Сину, шанувати?”

“Ой не плачте, не журітесь,
В тугу не вдавайтесь:
Заграв мій кінь вороненький
Назад сподівайтесь!”

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TRASLITERACIÓN

Zasvystaly kozachen’ky
V pЗасвистали козаченьки
В похід з полуночі,
Виплакала Марусенька
Свої ясні очі.

Ne plach, ne okach, Marusen’ko
Ne okach, ne zhurysya,
Ta za svoho mylen’koho
Bohu pomolysya!

Stoyit’ misyats’ nad horoyu,
A sontsya nemaye.
Maty syna v dorizhen’ku
Slizno provodzhaye:

“Idy, idy, miy synochku,
Ta ne zabaryasya,
Za chotyry nedilen’ky
Dodomu vertaysya!”

“Oy rad by ya, matusen’ko,
Skorishe vernut’sya,
Ta shchos’ miy kin’ vironen’kiy
V virotyaj spitknuvsya.

Oy, Boh znav, koly vernys’,
V yakuyu hadynu;
Priymy zh moyu Marusen’ku,
Yak ridnu dytynu!”

“Oy rada b ya Marysen’ku
Za ridnu priynyaty,
Ta chy bude zh vina mene,
Synu, shabuvaty?”

“Oy ne plachte, ne zhurites’,
B tuhu ne vdavaytes’:
Zahrav miy kin’ voronen’kiy
Nazad spodivaytes’!”

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TRADUCCIÓN

Los kozakos salieron chiflando
En una expedición a media noche,
Lloraba Marusenka
Con sus ojos claros.

No llores, no llores, Marusenka,
No llores, no te lamentes,
Pues por tu amado
¡A Dios ruega!

Está la luna sobre la montaña,
Y no hay sol.
La madre a su hijo al camino
Con lágrimas en los ojos va a despedir:

“Ve, ve, mi hijito,
Pero no te detengas,
El cuarto dominguito
¡A casa vuelve!”

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“Oy ya me gustaría, madrecita,
Poder pronto volver
Pero un poco mi caballito azabache
En la puerta dio un tropezón”

Oy Dios sabe cuándo volveré,
A qué hora;
¡Pues acepta a mi Marusenka,
Como a tu propia hija!”.

“Oy, yo estaría feliz tomar a Marusenka
como mi hija propia,
Pero, ¿ella, hijo,
Me va a respetar a mi?”

“Oy no lloréis, no os aflijáis,
No os entristezcáis:
Comienza a cabalgar mi caballo azabache
Por mi retorno tened esperanza”

MUSICA

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VIDEOS

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fuente

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KULISH – Куліш

Kulish (Куліш) es el nombre de un plato ucraniano cuya difusión data de la época de los kozakos zapórogos, aunque se originó durante el reino de Kyiv, y cuyo significado en este idioma es “caldo de mijo”.

Es, en si, un brevaje hecho a base de mijo, salo (grasa de cerdo condimentada), patatas y cebolla, altamente apreciado por estos defensores del pueblo y utilizado comunmente debido a su facilidad de preparación y características nutritivas.

Era preparado de forma cotidiana durante las campañas militares en campo, como sustituto de comidas completas.

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Al ser prohibidos los kozakos por el imperio ruso, algunos de ellos emigraron al exilio, en donde prácticamente fue su comida durante ese período de tiempo, y la receta fue transmitida de forma oral entre generaciones, variando según la disponibilidad de ingredientes según época y región y, en la actualidad, la receta se ha diversificado según los nuevos ingredientes disponibles, como setas, carne, alubias.

El kulish ideal es aquel cocinado a fuego abierto, más fiel al kozako, aunque el hecho en casa no es para nada de menor calidad. Por ello, otro nombre que recibe es “Caldo de campo”.

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9 RECETAS DE KULISH


KULISH CON CARNE DE CERDO Y RES ( #1):

Ingredientes para 10 litros:

  • Salo – 0.5 kg
  • Rabo de puerco – 1 pieza.
  • Costilla – 1 kg
  • Carne – 1kg
  • Zanahoria – 0.5 kg
  • Cebolla – 0.5 kg
  • Agua – 5 litros
  • Mijo – 1 kg
  • Laurel – 3 hojas
  • Ajo – 3 cabezas
  • Pimienta entera – al gusto
  • Sal – al gusto
  • Perejil – 1 manojo
  • Eneldo – 1 manojo
  • Orégano – 1 manojo

Preparación:

Es mejor lavar, secar y picar la grasa, carne, zanahorias y cebollas hasta que se comience la preparación (en cubitos de 2 x 2 x 2 cm, y la zanahoria en rodajas de no más de 1 cm).

El perejil, eneldo, orégano, lavar y picar finamente.

Es necesario lavar el mijo hasta que el agua esté limpia. Esto dará más tiempo para controlar la intensidad a la que el plato esté listo.

Proceso parte 1:

Colocar la cacerola al fuego. Ir agregando los ingredientes listados en la parte 2, uno a uno, con un pequeño intervalo, sin olvidarse de remover de tanto en tanto para que nada se pegue al fondo o paredes del recipiente caliente, aún cuando el agua ya esté en ebullición.

Freir el salo en rodajas o picado hasta que salga toda la grasa. Añadir la cola (rabo) y costillas de cerdo (cortadas o picadas, no importa, con lo que si hay que tener cuidado es que no se mezcle con la carne de res), y freir a término medio, luego agregar la carne de res picada hasta el mismo punto. Agregar la zanahoria en rodajas y, luego de 10 minutos, la cebolla. Cubrir y guisar (removiendo de vez en cuando) hasta antes que la zanahoria esté totalmente suave, y la cebolla no haya soltado el jugo.

Parte 2:

cuando la zanahoria y cebolla estén listas, añadir el agua y hervir. Durante la ebullición agregamos 3 cabezas de ajo, pelado, 3 bay leaves y el trigo. Luego de esto es conveniente reducir el fuego y no dejar de remover, con la cuchara o paleta que llegue hasta el fondo.

El mijo es muy rápido, en 10 a 15 minutos, y luego 5 minutos más. Entonces retirar del fuego, agregar sal y pimienta al gusto, el eneldo picado, perejil y orégano, cubrir y, luego de 10 minutos, se puede consumir.

Los kozakos usaban el kulish como único plato, por lo que tampoco se debe acompañar con entrada, postre o algún otro platillo

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PLATO DE KULISH CON POLLO Y AJO (#2)

Ingredientes para 8 personas:

  • Pollo – 1 kg
  • Agua filtrada – 3 litros
  • Mijo (prelavado) – 200 g
  • Cebolla – 1 pieza
  • Zanahoria – 1 pieza
  • Aceite – 4 cucharadas
  • Ajo – 3 cabezas
  • sal, pimienta y perejil al gusto

Preparación:

Ya lavado el pollo, cortar en pedazos, meter en agua hirviendo y dejar, removiendo la espuma, que se cueza durante 1.5 horas, y aplicar sal 10 minutos antes que esté listo. Retirar el pollo cocido y reservar el caldo.

Luego, en el caldo en ebullición , colocar el mijo y cocinar por 20 minutos, hasta que esté listo. Durante este tiempo, saltear (o sofreir) la cebolla pelada y cortada en cubos, y la zanahoria rallada.

El pollo se deshuesa y se corta en trozos de dimensiones a gusto del cocinero o cocinera.

Cuando el cereal esté a punto de hervir, agregar los vegetales salteados y el pollo, luego la sal y pimienta al gusto.

Lavar el ajo, machacar y agregar al caldo, y dejar 1 minuto más. Luego retirar del fuego y dejar a temperatura ambiente por 20 minutos. Servir con perejil recién espolvoreado

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RECETA KOZAKA DE KULISH EN KAZAN EN FOGATA (# 3)

Alcanza para 6 porciones:

  • Mijo – 200 g
  • Zanahoria – 1 pieza
  • Cebolla – 2 unidades
  • Patatas – 4 unidades
  • Mantequilla – 100 g
  • Salo de puerco (fresco) – 200 g
  • Especias – al gusto
  • Condimento verde (cebollín, perejil o eneldo)

Preparación:

Cortar la manteca en cubos y colocar en una cacerola, freir un poco para que se derrita. Freir luego las cebollas finamente picadas y la zanahoria rallada, moviendo ocasionalmente, por 5 a 7 minutos.

Luego agregar 1.2 a 1.5 litros de agua y llevar a ebullición.

Colocar las patatas cortadas en rodaja y cocinar por 5 a 7 minutos y agregar el mijo. Cuando se haya cocido el mijo (y haya espesado), agregar mantequilla, especias y condimento verde. Mezclar fuertemente y servir a la mesa.

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KULISH CON GRANOS DE MAIZ (#4)

Ingredientes para 5 porciones:

  • Maiz (200 g) – 1 taza
  • Patatas – 4 unidades
  • Salo (fresco) – 150 g
  • Cebolla – 2 unidades
  • Zanahoria – 1 unidad
  • Ajo – 3 dientes
  • Condimento verde (eneldo o perejil a discreción)
  • Sal y pimienta al gusto
  • Agua – 1.5 litros
  • Mantequilla – 1 cucharadita

Preparación:

Cortar las cebollas en cubos y picar finamente la zanahoria. Colocar los vegetales en una sartén y agregar la grasa picada, y freir todo a la vez.

Luego agregar el agua, sal y pimienta.

A continuación las patatas picadas y los granos de maiz. Hervir y luego poner a fuego lento hasta que esté listo. Finalmente añadir el ajo, verdes y mantequilla.

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KULISH DE PESCADO (#5)

Ingredientes para 6 porciones:

  • Pescado морський окунь (Robalo) (con cabeza, cola y espina) – 750 g;
  • Mijo – 150 g;
  • Patatas – 2 unidades .;
  • Zanahoria – 1 unidad.;
  • Cebolla – 2 unidades .;
  • Laurel – 1 hoja;
  • Chile rojo – 4 unidades .;
  • un manojo de eneldo
  • Aceite vegetal – 40 ml;
  • Agua – 2.5 litros.

Preparación:

El kulish de pescado es un plato muy apreciado por pescadores, amantes de los picnic y todo quien aprecie la comida saludable. Es mejor prepararlo a campo abierto, sobre una fogata y con pescado recién atrapado y desviscerado; esto le imparte energía al platillo. Aunque también es muy delicioso preparado en la comodidad de la cocina; también se puede cocinar un kulish kozako de esta forma.

Para comenzar, limpiar bien el pescado, desaguar y hervir, reservando el caldo.

Luego sacar el pescado del caldo, y deshuesar.

Agregar el mijo al caldo y hervir por 15 minutos. Agregar las patatas, los vegetales sofritos y cocinar por media hora. Antes de servir, agregar los verdes y el pescado en rodajas o cubos.

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KULISH CON SETAS (#6)

Ingredientes para 6 porciones:

  • Setas secas (champignones o setas silvestres) – 300 gr.
  • Mijo – 150 g;
  • Patatas – 3 unidades .;
  • Cebolla – 1 unidad
  • Aceite vegetal – 60 ml;
  • Agua – 2 litros;
  • un manojo de perejil
  • Laurel – 2 hojas
  • Pimienta negra

Procedimiento:

Lavar y desaguar las setas, llenar una cacerola con el agua y las setas y cocer hasta que estén listas. Luego remover y picar. Reservar el caldo.

En el caldo, agregar el mijo y especias y cocinar por 20 minutos, luego agregar las patatas y dejar 10 minutos más. Rostizar o freir la cebolla junto con las setas y agregar al caldo. Luego cocinar a fuego lento, agregar las especias verdes y servir.

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KULISH CON SALO (#7)

Ingredientes para 6 porciones:

  • Mijo – 200 gr.
  • Salo – 250 g;
  • Patatas – 3 unidades.;
  • Cebollas – 2 unidades .;
  • Pimienta negra
  • Agua – 2.5 litros.

Preparación:

Dos ingredientes, el salo y el mijo, son los que determinan el sabor y calidad de este plato. Y el salo es la base, que no deberá ser reemplazado por nada.

Este producto da el hervor y, en combinación con los vegetales sofritos, se obtiene un sabor único.

Antes de cocinar, lavar abundantemente el mijo y hervirlo por 20 minutos y reservar. Rayar o picar el salo, añadir la cebolla y pimienta, agregar el agua y hervir.

Ya hirviendo, agregar las patatas rodajadas hasta que estén listas. Agregar el cereal y mover. Dejar enfriar un poco y servir.

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KULISH CON HUEVO EN FOGATA (#8)

Ingredientes para toda una compañía:

  • 500 g de mijo
  • 10 patatas grandes
  • 1 l de guisado de cerdo
  • 15 huevos de gallina
  • 1 zanahoria
  • 4 cebollas
  • Agua
  • 3-5 hojas de laurel
  • Sal, hierbas y pimienta al gusto
  • 100 ml de aceite de girasol

Preparación:

Lavar y cortar las cebollas. Poner una cacerola al fuego y freir la cebollas en el aceite de girasol. Picar, rallar o rodajar las zanahorias y agregar a la cebolla frita (todo esto sobre fuego abierto, no en brasas – todo debe hervir con intensidad).

Lavar y rodajar o partir en cubos las patatas, y agregar a los vegetales sofritos. Aplicar la sal y luego el agua, hasta que las patatas estén cubiertas con 3 a 4 cm de esta.

Mover constantemente por 30 a 40 minutos, hasta que las patatas estén listas.

Agregar luego las hierbas y pimienta y, si es necesario, añadir más agua y el mijo previamente lavado. Mover por 10 minutos más y luego tapar.

Suavemente abrir los 15 huevos, uno a uno, y añadir sin romper la yema al caldo en ebullición, sin dejar de mover, pero teniendo cuidado con las yemas, durante 5 minutos más.

Servir y disfrutar.

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KULISH CON TRIGO SARRACENO Y CERDO (#9)

Ingredientes:

  • 400 g de carne de cerdo
  • 1 taza de granos de trigo sarraceno
  • 1 cebolla y 1 zanahoria
  • 50 g de filete de salmón
  • 1 litro de caldo de res
  • Pimienta negra entera
  • Sal al gusto
  • Perejil o eneldo

Preparación:

Rodajar la carne de puerco y freir con la cebolla y zanahoria; sacar y servir en los platos de los comensales.

Agregar el caldo de res en ebullición, y suavemente agregar la pimienta negra, moliéndola dentro del tazón del comensal.

Con el resto del caldo, en una cacerola, hervir el trigo sarraceno y, ya listo, verter en los platos.

Cubrir los platos de porciones y hornear por 60 a 80 minutos. Al servir al comensal, agregar el perejil o eneldo picados.

Fuente

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La base del kulish, la esencia, es el mijo (Пшоно), y el toque kozako lo da el salo, e incluso el proceso de prepararlo a campo abierto en una cacerola (Kazak – enlace) sobre fuego intenso.

El primero se lava y se cuece durante 20 minutos al menos, y puede ser agregado junto con los demás ingredientes o al final.

El kulish más simple es el “Kulish Hutsul”: mijo cocido, leche y sal para aderezar.

El salo se frie de primero, en rodajas o cubos al gusto del cocinero, y es la grasa que suelta la que le aporta el sabor kozako, luego la cebolla, zanahoria y finalmente el agua, al hervir se le agregan patatas.

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El resto de ingredientes son los que hacen que existan más de 5000 recetas de kulish. Existe el de pato, de cordero, de hígado de res o puerco, de ganso y otras diversas carnes; también lo hay vegetariano, con alubias, chícharos y todo tipo de vegetales (excepto betabel o remolacha, que es más típico del Borshch – enlace).

(Otro artículo sobre un plato tipo caldo ucraniano – la Yushka)

(Recopilación de artículos sobre Kozakos)

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