Almas Muertas – Por Mykola Hóhol – Capítulos V y VI

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CAPITULO V

Nuestro protagonista se marchaba con el resuello todavía en el cuerpo.

A pesar de que los caballos avanzaban a todo galope y la aldea de Nozdriov se había perdido ya de vista, quedando oculta tras los campos y las colinas, no dejaba de volver la cabeza con temor, pensando que podían haber salido tras él y si estarían a punto de darle alcance.

Aspiraba con dificultad y al ponerse la mano sobre el corazón se dio cuenta de que saltaba como pájaro encerrado en una jaula.

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« ¡Qué manera de hacerme sudar! Ese…» Y entonces volcó sobre Nozdriov deseos y maldiciones de todo tipo, con los que mezclaba incluso palabras gruesas. ¿Qué se le va a hacer? Era ruso, y por otra parte estaba sumamente enojado. El asunto no era como para no tomarlo en serio.

«De no haber aparecido muy oportunamente el capitán de policía — pensaba—, tal vez allí mi existencia habría llegado a su fin. Habría desaparecido de igual modo que desaparece una burbuja en el agua, sin dejar huella de su paso, ni descendencia, sin ver a mis futuros hijos, ni a mi fortuna ni un apellido decente.»

Pues nuestro protagonista sentía gran preocupación por su descendencia y porvenir.

« ¡Qué señor tan repugnante! —se decía Selifán—. Es el primero que veo como él. Se merece que le escupiera en la cara. A la persona no le des comida si no quieres, pero al caballo tienes la obligación de alimentarlo, puesto que a él le gusta la avena. Es su alimento. La avena representa para él lo que la comida para nosotros: es su sustento.»

Los caballos parecían asimismo haber sacado no muy buena impresión de Nozdriov. No sólo «Asesor» y el bayo estaban de mal humor, sino también el blanco. A pesar de que a él le tocaba la peor ración de avena y Selifán se la arrojaba al pesebre exclamando: « ¡Come, miserable!», lo que le echaba era avena, y no simple heno: la comía con sumo agrado y muchas veces introducía su largo morro en el pesebre de sus compañeros para probar lo que les habían dado a ellos, especialmente cuando Selifán se había ausentado de la cuadra. Pero en esta ocasión no les habían dado más que heno… Eso no estaba nada bien. Se veía claramente lo descontentos que estaban todos.

Pero poco después las reflexiones de los descontentos fueron interrumpidas cuando menos lo esperaban y de modo brusco.

Todos, incluido el cochero, advirtieron la cosa cuando ya se les había echado encima un carruaje arrastrado por seis caballos y casi sobre ellos oyeron cómo gritaban la damas que iban en él, y las amenazas y maldiciones del otro cochero.

— ¿No me has oído, imbécil, cuando te gritaba que giraras a la derecha? ¿Estás borracho?

Selifán se dio cuenta de que había cometido una falta, pero como al ruso le molesta reconocer su culpa ante los demás, a continuación se irguió, exclamando:

— ¿Y por qué corrías tú tanto? ¿Acaso has dejado en la taberna tus ojos en prenda?

Acto seguido intentó hacer que su coche retrocediera a fin de desenredar los aparejos, pero no era ésta una empresa fácil, ya que todo se había hecho un lío.

El caballo blanco, sintiéndose curioso, olfateaba a los nuevos amigos que le habían aparecido a ambos lados. Mientras tanto las damas del otro carruaje, con el susto reflejado en la cara, investigaban en torno a ellas. Una era de edad y la otra una jovencita de dieciséis años, de dorada cabellera peinada con mucha gracia. El hermoso óvalo de su cara tenía la misma forma redondeada de un huevo recién puesto y, al igual que él, poseía su misma blancura transparente cuando las morenas manos del ama de llaves lo sacan del ponedero para observarlo al trasluz, frente a los resplandecientes rayos del sol. Sus suaves orejitas eran también transparentes, y se coloreaban con la cálida luz que las atravesaba. La expresión de susto que se advertía en sus labios entreabiertos e inmóviles, y las lágrimas de sus ojos, resultaban tan emotivas, que nuestro héroe la contempló con la mirada fija en ella sin hacer caso alguno del barullo que habían organizado los cocheros y los caballos.

— ¡Hazte atrás, imbécil! —gritó con furia el otro cochero.
Selifán tiró de las riendas, el otro cochero hizo otro tanto, los caballos retrocedieron pero se enredaron de nuevo al pisar los tirantes, Para colmo, el blanco se sentía tan complacido con sus nuevos amigos que en modo alguno quería alejarse del carril al que le había empujado el Destino, y con el morro junto al cuello de su amigo, parecía estarle diciendo algo al oído, sin duda una necedad de primera clase, ya que el otro no paraba de mover las orejas.

No obstante, aquel barullo atrajo a los campesinos de una aldea felizmente cercana. Como un espectáculo de tal categoría es para el campesino una bendición de Dios, algo semejante a lo que para el alemán representa el periódico o el club, poco después se habían concentrado en gran número en torno a los carruajes, hasta el punto de que en la aldea únicamente quedaron las viejas y los niños pequeños.

Al fin soltaron los tirantes. Varios golpes que recibió el blanco en el morro le obligaron a retroceder. En resumen, los separaron. Pero sea por la indignación que experimentaban los demás caballos al ver que los separaban de sus amigos, sea por simple estupidez, la cuestión es que por más que el cochero les arreara con el látigo, permanecían como clavados, sin avanzar un solo paso.

El interés de los campesinos aumentó hasta extremos inconcebibles.

Los consejos se sucedían, todos intentaban meter baza:
—Tú, Andriushka, agarra por las riendas al de la derecha, y tú, tío Mitiai, móntate en el de varas. Vamos tío Mitiai, móntate.

El tío Mitiai, larguirucho y enjuto, con barba de color rojizo, hizo lo que le indicaban, transformándose en algo parecido a un campanario de aldea, o más todavía, a uno de los ganchos con que se extrae el agua de un pozo. El cochero fustigó a los caballos, pero tanto esto como los incesantes esfuerzos del tío Mitiai fueron inútiles.

— ¡Detente, detente! —gritaron los campesinos—. Tío Mitiai, móntate en el derecho, y tú, tío Miniai, monta en el de varas.

El tío Miniai, un campesino de robustas espaldas, barba negra como la pez y vientre semejante al enorme samovar en que se calienta el hidromiel para todos los ateridos asistentes al mercado, se montó con gusto al caballo de varas, que estuvo a punto de derribarse bajo su peso.

—Ahora irá bien la cosa —gritaron los campesinos—. Dale, dale a éste.
Suéltale un latigazo a ese otro que se agita como si fuera un koramora*.

* Es un mosquito de gran tamaño, largo y de torpes movimientos. A veces penetra en los aposentos y se posa solitario en las paredes. Con facilidad se deja agarrar de una pata, y no hace más que revolverse y retorcerse

Al ver, no obstante, que todo continuaba igual y que los latigazos no surtían efecto alguno, el tío Mitiai y el tío Miniai montaron ambos en el caballo de varas, y en el de la derecha se subió Andriushka. Por último el cochero, agotada su paciencia, prescindió de la ayuda del tío Mitiai y del tío Miniai, e hizo bien, ya que los caballos estaban bañados en sudor, como si hubieran recorrido de una galopada la distancia que les separaba de la estación de postas. Los dejó reposar un rato, y los caballos mismos se desenredaron y continuaron su camino.

En el transcurso de todas estas maniobras, Chichikov se quedó mirando muy atentamente a la joven desconocida. Intentó en repetidas ocasiones iniciar conversación con ella, pero las cosas le salieron mal.

Entretanto, las damas prosiguieron su viaje y la hermosa cabecita, los suaves rasgos de su rostro y el fino talle se esfumaron como si fueran una visión.

Y otra vez se quedaron solos en el camino el carruaje, los tres caballos ya conocidos por el lector, Selifán, Chichikov y la soledad de los vastos campos que les rodeaban. En la vida, cualquiera que sea el sitio que consideremos, ya entre las ásperas, pobres, endurecidas y sucias capas inferiores, ya entre las superiores, frías hasta la monotonía y aburridamente pulcras, en todas partes, aunque sólo sea una vez, se encuentra el hombre con una visión totalmente distinta a cuanto hasta aquel momento ha hallado y que, cuanto menos una vez, despierta en él sentimientos muy contrarios a los que en él latían y latirán en el transcurso de toda su vida.

Constantemente, a través de las tribulaciones y pesares de que aparece entretejida nuestra vida, cruza gozosa una resplandeciente alegría, como una refulgente carroza tirada por bellos caballos con jaeces de oro y cristales que deslumbran al sol, que, de pronto, cruza una mísera aldehuela perdida, que jamás vio otra cosa que los carros de los mujiks, mientras que los campesinos se quedan durante largo tiempo boquiabiertos y con el gorro en la mano aun después de haber perdido de vista el fantástico carruaje. Así, pues, cuando menos lo esperábamos, surgió la jovencita rubia en nuestra narración y, con igual rapidez desapareció de ella.

De haber sido Chichikov un muchacho de veinte años, estudiante o bien húsar, o sencillamente un joven que daba los primeros pasos en el camino de la vida, ¡Santo Dios, qué sentimientos habrían nacido en él! ¡De qué manera se habría removido y hablado su alma! Durante mucho rato se habría quedado abstraído en aquel lugar, con la mirada fija en la lejanía sin ver lo que se ofrecía a sus ojos, no acordándose ya de su viaje ni de las reconvenciones y los reproches que le aguardaban por su retraso, no acordándose de su persona, de sus asuntos, del mundo ni de todo lo que en él existe.

Pero nuestro protagonista era hombre de alguna edad, y estaba dotado de un carácter prudente y frío. También él permaneció meditabundo, pero sus pensamientos fueron muy positivos, no había en ellos nada de vaguedad, y hasta en cierto modo eran unas ideas sólidamente fundadas.

« ¡Qué maravillosa mujercita! —se decía para sus adentros mientras abría la tabaquera y tomaba una pulgada de rapé—. Sin embargo, ¿qué es lo mejor que posee? Por lo que parece, ha salido recientemente de un pensionado o instituto; no tiene nada de mujer, es decir, nada de eso que precisamente resulta en las mujeres más grato. Ahora es como una niña, en ella nada es complicado, dice lo que piensa y ríe cuando le apetece. Con ella es posible hacer todo cuanto se quiera, puede llegar a convertirse en una maravilla, o puede resultar un guiñapo, ¡y resultará un guiñapo! Será suficiente que la cojan por su cuenta la mamaíta y las tiítas. En escasamente un año la llenarán de toda clase de ideas de mujer hasta el extremo de que ni su propio padre logrará conocerla. Así surgirán en ella la presunción y la altivez, comenzará a moverse de acuerdo con instrucciones aprendidas de memoria; la atormentarán los quebraderos de cabeza, preguntándose con quién, cuando y cómo se debe hablar, y cómo se debe mirar a cada cual; constantemente estará temiendo hablar más de la cuenta; llegará a hacerse una confusión con todo y acabará mintiendo siempre. ¡El diablo sabe cómo terminará!»

Durante un rato permaneció en silencio, y después continuó:
«Me gustaría enterarme de algo acerca de su familia. ¿Quién puede ser su padre? ¿Un rico propietario de buen carácter, o simplemente un hombre sensato que ejerciendo su cargo ha sabido reunir algún capital? Porque si, supongámoslo, a esta jovencita le dan una dote de doscientos mil rublos, resultaría un bocado maravilloso, realmente magnífico. Podría hacer feliz, por así decirlo, a cualquier hombre formal.»

Los doscientos mil rublos comenzaron a presentársele de modo tan agradable, que en su interior comenzó a reprocharse no haberse valido de aquel incidente para preguntar al cochero o al postillón la identidad de las dos viajeras. Sin embargo, pronto surgió a lo lejos la aldea de Sobakevich, que le distrajo de sus reflexiones y le hizo volver a la materia que en todo momento le ocupaba.

Encontró la aldea bastante grande. Dos bosques, uno de pinos y otro de abedules, se extendían a derecha e izquierda semejantes a dos alas, una oscura y otra más clara. En el centro se alzaba un edificio con buharda cuya techumbre estaba pintada de rojo y las paredes de color gris bastante oscuro, un edificio muy semejante a los que se construyen para los campamentos militares y para los colonos alemanes. Se veía claramente que su construcción había representado una incesante lucha entre el arquitecto y los deseos del propietario… El primero era extremadamente formalista y le gustaba la simetría, y en cambio el segundo quería la comicidad. Así, había ordenado que en un ala taparan todas las ventanas, practicando, por el contrario, un ventanuco que sin duda era necesario para dar luz a algún oscuro aposento.

De igual manera el frontal no correspondía al centro de la casa, por más que el arquitecto se hubiera esforzado, ya que el propietario había ordenado quitar una columna lateral, con lo cual resultaba que las columnas no eran cuatro, como al primer momento se creía, sino sólo tres. Una valla de sólida madera y constituida por tablas de enorme grosor rodeaba todo el patio.

Todo indicaba muy a las claras que el dueño se preocupaba en extremo por la solidez. Para los cobertizos, la cuadra y la cocina se habían utilizado gruesos y pesados troncos, como si fueran construcciones hechas para conservarse durante siglos enteros. Las cabañas de los campesinos eran asimismo tremendamente sólidas. Ninguna de ellas tenía adornos tallados o cualquier clase de filigranas, pero eran resistentes y estaban bien terminadas. Hasta el pretil del puente había sido levantado con unos troncos de roble de grosor como solamente se ven en los barcos y en los molinos. En resumen, se mirara donde se mirase, todo aparecía hecho a conciencia, fuerte, aunque en extremo pesado.

Cuando se aproximó al portal, Chichikov pudo distinguir dos cabezas que se asomaban casi al mismo tiempo por una ventana: una era de mujer, con cofia, y su rostro, estrecho y alargado, tenía la misma forma que un pepino; la otra era de hombre, ancha y redonda como esas calabazas de Molravia que en nuestro país se utilizan para hacer balalaicas ligeras de dos cuerdas, esos instrumentos que son el ornato y la distracción del joven de veinte años, presumido y osado, que guiña el ojo y silba a las muchachas de blanco pecho y cuello liso que forman corro en torno a él para escuchar su delicado rasgueo. A continuación los dos rostros desaparecieron. En la puerta apareció un criado que llevaba una chaquetilla gris de alto cuello azul, quien indicó a Chichikov que pasara al vestíbulo, adonde salió después el mismo dueño de la casa.

En cuanto vio al recién llegado, dijo con voz ronca: «Tenga la bondad», y lo condujo a los aposentos interiores.

Chichikov lanzó una mirada de reojo a Sobakevich y le pareció que estaba viendo a un oso de tamaño mediano. Para darle todavía más parecido, llevaba, un frac de color de la piel de oso, de mangas demasiado largas; los pantalones eran igualmente muy largos, y él caminaba de manera muy desgarbada, pisando sin cesar a quien se hallara en las inmediaciones. El color de su rostro era como el del hierro puesto al rojo, bastante parecido al de las monedas de cobre de cinco kopecs. Es de sobras sabido que en el mundo hay numerosos rostros como ése, que la Naturaleza forjó sin pensarlo demasiado, sin utilizar delicadas herramientas como el punzón, la lima y otras, sino que los forjó a hachazos; tras un hachazo surgió la nariz, después de descargar otro salieron los labios, mediante una gruesa barrena le taladró los ojos y, sin detenerse a pulir su obra, la arrojó al mundo exclamando: « ¡Vive!»

Chichikov lanzó una mirada de reojo a Sobakevich y le pareció que estaba viendo a un oso de tamaño mediano. Para darle todavía más parecido, llevaba, un frac de color de la piel de oso, de mangas demasiado largas

Así era Sobakevich, robusto y tallado toscamente. Su cabeza se mantenía más bien baja que alta, su cuello no hacía el más mínimo movimiento, y, a causa de esta rigidez, en contadas ocasiones miraba a su interlocutor, sino que contemplaba una esquina de la estufa o bien la puerta. Chichikov le miró de nuevo mientras pasaban al comedor.

¡Era verdaderamente un oso, un auténtico oso! A fin de completar el parecido, se llamaba Mijail Semionovich*.

Los rusos llaman a los osos Mishka o Misha, diminutivo familiar de Mija

Conociendo ya muy bien la costumbre que tenía de pisar a cuantos se hallaban cerca, Chichikov avanzaba con sumo cuidado y siempre le cedía el paso. El mismo dueño de la casa pareció advertirlo y en seguida le preguntó:

— ¿Acaso le he molestado?
Pero Chichikov le contestó dándole las gracias y añadiendo que todavía no había experimentado ninguna molestia.

En cuanto hubieron llegado a la sala, Sobakevich, señalándole una butaca, volvió a decir:

—Tenga la bondad.

Chichikov tomó asiento y lanzó una ojeada a las paredes y a los cuadros que pendían de ellas. Todos representaban buenos mozos, generales griegos en su tamaño natural: Maurocordato vestido con guerrera pantalones de color rojo, y provisto de lentes que cabaleaban sobre su nariz; Miauli, Kanaris. Se trataba de unos héroes con tales pantorrillas y bigotazos que sólo con verlos se echaba uno a temblar. Al lado de éstos, sin que nadie supiera por qué ni para qué, se hallaba Bragation*, delgado y bajito, con unos pequeñísimos cañones y banderas al pie, encerrados en un diminuto marco.

General ruso que, a las órdenes de Suvorov, se distinguió en las guerras napoleónicas y sobre todo en la batalla de Borodino. Vivió entre 1765-1812.

A continuación se veía a la heroína griega Bobelina, cuya pierna parecía más gruesa que el torso de los petimetres que actualmente invaden los salones. Era como si el propietario, hombre fuerte y robusto, hubiera tenido el propósito de adornar la estancia con gentes no menos fuertes y robustas. Junto a Bobelina, al lado mismo de la ventana, se veía una jaula en la que estaba encerrado un tordo oscuro moteado de blanco, el cual guardaba también un gran parecido con Sobakevich. Apenas habían tenido tiempo de quedar callados el recién llegado y el propietario, cuando abriéndose la puerta de la sala, penetró en el aposento la señora, dama de muy elevada estatura y que llevaba una cofia sujeta con unas cintas que habían sido teñidas en casa. Entró con aire majestuoso, manteniendo la cabeza erguida como una palmera.

—Esta es mi Feodulia Ivanovna —dijo entonces Sobakevich.

Chichikov se levantó y besó la mano a Feodulia Ivanovna, quien casi se la metió en la boca, por lo que tuvo oportunidad de advertir que se lavaba con la salmuera de los pepinos.

—Querida —continuó Sobakevich—, te presento a Pavel IvanovichChichikov, a quien tuve el honor de conocer en casa del gobernador y en la del jefe de Correos.

Feodulia Ivanovna le indicó que tomara asiento, diciendo asimismo:
«Tenga la bondad» y moviendo la cabeza del mismo modo que lo hacen las actrices cuando representan el papel de reinas. Después se sentó en el diván, y tras arrebujarse en su pañoleta de lana, ya no volvió a parpadear, ni siquiera a mover una ceja.

Chichikov alzó de nuevo la vista y vio otra vez a Kanaris con sus gruesas pantorrillas y sus largos bigotes, a la Bobelina y al tordo en la jaula.

Por espacio de cinco minutos permanecieron todos sin pronunciar palabra. Lo único que podía oírse era el repiqueteo que producía el tordo con su pico en los barrotes de la jaula, en el fondo de la cual había unos cuantos granos de trigo. Chichikov volvió a pasar revista a la estancia: todo lo que se encontraba en ella era macizo, fuerte, y tenía una extraña semejanza con el dueño de la casa. En un rincón de la sala había un barrigudo escritorio de madera de nogal, cuyas cuatro patas eran extraordinariamente absurdas. La mesa, las sillas, las butacas, todo era pesado y producía sensación de desasosiego. En resumen, cada cosa, cada silla, parecía estar diciendo: «¡Yo también soy Sobakevich! o «¡Yo también me parezco a Sobakevich!»

Nos acordamos de usted el jueves pasado, en casa de Iván Grigorievich, el presidente de la Cámara —dijo por último Chichikov al ver que ninguno de los presentes tenía el propósito de hablar—. Fue una velada muy agradable.

—Sí, aquel día no fui a la casa del presidente —dijo Sobakevich.

—Es una magnífica persona.
— ¿Quién? —preguntó Sobakevich mirando al rincón de la estufa.
—El presidente.
—Se lo habrá parecido a usted. Pero es un masón y un estúpido como no se puede encontrar otro en el mundo.

Chichikov se quedó cortado al oír una frase tan tajante; sin embargo, se rehizo y prosiguió:

—Es verdad, todos tienen sus defectos, pero, por el contrario, el gobernador es una persona excelente.

— ¿Excelente el gobernador?

—Sí. ¿Acaso no es cierto?
— ¡Es el mayor bandolero que pueda haber en el mundo!
— ¿Qué me dice? ¿El gobernador, un bandolero? —exclamó Chichikov incapaz de comprender de qué modo el gobernador había parado en bandolero—. Debo confesarle que no lo suponía ni remotamente —continuó—. Permítame, no obstante, hacer notar que sus maneras no son de mala persona, sino que más bien se distingue por su delicadeza.

Y para demostrar su afirmación se puso a hablar de las bolsitas que sabía bordar y de la dulce expresión de su cara.

—También su rostro es de bandolero —añadió Sobakevich—. Si se le pone una navaja en la mano y se le deja en cualquier camino, es capaz de matar al primero que se le presente. ¡Lo matará por un kopec! Y el vicegobernador otro tanto, son tal para cual.

«No le hablaré más de ellos, parece que no le caen bien —se dijo Chichikov—. Voy a hablarle del jefe de policía, pues creo que de él sí es amigo.»

—A pesar de todo —dijo—, debo confesarle que quien más me gusta es el jefe de policía. ¡Qué carácter tiene tan abierto y franco! ¡Qué sinceridad se advierte en su rostro!

— ¡Es un granuja! —exclamó Sobakevich con mucha sangre fría—. Es capaz de traicionarle, de engañarle, y se sentará con usted a la mesa. Los conozco muy bien a todos. Son unos pillos de siete suelas. Toda la ciudad es como ellos: un granuja cabalga sobre otro mientras un tercero los va azuzando. Son unos Judas. El único hombre honrado es el fiscal, y aun así, en realidad no es más que un cochino.

Tras estas loables, aunque compendiadas, biografías, Chichikov se dio cuenta de que lo mejor era pasar por alto a los restantes funcionarios,acordándose de que a los Sobakevich les disgustaba hablar bien de nadie.

—Bien, querido —intervino entonces la mujer de Sobakevich dirigiéndose a él—, es hora de ir a comer.

—Tenga la bondad —rogó el marido a Chichikov.

Se dirigieron a la mesa en la que estaban dispuestos los entremeses; el invitado y el dueño de la casa tomaron, como corresponde, una copa de vodka y menudencias de todo género, tanto saladas como no, a fin de despertar el apetito; o sea que hicieron como se acostumbra a lo largo y a lo ancho de la espaciosa Rusia no sólo en las ciudades sino también en las aldeas. Seguidamente se encaminaron al comedor, precediéndoles, como un ganso, la dueña de la casa.

La mesa, un tanto pequeña, había sido dispuesta para cuatro comensales. El cuarto, que compareció poco después, era alguien de quien nos resultaría imposible decir si era casada o soltera, parienta, ama de gobierno o, sencillamente, habitante de la casa; se trataba de alguien sin cofia, de alrededor de treinta años, cubierta por un pañolón de vivos colores. Hay seres que existen en el mundo no como objetos, sino como pequeñas manchitas o motitas sobre un objeto. Se hallan todas ellas en un mismo lugar, mantienen de igual manera la cabeza, la mayoría de las veces las toma uno por un oso y piensa que desde que nacieron sus labios jamás pronunciaron una sola palabra. Por el contrario, allá en la habitación de las criadas o en la despensa se convierten en una potencia.

—Esta sopa de coles es hoy muy buena, alma mía —dijo Sobakevich sorbiendo cucharada tras cucharada, al mismo tiempo que se servía de la fuente un gran pedazo de ñaña, ese conocido manjar que se come con la sopa de coles y que consiste en un estomago de cordero relleno de gachas de alforfón, patas y sesos—. Una ñaña igual —continuó dirigiéndose ahora a Chichikov— no la comería usted en la ciudad. ¡El diablo sabe qué es lo que le servirían allí!

—No obstante, la mesa del gobernador es bastante buena —comentó Chichikov.

— ¿Sabe de qué manera guisan? Si estuviera enterado de ello, le resultaría imposible probar un solo bocado.

—Ignoro cómo guisan, no estoy capacitado para juzgar, pero las chuletas de cerdo y el pescado cocido a vapor estaban deliciosos.

—Lo creería usted. Sé muy bien lo que compra en el mercado. Ese miserable de cocinero, que aprendió con un francés, compra un gato, y después de despellejarlo lo hace pasar por liebre.

— ¡Huy, qué asco! —exclamó la mujer de Sobakevich.
—De este modo es como lo hacen en todas sus casas, alma mía; yo no tengo ninguna culpa, pero así lo hacen. Los desperdicios, todo lo que aquí echa Akulka al basurero, con perdón sea dicho, ellos lo meten en la sopa. ¡Sí, en la sopa, como lo oyes! – Siempre te pones a contar en la mesa cosas nada agradables —replicó la mujer de Sobakevich.

— ¡Qué quieres, alma mía! —dijo éste—. Si fuera yo quien lo hace…

Pero sabes perfectamente que yo no comeré porquerías. Aunque me trajeras las ranas rebozadas en azúcar, no las probaría, como tampoco las ostras. Sé muy bien a qué se parecen las ostras. Sírvase usted cordero —continuó, volviéndose hacia Chichikov—. Esto es costado de cordero con gachas de alforfón. No se trata de la pepitoria que preparan en las comidas de los señores con una carne que desde cuatro días antes está en la plaza. Son inventos de los doctores franceses y alemanes. Yo los mandaría ahorcar a todos. ¡Han inventado la dieta, curan haciendo que la gente pase hambre! Son personas endebles y se imaginan que sus métodos sientan bien al estómago de los rusos. Todo eso no son más que invenciones suyas… —y en este punto Sobakevich, enojado, sacudió la cabeza—. No hacen más que hablar de la ilustración y sobre la ilustración, y no obstante la ilustración es una porquería.

Diría otra palabra, pero no lo hago por respeto, teniendo en cuenta que nos hallamos en la mesa. Yo no hago las cosas como ellos. Si hay cerdo, venga todo el cerdo a la mesa; cuando hay cordero, venga el cordero entero; y cuando hay ganso, ¡el ganso entero! Para mí vale más comer dos platos, pero en la cantidad necesaria, lo que mi estómago exige.

Y Sobakevich avaló sus palabras con hechos. Después de haberse servido medio costado de cordero, se lo comió completamente, royendo y chupando hasta el más pequeño hueso.

«Sí —se dijo Chichikov para sus adentros—, es persona de buen diente.»
—En mi casa somos muy distintos —continuó diciendo Sobakevich, mientras se limpiaba las manos con la servilleta—. No hacemos igual que un Pliushkin cualquiera, quien poseyendo más de ochocientas almas come y vive peor que mi pastor.

— ¿Quién es ese tal Pliushkin? —preguntó Chichikov.

—Es un pillo —repuso Sobakevich—, un tacaño como usted no se puede hacer idea. Los presos de la cárcel viven mucho mejor que él. Mata a los suyos de hambre.

— ¿Es cierto? —exclamó Chichikov interesado—. ¿Y dice usted que sus gentes se mueren en enormes proporciones?

—Se le mueren como moscas.

— ¿Es posible que como moscas? Y dígame, ¿dónde vive? ¿Está cerca de aquí?

A unas cinco verstas.

— ¡Cinco verstas! —exclamó Chichikov, e incluso sintió que su corazón latía con más velocidad—. Al salir de su portón, ¿a qué lado se encuentra? ¿A la derecha o a la izquierda?

—Si quiere seguir mi consejo, no pregunte siquiera por el camino que conduce a la casa de ese perro —repuso Sobakevich—. Es mucho mejor acudir a un lugar excusado que a su casa.

—No se lo preguntaba por nada, sino solamente porque me interesan los lugares más diferentes —contestó Chichikov.

Detrás del costado de cordero siguieron las empanadas, cada una de las cuales era de tamaño mucho mayor que un plato, y seguidamente un pavo tan grande como un ternero, que estaba relleno de huevo, hígado, arroz y Dios sabe qué más, todo ello metido en el vientre de dicha ave.

En este punto concluyó la comida, pero cuando Chichikov se levantó de la mesa tuvo la sensación de que había aumentado su peso en un pud.

Se encaminaron entonces a la sala, donde les aguardaban unos platos de dulce que no era ni de ciruela, ni de pera, ni de ninguna baya conocida aunque, sin embargo, ni el invitado ni el dueño de la casa lo probaron.

La anfitriona se marchó con intención de llenar de dulce otros platos.

Chichikov, aprovechando que ella se hallaba ausente, se volvió hacia Sobakevich, quien, apoltronado en su butaca, no hacía más que carraspear después de tan copiosa comida, y emitiendo unos sonidos ininteligibles, santiguándose de vez en cuando y tapándose la boca a cada instante con una mano. Chichikov le dirigió las palabras que siguen:

—Querría hablarle de cierto asuntillo.

—Aquí hay más dulce —interrumpió la anfitriona, que en aquel momento volvía con un plato—. Es de rábano preparado con miel.

—Luego —dijo Sobakevich—. Tú puedes irte a tu aposento. Pavel Ivanovich y yo nos quitaremos el frac y reposaremos un rato.

La dueña de la casa iba a ordenar que trajeran edredones y almohadas, pero el anfitrión dijo:

—No es necesario, descansaremos en los sillones.

La anfitriona se retiró y Sobakevich inclinó un poco la cabeza, como si se dispusiera a escuchar cuál era aquel asuntillo.

Chichikov comenzó de muy lejos, habló acerca del Imperio ruso y alabó grandemente su extensa superficie; dijo que ni siquiera la antigua monarquía romana había sido tan enorme, cosa que, con toda razón, llenaba de asombro a los extranjeros… Sobakevich le escuchaba con la cabeza inclinada y sin pronunciar palabra.

Y de acuerdo con las leyes que existen en este Imperio, continuó Chichikov, cuya gloria no tiene par, los siervos que están inscritos en el registro y cuyos trabajos en este mundo llegaron a su fin, continúan constando como existentes, mientras no se confeccione un nuevo registro, como si aún estuvieran vivos, con el propósito de no recargar las oficinas públicas, con una infinidad de datos minuciosos y absurdos, y de no rellenar más el ya de por sí complicado mecanismo estatal…

Sobakevich continuaba escuchándole con la cabeza inclinada.

Y no obstante, aunque esta medida fuera muy justa, por otra parte resultaba en cierto modo gravosa para gran número de terratenientes, obligándoles a pagar las cargas como si se tratara de siervos vivos.

Y él, impulsado por el aprecio que sentía por su amigo, estaba dispuesto a hacerse cargo de ese deber, verdaderamente gravoso.

En cuanto a la materia principal, Chichikov se expresó con extremada cautela: no llamó a dichos siervos almas muertas, Sino simplemente inexistentes.

Sobakevich le estuvo escuchando hasta el final con la cabeza agachada, sin que en su cara se notase ninguna expresión. Producía la sensación de que aquel cuerpo era algo sin alma, o de que, en caso de tenerla, no ocupaba el sitio que debía corresponderle, sino que, a semejanza del koschei* inmortal, se encontraba más allá de las lejanas montañas, envuelta en un pellejo tan grueso que todo lo que se removía en su fondo no daba lugar en la superficie a la más mínima conmoción.

Es decir, el esqueleto inmortal. En los cuentos populares rusos, es un anciano enjuto, malvado y rico que posee el secreto de la longevidad.

— ¿Qué me responde? —inquirió Chichikov, esperando la contestación un tanto emocionado.

—Lo que usted quiere son almas muertas, ¿no es Cierto? —repuso Sobakevich sin trasparentar el menor asombro, como si se estuviera tratando la venta de trigo.

—Sí —asintió Chichikov, quien volvió a suavizar la expresión añadiendo—: inexistentes…

—Las hallaremos, ¿por qué no las hemos de hallar? —dijo Sobakevich.

—Y si hay algunas, usted, con toda seguridad, estará encantado de librarse de ellas.

— ¿Por qué no había de estarlo? Bien, se las venderé —dijo Sobakevich alzando un poco la cabeza y dándose cuenta de que el comprador debería obtener de ello algún beneficio.

«¡Diablos! —se dijo Chichikov—. Este ofrece antes de que haya dicho nada de comprarlas», y añadió en voz alta:

— ¿Y cuánto querría por ellas, por ejemplo? Aunque es un artículo que… incluso queda raro hablar de precios…

—Para que no pueda decir que pido mucho, cien rublos por pieza —repuso Sobakevich.

— ¡Cien rublos! —exclamó Chichikov, quien se quedó como petrificado y mirándole a los ojos sin saber qué pensar, si era que él lo había oído mal, o bien que la lengua de Sobakevich, naturalmente torpe, había ofrecido resistencia a las intenciones del dueño, pronunciando una palabra por otra.

— ¿Lo cree usted caro? —preguntó Sobakevich, agregando después—: ¿Y cuál es su precio?

— ¿Precio? Sin duda nos hemos equivocado o no nos entendemos bien.

Hemos olvidado de qué materia tratamos. Con la mano sobre el corazón, pienso que lo más que se puede ofrecer son ochenta kopecs.

— ¿Qué dice? ¿Ochenta kopecs?

—A mi entender no es posible dar más.
—No es cualquier cosa lo que vendo.
—No obstante pensará usted como yo que tampoco son personas.

—A ver si se cree usted que hallará algún estúpido que le venda por veinte kopecs las almas que están inscritas en el registro.

—Pero óigame, ¿por qué dice almas inscritas en el registro? Se trata de almas muertas, absolutamente muertas, de las que sólo queda una palabra que nada significa. Sin embargo, a fin de no prolongar más nuestra conversación acerca de este tema, le daré un rublo y medio. Si usted acepta, bien, y si no, no me es posible ofrecer nada más.

— ¡Vergüenza debería darle ofrecer esa cantidad! No regatee y diga cuál es su verdadero precio.

—No me es posible, Mijail Semionovich; con el corazón en la mano se lo digo, créame que me es imposible, y lo que es imposible, es imposible —dijo Chichikov, aunque añadió otros cincuenta kopecs.

— ¿Por qué es usted tan tacaño? —le preguntó Sobakevich—. ¡No es nada caro, puede creerlo! Otro propietario le engañaría, le vendería guiñapos en lugar de siervos. Los míos son magníficos, a cual mejor: el que no posee un oficio es un forzudo campesino. Así por ejemplo el carretero Mijeiev. Sólo se dedicaba a hacer coches de ballestas. Y no como los que hacen en Moscú, que una hora después ya se han roto, sino sólidos y recios, y él mismo los barnizaba y tapizaba.

Chichikov abrió la boca para hacer notar que, sin embargo, Mijeiev estaba bien muerto, pero Sobakevich había dado rienda suelta a su lengua, como se acostumbra a decir, sin que podamos afirmar de dónde le procedía aquella locuacidad.

— ¿Y Stepan Probka, el carpintero? Apostaría la cabeza a que no consigue hallar otro que se le parezca. ¡Qué fuerza tenía! De haber servido en la Guardia, Dios sabe lo que le habrían hecho. ¡Medía tres varas, o más!

Chichikov intentó otra vez hacer constar que igualmente Probka había abandonado este mundo, pero parecía que a Sobakevich le hubieran dado cuerda. De su boca manaba tal torrente de palabras que, a pesar de que uno se resistiera, no tenía más remedio que escucharle.

— ¡Y el estufero Milushkin! Era capaz de construir una estufa en la casa que uno eligiera. O el zapatero Maxim Teliatnikov. Con sólo clavar la lesna, tenía un par de botas hechas. ¡Y no digamos qué botas eran aquéllas! Y jamás bebía vodka. ¡Y Eremei Sorokopliojin! El solo valía como todos los demás juntos. Tenía un comercio en Moscú y como tributo me pagaba quinientos rublos. ¡Qué gente! ¡No pueden compararse con los que venda ningún Pliushkin!

—Pero permítame —dijo al fin Chichikov, quien se admiraba de tal torrente de palabras, las cuales parecía que no iban a acabar nunca—. ¿A qué viene contarme ahora todas sus cualidades? En resumidas cuentas ya no sirven para nada. No son más que personas que han fallecido. Y los que están en el otro mundo maldita la cosa para la que pueden servirnos.

—Sí, por supuesto que están muertos —asintió Sobakevich, como si se diera cuenta en este momento de que, efectivamente, habían ya muerto, y añadió—: Por otra parte, ¿qué decir de los que aún están vivos? ¿Qué es esa gente? Son moscas, no seres humanos.

—Existen, y en esto consisten todas sus aspiraciones.

— ¡No, no se trata de aspiraciones! Debo decirle que no hallará otro como Mijeiev. Era un hombrón que no cabía en este aposento. ¡Era algo que merecía verse! Era capaz de soportar más carga que un caballo. Me gustaría saber dónde podría usted hallar otro igual.

Sus últimas palabras las dijo ya volviéndose hacia donde se encontraban los retratos de Bragation y Colocotronis*, que colgaban de la pared, como suele suceder siempre que el que habla apela no a aquél a quien dirige sus palabras, sino a un testigo circunstancial, de quien sabe que no oirá ni respuesta, ni opinión ni confirmación de lo expresado, pero al que, no obstante, se pone a mirar como si le invitara a actuar como mediador; y el desconocido, algo confuso al principio, no sabe si debe responder acerca de un asunto del que lo ignora todo, o si aguardar un rato, para salvar las apariencias, y a continuación marcharse.

Se trata de otro héroe de la independencia griega.

—No, no puedo ofrecer más de dos rublos —dijo Chichikov.

—Bueno, para que no crea que le pido demasiado y que me niego a hacerle un favor, lo dejaremos en setenta y cinco rublos por alma, en billetes, y sólo por nuestra mutua amistad.

« ¿Pensará que soy estúpido?», se dijo Chichikov, que añadió después en voz alta:

—Verdaderamente resulta extraño; es como si nos encontráramos representando una función de teatro o una comedia. De no ser así no logro explicármelo… Usted da la impresión de ser un hombre muy instruido e inteligente. Lo que estamos tratando es lo mismo que nada. ¿Es que acaso vale algo? ¿Quién puede necesitarlo?

—Usted tiene la intención de comprarlo, y por lo tanto lo necesita.
Chichikov se mordió los labios y no supo qué responder. Comenzó a hablar de circunstancias familiares, pero Sobakevich se limitó a replicar:

—No me interesa saber qué clase de circunstancias son ésas: en las cosas de familia no me meto, eso es asunto suyo. Usted quiere almas y yo se las vendo; si no me las compra esté seguro de que se va a arrepentir.

—Dos rublos —repitió Chichikov.

— ¡Dale que dale! Dijo dos y se empeña en no ceder ni a la de tres.
¡Dígame usted cuál es su verdadero precio!
« ¡Si se lo llevara el diablo…! —pensó Chichikov—. Le daré medio rublo más a fin de que quede contento.»

—Subiré otro medio rublo.

—También yo le voy a decir mi última palabra. ¡Cincuenta rublos! Tenga la seguridad de que salgo perdiendo. En ningún lugar comprará a tan buen precio gente tan buena.

« ¡Qué tacaño!», pensó Chichikov, y continuó en voz alta, algo enojado:
—Pero… como si éste fuera un asunto serio. En cualquier otra parte me las cederán gratis. Cualquiera me las entregará, y encima se quedará satisfecho por haberse librado de ellas. ¡Sólo un estúpido se negará a cederlas, debiendo como debe pagar las cargas!

—Pero ignoro si estará en su conocimiento, y esto que quede entre nosotros, se lo digo en confianza, que esta clase de compra no siempre está autorizada. Y si yo la voy explicando por ahí, yo u otro cualquiera, después nadie confiaría respecto a los contratos o compromisos que pudiera contraer.

« ¡Adónde va a parar el muy canalla!», se dijo Chichikov, y acto seguido dijo sin inmutarse:

—Como prefiera, yo no compro por ninguna clase de necesidades, como usted supone, sino por simple afición. Dos y medio, y si no le parece bien, adiós.

« ¡Qué duro es! ¡Se empeña en no dar su brazo a torcer!», se dijo Sobakevich.

—Está bien, sea, entrégueme treinta y cinco rublos y ya puede quedarse con ellos.

—No, ya observo que se niega a vender. Bien, adiós.

—Aguarde, aguarde —exclamó Sobakevich cogiéndole de un brazo y dándole un pisotón, ya que nuestro héroe no recordaba las precauciones y en justo castigo tuvo que lanzar un grito y bailar sobre un solo pie.

—Perdóneme. Creo que le he hecho daño. Siéntese aquí, tenga la bondad —y mientras esto decía le hizo sentarse en la butaca, cosa en la que manifestó incluso cierta habilidad, como el oso amaestrado que sabe dar volteretas y demuestra su destreza cuando le dicen: «Vamos a ver, Misha, cómo se ocultan las mujeres», o bien: « ¿Cómo hacen los chiquillos para robar guisantes?»

—Estoy perdiendo el tiempo tontamente. He de darme prisa.

—Aguarde un poco más, le diré algo que le gustará —y aproximándose a Chichikov, le susurró al oído en voz baja, como si le comunicara un secreto—: ¿Le parece bien veinticinco?

— ¿Veinticinco rublos? No, de ningún modo. No pienso dar ni la cuarta parte. No subiré ni un solo kopec.

Sobakevich permaneció callado. Chichikov se calló también. Su silencio duró como unos dos minutos. Eragation, con su nariz aguileña, presenciaba con sumo interés esta transacción.

— ¿Cuál es su último precio? —preguntó al fin Sobakevich.
—Dos y medio.
—Usted piensa que el alma humana es igual que un nabo cocido.
Entrégueme por lo menos diez rublos.
—Me es imposible.
—Está bien, con usted no se puede tratar. Salgo perdiendo, pero ese maldito carácter que tengo hace que me sienta obligado a dar gusto a mi prójimo. Pues será preciso registrar la escritura, para que todo se lleve a cabo como es debido.

—Por supuesto.

—Y para ello deberé acudir a la ciudad.
De este modo se cerró el trato. Resolvieron que al siguiente día se encontrarían en la ciudad para ultimar lo concerniente a la escritura.

Chichikov le pidió una relación de los campesinos, y Sobakevich accedió con gusto. Se dirigió al escritorio y comenzó a escribir los nombres de todos, agregando una explicación con los méritos de cada uno.

Al mismo tiempo Chichikov, que no tenía nada que hacer, se entretuvo contemplando la ancha mole de Sobakevich. Contemplaba sus espaldas, que parecían la grupa de un caballo de Viatka, y sus piernas, semejantes a los guardacantones de hierro que ponen en las aceras, y no pudo por menos de pensar: «¡Bien te ha dotado Dios! Eres como ésos de los que se dice que han sido mal cortados, pero bien cosidos… ¿Eras ya un oso al nacer, o te transformó en oso la vida en este alejado rincón del mundo, las sementeras, el constante trato con los campesinos, convirtiéndote en un hombre mezquino? Pero no, estoy seguro de que habrías sido exactamente lo mismo aunque te hubieran dado una educación a la moda, lanzado al mundo y residido en San Petersburgo, en lugar de en este perdido rincón. La única diferencia consiste en que ahora engulles media espalda de cordero con gachas y unas empanadas del tamaño de un plato, y entonces habrías comido chuletas con trufas.

Ahora tienes bajo tu autoridad a los campesinos; os entendéis bien y si te comportas bien con ellos es solamente porque te pertenecen y saldrías perdiendo. Entonces mandarías sobre unos funcionarios a los que tratarías con dureza, pensando que no te pertenecían, o robarías al Tesoro. ¡No, el que nace con el puño cerrado jamás abrirá la mano! Y siconseguís abrirle uno o dos dedos, aún será peor. Si estudia cualquier materia aunque sea de un modo muy superficial, cuando ocupe un cargo un tanto más visible, habrá que ver la importancia que se dé entre los que conocen esa misma materia a fondo. Y tal vez exclame más tarde: “¡Ya verán lo que valgo!” Entonces inventará una disposición que hará que muchos se lleven las manos a la cabeza… ¡Ay! ¡Si todas las personas fueran como éste…!»

—Aquí está la relación —dijo Sobakevich volviéndose hacia él.
— ¿Ya la ha terminado? Démela.
Se puso a mirarla y quedó sorprendido por el orden y la precisión con que la había escrito: no sólo constaban, ordenadamente, el nombre, el oficio, la edad y el estado de cada uno, sino que al margen había anotado algunas observaciones respecto a su conducta y afición al vodka.

En resumen, que daba gusto verla.

—Bueno, ahora entrégueme algo como señal —le dijo Sabokevich.
— ¿Y para qué quiere la señal? En la ciudad se lo entregaré todo a la vez.

—Usted no ignora que eso es lo que suele hacerse —objetó Sobakevich.

—No sé qué le pueda dar. No he traído dinero conmigo. Tal vez pueda darle unos diez rublos.

— ¿Diez rublos? Entrégueme cuando menos cincuenta.

Chichikov quería seguir negándose a ello, pero Sobakevich le aseguró de un modo tan rotundo que disponía de dinero, que sacó otro billete y a continuación le dijo:

—Ahí tiene quince rublos más, y en total son veinticinco. Pero tenga la bondad de hacerme un recibo.

— ¿Para qué necesita un recibo?

—Así es preferible. Uno nunca sabe lo que puede ocurrir…
—De acuerdo, entrégueme el dinero.
— ¿El dinero? Aquí está, en mi mano. Cuando haya firmado el recibo se lo daré.

— ¿Como quiere que le extienda el recibo? Antes he de ver el dinero.

Chichikov dio los billetes a Sobakevich y éste los depositó sobre la mesa, sujetándolos con los dedos de la mano izquierda; con su mano derecha escribió que había recibido veinticinco rublos en billetes a cuenta de las almas que acababa de vender. Después de haber firmado dicho recibo, contempló de nuevo los billetes.

—Este es muy viejo —dijo mientras examinaba uno de ellos a la luz—, Está un poco ajado, pero entre amigos no es cuestión de detenerse en detalles de esta clase.

«Es un avaro, un avaro —se dijo Chichikov—. ¡Y además un bestia!»—Y mujeres, ¿no quiere ninguna?

—No, gracias.
—Se las vendería a muy buen precio. Siendo usted, se las cobraría a rublo por pieza.

—No, no necesito mujeres.

—Pues si no las necesita, no hay más que hablar. Sobre gustos no hay nada escrito. A unos les agrada el pope, y a otros la mujer del pope, según el dicho popular.

—Querría suplicarle también que esto quedara entre nosotros —dijo Chichikov al despedirse.

—Ya se comprende. No hay razón para meter en todo ello a un tercero.

Lo que se realiza sinceramente entre buenos amigos tiene que quedar entre ellos. ¡Adiós! Le agradezco su visita. Acuérdese de nosotros. Si dispone de una hora libre, no deje de venir a comer y a charlar un rato.

Quizá nos podamos hacer mutuamente algún otro favor.
« ¡En eso precisamente estaba yo pensando! —se dijo Chichikov para sus adentros mientras subía en el coche—. ¡El maldito avaro ha conseguido sacarme dos rublos y medio por alma muerta!»

Se sentía descontento del modo cómo se comportó Sobakevich. Al fin y al cabo se conocían, se habían encontrado en casa del gobernador y en la del jefe de policía, y había procedido con él como si se tratara de un extraño, había aceptado dinero por algo que carecía totalmente de valor.

Al salir el coche del patio, volvió la cabeza y vio que Sobakevich continuaba aún en el portal, como si quisiera enterarse de la dirección que tomaba.

— ¡Todavía sigue allí, el muy miserable! —murmuró entre dientes, y dio orden a Selifán de que se dirigiera hacia las cabañas de los campesinos,de tal manera que desde la casa del propietario no pudiera verse hacia dónde se encaminaba el coche. Tenía intención de llegarse a la casa de Pliushkin, al que, según le había dicho Sobakevich, se le morían los siervos como moscas, pero no quería que Sobakevich lo supiera.

Cuando el coche ya se hallaba al final de la aldea, llamó a un campesino, el cual, como una incansable hormiga, marchaba hacia su casa cargando un gran tronco con el que se había tropezado en el camino.

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— ¡Oye, tú, barbudo! ¿Cómo se puede ir hasta la aldea de Pliushkin sin tener que pasar frente a la casa del señor?

El campesino pareció encontrarse en un aprieto para responder tal pregunta.

— ¿Acaso no lo sabes?

—No señor, no sé cómo se podrá ir.— ¡Pues sí que tienes gracia! ¿No sabes quién es Pliushkin, uno que es muy avaro y que da de comer mal a su gente?

— ¡Ah, sí! ¡Tiene que ser el remendado! —exclamó el campesino.

Al término remendado le agregó otro muy acertado, pero que no se emplea en sociedad, y debido a ello lo omitimos. No obstante, debemos suponer que esa palabra venía muy a propósito, pues Chichikov continuó riendo cuando el campesino había desaparecido de su vista y llevaban recorrido un gran trecho. ¡Al pueblo ruso le gustan las expresiones fuertes! Y si le imponen a uno un mote, lo heredarán sus descendientes, le acompañará a la oficina, continuará con él una vez se haya retirado, cargará con él en San Petersburgo e incluso en el fin del mundo. Y por más que se las ingenie intentando ennoblecer ese epíteto, a pesar de que pague a escritorzuelos para que lo hagan proceder de una antigua casta de príncipes, da igual: su apodo proclamará gritando a los cuatro vientos, con su garganta de cuervo, cuál es la procedencia del pájaro. La palabra que da en el blanco, aunque pronunciada de viva voz, nadie puede borrarla, igual que la palabra escrita. Y siempre es acertado lo que salió de las entrañas de Rusia, donde no se encuentran gentes alemanas, ni finlandesas, ni de ninguna otra procedencia, sino que vive el elemento nativo, lo genuinamente ruso, que no va buscando palabras, que no las empolla como la clueca a sus huevos, sino que las suelta igual que las piensa, como un documento de identidad, sin que sea menester añadir nada más, ni describir cómo tiene uno la nariz o la boca. ¡Basta una pincelada para que quede uno dibujado de arriba abajo!

¡Qué infinidad de monasterios y templos con cúpulas, torres y cruces se encuentran diseminados a lo largo y a lo ancho de la piadosa y santa Rusia! Del mismo modo son incontables las naciones, los pueblos y las generaciones que se aglomeran y se deslizan sobre la faz de la tierra como abigarrados conjuntos. Y cada pueblo que lleva en sí mismo la prenda de sus energías, repleta su alma de capacidad creadora, junto con los otros dones de que Dios le dotó, se distingue particularmente por su propio verbo, el cual, al designar un objeto cualquiera, refleja en sus expresiones una parte de su propio carácter. El vocablo del británico responderá al conocimiento del corazón y de la vida. Una elegancia suave, que resplandece y pronto se esfuma, es la palabra del francés. Pero no existe palabra de tanta agilidad y tan amplios vuelos, que salga de lo más profundo del corazón, que hierva y vibre, como la palabra rusa, cuando ella da en el blanco.


CAPITULO VI

Hace mucho tiempo, en mi incipiente juventud, durante los años de mi infancia, que tan pronto pasó para no volver, representaba para mí una gran alegría llegar por vez primera a un lugar desconocido, tanto si era una pequeña aldea como una pobre villa, cabeza de distrito, un pueblo grande o una barriada: mi insaciable mirada infantil descubría una infinidad de cosas curiosas. Un edificio cualquiera, todo lo que se me aparecía bajo el sello de la novedad, era para mí motivo de admiración.

Un edificio oficial, de mampostería, de ese estilo arquitectónico tan conocido, con una mitad de ventanas simuladas, que se alzaba solitario en medio de un abigarrado conjunto de casitas de troncos y de una planta, propiedad de pequeños burgueses; la redonda cúpula enteramente recubierta de chapa de hierro que se levantaba sobre la nueva iglesia, más blanca que la nieve; el mercado, el pisaverde provinciano que aparecía donde menos se le esperaba: todo lo observaba mi viva y despierta atención, y sacando la cabeza desde el carromato que me transportaba, contemplaba el corte, nuevo para mí, de una levita, los cajones de madera repletos de clavos o bien de azufre, que amarilleaba al mirarlo de lejos, de jabón o de pasas, cajones que, cuando pasaba, distinguía al fondo de una verdulería junto con frasquitos de resecos caramelos de Moscú. Asimismo contemplaba al oficial de Infantería que marchaba por la acera, y que, habiendo venido de Dios sabe qué provincia, se había visto sumido en la monotonía de la cabeza de distrito, y al comerciante que, vestido con un chaquetón de Siberia, pasaba en su coche, y con la imaginación me veía transportado a su miserable vida.

Sólo el hecho de ver pasar a un funcionario de las oficinas del distrito ya me hacía pensar. Quizá acudía a una velada, o a visitar a un hermano suyo, a su casa, permanecer sentado media hora en el portal hasta que empezaba a anochecer y esperaba la hora de cenar con su madre, su esposa, la hermana de su esposa y los demás miembros de la familia. ¿De qué hablarían cuando la muchacha, engalanada con su collar de monedas, o el mozo de recia chaquetilla llevaban, después de la cena, la vela de sebo en la sempiterna palmatoria de la casa?

Siempre que me aproximaba a la aldea de cualquier terrateniente, miraba con curiosidad el elevado y estrecho campanario de madera o la vieja iglesia, también de madera, en la que reinaban las sombras. Parecía que me llamaban a lo lejos, a través del verde de los árboles, la roja techumbre y las blancas chimeneas de la mansión señorial, y esperaba con suma impaciencia a que a los dos lados se abrieran los huertos que la ocultaban y apareciese toda entera, entonces, ¡ay!, de apariencia a la que yo no encontraba nada vulgar. Esas imaginaciones me impulsaban a reflexionar acerca de cómo sería el propietario, si era obeso, si tenía hijos o si en cambio eran seis hijas que reían con su sonora carcajada juvenil y jugaban con la más pequeña a la bella durmiente; si eran rubias o morenas, si el terrateniente era una persona divertida o por el contrario hosca como los últimos días del mes de septiembre, si miraba el calendario y conversaba acerca de cosas tan aburridas para la gente joven como el trigo y el centeno.

En la actualidad llego con indiferencia a cualquier aldea desconocida, y contemplo, también con indiferencia, sus vulgares construcciones. Mi mirada, hoy fría, no se manifiesta acogedora, ni me divierte, y todo aquello que en tiempos pasados era motivo de que en mi rostro apareciera una viva expresión, que despertaba en mí la risa y la locuacidad, ahora resbala y mis labios inmóviles permanecen en indiferente silencio. ¡Dónde está mi juventud! ¡Dónde está mi lozanía!

Mientras Chichikov reflexionaba riéndose interiormente del apodo que los mujiks habían colgado a Pliushkin, llegó, sin que se diera cuenta, a un gran pueblo con un sinnúmero de cabañas y calles. Sin embargo pronto se lo hicieron notar unas violentas sacudidas que sufrió el carruaje cuando entraba en la calzada de troncos y comparadas con las cuales no son nada las que originan los cantos que pavimentan las calles de la ciudad.

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Esos troncos se levantaban y se hundían, como si se tratara del teclado de un piano, y el viajero que no se preparaba convenientemente recibía un cardenal en el cogote o un chichón en la frente, o con sus propios dientes se mordía la punta de su propia lengua.

Chichikov observó que todas las construcciones estaban marcadas con un sello de vejez. Los troncos de las cabañas eran oscuros y viejos; la mayoría de las techumbres estaban más agujereadas que una criba; en otras no quedaba más que la figura que en un principio la remataba y el costillar de las vigas.

Era como si los mismos dueños se hubieran dedicado a arrancar las ripias y tablas, considerando, y no sin razón, que las cabañas no defienden contra la lluvia y que si el tiempo es bueno y no llovizna, no hay motivo para permanecer en ellas cuando tanto sitio hay en la taberna o en el camino, en resumen, donde a uno le apetece. Las ventanas de las cabañas no tenían cristales, y algunas habían sido tapadas con un pedazo de tela o una zamarra. Los balcones cubiertos, con barandillas, que ignoramos para qué se adosan a veces a las cabañas rusas, estaban torcidos, y de sus oscuras maderas no podía afirmarse precisamente que resultaran pintorescas.

Detrás de las cabañas se extendían en numerosos lugares hileras de grandes fajinas de trigo que, a juzgar por las apariencias, hacía ya largo tiempo que estaban allí; tenían el mismo color que el ladrillo viejo y mal cocido, y en la parte alta se veían porquerías de todo género, e incluso los matojos crecían a los lados. Se advertía fácilmente que era la mies del amo.Más allá de las fajinas y de los decrépitos techos surgían recortándose sobre el puro cielo, ora a la derecha ora a la izquierda, según que el carruaje girara a un lado o a otro, dos iglesias muy juntas, una construida en madera, ya abandonada, y la otra de mampostería, pintada de amarillo, y cuyos muros aparecían agrietados y cubiertos de manchas.

Empezó a hacerse visible una parte de la casa señorial, hasta que apareció por entero en el sitio donde la hilera de cabañas concluía para ceder paso a un campo de coles al que rodeaba una cerca baja y rota por algunos lugares. Aquel extraño castillo, largo, exageradamente largo, ofrecía el aspecto de un decrépito inválido. Por un lado tenía una sola planta y por otro, dos. Sobre su ennegrecida techumbre, que no en todos los puntos resguardaba su vejez, se veían dos terrazas, una enfrente de la otra, un tanto desvencijadas y sin la pintura que las había cubierto en otros tiempos. El enlucido de paredes del edificio mostraba enormes desconchaduras, evidente testimonio de lo mucho que habían sufrido a causa del mal tiempo, los vientos, las lluvias y los cambios otoñales de temperatura. Únicamente dos ventanas permanecían abiertas, y las demás tenían los postigos cerrados y hasta estaban reforzadas con tablas. Esas dos ventanas, a su vez, eran asimismo cegatas. En una de ellas habían pegado un triángulo de papel azul, de ese que se emplea para envolver azúcar.

A espaldas de la casa y rebasando la aldea se extendía un espacioso y abandonado jardín que se perdía en el campo. Aun repleto de hierbajos era lo único que le daba al pueblo cierta fragancia, resultando realmente pintoresco en su artístico abandono. Como si fueran nubes verdes e irregulares cúpulas de palpitantes hojas, se destacaban en la lejanía las copas de aquellos árboles que crecían en su total libertad. El enorme tronco blanco de un abedul que carecía de copa, arrancada por la tempestad o la tormenta, sobresalía de entre el frondoso verdor y aparecía redondo en el aire como si se tratara de una refulgente columna de mármol de regulares proporciones. La parte por donde había sido desgajado, que correspondía al capitel, mostraba su mancha negra sobre la nieve de su blancura como un gorro o una oscura ave.

El lúpulo cubría por su parte inferior las matas de serbal, de saúco y de avellano silvestre, se deslizaba a continuación por la parte superior de la cerca y terminaba trepando por el abedul roto, por cuyo tronco se enroscaba hasta la mitad. En cuanto llegaba a este punto, caía y pasaba a enredarse en las copas de otros árboles, o colgaba en el aire formando rizos con sus finos garfios, dulcemente balanceados por el viento.

Por algunas partes se abría la verde espesura, iluminada por los rayos del sol, y mostraba entre uno y otro hueco unas negruras que parecían tenebrosas fauces. Esas aberturas aparecían rodeadas de sombras, y con dificultad se lograba distinguir un serpenteante sendero, unas barandas derribadas, un cenador muy cuarteado, el viejo tronco de un sauce con innumerables cavidades, los frondosos arbustos que al igual que grises cerdas apuntaban sus hojas y ramas, sofocadas enmedio de tan espesa vegetación, y por último el tierno ramaje de un arce que extendía a un lado sus hojas, como patas verdes, bajo una de las cuales el sol, que había entrado sabe Dios por dónde, la convertía en algo transparente e ígneo, en un prodigio de luces entre tan espesa oscuridad.

A una parte, en los límites del jardín, varios pobos, muy por encima de los demás árboles, sostenían en lo alto unos grandes nidos de cuervo que se balanceaban sobre sus trémulas copas. En algunos de ellos, ramas a medio desprender pendían hacia abajo con sus hojas secas.

En resumen, todo resultaba grato como cuando la Naturaleza y el Arte se hallan unidos; como cuando sobre el trabajo del hombre, en ocasiones acumulado sin sentido, se desliza para dar el último toque la cuchilla de la Naturaleza y aligera las pesadas masas, echa por tierra la burda simetría y los míseros vacíos, a cuyo través asoma el plan desnudo, que nada calla, confiriendo un maravilloso color a todo lo que había sido creado en el frío de la exagerada perfección.

Giró el carruaje por dos veces y nuestro héroe se encontró al fin frente a la casa, que le produjo una impresión más triste que antes. El verde moho cubría la carcomida madera de la empalizada y del portón. Una infinidad de edificaciones, según parece inutilizadas por el paso de los años, viviendas de la servidumbre, sótanos y graneros, se acumulaban en el patio. Junto a ellos, a uno y otro lado, había puertas que comunicaban con los otros patios. Todo daba a entender que en tiempos pasados la vida se había desarrollado allí ampliamente, y en cambio ahora todo parecía gris y sombrío. No se veía nada que comunicara vida al cuadro, ni puertas abriéndose, ni gente saliendo, ni signo alguno de los trabajos y preocupaciones que animan una casa.

Solamente el portón principal estaba abierto, y eso debido a que en aquel momento entraba por él un campesino que guiaba su carro cargado, cubierto mediante una estera, que producía la sensación de haber sido colocada allí para infundir vida a aquel lugar muerto. De no ser así, también el portón se hallaría cerrado a cal y canto, ya que del anillo de hierro pendía un enorme candado.

Chichikov divisó en seguida junto a una de las construcciones a cierta figura que dialogaba con el campesino del carro. Durante largo rato no consiguió distinguir a qué género pertenecía la tal figura, si se trataba de una mujer o de un hombre. Vestía unas ropas completamente indefinidas, algo que tenía gran parecido con una bata de mujer, y llevaba un gorro al estilo de los que llevan las criadas campesinas, pero encontró su voz demasiado ronca para ser femenina. «Es una mujer», se dijo al principio, pero en seguida agregó: «¡Ah, no, no lo es!» «Por supuesto que se trata de una mujer», concluyó al fin, después de haberla examinado con más atención.

También la figura le contempló a su vez detenidamente. Pareció como si la llegada del forastero fuera para ella un auténtico milagro, porque pasó revista no sólo a Chichikov, sino incluso a Selifán y a los caballos, desde el morro hasta la cola.

Teniendo en cuenta que de su cintura pendían varias llaves y que empleaba palabras bastante gruesas para reñir al campesino, Chichikov sacó la conclusión de que debía ser el ama de llaves.

—Escucha, madrecita —le dijo Chichikov mientras descendía del coche—, ¿Está en casa el señor…?

—No, no está —interrumpió el ama de llaves sin esperar a que concluyera la pregunta, y a continuación, después de una breve pausa, prosiguió—: ¿Qué le trae por aquí?

—Debo resolver con él cierto asunto.
—Pase —dijo entonces el ama de llaves al mismo tiempo que se volvía, mostrándole una espalda llena de harina y un roto en los bajos.

Chichikov se introdujo en el vasto y oscuro zaguán, más frío que un sótano. De allí pasó a una estancia, igualmente oscura, que aparecía escasamente iluminada por la luz que se filtraba a través de la ancha rendija practicada entre la parte baja de la puerta y el suelo. Cuando esta puerta se abrió, encontrándose al fin en un aposento claro, se quedó asombrado por el desorden que allí imperaba. Era como si en la casa anduvieran de limpieza general y hubieran amontonado allí momentáneamente todos los muebles.

Encima de una mesa se veía hasta una silla rota, y junto a ella un reloj con el péndulo inmóvil, en el que una araña había ido tejiendo su tela. Adosado a la pared, de lado, se hallaba un armario que guardaba plata antigua, botellas y porcelana china. En un escritorio con incrustaciones de nácar que en algunas partes se habían desprendido, dejando unos huecos de color amarillento rellenos de cola, había una infinidad de objetos de todo género: una pila de papeles escritos en letra pequeñísima sujetos por medio de pisapapeles, coronado por un huevo, cuyo mármol había adquirido una tonalidad de color verde; un libro antiguo encuadernado en piel y adornado can cantos dorados; un limón totalmente seco, del tamaño aproximado de una nuez silvestre; un brazo de sillón; una copa llena de cierto líquido y con tres moscas dentro, cubierta con un naipe; dos plumas rucias de tinta y secas como si padecieran tisis, y un mondadientes amarillo por completo, que su dueño había usado ya antes de que los franceses entraran en Moscú.

Las paredes aparecían engalanadas con varios cuadros, colgados uno al lado de otro del modo más absurdo. Un grabado apaisado y amarillento que figuraba una batalla, en el que destacaban unos tambores gigantescos, unos soldados con tricornio gritando a todo pulmón, y unos caballos que se sumergían en el agua, colocado en un marco de caoba con estrechas franjas de bronce sin cristal, y unos pequeños círculos, asimismo de bronce, en los ángulos. A continuación había un gran cuadro ya oscurecido, pintado al óleo, que representaba flores, frutas, una sandía partida por la mitad, una cabeza de jabalí y un pato al que le colgaba la cabeza.

Del centro del techo pendía una araña cubierta por un saco de lienzo al que el polvo confería algún parecido con el capullo de seda en que se encierra el gusano.

En un rincón aparecían amontonados una serie de objetos más toscos, indignos de ser colocados sobre una mesa. Se hacía bastante difícil aclarar qué era lo que había en aquel montón, ya que el polvo lo cubría en tal abundancia, que si uno se decidía a tocarlo quedaba con las manos cubiertas como por guantes. Destacaban del conjunto, sí, una pala rota de madera y una vieja suela.

Nadie creería que allí moraba, un ser vivo. La única muestra que inducía a pensarlo consistía en un gorro, viejo y grasiento, que se encontraba sobre la mesa.

Mientras Chichikov se entretenía contemplando aquel extraño mobiliario, se abrió una puerta lateral que cedió paso al ama de llaves con quien se había tropezado en el patio. Pero al momento advirtió que más que un ama de llaves era un amo. El ama de llaves, al menos, no se afeita., mientras que éste, por el contrario, se afeitaba, si bien es cierto que muy de tarde en tarde, pues toda la sotabarba y la parte inferior de las mejillas guardaban una gran semejanza con una bruza de las utilizadas para limpiar los caballos. Chichikov, convertido su rostro en un interrogante, aguardó con impaciencia las palabras del«amo de llaves». Este, a su vez permaneció a la espera de lo que Chichikov tuviera que decirle. Por último, sorprendido este último de tan extraña situación, se decidió a preguntar:

— ¿Está el señor en casa?

—El amo se halla aquí.
— ¿Dónde? —inquirió Chichikov.
— ¿Acaso está usted ciego? —exclamó el «amo de llaves»—. El amo soy yo.

Nuestro héroe retrocedió involuntariamente y le contempló de la cabeza a los pies. En el transcurso de su vida se le habían presentado ocasiones de ver gentes de todo tipo, hasta individuos como ni el lector ni yo quizá no lleguemos a ver jamás. Pero era la primera vez que se encontraba con un tipo como el que tenía delante. Su rostro no revelaba nada digno de mención, era casi igual al de numerosos viejos enjutos, salvo la única particularidad de que la barbilla le sobresalía hasta tal extremo que a cada instante se veía obligado a cubrirla con un pañuelo a fin de que no le cayera en ella la saliva. Sus ojillos aún no se habían apagado y se movían bajo sus altas y espesas cejas como el ratón que, sacando el morro de la tenebrosa madriguera, con las orejas tiesas y moviendo el bigote, otea por si se ha escondido un gato o un chicuelo travieso, y olfatea lleno de recelo.

Su indumentaria era bastante más notable. Por más esfuerzos que se hicieran, no había manera de adivinar de qué había sido confeccionada su bata. Las mangas y la parte delantera estaban tan llenas de mugre y tan relucientes que semejaban cuero del que se usa para las botas. Por la parte de atrás, en lugar de dos faldones le colgaban cuatro, y de ellos salía en largos flecos el algodón del forro. Alrededor del cuello llevaba algo igualmente indefinible: no podía afirmarse si se trataba de una media, de una liga o de una faja, aunque no era ni muchísimo menos una corbata. En resumen, si Chichikov se hubiera tropezado con alguien con esta vestimenta en las puertas de una iglesia, sin duda le habría dado una moneda de cobre. Porque, dicho sea en honor de nuestro protagonista, es preciso hacer constar que tenía un corazón compasivo y que era incapaz de resistirse al impulso de dar una limosna a los pobres.

Pero lo que se hallaba frente a él no era un mendigo, sino un terrateniente. Este era dueño y señor de más de mil almas, y no sería tarea fácil encontrar otro que poseyera tanto trigo y centeno, en grano o en harina, que tuviera sus despensas y almacenes tan llenos de paño y lienzo, de pieles curtidas y sin curtir, de pescado, de todo género de verduras y de carne y pescado en salazón. Si alguien contemplaba el patio, donde se veía una gran provisión de madera y de útiles de toda clase que jamás eran usados, pensaría que se encontraba en un mercado de utensilios de madera de Moscú, al que acuden todos los días las despiertas tías y suegras, precediendo a la cocinera, a hacer sus compras, y donde hay amontonados los más diversos objetos de madera encolada, pulida, torneada y trenzada: barriles, toneles, jarros, barreños provistos de asas y sin ellas, copas de gran tamaño, canastillos, cestas en que las mujeres guardan sus cosas, cajas hechas de corteza de abedul, cestas de mimbre y tantísimas otras cosas empleadas tanto por los ricos como por los pobres de Rusia. ¿Para qué necesitaría Pliushkin aquella superabundancia de cosas? Ni a lo largo de toda su vida habría podido usarlas, aunque poseyera dos haciendas como la que ya tenía.

Pero todo le parecía poco. No contento con lo que poseía, recorría a diario las callejuelas de su aldea, buscaba por los sitios más recónditos, y todo lo que podía hallar —un trapo, un clavo, una suela vieja, un puchero ajado— se lo llevaba a su casa y lo depositaba en el montón que Chichikov había tenido oportunidad de ver en el rincón de la estancia.

— ¡Ya tenemos al pescador de pesca! —exclamaban los campesinos cuando le veían dar principio a su habitual recorrido.

Y efectivamente, después de haber pasado él no había necesidad alguna de barrer la calle. Si un oficial que iba de paso perdía una espuela, inmediatamente ésta iba a parar al referido montón. Cuando una campesina que se había entretenido charlando en el pozo dejaba el cubo olvidado, él se llevaba el cubo.

Sin embargo, cuando un campesino lo sorprendía casualmente in fraganti, jamás discutía y se limitaba a devolver el objeto robado. Pero si el objeto llegaba al consabido montón, todo había concluido: juraba y perjuraba que aquel objeto le pertenecía, que lo había adquirido en tal ocasión, a Fulano de Tal, o lo había recibido en herencia de su abuelo.

En el interior de su casa guardaba todo lo que encontraba en el suelo: un pedazo de lacre, un trozo de papel, un plumón, y todo ello lo colocaba en el escritorio o en la ventana.

¡Y hubo una época en que fue un terrateniente que sabía cuidar de sus posesiones! Había estado casado y era un buen padre de familia, y vecinos iban a su casa a comer y escuchar sus lecciones acerca del modo como dirigir convenientemente una hacienda. Todo fluía con sumo orden y se realizaba por sus pasos contados: marchaban como es debido los molinos, los batanes, los bancos de carpintero, las fábricas de paño y la hilandería. Todo permanecía bajo la atenta mirada del dueño, quien, al igual que trabajadora y afanosa araña, pero calculadora, iba y venía por todos los rincones de la tela que era su economía.

Sus sentimientos, demasiado fuertes, no se transparentaban en los rasgos de su cara, pero sus ojos reflejaban inteligencia; su conversación era la de una persona experimentada y conocedora del mundo, y los visitantes le prestaban oídos con mucho agrado. La dueña de la casa, amable y locuaz, gozaba fama de hospitalaria. Al encuentro de los huéspedes acudían las dos hijas, ambas hermosas, rubias y lozanas como flores. Salía el hijo, un muchachito muy vivaracho, que daba un beso a todos sin pararse a pensar si el besuqueo gustaba o no al invitado.

Las ventanas de la casa estaban todas abiertas. En el entresuelo se hallaban los aposentos del profesor, un francés que se afeitaba a la perfección y era magnífico cazador. Siempre llegaba cargado con urogallos o patos para la comida, y en ocasiones incluso traía sólo huevos de gorrión, que él rogaba que le hicieran en tortilla, ya que ninguno de los habitantes de la casa quería probarlos. También en el entresuelo vivía una compatriota suya, la institutriz de las señoritas. El dueño de la casa comparecía en el comedor vestido con levita, algo usada, pero limpia y con los codos sin zurcidos.

Pero la hacendosa ama de casa murió. Una parte de las llaves pasaron a sus manos, y junto con ellas una serie de pequeñas preocupaciones.

Pliushkin se volvió más inquieto y, como les ocurre a todos los que se han quedado viudos, sus recelos y su avaricia fueron en aumento. En su hija mayor, Alexandra Stepanovna, no podía confiar por completo, y no le faltaba razón, pues no tardó mucho en fugarse con un subcapitán de cierto regimiento de Caballería, casándose con él a toda prisa en una iglesia de pueblo, ya que sabía muy bien que su padre detestaba a los oficiales. Tenía la peregrina idea de que todos los militares eran derrochadores y amantes del juego. El padre la maldijo, pero no se preocupó de ir en su busca. La casa se quedó entonces todavía más vacía. El propietario acusó una tendencia más clara a la avaricia y entre sus ásperos cabellos comenzaron a surgir canas, fieles compañeras de la tacañería. Despidió al profesor francés, ya que el hijo llegó a la edad de ingresar en el servicio público. También despidió a la institutriz, pues resultó que estaba complicada en el rapto de Alexandra Stepanovna. El hijo, enviado a la capital de la provincia para que se adiestrara en la Cámara, según el decir del padre, a una tarea importante, en lugar de esto se alistó en un regimiento y después le escribió, cuando todo estaba consumado, pidiéndole dinero para el equipo. No es nada de extrañar que en lugar de dinero recibiera lo que entre las gentes de pueblo se suele llamar una higa.

Por último murió la hija menor, que se había quedado con él en casa, y el viejo se convirtió a partir de entonces en el único guardián, custodio y dueño de sus riquezas. La soledad en que habitaba ofreció pasto en abundancia a su avaricia, la cual, como todo el mundo sabe, tiene un hambre de lobo, y a medida que devora más va creciendo. Los sentimientos humanos, que ya por naturaleza no eran en él demasiado profundos, decrecían constantemente, y cada día que pasaba se perdía algo en aquella ruina.

Para colmo de males, como si viniera adrede para reafirmarle en su opinión respecto a los militares, su hijo perdió una cantidad considerable jugando a las cartas. Le envió su sincera maldición paterna y nunca más dio un solo paso por averiguar si aún vivía o había pasado al otro mundo. A medida que transcurrían los años, las ventanas de su casa se fueron cerrando, hasta que únicamente dos quedaron abiertas, y aun una de ellas había sido medio tapada con un papel. Con los años se despreocupaba cada vez más de los asuntos más importantes de su finca, y su mezquina visión se centraba en los plumones y papeles que recogía en su habitación. Se iba volviendo más y más intratable con la gente que acudía a comprar los productos de sus propiedades. Los compradores regateaban sin freno hasta que terminaron olvidándole, en la convicción de que aquello era un diablo y no un ser humano. El heno y la mies se le pudrían, las fajinas y los almiares se transformaban en estiércol muy adecuado para abonar las coles; la harina almacenada se endurecía hasta el punto de que era preciso partirla a hachazos; el paño y el lienzo que se fabricaban en la casa ofrecían un aspecto que causaba miedo mirarlos, ya que con sólo tocarlos se volvían polvo. Había perdido la cuenta de lo que poseía de cada cosa, y sólo recordaba el lugar del armario en que encerraba una garrafilla que contenía cierto licor y a la que había hecho previamente una señal para que nadie osara beber a sus espaldas, o el lugar en que había dejado un trozo de papel o un pedazo de lacre.

Al mismo tiempo la hacienda rendía los mismos beneficios de antes: el campesino tenía que pagar iguales cargas, cada mujer debía traer tal cantidad de nueces y almendras, la tejedora estaba obligada a entregar tanto lienzo. Y todo esto se iba amontonando en los almacenes y todo se convertía en polvo y guiñapos, hasta que llegó el momento en que el propio dueño acabó convirtiéndose en un guiñapo humano. Alexandra Stepanovna acudió un par de veces con su hijito a visitarle, con objeto de inspeccionar las posibilidades que había de conseguir de su padre alguna cantidad de dinero; según parece, la vida de campaña con el subcapitán no presentaba tantos incentivos como se imaginaba antes de la boda. Pliushkin la perdonó, eso sí, e incluso dejó al nietecito, para jugar, un botón que se hallaba sobre la mesa, pero a ella no le entregó ni un solo kopec. En la segunda ocasión Alexandra Stepanovna compareció con dos chiquillos y le trajo una mona de pascua para acompañar al té, y una bata nueva, ya que la que vestía su padre estaba que daba pena verla. Pliushkin acarició a sus nietos, los subió sobre sus rodillas, uno a cada lado, y les hizo trotar como si fueran a caballo, cogió la mona de Pascua y la bata, pero a la hija no le dio absolutamente nada. Alexandra Stepanovna se fue de allí con las manos vacías.

¡Así era, pues, el propietario ante cuya presencia había llegado nuestro héroe! Debo decir que individuos de esta clase aparecen muy de cuando en cuando en Rusia, donde todo el mundo muestra más tendencia a expansionarse que a comprimirse. Y resultaba tanto más sorprendente teniendo en cuenta que en el vecindario se encontraban otros terratenientes de esos que son amantes de las juergas por todo lo alto, como corresponde a todo señor ruso, y cuyo único pensamiento consiste en disfrutar de toda clase de placeres que ofrece la vida. El viajero que no ha visitado aquellos alrededores se detiene atónito al ver su mansión, sin llegar a comprender qué poderoso príncipe resolvió habitar entre tan modestos e ignorantes propietarios.

Semejan palacios sus blancas casas de mampostería con infinidad de chimeneas, terrazas y veletas, rodeadas de una manada de pabellones y de todo género de construcciones para los visitantes forasteros. ¿Qué no habrá allí?

Funciones de teatro, bailes; durante toda la noche resplandece el jardín, engalanado con luces y farolillos, y no deja de sonar la música. Media provincia, vestida con sus mejores galas, se pasea regocijadamente bajo los árboles, y nadie se sorprende lo más mínimo ante esta iluminación artificial, cuando, como cosa de teatro, del conjunto de árboles sale una rama alumbrada por una peregrina luz, desposeída de su vivo verdor, al mismo tiempo que allá en lo alto, más oscuro, severo y veinte veces más amenazador, se distingue el cielo, y las cimas de los árboles ven cómo tiemblan sus hojas allí arriba, penetrando en las tinieblas, y protestan por aquel resplandor de oropel que ilumina en la parte baja sus raíces.

Hacía varios minutos que Pliushkin permanecía sin pronunciar palabra, y Chichikov continuaba sin ser capaz de iniciar la conversación, distraído por el aspecto que presentaba el propietario y por todo lo que en la estancia había. Durante un buen rato estuvo intentando acertar con las palabras de que podía valerse para explicar los motivos de su visita. Se sintió sentado de decirle que habían llegado a sus oídos referencias a las excepcionales cualidades y virtudes de su alma, razón por la que creía deber suyo rendirle personalmente el homenaje de su respeto, pero advirtió que eso sería excesivo. Contempló nuevamente de reojo todo lo que había en la estancia y se dio cuenta de que los términos «excepcionales cualidades» y «virtudes de su alma» eran susceptibles de ser sustituidos perfectamente por los de «economía» y b«orden». De ahí que, modificando de este modo su discurso, dijera que había oído hablar de su economía y de la excelente dirección de su hacienda, por lo que había considerado deber ineludible visitarle a finde conocerlo y presentarle personalmente sus respetos. Por supuesto que se habría podido hallar otro motivo de más peso, pero en aquellos momentos no se le ocurrió otra cosa.

Pliushkin respondió gruñendo algo entre labios, ya que no le quedaba ningún diente; a pesar de que no fue posible entenderle, lo más seguro es que el significado de sus palabras fue éste: « ¡Vete al diablo tú y tus respetos!» Sin embargo, dado que la hospitalidad se practica en nuestro país hasta tal extremo que ni tan sólo el más avaro osa quebrantar sus leyes, añadió después algo más inteligible:

—Haga el favor de tomar asiento. Y tras una pausa continuó:

—Hace ya mucho tiempo que no recibo visitas, y lo cierto es que dudo mucho de que proporcionen algún beneficio. Se ha puesto de moda esa estúpida costumbre de visitarse unos a otros mientras se deja la hacienda abandonada. ¡Y encima se ha de dar heno a sus caballos!

Hace largo rato que he comido y mi cocina tiene el techo muy bajo, es algo pésimo; la chimenea se ha derrumbado totalmente, y cuando se enciende siempre existe el peligro de ocasionar un incendio.

« ¡Esto está clarísimo! —se dijo Chichikov—. Menos mal que en casa de Sobakevich se me ocurrió coger una empanadilla y un pedazo de cordero.»

—Y agregue a eso una broma de mal gusto: en toda la finca no queda ni un solo puñado de heno —continuó Pliushkin—. Aunque, bien mirado, ¿cómo es posible que uno lo guarde? Tengo poca tierra, los campesinos son unos holgazanes, les disgusta el trabajo, no piensan más que en acudir a la taberna… Como me descuide un poco, al final de mis días me arrastraré por los caminos pidiendo limosna.

—No obstante —observó Chichikov con suma discreción—, tengo entendido que usted posee mil almas y pico.

— ¿De dónde ha sacado eso? No lo crea. Se trataría de un bromista que pensó reírse de usted. Hablan de mil almas, pero comienza uno a contar y no halla nada. En estos tres últimos años esas malditas calenturas se me han llevado muchos campesinos.

— ¿Qué está diciendo? —exclamó Chichikov con expresión entristecida—. ¿Son muchos los que han muerto?

—Sí, muchos.

— ¿Cómo cuántos?
—Ochenta más o menos.
— ¿De veras?
—No tengo por qué mentirle.
—Y dígame, estos muertos serán los que han fallecido desde que presentó usted la última relación al Registro, ¿no es cierto?

—Aún me conformaría si así fuera —contestó Pliushkin—. Lo malo es que desde aquella fecha ascenderán a ciento veinte.

— ¿De verdad? ¿Ciento veinte? —exclamó Chichikov, que se quedó boquiabierto por la sorpresa.

—Soy muy viejo para andar mintiendo, padrecito —dijo Pliushkin—. Ya me acerco a los setenta.

Dio la impresión de que las exclamaciones casi jubilosas que lanzó Chichikov le habían ofendido. Este se dio cuenta de que en verdad resultaba inconveniente su indiferencia ante el infortunio ajeno. Suspiró, pues, profundamente, y dijo que lo lamentaba.

—De nada sirven las condolencias —replicó Pliushkin—. No muy lejos de aquí vive un capitán que el diablo sabe de dónde ha venido y que se dice pariente. Me llama tío y me besa la mano. Cuando empieza a condolerse lanza tales gritos que me veo obligado a taparme los oídos. Su rostro es completamente rojo, sin duda siente una gran afición por la bebida. Seguramente derrochó su fortuna junto con otros oficiales, o se arruinó por culpa de una actriz de teatro, y ahora Me viene con sus condolencias.

Chichikov intentó explicarle que su condolencia era muy distinta a la del capitán, y que se hallaba dispuesto a demostrárselo no con palabras vanas, sino con hechos. Y a continuación, sin rodeos, se declaró dispuesto a hacerse cargo del deber de pagar los impuestos que correspondían a todos los mujiks fallecidos en tan lamentable ocasión.

Su ofrecimiento pareció dejar tremendamente atónito a Pliushkin. Abrió los ojos desorbitadamente, permaneció durante un buen rato contemplando a su interlocutor, y al fin dijo:

—Usted, padrecito, ¿no estuvo por casualidad sirviendo en el ejército?
—No —repuso Chichikov con bastante malicia—. He sido funcionario civil.

— ¿Funcionario civil? —repitió Pliushkin, quien comenzó a chuparse los labios como si comiera algo—. ¿Cómo es posible? Pues usted saldría perdiendo…

—Sólo por darle gusto estoy dispuesto a hacerme cargo de las pérdidas.
— ¡Ay, padrecito! ¡Ay, mi benefactor! —exclamó Pliushkin, sin advertir que, con la alegría, de la nariz le salían unas motas de color tabaco que parecían posos de café, y que los faldones de su bata se habían entreabierto, enseñando una indumentaria harto indecorosa—. ¡Ha llegado a consolar a este pobre viejo! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, santos del cielo! Pliushkin no pudo continuar. Sin embargo, apenas había transcurrido un minuto cuando esta alegría, tan de repente aparecida en aquella cara de madera, se esfumó con idéntica rapidez, recobrando su aspecto acostumbrado, y sus facciones indicaron con toda claridad la preocupación en que se había sumido. Hasta se limpió con el pañuelo, con el que hizo una pelota y comenzó a pasárselo por el labio superior.

—No obstante, permítame, no se ofenda. ¿Usted se compromete a pagar las cargas todos los años? ¿A quién dará el dinero, a mí o al fisco?

—Le diré cómo lo haremos: vamos a firmar una escritura como si aún vivieran y usted me los vendiera,

—Sí, una escritura… —repitió Pliushkin, que se quedó meditabundo y otra vez comenzó a comerse los labios—. Pero la escritura representa gastos. Los que están en las oficinas son tan granujas… En otros tiempos podía uno taparles la boca con cincuenta kopecs y un saco de harina, pero en cambio ahora no se conforman con menos de un carro lleno de grano y un billete de diez rublos. Les agrada tanto el dinero… No. comprendo cómo los sacerdotes no prestan atención a esto. Deberían decir algo en sus sermones, ya que, se diga lo que se quiera, contra la palabra de Dios no hay quien se atreva a ir.

«Tú supongo que sí te atreverías», se dijo Chichikov para sus adentros, y a continuación explicó que, en consideración a él, se hallaba dispuesto a dejar que los gastos de la escritura corrieran por su cuenta.

Cuando oyó que también se encargaría de los gastos de escritura, Pliushkin llegó a la conclusión de que el visitante era un perfecto idiota y que mentía al asegurar que había sido funcionario civil, siendo así que estuvo sirviendo en el ejército y corrió detrás de las actrices. A pesar de todo no fue capaz de ocultar su júbilo, y deseó toda clase de venturas no sólo a Chichikov sino también a sus descendientes, sin detenerse siquiera a preguntar si realmente tenía hijos. Se aproximó a la ventana, dio con los nudillos varios golpes en el cristal y después gritó:

— ¡Eh, Proshka!
Un minuto después se oyó que alguien entraba en el zaguán a todo correr y se entretenía allí durante un buen rato. Se oyó andar a alguien que llevaba botas, se abrió por último la puerta y penetró Proshka, un mozalbete de trece años calzado con unas botazas tan enormes que cuando caminaba se le salía casi de los pies. Explicaremos en seguida por qué Proshka llevaba unas botas de tal tamaño. Para toda la servidumbre no había más que un solo par de botas, que debía estar siempre en el zaguán. Todo aquel que se dirigiera a los aposentos del señor debía atravesar el patio descalzo, calzarse en el zaguán y, así calzado, se introducía en el aposento. Cuando se marchaba volvía a dejar las botas en el zaguán y regresaba pisando sobre sus propias suelas. Si alguien hubiera mirado a través de la ventana en los días otoñales, y especialmente por la mañana, cuando comenzaban las heladas, habría podido ver a los criados saltando de modo tal como no era fácil que lo hiciera en el teatro el más ágil danzarín.

—Mira qué rostro, padrecito —dijo Pliushkin dirigiéndose a Chichikov mientras con un dedo señalaba a Proshka—. Es más bruto que un leño, pero en cuanto uno se despista y olvida algo por ahí, tendría que ver cómo la roba. ¿Qué quieres, idiota? ¿A qué has venido?

Pliushkin guardó silencio, a lo que Proshka respondio con otro silencio.

—Pon el samovar, ¿me oyes? Coge la llave y entrégasela a Mavra, que vaya a la despensa y en la repisa verá un pedazo de la mona de Pascua que trajo Alexandra Stepanovna; dile que lo traiga para el té… Aguarda, ¿adónde vas? ¡Bruto, que eres un bruto! ¿Acaso tienes hormiguillo en los pies? Escúchame primero: el bizcocho está un poco estropeado por la parte superior, de modo que dile que lo raspe con el cuchillo y que no eche las migas, que las lleve al gallinero. ¡Si te metes tú en la despensa ya sabes lo que te espera! ¡Una buena ración de jarabe de porra! Si tienes ahora buen apetito, después aún lo tendrás mejor. Intenta entrar en la despensa, que yo aguardaré mirando por la ventana. Uno no puede fiarse de nadie —continuó volviéndose hacia Chichikov en cuanto Proshka se hubo marchado con sus botas.

Acto seguido miró con recelo al visitante. Una magnanimidad tan fuera de lo normal comenzó a parecerle inconcebible, y se dijo para sus adentros: « ¡Diablos! Quizá sea un presuntuoso, igual que todos esos derrochadores. ¡Miente, miente para conversar un rato y que le invite a tomar el té, y después se marchará por donde ha venido!» De ahí que, como medida de precaución y a fin de probarlo, manifestó que sería preferible hacer la escritura cuanto antes, ya que uno no puede estar seguro de nada: hoy está vivo y mañana. Dios sabe.

Chichikov declaró que estaba dispuesto a formalizar la escritura en seguida, si así lo quería él, y pidió la relación de todos los mujiks.

Esto tranquilizó a Pliushkin. Fue fácil ver que estaba pensando algo, y así era, cogió las llaves, se encaminó al armario, y después de abrirlo anduvo por un buen rato entre las tazas y los vasos; por último dijo:

—No logro encontrarlo, pero aquí guardaba un licor de excepción. ¡Tal vez se lo han bebido! Son unos bandidos. ¿Será esto?

Chichikov advirtió que tenía en sus manos una botella enteramente cubierta de polvo, como si llevara una camiseta.

—Lo hizo mi difunta esposa —prosiguió Pliushkin—. Esa sinvergüenza del ama de llaves lo dejó sin ni siquiera taparlo. ¡La muy miserable! Se metieron en él gusanos y todo género de porquería, pero yo lo saqué y aquí está todo limpiecito. Voy a servirle una copa.

Pero Chichikov se negó a tomar aquel licor, afirmando que ya había comido y bebido.

— ¡Ya ha comido y bebido! —exclamó Pliushkin—. Sí, por supuesto, a la gente de buena sociedad se la distingue en el acto: no han comido y se muestran satisfechas. En cambio, a cualquier granuja de ésos, por mucho que le ofrezcas… Siempre que se presenta el capitán, lo primero que hace es pedirme algo de comer. Me llama tío, y soy yo tan tío suyo como él abuelo mío. Sin duda en su casa carece de todo y por eso pasa el tiempo yendo de una parte a otra. Decía usted que le hace falta una relación de todos esos haraganes, ¿no es cierto? Yo los había anotado en un papel, como si lo supiera, a fin de excluirlos cuando tuviera lugar la primera revisión.

Pliushkin se caló las gafas y comenzó a buscar entre sus papeles. Al desatar todo tipo de legajos obsequió al visitante con tal cantidad de polvo que éste no pudo por menos que estornudar. Por último extrajo un papel totalmente lleno de anotaciones. Los nombres de los mujiks aparecían más apretujados que las moscas. En él había de todo:

Paramonov, Pimenov, Panteleimonov… e incluso se asomó cierto Grigori Irás no Llegarás. En total resultaban ser más de ciento veinte.

Chichikov esbozó una sonrisa cuando observó tal abundancia. Guardó el papel en un bolsillo y dijo a Pliushkin que debería acudir a la ciudad para firmar la escritura.

— ¿A la ciudad? ¿Por qué? ¿Voy a dejar sola la hacienda? De mi gente no se puede uno fiar, aquí todos son granujas o ladrones. En un solo día son capaces de dejarme incluso sin un clavo en que colgar mi caftán.

— ¿Y no tiene usted allí algún conocido?

— ¿A quién quiere que tenga? Todos mis conocidos están ya muertos o han dejado de ser conocidos. ¡Ah, padrecito! ¡Sí, tengo uno! —exclamó de pronto—. Conozco al propio presidente, en otros tiempos acostumbraba a visitarme. ¡Cómo no lo he de conocer! ¡Por supuesto que lo conozco! ¿A quién, si no, podré escribir?

—Claro está que a él.
— ¡Éramos muy buenos amigos! En el colegio habíamos sido compañeros.

Por aquel rostro de palo se deslizó algo que quería parecerse a un cordial rayo de luz; manifestó no un sentimiento, sino el débil reflejo de un sentimiento, algo que se podría comparar a cuando en la superficie de las aguas surge de pronto alguien que se está ahogando y entre la muchedumbre que invade la orilla se oye una exclamación de júbilo. No obstante la alegría era prematura; a pesar de que sus hermanas y hermanos le arrojan una cuerda en espera de ver sus hombros o sus manos agotados por la lucha, aquella aparición era la última. Todo permanece sordo, y la superficie del mudo elemento, tranquila y reposada tras el último esfuerzo del infeliz, parece aún más horrible y desierta. Así la cara de Pliuskhin, en la que por un instante se había deslizado una sombra de sentimiento, se volvió todavía más insensible y chabacana.

—Encima de la mesa tenía una cuartilla —dijo—pero no sé qué se habrá hecho de ella. De esta gente se puede uno fiar tan poco…

Miró debajo de la mesa y sobre ella, buscó por todas partes y al fin gritó:

— ¡Mavra! ¡Mavra!

Como respuesta a su llamada compareció una mujer llevando en la mano un plato en el que descansaba el pedazo de bizcocho de cuya existencia ya está informado el lector. Entre ellos se entabló el diálogo que sigue:

— ¿Qué has hecho con el papel, malvada?

—Le aseguro, señor, que no he visto más papel que el pedazo de que se sirvió usted para tapar la copa.

—Leo claramente en tus ojos que lo has robado.

— ¿Y por qué iba a robarlo? No me serviría de nada, yo no sé de letras.
—Mientes, se lo has dado al sacristán; él sabe escribir y se lo diste a él.
—Si el sacristán necesita papel, él mismo se lo puede proporcionar. ¡Yo no he visto el suyo!

—Espera, que el día del Juicio Final dos diablos te van a quemar con chuzos de hierro. ¡Ya verás cómo te asan!

—No, no me asarán, pues ni siquiera he tenido en la mano ese papel. Quizá se me pueda reprochar alguna debilidad de mujer, pero lo que jamás podrá decir nadie es que yo sea una ladrona.

—Los diablos te tostarán. Dirán: « ¡Toma tu merecido, sinvergüenza, por haber engañado a tu señor!» ¡Pues vaya si te asarán!

—Pero yo les diré: « ¡La culpa no es mía! ¡Os aseguro que la culpa no es mía, yo no lo robé…!» Pero si está ahí, sobre la mesa. ¡Siempre me está acusando sin razón alguna!

Pliushkin vio, realmente, el papel, y durante unos instantes permaneció en silencio. Después se mordió los labios y dijo:

— ¿Por qué te pones así? ¡Menuda escandalosa estás hecha! En cuanto se le dice una palabra, ella responde con diez. Bueno, ve a buscar la lumbre para lacrar la carta. No, espera, eres capaz de coger la vela de sebo, y el sebo se derrite muy pronto, se consume y se acabó. No son más que gastos inútiles. Vale más que traigas una astilla encendida.

Mavra se marchó. Pliushkin tomó asiento en la butaca, cogió la pluma y aún permaneció durante un buen rato dando vueltas al papel tratando de ver si podría partirlo por la mitad. Al fin llegó a la conclusión de que eso no era posible, mojó la pluma en el tintero, que contenía no sólo un líquido mohoso sino también una infinidad de moscas, y comenzó a escribir. Lo hacía con unas letras semejantes a las notas de música, intentando sujetar la mano, que se le disparaba por toda la cuartilla, y escribiendo todo lo apretado que podía, aunque lamentándose, con todo, por el mucho espacio en blanco que quedaba.

¡A qué grado de mezquindades, a qué minucias y bajezas puede llegar a caer el hombre! ¡Hasta qué punto puede transformarse! ¿Tiene esto visos de verdad? Sí que lo tiene, todo le puede suceder al hombre. El que hoy es un impetuoso joven se quedaría horrorizado si contemplara el retrato de lo que será en su vejez. Llevaos con vosotros todos los impulsos humanos cuando salgáis de los fáciles años de la juventud para entrar en la severa virilidad que todo lo endurece, lleváoslo, no los abandonéis en el camino. ¡Después no os será posible recuperarlos! ¡La vejez que os aguarda, horrible y temible, jamás devuelve nada! Más compasiva que la vejez es la sepultura, en ella se escribirá: «Aquí han enterrado a un hombre», pero nada se puede leer en los insensibles y fríos rasgos de la inhumana vejez.

— ¿Sabe usted de algún amigo al que le hagan falta siervos fugitivos? —preguntó Pliushkin mientras doblaba la carta.

— ¿Acaso han huido algunos? —se apresuró a preguntar a su vez Chichikov, poniéndose alerta.

—Sí, ciertamente. Mi yerno trató de informarse y dice que no hay modo de hallarlos, pero él es militar, y a los militares ya se sabe, les complace hacer sonar las espuelas, pero en cuanto tienen que hacer gestiones en los tribunales…

— ¿Como cuántos serán?

—Deben llegar ya a los setenta.
— ¿De veras?
—Como se lo digo. No hay año en que no escape alguno. Son gentes muy comilonas, el ocio les abre el apetito y yo no dispongo de lo suficiente ni para mí mismo. Los cedería a cualquier precio. Dígale usted a su amigo que me los compre. Con que logre encontrar aunque sólo sea diez de ellos, hará un buen negocio, ya que cada siervo inscrito en el Registro vale quinientos rublos.

«No, no es cuestión de que esto lo huela ningún amigo», pensó Chichikov, y contó que no habría nadie a quien le interesara el negocio, pues los gastos alcanzarían una suma más elevada, porque los tribunales deberían hacer gestiones por muchas partes. Pero si él se encontraba tan apurado, impulsado por la simpatía que le había inspirado, estaba dispuesto a dar…, aunque era una bagatela de la que ni siquiera valía la pena hablar.

— ¿Cuánto estaría dispuesto a dar? —inquirió Pliushkin, a quien las manos le temblaban como el azogue a causa de su avaricia.

—Le daría veinticinco kopecs por cada uno.

—Y cómo pagaría, ¿al contado?

—Sí, ahora mismo le entregaría el dinero.
—Sólo le voy a rogar, padrecito, que, considerando mi pobreza, me los pague a cuarenta kopecs.

—Mi apreciado amigo —dijo Chichikov—, no sólo a cuarenta kopecs, sino incluso a quinientos rublos se los pagaría. Lo haría con sumo gusto, pues veo que es usted un anciano bueno y honorable que sufre precisamente debido a su propia bondad.

—Tiene toda la razón —dijo Pliushkin meneando acongojado la cabeza—Mi bondad es la culpable de todo.

— ¿Lo ve usted? Inmediatamente he comprendido su carácter. Y por lo tanto, ¿por qué no iba a pagarle quinientos rublos por cada uno? Pero…no poseo bienes. Estoy dispuesto a subir cinco kopecs más para que de esta manera salga a treinta kopecs por cabeza.

—Como diga, padrecito, pero debería aumentar aunque sólo sean dos kopecs.

—De acuerdo, pondré otros dos kopecs. ¿Cuánto son en total? Creo que antes habló de setenta.

—No, son setenta y ocho.

—Setenta y ocho, setenta y ocho a treinta kopecs por cabeza, serán… —nuestro protagonista se detuvo a pensar un segundo, no más, y añadió—: Resultan veinticuatro rublos con noventa y seis kopecs —pues, estaba fuerte en aritmética.

En seguida hizo que Pliushkin le extendiera el recibo y a continuación le dio el dinero, que el viejo recibió con las dos manos y llevó hasta el escritorio con idénticas precauciones que si fuera un líquido y temiera verterlo. Se aproximó al escritorio, volvió a mirar el dinero y lo dejó, también con toda precaución, en una de las gavetas, donde sin duda estaban condenados a quedarse enterrados hasta el momento en que padre Karp o el padre Polikarp, los dos sacerdote que había en su aldea, lo enterraran a él mismo, con gran alegría de su hija y de su yerno, y quizá también del capitán que decía ser pariente suyo.

Después de haber guardado el dinero, Pliushkin tomó de nuevo asiento en la butaca como si no consiguiera hallar otros temas de que hablar.

— ¿Ya se marcha? —preguntó, al advertir un ligero movimiento que Chichikov había hecho para sacar del bolsillo su pañuelo.

La pregunta le hizo recordar que, efectivamente, no había razón para detenerse más.

—Sí, ya es hora de irme —dijo al mismo tiempo que cogía el sombrero.

— ¿Y el té?
—No, será en otra ocasión. Lo tomaremos la próxima vez que venga por aquí.

—¡Y yo que había ordenado que prepararan el samovar! Si he de decirle la verdad, no siento gran afición por el té, es una bebida cara y el azúcar ha subido de precio extraordinariamente. ¡Proshka! ¡Ya no es necesario el samovar! Llévale el bizcocho a Mavra, ¿me oyes? Que lo deje donde estaba, o no, tráelo aquí y yo mismo lo llevaré. Adiós, padrecito, que Dios le bendiga. Y déle la carta al presidente. Sí, que la lea, es un antiguo conocido mío. ¡Cómo no! En el colegio fuimos compañeros.

Acto seguido este peregrino fenómeno, este enjuto vejete, salió al patio a despedirle, y luego ordenó que cerraran el portón. Después pasó revista a las despensas para asegurarse de que se hallaban en su puesto los guardas, los cuales estaban en todas las esquinas, golpeando alguna que otra vez en un tonel vacío, en lugar de la habitual chapa de hierro, con una pala de madera; seguidamente llegó hasta la cocina, donde,bajo el pretexto de comprobar si se daba bien de comer a su gente, se tragó un buen plato de sopa de col y gachas, riñendo a todos los presentes por sus latrocinios y su mal comportamiento, y finalmente regresó a su aposento. Una vez a solas, pensó hasta en el modo de agradecer a su visitante aquella generosidad sin par.

«Le puedo regalar el reloj de bolsillo —se dijo para sus adentros—. Es un reloj bueno, de plata, y no cualquier cosa de bronce o de alpaca. Está un poco estropeado, pero ya lo arreglará. Es joven aún y le hace falta reloj de bolsillo para gustar a su novia.

Pero no —agregó tras haberlo pensado un poco—, vale más que se lo deje cuando me muera, en el testamento, para que le sirva de recuerdo mío.»

No obstante Chichikov, sin necesidad alguna de reloj, se encontraba en la mejor disposición de ánimo. La inopinada adquisición representaba un verdadero regalo. Efectivamente, dijeran lo que quisieran, ¡se trataba de doscientas almas, y no sólo muertas, sino que así mismo había fugitivos! Es verdad que cuando se aproximaba a la aldea de Pliushkin presentía ya que llevaría a cabo un buen negocio, pero ni muchísimo menos imaginaba que le saldría tan redondo.

En el transcurso del camino no le abandonó ni por un momento el extraordinario alborozo que le poseía. Se ponía a silbar, se llevaba la mano a la boca de modo que parecía que tocaba la trompa, e incluso entonó una canción tan extraña que el mismo Selifán se quedó escuchando, movió la cabeza y comentó:

— ¡Vaya cómo canta el señor!
Al llegar a la ciudad se había hecho ya de noche. La sombra se confundía totalmente con la luz y se tenía la sensación de que incluso los mismos objetos se Confundían también La barra de las puertas de la ciudad, con sus franjas de color rojo, había adquirido una tonalidad indefinida. Los bigotes del soldado que estaba de guardia parecían habérsele subido a la frente, bastante por encima de los ojos, y no se le podía ver la nariz. El ruido y las sacudidas manifestaron con toda Claridad que el carruaje se deslizaba ya sobre el empedrado.

Los faroles no estaban aún encendidos y apenas en algunas casas se advertía luz. En los rincones y callejuelas se sucedían conversaciones y escenas propias de aquella de las ciudades en que hay gran número de soldados, de cocheros, de operarios y de seres de un género particular en figura de damas cubiertas por chales rojos que no usaban medias y que, al igual que los murciélagos, iban revoloteando por las esquinas.

Chichikov no se dio cuenta de su presencia, ni siquiera prestó atención a los innumerables funcionarios flacos y con bastón que probablemente volvían a su casa tras un paseo por los alrededores de la ciudad. De vez en cuando llegaban a sus oídos gritos que parecían de mujer: «¡Mientes, borracho! ¡Jamás te he tolerado tal clase de groserías!», «¡No me pegues, bestia! ¡Acompáñame a la comisaría y allí te lo demostraré!» En resumen, expresiones que queman como la pez hirviendo a cualquier muchacho de veinte años cuando, al regresar del teatro, lleva en su pensamiento una calle española, la noche de España y una maravillosa imagen de mujer de rizados cabellos y con una guitarra en sus manos. ¿Qué sueños no bullirán en su mente? Se halla en el paraíso, ha acudido a visitar a Schiller, cuando de pronto estallan como trueno las fatales palabras y advierte que otra vez ha regresado a la tierra, que se halla en la plaza Sennaia, muy cerca de una taberna, y de nuevo se ve envuelto en las miserias de la vida cotidiana.

Por último, tras una sacudida más que mediana, el carruaje pareció quedar como en una zanja, frente a la puerta de la posada, y Chichikov fue recibido por Petrushka, quien con una mano sujetaba los faldones de su levitón, ya que le molestaba que se le abriera, mientras que con la otra le ayudó a apearse. También salió a su encuentro el mozo de la posada, llevando una vela en la mano y el paño al hombro. Ignoramos si Petrushka se mostró contento de la llegada de su señor. Pero sí sabemos que él y Selifán se hicieron guiños y que su rostro, tan severo habitualmente, pareció aclararse algo.

—Ha pasado el señor largo tiempo fuera —dijo el mozo mientras alumbraba la escalera.

—Sí —dijo Chichikov al subir el primer peldaño—.

Bueno, ¿y tú, qué me cuentas?

—A Dios gracias estoy bien —repuso el mozo haciendo una inclinación—. Ayer llegó un militar. Es teniente, y ocupa la habitación dieciséis.

— ¿Un teniente?
—No sabemos de quién se trata. Vino de Riazán, trae caballos bayos,
—Bueno, bueno, ya veremos cómo te sigues portando —dijo Chichikov, y penetró en su aposento.

Cuando cruzó el vestíbulo venteó el aire y dijo a Petrushka:

—Lo menos que podías haber hecho es ventilar la habitación.
—Ya lo hice —repuso Petrushka, pero era falso.
El propio señor sabía muy bien que estaba mintiendo, pero no sentía deseos de discutir. Estaba en extremo fatigado después del viaje. Pidió que le sirvieran una cena muy ligera, solamente cochinillo, y enseguida se desnudó, se metió bajo las sábanas y quedó profundamente dormido, como un tronco, como sólo son capaces de hacerlo los felices mortales que desconocen lo que son las hemorroides y las chinches, y que no están dotados de una capacidad intelectual demasiado elevada.


Enlace a capitulos 7 y 8

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El Viy – Novela de Mykola Hóhol

Esta leyenda es la que les contaré ahora tal como la he oído, intentando hasta donde me sea posible no cambiar nada de la ingenua sencillez con que la escuché contar.

Cuando por las mañanas tocaba la sonora campana que colgaba sobre la puerta cochera del seminario de Kyiv, todos los estudiantes y los seminaristas acudían en tropel desde los distintos barrios de la ciudad. Aquel monasterio tenía alumnos de todas las clases: gramáticos, retóricos, filósofos y teólogos, llamados así según el nombre del curso en que estaban. Todos llevaban libros y cuadernos. Los gramáticos, que correspondían a las clases elementales, eran en su mayor parte chiquillos; siempre entraban corriendo, dándose empujones, y gritando con sus voces atipladas. Iban muy mal vestidos, y en los bolsillos de sus muy harapientos trajes llevaban todo tipo de fruslerías, como silbatos de pluma hechos por ellos mismos, huesos de cordero con las que jugaban muy a menudo a la taba, restos de empanadas o de cualquier otro alimento, y algún infeliz gorrión que muchas veces, de manera inesperada, rompía con su piar el silencio de la clase, siendo la causa de que su dueño recibiera un severo castigo, ya en forma de palmetazos, o de unos buenos azotes con una vara de cerezo.

Los retóricos eran un poco mayores que los gramáticos, y vestían de un modo más decente, puesto que llevaban trajes en mejor estado y a veces muy limpios. Sin embargo, sus rostros no carecían de adornos en forma de símbolo victorioso, ya fuera un ojo morado, algunos arañazos o algunos hinchazones de la misma procedencia. Las voces de los retóricos eran ya más de tenores.

Por lo que respecta a los filósofos, hablaban con voz de bajo. En sus bolsillos solamente se podía encontrar tabaco, pues no solían guardar restos de alimentos, ya que se los comían ávidamente en cuanto los tenían a su alcance. De ellos emanaba un olor característico a pipa y aguardiente; era un olor que se notaba desde tal distancia que los artesanos, cuando se cruzaban con ellos, olfateaban de igual modo que los perros de caza.

En aquella hora tan temprana comenzaban a abrirse las puertas del mercado, y las vendedoras de buñuelos, de panecillos y toda clase de golosinas, jalaban a los estudiantes del vestido; como es de suponer, importunaban más a los que iban mejor vestidos.

-¡Señoritos, señoritos, vengan aquí! ¡Vean qué ricos buñuelos, qué tortas, qué pasteles! ¡Son de miel! ¡Una delicia! ¡Yo misma los he hecho! -pregonaba una de aquellas vendedoras.

-¡Aquí están los buenos caramelos! -exclamaba otra, ofreciendo algo parecido a lo que pregonaba.

-No le haga caso, señorito -intervenía una tercera-. No le compre nada a esa mujerzuela. Fíjese usted en sus manos sucias y en su nariz manchada. ¡Venga aquí, señorito!

Claro que estas bravatas sólo las dirigían a los más pequeños. No se atrevían con los filósofos ni con los teólogos, que sólo se acercaban “a probar” la mercancía, lo que por cierto lo hacían a manos llenas, sin el menor escrúpulo. Al entrar en el seminario cada uno se dirigía a su salón de clase. Eran aulas amplias, de techo bajo, pequeñas ventanas, grandes puertas y bancos llenos de manchas y marcas. En seguida se animaban con un extraño murmullo, y los estudiantes de años superiores comenzaban a preguntar a los alumnos. Por un lado, algunas vidrieras vibraban por la voz de tiple de un gramático; por otra, vibraban por la voz de bajo de un filósofo o de un teólogo que llenaba la clase con su monótono “bu, bu, bu…”, al mismo tiempo que el cuidador, escuchando con indolencia la tarea, miraba de reojo para ver si algo asomaba por debajo de la mesa del bolsillo del alumno; un pedazo de buñuelo, de empanadilla, o de un simple panecillo.

En las ocasiones en que todo aquel ilustre alumnado llegaba a las clases ante que sus maestros o sabía que comparecían más tarde de lo normal, se entablaba en las aulas un combate general en el que intervenían no sólo la totalidad de los estudiantes, sino también los mismos cuidadores, a los que se suponía encargados de garantizar en el seminario el orden y la moral de los estudiantes. Casi siempre eran dos teólogos los que se dedicaban a organizar los combates, resolviendo si cada clase peleaba por su cuenta o sí el combate se haría en dos grupos: los mayores contra los menores, los colegiales contra los seminaristas.

Los gramáticos eran siempre los que iniciaban la lucha, pero apenas entraban en acción los retóricos, abandonaban el campo y se limitaban a seguir la pelea como simples espectadores desde algún sitio elevado.

Después entraban a la batalla los filósofos, en cuyos rostros apuntaba ya la barba, y finalmente los teólogos, de cuellos fuertes y musculosos como los de un toro, que llevaban pantalón bombacho. Por regla general el combate concluía con la derrota de los filósofos, quienes abandonaban el campo frotándose sus adoloridas espaldas, para ir a refugiarse en su salón y sentarse en sus bancos a reponer fuerzas.

Cuando entraba el maestro, que en su juventud también había participado en iguales peleas, en seguida deducía por las caras de los alumnos que el combate había sido tremebundo, y de inmediato procedía a
castigarlos dándoles a los filósofos palmetazos en los dedos, mientras en otro salón un colega golpeaba a los retóricos en la palma de las manos. A los teólogos se les daba un tratamiento diferente: recibían una buena ración de guisantes, que así llamaban a los látigos que en la punta tenían bolitas de cuero.

Los días festivos casi todos los estudiantes los pasaban en distintos antros de la ciudad, divirtiendo al público con representaciones no siempre muy convenientes, en las que aparecían personajes como Herodías o Pentefría, la virtuosa esposa de algún faraón. Por esos trabajos recibían un saco de mijo, medio ganso asado o unos cuantos metros de tela. Toda aquella docta gente, tanto los del colegio como los del seminario, que convivían en un tradicional ambiente de implacable antagonismo, era tan pobre que carecía de medios para alimentarse como es debido, y, en cambio, poseía un hambre feroz, no siendo posible, por lo tanto, calcular la cantidad de panecillos, buñuelos, o cualquier otra clase de alimento que serían capaces de comerse en un sólo día.

De ahí que muchas veces la generosidad de algunos mecenas no fuera suficiente para evitar que soportaran un hambre canina.

Cuando se encontraban en tal apuro se reunía el senado, compuesto de teólogos y filósofos, y decidían enviar varios grupos de retóricos y gramáticos, capitaneados por un filósofo y provistos todos de sus correspondientes bolsas, a hacer una incursión por los huertos próximos, y cuando regresaban, abundaban los pepinos, las calabazas y otras muchas hortalizas. Los senadores se hinchaban hasta tal punto de melones y sandías, que los profesores notaban ruidos anormales al día siguiente, los que provenían de las saturadas panzas de aquellos senadores. Tanto los busarcos como los seminaristas usaban unas levitas tan largas que al caminar casi se las pisaban.

No obstante, lo más curioso de la vida de los discípulos eran las vacaciones, es decir, el tiempo que transcurre desde el mes de junio hasta el final del verano. Al llegar estas fechas los seminaristas regresaban a sus casas y los caminos se llenaban de teólogos, filósofos, retóricos y gramáticos.

Los que no tenían familia se las arreglaban para pasar el verano en la casa de alguno de sus compañeros. Los teólogos y los filósofos, cuyos procedimientos e instrucción eran más elevados, se valían de ello para pasar las vacaciones como preceptores en la casa de alguna familia adinerada, recibiendo como remuneración final un par de zapatos o una levita nueva.

Todos salían juntos del seminario en tumultuoso tropel; comían y dormían en pleno campo y llevaban un saco como todo equipaje; dentro de él había una camisa y unos cuantos pares de calcetines. Los teólogos economizaban más que sus compañeros, por lo que andaban descalzos y con las botas al hombro, sobre todo si el camino era pantanoso; en este caso se subían los pantalones hasta las rodillas y caminaban así a través de los caminos llenos de lodo. Si durante su larga caminata encontraban alguna finca, iban hasta ella, se situaban debajo de las ventanas y entonaban una canción. Generalmente el propietario, que por lo común era un kozako o un terrateniente, los escuchaba conmovido y después le decía a su esposa:

Oye, mujer, no tengo la menor duda de que eso que han cantado debe ser algo muy sabio. Dales algo de comer.

Los sacos de los seminaristas se llenaban entonces de tocino, empanadas, incluso pollos asados, sin tener en cuenta que en los sacos había camisas y calcetines. Reforzados así de provisiones, reanudaban su camino. El tropel iba disminuyendo poco a poco, hasta que sólo quedaban los estudiantes cuyos hogares estaban más lejos. En una de estas ocasiones, durante una peregrinación de este tipo, tres busarcos se extraviaron al salirse de la carretera principal, y después de una larga caminata encontraron una apartada finca, a donde se dirigieron en busca de alimentos. Los sacos los tenían totalmente vacíos, y desde hacía bastante tiempo no probaban bocado. Los tres compañeros eran el teólogo Khaliava, el filósofo Jomá Brut y el retórico Tiberi Gorobez.

..-gritó el filósofo. Y lo era. Ante ellos había una finca de sólo dos casitas

El teólogo era un muchacho de anchos hombros, fuerte, y con una costumbre bastante extraña; le era imposible ver cualquier cosa que tuviera al alcance de su mano sin metérsela al bolsillo. Se mostraba siempre taciturno y huraño, en especial cuando bebía más de la cuenta: entonces se escondía entre los matorrales, y era casi imposible que sus compañeros lo encontrasen. Jomá Brut, por el contrario, tenía un carácter alegre y afable. Le gustaba mucho fumar en pipa, y cuando se emborrachaba invitaba a los músicos y se ponía a bailar. En el seminario pertenecía al grupo que probaba a menudo una buena ración de guisantes, pero lo soportaba estoicamente, diciendo que nadie puede evitar lo que tiene predestinado.

El retórico Tiberi Gorobez todavía no alcanzaba el permiso para beber aguardiente, fumar en pipa y tener bigote. Aún llevaba el oseledez (una trenza en medio de la cabeza afeitada) y se consideraba que su carácter no estaba formado, a pesar de que por los cardenales y moretones con que aparecía en las clases, prometía ser un buen kozako. El teólogo Khaliava y el filósofo Jomá Brut le daban frecuentemente unas buenas palizas como prueba de su protección, y lo utilizaban como mensajero. Comenzaba a oscurecer cuando los tres estudiantes se alejaron de la carretera principal. El sol había desaparecido en el horizonte y el aire conservaba todavía su calor estival. El teólogo y el filósofo fumaban sus pipas y Tiberi se dedicaba a tronchar con el bastón las flores que bordeaban el sendero, el cual serpenteaba entre los nogales y los robles que cubrían la llanura y su monotonía solo era rota por alguna colina redonda como las cúpulas de las iglesias. Algunos terrenos sembrados de trigo indicaban que en las cercanías había alguna aldea o por lo menos una hacienda.

Pero ya llevaban más de media hora caminando sin ver señales de algún pueblo. Entretanto, la noche había avanzado con tal rapidez que únicamente se veía en la lejanía una estrecha franja de cielo iluminada por una débil luz crepuscular.

-¡Qué extraño es todo esto! -dijo el filósofo Jomá Brut-. Me imaginé que estábamos cerca de una finca o de una aldea, pero no se ve nada que se lo parezca.

El teólogo, al escuchar a su compañero, miró hacia el horizonte, y siguió fumando tranquilamente.

Al rato el filósofo sentenció:
-Juraría por todos los demonios que no hay nada a la vista que parezca una aldea.
Ahora el teólogo respondió secamente sin quitarse la pipa de la boca:
-Si seguimos caminando, a algún sitio llegaremos.
La noche había cerrado ya por completo; debe decirse que era una de las más oscuras, y las nubes, apiñadas en el cielo, no daban la menor esperanza de que brillara la luna o las estrellas. Sólo en ese momento los tres compañeros reconocieron haber perdido el camino y estar totalmente perdidos. El filósofo, después de mirar detenidamente alrededor, dijo:

-No logro ver el camino.
Al cabo de un rato, como si lo hubiera estado pensando, el teólogo repuso:
-Es muy fácil perderlo en una noche tan oscura como esta.
El retórico subió a una pequeña cuesta con el fin de encontrarlo, pero a pesar de que se puso a gatas buscando con mucho cuidado, sus manos sólo tropezaban con madrigueras de zorros o con arbustos. Se hallaban en medio de la inmensa estepa, por donde parecía que jamás hubiera pasado alguien. Cansados, caminaron otras leguas más, sin encontrar las huellas del camino. El filósofo comenzó a lanzar gritos, pero su voz se perdía en la inmensa llanura. Al cabo de un rato oyeron un lejano gemido muy parecido al aullido de un lobo.

-¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó el filósofo.

-¿Qué otra cosa podemos hacer si no es pasar la noche en medio del campo? -contestó el teólogo, volviendo a encender su pipa.

Pero su decisión no fue del agrado del filosofo, acostumbrado a comer cuando menos un buen pedazo de tocino y medio kilo de pan antes de acostarse; ahora tenía el estómago terriblemente vacío y haciendo toda clase de ruidos. Por otra parte, a pesar de su carácter alegre, estaba aterrado por su miedo a los lobos.

-No, amigo Khaliavna; eso no es posible -repuso-. No estoy de acuerdo en que nos tumbemos en el suelo como si fuéramos perros sin comer algo antes. Sigamos un poco más y tal vez encontremos alguna finca en la que podamos beber un vaso de vino antes de dormirnos.

Al oír la palabra vino, el teólogo, escupiendo, dijo:
-Por supuesto, eso es lo que necesitamos. Resulta muy despreciable pasar la noche en medio del campo.
Y los tres siguieron andando. Por suerte para ellos, no transcurrió mucho tiempo antes de que oyeran el lejano ladrido de unos perros, y dirigiéndose hacia allí no tardaron en ver unas luces.

-¡Una finca, les juro que es una finca! -gritó el filósofo.

Y lo era. Ante ellos había una finca de sólo dos casitas, rodeada toda ella por una cerca. Las ventanas tenían luz y frente a ellas había una docena de melocotoneros y un patio lleno de carros, que los tres viajeros miraron a través de las estacas de la cerca. Mientras tanto, el cielo se había despejado un poco y se veían brillar algunas estrellas.

-Tenemos que avivarnos, compañeros, y sea como sea conseguir un lugar donde pasar la noche -ordenó el filósofo.

Acto seguido los doctos varones llamaron a la puerta, golpeándola con todas sus fuerzas.

-¡Eh, abran, abran!
Al abrirse la puerta de una de las casitas, vieron parada en el umbral una vieja envuelta en un grueso abrigo.
-¿Quién anda ahí? -preguntó tosiendo.
-Somos tres caminantes que en esta noche tan oscura nos hemos perdido. Déjenos entrar. Sólo queremos pasar aquí la noche.

-¿Pero quienes son? –volvió a preguntar la anciana.

-Gente de paz y honrada: el teólogo Khaliava, el filósofo Brut y el retórico Gorobez;
-No, no es posible -refunfuñó la vieja-; el patio está lleno de gente y todos los rincones de la casa están ocupados. No me queda sitio donde se puedan meter, y al ser los tres tan grandes podrían derrumbarme la casa. Además sé que todos los colegiales son unos borrachos y no quiero recibir a esa clase de gente. De modo que ¡fuera de aquí!

-Por Dios, abuelita, ten piedad de nosotros. No dejes morir a unos buenos cristianos libres de toda culpa. Que nos castigue Dios si hacemos algo malo.

La anciana pareció conmoverse un poco, y después de un rato les dijo:

-Bueno, está bien, los dejaré entrar. Pero que conste que los separaré y los pondré en distintos sitios para así estar más tranquila.

-Haz lo que creas mejor. Tú mandas y nosotros te obedecemos.

Les abrió el portón del cerco y los tres colegiales entraron en el patio.
-Escucha, abuela -dijo el filósofo desde atrás de la anciana-; no sé cómo explicarlo, pero sucede que a nuestros estómagos les ocurre algo muy raro. Desde ayer no hemos probado el menor bocado, y ellos se han dedicado a hacer ruidos y parecen estar completamente vacíos…

-Eso ya es mucho pedir -gruñó la vieja-. No hay nada preparado y no me voy a poner a estas horas a prender el horno.

-Nosotros te lo pagaríamos mañana en dinero constante y sonante -dijo el filósofo, añadiendo en voz baja:

“Te juro que nada recibirás, vieja del cuerno”.
-Está bien, está bien, pasen, pero confórmense con lo que se les da y después que el diablo se los lleve.
Sus palabras entristecieron al filósofo Jomá, pero de repente se animó grandemente pues su fino olfato había percibido olor a pescado salado. Inquieto miró por todos lados y de pronto vio salir la cola de un pescado por uno de los bolsillos del anchísimo pantalón del teólogo. Al astuto Khaliava le habría sobrado tiempo y ocasión para extraer de un carro del patio una magnífica parca. Y como eso lo había hecho siguiendo su inveterada costumbre, se olvidó de él y se puso a buscar algo que poder meterse al otro bolsillo, aunque sólo fuese un trozo de rueda abandonada. Y conociendo esa distracción, el filósofo Jomá pudo sacarle el pescado del bolsillo sin el menor remordimiento y tan fácil como si hubiera sido unos de sus propios bolsillos. La vieja fue enseñando a cada uno su lugar; al más joven lo metió en una casucha; al teólogo en una despensa, y al filósofo, llevándolo al corral, en uno de los establos.

Apenas quedó solo, el filosofo se tragó con un gran gusto la parca, revisó casi en oscuras las paredes del establo y le dio una patada a un cerdo que se había despertado y que andaba perezosamente. El muchacho se había echado ya sobre la paja tratando de dormir, cuando se abrió la puerta y apareció la vieja.

-¿Qué buscas, abuelita? -le preguntó sorprendido el filósofo.
Como única respuesta, la vieja, abriendo los brazos se acercó a él con claras intenciones con un ademán que descubría claramente sus intenciones sexuales.

-Óyeme, abuelita -dijo el filósofo rechazándola-, estamos en la Santa Cuaresma, y, aunque me entregaran mil monedas de oro, no sería capaz de cometer un pecado.

Pero el brillo de los ojos de aquella vieja demostraba que su explicación no la detendría. El filósofo sintió miedo.

-¡Márchate! -gritó-. ¡Vete de aquí y déjame en paz!

Y al decir esto se levantó de un salto a fin de escapar del establo, pero la vieja le cerraba el paso. Intentó atropellarla con su carrera, y de pronto sintió aterrorizado pues ni sus brazos ni sus pies le obedecían; incluso la voz se le ahogaba en la garganta. El corazón le latía con tal fuerza que parecía a punto de estallarle dentro del pecho.

Se quedó asombrado y en el acto vio que la vieja cogía una escoba a manera de látigo; después le saltó a los hombros y lo obligó a llevarla como si fuese un caballo. Todo esto ocurrió con la rapidez del rayo. El filósofo se sujetó las rodillas intentando detener sus piernas, pero resultó inútil: no le obedecían, y comenzaron a saltar y a correr a la misma velocidad que el mejor caballo circasiano. En menos tiempo del que se tarda en decirlo, se hallaron en el exterior de la finca; después galoparon a campo abierto y luego por un bosque tan negro como el carbón. Sólo entonces entendió lo que le sucedía: ¡estaba en poder de una bruja!

Apareció la luna, y con su plateada y misteriosa luz comenzó a iluminar la campiña, apareciendo ante sus ojos los bosques, el campo, las colinas, como paisajes de sueños. Las sombras que los arbustos y los árboles proyectaban parecían colas de negros cometas abalanzándose sobre la tierra. Pero lo más sorprendente era que el filósofo no notaba el azote del viento, como habría sido lógico sentirlo dada su fuerza. La noche era cálida, casi asfixiante. Jomá Brut, al soportar sobre sus espaldas el peso de tan extraño jinete, experimentaba un agobio desconocido hasta entonces y una rara sensación de languidez. Si miraba a sus pies, veía la hierba totalmente cubierta por una capa de rocío de una maravillosa transparencia, co- mo si la tierra fuera el fondo del mar; su tersa superficie reflejaba la imagen del filósofo con la bruja sobre sus hombros.

En aquella límpida superficie aparecía también reflejado el luminoso disco de la luna, e incluso creía oír sonidos emitidos por las silvestres campanillas azules al agitarse. Finalmente vio deslizándose sobre las aguas a una esbelta y hermosísima rusalka, de cuerpo marmóreo, como si estuviera formado por los rayos de la luna. La rusalka lo miraba con ojos brillantes y profundos, con una mirada que penetraba en su corazón como un finísimo dardo, y otra ondina también se deslizaba por la superficie, cantando, y otra se alejaba sonriéndole.

¿Era sueño lo que sus ojos contemplaban o era realidad? Una dulce y extraña melodía, penetrante como un silbido, llegaba hasta sus oídos.

“¿Pero qué me está ocurriendo?”, se preguntaba el filósofo sin dejar de galopar.

Jomá Brut sudaba y al mismo tiempo sentía un indecible placer. Su corazón latía con inusitada violencia, que él intentaba mitigar apretándose el pecho con las manos. Después tuvo miedo. Comenzó a recordar las oraciones que había aprendido, y procuró escoger las que creía más eficaces para alejar a los demonios.

Después de haberlas recitado sintió un gran alivio, como si un reconfortable frescor le hubiera recorrido todo el cuerpo. Le parecía que sus piernas se movían con menos agilidad y que la vieja estaba menos segura sentada sobre sus hombros. La misma tierra iba aproximándose, y al igual que la luna y las estrellas, recobraba su aspecto natural. “Espera, maldita vieja, vas a ver ahora”, se dijo el filósofo comenzando a recitar una plegaria.

Gracias a esto, y aprovechando el momento más conveniente, consiguió liberarse de la vieja y, sin perder tiempo, saltar sobre su espalda. Y ahora le tocó a la vieja galopar con tanta velocidad que al filósofo le costaba mucho sujetarse, y respiraba con gran dificultad. La tierra corría bajo sus pies, pero todo con aspecto bien visible y natural, como si la tuviera en la palma de la mano. Cabalgando sin detenerse sobre la bruja, agarró un leño que vio en el camino y golpeó a la vieja con todas sus fuerzas. Ella lanzó horrendos gritos, furiosos y amenazadores; después se convirtieron en gemidos más débiles, más amables, mas puros, y finalmente calmados, apenas audibles, que paulatinamente se fueron convirtiendo en una melodía que ablandaba el alma, con extrañas notas, como entremezcladas con argentinos sonidos de campanillas de plata. Al filósofo le parecía imposible que una voz como aquella pudiera salir de la garganta de una vieja.

Finalmente vio deslizándose sobre las aguas a una esbelta y hermosísima rusalka,

-¡Oh, ya no aguanto más! -exclamó al fin, y cayó rendida al suelo.
Los primeros rayos de la aurora empezaban a aparecer y allá a lo lejos se oía el tañido de las campanas de la iglesia de Kyiv, la de doradas cúpulas. El filósofo se incorporó y al buscar con la vista para tratar de saber dónde se encontraba, se dio cuenta, con extraordinaria sorpresa, de que a sus pies, en el suelo, yacía una hermosa joven con los exuberantes cabellos en desorden; de bellos y grandes ojos con pestañas tan largas como flechas. La joven gemía de un modo apenas perceptible, y tendió hacia él sus blancos y torneados brazos, y lo miraba con los ojos arrasados en llanto. Jomá Brut comenzó a temblar y a hablar sin saber lo que decía, y se sintió invadido por una extraña emoción y timidez que nunca había sentido. Después tuvo miedo y el impulso a alejarse con rapidez de ahí. Como loco, corrió velozmente, con toda la rapidez que deban sus piernas, hacia la ciudad de Kyiv, que veía a lo lejos, y en pocos minutos ya estaba en ella. Su corazón latía como loco y él no podía explicarse el nuevo sentimiento que lo había embargado. En la ciudad no quedaba un solo estudiante, todos se habían marchado, dispersándose por las granjas y las aldeas vecinas, puesto que en ellas podían encontrar siempre, y sin que les costará un centavo, alimentos de toda clase: pasteles, empanadas, queso, mantequilla… En cambio, en el viejo seminario, también vacío de estudiantes, el filósofo no consiguió ni un mísero mendrugo, ni un pedazo de tocino, ni nada que poder llevarse a la boca, a pesar de que buscó y rebuscó por todas partes, hasta en los más ocultos rincones, allí donde los estudiantes solían esconder sus provisiones.

Sabía que no podía perder ni un segundo, y que le era necesario espabilarse. Jomá Brut, sin pensarlo dos veces, se dirigió de inmediato al mercado, donde comenzó a pasear y después a dar vueltas en torno a una joven viuda a la que hacía guiños y bromas. La viuda vendía perdigones, pólvora, ruedecillas, cintas…

Nuestro joven filósofo se vio aquel mismo día ante una mesa muy bien provista de pollo, empanadillas y cuanto podía imaginar. Gracias a la amabilidad de la amable viuda que lo atendía en un jardín rodeado de cerezos. Al anochecer lo vieron en la taberna. Echado sobre un banco, descansaba fumando en su pipa como de costumbre, y ante la mirada de todos los presentes le pago al viejo judío dueño de la bodega, con una moneda de oro. Antes se había bebido el buen filósofo una botella del mejor vino y contemplaba alegremente a los que entraban y salían. Al parecer había olvidado por completo la aventura que acababa de vivir.

Mientras tanto, por la ciudad había comenzado a circular el comentario de que la joven hija del centurión más rico de la comarca, que tenía su finca a cincuenta leguas de Kyiv, había regresado de un paseo por el campo totalmente golpeada, destrozada a golpes; no se sabía quién la había maltratado de esa manera. La joven sólo logró reunir fuerzas a fin de regresar a su casa para morir en ella. Cuando ya sospechaba que la muerte se acercaba, la pobre muchacha tuvo tiempo de expresar su última voluntad: quería que cuando muriese, durante tres días y tres noches seguidas rezara ante su ataúd un seminarista de Kyiv llamado Jomá Brut.

Fue el mismo rector del seminario quien se interesó en informar del caso al filósofo; lo mandó llamar y después de recibirlo en sus oficinas, le ordenó que sin pérdida de tiempo se pusiera a las órdenes del centurión, quien lo llamaba con urgencia a su casa y ya había enviado a buscarlo a unos criados y un coche.

El filósofo lanzó un profundo suspiro; tenía un fatal presentimiento, aunque le habría sido imposible explicarlo, y contestó que se negaba rotundamente a ir.

-Escúcheme, dómine Jomá -dijo el rector, que a veces trataba a sus alumnos con mucha amabilidad-: aquí nadie le está preguntando si quiere o no quiere ir. El caso es que si no obedece en el acto le haré dar una paliza con una vara verde de abedul como para que no se levante en una semana.

Cuando escuchó estas palabras, el filósofo bajó la cabeza sin decir una palabra y confiando en la velocidad de sus piernas por si encontraba una oportunidad para escaparse del problema en que se encontraba. Bajó las escaleras cabizbajo y meditabundo, y al llegar al patio, bordeado de grandes álamos, se detuvo bajo las ventanas de la oficina del rector al oír las últimas órdenes que éste daba a su secretario y a uno de los emisarios enviados por el centurión:

Dele las gracias de mi parte por los huevos y la harina, y dígale que los libros que me ha pedido se los enviaré cuando mis escribientes hayan terminado de copiarlos. Dígale también que he sabido que por su finca pasa un río en el que se pescan muy buenos peces, abundando el sabroso esturión. Que me envíe alguno pues los que venden en el mercado son muy malos y caros… Entonces, espero… Y tú, Evtuj, invita a los emisarios del centurión unas cuantas copas de horilka. Ah, y no se olviden de amarrar muy bien al filósofo, que a la menor oportunidad tratará de escaparse.

-¡Diablos -pensó Jomá Brut-, este viejo no tiene un pelo de tonto!

En seguida vio el carro que le esperaba: era tan grande que lo comparó con un cobertizo sobre ruedas, pues tenía aproximadamente las dimensiones de un horno de cocer ladrillos. Sin embargo, aquel tipo de carro era muy común entre los judíos que en grupos de cincuenta llegaban de Cracovia en busca de ferias donde vender sus mercancías. Al lado del carromato estaban seis o siete corpulentos kozakos. Por sus vestimentas dejaban saber que su amo era un hombre muy rico. Las singulares cicatrices que tenían en la cara probaban que habían participado en algún combate, y seguramente de forma gloriosa.

“Bueno, ¿qué le vamos a hacer? Lo que está escrito tiene que cumplirse”, se resignó el filósofo. Después se encaminó a donde estaban los kozakos:

-Buenos días, compañeros.

-Buenos días, señor filósofo.
-¿De modo que haremos el viaje juntos? Este es un magnifico coche; aquí dentro cabría una banda de música, y hasta hay sitio para ponerse a bailar –comentó el filósofo mientras se sentaba.

-Sí, es cierto –le contestó uno de los kozakos, sentándose en el pescante, al lado del cochero, quien, al sobrarle el tiempo para empeñar su sombrero en la taberna, se cubría la cabeza con un trapo. Los otros kozakos se sentaron al lado del filósofo, acomodándose encima de los sacos llenos de las mercancías compradas en el mercado.

-Sería interesante saber –trató de conversar el joven filósofo- cuántos caballos son necesarios para tirar de un carro como éste, cargado, por ejemplo, de sal o de clavos.

-Supongo que varios -contestó uno de los kozakos después de pensar un poco y suponer que con su respuesta ya no tendría ninguna obligación de hablar con el filósofo a lo largo de todo el camino.

Lo que quería el filósofo era que le diesen detalles sobre la personalidad del centurión hacia cuya casa se dirigían. Quería saber sobre su carácter, sus costumbres y, sobre todo, algunos detalles de aquella hija que agonizaba después de regresar toda golpeada de un paseo por el campo y con cuya vida y muerte se entrecruzaba ahora su destino. Pero ningún kozako se tomó la molestia de responderle, callados como piedras, con la pipa en la boca y durmiendo a ratos.

Sólo uno de ellos le habló a gritos al cochero:
-Oye, Overko, no te vayas a olvidar de parar y despertarnos a todos cuando lleguemos a esa taberna que hay en el camino.

Y apenas acababa de decir esto cuando sus ronquidos retumbaron en todo el coche. Pero no había la menor necesidad de hacer esta advertencia, pues unos metros antes de llegar frente a la taberna, todos despertaron y gritaron a coro:

-¡Alto!
Pero hasta los mismos caballos estaban ya tan acostumbrados que, sin que tuvieran que ordenárselo, se paraban en cuanto olfateaban que estaban frente a una taberna. Este era un día del mes de julio y caía un sol a plomo, pero ninguno de los kozakos flojeó en el momento de saltar del carro para entrar en el pequeño y mísero tabernucho, cuyo dueño, un viejo judío, se puso muy contento al verlos, pues ya los conocía de anteriores visitas. De inmediato les sirvió en una de las mesas unas enormes salchichas, y desapareció en el acto por evitar presenciar la manera en que se comían la carne de cerdo, prohibida rigurosamente por el Talmud. Cuando todos estuvieron sentados, les pusieron delante grandes vasos de aguardiente y comenzó la gran fiesta, a la que ni tonto ni perezoso se agregó también el filósofo. Y siguiendo la costumbre ucraniana de llorar, besar y abrazarse unos a otros al beber, llegó un momento en que parecía que las cuatro paredes de la taberna lloraban y bebían con ellos.

-Oye, Spirid, ven aquí, que quiero darte un beso.
-Ven acá, Doroch, que tengo ganas de abrazarte.
Y uno de los kozakos, el de más edad, un individuo con mucha barba y un bigote gris muy espeso, se llevó los brazos a la cabeza y empezó a llorar desesperadamente porque era huérfano y no tenía a nadie en el mundo.

El compañero que tenía al lado lo consolaba diciéndole:

-No llores, camarada; ¡qué le vamos a hacer! Sólo Dios sabe lo que nos conviene.
Jomá Brut tenía al lado al kozako llamado Doroch, que como era muy pero muy curioso, empezó a hacerle preguntas, demostrando un especial interés por la filosofía.

-Me gustaría saber qué les enseñan en el seminario y si es lo mismo a lo que el sacristán nos lee siempre en la iglesia.

-No me hagas esas preguntas –le respondió el filósofo-. Únicamente Dios lo sabe todo, y siempre sucede lo que Dios quiere.

-No, no espera. Quiero saber lo que dicen esos libros que ustedes estudian. Quizá no sea igual a lo que nos leen el sacristán y el diácono.

-Por Dios, déjame tranquilo. ¿Qué necesidad tenemos de hablar de todo esto, si ya te digo que es imposible que podamos cambiar algo? Siempre sucederá lo que tenga que suceder.

-Pues yo quiero saberlo. Y además quiero ingresar en el seminario. ¿Qué te parece? ¿Crees que me enseñarán todo?

-Déjalo tranquilo de una vez -le dijo el kozako que tenía cerca, mientras dejaba caer la cabeza pues ya no se podía sostener sobre los hombros-¿Es que no entiendes lo que te dicen…?

Los demás kozakos estaban ya más que borrachos y discutían entre ellos, criticaban a sus amos, y cada uno exponía sus razones sobre el brillo y el caminar de la luna.

Al darse cuenta de cuál era la situación y del estado en que se encontraban sus custodios, el filósofo empezó a preparar su fuga. Lo primero que hizo fue hablar con el viejo kozako que lloraba porque era huérfano y estaba solo en el mundo:

-¿Qué necesidad hay de llorar, amigo? También yo soy huérfano, los dos somos igual de desdichados. Déjame que me vaya. ¿Para qué me quieren aquí?

-Por supuesto -contestaron los otros-. Dejemos que el muchacho se vaya a donde quiera.

Ya tenía el permiso de los kozakos para escaparse e incluso querían acompañarlo un trecho del camino, cuando el kozako interesado en la filosofía se opuso rotundamente a que se vaya, diciéndole a sus amigos:

-De ninguna manera. Tengo mucho de que hablar con él sobre el seminario; quiero ir a estudiar.

De todas maneras le hubiera sido imposible huir al filosofo, aún si no se hubiera opuesto el kozako que quería estudiar en el seminario, pues le parecía que la taberna tenía tantas puertas que hubiera sido incapaz de elegir la correcta por donde salir. Sólo cuando anocheció se dieron cuenta aquellas buenas gentes de que debían continuar su camino. Subieron al carro y mientras el cochero trataba de ir con la máxima velocidad, los kozakos se pusieron a cantar sin que hubiera manera de saber qué es lo que cantaban. Durante horas tuvieron que empeñarse en reencontrar el camino, pues a pesar de que lo conocían como si fuera la palma de su mano, se perdieron. Al encontrarlo, después de bajar por una acentuada pendiente, entraron a un valle. El filósofo vio entonces una larga empalizada a ambos lados del camino y dentro de la cerca, algo tapadas por los árboles, los techos de un buen número de casas. Era la aldea propiedad del centurión.

Muy avanzada ya la noche, en el cielo se predominaban las nubes, y sólo en algunos claros se veía el brillo de las estrellas. En ninguna de las casas había luz. Al entrar en un gran patio rodeado de casitas y pajares, fueron recibidos por los ensordecedores ladridos de una manada de perros. En el centro, justo al frente mismo de una gran puerta cochera, y de mejor apariencia y tamaño que las demás, había una casa que debía de ser la del centurión. El carro se detuvo frente a una casucha medio desmoronada que quizá fuese un granero o un pajar. Los kozakos, cada uno por su lado, se fueron a dormir. El filósofo quiso recorrerlo todo, ir por los alrededores y examinar la casa señorial, pero su estado de ánimo le hizo desistir. Tenía la sensación de que la casa era un enorme oso, y el humo negro que salía de la chimenea le recordaba al rector del seminario. Haciendo un gesto de fastidio, decidió irse también a dormir en el lugar que le habían señalado.

Al día siguiente, al despertarse, vio un inusitado movimiento de gente: durante la noche, la hija del centurión había fallecido.

Los criados corrían abrumados de trabajo de un lado a otro del pueblo, y fuera de la cerca se apiñaban los curiosos que querían enterarse de lo que estaba ocurriendo. El filósofo se dedicó a ver cómo era y qué había en la propiedad donde había pasado la noche. Primero examinó la casa del dueño, no muy grande e igual a las que en otros tiempos se construían en Ucrania. El tejado tenía un sobretecho de paja y en lo alto de la fachada había una ventana; varias enredaderas con flores de colores muy vivos subían por las paredes. Los cimientos de la casa estaban construidos con troncos de roble. Y unos peldaños subían hasta la puerta, la cual tenía un banco a cada lado.

Algo más lejos se levantaban unos cobertizos y, delante de la casa, un peral, cuya sombra llegaba hasta la entrada. Desde la casa hasta las cocheras había graneros y cobertizos donde se guardaban los instrumentos de labranza. En una pared estaba pintado un kozako bebiendo a caballo, con un letrero que decía: “Yo sólo me lo beberé todo”. En las paredes restantes se habían pintado pipas, tambores, caballos y diversas frases alusivas al vino y a los kozakos. “El vino es la alegría de los cosacos”.

Junto a las puertas cocheras, dos viejos cañones montaban la guardia. Según todos los indicios, el propietario era muy amante de las juergas, y el patio se llenaba con frecuencia de grandes bebedores. En el exterior del patio, dos molinos tendían sus aspas al cielo. Al otro lado de la casa había un jardín, y más allá de los árboles seguramente varias casitas, por el humo de chimeneas que se veía elevar en el horizonte. El poblado estaba en la falda de una colina hasta cuyo pie llegaba el límite de la finca del centurión. En una ladera de la colina había dos casitas, una de ellas casi oculta por las ramas de un manzano, cuyos frutos, cuando caían, rodaban hasta el patio del centurión. Un estrecho sendero que pasaba por la finca serpenteaba desde la cumbre hasta la casa. Y ahora, al examinar en pleno día el angosto y abrupto camino por donde habían llegado, el filósofo se dijo que los caballos del dueño debían ser muy inteligentes o los kozakos que lo llevaron tendrían el cerebro de hierro para no tener miedo de rompérselo en un viaje tan peligroso como el que hicieron, y todos borrachos al máximo, y pasando por lugares muy propicios para que un carro se despeñase con todos sus ocupantes dentro.

Al mirar en dirección contraria, un risueño paisaje tuvo ante él. Desde donde estaba se veía casi todo el poblado, que aún parecía estar durmiendo a pesar de que el sol lo acariciaba ya, y podía distinguir en la lejanía varias fincas y alguna aldea, dando la impresión de que se encontraban muy cerca unas de otras, a pesar de que entre ellas mediaban leguas de estepa. Una colina descendía hasta el Dnipró, cuya tersa y refulgente superficie se destacaba en la lejanía como si fuera una faja de plata.

“Qué sitio tan agradable -pensaba el filósofo mientras contemplaba aquel panorama-. Cómo me gustaría vivir aquí, pasar el tiempo pescando en el río o en esos estanques y lagos tan azules, o cazando en el bosque vecino o en la pradera, donde es probable que abunden las perdices. ¡Qué bonitos huertos! Cómo disfrutaría dedicándome a recoger frutos, secarlos y preparar aguardiente, pues no tengo dudas de que sería muchísimo mejor que el que venden en las tabernas… Y sin embargo tengo la obligación de hacer lo imposible para escaparme de aquí cuanto antes…”

Mientras se entretenía con estos pensamientos, su mirada se fijo en un sendero que había más allá de la cerca, escondido entre los matorrales que la rodeaban. Se dirigió hasta allí con mucha cautela, saltó la cerca y empezó a andar como si fuese de paseo, pero con el propósito de llegar hasta las primeras casas del poblado. Y sólo dio unos pocos cuando sintió que caía sobre sus hombros una pesada mano; al volverse vio que era el viejo kozako que había llorado en la taberna porque era huérfano.

-Estás en un gran error, señor filósofo, si piensas que vas a poder huir de aquí. Nosotros nos encargaremos de impedirlo. Además todos los caminos están vigilados. Regresa a la casa y anda a saludar a nuestro amo, que te está esperando.

-De acuerdo –contestó Jomá Brut resignado-. Llévame allá y con mucho gusto lo saludaré.
Acompañado por el kozako, entró en una estancia en cuyo centro había una tosca mesa y varias sillas. Allí estaba sentado el centurión, con los codos sobre la mesa y la cabeza apoyada en las manos. Se le veía muy triste y abatido. Tendría alrededor de cincuenta años, pero se habría podido calcular muchos más; la profunda tristeza que reflejaba su palidez era un claro anuncio que para él se habían acabado las diversiones. Cuando los dos visitantes entraron en la habitación, el centurión alzó la cabeza, se levantó y correspondió con un breve saludo a las corteses reverencias del filósofo y del kozako.

-¿Quién eres tú, de dónde vienes, cuál es tu profesión, buen hombre? -preguntó con amabilidad el centurión.

-Soy un seminarista de Kyiv y me llamo Jomá Brut.

-¿Quién es tu padre?
-No lo sé, excelentísimo señor.
-¿Y tu madre?
-También lo ignoro, excelencia; tampoco sé su nombre aunque lógicamente tendría que llamarse de algún modo.

El viejo centurión se quedó un momento pensativo, y después preguntó:

-¿Dónde y cuándo conociste a mi hija?
-No la conozco, no hablé nunca con ella, ni con ninguna de esta aldea, y si he de decirle la verdad, y sin intención de ofenderle, le aseguro que tampoco está entre mis deseos conocerla.

-Entonces, ¿qué explicación puede haber para que mi hija, antes que a cualquier otro, te nombrara precisamente a ti para rezar ante su ataúd?

-No existe la más mínima explicación -contestó el joven filósofo encogiéndose de hombros-. Sin embargo, tengo entendido que es normal que las personas de elevada alcurnia sean bastante caprichosas y que algunos de sus deseos sean a veces tan difíciles de explicar. El proverbio dice: “A tus amos les debes obediencia”, y yo estoy dispuesto a obedecer sin más comentarios ni explicaciones.

-Señor filósofo -dijo el centurión levantando la voz-, creo que no dices la verdad.

-Le juro, excelencia, que no miento.
-¡Ah, si mi hija no hubiera muerto tan pronto…! Con tiempo ella podría haberme explicado todo, pero no tuvo tiempo. Sólo pudo decirme con apagada voz de agonizante: “Haz que busquen en Kyiv a un seminarista llamado Jomá Brut. Él es quien debe rezar ante mi ataúd durante tres días y tres noches y rogar por el eterno descanso de mi alma.” Y agregó: “Él es el único que conoce mi pecado.” Y acto seguido mi querida palomita dejó de existir. Esta es la causa de que no pueda hasta ahora entender lo que me quiso decir con esas sus últimas palabras. ¿Será, acaso, buen hombre, que tú eres famoso por tus buenas obras y por tu piedad, y ella las conocía?

-¿Quién? ¿Yo? -exclamó sorprendido el seminarista-. ¿Yo, un santo? Si precisamente hace pocas horas he cometido un gran pecado al comer dulces en las vísperas del Jueves Santo. Sólo soy un miserable pecador…

-Pues aún lo comprendo menos… Pero sea como sea, deberás cumplir al pie de la letra la última voluntad de mi pobre hija. Prepárate para cumplir tu tarea y satisfacerla.

-Excelencia, si me lo permite, voy a hacer una objeción -repuso el filósofo-. Es evidente de que cualquiera que sepa leer es capaz de cumplir fielmente esos deseos. Pero pienso que sería más conveniente que esta misión la llevase a cabo un sacerdote, o al menos un diácono, pero no un simple seminarista como yo. Ellos están preparados para cumplir con esos oficios. Además, por otra parte, yo tengo muy mala voz y mi aspecto…

-Podrás decir lo que quieras y hasta es posible que tengas razón, pero es obligatorio que cumplas la última voluntad de mi desdichada hija. Si la cumples exacta y escrupulosamente, te daré una espléndida recompensa, pero si te lo haces mal o con desgana, tendrás que sufrir las consecuencias de tus actos. Te aconsejo que no me desobedezcas.

Estas últimas palabras las dijo en un tono que el infeliz seminarista comprendió muy bien.

-¡Vamos! -exclamó el centurión.
Entraron en la cámara mortuoria, pero antes, Jomá Brut se detuvo un momento para sonarse con su colorido pañuelo, y después siguió adelante con firme resolución. El aposento estaba bellamente adornado con un tapiz chino de color carmesí. Debajo de los iconos, en un rincón, estaba el cadáver, cubierto con terciopelo azul bordado de oro. Cuatro antorchas cuya luz se confundía con la del sol alumbraban su rostro. Al principio el joven filósofo no logró ver su cara porque el padre estaba inclinado sobre ella. El viejo centurión, como si su hija pudiera oírle, le dijo:

-Por mucho que sienta tu muerte, mi querida palomita, más doloroso me resulta no saber quién ha sido el culpable, quién es el que ha truncado tu vida justo en el momento en que deberías comenzar a disfrutar de tu juventud y conocer las delicias que tendrías. Si supiera quién es el autor de tan miserable villanía, te aseguro que nunca más volvería a ver a sus padres ni a sus hijos: ordenaría su muerte y haría arrojar su cadáver en medio del campo para que se lo comieran los buitres y los perros. ¡Cómo me duele y me atormenta pensar que mientras yo soportaré lo que me queda de vida llorando con desesperación hasta perder la vista, mi enemigo disfrutará de la vida y se burlará de mi infortunio!

Luego calló, ahogándose su voz en conmovedores sollozos que enternecían a los que lo rodeaban. Después de un largo silencio, el filosofo tosió como preparando la voz, y el viejo centurión le indicó el sitio en el debería estar, en la cabecera del túmulo, donde ya estaba instalado un atril con varios libros.

“Bueno -pensó el filósofo, resignándose-, tres días pasarán en seguida, y quizá recibiré unas cuantas monedas de oro.”

Volvió a toser, y situándose frente al atril, comenzó la lectura sagrada sin preocuparse de lo que pudiera suceder en torno suyo y menos aún de la difunta. Al poco tiempo el padre salió del aposento, y el filósofo aprovechó el momento para dejar el libro y mirar el rostro de la muerta.

Una horrible impresión le estremeció: delante de él yacía una mujer de una deslumbrante belleza, una belleza como nunca habría podido imaginar que existiera. La muchacha yacía como si estuviera viva. La muerte no había desfigurado los finos trazos de su rostro. Su cutis era lozano y blanco como la nieve, y sus cejas, negras como la noche, estaban suavemente delineadas sobre sus ojos cerrados. Sus finas y largas pestañas se inclinaban sobre sus pómulos y se hubiese dicho que ocultaban indefinibles anhelos. Incluso sus labios conservaban todavía el color del rubí; parecía que quisieran sonreír, que prometiesen una inefable felicidad.

Sin embargo, algo extraño e inexplicable se notaba en aquel rostro. Era algo que atravesaba el corazón como una flecha, algo que hería en lo más profundo del alma, que producía la misma sensación que si de repente alguien entonara en una alegre fiesta un canto fúnebre. De repente creyó reconocer a esa mujer tan bella; pero, ¿dónde y cuándo la había visto?

“¡Ah!… –casi grito el filósofo, palideciendo-. ¡Es la bruja…!

Y temblando de pies a cabeza empezó a recitar sus oraciones.
Ya no le cabía la menor duda. Tenía ante él a la bruja, y además fue él quien la mató al golpearla tan fuerte con el leño. Al atardecer se llevaron el cadáver a la iglesia. El filósofo tuvo que agregarse al cortejo fúnebre, siendo de los que llevaban a hombros el ataúd cubierto de terciopelo y con cintas negras. Delante de él iba el centurión, quien también ayudaba a llevar a su querida hija a su última morada. La iglesia, toda de madera, se veía en un estado ruinoso, a pesar de que para esta ocasión la habían recubierto de musgo y ramas verdes; el triste edificio estaba en las afueras del poblado y elevaba hacía el cielo sus tres cúpulas.

Debido a su total abandono, hacía ya mucho tiempo que no se oficiaba en ella, pero ahora todos los altares estaban alumbrados con cirios. El féretro fue colocado en el centro de la nave, delante del altar mayor. El centurión se arrodilló devotamente y durante un tiempo estuvo rezando; luego besó la fría frente de su hija y salió del templo con toda la servidumbre, habiendo previamente encargado al mayordomo que el filósofo fuera bien atendido y que después de la cena se le volviera a llevar al lado del féretro.

Al llegar a la casa, todos los criados pusieron las manos sobre la estufa, siguiendo la antigua tradición de los ucranianos cuando han visto a un muerto. El feroz apetito que tenía el filósofo le permitió olvidar durante un largo tiempo todo lo referente al entierro, incluso la insoslayable obligación de tener que pasar tres noches seguidas en la iglesia. La servidumbre no tardó en reunirse en la cocina, que en la casa del centurión era como si fuese el aposento principal, como un centro en el que sobre todo a la hora de comer se reunían todos los habitantes de la finca, incluyendo incluso a los perros, que iban a la caza de huesos y mendrugos.

Siempre que un nuevo personaje entraba o salía de la finca, no podía faltar la obligada visita a la cocina, pues era el sitio más adecuado para conversar un rato, enterarse de alguna novedad, fumar una pipa y descansar en un banco. Los criados solteros, la mayoría de ellos kozakos, pasaban en la cocina todo el tiempo que podían, ya fuera echados sobre los bancos, y a veces también debajo, o en cualquier otro sitio en donde pudieran dormir a pierna suelta sin que nadie los molestara.

Todos eran muy despreocupados y solían olvidar algo en la cocina: el gorro, el látigo, o bien el perro que les seguía. Pero cuando la cocina estaba más concurrida era a la hora de la cena. Entonces aparecían, además de los habituales, todos los que debido a sus ocupaciones, como cocheros, pastores, etc., no podían acudir durante el día a conversar. Era en esas reuniones cuando más se soltaban los ánimos, e incluso los más serios y taciturnos se mostraban locuaces y comunicativos. Casi siempre el tema giraba sobre lo más trivial de la vida: el abrigo que se había comprado Fulano, el gorro que había perdido Mengano, y otros chismes similares.

Pero también alguna vez les daba por temas de más serios, como, por ejemplo, sobre lo que hay debajo de la tierra, o sobre la temporada en la que aparecen los lobos, etc. Todas las conversaciones eran alegradas con bromas y juegos de palabras, a las que la lengua ucraniana se presta de un modo tan admirable.

Jomá Brut se sentó con los demás alrededor de la mesa que, por ser verano, la habían situado al aire libre, enfrente de la puerta de la cocina. Al rato llegó una mujer con la cabeza cubierta con un pañuelo rojo, llevando una enorme cazuela que la puso en medio de la mesa. De inmediato, por turno, cada quien sacaba del bolsillo una cuchara de madera o unos palillos, y se servía lo que se le antojaba. Satisfecho el hambre, comenzó la conversación de todas las noches, que esta vez como es de suponer, se dedicó a la difunta hija del amo.

-Pero, ¿es verdad que la señorita se relacionaba con el mismísimo diablo en persona? -preguntó un pastor que llevaba un camisón tan profusamente adornado con medallas y botones que parecía un tenderete de chucherías.

-¿De quién hablas? ¡Ah, de la hija del amo! -dijo Doroch, un kozako ya conocido por el filósofo-. Pues sí, era una bruja de carne y hueso, puedo jurarlo.

-Vamos, hombre; no te pongas a decir tonterías –contestó un kozako que acostumbraba suavizar las situaciones tirantes-. Además, este no es un asunto nuestro y no debemos meternos en lo que no nos importa.

Pero Doroch tenía ganas de hablar y no quiso darse por vencido, sobre todo por haber estado en la bodega, acompañando al que tenía las llaves, y haber probado el contenido de varias cubas.

-¿Cómo van a ser tonterías si yo mismo le serví de cabalgadura en muchas ocasiones. ¡Juro que es cierto!

-Dime –volvió a preguntar el pastor, que estaba muy interesado en el tema-, ¿hay alguna señal que permita saber si alguien es o no es una bruja?

-Ninguna, y cualquier cosa que se haga es inútil; ni las oraciones sirven.

-Estás equivocado, amigo mío -dijo el que siempre quería calmar los ánimos-. Hay ciertos sabios, a quienes Dios les ha concebido especiales dotes de inteligencia, que han dicho que las brujas se distinguen porque tienen un pequeño rabo.

-Para mí, todas las mujeres viejas son brujas -dijo un kozako.

-¡Idiota! -gritó la vieja que en aquel momento ponía otra cazuela sobre la mesa.
El viejo kozako llamado Yavtuj y apodado Plica, sonrió satisfecho al ver que había herido la vanidad de aquella mujer. El pastor, celebrando la broma, soltó una carcajada tan estruendosa que pareció el mugido de cualquiera de sus vacas.

La conversación le interesó a Jomá Brut, y le preguntó al kozako que tenía al lado:

-Me gustaría saber por qué sospechan que la señorita era una bruja. ¿Alguna vez le hizo daño a alguien?
-De todo hubo en su vida –le contestó uno que tenía la cara tan aplastada que parecía una pala-. Nadie se ha olvidado de lo que le ocurrió al pobre Mikita.

-¿Qué le ocurrió? -preguntó el filósofo.

-Espera, yo te lo contaré -exclamó Doroch.
-No, no, lo contaré yo –intervino uno que se llamaba Spirid.
-¡Bien, bien, que sea Spirid el encargado de contarlo! –aprobaron todos.
-Tú, señor filósofo -comenzó diciendo Spirid.-, probablemente no has conocido a nuestro Mikita. ¡Qué hombre era Mikita! Era el encargado de cuidar los perros de caza. En eso era un maestro; conocía a sus perros mejor que a su mismo padre. El que después ocupó su puesto, Nicolás, ese que está allí sentado, no vale absolutamente nada comparado con él. Sí, es verdad que algo sabe, pero no le llega a Mikita ni a la suela de sus zapatos.

-Empiezas bien, Spirid -interrumpió Doroch, aprobando con la cabeza.
-Mikita -continuó Spirid-, descubría a las liebres en menos tiempo que el necesario para encender una pipa.
Lanzaba al caballo y gritando “¡eh, “Valiente!” o “¡aquí, “Veloz”!, las alcanzaba siempre en un instante.
-¡Y qué buen bebedor era! Se bebía una cubeta de un solo trago.
-Pero en un día comenzó a mirar a la señorita de una manera especial. No se sabe si él fue quien de forma natural se enamoró de ella, o si fue ella la que lo embrujó valiéndose de diabólicas artes. Lo cierto es que de un día para otro, Mikita sólo vivía para ella, sólo pensaba en ella, y estaba tan loco que daba pena.

-¿Y qué pasó? -preguntó Doroch, impaciente.
-Espérate, hombre -continuó Spirid-. Siempre que la señorita le miraba, parecía un verdadero pelele. Las riendas de los caballos se le caían de la mano, se equivocaba de nombre al llamar a los perros, y ya ni podía montar bien a caballo. Un día que estaba en la cuadra limando los cascos de los caballos, la señorita se le acercó y le dijo:

-Mikita, permíteme poner mi piececito sobre tu cabeza.
-No sólo un pie, señorita –le respondió feliz y aún arrodillado-, si se sube sobre mis hombros seré el hombres más feliz del mundo.

Entonces ella se le subió a los hombros, y apenas él pudo ver sus pies, pequeñitos, bien torneados y blancos, ya estaba embrujado.

Con cada mano agarró las piernas desnudas de la joven, se levantó y de inmediato se sintió transformado en caballo. Sin poder hacer nada por evitarlo, salió corriendo al campo y tardó bastante tiempo en regresar.

Nadie sabe dónde estuvieron ni qué hicieron, y ni el mismo Mikita pudo explicarlo. Lo único que se sabe es que volvió cansadísimo y con los ánimos por los suelos. Desde entonces comenzó a adelgazar y quedó como una espátula. Un día entraron en el establo varios de nuestros compañeros buscándolo, y no lo encontraron.

En lugar del desgraciado Mikita, encontraron un montón de cenizas y un cubo de agua. Así desapareció el pobre… ¡Y qué hombre que era! Al terminar Spirid la historia, todos se pusieron a comentar el suceso y pusieron a Mikita por las nubes, alabando cada uno de sus méritos.

-¿Y no has oído hablar de lo que le pasó a una tal Chepchija? –le preguntó Doroch a Jomá Brut.
-No, nunca.
-Ya veo que en el seminario no les enseñan gran cosa. Bueno, te lo contaré yo. En nuestra aldea vive un kozako llamado Cheptun; es un buen kozako, a pesar de que tiene la mala costumbre de robar y de mentir sin razón alguna. Vive muy cerca de aquí. Bien, pues una vez nuestro buen kozako se sentó a cenar con su mujer, la Chepchija, como la llamaban todos. Al terminar fueron a acostarse, pero como era en pleno verano y hacía mucho calor, ella se quedó a dormir en el patio, y él se tumbó en un banco, dentro de la casa… No, no; fue al revés: ella en la casa y él en el patio.

-Tampoco fue así -dijo entonces la cocinera-. Chepchija no se acostó en un banco; se acostó en el suelo.

Y al decir esto se paró, mirándolos con aire triunfal a todos.
Doroch le dirigió una despectiva mirada, y le dijo:
-No seguirás en esta postura cuando te levante las faldas para darte unos buenos azotes.
Su amenaza surtió efecto, pues la vieja no volvió a abrir la boca en toda la noche, dejando a Doroch seguir con su relato.

-En la cuna que colgaba en el centro de la habitación había un niño de un año. No sé si era un niño o una niña, pero eso es lo de menos. La Chepchija se despertó a medianoche y creyó escuchar algo como si fueran los aullidos de un perro y también como si rascara con las uñas la puerta de la casa. Se asustó mucho, pues era tonta de remate, como todas las mujeres, pero se armó de valor y dijo: “Me levantaré, abriré la puerta y le pegaré un palazo…” Y cogió un palo, abrió la puerta y ya le iba a arrear un golpe al perro, cuando éste la esquivó y de un salto se metió dentro de la cuna. Al darse la vuelta, Chepchija se quedó más pálida que un muerto. En lugar del perro, vio delante de ella a la señorita. Y no habría sido tan horrible si la señorita se le hubiera presentado en su forma natural, tal como nosotros la veíamos. Su rostro era de un color azulado, casi negro, y sus ojos despedían chispas. De inmediato se lanzó sobre el niño, lo sacó de la cuna, le clavó sus dientes de loba en la garganta, y se puso a chuparle la sangre…

Chepchija lanzó un grito desgarrador y quiso huir para pedir auxilio, pero la puerta estaba cerrada. A la pobre no se le ocurrió otra cosa que subir las escaleras hasta la buhardilla, y se encerró allí, llorando a mares. Poco después la bruja entró en la buhardilla y empezó a morderla y arañarla. Cuando clareó el día, el marido regresó y la encontró totalmente desangrada, y en que estado se hallaría que al día siguiente murió.

Ya ves, señor filósofo, qué cosas pasan en nuestro pueblo. No está bien que te contemos estas cosas de nuestros amos, pero tampoco estaría bien que calláramos la verdad.

Y sonriendo, miró orgulloso a todos y encendió con parsimonia su pipa.
Sin perder un segundo, todos comenzaron a hablar del suceso, cambiando detalles y añadiendo otras; uno aseguraba haber visto a la bruja acercándose a su casa y esconderse convertida en un haz de heno; otro que decía que un día le robó una pipa o un gorro; otro que juraba que sabía de muchos casos en que la bruja les había cortado las trenzas a las muchachas, o les chupó la sangre hasta dejarlas medio muertas. Después de tanto hablar, alguno comentó que ya era muy tarde y todos comprendieron que había llegado la hora de acostarse y dormir. Unos se acomodaron en la cocina, otros en el granero o en el patio…

-Nosotros, señor filósofo, tenemos que acompañarte hasta la iglesia.

Y los cuatro, es decir, el kozako interesado en las brujas, Doroch, Spirid y el seminarista, salieron rumbo a la iglesia, y en el camino tuvieron que asustar a muchos perros que intentaron atacarles.

Jomá Brut, a pesar de sentirse ligeramente animado gracias a unos cuantos tragos de aguardiente que había tomado, notaba que aumentaba su nerviosismo a medida que se acercaban a la iglesia, por cuyas ventanas se lograba ver la débil luz de los cirios. Los relatos que había escuchado durante la cena lo pusieron aún más nervioso y estaba ahora muerto de miedo. No tardaron en llegar a un paraje en que el bosque era más claro, y detrás de la empalizada se veía a la vieja iglesia completa. Jomá Brut se despidió de los kozakos, quienes le preguntaron si la cena no le había resultado muy pesada, le desearon buenas noches y se fueron después de revisar que las puertas de la iglesia quedaran bien cerradas, tal como se les había ordenado. Cuando el filósofo se vio solo, lo primero que hizo fue bostezar, después toser y, antes de empezar el compromiso que le habían impuesto, repasó otra vez el interior de la iglesia.

En el centro estaba el féretro, cubierto de paños negros; al lado había unos cirios que iluminaban tenuemente los iconos cercanos y dejaban al resto de la nave en la más completa oscuridad. Las ennegrecidas paredes demostraban claramente la vejez del templo. Los marcos de los altares y de las hornacinas de los iconos estaban rotos o agrietados, y ya no tenían el primitivo brillo. También las imágenes estaban desfiguradas, y parecía que miraban con tristeza la ruina que había a su alrededor.

“Nada de lo que hay aquí es capaz de aterrorizarme -se dijo el filósofo, intentando vencer el susto y darse ánimos-. De afuera nadie puede venir a molestarme, pues las puertas están cerradas de forma totalmente segura, y en cuanto a los espíritus, me defenderé de ellos con oraciones que les ahuyentarán si tratan de hacerme algún daño.”

Al acercarse al féretro vio que en una mesita lateral había muchos cirios.

“Me vendrán muy bien -pensó. Los encenderé, y así me quedaré aún más tranquilo. Lo único que siento es que en la iglesia no se pueda fumar.”

Encendió los cirios y los distribuyó por todos los rincones y en especial junto a las imágenes sagradas; en un dos por tres, la iglesia quedó totalmente iluminada. Sin embargo, en la parte alta, en vez de disminuir la oscuridad, se sentía más densa, y daba la impresión de que los santos mirasen con más gravedad desde sus viejas hornacinas. Una vez más se acercó al ataúd para contemplar el rostro de la difunta, pero retrocedió y cerró los ojos pues aquella hermosura le fascinaba. Pero una fuerza misteriosa le obligó a abrirlos y, venciendo sus temores, volver a contemplar aquel rostro de sobrenatural belleza. Un nuevo estremecimiento, esta vez más profundo, volvió a recorrer su cuerpo. En aquel rostro no se veía nada que fuera propio de un cadáver: ni la más pequeña mancha, ni la más leve deformación. Y aunque tuviera los ojos cerrados, daba la impresión de que lo estaban mirando… Por un instante se imaginó ver que una lágrima brillando en el ojo izquierdo, detenida por las largas pestañas. Y, en efecto, era una lágrima, que después, al deslizársele por la mejilla, se transformó en una gota de sangre.

Aterrorizado, retrocedió unos pasos, agarró rápidamente el libro de plegarias y comenzó a leer en voz muy alta, casi gritando. El eco de las sagradas palabras era lo único que resonaba en aquel recinto en el que durante tanto tiempo había reinado el silencio. Su propia voz le sorprendía. Al mismo tiempo pensaba, intentando darse ánimos:

“¿Por qué razón debo tener miedo? A ella le es imposible levantarse, puesto que los textos sagrados que recito se lo impiden. Descanse en paz. Y luego, ¿no soy yo también un kozako? Sin duda esas extrañas cosas que se me presentan se deben a que he bebido más de la cuenta.”

Ya más tranquilo, llegó a la conclusión de que si estaba prohibido fumar en la iglesia, no lo estaba disfrutar del rapé. “¡Qué buen tabaco es éste” -se dijo tras un estornudo. Y siguió leyendo pero sin lograr tranquilizarse del todo. Algunas veces miraba de soslayo el féretro pensando, por sus temerosos presentimientos, que la muerta no solo era capaz de levantarse, sino hasta de salir del ataúd. Pero el silencio era total, la difunta seguía inmóvil y los cirios iluminaban la iglesia. A pesar de todo, no podía liberarse de aquel misterioso temor.

Para tranquilizarse empezó a cantar en voz alta los textos sagrados, pero sin dejar de mirar alguna que otra vez el féretro, como si se preguntase cuándo iba a suceder lo que temía, y pensando en la forma en que podría defenderse. Algunas veces interrumpía el rezo y quedaba todo en silencio, pero no había el menor ruido que turbase el silencio. No se escuchaba el correr de las ratas, ni cantaban los grillos, ni el roer de la carcoma en la madera. Lo único que se oía era el continuo gotear de la cera cayendo de los cirios.

“Pero estoy seguro que se levantará…” -pensó Jomá Brut.
Y en ese mismo instante vio horrorizado cómo la muerta levantaba la cabeza. Al seminarista los ojos se le salían de las órbitas, se los restregó, después se los limpió con un pañuelo, pero la visión, en lugar de desvanecerse, era cada vez más terriblemente real. Acto seguido, la muerta se incorporó del todo, salto del ataúd y con rígida solemnidad se puso a caminar con los brazos abiertos, como si fuera a agarrar a alguna persona invisible. Un instante después comenzó a dirigirse hacia él…

El seminarista, temblando de puro miedo, trazó con los dedos un gran círculo sobre el polvo y empezó a decir oraciones que le había enseñado un monje que durante toda su vida estuvo dedicado a ahuyentar espíritus malignos y derrotar a brujas. La difunta llegó hasta el borde del círculo pero, para alivio del seminarista, le resultaba imposible traspasarlo. Por más intentos que realizaba, era evidente que sus esfuerzos eran inútiles.

Incluso Joma tuvo la impresión de que con sus intentos de agarrarlo, el rostro de la difunta se oscurecía, y empezaba a adquirir la apariencia de que llevaba ya muchos días muerta. Su aspecto era cada vez más horrible; abrió desmesuradamente la boca, enseñando sus espantosos dientes, y luego movió los ojos, pero resultaba evidente que sus ojos no veían, que estaban muertos, y finalmente, después de amenazarlo con un dedo, regresó al féretro y se tendió en él. Apenas el filósofo había logrado tranquilizarse, cuando vio que el ataúd se elevaba por sí solo y, con un espantoso silbido, de puso a volar a lo largo y ancho de la iglesia, produciendo un viento huracanado. Varias veces se dirigió hacia él como un bólido, pero siempre se detenía al llegar al círculo sagrado con que Jomá Brut estaba protegido. Sabiéndose seguro, el filósofo siguió rezando.

Después de dar algunas vueltas más, el ataúd regresó a su lugar; ahora el rostro de la muerta tenía una extremada lividez y había adquirido un repugnante tinte verdoso. Y en ese momento se oyó el lejano canto de un gallo, y el paño negro cayó violentamente sobre aquel cuerpo diabólico, cubriéndolo en su totalidad. El corazón de Jomá Brut latía con fuerza y un frío sudor caía de su frente; sin embargo, el canto del gallo le dio ánimos, y decidió continuar rezando hasta que amaneciera totalmente. Cuando asomaron los primeros rayos de la aurora, se abrieron las puertas de la iglesia y entraron a reemplazarle el sacristán y su ayudante, el viejo Javtuj.

Ya en la finca, el filósofo se tendió sobre una cama, pero le costó mucho conciliar el sueño. Sin embargo, rendido de cansancio y nervios, se durmió hasta la hora de comer, quedándose con la impresión de que todo lo que había visto durante la noche no había sido más que una terrible pesadilla. Para ayudarlo a recobrar totalmente sus fuerzas, le sirvieron un vaso de aguardiente, y al sentarse a la mesa tenía tan grande apetito que se comió casi un lechón entero. A pesar de que varias veces los kozakos le hicieron preguntas sobre cómo había pasado la noche, no dijo una palabra de cuanto había sucedido y solo con medias palabras les reveló que había advertido algo raro. El seminarista era uno de esos individuos que cuando tienen el estómago lleno se muestran de lo más eufóricos y optimistas. Se había quedado cómodamente recostado en el banco de la cocina, fumando su pipa y escupiendo a menudo sobre el suelo.

Después se fue a dar un paseo por la aldea, y se hizo amigo del primero que encontró, y tanta era su euforia, que de una casa tuvieron que echarlo y en otra una muchacha le dio unas buenas bofetadas por haber insistido en exceso en saber la calidad de la tela de la blusa. Pero a medida que la noche se iba acercando, el optimismo y la euforia de Jomá Brut aumentaba a galope tendido. Antes de la hora de cenar, la servidumbre solía reunirse en el patio trasero y distraerse con varios juegos, uno de los cuales consistía en que después de competir arrojando palos, el vencedor, el que los lanzaba más lejos, montaba sobre los hombros del vencido, quien debía llevarlo a cuestas como si fuera un caballo.

Este juego era muy divertido, sobre todo para los espectadores, y aún más divertido cuando le tocaba al gordinflón del cochero cabalgar sobre el flaquísimo pastor, quien apenas podía sostener a su voluminoso jinete. Otras veces era Doroch quien se subía a los hombros del gordinflón, y parecía un buey. Los criados de más campanillas contemplaban el espectáculo desde la puerta de la cocina y se mostraban impasibles cuando todos los espectadores se reían a mandíbula suelta por haberse caído alguien al suelo, o por haber soltado Spirid una de sus palabrotas. El filósofo se negó terminantemente a participar en aquel juego. Un solo pensamiento le obsesionaba y, sin que pudiera hacer nada por evitarlo, no dejaba de torturarle. Ni siquiera en el transcurso de la cena logró vencer o reducir el creciente temor, y la preocupación lo iba invadiendo a medida que la noche seguía su curso.

-Bueno -le dijo al fin un kozako-, ya comienza a ser hora de irnos. Doroch y yo iremos contigo a la iglesia.

Acompañaron al seminarista hasta la iglesia, y lo encerraron como en la noche anterior. Cuando se sintió solo, un espantoso terror se apoderó de él. Examinó todo lo que ya antes había visto; el féretro en el centro de la iglesia, las tristes imágenes de los santos, los oscuros rincones sumidos en un silencio profundo y sepulcral…

“Bien -pensaba, tratando de tranquilizarse-, como todo esto ya lo he visto una vez, supongo que la segunda me sorprenderá menos que la primera. Es muy posible que a fuerza de acostumbrarse llegue uno a perder el miedo.”

Abrió el libro y se puso a leer, no sin antes encerrarse en el círculo mágico para protegerse del poder de las tinieblas. Estaba decidido a continuar rezando, sin prestar atención a cuanto pudiera suceder en torno suyo.

Durante una hora entera fue lo único que hizo. Después comenzó a sentirse cansado. Constantemente tosía para aclararse la voz. Queriendo agarrar un poco de rapé, se sacó la tabaquera del bolsillo y, sin darse cuenta, miró hacia el ataúd. En ese instante su cuerpo fue bañado por un frío sudor, y su corazón casi dejó de latir. El cadáver estaba ya frente al círculo mágico y lo estaba mirando con sus ojos vidriosos. No atreviéndose a moverse, el joven filósofo volvió la vista al libro y reanudó la sagrada lectura recitando al mismo tiempo varias oraciones contra las brujas. Mientras rezaba, oía el ruido que hacían los dientes del infernal monstruo al temblar de rabia, y se imaginaba los movimientos que estaría haciendo para atraparlo.

Pero al mirarle de refilón, se calmó al comprobar que la muerta lo buscaba por otro sitio, ya que el círculo mágico lo convertía en invisible para la bruja…

El cadáver, enfurecido, rugía sin cesar y gruñía palabras ininteligibles que producían un ruido como el del alquitrán en ebullición. A pesar de no poder comprender el significado exacto de las palabras, sabía que contenían amenazas terribles y que la bruja invocaba a seres extraños. En seguida, como resultado de aquellas palabras, la iglesia fue invadida por un gran torbellino, parecido al que causaría una bandada de aves persiguiéndose. Jomá Brut vio cómo muchos de aquellos diabólicos monstruos chocaban contra los cristales de las ventanas, mientras otros arañaban las paredes queriendo entrar en la iglesia, pero hasta ese momento no lo habían logrado. El filósofo cerró los ojos y continuo rezando sin detenerse, hasta que oyó en la lejanía el aleteo de un gallo y al poco rato su sonoro canto matutino. Jomá Brut interrumpió sus rezos y dio un suspiro de alivio.

Los que fueron a buscarle aquella mañana lo encontraron medio muerto, apoyado contra un muro y la mirada llena de miedo. Lo levantaron y agarrándolo por las axilas lo ayudaron a caminar pues apenas lograba mantenerse en pie. Al llegar a la finca pidió una copa de aguardiente, se lo bebió de un trago y después de arreglarse con la mano el cabello en desorden, miró a todos y dijo:

-Es horrible que en nuestra tierra sucedan este tipo de cosas. Hasta es posible que… –y haciendo una mueca de desesperación dejó la frase sin concluir.

Todos los que lo rodeaban lo miraban sorprendidos y escuchaban sus palabras con temor. Incluso un infeliz muchacho a quien los kozakos lo mandaban a realizar toda clase de faenas para ahorrarse ellos la molestia de hacerlas, lo miraba atónito.

Pasó entonces cerca de ellos una mujer aún joven que siempre iba vestida con unas ropas tan ceñidas y una falda tan estrecha que eran una constante provocación para todos. Empeñosamente coqueta, solía adornarse los cabellos con los adornos más extravagantes, a veces, incluso, hasta se colocaba papelitos pintados en varios colores. Era la ayudante de la cocinera.

-Buenos días, Jomá –le dijo al filósofo, con una amable sonrisa, pero después, con una mueca de terror, le dijo-: Pero, ¿qué te ha ocurrido? Tienes los cabellos completamente blancos.

-¡Pues es verdad! –repitieron todos los presentes-. ¿Cómo es posible que no nos hubiéramos dado cuenta antes? Si tienes la cabeza igual a la del viejo Javtuj.

Al escuchar estos comentarios, el seminarista corrió a la cocina, donde había visto un espejo muy sucio y manchado por las moscas, pero adornado con una guirnalda de flores, demostración de que era el utilizado por la coqueta ayudante de la cocinera.

Al lograr verse en el destartalado espejo, se horrorizó al verse con los cabellos tan blancos como los de un anciano. Jomá Brut anonadado pensó: “Hasta aquí hemos llegado! Ahora mismo voy donde el centurión para decirle toda la verdad, y comunicarle que me niego rotundamente a continuar los rezos en la iglesia y que me envíe en ese mismo instante a Kyiv.” Y, sin volver a pensarlo, se dirigió casi a las carreras a la casa del centurión.

Lo encontró, igual que la vez anterior, sentado frente a la mesa, con la cabeza hundida entre las manos. Su aspecto era mucho más triste y deprimido, y estaba tan demacrado y pálido (sin duda por no comer nada durante aquellos días) que el seminarista se quedó muy impresionado.

Buenos días, señor filósofo -le dijo el centurión al verle aparecer y detenerse en la puerta con el gorro en la mano-. ¿Cómo te va tu trabajo? Supongo que lo cumples al pie de la letra.

-No sé cómo podría decirlo, excelencia, pero he visto allí tantas cosas…, cosas diabólicas…, que poco ha faltado para agarrar el gorro y salir corriendo de la iglesia.

-¿Qué estás diciendo?

-Es la pura verdad, señor. La hija de su excelencia era una… Por supuesto que analizando las cosas con lógica es preciso tener en cuenta que era de noble estirpe. Sin embargo…

-¡Termina de una vez! ¿Qué pretendes decirme?

-Pues por lo visto, resulta que tenía tratos con el mismísimo diablo… Y ésta es la razón de que se produzcan tan extraños fenómenos cuando leo ante su féretro los textos sagrados.

-Esto es un motivo más para que continúes leyendo. Ahora comprendo mejor porque mi querida palomita tenía tanta preocupación por la salvación de su alma.

-Como quiera su excelencia, pero yo ya no puedo aguantar más.

-¿Qué dices? Tú continuaras con la lectura tal como te lo he ordenado. Además, piensa en que ya sólo te queda una noche, y al rezar y leer los textos sagrados estás cumpliendo con tu deber de buen cristiano, y además recuerda que serás espléndidamente recompensado.

-Aunque me prometiera montañas de oro -contestó el seminarista en tono firme-, me negaría rotundamente a seguir leyendo y rezando en la iglesia.

Al oír esta respuesta el centurión contesto con mayor severidad:

-Mira, señor filósofo, jamás tolero que alguien me hable así. En el seminario quizá te estén permitidas estas faltas de respeto, pero aquí no. Puedes tener la seguridad de que si resuelvo castigarte lo haré mil veces mejor que el rector. ¿Conoces un látigo que tiene unas bolitas de cuero?

-Lo conozco señor, y sé que en grandes dosis no tiene nada de agradable.
-Lo que no sabes es que ese látigo lo manejan muchísimo mejor mis servidores que los del seminario -concluyó el centurión, con voz enfurecida-. Cuando mi gente lo emplea, después de una buena tanda recurren al aguardiente, y si el azotado aún se resiste, reanudan el trabajo hasta cantar victoria. Conque ve con Dios y acaba de cumplir con tu deber. Si no lo haces así, te aseguro que en tu vida volverás a dar un paso. Pero si cumples tu deber como es de ley, te daré mil monedas de oro.

“Esto sí que es hablar claro -pensó el seminarista al salir-. Está visto que este hombre no admite bromas. Pero yo no soy menos listo que él. Mis piernas correrán más que las de sus perros.”

Jomá Brut estaba decidido a huir, costase lo que costase. Para llevar a cabo sus planes, escogió la hora de la siesta, cuando los trabajadores y los criados están en el pajar o en las eras durmiendo a pierna suelta y roncando estruendosamente.

Cuando llegó la tan esperada hora, incluso el reverendo Javtuj se hallaba tumbado en un rincón y roncaba con igual entusiasmo que los demás. El seminarista aprovechó la ocasión para salir al jardín, pues sabía que desde allí le sería mucho más fácil escapar hacia el campo sin que nadie le viera. El jardín se hallaba en el abandono total. Lo cruzaba un único sendero que llegaba hasta un pajar y más allá empezaba una tupida vegetación con algunos árboles frutales, plantas de cereales de varias clases y plantas trepadoras que protegían con una especie de techo verde lo que llamaban el “jardín”. Este se encontraba rodeado por una empalizada y tras ella habían unos matorrales que nunca se habían molestado en levantar y ya no había guadaña que pudiera con ellos.

Cuando Jomá Brut se vio fuera de la empalizada, sintió que el corazón le latía con fuerza; temblaba y respiraba como una liebre que se ve libre del acoso de los perros. Además tenía la sensación de que las matas se le prendían de sus largos faldones impidiéndole todo movimiento. Cuando comenzaba a respirar con cierto sosiego, oyó que alguien le gritaba:

¡Eh, tú! ¿Adónde vas?

El seminarista se escondió entre los matojos y después echó a correr, tropezando con las plantas o con las raíces de los árboles, cayendo y levantándose y asustando en su huida a topos y a más de una alimaña.

Pasando los matorrales había un bosque en el que Jomá Brut creyó que estaría seguro. Según sus cálculos, al otro lado del bosque estaría el camino que lo llevaría a Kyiv. Con esa idea se internó en el bosque, donde abundaban las plantas espinosas, en las que fue dejando trozos de sus ropas como demostración de su osadía. Después llegó a un barranco de fondo arenoso por el que se deslizaba un arroyo de transparentes aguas, en cuyas orillas se bañaban las raíces de los álamos y de los sauces crecidos a los bordes. Agotado, se arrodilló al borde del cauce y bebió largamente. “Qué agua tan buena. Aquí descansaré un rato.”

Pero de inmediato desechó su propósito por considerarlo imprudente. “Es mejor que siga corriendo.”

Sin embargo, apenas se puso de pie vio frente a él al impasible Javtuj. “Vaya con este diablo; siempre me he de tropezar con él. Si pudiera te arrearía unas cuantas trompadas y te tiraría al agua, viejo maldito”, pensó, pero no se atrevió.

-Has dado un gran rodeo, señor filósofo -le dijo Javtuj-. Hubiera resultado mejor para ti venir por el camino por donde he venido yo para alcanzarte. Es mucho más corto y más cómodo, y no te habrías roto el vestido.

Mira. Qué lástima de pantalones… Y seguro que son de buen paño. ¿Cuánto pagaste por ellos?

Y sin esperar respuesta, prosiguió:
-Bueno, ya has dado un buen paseo. Ahora volvamos a casa.
Jomá Brut lo siguió rascándose la cabeza, pensativo, y muy contrariado, se dijo para sus adentros: “Ahora la maldita bruja querrá vengarse de mi -pero en el acto se envalentonó- Pero, ¿acaso no soy kozako? Si he pasado dos noches allí también me será posible pasar otra. Dios me ayudará. Pero seguro que esta maldita bruja ha maquinado mucho para tener a fuerzas diabólicas con ella.”

Aturdido por estos pensamientos, llegó al patio tras Javtuj. Allí encontró a Doroch, que por ser amigo del ama de llaves tenía fácil acceso a la bodega. El filósofo le pidió un poco de aguardiente, Doroch no se negó, y poco después, a la sombra de un almiar, habían bebido como beben los buenos kozakos.

Los efectos no se hicieron esperar. Jomá Brut se levantó y empezó a gritar:
-¡Eh, que vengan aquí los músicos! ¡Quiero que me traigan músicos!
Y sin esperar a que llegasen se puso a bailar y a saltar. Y continuó bailando hasta la hora de almorzar y todos los servidores acuden a la cocina. Al principio lo miraron sorprendidos, pero finalmente se cansaron de sus cabriolas y lo dejaron solo. Jomá Brut terminó cayéndose al suelo y durmiendo hasta la hora de la cena, momento en que lo despertaron arrojándole a la cabeza un cubo de agua fría. Durante la cena reincidió en la verborrea de antes, explicándoles a sus oyentes acerca de las cualidades de que debe estar dotado un buen kozako, y sobre todo encomió su valor, que no debe ceder ante nada ni ante nadie.

-Bueno, bueno –dijo, interrumpiéndolo, Javtuj-, ya está bien. Levantémonos, de la mesa, señor filósofo, que ha llegado la hora de volver a la iglesia.

“¡Ojalá reventaras, maldito viejo!”, pensó el seminarista. Pero se levantó dispuesto a seguirle.

-Está bien, vamos pues.
Salió del patio con Javtuj y Doroch. Durante el camino le consumía la inquietud, y trató de involucrarlos en una conversación, pero no le contestaban, o le decían unas veces que sí y otras que no, y la mayoría de veces ni sí ni no.

La noche era muy oscura. Se oía a lo lejos el aullar de los lobos, y el ladrido de los perros parecía más lúgubre que nunca; signo de mal agüero.

-No creo que esos aullidos sean de lobo; parecen de seres extraños -dijo Doroch.

Javtuj siguió callado y el seminarista no supo qué contestar.
Pronto llegaron a la iglesia, cuyas agrietadas bóvedas de madera demostraban lo poco que se había preocupado por la religión el propietario de la aldea. Como las dos noches anteriores, los dos kozakos se fueron, después de revisar las puertas, dejando solo al filósofo.

Dentro de la iglesia todo continuaba con el mismo aspecto lúgubre y misterioso, amenazador. Jomá Brut se detuvo un momento ante el ataúd del cadáver de la horrible bruja.

-Juro por Dios que esta vez no conseguirás asustarme – le dijo el seminarista en voz alta.

Y en cuanto hubo trazado el círculo mágico, como en las noches anteriores, empezó a recordar todas las oraciones que conocía para ahuyentar a los malos espíritus.

Reinaba un silencio sepulcral. Los cirios iluminaban la iglesia con tenue y temblorosa luz. Jomá Brut abrió el libro, y después de hojear varias páginas, inició la lectura. Pero poco después advirtió horrorizado que lo que leía no era lo mismo que decía el libro. Lleno de terror se puso a cantar, persignándose varias veces, con lo que consiguió tranquilizarse un poco y reanudar la lectura.

Había leído ya algunas páginas cuando de repente… ¡Horror!… ¡Un terrible estallido repercutió de un extremo a otro de la nave y la tapa de hierro del féretro saltó, levantándose en el acto el cadáver de la bruja! Su aspecto era todavía más espantoso que antes. Los dientes le castañeaban y sus repugnantes labios farfullaban horribles invocaciones. Dentro de la iglesia empezó a bramar un viento huracanado que derribó de sus hornacinas las imágenes de los santos, arrancó de sus jambas las ventanas, derribó las puertas, y centenares de diabólicos monstruos irrumpieron en el sagrado recinto. Con batir de alas, castañear los dientes y lanzando mandobles, todos se lanzaron contra el seminarista, a quien los efectos del alcohol desaparecieron en un instante. Se quedó inmovilizado del susto, boquiabierto, persignándose y balbuciendo sus más fervorosas alabanzas a Dios, mientras sentía cómo los infernales monstruos giraban en torno suyo, tocándole casi con sus alas y con sus repugnantes rabos.

No lograba verlos con claridad, pero consiguió notar que recostado a un muro había un monstruo de mayor tamaño que los demás, cubierto por una pelambrera larga, de un pelo duro como el alambre, debajo de la cual se veían dos terribles ojos que lanzaban miradas rabiosas, como tramando una venganza. Encima de él había como un globo erizado de garras que parecían tenazas o colas de escorpiones. Y todo, todos lo estaban buscando y no podían encontrarlo gracias al círculo mágico que lo rodeaba.

-¡Que llamen a Viy! ¡Mandad llamar a Viy! -gritaba furiosa la bruja muerta..

Inmediatamente reinó el silencio en la iglesia y sólo se oyó el lejano aullido de los lobos. Pero poco después resonaron los pasos de alguien que andaba pesadamente dentro de la iglesia. Al volverse el seminarista a mirar al sitio de donde llegaba el ruido de los pasos, vio a unos monstruos que conducían a un hombre muy bajo y muy robusto, que caminaba igual que un oso. Estaba totalmente cubierto de tierra negra, dejando sólo al descubierto sus pies y sus manos, semejantes a raíces de viejos árboles, y los pasos que daba parecían de un cojo. Tenía las cejas y las pestañas tan largas que casi las arrastraba por el suelo. Cuando Jomá Brut se fijó en su cara, vio que era de hierro.

Los monstruos lo llevaron hasta el sitio donde empezaba el círculo mágico.

-Levantadme las cejas y las pestañas, pues así no veo nada -gritó.

En el acto los monstruos le obedecieron.

El seminarista escuchó entonces una voz interior que le repetía sin cesar: “¡No lo mires! ¡No lo mires!” Pero el filósofo no pudo contenerse y lo miró…

-¡Ya lo veo, ya lo veo! ¡Está aquí! -rugió Viy con voz de trueno, mientras lo señalaba con un dedo de hierro.

Y toda aquella caterva de monstruos se precipitó sobre Jomá Brut. El infortunado muchacho rodó por los suelos y murió de terror…

¡Que llamen a Viy!

Pero en aquel preciso instante se escuchó en la iglesia el segundo canto del gallo, pues el primero nadie lo había oído. Los monstruos y todos los demás espíritus malignos se abalanzaron hacia las puertas y las ventanas de la iglesia para huir, pero fue demasiado tarde. No les alcanzó el tiempo para protegerse y quedaron apresados dentro de la iglesia..

Unas horas más tarde llegó un sacerdote: el horrible espectáculo que se ofreció a su vista lo dejó aterrorizado, y no atreviéndose a oficiar en el sagrado recinto pues había sido profanado por los espíritus infernales, se marchó rápidamente. La misteriosa iglesia quedo así: con los monstruos encerrados dentro de ella y sin que nadie se atreviese a acercarse. Con el tiempo los árboles, las hierbas y los arbustos lo cubrieron totalmente, con tal espesor de carrasca, de raíces y de matorros, que nunca más se encontró el camino que conducía a aquella iglesia.

Pronto llegó a la ciudad de Kyiv el rumor de este suceso, y lo escuchó el teólogo Khaliava, quien se quedó pensativo mucho tiempo, pero sin decir ni una sola palabra sobre la trágica muerte de su camarada. No obstante, su vida cambió de un modo radical, pues se convirtió en sacristán de la iglesia que tenía el más alto campanario de los alrededores. El puesto lo obtuvo al concluir brillantemente su carrera. La escalera del campanario era de madera y viejísima, por lo que a nadie le asombraba que algunas veces apareciese lleno de chinchones por haberse caído, según decía, por la escalera, pero…

Cierto día se encontró en la calle con Tiberi Gorobez, que en ese tiempo ya era filósofo y llevaba un bigote muy largo.

-¿Te enteraste de lo que le sucedió a nuestro compañero Jomá Brut? -preguntó Gorobez.

-Sí, así lo quiso Dios -repuso Khaliava, evadiendo una respuesta explicativa. Después de un instante agregó-:
Te propongo ir a la taberna y beberemos un trago en memoria suya.

El nuevo filósofo aprobó en seguida, y muy contento, demostrando que estaba dispuesto a disfrutar de sus nuevos privilegios, como se advertía muy bien por el estado de sus pantalones, de su levita y de su gorro, que despedían un fuerte tufo a tabaco y aguardiente.

-Nuestro compañero Jomá era una estupenda persona -dijo el sacristán, cuando el cojo tabernero le puso delante el tercer cubilete-. Sí, era un muchacho que prometía mucho… Su muerte fue muy tonta…

-Yo sé el secreto de porqué murió -dijo Tiberi-. Fue ni más ni menos por tener miedo. Si no hubiera demostrado que estaba asustadísimo, la bruja no habría podido hacer nada contra él. Lo que debió haber hecho era sólo rezar y escupirle en el rabo. Y te diré algo por experiencia propia: aquí, en el mercado, todas las mujeres son brujas…

El sacristán asintió con un leve movimiento de cabeza, pero después, al notar que poco a poco la lengua ya no le obedecía, se levantó pesadamente, y dando traspiés al andar se marchó de la taberna para ir a tumbarse y dormir entre los matorrales, sin olvidar, según tenía por costumbre, de meterse en el bolsillo un trozo de suela vieja que había visto en un banco de la taberna.


Artículo con la historia y análisis literario de esta obra

Зельц – Zelts ucraniano

El Zelts es un embutido de carne prensada en un molde y “adherida” en la gelatina que se obtiene de la cocción de ésta junto con los huesos (del cráneo).

El Zelts ucraniano es similar al “Sülze” alemán o la “Cabeza de Jabalí” en España. En Latinoamérica existe un embutido similar, llamado “Queso de Cabeza”, aunque no lleva lácteos, y “Head cheese” en EEUU.

Se prepara con carne de la cabeza del puerco y res, especies, así como tambien lengua, higado y otros subproductos. En algunos lugares se remueve el cerebro, los ojos y orejas, aunque en otras ocasiones no tiene siquiera cabeza, sino huesos y carne de las extremidades de varios animales (cerdo, res y pollo).

Se debe cocinar la cabeza del cerdo durante 3 a 6 horas, en ocasiones partida en pedazos fáciles de manipular y de los que se extrae luego la carne. Se le agrega cebolla finamente cortada.

El caldo es utilizado, tal y como se hace para el plato llamado “Jolodets” (enlace), formando un áspic o gelatina producido por pectinas que resultan de la cocción del cráneo del animal. Sólo que, a diferencia del Jolodets, en este plato se coloca una mezcla de carnes de distintos animales y diferentes carnes de éstos, en cubos y todo junto en un “paquete” cuyos espacios vacios son llenados por la gelatina proveniente de la cocción de los huesos con carne, que la adhiere (los huesos se descartan).

En Ucrania se conoce también como kovbyk, kendiuj o saltseson.

Procedimiento en general

La receta típica ucraniana es:

Se toma media cabeza de cerdo, sin cerebro, y se coloca en una olla con agua hasta el nivel de ésa, no más. Se agrega laurel (2 hojas, generalmente), cebolla (1), zanahoria y ajo. Sal al gusto.

Se pone a fuego alto hasta que comienza a hervir, y entonces se baja al mínimo para que se cueza durante al menos 5 ó 6 horas.

La cabeza se saca luego de las 6 horas de cocción, y se le remueve la piel y huesos. Únicamente se utiliza la carne, que ya en este punto se despegará del hueso.

Por otra parte, el caldo que quedó se cuela. Al hacer ésto se está eliminando la grasa y todas las verduras.

Foto

Se mezcla, con las manos, la carne con el caldo colado, en una especie de masa.

Esta masa se vierte dentro de una estameña (conocida también como “tela de queso”), se ata por un extremo, formando una bola, y se cuelga para que escurra el resto de líquido en un cuenco.

Al ya no caer gotas de líquido en el cuenco, se toma la “bola” de zelts y se coloca sobre una superficie dura, como una tabla. Se le coloca otra tabla encima, con un peso, que puede ser una olla con agua.

Esta presión hace que salga un poco más de líquido restante. Se deja unos momentos así, y luego de un rato ya deberá tener una consistencia dura.

Entonces se mete en el refigerador durante 24 horas.

Se saca, se le quita la estameña y se verá como un embutido con forma de cabeza de jabalí.


En algunos lugares se agregan dientes de ajo crudos y pelados a la mezcla de carnes, para que a la hora de cortar el zelts en rodajas, vaya un pedacito de ajo y adquiera un sabor especial.

Otra variante

El video al final de este artículo indica una variante de Zelts que involucra no sólo la cabeza, sino también visceras del cerdo, como corazón, bazo, carne, piel, la grasa del lomo, y el hígado. En cuanto a especias, se agrega tomillo y pimienta, además que se refuerza la consitencia gelatinosa adherente con gelatina sin sabor. En vez de estameña, en ese video utilizan el estómago del cerdo agujereado como recipiente para que tome forma de bola y escurra el exceso de líquido.

Pero el procedimiento en si es similar.

Estampillas postales de Ucrania – San Miguel y la Dormición de Teotokos

Par de #EstampillaspostalesdeUcrania: “Vestimenta folclórica ucraniana: Zaporizhia

  • Día de San Miguel
  • El Tránsito de María (o “La Dormición”)

El día de San Miguel

La fiesta de San Miguel el Arcángel y líder de los ejércitos celestiales se celebra, en la iglesia ortodoxa cristiana, el 21 de noviembre, aunque hay varios otros días en los que San Miguel es venerado.

La iglesia ortodoxa también celebra “El día del milagro de San Miguel“, que es un nacimiento de agua cerca de la iglesia de San Miguel en Phrygua, que adquirió propiedades sanadoras; se le dio crédito total a San Miguel, además de prevenir una inundación que pudiera haber destruido dicha iglesia.

Tradicionalmente, en este día, los fieles en Ucrania no debían trabajar. De hecho, este día solo se podía cocinar lo mínimo para alimentarse solamente, llevar al ganado a pastar, alimentar a tus animales y la limpieza básica del hogar; otro tipo de tareas era prohibido por la iglesia en su tradición cristiana; no cortar leña, no arar el campo, no blanquear la jata, ni hornear pan o cualquier otra actividad que requiriera mucho esfuerzo.

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En el folclore ucraniano existen algunas historias que hablan sobre el castigo que podría enfrentar cualquiera que infringiera este mandato de no trabajar para el día de San Miguel. He aquí una de ellas, de la región de Cherkashchyna:

Una vez, un granjero decidió que no quería desperdiciar un día completo de su trabajo, y fue a su campo a regar la semilla de otoño. Ya realizada su labor, regresó a su casa y, repentinamente, comenzó a regar la sal por todo el piso de ella, el harina, los cereales, los frutos secos y cualquier cosa que pudiera ser dispersa por todo el suelo; daba la apariencia que continuaba regando la semilla en el suelo de su campo, excepto que aquí estaba lanzando al suelo toda su comida. Todas sus reservas de alimento estaban tiradas por todo el piso de la casa, y en el establo, y en el jardín, y nadie podía detenerlo.

Llamaron al sacerdote y, fue hasta que este llegó corriendo a toda prisa y le leyó una oración al granjero, que parecía loco, que el desquiciado logró detenerse y volvió a ser el mismo. El agricultor juró nunca volver a trabajar durante el día de San Miguel.


San Miguel el Arcángel comenzó a ser venerado en Ucrania en tiempos del reino de la Rus de Kyiv, cuando las primeras iglesias construidas fueron dedicadas a este santo, jefe de los ángeles y líder de las huestes celestiales.

San Miguel ha sido el patrono de la gran ciudad de Kyiv desde aproximadamente el siglo XI.

Al menos dos iglesias fueron dedicadas a él en ese tiempo. Una fue en el Monasterio Vydubetskiy, construido en 1088, y la otra en el monasterio de San Miguel a principios del siglo XII. Esta última fue, de hecho, un templo magnífico, conocido luego como Mykhaylivsky Zolotoverkhy Sobor — La Catedral de San Miguel, con domos dorados, cubiertos de láminas de oro, que los bolcheviques derribaron en 1930, aunque recientemente se ha reconstruido.

Los soviéticos intentaron por todos los medios eliminar la tradición de venerar a San Miguel en Ucrania y especialmente en Kyiv aunque, por supuesto, los fieles lo hacían en la clandestinidad.

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En el antiguo escudo de armas de la ciudad de Kyiv se puede apreciar a San Miguel sosteniendo una espada. En los íconos ucranianos (enlace), San Miguel a menudo está pisando a Satanás y deteniéndolo con el pie, mientras sostiene una ramita de àrbol de date en una mano, y una lanza con una bandera blanca o una espada en llamas en la otra. Como vencedor del demonio, se tomaba a San Miguel como el encargado de controlar los rayos y el viento.

En el folclore ucraniano se le describía a menudo como acarreando al viento por los bigotes sobre su hombro, pues lo tomaba por las puntas del bigote (del viento) en ambos lados. Este arcángel podía dirigir el viento a cualquier lado que quisiera; un fuerte tirón causaría una fuerte tormenta, huracán o tornado (enlace). Se creía que el viento era una creación del demonio y habìa sido este arcángel quien había salvado el mundo de una total destrucción debido a un viento desatado en manos del malvado. San Miguel usó los bolts del relámpago para destruir a los pequeños diablos y el trueno era la señal que un rayo habìa destruido a uno de los sirvientes de Satán. Era considerado el protector celestial de los cazadores.

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Entre las tradiciones eclesiásticas en Ucrania, el día de San Miguel era también el día, en las oraciones, de la memoria de los muertos, aunque hay varios otros días en los que se recuerda y se honra a los seres queridos que han partido antes que nosotros.

En la región de Polissia, en el día de Memoria a los muertos, o sea el 21 de noviembre, se organiza una cena para todos los familiares, incluidos parientes lejanos, mas no amigos o personas sin parentezco aunque, de presentarse alguno no-pariente, será tratado con todos los honores.

Los platos tradicionales del Día de la Memoria son el Borshch, pollo con pasta, repollo al horno, chícharos cocidos, holubtsi, varenyky, blini o jugo de frutas gelatinizado; un pan especial, tartas y galletas también.

Si el 21 de noviembre cae un miércoles o viernes, se cocina también pescado, frijoles o setas en vez de carne. Aunque sin embargo, las tradiciones específicas varían según la región.

Previo a la fiesta de San Miguel en noviembre, iniciando en el Día de San Kozma y San Damián, el 14 de noviembre, los jóvenes se comienzan a reunir para celebrar las vechornitsi, fiestas nocturnas (enlace). Las muchachas cocinan pollo y pasta, o huevos fritos y preparan otros platos con huevo como ingrediente, y los jovencitos colaboran con el samohon (enlace).Estos santos, San Kozma y San Damián, son los patronos de los criadores de aves, de la avicultura, de ahí la tradición de preparar pollo y huevo.

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En el día de San Miguel, en aquéllas aldeas que tengan iglesias dedicadas al arcángel, los pobladores preparan aguamiel (enlace)con especias justo frente al templo, cocinan platos que lleven repollo y chícharos, y luego preparan una celebración comunal. En algunos lugares, dicha fiesta comunal es seguida por celebraciones individuales en casas particulares, a las cuales el anfitrión intenta llevarse a cuantos huéspedes quiera y, mientras más personas vayan a tu fiesta, más respetado serás en la comunidad.

https://m.youtube.com/watch?v=CPL0VpqKMO4

https://m.youtube.com/watch?v=dRNP0xw2B8k

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El tránsito de María – Успіння Богородиці

Las iglesias católica y ortodoxa orientales celebran la Asunción de la Virgen María, suceso religioso al que también le llaman “Dormición de Teotokos” (de “quedarse dormido” y “Teotokos” significa “Madre de Dios” – hay todo un dogma en torno a este concepto).

El día es el 28 de agosto (15 de agosto en calendario gregoriano), precedido por una cuaresma de 14 días (que generalmente empieza el día del “Spas de las manzanas” (enlace).

oleo sobre tela por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica - la dormición de Teotokos

Los cristianos ortodoxos orientales creen que María falleció de muerte natural, que su alma fue recibida por Cristo, y que al tercer día resucitó, ascendida al cielo (por eso “Asunción”) en cuerpo y alma, y su tumba fue encontrada vacía al tercer día.

De documentos apócrifos se sabe que tres días antes de morir, se le apareció el Arcángel Gabriel y le dijo sobre su transición a la eternidad.

De acuerdo con la tradición eclesiástica, este día los apóstoles dejaron sus quehaceres predicando el Evangelio en Jerusalén y se reunieron en torno a su lecho de muerte para prepararla y darle la apropiada sepultura.

Estando reunidos en torno a la Santa virgen a punto de morir, son cegados todos por una fuerte luz brillante entre la cual el propio Cristo estaba, rodeado por ángeles y arcángeles. En este punto el alma de la virgen, sin sufrimiento, como en un sueño, ascendió al Señor. Según la tradición iconográfica, al recibir Jesucristo al alma de Su madre, se escucharon coros angelicales desde el cielo.

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Este culto litúrgico se desarrolló especialmente tras el Tercer concilio ecuménico de Éfeso, en el año 431. A partir de alli, esta festividad de la Dormición, se conoció como Santa María la Virgen. El nombre actual fue comenzado a usar a partir del siglo VI. El emperador Mauricio (582-602) ordenó que la Fiesta de la Dormición fuera celebrada en todo el imperio bizantino, mientras que la tradición surgió en occidente introducida por el papa Sergius (687-701) y en 1950, el Papa Pio XII proclamó el dogma de la Asunción de la virgen María.

En Ucrania esta fiesta de la Asunción recibió un honor especial y muchas iglesias son nombradas en honor a ella.

La “Otorgadora de Nacimiento a Dios” (Teotokos), la virgen María, fue “bendita entre todas las mujeres” y fue escogida para “llevar en su vientre al Salvador de nuestras almas”. Los cristianos ortodoxos la consideran “La reina de todos los santos y ángeles”.

Sabiendo que ella está eternamente presente en el trono de Dios, intercediendo por la humanidad, rogamos por su amor, guía y protección. Todos los años la iglesia ortodoxa reserva 14 días de agosto en honor a ella, período de “cuaresma” que finaliza con la Gran Fiesta de la Dormición de la Otorgadora de Nacimiento a Dios.

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Todos los que profesamos alguna religión cristiana (católica u ortodoxa especialmente), sabemos lo que conlleva una “cuaresma”; muchos piensan que realizamos un sacrificio (una dieta generalmente) para obtener algo, que estamos “dándole algo a Dios”, que “nos ve sufrir”, para que vea que realmente lo queremos y nos lo de; pero no es asi, pues esta cuaresma (o adviento) realmente nos prepara para lo que El nos va a dar, algo más alla de lo material.

En este caso, nos estamos preparando para seguir el ejemplo de la Virgen, quien obedeció a Dios sin cuestionar ni dudar de Su palabra. Al contrario de Marta, su hermana, quien según es narrado en el pasaje “estaba ansiosa y atormentada por muchas cosas”. El ayuno durante la cuaresma nos hace poner a Dios en primer lugar y a nuestros deseos personales en segundo, o mejor, en último.

En estos 14 días previos a la Dormición deberemos evitar fiestas, lujos, deseos personales, y dedicar el tiempo que hubiésemos utilizado en esos gustos mundanos y egoistas, para reflexionar sobre algo mucho mas poderoso, algo Divino, que la Madre de Dios nos dió. Ella fue la primera cristiana, y la más grande; aceptó confiar con los ojos cerrados en Su palabra, y traerlo a El al mundo en forma humana, y cuidarlo los primeros años de Su vida entre nosotros; traer al propio Dios al mundo; también deberemos contemplar y pensar profundamente en Santa María recostada en su lecho de muerte, luego de una vida como perfecta servidora de Dios, que nunca dudó de Su palabra, ni aunque “se llevó” a su hijo Jesucristo (que era el mismo Dios), haciéndolo padecer tanto sufrimiento, todo para salvar a los seres humanos de la muerte eterna y el pecado; y que después de este hecho, está sentada junto al Señor, intercediendo ante El por nosotros, y cuidándonos como la perfecta Madre del Hombre; debemos seguir Su ejemplo.

Luego de ayunar durante estas dos semanas, el 28 de agosto ya se puede comer de todo, excepto si cae un miércoles o un viernes, en cuyo caso será hasta el 29.

Los fieles generalmente piden a la Santa Madre:

  • el poder de perder el temor a la muerte física
  • el fortalecimiento de su fé
  • que los libre de enfermedades

Luego de San Elías, el 2 de agosto, cuando se inicia la cosecha, el 28 se finaliza, y este día los ucranianos llevan la semilla y parte del grano a la iglesia, además de panes, para su bendición. Esto proviene de rituales paganos en honor al fin de la cosecha, llamados “Obzhiny – Обжіни”. Se piensa que, hasta que estén bendecidos, es un pecado a riesgo de perdición el probar aunque sea una miga de pan.

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Después de este día, las personas recolectan setas en los bosques, nueces, y los almacenan para el invierno; también es cuando se preparan las conservas, de repollo, pepinos, tomates y otros vegetales. Antiguamente era en el día después cuando esto se realizaba.

Las personas colocan velas en petición por parientes y amigos, y rezan por los niños. Piden también, y agradecen al mismo tiempo, por su intercesión.

Un arcoiris visto hoy es presagio de un largo otoño.

Durante la cuaresma de la asunción y el día en si, no se puede caminar descalzo sobre el pasto con rocío, pues se cree que cada gota de rocío es una lágrima de la virgen, y pisarlas causará enfermedad e infortunio. Tampoco se puede vertir calzado viejo y arruinado, o comer maíz.

Las jovencitas no deben cortar su cabello; no se debe desear el mal a nadie, o ese deseo se tornará contra uno mismo, no se debe hacer relajo, ni utilizar objetos punzocortantes y, especialmente el 28, aún luego de la bendición del pan y granos, no se deberá partir el pan con cuchillo, sino que únicamente con las manos.

El trabajo físico es prohibido el 28 de agosto: no limpiar la casa, ni lavar nada, coser o trabajar en el jardín.

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Estampillas postales de Ucrania – Santa Catalina y San Elías

Зчіпка «Український народний одяг. Херсонщина»

Bloque “Indumentaria tradicional ucraniana – Provincia de Jerson“. Vestimenta para las festividades:

  • Свято Катерини – Santa Catalina
  • Свято Іллі – San Elías

Oleo sobre tela por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica - Santa Catalina

Santa Catalina

En Ucrania se celebra el día de Santa Catalina el 7 de diciembre, pues en este país se utiliza el calendario Juliano para las celebraciones religiosas, a diferencia de occidente, en donde se usa el gregoriano (enlace a una explicación).
En occidente es el 25 de noviembre.

Santa Catarina, Caterina o Catalina es considerada símbolo de ternura femenina y de castidad de las muchachas. En griego “Catalina” significa “Alma pura”.

Tradicionalmente, en la víspera de este día, las muchachas “adivinan” sobre con quién contraerán matrimonio, por medio de la realización de varios juegos de adivinación, similar a lo que se hace para el Día de San Andrés (enlace).

La vida de Santa Catalina

Catarina nació en Alejandría como hija de padres adinerados por el año 290; por su mano pelearon los mejores novios de la ciudad.

En el año 304, Catalina se convirtió al cristianismo y comenzó a predicar la fé en Jesucristo.

Era muy inteligente y rápido destacó en una buena cantidad de materias que la situaron al mismo nivel que grandes poetas y filósofos de la época.

Tinta sobre papel por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica - el día de Santa Catalina en Ucrania

Una noche se le apareció Cristo y decidió, en ese momento, consagrarle su vida, considerándose, desde entonces, su prometida. El tema del matrimonio místico es común en el Este del Mediterráneo y en la espiritualidad católica.

Cuando era la edad de casarse con un mortal, los padres comenzaron a buscarle el esposo, pero ella no hacía caso, y una vez les respondió: “Si insistís, me desposaré. Pero buscadme un joven muchacho que sea como yo en los cuatro talentos que, como vosotros aseguráis, sobrepaso a otras chicas. Buscad un chico superior a mi en nobleza, en belleza, en riquezas y en inteligencia (en mente); si no tiene al menos una habilidad, no es para mi.”.

Los parientes de los padres se pusieron a buscar a alguien, y tras largo tiempo no lograron hallar a nadie con esas virtudes.

Según les fue aconsejado por un anciano que ya conocía las altas cualidades morales de Catalina, decidieron llevarla por el “Camino del conocimiento de Cristo, el Rey del Cielo”

He aquí lo que el anciano respondió a la muchacha: “Yo solo conozco un bello joven que, indudablemente, te sobrepasa en todos los talentos que mencionas. Su belleza supera al brillo del sol. Su sabiduría a todo lo creado: lo viviente y lo inanimado; la riqueza de su tesoro puede ser repartida en todo el mundo, sin disminuir, sino aumentar; su nobleza es indecible”

Cristo

La imagen de este jovencito, tan grandemente representada por el anciano, entusiasmó tanto a Catarina que, desde este momento, sólo pensó en Él y soñó con convertirse en Su esposa.

Oleo sobre tela por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica - Girasoles

Y, gracias a su piadosa vida y a sus oraciones, Catalina obtuvo la Gracia de poder ver a este gran joven en una visión, a Jesucristo mismo, quien le entregó un anillo de bodas y le dijo: “A partir de este día te tomo como novia, y para la eternidad;para tí no habrá novio en la tierra de ahora en adelante”.

El emperador Majencio (306-312) fue Alejandría para organizar una fiesta pagana y ordenó que todos los súbditos hicieran sacrificios a los dioses. Catalina entró en el templo pero, en lugar de sacrificar, hizo la señal de la cruz. Y, dirigiéndose al emperador, lo reprendió exhortándolo a conocer al verdadero Dios. Se dice también que el mismo emperador se enamoró de Catalina, pero ella estaba comprometida con Cristo y no lo aceptó.

Conducida a palacio, ella reiteró su negativa a hacer sacrificios pero invitó al emperador a un debate.

En la prueba del debate filosófico, los sabios resultaron convertidos al cristianismo por Catalina, lo que provocó la ira del emperador, que entonces hizo ejecutar a los sabios, no sin proponerle antes a Catalina que se casara con uno de ellos, a lo que ella se negó rotundamente.

Majencio trató de convencerla con promesas pero, al no lograrlo, mandó azotarla y después encerrarla en prisión. Allí fue visitada por la propia emperatriz y un oficial, Porfirio, que terminó por convertirse junto con otros doscientos soldados, según señala “la Passio”.

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El emperador ordenó entonces que torturaran a Catalina utilizando para ello una máquina formada por unas ruedas guarnecidas con cuchillas afiladas. Según la Passio, las ruedas se rompieron al tocar el cuerpo de Catalina, quien salió ilesa. Por esta razón, Santa Catalina es la patrona de todos los oficios que utilicen ruedas, como hilanderas (por la rueca), carreteros, transportistas, molineros, etc. Además es patrona de archivistas, abogados; juristas, bibliotecarios, personas en trance de muerte, educadores, jovencitas, solteras, estudiantes, maestros, afiladores de cuchillos, mecánicos, torneros, enfermeros, filósofos, predicadores, teólogos, secretarias, taquígrafos.

La emperatriz trató de interceder a favor de Catalina, pero fue decapitada, al igual que Porfirio y sus doscientos soldados.

Su tumba se había encontrado al pie del Monte Sinaí, en el monasterio que lleva su nombre, lo que dio motivo a peregrinaciones de todo el mundo, especialmente apreciada por los peregrinos de Tierra Santa. La leyenda narra que los monjes del monasterio construido a los pies del Monte Sinaí descubrieron en una gruta de la montaña el cuerpo intacto de una joven a la que reconocieron como Catalina de Alejandría.

Según la Passio, el cuerpo había sido depositado allí por los ángeles. Así, la Passio se presenta adornada con un conjunto de lugares comunes hagiográficos, no históricos.

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Santa Catalina en la Rus de Kyiv

Durante el reino de Kyiv se le rindió culto a la Gran Mártir, y el rey Yaroslav el Sabio era tan devoto a ella, que construyó un templo en su honor en la calle principal de Kyiv, junto con el de Santa Sofía (la Sabiduría de Dios) y San Jorge, dentro del Dytynets (la antigua muralla que circundaba la ciudad principal) de la ciudad de Kyiv.

Actualmente esta iglesia ya no está, pero según el arqueólogo I. Ivantsov fueron las ruinas que el embajador del imperio alemán Erich Lysota vio en 1594 cerca de Santa Sofia. Se presume que había sido construida por maestros Greco-Bizantinos, quienes llevaron la tradición a la capital de la Rus de Kyiv, actual Ucrania.

En Kyiv existía una gran comunidad de comerciantes griegos, que fue más notoria en el siglo XVII; por parte de este grupo se construyó una capilla de madera cercana a la plaza central, en tierra perteneciente al mercader griego Astamatis Stimati.

En 1739-41, en lugar de la capilla, fue construida una iglesia de ladrillo y, después de 7 años, el monasterio griego dedicado a Santa Catalina. Originalmente, la iglesia principal del monasterio tenía características arquitectónicas típicas ucranianas: de tres naves, tres cúpulas.

A fines del siglo XIX esta iglesia fue reconstruida, dejando únicamente intacta la parte superior. El interior había sido construido con un iconoatasio en estilo rococó. A principios de la década de 1920 el monasterio fue clausurado, como todos los edificios religiosos, a manos de los soviéticos, y sus grandes instalaciones fueron utilizadas como salones de exhibición de productos industriales.

En 1929 fue desmantelada la iglesia, bajo el pretexto que el techo presentaba rajaduras.

Tradiciones en Ucrania

Algunos investigadores de tradiciones religiosas tienen la teoría que, antes de la cristianización, este día se celebraba “la noche del destino de las doncellas”, y que luego apareció la fiesta de Santa Catalina, conectando lo pagano con esta festividad religiosa.

Las celebraciones a Santa Catalina en Ucrania se basan mayormente en “profetizar” el destino de cada chica. Las mujeres casadas preguntan por la felicidad de su familia, las solteras por su futuro matrimonio.

En el día de Catalina, por la mañana antes de la salida del sol, cada chica sale a su jardín y corta una ramilla de su cerezo. En casa, esta ramita es colocada en una botella con agua, esperando a ser leída en la fiesta de Melania (Malanka – 14 de enero). Si el ramito con botones florea, es buena señal, y la chica tendrá un futuro en el que florecerá su amor. Una ramita podrida o sin color es mala señal.

Crayón sobre papel por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica - el día de Santa Catalina en Ucrania

La ramilla de cereza no es solamente leída por muchachas, sino que también los jovencitos. Si sus respectivos ramitos sacan hojas o hasta flores, significa que su esposa será bella, lo amará, y será hacendosa. Si la ramilla saca hojas, pero no flores, indica que el chico se casará con una mujer simple, que no es notable. Pero si nisiquiera saca hojas, indica que la esposa será haragana.

En las aldeas, Catalina se arregla por las noches. Las chicas preparan juntas un caldo de trigo o más típicamente Borshch, se reunen con los muchachos y van a misa. Antes que canten los gallos, a media noche, se dirigen con una nueva Rushnyk y la comida al “portal del destino”.

Una a una suben con la cena en las manos y llaman tres veces al destino: “Destino, sino, ¡Ven a cenar!”. Si el gallo canta, es la respuesta del destino prediciendo un matrimonio con abundancia y tranquilidad. Si el gallo no canta, el destino “es sordo” a los llamados de esta chica. Pero lo peor de todo es ver una estrella cayendo del cielo luego de la pregunta, pues presagia una seria enfermedad, problemas familiares y una mala fortuna en todo lo que haga.

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En caso que el destino haya sido sordo, la muchacha deberá aplaudir una vez, y si la respuesta es un perro rascándose o alguna vaca mugiendo, es el destino que si la escuchó y que su novio vendrá de ese punto. Si responde el gallo, aunque sea sólo sacudiendo sus plumas, el futuro esposo será fiel y rico; si es el perro el que responde, el esposo será muy fiel, pero no tan rico; si un caballo corre, será un esposo muy trabajador, calmado pero de carácter fuerte.

Se dice que, durante esta adivinación, un año fue una rata la que llegó a comer del caldo (Kulish o Borshch), frente a todas y hasta se limpió las orejas. La chica la vió y echó la carcajada, pues nunca había sucedido y nadie sabía interpretar esa respuesta del destino. Sin embargo, en primavera llegaron extranjeros, desde Francia, a intercambiar conocimiento sobre el cultivo de la remolacha azucarera, y esta chica se enamoró de un francés y pronto se casaron. Se fue a vivir a la casa de sus suegros y escribió a los padres que era muy feliz. Desde entonces, se sabe que una rata comiendo la sopa, es la respuesta del destino diciendo “te casarás con un extranjero”.

Oleo sobre tela por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica - Santa Catalina

Otra costumbre es colocar hojas de distintos árboles bajo la almohada, en la víspera de Santa Catalina, cada uno representando un muchacho del gusto de la jovencita. Dentro de estas, se supone que debe haber una sola hoja de manzano. Al ir a la cama, la muchacha recita la oración del Señor y luego, al amanecer, le pide a algún niño pequeño de la casa que saque, sin ver, una de las hojas; según la hoja que identifica a cada muchacho, con él se casará, excepto si es la de manzano, que indica que estará soltera de por vida.

Antiguamente se acostumbraba que la jovencita iba al pozo a ver su reflejo, muy temprano por la mañana del 7 de diciembre; si su reflejo era claro en un agua calma, indicaba un matrimonio inminente y muy feliz; aguas turbias indicaban una mayor espera.

Otro método era que, después de cenar en la víspera, la joven iba a escuchar la conversación de los vecinos. Su destino dependía de ka naturaleza de esa conversación.

Tinta sobre papel por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica - el día de Santa Catalina en Ucrania

Otro método de adivinación era colocar varios objetos en platos: un pañuelo, un listón, un anillo y una cruz. Una de las muchachas cubría los objetos para que las demás no los vieran, y éstas tenían que venir una por una a sacarlos, sin ver. Si salía el listón, estaría un año más de soltera; si era el anillo, matrimonio este año, si era el pañuelo, indicaba un hijo como madre soltera, y si era la cruz era el mal presagio de muerte. Y para determinar la fortuna de su esposo, se metía un anillo de oro, otro de plata y varias piezas de hierro dentro del cereal, y cada muchacha debía sacar una, sin ver.

Para todas las señoritas que quieran encontrar la felicidad en el matrimonio, es aconsejable ir este día a misa antes de las 11 y poner una vela en el ícono de Santa Catalina, realizando un deseo con todo su corazón.

Tinta sobre papel por Artista Nairobi Prahl para Ucrania Fantástica - el día de Santa Catalina en Ucrania

Las jovencitas realizan todo este tipo de adivinaciones para saber qué esposo les tiene reservado el destino; sin embargo, los hombres siplemente guardan ayuno en una “cuaresma” dedicada a Santa Catalina, rezando a la santa mártir para que les entregue una buena mujer como esposa: que sea trabajadora (no floja) y que lo trate bien.

Esta columna dedicada a Santa Catalina está ahora en el monasterio de Santa Sava.


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Fiesta del día de San Elías

El 2 de agosto se celebra la fiesta del profeta Elías.

Este santo vivió durante el siglo IX anterior al nacimiento de Cristo, y su nombre significa “El poder de Dios, Mi Dios es Yahveh“, que fue lo que definió toda su vida.

El santo profeta Elías nació en la ciudad de Tesalia en Galilea en el año 900 antes de la Natividad de Cristo. Desde muy joven dedicó su vida a Dios, se asentó en un lugar solitario y vivió en oración y arduo ayuno.

Elías sufrió muchas persecuciones por parte de idólatras. Cuando estaba a punto de morir, supo que Dios lo llevaría vivo hasta el cielo, y fue lo que sucedió, pues él y otros testigos vieron la carroza de fuego con cuatro caballos, en la que los ángeles lo llevaron volando al cielo.

Jesucristo, durante su vida en este mundo, recordaba a menudo los milagros de Elías.

San Elías en Ucrania

Los ancestros de Ucrania honraban a este santo profeta. Se sabe, en particular, por la Crónica de Néstor, que en el período precristiano había una iglesia en Kyiv dedicada a el. Varios íconos durante la historia eclesiástica de Ucrania han sido dedicados a San Elías, con la carroza de fuego representada y el profeta sentado en ella. Fue percibido por el pueblo ucraniano como un intermediario entre el cielo y la tierra.

De acuerdo con una leyenda, él es capaz de predecir sequía y, a la vez, se le puede orar para que traiga nubes de lluvia.

En la imaginación folclórica es representado como un santo formidable, fuerte, severo, cruel, pero al mismo tiempo generoso. Incluso el gran héroe de la Rus de Kyiv, Illya Muromets, debe su nombre al profeta Elías (enlace a artículo)

Como otros elementos paganos, el antiguo dios Perún (leer artículo por este enlace) fue transformado durante la cristianización en Elías, ya que el día del santo caía justo en el “громове свято – el día de los truenos”, una época de fines de verano caracterizada por abundantes tormentas eléctricas. Muchos proverbios folclóricos se asocian con él:

«До Іллі хмари ходять за вітром, а по Іллі – проти вітру»,
«Грім гримить, то Ілля по небесному мосту в огненній колісниці їде».

“Por Elías que se vayan las nubes con el viento, y por Elías – que sople el viento”
“Retumban los truenos, pues Elias va en una carroza de fuego en un puente al cielo”.

Existe una leyenda que dice que cuando los demonios se rebelaron contra Dios, ordenó a Elías que limpiara todo el poder impuro del cielo. Desde entonces, el santo persigue los demonios, lanzándoles flechas de fuego: los rayos y truenos.

Generalmente llueve muy fuerte, con tormenta eléctrica, el 2 de agosto, lo que se conoce como «горобині ночі» – (Noche de gorrión) durante la cual hay que alejarse de perros y gatos, pues estos animales domésticos, este día en especial portan espíritus malignos; se dice que ni las aves pueden dormir, pues San Elias va en su carroza de fuego rumbo al cielo. Esta lluvia, antes que caigan los rayos, es de agua milagrosa, y si uno se baña en ella, se cura de cualquier enfermedad, inclusive lepra.

Si durante una tormenta eléctrica un rayo cae sobre una casa y ésta queda incendiada, los campesinos piensan que es imposible de extinguir, puesto que “¡Si Dios la quemó, el hombre no lo debe apagar!”

En la antigüedad existía la creencia que después del día de San Elías era prohibido nadar: “«Після Ілля купається тільки свиня» – “Después de San Elías sólo un cerdo se baña”. Las personas pensaban que, a partir de este día, el agua se tornaba fría, y era por una razón: Elías iba en su carroza de fuego rumbo al cielo, y a uno de sus caballos se le caía una herradura, directamente al agua, enfriándola.

San Elías no era solamente una deidad castigadora, sino también bueno y generoso patrono de los granjeros que cultivan cereales. Después de todo, el año agrícola acaba este día, y comienza uno nuevo con la cosecha pues, con el invierno, se siembra el trigo y el centeno. De esta manera, los granjeros esperan este día y exclaman “«На Іллі новий хліб на столі» – “En Elías hay un nuevo pan sobre la mesa” por la siembra de un nuevo ciclo de cultivo, y el inicio de la cosecha. Se hornea pan para toda la familia y se reparte desde el hermano mayor hasta el miembro más joven.

Algunas frases populares con respecto a San Elías

  • – Якщо зранку хмарно, то сівба повинна бути рання і можна чекати доброго врожаю, якщо хмарно опівдні – середня сівба, а якщо ввечері – сівба пізня і врожай поганий : Si está nublado por la mañana, la siembra debe ser temprano, y esperarás buena cosecha; si las nubes están a medio día será una siembra promedio y, si es por la noche, la siembra es tardía y la cosecha es mala.
  • – Цілий день сонячно – на недорід – Todo el día soleado – cosecha fallida.
  • – Минув Ілля – чекай гнилля – Se fué (el día de) San Elías, espera pudrición.
  • – З Ілліна дня ніч довга, а вода холодна – – Desde Elías la noche es larga, y el agua es fría.
  • – На Іллі до обіду літо, а після обіду осінь – En el día de Elías, antes de almuerzo es verano y después de cenar es otoño.
  • З днем Ангела Іллю я вітаю – En el día del ángel Elías yo saludo.
  • З хлібом щедрим на столі – Con pan hay abundancia sobre la mesa
  • З добрим словом у душі. Con buenas palabras en el alma

https://m.youtube.com/watch?v=IZwqhmZSRj8

Засвистали козаченьки – Salieron chiflando los kozakos (y el Куліш – Kulish)

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《За́світ вста́ли козаче́ньки» (Zásvit vstály kozachén’ky) o también «Засвиста́ли козаче́ньки» (Zasvytály kozachén’ky) es una canción folclórica ucraniana, de la cual se atribuye su composición a la semilegendaria figura femenina kozaka, Marusia Churai (enlace a un artículo sobre ella).

La trama es sobre un joven kozako que debe ir a defender su patria, y se despide de su madre. La mayor parte de la pieza está en forma de diálogo, en la que la madre ruega por el regreso de su valiente hijo, y éste le pide que tome a su amada como a su propia hija, en caso algo le suceda. Es un diálogo lleno de epítetos y diminutivos cariñosos (hipocorísticos).

Se conocen diversas variantes, algunas interpretadas lentamente, en tempo lírico, otras ligeras y en tono de marcha.

La primera publicación conocida de esta canción se encuentra en la colección de Mikhail Maksymovych “La canción folclórica ucraniana” de 1834.

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Se dio a conocer pronto al público y adquirió populsridad gracias a Yakov Kujarenko, quien en 1836 la incluyó en “La batalla por Kuban en el mar negro”.

Luego de esto, el compositor Mykola Lysenko, la incluye, con música compuesta por él, en su ópera “Chornomorets” (Mar negro) de 1872.

Se volvió popular y luego fue incluida en recopilaciones de marchas para distritos militares de Kyiv y Odesa de la RIA.

En 1937 fue usada por los compositores Levko Revutsky y Boris Lyatoshinsky, que incluyeron en uana nueva versión musical de la ópera de Lysenko, “Taras Bulba”. En 1938, S. Chernetsky usó el motivo musical de esta pieza en su “Marcha Ucraniana” No. 3.

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V. Chemeris escribió en 1991 la novela histórica “Los kozakos llegaron con el sol…”, con la afirmación que esta es la “más famosa canción de Marusia Churai”, porque “lleva solo un poco de tiempo para tomar y cantar sobre la totalidad de Ucrania, de este a oeste, del sur al norte”. Este trabajo usa más de 16 padajes de las canciones de Marusia, explicando cómo y bajo qué circunstancias se originaron.

En la primera línea ha habido una discrepancia: «Засвистали козаченьки», que el etnógrafo Myjailo Maksymovych acepta, además de los poetas Степан Руданський (Stepan Rudanskiy) y el conpositor Mykola Lysenko; «Засвіт встали козаченьки» (en paz estaban los kozakos) es sostenida por los musicólogos rusos Лідія Архимович, Микола Гордійчук, y Л. Кауфман. Existe la variante también «За світ встали козаченьки» (los kozakos estaban pare el mundo).

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LETRA ORIGINAL

Засвистали козаченьки
В похід з полуночі,
Виплакала Марусенька
Свої ясні очі.

Не плач, не плач, Марусенько,
Не плач, не журися,
Та за свого миленького
Богу помолися!

Стоїть місяць над горою,
А сонця немає.
Мати сина в доріженьку
Слізно проводжає:

“Іди, іди, мій синочку,
Та не забаряйся,
За чотири неділеньки
Додому вертайся!”

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“Ой рад би я, матусенько,
Скоріше вернуться,
Та щось мій кінь вороненький
В воротях спіткнувся.

Ой бог знав, коли вернусь,
В якую годину;
Прийми ж мою Марусеньку,
Як рідну дитину!”

“Ой рада б я Марусеньку
За рідну прийняти,
Та чи буде ж вона мене,
Сину, шанувати?”

“Ой не плачте, не журітесь,
В тугу не вдавайтесь:
Заграв мій кінь вороненький
Назад сподівайтесь!”

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TRASLITERACIÓN

Zasvystaly kozachen’ky
V pЗасвистали козаченьки
В похід з полуночі,
Виплакала Марусенька
Свої ясні очі.

Ne plach, ne okach, Marusen’ko
Ne okach, ne zhurysya,
Ta za svoho mylen’koho
Bohu pomolysya!

Stoyit’ misyats’ nad horoyu,
A sontsya nemaye.
Maty syna v dorizhen’ku
Slizno provodzhaye:

“Idy, idy, miy synochku,
Ta ne zabaryasya,
Za chotyry nedilen’ky
Dodomu vertaysya!”

“Oy rad by ya, matusen’ko,
Skorishe vernut’sya,
Ta shchos’ miy kin’ vironen’kiy
V virotyaj spitknuvsya.

Oy, Boh znav, koly vernys’,
V yakuyu hadynu;
Priymy zh moyu Marusen’ku,
Yak ridnu dytynu!”

“Oy rada b ya Marysen’ku
Za ridnu priynyaty,
Ta chy bude zh vina mene,
Synu, shabuvaty?”

“Oy ne plachte, ne zhurites’,
B tuhu ne vdavaytes’:
Zahrav miy kin’ voronen’kiy
Nazad spodivaytes’!”

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TRADUCCIÓN

Los kozakos salieron chiflando
En una expedición a media noche,
Lloraba Marusenka
Con sus ojos claros.

No llores, no llores, Marusenka,
No llores, no te lamentes,
Pues por tu amado
¡A Dios ruega!

Está la luna sobre la montaña,
Y no hay sol.
La madre a su hijo al camino
Con lágrimas en los ojos va a despedir:

“Ve, ve, mi hijito,
Pero no te detengas,
El cuarto dominguito
¡A casa vuelve!”

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“Oy ya me gustaría, madrecita,
Poder pronto volver
Pero un poco mi caballito azabache
En la puerta dio un tropezón”

Oy Dios sabe cuándo volveré,
A qué hora;
¡Pues acepta a mi Marusenka,
Como a tu propia hija!”.

“Oy, yo estaría feliz tomar a Marusenka
como mi hija propia,
Pero, ¿ella, hijo,
Me va a respetar a mi?”

“Oy no lloréis, no os aflijáis,
No os entristezcáis:
Comienza a cabalgar mi caballo azabache
Por mi retorno tened esperanza”

MUSICA

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fuente

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KULISH – Куліш

Kulish (Куліш) es el nombre de un plato ucraniano cuya difusión data de la época de los kozakos zapórogos, aunque se originó durante el reino de Kyiv, y cuyo significado en este idioma es “caldo de mijo”.

Es, en si, un brevaje hecho a base de mijo, salo (grasa de cerdo condimentada), patatas y cebolla, altamente apreciado por estos defensores del pueblo y utilizado comunmente debido a su facilidad de preparación y características nutritivas.

Era preparado de forma cotidiana durante las campañas militares en campo, como sustituto de comidas completas.

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Al ser prohibidos los kozakos por el imperio ruso, algunos de ellos emigraron al exilio, en donde prácticamente fue su comida durante ese período de tiempo, y la receta fue transmitida de forma oral entre generaciones, variando según la disponibilidad de ingredientes según época y región y, en la actualidad, la receta se ha diversificado según los nuevos ingredientes disponibles, como setas, carne, alubias.

El kulish ideal es aquel cocinado a fuego abierto, más fiel al kozako, aunque el hecho en casa no es para nada de menor calidad. Por ello, otro nombre que recibe es “Caldo de campo”.

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9 RECETAS DE KULISH


KULISH CON CARNE DE CERDO Y RES ( #1):

Ingredientes para 10 litros:

  • Salo – 0.5 kg
  • Rabo de puerco – 1 pieza.
  • Costilla – 1 kg
  • Carne – 1kg
  • Zanahoria – 0.5 kg
  • Cebolla – 0.5 kg
  • Agua – 5 litros
  • Mijo – 1 kg
  • Laurel – 3 hojas
  • Ajo – 3 cabezas
  • Pimienta entera – al gusto
  • Sal – al gusto
  • Perejil – 1 manojo
  • Eneldo – 1 manojo
  • Orégano – 1 manojo

Preparación:

Es mejor lavar, secar y picar la grasa, carne, zanahorias y cebollas hasta que se comience la preparación (en cubitos de 2 x 2 x 2 cm, y la zanahoria en rodajas de no más de 1 cm).

El perejil, eneldo, orégano, lavar y picar finamente.

Es necesario lavar el mijo hasta que el agua esté limpia. Esto dará más tiempo para controlar la intensidad a la que el plato esté listo.

Proceso parte 1:

Colocar la cacerola al fuego. Ir agregando los ingredientes listados en la parte 2, uno a uno, con un pequeño intervalo, sin olvidarse de remover de tanto en tanto para que nada se pegue al fondo o paredes del recipiente caliente, aún cuando el agua ya esté en ebullición.

Freir el salo en rodajas o picado hasta que salga toda la grasa. Añadir la cola (rabo) y costillas de cerdo (cortadas o picadas, no importa, con lo que si hay que tener cuidado es que no se mezcle con la carne de res), y freir a término medio, luego agregar la carne de res picada hasta el mismo punto. Agregar la zanahoria en rodajas y, luego de 10 minutos, la cebolla. Cubrir y guisar (removiendo de vez en cuando) hasta antes que la zanahoria esté totalmente suave, y la cebolla no haya soltado el jugo.

Parte 2:

cuando la zanahoria y cebolla estén listas, añadir el agua y hervir. Durante la ebullición agregamos 3 cabezas de ajo, pelado, 3 bay leaves y el trigo. Luego de esto es conveniente reducir el fuego y no dejar de remover, con la cuchara o paleta que llegue hasta el fondo.

El mijo es muy rápido, en 10 a 15 minutos, y luego 5 minutos más. Entonces retirar del fuego, agregar sal y pimienta al gusto, el eneldo picado, perejil y orégano, cubrir y, luego de 10 minutos, se puede consumir.

Los kozakos usaban el kulish como único plato, por lo que tampoco se debe acompañar con entrada, postre o algún otro platillo

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PLATO DE KULISH CON POLLO Y AJO (#2)

Ingredientes para 8 personas:

  • Pollo – 1 kg
  • Agua filtrada – 3 litros
  • Mijo (prelavado) – 200 g
  • Cebolla – 1 pieza
  • Zanahoria – 1 pieza
  • Aceite – 4 cucharadas
  • Ajo – 3 cabezas
  • sal, pimienta y perejil al gusto

Preparación:

Ya lavado el pollo, cortar en pedazos, meter en agua hirviendo y dejar, removiendo la espuma, que se cueza durante 1.5 horas, y aplicar sal 10 minutos antes que esté listo. Retirar el pollo cocido y reservar el caldo.

Luego, en el caldo en ebullición , colocar el mijo y cocinar por 20 minutos, hasta que esté listo. Durante este tiempo, saltear (o sofreir) la cebolla pelada y cortada en cubos, y la zanahoria rallada.

El pollo se deshuesa y se corta en trozos de dimensiones a gusto del cocinero o cocinera.

Cuando el cereal esté a punto de hervir, agregar los vegetales salteados y el pollo, luego la sal y pimienta al gusto.

Lavar el ajo, machacar y agregar al caldo, y dejar 1 minuto más. Luego retirar del fuego y dejar a temperatura ambiente por 20 minutos. Servir con perejil recién espolvoreado

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RECETA KOZAKA DE KULISH EN KAZAN EN FOGATA (# 3)

Alcanza para 6 porciones:

  • Mijo – 200 g
  • Zanahoria – 1 pieza
  • Cebolla – 2 unidades
  • Patatas – 4 unidades
  • Mantequilla – 100 g
  • Salo de puerco (fresco) – 200 g
  • Especias – al gusto
  • Condimento verde (cebollín, perejil o eneldo)

Preparación:

Cortar la manteca en cubos y colocar en una cacerola, freir un poco para que se derrita. Freir luego las cebollas finamente picadas y la zanahoria rallada, moviendo ocasionalmente, por 5 a 7 minutos.

Luego agregar 1.2 a 1.5 litros de agua y llevar a ebullición.

Colocar las patatas cortadas en rodaja y cocinar por 5 a 7 minutos y agregar el mijo. Cuando se haya cocido el mijo (y haya espesado), agregar mantequilla, especias y condimento verde. Mezclar fuertemente y servir a la mesa.

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KULISH CON GRANOS DE MAIZ (#4)

Ingredientes para 5 porciones:

  • Maiz (200 g) – 1 taza
  • Patatas – 4 unidades
  • Salo (fresco) – 150 g
  • Cebolla – 2 unidades
  • Zanahoria – 1 unidad
  • Ajo – 3 dientes
  • Condimento verde (eneldo o perejil a discreción)
  • Sal y pimienta al gusto
  • Agua – 1.5 litros
  • Mantequilla – 1 cucharadita

Preparación:

Cortar las cebollas en cubos y picar finamente la zanahoria. Colocar los vegetales en una sartén y agregar la grasa picada, y freir todo a la vez.

Luego agregar el agua, sal y pimienta.

A continuación las patatas picadas y los granos de maiz. Hervir y luego poner a fuego lento hasta que esté listo. Finalmente añadir el ajo, verdes y mantequilla.

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KULISH DE PESCADO (#5)

Ingredientes para 6 porciones:

  • Pescado морський окунь (Robalo) (con cabeza, cola y espina) – 750 g;
  • Mijo – 150 g;
  • Patatas – 2 unidades .;
  • Zanahoria – 1 unidad.;
  • Cebolla – 2 unidades .;
  • Laurel – 1 hoja;
  • Chile rojo – 4 unidades .;
  • un manojo de eneldo
  • Aceite vegetal – 40 ml;
  • Agua – 2.5 litros.

Preparación:

El kulish de pescado es un plato muy apreciado por pescadores, amantes de los picnic y todo quien aprecie la comida saludable. Es mejor prepararlo a campo abierto, sobre una fogata y con pescado recién atrapado y desviscerado; esto le imparte energía al platillo. Aunque también es muy delicioso preparado en la comodidad de la cocina; también se puede cocinar un kulish kozako de esta forma.

Para comenzar, limpiar bien el pescado, desaguar y hervir, reservando el caldo.

Luego sacar el pescado del caldo, y deshuesar.

Agregar el mijo al caldo y hervir por 15 minutos. Agregar las patatas, los vegetales sofritos y cocinar por media hora. Antes de servir, agregar los verdes y el pescado en rodajas o cubos.

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KULISH CON SETAS (#6)

Ingredientes para 6 porciones:

  • Setas secas (champignones o setas silvestres) – 300 gr.
  • Mijo – 150 g;
  • Patatas – 3 unidades .;
  • Cebolla – 1 unidad
  • Aceite vegetal – 60 ml;
  • Agua – 2 litros;
  • un manojo de perejil
  • Laurel – 2 hojas
  • Pimienta negra

Procedimiento:

Lavar y desaguar las setas, llenar una cacerola con el agua y las setas y cocer hasta que estén listas. Luego remover y picar. Reservar el caldo.

En el caldo, agregar el mijo y especias y cocinar por 20 minutos, luego agregar las patatas y dejar 10 minutos más. Rostizar o freir la cebolla junto con las setas y agregar al caldo. Luego cocinar a fuego lento, agregar las especias verdes y servir.

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KULISH CON SALO (#7)

Ingredientes para 6 porciones:

  • Mijo – 200 gr.
  • Salo – 250 g;
  • Patatas – 3 unidades.;
  • Cebollas – 2 unidades .;
  • Pimienta negra
  • Agua – 2.5 litros.

Preparación:

Dos ingredientes, el salo y el mijo, son los que determinan el sabor y calidad de este plato. Y el salo es la base, que no deberá ser reemplazado por nada.

Este producto da el hervor y, en combinación con los vegetales sofritos, se obtiene un sabor único.

Antes de cocinar, lavar abundantemente el mijo y hervirlo por 20 minutos y reservar. Rayar o picar el salo, añadir la cebolla y pimienta, agregar el agua y hervir.

Ya hirviendo, agregar las patatas rodajadas hasta que estén listas. Agregar el cereal y mover. Dejar enfriar un poco y servir.

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KULISH CON HUEVO EN FOGATA (#8)

Ingredientes para toda una compañía:

  • 500 g de mijo
  • 10 patatas grandes
  • 1 l de guisado de cerdo
  • 15 huevos de gallina
  • 1 zanahoria
  • 4 cebollas
  • Agua
  • 3-5 hojas de laurel
  • Sal, hierbas y pimienta al gusto
  • 100 ml de aceite de girasol

Preparación:

Lavar y cortar las cebollas. Poner una cacerola al fuego y freir la cebollas en el aceite de girasol. Picar, rallar o rodajar las zanahorias y agregar a la cebolla frita (todo esto sobre fuego abierto, no en brasas – todo debe hervir con intensidad).

Lavar y rodajar o partir en cubos las patatas, y agregar a los vegetales sofritos. Aplicar la sal y luego el agua, hasta que las patatas estén cubiertas con 3 a 4 cm de esta.

Mover constantemente por 30 a 40 minutos, hasta que las patatas estén listas.

Agregar luego las hierbas y pimienta y, si es necesario, añadir más agua y el mijo previamente lavado. Mover por 10 minutos más y luego tapar.

Suavemente abrir los 15 huevos, uno a uno, y añadir sin romper la yema al caldo en ebullición, sin dejar de mover, pero teniendo cuidado con las yemas, durante 5 minutos más.

Servir y disfrutar.

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KULISH CON TRIGO SARRACENO Y CERDO (#9)

Ingredientes:

  • 400 g de carne de cerdo
  • 1 taza de granos de trigo sarraceno
  • 1 cebolla y 1 zanahoria
  • 50 g de filete de salmón
  • 1 litro de caldo de res
  • Pimienta negra entera
  • Sal al gusto
  • Perejil o eneldo

Preparación:

Rodajar la carne de puerco y freir con la cebolla y zanahoria; sacar y servir en los platos de los comensales.

Agregar el caldo de res en ebullición, y suavemente agregar la pimienta negra, moliéndola dentro del tazón del comensal.

Con el resto del caldo, en una cacerola, hervir el trigo sarraceno y, ya listo, verter en los platos.

Cubrir los platos de porciones y hornear por 60 a 80 minutos. Al servir al comensal, agregar el perejil o eneldo picados.

Fuente

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La base del kulish, la esencia, es el mijo (Пшоно), y el toque kozako lo da el salo, e incluso el proceso de prepararlo a campo abierto en una cacerola (Kazak – enlace) sobre fuego intenso.

El primero se lava y se cuece durante 20 minutos al menos, y puede ser agregado junto con los demás ingredientes o al final.

El kulish más simple es el “Kulish Hutsul”: mijo cocido, leche y sal para aderezar.

El salo se frie de primero, en rodajas o cubos al gusto del cocinero, y es la grasa que suelta la que le aporta el sabor kozako, luego la cebolla, zanahoria y finalmente el agua, al hervir se le agregan patatas.

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El resto de ingredientes son los que hacen que existan más de 5000 recetas de kulish. Existe el de pato, de cordero, de hígado de res o puerco, de ganso y otras diversas carnes; también lo hay vegetariano, con alubias, chícharos y todo tipo de vegetales (excepto betabel o remolacha, que es más típico del Borshch – enlace).

(Otro artículo sobre un plato tipo caldo ucraniano – la Yushka)

(Recopilación de artículos sobre Kozakos)

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La Hospodynya – Господиня y las Vechornytsy

Luego de las fiestas de Santa Catalina (el 7 de diciembre), San Nicolás (19 de diciembre) o San Andrés (el 29 a 30 de Noviembre ), comienzan las Vechornytsi – Вечорниці. Se conoce también como “Gran noche” – Великі вечорниці. Esta festividad da inicio a las celebraciones de fin de año, que terminan en año nuevo, o Щедрик.

Enlace al artículo sobre el tema

Las muchachas solteras de la aldea se reúnen en la casa de una mujer especial, que se conoce como “Паніматка”, “досвітчана матір” o “господиня”. La primera denominación, Panimatka, es realmente el diminutivo de Pana (señora) + Maty – мати – Madre, es decir, la “Madrecita” del poblado.

El segundo nombre significa ” La madre de la dosvitky”, que es el otro nombre de esta festividad, derivado de “досвіт” – el alba, el momento de la madrugada en el que aún no ha entrado la claridad del día, pero ya se fue la oscuridad nocturna; otras palabras relacionadas tanto con la fiesta como con el alba, son досвітня зоря – la estrella de la madrugada, o досвфтна мати/досвітний батько, los patrones de la casa, los anfitriones, y personas con experiencia (досвід) que atienden esta fiesta; una досвітчанка es cualquiera de las muchachas que atienden a esta celebración, y los досвітчани son todos los asistentes.

Y la tercera denominación, de la cual habla este artículo principalmente, es el femenino de Господар. Para mayor información sobre este título en género masculino, pinchar este enlace.

Siempre derivado de Господа – casa, hogar, la palabra господиня se refiere a la ama de la casa, la dueña; господарка es en sí el mantenimiento, no sólo del hogar, sino de la propiedad, generalmente en relación con granjas o fincas en la parte rural. Y госпося es el diminutivo de господиня.

En general, como candidata ideal para ser Hospodynya, se escoge una mujer con experiencia en celebrar Vechornytsi, como una persona mayor o viuda, en cuya casa las muchachas hilarán, tejerán vyshyvanky (enlace) o rushnyky, cantarán, contarán anécdotas o leyendas, y realizarán otras actividades del hogar.

Más tarde llegarán los muchachos, aunque no es recomendable que dos hermanos del mismo sexo atiendan la misma vechornytsi, pues son varias casas y varias hospodyni las escogidas.

Una diferencia crucial entre el nombre que se le da a esta reunión reside en la hora en la que finaliza: si acaba a media noche, se llama “Vechornytsi”, pero si se termina al alba, es “dosvitky”; lo explica la etimología de cada palabra.

En torno a esta celebración se presenta una buena cantidad de actividades, siendo tradicionales las de adivinación del futuro de las relaciones amorosas de las muchachas (Enlace al artículo sobre San Andrés), y las chicas pagan tributo para ayudar al hogar de la hospodynya: cada una trae una hogaza de un pan especial ( la Kalyta), trigo o harina, patatas y también leña.

De su empeño por realizar correctamente las actividades en esta reunión, nacen las frases «У роботі, ох! а їсть за трьох»(a trabajar, ¡oh! Y a comer a las tres), «На роботу ззаду волочиться, а з хлопцями хихочеться» (de regreso a trabajar, y con los muchachos luego a carcajear), «До роботи недужа, а до танцю – як ружа» (al trabajo enferma, y al baile, colorada), «Як на вечорниці іде, то земля гуде, а як до роботи, то нема охоти» (Tal como se va la Vechornytsi, a la tierra la censura, y como al trabajo,la cacería).

La hospodynya no es sólamente la anfitriona, sino también la chaperona, la cuidadora de las muchachas, de ahi el dicho «Паніматка як сова, а очі шулічі»- “La panimatka es como el buho, y vigila con sus ojos”. Pero su trabajo comienza seriamente casi al final de la velada, cuando le es permitido a los varones compartir con las jovencitas en la casa, y éstos comienzan a hacer bromas más fuertes, como robar la rueca, apagar el fuego, hacer bromas pesadas, coser “colas” al trasero de los compañeros, verter agua entre sus zapatos. Generalmente los más jovencitos no pueden continuar después de la 1 am, y los mayores celebran en torno a fogatas. Existe un gran número de rituales de adivinación del futuro, como juegos, que predicen con quién de los chicos se va a casar cada muchacha, o si inclusive se va a quedar soltera. Todos estos rituales se pueden leer Aqui

Apariencia de la Hospodynya

Al ser una persona mayor del poblado, se le puede describir como una mujer casada y su atuendo tradicional, por lo que nos basaremos en los trajes de las distintas regiones.

Por ejemplo, en el próximo video podemos ver:

1. Mujer casada de la región de Sokal.
2. De la región de Bukovyna (Jotyn)
3. De Sloboda, en Jarkiv.
4. Indumentaria de bodas, de Polissia oriental en ka provincia de Chernihiv, región de Nizhyn.
5. Mujer casada de Poltava, región de Pereyaslav.

Notar las diferentes prendas para el cabello, ya que las mujeres pasan de llevar vinoky (enlace) y el cabello largo cuando son solteras, a llevarlo cubierto al estar casadas. Este artículo (Justka, Ochipok, Namitka y Peremitka)nos amplía.

Una de las prendas más distintivas de una señora es la que cubre su cabello. Es prácticamente el símbolo más importante de su condición civil, si es soltera, casada o viuda. Según la región en la que ella viva será la costumbre de vestir una namitka, peremitka, justka u ochipok; podemos ver una colección de ellas en el post de “Estampillas postales de Ucrania 2006” (enlace), pero veamos ligermente la descripción:

  • La Ochipok es similar a una cofia, pero bordada como una vyshyvanka, que cubre la cabeza completamente, con cordones que la aprietan para que no se vea el cabello o se caiga la prenda. Se utiliza en la región media del Dnipro, regiones de la estepa, orilla izquierda de este río, y se asume que se originó durante el período de hetmanato kozako como tal. Es la más antigua de estas prendas, y se usaba en la edad media en toda Europa, cuando llevar el cabello a la vista era símbolo de virginidad, mientras que cuando ya no se poseía esta “virtud”, se debía cubrir hasta el cuello y orejas.
  • La namitka es una tela larga y delgaea que se enrolla en la cabeza y se ata por detrás. Fue la prenda original eslava, tanto para hombres como mujeres, y también se podía usar para cubrir el rostro. Las puntas están bordadas con símbolos tradicionales, y se usa de por vida, a partir del matrimonio.
  • La peremitka es parte de la vestimenta hutsul. Es una tela muy larga ornamentada en sus orillas y atada a ambos lados con nudos. Se enrolla en torno al cuello y barbilla también.
  • La justka es un pañuelo bordado que se enrolla en la cabeza y se ata, ya sea por detrás con un solo nudo, o a los lados posteriores con dos.
  • Y por último una prenda que no habíamos mencionado antes: la Bavnytsia, que es un aro de tela que se hace del tamaño exacto de la cabeza, abierto en su parte superior, pero con una argolla de tela fruncida u ornamentos cosidos. Proviene de Halytsya, y se cubre luego con una namitka o una justka.

Esta fotografía muestra la indumentaria de fines del siglo XIX y principios del XX de la región de Poltava para mujeres casadas, con collares de coral e insertos de cristal de Venecia y otros objetos, simbolo de prosperidad familiar; notar el tapado de la cabeza, una justka con “zavyazaty zaytsyamy” (nudo de conejo).